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viernes, 22 de mayo de 2020

DOS DE RATZINGER

Noticias tomadas de diversas fuentes.
  
1. LA CARTA DE RATZINGER “PARA TODOS LOS GUSTOS” SOBRE WOJTYŁA: «La misericordia es la unidad interior entre Juan Pablo II y el PAPA Francisco»
   
  
La Archidiócesis de Cracovia reveló una carta que Ratzinger le enviara al cardenal Stanisław Dziwisz con motivo del centenario del nacimiento de Karol Józef Wojtyła Katzorowski, en arte “Juan Pablo II”.
  
La carta dice (negrillas propias):
Ciudad del Vaticano
4 de mayo del 2020

Para el centenario del nacimiento del Santo Papa Juan Pablo II (18 de mayo de 2020)

El 18 de mayo, se cumplirán 100 años desde que el papa Juan Pablo II nació en la pequeña ciudad polaca de Wadowice.

Polonia, dividida durante más de 100 años por las tres grandes potencias vecinas –Prusia, Rusia y Austria–, había recuperado su independencia al final de la Primera Guerra Mundial. Fue una época llena de esperanza, pero también de dificultades, ya que la presión de las dos grandes potencias, Alemania y Rusia, siguió pesando sobre el Estado que se estaba reorganizando. En esta situación de angustia, pero sobre todo de esperanza, creció el joven Karol Wojtyła, que perdió muy pronto a su madre, a su hermano y, finalmente, a su padre, de quien había aprendido una piedad profunda y cálida. El joven Karol era particularmente apasionado de la literatura y el teatro, y después de estudiar para sus exámenes de secundaria, comenzó a dedicarse más a estas materias.

«Para evitar la deportación, en el otoño de 1940, comenzó a trabajar en una cantera que pertenecía a la fábrica química de Solvay» (cf. Don y Misterio). «En Cracovia, había ingresado en secreto en el Seminario. Mientras trabajaba como obrero en una fábrica, comenzó a estudiar teología con viejos libros de texto, para poder ser ordenado sacerdote el 1 de noviembre de 1946» (cf. Ibid.). Por supuesto, no solo estudió teología en los libros, sino también a partir de la situación específica que pesaba sobre él y su país. Es una especie de característica de toda su vida y su trabajo. Estudia con libros, pero experimenta y sufre las cuestiones que están detrás del material impreso. Para él, como joven obispo –obispo auxiliar desde 1958, arzobispo de Cracovia desde 1964– el Concilio Vaticano II se convirtió en una escuela para toda su vida y su trabajo. Las grandes preguntas que surgieron especialmente sobre el llamado Esquema 13 –luego Constitución Gaudium et Spes– fueron sus preguntas personales. Las respuestas desarrolladas en el Concilio le mostraron el camino a seguir para su trabajo como obispo y luego como Papa.

Cuando el cardenal Wojtyła fue elegido sucesor de San Pedro el 16 de octubre de 1978, la Iglesia estaba en una situación desesperada. Las deliberaciones del Concilio se presentaban al público como una disputa sobre la fe misma, lo que parecía privarla de su certeza indudable e inviolable. Un pastor bávaro, por ejemplo, comentando la situación, decía: «Al final, hemos acogido una fe falsa». Esta sensación de que no había nada seguro, de que todo estaba en cuestión, fue alimentada por la forma en que se implementó la reforma litúrgica. Al final, todo parecía factible en la liturgia. Pablo VI había cerrado el Concilio con energía y determinación, pero luego, una vez terminado, se vio confrontado con más asuntos, siempre más urgentes, lo que finalmente puso en tela de juicio a la Iglesia misma. Los sociólogos compararon la situación de la Iglesia en ese momento con la de la Unión Soviética bajo Gorbachov, cuando toda la poderosa estructura del Estado finalmente se derrumbó en un intento de reformarla.

Una tarea que superaba las fuerzas humanas esperaba al nuevo Papa. Sin embargo, desde el primer momento, Juan Pablo II despertó un nuevo entusiasmo por Cristo y su Iglesia. Primero lo hizo con el grito del sermón al comienzo de su pontificado: «¡No tengáis miedo! ¡Abrid, sí, abrid de par en par las puertas a Cristo!». Este tono finalmente determinó todo su pontificado y lo convirtió en un renovado liberador de la Iglesia. Esto estaba condicionado por el hecho de que el nuevo Papa provenía de un país donde el Concilio había sido bien recibido: no el cuestionamiento de todo, sino más bien la alegre renovación de todo.

El Papa ha viajado por el mundo en 104 grandes viajes pastorales y proclamó el Evangelio en todas partes como una alegría, cumpliendo así su obligación de defender el bien, de defender a Cristo.

En 14 encíclicas, volvió a exponer completamente la fe de la Iglesia y su doctrina humana. Inevitablemente, al hacerlo, provocó oposición en las iglesias del Occidente llenas de dudas.

Hoy, me parece importante enfatizar sobre todo el verdadero centro desde el cual debe leerse el mensaje de sus diferentes textos. Este centro vino a la atención de todos nosotros en el momento de su muerte. El Papa Juan Pablo II murió en las primeras horas de la nueva fiesta de la Divina Misericordia. Permitidme agregar primero un pequeño comentario personal que revela un aspecto importante del ser y el trabajo del Papa. Desde el principio, Juan Pablo II se sintió profundamente conmovido por el mensaje de Faustina Kowalska, una monja de Cracovia, que destacó la Divina Misericordia como un centro esencial de la fe cristiana y deseaba una celebración con este motivo. Después de todas las consultas, el Papa había escogido el domingo in albis. Sin embargo, antes de tomar la decisión final, le pidió a la Congregación de la Fe su opinión sobre la conveniencia de esta fecha. Dijimos que no porque pensamos que una fecha tan antigua y llena de contenido como la del domingo in albis no debería sobrecargarse con nuevas ideas. Ciertamente no fue fácil para el Santo Padre aceptar nuestro no. Pero lo hizo con toda humildad y aceptó el no de nuestro lado por segunda vez. Finalmente, hizo una propuesta dejando el histórico domingo in albis, pero incorporando la Divina Misericordia en su mensaje original. En otras ocasiones, de vez en cuando, me impresionó la humildad de este gran Papa, que renunció a las ideas de lo que deseaba porque no recibió la aprobación de los organismos oficiales que, según las reglas clásicas, había de consultar.

Mientras Juan Pablo II vivió sus últimos momentos en este mundo, la Fiesta de la Divina Misericordia acababa de comenzar tras la oración de las primeras vísperas. Esta celebración iluminó la hora de su muerte: la luz de la misericordia de Dios se presenta como un mensaje reconfortante sobre su muerte. En su último libro, Memoria e Identidad, publicado en la víspera de su muerte, el Papa resumió una vez más el mensaje de la Divina Misericordia. Señaló que la hermana Faustina murió antes de los horrores de la Segunda Guerra Mundial, pero que ya había dado la respuesta del Señor a este horror insoportable. Era como si Cristo quisiera decir a través de Faustina: «El mal no obtendrá la victoria final. El misterio pascual confirma que el bien prevalecerá, que la vida triunfará sobre la muerte y que el amor triunfará sobre el odio».

A lo largo de su vida, el Papa buscó apropiarse subjetivamente del centro objetivo de la fe cristiana, que es la doctrina de la salvación, y ayudar a otros a apropiarse de ella. A través de Cristo resucitado, la misericordia de Dios es para cada individuo. Aunque este centro de la existencia cristiana solo nos lo da la fe, también es importante filosóficamente, porque si la misericordia de Dios no es un hecho, debemos encontrar nuestro camino en un mundo donde el poder último del bien contra el mal es incierto. Después de todo, más allá de este significado histórico objetivo, es esencial que todos sepan que, al final, la misericordia de Dios es más fuerte que nuestra debilidad. Además, en esta etapa actual, también se puede encontrar la unidad interior entre el mensaje de Juan Pablo II y las intenciones fundamentales del Papa Francisco: Juan Pablo II no es un rigorista moral, como algunos lo intentan dibujar en parte. Con la centralidad de la misericordia divina, nos da la oportunidad de aceptar el requerimiento moral del hombre, aunque nunca podemos cumplirlo por completo. Sin embargo, nuestros esfuerzos morales se hacen a la luz de la divina misericordia, que resulta ser una fuerza curativa para nuestra debilidad.

Cuando murió el Papa Juan Pablo II, la Plaza de San Pedro estaba llena de personas, especialmente jóvenes, que querían encontrarse con su Papa por última vez. No puedo olvidar el momento en que Mons. Sandri anunció el mensaje de la partida del Papa. Sobre todo, el momento en que la gran campana de San Pedro repicó, hizo que este mensaje resultara inolvidable. El día del funeral, había muchas pancartas diciendo «¡Santo subito!». Eso fue un grito que, de todos lados, surgió a partir del encuentro con Juan Pablo II. No solo en la plaza, sino también en varios círculos intelectuales, se discutió la idea de darle el título de «Magno» a Juan Pablo II.

La palabra «santo» indica la esfera de Dios y la palabra «magno» la dimensión humana. Según el reglamento de la Iglesia, la santidad puede ser reconocida por dos criterios: las virtudes heroicas y el milagro. Los dos criterios están estrechamentevinculados. La expresión «virtud heroica» no significa una especie de hazaña olímpica; al contrario, en y a través de una persona se revela algo que no proviene de él, sino que se hace visible la obra de Dios en y a través de él. No es una competencia moral de la persona, sino renunciar a la propia grandeza. El punto es que una persona deja que Dios trabaje en ella, y así el trabajo y el poder de Dios se hacen visibles a través de ella.

Lo mismo se aplica a la prueba del milagro: aquí tampoco se trata de un evento sensacional sino de la revelación de la bondad de Dios que cura de una manera que va más allá de las meras posibilidades humanas. El santo es un hombre abierto a Dios e imbuido de Dios. El que se aleja de sí mismo y nos deja ver y reconocer a Dios es santo. Verificar esto legalmente, en la medida de lo posible, es el significado de los dos procesos de beatificación y canonización. En los casos de Juan Pablo II, ambos procesos se hicieron estrictamente de acuerdo a las reglas aplicables. Por lo tanto, ahora se nos presenta como el padre que nos deja ver la misericordia y la bondad de Dios.

Es más difícil definir correctamente el término «magno». Durante los casi 2.000 años de historia del papado, el título «Magno» solo prevaleció para dos papas: León I (440-461) y Gregorio I (590-604). La palabra «magno» tiene una connotación política en ambos, en la medida en que algo del misterio de Dios mismo se hace visible a través de la actuación política. A través del diálogo, León Magno logró convencer a Atila, el Príncipe de los Hunos, para que perdonara a Roma, la ciudad de los príncipes de los apóstoles Pedro y Pablo. Desarmado, sin poder militar o político, sino por el solo poder de la convicción por su fe, logró convencer al temido tirano para que perdonara a Roma. El espíritu demostró ser más fuerte en la lucha entre espíritu y poder.

Aunque Gregorio I no tuvo un éxito tan espectacular, también logró proteger a Roma contra los lombardos, de nuevo al oponerse el espíritu al poder y alcanzar la victoria del espíritu.

Si comparamos la historia de los dos Papas con la de Juan Pablo II, su similitud es evidente. Juan Pablo II tampoco tenía poder militar o político. Durante las deliberaciones sobre la forma futura de Europa y Alemania, en febrero de 1945, sebservó que la opinión del Papa también debía tenerse en cuenta. Entonces Stalin preguntó: «¿Cuántas divisiones tiene el Papa?». Es claro que el Papa no tiene divisiones a su disposición. Pero el poder de la fe resultó ser un poder que finalmente derrocó el sistema de poder soviético en 1989 y permitió un nuevo comienzo. Es indiscutible que la fe del Papa fue un elemento esencial en el derrumbe del poder comunista. Así que la grandeza evidente en León I y Gregorio I es ciertamente visible también en Juan Pablo II.

Dejamos abierto si el epíteto «magno» prevalecerá o no. Es cierto que el poder y la bondad de Dios se hicieron visibles para todos nosotros en Juan Pablo II. En un momento en que la Iglesia sufre una vez más la aflicción del mal, este es para nosotros un signo de esperanza y confianza.

Querido San Juan Pablo II, ¡ruega por nosotros!

Benedicto XVI
  
La carta es un nuevo golpe mortal contra los que propugnan la dicotomía Ratzinger-Bergoglio, en cuatro modos:
  1. Afirmando la continuidad Juan Pablo II-Francisco.
  2. Poniendo esta continuidad a la luz de la “misericordia”.
  3. Trayendo la fuerte relación de Juan Pablo II con el Concilio: «el Concilio Vaticano II se convirtió en una escuela para toda su vida y su trabajo».
  4. Llamando explícitamente como “Papa” a Francisco.

2. PETER SEEWALD CUENTA VARIAS ANÉCDOTAS DE RATZINGER
El último libro de Peter Seewald sobre Ratzinger trae más sorpresas que su declaración sobre la sociedad moderna. Se revelan varias anécdotas, como que él estuvo enamorado una vez de una mujer durante varios años, sin trascender la identidad de esta, o si sigue viva.
  
La confesión en forma de preguntas y respuestas va en este tenor: «“¿Alguna vez amaste a una chica?”. “Tal vez”. “¿Entonces sí?”. “Uno podría interpretarlo de esa manera”. “¿Cuánto tiempo duró este doloroso tiempo? ¿Unas pocas semanas? ¿Unos pocos meses?”. “Más tiempo”». Un tema que quizá quede para otro libro, pero del que cabe suponer que fuera antes del seminario.
  
Seewald explica que la imagen de Ratzinger como alguien ultraconservador (o “panzerkardinal”) se debe a las calumnias lanzadas del teólogo Hans Küng, a quien Ratzinger le prohibió enseñar teología por ser demasiado progre para el gusto del Concilio: «Ningún otro teólogo ha servido más a la prensa burguesa-liberal, hasta antieclesiástica, que el suizo. Era un tomar y dar: Küng hacía declaraciones y recibía una benevolencia que ya rayaba en la veneración a los santos».
  
Concluye el periodista alemán diciendo: «Ratzinger nunca fue tan progresista como se decía, pero tampoco tan conservador. Tal vez la gente sólo aprecie plenamente el significado de su trabajo después de su muerte. En todo caso, no volverá a haber nadie como él».

sábado, 11 de abril de 2020

BERGOGLIO RESCATANDO AL COMPAÑERO JUDAS (Nihil novi sub sole)

Casi como es habitual en torno a los días santos, Bergoglio sigue entreteniendo a su (por las circunstancias de público conocimiento) reducida audiencia en la capilla Espíritu Santo de la Domus Sanctæ Marthæ y sus adoradores alrededor del orbe con su plática sobre Judas Iscariote:
«Una cosa que me llama la atención es que Jesús nunca le dice “traidor”; dice que será traicionado, pero no le dice a él “traidor”. Nunca dice: “Vete, traidor”. ¡Nunca! Es más, le dice: “Amigo”, y lo besa. El misterio de Judas… ¿Cómo es el misterio de Judas? No sé… Don Primo Mazzolari lo explicó mejor que yo… Sí, me consuela contemplar aquel capitel de Vézelay: ¿cómo terminó Judas? No lo sé. Jesús amenaza fuertemente, aquí; amenaza fuertemente: “¡Ay de aquel hombre por quien el Hijo del Hombre es traicionado: sería mejor para ese hombre si nunca hubiera nacido!”. ¿Pero eso significa que Judas está en el infierno? No lo sé. Yo miro el capitel. Y escucho la palabra de Jesús: “Amigo”». (ANTIPAPA FRANCISCO, Homilía para el 8 de Abril de 2020; traducida y provista por Zenit).
Más allá del hecho de la relación significante-significado entre “traidor” y “aquel que traiciona” (evidente en cualquier diccionario de cualesquiera de las lenguas conocidas)… señalamos:
  1. Que Bergoglio no hace sino sostener posiciones ya expresadas por sus predecesores inmediatos Wojtyła y Ratzinger;
  2. Que no existe ningún misterio sobre el destino eterno de Judas Iscariote: Jesús mismo lo revela condenado.
Al primero.
De Juan Pablo II podemos citar este pasaje: «cuando Jesús dice de Judas, el traidor, que “sería mejor para ese hombre no haber nacido” (Mateo 26, 24), la afirmación no puede ser entendida con seguridad en el sentido de una eterna condenación» (Cruzando el umbral de la esperanza, 1994, pág. 187 de la edición española). También Benedicto XVI expresa duda sobre la condenación del traidor, que desesperando de la misericordia de Dios se ahorcó, al decir: «Aunque luego se alejó para ahorcarse (cf. Mt 27, 5), a nosotros no nos corresponde juzgar su gesto, poniéndonos en el lugar de Dios, infinitamente misericordioso y justo» (Audiencia general, 18 octubre de 2006). Luego esta duda es “doctrina común” post-conciliar: no puede ser vista sino como agnosticismo, una de las bases del modernismo; y Francisco, como elogiador de la duda (que le convenga, porque de resto, la callada por respuesta) y modernista, la hace suya y la “enseña”, casi tan “dogmáticamente” que el infame Mons. Paglia no tuvo empacho alguno en afirmar que «para la Iglesia Católica, si uno afirma que Judas está en el infierno, es un hereje». Dan ganas de responderles: Médice cura teípsum!

Al segundo.
La condenación de Judas no es un misterio desconocido para nosotros: ella es mostrada claramente por las Escrituras.
  
Cristo llama a Judas “hijo de perdición” (Joann. XVII, 12) [fílius perditiónis / υιος της απωλειας / ܒ݁ܪܶܗ ܕ݁ܰܐܒ݂ܕ݁ܳܢܳܐ / בֶּן-הָאֲבַדּוֹן]. Esta expresión «es un hebraísmo que significa “el que se ha perdido”. Con este nombre se alude a Judas traidor. No es por incuria de Jesús que Judas se perdió, sino por su voluntad perversa. Dios, que lo había perdido, lo hizo preanunciar en la Escritura (Salm. XL, 10; CVIII, 8)» (Padre MARCO M. SALES OP, La Sacra Bibbia – Il Nuovo Testamento, Turín, 1925, Vol. I, pág. 429, n. 12. Traducción propia).
    
San Pedro, en su discurso a los hermanos para escoger al remplazo de Judas entre los Apóstoles, dice que él se fue «a ocupar su lugar» (Act. I, 25), «un eufemismo para indicar el infierno. Judas abandonó el lugar que ocupaba entre los Apóstoles para adquirir un lugar en el infierno, como convenía a la enormidad de su delito» (Ibid. pág. 463, n. 25. Traducción propia). He aquí por qué el Señor usó aquella frase tremenda: «Mejor le sería no haber nacido», refiriéndose al traidor.
  
Lapidario es el Catecismo del Concilio de Trento, eco del unánime (y por ende, infalible) consenso de los Padres: 
«Frecuentemente sucede precisamente que los hombres no se arrepienten de los pecados como deberían; que también hay unos, al decir de Salomón, que se alegran del mal cometido (Prov. 2,14); mientras que hay otros que se afligen tan amargamente, que desesperan de salvarse. Tal parece ser el caso de Caín que exclamó: “Mi pecado es más grande que el perdón de Dios” (Gén. 4, 13); y tal fue ciertamente el de Judas, el cual arrepentido, colgándose en el lazo, perdió al mismo tiempo la vida y el alma (Matth. 27, 3; Act. 1, 18)» (Catecismo del Concilio de Trento, n. 241 – La penitencia en cuanto virtud).
Como la oración sigue a la creencia, la liturgia romana tradicional, en la Misa del Jueves Santo y en la Misa de Presantificados del Viernes Santo, presenta la siguiente Oración:
«Deus, a quo et Judas reátus sui pœnam, et confessiónis suæ latro prǽmium sumpsit, concéde nobis tuæ propitiatiónis efféctum: ut, sicut in passióne sua Jesus Christus, Dóminus noster, divérsa utrísque íntulit stipéndia meritórum; ita nobis, abláto vetustátis erróre, resurrectiónis suæ grátiam largiátur: Qui tecum vivit et regnat in unitáte Spíritus Sancti, Deus, per ómnia sǽcula sæculórum» [Oh Dios, de quien Judas recibió el debido castigo de su pecado y el buen ladrón el premio de su confesión; haznos sentir el efecto de tu misericordia, para que, así como Jesucristo Nuestro Señor dio en su Pasión a entrambos su merecido, así también, destruido en nosostros el error del hombre viejo, nos conceda la gracia de resucitar gloriosamente con él. Que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo, y es Dios, por los siglos de los siglos]. Amén.
De ella se concluye a partir de la confrontación entre San Dimas, el Buen Ladrón (a quien Jesús “canonizó” justo antes de morir), y Judas Iscariote, el Apóstol traidor, que mientras el primero recibió “el premio de su confesión” (evidentemente la salvación), el segundo obtuvo “el debido castigo de su pecado” (evidentemente el castigo en el Infierno) por toda la eternidad.

Por tanto, si hay algo de oscuro en Judas Iscariote, no lo es precisamente su suerte eterna con los demonios y los réprobos en las llamas del Infierno, que debemos evitar. Para evitar tal destino, invitar a ciertos pastores calaveras que en cambio se ocupan de exonerar al Traidor, casi rehabilitarlo (tal vez queriendo absolverse a sí mismos y su traición contra Cristo y su Esposa, la Iglesia Católica).

Sobre la traición de Judas recomendamos leer los textos del padre Giuseppe Ricciotti:
«Llegó por tanto el penúltimo día antes de la Pascua, o sea el miércoles. El tiempo, para los sumos sacerdotes y los fariseos, apremiaba y era necesario actuar. No obstante las repetidas deliberaciones tomadas en los días previos, aún no habían hecho nada, porque Jesús estaba protegido por el favor popular y por tanto se permitía rodar impunemente por Jerusalén e incluso predicar en el Templo. ¿Pero no había método para hacerlo desaparecer ocultamemte, si  que el pueblo se agitase? Por eso no convenía perder más tiempo, y la cuestión debía resolverse en forma definitiva antes de la Pascua, para evitar consecuencias que podían ser gravísimas. Las fiestas en general, y sobre todo la Pascua, a causa de las enormes afluencias de multitudes excitadas, eran consideradas por el procurador romano como períodos de convulsión sísmica, y entonces más que nunca mantenía los ojos abiertos y redoblaba la vigilancia por temor que un don nadie hiciese saltar todo por los aires: por eso en tales ocasiones –como refería ocasionalmente Flavio Josefo (Guerra de los judíos, II, 224)– la cohorte romana acantonada en Jerusalén se desplegaba a lo largo del pórtico del Templo, ya que en las fiestas siempre hacían la guardia armados a fin de que la multitud reunida no hiciera sediciones. ¿Qué cosa por tanto no podía suceder con aquel Rabino galileo en torno por la ciudad y en el Templo, rodeado de grupos de entusiastas que lo creían Mesías?
 
A la primera agitación que hubiese sucedido, el caballero Poncio Pilato habría soltado sus soldados sobre las multitudes de peregrinos, comenzando ciertamente a destruir el lugar santo y la nación, como se temía.  No, no, absolutamente necesitaba desconjurar este peligro y hacerse que para la Pascua todo estuviese en su lugar. ¿Pero cómo? En aquel miércules se tiene un nuevo consejo para discutir tal cuestión. Entonces se reunieron los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo en el palacio del sumo sacerdote llamado Caifás, y deliberaron capturar a Jesús con engaño y matar(lo). Todavía decían: “No en la fiesta, a fin que no haya tumulto en el pueblo” (Mateo, 26, 3-5). Era pues pacífico para todos los partícipes de la reunión que Jesús debía ser suprimido; todavía algunos más cautos acían notar el peligro que el arresto fuese ejecutado durante la fiesta pascual cuando muchos peregrinos, o galileos favorables a Jesús, podían levantarse para protegerlo; por otra parte tampoco sería oportuno realizar el arresto después de la fiesta, porque en el entretanto Jesús podía alejarse con los peregrinos que volvían a sus casas y así escapar de la capturan como había ya hecho después después de la resurrección de Lázaro: por eso necesitaban actuar enseguida, antes de la Pascua. Y en secreto. A esta solicitud y secreto miraba la observación de los cautos consejeros. Pero precisamente aquí estaba la dificultad. Para la Pascua faltaban sólo dos días, y Jesús pasaba toda su jornada en medio del pueblo; ¿cómo era posibleactuar en tan poco tiempo y en manera que el arresto se supiese solo por las cosas hechas? La ayuda viene de donde menos se esperaba. Entonces uno de los doce, aquel llamado Judas Iscariote, fue por los sumos sacerdotes y les dijo: “¿Qué me queréis dar, y yo os lo entregaré?”. Y aquellos establecieron treinta (monedas) argénteas. Y desde entonces (Judas) buscaba una oportunidad para prenderlo. Esta es la información de Mateo (26, l4-l6), con la cual concuerdan los otros dos Sinópticos, los cuales no precisan la suma pactada pero agregan la muy comprensible noticia que los sumos sacerdotes se alegraron por la propuesta de Judas. Y ahora, con tal cooperador, arrestar solícita y secretamente a Jesús se tornaba empresa fácil.
 
¿Pero qué razón empujó a Judas a la traición? La primitiva catequesis no nos ha transmitido otra razón que el amo­r al lucro. Cando los evangelistas presentan a Judas como ladrón y administrador fraudulento de la caja común, preparaban en realidad la escena de Judas en que se acerca a los sumos sacerdotes para preguntar: ¿Qué me queréis dar…? Pero, también fuera de los evangelios, cuando Pedro habla del ladrón ahora suicida, no señala otro provecho de la traición sino la adquisición de un campo con la merced de la iniquidad (Hechos, 1, 16-19). La razón del lucro es por tanto segura; aunque junto a ella no se excluye que hayan otras de la cual la primitiva catequesis no se ocupó, y aquí el campo está abierto a razonables conjeturas. También abstrayendo por los vuelos fantásticos sobre este campo sumamente trágico por dramaturgos o por historiadores de inspiración novelista, queda siempre el inesperado comportamiento tenido por Judas solamente dos días después: visto que Jesús fue condenado, el traidor improvisamente se arrepiente de haber vendido la sangre de aquel justo, y devolviendo el precio a los sumos sacerdotes va a colgarse. Bueno, este no es el comportamiento de un simple avaro: un avaro típico, un hombre que no hubiese tenido otro amor que al dinero, habría quedado satisfecho por el lucro obtenido, cualquiera fuese la suerte sucesiva de Jesús, y nunca hubiese pensado ni en restituir el dinero ni en ahorcarse. Judas ciertamente era avaro y codicioso, pero más allá de eso hay otra cosa. Existen en él al menos dos amores: uno es el del oro, que lo empuja a traicionar a Jesús; pero al lado de este existe otro amor que tal vez también pudo también ser más fuerte, porque a la traición realizada prevalece sobre el mismo amor del oro y empuja al traidor a restituir el lucro, a renegar toda su traición, a llorar la víctima y finalmente a matarse por desesperación. ¿Cuál era el objeto de este amor contrastante con el del oro? Por cuanto podemos pensar, no se encuentra otro objeto posible si no Jesús. Si Judas no hubiese sentido por Jesús un amor tan grande que tal vez prevalecía sobre el del oro, no hubiera ni restituido el dinero ni renegado de su traición. Pero si él amaba a Jesús, ¿por qué lo traicionó?
 
Ciertamente porque su amor era grande pero no incontrastado, no era el amor generoso, confiado, luminoso de un Pedro y de un Juan, y contenía en su llama algo fumoso y tenebroso: en qué consistiese sin embargo este elemento oscuro no sabemos, y para nosotros permaneserá el misterio de la iniquidad suma. ¿Tal vez pensaba Judas haber sido denunciado por Jesús como defraudador de la bolsa común, y no toleró haber decaído de la estima de él? Pero también Pedro como negador de Jesús juzgó haber decaído de la estima de él, pero no desesperó. ¿Tal vez, más prudentemente que los otros Apóstoles, Judas comprende por las rectificaciones mesiánicas de Jesús que su reino no habría traído ni potencia mundanas a los futuros cortesanos, y en aquel previsto fracaso provisto de avaro como era a los propios intereses? Hipótesis posibilísima; la cual sin embargo no explica por sí sola por qué nunca Judas, después de haberse separado de Jesús mediante la traición, se sienta todavía ligado a él para arrepentirse y matarse. ¿Tal vez, aparejando el amor del lucro con el ansia de ver pronto a Jesús a la cabeza del reino mesiánico político, Judas lo traicionó con la seguridad de verlo realizar portentos sobre portentos frente a sus adversarios, y así obligarlo a inaugurar enseguida aquel reino que se hacía esperar demasiado? En tal caso, sin embargo, el traidor no hubiese debido matarse antes de la muerte de Jesús, sino mucho más tarde, porque él no sabía cuándo el Mesías habría recurrido a sus máximos portentos, tanto más que precisamente al inicio de su industria de traidor Judas había asistido en Getsemaní al portento de los guardias aterrados. Y las hipótesis se podrían fácilmente multiplicar, sin que por ello se hubiese aclarado con seguridad el misterio de la iniquidad suma. Además, tal iniquidad no consistió solamente en vender a Jesús, sino más y sobre todo en desesperar de su perdón. Judas había visto a Jesús perdonar a usureros y prostitutas, había oído de su boca las parábolas de la misericordia incluida la del hijo pródigo, lo había oído mandar a Pedro el perdonar setenta veces siete: pero después de todo esto él desespera de su perdón y se cuelga, mientras que Pedro después de su negación no desesperará sino que estallará en llanto.
   
También esta desesperación del perdón demuestra que Judas tenía por el justo traicionado por él una altísima estima, la cual le hacía medir la abisal nefandez del delito cometido: pero era también una estima incompleta y por tanto injuriosa, porque ante la responsabilidad de la traición se detenía a mitad de camino e injuriosamente consideraba a Jesús incapaz de perdonar al traidor. Mucho más que por la traición de Judas, Jesús fue injuriado por su desesperación del perdón: aquí fue el ultraje sumo recibido por Jesús y la iniquidad suma cometida por Judas. La merced establecida por los sumos sacerdotes para la traición fue de treinta (monedas) argénteas. Solo Mateo comunica esta cifra porque, solícito como es de señalar que en Jesús se han cumplido las antiguas profecías mesiánicas, divisa que se cumple una profecía de Zacarías; todavía Mateo, ni en este punto ni en el siguiente (27, 3-10), dirá el nombre individual de las monedas y hablará siempre de treinta argénteos. No hay dudas que la innominada moneda fuese el siclo o sea el estátero, el cual valía cuatro dracmas o sea cuatro denarios; no era pues el denario romano (§ 514); sino una moneda de valor cuatro veces mayor: por eso, hablando técnicamente, la expresión usual de “treinta denarios de Judas” es falsa porque la suma entera de 30 siclos era constituida de 120 “denarios”. En el valor hodierno esta correspondería a casi 128 liras en oro. Era norma de la ley hebrea (Éxodo, 21, 32) que cuando un buey hubiese matado a cornadas a un esclavo, el dueño del buey debía pagar al dueño del esclavo en resacimiento del daño sufrido 30 siclos de plata: por tanto en la práctica el valor medio de un esclavo debía computarse en cerca de 30 siclos. Puede darse que los sumos sacerdotes se inspirasen en esta norma de la Ley para establecer la paga a Judas, porque así obtenían el doble fin objetivo de mostrarse observadores de la ley también en aquel caso y además el de tratar a Jesús como un esclavo cualquiera.
 
Lucas, el cual ha terminado el relato de las tentaciones de Jesús diciendo que el diablo se alejó de Él hasta un tiempo (oportuno) (IV, 13), inicia aquí el relato de la traición diciendo que entró satanás en Judas, el llamado Iscariote, el cual fue a acordarse para su delito con los sumos sacerdotes (Lucas, 22, 3 ss.). Así que para el evangelista discípulo de Pablo la pasión de Jesús es el tiempo (oportuno) antedicho, y representa en alguna forma una continuación de las tentaciones a las cuales Jesús fue sometido por satanás al inicio de su vida pública: terminando ahora Jesús su vida entera, satanás le mueve el último y más potente asalto y lo sumete a la suprema prueba, después de la cual él entrará en su gloria. ¡Oh necios y lentos de corazón…! ¿No debía padecer estas cosas el Cristo (Mesías) y (así) entrar en su gloria? (Lucas, 24, 25-26).
 
[…] Cuando la sesión matinal del Sanedrín fue terminada, se sabe pronto y fácilmente afuera que Jesús fue condenado: quizá antes que cualquier otro extraño lo supo un hombre que tenía sumo interés en esta sentencia, Judas Iscariote. El último resultado de su traición produjo en su espíritu el efecto trastornador que ya habíamos señalado. El maestro, al que él amaba a su manera, fue condenado a muerte. Y ahora, ¿habría podido él liberarse? ¿Habría él recurrido a su potencia taumatúrgica para rom­per aquella red dentro de la cual lo habían metido sus enemigos? El traidor dudó. Tal vez entonces por primera vez se dio cuenta que las últimas consecuencias de su traición diferían de las previstas por él: ciertamente entonces por primera vez entrevé la abismal injusticia por él cometida. En aquel hombre entonces el amor por Jesús habría prevalecido sobre cualquier otro amor suyo, incluso sobre aquel potentísimo sobre el oro: pero de aquel amor turbio e impuro como era no puede subir a la esperanza de perdón. Los 30 siclos, que él entre tanto había recibido y en los cuales su codicia había esperado una plena alegría de espíritu, le devineron en cambio en fuente de insorportable amargura. Parecía que fuesen candentes: él no podía más tenerlas consigo, pareciéndole confirmar y ratificar todavía su traición. Corrió pues a los sumos sacerdotes y ante ellos gritó: ¡He pecado, entregando sangre inocente! Y además arrojó ante ellos la bolsa de los siclos en acto de entrega. Los miembros del Sanedrín, fríos, seguros de sí, ligeramente irónico, respondieron a su grito: ¿A nosotros qué (importa)? ¡Tú (te la) verás! La respuesta de los pagadores resonó en el alma del pagado como befa sarcástica, la cual mostraba que él más que otra cosa era considerado engañado en la traición y él solo era la verdadera víctima. Para los sanedritas la traición debía permanecer y subsistir para siempre, no podía en manera alguna negarse; todo el peso de la traición recayó sobre el traidor, y pensó él en librarse del apuro: en cuanto a ellos, habiendo pagado regularmente los 30 siclos pactados, estaban fuera del asunto y no querían saber más de él. Un furor rabioso se apoderó enseguida del traidor. Viendo precluidas todas las salidas, sintiéndose presionado bajo el peso de los siclos, él corre al Templo cercano, se dirigió cuanto era posible hasta el edificio del “santuario”, y allá comenzó frenéticamente comenzó a arrojar manotadas de siclos hacia el lugar santo como para liberarse de una maraña de víboras que le mordía el corazón.
 
Las monedas sonaron sobre el piso con un tintinar que parecía una risotada, se esparcieron un poco por todas partes ante el “santuario” yacieron allá como en espera. Pero también cuando aquella risotada se calló, el traidor no se sintió aliviado; si su codicia era disipada y desaparecida, en trágica compensación su amor a Jesús creía vislumbrar ante sí una roca infranqueable para llegar a la persona siempre amada. Por todas partes el traidor veía en torno a sí el vacío. Una negrísima tiniebl envolvía entonces su mente, y él huyendo del Templo fue sin más a ahorcarse.
  
Del fin de Judas tenemos una doble relación con interesantes divergencias, las cuales son de particular valor al confirmar la identidad sustancial del hecho. Mateo habla solamente del ahorcamiento. Lucas en cambio, reportando un discurso de Pedro en los Hechos (1, 16-19), ha conservado la tradición según la cual Judas cabeza abajo cayó en medio derramando sus vísceras. Las dos relaciones parecen referirse a dos momentos diferentes del mismo hecho: primero Judas se ahorcó, luego la rama del árbol o la cuerda a la cual se había colgado se reventó, quizá por los movimientos convulsivos, y entonces el suicida se precipitó abajo; es legítimo imaginar que el árbol estuviese sobre el borde de algún barranco, así que la caída produjo en el cuerpo del suicida las consecuencias de las que habla la relación de Lucas. Una tradición identificaría el lugar del colgamiento de Judas con el campo Acéldama comprado con los siclos de él y situado en la Gehena, el valle al mediodía de Jerusalén designada casi desde tiempos antiguos como lugar maldito. La leyenda a su vez casi de tiempos más antiguos se apoderó del hecho, recamándolo alrededor o transformándolo en mil maneras: ya en el siglo IV se afirmaba que el árbol en el cual Judas se ahorcó era un higo (el árbol de cuyas hojas se revistieron los protoparentes pecadores; Génesis, 3, 7), y este higo, después de haber migrado en varios puntos a lo largo de los siglos, se mostraba todavía supérstite pocos años atrás en Jerusalén.
  
Quedaban entre tanto los siclos tirados por el traidor en el Templo. Los puntualísimos sanedritas se consultaron sobre la suerte destinada al dinero en forma que la Ley no fuese violada. De hecho la Ley (Deuteronomio, 23, 19 ebr.) no permitía que fuese aceptado como ofrenda sagrada dinero proveniente de ganancias indecorosas, como el meretricio, homicidio y similares; por eso los sanedritas, recogidos los siclos, observaron: No es lícito ponerlas en el “qorban” (tesoro sagrado), ya que es precio de sangre. Por otra parte 30 siclos eran una suma considerable, a la cual no sería sabio renunciar; y entonces aquellos apropiados casuistas una vía media para conciliar los dos opuestos. En ocasión de grandes fiestas judías afluían a Jerusalén muchísimos peregrinos de las distintas regiones de la Diáspora, y sucediendo que algunos de ellos muriesen durante su permanencia en la ciudad santa las autoridades locales debían proveer a su sepultura. Pero hasta aquel tiempo no había un cementerio reservado a tal fin: los sanedritas pues deliberaron que con los 30 siclos se comprase un lugar llamado comúnmente “Campo del alfarer”, tal vez porque era arcilloso y sede de un taller de alfarería, y se destinase a cementerio de los peregrinos». (GIUSEPPE RICCIOTTI, Vida de Jesucristo, nros. 532-534, 574-575).

jueves, 30 de enero de 2020

POEMA «LA CABEZA Y LA COLA»

    
Por un fraile carmelita. Traducción propia.
   
INGLÉS
The Church appears to have two Popes-
Two bishops dressed in white:
It seems that certain prophecies
Are now being proven right.
  
The head would be Pope Benedict,
Although he’s old and frail;
While Francis, with his open lies,
Appears to be the tail.
  
Pope Benedict, a prisoner,
Retains the papacy;
Though forced to publicly resign
The active ministry.
  
Thus Francis is an anti-pope,
Whatever he may claim;
An enemy of Catholics;
Unworthy of his name.
  
Both head and tail have erred from truth,
So both we must avoid;
The time is coming very soon
When both shall be destroyed.
  
Meanwhile all faithful Catholics
Must never cease to pray,
That Satan’s hour will quickly end
And God will have His day.
  
«And the Lord shall destroy out of Israel the head and the tail, him that bendeth down and him that holdeth back in one day. The aged and the honourable, he is the head: and the prophet that teacheth lies, he is the tail». Isaias 9:14-15, Douay-Rheims Version.
 
TRADUCCIÓN
La Iglesia parece tener dos Papas,
Dos obispos vestidos de blanco:
Parece que algunas profecías
Están probando ser verdaderas.
   
La cabeza sería el Papa Benedicto,
Aunque está viejo y frágil;
Mientras que Francisco, con sus flagrantes mentiras,
Parece ser la cola.
   
El Papa Benedicto, un prisionero,
Retiene el papado;
Aunque forzado a renunciar públicamente
El ministerio activo.
  
Así que Francisco es un antipapa,
Pudiendo reclamar lo que sea;
Un enemigo de los Católicos;
Indigno de su nombre.
  
Ambos, cabeza y cola, desviádose han de la verdad,
Por lo que ambos deben ser evitados;
Muy pronto el tiempo vendrá
Cuando ambos sean destruidos.
  
Entre tanto, todos los fieles Católicos
No deben dejar de orar,
Parq que acabe pronto la hora de satanás
Y Dios tenga Su día.
   
«Y el Señor destruirá en un solo día la cabeza y la cola, a los que obedecen sumisos, como a los que gobiernan. El anciano y el hombre respetable, ése es la cabeza; el profeta que vende embustes, ése es la cola». Isaías 9:14-15, versión de Mons. Félix Torres Amat.

martes, 28 de enero de 2020

EL NUEVO PADRE NUESTRO (ITALIANO) ENTRARÁ A PARTIR DE PASCUA EN EL MISAL MONTINIANO

   
La nueva versión italiana del Padre Nuestro (y por nueva, entiéndase introducida en la versión de la Biblia de la Conferencia Episcopal Italiana en el 2008, bajo el reinado de Joseph Alois Ratzinger Tauber/Peintner, en arte “Benedicto XVI”), en la que se remplaza «non indurci in tentazione» (no nos induzcas a la tentación) a «non abbandonarci alla tentazione» (no nos abandones a la tentación), fue extendida por Jorge Mario Bergoglio Sìvori “Francisco I” al Misal Montiniano en este año. Así lo anunció ayer al diario AdnKronos Bruno Forte, arzobispo de Chieti-Vasto y teólogo (modernista-progresista) entre los más influyentes en el Vaticano, en el marco del Foro Internacional de Teología en la Pontificia Universidad Lateranense:
«El Misal con la nueva versión del Padre Nuestro saldrá poco después de Pascua [que este año ‘cae’ el 12 de Abril, mientras que] el uso litúrgico de la oración modificada será introducido a partir de las misas del del 29 de Noviembre, primer domingo de Adviento».

A fin de entender mejor el tema,  y por qué es erróneo y hasta herético el cambio, recomendamos los siguientes artículos que hemos publicado en nuestro blog:

viernes, 17 de enero de 2020

ANTONIO SOCCI: BERGOGLIO EL DÉSPOTA CONTRA SU ANTECESOR

El periodista y escritor italiano Antonio Socci publicó en su cuenta de Facebook la siguiente versión de los hechos ocurridos con el libro de la discordia de estos días, que firmaron Benedicto XVI y el Cardenal Robert Sarah. El periodista Socci es de los que tienen una opinión conspirativa sobre la renuncia de B16 y la asunción de Bergoglio (que consideramos plausible sabiendo que el Vaticano ha estado plagado de conspiraciones desde siempre, no así el considerar a B16 como Papa Católico). Lo que nos interesa es su versión de la retirada del nombre de Benedicto del libro.
  

TRAS ESCENA: ASÍ ES COMO FUERON LAS COSAS. EL FUROR DEL DÉSPOTA CONTRA EL PAPA CATÓLICO.
  
«Fuentes confiables internas del Vaticano reconstruyen así la historia. El libro “De lo profundo de nuestros corazones” es claramente de Benedicto XVI y del card. Sarah (como entre otras demuestran inequívocamente las cartas entre los dos, hechas conocidas por Sarah). Todo fue decidido y acordado de común acuerdo desde el principio.
   
Anteayer —cuando fue anticipada la parte en defensa del celibato eclesiástico— el fin del mundo estalló en el Vaticano porque Bergoglio estaba furioso.
 
De hecho, ese pronunciamiento tan autorizado de Benedicto XVI le impide retomar el celibato eclesiástico como habría tenido la intención hacer en la próxima Exhortación postsinodal.
 
Entonces ÉL EN PERSONA convocó a Mons. Gaenswein, quien es secretario de Benedicto XVI, pero también prefecto de la Casa pontificia de Bergoglio y —furioso— le ORDENÓ hacer eliminar el nombre de Benedicto XVI de la portada de ese libro (sin poder pretender cambiar los textos del libro).
 
Bergoglio pretendía una plena y total negación. Por esto, la primera noticia filtrada hablaba de fuentes “cercanas a Benedicto XVI” según las cuales Benedicto no había escrito un libro a cuatro manos con Sarah, ni había aprobado la portada (es decir, su firma en el volumen).
 
Esto, sin embargo, no era verdadero y Benedicto XVI no podía aceptar decir la falsedad, acusando implícitamente al card. Sarah por haberlo involucrado sin su consentimiento. Ni tampoco el Papa Benedicto tenía ninguna intención de echarse atrás en lo que había escrito en defensa del celibato en ese volumen.
 
De hecho, el card. Sarah subitamente dio a conocer las cartas intercambiadas entre ellos, que mostraban que el libro ha sido querido por ambos, y ciertamente él lo dio a conocer con el consentimiento de Benedicto XVI. Para restaurar la verdad.
 
Por otro lado, Benedicto también se vio en la necesidad de proteger a su secretario de las “venganzas” [lit. “vendetas”, N. de T.] sudamericanas, dado que había recibido una orden perentoria de Bergoglio.
 
Así que se adoptó esta solución de compromiso: en las ediciones del libro que siguen a la primera, el autor del libro será el card. Sarah “CON LA CONTRIBUCIÓN DE BENEDICTO XVI”. En cualquier caso, el texto del libro sigue siendo el mismo.
 
Con esta chapuza que compromete a la corte Bergogliana pudo hacer decir a los medios que “Benedicto XVI ha retirado la firma del libro” (incluso si no es cierto) y, de hecho, el libro permanece tal cual, con la firma de Sarah y el nombre de Benedicto XVI autor de las partes acordadas. 
   
Una historia feísima de prepotencia clerical que, en última instancia, tiene como objetivo amordazar a Benedicto XVI.
 
SIN EMBARGO, QUEDA LA CUESTIÓN DE FONDO: SI BERGOGLIO, EN SU EXHORTACIÓN DA EL GOLPE AL CELIBATO (CON LA ORDENACIÓN DE LOS “VIRI PROBATI”) DE HECHO SE PONE EN CONTRASTE DIRECTO CON LA DOCTRINA DE LA IGLESIA AFIRMADA EN ESTOS DÍAS POR EL PAPA BENEDICTO XVI. POR LO TANTO, SI ASUME LA RESPONSABILIDAD POR UNA RUPTURA GRAVÍSIMA DE SERIAS CONSECUENCIAS.
 
Antonio Socci».

ACTUALIZACIÓN: El libro, a pesar y a causa del atentado bergogliano de censura (y posterior desprestigio), es un éxito de ventas en Francia, según Amazon y (esta vez a su pesar) el bergoglista LA CROIX.

martes, 6 de agosto de 2019

“BENEDICTO XVI QUERÍA A BERGOGLIO COMO SECRETARIO DE ESTADO”

Traducción del artículo publicado el lunes 22 de Julio de 2019 por Francesco Boezi en ILGIORNALE.IT, y en RADIO SPADA el jueves 25 del mismo mes. Dedicado a quienes todavía contraponen Francisco a Benedicto.
 
   
La voz es de aquellos que pueden aclarar mejor la relación sostenida, desde antiguo, entre el papa reinante y el emérito: un sacerdote argentino ha referido cómo Benedicto XVI había pedido a Jorge Mario Bergoglio la disponibilidad para recibir el encargo de secretario de Estado, esto es, de “ministro de Exteriores” del Vaticano.
  
El encargo que después asumió el cardenal Tarcisio Bertone con Joseph Ratzinger y el cardenal Pietro Parolin, años después, con la llegada del papa Francisco.
  
Siempre según la versión del clérigo sudamericano, el entonces arzobispo de Buenos Aires, en la época, ha preferido declinar. Estábamos en los albores del pontificado del teólogo tedesco. El arzobispo de Buenos Aires, según algunas reconstrucciones periodísticas sobre el Cónclave que eligió al ex-prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, ya había tenido forma de confrontarse con el que habría devenido el sucesor del Papa Juan Pablo II: algunos cardenales –sostienen algunas fuentes, como el conocido “diario secreto” de un purpurado– habían ya optado por votar al argentino, pero, precisamente la voluntad estrecha de aquél que después elegiría llamarse Francisco, esto es, la de evitar el impase debido al truncado porcentaje de los dos tercios de las preferencias, había desbloqueado las operaciones de voto, consintiendo en alguna forma que Joseph Ratzinger se sentara en el solio de San Pedro.
  
Luego, Benedicto XVI habría identificado en Jorge Mario Bergoglio la figura eclesiástica más adecuada para modificar profundamente algunos mecanismos eclesiásticos.
  
Los párrafos de la narración del consagrado argentino son profundizadas también en Crux, donde se lee: “El pobre Benedicto intentó enfrentarlo (refiriéndose a la necesidad impelente de una reforma, N. de R.) y, para hacerlo, se acercó a Bergoglio para nombrarlo como su Secretario de Estado, pero Jorge le dijo que no”. El nombre del sacerdote narrante es Fernando Pedro Miguens Dedyn [nacido el 30 de julio de 1944, ordenado en Madrid el 31 de agosto de 1969, e incardinado en la diócesis de San Miguel tras abandonar el Opus Dei, donde fue rector del seminario local, N. del T.], que después ha continuado así: “Benedicto quería elegir a alguien que tuviera las uñas de un ‘guitarrista’ para que esta persona pudiera enfrentar la reforma”. Lo que también puede ser interpretado así: el actual papa emérito consideraba que Jorge Mario Bergoglio podía dar la sterzata necesaria a la Iglesia católica. ¿Pero por qué el hombre que después devendría en pontífice, ahora casi quince años ha, escogió, en el caso de que la narrativa de Miguens resultase verdadera, no transferirse a Roma par a coadyuvar a Benedicto XVI?
  
Sobre esta pregunta, con toda probabilidad, se consentrarán los esfuerzos para verificar, desde un punto de vista periodístico, la veridicidad del cuadro presentado.
  
COMENTARIO DE JORGE RONDÓN SANTOS: Esto se sumaría a lo dicho por el vaticanista Sandro Magister en su artículo “Bergoglio in pole position” (L’Espresso, n. 49 del 28 de noviembre-5 de diciembre de 2002, republicado en Settimo Cielo con el título “Jorge Mario Bergoglio, professione servo dei servi di Dio”), que «en el Sínodo de los Obispos del otoño del 2001, le pidieron a Bergoglio, de buenas a primeras, tomar el puesto del relator en el programa, que había abandonado la sesión. Lo realizó con maestría, al punto que al final del sínodo, al momento de nombrar los 12 miembros del consejo de secretaría, lo eligieron con la mayor votación; y alguien, en el Vaticano, pensó en llamarlo a dirigir un importante dicasterio, a lo que repuso: “Por caridad, en la Curia me muero”», declinando el ofrecimiento.

sábado, 29 de junio de 2019

RATZINGER RECONOCE A BERGOGLIO COMO ÚNICO GOBERNANTE DE LA DEUTEROVATICANIDAD

  
Aunque prometió aislarse del mundo desde que se materializó su renuncia el 28 de Febrero de 2013, el sacerdote modernista alemán Joseph Alois Ratzinger Tauber-Peintner, quien entre el 19 de Abril de 2005 y la fecha señalada se hizo llamar “Papa Benedicto XVI”, en una entrevista que dio al periodista Massimo Franco del diario oligarca italiano Corriere della Sera y que fue publicada ayer 28 de Junio de 2019 (haciéndose Vatican News eco de la misma), en parte para acallar los rumores que surgieron tras su renuncia donde afirmaban que ésta era nula y él era legítimo mientras que su inglorioso sucesor Jorge Mario Bergoglio Sívori era un usurpador (corriente llamada “resignacionismo” o “benevacantismo”), reafirmó que para él «el Papa es uno, [y se llama] Francisco».
  
El entrevistador recalca que según Ratzinger la unidad de la iglesia es “su principal obsesión” y está “más aguda que nunca”. Ya en 2017, ante las exequias del cardenal Joachim Meisner (uno de los cuatro dubianistas originales), Ratzinger envió un mensaje donde dijo tener «la certeza que el Señor no abandona a su Iglesia, aun cuando parezca que va a zozobrar», causando gran alboroto. Ahora dice que «la unidad de la Iglesia ha sido siempre más fuerte que las luchas y guerras intestinas», aun a sabiendas que su iglesia, la Secta Deuterovaticana, ha estado en guerra desde su fundación en el Anticoncilio Vaticano II, entre los mismos modernistas (que los hay conservadores y liberales) y contra la Iglesia Católica; y que él mismo ha sido parte y protagonista de esas “guerras y luchas intestinas”.
  
Ante esto, se cae el tinglado de los resignacionistas, que van desde los que afirman que Benedicto Ratzinger está simplemente equivocado en su estatus hasta los que no les importa lo que él diga o piense de su renuncia, y todo el espectro intermedio. Confusión nacida ¡de él mismo!, ya que, aún renunciado (LIBRE Y ESPONTÁNEAMENTE, AUN CON CIRCUNSTANCIAS POLÉMICAS), continúa usando la sotana y el solideo blanco junto al título de “Su Santidad” y el nombre de elección (en contraste, cuando Celestino V -San Pedro Celestino- renunció al pontificado tras cinco meses y nueve días de su elección, retornó a su vida monástica como Pedro Angeleri di Morrone OSB Cœl.), y alimentando por medio de su secretario privado el arzobispo Georg Gänswein, como cuando dijo en la Gregoriana el 21 de Mayo de 2016: «no hay dos Papas, sino un ministerio [petrino] expandido de facto, con un miembro activo y un miembro contemplativo, que aunque ha dejado el trono, no ha renunciado al nombre ni tampoco se ha aislado en un monasterio, sino que sigue dentro del Vaticano, como si solo hubiese dado un paso al lado para hacer hueco a su sucesor y abrir una nueva etapa en la historia del papado».
  
Independientemente de todas declaraciones, el problema seguirá mientras Ratzinger viva. Incluso, cuando muera, algunos habrán que en lugar de aceptar de Bergoglio como jefe de la secta del Vaticano II o reconocer que la Sede Apostólica está vacante desde el 9 de Octubre de 1958, buscarán un “Benedicto XVII” al que vincularse (¿Gänswein o el cardenal Ángelo Scola? Esperar). De todos modos, estarán prolongando la vinculación suya de ellos (y de cuantos incautamente los siguen) a la iglesia conciliar.

domingo, 9 de junio de 2019

RATZINGER, EL MÁS PELIGROSO DE LOS MODERNISTAS

«Es bien sabido que Ratzinger es una de las principales figuras del neomodernismo y que despemeñó importante papel en en Concilio Vaticano II. Por tanto, es uno de los padres fundadores de la Iglesia Postconciliar. A raíz de que fue moderando paulatinamente su posición años después del concilio, y debido a su cargo de Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, que ocupa desde 1982, muchos creen ingenuamente que es un celoso defensor de la ortodoxia, un “conservador” de la Fe y la Tradición. Mistificación en la que que ha tenido un sobresaliente influjo la prensa mundial, que se halla en manos de la plutocracia judía enemiga del Catolicismo. Tal engañosa apariencia torna aún más peligroso a Ratzinger y sus congéneres (así como a Juan Pablo II), porque se aceptan sus gravísimas herejías y se diluye y/o se adormece la resistencia contra la secta judaizante que detenta en nombre y el prestigio de la Iglesia Romana».

FEDERICO RIVANERA CARLÉS, La judaización del Cristianismo y la ruina de la civilización, vol. 3, pág. 495.

lunes, 22 de abril de 2019

BERGOGLIO NIEGA LA RESURRECCIÓN

Traducción por don Antonio Moiño Munitiz del artículo publicado en Inglés por NOVUS ORDO WATCH. Tomado de AMOR DE LA VERDAD.
  
Si Cristo no resucitó, vana es nuestra fe” (1 Cor. 15:17).
¿REALMENTE CRISTO RESUCITÓ DE ENTRE LOS MUERTOS? CÓMO EL “PAPA” FRANCISCO NIEGA ASTUTAMENTE LA HISTORICIDAD DE LA RESURRECCIÓN.
   
 
La razón por la cual los modernistas han tenido tanto éxito en su destrucción de la Fe en las almas es que sus errores están típicamente camuflados. Las ideas escandalosas que proclaman a menudo las contradicen o relativizan en otros lugares; o usan suficiente ambigüedad en sus palabras para que aunque la mayoría de la gente tome la herejía de sus palabras menos claras (especialmente si las palabras están acompañadas de acciones heréticas), los apologistas de Francisco detectarán suficiente “denegabilidad plausible” en ellas si necesitan defender a su maestro de la acusación de envenenar almas.
  
Los errores de camuflaje no los hacen menos dañinos; por el contrario, los hace aún más peligrosos porque no son detectados o son excusados una y otra vez, mientras infectan a sus víctimas desprevenidas de todos modos.
  
Uno de los dogmas que más odian los modernistas es el de la Resurrección: la Resurrección de Jesucristo en el año 33 dC, así como la resurrección del cuerpo al final de los tiempos (para los elegidos, una resurrección para gloria, para los condenados, un resurrección para vergüenza, ver Jn 5, 28-29). Personas famosas como Walter Kasper, Gerhard Ludwig Müller y Joseph Ratzinger son todos culpables de negar la Resurrección tal como la define la Iglesia Católica:
Una táctica típica que a los modernistas les gusta usar para negar la Resurrección no es, por supuesto, decir rotundamente que la definición de la Iglesia sea falsa. Por el contrario, el método preferido es decir que la resurrección “realmente” significa ______ [inserte el galimatías modernista aquí].
  
Por eso el Padre Ratzinger, por ejemplo, afirma que «[san] Pablo no enseña la resurrección de los cuerpos, sino de las personas…» (Introducción al cristianismo [en español, Salamanca: Sígueme, 2016], página 281). Sin embargo, el Credo mismo no podría ser más claro en su refutación de tal noción: «Creo en el Espíritu Santo, la Santa Iglesia Católica, la comunión de los santos, el perdón de los pecados, la resurrección de la carne y la vida eterna» (Credo de los Apóstoles). La resurrección del cuerpo es precisamente lo que la Iglesia enseña dogmáticamente (ver Catecismo de Trento, Parte I, Artículo XI), no una resurrección de “personas”, como Ratzinger, siempre teniendo comezón en los oídos (2 Tim. 4:3), lo tendría. [Ratzinger dice : «…la transformación de la historia iniciada con la resurrección de Cristo. Con este acontecimiento, como dijimos antes, se supera el límite del bios, es decir, de la muerte, y se abre una nueva dimensión: El espíritu, el amor que es más fuerte que la muerte, trasciende lo biológico». Ibid., pág. 281]
   
Por lo general, con el pretexto de proporcionar una comprensión más profunda o más precisa, los modernistas distorsionarán y negarán el dogma, en contradicción literal con el Concilio Vaticano I:
«Por lo tanto, también, la comprensión de sus dogmas sagrados debe mantener perpetuamente, lo que la Santa Madre Iglesia ha declarado una vez; y nunca se debe apartar de ese significado bajo el nombre engañoso de una comprensión más profunda. “Por lo tanto . . . que la comprensión, el conocimiento y la sabiduría de los individuos, como de todos, de un hombre como de toda la Iglesia, crezcan y progresen fuertemente con el paso de las edades y los siglos; pero que sea únicamente en su propio género, es decir, en el mismo dogma, con el mismo sentido y en la misma comprensión”». (Vaticano I, Constitución Dogmática Dei Filius, Cap. 4; Denz. 1800)
  
Con la trayectoria modernista de la Resurrección, no sorprende que el actual reclamante papal en Ciudad del Vaticano, Jorge Bergoglio, alias “Papa Francisco”, tenga que hacer su propia contribución para socavar este dogma. Sin embargo, a diferencia de sus predecesores y compañeros de trabajo, lo hace aún más sutilmente.
  
El 19 de abril de 2017, Francisco dio una catequesis sobre la Resurrección de Cristo durante su audiencia general. En lo que en gran medida es un texto muy bien escrito y ortodoxo, se las arregla para introducir dos graves errores:
«Si efectivamente todo hubiera terminado con su muerte, en Él tendríamos un ejemplo de devoción suprema, pero esto no podría generar nuestra fe. Ha sido un héroe. ¡No!* Murió, pero resucitó. Porque la fe nace de la resurrección. Aceptar que Cristo murió, y murió crucificado, no es un acto de fe, es un hecho histórico. En cambio creer que resucitó sí [es un acto de fe]. Nuestra fe nace la mañana de Pascua». (Antipapa Francisco, Audiencia general, Vatican.va, 19 de abril de 2017. * La palabra “¡No!” de arriba no aparece en la traducción al inglés del Vaticano, pero es parte del original italiano, por lo tanto, la agregamos).
  
Para la mayoría de los oídos, esto puede parecer inocuo, pero no lo es. Los dos errores que Francisco ha incluido astutamente aquí son: (1) la negación de la crucifixión y la muerte de Cristo como artículos de fe; y (2) negación de la Resurrección como hecho histórico. Francisco no deja lugar a dudas de que se adhiere a estos errores, ya que incluso contrasta los dos para mostrar lo que él dice que es su diferencia esencial: la Pasión / Muerte de Cristo, por un lado, y luego, su Resurrección, por el otro. La primera idea no es como la segunda; la segunda es diferente de la primera.
  
Echemos un vistazo de cerca a ambos errores ahora.
  
Primero, es importante entender que algo puede ser aceptado por la razón, aparte de la Fe, y, al mismo tiempo, ser un artículo de Fe. Un buen ejemplo sería la existencia de Dios. Se puede demostrar a partir de las cosas creadas y, por lo tanto, es cognoscible por la sola razón (ver Papa Pío XI, Encíclica Studiorum Ducem, n. 16); sin embargo, también es un dogma de la fe (curiosamente, incluso es un dogma de la Fe que la existencia de Dios puede probarse solo por la razón, véase el Vaticano I, Constitución Dogmática Dei Filius, Denz. 1806, 1812).
 
La crucifixión y la muerte de Jesús de Nazaret son hechos históricos indiscutibles. Estos pueden ser probados usando la disciplina de la historia, y así pueden conocerse aparte de la virtud de la Fe divina. De hecho, están entre los llamados “motivos de credibilidad”.
  
Además de ser hechos históricos y motivos de credibilidad, la crucifixión y la muerte de Cristo también son dogmas de la fe, dogmas que obviamente se revelan divinamente en todo el Nuevo Testamento y en los que profesamos nuestra creencia cada vez que rezamos el Credo de los Apóstoles:  Creo en Dios, Padre omnipotente, creador del cielo y de la tierra; y en Jesucristo, su único Hijo, nuestro Señor; Que fue concebido por el Espíritu Santo, y nació de la Virgen María, padeció bajo Poncio Pilato, fue crucificado, muerto y sepultado». El Concilio de Trento también enseña claramente que «nuestro Señor Jesucristo, “quien cuando éramos enemigos” [Rom 5:10], “por la gran caridad con que nos amó” [Ef. 2: 4], mereció la justificación para nosotros por su santísima pasión en el madero de la Cruz, y nos hizo la satisfacción de Dios Padre» (Sesión VI, Capítulo 7, Denz. 799).
  
El asunto es claro: la Pasión y la Muerte de Cristo no son solo hechos históricos; también son dogmas de fe. Si los aceptamos solo bajo la autoridad de la historia humana y no también bajo la autoridad del Dios que todo lo sabe y enteramente es veraz, cometemos el pecado mortal de herejía.
  
Con respecto a la Resurrección de Cristo, es por supuesto un dogma de nuestra Fe, pero también es un hecho histórico. Lo contrario fue rechazado directa y explícitamente por el Papa Pío X. En su famoso Syllabus contra el Modernismo, San Pío X condenó el siguiente error: «La resurrección del Salvador no es propiamente un hecho del orden histórico, sino un hecho puramente del orden sobrenatural, ni demostrado ni demostrable, y que la conciencia cristiana deriva gradualmente de otras fuentes» (Decreto Lamentabili Sane, Error nº. 36; Denz., 2036).
  
Sin embargo, es este error el que Francisco introduce en las mentes de sus oyentes, especialmente porque lo contrasta con verdades que él dice que son hechos históricos. Es cierto que declara varias veces en la misma catequesis de la Audiencia General que la Resurrección de Cristo es “un hecho”, pero que obviamente no significa un hecho histórico, de lo contrario no habría nada que lo distinga en su mente de la Crucifixión de Nuestro Señor y Muerte.
   
No permitan que Francisco los engañe cuando parezca reconocer la resurrección como un hecho, porque si no es un hecho histórico, es decir, si no ocurrió objetivamente en la historia humana, entonces no es un hecho en absoluto. El “Cardenal” Gerhard Ludwig Müller, por ejemplo, probablemente estaría de acuerdo en que la Resurrección es un hecho, pero solo en el sentido de una “experiencia trascendental” -sea esto lo que sea- y no como un hecho histórico verificado empíricamente:
«Una cámara no podría haber realizado una grabación audiovisual de las manifestaciones pascuales de Jesús frente a sus discípulos, ni del evento de Resurrección, que, en esencia, es la consumación de la relación personal del Padre con el Hijo encarnado en el Espíritu Santo». (Gerhard L. Müller, Katholische Dogmatik, 8ª ed. [Friburgo: Herder, 2010], página 300, traducción nuestra, ver la imagen escaneada aquí).
 
El predecesor de Francisco, P. Ratzinger (también conocido como “Papa Emérito” Benedicto XVI), también impugna la verdad histórica de la Resurrección, afirmando que «no puede ser un evento histórico en el mismo sentido en que lo es la Crucifixión”. Para el caso, no hay ningún relato que lo describa como tal, ni está circunscrito en el tiempo sino por la expresión escatológica ‘el tercer día’ (Principios de la teología católica [Salamanca: Sígueme] pág. 181) [Ratzinger dice: «[Jesús]… murió crucificado y fracasado por motivos que no podemos reconstruir. Después sin que sepamos realmente cómo, surgió la idea de la Resurrección, es decir se creyó que vivía o que todavía significaba algo». Íbid. pág. 181]
  
Es importante entender, entonces, que el hecho de que un Modernista llame a la Resurrección un hecho o un evento no significa que con eso se refiera a un hecho objetivo, histórico y verificado empíricamente.
  
Sin embargo, toda la religión católica, de hecho, depende enteramente de la historicidad de la Resurrección de Cristo. Como San Pablo enseña tan bellamente en su Primera Carta a los Corintios, si la Resurrección no es un hecho histórico, entonces nuestra Fe es vana:
«Ahora bien, si predicamos a Cristo, que resucitó de entre los muertos, ¿cómo algunos de vosotros decís que no hay resurrección de los muertos? Pero si no hay resurrección de los muertos, entonces Cristo no resucitó. Y si Cristo no resucitó, entonces nuestra predicación es vana, y vuestra fe también es vana. Sí, seríamos testigos falsos de Dios: porque hemos dado testimonio contra Dios, que él ha resucitado a Cristo; a quien no resucitó, si los muertos no resucitan. Porque si los muertos no resucitan, tampoco Cristo resucitó. Y si Cristo no resucitó, vuestra fe es vana, así que todavía estáis en vuestros pecados. Entonces también los que durmieron en Cristo, perecieron. Si en esta vida solo tenemos esperanza en Cristo, somos de todos los hombres más miserables. Pero ahora bien, Cristo ha resucitado de los muertos, las primicias de los que duermen…» (1 Corintios 15: 12-20)
  
La Resurrección de Cristo como hecho histórico es el último criterio que hace que la religión católica sea creíble. Monseñor. Joseph Clifford Fenton, quien recibió honores eclesiásticos del Papa Pío XII por sus destacadas contribuciones a la Sagrada Teología, llama a la historicidad de la Resurrección la “evidencia suprema” para la validez de la religión católica romana:
Jesús de Nazaret murió. El fue enterrado. Entonces Él vivió y caminó de nuevo. Esta verdad incontrovertible constituye la evidencia suprema de la fiabilidad de su enseñanza como revelación divina. Tan íntimamente está el hecho de la resurrección ligado a la credibilidad de la fe divina, que San Pablo podría afirmar que la aceptabilidad del mensaje cristiano como tal dependía de ello [véase 1 Cor 15: 13-20]. (Rev. Joseph Clifford Fenton, Nos encontramos con Cristo [Milwaukee, WI: Bruce Publishing, 1942], página 319; republicado como Dejando el Fundamento [Steubenville, OH: Emmaus Road, 2016], página 343)
  
En otras palabras, si la Resurrección de Cristo no fuera un hecho histórico, nuestra Fe carecería de fundamento, porque la Resurrección es la prueba definitiva de que Cristo es el Hijo de Dios y que, por lo tanto, todo lo que predicó es verdadero. Afirmar en cambio que debemos simplemente creer que Cristo resucitó de entre los muertos -sin ninguna evidencia racional- es afirmar la herejía del Fideísmo, por la cual se entiende un “sistema que exagera la función de la fe en el conocimiento de la verdad” (Pietro Parente, ed., Diccionario de Teología Dogmática, voz “fideísmo”).
  
La fe no es creer algo sin evidencia; la fe, en su sentido más general, es aceptar algo como cierto sobre la autoridad de otro. Pero para que esta aceptación de la autoridad de otro sea virtuosa y no irracional (véase Eccles [Sir] 19: 4), primero debemos establecer que el otro es digno de fe, es decir, que es competente, veraz y ha presentado testimonios sobre el asunto bajo consideración.
  
La Enciclopedia Católica de 1909 explica:
… incluso la autoridad de Dios, no puede ser el criterio supremo de la certeza, y un acto de fe no puede ser la forma primaria de conocimiento humano. Esta autoridad, de hecho, para ser un motivo de asentimiento, debe ser previamente reconocida como ciertamente válida; antes de creer en una proposición revelada por Dios, primero debemos saber con certeza que Dios existe, que Él revela tal y tal proposición, y que Su enseñanza es digna de asentimiento, todas las preguntas pueden y deben ser finalmente decididas solamente por un acto de consentimiento intelectual basado en evidencia objetiva. Por lo tanto, el fideísmo no solo niega el conocimiento intelectual, sino que lógicamente arruina la fe misma.
  
… La revelación, de hecho, es el motivo supremo de la fe en las verdades sobrenaturales, sin embargo, la existencia de este motivo y su validez tiene que ser establecida por la razón. (Enciclopedia católica, voz “Fideísmo”)
  
En otras palabras, la doctrina protestante del popular “salto de la fe” es una herejía.
  
El Concilio Vaticano I expuso claramente las enseñanzas católicas sobre la razonabilidad de la Fe contra los proto-modernistas, cuyos errores estaban principalmente enraizados en la falsa filosofía de Immanuel Kant (1724-1804):
Sin embargo, para que la “obediencia” de nuestra fe sea “consonante con la razón” [cf. ROM. 12: 1], Dios ha querido que a las ayudas internas del Espíritu Santo se unan pruebas externas de su revelación, a saber: hechos divinos, especialmente milagros y profecías que, debido a que claramente muestran la omnipotencia y el conocimiento infinito de Dios , son los signos más seguros de una revelación divina, y son adecuados para la inteligencia de todos. Por lo tanto, no solo Moisés y los profetas, sino especialmente Cristo el Señor mismo, produjeron muchos milagros y profecías genuinos; y leemos acerca de los apóstoles: “Pero ellos, saliendo, predicaron en todas partes; el Señor obraba y confirmaba su palabra con las señales que les seguían” [Marcos 16:20]. Y otra vez está escrito: “Y tenemos la palabra profética más firme: por la cual haces bien en aceptar como una luz que brilla en un lugar oscuro” [2 Ped. 1:19].
   

 
Si alguien dice que la revelación divina no puede ser creíble por los signos externos, y por esta razón los hombres deben ser movidos a la fe solo por la experiencia interna de cada uno, o por inspiración privada: sea anatema. (Vaticano I, Dei Filius, Cap. 3; Denz. 1790, 1812)
 
Es función de la disciplina teológica de la apologética demostrar la razonabilidad de la fe. Monseñor. Fenton explica:
… [Es] el propósito central y esencial de la apologética señalar las evidentes indicaciones de que el dogma católico, ofrecido como un mensaje de Dios al hombre, en realidad ha sido revelado por Dios mismo. Debido a que esta enseñanza se presenta como una revelación media en lugar de inmediata, no podemos confiar únicamente en la experiencia de aquél que ha recibido directamente la comunicación divina. Podemos establecer la autoría divina apropiada de este mensaje a la luz de la razón natural, sólo de la misma manera que podemos discernir la autoría de cualquier otra comunicación que nos llega a través de canales indirectos…
  
La Iglesia misma hace un llamado definitivo a todos estos motivos de credibilidad. Sin vacilar, ella afirma que su enseñanza es racionalmente aceptable como revelación divina porque está garantizada por signos inequívocos del testimonio de Dios a este efecto. (Fenton, Nos encontramos con Cristo, págs. 64,66; Laying the Foundation, págs 69, 71)
  
El propósito de los motivos de credibilidad es hacer que el acto de la Fe divina sea razonable y prudente, en lugar de arbitrario o basado en el sentimiento:
El asentimiento de la fe es un acto de virtud. Por lo tanto, debe ser prudente y estar de acuerdo con la razón. Pero la prudencia dicta que no se cree firmemente en nada, a menos que las pruebas lo hagan creíble. Por lo tanto, los misterios de la fe que se nos ordena creer más firmemente deben ser evidentemente creíbles. (Rev. Reginald Garrigou-Lagrange OP, The Theological Virtues, volumen 1 [Ex Fontibus Co., 2016], pág. 104)
  
Nuestro Señor Jesucristo mismo respaldó sus milagros como motivos de credibilidad para la verdad de sus afirmaciones y su revelación: “Si no hago las obras de mi Padre, no me crean. Pero si lo hago, aunque no me creas, cree en las obras: para que puedas saber y creer que el Padre está en mí y yo en el Padre” (Jn. 10: 37-38).
  
El Papa Pío IX detalla el papel de los motivos de credibilidad en guiar a las almas a la fe en su primera carta encíclica:
Nuestra religión santa no fue inventada por la razón humana, sino que fue revelada misericordiosamente por Dios; por lo tanto, uno puede entender muy fácilmente que la religión misma adquiere toda su fuerza de la autoridad de Dios que hizo la revelación, y que nunca puede ser alcanzada o perfeccionada por la razón humana. Para no ser engañados y desviarse en un asunto de tanta importancia, la razón humana debería investigar cuidadosamente el hecho de la revelación divina. Habiendo hecho esto, uno definitivamente estaría convencido de que Dios ha hablado y por lo tanto le mostraría obediencia racional, como el apóstol enseña muy sabiamente [Rom 13: 1]. Porque quien no puede saber que toda la fe debe ser dada a las palabras de Dios y que está en pleno acuerdo con la razón misma para aceptar y apoyar firmemente las doctrinas que ha determinado haber sido reveladas por Dios, quien no puede engañar ni ser engañado.
  
Pero cuántas pruebas maravillosas y brillantes están listas para convencer a la razón humana de la manera más clara que la religión de Cristo es divina y que “todo el principio de nuestras doctrinas ha echado raíces del Señor de los cielos arriba”; por lo tanto, nada existe más definido, más establecido o más santo que nuestra fe, que descansa sobre los cimientos más fuertes. Esta fe, que enseña por la vida y apunta hacia la salvación, que expulsa todos los vicios y es la madre y enfermera fructífera de las virtudes, ha sido establecida por el nacimiento, la vida, la muerte, la resurrección, la sabiduría, las maravillas y las profecías de Cristo Jesús, ¡su divino autor y perfeccionador! Brillando en todas direcciones con la luz de la enseñanza desde lo alto y enriquecida con los tesoros de las riquezas celestiales, esta fe se hizo famosa y notable por las predicciones de tantos profetas, el brillo de tantos milagros, la firmeza de tantos mártires, y la gloria de tantos santos! (Papa Pío IX, Encíclica Qui Pluribus, nn. 7-8)
  
En 1855, la Sagrada Congregación del Índice afirmó contra Agustín Bonnetty: “El uso de la razón precede a la fe y conduce a los hombres a ella con la ayuda de la revelación y de la gracia” (Denz., 1651). La tendencia a negar la credibilidad racional de la fe católica y la deriva hacia el fideísmo es uno de los sellos distintivos del modernismo, y vimos esto en plena exhibición cuando el “arzobispo” vaticano Georg Gänswein afirmó heréticamente que la existencia de Dios no podía ser probada por razón.
  
Sin embargo, es importante comprender que el asentimiento de la Fe divina es esencialmente distinto y superior al consentimiento dado a los motivos de credibilidad. El alma es capaz de captar la verdad y la fuerza de los motivos de credibilidad a la luz de la razón natural, incluso sin ayuda de la gracia. Estos motivos apuntan hacia la Fe, pero no la crean. La fe no es la suma total de los motivos de credibilidad. Más bien, por Fe aceptamos, con la ayuda de la gracia de Dios, las verdades sobrenaturales que Dios ha revelado porque Él las ha revelado, que no pueden engañarnos ni confundirnos.
  
Como Mons. Fenton explica:
[La Iglesia] se da cuenta, por supuesto, que el asentimiento de la fe divina, como la aceptación de una doctrina que es intrínsecamente sobrenatural, debe hacerse con la ayuda de una gracia intrínsecamente sobrenatural que proviene de Dios mismo. Esta ayuda esencialmente sobrenatural, que permite al hombre asentir firmemente a la verdad de una doctrina revelada que está absolutamente más allá de la competencia natural de cualquier criatura, real o posible, es lo que la Iglesia denomina la ayuda interna del Espíritu Santo. Según las enseñanzas del Concilio Vaticano, los motivos de credibilidad son bastante distintos de estas ayudas internas del Espíritu Santo. Es su función hacer que el servicio de nuestra fe sea algo razonable y prudente. (Fenton, Nos encontramos con Cristo, págs. 66-67; Laying the Foundation, pág. 72)
  
En su Syllabus de 1907, el Papa San Pío X condenó la siguiente proposición: “El asentimiento de la fe en última instancia depende de una acumulación de probabilidades” (Lamentabili Sane, Error nº. 25, Denz. 2025). En 1679, el Beato Papa Inocencio XI condenó la afirmación de que el asentimiento de Fe solo produce conocimiento probable (ver Denz. 1171).
  
El asentimiento de la Fe divina es un acto sobrenatural y salvífico y requiere la gracia divina, por lo que es un “regalo precioso” (Sab 3:14) y “el comienzo de la salvación humana” (Denz. 801):
Además, aunque el asentimiento de la fe no es en absoluto un movimiento ciego del intelecto, sin embargo, nadie puede “acceder a la predicación del Evangelio”, como debe hacerlo para alcanzar la salvación “, sin la iluminación y la inspiración del Espíritu Santo. , que da dulzura a todos al consentir y creer en la verdad “[Segundo Concilio de Orange]. Por lo tanto, la “fe” misma en sí misma, incluso si “no obra por caridad” [cf. Galón. 5: 6], es un don de Dios, y su acto es una obra perteneciente a la salvación, mediante la cual el hombre ofrece una obediencia gratuita a Dios mismo al aceptar y cooperar con su gracia, a la que él podría resistir.
  

  
Si alguien dice que el asentimiento de la fe cristiana no es libre, sino que necesariamente se produce mediante pruebas del razonamiento humano; o, que la gracia de Dios es necesaria solo para esa fe viviente “que obra por la caridad” [Gal. 5: 6]: que sea anatema. (Vaticano I, Dei Filius, Cap. 3, Denz. 1791, 1814)
  
Por lo tanto, entendemos que los motivos de credibilidad son el fundamento de la Fe en la medida en que hacen que nuestra Fe sea razonable y creíble; impiden que la Fe sea arbitraria, ciega e infundada. Los motivos de credibilidad pueden ayudar a provocar un acto de Fe; no son, sin embargo, la causa de la Fe, que es “Dios moviendo interiormente al hombre por la gracia” (Santo Tomás de Aquino, Summa Theologica, II-II, q.6, a.1 c).
  
Debido a que nuestra Fe es razonable y creíble, se puede hacer una investigación racional sobre las verdades divinas, que es lo que concierne a la ciencia de la Sagrada Teología. Y porque el Dios que nos reveló la verdad sobrenatural es el mismo Dios que nos dio la razón, la fe y la razón nunca pueden estar en conflicto:
Pero, aunque la fe está por encima de la razón, sin embargo, entre la fe y la razón no puede existir ninguna disensión verdadera, ya que el mismo Dios, que revela misterios e infunde fe, ha otorgado al alma humana la luz de la razón; además, Dios no puede negarse a Sí mismo ni contradecir la verdad con la verdad. Pero, una apariencia vana de tal contradicción surge principalmente de esto, que o los dogmas de la fe no han sido entendidos e interpretados de acuerdo con la mente de la Iglesia, o las opiniones engañosas son consideradas como las determinaciones de la razón. Por lo tanto, “toda afirmación contraria a la verdad iluminada por la fe, definimos que es totalmente falsa” [Quinto Concilio de Letrán]. (Vaticano I, Dei Filius, Cap. 4; Denz. 1797)
 
La fe, entonces, es un don de Dios sobrenatural e inmerecido, no en contradicción con la razón sino ayudándose de ella, perfeccionándola a medida que la gracia perfecciona la naturaleza: “Porque por gracia sois salvos por la fe, y no por vosotros, porque es don de Dios; no por [merecido por nuestras propias] obras, para que ninguno se jacte” (Efesios 2: 8-9); “Pero santificad al Señor Cristo en vuestros corazones, preparándoos siempre para satisfacer a todos los que os demandan la razón de la esperanza que hay en vosotros” (1 Pedro 3:15).
  
Al contrario de todo esto, a los modernistas de la secta del Vaticano II les encanta hablar de la fe como “experiencia”, especialmente como “encuentro”. Si nos fijamos en los sermones y discursos pronunciados por el “Papa” Francisco sobre la fe y asuntos relacionados, verá una apelación incesante a la experiencia. La fe rara vez es un asentimiento intelectual para los Novusordianos; por lo general se describe como algo parecido a un sentimiento, un evento, un proceso o un encuentro.
  
Por lo tanto, por ejemplo, encontramos que Padre Ratzinger escribe: “La oración ‘Jesús ha resucitado’… expresa esa experiencia primitiva sobre la cual se basa toda la fe cristiana …” (Principles of Catholic Theology, edición española ibid. págs. ss.). Este es el tipo de cosas que San Pío X tenía en mente cuando escribió: “La tradición, tal como la entienden los modernistas, es una comunicación con los demás de una experiencia original, a través de la predicación por medio de la fórmula intelectual” (Encíclica Pascendi, n. 15). Obviamente, el dogma de que Jesús resucitó de los muertos no expresa alguna experiencia; expresa un hecho histórico, un evento que tuvo lugar en la historia y fue testificado por aquellos que lo vieron o interactuaron a consecuencia de ese hecho: “Pero el autor de la vida … Dios resucitó de entre los muertos, de lo cual somos testigos “(Hechos 3:15; ver 2 Pedro 1:16).
  
Con todo esto en mente, podemos ver cuán peligrosa es la afirmación del “Papa” Francisco: que la Resurrección es una verdad revelada pero no tan históricamente cierta como la Pasión y la Muerte de Cristo. No importa si el resto de su catequesis del 19 de abril de 2017 es bastante hermosa y ortodoxa. El Papa León XIII nos advirtió contra los herejes que pervierten la verdadera fe por una sola herejía: “No puede haber nada más peligroso que esos herejes que admiten casi todo el ciclo de la doctrina, y sin embargo, por una palabra, como con una gota de veneno , infectar la fe real y simple enseñada por nuestro Señor y transmitida por la tradición Apostólica” (Encíclica Satis Cognitum, 9).
  
Tampoco servirá argumentar que Francisco ha admitido, si acaso lo ha hecho, la Resurrección como hecho histórico en alguna otra ocasión. En 1794, el Papa Pío VI denunció esto como una táctica de engaño utilizada por aquellos que tratan de socavar la enseñanza católica:
[No] se puede excusar de la manera en que se ve que se hace, bajo el pretexto erróneo de que las afirmaciones aparentemente impactantes en un lugar se desarrollan más a lo largo de líneas ortodoxas en otros lugares, e incluso en otros lugares corregidos; como si permitiera la posibilidad de afirmar o denegar la afirmación, o de dejarla a las inclinaciones personales del individuo, ese ha sido siempre el método fraudulento y audaz utilizado por los innovadores para establecer el error. Permite tanto la posibilidad de promover el error como de excusarlo. (Papa Pío VI, Bula Autorem Fidei, introd.).
  
Podemos ver, entonces, que para Francisco contrastar la Pasión y la Muerte de Cristo con la Resurrección es doblemente erróneo y extremadamente peligroso: por eso hace parecer que la Resurrección no fue un hecho histórico sino solo aceptado en la Fe, lo que sugiere la herejía del fideísmo y privar a la religión católica de toda credibilidad racional. Además, da la impresión de que la crucifixión y la muerte de Cristo no necesitan ser aceptadas en la fe. El hecho (sin juego de palabras) del asunto es simplemente que las tres doctrinas, la Crucifixión, la Muerte y la Resurrección de Cristo, son igualmente históricas y por lo tanto cognoscibles aparte de la Fe, y también son igualmente una cuestión de Fe para ser aceptadas en la autoridad de Dios revelado.
  
Por lo tanto, la yuxtaposición completa de Francisco de la Pasión con la Resurrección es altamente engañosa. Los motivos para aceptar ambos son completamente los mismos: debemos aceptalas tanto por la autoridad de la historia humana como por la revelación de la autoridad de Dios, que no puede “engañar ni ser engañado” (Acto de fe).