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jueves, 30 de octubre de 2014

ORACIONES TRADICIONALES DE LA IGLESIA CATÓLICA POR LOS MORIBUNDOS

Tomado del "Misal Diario". (Dom Gaspar Lefebvre, O.S.B.) Traducción castellana del Rvdo. P. Germán Prado, Monje Benedictino de Silos (España). Ed. Desclée de Brouwer y Cia. (Brujas-Bélgica)

  
SEÑALES DE MUERTE PRÓXIMA
Conviene tener algún conocimiento de las señales de muerte inminente, para que así puedan los que asisten al enfermo auxiliarle con oportunidad en tan apurado trance. Las principales señales son: cuando falta el pulso o está intermitente o intercadente; cuando tiene la respiración anhelosa; cuando sus ojos están hundidos y vidriosos, o más abiertos de lo acostumbrado; cuando se pone la nariz afilada y blanquecina en la extremidad; cuando la respiración se parece al soplo de un fuelle; cuando se pone el rostro pajizo, cárdeno y amoratado; cuando se baña la frente de un sudor frío; cuando el enfermo coge las hilachas y pelusillas de las sábanas; cuando se enfrían todas las extremidades, etc.
  
Las señales más próximas de que el enfermo va a expirar son: la respiración intermitente y lánguida; la falta de pulso; la contracción o rechinamiento de dientes; la destilación a la garganta; un débil suspiro o gemido; una lágrima que sale por sí misma y el torcer la boca, los ojos y todo el cuerpo. Cuando el enfermo se halle en alguna de estas últimas señales, entonces el que le asiste sugerirá con fervor y frecuencia, y dirigiendo la voz algo más recia a la frente, las jaculatorias siguientes:
   
  • En vuestras manos, Señor, encomiendo mi espíritu.
  • Jesús mío, os encomiendo esta mi alma, que redimisteis con vuestra preciosísima sangre.
  • Jesús mío, quiero morir profesando vuestra fe; creo cuanto habéis revelado.
  • Jesús mío, mi amor, yo os amo, me pesa de haberos ofendido.
  • ¡Oh mi Dios, se acerca el momento de veros y poseeros para siempre!
  • ¡Oh, quién siempre os hubiera amado, quién nunca os hubiera ofendido!
  • ¡Oh María, Madre de Dios y Madre mía! Rogad por mí ahora que me hallo en la hora de mi muerte.
  • Jesús mío, salvadme.
  • María, Madre mía, amparadme.
  • San José glorioso, asistidme.
  • Arcángel San Miguel, socorredme; libradme de los enemigos.
  • Ángel santo, custodio mío, acompañadme a la presencia de Dios.
  • Ángeles todos, venid a mi socorro, que me hallo en necesidad de vosotros.
  • Santos y Santas, auxiliadme y alcanzadme una buena muerte. Amén.
   
ADVERTENCIA: Mientras el que asiste vaya sugiriendo al enfermo estas jaculatorias, los demás parientes y amigos se hincarán de rodillas delante de alguna imagen de María Santísima en el mismo aposento del enfermo o en otro, y rezarán el santo Rosario y las Letanías de Nuestra Señora. Así podrán ayudar mejor al enfermo que no estando alrededor de la cama llorando, gimiendo y aumentando la pena al pobre moribundo.
   
ACTO DE ACEPTACIÓN DE LA MUERTE
Todo cristiano, a lo menos una vez cada mes, debería leer y acompañar con el corazón el siguiente texto:
  
Adoro, Dios mío, vuestro ser eterno: pongo en vuestras manos el que me habéis dado, y que ha de cesar por la muerte en el instante en que Vos lo hayáis dispuesto. Acepto esta muerte con sumisión y espíritu de humildad en unión de la que sufrió mi Señor Jesucristo, y espero que con esta aceptación mereceré vuestra misericordia.
   
INDULGENCIA PLENARIA PARA LA HORA DE LA MUERTE
Como a muchos sorprende la muerte sin darles tiempo para ganar indulgencias, el Papa San Pío X ha concedido una plenaria para el artículo de la muerte a todos aquellos que una vez en su vida, en un día a elección, después de confesar y comulgar, hubiesen hecho con verdadero espíritu de caridad el siguiente acto de aceptación, o con otra fórmula semejante.
  
¡Señor, Dios mío! Desde este momento, con ánimo sereno y resignado, acepto de vuestras manos cualquier género de muerte que os plazca mandarme, con todos los dolores, penas y angustias que la acompañen.
    
ORACIÓN
¡Oh Dios de bondad, Dios clemente, Dios que, según la multitud de tus misericordias, perdonas a los arrepentidos, y por la gracia de una entera remisión borras las huellas de nuestros crímenes pasados! Dirige una mirada compasiva a tu siervo N.; recibe la humilde confesión que te hace de sus culpas, y concédele el perdón de todos sus pecados. Padre de misericordia infinita, repara en él todo lo que corrompió la fragilidad humana y manchó la malicia del demonio; júntale para siempre con el cuerpo de la Iglesia, como miembro que fue redimido por Jesucristo. Ten, Señor, piedad de sus gemidos, compadécete de sus lágrimas, y puesto que no espera sino en tu misericordia, dígnate dispensarle la gracia de la perfecta reconciliación. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.
  
ORACIÓN PARA ALCANZAR UNA BUENA MUERTE
¡Jesús, Señor, Dios de bondad, Padre de misericordia! Yo me presento ante Vos con un corazón contrito, humillado y confuso, y os encomiendo mi última hora y lo que después de ella me espera.
   
Cuando mis pies, perdiendo su movimiento, me adviertan que mi carrera en este mundo está próxima a su fin,
R. Jesús misericordioso, tened compasión de mí.
  
Cuando mis manos, trémulas y torpes, ya no puedan sostener el Crucifijo, y a pesar mío lo deje caer sobre el lecho de mi dolor,
R. Jesús misericordioso, tened compasión de mí.
  
Cuando mis ojos, vidriados y contorcidos por el horror de la inminente muerte, fijaren en Vos sus miradas lánguidas y moribundas,
R. Jesús misericordioso, tened compasión de mí.
  
Cuando mis labios, fríos y convulsos, pronunciaren por última vez vuestro adorable Nombre,
R. Jesús misericordioso, tened compasión de mí.
  
Cuando mi cara, pálida y amoratada, cause lástima y terror a los circunstantes, y mis cabellos bañados del sudor de la muerte, erizándose en mi cabeza, anunciaren que está cercano mi fin,
R. Jesús misericordioso, tened compasión de mí.
  
Cuando mis oídos, próximos a cerrarse para siempre a las conversaciones de los hombres, se abrieren para oír la sentencia irrevocable que fijará mi suerte por toda la eternidad,
R. Jesús misericordioso, tened compasión de mí.
  
Cuando mi imaginación, agitada por horrendos fantasmas, quede sumergida en mortales congojas, y mi espíritu, perturbado con el temor de vuestra justicia al acordarse de mis iniquidades, luchare contra el infernal enemigo, que quisiera quitarme la esperanza en vuestras misericordias y precipitarme en los horrores de la desesperación,
R. Jesús misericordioso, tened compasión de mí.
  
Cuando mi corazón, débil y oprimido por el dolor de la enfermedad, estuviere sobrecogido por el temor de la muerte, fatigado y rendido por los esfuerzos que habrá hecho contra los enemigos de mi salvación,
R. Jesús misericordioso, tened compasión de mí.
  
Cuando derramare mis últimas lágrimas, síntomas de mi destrucción, recibidlas, Señor, como un sacrificio de expiación; a fin de que yo muera como víctima de penitencia, y en aquel momento terrible,
R. Jesús misericordioso, tened compasión de mí.
  
Cuando mis parientes y amigos, juntos alrededor de mí, se estremezcan al ver mi situación y os invoquen por mí,
R. Jesús misericordioso, tened compasión de mí.
  
Cuando, perdido el uso de los sentidos, el mundo todo desapareciere de mi vista, y yo gima entre las angustias de la última agonía y los afanes de la muerte,
R. Jesús misericordioso, tened compasión de mí.
  
Cuando los últimos suspiros del corazón empujen mi alma a que salga del cuerpo, aceptadlos, Señor, como hijos de una santa impaciencia de ir hacia Vos, y entonces,
R. Jesús misericordioso, tened compasión de mí.
  
Cuando mi alma salga para siempre de este mundo y deje mi cuerpo pálido, frío y sin vida, aceptad la destrucción de él como un homenaje que rendiré a vuestra Divina Majestad, y en aquella hora,
R. Jesús misericordioso, tened compasión de mí.
  
En fin, cuando mi alma comparezca ante Vos y vea por primera vez el esplendor de vuestra Majestad, no la arrojéis de vuestra presencia; dignaos recibirme en el seno de vuestra misericordia, para que cante eternamente vuestras alabanzas,
R. Jesús misericordioso, tened compasión de mí.
  
ORACIÓN
¡Oh Dios, que, habiéndonos condenado a muerte, nos habéis ocultado el momento y la hora de la misma!; haced que viviendo yo justa y santamente, pueda merecer salir de este mundo en vuestra gracia y santo amor. Por los méritos de nuestro Señor Jesucristo, que junto con el Espíritu Santo vive y reina con Vos. Así sea.
  
Jesús, José y María, os doy el corazón y el alma mía.
Jesús, José y María, asistidme en mi última agonía.
Jesús, José y María, expire en paz con Vos el alma mía.
  
RECOMENDACIÓN DEL ALMA (Según el Ritual Romano TRADICIONAL)
  
LETANÍA DE LOS AGONIZANTES
   
Señor, ten piedad de él. (1)
Jesucristo, ten piedad de él.
Señor, ten piedad de él.
  
Santa María, ruega por él.
San Abel, ruega por él.
Coro de los justos, rogad por él.
San Abraham, ruega por él.
San Juan Bautista, ruega por él.
San José, ruega por él.
Santos Patriarcas y Profetas, rogad por él.
San Pedro, ruega por él.
San Pablo, ruega por él.
San Andrés, ruega por él.
San Juan, ruega por él.
Santos Apóstoles y Evangelistas, rogad por él.
Santos Discípulos del Señor, rogad por él.
Santos Inocentes, rogad por él.
San Esteban, ruega por él.
San Lorenzo, ruega por él.
Santos Mártires, ruega por él.
San Silvestre, ruega por él.
San Gregorio, ruega por él.
San Agustín, ruega por él.
Santos Pontífices y Confesores, rogad por él.
San Benito, ruega por él.
San Francisco, ruega por él.
San Camilo, ruega por él.
San Juan de Dios, ruega por él.
Santos Monjes y Ermitaños, rogad por él.
Santa María Magdalena, ruega por él.
Santa Lucía, ruega por él.
Santas Vírgenes y Viudas, rogad por él.
Santos y Santas de Dios, rogad por él.
   
Séle propicio, perdónale, Señor.
Séle propicio, líbrale, Señor.
Séle propicio, líbrale, Señor.
  
De tu cólera, líbrale, Señor.
Del peligro de la muerte, líbrale, Señor.
De la mala muerte, líbrale, Señor.
De las penas del infierno, líbrale, Señor.
De todo mal, líbrale, Señor.
Del poder del demonio, líbrale, Señor.
Por tu Natividad, líbrale, Señor.
Por tu Cruz y Pasión, líbrale, Señor.
Por tu muerte y sepultura, líbrale, Señor.
Por tu gloriosa Resurrección, líbrale, Señor.
Por tu admirable Ascensión, líbrale, Señor.
Por la gracia del Espíritu Consolador, líbrale, Señor.
En el día del juicio, líbrale, Señor.
  
Así te lo pedimos, aunque pecadores, óyenos, Señor.
Te rogamos que le perdones, óyenos, Señor.
 
Señor, ten piedad, óyenos, Señor.
Jesucristo, ten piedad, óyenos, Señor.
Señor, ten piedad, óyenos, Señor.
   
(1) Si se rezan por una moribunda, se reemplazan con las palabras “ella, sierva, hermana”, la de “él, siervo, hermano”.
  
Hallándose el enfermo en la agonía, se dirá la siguiente oración:
  
Sal de este mundo, alma cristiana, en nombre de Dios Padre Todopoderoso, que te creó; en nombre de Jesucristo Hijo de Dios vivo, que padeció por ti; en nombre del Espíritu Santo, que en ti se infundió; en nombre de la gloriosa y santa Virgen María, Madre de Dios; en nombre del bienaventurado José, ínclito Esposo de la misma Virgen; en nombre de los Ángeles y Arcángeles; en nombre de los Tronos y Dominaciones; en nombre de los Principados y Potestades; en el de los Querubines y Serafines; en el de los Patriarcas y Profetas; en el de los santos Apóstoles y Evangelistas; en el de los santos Mártires y Confesores; en el de los santos Monjes y Ermitaños; en nombre de las santas Vírgenes y de todos los Santos y Santas de Dios: hoy tu lugar sea en la paz, y tu morada en la Santa Sión. Por el mismo Cristo nuestro Señor. Amén.
   
ORACIÓN (compuesta por San Pedro Damián)
Te recomiendo a Dios Todopoderoso, mi querido hermano (o hermana), y te pongo en las manos de aquel de quien eres criatura, para que después de haber sufrido la sentencia de muerte, dictada contra todos los hombres, vuelvas a tu Creador que te formó de la tierra. Ahora, pues, que tu alma va a salir de este mundo, salgan a recibirte los gloriosos coros de los Ángeles y los Apóstoles, que deben juzgarte; venga a tu encuentro el ejército triunfador de los generosos Mártires; rodéete la multitud brillante de Confesores; acójate con alegría el coro radiante de las Vírgenes, y sé para siempre admitido con los santos Patriarcas en la mansión de la venturosa paz. Anímete con grande esperanza San José, dulcísimo Patrón de los moribundos; vuelva hacia ti benigna sus ojos la santa Madre de Dios; preséntese a ti Jesucristo con rostro lleno de dulzura, y colóquete en el seno de los que rodean el trono de su divinidad.
   
No experimentes el horror de las tinieblas, ni los tormentos del suplicio eterno. Huya de ti Satanás con todos sus satélites, y, al verte llegar rodeado de Ángeles, tiemble y vuélvase a la triste morada donde reina la noche eterna.
  
Levántese Dios, y disípense sus enemigos, y desvanézcanse como el humo.
A la presencia de Dios desaparezcan los pecadores, como la cera se derrite al calor del fuego, y regocíjense los justos, como en una fiesta perpetua ante la presencia del Señor.
Confundidas sean todas las legiones infernales; ningún ministro de Satanás se atreva a estorbar tu paso.
   
Líbrete de los tormentos Jesucristo, que fue crucificado por ti; colóquete Jesucristo, Hijo de Dios vivo, en el jardín siempre ameno de su paraíso, y verdadero Pastor como es, reconózcate por una de sus ovejas. Perdónete misericordioso todos tus pecados; póngate a su derecha entre sus elegidos, para que veas a tu Redentor cara a cara, y morando siempre feliz a su lado, logres contemplar la soberana Majestad y gozar de la dulce vista de Dios, admitido en el número de los Bienaventurados, por todos los siglos de los siglos. Amén.
   
PRECES
Señor: Recibe a tu siervo en el lugar de la salvación que espera de tu misericordia.
R. Amén.
  
Señor: Libra el alma de tu siervo de todos los peligros del infierno, de sus castigos y males.
R. Amén.
  
Señor: Libra su alma, como preservaste a Enoc y Elías de la muerte común a todos los hombres.
R. Amén.
  
Señor: Libra su alma, como libraste a Noé del diluvio.
R. Amén.
  
Señor: Libra su alma, como libraste a Abraham de la tierra de los Caldeos.
R. Amén.
  
Señor: Libra su alma, como libraste a Job de sus padecimientos.
R. Amén.
  
Señor: Libra su alma, como libraste a Isaac de su padre Abraham cuando iba a inmolarle.
R. Amén.
  
Señor: Libra su alma, como libraste a Lot de Sodoma y de la lluvia de fuego.
R. Amén.
  
Señor: Libra su alma, como libraste a Moisés de las manos de Faraón, rey de Egipto.
R. Amén.
  
Señor: Libra su alma, como libraste a Daniel del lago de los leones.
R. Amén.
  
Señor: Libra su alma, como libraste a los tres jóvenes del horno encendido y de las manos del rey impío.
R. Amén.
  
Señor: Libra su alma, como libraste a Susana del falso testimonio.
R. Amén.
  
Señor: Libra su alma, como libraste a David de las manos de Saúl y Goliat.
R. Amén.
  
Señor: Libra su alma, como libraste a San Pedro y San Pablo de las prisiones.
R. Amén.
  
Y como libraste a la bienaventurada Tecla, virgen y mártir, de los más crueles tormentos, dígnate librar el alma de tu siervo, y permítele gozar a tu lado de los bienes eternos.
R. Amén.
  
ORACIÓN
Te recomendamos el alma de tu siervo (o sierva) N., y te pedimos Señor Jesucristo, Salvador del mundo, por la misericordia con que bajaste por ella del cielo, que no le niegues un lugar en la morada de los Santos Patriarcas.
   
Reconoce Señor, tu criatura, obra, no de dioses extraños, sino tuya, Dios único, vivo y verdadero, porque no hay otro Dios más que Tú, y nadie te iguala en tus obras. Haz, Señor, que tu dulce presencia llene su alma de alegría; olvida sus iniquidades pasadas y los extravíos a que fue arrastrada por sus pasiones; porque, aun cuando pecó, no ha renunciado a la fe del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, sino que ha conservado el celo del Señor y, ha adorado fielmente a Dios, creador de todas las cosas.
  
Te pedimos, Señor, que olvides todos los pecados y faltas que en su juventud cometió por ignorancia, y, según la grandeza de tu misericordia, acuérdate de él en el esplendor de tu gloria. Ábransele los cielos y regocíjense los Ángeles con su llegada. Recibe, Señor, a tu siervo (o sierva) N. en tu reino. Recíbale San Miguel Arcángel, caudillo de la milicia celestial; salgan a su encuentro los santos Ángeles y condúzcanle a la celeste Jerusalén. Recíbale el Apóstol San Pedro, a quien entregaste las llaves del reino celestial. Socórrale el Apóstol San Pablo que mereció ser vaso de elección, e interceda por él San Juan, el apóstol querido, a quien fueron revelados los secretos del cielo. Rueguen por él todos los santos Apóstoles, a quienes Dios concedió el poder de absolver y de retener los pecados; intercedan por él todos los Santos elegidos de Dios, que sufrieron en este mundo por el nombre de Jesucristo, a fin de que, libre de los lazos de la carne, merezca entrar en la gloria celestial por la gracia de Nuestro Señor Jesucristo, que con el Padre y el Espíritu Santo vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.
  
ORACIÓN A LA SANTÍSIMA VIRGEN
Que la clementísima Virgen María, Madre de Dios, piadosísima consoladora de los afligidos, encomiende a su Hijo el alma de su siervo (o sierva) N., para que por su intercesión maternal no tema los horrores de la muerte, sino que entre gozoso en su compañía en la deseada mansión de la Patria celestial. Amén.
   
ORACIÓN A SAN JOSÉ
A Vos recurro, San José, Patrón de los moribundos, y a Vos, en cuyo tránsito asistieron solícitos Jesús y María, os encomiendo encarecidamente por ambas prendas carísimas el alma de vuestro siervo (o sierva) N., que se halla en su última agonía, para que bajo vuestra protección se vea libre de las asechanzas del diablo y de la muerte perpetua, y merezca llegar a los gozos eternos de la Gloria. Por Jesucristo, Nuestro Señor. Amén.
  
Nota: se recomienda sacar copia de este documento y dar a las personas que oran por los enfermos y moribundos. Estas oraciones son de un libro muy antiguo de oraciones de la Iglesia Católica, que contiene la Fe tradicional de la Iglesia Católica, y es importante para orarle a los moribundos y para beneficio también de los que están en salud, para ir preparándonos cristianamente para la muerte.

domingo, 26 de octubre de 2014

HORA SANTA AL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS, POR EL PADRE MATEO CRAWLEY-BOEVEY (para la fiesta de Cristo Rey)

HORA SANTA AL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS
   
    
XVII Fiesta de la Realeza de Cristo
   
¡Qué reparación providencial, sublime, es la nueva fiesta de la Realeza divina de Jesús!
   
Hace veinte siglos que un gobernante cobarde, con miedo en el alma, con la burla en el gesto y con la ironía en los labios, dice “Ecce Rex vester!”, presentando a la befa y a la cólera del pueblo a Cristo-Rey.
    
Veinte siglos más tarde, el Supremo Pontífice del Nuevo Israel, hablando al mundo católico, repetirá con entonación de victoria, de adoración y de amor: “¡He aquí a vuestro Rey!”.
  
Y nosotros, Jesús, tus vasallos y tus hijos, sobrecogidos de emoción y de dicha, unidos a doscientos millones y más de creyentes, respondemos con un grito del alma:
  
(Dos veces todos, en voz alta) ¡Salve, Tú eres el Rey de la gloria!, ¡oh Cristo-Jesús!
¡Salve, Tú eres nuestro único libertador!, ¡oh Cristo-Jesús!
¡Salve, Tú eres el ungido del Padre!, ¡oh Cristo-Jesús!
¡Salve, Tú recibiste en herencia la tierra!, ¡oh Cristo-Jesús!
¡Salve, tu trono son los cielos!, ¡oh Cristo-Jesús!
¡Salve, tu corona son las almas!, ¡oh Cristo-Jesús!
¡Salve, tu cetro es la misericordia!, ¡oh Cristo-Jesús!
¡Salve, tu púrpura es tu sangre!, ¡oh Cristo-Jesús!
¡Salve, Tú reinarás por siglos infinitos!, ¡oh Cristo-Rey!
¡Sí, por Ti, oh Cristo-Rey, reinan los reyes y los gobernantes administran justicia!
¡Por Ti, oh Cristo Rey, la autoridad legítima tiene fuerza de mando y dicta las leyes!
¡Por Ti, oh Cristo-Rey, y sólo por Ti es noble y es santo el obedecer en obsequio a Ti, Rey de amor!
   
Te aclamamos con el Pontífice de Roma, ¡oh Rey de Reyes!, te bendecimos, te adoramos, te amamos, rogándote, Jesús, que desde esta nueva Festividad nos hagas sentir en las almas, en las familias, en la Sociedad y en nuestra Patria que Tú eres el Monarca absoluto, que Tú eres el Señor “ante quien doblan la rodilla los cielos, la tierra y los infiernos...”.
(Todos en voz alta, cinco veces) ¡Cristo venza, Cristo reine, Cristo impere por su amor!
   
Esta fiesta es indispensable, así como son oportunísimas y hermosas nuestras aclamaciones, porque la sociedad actual con encarnizamiento, y con habilidad diplomática y legal, digna de mejor causa, se esforzaba como nunca en destronar a Cristo-Rey... Por un lado las huestes compactas de conjurados, aquellos enemigos que darían gustosos la vida por arrebatarle el cetro y la corona si pudieran, y por otro la turbamulta de católicos tímidos, de los amigos en los que predomina la prudencia humana, las consideraciones de etiqueta social, la transigencia imposible sobre los derechos de un Dios, amenazaban seriamente agraviar el cataclismo social que nos azota en castigo del pecado moderno de lesa Majestad divina...
   
El fenómeno físico, pavoroso, ocurrido el Viernes Santo al morir el Señor, parece, en efecto, renovarse en el sentido moral en muchas de las grandes naciones que, para civilizarse y engrandecerse laicamente y a lo pagano, decretaron destronar y desterrar a este Rey Divino... Ved el nublado de densísimas tinieblas, esto es, de errores y mentiras fatídicas que las envuelve ya como con un sudario... Ved cómo tiembla la tierra, digo, cómo se estremecen los pueblos soliviantados y las multitudes desenfrenadas, roto el yugo suave del Amo Divino... Ved las catástrofes sociales, las iras y los odios en actividad como un volcán... Ved el sol de sus ideales terrenos, el sol de sus ambiciones mezquinas, el sol de sus dichas sensibles, de su paz falsificada y mentirosa; ved el sol de sus grandezas materiales cubrirse con un velo de sangre fratricida, primer fruto de la apostasía nacional... “Toda paz verdadera, toda dicha pura, toda grandeza real se ha eclipsado, Señor, ahí donde te coronaron de espinas a Ti, Rey de justicia, Rey de paz y Rey de amor... Con razón, pues, tu Vicario de Roma, al decretar la celebración de esta fiesta, ha querido, dice él mismo, asentar un golpe mortal a la herejía tan corriente de los que, por malicia o culpable debilidad, querían relegarte, Señor Jesús, a los dominios privadísimos de la conciencia, o a lo sumo a la cámara privada de tus audiencias secretas, la iglesia y la sacristía, desligando así de tus derechos de Realeza la vida familiar y social y cercenando y eliminando en absoluto de tu ingerencia divina las cuestiones nacionales y políticas”.
   
Anatema, pues, a quien crea que se puede tener autoridad y paz en una familia, autoridad, paz y moralidad en una sociedad o nación que elimina sistemáticamente la Soberanía, el Código y el Evangelio de Aquél a quien ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra... “¡Ese Rey, por derecho propio, no es otro sino Tú, Jesús!”.
    
Por esto, con la Iglesia santa, y en espíritu amoroso y solemne desagravio social, te decimos:
(Todos) Es urgente, queremos que Tú reines, ¡oh Jesús!
   
Muchos, Jesús, son los príncipes, reyes y presidentes que se han coaligado, Rey Divino, en contra tuya; muchos los gobernantes que han desechado y removido del edificio nacional, la piedra angular, que eres Tú... Rey adorable, detén tu mano, retarda el fallo de tu justicia... y por los amigos de tu Corazón, por los Apóstoles de tu Realeza, haz misericordia y véngate, extendiendo sobre todos ellos los beneficios de tu Reinado: ¡Vence, reina, impera, Cristo-Rey!
(Todos) Es urgente, queremos que Tú reines, ¡oh Jesús!
   
Qué triste historia, Señor, la de los pueblos que redimiste con tu sangre...; sus representantes legales, sus Parlamentos han hecho ¡ay! tantas veces tabla rasa de tu Código y burla de tu Evangelio, que es la Carta Magna del mundo cristiano... En cuántos Parlamentos y Congresos se te ha blasfemado, se te ha desconocido, se te ha suprimido con sacrílega legalidad... Rey adorable, detén tu mano, retarda el fallo de tu justicia... y por los amigos de tu Corazón y los Apóstoles de tu Realeza, haz misericordia y véngate, extendiendo sobre todos ellos los beneficios de tu Reinado: ¡Vence, reina, impera, Cristo-Rey!
(Todos) Es urgente, queremos que Tú reines, ¡oh Jesús!
   
El único Legislador eres Tú, Jesús..., pero aquel poder que delegaste a los hombres de comentar tu Ley con leyes justas, santas, cristianas, ese poder lo han convertido tantos legisladores sin conciencia en arma contra Ti y han legislado, Jesús, declarando oficialmente que tu Iglesia es una irritante tiranía, que tu Evangelio es un absurdo, que tu Vicario, tu Sacerdocio y tu espíritu están en oposición con libertades y progresos... Y por esto, en nombre del bien nacional, ¡oh mentira blasfema!, te han proscrito... Rey adorable, detén tu mano, retarda el fallo de tu justicia... y por los amigos de tu Corazón y por los Apóstoles de tu Realeza, haz misericordia, véngate, extendiendo sobre todos ellos los beneficios de tu Reinado: ¡vence, reina, impera, Cristo-Rey!
(Todos) Es urgente, queremos que Tú reines, ¡oh Jesús!
   
Aquella casta de orgullosos que te condenó, Jesús, desde tu primera aparición en la tierra, andando los siglos se ha parapetado tras el nombre de filosofía, de derecho y ciencia, y con altivez de soberbia, te desecha en nombre de la razón libre y te condena al destierro en nombre de la ciencia emancipada de tu Ley sacrosanta... Esa casta de soberbios pervierte con saña a la juventud y la organiza y lanza intelectualmente en contra tuya y de tu Evangelio... Rey adorable, detén tu mano, retarda el fallo de tu justicia, y por los amigos de tu Corazón y los Apóstoles de tu Realeza, haz misericordia y véngate, extendiendo sobre todos ellos los beneficios de tu Reinado: ¡Vence, reina, impera, Cristo-Rey!
(Todos) Es urgente, queremos que Tú reines, ¡oh Jesús!
   
La sociedad moderna, Jesús, sobre todo aquella que por el dinero y la situación ejerce una influencia e imprime rumbos, se ha apartado mucho de Ti en su fiebre de goces y de frivolidades, en sus locos devaneos de espectáculos y modas, en sus rebeldías de licencias culpables, con frecuencia escandalosas... Quiere gozar pecando y querría que Tú callases, que Tú toleraras mil y mil flaquezas sociales, funestísimas en la vida de familia, porque contrarían, Señor, a tus derechos soberanos. Es ¡ay! toda una apostasía social en el orden moral, aun entre los mismos que se dicen buenos... Rey adorable, detén tu mano, retarda el fallo de tu justicia... y por los amigos de tu Corazón y por los Apóstoles de tu Realeza, haz misericordia y véngate, extendiendo sobre todos ellos los beneficios de tu Reinado: ¡Vence, reina, impera, Cristo-Rey!
(Todos) Es urgente, queremos que Tú reines, ¡oh Jesús!
   
El Sanedrín que te condenó con odio mortal, Jesús, no ha desaparecido, por desgracia...; existe hoy, y sigue complotando en aquellos antros de masonería y revolución anticristiana, que preparan leyes inicuas, decretos infames, movimientos de opinión mediante una propaganda envenenada de prensa sectaria, y todo en odio a tu corona y a tu Persona divina... ¡Ay, y no les falta aquí y allá apoyo oficial, dinero y traidores pagados para herirte, Señor, para insultarte, para crucificarte en la realización criminal de sus planes deicidas... Rey adorable, detén tu mano, retarda el fallo de tu justicia... y por los amigos de tu Corazón y los Apóstoles de tu Realeza, haz misericordia y véngate, extendiendo sobre todos ellos los beneficios de tu Reinado: ¡Vence, reina, impera, Cristo-Rey!
(Todos) Es urgente, queremos que Tú reines, ¡oh Jesús!
   
Y esas muchedumbres de gente sencilla y en el fondo buena, esas multitudes que te rodearon en el Sermón de la Montaña y para las cuales multiplicaste los panes; ese ejército de humildes y trabajadores que Tú tanto y tanto amaste, casi todo él se ha levantado en armas para destronarte... Y pervertido por infelices desalmados, ese pueblo se dice desengañado de tus promesas, y con cólera en el alma, te arroja de sus casitas, de la educación de sus pequeñuelos, y con piedras en la mano y con la blasfemia en los labios, vocifera como un mar embravecido en contra tuya, pide tu sangre y grita que no quiere que Tú reines sobre él... Rey adorable, detén tu mano, retarda el fallo de tu justicia, y por los amigos de tu Corazón y los Apóstoles de tu Realeza, haz misericordia y véngate, extendiendo sobre todos ellos los beneficios de tu Reinado: ¡Vence, reina, impera, Cristo-Rey!
(Todos) Es urgente, queremos que Tú reines, ¡oh Jesús!
   
(Breve pausa; pedid por los perseguidores y los perseguidos).
    
Si la tierra ingrata, del uno al otro polo, pudiera oírnos y quisiera hacer el eco ferviente, clamorosa a estas aclamaciones nuestras... Mas, no..., nos basta que las escuchen complacidos, el Padre que nos envía a este Rey-Divino, y el Espíritu Santo que lo ungió desde todos los siglos..., nos basta que Cristo-Rey acepte el Hosanna de estos los muy suyos, los que forman la escolta de amigos y apóstoles, de los que gustosos darían la vida por añadir al esplendor de su diadema el florón de una sola alma, conquistada para sus dominios eternos... Pero Él que nos ha oído y que nos ha bendecido, quiere hablarnos un instante; escuchémoslo de rodillas: que hable el Rey a su guardia de honor...
    
VOZ DE JESÚS: Bien sabéis, hijitos míos, que Yo soy Rey, para esto nací y vine al mundo..., para dar testimonio de esta verdad, hoy en día tan oscurecida porque tan combatida por la rabia de los malos, por el silencio de los tímidos... Sin vuestras aclamaciones soy y quedaría Rey, porque soy vuestro Dios y Señor, pero el clamor de vuestras almas en consonancia de amor con la de mi Vicario en Roma, es para mí un consuelo grande y una gloria inmensa...
   
¡Heme aquí, pues, reconocido en mis derechos absolutos de Soberano divino, os bendigo!... Pero, decidme: después de esta gran fiesta y después de este bellísimo homenaje, ¿seré más Rey que antes, y vosotros seréis también mucho más los vasallos fieles y los hijos sumisos? ¡Respondedme!
    
¿Reconoceréis mi Realeza divina cuando la conciencia y la Iglesia os prohíban en mi nombre los espectáculos escabrosos y profanos, los teatros y las escenas paganizantes?
(Todos) Renunciamos al mundo y a sus vanidades, Tú reinarás, ¡oh Cristo-Rey!
      
¿Reconoceréis mi Realeza divina cuando la conciencia y la Iglesia en mi nombre condenen modas sin pudor, inmodestas, y os someteréis, despreciando el parecer del mundo mundano, porque el único Juez soy Yo?
(Todos) Renunciamos al mundo y a sus vanidades, Tú reinarás, ¡oh Cristo-Rey!
      
¿Reconoceréis mi Realeza divina cuando la conciencia y la Iglesia en mi nombre condenen ciertas diversiones sociales, en boga tal vez, pero contrarias a la ley de pureza, ley gravísima que he establecido Yo, en resguardo de la dignidad cristiana?
(Todos) Renunciamos al mundo y a sus vanidades, Tú reinarás, ¡oh Cristo-Rey!
      
¿Reconoceréis mi Realeza divina cuando la conciencia y la Iglesia en mi nombre condenen boatos y lujos de soberbia social, con los cuales se fomenta la sensualidad y se provocan las iras populares?...
(Todos) Renunciamos al mundo y a sus vanidades, Tú reinarás, ¡oh Cristo-Rey!
      
Sí, Jesús adorable, poniendo nuestra mano sobre el ara de tu altar, hacemos la promesa solemne de observar tus leyes... No querríamos hoy aclamar tu Realeza y burlarnos de ella mañana con el escándalo en nuestra conducta social..., no querríamos llamarte, a voces en la Iglesia nuestro Rey y después vestir en la calle y gozar en el salón y razonar en nuestro hogar como gente traidora a tus preceptos, y peor, como aquéllos que tejieron para tu cabeza divina una diadema de espinas...
    
(Haced íntima y sinceramente una promesa: ni lecturas... ni teatros... ni modas que ofendan a este Rey de santidad, el único Rey, como aquí en la Iglesia, así en la calle y en la vida social...).
         
Los cielos se unen a la tierra en todas nuestras hermosísimas festividades. Como en pocas, en esta de la Realeza, los habitantes de la Jerusalén celestial deben formar con nosotros un solo coro de alabanzas. Que se rasguen, pues, las nubes, que den paso a los nueve coros angélicos, que bajen y se postren ante el Rey Sacramentado las legiones de Santos, de Mártires, de Confesores y de Vírgenes..., que venga, que se acerque a este trono eucarístico la Reina del Amor Hermoso, María, que fue el primer Sagrario y el primer trono de Cristo-Rey.
     
¡Cielos, inclinaos en homenaje de adoración a Cristo-Rey; Ángeles del Paraíso, cantad su Realeza!
(Todos) ¡Cantad a vuestro Dios y nuestro Dios, cantad a Cristo-Rey!
     
¡Cielos, inclinaos en homenaje de adoración a Cristo-Rey; Arcángeles del Paraíso, cantad su Realeza!
(Todos) ¡Cantad a vuestro Dios y nuestro Dios, cantad a Cristo-Rey!
     
¡Cielos, inclinaos en homenaje de adoración a Cristo-Rey; Principados del Paraíso, cantad su Realeza!
(Todos) ¡Cantad a vuestro Dios y nuestro Dios, cantad a Cristo-Rey!
     
¡Cielos, inclinaos en homenaje de adoración a Cristo-Rey; Virtudes del Paraíso, cantad su Realeza!
(Todos) ¡Cantad a vuestro Dios y nuestro Dios, cantad a Cristo-Rey!
     
¡Cielos, inclinaos en homenaje de adoración a Cristo-Rey; Potestades del Paraíso, cantad su Realeza!
(Todos) ¡Cantad a vuestro Dios y nuestro Dios, cantad a Cristo-Rey!
     
Cielos, inclinaos en homenaje de adoración a Cristo-Rey; Dominaciones del Paraíso, cantad su Realeza!
(Todos) ¡Cantad a vuestro Dios y nuestro Dios, cantad a Cristo-Rey!
     
¡Cielos, inclinaos en homenaje de adoración a Cristo-Rey; Tronos del Paraíso, cantad su Realeza!
(Todos) ¡Cantad a vuestro Dios y nuestro Dios, cantad a Cristo-Rey!
     
¡Cielos, inclinaos en homenaje de adoración a Cristo-Rey; Querubines del Paraíso, cantad su Realeza!
(Todos) ¡Cantad a vuestro Dios y nuestro Dios, cantad a Cristo-Rey!
     
¡Cielos, inclinaos en homenaje de adoración a Cristo-Rey; Serafines del Paraíso, cantad su Realeza!
(Todos) ¡Cantad a vuestro Dios y nuestro Dios, cantad a Cristo-Rey!
     
¡Cielos, inclinaos en homenaje de adoración a Cristo-Rey; Apóstoles y Evangelistas del Paraíso, cantad su Realeza!
(Todos) ¡Cantad a vuestro Dios y nuestro Dios, cantad a Cristo-Rey!
     
¡Cielos, inclinaos en homenaje de adoración a Cristo-Rey; Confesores, Vírgenes y Mártires del Paraíso, cantad su Realeza!
(Todos) ¡Cantad a vuestro Dios y nuestro Dios, cantad a Cristo-Rey!
     
¡Cielos, inclinaos en homenaje de adoración a Cristo-Rey; Virgen Inmaculada, María Madre del Amor Hermoso y Reina del empíreo... José, el padre adoptivo y Juan Bautista el Precursor, cantad a Cristo-Rey!
(Todos) ¡Cantad a vuestro Dios y nuestro Dios, cantad a Cristo-Rey!
     
Digno es el Cordero que fue inmolado, de recibir virtud y dominación y sabiduría y fortaleza y honor. ¡A Él la gloria y el imperio por los siglos de los siglos!
(Todos) ¡Amén! ¡Hosanna! ¡Advéniat!
   
¡A Él, sólo a Él, la gloria y el imperio por los siglos de los siglos!
(Todos) ¡Amén! ¡Hosanna! ¡Advéniat!
   
¡A Él, sólo a Él, la gloria y el imperio por los siglos de los siglos!
(Todos) ¡Amén! ¡Hosanna! ¡Advéniat!
   
(Pedidle en un breve momento de silencio la gracia del desprendimiento total de la tierra, de sus vanidades, de sus afectos caducos, para merecer renovar en el Paraíso estas alabanzas y aclamaciones al Rey de la Gloria).
    
(Breve pausa)
     
Sin que lo pudiéramos merecer, y más aún, después del desmerecimiento y rebeldía del pecado, abrióse el cielo hace veinte siglos y dio paso al Rey de la Gloria, al Verbo, que venía a tomar posesión de la tierra, a establecer en ella su trono, a publicar, desde el Calvario, el bando de su divina Realeza, pero Realeza de misericordia.
     
VOZ DE LAS ALMAS: Rey de amor, Jesús Crucificado, venimos a tus pies, trayéndote en nuestro beso de amor el tributo de adoración rendida y el vasallaje que te ofrecen los cielos y la Iglesia en este día hermoso. Mejor que los espíritus angélicos, debiéramos alabarte y cantarte nosotros, los rescatados al precio de tu sangre, los que hiciste libres e inmortales desde el trono de dolores y agonías del Calvario sacrosanto... ¡Ah!, te llamamos Rey de amor porque venciste por tu Corazón..., por tu amor, por tu amor, por tu misericordia, pero hasta la fecha no has sido todavía en nuestra vida el Rey de amor que hubieras debido y que hubieras querido ser, porque no has sido amado en la medida en que Tú lo esperabas... ¡Perdona, Rey de amor, ¡oh, perdona!, tanto, tanto desamor contigo!
    
¡Perdona, Rey de amor, ¡oh, perdona!, tanto derroche de amor con las creaturas!
   
¡Olvida, Rey Crucificado, nuestros innumerables olvidos!
   
Y olvida, Rey Crucificado, nuestros apegos a las criaturas.
    
¡Ay..., tan medidos, tanto contigo, Rey Divino... y tan exuberantes, tan generosos y fieles en demasía con las creaturas!
    
Como lo pide tu Vicario, el Papa, sé Rey, Jesús Crucificado, no sólo de los fieles que jamás se separaron de Ti, sino también de los hijos pródigos que te abandonaron... Pon los ojos, nublados por tu sangre, en aquellos pródigos que nos son particularmente amados..., seres del hogar querido, fibras de nuestro corazón, pero que, siendo buenos con nosotros, desconocen tu cetro, rechazan la práctica positiva de la ley divina, dicen que no eres Tú quien manda cuando la Iglesia legisla, y se hallan así, Jesús amado, bordeando un precipicio eterno...; haz que vuelvan pronto a la casa paterna para que no perezcan de miseria y de hambre. ¡Prueba que eres Rey de amor, véncelos con el cetro de tu gran misericordia!
(Por ellos, tres veces en voz alta) ¡Te amamos, Jesús, porque eres Jesús!
   
Sé Rey de aquéllos, Jesús, a quienes engañaron opiniones erróneas y desunió la discordia... Pobrecitos, son ahora ovejas sin pastor, son navecillas sin brújula ni estrella, ten de ellos piedad... Tantos de esos espíritus son tal vez honrados en el fondo, pero bogan desde hace tiempo al garete, a merced de mil vientos de doctrinas deletéreas... Tráelos al puerto de la verdad y a la unidad de la fe, para que luego no quede ya más que un solo rebaño y un solo pastor. ¡Prueba que eres Rey de amor, véncelos con el cetro de tu gran misericordia!
(Por ellos, tres veces en voz alta) ¡Te amamos, Jesús, porque eres Jesús!
   
Sé Rey de los que aún siguen envueltos en las tinieblas de la idolatría y del islamismo... Son estos desdichados tan numerosos como las arenas del desierto ¡ay! y son hijos y son súbditos tuyos. A todos, pues, dígnate atraerlos a la luz de tu Reino... ¡Prueba que eres Rey de amor, véncelos con el cetro de tu gran misericordia!
(Por ellos, tres veces en voz alta) ¡Te amamos, Jesús, porque eres Jesús!
   
Sé Rey, Jesús Nazareno, sé Rey de aquel pueblo que, en otro tiempo, fue tu predilecto, haz que descienda sobre ellos como bautismo de redención y vida la sangre que reclamó un día contra sí... ¡Ah!, pero junto con ellos que Tú perdonaste en el Gólgota, diciendo a tu Padre que no sabían lo que hacían, atrae, convierte y luego perdona también a tantos otros verdugos de tu Corazón y de tu Iglesia, mucho más culpables, que saben de memoria el Catecismo, recibieron ejemplo y educación cristiana, hicieron su primera Comunión. Tú los colmaste de gracias en su infancia y juventud y después, Señor, te traicionaron por interés, por una creatura, por una situación... Mira, ¡oh Jesús!, a esos infelices renegados con la mirada penetrante de ternura con que miraste a Pedro... ¡Prueba que eres Rey de amor, véncelos con el cetro de tu gran misericordia!
(Por ellos, tres veces en voz alta) ¡Te amamos, Jesús, porque eres Jesús!
   
Desde el trono de tu cruz repite, Rey Crucificado, en favor de todas estas diversas categorías de culpables y de tantos otros, repite: “¡Perdónalos, Padre, que no saben lo que hacen!”
(Todos) ¡Perdónalos, Padre, que no saben lo que hacen!
   
Salve, Rey Crucificado por amor; besamos el trono de tu Cruz, desde donde estás atrayéndolo todo a tu Corazón. ¡Salve, Rey de amor!
  
Salve, Rey Crucificado por amor; besamos con emoción y lágrimas tu diadema sangrienta y crudelísima, quisiéramos con todo celo colocar en cada espina como joyas que atestigüen tu victoria y tu reinado, millares de almas convertidas por tu Corazón. ¡Salve, Rey de amor!
    
Salve, Rey Crucificado por amor; besamos de rodillas la púrpura de tu realeza, tu sangre, ese manto escarlata que envuelve tus espaldas destrozadas y tu cuerpo todo hecho una llaga viva para curar la lepra de nuestros pecados, para borrarlos en la piscina de tu Corazón. ¡Salve, Rey de amor!
   
Ni los ángeles vestidos de luz de gloria ni Salomón en toda su majestad terrena, fueron, ¡oh jamás!, tan hermosos, tan grandes, tan conquistadores en gracia y en belleza soberanas como Tú, Rey Crucificado, como Tú, Jesús, Dominador de las naciones con el resplandor suavísimo de tus cinco llagas, que más que soles son y quedarán cinco cielos en que nos embriagaremos tus súbditos, tus hijos y tus apóstoles en aquel reinado que no tendrá fin. ¡Salve, Rey de amor!
   
(Encomendad en un momento de plegaria silenciosa a este Rey Crucificado la conversión de aquellos seres muy amados y que están en peligro de perderse).
   
Jesús se proclamó Rey de las almas, y tomando posesión de la tierra con tu sangre, la declaró peana de su trono el Viernes Santo... Pero su Resurrección y después su Ascensión a los cielos no nos arrebató a este Rey Divino... Antes de morir había edificado ya su Palacio de Gobierno y éste es indestructible... ¡el Sagrario! Desde él dirige y gobierna el mundo de las almas y de la Iglesia, nuestro Rey Sacramentado... Más amor, más amor, más amor, pide Él en su silencio sacramental; y la Iglesia, sobre todo desde San Pío X, pide más Eucaristía en el comulgatorio... más Eucaristía en la predicación y en la escuela... más Eucaristía en la familia... y en la vida... La audiencia diaria está concedida... el Palacio del Sagrario abierto de par en par y el Rey en su trono aguarda con anhelos divinos a los numerosísimos invitados al banquete... ¡Pero, ay, muchos son los llamados y pocos los hambrientos de Jesús-Eucaristía!
   
VOZ DE JESÚS: “Mi diadema real y mi gloria sois vosotros, ‘filioli’, hijitos míos; más que los soles y las estrellas... mi trono amadísimo sois vosotros, amigos queridos; más que las alas de los ángeles... mi palacio no es tanto la inmensidad de los espacios, cuanto vuestro pecho cuando me brindáis ardiente, sencillo, apasionado el corazón ante el altar...
    
¡Y no venís!... Si supierais cómo me duele el alma contar los amigos fieles tan escasos en el comulgatorio, y tornar luego los ojos tristes y encontrar la inmensa mayoría de los hijos en la preocupación legítima o pecaminosa de tantas cosas, de tantas personas, que no son ni mi Persona Divina, ni mi gloria... Tanto afán y tanto tiempo para todo y para todos, menos para Mí, el Rey solitario por excelencia... ¡Os llamo, os ruego, os suplico y más os conjuro por vuestro bien eterno que comáis, que devoréis mi Corazón, que bebáis de mi cáliz y no venís!... ¡Os prometo paz y fortaleza y luz y torrentes de gracias y de consuelos y, además, por añadidura, un cielo seguro si sois los comensales asiduos de mi Mesa eucarística... y ni así venís!... Decid, ¿qué más podría hacer, de qué ardides y promesas, de qué halagos valerme para conseguir que seáis más, mucho más míos en el Sacramento de mi amor?
   
Yo he agotado mis recursos, para conquistaros, he agotado mis lágrimas y mis ternuras, he agotado mis tesoros y mis promesas para atraerlos y debo confesar que mi locura de amor no ha prendido sino en muy pocas almas...
   
¡Cuántos cuerdos en mi servicio, ¡ay!, y cuántos locos de desvarío mundano, de amor terreno en el servicio de las creaturas!... ¡Después de esta festividad, habiéndome aclamado tan solemnemente como Rey, probadme en el comulgatorio que en realidad lo soy para vosotros y Rey Sacramentado, esto es, Rey de amor!... Habéis invitado a los ángeles para ayudaros a celebrar y ensalzar mi divina Realeza, bien está... pero creedme, una sola Comunión más, hecha con fervor, me glorificaría mejor... Venid, tengo hambre que me devoréis, ¡oh, venid, y dejadme reinar, devorándoos Yo en el comulgatorio!
   
Si no ha de aumentar el fervor eucarístico, la festividad de la Realeza no será sino un Hosanna, muy hermoso, una ovación conmovedora, pero sin fruto de vida cristiana o, si queréis mejor, dicha fiesta sería como el aclamar a un Rey, para despojarlo al día siguiente de sus atributos reales: corona, cetro y púrpura... No será así con Cristo-Rey, ¡oh, no!... Digámoselo con un lenguaje tan sentido como sincero.
   
VOZ DE LAS ALMAS: Te llaman corrientemente, Jesús, ¡qué tristeza!, Rey solitario, Rey desconocido y abandonado en el Sagrario, pero desde esta fecha ya no será así... Rey de amor porque muy amante, serás también Rey de amor porque muy amado. ¡Óyenos benigno!
   
Rey solitario de grandes y bellísimas iglesias, artísticas, con qué tristeza ves desfilar tantas veces los curiosos que entran para admirar los mármoles, las esculturas de tus templos, maravillas de arte y de historia... y Tú quedas relegado a tu Sagrario y de Ti no se acuerdan y esa gente pasa y no te saluda, o apenas... ¡Ay!, qué solo estás, Jesús, qué frío hace en aquellos monumentos de arte... Te aclamamos, Rey de amor, en ellos, te adoramos, te amamos, Rey solitario, en desagravio por ese abandono...
(Todos) ¡Perdón, Jesús, y venga a nos tu reino!
    
Rey solitario en tantas iglesias de grandes ciudades, donde hierve una multitud en las calles y en las tiendas de lujo y en los centros de placer... Iglesias de grandes capitales, donde la vida es vértigo de negocios por la mañana y de placer por la noche... ¡Ay!, qué solo estás, Jesús, qué frío hace en tantas de aquellas iglesias, casi vacías durante la semana... ¡Te aclamamos, Rey de amor, en ellas te adoramos, te amamos, Rey solitario, en desagravio por ese abandono!...
(Todos) ¡Perdón, Jesús, y venga a nos tu reino!
    
Rey solitario en tantas iglesias de ciudades materializadas, tomadas por asalto por la fiebre del lucro, embriagadas con el éxito creciente de nuevos negocios... Iglesia de grandes centros industriales, donde es una ínfima minoría la que acude a rendirte vasallaje de fe y adoración... ¡Ay!, qué solo estás, Jesús, qué frío hace en tales iglesias..., donde no hacen falta ni un gran Sagrario, ni un gran copón, porque son contados los que comulgan... ¡Te aclamamos, Rey de amor, en ellas, te adoramos, te amamos, Rey solitario, en desagravio por ese abandono!...
(Todos) ¡Perdón, Jesús, y venga a nos tu reino!
    
Rey solitario en tantas iglesias de pueblos apartados, de poblaciones reducidas y sumidas en gran ignorancia religiosa...; poblaciones que vegetan en la vida puramente material, alrededor de una iglesia que no les dice nada, iglesia sobrado grande aun en días festivos... ¡Ay!, qué solo estás, Jesús, qué frío hace en tales iglesias, donde la lámpara, en su luz mortecina, parece el triste símbolo de una fe que se va y de un amor que se ha ido... ¡Te aclamamos, Rey de amor, en ellas, te adoramos, te amamos, Rey solitario, en desagravio por ese abandono!...
(Todos) ¡Perdón, Jesús, y venga a nos tu reino!
    
Rey solitario en tantas iglesias de poblaciones desmoralizadas, pervertidas, donde es moda el burlarse de lo sagrado, donde sería ignominioso para un hombre el decir de él que ha puesto los pies, Señor, en tu casa..., donde hace tiempo no se conoce la piedad, donde se vive lejos de la Iglesia y se muere tranquilo sin sacerdote ni sacramentos... ¡Ay! qué solo estás, Jesús, qué frío hace en tales iglesias, pero no te vayas en tu gran misericordia... ¡Te aclamamos, Rey de amor, en ellas, te adoramos, te amamos, en desagravio por ese abandono!...
(Todos) ¡Perdón, Jesús, y venga a nos tu reino!
    
Y para resarcirte, Señor Jesús, por esas soledades, que nos acusan de un desamor tan cruel; para reparar más cumplidamente ese pecado de los vasallos que, llamándote su Rey con los labios, te desconocen y ofenden con las obras y el corazón, queremos decirte, interpretando la voluntad del Pontífice: ¡Rey Divino, aclamado en los solemnes Congresos Eucarísticos, llevado en triunfo bajo arcos de victoria y paseado entre vítores de millares y millares de tus hijos enardecidos en su fe con esas espléndidas manifestaciones de tu Soberanía social, alienta, Jesús, la llama de dichos Congresos y, al clausurarlos, recorre las avenidas y las plazas de las grandes capitales conquistando, bendiciendo y repitiendo que ¡Tú eres Rey, que lo eres desde esa Hostia!
(Todos) ¡Perdón, Jesús, y venga a nos tu reino!
    
Rey Divino, muchas son ya, gracias a tu largueza, las Obras Eucarísticas que en variadas formas y por diversos modos trabajan en darte a conocer y en hacerte amar en el don de tu Sagrario... Multiplica todavía más dichas empresas redentoras... y, sobre todo, Jesús, dales luz de fe muy viva y una llama de caridad ardiente, para que realicen, a pesar de dificultades, sus ideales de victoria; en dichas obras, como en otros tantos carros de fuego, recorre como Conquistador de la tierra, repitiendo que ¡Tú eres Rey, que lo eres desde esa Hostia!
(Todos) ¡Salve, Rey Sacramentado, Hosanna al Hijo de David!
    
Rey Divino, de un siglo a esta parte incontables son las Congregaciones e Institutos religiosos fundados para reparar ante el Tabernáculo, para adorarte, para servirte y hacerte amar sobre todo en el Sacramento de tu amor. Gracias te damos, Jesús, por ese inmenso beneficio, pues esa legión de Comunidades Eucarísticas son la roca fiel en que se apoya acá abajo tu trono, Rey de amor... Ahora te pedimos que esas Congregaciones sean por su fervor cada vez más dignas de tu predilección, y también más fecundas, más fuertes en la misión sublime de adorarte y hacerte amar en tu sacrosanta Eucaristía. Por su influencia, sus trabajos apostólicos y su vida de santidad, recorre victorioso esta tierra ingrata, repitiendo que ¡Tú eres Rey y que lo eres desde esa Hostia!
(Todos) ¡Salve, Rey Sacramentado, Hosanna al Hijo de David!
    
Rey Divino, es preciso que tu amor llegue a ser una sangre nueva, un alma divina de la Sociedad que queremos formar y refundir en la fragua de tu Corazón... Para conseguirlo es indispensable, Jesús, que las familias cristianas sean familias profundamente eucarísticas... Querríamos, pues, compenetrarlas de este amor de amores, querríamos que las almas de los niños de esos hogares Betanias estuviesen amasadas con tu Carne y con tu Sangre, a fin de que Tú llegares a ser una vida y una tradición en la familia... Éste sería el secreto infalible de tu Reinado Social... Existen ya esos hogares dichosos; recorre, pues, la tierra multiplicándolos, Jesús, y por ellos repite de un polo a otro que ¡Tú eres Rey y que lo eres desde esa Hostia!
(Todos) ¡Salve, Rey Sacramentado, Hosanna al Hijo de David!
    
(Prometed no perder jamás por culpa vuestra, ni una sola Comunión... y también el hacer esta campaña Eucarística, sobre todo en las familias del Corazón de Jesús).
   
Lo acabamos de decir; la familia amante, generosa, eucarística, debe ser el baluarte y la ciudadela inexpugnable de Cristo-Rey... El plebiscito de las familias en estos últimos doce años ha preparado el mundo a esta Fiesta de la Realeza, pues millares y millones aún de hogares, entronizándolo, es decir, colocando en trono de gloria y honor al Señor Jesús, lo habían ya aclamado su Rey... Después de la familia, la Sociedad y la Patria, conjunto ordenado de hogares cristianos... Antes de terminar, pues, la Hora Santa, pidamos con clamor de inmensa fe que los hogares-Betania sigan siendo los tronos vivos del Rey Divino...
    
VOZ DE LAS ALMAS: Rey Creador, Rey Salvador en Nazaret, Rey Amigo, en Betania, es preciso, es urgentísimo para que Tú reines, para que la Sociedad cristiana se afirme y se refine en su fe, que la familia sea realmente el Tabernáculo vivo y la Tienda sacrosanta en que Tú seas glorificado... Bien sabes el empeño con que tus pobrecitos apóstoles hemos trabajado para entronizarte triunfante de veras, esto es, conocido y muy amado en hogares que blasonan de Betanias de tu Corazón Divino.
   
Por las lágrimas de María, por las mortales angustias de esa Madre Dolorosa, reina, Jesús, amor de nuestros amores, en aquellos hogares mundanos, tan llenos de frivolidad y de mentira como de amargura mortal, secreta... Cuántas familias, Señor, que de cristianas no tienen sino el bautismo y un poco más, una fórmula de etiqueta, hogares donde el dinero, los placeres y las vanidades ocupan ¡ay! el puesto que estaba destinado a Ti, Monarca adorable... ¡Por María Inmaculada, sálvanos en tu adorable Corazón!
(Todos) ¡Por María Inmaculada, sálvanos en tu adorable Corazón!
   
Por las lágrimas de María, por las mortales angustias de esa Madre Dolorosa, reina, Jesús, amor de nuestros amores, en aquellos hogares buenos, sí, pero tan poco amantes, donde Tú eres un Señor exigente a quien se sirve servilmente por temor y sin grande amor... Hogares en que se observa en general tu ley, pero con cierta amargura; donde se arrastra tu yugo, y, sobre todo, donde la piedad, la vida eucarística, la amistad contigo se consideran exageraciones indebidas... Ahí no se goza en tu servicio, ahí no calienta el sol de tu amor... ¡Por María Inmaculada, sálvanos en tu adorable Corazón!
(Todos) ¡Por María Inmaculada, sálvanos en tu adorable Corazón!
   
Por las lágrimas de María, por las mortales angustias de esa Madre Dolorosa, reina, Jesús, amor de nuestros amores, en aquellos hogares donde hay un pecador obstinado, un alma de grandes cualidades naturales, pero cadáver en el orden sobrenatural; un Lázaro, pero que no quiere resucitar, tiene miedo, Jesús, que Tú lo saques de su tumba... Dice que está tranquilo, dice que en el más allá se entenderá contigo, sin necesidad de haberse confesado acá abajo con tus Ministros... Dice que basta el ser honrado, pero desecha tu Iglesia, tu Cruz, tu Sangre y tus Sacramentos... ¡Oh!, se necesita, Rey de Betania, un gran milagro, pero Tú lo harás porque eres Jesús... ¡Por María Inmaculada, sálvanos en tu adorable Corazón!
(Todos) ¡Por María Inmaculada, sálvanos en tu adorable Corazón!
   
Por las lágrimas de María, por las mortales angustias de esa Madre Dolorosa, reina, Jesús, amor de nuestros amores, en aquellos hogares tan probados por la cruz de pesares morales... de duelos dolorosísimos, de torturas de familia que no se nombran, pero que Tú conoces... de penas ciertamente más amargas que la muerte... ¡Ah!; y esa cruz suele agravarla a veces la enfermedad y la situación material muy penosa de una familia buena y numerosa... Endulza, fortifica, consuela, alienta, como sólo Tú puedes hacerlo, derrocha como Rey de amor tu Corazón en esa casa atribulada... ¡Por María Inmaculada, sálvanos en tu adorable Corazón!
(Todos) ¡Por María Inmaculada, sálvanos en tu adorable Corazón!
   
Por las lágrimas de María, por las mortales angustias de esa Madre Dolorosa, reina, Jesús, amor de nuestros amores, en aquellos hogares del todo tuyos, donde si no faltan dolores y cruces, éstas son recibidas como un don de tu misericordia, porque Tú eres ahí el Rey y el Amigo íntimo, porque tu Corazón es en esa Betania el centro y el todo de esos hogares dichosos... Cada uno de ellos es un oasis en el desierto, ahí descansas entre amigos del alma, ahí los padres y los hijos son tu diadema, ahí mandas con imperio absoluto, ahí no hay más que una ley: la de amarte, la de hacer tu voluntad, la de darte inmensa gloria. Bendice y colma esas familias, multiplícalas en esta hora solemne, Rey de amor... ¡Por María Inmaculada, sálvanos en tu adorable Corazón!
(Todos) ¡Por María Inmaculada, sálvanos en tu adorable Corazón!
   
Y puesto que nuestras familias al entronizarte votaron solemnemente, Rey de reyes, en favor de esta fiesta de tu divina Realeza, déjanos sin más transición, Jesús, aclamarte en nombre de nuestra Patria con entonación de patriotismo cristiano... Pon atento el oído, Cristo-Rey, te hablamos en nombre de nuestros hogares y de la nación de tu Corazón. En presencia, ¡oh Jesús!, de la Reina Inmaculada y de los ángeles que te adoran en esta Hostia Sacrosanta, a la faz del cielo, y también de la tierra rebelde y mal agradecida, te reconocemos, Señor, como el único Soberano y Maestro, y como la fuente única de toda Autoridad, de toda Belleza, de toda Virtud y de toda Verdad... Por esto, de rodillas y en espíritu de reparación social, te decimos: No reconocemos un orden social sin Dios: ¡La base de todo orden social es tu Evangelio, Jesús!
(Todos) ¡La base de todo orden social es tu Evangelio, Jesús!
    
No reconocemos ninguna ley de verdadero progreso sin Dios: ¡La ley de todo progreso es la tuya, Jesús!
(Todos) ¡La ley de todo progreso es la tuya, Jesús!
   
No reconocemos las utopías de una civilización sin Dios: ¡El principio de toda civilización es tu espíritu, Jesús!
(Todos) ¡El principio de toda civilización es tu espíritu, Jesús!
    
No reconocemos una justicia sin Dios: ¡La justicia integral eres Tú mismo, Jesús!
(Todos) ¡La justicia integral eres Tú mismo, Jesús!
    
No reconocemos la noción de Derecho sin Dios: ¡La fuente del Derecho es tu Código inmutable, Jesús!
(Todos) ¡La fuente del Derecho es tu Código inmutable, Jesús!
   
No reconocemos una libertad sin Dios: ¡El único Libertador eres Tú mismo, Jesús!
(Todos) ¡El único Libertador eres Tú mismo, Jesús!
      
No reconocemos una fraternidad sin Dios: ¡La única fraternidad es la tuya, Jesús!
(Todos) ¡La única fraternidad es la tuya, Jesús!
      
No reconocemos ninguna verdad sin Dios: ¡La Verdad substancial eres Tú mismo, Jesús!
(Todos) ¡La verdad substancial eres Tú mismo, Jesús!
      
No reconocemos un amor verdadero sin Dios: ¡El Amor Increado eres Tú mismo, Jesús!
(Todos) ¡El Amor Increado eres Tú mismo, Jesús!
     
Reinado del Corazón de Jesús, reinado no sólo íntimo, sino Social y Nacional, tal es la gran afirmación doctrinal de la nueva fiesta de la Realeza... ¡Oh!, qué urgente y oportuno es poner muy de relieve este principio católico para combatir y reparar el horrendo delito de lesa Majestad Divina cometido por tantos pueblos y Gobiernos laicos y apóstatas del Evangelio... Pero desahoguemos mejor el corazón en una plegaria.
    
VOZ DE LAS ALMAS: Señor Jesús, al terminar esta Hora Santa queremos evocar en torno de este trono eucarístico, aquellos soles de santidad, aquellos Reyes santos, cuyo heroísmo de amor en plena corte y sobre el trono preparó ciertamente, Rey Divino, la apoteosis de esta gran festividad en tributo de vasallaje a tu sacrosanta Realeza...
   
Bajad, pues, del Paraíso, Reyes santos, acudid prestos con vuestros loores, adoraciones y cantares.
    
¡San Eduardo, Cristo, Rey de Reyes, salvad a nuestra Patria!
¡San Casimiro, Cristo, Rey de Reyes, salvad a nuestra Patria!
¡San Canuto, Cristo, Rey de Reyes, salvad a nuestra Patria!
¡San Enrique, Cristo, Rey de Reyes, salvad a nuestra Patria!
¡San Esteban, Cristo, Rey de Reyes, salvad a nuestra Patria!
¡San Wenceslao, Cristo, Rey de Reyes, salvad a nuestra Patria!
¡San Luis, Cristo, Rey de Reyes, salvad a nuestra Patria!
¡San Hermenegildo, Cristo, Rey de Reyes, salvad a nuestra Patria!
¡San Fernando, Cristo, Rey de Reyes, salvad a nuestra Patria!
¡Santa Isabel, Cristo, Rey de Reyes, salvad a nuestra Patria!
¡Santa Margarita, Cristo, Rey de Reyes, salvad a nuestra Patria!
     
¡María Inmaculada, Emperatriz del Cielo, reina muy amada de la tierra, Virgen Madre, precursora de luz y de esperanza del Rey de amor, preparadle el trono en nuestra Patria, que Jesús reine en nuestro pueblo, que inspire Él, Sol de justicia y de verdad, nuestras instituciones y leyes, que nuestra nación sea, oh María, la peana del trono de Cristo-Rey!
   
Y ahora, acércate, Monarca adorable ya aquí en medio de los tuyos, estrechándote tus hijos recibe de su mano la diadema que quisieron arrebatarte los que, siendo polvo de la tierra, se llaman poderosos, porque en tu humildad, creen injuriarte de más alto...
    
¡Adelántate triunfante en esta ferviente congregación de hermanos... No borres las heridas de tus pies ni de tus manos... No abrillantes, no hermosees, deja ensangrentada tu cabeza... ¡Ah!, y no cierres, sobre todo; deja abierta la profunda y celestial herida de tu pecho... Así, Rey de sangre así..., cubierto con esa púrpura de amor y con la túnica de todos los oprobios..., sin transfigurarte..., Jesús, el mismo de la noche espantosa del Jueves Santo, preséntate, desciende y recoge el hosanna de esta guardia de honor que vela por la gloria del Corazón de Cristo Jesús, su Rey.
(Todos, en voz alta) ¡Viva tu Sagrado Corazón!
      
Los Reyes y gobernantes podrán conculcar las tablas de tu Ley; pero, al caer del sitial de mando en la tumba del olvido, tus súbditos seguiremos exclamando:
(Todos, en voz alta) ¡Viva tu Sagrado Corazón!
      
Los legisladores dirán que tu Evangelio es una ruina y que es deber eliminarlo en beneficio del progreso...; pero, al caer despeñados en la tumba del olvido, tus adoradores seguiremos exclamando:
(Todos, en voz alta) ¡Viva tu Sagrado Corazón!
      
Los ricos, los altivos, los mundanos, encontrarán que tu moral es de otro tiempo, que tus intransigencias matan la libertad de la conciencia...; pero, al confundirse con las sombras de la tumba del olvido, tus hijos seguiremos exclamando:
(Todos, en voz alta) ¡Viva tu Sagrado Corazón!
      
Los interesados en ganar alturas y dinero vendiendo falsa libertad y grandeza a las naciones..., chocarán con la piedra del Calvario y de la Iglesia..., y al bajar aniquilados a la tumba del olvido, tus apóstoles seguiremos exclamando:
(Todos, en voz alta) ¡Viva tu Sagrado Corazón!
      
Los heraldos de una civilización materialista, lejos de Dios y en oposición al Evangelio..., morirán un día envenenados por sus maléficas doctrinas, y al caer a la tumba del olvido, maldecidos por sus propios hijos, tus consoladores seguiremos exclamando:
(Todos, en voz alta) ¡Viva tu Sagrado Corazón!
      
Los fariseos, los soberbios y los impuros habrán envejecido estudiando la ruina, mil veces decretada, de tu Iglesia..., y al perderse, derrotados, en la tumba de un eterno olvido... tus redimidos seguiremos exclamando
(Todos, en voz alta) ¡Viva tu Sagrado Corazón!
      
¡Oh, sí, que viva! Y al huir de los hogares, de las escuelas, de los pueblos, Luzbel, el ángel de las tinieblas, al hundirse eternamente encadenado a los abismos, tus amigos seguiremos exclamando:
(Todos, en voz alta) ¡Viva tu Sagrado Corazón!
      
Y al despedirnos, Rey de gloria, en esta tarde más hermosa que alborada, recibe con nuestros vítores las ovaciones de nuestras almas:
 
¡Salve, Corona de espinas de mi Rey y mi Dios!
(Todos) ¡Cristo venza, Cristo reine, Cristo impere: viva su Sagrado Corazón!
      
¡Salve, cetro de caña de mi Rey y mi Dios!
(Todos) ¡Cristo venza, Cristo reine, Cristo impere: viva su Sagrado Corazón!
      
¡Salve, manto de escarlata, púrpura real de mi Rey y mi Dios!
(Todos) ¡Cristo venza, Cristo reine, Cristo impere: viva su Sagrado Corazón!
      
¡Salve, Cruz bendita, trono de mi Rey y mi Dios!
(Todos) ¡Cristo venza, Cristo reine, Cristo impere: viva su Sagrado Corazón!
      
¡Oh!, repite ahora, Rey de amor, murmura al corazón de cada uno de tus hijos, lo que prometiste a tu sierva Margarita María: “REINO POR MI DIVINO CORAZÓN”.
  
(Padrenuestro y Avemaría por las intenciones particulares de los presentes. Padrenuestro y Avemaría por los agonizantes y pecadores. Padrenuestro y Avemaría pidiendo el reinado del Sagrado Corazón mediante la Comunión frecuente y diaria, la Hora Santa y la Cruzada de la Entronización del Rey Divino en hogares, sociedades y naciones).
    
    Acto de consagración del género humano al Sagrado Corazón de Jesús
    
Jesús, dulcísimo Redentor del género humano, míranos postrados humildemente delante de tu altar; tuyos somos y tuyos queremos ser, y a fin de estar más firmemente unidos a ti, he aquí que, hoy día, cada uno de nosotros se consagra espontáneamente a tu Sagrado Corazón.
  
Muchos, Señor, nunca te conocieron; muchos te desecharon al quebrantar tus mandamientos; compadécete, Jesús, de los unos y de los otros, y atráelos a todos a tu Santo Corazón. Sé Rey, ¡Señor!, no sólo de los fieles que jamás se separaron de ti, sino también de los hijos pródigos que te abandonaron; haz que vuelvan pronto a la casa paterna, no sea que perezcan de miseria y de hambre.
  
Sé Rey de aquéllos a quienes engañaron opiniones erróneas y desunió la discordia; tráelos al puerto de la verdad y a la unidad de la fe, para que luego no quede más que un solo rebaño y un solo pastor.
  
Sé Rey de los que aún siguen envueltos en las tinieblas de la idolatría o del islamismo. A todos dígnate atraerlos a la luz de tu Reino.
  
Mira, finalmente, con ojos de misericordia, a los hijos de aquel pueblo, que en otro tiempo fue tu predilecto; que también descienda sobre ellos, como bautismo de redención y vida, la sangre que reclamó un día contra sí.
  
Concede, Señor, a tu Iglesia incolumidad y libertad segura, otorga a todos los pueblos la tranquilidad del orden; haz que del uno al otro polo de la tierra resuene esta sola aclamación: “ALABADO SEA EL DIVINO CORAZÓN, POR QUIEN HEMOS ALCANZADO LA SALUD...; A ÉL GLORIA Y HONOR, POR LOS SIGLOS DE LOS SIGLOS”. Así sea.
   
Cinco veces en honor de las Cinco Llagas, por la Patria: CORAZÓN DIVINO DE JESÚS: ¡VENGA A NOSOTROS TU REINO EN NUESTRA PATRIA!