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viernes, 27 de febrero de 2015

BERGOGLIO A UN COMPATRIOTA SUYO: "HAY QUE EVITAR LA MEXICANIZACIÓN DE ARGENTINA"

Desde MILES CHRISTI
  
En una carta enviada al diputado bonaerense Gustavo Vera, Francisco Bergoglio manifestó su deseo de que Argentina se encuentre “a tiempo de evitar la mexicanización” de su territorio, en referencia al avance del tráfico de drogas en esa nación sudamericana.
  
Gustavo Vera y Francisquito
  
La misiva, publicada en el blog de la ONG Fundación La Alameda (del precitado político), reza lo siguiente:
  
“Querido hermano:
Gracias por tu correo. Veo tu trabajo incansable a todo vapor. Pido mucho para que Dios te proteja a vos y a los alamedenses. Y ojalá estemos a tiempo de evitar la mexicanización. Estuve hablando con algunos obispos mexicanos y la cosa es de terror.
   
Mañana me voy, por una semana, a hacer Ejercicios Espirituales con la Curia Romana. Una semana de oración y meditación me hará bien.
Te deseo cosas buenas. Saludos a tu madre. Y, por favor, no te olvides de rezar por mí.
   
Que Jesús te bendiga y la Virgen Santa te cuide.
  
Fraternalmente,
  
Francisco”.
  
Ante esto, el Secretario de Relaciones Exteriores de México, José Antonio Meade, expresó su tristeza por tan desobligantes palabras. “Manifestamos tristeza y preocupación respecto de los comunicados que se hicieran de una carta privada del papa Francisco”, dijo Meade.
  
Explicó que la preocupación que genera es en el sentido de que el reto del narcotráfico es compartido y en el cual “México ha hecho enormes esfuerzos, ha manifestado un gran compromiso, ha señalado la necesidad que respecto a este tema se dé un diálogo amplio”.
   
Además, subrayó, se le ha dado la bienvenida a la Asamblea General de Naciones Unidas, encargada de sesionar sobre ese tema.
   
De ahí, destacó, que “nos parece que más que estigmatizar a México o cualquier otra región de los países latinoamericanos, lo que debiera hacerse es buscar mejores enfoques, mejores espacios de diálogo”.
  
Y el 24 de Febrero, la Secretaría de Relaciones Exteriores publicó el siguiente comunicado:
 
SECRETARÍA DE RELACIONES EXTERIORES
COMUNICADO N°87: LA SANTA SEDE ACLARA COMENTARIOS DEL PAPA FRANCISCO SOBRE MÉXICO
  
La Secretaría de Relaciones Exteriores (SRE) informa que este martes el embajador de México ante la Santa Sede, Mariano Palacios Alcocer, se entrevistó con el subsecretario para las Relaciones con los Estados de la Santa Sede, Antoine Camilleri, quien dio respuesta a la nota presentada ayer por la representación diplomática mexicana.
   
El funcionario vaticano señaló que el Papa Francisco deja constancia de su seria preocupación por el escalamiento que, sobre un documento privado, se ha dado a conocer en diversos medios de comunicación, donde utiliza expresiones como la “mexicanización”, en alusión al combate que en distintos países de Latinoamérica se viene haciendo al narcotráfico y al crimen organizado.
   
La Santa Sede considera que el término “mexicanización” de ninguna manera tendría una intención estigmatizante hacia el pueblo de México y, menos aún, podría considerarse una opinión política en detrimento de una nación que viene realizando un esfuerzo serio por erradicar la violencia y las causas sociales que la originan.
  
La Santa Sede reconoció que los programas implementados por el gobierno de México para la preservación de la paz y la tranquilidad sociales, conllevan a enfrentar las causas que la originan, de ahí que el Papa Francisco haya insistido a los obispos mexicanos sobre la conveniencia de establecer programas de cooperación y colaboración respetuosa con las instancias públicas para sumar esfuerzos en tal propósito.
  
La Santa Sede considera que la gravedad del fenómeno del narcotráfico en Latinoamérica ha obligado a que los gobiernos, como es el caso de México, establezcan programas para combatir la violencia, devolver la paz y la tranquilidad a las familias, incidiendo sobre las causas sociales que la originan.
   
La Santa Sede reconoció el excelente momento por el que atraviesan las relaciones con México y, en ningún momento, ha pretendido herir los sentimientos del pueblo mexicano ni los esfuerzos del Gobierno de la República.
   
El gobierno mexicano fue notificado de estas declaraciones a través de una nota diplomática enviada a la embajada ante la Santa Sede. En dicha misiva, el Papa Francisco reiteró su cercanía con el gobierno de México.‎
   
México D. F., Martes, 24 de Febrero de 2015 15:04
    
Y el Secretario de Estado del Vaticano aclaró las palabras de su superior, diciendo:
   
“La Santa Sede considera que el término ‘mexicanización’ de ninguna manera tendría una intención estigmatizante hacia el pueblo de México y, menos aún, podría considerarse una opinión política en detrimento de una nación que viene realizando un esfuerzo serio por erradicar la violencia y las causas sociales que la originan”.
   
Con la respuesta de la Santa Sede, México dio por finalizada la polémica en torno a este asunto “por vía diplomática”.

jueves, 26 de febrero de 2015

FABIÁN VÁZQUEZ, REQUIÉSCAT IN PACE

El pasado 24 de febrero, a las 6:30 AM (hora argentina), Fabián Vázquez, fundador y director de Radio Cristiandad, falleció en medio de un accidente automovilístico.
  
Agradecemos a Nuestro Señor Jesucristo y a María Santísima por el hermano Fabián, que ha transmitido desde varios años en sus audios y artículos la sana y auténtica Doctrina Católica. Enviamos condolencias a su familia y al equipo de trabajo de Radio Cristiandad; y elevamos oraciones por el perdón de sus culpas y el eterno descanso de su alma.
  
REQUIEM AETERNAM DONA EIS DOMINE, ET LUX PERPETUA LUCEAT EIS.
REQUIESCAT IN PACE. AMEN.

martes, 17 de febrero de 2015

PADRE BASILIO MÉRAMO A LOS IMPOTENTES: MUY ORONDOS

MUY ORONDOS
  
Non Possumus y el Padre René Trincado, que está detrás, como no pueden (haciéndose eco inconscientemente del nombre que llevan), publican muy orondos el libro del P. Emmanuel pretendiendo rebatir el Milenarismo Patrístico de la exégesis común de la Iglesia Primitiva, durante por lo menos los tres primeros siglos de su historia y pretenden hoy pisotearla, esos que dicen ser tradicionalistas, sin percatarse que no hacen más que alinearse en las filas del progresismo del insigne modernista y apóstata Lamennais, si juzgamos de acuerdo a lo expresado por el P. Castellani en este texto: “En suma: es la vulgar actitud conciliadora y contemporizadora del ‘evolucionismo teológico’, la herejía más difundida y menos conocida de nuestros días: que tiene como raíz el no pensar en la Parusía ni tenerla en cuenta, ni creerla quizá, sin negarla explícitamente; polarizando las esperanzas religiosas de la humanidad hacia el foco del ‘progresismo’ mennesiano”. (Los Papeles de Benjamín Benavides, ed. Dictio, Bs.As. 1978, p. 312).
   
Aunque el P. Emmanuel no es milenarista, como es de esperar puesto que la escuela francesa es muy reticente y hacia al milenarismo de modo general, aunque haya excepciones, sin embargo este autor es una aproximación silenciosa al milenio, pues mucho de lo que dice, se aplica literalmente al milenio con el cual encaja, si bien se mira. Claro está que esto es pedir mucho al P. René Trincado que ni cuenta se da por su escasa formación y estudio sobre el tema, como el mismo lo admitió hace poco más de un año, al decir que no sabía mucho del tema, pero vemos que hoy lo impugna acérrimamente, influido y respaldado quién sabe por qué mano (o mente) siniestra.
   
Con este propósito cita el libro del P. Emmanuel que tiene un prefacio de Mons. Lefebvre, quien veía la realización profética de lo anunciado por el Apocalipsis en nuestros días, ante la crisis de la hora presente; pero de esto ni cuenta se da el P. René, dada su actual obcecación visceral antimilenarista.
   
Pareciera que es mucho pedirle al P. René que analice lo que el P. Emmanuel dice: “Hemos dicho y mantenemos como incontestable, que la muerte del Anticristo será seguida de un triunfo sin igual de la Santa Iglesia de Jesucristo” (La Sainte Église, ed. Clovis, 1997, p. 334), y se dé cuenta de lo que esto implica.
   
Esta afirmación implica que el Triunfo de la Iglesia es después de la Parusía, si no retorcemos los argumentos y se tiene en cuenta lo que dicen las Sagradas Escrituras, que el Anticristo será destruido por Jesucristo, quien con el soplo de su boca lo matará. Y esto evidentemente sólo puede acontecer por su Parusía, tal como lo afirma expresamente la Escritura: “Y entonces se hará manifiesto el inicuo a quien el Señor Jesús matará con el aliento de su boca y destruirá con la manifestación de su Parusía” (II Tes. 2, 8).
  
El mismo San Agustín, que aunque cambió de parecer sobre el Milenarismo Patrístico que él profesaba, y sin condenarlo ni él ni San Jerónimo, puesto que muchos santos mártires lo habían enseñado, dice: “La última persecución que ha de hacer el Anticristo, la extinguirá con su presencia el mismo Jesucristo, porque así lo dice la Escritura: ‘Que le quitará la vida con el espíritu de su boca y le destruirá con el solo resplandor de su presencia’ ” (La Ciudad de Dios, cap. 53). Luego, es evidente, nos guste o no nos guste, que la muerte del Anticristo será producida por la intervención de Cristo el día de su Segunda Venida o gloriosa Parusía, bajando de los cielos con todo el poder divino de su gloria y majestad.
   
Es más, esa gran unidad (como consecuencia del triunfo) de la que habla el P. Emanuel al decir: “… en una palabra, realizándose la gran unidad comprada al precio de la sangre de un Dios, un solo rebaño y un solo pastor” (Ibídem, p. 335), sólo puede realizarse cabal y plenamente en el milenio.
  
San Luis María Grignion de Montfort, en su famosa Oración Abrazada dice: “Vuestra divina Ley es trasgredida, vuestro Evangelio es abandonado, los torrentes de iniquidad inundan toda la tierra y arrastran hasta a vuestros seguidores, toda la tierra está desolada, la impiedad está sobre el trono, vuestro santuario es profanado y la abominación está hasta en el lugar santo. (…) ¿No tendrá que hacerse vuestra voluntad en la tierra como en el cielo y que vuestro reino arribe? ¿No habéis mostrado por adelantado a algunos de vuestros amigos una futura renovación de la Iglesia? ¿No es esto lo que la Iglesia espera?, ¿Todos los santos del cielo no os gritan justicia: vindicat? ¿Todos los justos de la tierra no os dicen: amén, veni, Domine? ¿Todas las criaturas incluso las más insensibles gimen bajo el peso de los pecados innombrables de Babilonia y piden vuestra venida para restablecer todas las cosas: omnis criaturas ingemiscit, etc”. (Oeuvres Complètes de Saint Louis-Marie Grignion de Montfort, ed. du Seuil, 1966, p.677).
   
Esto es ni más ni menos que el Triunfo glorioso de Cristo Rey el día de su Parusía inaugurándose así el famoso Milenio o Reino de Cristo, el Reino de los Sagrados Corazones de Jesús y María, o también como dijo Nuestra Señora en Fátima: “Al fin mi Inmaculado Corazón triunfará”. Al fin significa: al fin y al cabo o a pesar de todo y contra todo, incluso después de lo que dijo en La Sallete, que la Iglesia será eclipsada, el clero será pestilente como cloacas de impureza y que Roma perderá la fe y será la sede del Anticristo. Pero así y todo, como está la promesa infalible de que las puertas del infierno no prevalecerán sobre la Iglesia, se ve como pudo afirmar Nuestra Señora absolutamente y sin condiciones de ninguna clase, que al fin su Inmaculado Corazón triunfaría. ¡Qué gran y mayor esperanza bienaventurada para la pobre Iglesia perseguida y reducida a un pequeño rebaño disperso por el mundo!
  
Esta es la bienaventurada esperanza de la que nos habla San Pablo en la epístola a Tito, “Para que renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos vivamos sobria, justa y piadosamente en este siglo actual, aguardando la dichosa esperanza y la aparición de la gloria del gran Dios y Salvador nuestro Jesucristo” (Tito 2, 12-13), y esto es lo único que hará resistir firmes en la fe a los pocos católicos que se mantengan fieles a Cristo y a su Iglesia en medio de la Gran Tribulación y de la Apostasía Universal.
   
P. Basilio Méramo
Bogotá, 12 de Febrero de 2015

lunes, 16 de febrero de 2015

CARTA ENCÍCLICA “Apostólicae Curae”, SOBRE LA NULIDAD DE LAS ÓRDENES ANGLICANAS

“Las diferencias entre el rito católico (conciliar) de 1968 y del nuevo ordinal anglicano son tan mínimas que es difícil creer que no están destinadas para el mismo propósito… Se va encontrar que toda fórmula imperativa, que pudiera interpretarse como una negación de otorgamiento del poder específicamente sacerdotal a los fieles en general ha sido cuidadosamente excluida del nuevo rito”. (Michael Davis, El Orden de Melquisedec, pág. 109)
  
Los Sacramentos en general, para producir la gracia que significan, deben realizarse con la materia y la forma debidas siguiendo la intención de la Iglesia. Y particularmente en el Orden Sacerdotal, la materia es la imposición de manos por el Obispo válida y legítimamente consagrado, y la forma es la Oración consagratoria, siendo su intención otorgar la dignidad presbiteral y la potestad de ofrecer el Santo Sacrificio de la Misa. Si alguno de los elementos falta, NO HAY SACRAMENTO.
   
Ese es el problema del Rito Anglicano de Ordenación, surgido después de la promulgación del Misal Anglicano por Tomás Cranmer, en tiempos del rey Enrique VIII. En ambos, el odio a la Fe Católica fue tal que las más mínimas referencias al Santo Sacrificio y a la dignidad sacerdotal fueron eliminadas (es de saber que Cranmer era filo-luterano). A finales del siglo XVIII y sobre todo, en el siglo XIX, ante el surgimiento de un movimiento catolizante en la iglesia Anglicana, surge un debate teológico sobre la validez del Rito Anglicano de Ordenación, en el cual los teólogos anglicanos pretendían su validez plena (mientras que algunos de sus pares católicos pensaban cuando menos, en ser a condición).
  
Así surge esta luminosa encíclica del Papa León XIII, en la cual se declara la nulidad absoluta del Rito Anglicano de Ordenación, y se reitera que los clerigos procedentes del anglicanismo deben ser ordenados en el Rito Católico. Y en la situación actual, ante la invalidez del Novus Ordo Sacerdotalis (el Rito Montiniano, entendámonos), esta encíclica es vigente sin añadir ni quitar nada.
    
Como no hay traducción oficial al Español, y nuestros hispanoamericanos lectores sólo conocen ciertos fragmentos (gracias a STAT VERITAS y otros sitios y blogs Tradicionalistas), empleamos la versión publicada en AMOR DE LA VERDAD (aunque hemos aclarado el sentido en algunos lugares y corregido el estilo).
 
CARTA ENCÍCLICA “Apostólicae Curae”, SOBRE LA NULIDAD DE LAS ÓRDENES ANGLICANAS
   
Papa León XIII
Siervo de los Siervos de Dios
Para perpetua memoria
 
Nos hemos dedicado, al bienestar de la noble nación inglesa, una no pequeña porción del cuidado Apostolico y caridad por la cual, ayudados por Su gracia, Nos esforzamos por cumplir el cargo y seguir los pasos del “Gran Pastor del rebaño”, Nuestro Señor Jesucristo. La carta que el año pasado enviamos a los ingleses buscando la unidad en la fe del Reino de Cristo es una prueba especial de nuestra buena voluntad hacia los ingleses. En ella recordamos la memoria de la antigua unión del pueblo con la Madre Iglesia, y nos esforzamos por acercar el día de una feliz reconciliación moviendo el corazón de los hombres a ofrecer diligentes oraciones a Dios. Y, de nuevo, más recientemente, cuando a Nos pareció bueno tratar más ampliamente de la unidad de la Iglesia en una Carta General, Inglaterra no tenía el último lugar en nuestra mente, con la esparanza de que nuestra enseñanza pueda a la vez fortalecer a los Católicos y llevar la luz salvadora a aquellos separados de nosotros. Es agradable reconocer la generosa manera con que nuestro celo y claridad de discurso, inspirado no por meros motivos humanos, ha conseguido la aprobación del pueblo inglés, y esto da testimonio no tanto de la cortesía de este pueblo sino de la solicitud de muchos por su eterna salvación.
  
Con la misma idea e intención, Nos hemos determinado ahora centrar nuestra consideración a un tema no menos importante, que está intimamente conectado con el mismo asunto y con nuestros deseos.
  
Por una opinión ya prevalente, confirmada más de una vez por la acción y la constante practica de la Iglesia, de que cuando en Inglaterra, poco después de haber sido escindida de la Unidad Cristiana, un nuevo rito para conferir Órdenes Sagradas fue introducido por Eduardo VI, faltando de esta manera el verdadero Sacramento del Orden insitutido por Cristo, y con él la sucesión jerarquica. Por algún tiempo, no obstante, y en estos últimos años especialemente, una controversia ha estallado sobre si las Sagradas Ordenes conferidas de acuerdo al Ordinario Eduardiano poseían o no la naturaleza y el efecto de un Sacramento; siendo los que están a favor de su absoluta validez, o de su dudosa validez, no sólo escritores anglicanos, sino también algunos Católicos, principalmente no ingleses. La consideración de la excelencia del sacerdocio Cristiano movió a los escritores anglicanos en esta materia, deseosos como estaban de que a su propia gente no les faltara el doble poder sobre el Cuerpo de Cristo. Los escritores Católicos fueron impelidos por el deseo de suavizar el camino de retorno de los anglicanos a la sagrada unidad. Ambos, de hecho, pensaron que en vista de los estudios aportados al nivel de la actual investigación, y de los nuevos documentos rescatados del olvido, no era inoportuno reexaminar la cuestión por nuestra autoridad.
    
Y Nos, no despreciando tales deseos y opiniones, por encima de todo, obedeciendo los dictados de la caridad apostólica, hemos considerado que nada debería dejarse sin intentar que puediese llevar de cualquier manera a la preservación de las almas del daño o de procurar su ventaja. Por tanto, nos ha agradado graciosamente permitir que la causa fuera reexaminada, para que así, a través de una nueva y extremadamente cuidadosa examinación, toda duda, o incluso toda sombra de duda, pueda ser desvanecida para el futuro.
  
Para este fin, Nos comisionamos cierto número de hombres notables por su sabiduría y habilidad, cuyas opiniones en esta matería eran conocidas por ser divergentes, para establecer las bases de su juicio por escrito. Entonces Nos, habiendólos llamado a nuestra presencia, les mandamos que intercambiasen sus escritos y que después investigasen y discutieren todo lo que fuera necesario para un completo conocimiento de la materia. Fuimos cuidadosos, también, de que ellos fueran capaces de reexaminar todos los documentos que tratasen de esta cuestión, que se conociesen en los archivos del Vaticano, buscar nuevos, e incluso tener a su disposición todos los actos relacionados con esta cuestión que eran preservados por el Santo Oficio o, como es llamado, la Suprema Congregación del Concilio; y también a considerar cualquier cosa que hubiera sido aducida hasta el momento por los doctos varones de ambos bandos. Les ordenamos, cuando se hubieran preparado de esta manera, que se reuniesen en sesiones especiales. De estas sesiones, doce fueron desarrolladas bajo la presidencia de uno de los Cardenales de la Iglesia Católica Romana, nombrado por Nos, y todos fueron invitados a libre discusión. Finalmente, mandamos que las actas de esas reuniones, junto todos los documentos, fueran presentados a nuestros venerables hermanos, los Cardenales del mismo Concilio, para que así cuando todos hubieran estudiado todo el asunto, y discutido en nuestra presencia, cada uno pudiera dar su propia opinión.
  
Habiendo sido determinado este orden para discutir la materia, era necesario, con vista de formar una verdadera estimación del verdadero estado de la materia, no entrar en ella hasta después de haber investigado cuidadosamente como la matería en cuestión se relacionaba con la prescripción y la asentada costumbre de la Sede Apostolica; el origen y la fuerza de tal costumbre era indudablemente de gran importancia para poder determinar una decisión.
  
Por esta razón, en primer lugar, fueron considerados los principales documentos en los cuales nuestros predecesores, al requerimiento de la reina María Tudor, ejercieron su especial cuidado para la reconciliación de la Iglesia de Inglaterra. Así Julio III envió al Cardenal Reginald Pole, inglés, ilustre en muchos aspectos, para ser su legado a latere para el propósito, “como su ángel de paz y amor”, y le dió extraordinarios e inusuales mandatos, así como facultades y direcciones para su guía. Esto fue confirmado y explicado por Pablo IV.
   
Y aquí, para interpretar correctamente la fuerza de estos documentos, es necesario poner como principio fundamental que ciertamente no tenían como propósito lidiar con un estado de cosas abstractas, sino con un asunto específico y concreto. Dado que las facultades dadas por estos pontífices al Legado Apostolico hacían referencia sólo a Inglaterra, y al estado de la religión allí, y dado que las reglas de acción fueron escritas por ellos al requirimiento de este Legado, no podrían haber sido meramente directrices para determinar las condiciones necesarias para la validez de las ordenaciones en general. Ellas debían pertenecer estrictamente para proveer de Sagradas Órdenes el susodicho Reino, como las reconocidas condiciones de las circunstancias y tiempos demandaban. Esto, aparte de ser claro por la naturaleza y la forma de tales documentos, es también obvio por el hecho de que habría sido del todo irrelevante entonces ordenar como Legado alguien cuyos conocimientos habían sido sobresalientes en el Concilio de Trento en lo concerniente a las condiciones necesarias para la administración del Sacramento del Orden.
    
A todos los que correctamente estudien estos asuntos no les será difícil entender porque, en las cartas de Julio III, enviadas al Legado Apostolico el 8 de Marzo de 1554, hay una mención distintoria, primero de aquellos que fueron “correcta y legalmente promovidos” debían ser mantenidos en sus ordenes; y después de aquellos “no promovidos a las Ordenes Sagradas” debían “ser promovidos si resultaban ser sujetos dignos y adecuados”. Por esto es claro y definitivamente reconocido, como de hecho fue el caso, que había dos clases de hombres: primero aquellos que realmente habían recibido Ordenes Sagradas, ya fuese antes de la secesión de Enrique VIII o, si después de esto, y por ministros infectados por error y cisma, aún así ordenados por el inveterado rito Católico; los segundos, aquellos que fueron ordenados inicialmente bajo el Ordinario Eduardiano, quienes en tal caso no podían ser “promovidos”, dado que ellos habían recibido una ordenación que era nula.
    
Y que el pensamiento del Papa era éste, y no otro, es confirmado claramente por la carta del dicho Legado (del 29 Enero de 1555), subdelegando sus facultades al Obispo de Norwich. Además, lo que las mismas cartas de Julio III dicen acerca de usar libremente de las facultades pontificales, incluso en nombre de aquellos que habían recibido su consagración “irregularmente (minus rite) y no acorde con la acostumbrada forma de la Iglesia”, es de especial interés. Por esta expresión sólo podía significar aquellos que habían sido consagrados de acuerdo al rito Eduardiano, dado que aparte de éste y el rito Católico no había entonces otro en Inglaterra.
  
Esto se vuelve aun más claro cuando consideramos al legado que, con el consejo del Cardenal Pole, los príncipes Soberanos, Felipe y María, enviaron al Papa en Roma en el mes de Febrero de 1555. Los Embajadores Reales, tres hombres “ilustres y dotados con toda virtud”, de los cuales uno era Thomas Thirlby, Obispo de Ely, fueron encargados de informar al Papa más extensamente sobre la condición religiosa del país, y especialmente para rogar que ratificara y confirmara lo que el Legado se había esforzado en implementar, y había logrado satisfactoriamente, en la reconciliación del Reino con la Iglesia. Para este propósito, todas las pruebas escritas necesarias y las pertinentes partes del nuevo Ordinal fueron enviadas al Papa. Habiendo sido los legados espléndidamente recibidos, y su evidencia “diligentemente discutida” por muchos de los Cardenales, “después de madura deliberación”, Pablo IV emitió su Bula Praeclara Charíssimi el 20 de Junio de ese mismo año (1555). Con esto, además de dar plena fuerza y aprobación a lo que Pole había hecho, es ordenado, en la matería de las Ordenaciones, como sigue:
  
Aquellos que han sido promovido a ordenes eclesiasticas… por cualquiera excepto por un Obispo válida y legalmente ordenado están obligados a recibir las Órdenes de nuevo”.
  
Pero cuáles eran esos Obispos no “válida y legalmente ordenados” había sido suficientemente aclarado por los documentos precedentes y las facultades utilizadas en la dicha matería por el Legado; eran, a saber, aquellos que habían sido promovidos al Episcopado, o a otras Ordenes, “no estando en concordancia con la forma acostumbada de la Iglesia”, o, como el Legado mismo había escrito al Obispo de Norwich, no habiendo sido observadas “la forma y la intención de la Iglesia”. Estos eran ciertamente aquellos promovidos conforme a la nueva forma del rito, al examen del cual los Cardenales especialmente designados habían dado una atención cuidadosa. No debe ser pasado por alto el pasaje de la misma Carta Pontifical, donde, junto con otras dispensaciones necesarias están enumerados aquellos “que habían obtenido Ordenes además de beneficios núlliter et de facto”. Ya que obtener ordenes núlliter significa lo mismo que por acto nulo y sin efecto, esto es, inválido, como la misma palabra y el habla común requieren. Esto es especialmente claro cuando la palabra es usada de la misma manera acerca de las Ordenes como también acerca de los “beneficios eclesiásticos”. Estos, por la indudable enseñanza de los sagrados canones, eran claramente nulos si eran dados con cualquier defecto viciante.
  
Además, cuando algunos dudaron sobre quienes, conforme al parecer del Pontífice, podían ser llamados o considerados obispos “válida y legalmente ordenados”, el susodicho Papa poco después, el 30 de Octubre, emitió una carta más larga en la forma de un Breve y dijo:
   
“Nos, deseando eliminar completamente tales dudas, y para oportunamente proveer de paz de consciencia a aquellos que durante el mencionado cisma fueron promovidos a las Órdenes Sagradas, indicando claramente el significado y la intención que Nos tuvimos en nuestras mencionadas cartas, declaramos que son sólo esos Obispos y Arzobispos que no fueron ordenados y consagrados en la forma de la Iglesia de los que no puede considerarse que estén debida y correctamente ordenados…”
  
A menos que esta declaración se hubiera aplicado al caso real en Inglaterra, es decir, al Ordinario Eduardiano, el Papa no habría ciertamente hecho nada con esta última carta para eliminar la duda y restaurar la paz de consciencia. Además, fue en este sentido que el Legado entendió los documentos y órdenes de la Sede Apostolica, y debida y concienzudamente las obedeció; y lo mismo fue hecho por la Reina María y el resto de personas que ayudaron a restaurar el Catolicismo a su estado original.
  
La autoridad de Julio III, y de Pablo IV, que hemos citado, claramente muestra el origen de la práctica que ha sido observada sin interrupción por más de tres siglos, que las Ordenaciones conferidas de acuerdo al rito Eduardiano deben ser consideradas nulas y sin efecto. Esta práctica es plenamente probada por los numerosos casos de absoluta re-ordenación conforme al rito Católico incluso en Roma.
   
En la observancia de esta práctica tenemos una prueba directa que afecta al caso que nos ocupa. Por si alguna duda pudiese quedar sobre el verdadero sentido con el que estos documentos pontificales deben ser entendidos, sea válido el principio de que la “costumbre es la mejor intérprete de la ley”. Dado que en la Iglesia siempre ha sido una constante y establecida norma de que es sacrílego repetir el Sacramento del Orden, nunca podría haber sucedido que la Sede Apostolica tolerara esta práctica, sino que la aprobó y la sancionó tan a menudo como cualquier caso particular surgido que pidiese su juicio en la materia.
  
Nos aducimos dos casos de este tipo de muchos que han sido de vez en cuando enviados a la Suprema Congregación del Santo Oficio. El primero (en 1684) fue de cierto calvinista francés, y el otro (en 1704) de John Clement Gordon, ambos habiendo recibido sus ordenes conforme al rito Eduardiano.
   
En el primer caso, después de una investigación minuciosa, los Consultores, no pequeños en número, dieron por escrito sus respuestas o, como ellos lo llamaron, su vota y el resto unanimamente confirmaron con sus conclusiones “para la invalidez de la Ordenación”, y sólo de acuerdo a razones de oportunidad los Cardenales respondieron con un dilata (no formular una conclusión por el momento).
     
Los mismos documentos fueron puestos en uso y considerados de nuevo en la examinación del segundo caso, y los consultores dieron opiniones por escrito adicionales, y los maś eminentes doctores de la Sorbona y de Douai fueron también preguntados por su opinión. Nadie puede negar que la sabiduría y la prudencia respaldaron en todo momento el estudio de tales cuestiones.
  
Y aquí es importante observar que, aunque Gordon mismo, cuyo caso era, y algunos de los Consultores, habían aducido entre las razones para probar la invalidez, la ordenación de Mathew Parker, conforme a sus propias ideas acerca de ello, esta razón fue completamente dejada de lado en el fallo de la decisión, como prueban documentos de incontestable autenticidad. En el pronunciamiento de la decisión, no se tuvo en cuenta nada más que la razón del “defecto de forma e intención”; y para que de esta forma pudiese ser más cierto y completo el juicio en cuestión, fueron tomadas precauciones para que una copia del Ordinal Anglicano fuera sometida a examen, y además de esto tenía que ser cotejada con las formas de la ordenaciones reunidas de varios ritos Orientales y Occidentales. Entonces Clemente XI mismo, con el unánime voto de los Cardenales reunidos, el Martes 17 de Abril de 1704, declaró:
   
“John Clement Gordon deberá ser ordenado desde el principio e incondicionalmente a todos los órdenes, incluso a las Sagradas Órdenes, y principalmente del Sacerdocio, y en caso que el no haya sido confirmado, él deberá recibir primero el Sacramento de la Confirmación”.
  
Es importante tener en cuenta que este juicio no estaba de ninguna manera determinado por la omisión de la tradición de instrumentos en la ordenación, ya que en tal caso, conforme a la costumbre establecida, la instrucción habría sido repetir la ordenación condicionalmente. Y aún más importante es notar que el juicio del Pontífice se aplica universalmente a todas las ordenaciones Anglicanas, porque, aunque se refiere a este caso en particular, no está basado en ninguna razón especial de este caso, sino en un defecto de forma; defecto que igualmente afecta todas las ordenaciones anglicanas. Tanto es así, que cuando similares casos fueron subsecuentemente apareciendo para ser considerados, el mismo decreto de Clemente XI fue citado como la norma.
   
Por lo tanto, debe quedar claro para todos que la controversia últimamente revivida YA HABÍA SIDO DEFINITIVAMENTE RESUELTA POR LA SEDE APOSÓLICA, y es por el insuficiente conocimiento de estos documentos que Nos debemos, quizás, atribuir el hecho de que los escritores Católicos la hayan considerado todavía una cuestión abierta.
  
Pero, como afirmamos al principio, no hay nada que Nos deseemos tan profunda y ardientemente como ayudar a los hombres de buena voluntad enseñandoles la mayor consideración y caridad. Por eso, Nos ordenamos que el Ordinal Anglicano, que es esencialemnte la clave de este asunto, fuese una vez más examinado muy cuidadosamente.
  
En el examen de cualquier rito dirigido a efectuar y administrar los Sacramentos, se hace una correcta distinción entre la parte que es ceremonial y la que es esencial, siendo esta última usualmente llamada “materia y forma”. Todos saben que los Sacramentos de la Nueva Ley, como signos sensibles y eficientes de la gracia invisible, deben igualmente significar la gracia que ellos producen, y producir la gracia que ellos significan. Esta significación, si bien debe darse en todo el rito esencial, es decir, en la materia y la forma, pertenece, sin embargo, principalmente a la forma, como quiera que la materia es por sí misma parte no determinada, que es determinada por aquélla. Y esto aparece aún más claramente en el Sacramento del Orden, la matería del cual, en la medida en que tengamos que considerarla en este caso, es la imposición de las manos, que, de hecho, por si misma no significa nada definido, y es igualmente usada en ciertos órdenes como para la Confirmación.
   
Ahora bien, las palabras que hasta época reciente eran comúnmente tenidas por los Anglicanos como la forma apropiada para constituir la ordenación sacerdotal, a saber: “Recibe el Espíritu Santo”, ciertamente no expresan en lo más mínimo la sagrada Orden del Sacerdocio (sacerdótium) o su gracia y potestad, que es principalmente la potestad “de consagrar y de ofrecer el verdadero Cuerpo y Sangre de el Señor” (Concilio de Trento, Sess. XXIII, de Sacr. Ord., Canon 1) en ese sacrificio que no es “mera commoración del sacrificio ofrecido en la Cruz” ( Ibid, Sess XXIII., de Sacrif. Missae, Canon 3).
  
De hecho, esta forma había sido aumentada con las palabras “para el oficio y obra del presbítero”; pero esto más bien muestra que LOS ANGLICANOS MISMOS PERCIBÍAN QUE LA PRIMERA FORMA ERA DEFECTUOSA E INADECUADA. Mas esta añadidura, si acaso hubiera podido dar a la forma su debida significación, fue introducida demasiado tarde, pasado ya un siglo desde la adopcioń del Ordinal Eduardiano, cuando, consiguientemente, extinguida la jerarquía, no había ya potestad alguna de ordenar.
  
En vano ha habido esfuerzos para buscar la validez de las Órdenes anglicanas en las otras oraciones del mismo Ordinal. Dejando a un lado las razones que muestran ser insuficientes ciertas oraciones para el proposito de la vida Anglicana, que sirva a todas este argumento: De ellas (de las oraciones) HA SIDO DELIBERADAMENTE ELIMINADO TODO LO QUE EXPRESA LA DIGNIDAD Y EL OFICIO DEL SACERDOCIO EN EL RITO CATÓLICO. Esa “forma” consecuentemente no puede ser considerada apta o suficiente para el Sacramento ya que omite lo que debería esencialmente significar.
  
Lo mismo se aplica correctamente a las consacraciones episcopales. Para la fórmula, “Recibe el Espíritu Santo”, no sólo fueron añadidas en un período posterior las palabras “para el oficio y obra de un obispo”, sino incluso esto, como ahora expondremos, debe ser entendido en un sentido diferente que el que tienen en el rito Católico. Ni vale para nada citar la oración del prefacio, “Omnípotens Deus”; dado que, de la misma manera, ella ha sido despojada de las palabras que denotan el summum sacerdótium.
  
No es relevante examinar aquí si el episcopado es complemento del sacerdocio, o un orden distinto de éste; o si, conferido, como ellos dicen, “per saltum”, en un hombre que no es sacerdote, produce su efecto o no. Pero de lo que no cabe duda es que el episcopado, por institución de Cristo, pertenece con absoluta verdad al sacramento del orden y es el sacerdocio de más alto grado, el que efectivamente tanto por voz de los Santos Padres, como por nuestra costumbre ritual, es llamado Sumo sacerdote, suma del sagrado ministerio. De ahí resulta que, al ser totalmente arrojado del rito anglicano el Sacramento del Orden y el verdadero sacerdocio de Cristo, y, por tanto, en la consagración episcopal del mismo rito, no conferirse en modo alguno el sacerdocio, en modo alguno, igualmente, puede de verdad y de derecho conferirse el episcopado; tanto más cuanto que entre los primeros oficios del episcopado está el de ordenar ministros para la Santa Eucaristía y Sacrificio.
  
Para el completo y preciso entendimiento del Ordinal Anglicano, aparte de lo que hemos señalado de alguna de sus partes, no hay nada más pertinente que considerar cuidadosamente las circunstancias bajo la cual fue compuesto y publicamente autorizado. Sería tedioso entrar en detalles, y no es necesario hacerlo, ya que la historia de los tiempos muestra claramente el ánimo de los autores del Ordinal contra la Iglesia Católica; tambien nos muestra cómo se asociaron con los instigadores de las sectas heterodoxas; así como del fin que ellos tenían en mente. Siendo plenamente conscientes de la necesaria conexión entre fe y culto, entre “la ley de la creencia y la ley de la oración”, so pretexto de retornar a una forma más primitiva, ellos corrompieron el Orden Litúrgico en muchas formas para adaptarse a los errores de los novadores. Por esta razón, en el Ordinal entero no sólo no hay una clara mención al sacrificio, a la consagración, al sacerdocio, y al poder de consagrar y ofrecer el sacrificio sino que, como hemos expresado, toda traza de estas cosas que había en las oraciones del rito Católico, dado que no había sido enteramente rechazado, fueron eliminadas y tachadas en forma deliberada.
  
De esta manera, el nativo carácter o espíritu como es llamado en el Ordinal, claramente se manifiesta a sí mismo. Por lo tanto, si, viciado en su origen, era completamente insuficiente para conferir Órdenes, era imposible que, con el curso del tiempo, se volviera suficiente, dado que ningun cambio ha tenido lugar. Aquellos que, desde el tiempo de Carlos I (Estuardo) han intentado adaptar cierto tipo de sacrificio o sacerdocio, haciendo adiciones al Ordinal, han actuado en vano. En vano ha sido también la aseveración de una pequeña parte del cuerpo anglicano, formado en años recientes, que dicen que el Ordinal puede ser entendido e interpretado con sentido ortodoxo. Tales esfuerzos, Nos afirmamos, han sido, y son hechos en vano, y por esta razón cualquieras palabras en el Ordinal anglicano, de la manera que es ahora, que puedan llevar por sí mismas a ambigüedad no pueden ser tomadas en el mismo sentido que poseen en el rito Católico. Dado que una vez que un nuevo rito ha sido iniciado en el cual, como hemos visto, el Sacramento del Orden es adulterado o negado, y del cual toda idea o consagración y sacrificio ha sido rechazada, la fórmula “Recibe el Espíritu Santo” ya no se aplica, porque el Espíritu es insuflado en el alma con la gracia del Sacramento, y así las palabras “para el oficio y obra de sacerdote o de obispo”, y similares no se aplican más, sino que permanecen como palabras sin la realidad que Cristo instituyó.
  
Muchos de los más inteligentes interprétes anglicanos del Ordinal han percibido la fuerza de este argumento, y abiertamente impelen contra aquellos que toman el Ordinal en un nuevo sentido, y que vanamente aplican a las Órdenes conferidas de ese modo un valor y eficacia que no poseen. Por este mismo agumento es refutada la aseveración de aquellos que piensan que la oración, “Dios omniptente, dador de todo bien”, que es encontrado al principio de la acción ritual, podría ser suficiente como legítima “forma” de Órdenes (eso en la hipótesis de que pudiera ser suficiente en un rito Católico aprobado por la Iglesia).
 
Con este defecto inherente en la “forma” se junta el defecto de “intención”, que es igualmente esencial al Sacramento. La Iglesia no juzga acerca de la mente y la intención, en cuanto es algo interno por naturaleza; pero en tanto que es manifestada externamente la intención, ella está obligada a juzgar lo concerniente a esto. Una persona que ha usado correcta y seriamente la materia y forma requeridas para producir y conferir el Sacramento, se presume por esa misma razón haber intentado hacer (intendisse) lo que la Iglesia hace. En este principio descansa la doctrina de que un Sacramento es verdaderamente conferido por el ministro que sea hereje o no bautizado, siempre que el rito Católico sea empleado. Por el otro lado, si el rito es cambiado, con la manifiesta intención de introducir otro rito no aprobado por la Iglesia y de rechazar lo que la Iglesia hace, y que, por la Institución de Cristo, pertenece a la naturaleza del Sacramento; entonces es claro que no sólo la necesaria intención está ausente en el Sacramento, sino que la intención es adversa y destructiva al Sacramento.
  
Todas estas materias han sido larga y cuidadosamente consideradas por Nos y por nuestros venerables hermanos, los Jueces de la Suprema Congregación del Santo Oficio, de los cuales ha complacido a Nos celebrar una reunión especial el 16 de Julio pasado, en la solemnidad de Nuestra Señora del Monte Carmelo. Ellos acordaron unánimemente que la cuestión presentada ante ellos ya había sido decidida con pleno conocimiento de la Sede Apostólica, y que esta renovada discusión y examinación del asunto había servido sólo para sacar a relucir más claramente la sabiduría y precisión con la que esta decisión había sido tomada. No obstante, Nos consideramos a bien posponer una decisión para permitirnos tiempo tanto para considerar si sería conveniente u oportuno hacer una nueva declaración autoritativa acerca del asunto, y para humildemente rogar por una mayor guía divina.
   
Entonces, considerando que esta materia, aunque ya decidida, había sido puesta de nuevo a discusión por ciertas personas, cualesquiera fueran sus razones, y que a partir de ahí podría haberse fomentado un pernicioso error en las mentes de aquellos que podrían suponerse a si mismos poseedores del Sacramento y los efectos de las Órdenes, que de ninguna manera podrían poseerlos, nos pareció bueno pronunciar en el nombre del Señor nuestro juicio.
  
Por eso, adhiriendonos estrictamente, en esta materia, a los decretos de los Pontífices, Nuestros predecesores, y confirmándolos más plenamente, y, por decirlo así, renovándolos por Nuestra autoridad, por Nuestra propia iniciativa y certero conocimiento, Nos pronunciamos y declaramos que las ordenaciones llevadas a cabo conforme al rito Anglicano han sido, y son, absolutamente nulas y sin efecto.
  
Nos queda decir que, aun cuando hemos entrado en la elucidación de esta grave cuestión en el nombre y en el amor del Gran Pastor, de la misma manera apelamos a aquellos que deseen y busquen con un corazón sincero la posesión de jerarquía y de Ordenes Sagradas.
   
Tal vez hasta ahora con miras a la mayor perfección de la virtud cristiana, y escrutando muy devotamente las divinas Escrituras, y redoblando el fervor de sus oraciones, ellos hayan, no obstante, vacilado en su duda y ansiedad a seguir la voz de Cristo, que durante tanto tiempo les ha advertido interiormente. Ahora ellos ven claramente adonde Él en Su bondad los invita y quiere que vayan. Al regresar a Su único rebaño, ellos obtendrán las gracias que ellos buscan, y las consecuentes ayudas para la salvación, de la cual Él hizo a la Igelsia la dispensadora y, por decirlo así, la constante guardiana y promotora de Su redención entre las naciones. Entonces, de hecho, “Ellos sacarán aguas de gozo de las fuentes del Salvador”, Sus maravillosos Sacramentos, por los cuales Sus fieles almas tienen sus pecados completamente remitidos, y son restaurados a la amistad de Dios, son nutridos y fortalecidos por el Pan celestial, y armados con las ayudas maś poderosas para su eterna salvación. Que el Dios de la paz, el Dios de toda consolación, en Su infinita ternura, enriquezca y llene con todas estas bendiciones aquellos que verdaderamente anhelan de ella.
   
Nos deseamos dirigir nuestra exhortación y nuestros deseos en una manera especial a aquellos que son ministros de religión en sus respectivas comunidades. Son hombres que por su mismo cargo prevalecen en su aprendizaje y autoridad, y que tienen en el corazón la gloria de Dios y la salvación de las almas. Que sean los primeros en someterse alegremente a la divina llamada y a obedecerla, y proporcionar un glorioso ejemplo a otros. Ciertamente, con una alegría superior, su Madre, la Iglesia, dará la bienvenida y acariciará con todo su amor y cuidado a aquellos que por la fuerza de sus generosas almas ha llevado, entre muchas pruebas y dificultades, de vuelta a su seno. ¡No pueden las palabras expresar el reconocimeinto que este devoto coraje ganará para ellos desde las asambleas de los hermanos en todo el mundo Católico, como tampoco pueden expresar la esperanza y confianza que se merecerán ante Cristo como su Juez, o qué recompensa conseguirán obtener de Él en el Reino de los Cielos! Y Nos continuaremos, de toda manera legal, promoviendo su reconciliación con la Iglesia en la cual los individuales y las masas, como ardientemente deseamos, encontrarán tanto para imitar. Mientras tanto, por la tierna misericordia del Señor nuestro Dios, pedimos y rogamos a todos a luchar fielemente para seguir en el camino de la divina gracia y verdad.
  
Nos declaramos que estas letras y todas las cosas contenidas en ellas no deberán ser en ningún momento impugnadas u objetadas por razón de culpa o cualquier otro defecto cualquiera de subrepio u obrepio de nuestra intención, sino que son y serán siempre válidas y en vigor y serán inviolablemente observadas tanto juridicamente como de otras maneras, por todos aquellos de cualquier rango y preeminencia, declarando nulo y sin efecto cualquier cosa que, en estas materias, puedan pasar a ser contrariamente intentadas, ya sea voluntaria o involuntariamente, por persona cualesquiera, autoridad o pretexto el que sea.
  
Nos mandamos que sean dadas copias de estas cartas, incluso impresas, siempre que estén firmados por un notario y sellados por una persona constituida en dignidad eclesiástica, la misma credibilidad que se le daría a la expresión de nuestra voluntad con la presentación de estos presentes.
   
Dado en Roma, junto a San Pedro, en el año mil ochocientos noventa y seis de la Encarnación de Nuestro Señor, en los Idus de Septiembre, en el año décimo noveno de nuestro pontificado.
  
LEÓN P.P. XIII

"OBISPO" FRANCÉS: "YA NO SE GUARDARÁN LAS HOSTIAS EN EL TABERNÁCULO"

   
Ha sido noticia desde Octubre pasado que en la otrora "Hija predilecta de la Iglesia", en Francia, muchas iglesias han sido profanadas, violentando los tabernáculos y robándose las "hostias consagradas". Ante esta situación, el "obispo" conciliar Pascal Roland expidió un comunicado en el cual ordena a todas las iglesias de la diócesis de Belley-Ars "trasladar las formas consagradas a un lugar más seguro, dejando los tabernáculos vacíos y con la puerta abierta" en señal de que la EUCARISTÍA NO ESTÁ AHÍ.
  
Pascal Roland, "obispo" de Belley-Ars
  
Analicemos por partes:
  
  1. La Iglesia Deuterovaticana profanó el Santo Sacrificio de la Misa en 1969 y las Sagradas Órdenes en 1968, tras adulterar los Ritos, por lo que en ella NI HAY SACERDOCIO VÁLIDO NI PRESENCIA REAL DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO. Como consecuencia, en el Novus Ordo Missae la Presencia Real es NULA, y sus feligreses reciben sólo ¡UN PAN! (como en los herejes protestantes).
  2. Pascal Roland NO ES SACERDOTE CATÓLICO, MENOS OBISPO, ya que fue ordenado sacerdote y consagrado obispo en 1979 y 2003 respectivamente mediante el Rito Montiniano (el Novus Ordo Sacerdotalis atque Episcopalis Consecratio), que es INVÁLIDO, NULO E ÍRRITO, aplicando la Encíclica Apostólicae Curae del Papa León XIII, que sentencia lo mismo para el Rito Anglicano.
  3. Es cierto que el satanismo es experto en profanación de iglesias y robo de hostias para sus misas negras. Pero eso es una cortina de humo para encubrir que la secta montini-bergogliana ODIA LOS TABERNÁCULOS Y QUIERE LIBRARSE DE ELLOS, ya que siguen el parecer protestante de que "la Eucaristía es una simple cena", y sólo vale con la fe de los presentes.
    
En conclusión, los conciliares NO SON CATÓLICOS. Y nuevamente llamamos a los perplejos, ¡SALID DE LA ROMA APÓSTATA!

jueves, 5 de febrero de 2015

SANTA ÁGATA, VIRGEN Y MÁRTIR

"Nos hace servir de espectáculo al mundo, a los ángeles y a los hombres". (1 Corintios 4, 9).
 
Santa Ágata
 
¡Qué hermoso espectáculo para Jesús, ver a Ágata despreciar los halagos y amenazas del pretor, a fin de conservar su castidad y su fe! Se le quema el pecho, pero San Pedro se le aparece en la prisión y la sana. Se la desnuda y se la arrastra sobre trozos de vasijas rotas y brasas encendidas, y he aquí que un temblor derriba varios edificios y aplasta bajo sus escombros a dos miembros de la familia del tirano. Asustado el gobernador de las murmuraciones del pueblo, la hace conducir de nuevo a la prisión, en la cual expira, después de una breve oración, el año 251.
  
MEDITACIÓN SOBRE LA VIDA DE SANTA ÁGATA
  
I. Santa Ágata resistió al mundo. Ni todos sus honores pudieron seducirla. Sabía que los bienes de la tierra nada son comparados con los celestiales. ¡Oh mundo, qué mala reputación es la tuya! Los santos te abandonan y te desprecian; hasta tus partidarios se quejan de ti, y dicen que sólo tienes bienes aparentes y males reales en exceso. Tú, que lees o escuchas, estás convencido de esta verdad, y sin embargo amas al mundo. "El mundo es malo y lo amas; ¿qué no harías si fuese bueno?" (San Agustín).
   
II. La santa ha resistido a los hombres. Sus amenazas como sus halagos han fracasado ante su constancia. ¡Cuán difícil es resistir a estos dos enemigos, uno de los cuales ataca desembozadamente, y el otro con astucia, sobre todo teniendo un cuerpo que se rebela contra el alma, y que se inclina siempre para el lado de los placeres! ¿Qué hubieras hecho tú en el lugar de Ágata, tú que ofendes a Dios a menudo antes que privarte de la menor satisfacción?
   
III. Ágata, por su pureza, fue émula de los Ángeles; o más bien, con San Ambrosio, digamos que la victoria de las vírgenes es más gloriosa que la de los Ángeles, pues éstos, no teniendo cuerpo, ninguna dificultad tienen en ser castos. Para conservar el tesoro de la pureza, es menester, como los Ángeles, pensar siempre en Dios, obedecer incesantemente sus órdenes, desasirse en cuanto sea posible de los placeres del cuerpo, y tener amor sólo para el cielo y para Dios. "El hombre casto y el Ángel difieren no por la virtud, sino por la felicidad. La castidad de éste es más feliz, la de aquél más valiente". (San Ambrosio).
   
La Castidad. Orad por las vírgenes.
   
ORACIÓN
Oh Dios, que entre otros milagros de vuestro poder, habéis hecho obtener la victoria del martirio al sexo más débil, haced por vuestra bondad que, celebrando la nueva vida que ha recibido en el cielo la bienaventurada Ágata, vuestra virgen mártir, saquemos provecho de sus ejemplos para marchar por el camino que conduce a Vos. Por J. C. N. S. Amén.

miércoles, 4 de febrero de 2015

OSCAR ARNULFO ROMERO, DECLARADO “MÁRTIR” CONCILIAR

  
Bergoglio ha proclamado “mártir de la fe” al “Arzobispo Metropolitano” conciliar de San Salvador, Oscar Arnulfo Romero y Galdámez, lo que significa que no necesitará más que un milagro para ser “canonizado” (y será el patrono de la Teología de la Liberación).
  
Pero suceden varias cosas: 
  1. Francisco Bergoglio NO ES PAPA, mucho menos sacerdote. Es un simple laico usurpando la Cátedra de San Pedro (http://wwwmileschristi.blogspot.com/2014/10/invalidez-de-los-sacerdotes-y-obispos.html).
  2. Oscar Arnulfo Romero NO FUE MUERTO POR ODIO A LA FE, sino por razones políticas. En vida defendió a la guerrilla comunista en El Salvador y otros países (http://wwwmileschristi.blogspot.com/2013/10/el-asesinato-de-oscar-arnulfo-romero.html).
  3. Romero incurrió en herejías (Americanismo, Modernismo, Sindicalismo y Comunismo); y fue asesinado mientras oficiaba el Novus Ordo Missae. Por ello, él es un apóstata, y “Fuera de La Iglesia no existen mártires Cristianos” (Papa Pelagio II).
  4. Ya Romero fue “canonizado” por la Comunión Anglicana (lo que NO SIGNIFICA NADA, porque “Fuera de la Iglesia Católica NO HAY SANTIDAD, MUCHO MENOS SALVACIÓN para nadie”) Las “canonizaciones” deuterovaticanas NO TIENEN NINGÚN VALOR, dado que el procedimiento es ambiguo (y en Derecho Canónico, la ambigüedad implica invalidez); y el juicio vaticano es de todo, menos recto. (http://wwwmileschristi.blogspot.com/2014/01/la-canonizacion-desde-un-punto-de-vista.html)
    
Roguemos a Nuestro Señor Jesucristo, en su advocación de Divino Salvador del Mundo, que abra el camino para que el Catolicismo tradicional se arraigue en ese país que lleva Su santo Nombre, arrancando de tajo las herejías protestante y conciliar. Y a Nuestra Señora de la Paz, que al mismo modo en que detuvo la erupción del volcán Chaparrastique en 1787, salvando de la destrucción a sus devotos, proteja también a los fieles contra la apostasía que marcha a horcajadas en todas las naciones.
    
Divino Salvador del Mundo, Patrono de la República de El Salvador en la América Central
    
Nuestra Señora de la Paz, Patrona mariana de El Salvador

miércoles, 28 de enero de 2015

BIENAVENTURADO CARLOMAGNO, SACRO EMPERADOR ROMANO

Bienaventurado Carlomagno, Emperador del Sacro Imperio
   
La biografía de Carlomagno (nació en 742; fue rey de los francos desde 786 y primer emperador del Sacro Imperio Romano en 800; murió en 814), forma parte de la historia general, y resulta un tanto sorprendente encontrar su nombre en un libro de la vida de los santos. No parece que se le haya tributado ningún culto antes del año 1166, época en que empezó a introducirse, bajo los siniestros auspicios de Federico Barbarroja. El antipapa Guido de Crema (Pascual III) sancionó dicho culto en 1165, aunque San Gregorio VII consideraba que su coronación y glorificación eran una recompensa por sus servicios a la Iglesia. Es digno de notarse que Santa Juana de Arco asociaba a "Monsigneur San Carlomagno" en su devoción a San Luis de Francia, y que en 1475, la fiesta de Carlomagno empezó a ser de obligación en toda Francia, llegando a ser codificada su memoria en el Missale Parisiense. Próspero Lambertini, que fue más tarde Benedicto XIV, discute el punto con cierta extensión en su obra sobre la beatificación y canonización, y concluye diciendo que puede atribuirse con justicia el título de bienaventurado a tan gran defensor de la Iglesia y del Papado. Sin embargo, en la actualidad sólo celebran la fiesta de Carlomagno la diócesis de Aquisgrán y dos abadías suizas. 
   
ORACIÓN
Oh Dios, que en la superabundante riqueza de vuestra bondad, revestisteis con la túnica de la vida inmortal al bienaventurado emperador Carlomagno tras dejar éste el velo de la carne, os suplicamos nos concedáis, de quien elevasteis sobre la tierra con la dignidad imperial para llevar a cabo la propagación de la Fe, ser dignos de su intercesión desde el Cielo. Por J. C. N. S. Amén.

lunes, 19 de enero de 2015

CARTA ENCÍCLICA "Humani géneri in rebus", SOBRE LOS ERRORES DE LA "NUEVA TEOLOGÍA"

"Evita la impiedad de las vanas palabrería y las objeciones de la falsa ciencia, ya que por haberla profesado, algunos han apostatado de la fe". (I Timoteo 6, 20-21)
  
A fin de comprender la causa de la encíclica, recomendamos leer: LA "NUEVA TEOLOGÍA", UN NOMBRE NUEVO AL VIEJO MODERNISMO
  
CARTA ENCÍCLICA "Humani géneri in rebus", SOBRE LOS ERRORES DE LA "NUEVA TEOLOGÍA" QUE AMENAZAN MINAR LOS FUNDAMENTOS DE LA DOCTRINA CATÓLICA
    
Papa Pío XII
Siervo de los Siervos de Dios
Para perpetua memoria
  
Venerables Hermanos, Salud y Bendición apostólica:
  
INTRODUCCIÓN
  
1. Están amenazados los principios cristianos
Las disensiones y errores del género humano en las cuestiones religiosas y morales han sido siempre fuente y causa de intenso dolor para todas las personas de buena voluntad y, principalmente, para los hijos fieles y sinceros de la Iglesia; pero en especial lo es hoy, cuando vemos combatidos aun los principios mismos de la cultura cristiana.
No es de admirar que haya siempre disensiones y errores fuera del redil de Cristo. Porque, aun cuando realmente la razón humana, con sus fuerzas y su luz natural, pueda en absoluto llegar al conocimiento verdadero y cierto de un Dios único y personal, que con su Providencia sostiene y gobierna el mundo, y asimismo de la ley natural impresa por el Creador en nuestras almas; sin embargo, no son pocos los obstáculos que impiden a la razón el empleo eficaz y fructuoso de esta su potencia natural. Porque las verdades, que se refieren a Dios y a las relaciones entre los hombres y Dios, rebasan completamente el orden de los seres sensibles y cuando entran en la práctica de la vida y la informan, exigen el sacrificio y la abnegación propia. Ahora bien, el entendimiento humano encuentra dificultades en la adquisición de tales verdades, ya por la acción de los sentidos y de la imaginación, ya por las malas concupiscencias nacidas del pecado original. Lo cual hace que los hombres en semejantes materias fácilmente se persuadan ser falso o dudoso lo que no quieren que sea verdadero.
2. Necesidad de la Revelación Divina.
Por esto se debe sostener que la revelación divina es moralmente necesaria, para que, aun en el estado actual del género humano, todos puedan conocer, con facilidad, con firme certeza y sin ningún error, las verdades religiosas y morales que no son de suyo incomprensibles a la razón (1).
Más aún, a veces la mente humana puede encontrar dificultad aun para formarse un juicio cierto sobre la credibilidad de la fe católica, no obstante los muchos y admirables indicios externos ordenados por Dios para poder probar ciertamente, por medio de ellos, el origen divino de la Religión cristiana con la sola luz natural de la razón. Puesto que el hombre, o porque se deja llevar de prejuicios o porque le instigan las pasiones y la mala voluntad puede, no sólo negar la evidencia de esos indicios externos, sino también resistir a las inspiraciones sobrenaturales, que Dios infunde en nuestras almas.
I. DOCTRINAS ERRÓNEAS ACTUALES
  
1. ERRORES ACERCA DEL MAGISTERIO Y LA REVELACIÓN
  
3. Cuáles son los principales errores
Si miramos fuera del redil de Cristo fácilmente descubriremos las principales direcciones, que siguen no pocos de los hombres de estudios, nos admiten sin discreción ni prudencia el sistema evolucionístico que aun en el mismo campo de las ciencias naturales no ha sido todavía probado indiscutiblemente, y pretenden que hay que extenderlo al origen de todas las cosas, y con osadía sostienen la hipótesis monística y panteística de un modo sujeto a perpetua evolución. De esta hipótesis se valen los comunistas para defender y propagar su materialismo dialéctico y arrancar de las almas toda noción de Dios.
Las falsas afirmaciones de semejante evolucionismo, por las que se rechaza todo lo que es absoluto, firme e inmutable, han abierto el camino a una moderna seudofilosofía, que, en concurrencia contra el idealismo, el inmanentismo y el pragmatismo, ha sido denominada existencialismo, porque rechaza las esencias inmutables de las cosas y no se preocupa más que de la existencia de cada una de ellos.
Existe igualmente un falso historicismo, que se atiene sólo a los acontecimientos de la vida humana y, tanto en el campo de la filosofía como en el de los dogmas cristianos, destruye los fundamentos de toda verdad y ley absoluta.
4. Áspero desprecio del magisterio de la Iglesia
Entre tanta confusión de opiniones, Nos es de algún consuelo ver a los que hoy no rara vez, abandonando las doctrinas del racionalismo en que habían sido educados, desean volver a los manantiales de la verdad revelada, y reconocer y profesar la palabra de Dios conservada en la Sagrada Escritura, como fundamento de la ciencia sagrada. Pero al mismo tiempo lamentamos que no pocos de esos, cuanto más firmemente se adhieren a la palabra de Dios, tanto más rebajan el valor de la razón humana; y cuanto con más entusiasmo enaltecen la autoridad de Dios Revelador, tanto más ásperamente desprecian el Magisterio de la Iglesia, instituido por Nuestro Señor JESUCRISTO para defender e interpretar las verdades reveladas. Este modo de proceder no sólo está en abierta contradicción con la Sagrada Escritura, sino que aun por experiencia se muestra ser equivocado. Pues los mismos disidentes con frecuencia se lamentan públicamente de la discordia que reina entre ellos en las cuestiones dogmáticas, tanto que se ven obligados a confesar la necesidad de un Magisterio vivo.
 
2. ACTITUDES PELIGROSAS DENTRO DE LA IGLESIA
  
5. Obligación de los teólogos y filósofos católicos.
Los teólogos y filósofos católicos, que tienen el grave encargo de defender e imprimir en las almas de los hombres las verdades divinas y humanas, no deben ignorar ni desatender estas opiniones, que más o menos se apartan del recto camino. Más aún, es necesario que las conozcan bien, pues no se pueden curar las enfermedades, que antes suficientemente no se conocen; además en las mismas falsas afirmaciones se oculta a veces un poco de verdad; y por último, esas falsas opiniones incitan la mente a investigar y ponderar con más diligencia algunas verdades filosóficas o teológicas.
Si nuestros filósofos y teólogos solamente procurasen sacar este fruto de aquellas doctrinas, estudiándolas con cautela, no tendría por qué intervenir el Magisterio de la Iglesia. Pero, aunque sabemos que los doctores católicos en general evitan contaminarse con tales errores, Nos consta, sin embargo, que no faltan hoy quienes, como en los tiempos apostólicos, amando la novedad más de lo debido, y también temiendo que los tengan por ignorantes de los progresos de la ciencia, intentan sustraerse a la dirección del sagrado Magisterio, y por este motivo están en peligro de apartarse insensiblemente de la verdad revelada y hacer caer a otros consigo en el error.
6. Arrebata a algunos un imprudente "irenismo"
Existe también otro peligro, que es tanto más grave cuanto que se oculta bajo capa de virtud. Muchos, deplorando la discordia del género humano y la confusión que reina en las inteligencias de los hombres, y guiados de un imprudente celo de las almas, se sienten llevados por un interno impulso y ardiente deseo a romper las barreras que separan entre sí a las personas buenas y honradas; y propugnan una especie de irenismo, que, pasando por alto las cuestiones que dividen a los hombres, se proponen, no sólo combatir en unión de fuerzas el combatiente ateísmo, sino también reconciliar opiniones contrarias aun en el campo dogmático. Y, como hubo antiguamente quienes se preguntaban si la apologética tradicional de la Iglesia constituía más bien un impedimento que una ayuda para ganar las almas a Cristo, así también no faltan hoy quienes se han atrevido a proponer en serio la duda de si conviene, no sólo perfeccionar, mas aún reformar completamente la teología y el método que actualmente, con la aprobación eclesiástica, se emplea en el enseñamiento teológico, a fin de que se propague más eficazmente el reino de Cristo en todo el mundo, entre los hombres de todas las civilizaciones y de todas las opiniones religiosas.
Si los tales no pretendiesen más que acomodar, con algo de renovación, el enseñamiento eclesiástico y su método a las condiciones y necesidades actuales no habría casi de qué temer; pero algunos de ellos, arrebatados por un imprudente irenismo, parece que consideran como óbice para restablecer la unidad fraterna, lo que se funda en las mismas leyes y principios dados por Cristo y en las instituciones por El fundadas, o lo que constituye la defensa y el sostenimiento de la integridad de la fe; cayendo lo cual se unirían sí, todas las cosas, mas sólo en la común ruina.
7. Escándalo de muchos, sobre todo del clero joven
Los que, o por reprensible deseo de novedad, o por algún motivo laudable, propugnan estas nuevas opiniones, no siempre las proponen con la misma graduación, ni con la misma claridad, ni con los mismos términos, ni siempre con unanimidad de pareceres: lo que hoy enseñan algunos más encubiertamente, con ciertas cautelas y distinciones, otros más audaces lo propalan mañana abiertamente y sin limitaciones, con escándalo de muchos, sobre todo del clero joven y con detrimento de la autoridad eclesiástica. Más cautamente se suelen tratar estas materias en los libros que se dan a la luz pública; con más libertad se habla ya en los folletos distribuidos privadamente y en las conferencias y reuniones. Y no se divulgan solamente estas doctrinas entre los miembros de uno y otro clero y en los seminarios y los institutos religiosos, sino también entre los seglares, sobre todo entre los que se dedican a la enseñanza de la juventud.
   
3. EL RELATIVISMO TEOLÓGICO Y DOGMÁTICO

8. Pretenden adaptar el significado de los dogmas.
En cuanto a la teología, lo que algunos pretenden es disminuir lo más posible el significado de los dogmas; y librarlos de la manera de hablar tradicional ya en la Iglesia y de los conceptos filosóficos usados por los doctores católicos; a fin de volver, en la exposición de la doctrina católica, a las expresiones empleadas por la Sagrada Escritura y por los Santos Padres. Esperan que así el dogma, despojado de elementos, que llaman extrínsecos a la revelación divina, se pueda comparar fructuosamente con las opiniones dogmáticas de los que están separados de la unidad de la Iglesia, y por este camino se llegue poco a poco a la asimilación del dogma católico con las opiniones de los disidentes.
Reduciendo la doctrina católica a tales condiciones, creen que se abre también el camino, para obtener, según lo exigen las necesidades modernas, que el dogma sea formulado con las categorías de la filosofía moderna, ya se trate del inmanentismo o del idealismo o del existencialismo o de cualquier otro sistema. Algunos más audaces afirman que esto se puede y se debe hacer también por la siguiente razón: porque, según ellos, los misterios de la fe nunca se pueden significar con conceptos completamente verdaderos, mas sólo con conceptos aproximativos y que continuamente cambian, por medio de los cuales la verdad se indica, si, en cierta manera, pero también necesariamente se desfigura. Por eso no piensan ser absurdo, sino antes creen ser del todo necesario que la teología, según los diversos sistemas filosóficos, que en el decurso del tiempo le sirven de instrumentos, vaya sustituyendo los antiguos conceptos por otros nuevos; de suerte que en maneras diversas y hasta cierto punto aun opuestas, pero, según ellos, equivalentes, haga humanas aquellas verdades divinas. Añaden que la historia de los dogmas consiste en exponer las varias formas, que sucesivamente ha ido tomando la verdad revelada, según las varias doctrinas y opiniones que a través de los siglos ha ido apareciendo.
9. La Iglesia no puede ligarse a cualquier efímero sistema filosófico.
De lo dicho es evidente que estos conatos, no sólo llevan al relativismo dogmático, sino ya de hecho lo contienen, pues el desprecio de la doctrina tradicional y de su terminología favorece ese relativismo y lo fomenta. Nadie ignora que los términos empleados, tanto en la enseñanza de la teología como por el mismo Magisterio de la Iglesia, para expresar tales conceptos, pueden ser perfeccionados y perfilados. Se sabe también que la Iglesia no ha sido siempre constante en el uso de unos mismos términos. Es evidente además que la Iglesia no puede ligarse a cualquier efímero sistema filosófico; pero las nociones y los términos, que los doctores católicos, con general aprobación, han ido componiendo durante el espacio de varios siglos, para llegar a obtener alguna inteligencia del dogma, no se fundan sin duda en cimientos tan deleznables. Se fundan realmente en principios y nociones deducidas del verdadero conocimiento de las cosas creadas: deducción realizada a la luz de la verdad revelada, que, por medio de la Iglesia, iluminaba, como una estrella, la mente humana. Por eso no hay que admirarse que algunas de estas nociones hayan sido, no sólo empleadas por los Concilios Ecuménicos, sino también aprobadas por ellos; de suerte que no es lícito apartarse de ellas.
Abandonar, pues, o rechazar o privar de valor tantas y tan importantes nociones y expresiones, que hombres de ingenio y santidad no comunes, con esfuerzo multisecular, bajo la vigilancia del sagrado Magisterio y con la luz y guía del Espíritu Santo, han concebido, expresado y perfeccionado, para expresar las verdades de la fe, cada vez con mayor exactitud; y sustituirlas con nociones hipotéticas y expresiones fluctuantes y vagas de una moderna filosofía que como la flor del campo hoy existe y mañana caerá; no sólo es suma imprudencia, sino que convierte el dogma en una caña agitada por el viento. El desprecio de los términos y las nociones, que suelen emplear los teólogos escolásticos, lleva naturalmente a enervar la teología especulativa, la cual, por fundarse en razones teológicas, ellos juzgan carecer de verdadera certeza.
  
4. FALSO CONCEPTO DEL MAGISTERIO DE LA IGLESIA
10. El Magisterio de la Iglesia y las Encíclicas.
Por desgracia, estos amigos de novedades fácilmente pasan del desprecio de la teología escolástica a tener en menos y aun a despreciar también el mismo Magisterio de la Iglesia, que tanto peso ha dado con su autoridad a aquella teología. Presentan este Magisterio como impedimento del progreso y obstáculo de la ciencia; y hay ya católicos, que lo consideran como un freno injusto, que impide el que algunos teólogos más cultos renueven la teología. Y aunque este sagrado Magisterio, en las cuestiones de fe y costumbres, debe ser para todo teólogo la norma próxima y universal de la verdad (ya que a él ha confiado Nuestro Señor JESUCRISTO la custodia, la defensa y la interpretación del depósito de la fe, o sea de las Sagradas Escrituras y de la tradición divina); sin embargo, a veces se ignora, como si no existiese, la obligación que tienen todos los fieles, de huir aun de aquellos errores, que más o menos se acercan a la herejía, y por tanto de observar también las constituciones y decretos, en que la Santa Sede ha proscrito y prohibido las tales opiniones falsas(2).
Hay algunos que de propósito desconocen cuanto los Romanos Pontífices han expuesto en las Encíclicas sobre el carácter y la constitución de la Iglesia, a fin de hacer prevalecer un concepto vago, que ellos profesan y dicen haber sacado de los antiguos Padres, sobre todo de los griegos. Porque los Sumos Pontífices, dicen ellos, no quieren determinar nada en las opiniones disputadas entre los teólogos; y así hay que volver a las fuentes primitivas y con los escritos de los antiguos explicar las modernas constituciones y decretos del Magisterio.
Este lenguaje puede parecer elocuente, pero no carece de falacia. Pues es verdad que los Romanos Pontífices en general conceden libertad a los teólogos en las cuestiones disputadas entre los más acreditados doctores; pero la historia enseña que muchas cuestiones, que un tiempo fueron objeto de libre discusión, no pueden ya ser discutidas.
Ni hay que creer que las enseñanzas de las Encíclicas no exijan de suyo el asentimiento, por razón de que los Romanos Pontífices no ejercen en ellas la suprema potestad de su Magisterio. Pues son enseñanzas del Magisterio ordinario, del cual valen también aquellas palabras: El que a vosotros oye, a Mí me oye(3), y la mayor parte de las veces, lo que se propone e inculca en las Encíclicas, ya por otras razones pertenece al patrimonio de la doctrina católica. Y si los Sumos Pontífices en sus constituciones de propósito pronuncian una sentencia en materia disputada, es evidente que, según la intención y voluntad de los mismos Pontífices, esa cuestión no se puede tener ya como de libre discusión entre los teólogos.
11. El Magisterio de la Iglesia y la fuentes de la doctrina revelada.
Es también verdad que los teólogos deben siempre volver a las fuentes de la revelación; pues a ellos toca indicar de qué manera se encuentre explícita o implícitamente(4), en la Sagrada Escritura y en la divina tradición, lo que enseña el Magisterio vivo. Además, las dos fuentes de la doctrina revelada contienen tantos y tan sublimes tesoros de verdad que nunca realmente se agotan. Por eso con el estudio de las fuentes sagradas se rejuvenecen continuamente las sagradas ciencias; mientras que, por el contrario, una especulación, que deje ya de investigar el depósito de la fe, se hace estéril, como vemos por experiencia. Pero, esto no autoriza a hacer de la teología, aun de la positiva, una ciencia meramente histórica. Porque, junto con esas sagradas fuentes, Dios ha dado a su Iglesia el Magisterio vivo, para ilustrar también y declarar lo que en el depósito de la fe no se contiene más que obscura y como implícitamente. Y el Divino Redentor no ha confiado, la interpretación auténtica de este depósito a cada uno de los fieles, ni aun a los teólogos, sino sólo al Magisterio de la Iglesia. Y si la Iglesia ejerce este su oficio (como con frecuencia lo ha hecho en el curso de los siglos, con el ejercicio ya ordinario ya extraordinario del mismo oficio), es evidentemente falso el método que trata de explicar lo claro con lo obscuro; antes es menester que todos sigan el orden inverso. Por lo cual Nuestro Predecesor de inmortal memoria Pío IX, al enseñar que es deber nobilísimo de la teología el mostrar cómo una doctrina definida por la Iglesia se contiene en las fuentes, no sin grave motivo añadió aquellas palabras: con el mismo sentido con que ha sido definida por la Iglesia.
  
5. EQUIVOCADA INTERPRETACIÓN DE LA BIBLIA
   
12. Disminuyen la Autoridad Divina y de la Sagrada Escritura.
Volviendo a las nuevas teorías, de que tratamos antes, algunos proponen o insinúan en los ánimos muchas opiniones, que disminuyen la autoridad divina de la Sagrada Escritura. Pues se atreven a adulterar el sentido de las palabras, con que el Concilio Vaticano define que Dios es el autor de la Sagrada Escritura, y renuevan una teoría ya muchas veces condenada, según la cual la inerrancia de la Sagrada Escritura se extiende sólo a los textos que tratan de Dios mismo o de la religión o de la moral. Más aún, sin razón hablan de un sentido humano de la Biblia, bajo el cual se oculta el sentido divino, que es, según ellos, el solo infalible(5). En la interpretación de la Sagrada Escritura no quieren tener en cuenta la analogía de la fe ni la tradición de la Iglesia; de manera que la doctrina de los Santos Padres y del sagrado Magisterio debe ser conmensurada con la de las Sagradas Escrituras, explicadas por los exégetas de modo meramente humano; más bien que exponer la Sagrada Escritura según la mente de la Iglesia, que ha sido constituida por Nuestro Señor JESUCRISTO.
Además, el sentido literal de la Sagrada Escritura y su exposición, que tantos y tan eximios exégetas, bajo la vigilancia de la Iglesia, han elaborado, deben ceder el puesto, según las falsas opiniones de éstos, a una nueva exégesis. que llaman simbólica o espiritual; con la cual los libros del Antiguo Testamento, que actualmente en la Iglesia son una fuente cerrada y oculta, se abrirían finalmente para todos. De esta manera, afirman, desaparecen todas las dificultades, que solamente encuentran los que se atienen al sentido literal de las Escrituras.
13. Frutos venenosos que estas novedades han producido.
Todos ven cuánto se apartan estas opiniones de los principios y normas hermenéuticas, justamente establecidos por Nuestros Predecesores de feliz memoria: LEÓN XIII, en la Encíclica "Providentíssimus Deus", y BENEDICTO XV, en la Encíclica "Spíritus Paráclitus", y también por Nos mismo, en la Encíclica "Divino afflánte Spíritu".
6. Diez errores teológicos modernos
Y no hay que admirarse de que estas novedades hayan producido frutos venenosos en casi todos los tratados de la teología. Se pone en duda si la razón humana, sin la ayuda de la divina revelación y de la divina gracia, pueda demostrar la existencia de un Dios personal con argumentos deducidos de las cosas creadas; se niega que el mundo haya tenido principio, y se afirma que la creación del mundo es necesaria, pues procede de la necesaria liberalidad del amor divino; se niega, asimismo, a Dios la presencia eterna e infalible de las acciones todas contrarias a las declaraciones del Concilio Vaticano(6).
Algunos también ponen en discusión si los Ángeles son personas; y si la materia difiere esencialmente del espíritu. Otros desvirtúan el concepto de gratuidad del orden sobrenatural, sosteniendo que Dios no puede crear seres inteligentes sin ordenarlos y llamarlos a la visión beatífica. No sólo, sino que, pasando por alto las definiciones del Concilio de Trento, se destruye el concepto de pecado original, junto con el de pecado en general en cuanto ofensa de Dios, como también el de la satisfacción que Cristo ha dado por nosotros. Ni faltan quienes sostienen que la doctrina de la Transubstanciación, basada como está sobre un concepto filosófico de sustancia ya anticuado, debe ser corregido; de manera que la presencia real de Cristo en la Santísima Eucaristía se reduzca a un simbolismo, en el que las especies consagradas no son más que señales externas de la presencia espiritual de Cristo y de su unión íntima con los fieles, miembros suyos en el Cuerpo Místico.
Algunos no se consideran obligados a abrazar la doctrina que hace algunos años expusimos en una Encíclica, y que está fundada en las fuentes de la revelación, según la cual el Cuerpo de Cristo y la Iglesia Católica Romana son una misma cosa(7). Algunos reducen a una vana fórmula la necesidad de pertenecer a la Iglesia verdadera para conseguir la salud eterna. Otros, finalmente, no admiten el carácter racional de la credibilidad de la fe cristiana.
Resumen
Sabemos que éstos y otros errores semejantes se propagan entre algunos hijos Nuestros, descarriados por un celo imprudente o por una falsa ciencia; y Nos vemos obligados a repetirles, con tristeza, verdades conocidísimas y errores manifiestos, y a indicarles, no sin ansiedad, los peligros de engaño a que se exponen.
II. LA EXPOSICIÓN DE LA DOCTRINA CATÓLICA
  
RESPECTO DE LA FILOSOFÍA
a) Recto juicio sobre la razón
14. La razón, nutrida por la filosofía cristiana
Es cosa sabida cuánto estime la Iglesia la humana razón, a la cual atañe demostrar con certeza la existencia de un sólo Dios personal comprobar invenciblemente los fundamentos de la misma fe cristiana por medio de sus notas divinas, expresar por conveniente manera la ley que el Creador ha impreso en las almas de los hombres y, por fin, alcanzar algún conocimiento, y por cierto fructuosísimo, de los misterios(8).
b) La filosofía tradicional
Mas la razón sólo podrá ejercer tal oficio de un modo apto y seguro si hubiere sido cultivada convenientemente, es decir, si hubiere sido impregnada con aquélla sana filosofía, que es ya un patrimonio heredado de las presentes generaciones cristianas y que por consiguiente, goza de una autoridad de un orden superior, por cuanto el mismo Magisterio de la Iglesia ha utilizado sus principios y sus principales asertos, manifestados y definidos paulatinamente por hombres de gran talento, para comprobar la misma divina Revelación. Esta filosofía, reconocida y aceptada por la Iglesia, defiende el verdadero y recto valor del conocimiento humano, los inconcusos principios metafísicos -a saber, los de razón suficiente, causalidad y finalidad- y la consecución de la verdad cierta e inmutable.
c) El genuino progreso filosófico
15. Lo que la Iglesia deja a la libre disputa
Cierto que en tal filosofía se exponen muchas cosas que, ni directa ni indirectamente, se refieren a la fe o a las costumbres y que, por lo mismo, la Iglesia deja a la libre disputa de los peritos; pero en otras muchas no tiene lugar tal libertad, principalmente en lo que toca a los principios y a los principales asertos que poco ha hemos recordado. Aun en esas cuestiones esenciales se puede vestir a la filosofía con más aptas y ricas vestiduras, reforzarla con más eficaces expresiones, despojarla de ciertos modos escolares menos aptos, enriquecerla cautelosamente con ciertos elementos del progresivo pensamiento humano; pero nunca es lícito derribarla, o contaminarla con falsos principios, o estimarla como un grande monumento, pero ya en desuso. Pues la verdad y su expresión filosófica no pueden cambiar con el tiempo, principalmente cuando se trata de los principios que la mente humana conoce por sí mismos o de aquellos juicios que se apoyan tanto en la sabiduría de los siglos como en el consenso y fundamento de la divina revelación. Cualquier verdad que la mente humana, buscando con rectitud, descubriere, no puede estar en contradicción con otra verdad ya alcanzada, pues Dios, Verdad suma, creó y rige la humana inteligencia, de tal modo que no opone cada día nuevas verdades a las ya adquiridas, sino que, apartados los errores que tal vez se hubieren introducido, edifica la verdad sobre la verdad, de modo tan ordenado y orgánico como aparece formada la misma naturaleza de la que se extrae la verdad. Por lo cual el cristiano, tanto filósofo como teólogo, no abraza apresurada y ligeramente cualquier novedad que en el decurso del tiempo se proponga sino que ha de sopesarla con suma detención y someterla a justo examen, no sea que pierda la verdad ya adquirida o la corrompa, con grave peligro y detrimento de la misma fe.
d) La doctrina de Santo Tomás
16. Una filosofía que la Iglesia ha aceptado y aprobado
Si bien se examina cuanto llevamos expuesto, fácilmente se comprenderá por qué la Iglesia exige que los futuros sacerdotes sean instruidos en las disciplinas filosóficas, según el método, la doctrina y los principios del Doctor Angélico(9), puesto que con la experiencia de muchos siglos conoce perfectamente que el método y el sistema del Aquinate se distinguen por su singular valor, tanto para la educación de los jóvenes como para la investigación de las más recónditas verdades, y que su doctrina suena al unísono con la divina revelación y es eficacísimo para asegurar los fundamentos de la fe y para recoger de modo útil y seguro los frutos del sano progreso(10).
Es, pues, altamente deplorable que hoy día algunos desprecien una filosofía que la Iglesia ha aceptado y aprobado, y que imprudentemente la apelliden anticuada en su forma y racionalística, así dicen, en sus procedimientos. Pues afirman que esta nuestra filosofía defiende erróneamente la posibilidad de una metafísica absolutamente verdadera, mientras ellos sostienen, por el contrario, que las verdades, principalmente las trascendentes, sólo pueden expresarse con doctrinas divergentes que mutuamente se completan, aunque entre sí parezcan oponerse. Por lo cual conceden que la filosofía que se enseña en nuestras escuelas, con su lúcida exposición y solución de los problemas, con su exacta precisión de los conceptos y con sus claras distinciones, puede ser apta preparación al estudio de la teología, como se adaptó perfectamente a la mentalidad del medioevo; pero creen que no es un método que corresponda a la cultura y a las necesidades modernas. Añaden, además, que la filosofía perenne es sólo una filosofía de las esencias inmutables, mientras que la mente moderna ha de considerar la existencia de los seres singulares y la vida en su continua fluencia. Y mientras desprecian esta filosofía, ensalzan otras, antiguas o modernas, orientales u occidentales, de tal modo que parecen insinuar que cualquier filosofía o doctrina opinable, añadiéndole algunas correcciones o complementos, si fuere menester, puede compadecerse con el dogma católico; lo cual ningún católico puede dudar ser del todo falso, principalmente cuando se trata de los falsos sistemas llamados inmanentismo, o idealismo, o materialismo, ya sea histórico ya dialéctico, o también existencialismo, tanto si defiende el ateísmo como si al menos impugna el valor del raciocinio metafísico.
Por fin, achacan a la filosofía que se enseña en nuestras escuelas el defecto de atender sólo a la inteligencia en el proceso del conocimiento, sin reparar en el oficio de la voluntad y de los sentimientos. Lo cual no es verdad, ciertamente; pues la filosofía cristiana nunca negó la utilidad y la eficacia de las buenas disposiciones de toda el alma para conocer y abrazar plenamente los principios religiosos y morales; más aún, siempre enseñó que la falta de tales disposiciones puede ser la causa de que el entendimiento, ahogado por las pasiones y por la mala voluntad, de tal manera se obscurezca que no vea cuál conviene. Y el Doctor Común cree que el entendimiento puede percibir de algún modo los más altos bienes correspondientes al orden moral, tanto natural como sobrenatural, en cuanto experimente en el ánimo cierta afectiva connaturalidad con esos mismos bienes, ya sea natural, ya por medio de la gracia divina(11); y claro aparece cuánto ese conocimiento subconsciente, por así decir, ayude a las investigaciones de la razón. Pero una cosa es reconocer la fuerza de los sentimientos para ayudar a la razón a alcanzar un conocimiento más cierto y más seguro de las cosas morales, y otra lo que intentan estos novadores, esto es, atribuir a las facultades volitiva y afectiva cierto poder de intuición, y afirmar que el hombre, cuando con el discurso de la razón no puede discernir qué es lo que ha de abrazar como verdadero, acude a la voluntad, mediante la cual elige libremente entre las opiniones opuestas, con una mezcla inaceptable de conocimiento y de voluntad.
e) La tarea de la teodicea y de la ética
17. La teodicea y la ética en peligro
Ni hay que admirarse de que con estas nuevas opiniones se ponga en peligro a dos disciplinas filosóficas que, por su misma naturaleza, están estrechamente relacionadas con la doctrina católica, a saber, la teodicea y la ética, cuyo oficio creen que no es demostrar con certeza algo acerca de Dios o de cualquier otro ser trascendente, sino más bien mostrar que lo que la fe enseña acerca de Dios personal y de sus preceptos es enteramente conforme a las necesidades de la vida y que, por lo mismo todos deben abrazarlo para evitar la desesperación y alcanzar la salvación eterna: todo lo cual se opone abiertamente a los documentos de Nuestros Predecesores León XIII y Pío X y no puede conciliarse con los decretos del Concilio Vaticano. No habría, ciertamente, que deplorar tales desviaciones de la verdad si aun en el campo filosófico todos mirasen con la reverencia que conviene al Magisterio de la Iglesia, al cual corresponde por divina institución no sólo custodiar e interpretar el depósito de la verdad revelada, sino también vigilar sobre las disciplinas filosóficas para que los dogmas católicos no sufran detrimento alguno de las opiniones no rectas.
   
RESPECTO DE LAS CIENCIAS POSITIVAS
18. Sobre el evolucionismo y el poligenismo.
Réstanos ahora decir algo acerca de algunas cuestiones que, aunque pertenezcan a las disciplinas que suelen llamarse positivas, sin embargo se entrelazan más o menos con las verdades de la fe cristiana. No pocos ruegan, con premura, que la Religión católica atienda lo más posible a tales disciplinas; lo cual es ciertamente digno de alabanza cuando se trata de hechos realmente demostrados, empero se ha de admitir con cautela cuando más bien se trate de hipótesis, aunque de algún modo apoyadas en la ciencia humana, que rozan con la doctrina contenida en la Sagrada Escritura o en la tradición. Si tales conjeturas opinables se oponen directa o indirectamente a la doctrina que Dios ha revelado entonces tal postulado no puede admitirse en modo alguno.
a) Problemas biológicos y antropológicos
Por eso el Magisterio de la Iglesia no prohíbe que en investigaciones y disputas entre los hombres doctos de entrambos campos se trate de la doctrina del evolucionismo(12), la cual busca el origen del cuerpo humano en una materia viva preexistente (pues la fe católica nos obliga a retener que las almas son creadas inmediatamente por Dios), según el estado actual de las ciencias humanas y de la sagrada teología, de modo que las razones de una y otra opinión, es decir, de los que defienden o impugnan tal doctrina, sean sopesadas y juzgadas con la debida gravedad, moderación y templanza; con tal que todos estén dispuestos a obedecer al dictamen de la Iglesia, a quien Cristo confirió el encargo de interpretar auténticamente las Sagradas Escrituras y de defender los dogmas de la fe(13). Empero algunos, con temeraria audacia, traspasan esta libertad de discusión, obrando como si el origen mismo del cuerpo humano de una materia viva preexistente fuese ya absolutamente cierta y demostrada por los indicios hasta el presente hallados y por los raciocinios en ellos fundados, y cual si nada hubiese en las fuentes de la revelación que exija una máxima moderación y cautela en esta materia.
   
Mas tratándose de otra hipótesis, es a saber, del poligenismo, los hijos de la Iglesia no gozan de la misma libertad, pues los fieles cristianos no pueden abrazar la teoría de que después de Adán hubo en la tierra verdaderos hombres no procedentes del mismo protoparente por natural generación, o bien de que Adán significa el conjunto de los primeros padres; ya que no se ve claro cómo tal sentencia pueda compaginarse con la que las fuentes de la verdad revelada y los documentos del magisterio de la Iglesia enseñan acerca del pecado original, que procede del pecado verdaderamente cometido por un solo Adán y que, difundiéndose a todos los hombres por la generación es propio de cada uno de ellos(14).
b) Valor histórico del libro del Génesis
19. La interpretación de los libros históricos del Antiguo Testamento.
Del mismo modo que en las ciencias biológicas y antropológicas, hay algunos que también en las históricas traspasan audazmente los límites y las cautelas establecidos por la Iglesia. Y de un modo particular es deplorable el modo extraordinariamente libre de interpretar los libros históricos del Antiguo Testamento. Los fautores de esa tendencia para defender su causa invocan indebidamente la Carta que no hace mucho tiempo la Comisión Pontificia para los Estudios Bíblicos envió al Arzobispo de París(15). Esta carta advierte claramente que los once primeros capítulos del Génesis, aunque propiamente no concuerden con el método histórico usado por los eximios historiadores grecolatinos y modernos, no obstante pertenecen al género histórico en un sentido verdadero, que los exégetas han de investigar y precisar; y que los mismos capítulos, con estilo sencillo y figurado, acomodado a la mente del pueblo poco culto, contienen las verdades principales y fundamentales en que se apoya nuestra propia salvación, y también una descripción popular del origen del genero humano y del pueblo escogido. Mas si los antiguos hagiógrafos tomaron algo de las tradiciones populares (lo cual puede ser concedido), nunca debe olvidarse que ellos eran guiados y ayudados por el soplo de la imaginación divina, inmunes de todo error al elegir y juzgar aquellos documentos.
Empero, lo que se insertó en la Sagrada Escritura, sacándolo de las narraciones populares, en modo alguno debe compararse con las mitologías u otras narraciones de tal género, las cuales más proceden de una ilimitada imaginación que de aquel amor a la simplicidad y la verdad, que tanto resplandece aún en los libros del Antiguo Testamento, hasta el punto que nuestros hagiógrafos deben ser tenidas en este punto como claramente superiores a los antiguos escritores profanos.

EPÍLOGO

20. Los deberes de las autoridades eclesiásticas y de los profesores.
Sabemos, es verdad, que la mayor parte de los doctores católicos, que con sumo fruto trabajan en las universidades, en los seminarios y en los colegios religiosos, están muy lejos de estos errores que hoy abierta u ocultamente se divulgan o por cierto afán de novedades o por un inmoderado deseo de apostolado. Pero sabemos también que tales nuevas opiniones pueden atraer a los incautos y, por lo mismo, preferimos oponernos a los comienzos que no ofrecer un remedio a una enfermedad inveterada.
Por lo cual, después de meditarlo y considerarlo largamente delante del Señor, para no faltar a Nuestro sagrado deber, mandamos a los Obispos y a los superiores religiosos, onerando gravísimamente sus conciencias, que con la mayor diligencia procuren que ni en las clases, ni en las reuniones, ni en escritos de ningún género se expongan tales opiniones en modo alguno, ni a los clérigos ni a los fieles cristianos.
Sepan cuantos enseñan en institutos eclesiásticos que no pueden en conciencia ejercer el oficio de enseñar, que les ha sido concedido, si no reciben religiosamente las normas que hemos dado y si no las cumplen escrupulosamente en la formación de sus discípulos. Y procuren infundir en las mentes y en los corazones de los mismos aquélla reverencia y obediencia que ellos en su asidua labor deben profesar al Magisterio de la Iglesia.
Esfuércense con todo aliento y emulación por hacer avanzar las ciencias que profesan; pero eviten también el traspasar los límites por Nos establecidos para salvaguardar la verdad de la fe y de la doctrina católica. A las nuevas cuestiones que la moderna cultura y el progreso del tiempo han suscitado, apliquen su más diligente investigación, pero con la conveniente prudencia y cautela; y, finalmente, no crean, cediendo a un falso irenismo que los disidentes y los que están en el error puedan ser atraídos con buen suceso, si la verdad íntegra que rige en la Iglesia no es enseñada por todos sinceramente, sin corrupción ni disminución alguna.
21. Bendición Apostólica
Fundados en esta esperanza, que vuestra pastoral solicitud aumentará todavía, impartimos con todo amor, como prenda de los dones celestiales y en señal de Nuestra paterna benevolencia, a todos vosotros, Venerables Hermanos, a vuestro clero y a vuestro pueblo, la Bendición Apostólica.
Dado en Roma, junto a San Pedro, el día 12 de Agosto de 1950, año duodécimo de Nuestro Pontificado. Pío Papa XII
NOTAS:
(1) Concilio Vaticano, D. B., Const. De Fide Cathólica, cap. 2, De revelatione, Denz-Umb nr. 1786
(2) Códex Iuris Canónici, can. 1324; cfr. Concilio Vaticano, D. B., 1820, Const. De Fide Cathólica, post. canones, Denz-Umb. nr. 1820.
(3) Luc., 10, 16.
(4) Pío IX, Inter gravissimas, 28-X-1870, Pii IX Acta, vol. I, p. 260.
(5) Dos errores se condenan aquí: por una parte, el de los que limitan la imposibilidad de errar de la Biblia (la inerrancia) a las cosas de la fe y la moral, y por otra, el que afirma que en la Sagrada Escritura se distinguen, así como dos autores, así también dos sentidos, el uno divino y por tanto infalible, y el otro humano y por eso sujeto a error. Dado que la inerrancia de la Biblia se basa en la inspiración trataron de restringir la inspiración para eliminar así los presuntos errores de la Biblia. Conceden que la Sagrada Escritura tiene a Dios por autor (Concilio Vaticano I, sesión III, cap. 2; Denz. Umb. 1787) pero disminuyen el significado de la palabra del Concilio que dice que son inspirados "los libros íntegros en todas sus partes".
Como ya señalamos en la "Introducción" a la Encíclica "Spiritus Paraclitus" (1920) de Benedicto XV, el Cardenal Newman, juzgando la inspiración -no por el origen divino que tiene sino por el fin que Dios con ella persiguió, escribió que "las cosas dichas de paso", "obiter dicta" no eran inspirados porque no eran necesarias para el fin que Dios se propuso al inspirar un libro, por cuanto lo único que interesaba a Dios era el aspecto religioso de la Revelación.
Lenormant y Mons. D'Hulst menos avanzados concedían la inspiración de la Biblia en todas sus partes, pero admitían -ilógicos consigo mismos- la posibilidad que algunas cosas hubieran sido tomadas del medio ambiente y no reveladas.
Ambos errores fueron condenados por León XIII en Providentíssimus Deus (Enchir. Biblic. nr. 109,; más claramente aun por Benedicto XV en la Encíclica Spíritus Paráclitus (Denz-Umb. 2186).
Pío XII renueva aquí primero la condenación de ambos errores y luego la extiende a una sutileza que afloró en la "Nueva Teología": Dios no siempre quiere decir las mismas cosas que el autor humano. El sentido que da Dios a las palabras de la Biblia es, naturalmente, infalible, pero "el sentido humano" o sea el que da el hombre a las mismas palabras es falible. Según esta teoría errónea no hay inconveniente en conceder que la Sagrada Escritura contenga errores, pues no fueron revelados por Dios sino que se deben al "sentido" que les dio el autor "humano". También este subterfugio es falso dice aquí Pío XII
(6) Compárese Conc. Vat. I, Const. De Fide cath., cap. 1, De Deo rerum omnium creatore, Denzinger-Umb. nrs. 1782 ss. (volver)
(7) Compárese Pío XII, Encíclica Mystici Corporis, 29-VI-1943, AAS. 35 (1943) 193-248.

(8) Compárese Conc. Vat. I De Fide Cath. cap. 4. Denzinger-Umb. nr. 1796.

(9) Códex Iuris Canónici, can. 1366, 2.

(10) Compárese Pío XII Alocución de los delegados al Capítulo General de los dominicos. 22-IX-1946. A. A. S. 38 (1946) 387; en la Exhortación que el 14 de enero de 1958 dirigió Pío XII al Colegio "Angélicum" de Roma recalcó extensamente a Santo Tomás y su importancia refiriéndose especialmente a este paso de Humant Generis. La parte principal de esa alocución reza así, en versión del L'Osservatore Romano edic. argentina, año VII Nº 3 22, del 30-I-58:
"Columbramos vuestra alegría por la próxima celebración del cincuentenario de la inauguración y por la importancia del acontecimiento. Pues, en verdad, lo que entonces era una temblorosa esperanza y el comienzo del camino, ahora, bajo l a protección de vuestro valiosísimo Patrono Santo Tomás, ha llegado a ser un éxito felicísimo por el trabajo de tantos eximios doctores de vuestro Instituto. Ciertamente, si éste alcanzó tan preclara fama en la casa de, Dios... que es la Iglesia de Dios vivo, columna y fundamento de la verdad (I Timoteo 3, 15), precisamente y en gran parte sucede porque estudia con solicitud y divulga extensamente las enseñanzas de Santo Tomás de Aquino. Bueno es el camino que seguís, llevando a la cabeza el resplandor de éste vuestro gran protector, adornado de eximias virtudes.
En las preces litúrgicas que, en la fiesta de Santo Tomás de Aquino se dirigen a Dios, se hacen estas dos principales e importantes peticiones: ...comprender lo que enseñó e imitar lo que hizo. (Oración de la fiesta).
Y bien, preguntamos: ¿qué enseñó sobre todo el Aquínate? ¿Dónde se centra a primera vista su excepcional magisterio apto para instruirnos? Esto salta a la vista con lúcida claridad: con la palabra y con los ejemplos de su vida enseñó, ante todo, a los estudiosos de las sagradas disciplinas y también a los amantes de la filosofía racional, la máxima sumisión y reverencia que se deben a la autoridad de la Iglesia Católica. (S. Th. 3 p. Sppl. q. 29, a, 3, Sed contra 2; y 2a 2ae p, q, 10, a. 12 in c.).
Esta total sumisión a la autoridad de la Iglesia tenía origen en su plena persuasión de que el magisterio vivo e infalible de la Iglesia es la regla próxima y universal de la verdad católica.
Siguiendo la senda de Santo Tomás de Aquino y de los eximios varones de la Orden dominicana que se distinguieron por la religiosidad y santidad de costumbres, doquiera resuene la voz del magisterio extraordinario de la Iglesia, escuchadla atentamente y recibidla con ánimo sumiso, principalmente vosotros, amados hijos, que, por especial favor de Dios, os dedicáis al estudio de las disciplinas sagradas en esta Alma Urbe junio a la Cátedra de Pedro e Iglesia principal, de donde nació la unidad sacerdotal. (San Cipriano Epist. 55c. 14-Ed. Harte!, Corp. Script. Eccl. Lat. vol. 3, p. 2, pdfif. 683). Ni tan sólo debéis asentir diligente y prontamente a las disposiciones y decretos del sagrado Magisterio que pertenecen a verdades divinamente reveladas, ya que fiel custodio e intérprete no falible del depósito de éstas es la sola Iglesia Católica, Esposa de Cristo; sino que también han de ser aceptados con humilde sumisión de la mente los documentos que versan sobre cuestiones pertenecientes a ternas naturales y humanos, pues los que profesan la Pveligión católica, especialmente los teólogos y filósofos, como es justo deben apreciar en mucho también éstos, dado que las cosas de un tal orden inferior se proponen, en cuanto conexas y unidas con las verdades de fe y con el fin sobrenatural del hombre.
Sea también ley para el varón teólogo, siguiendo el ejemplo del Aquinate, escrutar diligentemente y con asiduidad la Sagrada Escritura, de incomparable importancia y peso para los estudiosos de las disciplinas religiosas; ya que, como atestigua el mismo Santo Doctor, la ciencia sagrada usa en su argumentación la autoridad de los libros canónicos con toda propiedad y por necesidad... pues nuestra fe se funda en la revelación hecha a los Apóstoles y Profetas que escribieron los libros canónicos y no en la revelación qne pudieron tener otros doctores (S. Th. 1, p. q. 1 a. 8 ad 2). Así lo enseñó y practicó siempre. Sus comentarios a los libros del Antiguo y del Nuevo Testamento, principalmente a las Epístolas del Apóstol San Pablo, gozan, según el pareecr de los más entendidos, de tal madurez, agudeza y diligencia que se pueden equiparar a sus mayores obras teológicas, estimándolas como un complemento bíblico, muy apreciable de éstas; por ello puede decirse que no tiene total y perfecta familiaridad con el Santo Doctor quien descuida estas obras. Nunca se echen de menos en vuestros estudios y prácticas de vida espiritual la investigación y el uso de las Sagradas Escrituras que continuamente estuvieron unidas a las meditaciones teológicas del Doctor de Aquino y que tan admirablemente alegraron su fin. Consideramos digno, por otra parte, de especial recomendación el estudio de la Teología Tomística especulativa que debéis estimar grandemente conforme a la prescripción de vuestro último Capítulo electivo: La Teología especulativa Tomista ha constituido siempre el singular patrimonio de la Orden (Acta Cap. Gen. eect. 1955, n. 113). Florezca, pues, en vuestro Ateneo, con gran influjo y estima la sagrada teología para la que el ilustre Aquinate justamente vindicó en su tiempo las prerrogativas de verdadera disciplina y sabiduría, concediéndole el primado entre todas las ciencia (S. Th. 1 p. q. 1 a. 5).
Nos mismo hemos abiertamente vindicado sus principales méritos en la Encíclica Humani generis contra algunos seguidores de novedades (Acta Ap. Sedis a. 42, 1950, pág. 573). Por lo que atañe a las varias cuestiones teológicas, aunque se ha de tener muy en cuenta, como es justo, el progreso de las ciencias históricas y experimentales, conviene, no obstante, que defendáis los principios y principales puntos de la doctrina de Sanio Tomás.
Esto mismo pensamos debe aplicarse, observando la comparación y proporción debidas, a las materias filosóficas.
Y ahora, después de haber admirado la casi angélica sabiduría de vuestro ínclito Protector y Maestro, meditad con Nos sus virtudes, que debéis procurar con empeño constante reproducir en vuestras costumbres. Él convirtió, sin duda alguna, en propio provecho espiritual las frases del Apóstol: cuando tuviere el don de profecía y penetrase todos los misterios y toda ciencia... no teniendo caridad, no soy nada (I Corintios 13, 2) y la ciencia hincha, la caridad es la que edifica (1 Corintio 8, 2); pues aunque cultivó con todo ardor las doctrinas especulativas, comprendió que el primer puesto corresponde a la caridad, a la que sirven, como a reina coronada, las demás virtudes: de ella la fe saca vida y vigor los dones del Espíritu Santo: de ella se nutre también la escondida llama de la contemplación de los divinos misterios. Cultivad también vosotros con toda diligencia y esfuerzo la caridad y con ella el gozoso sentido de la religión y las demás virtudes convenientes a vuestro estado para que los severos estudios a que os dedicáis no sólo no no obstaculicen, sino más bien ayuden, a escalar los grados de la perfección evangélica. Y junto con las virtudes sobrenaturales observad con todo cuidado religiosos, las normas y leyes del propio Instituto: sea la liturgia vuestra casta delicia: salgan a menudo y fervientes, más de vuestro pecho rebosante que de vuestros labios, conversaciones espirituales: sean vuestras fidelísimas y estimulantes compañeras la caridad de la verdad y la verdad de la caridad".

(11) Compárese S. Thom., Summa Theol., II-II quaest. 1. art. 1 ad 3 et quaest. 45 2, in c. .(volver)
(12) Sobre el evolucionismo y la unidad del género humano ya se habían pronunciado la Pontificia Comisión Bíblica en su "Respuesta 6ª sobre el carácter histórico de los tres primeros capítulos del Génesis'', del 30 de Julio de 1909 (AAS. 1 [1909] 567-569).
Luego Pío XII en un discurso a la Pontificia Academia de Ciencias, 30-XI-1941 repitió la enseñanza dogmática sobre la espiritualidad del alma humana, y su inmediata creación por Dios, para conceder luego la competencia de las ciencias profanas en la procedencia del cuerpo humano:
"El día en que Dios plasmó al hombre, dijo el Papa, y coronó su frente con la diadema de su imagen y semejanza, constituyéndolo en rey de todos los animales vivientes, del mar del cielo y de la tierra (Gen. 1, 26) aquel día el Señor, Dios de toda sabiduría, se hizo su Maestro... Solamente del hombre podía venir otro hombre que le llamase padre y progenitor; y "la ayuda" dada por Dios al primer hombre viene también de él y es carne de su carne, formada como compañera, que tiene nombre del hombre porque de él ha sido sacada (Gen. 2, 23). En lo alto de la escala de los vivientes, el hombre, dotado de un alma espiritual fue colocado por Dios como príncipe y soberano del reino animal. Las múltiples investigaciones, tanto de la paleontología como de la biología y de la morfología acerca de otros problemas referentes a los orígenes del hombre, no han aportado hasta ahora nada que sea positivamente claro y cierto. No queda, pues, sino dejar al futuro la respuesta a la cuestión de si un día la ciencia, iluminada y guiada por la revelación, podrá dar resultados seguros y definitivos sobre argumento tan importante... La verdadera ciencia no rebaja ni humilla al hombre en su origen, sino que lo eleva y exalta, porque ve, encuentra y admira en cada uno de los miembros de la gran familia humana la huella más o menos grande en ella estampada de la imagen y semejanza divinas".
El Papa rechaza aquí el transformismo materialista, toda otra transformación que salve la espiritualidad del alma humana, y por ello, la diferencia esencial entre el hombre y los demás animales es posible, pues nunca podrá llamar el hombre "padre" al animal, ni considerarse descendiente de él sino en cuanto al cuerpo que es lo específico en el hombre.
Aquí en Humani Generis Pío XII es más explícito todavía que en su discurso.
Relacionado con el origen del hombre narrado en la Biblia está la cuestión de si todos los hombres actuales, proceden de una sola pareja (monogenismo) o de varias parejas(poligenismo) Pío XII señala claramente que el poligenismo no es admisible, y esto a causa de la naturaleza y universalidad del pecado original que consta no en el Génesis sino en otros libros sagrados.

(13) Compárese Alocución Pontificia a los miembros de la Academia de Ciencias, 30 Novembris 1941. AAS. 33.

(14) Compárese Rom. 5, 12-19; Concilio de Trento., sesión.V, cánones 1-4, Denz-Umb. nrs. 788-791.

(15) 16 de enero de 1948; AAS. 40 (1948) 45-48.