Vexílla Regis

Vexílla Regis
MIENTRAS EL MUNDO GIRA, LA CRUZ PERMANECE

LOS QUE APOYAN EL ABORTO PUDIERON NACER

LOS QUE APOYAN EL ABORTO PUDIERON NACER
NO AL ABORTO. ELLOS NO TIENEN LA CULPA DE QUE NO LUCHASTEIS CONTRA VUESTRA CONCUPISCENCIA

NO QUEREMOS QUE SE ACABE LA RELIGIÓN

NO QUEREMOS QUE SE ACABE LA RELIGIÓN
No hay forma de vivir sin Dios.

ORGULLOSAMENTE HISPANOHABLANTES

ORGULLOSAMENTE HISPANOHABLANTES
Mostrando entradas con la etiqueta Cuaresma. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Cuaresma. Mostrar todas las entradas

martes, 7 de abril de 2020

ALABAR A LOS PECADORES ES OCULTAR SU MUERTE ESPIRITUAL

«Los muertos sepultan también a los muertos cuando los pecadores favorecen a los pecadores; pues quien alaba al que peca, le esconde ya muerto bajo la losa de sus palabras». (SAN JERÓNIMO).

domingo, 22 de marzo de 2020

LA ROSA DE ORO BENDECIDA EN EL DOMINGO «Laetáre»

Antigua y venerable costumbre al par que poco conocida en nuestros tiempos es la de la bendición de la Rosa de Oro, ceremonia vinculada a la Domínica Lætare o mediana (por ser como el meridiano de la Cuaresma) y por cuya razón se llama asimismo “Domingo de la Rosa”. Es ésta una altísima distinción que, bajo la forma de esta flor hecha de oro, otorga el Papa a personalidades católicas principales, particularmente princesas, y a santuarios e imágenes de la Cristiandad.

No está claro el origen de esta costumbre, en la que hay que distinguir el acto mismo de la bendición de la Rosa de Oro y su consigna, que no parecen haber tenido un origen simultáneo. Algunos autores, como Fr. José de Sigüenza, hacen remontar la bendición a la Antigüedad cristiana; otros la retrasan hasta la época del Papa San León IX, quien la habría instituido en 1049 al autorizar la fundación de un monasterio en Benevento, con la obligación de sus monjas de ofrecer cada año a la Sede Apostólica, a cambio de las inmunidades y privilegios concedidos a su comunidad, una rosa hecha de oro para ser bendecida en la cuarta domínica de Cuaresma. Lo cierto es que, si bien en muchos documentos antiguos de los Romanos Pontífices se habla del sentido místico de la Rosa, no hay datos ciertos de una solemne atribución de la misma antes de 1148, cuando el Papa Eugenio III la envió a Alfonso VII el Emperador, rey de Castilla y León, de lo cual consta documentación cierta y circunstanciada. Sólo hay una mención –sin que hasta ahora se haya podido contrastar históricamente– a la presunta consigna que hizo de la Rosa Áurea el Papa Beato Urbano II al conde Fulco IV de Anjou al término del Concilio de Tours, por el cual quedaban confirmados los acuerdos del Concilio de Clermont para organizar la Primera Cruzadas.
   
¿En qué consiste la Rosa de Oro? Al principio fue simplemente una flor hecha de oro esmaltada de color de rosa. Con el paso del tiempo, se perdió la costumbre de teñirla colocando, en vez de ello, un rubí en medio de ella. En algunas ocasiones, además del rubí, se adornaba el follaje con multitud de piedras preciosas. La joya podía tener como soporte un tallo con hojas o un vaso de oro o de plata dorada.
  
El historiógrafo Gaetano Moroni, ayudante de Cámara de los Papas Gregorio XVI y Pío IX, da detalles interesantes sobre esta verdadera joya en distintos momentos de la Historia (cfr. Dizionario di erudizione storico-ecclesiastica da San Pietro sino ai nostri giorni, 1852): así, en tiempos del Papa Calixto III (1455-1458) la Rosa de Oro se reducía a la sola flor adornada de doce perlas. Bajo el Papa Sixto IV (1471-1484) era un ramo con rosas y espinas entre el que sobresalía una rosa de mayor tamaño en cuyo centro había una cavidad en forma de pequeña copa que es donde el Papa ponía el crisma y el almizcle cuando la bendecía.
  
Más tarde, el ramo, solo o puesto sobre un vaso, descansaba sobre un pedestal de planta triangular, cuadrangular u octogonal, todo él adornado de pedrería. En él estaban grabadas las armas del Papa que bendecía la Rosa de Oro. Una Rosa de Oro enviada por Clemente IX a la reina de Francia María Teresa y al Delfín pesaba ocho libras.
  
Pero el valor de la Rosa de Oro no reside en la cantidad del precioso metal ni en las gemas de las que está adornada, sino en su significado. En un libro de autor anónimo publicado en Roma en 1560 se declara su simbolismo. Copiamos a continuación lo que de él extracta el académico gerundense Enrique Claudio Girbal en su tratadito sobre la Rosa de Oro publicado en 1880:
«Desde la flor sencilla, quizás de los valles de los antiguos tiempos, hasta la rosa cuajada de perlas y pedrería, que algún autor describe en los pasados siglos, el valor material de la sagrada joya varía según las circunstancias y hasta según el gusto de los artistas y de las épocas; lo que es incalculable, y no varía, es el tesoro de misterios que la Rosa encierra. Según enseñan los mismos Soberanos Pontífices en repetidas cartas, esta Rosa significa y declara a nuestro Redentor, el cual ha dicho: 'Yo soy la flor del campo y el lirio de los valles'; indica el oro de que se compone que Jesucristo es Rey de los reyes y Señor de los señores, cuyo profundo sentido mostraron ya los Reyes Magos, cuando como a Rey, le ofrecieron rendidamente el oro. El fulgor y alto precio del metal y las piedras con que la Rosa está compuesta, significan la luz inaccesible en la que habita el que es Luz de luz y Dios verdadero: el olor de los perfumes que sobre ella vierte en la bendición el Sumo Pontífice, representa en invisible esencia la gloria de la Resurrección de Jesucristo que fue de espiritual alegría para todo el mundo, pues con ella terminó el corrompido ambiente de las antiguas culpas y por todo el universo se esparció el suave aroma de la divina gracia; el color encarnado, de que en otro tiempo se teñía, representa la Pasión de Jesucristo; las espinas ofrecen la santa enseñanza de que en las espinas del dolor puso Jesús todas sus delicias, y recuerdan aquella corona que ensangrentó la cabeza del Redentor. En la Rosa, por último, se figura y simboliza la felicidad eterna».

El ceremonial de la bendición de la Rosa se encuentra así descrito en el mismo libro que acabamos de citar:
«Costumbre fue de los Romanos Pontífices en la Domínica cuarta de Cuaresma, en la cual se canta en la Iglesia Lætáre, Jerúsalem, bendecir una Rosa de oro y entregarla después de la Misa solemne, a algún Príncipe que esté presente en la Corte; si no hubiese en la Corte digno de tan alto obsequio, suele enviarse fuera a algún Rey o Príncipe, a voluntad de nuestro Padre Santo, previo el consejo del Sacro Colegio; pues fue también costumbre de los Romanos Pontífices, antes o después de la Misa, convocar ad circulum a los Cardenales en su Cámara, o donde Su Santidad a bien tuviere, y deliberar con ellos a quién ha de darse o remitirse la Rosa.
  
Para su bendición, que se hace junto a la mesa del vestuario donde nuestro Santísimo Padre recibe sus ornamentos, se prepara un pequeño altar y se ponen sobre él dos cirios (candelabros); el Pontífice, vestido de amito, alba, cíngulo, estola, capa pluvial y mitra, dice: Adjutórium nostrum in nómine Dómini. R. Qui fecit cœlum et terram. Dóminus vobíscum. R. Et cum spíritu tuo. Oremos. “Deus, qui es lætítia et gaudium ómnium fidélium, majestátem tuam supplíciter exorámus ut hanc Rosam odóre vísuque gratíssimam, quam hodiérna die in signum spirituális lætítiæ in mánibus gestámus, benedícere et sanctificáre tua pietáte dignéris, ut plebs tibi dicáta ex jugo Babilónicæ captivitátis edúcta, per Unigéniti Fílii tui grátiam cœléstis Jerúsalem gáudium sincéris córdibus repraeséntet. Et quia ad honórem nóminis tui Ecclésia tua hoc signo hódie exsúltat et gáudet, tu ei, Dómine, verum et perféctum gáudium et grátiam tuam largiáris, ut per fructum boni óperis in odórem illíus floris tránseat qui de radíce Jesse prodúctus, flos campi, lílium convállium mystice prædicátur. Qui tecum vivit et regnat in unitáte Spíritus Sancti, Deus, per ómnia sǽcula sæculórum. [Dios, por cuya palabra y poder se hicieron todas las cosas y por cuya voluntad se rigen los Universos; que eres la alegría y gozo de todos los fieles, humildemente rogamos a Tu Majestad que por tu misericordia te dignes bendecir y santificar esta rosa gratísima de aroma y de vista, que hoy en signo de espiritual alegría llevamos en nuestras manos, a fin de que el pueblo que te pertenece, sacado del yugo de la cautividad de Babilonia por la gracia de tu Hijo unigénito que es gloria y regocijo de la plebe de Israel, anticipe a los corazones sinceros el gozo de aquella Jerusalén de lo alto que es nuestra Madre. Y pues en honor de tu nombre tu Iglesia se alegra y regocija hoy con este signo, dígnate, Señor, darle verdadero y perfecto gozo, y así, aceptando su devoción, perdones los pecados, llenes con la fe, ayudes con la indulgencia, protejas con la misericordia, destruyas las adversidades, y concedas todo género de prosperidad, hasta que por fruto de la buena obra, en olor de los aromas de aquella flor que procede de la raíz de Jesé, y que a sí misma se llama flor del campo y lirio de los valles, con ella en la eterna gloria con todos los Santos se regocije sin fin. Por Nuestro Señor Jesucristo, que contigo vive y reina en unidad del Espíritu Santo, Dios, por todos los siglos de los siglos]. Amén”.
  
Terminada la oración, unta con bálsamo la Rosa de oro que está en el mismo ramillete, y le echa almizcle molido que se le ministra por el Sacristán, y pone el incienso en el turíbulo según la rúbrica, y rocía la rosa con agua bendita, y quema el incienso. En tanto un Clérigo de la Cámara Apostólica tiene la Rosa en su mano, que pasa al punto a las del Diácono Cardenal, y éste la entrega al Pontífice, quien, tomándola y llevándola en la mano izquierda, se pone en marcha hacia la capilla, bendiciendo con la derecha; y los Diáconos Cardenales elevan la capa pluvial: al llegar al faldistorio da la Rosa al dicho Diácono, quien a su vez la entrega al Clérigo de la Cámara, y éste la pone sobre el altar. Acabada la Misa, y hecha oración ante el altar por el Pontífice, recibe la Rosa como antes y la lleva a su Cámara. Si aquel a quien quiere darla está presente, se le hace llegar a sus pies; y estando de rodillas le da el Pontífice la Rosa diciendo: “Accípe Rosam de mánibus nostris, qui, licet immériti, locum Dei in terris tenémus: per quam designátur gáudium utriúsque Jerúsalem, triumphántis scílicet, et militántis Ecclésiæ, per quam ómnibus Christi fidélibus manifestátur flos ipse speciosíssimus, qui est gáudium et coróna Sanctórum ómnium. Súscipe hanc tu, dilectíssime fili (vel dilectíssima fília), quæ secúndum sǽculum nóbilis, potens, ac multa virtúte prǽditus (vel prǽdita) es, ut ámplius omni virtúte in Christo Dómino nobiíteris, tamquam Rosa plantáta super rivos áquarum multárum, qua, grátiam ex sua uberánti cleméntia, tibi concedére dignétur, qui est Trinus et Unus in sǽcula sæculórum. Amen. In nómine Patris, et Fílii, et Spíritus Sancti. [Recibe la Rosa de nuestras manos, que aunque sin méritos, tenemos en la tierra el lugar de Dios. Por ella se designa el gozo de una y otra Jerusalén; es a saber, de la Iglesia triunfante y militante, por la cual a todos los fieles de Cristo se manifiesta aquella flor hermosísima que es gozo y corona de todos los Santos. Recibe ésta tú, hijo amadísimo (o amadísima hija), que eres noble según el siglo, poderoso y dotado de gran valor, para que más y más te ennoblezcas en Cristo Nuestro Señor con todo género de virtudes, como rosas plantadas junto al río de aguas abundantes, cuya gracia, por un acto de su infinita clemencia, se digne concederte el que es Trino y Uno por lo siglos de los siglos. Amén. En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo] Amén”.
  
Alguna vez se ha hecho esta ceremonia en la capilla terminada la Misa, antes de que el Papa bajara de su silla; pero es más conveniente que el Papa vuelva a la Cámara con la Rosa, y así lo encuentro practicado por nuestros mayores. Aquel a quien se da la Rosa, después que ha besado la mano y el pie del Pontífice y dádole gracias, y una vez que el Papa se ha desnudado ya en la Cámara de sus sagradas vestiduras, es acompañado, llevando es su mano la Rosa, hasta la casa de su habitación, por el Colegio de Cardenales, en medio de los dos más antiguos, seguidos de todos los otros, y rodeándole a pie los servidores de la Curia Romana con sus varas, que suelen en aquel día recibir gajes de parte del favorecido con la Rosa».
  
Cuando el beneficiario de la Rosa de Oro no se hallaba en la Corte Pontificia el Papa se la enviaba por medio de un embajador. Desde León X se encargaba de la consigna un ablegado (el mismo que llevaba el birrete a algún cardenal residente fuera de Roma), camarero secreto o protonotario apostólico. En contra de la creencia generalizada, la Rosa de Oro no se concede sólo a soberanas o princesas católicas, aunque así haya sido en muchas ocasiones y casi invariablemente desde el siglo XVI. También han sido gratificados ilustres varones de la Cristiandad por méritos contraídos en la defensa de la Fe Católica y de los derechos de la Iglesia. Y no sólo se concede a personas, sino, como queda dicho al inicio, a santuarios e imágenes insignes. El enviado papal portador de la Rosa de Oro era recibido con gran ceremonia a su llegada al lugar donde se encontraba el agraciado con ella. En España era un Grande el que, comisionado por el Rey, se adelantaba al enviado pontificio para recoger la distinción y llevarla a la iglesia donde se debía verificar su recepción solemne. En el día indicado, el propio representante papal, si tenía el orden episcopal, celebraba misa pontifical. Antes de dar la bendición final, se sentaba en medio del altar, estando frente a él la persona regia destinataria de la Rosa de Oro. El notario real debía entonces leer la bula papal de concesión y las indulgencias otorgadas en la ocasión, acabado lo cual se levantaba el prelado y tomaba aquélla en sus manos para entregarla a dicha persona –que la recibía de rodillas– con estas palabras: “Áccipe Rosam de mánibus nostris, quam de speciále commissióne Sanctíssimi in Christo Patris, et Dómini Nostri, N. Papæ, nobis facta, tibi trádimus,...” [Recibe de nuestras manos la Rosa, que te entregamos por especial comisiòn de Nuestro Santísimo Padre en Cristo, y Señor el Papa N.]. Dada la bendición, la Rosa de Oro era llevada con gran acompañamiento por la persona distinguida por ella o por su capellán al oratorio donde se iba a colocar permanentemente.

Rodolfo Vargas Rubio (Presidente de Roma Æterna).

lunes, 2 de marzo de 2020

HIMNO “Parce Dómine”, PARA LA CUARESMA

El himno “Parce Dómine” consta de dos partes: La antífona “Parce, Dómine, parce pópulo tuo: Ne in ætérnum irascáris nobis” se inspira en la profecía de Joel II, 17 (“Perdona, oh Señor, perdona a tu pueblo: no estés airado para siempre con nosotros”); y el himno en sí (“Flectámus iram víndicem...”) fue compuesto por San Ambrosio de Milán. Este himno es recitado usualmente el Miércoles de Ceniza, dada la referencia al ayuno que es exigido durante la Cuaresma, pero también puede emplearse en cualquier acto de reparación a Nuestro Señor.
  

HIMNO “PARCE DÓMINE”
   
LATÍN
Antífona: Parce, Dómine, parce pópulo tuo:
Ne in 
ætérnum irascáris nobis.
  
Flectámus iram víndicem,
Plorémus ante Júdicem,
Clamémus ore súpplici,
Dicámus omnes cernúi:
Parce, Dómine, parce pópulo tuo:
Ne in 
ætérnum irascáris nobis.
  
Nostris malis offéndimus
Tuam Deus cleméntiam:
Effúnde nobis désuper
Remíssor indulgéntiam.
Parce, Dómine, parce pópulo tuo:
Ne in 
ætérnum irascáris nobis.
  
Dans tempus acceptábile,
Da lacrimárum rívulis
Laváre cordis víctimam,
Quam lǽta adúrat cáritas.
Parce, Dómine, parce pópulo tuo:
Ne in ætérnum irascáris nobis.
   
Áudi, benígne Cónditor,
Nostras preces cum flétibus
In hoc sacro jejúnio
Fusas quadragenário.
Parce, Dómine, parce pópulo tuo:
Ne in ætérnum irascáris nobis.
Scrutátor alme córdium,
Infirma Tu scis vírium:
Ad Te revérsis éxhibe
Remissiónis grátiam.
Parce, Dómine, parce pópulo tuo:
Ne in ætérnum irascáris nobis.
    
TRADUCCIÓN
Antífona: Perdona, oh Señor, perdona a tu pueblo:
No estés airado para siempre con nosotros.
  
Aplaquemos la ira vengadora,
Lloremos ante el Juez,
Clamemos con voz suplicante,
Digamos todos inclinados:
Perdona, oh Señor, perdona a tu pueblo:
No estés airado para siempre con nosotros.
  
Con nuestras maldades ofendimos
Tu clemencia, oh Dios:
Desde lo alto derrama benigno
Sobre nosotros tu indulgencia.
Perdona, oh Señor, perdona a tu pueblo:
No estés airado para siempre con nosotros.
  
Dando un tiempo favorable
Das ríos de lágrimas,
Lavas el corazón víctima,
Que alegre caridad inflama.
Perdona, oh Señor, perdona a tu pueblo:
No estés airado para siempre con nosotros.
   
Escucha, Creador benigno,
Nuestras oraciones con lágrimas
Derramadas en este sagrado
Ayuno cuaresmal.
Perdona, oh Señor, perdona a tu pueblo:
No estés airado para siempre con nosotros.
 
Místico escrutador de los corazones,
Tú conoces nuestras débiles fuerzas:
Exhibe la gracia de la remisión
A cuantos nos volvemos a Ti.
Perdona, oh Señor, perdona a tu pueblo:
No estés airado para siempre con nosotros.

miércoles, 26 de febrero de 2020

HIMNO “Atténde Dómine”, PARA LA CUARESMA

“Atténde Dómine” es un himno cuaresmal que implora a Dios que tenga misericordia de nosotros, que hemos sido redimidos a gran precio: Su Preciosísima Sangre. De ahí que es algo así como el salmo “Miserére”, pero dirigido no al Padre, sino al Hijo.

Este canto, de origen hispánico-mozárabe (de hecho, en la Liturgia Hispánica o de San Isidoro no es un canto, sino una oración litánica para la hora sexta en el Breviario), es muy simple (ya que pertenece al modo quinto del canto gregoriano), algo que puede ser cantado por la congregación sin acompañamiento de órgano (en tiempo de Cuaresma, no se toca el órgano –instrumento que simboliza el regocijo– en las iglesias).

La versión romana es diferente a la hispánica, en el sentido que en aquella, el responso es simplemente “Et miserére”.
  
   
LATÍN
℞. Atténde Dómine, et miserére, quia peccávimus tibi. (Repetitur)
  
Ad te Rex summe,
Ómnium Redémptor,
Óculos nostros
Sublevámus flentes:
Exáudi, Christe,
Supplicántum preces.
℞. Atténde Dómine, et miserére, quia peccávimus tibi.
   
Déxtera Patris,
Lapis anguláris,
Via salútis,
Jánua cœléstis,
Áblue nostri
Máculas delícti.
℞. Atténde Dómine, et miserére, quia peccávimus tibi.
   
Rogámus, Deus,
Tuam majestátem:
Áuribus sacris
Gémitus exáudi:
Crímina nostra
Plácidus indúlge.
℞. Atténde Dómine, et miserére, quia peccávimus tibi.
   
Tibi fatémur
Crímina admíssa:
Contríto corde
Pándimus occúlta:
Tua, Redémptor,
Píetas ignóscat.
℞. Atténde Dómine, et miserére, quia peccávimus tibi.
   
Ínnocens captus,
Nec repúgnans ductus,
Téstibus falsis
Pro ímpiis damnátus:
Quos redemísti,
Tu consérva, Christe.
℞. Atténde Dómine, et miserére, quia peccávimus tibi.
   
TRADUCCIÓN (Tomada de EL ATRIL)
℞. Escucha, Señor, y ten misericordia, porque hemos pecado contra Ti. (Repetir)

A Ti, Rey soberano,
Redentor de todos 
Levantamos nuestros ojos 
En llanto; 
Escucha, Cristo, las plegarias
De los que te suplican.
℞. Escucha, Señor, y ten misericordia, porque hemos pecado contra Ti.
  
Oh diestra del Padre,
Piedra angular, 
Camino de la salvación
Y puerta del cielo:
Lava las manchas
De nuestros delitos.
℞. Escucha, Señor, y ten misericordia, porque hemos pecado contra Ti.
   
Rogamos oh Dios,
A tu majestad:
Con tus oídos santos
Escucha nuestros gemidos,
Perdona bondadoso
Nuestras culpas.
℞. Escucha, Señor, y ten misericordia, porque hemos pecado contra Ti.
  
Nuestros pecados cometidos
Los confesamos ante Ti;
Con corazón contrito
Te manifestamos lo oculto; 
Que tu clemencia, oh Redentor,
Nos las perdone.
℞. Escucha, Señor, y ten misericordia, porque hemos pecado contra Ti.
   
Inocente,  fuiste capturado,
Y llevado sin poner resistencia, 
Y condenado por los impíos
Con testigos falsos.
A los que redimiste, 
Consérvalos Tú, oh Cristo.
℞. Escucha, Señor, y ten misericordia, porque hemos pecado contra Ti.
  

LA CUARESMA EN TIEMPOS DEL AQUINATE

Traducción del artículo publicado en ANGELUS PRESS (Fraternidad Sacerdotal San Pío X – Distrito de Estados Unidos). 
  
¿PIENSAS QUE LA CUARESMA ES DURA? MIRA LAS PRÁCTICAS CUARESMALES MEDIEVALES
  
Desayuno de los monjes benedictinos (Monasterio de Nuestra Señora de Guadalupe en Silver City, Nuevo México).
  
Los Católicos Latinos de hoy deberían servirse revisar las normas de cómo se preparaban los primeros Cristianos para la Pascua.
El ayuno cuaresmal para los Católicos Latinos que viven en los años del tercer milenio de la Cristiandad a menudo significa cambiar la hamburguesa del almuerzo por un Filet-o-Fish, y asistir esporádicamente al Vía Crucis. Pero la Iglesia ha alentado a sus hijos, hasta las grandes reformas en los 1960’s, no a hacer el mínimo necesario, sino sumergirse en el espíritu de la penitencia cuaresmal.

Los requerimientos y prácticas durante el primer milenio después de Nuestro Señor eran extraordinariamente duras para los términos de hoy, habiendo sido relajadas poco a poco, hasta que hoy son casi inexistentes. El Arzobispo Lefebvre notó esto en una carta escrita a sus fieles en 1982:
Los fieles que tienen un verdadero espíritu de fe y que comprenden profundamente los motivos de la Iglesia… cumplirán de todo corazón no sólo las prescripciones vigentes hoy, sino al entrar en el espíritu de Nuestro Señor y de la Virgen María, se esforzarán para hacer reparación por los pecados que han cometido y por los de su familia, sus vecinos, amigos y conciudadanos.
Hoy, solo las iglesias orientales (muchas de las cuales no están en comunión con Roma) practican la austeridad durante la Cuaresma, aunque en forma desigual. Por ejemplo, durante el tiempo de Cuaresma generalmente se prohíben la carne, el pescado, los lacticinios y el aceite, aunque hay pocas restricciones sobre la cantidad de comida aprobada para la Cuaresma que se puede consumir. Además, algunas disciplinas de ayuno están sujetas a la práctica regional y variaciones culturales con sacerdotes y obispos locales que directamente dicen ofrecer dispensas para aquellos confiados a su cuidado.

Ayunos negros y cerveza aguada
Podemos aprender mucho de la observancia de la Quadragesima por nuestros antepasados Latinos y quizá seguir su egemplo; si no enteramente en la práctica, al menos en espíritu, como recomendó el Arzobispo. En una publicación reciente en su sitio web, el Dr. Taylor Marshall, un antiguo presbítero episcopal que ahora es Católico, recogió las reglas de la penitencia cuaresmal como las describe Santo Tomás de Aquino:
  1. El Miércoles de Ceniza y el Viernes Santo eran “Ayunos negros”. Esto significa ninguna comida.
  2. Los demás días de Cuaresma: nada de comida hasta las 3pm, la hora de la muerte de Nuestro Señor. Se permitía el agua, y como era el caso para la época debido a la preocupación sanitaria, cerveza y vino aguados.  Después de la llegada del té y el café, estas bebidas fueron permitidas.
  3. Nada de carnes o grasa animal.
  4. Nada de huevos.
  5. Nada de lacticinios (esto es, leche, queso, crema, manteca, etc.).
  6. Los domingos eran días de menos disciplina litúrgica, pero permanecían las reglas de ayuno anteriores.

Horneando el pan en un salterio por un iluminador desconocido, Bélgica, mediados del 1200s. J. Paul Getty Museum, Manuscrito 14, fol. 8v.

Pan, sal y vegetales
Esencialmente, los Cristianos occidentales medievales subsistían con pan, vegetales y algo de sal durante la Cuaresma. El pescado era permitido, aunque no era común. Esto era consistente con el deseo de la Iglesia de que los fieles se abstuvieran de la carne carnal (Santo Tomás equipara a Nuestro Señor dando Su Carne a nosotros) y a luchar por un mayor control sobre nuestros propios cuerpos, con la abstinencia del uso del matrimonio como una forma adicional de automortificación.

Más allá de la penitencia diaria, el Triduo era más severo que incluso el “Ayuno negro” mencionado anteriormente. El ayuno del Viernes Santo comenzaba tan temprano como el ocaso del Jueves Santo, durando hasta las nonas del Sábado Santo –cuando la Iglesia primitiva comenzaba la Vigilia Pascual–.

Pero tan temprano como el 800 A.D., la hora de ayuno de las 3pm fue generalmente movido más hacia el medio día. De hecho, la palabra “nonas” es un derivado de la “Nona”, la 9 hora del Divino Oficio, dicha hacia las 3pm. ¿Por qué llamamos a las 12pm “nona” y no a las 3pm? Durante la Cuaresma, los monasterios frecuentemente movían la recitación de las nonas tan temprano como a las 12pm, a fin de proveer a los monjes trabajadores y labradores una oportunidad para romper el ayuno más temprano en el día. De ahí la exclamación de los hermanos y labradores exhaustos de “¡Nonas!” entrando al vernáculo. Un remanente de este realce es aún detectable en las rúbricas para recitar el Breviario Romano hasta 1960; se prescribía recitar la Nona en la mañana antes de la Misa.

Catedrales construidas con lacticinios
Hay alguna confusión sobre el tema de los lacticinios (algunos escritos de los primeros monjes en el siglo VI mencionaban el tomar leche durante la Cuaresma). Es poco claro si las reglas fluctuaron o esto fue simplemente por falta de cualquier otro alimento). Pero al menos para la época de Santo Tomás de Aquino en el siglo XIII, esto era una norma.

Cabe resaltar, sin embargo, que registros remontados al 900 A.D. muestran que los Católicos alemanes podían recibir permiso para consumir lacticinios a cambio de buenas obras, o una contribución para una obra pía (este permiso se conocía como Butterbriefe –Bula de manteca–). Se decía que varias iglesias fueron construidas en parte por medio de tales exenciones. Una de las torres de la catedral de Ruan fue conocida por esta razón como la “Tour de Beurre” (Torre de manteca).

Esta prohibición general de huevos y leche durante la Cuaresma es perpetuada en la costumbre común de bendecir o hacer regalos de huevos en Pascua, y en el uso inglés de comer panqueques en el Martes de Carnaval [en inglés “Shrove Tuesday”, Martes de Confesión, N. del T.] (una forma de usar los huevos y la leche antes del ayuno cuaresmal). De ahí el término coloquial aún usado por algunos del “Martes del panqueque”.

De la cerveza aguada a la penitencia aguada
Gradualmente, los indultos papales darían paso a una abrogación de estas reglas de ayuno en los domingos, y permitir el consumo de carne al menos una vez en todos los días de Cuaresma excepto los Viernes y el Miércoles de Ceniza.

Finalmente se permitió en la tarde una pequeña porción de carne después del “desayuno” principal en Nonas, durante el cual se leía las Colaciones de Juan Casiano, naciendo el término “colación”, usado para los pequeños pasabocas permitidos durante los días de ayuno.

Finalmente, la Constitución Apostólica Pœnitémini de Pablo VI redujo la práctica cuaresmal a dos líneas: no se permite carne en los Viernes de Cuaresma, y se permite 1 comida principal con 2 colaciones el Miércoles de Ceniza y el Viernes Santo.

Aunque el Arzobispo Lefebvre no nos recomienda volver a las prácticas del siglo XIII, ciertamente podemos tomar sus palabras como un apoyo para seguir una observancia más estricta del espíritu de la Cuaresma.
¿Nos atreveríamos a decir que esta necesidad es menos importante en nuestra época que en tiempos pasados? Por el contrario, podemos y debemos afirmar que hoy en día, mucho más que nunca antes, la oración y la penitencia son necesarias debido a que se ha hecho todo lo posible para disminuir y denigrar estos dos elementos fundamentales de la vida cristiana
Fuentes: Dr. Taylor Marshall - Catholic Encyclopedia - sspx.org.

lunes, 8 de abril de 2019

LA GULA, ENEMIGA DE LA CASTIDAD

«El que obedeciendo a su estómago pretende vencer el espíritu de la fornicación, se asemeja al que pretende apagar el fuego con aceite». (SAN JUAN CLÍMACO. La santa escala, o La escalera del divino ascenso, Decimocuarto escalón “De la gula”, 23).

jueves, 14 de marzo de 2019

SANTA MATILDE DE RINGELHEIM, REINA

«Este pueblo me honra con los labios; pero su corazón lejos está de mí». (San Mateo 15, 8).
 
     
¡Admirable espectáculo! Una reina enseña a sus súbditos las verdades de la religión; ¡llega hasta enseñarles una profesión a fin de ponerlos en condiciones de ganarse la vida! Su hospitalidad con los peregrinos, su generosidad con los pobres, pruebas son de esa misma caridad que manaba de su ardiente amor por Jesucristo. Todas las mañanas las consagraba a la oración y asistencia a la santa Misa. Próxima a morir distribuyó cuantiosos tesoros entre los pobres, como si hubiese querido ganar el favor de aquellos que custodian las puertas del paraíso.
  
MEDITACIÓN: TRES VENTAJAS DE LA ORACIÓN
I. Es un honor tan grande para el hombre poder hablar a Dios en la oración, que, para comprenderlo, sería preciso concebir la infinita majestad de Dios. Si hubiese permitido que únicamente un hombre sobre la tierra pudiese rogarle, si hubiese prometido escucharlo en todos sus pedidos, de todas partes se acudiría a ese hombre, para obtener, por su intermedio, las gracias del Señor. Dios nos ha permitido que le oremos en todo tiempo y en todo lugar; ha prometido concedernos lo que le pidamos, y nosotros despreciamos esta concesión, y en nada apreciamos este honor. «Yo hablaré a mi Dios, yo, que no soy sino ceniza y polvo» (Job).
  
II. La oración es la llave de los tesoros de Dios, nos enriquece con todos los bienes de la naturaleza y de la gracia; prueba tú lo poderosa que es. Recurre a Dios como a tu padre. Dirígete a Él como un pobre que tiene conciencia de su indigencia y se juzga indigno de obtener algo. Cuando hayas sido escuchado, atribuye el beneficio recibido a la pura bondad de Jesucristo. «La oración se eleva, y la misericordia desciende». (San Agustín).
  
III. Nada hay más dulce que conversar con Dios en la oración: en ella lo conocemos más perfectamente, lo amamos más ardientemente; y este conocimiento y este amor, que constituyen el paraíso de los bienaventurados, es el comienzo de la felicidad de los hombres sobre la tierra. No pido otro testigo de esta verdad que tú mismo: ¿no es verdad, acaso, que las lágrimas de contrición que has derramado llorando tus pecados en la oración, tienen dulzuras que no podrías expresar, encantos infinitamente superiores a todos los placeres de aquí abajo?
  
La oración. Rogad por la paz de las familias.
  
ORACIÓN
Escuchadnos, Oh Dios Salvador nuestro, y haced que la solemnidad de la bienaventurada Matilde, al mismo tiempo que regocija nuestra alma, la enriquezca con los sentimientos de una tierna devoción. Por J. C. N. S. Amén.

lunes, 11 de marzo de 2019

ASTUCIA VERDADERA ES LUCHAR POR SALVAR EL ALMA


"El mundo está lleno de tontos y de astutos. Los astutos son los que trabajan y sufren para ganarse el Cielo; los tontos son los que viven su vida sin pensar en la eternidad".
   
SAN JUAN BOSCO

miércoles, 6 de marzo de 2019

TRABAJE HOY, EMPIECE HOY NO EL DÍA DE MAÑANA

  
Ave María Purísima, sin pecado original concebida.
 
Con quejarse, victimizarse y recordar todos los momentos malos que hemos pasado, las traiciones o la interminable lista de todas las cosas que no tenemos, no se gana absolutamente nada bueno en vías a nuestra salvación eterna, por el contrario, se crea una especie de justificación emocional y mental donde no somos tan malos como otros, lo cual suele crear conciencias orgullosas que culpan al universo mundo de su falta de virtud solida y santidad de vida. «No te dejes vencer de lo malo: mas vence el mal con el bien». San Pablo a los Romanos XIII, 21.
 
Queridos hermanos, debemos luchar cada día, cada momento por la salvación eterna de nuestra alma, por vivir cada día en estado de gracia de Dios, para lo cual requiere la fe verdadera, el sacramento de la confesión, la valentía del católico y las disposiciones del alma.
 
Consideraciones
  
1º El hombre es creado para amar y servir a Dios Nuestro Señor, cumpliendo su fin alcanzará la felicidad y la salvación eterna de su alma.
No nos perdamos en el mundo de las ideas, de las necesidades aparentes y de culpar a los demás, en eso no hay ningún provecho; ocuparnos por el contrario en trabajar con inteligencia, con fe y constancia en vivir en gracia de Dios, en purificar nuestra alma cumpliendo nuestras obligaciones de estado. 
 
Nada se gana con ver la paja en el ojo ajeno, en victimizarnos o en culparnos de nuestros errores; ocuparse en trabajar hoy con inteligencia en vivir en gracia de Dios y en hacer las cosas bien hechas. «Someteos pues a Dios, y resistid al diablo, y huirá de vosotros». Epístola del Apóstol Santiago IV, 7.
  
2º Trabaje hoy, empiece hoy no el día de mañana.
No caer en la tentación de cambiar el día de mañana, día que nunca llega, que siempre tiene un motivo para esperar al día de mañana. Algunas almas, esperan ilusamente ganas de rezar para rezar, otros añoran: estabilidad, paz, alegría, confort, bienestar económico, que nadie lo moleste, familia que lo quiera, etc. etc. etc. para entonces sí ser muy buenos y santos, tal día nunca llegara. «No juzguéis antes de tiempo. Dejad que venga el Señor». San Pablos a los Corintios IV, 2.
 
3º Evite la mala costumbre de justificarse y de echar la culpa a los demás.
Es propio de la soberbia justificarse y culpar a los demás, evadir responsabilidades, victimizarse y colocarse en el lugar del pobrecito; cuando muchas veces fue falta de coraje y de valor para enfrentar sus problemas, y al último, se hacen los muy humildes, los muy buenos para justificar la falta de valía para defender los derechos de Dios y de su dignidad como persona católica.
 
4º No se pierda en todo lo malo que existe en el mundo, en los problemas de los hombres de Iglesia para justificar su descuido espiritual.
Queremos resultados, no justificaciones. ¿Usted vive en gracia de Dios? ¿Usted esta listo para morir en este momento? Poco o nada debe interesar ni distraernos los miles de problemas, escándalos y errores que suceden en el mundo; ocuparnos de vivir en gracia de Dios, de crecer en virtud y sostenernos en el camino de salvación eterna.
  
«Que se pierda todo, antes que perder a Dios, y que sea disgustado todo el mundo, antes que lo sea Dios». San Alfonso María de Ligorio.
 
Dios te bendiga
  
PADRE HERNÁN ARTURO VERGARA MONROY
La Paz, Baja California Sur, 2 de Diciembre de 2018

lunes, 4 de marzo de 2019

SAN CASIMIRO, PRÍNCIPE Y PATRONO DE POLONIA Y LITUANIA

«Bienaventurados los que tienen puro su corazón, porque ellos verán a Dios». (San Mateo 5, 8).
  
    
San Casimiro, hijo del rey de Polonia, vivió en castidad, y murió por conservar esta virtud. La meditación de los sufrimientos de Jesucristo, los cilicios, el ayuno y las otras austeridades, tales fueron los medios de que se valió para conservar un pureza angélica. Lleno de celo por la propagación de la fe, persuadió a su padre Casimiro IV Jallegón a dictar una ley que prohibió a los rutenos cismáticos la construcción de nuevos templos y la reparación de los que quedaban en ruinas. Su caridad para con los pobres era inagotable. Anunció el día de su muerte, y dio su alma a Dios, a la edad de 23 años, en el año 1484.
  
MEDITACIÓN SOBRE EL PECADO
I. El pecado mortal es el mal supremo del hombre; es preciso evitarlo a cualquier precio. Mantente firmemente resuelto a perder tus bienes, tu honra, tu salud, tu vida, antes que cometer un solo pecado mortal. ¿Estás dispuesto a ello? ¿Cuántas veces ofendes a Dios por un puntillo de honra, por un leve interés, por un placer transitorio?
    
II. La misma actitud debemos observar respecto al pecado venial, pues el pecado disgusta a Dios, y lo ofende. Sí, sería mejor dejar que perezca el mundo entero antes que proferir una mínima mentira. Es el sentir de todos los santos; ¿es también el tuyo? ¿Cuántos pecados veniales cometes por día? Ten cuidado, esas pequeñas enfermedades te predisponen insensiblemente para una enfermedad mortal. Nunca cometas ni siquiera un solo pecado venial deliberado.
  
III. No basta alejarse del pecado mortal y del pecado venial, es preciso, en la medida en que lo puedas, evitar hasta las menores imperfecciones, y seguir los consejos que Jesús nos da en el Evangelio. San Casimiro prefirió morir antes que abandonar el consejo evangélico de la castidad. ¡Cuán alejado estás tú de la guardia de los consejos, tú que apenas observas los mandamientos! Pon mucho cuidado en esto: «el que no hace la que manda el Señor, en vano espera la que Él promete». (San Pedro Crisólogo).
 
La huida del pecado. Orad por los que os gobiernan.
  
ORACIÓN
Oh Dios, que armasteis a San Casimiro con inquebrantable constancia en medio de los placeres de la corte y las seducciones del mundo, haced, benignamente, que por su intercesión vuestros fieles desprecien las cosas terrenas y suspiren sólo por los bienes del cielo. Por J. C. N. S. Amén.

lunes, 5 de marzo de 2018

DEL INFIERNO DE LOS CRISTIANOS, POR SAN JUAN MARÍA VIANNEY

Tomado de SERMONES DEL SANTO CURA DE ARS
 
«Ibi erit fletus et stridor déntium». (S. Matth. VIII, 12)
 
Nosotros leemos en el Evangelio que, cuando el Salvador entró en Cafarnaum, un Centurión vino a su encuentro, diciéndole: «Señor, mi siervo esta enfermo en mi casa, de una parálisis que lo hace sufrir mucho». «¡Y bien!, le dice el buen Salvador, iré y yo lo curaré». «¡Ah! Mi Señor, le dice el Centurión, no soy digno de que entres en mi casa; pero di sólo una palabra, y mi siervo será curado. Puesto que yo soy un hombre sujeto a las ordenes de mis superiores, sin embargo, tengo soldados bajo mi mando que hacen todo por mí, digo a uno: ve allí, y va; a otro: ven aquí, y viene; y a mi siervo: haz esto, y lo hace». Jesús, habiéndole escuchado así quedó lleno de admiración, y les dice a aquellos que le seguían: «En verdad les digo que no he encontrado una fe más grande en todo Israel. Por ello les dice que muchos vendrán de Oriente y Occidente y se colocarán junto con Abraham, Isaac y Jacob, en el Reino de los cielos, mientras que los hijos de este reino serán lanzados a las tinieblas, donde habrá llanto y rechinar de dientes».
 
Quién será de nosotros, hijos míos, aquel que, queriendo tomarse la molestia de penetrar el sentido de estas palabras, no se sentirá convencido y llegará con espanto casi a la desesperación pensando que verdaderamente son los malos cristianos quienes son estos desgraciados, que serán expulsados del Reino de los cielos y arrojados a las tinieblas exteriores, es decir, hijos míos, en el Infierno, donde habrá llanto y rechinar de dientes: mientras que a los idólatras y paganos, que nunca han tenido la felicidad de conocer a Jesucristo, se les abrirán los ojos del alma, abandonarán el camino de la perdición, vendrán para entrar en el seno de la Iglesia y ocuparán el sitio que estos malos cristianos perdieron por el desprecio de las gracias que recibieron. Pero no es todavía bastante, hijos míos, los cristianos condenados sufrirán en efecto de tormentos infinitamente más rigurosos que los infieles. La razón es que estos extranjeros serán condenados en parte porque nunca han oído hablar de Jesucristo y de su religión; que vivieron y que murieron en la ignorancia: mientras que los cristianos vieron, a la edad de la razón, la antorcha de la fe brillar delante de ellos como un bello sol y recibieron luces más que suficientes para conocer lo que ellos mismos debían a Dios, al prójimo y a ellos mismos. ¡Oh infierno del cristiano, que tú serás terrible y riguroso! Pero voy a decir, hijos míos, ¿y podréis vosotros oírlo sin temblar? que tanto, el Cielo es alejado de la tierra, tanto el Infierno de los infieles será alejado de aquél del cristiano. Si vosotros queréis saber la razón, hijos míos, he aquí. Si Dios es justo, como nosotros no podemos dudar, debe castigar a una alma al Infierno en proporción de las gracias que recibió y despreció, del conocimiento que tenía para servir a Dios. Después de eso, pues es muy justo que un cristiano condenado sufra infinitamente más que un infiel en el Infierno, porque las gracias, los medios para salvarse eran infinitamente más grandes. Para haceros sentir, hijos míos, la necesidad de aprovechar las gracias que recibimos en nuestra santa religión, quisiera destacar que un cristiano condenado será más atormentado que un infiel.
 
Para daros a entender, hijos míos, la magnitud de los tormentos que están reservados a los malos cristianos, habría que ser Dios mismo, porque sólo el que le comprenda, y los condenados le sienten, puesto que Dios es infinito en sus castigos como en sus recompensas. Cuando el buen Dios me daría el poder de arrastrar aquí, en mi lugar, un infame Judas que ha cometido un horrible sacrilegio en comulgar indignamente y vendiendo a su divino Maestro, lo que hacen tan a menudo los malos cristianos por sus confesiones y sus comuniones indignas, su solo grito sería decirme: «¡Oh! ¡yo sufro!» ¡Lenguaje triste que no puede expresar ni la grandeza, ni la magnitud de sus sufrimientos! ¡Oh Infierno de los cristianos, que serás terrible! Ya que Jesucristo parece agotar su potencia, su cólera y su furor para hacer sufrir a estos malos cristianos. ¡Oh mi Dios, como podemos pensar bien en eso, y sentirse de este número, y vivir tranquilos! Mi Dios, ¿que desgracia es comparable a la de estos cristianos! Pero, dígaseme, según esto parecería que hay varios Infiernos. ¡Pues bien! hijos míos, yo, les diré que, si los sufrimientos y los tormentos de los condenados fueran los mismos, Dios no sería justo.
 
Digo además, que hay tantos infiernos como condenados, y que sus sufrimientos son grandes en proporción de la magnitud y del número de los pecados que cometieron y gracias que despreciaron. Dios, que es todopoderoso, nos hace sensibles a nuestra desgracia en proporción del mal que hicimos. Hay grados de los condenados como los santos. Éstos son totalmente felices, es verdad; sin embargo, hay unos que son más elevados en gloria, y esto, según las penitencias y otras buenas obras que hicieron durante su vida. Lo mismo ocurre con los condenados: son totalmente desgraciados, totalmente privados de la vista de Dios, lo que es la más grande de todas las desgracias; porque si un condenado tuviera la felicidad de ver al buen Dios, una vez cada mil años, y esto durante cinco minutos, su infierno dejaría de ser un infierno. Sí, hijos míos, el buen Dios nos hará sensibles a esta privación y a otros tormentos, según el número, el tamaño y la malicia de los pecados que hayamos cometido. Díganme, hijos míos, ¿podemos oír, sin estremecernos, el lenguaje de estos impíos que les dicen que les gusta ser condenados tanto por mucho como por poco?
 
¡Lamentablemente! desgraciado, pues ¿no pensó jamás que cuanto más sus pecados fuesen multiplicados, y más fuesen cometidos con malicia, más sufriría en el Infierno? Más allá concluyo, hijos míos, que los cristianos que pecaron con más conocimiento, que se vieron obligados tantas veces a hacerse violencia para reprimir los remordimientos de su conciencia, que despreciaron las santas inspiraciones y todos los deseos buenos que Dios les daba, son tanto más culpables; pues es muy justo, digo, que la justicia de Dios se haga sentir más rigurosamente sobre ellos que sobre estos pobres infieles que pecaron, en parte, sin conocer el mal que hacían, y sin conocer al que ellos ultrajaban, sin conocer la bondad y el amor de un Dios por sus criaturas. Si los idólatras, nos dicen a los santos, son condenados por haber transgredido las leyes de Dios que no conocían, leyes que no conocieron (Romanos 2), ¿que será pues el castigo de los cristianos que saben tan bien el mal que hacen, los deberes que tienen que cumplir?, que comprenden cuánto ultrajan a Dios, que saben los dolores que se preparan para la eternidad; y que, a pesar de todo eso, ¿no dejan de pecar? No, no, hijos míos, la potencia y la cólera de Dios parecen no ser bastante grandes ni la eternidad bastante larga para castigar a estos desafortunados. Sí, hijos míos, me parece ver estas llamas encendidas por la justicia de Dios negarse a hacer sufrir estas penas a los idolatras y volverse con un furor espantoso sobre estos desgraciados cristianos reprobados. En efecto, hijos míos, ¿quién no sería tocado por compasión viendo brillar estas naciones extranjeras? ¡Ah!, deben exclamar en medio de las llamas que los devoran: «Dios mío, ¿por qué nos echaste en estos abismos de fuego? No sabíamos lo que había que hacer para amarte. Si te ultrajamos, es porque no te conocíamos. ¡Ah! Señor, si se nos hubiera dicho, como a los cristianos, todo lo que habías hecho por nosotros, cuánto nos querías, ¡ah! no, jamás habríamos tenido la desgracia de ofenderte». ¡Lamentablemente! me parece que veo a Jesucristo que se tapa los oídos para no oír los gritos de estos pobres desgraciados. No, hijos míos, Jesucristo es demasiado bueno para no dejarse conmover. Si no nos hubiera dicho que, sin el bautismo y fuera de la Iglesia, no podíamos esperar el cielo, ¿podríamos creer bien que estas pobres almas estén condenadas sin haber sabido lo que había que hacer para salvarse? No, hijos míos, me parece que Jesucristo no puede fijar los ojos en estos pobres infortunados sin ser tocado por compasión. Pero que se consuelen en sus desgracias: los dolores que van a aguantar infinitamente serán menos rigurosos que aquellos de los cristianos. ¡Mi Dios! ¿podrá decir cada uno de ellos «por qué me echó en este fuego»?
 
Pero, por otra parte, hijos míos, escuchad los gritos, los aullidos de los cristianos condenados: «¡Ay de mi! ¡Yo sufro! No veo, no toco, no siento y sólo soy difunto. ¡Ah! si estoy condenado es por mi culpa; sabía bien todo lo que había que hacer para salvarme, y tenía todos los medios más que suficientes para esto. ¡Por desgracia! ¡Pecando, sabía muy bien que perdía a mi Dios, mi alma y el Cielo, y que me condenaba por siempre para arder en los infiernos! ¡Ah! Soy bien castigado porque lo quise. El buen Dios que, tantas veces, me ofreció mi perdón y todas las gracias que hacían falta para esto, el buen Dios me perseguía sin cesar con remordimientos de conciencia que me devoraban y que parecían forzarme a salir del pecado, y no quise, ¡y estoy condenado! Me serví de todas las luces que sólo esta bella religión me proporcionaba, para pecar con más malicia». «Sí, mi Dios, dirá este cristiano durante la eternidad, castigadme, es muy justo, porque, si te encarnaste, si padeciste tantas humillaciones, tantos tormentos, una muerte tan dolorosa y tan vergonzosa, era sólo para llevarme a operar la salvación de mi alma. Toda esta bella religión que has fundado, y derramas con tanta abundancia tus gracias para los pecadores, son sólo para mi salvación; sí, mi Dios, yo sabía todo esto».
  
Sí, hijos míos, un cristiano condenado tendrá, durante toda la eternidad, ante los ojos, todos los buenos pensamientos, todos los buenos deseos, todas las buenas obras que hubiera podido hacer y que no hizo, todos los sacramentos que no recibió y que hubiera podido recibir, todas las oraciones perdidas, todas las misas que oyó mal y que hubiera podido oír muy bien como es debido, lo que le hubiera ayudado mucho a salvar su alma. Sí, hijos míos, este mal cristiano recordará todas las instrucciones que se perdió o que despreciaba, y por las que hubiera podido conocer tan bien sus deber. ¡Ah! Digamos mejor, hijos míos, todos estos recuerdos serán como verdugos que lo devorarán.
 
¡Pues bien! hijos míos, de todo esto, el buen Dios no tendrá que criticarles nada a los pobres idólatras. No, hijos míos, no sabían lo que era pensar en el buen Dios, de agradarle, ni los medios que había que emplear para ir al Cielo; lo que ha hecho comentar a varios santos que todo lo que el buen Dios podía inventar para hacer sufrir a los cristianos condenados no será demasiado riguroso para ellos, ya que conocían tan bien lo que había que hacer para ir al Cielo y agradar a Dios. Veis, hijos míos, si no es justo que suframos en la otra vida más que los paganos. Escuchad con que malicia el cristiano peca sobre la tierra, con cuanta audacia se rebela contra Dios. «Sí, Señor, le dice, sé que tú eres mi Dios, mi creador, que sufriste, que moriste por mí, que me amaste más que a ti mismo, que no dejas de llamarme a ti por tu gracia, por los remordimientos de mi conciencia y por la voz de mis pastores; ¡pues bien! me burlo de ti y de todas tus gracias. Me diste mandamientos para observarlos bajo pena de los castigos más rigurosos: me burlo de ti, de tus mandamientos y de tus amenazas. Tu me diste las luces necesarias para comprender toda la belleza de nuestra santa religión y la felicidad que nos proporciona; ¡pues bien! haré todo lo contrario de lo que me mandas. Tu me amenazas que si me quedo en el pecado pereceré allí, precisamente es para esto que no quiero salir de eso. Sé muy bien que tú instituiste los Sacramentos por los cuales podemos salir tan bien de tu tiranía: y no sólo no quiero sacar provecho de eso, sino que todavía quiero despreciar y burlarme de los que recurrirán a eso, para llevarles a actuar como yo. Sé que tú estas realmente presente en el Sacramento adorable de la Eucaristía, lo que debería llevarme a aparecer delante de ti sólo con un gran respeto y un santo temblor, sobre todo siendo tan pecador como soy: a pesar de eso, quiero ir a tus iglesias y al pie de tus altares sólo para despreciarte y burlarme de ti con mi poco respeto y modestia». «Sí, dirá esta muchacha mundana y perdida, quiero por mis adornos y por mi aire que seduce encantarles con mi forma de tratarlos: tomaré todos los medios posibles para encantar los corazones; trataré de encender en los corazones, con mis maneras infernales, los fuegos impuros que los harán un objeto de horror. ¿Quieren amarme? Haré todo lo que pueda para despreciarlos. Tú me dices que seré feliz, si quiero, durante la eternidad, si te sirvo escrupulosamente; pero que, si hago lo contrario, tú me echarás en los abismos, donde Tú me harás sufrir los dolores infinitos: me burlo del uno y del otro».
  
«Pero, piénsese, no decimos esto pecando; pecamos, es verdad, pero no tenemos este lenguaje». Mi amigo, tus acciones lo dicen, cada vez que pecas, conociendo el dolor que causas. ¿Se nos fía de eso, hijo mío? Dime, cuando trabajas el santo día del Domingo, o cuando comes carne los días que prohíbe la iglesia, cuando juras, o cuando dices palabras sucias, sabes muy bien que ultrajas al buen Dios, que pierdes tu alma y el Cielo, y que te preparas un Infierno. Sabes bien que estando en el pecado, si no recurres al Sacramento de la Penitencia, jamás serás salvado. Vaya, viejos pecadores endurecidos, vaya, cenagal de iniquidad, las naciones extranjeras le esperan para mostrarle que, si hizo daño, lo sabía muy bien. Según esto, hijo mío, pues es muy justo que un cristiano que peca con tanto conocimiento y malicia, sea castigado más rigurosamente en la otra vida que un infiel que pecó, por decirlo así, sin saber que hacía daño. Dime, hijo mío, ¿Cuentan para nada totalmente estos beneficios de los que el buen Dios te favoreció preferentemente a los paganos, y los que tú desprecias?
 
¡Ah¡, hijos míos, ¡que los tormentos que el buen Dios les prepara a los malos cristianos son horribles! Podremos oír sin estremecernos lo que nos dice San Agustín, que «hay unos cristianos que, sólo, en el Infierno, sufrirán más que naciones enteras de paganos, porque, dice, hay unos cristianos que recibieron más gracias que naciones enteras de idólatras». No, mis niños, nos dice San Juan Crisóstomo, «los pecados de los cristianos no son más pecados, pero sacrilegios y de los más horribles, en comparación de los pecados de los idólatras. No, no, malos cristianos, no es más cuestión de pecados en vuestro caso, sino los sacrilegios más horribles».
 
¡Pero, piénsese, es muy duro!, hijos míos, ¿queréis la prueba? Hela aquí: ¿qué es este sacrilegio? Es, dígaseme, la profanación de una cosa santa, dedicada a Dios, como son nuestras iglesias que son destinadas sólo a la oración; es una profanación, cuando asistimos sin respeto, sin modestia, que conversamos allí, nos reímos o dormimos. Es, dígaseme, la profanación de un copón que esta destinado a contener a Jesucristo bajo las especies del pan, o todavía del cáliz, que es santificado por el toque del Cuerpo adorable de Jesucristo y de su Sangre preciosa. ¡Pues bien!, nos dice San Juan Crisóstomo, nuestros cuerpos son todo esto por el santo bautismo. El Espíritu Santo hace su templo de la santa comunión; nuestros corazones son como un copón que contiene a Jesucristo: «¿nuestros miembros no son los miembros de Jesucristo?» (I Cor. VI, 15). ¿ La carne de Jesucristo no se mezcla con la nuestra? ¿Su sangre adorable no fluye por nuestras venas? ¡Ah! desgraciados que somos, ¿nunca hicimos estas reflexiones, que, cada vez que pecamos, hacemos una profanación y un sacrilegio horrible? No, no, hijos míos, jamás detenemos nuestro pensamiento sobre eso, y si antes de pecar estuviéramos convencidos de eso, nos sería imposible pecar. ¡Por desgracia mi Dios, ¡que el cristiano conoce poco lo que hace pecando!
  
Pero, me diréis, si todos estos pecados que son tan comunes en el mundo, son unas profanaciones y sacrilegios tan injuriosos al buen Dios, ¿cuál es el nombre que damos a lo que llamamos sacrilegio, y lo que cometemos cuando escondemos nuestro pecados o los disfrazamos por temor o por vergüenza confesándonos? ¡Ah, hijos míos!, ¡Como podemos fijarnos bien, sin morir de horror, en el pensamiento de tal crimen, que arroja la desolación en el cielo y la tierra! ¡Ah, hijos míos! ¿Un cristiano puede llevar su furor hasta tal exceso, contra su Dios y su Salvador? Un cristiano, hijos míos, que ha cometido un solo sacrilegio en su vida, ¿todavía podría vivir? ¡Ah! no, hijos míos: no hay más términos, ni expresiones para describir el tamaño, la negrura y la horribilidad de tal monstruo cristiano, digo, que, al tribunal de la penitencia, donde un Dios mostró la grandeza de su misericordia más allá de lo que los ángeles jamás podrán comprender: ¡Ah! qué digo, un cristiano que, tantas veces ha experimentado el amor de su Dios, ¿podría ser culpable de tal atrocidad contra un Dios tan bueno? Un cristiano, digo, en la mesa santa, tendrá el corazón, el coraje de arrancar a su Dios de las manos del sacerdote para arrastrarlo al demonio? ¡Ah, desgracia espantosa! ¡Ah, desgracia incomprensible! ¡Un cristiano tendrá el bárbaro coraje de degollar a su Dios, su Salvador, y su Padre más amable! ¡Oh! ¡No, no, el Infierno, en todo su furor, jamás pudo inventar nada semejante! ¡Oh Ángeles del Cielo, venid, acudid en ayuda a vuestro Dios, que es magullado y degollado por sus propios hijos! ¡Oh, no, no! ¡El Infierno jamás pudo llevar su furor a tal exceso! ¡Ah, Padre eterno!, ¿cómo puedes sufrir tales horrores contra vuestro divino Hijo, que nos quiso tanto, y que perdió voluntariamente su vida para reparar la gloria que el pecado nos había quitado?
 
Un cristiano que sería culpable de tal pecado, ¿podría andar, sin pensar que la tierra, en cada instante, va a abrirse bajo sus pies para engullirlo en los Infiernos? ¡Ah! hijos míos, si el pensamiento de tal crimen no les hace estremecerse de horror y no hiela la sangre en sus venas, ¡lamentablemente! ¡vosotros estaríais perdidos! ¡Ah no, no más Cielo para vosotros, el Cielo os rechazó! No, no, hijos míos, ¡no tiene allí castigo bastante grande para castigar tal crimen, que asombra a los demonios mismos! «Venid, desgraciados, venid, viejos infames, nos dice san Bernardo, venid, verdugos de Jesucristo. ¡Qué, desgraciados! ¡Vosotros habéis cometido un sacrilegio, que es derramar la Sangre adorable de Jesucristo en el tribunal de la penitencia! ¡Desgraciados, vosotros escondisteis vuestros pecados, cometisteis la barbarie de ir a sentaros a la mesa santa para recibir allí a vuestro Dios! ¡Basta! ¡basta! ¡ah! monstruo de iniquidad, ¡Ah! de gracia, ¡salva a tu Dios!»
 
¡Oh no, no!, el Infierno jamás puede llevar su furor hasta tal exceso. ¡Ah hijos míos!, si las naciones extranjeras ya sufren tormentos tan horribles en el Infierno, ¿qué será pues la magnitud de los tormentos de los cristianos y de las cristianas que, tantas veces durante su vida, cometieron sacrilegios? ¡Ah no, no, hijos míos!, el Infierno jamás será bastante riguroso, ni la eternidad bastante larga para castigar a estos monstruos de crueldad. «¡Ah! ¡qué espectáculo, nos dice el gran Salviano, de ver a cristianos en el Infierno! ¡Por desgracia! nos dice, ¿que se hicieron esas luces brillantes y todas esas bellas calidades que parecían hacer a los cristianos casi semejantes a los ángeles? ¡Oh mi Dios, pues puede diseñar algo más aterrador! ¡Un cristiano en el infierno! ¡Un bautizado entre los demonios! ¡Un miembro de Jesucristo en las llamas! ¡Devorado por los espíritus infernales! ¡Un hijo de Dios entre los dientes de Lucifer!».
 
Venid, naciones extranjeras, venid, pueblos desgraciados, que no conocisteis nunca al que ofendisteis y que os arrojó en las llamas, venid; ¡es justo que seáis los verdugos de estos falsos cristianos, que tenían tantos medios de amar a Dios, de gustarle y de ganar el Cielo, y que pasaron su vida sólo haciendo sufrir a Jesucristo, que tanto deseó salvarlos! Venid para escuchar a Jesucristo mismo, que nos dice que en el juicio final, los Ninivitas que eran una nación infiel, sí, nos dice, los Ninivitas se levantarán contra estos pueblos ingratos y los condenarán. Estos Ninivitas, a la sola predicación de Jonás, que les era desconocido, hacen penitencia y dejan el pecado (S. Matth. XII, 41); y los cristianos a los que esta palabra santa ha sido prodigada tantas veces; sí, esta palabra divina, que no dejó de resonar en sus orejas, pero, ¡por desgracia! que no golpeó su corazón endurecido, estos cristianos no se convirtieron. ¡Lamentablemente! Hijos míos, ¡si tantas gracias, tantas instrucciones, tantos sacramentos habrían sido dados a los pobres idólatras, que de santos, que de penitentes, que habrían poblado el cielo! mientras que todos estos bienes servirán sólo para endurecerles más en el crimen.
  
¡Ah! ¡momento terrible cuando Jesucristo va a decidir los diferentes grados de sufrimiento que padeceremos en los infiernos! ¡Por desgracia! hijos míos, esto se hará a proporción de las gracias que recibimos y despreciamos. Sí, tantas gracias recibidas y despreciadas y tantos grados más profundos en el infierno. ¡Sí, hijos míos, una sola gracia habría bastado a un cristiano para salvarlo, si hubiera querido sacar provecho de eso, y habrá recibido y despreciado los miles y los miles! ¡ Por desgracia! hijos míos, si cada gracia despreciada será un infierno para un cristiano, ¡Ah! mi Dios, ¡que desgracia eterna para estos malos cristianos! ¡Lamentablemente! Hijos míos, ¡habría que poder oír a estos malos cristianos del medio de las llamas donde la justicia de Dios los precipitó! «¡Ah! ¡Si por lo menos, dicen, jamás hubiéramos sido cristianos, aunque fuéramos condenados como estos infieles, por lo menos podríamos consolarnos, porque no habríamos sabido lo que había que hacer para salvarnos! Que de gracias por lo menos habríamos recibido y que no habríamos despreciado. Pero, desgraciados que somos, fuimos cristianos, rodeados de luces e inundados de gracias para comportarnos y ayudarnos a salvarnos». «¡Lamentablemente, dirá a cada uno de ellos, estos tristes cuadros estarán sin cesar delante de mí durante la eternidad! Yo, cuyo nombre ha sido escrito en el libro de los Santos, yo que fui al bautismo totalmente regado con la Sangre preciosa de Jesucristo, yo que podía a cada instante salir del pecado y asegurarme el cielo, yo a quien tantas veces se dejó oír la magnitud de la justicia de Dios para los pecadores y sobre todo para los malos cristianos. ¡Ah! si por lo menos, se me hubiera quitado la vida antes de nacer, jamás hubiera estado en el cielo, es verdad; pero, por lo menos no sufriría tanto en el infierno. ¡Ah! Si Dios no hubiera sido tan bueno y que me hubiera castigado desde mi primer pecado, estaría en el infierno, es verdad; pero allí sería menos profundo y mis tormentos serían menos rigurosos. ¡Ay de mí! bien reconozco ahora que toda mi desgracia viene sólo de mí». Sí, hijos míos, cada réprobo y cada nación tendrá su cuadro delante de los ojos, y esto durante toda la eternidad, sin poder jamás librarse de eso, ni apartar la vista.

¡Por desgracia! estas pobres naciones idólatras verán durante toda la eternidad que su ignorancia fue causa en parte de su pérdida. ¡Ah! se dirán unos a otros, «!Ah! ¡si el buen Dios nos hubiera dado tantas gracias y tantas luces como a estos cristianos! ¡Ah! ¡si hubiéramos tenido la felicidad de ser instruidos como ellos! ¡Ah! ¡si hubiéramos tenido pastores para aprender a conocer y a querer al buen Dios que nos quiso tanto y qué sufrió tanto por nosotros! ¡Ah! si nos hubieran dicho cuánto el pecado ultraja a Jesucristo y cuánto la virtud tiene gran precio ante los ojos de Dios, ¿habríamos podido cometer el pecado, habríamos podido despreciar a un Dios tan bueno? ¿Mil veces no habríamos preferido morir que desagradarle? Pero, ¡Lamentablemente! no teníamos la felicidad de conocerlo; si somos condenados, ¡por desgracia! el caso es que no sabíamos lo que había que hacer para salvarnos. Sí, tuvimos la desgracia de nacer, de vivir y de morir en la idolatría. ¡Ah! si hubiéramos tenido la felicidad de tener parientes cristianos que nos hubieran hecho conocer la religión verdadera, ¿habríamos podido abstenernos de querer al buen Dios? Si, como los cristianos, hubiéramos sido testigos de tantos prodigios que Él obró durante su vida mortal y que Él continuará haciendo hasta el final de los siglos, Él que, muriendo, les dejó tantos medios de levantarse de sus caídas cuando tenían la desgracia de haber pecado; ¡si hubiéramos tenido la sangre adorable de Jesucristo qué fluía cada día sobre su altar, para pedir gracia para ellos! ¡ Oh! ¡estos cristianos felices a los que tantas veces se les manifestó la misericordia de Dios, que es infinita! ¡Oh! Señor, ¿por qué nos arrojaste al infierno? De gracia, para tu justicia, mi Dios, si te ofendimos, es porque no te conocíamos».
 
Decidme, hijos míos, ¿podemos no ser conmovidos por los tormentos de estos pobres idólatras? Pobres desgraciados, es verdad que sufrís y que estáis separados de Dios, que habría hecho toda vuestra felicidad; pero consolaos de todo, vuestros tormentos serán infinitamente menos rigurosos que aquellos de los cristianos. Pero, hijos míos, ¿qué van a pensar y a hacer estos cristianos considerando su cuadro donde serán marcadas todas las gracias que habían recibido y despreciado? ¡Por desgracia! que digo, cristianos que se verán enrojecer y ennegrecer de tantos crímenes y sacrilegios: ¡ah! es bastante para servir a ellos de infierno. Querrán poder desviar su cara a otro lado para ser menos devorados por el pesar; pero Jesucristo los forzará para siempre, de modo que esta sola vista bastaría para servir a ellos de infierno y de verdugo. ¿Que le podrán decir para excusarse y suavizar un poco sus tormentos? ¡Por desgracia! hijos míos, nada en absoluto; al contrario, todo contribuirá a aumentar su desesperación; verán que ni las gracias ni otros medios de salvación les faltaron, que al contrario, todo les ha sido prodigado; y ellos verán todos estos bienes, que habrían salvado a tantos pobres salvajes, sirvieron sólo para condenarlos. «¡Ah! se dirán, si por lo menos nos hubiéramos quedado en la nada. ¡Ah! ¡qué desgracia para nosotros de haber sido cristianos!». No, hijos míos, no podemos pensar en lo que llegó a estos pobres egipcios sin ser tocados por compasión. Perecieron pasando el Mar Rojo, rebosaron el agua por la boca y fueron totalmente engullidos; este mar que, tantas veces, los había apoyado en sus aguas con navegaciones tan felices, este mar se hizo el medio mismo de su suplicio y los expuso a la risa de sus enemigos, a quienes acababa de abrir un paso libre para salvarlos de sus manos.
 
Pero, ¡lamentablemente! hijos míos, el espectáculo que nos presenta un mal cristiano es mucho más desconsolador. Durante toda la eternidad, veremos a estos cristianos condenados, los veremos devolver por la boca todas las gracias que recibieron y despreciaron durante toda su vida. ¡Por desgracia! hijos míos, veremos salir de estos corazones sacrílegos estos torrentes de la Sangre divina que recibieron y horriblemente profanaron. «Pero, todavía nos dice san Bernardo, lo que les dará todavía un nuevo grado de tormentos a estos cristianos condenados, es que, durante toda la eternidad, tendrán delante de los ojos todo lo que Jesucristo sufrió para salvarlos, y reflexionan que a pesar de eso se condenaron». Sí, nos dice, tendrán delante de los ojos todas las lágrimas que este divino Salvador derramó, todas las penitencias que hizo, todos sus pasos y todos sus suspiros, y todo esto para hacernos mejores. Verán a Jesucristo, tal como era en el pesebre cuando nació, y cuando ha sido acostado sobre un puñado de paja; tal, como era en el huerto de los Olivos, donde lloró tanto nuestros pecados, y hasta con lágrimas de sangre. Él se mostrará como en su agonía, y cuando se le arrastraba por las calles de Jerusalén. Ellos creen oírlo clavado sobre la Cruz, pedir misericordia para ellos: y ahí, Él les mostrará qué cara le costó nuestra salvación, y cuánto sufrió para merecerles el Cielo, que ellos perdieron con tanta alegría de corazón y hasta de malicia. ¡Ah! hijos míos, ¡qué pesares! ¡por desgracia! ¡qué desesperación para estos malos cristianos! «¡Ah!, gritarán del fondo de las llamas, ¡adiós, bello cielo, es para nosotros que has sido creado, y jamás le veremos! ¡Adiós, bella ciudad qué debías ser nuestra morada eterna y hacer toda nuestra felicidad! ¡Ah! si le perdimos, es por nuestra falta y nuestra malicia».
 
Sí, hijos míos, esta es la triste meditación de un cristiano durante toda la eternidad en los infiernos. No, hijos míos, los paganos no tendrán que reprocharse casi nada de todo eso; no tendrán que lamentar el cielo ya que no lo conocían; no han negado y despreciado los medios que se les presentaban para salvarse, ya que ignoraban lo que había que hacer para llegar a esta felicidad. ¡Pero esos cristianos, que no se les dejó de instruir, de urgir y de solicitarles no perderse, y a los que se les presentó tantas veces todos los medios más fáciles para llegar a la vida feliz para la cual fueron creados! Sí, hijos míos, un cristiano dirá al perder la eternidad: «¿Quién es el que me arrojó en el infierno? ¿Es Dios? ¡Ah! No, no. No es Jesucristo; al contrario, Él quería a toda costa salvarme. ¿Es el demonio? Ah no, no, bien podía no obedecerle, como tantos otros hicieron. ¿Son pues mis inclinaciones? ¡Ah! no, no, no son mis inclinaciones; Jesucristo me había dado el imperio sobre ellas, podía amaestrarles con la gracia de Dios que nunca me había abandonado. ¿De donde puede provenir mi pérdida y mi desgracia? ¡Ay de mí! todo esto viene sólo de mí mismo, y no de Dios, ni del demonio, ni de mis inclinaciones. Sí, soy yo quien se atrajo todas estas desgracias; sí, soy yo quien se perdió y reprobó por propia voluntad; si hubiera querido, me habría salvado. ¡Pero estoy condenado! más recursos y esperanza; sí, es mi malicia, mi impiedad y mi libertinaje, que me lanzaron a estos torrentes de fuego de donde jamás saldré».
 
Sí, hijos míos, si la palabra de Dios merece alguna creencia, os ruego pensar seriamente, esta verdad que convirtió tantas almas. ¿Y por qué no produciría los mismos efectos sobre nosotros? ¿Por qué no se convertiría en nuestra felicidad en lugar de nuestra desgracia, si queremos sacar provecho de eso? Sí, hijos míos, o cambiemos de vida, o seremos condenados: porque sabemos muy bien que nuestra manera de vivir no puede conducirnos al cielo. ¡Lamentablemente! hijos míos, nos pasará como al pobre Joab, que, para evitar la la muerte, huyó hacia el templo y abrazó el altar en la esperanza que se le respetaría su vida, porque en otro tiempo había sido el favorito de David; sin embargo fue por orden suya que fue asesinado. El que fue encargado de matarle le gritó: «¡Sal de ahí!». «¡No!, responde el pobre Joab; si hay que morir, prefiero morir aquí». El soldado, viendo que no podía arrancarle del altar, arrojó su puñal, se lo clavó en el pecho, y este pobre Joab besando el altar, recibió el golpe de la muerte y cayó al pie del tabernáculo, que había tomado para su defensa y su asilo. He aquí, hijos míos, precisamente lo que nos llegará un día, si no aprovechamos, o más bien, si continuamos despreciando las gracias de salvación que tanto nos son prodigadas. Ahora somos como Joab, que era el favorito y el amigo de David. No pasaba ni un solo día, sin que recibiera algún nuevo beneficio por parte del príncipe. Fue preferido sobre todos los demás habitantes del reino; pero tuvo la desgracia de no saber sacar provecho de eso y fue castigado sin misericordia por el mismo que lo había colmado de tantos beneficios. Sí, hijo míos, será lo mismo para nosotros que hemos sido preferidos sobre tantas naciones infieles que viven en las tinieblas y que jamás tuvieron la felicidad de conocer la verdad, es decir la religión verdadera, y que perecen en este estado triste y desgraciado. Pero también, hijos míos, qué castigo no esperamos por parte de uno que tanto amaba y colmó de tantos beneficios, si, como Joab, nosotros tuvimos la desgracia de mojar nuestras manos en la sangre de Abner, es decir, de Jesucristo, lo que hacemos cada vez que pecamos; pero mucho más horriblemente cuando somos bastante desgraciados al profanar los sacramentos. Oh mi Dios, ¿podemos pensar en eso y no morir de espanto? Oh mi Dios, cómo puede ser que un cristiano se atreva a llevar tan lejos su crueldad y su ingratitud?
 
«¡Ah! infeliz, dice san Agustín, ¡vas de crimen en crimen, siempre con la esperanza de que te detendrás! ¿Pero no temerás poner el sello en tu desgracia?» ¡Oh! ¡los últimos sacramentos y todos los socorros de la Iglesia sirven poco para estos pecadores qué vivieron despreciando las gracias que nos proporciona nuestra santa religión! Sí, llegará el momento cuando quizás recibirás los últimos sacramentos con mejores disposiciones a los ojos del mundo; pero recibiéndolos, te pasará como a Joab. Jesucristo, que es nuestro príncipe y nuestro Señor, pronunciará tu sentencia de condenación. En lugar de servirte de viático para el cielo, la comunión no será para ti otra cosa que una masa de plomo para precipitarte con mayor rapidez a los abismos; tendrás como Joab el altar, serás como él, todo cubierto de la sangre adorable de Jesucristo; con eso caerás en el infierno.
 
¡Ah! hijos míos, si pudiéramos comprender una vez lo que es un cristiano condenado y los tormentos que padece, ¿podríamos vivir bien en el pecado, en este estado que nos expone sin cesar a todas estas desgracias? No, no, hijos míos, nuestra vida no es de ninguna manera la vida que debe llevar un cristiano que quiere evitar estos suplicios. ¡Eh qué! hijos míos, por un lado, un cristiano que nació en el seno de la Iglesia, que se crió en la escuela del mismo Jesucristo, quien tomó a un Dios crucificado por su padre y su modelo; un cristiano, tantas veces alimentado con su Cuerpo adorable y abrevado con su preciosa Sangre, que debería pasar su vida como un ángel del cielo en acción de gracias: por otra parte, un Dios que desciende del cielo para enseñarle cómo ser feliz en el amor en la tierra; un cristiano que está dotado de tantas cualidades hermosas y de tanto conocimiento sobre la grandeza de su destino; y un Dios, digo, que lo amaba más que a Sí mismo; ¡un Dios que parece haber agotado su amor y su sabiduría y todas sus riquezas para comunicárselos, y que, por su muerte, le evita una muerte eterna! ¡Ah! ¡hijos míos, un cristiano por el que Dios hizo tanto milagros, por el que Dios sufrió tanto, verse arder en el Infierno entre los demonios que van a arrastrarle durante toda la eternidad entre las llamas! ¡Oh horror!... ¡Oh desgracia espantosa!... ¡Oh! ¡el espectáculo horroroso de ver así a un cristiano que esta totalmente cubierto con la Sangre adorable de Jesucristo!
  
¡Por desgracia! hijos míos, ¿quién podría pensar en esto sin estremecerse? Sin embargo, he aquí la división de un número infinito de cristianos que se burlan de los sacramentos y que desprecian todo lo que Jesucristo hizo por ellos; ¡y muy desgraciados somos, si no queremos sacar provecho de tantos medios como tenemos de asegurarnos el cielo! Las naciones extranjeras abrirán los ojos del alma a la luz de la fe, y vendrán para tomar el sitio que perdemos.
    
¡Lamentablemente! hijos míos, tenemos razones para temer que Dios, en castigo del desprecio que hacemos a lo que Jesucristo ha hecho por nosotros, nos quite la fe de nuestro corazón, y nos deje caer en la ceguera y perecer! ¡Oh mi Dios, que desgracia para los cristianos que saben muy bien lo que hay que hacer para salvarse, que, incluso aquí abajo, al no hacerlo, pueden ser muy desgraciados por los remordimientos que les da su conciencia! ¡Ah! hijos míos, ¡que desesperación durante la eternidad para un cristiano a quien nada faltó para evitar todos estos tormentos que padece! «¡Ah! se dirá, yo al que se dijo tantas veces que, si lo quería, podía amar al buen Dios y salvar mi alma y me haría feliz durante la eternidad; ¡yo a quien se le ofrecieron todas las gracias para salir del pecado! ¡Ah! Si por lo menos, no hubiera sido cristiano. ¡Ah! ¿dice menos si nunca me habían hablado del servicio de Dios y de su religión? Pero no, nada me faltó, lo tenía todo y no supe sacar provecho de nada. Todo debía girar a mi felicidad, y, por el desprecio que hice, todo giró a mi desgracia: ¡adiós, bello cielo! ¡adiós, eternidad de delicias! ¡adiós, habitantes felices del cielo!.., ¡todo está acabado para mí!... ¡Más de Dios, más de cielo, más de felicidad!... ¡Oh! ¡que de lágrimas voy a derramar! ¡Oh! ¡que de gritos voy a dar en estas llamas!...» ¡Pero más esperanza! ¡Oh! ¡Pensamiento triste que desgarrará a un cristiano durante la eternidad! ¡Ah! No perdamos un momento para evitar esta desgracia.
 
Es la felicidad que os deseo.

miércoles, 14 de febrero de 2018

DEL AYUNO Y LA ABSTINENCIA, POR MONS. MARCEL LEFEBVRE

Mis queridos hermanos, según una antigua y saludable tradición en la Iglesia, con ocasión del inicio de la Cuaresma, yo dirijo estas palabras a vosotros con el fin de alentaros a entrar sinceramente en esta temporada penitencia, con las disposiciones establecidas por la Iglesia y para cumplir el propósito por el cual las prescribió.
 
Al mirar los libros de principios de este siglo XX, encuentro que ellos indican tres propósitos por los cuales la Iglesia prescribió este tiempo penitencial:
  • Primero, en orden a frenar la concupiscencia de la carne;
  • Para facilitar la elevación de nuestras almas hacia las divinas realidades;
  • Finalmente, para ofrecer reparación por nuestros pecados.
 
Nuestro Señor nos dio el ejemplo durante Su vida, aquí en la tierra: orar y hacer penitencia. Sin embargo, Nuestro Señor, siendo como es libre de la concupiscencia y el pecado, hizo penitencia y ofreció reparación por nuestros pecados, mostrándonos así que nuestra penitencia puede ser beneficiosa no sólo para nosotros mismos, sino también para otros. Orad y haced penitencia. Haced penitencia con el fin de orar mejor, con el fin de estar más cerca de Dios Todopoderoso. Eso es lo que todos los santos hicieron, y es lo que nos recuerdan todos los mensajes de la Santísima Virgen.
 
¿Osaríamos decir que esta necesidad es menos importante en nuestros días que lo que fue en tiempos pasados? Por el contrario, podemos y debemos afirmar que hoy, más que nunca, la oración y la penitencia son necesarias porque se ha hecho todo lo posible para disminuir y denigrar estos dos elementos fundamentales de la vida cristiana.
 
Nunca antes se había visto que el mundo buscase satisfacer, sin ningún límite, los desordenados instintos de la carne, incluso hasta el punto de asesinar a millones de inocentes niños no nacidos. Uno pudiera creer que la sociedad no tiene otra razón de su existencia que darle el mayor nivel material de vida para todos los hombres, a fin de que no se vean privados de bienes materiales.
 
Por eso podemos ver que tal sociedad está en oposición a lo que prescribe la Iglesia. En estos tiempos, cuando incluso los hombres de Iglesia se alínean con el espíritu del mundo, somos testigos de la desaparición de la oración y la penitencia, particularmente en su carácter de reparación de pecados y para obtener el perdón de las culpas. Son pocos hoy los que aman recitar el Salmo 50, el Miserére, y que dicen con el salmista “Peccátum meum contra me est semper” (Mi pecado está siempre delante de mí). ¿Cómo puede un cristiano remover el pensamiento del pecado si la imagen del Crucificado está siempre ante sus ojos?
 
En el Concilio [Vaticano II] los obispos pidieron una disminución del ayuno y la abstinencia en tal manera que las prescripciones prácticamente han desaparecido. Debemos reconocer el hecho de que esta desaparición es conseciencia del espíritu ecumenista y protestante que niega la necesidad de nuestra participación para la aplicación de los méritos de Nuestro Señor para cada uno de nosotros en la remisión de nuestros pecados y la restauración de nuestra filiación divina, esto es, nuestro carácter de hijos adoptivos de Dios.
 
En el pasado los mandamientos de la Iglesia preveían:
  • Un ayuno obligatorio todos los días de la Cuaresma (excepto los Domingos), los días de las Témporas y en muchas vigilias;
  • Abstinencia todos los Viernes del año, los Sábados de Cuaresma y, en numerosas diócesis, todos los Sábados del año.
Lo que quedó de esas prescripciones fue el ayuno el Miércoles de Ceniza y el Viernes Santo, y la abstinencia para el Miércoles de Ceniza y los Viernes de Cuaresma.
 
Uno se sorprende ante los motivos de tan drástica disminución. ¿Quiénes están obligados a observar el ayuno? Los adultos de 21 a 60. ¿Y quiénes están obligados a observar abstinencia? Todos los fieles desde los siete años.
 
¿Qué significa el ayuno? Ayunar significa tomar una única comida (completa) al día, a la cual uno puede tomar dos colaciones (o pequeñas comidas): una en la mañana y otra en la tarde, que, combinadas, no igualen una comida completa.
 
¿Qué se entiende por abstinencia? Por abstinencia se entiende que uno debe dejar de consumir carne.
 
Los fieles que tienen un verdadero espíritu de fe y que entienden a cabalidad los motivos de la Iglesia como han sido mencionados arriba, cumplirán sinceramente no sólo las ligeras prescripciones de hoy, sino que entrando en el espíritu de Nuestro Señor y de la Bienaventurada Virgen María, se dedicarán a hacer reparación por los pecados que han cometido y por los pecados de su familia, vesinos, amigos y compatriotas.
  
Es por esta razón que ellos las agregarán las prescripciones actuales. Estas penitencias adicionales pueden ser el ayuno todos los viernes de Cuaresma, abstinencia de toda bebida alcohólica, abstinencia de televisión, u otros sacrificios similares. Ellos harán un esfuerzo para orar más, para asistir más frecuentemente al Santo Sacrificio de la Misa, para recitar el Rosario, y no faltar a la oración nocturna con la familia. Ellos se desprenderán de sus bienes materiales superfluos con el fin de apoyar a los seminarios, ayudarán a establecer escuelas, ayudarán a sus sacerdotes para decorar adecuadamente las capillas y para establecer noviciados para monjas y religiosos.
 
Las prescripciones de la Iglesia no solo conciernen al ayuno y la abstinencia solamente, sino también a la obligación de comulgar por Pascua (Deber Pascual).
 
He aquí lo que el vicario de la Diócesis de Sion (Suiza) recomendó a los fieles de esa diócesis el 20 de Febrero de 1919:
  1. Durante la Cuaresma, los sacerdotes que tengan cura de almas harán el Via Crucis dos veces a la semana: un día para los niños de las escuelas, y otro día para los demás parroquianos. Después del Via Crucis, recitarán la Letanía del Sagrado Corazón de Jesús.
  2. Durante la Semana de Pasión, es decir, la semana antes del Domingo de Ramos, habrá un tríduo en todas las iglesias parroquiales, con enseñanza, Letanía del Sagrado Corazón de Jesús en presencia del Santísimo Sacramento y Bendición con el mismo. En esas instrucciones los curas de almas les recordarán en forma simple y clara las principales condiciones para recibir dignamente el Sacramento de la Penitencia.
  3. El tiempo durante el cual uno puede cumplir con el Deber Pascual ha sido establecido para todas las parroquias desde el Domingo de Pasión hasta el Domingo in Albis (Octava de Pascua).
 
¿Por qué esas directrices no serían ser útiles hoy? Aprovechemos este tiempo salutífero durante el cual Nuestro Señor está acostumbrado a dispensar abundantemente su gracia. No imitemos a las vírgenes bobas que por no tener aceite en sus lámpara encontraron cerrada la puerta de la casa del esposo y su terrible respuesta: “Néscio vos” (No os conozco).
 
Bienaventurados los que tienen espíritu de pobre, porque de ellos es el Reino de los Cielos. El espíritu de pobre significa el espíritu de desprenderse de las cosas mundanas.
 
Bienaventurados los que lloran porque serán consolados. Pensemos en Jesús en el Huerto de los Olivos, donde lloró por nuestros pecados. En adelante, nosotros debemos llorar por nuestros pecados y por los de nuestros hermanos.
 
Bienaventurados los que tienen hambre y sed de santidad, pues serán saciados. La santidad se obtiene por medio de la Cruz, la penitencia y el sacrificio. Si verdaderamente buscamos la perfección, debemos seguir el Camino de la Cruz.
 
Escuchemos, durante este tiempo de Cuaresma, el llamado de Jesús y María, y comprometámonos a seguirlos en esta Cruzada de Oración y Penitencia.
 
Que nuestras oraciones, nuestras súplicas y nuestros sacrificios nos alcancen del Cielo la gracia para aquellos que están en lugares de responsabilidad en la Iglesia retornen a la verdadera y santa tradición, que es la única solución para revivir y florecer nuevamente las instituciones de la Iglesia.
 
Amemos recitar la conclusión del Te Deum: “In te Dómine, sperávi; non confúndar in ætérnum” (En ti, Señor, he esperado, no sea yo confundido eternamente).
 
+ Marcel Lefebvre
(Rickenbach, Suiza, 14 de Febrero de 1982)