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martes, 26 de mayo de 2020

LETANÍA DE SAN FELIPE NERI

Letanía compuesta por el cardenal John Henry Newman CO.
 
   
LATÍN
Kýrie, eléison.
Christe, eléison.
Kýrie, eléison.
   
Christe, áudi nos.
Christe, exáudi nos.
   
Pater de cœlis Deus, Misérere nobis.
Fili, Redémptor mundi, Deus, Misérere nobis.
Spíritus Sancte, Deus, Misérere nobis.
Sancta Trínitas, Unus Deus, Misérere nobis.
   
Sancta María, Ora pro nobis.
Sancta Dei Génitrix, Ora pro nobis.
Sancta Virgo Vírginum, Ora pro nobis.
Sancte Philíppe, Ora pro nobis.
Vas Spíritus Sancti, Ora pro nobis.
Fílius Maríæ, Ora pro nobis.
Apóstolus Romæ, Ora pro nobis.
Consiliárius Pontifícius, Ora pro nobis.
Vox fatídica, Ora pro nobis.
Vir prisci témporis, Ora pro nobis.
Sanctus amábilis, Ora pro nobis.
Heros umbrátilis, Ora pro nobis.
Pater suavíssimus, Ora pro nobis.
Flos puritátis, Ora pro nobis.
Martyr charitátis, Ora pro nobis.
Cor flammígerum, Ora pro nobis.
Discrétor spirítuum, Ora pro nobis.
Gemma sacerdotum, Ora pro nobis.
Vitæ divínæ spéculum, Ora pro nobis.
Spécimen humilitátis, Ora pro nobis.
Exémplar simplicitátis, Ora pro nobis.
Lux sanctæ lætítiæ, Ora pro nobis.
Imágo puerítiæ, Ora pro nobis.
Forma senectútis, Ora pro nobis.
Rector animárum, Ora pro nobis.
Piscátor fluctuántium, Ora pro nobis.
Manudúctor pupillórum, Ora pro nobis.
Patrónus tuórum, Ora pro nobis.
Hospes Anglórum, Ora pro nobis.
Qui castitátem adoléscens coluísti,
Qui Romam divínitus petiísti,
Qui multos annos in catacúmbis delituísti,
Qui ipsum Spíritum in cor recepísti,
Qui mirábiles écstases sustinuísti,
Qui párvulis amánter serviísti,
Qui peregrinántium pedes lavísti,
Qui martýrium ardentíssime sitiísti,
Qui verbum Dei quotidiánum distribuísti,
Qui tot corda ad Deum allexísti,
Qui sermónes dulces cum María contulísti,
Qui emórtuum ab ínferis reduxísti,
Qui domos tuas in omni regióne constituísti,
   
Agnus Dei, qui tollis peccáta mundi, Parce nobis, Dómine.
Agnus Dei, qui tollis peccáta mundi, Exáudi nos, Dómine.
Agnus Dei, qui tollis peccáta mundi, Miserére nobis.
   
Christe, áudi nos.
Christe, exáudi nos.
      
Antiphona: Meménto congregatiónis tuæ, qui possedísti ab inítio.
℣. Ora pro nobis, Sancte Philíppe.
℟. Ut digni efficiámur promissiónibus Christi.
   
ORATIO
Deus, qui beátum Philíppum, Confessórem tuum, sanctórum tuórum glória sublimásti, concede propítius, ut cujus commemoratióne lætámur, ejus virtútum proficiámus exémplo. Per Christum Dóminum nostrum. Amen.
  
TRADUCCIÓN
Señor, ten piedad de nosotros.
Cristo, ten piedad de nosotros.
Señor, ten piedad de nosotros.
 
Cristo, óyenos.
Cristo, escúchanos.
 
Dios Padre Celestial, ten piedad de nosotros.
Dios Hijo, Redentor del mundo, ten piedad de nosotros.
Dios Espíritu Santo, ten piedad de nosotros.
Trinidad Santa, un solo Dios, ten piedad de nosotros.
 
Santa María, ruega por nosotros.
Santa Madre de Dios, ruega por nosotros.
Santa Virgen de las vírgenes, ruega por nosotros.
San Felipe, ruega por nosotros.
Vaso del Espíritu Santo, ruega por nosotros.
Hijo de María, ruega por nosotros.
Apóstol de Roma, ruega por nosotros.
Consejero de los Papas, ruega por nosotros.
Voz de la profecía, ruega por nosotros.
Hombre de los tiempos antiguos, ruega por nosotros.
Santo amable, ruega por nosotros.
Héroe del retiro, ruega por nosotros.
Padre suavísimo, ruega por nosotros.
Flor de pureza, ruega por nosotros.
Mártir de caridad, ruega por nosotros.
Corazón flamígero, ruega por nosotros.
Discernidor de espíritus, ruega por nosotros.
Gema de los sacerdotes, ruega por nosotros.
Espejo de la vida divina, ruega por nosotros.
Modelo de simplicidad, ruega por nosotros.
Ejemplo de sencillez, ruega por nosotros.
Luz de santa alegría, ruega por nosotros.
Imagen de la infancia, ruega por nosotros.
Retrato de la ancianidad, ruega por nosotros.
Director de almas, ruega por nosotros.
Pescador de los vacilantes, ruega por nosotros.
Guía de la juventud, ruega por nosotros.
Patrón de tu propiedad,
Anfitrión de los Ingleses, ruega por nosotros.
Tú que observaste la castidad en tu juventud, ruega por nosotros.
Tú que buscaste a Roma por divino consejo, ruega por nosotros.
Tú que por largo tiempo te escondiste en las Catacumbas, ruega por nosotros.
Tú que recibiste al Espíritu Santo en tu corazón, ruega por nosotros.
Tú que experimentaste tan admirables éxtasis, ruega por nosotros.
Tú que tan amablemente serviste a los pequeños, ruega por nosotros.
Tú que lavaste los pies de los peregrinos, ruega por nosotros.
Tú que tuviste sed de martirio, ruega por nosotros.
Tú que distribuiste diariamente la palabra de Dios, ruega por nosotros.
Tú que volviste tantos corazones a Dios, ruega por nosotros.
Tú que conversabas tan dulcemente con María, ruega por nosotros.
Tú que resucitaste a los muertos, ruega por nosotros.
Tú que estableciste tus casas en toda región, ruega por nosotros.
 
Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo, perdónanos, Señor.
Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo, escúchanos, Señor.
Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo, ten piedad de nosotros.
 
Cristo, óyenos.
Cristo, escúchanos.
 
Antífona: Acuérdate de tu congregación, que poseíste desde el inicio.
℣. Ruega por nosotros, San Felipe.
℟. Para que seamos dignos de las promesas de Cristo.
 
ORACIÓN
Oh Dios, que elevaste a tu Confesor el bienaventurado San Felipe a la gloria de tus santos, concédenos propicio, que cuantos nos alegramos por su conmemoración, aprovechemos el ejemplo de sus virtudes. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.

viernes, 10 de abril de 2020

“EN TUS MANOS ME ENTREGO, SEÑOR”


 
En tus manos me entrego, Señor, haz conmigo lo que quieras. Me has hecho para Ti.
No quiero pensar más en mí mismo. Quiero seguirte. ¿Qué quieres que haga? Seguiré tu camino. Sea lo que sea –dolor o alegría– lo quiero hacer.
Te ofrezco los deseos, las debilidades, los planes que me apartan de Ti y me inclinan sobre mí mismo.
Señor, Tú has sido admirable conmigo, durante toda la vida. En adelante no me abandonarás. Lo sé, aunque no tengo derecho ninguno ante Ti.
No me dejes seguir mi camino sin pensar en Ti. Haz que todo lo examine ante Ti, que busque tu voluntad en cada decisión y tu bendición en cada acción. Como el reloj de sol actúa por el sol, así quiero yo moverme por Ti, si Tú quieres llevarme y guiarme.
A Ti me entrego totalmente. Amén.
    
John Henry Newman

sábado, 10 de agosto de 2019

DE LA POSIBLE CANONIZACIÓN DEL CARDENAL JOHN HENRY NEWMAN

Traducción del Comentario de los Padres de TRADITIO.
   
John Henry Cardinal Newman (1801-1890), un estudioso brillante y convertido en la mitad de su vida desde el Alto Anglicanismo al Catolicismo.
Newman escribió “el” libro sobre la herejía arriana que sacudió a la Iglesia del siglo IV, e incluyó a la mayoría de los Obispos e incluso algunos Papas.
Newman advirtió contra el Decreto del Vaticano I de 1870 sobre la Infalibilidad Papal como inoportuno y sujeto a malas interpretaciones, y terminó teniendo razón: el gran Papa Santo que combatió la herejía modernista, el Papa San Pío X, dijo que solamente Newman había entendido correctamente el significado completo de la Doctrina de la Infalibilidad Papal.

Queridos Padres de TRADITIO: Se habla mucho en círculos tradicionales sobre la propuesta de que el cardenal John Henry Newman sea propuesto para ser canonizado el 13 de Octubre de 2019 por Francisco Bergolio. Muhchos Católicos tradicionales están a favor de ello. ¿Quién exactamente es él, y cuál fue su reputación como Católico? (Eddie)

Respuesta de los Padres de TRADITIO: El cardenal John Henry Newman (1801-1890) fue un cardenal británico del siglo XIX, una de las inteligencias más grandes de la Iglesia en tiempos modernos, como también uno de los profesores más brillantes de la Universidad de Oxford. Originalmente, Newman era un Alto Anglicano en el Movimiento de Oxford, que intentó igualar al Alto Anglicanismo como un miembro con la Ortodoxia Oriental y el Catolicismo Romano en una suerte de Iglesia “católica y apostólica” tripartita.
 
Newman fue un intelectual tan honesto que finalmente admitió que no pudo encontrar un argumento exitoso en favor de la Alta Iglesia Anglicana. Por tanto, en 1845 renunció al Alto Anglicanismo, del cual se convirtió en el principal vocero, y se convirtió al Catolicismo Romano. Como resultado, Newman fue ostracizado por muchos de sus antiguos colegas en la Universidad de Oxford y sufrió el rechazo por sus falsos amigos protestantes Aunque, a pesar de ello, tuvo el coraje para mantener su Catolicismo Romano.
  
En tiempos del Vaticano I (1870), el concilio que publicó el decreto dogmático definiendo la infalibilidad papal, Newman expresó serias dudas, no sobre la doctrina misma, sino sobre la oportunidad del decreto. Las dudas de Newman después probaron ser sabias. El decreto conciliar sobre la Infalibilidad papal fue prontamente exagerado por los ultramontanos para propósitos políticos seculares.
  
Newman se había preparado intelectualmente para esta discusión. En 1833 él había escrito una brillate obra titulada “Los Arrianos del siglo IV”, analizando en detalle los aspectos históricos y teológicos de ese siglo en el cual la herejía del Arrianismo, negando la divinidad de Cristo, arrastró no sólo a cuatro quintos de los obispos, sino también a alguno de los papas -esto según San Jerónimo, el Gran Padre y Doctor de la Iglesia, que vivió en ese tiempo-.
  

Tan brillante y Católico fue este ex-Alto Anglicano que en 1879, el Papa León XIII elevó este sacerdote (nunca llegó a obispo), al Sagrado Colegio Cardenalicio. A lo largo de su vida se opuso consistentemente al “liberalismo en la religión”, en otras palabras, a la herejía del Modernismo, en la cual todo es doctrinal, litúrgica y moralmente relativo, esto es, un producto de opiniones subjetivas, no verdad objetiva. Newman fue presciente en esto también. La Iglesia Anglicana, como también las otras sectas protestantes y finalmente la Neoiglesia del Nuevo Orden en 1964, se hundieron en esta misma herejía.
    
Al final de su vida, este teólogo Católico tradicional recibió vindicación de Giuseppe Sarto, que luego devino Papa Pío X y canonizado como Santo, que declaró que sólo Newman había entendido correctamente el significado completo de la doctrina de la infalibilidad papal. Luego, con el advenimiento del herético Anticoncilio Vaticano II (1962-1965), el horror de las herejías del Modernismo y la Papolatría, el culto idólatra a un exagerado poder papal, han infectado a la iglesia Novus Ordo, fundada en 1964 por ese Anticoncilio para remplazar la Iglesia Católica.

  
Sin embargo, sin importar cuán santo pudo haber sido el Cardenal Newman, no tenemos forma de conocer si es un verdadero Santo, dadas las herejías de los antipapas y el inválido proceso de canonización de la iglesia conciliar. Nosotros los Padres de TRADITIO suspendemos el juicio hasta que se restaure el proceso Católico tradicional objetivo para la santidad.

jueves, 21 de octubre de 2010

EL CARDENAL BEATO JOHN HENRY NEWMANN: EL "GEMELO MALVADO" DEL VATICANO II

El domingo 18 de Septiembre, estaba viendo por televisión la beatificación del Cardenal John Henry Newmann, un anglicano convertido al Catolicismo, cuyo escudo cardenalicio es el siguiente. 

 Escudo cardenalicio de John Henry Newmann

Y en medio de la ceremonia, Ratzinger Palpatine alias "Benedicto XVI" dijo del beato: "Era verdaderamente un precursor del ecumenismo, un padre espiritual del Vaticano II". Al oir estas palabras, me reí a carcajadas durante el resto de la transmisión. Porque sabía que la mentalidad y espiritualidad del cardenal Newmann eran diametralmente opuestas a la del CV2, un "gemelo malvado" de éste en pocas palabras. A este fin, publicamos el discurso que John Henry Newmann pronunció al ser nombrado cardenal.

Desde Radio Cristiandad

Para que veáis cuán “ecuménico” y  “padre espiritual del Concilio Vaticano II” fue el flamante Beato John Henry Cardenal Newman.

Beato John Henry Cardenal Newmann 

Muchas gracias a nuestro anónimo amigo

Discurso de Newman en Roma al recibir el Biglietto que le anunciaba su designación cardenalicia (12 de mayo de 1879)




En la mañana del lunes 12 de mayo, Newman fue al Palazzo della Pigna, la residencia del Cardenal Howard, que le había cedido sus apartamentos para recibir allí al mensajero del Vaticano que traía el Biglietto de parte del Cardenal Secretario de Estado, informándole que en un Consistorio secreto, que había tenido lugar esa misma mañana, el Santo Padre le había elevado a la dignidad de Cardenal. A las once en punto, las habitaciones estaban llenas de católicos ingleses y americanos, tanto eclesiásticos como laicos, y también muchos miembros de la nobleza romana y dignatarios de la Iglesia, reunidos para ser testigos de la ceremonia. Poco después del mediodía fue anunciado el mensajero consistorial. Al entrar entregó el Biglietto en manos de Newman, quien, después de romper el sello, lo pasó a Mons. Clifford, obispo de Clifton, el cual leyó el contenido en voz alta. Luego, el mensajero informó al nuevo Cardenal que Su Santidad lo recibiría en el Vaticano a las diez de la mañana del día siguiente, para conferirle la birreta cardenalicia. Después de los acostumbrados cumplidos, Su Eminencia el Cardenal John Henry Newman pronunció el siguiente discurso, que desde entonces es conocido como Biglietto Speech. El primer párrafo lo pronunció en italiano:

“Le agradezco, Monseñor, la participación que me hecho del alto honor que el Santo Padre se ha dignado conferir sobre mi humilde persona. Y si le pido permiso para continuar dirigiéndome a Ud., no en su idioma musical, sino en mi querida lengua materna, es porque en ella puedo expresar mis sentimientos, sobre este amabilísimo anuncio que me ha traído, mucho mejor que intentar lo que me sobrepasa.

En primer lugar, quiero hablar del asombro y la profunda gratitud que sentí, y siento aún, ante la condescendencia y amor que el Santo Padre ha tenido hacia mí al distinguirme con tan inmenso honor. Fue una gran sorpresa. Jamás me vino a la mente semejante elevación, y hubiera parecido en desacuerdo con mis antecedentes. Había atravesado muchas aflicciones, que han pasado ya, y ahora me había casi llegado el fin de todas las cosas, y estaba en paz. ¿Será posible que, después de todo, haya vivido tantos años para esto? Tampoco es fácil ver cómo podría haber soportado un impacto tan grande si el Santo Padre no lo hubiese atemperado con un segundo acto de condescendencia hacia mí, que fue para todos los que lo supieron una evidencia conmovedora de su naturaleza amable y generosa. Se compadeció de mí y me dijo las razones por las cuales me elevaba a esta dignidad. Además de otras palabras de aliento, dijo que su acto era un reconocimiento de mi celo y buen servicio de tanto años por la causa católica, más aún, que creía darles gusto a los católicos ingleses, incluso a la Inglaterra protestante, si yo recibía alguna señal de su favor. Después de tales palabras bondadosas de Su Santidad, hubiera sido insensible y cruel de mi parte haber tenido escrúpulos por más tiempo.

Esto fue lo que tuvo la amabilidad de decirme, ¿y qué más podía querer yo? A lo largo de muchos años he cometido muchos errores. No tengo nada de esa perfección que pertenece a los escritos de los santos, es decir, que no podemos encontrar error en ellos. Pero lo que creo poder afirmar sobre todo lo que escribí es esto: que hubo intención honesta, ausencia de fines personales, temperamento obediente, deseo de ser corregido, miedo al error, deseo de servir a la Santa Iglesia, y, por la misericordia divina, una justa medida de éxito.   Y  me alegra decir que me he opuesto desde el comienzo a un gran mal. Durante treinta, cuarenta, cincuenta años, he resistido con lo mejor de mis fuerzas al espíritu del liberalismo en religión. ¡Nunca la Santa Iglesia necesitó defensores contra él con más urgencia que ahora, cuando desafortunadamente es un error que se expande como una trampa por toda la tierra! Y en esta ocasión, en que es natural para quien está en mi lugar considerar el mundo y mirar la Santa Iglesia tal como está, y su futuro, espero que no se juzgará fuera de lugar si renuevo la protesta que hecho tan a menudo.

El liberalismo religioso es la doctrina que afirma que no hay ninguna verdad positiva en religión, que un credo es tan bueno como otro, y esta es la enseñanza que va ganando solidez y fuerza diariamente. Es incongruente con cualquier reconocimiento de cualquier religión como verdadera. Enseña que todas deben ser toleradas, pues todas son materia de opinión. La religión revelada no es una verdad, sino un sentimiento o gusto; no es un hecho objetivo ni milagroso, y está en el derecho de cada individuo hacerle decir tan sólo lo que impresiona a su fantasía. La devoción no está necesariamente fundada en la fe. Los hombres pueden ir a iglesias protestantes y católicas, pueden aprovechar de ambas y no pertenecer a ninguna. Pueden fraternizar juntos con pensamientos y sentimientos espirituales sin tener ninguna doctrina en común, o sin ver la necesidad de tenerla. Si, pues, la religión es una peculiaridad tan personal y una posesión tan privada, debemos ignorarla necesariamente en las interrelaciones de los hombres entre sí. Si alguien sostiene una nueva religión cada mañana, ¿a ti qué te importa? Es tan impertinente pensar acerca de la religión de un hombre como acerca de sus ingresos o el gobierno de su familia. La religión en ningún sentido es el vínculo de la sociedad.

Hasta ahora el poder civil ha sido cristiano. Aún en países separados de la Iglesia, como el mío, el dicho vigente cuando yo era joven era: “el cristianismo es la ley del país”. Ahora, en todas partes, ese excelente marco social, que es creación del cristianismo, está abandonando el cristianismo. El dicho al que me he referido se ha ido o se está yendo en todas partes, junto con otros cien más que le siguen, y para el fin del siglo, a menos que interfiera el Todopoderoso, habrá sido olvidado. Hasta ahora, se había considerado que sólo la religión, con sus sanciones sobrenaturales, era suficientemente fuerte para asegurar la sumisión de nuestra población a la ley y al orden. Ahora, los filósofos y los políticos están empeñados en resolver este problema sin la ayuda del cristianismo. Reemplazarían la autoridad y la enseñanza de la Iglesia, antes que nada, por una educación universal y completamente secular, calculada para convencer a cada individuo que su interés personal es ser ordenado, trabajador y sobrio. Luego, para el funcionamiento de los grandes principios que toman el lugar de la religión, y para el uso de las masas así educadas cuidadosamente, se provee de las amplias y fundamentales verdades éticas de justicia, benevolencia, veracidad, y semejantes, de experiencia probada, y de aquellas leyes naturales que existen y actúan espontáneamente en la sociedad, y en asuntos sociales, sean físicas o psicológicas, por ejemplo, en el gobierno, en los negocios, en las finanzas, en los experimentos sanitarios, y en las relaciones internacionales. En cuanto a la religión, es un lujo privado que un hombre puede tener si lo desea, pero por el cual, por supuesto, debe pagar, y que no debe imponer a los demás ni permitirse fastidiarlos.

El carácter general de esta gran apostasía es uno y el mismo en todas partes, pero en detalle, y en carácter, varía en los diferentes países. En cuanto a mí, hablaría mejor de mi propio país, que sí conozco. Creo que allí amenaza con tener un formidable éxito, aunque no es fácil ver cuál será su resultado final. A primera vista podría pensarse que los ingleses son demasiado religiosos para un movimiento que, en el continente, parece estar fundado en la infidelidad. Pero nuestra desgracia es que, aunque termina en la infidelidad como en otros lugares, no necesariamente brota de la infidelidad. Se debe recordar que las sectas religiosas que se difundieron en Inglaterra hace tres siglos, y que son tan poderosas ahora, se han opuesto ferozmente a la unión entre la Iglesia y el Estado, y abogarían por la descristianización de la monarquía y de todo lo que le pertenece, bajo la noción de que semejante catástrofe haría al cristianismo mucho más puro y mucho más poderoso. Luego, el principio liberal nos está forzando por la necesidad del caso. Considerad lo que se sigue por el mismo hecho de que existen tantas sectas. Se supone que son la religión de la mitad de la población, y recordad que nuestro modo de gobierno es popular. Uno de cada doce hombres tomados al azar en la calle tiene participación en el poder político, y cuando les preguntáis sobre sus creencias representan una u otra de por lo menos siete religiones. ¿Cómo puede ser posible que actúen juntos en asuntos municipales o nacionales si cada uno insiste en el reconocimiento de su propia denominación religiosa? Toda acción llegaría a un punto muerto a menos que el tema de la religión sea ignorado. No podemos ayudarnos a nosotros mismos. Y, en tercer lugar, debe tenerse en cuenta que hay mucho de bueno y verdadero en la teoría liberal. Por ejemplo, y para no decir más, están entre sus principios declarados y en las leyes naturales de la sociedad, los preceptos de justicia, veracidad, sobriedad, autodominio y benevolencia, a los que ya me he referido. No decimos que es un mal hasta no descubrir que esta serie de principios está propuesta para sustituir o bloquear la religión. Nunca ha habido una estratagema del Enemigo ideada con tanta inteligencia y con tal posibilidad de éxito. Y ya ha respondido a la expectativas que han aparecido sobre la misma. Está haciendo entrar majestuosamente en sus filas a un gran número de hombres capaces, serios y virtuosos, hombres mayores de aprobados antecedentes, y jóvenes con una carrera por delante.

Tal es el estado de cosas en Inglaterra, y es bueno que todos tomemos conciencia de ello. Pero no debe suponerse ni por un instante que tengo temor de ello. Lo lamento profundamente, porque preveo que puede ser la ruina de muchas almas, pero no tengo temor en absoluto de que realmente pueda hacer algún daño serio a la Palabra de Dios, a la Santa Iglesia, a nuestro Rey Todopoderoso, al León de la tribu de Judá, Fiel y Veraz, o a Su Vicario en la tierra. El cristianismo ha estado tan a menudo en lo que parecía un peligro mortal, que ahora debemos temer cualquier nueva adversidad. Hasta aquí es cierto. Pero, por otro lado, lo que es incierto, y en estas grandes contiendas es generalmente incierto, y lo que es comúnmente una gran sorpresa cuando se lo ve, es el modo particular por el cual la Providencia rescata y salva a su herencia elegida, tal como resulta. Algunas veces nuestro enemigo se vuelve amigo, algunas veces es despojado de esa especial virulencia del mal que es tan amenazante, algunas veces cae en pedazos, algunas veces hace sólo lo que es beneficioso y luego es removido. Generalmente, la Iglesia no tiene nada más que hacer que continuar en sus propios deberes, con confianza y en paz, mantenerse tranquila y ver la salvación de Dios. “Los humildes poseerán la tierra y gozarán de inmensa paz” (Salmo 37,11).[1]

Su Eminencia habló con voz fuerte y clara, y aún cuando estuvo de pie todo el tiempo no mostró signos de fatiga.

El texto fue telegrafiado a Londres por el corresponsal del “The Times” y apareció completo en el periódico al día siguiente. Más aún, gracias a la bondad del Padre Armellini, S.J., que lo tradujo al italiano durante la noche, salió completo en “L’Osservatore Romano” del día siguiente.

Traducción y comentario Fernando María Cavaller


(1) El texto original está en My Campaign in Ireland, Aberdeen, 1896, pp.393-400. Puede verse el original aquí

jueves, 27 de mayo de 2010

EL PELIGRO DE HUIR DEL MUNDO SO CAPA DE VOCACIÓN

La vocación, y más si es al sacerdocio o a la vida religiosa es una bendición de Dios, pero el peligro reside en que ésta sea falsa, esto es, que no tenga en el Señor su origen, centro ni finalidad; y que se asuma simple y llanamente para escapar del mundo sin conocer los manejos que de manera estrictamente necesaria deben tenerse con él, lo cual además es peligroso, ya que al no contar con suficientes defensas, sucumben fácilmente al mundo y sus vanos placeres. A este respecto, es ilustrativa la carta del Cardenal John Henry Newman al Serjeant-at-Law (que es en el Derecho Anglosajón lo que el abogado casacionista en el Derecho Romano-Germano-Canónico) Edward Bellasis Sr., a propósito de uno de sus hijos, que era alumno del Colegio San Felipe Neri, adscrito al Oratorio de Birmingham.
The Bristol Hotel, East Cliff, Brighton, 5/VIII/1861.
 
Mi querido Bellasis:
 
[...] Pues bien, respecto de su hijo. Si tuviera que decir lo que realmente pienso, sería algo así: no creo que las vocaciones verdaderas puedan destruirse por el contacto con el mundo —no me refiero al contacto con el pecado y la maldad sino al contacto con el mundo que consiste en los tratos considerados naturales y necesarios. Son muchos los chicos que parecen tener vocación cuando en realidad la cosa no es más que apariencia. Van al colegio y la apariencia desaparece— y luego la gente va y dice «Han perdido su vocación», cuando en realidad jamás la tuvieron. En tales casos, por el contrario, debería considerarse una bendición que sus padres no resultaran engañados.
 
Pero lo que me aterra —y es un peligro mucho más extendido— no es que la Iglesia pierda los sacerdotes con los que debiera haber contado, sino que gane para sí sacerdotes con lo que nunca debió verse entorpecida. La sola idea es horrible, que chicos cuyo corazón jamás fue probado hasta que, después de unos cuantos años, salen al mundo con los más solemnes votos encima para quizá enterarse por primera vez de que el mundo no es un seminario— cuando cambian la atmósfera de la Iglesia, la sala de lectura, la celda, la rutina de las devociones, el trabajo, la comida y la recreación por este mundo tan brillante, variable y seductor.
 
Pero hay más. Temo que se separen del mundo con excesiva anticipación por otra razón: debido al espíritu algo fastidioso, formal y afectado [que la vida en religión] suele desarrollar.  Que existan vocaciones genuinas entre los chicos es algo que creo enteramente —nos topamos con ellas en las vidas de Santos; y en otros casos también— mas, si alguno de estos fueron introducidos desde pequeños en la vida religiosa, como Santo Tomás y el profeta Samuel, de todos modos aquellos que conocemos mejor y que también parecen haber tenido vocación no de grandes (como San Ignacio [de Loyola] o San Anselmo) sino desde chicos, hay que tener en cuenta que de todos modos la apreciaron y alimentaron en el curso de una educación secular, tales como San Carlos [Borromeo], San Luis [Gonzaga], San Felipe Neri y San Alfonso [Ligorio].
 
Estando pues bajo las dificultades contrarias de privar a Nuestro Señor de Sus sacerdotes o de darle sacerdotes indignos, por mi parte, si puedo opinar sobre el particular, me inclino a preferir con mucho el primer mal. Creo que una vocación verdadera en un joven no se pierde por virtud de una educación secular —como mucho quedará sumergida por algún tiempo para volver a reaparecer más tarde— mientras que una falsa vocación puede alimentarse y sostenerse en un seminario. O, por lo menos, es más común en los tiempos que corren que se fabriquen falsas vocaciones mediante una dedicación religiosa o eclesiástica desde una edad temprana y no que vocaciones genuinas se pierdan por virtud de una educación secular.
  
Siempre suyo en Xto.,
 
+John Henry Newman
Cardenal