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LOS QUE APOYAN EL ABORTO PUDIERON NACER

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NO QUEREMOS QUE SE ACABE LA RELIGIÓN

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ORGULLOSAMENTE HISPANOHABLANTES

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jueves, 28 de mayo de 2020

ONCE REGLAS PARA DISCERNIR CUESTIONES MÍSTICAS

Antonio Vivarini, San Pedro Mártir exorciza al demonio enmascarado por una imagen sagrada, c. 1450.
  
El Padre Ludovic Marie Barrielle (1897-1983), otrora predicador de los Cooperadores Parroquiales de Cristo Rey en Francia, y primer director espiritual del Seminario San Pío X de Ecône, donde predicaba los Ejercicios Espirituales de San Ignacio, presenta estas reglas para discernir si en materia espiritual hay actuar de Dios o del demonio.
  1. Cuando la persona que recibe las revelaciones prueba, tanto en el período de los favores como después, el desprecio de sí misma y el conocimiento de sus propias culpas; cuando se reconoce más débil y miserable que los demás, esto significa que la revelación procede de Dios.
       
    Este signo está siempre presente en los siervos del Señor, mientras que falta en los mistificadores engañados por el demonio. Por una parte humildad y amor, por la otra orgullo y turbamiento. Ver a la Virgen y Santa Isabel (la Anunciación y la Visitación).
  2. Si la persona, una vez recibida la revelación, es llevada al recogimiento y al desprendimiento de todo; si huye del mundo, no le habla ni le estima, tiende a olvidarlo y a despreciarlo, esto es un signo evidente de la proveniencia divina de la revelación. Si en cambio suscita el espíritu de rebelión, el deseo de ser vista y admirada, de mostrar que se reciben favores de Dios, allí no hay sino el engaño.
       
    El amor, el espíritu de Dios y la humidad huuen todo esto y buscan el desprecio del mundo. «Mi secreto es para mí», decía el profeta Isaías.
  3. Observar si la persona es dedicada o no a la oración; si, en las relaciones con el prójimo, se nota un amor de Dios no sólo aparente. Quien persevera en la oración no será nunca engañado por el demonio que, al contrario, empuja a abandonar esta práctica.
  4. Observar si la persona se preocupa de consultar a cualquier experto en la materia, y sobre todo si no esconde nada al confesor. Si sigue sus consejos, es cierto que no estamos frente a un engaño: Dios no abandona a quien está animado por rectas intenciones. Abrirse es un acto de humildad. Al contrario, si rechaza hablar con los competentes que no están dispuestos a aprobar todo, y no se preocupa mucho de buscar la verdad, es de creer que hay una ilusión del demonio.
  5. Atenerse a la opinión de quien conoce hechos milagrosos y de los confesores con quienes acostumbramos abrir la conciencia. Cuando falta la experiencia, y los confesores consultados no están de acuerdo, no basta la ayuda de la sola teología.
  6. Observar si la persona enfrenta oposiciones y contradicciones, sin haber hecho nada para atraerlas. Si después las oposiciones vienen de personas buenas y llenas de celo, y a pesar de ello se mantiene en la paciencia, es signo que Dios vive y habita en su corazón. El demonio no puede engañarla. Ver el caso de Job…
  7. Otra prueba, que solo los confesores o directores espirituales pueden acertar, es la pureza de alma y la altura de la virtud. Esta prueba es segura y eficaz, porque Dios concede sus favores solo a las almas puras y libres de pecado. ¡Beáti mundo corde, «Bienaventurados los de puro corazón»!
  8. Observar el provecho obtenido por aquellos que mantienen estrechas relaciones con esta persona: de hecho, las gracias «gratis datæ» son concedidas para el bien del prójimo. Ver si estos tienen el espíritu de Dios o, al contrario, se resulta la independencia, el orgullo, la búsqueda de ganancias; en este caso la visione no viene de Dios, sino del demonio transformado en «ángel de luz».
  9. Considerar lo que es dicho y revelado. Si tiende a esconder alguna cosa, a huir o despreciar a las personas competentes tratándolas de ignorantes, si relata cosas inútiles o de escasa edificación, es precisamente un engaño del maligno. Pero si se abre con sencillez a aquellos que pueden entender o juzgar, si no esconde nada y todo lo que dice es prudente y conforme a la enseñanza de la Iglesia, es signo que viene del Cielo.
  10. Cuando, observando atentamente, se halla irreprensible su compañía y rica de profunda virtud su conversación, es una razón evidente que esto es verdad. Cuando todos, y especialmente los hombres de doctrina, aprueban a una persona, significa que los hechos que la rodean vienen de Dios.
  11. Darse cuenta del comportamiento del demonio con esta persona. Si le aprueba y manifiesta satisfacción, es mala señal; si la persigue, es buen signo. El demonio se muestra feroz con los buenos; en cambio se muestra calmo con los amigos por él engañados.

martes, 5 de mayo de 2020

ABOMINABLE: AYUNO Y ORACIÓN PARA LA LLEGADA DEL NUEVO ORDEN MUNDIAL

El pasado 2 de Mayo, el Boletín de Prensa de la Non Sancta Sede publicó un «Llamamiento a la oración del Alto Comité para la Fraternidad Humana», comité creado tras la firma del Documento de Abu Dhabi el 4 Febrero del año anterior por Francisco Bergoglio y Ahmed Muhammad Ahmed el-Tayeb, jefe de la oenegé deuterovaticana y gran imam de la mezquita al-ʾAzhar en El Cairo respectivamente.
  
Tal documento hace la convocatoria, inspirada en los encuentros ecuménicos de Asís, para el día 14 de Mayo. La convocatoria reza así:
«¡Hermanos que creen en Dios, el Creador! ¡Hermanos en la humanidad en todas partes!
   
Hoy en día, el mundo enfrenta un peligro inminente que amenaza las vidas de millones de personas en todo el mundo, debido a la rápida propagación del coronavirus “Covid-19” [sic]. Junto a la afirmación de nuestra creencia en la importancia del papel de la medicina y la investigación científica en el tratamiento de esta pandemia, no nos olvidamos de dirigirnos a Dios, el Creador, en esta gran crisis. Invitamos a todas las personas, en todo el mundo, a recurrir a Él a través de la oración, la súplica y las obras del bien, cada individuo en su lugar y de acuerdo con su religión, creencia o doctrina, para que Dios elimine esta pandemia, nos ayude a salir de esta aflicción, inspire a los científicos a descubrir un medicamento que acabe con ella, salve al mundo de las consecuencias sanitarias, económicas y humanas debido a la propagación de esta pandemia peligrosa.
   
Para alcanzar los objetivos del Documento de Fraternidad Humana, el Comité Supremo propone el próximo jueves 14 de mayo, como un día de oración y súplica por la humanidad. El Comité llama a todos los líderes religiosos y personas de todo el mundo a responder a este llamamiento humanitario y acudir al Todopoderoso con una sola voz para preservar a la humanidad, ayudarla a superar la pandemia y restablecer la seguridad, la estabilidad, la salud y el desarrollo, para hacer nuestro mundo, después de la finalización de esta pandemia, más humano y fraterno que nunca».
Cabe recordar que este tipo de iniciativas han sido condenadas por la Iglesia:

  • «Nadie puede orar en común con los herejes y cismáticos […] No está permitido a los herejes entrar en la casa de Dios, mientras ellos continúan en la herejía». (Concilio de Laodicea, can. 6, año 367).
  • «No hay que rezar ni cantar salmos con los herejes, y todo el que se comunica con aquellos que están separados de la comunión de la Iglesia, ya sea clérigo o laico, que sea excomulgado». (Concilio de Cartago, años 397 y 419).
  • «El que ora con herejes es un hereje». (PAPA SAN AGATÓN).
  • «Si algún eclesiástico o laico, va a la sinagoga de los judíos, o la casa de reunión de los herejes para unirse en oración con ellos, que sean depuestos y privados de la comunión. Si algún obispo o un sacerdote o diácono se unen en oración con herejes, que sea suspendido de la comunión» (Concilio III de Constantinopla, año 680).
  • «Se preguntó si un sacerdote del Líbano podía durante la Misa mencionar al Patriarca de los Armenios (que es cismático), con la intención de orar por él. La petición para esta concesión se formuló con carácter urgente en orden de atraer a las gentes a una gran amistad con los Latinos. La Sagrada Congregación respondió que eso NO SE DEBE HACER, y que debería ser firmemente prohibido» (Suprema Congregación del Santo Oficio, Acta del 7 de Junio de 1673).
  • «Lejos, sin embargo, de los hijos de la Iglesia Católica ser jamás en modo alguno enemigos de los que no nos están unidos por los vínculos de la misma fe y caridad; al contrario, si aquellos son pobres o están enfermos o afligidos por cualesquiera otras miserias, esfuércense más bien en cumplir con ellos todos los deberes de la caridad cristiana y en ayudarlos siempre y, ante todo, pongan empeño por sacarlos de las tinieblas del error en que míseramente yacen y reducirlos a la verdad católica y a la madre amantísima, la Iglesia, que no cesa nunca de tenderles sus manos maternas y llamarlos nuevamente a su seno, a fin de que, fundados y firmes en la fe, esperanza y caridad y fructificando en toda obra buena (Col. 1, 10), consigan la eterna salvación» (PAPA PÍO IX, Encíclica “Quanto Conficiámur”, 17 de Agosto de 1863).
  • «Jesucristo no concibió ni instituyó una Iglesia formada de muchas comunidades que se asemejan por ciertos caracteres generales, pero distintas unas de otras y no unidas entre sí por aquellos vínculos que únicamente pueden dar a la Iglesia la individualidad y la unidad de que hacemos profesión en el símbolo de la fe: “Creo en la Iglesia una”…» (PAPA LEÓN XIII, Encíclica “Satis Cógnitum”, 29 de Junio de 1896).
  • «Ahora bien, la doctrina católica nos enseña que el primer deber de la caridad no está en la tolerancia de las opiniones erróneas, por muy sinceras que sean, ni en la indiferencia teórica o práctica ante el error o el vicio en que vemos caídos a nuestros hermanos, sino en el celo por su mejoramiento intelectual y moral no menos que en el celo por su bienestar material. Esta misma doctrina católica nos enseña también que la fuente del amor al prójimo se halla en el amor de Dios, Padre común y fin común de toda la familia humana, y en el amor de Jesucristo. […] Nos preguntamos, venerables hermanos, en qué ha quedado convertido el catolicismo de “Le Sillon”. Desgraciadamente, el que daba en otro tiempo tan bellas esperanzas, este río límpido e impetuoso, ha sido captado en su marcha por los enemigos modernos de la Iglesia y no forma ya en adelante más que un miserable afluente del gran movimiento de apostasía, organizado en todos los países, para el establecimiento de una Iglesia universal que no tendrá ni dogmas, ni jerarquía, ni regla para el espíritu ni freno para las pasiones y que, so pretexto de libertad y de dignidad humana consagraría en el mundo, si pudiera triunfar. el reino legal de la astucia y de la fuerza y la opresión de los débiles, de los que sufren y trabajan» (PAPA SAN PÍO X, Encíclica “Notre Charge Apostolique”, 23 de Octubre de 1908).
  • «Es ilegal para los fieles ayudar de cualquier manera activa, o participar en los servicios sagrados de los no católicos» (Código Pío-Benedictino de Derecho Canónico, can. 1258 § 1).
  • «Eviten los católicos tener disputas o reuniones, principalmente públicas, con los no católicos, sin la autorización de la Santa Sede o, si el caso es urgente, del Ordinario local» (Código Pío-Benedictino de Derecho Canónico, can. 1325 § 3).
  • «Una persona que por su propia voluntad y a sabiendas ayuda de cualquier forma a propagar la herejía, o que se comunica en los ritos sagrados con los herejes en violación de la prohibición del Canon 1258, es sospechoso de herejía» (Código Pío-Benedictino de Derecho Canónico, can. 2316)
  • «Tales tentativas no pueden, de ninguna manera obtener la aprobación de los católicos, puesto que están fundadas en la falsa opinión de los que piensan que todas las religiones son, con poca diferencia, buenas y laudables, pues, aunque de distinto modo, todas nos demuestran y significan igualmente el ingénito y nativo sentimiento con que somos llevados hacia Dios y reconocemos obedientemente su imperio» (PAPA PÍO XI, Encíclica “Mortálium Ánimos, 6 de Enero de 1928).
  • «De acuerdo a la norma del Canon 1325 § 3, está prohibido tanto a los laicos como a los clérigos, ya sean seculares o regulares, asistir a esos encuentros sin la referida autorización. Mucho menos es lícito para los Católicos convocar e instituir esa clase de reuniones» (PAPA PÍO XII, Advertencia “Cum copértum” de la Suprema y Sagrada Congregación del Santo Oficio, 5 de Junio de 1948).

viernes, 1 de mayo de 2020

EL VERDADERO FIEL ES EL QUE RESISTE Y COMBATE CON DENUEDO A LOS HEREJES

Cuando el pastor se muda en lobo, toca desde luego al rebaño el defenderse. Por regla, la doctrina desciende de los obispos al pueblo fiel y los súbditos no deben juzgar a sus jefes en su fe. Mas hay en el tesoro de la revelación ciertos puntos esenciales de los que, todo cristiano, por el hecho mismo de llevar tal título, tiene el conocimiento necesario y la obligación de guardarlos. El principio no cambia, ya se trate de ciencia o de conducta, de moral o de dogma. Traiciones semejantes a la de Nestorio, son raras en la Iglesia; pero puede suceder que los pastores permanezcan en silencio, por tal o tal causa, en ciertas circunstancias en que la religión se vería comprometida. Los verdaderos fieles son aquellos hombres que, en tales ocasiones, sacan de su solo bautismo, la inspiración de una línea de conducta; no los pusilánimes que bajo pretexto engañoso de sumisión a los poderes establecidos, esperan, para correr contra el enemigo u oponerse a sus proyectos, un programa que no es necesario y que no se les debe dar”.
 
Dom PRÓSPER GUÉRANGER OSB. El Año Litúrgico (1ª Edición española), tomo II “Septuagésima, Cuaresma y Pasión”. Editorial Aldecoa, Burgos 1956, Págs. 744-745.

viernes, 24 de abril de 2020

DECRETO DEL SANTO OFICIO CONTRA LAS FALSAS DEVOCIONES

Uno de los problemas más graves a los que se ha enfrentado la Iglesia en los últimos tiempos ha sido la introducción de devociones y prácticas de piedad que riñen con la Sana Doctrina y la Devoción Auténtica. Muchas de ellas, teniendo origen en la excesiva imaginación de escritores o en “apariciones” no aprobadas, no ofrecen sino ocasión de burla por los enemigos.
   
En tal sentido, el Santo Oficio reiteró, en nombre del Papa Pío XI, el deber establecido en los cánones 1259, 1261 y 1279, que los Obispos deben velar por extirpar los abusos existentes en materia de devoción e impedir la entrada de otros nuevos.
 
Este decreto fue una de las tres razones expuestas el 30 de Noviembre de 1951 por mons. Romualdo Jałbrzykowski, arzobispo de Vilna, para fundamentar su opinión negativa sobre las «supuestas apariciones de Sor Faustina, del Convento de Nuestra Señora de la Misericordia, y la devoción a la Divina Misericordia, propagada por el padre [Miguel] Sopocko, el padre [José] Andrasz SJ, los PP. Marianos et al.» (las otras dos razones son los cánones aludidos en el Decreto y la «la excesiva e impropia propaganda de esta devoción»), y negarles el Imprimátur a los folletos que la promovían.
   
LATÍN
  
SUPRÉMA SACRA CONGREGÁTIO SANCTI OFFÍCII
   
DECRÉTUM DE NOVIS CULTUS SEU DEVOTIÓNIS FORMIS NON INTRODUCÉNDIS DEQUE INÓLITIS IN RE ABÚSIBUS TOLLÉNDIS.

Jam olim Sacrosáncta Tridentína Sýnodus (Sess. XXV, De invocat., venerat, et relíquiis Sanctórum et sacris imagínibus), præmíssa declaratióne de legitimitáte cultus Sanctórum et usus eórum imáginum ad benefícia a Deo impetránda, solémniter monébat, ut, si quos forte in has sanctas et salutáres observatiónes abúsus irrepere vel irrepsísse comperíssent, solérter curárent Epíscopi eos prorsus aboléri, ita ut nullæ falsi dogmátis imágines et rúdibus periculósi erróris occasiónem præbéntes statueréntur; omnis superstítio in Sanctórum invocatióne et imáginum sacro usu tollerétur; omnis turpis quǽstus eliminarétur; ac nihil demum inordinátum aut præpostere et tumultuárie accommodátum, nihil profánum nihílque inhonéstum apparéret.
   
Hisce præscriptiónibus inhæréntes, offício non defuérunt Románi Pontífices eas, data occasióne, ad memóriam idéntidem revocándi eárumque plenam observántiam inculcándi. Ex his præsértim sanctæ recordatiónis Pius Pp. IX, per Decrétum S. Offícii latum die 13 Jan. anno 1875, supréma Sua auctoritáte, mandávit «monéndos esse scriptóres qui ingénia sua ácuunt super arguméntis quæ novitátem sápiunt ac, sub pietátis spécie, insúetos cultus títulos étiam per ephemérides promovére student, ut ab eórum propósito desístant ac perpéndant perículum, quod subest, pertrahéndi fidéles in errórem étiam circa Fídei dogmáta et ansam præbéndi religiónis usúribus ad detrahéndum puritáti doctrínæ cathólicæ ac veræ pietáti».
   
Hæc áutem in Códicem Juris Canónici, iísdem pæne verbis, canónibus præsértim 1259, 1261 et 1279 demum reláta, novíssime confirmáta sunt.
   
Doléndum tamen est tot támque grávibus Suprémæ Auctoritátis Ecclesiásticæ monitiónibus atque injunctiónibus non plene hucúsque obtemperátum esse. Quin immo néminem jam latet novas hujúsmodi cultus et devotiónis formas, nonnúnquam ridículas, plerúmque aliárum simílium jam legítime statutárum inútilem imitatiónem vel étiam contaminatiónem, his potíssimum postrémis tempóribus, plúribus in locis, acathólicis máxime mirántibus acritérque obtrectántibus, in die multiplicáti atque inter fidéles látius propagári.
   
Íterum ígitur iterúmque Supréma hæc Sacra Congregátio Sancti Offícii, Fídei morúmque puritáti atque integritáti tutándæ præpósita, de exprésso mandáto Sanctíssimi D. N. Pii divína Providéntia Pp. XI, Sacrórum Antístitum, ubíque orbis cathólici animárum curam geréntium, zelum ac pastorálem sollicitúdinem, oneráta eórum consciéntia, veheménter excítat, ut strictíssimam tandem aliquándo memoratárum monitiónum atque injunctiónum observántiam úrgeant, abúsus qui jam irrepsérint fírmiter aboléndo et ne novi írrepant diligentíssime cavéndo.
   
Quæ quídem idem Sanctíssimus Dóminus Noster in sólita audiéntia E. P. D. Adsessóri die 20 labéntis mensis maji impertíta, in ómnibus et síngulis adprobáre et confirmáre dignátus est, præsénsque Decrétum publicári jussit.
  
Datum Romæ, ex Ǽdibus Sancti Offícii, die 26 maji anno 1937.
   
I. Venturi, Suprémæ S. Congr. S. Offícii Notárius.
   
TRADUCCIÓN
SUPREMA Y SAGRADA CONGREGACIÓN DEL SANTO OFICIO
  
DECRETO SOBRE LA NO INTRODUCCIÓN DE NUEVAS FORMAS DE CULTO O DEVOCIÓN, Y SOBRE LA EXTIRPACIÓN DE LAS COSAS ABUSIVAS QUE SE HAYAN INTRODUCIDO

Hace mucho tiempo, el Sagrado Concilio de Trento (Sess. XXV, De invocat., Venerat., et reliquiis Sanctorum et sacris imaginibus), después de declarar que el culto a los Santos y el uso de sus imágenes para obtener favores de Dios es legítimo, solemnemente advirtió a los obispos que, si descubrían que se estaba infiltrando o se había infiltrado cualquier abuso en estas prácticas sagradas y saludables, deben tener mucho cuidado para erradicarlas, de modo que no haya imágenes que sean teológicamente falsas y puedan ser una ocasión de error peligroso para los ignorantes se establecerán; que se elimine toda superstición en la invocación de los santos y en el uso de las imágenes sagradas; que toda búsqueda de ganancias sea eliminada; y finalmente que nada desordenado, nada distorsionado o apresurado, nada profano, nada indigno de ser observado.
   
Fieles a estas prescripciones, los Pontífices romanos han sido diligentes al recordarlas en varias ocasiones y al exigir que se los observe por completo. En particular, Pío IX, de santa memoria, mediante un decreto del Santo Oficio de fecha 13 de enero de 1875, por su autoridad suprema ordenó: «que los escritores que ejercen sus talentos sobre temas que gustan de la novedad, y que so apariencia de piedad intentan promover formas no acostumbradas de devoción incluso a través de periódicos y revistas, se les advierte que dejen de realizar estas actividades y consideren el peligro en el que incurren al inducir a error a los fieles, incluso respecto a los dogmas de la Fe, y de darles a quienes odian la religión la oportunidad para menospreciar la pureza de la doctrina católica y de la verdadera devoción».
   
Estas mismas disposiciones han sido confirmadas recientemente al ser introducidas, casi con las mismas palabras, en el Código de Derecho Canónico, especialmente en los cánones 1259, 1261, y 1279.
    
Desafortunadamente, sin embargo, tantas advertencias graves y mandatos de la Suprema Autoridad eclesiástica no han logrado obtener obediencia completa. De hecho, como todos saben, estas nuevas formas de adoración y devoción, a menudo lo suficientemente ridículas, usualmente imitaciones inútiles o corrupciones de otras similares que ya están legítimamente establecidas, se encuentran en muchos lugares, especialmente en estos últimos días, y se multiplican y propagan diariamente entre los fieles, dando ocasión al gran asombro y a la amarga calumnia por parte de los acatólicos.
    
Una y otra vez, por lo tanto, esta Sagrada Congregación del Santo Oficio, que se encarga de la custodia de la pureza e integridad de la fe y la moral, por mandato expreso de Nuestro Santísimo Señor Pío, por la Divina Providencia Papa XI, apela fervientemente al celo y solicitud pastoral de los obispos que tienen el cuidado de las almas en todo el mundo católico, y les ordena en conciencia instar al efecto a la observancia más estricta de las advertencias y órdenes judiciales mencionadas, aboliendo firmemente los abusos que ya han surgido, y tomando las precauciones más diligentes para que no se pongan de moda los nuevos.
   
En la audiencia concedida al Eminentísimo Padre y Señor Asesor el 20 de mayo del presente, Nuestro Santísimo Señor, se dignó aprobar y confirmar todos y cada uno de los puntos del presente Decreto, 
     
Dado en Roma, en el Palacio del Santo Oficio, el 26 de mayo de 1937.
  
I. Venturi, Notario de la Suprema Sagrada Congregación del Santo Oficio.

lunes, 20 de abril de 2020

ENCÍCLICA “Humánum Genus”, CONDENANDO A LA MASONERÍA

Hoy, hace 156 años, salió de la pluma de León XIII la encíclica “Humánum Genus”, en la cual se resumen todas las declaraciones previas contra la francmasonería, el más peligroso de los errores modernos, y exhorta a quitarle la máscara de probidad cívica que encubre su ánimo disociador y destructor de la moral.
  
CARTA ENCÍCLICA “Humánum Genus” CONDENANDO EL RELATIVISMO FILOSÓFICO Y MORAL DE LA FRANCMASONERÍA Y DEMÁS SECTAS
  
  
A los Venerables Patriarcas, Primados, Arzobispos y Obispos del Orbe Católico en Paz y Comunión con la Sede Apostólica, Salud y Bendición Apostólica.  
  
El género humano, después de apartarse miserablemente de Dios, creador y dador de los bienes celestiales, por envidia del demonio, quedó dividido en dos campos contrarios, de los cuales el uno combate sin descanso por la verdad y la virtud, y el otro lucha por todo cuanto es contrario a la virtud y a la verdad. El primer campo es el reino de Dios en la tierra, es decir, la Iglesia verdadera de Jesucristo. Los que quieren adherirse a ésta de corazón como conviene para su salvación, necesitan entregarse al servicio de Dios y de su unigénito Hijo con todo su entendimiento y toda su voluntad. El otro campo es el reino de Satanás. Bajo su jurisdicción y poder se encuentran todos lo que, siguiendo los funestos ejemplos de su caudillo y de nuestros primeros padres, se niegan a obedecer a la ley divina y eterna y emprenden multitud de obras prescindiendo de Dios o combatiendo contra Dios. Con aguda visión ha descrito Agustín estos dos reinos como dos ciudades de contrarias leyes y deseos, y con sutil brevedad ha compendiado la causa eficiente de una y otra en estas palabras: «Dos amores edificaron dos ciudades: el amor de sí mismo hasta el desprecio de Dios edificó la ciudad terrena; el amor de Dios hasta el desprecio de sí mismo, la ciudad celestial» [1].
   
Durante todos los siglos han estado luchando entre sí con diversas armas y múltiples tácticas, aunque no siempre con el mismo ímpetu y ardor. En nuestros días, todos los que favorecen el campo peor parecen conspirar a una y pelear con la mayor vehemencia bajo la guía y con el auxilio de la masonería, sociedad extensamente dilatada y firmemente constituida por todas partes. No disimulan ya sus propósitos. Se levantan con suma audacia contra la majestad de Dios. Maquinan abiertamente la ruina de la santa Iglesia con el propósito de despojar enteramente, si pudiesen, a los pueblos cristianos de los beneficios que les ganó Jesucristo nuestro Salvador. Deplorando Nos estos males, la caridad nos urge y obliga a clamar repetidamente a Dios: Mira que bravean tus enemigos y yerguen la cabeza los que te aborrecen. Tienden asechanzas a tu pueblo y se conjuran contra tus protegidos. Dicen: «Ea, borrémoslos del número de las naciones» (Ps.82).
  
Ante un peligro tan inminente, en medio de una guerra tan despiadada y tenaz contra el cristianismo, es nuestro deber señalar el peligro, descubrir a los adversarios, resistir en lo posible sus tácticas y propósitos, para que no perezcan eternamente aquéllos cuya salvación nos está confiada, y para que no sólo permanezca firme y entero el reino de Jesucristo, cuya defensa Nos hemos tomado, sino que se dilate todavía con nuevos aumentos por todo el orbe.
   
I. LA IGLESIA, FRENTE A LA MASONERIA
   
Nuestros antecesores los Romanos Pontífices, velando solícitamente por la salvación del pueblo cristiano, conocieron la personalidad y las intenciones de este capital enemigo tan pronto como comenzó a salir de las tinieblas de su oculta conjuración. Los Romanos Pontífices, previendo el futuro, dieron la señal de alarma frente al peligro y advirtieron a los príncipes y a los pueblos para que no se dejaran sorprender por las artimañas y las asechanzas preparadas para engañarlos. El Papa Clemente XII, en 1738, fue el primero en indicar el peligro [2]. Benedicto XIV [3] confirmó y renovó la Constitución del anterior Pontífice. Pío VII [4] siguió las huellas de ambos. Y León XIII, incluyendo en su Constitución Apostólica Quo gravióra [5] toda legislación dada en esta materia por los Papas anteriores, la ratificó y confirmó para siempre. Pío VIII [6], Gregorio XVI [7] y reiteradamente Pío IX [8] hablaron en el mismo sentido.
  
En efecto, tan pronto como una serie de indicios manifiestos -instrucción de proceso, publicación de las leyes, ritos y anales masónicos, el testimonio personal de muchos masones- evidenciaron la naturaleza y los propósitos de la masonería, esta Sede Apostólica denunció y proclamó abiertamente que la masonería, constituida contra todo derecho divino y humano, era tan perniciosa para el Estado como para la religión cristiana. Y amenazando con las penas más graves que suele emplear la Iglesia contra los delincuentes, prohibió terminantemente a todos inscribirse en esta sociedad. Los masones, encolerizados por esta prohibición, pensaron que podrían evitar, o debilitar al menos, en parte con el desprecio y en parte con las calumnias, la fuerza de estas sentencias, y acusaron a los Sumos Pontífices que las decretaron de haber procedido injustamente o de haberse excedido en su competencia. De esta manera procuraron eludir la grave autoridad de las Constituciones Apostólicas de Clemente XII, Benedicto XIV, Pío VII y Pío IX. No faltaron, sin embargo, dentro de la misma masonería quienes reconocieron, aun a pesar suyo, que las disposiciones tomadas por los Romanos Pontífices estaban de acuerdo con la doctrina y la disciplina de la Iglesia Católica. En este punto muchos Príncipes y Jefes de Gobierno estuvieron de acuerdo con los Papas, ya acusando a la masonería ante la Sede Apostólica, ya condenándola por sí mismos, promulgando leyes a este efecto. Así sucedió en Holanda, Austria, Suiza, España, Baviera, Saboya y otros Estados de Italia.
   
Pero lo más importante es ver cómo la prudente previsión de nuestros antecesores quedó confirmada con los sucesos posteriores. Porque sus providentes y paternales medidas no siempre, ni en todas partes, tuvieron el éxito deseado. Fracaso debido, unas veces, al fingimiento astuto de los afiliados a la masonería, y otras veces, a las inconsiderada ligereza de quienes tenían la grave obligación de velar con diligencia en este asunto. Por esto, en el espacio de siglo y medio la masonería ha alcanzado rápidamente un crecimiento superior a todo lo que se podía esperar, e infiltrándose de una manera audaz y dolosa en todos los órdenes del Estado, ha comenzado a tener tanto poder, que casi parece haberse convertido en dueña de los Estados. A este tan rápido y terrible progreso se ha seguido sobre la Iglesia, sobre el poder de los príncipes y sobre la misma salud pública la ruina prevista ya mucho antes por nuestros antecesores. Porque hemos llegado a tal situación, que con razón debemos temer grandemente por el futuro, no ciertamente por el futuro de la Iglesia, cuyo fundamento es demasiado firme para que pueda ser socavado por el solo esfuerzo humano, sino por el futuro de aquellas naciones en las que ha logrado una influencia excesiva la secta de que hablamos u otras semejantes que están unidas a ella como satélites auxiliares.
  
Por estas causas, tan pronto como llegamos al gobierno de la Iglesia, comprendimos claramente la gran necesidad de resistir todo lo posible a una calamidad tan grave, oponiéndole para ello nuestra autoridad. Aprovechando repetidas veces la ocasión que se nos presentaba, hemos expuesto algunos de los puntos doctrinales más importantes que habían sufrido influjo mayor de los perversos errores masónicos. Así, en nuestra Encíclica Quod Apostólici múneris hemos demostrado con razones convincentes las utópicas monstruosidades de los socialistas y de los comunistas. Más tarde, en otra Encíclica, Arcánum, hemos defendido y explicado la verdadera y genuina noción de la sociedad doméstica, cuya fuente y origen es el matrimonio. Por último, en la Encíclica Diutúrnum hemos desarrollado la estructura del poder político, configurado según los principios de la filosofía cristiana; estructura maravillosamente coherente con la naturaleza de las cosas y con la seguridad de los pueblos y de los gobernantes. Hoy, siguiendo el ejemplo de nuestros predecesores, hemos decidido consagrar directamente nuestra atención a la masonería en sí misma considerada, su sistema doctrinal, sus propósitos, su manera de sentir y de obrar, para iluminar con nueva y mayor luz su maléfica fuerza e impedir así el contagio de tan mortal epidemia.
   
II. JUICIO FUNDAMENTAL ACERCA DE LA MASONERIA
   
Varias son las sectas que, aunque diferentes en nombre, rito, forma y origen, al estar, sin embargo, asociadas entre sí por la unidad de intenciones y la identidad en sus principios fundamentales, concuerdan de hecho con la masonería, que viene a ser como el punto de partida y el centro de referencia de todas ellas. Estas sectas, aunque aparentan rechazar todo ocultamiento y celebran sus reuniones a la vista de todo el mundo y publican sus periódicos, sin embargo, examinando a fondo el asunto, conservan la esencia y la conducta de las sociedades clandestinas. Tienen muchas cosas envueltas en un misterioso secreto. Y es ley fundamental de tales sociedades el diligente y cuidadoso ocultamiento de estas cosas no sólo ante los extraños, sino incluso ante muchos de sus mismos adeptos. Tales son, entre otras, las finalidades últimas y más íntimas, las jerarquías supremas de cada secta, ciertas reuniones íntimas y ocultas, los modos y medios con que deben ser realizadas las decisiones adoptadas. A este fin se dirigen la múltiple diversidad de derechos, obligaciones y cargos existente entre los socios, la distinción establecida de órdenes y grados y la severidad disciplinar con que se rigen. Los iniciados tienen que prometer, más aún, de ordinario tienen que jurar solemnemente, no descubrir nunca ni en modo alguno a sus compañeros, sus signos, sus doctrinas. Así, con esta engañosa apariencia y con un constante disimulo procuran con empeño los masones, como en otro tiempo los maniqueos, ocultarse y no tener otros testigos que sus propios conmilitones. Buscan hábilmente la comodidad del ocultamiento, usando el pretexto de la literatura y de la ciencia como si fuesen personas que se reúnen para fines científicos. Hablan continuamente de su afán por la civilización, de su amor por las clases bajas. Afirman que su único deseo es mejorar la condición de los pueblos y extender al mayor número posible de ciudadanos las ventajas propias de la sociedad civil. Estos propósitos, aunque fuesen verdaderos, no son, sin embargo, los únicos. Los afiliados deben, además, dar palabra y garantías de ciega y absoluta obediencia a sus jefes y maestros; deben estar preparados a la menor señal e indicación de éstos para ejecutar sus órdenes; de no hacerlo así, deben aceptar los más duros castigos, incluso la misma muerte. De hecho, cuando la masonería juzga que algunos de sus seguidores han traicionado el secreto o han desobedecido las órdenes recibidas, no es raro que éstos reciban la muerte con tanta audacia y destreza, que el asesino burla muy a menudo las pesquisas de la policía y el castigo de la justicia. Ahora bien, esto de fingir y querer esconderse, de obligar a los hombres, como esclavos, con un fortísimo vínculo y sin causa suficientemente conocida, de valerse para cualquier crimen de hombres sujetos al capricho de otros, de armar a los asesinos procurándoles la impunidad de sus delitos, es un crimen monstruoso, que la naturaleza no puede permitir. Por esto, la razón y la misma verdad demuestran con evidencia que la sociedad de que hablamos es contraria a la justicia y a la moral natural.
   
Afirmación reforzada por otros argumentos clarísimos, que ponen de manifiesto esta contradicción de la masonería con la moral natural. Porque por muy grande que sea la astucia de los hombres para ocultarse, por muy excesiva que sea su costumbre de mentir, es imposible que no aparezca de algún modo en los efectos la naturaleza de la causa. No puede árbol bueno dar malos frutos, ni árbol malo dar frutos buenos (Mt.7,8). Los frutos de la masonería son frutos venenosos y llenos de amargura. Porque de los certísimos indicios que antes hemos mencionado, brota el último y principal de los intentos masónicos; a saber: la destrucción radical de todo el orden religioso y civil establecido por el cristianismo, y la creación, a su arbitrio, de otro orden nuevo con fundamentos y leyes tomados de la entraña misma del naturalismo.
  
Todo lo que hemos dicho hasta aquí, y lo que diremos en adelante, debe entenderse de la masonería considerada en sí misma y como centro de todas las demás sectas unidas y confederadas con ella, pero no debe entenderse de cada uno de sus seguidores. Puede haber, en efecto, entre sus afiliados no pocas personas que, aunque culpables por haber ingresado en estas sociedades, no participan, sin embargo, por sí mismos en los crímenes de las sectas e ignoran los últimos intentos de éstas. De la misma manera, entre las asociaciones unidas a la masonería, algunas tal vez no aprueban en modo alguno ciertas conclusiones extremas, que sería lógico abrazar como consecuencias necesarias de principios comunes, si no fuese por el horror que causa su misma monstruosidad. Igualmente algunas asociaciones, por circunstancias de tiempo y lugar, no se atreven a ejecutar todo lo que querrían hacer y otras suelen realizar; no por esto, sin embargo, deben ser consideradas como ajenas a la unión masónica, porque esta unión masónica debe ser juzgada, más que por los hechos y realizaciones que lleva a cabo, por el conjunto de principios que profesa.
   
III. NATURALEZA Y METODOS DE LA MASONERIA
  
Autonomía de la razón
Ahora bien, el principio fundamental de los que profesan el Naturalismo, como su mismo nombre declara, es que la naturaleza humana y la razón natural del hombre han de ser en todo maestras y soberanas absolutas. Establecido este principio, los naturalistas, o descuidan los deberes para con Dios, o tienen de éstos un falso concepto impreciso y desviado. Niegan toda revelación divina. No admiten dogma religioso alguno. No aceptan verdad alguna que no pueda ser alcanzada por la razón humana. Rechazan todo maestro a quien haya que creer obligatoriamente por la autoridad de su oficio. Y como es oficio propio y exclusivo de la Iglesia Católica guardar enteramente y defender en su incorrupta pureza el depósito de las doctrinas reveladas por Dios, la autoridad del Magisterio y de los demás medios sobrenaturales para la salvación, de aquí que todo el ataque iracundo de estos adversarios se haya concentrado sobre la Iglesia. Véase ahora el proceder de la masonería en lo tocante a la religión, singularmente en las naciones en que tiene una mayor libertad de acción, y júzguese si es o no verdad que todo su empeño se reduce a traducir en los hechos las teorías del Naturalismo. Hace mucho tiempo que se trabaja tenazmente para anular todo posible influjo del Magisterio y de la autoridad de la Iglesia en el Estado. Con este fin hablan públicamente y defienden la separación total de la Iglesia y del Estado. Excluyen así de la legislación y de la administración pública el influjo saludable de la religión católica. De lo cual se sigue la tesis de que la constitución total del Estado debe establecerse al margen de las enseñanzas y de los preceptos de la Iglesia. Pero no les basta con prescindir de tan buena guía como es la Iglesia. La persiguen, además, con actuaciones hostiles. Se llega, en efecto, a combatir impunemente de palabra, por escrito y con la enseñanza los mismos fundamentos de la religión católica. Se niegan los derechos de la Iglesia. No se respetan las prerrogativas con que Dios la enriqueció. Se reduce al mínimo su libertad de acción, y esto con una legislación en apariencia no muy violenta, pero en realidad dada expresamente para impedir la libertad de la Iglesia. Vemos, además, al Clero oprimido con leyes singularmente graves, promulgadas para disminuir cada día más su número y para reducir sus recursos; el patrimonio eclesiástico que todavía queda, gravado con todo género de cargas y sometido enteramente al juicio arbitrario del Estado; y las Ordenes Religiosas suprimidas y dispersas. Pero el esfuerzo más enérgico de los adversarios se lanza principalmente contra la Sede Apostólica y el Romano Pontífice. Primeramente le ha sido arrebatado a éste, con fingidos pretextos, el poder temporal, baluarte de su libertad y de sus derechos. A continuación ha sido reducido el Romano Pontífice a una situación injusta, a la par que intolerable, por las dificultades que de todas partes se le oponen. Finalmente, hemos llegado a una situación en la que los fautores de las sectas proclaman abiertamente lo que en oculto habían maquinado durante largo tiempo; esto es, que hay que suprimir la sagrada potestad del Pontífice y que hay que destruir por completo el pontificado instituído por derecho divino. Aunque faltasen otras pruebas, lo dicho está probado suficientemente por el testimonio de los mismos jefes sectarios, muchos de los cuales, en diversas ocasiones, y últimamente en una reciente memoria, han declarado como objetivo verdadero de la masonería el intento capital de vejar todo lo posible al Catolicismo como una enemistad implacable, sin descansar hasta ver deshechas todas las instituciones establecidas por los Papas en la esfera religiosa. Y si los afiliados a la masonería no están obligados a abjurar expresamente de la fe católica, esta táctica está tan lejos de oponerse a los intentos masónicos, que más bien sirve a sus propósitos. En primer lugar, porque éste es el camino de engañar fácilmente a los sencillos y a los incautos y de multiplicar el número de adeptos. Y en segundo lugar, porque al abrir los brazos a todos los procedentes de cualquier credo religioso, logra, de hecho, la propagación del gran error de los tiempos actuales: el indiferentismo religioso y la igualdad de todos los cultos. Conducta muy acertada para arruinar todas las religiones, singularmente la Católica, que, como única verdadera, no puede ser igualada a las demás sin suma injusticia.
  
Errores Metafísicos
Pero los naturalistas avanzan más todavía. Lanzados audazmente por la vía del error en los asuntos de mayor importancia, caen despeñados por el precipicio de las conclusiones más extremistas, ya sea por la flaqueza de la naturaleza humana, ya sea por justo juicio de Dios, que castiga el pecado de la soberbia naturalista. De esta manera sucede que para esos hombres pierden toda su certeza y fijeza incluso las verdades conocidas por la sola luz natural de la razón, como son la existencia de Dios y la espiritualidad e inmortalidad del alma humana. Por su parte, la masonería tropieza con estos mismos escollos a través de un camino igualmente equivocado. Porque si bien reconocen generalmente la existencia de Dios, afirman, sin embargo, que esta verdad no se halla impresa en la mente de cada uno con firme asentimiento y estable juicio. Reconocen, en efecto, que el problema de Dios es entre ellos la causa principal de sus divisiones internas. Más aún, es cosa sabida que últimamente ha habido entre ellos, por esta misma cuestión, una no leve contienda. Pero, en realidad, la secta concede a sus iniciados una libertad absoluta para defender la existencia de Dios o para negarla; y con la misma facilidad se recibe a los que resueltamente defienden la opinión negativa como a los que piensan que Dios existe, pero tienen acerca de Dios un concepto erróneo como los panteístas, lo cual equivale a conservar una absurda idea de la naturaleza divina, rechazando la verdadera noción de ésta. Destruído o debilitado este principio fundamental, síguese lógicamente la inestabilidad en las verdades conocidas por la razón natural: la creación libre de todas las cosas por Dios, la providencia divina sobre el mundo, la inmortalidad de las almas, la vida eterna que ha de suceder a la presente vida temporal.
  
Moral cívica
Perdidas estas verdades, que son como principios del orden natural, trascendentales para el conocimiento y la práctica de la vida, fácilmente aparece el giro que ha de tomar la moral pública y privada. No nos referimos a las virtudes sobrenaturales, que nadie puede alcanzar ni ejercitar sin especial don gratuito de Dios. Por fuerza no puede encontrarse vestigio alguno de estas virtudes en los que desprecian como inexistentes la redención del género humano, la gracia divina, los sacramentos y la bienaventuranza que se ha de alcanzar en el cielo. Hablamos aquí de las obligaciones derivadas de la moral natural. Un Dios creador y gobernador providente del mundo; una ley eterna que manda conservar el orden natural y prohibe perturbarlo; un fin último del hombre, muy superior a todas las realidades humanas y colocado más allá de esta transitoria vida terrena. Estas son las fuentes, éstos son los principios de toda moral y de toda justicia. Si se suprimen, como suelen hacer el naturalismo y la masonería, la ciencia moral y el derecho quedan destituídos de todo fundamento y defensa. En efecto, la única moral que reconoce la familia masónica, y en la que, según ella, ha de ser educada la juventud, es la llamada moral cívica, independiente y libre; es decir, una moral que excluya toda idea religiosa. Pero la debilidad de esta moral, su falta de firmeza y su movilidad a impulso de cualquier viento de pasiones, están bien demostradas por los frutos de perdición que parcialmente están ya apareciendo. Pues dondequiera que esta educación ha comenzado a reinar con mayor libertad, suprimiendo la educación cristiana, ha producido la rápida desintegración de la sana y recta moral, el crecimiento vigoroso de las opiniones más horrendas y el aumento ilimitado de las estadísticas criminales. Muchos son los que deploran públicamente esas consecuencias. Incluso no son pocos los que, aun contra su voluntad, las reconocen obligados por la evidencia de la verdad.
   
Pero, además, como la naturaleza humana quedó manchada con la caída del primer pecado y, por esta misma causa, más inclinada al vicio que a la virtud, es totalmente necesario para obrar moralmente bien sujetar los movimientos desordenados del espíritu y someter los apetitos a la razón. Y para que en este combate la razón vencedora conserve siempre su dominio se necesita muy a menudo el despego de todas las cosas humanas y la aceptación de molestias y trabajos muy grandes. Pero los naturalistas y los masones, al no creer las verdades reveladas por Dios, niegan el pecado del primer padre de la humanidad, y juzgan por esto que el libre albredrío «no está debilitado ni inclinado al pecado» [10]. Por el contrario, exagerando las fuerzas y la excelencia de la naturaleza y poniendo en ésta el único principio regulador de la justicia, ni siquiera pueden pensar que para calmar los ímpetus de la naturaleza y regir sus apetitos sean necesarios un prolongado combate y una constancia muy grande. Por esto vemos el ofrecimiento público a todos los hombres de innumerables estímulos de las pasiones; periódicos y revistas sin moderación ni vergüenza alguna; obras teatrales extraordinariamente licenciosas; temas y motivos artísticos buscados impúdicamente en los principios del llamado realismo; artificios sutilmente pensados para satisfacción de una vida muelle y delicada; la búsqueda, en una palabra, de toda clase de halagos sensuales, ante los cuales cierre sus ojos la virtud adormecida. Al obrar así proceden criminalmente, pero son consecuentes consigo mismos todos los que suprimen la esperanza de los bienes eternos y la reducen a los bienes caducos, hundiéndola en la tierra. Los hechos referidos pueden confirmar una realidad fácil de decir, pero difícil de creer. Porque como no hay nadie tan esclavo de las hábiles maniobras de los hombre astutos como los individuos que tienen el ánimo enervado y quebrantado por la tiranía de las pasiones, hubo en la masonería quienes dijeron y propusieron públicamente que hay que procurar con una táctica pensada sobresaturar a la multitud con una licencia infinita en materia de vicios; una vez conseguido este objetivo, la tendrían sujeta a su arbitrio para acometer cualquier empresa.
   
Familia y Educación
Por lo que toca a la sociedad doméstica, toda la doctrina de los naturalistas se reduce a los capítulos siguientes: el matrimonio pertenece a la categoría jurídica de los contratos. Puede rescindirse legalmente a voluntad de los contrayentes. La autoridad civil tiene poder sobre el vínculo matrimonial. En la educación de los hijos no hay que enseñarles cosa alguna como cierta y determinada en materia de religión; que cada uno al llegar a la adolescencia escoja lo que quiera. Los masones están de acuerdo con estos principios. No solamente están de acuerdo, sino que se empeñan, hace ya tiempo, por introducir estos principios en la moral de la vida diaria. En muchas naciones, incluso entre las llamadas católicas, está sancionado legalmente que fuera del matrimonio civil no hay unión legítima alguna. En algunos Estados la ley permite el divorcio. En otros Estados se trabaja para lograr cuanto antes la licitud del divorcio. De esta manera se tiende con paso rápido a cambiar la naturaleza del matrimonio, convirtiéndolo en una unión inestable y pasajera, que la pasión haga o deshaga a su antojo. La masonería tiene puesta también la mirada con total unión de voluntades en el monopolio de la educación de los jóvenes. Piensan que pueden modelar fácilmente a su capricho esta edad tierna y flexible y dirigirla hacia donde ellos quieren y que éste es el medio más eficaz para formar en la sociedad una generación de ciudadanos como ellos imaginan. Por esto, en materia de educación y enseñanza no permiten la menor intervención y vigilancia de los ministros de la Iglesia, y en varios lugares han conseguido que toda la educación de los jóvenes esté en manos de los laicos y que al formar los corazones infantiles nada se diga de los grandes y sagrados deberes que unen al hombre con Dios.
   
Doctrina Política
Vienen a continuación los principios de la ciencia política. En esta materia los naturalistas afirman que todos los hombres son jurídicamente iguales y de la misma condición en todos los aspectos de la vida. Que todos son libres por naturaleza. Que nadie tiene derecho de mandar a otro y que pretender que los hombres obedezcan a una autoridad que no proceda de ellos mismos es hacerles violencia. Todo está, pues, en manos del pueblo libre; el poder político existe por mandato o delegación del pueblo, pero de tal forma que, si cambia la voluntad popular, es lícito destronar a los Príncipes aun por la fuerza. La fuente de todos los derechos y obligaciones civiles está o en la multitud o en el gobierno del Estado, configurado, por supuesto, según los principios del derecho nuevo. Es necesario, además, que el Estado sea ateo. No hay razón para anteponer una religión a otra entre las varias que existen. Todas deben ser consideradas por igual.
   
Que los masones aprueban igualmente estos principios y que pretenden constituir los Estados según este modelo son hechos tan conocidos que no necesitan demostración. Hace ya mucho tiempo que con todas sus fuerzas y medios pretenden abiertamente esta nueva constitución del Estado. Con lo cual están abriendo el camino a otros grupos más audaces que se lanzan sin control a pretensiones peores, pues procuran la igualdad y propiedad común de todos los bienes, borrando así del Estado toda diferencia de clases y fortuna.
   
IV. EL MAL RADICAL DE LA MASONERIA
   
Dogmática depravada
La naturaleza y los métodos de la masonería quedan suficientemente aclarados con la sumaria exposición que acabamos de hacer. Sus dogmas fundamentales discrepan tanto y tan claramente de la razón, que no hay mayor depravación ideológica. Querer destruir la religión y la Iglesia, fundada y conservada perpetuamente por el mismo Dios, y resucitar, después de dieciocho siglos, la moral y la doctrina del paganismo, es necedad insigne e impiedad temeraria. Ni es menos horrible o intolerable el rechazo de los beneficios que con tanta bondad alcanzó Jesucristo, no sólo para cada hombre en particular, sino también para cuantos viven unidos en la familia o en la sociedad civil; beneficios, por otra parte, señaladísimos según el juicio y testimonio de los mismos enemigos. En este insensato y abominable propósito parece revivir el implacable odio y sed de venganza en que Satanás arde contra Jesucristo. De manera semejante, el segundo propósito de los masones, destruir los principios fundamentales del derecho y de la moral y prestar ayuda a los que, imitando a los animales, querrían que fuese lícito todo lo agradable, equivale a empujar al género humano ignominiosa y vergonzosamente a la muerte. Aumentan este mal los peligros que amenazan a la sociedad doméstica y a la sociedad civil. Porque, como hemos expuesto en otras ocasiones, el consentimiento casi universal de los pueblos y de los siglos demuestra que el matrimonio tiene un algo sagrado y religioso; pero además la ley divina prohibe su disolución. Si el matrimonio se convierte en una mera unión civil, si se permite el divorcio, la consecuencia inevitable que se sigue en la familia es la discordia y la confusión, perdiendo su dignidad la mujer y quedando incierta la conservación y suerte posterior de la prole. La despreocupación pública total de la religión y el desprecio de Dios, como si no existiese, en la constitución y administración del Estado, constituyen un atrevimiento inaudito aun para los mismos paganos, en cuyo corazón y en cuyo entendimiento estuvo tan grabada no sólo la creencia en los dioses, sino la necesidad de un culto público, que consideraban más fácil encontrar una ciudad en el aire que un Estado sin Dios. En realidad, la sociedad humana, a que nos sentimos naturalmente inclinados, fue constituida por Dios, autor de la naturaleza; y de Dios procede, como de principio y fuente, toda la perenne abundancia de los bienes innumerables que la sociedad disfruta. Por tanto, así como la misma naturaleza enseña a cada hombre en particular a rendir piadosa y santamente culto a Dios, por recibir de El la vida y los bienes que la acompañan, de la misma manera y por idéntica causa incumbe este deber a los pueblos y a los Estados. Y los que quieren liberar al Estado de todo deber religioso, proceden no sólo contra todo derecho, sino además con una absurda ignorancia. Y como los hombres nacen ordenados a la sociedad civil por voluntad de Dios, y el poder de la autoridad es un vínculo tan necesario a la sociedad que sin aquél ésta se disuelve necesariamente, síguese que el mismo que creó la sociedad creó también la autoridad. De aquí se ve que, sea quien sea el que tiene el poder, es ministro de Dios. Por lo cual, en todo cuanto exijan el fin y naturaleza de la sociedad humana, es razonable obedecer al poder legítimo cuando manda lo justo como si se obedeciera a la autoridad de Dios, que todo lo gobierna. Y nada hay más contrario a la verdad que suponer en manos del pueblo el derecho de negar la obediencia cuando le agrade. De la misma manera nadie pone en duda la igualdad de todos hombres si se consideran su común origen y la naturaleza, el fin último a que todos están ordenados y los derechos y obligaciones que de aquéllos espontáneamente derivan. Pero como no pueden ser iguales las cualidades personales de los hombres y son muy diferentes unos de otros en los dotes naturales de cuerpo y de alma y son muchas las diferencias de costumbre, voluntades y temperamentos, nada hay más contrario a la razón que pretender abarcarlo y confundirlo todo en una misma medida y llevar a las instituciones civiles a una igualdad jurídica tan absoluta. Así como la perfecta disposición del cuerpo humano resulta de la unión armoniosa de miembros diversos, diferentes en forma y funciones, pero que vinculados y puestos en sus propios lugares constituyen un organismo hermoso, vigoroso y apto para la acción, así también en la sociedad política las desemejanzas de los individuos que la forman son casi infinitas. Si todos fuesen iguales y cada uno se rigiera a su arbitrio, el aspecto de este Estado sería horroroso. Pero si, dentro de los distintos grados de dignidad, aptitudes y trabajo, todos colaboran eficazmente al bien común, reflejarán la imagen de un Estado bien constituido y conforme a la naturaleza.
   
Los perturbadores errores que hemos enumerado bastan por sí solos para provocar en los Estados temores muy serios. Porque, suprimido el temor de Dios y el respeto a las leyes divinas, despreciada la autoridad de los gobernantes, permitida y legitimada la fiebre de las revoluciones, desatadas hasta la licencia las pasiones populares, sin otro freno que la pena, forzosamente han de seguirse cambio y trastornos universales. Estos cambios y estos trastornos son los que buscan de propósito, sin recato alguno, muchas asociaciones comunistas y socialistas. La masonería, que favorece en gran escala los intentos de estas asociaciones y coincide con ellas en los principios fundamentales de su doctrina, no puede proclamarse ajena a los propósitos de aquéllas. Y, si de hecho no llegan de modo inmediato y en todas partes a los mayores extremos, no ha de atribuirse esta falta a sus doctrinas ni a su voluntad, sino a la eficaz virtud de la inextinguible religión divina y al sector sano de la humanidad que, rechazando la servidumbre de las sociedades clandestinas, resiste con energía los locos intentos de éstas.
   
Ambiciones masónicas
¡Ojalá juzgasen todos del árbol por sus frutos y conocieran la semilla radical de los males que nos oprimen y de los peligros que nos amenazan! Tenemos que enfrentarnos con un enemigo astuto y doloso que, halagando los oídos de los pueblos y de los gobernantes, se ha cautivado a los unos y a los otros con el cebo de la adulación y de las suaves palabras. Insinuándose entre los gobernantes con el pretexto de la amistad, pretendieron los masones convertirlos en socios y auxiliares poderosos para oprimir al catolicismo. Y para estimularlos con mayor eficacia, acusaron por envidia, a los príncipes el poder y las prerrogativas reales. Afianzados y envalentonados entre tanto con estas maniobras, comenzaron a ejercer un influjo extraordinario en el gobierno de los Estados, preparándose, por otra parte, para sacudir los fundamentos de las monarquías y perseguir, calumniar y destronar a los reyes siempre que éstos procediesen en el gobierno de modo contrario a los deseos de la masonería. De modo semejante engañaron a los pueblos por medio de la adulación. Voceando a boca llena libertad y prosperidad pública y afirmando que por culpa de la Iglesia y de los monarcas no había salido ya la multitud de su inicua servidumbre y de su miseria, sedujeron al pueblo y, despertando en éste la fiebre de las revoluciones, le incitaron a combatir contra ambas potestades. Sin embargo, la espera de estas ventajas tan deseadas es hoy día todavía mayor que su realidad; porque la plebe, más oprimida que antes, se ve forzada en su mayor parte a carecer incluso de los mismos consuelos de su miseria que hubiera podido hallar con facilidad y abundancia en una sociedad cristianamente constituida. Y es que todos los que se rebelan contra el orden establecido por la Providencia divina suelen encontrar el castigo de su soberbia tropezando con una suerte desoladora y miserable allí mismo donde, temerarios, la esperaban, conforme a sus deseos, próspera y abundante.
   
La Iglesia, en cambio, que manda obedecer primero y por encima de todo a Dios, soberano Señor de la creación, no puede sin injuria y falsedad ser acusada ni como enemiga del poder político ni como usurpadora de los derechos de los gobernantes. Por el contrario, la Iglesia manda dar al poder político, como criterio y obligación de conciencia, cuanto de derecho se le debe. Por otra parte, el que la Iglesia ponga en Dios mismo el origen del poder político aumenta grandemente la dignidad de la autoridad civil y proporciona un apoyo no leve para obtenerle el respeto y la benevolencia de los ciudadanos. La Iglesia, amiga de la paz y madre de la concordia, abraza a todos con materno cariño. Ocupada únicamente en ayudar a los hombres, enseña que hay que unir la justicia con la clemencia, el poder con la equidad, las leyes con la moderación; que no debe ser violado el derecho de nadie; que hay que trabajar positivamente por el orden y la tranquilidad pública; que hay que aliviar, en la medida más amplia posible, pública y privadamente la miseria de los necesitados. «Pero la causa de que piensen -para servirnos de las palabras de Agustín- o de que pretendan hacer creer que la doctrina cristiana no es provechosa para el Estado, es que no quieren un Estado apoyado sobre la solidez de las virtudes, sino sobre la impunidad de los vicios» [11]. Según todo lo dicho, sería una insigne prueba de prudencia política y una medida necesaria para la seguridad pública que los gobernantes y los pueblos se unieran no con la masonería para destruir a la Iglesia, sino con la Iglesia para destrozar los ataques de la masonería.
   
V. REMEDIOS
   
Pero sea lo que sea, ante un mal tan grave y tan extendido ya, es nuestra obligación, venerables hermanos, consagrarnos con toda el alma a buscar los remedios. Y como la mejor y más firme esperanza de remedio está situada en la eficacia de la religión divina, tanto más odiada de los masones cuanto más temida por ellos, juzgamos que el remedio fundamental consiste en el empleo de esta virtud tan eficiente contra el común enemigo. Por consiguiente, todo lo que los Romanos Pontífices, nuestros antecesores, decretaron para impedir las iniciativas y los intentos de la masonería, todo lo que sancionaron para alejar a los hombres de estas sociedades o liberarlos de ellas, todas y cada una de estas disposiciones damos por ratificadas y las confirmamos con nuestra autoridad apostólica. Y, confiados en la buena voluntad de los cristianos, rogamos y suplicamos a cada uno de ellos en particular por su eterna salvación que tengan como un deber sagrado de conciencia el no apartarse un punto de lo que en esta materia ordena la Sede Apostólica.
Desenmascarar la masonería
A vosotros, venerables hermanos, os pedimos y rogamos con la mayor insistencia que, uniendo vuestros esfuerzos a los nuestros, procuréis con ahinco extirpar este inmundo contagio que va penetrando en todas las venas de la sociedad. Debéis defender la gloria de Dios y la salvación de los prójimos. Si miráis a estos fines en el combate, no ha de faltaros el valor ni la fortaleza. Vuestra prudencia os dictará el modo y los medios mejores de vencer los obstáculos y las dificultades que se levantarán. Pero como es propio de la autoridad de nuestro ministerio que Nos indiquemos algunos medios más adecuados para la labor referida, quede bien claro que lo primero que debéis procurar es arrancar a los masones su máscara, para que sea conocido de todos su verdadero rostro; y que los pueblos aprendan por medio de vuestro sermones y pastorales, escritas con este fin, las arteras maniobras de esas sociedades en el halago y en la seducción, la maldad de sus teorías y la inmoralidad de su acción. Que nadie que estime en lo que debe su profesión de católico y su salvación personal, juzgue serle lícito por ninguna causa inscribirse en la masonería, prohibición confirmada repetidas veces por nuestros antecesores. Que nadie sea engañado por una moralidad fingida. Pueden, en efecto, pensar algunos que nada piden los masones abiertamente contrario a la religión y a la sana moral. Sin embargo, como toda la razón de ser de la masonería se basa en el vicio y en la maldad, la consecuencia necesaria es la ilicitud de toda unión con los masones y de toda ayuda prestada a éstos de cualquier modo.
  
Esmerada instrucción religiosa
Es necesario, en segundo lugar, inducir por medio de una frecuente predicación a las muchedumbres para que se instruyan con todo esmero en materia religiosa. A este fin recomendamos mucho que en los escritos y en los sermones se expliquen oportunamente los principios fundamentales de la filosofía cristiana. El objetivo de estas exposiciones es sanar los entendimientos por medio de la instrucción y fortalecerlos contra las múltiples formas del error y las variadas sugestiones del vicio, contenidas especialmente en el libertinaje actual de la literatura y en el ansia insaciable de aprender. Gran obra, sin duda. Pero en ellas será vuestro primer auxiliar y colaborador el clero si lográis con vuestros esfuerzos que salga bien formado en costumbres y bien equipado de ciencia. Pero una empresa tan santa e importante exige también la cooperación auxiliar de los seglares, que unan el amor de la religión y de la patria con la virtud y el saber. Unidas las fuerzas del clero y del laicado, trabajad, venerables hermanos, para que todos los hombres conozcan y amen como se debe a la Iglesia. Cuanto mayores sean este conocimiento y este amor, tanto mayores serán la huída y el rechazo de las sociedades secretas. Aprovechando justificadamente esta oportunidad, renovamos ahora nuestro encargo, ya repetido otras veces, de propagar y fomentar con toda diligencia la Orden Tercera de San Francisco, cuyas reglas con prudente moderación hemos aprobado hace poco [12].
  
El único fin que le dio su autor, es atraer a los hombre a la imitación de Jesucristo, al amor de su Iglesia, al ejercicio de todas las virtudes cristianas. Grande, por consiguiente, es su eficacia para impedir el contagio de estas malvadas sociedades. Auméntese, pues, cada vez más esta santa asociación, de la cual podemos esperar muchos frutos, y especialmente el insigne fruto de que vuelvan los corazones a la libertad, fraternidad e igualdad jurídicas, no como absurdamente las conciben los masones, sino como las alcanzó Jesucristo para el género humano y las siguió San Francisco. Una libertad propia de los hijos de Dios, por la cual nos veamos libres de la servidumbre de Satanás y de la perversa tiranía de las pasiones; una fraternidad cuyo origen resida en Dios, Creador y Padre común de todos; una igualdad que, basada en los fundamentos de la justicia y de la caridad, no borre todas las diferencias entre los hombres, sino que con la variedad de condiciones, deberes e inclinaciones forme aquel admirable y armonioso conjunto que es propio naturalmente de toda vida civil digna y útilmente constituida.
  
Asociaciones obreras y patronales
Existe, en tercer lugar, una institución, sabiamente establecida por nuestros mayores e interrumpida durante algún tiempo, que puede valer ahora como forma ejemplar para algo semejante. Nos referimos a los gremios de trabajadores, creados para defensa conjunta, al amparo de la religión, de sus propios intereses y de las buenas costumbres. Si nuestros mayores con el uso y experiencia de un largo espacio de tiempo comprobaron la utilidad de estas asociaciones, tal vez la experimentaremos mejor nosotros por su especial eficacia para burlar el poder de las sectas. Los que soportan la escasez con el trabajo de sus manos son en primer término los más dignos de caridad y de consuelo, pero además son los que están más expuestos a las seducciones de los malvados, que todo lo invaden con sus fraudes y engaños. Por lo cual hay que ayudarles con la mayor benignidad posible y hay que reunirlos en asociaciones honestas, para que no los arrastren las asociaciones infames. Por esta razón Nos deseamos grandemente ver restablecidas estas corporaciones en todas partes, para salvación del pueblo, de acuerdo con las necesidades de los tiempos, bajo los auspicios y patrocinio del episcopado. Y no es pequeño nuestro gozo al ver como vemos su actual restablecimiento en muchos lugares, así como también la fundación de asociaciones patronales. El fin común de estas dos clases de instituciones es ayudar a la virtuosa clase proletaria, socorrer y defender a sus hijos y a sus familias, fomentando en ellas, con la integridad de las buenas costumbres, el cultivo de la piedad y de la instrucción religiosa. Y en este punto no queremos pasar en silencio las Conferencias de San Vicente de Paúl, tan benemérita de las clases pobres y tan insigne por su ejemplo y acción. Sus obras y sus fines son conocidos por todos. Se dedica por entero al auxilio creciente de los menesterosos y de los que sufren, actuando con admirable sagacidad y modestia. Al querer pasar desapercibida, su eficacia es tanto mayor para ejercer la caridad cristiana y tanto más idónea para remedio de las miserias.
  
Educación de la juventud
En cuarto lugar, para obtener más fácilmente lo que queremos, encomendamos con el mayor encarecimiento a vuestra fe y a vuestros desvelos la juventud, que es la esperanza de la sociedad humana. Consagrad a su educación la parte más principal de vuestra atención, y, por mucho que hagáis, nunca penséis haber hecho lo bastante para preservar a la adolescencia de las escuelas y maestros que puedan inculcarle el aliento malsano de las sectas. Exhortad a los padres, a los directores espirituales, a los párrocos para que insistan, al enseñar la doctrina cristiana, en avisar oportunamente a sus hijos y alumnos de la perversidad de estas sociedades, y que aprendan pronto a precaverse de las fraudulentas y variadas artimañas que suelen emplear sus propagadores para enredar a los hombres. No harían mal los que preparan a los niños para recibir la primera comunión si les aconsejan que hagan el firme propósito de no ligarse nunca con sociedad alguna sin decirlo antes a sus padres o sin consultarlo previamente con su confesor o con su párroco.
  
Pero sabemos muy bien que todos nuestro comunes esfuerzos serán insuficientes para arrancar estas perniciosas semillas del campo del Señor si desde el cielo el dueño de la viña no secunda benignamente nuestros esfuerzos. Es necesario, por tanto, implorar con vehemente deseo un auxilio tan poderoso de Dios que sea adecuado a la extrema necesidad de las circunstancias y a la grandeza del peligro. Levántase insolente y como regocijándose ya de sus triunfos, la masonería. Parece como si no pusiera ya límites a su obstinación. Sus secuaces, unidos todos con un impío consorcio y por una oculta comunidad de propósitos, se ayudan mutuamente y se excitan los unos a los otros para la realización audaz de toda clase de obras pésimas. Tan fiero asalto exige una defensa igual: es necesaria la unión de todos los buenos en una amplísima coalición de acción y de oraciones. Les pedimos, pues, por un lado, que, estrechando las filas, firmes y de acuerdo resistan los ímpetus cada día más violentos de los sectarios; y, por otro lado, que levanten a Dios las manos y le supliquen con grandes gemidos para alcanzar que florezca con nuevo vigor el cristianismo, que goce la Iglesia de la necesaria libertad, que vuelvan al buen camino los descarriados, que cesen por fin los errores a la verdad y los vicios a la virtud. Tomemos como auxiliadora y mediadora a la Virgen María, Madre de Dios. Ella, que vencido a Satanás desde el momento de su concepción, despliegue su poder contra todas las sectas impías, en que se ven revivir claramente la soberbia contumaz, la indómita perfidia y los astutos engaños del demonio. Pongamos por intercesores al Príncipe de los Angeles, San Miguel, vencedor de los enemigos infernales; a San José, esposo de la Virgen Santísima, celestial patrono de la Iglesia católica; a los grandes apóstoles San Pedro y San Pablo, sembradores e invictos defensores de la fe cristiana. Bajo su patrocinio y con la oración perseverante de todos, confiamos que Dios socorrerá oportuna y benignamente al género humano, expuesto a tantos peligros.
   
Y como testimonio de los dones celestiales y de nuestra benevolencia, con el mayor amor os damos in Dómino la bendición apostólica a vosotros, venerables hermanos, al clero y al pueblo todo confiado a vuestro cuidado.
   
Dado en Roma, junto a San Pedro, el 20 de abril de 1884, año séptimo de nuestro pontificado. LEÓN XIII.
   
NOTAS
[1] La Ciudad de Dios, 14, 17. (PL 41, 436).
[2] Const. In eminénti, 24 de Abril de 1738.
[3] Const. Próvidas, 18 de Mayo de 1751.
[4] Const. Ecclésiam a Jesu Christo, 12 de Septiembre de 1821.
[5] Const. 13 de Marzo de 1825.
[6] Enc. Tradíti, 21 de Mayo de 1829.
[7] Enc. Mirári Vos, 15 de Agosto de 1832.
[8] Enc. Qui plúribus, 9 de Noviembre de 1846; Alocución Multíplices inter, 25 de Septiembre de 1865, etcétera.
[9] Concilio de Trento, Sesión VI (de la Justificación), cap. 1. Texto del Concilio de Trento: «tamétsi in eis (sc. Judǽis) líberum arbítrium mínime extínctum esset, víribus licet attenuátum et inclinátum».
[10] Cf. Arcánum, No. 81.
[11] Ep. 137 a Volusiano, cap. 5 n. 20. (PL 33, 525)
[12] El texto aquí refiere a la carta encíclica Auspicáto Concéssum (17 de Septiembre de 1882), en la cual el Papa León XIII había glorificado recientemente a San Francisco de Asís en ocasión del séptimo cententario de su nacimiento. En esta encíclica, el Papa ha presentado a la Tercera Orden de San Francisco como una respuesta cristiana a los problemas sociales de los tiempos. La constitución Miséricors Dei Fílius (23 de Junio de 1883) recordó expresamente que la negligencia en la cual las virtudes cristianas son tenidas es la causa principal de los males que amenazan a las sociedades. Confirmando la regla de la Tercera Orden y adaptándola a las necesidades de los tiempos modernos, el Papa León XIII intentado recuperar al mayor número posible de almas a la práctica de estas virtudes.

LA PARUSÍA


«Cristo ¿vuelve o no?

Jesucristo vuelve y su vuelta es un dogma de nuestra fe. Es un dogma de los más importantes, colocado entre los catorce artículos de fe que recitamos cada día en el Símbolo de los Apóstoles y cantamos en la Misa Solemne. “Y vendrá con gloria a juzgar a los vivos y a los muertos”.

Es un dogma bastante olvidado. Es un espléndido dogma poco meditado.

Su traducción es ésta: el mundo no continuará desenvolviéndose indefinidamente, ni acabará por azar, dando un encontronazo con alguna estrella mostrenca, ni terminará por evolución natural de sus fuerzas elementales –o entropía cósmica, como dicen los físicos–, sino por una intervención directa de su Creador.

No morirá de muerte natural, sino de muerte violenta; o por mejor decir –ya que Tú eres Dios de vida y no de muerte–, de muerte milagrosa.
   
El Universo no es un proceso natural, como piensan los evolucionistas o naturalistas, sino que es un poema gigantesco, un poema dramático del cual Dios se ha reservado la iniciación, el nudo y el desenlace; que se llaman teológicamente Creación, Redención y Parusía.

Los personajes son los albedríos humanos. Las fuerzas naturales son los maquinistas. Pero el primer actor y el director de orquesta es Dios.

“Varones galileos, ¿qué estáis allí mirando al cielo? Este Jesús que habéis visto subir al cielo, parejamente un día volverá a bajar del cielo”, dijeron los dos ángeles el día de la Ascensión.

Ése será el desenlace del drama de la humanidad: “Vidébunt in quem transfixérunt” (“Mirarán al que enclavaron”).

El dogma de la Segunda Venida de Cristo, o Parusía, es tan importante como el de su Primera Venida, o Encarnación.
   
Si no se lo entiende, no se entiende nada de la Escritura ni de la historia de la Iglesia. El término de un proceso da sentido a todo el proceso. Este término está no solo claramente revelado, mas también minuciosamente profetizado. Jesucristo vuelve pronto.

Ven, Señor Jesús.

Oh Señor Jesucristo, ¿por qué tardas? ¿qué esperas para mostrar al mundo tus divinas banderas, y arrojar tu mensaje de luz sobre las fieras?». (PADRE LEONARDO CASTELLANI, ¿Cristo vuelve o no vuelve?).

sábado, 11 de abril de 2020

BERGOGLIO RESCATANDO AL COMPAÑERO JUDAS (Nihil novi sub sole)

Casi como es habitual en torno a los días santos, Bergoglio sigue entreteniendo a su (por las circunstancias de público conocimiento) reducida audiencia en la capilla Espíritu Santo de la Domus Sanctæ Marthæ y sus adoradores alrededor del orbe con su plática sobre Judas Iscariote:
«Una cosa que me llama la atención es que Jesús nunca le dice “traidor”; dice que será traicionado, pero no le dice a él “traidor”. Nunca dice: “Vete, traidor”. ¡Nunca! Es más, le dice: “Amigo”, y lo besa. El misterio de Judas… ¿Cómo es el misterio de Judas? No sé… Don Primo Mazzolari lo explicó mejor que yo… Sí, me consuela contemplar aquel capitel de Vézelay: ¿cómo terminó Judas? No lo sé. Jesús amenaza fuertemente, aquí; amenaza fuertemente: “¡Ay de aquel hombre por quien el Hijo del Hombre es traicionado: sería mejor para ese hombre si nunca hubiera nacido!”. ¿Pero eso significa que Judas está en el infierno? No lo sé. Yo miro el capitel. Y escucho la palabra de Jesús: “Amigo”». (ANTIPAPA FRANCISCO, Homilía para el 8 de Abril de 2020; traducida y provista por Zenit).
Más allá del hecho de la relación significante-significado entre “traidor” y “aquel que traiciona” (evidente en cualquier diccionario de cualesquiera de las lenguas conocidas)… señalamos:
  1. Que Bergoglio no hace sino sostener posiciones ya expresadas por sus predecesores inmediatos Wojtyła y Ratzinger;
  2. Que no existe ningún misterio sobre el destino eterno de Judas Iscariote: Jesús mismo lo revela condenado.
Al primero.
De Juan Pablo II podemos citar este pasaje: «cuando Jesús dice de Judas, el traidor, que “sería mejor para ese hombre no haber nacido” (Mateo 26, 24), la afirmación no puede ser entendida con seguridad en el sentido de una eterna condenación» (Cruzando el umbral de la esperanza, 1994, pág. 187 de la edición española). También Benedicto XVI expresa duda sobre la condenación del traidor, que desesperando de la misericordia de Dios se ahorcó, al decir: «Aunque luego se alejó para ahorcarse (cf. Mt 27, 5), a nosotros no nos corresponde juzgar su gesto, poniéndonos en el lugar de Dios, infinitamente misericordioso y justo» (Audiencia general, 18 octubre de 2006). Luego esta duda es “doctrina común” post-conciliar: no puede ser vista sino como agnosticismo, una de las bases del modernismo; y Francisco, como elogiador de la duda (que le convenga, porque de resto, la callada por respuesta) y modernista, la hace suya y la “enseña”, casi tan “dogmáticamente” que el infame Mons. Paglia no tuvo empacho alguno en afirmar que «para la Iglesia Católica, si uno afirma que Judas está en el infierno, es un hereje». Dan ganas de responderles: Médice cura teípsum!

Al segundo.
La condenación de Judas no es un misterio desconocido para nosotros: ella es mostrada claramente por las Escrituras.
  
Cristo llama a Judas “hijo de perdición” (Joann. XVII, 12) [fílius perditiónis / υιος της απωλειας / ܒ݁ܪܶܗ ܕ݁ܰܐܒ݂ܕ݁ܳܢܳܐ / בֶּן-הָאֲבַדּוֹן]. Esta expresión «es un hebraísmo que significa “el que se ha perdido”. Con este nombre se alude a Judas traidor. No es por incuria de Jesús que Judas se perdió, sino por su voluntad perversa. Dios, que lo había perdido, lo hizo preanunciar en la Escritura (Salm. XL, 10; CVIII, 8)» (Padre MARCO M. SALES OP, La Sacra Bibbia – Il Nuovo Testamento, Turín, 1925, Vol. I, pág. 429, n. 12. Traducción propia).
    
San Pedro, en su discurso a los hermanos para escoger al remplazo de Judas entre los Apóstoles, dice que él se fue «a ocupar su lugar» (Act. I, 25), «un eufemismo para indicar el infierno. Judas abandonó el lugar que ocupaba entre los Apóstoles para adquirir un lugar en el infierno, como convenía a la enormidad de su delito» (Ibid. pág. 463, n. 25. Traducción propia). He aquí por qué el Señor usó aquella frase tremenda: «Mejor le sería no haber nacido», refiriéndose al traidor.
  
Lapidario es el Catecismo del Concilio de Trento, eco del unánime (y por ende, infalible) consenso de los Padres: 
«Frecuentemente sucede precisamente que los hombres no se arrepienten de los pecados como deberían; que también hay unos, al decir de Salomón, que se alegran del mal cometido (Prov. 2,14); mientras que hay otros que se afligen tan amargamente, que desesperan de salvarse. Tal parece ser el caso de Caín que exclamó: “Mi pecado es más grande que el perdón de Dios” (Gén. 4, 13); y tal fue ciertamente el de Judas, el cual arrepentido, colgándose en el lazo, perdió al mismo tiempo la vida y el alma (Matth. 27, 3; Act. 1, 18)» (Catecismo del Concilio de Trento, n. 241 – La penitencia en cuanto virtud).
Como la oración sigue a la creencia, la liturgia romana tradicional, en la Misa del Jueves Santo y en la Misa de Presantificados del Viernes Santo, presenta la siguiente Oración:
«Deus, a quo et Judas reátus sui pœnam, et confessiónis suæ latro prǽmium sumpsit, concéde nobis tuæ propitiatiónis efféctum: ut, sicut in passióne sua Jesus Christus, Dóminus noster, divérsa utrísque íntulit stipéndia meritórum; ita nobis, abláto vetustátis erróre, resurrectiónis suæ grátiam largiátur: Qui tecum vivit et regnat in unitáte Spíritus Sancti, Deus, per ómnia sǽcula sæculórum» [Oh Dios, de quien Judas recibió el debido castigo de su pecado y el buen ladrón el premio de su confesión; haznos sentir el efecto de tu misericordia, para que, así como Jesucristo Nuestro Señor dio en su Pasión a entrambos su merecido, así también, destruido en nosostros el error del hombre viejo, nos conceda la gracia de resucitar gloriosamente con él. Que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo, y es Dios, por los siglos de los siglos]. Amén.
De ella se concluye a partir de la confrontación entre San Dimas, el Buen Ladrón (a quien Jesús “canonizó” justo antes de morir), y Judas Iscariote, el Apóstol traidor, que mientras el primero recibió “el premio de su confesión” (evidentemente la salvación), el segundo obtuvo “el debido castigo de su pecado” (evidentemente el castigo en el Infierno) por toda la eternidad.

Por tanto, si hay algo de oscuro en Judas Iscariote, no lo es precisamente su suerte eterna con los demonios y los réprobos en las llamas del Infierno, que debemos evitar. Para evitar tal destino, invitar a ciertos pastores calaveras que en cambio se ocupan de exonerar al Traidor, casi rehabilitarlo (tal vez queriendo absolverse a sí mismos y su traición contra Cristo y su Esposa, la Iglesia Católica).

Sobre la traición de Judas recomendamos leer los textos del padre Giuseppe Ricciotti:
«Llegó por tanto el penúltimo día antes de la Pascua, o sea el miércoles. El tiempo, para los sumos sacerdotes y los fariseos, apremiaba y era necesario actuar. No obstante las repetidas deliberaciones tomadas en los días previos, aún no habían hecho nada, porque Jesús estaba protegido por el favor popular y por tanto se permitía rodar impunemente por Jerusalén e incluso predicar en el Templo. ¿Pero no había método para hacerlo desaparecer ocultamemte, si  que el pueblo se agitase? Por eso no convenía perder más tiempo, y la cuestión debía resolverse en forma definitiva antes de la Pascua, para evitar consecuencias que podían ser gravísimas. Las fiestas en general, y sobre todo la Pascua, a causa de las enormes afluencias de multitudes excitadas, eran consideradas por el procurador romano como períodos de convulsión sísmica, y entonces más que nunca mantenía los ojos abiertos y redoblaba la vigilancia por temor que un don nadie hiciese saltar todo por los aires: por eso en tales ocasiones –como refería ocasionalmente Flavio Josefo (Guerra de los judíos, II, 224)– la cohorte romana acantonada en Jerusalén se desplegaba a lo largo del pórtico del Templo, ya que en las fiestas siempre hacían la guardia armados a fin de que la multitud reunida no hiciera sediciones. ¿Qué cosa por tanto no podía suceder con aquel Rabino galileo en torno por la ciudad y en el Templo, rodeado de grupos de entusiastas que lo creían Mesías?
 
A la primera agitación que hubiese sucedido, el caballero Poncio Pilato habría soltado sus soldados sobre las multitudes de peregrinos, comenzando ciertamente a destruir el lugar santo y la nación, como se temía.  No, no, absolutamente necesitaba desconjurar este peligro y hacerse que para la Pascua todo estuviese en su lugar. ¿Pero cómo? En aquel miércules se tiene un nuevo consejo para discutir tal cuestión. Entonces se reunieron los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo en el palacio del sumo sacerdote llamado Caifás, y deliberaron capturar a Jesús con engaño y matar(lo). Todavía decían: “No en la fiesta, a fin que no haya tumulto en el pueblo” (Mateo, 26, 3-5). Era pues pacífico para todos los partícipes de la reunión que Jesús debía ser suprimido; todavía algunos más cautos acían notar el peligro que el arresto fuese ejecutado durante la fiesta pascual cuando muchos peregrinos, o galileos favorables a Jesús, podían levantarse para protegerlo; por otra parte tampoco sería oportuno realizar el arresto después de la fiesta, porque en el entretanto Jesús podía alejarse con los peregrinos que volvían a sus casas y así escapar de la capturan como había ya hecho después después de la resurrección de Lázaro: por eso necesitaban actuar enseguida, antes de la Pascua. Y en secreto. A esta solicitud y secreto miraba la observación de los cautos consejeros. Pero precisamente aquí estaba la dificultad. Para la Pascua faltaban sólo dos días, y Jesús pasaba toda su jornada en medio del pueblo; ¿cómo era posibleactuar en tan poco tiempo y en manera que el arresto se supiese solo por las cosas hechas? La ayuda viene de donde menos se esperaba. Entonces uno de los doce, aquel llamado Judas Iscariote, fue por los sumos sacerdotes y les dijo: “¿Qué me queréis dar, y yo os lo entregaré?”. Y aquellos establecieron treinta (monedas) argénteas. Y desde entonces (Judas) buscaba una oportunidad para prenderlo. Esta es la información de Mateo (26, l4-l6), con la cual concuerdan los otros dos Sinópticos, los cuales no precisan la suma pactada pero agregan la muy comprensible noticia que los sumos sacerdotes se alegraron por la propuesta de Judas. Y ahora, con tal cooperador, arrestar solícita y secretamente a Jesús se tornaba empresa fácil.
 
¿Pero qué razón empujó a Judas a la traición? La primitiva catequesis no nos ha transmitido otra razón que el amo­r al lucro. Cando los evangelistas presentan a Judas como ladrón y administrador fraudulento de la caja común, preparaban en realidad la escena de Judas en que se acerca a los sumos sacerdotes para preguntar: ¿Qué me queréis dar…? Pero, también fuera de los evangelios, cuando Pedro habla del ladrón ahora suicida, no señala otro provecho de la traición sino la adquisición de un campo con la merced de la iniquidad (Hechos, 1, 16-19). La razón del lucro es por tanto segura; aunque junto a ella no se excluye que hayan otras de la cual la primitiva catequesis no se ocupó, y aquí el campo está abierto a razonables conjeturas. También abstrayendo por los vuelos fantásticos sobre este campo sumamente trágico por dramaturgos o por historiadores de inspiración novelista, queda siempre el inesperado comportamiento tenido por Judas solamente dos días después: visto que Jesús fue condenado, el traidor improvisamente se arrepiente de haber vendido la sangre de aquel justo, y devolviendo el precio a los sumos sacerdotes va a colgarse. Bueno, este no es el comportamiento de un simple avaro: un avaro típico, un hombre que no hubiese tenido otro amor que al dinero, habría quedado satisfecho por el lucro obtenido, cualquiera fuese la suerte sucesiva de Jesús, y nunca hubiese pensado ni en restituir el dinero ni en ahorcarse. Judas ciertamente era avaro y codicioso, pero más allá de eso hay otra cosa. Existen en él al menos dos amores: uno es el del oro, que lo empuja a traicionar a Jesús; pero al lado de este existe otro amor que tal vez también pudo también ser más fuerte, porque a la traición realizada prevalece sobre el mismo amor del oro y empuja al traidor a restituir el lucro, a renegar toda su traición, a llorar la víctima y finalmente a matarse por desesperación. ¿Cuál era el objeto de este amor contrastante con el del oro? Por cuanto podemos pensar, no se encuentra otro objeto posible si no Jesús. Si Judas no hubiese sentido por Jesús un amor tan grande que tal vez prevalecía sobre el del oro, no hubiera ni restituido el dinero ni renegado de su traición. Pero si él amaba a Jesús, ¿por qué lo traicionó?
 
Ciertamente porque su amor era grande pero no incontrastado, no era el amor generoso, confiado, luminoso de un Pedro y de un Juan, y contenía en su llama algo fumoso y tenebroso: en qué consistiese sin embargo este elemento oscuro no sabemos, y para nosotros permaneserá el misterio de la iniquidad suma. ¿Tal vez pensaba Judas haber sido denunciado por Jesús como defraudador de la bolsa común, y no toleró haber decaído de la estima de él? Pero también Pedro como negador de Jesús juzgó haber decaído de la estima de él, pero no desesperó. ¿Tal vez, más prudentemente que los otros Apóstoles, Judas comprende por las rectificaciones mesiánicas de Jesús que su reino no habría traído ni potencia mundanas a los futuros cortesanos, y en aquel previsto fracaso provisto de avaro como era a los propios intereses? Hipótesis posibilísima; la cual sin embargo no explica por sí sola por qué nunca Judas, después de haberse separado de Jesús mediante la traición, se sienta todavía ligado a él para arrepentirse y matarse. ¿Tal vez, aparejando el amor del lucro con el ansia de ver pronto a Jesús a la cabeza del reino mesiánico político, Judas lo traicionó con la seguridad de verlo realizar portentos sobre portentos frente a sus adversarios, y así obligarlo a inaugurar enseguida aquel reino que se hacía esperar demasiado? En tal caso, sin embargo, el traidor no hubiese debido matarse antes de la muerte de Jesús, sino mucho más tarde, porque él no sabía cuándo el Mesías habría recurrido a sus máximos portentos, tanto más que precisamente al inicio de su industria de traidor Judas había asistido en Getsemaní al portento de los guardias aterrados. Y las hipótesis se podrían fácilmente multiplicar, sin que por ello se hubiese aclarado con seguridad el misterio de la iniquidad suma. Además, tal iniquidad no consistió solamente en vender a Jesús, sino más y sobre todo en desesperar de su perdón. Judas había visto a Jesús perdonar a usureros y prostitutas, había oído de su boca las parábolas de la misericordia incluida la del hijo pródigo, lo había oído mandar a Pedro el perdonar setenta veces siete: pero después de todo esto él desespera de su perdón y se cuelga, mientras que Pedro después de su negación no desesperará sino que estallará en llanto.
   
También esta desesperación del perdón demuestra que Judas tenía por el justo traicionado por él una altísima estima, la cual le hacía medir la abisal nefandez del delito cometido: pero era también una estima incompleta y por tanto injuriosa, porque ante la responsabilidad de la traición se detenía a mitad de camino e injuriosamente consideraba a Jesús incapaz de perdonar al traidor. Mucho más que por la traición de Judas, Jesús fue injuriado por su desesperación del perdón: aquí fue el ultraje sumo recibido por Jesús y la iniquidad suma cometida por Judas. La merced establecida por los sumos sacerdotes para la traición fue de treinta (monedas) argénteas. Solo Mateo comunica esta cifra porque, solícito como es de señalar que en Jesús se han cumplido las antiguas profecías mesiánicas, divisa que se cumple una profecía de Zacarías; todavía Mateo, ni en este punto ni en el siguiente (27, 3-10), dirá el nombre individual de las monedas y hablará siempre de treinta argénteos. No hay dudas que la innominada moneda fuese el siclo o sea el estátero, el cual valía cuatro dracmas o sea cuatro denarios; no era pues el denario romano (§ 514); sino una moneda de valor cuatro veces mayor: por eso, hablando técnicamente, la expresión usual de “treinta denarios de Judas” es falsa porque la suma entera de 30 siclos era constituida de 120 “denarios”. En el valor hodierno esta correspondería a casi 128 liras en oro. Era norma de la ley hebrea (Éxodo, 21, 32) que cuando un buey hubiese matado a cornadas a un esclavo, el dueño del buey debía pagar al dueño del esclavo en resacimiento del daño sufrido 30 siclos de plata: por tanto en la práctica el valor medio de un esclavo debía computarse en cerca de 30 siclos. Puede darse que los sumos sacerdotes se inspirasen en esta norma de la Ley para establecer la paga a Judas, porque así obtenían el doble fin objetivo de mostrarse observadores de la ley también en aquel caso y además el de tratar a Jesús como un esclavo cualquiera.
 
Lucas, el cual ha terminado el relato de las tentaciones de Jesús diciendo que el diablo se alejó de Él hasta un tiempo (oportuno) (IV, 13), inicia aquí el relato de la traición diciendo que entró satanás en Judas, el llamado Iscariote, el cual fue a acordarse para su delito con los sumos sacerdotes (Lucas, 22, 3 ss.). Así que para el evangelista discípulo de Pablo la pasión de Jesús es el tiempo (oportuno) antedicho, y representa en alguna forma una continuación de las tentaciones a las cuales Jesús fue sometido por satanás al inicio de su vida pública: terminando ahora Jesús su vida entera, satanás le mueve el último y más potente asalto y lo sumete a la suprema prueba, después de la cual él entrará en su gloria. ¡Oh necios y lentos de corazón…! ¿No debía padecer estas cosas el Cristo (Mesías) y (así) entrar en su gloria? (Lucas, 24, 25-26).
 
[…] Cuando la sesión matinal del Sanedrín fue terminada, se sabe pronto y fácilmente afuera que Jesús fue condenado: quizá antes que cualquier otro extraño lo supo un hombre que tenía sumo interés en esta sentencia, Judas Iscariote. El último resultado de su traición produjo en su espíritu el efecto trastornador que ya habíamos señalado. El maestro, al que él amaba a su manera, fue condenado a muerte. Y ahora, ¿habría podido él liberarse? ¿Habría él recurrido a su potencia taumatúrgica para rom­per aquella red dentro de la cual lo habían metido sus enemigos? El traidor dudó. Tal vez entonces por primera vez se dio cuenta que las últimas consecuencias de su traición diferían de las previstas por él: ciertamente entonces por primera vez entrevé la abismal injusticia por él cometida. En aquel hombre entonces el amor por Jesús habría prevalecido sobre cualquier otro amor suyo, incluso sobre aquel potentísimo sobre el oro: pero de aquel amor turbio e impuro como era no puede subir a la esperanza de perdón. Los 30 siclos, que él entre tanto había recibido y en los cuales su codicia había esperado una plena alegría de espíritu, le devineron en cambio en fuente de insorportable amargura. Parecía que fuesen candentes: él no podía más tenerlas consigo, pareciéndole confirmar y ratificar todavía su traición. Corrió pues a los sumos sacerdotes y ante ellos gritó: ¡He pecado, entregando sangre inocente! Y además arrojó ante ellos la bolsa de los siclos en acto de entrega. Los miembros del Sanedrín, fríos, seguros de sí, ligeramente irónico, respondieron a su grito: ¿A nosotros qué (importa)? ¡Tú (te la) verás! La respuesta de los pagadores resonó en el alma del pagado como befa sarcástica, la cual mostraba que él más que otra cosa era considerado engañado en la traición y él solo era la verdadera víctima. Para los sanedritas la traición debía permanecer y subsistir para siempre, no podía en manera alguna negarse; todo el peso de la traición recayó sobre el traidor, y pensó él en librarse del apuro: en cuanto a ellos, habiendo pagado regularmente los 30 siclos pactados, estaban fuera del asunto y no querían saber más de él. Un furor rabioso se apoderó enseguida del traidor. Viendo precluidas todas las salidas, sintiéndose presionado bajo el peso de los siclos, él corre al Templo cercano, se dirigió cuanto era posible hasta el edificio del “santuario”, y allá comenzó frenéticamente comenzó a arrojar manotadas de siclos hacia el lugar santo como para liberarse de una maraña de víboras que le mordía el corazón.
 
Las monedas sonaron sobre el piso con un tintinar que parecía una risotada, se esparcieron un poco por todas partes ante el “santuario” yacieron allá como en espera. Pero también cuando aquella risotada se calló, el traidor no se sintió aliviado; si su codicia era disipada y desaparecida, en trágica compensación su amor a Jesús creía vislumbrar ante sí una roca infranqueable para llegar a la persona siempre amada. Por todas partes el traidor veía en torno a sí el vacío. Una negrísima tiniebl envolvía entonces su mente, y él huyendo del Templo fue sin más a ahorcarse.
  
Del fin de Judas tenemos una doble relación con interesantes divergencias, las cuales son de particular valor al confirmar la identidad sustancial del hecho. Mateo habla solamente del ahorcamiento. Lucas en cambio, reportando un discurso de Pedro en los Hechos (1, 16-19), ha conservado la tradición según la cual Judas cabeza abajo cayó en medio derramando sus vísceras. Las dos relaciones parecen referirse a dos momentos diferentes del mismo hecho: primero Judas se ahorcó, luego la rama del árbol o la cuerda a la cual se había colgado se reventó, quizá por los movimientos convulsivos, y entonces el suicida se precipitó abajo; es legítimo imaginar que el árbol estuviese sobre el borde de algún barranco, así que la caída produjo en el cuerpo del suicida las consecuencias de las que habla la relación de Lucas. Una tradición identificaría el lugar del colgamiento de Judas con el campo Acéldama comprado con los siclos de él y situado en la Gehena, el valle al mediodía de Jerusalén designada casi desde tiempos antiguos como lugar maldito. La leyenda a su vez casi de tiempos más antiguos se apoderó del hecho, recamándolo alrededor o transformándolo en mil maneras: ya en el siglo IV se afirmaba que el árbol en el cual Judas se ahorcó era un higo (el árbol de cuyas hojas se revistieron los protoparentes pecadores; Génesis, 3, 7), y este higo, después de haber migrado en varios puntos a lo largo de los siglos, se mostraba todavía supérstite pocos años atrás en Jerusalén.
  
Quedaban entre tanto los siclos tirados por el traidor en el Templo. Los puntualísimos sanedritas se consultaron sobre la suerte destinada al dinero en forma que la Ley no fuese violada. De hecho la Ley (Deuteronomio, 23, 19 ebr.) no permitía que fuese aceptado como ofrenda sagrada dinero proveniente de ganancias indecorosas, como el meretricio, homicidio y similares; por eso los sanedritas, recogidos los siclos, observaron: No es lícito ponerlas en el “qorban” (tesoro sagrado), ya que es precio de sangre. Por otra parte 30 siclos eran una suma considerable, a la cual no sería sabio renunciar; y entonces aquellos apropiados casuistas una vía media para conciliar los dos opuestos. En ocasión de grandes fiestas judías afluían a Jerusalén muchísimos peregrinos de las distintas regiones de la Diáspora, y sucediendo que algunos de ellos muriesen durante su permanencia en la ciudad santa las autoridades locales debían proveer a su sepultura. Pero hasta aquel tiempo no había un cementerio reservado a tal fin: los sanedritas pues deliberaron que con los 30 siclos se comprase un lugar llamado comúnmente “Campo del alfarer”, tal vez porque era arcilloso y sede de un taller de alfarería, y se destinase a cementerio de los peregrinos». (GIUSEPPE RICCIOTTI, Vida de Jesucristo, nros. 532-534, 574-575).