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ORGULLOSAMENTE HISPANOHABLANTES

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lunes, 24 de junio de 2019

LOS NIÑOS TAMBIÉN PUEDEN IR AL PURGATORIO

Detalle del Altar de ánimas de la parroquia de San Santiago el Mayor en Rohrbach (Alta Austria)
   
¿HAY NIÑOS EN EL PURGATORIO?
Hay niños que empiezan a tener uso de razón antes de lo que se piensa. Y dándose cuenta de que obran mal, suelen decir mentiras, reñir con otros, desobedecer a sus padres, cometer pequeños robos, decir palabras malsonantes, insultar a otros, y ni qué decir los niveles de pecado que estas nuevas generaciones han alcanzado.
Por eso tiene explicación lo que escribió la Venerable Doña Marina de Escobar, una mística española declarada venerable por la Iglesia Católica. Esto fue lo que escribió en su diario:
“Me mostró el Señor muchas almas de niños pequeños, como de siete años abajo, que me parecería a mí padecían grandes penas en el Purgatorio. Estaban como crucificadas, extendidos los bracitos y díjome Su Majestad: ‘Preocúpate por estas almas, ruega por ellas, como sueles hacerlo con las demás almas del Purgatorio y aplícales Comuniones’.
 
Pues, Señor mío, dije yo, estos niños, ¿cómo es que van al Purgatorio y padecen tanto? ‘Penas padecen -respondió el Señor-; pero no son tan grandes como a ti, lastimada de verlos, te parecen. Sabe que estas almas de niños de poca edad, murieron con culpas ligeras y veniales, que es necesario las paguen.
 
Mas como vosotros, cuando mueren estos tales, los llamáis angelitos y pensáis que enseguida van al Cielo, sucede que no ofrecéis Misas, ni los socorréis con otras buenas obras, no siendo auxiliados sino con sólo los sufragios comunes de la Iglesia, motivo por el que permanecen largo tiempo en sus penas, hasta salir por sus cabales, hasta que cumplen todo el tiempo a que se los destinó sufrir, sin abreviársele este tiempo debido a ese error de creérselos ya en el Cielo y no socorrérselos como a los difuntos adultos con toda clase de sufragios. Ruégame, pues, tú por ellos, en tus oraciones’.
 
Hice lo que el Señor me mandaba, quedando harto enseñada de lo meticulosa que es la DIVINA JUSTICIA en purificar a toda alma (sea de quien sea) para que pueda luego ir a gozarle en la Gloria”. (Libro II, cap. 17)
   
TAMBIÉN LOS NIÑOS VAN AL PURGATORIO
La beata María Ana Lindmayr vio también niños en el Purgatorio. Su hermana Ana Catalina, casada con Winkler, tuvo dos hijos: Félix e Ignacio. Félix murió el 23 de Marzo de 1701, e Ignacio lloró mucho por su muerte. Félix era un buen niño, muy diferente de Ignacio, que por el contrario era violento, colérico y desobediente, pero muy inteligente. La beata oró para que, si no iba a vivir según los mandatos de Dios, Él se lo llevara consigo aún inocente. En ese momento el niño se encontraba bien de salud. El 20 de Mayo Ignacio fue preso de una gran nostalgia de Félix, se puso muy triste y decía que quería irse con su hermanito. Ese mismo día convulsionó, sufrió hasta el 8 de Junio, después se calmó, y el 14 de Junio murió sin haber llegado aún a los cuatro años de edad.
  
Pocos días después se apareció Ignacio a Ana María, y a los lados lo acompañaban sus dos hermanitos (uno ya había muerto antes de Félix). Ignacio llevaba una túnica gris y estaba muy triste. La tía rezó por él y le fue revelado que Ignacio ya había pecado y por eso debió ir al Purgatorio.
  
Dos días después volvió a ver a Ignacio, pero ahora en brazos de su Ángel Custodio que lo llevaba al Cielo. La beata escribe al respecto: “He visto muchos niños desde los cuatro años en adelante en el Purgatorio, y he aprendido que cuando estos están para morir, hay que hacerlos arrepentirse y confesarse; se les debe absolver y dar la extremaunción”.
  
Del libro de Ana María Lindmayr, Mein verkehr mit armen seelen: Aus dem Tagebuch einer Carmelitin. Christiana-Verlag, 1978.
    
OFREZCAMOS EL SANTO ROSARIO, COMUNIONES Y MISAS POR LAS ALMAS DE NIÑOS EN EL PURGATORIO
  
“No puedo explicar la compasión que me causa ver a las almas del Purgatorio. Pero nada hay más consolador que contemplar su paciencia y ver cómo se alegran las unas de la salvación de las otras. He visto niños también en ese lugar” (Bienaventurada Ana Catalina Emmerick, Visión del 2 de Noviembre de 1822).

PREFACIO DE LA NATIVIDAD DE SAN JUAN BAUTISTA

El nacimiento de San Juan Bautista (Maestro de Miraflores, parte del retablo de San Juan Bautista. Madrid, Museo del Prado).

En Francia, especialmente en la Sede Primada lugdunense (Lyon tiene por patrono de su catedral a San Juan Bautista), en el día de su Natividad y durante la Octava -siempre que no se ordene otro en el Propio de la Misa del día- se reza este prefacio, que resumen las gracias recibidas y el ministerio que realizara el Precursor de Nuestro Salvador, al que reconoció y señaló desde antes de nacer.

LATÍN: Vere dignum et justum est, ǽquum et salutáre, nos tibi semper et ubíque gratias ágere: Dómine, sancte Pater, omnípotens ætérne Deus: Et tuam in beáto Joánne Baptísta Præcursóre magnificéntiam collaudáre, qui vocem Matris Dómini nondum éditus sensit, et adhuc clauso útero, advéntum salútis humánæ prophética exsulatióne significávit. Qui et genetricis sterilitátem concéptus ábstulit, et patris linguam natus absólvit, solúsque ómnium prophetárum Redemptórem mundi, quem prænuntiávit, osténdit. Et ut sacrae purificatiónis efféctum aquárum natúra concíperet, sanctificándis Jordánis fluéntis, ipsum baptísmo baptísmatis lavit auctórem. Et ídeo cum Ángelis et Archángelis, cum Thronis et Dominatiónibus, cumque omni milítia cœléstis exércitus hymnum glóriæ tuæ cánimus, sine fine dicéntes:

TRADUCCIÓN: Verdaderamente es digno y justo, equitativo y saludable darte gracias siempre y en todo lugar, Señor Santo, Padre omnipotente y eterno Dios. Y alabar tu magnificencia también en el bienaventurado Juan el Bautista, el Precursor, quien, aún no nacido, oyó la voz de la Madre del Señor y, todavía en el seno materno, anunció con profética exultación el advenimiento de la salvación de los hombres: Cuya concepción removió la esterilidad de su madre, y cuyo nacimiento desató la lengua de su padre: quien entre todos los profetas fue el único que señaló al Redentor del mundo, al cual anunció: y, para que la naturaleza del agua pudiese tener el efecto de sagrada purificación para los que serán santificados en la corriente del Jordán, lavó en el bautismo al mismo Autor del Bautismo. Y por eso, con los Ángeles y los Arcángeles, con los Tronos y las Dominaciones, y con toda la milicia del ejército celestial, cantamos un himno a tu gloria diciendo sin cesar: Santo...

MISA EN HONOR DE LA NATIVIDAD DE SAN JUAN BAUTISTA

Del Misal Romano de San Pío V. El Prefacio (que se puede decir durante la Octava, salvo que haya otro designado para la Misa) es propio de Francia.
 
Die 24 Junii
IN NATIVITATE SANCTE JOANNIS BAPTISTÆ
Duplex I classis cum Octava communi.

Introitus. Isa. 49, 1 et 2. De ventre matris meæ vocávit me Dóminus in nómine meo: et pósuit os meum ut gládium acútum: sub teguménto manus suæ protéxit me, et pósuit me quasi sagíttam eléctam. Ps. 91, 2. Bonum est confitéri Dómino: et psállere nómini tuo, Altíssime. ℣. Glória Patri.

ORATIO
Deus, qui præséntem diem honorábilem nobis in beáti Joánnis nativitáte fecísti: da pópulis tuis spirituálium grátiam gaudiórum; et ómnium fidélium mentes dirige in viam salútis ætérnæ. Per Dóminum.
 
Léctio Isaíæ Prophétæ.
Isa. 49, 1-3, 5, 6 et 7.
  
Audíte, ínsulæ, et atténdite, pópuli, de longe: Dóminus ab útero vocavit me, de ventre matris meæ recordátus est nóminis mei. Et pósuit os meum quasi gládium acútum: in umbra manus suæ protéxit me, et pósuit me sicut sagíttam eléctam: in pháretra sua abscóndit me. Et dixit mihi: Servus meus es tu, Israël, quia in te gloriábor. Et nunc dicit Dóminus, formans me ex útero servum sibi: Ecce, dedi te in lucem géntium, ut sis salus mea usque ad extrémum terræ. Reges vidébunt, et consúrgent príncipes, et adorábunt propter Dóminum et sanctum Israël, qui elégit te.
 
Graduale. Jer. 1, 5 et 9. Priusquam te formárem in útero, novi te: et ántequam exíres de ventre, santificávi te.
℣. Misit Dóminus manum suam, et tétigit os meum, et dixit mihi.
 
Allelúja, allelúja. ℣. Luc. 1, 76. Tu, puer, Prophéta Altíssimi vocáberis: præíbis ante Dóminum paráre vias ejus. Allelúja.
 
 Sequéntia sancti Evangélii secúndum Lucam.
Luc. 1, 57-68.
  
Elísabeth implétum est tempus pariéndi, et péperit fílium. Et audiérunt vicíni et cognáti ejus, quia magnificávit Dóminus misericórdiam suam cum illa, et congratulabántur ei. Et factum est in die octávo, venérunt circumcídere púerum, et vocábant eum nómine patris sui Zacharíam. Et respóndens mater ejus, dixit: Nequáquam, sed vocábitur Joánnes. Et dixérunt ad illam: Quia nemo est in cognatióne tua, qui vocátur hoc nómine. Innuébant autem patri ejus, quem vellet vocári eum. Et póstulans pugillárem, scripsit, dicens: Joánnes est nomen ejus. Et miráti sunt univérsi. Apértum est autem illico os ejus et lingua ejus, et loquebátur benedícens Deum. Et factus est timor super omnes vicínos eórum: et super ómnia montána Judǽæ divulgabántur ómnia verba hæc: et posuérunt omnes, qui audíerant in corde suo, dicéntes: Quis, putas, puer iste erit? Etenim manus Dómini erat cum illo. Et Zacharías, pater ejus, repletus est Spíritu Sancto, et prophetávit, dicens: Benedíctus Dóminus, Deus Israël, quia visitávit et fecit redemptiónem plebis suæ.

Offertorium. Ps. 91, 13. Justus ut palma florébit: sicut cedrus, quæ in Líbano est, multiplicábitur.
   
SECRETA
Tua, Dómine, munéribus altária cumulámus: illíus nativitátem honóre débito celebrántes, qui Salvatórem mundi et cécinit ad futúrum et adésse monstravit, Dóminum nostrum Jesum Christum, Fílium tuum: Qui tecum vivit.

Præfatio de Nativitate S. Joannis Baptistæ, quæ dicitur in die Festo et per Octavam.
Vere dignum et justum est, ǽquum et salutáre, nos tibi semper et ubíque gratias ágere: Dómine, sancte Pater, omnípotens ætérne Deus: Et tuam in beáto Joánne Baptísta Præcursóre magnificéntiam collaudáre, qui vocem Matris Dómini nondum éditus sensit, et adhuc clauso útero, advéntum salútis humánæ prophética exsulatióne significávit. Qui et genetricis sterilitátem concéptus ábstulit, et patris linguam natus absólvit, solúsque ómnium prophetárum Redemptórem mundi, quem prænuntiávit, osténdit. Et ut sacrae purificatiónis efféctum aquárum natúra concíperet, sanctificándis Jordánis fluéntis, ipsum baptísmo baptísmatis lavit auctórem. Et ídeo cum Ángelis et Archángelis, cum Thronis et Dominatiónibus, cumque omni milítia cœléstis exércitus hymnum glóriæ tuæ cánimus, sine fine dicéntes:
 
Sanctus, Sanctus, Sanctus Dóminus, Deus Sábaoth. Pleni sunt cœli et terra glória tua. Hosánna in excélsis. Benedíctus, qui venit in nómine Dómini. Hosánna in excélsis.
 
Communio. Luc. 1, 76. Tu, puer, Prophéta Altíssimi vocaberis: præíbis enim ante fáciem Dómini paráre vias ejus.

POSTCOMMUNIO
Sumat Ecclésia tua, Deus, beáti Joánnis Baptístæ generatióne lætítiam: per quem suæ regeneratiónis cognóvit auctórem, Dóminum nostrum Jesum Christum, Fílium tuum: Qui tecum vivit.
 
In Missis votivis omnia dicuntur ut supra, cum Orationibus tamen de Vigilia; et post Septuagesimam, omissis Allelúja et Versu sequenti, dicitur Tractus Desidérium ex Missa Státuit, de Communi unius Martyris 1. loco:
Tractus. Ps. 20, 3-4. Desidérium ánimæ ejus tribuísti ei: et voluntáte labiórum ejus non fraudásti eum.
℣. Quóniam prævenísti eum in benedictiónibus dulcédinis.
℣. Posuísti in cápite ejus corónam de lápide pretióso.
 
Tempore autem Paschali omittitur Graduale, et ejus loco dicitur:
Allelúja, allelúja.
℣. Luc. 1, 76. Tu, puer, Prophéta Altíssimi vocáberis: præíbis ante Dóminum paráre vias ejus. Allelúja.
℣. Osee 14, 6. Justus germinábit sicut lílium, et florébit in ætérnum ante Dóminum. Allelúja.
 
Infra Octavam Missa dicitur ut in Festo; et pro Orationibus, juxta diversitatem Temporum assignatis, dicitur 2. Oratio de sancta Maria, et 3. contra persecutores Ecclesiæ.
  
2. de S. Maria
ORATIO
Deus, qui de beátæ Maríæ Vírginis útero Verbum tuum, Angelo nuntiánte, carnem suscípere voluísti: præsta supplícibus tuis; ut, qui vere eam Genetrícem Dei credimus, ejus apud te intercessiónibus adjuvémur. 
  
SECRETA
In mentibus nostris, quǽsumus, Dómine, veræ fídei sacraménta confírma: ut, qui concéptum de Vírgine Deum verum et hóminem confitémur; per ejus salutíferæ resurrectiónis poténtiam, ad ætérnam mereámur perveníre lætítiam. 
  
POSTCOMMUNIO
Grátiam tuam, quǽsumus, Dómine, méntibus nostris infúnde: ut, qui, Angelo nuntiánte, Christi, Fílii tui, incarnatiónem cognóvimus; per passiónem ejus et crucem, ad resurrectiónis glóriam perducámur.
  
3. contra persecutores Ecclesiæ
ORATIO
Ecclésiæ tuæ, quǽsumus, Dómine, preces placátus admítte: ut, destrúctis adversitátibus et erróribus univérsis, secúra tibi sérviat libertáte. Per Dóminum. 
  
SECRETA
Prótege nos, Dómine, tuis mystériis serviéntes: ut, divínis rebus inhæréntes, et córpore tibi famulémur et mente. Per Dóminum.
  
POSTCOMMUNIO
Quǽsumus, Dómine, Deus noster: ut, quos divína tríbuis participatióne gaudére, humánis non sinas subjacére perículis. Per Dóminum.

sábado, 22 de junio de 2019

DEL CELIBATO ECLESIÁSTICO: ORIGEN E IMPORTANCIA

Traducción del artículo publicado en SÌ SÌ NO NO - Vía RADIO SPADA.
 
 
El cardenal Alfonso Maria Stickler en 1994 publicó en italiano un libro titulado Il celibato ecclesiastico. La sua storia e i suoi fondamenti teologici (Ciudad del Vaticano, Librería Editrice Vaticana), del cual se ofrece aquí un breve resumen.
  
Origen del celibato
Por cuanto concierne al celibato eclesiástico, algunos autores lo presentan como de origen divino; otros como una mera institución eclesiástica disciplinar de la Iglesia latina más estrecha respecto a la Iglesia católica oriental.
   
Del celibato eclesiástico nace una doble obligación: 1°) de no desposarse y 2°) de no usar más de un eventual matrimonio precedentemente contraído. De hecho, resulta en la Sagrada Escritura que en la Iglesia primitiva la ordenación de hombres casados era una cosa frecuente dado que San Pablo prescribe a sus discípulos Tito y Timoteo que tales candidatos debían estar casados sólo una vez. De San Pedro apenas sabemos de cierto que estaba casado.
  
Por tanto, aparece claro que entonces en la continencia de todo uso del matrimonio después de la ordenación consistía el sentido primario del celibato, sentido que hoy es casi comúnemente olvidado, pero que en todo el primer milenio, y posteriormente, era conocido por todos.
  
Todas las primeras leyes escritas sobre el celibato hablan, de hecho, de la prohibición de una generación posterior de hijos en el matrimonio ya contraído. Esto demuestra que, a causa de la multitud de clérigos desposados antecedentemente, esta obligación debía ser requerida con decisión y que la prohibición de casarse era en el inicio más que todo de importancia secundaria y emerge solamente cuando la Iglesia prefirió, y después impuso, a los célibes, del cual eran reclutados casi totalmente, o exclusivamente del todo, a los candidatos a las Órdenes Sagradas.
  
Para completar este primitivo sentido del celibato eclesiástico, el cual era justamente llamado “continencia”, debemos advertir enseguida que los candidatos casados podían acceder a las órdenes sagradas y renunciar al uso del matrimonio solamente con el consentimiento de la mujer.
  
Una tesis perdurante, pero infundada
El orientalista Gustav Bickell asignaba el origen del celibato a una disposición apostólica, apelándose sobre todo a testimonios orientales. A él respondió Franz Xavier Funk, conocido cultor de la historia eclesiástica antigua, diciendo que eso no se podía afirmar puesto que la primera ley escrita sobre el celibato podemos encontrarla sólo al inicio del siglo IV después de Cristo. Sucesivamente a un duelo de escritos en la materia, Bickell calla mientras Funk repite incluso una vez en forma sintética sus resultados sin recibir respuesta de su adversario. En cambio, recibió importantes consensos de otros estudiosos eminentes que eran Elphège F. Vacandard y Henri Leclercq. Su autoridad y la influencia de sus opiniones, difundidas por medios de comunicación de larga divulgación (Diccionarios), dieron a la tesis de Funk un notable consenso que perdura hasta hoy.
   
Ahora, es necesario constatar que F. X. Funk en la elaboración de sus conclusiones no había tenido en cuento los cánones generales de la crítica de las fuentes, lo que para un estudioso altamente calificado, como él era sin duda, es verdaderamente extraño. Él tomaba por bueno e hizo uno de sus argumentos principales contra la opinión de Bickell el recuento espurio sobre el obispo-monje Pafnucio de Egipto en el Concilio de Nicea del 325. Y esto contra la fundamental crítica externa de las fuentes que ya antes de él había repetidamente afirmado la no autenticidad de tal episodio; cosa hoy acertada siguiendo el examen del Concilio di Nicea respecto a nuestro tema.
 
Derecho y ley
Uno de los más autorizados teóricos del derehco de este siglo, Hans Kelsen, ha explícitamente afirmado que es errado identificar derecho y ley, jus et lex. Derecho (jus) es toda norma jurídica obligatoria, sea ésta dada sólo oralmente y transmitida por medio de una costumbre o sea expresada por escrito. Ley (lex) en cambio disposición dada por escrito y promulgada en forma legítima.
   
Es una particularidad típica del derecho que el origen de todo ordenamiento jurídico consiste en las tradiciones orales y en la transmisión de normas consuetudinarias, las cuales sólo lentamente reciben una forma fijada por escrito. Así, los Romanos, que son la expresión del más perfecto genio jurídico, solamente después de siglos han tenido la ley escrita de las Doce Tablas. Todos los pueblos germánicos han redactado por escrito sus ordenamientos jurídicos populares y consuetudinarios después de muchos siglos de existencia. Su derecho era hasta aquel tiempo no escrito y era transmitido sólo oralmente.
 
Aplicando esta distinción al celibato eclesiástico, es lícito decir que la ley eclesiástica, más tardía, se basó en un precedente derecho de origen divino-apostólico transmitido en la Iglesia, como demostraremos.
“La conclusión más notable es que la regla, concebida como derivante del derecho divino/apostólico, no podía ser abrogada por la autoridad eclesiástica: luego la Iglesia no tendría el derecho de abolir el celibato de los sacerdotes” (F. Roberti – P. Palazzini, Dizionario di Teologia Morale, Roma, Studium, IV ed., 1968, I vol. pág. 268, voz Celibato ecclesiastico, por P. Palazzini).
  
Las primeras leyes sobre el celibato en la Iglesia latina
En el primer decenio del siglo IV después de Cristo se reunieron obspos y sacerdotes de la Iglesia en España en el centro diocesano de Elvira en Granada para someter a una reglamentación común la España perteneciente a la parte occidental del Imperio Romano. En 81 cánones se emanaron las providencias respecto de todos los campos más importantes de la vida eclesiástica, con el fin de reafirmar la disciplina antigua y de sancionar las renovaciones necesarias.
  
El can. 33 contiene la primera ley sobre el celibato. Bajo la rúbrica “Sobre los obispos y los ministros (del altar) que deben ser continentes de sus consortes” está el texto dispositivo siguiente: “Se está de acuerdo sobre la prohibición completa que vale para los obispos, los sacerdotes y los diáconos, o sea para todos los clérigos que están empeñados en el servicio del altar, los cuales deben abstenerse de sus mujeres y no generar hijos; quien ha hecho esto debe be ser excluido del estado clerical”. Ya el canon 27 había insistido sobre la prohibición de que mujeres extrañas habitasen junto con los obispos y otros eclesiásticos. Con el can. 33 ellos eran obligados, después de ser ordenados, a una renuncia completa de todo uso del matrimonio.
   
Después de esta ley importante de Elvira debemos considerar otra, aún más importante para nuestra cuestión. Se trata de una declaración vinculante, hecha por el segundo Concilio africano del año 390 y repetida en los concilios africanos sucesivos para ser después insertada en el Código de los cánones de la Iglesia africana (y en los cánones in causa Apiarii) formalizado en el importante Concilio del año 419.
  
Bajo la rúbrica “Que la castidad de los Levitas y sacerdotes debe ser custodiada” se informa la siguiente respuesta: “Nosotros todos estamos de acuerdo en que los obispos, sacerdotes y diáconos, custodios de la castidad, se abstengan de sus mujeres, a fin de que en todo y por todos aquellos que sirven en el altar sea conservada la castidad.
  
De esta declaración de los Concilios de Cartago resulta que tal obligación viene expresamente coligada con el Orden Sagrado recibido y con el servicio del altar. Sobre todo se reporta explícitamente esta orden a una enseñanza de los Apóstoles y a la observancia practicada en todo el pasado (antiquitas) y se inculca con la confirmación unánime de todo el episcopado africano.
 
[…] En el Concilio del 419 fue repetido el texto concerniente a la continencia de los eclesiásticos que en el Concilio del 390 fue recitado por Epigonio y Genetlio y que viene ahora pronunciado por Aurelio. El delegado papal Faustino, bajo la rúbrica: “De los grados de las órdenes sagradas que deben abstenerse de sus mujeres”, agrega: “Nosotros estamos de acuerdo que el obispo, sacerdote y diácono, vale decir, todos aquellos que tocan los sacramentos cual custodios de la castidad, deben abstenerse de sus esposas”. A esto todos los obispos respondieron: “Estamos de acuerdo que en todos y por todos aquellos que sirven en el altar debe ser guardada la castidad”.
  
Entre las normas sucesivas que por todo el patrimonio tradicional de la Iglesia africana fueron releídas o nuevamente decididas se encuentra en el 25° puesto el texto del tratado del presidente Aurelio: “Nos, caros hermanos, agregamos aquí ahora: cuanto está referido respecto a la incontinencia de las propias mujeres por parte de algunos clérigos que eran solamente lectores, fue decidido esto que también en varios otros Concilios fue confirmado: los subdiáconos, que tocan los antos misterios, los diáconos, los sacerdotes y los obispos deben, según las normas para ellos vigentes, abstenerse también de las propias consortes, así que están de tenerse como si no las tuviesen; si no se atienen a esto, deben ser alejados del servicio eclesiástico. Los otros clérigos no son tenidos si no en edad más madura. Después de esto, todo el Concilio responde: lo que vuestra santidad ha dicho en manera justa y lo que es santo y que agrada a Dios, nosotros lo confirmamos”.
  
Hemos reportado estos testimonios de la Iglesia africana de fines del siglo IV y comienzos del siglo V tan detalladamente a causa de su importancia fundamental. De estos textos resulta la clara consciencia de una Tradición de origen apostólico, que se basaba no sólo sobre una persuasión general, que por ninguno fue puesta en duda, sino también sobre documentos bien conservados. Se encontraban en aquellos años, de hecho, en el archivo de la Iglesia africana incluso las actas originales que los Padres habían traído consigo del Concilio Niceno. De todo esto resulta también la consciencia de una Tradición común de la Iglesia Universal, las varias partes de la cual estaban en viva comunión entre sí. Lo que por la Iglesia africana era tan explícita y repetidamente afirmado respecto al origen apostólico y a la observancia transmitida desde antiguo sobre la continencia de los eclesiásticos junto con las sanciones contra los contraventores no habría sido ciertamente aceptado tan general y pacíficamente si no fuera generalmente conocido.
  
La importancia de Roma
Una afirmación general sobre la importancia de la posición de Roma para toda cuestión, e incluso también sobre el celibato, nos viene de San Ireneo de Lyon, el cual, siendo discípulo de San Policarpo, estaba vinculado al Apóstol San Juan, del cual él transmitió la enseñanza, como obispo de Lyon desde el año 178, también a la Iglesia de Europa. Si en su obra principal Contra las herejías dice que la Tradición apostólica fue conservada en la Iglesia de Roma, que fue fundada por los Apóstoles Pedro y Pablo, por lo que todas las demás Iglesias deben convenir con ella, podemos decir que esto vale también para la Tradición apostólica sobre la continencia de los eclesiásticos.
      
El Legado Pontificio Faustino manifestó a Cartago la plena concordancia de Roma sobre esta cuestión, aquí solo incidentalmente elevada. Roma de hecho había ya bajo el Papa Siricio enviado una carta a los obispos del África, en la cual se avocaba conocimiento de las decisiones del sínodo romano del año 386 en las cuales se inculcaban nuevamente algunas importantes decisiones apostólicas. Esta carta fue comunicada durante el Concilio de Telepte del año 418. La última parte de esta trata (can. 9) precisamente de la continencia de los eclesiásticos.
 
Con este documento llegamos a un segundo grupo de testimonios sobre el celibato, el cual tiene sin duda el peso más fuerte no sólo para la consciencia acerca de la Tradición observada en la Iglesia Universal, sino también para el desarrollo ulterior y la observancia del celibato clerical. Estos testimonios están contenidos en las disposiciones de los Romanos Pontífices a este particular.
   
San León Magno escribe a este respecto en el 456 al obispo Rústico de Narbona: “La ley de la continencia es la misma para los ministros del altar (subdiáconos y diáconos) como para los sacerdotes y los obispos. Cuando eran aún laicos y lectores les era permitido casarse y tener hijos. Pero ascendiendo a los grados subdichos comienza para ellos no ser más lícito esto que lo era antes. A fin que por eso el matrimonio carnal devenga en un matrimonio espiritual es necesario que la esposa de antes no se la despida, sino que se tenga como si no la tuviese, a fin de que así permanezca a salvo el amor conyugal, pero cese al mismo tiempo también el uso del matrimonio”.
  
Además es necesario observar que ya San León Magno ha extendido la obligación de la continencia después de la ordenación sagrada también a los subdiáconos, cosa que hasta entonces no era clara a causa de la duda si el orden del sudiaconado pertenecía o no a las órdenes mayores.
  
San Gregorio Magno (590-604) hace entender, al menos indirectamente en sus cartas, que la continencia de los eclesiásticos era substancialmente observada en la Iglesia Occidental dado que él dispone simplemente que también la ordenación a subdiácono lleva consigo, definitivamente y para todos, la obligación de la continencia perfecta. Además se empeñó repetidamente a fin de que la convivencia entre clérigos mayores y mujeres a ellos no autorizadas permaneciese prohibida a toda costa y fuese por esto impedida. Así como las esposas no pertenecían normalmente a la categoría de las autorizadas, él daba con esto una significativa interpretación al respectivo canon 3 del Concilio de Nicea.
  
San Jerónimo conocía bien la tradición tanto del Occidente como la del Oriente, y esto por experiencia personal. Él dice, en su confutación de Joviniano, que es del 393, sin alguna distinción entre Oriente y Occidente, que el Apóstol San Pablo, en el conocido pasaje de su carta a Tito, ha escrito que un candidato al Orden sagrado casado debía haber contraído matrimonio una vez sola, debía haber educado bien a sus hijos, pero no podía más generar otros hijos.
  
De la praxis disciplinar occidental hasta ahora comprobada se sigue que la continencia de los tres últimos grados del ministerio clerical en la Iglesia se manifiesta cual obligación, que viene reportada desde los inicios de la Iglesia y que fue acogida y transmitida como patrimonio de la Tradición apostólica oral.
   
Todo esto no aparece nunca como una innovación, sino que viene referido a los orígenes de la Iglesia. Estamos por eso autorizados a considerar una tal praxis, conformemente a las reglas del justo método jurídico histórico, como verdadera obligación vinculante, transmitida por la Tradición apostólica oral antes que fuese fijada por leyes escritas.

El “Decreto de Graciano” y la fábula de Pafnucio
El monje camaldulense Juan Graciano había compuesto en torno al 1142 en Bolonia su “Concórdia discordántium cánonum” llamada después simplemente “Decreto de Graciano”, en el cual él ha recogido el material jurídico del primer milenio de la Iglesia y ha puesto de acuerdo las varias y distintas normas.
  
En este “Decreto de Graciano” se trata naturalmente también la cuestión y la obligación de la continencia de los clérigos y lo hace precisamente en las Distinciones (de la primera parte del Decreto) de la 26 a la 34 y luego incluso de la 81 a la 84. Lo mismo sucede también en las otras partes del Corpus Juris (Canónici), que ahora viene formándose, en ocasión de la promulgación de las respectivas leyes.
  
En Graciano nos encontramos enseguida con el hecho que en la cuestión del celibato eclesiástico él había aceptado como verdaderamente acaecida en el Concilio de Nicea la fábula histórica de Pafnucio y que él, junto al canon 13 del Concilio Trullano II del 691, ha aceptado acríticamente la diferencia entre la praxis celibataria de la Iglesia Occidental y Oriental.
  
Respecto al celibato de los sacerdotes, los diáconos y los subdiáconos se invoca una noticia sobre un eremita y obispo del desierto egipcio de nombre Pafnucio, el cual se habría alzado para disuadir a los Padres del Concilio de Nicea de sancionar una obligación general de continencia, que se debería dejar, en cambio, a la decisión de las Iglesias particulares. Tal consejo habría sido aceptado por la asamblea. El conocido historiógrafo de la Iglesia, Eusebio de Cesarea, el cual estaba presente como Padre Conciliar, no refiere nada sobre este episodio, ciertamente de no poca importancia para toda la Iglesia, sino que lo oímos por primera vez más de cien años después del Concilio por dos escritores eclesiásticos bizantinos: Sócrates Escolástico y Sozomeno.
   
Sócrates indica como su fuente un hombre muy anciano que habría estado presente en el Concilio Niceno y que le habría contado varios episodios sobre el hecho y los personajes del mismo. Si se piensa que Sócrates, nacido en torno al 380, ha oído este relato cuando él mismo era tan joven de uno que en el 325 no podía ser mucho más que un niño y no podía ser tomado como testigo bien consciente de los hechos del Concilio, también la más elemental crítica de las fuentes debe tenr serias dudas sobre la autenticidad de esta narración que habría necesitado de avales mucho más ciertos. […]

TOLERAR AL ERRANTE, NO AL ERROR

«No hay otra materia en la cual la mente promedio esté más confundida que la cuestión de la tolerancia y la intolerancia. La tolerancia sólo aplica a las personas, nunca a los principios. La intolerancia sólo aplica a los principios, nunca a las personas. Debemos ser tolerantes con las personas porque son humanos; debemos ser intolerantes sobre los principios porque son divinos. Debemos ser tolerantes con los errantes,  porque la ignorancia pudo haberlos desviado; pero debemos ser intolerantes con el error, porque la Verdad no es obra nuestra, sino de Dios». (Mons. FULTON J. SHEEN. Artículo “The Curse of Broadmindedness” - La maldición de la amplitud de criterio-, en Moods and Truths, The Century Company, Nueva York - Londres 1932).

NOVENA A LA PRECIOSA SANGRE DE CRISTO

Novena dispuesta por un devoto deseoso de sus cultos e impresa por Ruiz de Esparza en Guadalupe (Zacatecas) en 1867, con las debidas licencias. Los Gozos son tradicionales, sin autor ni fecha conocidos.

AL DEVOTO LECTOR
Siendo la Pasión de nuestro Señor Jesucristo, según el piadosísimo Guillermo Stanihursto SJ, la más terrible de todas las cosas terribles para los demonios y la más maravillosa de todas las maravillas para los Ángeles, ¿qué cosa más digna de ocupar ni más capaz de absorber toda la atención de los hombres que la devoción hacia Aquel por cuyo poder fuimos creados; por cuya bondad conservados, por cuya caridad redimidos y por cuya Sangre lavados? ¿Ni qué mejor devoción pudiera ofrecérsete, lector piadoso, que una Novena en honra de la Preciosísima Sangre de Nuestro Señor Jesucristo, derramada por la salvación del mundo? Si la sangre de las víctimas cabrías, como dice San Pablo, si las hecatombes de toros y la ceniza de las terneras rojas esparcida por el viento purificaba en otro tiempo a los inmundos según la antigua ley de Moisés, ¿cuánto más la Sangre de nuestro Señor Jesucristo, hostia inmaculada, limpiará nuestra conciencia de todas las obras muertas para servir al Dios vivo? Y tanto más, cuanto que el Señor, como observa Santo Tomás, al mismo tiempo que ha padecido por todos los hombres, ha tenido presente a cada uno de nosotros en particular. Nos ha aplicado a cada uno todo el fruto de su Sangre, con tanta abundancia y de una manera tan perfecta, como si no hubiera sufrido ni hubiera muerto más que por cada uno en particular; de la misma manera que si cada hombre recibiese él solo los frutos de sus sufrimientos y de su muerte y todos los demás permaneciesen extraños a ellos. Por esto, pues, debemos mirar los padecimiento de Jesucristo como si el Hombre Dios los hubiera sufrido por cada uno de nosotros exclusivamente, a causa de la caridad con que nos ha comprendido a todos, y que le ha hecho sufrir los tormentos y la muerte por cada uno en particular; cada uno, pues, debe atribuírselos a sí mismo, y manifestar por ello su amor y su reconocimiento al Dios reparador, como hacía San Pablo, que se representaba continuamente a Jesucristo dando su vida por él en particular, y exclamaba: «Yo vivo de la fe y en la fe del Hijo de Dios; yo no pienso que Él sufrió y murió por los demás. Yo pienso y considero que éste Dios Salvador me amó a mí mismo, y que se entregó a la muerte por mí: In fide vivo Fílii Dei, qui diléxit me, et trádidit semetípsum pro me» (Gálatas 2). Por otra parte; la aspersión de la verdadera agua lustral se estableció para nosotros sobre esta tierra desde que ella quedó empapada con la Sangre del Salvador, y nosotros podemos disponer de la Sangre de la verdadera víctima divina como habla San Pedro. ¡Desgraciados, pues, de nosotros si vemos con indiferencia este inmenso beneficio! La ley que prescribía el rito de la aspersión antigua concluía con estas terribles palabras: «Todo aquel que no fuere purificado por éste rito, será excluido de la comunión del pueblo, perecerá». Estas palabras eran proféticas, y no se cumplen a la letra sino es aplicándolas a la aspersión de la Sangre de Jesucristo; porque nadie se justifica sino el que se lava en esta divina Sangre. El que no se aplica sus méritos, el que no lava sus manchas en esta preciosa Sangre, se ve excluído durante su vida de la comunión y del espíritu de la Iglesia, y después de su muerte será desterrado para siempre de la asamblea de los Santos: «Si quis hoc ritu non fúerit expiátus, períbit ánima illíus de médio Ecclésiæ» (Números 19). Recurramos, pues, al mérito infinito de la Sangre del Redentor, que corre todavía abundantemente para nosotros, de una manera mística. Apliquémonos sus frutos. Oremos, insistamos para que esta Sangre divina ablande nuestros corazones y los penetre de un dolor profundo, que nos asegure el perdón. Entonces esta preciosa Sangre que hemos profanado con nuestras culpas, pero que obtiene por medio de esta Novena nuestros homenajes y nuestras adoraciones, se derramará sobre nosotros; ella borrará de nuestra alma las obras de muerte, las obras de pecado que la desfiguran, y nos volverá la vida con los adornos preciosos de la gracia santificante. Solo resta decir que esta Novena puede hacerse en todo tiempo; pero será el más a propósito nueve dias antes de la fiesta de la Preciosísima Sangre de Cristo que celebra la Iglesia en el día 1 de Julio: y siendo la principal diligencia para practicarla con provecho y alcanzar el buen despacho en nuestras peticiones limpiar el alma de los pecados por medio de la Confesión y sacratísima Eucaristía, se encarga el uso de estos Sacramentos al menos para los días primero y último de esta Novena.
    
NOVENA A LA PRECIOSA SANGRE DE CRISTO
 
   
Puestos de rodillas delante de una imagen de Nuestro Señor Jesucristo, se dice lo siguiente:

Por la señal ✠ de la Santa Cruz, de nuestros ✠ enemigos, líbranos Señor ✠ Dios nuestro. En el nombre del Padre, y del Hijo ✠, y del Espíritu Santo. Amén.
     
ACTO DE CONTRICIÓN
Señor mío Jesucristo, Dios y hombre verdadero, rico en misericordias y piedades, que para darnos la más realzada prueba de tu ardiente caridad, e infinito amor hacia nosotros, derramaste todo el inestimable licor de tu Preciosísima Sangre, en tanto grado, que después de haber expirado en la Cruz para nuestro remedio, quisiste que aquella cruel lanza te sacase la poca que había quedado en tu ya difunto cuerpo: todo a fin de que conociésemos los hombres el infinito amor con que solicitas nuestra salvación. Pero ¡Oh Jesús mío! ¿Qué es lo que encuentras en los mismos hombres en recompensa de tanto amor? ¿Qué? Ingratitudes, ofensas, pecados y transgresiones de tu suave y santa ley. Esto es verdad, y ojalá y no lo fuera. Ya lo confieso, mi Dios, delante del cielo, y de la tierra. Ingratamente te he agraviado. Te he ofendido con el continuo quebrantamiento de tus santos Mandamientos; pero si lo que quieres de mí y de todo pecador es, que se convierta a ti. y viva eternamente, heme aquí arrepentido de lo íntimo de mi corazón. Pésame, mi Jesús, de haberte ofendido. Quisiera morir a la fuerza del dolor de haber pecado. Perdóname, mi Jesús, que yo te doy palabra de ser en lo de adelante (ayudado de tu divina gracia) muy otro de lo que hasta aquí he sido. No se malogre en mí tanta Sangre derramada. En este rico tesoro de tu Sangre Preciosísima pongo toda mi esperanza para alcanzar el perdón de tantas ofensas. Misericordia, Señor, ten misericordia de mí por tu Preciosísima Sangre. Amén.
  
ORACIÓN AL PADRE ETERNO
¡Oh Padre Eterno y Dios de todos los consuelos! Atended benigno, y oid misericordioso los clamores que desde la tierra os envia la derramada Sangre de vuestro unigénito Hijo; vertida toda en beneficio de sus hermanos los hombres, para reconciliarlos cou vuestra divina Majestad, y satisfacer por ellos sobreabundantemente la deuda de sus culpas y pecados, que tanto irritan vuestra divina Justicia, y por respeto suyo perdonadnos, misericordiosísimo Padre, y derramad sobre nosotros vuestras paternales bendiciones, concediéndonos eficaces auxilios para detestar las culpas, amaros y serviros en todo el discurso de nuestra vida, y otorgarnos benigno por su Preciosísima Sangre, lo que en esta Novena solicitamos, si es conforme a vuestro divino beneplácito; y si no lo es, conformad nuestra voluntad con la vuestra, para que agradándoos en todo, y en nada ofendiéndoos, os sirvamos fielmente hasta la muerte, y después de ella os gocemos en la Gloria por los siglos de los siglos. Amén.
  
DÍA PRIMERO - 22 DE JUNIO
MEDITACIÓN: LA CIRCUNCISIÓN DE JESÚS
Contempla, alma mía, cómo viendo tu amorosísimo Jesús al mundo tan pobre de celestiales tesoros, deseó con indecibles ansias su socorro, y enriquecerlo con abundancia; y sabiendo muy bien que estos mismos ricos tesoros los tenía dentro de sí, y en sus propias venas, deseaba mucho la hora de comunicarlos; y el excesivo amor que a los hombres tenía, le tenían violento hasta enriquecerlos con ellos, y derramarlos para su bien: porque como el amor es impaciente, no se puede contener ni sabe disimular sus llamas, ni retardar su actividad, y mientras no ve cumplidos sus deseos, un punto de dilación se le hacen mil años; por eso con el amoroso fuego que ardía en su pecho divino hacia sus amados (aunque muy ingratos) los hombres, a los ocho días de su nacimiento, vierte y derrama su Preciosísima Sangre como primicias o señal que les dio de que en su edad crecida, la derramaría con abundancia por su amor. Atiende, alma, la prisa que tu Jesús se da a derramar su Sangre en tan tierna edad, y dile llena de humanidad y agradecimiento: «Señor y Dios mío, ¿para qué tanta prisa? ¿Por qué tan presto derramáis esa vuestra Sangre? ¿Por qué no esperáis a que haya más copia y más vigor en el cuerpo para derramarla?». Y haz cuenta que te dice su amor: «Alma, mi amor no consiente esperas. El fuego del amor no sufre tardanzas: mi caridad aborrece dilaciones. Desde que tuve Sangre en la Encarnación y me uní a la naturaleza humana, estuvo hirviendo en mis venas con las llamas de mi caridad y amor, y está buscando ocasion para salir, y así para desahogar y refrigerar esta llama vierto desde ahora esta poca en testimonio y señal, que toda la he de derramar por tu amor. Aprende a amar, alma mía, y a deshacerte toda en amor de quien tanto te ama».
   
Se rezan tres Credos con Gloria Patri.
  
ORACIÓN PARA EL DÍA PRIMERO
¡Oh Jesús Dulcísimo de mi corazón! Que no pudiendo sufrir tu grande amor, y encendida caridad para con los hombres, más esperas ni dilaciones en manifestarla a los mismos hombres, quisiste derramar tu Preciosísima Sangre tan de antemano, que apenas contabas solos ocho días de nacido cuando comenzaste a verterla en prueba y señal de que la derramarías toda con abundancia, hasta no dejar gota de ella en tu cuerpo en llegando el tiempo decretado por tu Eterno Padre: te damos humildes y repetidas gracias por la excesiva caridad con que nos amas, aun con el claro conocimiento de nuestra torpe ingratitud y vil correspondencia. Lávanos pues, Jesús mío, con tu Preciosísima Sangre, y enciende en nuestros helados corazones la dulce llama de tu amor, para emplear todos los instantes de nuestra vida solo en amarte y servirte con la pronta observancia de tu divina ley, y crucifícanos con tu temor santo, para que acabando la carrera de nuestra vida en gracia, pasemos a gozar el fruto de tu derramada Sangre a la gloria por todos los siglos de los siglos. Amén.
   
Se reza un Ave María a nuestra Señora y se concluye todos los dias con esta oración:
¡Oh Purísima Virgen María, dignísima Madre de mi Señor Jesucristo! Dígnate, Señora mía, de ofrecer al Eterno Padre la Preciosísima Sangre que tú ministraste a tu Santísimo Hijo en la Encarnación, para que derramándola toda por redimirnos, nos abriese las puertas del paraíso que el pecado tenia cerradas; y alcánzanos de su majestad amor a la virtud, y aborrecimiento al pecado, y lo que en esta Novena pedimos si es de su divino beneplácito: y juntamente la exaltación de la santa fe Católica; la destrucción de las herejías, vicios, y pecados mortales; la perpetua paz entre los cristianos Príncipes; la conversión de los pecadores; la libertad de los cautivos; el descanso de las almas santas del Purgatorio: y finalmente la perseverancia en gracia de los Justos, para que aprovechándonos todos de este infinito tesoro de la derramada Sangre de tu Santísimo Hijo, acabemos nuestra mortal vida en su divina gracia, para gozarle en su gloria por todos los siglos de los siglos. Amén.
   
La Preciosísima Sangre de Jesús nos favorezca en la vida, y en la muerte. Amén.
    
GOZOS A LA PRECIOSA SANGRE DE CRISTO
  
Pues morís, Padre y Señor,
En una Cruz afrentosa,
Por vuestra Sangre preciosa,
Dadnos Jesús, vuestro amor.
   
Esposo de sangre hermoso,
Que en vuestra Circuncisión,
Con ternura y compasión
La derramáis cariñoso:
Y aunque tierno y amoroso
Lloráis por el pecador:
Por vuestra Sangre preciosa,
Dadnos Jesús, vuestro amor.
    
Entre el huerto de las penas,
Entre angustias y agonías,
Dais amante por mil vías
La Sangre de vuestras venas:
Y pues con duclces cadenas
Rendís nuestro desamor:
Por vuestra Sangre preciosa,
Dadnos Jesús, vuestro amor.
      
Ríos de Sangre corrieron
De vuestro Cuerpo sagrado,
Cuando a golpes maltratado
Con tanto azote le hirieron:
Todo una llaga os hicieron,
Siendo el hombre el ofensor:
Por vuestra Sangre preciosa,
Dadnos Jesús, vuestro amor.
     
Vos de espinas coronado
Tanta Sangre derramáis,
Que casi, mi bien, cegáis,
Todo el rostro ensangrentado:
Y pues tierno y lastimado
Pagáis por vuestro deudor:
Por vuestra Sangre preciosa,
Dadnos Jesús, vuestro amor.
       
Al llegar desfallecido
Y sin aliento al Calvario,
Un aleve y temerario
Os arrebata el vestido:
Piel y Sangre, mal herido,
Nos dais en este rigor:
Por vuestra Sangre preciosa,
Dadnos Jesús, vuestro amor.
     
Clavos son nuestros delitos,
Que en una Cruz os fijaron,
Y pies y manos rasgaron
Con dolores exquisitos:
La sangre de Abel da gritos
En favor de su agresor:
Por vuestra Sangre preciosa,
Dadnos Jesús, vuestro amor.
     
Difunta vuestra hermosura,
Un ciego, el más atrevido,
El dulce pecho os ha herido,
Derramando con ternura
Raudales de gran dulzura
La Fuente del Salvador:
Por vuestra Sangre preciosa,
Dadnos Jesús, vuestro amor.
   
Pues morís, Padre y Señor,
En una Cruz afrentosa,
Por vuestra Sangre preciosa,
Dadnos Jesús, vuestro amor.
 
℣. Redimístenos, Señor, con tu Sangre.
℟. Y nos hiciste un reino para tu Padre y Dios nuestro.

ORACIÓN
Omnipotente y Sempiterno Dios, que por la Preciosa Sangre de tu Hijo quisiste aplacarte y redimirnos, concédenos te suplicamos, recordarte el precio de nuestra Redención, para que merezcamos alcanzar en esta vida el perdón, y la gloria en la eterna. Por el mismo Jesucristo, Nuestro Señor, que contigo vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo ✠, y del Espíritu Santo. Amén.
      
DÍA SEGUNDO - 23 DE JUNIO
Por la señal...
Acto de contrición y Oración al Padre Eterno.

MEDITACIÓN: JESÚS SUDANDO SANGRE EN LA AGONÍA
Atiende, alma mía, que el inflamado deseo que tenia tu amorosísimo Jesús de remediar pecadores, sacarlos de sus miserias, y enriquecerlos de los celestiales tesoros de su Preciosísima Sangre, le traía fatigado toda su vida, y no le dejaba reposar ni de dia ni de noche, tanto que vino a decir por San Lucas al capítulo 12 estas palabras: «Heme de dar un baño en mi propia Sangre, y con ella tengo de hacer un repartimiento y derramamiento de mis tesoros». ¡Ah, y qué afligido me veo hasta que lo vea cumplido, qué grandes congojas siento, hasta ver salir mi Sangre a borbollones, darla, y derramarla toda por los hombres! En efecto, llegado que fue el deseado tiempo, no se contentó con derramarla poco a poco; antes quiso que fuese abierto todo su sagrado cuerpo para derramarla con abundancia. Acércate, pues, con la consideración al Huerto, y mira cómo habiendo su Majestad renunciado enteramente todas las consolaciones divinas y humanas que pudieran redundar en sus sentidos, así interiores como exteriores, por una parte se le representaba la voluntad eterna de su Padre para morir por los hombres: por otra tenía una muy viva representación de los dolores y penas que había de padecer, las afrentas de la Cruz, la ingratitud de los hombres: por otra la perdición de tantas almas aun con una redención tan superabundante, que por su querer no habían de aprovecharse de ella. La humanidad rehusaba naturalmente el amargo cáliz: el espíritu pronto, y animoso se abrazaba con todas sus amarguras, y con la fuerza del conflicto entre los dos apetitos, superior e inferior, que (como suele decirse) luchaban a brazo partido. Vino por último a reventar la Sagrada Sangre sudándola abundantemente por todos los poros de su cuerpo santísimo, hasta bañarse con ella; y no solo esto; sino que abundó tanto este derramamiento de Sangre, que corrió hasta empapar la tierra: y volviéndose su Majestad a ella le dice (según sientan varios contemplativos) aquellas palabras de Job al cap. 16: «Terra, ne opérias Sánguinem meum, neque invéniat in te locum laténdi clamor meus. ¡Oh tierra! no encubras, ni ahogues mi Sangre, ni haya en ti lugar donde se sepulten mis clamores, y vengan a echarlos en olvido los hijos de Adán». Estas voces iremos ponderando en el discurso de la Novena. Y por ahora resuélvete, oh alma mía, a no olvidar jamás esta derramada Sangre que por tu amor se virtió.
     
Se rezan tres Credos con Gloria Patri.
  
ORACIÓN PARA EL DÍA SEGUNDO
¡Oh Jesús Dulcísimo de mi corazon, triste y angustiado dueño de mi alma: en qué términos tan amargos, y en qué desconsuelos tan indecibles te ha puesto el amor que me tienes, y el deseo de redimirme y enriquecerme con el inestimable tesoro de tu Preciosísima Sangre, pues parece no pudo llegar a más la congoja y agonía de tu afligida alma, que hacerte sudar por todos los poros de tu sacrosanto cuerpo arroyos de Sangre! Otras congojas cuando mucho suelen ser causa de sudor de agua; mas la vuestra, ¡oh atormentado Jesús mío!, fue tan crecida, que destempló todo tu Cuerpo, y tanto demudó la naturaleza que te hizo sudar copiosísima Sangre, hasta regar con ella la tierra. Lávame, dueño mío, con este saludable baño, y no permitas que se pierda en mí tanta Sangre derramada: antes sí, fijando continuamente en mi corazón y memoria este inestimable precio que te costó mí pobrecita alma, sepa apreciarla como merece ser apreciada, como comprada nada menos que con la Sangre de un Dios hombre, para que este conocimiento me compela y obligue a hacer obras dignas del nombre de cristiano, con que consiga la gracia, y una muerte feliz para pasar a gozarte en tu eterna gloria, por los siglos de los siglos. Amén.
   
Rezar un Ave María, y la Oración a la Santísima Virgen, pidiendo que deseas conseguir de la Novena. Los Gozos y la Oración se rezarán todos los días.
  
DÍA TERCERO - 24 DE JUNIO
Por la señal...
Acto de contrición y Oración al Padre Eterno.

MEDITACIÓN: ANHELO DE JESÚS POR QUE LOS HOMBRES APRECIEN LA SANGRE QUE POR ELLOS DERRAMA
Vuelve, ¡oh alma mía!, a aquel misterioso huerto, teatro memorable de las agonías y congojas de tu atribulado Jesús, y considera cuán excesiva y terrible sería la angustia, y congoja de aquel deífico corazón, pues con tal fuerza le hizo hervir la Sangre, que le llegó a brotar por todos los poros de su santo Cuerpo, y tan copiosamente que corría hilo a hilo, hasta la tierra. Dime, alma: ¿pueden darse mayores pruebas que éstas de congoja, y agonía? ¿Ha habido hombre jamás a quien haya sucedido cosa semejante, sin haber perdido la vida? En el entretanto que tú las consideras, medita cómo viendo tu amante Jesús la tierra empapada y humedecida con aquella Sangre preciosísima se vuelve a la misma tierra, y le dice las palabras del Santo Job arriba citadas: «Terra, ne opérias Sánguinem meum. ¡Oh tierra, y qué dichosa eres; una vez te maldije por el pecado del hombre con lo que quedaste estéril, y diste fruto de abrojos! Pero ya has quedado llena de bendiciones, después que con mi Sangre te regué, después que con mi rostro, espejo de mi Eterno Padre y rayo de su resplandor, te di la paz que prometían a los hombres los Ángeles en mi nacimiento; pues ahora te ruego, tierra mía, que no encubras ni ahogues mi Sangre, ni haya en ti lugar donde se sepulten mis clamores, para que el hombre oiga sus voces, y le conste enteramente que la derramé por él, y le dejo en ella un riquísimo tesoro con que pague todas sus deudas por muchas que ellas sean, y se liberte de la tiranía en que vive. No la cubras, que servirá de saludable baño para que mis amados los hombres limpien sus almas, y saquen de ellas las manchas de sus culpas, para que con ella tiñan sus obras todas, y tengan el fino color y valor de meritorias, y alcancen por ellas el resplandor de la gloria. No la cubras, para que sepan que hallaran en ella todos los bienes juntos, y que si saben y quieren aprovecharse de su virtud, de tierra (que son) vendrán a parecer cielo». Medita todo esto, alma mía, con mucho espacio y ternura, y aprovéchate de este rico tesoro.
   
Se rezan tres Credos con Gloria Patri.
  
ORACIÓN PARA EL DÍA TERCERO
¡Oh liberalísimo y amorosísimo Jesús de mi vida, que pródigo de tus finezas has querido darme la más irrefragable prueba de tu amor, derramando en el huerto tu preciosísima Sangre en tanta abundancia, que corrió sobre la tierra, manifestando el deseo que tienes de que ésta no la encubra o esconda; sino que teniéndola siempre patente y manifiesta, acabemos de conocer los ingratos hombres el inestimable tesoro que en ella tenemos y nos aprovechemos de tan saludable medicina para la curación perfecta de nuestras almas enfermas con las culpas!: haz, Señor, que cooperando nosotros de nuestra parte, logremos tan celestiales efectos; y que meditando continuamente en tan amarguísima Pasión, esta memoria nos traiga siempre compungidos y contritos de haber sido causa con nuestras culpas de tus penas, para que aprovechándonos de tu derramada Sangre, produzcan nuestras almas obras de tu sacratísimo agrado; para que cumpliendo exactamente con los preceptos de tu acertada y santa ley, acabemos la vida en tu gracia, para gozarte en tu gloria. Amén.
   
Rezar un Ave María, y la Oración a la Santísima Virgen, pidiendo que deseas conseguir de la Novena. Los Gozos y la Oración se rezarán todos los días.
  
DÍA CUARTO - 25 DE JUNIO
Por la señal...
Acto de contrición y Oración al Padre Eterno.

MEDITACIÓN: LA FLAGELACIÓN DE JESÚS
Vamos, ¡oh alma mía!, acercándonos al patio de Pilato a considerar el más lastimoso y tierno espectáculo que jamás han visto los siglos: mira a tu atormentado Jesús desnudo su sacratísimo cuerpo y amarrado fuertemente con sogas y cordeles a una columna de aquel edificio; y que rodeado de seis feroces, robustos e inhumanos verdugos, le amenaza cada uno con los crueles instrumentos con que intentan azotarle; y comenzando los dos primeros con unas varas cuajadas de espinas, siguen los segundos, y acaban los terceros, descargando sobre aquel virgíneo y delicadísimo cuerpo más de cinco mil azotes. Atiende aquellas virginales carnes abiertas y despedazadas a la fuerza de la crueldad de los infernales ministros, y mírale por último cubierto de Sangre, no solo aquel virgíneo cuerpo desde la cabeza a los pies, sino también todo aquel ámbito del suelo cercano al divino Cuerpo; pues con ella quiso regar la tierra. Sigue ahora ponderando las palabras de Job, como dichas por el mismo Señor a la tierra cubierta con su Sangre: «Terra, ne opérias Sánguinem meum. Oh tierra, que quedaste llena de bendiciones después que los frutos que has producido me han tocado y servido de instrumentos en mi Pasión: tus sogas me ataron: de las pieles de tus animales hicieron látigos que me despedazaron a puros azotes: por tanto te ruego ahora que no encubras ni ahogues mi Sangre, para que beban las almas de este manantial con el que apaguen los incendios carnales, las llamas de la cólera, y todos los ardores y desordenados incendios de las pasiones amotinadas contra ellas. No la encierres, para que dé voces a los hombres, y les asegure que si arrepentidos me buscan, los admitiré a mi reconciliación; y si me amaren, a mi amistad, a mis favores y regalos. No la escondas, para que siempre les esté diciendo que me hace grande injuria el que desconfía de mi misericordia, de la verdad de mis promesas, de la caridad con que les amo, del poder con que los redimo, y de los merecimientos de mi Pasión y muerte que tan liberal les doy». Aliéntate, alma, con tan celestiales promesas, y corespóndelas con un incesante amor a tan dulce Amante.
   
Se rezan tres Credos con Gloria Patri.
  
ORACIÓN PARA EL DÍA CUARTO
¡Oh Amabilísimo Jesús, y destrozado dueño de mi vida! ¿Qué exceso de amor es este que así te hace derramar tu Sacratísima Sangre con tanta abundancia hasta regar la tierra? ¿Pero qué pregunto? ¡Oh corazón mío, ingratísimo sobre manera! ¿Cómo la Sangre de este inocentísimo cordero no te ablanda? ¿Cómo el calor de tanto fuego no te enciende? ¿Cómo no hierve viendo hervir por tu amor la Sangre de Jesús? ¿Cómo vives viéndole atado en aquel helado mármol, y hecho todo fuentes de vida para darte vida? ¡Oh dolor! ¡Oh ingratitud! Báñame, Jesús mío, con esta tu ferviente y encendida Sangre; baña mi corazón helado y frío, para que todo hierva y arda en amor tuvo, y viva solamente para tí supuesto que tanto me amas, que derramas toda tu Sangre por mí, y deseoso de verme todo abrasado en amorosas llamas de tu amor; por tanto, mi Jesús, dígnate de derramar esta tu preciosísima Sangre sobre este mi corazón: caiga siquiera una pequeña gota en él, para que le abrase en tu amor, y en lo de adelante viva una vida toda empleada en amarte, para merecer despues de ella, una eternidad de gozarte en tu gloria. Amén Jesús.
   
Rezar un Ave María, y la Oración a la Santísima Virgen, pidiendo que deseas conseguir de la Novena. Los Gozos y la Oración se rezarán todos los días.
  
DÍA QUINTO - 26 DE JUNIO
Por la señal...
Acto de contrición y Oración al Padre Eterno.

MEDITACIÓN: EL TRISTE ESTADO DE JESÚS DESPUÉS DE LA FLAGELACIÓN
Sigue, ¡oh alma mía!, contemplando atentamente la horrible carnicería que en el destrozado cuerpo de tu amante Padre Jesucristo ejecutó la crueldad de aquellos inhumanos verdugos, y mira cómo estando ya su Majestad casi en términos de morir, y con repetidos parasismos de tal manera despedazado, que ya no había carne que azotar, sino solos huesos descarnados, y como reveló nuestra Señora a Santa Brígida: «Como mi Hijo estuviese todo cubierto de su Sangre, y todo su cuerpo tan rasgado, que ya de los pies a la cabeza no había parte sana en donde pudiesen azotarle, entonces uno de los que estaban allí viendo que le mataban, asustado y temeroso del mal que les podía venir a los verdugos si le quitaban la vida antes de la sentencia, corrió y preguntóles que ¿cómo sin estar sentenciado a muerte le quitaban la vida? Y sin aguardar respuesta sacó un cuchillo, y cortó las sogas». Hasta aquí nuestra Señora y Santa Brígida; y ahora, alma mía, tú que lo estas considera a tu Jesús nadando y casi ahogado en aquel lago que de su preciosísima Sangre se había hecho sobre la tierra, y haz cuenta que le oyes decirle a la misma tierra las palabras de Job, que ya hemos meditado: «Terra, ne opérias Sánguinem meum. ¡Oh tierra, depósito de mi derramada Sangre! No la escondas ni encubras, para que viéndola los hombres toda vertida y derramada por sus pecados, se azore y amedrente el espíritu, y conciba un grande furor contra estos mismos pecados, los aborrezca, les haga guerra y antes den la vida los hombres, y mil vidas que tuvieran, que volverme a ofender, atendiendo al encendido amor con que por ellos derramo mi Sangre. No la ocultes, para que avise al hombre que le tengo que pedir rigurosa cuenta de ella, y de que vive de la misma manera, y con el mismo descuido, despues que a tanta costa fue lavado con mi Sangre, como si no lo hubiera sido, le diga que se enmiende y no multiplique pecados, para que pida perdón y no castigo: misericordia, y no justicia». Repasa bien, alma mía, estos puntos, y aprovéchate de tan celestial doctrina.
   
Se rezan tres Credos con Gloria Patri.
 
ORACIÓN PARA EL DÍA QUINTO
¡Oh Jesús amabilísimo de mi vida! ¡Oh maltratado y despedazado dueño de mi corazón! ¿Cómo no se me rasga éste en menudos pedazos al verte caído, y casi ahogado en este lago de tu preciosísima derramada Sangre? ¿Cómo tengo alientos para meditar estos tiernísimos pasos, sin derramar abundantes lágrimas? ¿Qué haré yo, Jesús mío, para alcanzar este don de lágrimas, con que deseo llorar tu amarga Pasión? Pero ya sé lo que he de hacer, acogerme a esta misma Sangre preciosísima. Aquí me quiero estar ai pie de esta columna en que por mí sufriste tanta multitud de cruelísimos azotes. Dame licencia, Señor, para estarme aquí, que según es tu benignidad y amor, espero no me la negarás, ni te desdeñarás de que los arroyos de tu preciosísima Sangre caigan sobre mí, pues los derramas con tanta abundancia y liberalidad para lavar y sanar pecadores. Caiga, Señor, caiga sobre mí este licor preciosísimo con que he de quedar tan limpio y tan hermoso. Sí, mi Jesús, lávame y purifícame con tu preciosísima Sangre, de todas las manchas que en mi alma han ocasionado la multitud y malicia de mis pecados, para que limpio de todas ellas, alabe, ame y sirva con un corazon contrito, limpio y humillado, a un Señor que me amó tanto, que no dudó derramar su Sangre y perder su vida por mí; para que viviendo y muriendo en tu santísima gracia, merezca tu eterna gloria, en donde te goce y alabe por todos los siglos de los siglos. Amén.
   
Rezar un Ave María, y la Oración a la Santísima Virgen, pidiendo que deseas conseguir de la Novena. Los Gozos y la Oración se rezarán todos los días.
  
DÍA SEXTO - 27 DE JUNIO
Por la señal...
Acto de contrición y Oración al Padre Eterno.

MEDITACIÓN: LA CORONACIÓN DE ESPINAS
Contempla, alma mía, cómo pasada aquella cruel carnicería de los desapiadados azotes, con que atormentaron a tu dulcísimo Jesús, le previenen otro cruelísimo martirio que fue el de la coronación de espinas, y para esto considera que formaron la corona de juncos marinos, sobremanera gruesos, haciéndola en forma de casquete, dejándola maliciosamente estrecha, de modo que entrara en la divina cabeza sumamente forzada para causarle mayor dolor y tormento: en efecto; acabada que fue la inhumana corona la trajeron, y con mucha irrisión y mofa, hincándole la rodilla por burla, y tratándole como a fatuo, se la ponen sobre su sagrada cabeza; y luego cogiendo unas horquillas de palo, la fueron encajando a fuerza de golpes, con tal fiereza, que le pasaron las espinas el cráneo hasta llegar a sus divinos ojos, comenzando a derramar arroyos de Sangre por los cabellos y todo el soberano rostro entrándose por los ojos y boca santísima, en tanta abundancia, que quedó (según Santa Brígida) la divina cabeza como si la hubieran metido en una tina de sangre. Medita ahora, alma, que atendiendo tu maltratado Jesús a su preciosísima Sangre derramada por la tierra, le oyes seguir hablando con ella, con las palabras de Job arriba citadas: «Terra, ne opérias Sánguinem meum. Oh tierra, ya santificada con mi Sangre, no la encubras ni la tapes, porque ya que el hombre no haga servicios ni obras que puedan alegar delante de mi Padre Eterno, ni en que pueda estribar su confianza, quedando esta mi Sangre descubierta y patente, confíe en ella, y se la presente a mi Padre; pues basta para satisfacerle cuantas veces le ofendiere, si arrepentido se vale de ella. No sepultes ni ahogues sus súplicas, para que si las voces del hombre fueren tibias, y no merecieren que mi Padre las oiga, alcance por esta mi derramada Sangre y méritos, lo que por sus obras desmerece». Con estos sentimientos santos anímate, alma mía, y acógete llena de confianza a esta preciosísima Sangre, presentándosela al Padre Eterno para alcanzar perdón de tus culpas.
   
Se rezan tres Credos con Gloria Patri.
  
ORACIÓN PARA EL DÍA SEXTO
¡Oh atormentado y afligido Jesús de mi vida! Que no contento con haber sufrido el inhumano tormento de los azotes, derramando en aquella helada columna arroyos de tu preciosísima Sangre, quisiste sufrir el inexplicable martirio de ser coronado de agudas y penetrantes espinas, con las que te atravesaron tu divina cabeza, pasando sus agudas puntas hasta lastimar los hermosos luceros de tus ojos, y corriendo por todo tu venerable rostro tanta abundancia de Sangre, que corrió por todo tu cuello y cuerpo santísimo, todo a fin de manifestarme lo excesivo de tu amor, y lo ardiente de tu caridad, y el deseo que tienes de mi salvación: haz pues, Jesús de mi vida, que conociendo el inmenso beneficio que tan liberal me haces con este abundantísimo riego de tu sagrada Sangre, sepa aprovecharme de ella para poner los proporcionados medios para asegurar mi salvación; y no permitas que con la reincidencia y repetición de mis culpas, me haga indigno de los celestiales tesoros que con ella pretendes darme, sino que apreciándola y venerándola como es debido, fructifique en mi alma obras heroicas y propias de un cristiano, esto es, de un discípulo de Cristo, para que con ellas unidas a esta tu derramada Sangre, merezca en esta vida la gracia final, para pasar a alabarte y gozarte en la eterna gloria, por los siglos de los siglos. Amén.
   
Rezar un Ave María, y la Oración a la Santísima Virgen, pidiendo que deseas conseguir de la Novena. Los Gozos y la Oración se rezarán todos los días.
  
DÍA SÉPTIMO - 28 DE JUNIO
Por la señal...
Acto de contrición y Oración al Padre Eterno.

MEDITACIÓN: DE CÓMO FUE JESÚS DESPOJADO DE SUS VESTIDOS, Y CÓMO CLAVARON SUS MANOS A LA CRUZ
Acércate ya, alma mía, al monte Calvario, y atiende con los ojos de la consideración a tu atormentado Jesús (si todavia tienes aliento para mirarle padecer) cómo después de haber llegado con suma fatiga a la cumbre de aquel monte; despues de haberle desnudado con indecible crueldad, no solo de sus vestiduras, sino de su propia piel por estar ya pegada y casi unida con la túnica interior: en fin, despues de haberle hecho tender en el duro y tosco madero para abrir los barrenos, dejándolos maliciosamente cortos para mas atormentarle, comienzan aquellos feroces verdugos el más inhumano tormento que se había visto, le mandan con imperio que se tienda en la cruz, y tomando un ministro la mano derecha del Señor, la acomodó en el barreno, y otro tomó un largo y grueso clavo, y poniéndoselo en la palma de aquella mano divina, comienza a descargar muchos y repetidos golpes con un pesado martillo, hasta traspasar la mano y clavar el clavo en la tierra; y queriendo clavar la otra sacrosanta mano, mirando que no alcanzaba al barreno, por haber quedado (como ya dijimos) maliciosamente corto para mas atormentarle, le amarran fuertemente con un cordel la mano que ya estaba clavada para más asegurarla, y con otro cordel le estiran fuertemente la mano santísima que habían de clavar, haciendo hincapié en el mismo sacratísimo cuerpo, y estirando con tal fuerza, que le desencajaron todos los huesos de aquel sagrado pecho, hasta hacer llegar la mano al barreno de la cruz, y clavándola con la misma fiereza que la otra, comienza a derramar de ambas manos copiosos arroyos de Sangre, en tanta abundancia, que no solo teñía con ellos los vestidos y manos de los verdugos y la cruz, sino que corría hasta la tierra. Atiende cómo volviéndose a ella, lleno de los más vivos sentimientos le sigue hablando con las palabras de Job arriba citadas, «Terra, ne opérias Sánguinem meum. Oh dichosa tierra regada ya con mi Sangre, no la escondas ni encubras, porque esté siempre patente a los ojos de mi Eterno Padre, y vea que si está muy ofendido de los hombres, también está muy bien pagado por aquellos que quisieron aprovecharse de ella, y aplacándose en sus justas iras, se incline a hacer misericordias a mis amados (aunque ingratísimos hermanos) los hombres». Llénate de aliento, alma mia; con este rico tesoro, que ya tienes con qué satisfacer a la divina Justicia la deuda de tus culpas, y ama sin cesar a quien tanto te ama.
   
Se rezan tres Credos con Gloria Patri.
  
ORACIÓN PARA EL DÍA SÉPTIMO
¡Oh amantísimo y crucificado Jesús de mi vida! ¿Es posible, dueño de mi corazón, que estas divinas manos que fabricaron los cielos se han de ver traspasadas y rotas por la más vil criatura, como soi yo? ¿Es posible que haya en mi ingrato corazón animo y valor para meditar estas finezas, y no se me rompa en menudos pedazos de dolor al ver por los suelos derramada tu preciosísima Sangre? ¡Oh Sangre de mi Dios! ¡Oh licor de misericordia! Ya que el mundo te desprecia tanto, y yo ingrato tantas veces lo he ejecutado, vente ahora a mí, que ya arrepentido te busco y te deseo recoger; ven, te recogeré y abrazaré dentro de mi corazón. Adórote, preciosísima Sangre, vida de mi alma: adórote, riqueza de los cielos y de la tierra. En ti deseo bañarme, por ti deseo derramar la mía por no ofenderte más, mi dulce Jesús, por amarte de todo mi corazón. ¡Oh, quién nunca te hubiera despreciado por dar gusto a mis apetitos! Salgan, salgan fuera de mí todos tus enemigos, que son mis culpas y vicios, por medio de tu preciosísima Sangre, para que tú solo tomes posesion de este mi corazón que ansioso me pides, y yo quiero darte: y pues tu amor te obligó a darme toda tu Sangre, y con ella tu vida, tu divinidad, y todos tus infinitos méritos; este mismo amor y tu misericordia te obliguen, Señor, a que esta misma Sangre me renueve todo, todo me limpie, todo me purifique, todo me posea, todo me abrase, y todo yo quede consumido en tu amor desde ahora y para siempre, en esta vida y en la otra que espero gozarte por los siglos de los siglos. Amén.
   
Rezar un Ave María, y la Oración a la Santísima Virgen, pidiendo que deseas conseguir de la Novena. Los Gozos y la Oración se rezarán todos los días.
  
DÍA OCTAVO - 29 DE JUNIO
Por la señal...
Acto de contrición y Oración al Padre Eterno.

MEDITACIÓN: DE LA INAUDITA CRUELDAD COMO FUERON CLAVADOS LOS PIES DE JESÚS
¡Oh alma mía, no te canses de meditar penas y tormentos, supuesto que tu amante Jesús no se causa de sufrirlos por tu amor! Considera, pues, como con la crucifixión de las manos se encogió naturalmente todo el sagrado cuerpo, así por el dolor vehemente que padeció, como por la contracción de nervios y arterias que sufrió, y con esto no alcanzaban ni con mucha distancia los sagrados pies al barreno de la cruz; pero instigados de los demonios aquellos inhumanos verdugos, practicaron la misma impía diligencia que habian hecho en las manos, atando éstas fuertemente con cordeles y sogas, y amarrando los sagrados pies con una eslabonada cadena estiraron todos, y con tanta fuerza, que le descoyuntaron cuadriles, cintura, y en fin, todos los huesos de aquella fábrica divina sin quedar en ella hueso con hueso, y con esto llegaron al barreno los pies, y para que el clavo no resbalase por ser partes nerviosas (como premedita San Buenaventura) se los barrenaron antes, y tomando un mucho más largo y grueso clavo que los otros, lo comenzaron a clavar con furiosos y repetidos golpes del pesado martillo; y al mismo tiempo se desataron en arroyos de Sangre que derramándose por todo aquel ámbito, regaban la tierra y la pisaban los inhumanos verdugos. Y tú, alma, que estas meditando esto, haz cuenta que ves abrir a tu Jesús sus sacrosantos labios, y que hablando con la misma tierra, le repite las palabras de Job, ya citadas: «Terra, ne opérias Sánguinem meum. Oh tierra dichosísima (aunque antes maldita), por verte fertilizada con el abundante riego de mi Sangre, no la escondas, no la cubras para que vea el hombre su abundancia, y que le doy toda la de mis venas, pues la derramé con la franqueza que se derrama el agua; y vea lo que me debe, y la obligación que tiene a servirme y amarme con todo su corazón y sin escasez de efecto, aunque sea a costa de su vida y de su sangre». Dile que sí, alma mía, que en lo de adelante emplearás todo tu amor en amarle y servirle, y en venerar su sacratísima derramada Sangre.
   
Se rezan tres Credos con Gloria Patri.
  
ORACIÓN PARA EL DÍA OCTAVO
¡Oh Jesús de mi vida, tan cruelmente atormentado por mi amor! ¿Qué haré yo, Señor, en obsequio vuestro, y en señal de gratitud a tanto amor? Pero ¿qué he de hacer, pobre de mí, si nada tengo que ofreceros? Mas ya Vos, Jesús mío, me dais con abundancia lo mismo que os he de ofrecer; tan misericordioso sois como todo esto, pues mirándome en tanta miseria quereis enriquecerme con el rico tesoro de vuestras venas, que es vuestra preciosísima Sangre, tesoro de valor infinito, y capaz de satisfacer sobreabundantemente todas mis deudas, por muchas que ellas sean, y juntamente limpiar mi alma de todas las inmundas manchas con que la han afeado mis culpas. Sí Jesús mío, yo os ofrezco esto mismo que me dais para satisfacer por mis pecados. Yo quiero, y deseo lavarme y purificar mi alma en este saludable baño. ¡Oh, y qué divina traza es bañarse con la continua consideración de esta Sangre preciosísima! Mas cuánto mejor será bañarse con ella en realidad de verdad, pues con el deseo que teníais, oh Jesús de mi vida, de enriquecernos con este rico tesoro, no os contentáis con derramarla toda en vuestra Pasión sacrosanta, sino que quisisteis dejárnosla en el Santísimo Sacramento hasta la consumación de los siglos, para que todos los días (si quisiéramos), y en tantas partes del mundo en que estáis Sacramentado, pudiéramos una y muchas veces purificarnos con este saludable baño de vuestra sacratísima Sangre. Haced, Señor, que apreciando como debemos este beneficio, nos hagamos, dignos de recibirle con frecuencia, con lo que consigamos la gracia y vuestra presencia en la gloria. Amén.
   
Rezar un Ave María, y la Oración a la Santísima Virgen, pidiendo que deseas conseguir de la Novena. Los Gozos y la Oración se rezarán todos los días.
  
DÍA NOVENO - 30 DE JUNIO
Por la señal...
Acto de contrición y Oración al Padre Eterno.

MEDITACIÓN: EL COSTADO DE JESÚS TRASPASADO POR LA LANZA
Lleguemos ya, alma mía; pero lleguemos con los ojos llenos de lágrimas y el corazón de amargura, exhalando tiernos suspiros, a ver a nuestro amante Jesús derramar las últimas gotas de Sangre que le habían quedado en su ya difunto cuerpo. Mira cómo después de crucificado con la inhumanidad que has premeditado en los anteriores días, le levantan en alto, y le dejan caer de golpe en la dureza de un peñasco; y después de haber padecido tres horas en el aire, y de habernos dejado en sus siete últimas palabras tan celestiales doctrinas: finalmente, entre dolores y angustias murió entregando su espíritu en manos de su Eterno Padre; pero no contentos los judíos con haberle quitado la vida, pasan a romperle y pasarle su Sagrado Corazón con una cruel lanza (que así la llama la Iglesia) la cual hirió tan fuertemente aquel sagrado pecho, depósito del amor, que le partió de parte a parte el corazón, derramando por aquella abierta puerta abundancia de sagrada Sangre y agua, hasta no dejar gota de ella en aquel yerto cadaver. Ea, alma mía, llégate ya y atiende a aquellas cinco fuentes manando continuamente arroyos de Sangre, que corren hasta la tierra, y premedita que ves a tu amante Jesús abrir sus sacratísimos labios, y hablando con la misma tierra le dice las palabras de Job, arriba citadas: «Terra, ne opérias Sánguinem meum, neque invéniat in te locum laténdi clamor meus. Oh tierra dichosa y santificada con el riego de mi Sangre, no la encubras, ni halle en ti lugar donde se sepulten mis clamores y se olviden de ellos los ingratos hombres. No la ahogues ni sepultes en tu seno, para que en ella hallen los hijos de Adán el rescate de su cautiverio, la hermosura de sus almas, limpieza de las manchas de sus culpas, medicina a sus males, consuelo en sus trabajos, esfuerzo en los combates contra sus enemigos, seguridad en sus peligros, esperanza en sus temores, dulzura en sus amarguras, misericordia en sus pecados, y finalmente; en su muerte, vida, resurrección y merecimientos para alcanzar la gloria»: ¡Oh consuelo celestial! ¡Oh Jesús, dulce amor mío, y lo que haces por nuestro bien! Da voces, Sangre divina, grita misericordia para nosotros. Y tú, alma mía que meditas estas ternuras, date por obligada, aborrece el pecado y emplea todo tu amor en amar a quien tanto te ama.
   
Se rezan tres credos con Gloria Patri.
  
ORACIÓN PARA EL DÍA NOVENO
¡Oh amorosísimo Jesús de mi vida! Ahora sí, Señor, que ya has desahogado tu amante Corazón, viendo entemínente derramada tu preciosísima Sangre, en beneficio de los ingratos hombres que tanto amas: ahora sí que los ves ya remediados y ricos con este inestimable tesoro. Sea en buena hora, Jesús mío, y caiga sobre mí ésta celestial lluvia de tu Sangre preciosísima; y como diestro labrador aparta primero de mi corazon la tierra de los afectos humanos, para dar lugar al riego de tu Sangre. Envía ese rocío soberano sobre este apocado espíritu mío. Ea, liberalísimas manos abiertas para mi remedio, no me neguéis esos tesoros que tan de balde dais a todo el mundo. Ea sagrados pies, cansados para mi descanso, y heridos para mi salud; derramad sobre mí lo que tan sin tasa estáis virtiendo. Esa sagrada cabeza toda teñida de Sangre, adornada con esos celestiales rubíes: caigan sobre mis ojos todas esas gotas: ea virginal y sacrosanto cuerpo, todo cubierto de azotes, venga sobre mí ese licor de tu Sangre, que hilo a hilo destilan tus llagas para sanar las de mi alma y dejarla hermoseada. Ea pecho sacratísimo, ea Corazón rasgado de mi Jesús, caiga sobre mí la Sangre y agua que sacó la cruel lanza de tus entrañas de misericordia. Ea Señor, acabe de darme esa derramada Sangre de tu costado, abierto de par en par, derecho para que me abran el Cielo, y me entren a la presencia de tu Eterno Padre. Así lo espero, amorosísimo Jesús: tu preciosísima Sangre me lave, me limpie, me purifique de todas las manchas de mis enormes culpas, para que adornada mi alma con la rica gala de tu gracia, te goce por eternidades en la gloria. Amén.

Alabada sea la Sangre de Jesús.
Glorificada sea la Sangre de Jesús.
Ensalzada sea la Sangre de Jesús.
Predicada sea la Sangre de Jesús.
Estimada sea la Sangre de Jesús.
Temida sea la Sangre de Jesús.
Amada de todos los hombres sea, ahora y siempre, la Sangre sagrada de Jesús. Amén. 
  
OFRECIMIENTO FINAL DE LA NOVENA
¡Oh Padre Eterno y Dios de todo consuelo! Recibid, Señor, este corto obsequio de esta Novena que hemos procurado hacer en obsequio y alabanza de la preciosísima Sangre que tan liberal como amante derramó por nosotros vuestro santísimo Hijo en su dolorosa y amarga Pasión. No miréis, oh Padre Eterno, Dios grande, Dios excelso, no nos miréis a nosotros llenos de pecados y vacíos de merecimientos; poned, sí, vuestros amorosos ojos en vuestro Unigénito Hijo, afrentado y atormentado con la Cruz, oíd sus clamores, alcancen sus méritos lo que perdió nuestra miseria, reparad, Señor, por su inocencia lo que destruyó nuestra malicia, sanad por sus llagas lo que hicieron nuestros pecados, limpiad por su preciosa Sangre lo que mancharon nuestras culpas, enviadnos por sus abiertas llagas la lluvia de vuestras piedades que sazone nuestras costumbres, que refrene nuestros apetitos, que amortigüe nuestras amotinadas pasiones, que fertilice nuestras almas y las llene de abundantes virtudes. Haced, Señor, que jamás olvidemos que vuestro Hijo derramó por nosotros su Sangre, y dio su vida en una Cruz, para que esta continua memoria nos llene de bienes del Cielo, y favores de vuestra mano con la perseverancia en vuestra gracia, para alabaros sin cesar en vuestra gloria. Amén.
   
Rezar un Ave María, y la Oración a la Santísima Virgen, pidiendo que deseas conseguir de la Novena. Los Gozos y la Oración se rezarán todos los días.