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jueves, 27 de febrero de 2020

LA EXTRAÑA Y CURIOSA RELACIÓN DEL CORONAVIRUS Y LA SECTA SURCOREANA “Shincheonji”

Traducción de la noticia publicada en RADIO SPADA.
  
  
Ayer salió la noticia según la cual el gobierno coreano (del Sur) habría dispuesto la prueba para 200.000 miembros de la “iglesia Shincheonji” (escritura Hangul 신천지, escritura Hanja 新天地, literalmente “Cielo Nuevo y Tierra Nueva”), que muchos definen como una secta.
  
Se trata de un culto pseudocristiano con base en Corea, fundado el 14 de Marzo de 1984, cuyos adeptos creen que su líder (Lee Man-hee) representa una segunda venida de Cristo, y además sería el único que puede dar una correcta interpretación de las metáforas bíblicas.
   
Esta “secta” es vista con difidencia también en el ambiente protestante, al punto que la Convención Bautista de Manipur (India) ha advertido a sus fieles (‘Dangerous Korean cult’ Shincheonji sends Christians in Northeast into a tizzy/ La ‘peligrosa secta coreana’ Sincheonji envía a los cristianos en el Noreste a una confusión).
   
¿Pero qué ha sucedido? En un tiempo relativamente breve, han aumentado en una forma más que apreciable los casos de sujetos coreanos positivos al coronavirus.
   
Escribe IlPost:
«Según las informaciones hasta ahora disponibles, se piensa que más de la mitad de los casos está ligada a la congregación Shincheonji de Jesús, un culto cristiano –alguno habla explícitamente de una secta– con al menos 200 mil seguidores. La Corea del Sur se encuentra pues en la complicada posición de deber gestionar un brote desarrollándose en un culto más qur todo particular y reservado, sin saber de cuál rito o ceremonia haya partido el contagio y quiénes habían participado».
   
Se agrega, citando el New York Times:
«Parece también que los miembros del culto consideren la enfermedad como una debilidad, algo que les implide practicar plenamente su culto, y que tiendan pues a esconderla o cuando menos a probar no considerarse enfermos».
No solo:
«Al momento es cierto que el culto ha entregado a las autoridades la lista de 9.600 seguidores que se encuentran en Daegu y que fueron puestos en cuarentena en sus casas, prescindiendo de los síntomas. En cambio, no es claro si el culto ya había presentado la lista de todos sus seguidores en todo el país. Es también posible que el culto haya elaborado (o elaborará) solo una lista parcial (o cuando menos, considerada tal por el gobierno): lo prueba, por ejemplo, el reciente secuestro de algunos ordenadores de una sede del culto. Se ha sabido también que uno de los funcionarios de más alto grado que se estaban ocupando de la prevención del virus en Corea del Sur ha comunicado ser miembro del culto y haber resultado positivo a una prueba para el coronavirus: fue puesto en cuarentena domiciliaria, como también otras decenas de colegas y de funcionarios con los cuales entró en contacto los días precedentes. Casos similares se han visto también en un policía y una profesora».
   
En InsideOver se especifica:
«El super-difusor del coronavirus es un meimbro de la controvertida secta religiosa citada: una mujer de 61 años que, sin saberlo, habría esparcido el agente patógeno en Daegu, una ciudad que cuenta con 2,5 millones de personas, la cuarta más grande del país en número de habitantes. […] Un último particular, quizá el más espeluznante: los adherentes a la secta están acostumbrados a respetar los vínculos de secreto. En otras palabras, los miembros no revelan hacer parte de la iglesia de Jesús. El “Mesías” Lee ha asegurado la máxima cooperación con el gobierno y ha elaborado una lista de los adherentes. Entre tanto, sin embargo, otros pequeños brotes conexos a grupos religiosos han emergido en Busan y Seúl, capital, esta última, de la Corea del Sur».
Si bien nadie acusa a los individuos de mala fe, sin embargo se constata que el ambiente sectario mal se concilia con la prevención de las epidemias.

lunes, 21 de septiembre de 2009

BEATOS MÁRTIRES DE COREA


Beatos* Mártires de Corea

París, rue du Bac. La calle está hoy compartida. Una de sus aceras la ocupan casi íntegramente los inmensos almacenes "Au bon marché". La otra acera conserva todavía un cierto aire del primitivo París. Una puerta humilde, que da a un estrecho callejón, conduce a una iglesia objeto de la veneración de todos los católicos del mundo: la capilla de las apariciones de la Virgen Milagrosa. Siguiendo por la misma acera encontramos otro edificio, también humilde en apariencia, pero de enorme significación en la historia de la Iglesia: el seminario de misiones extranjeras. Allí se forjó un nuevo estilo en la manera de concebir la tarea misional y allí, por vez primera, en forma orgánica, el clero secular forjó sus armas para salir a luchar las rudas batallas contra el paganismo.


El seminario llevaba ya muchos años funcionando cuando en 1831 se confiaba a sus alumnos un nuevo territorio de misión: la península de Corea. Territorio muy vasto, su extensión equivale prácticamente a la de Italia, y cuya evangelización habría de resultar muy penosa. Pese a estar a la misma latitud que España o Italia, el clima es duro, continental, extremado. Por otra parte, el país es pobre, y no podría resultar fácil la vida de los misioneros. En cambio iban a tener éstos una ventaja: les esperaban unas cristiandades que habían sufrido ya su bautismo de sangre y la terrible prueba de la persecución.



En efecto, en 1784, un intelectual coreano, bautizado en Pekín, consiguió introducir el cristianismo en Corea. Pero aquella naciente cristiandad sufrió una dura persecución y estuvo a punto de ser aniquilada. Sin embargo, cuando en 1794 un sacerdote chino vino de Pekín encontró todavía cuatro mil cristianos, tan fervorosos que en poco tiempo su número se duplicó. En 1801 se produce una nueva represión, y el sacerdote fue ejecutado con unos trescientos cristianos, entre quienes destacaba la noble figura de Juan Niou y su mujer Lutgarda, que habían contraído matrimonio sin usar nunca del mismo.



Treinta años después, la Sagrada Congregación de Propaganda erigía un vicariato apostólico en Corea y lo confiaba, según hemos dicho, al Seminario de Misiones Extranjeras, de París. Pese a que en 1815 y en 1827 había habido nuevas oleadas de persecución, el número de cristianos sobrepujaba ya los seis millares. Al frente del nuevo vicariato iba a ser colocado un fervoroso misionero de China: Lorenzo José Mario Imbert.



Su nombre es el primero y el más destacado de la larga relación de mártires cuya fiesta se celebra hoy. Había nacido en la diócesis de Aix-en-Provence. Su familia residía en Calas, y era harto pobre. Es conmovedor saber cómo aprendió a leer: un día encontró un centimillo en la calle, con el compró un alfabeto y rogó a una vecina que le enseñara las letras. Así, a fuerza de perseverancia, consiguió la preparación suficiente para poder ingresar, en 1818, en el seminario de Misiones Extranjeras. Después de dos años de estudios se embarca en Burdeos y marcha a trabajar a China.



En plena tarea apostólica le sorprende el nombramiento de vicario apostólico de Corea y su elevación al episcopado. En mayo de 1837 es consagrado en Seu-Tchouen, y al terminar el año llega a Corea.



No era el primero en llegar. Le habían precedido ya otros dos misioneros, llamados a compartir el martirio con él. Los dos franceses: Pedro Filiberto Maubant, nacido en la diócesis de Bayeux, y Santiago Honorato Castán, nacido en la diócesis de Digne. El primero había venido directamente de Francia. El segundo había trabajado anteriormente en Siam.



Inmediatamente pusieron manos a la obra. Ante todo fue necesario aprender la lengua coreana, tributaria del chino, pero con muchas analogías con los dialectos siberianos. Después pudieron ya ponerse de lleno al trabajo apostólico.



Escuchemos a monseñor Imbert lo que era su vida:
"No permanezco mas que dos días en cada casa que reúno los cristianos, y antes de que amanezca el tercer día paso a otra casa. Me toca sufrir mucha hambre, porque después de haberme levantado a las dos y media de la madrugada, esperar hasta el mediodía y recibir entonces una comida mala y floja, bajo un clima bajo y seco, no es cosa fácil. Después de comer reposo un poco, y a continuación doy clase de teología a mis seminaristas; después oigo confesiones hasta la noche. Me acuesto a las nueve sobre la tierra cubierta de una lona y un tapiz de lana de Tartaria, porque en Corea no hay ni camas ni mantas. He tenido, siempre un cuerpo débil y enfermizo, y a pesar de todo he llevado adelante una vida laboriosa y bien ocupada; pero aquí pienso haber llegado a lo superlativo y al nec plus ultra de trabajo. Ya os imaginaréis que con una vida tan penosa no tengamos miedo al golpe de sabio que debe terminarla."
Todo esto había que hacerlo con el mayor secreto. Las quince o veinte personas a las que había atendido cada día: confesiones, bautismos, confirmaciones, matrimonios, etcétera, tenían que retirarse antes de la aurora. Aun así, aquella vida no pudo prolongarse mucho tiempo. Dos años después de su llegada, el 11 de agosto de 1839, monseñor Imbert era detenido por los perseguidores.



Comprendió bien que había llegado el final de su vida. Y creyó un deber, para evitar apostasías a los fieles seguidores, invitar a sus dos compañeros a entregarse. La tarjeta enviada por el obispo, que era una invitación al martirio, llegó primero al padre Maubant, quien la transmitió a su compañero el padre Castán. Ambos obedecieron sin vacilar. Cada uno redactó una instrucción para uso de sus fieles y luego en común unas líneas dirigidas a toda la cristiandad coreana. Escribieron una breve memoria para el Cardenal Prefecto de Propaganda Fide y una carta a sus hermanos de las Misiones Extranjeras para encomendarles a sus neófitos. En esta carta es donde alegremente, como si quisieran aliviarles la pena, dicen que
"El primer ministro Ni, actualmente gran perseguidor, ha hecho fabricar tres grandes sables para cortar cabezas".
Todo esto llevaba la fecha del 6 de septiembre. Y una vez terminados los preparativos, los dos misioneros se unieron a su obispo. Los tres europeos comparecieron ante el prefecto y confesaron noblemente su fe:
"Por salvar las almas de muchos, no hemos vacilado ante una distancia de diez millares de lys. Denunciar a nuestras gentes, y hacerles daño, olvidando los diez mandamientos, no lo haremos jamás, preferimos morir."
Aquel mismo día 15 de septiembre recibieron la primera paliza, con bastones. Otra nueva les esperaba, después de un interrogatorio similar, el día 16. Por fin, el día 21 tuvo lugar el suplicio final.



Les desnudaron hasta la cintura, y les asaetearon cruelmente, de arriba a abajo, a través de las orejas, les colmaron de heridas y, por fin, los rociaron de cal viva. Después de obligarles a dar por tres veces la vuelta a la plaza, mostrándose al público que se burlaba de ellos, se les hizo arrodillarse. Los soldados empezaron a correr en su derredor y al pasar les golpeaban con su sable. El padre Castán se puso instintivamente de pie al recibir el primer golpe. Después se arrodilló junto a sus dos compañeros, que estaban inmóviles. Al poco tiempo, los tres habían muerto.



Pero no eran ellos solos. Antes y después iban a perecer en aquélla misma persecución otros muchos cristianos.



El primer lugar, un sacerdote nativo: el padre Andrés Kim. De acuerdo con las mejores tradiciones del seminario de Misiones Extranjeras, los misioneros se habían preocupado de ir preparando, en lo posible, un clero nativo. Cuando ellos murieron, el padre Kim se esforzó por conseguir que vinieran nuevos misioneros. En estos afanes le sorprendieron los perseguidores. Después de larga estancia en la cárcel, fue decapitado en 1846.



En la misma persecución murieron también diez catequistas y una muchedumbre de fieles. De entre ellos se escogieron unos cuantos, a quienes hoy veneramos en los altares: setenta y cinco héroes
"Nobles y plebeyos, jóvenes y viejos, mujeres ya maduras y jóvenes en la más florida edad, que prefirieron las cárceles, los tormentos, el fuego, el hierro, las cosas más extremas a trueque de no apartarse de la religión santísima. Para tentar su fe, los bárbaros verdugos recurrieron a los tormentos más refinados. Unos fueron ahorcados, a otros les rompieron las piernas, otros fueron azotados hasta la muerte, otros quemados con planchas ardientes, otros enterrados vivos en nichos para que murieran de hambre, y así todos cambiaron esta vida por otra inmortal y feliz. Tantos y tan crueles suplicios los sufrieron todos con invicta fortaleza".
Tales son las palabras del Decreto de beatificación expedido por el Papa Pío XI. Porque, como ya anteriormente se había escrito en el Decreto de tuto, aquélla muchedumbre, en la que había incluso niños de quince y trece años,
"Mostró tanta constancia en profesar la fe, que en manera alguna pudo la rabia de los perseguidores llegar a vencerla. Ni las cárceles largas y horribles, ni los tormentos crudelísimos, ni el hambre y la sed, con la que ellos eran probados, ni otros horrendos suplicios, ni el terror y los halagos de los jueces impíos, ni la edad juvenil o provecta, ni el amor materno, ni la piedad filial, ni el dulce yugo del matrimonio, fueron capaces de superar la fortaleza y firmeza de aquellos mártires".
No es extraño que muy pronto se extendiera por todo el mundo la fama de su admirable ejemplo. Por eso, el Papa Pío XI, superando las dificultades de tipo jurídico que se oponían a su beatificación, pues resultaba muy difícil recoger las pruebas exigidas con todo el rigor canónico, teniendo en cuenta que había certeza absoluta de la realidad del martirio, los beatificó solemnemente en 1925. Su sangre, como siempre ha ocurrido, fue semilla de nuevos cristianos, y hoy Corea, al menos en su parte Sur, libre del comunismo, es una de las cristiandades más florecientes y esperanzadoras de todo el Extremo Oriente.



LAMBERTO DE ECHEVERRÍA


* Dicen algunos que ya han sido canonizados, pero como no consta, siguen siendo beatos hasta la fecha.