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lunes, 25 de enero de 2010

LA MARCHA DE ORIAMENDI: GRITO DE GUERRA



La Marcha de Oriamendi es el himno del carlismo. Su nombre viene del de una batalla que tuvo lugar en el monte homónimo, situado en las inmediaciones de San Sebastián, en 1837, durante la Primera Guerra Carlista en el que el ejército carlista derrotó al cristino (de la usurpadora María Cristina).

Según cuenta la leyenda, tras la derrota de las tropas liberales, los carlistas entraron en el campamento cristino, tomando como botín de guerra, armas, uniformes y, también, la partitura de una marcha militar compuesta por un músico inglés y arreglada por un liberal donostiarra, sin letra, para conmemorar la victoria de los cristinos, y a la que los carlistas pusieron letra.

Por supuesto, la letra original no era la misma que hoy entonamos. Así era en un principio:



ORIGINAL (En guipuzcoano)

Gora Jainko maite maitea
zagun denon jabe.
Gora Espania ta Euskalerria
ta bidezko errege.
Maite degu Euskalerria,
maite bere Fuero zarrak,
asmo ontara jarriz daude
beti karlista indarrak.
Gora Jaingoiko illezkor!!!
Gora euskalduna,
auto ondo Espaniako
errege bera duna!!!
TRADUCCIÓN

Viva Dios queridísmo
tengámoslo todos por dueño.
Vivan España y el País Vasco
y el rey legítimo.
Amamos al País Vasco,
amamos sus viejos Fueros,
a esta idea están orientadas
siempre las fuerzas carlistas.
¡¡Viva Dios inmortal!!
¡¡Viva el vasco,
que tiene bien
el mismo rey de España!!

El Carlismo, como no es sólo de las Vascongadas, sino de toda España, arregló la Marcha para mostrar los ideales de éste. De ahí que, gracias a Ignacio Baleztena Azcárate, tenemos la letra que hoy conocemos:

Por Dios, por la patria y el Rey
Lucharon nuestros padres.
Por Dios, por la patria y el Rey
Lucharemos nosotros también.

Lucharemos todos juntos
Todos juntos en unión
Defendiendo la bandera
De la Santa Tradición. (bis)

Cueste lo que cueste
Se ha de conseguir
Venga el rey de España
A la corte de Madrid. (bis)

Por Dios, por la patria y el Rey
Lucharon nuestros padres.
Por Dios, por la patria y el Rey
Lucharemos nosotros también.

Desde entonces, la Marcha de Oriamendi se convirtió en símbolo del Carlismo. Durante la Cruzada Española, fue uno de los himnos nacionales de España, junto con "Cara al Sol" (de la Falange) y la Marcha Real de José María Pemán. Pero Franco cambió la mención a la vuelta del rey de España («venga el rey de España a la corte de Madrid»), por «que las boinas rojas entren en Madrid», más acorde con la nula voluntad de Franco de restaurar la monarquía en la dinastía Borbón-Parma.

Para escuchar la Marcha de Oriamendi, seguid el enlace.

martes, 18 de agosto de 2009

CARLISMO: RESISTENCIA CATÓLICA Y MONARQUISTA

MARCHA REAL CARLISTA



Viva España,
gloria de tradiciones,
con la sola ley
que puede prosperar.

Viva España,
que es madre de Naciones,
con DIOS, PATRIA, REY
con que supo imperar.

Guerra al perjuro
traidor y masón,
que con su aliento impuro
hunde la nación.

Es su bandera
la historia de su gloria;
por ella dará
su vida el español.

Fe verdadera
que en rojo de amor
aprisiona briosa
un rayo de sol.

miércoles, 27 de mayo de 2009

LAS GESTAS DEL CRUZADO DEL SIGLO XX

Continuando la serie de artículos de o sobre Plinio Correa de Oliveira, "el Cruzado del siglo XX", traigo otro editorial de su puño y letra. Ahora presento el artículo "¡Lutero se considera divino!", publicado en la Hoja de San Pablo (Brasil) el 10 de Enero de 1984.
¡LUTERO SE CONSIDERA DIVINO!

Plinio Corrêa de Oliveira (*)

No comprendo cómo ciertos eclesiásti­cos contemporáneos, incluso de los más cultos, doctos e ilustres, pueden hacer de Lutero, el heresiarca, una figura mítica, con el empeño de favorecer una aproxi­mación ecuménica. Esta aproximación se­ría en primer término con el protestantis­mo e indirectamente con todas las religio­nes, escuelas filosóficas, etc. Discernirán estos hombres el peligro que a todos nos acecha al final de ese camino? Me refiero a la formación a escala mundial de un siniestro supermercado de religiones, filo­sofias y sistemas de todo tipo, en el que la verdad y el error se presentarán frac­cionados, mezclados y puestos en bullicio. Sólo quedaría ausente del mundo —si es que se pudiera llegar hasta allá— la verdad total; o sea, la fe católica, apostó­lica, romana, pura y sin mancha.

A propósito de Lutero —a quien le co­rrespondería bajo cierto aspecto el papel de punto de partida en esta marcha hacia el desorden total— publico hoy algunos tópicos más que muestran bien el olor que su figura rebelde exhalaría en ese supermercado o, mejor, en esa necrópolis de religiones, de filosofias y del mismo pensamiento humano.
Tal como lo prometiera en el artículo anterior, los obtengo de la magnífica obra del reverendo padre Leonel Franca, S. J., “La Iglesia, la reforma y la civilización” (Editora Civilização Brasileira, Río de Ja­neiro, 3.a ed., 1934, 558 págs.).

La doctrina de la justificación indepen­diente de las obras es un elemento carac­terístico de la enseñanza de Lutero. En términos llanos quiere decir que los méri­tos superabundantes de Nuestro Señor Jesucristo aseguran al hombre por sí so­los la salvación eterna. De manera que se puede llevar en esta tierra una vida de pecado sin remordimiento de conciencia ni temor de la justicia de Dios.

¡Para él la conciencia no era la voz de la gracia, sino la del demonio!
1. Por eso le escribió a un amigo que el hombre vejado por el demonio de cuando en cuando “debe beber con más abundancia, jugar, divertirse y aun come­ter algún pecado por odio y para molestar al demonio, para no darle pie a que per­turbe la conciencia con niñerías. (...) Todo el decálogo (de la ley de Dios) se debe borrar de nuestros ojos y nuestra alma, de nosotros, tan perseguidos y molestados por el diablo” (M. Luther, “Briefe, Sendschreiben und Bedenken”, ed. De Wet­te, Berlín, 1825-1828; cfr. op. cit., págs. 199-200).
2. En este sentido también escribió Lutero: “Dios sólo te obliga a creer y a confesar. En todas las otras cosas te deja libre y dueño de hacer lo que quieres, sin peligro alguno de conciencia; más bien es cierto que a El no le importa incluso que dejes a tu mujer, huyas de tu señor y no seas fiel a ningún vínculo. ¿Y qué más le da (a Dios) que hagas o dejes de hacer semejantes cosas?” (“Werke”, ed. de Wei­mar, XII, págs. 131 y sigs.; cfr. op. cit., pág. 446).
3. Tal vez más tajante es esta incita­ción al pecado en carta a Melanchton del 1 de agosto de 1521: “Sé pecador y peca de veras (“esto peccátor et peca fórtier”), pero con aún mayor firmeza cree y alégra­te en Cristo, vencedor del pecado, de la muerte y del mundo. Durante la vida pre­sente debemos pecar. Basta que por la misericordia de Dios conozcamos al Cordero que quita los pecados del mundo. De él no nos ha de separar el pecado aunque cometamos mil homicidos y mil adulterios por día” (“Briefe, Sendschreiben und Bedenken”, ed. De Wette, II, pág. 27; cfr. op. cit., pág. 439).
4. Esta doctrina es tan descabellada que el propio Lutero a duras penas conse­guía creer en ella: “No hay ninguna reli­gión en toda la tierra que enserïe esta doctrina de la justificación; yo mismo, aunque la enseñe públicamente, creo en ella con gran dificultad” (“Werke”, ed. de Weimar, XXV, pág. 330; cfr. op. cit., pág. 158).
5. Pero el mismo Lutero reconocía los efectos de su predicación confesada­mente insincera: “El Evangelio encuentra hoy en día adherentes que se persuaden de que ésta no es sino una doctrina que sirve para llenar el vientre y dar rienda suelta a todos los caprichos” (“Werke”, ed. de Weimar, XXXIII, pág. 2; cfr. op. cit., pág. 212).
Y acerca de sus secuaces evangélicos Lutero agregaba que “son siete veces peores que antes. Después de la predica­ción de nuestra doctrina los hombres se entregaron al robo, a la mentira, a la impostura, a la crápula, a la embriaguez y a toda especie de vicios. Expulsamos un demonio (el Papado) y vinieron siete peo­res” (“Werke”, ed. de Weimar, XXVIII, pág. 763; cfr. op. cit., pág. 440).
“Después que comprendimos que las buenas obras no son necesarias para la justificación, quedamos mucho más remi­sos y fríos en la práctica del bien. (...) Y si hoy se pudiese volver a la antigua situa­ción, si de nuevo reviviese la doctrina que afirma la necesidad del recto proceder para ser santo, otro sería nuestro entu­siasmo y disposición en el ejercicio del bien” (“Werke”, ed. de Weimar, XXVII, pág. 443; cfr. op. cit., pág. 441).
6. Todos esos desvaríos explican que Lutero haya llegado al frenesi del orgullo satánico, diciendo de sí mismo: “¿No os parece este Lutero un hombre extravagante? Para mí lo tengo como Dios. Si no, cómo podrían tener sus es­critos y su nombre la potencia de trans­formar mendigos en señores, asnos en doctores, falsificadores en santos, lodo en perlas?” (ed. de Wittenberg, 1551, tomo IV, pág. 378; cfr. op. cit., pág. 190).
7. Otras veces la opinión que Lutero tenía de sí mismo era mucho más objeti­va: “Soy un hombre expuesto y compro­metido en la sociedad, en la crápula, en los impulsos carnales, en la negligencia y otras molestias, a las que se vienen a juntar las de mi propio oficio” (“Briefe, Sendschreiben und Bedenken”, ed. De Wette, I, pág. 232; cfr. op. cit., pág. 198). Excomulgado en Worms en 1521, Lutero se entregó al ocio y a la indolencia. Y el 13 de julio escribió a Melanchton, otro prócer protestante: “Yo aquí me hallo, insensato y endurecido, establecido en el ocio; ¡oh, dolor!, rezando poco y dejando de gemir por la Iglesia de Dios, porque mi carne indómita arde en grandes llamas. En suma, yo, que debo tener fervor de espíritu, tengo el fervor de la carne, de la lascivia, de la pereza, del ocio y de la somnolencia” (“Briefe, Sendschreiben und Bedenken”, ed. De Wette, II, pág. 22; cfr. op. cit. pág. 198).
En un sermón predicado en 1532: “En cuanto a mí, confieso, y muchos otros pueden sin duda hacer igual confesión, que soy descuidado tanto en la disciplina cuanto en el celo. Soy mucho más negli­gente ahora que bajo el Papado; ahora nadie tiene por el Evangelio el ardor que se vela otrora” (“Saemtiliche Werke”, ed. de Plochman-Irmischer, XVIII, 2, pág. 353; cfr. op. cit., pág. 441).
Así todo, ¿qué puede encontrarse en común entre esta moral y la de la Santa Iglesia Católica, Apostólica y Romana?

(*) “Folha de S. Paulo”, 10 de enero de 1984.

domingo, 17 de mayo de 2009

LUTERO, ¡NO Y NO!

Como celebramos los 50 años de la publicación de la obra "Revolución y Contra Revolución", del abogado, escritor y líder católico brasileño Plinio Correa de Oliveira (1908 - 1995), les presento uno de los artículos que este caballero de la Virgen de Fátima redactó en el diario Folha de Sao Paulo (Hoja de San Pablo). En esta editorial, Correa critica que Juan Pablo II haya viajado a visitar la tumba del maldito Martín Lutero (sabiendo que éste último blasfemó contra Yahveh Sebahot, Jesucristo Nuestro Señor, el Espíritu Santo, la Santísima Virgen María, la Real y Verdadera Presencia de Nuestro Señor Jesucristo en Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad el Santísimo Sacaramento del Altar; y contra el Papado). Sin más preámbulo, leamos atentamente:
  

Plinio Correa de Oliveira (1908- 1995)
LUTERO, ¡NO Y NO!

Plinio Corrêa de Oliveira (*)

En 1974 tuve la honra de ser el primer firmante de un manifiesto publicado en algunos de los principales diarios de Bra­sil y reproducido en casi todas las nacio­nes donde existían las TFP, que eran once a la sazón.

En éste las entidades declaraban su respetuoso desacuerdo con la Ostpolitik conducida por Pablo VI y exponían sus razones pormenorizadamente. Sea dicho de paso que todo fue expresado de una manera tan ortodoxa, que nadie levantó ninguna objeción al respecto.

Para resumir al mismo tiempo, en una sola frase, toda la veneración y firmeza con la que declaraban su resistencia a la Ostpolitik vaticana, las TFP decían al Pon­tífice: “Nuestra alma es vuestra, nuestra vida es vuestra. Mandadnos lo que que­ráis. Sólo no nos mandéis que nos cruce­mos de brazos ante el lobo rojo que arre­mete. A esto nuestra conciencia se opo­ne.”

Me acordé de esta frase con especial tristeza al leer la carta escrita por Juan Pablo II al cardenal Willebrands (cfr. “L'Osservatore Romano”, 6-11-1983), a pro­pósito del quingentésimo aniversario del nacimiento de Martin Lutero, y firmada el 31 de octubre p. p., fecha del primer acto de rebelión del heresiarca en la iglesia del castillo de Wittenberg. Ella está tan llena de benevolencia y amenidad, que me pre­gunté si el augusto firmante se había olvidado de las terribles blasfemias que el fraile apóstata lanzó contra Dios, Cristo Jesús, Hijo de Dios; el Santísimo Sacra­mento, la Virgen María y el propio Papa­do.

Lo cierto es que él no las ignora, pues están al alcance de cualquier católico cul­to, en libros de buen quilate que todavía no se han hecho difíciles de obtener.

Tengo en mente dos de ellos. Uno es nacional: “La Iglesia, la Reforma y la Civi­lización”, del gran jesuita P. Leonel Fran­ca. El silencio eclesiástico oficial va dejan­do caer el polvo del tiempo sobre el libro y su autor.

El otro libro es de uno de los más conocidos historiadores franceses de este siglo: Funck-Brentano, miembro del Insti­tuto de Francia. Este autor, por más se­ñas, es protestante.

Comencemos citando trechos recogi­dos en “Luther”, obra de este último (Grasset, París, 1934, séptima edición, 352 páginas). Vamos directamente a esta blasfemia sin nombre: “Cristo —dice Lute­ro— cometió adulterio por primera vez con la mujer de la fuente de quien nos habla San Juan. ¿No se murmuraba en torno a El: "¿Qué hizo, entonces, con ella?"? Después, con Magdalena; ense­guida, con la mujer adúltera, que El absol­vió tan livianamente. Así, Cristo, tan piadoso, también tuvo que fornicar antes de morir” (“Propos de table”, núm. 1472, ed. de Weimar II, 107 - cfr. op. cit., pág. 235).

Leído esto, no nos sorprende que Lute­ro piense —como apunta Funck-Brenta­no— que “ciertamente Dios es grande y poderoso, bueno y misericordioso (...), pero estúpido —"Deus est stultissimus" ­("Propos de table", núm. 963, ed. de Weimar, I, 478). Es un tirano. Moisés procedía, movido por su voluntad, como su lugarteniente, como verdugo que nadie superó, ni aún igualó, en asustar, aterrori­zar y martirizar al pobre mundo” (op. cit., pág. 230).

Esto es estrictamente coherente con esta otra blasfemia que convierte a Dios en el verdadero responsable por la trai­ción de Judas y la rebelión de Adán: “Lutero —comenta Funck-Brentano— lega a declarar que Judas, al traicionar a Cris­to, procedió bajo la imperiosa decisión del Todopoderoso. Su voluntad (la de Judas) era dirigida por Dios; Dios lo movía con su omnipotencia. El propio Adán, en el paraí­so terrenal, fue obligado a proceder como procedió. Estaba colocado por Dios en tal situación, que le era imposible no prevari­car” (op. cit., pág. 246).
Aún coherente con esta abominable secuencia, en un panfleto titulado “Contra el pontificado romano fundado por el dia­blo”, de marzo de 1545, Lutero no llama­ba al Papa de “Santísimo”, según la cos­tumbre, sino de “infernalísimo”, y agrega­ba que el Papado siempre se mostró se­diento de sangre (cfr. op. cit., págs. 337-338).

No sorprende que, movido por tales ideas, Lutero escribiese a Melanchton, a propósito de las sangrientas persecucio­nes de Enrique VIII contra los católicos de Inglaterra: “Es lícito encolerizarse cuando se sabe qué especie de traidores, ladro­nes y asesinos son los papas, sus carde­nales y legados. Le complacería a Dios que varios reyes de Inglaterra se empeña­ran en acabar con ellos” (op. cit., pág. 254).

Por eso mismo también exclamó: “Basta de palabras. ¡El hierro! ¡El fuego!” Y añadió: “Castigamos a los ladrones a espada; ¿por qué no hemos de agarrar al Papa, a los cardenales y a toda la pandilla de la Sodoma romana y lavarnos las ma­nos en su sangre?” (op. cit., pág. 104).

Este odio de Lutero lo acompañó hasta el fin de su vida. Afirma Funck-Brentano: “Su último sermón público en Wittenberg es del 17 de enero de 1546: el último grito de maldición contra el Papa, el sacri­ficio de la misa, el culto de la Virgen” (op. cit., pág. 340).

No asombra que grandes perseguido­res de la Iglesia hayan festejado su me­moria. Así, “Hitler mandó proclamar fiesta nacional en Alemania la fecha conmemo­rativa del 31 de octubre de 1517, cuando el fraile agustino rebelde fijó, en las puer­tas de la iglesia de Wittenberg, las famo­sas 95 proposiciones contra la suprema­cia y las doctrinas pontificias” (op. cit., pág. 272).

Y a pesar de todo el ateísmo oficial del régimen comunista, el doctor Erich Hon­necker, presidente del Consejo de Estado y del Consejo de Defensa (el primer hom­bre de la República Democrática Alema­na), aceptó encabezar el comité que, en plena Alemania roja, organizó las aparato­sas conmemoraciones de Lutero este año (cfr. “German Comments”, de Osnabrück, Alemania occidental, abril de 1983).

Nada más natural que el fraile apósta­ta haya despertado tales sentimientos en un líder nazi y más recientemente en el líder comunista.

Nada más desconcertante, y hasta ver­tiginoso, que lo que ocurrió en un escuáli­do templo protestante de Roma, con mo­tivo de la recientísima conmemoración del quingentésimo aniversario del naci­miento de Lutero, el día 11 del corriente.

Participó de ese acto festivo, de amor y admiración por la memoria del heresiar­ca, el prelado que el cónclave de 1978 eligió Papa; a quien incumbe, por tanto, la misión de defender los santos nombres de Dios y Jesucristo, la Santa Misa, la Sagrada Eucaristía y el Papado contra heresiarcas y herejes.

“Vertiginoso, espantoso”, gimió a pro­pósito de eso mi corazón de católico, que, sin embargo, redobló su fe y su venera­ción por el Papado.

* * *

Sólo me queda por citar, en el próximo artículo, “La Iglesia, la Reforma y la Civili­zación”, del gran sacerdote Leonel Franca.

(*) “Folha de S. Paulo”, 27 de diciembre de 1983.
OPINIÓN PERSONAL DE JORGE DE LA COMPASIÓN:
El ecumenismo y el diálogo interreligioso son trampas del demonio. Lo que el Vaticano debe hacer para sobrevivir es, simple y llanamente, aplastar a los herejes protestantes como cucarachas que son éstos.
Cuando nosotros hablamos de los herejes, siempre nos exigen que les respetemos su religión. Pero ellos hablan mal de nosotros, por eso ellos están en incapacidad de exigir respeto. Porque, ¿Para qué ellos exigen respeto, si no lo dan?
¡Viva la Iglesia Católica! ¡Viva María Santísima! ¡Viva el Papa! ¡Muerte a los luteranos! ¡Muerte a los enemigos de la Iglesia!