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NO QUEREMOS QUE SE ACABE LA RELIGIÓN

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ORGULLOSAMENTE HISPANOHABLANTES

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domingo, 12 de abril de 2020

LA HOMILÍA MUNDIALISTA “In Passióne Dómini” DE CANTALAMESSA

Traducción del artículo publicado por Cesare Baronio en OPPORTUNE IMPORTUNE.
   
OBŒ́DIENS USQUE AD MORTEM: LA APOSTASÍA MUNDIALISTA EN LA HOMILÍA “In Passióne et Morte Dómini” DEL PADRE RANIERO CANTALAMESSA
  
 
Leer los escritos de Raniero Cantalamessa es como meter la mano en una teca de serpientes y escorpiones. Cada palabra, cada cita –aun la más aparentemente inocua– esconde una mordedura venenosa. No podía ser de otra manera: está en la naturaleza del escorpión usar el aguijón y en la de la sierpe morder con sus dientes envenenados. Son decenios que el Predicador de la Casa Pontificia siembra herejías, más o menos disimuladas detrás de una prosa meliflua y seductora; sus errores se propagan en los libros y en las conferencias, en las homilías y en las lecciones universitarias y a su vez derivan de la elaboración de las doctrinas de herejes notorios, de ultraprogresistas hoy llevados en óptima consideración por los cortesanos de Santa Marta, por sectarios de toda especie. Todos aunados por un diseño bien preciso, que ahora involucra la esfera civil y la religiosa en la apostasía y en el servilismo más descarado al pensamiento único.
   
El incauto que en la función papal in Passióne et Morte Dómini (aquí) escucha a Cantalamessa por primera vez es distraido desde el íncipit de la homilía (aquí). Una cita de San Gregorio Magno –por otra parte deliberadamente imprecisa– parece garantizar la ortodoxia del contenido: «Scriptúra áliquo modo cum legéntibus crescit», dice San Gregorio, en un contexto que no da espacio a malentendido alguno; no se puede decir otro tanto de la misma cita, si se comprende que ella constituye uno de los miles de guiños no al Padre de la Iglesia, sino a la obra de Antonio Marangon y de Michele Marcato, conocidos biblistas contemporáneos de otros tantos famosos Institutos de Ciencias Religiosas italianos (cfr. Michele Marcato, Scriptúra sacra cum legéntibus crescit, Scritti in onore di Antonio Marangon, Ed. Messaggero Padua, 2012). No quiero aburrir al Lector, mucho más que hacer comprender la sutil y perversa habilidad del Predicador en lanzar mensajes crípticos a los suyos, oyendo con malicia temas y conceptos ideológicamente connotados.
  
Las palabras de San Gregorio deberían en manera alguna legitimar la interpretación de la perícopa evangélica de la Pasión de Nuestro Señor, permitiendo intepretarla a la luz de las calamidades que golpean a la humanidad durante la pandemia. «Y nosotros este año leemos el relato de la Pasión con una pregunta –más aún, con un grito– en el corazón que se eleva por toda la tierra. Debemos tratar de captar la respuesta que la palabra de Dios le da».
  
Detengámonos un momento a analizar la grosera tergiversación de las causas y de los efectos de la Pasión, con la cual Cantalamessa niega el sentido mismo del Sacrificio de Cristo. «La cruz se comprende mejor por sus efectos que por sus causas», afirma. Pero los efectos no pueden ser comprendidos sino sobre la base de las causas primeras, o sea el Pecado Original, que en cambio el padre Raniero calla, desviando la atención sobre las causas segundas: la condena a muerte pronunciada por el Sanedrín y ratificada por Pilato. Sabemos que el motivo por el cual Nuestro Señor ha aceptado encarnarSe y morir en la Cruz recide en la reparación que solo Él podía ofrecer al Padre: la gravedad de la caída de Adán –infinita respecto a la ofensa a Dios– viene expiada por el nuevo Adán gracias a una reparación infinita dada por Su ser Dios, en nombre de la humanidad pecadora que Él representa en cuanto hombre. Esta es la causa de la Redención, que es realizada secundariamente por medio de la infidelidad de la Sinagoga, enceguecida no obstante las clarísimas profecías de las cuales era custodia.
   
Este pilar de nuestra Fe es negado por Cantalamessa: «¿Acaso Dios Padre ha querido la muerte de su Hijo, para sacar un bien de ella? No, simplemente ha permitido que la libertad humana siguiera su curso, haciendo, sin embargo, que sirviera a su plan, no al de los hombres».
  
La reprobación de esto blasfemo despropósito nos viene del responsorio que la liturgia nos hace entonar durante el Triduo Sacro: «Christus factus est pro nobis obœ́diens usque ad mortem, mortem autem crucis: Propter quod et Deus exaltávit illum, et dedit illi nomen quod est super omne nomen» (Fil 2, 8-9). Obediente hasta la muerte, dice la Escritura, y aquella obediencia fue el motivo –«propter quod»– de la exaltación de Cristo en la Resurrección. La libertad humana –o mejor: el libre arbitrio– ha permitido a Adán y permite hoy a cada uno de nosotros el conformarnos a la voluntad de Dios o violarla, mereciendo el premio por nuestra fidelidad o la pena por el querernos sustituir a Él en decidir qué es justo y qué no lo es. No hay ninguna libertad en esto, en el sentido que hoy se quiere dar a esta palabra: el hombre no es moralmente libre para pecar, porque las consecuencias de su elección fueron establecidas por el sumo Legislador (cfr. León XIII, Enc. Libértas præstantíssimum). La caída de Adán ha hecho necesaria la Redención casi desde la eternidad, y en este acto de amor supremo Nuestro Señor a respondido al Padre: «Ecce, vénio», heme aquí. Inútil recordar que los errores de Cantalamessa revelan también otra herejía, o sea, la negación de la divinidad de Jesucristo, porque la oblación del Hijo al Padre en el Espíritu Santo es íntima en la Santísima Trinidad, y solo quien no acepta con fe este misterio puede considerar a Nuestro Señor como la víctima de una divinidad sanguinaria, y por ende considerar imposible la sola idea del Sacrificio.
  
En la base del pensamiento del padre Raniero está el negarse a reconocer la culpa del Progenitor, y con ella la ofensa a la Majestad divina. El non sérviam de Lucifer, sobre la boca del Predicador de la Casa Pontificia, proclamado con orgullo durante la celebración de la Pasión del Señor. Y si no hay culpa, no hay castigo, ni para Adán y su descendencia, ni para el hombre que peca aún hoy: «Si estos flagelos fueran castigos de Dios, no se explicaría por qué se abaten igual sobre buenos y malos, y por qué los pobres son los que más sufren sus consecuencias. ¿Son ellos más pecadores que otros? ¡No! El que lloró un día por la muerte de Lázaro llora hoy por el flagelo que ha caído sobre la humanidad».
  
La perfidia de Cantalamessa llega a insinuar como legítima la objeción del impío: las guerras, las pestilencias, la carestía y todos los males que afligen al mundo golpean también a los inocentes, por tanto o Dios es injusto, o estos flagelos no son un castigo, porque no hay nada que castigar. Ninguna culpa para Adán y todos los hombres; ninguna expiación del nuevo Adán y muchos menos para los pecadores, en unión con el Salvador, en el único Bautismo para remisión de los pecados.
   
Según el padre Raniero, «el sufrimiento se ha convertido también, a su manera, en una especie de “sacramento universal de salvación” para el género humano», sin que sea necesario, de parte del hombre, el acto de Fe y la observancia de la Ley de Dios en el vínculo de la Caridad. «Esto vale también para los males naturales como los terremotos y las pestes. Él no los suscita [sic]. Él ha dado también a la naturaleza una especie de libertad, cualitativamente diferente, sin duda, de la libertad moral del hombre, pero siempre una forma de libertad. Libertad de evolucionar según sus leyes de desarrollo. No ha creado el mundo como un reloj programado con antelación en cualquier mínimo movimiento suyo. Es lo que algunos llaman la casualidad, y que la Biblia, en cambio, llama “sabiduría de Dios”». La intervención de la Providencia es barrida en nombre de aquella peligrosísima personalización de la Naturaleza que alude cómplice a la Madre Tierra, siempre acechando en los discursos de este: «Él ha dado también a la naturaleza una especie de libertad». Y por esto comprendemos las palabras de Bergoglio de algunos días ha: «Incendios, terremotos… la naturaleza está mostrando su cólera de manera que nosotros tenemos cuidado de ella».
  
La conclusión de la homilía de Cantalamessa es la apoteosis del humanismo más abyecto, del pacifismo sin Cristo y sin Iglesia, promulgado del Nuevo Orden Mundial y bendecido por la neo-iglesia: «El otro fruto positivo de la presente crisis sanitaria es el sentimiento de solidaridad. ¿Cuándo, en la memoria humana, los pueblos de todas las naciones se sintieron tan unidos, tan iguales, tan poco litigiosos, como en este momento de dolor? […] Nos hemos olvidado de los muros a construir. El virus no conoce fronteras. En un instante ha derribado todas las barreras y las distinciones: de raza, de religión, de riqueza, de poder. No debemos volver atrás cuando este momento haya pasado». E incluso, en un delirio paroxístico: «Es el momento de realizar algo de esta profecía de Isaías cuyo cumplimiento espera desde siempre la humanidad. Digamos basta a la trágica carrera de armamentos. Gritadlo con todas vuestras fuerzas, jóvenes, porque es sobre todo vuestro destino lo que está en juego. Destinemos los ilimitados recursos empleados para las armas para los fines cuya necesidad y urgencia vemos en estas situaciones: la salud, la higiene, la alimentación, la lucha contra la pobreza, el cuidado de lo creado. Dejemos a la generación que venga un mundo más pobre de cosas y de dinero, si es necesario, pero más rico en humanidad».
   
Un mundo que el diario de la Conferencia Episcopal Italiana, Avvenire, precisamente ayer (aquí) pregonaba: «Es el momento de poner las bases para un nuevo orden mundial», bajo la égida de la más criminal organización masónica internacional, la ONU, y de su profeta Bergoglio.
  
Que Dios nos salve de esta conjura infernal.

lunes, 30 de marzo de 2020

ALOCUCIÓN “Jamdúdum Cernímus”, SOBRE LA “UNIFICACIÓN DE ITALIA”

  
El 17 de Marzo de 1861, el rey de Piamonte-Cerdeña Víctor Manuel II de Saboya se arrogó “por sí y para sus sucesores el título de Rey de Italia”, marcando así la etapa final del proceso de “unificación” iniciado en 1848 y que, para el momento, había arrebatado a los Estados Pontificios la Umbría y las Marcas, conquistado las Dos Sicilias y ahora ponía sus miras contra Roma.
  
Al día siguiente, el bienaventurado Papa Pío IX, en Consistorio extraordinario, pronunció la alocución “Jamdúdum Cernímus”, un discurso que más allá de la contingencia histórica, merece una capital importancia para todo católico que se precie de serlo, como quiera que es una de las fuentes del Sýllabus Errórum y proclama que no se puede (como desde 1958 hacen los pretendidos “ocupantes” del Petrino Solio) tender la mano al “progreso y civilización” si el sistema que lo promete busca la descristianización del mundo.
  
La traducción al español proviene de la Revista Católica del Obispado de Barcelona, edición del 30 de Marzo de 1861, publicada en la Colección de las alocuciones consistoriales, Encíclicas y demás Letras Apostólicas de los Soberanos Pontífices Clemente XII, Benedicto XIV, Pío VI, Pío VII, León XII, Gregorio XVI y Pío IX citadas en la Encíclica y en el Sýllabus de 8 diciembre de 1864 en latín y español, compilada bajo la dirección del canónigo Dr. Antonio Posa y Morera en 1865.
 
ALOCUCIÓN “Jamdúdum Cernímus” DE NUESTRO SANTO PADRE EL PAPA PÍO IX, PRONUNCIADA EN EL CONSISTORIO SECRETO DE 18 MARZO DE 1861.
 
Venerables Hermanos.
  
Ya en otro tiempo os hice notar el triste conflicto en que particularmente en nuestros tristes tiempos se encuentra nuestra sociedad a causa de la lucha continua entre la verdad y el error, entre la virtud y el vicio, entre la luz y las tinieblas. Puesto que por una parte los unos defienden ciertas modernas exigencias, que según dicen, son convenientes a la civilización, mientras otros por otro lado sostienen los derechos de la justicia y de nuestra Santísima Religión. Los primeros piden que el Romano Pontífice se reconcilie y avenga con el Progreso, con el Liberalismo, como lo llaman, y con la civilización moderna: otros empero con razón claman, para que se conserven íntegros e intactos los inmóviles e inconcusos principios de la justicia eterna, y se mantenga en todo su vigor altamente saludable nuestra divina Religión, que no solo engrandece la gloria de Dios y trae el oportuno remedio a tantos males que afligen al género humano, sí que también es la única y verdadera norma, por la cual los hijos de los hombres formados en esta vida mortal en todo género de virtudes son conducidos al puerto de la bienaventuranza.
    
Mas los propagadores de la civilización moderna no reconocen esta diferencia, como quiera que se tienen a sí propios por verdaderos y sinceros amigos de la Religión. Y aun Nos quisiéramos dar crédito a sus palabras, si no nos manifestasen todo lo contrario los tristísimos hechos, que todos los días pasan a nuestra vista. Y a la verdad, una es tan solo la verdadera y santa Religión fundada y establecida en la tierra por Nuestro Señor Jesucristo, que siendo fecundo origen de todas las virtudes, como que les da vida y aliento, y expele los vicios y da libertad a las almas, y nos indica la verdadera felicidad, se llama Católica, Apostólica, Romana. Mas ya en nuestra Alocución del consistorio habido el dia 9 de Diciembre del año 1854, ya os manifestamos lo que debemos pensar, de los que viven fuera de esta arca de salvación, y ahora reproducimos y confirmamos la misma doctrina. Sin embargo, a los que para bien de la Religión nos encarecen, que nos asociemos a la civilización moderna, debemos preguntarles si son tales los hechos, que puedau inducir al Vicario de Jesucristo instituido en la tierra por el mismo, y por virtud divina para defender la pureza de su celestial doctrina, y apacentar y confirmar a los corderos y a las ovejas en la misma, a que sin grave detrimento de la conciencia y grande escándalo de todos se alíe con la civilización moderna, cuyas obras, nunca bastante deplorables, son malas, y cuyas tristes opiniones proclaman errores y principios, que son del todo contrarios a la Religión Católica y a su doctrina. Y entre estos hechos nadie ignora cómo se quebrantan, casi luego de iniciados, hasta los solemnes Concordatos hechos entre esta Sede Apostólica y los Reales Príncipes, como aconteció tiempo atrás en Nápoles: de lo cual, Venerables Hermanos, una y otra vez nos hemos quejado en esta vuestra solemne reunión, y reclamamos en gran manera del mismo modo, con que hemos protestado en otras circunstancias contra semejantes violaciones y actos de audacia.  
Pero esta civilización moderna, mientras presta su protección a los cultos no católicos, y no impide a los infieles el obtener cargos públicos, y cierra a sus hijos las escuelas católicas, enójase contra las Comunidades Religiosas, contra los institutos fundados para regularizar las escuelas católicas, contra muchísimos eclesiásticos de todas categorías, revestidos de grandes dignidades, de los cuales no pocos están desterrados o en las cárceles, y también contra los seglares, que adictos a Nos y a esta Santa Sede defienden con valor la causa de la Religión y de la justicia. Esta civilización, mientras protege con largueza a los institutos y personas anticatólicas, despoja de sus legítimas posesiones a la Iglesia Católica, y emplea todos sus consejos y desvelos en disminuir la saludable influencia de la propia Iglesia. Fuera de esto, mientras concede la mas ámplia libertad para la publicación de frases y escritos, en que se ataca a la Iglesia, y a los que le son sinceramente adictos, y mientras anima, sostiene y fomenta la licencia y se muestra sumamente precavida y moderada en reprender los violentos excesos, que se cometen de palabra y por escrito, emplea toda su severidad en castigar a los aludidos si juzga que salvan ni siquiera levemente los límites de la templanza.
   
Y a esta civilización ¿pudiera jamas el Romano Pontífice tenderle su mano, y formar con ella sincera unión y alianza? Dése a las cosas su verdadero nombre, y esta Santa Sede nunca faltará a lo que a sí se debe. Esta Santa Sede fue la que patrocinó y fomentó la verdadera civilización; y los monumentos históricos dan elocuente testimonio, y prueban que en todos tiempos la Santa Sede ha introducido la verdadera y real humanidad de costumbres, y moralidad y la ilustración en las más apartadas regiones de la tierra. Mas cuando bajo el nombre de civilización se quiere entender un sistema establecido a propósito para debilitar y acaso destruir la Iglesia de Jesucristo, nunca esta Santa Sede ni el Romano Pontífice podrán formar alianza con semejante civilización; pues, como dice muy acertadamente el Apóstol San Pablo, «¿qué hay de común entre la justicia y la iniquidad, o qué alianza puede haber entre la luz y las tinieblas? ¿qué alianza cabe entre Cristo y Belial?» (II Cor. VI, 14-15).
   
¿Con qué decoroso fin, por consiguiente, levantaron su voz los perturbadores y protectores de la sedición para exagerar los esfuerzos intentados en vano por ellos mismos para formar alianza con el Soberano Pontífice? Este, que saca toda su fuerza y vigor de los principios de la justicia eterna, ¿cómo pudiera jamás prescindir de ellos para debilitar su santísima fe, y aun para arriesgar a la contingencia de perder su especial esplendor y gloria, que casi de veinte siglos a esta parte lo corresponde por ser el centro y la verdadera Sede de la Verdad Católica? Ni puede objetarse que esta Sede Apostólica, en lo relativo al gobierno civil o temporal ha desatendido las demandas de los que han manifestado desear un Gobierno más liberal; y omitiendo antiguos ejemplos, hablemos de nuestros desafortunados días. Luego que la Italia obtuvo de sus legítimos príncipes instituciones liberales, Nos cediendo a nuestros paternales sentimientos dimos parte a nuestros hijos en el gobierno civil de nuestro territorio pontificio, e hicimos las oportunas concesiones, coa sujeción empero a ciertas medidas prudentes, para que la influencia de hombres perversos no envenenase la concesión, que con ánimo paternal hacíamos. Pero ¿qué sucedió? La desenfrenada licencia se aprovechó de nuestra magnanimidad, y fueron regados con sangre los umbrales del Palacio, en que se habían reunido nuestros ministros y diputados, y la impía revolución se levantó sacrilegamente contra el que les había concedido semejante beneficio. Y si en estos últimos tiempos se nos han dado consejos relativamente al gobierno civil, no ignoráis, Venerables Hermanos, que los admitimos, exceptuando y rechazando lo que no hacía referencia a la administración civil, sino que tendía a que se accediese a la parte del despojo que ya se había consumado. Pero no hay que hablar de los consejos bien recibidos, y de nuestras sinceras promesas, de ponerlos en práctica, cuando los que tendían a moderar las usurpaciones dijeron en alta voz, que no querían precisamente reformas, sino la rebelión absoluta y la completa emancipación del Príncipe legítimo. Y ellos mismos, pero no el pueblo, eran los autores y promovedores de tan grave maldad, que lo llenaban todo con sus gritos, para que pudieran con razón decirse de ellos lo que el Venerable Beda decia de los fariseos y escribas enemigos de Jesucristo: «No eran algunos de la multitud, sino los fariseos y los escribas los que le calumniaban, como dan fe de ello los Evangelistas» (Libro IV, cap. 48, en Lucas cap. XI).
   
Mas los que atacan al Pontificado Romano no solo tienden a despojar completamente de todo su legítimo poder temporal a esta Santa Sede y al Romano Pontífice, sino que aspiran a que se debilite, y, si posible fuere, desaparezca del todo la virtud y la eficacia de la Religión Católica; y por lo tanto afectan de esta suerte a la obra del mismo Dios, al fruto de la redención y a la santa fe, que es la más preciosa herencia que nos ha legado el inefable sacrificio que se consumó en el Gólgota. Y que todo esto es lo cierto lo demuestran claramente, no solo los hechos que se han realizado ya, sino también los que vemos amenazar cada día. Ved en Italia cuántas diócesis están privadas de sus Obispos por los citados impedimentos, con aplauso de los protectores de la civilización moderna, qae dejan a tantos pueblos cristianos sin pastores, y se apoderan de sus bienes hasta para hacer de ellos un mal uso. Ved cuántos Prelados viven hoy en el destierro. Ved, y lo decimos con imponderable sentimiento, cuántos apóstatas que hablando, no en nombre de Dios, sino en el de satanás, y fiando en la impunidad que les concede el fatal sistema del régimen vigente, descarrían las conciencias, e impelen a los débiles a la prevaricación, y vuelven más temerarios a los que han incurrido ya en vergonzosos errores, y se empeñan en rasgar la túnica de Jesucristo, proponiendo y aconsejando el establecimiento de iglesias nacionales, como dicen ellos, y otras impiedades por el estilo. Y después que de esta suerte han insultado a la Religión, a la cual por hipocresía le aconsejan que forme alianza con la civilización moderna, no vacilan con igual hipocresía en excitar a Nos, a que Nos reconciliemos con la Italia. Más claro: cuando despojados casi de todos nuestros dominios temporales sobrellevamos los graves gastos anexos a nuestra doble representación como Pontífice y Príncipe temporal con los piadosos donativos de los hijos de la Iglesia Católica, que nos remiten cada día con el mayor afecto; cuando se nos ha señalado como blanco del odio y de la envidia por los mismos que nos piden una reconciliación, quisieran además que declarásemos públicamente que cedemos a la libre propiedad de los usurpadores las provincias usurpadas de nuestros dominios temporales. Y con esla atrevida e inaudita demanda pretenden que esta Apostólica Sede, que fue y será siempre el baluarte de la verdad y de la justicia, sancionase, que un agresor inicuo puede poseer tranquila y honradamente una cosa arrebatada con injusticia y violencia, estableciéndose de esta suerte el falso principio, de que la santidad del derecho nada tiene que ver con una injusticia consumada. Y esta demanda es incompatible hasta con las solemnes palabras con que en un grande e ilustre Senado se declaró no ha mucho tiempo que «el Romano Pontífice es el representante de la principal fuerza moral en la sociedad humana». De lo cual se desprende, que no puede en manera alguna consentir en un despojo vandálico sin fallar a los fundamentos de la disciplina moral, de la que se reconoce ser, digámoslo así, la primera forma e imagen.
  
Si alguno, empero, o seducido por el error, o cediendo al temor, quisiere dar consejos conforme con las injustas aspiraciones de los perturbadores de la sociedad civil, es preciso que, especialmente en nuestros días se convenza de que nunca se darán ellos por satisfechos, mientras no puedan hacer que desaparezca todo principio de autoridad, todo freno religioso, y toda regla de derecho y de justicia. Y estos perturbadores tanto han hecho ya, así de palabra como por escrito, para desgracia de la sociedad civil, que han pervertido los humanos entendimientos, han debilitado el buen sentido moral, y han quitado todo horror a la injusticia, y no perdonan esfuerzos para persuadir a todos que el derecho invocado por las personas honradas no es mas que una voluntad injusta, que debe desatenderse por completo: «¡Ay! verdaderamente lloró la tierra, y cayó, y desfalleció; cayó el orbe, y desfalleció la alteza del pueblo de la tierra. Y la tierra fue inficionada por sus moradores, porque traspasaron las leyes, mudaron el derecho, rompieron la alianza sempiterna» (Isaías XXIV, 4-5).
   
Pero en medio de esa oscuridad tenebrosa, que Dios por sus inescrutables designios permite en ciertas gentes, Nos ciframos toda nuestra esperanza y confianza en el clementísimo Padre de las misericordias, y Dios de todo consuelo, que nos consuela en todas nuestras tribulaciones. Él es, Venerables Hermanos, quien os infunde el espíritu de unanimidad y de concordia, y os lo infundirá cada día mas, para que unidos a Nos íntimamente estéis dispuestos a sufrir con Nos la suerte que nos tenga reservada a cada uno de nosotros por secreto designio de su divina providencia. Él es quien une con el vínculo de la caridad entre sí, y con este centro de la verdad y de la unidad católica a los Prelados del Orbe Católico, que instruyen en la doctrina de la verdad evangélica a los fieles confiados a su cargo, y les muestran el camino que han de seguir en medio de tanta oscuridad, anunciando con prudencia a los pueblos las verdades santas. Él es quien difunde sobre todas las naciones católicas el espíritu de oración, e inspira a los disidentes el sentimiento de la equidad para que formen una apreciación exacta de los acontecimientos actuales. Mas esta admirable unanimidad de Oraciones en todo el Mundo Católico, y las unánimes demostraciones de amor hacia Nos, expresadas de tantos y tan variados modos (que es difícil encontrar otro ejemplo igual en anteriores tiempos), claramente demuestran cuánto necesitan los hombres de rectas intenciones dirigirse a esta Cátedra del bienaventurado Príncipe de los Apóstoles, luz del mundo, que siendo la maestra de la verdad, y la mensajera de la salvacion, siempre enseñó, y nunca dejará de enseñar hasta la consumación de los siglos las inmutables leyes de la justicia eterna. Y está tan lejos de creer que los pueblos de Italia se hayan abstenido de estos evidentísimos testimonios de amor filial y de respeto hacia esta Sede Apostólica, como que centenares de miles nos han dirigido afectuosamente cartas, no para suplicarnos que accediésemos a la reconciliación solicitada, sino para compadecerse vivamente de nuestras molestias, angustias y pesadumbres, y asegurarnos del modo más completo su afecto, y detestar una y mil veces el perverso y sacrílego despojo del dominio temporal Nuestro y de la Santa Sede.
  
Siendo así, antes de terminar, declaramos explícitamente ante Dios y ante los hombres, que no hay causa alguna por la cual debamos reconciliarnos con nadie. Ya que empero, si bien sin mérito alguno por nuestra parte, somos el representante en la tierra de Aquel que rogó y pidió perdón para los pecadores, no podemos menos de sentirnos inclinados a perdonar a los que Dos odiaron, y a rogar por ellos, para que con el auxilio de la divina gracia se conviertan, y de esta suerte sean merecedores de la bendición del que es Vicario de Jesucristo en la tierra. Con sumo gusto rogamos, pues, por ellos, y al punto que se convirtieren estamos dispuestos a perdonarles y bendecirles. Entre tanto, no podemos a pesar de todo mirarlo con indiferencia, como los que no toman interés alguno por las calamidades humanas; no podemos menos de conmovernos hondamente y de dolernos, y de considerar como nuestros los más graves perjuicios y males causados perversamente a los que sufren persecución por la justicia. Por lo cual, mientras desahogamos nuestro intenso dolor rogando a Dios, cumplimos el gravísimo deber de nuestro supremo apostolado de hablar, enseñar y condenar todo lo que Dios y su Iglesia ensepa y condena, para que así cumplamos nuestra misión, y el ministerio que recibimos de Nuestro Señor Jesucristo, de dar fe del Evangelio.
   
Por lo tanto, si se nos piden cosas injustas, no podemos acceder a ellas; mas si se nos pide perdón, lo concederémos con sumo gusto, como ya antes hemos indicado. Mas para dar la palabra de conceder este perdón, del modo que corresponde a nuestra dignidad pontificia, doblamos las rodillas ante Dios, y abrazando la triunfal bandera de nuestra redención, rogamos humildemente a Jesucristo, que nos llene de su caridad, de suerte que perdonemos del mismo modo con que Él perdono a sus enemigos antes de entregar su santísima alma en manos de su eterno Padre. Y le suplicamos encarecidamente, que así como después de concedido su perdón, en medio de las densas tinieblas que cubrieron la tierra, iluminó los entendimientos de sus enemigos que arrepentidos de su horrenda maldad regresaban a sus casas golpeando sus pechos, así en medio de la oscuridad de nuestros tiempos se digne derramar de los inagotables tesoros de su misericordia los dones de su gracia celestial y vencedora, que vuelva al único redil a todos tos que van errados. Sean cuales fueren empero los designios de su divina providencia, rogamos al mismo Jesucristo en nombre de su Iglesia, que juzgue la causa de su Vicario, que es la causa de su Iglesia, y la defienda contra los conatos de sus enemigos, y la enaltezca y ensalce con una gloriosa victoria. Y le rogamos que devuelva la paz y la tranquilidad a la sociedad perturbada, le conceda la deseada paz para el triunfo de la justicia, que únicamente la esperamos de Él. Pero en tanto desconcierto de la Europa y de todo el mundo, y de los que desempeñan el giave cargo de gobernar a los pueblos, solo hay un Dios que pueda pelear con nosotros y por nosotros: «Júzganos, Dios, y aparta nuestra causa de la gente no santa; danos, Señor, la paz en nuestros dias, porque no hay otro que pelee por nosotros sino tú, Señor Dios Nuestro».

martes, 24 de marzo de 2020

BEATO DIEGO JOSÉ DE CÁDIZ, APÓSTOL Y PATRIOTA


Beato Diego José de Cádiz OFM Cap.
    
Treinta años de activísima vida misionera no caben en unas páginas. No es posible reducir a tan breve síntesis la labor de este apóstol capuchino, que, siempre a pie, recorrió innumerables veces Andalucía entera en todas direcciones; que se dirigió después a Aranjuez y Madrid, sin dejar de misionar a su paso por los pueblos de la Mancha y de Toledo; que emprendió más tarde un largo viaje desde Roma hasta Barcelona, predicando a la ida por Castilla la Nueva y Aragón, y a la vuelta por todo Levante; que salió, aunque ya enfermo, de Sevilla y, atravesando Extremadura y Portugal, llegó hasta Galicia y Asturias, regresando por León y Salamanca.
   
Pero hay que recordar, además, que en sus misiones hablaba varias horas al día a muchedumbres de cuarenta y aun de sesenta mil almas (y al aire libre, porque nuestras más gigantescas catedrales eran insuficientes para cobijar a tantos millares de personas, que anhelaban oírle como a un "enviado de Dios"); que tuvo por oyentes de su apostólica palabra, avalada siempre por la santidad de su vida, a los príncipes y cortesanos por un lado y a los humildes campesinos por otro, a los intelectuales y universitarios y a las clases más populares, al clero en todas sus categorías y a los ejércitos de mar y tierra, a los ayuntamientos; y cabildos eclesiásticos y a los simples comerciantes e industriales y aun a los reclusos de las cárceles; que intervino con su consejo personal y con su palabra escrita, bien por dictámenes más o menos públicos, bien por su casi infinita correspondencia epistolar, en los principales asuntos de su época y en la dirección de muchas conciencias; que escribió tal cantidad de sermones, de obras ascéticas y devocionales, que, reunidas, formarían un buen número de volúmenes; que caminaba siempre a pie, con el cuerpo cubierto por áspero cilicio, pero alimentando su alma con varias horas de oración mental al día; y que, si le seguía un cortejo de milagros y de conversiones ruidosas, también supo de otro cortejo doloroso de ingratitudes, de incomprensiones y aun de persecuciones, hasta morir envuelto en un denigrante proceso inquisitorial.
   
¿Cómo describir, siquiera someramente, tan inmensa labor? La amplitud portentosa de aquella vida, tan extraordinariamente rica de historia y de fecundidad espiritual, durante los últimos treinta años del siglo XVIII, a lo largo y ancho de la geografía peninsular, se resiste a toda síntesis. Sólo de la Virgen Santísima, a la que especialmente veneraba bajo los títulos de Pastora de las almas y de la paz, predicó más de cinco mil sermones. Y seguramente pasaron de veinte mil los que predicó en su vida de misiones, las cuales duraban diez, quince y aun veinte días en cada ciudad.
   
La misión concreta de su vida y el porqué de su existencia podría resumirse en esta sola frase: fue el enviado de Dios a la España oficial de fines de aquel siglo y el auténtico misionero del pueblo español en el atardecer de nuestro Imperio.
   
Nuestros intelectuales de entonces y las clases directoras, con el consentimiento y aun con el apoyo de los gobernantes, abrían las puertas del alma española a la revolución que nos venía de allende el Pirineo, disfrazada de "ilustración", de maneras galantes, de teorías realistas. Todo ello producía, arriba, la "pérdida de Dios" en las inteligencias. Luego vendría la "pérdida de Dios" en las costumbres del pueblo. Aquella invasión de ideas sería precursora de la invasión de armas napoleónicas que vendría después.
   
No todos vieron a dónde iban a parar aquellas tendencias ni cuáles serían sus funestos resultados. Pero fray Diego los vio con intuición penetrante —y mejor diríamos profética—, ya desde sus primeros años de sacerdocio. Por eso escribía: "¡Qué ansias de ser santo, para con la oración aplacar a Dios y sostener a la Iglesia santa! ¡Qué deseo de salir al público, para, a cara descubierta, hacer frente a los libertinos!... ¡Qué ardor para derramar mi sangre en defensa de lo que hasta ahora hemos creído!".
   
Dios le había escogido para hacerle el nuevo apóstol de España, y su director espiritual se lo inculcaba repetidas veces: "Fray Diego misionero es un legítimo enviado de Dios a España". Y convencido de ello, el santo capuchino se dirige a las clases rectoras y a las masas populares. Entre la España tradicional que se derrumba y la España revolucionaria que pronto va a nacer, él toma sus posiciones, que son: ponerse al servicio de la fe y de la patria y presentar la batalla a la "ilustración". Había que evitar esa "pérdida de Dios" en las inteligencias y fortalecer la austeridad de costumbres en la masa popular. Y cuando vio rechazada su misión por la España oficial (¡cuánta parte tuvieron en ello Floridablanca, Campomanes y Godoy!), se dirigió únicamente al auténtico pueblo español, con el fin de prepararle para los días difíciles que se avecinaban.
   
En su misión de Aranjuez y Madrid (1783) el Beato se dirigió a la corte. Pero los ministros del rey impidieron solapadamente que la corte oyera la llamada de Dios. Intentó también fray Diego traer al buen camino a la vanidosa María Luisa de Parma, esposa de Carlos IV. Pero, convencido más tarde de que nada podía esperar, sobre todo cuando Godoy llegó a privado insustituible de Palacio, el santo misionero rompió definitivamente con la corte, llegando a escribir, más tarde, con motivo de un viaje de los reyes a Sevilla: "No quiero que los reyes se acuerden de mi".
   
Para cumplir fielmente su misión, el Beato recibió de Dios carismas extraordinarios, que podríamos recapitular en estos tres epígrafes: comunicaciones místicas que lo sostuvieran en su empresa, don de profecía y multiplicación continua de visibles milagros.
  
Pero Dios no se lo dio todo hecho. Hay quienes, conociéndole sólo superficialmente, no ven en él más que al misionero del pueblo que predica con celo de apóstol, acentos de profeta y milagros de santo. Pero junto al orador, al santo, al profeta y al apóstol, aparece también a cada momento el hombre. También él siente las acometidas de la tentación carnal; también él se apoca y sufre cuando se le presenta la contradicción; también él experimenta dificultades y desganas para cumplir su misión; y aun sólo "a costa de estudio y de trabajo" -dice él- logra escribir lo que escribe. Y a pesar de todo, nada de "tremendismo" en su predicación, como no fuera en contados momentos, cuando el impulso divino le arrastraba a ello. Y así, mientras otros piden a Dios el remedio de los pueblos por medio de un castigo misericordioso, "yo lo pido -escribe- por medio de una misericordia sin castigo". Y no se olvide que vivió en los peores tiempos del rigorismo. ¿Y cómo no iba ser así, si él fue siempre. como buen franciscano y neto andaluz, santamente humano y alegre, ameno en sus conversaciones y gracioso hasta en los milagros que hacía?
   
Pero el celo de la gloria de Dios y el bien de las almas le dominaron de suerte, que ello solo explica aquel perfecto dominio de sus debilidades humanas, aquella actividad pasmosa, lo mismo predicando que escribiendo, y aquel idear disparates: como el deseo de no morir, para seguir siempre misionando; o el de misionar entre los bienaventurados del cielo o los condenados del infierno; o el de marcharse a Francia, cuando tuvo noticias de los sucesos de París en 1793, para reducir a buen camino a los libertinos y forajidos de la Revolución Francesa.
   
Dícese de Napoleón que, desterrado ya en Santa Elena, exclamaba recordando sus victorias y su derrota definitiva: "La desgraciada guerra de España es la que me ha derribado". Pero esta guerra no la vencieron nuestros reyes ni nuestros intelectuales; la venció aquel pueblo que había recibido con sumisión y fidelidad las enseñanzas del "enviado de Dios". Este pueblo, fiel a la misión de fray Diego, no traicionó a su fe ni a su patria; los intelectuales y gobernantes, que habían rechazado esa misión, traicionaron a su patria, porque ya habían traicionado a su fe.
   
Sólo Dios puede medir y valorar -como sólo Él los puede premiar- los frutos que produjo la constante y difícil, fecunda y apostólica actividad misionera del Beato Diego José de Cádiz. Describiendo él su vocación religiosa decía: "Todo mi afán era ser capuchino, para ser misionero y santo". Y lo fue. Realizó a maravilla este triple ideal. Su vida fue un don que Dios concedió a España a fines del XVIII. Por la gracia de Dios y sus propios méritos, fray Diego fue capuchino, misionero y santo.
   
SERAFÍN DE AUSEJO, OFM Cap. Año Cristiano, Tomo I, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid, 1966.
  
ORACIÓN
Oh Dios, que distinguiste a tu bienaventurado Confesor Diego José con la ciencia de los santos y admirablemente lo dirigiste para la salvación de su nación, concédenos por su intercesión saber lo que es piadoso y recto, para que lleguemos felizmente al reino de tu gloria. Por J. C. N. S. Amén.

jueves, 19 de marzo de 2020

CARDENAL DE LUXEMBURGO NIEGA LOS MILAGROS

El arzobispo de Luxemburgo y presidente de la Comisión Europea de Conferencias Episcopales, Jean-Claude Hollerich SJ (61), cardenal presbítero de San Juan Crisóstomo en Monte Sacro Alto, cree que el coronavirus «cuestiona a nuestra sociedad divertida» y que «muchas personas están buscando ahora el sentido de la vida».
 
Jean-Claude Hollerich SJ
  
Él dijo el 16 de marzo en una entrevista telefónica –el prelado está en autocuarentena tras descubrir que un empleado de la curia archidiocesana dio positivo con el coronavirus– realizada por el periodista Michael Merten para el Luxemburger Wort, que el virus muestra que por sí sola la globalización «no es suficiente» [¿para qué, sino para el NOM?], y que la “glocalización” será más importante.
  
Para él, el virus ayuda a propagar la mordaza de relaciones públicas “Greta Thunberg”, porque supuestamente cuestiona a «una economía que sólo desarrolla productos baratos para la gente».
   
Preguntado por la suspensión de las misas en casi toda Europa y la reacción de los fieles a ‘solución’ tran draconiana, Hollerich responde:
«La mayoría de la gente lo entiende, porque se trata de salvar vidas. Salvar las vidas de ancianos y de los más vulnerables, de no ponerlos en riesgo. Y la mayoría de la gente lo toma muy bien. Pero también hay algunos que se quejan y que alientan una creencia en los milagros, que no comparto».
El periodista le hace notar que en algunos lugares se han organizado rogativas y procesiones para pedir la protección del Altísimo contra la pandemia, algo que se ha hecho tradicionalmente en la Cristiandad frente a todo tipo de pestes. Pero al cardenal creado por Bergoglio en el consistorio de 2019 no le parece bien en absoluto: «Yo llamo a los fieles a la oración, pero nunca a las procesiones. Los únicos que disfrutan las procesiones son los virus».
  
Aterrizando sobre la “Peregrinación de la Octava”, que se celebra desde 1626 en honor a Nuestra Señora Consoladora de los Afligidos (patrona de la ciudad y el Gran Ducado de Luxemburgo) entre el III y el V domingo después de la Octava de Pascua, Hollerich se negó a dar declaraciones específicas, pero señaló que existe el plan B de hacerlo digital, y que aunque será una vergüenza, «proteger la vida debe ser una prioridad absoluta». Cosa irónica, puesto que la peregrinación nació tras el voto que hiciera el sacerdote jesuita Jacques Brocquart cuando enfermó de peste. Él le prometió a la Virgen completar la capilla del campo de Glacis (que fue inaugurada el 10 de Mayo de 1626), peregrinar allí descalzo y ofrecerle un cirio de dos libras.
  
Es, sin duda, una respuesta equivoca en un pretendido príncipe de la Iglesia. ¿No comparte la creencia en los milagros, o solo se refiere a que no cree posible que en este caso Dios haga un milagro en respuesta a las oraciones de los fieles? ¿O quizá simplemente que no le parece probable (ningún milagro lo es, por definición, en el orden natural)?
  
En cualquier caso, Hollerich ha mannifestado una vez más su pertenencia no a la Iglesia Católica (él es un laico travestido de cardenal) sino al racionalismo, e incurrido en anatema:
«Si quis dixérit, mirácula nulla fíeri posse, proindéque omnes de iis narratiónes, étiam in sacra Scriptúra conténtas, inter fábulas vel mythos ablegándas esse; aut mirácula certo cognósci núnquam posse, nec iis divínam religiónis Christiánæ oríginem rite probári: anathéma sit (Si alguno dijere que no puede darse ningún milagro y que, por ende, todas las narraciones sobre ellos, aun las contenidas en la Sagrada Escritura, hay que relegarlas entre las fábulas o mitos, o que los milagros no pueden nunca ser conocidos con certeza y que con ellos no se prueba legítimamente el origen divino de la religión cristiana, sea anatema)». [Papa Pío IX, durante el Concilio Vaticano I, Sesión III. Const. Dogmática “Dei Fílius” (sobre la Fe Católica), 24 de Abril de 1870, canon 3 “Sobre la Fe”, §4].
    
El mensaje central de Hollerich es que que «Proteger la vida debe ser una prioridad absoluta». Obviamente, se refiere a esa vida de aquí abajo, no a la que nunca acaba, la eterna, cuyas puertas se abrieron por un martirio: el de Nuestro Señor Jesucristo en la Cruz del Calvario, que voluntariamente asumió la muerte para librarnos de la epidemia del pecado y la condenación eterna esparcidas por satanás el diablo.

miércoles, 18 de marzo de 2020

BERGOGLIO AFIRMA HERÉTICAMENTE QUE EL AMOR DE DIOS “NO PIDE NADA A CAMBIO”

Traducción del artículo publicado en NOVUS ORDO WATCH.
  
   
Incluso el infame Coronavirus no puede detener a Jorge Bergoglio de esparcir herejía.
   
Sintiéndose “enjaulado” en el Ángelus del domingo 8 de Marzo, el seudopapa argentino leyó su catequesis desde dentro del Palacio Apostólico, la cual fue transmtida en vivo a los pocos que estaban dispersamente reunidos afuera en la Plaza de San Pedro. El video puede ser visto aquí.
  
Predicando sobre la Transfiguración, que fue la lección evangélica del día, el “Papa” Francisco dijo:
«Hay que destacar que, en medio del grupo de los Doce, Jesús elige llevarse a Pedro, Santiago y Juan con Él al monte. Les reservó el privilegio de ser testigos de la Transfiguración. ¿Pero por qué elige a los tres? ¿Porque son los más santos? No. Sin embargo, Pedro, a la hora de la prueba, lo negará; y los dos hermanos Santiago y Juan pedirán ser los primeros en entrar a su reino (cf. Mateo 20, 20-23). Jesús, no obstante, no elige según nuestro criterio, sino según su plan de amor. El amor de Jesús no tiene medida: es amor, y Él elige con ese plan de amor. Es una elección gratuita e incondicional, una iniciativa libre, una amistad divina que no pide nada a cambio. Y así como llamó a esos tres discípulos, también hoy llama a algunos a estar cerca de Él, para poder dar testimonio. Ser testigos de Jesús es un don que no hemos merecido: nos sentimos inadecuados, pero no podemos echarnos atrás con la excusa de nuestra incapacidad» (Antipapa Francisco, Discurso del Ángelus, Zenit, 8 de Marzo de 2020; subrayado agregado).
Sí, tal como lo has leído: Según el Sr. Bergoglio, Dios “no pide nada a cambio” por Su amor, Sus gracias, Su amistad.
  
¿Pero eso es cierto? Veamos…
  • «No todo el que me diga “Señor, Señor”, entrará en el reino de los cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre, que está en el cielo, ése entrará en el reino de los cielos. Muchos me dirán en el día del Juicio: “Señor, Señor, ¿no hemos profetizado en tu nombre, y arrojado demonios en tu nombre, y hecho muchos milagros en tu nombre?”. Y luego les responderé: “Nunca os conocí: apartaos de mí, obradores de iniquidad”». (Mateo 7:21-23)
  • «¿Y por qué me llamáis “Señor, Señor?”, y no hacéis lo que os mando?». (Lucas 6:46)
  • «Porque yo os digo, que si vuestra justicia no supera la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos». (Mateo 5:20)
  • «“Maestro, ¿cuál es el mandamiento más importante de la ley?”. Jesús le dijo: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. Este es el primer y gran mandamiento”». (Mateo 22:36-38)
  • «Si alguno viene a mí, y no odia a su padre, y a su madre, y esposa, e hijos, y hermanos, y hermanas, ni a su propia vida también, no puede ser mi discípulo. Y el que no cargue su cruz y me siga, no puede ser mi discípulo». (Lucas 14:26-27)
  • «“Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os odien, y orad por los que os persigan y calumnien, para que podáis ser hijos de vuestro Padre que está en el Cielo, que hace brillar su sol sobre buenos y malos, y llover sobre justos e injustos. Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa tendréis? ¿No hacen esto los publicanos? Y si saludáis solo a los que os saludan, ¿qué hacéis de más? ¿No hacen también los paganos esto? Por tanto sed perfectos, como también vuestro Padre celestial es perfecto, imitándolo en cuanto podáis”». (Mateo 5:44-48)
Puesto que la enseñanza de Francisco está en directa contradicción con la Divina Revelación, por tanto es herética.
   
Consultando a los verdaderos Papas del pasado, nauralmente los encontramos enseñando la verdadera postura Católica:
  • «A estos deberes, especialmente a la consagración, tan fructífera y confirmada en la fiesta de Cristo Rey, necesario es añadir otro deber, del que un poco más por extenso queremos, venerables hermanos, hablaros en las presentes letras; nos referimos al deber de tributar al Sacratísimo Corazón de Jesús aquella satisfacción honesta que llaman reparación. Si lo primero y principal de la Consagración es que tal amor del Creador responda el amor de la criatura, síguese espontáneamente otro deber: el de compensar las injurias de algún modo inferidas al Amor increado, si fue desdeñado con el olvido o ultrajado con la ofensa. A este deber llamamos vulgarmente reparación». (Papa Pío XI, Encíclica Miserentíssimus Redémptor, sobre la Reparación al Sagrado Corazón de Jesús, n. 6; subrayado agregado)
  • «El don de la fe, al cual siguen en las almas por gracia de Dios tan incomparables riquezas, exige que sin cesar mostremos nuestra gratitud al Señor, su divino Autor.
     
    La fe, en efecto, nos introduce en los sacros misterios de la vida divina; nos mantiene en la esperanza de la felicidad eterna y es el sólido fundamento, a través de la vida terrenal, de la unidad en la sociedad cristiana, conforme a lo dicho por el Apóstol: “Unus Dóminus, una fides, unum baptísma” (Efesios 4, 5). Ella es, por excelencia, el don que hace brotar de nuestros labios el himno del reconocimiento: “Quid retríbuam Dómino pro ómnibus quæ retríbuit mihi?”.
       
    ¿Qué ofreceremos, pues, al Señor a cambio de este don divino, además del homenaje de la mente, si no es nuestro celo en difundir cada vez más entre los hombres el esplendor de la verdad divina? El espíritu misionero, animado por el fuego de la caridad, es en cierto modo la primera respuesta de nuestra gratitud para con Dios, al comunicar a nuestros hermanos la fe que nosotros hemos recibido» (Papa Pío XII, Encíclica Fídei Donum, sobre las Misiones, nn. 1-3; subrayado agregado)
Estas bellas citas hablan por sí.
  
La más reciente expresión herética de Bergoglio es reminiscencia del Luteranismo, una de sus religiones favoritas, la cual enseña la herejía de la “Sola Fe” (Sola Fides). El Concilio de Trento, condenando los errores de Martín Lutero y la Reforma Protestante, tiene algunos cánones relevantes sobre esto:
«Canon 20: Si alguno dijere que el hombre justificado y cuan perfecto se quiera, no está obligado a la guarda de los mandamientos de Dios y de la Iglesia, sino solamente a creer, como si verdaderamente el Evangelio fuera simple y absoluta promesa de la vida eterna, sin la condición de observar los mandamientos, sea anatema [cf. n. 804].
Canon 21; Si alguno dijere que Cristo Jesús fue por Dios dado a los hombres como Redentor en quien confíen, no también como Legislador a quien obedezcan, sea anatema». (Concilio de Trento, Sesión VI, Cánones sobre la Justificación; Denz. 830-831)
La admiración por Martín Lutero y su falsa religión por parte de Francisco no es secreta. Con todo, necesitamos recordar su profesión de la Consubstanciación, su negación del dogma Católico sobre el mérito, y el hecho de que él haya liderado un servicio de oración luterano en el pasado. Está de más decirlo, adhiere a la idea novusordiana que los luteranos son miembros del Cuerpo Místico de Jesucristo.
   
No es nuevo que Bergoglio afirme que Dios no pida nada de nosotros en retorno de Su amor. En el pasado, dijo más o menos la misma cosa en algunas ocasiones, como las siguientes (todo el subrayado es añadido):
«Un amor así [como Dios nos lo ha mostrado] no puede quedar sin respuesta. Aunque se dio de manera unilateral, es decir, sin pedir nada a cambio, sin embargo inflama de tal manera el corazón que cualquier persona se siente impulsada a corresponder, a pesar de sus limitaciones y pecados» (Mensaje para la I Jornada mundial de los Pobres, Nov. 19, 2017)
«En la misericordia tenemos la prueba de cómo Dios ama. Él da todo sí mismo, por siempre, gratuitamente y sin pedir nada a cambio. Viene en nuestra ayuda cuando lo invocamos» (Bula Misericórdiæ Vultus, n. 14)
«“Dios no pide nada a cambio sino ‘amor y fidelidad’. La salvación es comprada; tú simplemente entras al banquete”, dijo el Papa» (Informe de Crux sobre la homilía de Francisco el 7 de Noviembre de 2017).
Como siempre, a Francisco no le importa contradecirse con herejías (ver la última citada arriba), modificándolas un poco sobre la marcha, a veces afirmando una cosa que después niega, o hablando con deliberada ambigüedad para que aquellos que están dispuestos convenientemente tomarán la herejía de lo que dice, mientras que otros parecerán encontrar suficiente razón para explicar su negación de la ortodoxia.
   
Esta es una vieja táctica, condenada por el Papa Pío VI en 1794, quien la identificó como
«aquella engañosa excusa que suele darse, de que lo que tal vez por descuido se dijo en una parte con mayor dureza, se halla en otros lugares más claramente explicado y aun corregido; como si esta descarada licencia de afirmar, y negar y contradecirse según su voluntad, que fue siempre la fraudulenta astucia de los novadores para sorprender con el error, no fuese más propia para descubrirle que para ocultarle». (Papa Pío VI, Constitución Apostólica Auctórem Fídei condenando el Sínodo de Pistoya, preámbulo)
Así, mientras la Secta novusordiana y el gobierno en Italia están tomando medidas draconianas para detener la propagación del CoViD-19, Francisco está ocupado haciendo lo que mejor sabe hacer: infectar a las almas con la herejía (y nadie se inmuta).
   
Adivina dónde mora el mayor peligro.

martes, 25 de febrero de 2020

Mons. SCOTTI CONTRA EL ESTADO LAICO

Por Massimo Micaletti para RADIO SPADA.
  
   
Angelo Antonio Scotti (1786 – 1845), Arzobispo de Tesalónica, Prefecto de la Biblioteca Apostólica Vaticana y de la Real Biblioteca Borbónica, fue preceptor de Fernando II de Borbón y primer intérprete de los Papiros de Herculano. Hombre de inmensa erudición, con la profundización de las letras clásicas y de la filosofía griega afianzaba diversas reflexiones sobre la política: sobre este tema, su obra más conocidas son “Teoremi di politica cristiana” (1839). Muy precioso también el “Catechismo medico, ossia sviluppo delle dottrine che conciliano la religione colla medicina”, tratado de ética médica y, ante lítteram, de bioética.
   
De los “Teoremi”, editados en el 1839, retomo este pasaje iluminador sobre la insostenibilidad, por un católico, de la separación entre fe y política: en los primeros decenios de aquello que será un dramático Siglo XIX, ya intrisi también en Italia de las ideas revolucionarias, Scotti comprende que el concepto de “Estado laico” deviene fatalmente instrumento de anticatolicismo y de ruina para la comunidad y critica in radice la idea que quien se ocupe de los asuntos públicos debe tener fuera de sus cuidados y de su formación la religión católica.
   
El pensamiento de Mons. Scotti es decididamente refinado y actual porque no diserta sobre la teocracia en sentido estricto, excepto sobre la necesidad de que el hombre de estado tenga una formación católica y que sobre ella modele todas sus acciones, en cuanto moral más perfecta en promoción del individuo y de la colectividad. Para Scotti, por tanto, un princeps (o igualmente un político) cristiano es la más importante protección para todo el pueblo y no sólo para los creyentes.
  
Los “Teoremi di politica cristiana” se pueden descargar gratuitamente de Google Books[1], como también el “Catechismo medico[2].
«Si la filosofía hoy en día considera como fruto de los propios sudores toda la ética cristiana, ella se demuestra ingrata a la Revelación su benefactriz; y hace como aquel viandante, que atribuye todo a su vigor la celeridad del camino, sin considerar raro, cuanto habían fatigado para él antes y quien aplanó las calles y quien hizo los puentes; y quien lo aseguró con ladrillos, y quien le suministró los caballos, y quien le preparó el camino. O por tanto, si la política es la parte más sublime de la ética, y que pone en provecho las doctrinas para el bienestar de las poblaciones; ¿cómo nunca la reconoceremos independiente de la religión revelada, y no necesitaría de sus altas luces? ¿Y cómo al menos no diremos, que apareciéndose las doctrinas del cristianismo por sus santos códices, se pueda también encontrar la ciencia de guiar a las gentes a la pública felicidad? Si la religión cristiana es la religión del hombre y de la razón; porque ella sola que es digna del hombre, es dictada por Dios para hacerla conocer evidentemente por la razón; ciertamente, quien no aprovecha sus instrucciones, no podrá regir a los hombres, ni sabrá perfeccionar la propia razón para conocer bien la ciencia.
   
Aparte, sin esto que la religión nos enseña, mal se entiende el fin del hombre y de la sociedad: ella planta, digamos así, el verdadero fundamento de las reglas que el hombre debe seguir para promover su privada felicidad: así que la más bella institución de economía es aquella precisamente, que de la fuente de la Biblia puede extraerse. O si la pública felicidad, que es el objeto de la política, resulta de la expansión de la privada; bien se entiende que meditándose las verdades en aquel sumo libro contenidas se aprende esta otra ciencia: también puede así fácilmente puede superarse la mayor dificultad del gobierno, que precisamente consiste en conciliar los medios humanos con la ley divina. Al contrario, quien no tiene presentes las enseñanzas del Evangelio suele reducir la política a un misterio de iniquidad, al arte no tanto de regir, sino de engañar a los hombres; la hace consistir en el esforzarse de igualar a los animales, de procurarse el más grande poder, los más grandes honores, los más grandes placeres que se pueden obtener; y asegura impudentemente, que lo más sublime de esta ciencia es el portarse como el león de Esopo en la división de la presa».
  
NOTAS

viernes, 17 de enero de 2020

ADVERTENCIAS

TRADUCCIÓN: «Ha abierto la Puerta Santa de San Pablo [Extramuros]: “Pidamos perdón por las divisiones del pasado” – El Papa entre los jefes de los cristianos: “Unidad en el futuro de la Iglesia”» (Crónica de Mario Politi para IL FATTO QUOTIDIANO, 19 de Enero de 2000).
  
En vista de los ultrajes que los modernistas harán contra la verdadera Fe y contra la verdadera Iglesia durante el Octavario por la unidad de los Cristianos que tendrá inicio mañana, queremos recordar que ellos son el fruto del ecumenismo conciliar de “Lumen Géntium” y de “Unitátis Redintegrátio” llevado adelante con pasión por Wojtyła Katzorowski y Ratzinger Tauber-Peintner. Luego, ni Bergoglio Sívori ni los distintos obispos inventarán nada de nada: SIGUEN REALMENTE EL CAMINO TRAZADO POR OTROS.
  
Para un octavario “secúndum mentem Ecclésiæ”, abrid el link siguiente: http://caballerodelainmaculada.blogspot.com/2016/01/octavario-de-la-catedra-de-la-unidad-de.html

lunes, 23 de diciembre de 2019

EL PELIGRO DE MEZCLAR EL ERROR Y LA VERDAD

«El peor tipo de hereje es el que, mientras enseña mayormente la verdadera Doctrina Católica, añade una palabra de herejía, como una gota de veneno en una taza de agua».
   
PAPA LEÓN XIII. Encíclica “Satis Cógnitum”, sobre la unidad de la Iglesia. 29 de Junio de 1896.

domingo, 1 de diciembre de 2019

LA “CORONA DE ADVIENTO”, SÍMBOLO PAGANO

Junto con el “Árbol de Navidad” y el “Papá Noel” (“Santi Cló”, “Viejo Pascuero” o como se llame y/o quien haga sus veces), otro símbolo de origen alemán ha irrumpido en muchos hogares para el tiempo de Adviento y Navidad. Nos referimos, pues, a la Corona de Adviento. Frente a la difusión que éste ha tenido en estos tiempos, principalmente en el ámbito conciliar, cabe preguntarse si es una costumbre que puede adoptarse por un Católico, y es el tema de nuestro artículo presente.

Corona de Adviento
Antes de abordar el tema central, es oportuno dar un repaso histórico del tiempo de Adviento. La celebración de este tiempo litúrgico tiene su origen en la tradición bizantina como un período de ayuno de cuarenta días que comienza el 15 de Noviembre, el día posterior a San Felipe Apóstol -en el calendario bizantino, ya que en el Romano es el 1 de Mayo con San Santiago el Menor- (de ahí que se le llame también Ayuno de Felipe) y acaba el 24 de Diciembre. Se cree que esta celebración fue importada por San Gregorio Magno -que antes de ser Papa fue legado apostólico en Constantinopla- a la Iglesia occidental. Inicialmente se observaban seis semanas de preparación, comenzando el Domingo posterior a la fiesta de San Martín de Tours -práctica aún conservada en el Rito Ambrosiano donde, si el 24 de Diciembre cae en Domingo, se le considera como domínica aparte-; y en el Rito Hispano-Mozárabe de Toledo, el domingo más cercano a San Acisclo Mártir (fiesta litúrgica: 17 de Noviembre), entre el 13 y el 19 de Noviembre. Un siglo después, se recortó en dos semanas, quedando así su inicio en el Domingo más cercano a San Andrés Apóstol, como es la práctica en el Rito Romano.
   
Según el criterio de muchos historiadores y eruditos, el concepto de la Corona de Adviento tuvo su origen entre los luteranos alemanes del siglo XVI, aunque sus raíces remotas están en el paganismo nórdico, que siguiendo el esquema cíclico de las estaciones y la creencia de la muerte y renacimiento del sol durante el invierno, cortaban ramas de árboles perennifolios que eran dispuestas en forma circular y encendían fuego con la esperanza de que su dios solar Balder, asesinado por su hermano ciego Höðr con un dardo de muérdago fabricado por su tío malvado Loki, retornara con la fertilidad de los campos en la primavera. Y en ese sentido, la fiesta del Yule, en el solsticio de invierno boreal, simboliza el renacimiento del Dios solar después de su muerte en Samhain (31 de Octubre) las hojas han caído y la vida espera bajo la tierra esperando a renacer.
   
En la religión wicca existe el llamado tronco de Yule, sobre el cual se ponen cinco velas que se encienden en el siguiente orden:
  • La primera vela (que representa a la conciencia), es de color negro, ya que contiene a todos los demás colores, simboliza un comienzo nuevo y de un principio de vida tanto física, espiritual así como mental. Representa todo lo básico para  ser, es la substancia y de ahí parte todo, tiene que ver el amor a la vida y al encender su luz, simbólicamente disipa cualquier oscuridad existente. En algunos lugares, en vez de velas, se prendían las hogueras y al encenderlas y estando en circulo todos, oran por el bienestar pidiendo lo básico para subsistir y más adelante poder a la vez darlo en ofrenda de vuelta.
  • La segunda vela (que representa el principio masculino, y el número dos), es de color amarillo, simboliza el pan y fruto de la cosecha. Representa la voluntad, la substancia materializada en energía, dándole capacidades como el de la voluntad e imaginación. Con ella se piden estas cualidades y la fuerza necesaria para la vida... y en su llama se quema la falta de voluntad, la cobardía, la falta de acción así como las omisiones que no han hecho bien a nadie.
  • La tercera vela (que representa lo femenino y el mar como principio de la vida, y el número tres), es de color rojo. Al encender esta tercera vela, se pide por la protección, salud, la comida y la economía del hogar, el consuelo, el descanso, la restauración, y la fuerza constructiva y destructora de aquello que no nos conviene. Simbólicamente se puede quemar en un papel todo lo que no hemos asimilado y no hemos desechado de nosotros, todo lo que hemos guardado y almacenado y no conviene más a nuestro ser.
  • La cuarta vela (que representa la gracia, la armonía y el equilibrio, y el número cuatro), es de color verde. Se le atribuyen poderes sanadores, y se considera el que se transforma, el que instruye, es maestro y discípulo a la vez, pues usa los elementos, el que llama, el que consagra, el que porta el cetro y ejerce la autoridad, el que dinamiza, el que festeja, el que maneja la energía, el que programa, así que al encender esta vela,  se quema todo lo que impide recibir estos poderes y se pide la restitución de los mismos
  • La quinta vela (que representa la unificación y la conexión, y el número cinco) es de color blanco, representa la unión espiritual y la conexión con la divinidad, al encender esta vela reiteramos nuestro compromiso con la tradición y nuestro sendero, así damos la bienvenida de nuevo a la luz. Esta vela se enciende la noche de Yule (21 de Diciembre).

Representacióon artística de un tronco de Yule
   
Ahora bien, la forma más contemporánea de este paramento se adoptó tres siglos después de la rebelión de Lutero (que por alguna razón conservó el temporal del calendario litúrgico de esa “Römisch-kirche” que tanto satanizaba -otra prueba de la hipocresía de los “reformadores”-), por parte del pastor y misionero urbano Johann Hinrich Wichern, fundador de la Misión Interna de Alemania, un movimiento de apostolado social dedicado a la atención de los niños pobres y abandonados. Winchern, ante la continua pregunta de los niños de su escuela misional Rauhes Haus en la ciudad de Hamburgo de si ya había llegado la Navidad, en  el año 1839 hizo construir un gran anillo de madera a partir de una vieja rueda de carreta, sobre la cual dispuso 24 velas pequeñas de color rojo y 4 grandes de color blanco, encendiendo cada día una (las rojas de lunes a sábado, y las blancas el Domingo). A esto se le dio el nombre de Adventskranz.

Ejemplo de Adventskranz (Bundestag, año 2017)
  
Hacia 1860, se adaptó una reforma: en los hogares, escuelas, orfanatorios e iglesias luteranas que acogieron esa práctica, remplazaron la rueda de carreta por una corona con ramas de abeto (es de saber que ya el Árbol de navidad era popular en ese entonces, a partir de la difusión entre la realeza europea), y con el fin de economizar consumibles, se decidió emplear cuatro velas que se encendían cada domingo de Adviento, como se estila en la actualidad: Los colores pasaron a significar los de los ornamentos empleados en este tiempo litúrgico: tres velas moradas (entre los anglicanos y los ordinariatos creados a raíz de Anglicanórum Cœ́tibus, algunos usan velas azul índigo -un color popularizado como Azul Sarum para el Adviento, aunque el Uso de Sarum no tenía colores litúrgicos definidos hasta el siglo XV, cuando se estableció para la Cuaresma y el Adviento el color blanco apagado- y otros moradas) y una rosada que se enciende el tercer Domingo de Adviento (algunos incluso disponen una última vela blanca para el centro de la corona, que se enciende el 25 de Diciembre). Por otro lado, los miembros de la Hermandad Morava (la segunda denominación pre-protestante más antigua) usan velas del color natural de la cera de abejas, en tanto que algunos protestantes en el Reino Unido emplean el color rojo en todas las cuatro velas (en ese país es un color tradicional en la decoración festiva).
Ejemplo de Corona de Adviento con velas Azul Sarum -un color popularizado en medios anglicanos, pero no acorde al antiguo Uso de Sarum del que dicen descender-.
Como dato curioso, fue uno de los símbolos adoptados también para el Festival Yule en la Alemania nazi, con el cual pretendían remplazar la Navidad, que consideraban superpuesta a la tradición pagana germánica. La Adventskranz devino en el Sonnwendkranz (corona del solsticio) o Lichterkranz (corona de luz), que en su centro tenía el Sol Negro (símbolo nórdico del fin del mundo, y adoptado por las SS en su culto esotérico). Otra variante era el Julbogen (Arco de Yule), adornado con runas, y que se conserva aún en el neopaganismo nórdico para las fiestas del solsticio.

Arco de Yule (fuente: Partido Nacionaldemócrata de Baden-Wurtemberg, Alemania)
    
Supuesto lo anterior, ¿Cuándo se introdujo la práctica en la iglesia conciliar? Si bien se debate cuando sucedió, lo cierto es que en ella es una práctica muy arraigada junto con el Árbol en la Plaza de San Pedro Vaticano, y en el año 2006, Ratzinger Tauber/Antipapa Benedicto XVI fue noticia porque utilizó una corona con cuatro velas rojas (quizá comenzó a adoptarse en tiempo de Wojtyła, pero Ratzinger quiso plasmarle su gusto personal). Incluso existe un ceremonial específico para la bendición y posterior encendido de la corona en el templo, que llega al punto de ser insertado por algunos presbíteros entre el Acto penitencial y el Gloria en el servicio Novus Ordo [Anécdota personal: cuando estaba en la iglesia conciliar -sobre todo cuando fui monaguillo-, ése era uno de los momentos más sufridos: tener que estar de pie con la tortura que representaba escuchar la entonación de un himno (“La corona de Adviento” de Bernardo Velado Graña, o “Ven, ven, Señor, no tardes” de Cesáreo Gabaráin Azurmendi) por parte de una señora con una voz horrorosamente destemplada y sus dos hijas, que más parecían ser forzadas a interpretar música religiosa]. Y aun entre los conciliares tampoco hay acuerdo entre los colores, porque hay quienes usan una vela morada (penitencia), una verde (esperanza), una rosada (alegría por la pronta llegada del Señor), una roja (caridad) y la infaltable vela blanca para el 25 (el nacimiento de Jesús) -incluso hubo quien sustituyera el morado por el amarillo y el verde por el azul celeste, significando la fe y la aceptación de la justicia de Dios respectivamente.

Ejemplo de una Corona con cinco colores
  
Dado que es una práctica nueva, ciertos autores modernos han hecho circular que esta costumbre de la Corona de Adviento fue cristianizada en la Edad Media, o que fue compartida por los católicos alemanes del siglo XVII (lo que hace que la disposición según los colores litúrgicos expuesta arriba tenga algún sentido). Históricamente no puede ser cierto tal argumento, sobre todo si se tiene en cuenta que la Corona de Adviento sólo se comenzó a adoptar en las regiones católicas de Alemania a partir de 1920 (Colonia: 1925; Múnich: 1930), en la región de Alsacia durante el período de entreguerra, y que en Austria la primera Adventkranz apareciera en 1945 (en todos estos casos, por proselitismo protestante). Por otra parte, en los Estados Unidos esta práctica llegó con la inmigración alemana, que alcanzó su máximo entre 1840 y 1880. Y como es de esperarse, en un país tan pluralista en cuanto al origen de sus habitantes, los católicos estadounidenses lo adoptaron.
  
Otros aseguran que procede de la Cristiandad oriental, basándose en una miniatura medieval representando a San Gregorio Magno con una corona pendiendo en alto sobre su cabeza. Primeramente, el objeto pendiente sobre la cabeza de San Gregorio puede ser una lámpara o una corona votiva que se hacía colgar del baldaquino sobre el altar. En ese último caso, la donación de coronas votivas fue una práctica habitual especialmente entre los reyes y nobles desde Constantinopla hasta Toledo, siendo ejemplo de ello la famosa Corona del rey visigodo Recesvinto (conservada actualmente en el Museo Arqueológico Nacional de Madrid), y posiblemente también la Corona de Hierro de Lombardía.

San Gregorio Magno dictando una carta a su secretario (Miniatura del Regístrum Gregórii, Biblioteca de Trier, Alemania)
  
Y por otra parte, la costumbre de la Corona de Adviento es muy rara entre los ortodoxos y católicos de rito oriental que viven en Europa y Estados Unidos (para no hablar de los países con importante presencia ortodoxa), y en todo caso es de muy reciente adopción. Sobre todo, teniendo en cuenta que muchos católicos de rito oriental no ven con buenos ojos la latinización litúrgica, no es de extrañar que éstos no acogen pacíficamente la Corona de Adviento.
 
En síntesis, es posible afirmar que la costumbre de la Corona de Adviento no es conveniente que sea acogida por ningún Católico verdadero, no sólo por su origen pagano-protestante, sino también porque no le favorece el hecho de haber sido precisamente adoptada por la iglesia deuterovaticana.

Que la Paz de Dios Uno y Trino, que supera todo entendimiento, nos acompañe siempre, y la Virgen Santa María interceda por nosotros para perseverar en la Sana Doctrina y la Espiritualidad Auténtica del Catolicismo Tradicional.

JORGE RONDÓN SANTOS
1 de Diciembre de 2019
Domingo I de Adviento Romano, fiesta de San Eligio Obispo y Confesor.

lunes, 18 de noviembre de 2019

RECIBIR NOVEDADES PROFANA ES COSTUMBRE DE HEREJES

  
«Pero volvamos a la exhortación del Apóstol: “¡Oh Timoteo guarda el depósito, evitando las novedades profanas en las expresiones”. Evítalos, le dice, como se hace con una víbora, con un escorpión, con un basilisco, para que no solamente el contacto, pero ni siquiera su vista y su aliento te hieran.

Ahora bien: ¿qué significa evitar? “Con gente así no debéis ni tomar bocado” (1Co 5,11). Y también: “Si viene alguno a vosotros, y no trae esta doctrina -¿y qué doctrina, sino la católica universal, que permanece siendo única e idéntica a través de los siglos, en una incorrupta tradición de verdad, y que permanecerá así siempre?- no le recibáis en casa, ni le saludéis. Porque quien le saluda participa en sus acciones perversas” (2Jn 10-11).
   
El Apóstol nos hablaba de novedades profanas en las expresiones. Ahora bien, profano es lo que no tiene nada de sagrado ni religioso, y es totalmente extraño al santuario de la Iglesia, templo de Dios. Las novedades profanas en las expresiones son, pues, las novedades concernientes a los dogmas, cosas y opiniones en contraste con la tradición y la antigüedad; su aceptación implicaría necesariamente la violación poco menos que total de la fe de los Santos Padres. Llevaría necesariamente a decir que todos los fieles de todos los tiempos, todos los santos, los castos, los continentes, las vírgenes, todos los clérigos, los levitas y los obispos, los millares de confesores, los ejércitos de mártires, un número tan grande de ciudades y de pueblos, de islas y provincias, de reyes, de gentes, de reinos y de naciones, en una palabra, el mundo entero incorporado a Cristo Cabeza mediante la fe católica, durante un gran número de siglos ha ignorado, errado, blasfemado, sin saber lo que debía creer. Evita, pues, las novedades profanas en las expresiones, ya que recibirlas y seguirlas no fue nunca costumbre de los católicos, y sí de los herejes.
  
En realidad, ¿qué herejía no ha surgido bajo un nombre en un lugar y en una época determinada? ¿Quién jamás ha fundado una herejía sin separarse antes del acuerdo con la universalidad y la antigüedad de la Iglesia Católica?

Los ejemplos nos muestran esto de manera evidentísima. En efecto, ¿quién nunca, antes del impío Pelagio, tuvo la presunción de atribuir al libre albedrio el poder tan grande de pensar que el auxilio de la gracia no es necesario para cada uno de los actos, para llevar a cabo las buenas obras? ¿Quién, antes de su monstruoso discípulo Celestio, negó que todo el género humano está contaminado por el pecado de Adán?

Antes del sacrílego Arrio, ¿quién tuvo la audacia de rasgar la unidad de la Trinidad o de confundirla, como el pérfido Sabelio? Antes del rigidísimo Novaciano, ¿quién había dicho que Dios era cruel, porque prefería la muerte del agonizante a que se convirtiese y viviese?

¿Quién, antes de Simón Mago, duramente castigado por la reprimenda apostólica (cf. Act 8,9-24) -y de quien proviene la antigua riada de torpezas que, por sucesión ininterrumpida y oculta, ha llegado hasta Prisciliano-, se atrevió a decir que el Dios creador es el autor del mal, es decir, de nuestros delitos, de nuestras impiedades, de nuestros vicios? Este afirma que Dios, con sus propias manos crea la naturaleza humana estructurada de manera que, por movimiento espontaneo y bajo el impulso de una voluntad necesitada, no puede más, no quiere más que pecar. Agitada e incendiada por las furias de todos los vicios, se ve arrastrada con ansia inagotable a los abismos de toda suerte de crímenes.

Ejemplos como éstos los hay para nunca acabar, pero dejémoslos en aras de ser breves. Demuestran a todos con evidencia que la actitud normal y ordinaria de cualquier herejía es gozarse en las novedades profanas y sentir hastío ante los dogmas de la antigüedad, hasta el punto de naufragar en la fe a causa de las discusiones de una falsa ciencia. En cambio, es propio de los católicos custodiar el depósito transmitido por los Santos Padres, condenar las novedades profanas y, como muchas veces repitió el Apóstol, descargar el anatema sobre quien tiene la audacia de anunciar algo diverso de lo que ha sido recibido».

(SAN VICENTE DE LÉRINS, El Conmonitorio, n. 24 “Estar en guardia ante los herejes”).

lunes, 21 de octubre de 2019

LOS “RITOS CHINOS”, LA CONTROVERSIA QUE EXPUSO A LOS JESUITAS

Tomado de SURSUM CORDA.

Presentamos el impresionante tratado titulado Apologie des Dominicains Missionaires de la Chine, ou, Réponse au livre du pére Le Tellier jesuite, intitulé, Défense des nouveaux chrétiens, et à l’Éclaircissement du P. Le Gobien de la même compagnie, sur les honneurs que les Chinois rendent à Confucius et aux morts (Apología de los Dominicos Misioneros de la China, o Respuesta al libro del padre Le Tellier jesuita, intitulado Defensa de los nuevos cristianos, y a la Aclaración del P. Le Gobien de la misma compañía, sobre los honores que los chinos rinden a Confucio y a los muertos), del padre Noël Alexandre OP, Colonia 1699, en la cual se expone la pérfida práctica de los misioneros ignacianos, es decir, de los jesuitas, en las misiones orientales.
   
Este libro refleja la situación que se vivió entre los siglos XVII y XVIII. Los jesuitas, encabezados por Matteo Ricci decidieron de manera unilateral y totalmente anticristiana, autorizar y adaptar los ritos de la Iglesia para permitir que las prácticas religiosas del confucianismo y la adoración a los antepasados muertos, así como el culto al emperador como Dios Viviente, perduraran bajo un ropaje “católico”. En otras palabras, disimularon la fe para agradar a las autoridades seculares.
 
En efecto, los mismos misioneros jesuitas abandonaron la vestimenta clerical y adoptaron el ropaje de los monjes budistas.
 
El hereje y ejemplar jesuita Matteo Ricci (西泰, 利 瑪竇/Xītài -Gran Maestro occidental-, Lì Mǎdòu)
 
Cuando fueron sorprendidos, los jesuitas, con su habitual astucia, antecesora del modernismo apóstata, dijeron que se trataban de meras prácticas seculares, pero los franciscanos y los dominicos, al ser testigos del culto público rendido a Confucio, denunciaron la situación a Roma.
 
La congregación de Propaganda fide condenó los ritos chinos basándose en el informe que aquí presentamos y que es un antecedente a las prácticas que han caracterizado a lo largo de su historia a la “Compañía de Jesús” y que explica las aberraciones litúrgicas que se han vivido en occidente luego del “Concilio Vaticano II”, y de las que participaron incluso los pontífices de la Iglesia Conciliar, como las bendiciones de parte de chamanes, brujos y demás adoradores de Satanás.