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martes, 5 de marzo de 2024

MÉRAMO Y NAVAS: DOS SACERDOTES CONTRAPUESTOS


En Santa Fe de Bogotá, el 19 de Febrero de 2024 falleció el sacerdote-presbítero Rafael Navas Ortiz IBP, y el 6 de Marzo siguiente falleció el sacerdote Basilio Méramo Chaljub (derecha), a causa de graves quebrantos de salud que padecían.
   
Ambos fueron ordenados sacerdotes por el arzobispo Marcel Lefebvre (Navas el 29 de Junio de 1984, Méramo el 27 de Junio de 1986), y ambos salieron de la Fraternidad San Pío X por circunstancias distintas (Navas en 1996, después que la FSSPX erigiera una «Comisión Canónica» para las causas matrimoniales y de las conductas de los clérigos; Méramo en 2009, expulsado por criticar los intentos de negociación del obispo Bernard Fellay con el Vaticano modernista). Méramo se mantuvo como sacerdote independiente en Santa Fe de Bogotá, publicando sus sermones y opúsculos en su propio sitio web y en Radio Cristiandad (algunos de ellos publicados también en esta tribuna). Navas, después de años en Santiago de Chile, se unió en 2006 al recién fundado Instituto del Buen Pastor, siendo el primer superior del Distrito Hispanoamérica.
    
Los padres Basilio Méramo y Rafael Navas representan dos posturas contrapuestas frente a la Apostasía en ocasión del Vaticano II, y la postura cismática de la Frater: El primero (a pesar de su visceral rechazo éconiano al linaje episcopal de Mons. Thục) reconocía la conclusión teológica del Sedevacantismo, sosteniendo que la única solución posible es la Parusía; el último se decantó por la “conexión canónica visible con el Papa” y aceptó ser parte de la capilla roncalliana en el megatemplo ecuménico deuterovaticano. El padre Méramo luchó por la Fe Verdadera. Navas, en cambio, se acomodó al error entronizado.

jueves, 27 de febrero de 2020

EL FIDEÍSMO PAPÓLATRA

EL FIDEÍSMO PAPÓLATRA: FUNDAMENTO DEL SEDEVACANTISMO Y ANTISEDEVACANTISMO VISCERALES

Es curioso observar, que tanto el sedevacantismo visceral, cuanto el antisedevacantismo igualmente visceral, parten del mismo principio equivocado, que ya avizoraba el P. Le Floch al decir: “La herejía que viene será la más peligrosa de todas; y ella consiste en la exageración del respeto debido al Papa y en la extensión ilegítima de su infalibilidad”.

Ambas posiciones se pueden resumir en cinco pilares interpretados limitada y erróneamente, a saber:
  1. La doble promesa de Nuestro Señor a Pedro: “Tu es Petrus et super hanc petram ædificábo ecclésiam meam, et portæ ínferi non preævalébunt advérsus eam” (Mt, 16,18). (Y Yo, te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificare mi Iglesia, y las puertas del abismo no prevalecerán contra ella).
  2. La oración infalible de Nuestro Señor a Pedro y el mandato de confirmar: “Ego autem rogávit pro te ut non defíciat fides tua, et tu aliquándo convérsus confírma fratres” (Lc. 22,32). (Pero Yo he rogado por ti, a fin de que tu fe no desfallezca. Y tú, una vez convertido, confirma a tus hermanos).
  3. Prima Sedes a némine judicátur (Juris Canonici, c.1556). (La Primera Sede, por nadie es juzgada).
  4. Ubi Petrus ibi Ecclésia (donde está Pedro, allí está la Iglesia).
  5. La visibilidad de la Iglesia.
Estas son las cuatro premisas sobre las que se debate toda la cuestión y a las cuales se reducen en definitiva todos los argumentos.

Sobre la primera, ahí está expresado que las puertas del infierno (o sus potestades) no prevalecerán sobre, ni contra la Iglesia, es decir, se está proclamando la indefectibilidad de la Iglesia (Constitucional y existencial que no puede ser destruida ni desaparecer de la faz de la tierra) y además, le está prometida la indefectibilidad magisterial o infalibilidad de la Iglesia en su enseñanza. Se expresa así la indefectibilidad de la Cátedra de Pedro y de su sucesión apostólica que es la piedra sobre la cual la Iglesia reposa. Confunden indefectibilidad (o permanencia de la Iglesia) con impecabilidad del Papa. La única impecabilidad del Papa en materia de fe, es ex offício (por el cargo) cuando habla ex cáthedra confirmando en la fe a sus hermanos. Fuera de esto como cualquier humano no está confirmado en gracia y puede desviarse en la fe y pecar contra la fe.

Sobre la segunda, la indefectibilidad de la fe de Pedro cuando confirma en la fe a sus hermanos, esto es, la infalibilidad del Papa solo, cuando habla ex cáthedra, esa triple profesión de fe de Pedro que le valió el ser elegido como Piedra de la Iglesia. En esta oración y mandato, se está afirmando la indefectibilidad de la fe de Pedro al confirmar a sus hermanos en la fe, cuando habla infaliblemente ex cathedra. La fe indefectible (infalible) y la fe que confirma es la misma, es decir, la fe que confirma puede hacerlo porque es la fe indefectible (infalible). Fe indefectible o infalible es igual a la fe que confirma, si la fe no es indefectible (o infalible), no puede confirmar. Eso es lo que afirma Palmieri en su Tratado sobre el Papa, diciendo: “No es necesario que la fe indefectible sea en realidad distinta de la confirmación de los hermanos, pero basta que se distingan por la razón, pues si la  predicación de la fe auténtica y solemne es infalible, puede confirmar a los hermanos; por eso, una única es la fe infalible y la que confirma; siendo infalible, goza ella también del poder de confirmar. La indefectibilidad del Pontífice en la fe fue pedida para que él confirmase a sus hermanos. Luego, de las palabras de Cristo sólo se puede inferir como necesaria aquella indefectibilidad que es necesaria y suficiente para la consecución de ese fin, y tal es la infalibilidad de la predicación auténtica”. (Tractatus de Romano Pontífice, p.631-632).

Esto es, que esa promesa es la indefectibilidad magisterial o infalibilidad del Papa cuando habla ex cáthedra (persona pública) en su magisterio extraordinario universal, que es el único medio que tiene garantizado para confirmar infalible o indefectiblemente en la fe a sus hermanos, es decir a toda la Iglesia.

Esta oración y mandato de Nuestro Señor en beneficio de Pedro, no postula la fe indefectible del Papa como persona humana (o privada), no postula la impecabilidad del Papa que no pueda perder la fe. La infalibilidad magisterial del Papa no hay que confundirla con la impecabilidad en materia de fe como persona; son dos cosas distintas, lo que aquí se postula, se afirma y se garantiza, es la fe de Pedro en el ejercicio de su oficio de confirmar a sus hermanos en la fe, por decirlo en otras palabras, es la fe pública del Papa ejerciendo como doctor universal de toda la Iglesia, su poder magisterial en materia de fe y moral. Si se entiende esto, se entiende todo, y si no, no se entiende nada. Y esto es desgraciadamente lo que pocos entienden, o peor aún, que no quieren entender.

En cuanto al tercer punto, la expresión Prima Sedes a némine judicátur significa que el Papa no tiene Juez humano, ni jurisdicción superior, ni igual a la suya; la jurisdicción del Papa es única, suprema y monárquica. Esto va contra el conciliarismo galicano o conciliarismo jurídico, pues en la Iglesia no hay dos jurisdicciones supremas como pretendía el herético conciliarismo del nuevo derecho canónico de 1983 que es el colegialismo jurídico. Galicanismo con el que se pretende rotular al sedevacantismo teológico para descalificarlo, lo cual no hay que confundir con el colegialismo magisterial que es otro asunto, ese sí legítimo, que corresponde al magisterio tanto ordinario universal, como al magisterio extraordinario universal de la Iglesia, ambos igualmente infalibles. Y la razón es porque la infalibilidad no se participa sino directamente del Espíritu Santo al organismo receptor o sujeto (sea el Papa solo o el colegio episcopal con el Papa a la cabeza), mientras que la jurisdicción sí la puede participar el Papa por voluntad propia, pudiendo también ampliarla o restringirla.

Pero el decreto de Graciano que la Iglesia asume como suyo, además agrega: “nisi deprehendátur a fide dévius”, (A no ser que sea sorprendido desviado de la fe), luego puede ser juzgado por desviarse de la fe.

La fe es de ley divina y suprema, bajo la cual está aún el Papa, como lo reconocieron:
  • El Papa Inocencio III (1198-1216) quien manifestó: “La fe es para mí a tal punto necesaria, que, teniendo a Dios como a mi único Juez en cuanto a los demás pecados, sin embargo, solamente por el pecado que cometiese en materia de fe, podría ser yo juzgado por la Iglesia”.
  • El Papa San León II (682-683) admitió y reconoció que un Papa podría ser juzgado por herejía, al confirmar el VI Concilio Ecuménico (III de Constantinopla) y en dos cartas, una a los Obispos españoles y otra a Flavio Ervigio Rey de España.
  • El Papa Adriano II (867-872), igualmente en su discurso dirigido al VIII Concilio Ecuménico (IV de Constantinopla).
  • San Bruno Obispo de Segni y Abad de Montecasino oponiéndose a Pascual II escribió: “Yo estimo, mi padre y señor (…) debo amaros, pero debo amar más aún a aquel a Quien os creó a Vos y a mí (…) Yo no alabo el pacto (firmado por el Papa), tan horrendo, tan violento, hecho con tanta traición (…) tenemos los Cánones, tenemos las constituciones de los santos padres, desde los tiempos de los apóstoles hasta Vos (…) los Apóstoles condenan y expulsan de la comunión de los fieles a todos aquellos que obtienen cargos en la Iglesia por medio del poder secular (…) Esta determinación de los apóstoles (…) es santa, es católica, y quien quiera la contradiga no es católico. Pues solamente son católicos los que no se oponen a la fe y a la doctrina de Iglesia católica. Y por el contrario, son herejes los que se oponen obstinadamente a la fe y a la doctrina de la Iglesia católica”. Cuando el Papa Pascual II, finalmente se retractó delante del Sínodo reunido en Roma, para examinar la cuestión, San Bruno exclamó: “Dios sea loado, pues he aquí que el propio Papa condena ese pretendido privilegio (sobre las investiduras o el poder temporal), que es herético”. Con esta frase, San Bruno por primera vez, daba a entender públicamente, cuánto sospechaba él de la ortodoxia de Pascual II.

Sobre el cuarto punto, en cuanto al axioma donde está el Papa está la Iglesia, vale cuando el Papa se comporta como Papa y jefe de la Iglesia, en caso contrario ni la Iglesia está en él, ni él en la Iglesia, tal como el cardenal Journet expone citando al cardenal Cayetano.

En cuanto al quinto y último punto, recordemos las quizás más importantes palabras pronunciadas por Monseñor Lefebvre: “No somos nosotros, sino los modernistas quienes salen de la Iglesia. En cuanto a decir “salir de la Iglesia VISIBLE”, es equivocarse asimilando Iglesia oficial a la Iglesia visible”. (…) “¿Salir, por lo tanto, de la Iglesia oficial? En cierta medida, ¡!, obviamente”. (Extractos de la conferencia dada por S. Exc. Mgr Lefebvre, Ecône el 9 de septiembre de 1988, después del Retiro sacerdotal. Fideliter n° 66. Noviembre- Diciembre de 1988).

“Es increíble que se pueda hablar de Iglesia visible en relación a la Iglesia conciliar y en oposición con la Iglesia Católica que nosotros intentamos representar y seguir”. (…) “Somos nosotros quienes tenemos las notas de la Iglesia visible: la unidad, la catolicidad, la apostolicidad, la santidad. Es eso lo que constituye la Iglesia visible”. (…) “Somos nosotros quienes estamos con la infalibilidad, no la Iglesia conciliar. Ella está en contra de la infalibilidad, es absolutamente cierto”. (…) “Obviamente estamos en contra de la Iglesia conciliar, que es prácticamente cismática, incluso si no lo aceptan. En la práctica es una Iglesia virtualmente excomulgada, porque es una Iglesia modernista. (Fideliter n° 70. Julio-Agosto de 1989).

Luego, la iglesia oficial que es modernista y apostata, no es la Iglesia Visible. Recordemos lo que Nuestra Señora de La Salette dijo: Roma perderá la fe y será la sede del Anticristo.

Tenemos que ni sedevacantismo dogmático-voluntarista-nominalista, visceral y fideísta a lo thucista total, ni a lo thucista-guerardiano (Papa material pero no formal); ni antisedevacantismo igualmente dogmáticovoluntarista-nominalista, visceral y fideísta, a lo Neo-Fraternidad (Schmidberger, Mons. Fellay y compañía), sino sedevacantismo teológico como conclusión teológica cierta y evidente quoad sapiéntes pero no quoad ómnibus (para los entendidos, pero no para todos), según el punto de vista de San Roberto Belarmino y de San Alfonso María de Ligorio que afirman que un Papa puede desviarse en la fe y caer en la herejía cuando no habla ex cathedra confirmando en la fe a sus hermanos y pierde el pontificado “ipso facto”, por el mismo hecho de la herejía manifiesta, notoria y pública, sin ninguna necesidad de declaración que lo deponga como afirman Cayetano y Suarez erróneamente y son refutados expresamente por San Roberto Belarmino.

Es curioso, pero los extremos opuestos “per diámetrum”, se juntan y así tenemos como el fideísmo visceral de estos sedevacantistas como antisedevacantistas se reduce en definitiva en la posición del cortesano vaticanista holandés Pighi (paisano del Papa Adriano VI), quien afirma que un Papa no puede ser hereje, como dogma de fe. Sacando conclusiones opuestas, unos que no cae en herejía y siempre sigue siendo Papa y otros que si cayó en herejía fue porque nunca fue verdadero Papa legítimo.

Y en esta estúpida dialéctica infernal, nos encontramos inmersos tanto tradicionalistas como modernistas sin poder esclarecer la lúcida verdad.

Por no tener en cuenta lo que afirma San Roberto Belarmino, después de refutar las demás sentencias dice: “La opinión verdadera es la quinta, de acuerdo con la cual el Papa hereje manifiesto deja por sí mismo de ser Papa y cabeza, del mismo modo que deja por sí mismo de ser cristiano y miembro del Cuerpo de la Iglesia. Esta es la sentencia de todos los antiguos Padres”.

Y citando a Melchor Cano (quien refuta a Pighi), San Roberto Belarmino manifiesta: “Lo mismo lo dice Melchor Cano, enseñando que los herejes no son parte ni miembros de la Iglesia, y que no se puede ni siquiera concebir que alguien sea cabeza y Papa, sin ser miembro y parte”.

Y para finalizar, recordemos lo que San Roberto Belarmino decía: “Los Santos Padres enseñan unánimemente, no sólo que los herejes están fuera de la Iglesia, sino también que están ‘Ipso facto’ privados de toda jurisdicción y dignidad eclesiástica”. Entre ellos están San Cipriano, San Ambrosio y San Agustín.

P. Basilio Méramo
Bogotá, 26 de Febrero de 2020

viernes, 11 de enero de 2019

EL OBSTÁCULO SEGÚN SAN PÍO X

Sobre lo del obstáculo que le mencioné, aquí le envío un texto de San Pío X que nos desvela cuál es, haciendo alusión al modernismo al que le parece natural y aun necesario que la Iglesia abandone algo de su integridad doctrinal.
  
Pues al modernismo se la hace intolerable que en medio del progreso de la ciencia, la Iglesia sea la única que pretende permanecer inmóvil en sus principios. Se olvida así el mandato del Apóstol (San Pablo). Te ordeno delante de Dios y de Jesucristo observar este mandato (la doctrina que había enseñado) inmaculado, intacto, hasta la venida de Nuestro Señor Jesucristo (I Tim. 6, 13-14). Y continúa San Pío X (pues lo anterior está extraído del mismo texto no haciendo otra cosa que prácticamente copiar): Cuando esta doctrina no pueda ya guardarse incorruptible y que el imperio de la verdad no sea ya posible en este mundo, entonces el Hijo de Dios aparecerá una segunda vez. Pero hasta ese último día debemos mantener intacto el depósito sagrado y repetir la gloriosa declaración de  San Hilario: ‘vale más morir en este siglo que corromper la castidad de la verdad’.” (Pie X, Jérôme Dal-Gal 1953, p. 107-108).
  
En conclusión sobre este texto se tiene:
1) Que el depósito sagrado de la Fe, la doctrina divinamente revelada perdura hasta la segunda venida  de Cristo, es decir que cuando se corrompa, según San Pío X, es la hora o el momento para volver a Nuestro Señor.
2) Que cuando [los hombres de]la Iglesia (oficial, la jerarquía) ceda descuidando el celo y la prudencia que son  necesarios para conservar la pureza de la doctrina (a lo cual hace referencia San Pío X), no pudiéndose mantener incorruptible y pura la doctrina católica y en consecuencia en este mundo (con Iglesia y  todo) el imperio de la verdad no sea ya vigente, no pueda ser más sostenido, es decir no sea ya posible seguir sosteniendo el imperio de la verdad en el mundo y en la Iglesia (por una vil adulteración, corrupción de la verdad, Cristo volverá.
3) Y para que Cristo vuelva tiene que venir primero el Anticristo (tanto en el orden político o civil como en el orden religioso, la doble Bestia Feroz) y para que aparezca primero tiene que ser quitado del medio el obstáculo que le detiene o ataja.
4) Se deduce lógica y claramente del texto de San Pío X que el obstáculo ha de ser el imperio de la verdad en el mundo y la doctrina incorruptible de la Iglesia, que es en última instancia quien lo mantiene.
5) Para San Pío X la venida de Cristo en gloria y majestad está condicionada o relacionada con la permanencia incorruptible de la verdad, de la doctrina enseñada por Él y sus Apóstoles y que ha sido fielmente transmitida y santamente custodiada por la Iglesia y el Papa. Luego cuando esto no sea más posible, Cristo volverá para destruir con su sola presencia al Anticristo y a todos los que no amaron la verdad. Cuando la incorruptibilidad inmaculada y virginal de la doctrina de la verdad católica no pueda más guardarse, vendrá una segunda vez Cristo con toda la gloria y la majestad de su inefable presencia.

A continuación traigo algunas citas bíblicas con algún comentario que pueden ayudar a entender mejor las cosas:
“Con respecto a la Parusía de Nuestro Señor Jesucristo… Nadie os engañe en manera alguna, porque primero debe venir la apostasía y hacerse manifiesto el hombre de iniquidad, el hijo de perdición, el adversario, el que se ensalza sobre todo lo que se llama Dios o sagrado, hasta sentarse el mismo en el templo de Dios, ostentándose como si fuera Dios… [esto es el Anticristo religioso o Pseudoprofeta la Bestia Feroz con apariencia de cordero (2 cuernos = mitra) pero que habla (seductoramente) como el Dragón (lenguaje infernal de seducción religiosa o diabólica inversión de la religión, por eso es Anticristo) es decir invierte en el nombre de Dios y con la autoridad divina o investidura religiosa dentro del templo o Iglesia ostentándose como si fuera Dios, es decir disponiendo y cambiando todo como si fuera Dios. Y exigiendo sagrada obediencia en el nombre de Dios], ahora ya sabéis que es lo que le detiene para que su manifestación sea a su debido tiempo. El misterio de iniquidad ya está obrando ciertamente, sólo hay el que ahora detiene hasta que aparezca de en medio. Y entonces se hará manifiesto el inicuo, a quien el Señor Jesús matará con el aliento de su boca y destruirá con la manifestación de su Parusía” (II Tes. 2, 1; 2, 3-4 y 2, 6-8).
    
El misterio de iniquidad, o misterio del mal, del error, de la injusticia, el misterio de la antiverdad (verdad invertida) culminará con el Anticristo y la Gran Apostasía, por justo castigo al no amar lo shombres la verdad, tal como explica el mismo San Pablo, pues aparecerá el Anticristo (el inicuo) con toda seducción de iniquidad, para los que han de perderse en retribución de no haber aceptado para su salvación el amor de la verdad. Y por esto Dios les envía poderes de engaño [falsa autoridad] a fin de que crean la mentira, para que sean juzgados todos aquellos incrédulos a la verdad, los cuales se complacen en la injusticia.” (II Tes. 2, 10-12).

La injusticia, la impiedad, la falta de amor a la verdad, es la causa del Misterio de Iniquidad pues atenta contra Dios que es la Verdad y la Caridad, la Caridad de la Verdad, Cristo es la Verdad, el Espíritu Santo es el Espíritu de la Verdad, la Verdad Primera sobrenatural es el objeto de la Fe, como dice Santo Tomás. Es la Verdad la que nos hace libres como afirma Nuestro Señor (Jn. 8, 32), es en definitiva el Imperio de la Verdad que detiene al Anticristo y cuando sea quitado de en medio, es decir que no sea posible sostener más este Imperio de la Verdad como dice San Pío X, vendrá Cristo Rey, a rescatar a su Iglesia reducida a un pequeño rebaño fiel disperso por el mundo, en un mundo en lo cual ya no se encontrará más la Fe. Pero el Hijo del hombre, cuando vuelva, ¿hallará por ventura Fe sobre la tierra?” (Lc. 18, 8) y por eso está irremediablemente el mundo perdido, pues la victoria (I Jn 5, 4)  sobre el mundo es la Fe. Pero el justo vivirá de la Fe (Rom. 1, 17; Gál. 3, 11) porque todo lo que no es de la Fe, acorde a la Fe, es pecado (Rom. 14, 23).

Respecto a lo que se ha dicho por muchos santos y comentadores sobre el obstáculo, se puede decir que en el imperio de la verdad están todas esas cosas de algún modo incluidas, pues la verdad tiene muchas expresiones como el derecho y la justicia que el Imperio Romano de algún modo procuraba y de este Imperio temporal que continúa cambiado en espiritual, es decir la Fe católica de la Iglesia Romana (San León Papa – Santo Tomás de Aquino), la Civilización Católica (forjada por la fe de la Iglesia), el Espíritu Santo como espíritu de verdad, que a su vez garantiza con su asistencia la infalibilidad de la Iglesia y del Papa, el Romano Pontífice como vértice de la jerarquía de la Iglesia, como principal garante y referencia de la Fe en la cual debe confirmar a sus hermanos, etc. Todo esto y muchas cosas más quedan incluidas en el Imperio de la Verdad sostenido por la incorruptibilidad de la doctrina de la Fe católica como la Iglesia Romana.
  
Creo que con esto se puede sin protagonismos afirmar que el obstáculo queda descubierto gracias a San Pío X y que ha sido quitado de en medio, pues lo que hoy impera en el mundo es el error, la confusión, la ignorancia, la corrupción o cualquier cosa menos la Verdad y menos en el orden sobrenatural que en el natural, donde se proclama la libertad religiosa [Concilio Vaticano II y magisterio postconciliar] en contra de la Verdad que es la única que nos hace libres.
  
Lisboa, 13 de Febrero de 2005.
Basilio Méramo Pbro.

miércoles, 1 de marzo de 2017

LA CONEXIÓN CANONICA VISIBLE CON EL PAPA QUE ESGRIME “MONSEÑOR” SCHNEIDER

  
Al igual que los cabestros (el toro castrado y dócil) son utilizados para conducir al toro de lidia al corral sacándolo del ruedo, Mons. Schneider es utilizado con todo su andamiaje (ropaje de obispo a lo tradicional) y con cierta mentalidad más conservadora que tradicional, para conducir a la Fraternidad San Pío X al acuerdo con Roma Apóstata. Dicho prelado en una reciente entrevista del 5 de febrero de 2017 dice que no es una cuestión de un acuerdo, porque cuando se habla de acuerdo existen diferencias. Pero en este caso, no existen diferencias en cuanto a la fe, en la fe católica. Recordemos que Mons. Fellay hace tiempo había afirmado que él aceptaba el 95% del Concilio Vaticano II, y por eso iría corriendo si le guiñaban el ojo. Así se puede comprender la afirmación de Mons. Schneider, pues el 5% no es un problema para un buen comerciante que bien puede hacer un descuento que además es mínimo o insignificante.
  
Así, según “Mons.” Schneider es más bien una cuestión de disciplina y de pastoral. Pero el problema está en que no se tiene el reconocimiento de la Santa Sede y esto es un requerimiento indispensable para ser católico, pues hay que tener la conexión canónica visible con la Cátedra de Pedro, al Vicario de Cristo. No puede ser más exacto y claro, esto no lo puede negar, ni desconocer ningún católico sin ser un cismático o un hereje, es un punto doctrinal y hay que aceptarlo, de lo contrario no se es católico, tal como deja ver dicho “perlado”.
  
Un principio doctrinal no se cuestiona y menos si se trata de un dogma de fe, pero una cosa es la doctrina y otra su aplicación en concreto según las circunstancias y el sujeto. Un ejemplo puede ayudar a distinguir, es un dogma de fe la presencia real substancial y personal de Nuestro Señor Jesucristo en toda hostia válidamente consagrada, pero no es de fe que esta hostia o aquella realmente lo esté. Santo Tomás expone el asunto. Lo mismo acontece con el Papa, es de fe que todo sucesor legítimo de Pedro es Papa, pero que este o aquel lo sea, no es de fe. De no ser verdad habría santos de talla como por ejemplo San Vicente Ferrer que serían herejes, y esto no es verdad.
  
Por eso los teólogos según la doctrina de la Iglesia se plantearon la consideración teológica de un Papa cismático, hereje o apóstata y la cuestión jurídica de la legitimidad, de la jurisdicción. Baste recordar, para que quede claro, lo que un teólogo como el cardenal Cayetano, de gran renombre, decía ante el adagio tan popular: ubi Petrus ibi Ecclésia (allí donde está Pedro está la Iglesia), y que el cardenal Journet saca a relucir:
“En cuanto al axioma ‘donde está el Papa está la Iglesia’, vale cuando el Papa se comporte como Papa y jefe de la Iglesia; en caso contrario, ni la Iglesia está en él, ni él en la Iglesia”. (Arnaldo Vidigal Xavier Da Silveira, Implicaciones Teológicas y Morales del Nuevo ‘Ordo Missæ’, mimeografiado en junio 1971, Sao Paulo-Brasil, p. 185).
  
Esto basta para responder a Mons. Schneider, es decir, que la conexión canónica visible con el Papa es indispensable para ser católico, es verdadera y válida en el supuesto de que el Papa se comporte como Papa y jefe de la Iglesia, de lo contrario, ni la Iglesia está en él, ni él en la Iglesia, y esto sucede cuando un Papa se comporta como enemigo de la verdad revelada en vez de defenderla y confirmar a sus hermanos en la fe, para lo cual posee la infalibilidad bajo muy estrictas condiciones garantizando la verdad revelada ex offício desde la cátedra de Pedro (ex cáthedra).
  
El cardenal San Roberto Belarmino decía ante la eventualidad de un Papa desviado de la fe, de un Papa hereje:
“Pues, en primer lugar, se prueba con argumentos de autoridad y de razón que el hereje manifiesto está ‘ipso facto’ depuesto. El argumento de autoridad se basa en San Pablo (Epist. Ad Titum, III), que ordena que el hereje sea evitado después de dos advertencias, es decir, después de revelarse manifiestamente pertinaz, lo que significa antes de cualquier excomunión o sentencia judicial. Es eso lo que escribe San Jerónimo, agregando que los demás pecadores son excluidos de la Iglesia por sentencia de excomunión, pero los herejes se apartan y separan a sí mismos del Cuerpo de Cristo. (…) Este principio es certísimo. El no cristiano no puede de modo alguno ser Papa, como lo admite el propio Cayetano (ibídem, cap.26). La razón de ello es que no puede ser cabeza el que no es miembro; ahora bien, quien no es cristiano no es miembro de la Iglesia; y el hereje manifiesto no es cristiano, como claramente enseñan San Cipriano (Lib. IV, Epist. II), San Atanasio (ser. II cont. Arrian.), San Agustín (Lib. De grat. Christ. Cap. XX), San Jerónimo (cont. Lucifer) y otros; luego el hereje manifiesto no puede ser Papa”. (Ibídem, p. 167).
  
Más adelante se dice en el siguiente texto, que por sí solo basta para tener clara la cuestión sobre el Papa, que para muchos es inadmisible (por eso lo resaltamos en negrita)  en el cual S. Roberto Belarmino secunda la doctrina que expone Melchor Cano:
“Lo mismo dice Melchor Cano (lib. 4, de loc. cap. 2), enseñando  que los  herejes no son parte ni miembros de la Iglesia, y que no se puede ni siquiera concebir que alguien sea cabeza y Papa, sin ser miembro y parte”. (Ibídem, p.173).
  
Por eso Mons. Lefebvre llegó a decir lo mismo mostrando:
“Que no es de certeza absoluta que el Papa sea verdaderamente Papa. La herejía, el cisma, la excomunión ipso facto, la invalidez de la elección, son tantas causas que, eventualmente, pueden hacer que un Papa jamás lo haya sido o que no lo sea más. En tal caso, evidentemente muy excepcional, la Iglesia se encontraría en una situación parecida a aquella que acontece después de la muerte de un Sumo Pontífice”. (La Condamnation Sauvage de Mgr. Lefebvre, Iténeraires, n° spécial décembre. 1976, p. 176).
Luego, de qué jurisdicción y derecho vienen a hablar cuando ya decía San Cipriano citado por San Roberto Belarmino:
“Afirmamos que absolutamente ningún hereje y cismático tiene poder y derecho alguno”. (Ibídem, p.169).
  
Tenemos, también, otro texto del cardenal Cayetano que rompe el tabú que hoy en día se tiene de lado y lado, tanto antisedevacantistas y sedevacantistas dogmáticos viscerales (ambos), en su acre miopía teológica conceptual:
“Si alguien, por un motivo razonable, tiene por sospechosa la persona del Papa y rechaza su presencia e incluso su jurisdicción, no comete delito de cisma, ni ningún otro, a condición de que esté dispuesto a aceptar al Papa si él no fuera sospechoso. Va de suyo, que se tiene el derecho de evitar lo que es perjudicial y de prevenir los peligros…”. (Tommaso de Vio cardenal Cayetano O.P. Commentatarium in II-II, 39, 1. Citado en: Catéchisme Catholique de la Crise dans l’Eglise, Mayo 2008, Abbé Matthias Gaudrom FSSPX).
Con esto queda más que despachado “Mons.” Schneider.
  
De otra parte no hay que olvidar la sentencia de San Roberto Belarmino que  refuta toda objeción  sobre el tema contra  la defección en la fe de un Papa:
“Sobre eso se debe observar que, aunque sea probable que Honorio no haya sido hereje, y que el Papa Adriano II,  engañado por documentos falsificados del VI Concilio, haya errado al juzgar a Honorio como hereje, no podemos sin embargo negar que Adriano, juntamente con el Sínodo romano e inclusive con todo el octavo Concilio general, consideró que en caso de herejía el Pontífice Romano, puede ser juzgado”. (Ibídem, p.154).
Esto echa por tierra todas las elucubraciones y objeciones que giran en torno a documentos falsificados por los orientales, pues queda claro que aunque hubiere sido así, el principio de juzgar a un Papa hereje es aceptado, reconocido y afirmado, por encima de todo, y contra esto no valen argumentos.
  
El Papa San León II (682-683) dijo:
“Anatematizamos también a los inventores del nuevo error: Teodoro Obispo de Pharam, Ciro de Alejandría, Sergio, Pirro, (…) y también Honorio que no ilustró esta Iglesia apostólica con la doctrina de la Tradición apostólica, sino que permitió, por una traición sacrílega, que fuese maculada la fe inmaculada”. (Ibídem, p.148).
  
Y en carta a los Obispos de España, San León II declara que Honorio fue condenado porque:
“(…) no extinguió, como convenía a su autoridad apostólica, la llama incipiente de la herejía, sino que la fomentó por su negligencia”. (Ibídem, p.148).
Y en una carta a Ervigio, rey de España, San León II repitió que, con los heresiarcas citados, fue condenado:
 “(…) Honorio de Roma, que consintió que fuese maculada la fe inmaculada de la tradición apostólica, que recibiera de sus predecesores” (Ibídem, p.148).
  
El Papa Adriano II (869-870) en un discurso dirigido al VIII Concilio Ecuménico (867-872) expresó:
“Leemos que el Pontífice Romano siempre juzgó a los jefes de todas las iglesias (esto es, los Patriarcas y Obispos); pero no leemos que jamás alguien lo haya juzgado. Es verdad que, después de muerto, Honorio fue anatematizado por los Orientales; pero se debe recordar que él fue acusado de herejía, único crimen que torna legítima la resistencia de los inferiores a los superiores, y así como el rechazo de sus doctrinas”. (Ibídem, p.149).
  
El Papa Inocencio III (1198-1216) afirmó en un sermón:
“La fe es para mí a tal punto necesaria que, teniendo a Dios como a mi único juez, en cuanto a los demás pecados, sin embargo, solamente por el pecado que cometiese en materia de fe, podría ser yo juzgado por la Iglesia”. (Ibídem, p, 153).
  
El gran cardenal Torquemada, tío del Gran Inquisidor de España Torquemada, y uno de los teólogos más ilustres del siglo XV, en el cual muchos encontraron sus argumentos, como Cayetano, Melchor Cano y otros, aun siendo un gran defensor del primado del Papa, afirma con tres argumentos que un Papa puede caer en cisma:
“1- (… ) por desobediencia, el Papa puede separarse de Cristo, que es la cabeza principal de la Iglesia y en relación a quien la unidad de la Iglesia primeramente se constituye. Puede hacer eso desobedeciendo la ley de Cristo u ordenando lo que es contrario al derecho natural o divino. De ese modo, se separaría del cuerpo de la Iglesia, en cuanto está sujeta a Cristo por la obediencia. Y así, el Papa podría sin duda caer en cisma.
 2- El Papa puede separarse sin ninguna causa razonable, sino por pura voluntad propia, del cuerpo de la Iglesia y del colegio de los sacerdotes. Hará eso si no observare aquello que la Iglesia universal observa con base en la tradición de los Apóstoles, según el c. ‘Ecclesiasticárum’, d.11, o si no observare aquello que fue, por los Concilios universales o por la autoridad de la Sede Apostólica, ordenado universalmente, sobre todo en cuanto al culto divino. Por ejemplo, no queriendo personalmente observar lo que se relaciona con las costumbres universales de la Iglesia o con el rito universal del culto eclesiástico. (…) Apartándose de tal modo y con pertinacia de la observancia universal de la Iglesia, el Papa podría incidir en cisma. La consecuencia es buena; y el antecedente no es dudoso, porque el Papa, así como podría caer en herejía, podría también desobedecer y con pertinacia dejar de observar aquello que fue establecido para el orden común en la Iglesia. Por eso, Inocencio dice que en todo se debe obedecer al Papa, en cuanto este no se vuelva contra el orden universal de la Iglesia, pues, en tal caso el Papa no debe ser seguido, a menos que haya para eso causa razonable (…).
3- Supongamos que más de una persona se considere Papa y que uno de ellos sea tenido por verdadero Papa, aunque tenido por algunos como probablemente dudoso. Y supongamos que ese Papa verdadero se comporte con tanta negligencia y obstinación de la búsqueda de la unión de la Iglesia, que no quiera hacer cuanto pueda para el establecimiento de la unidad. En esa hipótesis, el Papa sería tenido como fomentador del cisma, conforme muchos argumentaban, aún en nuestros días, a propósito de Benedicto XIII y de Gregorio XII”. (Ibídem, p.186-187).
  
Respecto al adagio tan esgrimido de modo incorrecto: la sede suprema por nadie es juzgada (prima sedes a némine judicátur), he aquí lo que no se dice ni se tiene en cuenta  y que el Decreto de Graciano del siglo XII (alrededor de 1140) dice en uno de sus cánones atribuido a San Bonifacio Mártir:
“Ningún mortal tendrá la presunción de argüir al Papa de culpa, pues, incumbido de juzgar a todos, por nadie debe ser juzgado a menos que se aparte de la fe”. (Ibídem, p.152).
  
Uno de los grandes teólogos del Concilio de Trento, Melchor Cano, refuta directamente a Albert Pighi y la innovadora tesis de este holandés del siglo XVI, prelado palaciego de la corte del Papa Adriano VI (Papa  holandés también) y que después el canonista francés Bouix retoma en el siglo XIX. Esta es la valiosa exposición de Cano contra Pighi resumida:
“Una cosa es en Pedro, lo que se refiere a la excelencia privada del hombre, y otra cosa lo que pertenece a la común utilidad de la Iglesia. Que negara a Cristo, era del hombre, que confirmara a sus hermanos, era de la Iglesia. Aquello es propio, esto es común.

Semejantemente, que la fe propia de Pedro fuese siempre conservada interiormente, era privilegio del hombre, pero que propusiera la fe sólida a los que debía confirmar y que no fallara en el juicio de la fe, era privilegio público de la Iglesia.

Por consiguiente, el Obispo Romano no fue heredero ni de los privilegios, ni de las culpas propias de Pedro; las cuales, a saber, por accidente, estaban unidas a la potestad pública de Pedro, sino que le sucedió en aquellas cosas que se refieren a las conveniencias comunes y necesarias de la Iglesia.
  
Pues los privilegios concedidos por Cristo a los Apóstoles, de una manera se refieren a ellos y de otra manera a sus sucesores. Ciertamente, en los Apóstoles hubo privilegios personales de mayor de mayor gracia que en los sucesores. Como, por ejemplo, aquellas palabras cualquier cosa que ligares sobre la tierra etc., y por aquellas otras como me envió mi Padre, así os Yo os envío, etc., entendemos que los Apóstoles recibieron potestad en general en todo el orbe. (…) Pero los obispos posteriores no sucedieron a los Apóstoles en la potestad general extraordinaria; sino en la ordinaria, la cual cada uno de los Apóstoles tuvo en sus iglesias.
  
 (…) Hay otro ejemplo. A partir de aquellas palabras, Yo rogaré a mi Padre, y os dará al Paráclito, para que permanezca con vosotros para siempre el Espíritu de Verdad; ciertamente de manera recta concluyen los teólogos que los Apóstoles después de la venida del Espíritu Santo fueron confirmados en gracia. Además, este espíritu no pasó a los obispos sucesores para que en ellos permanezca eternamente por la confirmación de la gracia, lo cual fue dado a los Apóstoles como privilegio personal, sino que solamente pasó a los posteriores pastores de la Iglesia, aquello que era necesario para la utilidad común de la Iglesia.
  
Así el privilegio de la fe indefectible, que en Pedro fue también, personal, fue transmitido totalmente a los obispos Romanos, no en aquello que era peculiar de Pedro, sino en aquello que era común a la Iglesia. De donde las otras objeciones son rechazadas, las cuales han sido expuestas por la sentencia de Alberto [Pighi].  Pues, no es necesaria para la Iglesia la fe interior del Romano Pontífice, ni que el error oculto y privado de su mente pueda dañar a la Iglesia de Cristo.
  
De donde no es necesario, que Dios siempre asista a los Pontífices Romanos en la conservación de la fe interior. Porque, mientras decreten aquellas cosas que deben ser creídas  por los fieles, y mientras dirijan en la fe a la Iglesia de Cristo, no fallen, sino que sean sostenidos por la mano divina, esto es necesario a la Iglesia, y por consiguiente, esto no será negado a los Obispos Romanos, ni tampoco a los débiles que yerran en otras cosas privadamente, para que por el error de la potestad pública no hagan estar a la Iglesia  en la común ignorancia de la verdad”. (De Locis Theológicis Melchóris Cani, Ópera de Ecclésiæ Románæ Autoritáte, Tomus I, Liber Sextus, ed. Typographia Regia -Vulgo de la Gazeta- Matriti 1776, p. 441-443).
  
San Alfonso de Ligorio cataloga a Pighi en el extremo erróneo opuesto al de Lutero y Calvino quienes negaban toda infalibilidad pontificia, analizando las diversas opiniones que hay entorno a  la infalibilidad del Papa:
“1° La primera es la de Lutero y Calvino, quienes enseñan esta doctrina herética, que el Papa es falible, incluso cuando habla como Doctor universal y de acuerdo con el Concilio.
2° La segunda, que es precisamente la opuesta de la primera, es aquella de Alberto Pighius, que sostiene que el Papa no puede errar, incluso cuando habla como doctor privado.
3° La tercera es aquella de algunos autores que sostienen que el Papa es falible en las enseñanzas dadas fuera del Concilio (…).
4° La cuarta opinión, que es la opinión común y a la cual nosotros adherimos, es esta: bien que el Pontífice Romano puede errar como simple particular o doctor privado, así como en las puras cuestiones de hecho que dependen principalmente del testimonio de los hombres, sin embargo, cuando el Papa habla como doctor universal definiendo ex cathedra, es decir en virtud del poder supremo transmitido a Pedro de enseñar a la Iglesia, decimos que él es absolutamente infalible en la decisión de las controversias relativas a la fe y a las costumbres. Esta opinión es defendida por Santo Tomás, Torquemada, de Soto, Cayetano…”. (Œuvres Completes de S. Alphonse de Ligouri, Œuvres Dogmatiques, Traduites par le P. Jules Jacques, extrait du tome IX, Traités sur le Pape et sur le Concile, 1887, ed. Joris M. Desbonnet, Gent, Belgium 1975, p. 286-287-292-293).
  
Con respecto a la expresión doctor privado hay que decir que no es muy satisfactoria, ni exacta, tal como lo hace ver Palmieri:
“En esta hipótesis, no se dice con  suficiente propiedad  que él habla como ‘doctor privado’. Pues, aunque no hable con la plenitud de su autoridad, habla sin embargo con autoridad; por eso, el Romano Pontífice que se pronuncia de esa forma no puede ser rebajado a la categoría de cualquier doctor privado que no tenga autoridad alguna”. (Tractus De Románo Pontífice, p.632).
  
Queda claro que la expresión doctor privado, aunque poco feliz (inexacta), es utilizada como contrapuesta a doctor ex cathedra, es decir en la suprema plenitud de su autoridad magisterial, y fuera de esa particularidad se llama doctor privado, es decir no ex cáthedra, aunque lo haga como Papa y públicamente pero sin ejercer la potestad suprema infalible.
  
Hemos visto como Pighi es directa y específicamente refutado por Melchor Cano y tanto como por San Alfonso y, además, como lo clasifica San Alfonso poniéndolo en el extremo opuesto del error protestante de Lutero y Calvino para colmo. Así que todos los que hoy son antisedevacantistas como los que son sedevacantistas fideístas, dogmáticos y viscerales, ambos se fundamentan en Pighi, pero con conclusiones diametralmente opuestas en permanente dialéctica diabólica y fuente de división y de discordias interminables que favorecen a Roma (babilónica) Anticristo, y que ella a su vez promueve.
  
Quede claro que el sedevacantismo teológico no tiene nada que ver en cuanto a los principios con ninguna de estas dos posturas, aunque con una de ellas la conclusión es prácticamente la misma pero no en cuanto a sus principios y fundamentos, así pues el sedevacantismo teológico es una conclusión cierta y evidente quoad sapiéntes, no quoad ómnibus, es decir no evidente para todos sino para los entendidos en la materia.
  
Cabe aclarar, que algunos, no pocos confunden conclusión teológica con dogma, aunque ambas versan sobre la fe, pero la una es materialmente de fe y el otro es formalmente de fe; el paso de la conclusión teológica materialmente de fe, al dogma formalmente de fe, lo hace el magisterio infalible de la Iglesia, esa es la diferencia. El no entender esto hace caer en una dialéctica infernal inacabable entre sedevacantistas dogmatizantes y antisedevacantistas igualmente dogmatizantes. Dios quiera que esto se comprenda, pues no hace más que dividir a los tradicionalistas frente a la Roma Modernista y Apóstata, que es la única que se beneficia con todo estas disputas.
  
P. Basilio Méramo
Bogotá, 28 de Febrero de 2017

viernes, 24 de febrero de 2017

LA DOBLE HEREJÍA DEL “NUEVO CATECISMO CATÓLICO”: SEMIARRIANISMO Y GNOSIS

LA DOBLE HEREJÍA DEL “NUEVO CATECISMO CATÓLICO”: SEMIARRIANISMO Y GNOSIS.

En realidad hay que decir que se trata del Nuevo Catecismo herético que no es de la Iglesia Católica, Apostólica y Romana, sino de la Nueva Iglesia Conciliar, (o Postconciliar, como más guste), Anti-Iglesia del Anticristo (religioso, el Pseudoprofeta), o Contra-Iglesia. Pues de eso se trata, de otra Iglesia, que no es la Iglesia de Dios ni la Iglesia verdadera fundada por Nuestro Señor Jesucristo, pues sólo así pudo tener lugar un Concilio Ecuménico no infalible, y por propio principio ilegítimo; pues todo Concilio Ecuménico legítimo de la Santa Madre Iglesia Católica, es por definición, infalible. Únicamente un falso Concilio Ecuménico pudo ser falible.
   
La verdadera y única Iglesia de Dios, de Jesucristo, queda reducida a un pequeño rebaño fiel (púsillus grex), es la reducción de la Iglesia representada en el Apocalipsis en la visión de la Medición del Templo. Puesto que Roma perderá la fe y será la sede del Anticristo, como lo anunció Nuestra Señora en La Sallete, y por lo cual Nuestro Señor dijo “¿Cuando vuelva encontraré aún fe sobre la tierra? (Lc. 18,8).
 
Se basa este Nuevo Catecismo supuestamente en el Concilio de Calcedonia (405) que se celebró en contra del Monofisismo (del griego μόνος, monos, «uno», y φύσις, physis, «naturaleza») "una sola naturaleza", ya que estos pretendían defender la divinidad de Cristo en contra del dualismo personal de los nestorianos (quienes afirmaban una doble personalidad en Cristo, es decir, una persona divina y una persona humana), y esto a su vez para refutar a los apolinaristas que afirmaban que Cristo no tenía alma humana, con el fin de garantizar la unión de la divinidad y la humanidad en Cristo; divinidad que a su vez era negada por los arrianos. Como se ve, de una herejía, se pasaba al extremo opuesto con otra herejía.
 
El Nuevo Catecismo, citando el Concilio de Calcedonia, dice en el numeral 467:
“Los monofisitas afirmaban que la naturaleza humana había dejado de existir como tal en Cristo, al ser asumido por su persona divina de Hijo de Dios. Enfrentado a esta herejía, el cuarto Concilio Ecuménico en Calcedonia, confesó en el año 451: ‘Siguiendo, pues, a los Santos Padres, enseñamos unánimemente que hay que confesar a un solo y mismo Hijo y Señor nuestro Jesucristo: perfecto en la divinidad, y perfecto en la humanidad; verdaderamente Dios y verdaderamente hombre compuesto de alma racional y cuerpo; consubstancial con el Padre según la divinidad, y consubstancial con nosotros según la humanidad,…’ ”. (Catecismo de la Iglesia Católica, ed. San Pablo, Bogotá, año 2000, p.158-159). Las negritas son nuestras para resaltar el error del texto, pues la traducción correcta es consubstancial con el Padre, y de la misma naturaleza con nosotros.
  
Esta afirmación de la consubstancialidad de Cristo con todos los hombres es una enorme herejía y raya en el más crudo y sutil de los errores gnósticos y cabalistas. Pues como es sabido, la Gnosis en general, y la Cábala (gnosis judía) en particular, siempre han afirmado cual común denominador, la divinidad del hombre, ya sea de su ser (esse como flujo o rayo divino, al estilo del Maestro Eckhart) o de su naturaleza (alma con chispa divina o espíritu divino, al estilo más común de la gnosis).
 
Lo grave y lo curioso de esta afirmación herética, es que está literalmente tomada de la traducción del griego al latín, del texto del Concilio de Calcedonia, traducción mal hecha que, como podemos ver, se encuentra también en el Denzinger-Schonmetzer (texto griego-latín) numeral 301, y en el Denzinger (texto español) numeral 148, y que habría que investigar de dónde y cuándo viene el error de dicha mala traducción del griego al latín, y que después pasa del latín al español y demás lenguas vernáculas.
 
El problema radica en que en griego el término homousios (ομοούσιος) tiene un doble significado y por lo mismo es equívoco o ambiguo, ya que está compuesto de dos palabras: homo (de ομο = igual) y usia (ουσία), término este que tiene un doble sentido o significado, ya sea que se entienda como esencia/naturaleza, o que se entienda como substancia/subsistencia, de aquí su ambigüedad o equivocidad, porque no es lo mismo esencia/naturaleza, que substancia/subsistencia; de tal modo que el gran término atanasiano homousios, con el cual se combatió el arrianismo es gramaticalmente ambiguo en griego, pero que los Padres griegos distinguían y aplicaban correctamente según el caso en consonancia con la doctrina católica en contra de la herejía; es decir que el sentido del término homousios gramaticalmente depende de su determinación filosófica y dogmáticamente de su determinación teológica dado por la Iglesia.
 
Pues el término homousios compuesto por el término usia que es equívoco, no tiene la inequivocidad o univocidad que tiene el término consubstancial en latín y en español.
 
Así pues, cuando los Padres Conciliares utilizaban en griego el término homousios para hablar de la unidad de la naturaleza divina del Padre y del Hijo, y usaban el mismo término para hablar de Cristo en su naturaleza humana en relación con la de todos los hombres, no lo hacían en el mismo sentido teológico y doctrinal. Es decir, que utilizaban el mismo término para expresar dos conceptos distintos, pero entendiéndolo correctamente en cada caso.
 
Aunque el término gramaticalmente es el mismo, el significado teológico es distinto, y por eso estaba bien utilizado dentro de la concepción doctrinal de la Iglesia, pero si se traducen los textos del Concilio del griego al latín, y después del latín a las lenguas vernáculas, como por ejemplo el español, el término griego homousios, hay que traducirlo bien, según sea el caso. Se lo debe traducir en un caso por consubstancial y en otro caso por connatural (de la misma naturaleza).
  
Así, decir que Cristo es consubstancial con el hombre por la naturaleza humana, del mismo modo como es consubstancial con el Padre por la naturaleza divina, es el culmen apoteósico y el triunfo de la Gnosis y de la Cábala, pues es la afirmación pura y dura de la divinidad ontológica, entitativa del hombre.
  
Por esto es que en Redémptor Hóminis, Juan Pablo II decía gnóstica y heréticamente, que Cristo se había unido a todo hombre por el hecho de la Encarnación, y así, quedaba divinizada ontológica, entitativamente la naturaleza humana. Por eso Juan Pablo II en su idilio gnóstico-cabalístico decía que Cristo Redentor por la Encarnación se une con todo hombre para siempre y que revela plenamente el hombre al mismo hombre, puesto que el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado.
 
Se entienden, así, las palabras de Nuestro Señor, que ni una iota, es decir ni una letra por pequeña que sea, puede cambiarse, y esa iota fue la que modificaron los arrianos o semiarrianos que relativizaron el homousios agregándole una iota, es decir: a la palabra homousios le agregaron una letra iota, con lo cual pasaba hacer homoiusios entonces, ya no se trata de igualdad substancial sino de semejanza natural, y estos eran los semiarrianos. De igual o misma (homoos = ὁμοος) substancia se pasó a substancia semejante (homoios = ὁμοιος).
 
No hay que olvidar que el término en latín, consubstancial, que goza de una precisión dogmática exclusiva, fue acuñado y definido por el Magisterio Infalible de la Iglesia, ya que el término en griego, homousios, por el mismo genio de la lengua, no logra desambiguar y por eso depende del sentido que se le dé, según la teología de la Iglesia. Queda claro que el término homousios en griego es ambiguo y no tiene la misma precisión que el término latino consubstancial, ya que ousia (ουσία) significa en griego tanto la esencia o la naturaleza (substancia segunda), como la substancia primera, el supuesto, el subsistente, el ente. El término latino consubstantiáliter, tiene una precisión metafísica y teológica que no tiene el término griego homousios, dado que el término ousia del cual proviene, es ambiguo o equivoco en griego, pues puede significar tanto la esencia o naturaleza como la substancia subsistente como ya se dijo.
 
De todos modos esa traducción del griego al latín que incluso trae el Denzinger, que no se sabe de dónde viene y habrá que investigar algún día, es una mala, errónea y herética traducción.
 
Y para descartar que sea un puro error de traducción inadvertido de las autoridades que hicieron el Nuevo Catecismo, y mostrar la mentalidad herético-modernista con la que actuaron, en plena consonancia con el Pseudo Concilio Vaticano II, basta notar cómo al exponer el Credo Niceno Constantinopolitano, donde está el término en latín, consubstancial al Padre lo cambian, ahora sí según su conveniencia herético-modernista, y ponen, de la misma naturaleza, descartando el consubstancial. Con esto se identifican con la herejía arriana o semiarrianos.
  
Esto fue lo que escandalizó al mismo Maritain, considerado Padre del Concilio Vaticano II y de Dignitátis Humánæ sobre la Libertad Religiosa, que llegó a decir que era una fórmula herética, pues reafirma:
“Con el pretexto de que la palabra ‘sustancia’ y, a fortiori la palabra ‘consustancial’ son hoy imposibles, la traducción francesa de la misa hace decir a los fieles, en el Credo, una fórmula que es errónea en sí, e incluso estrictamente hablando, herética. Nos hace decir que el Hijo, engendrado, no creado, es ‘de la misma naturaleza que el Padre’: que es exactamente el homoiousios de los arrianos o semiarrianos, contrapuesto al homoousios o consubstantiális, del Concilio de Nicea. Por rechazar una iota, se padeció en ese tiempo persecución y muerte”. (Revista 30 Días, nº 56, 1992, p.32).
Según la misma Revista, el filósofo Etienne Gilson también hacia la misma crítica, pues no es lo mismo consubstancial que connatural (de la misma naturaleza).
 
De igual modo como todos los hombres somos de la misma naturaleza, como todos los pájaros son de la misma naturaleza (connaturales), el Hijo es de la misma naturaleza que el Padre, pero no sólo es de la misma naturaleza, sino que además, es consubstancial al Padre. Hay, además, de la unidad esencial, la unidad de identidad substancial, la identidad substancial y entitativa en la misma subsistencia divina, es decir, la substancia subsistente, en su mismo subsistir que es la que no puede haber jamás entre Dios y criatura alguna; incluso, para que se vea bien, nosotros podemos ser como dioses por participación de la gracia divina sobrenatural y por la visión beatífica consumada en el cielo, pero siempre por participación, jamás por consubstancialidad; esto es en última y definitiva síntesis, la oposición fundamental entre el cristianismo y la gnosis judeo-cabalística, de aquí la gran tentación de la serpiente: seréis como dioses, que fue un pecado de gnosis.
 
El neoarrianismo y el gnosticismo cabalístico quedan, así, proclamados en la Nueva Iglesia Postconciliar. Han sucumbido a la tercera y última gran tentación. Estos son los errores gnósticos y cabalistas del modernismo que hoy imperan desde Roma, cumpliéndose así la profecía de Nuestra Señora en La Salette cuando dijo, Roma perderá la fe y será la sede del Anticristo.
 
P. Basilio Méramo
Bogotá, 20 de Febrero de 2017

martes, 28 de julio de 2015

"EL LIBERALISMO ES UNA HEREJÍA. NUNCA LO OLVIDEMOS" (PADRE BASILIO MÉRAMO)

Jamás lo olvidemos: el Liberalismo es esencialmente una herejía, y no sólo una incoherencia o una incongruencia. ¿Quién lo dice? Lo dicen como veremos: el Padre Sardá y Salvany, el Padre Ramière, Mons. Ezequiel Moreno (Gran Obispo de Pasto, Colombia, 1895-1906), Monseñor Lefebvre, el P. Castellani y el P. Meinvielle, entre otros.
   
Aquí tenemos los textos:
  
1. El Padre Félix Sardá y Salvany:
“¿Qué es el Liberalismo? En el orden de las ideas es un conjunto de ideas falsas; en el orden de los hechos es un conjunto de hechos criminales, consecuencia práctica de aquellas ideas. En el orden de las ideas el Liberalismo es un conjunto de lo que se llaman principios liberales, con las consecuencias lógicas que de ellos se derivan. Principios liberales son: la absoluta soberanía del individuo con entera independencia de Dios y de su autoridad; soberanía de la sociedad con absoluta independencia de lo que nazca de ella misma, soberanía nacional, es decir, el derecho del pueblo para legislar y gobernar con absoluta independencia de todo criterio que no sea el de su propia voluntad, expresada por el sufragio primero y por la mayoría parlamentaria después; libertad de pensamiento sin limitación alguna en política, en moral o en Religión; libertad de imprenta, así mismo absoluta o insuficientemente limitada; libertad de asociación con iguales anchuras. Estos son los llamados principios liberales en su más crudo radicalismo”. (El Liberalismo es Pecado, ed. Ramón Casals, Barcelona, 1960, p.3).
  
“El Liberalismo es pecado, ya se le considere en el orden de las doctrinas, ya en el orden de los hechos. En el orden de las doctrinas es pecado grave contra la fe, porque el conjunto de las doctrinas suyas es herejía, aunque no lo sea tal vez en alguna que otra de sus afirmaciones o negaciones aisladas. En el orden de los hechos es pecado contra los diversos Mandamientos de la Ley de Dios y de su Iglesia, porque de todos es infracción. Más claro. En el orden de las doctrinas el Liberalismo es la herejía universal y radical, porque las comprende toda; el en orden de los hechos es la infracción radical y universal, porque todas las autoriza y sanciona”. (Ibídem p. 4-5).
  
“En el orden de las doctrinas el Liberalismo es herejía. Herejía es toda doctrina que niega con negación formal y pertinaz un dogma de la fe cristiana. El Liberalismo doctrina los niega primero todos en general y después cada uno en particular. Los niega todos en general, cuando afirma o supone la independencia absoluta de la razón individual en el individuo y de la razón social o criterio público en la sociedad. Decimos afirma o supone, porque a veces en las consecuencias secundarias no se afirma el principio liberal, pero se le da por supuesto y admitido. Niega la jurisdicción absoluta de Cristo Dios sobre los individuos y las sociedades, y en consecuencia la jurisdicción delegada que sobre todos y cada uno de los fieles, de cualquier condición y dignidad que sean, recibió de Dios la Cabeza visible de la Iglesia. Niega la necesidad de la divina revelación, y la obligación que tiene el hombre de admitirla, si quiere alcanzar su último fin. Niega el motivo formal de la fe, esto es, la autoridad de Dios que revela, admitiendo de la doctrina revelada sólo aquellas verdades que alcanza su corto entendimiento. Niega el magisterio infalible dela Iglesia y del Papa, y en consecuencia todas las doctrinas por ellos definidas y enseñadas. Y después de esta negación general y en globo, niega cada uno de los dogmas, parcialmente o en concreto, a medida que, según las circunstancias, los encuentre opuestos a su criterio racionalista”. (Ibídem, p.5).
  
“Por donde cabe decir que el Liberalismo, en el orden de las ideas, es el error absoluto, y en el orden de los hechos, es el absoluto desorden. Y por ambos conceptos es pecado, ex genere suo, gravísimo; es pecado mortal”. (Ibídem, p.6).
 
“De todas las consecuencias y antinomias que se encuentran en las gradaciones medias del Liberalismo, la más repugnante de todas y la más odiosa es la que pretende nada menos que la unión del Liberalismo con el Catolicismo, para formar lo que se conoce en la historia de los modernos desvaríos con el nombre de Liberalismo católico o Catolicismo liberal. (…) Nació este funesto error de un deseo exagerado de poner conciliación y paz entre doctrinas que forzosamente y por su propia esencia son inconciliables enemigas. El Liberalismo es el dogma de la independencia absoluta de la razón individual y social; el Catolicismo es el dogma de la sujeción absoluta de la razón individual y social a la ley de Dios”. (Ibídem, p.11).
  
“Si bien se considera, la íntima esencia del Liberalismo llamado católico, por otro nombre, llamado comúnmente Catolicismo liberal, consiste probablemente, tan solo en un falso concepto del acto de fe”. (Ibídem, p.12).
  
“Por lo demás se llaman católicos, porque creen firmemente que el Catolicismo es la única verdadera revelación del Hijo de Dios; pero se llaman católicos liberales, o católicos libres, porque juzgan que esta creencia suya no les debe ser impuesta a ellos ni a nadie por otro motivo superior que el de su libre apreciación”. (Ibídem, p.13).
   
“Síguese de ahí que juzgan su inteligencia libre de creer o de no creer, y juzgan asimismo libre la de todos los demás. En la incredulidad, pues, no ven un vicio o enfermedad, o ceguera voluntaria del entendimiento, y más aún del corazón, sino un acto lícito de la jurisdicción interna de cada uno, tan dueño en eso de creer, como en la de no admitir creencia alguna. Por lo cual es muy ajustado a este principio el horror a toda presión moral o física que venga por fuera a castigar o a prevenir la herejía, y de ahí su horror a las legislaciones civiles francamente católicas. De ahí el respeto sumo con que entienden deben ser tratadas siempre las convicciones ajenas, aún las más opuestas a la verdad revelada; pues para ellas son tan sagradas cuando son erróneas, como cuando son verdaderas, ya que todas nacen de un mismo sagrado principio de libertad intelectual. Con lo cual se erige en dogma lo que se llama tolerancia, y se dicta para la polémica católica, contra los herejes, un nuevo código de leyes que nunca conocieron en la antigüedad los grandes polemistas del Catolicismo”. (Ibídem, p. 13-14).
  
“Por eso, es Catolicismo liberal, o mejor, Catolicismo falso, gran parte del Catolicismo que se usa hoy entre ciertas personas. No es Catolicismo es mero Naturalismo, es racionalismo puro; es paganismo con lenguaje y forma católica, si se nos permite la expresión”. (Ibídem, p. 15).
   
“Hasta la piedad llega la maléfica acción de este principio naturalista, y la convierte en verdadero pietismo, es decir, en la falsificación de la piedad verdadera, Así lo vemos en tantas personas que no buscan en las prácticas devotas, más que la emoción, lo cual es puro sensualismo del alma y nada más”. (Ibídem, p. 14-15).
  
“Sí; el Liberalismo en todos sus grados y aspectos ha sido formalmente condenado. Así que, además de las razones de malicia intrínseca que le hacen malo y criminal, tiene para todo fiel católico, la suprema y definitiva declaración de la Iglesia, que como a tal le ha juzgado y anatematizado”. (Ibídem, p. 19).
  
“El Liberalismo es, como hemos dicho, herejía práctica, tanto como herejía doctrinal, y aquel principal carácter suyo explica muchísimos de los fenómenos que ofrece el maldito error en su actual desarrollo en la edad moderna”. (Ibídem, p. 124).
  
2. El Padre Enrique Ramière.
“La doctrina Liberal es, pues, en realidad la negación de la soberanía social de Jesucristo”. (La Soberanía Social de Jesucristo, ed. Subirana, Barcelona, 1884, p. 19).
   
“Mas el liberalismo no es tan sólo contrario a la religión de Jesucristo por su origen y por sus consecuencias casi inevitables; lo es también por su esencia. Además de proporcionar a los enemigos de la Iglesia armas para destruirla, la ataca por sí mismo en sus más fundamentales dogmas. Basta, en efecto, examinar esta doctrina en su principio, para comprender que niega los derechos soberanos de Jesucristo, declarando las sociedades temporales independientes de su imperio. Según este principio, la sociedad civil es puramente terrena y no tiene en manera alguna que ocuparse, ni directa ni indirectamente, en los derechos de la verdad ni de los intereses eternos, su único y supremo fin es la felicidad temporal de sus miembros, y la razón su única guía”. (Ibídem, p.17-18).
   
3. Monseñor Ezequiel Moreno Díaz.
“Que el liberalismo es pecado, no es dudoso, es cierto; que es un error contra la Fe tampoco es dudoso, sino cierto; que está condenado por la Iglesia, consta de un modo evidente por el Syllabus y por multitud de documentos pontificios. Sobre este punto, pues, no cabe ya libertad de pensar, sino que hay que pensar como piensa y enseña la Iglesia, so pena de faltar a la Fe, y hacerse reo de pecado y de condenación eterna”. (Un Capítulo de las Relaciones entre el Estado y la Iglesia en Colombia, Carlos Valderrama, ed. Caro y Cuervo, Bogotá, 1986, p. 443).
  
“El liberalismo está condenado por nuestra Santa Madre la Iglesia en todas sus formas y grados, y todo el que se precie de buen católico debe también condenarlo de la misma manera, y rechazar hasta el nombre de liberal” (Ibídem, p. 405).
   
Y por esto, el benemérito Obispo de Pasto mandó a que se pusiera durante sus exequias, sobre el catafalco, el epitafio “El Liberalismo es pecado”.
  
4. Monseñor Nicolás Casas y Conde, de la orden de Agustinos Recoletos, Obispo de Adrianápolis y Vicario de Casanare (Colombia).
“Consiste propia y verdaderamente en negar a Dios su dominio sobre el hombre, o en no querer sufrirlo, puesto que en esa mala disposición del ánimo a rechazar el dominio o soberanía de Dios, sea por negarlo, sea por no querer sufrirlo, se condensa y se completa el vicio capital del liberalismo, es decir, su mayor y más principal malicia.”(Enseñanzas de la Iglesia sobre El Liberalismo, Madrid, 1902, p. 27).
  
“Rebelión, pues, y rebelión manifiesta del hombre contra el dominio, soberanía o autoridad de Dios, es pura y simplemente en su esencia, el liberalismo, como nos lo dice el Papa”. (Ibídem, p. 28).
   
5. Monseñor Marcel Lefebvre.
“Pese al riesgo de repetir lo dicho, vuelvo sobre el tema de la realeza social de Nuestro Señor Jesucristo, ese dogma de fe católica, que nadie puede poner en duda sin ser hereje, si, ¡perfectamente hereje!” (Le Destronaron, ed. Fundación San Pío X, Buenos Aires, 1987, p. 101).
  
“Al respecto, el sostener, como lo hace Vaticano II, una orientación naturalmente recta de todos los hombres hacia Dios, es un irrealismo total y una pura herejía naturalista. ¡Dios nos libre de los errores naturalistas y subjetivistas! Son la marca inequívoca del liberalismo que inspira la libertad religiosa del Vaticano II, ellos no pueden llegar sino al caos social y a la Babel de las religiones”. (Ibídem, p.199).
   
6. El Padre Julio Meinvielle.
“El error ‘naturalista’ que también se llama ‘racionalismo’ o ‘filosofismo’ es la herejía peculiar y distintiva del mundo moderno. Proclama la suficiencia de la humana naturaleza para alcanzar su felicidad. En el fondo constituye la esencia misma de todas las herejías. (...) La independencia o emancipación de la razón, de ahí la terrible herejía del racionalismo o naturalismo que engendra luego los errores sociales del laicismo, liberalismo, socialismo y comunismo”. (De Lamennais a Maritain, ed. Theoria, Buenos Aires, 1967, p. 111 - 112 - 113).
   
“El célebre Cardenal Pie, que fue a mediados del siglo XIX el gran luchador de los Derechos divinos de la Iglesia contra la herejía del naturalismo y del liberalismo y que había de ser una de las mayores lumbreras del Concilio Vaticano, siendo Vicario General de Chartres en 1848, expone los principios justos sobre este punto.” (Ibídem, p. 128 - 129).
   
7. El Padre Leonardo Castellani.
“El liberalismo es una peligrosa herejía moderna que proclama la libertad y toma su nombre de ella. La libertad es un gran bien que, como todos los grandes bienes, sólo Dios puede dar; y el liberalismo lo busca fuera de Dios; y de ese modo sólo llega a falsificaciones de la libertad.” (Cristo ¿Vuelve o no Vuelve?, ed. Dictio, Buenos Aires, 1976, p. 163).
   
“El comunismo no es un partido; el comunismo es una herejía. Es una de las tres ranas expelidas por la boca del diablo en los últimos tiempos, que no son otros que los nuestros. Las otras dos ranas -herejías palabreras que repiten siempre la misma canturria y se han convertido en guías de los reyes, es decir, en poderes políticos- son el catolicismo liberal y el modernismo”. (Ibídem p. 204).
  
“El mundo moderno se ha olvidado bastante de que CRISTO ES REY, cosa que ha recibido de su Padre; por lo cual se instituyó poco ha la festividad de Cristo Rey, contra la herejía del liberalismo”. (El Apokalypsis, ed. Paulinas, Buenos Aires, 1963, p. 52).
  
“... y las tres ranas son tres herejías: nominatim, el liberalismo, el comunismo y el modernismo o naturalismo religioso”. (Ibídem. p. 97).
 
Entonces queda claro así, que el Liberalismo es una gran herejía y es, además, la gran herejía con dimensión apocalíptica.
   
P. Basilio Méramo
Bogotá, 22 de Julio de 2015

jueves, 9 de julio de 2015

DE SACRIFICIOS Y EL PADRE LACUNZA (RÉPLICA Y ACLARACIÓN A FORO CATÓLICO)

Cuando publicamos el artículo A VUELTAS CON EL "RAPTO" DE LOS PROTESTANTES (Otra perspectiva), un anónimo comentó:

“Cual seria la tesis correcta? La lancuziana donde se restablecerán los sacrificios de animales que solo tenían una función prefigurada mientras llegaba el Mesías, ósea Jesús, donde los pérfidos van a imperar según el cabalista Lacunza”. 

Situación similar aconteció en Foro Católico, donde en el obituario de Fabián Vázquez (fundador de Radio Cristiandad) publicó un comentarista llamado Josepepe (que creemos es el anónimo que comentó lo arriba dicho en nuestro artículo sobre el “Rapto” protestante): 
   
“Si este señor en su blog (Radio Cristiandad) promovía libros prohibidos por el Santo Oficio, libros que dicen la herejía de que LOS SACRIFICIOS DE ANIMALES SE VAN A RESTABLECER, ósea como el fin de los sacrificios de animales era alegórico al mesías, realizar un rito hebreo es decir como el amigo de bergoglio: Estamos esperando al mesías, es decir que Nuestro Señor Jesús NO es el Mesías, eso es una mega herejía que no tiene M.
   
El libro de Lacunza, dicen que se restablecerán los sacrificios de animales y el Padre Méramo los promueve en Radio Cristiandad”.
   
Ante estos errores, fruto de la alergia antiapocalíptica y antimilenarista que halla en Foro Católico su mejor exponente entre los hispanohablantes, el Padre Basilio Méramo responde que el Padre Manuel Lacunza estaba dando una opinión que en nada afecta la Parusía (un tema de Realidad-Figura), pero que miopemente reproducen para tachar a los Milenaristas Parusíacos de cabalistas, siendo que el RESTAURACIONISMO ANTIAPOCALÍPTICO ES TAN JUDÍO COMO EL TALMUD. Sin más, la respuesta del Padre Méramo.
    
RÉPLICA Y ACLARACIÓN A FORO CATÓLICO
  
Habiéndome enterado recientemente del reproche que en ese blog se me adjudica en uno de los comentarios firmado por Josepepe del 24 de Febrero de 2015, que dice: “El libro de Lacunza, dicen que se restablecerán los sacrificios de animales y el Padre Méramo los promueve en Radio Cristiandad”.
 
En primer lugar, jamás he enseñado tal cosa, que para mí es lo único que no me convence, pero es una cuestión que no toca la esencia del Milenio. En segundo lugar si nos atenemos a lo que el P. Lacunza dice al respecto, vemos que no tiene la gravedad que a simple vista pareciera tener, pensar en un retorno a las ceremonias y sacrificios del Antiguo Testamento y abolición del sacrificio de la Misa, esto sería un gravísimo y craso error. No se trata de esto como malamente se puede entender, o se quiere dar a entender, con este tipo de reflexiones de ignaros o de miopes que no ven más allá de su nariz. Lo que quiere decir el P. Lacunza es que se trataría de una cierta conveniencia pedagogía que evidencia y manifiesta la correspondencia de la figura con lo figurado, (y repito a mí no me convence, pues me parece innecesario ateniéndome a la óptica de S. Ireneo, la cual ahora no voy a exponer aquí). Esto es lo que el P. Lacunza dice: 
   
Los antiguos sacrificios, que según las Escrituras, volverán a aparecer en el siglo venturo, en la nueva tierra, en el nuevo y último templo de Jerusalén todavía futura, no serán entonces otra cosa, que una nueva y sapientísima liturgia instituida y ordenada por el sumo y eterno sacerdote Cristo Jesús. No serán, digo, otra cosa que unas ceremonias no solo significativas sino claramente demostrativas que deberán entonces preceder en aquel solo individuo templo, al sacrificio incruento de la eucaristía o a la cena del Señor, o a la sustancia de la Misa. ¿Y esto para qué? Para que concurran alguna vez, se abracen, y se den ósculo de paz, todas las antiguas figuras con lo que habían significado: para que estas figuras se vean alguna vez de cerca y confrontadas con el original, allí presente, se entiendan todas con ideas claras y se admire, y bendiga la sabiduría infinita de Dios en su institución”. (La Venida del Mesías en Gloria y Majestad, Tomo IV, ed. Carlos Wood, Londres 1816, p. 235,236).
  
Queda claro que a Foro Católico, lo único que le interesa es desprestigiar el Milenarismo Patrístico de los tres o cuatro primeros siglos de la Iglesia Primitiva en su afán antiapocalíptico y antimilenarista, lo cual es típicamente judaico.
  
No olvidemos lo que decía el P. Castellani: 

Es el mismo sueño carnal de los judíos, que los hizo engañarse respecto a Cristo: estos son milenaristas al revés. Niegan acérrimamente el Milenio metahistórico después de la Parusía, que está en la Escritura; y ponen un Milenio que no está en la Escritura, por obra de las solas fuerzas históricas, o sea una solución intrahistórica de la Historia; lo mismo que los impíos ‘progresistas’, como Condorcet, Augusto Comte y Kant; lo cual equivale a negar la intervención sobrenatural de Dios en la Historia y en el fondo, la misma inspiración divina de la Sagrada Escritura”. (El Apokalypsis, ed. Paulinas, Buenos Aires 1963, p. 367).
  
“Pero ¿qué cosa más judaizante que esperar un gran triunfo terreno de la Iglesia antes de la Segunda Venida de Cristo?”. (Ibídem, p. 87). Por esto son todos los antimilenaristas judaizantes y grandes restauracionistas, que no quieren admitir que Cristo Rey es el único restaurador
   
Cristo debe volver. Debe volver pronto. Y a medida que su Venida se aproxima, por fuerza se deben hacer más claras las Promesas de los Santos y las Visiones de sus Videntes. Volverá no ya a ser crucificado por los pecados de muchos, sino a juzgar a todos no como Cordero de Dios sino como Rey del Siglo Futuro. Volverá para poner a sus enemigos de alfombra de sus pies, a restaurar y restituir para su Padre todas las cosas, arrojando de ellas y amarrando al Príncipe de este mundo; volverá en el clímax de la más horrenda lucha religiosa que habrán visto los siglos, en el ápice mismo de la gran Apostasía y de la tribulación colectiva más terrible después del diluvio, y cuando sus fieles estén por desfallecer y esté por perecer toda carne”. (Ibídem, p. 90).
  
P. Basilio Méramo
Bogotá, 7 de Julio de 2015

martes, 17 de febrero de 2015

PADRE BASILIO MÉRAMO A LOS IMPOTENTES: MUY ORONDOS

MUY ORONDOS
  
Non Possumus y el Padre René Trincado, que está detrás, como no pueden (haciéndose eco inconscientemente del nombre que llevan), publican muy orondos el libro del P. Emmanuel pretendiendo rebatir el Milenarismo Patrístico de la exégesis común de la Iglesia Primitiva, durante por lo menos los tres primeros siglos de su historia y pretenden hoy pisotearla, esos que dicen ser tradicionalistas, sin percatarse que no hacen más que alinearse en las filas del progresismo del insigne modernista y apóstata Lamennais, si juzgamos de acuerdo a lo expresado por el P. Castellani en este texto: “En suma: es la vulgar actitud conciliadora y contemporizadora del ‘evolucionismo teológico’, la herejía más difundida y menos conocida de nuestros días: que tiene como raíz el no pensar en la Parusía ni tenerla en cuenta, ni creerla quizá, sin negarla explícitamente; polarizando las esperanzas religiosas de la humanidad hacia el foco del ‘progresismo’ mennesiano”. (Los Papeles de Benjamín Benavides, ed. Dictio, Bs.As. 1978, p. 312).
   
Aunque el P. Emmanuel no es milenarista, como es de esperar puesto que la escuela francesa es muy reticente y hacia al milenarismo de modo general, aunque haya excepciones, sin embargo este autor es una aproximación silenciosa al milenio, pues mucho de lo que dice, se aplica literalmente al milenio con el cual encaja, si bien se mira. Claro está que esto es pedir mucho al P. René Trincado que ni cuenta se da por su escasa formación y estudio sobre el tema, como el mismo lo admitió hace poco más de un año, al decir que no sabía mucho del tema, pero vemos que hoy lo impugna acérrimamente, influido y respaldado quién sabe por qué mano (o mente) siniestra.
   
Con este propósito cita el libro del P. Emmanuel que tiene un prefacio de Mons. Lefebvre, quien veía la realización profética de lo anunciado por el Apocalipsis en nuestros días, ante la crisis de la hora presente; pero de esto ni cuenta se da el P. René, dada su actual obcecación visceral antimilenarista.
   
Pareciera que es mucho pedirle al P. René que analice lo que el P. Emmanuel dice: “Hemos dicho y mantenemos como incontestable, que la muerte del Anticristo será seguida de un triunfo sin igual de la Santa Iglesia de Jesucristo” (La Sainte Église, ed. Clovis, 1997, p. 334), y se dé cuenta de lo que esto implica.
   
Esta afirmación implica que el Triunfo de la Iglesia es después de la Parusía, si no retorcemos los argumentos y se tiene en cuenta lo que dicen las Sagradas Escrituras, que el Anticristo será destruido por Jesucristo, quien con el soplo de su boca lo matará. Y esto evidentemente sólo puede acontecer por su Parusía, tal como lo afirma expresamente la Escritura: “Y entonces se hará manifiesto el inicuo a quien el Señor Jesús matará con el aliento de su boca y destruirá con la manifestación de su Parusía” (II Tes. 2, 8).
  
El mismo San Agustín, que aunque cambió de parecer sobre el Milenarismo Patrístico que él profesaba, y sin condenarlo ni él ni San Jerónimo, puesto que muchos santos mártires lo habían enseñado, dice: “La última persecución que ha de hacer el Anticristo, la extinguirá con su presencia el mismo Jesucristo, porque así lo dice la Escritura: ‘Que le quitará la vida con el espíritu de su boca y le destruirá con el solo resplandor de su presencia’ ” (La Ciudad de Dios, cap. 53). Luego, es evidente, nos guste o no nos guste, que la muerte del Anticristo será producida por la intervención de Cristo el día de su Segunda Venida o gloriosa Parusía, bajando de los cielos con todo el poder divino de su gloria y majestad.
   
Es más, esa gran unidad (como consecuencia del triunfo) de la que habla el P. Emanuel al decir: “… en una palabra, realizándose la gran unidad comprada al precio de la sangre de un Dios, un solo rebaño y un solo pastor” (Ibídem, p. 335), sólo puede realizarse cabal y plenamente en el milenio.
  
San Luis María Grignion de Montfort, en su famosa Oración Abrazada dice: “Vuestra divina Ley es trasgredida, vuestro Evangelio es abandonado, los torrentes de iniquidad inundan toda la tierra y arrastran hasta a vuestros seguidores, toda la tierra está desolada, la impiedad está sobre el trono, vuestro santuario es profanado y la abominación está hasta en el lugar santo. (…) ¿No tendrá que hacerse vuestra voluntad en la tierra como en el cielo y que vuestro reino arribe? ¿No habéis mostrado por adelantado a algunos de vuestros amigos una futura renovación de la Iglesia? ¿No es esto lo que la Iglesia espera?, ¿Todos los santos del cielo no os gritan justicia: vindicat? ¿Todos los justos de la tierra no os dicen: amén, veni, Domine? ¿Todas las criaturas incluso las más insensibles gimen bajo el peso de los pecados innombrables de Babilonia y piden vuestra venida para restablecer todas las cosas: omnis criaturas ingemiscit, etc”. (Oeuvres Complètes de Saint Louis-Marie Grignion de Montfort, ed. du Seuil, 1966, p.677).
   
Esto es ni más ni menos que el Triunfo glorioso de Cristo Rey el día de su Parusía inaugurándose así el famoso Milenio o Reino de Cristo, el Reino de los Sagrados Corazones de Jesús y María, o también como dijo Nuestra Señora en Fátima: “Al fin mi Inmaculado Corazón triunfará”. Al fin significa: al fin y al cabo o a pesar de todo y contra todo, incluso después de lo que dijo en La Sallete, que la Iglesia será eclipsada, el clero será pestilente como cloacas de impureza y que Roma perderá la fe y será la sede del Anticristo. Pero así y todo, como está la promesa infalible de que las puertas del infierno no prevalecerán sobre la Iglesia, se ve como pudo afirmar Nuestra Señora absolutamente y sin condiciones de ninguna clase, que al fin su Inmaculado Corazón triunfaría. ¡Qué gran y mayor esperanza bienaventurada para la pobre Iglesia perseguida y reducida a un pequeño rebaño disperso por el mundo!
  
Esta es la bienaventurada esperanza de la que nos habla San Pablo en la epístola a Tito, “Para que renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos vivamos sobria, justa y piadosamente en este siglo actual, aguardando la dichosa esperanza y la aparición de la gloria del gran Dios y Salvador nuestro Jesucristo” (Tito 2, 12-13), y esto es lo único que hará resistir firmes en la fe a los pocos católicos que se mantengan fieles a Cristo y a su Iglesia en medio de la Gran Tribulación y de la Apostasía Universal.
   
P. Basilio Méramo
Bogotá, 12 de Febrero de 2015