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NO QUEREMOS QUE SE ACABE LA RELIGIÓN

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ORGULLOSAMENTE HISPANOHABLANTES

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viernes, 1 de mayo de 2020

EL VERDADERO FIEL ES EL QUE RESISTE Y COMBATE CON DENUEDO A LOS HEREJES

Cuando el pastor se muda en lobo, toca desde luego al rebaño el defenderse. Por regla, la doctrina desciende de los obispos al pueblo fiel y los súbditos no deben juzgar a sus jefes en su fe. Mas hay en el tesoro de la revelación ciertos puntos esenciales de los que, todo cristiano, por el hecho mismo de llevar tal título, tiene el conocimiento necesario y la obligación de guardarlos. El principio no cambia, ya se trate de ciencia o de conducta, de moral o de dogma. Traiciones semejantes a la de Nestorio, son raras en la Iglesia; pero puede suceder que los pastores permanezcan en silencio, por tal o tal causa, en ciertas circunstancias en que la religión se vería comprometida. Los verdaderos fieles son aquellos hombres que, en tales ocasiones, sacan de su solo bautismo, la inspiración de una línea de conducta; no los pusilánimes que bajo pretexto engañoso de sumisión a los poderes establecidos, esperan, para correr contra el enemigo u oponerse a sus proyectos, un programa que no es necesario y que no se les debe dar”.
 
Dom PRÓSPER GUÉRANGER OSB. El Año Litúrgico (1ª Edición española), tomo II “Septuagésima, Cuaresma y Pasión”. Editorial Aldecoa, Burgos 1956, Págs. 744-745.

domingo, 8 de marzo de 2020

EL ODIO AL LATÍN ES ODIO A LA ORTODOXIA ROMANA

Ayer 7 de marzo fue un dies nefas. Sí, el 7 es la fiesta del Angélico Doctor Santo Tomás de Aquino, pero también –y es por esto nefasto– el día en el cual, en 1965 (ese año era el I Domingo de Cuaresma), Giovanni Battista Montini Alghisi/Pablo VI celebró en la iglesia romana de Todos los Santos (construida entre 1914 y 1920, y a cargo de la Pequeña Obra de la Divina Providencia del padre Luis Orione desde el 4 de noviembre de 1919, cuando fue erigida en parroquia) la primera misa en italiano (más exactamente, las lecturas –lección, salmo y Epístola–, el Evangelio, la oración de los fieles –reintroducidas a instancia de Sacrosánctum Concílium–, el Kýrie, Gloria, Credo, Sanctus y Agnus Dei; los cantos en las aclamaciones y los saludos, el Padre nuestro y la oración sobre las ofrendas –ya no “Secreta”– fueron en italiano, sólo el Canon permanecía en latín). No era todavía la misa de Lutero y Cranmer, pero ya tenía la mesa y de cara al pueblo. Y, adviértase, no lo hizo porque la Escuela de Bolonia (grupo de teólogos e historiadores dirigido por el historiador Giuseppe Alberigo y el teólogo y político Giuseppe Dossetti Ligabue –perito del cardenal Giacomo Lercaro–, que introdujo la “hermenéutica de la ruptura”) y los mass media distorsonaran un Concilio aún inconcluso: lo hizo en nombre del Concilio y para obedecerlo. Montini mismo lo dice:
«Esta domínica señala una fecha memorable en la historia espiritual de la Iglesia, porque la lengua hablada entra oficialmente en el culto litúrgico, como habéis ya visto esta mañana. La Iglesia ha considerado imperativa esta providencia –el Concilio lo ha sugerido y deliberado– y esto para hacer inteligible y hacer entender su oración. El bien del pueblo exige esta premura, la de hacer posible la participación activa de los fieles al culto público de la Iglesia. Es un sacrificio que la Iglesia ha hecho de la lengua propia, el latín; lengua sagrada, grave, bella, extremadamente expresiva y elegante. Ha sacrificado tradiciones de siglos» (Ángelus del 7 de marzo de 1965).
   
A esto, recordemos las palabras del venerado abad de Solesmes Dom Prósper Guéranger OSB:
«Como la reforma litúrgica tiene entre sus fines principales la abolición de los actos y las fórmulas de los Sagrados Misterios, de ello se desprende, necesariamente, que sus autores tenían que reivindicar el uso de la lengua vulgar en el servicio divino. Éste es, pues, uno de los puntos más importantes para los sectarios. Sostienen que el culto no es una cosa secreta, que es necesario que el pueblo entienda lo que canta. El odio de la lengua latina es algo innato en el corazón de todos los enemigos de Roma; en ella ven el lazo que une a todos los católicos del mundo, el arsenal de la ortodoxia en contra de todas las sutilezas del espíritu de secta, el arma más poderosa del Papado. El espíritu de rebeldía que los empujó a confiar la plegaria universal al idioma de cada pueblo, de cada provincia, de cada siglo, produjo, por otra parte, sus frutos, y los reformados pueden constatar día a día que los pueblos católicos, a pesar de sus plegarias latinas, aman más y cumplen con mayor celo los deberes del culto que los pueblos protestantes. A toda hora del día, el servicio divino se lleva a cabo en las iglesias católicas: el fiel que asiste deja, en el umbral, su lengua materna; excepto en el momento de la predicación escucha solamente esos misteriosos acentos que dejan de resonar, incluso, en el momento más solemne, durante el Canon de la Misa; y, sin embargo, ese misterio lo encanta de tal manera que no envidia la suerte del protestante, aunque los oídos de éste último sólo escuchen sonidos cuyo significado entiende. Mientras que al templo reformado le cuesta reunir, una vez por semana, a los cristianos puristas, la Iglesia papista ve como, sin cesar, sus numerosos altares son asediados, cada día, por sus religiosos hijos que dejan un momento sus trabajos para ir a escuchar esas palabras misteriosas que tienen que ser del mismo Dios porque nutren la fe y calman el sufrimiento. Confesemos que fue una jugada maestra del protestantismo el haber declarado la guerra a la lengua santa; si pudiera llegar a destruirla, su triunfo total estaría cercano. Desnuda ante las miradas profanas, como una virgen deshonrada, la Liturgia perdió, a partir de ese momento su carácter sagrado y ha de llegar pronto el momento en que el pueblo se dé cuenta de que no vale demasiado la pena abandonar sus labores o sus placeres para ir a oir hablar de la misma manera en se habla en la plaza pública. Saquémosle a la Iglesia de Francia sus declamaciones radicales y sus diatribas contra la supuesta venalidad del clero, y ya veremos si el pueblo irá a escuchar, por mucho tiempo aún, al así llamado Primado de las Galias gritar: “Le Seigneur soit avec vous” (El Señor esté con vosotros); y a otros que le responden: “Et avec votre esprit” (Y con tu espíritu). Nos ocuparemos, en otra parte, de manera especial, de la lengua litúrgica».
  
Dom PRÓSPER GUÉRANGER OSB, Instituciones litúrgicas (2ª edición francesa), tomo I, libro I, cap. XIV: “La herejía antilitúrgica y la reforma protestante del siglo XVI considerada en sus relaciones con la liturgia”, numeral 8. Paris, Société Génerale de Librairie Catholique, 1878, págs. 388-407. Traducción española de Miguel Frontán Alfonso.

viernes, 27 de diciembre de 2019

SOBRE LA MUERTE DE SAN JUAN EVANGELISTA

Traducción del artículo publicado por M.V. en MANCIPIUM VIRGINIS (Parte 1 y Parte 2).
   
  
«Aquel primado apostólico que el Romano Pontífice posee sobre toda la Iglesia como sucesor de Pedro, príncipe de los apóstoles, incluye también la suprema potestad de magisterio. Esta Santa Sede siempre lo ha mantenido, la práctica constante de la Iglesia lo demuestra, y los concilios ecuménicos, particularmente aquellos en los que Oriente y Occidente se reunieron en la unión de la fe y la caridad, lo han declarado». (Concilio Vaticano I, Constitución Pastor Ætérnus, cap. IV).
  
Habiendo pues visto el dogma de la infalibilidad del Papa, y admitiendo que aunque los santos pueden errar, ellos no se separan de la enseñanza de la Santa Sede, exploremos algunos testimonios sobre la cuestión por largo tiempo debatida de la muerte de San Juan Evangelista.
  
En su sexto volumen de su “Histoire générale de l’Église”, página 512, el padre Joseph-Epiphane Darras acepta la muerte de San Juan:
«Él se durmió en el Señor, el último de los doce apóstoles, casi a los cien años (99) de edad. Puede ser que los Efesios se halagaran de que “Juan no moriría”. Pero, como el santo evangelista lo había observado él mismo, Nuestro Señor no había hablado de tal suerte. El cuerpo de San Juan recibió la sepultura sobre una montaña vecina de Éfeso».
En su Historia de San Juan, en la página 352, donde se lee también las opiniones contradictorias de los autores graves sobre la muerte de San Juan Evangelista, el padre Étienne Maistre da una narración auténtica de los discípulos de San Juan que le han visto morir con sus propios ojos:
«Después descendió y se acostó en la tumba, donde había extendido sus vestiduras, y nos dijo: -¡Hermanos, la paz esté con vosotros!
 
Habiendo enseguida bendecido a todos los asistentes, y les había dicho adiós, él se depositó vivo en su sepulcro, y ordenando que le cubrieran y glorificaran al Señor, entregó el espíritu en el mismo instante».
En la Vida de los santos, Los Pequeños Bolandistas, volumen 14, página 492, Mons. Paul Guérin, camarero del Papa Pío IX, se expresa también sobre la muerte de San Juan Evangelista:
«Habíamos dicho ya que algunos autores habían creído que él no moriría, sino que Nuestro Señor le había reservado con Enoc y Elías, para combatir al Anticristo al fin del mundo. Esta es la opinión de San Hipólito, obispo de Porto, en su Tratado de la consumación del mundo, pero ello no es sostenible; pues, por un lado, San Juan lo rechaza él mismo en su Evangelio, por estas palabras: Et non dixit Jesus: non móritur: “Y Jesús no dijo que este discípulo no debía morir”; por el otro, en su Apocalipsis, hablando de los combates contra el Anticristo no hace mención sino de dos testigos, que predicarán por mil doscientos sesenta días, revestido de sacos, y que serán finalmente masacrados por la bestia, toda la antigüedad no duda de su muerte, no más que de las de los otros Apóstoles... El papa San Celestino I, en su Epístola a los Padres del Concilio de Éfeso, habla así de sus reliquias, que eran honradas en esta ciudad... La Iglesia cree que su muerte fue natural y que, después de haber bebido el cáliz del Señor al pie de la cruz y luego que fue arrojado en Roma en un caldero de aceite hirviendo, expiró apaciblemente en Éfeso el 27 de diciembre».
En su Año litúrgico, tiempo de Navidad, tomo 1, Dom Guéranger, habiendo citado los cánticos que la Iglesia griega consagra a San Juan (página 353), se expresa también sobre su muerte, en la página 342:
«Este pasaje del Evangelio [sobre la muerte de San Juan] ha frecuentemente ocupado a los Padres y los comentadores. Se ha creído ver la confirmación del sentimiento de aquellos que han pretendido que San Juan fue eximido de la muerte corporal, y que incluso esperará, en su sede, a la venida del Juez de vivos y muertos. Debe verse, por tanto, con la mayor parte de los santos doctores, la diferencia de las dos vocaciones de San Pedro y de San Juan. El primero seguirá a su Maestro, muriendo, como Él, sobre la cruz; el segundo será reservado; asistirá a una feliz vejez; y verá venir a su Maestro que le llevará de este mundo por una muerte tranquila».
Según los comentarios de la Biblia de Fillion, tomo 7, página 462, está escrito que San Juan murió en Éfeso, hacia el año 100, bajo el imperio de Trajano.
  
La Biblia Martini es otra fuente muy importante donde se encuentran notas preciosas sobre la muerte de San Juan Evangelista. Esta es la Vulgata traducida al italiano con notas y citas de los Padres de la Iglesia por Mons. Antonio Martini. Ella fue la gran Biblia católica oficial italiana casi por 200 años. La Biblia Martini fue aprobada en su totalidad por el Papa Pío VI con un Breve del 16 de abril de 1778. Ella no es solamente la traducción en italiano de la Vulgata, sino también una comparación y una verificación escrupulosa, palabra por palabra, con los manuscritos hebreos, griegos y arameos. En cada uno de sus 26 volúmenes se encuentran también las variaciones entre estos manuscritos y la Vulgata. Está dicho también que en las ediciones después de 1870, todas las notas originales fueron remplazadas.
  
Para los interesados, la Biblia Martini con las notas originales puede ser descargada enteramente aquí http://www.liber-liber.it/biblioteca/inlavorazione/02_dacontrollare/bibbiamartini/bibbia.zip
  
En el prefacio del Evangelio de San Juan, volumen 22 de la Biblia Martini, página 327, y también según los comentarioss del verso 21:21, está escrito que San Juan murió alrededor de 30 años después de la destrucción de Jerusalén. En cuanto a la creencia de que San Juan no moriría, que no resucitaría, sino que vivirá hasta el último día del mundo para pasar después de la vida temporal a la vida eterna con Jesucristo, el Evangelista dice que esta interpretación no se ajusta a las palabras de Cristo, que jamás había dicho que Juan no moriría o que debía esperar en el mundo Su última venida.
   
Terminemos con la Biblia de Vence, muy conocida como para hacer su elogio.
  
En el volumen 19, páginas 628-643, se halla una disertación detallada sobre la muerte de San Juan Evangelista. Los autores sagrados (Padres de la Iglesia, doctores, etc.) de la Iglesia griega y latina dan opiniones contrarias sobre la muerte del Evangelista. Se puede consultar por sí mismo estas opiniones, porque actualmente la Biblia de Vence está casi totalmente disponible en línea. Le falta solamente el volumen 3, que no ha sido numerizado todavía. Los otros 24 volúmenes de la cuarta edición de esta Bibia pueden consultarse aquí: http://books.google.fr/books?id=3Nw7AAAAcAAJ&printsec=frontcover&dq=%22augustin+calmet%22&lr=&as_brr=1&cd=17#v=onepage&q=&f=false
  
Léase la conclusión magistral de esta disertación, volumen 19, página 643, conclusión que responde también a los cánticos que la iglesia griega consagra a San Juan:
«Se hace pues concluir que la opinion que tienen que San Juan no está muerto, o que está resucitado, no está apoyada sobre ningún fundamento sólido, y que ni los antiguos ni los modernos, a excepción de un muy pequeño número de autores, jamás la consideró sino una opinión popular, que no merecía ninguna creencia. Es en vano que se vea poner en este partido a la Iglesia latina; ella jamás adoptó este sentimiento. Para los griegos, nosotros los abandonamos sin pena. Después de su cisma, están sepultados en una ignorancia, en los errores y las supersticiones bien lejanas de la antigua capacidad y de la piedad de sus antepasados».
La Santa Iglesia Católica Romana cree y enseña la muerte de San Juan y su pertenencia a la Iglesia triunfante en el Cielo.
  
Pruebas extraídas de la interpretación de la Santa Escritura
   
En la página 48 del libro del padre Joachim Joseph Berthier, Abrégé de théologie dogmatique et morale, (1928), el precioso manual que ha recibido el elogio de Roma, de muchos Obispos y Superiores de diversas Congregaciones, está escrito:
«[...] es evidente que la Iglesia es infalible en la disciplina general, de tal suerte que ella no puede ordenar nada contra las buenas costumbres; ella es infalible en la interpretación de la Sagrada Escritura, en los juicios que ella hace sobre las traducciones de los Libros Santos, en las cosas que en la tradición de las verdades reveladas...».
En la página 62, se lee:
«Toda la Escritura ha sido divinamente inspirada. (II. Tim., III, 16)...
  
León XIII dice: “El Espíritu Santo de tal manera excitó y movió con su influjo sobrenatural a los Escritores inspirados para que escribieran, de tal manera los asistió mientras escribían, que ellos concibieran rectamente todo y sólo lo que Él quería, y lo quisieran fielmente escribir, y lo expresaran aptamente con verdad infalible; de otra manera, Él no sería el autor de toda la Sagrada Escritura” (Encíclica Providentíssimus Deus, sobre los estudios de la Sagrada Escritura).
   
[...] Es cierto, es incluso de fe, después del Concilio de Trento, que la inspiración se extiende a cada uno de los Libros Santos, y a sus diversas partes, y por consiguiente a las historias, aunque ellas no sean todas dogmas de fe, puesto que no tocan aquí en nada la fe ni las costumbres, pero, negándolas, se niega implícitamente la inspiración, que es de fe. No se puede tolerar, dijo el Papa León XIII, la opinion de los que piensan falsamente que la Inspiración divina no se aplica sino a los objetos que interesan a la fe o las costumbres».
En la página 66, se lee:
«León XIII estableció en Roma una Comisión Bíblica para responder a las preguntas que se presenten al respecto sobre la Escritura Santa. Pío X declaró que uno debe someterse a las respuestas dadas por esta comisión y aprobadas por el Santo Padre, como a las de las congregaciones romanas, y que no se las puede combatir de palabra o por escrito sin falta grave».
Esta declaración del Papa San Pío X sobre la autoridad y las decisiones de la Comisión Bíblica Pontificia se puede encontrar en su Motu Próprio Præstántia Scriptúræ, del 18 de noviembre de 1907 (Denzinger: 2113).
   
En la página 48 del libro del padre Berthier se lee:
«[...] en la encíclica Quanta cura del 8 de diciembre de 1864, Pío IX condenó, como soberanamente contraria al dogma, la opinión que pretende: “a aquellos juicios y decretos de la Silla Apostólica, cuyo objeto se declara pertenecer al bien general de la Iglesia y a sus derechos y disciplina, con tal empero que no toque a los dogmas de la Fe y de la moral, puede negárseles el asenso y obediencia sin cometer pecado, y sin detrimento alguno de la profesión católica”».
Después que todas las obras de Mons. Louis Gaston de Ségur fueron honradas por los Breves del Papa Pío IX. En el libro Le Dogme de l’infaillibilité, Mons. de Ségur escribió:
«[...] Hay bastantes puntos de doctrina que, sin ser definidos formalmente, son por tanto enseñados de tal forma por la Iglesia, que exigen la sumisión entera del espíritu; estos son los que “son admitidos por el consentimiento común y constante de los católicos como verdades teológicas, y aun como conclusiones tan ciertas, que las opiniones opuestas a ellas, aunque no puedan ser apeladas heréticas, no merecen menos otra censura teológica”. Así habló el Papa Pío IX, en su Breve Apostólico Tuas libénter del 23 de diciembre de 1863, al obispo de Maguncia» (Œuvres de Mgr. de Ségur, tomo VI, página 264).
En el mismo libro, en las páginas 225-226, está escrito:
«[...] Y después, se confunde aquí dos cosas totalmente distintas: la autoridad de la Iglesia y la infalibilidad de la Iglesia: La infalibilidad no trata y no puede tratar sino sobre las cuestiones de doctrina, en tanto que sean o no conformes a la revelación; la autoridad trata sobre las cuestiones de conducta, de gobierno, de administración. La infalibilidad nos obliga a creer las verdades que ella define; la autoridad, a obedecer a las leyes, a las prescripciones impuestas.
   
[...] Si se comprenden mejor las cosas de la fe, se encontrará sencillo que el Jefe de la Iglesia sea infalible. Puesto que el Papa es el Jefe de la Iglesia, de ahí que su infabilidad no es, después de todo, sino la infalibilidad de la Iglesia, determinada con más precisión».
  
«[...] El espíritu católico romano es la antípoda de la revuelta; el orgullo y la insumisión no le son menos opuestos que la ignorancia y la mentira. Él detesta los subterfugios por los cuales se atenta sustraerse al yugo de la obediencia; entre otras estas máximas, estos usos, que se han puesto desde mucho tiempo atrás, como una muralla china que aísla nuestras Iglesias y las defiende contra las influencias de la Santa Sede. “En Francia, se dice, esto no obliga...”» (Œuvres de Mgr. de Ségur, tomo III, página 301).
Y el gran Papa Pío IX, en su encíclica Qui Plúribus del 9 de noviembre de 1848 escribió esto:
«[...] “De aquí aparece claramente cuán errados están los que, abusando de la razón y tomando como obra humana lo que Dios ha comunicado, se atreven a explicarlo según su arbitrio y a interpretarlo temerariamente, siendo así que Dios mismo ha constituido una autoridad viva para enseñar el verdadero y legítimo sentido de su celestial revelación, para establecerlo sólidamente, y para dirimir toda controversia en cosas de fe y costumbres con juicio infalible...
   
[...] Donde está Pedro allí está la Iglesia [San Ambrosio, in Ps. 40, 30 (Migne, Patrología Latina 14, Mansi, Colléctio Conciliórum 6, col. 971-A 1134-B)], y Pedro habla por el Romano Pontífice [Concilio de Calcedonia, Actio 2 (Mansi, Colléctio Conciliórum 6, col. 971-A)], y vive siempre en sus sucesores, y ejerce su jurisdicción [Concilio de Éfeso, Actio 3 (Mansi, Colléctio Conciliórum 4, col. 1295-C)] y da, a los que la buscan, la verdad de la fe [San Pedro Crisólogo Epístola a Eutiques (Migne, Patrología Latina 52, col. 71D)]. Por esto, las palabras divinas han de ser recibidas en aquel sentido en que las tuvo y tiene esta Cátedra de San Pedro, la cual, siendo Madre y Maestra de las Iglesias [Concilio de Trento, sesión 7ª, De baptísmo. Canon III (Mansi, Colléctio Conciliórum 33, col. 53)], siempre ha conservado la fe de Cristo Nuestro Señor, íntegra, intacta. La misma se la enseñó a los fieles mostrándoles a todos la senda de la salvación y la doctrina de la verdad incorruptible.
  
Y puesto que ésta es la principal Iglesia de la que nace la unidad sacerdotal [San Cipriano, Epístola 55 al Pontíce Cornelio (Migne, Patrología Latina 3, Epist. 12 Corn., col. 844-845)], ésta la metrópoli de la piedad en la cual radica la solidez íntegra y perfecta, de la Religión cristiana [Cartas sinodales de Juan de Constantinopla al Pontífice Hormisdas; y Sozomeno, Historia Eclesiástica, lib. 3, cap. 8], en la que siempre floreció el principado de la Cátedra apostólica [San Agustín, Epístola 162 (Migne, Patrología Latina [Epist. 43, 7] 33, col. 163)], a la cual es necesario que por su eminente primacía acuda toda la Iglesia, es decir, los fieles que están diseminados por todo el mundo [San Ireneo, Contra Hæréses, lib. 3, cap. 3 (Migne, Patrología Græca 7-A, col. 849-A)], con la cual el que no recoge, desparrama [San Jerónimo, Epístola 15, 2, al Papa Dámaso (Migne, Patrología Latina 22, col. 356)]...”.
  
[...] Así han hablado todos los Papas... » (Idem, tomo III, páginas 190-192).
  
«[...] No sería demasiado decir y repetir: Roma, la ciudad de la tradición papal, es la única fuente que hace pura la ciencia religiosa; y ahora, como a comienzo del siglo décimo, cada uno de nosotros puede repetir con toda verdad las bellas palabras de un sabio Obispo de Verona: “¿Dónde puedo aprender más fácil y más segura las cosas que ignoro, sino en la escuela de la Iglesia Romana? En materia de doctrinas, ¿saber en cualquier parte lo que se ignora en Roma? Es allá donde brilla la plenitud de los más grandes doctores, los príncipes más distinguidos de la Iglesia universal, Roma es la ciudad que hace las leyes; ella es el encuentro de todos los Pontífices; allá se discuten los cánones sagrados, y se aprueba o se rechaza lo que debe ser observado y lo que no merece serlo. Lo que Roma anula, no lo puede sostener nadie, y lo que ella sostiene, nadie lo puede anular. ¿Dónde, pues, mi insuficiencia encontrará un remedio más eficaz que en esta ciudad santa donde se ve brotar la fuente de la luz?” [Raterio, Itinerárium romanórum]» (Idem, tomo III, página 300).
  
«[...] La autoridad e infalibilidad del Papa son una de las más grandes pruebas de amor, de misericordia, de bondad, que la Providencia haya podido dar a cada uno de nosotros» (Idem, tomo VI, página 194-195).
   
«[...] Es del Papa, es de Pedro que todo viene, porque es de Pedro quiense recibe todo. La Iglesia toda entera, basada en la infalibilidad de Pedro, es infalible; como el edificio todo entero, levantado sobre la inmovilidad del cimiento, es inmovible con él. Y no lo olvidemos: la inmovilidad, común a todo el edificio, el cimiento no la recibe, él la da... » (Idem, tomo VI, páginas 229-230).
   
«[...] La infalibilidad de la Iglesia y de los Concilios reposa pues sobre la infalibilidad de la Iglesia Romana; la infalibilidad de la Iglesia Romana viene de Pedro, que es su Doctor, su Pastor infalible; y es el Hijo de Dios mismo quien ha investido a San Pedro de este pastorado y de esta divina infalibilidad» (Idem, tomo VI, página 241).
«[...] En la enseñanza de la Iglesia, hay dos cosas muy distintas:
  1. La exposición y la definición de las verdades reveladas o inspiradas; y esta parte de la enseñanza católica nos obliga a creer, so pena no solamente de desobediencia, sino so pena de herejía. El conjunto de estas verdades reveladas y definidas son el objeto de la fe propiamente dicha;
  2. Todo el resto de la enseñanza de la Iglesia, que exige de parte de todos los cristianos sin excepción no la fe, sino la sumisión sincera, cordial, interior y exterior: esta obediencia, no menos que la fe, obliga bajo pena de pecado grave. Ella trata, sin distinción alguna, sobre todo lo que la Iglesia enseña, decreta, decide, ordena y defiende. La fe reposa sobre la infalibilidad doctrina propiamente dicha: la obediencia sobre la autoridad sobrerana de la Iglesia y de la Santa Sede Apostólica.
Todo esto que la Iglesia decide y decreta, Nuestro Señor lo decide y lo decreta por ella. Ella es la gran voz de Jesucristo en medio del mundo...
   
[...] No, la Iglesia no puede errar en nada. Ella no puede engañarse ni sobre el dogma ni sobre la moral, ni sobre la santidad de los reglamentos y de las reformas disciplinarias; ella no puede engañarse sobre la extensión ni sobre la aplicación de su propio poder; lo que ella enseña, en y por esto solo que ella enseña, el el derecho de enseñar; lo que ella rdena, ella tiene el derecho de ordenar; lo que ella condena, ella tiene el derecho de condenar. Incluso ella no puede actuar imprudentemente, no puede volver sobre los derechos legítimos de lo que es. Ella no puede incluso quererlo. Nuestro Señor y el Espíritu Santo, el Espíritu de verdad y de justicia, son los que pueden impedirlo, pero ella no tiene la menor envidia, ni la menor necesidad...
 
[...] Por tanto, la infalibilidad de Jesucristo es la infalibilidad del Papa; y la infalibilidad de Jesucristo y la del Papa es la infalibilidad del Concilio y de la Iglesia...» (Idem, tomo VI, páginas 138-153).
Luego que el Papa o la Iglesia Católica unida a él aprueba una interpretación de la Sagrada Escritura, esta interpretación es infalible y ella debe ser aceptada por los fieles al menos bajo pena de pecado grave. Los fieles no pueden mantener opiniones contrarias a esta interpretación porque ella es precisamente una enseñanza infalible de la Iglesia Católica.
  
Es un hecho histórico que la Biblia de Mons. Antonio Martini, la traducción de la Vulgata con las notas, fue aprobada por el Papa Pío VI con un Breve del 16 de abril de 1778. Y en esta Biblia, tomo 22, página 327, la muerte de San Juan es aceptada.
  
La traducción alemana de la Vulgata con comentarios del Dr. Joseph-Franz d’Allioli fue también aprobada por el Santo Padre, el Papa Pío VIII, el 23 de junio de 1817. En el comentario del verso 23 del capítulo XXI del Evangelio de San Juan, tomo 7, en la traducción francesa aprobada, está escrito:
«Los contemporáneos de San Juan creían también que él no moriría. Según la tradición de los Santos Padres, Juan murió a una edad muy avanzada hacia finales del primer siglo, en Éfeso, de una muerte tranquila y dulce».
En relación al Padre Fillion, miembro de la Pontificia Comisión Bíblica, escribes que su opinión no es la enseñanza del magisterio.
   
Ahora, en las primeras páginas del volumen 7 de la Biblia de Fillion, encontré una carta del cardenal François Richard, Arzobispo de París, dirigida al padre Louis-Claude Fillion el 25 de marzo de 1899. La eminencia escribió cuanto sigue:
«[...] Tu comentario del Antiguo Testamento está ahora concluido. Tengo que felicitarte públicamente y decirte además que estoy gozoso de bendecir tu obra.
         
Quiero resaltar primeramente que este trabajo de uno de nuestros profesores del Instituto Católico de París no se distingue menos por la pureza de la doctrina que por la solidez. Tú estás firmemente adherido a las enseñanzas de la Iglesia, no te has dejado deslumbrar por el brillo engañoso de una falsa ciencia, y has tomado por guías, no a estos hombres temerarios que, privados de las luces de la fe, se dejan llevar, en la explicación de las Santas Escrituras, por todos loségarements de su imaginación, sino a los Padres y los doctores que Jesucristo ha suscitado después de los Apóstoles para interpretar su palabra.
         
Tú has sabido, al mismo tiempo, no omitir nada de lo que hay de bueno y de útil en los trabajos exegéticos de nuestro siglo. En todo te has aprovechado, en un comentario sobrio, conciso y no por eso menos completo en lo que permitían los límites de tu plan.
         
Por demás, has sabido abreviar el comentario propiamente dicho y apartado una serie de explicaciones inútiles, haciendo del texto sacro un análisis sabio, que es la parte más destacada de tu trabajo. Por la indicación de las divisiones y subdivisiones de cada libro sagrado y por la exposición clara y precisa del concatenamiento lógico de las ideas, muchos de los desarrollos que se encuentran en los antiguos comentarios y que a veces los encubren no tienen más su razón de ser; y gracias a este hilo conductor que pones en nuestras manos, podemos, para servirme de tu expresión, “descansemos a la sombra en el bello jardín de las Escrituras”. El sentido literal se muestra de tal manera, con nitidez, brilla más, cuando lo hay, que las notas históricas, geográficas y arqueológicas.
         
Me queda exprezar el voto que puedas llegar igualmente a un buen fin, con la ayuda de Nuestro Señor, del comentario al Nuevo Testamento. Tú has trabajado eficazmente como verdadero hijo de D. Jean-Jacques Olier [fundador de Compañía Sacerdotal de San Sulpicio], por la santificación y a la instrucción de los seminaristas y del clero de Francia...».
Según los comentarios de la Biblia de Fillion, tomo 7, página 462, San Juan murió en Éfeso, hacia el año 100, bajo el imperio de Trajano.
  
Termínese esta sección apoyándose sobre la autoridad de un miembro honorable de la Pontificia Comisión Bíblica que se expresa sobre la muerte de San Juan. Mons. Pierre-Édouard Puyol, presidente de la Comisión de examen de libros, informa también sobre su libro Saint Jean et la fin de lâge apostolique:
«[...] En ninguna parte aparece mejor la vasta erudición del autor que en este estudio sobre la vida, las obras y el siglo del Apóstol San Juan. Todas las fuentes históricas y exegéticas, antiguas y modernas, de Alemania, de Inglaterra, de Francia, de Italia, están puestas en contribución. En medio de esta documentación considerable, el sabio autor se mueve audazmente sin duda, pero con una impecable prudencia, rechazando lo que es frelaté, desligándose de lo que es paradójico, desviándose del culto al ídolo del sentido propio, evitando toda curiosidad temeraria, como también de toda inepta credulidad.
 
[...] Pero, critica él mismo, y critica de primer orden, no este espíritu crítico que, según Bossuet, “hace a los hombres determinativos y les hace preferir su gusto y sus conjeturas, que creen dictadas por el buen sentido, a toda tradición y a toda autoridad” (Disertación sobre Hugo Grocio).
  
Según el aviso de San Pablo (I Thess., V. 21), no hace falta examinar, sino que retiene lo que es bueno. Penetrado de respeto por la doctrina de la Iglesia y la tradición de los Santos Padres, no se aparta de las venerables direcciones del pasado, sobre ligeras apariencias o de atrevidas conjeturas. Parece no haber olvidado jamás la bella máxima de Jean Mabillon: “No hay camino más corto para poder perder la fe que el querer criticar demasiado la Fe misma” (Études monastiques, parte II, cap. XIII). No sorprende en su discusión exceso o abuso alguno. La obra puede ser propuesta como modelo a los escritores católicos».
Hablo del padre Constant Fouard. En su libro Saint Jean et la fin de lâge apostolique, páginas 303-306, escribe así sobre la muerte cierta de San Juan Evangelista:
«[...] San Jerónimo relata que en los últimos días de su vida, el venerable apóstol, no pudiendo caminar más, fue llevado a la iglesia por sus discípulos. Allá, incapaz de largos discursos, se contentó en dirigir a los fieles esta palabras: “Hijitos, amaos los unos a los otros”. Fatigados de escucharlo sin cesar, los que lo rodeaban lloraron: “Maestro, ¿por qué repites lo mismo?”. Les dio esta respuesta digna de San Juan: “Este es el precepto del Señor: observarlo es suficiente” (San Jerónimo, In Galat., VI, 10).
 
La obra, por la cual el hijo de Zebedeo había sobrevivido a sus hermanos de apostolado, estaba terminada. Quedaba al Salvador cumplir su promesa (Joan., XXI, 22), de volver a su bienamado, y teniéndolo sobre su corazón como en la Cena, cerrarle los ojos. Sobre este punto, la tradición es unánime: la muerte de Juan fue dulce como un sueño. Uno quisiera conocer los detalles; pero, sobre este hecho, como sobre los precedentes, todo lo que sabemos ha pasado por los gnósticos. En verdad, su narración de los últimos días del Apóstol es un de los raros episodios de las Actas apócrifas que nos ha llegado intacto: no habían transcurrido más de treinta años entre la muerte del santo anciano y la redacción de los recuerdos que se aportan; pero este lapso de tiempo es suficiente a los falsarios para su trabajo de invención. El único trazo de verdad que creemos y reconocemos es que, prevenido por Jesús de su muerte cercana, Juan hizo cavar una fosa, y puesto su manto, se tendió: “Tú estás conmigo, Señor”, murmurábale; luego, dirigiéndose a los discípulos que con lágrimas le rodeaban: “Paz a vosotros todos, hermanos míos”, y se durmió en el descanso que deseaba (Estos detalles se encuentran igualmente en los dos manuscritos de París y de Vienne que nos conservan este fragmento de las Actas primitivas, como también las traducciones siríacas y armenias, Theodor Zahn, Acta Joannis, pág. 250).
 
[...] En tiempo del concilio de Éfeso, el Papa Celestino, dirigiendo a los Padres una palabra de San Juan, les recuerda que tienen ante sus ojos las reliquias del Apóstol y le deben sus homenajes (Mansi, Colléctio Conciliórum, tomo IV, pág. 1286).
   
[...] Pero si la tradición se ha mostrado tan firme como unánime sobre este punto, que Juan murió en Éfeso y tuvo su tumba, no sucede lo mismo con las leyendas que nacieron alrededor del monumento sagrado. Una vez más, las fantasías gnósticas pronto habían hecho carrera; encontramos la primera traza en las Actas de Juan compuestas poco tiempo después de su muerte: “Los discípulos, leemos en esta obra apócrifa, habiendo vuelto al día siguiente a la tumba, no encontraron más al Apóstol; no hallando más que sus sandalias y la tierra moviéndose” en el lugar que había preparado para morir.
   
Este relato, ya sospechoso a todas vistas, fue distintamente amplificado, en el curso de los tiempos, por la devoción popular. San Agustín informa que, entre las Iglesias de África, el dicho común era que el Apóstol, esperando la venida del Señor, reposaba dormido en su tumba, y que su respiración agitaba dulcemente la tierra (San Agustín, tr. CXXIV in Joan., 2). En Siria, se oía de un perfume que fluía en ese lugar y que lo recogían (San Efraín de Antioquía, citado por Focio, Cod. 229); en la Galia, de un manna que brotaba de su se pulcro, y que transportado a lo lejos, obraba milagros. Esto no es más que místicas imaginaciones, símbolos de lo que había dado y dejado al mundo el ministerio del “bienamado de Jesús”... ».
   
Pruebas tomadas de la Santa Liturga Católica Romana
   
En su encíclica sobre la Sagrada Liturgia, Mediátor Dei, del 20 de noviembre de 1947, el Papa Pío XII escribió:
«[...] si queremos distinguir y determinar de manera general y absoluta las relaciones que existen entre fe y liturgia, se puede con razón afirmar que: Lex credéndi legem statúat supplicándi, “la ley de la fe debe establecer la ley de la oración”. Lo mismo hay que decir también cuando se trata de las otras virtudes teologales: In… fide, spe, caritáte continuáto desidério semper orámus, “En la... fe, en la esperanza y en la caridad oramos siempre con deseo continuo” (San Agustín, Epist. 130, a Proba, 18).
   
[...] Ahora bien: si, por una parte, vemos con dolor que en algunas regiones el sentido, el conocimiento y el estudio de la liturgia son a veces escasos o casi nulos, por otra observamos con gran preocupación que en otras hay algunos, demasiado ávidos de novedades, que se alejan del camino de la sana doctrina y de la prudencia; pues con la intención y el deseo de una renovación litúrgica mezclan frecuentemente principios que en la teoría o en la práctica comprometen esta causa santísima y la contaminan también muchas veces con errores que afectan a la fe católica y a la doctrina ascética.
   
La pureza de la fe y de la moral debe ser la norma característica de esta sagrada disciplina, que tiene que conformarse absolutamente con las sapientísimas enseñanzas de la Iglesia.
   
[...] Este inconcuso derecho de la jerarquía eclesiástica se prueba también por el hecho de que la sagrada liturgia está íntimamente unida con aquellos principios doctrinales que la Iglesia propone como parte integrante de verdades ciertísimas, y, por consiguiente, tiene que conformarse a los dictámenes de la fe católica, proclamados por la autoridad del Magisterio supremo, para tutelar la integridad de la religión por Dios revelada.
 
[...] El culto que ella tributa a Dios Santísimo es, como breve y claramente dice San Agustín, una continua profesión de fe católica y un ejercicio de la esperanza y de la caridad: Fide, spe, caritáte coléndum Deum, Dios debe ser honrado con la fe, la esperanza y la caridad, afirma. (Enquiridión, cap. 3.) En la sagrada liturgia hacemos explícita y manifiesta profesión de fe católica, no sólo con la celebración de los misterios divinos, con la consumación del sacrificio y la administración de los sacramentos, sino también rezando y cantando el símbolo de la fe, que es como insignia y distintivo de los cristianos; con la lectura de otros documentos y de las Escrituras Sagradas, escritas por inspiración del Espíritu Santo. Toda la liturgia tiene, por consiguiente, un contenido de fe católica, en cuanto que testimonia públicamente la fe de la Iglesia.
    
La liturgia, por consiguiente, no determina ni constituye en sentido absoluto y por virtud propia la fe católica, sino más bien, siendo como es una profesión de las verdades divinas, profesión sujeta al supremo Magisterio de la Iglesia, puede proporcionar argumentos y testimonios de no escaso valor para aclarar un punto determinado de la doctrina cristiana.
   
[...] Por eso el Sumo Pontífice es el único que tiene derecho a reconocer y establecer cualquier costumbre cuando se trata del culto, a introducir y aprobar nuevos ritos y a cambiar los que estime deben ser cambiados (cf. C. J. C., can. 1257); los obispos, por su parte, tienen el derecho y el deber de vigilar con diligencia, a fin de que las prescripciones de los sagrados cánones referentes al culto divino sean observadas con exactitud (cf. C. J. C. can. 1261)».
Como lo explica el Papa Pío XII, la Santa Iglesia Católica Romana ora lo que cree y enseña. Y ella cree y enseña infaliblemente en su Santa Liturgia Romana que San Juan está muerto y que hace parte de la Iglesia triunfante del Cielo. Considérense dos pruebas que atestiguan este hecho:
   
Entre los siete libros litúrgicos del Rito Romano, tomo como ejemplo el primero y el último: el Misal Romano y el Martirologio Romano.
   
En el Misal Romano, en la oración del Santo Canon, el sacerdote, después de haber orado, con los brazos extendidos, por la Iglesia militante, invoca también el recuerdo de la Iglesia triunfante:
«[...] Unidos por la comunión de los Santos, veneramos primeramente la memoria de la gloriosa siempre Virgen María, Madre de nuestro Dios y Señor Jesucristo, y también la de tus Santos Apóstoles y Mártires Pedro y Pablo, Andrés, Santiago, Juan, Tomás, Santiago, Felipe, Bartolomé, Mateo, Simón y Tadeo; Lino, Cleto, Clemente, Sixto, Cornelio, Cipriano, Lorenzo, Crisógono, Juan y Pablo, Cosme y Damián, y de todos tus Santos; por cuyos méritos y ruegos concédenos que en todo seamos fortalecidos con el auxilio de tu protección. Por el mismo Cristo Nuestro Señor. Amén».
La prueba de la muerte de San Juan Evangelista se encuentra también en el Martirologio Romano. Tomo como ejemplo una edición publicada por orden del Papa Gregorio XIII, revisado por autoridad del Papa Urbano VII y del Papa Clemente X, aumentado y corregido en 1749 por el Papa Benedicto XIV. La edición que he verificado es la publicada en Malinas en 1859, una «traducción nueva según el ejemplar impreso en Roma en MDCCCXLV [1845], bajo el auspicio y el patronato del Soberano Pontífice Gregorio XVI, en la cual se encuentran los martirologios de las órdenes religiosas y los elogios de los Santos y Beatos aprobados hasta nuestros días por la Sagrada Congregación de Ritos».
  
En este Martirologio, en la página 295, está escrito:
«[...] EL DÍA VEINTISIETE DE DICIEMBRE,
   
[...] En Éfeso, el nacimiento al cielo de San Juan, Apóstol y Evangelista, quien, después de haber escrito el Evangelio, sufrió el exilio, y compuso el libro divino del Apocalipsis. vivió hasta los tiempos de Trajano. Fundó y gobernó todas las iglesias del Asia; finamente, cassé de vejez, murió en el año sesenta y ocho después de la Pasión de Nuestro Señor, y fue sepultado cerca de esta ciudad...».
   
De la liturgia de la Iglesia griega, de la superioridad de la Santa Iglesia Romana sobre todas las otras Iglesias, y de la autoridad suprema del Papa infalible
Querido Sr. Padre,
 
Concerniente a este himno griego:
«La plenitud de los Apóstoles, la trompeta de la teología, la guía espiritual que sometido a Dios el universo, venid, fieles, celebrad su bondad: este es el ilustrísimo Juan, transportado de la tierra y no tomado de la tierra; sino viviente y esperando la segunda y terrible venida del Señor, ante el cual, para que nosotros que celebramos tu memoria podamos asistir sin reproche, dígnate recomendarnos, oh amigo místico de Cristo, tú que amorosamente reposaste sobre tu pecho» (citado por Dom Guéranger en el Año Litúrgico al 27 de diciembre).
En el foro escribes que la liturgia de la Iglesia griega es tan infalible como la liturgia latina, y que es evidente que dom Guéranger cita la liturgia griega unida a Roma. Supongamos por un momento que en su libro dom Guéranger cita un cántico de la Iglesia Católica griega unida a Roma (y no un himno griego de la Iglesia cismática).
 
El libro de dom Guéranger se puede descargar y consultar aquí: http://books.google.fr/books?id=blguAAAAYAAJ&printsec=frontcover&dq=editions:09yJHIDfazbdOb1e1YEht&lr=&ie=ISO-8859-1#v=onepage&q=&f=false
 
En este libro, El Año litúrgico, tiempo de Navidad, 1871, 3ª edición, tomo 1, páginas 348-353, Dom Guéranger escribió:
«[...] Escuchemos ahora a las distintas Iglesias proclamar la gloria de San Juan, en sus elogios litúrgicos. Comenzaremos por la Santa Iglesia Romana, de quien tomaremos este bello Prefacio del Sacramentario Leonino...
 
[...] Daremos ahora algunas estrofas de los Cánticos que la Iglesia griega, en su lenguaje pomposo, consagra a honor de San Juan, cuya fiesta es celebrada por ella el 26 de septiembre....»
Además, dom Guéranger mismo acepta la muerte de San Juan en su pequeño comentario respecto del Santo Evangelio de la Misa de San Juan, en la página 342:
«[...] Este pasaje del Evangelio ha frecuentemente ocupado a los Padres y los comentadores. Se ha creído ver la confirmación del sentimiento de aquellos que han pretendido que San Juan fue eximido de la muerte corporal, y que incluso esperará, en su sede, a la venida del Juez de vivos y muertos. No se hace ver, por tanto, con la mayor parte de los santos doctores, sino la diferencia de las  dos vocaciones de San Pedro y de San Juan. El primero seguirá a su Maestro, muriendo, como Él, sobre la cruz; el segundo será reservado; asistirá a una feliz vejez; y verá venir a su Maestro que le llevará de este mundo por una muerte tranquila»
Los cánticos de la Santa Iglesia Romana y de la Iglesia griega (páginas 348-353) difieren entre ellos en la manera de tratar la muerte de San Juan. En el cántico de la Santa Iglesia Romana, la muerte de San Juan no es tratada. ¿Se puede concluir entonces que la Santa Iglesia Romana no enseña la muerte de San Juan? Por el contrario, ella enseña infaliblemente la muerte de San Juan Evangelista tanto por la interpretación de la Sagrada Escritura como por su Santa Liturgia. Pues, como escribió también el Papa Pío XII en su encíclica Mediátor Dei, la liturgia, por consiguiente, no determina ni constituye en sentido absoluto y por virtud propia la fe católica. Por eso el Sumo Pontífice es el único que tiene derecho a reconocer y establecer cualquier costumbre cuando se trata del culto, a introducir y aprobar nuevos ritos y a cambiar los que estime deben ser cambiados (enc. Mediátor Dei).
  
Si uno se apoya sobre el cántico de la Iglesia griega, se pensaría por un momento que la Iglesia griega enseña que San Juan está vivo, pero eso no puede ser porque suponemos siempre que este canto pertenece a la Iglesia Católica griega unida a la Santa Iglesia Romana. Según esta suposición, la Iglesia Católica griega cree y enseña infaliblemente, en su santa liturgia también, todo lo que cree y enseña infaliblemente el Soberano Pontífice o la Santa Iglesia Romana unida a él, Maestra de todas las otras Iglesias. Y la Santa Iglesia Romana enseña infaliblemente la muerte de San Juan.
«[...] Por ello enseñamos y declaramos que la Iglesia Romana, por disposición del Señor, posee el principado de potestad ordinaria sobre todas las otras, y que esta potestad de jurisdicción del Romano Pontífice, que es verdaderamente episcopal, es inmediata. A ella están obligados, los pastores y los fieles, de cualquier rito y dignidad, tanto singular como colectivamente, por deber de subordinación jerárquica y verdadera obediencia, y esto no sólo en materia de fe y costumbres, sino también en lo que concierne a la disciplina y régimen de la Iglesia difundida por todo el orbe; de modo que, guardada la unidad con el Romano Pontífice, tanto de comunión como de profesión de la misma fe, la Iglesia de Cristo sea un sólo rebaño bajo un único Supremo Pastor [Cf. Juan 10, 16]. Esta es la doctrina de la verdad católica, de la cual nadie puede apartarse de ella sin menoscabo de su fe y su salvación.
 
[...] Ya que el Romano Pontífice, por el derecho divino del primado apostólico, presida toda la Iglesia, de la misma manera enseñamos y declaramos que él es el juez supremo de los fieles [Pío VI, Carta Super soliditáte (28 de noviembre de 1786)], y que en todos las causas que caen bajo la jurisdicción eclesiástica se puede recurrir a su juicio [De la profesión de fe del Emperador Miguel Paleólogo, leída en el segundo Concilio de Lyon, sesión IV, 6 de julio de 1274]. El juicio de la Sede Apostólica (de la cual no hay autoridad más elevada) no está sujeto a revisión de nadie, ni a nadie le es lícito juzgar acerca de su juicio [San Nicolás I, Carta al Emperador Miguel, 28 de septiembre de 865 (Migne, Patrología Latina 119, col. 954)].
 
[...] Y con la aprobación del segundo Concilio de Lyon, los griegos hicieron la siguiente profesión: “La Santa Iglesia Romana posee el supremo y pleno primado y principado sobre toda la Iglesia Católica. Ella verdadera y humildemente reconoce que ha recibido éste, junto con la plenitud de potestad, del mismo Señor en el bienaventurado Pedro, príncipe y cabeza de los Apóstoles, cuyo sucesor es el Romano Pontífice...” [De la profesión de fe del Emperador Miguel Paleólogo, leída en el segundo Concilio de Lyon, sesión IV, 6 de julio de 1274].
 
Finalmente se encuentra la definición del Concilio de Florencia: “El Romano Pontífice es el verdadero vicario de Cristo, la cabeza de toda la Iglesia y el padre y maestro de todos los cristianos; y a él fue transmitida en el bienaventurado Pedro, por nuestro Señor Jesucristo, la plena potestad de cuidar, regir y gobernar a la Iglesia universal” [Concilio de Florencia, sesión VI]». (Mons. Guérin, Concilio ecuménico del Vaticano, Constitución dogmática Pastor Ætérnus, sobre la Iglesia de Cristo, 1877, caps. III-IV, páginas 181-184).
En la alocución consistorial Ubi primum nullis del Papa Pío IX del 17 de diciembre de 1847, está escrito:
«Mas ahora, Venerables hermanos, os queremos comunicar la grande sorpresa que hemos tenido al recibir un escrito compuesto y publicado por cierto hombre revestido de Dignidad eclesiástica [Alusión a la carta pastoral de Charles-Thomas Thibault, Obispo galicano de Montpellier, fechada a 14 de agosto de 1847]. Pues, este personaje, hablando en su escrito de ciertas tradiciones de las Iglesias de su país, y que tienden a restringir los derechos de esta Silla Apostólica, no se ha avergonzado de afirmar que estas tradiciones eran tenidas en estima por Nos. Lejos de Nos, Venerables Hermanos, la sospecha de que jamás hayamos pensado ni tenido la menor idea de apartarnos en cosa alguna de lo instituido por nuestros mayores, o despreciado el conservar y defender la autoridad de esta Santa Sede en toda su integridad. Ciertamente que Nos tenemos en estima las tradiciones particulares, pero sólo aquellas que no se apartan del sentido de la Iglesia Católica; y principalmente respetamos y defendemos con toda firmeza aquellas que se hallan de acuerdo con la tradición de otras Iglesias, y en primer lugar con esta Santa Iglesia Romana, a la que, para servirnos de las palabras de San Ireneo, “es necesario a causa de su primacía se adhiera toda Iglesia, esto es, los fieles que se hallan por todas partes, y en la que se ha conservado por los que se hallan en todo lugar esta tradición que viene de los Apóstoles” [Contra Hæréses, lib. III, cap. 3 (Migne, Patrología Græca 7-A, col. 849-A)]» (Don Charles-Alphonse Ozanam, Méditations sur L’Église et sur la Papauté, 1870, página 168).
«[...] En 1579, el clero de Francia, reunido en Melun, propuso, sin restricción, a todos los fieles, “por regla de su creencia, lo que cree y profesa la Santa Iglesia de Roma, la cual es la Maestra, Columna y Apoyo de la Verdad; porque todas las otras Iglesias deben estar de acuerdo con ella, a causa de su principado”» (Œuvres de Mgr. de Ségur, tomo III, páginas 116-117).
En consecuencia, es imposible que el cántico del Año Litúrgico de dom Guéranger en la página 355 sea de la Iglesia Católica griega unida a Roma. Este cántico pertenece a la Iglesia cismática griega.
«[...] Para los griegos, nosotros los abandonamos sin pena. Después de su cisma, están sepultados en una ignorancia, en los errores y las supersticiones bien lejanas de la antigua capacidad y de la piedad de sus antepasados» (Biblia de Vence, tomo XIX, página 643).
Al contrario, existen pruebas de que la Iglesia Católica griega, siguiendo a la Santa Iglesia Romana, cree y enseña la muerte de San Juan.
   
El Eucologio es uno de los libros litúrgicos más importantes de la Iglesia bizantina; corresponde a nuestro Misal y Ritual Romano.
  
El célebre helenista dominico P. Jaqcues Goar tradujo todo el Eucologio o las Liturgias bizantinas para las Iglesias Orientales del griego al latín, y les agregó notas abundantes, de una riqueza incomparable tanto por la erudición como por la piedad. La obra del célebre Dominico francés es todavía al día de hoy la base indispensable de todo estudio de las liturgias bizantinas (P. Sévérien Salaville).
  
La prueba de la muerte de San Juan y su pertenencia a la Iglesia Triunfante del Cielo se encuentra en el Eucologio, en el Oficio de los Santos (Offícium Sancti), página 336: 
«[...] Tonus Secúndus
Magnitúdinem tuam quis enarráre suffíciat, o virgo Joánnes!
miráculis enim scatúris et curatiónibus abúndas,
et pro animábus nostris intercédis, ut Theólogus et amícus Christi».

martes, 14 de mayo de 2019

PROFECÍA DE DOM PRÓSPER GUÉRANGER SOBRE LOS TIEMPOS ACTUALES

Dom Prósper Guéranger OSB
   
Es entonces al fin del mundo, más que en todos los tiempos anteriores, cuando satanás se desencadene en toda su furia, que los fieles deberán recordar los consejos dados a nosotros por el Apóstol en la Epístola de hoy (Efesios V). Ellos tendrán que comportarse con la circunspección que él nos participa, tomando todo cuidado posible en mantener puro su entendimiento, no menos que su corazón, en estos días malos. Porque para entonces, la luz sobrenatural no sólo tendrá que resistir los asaltos de los hijos de las tinieblas, que hacen ostentación de sus doctrinas perversas, sino que tal vez será minimizada y falsificada por culpa de las flaquezas de los hijos de la luz en el terreno de los principios, será puesta en peligro por las hesitaciones y la humana prudencia de los que se tienen por sabios. Muchos prácticamente ignorararán la verdad principal, que la Iglesia nunca podrá ser vencida por ningún poder creado o razón humana. Si no recuerdan que Nuestro Señor ha prometido sostener a su Iglesia incluso hasta el fin del mundo (San Mateo XXVIII, 20), creerán todavía que hacen un gran servicio a la causa del bien haciendo algunas concesiones políticamente audaces, no pesadas en la balanza del santuario. Estos futuros prelados sabios según el mundo olvidarán que sin contar que el Señor no necesita de habilidades torcidas para ayudarle a cumplir su promesa; y no se necesita decir sobre todo, que la cooperación que se digna aceptar de los suyos en defensa de los derechos de la Iglesia, nunca puede consistir en el menoscabo u ocultación de las grandes verdades que constituyen la fuerza y la belleza de la Esposa. Ellos olvidarán la máxima del Apóstol, dada en su Epístola a los Romanos, que acomodarse a este mundo, atentar una adaptación imposible del Evangelio a un mundo que está descristianizado, no es medio para llegar a distinguir de modo seguro lo bueno, lo mejor, la perfecta voluntad de Dios. Así que será algo de grande y raro mérito, en muchas circunstancias, comprender solamente lo que es la voluntad de Dios, como lo dice nuestra Epístola.

“Aseguraos de la recompensa completa”, dice San Juan (San Juan VIII, 9), que es dada solo a los que perseveran constantes en la doctrina y la fe. Además, será entonces, como en otras ocasiones que, según la palabra del Espíritu Santo, la simplicidad del justo la que los guiará, y más seguramente que lo que cualquier ingenuidad humana podría hacer; la humildad les dará sabiduría; y, manteniéndose íntimamente unidos a esta noble compañía, ellos serán hechos verdaderamente sabios por ella, y sabrán lo que es aceptable para Dios. Ellos entenderán que, aspirando como la Iglesia misma a la unión con la Palabra eterna, fidelidad a la Esposa, para ellos tanto como la Iglesia, es nada menos que la fidelidad a la verdad; por la Palabra, que es el mismo objeto de amor de ambos, que es en Dios, nada más que el esplendor de la verdad infinita. Su única preocupación, por tanto, será de estar más y más cerca a su Amado… Obrando así, ellos servirán a sus compañeros creaturas en la mejor forma posible, porque ellos pondrán en práctica el consejo de Jesús, que los obliga a buscar primero el Reino de Dios y Su justicia, y confiar en Él para todo lo demás. Otros pueden haber recurrido a combinaciones humanas y acomodaticias, ajustadas para complacer a todos los partidos; pueden adelantar compromisos dudosos, los cuales (según sus sugerentes) detendrán, por algún tiempo, la feroz ola de la revolución; pero aquellos que tienen el Espíritu de Dios en ellos pondrán una construcción muy diferente sobre la admonición dada a nosotros por el Apóstol, para redimir el tiempo que el Señor nos da por Su bondad.
  
[…] Cuando, por tanto, la tribulación final deba comenzar; cuando el exilio disperse a los fieles, y la espada los degüelle, y el mundo apruebe que todos, como entonces sucederá, se postren ante la bestia y su imagen (Apocalipsis XIII) no olvidemos que tenemos un líder elegido por Dios, y proclamado por la Iglesia; un líder que nos dirigirá durante estos combates finales, en el cual la derrota de los Santos (Apocalipsis XIII) será más gloriosa que todos los triunfos de la Iglesia en la época en que ella dominaba el mundo. Porque lo que Dios pedirá entonces a Sus siervos no es el éxito de los acuerdos diplomáticos, ni una victoria ganadas por las armas, sino la fidelidad a Su Verdad, esto es, a Su Palabra; una fidelidad más generosa y perfecta tal como sería una casi universal caída alrededor del pequeño ejército luchando bajo el estandarte del Arcángel. Alentados por un único corazón fiel y un corazón simplemente fiel, bajo tales circunstancias, y animados con la valentía de la fe y el ardor de la caridad, el grito de San Miguel, que ya desterró las legiones infernales, honrará a Dios más de lo que las blasfemias arrojadas por los millones de seguidores degradados de la bestia que Lo insultará.

Dom PRÓSPER GUÉRANGER OSB. El año litúrgico -edición Inglesa-, tomo XI (Tiempo después de Pentecostés), Domingo XXº después de Pentecostés.

domingo, 28 de enero de 2018

ORACIÓN AL BIENAVENTURADO CARLOMAGNO

  
¡Salve, oh Carlomagno, bienamado de Dios, Apóstol de Cristo, defensor de su Iglesia, protector de la justicia, guardián de las buenas costumbres, terror de los enemigos del nombre Cristiano! La diadema contaminada por los Césares, mas purificada por las manos del Papa León, corona vuestra frente augusta; el orbe imperial reposa en vuestra vigorosa mano; la siempre victoriosa espada combatiente del Señor pende a vuestro flanco; y la unción imperial vino a unirse a la unción real de la mano del Pontífice que ya había consagrado vuestro brazo poderoso. Devenido en la imagen de Cristo en su realeza temporal, vos quisisteis que Él reinara en vos y por vos. Ahora Él os recompensa por el amor que le tuvisteis, por el celo que mostrasteis por su gloria, por el respeto y la confianza que vos mostrasteis a su Esposa. Por una realeza de la tierra, caduca y perecedera, vos recibisteis una realeza inmortal, en medio de la cual millones de almas, arrancadas por vos de la idolatría, os honran como el instrumento de su salvación.
  
En estos días en que celebramos el nacimiento de nuestro Señor por medio de la Virgen, vos le presentáis el hermoso y magnífico templo que vos elevásteis en su honor (la basílica de Aquisgrán), que aún hoy es nuestra admiración en la tierra. Es en este santo lugar que vuestras piadosas manos pusieron los envoltorios de su divino Hijo, y en retorno, el Emmanuel quiso que vuestros huesos sagrados reposaran con gloria, a fin de recibir los testimonios de la veneración de los pueblos. Glorioso heredero de la fe de los tres Reyes Magos del Oriente, presentadnos a Aquél que se dignó recibir estas humildes prendas. Impetrad para nosotros una parte de esta humildad con la cual vos pos postrasteis ante el Pesebre, de esta piadosa alegría que gozó vuestro corazón en las solemnidades que celebramos, de ese celo ardiente que os hizo emprender tantos trabajos para la gloria del Hijo de Dios, de esta fuerza que nunca os abandonó jamás en la conquista de su Reino.
   
Poderoso Emperador, que desde antiguo fuisteis el árbitro de la familia europea reunida por entero bajo vuestro cetro, tened compasión de esta sociedad que hoy en día se está destruyendo en todas partes. Luego de mil años, el Imperio que la Iglesia había confiado a vuestras manos ha caído: tal ha sido el castigo de su infidelidad hacia la Iglesia que lo fundó. Pero las naciones han permanecido, y se agitan en la inquietud. La Iglesia sola puede retornarle la vida por la fe; solamente ella ha permanecido como depositaria de las nociones del derecho público; solo ella puede gobernar a los poderosos y consagrar la obediencia. Haced que llegue el día bienaventurado en que la sociedad, restablecida en sus fundamentos, cese de demandar el orden y la libertad por medio de las revoluciones. Proteged con amor especial a la Francia, el florón más rico de vuestra espléndida corona. Mostrad que vos siempre sois su Rey y su Padre. Detened los progresos de los falsos imperios que se levantaron en el Norte bajo el cisma y la herejía, y no permitáis que los pueblos del Sacro Imperio Romano sean prisioneros de ellos. Amén.
 
DOM PRÓSPER GUERANGER OSB. El Año Litúrgico (edición francesa), tomo III. Tipografía Oudin, Poitiers 1911, págs. 531-533. Traducción nuestra.

sábado, 21 de enero de 2017

ORACIÓN A SANTA INÉS PARA OBTENER FORTALEZA

Martirio de Santa Inés
  
¡Cuán dulce y fuerte es, oh Santa Inés, el amor de tu Esposo Jesús! ¡De qué manera se apodera de los corazones inocentes, para transformarlos en corazones intrépidos! Así sucedió contigo. El mundo y sus goces, el suplicio y sus tormentos, todo ello era sin importancia para ti. El juez pagano te condenó a un insulto peor que mil muertes, sin saber que el Ángel del Señor te defendería. ¿Por qué no tuviste temor? Fue porque el amor de Jesús llenó tu corazón. La hoguera no era nada, la espada no era nada, incluso el infierno que movían los hombres, no significó nada para ti, porque tu amor te decía bien alto, que ninguna violencia humana sería capaz de arrebatarte el corazón de Jesús, tu divino Esposo; tenías su palabra y conocías muy bien su fidelidad.
 
¡Oh niña, inocente aún en medio de la capital de la pagana corrupción, y libre de corazón en medio de un pueblo esclavo, qué bien vemos en ti las virtudes de nuestro Emmanuel! Él es Cordero, y tú eres sencilla como Él; es el León de la tribu de Judá, y como Él eres tú invencible. ¡Verdaderamente, esos Cristianos, como decían los paganos, son una nueva raza bajada del cielo para poblar la tierra! Una familia que tiene Mártires y héroes y heroínas como tú, ¡santa valerosa!, que tiene jóvenes vírgenes, inflamados como sus pontífices y guerreros, de un ardor celestial y que no pretenden otra cosa que salir de este mundo después de haber depositado en él la semilla de las virtudes, es el pueblo de Dios, que no puede extinguirse. Sus Mártires son para nosotros la representación de las virtudes de Jesucristo. De suyo eran tan frágiles como nosotros; tenían una desventaja que nosotros no tenemos: vivir en la misma entraña del paganismo, paganismo que había corrompido la tierra entera, y no obstante eso, fueron fuertes y castos.
 
Ten piedad de nosotros y ayúdanos, ¡oh Inés, que eres una de las más resplandecientes entre los santos! Él amor de Jesús languidece en nuestros corazones. Tus luchas nos conmueven hasta llorar al oír contar tu heroica conducta, pero somos cobardes en la lucha que tenemos que librar contra el mundo y nuestras pasiones. El ansia habitual por la facilidad y las comodidades ha alimentado en nosotros cierta afeminación y, al volver nuestro interés hacia nimiedades, ¿cómo podemos tener seriedad y valor frente al deber? ¡La santidad! No podemos entenderla, y cuando oímos o leemos sobre ella, ¡gravemente decimos que los Santos hicieron cosas extrañas e imprudentes, y que se condujeron por nociones exageradas! ¿Qué debemos pensar en tu fiesta, de tu desprecio al mundo y sus placeres, de tu celestial entusiasmo y de tu afán por ir a tu Jesús mediante el sufrimiento? Tú, Inés, fuiste cristiana; ¿y nosotros no lo somos? Ruega por nosotros para que podamos amar como cristianos, esto es, con un amor generoso y activo, con un amor que pueda sentir indignación cuando nos pidan menos desapego a todo lo que no es de nuestro Dios. Ruega por nosotros para que nuestra piedad sea la del Evangelio, y no la piedad a la moda que le agrada al mundo y que nos hace agradables a nosotros mismos. Cierto es que existen almas valerosas que te siguen, pero son pocas; auméntalas con tu intercesión para que el Cordero pueda ser seguido doquiera vaya en el Cielo, por un cortejo innumerable de Vírgenes y Mártires.
 
Oh inocente santa, te presentas a nosotros, cada año, en la cuna del divino Niño; y nos regocijamos en tu fiesta al pensar en el maravilloso amor que hay entre Jesús y su valiente y pequeña Mártir. Este Cordero está para morir por nosotros también, invítanos a Belén; háblale a Él por nosotros, que la intercesión de una santa que Le amó como tú lo hiciste pueda obrar maravillas aún en los pecadores, cual somos nosotros. Condúcenos a la Virgen y Madre María, tú que imitaste su pureza virginal, y alcánzanos de ella una de esas plegarias suyas tan poderosas que purifican corazones aún peores que los nuestros.
 
Ruega, oh Inés, por la Santa Iglesia, que también es la Esposa de Jesús. Ella fue la que te hizo nacer a su amor; de ella tenemos también nosotros la luz y la vida. Alcánzale que sea bendecida cada vez más con un número siempre creciente de vírgenes fieles. Ampara a Roma, la ciudad que guarda tus reliquias y que te ama tan tiernamente. Bendice a los Prelados de la Iglesia, y obten para ellos la dulzura del cordero, la solidez de la roca y el celo del buen Pastor por la oveja perdida. Y finalmente, ¡oh esposa de Jesús!, escucha las oraciones de todos cuantos te invocan; enciéndase tu caridad hacia estos tus hermanos exiliados, y enséñanos del Sagrado Corazón de Jesús el secreto de encendernos con más fervor en un mundo cada vez más decadente. Amén.
  
Dom Prosper Gueranger OSB. El Año Litúrgico -edición inglesa-, vol. III. J. M. O'Toole & Son Printing, Dublín, 1868. Págs. 384-386

jueves, 15 de septiembre de 2016

EL MARTIRIO DE LA VIRGEN

El martirio de la Virgen nos es manifiesto tanto en la profecía de Simeón como en la historia de la Pasión del Señor. "Este, dice el santo anciano, hablando del Niño Jesús, ha sido puesto como señal de contradicción". Y dirigiéndose a María, añade: "una espada traspasará tu alma". Sí, oh Madre bienaventurada, una espada verdaderamente traspasó tu alma, pues sólo, pasando por tu corazón, pudo penetrar en la carne de tu Hijo. Y cuando este Jesús, que es tuyo, entregó su espíritu, la lanza cruel no llegó a su alma, sino fue a tu alma a la que atravesó; el alma de Jesús no estaba allí ya, y la tuya no se podía desprender. 
   
La violencia del dolor traspasó tu alma y, por eso, con razón te aclamamos más que mártir, ya que el sentimiento de la compasión excedió en ti a todo cuanto puede padecer el cuerpo. ¿No fue acaso más que una espada, aquella palabra que atravesó realmente tu alma y llegó hasta la división del alma y del cuerpo: "Mujer, ahí tienes a tu Hijo"? ¡Trueque extraño! ¡Te dan a Juan en vez de Jesús, al servidor en lugar del Señor, al discípulo por el Maestro, al hijo del Zebedeo por el Hijo de Dios, a un hombre en lugar del verdadero Dios! ¿Cómo no iba a desgarrarse tu alma tan amante al oír aquella palabra, si sólo su recuerdo destroza nuestros corazones, aun siendo de piedra y de bronce? 
  
No extrañemos, hermanos, el oír que María fue mártir en su alma. Únicamente se puede admirar el que no recuerde que San Pablo enumera como uno de los mayores crímenes de los gentiles el no haber tenido "afecto". Pero este defecto estuvo muy lejos del corazón de María; esté también lejos de sus servidores. (San Bernardo, Sermón sobre las Doce Estrellas. En Patrología Latina CLXXXIII, 437.) 

Dom Prosper Gueranger, OSB. El año litúrgico, vol. VI (Traducción inglesa), págs. 943-944.

miércoles, 23 de marzo de 2016

DEL OFICIO DE TINIEBLAS

Hasta la última reforma (1), la Iglesia anticipaba a la víspera el Oficio de la noche del día siguiente, para estos tres últimos días de la Semana Santa (Jueves, Viernes y Sábado Santo), con el fin de dar al pueblo cristiano mayor facilidad para tomar parte en él. Los Maitines y Laudes celebrábanse, por tanto, en las horas de la tarde de los días previos.
   
Así, pues, los fieles deben apresurarse a asistir a ellos en tanto en cuanto sus ocupaciones se lo permiten. En cuanto al mérito de esta piadosa asistencia, es indudable que sobrepasa al de cualquier devoción privada. El medio más seguro para llegar al corazón de Dios será siempre emplear como intermediario a la Iglesia: En cuanto a las impresiones santas que pueden ayudarnos a hondar más en los misterios, que se conmemoran en estos tres días, por lo general son más fuertes y más seguras las que se reciben en el oficio, que las que se buscan en cualquier libro humano. Alimentada por la palabra y los ritos de la Iglesia, el alma cristiana aprovechará doblemente con los ejercicios y lecturas del oficio, aunque también debe ocuparse en particular de ellas. La oración de la Iglesia será, pues, la base sobre la cual se levantará todo el edificio de la piedad cristiana, en este santo aniversario; así imitaremos a nuestros padres que, en los siglos de fe, fueron tan profundamente cristianos porque vivían de la vida de la Iglesia por la Liturgia.
   
CARÁCTER DEL OFICIO. — El oficio de Maitines y Laudes de los tres últimos días de la Semana Santa difiere en muchas cosas del de los demás días del año. La Iglesia suspende las aclamaciones de alegría y esperanza con que suele comenzar la alabanza divina. Ya no se oye resonar en el templo el Domine labia mea aperies. Señor abre mi boca para que te alabe; ni Deus in adiuiorium meum intende. Señor, apresúrate a socorrerme; ni Gloria Patri al fin de los salmos, de  los cánticos y de los responsorios. Los oficios no conservan sino lo que les es esencial en la forma y se han suprimido todas estas aspiraciones vivas que se habían añadido al sucederse de los siglos.
  
EL NOMBRE. — Dase vulgarmente el nombre de Tinieblas a los Maitines y Laudes de estos tres últimos días de la Semana Santa, porque se los celebra muy de mañana, antes de salir el sol.
   
EL CANDELABRO. — Un rito imponente y misterioso, propio únicamente de estos oficios confirma también este nombre. Se coloca en el presbiterio, cerca del altar, un gran candelabro triangular sobre el cual se hallan quince velas. Estas velas, así como las seis del altar, son de cera amarilla como en el oficio de difuntos. Al fin de cada uno de los salmos o cánticos se va apagando una vela del gran candelabro; sólo queda encendida la que se halla en la extremidad del triángulo. Igualmente se apagan mientras el Benedíctus las velas del altar. Entonces toma un acólito la vela que quedó encendida en el candelabro y la tiene apoyada sobre el altar mientras el coro canta la Antífona que le sigue. Luego esconde la vela (sin apagarla) detrás del altar. La mantiene así, oculta a las miradas, durante la recitación de la oración final que sigue al Benedíctus. Acabada esta oración, ya no se hace como antiguamente se hacía al terminar este oficio.
   
EL SIMBOLISMO DE LOS RITOS. — Expliquemos ahora el sentido de las diversas ceremonias. Nos hallamos en los días, en que la gloria del Hijo de Dios es eclipsada ante las ignominias de la Pasión. “Era la luz del mundo”, poderoso en obras y palabras, vitoreado poco ha por las aclamaciones de la muchedumbre, pero vedle hoy despojado de toda grandeza, el hombre de dolores, un leproso, como dice Isaías. “Un gusano de la tierra y no un hombre”, dice el Rey Profeta; “causa de escándalo para sus discípulos”, dice el mismo Jesús. Todos le abandonan: Pedro incluso llega a negar que le ha conocido. Este abandono, esta defección casi general se halla figurada por la extinción sucesiva de las velas del candelabro triangular y de las del altar. Sin embargo de eso, la luz desconocida de Cristo no se apaga. Se coloca un momento la candela sobre el altar. Está allí como Cristo en el Calvario donde padece y muere. Para significar la sepultura de Jesús, se coloca la candela detrás del altar; su luz no aparece más. Entonces un ruido confuso se deja oír en el santuario. Este ruido expresa las convulsiones de la naturaleza en el momento en que al expirar Jesucristo en la Cruz, tembló la tierra, se desquebrajaron las rocas y se abrieron los sepulcros. Pero de repente aparece de nuevo la candela sin haber perdido nada de su luz; el ruido cesa y todos adoran al glorioso vencedor de la muerte.

(Dom Prósper Guéranger, El Año Litúrgico -Traducción española de 1956-)

Con el propósito de presentar y recuperar esta práctica devota, presentamos los respectivos Oficios de Tinieblas de los Tres Días Santos. Basta para acceder a ellos hacer clic sobre el respectivo título:
Nota:
(1) Se refiere a la reforma a las ceremonias de la Semana Santa hecha en 1955 por el cardenal masón Achile Liénart y con las directrices de su hermano masón Aníbal Bugnini. Dicha reforma (NO APROBADA POR PÍO XII, SINO POR JUAN XXIII BIS) fue el ensayo inicial para el Novus Ordo Missae que llegaría después.

miércoles, 14 de octubre de 2015

ORACIÓN A SAN EDUARDO EL CONFESOR, POR LA CONVERSIÓN DE INGLATERRA

San Eduardo el Confesor (de blanco), intercediendo por Ricardo II (Díptico de Wilton, pánel izquierdo)
     
Bienaventurado San Eduardo el Confesor, tú representas al pueblo en quien Gregorio Magno prevé al émulo de los ángeles; tantos reyes santos, tantas vírgenes ilustres, tan egregios obispos y tan excelentes monjes, que fueron gloria suya, son los que hoy forman tu corte. ¿Dónde están ahora los insensatos ante los cuales tú y tu estirpe parecían muertos (cf. Sabiduría III, 2)? La historia debe juzgarse con luces celestiales: Mientras tú y los tuyos reináis perennemente en el Cielo, juzgando a las naciones y dominando a los pueblos (Sabiduría III, 8), las dinastías de tus sucesores en la tierra, por celos contra la Iglesia y abrazando el cisma y la herejía, se han extinguido una en pos de otra, se han vuelto estériles por la cólera de Dios en esa fama inútil de la que no queda rastro alguno en el libro de la vida. 
  
¡Cuánto mejores y más duraderos se nos ofrecen, oh Eduardo, los frutos de la virginidad santa! Enséñanos a ver en el mundo presente la preparación del otro que no tendrá fin, a juzgar los acontecimientos humanos con vistas a sus resultados eternos. Con los ojos del alma, nuestra devoción te busca y te encuentra en tu real Abadía de Westminster, y deseamos contemplar, anticipadamente, tu gloriosa resurrección en el día del Juicio, cuando a tu alrededor, todas esas falsas grandezas reconozcan su vergüenza y su insignificancia. Arrodillados en presencia o espíritu junto a esa tumba, de la cual pretende inútilmente alejar la oración la herejía recelosa, imploramos tu bendición. Presenta a Dios las súplicas que se elevan hoy de todos los puntos del orbe, por las ovejas descarriadas a las que llama la voz del pastor con repetidas instancias en nuestros días para que vuelvan al único redil (San Juan X, 16). 
  
Dom Prósper Gueranger, OSB. El Año Litúrgico (Edición inglesa), Tomo XIV pág. 386. Editorial Loreto Publications (Fitzwilliam, Nueva Hampshire, USA), 2000.

martes, 30 de junio de 2015

ORACIÓN A SAN PABLO APÓSTOL

San Pablo Apóstol
  
Ayer, oh San Pablo Apóstol, se consumó tu obra; habiéndolo dado todo, te diste por añadidura a ti mismo. La espada, al cortar tu cabeza, completa, como lo predijiste, el triunfo de Cristo. ¡Gloria a ti, oh Apóstol, ahora y siempre! La eternidad no podrá extinguir en nosotros, las naciones, los sentimientos de gratitud. Acaba tu obra en cada uno de nosotros por estos siglos sin fin; no permitas que por deserción de ninguno de los que el Señor llamó para completar su cuerpo místico, la Iglesia se vea privada de uno solo de los acrecentamientos que podía esperar. Sostén el ánimo de todos aquellos predicadores de la palabra divina, que, con la pluma o con un título cualquiera, continúan tu obra de luz. Danos apóstoles valientes, que arrojen sin tregua de nuestra tierra las tinieblas. Prometiste permanecer con nosotros, velar siempre por el progreso de la fe en nuestras almas: haz germinar en ellas las purísimas delicias de la unión divina. Cumple tu promesa. Al ir a Jesús, no retires tu palabra empeñada de aquellos que, como nosotros, no te conocieron en esta tierra. Porque a ellos en una de tus Epístolas inmortales les prometiste "consolar sus corazones, uniéndolos con el amor, infundiendo en ellos con su plenitud y sus riquezas inmensas el conocimiento del misterio de Dios Padre y de Jesucristo, en el que se hallan escondidos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia".
   
Dom Prósper Gueranger, OSB. El Año Litúrgico (I Edición española), Tomo IV págs. 497-498. Editorial Aldecoa (Burgos-España), 1956.

CONMEMORACIÓN DEL APÓSTOL SAN PABLO

"He peleado el buen combate, he terminado la carrera, he guardado la fe. No me queda sino esperar la corona de justicia que me está reservada, y que el Señor, justo Juez, me dará en el gran día, a mí y a todos los que aman su venida". (II Timoteo 4, 7-8)
   
San Pablo Apóstol
   
Los griegos unen hoy en una misma solemnidad el recuerdo "de los ilustres santos, los doce Apóstoles, dignos de toda alabanza". Roma, ocupada ayer completamente por el triunfo que el Vicario de Jesucristo alcazaba dentro de sus muros, ve hoy al sucesor de Pedro acudir con su noble corte a tributar al Doctor de las naciones, el homenaje agradecido de la Urbe y del mundo. Unámonos con el pensamiento al fiel pueblo romano que acompañara al Pontífice y hace resonar con sus cánticos de victoria la espléndida Basílica de la Vía Ostiense.
  
CONVERSIÓN
El veinticinco de Enero, vimos al Niño Jesús conducir a su pesebre, domado y abatido al lobo de Benjamín (Génesis XLIX, 27), que en la mañana de su fogosa juventud había llenado de lágrimas y sangre a la Iglesia de Dios. Había llegado la tarde, como lo había previsto Jacob, en que Saulo el perseguidor iba a aumentar la grey y alimentar el rebaño con el alimento de su doctrina celestial, más que todos sus predecesores en Cristo.
   
VISITA A "PEDRO"
Por un privilegio que no ha tenido igual, el Salvador, sentado ya a la derecha del Padre en los cielos, se dignó instruir directamente a este neófito, para que un día fuese del número de sus Apóstoles; pero, como los caminos del Señor no son nunca opuestos entre sí, esta creación de un nuevo Apóstol no podía contradecir a la constitución divina dada a la Iglesia cristiana por el Hijo de Dios. Pablo, al salir de las contemplaciones sublimes, durante las cuales fue infundido en su alma el dogma cristiano, debió volver hacia el año 39 a Jerusalén para "ver a Pedro", como dijo él mismo a sus discípulos de Galacia. Según expresión de Bossuet, debió "comunicar su propio Evangelio con el del príncipe de los Apóstoles" (Sermón sobre la Unidad). Admitido en seguida a predicar el Evangelio, le vemos en el libro de los Hechos, junto con Bernabé, presentarse en Antioquía después de la conversión de Cornelio y de la apertura de la Iglesia a los gentiles. Después de la prisión de Pedro en Jerusalén, un aviso del Cielo manifiesta a los ministros de las cosas santas que presidían la Iglesia de Antioquía, que ha llegado el momento de imponer las manos a los dos misioneros, y de conferirles el carácter sagrado de la ordenación (año 45).
    
PRIMERA EXCURSIÓN APOSTÓLICA A CHIPRE
A partir de este momento, Pablo se agranda con toda la dignidad de un Apóstol y se le juzga preparado para la misión a que había sido destinado. De pronto, en el relato de San Lucas, Bernabé desaparece y no desempeña sino un papel secundario. El nuevo Apóstol tiene sus discípulos propios y emprende, desde ahora como jefe, una serie de peregrinaciones jalonadas por otras tantas conquistas. Su primer paso lo da en Chipre, y allí firma con la antigua Roma una alianza que es como la hermana de la que había contraído Pedro en Cesarea. En el año 45, cuando llegó Pablo a Chipre, la isla tenía por procónsul a Sergio Paulo, recomendable por sus antepasados, pero más digno de estima por la sabiduría de su gobierno. Deseó oir a Pablo y Bernabé. Un milagro de Pablo, obrado ante sus ojos, le convenció de la verdad de la enseñanza de los dos Apóstoles, y la Iglesia cristiana recibió este día en su seno, un nuevo heredero del nombre y de la gloria de las más ilustres familias romanas. Un cambio tuvo lugar en este momento: el patricio romano fue libertado del yugo de la gentilidad por el judío, y en pago, el judío, que hasta entonces se llamaba Saulo, recibió y adoptó en adelante el nombre de Paulo o Pablo, como trofeo digno del Apóstol de los gentiles.
    
CONCILIO DE JERUSALÉN
De Chipre, Pablo recorrió sucesivamente Cilicia, Panfilia, Pisidia y Licaonia. Por todas partes evangeliza, y por todas partes funda comunidades de cristianos. Vuelve en seguida a Antioquia en el año 49, y encuentra revuelta la Iglesia de esta ciudad. Un partido de los judíos salidos de las filas de los fariseos, consentía en la admisión de los gentiles en la Iglesia, pero solamente con la condición de que se sujetasen a las prácticas mosaicas, es decir, a la circuncisión, a la distinción de alimentos, etc. Los cristianos salidos de la gentilidad rehusaban esta servidumbre a la que Pedro no les había obligado, y la controversia se hizo tan viva, que Pablo juzgó necesario emprender el viaje a Jerusalén, a donde Pedro acababa de llegar huyendo de Roma. Partió, pues, con Bernabé, llevando la cuestión para que la resolviesen los representantes de la ley nueva reunidos en la ciudad de David. Además de Santiago (que residía habitualmente en Jerusalén como Obispo), Pedro, como ya hemos dicho, y Juan representaron allí a todo el colegio Apostólico en esta ocasión. Se formuló un decreto por el que se anulaba todo lo que se pretendía exigir de los gentiles respecto a los ritos judaicos, y esta disposición se tomó en nombre y bajo la inspiración del Espíritu Santo. En esta reunión de Jerusalén fue cuando los tres grandes Apóstoles acogieron a Pablo como especialmente destinado a la evangelización de los gentiles. Recibió de parte de los que él llama "las columnas", una confirmación de este apostolado sobreañadido al de los doce. Por este ministerio extraordinario, que surgía en favor de los que habían sido llamados los últimos, el cristianismo afirmaba definitivamente su independencia del judaismo, y la gentilidad iba a entrar en masa en la Iglesia.
   
SEGUNDA EXCURSIÓN APOSTÓLICA (49-54)
Pablo volvió a emprender sus excursiones apostólicas por las provincias que ya había evangelizado, para afianzar las Iglesias. De allí, atravesando Frigia, pasó a Macedonia, se detuvo un momento en Atenas, desde donde partió a Corinto, y aquí permaneció año y medio. A su partida, dejaba en esta ciudad una Iglesia floreciente, no sin haber excitado contra él el furor de los judíos. De Corinto, Pablo fue a Éfeso, donde permaneció más de dos años. Convirtió aqui tantos gentiles, que el culto de Diana disminuyó notablemente. Levantóse una revuelta violenta, y Pablo juzgó que había llegado el momento de salir de Éfeso. Durante su estancia en esta ciudad, reveló a sus discípulos el pensamiento que le preocupaba desde hacía tiempo: "Es necesario, les dijo, que yo visite Roma". La capital de la gentilidad reclamaba al Apóstol de los gentiles.
  
EPÍSTOLA A LOS ROMANOS
El crecimiento rápido del cristianismo en la capital del Imperio mostraba, de una manera más palpable que en otras partes, los dos elementos heterogéneos de que estaba formada la Iglesia de entonces. La unidad de fe reunía en un mismo aprisco a los antiguos judíos y a los antiguos paganos. Se encontraron algunos entre ambas razas, que, olvidando muy pronto que su vocación común había sido gratuita, menospreciaban a sus hermanos, considerándolos menos dignos que ellos del bautismo, que los hacía a todos iguales en Cristo. Algunos judíos menospreciaban a los gentiles, recordando el politeísmo que había mancillado su vida, con todos los vicios que lleva consigo. Algunos gentiles miraban despectivamente a los judíos, como descendientes de un pueblo ingrato y ciego, que, abusando de los dones que Dios les habla prodigado, no hizo sino crucificar al Mesías. En el año 57, Pablo, que conoció estas discusiones, se aprovechó de su segunda estancia en Corinto para escribir a los fieles de la Iglesia romana la célebre Epístola, en la que trata de probar que el don de la fe se concede gratuitamente, siendo Judíos y Gentiles indignos de la adopción divina, y no habiendo sido llamados sino por pura misericordia; Judíos y Gentiles, olvidando su pasado, debían abrazarse fraternalmente en una misma fe y testimoniar su agradecimiento a Dios, que se les había anticipado con su gracia a unos y a otros. Su reconocida cualidad de Apóstol daba a Pablo derecho a intervenir de esta manera en el seno mismo de una cristiandad que no había fundado.
   
ÚLTIMO VIAJE A JERUSALÉN
Mientras aguardaba el tiempo en que podría contemplar con sus ojos la Iglesia reina que Pedro había fundado, el Apóstol quiso cumplir una vez más la peregrinación a la ciudad de David. Pero la rabia de los judíos de Jerusalén llegó en esta ocasión hasta el último exceso. Su orgullo odiaba sobre todo a este antiguo discípulo de Gamaliel, a este cómplice del asesinato de San Esteban, que ahora convidaba a los gentiles a unirse con los hijos de Abraham bajo la ley de Jesús de Nazaret. El tribuno Lisias le arrancó de las manos de estos furiosos que iban a hacerle pedazos. La noche siguiente, Cristo se apareció a Pablo y le dijo: "Sé firme; porque el testimonio que das en este momento de Mí en Jerusalén, lo darás en Roma".
  
ESTANCIA EN ROMA
Después de una cautividad en Cesarea de más de dos años, Pablo, habiendo apelado al emperador, llegó a Italia a principio del año 61. Por fin el Apóstol de los gentiles entraba en Roma. No le rodeaba el cortejo de un triunfador; era un humilde prisionero judio, a quien se conducía al lugar en que se amontonaban los que apelaban al César. Pero Pablo era el judío aquel a quien el mismo Cristo había conquistado en el camino de Damasco. No más Saúl el Benjamita, ahora se presentaba con el nombre romano de Pablo, y este nombre no era un latrocinio en aquel que, después de Pedro, sería la segunda gloria de Roma, y la segunda prenda de su inmortalidad. No llevaba consigo, como Pedro, la primacía que Cristo había confiado a uno solo; pero venía a comunicar al centro mismo de la evangelización de los gentiles la delegación divina que había recibido en favor de éstos. Pablo no tendría sucesor en su misión extraordinaria; pero el elemento que acababa de depositar en la Iglesia madre y maestra, tenia un valor tan grande, que por todos los siglos se oirá a los Pontífices romanos, herederos del poder monárquico de Pedro, evocar este recuerdo y mandar en nombre de los "bienaventurados Apóstoles Pedro y Pablo". En vez de aguardar en prisión el día en que se viese su causa, Pablo tuvo la libertad de escogerse alojamiento en la ciudad, obligado solamente a estar custodiado día y noche por un soldado representante de la fuerza pública, y a quien, según era costumbre en parecidos casos, estaba atado con una cadena que le impedía huir, pero le dejaba libre en sus movimientos. El Apóstol podía continuar así predicando la palabra de Dios. Hacia el año 62, se concedió a Pablo la audiencia a la que le daba derecho la apelación que había interpuesto al César. Compareció en el pretorio, y su defensa tuvo por resultado la libertad.
     
ÚLTIMA EXCURSIÓN EVANGÉLICA
Pablo, libre, vino probablemente a España. De aquí, queriendo volver a ver Oriente, visitó de nuevo Éfeso, de donde nombró Obispo a su discípulo Timoteo. Evangelizó Creta, donde dejó como pastor a Tito. Pero no abandonó para siempre esta Iglesia romana, a la que ilustró por su presencia y acrecentó y fortificó por su predicación; habrá de volver para iluminarla con los últimos rayos de su apostolado, y teñirla de púrpura con su sangre gloriosa. El Apóstol había terminado sus excursiones evangélicas en Oriente (66); había consolidado las Iglesias fundadas por su palabra, y las pruebas, lo mismo que las consolaciones, no faltaron en su camino. Al acercarse el invierno fue arrestado, conducido a Roma y puesto en prisión. 
      
MARTIRIO
Un día del año 67, quizá el 29 de Junio, Pablo, conducido a lo largo de la vía Ostiense, era seguido de un grupo de fieles incorporados a la escolta del prisionero. La sentencia dada contra él declaraba que se le cortarla la cabeza junto a las aguas Salvias. Después de andar unas dos millas por la vía Ostiense, los soldados condujeron a Pablo por un sendero que se dirigía hacia Oriente, y en seguida llegaron al lugar indicado para el martirio del Doctor de los gentiles. Pablo se puso de rodillas y dirigió a Dios su última oración; luego aguardó el golpe. Un soldado blandió su espada y la cabeza del Apóstol, separada del cuerpo, dió tres saltos en el suelo. Tres fuentes manaron inmediatamente en los lugares tocados por ella. Esta es la tradición conservada del lugar del martirio, en el que hay tres fuentes, y sobre cada una se levanta un altar. 
   
Dom Prósper Gueranger, OSB. El Año Litúrgico (I Edición española), Tomo IV, págs. 488-497. Editorial Aldecoa (Burgos-España), 1956.
  
MEDITACIÓN: NUESTRAS BUENAS OBRAS NOS SIGUEN AL OTRO MUNDO
   
I. Tener fervor en el servicio de Dios, es hacer todo lo que Dios nos pide con ardor, con prontitud y con alegría. Un hombre fervoroso vuela allí donde le llama el deber. Busca grandes ocasiones de dar a Dios pruebas de su amor; no desprecia las pequeñas; nada le parece difícil, por nada tiene lo que ya ha hecho, arde en deseos de hacer algo más heroico en lo por venir para la gloria de Jesucristo. ¿ Te hallas en estas disposiciones? Estuviste en ellas, ¿por qué no has perseverado? Vuelve lo antes posible a ese primer estado de fervor del que te relajaste.
  
II. Un hombre fervoroso resiste generosamente a todas las tentaciones; un hombre tibio y flojo sucumbe en ellas. Nada cuesta a un cristiano que está animado de este hermoso fuego: todo incomoda a un cristiano frío, todo le parece difícil e insoportable. El hombre fervoroso está siempre feliz y siempre contento, porque Dios derrama en su alma consolaciones celestiales para recompensarlo por los placeres del mundo que le sacrifica; el cristiano flojo y tibio no goza de los consuelos del Cielo, porque no es lo suficientemente fiel a Dios como para merecerlos.
  
III. El medio para encender el fervor en tu corazón es, en primer lugar, servir a Dios cada día como si cada día comenzases a servirle; es olvidar el poco bien qué ya hayas hecho, es considerarte como un servidor inútil. Compara lo que has hecho por Dios con lo que Jesucristo ha hecho por ti. En segundo lugar, cada día sirve a Dios como si fuese el último de tu vida. ¿Qué harías ahora si estuvieras seguro de morir mañana?
  
El fervor. Orad por los que trabajan en la salvación de las almas.
 
ORACIÓN
Oh Dios, que habéis instruido al mundo entero por la predicación del apóstol San Pablo, haced, os lo rogamos, que honrando hoy su memoria, marchemos hacia Vos imitando sus ejemplos. Por J. C. N. S. Amén.