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sábado, 30 de mayo de 2020

MISA DE NUESTRA SEÑORA DEL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS

Del Misal Romano de San Pío V.
 
Sabbato ultimo Majus
B. MARÍÆ VÍRGINIS, DÓMINÆ NOSTRÆ A S. CORDE JESU
   
Introitus. Ps. 9, 3 et 11. Lætábor et exsultábo in te: sperent in te qui novérunt nomen tuum, quóniam non derelínquis quæréntes te. (T. P. Allelúja, allelúja.) Ps. Ibid., 2. Cantáte Dómino cánticum novum: quia mirabília fecit. ℣. Glória Patri.
 
ORATIO
Dómine Jesu Christe, qui beáta María Vírgine intercedénte, in nos divítias Cordis tui dignáris effúndere: concéde, quǽsumus; ut, quod in ejúsdem Vírginis veneratióne depóscimus, te propitiánte cónsequi mereámur: Qui vivis.
 
Léctio libri Sapiéntiæ.
Eccli. 24, 23-31.
 
Ego quasi vitis fructificávi suavitátem odóris: et flores mei, fructus honóris et honestátis. Ego mater pulchræ dilectiónis, et timóris, et agnitiónis, et sanctæ spei. In me grátia omnis viæ et veritátis: in me omnis spes vitæ et virtútis. Transíte ad me, omnes qui concupíscitis me, et a generatiónibus meis implémini. Spíritus enim meus super mel dulcis, et heréditas mea super mel et favum. Memória mea in generatiónes sæculórum. Qui edunt me, adhuc esúrient: et qui bibunt me, adhuc sítient. Qui audit me, non confundétur: et qui operántur in me, non peccábunt. Qui elúcidant me, vitam ætérnam habébunt.
 
Graduale. Benedícta et venerábilis es, Virgo María: quæ sine tactu pudóris invénta es mater Salvatóris.
℣. Virgo Dei Génitrix, quem totus non capit orbis, in tua se clausit víscera factus homo.
 
Allelúja, allelúja. ℣. Num. 17, 8. Virga Jesse flóruit: Virgo Deum et hóminem génuit: pacem Deus réddidit, in se reconcílians ima summis. Allelúja.
 
In Missis votivis post Septuagesimam, omissis Allelúja et Versu sequenti, dicitur:
Tractus. Luc. 1, 46-50. Magníficat ánima mea Dóminum: et exsultávit spíritus meus in Deo salutári meo.
℣. Quia respéxit humilitátem ancíllæ suæ: ecce enim ex hoc beátam me dicent omnes generatiónes.
℣. Quia fecit mihi magna qui potens est: et sanctum nomen ejus.
℣. Et misericórdia ejus a progénie in progénies timéntibus eum.
  
Tempore autem Paschali omittitur Graduale, et ejus loco dicitur:
Allelúja, allelúja.
℣. Num. 17, 8. Virga Jesse flóruit: Virgo Deum et hóminem génuit: pacem Deus réddidit, in se reconcílians ima summis. Allelúja.
℣. Luc. 1, 28. Ave, María, grátia plena: Dóminus tecum: benedícta tu in muliéribus. Allelúja.
  
✠ Sequéntia sancti Evangélii secúndum Joánnem.
Joann. 2, 1-11. 
 
In illo témpore: Núptiæ factæ sunt in Cana Galilǽæ: et erat Mater Jesu ibi. Vocátus est autem et Jesus, et discípuli ejus ad núptias. Et deficiénte vino, dicit Mater Jesu ad eum: Vinum non habent. Et dicit ei Jesus: Quid mihi et tibi est, mulier? nondum venit hora mea. Dicit Mater ejus minístris: Quodcúmque díxerit vobis, fácite. Erant autem ibi lapídeæ hýdriæ sex pósitæ secúndum purificatiónem Judæórum, capiéntes síngulæ metrétas binas vel ternas. Dicit eis Jesus: Implete hýdrias aqua. Et implevérunt eas usque ad summum. Et dicit eis Jesus: Hauríte nunc, et ferte architriclíno. Et tulérunt. Ut autem gustávit architriclínus aquam vinum fáctam, et non sciébat unde esset, minístri autem sciébant, qui háuserant aquam: vocat sponsum architriclínus, et dicit ei: Omnis homo primum bonum vinum ponit: et cum inebriáti fúerint, tunc id, quod detérius est. Tu autem servásti bonum vinum usque adhuc. Hoc fecit inítium signórum Jesus in Cana Galilǽæ: et manifestávit glóriam suam, et credidérunt in eum discípuli ejus.
 
Credo.
 
Offertorium. Jerem. 18, 20. Recordáre, Virgo Mater Dei, dum stéteris in conspéctu Dómini, ut loquáris pro nobis bona. (T. P. Allelúja.)
  
SECRETA
Intercéssio, quǽsumus, Dómine, beátæ Maríæ semper Vírginis múnera nostra comméndet: nosque in ejus veneratióne sacratíssimo unigéniti Fílii tui Cordi reddat accéptos: Qui tecum vivit.
 
Præfatio de Beatæ Mariæ Virginis Et te in Festivitáte.
Vere dignum et justum est, ǽquum et salutáre, nos tibi semper et ubique grátias ágere: Dómine sancte, Pater omnípotens, ætérne Deus: Et te in Festivitáte beátæ Maríæ semper Vírginis collaudáre, benedícere et prædicáre. Quæ et Unigénitum tuum Sancti Spíritus obumbratióne concépit: et, virginitátis glória permanénte, lumen ætérnum mundo effúdit, Jesum Christum, Dóminum nostrum. Per quem majestátem tuam laudant Ángeli, adórant Dominatiónes, tremunt Potestátes. Cœli cœlorúmque Virtútes ac beáta Séraphim sócia exsultatióne concélebrant. Cum quibus et nostras voces ut admitti jubeas, deprecámur, súpplici confessióne dicéntes:
 
Sanctus, Sanctus, Sanctus Dóminus, Deus Sábaoth. Pleni sunt cœli et terra glória tua. Hosánna in excélsis. Benedíctus, qui venit in nómine Dómini. Hosánna in excélsis.
 
Communio.
Eccli. 24, 25. In me grátia omnis viæ et veritátis, in me omnis spes vitæ et virtútis. (T. P. Allelúja.)

POSTCOMMUNIO
Cognóscimus, Dómine Jesu, tuæ circa nos cleméntiæ largitátem: et ídeo, beáta María Vírgine apud Cor tuum intercedénte, fiduciálius exorámus; ut, quos páscere non désinis imméritos, et digne tibi servíre perfícias et donis uberióribus prosequáris: Qui vivis.

martes, 12 de mayo de 2020

NOVENA EN HONOR DE LA ASCENSIÓN DE NUESTRO SEÑOR

Novena compuesta por el Padre Dr. Tadeo Galván, Catedrático de Vísperas y Vicerrector del Seminario de San Antonio Abad del Cuzco, e impreso en Lima en 1794 con aprobación del Obispado de Cuzco. Las meditaciones fueron tomadas del Arco Iris de Paz del Padre Fray Pedro de Santa María de Ulloa OP.

NOVENA A NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO EN EL MISTERIO DE SU ADMIRABLE ASCENCIÓN
 
   
Por la señal ✠ de la Santa Cruz, de nuestros ✠ enemigos, líbranos Señor ✠ Dios nuestro. En el nombre del Padre, y del Hijo ✠, y del Espíritu Santo. Amén.
  
ACTO DE CONTRICIÓN
Señor mío Jesucristo, mi Dios, mi Salvador, mi Redentor, y objeto de todo mi amor. ¡Qué glorioso os contempla el alma, cuando os considera subiendo por esa región celestial a recibir de mano de vuestro Eterno Padre el honor, la corona y la dominación correspondiente a vuestros méritos infinitos! Vuestro amor os hizo bajar de los Cielos y salir del seno de vuestro Padre, os hizo sufrir tantas tribulaciones, dolores, afrentas y muerte en una Cruz, para que por este medio se nos franquease la bienaventuranza, de la que habíamos sido desposeídos por el primer pecado; pero ya, mi Jesús, ha pasado el tropel de vuestras aflicciones: el amargo Cáliz de vuestra Pasión, que por nosotros bebisteis amoroso se os ha convertido ya en eternas dulzuras y glorias, y revestido de vuestra inmortalidad subís triunfante de la culpa y del Infierno, después de haber despojado de su imperio al príncipe de las tinieblas; llevaos también por despojo este mi corazón, que hasta hoy ha sido siervo del pecado, y pues no suben con Vos nuestros vicios, y ninguna cosa inmunda ha de entrar en vuestro Reino, limpiarlo de sus manchas con esa mano poderosa y llena de clemencia, que yo de mi parte quiero desde luego purificarlo por medio de mi dolor y arrepentimiento, y digo que me pesa de haberos ofendido, y de haber sido tan ingrato a vuestras finezas: muera desde ahora mi deslealtad, y reinad en mi alma solo Vos, para que así consiga subir con Vos a gozaros eternamente. Amén.
   
ORACIÓN AL PADRE ETERNO
Oh Padre Eterno, Padre de las misericordias y Dios de toda consolación: vuestra infinita bondad, y el amor indecible que nos tenéis os hizo que, compadecido de nuestras miserias, nos dieseis a vuestro Unigénito Hijo, a fin de que Él nos libertase del estado lamentable en que nos hallábamos por la culpa, a costa de tantos dolores y tormentos, porque fuésemos redimidos al precio infinito de su Sangre, del cautiverio en que tenía oprimida nuestra naturaleza. ¿Con qué dones y obsequios satisfaremos, Señor, tan grande amor? ¿Qué lengua, ni entendimiento, podrá acertar a daros las debidas gracias por un beneficio tan inmenso? No hay, ¡oh gran Dios!, caudal en nosotros para una digna retribución, aun cuando nos empleásemos eternamente en serviros y alabaros. Y pues no hay de parte nuestra cosa alguna con qué poder recompensaros dignamente, os ofrecemos los méritos de vuestro Divino Hijo, que son las prendas y tesoros que nos dejó para complaceros, os lo ofrecemos a Él mismo con todos sus dolores y penas, pues Él quiso ofrecerse a Vos en el ara de la Cruz por víctima para nuestra salud: os lo ofrecemos también triunfante y lleno de gloria, como lo veis subir a vuestro Divino Solio. Él va a ejercitar ante Vos el oficio de Abogado y protector nuestro, como nos lo tiene prometido, y esperamos que esos ruegos que escucháis con sumo agrado, por ser de vuestro Hijo dilectísimo, nos han de servir de defensa en las tentaciones, de aliento y vigor para poder levantarnos de las caídas en la culpa, de viático en nuestra peregrinación, y de escala para ascender a gozaros en la Gloria en donde vives y reinas con el mismo Hijo y el Espiritu Santo, Dios, por todos los siglos de los siglos. Amén.
  
DÍA PRIMERO
Considera con San Buenaventura (Meditación de la Vida de Cristo, cap. XCIX) y San Vicente Ferrer (Sermón único sobre la Ascensión) cómo en aquel último convite que refiere San Lucas en el capítulo primero de los Hechos Apostólicos en que se halló el Señor con sus Apóstoles, le declaró era ya llegado el tiempo en que volviese al que lo había enviado y dejase el mundo, el cual pasado no lo verían más con la vista corporal: que se esforzasen y avivasen la fe para verle con los ojos del alma, a cuya vista no faltaría, porque estaba siempre con ellos, aunque se iba. Habiendo oído los Apóstoles estas palabras, fue grande la turbación y susto de sus corazones, y prorrumpieron todos en un llanto muy triste, y derramando muchas lágrimas le dijeron: «Bien sabéis, Señor, que por Vos dejamos cuanto teníamos, y dimos de mano a parientes, amigos, y a cuanto podíamos esperar en esta vida, y todo esto lo hicimos con mucho gusto, porque teniéndoos a Vos, nos teníamos por dichosos y bienaventurados, pero ahora que os vais, y nos dejais huérfanos y destituidos de vuestra presencia, ¿qué ha de ser de nosotros? ¿A dónde hemos de ir, ni a quién nos hemos de juntar, y más cuando todos nos aborrecen y desean vernos fuera del mundo? Llevadnos con Vos, y no nos dejéis en medio de nuestros enemigos». A estas quejas amorosas les repetiría el Señor aquellas palabras llenas de consuelo, que ya les había dicho la noche de su sagrada Pasión: «No se turben vuestros  corazones, hijos míos, ni tengáis miedo, que no os dejo huérfanos ni desamparados, como pensáis. ¿Creéis en Dios? Creed en mí, que soy  verdadero Dios, y si me creéis Dios, también debéis creer que no os puedo faltar. Voy, y vengo a vosotros, porque como ya os dije, ha de venir mi Espíritu sobre vosotros, y viniendo él, vengo Yo y viene mi Padre, y estaremos con vosotros, haremos mansión en vosotros, y en aquel día conoceréis cómo Yo estoy en mi Padre, y mi Padre en Mí. Si vosotros me amárais, os habríais de alegrar, porque voy a mi Padre, y así alegraos por ello, y juntamente por vuestro bien. Os conviene que me vaya, lo uno, porque voy a disponer y prepararos las sillas y el lugar donde habéis de descansar eternamente en mi compañía, y lo otro, porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Espíritu Consolador, mas así que Yo me vaya, os lo enviaré para que os enseñe y dé a entender la verdad, y entonces se alegrarán vuestros corazones». Estas, y otras palabras de gran consuelo y ternura les diría a sus discípulos el Señor para confortarlos, según meditan San Buenaventura y San Vicente. Ve tú ponderando cada palabra de por sí, y conocerás el espíritu de amor, de ternura y compasión que reina en tu Dios y Señor para con los que le aman y le sirven, y enamórate de tanta bondad y ternura.
   
ORACIÓN PARA ESTE DÍA
¡Oh Señor! ¡Oh Rey de la Gloria! Ya llegó aquel dichoso día en que vuestro Eterno Padre os llama para daros el premio infinito que han merecido vuestras Santísimas obras para exaltar vuestra Humanidad Sacratísima sobre todos los Justos y sobre todos los Ángeles. Ya llegó el día en que entréis en vuestro Reino a tomar asiento a la diestra del Padre, que este solo es el lugar correspondiente a vuestra eterna habitación. Infinitos plácemes os doy por tanta gloria que gozáis. En esta vuestra partida tan gloriosa, y de tan grande regocijo para el Cielo y para la tierra, ¿qué festejos podré haceros, Amado mío? ¿Qué himnos os cantaré? ¿Con qué obsequios podré hacer se aumente la gloria de vuestra admirable Ascensión? Pero bien sé, dulcísimo Jesús, que la gloria que queréis recibir de mi mano es el cumplimiento de vuestra Divina voluntad, mas ya sabéis, pues Vos mismo lo habéis dicho, que nada bueno podemos obrar sin Vos: dejadnos pues vuestro Espíritu, dejadme ese Espíritu de caridad, ese Espíritu de Santidad y Celador de vuestro honor, para que sepa agradaros en esta vida, y después llegue a gozaros eternamente. Amén.
   
Tres Padrenuestros, y tres Avemarías con Gloria Patri, en reverencia de los treinta y tres años que habitó el Señor entre nosotros.
  
GOZOS
   
Como águila generosa
Remontas, mi Dios, el vuelo
Al Empíreo, pues el Cielo
Sólo es tu mansión dichosa;
Puesto que el alma ansiosa
Seguirte quiere, Señor:
Llévanos a donde vas,
Soberano Triunfador.
    
En alas de Querubines
Subes al Cielo glorioso,
Y ellos llenos de alborozo
Te hacen sagrados festines,
Gózome que así camines;
Y pues vas con tanto honor:
Llévanos a donde vas,
Soberano Triunfador.
   
¡Qué contentos y qué ufanos
Entre gozos excesivos,
Contigo van los cautivos
Que libertaron tus manos!
Despojos son soberanos
De tan gran Libertador:
Llévanos a donde vas,
Soberano Triunfador.
   
En coros muy concertados
Los Príncipes de la Gloria
Cantando ellos tu victoria
Descienden regocijados:
«Sean, dicen, alabados
Triunfos de tal vencedor»:
Llévanos a donde vas,
Soberano Triunfador.
   
Gime Luzbel abatido,
Porque su imperio tirano
Por tu brazo Soberano
Hoy se mira destruído;
Y pues nos has redimido
Del poder de este traidor:
Llévanos a donde vas,
Soberano Triunfador.
   
Dan voces con grande gozo
Los Ángeles, porque abiertas
Y apartadas sean las puertas
De ese Alcázar prodigioso,
Porque ha de entrar victorioso
Su Monarca y su Señor:
Llévanos a donde vas,
Soberano Triunfador.
   
ORACIÓN FINAL
¡Oh Amado Redentor de mi alma! ¡Oh León de Judá! ¡Oh Señor y Rey inmortal, vencedor de la muerte y del Infierno! Ruégoos, Señor mío, por aquel glorioso triunfo con que entrásteis victorioso en vuestro Reino, me deis fortaleza para vencer a los enemigos de mi alma, perdonéis la tibieza con que celebro este admirable Misterio, atendáis a mis humildes ruegos, y me deis vuestra Santa gracia, para serviros y agradaros hasta la muerte. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo ✠, y del Espíritu Santo. Amén.
   
DÍA SEGUNDO
Por la señal...
Acto de Contrición y Oración al Padre Eterno.
Considera, que como dice San Lucas, acabado el convite que fue en Jerusalén, los sacó de la ciudad, y los condujo al monte Olivete, y aunque Tomás de Vío Cayetano dice que el Señor les mandó se fuesen ellos, no obstante uno y otro se compadece según la contemplación de San Bernardo y San Vicente Ferrer, y es que el Señor les dijo que se fuesen al monte Olivete porque allí había de ser la despedida, mas ellos con el sentimiento que tenían, puedes considerar, le dirían estas palabras: «Señor, ya ves que es cerca de medio día, y saliendo todos juntos por medio de la ciudad, nos han de ver nuestros enemigos, y quizás nos estorbarán el  paso, y no os podremos ver, por lo cual os rogamos nos acompañéis, porque con Vos nada tenemos». Piensa que el Señor les concedió lo que pedían, y los ordenó su Majestad en forma de procesión, porque eran los que estaban juntos más de ciento, y así salieron del Cenáculo, yendo el Señor delante, y ellos en dos coros siguiéndole, y así pasaron por medio de Jerusalén a vista de todos sus enemigos, que como dice San Bernardino de Siena (Sermón I, art. I, cap. III), se quedaron pasmados así que vieron la Santa Compañía que pasaba por delante de ellos tan sin temor, y comenzaron a bramar de coraje y enojo contra ellos, pero el Señor les puso tan gran miedo y pavor, que se quedaron como atónitos mirándolos pasar sin atreverse a decir palabra. Pondera aquí cuán justamente temían los Apóstoles, y con cuánta razón suplicaron al Señor los acompañase. Toma tú ejemplo, Cristiano, y mira que andas entre muchos y más crueles enemigos, que son los demonios, el mundo y la carne, y teme mucho andar solo. Procura andar en gracia del Señor y traerle muy presente a cualquier parte donde vayas, que así se verificará en ti lo que dijo el Espíritu Santo, que «caerán mil a tu lado, y diez mil a tu diestra, mas ninguno se llegará a ti» (Salmo XC, 7), porque el Señor, que va contigo, los aterrará, y podrás decir justamente: El Señor está a mi diestra, para que no me asuste ni me perturbe: por esto se ensancha mi corazón, y la flaqueza de mi carne descansa en la esperanza de quien me ha de librar: Mas, ¡ay de ti si caminas solo!, porque si caes en manos de tus enemigos, ¿quién te librará? Sacó el Señor a sus discípulos de la ciudad y del peligro, y como dice San Buenaventura (Meditación de la vida de Cristo, al final), les dijo que prosiguiesen el camino del monte Olivete y le esperasen allí, y su Divina Majestad pasó por Betania y apareció a Lázaro y a otros amigos, y les mandó se fuesen al monte Olivete a juntarse con los demás. Pondera el amor del Señor, y cómo habiendo sacado del peligro a sus Apóstoles, mandó que prosiguiesen ellos por sí solos, para que veas  cómo Él siempre está con los suyos en las tribulaciones; por eso solo se debían amar los trabajos, y abrazar cualquier género de adversidad.
  
ORACIÓN PARA ESTE DÍA
¡Oh mi Jesús! ¡Oh sagrado dueño mío! Disponed ya la dichosa compañía de vuestros amigos, para que celebren vuestra gloriosa Ascensión: Preveníos, felicísimos Patriarcas y Profetas del Altísimo, para acompañar a vuestro libertador, que os ha sacado de la prisión en que gemíais por espacio de tantos siglos. ¡Oh, qué dicha tan incomparable la vuestra, pues salís de la cárcel a tomar juntamente con vuestro Señor la posesión de su Reino lleno de eternas delicias! Preparad los dulces himnos con que habéis de celebrar sus victorias. Preveníos también vosotros, discípulos amados, para conducir a vuestro Divino Maestro hasta el Sagrado Monte, que pues fuisteis testigos de sus tormentos, ahora quiere lo seáis de sus glorias y de su triunfo. Preveníos vos, ¡oh María!, para el inmenso gozo que tendréis al ver al Hijo de vuestras purísimas entrañas volar con grande gloria y majestad al seno de su Padre. Preveníos para ver toda la celestial comitiva y toda la pompa con que se ha de elevar a esa región sagrada del Empíreo, que a Vos como a Madre suya nada podrá ocultarse. ¿Y yo, Señor, no os acompañaré con vuestros Apóstoles? ¿No iré con Vos, Señor, a veros subir, y encomendaros mi espíritu? ¿Me quedaré con Judas, excluido de tan santa compañía? ¡Ay de mí, que así me lo asegura mi vida desordenada y perversa! ¿Qué cadenas, qué prisiones son esas, mi Dios, que me estorban el caminar con Vos? ¿Pero cuáles han de ser éstas, sino mis culpas? Vos, Señor, que tenéis tanto poder, que quebrantasteis las puertas del Infierno a pesar de satanás, ¿no habíais de romper las duras prisiones de mis delitos? Ea, amor mío: rompedlas, para que pueda seguiros con libertad; rompedlas conmigo, rompámoslas los dos, Vos con vuestro fuerte  brazo, y yo con mi dolor: vamos todos a ese monte sagrado, y veréis qué himnos os he de cantar, para que algún día logre yo también la felicidad de subir a gozaros en vuestro Reino. Amén.
 
Tres Padrenuestros, y tres Avemarías con Gloria Patri. Los Gozos y la Oración se rezarán todos los días.

DÍA TERCERO
Por la señal...
Acto de Contrición y Oración al Padre Eterno.
Considera el cuidado que tiene de los amigos, que si no hubiera pasado por Betania, se hubieran quedado Lázaro y los demás que estaban allí, y no le vieran en su triunfo: habíanle servido en sus trabajos, y así va el mismo Señor en persona a convidarlos para que le vean glorioso. Sírvele con la fidelidad que aquellos, que el Señor no te desamparará. Pondera el gozo que sintieron los Santos Padres al contemplar que ya era llegado el día en que habían de subir a la Gloria y tomar posesión de aquel bendito Reino eternamente. Aliéntate por esto al desprecio del mundo, y al amor de las cosas del Cielo, a las cuales te convida el Señor, si le sirves con fidelidad.
  
ORACIÓN PARA ESTE DÍA
¡Oh Divino Redentor! ¡Oh Señor, todo caridad y clemencia! ¡Qué liberal os mostráis en convidar vuestro Reino a los hijos de los hombres, para quienes vais a preparar las sillas y las eternas mansiones! Vuestra partida a los Cielos no sólo es para gloria vuestra, es también para que nosotros la gocemos. Esa vuestra Corte Celestial no sólo la conoceremos adelante como patria, sino también como herencia nuestra, porque Vos a costa de vuestra Pasión y Muerte habéis adquirido para nosotros el derecho que no teníamos a ella, y habéis abierto sus puertas con esas manos divinas, que fueron enclavadas en la Cruz por nuestro rescate. ¡Oh caridad incomprensible! Vos habéis puesto los méritos para que sea nuestro el premio; habéis trabajado para que percibamos el fruto; habéis peleado para que recibamos la corona. ¿Qué os obligó, mi bien, a tanto amor? De parte nuestra no hay merecimiento, porque en nosotros solo se hallan ofensas e ingratitudes. Pero bien se conoce que Vos obráis como quien sois, movido solo de vuestra bondad y misericordia. Ea, alma mía, aliéntate a corresponder esas finezas, amando a un benefactor tan grande. Seamos, Señor, amigos desde hoy, dadme esa mano soberana, y jamás me desamparéis, para que jamás os deje yo hasta aquel día dichoso, en que me llegue a habitar con Vos en vuestra Gloria eternamente. Amén.

Tres Padrenuestros, y tres Avemarías con Gloria Patri. Los Gozos y la Oración se rezarán todos los días.
     
DÍA CUARTO
Por la señal...
Acto de Contrición y Oración al Padre Eterno.
Considera cómo habiéndose congregado los Apóstoles, Discípulos y amigos del Señor, todos como ciento y veinte con Nuestra Señora en el Monte Olivete, postrados en tierra adoraron al Señor, y aunque la alegría de verle era grande, con todo eso la pena de ver que se les iba y los dejaba les hacía derramar muchas lágrimas. En donde puedes considerar que el Señor nuevamente les consoló con tiernísimas palabras y dulcísimas razones, asegurándoles el amor que su Padre les tenía, que le pidiesen en su Nombre lo que quisiesen y se les concedería, y que les dejaba a su Santísima Madre por su Protectora, en quien hallarían ellos todo consuelo y alivio. Y en esto puedes considerar que los llamó para sí, y con grande cariño y amor los fue abrazando, dándoles a besar sus sacratísimas manos y llagas, de las cuales era tanta la suavidad, olor y fragancia que salía, que les recreó inefablemente los corazones, y confortó las almas con incomparable deleite, con lo cual se templó la pena de los Discípulos, y ellos se confirmaron más en la fe, esperanza y amor de su Divina Majestad (Venerable Padre Luis de la Puente, Meditación de la Ascensión).
  
ORACIÓN PARA ESTE DÍA
¡Oh amorosísimo Jesús! ¡Oh Salvador amabilísimo! Caminad ya al seno de vuestro Eterno Padre, ofrecéos a Él por nosotros miserables, mostradle esas sacrosantas Llagas, cuyas señales lleváis más hermosas y  resplandecientes que que el Sol, en vuestras manos, pies y costado: a presencia de ellas se aplacará toda la ira del Señor, y no vendrán sobre nosotros los rayos de su Justicia; mas no sólo esperamos alcanzar auxilios eficaces para salir del pecado, y que nos lloverá por vuestra protección un abundante rocío celestial de gracias, porque ¿qué cosa podéis pedir compasivo de nuestra miseria a vuestro amoroso Padre, que Él os la niegue, en especial cuando le representéis que fuiste enviado por Él para remediar nuestros males? ¿Ni qué podremos pedirle por Vos, que no nos lo conceda? Así nos lo prometisteis, Señor, cuando asegurásteis que no no negará cosa alguna de las que le pidamos en vuestro Nombre. Vos os presentaréis en su solio como Sumo Sacerdote, ya no ofreciéndole la sangre de los animales, sino la vuestra misma. Cuando nos opriman las tentaciones, nos acercaremos llenos de confianza al trono de vuestra misericordia con el conocimiento de que Vos tolerasteis mayores angustias y congojas que nosotros. Estas consideraciones, mi Dios, nos sirven de consuelo y nos confortan en nuestro penoso destierro. Rogad a vuestro Padre especialmente por todos los que nos hemos congregado a celebrar el Misterio grande de vuestra admirable Ascensión, para que así logremos ser participantes de vuestra gloria.  Amén.

Tres Padrenuestros, y tres Avemarías con Gloria Patri. Los Gozos y la Oración se rezarán todos los días.
     
DÍA QUINTO
Por la señal...
Acto de Contrición y Oración al Padre Eterno.
Considera que después de todo lo referido, elevó nuestro Señor sus manos Santísimas, como dice el sagrado texto, y dio su bendición a los Apóstoles y demás Discípulos, se elevó de la tierra, y subió a los Cielos mirándolo todos, hasta que una nube lo ocultó (Lucas XXIV; Actos I, 9). Atiende lo primero a estas palabras, «que elevó las manos y les dio su bendición». Elevó ambas manos, porque como dice San Basilio, hizo primero oración por ellos (Libro del Espíritu Santo, cap. XXXVII). Ya puedes entender que repetiría el Señor aquella que hizo antes de la Cena: «Padre Santo, guarda estos Discípulos que me diste. Cuando Yo estaba con ellos Yo los guardaba, mas ahora los dejo y vuelvo a Ti, y así te ruego por ellos: Yo vengo a Ti, y ellos quedan en el mundo, ruégote, Padre piadoso, que me los libres del mal, y me los santifiques en la verdad; y no solo te ruego por ellos, sino también por aquellos que por su predicación creyeren en Mí». Hecha la oración les dio su santísima bendición, formando sobre todos una Cruz con la mano derecha, como dicen muchos Doctores (San Gregorio Niseno, Oración sobre los Inocentes; San Jerónimo, De la vida de Moisés, etc.), o poniendo los brazos en cruz en el aire sobre todos ellos, como quieren otros, y fue para darles a entender, lo primero, que habían de cargar la Cruz, a la cual vinculaba su bendición; lo segundo, para que pusieren los ojos en sus Llagas, y con eso se les quedasen estampadas en los corazones y memorias, que es la ayuda para llevar la Cruz; y lo tercero, que poniendo sus brazos en Cruz sobre ellos, los abrigaba con las alas, como el ave a sus polluelos, para que a su sombra esperasen y confiasen en su Providencia, que no les había de desamparar ni faltar.
     
ORACIÓN PARA ESTE DÍA
¡Oh Monarca soberano de la Gloria! Subid victorioso a ese trono de luz inmarcesible que os tiene preparado vuestro Padre, y pues os vais de nuestra presencia y os apartáis corporalmente de la tierra, ruégoos que lleveis con Vos nuestros gemidos y lamentos, nuestras súplicas y oracones, para que las presentéis ante Él, juntamente con vuestros merecimientos infinitos. Esos brazos Divinos, que mis culpas extendieron sobre el madero de la Cruz, los extiende ahora vuestro amor incomparable, olvidando mi ingratitud, para que yo conozca que jamás me ha de faltar vuestro paternal amparo, cuantas veces os busque reconocido. Gózome, amor mío, al veros el alma con tanto honor acompañado de Ángeles y Santos, Patriarcas, Profetas, Reyes, y todos los demás Justos. ¡Oh, si fuese yo tan dichoso que mereciese también acompañaros! ¡En sagrada compañía, ejércitos celestiales, contemplad reverentes a nuestro adorable Redentor, alabadlo, glorificadlo y dadle todo honor, pues es infinitamente digno de todo obsequio y veneración! ¡Oh Monte Olivete, en que mi Señor puso sus plantas Divinas, cómo pudiera poner mi corazón bajo de ellas en lugar tuyo, para que como en ti quedasen impresas para siempre sus sacrosantas huellas, que así no pudieran borrarlas ni los halagos del mundo, ni las tentaciones, ni la persecución, ni la prosperidad! ¡Oh monte dichoso! Monte enriquecido con el precioso licor de la Sangre que sudó mi Jesús en la oración: en otro tiempo fuiste el teatro de sus penas y agonía, y ahora lo sois de sus triunfos y glorias, sea mi corazón tu imitador: Imprimid, Señor, en él la memoria de vuestra Pasión Santísima, para que vean también en él los triunfos de vuestra gracia, y después merezca los eternos gozos. Amén.

Tres Padrenuestros, y tres Avemarías con Gloria Patri. Los Gozos y la Oración se rezarán todos los días.
  
DÍA SEXTO
Por la señal...
Acto de Contrición y Oración al Padre Eterno.
Considera y atiende a las otras palabras que nos dice el sagrado texto, «que se elevó por el aire, mirándole los Apóstoles», e iba subiendo poco a poco, dice San Bernardo (De los grados de humildad, cap. I), y era porque el amor que tenía a sus Discípulos y Amigos lo atraía de abajo, dice el Santo, y parece que lo dieron a entender los Evangelistas, porque siendo de Fe Católica que subió por su propia virtud, uno de ellos dice que era llevado (Marcos XVI), como si dijese que era asido por otro (Lucas XXIV), era el amor que tenía a los suyos vehementísimo, y este amor era como una gruesa cadena que lo detenía, y así cuando el Espíritu Santo nos da a conocer la venida del Salvador al Mundo, dice en una parte, que venía saltando de monte en monte, y de collado en collado (Cánticos II, 8); y en otra dice que corría con pasos de gigante (Salmo XVIII), esto era cuando venía a vivir entre los hombres, y ahora, que se va a vivir entre los Ángeles, va tan despacio, que aparece que lo llevaran como por fuerza (Lucas XXIV, cf. Apocalipsis XII). ¡Oh amor abrasado y encendido de nuestro Dios! ¡Oh tibieza y frialdad terrible de nuestros corazones! Cargáronlo de oprobios, afrentas y azotes, crucificándolo entre dos ladrones, y con todo no hay quien lo pueda separar de entre los hombres, y si esto pasa entre aquellos rebeldes y obstinados judíos, ¿qué pasará con las almas que le aman y le sirven? ¿Quién podrá ponderar el amor con que las asiste? Por esto dijo que sus deleites eran estar con los hijos de los hombres (Proverbios VIII). Esto pasa en aquel amoroso pecho, mas en los pechos humanos sucede muy al contrario: por nada lo dejamos, cualquier gustom aunque solo tenga la apariencia de gusto, nos aparta de Él.
  
ORACIÓN PARA ESTE DÍA
¡Oh dulcísimo Esposo del alma! ¡Oh Padre amantísimo! ¿Qué es lo que os detiene para remontaros con rápido vuelo a esa región celestial? Sin duda que es el peso del amor que nos tenéis. ¿Es posible, Señor, que ni nuestras ofensas tan repetidas, ni los ultrajes que experimentasteis en vuestra adorable persona, hayan acelerado vuestro vuelo? ¡Oh amor infinito! Nosotros a porfía os agraviamos y repetimos las ofensas, ¿y Vos continuáis en amarnos, y multiplicáis finezas? Nosotros nos retiramos de esta hermosura, ¿y Vos dificultáis en apartaros de nosotros? ¡Oh corazón humano!, ¿qué haces que no te abrasas de amor? ¿Tan insensatos somos, Dios mío, que no acertamos a corresponderos? Extendidos los brazos os vemos subir, como el águila que provoca a sus polluelos a volar, alumbradnos, Maestro soberano: enseñadnos a tomar el vuelo en vuestra compañía, y esas demostraciones de vuestro amor no sean para mayor confusión nuestra en el Día del Juicio, sino para que sepamos corresponderlas. Avecillas canoras, que pobláis el aire, congregaos todas conformes a bendecir y alabar a vuestro Criador: vosotras que saludais al Sol cuando amanece, saludad a coros con dulces trinos y gorgeos al Sol de Justicia, que pasa por vuestra región. Ea Señor, llevadnos tras de Vos, correremos al olor de vuestros ungüentos, para gustar eternamente de vuestras dulzuras. Amén.

Tres Padrenuestros, y tres Avemarías con Gloria Patri. Los Gozos y la Oración se rezarán todos los días.
DÍA SÉPTIMO
Por la señal...
Acto de Contrición y Oración al Padre Eterno.

Considera en las otras palabras: «Que una nube lo ocultó a los ojos de los Discípulos», y esta nube, dijo Simón de Casia (Libro XIV, al final), que se puso delante de los Apóstoles, no porque el Señor la necesitase para subir, sin que como el Cielo estuviese con grandísimas ansias de recibir en sí al Señor, envió aquella nube que lo ocultase del mundo que lo atraía, y con eso entrase aprisa, y así dijo Cornelio Alápide que mientras los Apóstoles lo miraban, subía muy poco a poco, mas así que la nube se puso de por medio, subió como en un rayo, usando del dote de la agilidad, y en un instante llegó al Cielo Empíreo (Comentario en el cap. I de los Actos Apostólicos). Saca de aquí una consideración muy útil para tu alma, y es que mientras tuvieres limpios los ojos del alma y mirares a Cristo, no se apartará el Señor de ti y le tendrás, como la piedra imán detiene al acero. Por eso, habiendo el Esposo ponderado la hermosura y pureza del Alma santa, dijo que quien con más fuerza le hacía volar a su corazón era la vista de sus ojos, esta era como un escuadrón armado que lo detenía, cautivaba y no lo dejaba ir (Cánticos VI, 4). Esto acontece en el Alma pura y limpia, pero en atravesándose de por medio la nube de la culpa, entonces vuela, y como rayo se retira. La nube que ocultó al Señor era de gloria, formada de resplandores del mismo Señor, como dice Cayetano, o como otros dicen, una nube milagrosa, pura y transparente, y si esta nube de tan nobles calidades esconde al Señor, y hace que con tanta velocidad se aparte de sus Amigos cuando se pone por medio, ¿qué no hará la nube del pecado y la putrefacción del amor terreno de las creaturas corruptibles? ¿Qué no harán la gloria vana del Mundo, y los lucimientos mundanos? Mira que no te dejen cegar: arroja esas cosas, que te esconderán al Señor, y por más que apliques la vista, no lo verás ni le hallarás, porque se ausentará en no viendo tu alma limpia y pura.
 
ORACIÓN PARA ESTE DÍA
¡Oh Soberano Maestro! ¡Oh Caudillo invencible! ¡Qué lágrimas no debíamos derramar al ocultársenos vuestra hermosura, y vernos privados de vuestra presencia corporal, pero el amor que nos tenéis no nos permite llorar vuestra ausencia, cuando por consolarnos compasivo nos aseguráis que no nos dejáis huérfanos, porque aunque os vais, también venís a nosotros con frecuencia. Caminad, Señor, a ilustrar esos Cielos: caminad, que os  desean ansiosos los Ángeles para el aumento de su gloria: caminad, que ya os aguarda vuestro Padre con los brazos abiertos para recibiros, para colocaros dignamente a su diestra y daros el imperio y la dominación sobre todo lo creado, y pues nos habéis prometido vuestra asistencia, y os habéis hecho cargo de ampararnos y de remediar nuestras miserias, no permitáis que se hallen en nosotros las nubes tenebrosas del pecado que nos aparten de Vos, y nos impidan el teneros a la vista; enviadnos vuestras luces, sagrado Sol de Justicia, que así sabremos seguiros, y no erraremos vuestros caminos. Astros resplandecientes, que sois habitadores del lugar por donde ha de transitar con sus celestiales cortesanos el Rey de la Gloria, avivad vuestras luces, y adornaos con nuevos brillantes resplandores, porque ha de pasar por entre vosotros aquel Divino artífice que os dio tanta hermosura. Vosotros cuando Él expiró en el Calvario, os vestisteis de triste luto, escondiendo vuestras luces: justo es que os vistais de gala cuando se celebran sus sagradas victorias. Detended vuestro curso, y congregados salid al camino por donde ha de pasar el Hombre Dios, llevando cautiva la  servidumbre, y adoralo postrados. ¡Oh Señor!, ¿y cómo pudiéramos nosotros disponer los mayores festejos y aclamaciones para celebrar dignamente vuestro triunfo? Y pues nos falta el poder para ello, recibid nuestros deseos, y llevadnos a vuestra Gloria, para que allí os festejemos eternamente. Amén.

Tres Padrenuestros, y tres Avemarías con Gloria Patri. Los Gozos y la Oración se rezarán todos los días.
  
DÍA OCTAVO
Por la señal...
Acto de Contrición y Oración al Padre Eterno.

Considera en aquel triunfal aparato y gloriosa grandeza con que sube el Señor, de que habando en profecía el Salmista, dice que subió en un carro o carroza asistido de millares de millares de Ángeles (Salmo LXVII). Este era el carro triunfal en que subió nuestro Emperador: el acompañamiento era de innumerable multitud de Ángeles, dijo San Jerónimo, y Cayetano dice que eran los despojos de la victoria, y los prisioneros que libertó de la cautividad del mundo, los cuales dispuestos y ordenados a coros, cantaban dulcísimas alabanzas al Señor con grande júbilo y alegría inefable de todos: iba delante de todos estos escuadrones el Señor, como lo dijo por boca del Profeta Miqueas (cap. II, 3), y así que se acercó a los orbes celestiales, y como lo dice San Buenaventura (Meditaciones de la vida de Cristo, cap. C), no quedó espíritu bienaventurado alguno en  la Gloria que no bajase a recibirlo. Venían todos por sus órdenes, y postrados ante el Señor con suma reverencia le adoraron, y luego juntos los que iban con los que venían, se ordenaron en dos coros, y empezó la música de voces e instrumentos, y fue prosiguiendo la más solemne, grande y gloriosa procesión que jamás vio la Corte militante ni triunfante. Ponte aquí a pensar, Cristiano, y trae a la memoria las fiestas, alegrías, regocijos, júbilos, danzas, clarines, trompetas, cajas, y cuanto pudieres alcanzar y entender de dulzura, suavidad y deleite, pompa, majestad, grandeza y aparato, tanto imagina en aquel gloriosísimo triunfo. Allí los Serafines y Querubines, los Tronos, Principados y Potestades de Cielo, todos hacen fiesta, todos cantan gloriosas alabanzas al Señor. ¡Oh, qué suavísimos ecos! ¡Oh, qué dulcísimas canciones suenan por todos esos orbes celestiales!

ORACIÓN PARA ESTE DÍA
¡Oh Gran Señor de los Cielos y de la tierra! ¡Oh Hijo del Altísimo! Con qué grandeza y majestad entrais en vuestra Corte celestial para reinar en ella eternamente. El alma queda toda absorta y ocupada de gozo al contemplaros en tanta gloria. Digno sois, Divino Rey y Señor supremo, de recibir el honor que se os tributa, y cuando todas las criaturas se hiciesen lenguas y entonasen vuestras alabanzas, todo sería inferior a vuestro merecimiento. Ea, celestiales espíritus, pues vuestro Señor os adornó liberal de tanta Sabiduría, empleadla con especialidad en este día en admirable composición de sagrados metros, y de la más suave y armoniosa música: avivad vuestros sonoros instrumentos, que este triunfo del Salvador debe ser celebrado con la mayor solemnidad y pompa. Avivemos también nosotros nuestros afectos y entonemos alabanzas, pues nuestro Libertador entra a tomar posesión de su Reino. ¡Oh, cómo quisiera, Señor, cada uno de nosotros tener la destreza y sabiduría de todos los Ángeles, para excederlos en obsequiaros! ¡Oh Príncipes Angélicos que habitáis felices en la Corte del Altísimo!, abrid esas puertas resplandecientes de la Gloria, para que entre en ella el Rey de los Reyes y el Señor de los Señores a dominar, y a reinar sin fin. Prevenid los arcos triunfales que anuncien en todo su Reino su entrada victoriosa: adornad las hermosas calles y plazas de esa Celestial Jerusalén, para su majestuoso y sagrado recibimieto. ¡Oh Caudillo Triunfante! Hoy que es el día de vuestra coronación, lo es también de hacer mercedes: no queremos, Señor, perder tan bella vocación: concedednos la merced de vuestra gracia. Cuando los Reyes se coronan,  hay indulto general para todos los reos: perdonadnos, piadoso Padre, nuestras iniquidades, para que limpios y purificados os agrademos en esta vida, y después os alabemos en vuestro Reino eternamente. Amén.

Tres Padrenuestros, y tres Avemarías con Gloria Patri. Los Gozos y la Oración se rezarán todos los días.
    
DÍA NOVENO
Por la señal...
Acto de Contrición y Oración al Padre Eterno.

Considera la entrada del Señor en la Corte Celestial, pero ¿qué entendimiento puede comprender, ni qué criatura puede ponderar cuán célebre, cuán gloriosa, cuán magnífica y soberana fuese? Llegó en fin nuestro glorioso Príncipe al trono de su Padre, y reconociéndose en cuanto hombre inferior, postrado a sus plantas adoró su Divinidad con suma reverencia, y puedes considerar que le dijo: «Padre Santísimo, Altísimo y amabilísimo, aquí teneis a vuestro hijo obediente a vuestro precepto. Bajé al mundo, manifesté a los hombres vuestro Santo y Divino Nombre, glorifiqué vuestra grandeza en la tierra, consumé la obra de la humana Redención que me habéis encargado, entré en batalla con el Príncipe del mundo, lo vencí, le quité el reino y lo arrojé fuera, lo dejé desarmado y en prisiones, y le quité el despojo de sus victorias, el cual pongo a vuestras Divinas plantas, a quien se debe toda reverencia, toda honra y alabanza. Vuestro es el Reino, que he conquistado; vuestro el Imperio, que he ganado; vuestra la potestad y el poder, con que yo vencí; vuestra es la gloria, vuestro el triunfo, y vuestra la victoria». Pondera y considera la alegría, el contento y amor con que el Padre recibiría a  su Hijo, y cómo le da la mano, y cómo lo abraza, ensalza y engrandece mandando que toda la Corte Celestial celebre las gloriosas victorias de su Hijo: siéntalo a su diestra en su mismo trono sublimado y engrandecido con infinitas ventajas a todas las criaturas, luego le da la corona imperial, el cetro y el gobierno universal sobre todo lo  criado: manda que todos los Cortesanos por sus órdenes y jerarquías, postrados a sus plantas le rindan la obediencia. Mira aquí, Cristiano, la humana naturaleza qué honrada es. Mira aquí la tierra sobre todos los Cielos, al hombre sobre todos los Serafines, y tu misma naturaleza sobre todos los Ángeles y soberanas jerarquías. Aprende aquí a despreciar todas estas bajezas, aprecia tu dignidad, reconócete miembro de aquella cabeza, y no quieras, degenerando de lo que eres, sujetarte a las vilezas. Mira, por último, y considera el gloriosísimo cuerpo de tu Redentor, encumbrado en aquel trono: mira aquella hermosura que alegra a todos los Ángeles, los cuales al verla tan resplandeciente y llena de luz, y absortos, y llevados del deleite y admiración, prorrumpieron sin cesar, diciendo: «Santo, Santo, Santo, Señor Dios de los Ejércitos, lleno está el mundo, llenos el Cielo y la tierra de la Majestad de tu Gloria: viva, viva nuestro Rey en la altura y grandeza inaccesible de su trono», y así sucesivamente le alababan y alabarán eternamente.
 
ORACIÓN PARA ESTE DÍA
¡Oh Rey inmortal de los siglos! ¡Oh Señor de incomprensible Majestad! Recibid la Corona, el Imperio y la Dominación sobre todas las criaturas visibles e invisibles, y el mundo todo se goce de tener un Señor justo, sabio, poderoso y benigno. ¡Qué justamente os ciñe vuestro Padre lleno de amor la Corona, y pone en vuestra Divina mano el cetro del gobierno del Cielo y de la tierra! ¡Qué premio tan bien merecido! ¡Qué corona tan bien ceñida! ¿Con qué razones os daremos el parabién de vuestra exaltación? ¡Oh dichosos hijos de Adán, alegraos en el Señor!, démonos todos recíprocamente los plácemes, pues nuestra naturaleza ha subido con Cristo a colocarse en el mismo Solio de Dios sobre todos los Ángeles. ¡Oh inefable honor del hombre! ¡Oh dicha imponderable! No la ha concedido el Señor aun a los más elevados Serafines. ¡Oh Eterno Padre, infinitas gracias os damos por tan excelsa prerrogativa, como es la que habéis otorgado a nuestro linaje! Vos, piadosísimo Dios, habéis levantado a tan sublime dignidad a nuestra naturaleza, y ya no nos queda otra cosa que emplearnos eternamente en alabaros y bendeciros por tan inmenso beneficio. Bendito y glorificado seáis, ¡oh gran Dios!, pues ya por vuestra bondad, es vuestro Hijo Unigénito nuestro hermano según la carne; y pues nos vemos tan honrados de Vos, ya desde hoy renunciamos todas nuestras inclinaciones a los bienes de este mundo, y todo nuestro anhelo lo pondremos solo en Vos, que sois todo nuestro bien y nuestras riquezas, para que así lleguemos a vivir y reinar con Vos eternamente. Amén.
  
ORACIÓN A LA SANTÍSIMA VIRGEN PARA ESTE DÍA
¡Oh Sacratísima María, Madre dignísima de Jesús! Infinitos parabienes os damos por el honor inmenso que goza vuestro Divino Hijo. Cuando las madres ven logrados a sus hijos, es muy crecido el gozo de su corazón, ¿cuánto sería, Señora, vuestro júbilo, al ver con tanta gloria y majestad al Hijo de vuestras entrañas? Por este gozo os suplicamos, Madre amorosa, no os olvidéis de nosotros: Haced que se dilate vuestra alegría, al ver también logrados por vuestro Patrocinio a estos vuestros hijos menores, que os claman en este valle de tantas miserias, interceder por nosotros, y encaminadnos a esa Patria celestial, donde gozáis de vuestro Hijo eternamente. Amén.

Tres Padrenuestros, y tres Avemarías con Gloria Patri. Los Gozos y la Oración se rezarán todos los días.

miércoles, 29 de abril de 2020

DECRETO “Ínclytus Patriárcha Joseph”, ESTABLECIENDO LA FIESTA DEL PATROCINIO DE SAN JOSÉ

 
Al comienzo de su Pontificado, el 10 de Septiembrede 1847 por el decreto “Ínclytus Patriárcha Joseph”, Pío IX estableció la fiesta y oficio del Patrocinio de San José, para el III Domingo después de la Octava de Pascua (tras la Constitución “Divíno Afflátu” de San Pío X, fue trasladada al miércoles de la semana anterior). 
  
DECRETO “Ínclytus Patriárcha Joseph”, EXTENDIENDO LA MISA Y OFICIO DEL PATROCINIO DE SAN JOSÉ A TODA LA IGLESIA
  
El ínclito Patriarca San José, a quien el Padre Omnipotente enriqueció con gracias singulares y acumuló en él abundantemente carismas celestes para ser padre putativo de su Hijo unigénito y verdadero esposo de la Reina del mundo y Señora de los ángeles, el cual llevó a cabo tan perfectamente todas las partes de tan sublime elección y todos los oficios que mereció la alabanza y premio de siervo bueno y fiel. Pues acordándose siempre de su preexcelente dignidad y de la santidad de los nobles oficios, que la Sabiduría divina le había encomendado, obedeció en todo incesantemente a los consejos y voluntad del mismo Dios con una prontitud casi inenarrable y agradó tanto a Dios que quedó constituido en amado de él hasta que coronado de gracia y honor en los cielos recibió un nuevo oficio, a saber, que ayudase con sus copiosos méritos y el sufragio de su oración a la misérrima condición humana y alcanzase para el mundo con su valiosísima intercesión lo que la posibilidad humana no puede obtener. Por eso, constantemente es venerado como misericordioso mediador y eficaz patrono ante Dios; y la fiesta de su Patrocinio, con Oficio y Misa, es establecida para todos, el tercer Domingo siguiente a las fiestas pascuales.
  
Mas queda todavía una cosa por desear: esto es, que el oficio del Pattrocinio de San José sea extendido e impuesto a la Iglesia Universal. Ahora, el Eminentísimo y Reverendísimo Señor Cardenal Constantino Patrizi, pidió humildemente y con instancia este favor a Nuestro Santísimo Señor, el Papa Pío IX, no solamente en su nombre, sino incluso en nombre de los otros Cardenales de la Santa Iglesia Romana, y de un grandísimo número de fieles, incluso extranjeros.
  
El Santísimo Padre, recibiendo con bondad apostólica estas súplicas todas hechas conformes a su piedad singular hacia San José; sobre el informe suscrito por el Secretario de la Sagrada Congregación de Ritos, ha consentido benignamente a todo, y ordenó que en lo sucesivo el oficio propio con la Misa del Patrocinio de San José se celebre por el clero de la Urbe y el Orbe con rito doble de segunda clase, el tercer domingo después de Pascua, y si este día está impedido por otro oficio de un Rito superior o de una más alta dignidad, se acordó que el oficio del Patrocinio de San José sea transferido al primer día libre, conforme a las rúbricas, sin que obste nada en contrario.
  
10 de Septiembre de 1847.
   
CONSTANTINO Cardenal Patrizi Naro, Prefecto de la Sagrada Congregación de Ritos.
  
Domenico Bartolomei, Secretario de la Sagrada Congregación de Ritos.

domingo, 12 de abril de 2020

BEATO SIMÓN DE LIPNICA, MÁRTIR DE LA CARIDAD

   
Simón nació en Lipnica (posteriormente, para diferenciarla de las aldeas vecinas de Lipnica Dolna y Lipnica Górna se le agregó el apelativo Murowana, «murada de ladrillos» en polaco), una población en la Polonia meridional, entre los años 1435 y 1440. Sus padres, Gregorio (quien se dice era panadero) y Ana, supieron darle una sana educación, inspirada en los valores de la fe cristiana, y, a pesar de su modesta condición, se preocuparon de asegurarle una adecuada formación cultural. Simón creció con un carácter piadoso y responsable, una natural predisposición a la oración y un tierno amor a la Madre de Dios.
  
En ese momento, Lipnica era una población que obtuvo derechos de ciudad en el siglo XIV durante el reinado de Vladislao I el Breve. Gracias a su ubicación en la ruta comercial que conduce desde Bochnia a través de Nowy Sącz hasta Hungría (hoy Eslovaquia), esta ciudad experimentó un auge económico significativo en el siglo XV, que duró solo un corto período de tiempo. Es por eso que en la literatura, como un pueblo sin grandes oportunidades de desarrollo, recibió el nombre de «pueblo colapsado», como lo describe Marcin Kromer en su Diccionario geográfico del Reino de Polonia y otros países eslavos.
  
En 1454, después de graduarse de una escuela parroquial y de un estudio de preparatoria desconocido, se trasladó a Cracovia para asistir a la famosa Academia Jagellónica, pagando solo un céntimo de la tarifa de entrada. Una tarifa de inscripción tan baja (en promedio, la tarifa de entrada completa era de 6 groszy -sólidos de oro-) tan baja indica que sus padres ni siquiera eran residentes de ingresos medios de Lipnica; pertenecen más bien a los pobres de los pueblos pequeños. De seguir a Radymiński en sus Crónicas del Estudio General de la Academia de Cracovia, Simón se instaló probablemente en la Bolsa de la Reina Eduviges, uno de los dormitorios de la Academia. En ese tiempo San Juan de Capistrano entusiasmaba a la ciudad con la santidad de su vida y el fervor de su predicación en el Mercado y en la iglesia de Santa María (y como había sucedido en Núremberg y Breslavia, muchos quemaron sus artículos suntuosos en señal de conversión), atrayendo a la vocación franciscana a un nutrido grupo de jóvenes generosos. El 8 de septiembre de 1453 el santo italiano, invitado por el rey Casimiro IV Jagellón y el cardenal Esbigneo Oleśnicki, había fundado en Cracovia, cerca de la catedral Wawel, el primer convento de la Observancia, bajo el título de «San Bernardino de Siena», santo que había sido canonizado poco tiempo antes. Por tal motivo los frailes menores de aquel convento fueron llamados por el pueblo «bernardinos».
  
En 1457, también el joven Simón (que se había graduado ya de bachiller de artes), fascinado por el ideal franciscano, prefirió adquirir la preciosa perla del Evangelio, interrumpiendo un rico acontecer de éxitos (la Academia contaba con facultades de Teología y Medicina; y el bachillerato le permitía ser profesor en la escuela parroquial). Junto con otros diez compañeros de estudios, pidió ser admitido en el convento de Stradom.
   
La década de 1450 fue de marcado celo entre los franciscanos observantes en Polonia, que además ya contaban con los conventos de Varsovia, Poznań, Kościan y Wschowa. Su jornada estaba llena de mortificación y simplicidad en la incomodidad diaria. Además del rezo del Breviario, la agenda estaba ocupada con la Misa conventual y una reflexión contemplativa de una hora durante el día, consistente en la lección comunitaria y la reflexión individual de la vida de Cristo y su Madre Santísima, especialmente en el misterio de la Pasión. El resto del tiempo libre antes y después de la cena común fue dedicado por los monjes al trabajo asignado por la obediencia: obras preparatorias de historia, maestros, a veces profesores universitarios, así como tutores, guionistas (transcriptores de obras teológicas y de materiales para predicación), pintores de miniaturas, jardineros, zapateros, sastres y otros oficios. Todos siguiendo la Regla Franciscana y especialmente en el Evangelio. Tal era el tenor de vida de nuestro Simón, y de otros monjes que también murieron en fama de santida: Bernardo, Alejo y Felipe (que fuera maestro de la Academia de Cracovia y superior del convento en Stradom); Gabriel, Vladislao y Estanislao de Chobrza (anteriormente profesor en la Academia de Cracovia); Leonardo de Sącz (maestro universitario y Guardián de Cracovia que anteriormente, como sacerdote diocesano, era predicador de la catedral); finalmente Antonio de Radomsko (teólogo y doctor de la Sorbona, y profesor de la Academia de Cracovia) y muchos otros hermanos.
  
Bajo la sabia guía del maestro de novicios, P. Cristóbal de Varese, religioso eminente por su doctrina y santidad de vida que había acompañado a San Juan de Capistrano y fue vicario de la provincia Austro-Checo-Polaca, Simón recorrió con generosidad la vida humilde y pobre de los frailes menores, y tras profesar en 1458, recibió la ordenación sacerdotal hacia el año 1462, porque ya en 1465 fue asignado como guardián en el convento de Tarnów. Dos años después, se estableció en Stradom (Cracovia), dedicándose incansablemente a la predicación evangélica, con palabra limpia, llena de ardor, de fe y de sabiduría, que dejaba entrever su profunda unión con Dios y el prolongado estudio de la Sagrada Escritura (dirigido en su formación por Antonio de Radomsko). Es probable que también dirigiera el scriptórium del convento, donde su firma aparece bajo la transcripción del Lectúra super primum librum sententiárum de San Buenaventura y la Summa univérsæ theologíæ tertia pars de Alejandro de Hales. No sólo el scriptorium bernardino de Cracovia transcribía obras de franciscanos: también, por préstamo del convento de los dominicos, fue transcrito el Quadragesimále áureum de fray Leonardo de Údine OP.
   
Como San Bernardino de Siena y San Juan de Capistrano (a quien escuchó en su juventud), Fr. Simón difundió la devoción al Nombre de Jesús, obteniendo la conversión de innumerables pecadores. Como aquellos, concluía sus predicaciones exclamando «¡Jesús, Jesús, Jesús!», siendo respondido por los oyentes de la misma manera, lo que en algún momento le valiera una acusación por irreverencia ante el capítulo catedralicio, de la cual salió absuelto. En 1463, tras la muerte del dominico Pablo de Zator, Simón fue el primero entre los Frailes Menores en ocupar el oficio de predicador en la catedral de Wawel. Por su entrega a la predicación evangélica, las fuentes biográficas antiguas le confirieron el título de «Predicador ferventísimo».
  
Deseoso de rendir homenaje a San Bernardino de Siena, inspirador de su predicación, el 17 de mayo de 1472, junto a otros frailes polacos, llegó a L’Aquila para participar en el solemne traslado del cuerpo del santo al nuevo templo erigido en su honor. Volvió a Italia en 1478 con ocasión del Capítulo general celebrado en el convento de San Santiago de Pavía, junto con el vicario de la provincia de Polonia padre fray Juan Crisóstomo de Poniec, su sociólogo (compañero del provincial) padre Pablo Szarzowski, guardián del convento de Tarnów, y su hermano fray Tiburcio de Środa y el fraile Pablo, sociólogo (compañero) del provincial. En esta ocasión pudo satisfacer su deseo profundo de visitar las tumbas de los Apóstoles, en Roma, y proseguir después su peregrinación a Tierra Santa. Vivió esta experiencia en espíritu de penitencia, de verdadero amante de la Pasión de Cristo, con la oculta aspiración de derramar la propia sangre por la salvación de las almas, si así agradara a Dios. Imitando a San Francisco en su amor a los Santos Lugares y por si fuera capturado por los infieles, antes de emprender el viaje quiso aprender de memoria la Regla de la Orden «para tenerla siempre delante de los ojos de la mente».
    
A su regreso de Tierra Santa, Simón fue designado comisionado provincial, reemplazando al vicario que iba al Capítulo General a Italia. En tal función, visitó los monasterios bernardinos, incluido el monasterio de Santa Ana en Varsovia, donde probó a los novatos locales, particularmente en su obediencia y apego a la orden. Cuenta fray Juan de Komorowo en su Crónica que Simón les pedía a los novicios encargados del jardín plantar árboles sin raíces o caminar descalzos sobre carbones encendidos.
  
El amor de Simón a los hermanos se puso de manifiesto de manera extraordinaria en el último año de su vida, cuando una epidemia de peste devastó Cracovia. De julio de 1482 al 6 de junio de 1483 la ciudad estuvo bajo el flagelo de la enfermedad. En la desolación general, los franciscanos del convento de San Bernardino se prodigaron incansablemente en el cuidado de los enfermos, como verdaderos ángeles del consuelo, tanto que durante la epidemia, murieron 25 religiosos.
  
Fr. Simón (que había sido elegido como representante del convento de Cracovia para el capítulo en la ciudad de Koło) afrontó aquella situación como un «tiempo propicio» para ejercitar la caridad y para llevar a cabo la ofrenda de la propia vida. Por todas partes pasó confortando, prestando ayuda, administrando los sacramentos y anunciando la consoladora Palabra de Dios a los moribundos. Pronto resultó contagiado. Soportó con extraordinaria paciencia los sufrimientos de la enfermedad y, próximo a la muerte, expresó el deseo de ser sepultado en el umbral de la iglesia, para que todos pudieran pisotearlo. El 18 de julio de 1482, sexto día de enfermedad, sin temor a la muerte y con los ojos fijos en el crucifijo, entregó su alma a Dios.
  
Ante el peligro generalizado por la plaga, Simón fue enterrado pocas horas después bajo el altar mayor de la iglesia conventual, entre los dos primeros discípulos de San Juan de Capistrano: Timoteo, maestro de artes liberales en la Academia de Cracovia, y Bernardino de Żarnowiec, guionista y pintor de miniaturas, que había escrito e iluminado muchos libros litúrgicos.
  
El culto a Simón comenzó pocos años después de su muerte. Ya en 1487, los frailes obtuvieron una bula del Papa Inocencio VIII que autorizaba la elevación de las reliquias de fray Juan de Dukla en Leópolis (Lviv, Ucrania) y de Simón de Lipnica en Cracovia. Posteriormente en 1514, durante el V Concilio Lateranense, el arzobispo primado de Gniezno Juan Łaski de 1514, presentó a la Santa Sede una solicitud de canonización para el príncipe Casimiro Jallegón y otros santos del Reino de Polonia (entre los cuales estaba Simón).
  
Como tal, el proceso diocesano comenzó apenas en el siglo XVII, donde los registros de la causa informan que en el convento de San Bernardino, los enfermos eran bendecidos con las reliquias de Simón de Lipnica y unas oraciones especiales. El Papa Inocencio XI confirmó el «culto inmemorial» el 24 de febrero de 1685, proclamándolo beato. Ese año, el 27 de Julio hubo una solemne procesión con sus reliquias desde la Catedral de Wawel (donde se encontraban desde 1656 por temor a la invasión de los protestantes suecos) hasta la Plaza del Mercado, la Iglesia de Santa María y, desde aquí, por la calle Grodzka hasta la reconstruida iglesia de San Bernardino, a una capilla lateral propia para el beato Simon, decorada con pinturas de Jan Gothard Berkhoff y de un pintor anónimo.
   
Los esfuerzos para canonizar comenzaron oficialmente en la década de 1780 durante el reinado de Estanislao II Augusto Poniatowski. Una resolución separada del Sejm (Parlamento polaco) de 1776 pidió la aceleración de la canonización del beato Simón de Lipnica, y el rey envió una carta a la Santa Sede sobre el particular, pero por causa de la «cuestión polaca», el esfuerzo político quedó truncado. Con todo, su culto continuó en Cracovia y Lipnica Murowana, siendo esto (junto con la construcción de su santuario en 1923 en Lipnica Murowana y la curación milagrosa en 1943 de la farmaceuta de Cracovia María Piątek de una embolia cerebral) la base de la reasúmptio causæ ordenada por un decreto de la Sagrada Congregación de Ritos del 23 de junio de 1948, quedando pospuesta por las dificultades de comunicación entre la Santa Sede y los obispos de Polonia por causa de la situación política del país.
   
Simón de Lipnica es, además de copatrono de Cracovia (los otros son Santa Eduviges y San Estanislao Obispo), patrono de los estudiantes polacos, y también protector contra las epidemias.
   
ORACIÓN (del Misal Romano-Seráfico).
Omnipotente y sempiterno Dios, que sublimaste a tu bienaventurado confesor Simón con la gracia de la predicación evangélica, concédenos propicio que nutridos por el pábulo de su doctrina, y siguiendo a quien te fue agradable, merezcamos llegar felizmente por sendas de justicia a la patria celestial. Por J. C. N. S. Amén.

martes, 24 de marzo de 2020

BEATO DIEGO JOSÉ DE CÁDIZ, APÓSTOL Y PATRIOTA


Beato Diego José de Cádiz OFM Cap.
    
Treinta años de activísima vida misionera no caben en unas páginas. No es posible reducir a tan breve síntesis la labor de este apóstol capuchino, que, siempre a pie, recorrió innumerables veces Andalucía entera en todas direcciones; que se dirigió después a Aranjuez y Madrid, sin dejar de misionar a su paso por los pueblos de la Mancha y de Toledo; que emprendió más tarde un largo viaje desde Roma hasta Barcelona, predicando a la ida por Castilla la Nueva y Aragón, y a la vuelta por todo Levante; que salió, aunque ya enfermo, de Sevilla y, atravesando Extremadura y Portugal, llegó hasta Galicia y Asturias, regresando por León y Salamanca.
   
Pero hay que recordar, además, que en sus misiones hablaba varias horas al día a muchedumbres de cuarenta y aun de sesenta mil almas (y al aire libre, porque nuestras más gigantescas catedrales eran insuficientes para cobijar a tantos millares de personas, que anhelaban oírle como a un "enviado de Dios"); que tuvo por oyentes de su apostólica palabra, avalada siempre por la santidad de su vida, a los príncipes y cortesanos por un lado y a los humildes campesinos por otro, a los intelectuales y universitarios y a las clases más populares, al clero en todas sus categorías y a los ejércitos de mar y tierra, a los ayuntamientos; y cabildos eclesiásticos y a los simples comerciantes e industriales y aun a los reclusos de las cárceles; que intervino con su consejo personal y con su palabra escrita, bien por dictámenes más o menos públicos, bien por su casi infinita correspondencia epistolar, en los principales asuntos de su época y en la dirección de muchas conciencias; que escribió tal cantidad de sermones, de obras ascéticas y devocionales, que, reunidas, formarían un buen número de volúmenes; que caminaba siempre a pie, con el cuerpo cubierto por áspero cilicio, pero alimentando su alma con varias horas de oración mental al día; y que, si le seguía un cortejo de milagros y de conversiones ruidosas, también supo de otro cortejo doloroso de ingratitudes, de incomprensiones y aun de persecuciones, hasta morir envuelto en un denigrante proceso inquisitorial.
   
¿Cómo describir, siquiera someramente, tan inmensa labor? La amplitud portentosa de aquella vida, tan extraordinariamente rica de historia y de fecundidad espiritual, durante los últimos treinta años del siglo XVIII, a lo largo y ancho de la geografía peninsular, se resiste a toda síntesis. Sólo de la Virgen Santísima, a la que especialmente veneraba bajo los títulos de Pastora de las almas y de la paz, predicó más de cinco mil sermones. Y seguramente pasaron de veinte mil los que predicó en su vida de misiones, las cuales duraban diez, quince y aun veinte días en cada ciudad.
   
La misión concreta de su vida y el porqué de su existencia podría resumirse en esta sola frase: fue el enviado de Dios a la España oficial de fines de aquel siglo y el auténtico misionero del pueblo español en el atardecer de nuestro Imperio.
   
Nuestros intelectuales de entonces y las clases directoras, con el consentimiento y aun con el apoyo de los gobernantes, abrían las puertas del alma española a la revolución que nos venía de allende el Pirineo, disfrazada de "ilustración", de maneras galantes, de teorías realistas. Todo ello producía, arriba, la "pérdida de Dios" en las inteligencias. Luego vendría la "pérdida de Dios" en las costumbres del pueblo. Aquella invasión de ideas sería precursora de la invasión de armas napoleónicas que vendría después.
   
No todos vieron a dónde iban a parar aquellas tendencias ni cuáles serían sus funestos resultados. Pero fray Diego los vio con intuición penetrante —y mejor diríamos profética—, ya desde sus primeros años de sacerdocio. Por eso escribía: "¡Qué ansias de ser santo, para con la oración aplacar a Dios y sostener a la Iglesia santa! ¡Qué deseo de salir al público, para, a cara descubierta, hacer frente a los libertinos!... ¡Qué ardor para derramar mi sangre en defensa de lo que hasta ahora hemos creído!".
   
Dios le había escogido para hacerle el nuevo apóstol de España, y su director espiritual se lo inculcaba repetidas veces: "Fray Diego misionero es un legítimo enviado de Dios a España". Y convencido de ello, el santo capuchino se dirige a las clases rectoras y a las masas populares. Entre la España tradicional que se derrumba y la España revolucionaria que pronto va a nacer, él toma sus posiciones, que son: ponerse al servicio de la fe y de la patria y presentar la batalla a la "ilustración". Había que evitar esa "pérdida de Dios" en las inteligencias y fortalecer la austeridad de costumbres en la masa popular. Y cuando vio rechazada su misión por la España oficial (¡cuánta parte tuvieron en ello Floridablanca, Campomanes y Godoy!), se dirigió únicamente al auténtico pueblo español, con el fin de prepararle para los días difíciles que se avecinaban.
   
En su misión de Aranjuez y Madrid (1783) el Beato se dirigió a la corte. Pero los ministros del rey impidieron solapadamente que la corte oyera la llamada de Dios. Intentó también fray Diego traer al buen camino a la vanidosa María Luisa de Parma, esposa de Carlos IV. Pero, convencido más tarde de que nada podía esperar, sobre todo cuando Godoy llegó a privado insustituible de Palacio, el santo misionero rompió definitivamente con la corte, llegando a escribir, más tarde, con motivo de un viaje de los reyes a Sevilla: "No quiero que los reyes se acuerden de mi".
   
Para cumplir fielmente su misión, el Beato recibió de Dios carismas extraordinarios, que podríamos recapitular en estos tres epígrafes: comunicaciones místicas que lo sostuvieran en su empresa, don de profecía y multiplicación continua de visibles milagros.
  
Pero Dios no se lo dio todo hecho. Hay quienes, conociéndole sólo superficialmente, no ven en él más que al misionero del pueblo que predica con celo de apóstol, acentos de profeta y milagros de santo. Pero junto al orador, al santo, al profeta y al apóstol, aparece también a cada momento el hombre. También él siente las acometidas de la tentación carnal; también él se apoca y sufre cuando se le presenta la contradicción; también él experimenta dificultades y desganas para cumplir su misión; y aun sólo "a costa de estudio y de trabajo" -dice él- logra escribir lo que escribe. Y a pesar de todo, nada de "tremendismo" en su predicación, como no fuera en contados momentos, cuando el impulso divino le arrastraba a ello. Y así, mientras otros piden a Dios el remedio de los pueblos por medio de un castigo misericordioso, "yo lo pido -escribe- por medio de una misericordia sin castigo". Y no se olvide que vivió en los peores tiempos del rigorismo. ¿Y cómo no iba ser así, si él fue siempre. como buen franciscano y neto andaluz, santamente humano y alegre, ameno en sus conversaciones y gracioso hasta en los milagros que hacía?
   
Pero el celo de la gloria de Dios y el bien de las almas le dominaron de suerte, que ello solo explica aquel perfecto dominio de sus debilidades humanas, aquella actividad pasmosa, lo mismo predicando que escribiendo, y aquel idear disparates: como el deseo de no morir, para seguir siempre misionando; o el de misionar entre los bienaventurados del cielo o los condenados del infierno; o el de marcharse a Francia, cuando tuvo noticias de los sucesos de París en 1793, para reducir a buen camino a los libertinos y forajidos de la Revolución Francesa.
   
Dícese de Napoleón que, desterrado ya en Santa Elena, exclamaba recordando sus victorias y su derrota definitiva: "La desgraciada guerra de España es la que me ha derribado". Pero esta guerra no la vencieron nuestros reyes ni nuestros intelectuales; la venció aquel pueblo que había recibido con sumisión y fidelidad las enseñanzas del "enviado de Dios". Este pueblo, fiel a la misión de fray Diego, no traicionó a su fe ni a su patria; los intelectuales y gobernantes, que habían rechazado esa misión, traicionaron a su patria, porque ya habían traicionado a su fe.
   
Sólo Dios puede medir y valorar -como sólo Él los puede premiar- los frutos que produjo la constante y difícil, fecunda y apostólica actividad misionera del Beato Diego José de Cádiz. Describiendo él su vocación religiosa decía: "Todo mi afán era ser capuchino, para ser misionero y santo". Y lo fue. Realizó a maravilla este triple ideal. Su vida fue un don que Dios concedió a España a fines del XVIII. Por la gracia de Dios y sus propios méritos, fray Diego fue capuchino, misionero y santo.
   
SERAFÍN DE AUSEJO, OFM Cap. Año Cristiano, Tomo I, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid, 1966.
  
ORACIÓN
Oh Dios, que distinguiste a tu bienaventurado Confesor Diego José con la ciencia de los santos y admirablemente lo dirigiste para la salvación de su nación, concédenos por su intercesión saber lo que es piadoso y recto, para que lleguemos felizmente al reino de tu gloria. Por J. C. N. S. Amén.

jueves, 13 de febrero de 2020

MISA DEL HALLAZGO DE NUESTRO SEÑOR EN MEDIO DE LOS DOCTORES

Del Misal Propio de Jerusalén, donde se celebraba el 13 de Febrero. En otros lugares, la Misa era el 9 del mismo mes o el Sábado antes de Septuagésima.
 
Die 13 Februarii
Inventiónis Púeri Jesu in médio Doctórum
Duplex Majus.
 
Introitus. In excélso throno vidi sedére virum, quem adórat multitúdo Angelórum, psalléntes in unum: ecce, cujus impérii nomen est in ætérnum. (T.P. Allelúja, allelúja.) Ps. 99, 1. Jubiláte Deo, omnis terra: servíte Dómino in lætítia. ℣. Glória Patri.

ORATIO
Deus, qui in húmilem Fílii tui puerítiam cœlésti clarére sapiéntia voluísti: præsta, ut spíritu prudéntiæ repléti, sincéra tibi humilitáte placeámus. Per eúndem Dóminum nostrum.
  
Léctio Áctuum Apostolórum.
Act. 3, 22-26.
 
Móyses dixit: Quóniam prophétam suscitábit vobis Dóminus Deus vester de frátribus vestris, tamquam me: ipsum audiétis juxta ómnia quæcúmque locútus fúerit vobis. Erit autem: omnis ánima quæ non audiérit prophétam illum, exterminábitur de plebe. Et omnes prophétæ, a Sámuel et deínceps, qui locúti sunt, annuntiavérunt dies istos. Vos estis fílii prophetárum, et testaménti quod dispósuit Deus ad patres nostros, dicens ad Ábraham: Et in sémine tuo benedicéntur omnes famíliæ terræ. Vobis primum Deus suscítans fílium suum, misit eum benedicéntem vobis: ut convértat se unusquísque a nequítia sua.
 
Graduale. Sap. 8, 10-11. Habébo propter sapiéntiam claritátem ad turbas, et honórem apud senióres júvenis; et in conspéctu poténtium admirábilis ero.
℣. Col. 2, 3. In Christo sunt omnes thesáuri sapiéntiæ et sciéntiæ abscónditi.
 
Allelúja, allelúja. ℣. Luc. 2, 13. Stupébant autem omnes, qui Jesum audiébant, super prudéntia et respónsis ejus. Allelúja.

Post Septuagesimam, omissis Allelúja et Versu sequenti, dicitur: 
Tractus. Ps. 79, 8. Deus virtútum, convérte nos, et osténde Fáciem tuam, et salvi érimus.
℣. Cant. 2, 14. Sonet vox tua in áuribus meis: vox enim tua dulcis, et fácies tua decóra.
℣. Cant. 1, 2. Óleum effúsum nomen tuum, Jesu, ídeo adolescéntulæ dilexérunt te.
 
Tempore autem Paschali emittitur Graduale, et ejus loco dicitur:
Allelúja, allelúja.
℣. Luc. 2, 13. Stupébant autem omnes, qui Jesum audiébant, super prudéntia et respónsis ejus. Allelúja.
℣. Col. 2, 3. In Christo sunt omnes thesáuri sapiéntiæ et sciéntiæ abscónditi. Allelúja.
 
Sequéntia sancti Evangélii secúndum Lucam.
Luc. 2, 42-52.
 
Cum factus esset Jesus annórum duódecim, ascendéntibus illis Jerosólymam secúndum consuetúdinem diéi festi, consummatísque diébus, cum redírent, remánsit puer Jesus in Jerúsalem, et non cognovérunt paréntes ejus. Existimántes autem illum esse in comitátu, venérunt iter diéi, et requirébant eum inter cognátos et notos. Et non inveniéntes, regréssi sunt in Jerúsalem, requiréntes eum. Et factum est, post tríduum invenérunt illum in templo sedéntem in médio doctórum, audiéntem illos et interrogántem eos. Stupébant autem omnes, qui eum audiébant, super prudéntia et respónsis ejus. Et vidéntes admiráti sunt. Et dixit Mater ejus ad illum: Fili, quid fecísti nobis sic? Ecce, pater tuus et ego doléntes quærebámus te. Et ait ad illos: Quid est, quod me quærebátis? Nesciebátis, quia in his, quæ Patris mei sunt, opórtet me esse? Et ipsi non intellexérunt verbum, quod locútus est ad eos. Et descéndit cum eis, et venit Názareth: et erat súbditus illis. Et Mater ejus conservábat ómnia verba hæc in corde suo. Et Jesus proficiébat sapiéntia et ætáte et grátia apud Deum et hómines
 
Et dicitur Credo.
 
Offertorium. Joel. 2, 23. Fílii Sion, exsultáte, et lætámini in Dómino Deo vestro, quia dedit vobis Doctórem justítiæ. (T.P. Allelúja.)
 
SECRETA
Devotiónis nostræ múnera tibi offérimus, Dómine, majestátem tuam humíliter deprecántes; ut, qui Fílii tui tempáralem puerítiam sapiéntiæ et sciéntiæ donis fecísti clarescére, corda nostra ad percipiénda ex ore ejus salútis documénta dispónas. Per eúndem Dóminum.
 
Præfatio de Nativitáte.
Vere dignum et justum est, ǽquum et salutáre, nos tibi semper et ubíque grátias ágere: Dómine sancte, Pater omnípotens, ætérne Deus: Quia per incarnáti Verbi mystérium nova mentis nostræ óculis lux tuæ claritátis infúlsit: ut, dum visibíliter Deum cognóscimus, per hunc in invisibílium amorem rapiámur. Et ideo cum Ángelis et Archángelis, cum Thronis et Dominatiónibus cumque omni milítia cœléstis exércitus hymnum glóriæ tuæ cánimus, sine fine dicéntes:
 
Sanctus, Sanctus, Sanctus Dóminus, Deus Sábaoth. Pleni sunt cœli et terra glória tua. Hosánna in excélsis. Benedíctus, qui venit in nómine Dómini. Hosánna in excélsis.
 
Communio. Joann. 6, 69-70. Verba vitæ ætérnæ habes: et nos credídimus, et cognóvimus quia tu es Christus Fílius Dei. (T.P. Allelúja.)

POSTCOMMUNIO
Deus, cujus Unigénitus se velúti proficiéntem sapiéntia et gratis mortálium sénsibus exhíbere dignátus est; quǽsumus, ut, quotidiána nobis spirituálium proféctuum increménta per hæc, quæ súmpsimus, mystéria propítius largiáris. Per eúndem Dóminum.

jueves, 23 de enero de 2020

SAN JUAN V, PATRIARCA DE ALEJANDRÍA

[El Señor dice:] «Y cualquiera que diere de beber a uno de estos pequeñuelos un vaso de agua fresca solamente por razón de ser discípulo mío, os doy mi palabra que no perderá su recompensa». (San Mateo X, 42).
  
San Juan el Limosnero
 
San Juan había nacido de una rica familia. Su padre Epifanio era gobernador de Chipre, y su madre Monesta era una cristiana devota. Habiendo enviudado y enterrado a todos sus hijos en Amato de Chipre, empleó sus rentas en socorrer a los pobres y se ganó el respeto de todos por su santidad. Su fama hizo que le eligiesen patriarca de Alejandría hacia el año 608, cuando tenía ya más de cincuenta años. Cuando San Juan fue electo patriarca, hacía ya varias generaciones que todo Egipto se hallaba envuelto en acres disputas eclesiásticas, y la ola del monofisismo iba creciendo. Como escribe el historiador Baynes, «El lector de la vida de San Juan tiene que tener presente este cuadro. San Juan tuvo el tino de escoger, como patriarca, el camino de una bondad y una caridad sin límites para hacer amable la ortodoxia en Egipto». Al llegar a Alejandría, San Juan ordenó que le hiciesen una lista exacta de sus "amos". Cuando le preguntaron quiénes eran éstos, el santo respondió que eran los pobres, porque son los que gozaban en el Cielo de un poder ilimitado para ayudar a quienes les habían socorrido en la tierra. El número de los pobres de Alejandría era de 7500. El santo los tomó a todos bajo su protección. Los decretos del patriarca eran severos, pero estaban redactados en los términos más humildes. Entre otras cosas, impuso el uso de pesos y medidas justos para proteger a los pobres de una de las más crueles formas de opresión. El santo prohibió rigurosamente a todos los miembros de su casa que aceptaran regalos, pues sabía muy bien que esto era capaz de corromper aun al mayor de los justos. El patriarca se sentaba todos los miércoles y viernes delante de su casa, para que todos pudiesen presentarle sus quejas y darle a conocer sus necesidades.
  
Una de sus primeras acciones en Alejandría fue la de distribuir entre los hospitales y monasterios las ochenta mil monedas de oro que había en su tesorería. Igualmente consagró a los pobres las ricas rentas de su sede, que era entonces la más importante del oriente, tanto por la dignidad como por las riquezas. Además, por las manos del santo pasaba una continua corriente de limosnas que provenían de otros, a quienes su ejemplo había arrastrado. Cuando los ayudantes del patriarca se quejaron de que estaba empobreciendo a la Iglesia, él les contestó que Dios se encargaría de proveer a sus necesidades. Para convencerles de ello, les contó una visión que había tenido en su juventud: una hermosa mujer, coronada por una guirnalda de oliva, se le había aparecido. Representaba la caridad y compasión por los pobres, y le había dicho: «Yo soy la mayor de las hijas del rey. Si eres mi amigo, yo te conduciré a Él. Nadie como yo goza ante Él de mayor influencia, porque yo le moví a bajar del Cielo y a hacerse hombre para salvar a la humanidad».
  
Cuando los persas dirigidos por Cosroes II asolaron la Siria y saquearon Jerusalén, San Juan recibió a todos los que huían a Egipto. Asimismo, envió a los pobres de Jerusalén, además de una gran suma de dinero, semillas, pescado, vino, acero y un contingente de trabajadores egipcios para que les ayudasen a reconstruir las iglesias. En la carta que escribió al obispo Modesto con tal ocasión, añadía que hubiese deseado ir a Jerusalén en persona para ayudar con sus propias manos en ese trabajo. Ni la pobreza, ni las pérdidas, ni las dificultades que tuvo que sufrir hicieron vacilar nunca su confianza en la Divina Providencia, y la ayuda de Dios no le faltó jamás. El santo cortó bruscamente la palabra a un hombre a quien había sacado de deudas y que le expresaba su gratitud en términos encomiásticos, diciéndole: «Hermano, todavía no he vertido por ti mi sangre, como me manda hacerlo mi Dios y Maestro, Jesucristo». Cierto mercader que había perdido dos veces su fortuna en sendos naufragios, fue socorrido otras tantas veces por el santo patriarca, quien la tercera vez le regaló una nave cargada de grano. La tormenta arrastró la nave hasta las costas de Inglaterra, donde el hambre hacía estragos, de suerte que el mercader pudo vender el grano a muy buen precio y volvió con una buena cantidad de dinero y un cargamento de estaño. El estaño, según se vio después, tenía una amalgama de plata, y todo ello fue atribuido a las virtudes del santo.
   
Sin embargo, el Patriarca, en lo personal, vivía en la mayor austeridad y pobreza. Un distinguido personaje, al enterarse de que el santo sólo tenía en su lecho una cobertura muy desgarrada, le envió una valiosa piel, rogándole que la usara en consideración de quien se la mandaba. San Juan la aceptó y la usó una sola noche, pero apenas pudo pegar los ojos, reprochándose el lujo que se permitía mientras tantos de sus "amos" yacían en la miseria. A la mañana siguiente, vendió la piel y repartió el dinero entre los pobres. El amigo que se la había regalado recuperó la piel dos o tres veces y la devolvió al santo, quien le decía sonriendo: «Vamos a ver quién se cansa primero». Por lo demás, San Juan el limosnero no se complicaba la vida con teorías muy perfectas sobre la ayuda a los pobres.
  
Nicetas, gobernador de Alejandría, había planeado un nuevo impuesto que iba a pesar particularmente sobre los pobres. El Patriarca defendió humildemente a sus "amos", pero el gobernador, enfurecido, partió, dejándole con la palabra en la boca. Hacia el atardecer, San Juan le envió un mensaje con las palabras del apóstol: «El sol está cayendo. No dejes que el sol se ponga sobre tu ira». El mensaje produjo el efecto deseado. El gobernador fue en busca del patriarca, le pidió perdón, y le prometió como penitencia no prestar jamás oídos en adelante a las hablillas. San Juan le confirmó en su resolución, y le explicó que él no creía jamás a quien hablaba mal de otro, sin haber antes oído al acusado, y que castigaba severamente a los calumniadores para que los otros se guardasen de caer en tal vicio. Habiendo exhortado en vano a cierto noble a perdonar a uno de sus enemigos, el patriarca le invitó a que asistiese a la misa en su oratorio particular, y ahí le rogó que recitase el Padre Nuestro. Antes de las palabras «perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores», el santo se calló, de suerte que el otro las dijo solo. Entonces el patriarca le suplicó que reflexionase sobre lo que acababa de decir a Dios en medio de la misa, ya que sólo obtendría el perdón de Dios en la medida en que perdonase a sus enemigos. El noble cayó a los pies de San Juan, muy conmovido, y se reconcilió con su adversario. El santo predicaba frecuentemente el deber de no hacer juicios temerarios, diciendo: «Las circunstancias nos engañan fácilmente. Ya hay magistrados para juzgar a los criminales. Nosotros, los particulares, no tenemos por qué metemos con los delitos ajenos, sino para excusarlos». Habiendo caído en la cuenta de que muchos pasaban el tiempo de los divinos oficios, riendo a las puertas de la iglesia, San Juan fue a sentarse en medio de ellos y les dijo: «Hijos míos, el pastor tiene que estar con sus ovejas». los culpables se sintieron tan avergonzados de esta bondadosa reprensión, que jamás volvieron a cometer esa falta. En cierta ocasión en que el patriarca se dirigía a la iglesia de San Ciro, una mujer le pidió justicia contra su yerno. Las gentes de la comitiva del santo le impusieron silencio, diciéndole que esperase a que el patriarca volviera de la iglesia. Pero el patriarca intervino con estas palabras: «¿Cómo podría esperar yo que Dios oyese mis oraciones, si yo no oigo las quejas de esta mujer?» y no se movió de ese sitio, sino después de haber hecho justicia.
  
Nicetas persuadió al santo para que le acompañase a Constantinopla a visitar al emperador Heraclio, el año 619, cuando los persas se preparaban a atacar. Durante el viaje, en Rodas, el patriarca recibió un aviso del cielo de que su muerte estaba próxima, y dijo a Nicetas: «Tú me habías invitado a visitar al emperador de la tierra; pero el Rey del cielo me llama a Sí». De manera que San Juan se dirigió a Chipre, donde había nacido, y murió apaciblemente poco después, en Amato, el año 619 ó 620. Su cuerpo fue después trasladado a Constantinopla, donde estuvo largo tiempo. El sultán turco Bayaceto II regaló las reliquias del santo patriarca a Matías Corvino de Hungría en 1489, quien construyó en su oratorio de Budapest un relicario especial para guardarlas. En 1530, las reliquias fueron trasladadas a Tall, cerca de Bratislava, y en 1632, a la catedral de San Martín en Bratislava, donde se hallan en la actualidad. Los griegos celebran la fiesta de San Juan el Limosnero el 11 de noviembre, día de su muerte; pero el Martirologio Romano le conmemora el 23 de enero, aniversario de la traslación de sus reliquias.

Juan Mosco y Sofronio, dos contemporáneos del santo, escribieron una biografía que se perdió. En cambio, nos ha quedado la biografía escrita por otro contemporáneo, el obispo Leoncio de Nápoles de Chipre. Un antiguo editor redujo estas dos fuentes a una sola en un texto publicado por el P. Hippolyte Delehaye SJ en 1927 (Analecta Bollandiana, vol. XLV, pp. 5-74). Esa es la versión que empleó Simeón Metafrasto para su biografía, en el siglo X. Norman Hepburn Baynes y Elizabeth Dawes, en Three Byzantine Saints (1948), ofrecen una traducción de la parte de ese texto escrita por Mosco y Sofronio, y del texto original de Leoncio. Heinrich Gelzer (1893) publicó el texto griego de Leoncio; en Acta Sanctorum, 23 de enero, se halla una traducción latina hecha por Anastasio el Bibliotecario; el P. Paul Bedjan publicó una versión siria, en Acta Martyrum et Sanctorum, vol. IV.
    
ORACIÓN
Omnipotente y sempiterno Dios, que ilustraste a tu bienaventurado Confesor y Pontífice San Juan con una insigne misericordia para con los pobres, te suplicamos que su intercesión nos alcance de tu bondad la efusión de las riquezas de tu misericordia sobre todos cuantos te invocan. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.