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NO QUEREMOS QUE SE ACABE LA RELIGIÓN

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ORGULLOSAMENTE HISPANOHABLANTES

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lunes, 30 de septiembre de 2019

EL SALTERIO DE BEA, UN ATENTADO DE ADULTERACIÓN DE LAS SAGRADAS ESCRITURAS

Es propósito de este artículo tratar uno de los capítulos más oscuros de la historia reciente de la Iglesia antes del Vaticano II, como es la reforma del Salterio en 1942.
    
Durante los siglos XIX y XX, los avances en el estudio de las lenguas antiguas y el posicionamiento de la arqueología como ciencia abrían nuevos horizontes para comprender la historia de las civilizaciones y documentos antiguos. Hallazgos como el de la Piedra Roseta en Egipto y de las tablillas de barro cocido con escritura cuneiforme en Asiria, Babilonia y Persia daban nuevas luces a la historia del Cercano Oriente, aportando historicidad a los relatos históricos de la Biblia.
   
En otro arista, la predicación misionera estaba en un nuevo auge por causa de la conversión de las potencias europeas en imperios coloniales: sociedades misioneras protestantes y católicas impulsaban en sus miembros el estudio de las lenguas locales de los territorios desconocidos hasta entonces (selva amazónica, África subsahariana, Lejano Oriente, Australia y las islas de los Mares del Sur); y hasta se realizaron esfuerzos de traducción del Nuevo Testamento al hebreo, para uso de la predicación entre los judíos.
   
Pero, por otra parte, surgía en Europa, como consecuencia del inmanentismo y el libre examen protestante, el liberalismo, el racionalismo, y teorías que daban al traste con la inspiración divina de la Escritura. La Alta y Baja crítica (Método histórico-crítico y criticismo textual respectivamente), la negación del origen mosaico del Pentateuco por la división entre tradiciones yavista (de los tiempos de David y Salomón), elohísta (nacida en el Reino del Norte durante el cisma), deuteronomista (contemporánea a la conversión-reforma religiosa de Josías) y sacerdotal (durante la Cautividad babilónica), cambios en la datación de los libros sagrados, la Cuestión Sinóptica [que incluye teorías como el “Evangelio Q” (por Quelle, “fuente” en alemán), la fuente doble, triple ¡o cuádruple!; un Protoevangelio o la tradición oral], el rechazo de la coma joanina y la inverosimilitud de la identidad San Juan Evangelista/Apokaleta, eran de tráfico habitual entre los estudiosos protestantes de la época, y de varios teólogos católicos inficionados primero de racionalismo, luego liberalismo y después modernismo.
  
Ante estos errores, la Iglesia Católica, depositaria de la Revelación y Esposa Inmaculada de Cristo, se vio precisada a defender la incolumidad de la doctrina: Gregorio XVI en Mirári Vos comenzó la condena al liberalismo y en Inter Præcípuas Machinatiónes advirtió sobre las Sociedades Bíblicas Protestantes, Pío IX condenó el liberalismo teológico y convocó el Concilio Vaticano I reafirmando el primado jurisdiccional del Papado de Roma. Y como a la condena del error debe acompañar el estudio y la propaganda de la verdad, León XIII publica en 1893 la encíclica Providentíssimus Deus, donde aborda el estudio bíblico dando reglas precisas para su enseñanza, y en 1902, por la Letra Apostólica Vigilántiæ stúdiique funda la Pontificia Comisión Bíblica, cuyos decretos defendían la autenticidad, historicidad e interpretación de los libros sagrados. San Pío X, mediante la Carta Apostólica Vínea elécta del 7 de Mayo de 1909, funda en Roma el Pontificio Instituto Bíblico, confiándolo a la Compañía de Jesús.
  
También para esa época nacieron la Escuela Práctica de Estudios Bíblicos (actual Escuela Bíblica y Arqueológica Francesa de Jerusalén), fundada en 1890 por el dominico Marie-Joseph Lagrange (como él aplicaba el método histórico-crítico -la Alta Crítica, condenada posteriormente mediante la encíclica Spíritus Paráclitus del Papa Benedicto XV-, fue sospechado de modernismo y su escuela cerró durante un tiempo) y en 1924 el Stúdium Bíblicum Franciscánum (actual Facultad de Ciencias Bíblicas y Arqueológicas del Colegio Antoniano) en Jerusalén, que mantuvo relaciones con su homónimo en China (fundado en Pekín en 1945 por fray Gabriel María Allegra, trasladado tres años después a Hong Kong, y que tradujo la biblia al chino).
   
Regresando con Roma, a partir de 1915 y hasta 1940, la Pontificia Comisión Bíblica comienza a alentar el estudio y las investigaciones en el tema bíblico, particularmente sobre los idiomas originales; y el 30 de Noviembre de 1943, Pío XII publica la encíclica Divíno Afflánte Spíritu, que alentó la traducción al vernáculo de la Biblia desde los idiomas originales (ejemplo de este nuevo estilo, en lengua española, son las versiones Nácar-Colunga y Straubinger) y no desde la Vulgata (como sucede con las versiones de Mons. Scío de San Miguel y la de Torres Amat), a la par que rehabilitaba la Alta y Baja Crítica en los estudios bíblicos. Es en este contexto que nace una nueva versión latina de los Salmos, que a partir de 1945 suscitarán polémica, toda vez que ese año Pío XII empleará dicha nueva versión en el Divino Oficio y en los Propios de Misa que nacerían después. Por primera vez en mucho tiempo (desconocemos si ya antes se había hecho, y de ser así, estamos prestos a darle el crédito), presentamos el Motu Próprio que dio génesis al problema, traducido al español:
MOTU PRÓPRIO «In Cotidiánis Précibus», SOBRE EL USO DE LA NUEVA TRADUCCIÓN LATINA DE LOS SALMOS PARA REZAR EL DIVINO OFICIO.
  
1. En las oraciones diarias, con las que los sacerdotes celebran la majestad y la bondad de Dios altísimo, y le recomiendan las necesidades de sí mismos, de toda la Iglesia y de toda la tierra, toman un lugar especial los cantos que el Santo profeta David y otros autores sagrados compusieron bajo la inspiración del Espíritu de Dios, y la Iglesia, siguiendo el ejemplo del divino Salvador y sus Apóstoles, desde el comienzo ha usado continuamente en sus santas celebraciones.
  
2. Estos salmos los ha recibido la Iglesia latina de los fieles de lengua griega; han sido traducidos casi verbalmente del griego al latín. A lo largo del tiempo, varias veces, especialmente por parte de San Jerónimo, el mejor maestro de la Iglesia que explica las Sagradas Escrituras, han sido cuidadosamente corregidos y pulidos. Pero los errores conocidos de la propia traducción griega, por los cuales el significado y el poder del texto original no se ocultan, no han sido eliminados por estas mejoras de tal manera que los sagrados salmos puedan ser fácilmente comprendidos por todos y en todas partes. Y todos saben que el mismo San Jerónimo no estaba muy satisfecho con la vieja traducción latina «diligentísimamente corregida» que dio a sus compañeros, pero con un cuidado aún mayor tradujo al latín los salmos de la misma «verdad hebrea» (San Jerónimo, Præfátium in librum Psalmórum juxta Hebrǽam veritátem, en Patrología Latina XXVIII, col. 1125 ss). Esta nueva traducción del Santo Doctor, sin embargo, no ha pasado al uso de la Iglesia. Por otra parte, la edición mejorada de la antigua traducción latina, llamada Psaltérium Gallicánum, se extendió tanto que nuestro predecesor, San Pío V, pensó que debía retomarla en el Breviario Romano y, por lo tanto, la introdujo de manera casi universal para su uso.
  
3. La ininteligibilidad y la inexactitud de muchos lugares en esta traducción latina no fueron eliminados de ninguna manera por San Jerónimo (su único objetivo era mejorar el texto latino según los manuscritos griegos más puros), y se hicieron aún más evidentes en tiempos más recientes, gracias a que aumentó considerablemente el conocimiento de las lenguas antiguas, especialmente del hebreo, al no poco progreso de los trabajos de traducción, examinando más de cerca las leyes métricas y rítmicas de las lenguas orientales, y con mayor observancia de las reglas de la llamada «crítica textual». Además, muchas traducciones que se hicieron del texto original a las lenguas vernáculas, con aprobación del gobierno eclesiástico de muchas naciones, mostraron cada vez más claramente cómo estos cánticos sobresalían en sus expresiones originales por su gran transparencia, su belleza poética y profundidad doctrinal.
  
4. No es de extrañar que no pocos sacerdotes, que desean rezar las Oraciones de la Hora no solo con gran devoción sino también con más comprensión, hayan elogiado el deseo loable de poseer tal traducción latina en la lectura diaria de los salmos, en la cual el pensamiento, entendido bajo la inspiración del Espíritu Santo, aparezca de manera más inteligible, se expresen más plenamente los sentimientos piadosos del Perfecto Salmista y al mismo tiempo sean más evidentes la belleza de la expresión y el sentido de las palabras. Estas aspiraciones y deseos, expresados repetidamente en los libros de eminentes eruditos y en las revistas, Nos han sido dados a conocer también por muchos sacerdotes y obispos, e incluso por algunos cardenales de la Santa Iglesia Romana.
  
5. Nos, nuevamente, debido a la gran veneración que tenemos por las palabras de la Divina Escritura, resolvimos esforzarnos para que los creyentes sean más y más conscientes del significado de los Libros Sagrados, inspirados por el Espíritu Santo y dados a expresión por la pluma del autor sagrado, como no hace mucho hemos explicado en la encíclica Divíno Afflánte Spíritu.
  
6. Por eso Nos, aunque no desestimamos las dificultades de esta empresa, y somos conscientes de la estrecha relación entre la llamada Vulgata y los escritos de los Santos Padres y las explicaciones de los Doctores, y que a través de siglos de uso en la Iglesia ha obtenido una autoridad muy alta, hemos decidido satisfacer estos deseos piadosos y, por lo tanto, hemos ordenado preparar una nueva traducción latina de los salmos, que siga al texto original de manera cercana y fiel, teniendo en cuenta tanto como sea posible la antigua y venerable Vulgata y otras traducciones antiguas, sopesando cuidadosamente las diferentes lecturas de acuerdo con las reglas de la crítica.
  
7. Después de todo, sabemos muy bien que el texto hebreo no nos viene libre de errores y de ambigüedad y, por lo tanto, debe compararse con otros textos que de antiguo hemos recibido, para encontrar una forma de expresión más precisa y correcta con la mayor diligencia e imparcialidad posible. Incluso ocurre que el significado de las palabras, aun después de usar todas las herramientas de crítica y lingüística, no está claro y debería dejarse más tarde para examinar el asunto con mayor claridad, después de un esfuerzo puesto en práctica. De ninguna manera, sin embargo, dudamos que con el uso diligente de todas las herramientas de la ciencia moderna, ya se pueda dar una traducción hoy que refleje el significado y la fuerza interior de los salmos tan claramente que los sacerdotes, rezando el Breviario, puedan entender fácilmente lo que el Espíritu Santo quiso decir por la boca del Salmista, y de esta forma, con estas divinas palabras, alcanzar efectivamente una verdadera y sincera devoción.
  
Por lo tanto, ahora que la tan deseada nueva traducción por parte de los profesores de nuestro Pontificio Instituto Bíblico se ha realizado con el celo y diligencia apropiados, la ofrecemos con benevolencia paterna a todos los que obligatoriamente rezan diariamente las Horas y, después de una cuidadosa consideración, les permitimos por propia iniciativa que, si así lo desean, puedan usar esta traducción tanto de forma privada como pública, tan pronto como sea adaptado al Salterio del Breviario, publicado por la librería del Vaticano.
  
8. En esto, nuestra ansiedad pastoral y nuestro afecto paternal hacia los hombres y mujeres devotos de Dios, confiamos en que, de ahora en adelante, la oración del Oficio divino traerá cada vez más luz, misericordia y consuelo. De esta manera, puede llegar a ser más y más apropiada en estos tiempos tan difíciles, para que la Iglesia siga los ejemplos de santidad que brillan tan brillantemente en los Salmos, y que se sientan motivados a encontrar en ellos aquellos sentimientos de amor divino, determinados para nutrir y animar el coraje y la penitencia piadosa, que el Espíritu Santo nos amonesta al leer los salmos.
  
9. Lo que hemos promulgado, decidido y determinado por esta carta, por nuestra propia iniciativa, tiene plena fuerza legal, sin que obsten las disposiciones contrarias, incluso aquellas que merecen una mención especial.
  
Dado en Roma, junto a San Pedro, el 24 de marzo de 1945, año séptimo de nuestro pontificado. PAPA PÍO XII.
 
A la sazón, el Pontificio Instituto Bíblico era dirigido por el jesuita alemán Augustin Bea (o mejor, BEHAYIM/בְּחַיִּים), quien sería creado cardenal por Juan XXIII bis el 14 de Diciembre de 1959 y consagrado obispo el 19 de Abril de 1962. Bea era el confesor de Pío XII, y durante su enfermedad el único que podía conversar habitualmente con él, valiéndose de tal influencia para que se aprobara muchas iniciativas modernistas como la Semana Santa de 1955 y la introducción del vernáculo en varias liturgias (por algo el derecho seglar prohíbe, so pena de nulidad, designar como heredero, legatario y/o albacea fiduciario al confesor durante la última enfermedad o en la época de otorgar testamento, toda vez que se teme cooptación de voluntad por el testador).
 
Siguiendo el Texto Masorético hebreo, en el Salterio de Bea los salmos fueron cambiados radicalmente de la versión tradicional (Salterio Galicano) que seguía la Septuaginta, quedando así inteligibles para Cicerón, pero punto menos que irreconocible para San Agustín. A efectos de ilustración, analicemos el primer verso de los Salmos:
  • Hebreo (transliteración): אַשְׁרֵי הָאִישׁ אֲשֶׁר לֹא הָלַךְ בַּעֲצַת רְשָׁעִים וּבְדֶרֶךְ חַטָּאִים לֹא עָמָד וּבְמוֹשַׁב לֵצִים לֹא יָשָׁב. (’Ashre ha’ish, ’asher lo’ halakh ba‘ätsat resha‘ïm uvedérekh jata’im lo ‘äamad; uvemoshav letsim, lo’ yashav).
  • Septuaginta griega: Μακάριος ἀνήρ, ὃς οὐκ ἐπορεύθη ἐν βουλῇ ἀσεβῶν, καὶ ἐν ὁδῷ ἁμαρτωλῶν οὐκ ἔστη, καὶ ἐπὶ καθέδραν λοιμῶν οὐκ ἐκάθισεν.
  • Salterio Galicano (Vulgata Latina): Beátus vir qui non ábiit in consílio impiórum, et in via peccatórum non stetit, et in cáthedra pestiléntiæ non sedit.
Salvo la palabra pestiléntiæ, que es la traducción libre que el autor del Salterio Galicano hace del griego λοιμῶν (de los pestilentes), y a su vez es una versión libre del hebreo לֵצִים (letsim, de escarnecedores) esta traducción sigue literalmente la Septuaginta, que a su vez sigue el original hebreo. En cuanto a la palabra en cuestión, San Jerónimo en su revisión vierte como cáthedra derisórium; variante que tiene en cuenta Mons. Félix Torres Amat cuando tradujo el salmo al español:
Dichoso aquel varón que no se deja llevar de los consejos de los malos, ni se detiene en el camino de los pecadores, ni se asienta en la cátedra pestilencial de los libertinos.
y en la nota al pie sobre este verso se lee:
Según el hebreo puede traducirse: ni toma asiento entre corrompidos mofadores; o en cátedra de pestilencia.

Veamos, pues, el Salterio de Bea: Beátus vir qui non séquitur consílium impiórum, et in viam peccatórum non ingréditur, et in convéntu protervórum non sedet.

Séquitur consílium e in viam peccatórum non ingreditur expresan la misma idea como ábiit in consílio e in via peccatórum non stetit, sólo que en una forma más clásica del latín. Y el cambio del tiempo perfecto al presente que se hizo es desafortunado, toda vez que el tiempo perfecto del latín y el hebreo (al igual que el aoristo griego) pueden representar la idea de un recurrir constantemente o una noción general (el tiempo gnómico o intemporal), que es claramente la intención de San David Profeta, autor/compilador del Salterio. El préstamo griego καθέδραν (del que deriva nuestra Cátedra) es sustituido por el latín convéntu, que equivale al hebreo moshav (מוֹשַׁב, sentarse juntos). Un ejemplo más elocuente de la clasicización/paganización del vocabulario, לֵצִים es traducido como protervórum (de los impúdicos). El adjetivo protérvus y sus derivados aparece ocho veces más frecuentemente en las obras de Ovidio, y cinco veces más en las de Horacio, que en las traducciones bíblicas de San Jerónimo. Sobre todo, donde el resultado final de la Septuaginta, el latín antiguo y la obra jeronimiana es en su mayoría muy literal y hebraica, la versión de Bea es una muy adecuada paráfrasis muy latina, apta para estudiosos mas no para almas orantes.

Un antecedente de cambios en pos de un latín más clásico paganizante podemos encontrarlo en la reforma que hiciera entre 1629 y 1631 el papa Urbano VIII sobre el Breviario, reforma que se mostró incompleta y desafortunada. Inicialmente la revisión era sobre las lecciones y homilías, pero Urbano VIII quería, como humanista que él era, que los himnos se acercaran un poco al latín de los tiempos de Augusto César tanto en el léxico como en la métrica, lo que logró a costa de su entonabilidad, y en parte a esta causa (y también por conservar sus usos litúrgicos, amenazados por una simplificación de índole jesuítica -por cierto, desde su fundación, los jesuitas no tienen obligación de coro-), los dominicos, benedictinos, cistercienses, carmelitas de antigua observancia y cartujos nunca los adoptaron.

Ahora, si el criterio de los reformadores previos al Vaticano II era el arqueologismo, la comisión dirigida por Bea cometió un error garrafal: El Texto Masorético (TM o 𝕸) en el que se basaron para traducir los Salmos fue compuesto entre los siglos VI y XI después de Cristo (y ni aún así se logró unificar la versión hasta fines del siglo XIX, porque hubo tres escuelas diferentes: la de Babilonia, la de Jerusalén y la de Tiberíades; y mucho menos el Talmud siguió la versión canónica de la Torá), mientras que la Septuaginta (LXX) fue traducida entre el siglo III y el año 123 antes de Cristo (en el caso de los Salmos, se postula que fueron traducidos al griego en torno al año 185 a.C., más de mil años antes del primer manuscrito plenamente masorético conocido). Ni siquiera podían invocar los Rollos del Mar Muerto, simplemente porque fueron descubiertos en el complejo de Qumram en 1947; y los documentos que respaldan a la Septuaginta, aunque minoría, son más antiguos que los que respaldan el texto hebreo.
  
Veamos un poco el origen de la Septuaginta, la traducción al griego de las Escrituras Hebreas:
Hubo un incidente que involucró al rey Ptolomeo de Egipto, que reunió a setenta y dos ancianos de los Sabios de Israel, y los puso en setenta y dos cámaras separadas, y no les reveló para qué propósito los congregó, para que no coordinaran sus respuestas. Él entró y se acercó a todos y cada uno, y le dijo a cada uno de ellos: “Escribe para mí una traducción de la Torá de Moisés tu maestro”. El Santo, bendito sea, derramó en el corazón de cada uno de ellos sabiduría y todos tuvieron un mismo entendimiento (Talmud de Babilonia, tratado Meguilá 9a, 11).
Flavio Josefo, el gran historiador judío, cuenta que
una vez que la Ley fue copiada y la ejecución de la traducción alcanzó su término al cabo de 72 días, Demetrio, luego de reunir a todos los judíos en el lugar en que habían sido traducidas las propias Leyes, se las leyó en voz alta, en presencia de los propios traductores. Y la multitud expresó su reconocimiento a los ancianos que les habían hecho comprender la Ley . . . en vista de que la traducción había sido ejecutada de una forma cabal y perfecta, pidieron que quedara en el estado en que se encontraba y no se modificara . . . esta disposición que tomaron fue sensata, para que el texto que una vez que había sido considerado reunir perfectas condiciones permaneciera inmutable para siempre”. (Antigüedades judías, libro XII, cap. 2, sección 13)
  
Ítem, la Septuaginta era más exacta en su lenguaje que el mismo texto masorético, con todo y tener este último un margen casi ínfimo de errores de transcripción respecto del original (garantizado por leyes estrictísimas tanto en la transcripción -una errata en una sola letra invalidaba todo el rollo de la Torá- como en la interpretación -todo manuscrito que difiriese de la interpretación rabínica debía ser destruido-). Un ejemplo de esta situación es el conocido pasaje de Isaías 7, 14, que en el hebreo original tiene la palabra almah (עַלְמָה), que puede traducirse como virgen o mujer joven, mientras que el griego tiene la palabra parthenos (παρθένος), que inequívocamente traduce virgen, lo que ratifica el sentido original del texto profético.

Finalmente, en el aspecto evangelizador, San Pablo, cuando cita pasajes del Antiguo Testamento en sus catorce cartas, lo hace sobre la Septuaginta y no sobre el masorético.
  
Alguno dirá que como lo aprobó Pío XII, es vinculante so pena de cisma. Sí, el Salterio de Bea fue proclamado por autoridad legítima (Papa Pío XII) mediante procedimiento válido (Carta Motu Próprio, publicada en latín en las páginas 65-67 del tomo XXV de las Actas de la Sede Apostólica), pero es un decreto ineficaz dado que muy pocos sacerdotes lo acogieron (no perdamos de vista que era FACULTATIVO el usarlo, y muchas comunidades monásticas y canónicas lo hallaron inadaptable al canto gregoriano; ¡HASTA RONCALLI, CON TODO Y MODERNISTA COMO FUE, LO DETESTABA Y NO LO PERMITÍA EN NINGUNA CEREMONIA DONDE ÉL ESTUVIERA PRESENTE!); y por la influencia que tuvo el modernista Bea en la nueva traduccción, el Salterio traducido a su instancia SE DEBE EVITAR AL MENOS COMO SOSPECHOSO. Muestra de ello es que ni la Neovulgata conciliar tuvo en cuenta el Salterio de Bea.

Por otra parte, las contradicciones de un mismo papa, o de éste con el Magisterio precedente, son prueba de que la Infalibilidad Pontificia sólo opera cuando el Papa se pronuncia ex cáthedra y para defender la Verdad. Y que la indefinición doctrinal por un Papa es peligrosa, está demostrado por el caso del Papa Inocencio III. Inocencio III, con todo y su caridad y celo por la Iglesia, no mantuvo sólidamente la necesidad del bautismo de agua, y esto en la hora de la muerte le causó gran problema, pues sólo la intercesión de la Virgen María (a quien le tenía gran devoción) pudo salvarle del Infierno que merecía por varios pecados cometidos (uno de ellos quizá ese):
“En De Gemítu Colúmbæ -El gemido de la paloma-, San Roberto Belarmino († 1600) nos habla de una persona que se le aparece a Santa Lutgarda toda vestida en llamas y con mucho dolor. Cuando Santa Lutgarda le preguntó quién era, él le contestó: ‘Soy [el Papa] Inocencio III, que debía haber sido condenado al fuego eterno del Infierno por varios pecados graves, si la Madre de Dios no hubiera intercedido por mí en mi agonía y obtenido la gracia del arrepentimiento. Ahora estoy destinado a sufrir en el Purgatorio hasta el fin del mundo, a menos que me ayudes. Una vez más la Madre de Misericordia me ha permitido venir a pedirte oraciones” (Fray Christopher Rengers OFM, The 33 Doctors of the Church -Los 33 Doctores de la Iglesia-, pág. 504).
El pasaje aludido es este:
Para este tiempo, el Señor Papa Inocencio III, que migró de esta vida poco después de celebrado el [IV] Concilio Lateranense, se apareció visiblemente a Lutgarda. Ella al verlo rodeado por ingentes llamas, le preguntó quién era, y respondióle que era el Papa Inocencio; y gimiendo le pregunta: ¿Por qué el Padre común de todos está atormentado así en tanto dolor? Le respondió: Por tres causas estoy padeciendo, que justísimamente me hubieran causado el suplicio eterno, pero por la intercesión de la piadosísima Madre de Dios, cuyo Monasterio construí, me arrepentí en la agonía, y evité la muerte eterna, pero debo padecer estas penas atrocísimas hasta el fin del mundo. Por eso he venido a ti, para pedirte sufragios, para que la Madre de misericordia interceda por mí ante su Hijo. Dicho esto, inmediatamente desapareció. Lutgarda llamó a sus hermanas, indicándoles que le socorrieran en su necesidad. Lutgarda nos reveló las tres causas, pero por respeto a tan magno pontífice no las damos a conocer. (TOMÁS DE CANTIMPRATO, Vida de Santa Lutgarda, libro II, visión del 16 de Julio de 1215. En SAN ROBERTO BELARMINO, De Gemítu Colúmbæ, sive de Bono lacrymárum, libro II, cap. IX, págs. 273-274.)

DISGRESIÓN: SAN PÍO X Y LA REFORMA DEL BREVIARIO
El Papa San Pío X publicó la Encíclica Divíno Afflátu, por medio de la cual se realizó una gran reforma en el Breviario y el Misal. Sobre el Breviario, realizó una nueva distribución de los Salmos correspondiente a las horas canónicas, y rescató el Propio del Tiempo, que para la época estaba poco menos que sobrando, ante la profusión de oficios propios de los Santos no solamente en el Calendario General Romano, sino también en los de las diócesis y órdenes religiosas.

Ante este cambio, algunos tradicionalistas actualmente han dado en afirmar que San Pío X contravino a su antecesor San Pío V al modificar el Breviario, haciéndolo quedar como antipapa igual en todo a Montini (incluso citando un “Juramento Papal de coronación” ¡QUE NO SE HACE DESDE HACE MIL AÑOS!). Hemos de responder que una cosa es reformar la distribución de los Salmos para facilitar su lectura y canto por quienes están obligados a rezar las Horas o que lo practican como propia devoción (algo que San Pío X legítimamente podía hacer), y otra muy distinta es suprimir Horas e incorporar himnos de origen popular o demasiado erudito en aras de imitar a los herejes protestantes, como hicieron Montini y Bugnini.
  
JORGE RONDÓN SANTOS
30 de Septiembre de 2019
Fiesta de San Jerónimo, Cardenal-Presbítero, Confesor y Doctor de la Iglesia. Tránsito de Santa Teresita del Niño Jesús y de la Santa Faz OCD, y de San Francisco de Borja SJ.

EL «Domingo de la Palabra de Dios», NUEVA FIESTA BERGOGLIANA

Noticia tomada de INFOCATÓLICA.
 
EL PAPA INSTITUYE EL «Domingo de la Palabra de Dios» POR EL MOTU PROPIO “Apéruit Illis”. SE CELEBRARÁ EL III DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO.
El Papa Francisco ha instituido el «domingo de la Palabra de Dios», a través de la Carta Apostólica en forma de Motu Proprio, titulada “Aperuit Illis”, estableciendo que el III Domingo del Tiempo Ordinario esté dedicado a la celebración, reflexión y divulgación de la Sagrada Escritura.
   
(InfoCatólica) En su carta, el Pontífice asegura que «la relación entre el Resucitado, la comunidad de creyentes y la Sagrada Escritura es intensamente vital para nuestra identidad».
 
El Papa recuerda que ya sugirió la idea de instituir un domingo del año para el fin decretado con la actual carta apostólica:
«Tras la conclusión del Jubileo extraordinario de la misericordiapedí que se pensara en «un domingo completamente dedicado a la Palabra de Dios, para comprender la riqueza inagotable que proviene de ese diálogo constante de Dios con su pueblo» (Carta ap. Misericordia et misera, 7). Dedicar concretamente un domingo del Año litúrgico a la Palabra de Dios nos permite, sobre todo, hacer que la Iglesia reviva el gesto del Resucitado que abre también para nosotros el tesoro de su Palabra para que podamos anunciar por todo el mundo esta riqueza inagotable».
Igualmente recuerda que «el Concilio Ecuménico Vaticano II dio un gran impulso al redescubrimiento de la Palabra de Dios con la Constitución dogmática Dei Verbum» y, por tanto, «es bueno que nunca falte en la vida de nuestro pueblo esta relación decisiva con la Palabra viva que el Señor nunca se cansa de dirigir a su Esposa, para que pueda crecer en el amor y en el testimonio de fe».
 
En el punto 3 de la carta apostólica decreta:
«Así pues, establezco que el III Domingo del Tiempo Ordinario esté dedicado a la celebración, reflexión y divulgación de la Palabra de Dios. Este Domingo de la Palabra de Dios se colocará en un momento oportuno de ese periodo del año, en el que estamos invitados a fortalecer los lazos con los judíos y a rezar por la unidad de los cristianos. No se trata de una mera coincidencia temporal: celebrar el Domingo de la Palabra de Dios expresa un valor ecuménico, porque la Sagrada Escritura indica a los que se ponen en actitud de escucha el camino a seguir para llegar a una  auténtica y sólida unidad.
Tras recordar el pasaje bíblico que describe a todo el pueblo de Israel escuchando la palabra de Dios tras regresar del exilio babilónico, afirma:
«La Biblia no puede ser sólo patrimonio de algunos, y mucho menos una colección de libros para unos pocos privilegiados. Pertenece, en primer lugar, al pueblo convocado para escucharla y reconocerse en esa Palabra. A menudo se dan tendencias que intentan monopolizar el texto sagrado relegándolo a ciertos círculos o grupos escogidos. No puede ser así. La Biblia es el libro del pueblo del Señor que al escucharlo pasa de la dispersión y la división a la unidad. La Palabra de Dios une a los creyentes y los convierte en un solo pueblo».
PAPEL DE LOS PASTORES
El Pontífice recuerda que «los Pastores son los primeros que tienen la gran responsabilidad de explicar y permitir que todos entiendan la Sagrada Escritura.  Puesto que es el libro del pueblo, los que tienen la vocación de ser ministros de la Palabra deben sentir con fuerza la necesidad de hacerla accesible a su comunidad».
 
Y añade:
«La homilía, en particular, tiene una función muy peculiar, porque posee «un carácter cuasi sacramental» (Exhort. ap. Evangélii gáudium, 142). Ayudar a profundizar en la Palabra de Dios, con un lenguaje sencillo y adecuado para el que escucha, le permite al sacerdote mostrar también la «belleza de las imágenes que el Señor utilizaba para estimular a la práctica del bien» (ibíd.). Esta es una oportunidad pastoral que hay que aprovechar».
El Papa advierte que «es necesario dedicar el tiempo apropiado para la preparación de la homilía. No se puede improvisar el comentario de las lecturas sagradas». Y respecto a los catequistas, dice:
«Es bueno que también los catequistas, por el ministerio que realizan de ayudar a crecer en la fe, sientan la urgencia de renovarse a través de la familiaridad y el estudio de la Sagrada Escritura, para favorecer un verdadero diálogo entre quienes los escuchan y la Palabra de Dios».
LA MUERTE Y RESURRECCIÓN DE CRISTO NO SON UN MITO
El Santo Padre declara que «puesto que las Escrituras hablan de Cristo, nos ayudan a creer que su muerte y resurrección no pertenecen a la mitología, sino a la historia y se encuentran en el centro de la fe de sus discípulos».
 
BIBLIA Y FE
Igualmente explica que «es profundo el vínculo entre la Sagrada Escritura y la fe de los creyentes. Porque la fe proviene de la escucha y la escucha está centrada en la palabra de Cristo (cf. Rm 10,17), la invitación que surge es la urgencia y la importancia que los creyentes tienen que dar a la escucha de la Palabra del Señor tanto en la acción litúrgica como en la oración y la reflexión personal».
 
BIBLIA Y EUCARISTÍA
Tras recordar «el inseparable vínculo entre la Sagrada Escritura y la Eucaristía», el Pontífice constata que «la Sagrada Escritura y los Sacramentos no se pueden separar. Cuando los Sacramentos son introducidos e iluminados por la Palabra, se manifiestan más claramente como la meta de un camino en el que Cristo mismo abre la mente y el corazón al reconocimiento de su acción salvadora».
 
LA BIBLIA ES MÁS QUE MERA HISTORIA
El Papa afirma que «la Biblia no es una colección de libros de historia, ni de crónicas, sino que está totalmente dirigida a la salvación integral de la persona. El innegable fundamento histórico de los libros contenidos en el texto sagrado no debe hacernos olvidar esta finalidad primordial: nuestra salvación».
 
UN TEXTO NUNCA ANTIGUO
Francisco indica que «cuando la Sagrada Escritura se lee con el mismo Espíritu que fue escrita, permanece siempre nueva. El Antiguo Testamento no es nunca viejo en cuanto que es parte del Nuevo, porque todo es transformado por el único Espíritu que lo inspira».
 
MARÍA, PRIMERA EN CREER
Por último, el Pontífice explica que «en el camino de escucha de la Palabra de Dios, nos acompaña la Madre del Señor, reconocida como bienaventurada porque creyó en el cumplimiento de lo que el Señor le había dicho». Y añade:
«Ningún pobre es bienaventurado porque es pobre; lo será si, como María, cree en el cumplimiento de la Palabra de Dios. Lo recuerda un gran discípulo y maestro de la Sagrada Escritura, san Agustín: «Entre la multitud ciertas personas dijeron admiradas: «Feliz el vientre que te llevó»; y Él: «Más bien, felices quienes oyen y custodian la Palabra de Dios». Esto equivale a decir: también mi madre, a quien habéis calificado de feliz, es feliz precisamente porque custodia la Palabra de Dios; no porque en ella la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros, sino porque custodia la Palabra misma de Dios mediante la que ha sido hecha y que en ella se hizo carne» (Tratados sobre el evangelio de Juan, 10,3)».

COMENTARIO: A fin de entender un poco sobre el particular, nos hemos tomado el marrón de leer en su totalidad el Motu Próprio “Apéruit Illis”, el cual dice así:
CARTA APOSTÓLICA EN FORMA DE MOTU PROPRIO DEL SANTO PADRE FRANCISCO “Apéruit Illis”, CON LA QUE SE INSTITUYE EL DOMINGO DE LA PALABRA DE DIOS
 
1. «Les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras» (Lc 24,45). Es uno de los últimos gestos realizados por el Señor resucitado, antes de su Ascensión. Se les aparece a los discípulos mientras están reunidos, parte el pan con ellos y abre sus mentes para comprender la Sagrada Escritura. A aquellos hombres asustados y decepcionados les revela el sentido del misterio pascual: que según el plan eterno del Padre, Jesús tenía que sufrir y resucitar de entre los muertos para conceder la conversión y el perdón de los pecados (cf. Lc 24,26.46-47); y promete el Espíritu Santo que les dará la fuerza para ser testigos de este misterio de salvación (cf. Lc 24,49).
 
La relación entre el Resucitado, la comunidad de creyentes y la Sagrada Escritura es intensamente vital para nuestra identidad. Si el Señor no nos introduce es imposible comprender en profundidad la Sagrada Escritura, pero lo contrario también es cierto: sin la Sagrada Escritura, los acontecimientos de la misión de Jesús y de su Iglesia en el mundo permanecen indescifrables. San Jerónimo escribió con verdad: «La ignorancia de las Escrituras es ignorancia de Cristo» (In Is., Prólogo: PL 24,17).
 
2. Tras la conclusión del Jubileo extraordinario de la misericordia, pedí que se pensara en «un domingo completamente dedicado a la Palabra de Dios, para comprender la riqueza inagotable que proviene de ese diálogo constante de Dios con su pueblo» (Carta ap. Misericórdia et mísera, 7). Dedicar concretamente un domingo del Año litúrgico a la Palabra de Dios nos permite, sobre todo, hacer que la Iglesia reviva el gesto del Resucitado que abre también para nosotros el tesoro de su Palabra para que podamos anunciar por todo el mundo esta riqueza inagotable. En este sentido, me vienen a la memoria las enseñanzas de san Efrén: «¿Quién es capaz, Señor, de penetrar con su mente una sola de tus frases? Como el sediento que bebe de la fuente, mucho más es lo que dejamos que lo que tomamos. Porque la palabra del Señor presenta muy diversos aspectos, según la diversa capacidad de los que la estudian. El Señor pintó con multiplicidad de colores su palabra, para que todo el que la estudie pueda ver en ella lo que más le plazca. Escondió en su palabra variedad de tesoros, para que cada uno de nosotros pudiera enriquecerse en cualquiera de los puntos en que concentrar su reflexión» (Comentarios sobre el Diatésaron, 1,18).
 
Por tanto, con esta Carta tengo la intención de responder a las numerosas peticiones que me han llegado del pueblo de Dios, para que en toda la Iglesia se pueda celebrar con un mismo propósito el Domingo de la Palabra de Dios. Ahora se ha convertido en una práctica común vivir momentos en los que la comunidad cristiana se centra en el gran valor que la Palabra de Dios ocupa en su existencia cotidiana. En las diferentes Iglesias locales hay una gran cantidad de iniciativas que hacen cada vez más accesible la Sagrada Escritura a los creyentes, para que se sientan agradecidos por un don tan grande, con el compromiso de vivirlo cada día y la responsabilidad de testimoniarlo con coherencia.
 
El Concilio Ecuménico Vaticano II dio un gran impulso al redescubrimiento de la Palabra de Dios con la Constitución dogmática Dei Verbum. En aquellas páginas, que siempre merecen ser meditadas y vividas, emerge claramente la naturaleza de la Sagrada Escritura, su transmisión de generación en generación (cap. II), su inspiración divina (cap. III) que abarca el Antiguo y el Nuevo Testamento (capítulos IV y V) y su importancia para la vida de la Iglesia (cap. VI). Para aumentar esa enseñanza, Benedicto XVI convocó en el año 2008 una Asamblea del Sínodo de los Obispos sobre el tema «La Palabra de Dios en la vida y misión de la Iglesia», publicando a continuación la Exhortación apostólica Verbum Dómini, que constituye una enseñanza fundamental para nuestras comunidades [1]. En este Documento en particular se profundiza el carácter performativo de la Palabra de Dios, especialmente cuando su carácter específicamente sacramental emerge en la acción litúrgica [2].
 
Por tanto, es bueno que nunca falte en la vida de nuestro pueblo esta relación decisiva con la Palabra viva que el Señor nunca se cansa de dirigir a su Esposa, para que pueda crecer en el amor y en el testimonio de fe.
 
3. Así pues, establezco que el III Domingo del Tiempo Ordinario esté dedicado a la celebración, reflexión y divulgación de la Palabra de Dios. Este Domingo de la Palabra de Dios se colocará en un momento oportuno de ese periodo del año, en el que estamos invitados a fortalecer los lazos con los judíos y a rezar por la unidad de los cristianos. No se trata de una mera coincidencia temporal: celebrar el Domingo de la Palabra de Dios expresa un valor ecuménico, porque la Sagrada Escritura indica a los que se ponen en actitud de escucha el camino a seguir para llegar a una  auténtica y sólida unidad.
 
Las comunidades encontrarán el modo de vivir este Domingo como un día solemne. En cualquier caso, será importante que en la celebración eucarística se entronice el texto sagrado, a fin de hacer evidente a la asamblea el valor normativo que tiene la Palabra de Dios. En este domingo, de manera especial, será útil destacar su proclamación y adaptar la homilía para poner de relieve el servicio que se hace a la Palabra del Señor. En este domingo, los obispos podrán celebrar el rito del Lectorado o confiar un ministerio similar para recordar la importancia de la proclamación de la Palabra de Dios en la liturgia. En efecto, es fundamental que no falte ningún esfuerzo para que algunos fieles se preparen con una formación adecuada a ser verdaderos anunciadores de la Palabra, como sucede de manera ya habitual para los acólitos o los ministros extraordinarios de la Comunión. Asimismo, los párrocos podrán encontrar el modo de entregar la Biblia, o uno de sus libros, a toda la asamblea, para resaltar la importancia de seguir en la vida diaria la lectura, la profundización y la oración con la Sagrada Escritura, con una particular consideración a la lectio divina.
 
4. El regreso del pueblo de Israel a su patria, después del exilio en Babilonia, estuvo marcado de manera significativa por la lectura del libro de la Ley. La Biblia nos ofrece una descripción conmovedora de ese momento en el libro de Nehemías. El pueblo estaba reunido en Jerusalén en la plaza de la Puerta del Agua, escuchando la Ley. Aquel pueblo había sido dispersado con la deportación, pero ahora se encuentra reunido alrededor de la Sagrada Escritura como si fuera «un solo hombre» (Ne 8,1). Cuando se leía el libro sagrado, el pueblo «escuchaba con atención» (Ne 8,3), sabiendo que podían encontrar en aquellas palabras el significado de los acontecimientos vividos. La reacción al anuncio de aquellas palabras fue la emoción y las lágrimas: «[Los levitas] leyeron el libro de la ley de Dios con claridad y explicando su sentido, de modo que entendieran la lectura. Entonces el gobernador Nehemías, el sacerdote y escriba Esdras, y los levitas que instruían al pueblo dijeron a toda la asamblea: «Este día está consagrado al Señor, vuestro Dios. No estéis tristes ni lloréis» (y es que todo el pueblo lloraba al escuchar las palabras de la ley). […] «¡No os pongáis tristes; el gozo del Señor es vuestra fuerza!» (Ne 8,8-10).
 
Estas palabras contienen una gran enseñanza. La Biblia no puede ser sólo patrimonio de algunos, y mucho menos una colección de libros para unos pocos privilegiados. Pertenece, en primer lugar, al pueblo convocado para escucharla y reconocerse en esa Palabra. A menudo se dan tendencias que intentan monopolizar el texto sagrado relegándolo a ciertos círculos o grupos escogidos. No puede ser así. La Biblia es el libro del pueblo del Señor que al escucharlo pasa de la dispersión y la división a la unidad. La Palabra de Dios une a los creyentes y los convierte en un solo pueblo.
 
5. En esta unidad, generada con la escucha, los Pastores son los primeros que tienen la gran responsabilidad de explicar y permitir que todos entiendan la Sagrada Escritura. Puesto que es el libro del pueblo, los que tienen la vocación de ser ministros de la Palabra deben sentir con fuerza la necesidad de hacerla accesible a su comunidad.
 
La homilía, en particular, tiene una función muy peculiar, porque posee «un carácter cuasi sacramental» (Exhort. ap. Evangélii gáudium, 142). Ayudar a profundizar en la Palabra de Dios, con un lenguaje sencillo y adecuado para el que escucha, le permite al sacerdote mostrar también la «belleza de las imágenes que el Señor utilizaba para estimular a la práctica del bien» (ibíd.). Esta es una oportunidad pastoral que hay que aprovechar.
 
De hecho, para muchos de nuestros fieles esta es la única oportunidad que tienen para captar la belleza de la Palabra de Dios y verla relacionada con su vida cotidiana. Por lo tanto, es necesario dedicar el tiempo apropiado para la preparación de la homilía. No se puede improvisar el comentario de las lecturas sagradas. A los predicadores se nos pide más bien el esfuerzo de no alargarnos desmedidamente con homilías pedantes o temas extraños. Cuando uno se detiene a meditar y rezar sobre el texto sagrado, entonces se puede hablar con el corazón para alcanzar los corazones de las personas que escuchan, expresando lo esencial con vistas a que se comprenda y dé fruto. Que nunca nos cansemos de dedicar tiempo y oración a la Sagrada Escritura, para que sea acogida «no como palabra humana, sino, cual es en verdad, como Palabra de Dios» (1 Ts 2,13).
 
Es bueno que también los catequistas, por el ministerio que realizan de ayudar a crecer en la fe, sientan la urgencia de renovarse a través de la familiaridad y el estudio de la Sagrada Escritura, para favorecer un verdadero diálogo entre quienes los escuchan y la Palabra de Dios.
 
6. Antes de reunirse con los discípulos, que estaban encerrados en casa, y de abrirles el entendimiento para comprender las Escrituras (cf. Lc 24,44-45), el Resucitado se aparece a dos de ellos en el camino que lleva de Jerusalén a Emaús (cf. Lc 24,13-35). La narración del evangelista Lucas indica que es el mismo día de la Resurrección, es decir el domingo. Aquellos dos discípulos discuten  sobre los últimos acontecimientos de la pasión y muerte de Jesús. Su camino está marcado por la tristeza y la desilusión a causa del trágico final de Jesús. Esperaban que Él fuera el Mesías libertador, y se encuentran ante el escándalo del Crucificado. Con discreción, el mismo Resucitado se acerca y camina con los discípulos, pero ellos no lo reconocen (cf. v. 16). A lo largo del camino, el Señor los interroga, dándose cuenta de que no han comprendido el sentido de su pasión y su muerte; los llama «necios y torpes» (v. 25) y «comenzando por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que se refería a Él en todas las Escrituras» (v. 27). Cristo es el primer exegeta. No sólo las Escrituras antiguas anticiparon lo que Él iba a realizar, sino que Él mismo quiso ser fiel a esa Palabra para evidenciar la única historia de salvación que alcanza su plenitud en Cristo.
 
7. La Biblia, por tanto, en cuanto Sagrada Escritura, habla de Cristo y lo anuncia como el que debe soportar los sufrimientos para entrar en la gloria (cf. v. 26). No sólo una parte, sino toda la Escritura habla de Él. Su muerte y resurrección son indescifrables sin ella. Por esto una de las confesiones de fe más antiguas pone de relieve que Cristo «murió por nuestros pecados según las Escrituras; y que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; y que se apareció a Cefas» (1 Co 15,3-5). Puesto que las Escrituras hablan de Cristo, nos ayudan a creer que su muerte y resurrección no pertenecen a la mitología, sino a la historia y se encuentran en el centro de la fe de sus discípulos.
 
Es profundo el vínculo entre la Sagrada Escritura y la fe de los creyentes. Porque la fe proviene de la escucha y la escucha está centrada en la palabra de Cristo (cf. Rm 10,17), la invitación que surge es la urgencia y la importancia que los creyentes tienen que dar a la escucha de la Palabra del Señor tanto en la acción litúrgica como en la oración y la reflexión personal.
 
8. El «viaje» del Resucitado con los discípulos de Emaús concluye con la cena. El misterioso Viandante acepta la insistente petición que le dirigen aquellos dos: «Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída» (Lc 24,29). Se sientan a la mesa, Jesús toma el pan, pronuncia la bendición, lo parte y se lo ofrece a ellos. En ese momento sus ojos se abren y lo reconocen (cf. v. 31).
 
Esta escena nos hace comprender el inseparable vínculo entre la Sagrada Escritura y la Eucaristía. El Concilio Vaticano II nos enseña: «la Iglesia ha venerado siempre la Sagrada Escritura, como lo ha hecho con el Cuerpo de Cristo, pues, sobre todo en la sagrada liturgia, nunca ha cesado de tomar y repartir a sus fieles el pan de vida que ofrece la mesa de la Palabra de Dios y del Cuerpo de Cristo» (Const. dogm. Dei Verbum, 21).
 
El contacto frecuente con la Sagrada Escritura y la celebración de la Eucaristía hace posible el reconocimiento entre las personas que se pertenecen. Como cristianos somos un solo pueblo que camina en la historia, fortalecido por la presencia del Señor en medio de nosotros que nos habla y nos nutre. El día dedicado a la Biblia no ha de ser «una vez al año», sino una vez para todo el año, porque nos urge la necesidad de tener familiaridad e intimidad con la Sagrada Escritura y con el Resucitado, que no cesa de partir la Palabra y el Pan en la comunidad de los creyentes. Para esto necesitamos entablar un constante trato de familiaridad con la Sagrada Escritura, si no el corazón queda frío y los ojos permanecen cerrados, afectados como estamos por innumerables formas de ceguera.
 
La Sagrada Escritura y los Sacramentos no se pueden separar. Cuando los Sacramentos son introducidos e iluminados por la Palabra, se manifiestan más claramente como la meta de un camino en el que Cristo mismo abre la mente y el corazón al reconocimiento de su acción salvadora. Es necesario, en este contexto, no olvidar la enseñanza del libro del Apocalipsis, cuando dice que el Señor está a la puerta y llama. Si alguno escucha su voz y le abre, Él entra para cenar juntos (cf. 3,20). Jesucristo llama a nuestra puerta a través de la Sagrada Escritura; si escuchamos y abrimos la puerta de la mente y del corazón, entonces entra en nuestra vida y se queda con nosotros.
 
9. En la Segunda Carta a Timoteo, que constituye de algún modo su testamento espiritual, san Pablo recomienda a su fiel colaborador que lea constantemente la Sagrada Escritura. El Apóstol está convencido de que «toda Escritura es inspirada por Dios es también útil para enseñar, para argüir, para corregir, para educar» (3,16). Esta recomendación de Pablo a Timoteo constituye una base sobre la que la Constitución conciliar Dei Verbum trata el gran tema de la inspiración de la Sagrada Escritura, un fundamento del que emergen en particular la finalidad salvífica, la dimensión espiritual y elprincipio de la encarnación de la Sagrada Escritura.
 
Al evocar sobre todo la recomendación de Pablo a Timoteo, la Dei Verbum subraya que «los libros de la Escritura enseñan firmemente, con fidelidad y sin error, la verdad que Dios quiso consignar en las sagradas letras para nuestra salvación» (n. 11). Puesto que las mismas instruyen en vista a la salvación por la fe en Cristo (cf. 2 Tm 3,15), las verdades contenidas en ellas sirven para nuestra salvación. La Biblia no es una colección de libros de historia, ni de crónicas, sino que está totalmente dirigida a la salvación integral de la persona. El innegable fundamento histórico de los libros contenidos en el texto sagrado no debe hacernos olvidar esta finalidad primordial: nuestra salvación. Todo está dirigido a esta finalidad inscrita en la naturaleza misma de la Biblia, que está compuesta como historia de salvación en la que Dios habla y actúa para ir al encuentro de todos los hombres y salvarlos del mal y de la muerte.
 
Para alcanzar esa finalidad salvífica, la Sagrada Escritura bajo la acción del Espíritu Santo transforma en Palabra de Dios la palabra de los hombres escrita de manera humana (cf. Const. dogm. Dei Verbum, 12). El papel del Espíritu Santo en la Sagrada Escritura es fundamental. Sin su acción, el riesgo de permanecer encerrados en el mero texto escrito estaría siempre presente, facilitando una interpretación fundamentalista, de la que es necesario alejarse para no traicionar el carácter inspirado, dinámico y espiritual que el texto sagrado posee. Como recuerda el Apóstol: «La letra mata, mientras que el Espíritu da vida» (2 Co 3,6). El Espíritu Santo, por tanto, transforma la Sagrada Escritura en Palabra viva de Dios, vivida y transmitida en la fe de su pueblo santo.
 
10. La acción del Espíritu Santo no se refiere sólo a la formación de la Sagrada Escritura, sino que actúa también en aquellos que se ponen a la escucha de la Palabra de Dios. Es importante la afirmación de los Padres conciliares, según la cual la Sagrada Escritura «se ha de leer e interpretar con el mismo Espíritu con que fue escrita» (Const. dogm. Dei Verbum, 12). Con Jesucristo la revelación de Dios alcanza su culminación y su plenitud; aun así, el Espíritu Santo continúa su acción. De hecho, sería reductivo limitar la acción del Espíritu Santo sólo a la naturaleza divinamente inspirada de la Sagrada Escritura y a sus distintos autores. Por tanto, es necesario tener fe en la acción del Espíritu Santo que sigue realizando una peculiar forma de inspiración cuando la Iglesia enseña la Sagrada Escritura, cuando el Magisterio la interpreta auténticamente (cf. ibíd., 10) y cuando cada creyente hace de ella su propia norma espiritual. En este sentido podemos comprender las palabras de Jesús cuando, a los discípulos que le confirman haber entendido el significado de sus parábolas, les dice: «Pues bien, un escriba que se ha hecho discípulo del reino de los cielos es como un padre de familia que va sacando de su tesoro lo nuevo y lo antiguo» (Mt 13,52).
 
11. La Dei Verbum afirma, además, que «la Palabra de Dios, expresada en lenguas humanas, se hace semejante al lenguaje humano, como la Palabra del eterno Padre, asumiendo nuestra débil condición humana,  se hizo semejante a los hombres» (n. 13). Es como decir que la Encarnación del Verbo de Dios da forma y sentido a la relación entre la  Palabra de Dios y el lenguaje humano, con sus condiciones históricas y culturales. En este acontecimiento toma forma la Tradición, que también es Palabra de Dios (cf. ibíd., 9). A menudo se corre el riesgo de separar la Sagrada Escritura de la Tradición, sin comprender que juntas forman la única fuente de la Revelación. El carácter escrito de la primera no le quita nada a su ser plenamente palabra viva; así como la Tradición viva de la Iglesia, que la transmite constantemente de generación en generación a lo largo de los siglos, tiene el libro sagrado como «regla suprema de la fe» (ibíd., 21). Por otra parte, antes de convertirse en texto escrito, la Sagrada Escritura se transmitió oralmente y se mantuvo viva por la fe de un pueblo que la reconocía como su historia y su principio de identidad en medio de muchos otros pueblos. Por consiguiente, la fe bíblica se basa en la Palabra viva, no en un libro.
 
12. Cuando la Sagrada Escritura se lee con el mismo Espíritu que fue escrita, permanece siempre nueva. El Antiguo Testamento no es nunca viejo en cuanto que es parte del Nuevo, porque todo es transformado por el único Espíritu que lo inspira. Todo el texto sagrado tiene una función profética: no se refiere al futuro, sino al presente de aquellos que se nutren de esta Palabra. Jesús mismo lo afirma claramente al comienzo de su ministerio: «Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír» (Lc 4,21). Quien se alimenta de la Palabra de Dios todos los días se convierte, como Jesús, en contemporáneo de las personas que encuentra; no tiene tentación de caer en nostalgias estériles por el pasado, ni en utopías desencarnadas hacia el futuro.
 
La Sagrada Escritura realiza su acción profética sobre todo en quien la escucha. Causa dulzura y amargura. Vienen a la mente las palabras del profeta Ezequiel cuando, invitado por el Señor a comerse el libro, manifiesta: «Me supo en la boca dulce como la miel» (3,3). También el evangelista Juan en la isla de Patmos evoca la misma experiencia de Ezequiel de comer el libro, pero agrega algo más específico: «En mi boca sabía dulce como la miel, pero, cuando lo comí, mi vientre se llenó de amargor» (Ap 10,10).
 
La dulzura de la Palabra de Dios nos impulsa a compartirla con quienes encontramos en nuestra vida para manifestar la certeza de la esperanza que contiene (cf. 1 P 3,15-16). Por su parte, la amargura se percibe frecuentemente cuando comprobamos cuán difícil es para nosotros vivirla de manera coherente, o cuando experimentamos su rechazo porque no se considera válida para dar sentido a la vida. Por tanto, es necesario no acostumbrarse nunca a la Palabra de Dios, sino nutrirse de ella para descubrir y vivir en profundidad nuestra relación con Dios y con nuestros hermanos.
 
13. Otra interpelación que procede de la Sagrada Escritura se refiere a la caridad. La Palabra de Dios nos señala constantemente el amor misericordioso del Padre que pide a sus hijos que vivan en la caridad. La vida de Jesús es la expresión plena y perfecta de este amor divino que no se queda con nada para sí mismo, sino que se ofrece a todos incondicionalmente. En la parábola del pobre Lázaro encontramos una indicación valiosa. Cuando Lázaro y el rico mueren, este último, al ver al pobre en el seno de Abrahán, pide ser enviado a sus hermanos para aconsejarles que vivan el amor al prójimo, para evitar que ellos también sufran sus propios tormentos. La respuesta de Abrahán es aguda: «Tienen a Moisés y a los profetas: que los escuchen» (Lc 16,29). Escuchar la Sagrada Escritura para practicar la misericordia: este es un gran desafío para nuestras vidas. La Palabra de Dios es capaz de abrir nuestros ojos para permitirnos salir del individualismo que conduce a la asfixia y la esterilidad, a la vez que nos manifiesta el camino del compartir y de la solidaridad.
 
14. Uno de los episodios más significativos de la relación entre Jesús y los discípulos es el relato de la Transfiguración. Jesús sube a la montaña para rezar con Pedro, Santiago y Juan. Los evangelistas recuerdan que, mientras el rostro y la ropa de Jesús resplandecían, dos hombres conversaban con Él: Moisés y Elías, que encarnan la Ley y los Profetas, es decir, la Sagrada Escritura. La reacción de Pedro ante esa visión está llena de un asombro gozoso: «Maestro, ¡qué bueno es que estemos aquí! Haremos tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías» (Lc 9,33). En aquel momento una nube los cubrió con su sombra y los discípulos se llenaron de temor.
 
La Transfiguración hace referencia a la fiesta de las Tiendas, cuando Esdras y Nehemías leían el texto sagrado al pueblo, después de su regreso del exilio. Al mismo tiempo, anticipa la gloria de Jesús en preparación para el escándalo de la pasión, gloria divina que es aludida por la nube que envuelve a los discípulos, símbolo de la presencia del Señor. Esta Transfiguración es similar a la de la Sagrada Escritura, que se trasciende a sí misma cuando alimenta la vida de los creyentes. Como recuerda la Verbum Dómini: «Para restablecer la articulación entre los diferentes sentidos escriturísticos es decisivo comprender el paso de la letra al espíritu. No se trata de un paso automático y espontáneo; se necesita más bien trascender la letra» (n. 38).
 
15. En el camino de escucha de la Palabra de Dios, nos acompaña la Madre del Señor, reconocida como bienaventurada porque creyó en el cumplimiento de lo que el Señor le había dicho (cf. Lc 1,45). La bienaventuranza de María precede a todas las bienaventuranzas pronunciadas por Jesús para los pobres, los afligidos, los mansos, los pacificadores y los perseguidos, porque es la condición necesaria para cualquier otra bienaventuranza. Ningún pobre es bienaventurado porque es pobre; lo será si, como María, cree en el cumplimiento de la Palabra de Dios. Lo recuerda un gran discípulo y maestro de la Sagrada Escritura, san Agustín: «Entre la multitud ciertas personas dijeron admiradas: «Feliz el vientre que te llevó»; y Él: «Más bien, felices quienes oyen y custodian la Palabra de Dios». Esto equivale a decir: también mi madre, a quien habéis calificado de feliz, es feliz precisamente porque custodia la Palabra de Dios; no porque en ella la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros, sino porque custodia la Palabra misma de Dios mediante la que ha sido hecha y que en ella se hizo carne» (Tratados sobre el evangelio de Juan, 10,3).
 
Que el domingo dedicado a la Palabra haga crecer en el pueblo de Dios la familiaridad religiosa y asidua con la Sagrada Escritura, como el autor sagrado lo enseñaba ya en tiempos antiguos: esta Palabra «está muy cerca de ti: en tu corazón y en tu boca, para que la cumplas» (Dt 30,14).
 
Dado en Roma, en San Juan de Letrán, el 30 de septiembre de 2019.
 
Memoria litúrgica de San Jerónimo en el inicio del 1600 aniversario de la muerte.
 
FRANCISCO

NOTAS
[1] Cf. Acta Apostólicæ Sedis 102 (2010), 692-787.
[2] «La sacramentalidad de la Palabra se puede entender en analogía con la presencia real de Cristo bajo las especies del pan y del vino consagrados. Al acercarnos al altar y participar en el banquete eucarístico, realmente comulgamos el cuerpo y la sangre de Cristo. La proclamación de la Palabra de Dios en la celebración comporta reconocer que es Cristo mismo quien está presente y se dirige a nosotros para ser recibido» (Exhort. ap. Verbum Dómini, 56).

Pues bien, aunque es cierto que «La ignorancia de las Escrituras es ignorancia de Cristo» (San Jerónimo, Prólogo al libro de Isaías), también es cierto que el centro de la Escritura es Cristo y no a la inversa: «Registrad las Escrituras, puesto que creéis hallar en ellas la vida eterna; ellas son las que están dando testimonio de mí» (San Juan V, 39), y que sólo la Iglesia Católica es la custodia, transmisora e intérprete auténtica de la Revelación, sin cuya definición auténtica no se puede creer ni en los mismos libros sagrados: «Yo, en verdad, no creería en el Evangelio si no me impulsase a ello la autoridad de la Iglesia Catolica» (Ego vero Evangélio non credérem, nisi me Cathólicæ Ecclésiæ conmœ́ret auctóritas. San Agustín, Réplica a la carta de Manes llamada “del Fundamento”, 5). Pero afortunadamente, la Iglesia Católica ha definido desde antiguo cuál es el canon de las Escrituras, y que ella es la única que ha recibido autoridad para interpretarla en los fieles.

Aparte, que Bergoglio fijara su «Domingo de la Palabra de Dios» en el III Domingo del tiempo ordinario (o Domínica III después de la Epifanía) -desconocemos por ahora si le asignarán un formulario de Misa propio, y el documento tampoco incluye prescripciones rituales para la celebración, sino que sugiere MUY VAGAMENTE una «entronización y entrega de la Biblia»- que cae en la semana del 20 al 27 de Enero es muy diciente: Bergoglio afirma que es «un momento oportuno de ese periodo del año, en el que estamos invitados a fortalecer los lazos con los judíos y a rezar por la unidad de los cristianos». Con eso se refiere a que del 18 al 25 de ese mes se realiza el Octavario por la Unidad de los Cristianos (adulteración del tradicional Octavario de la Cátedra de la Unidad), y que el mismo 27 es la conmemoración de la “liberación” del campo de concentración de Auschwitz por las tropas del 106º cuerpo de rifles de la 100ª División de infantería del Ejército Rojo soviético comandado por el ucraniano Anatoly Pavlovich Shapiro (oh casualidad, ¡JUDÍO nacido Anshel Feitelevich Shapiro!) ese mismo día de 1945 a las 15:00 h.

En conclusión, ese «Domingo de la Palabra de Dios», cuyo Motu Próprio que lo introduce es la corona y culmen del conciliar Mes de la Biblia implementado por Wojtyła, es todo menos católico, sino otra treta ecuménica del ecumenista Francisco Bergoglio, para prepararle el camino a ser el Novus Ordo Missæ un Servicio de Oración Protestante en toda regla.
 
JORGE RONDÓN SANTOS
30 de Septiembre de 2019
Fiesta de San Jerónimo, Cardenal-Presbítero, Confesor y Doctor de la Iglesia. Tránsito de Santa Teresita del Niño Jesús y de la Santa Faz OCD, y de San Francisco de Borja SJ.

MES DE OCTUBRE AL SANTO ROSARIO - PREVIO

Tomado de El Rosario: Meditaciones para los 31 días del mes de Octubre, de la autoría del licenciado Juan Luis Tercero. Publicada en Ciudad Victoria, México, en el año 1894 por la Imprenta Oficial de Víctor Pérez Ortíz. Imprimátur concedido el 12 de Marzo de 1894 por Mons. José Ignacio Eduardo Sánchez y Camacho, Obispo de Ciudad Victoria-Tamaulipas (actual Tampico).
  

A LA SIEMPRE VIRGEN MARÍA SANTÍSIMA, LA INMACULADA CONCEPCIÓN, REINA EXCELSA DE CIELOS Y TIERRA; MADRE AMABILÍSIMA DEL NIÑO DIOS; MADRE DOLOROSA DE ESE CORDERO DIVINO, HECHO VÍCTIMA VOLUNTARIA POR LA SALUD DEL MUNDO; MADRE GLORIOSA DEL RESUCITADO Y VENCEDOR JESÚS, ASCENDIDO A LOS CIELOS Y ENTRONIZADO A LA DIESTRA DEL PADRE; MADRE ADMIRABLE EN SUS GOZOS, DOLORES Y GLORIAS: ESPEJO EL MÁS LIMPIO Y LUCIENTE DE LAS TERNURAS, MÉRITOS Y TRIUNFOS DE NUESTRO GRAN REY JESUCRISTO.

¡SEÑORA Y MADRE NUESTRA: ROGAD POR EL POBRE AUTOR DE ESTE LIBRO, Y ROGAD NO MENOS, POR LAS HONORABLES PERSONAS QUE PARA ESTA PUBLICACIÓN HAN PRESTÁDOI.E AUXILIO GENEROSO!

INTRODUCCIÓN
La Religión Católica no tuvo nunca que temer sino el no ser estudiada, para que no se le admirase, o no ser practicada, para que no se le aprovechase. Estudiarla y practicarla da por resultado el encontrar prodigios de sabiduría en cuanto esa divina religión enseña o propone, y a la vez reconocer las dulzuras inefables y los frutos de virtud y santidad que en sus sagradas prácticas se contienen.

Tal sucede con la institución y la práctica del Rosario, que con razón se califica de santísimo. Si alguna institución, si alguna creación de mística piedad ha podido parecer pequeño pensamiento, y su práctica vulgar ejercicio piadoso de almas apocadas, es el Rosario; y sin embargo, esa institución es un portento de sabiduría, y esa práctica de piedad es un cúmulo de oradas y de dichas, como vamos a hacerlo palpar en estos estudios. Aquí no hay más sino que admirar, si se estudia; sino que saciarse de gracias y dichas, si se gusta.

Si los católicos tibios en su fe y en su piedad, entendiesen bien lo que es el Rosario, ya que no le rezan le rezarían; lo mismo habría de suceder y aún sucede, con los preocupados protestantes, si quisiesen reconocer que el Rosario es la flor del Evangelio y el perfume del amor a Jesucristo; y que no hay mejor manera de entender y pedir el vino del amor a Jesucristo, que como se vio en las bodas de Caná: por medio de María. Por fin, si los que rezan el Rosario conocieren bien el don de Dios y le rezaren y meditaren penetrándose bien de la grande obra que en ello practican, quedarán maravillados de la ciencia de su santa religión y de las gracias y delicias que nuestro Dios como su fuente, y nuestra Madre Amabilísima como su viaducto, tienen para aquellos que los invocan.

De ahí, que en esto del Rosario es gratísimo encontrar su origen histórico en un Santo Domingo, admirablemente elegido por la Reina del Cielo para dar a conocer el gran pensamiento de su institución, para ponerlo en ejercicio y para obtener un triunfo tan grandioso como lo ha sido la conversión y extinción de los herejes albigenses, sectarios tan hostiles y adversos al Cristianismo, como los racionalistas el día de hoy, y tan funestos en sus propósitos como los actuales socialistas. Quiere decir, que el Rosario vino a detener por ocho siglos ese luctuosísimo diluvio de la moderna impiedad en que está hoy anegado el mundo cristiano, y esa proterva audacia socialista de que hoy se ven amenazados los cristianos y aun los mismos descreídos moderados, con la diabólica y pavorosamente franca guerra de aquellos furiosos a Dios, a la familia y a la sociedad.

Quien estudiare lo que fueron los albigenses, ya que sabe lo que son los descreídos modernos y los socialistas, reconocerá cuán maravilloso es el poder de Dios al cumplir a su Iglesia la promesa de no ser destruida y al valerse para ello de la invocación a la Vencedora de todas las herejías. Reconocerá también ese observador la sabiduría de la Iglesia, que con el Rosario venció en Lepanto a los musulmanes y más tarde en Viena; en todas y siempre con el Rosario convirtió a los malos, e hizo más perfectos a los buenos. Y más que todo, tiene de reconocerse que la diabólica persecución mucho peor que la faraónica, con que hoy los descreídos se obstinan en acabar con el Cristianismo y toda religión en el mundo, puede ser superada, y lo será ¡vive Dios! con la invocación del Rosario.
  
No en vano el sapientísimo Pontífice León XIII (que Dios guarde) lo ha comprendido así con luminosísima mirada, y así lo ha proclamado en solemne encíclica y ha hecho un llamamiento a todos los fieles israelitas, para que unidos en esa poderosísima invocación, obtengan de la intercesión de María la salvación del pueblo de Israel, de la heredad del Señor y de su Ungido. He aquí sus palabras, dirigidas a los Obispos de todo el Orbe:
«¡Obrad, pues, Venerables Hermanos! Cuanto más os intereséis por honrar a María y por salvar a la sociedad humana, más debéis dedicaros a alentar la piedad de los fieles hacia la Virgen Santísima, aumentando su confianza en ella. Nos consideramos que entra en los designios providenciales el que en estos tiempos de prueba para la Iglesia, florezca más que nunca en la inmensa mayoría del pueblo cristiano el culto de la Santísima Virgen.

Quiera Dios que excitadas por nuestras exhortaciones e inflamadas por vuestros llamamientos, las naciones cristianas busquen, con ardor cada día mayor, la protección de María; que se acostumbren cada vez más al rezo del Rosario, a ese culto que nuestros antepasados tenían el hábito de practicar, no sólo como remedio siempre presente a sus males, sino como noble adorno de la piedad cristiana». (Encíclica “Suprémi Apostolátus Offício”, 1 de Septiembre de 1883).

A esa gran palabra del magno León XIII, tan llena de verdad y oportunidad como la de todas sus grandiosas encíclicas, ha precedido otra mayor bajo algún aspecto, y es la de un gran hecho sobrenatural: el de las apariciones de la Virgen Santísima en Lourdes, apariciones de evidente verdad que han llenado el mundo con esplendores celestiales. Estos hechos son una nueva apología del Rosario: una pastorcita que le reza, la santa aparición que es atraída y queda complacidísima con tales preces, y las diversas demostraciones con que esa aparición da a entender que hoy, como en todos los siglos, y hoy más que nunca, está pronta a socorrernos y salvarnos. Y su excitativa, compendiada en dos expresiones: "penitencia" e "Inmaculada Concepción," acompañada y seguida de ruidosísimos milagros, viene hoy a ser preconizada por la gran Encíclica del Rosario.

En cuanto a nosotros, sin más misión que la del buen deseo, pero sujetos del todo a la censura de la Santa Iglesia, cuya fe por dicha queremos profesar con humildísima obediencia, vamos a continuar este emprendido estudio, porque creemos prestar a Dios por medio de su amabilísima Madre, el especial homenaje que le debemos por inmensos favores recibidos de su bondad, gracias a la intercesión de la compasiva Señora, favores que esperamos habrán de acrecentarse a nosotros y a nuestros deudos, amigos y lectores, y habrán de tener feliz término en la eterna salvación nuestra y de ellos, como de tan Gran Rey y de tan Gran Reina lo esperamos.

Ciudad Victoria, 6 de Septiembre de 1892.

CAPÍTULO I: ¿QUÉ ES EL ROSARIO?
Un benemérito apologista católico de los aciagos días del siglo pasado, definía así el Rosario: «Viene a ser un compendio del Evangelio, una especie de historia de la vida, pasión y triunfos del Señor, puesta con claridad al alcance de los más rústicos, y propia para grabar en su memoria la verdad del Cristianismo» (NICOLÁS SILVESTRE BERGIER, Diccionario de Teología).

Esta es, digamos así, la teoría del Rosario, cuya práctica, que viene a integrar toda su institución, está magistralmente expresada por el citado gran Pontífice reinante, en la ya dicha encíclica:
«La fórmula del Santo Rosario la compuso de tal manera Santo Domingo, que en ella se recuerdan por su orden sucesivo los misterios de nuestra salvación, y en este asunto de meditación está mezclada y como entrelazada con la Salutación Angélica, una oración jaculatoria a Dios, Padre de Nuestro Señor Jesucristo».
De suerte que es el Rosario oración vocal y oración mental o meditación, que unidas entre sí estrechamente vienen a ser, como dice San Bernardo: «La oración una antorcha, de la cual la meditación recibe la luz», según la cita de un piadoso escritor moderno: «Orátio et meditátio sibi ínvicem copulántur, et per oratiónem illuminátur meditátio» (Mons. LOUIS JOSEPH MENGHI D’ARVILLE, Protonotario Apostólico. Anuario de María, o El verdadero Siervo de la Virgen Santísima).

Y así, cuando consideremos cuál es la materia de esa oración vocal y cuál es la de la mental, y cómo pueden entrar en conveniente unión, y qué tan sabia es la inventiva de esa oración y de esa meditación, ya podremos ponernos al tanto de lo grandioso de institución como esa y de su portentosa sencillez, los dos extremos del infinito, el fórtiter y suáviter de lo divino.

Eso quiere decir que la inventiva del Rosario es obra divina, estando al más seguro criterio, y que de no constarnos, como ciertamente nos consta, que esta gran práctica fue revelada por la Virgen Santísima a Santo Domingo, bastará que examinemos las calidades de ese gran invento de piedad, para creerlo fundadamente así con razonable certeza.
  
Tres memorables salutaciones, las cuales valen por tres grandiosos himnos que jamás del cielo a la tierra pudieron mayores haberse entonado en obsequio de una criatura para gloria del Increado, tres memorables salutaciones son la materia del Rosario: la del Arcángel embajador de Dios, anunciando a la humildísima María la Encarnación del Unigénito en su sacratísimo seno: «Te saludo María, llena eres de gracia, el Señóles contigo, bendita eres entre todas las mujeres»; —La de Isabel, madre del prodigioso Juan Bautista, la que llena del Espíritu Santo y sabedora de esa gran embajada y de esa Alteza suprema de la Madre del Verbo, le dice también como el Arcángel, sobrecogida de respeto y agradecimiento, al ser en sus montañas visitada generosamente por María: «Bendita eres entre todas las mujeres» y «bendito es, añade, el fruto de tu vientre»; — Y la del Gran Concilio de los Obispos, reunidos en Éfeso contra Nestorio, quienes al proclamar fervientes el dogma católico, después de discusión luminosísima llena de sabiduría, de piedad y de la ciencia profunda de la Biblia y de la Tradición, en medio de las aclamaciones del pueblo de Éfeso que llora de alegría, exclaman así para siempre: «Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte».
  
¡Qué salutaciones! ¡Qué tres himnos de triunfo! ¡Que himnos para honrar al Increado! ¡Qué celestial materia digna del espectáculo de los ángeles y de los hombres, para que, en voces concordes de estos con aquellos, los hombres no sólo aplaudan sino que rueguen y hagan una oración, como la cual, ninguna puede ser tan bien acogida ante el trono del Santísimo Dios!

Y esas tres tan breves salutaciones, dichas una sola vez en su origen por el ángel y por los hombres, escritas para siempre en el libro del Santo Evangelio y en les augustos anales de la Iglesia, merecedoras por lo mismo de ser solemnemente repetidas de los cristianos, por vía no sólo de aplauso sino de oración, ¿en qué forma pudieran ser repetidas?

Ciento y cincuenta veces; ese es el invento divino, como vamos a admirarlo. Antes diremos, que hubo desventurados volterianos en nuestra Patria, que con insensata soberbia se burlaron cual de cosa inepta, de la repetición del Ave María, como se hace en el Rosario. Insensata soberbia; porque el hombre no es ángel, y si sólo con la repetición de sus actos de pensar, puede conseguir el efecto que el ángel consigue, de una vez, por la intensidad con que piensa, ¿cómo no ha de ser sabio que el hombre repita el Ave María, para pensar mejor en ella? ¿Y por qué no uno y cien esfuerzos en penetrarse bien de la gran dicha de esa salutación? En ella se contiene la expresión del infinito amor de Dios a los humanos, expresión que merece ser cantada, ser amada, ser pagada con las alabanzas de todos los ángeles, con la sangre de todos los mártires, con el amor de todos los santos y todos los justos.
   
Volteriano: si no es que niegues la verdad de la Encarnación del Hijo de Dios, no puedes negar que es muy sabio repetir, como se repite en el Rosario, esa memorable salutación angélica, esa memorable salutación de la madre del Bautista, esa memorable salutación del Santo Concilio y de la muy piadosa ciudad de Éfeso, la noche de su triunfo contra Nestorio.

Sí, cristiano: repite, repite esas dulcísimas palabras. La repetición de las trompetas santas durante siete días, hizo caer con estrépito, en momento inesperado para los impíos, las murallas de la inexpugnable Jericó. Educa tu alma en esa santa repetición, que es gran gloria para Dios, gran honra para la Madre suya y Madre nuestra; gran medio de agradecimiento de lo que les debes, de alivio de lo que te aqueja, de conjuro de lo que te amenaza, y por fin, de goce de lo que anhelas por conseguir.

Esta elección de la materia de la oración del Rosario, tan admirable de por sí, no lo es menos por la del número de sus repeticiones; y en esto figuran hasta profecías bíblicas que en la invención del Rosario se cumplen, como vamos a hacerlo notar. Aprovecharemos sobre lo nuestro también lo ajeno de piadosos autores, cuya lectura ha quedado, por desgracia, relegada a sólo el humilde pueblo, o ya por lo anticuado del estilo de su redacción, o por la baja que el fervor de los creyentes ilustrados ha sufrido.

Si el número de los Salmos es de ciento cincuenta, muy armónico resulta que el mismo sea el de las Ave Marías en el Rosario, como que unas y otros constituyen una repetición de alabanzas, con la diferencia de que los Salmos son alabanza encubierta en profecía, y el Ave María es la realidad con el luminoso cumplimiento de lo profetizado.

Los Salmos fueron la alabanza oficial litúrgica del sacerdocio de la Sinagoga y lo son hoy del de la Ley de gracia, y el Rosario con sus ciento cincuenta repeticiones, es la alabanza de todo el pueblo distribuido en sus hogares o congregado en el Templo o en procesión en las calles; sin que por eso dejen de prestar su homenaje Papas, Obispos y demás sacerdotes de la Santa Iglesia, con el Santísimo Rosario, ya a la cabeza del pueblo congregado, ya también esas altas dignidades, como los simples fieles en el retiro de su hogar, en el seno de su familia.
  
El asunto de los Salmos es la alabanza A Dios por los beneficios de la Creación y los mayores de la Encarnación, Redención y Glorificación, todavía estos en su estado profético; y es tan grande esa alabanza, que, no por haberse cumplido en mucha parte esas profecías, deja de merecer el Salterio el constituir la base de la alabanza oficial del cuerpo sacerdotal de la Santa Iglesia; disponiéndolo así la sabia Providencia para que la gloria de su Cristo se vea haber sido siempre una, así en los siglos de ayer como en los de hoy, y que así lo será en los de mañana: «Christus heri el hódie, ipse et in sǽcula». —El asunto del Rosario es la alabanza por los beneficios de la Creación y por todos los ya dichos de la Ley de gracia, ya cumplidos, ya después que ha resplandecido su gloria, ya después que el Padre Celestial, dando al mundo su Hijo Unigénito, le ha convencido del amor inmenso y compasivo que le tiene, ya que hemos visto al Verbo hecho carne, lleno de gracia y de verdad, ya que hemos sabido de los labios del amable Jesús, que, verle a Él, es como ver al Padre, como si viésemos a Dios, como si Dios mismo se nos hubiese mostrado.
  
Pero el asunto del Rosario, no conteniendo explícitamente de por sí, en su oración vocal, todo el de los Salmos, está integrado, como ya se sabe, con el de la meditación sobre el recuerdo de todos los misterios de la vida, pasión, muerte, resurrección y ascensión de Nuestro Señor Jesucristo, y con los de gozo, dolores y glorias de su Santa Madre, completándose así la armonía del rezo de los Salmos con el del Rosario; porque, lo repetimos, el movimiento de pensamientos y afectos en los Salmos, tiene por principal materia la profecía abundantísima de la vida, pasión, muerte, resurrección y ascensión de Nuestro Señor Jesucristo, y no pocos misterios referentes a la Santa Madre de Dios.
   
Con razón por eso, pensando en la institución del Rosario, se ve el profundo alcance de esa aserción bíbiica por la que podemos estar ciertos deque la Palabra de Dios, el querer absoluto de Dios, imposible es que queden en vano. Dios quiso amor, Dios quiso alabanza, Dios quiso prender fuego a la tierra y abrasarla en amor; Dios quiso ser alabado por este amor de los hombres, quiso que una oblación limpia se le ofreciese en todas partes y a todas horas, desde el Oriente hasta el Ocaso, y quiso que su pasión y muerte, y su última cena, como lo dijo explícitamente el Verbo Divino, y por consecuencia Sus otros grandes misterios, se recordasen por los cristianos; y he ahí cómo ese querer no queda en vano: la estupenda institución de la Misa por una parte, y la estupenda del Rosario por otra, cumplen a maravilla con ese divino querer.
  
En toda la redondez de la tierra, desde los primeros siglos cristianos la Misa, y, desde el siglo de Santo Domingo, el Rosario, no han cesado de levantar al cielo la oblación pura de grandísimo número de cristianos, mediante la que se devuelven gracias, al Padre, por su amor con que nos dio a su dulcísimo Jesús y a esa dulcísima Señora, Madre de su Hijo y Madre nuestra. Y este movimiento de tantas alabanzas ha venido siempre en aumento, al impulso maravilloso de la hostilidad de los pecadores y de los impíos.
  
Nótese con ello esa otra consonancia admirable entre los fines del Rosario y los de la Misa: «Hoc fácite in meam commemoratiónem» (Haced esto en memoria de mí).

¿Quería Jesucristo que sus inmensos favores y los de su Madre amabilísima no se echasen en olvido, con la alabanza del recuerdo de agradecimiento y de amor? Lo ha conseguido portentosamente; porque jamás, desde que lo quiso, ha dejado de tener entre los hombres muchísimos que hacen diario recuerdo de lo que le debemos a Él y a la Reina; número que todos los días va en prodigioso aumento; y que plegue a vosotros ¡oh piadosos Jesús y María! aumentemos el que esto escribe y los que lo escrito leyeren. Que ese amor bienhadado de los Pablos e Ignacios, de los Ireneos y Atanasios, Cirilos y Leones, Gregorios e Ildefonsos, Anselmos y Bernardos, Domingos y Franciscos, Tomás y Buenaventura, Brígidas y Catalinas, Magdalenas de Pazzi y Teresas de Jesús, Píos V, Felipe Neri e Ignacio de Loyola, María de Ágreda, Alfonso de Ligorio y Bernardita de Lourdes, Pío IX y su no menos dichoso Sucesor; que ese amor bienhadado de tan distinguidos cristianos, haga de nosotros lo que fueron ellos.
  
Por fin, en este punto, para dar idea breve de las armonías que reinan entre el número de las alabanzas del Rosario en sus Ave Marías y el de muchas figuras proféticas del Antiguo Testamento, bastará transcribir algunos conceptos de un libro muy popular entre los cristianos piadosos de las naciones hispano-americanas:
«En el Arca de Noé se halla este número (ciento cincuenta) porque, como dice la Escritura, a los ciento y cincuenta días, que es el número sagrado del Rosario, los manantiales del abismo que anegaban la tierra se cerraron; las nubes y las tormentas cesaron; fueron a menos las aguas del diluvio; descansó el Arca sobre los montes y se acordó Dios de Noé y de todos los animales; por donde se conoce cuántas son las maravillas que andan juntas con la sombra del Santísimo Rosario. Con él se cierran las puertas del abismo infernal; con él se serena el cielo, cesan las tempestades y rigores de la Divina Justicia; van a menos las tribulaciones y descansa la Iglesia, y se acuerda el Señor de los hombres y animales del Arca; esto es, de los buenos y malos cristianos.

Está así mismo figurado en el Tabernáculo de Moisés (como lo dice la Escritura) en todos sus números, de diez, cincuenta, y ciento y cincuenta, en las cortinas, hebillas, presillas y círculos o coronas de oro, con que se había de vestir el Arca, adornar el Santuario y perfeccionar todo el Tabernáculo; por todo lo cual debes entender las virtudes de que se vistió y adornó el Arca María Santísima, el Sancta Sanctórum, y el Altar de los Sacrificios, que es la Sacratísima humanidad, con todos los misterios de su santísima vida. Y en las hebillas, presillas y círculos de oro, que eran ciento y cincuenta y unían las cortinas y vestuario del Arca y Santuario, has de considerarlas ciento y cincuenta Ave Marías del Santísimo Rosario, que unen y juntan en uno entero las virtudes, obras y misterios de Cristo y su Madre, de que se vistieron sus santísimas almas, y se visten todas las de los cristianos». (Fray PEDRO DE SANTA MARÍA Y ULLOA OP, Arco iris de paz: cuya cuerda es la Consideración y Meditación para rezar el Santísimo Rosario de Nuestra Señora)
  
Cúmplenos ahora exponer lo que corresponde a ese asunto de recuerdo y meditación de los grandes misterios de Jesucristo y de María, con que se entrelaza la oración vocal en el Rosario; pero esto ya reclama un nuevo capítulo, que es el siguiente.

CAPÍTULO II: DE LA MEDITACIÓN DE LOS GRANDES MISTERIOS DE JESUCRISTO Y DE MARÍA EN EL ROSARIO, Y DE SU ENLACE CON LA ORACIÓN VOCAL
Fácil fuera sentir pesada la práctica de la oración mental; pero sería insensato desconocer que no hay ejercicio más razonable, digno y levantado que el de ese género de oración, y que no hay dicha tanta como la de meditar en los asuntos del cielo. Porque si el ejercicio de las potencias del alma es en el cielo conocer a Dios y gozarle, todo en premio y galardón de una vida de prueba, en la tierra esas mismas potencias no pueden tener otro objeto verdaderamente necesario que el de anticiparse a conocer y desear por mérito, por fe y por amor laboriosos, lo que sólo así puede conocerse y amarse después con la fruición de infinita dicha.
   
Una sola cosa es necesaria, dícenos el Divino Jesús; y así, quien sabe dar importancia a la meditación de los asuntos de piedad y de su salvación eterna por consecuencia, ése es cuerdo y ése es prudente, los demás son locos; decía con sobrada razón San Agustín en equivalentes palabras. Por eso los místicos, esos hombres verdaderamente sabios, consideran como asegurada la salvación eterna de aquél que hace oración mental todos los días, siquiera unos cuantos minutos; y por el contrario, ven un funesto presagio en la carencia de esa oración en tal otro, por más que ése no aparezca con vicios.

Esto supuesto, si oración mental debemos hacer so pena de perdernos, ¿qué oportunidad diaria podemos encontrar mejor, que la que nos ofrece la celeste inventiva del Rosario? Aquí que podemos decir poseídos de filial contento: sí, Padre Celestial, sí Hijo Unigénito hecho hombre por nuestra salvación, sí misericordiosa Madre de Jesús y Madre nuestra, ya lo sabemos y nos es grato proclamarlo y saborearlo en nuestros corazones; una sola cosa es necesaria, una sola cosa de vida eterna: conocerte a ti, Dios verdadero, y a tu Mesías Jesucristo, y a La que es el camino de ese camino. ¿En qué pensamos, en qué nos gozamos, qué podrá salvarnos si no es la meditación de vuestros misterios, ¡oh Jesús! ¡oh María!, en medio de la repetición de la salutación angélica y de esa oración que nuestro Jesús nos enseñó a recitar ante su Padre celestial? No pueden darse actos más gratos y meritorios, que los que vamos a reseñar brevemente como inventario de santa riqueza. Hélos aquí:
  • Hacer filial y amoroso recuerdo, todos los días, de que Dios Padre nos ha amado tanto que nos dio a su Hijo Unigénito, quien se hizo hombre por nuestra salvación en el seno de la Santa Virgen; entregar seriamente el alma a la consideración de ese sacramento de piedad, como San Pablo llama a la Encarnación del Verbo Divino; deducir seriamente de ello el propósito de huir del pecado y cultivar la virtud para merecer la eterna recompensa, evitando el eterno castigo: todo esto fiados en que, si el Padre ha querido que su Unigénito se haga hombre, ha sido para facilitarnos la manera de ganar el cielo;
  • Hacer filial y amoroso recuerdo de ese primer ejercicio de la misericordia, con que la Madre de Dios se apresura a llevar a la casa de Isabel, la santificación del futuro Precursor del Mesías; contemplar seriamente la grandeza de esa Madre de Dios que así inaugura el reinado de sus misericordias, la manifestación de sus inmensas virtudes, que á impulso de estas prorrumpe en ese grandioso himno del Magníficat, el más bello que jamás entonó criatura, himno inmortal, en alto grado profético, de humildad y de amor a Dios y a los humanos; deducir de tan excelsas virtudes de nuestra Hermana, el deseo y el aliento de imitarlas en nuestra medida y en nuestra esfera;
  • Hacer el recuerdo filial y amoroso y contemplar seriamente al Verbo humanado en el establo de Belén la noche hermosísima de su nacimiento, la adoración de los Pastores y de los Reyes y el himno de gloria y de paz de las multitudes angélicas; la dulzura inefable de la Madre de Dios ante su Hijo hecho párvulo y la del castísimo esposo de la siempre Virgen; la consagración de la pobreza y la glorificación de la virginidad; la destrucción del reinado de las vanidades humanas y la iniciación de todos los hombres amantes del bien y de la virtud, en esa senda bienaventurada por la que se va en pos de Jesucristo y de su Madre fidelísima;
  • Hacer filial y amoroso recuerdo y seriamente poner la atención en ese espectáculo tan humilde a la vez que grandioso, del ofrecimiento del Niño Dios en el Templo, en brazos de María, acto profetizado siglos antes; contemplar, cómo allí, a la vez que los ancianos Simeón y Ana la profetisa, alcanzan, sólo ellos dos, la dicha suspirada por millares y millares de israelitas durante siglos, es iniciada la joven Madre de Dios en el presentimiento del acerbo suplicio del Calvario, y le es anunciada esa cuchilla que de manera diversa tenía que traspasar su corazón y el alma de Jesucristo. ¡Consoladora enseñanza de paciencia en los grandes trabajos con que han ele alternar los justos los goces de la virtud!
  • Hacer el filial y amoroso recuerdo con el interés del agradecimiento, de esa otra escena de la vida de Cristo y de su dulce Madre, en que el Divino Infante desaparece como perdido durante tres días a la dolorida Madre, que al fin le halla gozosa en el Templo; preludios de la futura muerte y resurrección del Verbo humanado, y una enseñanza más de que quien sufriendo busca a Dios, con gozo le hallará;
Contemplamos en seguida esa pasión de Cristo, esa compasión de María, que tanto nos enseñan de las finezas del amor de Dios a los hombres y del tan semejante de la ínclita María, de la enormidad del pecado, del mérito hermoso de la virtud, de la infinidad del premio, de la eternidad del castigo para los observantes o transgresores de la ley, de la conciliación entre la justicia y la misericordia del Dios de toda santidad;
  • Contemplamos esa agonía de Jesucristo, que hiere su alma antes de que los hombres piensen quizá todavía cuánto es lo que van a herir su cuerpo; esa agonía en medio de la sublime oración del Huerto, oración y agonía que de lejos acompañó sin duda la gran Madre;
  • Contemplamos esa escena de Jesús atado a la columna del Pretorio y azotado rabiosamente por la soldadesca romana sobornada por los fariseos, inspirados éstos por el mismo infierno en su diabólica lucha con el Redentor; y a la vez la dulcísima Señora, modelo incomparable de mansedumbre y de ternura, no menos que de estupenda fortaleza y abnegación, presente como Reina de los mártires ante el sangriento suplicio. ¡Enseñanza en que se inspiraron los prodigios de tantos mártires, que muy en breve siguieron y han seguido hasta hoy ese martirio de la Madre de Jesús!
  • Contemplamos ese espectáculo del ensangrentado Divino Reo, mudo por sublime paciencia, sin la arrogancia del estoico ni el abatimiento del cobarde; insigne Varón de dolores tan único en la sublimidad de su paciencia, que sólo un Hombre Dios podía ser como ese Justo, escarnecido, befado con la corona de espinas y el harapo de manto real, saludado procazmente por la canalla farisaica y compadecido y adorado con hondos gemidos por la ínclita Reina y los pocos fieles que la Acompañan. ¡Qué enseñanzas tan dignas de agradecerse y aplaudirse hora por hora!
  • Contemplamos esa marcha triunfal del Verbo con su cetro de la cruz por la calle de la Amargura, para tomar después posesión de un trono de ignominia que más tarde será el gran título de sus glorias; ese camino de la cruz en pie la víctima cae tres veces desfallecida; en que se ofrecen: la grande predilección divina de un pasajero de Cirene, afortunado en ser compelido a compartir la portación de la cruz; la predilección divina de las compasivas mujeres que lloran al que los fariseos insultan; la predilección de esa Verónica que animosa emprende la obra de limpiar el dulcísimo rostro de Jesucristo, ganando así una gloria que envidiarán los héroes; esa calle de la Amargura, repetimos, en que se nos presentá el dolorosísimo encuentro de la incomparable Madre con el Hijo Divino;
  • Contemplamos, por fin, el Calvario, pedestal del trono de la cruz en que la víctima es clavada en medio de dos facinerosos, uno de los cuales, en contraste con el desventurado impenitente de la izquierda, arrebata el cielo a última hora; en ese patíbulo, el septenario de admirables palabras y enseñanzas inmortales del Salvador, y siempre firme y asociada a su pasión la Madre, que es allí declarada también Madre de los humanos. El recuerdo diario y solemne de tan grandes favores de nuestro Dios, digno es de hacerse en el Rosario, y admira reconocer en tanta sencillez de institución, tan sublime cumplimiento de lo que no podía menos de reclamar la sabiduría del amor infinito: atizar sin cesar el recuerdo del amor agradecido;
Por último, los triunfos del Salvador y de su dulce Madre, con que se cierra la gran empresa de nuestra hermosa redención, se ofrecen al diario y agradecido recuerdo.
  • Jesucristo resucitado, la tempestad disipada, las aguas de amargura reducidas a sus abismos, la heroica Reina de los mártires saludada primero que todos por su glorificado Hijo, y salva ya de tan inaudito sufrir. La Resurrección del Señor, esperanza y prenda de la nuestra, enseñanza de recompensa perdurable después del brevísimo sufrir de la prueba. La Resurrección, grandioso argumento, incontrastable, contra el cual los enemigos ele nuestra santa Religión jamás han hecho sino tartamudear vergonzosas objeciones. La Resurrección, escuela de celeste gozo en que el amor filial aprende a buscar las cosas de Dios y a olvidar los placeres transitorios de este destierro;
  • Otro triunfo: la Ascensión de Jesucristo, a la vista de la Madre y de los discípulos, complemento del gozo de la Resurrección y de sus glorias, principio de un nuevo orden de vida espiritual, de amor más perfecto y meritorio, en que se ama a quien no se ve, sin el aliciente del consuelo sensible de su vista y de sus palabras, nuevo orden de amor en que la Reina de las Vírgenes es constituida como siempre la primera, para nuestro consuelo y enseñanza;
  • Otra gloria: la Pentecostés, la venida del Consolador, caridad del Padre y del Hijo, Dios como ellos, que es enviado e infundido en el alma de la nueva Iglesia formada de las primicias dichosísimas de los hijos de Dios, de esa Madre que en lugar de Jesús preside humildemente a todos sus discípulos, y que de entonces hasta su Tránsito gobernará con modestísima sabiduría en una especie de orden privado, porque el orden público está encargado a Pedro;
  • Las glorias de la Madre: el Tránsito y la Asunción de nuestra Reina, cuyo recuerdo es de tan elevada perfección como el de la Resurrección de Jesucristo; en él termina la contemplación de nuestra Madre en su vida sensible, digamos así, a nuestros ojos y a nuestros oídos, y a la vez comienza el ejercicio de ese afecto levantado, al que debemos aspirar los que hemos de salir en breve de este Egipto y tomar posesión del Edén celeste;
  • Ciérrase esta serie admirabilísima de recuerdos de meditación, con el definitivo triunfo de María la Madre de la misericordia, constituida Reina de todo lo criado, de los ángeles y de los hombres, y encumbrada en trono á la diestra de su Hijo, en el que no cesará de estar rogando por nosotros, llenando inumerables páginas de los anales de la Iglesia con sus prodigios de piedad para con los justos y aun los más rebeldes pecadores.
¡Qué serie de religiosos recuerdos! ¡Qué encadenamiento! ¡Qué integridad! ¡Oué perfección! ¡Los grandes favores del cielo con el hombre, los misterios de su creación, redención y glorificación, puestos en forma de ser alabados, agradecidos y aprovechados diariamente!
   
CAPÍTULO III: OBSERVACIONES PREVIAS SOBRE LA ECONOMÍA DE LA REVELACIÓN DE LOS MISTERIOS DE LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA, EN RELACIÓN DE LOS DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO - REVELACIÓN BÍBLICA - REVELACIONES PRIVADAS
La piedad, como toda virtud y como virtud superior, tuvo siempre que ser esforzada. Poca piedad hizo que los herejes pretendiesen guiarse sólo por la Biblia y menospreciasen la Tradición sagrada; poca piedad ha hecho también que herejes, como los jansenistas y racionalistas o católicos contagiados de racionalismo, pretendiesen no salir de lo dogmáticamente obligatorio y despreciasen las revelaciones hechas sin título de dogma a las almas santas, olvidando así lo que ya el Espíritu Santo, por San Pablo, nos prevenía: «Prophetías nólite spérnere, ómnia autem probáte» «no queráis despreciar las profecías; examinarlas sí» (I Tesalonicenses V, 20 y 21). Y así como no quedaba ni podía quedar cerrado el registro de los milagros, con sólo los milagros evangélicos, tampoco las revelaciones del Espíritu Santo a su Iglesia, tenían por qué reducirse a las solas que constituyen el depósito de los libros bíblicos o de la Tradición Apostólica.

En principio, sería poner límites a la munificencia divina el no querer aceptar lo que de otra manera, que con la revelación bíblica o apostólica, se notificase por Dios a nuestra piedad; siendo así que bajo la inspección y el gobierno del Episcopado y, sobre todo, del Romano Pontífice, no hay temor de que fiel alguno sufra las alucinaciones de la falsa piedad o de la soberbia; pues con el establecimiento de la Iglesia docente, nuestro Dios, Dios de verdad y sabiduría, proveyó de una vez a todo. Por eso, no será nunca señal de espíritu de obediencia el declararse reacio a creer y a aprovechar las revelaciones privadas que se proponen a nuestra piedad bajo el visto bueno de la Iglesia.

De esas privadas revelaciones hay contingente no escaso para explanar y detallar los datos preciosos de la vida, pasión, muerte y resurrección de nuestro Señor Jesucristo y de la vida de su Santísima Madre, como son los de las revelaciones de Santa Brígida, la venerable María de Ágreda y Sor Catalina Emmerich.
  
Nuestro siglo, que en el sentido del mal se ve ya concluir ofreciendo los mayores horrores de apostasía del seno de su Ciudad anticristiana, ha visto, en sentido contrario, ir desapareciendo esa falta de piedad de muchos de los hijos fieles de la Ciudad de Dios. En días menos felices llegaron muchos fieles a ver con menosprecio y aun con hostilidad, lo que no fuese absolutamente obligatorio por absolutamente auténtico y dogmático; sin considerar la economía de los favores y de las voluntades divinas, entrando en el orden de éstas lo de precepto y lo de consejo, y en el orden de las revelaciones lo dogmático y lo de piedad. Y así como fuera injurioso a nuestro Dios el menospreciar su consejo, sólo porque no era precepto, y más el menospreciarlo sistemáticamente, injurioso y mucho tiene que ser el menospreciar las revelaciones, y más, sistemáticamente, porque no obliguen bajo el anatema de la Iglesia.
   
Pasó por dicha el tiempo de la ceguedad; ya no hay o son pocos los jansenistas; los hijos fieles de la Iglesia honran ya todo lo que su Madre juzga digno de honra, y estiman como luz todo lo que su Madre les propone como luz, aun cuando esta luz no sea la que recibieron los Apóstoles, puesto que «la mano de Dios no se ha abreviado». Recojamos, pues, con respeto y reconocimiento y saboreemos ese maná celeste que de tiempo en tiempo, y ya muerto Moisés, se digna enviarnos el Divino Jehová del Nuevo Testamento.
   
Es muy provechoso notar, en cuanto la ciencia divina nos brinda a que la estudiemos, la sapientísima conveniencia de que las revelaciones divinas fuesen, según de hecho lo han sido, las relativas a Nuestro Señor Jesucristo, como del Verbo humanado, como de nuestro Dios único, Criador, Redentor y Glorificador abundantes, principales y dogmáticas; y que muchas de las relativas a la Virgen Madre, muy grande sobre todas las criaturas, pero subalterna ante su Dios y Criador, no constasen de esa manera dogmática; sin que por esto dejase de convenir que, con otra solemnidad de carácter subalterno, se revelasen las glorias de la Madre, para gloria de su Hijo y provecho nuestro. Más todavía: aun tratándose de la revelación concerniente a la persona y a los hechos de ese divino Hijo Redentor nuestro, convenientísimo era que no todos nos constasen por el Evangelio ni por la Tradición Apostólica; pero que tampoco dejasen de constarnos por otros medios, como han sido los de las comunicaciones privadas.
  
Si ni por el Evangelio ni la Tradición sagrada apostólica, convino que supiésemos si fueron numerosísimos y cruentos en exceso esos azotes que recibió nuestro dulce Jesús, «con cuyos cardenales fuimos curados», como tantos siglos antes dijo el Profeta, ¿quién duda lo conveniente que era para los fines de la gloria del Verbo y el bien de las almas amantes suyas, revelar esos detalles de la historia de la pasión divina mediante los que supiésemos más y más sus glorias? Grandes han sido las de ese combate en que a la rabia diabólica de Satanás, secundada por la perfidia farisaica y la maldad gentílica, se opuso la pasmosa mansedumbre que tantos himnos ha hecho entonar y hará entonar para siempre en honor del divino Cordero. Convenientísimo era, y digna recompensa de la piedad de esa reina de Suecia de inmortal renombre, Santa Brígida, que a ella la escogiese el Cielo para oír de los labios de la Reina de los ángeles y de la misericordia, tan dichosa revelación, como es esa, en que la altísima Señora refiere los detalles de la flagelación del divino Jesús y los inmensos dolores de la dulce Madre. Extraño sería que Dios, tan espléndido en sus favores y, permítasenos la frase, tan lógico en sus voluntades, no hubiese contentado de esa suerte la santa curiosidad de los que le aman. ¡Los detalles de los azotes, los de muchos pasos de la Vía Sacra, la impresión de las llagas en el excelentísimo hijo de Dios, Francisco de Asís, cómo no propender a creerlos, apenas la Iglesia nos diga: «puedes creerlo», si es tan verosímil, dado lo que es Dios y dado lo que son sus Santos!
   
Y así, nada menos que para los altos fines de la institución del Rosario, son grandemente verosímiles (credibília facta sunt nimis) esas revelaciones que se llaman privadas y que lo son sólo de cierta manera, porque sus fines son altamente públicos, de muchos detalles de la vida, pasión, muerte y resurrección del Hijo, y de los gozos y dolores de la vida, asunción y coronación de la excelsa Madre. Otra razón ha habido también para que las fuentes dogmáticas de la revelación divina no contuviesen muchos detalles más a menos excelentes acerca de nuestro divino Jesús y de su Madre amabilísima: la de proceder de lo iniciado a lo consumado, de lo general a lo detallado, de lo perfecto a lo más perfecto, y esa razón es la misma que ha presidido al desenvolvimiento de la enseñanza y del triunfo de cada uno de los dogmas. El Rey de los siglos ha querido que sus altísimos favores resplandeciesen, no con la súbita rapidez de la luz del rayo, sino con la sublime lentitud de la luz del día, que de alba cándida se transforma en aurora rubicunda, de ésta en alegre mañana y, andando las horas, en pleno y esplendoroso medio día; y aun luego, de un día para otro día, esa misma luz va adquiriendo nuevas entonaciones y colorido, conforme va acrecentando su reinado la primavera.
   
Así es como el sol divino Jesucristo ha ido más y más cada hora y cada día dando a conocer la luz de su gloria; y si fue conveniente brillase en Nicea con nueva luz a más de la que surgió en su aurora de la resurrección en Jerusalén, y todavía con más luz en Éfeso y en Calcedonia, y que a su semejanza la Madre amabilísima fuese en aumento de glorias de su asunción a su proclamación dogmática en Éfeso y últimamente en el Vaticano, conveniente ha sido también que la luz de nuevas revelaciones fuese de tiempo en tiempo entonando y colorando la luz del tiempo precedente.
   
Así el hombre meditaría con detenimiento lo que es tan digno de ser meditado con el exquisito gusto de las cosas celestes, y después que en los relatos evangélicos y a la luz ele las piadosas reflexiones de los Santos Padres, hubiese hecho entrar en su mente y en su corazón esa buena nueva de los hechos gloriosos de Jesús y de María, se le darían a saber y a gustar relatos aún más íntimos de esos dos luminares de nuestra infinita dicha; se le diría cuanto pudiese saberse de ese divino Verbo humanado, cuanto pudiese saberse de esa admirable Madre de Dios, para más servirlos, para más amarlos, para más asegurar nuestra esperanza en la visión gloriosa de la Patria que nos está prometida.
   
Demos, por tanto, mucha importancia, amado lector, cuanta nos permita nuestra Madre la Santa Iglesia, a la buena nueva de esas revelaciones de esas almas bienaventuradas, revelaciones con que contamos para ampliar con ellas las dulces meditaciones del Rosario. Lejos de desatenderlas, habremos de reconocerlas como un tesoro, fiados en el ejemplo de los bíblicos expositores como un Cornelio Alápide, a quien, bajo los auspicios de la Santa Iglesia, seguiremos en la exposición de los misterios del Rosario. Entremos en tan grata materia; consíganos de su Hijo divino, nuestra dulce Madre, desempeñar un provechoso trabajo en lo que vamos escribiendo; nada sabemos, muy tibios somos; pero deseamos hacer algo en honor de nuestra Reina, para captarnos la benevolencia del adorable Rey.

«¡Dignáre nos laudáre te, Virgo Sacráta!».

CAPÍTULO IV: DE LA MEDITACIÓN DE LAS FRASES DEL PADRE NUESTRO, EL AVE MARÍA Y EL GLORIA PATRI
Pero la grandeza de los elementos del Rosario consiste no sólo en lo dicho; no sólo en el recuerdo de sus grandes misterios en sus tres series referentes a Jesucristo y a María; no sólo en la alteza de las tres grandes oraciones, “Pater noster”, “Ave María” y “Gloria Patri”; no sólo en su alteza, digamos así, mas en su profundidad y anchura. Que es como proponernos estos problemas:
  • ¿En las frases divinamente inspiradas de esas oraciones, habrá intención y virtud bastante para reunir y compendiar todos los géneros de afectos y alabanzas del Salterio y de todo el Antiguo Testamento, del Evangelio y de todo el Testamento Nuevo?
  • ¿Podrá decirse que en esas frases, a más del espíritu de alabanza, se alienta el de penitencia y aun provechosísimo ascetismo?
  • ¿Podrá decirse que el Rosario es como un Breviario para uso del pueblo cristiano y como el compendio del gran libro que recita la Iglesia universal?

¡Y cómo que sí! Vamos no sólo a demostrarlo sino aun a hacerlo admirar.
  
El temor santo, el amor hermoso, la fe en el gran Dios y en su Salvador; la santa esperanza, la alabanza y el homenaje a la Magestad del gran Rey y Padre de los humanos y de todo lo criado; el Salvador, el Cristo, el Mesías, el Ungido; la Mujer, la Mujer fuerte, la Madre de Aquél que vencería a la serpiente; la Reina, la Madre del Rey, la Hija del gran Rey, toda gloria a la Santísima Trinidad: ese es el resumen, el fin, el medio, el principio, el todo del Antiguo Testamento así como del Nuevo; el Alfa y el Omega de todas las letras de esa doble revelación del gran Rey de la eternidad en su sabiduría y amor al hombre.

Pues bien: todo esto resumen y formulan esas tres frases del Padre nuestro, el Ave María y la doxología o Gloria Patri. Si es en el Antiguo Testamento y principalmente en los Salmos, todas las alabanzas a ese Dios, que «en el principio crió el cielo y la tierra»; a ese Dios a quien Isaías glorifica como «Señor de los Ejércitos", y Moisés como «Triunfador Caudillo», y David como «Dios de los dioses», como el «Señor, el Rey y Dios de nuestro corazón»; todas esas alabanzas resúmense, amplíanse y resuélvense en esta frase que dice más que todas aquellas: «¡Padre nuestro! santificado sea tu nombre». Fin de todas las cosas, derecho supremo del Criador de todas ellas, razón de toda teología, de toda acción de criatura: la Gloria de Dios es sobre todo.
   
Al criarnos Dios, ¿qué móvil podía tener más razonable que su propia gloria, que la manifestación de su bondad santísima? ¿Qué alabanza puede, por tanto, ser más propia de la criatura a su Criador, que esa de invocarle, invocarle como Padre y no pedirle por principio sino la gloria del invocado? Si el rey profeta se extasiaba cuando decía, refiriéndose a la denominación de «Señor y Rey nuestro» que a Dios es debida: «Señor, Señor Dios nuestro, cuán admirable es tu nombre en toda la redondez de la tierra», con cuánta mayor razón no lo habría hecho al saber que el Salvador nos enseñó a exclamar: «¡Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre!», «tu nombre», el de Padre del hombre, a causa de que Jesucristo, como hijo verdadero del hombre, es decir, de la siempre Virgen María, se ha hecho hermano nuestro y por ende ha hecho que Dios sea nuestro Padre.

Mas, una sóla cosa es necesaria, una sobre todas: amar al sumo bien, amar a Dios; esta es la justicia, esta es la dicha; esto inculcó Moisés, esto cantó David con entusiasmo, esto enaltecieron con profecía insigne los Profetas: «Y bien, Israel, ¿qué otra cosa quiere de tí el Señor Dios tuyo, sino que le ames con todo tu corazón y con toda tu alma?» y David: «Inmaculada es la ley del Señor», «dichosos los que en sus pasos cumpliendo esa ley, no se apartan de tal camino»; e Isaías: «Esto dice el Señor: cesad de obrar mal, haced lo que es bien, obrad lo que es justo»; y todos los Profetas no darán anuncios sino en pro de la ley del Señor, que es el bien y que es la dicha. Mas, nuestro Salvador, Hijo de Dios vivo, lo dirá mejor en esta sola frase: «Padre nuestro hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo».
  
Es, pues, indudable y muy hermoso, que en la invocación y peticiones primeras del Padre nuestro, se resumen, formulan y mejoran las de los Salmos, de los Profetas y de todo el Antiguo Testamento. Las alabanzas y deprecaciones á la Madre, del Salvador de Israel, se resumen no menos, se formulan y mejoran en la segunda parte de la gran oración cristiana, es decir, en el «Ave María».
  
En Moisés, en David, en los Profetas, en los inspirados historiadores del Antiguo Testamento, grandes son los encomios a la Madre futura o prefigurada del Salvador. En Moisés, «ella quebrantará la cabeza de la serpiente, será la Madre de la vida, será la fecunda, la hermosa»; en Samuel, será la «dolorida», la Madre del Hijo milagroso; en David, será la «codiciada del Rey» por su «decoro y modestia»; en Salomón, la «toda bella», la «única», la «escogida entre millares»; en los Profetas, será la Virgen Madre y siempre Virgen, que concibe y pare a Emmanuel, Dios con nosotros; en los Historiadores santos, será Ester la salvadora de su pueblo, será Judit la «gloria de Jerusalén».

Mas en las palabras del Ángel y de Isabel; María Madre de Jesús es la «llena de gracia», la «Madre de Dios», la suprema criatura, la obra maestra de todos los siglos. ¿A quién antes que a ella, y a quién después que a ella pudo y podrá decirse: «Santa María, Madre de Dios, llena de gracia, Dios está así contigo (como tu hijo verdadero); ruega por nosotros ahora y en la hora de nuestra muerte»?
   
Toda la ley de Dios, toda justicia y santidad nuestra, (hágase tu voluntad, oh Señor); toda la gloria de Dios (santificado sea tu nombre); todo el bien nuestro (venga a nos tu reino); toda la virtud nuestra (perdonamos a nuestros deudores); todo el santo temor nuestro (no nos dejes caer en tentación); todos los bienes de vida y bien nuestro (el pan nuestro de cada día dánosle hoy), están contenidos en preciosa fórmula en esa gran oración, y más de lo que en ella se contiene no hay en el Antiguo Testamento.
  
Y así del Ave María... En tratándose de la mujer, de «la gran mujer», de la Madre del Salvador, predicha y prefigurada, toda la grandeza de ella («llena de gracia»), todo el respeto de los mismos ángeles hacia ella (Ave llena de gracia, el Señor es contigo) (el arcángel calla el nombre de ella al saludarla, mudo en eso por sumo respeto, como enmudece para nombrar a Dios); toda la superioridad de esa mujer sobre todos (bendita eres entre las mujeres); toda la excelencia de la madre (Madre de Dios); el ser Dios ese hijo (bendito el fruto de tu vientre, Jesús); todo eso está contenido en preciosa fórmula en el Ave María, y más de lo que en ella se contiene no hay en el Antiguo Testamento, en el cual admirablemente se habló de una mirra y de un cinamomo que habrían de esparcir olor suavísimo en los tiempos de la ley de gracia, que no es otro que el buen olor de sus inmensas virtudes y singularísima gloria.
   
Pero no sólo así: el «Padre nuestro, el Ave María y el Gloria Patri», son la flor del Nuevo Testamento, así como el resumen del Antiguo.

Por lo que hace al «Padre nuestro», esa perfectísima oración, como la llama el Ángel de las escuelas, contiene, como él explica, todo cuanto debe desearse y el orden en que debe implorarse. De modo que esta oración no sólo nos enseña a pedir sino a desear. ¿Y qué es lo deseable para nosotros? Nuestro fin, que es Dios, y esto de dos maneras: primero, en cuanto su gloria es sobre todo; segundo, en cuanto queremos gozar de ella; y a estos dos deseos corresponde el exclamar: primero, «Santificado sea tu nombre», y después «venga a nosotros tu reino». Mas a este fin conducen dos medios, uno directo y de suyo propio, haciendo lo que nos merezca la dicha eterna, la voluntad de Dios, formulada en esta petición: «hágase tu voluntad»; otro, como un auxilio para poner ese medio, la fuerza para conformarnos a esa voluntad; esa fuerza la pedimos así: «el pan nuestro de cada día dánosle hoy», que se refiere a la Santa Eucaristía y a todo sustento de cuerpo y alma. A esto se agregan tres peticiones más, para la remoción de tres obstáculos que impiden el fin: el pecado, y a esto viene el pedir «perdónanos nuestras deudas»; la tentación, y a esto «no nos dejes caer, en tentación»; la penalidad presente, y a esto «líbranos de todo mal».

De otra manera no menos admirable se resume el Evangelio en la gran oración dominical, adaptándose a los siete dones del Espíritu Santo y a las bienaventuranzas. San Agustín, citado por Santo Tomás, lo observa así admirablemente: (De Sermóne Dómini in monte), diciendo:
«Si es el temor de Dios, por el que son bienaventurados los pobres de espíritu, pidamos que sea santificado el nombre de Dios en los hombres por su temor santo; si es la piedad, por la que son bienaventurados tos mansos, pidamos que venga a nosotros su reino, a fin de que nos amansemos y no le resistamos; si es la ciencia por la que son bienaventurados los que lloran, oremos que se haga su voluntad y entonces no lloraremos; si es la fortaleza por la que son bienaventurados los que tienen hambre, oremos que nos dé el pan nuestro de cada día; si es el consejo por el que son bienaventurados los misericordiosos, perdonemos las deudas, para que se nos perdonen las nuestras, si es el entendimiento por el que son bienaventurados los limpios de corazón, oremos a fin de no tener dos corazones, para seguir las cosas temporales, que son para nosotros causas de tentación; si es la sabiduría por la que son bienaventurados los pacíficos, porque se llaman hijos de Dios, oremos que se nos libre de mal, pues la misma liberación nos hará libres hijos de Dios».
También de esta otra manera:
«En la palabra “Padre” está implícita la profesión de fe y amor al Criador, al Redentor y al Santificador, por el cual, como dice San Pablo (Romanos VIII, 15), recibiendo el espíritu de adopción de hijos, en él clamamos: ¡Abbá! esto es “oh Padre”; en la palabra “nuestro” está la profesión de fe y amor a la Iglesia y a la asociación o comunión de los Santos, que se determina con las palabras “tu reino”. La fe y el deseo de la gracia en las palabras “hágase tu voluntad”, y el más perfecto acto de caridad hacia Dios, que se extiende luego al prójimo, en las palabras “perdonamos a nuestros deudores”. “Perdónanos”, expresión de penitencia; “perdonamos”, amor a los enemigos; “no nos dejes caer en tentación”: otra vez la necesidad de la gracia».
  
Es, pues, el «Padre nuestro", según los mejores intérpretes (ver a Cornelio Alápide),  oración a las tres divinas personas; por eso, aun cuando el nombre de Jesucristo no suena en ella, se deja entender.

Por eso el complemento de esa gran oración es el Ave María, que también viene a ser como oración a Jesucristo (bendito el fruto de tu vientre, Jesús. Santa María, Madre de Dios). Esta sola observación basta para que se comprenda cuánta es la grandeza y magnificencia del Ave María.

Complemento de una y otra es el «Gloria Patri»; porque es la Santísima Trinidad la que se ha invocado en esas dos oraciones, y ese «Santificado sea tu nombre» se refiere al nombre del Criador, del Redentor, del Santificador; «al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo». Y como el medio admirable del que se valió esa Santa Trinidad, y medio de que sigue valiéndose para la gran obra de su amor es la Santísima Virgen María, de ahí el que el Ave María sea dignísimo reclamo de la oración dominical y que sea también medio para toda consumación de alabanza a Dios, cual es esta: Gloria a la Santísima Trinidad, «Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo».

Decirse puede, y con razón, que la oración dominical es un breviario del Evangelio, y así lo llaman Tertuliano y San Cipriano, como nota Alápide (libro de la Oración, cap. I; y San Cipriano, libro de la Oración): Evangélii breviárium; y también que ese breviario se integra con el «Ave María» y el «Gloria Patri», como antes observamos, y se integra, como es no menos de observarse, buscando el alcance de significación de cada una de las palabras de esas frases.

Si es en el «Ave María», en ese ave tenemos la salutación por la encarnación del divino Verbo, por el nacimiento del Dios niño, por la exaltación en Cruz del dolorido Verbo, por la resurrección del Verbo glorioso; ¡Ave! te saludamos, a ti que concibes, a ti que alumbras, a ti que acompañas en su pasión, a ti que acompañas en su triunfo al divino Verbo; el Señor es contigo, contigo en su gracia y en su gloria para con nosotros; bendito el «fruto de tu vientre», bendito al ser concebido en ti, al nacer de ti, al entrar contigo a Jerusalén como víctima, al ser exaltado en Cruz, al resucitar, al ascender a los cielos; Santa María, madre eres de Dios, y por ende y con gran verdad, madre de su Evangelio, madre de su gran obra de salvación, de reparación y de glorificación; «ruega por nosotros pecadores», si Jesucristo es el Redentor de los pecadores, tú eres el medio de esa redención entre nosotros y Jesucristo.

Por fin, en ese «Ave María» hay una potente práctica de penitencia y de ascetismo de gran provecho para todos: «ruega por nosotros pecadores»: la confesión de nuestros pecados ante la inmaculada Madre del «Cordero que quita los pecados del Mundo», y la meditación de la muerte, «el memoráre novísima tua», con la invocación preventiva de la que es «Refugio de los pecadores».

Es, pues, el Rosario, no sólo poderoso para que no pequemos, por cuanto insiste con tal repetición en recordarnos el día de nuestra muerte, sino aun para hacernos santos, por cuanto sobre la base de ese santo temor, levanta la edificación del más bello y santo de los amores, el amor de Jesucristo hecho hombre por nosotros, muerto en Cruz por nosotros, resucitado y ascendido para aplicarnos su redención, santificarnos y elevarnos a su gloria.

Y ahora sea el temor de la muerte, ahora el amor de las bondades de nuestro Dios, ahora el recuerdo de los gozos, de los dolores o de las glorias de nuestro Jesús y de su santa Madre, exclamaremos siempre: gloria al Padre, gloria al Hijo, gloria al Espíritu Santo; terminación que cumple al fiel creyente del verdadero Dios; terminación igual a aquella con que Jesucristo cierra su gran carrera de luz del mundo, antes de volver a los cielos de donde descendió; revelación plenísima de la excelsa Trinidad divina: «en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» (San Mateo XXVIII, 19).

Tanto así se contiene en las frases de esas tres pequeñas oraciones de que consta el santísimo Rosario.