Vexílla Regis

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MIENTRAS EL MUNDO GIRA, LA CRUZ PERMANECE

LOS QUE APOYAN EL ABORTO PUDIERON NACER

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NO AL ABORTO. ELLOS NO TIENEN LA CULPA DE QUE NO LUCHASTEIS CONTRA VUESTRA CONCUPISCENCIA

NO QUEREMOS QUE SE ACABE LA RELIGIÓN

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No hay forma de vivir sin Dios.

ORGULLOSAMENTE HISPANOHABLANTES

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domingo, 24 de junio de 2018

LA OBSESIÓN MIGRANTISTA DE BERGOGLIO

Traducción del artículo publicado por Marco Tosatti en STILUM CURIÆ, visto en ACTA APOSTATICÆ SEDIS.
  
Caros amigos y enemigos de Stilum Curiæ, hoy Super Ex realmente escribe cosas para pensar y meditar, y para debatir. Porque su artículo trata sobre lo que parece, si no un misterio, una rareza: esto es, la obsesión migrantista del Pontífice reinante; y dada la cantidad y la repetitividad de las intervenciones, realmente creo que se puede usar en este punto, por lo menos en un tono lúdico, el término obsesión. Leed a Super Ex con atención.
  
EL INMIGRACIONISMO DE BERGOGLIO ES UNA HEREJÍA ENSEÑADA POR CARLO MARÍA MARTINI.
  
Esta es la tesis, veamos el desarrollo.
  
¿Por qué se trata de una herejía? Porque no se funda, como se podría creer a simple vista, sobre la ignorancia absoluta de los hechos. No es simple ignorancia y crasa superficialidad.
 
¿Realmente podemos creer que Bergoglio no sepa qué hay bajo la inmigración hodierna? ¡Imposible! Los obispos africanos lo han denunciado a menudo, invitando a los hijos del África a no dejarse engañar, a no dejar su tierra, su familia, sus raíces, para irse a una Europa secularizada, en la cual se encontrarán marginados, explotados, al capricho de una cultura materialista y nihilista que les reducirá a autómatas “celularizados” noche y día.
 
Es de veras imposible que Bergoglio no sepa que los menores migrantes acaban, en gran parte, explotados sexualmente, aproximadamente 7 u 8 de cada 10 mujeres. Imposible que no sepa que el tráfico de carne humana genera ganancias astronómicas para los traficantes africanos y para los occidentales, y que es movido por innumerables intereses de las distintas mafias. Las cuales, mucho antes que “Roma Capitale”, habían comprendido, con Raffaele Cutolo (fundador de la Nueva Camorra Organizada), el potencial criminal presente en los fenómenos migratorios incontrolados.
  
  
Imposible realmente que Bergoglio no haya entendido que una buena parte de los inmigrantes acaba, después de ser pasada por el mercado de la droga, en las prisiones de Occidente, después de haber dejado solas a sus mujeres y niños en África (¿es claro o no que la gran parte de aquellos que huyen, esto es, hombres jóvenes y fuertes, abandonan en la miseria y la desesperación a mujeres, niños, y ancianos que se quedan?).
 
No, Bergoglio sabe bien todo, como también sus amigos, George Soros y Emma Bonino, que son de todo menos ingenuos incautos. Por esto no se oyen, ni cuando las denuncias arriban de la Rama Judicial (ver las declaraciones del fiscal de Catania Catania Carmelo Zuccaro).
 
¿Y entonces? Y entonces la herejía esposada por Bergoglio es una suerte de utopía comunista: él sueña con una fraternidad universal, multicolor, en la cual no existan más fronteras, culturas, raíces, religiones diferentes…

El primer dogma de esta utopía es el ecumenismo absoluto: todos los dioses son iguales, y Cristo no es en absoluto “el Camino, la Verdad y la Vida”; el segundo es el optimismo de Rousseau: no existe ningún pecado original, los hombres todos son naturalmente buenos, y el pecado está en quienes primero ponen un “recinto” en sus propiedades (“recinto” es la palabra usada por el protocomunista Rousseau; Bergoglio diría “muro”).
 
¿Recordáis a Marx? Quería construir el mundo perfecto, en el cual no existirían más las clases sociales, propiedad privada, policía, prisiones, llaves, puestas… El paraíso en la tierra.
 
Se llama utopía, y toda utopía es construída precisamente sobre la idea de que el mal no sea salvado por Dios, sino por los hombres. El mundo de Bergoglio no es el de las hadas, como podría parecer, en el cual todo se obtiene, basta la varita mágica (que en este caso es la palabra “acogida”); no, es aquel de la utopía: el mundo multiétnico, multicolor, multirreligioso, sin muros, puertas, llaves, pecado… es el sueño de un hombre que, como es bien evidente por tantos otros aspectos, no tiene una visión trascendente, sí inmanente de la existencia.
   
Vayamos al segundo punto: el jesuita Martini como maestro de Bergoglio (independientemente del juicio negativo que el ex-arzobispo de Milán tuviera del cardenal argentino, considerado culturalmente demasiado grosero y de un caracter nada confiable).
  
     
Martini fue un alfil del diálogo ecuménico llevado hasta el exceso, esto es, al indiferentismo moral y religioso, y en particular del diálogo con el Islam (no obstante en ciertas circunstancias había también comprendido los peligros de éste). Fue él el ideólogo de una sociedad “interracial, intercultural y también interreligiosa”, llegando a alabar la inmigración en sí misma y a auspiciar una “sociedad multi-cultural y multi-integrada” (“Avvenire”, 10 de febrero de 1990).
 
¿Cómo? A través de gestos de varios tipos (como lavar los pies el Jueves Santo a los extranjeros, cosa que Bergoglio repite de continuo), la afirmación de Cartas de los “derechos del migrante”, el elogio de la apertura de todas las fronteras, y oíd atentos el componente utópico-marxista, ¡la invitación a la supresión de las mismas cárceles, en nombre de un superamiento del mal, de la culpa, del pecado por medio del diálogo! (entrevista otorgada al periodico “Un’ora d’aria” -Una hora de aire-, editado por los brigadistas rojos de la cárcel “San Vittore”, “Avvenire”, 2 de marzo de 1988).
  
     
Si fuésemos a releer un poco la prensa católica de los años Noventa, encontraremos los mismos actores de hoy: a modo de ejemplo la Cáritas que coreaba a la ley Martelli [Ley 39 del 28 de febrero de 1990, Disposiciones en materia de asilo, N. del T.] y a la Turco-Napolitano [Ley 40 del 6 de marzo de 1998, Disciplina de la inmigración y Normas sobre la condición del extranjero, N. del T.], y que suscribía llamados junto a los comunistas de la ARCI (Asociación Recreativa y Cultural Italiana) y del diario Il Manifesto, por una “sociedad multicultural y multirreligiosa”.
  
Era evidente, entonces, que no existía una verdadera urgencia migrante, sino solamente un sueño, una ideología immigrazionista. La misma ideología que, hoy funge como caballo de Troya para la destrucción tanto del Occidente como de la misma África.
  

jueves, 21 de junio de 2018

LECCIÓN DE UN PADRE A SU HIJA PRO ABORTO

Noticia tomada de LA VOZ DEL INTERIOR (Argentina) - Vía CATÓLICOS ALERTA.
  
LA CRUDA CARTA DE UN PADRE PRO VIDA A SU HIJA QUE ESTÁ A FAVOR DEL ABORTO: “NO FUISTE PLANEADA. NO TE BUSCAMOS”
En el Día del Padre, el hombre subió una carta a su Facebook ilustrada con una foto de su hija de 15 años usando un pañuelo verde.

El pañuelo verde, símbolo de los simpatizantes del aborto en Argentina.
    
La discusión por la legalización del aborto no sólo ha generado opiniones divididas dentro del Congreso, sino en el seno de las familias. Así ocurrió en la casa de Marcelo S., quien en el Día del Padre publicó en su Facebook una dura carta dirigida a su hija de 15 años, que está a favor de la despenalización del aborto.
 
El hombre, visiblemente en contra de la legalización de la práctica, acompañó el posteo con una foto de su hija Agustina usando un pañuelo verde. “No fuiste planeada. No te buscamos”, comenzó diciendo.
 
La carta completa
“Hace 15 años o un poco más me enteré que habías sido engendrada. No fuiste planeada. No te buscamos. No fuiste producto de una pareja constituida con un proyecto firme. Al principio me dio miedo, y después otras cosas que prefiero no decir.
 
Tanto tu madre como yo decidimos seguir adelante con tu vida. A pesar de las dudas. Quizás hubiera sido más fácil quitarte con un aborto y prescindir de una gran responsabilidad, siendo yo un pendejo; no tan pendejo pero muy pelotudo.
 
Si hubiese existido la posibilidad de borrarte en un hospital público de manera legal y gratuita…yo no sé qué hubiese decidido. O tu madre en primer lugar. La cuestión es que seguimos adelante con tu vida y fue el acierto más grande de mi vida. No fue fácil, pero hice lo mejor que pude y te amé desde el primer momento. Hoy sólo deseo que seas una persona de bien y aunque el pañuelo que llevás puesto no coincide con mis pensamientos, no obstante te amo y te respeto.
 
Sólo espero que algún día puedas ver más allá de tu ombligo, que sepas que el tema requiere seriedad porque se trata de vidas y que respetes y no ridiculices a la gente que piensa diferente a vos, especialmente a tu familia y misma sangre. El apellido es lo de menos. Te amo. #salvemoslasdosvidas”

NOVENA A NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE

Novena escrita por el Padre Gabino Chávez, con Imprimátur otorgado por el Obispado de León (Guanajuato) el 18 de Marzo de 1895, que concedió 40 días de Indulgencia por cada día de la Novena; y Mons. Ignacio Arcigas, Arzobispo de Michoacán, otorgó por esta Novena 80 días de Indulgencia.
  
Invitamos a nuestros lectores a que ofrezcan esta Novena especialmente por Nicaragua, país el cual está padeciendo bajo el yugo tiránico de José Daniel Ortega Saavedra; y por México, para que el populismo no llegue al Poder.
  
NOVENA EN HONOR A NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE
  
  
Por la señal ✠ de la Santa Cruz, de nuestros ✠ enemigos, líbranos Señor ✠ Dios nuestro. En el nombre del Padre, y del Hijo ✠, y del Espíritu Santo. Amén.
  
℣. Señor, abrirás mis labios.
℟. Y mi boca anunciará tu alabanza
℣. Dios mío, entiende en mi ayuda.
℟. Apresúrate, Señor, en socorrerme.
  
Gloria al Padre, al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, y ahora, y siempre, y por los siglos de los siglos. Amén.
  
ACTO DE CONTRICIÓN
¡Oh Señor y Dios mío!, que has hecho notoria tu salud, haciendo que por todo el universo se dé a conocer la Redención y se predique la santa Fe en la cual nosotros tuvimos la dicha de nacer, y que has revelado en presencia de todas las naciones, y delante de los ciegos gentiles la gloria del Redentor, mira, Señor, cuán ingratos hemos sido a este grande beneficio que a nosotros por medio de la Virgen María nos concediste, cuando se dignó bajar a nuestro suelo a apresurar la conversión de estos pueblos infieles, ablandando sus corazones y docilitándolos para que recibiesen la luz de la Fe, con los inmensos bienes que a las almas comunica; yo te ruego, Señor, que perdonando mi desagradecimiento y todos mis pecados, hagas también notoria para mí tu salud, convirtiéndome de veras a tu amor y servicio, y la hagas notoria en mí a los otros, para que ayude con mis buenos ejemplos a que mi Salvador sea de todos amado y conocido; te pido que reveles la gloria del Redentor con la conversión de los pecadores delante de las almas mundanas que, abandonando las prácticas piadosas y apartadas de los sacramentos, parecen verdaderos gentiles, sepultados en las sombras de la muerte y del pecado. Haz nacer, Señor, para ellos y para mí, que te lo ruego, la luz indeficiente, que recorriendo el profundo abismo de mi corazón, y posándose sobre las olas agitadas del mar de mis pasiones, en mí habite, y en mí radique para pertenecer de este modo a los escogidos que son heredad tuya. Así sea.
  
ORACIÓN PARA TODOS LOS DÍAS
¡Virgen de Guadalupe, amada Madre mía! ¡Qué dulce es para un hijo el poder cantar con toda confianza la gloria y la hermosura de su Madre! ¡Cuánto se goza al poder aplicarte con la Iglesia las grandiosas palabras que de la Sabiduría eterna están escritas! Sí, Señora y Reina de lo criado: desde el nacimiento del sol hasta el ocaso, tu nombre, así como el de tu Unigénito, es grande en las naciones. El suyo es infinitamente grande, como que es nuestro Dios, nuestro Padre y Redentor, cuyo nombre es sobre todo nombre; mas el tuyo es inmensamente grande, pues eres su verdadera Madre, como a Juan Diego le dijiste, y eres la Reina del mundo, y el encanto de la tierra y la alegría de los cielos. Tú habitabas con Jesús tu Hijo en las más encumbradas alturas, y tu trono estaba colocado sobre una columna de luciente nube, cuando te dignaste ser encontrada por los que no te buscaban, porque apenas te conocían, y no habían experimentado la dulzura de tu bondad, ni la ternura maternal de tu amor, ni la grandeza de tu misericordia. Aún no te interrogaban como hijos a su madre, que les enseñe y les instruya; aún no se dirigían a la Madre de la luz y del conocimiento, preguntándole por el camino que habían de seguir, y por las verdades y máximas que debían practicar, y ya tuviste la dignación de aparecerles en persona de uno de sus hijos, y aparecerles, no en enigma ni escondida, sino llena de luz, y a las claras, dejando ver tu virginal semblante, y respirar tu celestial aroma, y escuchar tu dulce y arrebatadora voz. Sí, Madre mía, allí te vió el amado Juan, tan graciosa como la paloma que sube de los ríos de las aguas, cuyo olor inestimable impregnaba sus vestiduras. Allí te vió la última vez, cuando a manera de días primaverales, las flores de los rosales y los lirios de los valles te cercaban, pues tu planta los había hecho brotar de repente en el monte desierto. Y si a los hombres que aún no te interrogaban, tan dulce y tan hermosa apareciste, también con tu presencia en nuestro suelo respondes a los Ángeles que tres veces admirados preguntan: «¿Quién es esta que va subiendo como la aurora al despuntar?»... ¡Eres tú, oh hija de Sion, toda hermosa y toda suave; como la luna, hermosa; como el sol, escogida! «¿Quién es esta que cual varilla de humo aromático de mirra y de incienso, va subiendo por el monte desierto?». ¡Es la hermosísima paloma, la amiga y esposa del Dios eterno! «¿Quién es esta que como el sol se adelanta, y viene con la belleza de la Jerusalén celeste, de dónde ha salido para visitar a los hombres?». ¡Es la que vieron las hijas de Sion y feliz la llamaron las almas de nobleza real, y la colmaron de alabanzas! ¡Oh Reina y Madre mía! Hoy todos los términos de esta tierra, han visto la salud de nuestro Dios; todos los confines de nuestra República han resonado con tus glorias, tus hijos han entonado tus alabanzas, te han agradecido en el alma tus finezas; en peregrinaciones han entrado a tu tabernáculo, y han adorado al Señor en el lugar donde tus plantas se posaron. Y yo también con todos tus hijos te visito, Madre mía; yo te alabo, yo proclamo tus glorias, yo agradezco con todo mi corazon tus favores, y te pido me concedas el mayor de todos ellos, que es el ir a conocerte y a amarte, y a alabarte, y contigo a gozar de Dios en los cielos. Amén.
   
Antífona: Tabernáculo de Dios es María, colocado en medio de su Ciudad, y no será conmovido. Ave María. ℣. Virgen de Guadalupe. ℟. Ruega por nosotros.
  
Antífona: Tú has salido para la salud de tu pueblo; para su salud has salido con Jesucristo tu Hijo. Ave María. ℣. Virgen de Guadalupe. ℟. Ruega por nosotros.
  
Antífona: Gloriosas cosas de ti han sido dichas, oh Ciudad de Dios: el Señor te ha fundado sobre las santas montañas. Ave María. ℣. Virgen de Guadalupe. ℟. Ruega por nosotros.
  
Antífona: Una gran señal apareció en el cielo: era una mujer cubierta por el sol, y la luna debajo de sus pies. Ave María. ℣. Virgen de Guadalupe. ℟. Ruega por nosotros.
  
Antífona: El pueblo que caminaba en tinieblas, vio una gran luz; para los que habitaban en la región de la sombra de la muerte, la luz les ha nacido. Ave María. ℣. Virgen de Guadalupe. ℟. Ruega por nosotros.
     
Gloria al Padre, al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, y ahora, y siempre, y por los siglos de los siglos. Amén.
  
℣. Madre mía, a ti de lejos vendrán tus hijos.
℟. Y de tu lado se alzarán tus hijas.
  
DÍA PRIMERO
 
ORACIÓN
En tus labios, Madre mía de Guadalupe, ha puesto la Iglesia las mismas palabras, que en otro tiempo dijo el Señor, cuando se le erigió aquel magnífico templo por el rey Salomón: «Yo escogí y santifiqué este lugar, para que allí esté mi nombre y permanezcan mi corazón y mis ojos todos los días». ¡Qué tres dones tan señalados! ¡Qué tres prendas tan dulces y preciosas! ¡Tu nombre, tu corazón y tus ojos! ¡Tu nombre, de Guadalupe; tu corazón de Reina, y tus ojos de Madre! Déjame, ¡oh Reina y Madre!, valorizar estas prendas que nos diste; déjame meditar sus excelencias y su precio. Tú escogiste y santificaste el sitio de tus apariciones; benignamente lo escogiste entre todos los sitios de la tierra para colmarlo de favores de gracias; lo escogiste porque lo quisiste; lo escogiste porque lo amaste; lo escogiste por una predilección inaudita e inmerecida. Y porque lo escogiste lo santificaste: lo santificaste con tu celestial y santa presencia, con tus benignas y varias visitas, como santificaste las montañas de Judá con tu visita a Santa Isabel; lo santificaste, mandando erigir allí un Santuario y haciendo para él dulcísimas promesas; lo escogiste y santificaste, para que allí estuviera tu nombre, no sólo el nombre glorioso y bendito de María, Madre de Dios, sino el nombre querido de Guadalupe, la nacida entre las peñas, porque quiere nacer siempre por su amor y devoción en la dureza de nuestros corazones; la que ahuyenta a los que nos devoran, pues ahuyentó entonces a los demonios y a los ídolos, y ha seguido ahuyentando todos los males que devoran nuestro cuerpo, las pestes que devoran nuestra vida, las inundaciones que devoran nuestras ciudades, y los enemigos aún más terribles que se revuelven como leones rugientes pretendiendo devorarnos. Escogiste y santificaste ese lugar para que permanezca en él tu corazón de Reina clementísima, tu corazón que se inclina a perdonar a los reos, a acoger a los pecadores, a ayudar a los miserables, a socorrer a los pobres, a consolar a los afligidos, a auxiliar a los cristianos; tu corazón, que después del de Jesús, es el más tierno, el más benigno, el más compasivo y el más generoso de los corazones. Escogiste el lugar y lo santificaste, para que permanezcan allí, junto con tu corazón, también tus ojos. ¡Oh, ojos dulces de Paloma sin mancha! ¡Oh, ojos sencillos y puros que con sus miradas hicieron volar al Esposo, como dice el divino Cantar! ¡Oh, ojos dulcísimos y misericordiosos! ¿Conque aquí nos los dejaste, Madre mía? ¿Conque en tu imagen los tenemos, y misteriosamente bajos, no mirando como en Lourdes el azul de los cielos, sino inclinados a nuestro pobre suelo, para mirar y penetrar las necesidades y penas de tus hijos? ¡Oh, ojos de Madre y de Reina! Ojos de Madre para compadecernos, y ojos de Reina para ayudarnos; ojos de Madre para mirarnos con ternura inefable; y ojos de Reina para socorrernos con generosidad indecible! ¡Oh Madre mía de Guadalupe! Aquí cumples todos los días con nosotros lo que te piden tus hijos por toda la redondez de la tierra cuando te cantan: «vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos».  Vueltos los tienes. Señora, en tu imagen hacia nosotros, siempre mirándonos, amándonos y compadeciéndonos. Danos, Virgen Santísima, danos de nuevo ahora tu nombre, para que luchando contra los enemigos conservemos nuestra fe tan combatida; danos tu real corazón para que levante nuestra esperanza, haciéndonos confiar en tus larguezas; danos tus ojos dulces, hermosos, puros, compasivos y tiernos para que ellos nos enciendan, pues son antorchas de amor santo y divino, en las llamas de la caridad, a fin de que logremos amar ardientemente a Jesucristo, y después de este destierro, mostrándonoslo tú, gozarlo por los siglos de los siglos. Amén.
   
GOZOS GUADALUPANOS
  
Virgen y Madre mía
De Guadalupe,
¡Deja que tus encantos
Mi alma disfrute!
   
Cuando me acuerdo, ¡oh Madre!
De tu visita,
Y que al suelo bajaste
Por darme vida,
De gratitud mi pecho
Luego se colma,
Pues serme, prometiste,
Madre amorosa.
Virgen y Madre mía
De Guadalupe,
¡Deja que tus encantos
Mi alma disfrute!
    
Al dichoso Juan Diego
Le tengo envidia,
Pues como él no te escucho
Madre querida;
Pero miro tu imagen;
Y al contemplarla,
¡Es tan dulce y tan bella
Que arroba mi alma!
Virgen y Madre mía
De Guadalupe,
¡Deja que tus encantos
Mi alma disfrute!
   
Tus ojos de paloma
A mí inclinados,
Me anuncian el remedio
De mis trabajos:
Pues misericordiosos
Son con tus hijos,
Ellos a Dios, airado,
Me harán propicio.
Virgen y Madre mía
De Guadalupe,
¡Deja que tus encantos
Mi alma disfrute!
   
Mil veces en mis tristes
Y amargas penas,
En nadie hallo consuelo;
Tú me consuelas.
Sólo el verte me alivia,
Y vengo a verte,
Y salgo consolado
Siempre, sí, ¡siempre!
Virgen y Madre mía
De Guadalupe,
¡Deja que tus encantos
Mi alma disfrute!
   
¡No sé qué hallo en tu imagen
Que me regala!
Fijo en ella mis ojos
Y veo tu cara,
Y hallo dulcedumbre
Que guardo dentro,
Y deseo aún más el verte
Y a verte vuelvo.
Virgen y Madre mía
De Guadalupe,
¡Deja que tus encantos
Mi alma disfrute!
   
Juntas tus lindas manos
Orando al cielo,
Contigo a orar me invitan
Con tierno ruego;
Y tus plantas, posadas
Sobre el querube,
Me guían al cielo, ¡oh Virgen
De Guadalupe!
Virgen y Madre mía
De Guadalupe,
¡Deja que tus encantos
Mi alma disfrute!
  
El sol, para vestirte,
Sus rayos manda.
Y la luna te sirve
De humilde peana,
Y el querubín alado,
Tu manto coge,
Y a tus plantas disfruta
De inmenso goce.
Virgen y Madre mía
De Guadalupe,
¡Deja que tus encantos
Mi alma disfrute!
   
Las estrellas que ocupan
El vasto espacio,
Cual otro cielo adornan
Tu regio manto;
Haz que así tus virtudes
¡Oh dulce Reina!
Iluminen de mi alma
Las tres potencias.
Virgen y Madre mía
De Guadalupe,
¡Deja que tus encantos
Mi alma disfrute!
   
Virgen de Guadalupe,
Reina y Señora,
Recibe de mi canto
La última estrofa;
¡Adiós, mi amada madre,
Dueña de mi alma,
Mi corazón te dejo,
Tenlo a tus plantas!
Virgen y Madre mía
De Guadalupe,
¡Deja que tus encantos
Mi alma disfrute!
    
ORACIÓN
Oh Dios, que habiéndonos colocado bajo el patrocinio singular de la beatísima Virgen María, nos has querido colmar de continuos beneficios, concede a los que humildemente te suplicamos, que los que hoy nos regocijamos en la tierra con su memoria, algún día nos gocemos con su presencia allá en los cielos. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.
   
En el nombre del Padre, y del Hijo ✠, y del Espíritu Santo. Amén.
   
DÍA SEGUNDO
Por la Señal...
Acto de Contrición, Oración para todos los días y las cinco Avemarías.
   
¡Oh amada Madre mía de Guadalupe! en cuya boca pone la Santa Iglesia estas palabras: «Yo hice en los cielos que naciera la luz indeficiente, y como niebla, cubrí la tierra toda»; tú, como Madre del Verbo encarnado, luz de luz, y verdadero Dios de Dios verdadero, fuiste quien le hiciste nacer en el tiempo, para que viniese a alumbrar, como anunció Zacarías, a los que están sentados en las tinieblas y en la sombra de la muerte; el oficio de la aurora que hace lucir el sol para el mundo, lo hiciste, Virgen Santa, de un modo especial para con nosotros, cuando te dignaste aparecer en nuestro suelo, y venir a ser la aurora del sol de la Fe, naciente entonces entre pueblos idólatras y ciegos. Tú alumbraste a los unos para que no desconociesen en los pequeñuelos la dignidad humana; tú ablandaste a éstos para que gozosos aceptasen el yugo suave de la Fe y de la Ley divina; tú diste esfuerzo a los hombres apostólicos para proteger a la pequeña grey, y unción a su palabra para introducir la Fe en los corazones; tú, al mismo tiempo, hiciste nacer en estos tus hijos la indeficiente luz del Evangelio, y como niebla, pura y refrescante, los protegiste del ardor de las persecuciones y de la furia de sus enemigos. ¡Bendita seas, Señora y Madre mía, por tan grande dignación! ¡Alabada seas por tanta bondad y misericordia! Mas ahora vengo a suplicarte que te dignes continuar los mismos soberanos oficios con nosotros: la luz de la Fe se ha obscurecido con millares de errores que por todas partes circulan; la claridad del Evangelio se ha ofuscado con las perversas máximas que se proclaman y se practican; el ardor de la persecución (más que nunca obstinada), vuelve a fatigar y a entristecer a los fieles. Haz de nuevo que luzca más pura la luz de la Fe, para que se afirme en los corazones que esté debilitada, y alumbre a los que no la han visto o la tienen perdida. Refrigéranos con tu sombra bienhechora, para que el sol de la adversidad no nos haga sucumbir en la lucha, que sostenemos con todos los elementos de corrupción que nos rodean. Afírmate en la montaña de Sion, y ten tu descanso en la ciudad santificada por tu elección y tu presencia; desplega en Jerusalén tu poder de excelsa Reina, y extiende más y más las raíces de tu amor y devoción en este pueblo que tanto has honrado con tu visita, y a quien has dejado por heredad tu imagen tan querida. Y pues en la plenitud de los santos está tu perpetua morada, y pues donde está la madre morar deben los hijos, trasládanos desde las tinieblas del destierro, a las felices mansiones de la Luz increada. Amén.
  
Los Gozos y la Oración se rezarán todos los días.
  
DÍA TERCERO
Por la Señal...
Acto de Contrición, Oración para todos los días y las cinco Avemarías.
    
Enséñame, Señora y Madre mía de Guadalupe, ¿por qué te comparas con el cedro del Líbano, con el ciprés del monte Sion, con la palma de Cades, y con la rosa de Jericó? ¿Por qué te llamas la hermosa Oliva en medio de los campos, y te muestras levantada como el plátano junto a las aguas y en medio de las plazas? ¡Ah! ¡Es porque las más lindas producciones de la naturaleza son figuras, aunque débiles, de tu inefable hermosura, y símbolo de tus grandezas, y cifra de tus virtudes! Tú eres el cedro de altura inexplicable, porque así como el cedro se eleva mucho más que los otros árboles, así tú estás elevada sobre todos los santos, y como en tu Asunción la Iglesia canta sobre los mismos coros de los ángeles; eres tú, cedro, Madre mía, por la rectitud de tu conducta y de tu intención y de tu alma; pues el cedro es derecho y levantado; eres cedro por la solidez de tu fe, que firme y constante estuvo en los días de la pasión y de tu llanto; cedro eres tú, Virgen María, por la incorrupción de tu alma sin pecado, y la de tu cuerpo en el sepulcro y en el cielo; cedro eres en el Líbano del Tepeyac, por la incorrupción del frágil lienzo y la duración prodigiosa de tu imagen. Como el ciprés del monte Sion, eres, Señora, porque recta te elevas hacia el cielo, en lo alto de nuestras montañas; porque tu verdor nunca se marchita, ni tu poder se amengua, ni tu bondad se acaba; porque eres la hermosura del jardín de la Iglesia, y a todos nos encaminas a lo alto de la gloria, como el ciprés apunta siempre al cielo con su punta. Palma eres de Cades, Virgen de Guadalupe, porque en un monte, antes desierto, como palma apareciste, suave, hermosa, excelsa, y de rayos coronada como la palma de sus hojas; palma de duración perpetua, porque perpetuamente nos acompañas y estás en medio de nosotros; palma, porque ella es emblema de triunfo, y por ti triunfamos del error y la mentira; palma que levantada al cielo deja colear sus frutos a la tierra, como tú, Reina y Señora de los Ángeles, nos ofreces aquí tus beneficios y mercedes; y palma también, porque en el tejido de la fibra de la palma, nos dejaste tu imagen soberana. Tú eres la rosa y plantación de rosas en Jericó, porque eres Virgen y plantación de vírgenes en la Iglesia. Rosa eres porque eres Reina de los santos, como la rosa es reina de las flores; rosa, porque embalsamas las almas con tu aroma, como la rosa embalsama con el suyo los jardines; rosa de resplandeciente blancura por tu inocencia, y de purpurinos matices por tus dolores; rosa mística aclamada por los fieles del mundo entero, y rosa del Tepeyac, al cual adornas con tu hermosura, y embalsamas con tu olor, y engrandeces con tu atractivo; rosa a cuyo imperio brotaron otras rosas en medio del invierno para pintar tu imagen y testificar tu presencia. Tú eres la hermosa oliva en medio de los campos, que derramas por todas partes suaves frutos de misericordia y de consuelo, produciendo el óleo que ilumínalas mentes y nutre las almas, y cura las llagas y dolencias; tú has sido levantada como el plátano que regado con el agua de las gracias más copiosas, alegra con su vista, y recrea con su frescura, y refresca con su sombra, y vigoriza con sus frutos. ¡Oh Madre y Reina mía! Sé tú para mi corazón el cedro que me comunique la incorrupción de la castidad; el ciprés que me guíe al cielo rectamente; la palma que me haga alcanzar el triunfo sobre mis pasiones, y la rosa que me encienda en el amor a mi Dios y a mis hermanos. Sé tú, ¡oh Virgen de Guadalupe!, la oliva que me alcance la misericordia del Señor en esta vida, y el árbol frondoso que me haga gozar del fruto de vida eterna, en el dulcísimo Jesús, fruto bendito de tu vientre. Así sea.
  
Los Gozos y la Oración se rezarán todos los días.
    
DÍA CUARTO
Por la Señal...
Acto de Contrición, Oración para todos los días y las cinco Avemarías.
     
¡Virgen de Guadalupe! Cuán grande te contemplo en las prerrogativas y excelencias que el Señor te concedió, y por las cuales eres comparada con los árboles más bellos y elevados, con el cedro y el ciprés, y con la palma y con el plátano; pero no menos me admiran y me aprovechan tus humildes y profundas virtudes, significadas por arbustos pequeños, pero preciosos para el hombre por los frutos y provechos que le traen; por eso dices con la Iglesia de ti misma: «Como el cinamomo y el bálsamo que produce aromas, he exhalado yo olor; como la mirra escogida, suave perfume derramé», y te comparas luego con varias especies aromáticas, y terminas asegurando que tu olor es el del bálsamo puro y no mezclado, y que con incienso no cortado aromaste tu habitación. Mas ¿por qué tantos modos de aromas y de olores? ¿Por qué tantas especies curativas y estimadas? Porque todas las virtudes, juntas y mezcladas en tu corazón nobilísimo, embalsaman al Cielo y a la tierra, y a los Ángeles y a los hombres; porque como el cinamomo o la canela, que se mezcla a las viandas para hacerlas olorosas y delicadas, tus virtudes, y tu culto, y tu nombre y tu imagen se mezclan entre todos los fieles de todas las edades, para hermosear y alentar nuestra vida; y como el bálsamo, originario de la Judea, a todas partes ha sido transportado para aprovechar su precio y sus virtudes, así tú, de la Judea has sido llevada por todo el Universo, y como bálsamo que derrama salud y suave olor, veniste a establecerte en medio de nosotros. ¡Oh, y cuántas almas has embalsamado aquí con el aroma de tus virtudes! ¡Cuántas has atraído con la suavidad de tu conversación y de tu trato! ¡Cuántas y cuántas has curado con el bálsamo del consuelo, calmando aquí sus penas, aliviando sus dolencias y sanando las llagas que las propias pasiones, a las ingratas criaturas habían abierto y enconado! Es cierto que a veces los remedios habrán sido amargos, y las curaciones dolorosas, porque también eres mirra escogida, que en el monte de la mirra, es decir, en el Calvario, tomaste parte en las amarguras de la Pasión; pero en tus inefables dolores, cobraste virtud para curar todas las penas de tus hijos, o para quitar al menos lo amargo de sus sufrimientos, dejando para ti la mirra de la Cruz, y siendo allí mismo, y por ella, la suavidad de olor para calmar las ajenas amarguras. Así, oh Madre, tú eres para tus devotos, el bálsamo de la misericordia, no mezclado con nada acre ni nada amargo; el bálsamo no mezclado con la hiel de la ira, que unge los corazones y les proporciona el perdón y la salud. Y esto hace decir a tu devotísimo siervo San Buenaventura, que «el olor de María, fue como la canela en la corteza de la conversación; como bálsamo interiormente en la unción de su devoción; como mirra en el amargor del castigo; que fue su olor, el de la canela en sus santas acciones; el del bálsamo en su suavísima contemplación, y el de la mirra durante la amarguísima Pasión». Derrama, pues, estos preciosos aromas desde tu imagen embalsamada, Virgen de Guadalupe; cura aquí nuestras llagas con el bálsamo de tus piedades, mezcla en nuestras acciones la canela de tus preciosos ejemplos, para que suban a Dios, como en otro tiempo el sacrificio de Noé, en olor de suavidad; aplícanos, si preciso es, aun la mirra amarga de los castigos, que tú tornarás dulces, como son los de una madre; llena tu santuario, que es aquí tu habitación, con el vapor odorífero de tus virtudes y atractivos, como incienso no cortado, sino del árbol producido, porque tú misma eres una fuente de amor y de misericordia, que bondadosamente los comunicas a tus hijos. Y así llegaré a verte, Madre mía amabilísima, planta aromática del Cielo, y a aspirar tus suavísimos perfumes, y a gozar tus dulcísimos frutos, por los siglos sin fin. Amén.
  
Los Gozos y la Oración se rezarán todos los días.
    
DÍA QUINTO
Por la Señal...
Acto de Contrición, Oración para todos los días y las cinco Avemarías.
    
Cuánto anhela mi alma la dicha y la alegría, ¡oh mi querida Madre, María de Guadalupe! ¡Con qué sed insaciable, con qué especie de ávida codicia va pasando de criatura en criatura, como de flor en flor, o mejor, de miseria en miseria, tratando de encontrar lo que en sus ansias busca, y de hartarse de los goces que a veces proporcionan! Busca en ellas la dulzura de la miel y del panal, y llega pronto a cobrar una saciedad fastidiosa que le enferma y debilita. ¿Dónde está, pregunta ella angustiada, dónde está lo que busco día por día, y no encuentro sino engaño y horror? ¿Dónde se hallan la paz y la dicha, y la esperanza y la vida? Y una voz dulcísima, tierna y delicada, viniendo de lo alto, responde así: «Yo, como el terebinto, he extendido mis ramas, y mis ramas son de honor y de gracia. Yo, como la vid, he fructificado suavidad de olor, y mis flores son finitos de honor y probidad... Pasad a mí los que me codiciáis, y seréis llenados con mis producciones. Porque mi espíritu más que la miel, es dulce, y mi heredad sobre la miel y el panal. Los que me comen, aún tendrán hambre, y los que me beben, aún tendrán sed. El que me escucha no será confundido». ¡Gracias, gracias mil, Madre mía! ¡He oído tu voz, y he sido iluminado; he escuchado tus palabras, y he quedado consolado! Tus frutos son de honor y de gracia, cuando los de las criaturas son de vergüenza y de miseria. Tú tienes como el terebinto ramas verdes y frondosas para cobijarme con tu sombra, y defenderme del sol de las persecuciones; tú tienes como la vid, olor de suavidad para confortarme, y flores de virtudes que son frutos del Espíritu Santo, honorables y santos; a ti me invitas a pasar dejando la vanidad de las criaturas y codiciando la verdadera dicha, que, después del Señor, en ti se encuentra; tú nos prometes llenarnos, cuando en el mundo nada nos llena y satisface; y no llenarnos de ti misma, sino de tus generaciones, es decir, de Jesús tu divino Hijo, que siendo uno solo, vale por mil mundos; tú, a los que el mundo llena de amarguras, nos participas de tu espíritu más dulce que la miel de los panales, y a los que las criaturas llenan de fastidiosa saciedad, nos ofreces en ti misma un manjar que mientras más se come, causa más hambre, y un licor que causa más sed mientras más de él se bebe. La voz del mundo y del demonio, es mentirosa e inquietante, y quien la escucha y la sigue padecerá la eterna confusión; pero tú nos adviertes que el que a ti escucha, jamás será confundido, y que el que por ti, y en ti trabaja, no ensuciará su alma con el pecado, como los que trabajan en las miserables criaturas, antes los que te ilustran, cantando tus alabanzas y publicando tus glorias, y pregonando tus finezas, obtendrán la vida eterna. ¡Hoy vengo, pues, a ti, María de Guadalupe, y paso a ti, aceptando con toda mi alma tu gracioso convite! ¡Aquí vengo a huir de los tormentos de la tierra, cobijándome bajo las ramas del terebinto de los cielos; vengo a gozar del olor de la viña y a recrearme con sus frutos y sus flores; vengo a ser llenado del néctar de tu amor y de las generaciones de las virtudes de tu alma, y del fruto bendito de tu seno vengo a saciarme de ti, para no tener más amor a las terrenas bellezas, ni más hambre de sus halagos, ni más sed de agradarles! ¿Qué otra belleza puedo desear sino la belleza de mi Madre que me ama, de mi Madre que es Reina y soberana, de mi Madre que es el encanto de los Cielos y de la tierra, y nos deja su imagen para mirarla, y en ella recrearnos, y con ella alegrarnos y consolarnos mientras la vemos a Ella misma en el cielo? ¡Madre, Madre! Amarte quiero, venerarte, alabarte e ilustrarte aquí en la vida presente, mientras en mí cumples tu gloriosa promesa: «Los que me ilustran, obtendrán la vida eterna». Amén.
  
Los Gozos y la Oración se rezarán todos los días.
 
DÍA SEXTO
Por la Señal...
Acto de Contrición, Oración para todos los días y las cinco Avemarías.
  
Cuando fuiste a visitar a Santa Isabel a las montañas, ¡oh amada Madre mía!, dos cosas la llenaban de admiración y de pasmo, y la hacían prorrumpir en grandes alabanzas: la una era tu persona que a su casa llegaba, y que conociéndote con la luz de la Fe, y la dignidad a que habías sido sublimada, exclamaba en el trasporte de su gratitud y de su amor: «¿De dónde esto a mí, que venga la Madre de mi Señor á mí?». ¿De dónde viene tan gran bondad? ¿De dónde dimana tanta dignación que a mí, pobre mujer, perdida entre estas montañas, venga, subiendo por ellas y arrostrando su aspereza, nada menos que la Madre del Señor, la que lleva a todo un Dios en su seno, a visitarme? Admiraban también a la Santa, los prodigiosos efectos de tu habla virginal. «Desde que sonó tu voz en mis oídos saltó de gozo el infante en mis entrañas», porque tu voz, ¡oh Madre mía! formada en aquella garganta, y salida de aquel pecho, donde la Divinidad habitaba, no podía menos de.ser una voz saludable, difusiva de la gracia y expulsiva del pecado, y así fuiste por ella el instrumento de la santificación del Bautista, el mayor nacido entre los hombres. Mas ¡oh, y con cuánta razón nos recuerda la Iglesia en tu fiesta, este misterio, Virgen de Guadalupe! Porque si tú subiste, en vida mortal, de Nazaret a los montes a visitar una santa mujer, ahora, gloriosa en el Cielo, bajas de allí a otra montaña afortunada a visitar a tus humildes hijos; entonces llevabas a Jesús en tu purísimo seno, para que alumbrase al niño Juan, sacándolo de las tinieblas del pecado de origen; ahora vienes a hablar con otro Juan, de infantil sencillez; para hacerle promesas grandiosas, y por su medio y en tu imagen, traer a Jesucristo, por la Fe, para aquellos pueblos idólatras; entonces tu voz maternal colmó al infante de alegría y a su madre de espíritu profético; ahora, tu voz alegra al otro Juan, y le encanta hasta creerse al paraíso trasportado, y acarrea al pueblo la gracia de la Fe con el Bautismo; entonces, habitaste por tres meses en aquella casa, llenándola de paz y bendiciones, ahora te quedaste en tu imagen maravillosa, habitando por siglos en medio de nosotros, y pidiendo un templo en el sitio cercano a la ciudad, para tener tu casa no lejos de tus hijos, y vivir próxima a ellos, y asistir en medio de ellos, y estar siempre vigilante desde esa atalaya de amor maternal, y permanecer dispuesta siempre a recibirlos, a oir la relación de sus enfermedades y trabajos, a consolarlos en sus penas, y a bendecirlos en sus empresas y tareas. ¡Bendita seas, pues, Madre mía, por tu bondadosa visita: bendita por tu permanencia en nuestro suelo; bendita porque quisiste dejarnos tu peregrina imagen que tanto nos alegra y nos consuela! Como Santa Isabel aquí clamamos: ¿de dónde a nosotros tanta dicha que la Madre de Dios haya venido a nosotros? ¿De dónde tal favor? ¿De dónde tanta dignación? ¿De dónde ha de ser sino del amor de madre para con tus hijos, de la misericordia y la clemencia que en tu corazón tienen su asiento? Ayúdanos, Señora, a meditar estas finezas, a agradecer estas mercedes, y a corresponder estos favores, para que un día merezcamos ir a cantarlos eternamente en el Cielo. Amén
  
DÍA SÉPTIMO
Por la Señal...
Acto de Contrición, Oración para todos los días y las cinco Avemarías.
     
¿Quién es ésta que se adelanta como el sol, hermosa como la ciudad de Jerusalén? Eres tú, Madre mía, que vienes a nuestro suelo, como el sol, porque contigo y por ti nos vino la luz de la Fe, y el conocimiento de Jesucristo, verdadero sol de justicia; eres tú que en la mañana de nuestra conversión del gentilismo, vienes como un sol a desbaratar las tinieblas de la idolatría, y a poner en fuga las fieras infernales, y a derramar la luz de la gracia y las virtudes, donde antes y por tantos siglos había reinado la noche de la idolatría, con sus crueldades y sus vicios; eres tú que reúnes en ti sola la hermosura de toda la celeste Jerusalén, porque tienes la elevación de los Ángeles, con el celo de los Apóstoles, la fortaleza de los Mártires, el fervor de los Confesores, con la cándída pureza de las Vírgenes; eres tú la más perfecta imitadora de Jesucristo, y la Reina de todos los Ángeles y los Santos. «Miráronte las hijas de Sion adornada con las flores de la primavera, y felicísima te aclamaron». Te miró Juan Diego, y se llenó de gozo: te miró él Prelado, rodeada de las rosas milagrosas, y lleno de lágrimas se prosternó ante ti para venerarte; te miraron cuantos allí estaban, y ensalzaron tu bondad, y confesaron tus misericordias; te vieron las hijas de Sion, las almas cristianas que en esos días te contemplaban, y no cesaban de alabarte y bendecirte, te han visto durante tres siglos las generaciones y ante tu imagen te han proclamado millares de voces bienaventurada, como en tu cántico anunciaste. «Flores aparecieron en nuestra tierra, y por ello te alabamos, Santa Madre de Dios». Flores hermosísimas, y de variadas formas; flores de diversos matices, y de gratos olores; flores frescas y lozanas con las gotas de rocío reluciendo en sus hojas, porque tú eres la mística rosa, que en tu seno llevaste al Rocío de los cielos; flores que atestiguaron tu fineza, y que pintaron tu imagen y que nacieron a tu soplo en un terreno estéril y en el helado invierno. ¿Cómo no alabarte por ello, Santa Madre de Dios, cuando esas flores son emblema de las virtudes que con tu mirada haces nacer en la dureza de nuestros corazones? Sí, Reina y Señora mía, haz germinar en mi alma los blancos lirios de la pureza; adórnala con los nardos aromáticos de los buenos ejemplos, enriquécela con las azucenas de la castidad, y con las violetas de la penitencia; pero sobre todo, embellecela con las flores que más allí se vieron: con las rosas de la caridad para con Dios y mis hermanos, para que presentándome aquí en tu santuario como una tierra desierta, sin camino y sin agua, a fin de ver tu virtud y tu gloria, aparezcan en mi las flores, como en otro tiempo en el estéril Tepeyac, y mis labios prorrumpan en alabanzas de la Madre de Dios, que tales maravillas obra con su poder, y tales favores concede por su misericordia. Y te cantaremos un cántico nuevo, porque cada día nos das nuevas pruebas del amor que nos tienes, y de la generosidad con que nos auxilias; y anunciaremos tu gloria entre las gentes; entre esas gentes que ignoran a Dios y no conocen sus beneficios, ni adoran su Providencia; entre esas gentes que a ti no te conocen, ni gozan de las dulzuras de su Madre, ni calman sus pesares a tus plantas. ¡Virgen de Guadalupe! ¡Ten compasión de tantas almas extraviadas! ¡Ten compasión de todos tus hijos! ¡Ten compasión de mí que te amo y te venero! Amén.
  
Los Gozos y la Oración se rezarán todos los días.
 
DÍA OCTAVO
Por la Señal...
Acto de Contrición, Oración para todos los días y las cinco Avemarías.
     
«Como el arco refulgente entre nubes de gloria; como flor de rosales en días de primavera», así, ¡oh Virgen de Guadalupe!, apareciste en otro tiempo al dichoso Juan, que entre los resplandores del iris te miraba, y escuchaba cantares de inaudita melodía, y ante la Flor de aquel campo, respiraba los más suaves periumes. Como Juan, el discípulo amado, te miraba en proféticas visiones, allá en una isla solitaria, contemplando «una gran señal, una mujer vestida del sol, y la luna bajo de sus plantas, y en su cabeza una corona de doce estrellas», asi Juan Diego, el neófito de ti amado, te mira en el monte silencioso, no ya en visión, sino con los ojos del cuerpo, y te encuentra rodeada de los rayos del sol y de los vivos colores del iris y con la luna a tus pies, y con muchedumbre de estrellas que bordan tu regio manto. Mas si aquella misteriosa mujer no hablaba, sino sólo exhalaba dolorosos gemidos, tú, Señora, hablas manifestando tus voluntades, y pidiendo servicios que recompensarás como Reina; si a aquella mujer se le dieron alas para volar y retirarse al desierto, tú aquí, aunque volaste al Cielo de donde habías salido a visitarnos, eliges un nuevo desierto para morar en tu imagen y convertirlo, con sólo ello, en jardín delicioso. Mas si levantas tus ojos y al derredor con ellos miras, se te mostrarán los pueblos enteros que reunidos en piadosas congregaciones, y partiendo a veces, desde los puntos más lejanos, vienen a buscar aquí, no los curiosos espectáculos ni los grandiosos monumentos, ni las riquezas y pompas de las ciudades, sino sólo y únicamente a ti, que eres su Madre; tú eres la ciudad de Dios a la que se encaminan: tu imagen, el dulce espectáculo que los arrastra; tu templo y tu santuario, los piadosos monumentos que contemplan; tu culto y tus altares, las riquezas y las pompas que los maravillan; «todos ellos se han congregado y vinieron tan sólo para ti»; son hijos tuyos venidos desde lejos, o hijas tuyas a ti consagradas, y que morando en ti y contigo, no hacen más que salir como de tu lado para venir a visitarte. Y cuando llenos de gozo llegan a tus plantas, cuando cansados y fatigados descansan delante de tu altar y a la sombra de tu santuario, no encontrando palabras bastantes para alabarte y bendecirte, toman aquellas que la Iglesia les enseña, y que en otro tiempo se dirigían á la heroica Judith, figura tuya. ¡Oh Señora, Señora y Madre mía, Virgen de Guadalupe, encanto de mi alma! «Tú eres la gloria de Jerusalén», porque no tenemos en nuestras ciudades cosa más gloriosa y más excelsa que tú; «tú eres la alegría de Israel», porque todo el pueblo de Dios no tiene mayor alegría que en visitarte, y amarte e invocarte; «tú eres la honra soberana de tu pueblo», porque como no hay mayor honra que el ser hijos de Dios, la mayor, después de ella, es tenerte por Madre, y guardiana, y Protectora, y Patrona de nuestro pueblo, nombrada por los representantes más augustos de tu Hijo sobre la tierra. «Oh Santa Madre, libre de toda mancha,1 escogida por Aquél que rompió los vínculos de la muerte haz, clementísima Virgen, que tus hijos que con tanto gozo celebran tus fiestas se alegren con la verdadera luz de la santa Fe, que te pedimos te dignes con tus suplicas aumentarla en nosotros, así como afirmar nuestra esperanza y rooustecer la caridad en nuestras almas, tú que eres nuestra esperanza, aparta de nosotros los azotes de la divina justicia; las guerras, la peste, el hambre y los temblores. Consuela a los presos y necesitados que gimen por su suerte realiza los deseos de tus hijos y sana a los enfermos. Alegra nuestros días con la tranquilidad y la paz, apacigua las enemistades, y aplaca a los perversos que maquinan siempre males. ¡Oh María, Madre piadosísima! ampáranos benigna, para que después de los trabajos del destierro, vayamos a reinar y alabar eternamente a tu Hijo divino». Amén.
  
Los Gozos y la Oración se rezarán todos los días.
    
DÍA NOVENO
Por la Señal...
Acto de Contrición, Oración para todos los días y las cinco Avemarías.
      
«No hizo cosa igual con ninguna otra nación», dijo el Sumo Pontífice Benedicto XIV al ver tu hermosa imagen, Virgen de Guadalupe, y esta palabra nos indica al mismo tiempo la grandeza de tus mercedes y la obligación de nuestro agradecimiento. Con ninguna otra nación te has mostrado Reina tan clemente, Soberana tan amable, Madre tan tierna; a ninguna has visitado en su cuna con visitas tan prodigiosas, con fines tan altos y con prendas perpetuas de tu amor y protección; a ninguna le has dejado una imagen tuva pintada por los Ángeles, estampada en el manto de uno de sus hijos, con tan peregrina hermosura, con tan vivos colores y con tan admirable duración. Pero si en ninguna nación has hecho tan grandes favores ¿de cual esperarías mayor agradecimiento, mas señales de amor y culto más reverente? Es cierto que las generaciones han pasado amándote y bendiciéndote, que los Prelados han tratado siempre de aumentar el esplendor de tu culto, y que los gobernantes han venido al pie de tu imagen a recoger con las insignias del mando, el acierto y la prudencia en el ejercicio de sus cargos, es cierto que tu santuario se ha ido renovando cada vez con más magnificencia, y que una rica corona te está preparada para mostrar cuanto el culto tiene de más grande en ensalzar las imágenes y hacerlas más venerables. Todo esto es cierto, Virgen de Guadalupe, pero, ¿qué vale todo ello ante la grandeza de tus favores? ¿Qué proporción entre los homenajes de un culto que en todas partes te es debido, con los particularísimos beneficios que no se han concedido a ninguna otra nación? ¿Cómo podremos pues, oh Madre, mostrarte nuestro reconocimiento? ¿Qué te diremos, o qué nuevas palabras encontraremos para manifestarte nuestro amor y gratitud? ¡Bendita seas, Hija predilecta del Padre, Madre verdadera del Hijo, Esposa escogida del Divino Espíritu! ¡Bendita seas, Madre de los hombres, a quienes por hijos te dio Jesucristo en el Calvario!  ¡Bendita seas, porque has mostrado con nosotros entrañas de verdadera Madre, no haciendo con ninguna otra nación tan singulares finezas! «Yo soy la verdadera Madre de Dios»; dijiste al neófito sencillo en tu visita; y amorosa habiéndolele das el tierno nombre de hijo, y aun de hijo pequeñuelo, y tierno, y muy querido; y amorosa, habiéndole, le indicas que conviene que él, pobre y humilde, y no otro alguno, sea tu mensajero y tu ministro en la grande fineza que quieres mostrarnos; y amorosa, habiéndole, le prometes que recompensarás su obediencia ¡como si el servirte a ti, Reina del cielo, no fuese la más dulce delicia, y la mejor de las recompensas! Amorosa, habiéndole, le dices que has sanado a su enfermo, obrando en su favor tan misericordiosa maravilla, y amorosamente habiéndole, le prometes que en el templo que se levante, te mostrarás Madre amorosa y tierna de cuantos te invocaren. ¡Oh, y cuán perfectamente has cumplido en tantos años tu promesa, Virgen de Guadalupe! Aquí has enjugado millares de veces nuestras lágrimas; aquí has aclarado nuestras dudas; aquí has despertado o afirmado sacerdotales o religiosas vocaciones, y bendecido y hecho felices cristianos matrimonios; aquí has remediado males sin medida, angustias privadas que oprimían los corazones, y públicas calamidades que agobiaban á los pueblos; aquí has seguido siempre amorosamente hablando á todos tus hijos; amorosa hablando á los justos para que no se desvíen, diciéndoles suavemente en lo más hondo de su alma: «Yo soy la madre del hermoso amor, y del temor y del conocimiento y de la santa esperanza». En mí hallaréis toda gracia para continuar en el camino de la verdad, en mí toda esperanza de vivir la vida de las virtudes, amorosa hablando a los pecadores, exhortándolos a llegar a ti, y a llenarse de los frutos que produces, y de los sentimientos de contrición que despiertas, y de las virtudes que comunicas: amorosa hablando a las almas afligidas, invitándolas a participar de tu espíritu, más dulce que la miel, y de tu herencia más regalada que el panal; amorosa hablando a las almas tibias y olvidadas, recordándoles que tu memoria vive en el pueblo cristiano por las generaciones de los siglos. Yo también quisiera ahora amorosamente hablarte, Madre de Dios, y guarda de las Vírgenes, Puerta del celestial palacio, nuestra esperanza en la tierra, y en el cielo gozo; con filial amor quisiera ahora hablarte, Paloma de inmortal belleza que moras entre plantíos de azucenas; vara que germinas desde la raíz, la medicina de nuestras llagas; torre cerrada siempre y vedada al infernal dragón; estrella amiga de los navegantes que se hallan en peligro de naufragio! ¡Protégenos, oh Madre en las decepciones de la tierra que amargan tanto nuestra vida! Faro luciente del Tepeyac, dirígenos con los rayos de tu luz argentada; disipa las tinieblas de tantos errores, líbranos de los peligrosos escollos y muéstranos una segura vía, entre las tempestuosas olas del mar de este mundo. Y a mí, tu pobre siervo, que tanto te amo, alcánzame del Señor la gracia especial que te he pedido en estos días, si a mi alma no fuere dañosa, ni estorbare la gloria de mi Dios y Señor. ¡Bendita seas, Reina y Señora mía! ¡Bendita seas, Virgen de Guadalupe! Te dejo mi corazón, te entrego mi alma, para que a Dios la lleves; ¡bendíceme en mi vida, bendíceme en mi muerte! Amén.
  
Los Gozos y la Oración se rezarán todos los días.

ORACIÓN DE SAN EFRÉN DE SIRIA ANTES DEL AVE MARÍA

Ante la noticia de la aprobación del aborto en la Cámara de Diputados de la Nación en Argentina -aprobación presionada desde luego por la judeomasonería nacional e internacional, e impulsada por una plebe malditamente consciente y conscientemente maldita-; y el comunicado blandengue y fronterizo a la blasfemia por parte de la Conferencia Episcopal Argentina -concomitante al silencio importaculista del Portador de Maldición que es Bergoglio, silencio justificado por su amiguita Elisabetta Piqué- que tomando en vano el nombre de Dios, equipara a la Virgen Santísima con una mujer cualquiera víctima de un embarazo inesperado, ES CLARO TEOLÓGICAMENTE QUE CRISTO DIOS NO DEJARÁ IMPUNE CUALQUIER OFENSA CONTRA SU MADRE SANTÍSIMA, y tarde o temprano ejercerá su venganza contra los blasfemos y los tibios.

Mientras eso sucede, el honor de Nuestra Señora no puede permanecer sin ser desagraviado, y con esa intención os presentamos la siguiente oración:


«Llena mi boca con la gracia de tu dulzura, ¡oh María!, e ilumina mi mente, ¡oh llena de gracia! Mueve mi lengua y mis labios para cantar tus alabanzas con gusto y especialmente esa dulce melodía con que el Ángel Gabriel se dirigió a ti, purísima Virgen Madre de Dios. Ayúdame a saludarte con esta oración la más digna y que contiene alimento y asistencia para todas las almas. Concédeme a mí, tu humilde siervo, alabarte y saludarte devotamente: Dios te salve, María, etc.» (San Efrén de Siria, Doctor de la Iglesia. Oración antes de la Salutación Angélica)

miércoles, 20 de junio de 2018

BERGOGLIO PONE EN LA QUIEBRA A LA DIÓCESIS DE FRIBURGO

Noticia tomada de GLORIA.TV.
   
Vámonos de viaje (y a quebrar obispados entre tanto).
  
La diócesis de Friburgo/Lausana/Ginebra (Suiza), está en problemas después que el papa Francisco tomó la decisión a corto plazo de visitar el 21 de junio el Consejo Mundial de Iglesias.
 
La página web oficial cath.ch escribe que “el caso constituye un emblema de los hábitos del Vaticano de organizar un viaje de ese tipo”.
  
Sólo en febrero monseñor Charles Morerod, obispo de Friburgo, fue informado de la inminente visita y del deseo de Francisco de celebrar una Misa pública, que sería organizada y financiada totalmente por la diócesis. El anuncio fue entregado bajo embargo, de tal modo que la diócesis pudo comenzar a organizar la visita sólo en marzo.
 
La Misa costará a la diócesis más de dos millones de francos suizos/dólares, una cifra que supera su presupuesto anual. Hasta aquí la diócesis pudo cubrir solo una cuarta parte del costo. La mayoría del dinero se destina a seguridad.
  
El pedido de donaciones a las parroquias por parte del obispo recaudó solamente la suma de menos de 25.000 francos suizos.
   
Cath.ch escribe que el Vaticano no contribuye con nada y, por razones desconocidas, no desea hacer la colecta durante la Misa de Francisco.
  
Como último recurso, la diócesis pidió a sus comunidades religiosas comenzar una novena a San José.
  
AMPLIACIÓN: El diseño del escenario de la Misa papal (que se realizará en el centro de convenciones Palexpo, en la ciudad de Grand-Saconnex, cerca al Aeropuerto Internacional de Ginebra) y el mobiliario -mesa, sede y ambón- corrió a cuenta de la arquitecta lituana Felicita Marockinaite y la construcción del mismo a los carpinteros Grégoire y Pierre-Vincent Erbeia. He aquí como será:
  
  
     
Nuevamente, la sobriedad devenida en mal gusto, el rechazo a la Cruz -y a Cristo crucificado-, y el hacerse Bergoglio el centro de atención SE PONEN EN EVIDENCIA. Y no es de extrañar tampoco el color azul en la iluminación (el azul es el color de los tres primeros grados de la Francmasonería).

martes, 19 de junio de 2018

SAN ANTONIO CONTRA LOS PREDICADORES QUE CALLAN LA VERDAD

 
«Cristo dice: “Yo soy la verdad” (San Juan 14, 6). Quien predica la verdad, profesa a Cristo. Quien en cambio, en la predicación calla la verdad, reniega de Cristo. La verdad genera el odio y luego algunos, para no incurrir en el odio de ciertas personas, se cubren la boca con el manto del silencio. Si predicasen la verdad, si dijeran las cosas como son, como la misma verdad exige y como la Sagrada Escritura expresamente comanda, incurrirían -si no me equivoco- en el odio de los carnales y tal vez estos les expulsarían de su sinagoga; pero como se regulan sobre el ejemplo de los hombres, temen el escándalo de los hombres, mientras que no es lícito renunciar a la verdad por temor del escándalo. Y de hecho los discípulos dijeron a Jesús: “¿Sabes que los fariseos, al escuchar esta palabra, se han escandalizado? Entonces Jesús responde: Todo árbol que no es plantado por mi Padre celestial, será arrancado de raíz. Dejadlos perderse: son ciegos y guías de ciegos” (San Mateo 15, 12-14). ¡Oh predicadores ciegos!, porque teméis el escándalo de los ciegos, por eso caéis en la ceguedad del alma». (San Antonio de Padua, Sermón en el Domingo VI después de Pascua, parte II, punto 10)

lunes, 18 de junio de 2018

SOBRE LA PASADA CONTIENDA ELECTORAL EN COLOMBIA

Ayer 17 de Junio, con más de 10 millones de votos, el doctor Iván Duque Márquez fue elegido presidente de Colombia, significando ello no solamente el final de ocho años cruentos bajo el régimen de Juan Manuel Santos Calderón  (alias “Santiago”, agente del G-2 cubano) que quiso entregarle el país al narcoterrorismo comunista de las FARC (primero con un falso acuerdo de paz, luego con un plebiscito que resultó adverso a él y que ignoró a mansalva al imponerlo en el Congreso, y que hizo bendecir por el antipapa Bergoglio el año pasado), sino también que se le cerró la puerta a Gustavo Francisco Petro Urrego alias “comandante Andrés” o “Aureliano”, quien hubiera impuesto la “ideología de género” y el ateísmo de estado como elementos colaterales del comunismo, régimen requerido por el anticristo -y su agente en la tierra, la judeo-masonería- para gobernar el mundo.
  
Esta victoria se ha logrado principalmente por la fe y la oración, porque desde los meses previos, muchos en Colombia y en otros países hemos estado batallando en oración contra potestades de tinieblas que controlaban tanto al régimen saliente (porque Juan Manuel Santos, cuando firmara la falsa paz, dispuso que se celebrara el sábado previo un ritual de brujería) como al candidato de la extrema izquierda (que se proclama abiertamente ateo -aunque se mostraba con una cruz en la mano derecha-, en su prepotencia llegó a afirmar que tenía más seguidores que Jesucristo nuestro Señor -, y cual Moisés se presentó con su propio dodecálogo -sí, así se dice, porque tenía doce puntos- frente al santuario del Voto Nacional). Ellos dos se confiaron en su poder terrenal, pero Nuestro Señor ha desbaratado sus planes.
  
Sí, sabemos que Iván Duque, como miembro de la iglesia conciliar, no ha tenido una buena formación católica, y eso se refleja en ciertas ideas liberales que tiene, pero estas ideas no están reflejadas en su plataforma política ni en su programa de gobierno, razón por la cual, en las circunstancias presentes, era el mejor candidato. Como católicos que somos, debemos orar por él, para que Dios nuestro Señor le conceda la gracia de gobernar con Temor de Dios, rectitud y sabiduría, y le de el don de la ciencia infusa y se convierta en un valiente defensor de la fe católica, pues como dijera San Pablo Apóstol, hay que ofrecer «peticiones, oraciones, intercesión y acción de gracias por los gobernantes a fin de que podamos vivir en quietud y tranquilidad, en piedad y santidad» (cf. I Timoteo II, 1-2), porque «Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la Verdad, que es Jesucristo nuestro Salvador» (I Timoteo II, 4; Oración Colecta de la Misa por la Propagación de la Fe).
  
No queremos olvidarnos de nuestros hermanos mexicanos (ni tampoco debemos hacerlo), toda vez que ellos están en previos a una jornada electoral el adveniente 1 de Julio. Hacemos extender invitación a orar también por México, para que desbarate de una vez y para siempre la intentona de la izquierda radical encabezada por el protestante Andrés Manuel López Obrador de llegar al poder. No nos es inadvertido que desde 1917, México está gobernado por masones, pero este candidato y sus partidos aliados promueven el aborto, la eutanasia, el “matrimonio” homosexual y la peresecución religiosa, y en últimas, imponer el comunismo que actualmente está asolando a Cuba, Venezuela, Bolivia y Nicaragua.
 
Desde luego, es importante tener presente que SÓLO EN JESUCRISTO REY DEBEMOS PONER NUESTRA CONFIANZA y no en los gobernantes seglares (a los cuales ciertamente hay que reconocer su autoridad y cumplir sus leyes, en cuanto estén acordes a los Mandamientos de Dios y la Doctrina de la Iglesia Católica de siempre), y que LA PARUSÍA ES LA ÚNICA OCASIÓN EN LA CUAL SE RESTAURARÁN TODAS LAS COSAS.
   
Que el Sagrado Corazón de Jesús, al cual fue consagrado nuestro amado país el 22 de Junio de 1902, nos siga resguardando de todo mal y peligro, y reconduzca a todos sus habitantes y dirigentes a la verdadera Fe Católica. Y que la Santísima Virgen María, nos obtenga por su intercesión, que el fantasma del comunismo sea desterrado de todas las naciones.
 
¡LAUS DEO ET VIRGÍNIQUE MATRI MARÍÆ!
¡COLOMBIA SE RESPETA!
  
JORGE RONDÓN SANTOS
18 de Junio de 2018
Fiesta de San Efrén de Siria, Diácono y Doctor de la Iglesia; y de los Santos Marcos y Marceliano, Mártires.

SIONISMO, LA HISTORIA DE UN FANATISMO

  1. El capitalismo, instrumento de la explotación del hombre y causa de origen del comunismo, se basa en las teorías de los economistas judíos David Ricardo, Adam Smith y Milton Friedman.
  2. El marxismo, fase última y superior del capitalismo liberal y culminación del proceso de destrucción definitiva de nuestra civilización, fue creado por los judíos Isidoro Mordechai, alias Karl Marx, Feist Lassal alias Ferdinad Lasalle y Friedrich Engels e impuesto en forma sangrienta en Rusia por los judíos Ulianov alias Vladimir Ulianovich “Lenin”, León Bronstein alias Trotszki, Boris Rosenfeld alias Kamenev, Silberstein alias Bogdonov, Karl Sobelson alias Radek, Maxim Finkelstein alias Litvinov (1º presidente de la Liga de Naciones), etc, etc. De 554 cargos directivos los judíos controlaban 447. El dominio judío continuó -pese a supuestas desavenencias – de modo interrumpido en la URSS.
  3. La subversión bolchevique en Rusia fue financiada –como se ha probado incuestionablemente– por la banca judía: Jacobo Schiff Warburg, Kuhn-Loeb & Cia., Otto Khan, Jerónimo Hanaver, Max Breitung, Abraham Jivotovsky (suegro del “obrero” Trotsky), etc.
  4. Esto se explica si recordamos que el íntimo amigo del “proletario” Marx, fue su compañero de Logia Masónica, Max Rothschild. Ha sido el “ORO” del capitalismo judío y no el proletariado quien logró que 69 años después del Manifiesto Comunista, el marxismo estuviera en el poder en uno de los estados más poderosos de la tierra y que en 1945, a menos de 100 años del mismo, media humanidad gimiera bajo su yugo.
  5. El bolcheviquismo fue impulsado en China por el judío Mijaíl Gruzenberg, alias “Borodín”, y se apoderó del Estado gracias a los buenos oficios de los judíos Harry Salomón Truman (Presidente de los EEUU), Alger Hiss, Frank Coe, Victor Perlo, David Weintrub, Harry Hopkins, a la mayoría de los cuales se le comprobó ser agentes rojos.
  6. Simultáneamente con la subversión bolchevique rusa de 1917, se produjeron alzamientos en diversas naciones, en las cuales los judíos desempeñaron un rol protagónico, por ejemplo como en Alemania con Carl Liechnecht y Rosa Luxemburgo, en Hungría con el sádico Bela Khun, etc.
  7. El entregador de Rusia al comunismo fue el judío Alexandr Kerensky.
  8. La victoria comunista en Cuba del judío sefaradí marrano Fidel Castro Ruz (según reconoció el senador yankee judío, Jacobo Javits: “Nosotros financiamos a Fidel Castro”), fue posible gracias a la ayuda “americana”.
  9. La “revolución socialista” en Chile, tuvo como jefe al judío y masón grado 33 (ver La Nación del 14/09/73), Salvador Allende Gossens.
  10. El mundo fue empujado a las dos guerras mundiales por las camarillas judéo-masónicas, a cuyo cargo incluso estuvo el asesinato de Francisco José en Sarajevo, desencadenando la primera. La camarilla belicista franco-anglo-norteamericana fue conducida en el último conflicto por el judío-masón Franklin Delano Roosvelt, cuya esposa judía se confesaba abiertamente trotzskysta.
  11. Y fue también el judío Roosvelt quien junto con el masón y asalariado del judaísmo internacional, el tristemente célebre Winston Churchill y el criminal judío georgiano Joseph Stalin, quien después de asesinar despiadadamente a las indefensas poblaciones civiles de países ya vencidos (como en Dresden donde las bombas incendiarias de los “libertadores” masacraron a 6.000.000 de mujeres, ancianos y niños) entregaron en Yalta y Postdam medio planeta al comunismo, como lo reconoció en un discurso antes de su muerte uno de sus socios, el General Charles De Gaulle, el campeón de la deslealtad. ¿Cómo se explica que solo los bolcheviques cosecharon una victoria que no fue suya, sino de la banca judía norteamericana?
  12. Las bombas sobre Hiroshima y Nagasaki -sin necesidad militar alguna- fueron arrojadas por orden del judío Truman.
  13. La entrega de Indochina y más recientemente Vietnam, Camboya, etc, a la peste roja, fue cínicamente realizada por el judío Kissinger. Inspirador también de la política procomunista de la Alemania “socialdemócrata” de la alta finanza “liderada” por el traidor de la Patria Willie Brandt (quien se hizo ciudadano noruego atacando desde el extranjero a su país en guerra), el amigo íntimo del espía soviético Günther Guillaume.
  14. Del presidente Wilson, francmasón de alto grado, el consejero oficial de todos los presidentes norteamericanos hasta su muerte durante el gobierno de Kennedy, fue el hebreo Bernard Baruch. Su sucesor, a partir de Kennedy (asesinado por el judío Lee H. Oswald, muerto a su vez por el judío Jack Ruby). Fue el ex secretario de Estado, el judío “alemán” Henry Kissinger.
  15. La Francmasonería es una institución al servicio de la subversión comunista y de la explotación de los pueblos por oligarquías financieras. Tanto su orígen, como su ritual y sus dirigentes principales son todos judíos.
  16. La rebelión juvenil comunista estudiantil en Francia fue dirigida por el judío Daniel Cohn-Bendit.
  17. El creador de la Tcheka fue el asesino judío Enoch Yehuda, alias Genrikh Yagoda.
  18. Julius y Ethel Rosenberg, judíos, fueron los que entregaron los secretos de la bomba atómica a la Unión Soviética.
  19. El “Psicoanálisis”, esa pseudociencia de la destrucción de la personalidad psíquica del ser humano, ha sido ideado por el judío Sigmund Freud y extendido en todo el mundo por sus pares raciales.
  20. El arte degenerado se debe a los hebreos, principalmente al sefaradí Pablo Picasso.
  21. Entre los demoledores de la filosofía occidental y envenenadores de las juventudes se encuentra los judeizantes Jean Paul Sartre y Herbert Marcusse.
  22. El precursor del “progresismo” cristiano, es decir, de la descomposición de la Iglesia y su ocupación por las fuerzas judeo-masónicas bolcheviques (cuyas consecuencias son los curas y los teólogos rojos de la guerrilla internacional), ha sido el judío “converso” Jacques Maritain.
  23. El espiritismo, esoterísmo aberrante y absurdo pero dotado de extraordinario poder de demolición y sometimiento sobre no pocos sectores de las poblaciones del orbe, se lo debemos al judío Alan Kardec…
  24. El 50% de los cabecillas de la mafia eran y son judíos (Ver Life, años 1950-51).
  25. Las más grandes estafas del siglo han sido realizadas por los judíos (Serge Alexandre Stavisky en Francia, Julius Barmat en Alemania, etc., etc…)
  26. El incalificable despojo de los territorios árabes fue realizado en forma brutal y cínica por el judaísmo mundial, ante la condena unánime de los pueblos, incluso de la propia ONU, fundada por ellos. 
  27. Las agencias noticiosas que controlan la información mundial (France Press, Reuters, Havas, etc, etc.) están en manos judías, así como la mayor parte de la prensa del mundo.
  28. La “Meca” del 7º arte, “Hollywood” está en un 95% en manos judías, las grandes compañías como “Metro Goldwin Meyer”, “Fox”, “Warner Bros.”, y los “talentosos” directores.

viernes, 15 de junio de 2018

ENCÍCLICA «Hauriétis Aquas», SOBRE LA DEVOCIÓN Y CULTO AL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS

«Sagrado Corazón de Jesús, rico para todos los que te invocan, ¡ten piedad de nosotros!» (De la Letanía del Sagrado Corazón de Jesús)

Hoy, Octava del Sagrado Corazón de Jesús, queremos traeros la encíclica «Hauriétis Aquas», donde Pío XII, con motivo del centenario del establecimiento de la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús por Pío IX para la Iglesia Universal, hace un recorrido escritural, histórico y espiritual sobre la devoción y el culto al Sagrado Corazón de Jesús como una dimensión importante de la espiritualidad Católica.
  
CARTA ENCÍCLICA «Hauriétis Aquas» DE SU SANTIDAD PÍO XII, SOBRE LA DEVOCIÓN Y CULTO AL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS
 
Pío XII
  
A los venerables Hermanos Patriarcas, Primados, Arzobispos, Obispos y demás Ordinarios locales, que estén en paz y comunión con la Sede Apostólica, Salud y Bendición Apostólica.
  
1. «Beberéis aguas con gozo en las fuentes del Salvador» [1]. Estas palabras con las que el profeta Isaías prefiguraba simbólicamente los múltiples y abundantes bienes que la era mesiánica había de traer consigo, vienen espontáneas a Nuestra mente, si damos una mirada retrospectiva a los cien años pasados desde que Nuestro Predecesor, de inmortal memoria, Pío IX, correspondiendo a los deseos del orbe católico, mandó celebrar la fiesta del Sacratísimo Corazón de Jesús en la Iglesia universal.
   
Innumerables son, en efecto, las riquezas celestiales que el culto tributado al Sagrado Corazón infunde en las almas: las purifica, las llena de consuelos sobrenaturales y las mueve a alcanzar las virtudes todas. Por ello, recordando las palabras del apóstol Santiago: «Toda dádiva, buena y todo don perfecto de arriba desciende, del Padre de las luces» [2], razón tenemos para considerar en este culto, ya tan universal y cada vez más fervoroso, el inapreciable don que el Verbo Encarnado, nuestro Salvador divino y único Mediador de la gracia y de la verdad entre el Padre Celestial y el género humano, ha concedido a la Iglesia, su mística Esposa, en el curso de los últimos siglos, en los que ella ha tenido que vencer tantas dificultades y soportar pruebas tantas. Gracias a don tan inestimable, la Iglesia puede manifestar más ampliamente su amor a su Divino Fundador y cumplir más fielmente esta exhortación que, según el evangelista San Juan, profirió el mismo Jesucristo: «En el último gran día de la fiesta, Jesús, habiéndose puesto en pie, dijo en alta voz: “El que tiene sed, venga a mí y beba el que cree en mí”. Pues, como dice la Escritura, “de su seno manarán ríos de agua viva”. Y esto lo dijo El del Espíritu que habían de recibir lo que creyeran en Él» [3]. Los que escuchaban estas palabras de Jesús, con la promesa de que habían de manar de su seno «ríos de agua viva», fácilmente las relacionaban con los vaticinios de Isaías, Ezequiel y Zacarías, en los que se profetizaba el reino del Mesías, y también con la simbólica piedra, de la que, golpeada por Moisés, milagrosamente hubo de brotar agua [4].
  
2. La caridad divina tiene su primer origen en el Espíritu Santo, que es el Amor personal del Padre y del Hijo, en el seno de la augusta Trinidad. Con toda razón, pues, el Apóstol de las Gentes, como haciéndose eco de las palabras de Jesucristo, atribuye a este Espíritu de Amor la efusión de la caridad en las almas de los creyentes: «La caridad de Dios ha sido derramada en nuestros corazones por el Espíritu Santo, que nos ha sido dado» [5].
   
Este tan estrecho vínculo que, según la Sagrada Escritura, existe entre el Espíritu Santo, que es Amor por esencia, y la caridad divina que debe encenderse cada vez más en el alma de los fieles, nos revela a todos en modo admirable, venerables hermanos, la íntima naturaleza del culto que se ha de atribuir al Sacratísimo Corazón de Jesucristo. En efecto; manifiesto es que este culto, si consideramos su naturaleza peculiar, es el acto de religión por excelencia, esto es, una plena y absoluta voluntad de entregarnos y consagrarnos al amor del Divino Redentor, cuya señal y símbolo más viviente es su Corazón traspasado. E igualmente claro es, y en un sentido aún más profundo, que este culto exige ante todo que nuestro amor corresponda al Amor divino. Pues sólo por la caridad se logra que los corazones de los hombres se sometan plena y perfectamente al dominio de Dios, cuando los afectos de nuestro corazón se ajustan a la divina voluntad de tal suerte que se hacen casi una cosa con ella, como está escrito: «Quien al Señor se adhiere, un espíritu es con Él» [6].
   
I. FUNDAMENTACIÓN TEOLÓGICA
  
Dificultades y objeciones
3. La Iglesia siempre ha tenido y tiene en tan grande estima el culto del Sacratísimo Corazón de Jesús: lo fomenta y propaga entre todos los cristianos, y lo defiende, además, enérgicamente contra las acusaciones del naturalismo y del sentimentalismo; sin embargo, es muy doloroso comprobar cómo, en lo pasado y aun en nuestros días, este nobilísimo culto no es tenido en el debido honor y estimación por algunos cristianos, y a veces ni aun por los que se dicen animados de un sincero celo por la religión católica y por su propia santificación.
  
«Si tú conocieses el don de Dios» [7]. Con estas palabras, venerables hermanos, Nos, que por divina disposición hemos sido constituidos guardián y dispensador del tesoro de la fe y de la piedad que el Divino Redentor ha confiado a la Iglesia, conscientes del deber de nuestro oficio, amonestamos a todos aquellos de nuestros hijos que, a pesar de que el culto del Sagrado Corazón de Jesús, venciendo la indiferencia y los errores humanos, ha penetrado ya en su Cuerpo Místico, todavía abrigan prejuicios hacia él y aun llegan a reputarlo menos adaptado, por no decir nocivo, a las necesidades espirituales de la Iglesia y de la humanidad en la hora presente, que son las más apremiantes. Pues no faltan quienes, confundiendo o equiparando la índole de este culto con las diversas formas particulares de devoción, que la Iglesia aprueba y favorece sin imponerlas, lo juzgan como algo superfluo que cada uno pueda practicar o no, según le agradare; otros consideran oneroso este culto, y aun de poca o ninguna utilidad, singularmente para los que militan en el Reino de Dios, consagrando todas sus energías espirituales, su actividad y su tiempo a la defensa y propaganda de la verdad católica, a la difusión de la doctrina social católica, y a la multiplicación de aquellas prácticas religiosas y obras que ellos juzgan mucho más necesarias en nuestros días. Y no faltan quienes estiman que este culto, lejos de ser un poderoso medio para renovar y reforzar las costumbres cristianas, tanto en la vida individual como en la familiar, no es sino una devoción, más saturada de sentimientos que constituida por pensamientos y afectos nobles; así la juzgan más propia de la sensibilidad de las mujeres piadosas que de la seriedad de los espíritus cultivados.
  
Otros, finalmente, al considerar que esta devoción exige, sobre todo, penitencia, expiación y otras virtudes, que más bien juzgan pasivas porque aparentemente no producen frutos externos, no la creen a propósito para reanimar la espiritualidad moderna, a la que corresponde el deber de emprender una acción franca y de gran alcance en pro del triunfo de la fe católica y en valiente defensa de las costumbres cristianas; y ello, dentro de una sociedad plenamente dominada por el indiferentismo religioso que niega toda norma para distinguir lo verdadero de lo falso, y que, además, se halla penetrada, en el pensar y en el obrar, por los principios del materialismo ateo y del laicismo.
  
La doctrina de los papas
4. ¿Quién no ve, venerables hermanos, la plena oposición entre estas opiniones y el sentir de nuestros predecesores, que desde esta cátedra de verdad aprobaron públicamente el culto del Sacratísimo Corazón de Jesús? ¿Quién se atreverá a llamar inútil o menos acomodada a nuestros tiempos esta devoción que nuestro predecesor, de inmortal memoria, León XIII, llamó «práctica religiosa dignísima de todo encomio», y en la que vio un poderoso remedio para los mismos males que en nuestros días, en forma más aguda y más amplia, inquietan y hacen sufrir a los individuos y a la sociedad? «Esta devoción —decía—, que a todos recomendamos, a todos será de provecho». Y añadía este aviso y exhortación que se refiere a la devoción al Sagrado Corazón: «Ante la amenaza de las graves desgracias que hace ya mucho tiempo se ciernen sobre nosotros, urge recurrir a Aquel único, que puede alejarlas. Mas ¿quién podrá ser Este sino Jesucristo, el Unigénito de Dios? “Porque debajo del cielo no existe otro nombre, dado a los hombres, en el cual hayamos de ser salvos” [8]. Por lo tanto, a Él debemos recurrir, que es “camino, verdad y vida”» [9].
  
No menos recomendable ni menos apto para fomentar la piedad cristiana lo juzgó nuestro inmediato predecesor, de feliz memoria, Pío XI, en su encíclica Miserentíssimus Redémptor: «¿No están acaso contenidos en esta forma de devoción el compendio de toda la religión y aun la norma de vida más perfecta, puesto que constituye el medio más suave de encaminar las almas al profundo conocimiento de Cristo Señor nuestro y el medio más eficaz que las mueve a amarle con más ardor y a imitarle con mayor fidelidad y eficacia?» [10].
  
Nos, por nuestra parte, en no menor grado que nuestros predecesores, hemos aprobado y aceptado esta sublime verdad; y cuando fuimos elevado al sumo pontificado, al contemplar el feliz y triunfal progreso del culto al Sagrado Corazón de Jesús entre el pueblo cristiano, sentimos nuestro ánimo lleno de gozo y nos regocijamos por los innumerables frutos de salvación que producía en toda la Iglesia; sentimientos que nos complacimos en expresar ya en nuestra primera Encíclica [11]. Estos frutos, a través de los años de nuestro pontificado —llenos de sufrimientos y angustias, pero también de inefables consuelos—, no se mermaron en número, eficacia y hermosura, antes bien se aumentaron. Pues, en efecto, muchas iniciativas, y muy acomodadas a las necesidades de nuestros tiempos, han surgido para favorecer el crecimiento cada día mayor de este mismo culto: asociaciones, destinadas a la cultura intelectual y a promover la religión y la beneficencia; publicaciones de carácter histórico, ascético y místico para explicar su doctrina; piadosas prácticas de reparación y, de manera especial, las manifestaciones de ardentísima piedad promovidas por el Apostolado de la Oración, a cuyo celo y actividad se debe que familias, colegios, instituciones y aun, a veces, algunas naciones se hayan consagrado al Sacratísimo Corazón de Jesús. Por todo ello, ya en Cartas, ya en Discursos y aun Radiomensajes, no pocas veces hemos expresado nuestra paternal complacencia [12].
  
Fundamentación del culto
5. Conmovidos, pues, al ver cómo tan gran abundancia de aguas, es decir, de dones celestiales de amor sobrenatural del Sagrado Corazón de nuestro Redentor, se derrama sobre innumerables hijos de la Iglesia católica por obra e inspiración del Espíritu Santo, no podemos menos, venerables hermanos, de exhortaros con ánimo paternal a que, juntamente con Nos, tributéis alabanzas y rendida acción de gracias a Dios, dador de todo bien, exclamando con el Apóstol: «Al que es poderoso para hacer sobre toda medida con incomparable exceso más de lo que pedimos o pensamos, según la potencia que despliega en nosotros su energía, a Él la gloria en la Iglesia y en Cristo Jesús por todas las generaciones, en los siglos de los siglos. Amén» [13]. Pero, después de tributar las debidas gracias al Dios eterno, queremos por medio de esta encíclica exhortaros a vosotros y a todos los amadísimos hijos de la Iglesia a una más atenta consideración de los principios doctrinales —contenidos en la Sagrada Escritura, en los Santos Padres y en los teólogos—, sobre los cuales, como sobre sólidos fundamentos, se apoya el culto del Sacratísimo Corazón de Jesús. Porque Nos estamos plenamente persuadido de que sólo cuando a la luz de la divina revelación hayamos penetrado más a fondo en la naturaleza y esencia íntima de este culto, podremos apreciar debidamente su incomparable excelencia y su inexhausta fecundidad en toda clase de gracias celestiales; y de esta manera, luego de meditar y contemplar piadosamente los innumerables bienes que produce, encontraremos muy digno de celebrar el primer centenario de la extensión de la fiesta del Sacratísimo Corazón a la Iglesia universal.
  
Con el fin, pues, de ofrecer a la mente de los fieles el alimento de saludables reflexiones, con las que más fácilmente puedan comprender la naturaleza de este culto, sacando de él los frutos más abundantes, nos detendremos, ante todo, en las páginas del Antiguo y del Nuevo Testamento que revelan y describen la caridad infinita de Dios hacia el género humano, pues jamás podremos escudriñar suficientemente su sublime grandeza; aludiremos luego a los comentarios de los Padres y Doctores de la Iglesia; finalmente, procuraremos poner en claro la íntima conexión existente entre la forma de devoción que se debe tributar al Corazón del Divino Redentor y el culto que los hombres están obligados a dar al amor que Él y las otras Personas de la Santísima Trinidad tienen a todo el género humano. Porque juzgamos que, una vez considerados a la luz de la Sagrada Escritura y de la Tradición los elementos constitutivos de esta devoción tan noble, será más fácil a los cristianos de ver «con gozo las aguas en las fuentes del Salvador» [14]; es decir, podrán apreciar mejor la singular importancia que el culto al Corazón Sacratísimo de Jesús ha adquirido en la liturgia de la Iglesia, en su vida interna y externa, y también en sus obras: así podrá cada uno obtener aquellos frutos espirituales que señalarán una saludable renovación en sus costumbres, según lo desean los Pastores de la grey de Cristo.
  
Culto de latría
6. Para comprender mejor, en orden a esta devoción, la fuerza de algunos textos del Antiguo y del Nuevo Testamento, precisa atender bien al motivo por el cual la Iglesia tributa al Corazón del Divino Redentor el culto de latría. Tal motivo, como bien sabéis, venerables hermanos, es doble: el primero, común también a los demás miembros adorables del Cuerpo de Jesucristo, se funda en el hecho de que su Corazón, por ser la parte más noble de su naturaleza humana, está unido hipostáticamente a la Persona del Verbo de Dios, y, por consiguiente, se le ha de tributar el mismo culto de adoración con que la Iglesia honra a la Persona del mismo Hijo de Dios encarnado. Es una verdad de la fe católica, solemnemente definida en el Concilio Ecuménico de Éfeso y en el II de Constantinopla [15]. El otro motivo se refiere ya de manera especial al Corazón del Divino Redentor, y, por lo mismo, le confiere un título esencialmente propio para recibir el culto de latría: su Corazón, más que ningún otro miembro de su Cuerpo, es un signo o símbolo natural de su inmensa caridad hacia el género humano. «Es innata al Sagrado Corazón», observaba nuestro predecesor León XIII, de feliz memoria, «la cualidad de ser símbolo e imagen expresiva de la infinita caridad de Jesucristo, que nos incita a devolverle amor por amor» [16].
  
Es indudable que los Libros Sagrados nunca hacen una mención clara de un culto de especial veneración y amor, tributado al Corazón físico del Verbo Encarnado como a símbolo de su encendidísima caridad. Este hecho, que se debe reconocer abiertamente, no nos ha de admirar ni puede en modo alguno hacernos dudar de que el amor de Dios a nosotros —razón principal de este culto— es proclamado e inculcado tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento con imágenes con que vivamente se conmueven los corazones. Y estas imágenes, por encontrarse ya en los Libros Santos cuando predecían la venida del Hijo de Dios hecho hombre, han de considerarse como un presagio de lo que había de ser el símbolo y signo más noble del amor divino, es a saber, el sacratísimo y adorable Corazón del Redentor divino.
  
Antiguo Testamento
7. Por lo que toca a nuestro propósito, al escribir esta Encíclica, no juzgamos necesario aducir muchos textos de los libros del Antiguo Testamento que contienen las primeras verdades reveladas por Dios; creemos baste recordar la Alianza establecida entre Dios y el pueblo elegido, consagrada con víctimas pacíficas —cuyas leyes fundamentales, esculpidas en dos tablas, promulgó Moisés [17] e interpretaron los profetas—; alianza, ratificada por los vínculos del supremo dominio de Dios y de la obediencia debida por parte de los hombres, pero consolidada y vivificada por los más nobles motivos del amor. Porque aun para el mismo pueblo de Israel, la razón suprema de obedecer a Dios era no ya el temor de las divinas venganzas, que los truenos y relámpagos fulgurantes en la ardiente cumbre del Sinaí suscitaban en los ánimos, sino más bien el amor debido a Dios: «Escucha, Israel: El Señor, nuestro Dios, es el único Señor. Amarás, pues al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu fuerza. Y estas palabras que hoy te mando estarán en tu corazón» [18].
  
No nos extrañemos, pues, si Moisés y los profetas, a quien con toda razón llama el Angélico Doctor los «mayores» del pueblo elegido[19], comprendiendo bien que el fundamento de toda la ley se basaba en este mandamiento del amor, describieron las relaciones todas existentes entre Dios y su nación, recurriendo a semejanzas sacadas del amor recíproco entre padre e hijo, o entre los esposos, y no representándolas con severas imágenes inspiradas en el supremo dominio de Dios o en nuestra obligada servidumbre llena de temor.
   
Así, por ejemplo, Moisés mismo, en su celebérrimo cántico, al ver liberado su pueblo de la servidumbre de Egipto, queriendo expresar cómo esa liberación era debida a la intervención omnipotente de Dios, recurre a estas conmovedoras expresiones e imágenes: «Como el águila que adiestra a sus polluelos para que alcen el vuelo y encima de ellos revolotea, así (Dios) desplegó sus alas, alzó (a Israel) y le llevó en sus hombros»[20]. Pero ninguno, tal vez, entre los profetas, expresa y descubre tan clara y ardientemente como Oseas el amor constante de Dios hacia su pueblo. En efecto, en los escritos de este profeta que entre los profetas menores sobresale por la profundidad de conceptos y la concisión del lenguaje, se describe a Dios amando a su pueblo escogido con un amor justo y lleno de santa solicitud, cual es el amor de un padre lleno de misericordia y amor, o el de un esposo herido en su honor. Es un amor que, lejos de disminuir y cesar ante las monstruosas infidelidades y pérfidas traiciones, las castiga, sí, como lo merecen, en los culpables, no para repudiarlos y abandonarlos a sí mismos, sino sólo con el fin de limpiar y purificar a la esposa alejada e infiel y a los hijos ingratos para hacerles volver a unirse de nuevo consigo, una vez renovados y confirmados los vínculos de amor: «Cuando Israel era niño, yo le amé; y de Egipto llamé a mi hijo... Yo enseñé a andar a Efraín, los tomé en mis brazos, mas ellos no comprendieron que yo los cuidaba. Los conducía con cuerdas de humanidad, con lazos de amor... Sanaré su rebeldía, los amaré generosamente, pues mi ira se ha apartado de ellos. Seré como el rocío para Israel, florecerá él como el lirio y echará sus raíces como el Líbano» [21].
  
Expresiones semejantes tiene el profeta Isaías, cuando presenta a Dios mismo y a su pueblo escogido como dialogando y discutiendo entre sí con opuestos sentimientos: «Mas Sión dijo: Me ha abandonado el Señor, el Señor se ha olvidado de mí. ¿Puede, acaso, una mujer olvidar a su pequeñuelo hasta no apiadarse del hijo de sus entrañas? Aunque esta se olvidare, yo no me olvidaré de ti» [22]. Ni son menos conmovedoras las palabras con que el autor del Cantar de los Cantares, sirviéndose del simbolismo del amor conyugal, describe con vivos colores los lazos de amor mutuo que unen entre sí a Dios y a la nación predilecta: «Como lirio entre las espinas, así mi amada entre las doncellas... Yo soy de mi amado, y mi amado es para mí; Él se apacienta entre lirios... Ponme como sello sobre tu corazón, como sello sobre tu brazo, pues fuerte como la muerte es el amor, duros como el infierno los celos; sus ardores son ardores de fuego y llamas» [23].
  
8. Este amor de Dios tan tierno, indulgente y sufrido, aunque se indigna por las repetidas infidelidades del pueblo de Israel, nunca llega a repudiarlo definitivamente; se nos muestra, sí, vehemente y sublime; pero no es así, en sustancia, sino el preludio a aquella muy encendida caridad que el Redentor prometido había de mostrar a todos con su amantísimo Corazón y que iba a ser el modelo de nuestro amor y la piedra angular de la Nueva Alianza.
  
Porque, en verdad sólo Aquel que es el Unigénito del Padre y el Verbo hecho carne «lleno de gracia y de verdad» [24], al descender hasta los hombres, oprimidos por innumerables pecados y miserias, podía hacer que de su naturaleza humana, unida hipostáticamente a su Divina Persona, brotara un manantial de agua viva que regaría copiosamente la tierra árida de la humanidad, transformándola en florido jardín lleno de frutos. Obra admirable que había de realizar el amor misericordiosísimo y eterno de Dios, y que ya parece preanunciar en cierto modo el profeta Jeremías con estas palabras: «Te he amado con un amor eterno, por eso te he atraído a mí lleno de misericordia... He aquí que vienen días, afirma el Señor, en que pactaré con la casa de Israel y con la casa de Judá una alianza nueva; ... Este será el pacto que yo concertaré con la casa de Israel después de aquellos días, declara el Señor: Pondré mi ley en su interior y la escribiré en su corazón; yo les seré su Dios, y ellos serán mi pueblo...; porque les perdonaré su culpa y no me acordaré ya de su pecado» [25].
   
II. NUEVO TESTAMENTO Y TRADICIÓN
  
9. Pero tan sólo por los Evangelios llegamos a conocer con perfecta claridad que la Nueva Alianza estipulada entre Dios y la humanidad —de la cual la alianza pactada por Moisés entre el pueblo y Dios, fue tan solo una prefiguración simbólica, y el vaticinio de Jeremías una mera predicción— es la misma que estableció y realizó el Verbo Encarnado, mereciéndonos la gracia divina. Esta Alianza es incomparablemente más noble y más sólida, porque a diferencia de la precedente, no fue sancionada con sangre de cabritos y novillos, sino con la sangre sacrosanta de Aquel a quienes aquellos animales pacíficos y privados de razón prefiguraban: «el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo» [26]. Porque la Alianza cristiana, más aún que la antigua, se manifiesta claramente como un pacto fundado no en la servidumbre o en el temor, sino en la amistad que debe reinar en las relaciones entre padres e hijos. Se alimenta y se consolida por una más generosa efusión de la gracia divina y de la verdad, según la sentencia del evangelista san Juan: «De su plenitud todos nosotros recibimos, y gracia por gracia. Porque la ley fue dada por Moisés, mas la gracia y la verdad por Jesucristo han venido» [27].
  
Introducidos por estas palabras del discípulo «al que amaba Jesús, y que, durante la Cena, reclinó su cabeza sobre el pecho de Jesús» [28], en el mismo misterio de la infinita caridad del Verbo Encarnado, es cosa digna, justa, recta y saludable, que nos detengamos un poco, venerables hermanos, en la contemplación de tan dulce misterio, a fin de que, iluminados por la luz que sobre él proyectan las páginas del Evangelio, podamos también nosotros experimentar el feliz cumplimiento del deseo significado por el Apóstol a los fieles de Éfeso: «Que Cristo habite por la fe en vuestros corazones, de modo que, arraigados y cimentados en la caridad, podáis comprender con todos los santos cuál es la anchura y la longitud, la alteza y la profundidad, hasta conocer el amor de Cristo, que sobrepuja a todo conocimiento, de suerte que estéis llenos de toda la plenitud de Dios» [29].
  
10. En efecto, el misterio de la Redención divina es, ante todo y por su propia naturaleza, un misterio de amor; esto es, un misterio del amor justo de Cristo a su Padre celestial, a quien el sacrificio de la cruz, ofrecido con amor y obediencia, presenta una satisfacción sobreabundante e infinita por los pecados del género humano: «Cristo sufriendo, por caridad y obediencia, ofreció a Dios algo de mayor valor que lo que exigía la compensación por todas las ofensas hechas a Dios por el género humano» [30]. Además, el misterio de la Redención es un misterio de amor misericordioso de la augusta Trinidad y del Divino Redentor hacia la humanidad entera, puesto que, siendo esta del todo incapaz de ofrecer a Dios una satisfacción condigna por sus propios delitos [31], Cristo, mediante la inescrutable riqueza de méritos, que nos ganó con la efusión de su preciosísima Sangre, pudo restablecer y perfeccionar aquel pacto de amistad entre Dios y los hombres, violado por vez primera en el paraíso terrenal por culpa de Adán y luego innumerables veces por las infidelidades del pueblo escogido.
  
Por lo tanto, el Divino Redentor, en su cualidad de legítimo y perfecto Mediador nuestro, al haber conciliado bajo el estímulo de su caridad ardentísima hacia nosotros los deberes y obligaciones del género humano con los derechos de Dios, ha sido, sin duda, el autor de aquella maravillosa reconciliación entre la divina justicia y la divina misericordia, que constituye esencialmente el misterio trascendente de nuestra salvación. Muy a propósito dice el Doctor Angélico: «Conviene observar que la liberación del hombre, mediante la pasión de Cristo, fue conveniente tanto a su justicia como a su misericordia. Ante todo, a la justicia; porque con su pasión Cristo satisfizo por la culpa del género humano, y, por consiguiente, por la justicia de Cristo el hombre fue libertado. Y, en segundo lugar, a la misericordia; porque, no siéndole posible al hombre satisfacer por el pecado, que manchaba a toda la naturaleza humana, Dios le dio un Redentor en la persona de su Hijo». Ahora bien: esto fue de parte de Dios un acto de más generosa misericordia que si Él hubiese perdonado los pecados sin exigir satisfacción alguna. Por ello está escrito: «Dios, que es rico en misericordia, movido por el excesivo amor con que nos amó, aun cuando estábamos muertos por los pecados, nos volvió a dar la vida en Cristo» [32].
   
Amor divino y humano
11. Pero a fin de que podamos en cuanto es dado a los hombres mortales, «comprender con todos los santos cuál es la anchura y la longitud, la alteza y la profundidad» [33] del misterioso amor del Verbo Encarnado a su celestial Padre y hacia los hombres manchados con tantas culpas, conviene tener muy presente que su amor no fue únicamente espiritual, como conviene a Dios, puesto que «Dios es espíritu» [34]. Es indudable que de índole puramente espiritual fue el amor de Dios a nuestros primeros padres y al pueblo hebreo; por eso, las expresiones de amor humano conyugal o paterno, que se leen en los Salmos, en los escritos de los profetas y en el Cantar de los Cantares, son signos y símbolos del muy verdadero amor, pero exclusivamente espiritual, con que Dios amaba al género humano; al contrario, el amor que brota del Evangelio, de las cartas de los Apóstoles y de las páginas del Apocalipsis, al describir el amor del Corazón mismo de Jesús, comprende no sólo la caridad divina, sino también los sentimientos de un afecto humano. Para todos los católicos, esta verdad es indiscutible. En efecto, el Verbo de Dios no ha tomado un cuerpo ilusorio y ficticio, como ya en el primer siglo de la era cristiana osaron afirmar algunos herejes, que atrajeron la severa condenación del apóstol san Juan: «Puesto que en el mundo han salido muchos impostores: los que no confiesan a Jesucristo como Mesías venido en carne. Negar esto es ser un impostor y el anticristo [35]. En realidad, El ha unido a su Divina Persona una naturaleza humana individual, íntegra y perfecta, concebida en el seno purísimo de la Virgen María por virtud del Espíritu Santo [36]. Nada, pues, faltó a la naturaleza humana que se unió el Verbo de Dios. Él la asumió plena e íntegra tanto en los elementos constitutivos espirituales como en los corporales, conviene a saber: dotada de inteligencia y de voluntad todas las demás facultades cognoscitivas, internas y externas; dotada asimismo de las potencias afectivas sensibles y de todas las pasiones naturales. Esto enseña la Iglesia católica, y está sancionado y solemnemente confirmado por los Romanos Pontífices y los concilios ecuménicos: «Entero en sus propiedades, entero en las nuestras» [37]; «perfecto en la divinidad y Él mismo perfecto en la humanidad» [38]; «todo Dios [hecho] hombre, y todo el hombre [subsistente en] Dios» [39].
  
12. Luego si no hay duda alguna de que Jesús poseía un verdadero Cuerpo humano, dotado de todos los sentimientos que le son propios, entre los que predomina el amor, también es igualmente verdad que Él estuvo provisto de un corazón físico, en todo semejante al nuestro, puesto que, sin esta parte tan noble del cuerpo, no puede haber vida humana, y menos en sus afectos. Por consiguiente, no hay duda de que el Corazón de Cristo, unido hipostáticamente a la Persona divina del Verbo, palpitó de amor y de todo otro afecto sensible; mas estos sentimientos estaban tan conformes y tan en armonía con su voluntad de hombre esencialmente plena de caridad divina, y con el mismo amor divino que el Hijo tiene en común con el Padre y el Espíritu Santo, que entre estos tres amores jamás hubo falta de acuerdo y armonía [40].
  
Sin embargo, el hecho de que el Verbo de Dios tomara una verdadera y perfecta naturaleza humana y se plasmara y aun, en cierto modo, se modelara un corazón de carne que, no menos que el nuestro, fuese capaz de sufrir y de ser herido, esto, decimos Nos, si no se piensa y se considera no sólo bajo la luz que emana de la unión hipostática y sustancial, sino también bajo la que procede de la Redención del hombre, que es, por decirlo así, el complemento de aquélla, podría parecer a algunos «escándalo y necedad», como de hecho pareció a los judíos y gentiles «Cristo crucificado» [41]. Ahora bien: los Símbolos de la fe, en perfecta concordia con la Sagrada Escritura, nos aseguran que el Hijo Unigénito de Dios tomó una naturaleza humana capaz de padecer y morir, principalmente por razón del Sacrificio de la cruz, donde El deseaba ofrecer un sacrificio cruento a fin de llevar a cabo la obra de la salvación de los hombres. Esta es, además, la doctrina expuesta por el Apóstol de las Gentes: «Pues tanto el que santifica como los que son santificados todos traen de uno su origen. Por cuya causa no se desdeña de llamarlos hermanos, diciendo: “Anunciaré tu nombre a mis hermanos...”. Y también: “Heme aquí a mí y a los hijos que Dios me ha dado”. Y por cuanto los hijos tienen comunes la carne y sangre, Él también participó de las mismas cosas... Por lo cual debió, en todo, asemejarse a sus hermanos, a fin de ser un pontífice misericordioso y fiel en las cosas que miren a Dios, para expiar los pecados del pueblo. Pues por cuanto Él mismo fue probado con lo que padeció, por ello puede socorrer a los que son probados» [42].
  
Santos Padres
13. Los Santos Padres, testigos verídicos de la doctrina revelada, entendieron muy bien lo que ya el apóstol san Pablo había claramente significado, a saber, que el misterio del amor divino es como el principio y el coronamiento de la obra de la Encarnación y Redención. Con frecuente claridad se lee en sus escritos que Jesucristo tomó en sí una naturaleza humana perfecta, con un cuerpo frágil y caduco como el nuestro, para procurarnos la salvación eterna, y para manifestarnos y darnos a entender, en la forma más evidente, así su amor infinito como su amor sensible.
  
San Justino, que parece un eco de la voz del Apóstol de las Gentes, escribe lo siguiente: «Amamos y adoramos al Verbo nacido de Dios inefable y que no tiene principio: Él, en verdad, se hizo hombre por nosotros para que, al hacerse partícipe de nuestras dolencias, nos procurase su remedio» [43]. Y San Basilio, el primero de los tres Padres de Capadocia, afirma que los afectos sensibles de Cristo fueron verdaderos y al mismo tiempo santos: «Aunque todos saben que el Señor poseyó los afectos naturales en confirmación de su verdadera y no fantástica encarnación, sin embargo, rechazó de sí como indignos de su purísima divinidad los afectos viciosos, que manchan la pureza de nuestra vida» [44]. Igualmente, San Juan Crisóstomo, lumbrera de la Iglesia antioquena, confiesa que las conmociones sensibles de que el Señor dio muestra prueban irrecusablemente que poseyó la naturaleza humana en toda su integridad: «Si no hubiera poseído nuestra naturaleza, no hubiera experimentado una y más veces la tristeza» [45].
  
Entre los Padres latinos merecen recuerdo los que hoy venera la Iglesia como máximos Doctores. San Ambrosio afirma que la unión hipostática es el origen natural de los afectos y sentimientos que el Verbo de Dios encarnado experimentó: «Por lo tanto, ya que tomó el alma, tomó las pasiones del alma; pues Dios, como Dios que es, no podía turbarse ni morir» [46].
  
En estas mismas reacciones apoya San Jerónimo el principal argumento para probar que Cristo tomó realmente la naturaleza humana: «Nuestro Señor se entristeció realmente, para poner de manifiesto la verdad de su naturaleza humana» [47].
  
Particularmente, San Agustín nota la íntima unión existente entre los sentimientos del Verbo encarnado y la finalidad de la Redención humana: «Jesús, el Señor, tomó estos afectos de la humana flaqueza, lo mismo que la carne de la debilidad humana, no por imposición de la necesidad, sino por consideración voluntaria, a fin de transformar en sí a su Cuerpo que es la Iglesia, para la que se dignó ser Cabeza; es decir, a fin de transformar a sus miembros en santos y fieles suyos; de suerte que, si a alguno de ellos le aconteciere contristarse y dolerse en las tentaciones humanas, no se juzgase por esto ajeno a su gracia, antes comprendiese que semejantes afecciones no eran indicios de pecados, sino de la humana fragilidad; y como coro que canta después del que entona, así también su Cuerpo aprendiese de su misma Cabeza a padecer» [48].
  
Doctrina de la Iglesia, que con mayor concisión y no menor fuerza testifican estos pasajes de san Juan Damasceno: «En verdad que todo Dios ha tomado todo lo que en mí es hombre, y todo se ha unido a todo para procurar la salvación de todo el hombre. De otra manera no hubiera podido sanar lo que no asumió» [49]. «Cristo, pues, asumió los elementos todos que componen la naturaleza humana, a fin de que todos fueran santificados» [50].
  
Corazón físico
14. Es, sin embargo, de razón que ni los Autores sagrados ni los Padres de la Iglesia que hemos citado y otros semejantes, aunque prueban abundantemente que Jesucristo estuvo sujeto a los sentimientos y afectos humanos y que por eso precisamente tomó la naturaleza humana para procurarnos la eterna salvación, no refieran expresamente dichos afectos a su corazón físicamente considerado, hasta hacer de él expresamente un símbolo de su amor infinito.
  
Por más que los evangelistas y los demás escritores eclesiásticos no nos describan directamente los varios efectos que en el ritmo pulsante del Corazón de nuestro Redentor, no menos vivo y sensible que el nuestro, se debieron indudablemente a las diversas conmociones y afectos de su alma y a la ardentísima caridad de su doble voluntad —divina y humana—, sin embargo, frecuentemente ponen de relieve su divino amor y todos los demás afectos con él relacionados: el deseo, la alegría, la tristeza, el temor y la ira, según se manifiestan en las expresiones de su mirada, palabras y actos. Y principalmente el rostro adorable de nuestro Salvador, sin duda, debió aparecer como signo y casi como espejo fidelísimo de los afectos, que, conmoviendo en varios modos su ánimo, a semejanza de olas que se entrechocan, llegaban a su Corazón santísimo y determinaban sus latidos. A la verdad, vale también a propósito de Jesucristo, cuanto el Doctor Angélico, amaestrado por la experiencia, observa en materia de psicología humana y de los fenómenos de ella derivados: «La turbación de la ira repercute en los miembros externos y principalmente en aquellos en que se refleja más la influencia del corazón, como son los ojos, el semblante, la lengua» [51].
  
Símbolo del triple amor de Cristo
15. Luego, con toda razón, es considerado el corazón del Verbo Encarnado como signo y principal símbolo del triple amor con que el Divino Redentor ama continuamente al Eterno Padre y a todos los hombres. Es, ante todo, símbolo del divino amor que en Él es común con el Padre y el Espíritu Santo, y que sólo en Él, como Verbo Encarnado, se manifiesta por medio del caduco y frágil velo del cuerpo humano, ya que en «Él habita toda la plenitud de la Divinidad corporalmente» [52].
  
Además, el Corazón de Cristo es símbolo de la ardentísima caridad que, infundida en su alma, constituye la preciosa dote de su voluntad humana y cuyos actos son dirigidos e iluminados por una doble y perfectísima ciencia, la beatífica y la infusa [53].
  
Finalmente, y esto en modo más natural y directo, el Corazón de Jesús es símbolo de su amor sensible, pues el Cuerpo de Jesucristo, plasmado en el seno castísimo de la Virgen María por obra del Espíritu Santo, supera en perfección, y, por ende, en capacidad perceptiva a todos los demás cuerpos humanos [54].
  
16. Aleccionados, pues, por los Sagrados Textos y por los Símbolos de la fe, sobre la perfecta consonancia y armonía que reina en el alma santísima de Jesucristo y sobre cómo Él dirigió al fin de la Redención las manifestaciones todas de su triple amor, podemos ya con toda seguridad contemplar y venerar en el Corazón del Divino Redentor la imagen elocuente de su caridad y la prueba de haberse ya cumplido nuestra Redención, y como una mística escala para subir al abrazo «de Dios nuestro Salvador» [55]. Por eso, en las palabras, en los actos, en la enseñanza, en los milagros y especialmente en las obras que más claramente expresan su amor hacia nosotros —como la institución de la divina Eucaristía, su dolorosa pasión y muerte, la benigna donación de su Santísima Madre, la fundación de la Iglesia para provecho nuestro y, finalmente, la misión del Espíritu Santo sobre los Apóstoles y sobre nosotros—, en todas estas obras, decimos Nos, hemos de admirar otras tantas pruebas de su triple amor, y meditar los latidos de su Corazón, con los cuales quiso medir los instantes de su terrenal peregrinación hasta el momento supremo, en el que, como atestiguan los Evangelistas, «Jesús, luego de haber clamado de nuevo con gran voz, dijo: “Todo está consumado”. E inclinado la cabeza, entregó su espíritu» [56]. Sólo entonces su Corazón se paró y dejó de latir, y su amor sensible permaneció como en suspenso, hasta que, triunfando de la muerte, se levantó del sepulcro.
  
Después que su Cuerpo, revestido del estado de la gloria sempiterna, se unió nuevamente al alma del Divino Redentor, victorioso ya de la muerte, su Corazón sacratísimo no ha dejado nunca ni dejará de palpitar con imperturbable y plácido latido, ni cesará tampoco de demostrar el triple amor con que el Hijo de Dios se une a su Padre eterno y a la humanidad entera, de la que con pleno derecho es Cabeza Mística.
  
III. CONTEMPLACIÓN DEL AMOR DEL CORAZÓN DE JESÚS
   
17. Ahora, venerables hermanos, para que de estas nuestras piadosas consideraciones podamos sacar abundantes y saludables frutos, parémonos a meditar y contemplar brevemente la íntima participación que el Corazón de nuestro Salvador Jesucristo tuvo en su vida afectiva divina y humana, durante el curso de su vida mortal. En las páginas del Evangelio, principalmente, encontraremos la luz, con la cual, iluminados y fortalecidos, podremos penetrar en el templo de este divino Corazón y admirar con el Apóstol de las Gentes «las abundantes riquezas de la gracia [de Dios] en la bondad usada con nosotros por amor de Jesucristo» [57].
  
18. El adorable Corazón de Jesucristo late con amor divino al mismo tiempo que humano, desde que la Virgen María pronunció su Fiat, y el Verbo de Dios, como nota el Apóstol, «al entrar en el mundo dijo: “Sacrificio y ofrenda no quisiste, pero me diste un cuerpo a propósito; holocaustos y sacrificios por el pecado no te agradaron. Entonces dije: Heme aquí presente. En el principio del libro se habla de mí. Quiero hacer, ¡oh Dios!, tu voluntad...” Por esta “voluntad” hemos sido santificados mediante la “oblación del cuerpo” de Jesucristo, que él ha hecho de una vez para siempre» [58].
  
De manera semejante palpitaba de amor su Corazón, en perfecta armonía con los afectos de su voluntad humana y con su amor divino, cuando en la casita de Nazaret mantenía celestiales coloquios con su dulcísima Madre y con su padre putativo, san José, al que obedecía y con quien colaboraba en el fatigoso oficio de carpintero. Este mismo triple amor movía a su Corazón en su continuo peregrinar apostólico, cuando realizaba innumerables milagros, cuando resucitaba a los muertos o devolvía la salud a toda clase de enfermos, cuando sufría trabajos, soportaba el sudor, hambre y sed; en las prolongadas vigilias nocturnas pasadas en oración ante su Padre amantísimo; en fin, cuando daba enseñanzas o proponía y explicaba parábolas, especialmente las que más nos hablan de la misericordia, como la parábola de la dracma perdida, la de la oveja descarriada y la del hijo pródigo. En estas palabras y en estas obras, como dice san Gregorio Magno, se manifiesta el Corazón mismo de Dios: «Mira el Corazón de Dios en las palabras de Dios, para que con más ardor suspires por los bienes eternos» [59].
  
Con amor aun mayor latía el Corazón de Jesucristo cuando de su boca salían palabras inspiradas en amor ardentísimo. Así, para poner algún ejemplo, cuando viendo a las turbas cansadas y hambrientas, dijo: «Me da compasión esta multitud de gentes» [60]; y cuando, a la vista de Jerusalén, su predilecta ciudad, destinada a una fatal ruina por su obstinación en el pecado, exclamó: «Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los que a ti son enviados; ¡cuantas veces quise recoger a tus hijos, como la gallina recoge a sus polluelos bajo las alas, y tú no lo has querido!» [61]. Su Corazón palpitó también de amor hacia su Padre y de santa indignación cuando vio el comercio sacrílego que en el templo se hacía, e increpó a los violadores con estas palabras: «Escrito está: “Mi casa será llamada casa de oración”; mas vosotros hacéis de ella una cueva de ladrones» [62].
  
19. Pero particularmente se conmovió de amor y de temor su Corazón, cuando ante la hora ya tan inminente de los crudelísimos padecimientos y ante la natural repugnancia a los dolores y a la muerte, exclamó: «Padre mío, si es posible, pase de mí este cáliz» [63]; vibró luego con invicto amor y con amargura suma, cuando, aceptando el beso del traidor, le dirigió aquellas palabras que suenan a última invitación de su Corazón misericordiosísimo al amigo que, con ánimo impío, infiel y obstinado, se disponía a entregarlo en manos de sus verdugos: «Amigo, ¿a qué has venido aquí? ¿Con un beso entregas al Hijo del hombre?» [64]; en cambio, se desbordó con regalado amor y profunda compasión, cuando a las piadosas mujeres, que compasivas lloraban su inmerecida condena al tremendo suplicio de la cruz, las dijo así: «Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí; llorad por vosotras mismas y por vuestros hijos..., pues si así tratan al árbol verde, ¿en el seco qué se hará?»[65].
  
Finalmente, colgado ya en la cruz el Divino Redentor, es cuando siente cómo su Corazón se trueca en impetuoso torrente, desbordado en los más variados y vehementes sentimientos, esto es, de amor ardentísimo, de angustia, de misericordia, de encendido deseo, de serena tranquilidad, como se nos manifiestan claramente en aquellas palabras tan inolvidables como significativas: «Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen» [66]; «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?» [67]; «En verdad te digo: Hoy estarás conmigo en el paraíso» [68]; «Tengo sed» [69]; «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu» [70].
  
Eucaristía, María, Cruz
20. ¿Quién podrá dignamente describir los latidos del Corazón divino, signo de su infinito amor, en aquellos momentos en que dio a los hombres sus más preciados dones: a Sí mismo en el sacramento de la Eucaristía, a su Madre Santísima y la participación en el oficio sacerdotal?
  
Ya antes de celebrar la última cena con sus discípulos, sólo al pensar en la institución del Sacramento de su Cuerpo y de su Sangre, con cuya efusión había de sellarse la Nueva Alianza, en su Corazón sintió intensa conmoción, que manifestó a sus apóstoles con estas palabras: «Ardientemente he deseado comer esta Pascua con vosotros, antes de padecer» [71]; conmoción que, sin duda, fue aún más vehemente cuando «tomó el pan, dio gracias, lo partió y lo dio a ellos, diciendo: “Este es mi cuerpo, el cual se da por vosotros; haced esto en memoria mía”. Y así hizo también con el cáliz, luego de haber cenado, y dijo: “Este cáliz es la nueva alianza en mi sangre, que se derramará por vosotros”» [72].
  
Con razón, pues, debe afirmarse que la divina Eucaristía, como sacramento por el que Él se da a los hombres y como sacrificio en el que Él mismo continuamente se inmola desde el nacimiento del sol hasta su ocaso [73], y también el Sacerdocio, son clarísimos dones del Sacratísimo Corazón de Jesús.
Don también muy precioso del sacratísimo Corazón es, como indicábamos, la Santísima Virgen, Madre excelsa de Dios y Madre nuestra amantísima. Era, pues, justo fuese proclamada Madre espiritual del género humano la que, por ser Madre natural de nuestro Redentor, le fue asociada en la obra de regenerar a los hijos de Eva para la vida de la gracia. Con razón escribe de ella san Agustín: «Evidentemente Ella es la Madre de los miembros del Salvador, que somos nosotros, porque con su caridad cooperó a que naciesen en la Iglesia los fieles, que son los miembros de aquella Cabeza» [74].
  
Al don incruento de Sí mismo bajo las especies del pan y del vino quiso Jesucristo nuestro Salvador unir, como supremo testimonio de su amor infinito, el sacrificio cruento de la Cruz. Así daba ejemplo de aquella sublime caridad que él propuso a sus discípulos como meta suprema del amor, con estas palabras: «Nadie tiene amor más grande que el que da su vida por sus amigos» [75]. De donde el amor de Jesucristo, Hijo de Dios, revela en el sacrificio del Gólgota, del modo más elocuente, el amor mismo de Dios: «En esto hemos conocido la caridad de Dios: en que dio su vida por nosotros; y así nosotros debemos dar la vida por nuestros hermanos» [76]. Cierto es que nuestro Divino Redentor fue crucificado más por la interior vehemencia de su amor que por la violencia exterior de sus verdugos: su sacrificio voluntario es el don supremo que su Corazón hizo a cada uno de los hombres, según la concisa expresión del Apóstol: «Me amó y se entregó a sí mismo por mí» [77].
  
Iglesia, sacramentos
21. No hay, pues, duda de que el Sagrado Corazón de Jesús, al ser participante tan íntimo de la vida del Verbo encarnado y, al haber sido, por ello asumido como instrumento de la divinidad, no menos que los demás miembros de su naturaleza humana, para realizar todas las obras de la gracia y de la omnipotencia divina [78], por lo mismo es también símbolo legítimo de aquella inmensa caridad que movió a nuestro Salvador a celebrar, por el derramamiento de la sangre, su místico matrimonio con la Iglesia: «Sufrió la pasión por amor a la Iglesia que había de unir a sí como Esposa» [79]. Por lo tanto, del Corazón traspasado del Redentor nació la Iglesia, verdadera dispensadora de la sangre de la Redención; y del mismo fluye abundantemente la gracia de los sacramentos que a los hijos de la Iglesia comunican la vida sobrenatural, como leemos en la sagrada Liturgia: «Del Corazón abierto nace la Iglesia, desposada con Cristo... Tú, que del Corazón haces manar la gracia» [80].
  
De este simbolismo, no desconocido para los antiguos Padres y escritores eclesiásticos, el Doctor común escribe, haciéndose su fiel intérprete: «Del costado de Cristo brotó agua para lavar y sangre para redimir. Por eso la sangre es propia del sacramento de la Eucaristía; el agua, del sacramento del Bautismo, el cual, sin embargo, tiene su fuerza para lavar en virtud de la sangre de Cristo» [81]. Lo afirmado del costado de Cristo, herido y abierto por el soldado, ha de aplicarse a su Corazón, al cual, sin duda, llegó el golpe de la lanza, asestado precisamente por el soldado para comprobar de manera cierta la muerte de Jesucristo.
  
Por ello, durante el curso de los siglos, la herida del Corazón Sacratísimo de Jesús, muerto ya a esta vida mortal, ha sido la imagen viva de aquel amor espontáneo por el que Dios entregó a su Unigénito para la redención de los hombres, y por el que Cristo nos amó a todos con tan ardiente amor, que se inmoló a sí mismo como víctima cruenta en el Calvario: «Cristo nos amó, y se ofreció a sí mismo a Dios, en oblación y hostia de olor suavísimo» [82].
  
Ascensión
22. Después que nuestro Salvador subió al cielo con su cuerpo glorificado y se sentó a la diestra de Dios Padre, no ha cesado de amar a su esposa, la Iglesia, con aquel inflamado amor que palpita en su Corazón. Aun en la gloria del cielo, lleva en las heridas de sus manos, de sus pies y de su costado los esplendentes trofeos de su triple victoria: sobre el demonio, sobre el pecado y sobre la muerte; lleva, además, en su Corazón, como en arca preciosísima, aquellos inmensos tesoros de sus méritos, frutos de su triple victoria, que ahora distribuye con largueza al género humano ya redimido. Esta es una verdad consoladora, enseñada por el Apóstol de las Gentes, cuando escribe: «Al subirse a lo alto llevó consigo cautiva a una grande multitud de cautivos, y derramó sus dones sobre los hombres... El que descendió, ese mismo es el que ascendió sobre todos los cielos, para dar cumplimiento a todas las cosas» [83].
  
Pentecostés
23. La misión del Espíritu Santo a los discípulos es la primera y espléndida señal del munífico amor del Salvador, después de su triunfal ascensión a la diestra del Padre. De hecho, pasados diez días, el Espíritu Paráclito, dado por el Padre celestial, bajó sobre los apóstoles reunidos en el Cenáculo, como Jesús mismo les había prometido en la última cena: «Yo rogaré al Padre y él os dará otro consolador para que esté con vosotros eternamente» [84]. El Espíritu Paráclito, por ser el Amor mutuo personal por el que el Padre ama al Hijo y el Hijo al Padre, es enviado por ambos, bajo forma de lenguas de fuego, para infundir en el alma de los discípulos la abundancia de la caridad divina y de los demás carismas celestiales. Pero esta infusión de la caridad divina brota también del Corazón de nuestro Salvador, «en el cual están encerrados todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia» [85].
  
Esta caridad es, por lo tanto, don del Corazón de Jesús y de su Espíritu. A este común Espíritu del Padre y del Hijo se debe, en primer lugar, el nacimiento de la Iglesia y su propagación admirable en medio de todos los pueblos paganos, dominados hasta entonces por la idolatría, el odio fraterno, la corrupción de costumbres y la violencia. Esta divina caridad, don preciosísimo del Corazón de Cristo y de su Espíritu, es la que dio a los Apóstoles y a los mártires la fortaleza para predicar la verdad evangélica y testimoniarla hasta con su sangre; a los Doctores de la Iglesia, aquel ardiente celo por ilustrar y defender la fe católica; a los Confesores, para practicar las más selectas virtudes y realizar las empresas más útiles y admirables, provechosas a la propia santificación y a la salud eterna y temporal de los prójimos; a las Vírgenes, finalmente, para renunciar espontánea y alegremente a los goces de los sentidos, con tal de consagrarse por completo al amor del celestial Esposo.
  
A esta divina caridad, que redunda del Corazón del Verbo encarnado y se infunde por obra del Espíritu Santo en las almas de todos los creyentes, el Apóstol de las Gentes entonó aquel himno de victoria, que ensalza a la par el triunfo de Jesucristo, Cabeza, y el de los miembros de su Místico Cuerpo sobre todo cuanto de algún modo se opone al establecimiento del divino Reino del amor entre los hombres: «¿Quién podrá separarnos del amor de Cristo? ¿La tribulación?, ¿la angustia?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿el riesgo, la persecución?, ¿la espada? ... Mas en todas estas cosas soberanamente triunfamos por obra de Aquel que nos amó. Porque seguro estoy de que ni muerte ni vida, ni ángeles ni principados, ni lo presente ni lo venidero, ni poderíos, ni altura, ni profundidades, ni otra alguna criatura será capaz de separarnos del amor de Dios que se funda en Jesucristo nuestro Señor» [86].
  
Sagrado Corazón, símbolo del amor de Cristo
24. Nada, por lo tanto, prohíbe que adoremos el Corazón Sacratísimo de Jesucristo como participación y símbolo natural, el más expresivo, de aquel amor inexhausto que nuestro Divino Redentor siente aun hoy hacia el género humano. Ya no está sometido a las perturbaciones de esta vida mortal; sin embargo, vive y palpita y está unido de modo indisoluble a la Persona del Verbo divino, y, en ella y por ella, a su divina voluntad. Y porque el Corazón de Cristo se desborda en amor divino y humano, y porque está lleno de los tesoros de todas las gracias que nuestro Redentor adquirió por los méritos de su vida, padecimientos y muerte, es, sin duda, la fuente perenne de aquel amor que su Espíritu comunica a todos los miembros de su Cuerpo Místico.
  
Así, pues, el Corazón de nuestro Salvador en cierto modo refleja la imagen de la divina Persona del Verbo, y es imagen también de sus dos naturalezas, la humana y la divina; y así en él podemos considerar no sólo el símbolo, sino también, en cierto modo, la síntesis de todo el misterio de nuestra Redención. Luego, cuando adoramos el Corazón de Jesucristo, en él y por él adoramos así el amor increado del Verbo divino como su amor humano, con todos sus demás afectos y virtudes, pues por un amor y por el otro nuestro Redentor se movió a inmolarse por nosotros y por toda la Iglesia, su Esposa, según el Apóstol: «Cristo amó a su Iglesia y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, purificándola con el bautismo de agua por la palabra de vida, a fin de hacerla comparecer ante sí llena de gloria, sin mancha ni arruga ni cosa semejante, sino siendo santa e inmaculada» [87].
  
Cristo ha amado a la Iglesia, y la sigue amando intensamente con aquel triple amor de que hemos hablado [88], y ése es el amor que le mueve a hacerse nuestro Abogado para conciliarnos la gracia y la misericordia del Padre, «siempre vivo para interceder por nosotros» [89]. La plegaria que brota de su inagotable amor, dirigida al Padre, no sufre interrupción alguna. Como «en los días de su vida en la carne» [90], también ahora, triunfante ya en el cielo, suplica al Padre con no menor eficacia; y a Aquel que «amó tanto al mundo que dio a su Unigénito Hijo, a fin de que todos cuantos creen en El no perezcan, sino que tengan la vida eterna» [91]. Él muestra su Corazón vivo y herido, con un amor más ardiente que cuando, ya exánime, fue herido por la lanza del soldado romano: «Por esto fue herido [tu Corazón], para que por la herida visible viésemos la herida invisible del amor» [92].
  
Luego no puede haber duda alguna de que ante las súplicas de tan grande Abogado hechas con tan vehemente amor, el Padre celestial, que no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros [93], por medio de Él hará descender siempre sobre todos los hombres la exuberante abundancia de sus gracias divinas.
  
IV. HISTORIA DEL CULTO DEL SAGRADO CORAZÓN
  
25. Hemos querido, venerables hermanos, proponer a vuestra consideración y a la del pueblo cristiano, en sus líneas generales, la naturaleza íntima del culto al Corazón de Jesús, y las perennes gracias que de él se derivan, tal como resaltan de su fuente primera, la revelación divina. Estamos persuadidos de que estas nuestras reflexiones, dictadas por la enseñanza misma del Evangelio, han mostrado claramente cómo este culto se identifica sustancialmente con el culto al amor divino y humano del Verbo Encarnado, y también con el culto al amor mismo con que el Padre y el Espíritu Santo aman a los hombres pecadores; porque, como observa el Doctor Angélico, el amor de las tres Personas divinas es el principio y origen del misterio de la Redención humana, ya que, desbordándose aquél poderosamente sobre la voluntad humana de Jesucristo y, por lo tanto, sobre su Corazón adorable, le indujo con un idéntico amor a derramar generosamente su Sangre para rescatarnos de la servidumbre del pecado [94]: «Con un bautismo tengo que ser bautizado, y ¡qué angustias hasta que se cumpla!» [95].
  
Por lo demás, es persuasión nuestra que el culto tributado al amor de Dios y de Jesucristo hacia el género humano, a través del símbolo augusto del Corazón traspasado del Redentor crucificado, jamás ha estado completamente ausente de la piedad de los fieles, aunque su manifestación clara y su admirable difusión en toda la Iglesia se haya realizado en tiempos no muy remotos de nosotros, sobre todo después que el Señor mismo reveló este divino misterio a algunos hijos suyos, y los eligió para mensajeros y heraldos suyos, luego de haberles colmado con abundancia de dones sobrenaturales.
  
De hecho, siempre hubo almas especialmente consagradas a Dios que, inspiradas en los ejemplos de la excelsa Madre de Dios, de los Apóstoles y de insignes Padres de la Iglesia, han tributado culto de adoración, de gratitud y de amor a la Humanidad santísima de Cristo y en modo especial a las heridas abiertas en su Cuerpo por los tormentos de la Pasión salvadora.
  
Y ¿cómo no reconocer en aquellas palabras «¡Señor mío y Dios mío!» [96], pronunciadas por el apóstol Tomás y que revelan su improvisa transformación de incrédulo en fiel, una clara profesión de fe, de adoración y de amor, que de la humanidad llagada del Salvador se elevaba hasta la majestad de la Persona Divina?
  
Mas si el Corazón traspasado del Redentor siempre ha llevado a los hombres a venerar su infinito amor por el género humano, porque para los cristianos de todos los tiempos han tenido siempre valor las palabras del profeta Zacarías, que el evangelista san Juan aplicó a Jesús Crucificado: «Verán a Quien traspasaron» [97], obligado es, sin embargo, reconocer que tan sólo poco a poco y progresivamente llegó ese Corazón a constituir objeto directo de un culto especial, como imagen del amor humano y divino del Verbo Encarnado.
  
Santos, Santa Margarita María
26. Si queremos indicar siquiera las etapas gloriosas recorridas por este culto en la historia de la piedad cristiana, precisa, ante todo, recordar los nombres de algunos de aquellos que bien se pueden considerar como los precursores de esta devoción que, en forma privada, pero de modo gradual, cada vez más vasto, se fue difundiendo dentro de los Institutos religiosos. Así, por ejemplo, se distinguieron por haber establecido y promovido cada vez más este culto al Corazón Sacratísimo de Jesús: san Buenaventura, san Alberto Magno, santa Gertrudis, santa Catalina de Siena, el beato Enrique Suso, san Pedro Canisio y san Francisco de Sales. San Juan Eudes es el autor del primer oficio litúrgico en honor del Sagrado Corazón de Jesús, cuya fiesta solemne se celebró por primera vez, con el beneplácito de muchos Obispos de Francia, el 20 de octubre de 1672.
  
Pero entre todos los promotores de esta excelsa devoción merece un puesto especial Santa Margarita María Alacoque, porque su celo, iluminado y ayudado por el de su director espiritual —el beato Claudio de la Colombière—, consiguió que este culto, ya tan difundido, haya alcanzado el desarrollo que hoy suscita la admiración de los fieles cristianos, y que, por sus características de amor y reparación, se distingue de todas las demás formas de la piedad cristiana [98].
  
Basta esta rápida evocación de los orígenes y gradual desarrollo del culto del Corazón de Jesús para convencernos plenamente de que su admirable crecimiento se debe principalmente al hecho de haberse comprobado que era en todo conforme con la índole de la religión cristiana, que es la religión del amor.
  
No puede decirse, por consiguiente, ni que este culto deba su origen a revelaciones privadas, ni cabe pensar que apareció de improviso en la Iglesia; brotó espontáneamente, en almas selectas, de su fe viva y de su piedad ferviente hacia la persona adorable del Redentor y hacia aquellas sus gloriosas heridas, testimonio el más elocuente de su amor inmenso para el espíritu contemplativo de los fieles. Es evidente, por lo tanto, cómo las revelaciones de que fue favorecida santa Margarita María ninguna nueva verdad añadieron a la doctrina católica. Su importancia consiste en que —al mostrar el Señor su Corazón Sacratísimo— de modo extraordinario y singular quiso atraer la consideración de los hombres a la contemplación y a la veneración del amor tan misericordioso de Dios al género humano. De hecho, mediante una manifestación tan excepcional, Jesucristo expresamente y en repetidas veces mostró su Corazón como el símbolo más apto para estimular a los hombres al conocimiento y a la estima de su amor; y al mismo tiempo lo constituyó como señal y prenda de su misericordia y de su gracia para las necesidades espirituales de la Iglesia en los tiempos modernos.
  
1765, Clemente XIII; y 1856, Pío IX
27. Además, una prueba evidente de que este culto nace de las fuentes mismas del dogma católico está en el hecho de que la aprobación de la fiesta litúrgica por la Sede Apostólica precedió a la de los escritos de santa Margarita María. En realidad, independientemente de toda revelación privada, y sólo accediendo a los deseos de los fieles, la Sagrada Congregación de Ritos, por decreto del 25 de enero de 1765, aprobado por nuestro predecesor Clemente XIII el 6 de febrero del mismo año, concedió a los Obispos de Polonia y a la Archicofradía Romana del Sagrado Corazón de Jesús la facultad de celebrar la fiesta litúrgica. Con este acto quiso la Santa Sede que tomase nuevo incremento un culto, ya en vigor y floreciente, cuyo fin era «reavivar simbólicamente el recuerdo del amor divino» [99], que había llevado al Salvador a hacerse víctima para expiar los pecados de los hombres.
  
A esta primera aprobación, dada en forma de privilegio y aún limitada para determinados fines, siguió otra, a distancia casi de un siglo, de importancia mucho mayor y expresada en términos más solemnes. Nos referimos al decreto de la Sagrada Congregación de Ritos del 23 de agosto de 1856, anteriormente mencionado, por el cual nuestro predecesor Pío IX, de inmortal memoria, acogiendo las súplicas de los Obispos de Francia y de casi todo el mundo católico, extendió a toda la Iglesia la fiesta del Corazón Sacratísimo de Jesús y prescribió la forma de su celebración litúrgica [100]. Fecha ésta, digna de ser recomendada al perenne recuerdo de los fieles, pues, como vemos escrito en la liturgia misma de dicha festividad, «desde entonces, el culto del Sacratísimo Corazón de Jesús, semejante a un río desbordado, venciendo todos los obstáculos, se difundió por todo el mundo católico».
  
De cuanto hemos expuesto hasta ahora aparece evidente, venerables hermanos, que en los textos de la Sagrada Escritura, de la Tradición y de la Sagrada Liturgia es donde los fieles han de encontrar principalmente los manantiales límpidos y profundos del culto al Corazón Sacratísimo de Jesús, si desean penetrar en su íntima naturaleza y sacar de su pía meditación sustancia y aumento para su fervor religioso. Iluminada, y penetrando más íntimamente mediante esta meditación asidua, el alma fiel no podrá menos de llegar a aquel dulce conocimiento de la caridad de Cristo, en la cual está la plenitud toda de la vida cristiana, como, instruido por la propia experiencia, enseña el Apóstol: «Por esta causa doblo mis rodillas ante el Padre de nuestro Señor Jesucristo..., para que, según las riquezas de su gloria, os conceda por medio de su Espíritu ser fortalecidos en virtud en el hombre interior, y que Cristo habite por la fe en vuestros corazones, estando arraigados y cimentados en caridad; a fin de que podáIs.. conocer también aquel amor de Cristo, que sobrepuja a todo conocimiento, para que seáis plenamente colmados de toda la plenitud de Dios» [101]. De esta universal plenitud es precisamente imagen muy espléndida el Corazón de Jesucristo: plenitud de misericordia, propia del Nuevo Testamento, en el cual «Dios nuestro Salvador ha manifestado su benignidad y amor para con los hombres» [102]; pues «no envió Dios su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que por su medio el mundo se salve» [103].
   
Culto al Corazón de Jesús, culto en espíritu y en verdad
28. Constante persuasión de la Iglesia, maestra de verdad para los hombres, ya desde que promulgó los primeros documentos oficiales relativos al culto del Corazón Sacratísimo de Jesús, fue que sus elementos esenciales, es decir, los actos de amor y de reparación tributados al amor infinito de Dios hacia los hombres, lejos de estar contaminados de materialismo y de superstición, constituyen una norma de piedad, en la que se cumple perfectamente aquella religión espiritual y verdadera que anunció el Salvador mismo a la Samaritana: «Ya llega tiempo, y ya estamos en él, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad, pues tales son los adoradores que el Padre desea. Dios es espíritu, y los que lo adoran deben adorarle en espíritu y en verdad» [104].
  
Por lo tanto, no es justo decir que la contemplación del Corazón físico de Jesús impide el contacto más íntimo con el amor de Dios, porque retarda el progreso del alma en la vía que conduce directa a la posesión de las más excelsas virtudes. La Iglesia rechaza plenamente este falso misticismo al igual que, por la autoridad de nuestro predecesor Inocencio XI, de feliz memoria, condenó la doctrina de quienes afirmaban: «No deben (las almas de esta vía interna) hacer actos de amor a la bienaventurada Virgen, a los Santos o a la humanidad de Cristo; pues como estos objetos son sensibles, tal es también el amor hacia ellos. Ninguna criatura, ni aun la bienaventurada Virgen y los Santos, han de tener asiento en nuestro corazón; porque Dios quiere ocuparlo y poseerlo solo» [105].
   
Los que así piensan son, naturalmente, de opinión que el simbolismo del Corazón de Cristo no se extiende más allá de su amor sensible y que no puede, por lo tanto, en modo alguno constituir un nuevo fundamento del culto de latría, que está reservado tan sólo a lo que es esencialmente divino. Ahora bien, una interpretación semejante del valor simbólico de las sagradas imágenes es absolutamente falsa, porque coarta injustamente su trascendental significado. Contraria es la opinión y la enseñanza de los teólogos católicos, entre los cuales santo Tomás escribe así: «A las imágenes se les tributa culto religioso, no consideradas en sí mismas, es decir, en cuanto realidades, sino en cuanto son imágenes que nos llevan hasta Dios encarnado. El movimiento del alma hacia la imagen, en cuanto es imagen, no se para en ella, sino que tiende al objeto representado por la imagen. Por consiguiente, del tributar culto religioso a las imágenes de Cristo no resulta un culto de latría diverso ni una virtud de religión distinta» [106]. Por lo tanto, es en la persona misma del Verbo Encarnado donde termina el culto relativo tributado a sus imágenes, sean éstas las reliquias de su acerba Pasión, sea la imagen misma que supera a todas en valor expresivo, es decir, el Corazón herido de Cristo crucificado.
  
Y así del elemento corpóreo —el Corazón de Jesucristo— y de su natural simbolismo, es legítimo y justo que, llevados en alas de la fe, nos elevemos no sólo a la contemplación de su amor sensible, sino más alto aún, hasta la consideración y adoración de su excelentísimo amor infundido, y, finalmente, en un vuelo sublime y dulce a un mismo tiempo, hasta la meditación y adoración del Amor divino del Verbo Encarnado. De hecho, a la luz de la fe —por la cual creemos que en la Persona de Cristo están unidas la naturaleza humana y la naturaleza divina— nuestra mente se torna idónea para concebir los estrechísimos vínculos que existen entre el amor sensible del Corazón físico de Jesús y su doble amor espiritual, el humano y el divino. En realidad, estos amores no se deben considerar sencillamente como coexistentes en la adorable Persona del Redentor divino, sino también como unidos entre sí por vínculo natural, en cuanto que al amor divino están subordinados el humano espiritual y el sensible, los cuales dos son una representación analógica de aquél. No pretendemos con esto que en el Corazón de Jesús se haya de ver y adorar la que llaman imagen formal, es decir, la representación perfecta y absoluta de su amor divino, pues que no es posible representar adecuadamente con ninguna imagen criada la íntima esencia de este amor; pero el alma fiel, al venerar el Corazón de Jesús, adora juntamente con la Iglesia el símbolo y como la huella de la Caridad divina, la cual llegó también a amar con el Corazón del Verbo Encarnado al género humano, contaminado por tantos crímenes.
  
La más completa profesión de la religión cristiana
29. Por ello, en esta materia tan importante como delicada, es necesario tener siempre muy presente cómo la verdad del simbolismo natural, que relaciona al Corazón físico de Jesús con la persona del Verbo, descansa toda ella en la verdad primaria de la unión hipostática; en torno a la cual no cabe duda alguna, como no se quiera renovar los errores condenados más de una vez por la Iglesia, por contrarios a la unidad de persona en Cristo —con la distinción e integridad de sus dos naturalezas.
  
Esta verdad fundamental nos permite entender cómo el Corazón de Jesús es el corazón de una persona divina, es decir, del Verbo Encarnado, y que, por consiguiente, representa y pone ante los ojos todo el amor que El nos ha tenido y nos tiene aún. Y aquí está la razón de por qué el culto al Sagrado Corazón se considera, en la práctica, como la más completa profesión de la religión cristiana. Verdaderamente, la religión de Jesucristo se funda toda en el Hombre-Dios Mediador; de manera que no se puede llegar al Corazón de Dios sino pasando por el Corazón de Cristo, conforme a lo que El mismo afirmó: «Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie viene al Padre sino por mí» [107].
   
Siendo esto así, fácilmente se deduce que el culto al Sacratísimo Corazón de Jesús no es sustancialmente sino el mismo culto al amor con que Dios nos amó por medio de Jesucristo, al mismo tiempo que el ejercicio de nuestro amor a Dios y a los demás hombres. Dicho de otra manera: Este culto se dirige al amor de Dios para con nosotros, proponiéndolo como objeto de adoración, de acción de gracias y de imitación; además, considera la perfección de nuestro amor a Dios y a los hombres como la meta que ha de alcanzarse por el cumplimiento cada vez más generoso del mandamiento «nuevo» que el Divino Maestro legó como sacra herencia a sus Apóstoles, cuando les dijo: «Un nuevo mandamiento os doy: Que os améis los unos a los otros, como yo os he amado... El precepto mío es que os améis unos a otros, como yo os he amado» [108]. Mandamiento éste, en verdad nuevo y propio de Cristo; porque, como dice santo Tomás de Aquino: «Poca diferencia hay entre el Antiguo y el Nuevo Testamento, pues, como dice Jeremías, “Haré un pacto nuevo con la casa de Israel” [109]. Pero que este mandamiento se practicase en el Antiguo Testamento a impulso de santo temor y amor, se debía al Nuevo Testamento; en cuanto que, si este mandamiento ya existía en la Antigua Ley, no era como prerrogativa suya propia, sino más bien como prólogo y preparación de la Ley Nueva» [110].
  
V. SUMO APRECIO POR EL CULTO AL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS
   
30. Antes de terminar estas consideraciones tan hermosas como consoladoras sobre la naturaleza auténtica de este culto y su cristiana excelencia, Nos, plenamente conscientes del oficio apostólico que por primera vez fue confiado a san Pedro, luego de haber profesado por tres veces su amor a Jesucristo nuestro Señor, creemos conveniente exhortaros una vez más, venerables hermanos, y por vuestro medio a todos los queridísimos hijos en Cristo, para que con creciente entusiasmo cuidéis de promover esta suavísima devoción, pues de ella han de brotar grandísimos frutos también en nuestros tiempos.
  
Y en verdad que si debidamente se ponderan los argumentos en que se funda el culto tributado al Corazón herido de Jesús, todos verán claramente cómo aquí no se trata de una forma cualquiera de piedad, que sea lícito posponer a otras o tenerla en menos, sino de una práctica religiosa muy apta para conseguir la perfección cristiana. Si «la devoción —según el tradicional concepto teológico, formulado por el Doctor Angélico— no es sino la pronta voluntad de dedicarse a todo cuanto con el servicio de Dios se relaciona» [111], ¿puede haber servicio divino más debido y más necesario, al mismo tiempo que más noble y dulce, que el rendido a su amor? Y ¿qué servicio cabe pensar más grato y afecto a Dios que el homenaje tributado a la caridad divina y que se hace por amor, desde el momento en que todo servicio voluntario en cierto modo es un don, y cuando el amor constituye «el don primero, por el que nos son dados todos los dones gratuitos?» [112]. Es digna, pues, de sumo honor aquella forma de culto por la cual el hombre se dispone a honrar y amar en sumo grado a Dios y a consagrarse con mayor facilidad y prontitud al servicio de la divina caridad; y ello tanto más cuanto que nuestro Redentor mismo se dignó proponerla y recomendarla al pueblo cristiano, y los Sumos Pontífices la han confirmado con memorables documentos y la han enaltecido con grandes alabanzas. Y así, quien tuviere en poco este insigne beneficio que Jesucristo ha dado a su Iglesia, procedería en forma temeraria y perniciosa, y aun ofendería al mismo Dios.
  
31. Esto supuesto, ya no cabe duda alguna de que los cristianos que honran al sacratísimo Corazón del Redentor cumplen el deber, ciertamente gravísimo, que tienen de servir a Dios, y que juntamente se consagran a sí mismos y a toda su propia actividad, tanto interna como externa, a su Creador y Redentor, poniendo así en práctica aquel divino mandamiento: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente, y con todas tus fuerzas» [113]. Además de que así tienen la certeza de que a honrar a Dios no les mueve ninguna ventaja personal, corporal o espiritual, temporal o eterna, sino la bondad misma de Dios, a quien cuidan de obsequiar con actos de amor, de adoración y de debida acción de gracias. Si no fuera así, el culto al sacratísimo Corazón de Jesús ya no respondería a la índole genuina de la religión cristiana, porque entonces el hombre con tal culto ya no tendría como mira principal el servicio de honrar principalmente el amor divino; y entonces deberían mantenerse como justas las acusaciones de excesivo amor y de demasiada solicitud por sí mismos, motivadas por quienes entienden mal esta devoción tan nobilísima, o no la practican con toda rectitud.
  
Todos, pues, tengan la firme persuasión de que en el culto al augustísimo Corazón de Jesús lo más importante no consiste en las devotas prácticas externas de piedad, y que el motivo principal de abrazarlo tampoco debe ser la esperanza de la propia utilidad, porque aun estos beneficios Cristo nuestro Señor los ha prometido mediante ciertas revelaciones privadas, precisamente para que los hombres se sintieran movidos a cumplir con mayor fervor los principales deberes de la religión católica, a saber, el deber de amor y el de la expiación, al mismo tiempo que así obtengan de mejor manera su propio provecho espiritual.
  
Difusión de este culto
32. Exhortamos, pues, a todos nuestros hijos en Cristo a que practiquen con fervor esta devoción, así a los que ya están acostumbrados a beber las aguas saludables que brotan del Corazón del Redentor, como, sobre todo, a los que, a guisa de espectadores, desde lejos miran todavía con espíritu de curiosidad y hasta de duda. Piensen estos con atención que se trata de un culto, según ya hemos dicho, que desde hace mucho tiempo está arraigado en la Iglesia, que se apoya profundamente en los mismos Evangelios; un culto, en cuyo favor está claramente la Tradición y la sagrada Liturgia, y que los mismos Romanos Pontífices han ensalzado con alabanzas tan multiplicadas como grandes: no se contentaron con instituir una fiesta en honor del Corazón augustísimo del Redentor, y extenderla luego a toda la Iglesia, sino que por su parte tomaron la iniciativa de dedicar y consagrar solemnemente todo el género humano al mismo sacratísimo Corazón [114]. Finalmente, conveniente es asimismo pensar que este culto tiene en su favor una mies de frutos espirituales tan copiosos como consoladores, que de ella se han derivado para la Iglesia: innumerables conversiones a la religión católica, reavivada vigorosamente la fe en muchos espíritus, más íntima la unión de los fieles con nuestro amantísimo Redentor; frutos todos estos que, sobre todo en los últimos decenios, se han mostrado en una forma tan frecuente como conmovedora.
   
Al contemplar este admirable espectáculo de la extensión y fervor con que la devoción al sacratísimo Corazón de Jesús se ha propagado en toda clase de fieles, nos sentimos ciertamente llenos de gozo y de inefable consuelo; y, luego de dar a nuestro Redentor las obligadas gracias por los tesoros infinitos de su bondad, no podemos menos de expresar nuestra paternal complacencia a todos los que, tanto del clero como del elemento seglar, con tanta eficacia han cooperado a promover este culto.
   
Penas actuales de la Iglesia
33. Aunque la devoción al Sagrado Corazón de Jesús, venerables hermanos, ha producido en todas partes abundantes frutos de renovación espiritual en la vida cristiana, sin embargo, nadie ignora que la Iglesia militante en la tierra y, sobre todo, la sociedad civil no han alcanzado aún el grado de perfección que corresponde a los deseos de Jesucristo, Esposo Místico de la Iglesia y Redentor del género humano. En verdad que no pocos hijos de la Iglesia afean con numerosas manchas y arrugas el rostro materno, que en sí mismos reflejan; no todos los cristianos brillan por la santidad de costumbres, a la que por vocación divina están llamados; no todos los pecadores, que en mala hora abandonaron la casa paterna, han vuelto a ella, para de nuevo vestirse con el vestido precioso [115] y recibir el anillo, símbolo de fidelidad para con el Esposo de su alma; no todos los infieles se han incorporado aún al Cuerpo Místico de Cristo. Hay más. Porque si bien nos llena de amargo dolor el ver cómo languidece la fe en los buenos, y contemplar cómo, por el falaz atractivo de los bienes terrenales, decrece en sus almas y poco a poco se apaga el fuego de la caridad divina, mucho más nos atormentan las maquinaciones de los impíos que, ahora más que nunca, parecen incitados por el enemigo infernal en su odio implacable y declarado contra Dios, contra la Iglesia y, sobre todo, contra Aquel que en la tierra representa a la persona del Divino Redentor y su caridad para con los hombres, según la conocidísima frase del Doctor de Milán: (Pedro) «es interrogado acerca de lo que se duda, pero no duda el Señor; pregunta no para saber, sino para enseñar al que, antes de ascender al cielo, nos dejaba como “vicario de su amor”» [116].
   
34. Ciertamente, el odio contra Dios y contra los que legítimamente hacen sus veces es el mayor delito que puede cometer el hombre, creado a imagen y semejanza de Dios y destinado a gozar de su amistad perfecta y eterna en el cielo; puesto que por el odio a Dios el hombre se aleja lo más posible del Sumo Bien, y se siente impulsado a rechazar de sí y de sus prójimos cuanto viene de Dios, une con Dios y conduce a gozar de Dios, o sea, la verdad, la virtud, la paz y la justicia [117].
  
Pudiendo, pues, observar que, por desgracia, el número de los que se jactan de ser enemigos del Señor eterno crece hoy en algunas partes, y que los falsos principios del materialismo se difunden en las doctrinas y en la práctica; y oyendo cómo continuamente se exalta la licencia desenfrenada de las pasiones, ¿qué tiene de extraño que en muchas almas se enfríe la caridad, que es la suprema ley de la religión cristiana, el fundamento más firme de la verdadera y perfecta justicia, el manantial más abundante de la paz y de las castas delicias? Ya lo advirtió nuestro Salvador: «Por la inundación de los vicios, se resfriará la caridad de muchos» [118].
  
Un culto providencial
35. Ante tantos males que, hoy más que nunca, trastornan profundamente a individuos, familias, naciones y orbe entero, ¿dónde, venerables hermanos, hallaremos un remedio eficaz? ¿Podremos encontrar alguna devoción que aventaje al culto augustísimo del Corazón de Jesús, que responda mejor a la índole propia de la fe católica, que satisfaga con más eficacia las necesidades espirituales actuales de la Iglesia y del género humano? ¿Qué homenaje religioso más noble, más suave y más saludable que este culto, pues se dirige todo a la caridad misma de Dios? [119]. Por último, ¿qué puede haber más eficaz que la caridad de Cristo —que la devoción al Sagrado Corazón promueve y fomenta cada día más— para estimular a los cristianos a que practiquen en su vida la perfecta observancia de la ley evangélica, sin la cual no es posible instaurar entre los hombres la paz verdadera, como claramente enseñan aquellas palabras del Espíritu Santo: «Obra de la justicia será la paz»[120]?
   
Por lo cual, siguiendo el ejemplo de nuestro inmediato antecesor, queremos recordar de nuevo a todos nuestros hijos en Cristo la exhortación que León XIII, de inmortal memoria, al expirar el siglo pasado, dirigía a todos los cristianos y a cuantos se sentían sinceramente preocupados por su propia salvación y por la salud de la sociedad civil: «Ved hoy ante vuestros ojos un segundo lábaro consolador y divino: el Sacratísimo Corazón de Jesús... que brilla con refulgente esplendor entre las llamas. En Él hay que poner toda nuestra confianza; a Él hay que suplicar y de Él hay que esperar nuestra salvación» [121].
   
Deseamos también vivamente que cuantos se glorían del nombre de cristianos e, intrépidos, combaten por establecer el Reino de Jesucristo en el mundo, consideren la devoción al Corazón de Jesús como bandera y manantial de unidad, de salvación y de paz. No piense ninguno que esta devoción perjudique en nada a las otras formas de piedad con que el pueblo cristiano, bajo la dirección de la Iglesia, venera al Divino Redentor. Al contrario, una ferviente devoción al Corazón de Jesús fomentará y promoverá, sobre todo, el culto a la santísima Cruz, no menos que el amor al augustísimo Sacramento del altar. Y, en realidad, podemos afirmar —como lo ponen de relieve las revelaciones de Jesucristo mismo a santa Gertrudis y a santa Margarita María— que ninguno comprenderá bien a Jesucristo crucificado, si no penetra en los arcanos de su Corazón. Ni será fácil entender el amor con que Jesucristo se nos dio a sí mismo por alimento espiritual, si no es mediante la práctica de una especial devoción al Corazón Eucarístico de Jesús; la cual —para valernos de las palabras de nuestro predecesor, de feliz memoria, León XIII— nos recuerda «aquel acto de amor sumo con que nuestro Redentor, derramando todas las riquezas de su Corazón, a fin de prolongar su estancia con nosotros hasta la consumación de los siglos, instituyó el adorable Sacramento de la Eucaristía» [122]. Ciertamente, «no es pequeña la parte que en la Eucaristía tuvo su Corazón, por ser tan grande el amor de su Corazón con que nos la dio» [123].
  
Final
36. Finalmente, con el ardiente deseo de poner una firme muralla contra las impías maquinaciones de los enemigos de Dios y de la Iglesia, y también hacer que las familias y las naciones vuelvan a caminar por la senda del amor a Dios y al prójimo, no dudamos en proponer la devoción al Sagrado Corazón de Jesús como escuela eficacísima de caridad divina; caridad divina, en la que se ha de fundar, como en el más sólido fundamento, aquel Reino de Dios que urge establecer en las almas de los individuos, en la sociedad familiar y en las naciones, como sabiamente advirtió nuestro mismo predecesor, de piadosa memoria: «El reino de Jesucristo saca su fuerza y su hermosura de la caridad divina: su fundamento y su excelencia es amar santa y ordenadamente. De donde se sigue necesariamente: cumplir íntegramente los propios deberes, no violar los derechos ajenos, considerar los bienes naturales como inferiores a los sobrenaturales y anteponer el amor de Dios a todas las cosas» [124].
  
Y para que la devoción al Corazón augustísimo de Jesús produzca más copiosos frutos de bien en la familia cristiana y aun en toda la humanidad, procuren los fieles unir a ella estrechamente la devoción al Inmaculado Corazón de la Madre de Dios. Ha sido voluntad de Dios que, en la obra de la Redención humana, la Santísima Virgen María estuviese inseparablemente unida con Jesucristo; tanto, que nuestra salvación es fruto de la caridad de Jesucristo y de sus padecimientos, a los cuales estaban íntimamente unidos el amor y los dolores de su Madre. Por eso, el pueblo cristiano que por medio de María ha recIbído de Jesucristo la vida divina, después de haber dado al Sagrado Corazón de Jesús el debido culto, rinda también al amantísimo Corazón de su Madre celestial parecidos obsequios de piedad, de amor, de agradecimiento y de reparación. En armonía con este sapientísimo y suavísimo designio de la divina Providencia, Nos mismo, con un acto solemne, dedicamos y consagramos la santa Iglesia y el mundo entero al Inmaculado Corazón de la Santísima Virgen María [125].
  
37. Cumpliéndose felizmente este año como indicamos antes, el primer siglo de la institución de la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús en toda la Iglesia por nuestro predecesor Pío IX, de feliz memoria, es vivo deseo nuestro, venerables hermanos, que el pueblo cristiano celebre en todas partes solemnemente este centenario con actos públicos de adoración, de acción de gracias y de reparación al Corazón divino de Jesús. Con especial fervor se celebrarán, sin duda, estas solemnes manifestaciones de alegría cristiana y de cristiana piedad —en unión de caridad y de oraciones con todos los demás fieles— en aquella nación en la cual, por designio de Dios, nació aquella santa Virgen que fue promotora y heraldo infatigable de esta devoción.
  
Entre tanto, animados por dulce esperanza, y como gustando ya los frutos espirituales que copiosamente han de redundar —en la Iglesia— de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús, con tal de que ésta, como ya hemos explicado, se entienda rectamente y se practique con fervor, suplicamos a Dios quiera hacer que con el poderoso auxilio de su gracia se cumplan estos nuestros vivos deseos: a la vez que expresamos, también la esperanza de que, con la divina gracia, como fruto de las solemnes conmemoraciones de este año, aumente cada vez más la devoción de los fieles al Sagrado Corazón de Jesús, y así se extienda más por todo el mundo su imperio y reino suavísimo: «reino de verdad y de vida, reino de santidad y de gracia, reino de justicia, de amor y de paz» [126].
  
Como prenda de estos dones celestiales, os impartimos de todo corazón la Bendición Apostólica, tanto a vosotros personalmente, venerables hermanos, como al clero y a todos los fieles encomendados a vuestra pastoral solicitud, y especialmente a todos los que se consagran a fomentar y promover la devoción al Sacratísimo Corazón de Jesús.
 
Dado en Roma, junto a San Pedro, el 15 de mayo de 1956, año decimoctavo de nuestro pontificado. PÍO PP XII.
  
NOTAS
[1] Isa. 12, 3.
[2] Jac. 1, 17.
[3] Joann. 7, 37-39.
[4] Cf. Isa. 12, 3; Ezech. 47, 1-12; Zach. 13, 1; Exod. 17, 1-7; Num. 20, 7-13; 1. Cor. 10, 4; Apoc. 7, 17; 22, 1.
[5] Rom. 5, 5.
[6] 1. Cor. 6, 17.
[7] Joann. 4, 10.
[8] Act. 4, 12.
[9] Encíclica Annum Sacrum, 25 de mayo de 1899; en Actas de León XIII, vol. 19 (1900), págs. 71, 77-78.
[10] Encíclica Miserentíssimus Redémptor, 8 de mayo de 1928. Acta Apostólicæ Sedis, vol. 20 (1928), pág. 167.
[11] Cf. Encíclica Summi Pontificátus, 20 de octubre de 1939. Acta Apostólicæ Sedis, vol. 31 (1939), pág. 415.
[12] Cf. Acta Apostólicæ Sedis, vol. 32 (1940), pág 276; vol. 35 (1943), pág. 170; vol. 37 (1945), págs. 263-264; vol. 40 (1948), pág. 501; vol. 41 (1949), pág. 331.
[13] Eph. 3, 20-21.
[14] Isa. 12, 3.
[15] Concilio de Éfeso, canon 8; cf. Juan Domingo Mansi, Sacrórum Conciliórum Amplíssima Colléctio, tomo IV, 1083 C.; Concilio II de Constantinopla, can. 9; cf. Ibíd., tomo IX, 382 E.
[16] Cf. encíclica Annum sacrum: Actas de León XIII, vol. 19 (1900), pág. 76.
[17] Cf. Exod. 34, 27-28.
[18] Deut. 6, 4-6.
[19] Suma Teológica, parte II-IIæ, cuestión 2, artículo 7: ed. Leon., vol. VIII (1895), pág. 34.
[20] Deut. 32, 11.
[21] Os. 11, 1, 3-4; 14, 5-6.
[22] Isa. 49, 14-15.
[23] Cant. 2, 2; 6, 2; 8, 6.
[24] Joann. 1, 14.
[25] Jer. 31, 3; 31, 33-34.
[26] Cf. Jn 1, 29; Hebr. 9, 18-28; 10, 1-17.
[27] Joann. 1, 16-17.
[28] Ibíd., 21.
[29] Eph. 3, 17-19.
[30] Suma Teológica, parte III, cuestión 48, artículo 2: ed. Leon., vol. XI (1903), pág. 464.
[31] Cf. encíclica Miserentíssimus Redémptor: Acta Apostólicæ Sedis, vol. 20 (1928), pág. 170.
[32] Eph. 2, 4; Suma Teológica, parte III, cuestión 46, artículo 1, a la objeción 3ª: ed. Leon., vol. XI (1903), pág. 436.
[33] Eph. 3, 18.
[34] Joann. 4, 24.
[35] 2. Joann. 1, 7.
[36] Cf. Luc. 1, 35.
[37] San León Magno, Carta dogmática «Lectis dilectiónis tuæ» a Flaviano, Patriarca de Constantinopla, 13 de junio de 449: cf. Migne, Patrología Latína, tomo LIV, col. 763.
[38] Concilio de Calcedonia (año 451): cf. Mansi, op. cit., tomo VII, 115 B.
[39] San Gelasio Papa, Tratado 3: «Necessárium», de las dos naturalezas en Cristo: cf. Andrés Thiel Epístolæ Romanórum Pontíficum a S. Hilário usque ad Pelágium II, pág. 532.
[40] Cf. Santo Tomás de Aquino, Suma teológica, parte III, cuestión 15, artículo 4; cuestión 18, artículo 6: ed. León. 11 (1903), págs. 189 y 237.
[41] Cf. 1. Cor. 1, 23.
[42] Hebr. 2, 11-14. 17-18.
[43] Apología, 21, 13; Migne, Patrología Græca, tomo VI, col. 465.
[44] Carta 261, 3. Migne, Patrología Græca, tomo XXXII, col 972.
[45] Homilía sobre San Juan, 63, 2. Migne, Patrología Græca, tomo LIX, col. 350.
[46] De fide a Graciano 2, 7, 56. Migne, Patrología Latína, tomo XVI, col. 594.
[47] Cf. Sobre San Mateo 26, 37. Migne, Patrología Latína, tomo XXVI, col. 205.
[48] Enarración sobre el Salmo LXXXVII, 3. Migne, Patrología Latína, tomo XXXVII, col. 1111.
[49] De la fe ortodoxa 3, 6. Migne, Patrología Græca, tomo XCIV, col. 1006.
[50] Ibíd. 3, 20. Migne, Patrología Græca, tomo XCIV, col. 1081.
[51] Suma Teológica, parte I-IIæ, cuestión 48, artículo 4: ed. Leon., vol. VI (1891), pág. 306.
[52] Col. 2, 9.
[53] Cf. Suma Teológica, parte III, cuestión 9, artículos 1-3; ed. Leon., vol. XI (1903), pág. 142.
[54] Cf. Ibíd, parte III, cuestión 33, artículo 2, respuesta a la objeción 3ª; cuestión 46, artículo 6: ed. Leon., vol. XI  (1903), págs. 342, 433.
[55] Tito 3, 4.
[56] Matth. 27, 50; Joann. 19, 30.
[57] Eph. 2, 7.
[58] Hebr. 10, 5-7, 10.
[59] Registro epistolar, libro IV, carta 31 a Teodoro, médico. Migne, Patrología Latína, tomo LXXVII, col. 706.
[60] Marc. 8, 2.
[61] Matth. 23, 37.
[62] Ibíd. 21, 13.
[63] Ibíd. 26, 39.
[64] Ibíd. 26, 50; Luc. 22, 48.
[65] Luc. 23, 28. 31.
[66] Ibíd. 23, 34.
[67] Matth. 27, 46.
[68] Luc. 23, 43.
[69] Joann. 19, 28.
[70] Luc. 23, 46.
[71] Ibíd. 22, 15.
[72] Ibíd. 22, 19-20.
[73] Mal. 1, 11.
[74] De la santa virginidad, 6. Migne, Patrología Latína, tomo XL, col. 399.
[75] Joann. 15, 13.
[76] 1. Joann. 3, 16.
[77] Gál. 2, 20.
[78] Cf. Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, parte III, cuestión 19, artículo 1: ed. Leon., vol. XI (1903), pág. 329.
[79] Suma Teológica, Suplemento, cuestión 42, artículo 1, respuesta a la objeción 3ª: ed. Leon., vol. XII (1906), pág. 81.
[80] Himno de Vísperas de la Fiesta del Sacratísimo Corazón de Jesús.
[81] Suma Teológica, parte III, cuestión 66, artículo 3, respuesta a la objeción 3ª: ed. Leon., vol. XII (1906), pág. 65.
[82] Eph. 5, 2.
[83] Ibíd. 4, 8. 10.
[84] Joann. 14, 16.
[85] Col. 2, 3.
[86] Rom. 8, 35. 37-39.
[87] Eph. 5, 25-27.
[88] Cf. 1. Joann. 2, 1.
[89] Hebr. 7, 25.
[90] Ibíd. 5, 7.
[91] Joann 3, 16.
[92] San Buenaventura, Opúsculo X Vitis mystica 3, 5: Ópera Ómnia; Quaracchi 1898, tomo VIII, pág. 164. -Cf. Suma Teológica, parte III, cuestión 54, artículo 4: ed. Leon., vol. XI (1903), pág. 513.
[93] Rom. 8, 32.
[94] Cf. Suma Teológica, parte III, cuestión 48, artículo 5: ed. Leon., vol. XI (1903), pág. 467.
[95] Luc. 12, 50.
[96] Joann, 20, 28.
[97] Ibíd. 19, 37; cf. Zach. 12, 10.
[98] Cf. Encíclica Miserentíssimus Redémptor: Acta Apostólicæ Sedis, vol. 20 (1928), págs. 167-168.
[99] Cf. Luis Gardellini, Decréta Authéntica Congregatiónis Sacrórum Rítuum (1857) n. 4579, tomo III, pág. 174.
[100] Cf. Decreto de la Sagrada Congregación de Ritos, en Nicolás Nilles, De ratiónibus festórum Sacratíssimi Cordis Jesu et puríssimi Cordis Maríæ, 5ª ed. Innsbruck, 1885, tomo I, pág. 167.
[101] Eph. 3, 14, 16-19.
[102] Tito 3, 4.
[103] Joann. 3, 17.
[104] Ibíd. 4, 23-24.
[105] Inocencio XI, Constitución apostólica Cœléstis Pastor, 19 de noviembre de 1687. En Bullárium Románum, Roma 1734, tomo VIII, pág. 443.
[106] Suma Teológica, parte II-IIæ, cuestión 81, artículo 3, respuesta a la objeción 3ª: ed. Leon., vol. IX (1897), pág. 180.
[107] Joann. 14, 6.
[108] Ibíd. 13, 34; 15, 12.
[109] Jer. 31, 31.
[110] Comentario sobre el Evangelio de San Juan, 13, lección 7, 3: ed. Parma, 1860, tomo X, pág. 541.
[111] Suma Teológica, parte II-IIæ, cuestión 82, artículo 1: ed. Leon., vol. IX (1897), pág. 187.
[112] Ibíd. parte I, cuestión 38, artículo 2: ed. Leon., vol. IV (1888), pág. 393.
[113] Marc. 12, 30; Matth. 22, 37.
[114] Cf. León XIII, encíclica Annum Sacrum: Actas de León XIII, vol. 19 (1900), pág. 71 s. Decreto de la Sagrada Congegación de Ritos, 28 de junio de 1899, en Decréta Authéntica Congregatiónis Sacrórum Rítuum, tomo III, n. 3712. Pío XI, encíclica Miserentíssimus Redémptor: Acta Apostólicæ Sedis, vol. 20 (1928), pág. 177 s. Decreto de la Sagrada Congegación de Ritos, 29 de enero de 1929: Acta Apostólicæ Sedis, vol. 21 (1929), pág. 77.
[115] Luc. 15, 22.
[116] Exposición sobre el Evangelio según San Lucas, 10, 175. Migne, Patrología Latína, tomo XV, col. 1942.
[117] Cf. Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, parte II-IIæ, cuestión 34, artículo 2, ed. Leon., vol. VIII (1895), pág. 274.
[118] Matth. 24, 12.
[119] Cf. encíclica Miserentissimus Redemptor: Acta Apostólicæ Sedis, vol. 20 (1928), pág. 166.
[120] Isa. 32, 17.
[121] Encíclica Annum Sacrum: Actas de León XIII, vol. 19 (1900), pág. 79. Encíclica Miserentíssimus Redémptor: Acta Apostólicæ Sedis, vol. 20 (1928), pág. 167.
[122] Letra Apostólica por la cual se erige la Archicofradía del Corazón Eucarístico de Jesús en la iglesia de San Joaquín de Urbe, 17 de febrero de 1903; Actas de León XIII, vol. 22 (1903), pág. 307 s.; cf. encíclica Miræ caritátis, 22 de mayo de 1902: Actas de León XIII, vol. 22 (1903), pág. 116.
[123] San Alberto Magno, De Eucharistía, distinción 6, tratado 1, cap. 1: Ópera Ómnia ed. Borgnet, vol. 38, París 1890, pág. 358.
[124] Encíclica Tamétsi: Actas de León XIII, vol. 20 (1900), pág. 303.
[125] Cf. Acta Apostólicæ Sedis, vol. 34 (1942), pág. 345 ss.
[126] Del Prefacio de Cristo Rey en el Misal Romano.