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sábado, 9 de noviembre de 2019

EL MILAGRO DE LA CRUZ EN BEIRUT

Fresco Milagro del Crucifijo de Beirut (Giovanni Maria Butteri, 1594. Vaiano, Abadía de San Salvador).
  
En la lección del Martirologio Romano tradicional correspondiente al día de hoy, además de indicarse que es la fiesta de la Dedicación de la Basílica del Santísimo Salvador Lateranense (año 324), Madre y Cabeza de todas las iglesias en Roma y el orbe entero, se encuentra la siguiente lección:
«Berýti, in Sýria, commemorátio Imáginis Salvatóris, quæ, a Judǽis crucifíxa, tam copiósum emísit sánguinem, ut Orientáles et Occidentáles Ecclésiæ ex eo ubértim accéperint» (En Beirut de Siria -Líbano-, conmemoración de la imagen del Salvador que, crucificada por los judíos, derramó tan copiosa sangre, que las Iglesias orientales y occidentales recibieron plenamente de ella).

Este milagro ocurrió hacia el año 765, durante el imperio del iconoclasta Constantino V Coprónimo, y fue uno de los argumentos a favor de la veneración a las imágenes durante el II Concilio Niceno (séptimo entre los Concilios Ecuménicos) en el año 787 contra la herejía iconoclasta.
  
Refiere el obispo y liturgista Guillermo V Durando (tío del obispo y canonista homónimo) lo sucedido en su libro Manual para entender el significado simbólico de las catedrales e iglesias:
«Algunos judíos de la ciudad de Berito (actual Beirut) en el Asia Menor, derribaron la imagen del Salvador crucificado. Ellos llevaron la impiedad hasta el punto de traspasarle el costado, del cual salió, como sobre el Calvario, sangre y agua. Los judíos estuvieron alterados por este prodigio, y más cuando vieron que todos los que entre ellos estaban enfermos y a los cuales fue aplicada la sangre se recuperaban de sus enfermedades. Abrazaron todos la fe en Cristo, se hicieron bautizar y transformaron sus sinagogas en iglesias. Es desde entonces que se usa consagrar una iglesia. Antes de aquella época solamente eran consagrados los altares, y es en memoria de este milagro que la Iglesia recuerda la Pasión del Salvador el día quinto antes de las calendas de diciembre, y este es también el motivo por el cual la iglesia de Beirut fue dedicada al Salvador. Se conserva también en un vaso una pequeña cantidad de esta sangre milagrosa, y una fiesta solemne es celebrada en el día del aniversario».
Es de admirar que, después de tal sacrílego atentado, los judíos que presenciaron el milagro, reconocieron que Jesús verdaderamente el Mesías que anunciaban sus profetas, y por el cual esperaban sus padres, y mostrando su arrepentimiento, buscaron al obispo Deodato para recibir de él las aguas del Bautismo.
   
OREMOS POR LA CONVERSIÓN DE LOS JUDÍOS

martes, 20 de agosto de 2019

EL MILAGRO DE LA CRUZ EN ALEJANDRÍA

En el calendario copto se halla esta anotación para el día 14 de Nehasse (20 de Agosto):
Y en este día Dios hizo un gran milagro en la ciudad de Alejandría (por cuya causa muchos judíos creyeron), por medio del Santo Padre Teófilo, Arzobispo de la ciudad de Alejandría, tío de San Cirilo. El milagro era este: Había en la ciudad de Alejandría un judío muy rico cuyo nombre era Falaskinos [Filoxeno], temeroso de Dios y cumplidor de la Ley de Moisés, de acuerdo a sus capacidades. Y había en la ciudad de Alejandría dos hombres que eran cristianos, y ellos eran pobres y con sus manos obtenían el sustento. Y Satanás trajo al corazón de uno de ellos un pensamiento blasfemo, y le dijo a su compañero: “Oh mi hermano, ¿por qué nosotros servimos a Cristo y [seguimos] pobres, mientras que este Falaksinos, quien es judío, es excesivamente rico?”. Y su compañero respondió diciendo: “Oh mi hermano, sabe que las posesiones de este mundo no son nada ante Dios. Porque si Él tenía poder sobre ellas, no se las hubiera dado a los idólatras, ni a los fornicarios, ni a los ladrones, ni a los asesinos. Los profetas fueron pobres y vivieron en tribulación, y también los Apóstoles, y nuestro Señor dijo: ‘Los pobres son mis hermanos’”. Y Satanás, el odiador de las cosas buenas, no permitió que ese hombre recibiera ninguna de esas palabras, sino que se levantó y fue a ese judío Falaksinos, y le pidió diciendo: “Déjame ser tu siervo”. A lo que el judío respondió: “No me es conveniente que tú me sirvas. Yo solamente quiero un siervo que crea en mi fe, y que sea mi propio hombre. Si quieres limosna, te daré dinero, y luego márchate”. Y ese malvado hombre contestó diciendo: “Llévame a tu casa, y haré todo cuanto me ordenes”. Y el judío Falaksinos le respondió diciendo: “Espera que reciba consejo de mi maestro”. Y el judío partió y le dijo a su rabino cómo el hombre era cristiano. Y el rabino le dijo: “Si él ha negado a Cristo su Mesías, tómalo y circuncídale”. Y el judío regresó, y le dijo al cristiano lo que su maestro le dijo, y el malvado aceptó esta condición, y el judío lo tomó y lo llevó consigo a su sinagoga. Y el jefe de los judíos le preguntó a ese malvado cristiano ante todos los judíos, diciéndole: “¿Es verdad que tú deseas negar al Mesías, y convertirte en judío?”. Y el cristiano le dijo “”; y ese vil y despreciable hombre negó a nuestro Señor Jesucristo, nuestro Dios, ante los judíos. Entonces a su pobreza de dinero añadió la pobreza en la Fe. Y el jefe de los judíos les ordenó que hicieran para él una cruz de madera, y ellos la hicieron una cruz para él como el jefe de los judíos ordenó, y ellos le dieron una caña en cuya punta había una esponja llena de vinagre, y una lanza. Y le dijo al cristiano: “Escupe sobre esta cruz”. Y le ofreció el vinagre, diciéndole: “Traspasa [la cruz] con esta lanza, diciendo: ‘Te traspaso, oh Cristo’”. Y ese miserable hombre tomó la cruz y la lanza de ellos como le fue ordenado. Y cuando él perforó la honorable cruz con su maldita mano, brotó mucha sangre y agua, y cayendo al suelo, continuó fluyendo por largo tiempo. Y enseguida ese apóstata se derrumbó y murió, y se secó cual piedra. Y un gran temor cayó sobre todos estos judíos, y gritaban diciendo: “Uno es el Señor Dios de los Cristianos, y creemos en Él”. Y entonces el jefe de los judíos tomó un poco de esa sangre, y signó con ella los ojos de una niña que era ciega, y enseguida comenzó a ver. Y ese judío y todos los hombres de su casa creyeron, y muchos de los demás judíos creyeron. Y entonces uno fue y le dijo al Padre Teófilo, el Arzobispo, lo que había pasado, y levantándose, tomó consigo al Padre Cirilo, y muchos de los sacerdotes, y del pueblo, y fueron a la sinagoga de los judíos. Y el arzobispo vio la cruz con la sangre y el agua brotando de ella, y el santo se bendijo a sí mismo, e hizo en su frente la señal de la Cruz con la sangre, y así en la frente de toda la gente. Y ordenó, y tomaron la cruz con gran honor y la llevaron a la iglesia cantando himnos, donde la dejaron; y recogieron la sangre del suelo y la pusieron en un recipiente para “bendecirla”, y con ella sanaron a los enfermos. Y después de esto Falaksinos y todos los hombres de su casa, y muchos otros judíos, siguieron al arzobispo, y confesaron ante él a Jesucristo nuestro Señor, a Quien sus padres en tiempos antiguos crucificaron, y entonces él los bautizó con el bautismo cristiano en el Nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Y él se unió con ellos en la oración, les adminstró los Santos Misterios, y ellos partieron a sus casas regocijados, y alabando y dando gracias a Dios. Saludad a la conversión de los judíos.

domingo, 26 de mayo de 2019

SAN FELIPE NERI, APÓSTOL DE LOS JUDÍOS DE ROMA

Traducción del artículo publicado por Giulano Zoroddu en RADIO SPADA.
  
Antes que Nostra Ætáte existiese, y antes de que los modernistas (progresistas y conservadores, eméritos y deméritos) ondeasen alianzas nunca revocadas y mayorazgos, rindiendo honores tan impíos a los epígonos de Anás y de Caifás hasta excluirlos, con declaraciones públicas, del número de aquellos a los que debe ser anunciado el Evangelio de Jesucristo, la Iglesia siempre ha procurado la conversión del pueblo que un día fue elegido por Dios para preparar la venida del Mesías. Así, la Historia Eclesiástica nos presenta varios Santos y Beatos dedicados, sobre el ejemplo de los Apóstoles, al apostolado entre los judíos: San Vicente Ferrer (aquí), San Bernardino de Siena, San Juan de Capestrano. Y también San Felipe Neri, que los atendía con particular celo, como describe el padre Pietro Giacomo Bacci en el pasaje siguiente tomado de su Vita del b. Filippo Neri fiorentino fondatore della congregatione dell’Oratorio. Raccolta da’ processi fatti per la sua canonizatione (Roma, 1622).
  
Guido Reni, Visión de San Felipe Neri, 1614-15, Santa María en Vallicella (Chiesa Nuova), Roma.
  
«No sin embargo se enfrió en él el celo grande que tenía de la propagación de la Santa Fe: y aquello que no podía hacer en las Indias[1], no faltó, en cuanto le permitían sus fuerzas, de hacerlo en Roma . De modo que cuando veía algún hebreo, era tanto el deseo que tenía de su conversión, que solamente al mirarlo se sentía conmoverse interiormente, y muy frecuentemente prorrumpía en lágrimas y suspiros, no dejando de usar todo medio para convertirle.
  
Iba un día a San Juan Lateranense con Próspero Crivelli, al cual seguía un hebreo; y habiendo entrado en la Iglesia, y arrodilládose ante el Santísimo Sacramento, el hebreo solo se estaba con la cabeza cubierta, y con las espaldas vueltas al Altar. Viéndole Felipe, le dijo: “Escúchame, ¡oh hombre de bien!: haz conmigo esta oración: Si tú, Cristo, eres el verdadero Dios, inspírame el hacerme Cristiano”. Respondióle que no podía orar de aquella manera, porque sería dudar de su fe. Se volvió entonces Felipe a los circunstantes diciendo: “Rogad a Dios por este, porque sin dudar se hará Cristiano”: y así sucedió, porque de ahí a poco tiempo, mediante la oración y otros auxilios del Santo, se bautizó.
  
La vigilia de San Pedro y San Pablo, el sacerdote Marcello Ferro y uno de sus hijos espirituales, encontrando bajo el pórtico de San Pedro a dos chavales hebreos comenzaron a hablarles de las cosas de nuestra Fe, y en particular de la gloria de aquellos Santos Apóstoles, los cuales también fueron hebreos: y prolongando el razonamiento, poco a poco les persuadieron de ir un día a hablar con Felipe en San Jerónimo de la Caridad. Lo que pusieron ellos en obra, cuando el Santo les vio, les hizo atender; por lo cual siguieron por algunos meses ir a él casi todos los días. Mas pasado algún tiempo, el Santo no les vio regresar, y dijo a Marcello que buscase encontrar aquellos jóvenes de cualquier manera. Fue marcelo al lugar donde solían habitar, y le preguntó a su madre dónde estaban sus hijos; ella responde que uno estaba malísimo, y casi para morir; y haciendo Marcello istancia de quererlo visitar, la madre (así disponiendo Dios) lo dejó pasar, y entrado en la recámara, encontró al hebreo que estaba en peligro de muerte; y porque no quería tomar bocado, la mujer le pidió a Marcello que intentase darle alguna cosa, por ver si así la recibía de su mano: lo que muy voluntariamente aceptó hacer, y el hebreo recibió todo lo que Marcello le daba, y con esta ocasión, acercándosele a la oreja, le dice: “El Padre Felipe se te recomienda”; a cuyas palabras el enfermo se alegró; y Marcello al irse agrega: “Acuérdate que le has prometido al Padre que te harías Cristiano”. Responde: “Me acuerdo de ello, y quiero hacerlo, si Dios me da vida”. Refirió todo esto Marcello al Santo Padre, el cual dijo: “No dudes, que lo ayudaremos con la oración, y se convertirá”. Hecho esto, el hebreo se curó, y junto con su hermano retornó a Felipe; y ambos por su obra se hicieron Cristianos.
  
Redujo también a la fe un hebreo, hombre de las ricas y principales familias que habían entre ellos, el cual fue bautizado en la Iglesia de San Pedro. Y porque el padre de este, todavía hebreo, trataba mucho con él, dudando el Papa (que entonces era Gregorio XIII) que con la plática de su padre, el Bautizado no padeciera algún detrimento en la fe, dijo a Felipe que no le gustaba que el hijo platicase con el padre; pero Felipe respondió a su Santidad que lo dejaba practicar as{i, porque tenía esperanza cierta que por medio del hijo debía convertirse también el padre. Así pasó: por el hecho de esta ocasión el hebreo padre del bautizado se dejó guiar al Santo, que le habló con tanta eficacia de las cosas de nuestra Fe, que en poco tiempo también se hizo Cristiano.
  
Muchos años después sucedió que este hombre hizo traer de los hebreos a cuatro niños sobrinos suyos, a los cuales se les había muerto el padre, para hacerlos catequizar e instruirlos en la Santa Fe; y yendo un día de tantos a San Felipe (el cual ya había partido de San Jerónimo y llegó a la Vallicella como diremos en su lugar), el Santo les hizo atender como de costumbre, pero no entró en razonamientos de fe. Finalmente pasados que fueron muchos días, una tarde le dijo que querían encomendarse al Dios de Abrahán, Isaac y Jacon, para que les hiciesen conocer la verdad, porque Dios no deja engañar a nadie; y que él habría hecho la misma oración, añadiendo que la mañana siguiente en la Misa quería orar por ellos, y hacer fuerza a Dios; también dijo con otros: “Mañana en mi Misa dirán que sí”; y despues uno de ellos confesó en el proceso que esa mañana dijo que sí, porque le parecía que un espíritu decía “Dí que sí”. Llegada la mañana, estando ellos más renuentes que nunca, y habiendo sido combatidos de diferentes ideas por muchas horast, y permaneciendo más en su opinión, fue observado que en el mismo tiempo en que el Santo Padre decía Misa, súbitamente cambiaron, y dieron consentimiento a hacerse cristianos, y luego los que estaban presentes se acordaron de aquellas palabras que el Santo Varón había dicho la tarde anterior, esto es, de querer orar por ellos en la Misa, y hacerle fuerza a Dios.
  
Entre tanto, estando todos estos cuatro en nuestra Congregación con los Padres para ser catequizados, uno de ellos se enfermó, y agravóse de tal forma que al sexto día, previendo la muerte los Padres pensaron hacerle bautizar; pero yendo esa misma tarde Felipe a visitarlo, mandó a todos salir de la cámara, le tocó la frente, y poniendo una mano sobre el pecho del enfermo, oró por el por largo espacio de tiempo, elevándose como solía en el Altar, por exultación del espíritu, y le dice: “Yo no quiero que te mueras, porque los hebreos dirán que los Cristianos te han hecho morir, pero mañana mándame recordar que ore en la Misa”. Lo que oyendo el Padre Pietro Consolino que estaba presente, dice al muchacho: “Tú serás curado; porque este buen anciano otras veces ha hecho cosas similares”. Esa noche estuvo malísimo, y el médico que era Girolamo Cordella, habiéndole visitado la mañana siguiente, le dijo al tío que fuese a ver a su sobrino, porque estaba al fin de su vida. Pero viniendo la hora en la cual el Santo Padre solía decir Misa, el P. Consolino fue a preguntarle al enfermo si quería que fuese con el P. Felipe a recordarle lo que le dijo en la tarde, y respondiéndole que sí, fue, y acabado que hubo el Santo la Misa, el enfermo se levantó para sentarse en el lecho, como si no tuviese mal alguno, y llegando el tío para visitarlo lo encontró sin fiebre: luego del almuerzo regresó el médico, y tomádole el pulso, hízose la señal de la Cruz diciéndole: “Tenéis los médicos en casa, y él anda buscando fuera”. Cuando partió, encontrando por la calle a su paisano Giovanni Battista Martelli, le dijo: “Me ha sucedido algo grande: esta mañana he visitado un enfermo en la Vallicella, que estaba en peligro de muerte, y hoy he regresado, y lo he hallado sin fiebre, de modo que al comienzo pensé que los Padres pudieran haberme engañado, poniendo en el lecho a un sano en vez del enfermo”. Repuso Martelli: “En verdad lo ha curado el P. Felipe”; agregando el médico: “Esto es un gran milagro, y Felipe es un gran Santo”. La tarde siguiente el Santo Padre fue a visitar al enfermo, y le dijo al oído: “Hijo, tú habrías muerto irremisiblemente, pero yo no he querido esto a fin que tu madre no diga que nosotros te hicimos morir”. Habiéndose pues curado, fue él mismo con los otros hermanos al cabo de dos meses, en el día de los Santos Apóstoles Simón y Judas, bautizado por el Papa Clemente VIII en San Juan Lateranense, con grandísima alegría y contento, de ellos y del Santo.
 
Pero deseando ellos, bautizados que fueron, la conversión de su madre, tanto hicieron con los superiores, que obtuvieron hacerla llevar a casa de Julia Orsini, marquesa Rangona: y pidiéndole al Santo lo que esperaban, les respondió que ella se convertiría de otra forma: y que no era bueno para ellos que se convirtiera entonces; pero que lo haría en otro tiempo con mayor fruto, para sí y para ellos, como sucedió, pues al cabo de cinco o seis años ella se convirtió con otros parientes, hasta el número de 24: cosa que no hubiera sucedido si se hubiese convertido cuando deseaban los hijos».
 
P. PIETRO GIACOMO BACCI, CO. Vita di s. Filippo Neri fondatore della Congregazione dell’oratorio - Vida de San Felipe Neri, fundador de la Congregación del Oratorio, Roma, 1818 (primera edición en Roma, 1622), cap. XIII, párrafos 5-11, págs. 35-38.
  
NOTA
[1] El Santo estaba talmente entusiasmado por las cartas que de las Indias le enviaban los Padres Jesuitas, que maduró el deseo de unirse a la Compañía del amigo San Ignacio y partir a anunciar el Evangelio a los paganos. Expuso su propósito a un monje benedictino de San Pablo Extramuros, el cual le mandó aconsejarse con un Padre de la Orden Cisterciense, entonces Prior del Convento de los Santos Vicente y Anastasio en las Tres Fuentes llamado Agostino Ghettini, admirable en los carismas divinos. Éste, oyendo cuanto Felipe quería decirle, le pidió tiempo. Pasados pocos días, el Santo volvió al santo monje, el cual le refirió cómo se le apareció San Juan Evangelista y le había dicho que sus Indias debían estar en Roma, y que Dios quería servirse de su persona. Así Felipe Neri abandonó la idea de partir a tierras lejanas y se sujetó al divino beneplácito, que lo quería Apóstol de Roma.

domingo, 20 de enero de 2019

“Caí judío, y me levanté Cristiano”: CONVERSIÓN DE ALFONSO RATISBONNE

Traducción del artículo publicado en ALFONSO RATISBONNE - Visto en RADIO SPADA.
  
 
Alfonso Tobías Ratisbonne, un hombre de 27 años graduado en jurisprudencia, judío, comprometido, a quien le prometían el amor, las promesas y los recursos de sus padres, ricos banqueros emparentados con los Rothschild, el irrisor de los dogmas y de las prácticas católicas, el burlador de la Medalla Milagrosa, decidió un día, distraerse viajando y visitar algunas ciudades del Occidente y del Oriente, excluyendo Roma, que odiaba, siendo la sede del Papa. En Nápoles ocurre algo misterioso. Una fuerza irresistible lo llevó a reservar el puesto para el nuevo viaje, en vez de Palermo, escogió Roma. Arribado en la ciudad eterna, hizo visita a tantos amigos suyos, entre ellos el barón Teodoro María de Bussière, ferviente católico convertido desde el protestantismo. Este, sabiéndolo incrédulo, se arriesga, en las diferentes conversaciones, a hacerle tomar la medalla y prometer decir el Memoráre (Acordáos), la oración de San Bernardo a la Virgen María, a lo cual, sin embargo, con sonrisa burlona y desdén dice: “quiero decir que será para mí una ocasión, en mis conversaciones con los amigos, de poner en ridículo vuestras creencias”. Haz lo que quieras, le responde De Bussière, y se pone a orar con toda su familia por su conversión. El 20 de enero salieron los dos. Se detuvieron ante la iglesia de San Andrés de las Malezas. El católico fue a la sacristía para anotar una Misa por el funeral del conde Augusto de la Ferronnays, ex-embajador francés en Roma, mientras el judío prefirió visitar el templo, curioso de encontrar el arte, pero nada le atrae, no obstante las labores de Bernini, de Borromini, de Vanvitelli, de Maini y de otros artistas vivos y reconocidos. Era el mediodía. La iglesia desierta daba la imagen de un lugar abandonado, un perro negro pasó saltellante junto a él y desapareció. De un momento… dejo la palabra al vidente, según como tuvo que deponer con juramento, durante el proceso que se siguió… “Mientras caminaba por la iglesia y estaba disponiendo a los preparativos del funeral, de improviso me sentí preso por cierto turbamiento, y vi como un velo delante de mí, me parecía la iglesia toda oscura, excepto una capilla, que casi toda la luz de la misma Iglesia se hubiese consentrado en ella. Levanté los ojos hacia la capilla radiante de tanta luz, y vi sobre el Altar de la misma, de pie, viva, grande, majestuosa, bellísima y misericordiosa la Santísima Virgen María similar en el acto y en la estructura a la imagen que se ve en la Medalla Milagrosa de la Inmaculada. A tal vista yo caí de rodillas en el lugar donde me encontraba; buscaba, pues, varias veces elevar los ojos hacia la Santísima Virgen, pero la reverencia y el esplendor me los hacía bajar, lo que sin embargo no impedía la evidencia de aquella aparición. Fijé la mirada en Sus manos, y vi en ellas la expresión del perdón y de la misericordia. Aunque ella no me decía nada, comprendí el horror del estado en el que me encontraba, la deformidad del pecado, la belleza de la religión católica, en una palabra entendí todo. Caí judío, y me levanté cristiano”. En seguida el convertido hizo un bellísimo camino que lo llevó al sacerdocio y a partir como misionero a su tierra de Palestina, donde murió como santo[1].
  
NOTA
[1] Fue bautizado (con el nombre de Alfonso María), confirmado y recibió la comunión en la iglesia del Gesù el 31 de enero de 1842 por el Cardenal Constantino Patrizi-Naro, y el 20 de junio del mismo año entró en la Compañía de Jesús. Ordenado Sacerdote el 24 de septiembre de 1848, en 1852 dejó a los jesuitas y se unió a su hermano Teodoro (convertido en 1827 y ordenado sacerdote en 1830) en la congregación de los Padres de Nuestra Señora de Sion para la conversión de los judíos. Establecióse en Jerusalén, fue apóstol de la fe y de las obras de caridad, y se encargó también de redescubrir los lugares de la Pasión. Murió a los 80 años en Ain Kerem (patria de San Juan Bautista) el 6 de mayo de 1884.

viernes, 21 de abril de 2017

CONGREGACIÓN PENTECOSTAL REGRESA A ROMA A TRAVÉS DE CONSTANTINOPLA

Traducción del artículo publicado por Nicholas Wolfram Smith en CATHOLIC NEWS REGISTER


  
TUCSON, Ariz. — La frase “Cruzar el Tíber” ha sido usada para describir el ingreso de los protestantes a la Iglesia Católica. Pero un grupo de pentecostales en Arizona están “regresando a la casa de Roma” por Constantinopla, dejando su iglesia de las Asambleas de Dios por la Iglesia Católica Bizantina.
  
Joshua Mangels, un pastor en la iglesia de las Asambleas de Dios en Tucson (Arizona), sintió en su corazón un deseo creciente de unirse a la Iglesia Católica, que culminó con su renuncia a su puesto en la iglesia en Septiembre, y a iniciar el catecumenado un mes después en una parroqia católica bizantina local. Junto con él y su familia acudieron varios de su rebaño, pidiendo todos entrar con él a la Iglesia.
  
La primera experiencia de Mangels con el Catolicismo cuando fue adolescente en South Seattle. Él tenía una crisis de fe en ese entonces, dijo, “corriendo con los niños del barrio” y mientras jugaban baloncesto, una anciana católica llamada Karen le pidió que la ayudara con un estudio de la Biblia que ella dirigía en el centro comunitario.
  
“Eso renovó mi fe, y en lugar de correr por el barrio, regresé a la iglesia y sentí el llamado de alcanzar almas y evangelizar”, señaló Mangels.
  
Entró al ministerio, eventualmente tomando posesión en Tucson como pastor en una iglesia de las Asambleas de Dios. Aunque amaba el ministerio, dijo, comenzó a sentirse “frustrado con los vientos de cambio de doctrina y las novedades y presiones del mercadeo eclesial”.
  
En su camino a casa desde una conferencia de pastores que lo hizo sentirse decepcionado, comenzó a escuchar un apostolado católico que un amigo le recomendó. La predicación era sobre los pecados mortales, dijo Mangels, y aunque no sabía que el predicador era católico, estaba impresionado.
 
“Fue como beber agua fresca”, dijo, cuando escuchó la enseñanza de los Padres de la Iglesia y la historia de la Iglesia que nunca antes había encontrado.
  
“Escuché esto por dos horas y media mientras conducía a casa, y cuando regresé, mi esposa me preguntó cómo estuvo la conferencia, y le dije: ‘Era terrible, pero tienes que escuchar esto’”.
  
Conversión del corazón y de la mente
Ese fue el comienzo de su camino de búsqueda en la Iglesia Católica. Mangels comenzó a buscar a otros pastores de las Asambleas de Dios que habían entrado a la Iglesa y exploraron las primeras enseñanzas de la Iglesia. Él pidió varios escritos de los Padres de la Iglesia, también.
  
“Cuando leo a los Padres de la Iglesia. es cuando los Sacramentos comienzan a abrirse para mí, y comencé a ver cuán central era la Eucaristía para la primera Iglesia”, dijo. Él concluyó que “si la Eucaristía fue ordenada por Cristo, quiero recibir al Señor”.
  
Él y su esposa, Teresa, pasarían despiertos varias horas en la noche, leyendo sobre el Catolicismo y hablando sobre lo que habían aprendido.
  
“Inicialmente, mi esposa y yo hicimos estos acuerdos de caballeros de no leer más literatura católica o ver más apostolado de predicación, cuando la pérdida del trabajo y de mi hogar era inminente si continuábamos”, recordó Mangels. “Incluso una vez pusimos todos nuestros libros en la parte trasera del estacionamiento y acordamos ‘no hablar del Catolicismo’ por dos semanas. Pero terminamos discutiendo cada noche sobre los Padres, los Sacramentos, la primera Iglesia y todo eso”.
  
En Julio, él comenzó a enseñarle a su congregación en el servicio de los miércoles sobre la primera Iglesia, pasando por San Policarpo, San Justino Mártir, la Didajé y otras partes de la Cristiandad naciente. Para varios jóvenes adultos en la congregación, estas lecciones catalizaron su propio discernimiento de unirse a la Iglesia Católica.
  
Rebecca McCloskey, una antigua miembro de la congregación de Mangels, comentó al Register que ya había comenzado antes a investigar sobre el Catolicismo y que las clases de los miércoles por la noche alimentaron este deseo en su corazón. Ella recordó su sorpresa al escucharlo predicar y cuán alineada estaba esta predicación con lo que estaba aprendiendo sobre la fe católica. “Pensaba”, dijo, “¿mi pastor sabe lo que está enseñando?”.
  
Lisa Gray, otro miembro de la congregación, que estaba buscando convertirse en pastora certificada, recuerda cómo, después de que Mangels mencionara que habían 40.000 denominaciones protestantes, ella pensó “Si hay 40.000 denominaciones, ¿somos parte del problema o parte de la solución?”
  
“Amaba pastorear,; amaba predicar. Predicaba en reuniones de campo y avivamientos: Estaba teniendo el tiempo de mi vida, pero era católica en mi corazón”, dijo Mangels. Y la presión comenzó a hacerlo tomar una decisión trascendental.
  
En Septiembre, él le dijo a su congregación que renunciaría como pastor y entraría al catecumenado de la Iglesia Católica con su familia.
 
Mirando al Este
Cuando la familia Mangels había decidido convertirse al catolicismo, no habían decidido dónde empezar. El organizador de una marcha pro-vida a la que asistieron les sugirió que hablaran con el padre Bob Rankin, párroco de la Iglesia Católica Bizantina Santa Melania.
  
Ellos vinieron a desayunar, dijo el padre Rankin.
“Él trataba de reforzar su idea sobre convertirse en católico, y el primer sacerdote que visitó no pertenece al Rito Romano”, dijo el sacerdote a Register. “Usaba paquetes de azúcar en la mesa para explicar teología dogmática y eclesiología”.
  
El padre Rankin explicó que, a pesar de las diferencias superficiales entre un estilo de adoración pentecostal y la Divina Liturgia, “vinieron a la iglesia correcta para el tipo de espiritualidad que tenían”.
  
“Ellos vienen de ese ambiente pentecostal, así que ellos tienen esa experiencia de conversión y de entregar sus vidas a Cristo. Ellos querían una liturgia que era demostrativa, y en la Liturgia Oriental, esto es agradable, adoracional: Estás destinado para experimentar a Dios; estás destinado a romper en llanto”.
  
McCloskey coincide con lo anterior, diciendo que la Divina Liturgia “se siente como el Cielo en la tierra”.
  
Teresa Mangels también tuvo una experiencia similar. Ella le contó a Register que estaba asombrada de que Cristo “nos diera verdaderamente su Cuerpo y Sangre —cada liturgia estoy de lágrimas, y mis se acercan a preguntarme si estoy bien. Estoy tan feliz”.
  
Dijo el padre Rankin que sus nuevos catecúmenos trajeron un admirable celo a su iglesia. Mientras él despedía la homilía, no estaba acostumbrado a que sus feligreses dijeran “Amén” durante su prédica. Él también aprecia cuánta disposición muestran los catecúmenos para la conserjería.
  
“Lo primero que pasan preguntando es: ‘¿Cuándo traemos nuestros sobres?’”, dijo el padre Rankin. “Tenía gente aquí hace 20 años que nunca me lo han pedido”.
 
Triunfo pascual, gozo pascual
Mons. Gerald Dino, obispo retirado de la Eparquía Católica Bizantina de Phoenix, contó a Register que estaba “sorprendido por tener el honor” de recibir a los catecúmenos en la Iglesia de Santa Melania, y de este modo “cumplir la voluntad de Jesús de hacer discípulos de todas las naciones”.
  
Los Mangels y los otros miembros de su antigua congregación están buscando avanzar a su nueva experiencia de gozo pascual. McCloskey dijo que en comparación a sus previas celebraciones de Pascua, “estaremos realmente reviviendo la Crucifixión y la Resurrección. Será completamente diferente de cualquier cosa que haya experimentado antes”.
 
“No puedo expresar mi anticipación de recibir la Eucaristía,” dijo Josh . “Estoy viendo hacia el tiempo pascual y una temporada de gozo, como la Cuaresma ha sido especialmente solemne”.
  
Teresa dijo que esta Pascua será algo que ellos “nunca olvidarán”. “Este será uno de los mejores años de nuestras vidas, por todas las cosas que [Jesús nos ha] traído hasta este punto”, afirmó.
  
“Ahora, estaremos entrando realmente a su Pasión, y simplemente es bello e increíble: He esperado toda mi vida en participar del Cuerpo del Señor, que incluso no conocía”.
 
COMENTARIO DEL TRADUCTOR
La “Iglesia Católica Bizantina” (oficialmente llamada Iglesia Greco-Católica Rutena) es una iglesia oriental católica perteneciente a la tradición litúrgica bizantina que surgió al reconciliarse los ortodoxos de la región de Zacarpatia en Ucrania por la Unión de Úzhgorod en 1646, separándose del Patriarcado de Moscú. Tienen gran presencia sobre todo en Ucrania, Estados Unidos y Chequia (un dato curioso: el artista pop Andy Warhol era perteneciente de esta iglesia). Está fuertemente afectada por las decisiones del Vaticano II y sus pontífices, tanto en materia litúrgica como disciplinaria, por la pretensión conciliar de “retornar a las raíces”.

miércoles, 3 de noviembre de 2010

SÍMBOLO DE NICEA EN HEBREO


Es verdad de fe contenida en la Sagrada Escritura que al fin de los tiempos, los judíos se convertirán a Yeshua ha Mashiaj (Jesucristo) en el seno de la Iglesia Una, Santa, Católica y Apostólica. Pero, para esto necesitan un gran milagro de Dios, y conocer la Doctrina de Salvación.

Con este fin, publicamos el Símbolo de Nicea en hebreo.

אני מאמין באלוהים אחד, האב הכול יכול, בורא שמיים וארץ, כל הגלוי וכל הסמוי. ובאדון אחד, ישוע המשיח, בן יחיד לאלוהים, אשר נולד מן האב לפני כל הדורות. אל מאל, אור מאור, אל אמת מאל אמת. לא נברא כי אם מולד; עצמו עצם האב ועל ידו נעשה הכל, בעבורנו, בני האדם, ולמען ישענו ירד מן השמיים; ובמעשה רוח הקודש נהיה בשר ברחם מרים הבתולה והיה לאדם. נצלב למעננו, סבל בימי פונטיוס פילאטוס, ונקבר. וביום השלישי קם לתחיה כדבר הכתוב, ועלה השמיימה, והוא יושב לימין האב. ושוב ישוב בהוד לשפוט את החיים ואת המתים ולא יהיה קץ למלכותו. אני מאמין ברוח הקודש, האדון, המחייה, הנובע מהאב ומהבן. לו סוגדים ולו נותנים יקר - כלאב וכלבן, והוא אשר דיבר בפני הנביאים. אני מאמין בכנסייה האחת, הקדושה, הקתולית והשליחית, ואני מכיר בכך שישנה טבילה אחת למחילת החטאים, ומצפה לתחיית המתים ולחיי העולם הבא. אמן.

jueves, 21 de octubre de 2010

EL CARDENAL BEATO JOHN HENRY NEWMANN: EL "GEMELO MALVADO" DEL VATICANO II

El domingo 18 de Septiembre, estaba viendo por televisión la beatificación del Cardenal John Henry Newmann, un anglicano convertido al Catolicismo, cuyo escudo cardenalicio es el siguiente. 

 Escudo cardenalicio de John Henry Newmann

Y en medio de la ceremonia, Ratzinger Palpatine alias "Benedicto XVI" dijo del beato: "Era verdaderamente un precursor del ecumenismo, un padre espiritual del Vaticano II". Al oir estas palabras, me reí a carcajadas durante el resto de la transmisión. Porque sabía que la mentalidad y espiritualidad del cardenal Newmann eran diametralmente opuestas a la del CV2, un "gemelo malvado" de éste en pocas palabras. A este fin, publicamos el discurso que John Henry Newmann pronunció al ser nombrado cardenal.

Desde Radio Cristiandad

Para que veáis cuán “ecuménico” y  “padre espiritual del Concilio Vaticano II” fue el flamante Beato John Henry Cardenal Newman.

Beato John Henry Cardenal Newmann 

Muchas gracias a nuestro anónimo amigo

Discurso de Newman en Roma al recibir el Biglietto que le anunciaba su designación cardenalicia (12 de mayo de 1879)




En la mañana del lunes 12 de mayo, Newman fue al Palazzo della Pigna, la residencia del Cardenal Howard, que le había cedido sus apartamentos para recibir allí al mensajero del Vaticano que traía el Biglietto de parte del Cardenal Secretario de Estado, informándole que en un Consistorio secreto, que había tenido lugar esa misma mañana, el Santo Padre le había elevado a la dignidad de Cardenal. A las once en punto, las habitaciones estaban llenas de católicos ingleses y americanos, tanto eclesiásticos como laicos, y también muchos miembros de la nobleza romana y dignatarios de la Iglesia, reunidos para ser testigos de la ceremonia. Poco después del mediodía fue anunciado el mensajero consistorial. Al entrar entregó el Biglietto en manos de Newman, quien, después de romper el sello, lo pasó a Mons. Clifford, obispo de Clifton, el cual leyó el contenido en voz alta. Luego, el mensajero informó al nuevo Cardenal que Su Santidad lo recibiría en el Vaticano a las diez de la mañana del día siguiente, para conferirle la birreta cardenalicia. Después de los acostumbrados cumplidos, Su Eminencia el Cardenal John Henry Newman pronunció el siguiente discurso, que desde entonces es conocido como Biglietto Speech. El primer párrafo lo pronunció en italiano:

“Le agradezco, Monseñor, la participación que me hecho del alto honor que el Santo Padre se ha dignado conferir sobre mi humilde persona. Y si le pido permiso para continuar dirigiéndome a Ud., no en su idioma musical, sino en mi querida lengua materna, es porque en ella puedo expresar mis sentimientos, sobre este amabilísimo anuncio que me ha traído, mucho mejor que intentar lo que me sobrepasa.

En primer lugar, quiero hablar del asombro y la profunda gratitud que sentí, y siento aún, ante la condescendencia y amor que el Santo Padre ha tenido hacia mí al distinguirme con tan inmenso honor. Fue una gran sorpresa. Jamás me vino a la mente semejante elevación, y hubiera parecido en desacuerdo con mis antecedentes. Había atravesado muchas aflicciones, que han pasado ya, y ahora me había casi llegado el fin de todas las cosas, y estaba en paz. ¿Será posible que, después de todo, haya vivido tantos años para esto? Tampoco es fácil ver cómo podría haber soportado un impacto tan grande si el Santo Padre no lo hubiese atemperado con un segundo acto de condescendencia hacia mí, que fue para todos los que lo supieron una evidencia conmovedora de su naturaleza amable y generosa. Se compadeció de mí y me dijo las razones por las cuales me elevaba a esta dignidad. Además de otras palabras de aliento, dijo que su acto era un reconocimiento de mi celo y buen servicio de tanto años por la causa católica, más aún, que creía darles gusto a los católicos ingleses, incluso a la Inglaterra protestante, si yo recibía alguna señal de su favor. Después de tales palabras bondadosas de Su Santidad, hubiera sido insensible y cruel de mi parte haber tenido escrúpulos por más tiempo.

Esto fue lo que tuvo la amabilidad de decirme, ¿y qué más podía querer yo? A lo largo de muchos años he cometido muchos errores. No tengo nada de esa perfección que pertenece a los escritos de los santos, es decir, que no podemos encontrar error en ellos. Pero lo que creo poder afirmar sobre todo lo que escribí es esto: que hubo intención honesta, ausencia de fines personales, temperamento obediente, deseo de ser corregido, miedo al error, deseo de servir a la Santa Iglesia, y, por la misericordia divina, una justa medida de éxito.   Y  me alegra decir que me he opuesto desde el comienzo a un gran mal. Durante treinta, cuarenta, cincuenta años, he resistido con lo mejor de mis fuerzas al espíritu del liberalismo en religión. ¡Nunca la Santa Iglesia necesitó defensores contra él con más urgencia que ahora, cuando desafortunadamente es un error que se expande como una trampa por toda la tierra! Y en esta ocasión, en que es natural para quien está en mi lugar considerar el mundo y mirar la Santa Iglesia tal como está, y su futuro, espero que no se juzgará fuera de lugar si renuevo la protesta que hecho tan a menudo.

El liberalismo religioso es la doctrina que afirma que no hay ninguna verdad positiva en religión, que un credo es tan bueno como otro, y esta es la enseñanza que va ganando solidez y fuerza diariamente. Es incongruente con cualquier reconocimiento de cualquier religión como verdadera. Enseña que todas deben ser toleradas, pues todas son materia de opinión. La religión revelada no es una verdad, sino un sentimiento o gusto; no es un hecho objetivo ni milagroso, y está en el derecho de cada individuo hacerle decir tan sólo lo que impresiona a su fantasía. La devoción no está necesariamente fundada en la fe. Los hombres pueden ir a iglesias protestantes y católicas, pueden aprovechar de ambas y no pertenecer a ninguna. Pueden fraternizar juntos con pensamientos y sentimientos espirituales sin tener ninguna doctrina en común, o sin ver la necesidad de tenerla. Si, pues, la religión es una peculiaridad tan personal y una posesión tan privada, debemos ignorarla necesariamente en las interrelaciones de los hombres entre sí. Si alguien sostiene una nueva religión cada mañana, ¿a ti qué te importa? Es tan impertinente pensar acerca de la religión de un hombre como acerca de sus ingresos o el gobierno de su familia. La religión en ningún sentido es el vínculo de la sociedad.

Hasta ahora el poder civil ha sido cristiano. Aún en países separados de la Iglesia, como el mío, el dicho vigente cuando yo era joven era: “el cristianismo es la ley del país”. Ahora, en todas partes, ese excelente marco social, que es creación del cristianismo, está abandonando el cristianismo. El dicho al que me he referido se ha ido o se está yendo en todas partes, junto con otros cien más que le siguen, y para el fin del siglo, a menos que interfiera el Todopoderoso, habrá sido olvidado. Hasta ahora, se había considerado que sólo la religión, con sus sanciones sobrenaturales, era suficientemente fuerte para asegurar la sumisión de nuestra población a la ley y al orden. Ahora, los filósofos y los políticos están empeñados en resolver este problema sin la ayuda del cristianismo. Reemplazarían la autoridad y la enseñanza de la Iglesia, antes que nada, por una educación universal y completamente secular, calculada para convencer a cada individuo que su interés personal es ser ordenado, trabajador y sobrio. Luego, para el funcionamiento de los grandes principios que toman el lugar de la religión, y para el uso de las masas así educadas cuidadosamente, se provee de las amplias y fundamentales verdades éticas de justicia, benevolencia, veracidad, y semejantes, de experiencia probada, y de aquellas leyes naturales que existen y actúan espontáneamente en la sociedad, y en asuntos sociales, sean físicas o psicológicas, por ejemplo, en el gobierno, en los negocios, en las finanzas, en los experimentos sanitarios, y en las relaciones internacionales. En cuanto a la religión, es un lujo privado que un hombre puede tener si lo desea, pero por el cual, por supuesto, debe pagar, y que no debe imponer a los demás ni permitirse fastidiarlos.

El carácter general de esta gran apostasía es uno y el mismo en todas partes, pero en detalle, y en carácter, varía en los diferentes países. En cuanto a mí, hablaría mejor de mi propio país, que sí conozco. Creo que allí amenaza con tener un formidable éxito, aunque no es fácil ver cuál será su resultado final. A primera vista podría pensarse que los ingleses son demasiado religiosos para un movimiento que, en el continente, parece estar fundado en la infidelidad. Pero nuestra desgracia es que, aunque termina en la infidelidad como en otros lugares, no necesariamente brota de la infidelidad. Se debe recordar que las sectas religiosas que se difundieron en Inglaterra hace tres siglos, y que son tan poderosas ahora, se han opuesto ferozmente a la unión entre la Iglesia y el Estado, y abogarían por la descristianización de la monarquía y de todo lo que le pertenece, bajo la noción de que semejante catástrofe haría al cristianismo mucho más puro y mucho más poderoso. Luego, el principio liberal nos está forzando por la necesidad del caso. Considerad lo que se sigue por el mismo hecho de que existen tantas sectas. Se supone que son la religión de la mitad de la población, y recordad que nuestro modo de gobierno es popular. Uno de cada doce hombres tomados al azar en la calle tiene participación en el poder político, y cuando les preguntáis sobre sus creencias representan una u otra de por lo menos siete religiones. ¿Cómo puede ser posible que actúen juntos en asuntos municipales o nacionales si cada uno insiste en el reconocimiento de su propia denominación religiosa? Toda acción llegaría a un punto muerto a menos que el tema de la religión sea ignorado. No podemos ayudarnos a nosotros mismos. Y, en tercer lugar, debe tenerse en cuenta que hay mucho de bueno y verdadero en la teoría liberal. Por ejemplo, y para no decir más, están entre sus principios declarados y en las leyes naturales de la sociedad, los preceptos de justicia, veracidad, sobriedad, autodominio y benevolencia, a los que ya me he referido. No decimos que es un mal hasta no descubrir que esta serie de principios está propuesta para sustituir o bloquear la religión. Nunca ha habido una estratagema del Enemigo ideada con tanta inteligencia y con tal posibilidad de éxito. Y ya ha respondido a la expectativas que han aparecido sobre la misma. Está haciendo entrar majestuosamente en sus filas a un gran número de hombres capaces, serios y virtuosos, hombres mayores de aprobados antecedentes, y jóvenes con una carrera por delante.

Tal es el estado de cosas en Inglaterra, y es bueno que todos tomemos conciencia de ello. Pero no debe suponerse ni por un instante que tengo temor de ello. Lo lamento profundamente, porque preveo que puede ser la ruina de muchas almas, pero no tengo temor en absoluto de que realmente pueda hacer algún daño serio a la Palabra de Dios, a la Santa Iglesia, a nuestro Rey Todopoderoso, al León de la tribu de Judá, Fiel y Veraz, o a Su Vicario en la tierra. El cristianismo ha estado tan a menudo en lo que parecía un peligro mortal, que ahora debemos temer cualquier nueva adversidad. Hasta aquí es cierto. Pero, por otro lado, lo que es incierto, y en estas grandes contiendas es generalmente incierto, y lo que es comúnmente una gran sorpresa cuando se lo ve, es el modo particular por el cual la Providencia rescata y salva a su herencia elegida, tal como resulta. Algunas veces nuestro enemigo se vuelve amigo, algunas veces es despojado de esa especial virulencia del mal que es tan amenazante, algunas veces cae en pedazos, algunas veces hace sólo lo que es beneficioso y luego es removido. Generalmente, la Iglesia no tiene nada más que hacer que continuar en sus propios deberes, con confianza y en paz, mantenerse tranquila y ver la salvación de Dios. “Los humildes poseerán la tierra y gozarán de inmensa paz” (Salmo 37,11).[1]

Su Eminencia habló con voz fuerte y clara, y aún cuando estuvo de pie todo el tiempo no mostró signos de fatiga.

El texto fue telegrafiado a Londres por el corresponsal del “The Times” y apareció completo en el periódico al día siguiente. Más aún, gracias a la bondad del Padre Armellini, S.J., que lo tradujo al italiano durante la noche, salió completo en “L’Osservatore Romano” del día siguiente.

Traducción y comentario Fernando María Cavaller


(1) El texto original está en My Campaign in Ireland, Aberdeen, 1896, pp.393-400. Puede verse el original aquí

sábado, 10 de julio de 2010

EL VERDADERO ECUMENISMO: ABJURAR DE LA HEREJÍA Y CONVERTIRSE AL CATOLICISMO

Desde Santa Iglesia Militante

De pastor luterano a sacerdote católico, sin caer en el modernismo: verdadero ecumenismo en una historia de vida que vale la pena leer.
 
Sten Sandmark fue pastor de la iglesia luterana sueca. “Iglesia” que tiene desde una mujer lesbiana como “obispo” hasta un reconocimiento de los “matrimonios homosexuales” (por no hablar del divorcio: un obispo va por su tercer “matrimonio”). 

El pastor se da cuenta de que esa caricatura de iglesia no puede ser la verdadera fe. 

Entonces se convierte y tiene una entrevista con el obispo católico de Estocolmo, Mons. Arborelius… 

Con este obispo, con los ritos que ve celebrar y con la doctrina que oye predicar… llega a la conclusión que es inútil, según sus palabras, dejar el luteranismo oficial para encontrarlo, como tal, desde una perspectiva con diferente nombre, al otro lado. Sigue, entonces, siendo pastor. 

Un día, sin embargo, la Fraternidad Sacerdotal San Pío X organiza una misión en ese país, donde el catolicismo no llega al 1%. El pastor, particularmente intrigado, asistió a la ceremonia. Estamos en el año 2005. 

La Santa Misa de siempre lo conmueve hasta las lágrimas. Comprende la verdadera Fe expresada en aquella celebración, y decide convertirse.

Vuelve a pedir consejo a Mons. Arborelius, pero este se burla de él diciendo que ahora la Misa a la que asistió sobrevive sólo entre pequeños grupos de fundamentalistas. 

Pero esta vez el pastor ya no se desanimó: por fin encontró la verdadera Fe. 

Y así un año más tarde, en julio de 2006, en la iglesia de San Nicolás de Chardonnet, realiza un acto que la Iglesia oficial no requiere más: la formal, solemne y pública retractación del luteranismo y la profesión de la fe católica. 

En un templo abarrotado por más de 1.000 personas, a continuación del salmo Miserere, llega el momento del levantamiento de la excomunión (en la que había incurrido como herético), la administración de la Confirmación y el canto solemne del Credo.

Así, el ex pastor entra en el seminario para convertirse en un sacerdote católico.

El deseo de Sten Sandmark se ha realizado el pasado 26 de junio en el seminario internacional de la FSSPX en Zaitzkofen, Alemania, con su ordenación sacerdotal.

* * *

Fotografías: Ceremonia de abjuración (30-6-2.006):

 
De diácono hacia el sacerdocio, el día de su ordenación (26-6-2.010):


Fotografías de la ordenación sacerdotal:


Su primera Misa (27-6-2.010):


Fotografías: La Porte Latine (aquí, aquí y aquí)

martes, 4 de mayo de 2010

SANTA MÓNICA, MADRE DE SAN AGUSTÍN

Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí,
llorad por vosotras mismas y por vuestros hijos.
(Lucas 23, 28)

Santa Mónica y su hijo San Agustín

Mónica, la madre de San Agustín, nació en Tagaste (África del Norte) a unos 100 km de la ciudad de Cartago en el año 332.

Sus padres encomendaron la formación de sus hijas a una mujer muy religiosa y estricta en disciplina. Ella no las dejaba tomar bebidas entre horas (aunque aquellas tierras son de clima muy caliente ) pues les decía: "Ahora cada vez que tengan sed van a tomar bebidas para calmarla. Y después que sean mayores y tengan las llaves de la pieza donde esta el vino, tomarán licor y esto les hará mucho daño." Mónica le obedeció los primeros años pero, después ya mayor, empezó a ir a escondidas al depósito y cada vez que tenía sed tomaba un vaso de vino. Más sucedió que un día regañó fuertemente a un obrero y éste por defenderse le gritó ¡Borracha! Esto le impresionó profundamente y nunca lo olvidó en toda su vida, y se propuso no volver a tomar jamás bebidas alcohólicas. Pocos meses después fue bautizada (en ese tiempo bautizaban a la gente ya entrada en años) y desde su bautismo su conversión fue admirable.

Ella deseaba dedicarse a la vida de oración y de soledad pero sus padres dispusieron que tenía que esposarse con un hombre llamado Patricio. Este era un buen trabajador, pero de genio terrible, además mujeriego, jugador y pagano, que no tenía gusto alguno por lo espiritual. La hizo sufrir muchísimo y por treinta años ella tuvo que aguantar sus estallidos de ira ya que gritaba por el menor disgusto, pero éste jamás se atrevió a levantar su mano contra ella. Tuvieron tres hijos: dos varones y una mujer. Los dos menores fueron su alegría y consuelo, pero el mayor Agustín, la hizo sufrir por varias décadas.

En aquella región del norte de Africa donde las personas eran sumamente agresivas, las demás esposas le preguntaban a Mónica porqué su esposo era uno de los hombres de peor genio en toda la ciudad, pero que nunca la golpeaba, y en cambio los esposos de ellas las golpeaban sin compasión. Mónica les respondió : "Es que, cuando mi esposo está de mal genio, yo me esfuerzo por estar de buen genio. Cuando él grita, yo me callo. Y como para pelear se necesitan dos y yo no acepto entrar en pelea, pues... no peleamos".

Patricio no era católico, y aunque criticaba el mucho rezar de su esposa y su generosidad tan grande hacia los pobres, nunca se opuso a que dedicará de su tiempo a estos buenos oficios, y el ejemplo de vida de su esposa logro su conversión. Mónica rezaba y ofrecía sacrificios por su esposo y al fin alcanzó de Dios la gracia de que en el año de 371 Patricio se hiciera bautizar, y que lo mismo hiciera su suegra, mujer terriblemente colérica que por meterse demasiado en el hogar de su nuera le había amargado grandemente la vida a la pobre Mónica. Un año después de su bautizo, Patricio murió, dejando a la pobre viuda con el problema de su hijo mayor.

Patricio y Mónica se habían dado cuenta de que Agustín era extraordinariamente inteligente, y por eso decidieron enviarle a la capital del estado, a Cartago, a estudiar filosofía, literatura y oratoria. Pero a Patricio, en aquella época, solo le interesaba que Agustín sobresaliera en los estudios, fuera reconocido y celebrado socialmente y sobresaliese en los ejercicios físicos. Nada le importaba la vida espiritual o la falta de ella de su hijo y Agustín, ni corto ni perezoso, fue alejándose cada vez más de la fe y cayendo en mayores y peores pecados y errores.

Cuando murió su padre, Agustín tenía 17 años y empezaron a llegarle a Mónica noticias cada vez más preocupantes del comportamiento de su hijo. En una enfermedad, ante el temor a la muerte, se hizo instruir acerca de la religión y propuso hacerse católico, pero al ser sanado de la enfermedad abandonó su propósito de hacerlo. Adoptó las creencias y prácticas de una la secta Maniquea, que afirmaban que el mundo no lo había hecho Dios, sino el diablo. Y Mónica, que era bondadosa pero no cobarde, ni débil de carácter, al volver su hijo de vacaciones y escucharle argumentar alsedades contra la verdadera religión, lo echó sin más de la casa y cerró las puertas, porque bajo su techo no albergaba a enemigos de Dios.

Sucedió que en esos días Mónica tuvo un sueño en el que se vio en un bosque llorando por la pérdida espiritual de su hijo, Se le acercó un personaje muy resplandeciente y le dijoÑ "tu hijo volverá contigo", y enseguida vio a Agustín junto a ella. Le narró a su hijo el sueño y él le dijo lleno de orgullo, que eso significaba que ello significaba que se iba a volver maniquea, como él. A eso ella respondió: "En el sueño no me dijeron, la madre irá a donde el hijo, sino el hijo volverá a la madre". Su respuesta tan hábil impresionó mucho a su hijo Agustín, quien más tarde consideró la visión como una inspiración del cielo. Esto sucedió en el año 437. Aún faltaban 9 años para que Agustín se convirtiera.

En cierta ocasión Mónica contó a un Obispo que llevaba años y años rezando, ofreciendo sacrificios y haciendo rezar a sacerdotes y amigos por la conversión de Agustín. El obispo le respondió: "Esté tranquila, es imposible que se pierda el hijo de tantas lágrimas". Esta admirable respuesta y lo que oyó decir en el sueño, le daban consuelo y llenaban de esperanza, a pesar de que Agustín no daba la más mínima señal de arrepentimiento.

A los 29 años, Agustín decide irse a Roma a dar clases. Ya era todo un maestro. Mónica se decide a seguirle para intentar alejarlo de las malas influencias pero Agustín al llegar al puerto de embarque, su hijo por medio de un engaño se embarca sin ella y se va a Roma sin ella. Pero Mónica, no dejándose derrotar tan fácilmente toma otro barco y va tras de él.

En Milán; Mónica conoce al santo más famoso de la época en Italia, el célebre San Ambrosio, Arzobispo de la ciudad. En él encontró un verdadero padre, lleno de bondad y sabiduría que le impartió sabios. Además de Mónica, San Ambrosio también tuvo un gran impacto sobre Agustín, a quien atrajo inicialmente por su gran conocimiento y poderosa personalidad. Poco a poco comenzó a operarse un cambio notable en Agustín, escuchaba con gran atención y respeto a San Ambrosio, desarrolló por él un profundo cariño y abrió finalmente su mente y corazón a las verdades de la fe católica.

En el año 387, ocurrió la conversión de Agustín, se hizo instruir en la religión y en la fiesta de Pascua de Resurrección de ese año se hizo bautizar.

Agustín, ya convertido, dispuso volver con su madre y su hermano, a su tierra, en África, y se fueron al puerto de Ostia a esperar el barco. Pero Mónica ya había conseguido todo lo que anhelaba es esta vida, que era ver la conversión de su hijo. Ya podía morir tranquila. Y sucedió que estando ahí en una casa junto al mar, mientras madre e hijo admiraban el cielo estrellado y platicaban sobre las alegrías venideras cuando llegaran al cielo, Mónica exclamó entusiasmada: "¿ Y a mí que más me amarra a la tierra? Ya he obtenido de Dios mi gran deseo, el verte cristiano." Poco después le invadió una fiebre, que en pocos días se agravó y le ocasionaron la muerte. Murió a los 55 años de edad del año 387.

A lo largo de los siglos, miles han encomendado a Santa Mónica a sus familiares más queridos y han conseguido conversiones admirables.

En algunas pinturas, está vestida con traje de monja, ya que por costumbre así se vestían en aquél tiempo las mujeres que se dedicaban a la vida espiritual, despreciando adornos y vestimentas vanidosas). También la vemos con un bastón de caminante, por sus muchos viajes tras del hijo de sus lágrimas. Otros la han pintado con un libro en la mano, para rememorar el momento por ella tan deseado, la conversión definitiva de su hijo, cuando por inspiración divina abrió y leyó al azar una página de la Biblia.
MEDITACIÓN SOBRE LA PRIVACIÓN DE CONSUELOS ESPIRITUALES 

I. Dios permite, algunas veces, que sus elegidos queden privados de consolaciones al punto de no encontrar descanso ni en la oración. No te asombres de este triste estado: Dios lo ve y lo permite, y a menudo es su autor. ¿Jesucristo no fue, acaso, sumergido en esta tristeza mortal en el Huerto de los Olivos y en la cruz, cuando dulcemente se quejaba de que su Padre lo hubiera abandonado? Cuando estés en este estado de desolación, resígnate generosamente a la voluntad de Dios y resuélvete a sufrir por todo el tiempo que a Él le plazca. Reza con humildad, continúa tus ejercicios de piedad: si los haces con menos gusto y consuelo, los harás con más mérito.

II. Cuando Dios permite que así seas privado de todo consuelo, Él lo hace, ya para castigar tu tibieza, ya para darte a entender que la devoción sensible, que antes tenías, era un don de su pura bondad; o para hacerte estimar las consolaciones, que menos preciarías si fueran continuas; o, en fin, para darte ocasión a que adquieras mayores méritos. Busca, pues, con santa diligencia, al Esposo de las almas. Se oculta cuando se lo busca, a fin de que, no encontrándolo, se redoble el ardor (San Gregorio).

III. Para salir cuanto antes de este lastimoso estado, examina seriamente qué motivo diste a Dios para que te abandonara e implora su perdón. Humíllate ante su adorable Majestad, reconociendo que eres indigno de sus mercedes; y en vez de desanimarte redobla tu fervor, busca a Dios con mayor empeño y dile de todo corazón: Señor, que sois la alegría de mi alma, ¿por qué volvéis vuestro rostro? ¿Dónde estáis, bien mío, dónde os encontraré? (San Agustín).

La paz.
Orad por la buena educación de la juventud.

ORACIÓN
Oh Dios, consuelo de los afligidos y salvación de los que en Vos esperan, que bondadosamente recibisteis las lágrimas que Santa Mónica vertió por la conversión de su hijo Agustín, concedednos, por la intercesión de ambos, la gracia de llorar nuestros pecados y gustar las verdaderas alegrías del espíritu. Por J. C. N. S. Amén.

sábado, 20 de febrero de 2010

BRITANIA CATÓLICA

Desde La Santa Alianza


- A Joseph Pearce

De Newman a Benson,
La luz sacerdotal,
Reflejándose en Oxford,
Con movimiento tradicional,

Inteligencia y espíritu,
Raciocinio y belleza,
Toques celtas y germanos,
Con romana entereza,

De Tolkien el mito,
De Chesterton la paradoja,
De Belloc la garra,
De una nueva aurora,

De Waugh la novela,
Y McNabb, Dawson y Knox,
Hasta Wilde vio la luz,
Del católico corazón,

Britania Católica,
Qué bello testimonio,
Un escudo jacobita,
Por Santo Tomás Moro,

El genio de Shakespeare,
Envuelto en tu ser,
Cultura poderosa,
Fuerza para renacer.

sábado, 14 de noviembre de 2009

SAN JOSAFAT, MÁRTIR DE LA CATOLICIDAD ESLAVA

San Josafat, Arzobispo y mártir
  
La unión sellada en el Concilio de Florencia (1439) entre las Iglesias de Roma y Constantinopla careció de continuidad. Con todo, se mantuvieron en la región de Kiev algunos fermentos de unión. En Octubre de 1595, el metropolitano de los ortodoxos disidentes de Kiev y otros cinco obispos, que representaban a millones de ucranianos, hallándose reunidos en Brest-Litovsk, ciudad de Lituania, decidieron someterse al Papa y estar en comunión con la Iglesia Católica. Se trata de la histórica Unión de Brest. Esta unificación dio lugar a grandes controversias llegándose hasta la violencia. San Josafat por aquel tiempo era muy jovencito, pero aquellos eventos tendrían un profundo impacto en su vida ya que el mismo daría su vida por la unidad de la Iglesia.
  
Su nombre de bautismo era Juan Kunsevich. Su padre, que era un católico de buena familia, puso a su hijo en la escuela de su pueblo natal. Después Juan entró a trabajar como aprendiz en una tienda de Vilna, pero en vista de que el comercio no estaba en su corazón, empleaba sus tiempos libres aprendiendo el eslavo eclesiástico para comprender mejor los divinos oficios y poder recitar diariamente el oficio bizantino. Juan conoció por entones a Pedro Arcudius, rector del colegio oriental de Vilna, así como a los jesuitas Valentín Fabricio y Gregorio Gruzevsky, quienes se interesaron por él y le alentaron a seguir adelante. Al principio, el amo de Juan no veía con muy buenos ojos sus inquietudes religiosas, pero el joven supo cumplir tan bien con sus obligaciones, que el comerciante acabó por ofrecerle que se asociase con él y tomase por esposa a una de sus hijas. Juan rehusó ambas proposiciones, pues estaba decidido a hacerse monje.
  
En 1601 ingresó en el monasterio de la Santísima Trinidad de Vilna. El santo indujo también a seguir su ejemplo a José Benjamín Rutsky, un hombre muy culto, convertido del calvinismo. Los dos jóvenes monjes empezaron juntos a trazar planes para promover la unión y reformar la observancia en los monasterios ucranianos. Desde entonces se llamó Josafat, recibió el diaconado, después el sacerdocio y pronto adquirió fama por sus sermones sobre la unión con Roma.
 
Su vida personal era muy austera, ya que añadía a las penitencias acostumbradas en las reglas monásticas del oriente, otras mortificaciones tan severas, que en más de una ocasión le criticaron los mismos monjes. En el proceso de beatificación el burgomaestre de Vilna declaró que "no había en el pueblo ningún religioso más bueno que el P. Josafat."
 
Josafat, al notar que su superior, Samuel, el abad del monasterio de la Santísima Trinidad, manifestaba tendencia a separarse de Roma, se lo advirtió a sus superiores. El arzobispo de Kiev sustituyó a Samuel por Josafat. Bajo su gobierno, el monasterio se repobló. Ello movió a sus superiores a retirarle del estudio de los Padres orientales para que fundase otros monasterios en Polonia.
 
En 1614, Rutsky fue elegido metropolitano de Kiev y Josafat Ie sucedió en el cargo de abad de Vilna. Cuando el nuevo metropolitano fue a tomar posesión de su catedral, Juan le acompañó en el viaje y aprovechó la ocasión para visitar el famoso monasterio de las Cuevas de Kiev. Pero la comunidad de dicho monasterio, que se componía de más de 200 monjes, estaba relajada y el reformador católico estuvo a punto de ser arrojado al río Dnieper. Aunque sus esfuerzos por hacer volver a la unidad a la comunidad fracasaron, su ejemplo y sus exhortaciones consiguieron hacer cambiar un tanto la actitud de los monjes.
 
Monasterio de las Cuevas de Kiev (propiedad de los cismáticos ortodoxos)
 
En 1617, el P. Josafat fue consagrado obispo de Vitebsk con derecho de sucesión a la sede de Polotsk. Pocos meses después murió el anciano arzobispo de esa sede y Josafat se halló al frente de una eparquía extensa pero poco fervorosa. Muchos se inclinaban al cisma porque temían que Roma interfiriese en sus ritos y costumbres. Las iglesias estaban en ruinas y se hallaban en manos de los laicos. Muchos miembros del clero secular habían contraído matrimonio, algunos varias veces. La vida monástica estaba en decadencia. Josafat pidió ayuda a algunos de sus hermanos de Vilna y emprendió la tarea: reunió sínodos en las ciudades principales, publicó e impuso un texto de catecismo, redactó una serie de ordenaciones sobre la conducta del clero y combatió la interferencia de los "señores" en los asuntos de las iglesias locales. A todo ello añadió el ejemplo de su vida, su celo en la instrucción, la predicación, la administración de sacramentos y la visita a los pobres, a los enfermos, a los prisioneros y a las aldeas más remotas.
 
Hacia 1620, prácticamente toda la eparquía era ya sólidamente católica, el orden estaba restaurado y el ejemplo de aquel puñado de hombres buenos había producido un renacimiento de la vida cristiana. Pero en ese mismo año, disidentes en la región que se había unido a Roma, establecieron obispos paralelos, contrarios a Roma. Así, un tal Melecio Smotritsky fue nombrado arzobispo de Polotsk, sede de San Josafat, y se dedicó enérgicamente a destruir la obra del arzobispo católico, diciendo que Josafat se había "convertido al latinismo", que iba a obligar a sus fieles a seguir su ejemplo y que el catolicismo no era la forma tradicional del cristianismo ucraniano. La nobleza y la mayoría del pueblo estaban por la unión, pero habían zonas disidentes. Un monje llamado Silvestre Smotritsky recorrió las poblaciones de Vitebsk, Mogilev y Orcha sublevando a la gente contra el catolicismo. Cuando el rey de Polonia proclamó un decreto afirmando que Josafat era el único arzobispo legítimo de Polotsk, se produjeron desórdenes no sólo en Vitebsk, sino en la misma Vilna. El decreto fue leído públicamente en presencia del santo y éste estuvo a punto de perder la vida.
  
El canciller de Lituania, León Sapieha, que era católico, temeroso de los resultados políticos de la inquietud general, prestó oídos a los rumores esparcidos por los disidentes que, fuera de Polonia, acusaban a San Josafat de haber sido el causante de los desórdenes con su política. Así pues, en 1622, Sapieha escribió al santo acusándole de emplear la violencia para mantener la unión, de exponer el reino al peligro de una invasión de los cosacos, de sembrar la discordia entre el pueblo, de haber clausurado por la fuerza ciertas iglesias no católicas y de otras cosas por el estilo. Tan solo era cierto que Josafat había pedido el auxilio del gobierno para recobrar la iglesia de Mogilev, de la que se habían apoderado los disidentes. El arzobispo tuvo que hacer frente también a la oposición, las críticas y la falta de comprensión de algunos católicos. Una de las razones por la que que una parte del pueblo fácilmente se dejó llevar por las falsas acusaciones era para evitar la disciplina y las exigencias morales del renacimiento católico.
  
En octubre de 1623, sabedor de que Vitebsk era todavía el centro de la oposición, decidió ir allá personalmente. Sus amigos no lograron disuadirle ni convencerle de que llevase una escolta militar. "Si Dios me juzga digno de merecer el martirio, no temo morir'", respondió San Josafat. Así pues, durante dos semanas predicó en las iglesias de Vitebsk y visitó a los fieles sin distinción alguna. Sus enemigos le amenazaban continuamente y provocaban a sus acompañantes para poder asesinarle aprovechando el desorden. El día de la fiesta de San Demetrio, una turba enfurecida rodeó al mártir, el cual les dijo:
"Sé que queréis matarme y que me acecháis en todas partes: en las calles, en los puentes, en los caminos, en la plaza central. Pero yo estoy entre vosotros como vuestro pastor y quiero que sepáis que me consideraría muy feliz de dar la vida por vosotros. Estoy pronto a morir por la sagrada unión, por la supremacía de San Pedro y del Romano Pontífice."
 
Smotritsky, fomentador de la agitación, probablemente solo pretendía obligar al santo a salir de la ciudad. Pero sus partidarios empezaron a tramar una conspiración para asesinar a Josafat el 12 de noviembre, a no ser que se excusase ante ellos por haber empleado la violencia. Un sacerdote llamado Elías fue el encargado de penetrar en el patio de la casa del arzobispo e insultar a sus criados por su religión y al amo a quien servían. Como la escena se repitiese varias veces, San Josafat dio permiso a sus criados de arrestar al sacerdote, si volvía a presentarse. En la mañana del 12 de noviembre, cuando el arzobispo se dirigía a la iglesia para el rezo del oficio de la aurora, Elías le salió al encuentro y comenzó a insultarle. El santo dio entonces permiso a su diácono para que mandase encerrar al agresor en un aposento de la casa. Eso era precisamente lo que deseaban sus enemigos que buscaban pretexto para atacarle. Al punto, echaron a vuelo las campanas, y la multitud empezó a clamar que se pusiese en libertad a Elías y se castigase al arzobispo. Después del oficio, San Josafat volvió a su casa y devolvió la libertad a Elías, no sin antes haberle amonestado. A pesar de ello, el pueblo penetró en la casa, exigiendo la muerte de Josafat y golpeando a sus criados. El santo salió al encuentro de la turba y preguntó: "¿Por qué golpeáis a mis criados, hijos míos? Si tenéis algo contra mí, aquí estoy; dejadlos a ellos en paz." (Palabras muy parecidas a las de Santo Tomás Becket en ocasión semejante). La turba comenzó entonces a gritar: "¡Muera el Papista!", y San Josafat cayó atravesado por una alabarda y herido por una bala. Su cuerpo fue arrastrado por las calles y arrojado al río Divna.
  
El martirio del santo produjo como resultado inmediato un movimiento en favor de la unidad católica. Desgraciadamente, la controversia se prolongó con violencia y los disidentes tuvieron también un mártir, el abad Anastasio de Brest, quien fue ejecutado en 1648. Por otra parte, el arzobispo Melecio Smotritsky se reconcilió más tarde con la Santa Sede.
  
La gran reunión ucraniana existió, con altos y bajos, hasta que, después de la repartición de Polonia, los soberanos rusos obligaron por la fuerza a los católicos a unirse con la Iglesia Ortodoxa de Rusia. El comunismo favoreció la opresión de la fe católica. Hoy como ayer es necesaria la intercesión y el ejemplo de San Josafat a favor de la restauración del Catolicismo.
 
San Josafat Kunsevich fue canonizado en 1867 por el Papa Pío IX. Fue el primer santo de la Iglesia de oriente canonizado con proceso formal de la Sagrada Congregación de Ritos. Quince años más tarde, León XIII fijó el 14 de noviembre como fecha de la celebración de su fiesta en toda la Iglesia de occidente.
   
El Papa Pío XI declaró a San Josafat Patrón de la Reunión entre Ortodoxos y Católicos el 12 de noviembre de 1923, III centenario de su martirio.
 
Fuente: Vida de los Santos, de Butler

domingo, 3 de mayo de 2009

EXPASTOR: “EL DEMONIO ES PROTESTANTE” (Testimonio de mi conversión al Catolicismo)

Por Luis Miguel Boullón, tomado de APOLOGÉTICA CATÓLICA.
 
“El Demonio es protestante” , fue la primera frase que pronuncié, tras mi conversión, a quienes me escucharon por más de doce años como su pastor. El escándalo fue mayúsculo. Algunos ya habían notado que mis vacaciones fueron demasiado precipitadas y quizá hasta exageradamente prolongadas. Fueron unas vacaciones raras incluso para mi familia, que me veía reticente a las prácticas habituales en casa, como la lectura y explicación de la Biblia. Ya habíamos tenido demasiadas rencillas a causa de mis nuevos pensamientos.
  
“AL PRINCIPIO ERA EL VERBO”
Recuerdo vívidamente los primeros movimientos de rabia que tuve al leer un artículo en esta Revista que ahora aprecio tanto, como es la que me honra publicando este trabajo. Yo encontraba que la nota era demasiado radical en sus afirmaciones, demasiado rotunda para lo que yo estaba acostumbrado a leer. No me dejaba muchos ‘flancos’ descuidados por donde atacar. O refutaba el centro del asunto o no tenia sentido desmenuzar tres o cuatro aspectos como se me había enseñado a realizar de forma automática e inconsciente. Generalmente los católicos tienen como que una cierta vergüenza por mostrar todas las cartas sobre la mesa, y como no muestran todo con claridad, es muy fácil prender fuego a sus tiendas de campaña, porque dejan demasiados lados flojos.

En lo personal nunca recurrí a lo que ahora entiendo como “leyendas negras”, porque me parecía que era inconducente debatir basándome en miserias personales o grupales sin haber derribado la propia lógica de su existencia. Eso hice con algunas sectas o con temas como la evolución o algunos derechos humanos según se les entiende normalmente. Reconozco que muchos de los que en ese momento eran mis hermanos caen en ese error, tratando de derribar moralmente al “adversario” diciéndole cosas aberrantes sobre su fe. Pero basta un buen argumento, y bien plantado, para que uno se vea obligado a retirarse a las trincheras de la Biblia y no querer salir de allí hasta que el temporal que iniciamos se calme al menos un poco. Pero no nos funciona a todos el mismo esquema. Muchos no se rigen tanto por la razón como por el placer de vencer en cualquier contienda.

El artículo en cuestión me obligaba a pensar sólo con ideas, porque de eso trataba. Mi manual con citas bíblicas para cada ocasión me servía poco. Cualquier cosa que dijera sería respondida con otra. No era ese el camino.Creo haber estado meditando en el problema unas cinco o seis semanas. Hasta que resolví acudir a la parroquia católica que quedaba cerca de mi templo. El sacerdote del lugar se deshacía en atenciones cada vez que nos encontrábamos. La verdad es que él estuvo siempre mucho más ansioso de verme que yo de verle a él. En ocasiones nos veíamos forzados a encontrarnos en público por obligaciones propias del pueblo. Pero de ordinario no nos encontrábamos. Era lo que ahora se llama un “cura nuevo”, con una permanente guitarra en las manos y muchas ganas de acercarse a mí.
 
PRIMERA CONFESIÓN DE MALA FE
Yo aprovechaba –Dios me perdone– de sacarle afirmaciones que escandalizaban a mis feligreses. El pobre nunca entendió que el ecumenismo muchas veces sirve más para rebajar a los católicos que para acercar a los separados. Uno tiene la sensación de que si la Iglesia puede ceder en cosas tan graves y que por siglos nos separaron, entonces realmente no le importaba tanto como a nosotros, que jamás cambiaríamos una sola jota de la doctrina. Otra cosa que solía hacer –me avergüenzo al recordarla– era tirar a mis chicos a discutir con los de la parroquia. Los pobres parroquianos se veían en serios apuros en esas ocasiones. En el fondo yo me aprovechaba de que los chicos católicos estaban muy mal formados. Como comentábamos a sus espaldas: sólo van a la parroquia a divertirse, para repartir cosas a los pobres y para hacer ‘dinámicas de vida’, pero de doctrina y de Escrituras no saben nada.
  
Nos gustaba vencerlos con las cosas más tontas posibles. A veces surgían temas más sabrosos, pero con los argumentos normales bastaba para al menos hacerles callar. Esa tarde no estaba el sacerdote de siempre. Había sido removido de la parroquia por una miseria humana comprensible en alguien tan “cálido” en su manera de ser. Cayó en las redes del demonio bajo la tentadora forma de una parroquiana, con la que ni siquiera se casó.
  
A cambio del párroco de siempre salió a atenderme, con una cara menos complacida, un sacerdote viejo y de mirada penetrante. Lo habían ‘castigado’ relegándolo dándole el cuidado de la parroquia de nuestro pequeño pueblecito. En los últimos treinta años la población había pasado de mayoritariamente católica a una mayoría evangélica o no practicante. Yo generalmente acudía para refrescar mi memoria y cargarme de elementos que luego trabajaba como materia de mis prédicas, o para sondear la visión católica de alguna cosa.
  
El Padre M. no fue tan abierto. Me recibió con amabilidad, pero con distancia. Le planteé asuntos de interés común y me pidió tiempo para aclimatarse y enterarse del estado de la feligresía. Noté que habían sido arrancados varios de los afiches que nosotros les regalábamos cada cierto tiempo y que constituían verdaderos trofeos nuestros plantados en tierra enemiga. En verdad quedé un poco desarmado, pero logramos charlar casi de todo. Casi... porque en doctrina comenzó él a morderme. Yo comencé a responder como de costumbre, citando con exactitud una cita bíblica tras otra, para probarle su error o mi postura.
   
En un aprieto que me puso, le dije: “Padre M... comencemos desde el principio”. Y el varón de Dios, a quien supuse enojado conmigo, me dice: “De acuerdo: al principio era el Verbo y...”. Me largué a reír nerviosamente. Aparte de que me respondía con una frase utilizada en la Misa (al menos en la tradicional), ¡imitaba mi voz citando la Biblia! “Pastor Boullón”, me dijo luego, “no avanzaremos mucho discutiendo con la Biblia en mano. Ya sabe usted que el Demonio fue el primero en todo crimen... y por eso también fue el primer Evangélico”. Eso me cayó muy mal. ¡Me insultaba en la cara tratándome de demonio! Sin dejarme explicar lo que pensaba, se adelantó: “Sí... fue el primer evangélico. Recuerde que el Demonio intentó tentar a Cristo con ¡la Biblia en mano!”. “Pero Cristo les respondió con la Biblia...”. “Entonces usted me da la razón, Pastor... los dos argumentaron con la Biblia, sólo que Jesús la utilizó bien... y le tapó la boca”.
 
Tomó su Biblia y me leyó lo que ya sabía: que cuando el Señor ayunaba el demonio le llevó a Jerusalén, y poniéndole en lo alto del templo le repitió el Salmo XC, 11-12: “Porque escrito está que Dios mandó a sus ángeles que te guarden y lleven en sus manos para que no tropiece tu pie con alguna piedra”. Pero el Señor le respondió con Deuteronomio VI, 16: “Pero también está escrito: No tentarás al Señor tu Dios”. Y el demonio se alejó confundido. Yo también me alejé, como el demonio, confundido. Me sentía rabioso por haber sido llamado demonio, y por lo que es peor: ¡ser tratado como el demonio en el desierto! Creo que fue la plática más saludable de mi vida.
 
LA TÁCTICA DEL DEMONIO
Llegué a casa rabioso. Me sentía humillado y triste. No era posible que la misma Biblia pruebe dos cosas distintas. Eso es una blasfemia. Forzosamente uno debe tener la razón y el otro malinterpreta. Busqué ayuda en la biblioteca que venia enriqueciendo con el tiempo. Consulté a varios autores tan ‘evangélicos’ como yo, pero de otras congregaciones. No coincidíamos en las mismas cosas, pese a que todos utilizábamos la Biblia para apoyar lo que decíamos y demostrar que los otros se equivocaban. Me armé de fuerzas y a la primera oportunidad, caí sobre el despacho parroquial del Padre M. Me recibió tan amable como la vez pasada, sólo que esta vez su distancia la hacía menos tajante a causa de su mirada divertida y curiosa de la razón que me llevaba otra vez a su lado. Le largué un discurso de media hora sobre la salvación por la fe y no por las obras. Concluí –creo– brillantemente con la necesidad de abandonar a la Iglesia. Y cerré tomando la Biblia del cura y le leí Hechos XVI, 31: “¿Qué debo hacer para salvarme?, preguntó el carcelero. Cree en el Señor Jesús –respondió Pablo– y te salvarás tú y toda tu casa”.
 
Bebí un sorbo del té que me había ofrecido y le miré desafiante, esperando su respuesta. Pasaron eternos minutos de silencio. Cuando carraspeé, el sacerdote me dijo: “¿Continuará la lectura de San Pablo?”. “Ya terminé, Padre M.”. “¿Cómo que ha terminado? ¡Continúe! Vaya a Corintios, XIII, 32”. Leí en voz alta: “Aunque tanta fuera mi fe que llegare a trasladar montañas, si me falta la caridad nada soy”. “Entonces la fe...”. “La fe... la fe... la fe es lo que salva”. “¡Vaya novedad!”, me dice riendo. ¡No sé bien quien creó la estrategia protestante de argumentar con la Biblia, pero creo que bien pudieron ser los demonios que ahora encontraron un buen medio para salvarse”. “¿Salvarse?”. “Sí.. salvarse, amigo mío. ¿Acaso no es el apóstol Santiago quien nos dice que hasta los mismos demonios creen en Dios? Y si sólo la fe salva...”. “...”. “No se quede en silencio, Pastor... siéntese aquí que se aliviará un poco. Si quiere seguir como el Demonio, tentándome con la Biblia, le recuerdo que ahí mismo se nos dice que esa fe no salvará a los demonios, porque “como un cuerpo sin espíritu está muerto, la fe sin obras está muerta” (cap. II). Y aún así los católicos no decimos que sea sólo fe o sólo obras. Cuando al Señor se le pregunta sobre qué debemos hacer para salvarnos, Él dice “Si quieres salvarte, guarda los mandamientos”. Ahí tiene usted la respuesta completa”. Me acompañó hasta la puerta y me dijo: “Le dejo con dos recomendaciones. La primera es que se cuide de sus hermanos de congregación. Ya sospechan de usted por venir tan seguido. La segunda es que vuelva usted cuando me traiga alguna cita bíblica –sólo una me basta– en que se pruebe que solo debe enseñarse lo que está en la Biblia”. Caminé a casa más preocupado por los comentarios que por el desafío. Eso sería fácil.
 
“SÓLO LA BIBLIA
Mientras buscaba una cita que respondiera al sacerdote, caí en cuenta de que estaba parado en el meollo del asunto que por primera vez me llevó a esa parroquia con otros ojos. “Si es sólo la Biblia”, me dije, “entonces el problema del artículo queda resuelto: se debe probar por la Biblia o no se prueba”. Ya imaginarán ustedes el resultado. Efectivamente no encontré nada. En años de ministerio, jamás me percaté de que lo central, esto es, que sólo debe creerse y enseñarse la doctrina contenida en la Biblia, no está en la Biblia. Encontré numerosos pasajes bíblicos que le conceden la misma autoridad que a las enseñanzas escritas en la Biblia a las doctrinas transmitidas por vía oral, por tradición. Desde este punto en adelante muchos otros cuestionamientos fueron surgiendo de la charla con el Padre M. y de la lectura de esta revista y de mucha literatura escrita con fines apologéticos.
 
EL PAGO DEL MUNDO
Por un momento distraeré la atención de mis incursiones a la parroquia católica. Quizás sea porque un sacerdote es esencialmente distinto a un “Pastor” protestante, o quizás por la experiencia de distintos ordenes (confesión, dirección espiritual, etc.), el Padre M. acertó en su advertencia sobre las miradas que me dirigían mis feligreses a causa de esas visitas “no estrictamente ecuménicas”. Yo aún no me había percatado de esa desconfianza, pero observando con mayor atención notaba reticencias, censuras y reproches indirectos. Aún la guerra no se declaraba. Sólo desconfiaban. Me decepcioné mucho, pero no me dejé vencer por la tentación. El demonio –pensaba– me estaba tentando con Roma y para eso endurecía los corazones. Pasada una semana de angustias, me senté con mi esposa para charlar. Necesitaba desahogarme. Me encontraba en un punto tal que no quería volver a la parroquia católica pero tampoco me sentía en paz con eso.
  
Después de la cena, oramos con los chicos y se fueron a dormir. Me sentí y abrí mi corazón a mi esposa. Ella había sido una amante confidente y mi compañera de penurias y alegrías. Me escuchó con atención. Sus palabras fueron tan sencillas como su conclusión: debía alejarme inmediatamente del sacerdote católico y tratar de recuperar la confianza de mis feligreses. Eso era lo prioritario. Teníamos una obligación de fe y teníamos que mantener una familia. No se hablaría más. El caso estaba resuelto... para ella. Traté de cumplir con todo. Ella siempre fue la sensatez y me refrenaba en las locuras. Dejar de ir a la parroquia fue más fácil para el cuerpo que para mi alma. Algo me atraía de ese ambiente, y por lo demás deseaba la compañía de ese sacerdote provocador y bonachón.
  
Más difícil fue ganarme la confianza de los feligreses. Me exigían como prenda evidente que atacase más que nunca a la Iglesia para demostrar públicamente que no les guardaba ninguna simpatía. Esto me costó, pues tenía que predicar omitiendo aquellos puntos en los que difería ya de mi anterior pensamiento. Con el tiempo, mi familia y mis feligreses me dieron vuelta sus espaldas y fue la gran cruz que tuve que soportar por amar a Cristo en Su Iglesia.
  
MI QUERIDO AMIGO SE DESPIDE
No he querido exponer aquí todas las cosas que charlamos con el buen Padre M. durante semanas y semanas. Yo le visitaba furtivamente y el me acogía con amable paternalidad. Yo daba vueltas en torno al tema e intentaba responder a las sabias preguntas con las que me desafiaba. ¡Cómo detestaba tener que darle la razón! El tiempo me fue haciendo más perceptivo a sus sutilezas e ironías. De alguna forma misteriosa este sacerdote me tenía cautivado. Me acorralaba hasta la muerte, pero me daba siempre una salida honorable. Le gustaba desmoronar todos mis argumentos. Su estilo era único: destrozaba mis argumentos, acusaciones y refutaciones primero desde la lógica, dándome dos posibilidades... o quedar como un tonto o verificar por mi mismo esa estupidez. Luego, y sólo luego, me invitaba a revisar el punto que yo trataba –si tenía sentido– desde el punto de vista de las Sagradas Escrituras. Supongo que uno de sus mayores puntos fuertes era su sólida cultura y su gran vida de piedad. Recuerdo perfectamente una fría mañana cuando recibí un aviso telefónico de la parroquia. Me pedía que le visitara en un hospital de los alrededores. Sin meditar en las normas de cautela que tomaba para evitar que mis feligreses se irritaran aún más conmigo, abandoné todo y partí. Ahí me enteré del doloroso cáncer que padecía –jamás dio muestras de sufrir– y del poco tiempo que le quedaba. La cabeza me daba vueltas. Sentía dolor por la partida de quien ya consideraba un amigo. Tomé una decisión: haría pública nuestra amistad y le visitaría a diario. Pocos días después le trasladaron, a petición suya, a su residencia. Desde ese día le acompañé a diario. Dejé muchos compromisos de lado. La tensión comenzó a crecer hasta llegar a agresiones verbales abiertas y amenazas de quitarme el cargo y el sueldo. Mi familia estaba amenazada con la pobreza.
  
Fueron días de mucha angustia. Sabía que caminaba por los caminos correctos. Incluso pensaba en hacerme admitir en la Iglesia. Los temores y las dudas de antes de la internación del Padre M. se disiparon. No quería arrepentirme de mis errores ni recibir el perdón y el consuelo de nadie más. Pero la situación que me rodeaba era tan compleja que me paralizaba. Recé muchísimo y acudí a pedir el consejo del Padre M. Él me recibió con mucha amabilidad y escuchó con atención mis problemas. Él ya los conocía. Me habló de la fortaleza de esos mártires que no tuvieron en cuenta ni la carne ni la sangre ni las riquezas, sólo amaron la verdad y dieron público testimonio de su adhesión a la fe. “Más vale entrar al Cielo siendo pobres que irse al infierno por comodidades”, sentenció. Como adelanté al principio, reuní a mis feligreses y les hice una declaración de mi conversión. “¡El Demonio es protestante!”, les dije para abrir la charla. Luego fueron abucheos y no me dejaron terminar las explicaciones. Mas tarde reuní a mi familia y les platiqué de cada punto, y respondí a todas las objeciones de fe y de la situación. Mi esposa no discutió mucho: me expulsó de casa. Esa noche dormí acogido por el Padre M., quien me tranquilizó respecto al altercado. Desde entonces y después de pasados años de mi conversión nunca más fui admitido en casa como padre y esposo. Hoy les visito con tanta frecuencia como me permiten, pero sus corazones siguen muy endurecidos. El Padre M. tuvo muchas palabras para mí, pero las que más me llegaron fue su confesión de ofrecimiento de su vida por la salvación de mi alma... y que con gusto veía el buen negocio ya cerrado. Dios escuche las plegarias de mi buen amigo en el Cielo por mi esposa y mis seis hijos para que a su tiempo y forma vivan la vida de gracia de la santa fe
    

ROMA... MI DULCE HOGAR
Rogué al buen sacerdote me preparara para abjurar mis errores y ser admitido en la Iglesia. Dispuso de todo y una mañana de abril de 2001 fui recibido en el seno de la Esposa de Cristo. En junio de ese mismo año mi querido amigo entregó su alma al Señor, siendo muy llorado por todos cuantos le conocimos mejor. Le lloraron los enfermos y presos que visitaba, los niños y jóvenes de catequesis, los pobres y necesitados que consolaba, los fieles que acudían a él en busca de consejo y del perdón de Dios. En tributo a él escribo estas líneas. Mi querido sacerdote y Revista Cristiandad.org fueron mis dos grandes apoyos e impulsores tanto de mi conversión como de mi impulso apostólico al trabajar especialmente con los conversos y preparados para la conversión. Tras su partida la parroquia fue administrada por un sacerdote más cercano al estilo del predecesor del Padre M. Yo sentí mucho esto porque con su prédica y actuar desmentía muchos de esos grandes principios eternos que había conocido y amado. A veces me pregunto por la oportunidad de muchos cambios que se hacen más para contentar a los malos que para agradar a los buenos. Recuerdo que mi sacerdote amigo no era muy afecto a ceder ante nosotros, sino mas bien a mostrarnos todas las banderas, incluso las más radicales. Y éstas fueron, precisamente, las que más me indignaron pero a un mismo tiempo me atrajeron.
  
Pero persevero en el amor a la Iglesia de siempre, a esa doctrina de la que el Señor dijo que pasarían Cielo y Tierra pero que ni una sola jota sería cambiada. Bien sé por experiencia propia y por la de tantos que han compartido conmigo sus testimonios de conversión, que esos coqueteos con el error no producen conversiones. Y las pocas que se producen son de un género muy distinto –por superficiales y emocionales– de las verdaderas conversiones, esas que producen santos. La realidad es la que constataba a diario como Pastor protestante, cuando la poca preparación de los católicos y la confusión que produce el falso ecumenismo llenaban las bancas de nuestras iglesias y los bolsillos de nuestras congregaciones evangélicas. La ignorancia religiosa de los fieles es la cosa más agradecida por las sectas, porque al ser muchas veces hija de la pereza espiritual se acompaña por la pereza intelectual. Basta entonces cualquier cosa que les emocione, que les haga sentir queridos, y luego viene el sermón acostumbrado para hacerles dudar primero y luego darles respuestas rotundas. Eso los desestabiliza y luego les atrae nuestra seguridad. ¡Y luego salimos a la calle a gritar contra los dogmas!
   
Ahora, junto con ustedes, puedo acudir a los pies de María Santísima y pedir que por amor a la Divina Sangre de Su Hijo Amado obtenga la conversión de los paganos, de los herejes y cismáticos y que haciendo triunfar a la Iglesia sobre Sus enemigos instaure la Paz de Cristo en el Reino de Cristo.
Nota del editor: Muy pronto presentaré más testimonios de fe y conversión.