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BASTARDOS: ¡NO VÁIS A MATAR NUESTRO FUTURO!

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A PESAR DE ESCRIBIR EN LATÍN...

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NO QUEREMOS QUE SE ACABE LA RELIGIÓN

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No hay forma de vivir sin Dios.

domingo, 12 de abril de 2015

CONTRA EL DEVOTO DE MARÍA, NADA PUEDE EL DIABLO

   
Cántiga 74: Esta es cómo Santa María salvó al pintor que el demonio quería matar, porque lo pintaba feo.
   "A quien quiere defender Santa María, no puede el demonio hacerle ningún mal".
   
Y de esto un milagro quiero contaros, de cómo Santa María quiso guardar a un pintor suyo, que intentaba pintarla a Ella muy hermosa, con todas sus fuerzas. Y siempre pintaba al demonio más feo que nada, y el demonio, por eso, le dijo: -¿Por qué me desdeñas o por qué me haces aparecer tan mal a cuantos me ven?
   
Y él dijo entonces: -Esto te lo hago con mucha razón, porque tú siempre haces el mal y del bien no quieres saber nada.
   
Cuando esto hubo dicho, el demonio se irritó y amenazó duramente al pintor, que lo mataría, y buscó camino para hacerlo morir bien pronto. Porque un día lo acechó donde estaba pintando, como he aprendido, la imagen de la Virgen, por lo que oí, y trataba de componerla muy bien, para que apareciese muy hermosa.
  
Pero entonces, el demonio, en quien todo mal yace, trajo un fuerte viento, como cuando hay grandes turbiones y quiere llover. Luego que aquel viento entró en la iglesia, echó por tierra el andamio en el que el pintor estaba, pero él llamó en seguida a la Virgen Madre de Dios para que viniese a socorrerlo.
   
Y ella con tal rapidez acudió, que hizo que se sostuviese en el pincel con el que pintaba, y por ello no cayó ni pudo el demonio dañarlo en nada. Y al gran ruido que hizo la madera, vinieron las gentes en seguida, y vieron al demonio más negro que la pez, huir de la iglesia donde iba a perder.
   
Y vieron cómo estaba el pintor colgado del pincel, y por ello dieron loores a la Madre de Nuestro Señor, que quiere a los suyos valer de las grandes angustias.

Alfonso X de Castilla ("El Sabio"), Cántigas de Santa María. Cántiga 74

martes, 7 de abril de 2015

PADRE PÍO ALERTÓ SOBRE LOS NEOCATECUMENALES

Hacia 1968, un sacerdote italiano le preguntó a Padre Pío acerca de dos laicos ("Kiko" Argüello Wirtz y Carmen Hernández), que buscaban instalar el Camino Neocatecumenal en Roma. El Padre Pío contestó sin titubear: «SON LOS NUEVOS FALSOS PROFETAS». ("Loro sonno i nuovi falsi profeti")

domingo, 5 de abril de 2015

SALUDO DE PASCUA

   
Dilectísimos hermanos en Jesús y María, ¡SANTA PASCUA!
  
Dios Nuestro Señor ha dispuesto el orden de los días y de los años, en tal modo que nos permite volver a la Gran Semana, para prepararnos dignamente a conmemorar la Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro Salvador. 
  
Quizá para muchos de nosotros, por la situación actual en que se halla la Iglesia Católica de siempre, no hemos tenido oportunidad de asistir materialmente a las ceremonias solemnes, por hallarse a cientos o miles de kilómetros el sacerdote más cercano. Pero, por la Comunión de los Santos, hemos podido beneficiarnos espiritualmente de ellas, con el fervor en las oraciones -el Rosario, el Vía crucis, el Oficio Divino...- y otras prácticas que la Iglesia ha recomendado desde siglos atrás (y que Nos, con indecibles esfuerzos, hemos transmitido en este humilde espacio).
  
Es innegable que estamos en una cautividad peor que Egipto y Babilonia, ya que no es la persecución movida por poderes terrenales -que al fin no pueden más que matar el cuerpo-, sino la Apóstata Curia que se ha usurpado el Trono Apostólico y que con sus herejías mata a las almas. Como expresamos arriba, sólo nos queda la devoción antigua, la auténtica Lex Orandi de la Iglesia Una, Santa, Católica, Apostolica y tradicional. Esa que aunque perseguida, se mantiene firme como que es la verdadera, es la que nos distingue de entre el mundo. De ahí que, a nuestro parecer, la Pascua viene a tener un significado apocalíptico: SÓLO LA FE CATÓLICA TRADICIONAL ES LA QUE NOS SIGNARÁ PARA LA GRAN PARUSÍA DEL FIN DE LOS TIEMPOS, CUANDO CRISTO REY DARÁ MUERTE A LA APOSTASÍA.
   
Pidámosle a la Santísima Virgen María, Esperanza nuestra, que nos ayude a perseverar firmes en la Fe, orando sin cesar, y a aguardar vigilantes que llegue el día de nuestra victoria con Cristo Rey, a semejanza de cuando Ella aguardó la Resurrección de su Hijo.

¡SANTAS PASCUAS PARA TODOS VOSOTROS!
 
Frater Jorge Rondón Santos
 
Año del Señor 2015, a 5 de Abril, XXXVII de la Santa Cruzada.

sábado, 4 de abril de 2015

FRACASARON EN SU PROPIA MAQUINACIÓN

    
¿Cuál fue el final de aquellas maquinaciones, que fracasaron de tanto maquinar, y que llegaron incluso a que, muerto y sepultado el Señor, pusieran unos guardianes junto al sepulcro? Le dijeron [los fariseos] a Pilato: “Ese seductor...” Con este nombre quiso ser llamado el Señor Jesucristo, para consuelo de sus discípulos, cuando les llaman seductores. Le dijeron, pues, a Pilato: ‘Ese seductor dijo en vida: “Resucitaré a los tres días”. Manda, pues, que sea custodiado el sepulcro hasta el tercer día, no sea que vengan sus discípulos y se lo lleven, y luego digan a la gente: “Resucitó de entre los muertos”, y el último engaño sea peor que el primero’. Pilato les contestó: ‘Ahí tenéis la guardia; id y custodiadlo como sabéis’. Ellos marchándose aseguraron el sepulcro, poniendo los guardianes y sellando la piedra.
  
Pusieron una guardia militar junto al sepulcro. Tembló la tierra y el Señor resucitó; tales milagros hubo cerca del sepulcro, que los mismos soldados, venidos como custodios, deberían haber dado testimonio, si hubieran querido decir la verdad. Pero aquella misma avaricia que aprisionó al discípulo y compañero de Cristo, cautivó también a los soldados custodios del sepulcro. Les dijeron: ‘Os damos un dinero; decid que mientras vosotros dormíais, vinieron sus discípulos y se lo llevaron’. Realmente “fracasaron en su discurrir e inventar”. ¿Qué es lo que has dicho, oh infeliz astucia? ¿Hasta tal punto le vuelves la espalda a la luz del designio del bien, y te sumerges en el abismo de la hipocresía, que llegas a ordenarles: ‘Decid que mientras vosotros dormíais vinieron sus discípulos y se lo llevaron’? Presentas unos testigos dormidos; eres tú el que te has dormido, cuando inventando tales patrañas, has fracasado.
 
Lecciones V y VI para los Maitines del Sábado de Gloria: San Agustín, Tratado sobre los Salmos. (Salmo LXIII, 10).

viernes, 3 de abril de 2015

PILATO ES MÁS INOCENTE QUE LOS JUDÍOS EN LO QUE RESPECTA A LA MUERTE DE JESÚS

“Y viendo Pilatos que nada adelantaba, y que antes bien, crecía el tumulto, tomó agua, y se lavó las manos delante del pueblo diciendo: ‘Soy inocente de la sangre de este justo: vosotros veréis’. Y respondiendo todo el pueblo, dijo: ‘Caiga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos’”. (San Mateo XXVII, 24-25).
  
Afilaron sus lenguas como una espada’. Dice otro salmo: ‘Los hijos de los hombres: sus dientes son armas y flechas, y su lengua una espada afilada’. Así se dice aquí: ‘Afilaron sus lenguas como una espada’. Que no digan los judíos: “Nosotros no hemos matado a Cristo”. Si lo entregaron al juez Pilato, fue para dar la impresión de que ellos quedaban exentos de culpa en su muerte. De hecho, cuando Pilato les dijo: ‘Ajusticiadlo vosotros’, respondieron: ‘A nosotros no nos está permitido dar muerte a nadie’. Querían descargar sobre un juez humano la maldad de su crimen; ¿Pero acaso podían engañar al divino juez? En lo que Pilato hizo, por el hecho de realizarlo, se hizo algo responsable; pero en comparación de ellos, es mucho más inocente. Insistió, de hecho, cuanto pudo para librarlo de sus manos. Por esto se lo presentó después de haberlo flagelado. No lo azotó para castigar al Señor, sino intentando aplacar el furor de los judíos, a ver si se amansaban un poco, y al verlo flagelado, desistían en su empeño por matarlo. Esto llegó a hacer Pilato. Pero como ellos siguieron insistiendo, ya sabéis que se lavó las manos, diciendo que no era su voluntad realizar tal cosa, y que era inocente de su muerte. Y sin embargo, la llevó a cabo. Ahora bien, si es culpable el que, contra su voluntad, realizó el crimen, ¿serán inocentes quienes le obligaron a consumarlo? De ninguna manera. Pero fue él quien pronunció la sentencia en su contra, y lo mandó crucificar, por eso de algún modo fue él personalmente quien lo mató; pero también vosotros, judíos, lo matasteis. ¿Cómo? Con la espada de la lengua: afilasteis vuestras lenguas. ¿Y cuándo lo habéis herido, sino cuando gritasteis: ‘Crucifícalo, crucifícalo’?
   
Lección VI para los Maitines del Viernes Santo: San Agustín, Tratado sobre los Salmos. (Salmo LXIII, 4).

LAS SIETE PALABRAS DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO CRUCIFICADO, POR SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO

Tomado de “Reflexiones sobre la Pasión de Jesucristo”, de San Alfonso María de Ligorio, Capítulo V.
     
REFLEXIONES SOBRE LAS SIETE PALABRAS DE JESUCRISTO
 
I. «Pater, dimítte illis, non enim sciunt quid fáciunt» (Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen)
  
¡Oh ternura del amor de Jesucristo hacia los hombres! Dice San Agustín que el Salvador pedía perdón, al mismo tiempo que le injuriaban sus enemigos, ya que entonces no miraba tanto las injurias y la muerte que de ellos recibía, cuanto al amor con que por ellos moría. Mas dirá alguien: “Y ¿por qué Jesús rogó al Padre que los perdonara, pudiendo Él mismo perdonar las injurias que recibía?” Responde San Bernardo que rogó al Padre no porque le faltara poder para perdonar, sino para enseñarnos a orar por quienes nos persiguen. Y añade el santo Abad en otro pasaje: “¡Cosa digna de admiración! Jesucristo exclama: ‘Perdónalos’, y los judíos vociferan: ‘¡Crucifícalo!’”. Mientras que Jesucristo, añade Arnoldo de Chartres, se esforzaba por salvar a los judíos, éstos se esforzaban por condenarse; pero ante Dios podía más la caridad del Hijo que la ceguera del pueblo ingrato. Y San Cipriano añade: “La sangre de Cristo da la vida hasta a quienes la derraman”. Tanto fue el deseo que tuvo Jesucristo de salvar a todos, que no negó participación en sus méritos ni aun a sus mismos enemigos, que derramaban su sangre a fuerza de tormentos. Mira, dice San Agustín, a tu Dios clavado en la cruz, oye la plegaria que dirige por sus verdugos, y después niega la paz al hermano que te ofende.
 
San León atribuye a la oración de Cristo la conversión de tantos millares de judíos como se rindieron a la predicación de San Pedro, según se lee en los Actos de los Apóstoles. Dios no permitió, dice San Jerónimo, que la oración de Jesucristo quedase estéril, y por eso millares de judíos abrazaron la fe. Pero ¿por qué no se convirtieron todos? Porque la oración de Jesucristo fue condicional; se aplicaba a los que no fueran del número de aquellos a quienes se dijo: “Vosotros siempre chocáis contra el Espíritu Santo”.
  
En la oración de Jesucristo entraron también los pecadores, de suerte que todos podemos decir a Dios: “Padre Eterno, oíd la voz de vuestro amado Hijo que os pide nos perdonéis. Cierto que no merecemos tal perdón, pero lo merece Jesucristo, quien con su muerte satisfizo sobreabundantemente por nuestros pecados. No, Dios mío, no quiero obstinarme en el mal como los judíos; me arrepiento, Padre mío, ya sabéis que soy un pobre enfermo, perdido por mis pecados; pero vos cabalmente vinisteis del Cielo a la tierra para sanar a los enfermos y salvar a los extraviados que se arrepienten de haberos ofendido, como lo declarasteis por Isaías: ‘Vino el Hijo del hombre a buscar y a salvar lo que había perecido’; e igual dijisteis por San Mateo: ‘Porque el Hijo del hombre vino a salvar lo que había perecido’.
  
II. «Amen dico tibi: Hódie mecum eris in paradíso» (En verdad te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso)
  
Enseña San Lucas que, de los dos ladrones crucificados con Jesucristo, uno permaneció en su obstinación, al paso que el otro se convirtió, y al ver que su pérfido compañero blasfemaba del Señor, diciéndole: “¿No eres tú el mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros”, lo reprendió, diciéndole que ambos sufrían el merecido castigo, al paso que Jesús era inocente: “Nosotros, a la verdad, lo estamos justamente, pues recibimos el justo pago de lo que hicimos; mas éste nada inconveniente ha hecho”. Y, vuelto después al propio Jesús, le dijo: “Acuérdate de mí cuando vinieres en la gloria de tu realeza”. Con tales palabras lo reconoció por verdadero Señor suyo y por Rey del cielo, que fue cuando Jesús le prometió el paraíso. Escribe cierto docto autor que el Señor, en virtud de su promesa, se mostró cara a cara al buen ladrón, colmándole de felicidad, aunque no le dio a gustar, antes de entrar en él, todas las delicias del paraíso.
  
Arnoldo de Chartes, en su Tratado de siete palabras, enumera los actos de virtud que San Dimas, buen ladrón, ejercitó en su muerte. “Cree —dice—, se arrepiente, se confiesa, predica, ama, confía y ora”. Ejercitó la fe, diciendo: Acuérdate de mí cuando vinieres en la gloria de tu realeza, creyendo que Jesucristo después de la muerte entraría victorioso en su gloria. “Lo ve morir —dice San Gregorio— y cree que ha de reinar”.
   
Se ejercitó en la penitencia con la confesión de sus pecados, al decir: “Nosotros, a la verdad, lo estamos justamente, pues recibimos el justo pago de lo que hicimos”. Nota San Agustín que el buen ladrón no se atrevió a esperar el perdón antes de la confesión de sus delitos, y añade San Atanasio: “¡Feliz ladrón que arrebataste el cielo con esta confesión!”
  
Otras hermosas virtudes practicó este santo penitente en aquella hora. Se ejercitó en la predicación, declarando la inocencia de Cristo: “Mas éste nada inconveniente ha hecho”. Se ejercitó en el amor divino, aceptando con resignación la muerte en pena de sus pecados, cuando dijo: “Recibimos el justo pago de lo que hicimos”. De ahí que San Cipriano, San Jerónimo y San Agustín no titubeen en llamarle mártir, porque, según Sylveira, este feliz ladrón fue verdadero mártir, pues los verdugos, al quebrarle las piernas, se ensañaron más en él porque había proclamado la inocencia de Jesús, tormento que el santo aceptó por amor de su Señor.
 
Notemos aquí de paso la bondad de Dios, que siempre da, según San Ambrosio, más de lo que se le pide. Pedía, dice el Santo, que se acordara de Él, y Jesucristo le responde: “Hoy estarás conmigo en el paraíso”. Y San Juan Crisóstomo añade que nadie antes que el buen ladrón mereció la promesa del paraíso. Entonces tuvo cumplimiento lo que Dios afirmó por Ezequiel: “que cuando el pecador se arrepiente de todo corazón, de tal modo se le perdona, que hasta se llegan a olvidar sus culpas”. E Isaías nos recuerda que Dios se siente tan inclinado a hacernos bien, que acude presto a nuestras súplicas: “Con certeza obrará gracia contigo, atendiendo a la voz de tu grito de auxilio”. Dice San Agustín que Dios está siempre dispuesto a estrechar contra su corazón a los pecadores arrepentidos. Y ved cómo la cruz del mal ladrón, llevada con impaciencia, fue su mayor ruina para el Infierno, en tanto que, por haberla llevado con paciencia y resignación, el buen ladrón se valió de ella como de escala para el paraíso. ¡Dichoso ladrón, que tuviste la suerte de unir tu muerte a la pasión de tu Salvador!
  
¡Oh Jesús mío!, de hoy más os sacrifico mi vida y os pido la gracia de poder, en la hora de la muerte, sumarla al sacrificio de la vuestra en el ara de la Cruz; por los merecimientos de vuestra muerte espero morir en gracia y amándoos con todo mi corazón, despojado de todo afecto terreno, para seguir amándoos con todas mis fuerzas por toda la eternidad.
  
III. «Múlier, ecce fílius tuus... Ecce mater tua» (Mujer, he ahí a tu hijo... He ahí a tu madre)

Dice San Marcos que en el Calvario había varias mujeres mirando a Jesús crucificado, pero de lo lejos. Es de creer que la Madre de Jesús se hallara entre ellas; San Juan dice que la Santísima Virgen se hallaba no lejos, sino cerca, en unión de María Cleofé y María Magdalena. Queriendo Eutimio explicar esta aparente contradicción, dice que la Santísima Virgen, al ver que su Hijo estaba para expirar, se aproximó más que el resto de las mujeres a la cruz, sin temor a los soldados que la rodeaban y llevando pacientemente los insultos y empellones de los que custodiaban a los condenados, para poder hallarse más cerca de su amado Hijo. Lo propio dice un docto autor que escribió la vida de Jesucristo: “Allí estaban los amigos que lo observaban de lejos, pero la Santísima Virgen, la Magdalena y otra María estaban cerca de la Cruz, con San Juan, por lo que Jesús, viendo a su Madre y a San Juan, les dijo las palabras antes citadas: Mujer, he ahí a tu hijo, etc.”. El abad Guérrico escribe: “¡Verdadera Madre, que ni en los horrores de la agonía abandonó al Hijo!” Madres hay que se retiran para no presenciar la agonía de sus hijos; su amor no les consiente asistir a tal espectáculo ni verlos morir sin poderlos socorrer. La santísima Madre, por el contrario, cuanto más próximo estaba el Hijo a la muerte, tanto más se acercaba a la Cruz.
    
Estaba junto a la Cruz esta Madre afligida, y, mientras que Jesús ofrecía la vida por la salvación de los hombres, María unía sus dolores al sacrificio del Hijo y, perfectamente resignada, tomaba parte en todas las penas y oprobios que sufría el moribundo Jesús. Observa un autor que no enaltecen la constancia de María quienes la pintan desmayada al pie de la cruz, pues fue la mujer fuerte que no llora ni se desvanece, como atestigua San Ambrosio.
   
El dolor que experimentó la Virgen en la pasión de su Hijo superó a todos los dolores que puede padecer el corazón humano; pero el dolor de María no fue estéril ni sin provecho, como el de las madres que presencian los dolores de sus hijos, sino que fue un dolor fecundo, pues así como es madre natural de Jesucristo, nuestra cabeza, así también es madre espiritual de todos nosotros, que somos sus miembros, cooperando, como dice San Agustín, con su caridad a engendrarnos a la vida de la gracia y a ser hijos de la Iglesia.
    
En el monte Calvario, dice San Bernardo, callaban estos dos ilustres mártires, Jesús y María, pues que el excesivo dolor les oprimía el pecho y les quitaba el habla. La Madre miraba al Hijo agonizante sobre la Cruz, y el Hijo miraba a la Madre agonizante al pie de ella, por la gran compasión que sentía al verle padecer tan crueles agonías.
  
María y Juan estaban, pues, más próximos a la Cruz que las otras mujeres, de suerte que en medio de aquel gran tumulto podían más fácilmente oír la voz y percibir las miradas de Jesucristo. San Juan escribe: “Jesús, pues, viendo a la Madre y junto a ella al discípulo a quien amaba, dice a su Madre: ‘Mujer, he ahí a tu hijo’”. Pero si María y Juan estaban acompañados de las otras mujeres, ¿por qué dice el evangelista que Jesús miró a la Madre y al discípulo, sin hacer cuenta de ellas? Es que el amor, responde San Juan Crisóstomo, hace que siempre se mire con mayor distinción los objetos más amados. Lo que San Ambrosio confirma diciendo que es cosa natural que entre los demás veamos mejor a las personas que amamos. Reveló la Santísima Virgen a Santa Brígida que Jesús, para mirar a la Madre, que estaba junto a la Cruz, tuvo que sacudir los párpados con fuerza, para limpiar la sangre, que le impedía ver.
  
Jesús, señalando con la vista a San Juan, que estaba al lado de ella, dijo a la Madre: “Mujer, he ahí a tu hijo”. Y ¿por qué la llamó mujer y no madre? Porque, estando próximo a la muerte, quería despedirse de ella, como si dijera: “Mujer, voy a morir dentro de poco y no te quedará otro hijo sobre la tierra, por lo que te dejo a Juan, que te servirá de hijo y como hijo te amará”. Por lo que se deduce que San José había muerto, porque, de vivir, no lo hubiera separado de su esposa.
   
Toda la antigüedad sostiene que San Juan guardó perpetua virginidad, y por ello precisamente mereció ocupar el lugar de Jesucristo; de ahí que canta la Iglesia: “Jesús confió su Madre virgen al discípulo virgen”. Y desde aquel punto de la muerte del Señor, San Juan recibió a María en su casa y la asistió y sirvió en toda su vida como a su misma madre: “Y desde aquella hora la tomó el discípulo en su compañía”. Quiso Jesucristo que este su amado discípulo fuese testigo ocular de su muerte, para que con mayor autoridad pudiera decir y afirmar en su Evangelio: “Y el que lo ha visto lo ha testificado”, y en su primera carta: “Lo que hemos visto con nuestros ojos... damos testimonio y os anunciamos”. Y por eso el Señor, mientras que los demás discípulos le abandonaron, dio a San Juan la fortaleza de asistir a su muerte entre tantos enemigos.
    
Pero volvamos a la Santísima Virgen e indaguemos la principal razón por la que Jesús llamó a María mujer y no madre. Con esto nos quiso dar a entender que María era aquella mujer excelsa que había de quebrantar la cabeza de la serpiente: “Y enemistad pondré entre ti y la mujer y entre tu prole y su prole, la cual te apuntará a la cabeza mientras tú apuntarás a su calcañar”. Nadie pone en duda que esta mujer fue la bienaventurada Virgen María, quien mediante su Hijo, o si se quiere, el Hijo, que se sirvió de la que le dio a luz para aplastar la cabeza de Lucifer. María debía ser la enemiga de la serpiente, porque Lucifer fue soberbio, ingrato y desobediente, en tanto que ella fue humilde, agradecida y obediente. Dícese “la cual te apuntará a la cabeza”, porque María, por medio de su Hijo, humilló la soberbia de Lucifer, quien se atrevió a “poner asechanzas a su calcañar”, por el cual hay que entender la sacratísima humanidad de Jesucristo, que era la parte que le ponía más en contacto con la tierra; pero el Salvador con su muerte tuvo la gloria de vencerlo y derrocarlo del imperio que le había dado el pecado sobre el género humano.
   
Dijo Dios a la serpiente: “Enemistad pondré entre tu prole y su prole”, para denotar que después de la ruina de los hombres, ocasionada por el pecado, Jesucristo había de redimir a la humanidad, y que entonces habría en el mundo dos familias y dos posteridades: la de Satanás, que había de tener por hijos a los pecadores, corrompidos con mil suertes de pecados, y la de María, que tendría por descendencia a la almas santas y como jefe de ella a Jesucristo. Por eso María fue predestinada para ser la madre de la cabeza y de los miembros, que son los fieles, según aquello del Apóstol: “Todos vosotros sois unos en Cristo Jesús, y si vosotros sois de Cristo, descendencia sois, por tanto, de Abrahán”. Por manera que Jesucristo con los fieles forma un solo cuerpo, pues la cabeza no se puede dividir de sus miembros, y estos miembros son hijos espirituales de María y tienen el mismo espíritu que su hijo natural, que es Jesucristo. Por eso San Juan no es llamado por su nombre propio, sino por el genérico de discípulo amado del Señor, a fin de que entendamos por Jesucristo y en quienes vive por su Espíritu, que es lo que quiso dar a entender Orígenes al escribir: “Cuando Dios dijo a su Madre: ‘He ahí a tu hijo’, es como si hubiera dicho: ‘Este es Jesús, a quien diste al mundo, porque el cristiano perfecto no vive ya de su propia vida, sino que Cristo vive en él’”.
  
Dice Dionisio Cartujano que en la pasión del Salvador los pechos de María se llenaron de la sangre que corría de sus llagas, para que con ella pudiese alimentar a sus hijos. Y añade que esta divina Madre, con sus plegarias y con los merecimientos que atesoró asistiendo a la muerte de su Hijo adorable, nos alcanzó la gracia de participar de los méritos de la pasión del Redentor.
   
¡Oh Madre de los dolores!, ya sabéis que merecí el Infierno y que no tengo más esperanza de salvarme que en la participación de los méritos de la muerte de Jesucristo. Vos me habéis de alcanzar esta gracia que os pido por amor de aquel Hijo que en el Calvario visteis con vuestros propios ojos inclinar la cabeza y expirar. ¡Oh Reina de los mártires y Abogada de pecadores!, ayudadme siempre, y especialmente en la hora de la muerte. Ya me parece estar viendo a los demonios, que en los postreros momentos de mi agonía se esforzarán por desesperarme a vista de mis pecados; por favor, no me abandonéis cuando veáis por todas partes combatida mi alma; ayudadme con vuestras oraciones y alcanzadme la esperanza y la santa perseverancia. Y si entonces, por haber perdido la palabra y hasta el uso de los sentidos, no puedo pronunciar vuestro nombre ni el de vuestro Hijo, ahora los invoco, diciendo: “Jesús y María, en vuestras manos encomiendo el alma mía”.
   
IV. «Deus meus, Deus meus, ut quid dereliquísti me?» (Dios mío, Dios mío, ¿por qué me desamparaste?)
   
Antes de estas palabras escribe San Mateo: “Y hacia la hora nona clamó Jesús con gran voz, diciendo: “Eli, Eli lemá sabakthaní”. ¿Por qué pronunció Jesucristo estas palabras con tan grande voz? Dice Eutimio que las pronunció tan fuerte para darnos a entender su divino poderío, ya que, estando para expirar, pudo hablar tan alto, cosa que no les es dado a los agonizantes, por la suma debilidad que padecen. Y, además, gritó tan firme para darnos a entender la extraordinaria pena en que moría, pues no faltaría quien creyese que, siendo Jesús hombre y Dios, el poder de la divinidad habría impedido el golpe que le asestaban los tormentos. Para evitar, pues, tales sospechas, quiso manifestar con estas palabras que su muerte fue la más amarga de las muertes, pues mientras los mártires eran regalados en sus tormentos con divinos consuelos, Él, como Rey de los mártires, quiso morir privado de todo alivio y sostén, satisfaciendo rigurosamente a la divina justicia por todos los pecados de los hombres. Por eso hace notar Sylveira que Jesús llamó al Padre Dios y no Padre, porque entonces tenía, como juez, que tratarlo cual reo y no como padre trata al hijo.
   
Según San León, el clamor del Señor no fue lamento, sino enseñanza. Enseñanza, porque con aquella voz quiso enseñarnos cuán grande era la malicia del pecado, que pone a Dios como en la obligación de entregar a los tormentos, sin ningún género de consuelo, a su amadísimo Hijo, tan sólo por haber cargado con el peso de satisfacer por nuestros delitos. Sin embargo, Jesús en aquel angustioso trance no fue abandonado de la divinidad ni privado de la visión beatífica, que gozaba su alma benditísima desde el primer instante de su creación; sólo se sintió privado del consuelo sensible con que suele el Señor sostener en la prueba a sus más leales servidores, y por eso cayó en un abismo de tinieblas, temores y amarguras y otras penas que nuestros pecados habían merecido. Esta ausencia sensible de la presencia divina la había experimentado también en el huerto de Getsemaní, pero la que padeció estando en la Cruz fue mayor y más amarga.
    
Pero, ¡oh Eterno Padre!, ¿qué disgusto os ha dado este inocente y obedientísimo Hijo, para que así lo castiguéis con muerte tan amarga? Miradlo cómo está en aquel leño, con la cabeza atormentada por las espinas; cómo pende de tres garfios de hierro, y si quiere reposar, sólo puede hacerlo sobre sus llagas; todos lo han abandonado, hasta sus discípulos; todos, al pasar delante de la Cruz, blasfeman y se mofan de Él. Y ¿por qué vos, que tanto lo amáis, lo habéis abandonado? No hay que olvidar que Jesucristo estaba cargado con los pecados de todo el mundo; y aunque personalmente era el más santo de todos los hombres, ya que era la propia santidad, sin embargo, como se había obligado a satisfacer por nuestros pecados, aparecía a los ojos del Padre como el mayor pecador del mundo, y, como tal y fiador de todos, era menester que pagase por todos. Pues bien, nosotros merecíamos ser condenados a vivir eternamente en el Infierno, con eterna desesperación, y para librarnos de esta muerte eterna quiso Jesús verse en la muerte privado de todo consuelo.
    
Blasfemó Calvino en el comentario que hizo acerca de San Juan, al decir que Jesucristo, para reconciliar a los hombres con su Padre, debía sentir toda la cólera de Dios contra el pecado y experimentar todos los padecimientos de los condenados, y especialmente el de la desesperación. ¡Necedad y blasfemia! ¿Cómo pudiera haber satisfecho por nuestros pecados cayendo en otro mayor, cual es el de la desesperación? Y ¿cómo puede compadecerse esta desesperación soñada por Calvino, con las palabras que entonces pronunció Jesucristo: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”? Lo cierto es, como explican San Jerónimo, San Juan Crisóstomo y otros, que nuestro Salvador exhaló este gran lamento no para demostrar su desesperación, sino la amargura que experimentaba al morir privado de todo consuelo. Además, la supuesta desesperación de Jesús sólo podía tener fundamento en el odio que el Padre le tuviese; mas ¿cómo podía Dios aborrecer a Jesucristo, cuando por obedecerle se había ofrecido a pagar por los crímenes de la humanidad? Esta obediencia fue la que movió al Padre a otorgar perdón al género humano, como escribe el Apóstol: “El cual en los días de su carne, habiendo ofrecido plegarias y súplicas con poderoso clamor y lágrimas al que le podía salvar de la muerte, y habiendo sido escuchado por razón de su reverencia...”
   
Lo cierto es que este desamparo de Jesús fue el mayor tormento de su pasión, pues nadie ignora que había hasta entonces padecido sin lamentarse horribles dolores, y sólo de éstos se quejó dando una gran voz, envuelta, al decir de San Pablo, con muchas lágrimas y oraciones. Estas lágrimas y aquella voz recia nos dan a entender cuánto le costó a Jesús inclinar a nuestro favor la misericordia divina y cuán espantoso es el castigo dado a un alma que se ve lanzada lejos de Dios y privada para siempre de su santo amor, según la amenaza divina: “De mi casa los arrojaré, no volveré a amarlos”.
    
Dice, además, San Agustín que Jesucristo se turbó en presencia de la muerte para consuelo de sus siervos, a fin de que, al mostrarse cara a cara con ella, no se conturben, ni por eso se tengan por réprobos, ni se abandonen a la desesperación, porque también Cristo se amedrentó con su muerte.
    
Entre tanto, agradezcamos a la bondad de nuestro Salvador por haber cargado con los castigos que teníamos merecidos, librándonos así de la muerte eterna, y procuremos, de hoy más, vivir agradecidos a este nuestro Libertador, desterrando del corazón todo amor contrario al suyo. Y cuando nos veamos desolados de espíritu y privados de la presencia sensible de la divinidad, unamos nuestra desolación a la que Jesucristo padeció en la hora de su muerte. A las veces se oculta el Señor a la vista de sus almas más predilectas, pero no se aparta de su corazón y las asiste con gracias interiores. Ni se ofende porque en semejante abandono le digamos, como Él mismo dijo a su Padre en Getsemaní: “Padre mío, si es posible, pase de mí este cáliz”; pero añadamos inmediatamente: “Mas no como yo quiero, sino como quieres tú”. Y si continúa la desolación, prosigamos haciendo actos de conformidad, como los prosiguió haciendo Jesús en las tres horas de la agonía de Getsemaní: “Oró por tercera vez, repitiendo de nuevo las mismas palabras”. Dice San Francisco de Sales que Jesucristo es tan amable cuando se declara como cuando se esconde. Sobre todo, el alma que ha merecido el Infierno y se ha visto libre de él, no debe cansarse de repetir: “Bendeciré al Señor en todo tiempo. Señor, no merezco consuelos; con tal de que me concedáis la gracia de amaros, me resigno a vivir desolado todo el tiempo que os pluguiere. Si los condenados pudieran en sus tormentos conformarse de esta manera con la divina voluntad, su infierno dejaría de ser infierno.
  
Mas tú, Señor, no permanezcas lejos; mi amparo a socorrerme te apresura. Jesús mío, por los méritos de vuestra desolada muerte, no me privéis de vuestra ayuda en el gran combate que habré de sostener en la hora de la muerte con el Infierno. Entonces, cuando todos me hayan abandonado y nadie pueda valerme, no me abandonéis Vos, que habéis muerto por mí y sois el único que entonces me podrá socorrer. Hacedlo por los méritos de aquella pena que sufristeis en vuestro abandono, por el que nos merecisteis no vernos privados de la gracia, como habíamos merecido por nuestras culpas”.
   

V. «Sítio» (Tengo sed)
    
Después de esto —dice San Juan—, sabiendo Jesús que ya todas las cosas estaban cumplidas, para que se cumpliese la escritura dice: “Tengo sed”. La escritura aludida era la de David: “Pusiéronme además hiel por comida e hiciéronme en mi sed beber vinagre”. Grande era la sed corporal que experimentó Jesucristo en la Cruz a causa de tanto derramamiento de sangre, primero en Getsemaní, luego en la flagelación del pretorio, después en la coronación de espinas y, finalmente, en la Cruz, donde manaban cuatro ríos de sangre de las llagas de sus manos y pies, traspasados por los clavos. Pero mucho mayor fue la sed espiritual, es decir, el deseo ardiente, que le consumía, de salvar a todos los hombres y padecer luego por nosotros, como dice L. de Blois, para patentizarnos su amor; que es lo que decía San Lorenzo Justiniano: “Esta sed nace de la fuente del amor”.
    
¡Oh Jesús mío!, tanto deseáis Vos padecer por mí y tan insoportable se me hace a mí el padecer, que a la menor contrariedad me impaciento contra mí y con los demás. Jesús mío, por los méritos de vuestra paciencia, hacedme paciente y resignado en las enfermedades y contratiempos que me sobrevengan; antes de morir hacedme semejante a Vos.
   
VI. «Consummátum est» (Consumado está)
    
Cuando, pues, hubo tomado el vino —dice San Juan— exclamó Jesús: “Consumado está”. Antes de exhalar el postrer suspiro, el Redentor se puso a considerar todos los sacrificios de la antigua ley, figuras del sacrificio que se hallaba consumando en la Cruz; todas las oraciones de los antiguos patriarcas, todas las profecías relacionadas con su vida y su muerte, todos los ultrajes y afrentas que debía sufrir, y, viendo que todo estaba realizado, exclamó: Consumado está.
    
San Pablo nos anima a luchar con paciencia y generosidad contra los enemigos de la salvación, que nos presentan batalla, y dice: “Corramos por medio de la paciencia la carrera que tenemos delante, fijos los ojos en el jefe iniciador de la fe, el cual en vista del gozo que se le ponía delante, sobrellevó la Cruz”. Aquí nos exhorta el Apóstol a resistir con paciencia las tentaciones hasta el fin, a ejemplo de Jesucristo, que no quiso bajar de la Cruz sin dejar en ella la vida. Por eso San Agustín comenta el Salmo 70 diciendo: “¿Qué te enseña Cristo desde lo alto de la cruz, de la cual no quiso bajar, sino que te armes de valor, apoyado en tu Dios?” Jesús quiso consumar su sacrificio hasta la muerte, para que entendamos que el premio de la gloria no se da sino a quienes perseveran en el bien hasta el fin, como atestigua San Mateo: “El que permanezca hasta el fin, éste será salvo”.
   
Por tanto, cuando en las luchas contra las pasiones o contra las tentaciones del demonio nos sintamos molestados y expuestos a perder la paciencia y a ofender a Dios, dirijamos una mirada a Jesús crucificado, que derramó toda su sangre por nuestra salvación, y pensemos que aún no hemos derramado ni una gota por su amor, como dice el Apóstol: “Todavía no habéis resistido hasta derramar sangre, luchando contra el pecado”.
   
Y cuando tengamos que renunciar a nuestra propia honra, u olvidar algún resentimiento, o privarnos de alguna satisfacción o curiosidad o de otra cualquier cosa que no sea de ningún provecho para nuestra alma, avergoncémonos de rehusar a Jesucristo estos sacrificios, pues su generosidad llegó hasta el extremo de dárnoslo todo, hasta su sangre y su vida.
   
Resistamos con tesón y energía a todos nuestros enemigos, pero la victoria esperémosla únicamente de los méritos de Jesucristo, mediante los cuales tan sólo los santos, y particularmente los santos mártires, superaron los tormentos y la muerte: “Mas en todas estas cosas soberanamente vencemos por obra de Aquel que nos amó”. Cuando el demonio nos traiga a la mente dificultades que se nos hagan harto difíciles por nuestra flaqueza, dirijamos una mirada a Jesús crucificado, y confiados en su ayuda y merecimientos, digamos con el Apóstol: “Para todo siento fuerzas en Aquel que me conforta”. Por mí no puedo nada, pero con la ayuda de Dios lo podré todo.
    
Entre tanto, animémonos a sufrir las tribulaciones de la presente vida, con la mirada fija en las penalidades de Jesús crucificado. “Mira, dice el Señor desde la Cruz, mira la muchedumbre de los dolores y villanías que padezco por ti en este patíbulo: mi cuerpo está pendiente de tres clavos y sólo descansa en llagas; las gentes que me rodean no hacen más que afligirme con sus blasfemias, y mi alma interiormente se halla más afligida que mi cuerpo. Todo esto lo padezco por tu amor; mira cómo te amo y ámame y no repares en padecer algo por mí, ya que por tu amor he llevado vida tan trabajada y ahora estoy muriendo por ti con muerte tan afrentosa”.
   
¡Ah, Jesús mío! Vos me pusisteis en el mundo para serviros y amaros; me iluminasteis con tantas luces y gracias para seros fiel, y yo, ingrato, por no privarme de mis gustos y placeres, preferí muchas veces perder vuestra amistad, volviéndoos las espaldas. Os suplico, por la angustiosísima muerte que por mí sufristeis, me ayudéis a seros fiel en lo que me restare de vida, pues estoy dispuesto a arrancar de mi corazón todo afecto que no sea para Vos, Dios mío, mi amor y mi todo.
   
Madre mía, María, ayudadme a ser fiel a vuestro Hijo, que tanto me ha amado.
   
VII. «Pater, in manus tuas comméndo spíritum meum» (Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu)
   
Escribe Eutiquio que Jesús pronunció estas palabras con gran energía de voz para dar a entender que era verdadero Hijo de Dios, que llamaba a su Padre. Y San Juan Crisóstomo dice que habló tan alto para dar a entender que no moría por necesidad, sino por propia voluntad, clamando tan recio precisamente en el momento de morir. Todo lo cual concuerda con lo que Jesús había dicho durante su vida, que Él se sacrificaba voluntariamente por nosotros, sus ovejas, y no ya por voluntad y malicia de sus enemigos.
     
Añade San Atanasio que en aquel trance Jesucristo, encomendándose al Padre, nos encomendó también a todos los fieles, que por su medio habíamos de alcanzar la salvación, porque los miembros y la cabeza no forman más que un solo cuerpo. De donde deduce el Santo que Jesús entonces quiso renovar la oración que en otras ocasiones dirigiera al Padre, diciendo: “Padre santo, guárdalos en tu nombre... para que sean uno como nosotros”; y un poco más adelante: “Padre, los que me has dado quiero que, donde estoy yo, también ellos estén conmigo”.
    
Esto le impulsaba a decir a San Pablo: “Sé a quién he creído y estoy firmemente persuadido de que es poderoso para guardar mi depósito hasta aquel día”. Así escribía el Apóstol desde el fondo de una prisión donde padecía por Jesucristo, en cuyas manos confiaba el depósito de sus padecimientos y de todas sus esperanzas, pues no ignoraba que es fiel y agradecido con quienes padecen por amor. David depositaba toda su esperanza en el futuro Redentor, diciendo: “En tus manos mi espíritu encomiendo; me librarás, Señor, Dios de verdad”. ¡Con cuánta más razón debemos nosotros confiar en Jesucristo ahora que ha ultimado la obra de la redención! Digámosle, pues, con entera confianza: “En tus manos mi espíritu encomiendo; me librarás, Señor, Dios de verdad”.
   
“Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”. Gran alivio experimentan los moribundos al pronunciar estas palabras en el trance de la muerte, al verse agobiados por las tentaciones del Infierno y el temor de los pecados cometidos. Pero yo no quiero, Jesús mío, aguardar a la hora de la muerte para encomendaros mi alma, sino que desde ahora lo hago; no permitáis que de nuevo os vuelva las espaldas. Veo que mi pasada vida sólo me ha servido para ofenderos; no permitáis que en los días que me restaren continúen mis ofensas.
    
¡Oh Cordero de Dios!, sacrificado en la Cruz, muerto por mí cual víctima de amor y acabado de dolores, haced que, por los méritos de vuestra muerte, os ame con todo mi corazón y sea todo vuestro en lo que viviere. Y, cuando llegue el término de mi carrera, haced que muera abrasado en vuestro amor. Vos habéis muerto por mi amor, y yo quiero morir por el vuestro. Vos os disteis del todo a mí, y yo me doy todo a vos. En tus manos mi espíritu encomiendo; me librarás, Señor, Dios de verdad. Vos derramasteis toda vuestra sangre y estregasteis la vida para salvarme; no permitáis que por mi culpa queden estériles vuestras fatigas y trabajos. Jesús mío, os amo, y apoyado en vuestros méritos, espero amaros eternamente. “A ti, Señor, me acojo; no quede para siempre confundido”.
    
¡Oh María, Madre de Dios!, en vuestras oraciones confío; pedid que viva y muera fiel a vuestro Hijo. También con San Buenaventura os repetiré: “En ti, Señora, esperé y no quedaré para siempre confundido”.

jueves, 2 de abril de 2015

DE LA GLORIA DE LA SANTA CRUZ, POR SAN AGUSTÍN

   
Fíjate en la gloria de la cruz. Aquella cruz, tan denostada por sus enemigos, ya está grabada en la frente de los reyes. Los efectos han probado su poder; no dominó el mundo con la espada, sino con la cruz. El leño de la cruz les pareció a sus enemigos digno de desprecios. De pie ante la cruz, meneaban la cabeza y decían: ‘Si es Hijo de Dios que baje de la cruz’. Jesús extendía sus brazos hacia un pueblo incrédulo y que le contradecía. Porque si es justo el que vive de la fe, el que no tiene fe es un inicuo. Lo que aquí llama iniquidad, yo lo entiendo como perfidia. Veía, pues, el Señor en la ciudad la perfidia y la contradicción, y extendía sus manos hacia un pueblo incrédulo y recalcitrante; y no obstante, sin perder la esperanza en ellos, decía: ‘Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen’.
   
Lección VI para los Maitines del Jueves Santo: San Agustín, Tratado sobre los Salmos. (Salmo LIV, 10).

miércoles, 1 de abril de 2015

HIMNOS MOZÁRABES POR EL REGRESO DEL CAUDILLO

  
El Ritual hispano (o mozárabe) de Toledo contiene una serie de oraciones y bendiciones con las que se celebraba en tiempos del reino visigótico la acogida de los monarcas y sus ejércitos al volver de una guerra. Fueron empleadas por última vez el 20 de Mayo de 1939, en la Iglesia de Santa Bárbara en la Villa y Corte de Madrid, tras el Te Deum que presidiera el Azobispo de Madrid; y la Misa pontifical del Arzobispo de Toledo y Cardenal Primado de España, Isidro Gomá y Tomás; con motivo de la victoria del Generalísimo Franco sobre la anticristiana República.
  
El Generalísimo entregó su espada al Cardenal Gomá, tras esta oración:
    
«Señor, acepta complacido el esfuerzo de este pueblo, siempre tuyo, que, conmigo, por tu nombre, ha vencido con heroísmo al enemigo de la Verdad en este siglo.
Señor, Dios, en cuyas manos está todo derecho y todo poder, préstame tu asistencia para conducir este pueblo a la plena libertad del Imperio, para gloria tuya y de tu Iglesia.
Señor: que todos los hombres conozcan que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios vivo».
    
A continuación, el Primado le bendijo diciendo:
    
«El Señor sea siempre contigo. Que él, de quien procede todo derecho y todo poder, y bajo cuyo imperio están todas las cosas, te bendiga y con amorosa providencia siga protegiéndote, así como al pueblo cuyo régimen te ha sido confiado. Prenda de ello sea la Bendición que te doy en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo».
    
Y la Schola Cantorum de la Abadía de Santo Doingo de Silos entonó las antífonas siguientes, procedentes del Ritual Hispánico, que se empleaban cuando los reyes volvían victoriosos de la guerra:
 
ANTÍPHONÆ DE SUSCEPTIÓNE DUCIS QUANDO DE VICÍNA LOCA REVERTÍTUR
    
Antiphona: Adnuntiátum est vobis de vestro gáudio et honóre, gavísi sumus de introitu vestro, quia virum sanctum suscépimus et honéstum ut sit lætítia in loco isto. 
R. Et gaudémus gáudio magno, reddéntes Deo gratiárum actiónes pro vobis. Quia virum sanctum suscépimus et honéstum in loco isto.
  
Antiphona: Benedíctus Dóminus qui diréxit gréssus vestros ad nos, pax vobis et gaudium usque in ætérnum et in sǽculum sǽculi. 
R. Vos estis genus eléctum, regale sacerdótium, gens sancta, pópulus adquisitiónis. Usque in ætérnum et in sǽculum sǽculi.
   
Antiphona: Benedíctus es in civitáte, benedíctus in agro, et benedícte relíquiæ tuæ, benedíctus es ingrédiens et egrédiens. 
R. Benedícat tibi Dóminus ex Sión. Benedíctus es ingrédiens et egrédiens.
   
Antiphona: Desiderábimus vidére advéntum vestrum cum summo gáudio, et vidímus et gavísi sumus, allelúja. 
R. Et gaudémus gaudio magno, et vidímus et gavísi sumus, allelúja.
   
Antiphona: Allelúja, occurrérunt senióres civitátis dicéntes: pax in introítu vestro, allelúja; pacem nuntiáre venímus Dómino, allelúja; sanctificámini et gaudéte nobíscum, allelúja, allelúja.
   
Antiphona: Sancti omnes ecclésiæ Christi in ósculo sancto salutánt vos, allelúja, allelúja, allelúja.
   
Antiphona: Expectávimus fáciem vestram vidére, allelúja, cum mágno desidério, quia vos estis gáudium nostrum ante Dóminum, allelúja, allelúja.
   
Antiphona: Ecce óstium veritátis vobis apértum est; ingredímini in tabernáculo Dei, allelúja, allelúja. Intráte portas Dómini in confessióne, allelúja, allelúja. 
    
ORATIO DE REGRÉSSU DUCIS DE PRÆLIO
Rex Deus, a quo Régum régitur Regnum, quo gubernánte súblime, quo deserénte fit frágile, fámulo tuo Francisco Franco duci solers moderátor adsíste. Da ei, Dómine, Fidei rectitúdinem firmam, et Legis tuæ custódiam indeféssam. Ita morum honestáte præpólleat, ut tuæ Majestáti compláceat. Ita nunc præsit pópulis, ut coronétur post tránsitum cum eléctis. Quia te jubénte dicímus: Pater noster...
  
BENEDICTIO
V. Omnípotens Deus, qui gréssus vestros ad nos redúxit in páce, ánimas vestras perdúcat ad ætérnam hereditátem.
R. Amen.
V. Et qui vos hic redíre fecit cleménter, ad se vos fáciat quandoque perveníre felíciter.
R. Amen.
V. Ut cui pro redítu vestro hic lácrimas fundítis, ei pro conláto vobis munere ætérno perénnes grátias perágatis.
R. Amen.
   
ORATIO
Deus, cui subjácent omnia, cui famulántur cuncta, tempóribus fidelíssimi fámuli tui Francisco Franco ducis concéde pacífica témpora, et amove cleménter barbárica bella, ut, quem præfecísti tuo pópulo príncipem, te duce in cunctis géntibus obtíneat pacem.
    
ORATIO
Te invocámus, Dómine, précibus nostris esse propítium, qui es Rex regum et Dóminus dominátium, ut ducem nostrum Francisco Franco de sede tuæ Majestátis benígnus aspícias, et cui dedísti subditiam in regimine plebem, tríbuas etiam in ómnibus tuam facere voluntátem.
    
BENEDICTIO
V. Christus Dóminus preces fidelíssimi fámuli sui Francisco Franco ducis nostri seréno vultu inténdat, et regnum ejus in pace custódiat.
R. Amen.
V. Thrónum ejus justítia firmet et pópulum in pace multíplicet.
R. Amen.
V. Sit in salútem térræ et in defensiónem Pátriæ suæ.
R. Amen.
  
TRADUCCIÓN (Según la invitación oficial a la ceremonia)
   
ANTÍFONAS POR EL REGRESO DEL CAUDILLO
   
Antífona: Se nos anunció vuestro gozo y vuestro honor; nos alegramos de vuestra llegada. Porque hemos recibido un varón bueno y amable para que haya alegría en este lugar.
R.  Y gozamos con gran gozo dando a Dios acciones de gracias por Vos. Porque hemos recibido un varón bueno y amable en este lugar.
   
Antífona: Bendito el Señor que dirigió vuestros pasos hasta nosotros. Para Vos paz y alegría hasta la Eternidad y en los siglos de los siglos.
R. Sois una raza elegida, un sacerdocio real, gente santa, pueblo de elección. Para Vos, paz y alegría hasta la Eternidad y en los siglos de los siglos.
   
Antífona: Bendito eres en la ciudad, bendito en el campo y benditas todas tus huellas. Bendito al entrar y al salir.
R. Bendígate el Señor desde Sión. Bendito al entrar y al salir.
   
Antífona: Hemos deseado ver vuestra llegada con la mayor alegría. La vimos y nos alegramos. Aleluya.
R. Y nos alegramos con gran alegría, Y la vimos y nos alegramos, Aleluya.
  
Antífona: Aleluya. Salieron al encuentro los ancianos de la ciudad, diciendo: Paz a vuestra llegada. Aleluya; venimos a anunciar la paz al Señor. Aleluya. Santificaos y alegraos con nosotros. Aleluya. Aleluya.
   
Antífona: Todos los Santos de la Iglesia de Cristo os saludan con ósculo santo. Aleluya. Aleluya.
  
Antífona: Hemos esperado ver vuestro rostro- Aleluya, con gran deseo, porque Vos sois nuestro gozo ante el Señor Aleluya, Aleluya.
   
Antífona: He aquí que la puerta de la Verdad se os ha abierto. Entrad en el Tabernáculo de Dios. Aleluya, Aleluya; entrad por las puertas del Señor con alabanza. Aleluya. Aleluya.
   
ORACIÓN POR EL REGRESO DEL CAUDILLO DESPUÉS DE LA GUERRA:
Rey Dios, por quien se rige el Reino de los Reyes, bajo cuyo gobierno todo se hace sublime, y en cuya ausencia frágil, asiste como prudente moderador al Caudillo Francisco Franco tu siervo. Dale, señor firme rectitud en la fe y una guarda incansable de Tu ley. Sobresalga por su honestidad de costumbres, de manera que sea agradable a Tu Majestad. Y de tal modo conduzca ahora a sus pueblos que sea coronado con los elegidos después del transito. Porque, según mandato, decimos: Padre Nuestro...
   
BENDICIÓN:
V. El Dios omnipotente que trajo a nosotros tus pasos en paz, lleve nuestras almas a la Heredad Eterna. 
R. Así sea.
V. Y El que nos hizo, clemente, volver aquí, nos haga siempre llegar a Él felizmente. 
R. Así sea.
V. Para que a Él, ante quien derramáis aquí lágrimas por vuestro regreso, le deis gracias perennes por el eterno don que nos ha dado. 
R. Así sea.
  
ORACIÓN: 
¡Oh Dios!, a quien todo se somete, a quien todas las cosas sirven, haz que los tiempos de tu fiel siervo el Caudillo Francisco Franco, sean tiempos de paz, y aleja con Tu clemencia las guerras bárbaras. Para que aquel a quien pusiste al frente de tu pueblo, bajo Tu guía tenga paz con todas las naciones.
  
ORACIÓN: 
Te rogamos, ¡oh, Señor! que seas propicio a nuestras preces. Tú que eres Rey de Reyes y Señor de Señores, para que mires benignamente desde el Trono de Tu Majestad a nuestro Caudillo Francisco Franco. Y al que diste un pueblo sujeto a gobierno, le des también hacer en todo Tu voluntad.
 
BENDICIÓN: 
V. Escucha, Cristo Señor, los ruegos de tu fiel siervo, nuestro Caudillo Francisco Franco, con rostro sereno, y que guarde en paz su pueblo. 
R. Así sea.
V. Fortifique su trono la justicia y multiplique en paz su pueblo. 
R. Así sea. 
V. Sirva para salvación a la tierra y para defensa de su Patria. 
R. Así sea.

sábado, 21 de marzo de 2015

CONSAGRACIÓN EPISCOPAL DE JEAN MICHEL FAURE, USML

Como lo anticipamos, el pasado Jueves, Mons. Richard Williamson consagró a Jean Michel Faure como obispo de la Unión Sacerdotal Marcel Lefebvre (la "Resistencia" williamsonista a la FSSPX de Fellay) en el Monasterio benedictino de la Santa Cruz en Nova Friburgo, Brasil. Aquí presentamos algunas fotografías de la ceremonia (Fuente: NON POSSUMUS)
  
   
A continuación, el blasón episcopal de Mons. Faure:
  
   
Y la reacción de Menzingen (cuartel general de los fellayanos), no podía faltar, para congraciarse con la Curia de la "Roma neopagana y anticristo"
  
Comunicado de la Casa General de la Fraternidad San Pío X con motivo de la consagración episcopal del R. P. Faure (Fuente: DICI).
     
19-03-2015
   
Este 19 de marzo de 2015 Mons. Richard Williamson ha procedido a la consagración episcopal del R. P. Jean-Michel Faure en el monasterio benedictino de Santa Cruz (Nova Friburgo, Brasil).
   
Monseñor Williamson y el R. P. Faure no son miembros de la Fraternidad San Pío X desde 2012 y 2014 respectivamente, en razón de las vivas críticas que formularan contra toda relación con las autoridades romanas, denunciando que representaban –según ellos– una traición a la obra de Mons. Marcel Lefebvre.
   
La Fraternidad San Pío X deplora que este espíritu de oposición resulte en esta consagración episcopal. En 1988 Mons. Lefebvre había manifestado claramente su intención de consagrar obispos auxiliares, sin jurisdicción, y en razón del estado de necesidad en el que se encontraban la Fraternidad San Pío X y los fieles católicos, con el único fin de permitir a estos fieles recibir los sacramentos a través del ministerio de los sacerdotes que iban a ser ordenados por estos obispos. Tras de haber hecho todo lo que estaba a su alcance ante la Santa Sede, Mons. Lefebvre procedió a las consagraciones el 30 de junio de 1988, hechas solemnemente en presencia de varios miles de sacerdotes y fieles, y de algunos cientos de periodistas del mundo entero. Todo mostraba que este acto, no obstante la ausencia de autorización de Roma, se realizaba públicamente por el bien de la Iglesia y de las almas.
  
La Fraternidad San Pío X denuncia la consagración episcopal del R. P. Faure, que, a pesar de las afirmaciones del consagrante y del consagrado, no se parecen en nada a las consagraciones de 1988. En efecto, todas las declaraciones de Mons. Williamson y del R.P. Faure demuestran constantemente que ya no reconocen las autoridades romanas, salvo de modo puramente retórico.
  
La Fraternidad San Pío X reafirma que el estado actual de necesidad en la Iglesia legitima su apostolado en el mundo entero, sin dispensarla de reconocer las autoridades eclesiásticas, por las cuales sus sacerdotes rezan en cada misa. Ella desea guardar el depósito de la fe y de la moral, oponiéndose a los errores –sea cual fuere su procedencia–, a fin de transmitir aquellos tesoros a través de la liturgia tradicional y la predicación, y en el espíritu misionero de su Fundador: Credidimus caritati (1 Jn. 4,16).
  
Menzingen, 19 de marzo de 2015
  
COMENTARIO DE JORGE RONDÓN SANTOS
En nuestra opinión, hemos de retrotraernos al tema de la jurisdicción supletoria para consagración de obispos en este tiempo de Sede Vacante (aunque a Bernie y Willy les parezca blasfemo), que hace lícito el consagrar obispos sin autorización papal, cosa que en condición normal (habiendo papas ejerciendo jurisdicción ordinaria), no se puede hacer. Y ha habíamos dicho que el Código de Derecho Canónico de 1983 es inválido y nulo, puesto que proviene de un antipapa hereje que fue antecedido por tres antipapas herejes y es sucedido por otros dos de la misma calaña (y en Cum ex Appostolatus se define que un papa incurso en herejía es depuesto ipsofacto), y cuanto se haga bajo su tenor es ilícito, ilegal y nulo.
   
Pero por otro lado, la actitud de la Neo-FSSPX no es extraña: Ellos buscan congraciarse con la curia conciliar, la Ramera que usurpa el trono de la Inmaculada Iglesia por la que tanto luchó Mons. Lefebvre. Fellay está llevando a la FSSPX a un acuerdo con el Vaticano cisma (como hiciera Licínio Rangel en su tiempo con la Unión Sacerdotal de San Juan María Vianney -los Padres de Campos-). Asímismo, Williamson maneja el discurso de "reconzco si conviene a mis intereses" respecto a Francisco Bergoglio y el Vaticano II, ¿cómo no esperarlo, si la FSSPX interprestó la inhibición de Mons. Lefebvre sobre el sedevacantismo como una negación de esto? En una palabra, la posición actual de la FSSPX y la USML es insostenible a los hechos y la doctrina. Sólo el Sedevacantismo, tantas veces satanizado por los precitados, es la respuesta lógica a la pregunta ¿QUÉ HACER ANTE LA APOSTASÍA REALIZADA DESDE JUAN XXIII EN EL VATICANO II?
  
Pero en sí, NO ENCONTRAMOS NADA DE MALO EN QUE EL PADRE FAURE SEA OBISPO. Es más, nos gozamos en el Señor por él, y sepa que oramos por su ministerio episcopal (la "plenitud del sacerdocio", como lo describe el Ritual Romano de Consagración de Obispos), para que guie rectamente las almas que le han sido encomendadas.

lunes, 16 de marzo de 2015

MONS. WILLIAMSON CONSAGRARÁ OBISPO AL PADRE FAURE

Padre (futuro Monseñor) Jean Michel Faure junto a Mons. Lefebvre
  
Según fuentes del blog RORATE CAELI (en Inglés y Español), la "Resistencia" tendrá un nuevo obispo. Se trata del Padre Jean Michel Faure, quien será consagrado por Mons. Richard Williamson el próximo 19 de Marzo en el Monasterio benedictino de la Santa Cruz sito en Nova Friburgo (Río de Janeiro, Brasil).
   
El Padre Faure fue ordenado sacerdote por Mons. Marcel Lefebvre en 1977, luego de ser recibido en el seminario de Ecône cinco años antes. Según conocedores de la FSSPX, estuvo entre los cinco candidatos iniciales a la consagración episcopal en 1988, pero al final no sucedió. Fue superior del Distrito América del Sur y director del Seminario Nuestra Señora Corredentora (La Reja, Argentina), superior del Distrito de México; y por desacuerdos con Fellay y su negociación con la Roma conciliar, abanonó la FSSPX en 2013 y se unió a la Unión Sacerdotal Marcel Lefebvre, donde actualmente es el coordinador para Hispanoamérica (siendo el Abbé Roland de Mérode el coordinador para Francia).

RORATE CAELI planteó la posibilidad de que Williamson también consagrará a Fray Inocencio María, fundador de la Fraternidad Santo Domingo (más conocida como "los Dominicos de Avrillé"). Él recibió de Fray Guérard des Lauriers el hábito dominico el día de la Inmaculada Concepción en 1977; y en Junio de 1982 fue ordenado sacerdote por Mons. Lefebvre. En Enero de 2014, los Dominicos de Avrillé y otros sacerdotes abandonan una FSSPX desviada por Fellay para irse con la "Resistencia" de Williamson, y se vinculan a la USML en Julio del mismo año.
   
Ya SYLLABUS confirmó la consagración del Padre Faure (pero no se pronunció sobre fray Inocencio), y NON POSSUMUS se hizo eco de la noticia. Ya los tradibobos Ecclesia Dei han anunciado que Williamson y Faure están amenazados con la "excomunión" por el Vaticano, según los artículos 1013 y 1382 del Código de Derecho Canónico de 1983 (que por cierto, es inválido y nulo por ser creado por el antipapa Juan Pablo II y por tener influencia modernista; y Francisco Bergoglio NI ES PAPA, NI OBISPO, NI SACERDOTE, NI CATÓLICO, NI NADA). La flácida proclama ser esta consagración un "Acto heróico de Caridad", y acusa al Sedevacantismo de ser "farisaico y jansenista", al seguir un "quietismo sectario" que por blandir la espada de la Fe "se olvida de la caridad" y "ve en ella (la consagración de obispos) un voluntarismo restauracionista antiapocalíptico".
   
Pero no nos engañemos. Desde el desayuno se sabe cómo será el almuerzo. Williamson maneja una línea materiáliter-formáliter, haciendo lo mismo que su contraparte Fellay (desde la otra orilla), y para esa gracia, que Faure haga lo mismo, mejor NO TENER OBISPO.
  
SI EL SEDEVACANTISMO DICE QUE LA SITUACIÓN ACTUAL DE APOSTASÍA NO TIENE RETORNO, ES PORQUE CUALQUIER OTRA ALTERNATIVA FUERA DE LA PARUSÍA ES PERVERSA ILUSIÓN JUDAIZANTE (y bien lo deberían saber Williamson y Faure).

lunes, 9 de marzo de 2015

LOQUÉBAT TUA MANIFÉSTUM TE FACIT

Desde FUNDACIÓN SAN VICENTE FERRER
 
"Pedro negó a Jesús de nuevo con juramento, diciendo: 'No conozco a ese hombre'. Poco después se acercaron los que allí estaban, y dijeron a Pedro: 'Verdaderamente, tú también eres de ellos, porque tu habla te descubre'". (San Mateo XXVI, 72-73)
  
Pedro, mezclado con los soldados en el patio de la casa de Caifas, ocultaba ser discípulo de Jesús. Pero su manera de hablar lo descubrió.
 
Así, la manera de hablar descubre a muchos. La boca habla de lo que hay en el corazón. Si el corazón está lleno de odios, de rencores..., odio, rencor respiraran las palabras. Si el corazón está podrido..., podredumbre respirara la boca.
  
Mis palabras, mis conversaciones, descubren lo que soy. Y aunque hipócritamente tratara de ocultarlo, sin quererlo yo, las palabras me harían traición. ¿Y he reflexionado alguna vez en la influencia que pueden tener mis palabras?...
  
Las palabras tienen alas. Salidas de los labios, imposibles volverlas a recoger. Y se clavan como saetas en los corazones de quienes las escuchan.
 
¡Cuantos al reflexionar sobre el origen de su perdición, lo encontraran en una palabra, en aquella primera mala conversación, escuchada primero con disgusto..., después con curiosidad..., luego con atención y con placer!... Y esas palabras y esas conversaciones siguieron resonando allá en lo interior..., y levantaron tempestades..., y vino el naufragio. El naufragio de la inocencia. El naufragio de la gracia... ¿No es esta la historia de muchos jóvenes perdidos? ¿Habré sido yo con mis palabras la causa de alguna de estas catástrofes?...
 
¡Ay de aquel por quien viniere el escándalo! Mejor fuera que le ataran una piedra al cuello y le arrojaran en lo profundo del mar.
  
Si quiero que mis palabras sean siempre puras -¿y como no he de quererlo?-, tengo que velar constantemente por la pureza de mi corazón.
 
Por los frutos se conoce el árbol. Por las palabras se conoce el corazón.
  
Padre Alberto Moreno, S.J., "Entre Él y yo. Sugerencias para meditación"

SANTA FRANCISCA ROMANA, VIUDA

"Jesucristo se humilló a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte, ¡y muerte de Cruz!" (Filipenses, 2, 8).

Santa Francisca Romana
  
Santa Francisca Romana veía siempre a su lado al ángel custodio. Éste se avergonzaba y se apartaba cuando ella cometía una falta, o cuando escuchaba conversaciones profanas. Jesús y María conversaban familiarmente con ella. ¿Admiras estas mercedes? Sin embargo, hay algo más admirable en la vida de Santa Francisca: su humildad y su obediencia. Por obedecer a su marido, en el acto abandonaba sus ejercicios de devoción. Es -decía- "dejar a Dios por Dios". Murió en 1440.
   
MEDITACIÓN SOBRE LA OBEDIENCIA
   
I. Cuarenta años vivió Santa Francisca con su marido sin que hubiera entre ellos la menor disensión, porque no tenía ella otra voluntad que la de él. ¿Quieres conservar la paz en tu familia y en tu conciencia? Obedece a los superiores que Dios te ha dado. Ve en ellos la persona de Jesucristo; deja tus placeres, tus pasatiempos, para hacer su voluntad en todo lo que no sea contrario a la ley de Dios. Tu obediencia será siempre recompensada.
   
II. Estás con frecuencia melancólico, nunca está tu espíritu tranquilo; ¿sabes la causa? Es porque no obedeces, o porque lo haces de mala gana; no sometes tu voluntad a la de aquellos que tienen derecho a mandarte. Para adquirir esta virtud, debes renunciar a tu voluntad propia; cosa difícil es, pero puedes lograrlo. ¡Qué feliz será tu vida, si no tienes otra voluntad que la de tus superiores!
   
III. Es preciso, además, que sometas tu juicio al del que te manda: no es cosa de los inferiores el discutir las órdenes de los superiores, a menos que tengas razones para creer que son contrarias a la ley de Dios. Jesús obedecía a María y a José, ¿y tú no puedes someter tu juicio al juicio de tus superiores? Nunca estarás contento, tu obediencia carecerá de vigor y de mérito, si no te habitúas a obedecer sin discutir lo que se te ordena. "Aquél que aprendió a obedecer bien, no discute las órdenes que recibe". (San Gregorio)
   
La obediencia. Orad por la paz.
  
ORACIÓN
Oh Dios, que entre otros dones de vuestra gracia, habéis concedido a la bienaventurada Francisca, Vuestra sierva, la merced de conversar familiarmente con su ángel custodio, haced, benignamente, que, por el auxilio de su intercesión, merezcamos entrar un día en la sociedad de estos espíritus bienaventurados. Por J. C. N. S. Amén.

domingo, 8 de marzo de 2015

INDEPENDENCIA DE LA IGLESIA CONCILIAR ALEMANA: "NO SOMOS FILIAL DE ROMA"

Fragmentos de la entrevista a los “prelados” conciliares alemanes Reinhard Marx y Franz Josef Bode publicada inicialmente en Alemán por DIE TAGESPOST (Aquí el original). Traducida al Inglés para RORATE CAELI, y de éste al Español por Juan Campos. (COMENTARIOS, DE MILES CHRISTI)
  
 
El espíritu de Lutero está con los “obispos” conciliares alemanes: ¡AQUÍ ESTOY ALZADO EN REBELDÍA! ¡NO PUEDO HACER OTRA COSA!
   
[NOTA: Este artículo cita declaraciones del cardenal Marx, arzobispo de Munich y Presidente de la Conferencia Episcopal Alemana, como asimismo de Mons. Bode, obispo de Osnabrück, dos de los tres obispos elegidos como delegados para el Sínodo sobre la Familia. Fueron hechas al periodista durante la reunión de primavera de la Conferencia Episcopal Alemana. A continuación se presentan sus principales extractos, con énfasis añadido por nosotros. El punto principal parece ser la nueva actitud de los obispos alemanes de seguir adelante por su cuenta, lo que podría indicar que prevén que no van a ser capaces de “guiar” al Sínodo tan fácilmente como habían creído posible. El chantaje está en el aire en la Conferencia alemana …]
  
Regina Einig
Die Tagespost
25 de febrero 2015
   
...el cardenal Reinhard Marx subrayó que en vista del sínodo sobre la familia en otoño (boreal) la intención de los obispos alemanes es “ir por nuevos caminos” y “ayudar a que las puertas se abran” [MILES CHRISTI dixit: Sí, abrir las puertas a la rebelión] y que en la Iglesia universal haya “ciertas expectativas” sobre Alemania [MILES CHRISTI dixit: De Alemania sólo esperar cisma y modernismo. Si no, mirad a Lutero y a Ratzinger]. También dijo a los periodistas en Hildesheim el martes [24 de febrero] que esperaba que algunas cuestiones podrían abordarse antes del sínodo. […]
    
El sínodo tendría que encontrar un texto para “fomentar aún más” el debate y encontrar una posición común en las cuestiones fundamentales. Doctrinalmente, uno podría permanecer dentro de la comunidad de la Iglesia universal, pero en los asuntos de la pastoral “el sínodo no puede prescribir en detalle lo que debemos hacer en Alemania [MILES CHRISTI dixit: Así es el cisma. Profesar el dogma, pero rechazar la disciplina general (pero aquí es cisma dentro de herejía)]. Por lo tanto, los obispos han manifestado la intención de publicar su propia carta pastoral sobre el matrimonio y la familia después del sínodo. El esperar permisos no es el deber de los obispos.
  
No somos una filial de Roma. Cada conferencia episcopal es responsable por el cuidado pastoral en su propia cultura y debe, como su máxima tarea, predicar el Evangelio a su modo. No podemos esperar a que un Sínodo nos diga cómo debemos dar forma al cuidado pastoral del matrimonio y la familia aquí” [MILES CHRISTI dixit: Siempre se supo que las Conferencias Episcopales son un hervidero de herejías, más desde el CVII].
   
De acuerdo con la posición de los obispos alemanes, la realidad de la vida constituye un factor importante para la doctrina de la Iglesia. “También aprendemos de la vida en la doctrina”, subrayó el cardenal Marx. Franz-Josef Bode, obispo de Osnabrück, en este contexto afirmó la “importancia histórica” del Sínodo. Según su punto de vista los participantes no sólo debaten cuestiones acerca del matrimonio y la familia, sino también la posibilidad de un cambio de paradigma [MILES CHRISTI dixit: Lo vemos venir: El Vaticano aprobará el putimonio, el amasiato y la bigamia, además de hacer laxo el proceso de nulidad].
   
Reinhard Marx, Franz Josef Bode y otro prelado conciliar
   
La cuestión básica es si las únicas fuentes de comprensión teológica son las Escrituras y la Tradición, o si también lo es “la realidad de los hombres y del mundo” [MILES CHRISTI dixit: El empirismo, reflejado en el adaptar la doctrina a las situaciones]. [Bode,] El presidente de la comisión pastoral de la Conferencia Episcopal recordó a su audiencia la “estructura dialógica” de la realidad, que ya había sido mencionada en la Constitución pastoral “Gaudium et Spes” del Concilio Vaticano II, y cita este documento conciliar:
   
“Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón” Así Bode concluye: “No sólo el mensaje cristiano tiene que encontrar la resonancia en los hombres, sino que también los hombres deben encontrar resonancia en nosotros” [MILES CHRISTI dixit: Vaya necedad conciliar: saben que el mundo los ve como un cero a la izquierda, y quieren hacerse iguales a él]. Bode dijo que era importante para él que el sacramento [de la Eucaristía] no sólo era un signo de unidad, sino también un medio para la unidad, y que podría contribuir a la sanación [MILES CHRISTI dixit: Si la Eucaristía era un signo y medio de la unidad, lo fue cuando el Rito Romano-Tridentino era observado. Hoy, impera el babélico Rito montiniano].
   
El cardenal Marx anunció una declaración de los obispos sobre el sínodo que se publicará dentro de las próximas semanas.