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miércoles, 23 de septiembre de 2026

ENCÍCLICA “Pacem, Dei munus pulchérrimum”, SOBRE LA RESTAURACIÓN CRISTIANA DE LA PAZ

Cuando el cardenal Giacomo della Chiesa fue elegido el 3 de septiembre de 1914 como el papa Benedicto XV, la Gran Guerra tenía poco más de dos meses de iniciada. Y desde entonces, realizó muchos intentos para conseguir el cese de las hostilidades como enunció en su primera encíclica, Ad beatissimi apostolorum, fechada en la fiesta de Todos los Santos de 1914, y a ellas siguieron continuas gestiones realizadas a través de diplomáticos vaticanos, apoyándose en los políticos más favorables hacia la paz.

Desde el primer momento el papa declaró la neutralidad que seguiría la Iglesia, sin que eso le impidiera la defensa de los oprimidos y su condena de las deportaciones de civiles. Intentó siempre eludir la extensión del conflicto, y por ello trató de evitar la entrada de Italia en la guerra; pero a estos deseos del papa, el gobierno italiano respondió haciendo incluir a Italia en el tratado de Londres (26 de abril de 1915), por el que se unían a Francia y Gran Bretaña, con la obligación de rechazar cualquier intervención pacificadora del papa.[1]

Con la entrada de Estados Unidos en la guerra (5 de abril de 1917) y la deposición de los zares por la revolución rusa el conflicto bélico parecía haber entrado en un impasse, y el papa aprovechó ese momento para formular una propuesta de paz, expuesta en una Nota fechada el 1 de agosto de 1917, en ella se contemplaba:
  1. Desarme y arbitraje obligatorio para resolver las disputas entre las naciones; sanciones para quienes no lo aceptase.
  2. Libertad garantizada de los mares.
  3. Condonación recíproca de los daños y gastos de la guerra.
  4. Restitución de los territorios ocupados
  5. Regulación de las cuestiones territoriales en armonía con las aspiraciones de los pueblos..
  6. Examen particular de las cuestiones territoriales de Polonia, los Balcanes y Armenia.
Gonzalo Redondo 1979, p. 158.
El plan fue rechazado por los aliados, que incluso acusaron al papa de tratar de salvar a los Imperios Centrales; en enero de 1918, el presidente de los Estados Unidos, W. Wilson, hacía público su plan de paz, que con sus 14 puntos, era en realidad una imposición de los vencedores, como se verificó mediante el tratado de Versalles firmado el 28 de junio de 1919 e impuesto en la Alemania de Weimar; y al cual siguieron otros acuerdos con las restantes naciones derrotadas: Austria (19 de septiembre de 1919), Bulgaria (27 de noviembre de 1919), Hungría (2 de junio de 1920) y Turquía (10 de agosto de 1920).

Es en este contexto en el que Benedicto XV publica la encíclica Pacem, Dei munus pulchérrimum, donde instó a que la paz no se basara únicamente en pactos políticos o la fuerza, sino en los principios cristianos del amor al prójimo, el perdón mutuo y la caridad evangélica, y abogó por la reintegración de todas las naciones a una familia humana unida, pidiendo el fin de las enemistades de la guerra.

Los acontecimientos posteriores, y la situación actual han hecho recordar cuánta razón tenía el Papa Della Chiesa al señalar que una paz basada solamente en intereses económicos o de geopolítica estará condenada a fracasar, en castigo justo por hacer planes sin contar con el consejo de Dios y los preceptos de la Iglesia.

CARTA ENCÍCLICA Pacem, Dei munus pulchérrimum, DEL SUMO PONTÍFICE BENEDICTO XV, SOBRE LA RESTAURACIÓN CRISTIANA DE LA PAZ Y LA RECONCILIACIÓN

A los Patriarcas, Primados, Arzobispos, Obispos y Ordinarios en paz y comunión con la Santa Sede.

Venerables Hermanos, Salud y Bendición Apostólica.

1. La paz, este hermoso don de Dios, que, como dice San Agustín, «es el más consolador, el más deseable y el más excelente de todos» [1], esa paz que ha sido durante más de cuatro años el deseo de los buenos y el objeto de la oración de los fieles y de las lágrimas de las madres, ha empezado a brillar al fin sobre los pueblos. Nos somos los primeros en alegrarnos de ello. Pero esta paterna alegría se ve turbada por muchos motivos muy dolorosos. Porque, si bien la guerra ha cesado de alguna manera en casi todos los pueblos y se han firmado algunos tratados de paz, subsisten, sin embargo, todavía las semillas del antiguo odio. Y, como sabéis muy bien, venerables hermanos, no hay paz estable, no hay tratados firmes, por muy laboriosas y prolongadas que hayan sido las negociaciones y por muy solemne que haya sido la promulgación de esa paz y de esos tratados, si al mismo tiempo no cesan el odio y la enemistad mediante una reconciliación basada en la mutua caridad. De este asunto, que es de extraordinaria importancia para el bien común, queremos hablaros, venerables hermanos, advirtiendo al mismo tiempo a los pueblos que están confiados a vuestros cuidados.

2. Desde que por secreto designio de Dios fuimos elevados a la dignidad de esta Cátedra, nunca hemos dejado, durante la conflagración bélica, de procurar, en la medida de nuestras posibilidades, que todos los pueblos de la tierra recuperasen los fraternos lazos de unas cordiales relaciones. Hemos rogado insistentemente, hemos repetido nuestras exhortaciones, hemos propuesto los medios para lograr una amistosa reconciliación, hemos hecho, finalmente, con el favor de Dios, todo lo posible para facilitar a la humanidad el acceso a una paz justa, honrosa y duradera. Al mismo tiempo hemos procurado, con afecto de padre, llevar a todos los pueblos un poco de alivio en medio de los dolores y de las desgracias de toda clase que se han seguido como consecuencia de esta descomunal lucha. Pues bien: el mismo amor de Jesucristo, que desde el comienzo de nuestro difícil pontificado nos impulsó a trabajar por el retorno de la paz o a mitigar los horrores de la guerra, es el que hoy, conseguida ya en cierto modo una paz precaria, nos mueve a exhortar a todos los hijos de la Iglesia, y también a todos los hombres del mundo, para que abandonen el odio inveterado y recobren el amor mutuo y la concordia.

EVANGELIO DE PAZ - CARIDAD
3. No hacen falta muchos argumentos para demostrar los gravísimos daños que sobrevendrían a la humanidad si, firmada la paz, persistiesen latentes el odio y la enemistad en las relaciones internacionales. Prescindimos de los daños que se seguirían en todos los campos del progreso y de la civilización, como, por ejemplo, el comercio, la industria, el arte y las letras, cuyo florecimiento exige como condición previa la libre y tranquila convivencia de todas las naciones. Lo peor de todo sería la gravísima herida que recibiría la esencia y la vida del cristianismo, cuya fuerza reside por completo en la caridad, como lo indica hecho de que la predicación de la ley cristiana recibe el nombre de «Evangelio de la paz» (Ef 6 15).

EL MANDAMIENTO NUEVO
4. Porque, como bien sabéis y Nos os hemos recordado muchas veces, la enseñanza más repetida y más insistente de Jesucristo a sus discípulos fue la del precepto de la caridad fraterna, porque esta caridad es el resumen de todos los demás preceptos; el mismo Jesucristo lo llamaba nuevo y suyo, y quiso que fuese como el carácter distintivo de los cristianos, que los distinguiese fácilmente de todos los demás hombres. Fue este precepto el que, al morir, otorgó a sus discípulos como testamento, y les pidió que se amaran mutuamente y con este amor procuraran imitar aquella inefable unidad que existe entre las divinas personas en el seno de la Trinidad: «Que todos sean uno, como nosotros somos uno..., para que también ellos sean consumados en la unidad» (Jn 17 21-23).

5. Por esta razón, los apóstoles, siguiendo las huellas de su divino Maestro y formados personalmente en su escuela, fueron extraordinariamente fieles en urgir la exhortación de este precepto a los fieles: «Ante todo, tened los unos para !os otros ferviente caridad» (1.ª Pe 4,8). «Por encima de todas estas cosas, vestíos de la caridad, que es vínculo de perfección (Col 3,14). Carísimos, amémonos unos a otros, porque la caridad procede de Dios» (1.ª Jn 4,7). Nuestros hermanos de los primeros tiempos fueron exactos seguidores este mandato de Cristo y de los apóstoles, pues, a pesar de las diversas y aun contrarias nacionalidades a que pertenecían, vivían en una perfecta concordia, borrando con un olvido voluntario todo motivo de discusión. Esta unanimidad de inteligencias y de corazones ofrecía un admirable contraste con los odios mortales que ardían en el seno de sociedad humana de aquella época.

6. Ahora bien: todo lo que hemos dicho para urgir el precepto del amor mutuo vale también para urgir el perdón de las injurias, perdón que ha urgido personalmente el Señor. «Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos; haced el bien a los que os odian, y orad por los que os persiguen y os calumnian, para que seáis hijos de vuestro Padre, que está en los cielos, que hace salir el sol sobre malos y buenos» (Mt 5,44-45). De aquí procede el grave aviso del apóstol San Juan: «Todo el que aborrece a su hermano es homicida, y ya sabéis que todo homicida no tiene en sí la vida eterna» (1.ª Jn 3,15). Finalmente, ha sido el mismo Jesucristo quien nos ha enseñado a orar, de tal manera que la medida del perdón de nuestros pecados quede dada por el perdón que concedamos al prójimo. «Perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores» (Mt 6,12). Y si a veces resulta muy trabajoso y muy difícil el cumplimiento de esta ley, tenemos como remedio para vencer esta dificultad no sólo el eficaz auxilio de la gracia ganada por el Señor, sino también el ejemplo del mismo Salvador, quien, estando pendiente en la cruz, excusaba a los mismos que injusta e indignamente le atormentaban, diciendo así a su Padre: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Lc 23,24). Nos, por tanto, que debemos ser los primeros en imitar la misericordia y la benignidad de Jesucristo, cuya representación, sin mérito alguno, tenemos, perdonamos de todo corazón, siguiendo el ejemplo del Redentor, a todos y a cada uno de nuestros enemigos que, de una manera consciente o inconsciente, han ofendido u ofenden nuestra persona o nuestra acción con toda clase de injurias: a todos ellos los abrazamos con suma benevolencia y amor, sin dejar ocasión alguna para hacerles el bien que esté a nuestro alcance. Es necesario que los cristianos dignos de este nombre observen la misma norma de conducta con todos aquellos que durante la guerra les ofendieron de cualquier manera.

7. Porque la caridad cristiana no se limita a apagar el odio hacia los enemigos y tratarlos como hermanos; quiere, además, hacerles positivamente el bien, siguiendo las huellas de nuestro Redentor, el cual «pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el demonio» (Hech. 10, 38) y coronó el curso de su vida mortal, gastada toda ella en proporcionar los mayores beneficios a los hombres, derramando por ellos su sangre. Por lo cual dice San Juan: «En esto hemos conocido la caridad de Dios, en que El dio su vida por nosotros, y nosotros debemos dar nuestra vida por nuestros hermanos. El que tuviere bienes de este mundo y viendo a su hermano pasar necesidad le cierra sus entrañas, ¿cómo mora en él la caridad de Dios? Hijitos, no amemos de palabra ni de lengua, sino de obra y de verdad» (1.ª Jn 3, 16-18). No ha habido época de la historia en que sea más necesario «dilatar los senos de la caridad» como en estos días de universal angustia y dolor; ni tal vez ha sido nunca tan necesaria como hoy día al género humano una beneficencia abierta a todos, nacida de un sincero amor al prójimo y llena toda ella de un espíritu de sacrificio y abnegación. Porque, si contemplamos los lugares recorridos por el azote furioso de la guerra, vemos por todas partes inmensos territorios cubiertos de ruinas, desolación y abandono; pueblos enteros que carecen de comida, de vestido y de casa; viudas y huérfanos innumerables, necesitados de todo auxilio, y una increíble muchedumbre de débiles, especialmente pequeñuelos y niños, que con sus cuerpos maltrechos dan testimonio de la atrocidad de esta guerra.

8. El que contempla las ingentes miserias que pesan hoy día sobre la humanidad, recuerda espontáneamente a aquel viajero evangélico (Cf. Lc 10, 30ss) que, bajando de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de los ladrones y, robado y malherido por éstos, quedó tendido medio muerto en el camino. La semejanza entre ambos cuadros es muy notable, y así como el samaritano, movido a compasión, se acercó al herido, curó y vendó sus heridas, lo llevó a la posada y pagó los gastos de su curación, así también es necesario ahora que Jesucristo, de quien era figura e imagen el piadoso samaritano, sane las heridas de la humanidad.

LA CARIDAD DE LA IGLESIA
9. La Iglesia reivindica para sí, como misión propia, esta labor de curar las heridas de la humanidad, porque es la heredera del espíritu de Jesucristo; la Iglesia, decimos, cuya vida toda está entretejida con una admirable variedad de obras de beneficencia, porque «como verdadera madre de los cristianos, alberga una ternura tan amorosa por el prójimo, que para las más diversas enfermedades espirituales de las almas tiene presta en todo momento la eficaz medicina»; y así «educa y enseña a la infancia con dulzura, a la juventud con fortaleza, a la ancianidad con placentera calma, ajustando el remedio a las necesidades corporales y espirituales de cada uno» [2]. Estas obras de la beneficencia cristiana suavizan los espíritus y poseen por esto mismo una extraordinaria eficacia para devolver a los pueblos la tranquilidad pública.

10. Por lo cual, venerables hermanos, os suplicamos y os conjuramos en las entrañas de caridad de Jesucristo a que consagréis vuestros más solícitos cuidados a la labor de exhortar a los fieles que os están confiados, para que no sólo olviden los odios y perdonen las injurias, sino además para que practiquen con la mayor eficacia posible todas las obras de la beneficencia cristiana que sirvan de ayuda a los necesitados, de consuelo a los afligidos, de protección a los débiles, y que lleven, finalmente, a todos los que han sufrido las gravísimas consecuencias de la guerra, un socorro adecuado y lo más variado que sea posible. Es deseo nuestro muy principal que exhortéis a vuestros sacerdotes, como ministros que son de la paz cristiana, para que prediquen con insistencia el precepto que contiene la esencia de la vida cristiana, es decir, la predicación del amor al prójimo y a los mismos enemigos, y para que, «haciéndose todo a todos» (1.ª Cor 9,22), precedan a los demás con su ejemplo y declaren por todas partes una guerra implacable a la enemistad y al odio. Al obrar así, los sacerdotes agradarán al corazón amantísimo de Jesús y a aquel que, aunque indigno, hace las veces de Cristo en la tierra. En esta materia debéis también advertir y exhortar con insistencia a los escritores, publicistas y periodistas católicos, «para que, como escogidos de Dios, santos y amados, procuren revestirse de entrañas de misericordia y benignidad» (Col 3,12) y procuren reflejar esta benignidad en sus escritos. Por lo cual deben abstenerse no sólo de toda falsa acusación, sino también de toda intemperancia e injuria en las palabras, porque esta intemperancia no sólo es contraria a la ley de Cristo, sino que además puede abrir cicatrices mal cerradas, sobre todo cuando los espíritus, exacerbados por heridas aún recientes, tienen una gran sensibilidad para las más leves injurias.

LA CARIDAD ENTRE LAS NACIONES
11. Las advertencias que en esta carta hemos hecho a los particulares sobre el deber de practicar la caridad, queremos dirigirlas también a los pueblos que han sufrido la prueba de esta guerra prolongada, para que, suprimidas, dentro de lo posible, las causas de la discordia —y salvos, por supuesto, los principios de la justicia—, reanuden entre sí los lazos de unas amistosas relaciones. Porque el Evangelio no presenta una ley de la caridad para las personas particulares y otra ley distinta para los Estados y las naciones, que en definitiva están compuestas por hombres particulares. Terminada ya la guerra, no sólo la caridad, sino también una cierta necesidad parece inclinar a los pueblos hacia el establecimiento de una determinada conciliación universal entre todos ellos. Porque hoy más que nunca están los pueblos unidos por el doble vínculo natural de una común indigencia y una común benevolencia, dados el gran progreso de la civilización y el maravilloso incremento de las comunicaciones.

12. Este olvido de las ofensas y esta fraterna reconciliación de los pueblos, prescritos por la ley de Jesucristo y exigidos por la misma convivencia social, han sido recordados sin descanso, como hemos dicho, por esta Santa Sede Apostólica durante todo el curso de la guerra. Esta Santa Sede no ha permitido que este precepto quede olvidado por los odios o las enemistades, y ahora, después de firmados los tratados de paz, promueve y predica con mayor insistencia este doble deber, como lo prueban las cartas dirigidas hace poco tiempo al episcopado de Alemania [3] y al cardenal arzobispo de París [4]. Y como hoy día la unión entre las naciones civilizadas se ve garantizada y acrecentada por la frecuente costumbre de celebrar reuniones y conferencias entre los jefes de los gobiernos para tratar de los asuntos de mayor importancia, Nos, después de considerar atentamente y en su conjunto el cambio de las circunstancias y las grandes tendencias de los tiempos actuales, para contribuir a esta unión de los pueblos y no mostrarnos ajenos a esta tendencia, hemos decidido suavizar hasta cierto punto las rigurosas condiciones que, por la usurpación del poder temporal de la Sede Apostólica, fueron justamente establecidas por nuestros predecesores, prohibiendo las visitas solemnes de los jefes de Estado católicos a Roma. Pero declaramos abiertamente que esta indulgencia nuestra, aconsejada y casi exigida por las gravísimas circunstancias que atraviesa la humanidad, no debe ser interpretada en modo alguno como una tácita abdicación de los sagrados derechos de la Sede Apostólica, como si en el anormal estado actual de cosas la Sede Apostólica renunciase definitivamente a ellos. Por el contrario, aprovechando esta ocasión, «Nos renovamos las protestas que nuestros predecesores formularon repetidas veces, movidos no por humanos intereses, sino por la santidad del deber; y las renovamos por las mismas causas, para defender los derechos y la dignidad de la Sede Apostólica», y de nuevo pedimos con la mayor insistencia que, pues ha sido firmada la paz entre las naciones, «cese para la cabeza de la Iglesia esta situación anormal, que daña gravemente, por más de una razón, a la misma tranquilidad de los pueblos» [5].

13. Restablecida así la situación, reconocido de nuevo el orden de la justicia y de la caridad y reconciliados los pueblos entre sí, es de desear, venerables hermanos, que todos los Estados olviden sus mutuos recelos y constituyan una sola sociedad o, mejor, una familia de pueblos, para garantizar la independencia de cada uno y conservar el orden en la sociedad humana. Son motivos para crear esta sociedad de pueblos, entre otros muchos que omitimos, la misma necesidad, universalmente reconocida, de suprimir o reducir al menos los enormes presupuestos militares, que resultan ya insoportables para los Estados, y acabar de esta manera para siempre con las desastrosas guerras modernas, o por lo menos alejar lo más remotamente posible el peligro de la guerra, y asegurar a todos los pueblos, dentro de sus justos límites, la independencia y la integridad de sus propios territorios.

14. Unidas de este modo las naciones según los principios de la ley cristiana, todas las empresas que acometan en pro de la justicia y de la caridad tendrán la adhesión y la colaboración activa de la Iglesia, la cual es ejemplar perfectísimo de sociedad universal y posee, por su misma naturaleza y sus instituciones, una eficacia extraordinaria para unir a los hombres, no sólo en lo concerniente a la eterna salvación de éstos, sino también en todo lo relativo a su felicidad temporal, pues la Iglesia sabe llevar a los hombres a través de los bienes temporales de tal manera que no pierdan los bienes eternos. La historia demuestra que los pueblos bárbaros de la antigua Europa, desde que empezaron a recibir el penetrante influjo del espíritu de la Iglesia, fueron apagando poco a poco las múltiples y profundas diferencias y discordias que los dividían, y, constituyendo, finalmente, una única sociedad; dieron origen a la Europa cristiana, la cual, bajo la guía segura de la Iglesia, respetó y conservó las características propias de cada nación y logró establecer, sin embargo, una unidad creadora de una gloriosa prosperidad. Con toda razón dice San Agustín: «Esta ciudad celestial, mientras camina por este mundo, llama a su seno a ciudadanos de todos los pueblos, y con todas las lenguas reúne una sociedad peregrinante, sin preocuparse por las diversidades de las leyes, costumbres e instituciones que sirven para lograr y conservar la paz terrena, y sin anular o destruir, antes bien, respetando y conservando todas las diferencias nacionales que están ordenadas al mismo fin de la paz terrena, con tal que no constituyan un impedimento para el ejercicio de la religión que ordena adorar a Dios como a supremo y verdadero Señor» [6]. El mismo santo Doctor apostrofa a la Iglesia con estas palabra: «Tú unes a los ciudadanos, a los pueblos y a los hombres con el recuerdo de unos primeros padres comunes, no sólo con el vínculo de la unión social, sino también con el lazo del parentesco fraterno» [7].

EXHORTACIÓN FINAL Y BENDICIÓN APOSTÓLICA
15. Por lo cual, volviendo al punto de partida de esta nuestra carta, exhortamos en primer lugar, con afecto de Padre, a todos nuestros hijos y les conjuramos, en el nombre de Nuestro Señor Jesucristo, para que se decidan a olvidar voluntariamente toda rivalidad y toda injuria recíproca y a unirse con el estrecho vínculo de la caridad cristiana, para la cual no hay nadie extranjero. En segundo lugar exhortamos encarecidamente a todas las naciones para que, bajo el influjo de la benevolencia cristiana, establezcan entre sí una paz verdadera, constituyendo una alianza que, bajo los auspicios de la justicia, sea duradera. Por último, hacemos un llamamiento a todos los hombres y a todas las naciones para que de alma y corazón se unan a la Iglesia católica, y por medio de ésta a Cristo, Redentor del género humano; de esta manera, con toda verdad podremos dirigirles las palabras de San Pablo a los Efesios: «Ahora, por Cristo Jesús, los que en un tiempo estabais lejos, habéis sido acercados por la sangre de Cristo; pues El es nuestra paz, que hizo de los dos pueblos uno, derribando el muro de la separación... dando muerte en sí mismo a la enemistad. Y viniendo nos anunció la paz a los de lejos y la paz a los de cerca» (Ef 2,13ss). Igualmente oportunas son las palabras que el mismo Apóstol dirige a los Colosenses: «No os engañéis unos a otros; despojaos del hombre viejo con todas sus obras y vestíos del nuevo, que sin cesar se renueva para lograr el perfecto conocimiento según la imagen de su Creador, en quien no hay griego ni judío, circuncisión ni incircuncisión, bárbaro o escita, siervo o libre, porque Cristo lo es todo en todos» (Col 3,9-11).

16. Entre tanto, confiados en el patrocinio de la Inmaculada Virgen María, que hace poco hemos ordenado fuese invocada universalmente como Reina de la Paz, y en el de los tres nuevos santos [8] que hemos canonizado recientemente, suplicamos con humildad al Espíritu consolador que «conceda propicio a la Iglesia el don de la unidad y de la paz» [9] y renueve la faz de la tierra con una nueva efusión de su amor para la común salvación de todos.

Como auspicio de este don celestial, y como prenda de nuestra paterna benevolencia, con todo el corazón damos a vosotros, venerables hermanos, al clero y a vuestro pueblo la bendición apostólica.

Dado en Roma, junto a San Pedro, el 23 de mayo, fiesta de Pentecostés de 1920, año sexto de nuestro pontificado. BENEDICTO  PP. XV.
  
NOTAS
[1] San Agustín, La ciudad de Dios, libro XIX, cap. 11.
[2] San Agustín, De las costumbres de la Iglesia Católica I, cap. 30.
[3] Carta apostólica Diúturni Luctuosíssimique, 15 de julio de 1919 (AAS 11 [1919], págs. 305-306).
[4] Epístola Amor ille singuláris, 7 de octubre de 1919 (AAS 11 [1919], págs. 412-414).
[5] Encíclica Ad beatíssimi Apostolórum Príncipis cáthedram, 1 de noviembre de 1914 (AAS 6 [1914], pág. 580).
[6] San Agustín, La ciudad de Dios, libro XIX, cap. 17.
[7] San Agusín, De las costumbres de la Iglesia Católica I, cap. 30.
[8] San Gabriel de la Dolorosa, Santa Margarita María Alacoque y Santa Juana de Arco. 
[9] Secreta de la misa de la fiesta del Corpus Christi.

viernes, 18 de septiembre de 2026

EL INVIERNO ECLESIAL EN FRANCIA

Noticias tomadas de distintas fuentes.
  
1.º LA ARCHIDIÓCESIS DE LILA SE RECORTA EN UN 67%
  
  
El arzobispón Laurent Jean Marie Le Boulc’h anunció a finales de Agosto que la archidiócesis de Lila (Francia) pasará de contar con 106 parroquias a solo 30, y de 14 decanatos a 5, informó Tribune Chretiénne.
   
Las consultas se prolongarán hasta 2026, y está previsto que los nuevos límites se establezcan en 2027 y se pongan en práctica en el verano de 2028.
   
Esta reestructuración de gran envergadura se presenta como parte de la «renovación misionera» de la archidiócesis lanzada en 2025.
  
  

Las Hermanas de la Visitación se preparan para abandonar Nevers (Francia) después de más de cuatro siglos, informó Tribune Chretiénne.
  
Las hermanas restantes están vaciando su monasterio. Muebles, vajilla, mesas, armarios y otras pertenencias se venden en dos ventas “vide-couvent”, el 12 y 19 de Septiembre.
  
La partida sigue a una fuerte disminución en los números de vocaciones. A principios de 2025 solo quedaban cuatro monjas. El 15 de Marzo de 2025 se fueron dos hermanas ancianas, una a Thonon-les-Bains y la otra a Paray-le-Monial En ese momento, Sor Marie-Odile Blanchard, una de las dos monjas que quedaban, subrayó que esto no significaba aún el cierre, bromeando que los ornamentos morados de los sacerdotes «no eran los de un funeral» (recuérdese que en el Novus Ordo ya no usan ornamentos negros para el Réquiem).
  
Dieciocho meses después, la disposición del contenido del convento señala la partida inminente de la comunidad.
  
La fecha exacta en la que las últimas hermanas se irán no ha sido anunciada, ni tampoco el futuro del edificio.
  
La Orden de la Visitación de Nuestra Señora fue fundada en Annecy en 1610 por San Francisco de Sales y Santa Juana de Chantal. Las Visitandinas establecieron un monasterio en Nevers en 1620, convirtiéndolo en una de las primeras fundaciones de la orden.
  
La Revolución, la represión, el exilio y los traslados interrumpieron la presencia visitandina en Nevers.
  
La comunidad actual regresó a Nevers en 1935, y se trasladó al edificio actual sito en el número 49 de la Ruta de los Saucedales en 1993.
  
Un monumento superviviente de las primeras Visitandinas permanece en el centro de Nevers: la capilla de Santa María, construida entre 1639 y 1643, y hoy la única parte superviviente del antiguo convento de la Visitación.

jueves, 17 de septiembre de 2026

LA VIOLENCIA DE LOS HUGONOTES CONTRA LOS CATÓLICOS

La Miguelada (masacre de católicos a manos de los hugonotes) en Nimes, el 30 de Septiembre de 1567 (grabado colorizado de Franz de Hohenberg. París, Biblioteca Nacional de Francia).
  • Montpellier, otoño de 1561: A finales de Septiembre de 1561, los hugonotes (calvinistas franceses) se alzaron contra los “idólatras” católicos. El 20 de Octubre, la turba calvinista hace brecha en la catedral saqueándola. Entre el 16 y el 19 de Noviembre, las iglesias quedaron confiscadas o destruidas, y el culto católico fue oficialmente prohibido. Fueron asesinados 150 eclesiásticos y regulares.
  • Nîmes, 21 y 22 de Diciembre de 1561: Los hugonotes invaden la catedral, recogen los relicarios y las imágenes sacras y las hacen pasto de las llamas, luego de lo cual saquean las iglesias de los alrededores.
  • Montauban, Noviembre de 1561 a Enero de 1562: Los hugonotes irrumpen en el convento de las clarisas, las cuales son expuestas desnudas en la vía pública. Al final de tales violencias, el culto católico es suprimido.
  • Castres, Diciembre de 1561: Los hugonotes toman el poder y devastan los lugares de culto católicos. El consistorio reformado ordena la asistencia obligada (incluidos sacerdotes, religiosos y monjas) a la predicación calvinista.
  • París, 27 de Diciembre de 1561: Una delegación de hugonotes pide a los católicos reunidos en la iglesia de San Medardo dejar de sonar las campanas, lamentando que el sonido perturba su prédica. Al rechazo de los católicos, uno de los delegados hugonotes saca un cuchillo, cayendo muerto en la riña que siguió. Informados de los sucedido, numerosos protestantes armados corren al lugar, rompen las puertas, hacen carnicería de los católicos y saquean la iglesia.
  • Nîmes, Febrero de 1562: Fortalecidos por el edicto de tolerancia de Saint-Germain-en-Laye (17 de Enero de 1562) que les concedía la libertad de culto [1], los predicadores calvinistas ordenan demoler la catedral y las demás iglesias de la ciudad y la diócesis. El 23 de Febrero, expulsados los clérigos, toman las mazas para demoler.
  • Orleans, 1562: El 2 de Abril, en el contexto de la denominada “primera guerra de religion” [2], el jefe hugonote Luis I de Borbón, Príncipe de Condé, toma la ciudad. El 21 de Abril, los hugonotes emprenden la destrucción sistemática de las sagradas imágenes, las reliquias y el saqueo de iglesias y monasterios. Lo mismo se verifica en Meung-sur-Loire, Beaugency, Jergeau, Tours (donde fueron quemadas las reliquias de San Martín y de San Francisco de Paula [3]), Blois, Chinon y Clery.
  • Lyon, Abril de 1562 a Junio de 1563: La ciudad primada de las Galias es ocupada por los protestantes: la catedral y las otras iglesias son saqueadas; los altares, estatuas y ornamentos son destruidos; las campanas son fundidas para hacer cañones y monedas; son quemadas las reliquias de San Buenaventura, y las de San Ireneo arrojadas al Ródano; se expulsa al clero y se prohíbe la misa católica.
  • La Chaise-Dieu, 2 de Agosto de 1562: Las tropas hugonotes ocupan la abadía de Chaise-Dieu. Los herejes se encarnizan con la tumba del papa Clemente VI († 1352) y sobre los restos mortales del pontífice, que son arrojados a las llamas. En los años posteriores son saqueadas las abadías de Vabres (1568) y Aurillac (1569).
  • Languedoc, Septiembre de 1567: En el contexto de la denominada “segunda guerra de religión” [4], los hugonotes capturan Montauban, Castres, Montpellier, Nîmes, Viviers, Saint-Pons, Uzès, Pont-Saint-Esprit y Bagnols. De entrada ocurren violencias contra el clero, las monjas y los católicos en general.
  • Nîmes, 30 de Septiembre de 1567: El 30 de Septiembre, cerca de un centenar de católicos apresados el día anterior (entre ellos el cónsul Guido de Rochette) fueron degollados y arrojados al pozo del palacio episcopal. Es la Miguelada. La matanza continuó en los alrededores de Nimes en los días posteriores. De forma semejante, en Alès los hugonotes asesinan a siete canónigos, dos franciscanos y a otros clérigos.
  • Frente a La Palma (Islas Canarias), 15 de Julio de 1570: 40 misioneros jesuitas liderados por Ignacio de Acevedo que se dirigían a Brasil son masacrados en altamar por las hordas hugonotes de Jacques de Sores/Santiago Soria, vasallo de Juana de Albret, pretendida reina de Navarra [5].
  • Uzeste, 1577: En el contexto de la denominada “sexta guerra de religión” [6], los hugonotes irrumpen en la colegiata de Uzeste, mutilan el monumento fúnebre del papa Clemente V († 1314) y queman los restos mortales del Pontífice.

NOTAS
[1] El edicto fue emanado de la regente Catalina de Médicis y fue redactado por el canciller Michel de l’Hôspital, convencido de que la fe católica y el calvinismo podían convivir. La provisión real fue condenada por el papa Pío IV. 
[2] La guerra (1562-63) estalló luego de la denominada “masacre de Wassy” del 1 de Marzo de 1562, una reyerta con decenas de muertos entre los hugonotes y los soldados del duque Francisco I de Guisa, líder de los católicos. La parte católica tuvo el apoyo financiero de Pío IV.
[3] «Después ejecutaron su rabioso furor e inhumana crueldad en el cuerpo sagrado de San Francisco de Paula con tal odio que los pueblos más bárbaros no hicieron cosa semejante con los cuerpos de sus mayores enemigos; entre otros fue ejecutor aquel impío monstruo Jacobo Salvert, que puso por obra el pequeño mandato que tuvo para ello, y así en 13 de Abril de 1562, esta maldita fiera se fue al sepulcro, y hallando el cuerpo fresco y entero, lo sacó fuera de donde estaba venerado […]; habiendo antes gastado la leña que allí había, que era gran cantidad, en otros cuerpos; faltando ahora para quemar el del Santo, hicieron materia para su combustión de un Crucifijo grande y otras cruces de los Altares de la iglesia, con que ejecutaron su depravado y sacrílego intento» (“El martirio póstumo de San Francisco de Paula”, por Isidoro Toscano de Paula OM, Vita, Virtù, Miracoli ed Instituto di San Francesco di Paola, Fondatore dell’ordine dei Minimi).
[4] La guerra (1567-68) estalló después del fracaso de la tentativa por parte de los jefes hugonotes, el Príncipe de Condé y el almirante Gaspar de Coligny, de secuestrar al rey Carlos IX y la reina madre Catalina de Médicis. San Pío V intervino en favor del rey con oraciones y dinero, pero también enviando contingentes militares. Ver “La politica antihugonote de San Pío V” y “Las virtudes guerreras de San Pío V, modelo de Papas y Obispos”.
[5] Fueron beatificados por Pío IX en 1854.
[6] La guerra (1576-77) fue la respuesta hugonote al nacimiento de la Liga Católica y a la solicitud dirigida al rey Enrique III por los Estados Generales de Blois de no deberse tolerar el ejercicio de otra religión que no fuese la católica. El Papa Gregorio XIII ayudó financieramente a la parte católica.
  
Bibliografia recomendada:
  • RENÉ FRANÇOIS ROHRBACHER, Storia universale della Chiesa Cattolica, v. VIII, Florencia, 1863.
  • LUDWIG VON PASTOR, Historia de los Papas, tomo VIII, vols. XVII-XIX, Barcelona 1931.
  • JOSÉ Card. HERGENRÖTHER, Las guerras de religión, las controversias doctrinales, y las grandes misiones (Vol. 10 de la Historia Universal de la Iglesia).

lunes, 14 de septiembre de 2026

LA EXALTACIÓN DE LA SANTA CRUZ

Exaltación de la Santa Cruz (Juan de Valdés Leal, coro alto de la iglesia de San Jorge del Hospital de la Caridad, Sevilla).
  
«A fines del imperio de Focas, habiendo Cosroes, rey de los Persas, ocupado Egipto y el Africa, apoderóse también de Jerusalén, exterminando a miles de cristianos, y se llevó a Persia la Cruz del Señor con que santa Elena había enriquecido el monte Calvario. A Focas, le sucedió Heraclio. Reducido éste al último extremo por las calamidades de la, guerra, solicitó la paz bajo las más duras condiciones, sin lograr obtenerla de Cosroes, engreído por sus victorias. Acudió entonces a Dios con ayunos y oraciones, implorando su ayuda en tan apurada situación. Y por inspiración divina reunió un ejército, con el cual atacó al enemigo, derrotando a tres generales de Cosroes con sus huestes.

Cuando Cosroes, abatido bajo el peso de estas derrotas, se aprestaba en su huida a atravesar el Tigris, asocióse al trono su hijo Medarsés. Furioso entonces, al verse postergado, el hijo mayor, Siroés, preparó una asechanza a su padre y a su hermano; y no tardó en alcanzarles en su huida, deteniéndoles y dándoles muerte. Pidió entonces ser reconocido rey por Heraclio, a lo cual accedió éste mediante ciertas condiciones siendo la primera la restitución de la Cruz del Señor. Así, pues, la Cruz fue recuperada catorce años después de haber caído en poder de los Persas; y al volver Heraclio a Jerusalén, llevóla sobre sus hombros al cerro adonde el mismo Salvador la subiera.

Ocurrió en esta ocasión un estupendo milagro digno de recordación. Iba Heraclio cargado de oro y pedrerías, cuando de súbito sintió una fuerza que le detenía junto a la puerta que da acceso al camino del Calvario. Y cuanto más se empeñaba en andar, más. imposible se le hacía dar un paso, con gran asombro del propio Heraclio y de la multitud allí presente; hasta que Zacarías, Obispo de Jerusalén, tomando la palabra, dijo: “Considera, oh emperador, que los arreos de triunfo con que llevas la Cruz, distan mucho de imitar la pobreza y humildad de Jesucristo”. Despojándose entonces Heraclio de sus ricas vestiduras, descalzo y sencillamente vestido, anduvo sin dificultad lo restante del camino, y volvió a colocar la Cruz en el Calvario, en el mismo lugar de donde la habían quitado los Persas. La fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, que se celebraba todos los años en este día, adquirió desde entonces mayor esplendor, en memoria de haber sido la Cruz colocada de nuevo por Heraclio en el lugar donde la levantó por vez primera el Salvador».

Divino Oficio, lecciones 4.ª, 5.ª y 6.ª de las Maitines de la Exaltación de la Santa Cruz. Traducción de Dom Alfonso María de Gubianas y Santandréu OSB, Breviario Romano, vol. II, págs. 979-980. Barcelona, Editorial Litúrgica Española S. A., 1936. Nihil Obstat de la orden por Dom Remigio Aixelá OSB S. Th. D., censor de la Orden, e Imprimátur por Dom Mauro Etcheverry OSB, Abad general de la Congregación Subiacense, el 27 de Noviembre de 1935. Nihil Obstat diocesano por Agustín Mas Folch CO, censor, e Imprimátur por el Ilmo. Sr. Dr. Don Manuel Irurita Almándoz, Obispo de Barcelona y Mártir de la Fe, el 3 de Diciembre de 1935.

sábado, 12 de septiembre de 2026

EL MAGISTERIO EXTRAORDINARIO DEL VATICANO II (Refutación montiniana al “Reconocer y resistir”)

Presentamos un documento que ha pasado “de agache” en el radar del debate sobre el Vaticano II (en parte porque su única versión conocida es el original latino en Acta Apostólicæ Sedis vol. 57 (1965), n.º 13, págs. 867-871), y que por primera vez presentamos íntegramente en español:
EXHORTACIÓN APOSTÓLICA “Postréma Séssio”, DONDE SE HACEN PROVISIONES PARA EL RESULTADO INMEDIATO DEL CONCILIO ECUMÉNICO VATICANO II

A todos los Obispos que están en paz y comunión con la Sede Apostólica.

Venerables hermanos, saludos y bendición apostólica.

La sesión final del Concilio Ecuménico Vaticano II está llegando a su fin. Pronto se disolverá la asamblea más extensa de su tipo, que se reunió hace cuatro años en la tumba del apóstol Pedro para atender las expectativas, los deseos y las necesidades más graves y urgentes del pueblo cristiano. Y vosotros, Venerables Hermanos, regresaréis finalmente a vuestras sedes, después de una larga y fructífera labor, con justa alegría porque, gracias a vuestro trabajo, se han preparado instrumentos beneficiosos para la verdadera renovación de la Iglesia y la unidad de todos los cristianos, y para el establecimiento de la paz y el orden de los asuntos humanos de una manera más digna.

Mientras el Concilio Ecuménico, casi concluido, parece traer un nuevo y abundante derramamiento de vida espiritual a la Iglesia y al mundo, no podemos sino exhortar con espíritu paternal a los fieles cristianos a que eleven súplicas más frecuentes y urgentes a Dios. Deseamos, Venerables Hermanos, que esa ferviente devoción a la oración, a la que hemos exhortado repetidamente a los hijos de la Iglesia a lo largo del Concilio, no solo no cese, sino que arda con mayor intensidad en este tiempo, cuando la obra del Concilio está llegando a su fin; para que en estos días toda la Iglesia, reunida en todo el mundo, como lo estuvieron en su día los Apóstoles junto con María, la Madre de Jesús, y nosotros en el Cenáculo (Hch. 1, 14), se una en fervientes oraciones con los sucesores de Pedro y los Apóstoles, para obtener un nuevo Pentecostés, por el cual el rostro de la Esposa de Cristo y la sociedad de los hombres se renueven salvíficamente por la gracia del Espíritu Santo.

Y, ante todo, debemos agradecer a Dios Todopoderoso, quien, a lo largo de la celebración del Concilio, nunca dejó de estar presente en el Concilio Ecuménico con su divino auxilio y la abundancia de luces celestiales. En efecto, al considerar la inmensa labor que el Concilio ha realizado hasta ahora, Nos sentimos verdaderamente impresionados por los numerosos puntos doctrinales propuestos por el Magisterio extraordinario de la Iglesia, así como por las normas de disciplina sabiamente impartidas, las cuales, fielmente conservadas en la tradición eclesiástica, abren nuevos caminos para la acción de la Iglesia y sin duda contribuirán enormemente al bien de las almas.

Sin embargo, si nos fijamos en la opinión general con la que los profanos han seguido la celebración del Concilio, no nos alegra menos observar que el Concilio Ecuménico ha atraído tanto los intereses y pensamientos de los hombres hacia sí mismo, que en nuestros tiempos las cuestiones y preceptos de la Iglesia parecen ser de suma importancia para todos los hombres de noble voluntad que buscan sinceramente la verdad y se esfuerzan por contribuir a la verdadera prosperidad de la humanidad; lo cual, en efecto, ofrece a la Iglesia la oportunidad de entablar un diálogo fructífero con el mundo, es decir, con los pueblos y hombres de todas las religiones y civilizaciones, para que pueda aportar sus esfuerzos conjuntos a salvaguardar los verdaderos bienes de los hombres y a resolver las cuestiones humanas de manera más apropiada según la doctrina del Evangelio.

En efecto, la Iglesia Católica ha brillado con luz propia ante todas las naciones, como una ciudad sobre una colina (Cf. Mt. 5, 14), guardiana invencible de las verdades divinas y la dignidad humana. Tampoco es difícil prever el futuro desarrollo de la vida religiosa que se derivará de ello, cuando el pueblo de Dios se vea cada vez más imbuido de ese aliento sagrado de renovación espiritual que el Concilio ha despertado en la Iglesia.

Todas estas cosas, si bien reconfortan dulcísimo a todos aquellos por cuya obra la «diversa gracia de Dios» (1.ª Pe. 4, 10) ha fluido abundantemente en las almas de los fieles cristianos, al mismo tiempo nos exhortan a esforzarnos con todas nuestras fuerzas para que ningún obstáculo retrase ese río desbordante de gracias celestiales que hoy «alegra la ciudad de Dios» (Sal. 45, 5), ni disminuya en modo alguno el fervor con el que la Iglesia está hoy tan animada. Esto podría suceder si, tras el tiempo de debates y la aprobación de las leyes, el celo apostólico de los santos Pastores disminuyera progresivamente y no prestaran la debida atención a los deberes propios de ese tiempo, que seguirán a la celebración del Concilio. Pues el éxito del Concilio y sus frutos más beneficiosos para la vida de la Iglesia dependerán, más que de la multiplicidad de leyes, de la diligencia y el empeño con que estas se pongan en práctica en el futuro. Por supuesto, será necesario, sobre todo para los fieles cristianos, preparar prudentemente sus mentes para recibir las nuevas normas; despertar la inercia de aquellos que se niegan a adaptarse al nuevo rumbo de las cosas; frenar la intemperancia de otros que se entregan a innovaciones privadas más de lo debido, y que de este modo pueden perjudicar considerablemente la obra de renovación iniciada; contener el cambio de disciplina dentro de los límites prescritos por la autoridad legítima; y, finalmente, infundir en la mente de todos confianza en los sagrados Pastores e instar a la plena obediencia, que es testimonio del verdadero amor a la Iglesia y, al mismo tiempo, la garantía más segura de unidad y de un resultado feliz.

Basta con mencionar brevemente estos puntos, Venerables Hermanos, para que comprendáis la gravedad e importancia de las responsabilidades que os esperan. Se emprenderá una obra de inmensa envergadura que exige prudencia, perseverancia y sabiduría en vuestros consejos; pero también exige, con igual ahínco, el esfuerzo conjunto, entusiasta y magnánimo, de toda la comunidad que ha sido confiada a cada uno de vosotros. Pues el Concilio Ecuménico, al conferir a la vida espiritual y ritual de todos los hijos de la Iglesia, no puede prescindir del esfuerzo común de todos.

En este esfuerzo conjunto, no cabe duda de que los dilectísimos sacerdotes serán de mayor ayuda para sus pastores que otros, especialmente aquellos consagrados al cuidado de las almas. El Concilio Ecuménico, al haber emitido normas providenciales al respecto, les ha proporcionado un instrumento incomparable para ejercer las funciones del sacerdocio con mayor dignidad y eficacia; por lo tanto, que quienes deseen recibirlo y usarlo, se comprometan con resoluciones más firmes y animadas a alcanzar la santidad y a desempeñar el sagrado ministerio con espíritu hábil y generoso. Por nuestra experiencia pastoral, sabemos bien cuántos obreros de Cristo, verdaderamente dignos, han trabajado diligentemente en el cultivo de la tierra del Señor; tampoco ignoramos las dificultades y los sufrimientos a los que están sometidas las vidas de muchos, a menudo transcurridas en soledad, pobreza y entre las mentes hostiles de los hombres. Que estos amados hijos nuestros sepan que el Vicario de Cristo dirige sus pensamientos a ellos y ora constantemente a Dios por ellos. Sus penas, que a menudo están ocultas, pueden estarlo para los hombres, pero no para Dios, quien les prepara una digna recompensa por sus labores en el cielo.

También confiamos especialmente en la valiosa labor que todas las familias religiosas aportarán a este propósito. Pues de la floreciente vida religiosa la Iglesia recupera gran parte de su vigor, de su celo apostólico, de su ardor por la santidad. Como siempre, ahora más que nunca, la Iglesia necesita el testimonio público y social que imparte la vida religiosa, así como la ayuda que se debe brindar al clero diocesano en su apostolado. Que los ejemplos de quienes verdaderamente han renunciado al mundo brillen cada vez más, y demuestren con claridad que el reino de Dios no es de este mundo (Cf. Jn. 18, 30); ni que el celo apostólico que los inflama se limite a los confines de su propia comunidad, sino que se abra a todas las necesidades espirituales que aquejan a nuestra época.

Finalmente, depositamos nuestra gran esperanza en los fieles laicos consagrados al apostolado, a quienes acogemos con afecto paternal. El hecho de que el Concilio Ecuménico haya querido contar con ellos en la labor que les ha sido encomendada, y haya descrito extensamente su lugar y funciones en la Iglesia, demuestra claramente la importancia de los roles que ahora deben asignarse a los laicos. En verdad, la actividad pastoral de los ministros sagrados no puede alcanzar sus objetivos si no va acompañada por la actividad de los laicos, cuya tarea es ayudar a la Iglesia a llevar a cabo su ministerio sagrado, proveer sacerdotes según sus capacidades en aquellos lugares que sufren escasez de clero, y también encontrar nuevas vías y métodos para que la Iglesia pueda transmitir con mayor eficacia el mensaje de salvación a la gente de nuestro tiempo. Por lo tanto, exhortamos a estos hijos nuestros con espíritu paternal a que estén a la altura de esta gran hora del Concilio Ecuménico y a que cumplan con entusiasmo la esperanza y la expectativa que la Iglesia ha depositado en sí misma.

Venerables Hermanos, tenemos la firme esperanza de que vuestros hijos en Cristo, así como han compartido vuestras inquietudes sobre el resultado del Concilio hasta ahora, orando, temblando, esperando y alegrándose, así también, cuando regreséis a vuestros hogares, querrán colmaros de alegría con la generosidad de su valiosa ayuda. En efecto, esperamos fervientemente que a vuestro regreso a vuestra patria no falten testimonios públicos de honor y expresiones de gratitud, como sin duda lo exige la gran obra que habéis realizado junto a Nos con la mayor prudencia, sabiduría y habilidad, y como corresponde a quienes han abierto nuevas metas para la Iglesia y, al mismo tiempo, han mostrado a los hombres con tanta autoridad el camino correcto de la dignidad humana, el amor fraterno, la unidad y la paz. Por vosotros se ha suscitado una gran esperanza en la Iglesia y en el mundo; bienaventurados los que os presten ayuda para nutrirla, fortalecerla y perfeccionarla.

Pero en la ardua y sumamente seria tarea que les corresponde después del Concilio, sabéis, Venerables Hermanos, cuán desiguales son las facultades del hombre. Por lo tanto, la ejecución de las leyes del Concilio solo traerá los frutos deseados de la Iglesia de esta manera, es decir, si la ayuda del Divino Redentor viene en su auxilio, quien dijo: «Sin mí nada podéis hacer» (Jn. 15, 5), y si la acción del Espíritu Santo continúa influyendo profundamente, iluminando y fortaleciendo las almas de los sagrados Pastores también en el futuro. Por consiguiente, las oraciones, en las que consiste la comunión vital de la Iglesia, de manera especial, las oraciones dirigidas al Espíritu Santo, cuyo deber es dirigir los pasos de los seguidores de Cristo, declaran el deber que se les impone ante todo en este último tiempo del Concilio. De ahí que los fieles cristianos reciban fortaleza de lo alto para que puedan recorrer el camino que ahora se les presenta, llenos de esperanza; para que obedezcan con toda obediencia las exhortaciones de la Iglesia, que ahora desea especialmente que sus hijos sean dóciles en la obediencia, prontitud en la acción y magnánimos al soportar las dificultades que puedan surgir; para que finalmente obtengan de Dios una numerosa escuadra de santos, que, como Carlos Borromeo, sean ejemplo y estímulo del Pueblo cristiano en la fiel realización de los decretos conciliares, pues precisamente de esos hombres hay que esperar la verdadera renovación de la Iglesia, ardientemente deseada por el Concilio Ecuménico.

Por esta razón, Venerables Hermanos, hemos decretado que antes de la finalización del Concilio Ecuménico se proclamen solemnes súplicas durante tres días en todas las diócesis, parroquias y comunidades religiosas del mundo católico. Estas súplicas, que se celebrarán durante la próxima novena en honor de la Santísima Virgen María Inmaculada, no solo deberán tener como objetivo dar gracias a Dios y pedir nuevos dones celestiales, sino que también brindarán una oportunidad propicia para recordar a los fieles cristianos sus nuevos deberes y exhortarlos, uniendo sus esfuerzos a vuestras iniciativas, a poner en práctica con entusiasmo los salvíficos preceptos del Concilio Ecuménico en la vida cristiana, tanto privada como pública.

Finalmente, Venerables Hermanos, permitidnos también expresaros nuestro deseo de que vosotros, desde la Ciudad, transmitais a vuestros rebaños las advertencias y exhortaciones apropiadas sobre la celebración de tales súplicas; y, de hecho, para que cuando se celebre la solemne conclusión del Concilio Ecuménico en la Basílica del Vaticano, el mismo día y a la misma hora, toda la familia de católicos en todo el mundo se vea unida con una sola voz y una sola mente en ferviente oración con el Vicario de Cristo y con sus sagrados Pastores.

Sostenidos por esta esperanza, como testimonio de los dones divinos y de Nuestra benevolencia, os impartimos con el mayor amor en el Señor nuestra Bendición Apostólica a todos y cada uno de vosotros, Venerables Hermanos, y al clero y al pueblo confiados a vuestro cuidado.

Dado en Roma, en San Pedro, el 4 de noviembre, fiesta de San Carlos Borromeo, en el año 1965, tercero de Nuestro Pontificado. PABLO PP. VI.
   
Este documento adquiere gran importancia e interés porque, 33 días antes antes de concluir el Concilio Ladrón, Montini afirma que está grandemente admirado «por los numerosos puntos doctrinales propuestos por el Magisterio extraordinario de la Iglesia, así como por las normas de disciplina sabiamente impartidas», en claro contraste con lo que dirá en los 36 días posteriores a la clausura del mismo:
  • «[El Concilio] No pretendió resolver todos los problemas urgentes de la vida moderna; algunos de ellos se han reservado para un estudio posterior que la Iglesia tiene previsto realizar, muchos se presentaron en términos muy limitados y generales, y por ello están abiertos a una mayor investigación y a diversas aplicaciones.
       
    Pero hay que tener en cuenta un punto: la autoridad magisterial de la Iglesia, aun sin querer emitir pronunciamientos dogmáticos extraordinarios, ha dado a conocer su enseñanza autorizada sobre diversas cuestiones que hoy pesan sobre la conciencia y la actividad del hombre, entablando, por así decirlo, un diálogo con él, pero conservando siempre su propia autoridad y fuerza; ha hablado con la voz conciliadora y amigable de la caridad pastoral; su deseo ha sido ser escuchado y comprendido por todos; no se ha centrado únicamente en la comprensión intelectual, sino que también ha procurado expresarse con un estilo sencillo, actual y coloquial, derivado de la experiencia real y con un trato cordial que lo hace más vital, atractivo y persuasivo; ha hablado al hombre moderno tal como es» (Discurso de clausura del Concilio Vaticano II, 7 de Diciembre de 1965)
  • «Algunos se preguntan qué autoridad, qué cualificación teológica, quiso atribuir el Concilio a sus enseñanzas, sabiendo que evitó dar definiciones dogmáticas solemnes que comprometieran la infalibilidad del magisterio eclesiástico. Y la respuesta es conocida por quienes recuerdan la declaración conciliar del 6 de marzo de 1964, reiterada el 16 de noviembre de 1964: dado el carácter pastoral del Concilio, evitó pronunciar de manera extraordinaria dogmas investidos de infalibilidad; pero, no obstante, dotó a sus enseñanzas de la autoridad del magisterio ordinario supremo. Este magisterio ordinario, y por tanto manifiestamente auténtico, debe ser aceptado dócil y sinceramente por todos los fieles, de acuerdo con la intención del Concilio respecto a la naturaleza y los fines de cada documento» (Audiencia general, 12 de Enero de 1966).
Ahora, ¿qué es ese “Magisterio extraordinario” (u otras expresiones semejantes) del que hace referencia? El ejercicio solemne del oficio docente de la Iglesia, bien sea por declaraciones ex cáthedra por el Papa o las definiciones dogmáticas del Concilio general en comunión con él, que goza siempre de la infalibilidad en sí mismo (el Magisterio ordinario, en contraste, no siempre lo es, PERO no por eso deja de ser vinculante a los fieles).

Dejando a un lado la aparente contradicción de las declaraciones, debemos centrar nuestro análisis en que “Postréma Séssio” fue publicado en las Acta Apostólicæ Sedis, por lo que es un documento oficial con fuerza vinculante. Todo el que reconozca al Vaticano II y sus papas como legítimos, debe prestar su asentimiento a todo lo que digan que es verdadero, condenar lo que digan que es falso, permitir lo que este permita y abstenerse de lo que prohíbe.

Muchos de los “tradicionalistas”, en cambio, frente a las declaraciones del Concilio Vaticano II sobre la Iglesia, la liturgia sagrada, los efectos del bautismo, la legitimidad del ecumenismo y el cambio doctrinal que este implica, la relación de la Iglesia con otras religiones, la libertad religiosa y la dignidad humana, et álibi aliórum plurimórum, las consideran opcionales porque no han sido declaradas infaliblemente, tranquilizando así su conciencia. Tal proceder es falso no solamente porque los diez y seis documentos del Vaticano II fueron promulgados observando los tres requisitos para la infalibilidad establecidos en Pastor Ætérnus, sino también porque aun si no fuera el caso, no habría tampoco problema en aceptarlo, ni habrá posibilidad de decir que hay ruptura con la doctrina anterior o peligro al seguirlo.

En tal sentido, la pregunta debe reformularse: No es tanto «¿Se debe aceptar el Vaticano II?», sino «¿Es seguro aceptar el Vaticano II?», porque de la respuesta a esta viene la justificación para responder aquella. Si la respuesta es afirmativa, «apaga y vámonos». Pero si la respuesta es negativa (y en efecto, lo es), entonces EL VATICANO II NO ES LEGÍTIMO NI VIENE DE UN PAPA LEGÍTIMO:
  • «…Les recomiendo que se mantengan firmes en su determinación de ser hijos leales de la Iglesia de Jesucristo, en un tiempo en que tantos, quizás sin saberlo, se han mostrado desleales. Porque el primer y mayor criterio de la fe, la prueba definitiva e inexpugnable de la ortodoxia, es la obediencia al magisterio de la Iglesia, que es viva e infalible, ya que fue establecida por Cristo como columna et firmamentum veritatis, «columna y fundamento de la verdad» (1.ª Tim. 3, 15)» (San Pío X. Discurso Con vera soddisfazione a la 2.ª Convención de Universidades Católica, 10 de Mayo de 1909
  • «La cátedra es un asiento, algo elevado y solemne, desde el cual un maestro imparte enseñanza. Consideremos, pues, la cátedra desde la cual el primer Papa habló a los primeros cristianos, tal como Nos os hablamos ahora, exhortándoos a estar alerta contra el diablo, que anda como león rugiente buscando a quien devorar (1.ª Pe. 5, 8), y a ser firmes en la fe y no dejaros engañar por los falsos profetas (2.ª Pe. 2, 1). Esta enseñanza de Pedro perdura en sus sucesores y perdurará, inmutable, por siempre, pues esta es la misión que Cristo mismo encomendó a la cabeza de la Iglesia» (Pío XII, Audiencia general, 17 de Enero de 1940).
La realidad muestra que Montini dijo que el asentimiento al Vaticano II NO ERA OPCIONAL: Además de los documentos citados ut supra, también cuentan dos discursos dél:
  • «Continuamos meditando sobre las enseñanzas del Concilio porque estamos convencidos de que este evento constituye una “summa” para nuestro tiempo, un rico y autorizado compendio de doctrinas y normas para las necesidades de nuestro tiempo, y marca un momento característico y decisivo en el curso de la tradición católica por los tesoros de verdad que nos conserva del pasado y por aquellos que nos abre en el camino hacia el futuro (Audiencia general, 4 de Febrero de 1970).
  • «Por un lado, están quienes, bajo el pretexto de una mayor fidelidad a la Iglesia y al Magisterio, rechazan sistemáticamente las enseñanzas del Concilio, su aplicación y las reformas que de él se derivan, así como su gradual implementación por la Sede Apostólica y las Conferencias Episcopales, bajo nuestra autoridad, como lo quiso Cristo. La autoridad de la Iglesia se desacredita en nombre de una Tradición cuyo respeto solo se atestigua material y verbalmente; los fieles se alejan de los lazos de obediencia a la Sede de Pedro y a sus obispos legítimos; la autoridad de hoy se rechaza en nombre de la de ayer. Y el hecho es aún más grave, puesto que la oposición de la que hablamos no solo es alentada por algunos sacerdotes, sino que está liderada por un obispo, sin embargo siempre venerado por Nosotros, el arzobispo Marcel Lefebvre.
      
    Resulta muy doloroso constatarlo, pero ¿cómo no ver en tal actitud —cualesquiera que sean las intenciones de estas personas— que se colocan fuera de la obediencia y la comunión con el Sucesor de Pedro y, por lo tanto, con la Iglesia?
      
    Porque, lamentablemente, esta es la consecuencia lógica de afirmar que es preferible desobedecer con el pretexto de mantener intacta la fe, de trabajar a su manera para preservar la Iglesia Católica, negando al mismo tiempo su obediencia efectiva. ¡Y lo dicen abiertamente! Se atreven a afirmar que el Concilio Vaticano II no es vinculante; que la fe también está en peligro debido a las reformas y orientaciones posconciliares; que existe el deber de desobedecer para preservar ciertas tradiciones. ¿Qué tradiciones? ¡Es este grupo, y no el Papa, ni el Colegio Episcopal, ni el Concilio Ecuménico, el que establece cuál de las innumerables tradiciones debe considerarse la norma de fe! Como veis, venerables hermanos, esta actitud se erige como prueba de la voluntad divina que puso a Pedro y a sus legítimos sucesores a la cabeza de la Iglesia para confirmar a los hermanos en la fe y apacentar el rebaño universal (cf. Lc. 22, 32; Jn. 21, 15 ss.), lo que lo estableció como garante y custodio del depósito de la fe.
      
    Y esto es aún más grave, en particular, cuando se introduce la división, precisamente donde el amor de Cristo nos unió en uno, en la Liturgia y el Sacrificio Eucarístico, al negarse a cumplir con las normas definidas en el ámbito litúrgico. Es en nombre de la Tradición que pedimos a todos nuestros hijos, a todas las comunidades católicas, que celebren la Liturgia renovada con dignidad y fervor. La adopción del nuevo “Ordo Missæ” ciertamente no queda a discreción de los sacerdotes ni de los fieles: y la Instrucción del 14 de junio de 1971 preveía la celebración de la Misa en la forma antigua, con la autorización del ordinario, solo para sacerdotes ancianos o enfermos que ofrecieran el Sacrificio Divino sine populo. El nuevo Ordo fue promulgado para reemplazar al antiguo, después de una cuidadosa deliberación, siguiendo las peticiones del Concilio Vaticano II. De la misma manera, nuestro santo Predecesor Pío V había hecho obligatorio el Misal reformado bajo su autoridad, siguiendo el Concilio de Trento.
      
    Exigimos la misma disposición, con la misma autoridad suprema que nos proviene de Cristo Jesús, para aceptar todas las demás reformas litúrgicas, disciplinarias y pastorales que se han desarrollado en los últimos años en aplicación de los decretos conciliares. Cualquier iniciativa que pretenda obstaculizarlas no puede considerarse un servicio a la Iglesia; de hecho, le causa un grave daño.
       
    En varias ocasiones, directamente, a través de nuestros colaboradores y otros amigos, hemos llamado la atención de Monseñor Lefebvre sobre la gravedad de sus actitudes, la irregularidad de sus principales iniciativas actuales, la inconsistencia y a menudo la falsedad de las posiciones doctrinales en las que se basa, y el daño que estas causan a la Iglesia en su conjunto.
       
    Con profunda amargura, pero con esperanza paternal, nos dirigimos una vez más a este Hermano nuestro, a sus colaboradores y a quienes se han dejado influenciar por ellos. Ciertamente, creemos que muchos de estos fieles, al menos inicialmente, actuaron de buena fe; también comprendemos su apego sentimental a las formas habituales de culto o disciplina que durante mucho tiempo les habían servido de apoyo espiritual y en las que habían encontrado alimento espiritual. Pero confiamos en que podrán reflexionar con serenidad, sin prejuicios, y estarán dispuestos a admitir que hoy encontrarán el apoyo y el alimento que buscan en las formas renovadas que el Concilio Ecuménico Vaticano II y Nos mismos hemos decretado como necesarias para el bien de la Iglesia, su progreso en el mundo contemporáneo y su unidad. Por lo tanto, exhortamos una vez más a todos estos hermanos e hijos nuestros, les imploramos que tomen conciencia de las profundas heridas que de otro modo causan a la Iglesia, los invitamos nuevamente a reflexionar…
      
    Con profunda tristeza, pero con esperanza paternal, nos dirigimos una vez más a nuestro hermano Monseñor Marcel Lefebvre y a sus colaboradores; los invitamos a reflexionar sobre las serias advertencias de Cristo respecto a la unidad de la Iglesia (cf. Jn. 17, 21 ss.) y la obediencia debida al legítimo Pastor que Él ha puesto al frente del rebaño universal, como signo de la obediencia debida al Padre y al Hijo (cf. Lc. 10, 16). Los esperamos con el corazón abierto, con los brazos dispuestos a acogerlos: ¡que sepan redescubrir, con humildad y edificación, para alegría del Pueblo de Dios, el camino de la unidad y del amor!» (Alocución consistorial Ex quo die, 24 de Mayo de 1976).
Claro, no pretendemos (¡líbrenos Dios si quiera de pensarlo!) lograr que nadie siga a Pablo VI y acepte el concilio ni participe en la abominable liturgia del Novus Ordo. Simplemente pretendemos señalar la flagrante incongruencia en la postura de los lefebvristas y otros tradicionalistas (y neoconservadores) que defienden el reconocimiento y la resistencia. Intentan defender la fe tradicional, pero, al negarse a reconocer que los papas del Vaticano II debieron ser falsos papas, se ven obligados a negar esa fe distorsionando, o mejor dicho, denigrando, la verdadera doctrina sobre el papado. La única salida a este dilema es la conclusión teológica y canónica de la Sede Vacante.

Pasemos a otra parte de “Postréma Séssio”: La finalidad del documento es convocar a un triduo de oración «para obtener un nuevo Pentecostés, por el cual el rostro de la Esposa de Cristo y la sociedad de los hombres se renueven salvíficamente por la gracia del Espíritu Santo».

Montini repite la idea de un «nuevo Pentecostés», acuñada por su antecesor inmediato Juan XXIII bis Roncalli en su homilía de Pentecostés el 17 de Mayo de 1959. ¡Blasfemia! Pedir un «nuevo Pentecostés» es insinuar que no fue suficiente la acción del Espíritu Santo en la Iglesia desde el 15 de Mayo del año 33 (el Pentecostés original) y prolongada en los católicos individualmente considerados por medio de la Confirmación.

Sea esta, sin embargo, la oportunidad de reiterar una verdad: León XIII Pecci dijo en su encíclica “Divínum illud munus” que el Pentecostés no es el día en que nace la Iglesia Católica (nació cincuenta días antes en el Monte Calvario, el Viernes Santo 25 de Marzo del año 33, cuando el Costado de Nuestro Señor Jesucristo es traspasado con la lanza), sino el día en que esta se manifiesta por primera vez a todos los hombres de todas las naciones del mundo.

Entonces, si para la verdadera Iglesia Católica el día de Pentecostés es cuando se muestra por primera vez al mundo, la Pseudoiglesia nacida del Vaticano II tuvo su «nuevo Pentecostés» el día 21 de Noviembre de 1964, cuando en el número 8 del primer capítulo de la recién ratificada constitución dogmática “Lumen Géntium” sobre la Iglesia dice lo siguiente:
«Esta Iglesia, establecida y organizada en este mundo como una sociedad, subsiste en (subsístit in) la Iglesia católica, gobernada por el sucesor de Pedro y por los Obispos en comunión con él, si bien fuera de su estructura se encuentren muchos elementos de santidad y verdad que, como bienes propios de la Iglesia de Cristo, impelen hacia la unidad católica».

El “subsístit in” expresado en Lumen Géntium (que, si bien el padre Sebastiaan Peter Cornelis Tromp Lörper SJ, secretario general de la Comisión Doctrinal, lo hizo introducir en la sesión plenaria del 26 de Noviembre de 1963 a las 18:35h, procede en realidad del pastor luterano alemán Wilhelm Schmidt, quien la transmitió por escrito al cardenal Josef Frings por medio de su perito teológico Joseph Ratzinger) era una novedad extraña y contrapuesta a la identidad entre la Iglesia de Cristo y la Iglesia Católica sobre la cual Pío XII insistió en su encíclica “Humáni géneris in rebus” catorce años atrás. CA-TOR-CE AÑOS. Y esa novedad justifica un ecumenismo que no conduce a ABSOLUTAMENTE NADA, porque nunca se definió en qué consiste la unidad que ellos buscan, ni las partes implicadas están de acuerdo en el objeto y alcances de esa unidad.

Poco después de la clausura del Concilio Vaticano II, el propio Pablo VI habló de la “iglesia conciliar”, a cuya imagen los líderes católicos debían ahora “transformarse”. Y luego está la sorprendentemente sincera confesión de un cardenal polaco Karol Wojtyła que no se imaginaba que iba a ser el futuro Juan Pablo II (aunque algo debía barruntar), quien predicó en su sermón cuaresmal de 1976:
«La Iglesia del Dios viviente congrega a todos los hombres que, en cualquier forma, toman parte de esta maravillosa trascendencia del espíritu humano. Y todos ellos saben que nadie logrará colmar sus deseos más profundos. La manifestación de esta trascendencia de la persona humana la constituye la oración de fe, pero en ocasiones también el profundo silencio. Este silencio, que a veces parece separar al hombre de Dios, es no obstante un acto especial de la unión vital entre Dios y el espíritu humano. La Iglesia de nuestro tiempo se ha hecho particularmente consciente de esta verdad y, por ello, a su luz, ha logrado redefinir, en el Concilio Vaticano II, su propia naturaleza» [Signo de contradicción: Meditaciones (Trad. española de Vicente Manuel Fernández Hernández), 3.a edición. Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos 1979, pág. 24].
Y el reinante León XIV Riggitano-Prévost en su encíclica Magnífica Humánitas, también:
«El Concilio Vaticano II marcó un punto de inflexión en la forma en que la Iglesia se entiende a sí misma en el mundo contemporáneo. En la Constitución pastoral Gáudium et Spes nos presentó la imagen de una Iglesia cercana a la humanidad, comprometida con el mundo y dedicada a reflexionar no a partir de esquemas abstractos, sino de la realidad concreta de las situaciones históricas» (Magnífica Humánitas, n. 34).
En otra parte de la exhortación de “Postréma Séssio”, Montini expresa su esperanza de que su falso concilio «traiga un nuevo y abundante derramamiento de vida espiritual a la Iglesia y al mundo». Ahora, más de 60 años después, los resultados son innegables: la «Iglesia conciliar» de Montini ha causado una ruina doctrinal, moral, espiritual y litúrgica absoluta en millones de almas; sacramentos inválidos, inmoralidad en los ministros y la alineación con el sistema tan corrupto hasta el punto de la intrascendencia.

«Por sus frutos, los conoceréis».


Rvdo. P. JORGE RONDÓN SANTOS S. Ch. R.
12 de Septiembre de 2026 (Año Santo de Cristo Rey).
Fiesta del Santísimo Nombre de la Bienaventurada Virgen María; de San Guido de Anderlecht, peregrino; y de San Sacerdote, obispo de Lyon. Nacimiento del Ilmo. Sr. Don José de Cuero y Cayzedo, obispo de San Francisco de Quito y presidente del Estado de Quito. Tránsito de Miguel Juan Pellicer Blasco, beneficiario del Milagro de Calanda. Martirio del Beato Tomás de Zumárraga y Lazcano OP. Conquista de Mallorca por el rey Jaime I de Aragón; victoria de Castilla en el I Sitio de Gibraltar; coronación de Felipe II de España como rey de Portugal; victoria naval española sobre los corsarios neerlandeses en Pernambuco (Brasil); victoria de Juan III Sobieski de Polonia sobre los turcos otomanos en la batalla de Kahlenberg, y levantamiento del 2.º Sitio de Viena; victoria armenia y rescate por la Armada francesa en el asedio de la Colina de Moisés (Turquía). Fundación de la Hermandad del Señor del Santuario de Santa Catalina en Lima (Perú).

REUNIDO MANUSCRITO MEDIEVAL DESPUÉS DE SIETE SIGLOS

Noticia tomada de ABC (España).
  
EL LIBRO QUE SE REPARTIERON TRES IMPERIOS VUELVE A UNIRSE EN AQUILEA TRAS SIETE SIGLOS MUTILADO
Una muestra reconstruye cómo emperadores, dogi y patriarcas confundieron un códice del siglo VI con una obra original de San Marcos y lo transformaron en arma de legitimidad política.
  

La ciudad italiana de Aquilea recuperará uno de los libros más codiciados de la antigüedad, un manuscrito medieval del evangelio de San Marcos, que le perteneció durante varios siglos. Sus tres fragmentos, repartidos desde hace siete siglos entre Praga, Venecia y Cividale del Friuli, serán expuestos juntos durante seis semanas para narrar la fascinante historia de emperadores y patriarcas que se lo dividieron convencidos de que era el original que San Marcos escribió de su puño y letra.
  
«No nos limitamos a exponer una reliquia famosa, contamos cómo un libro ha forjado identidades y legitimado poderes», explica Cristiano Tiussi, uno de los comisarios de la exposición que se inaugura este sábado en el Palacio Meizlik y que ha sido presentada en el Pontificio Instituto de Arqueología Sacra, en Roma. También la otra comisaria, Martina Dlabajová, considera que este encuentro de fragmentos representa de alguna forma «la esencia de Europa, identidades diferentes que, al relacionarse entre sí, adquieren un significado nuevo y más profundo».
  
No era sólo devoción a San Marcos. Aquilea, ciudad que marca el umbral entre Oriente y Occidente y que fue puente entre el Mediterráneo y la cultura eslava, reúne estos fragmentos para explicar cómo tres potencias de la antigua Europa (el Patriarcado de Aquilea, la Serenísima República de Venecia y el Reino de Bohemia) construyeron parte de su prestigio en torno a la propiedad de este manuscrito.
   
En la Edad Media, el principal argumento para establecer jerarquías, jurisdicciones y primados de diócesis era si derivaban de la predicación de un apóstol o de uno de los grandes personajes del inicio del cristianismo. La presencia del libro en Aquilea reforzaba la antigua tradición de que San Marcos, discípulo de San Pedro, fue el primer evangelizador de esa región del norte del Adriático. Por ese motivo, en el año 827, el sínodo de Mantua reconoció a esta ciudad su supremacía sobre Grado.
   
Como Venecia la consideraba un posible rival, un año más tarde, en el año 828, comerciantes venecianos sustrajeron de Alejandría de Egipto los restos del evangelista y los llevaron a la laguna. Así se dotaba de un santo patrón de rango apostólico y de un fundamento ideológico sólido para reforzar el poderío de su República.
   
El manuscrito procede del “Codex Forojuliénsis” o “Evangeliario de Cividale” (manuscrito CXXXVIII). Se trata de un evangeliario del siglo VI, de formato casi cuadrado, escrito en letra uncial, la caligrafía reservada a los textos sagrados. Contenía los cuatro evangelios en la versión latina de San Jerónimo y es uno de los testimonios más antiguos de cómo estaban ordenados los evangelios en el Occidente latino. Probablemente, fue realizado en Rávena y allí conservado hasta que en la segunda mitad del siglo IX llegó a Aquilea, donde fue firmado por el patriarca Teodemaro.
  
Códice Forojuliense (Archivo histórico de Cividali del Friuli, manuscrito CXXXVIII).

Entre los siglos XII y XIII los siete pliegos del evangelio de San Marcos fueron extraídos y encuadernados aparte. Se trataba de cuarenta hojas cubiertas con una portada realizada con láminas de plata dorada. Era un ejemplar tan lujoso que parecía un relicario. Precisamente ese lujo hizo que muchos consideraran que aquellas páginas habían sido escritas por la propia mano del evangelista. Así lo recoge el inventario más antiguo del Tesoro patriarcal de Aquilea, del siglo XIV.

Esa errónea atribución fue también su maldición. En aquel entonces, una cosa era tener un evangeliario, y otra muy distinta, una «reliquia de contacto» que había tocado personalmente este discípulo de San Pedro. Este objeto transmitía a su dueño una autoridad espiritual que ningún otro título feudal o religioso podía conferir. El manuscrito se convirtió en botín de estado, no por su valor material sino por la legitimidad que garantizaba a quien lo tenía. Y así comenzó a ser troceado.
  
El primero que solicitó un trozo de reliquia fue el rey Carlos IV de Luxemburgo. En 1354, cuando iba de camino a Roma para recibir la corona imperial de manos del Papa, solicitó a su hermanastro Nicolás, patriarca de Aquilea, que le diera algunas páginas para enriquecer la catedral de San Vito en Praga. El patriarca no podía negarse al futuro emperador y argumentó ante su gente que desmembrar una reliquia no la daña. En Praga, ese fragmento entró en procesión solemne y fue conservado en un relicario de oro y gemas en el corazón sagrado del Reino de Bohemia, la tumba de San Venceslao. Actualmente está en el Archivo del Castillo de Praga.

El resto del manuscrito no se movió de Aquilea hasta que el 30 de mayo de 1420, el dogo de Venecia Tommaso Mocenigo conquistó la ciudad y lo reclamó argumentando que debía volver a manos de quien lo había escrito: deseaba ponerlo junto a la tumba del evangelista en la ciudad de los canales. La entrega significó la sumisión de Aquilea a Venecia y puso las bases para la institución del Patriarcado de Venecia. Para el fragmento, la humedad de la laguna resultó fatal, y en pocos siglos sus hojas se deterioraron hasta volverse ilegibles. Hoy estos restos se conservan en una vitrina relicario del Tesoro de San Marcos.  
  
Relicario del Evangeliario de San Marcos (Venecia, Tesoro de la Basílica de San Marcos).

Libro de vivos
Pero la exposición guarda otra sorpresa al visitante que se remonta a los orígenes del códice. Antes de que el evangeliario fuera desmembrado, siguiendo una costumbre medieval, fue utilizado como “Liber vitæ” (Libro de vivos) y en los márgenes de sus páginas se anotaron más de mil quinientos nombres de personas que habían pedido oraciones a la comunidad de monjes propietaria del libro. Eran probablemente benefactores y personajes ilustres que visitaron su monasterio y vieron la obra. Se mencionan personalidades de la segunda mitad del siglo IX y principios del X como el emperador del Sacro Romano Imperio Luis II “el Joven” y su consorte Ingelberga, el príncipe de la Gran Moravia Svatopluk y un embajador del rey de Bulgaria recién convertido.
   
Aunque la muestra “El Evangelio de Marcos. Siete siglos. Tres fragmentos. Un relato europeo” (Il vangelo di Marco. Sette secoli. Tre frammenti. Un racconto europeo) estará abierta hasta abril de 2027, la fragilidad del pergamino impone sus propias reglas al reencuentro. La luz y los rayos ultravioleta dañarían de forma irreversible las hojas de Praga y Cividale, así que los originales solo permanecerán expuestos durante las seis primeras semanas, antes de ser sustituidos por reproducciones digitales de alta resolución que permitirán hojear réplicas exactas del manuscrito.
  
Una oportunidad irrepetible para ver el libro que fundamentó la justificación política de un imperio, una república y un reino. Un recuerdo de cómo quienes lo instrumentalizaron probablemente se olvidaron de leerlo.

viernes, 11 de septiembre de 2026

MONASTERIOS CENTENARIOS EN VENTA

Noticias tomadas de distintas fuentes.
  
1.º ALEMANIA: MONASTERIO EN VENTA DESPUÉS DE 30 AÑOS.
  

La “Encomienda Lage”, un monasterio en Rieste (Baja Sajonia, Alemania) de casi 19 hectáreas, fue vendida por la diócesis de Osnabrūck a la inmobiliaria Max Geers, de Bersenbrück, que desarrollará un complejo de apartamentos de alquiler. La entrega se realizará el 15 de Enero de 2027.

La diócesis puso en venta el monasterio con un precio inicial de menos de un millón de euros aduciendo que los costes de mantenimiento del edificio eran “impagables”.

El complejo fue una encomienda de la Orden de Malta desde 1260 hasta 1810, con una existencia turbulenta: fue destruido por el príncipe-obispo Dietrich von Horne en medio del conflicto con el condado de Tecklemburgo en 1384 y saqueado dos veces durante la Guerra de los Treinta Años (1618-1648). Fue uno de los dos enclaves católicos en la región luego que la ciudad adoptó el protestantismo.

Vendido a la Cámara del Monasterio de Hannover tras la disolución en 1810, el edificio de 2.000 m² fue hotel y restaurante hasta que la diócesis osnabruguense lo compró en 1999 para instalar a unas monjas dominicas (que lo abandonaron en Marzo de 2020). Entre 2021 y 2026, fue un monasterio de la provincia franciscana conventual de Santa Isabel de Alemania.

Hasta entonces, el presbítero Hubert Bischof asumirá la responsabilidad pastoral de las peregrinaciones en el decanato de Osnabrück Norte, apoyado por otros presbíteros de la zona (es de advertir que la iglesia adyacente a la Encomienda, dedicada a San Juan Bautista, ha sido destino de peregrinación por la Lagerkreuz, un crucifijo de roble consagrado en 1315 por Engelberto II von Weyhe, obispo de Osnabrück).
  

2.º FRANCIA: LOS PADRES ESPIRITANOS VENDEN ANTIGUO MONASTERIO CISTERCIENSE.
  

La antigua abadía de Nuestra Señora de Langonnet en Bretaña ha sido puesta a la venta por la diócesis de Quimper, con un precio de alrededor de dos millones de euros.

Fundado en 1136 por el duque de Bretaña Conan III “El gordo” de Cornouaille y su madre Ermengarda de Anjou como un monasterio cisterciense, el predio incluye alrededor de 5.380 metros cuadrados de edificios, ubicados dentro de casi 58 hectáreas de bosques, prados y tierras agrícolas.

Durante siglos, los monjes cistercienses oraron aquí y dieron forma a la zona alrededor del monasterio, que también tuvo una historia turbulenta: fue destruido en la Guerra de sucesión bretona (1341 - 1367, parte de la Guerra de los Cien Años) y en 1595 durante las Guerras de Religión francesa; y tras la expulsión de los cistercienses en 1790, fue vandalizada por las tropas republicanas luego de expulsar a unos chuanes que se refugiaron en el lugar.
 
Después de los horrores de la Revolución Francesa y que el monasterio fuese convertido en establo de yeguas por Napoleón Bonaparte, la Congregación del Espíritu Santo y el Inmaculado Corazón de María (la congregación cuyo posterior superior general fue el arzobispo Marcel Lefebvre) hicieron de Langonnet su hogar en 1857. 
  
Ellos permanecieron allí durante casi 170 años (interrumpidos también por la Ley Combes entre 1905 y 1927). Generaciones de misioneros pasaron por la abadía antes de partir hacia África y otras partes del mundo. Ahora ese capítulo está llegando a su fin. Los últimos espiritanos se marcharán el próximo martes 15 de Septiembre, entre ellos algunos ancianos de la orden que habían pasado su jubilación en Langonnet. Su destino: la casa espiritana de retiro de Chevilly-Larue (Val de Marne), o la de San Joaquín (Santa Ana de Auray).
   
Según se informa, la propiedad ha estado buscando un comprador durante aproximadamente dos años, mientras que los intentos de encontrar un futuro que preserve su patrimonio religioso y misionero hasta ahora no han ido a ninguna parte.

El pasado 26 de Julio tuvo lugar la última peregrinación en honor de San Mauricio Duault, segundo abad de Langonnet y fundador de la abadía de Carnöet. La abadía de Langonett acoge actualmente sus reliquias después de la traslación el 6 de Agosto de 1880.
  

Dos millones de euros suena muy poco para 58 hectáreas y una abadía medieval, pero el costo real probablemente vendrá más adelante. Mantener, restaurar y encontrar un uso viable para un complejo histórico tan grande requerirá una inversión seria.