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sábado, 13 de septiembre de 2025

DE RABINO A OBISPO POR SANTO TOMÁS: HISTORIA DE PABLO DE SANTA MARÍA

Traducción del artículo publicado en RADIO SPADA.
  
«Este fraile Tomás entiende la ley de Moisés mejor que yo y que nuestros doctores, y sin embargo no la ha abrazado, sino que ha profesado la ley evangélica» [1].
   
   
Entonces [a mediados del siglo XIV] floreció Pablo, obispo de Burgos. Era judío de origen y se llamaba Salomón ben Isaac ha-Leví. Después de leer los escritos de Santo Tomás, en particular las preguntas 93 y 106 de la primera parte de la segunda [2], decidió en el año 1390 abrazar el cristianismo junto con sus tres hijos, todos ellos encomiables por su mérito. El primero, Alfonso, se convirtió en obispo de Burgos, después de su padre: es autor de un compendio de la historia de España, que forma parte de la colección Hispania illustrata. El segundo, Gonzalo, fue obispo de Plascencia. El tercero, Álvaro, permaneció laico y publicó una erudita y hermosa historia de Juan II, rey de Castilla.
  
En comparación con su padre, Salomón ha-Leví, quien en el bautismo tomó el nombre de Pablo García de Santa María, abrazó el estado eclesiástico después de la muerte de su esposa. Su genio y gran erudición, así como su celo por la propagación de la verdadera religión, lo llevaron a ser promovido a importantes cargos. Fue tutor de Juan II, rey de Castilla, luego arcediano de Treviño, obispo de Cartagena y, finalmente, obispo de Burgos, tras haber sido archicanciller del rey y regente del reino. Convirtió a miles de judíos y musulmanes al cristianismo y murió en 1435 [30 de agosto] a la edad de ochenta y dos años, tras haber publicado numerosos escritos a favor de la religión.

En 1429 escribió a su hijo Alfonso, entonces decano de la catedral de Compostela:
«¿Qué quieres que te dé, querido hijo, mientras viva, o que te deje como herencia, sino lo que sea útil para el conocimiento de las Sagradas Escrituras y que confirme tus pasos en el más sólido fervor de la verdad católica? Porque esto es lo que llevo en mi corazón y profeso con mi boca, y de lo cual creo que está escrito con precisión: Y el padre dirá la verdad a sus hijos. Esta verdad no la recibí en mi infancia: nacido bajo la perfidia de la ceguera judía, no aprendí las santas letras de los santos doctores; pero, recibiendo significados erróneos de maestros del error, me apliqué, como los demás guías de esta perfidia, a oscurecer temerariamente la letra que se rige por sutilezas que no eran tales. Pero cuando a Él, cuya misericordia no tiene límites, le plació llamarme de vuelta de la oscuridad a la luz, la venda cayó de los ojos de mi alma y comencé a releer las Sagradas Escrituras con mayor dedicación y a buscar la verdad, ya no con pérfida, sino con humildad; y, desconfiando la fuerza de mi espíritu para pedirle al Señor con todo mi corazón que se dignara imprimir en él lo más saludable para mi alma; y día y noche esperé su ayuda. De esta manera, el deseo por la fe católica se fortaleció cada vez más en mi espíritu, hasta que profesé públicamente la fe que llevaba en mi corazón; y recibí el sacramento del Bautismo, con el nombre de Pablo, en las sagradas pilas de esta Iglesia, a la edad que ahora tienes».
P. RENÉ FRANÇOIS ROHRBACHERStoria universale della chiesa cattolica dal principio del mondo sino ai di’nostri (Historia universal de la Iglesia Católica desde el principio del mundo hasta nuestros días), vol. XX, Milán, 1854, págs. 228-230.
   
NOTAS
[1] La declaración de Pablo, cuando aún era el rabino Salomón, se recoge en la Historia de la Vida y el Culto de San Vicente Ferrer de la Orden de Predicadores, compuesta por el Padre Antonio Teoli, dominico, y reeditada por Giovanni Battista Marini y dedicada a la misma Venerable Orden de Predicadores, Roma, 1826, pág. 402. De hecho, fue uno de los conversos de San Vicente Ferrer.
[2] En la pregunta 93 de la I-IIæ de la Suma Teológica, el Doctor Angélico analiza la superstición en el culto al Dios verdadero y, entre otras cosas, afirma que «en el tiempo de la Nueva Ley, cuando los misterios de Cristo ya se han cumplido, el uso de las ceremonias de la Antigua Ley, en las que los misterios de Cristo se significan como futuros, es condenable: así como sería condenable que alguien declarara con palabras que la Pasión de Cristo está aún por venir». En la pregunta 106, el santo Doctor analiza la gratitud hacia Dios y el prójimo.

sábado, 4 de enero de 2025

BIENAVENTURADA ISABEL ANA MARÍA SETON


Isabel Ana Bayley nació cerca de Nueva York el 28 de agosto de 1774, hija de Catalina Charlton y el Dr. Ricardo Bayley, primer inspector de salud pública del puerto y profesor de anatomía en el Colegio del Rey (actual Universidad de Columbia). Sus padres eran descendientes de los primeros europeos en el área de la bahía de Nueva York. Su madre Catalina murió en 1777 tras dar a luz a su hermana menor Catalina (que moriría al año siguiente), por lo que Ricardo contrae nuevas nupcias con Carlota Amalia Barclay Roosevelt, una devota episcopaliana, que le da otros siete hijos, a los que prefería, por lo que las hijas del primer matrimonio tuvieron que vivir con sus tíos paternos Guillermo Bayley y Sara Pell, y el ambiente fue tan pesado que Ricardo se divorció. El 25 de enero de 1794, ante el primer obispo episcopaliano de Nueva York Samuel Provoost, se casó Isabel con Guillermo Magee Seton Curson, un comerciante descendiente de una familia noble empobrecida escocesa, con quien tuvo cinco hijos (Ana María, Guillermo, Ricardo, Catalina y Rebeca María).
   
Si bien su esposo Guillermo estaba más enfocado en los negocios, Isabel era una ferviente episcopaliana, asistiendo a la iglesia de la Santísima Trinidad cerca a Wall Street donde sería una de las fundadoras junto con su cuñada Rebeca María Seton de la Sociedad para la Asistencia de Viudas Pobres con hijos pequeños en 1797; y leyendo en casa la Sagrada Escritura.
    
Poco después, empezarían las dificultades: su suegro Guillermo Seton I muere al caer en el hielo, y ella perdió momentáneamente la vista durante el parto de su tercer hijo Ricardo II (a quien su padre Ricardo tuvo que reanimarlo). Por otra parte, la compañía Seton-Maitland cae en quiebra por malos manejos y el naufragio de varios barcos de la flota, y Santiago Maitland, el socio de Guillermo es apresado. Y en 1802, Guillermo enfermó de tuberculosis, por lo que tuvieron que viajar a Italia por una mejoría. Pero les toca permanecer un mes en cuarentena en un lazareto por causa de la fiebre amarilla que asolaba Nueva York. La familia de Felipe Filichi de Livorno, con quienes Seton mantenía lazos comerciales, intenta mejorarles la estadía allí, pero Guillermo murió en Pisa el 27 de Diciembre, dos semanas después de salir de cuarentena, siendo enterrado en el cementerio protestante de Livorno.
   
La estancia con los Fillichi, en quienes veía el fervor en su devoción católica y profundizó el conocimiento y amor al Santísimo Sacramento, movió a Isabel a convertirse al catolicismo al regresar a Nueva York. Finalmente, Isabel fue recibida en la Iglesia Católica por el P. Mateo O’Brien, párroco de la antigua iglesia de San Pedro el 14 de marzo de 1805, recibiendo la primera comunión el 25 de marzo y siendo confirmada por Juan Carroll, primer obispo católico de Estados Unidos, el 25 de mayo, día de Pentecostés, añadiendo a su nombre el de María. Esto hizo que la mayoría de sus amigos la abandonaran, su antiguo director espiritual episcopaliano Juan Enrique Hobart la atacara, y boicotearan una escuela que había fundado.
   
En el verano de 1808, el P. Luis Guillermo Valentín Dubourg, sacerdote francés de San Sulpicio, invitó a Isabel (que ponderaba irse a Québec) para ir a Baltimore, donde fundaría una escuela para niñas en una casa de la calle Paca, junto a la escuela Santa María. Al proyecto se sumaron varias mujeres, quienes después año siguiente se trasladaron a Emmitsburgo (Maryland) para un terreno en el valle de San José llamado “Casa de Piedra” adquirido con las donaciones del convertido Samuel Sutherland Cooper, donde se fundaría la Escuela y Academia Libre San José, primicia del modelo de escuelas parroquiales católicas en Estados Unidos.
   
Isabel tomó los primeros votos el 25 de marzo de 1809 ante el obispo Carroll. Poco después de trasladarse a Emmitsburgo, donde nacieron el 31 de Julio las Hermanas de la Caridad de San José (la primera comunidad religiosa fundada en Estados Unidos), adoptando las reglas de San Vicente de Paúl, y admitiendo los votos de su hija Ana María, ya en su lecho de muerte.
   
Isabel murió de tuberculosis a la edad de 46 años el 4 de enero de 1821 en Emmitsburgo. Y el 25 de marzo de 1850, las Hermanas de Caridad de San José de Emmitsburgo se unieron a la Compañía francesa de las Hijas de Caridad de San Vincent de Paúl.
  
REFLEXIÓN
La caridad hacia los pobres que aprendió de su madrastra, y el amor al Santísimo Sacramento del Altar que alimentó mirando desde la iglesia episcopaliana hacia la parroquia católica le obtuvieron a Isabel Ana Seton la gracia de la conversión al catolicismo. Que por su intercesión, los disidentes logren regresar a la única y verdadera Iglesia.
   
ORACIÓN
Suplicámoste, oh Señor, que nuestros corazones Te busquen con deseos celestiales, como Te buscó la bienaventurada Isabel Ana con caridad constante y Te encontró con fe sincera. Por J. C. N. S. Amén.

martes, 14 de noviembre de 2023

LA CONVERSIÓN DEL MAYOR PERSEGUIDOR DE SAN JOSAFAT


Del fuerte Sansón fue escrito que con su muerte mató muchos más filisteos que cuantos había matado en vida (Jueces XVI, 30): tal siendo el sistema ordinario de la Providencia, que para confundir los vanos y soberbios designios de los hijos de los hombres, vuelve frecuentemente en confusión y ruina de sus enemigos aquellos mismos medios que estos quieren emplear para su propia exaltación; y luego hace derivar gloria y triunfo para su Iglesia y para los buenos donde los tristes se argumentaban obtener la destrucción. Tanto sucede en la muerte de Josafat, muerte con tanta persistencia buscada y procurada por los enemigos de la Iglesia, con la esperanza de poder en tal manera, quitado aquel campeón del Catolicismo, incluso borrarlo para siempre de aquellas regiones; y con todo aquella muerte sirvió admirablemente para extender y reafirmar la santa Unión, y para llamar al seno de la Iglesia a muchísimos extraviados. Sin embargo, este nuevo Jeremías, verdadero amante de los hermanos y del pueblo, también después de la muerte, como el antiguo Profeta, oraba mucho por su pueblo (2 Macabeos XV, 14) que lo había matado, y por la santa Ciudad; y desde el cielo continuaba su obra piadosa de reconciliación y de paz…
   
Pero la Divina piedad concedió un triunfo más glorioso todavía al Santo Mártir: triunfo, que dando paz al menos por algún tiempo a la desolada Iglesia de Polotsk, pudo en gran parte aliviar el dolor por la muerte de su Pastor. Esta fue la conversión del mismo Melecio Smotritski, el más valido y grande campeón del Cisma en aquellos tiempos, el adversario personal de Josafat, aquel que había levantado las últimas tempestades y las fieras persecuciones que terminaron con el asesinato del santo arzobispo. Pero precisamente Smotitski porque Josafat oraba mayormente por él, y ofreciéndose al Señor en sacrificio por su pueblo, por sus hijos y por la salvación de sus enemigos, él no podía olvidar a aquel que, más que todos lo vejaba y le proporcionaba angustias y dolores. Y Dios piadoso aceptó el sacrificio y escuchó las oraciones de su Siervo; y sin embargo mientras según el humano pensar la muerte de Josafat debía acrecentar la audacia del injusto competidor, fortificándolo en sus inicuas pretensiones, aquella muerte fue en cambio el principio del arrepentimiento de aquel desdichado.
   
Sin embargo, como el falso pastor tuvo noticia del delito cometido, y del severo decreto del Rey Segismundo III contra los asesinos, llegó a gran temor por sí. No tanto porque hubiese tenido una parte inmediata y directa en aquella iniquidad; aunque de esto no se halló nunca ninguna prueba. Pero él sin duda incitaba a sus satélites a fomentar y a encender las pasiones del pueblo contra el Santo Arzobispo, y si no el grito de muerte, sí el de la rebelión partió de él. Temiendo pues también él caer en las manos de la justicia como muchos otros de sus cómplices, huyó del reino; y fuese curiosidad o devoción, quiso visitar las Sedes Patriarcales del Oriente. Fue a Constantinopla, a Jerusalén y a otros lugares celebérrimos en las historias eclesiásticas, mas la vista de aquellos santuarios escuálidos y además caídos en manos de los musulmanes; la condición de aquellas iglesias otrora tan floridas, y entonces tan desoladas; de aquellos soberbios Patriarcas que pretendían oponerse al Vicario de Jesucristo mientras como esclavos de los infieles apenas podían en las inmensas extensiones de su jurisdicción reunir tantos seguidores y súbditos cuantos suele tener un mediocre párroco en Europa; después la incertidumbre de la doctrina y la variedad de las enseñanzas: todo humillaba grandemente el espíritu de Smotritski. Él conoció y vio con sus propios ojos a qué deplorable estado conducía la desunión y el Cisma; y vio que verdaderamente no tiene a Dios como Padre a quien no reconoce como madre la Iglesia, y que la Iglesia no está donde no está Pedro.
     
Después de algún tiempo, calmados ya los ánimos y depuesto el temor, Melecio regresó a su Lituania, pero muy diferente y diverso de aquel que había partido: qué caída la venda de los ojos, él no miraba más las cosas en la hosca luz de las pasiones y de los prejuicios; y el sucesor de Josafat (Antonio Anastasio Sielava) no tuvo que soportar ninguna molestia por este pretendiente Arzobispo de Polotsk. En cambio, este se retiró a una abadía suya, entregándose en la soledad a pensar y proveer por su salvación, confortado también por el metropólita José Velamín Rutski y por otros amigos sinceros suyos, el día 23 de Febrero de 1627, abjuró del cisma y se sometió al Romano Pontífice, al cual escribió conmovedorísimas, implorando perdón y paz. Urbano VIII acogió con benignidad este acto de sumisión, absolvió a Smotritski, y quiso que él conservase la dignidad arzobispal, asignándole la Sede in pártibus de Hierápolis.
   
Después de esto Melecio no vio más que por su alma y por Dios; y más que nunca se abandonó a su espíritu de austeridad y de rigor, devino objeto de edificante admiración para todos. Llegando a morir en el 1633, rogó a sus cofrades que para su consolación le diesen a tener en la mano como prenda de salvación y arra del perdón divino, el Breve con el que el Sumo Pontífice lo había reconciliado con la Santa Iglesia. Pero aquellos religiosos no se lo pusieron sino cinco horas después de su muerte; y aun así el cadáver tomó el Breve, y se lo estrechó, que nadie logró después quitárselo. Cuando sin embargo, aquel precioso documento le fue requerido por obediencia por el metropólita José Velamín-Rutski, el cadáver súbitamente lo cedió, y recibídolo de las manos del mismo metropólita, lo retomó y lo retuvo, y nunca más fue quitado por nadie [1]. Así quiso el Señor mostrar cuán fuertemente adherido a la Santa Unión estuvo aquel que tanto la había perseguido; y cuán perfecto fue el arrepentimiento que el Santo Mártir le impetró a este su fierísimo enemigo, que tantos trabajos y tantas penas le había ocasionado.
      
NICOLA CONTERI OSBMVida de San Josafat, arzobispo y mártir ruteno de la Orden de San Basilio Magno. Roma, Imprenta de la Propaganda Fide, 1867, págs. 360; 370-372. Traducción propia.

NOTA (en el original)
[1] El ilustre obispo de Chełm Santiago Juan Susza OSBM, antiguo autor de la vida de nuestro Santo Arzobispo, escribió también la de Smotritski con el título Sáulus et Páulus Ruthénæ uniónis, sánguine B. Jósaphat transformátus, sive Melétius Smotríscius Archiepíscopus Hierapolitánus (Saulo transformado en Pablo de la Unión rutena por la sangre del beato Josafat, o Melecio Smotritski, arzobispo de Hierápolis). 

jueves, 19 de octubre de 2023

BEATO FELIPE HOWARD, CONDE Y MÁRTIR


Tomás Howard, 4.º duque de Norfolk, fue decapitado por orden de la reina Isabel en 1572 por pretender en matrimonio a la reina María Estuardo de Escocia. Por la misma sentencia, su hijo Felipe se vio privado de la sucesión al ducado de Norfolk, aunque heredó de su madre María FitzAlan los condados de Arundel y Surrey. Bautizado católico en 1557 por el arzobispo de York Nicolás Heath en el Palacio de Whitehall, con la asistencia de la Familia Real y en honor a su padrino, el rey Felipe II de España, esposo de la reina María I Tudor, el niño fue educado por los protestantes Juan Bale y Juan Foxe, y por el Dr. Gregorio Martin (que se ordenaría después sacerdote católico y dirigió la traducción de la Biblia Douay-Rheims), pero la influencia protestante fue más fuerte y Felipe pasó dos años en la Universidad de Cambridge, «con no poco detrimento». 
   
A los doce años de edad, había contraído matrimonio con Ana, hija del Lord Tomás Dacre de Guilleslant. En la corte de la reina Isabel, a la que ingresó tras el Juramento de Supremacía, Felipe sufrió todavía mayores daños, ya que olvidó a su admirable esposa, descuidó sus dominios y gozó del favor de la reina durante un corto período. En 1581, muy impresionado por una discusión que había oído en la Torre de Londres entre el Beato Edmundo Campion y algunos teólogos protestantes, decidió volver al buen camino y tomó nuevamente cariño a su esposa. El P. Guillermo Weston SJ reconcilió a ambos con la Iglesia en 1584.
   
Ya desde antes existían ciertas sospechas sobre Felipe y su esposa (él era nieto de Tomás Howard, 2.º duque de Norfolk, tío de Catalina Howard y de Ana Bolena, las dos esposas ajusticiadas de Enrique VIII, por tanto, primo segundo de Isabel y heredero presunto al trono). Este estuvo bajo vigilancia en su propia casa, durante algún tiempo. Por otra parte, su evidente cambio de conducta, provocó aún más las intrigas de sus enemigos, y Felipe determinó huir con su familia y su hermano Guillermo a Flandes el 15 de Abril de 1585. En una larga carta que escribió a la reina para explicar su conducta, antes de embarcarse en Sussex, le decía que había llegado al punto «en que se veía obligado a escoger entre la pérdida de los bienes materiales y la pérdida de su alma». La nave en que viajaban fue capturada en el camino a Flandes por una traición (el viaje fue recomendado, planeado y revelado por el propio capellán del conde, Eduardo Grately, quien era agente provocador al servicio del secretario privado de la reina Sir Francisco Walsingham) y Felipe fue aprisionado en la Torre de Londres el 25 de Abril.
  
Al cabo de un año, como sus enemigos no hubiesen logrado probar la acusación de traición, fue juzgado por otros delitos de menor importancia. Los jueces le sentenciaron a pagar 10.000 libras de multa y a permanecer prisionero hasta que la reina dispusiese otra cosa. En la época de la aventura de la Armada Invencible, fue nuevamente juzgado por los pares del reino, pues se le acusaba de haber cometido el delito de alta traición, favoreciendo a los enemigos de la reina. Aunque las pruebas eran fraudulentas y sin peso alguno (pues los testigos habían confesado por miedo a la tortura, y se alegaba la excomunión a Isabel «publicada el 1 de Abril» –aun cuando nunca se publicó precisamente por la derrota de la Armada–), Felipe fue condenado a muerte. Sin embargo, la sentencia no fue ejecutada porque Isabel no la firmó, sin que sepamos por qué. El beato permaneció prisionero en la Torre de Londres durante seis años más y murió ahí el 19 de octubre de 1595 de disentería. No faltan autores que afirman que fue envenenado, pero el padre Weston no halló testimonios ni pruebas conducentes. Como Felipe se negase a asistir a un servicio protestante, no se le permitió en su lecho de muerte ver a su esposa y a su hijo Tomás, a quien no conocía (y que después recuperaría el ducado de Norfolk).
   
Felipe Howard tenía treinta y ocho años al morir y había estado prisionero diez años consecutivos. Su paciencia y su conducta en la prisión, fueron no sólo ejemplares, sino heroicas. Su conversión había sido muy sincera, y el conde pasaba la mayor parte del tiempo escribiendo y copiando libros devotos. Como si el confinamiento solitario no fuese una pena suficiente, solía ayunar, mientras se lo permitió la salud, tres veces por semana (lunes, miércoles y viernes), y todos los días se levantaba a las cinco de la mañana para orar. En particular, hacía penitencia por la forma en que había tratado a su fiel esposa. En una carta al Beato Roberto Southwell, le decía: «Nuestro Señor es testigo de que ninguno de mis pecados me hace sufrir tanto como el haber ofendido a mi esposa». A ésta le escribía: «Aquél que todo lo ve, sabe que lo sucedido es como un clavo en mi corazón y constituye la carga más pesada que llevo en la conciencia; tengo la intención de hacer toda la penitencia que me permitan mis fuerzas». Felipe murió «del modo más apacible, sin sufrir ni quejarse; simplemente volvió un poco la cabeza, como quien se queda dulcemente dormido». En una declaración que había escrito cuando esperaba la ejecución, decía: «En cuanto sé, la única razón por la que he sido arrestado y por la que estoy pronto a morir es mi fe».
   
En la torre Beauchamp de la Torre de Londres pueden verse todavía dos inscripciones grabadas por el propio beato en junio de 1587: «Quánto plus afflictiónes pro Christo in hoc sǽculo, tanto plus glóriæ cum Christo in futúro. Arundell – June 22, 1587», y otra que conmemora su muerte, grabada por un prisionero católico llamado Tucker. Las reliquias de Felipe Howard se hallan en la catedral de Arundel.
   
El vol. XXI (1919) de las publicaciones de la Catholic Record Society está dedicado exclusivamente a Felipe Howard; esos documentos y la narración publicada en 1857 con el título del manuscrito original, Lives of Philip Howard, Earl of Arundel, and of Anne Dacres his Wife, dan una idea más clara de la vida y carácter de este mártir que de cualquier otro de los mártires del reinado de Isabel. La biografía del conde y la condesa, según lo demostró el P. Newdigate en The Month (marzo de 1931, p. 247), fue escrita en 1635, cinco años después de la muerte de Lady Arundel; el autor fue un jesuita capellán de la condesa, pero no sabemos cómo se llamaba.

viernes, 1 de septiembre de 2023

BEATO GHEBRA MIGUEL, PROTOMÁRTIR CATÓLICO DE ETIOPÍA

   
Poco tiempo después de que el beato Justino de Jacobis llegara a Etiopía, en 1839, conoció a Abba Ghebra Miguel [en Geʽez ገብረ፡ ሚካኤል, Siervo de San Miguel] monje de la disidente Iglesia de Etiopía, hombre de unos cincuenta años, que gozaba de gran renombre por su santidad y saber, pero que era mal visto por los otros monjes, ya que había manifestado una decidida inclinación hacia el catolicismo, lo cual se condenaba como un estigma, al considerarse como abertura hacia el arrianismo. Miguel no era sacerdote, pero había estudiado teología tan profundamente como se lo permitían las condiciones en su Iglesia, dedicado a la enseñanza y al estudio de los distintos monasterios. Las actividades de la delegación etíope a Egipto y Roma, de la que fue miembro Ghebra Miguel así como el beato Justino, fueron descritas en el artículo dedicado a éste. Después de aquellas experiencias y de sus largas conversaciones con el padre Justino (en una ocasión le preguntaron él y los otros delegados etíopes «si en Jesucristo, después de la unión, quedaban dos naturalezas». A la afirmativa del misionero católico, los tres objetaron: «Nuestros padres dicen que la naturaleza no puede estar sin la persona, ni la persona sin la naturaleza; en consecuencia, vos estáis obligado a admitir dos personas en Jesucristo». Naturalmente Justino replicó: «Si tal es vuestra enseñanza, ¿cómo en la Trinidad pueden ser tres personas en una sola naturaleza?», a lo cual quedaron los etíopes en silencio sin poder responder), Ghebra Miguel regresó convertido en miembro de la Iglesia católica a mediados de 1844.
 
El culto abisinio fue un auxiliar muy valioso para el padre de Jacobis, especialmente en lo que se refiere a la enseñanza de los naturales del país que aspiraban al sacerdocio. Juntos, redactaron un catecismo de la doctrina adaptado a las necesidades locales, tradujeron una obra de teología moral al amárico y establecieron un colegio del que se hizo cargo Ghebra Miguel. Esto sirvió de pretexto al abuna Salama III, jefe de la iglesia disidente, para atizar los sentimientos contra los “francos”. La campaña culminó con un decreto del gobierno para desterrar a los dos jefes, que se refugiaron en la isla de Massawa. Allí fue donde Mons. Guillermo Massaia consagró obispo al padre de Jacobis. Este se las arregló para retornar ocultamente al territorio de su misión y su primer acto episcopal fue la ordenación sacerdotal de Ghebra Miguel, en 1851. Siguió un período de sorprendentes éxitos en el trabajo de conversión de los disidentes. Pero entonces estalló la rebelión del caudillo Kassa Hailé Giyorgis [en Geʽez ካሳ፡ ኃይሉ፡ ጊዮርጊስ, Restitución del poder de San Jorge] que se apoderó de la colonia y ocupó el trono con el nombre de Teodoro II, inmediatamente se desató la persecución contra la Iglesia.
 
Ghebra Miguel y cuatro compatriotas suyos fueron arrojados en prisión y amenazados con la tortura para que renegaran de su religión. Desde un principio se negaron y, durante un período de nueve meses, a intervalos regulares eran llevados desde su inmunda celda a presencia de Teodoro II y su metropolitano Salama para ser interrogados y amenazados de nuevo. Cada vez que demostraban su firmeza, eran brutalmente azotados con unos látigos hechos con rabos de jirafa (las cerdas de los rabos de las jirafas son como alambres de acero) y se los sometía a otros tormentos. «En cuestiones de la fe», decía Ghebra Miguel al metropolitano Salama, «yo tengo que estar en el campo opuesto al tuyo, pero en lo que concierne a la caridad cristiana, creo que sólo te he hecho el bien». Por cierto que, gracias a la intervención de Ghebra Miguel, pocos años antes, se desterró a Salama en vez de ejecutarlo. En marzo de 1855, Teodoro II emprendió una expedición contra el gobernador de Shoa y no quiso dejar atrás a Ghebra Miguel que, encadenado, se fue en la comitiva del rey usurpador. El 31 de marzo, se hizo un último intento para que se sometiera y renegara de su fe. En la sala del tribunal se negó y fue condenado a muerte. El cónsul inglés, Walter Chichele Plowden, quien había apoyado la usurpación de Teodoro, se hallaba presente en el juicio e interpuso una suspensión de sentencia en favor de Ghebra Miguel, que fue aceptada: se cambió su condena a muerte, por la de prisión perpetua. Por intermedio de un amigo, envió un mensaje conmovedor a los otros prisioneros en Gondar, con estas palabras: «Permaneced firmes para morir en vuestra fe. No tengo esperanzas de volver a veros en esta tierra. Si me matan, moriré por dar el testimonio de mi  fe; si me  dejan con vida, no cesaré de predicarla». Decrépito por su avanzada edad, agotado por los sufrimientos y los malos tratos, Ghebra Mikael cargado de cadenas, fue arrastrado de un lugar a otro, en la comitiva del rey; jamás se quejaba; siempre demostraba su serenidad y su abnegación, hasta el punto de renunciar a la ración alimenticia que le correspondía, para darla a otros presos que padecían tanto como él; así se conquistó la estimación de todos los que le conocieron, incluso de los guardias. Contrajo el cólera, pero se recuperó; hasta que por fin, al cabo de 3 meses de semejante existencia, el 28 de agosto de 1855 se tendió a un lado del camino para morir… Sus guardias se apresuraron a  quitarle los grilletes y lo sepultaron. Ghebra Miguel, considerado siempre como un mártir, fue beatificado el 3 de octubre de 1926.
 
Hay una biografía en francés sobre este mártir, escrita por Jean-Baptiste Coulbeaux CM (Ghebra Michael: un martyr abyssin, 1902) y otra en italiano, por Ernesto Cassinari CM (Il beato Ghebre-Michael, prete abissinio della Congregazione della Missione, 1926). Véase también el estudio de Georges Goyau en The Golden legend overseas (Londres, 1931) y el Book of Eastern Saints (Milwaukee, 1938) por Donald. Attwater, pp. 1 36-147. Cf. la bibliografía del Beato Justino de Jacobis.
   
ORACIÓN (De la Orden de San Vicente de Paúl).
Oh Dios, que misericordiosamente condujiste a tu bienaventurado Mártir Ghebra Miguel al conocimiento de la fe verdadera, concédenos por sus méritos y oraciones, que todos los pueblos te conozcan a Ti, el único Dios verdadero, y a quien Tú enviaste, Jesucristo Nuestro Señor, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por todos los siglos de los siglos. Amén.

viernes, 10 de marzo de 2023

BEATO JUAN OGILVIE, MÁRTIR DE LA FE


Juan Ogilvie nació un día entre 1579 y 1580. Gualterio, su padre, era barón de Drum-na-Keith, señor de muchos territorios en Banffshire y jefe de la rama menor de los Ogilvie de Escocia. Su madre María Douglas, emparentada con los Estuardo y los Douglas, era hija de Inés Leslie, señora consorte de Douglas de Lochleven, la carcelera de María Estuardo (de quien Santiago, abuelo de nuestro beato, era tesorero real). Como muchas otras familias de su tiempo, una parte de los Ogilvie eran católicos y los otros presbiterianos. El padre de Juan, aunque no era propiamente enemigo de la fe, educó a su hijo en el calvinismo y, le envió a los trece años de edad a continuar su educación en el continente. Ahí, el joven empezó a interesarse en las controversias religiosas, que eran entonces muy populares en Francia y en las regiones que se hallaban bajo la influencia francesa. En dichas controversias tomaban parte famosos católicos y calvinistas, y el eco de sus disputas ejercía una gran influencia en el mundo intelectual de la época. Pronto comprendió el joven que era necesario rectificar su posición religiosa. Según un discurso, atribuido al beato en una versión escocesa de su juicio, Juan consultó a los más destacados intelectuales italianos, franceses y alemanes y todos le hicieron notar el contraste que ofrecía la continuidad de la doctrina católica con las novedades introducidas por la Reforma (entre ellas la doble predestinación de Juan Calvino), así como la unidad característica de la Iglesia Católica. Confundido por estos argumentos, Juan abandonó las controversias y se dedicó exclusivamente a estudiar dos textos de la Escritura: «Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la Verdad», y «Venid a mí todos los que sufrís y estáis afligidos, y yo os consolaré». Pronto cayó en la cuenta de que la Iglesia Católica no hacía distinción de personas y que en su seno había gentes de todas las clases sociales, que despreciaban realmente al mundo. Estas reflexiones y el testimonio de los mártires acabaron de decidirle. Con el objeto de pertenecer a la Iglesia de los mártires determinó hacerse católico y fue recibido por el padre Cornelio Alápide en la iglesia del Colegio Escocés de Lovaina en 1596 (meses antes, allí había sido trasladado desde Douay), a los diecisiete años de edad.
   
Pasó los tres años siguientes en diversos colegios de Europa. Por falta de fondos, el P. Andrés Crichton tuvo que despedir del Colegio Escocés a muchos alumnos, entre los que se contaba Juan Ogilvie quien pasó a estudiar con los benedictinos escoceses en el monasterio de San Santiago de Ratisbona. Ahí permaneció seis meses dedicado a la literatura, y tal vez adquirió algo de ese estilo benedictino que es independiente de las tradiciones nacionales. Después, ingresó en el colegio de los jesuitas de Olmütz, a título de estudiante laico; ahí tuvo oportunidad de conocer a la Compañía de Jesús. Aunque la orden tenía apenas algo más de cincuenta años de vida, se hallaba entonces en el pináculo de la fama y contaba entre sus miembros algunos de los hombres más destacados de la época. Al año de su ingreso en el colegio, Juan pidió ser admitido en la Compañía; pero en ese momento estalló una epidemia que obligó a las autoridades a cerrar el colegio. Sin arredrarse por ello, el joven siguió al superior hasta Viena y fue admitido en el noviciado de Brünn. Citemos las palabras del P. W. Brown en su biografía de Juan Ogilvie: «Durante los diez años que pasó en la provincia austriaca de la Compañía de Jesús, Ogilvie se formó en una disciplina rigurosa. El saber del Renacimiento y el método escolástico se combinaban en una sólida formación intelectual, muy completa. Y la vida espiritual no era menos sólida. Juan aprendió entonces ese dominio de sí mismo que constituía la principal característica de los jesuitas y era la mejor garantía de la obediencia perfecta y del despego de los lazos terrenos».
   
Por mandato expreso del P. Claudio Aquaviva, general de la orden, Juan Ogilvie pasó a Francia y recibió en París la ordenación sacerdotal, a fines de 1610. Ahí mismo entró en contacto con dos jesuitas que habían trabajado como misioneros en Escocia, con la esperanza de convertir, por medio de los nobles, al rey Jacobo I Estuardo. Tanto el P. Andrés Crichton como el P. Gordon habían estado en la prisión y éste último había pasado tres años en la Torre de Londres. Los dos misioneros veían muy oscuro el porvenir y estaban muy desanimados. Así pues, cuando en 1611, el padre general les encargó que le hiciesen un resumen de la situación en Escocia, los misioneros presentaron una especie de catálogo de los fracasos anteriores y declararon que no había ninguna posibilidad de trabajar con éxito en el reino, debido a la severidad de las leyes. Precisamente por la misma época, Ogilvie, que estaba en Ruán, decidió consagrar su vida a esa tarea y escribió al padre general, ofreciéndose para la misión de Escocia. En respuesta, recibió una carta recordándole que a los superiores tocaba escoger a los misioneros y que ni el P. Crichton, ni el P. Gordon le habían recomendado para la misión. Sin perder el ánimo, el beato volvió a la carga; finalmente, al cabo de dos años y medio de importunar a sus superiores, recibió la orden de partir a Escocia.
   
Como las leyes contra los sacerdotes que entraban en la Gran Bretaña eran muy estrictas, viajó con el pseudónimo de Juan Watson, fingiendo que era un tratante de caballos y un soldado que volvía de las guerras de Europa. En el camino encontró a otro jesuita, el P. Santiago Moffat, y a un sacerdote diocesano llamado Juan Campbell; pero en Leith se separaron y Ogilvie siguió hacia el norte. Pronto tuvo oportunidad de comprobar que los nobles católicos, en los que había puesto tantas esperanzas, no querían comprometerse en lo más mínimo. La mayoría de ellos había aceptado exteriormente la religión del Estado y apenas unas cuantas familias de la clase media, que carecían de toda influencia, se mostraban dispuestas a albergar a un sacerdote. No sabemos gran cosa de la actividad del beato durante los seis meses siguientes. Según sus propias declaraciones, pasó seis semanas en el norte de Escocia e invernó en Edimburgo; pero no parece que haya logrado ninguna conversión ni obtenido ninguna ganancia para la causa católica. Comprendiendo su fracaso, decidió volver a los antiguos métodos de los jesuitas. En Londres entró en contacto con el rey Jacobo, o con uno de sus ministros y propuso un proyecto semipolítico que se ha perdido. Durante las negociaciones, hizo un viaje a París para consultar a su superior, el P. Gordon, quien le reprendió severamente por haber abandonado su misión y le envió de nuevo a Escocia.
   
De vuelta en Edimburgo, el P. Ogilvie se estableció en la casa de un sincero católico, Guillermo Sinclair, abogado parlamentario. Ahí conoció a un franciscano, que también se llamaba Juan y entre los dos atendieron al reducido número de católicos que se reunía en las casas de Guillermo Sinclair, Juan Philips y Roberto Wilkie. La grey del P. Ogilvie empezó pronto a crecer y el misionero se hizo famoso por la insistencia con que predicaba el fervor en la vida católica. Según parece, desempeñó al mismo tiempo el oficio de tutor del hijo mayor de Sinclair, quien más tarde entró en la Compañía de Jesús. Algún tiempo después, empezó a visitar a los católicos en la prisión, cosa muy arriesgada, pues los guardias no abandonaban un solo momento a los visitantes. Aun tuvo la osadía de ir a visitar a Sir James MacDonald en la prisión del castillo; Sir James recordaba todavía las visitas del beato muchos años después. En el verano de 1614, el P. Ogilvie logró algunas conversiones; según Sinclair, el número de convertidos fue muy considerable, teniendo en cuenta el corto periodo en que el beato pudo consagrarse a ese trabajo. Hacia fines de agosto, el P. Ogilvie fue a Glasgow, donde se albergó en casa de una viuda llamada Marion Walker, quien murió en la prisión. Dicha mujer había convertido su casa en una especie de centro, en el que los sacerdotes que pasaban por la ciudad podían celebrar la misa y oír confesiones. En Glasgow consiguió el beato entrar en contacto con Sir John Cleland y Lady Maxwell, que eran católicos en secreto y reconcilió con la Iglesia a varios miembros de la nobleza de Renfrewshire. Al mismo tiempo, se dedicó a organizar a los católicos de la burguesía. Poco después de su regreso a Edimburgo, supo que otras cinco personas de Glasgow querían reconciliarse con la Iglesia y volvió a toda prisa a esa ciudad. El 14 de octubre celebró la misa en presencia de Adam Boyd, uno de los cinco que querían la reconciliación. Después de la misa, Adam Boyd dijo al beato que quería instruirse y le rogó que acudiese, a las cuatro de la tarde, al mercado donde un mensajero iría a buscarle para conducirle a un sitio seguro. El P. Ogilvie aceptó y Boyd fue inmediatamente a ver al arzobispo John Spottiswood, un antiguo ministro presbiteriano que era uno de los empleados más capaces del rey en Glasgow y vigilaba tanto a los católicos, como a los protestantes. Convinieron en que un criado muy vigoroso del arzobispo, llamado Andrés Hay, iría a encontrar a Adam Boyd y al P. Ogilvie en el mercado. Boyd denunció también a todos aquellos de quienes sospechaba que trataban con el P. Ogilvie.
   
El jesuita llegó al sitio de la cita, acompañado por Jacobo Stewart, hijo del antiguo jefe de la policía, quien al ver a Hay aconsejó al beato que volviera inmediatamente a casa. Stewart y Hay empezaron a discutir y acabaron por golpearse; algunos transeúntes participaron en la lucha y finalmente, Ogilvie fue conducido a casa del alcalde de la ciudad. Hasta allá le siguió Spottiswood con sus guardias. Cuando el beato compareció ante el arzobispo que hacía de juez, recibió una bofetada y esta acusación: «Vuestra Merced ha tenido el atrevimiento de celebrar la misa en una ciudad de la Iglesia Reformada». El P. Ogilvie respondió en el mismo tono: «Y Vuestra Merced tiene el atrevimiento de portarse como un verdugo y no como un arzobispo». Al oír esto, los criados del prelado se echaron sobre él, le mesaron la barba y les desgarraron con agujas las uñas; sólo salvó al beato la intervención de Lord Fleming, que por casualidad se hallaba presente. Los criados del arzobispo lo desnudaron para registrarlo, pero lo único que encontraron fue una bolsa con monedas de oro y otra con monedas de plata, algunas medicinas, un breviario y un compendio de controversias religiosas.
   
A la mañana siguiente, el P. Ogilvie compareció ante el arzobispo y el juez de Glasgow. La primera pregunta que le hicieron fue: «¿Habéis celebrado la misa en el reino?». El beato, sabedor de que estaba sujeto al código penal, respondió con prudencia: «Puesto que se trata de un crimen, no es a mí a quien toca responder, sino a los testigos». A la pregunta de por qué había ido a Escocia, respondió valientemente: «Vine para combatir la herejía y salvar almas». «¿Reconocéis la autoridad del rey?», quisieron saber los jueces. El beato respondió: «El rey Jacobo es de facto rey de Escocia". Interrogado sobre el famoso «complot de la pólvora», contestó: «Detesto el parricidio y no lo alabo» (Parricidio era el término que se aplicaba entonces al asesinato de un soberano). El beato se negó a responder a todas las preguntas que podían comprometerle o poner en peligro la vida de otros; el interrogatorio se prolongó durante veintiséis horas. Como el P. Ogilvie no había probado ningún alimento, al fin de la sesión temblaba por la fiebre. Finalmente el juez le permitió que se acercase un poco al fuego para calentarse. Aun ahí fue a molestarle uno de los criados del arzobispo, quien manifestó intenciones de arrojarle a las llamas. El beato le dijo: «Habéis escogido el mejor momento para ello, pues estoy temblando de frío». En el calabozo, le ataron por los pies a una barra de hierro y le permitieron tenderse en el suelo, pues estaba tan débil, que no podía tenerse en pie. Spottiswood obtuvo permiso de aplicarle la llamada tortura de la bota, pero no parece haberla empleado en todo su rigor. Para aumentar los sufrimientos del beato, Spottiswoode divulgó la noticia de que había revelado los nombres de sus amigos.
   
Cuando los verdugos vieron que ni las amenazas, ni las promesas lograban que el P. Ogilvie revelase los nombres de los católicos escoceses, decidieron privarle del sueño para disminuir su resistencia. Esta tortura era usada por lo general para arrancar confesiones por el delito de brujería. Durante ocho días consecutivos y sus noches, le punzaron el cuerpo con agudas estacas, le arrastraron por el suelo, le sometieron a la tortura del ruido y le mesaron los cabellos. Finalmente, los médicos declararon que si el suplicio se prolongaba tres horas más el beato moriría. Los perseguidores le dejaron descansar veinticuatro horas antes de hacerle comparecer, en Edimburgo, ante los lores comisionados por el rey para el caso. Según declararon las autoridades, Juan Ogilvie era reo del delito de alta traición, por haberse rehusado a admitir la jurisdicción del rey en lo espiritual. Sin embargo, el tribunal se preocupó menos por probar que había celebrado la misa y que había sostenido la jurisdicción pontificia en Escocia, que por arrancarle los nombres de quienes habrían visto con buenos ojos la vuelta del reino a la fe católica. Las autoridades habían dado permiso al beato de recibir visitas en la cárcel después de esparcir el rumor de que había traicionado a sus amigos, con la esperanza de que éstos, a su vez denunciasen a otros, Todos los suplicios a que fue sometido el P. Ogilvie iban dirigidos a ese fin; la cuestión del poder del Papa para deponer al rey no se trató sino después de que habían fracasado todos los tormentos. Sobre esa espinosa cuestión, que preocupaba mucho a los teólogos de la época, el beato contestó que sólo estaba dispuesto a responder al Papa.
   
Después del segundo juicio, el P. Ogilvie fue nuevamente trasladado a Glasgow, donde, según parece, le trataron bien al principio. La noticia de su heroísmo había corrido ya por Escocia, de suerte que los perseguidores y sobre todo el arzobispo hubiesen dado cualquier cosa porque el beato apostatase y reconociese la supremacía del rey. Al poco tiempo, se presentó al P. Ogilvie un cuestionario redactado por el mismo rey. A las cinco preguntas, que versaban sobre las relaciones de la Iglesia y el Estado, el beato respondió en una forma que equivalía a firmar su sentencia de muerte, diciendo: «Jacobo está jugando al fugitivo de Dios, y no lo reconocería más que a un sombrero viejo». Aunque los guardias empezaron a tratarle con mayor rigor, el P. Ogilvie pudo continuar escribiendo en latín un relato sobre su martirio; cuando lo terminó, consiguió deslizarlo por debajo de la puerta a algunos católicos que habían entrado en la prisión, bajo pretexto de visitar a otros presos.
   
Pero todavía le faltaba soportar al P. Ogilvie un tercer juicio. Las autoridades le hicieron saber que se le iba a juzgar, no por haber celebrado la misa, sino por las respuestas que había dado al cuestionario del rey. El arzobispo le ofreció su protección y la mano de su hija si se retractaba de tales contestaciones; pero el beato replicó: «Yo estoy dispuesto a obedecer al rey en todo aquello en que tenga autoridad y estoy pronto a verter mi sangre por defender su poder temporal. Pero me niego a obedecerle en las cosas espirituales, pues en ellas carece de jurisdicción».
   
El beato fue sentenciado a morir como traidor en la Cruz de Glasgow, un cruce de caminos. Su amigo Juan Browne, que le acompañó hasta el fin y recogió sus últimas palabras («Si hay algún católico que esté oculto, que ore por mí, pero las oraciones de los herejes no me aprovechan»), afirmó que todavía en el cadalso los verdugos ofrecieron al P. Ogilvie la libertad y un brillante porvenir si abjuraba de la fe. Esto demuestra, con evidencia, que el motivo por el que fue condenado era la fe y no la política.
   
Juan Ogilvie tomó un rosario que tenía consigo y lo lanzó a la multitud, cayendo a John ab Eckersdorff, un barón húngaro que estaba presente en el lugar. Eckersdorff, calvinista como era, se convirtió al catolicismo poco después, atribuyéndolo a este episodio.
  
Cuando los verdugos retiraron la escalera dejaron al mártir colgando en la horca, no lo decapitaron y descuartizaron porque la multitud clamó contra las autoridades que le habían condenado tan injustamente. Posteriormente lo sepultaron en el cementerio de la catedral de Glasgow, a las afueras de la ciudad, perdiéndose entre los restos de los criminales. A petición de los prelados católicos de Escocia, la causa de Juan Ogilvie no se introdujo en la de los otros mártires ingleses en 1922, sino que fue beatificado aparte, el 22 de Diciembre de 1929. La Compañía de Jesus celebra su fiesta el día 20 de Febrero. 
   
Ver William Eric Brown, John Ogilvie (1925), donde hay una traducción de los documentos del proceso de beatificación; James Forbes, Jean Ogilvie, Escossais, Jésuite; Gioacchino Antonelli-Costaggini: Il beato Giovanni Ogilvie della compagnia di Gesú: martirizzato a Glasgow (1929), con muy buenas ilustraciones.

sábado, 14 de enero de 2023

DEL CARDENAL HENRY EDWARD MANNING

Traducción del artículo italiano publicado por Luca Fumagalli en RADIO SPADA.
  
PRÓLOGO (Del autor italiano)
  
Esperando hacer algo grato a nuestros lectores, hemos reunido en un único artículo las cuatro partes de la biografía de Manning ya publicados entre abril y mayo en las páginas de Radio Spada con el título común “Henry Edward Manning: las obras y los días de un gran cardenal victoriano”. El texto fue naturalmente corregido y hecho más armónico para la ocasión.
 
Antes de iniciar, para profundizar en la figura de Manning y la de muchos otros intelectuales del catolicismo británico, se anuncia la salida del ensayo “Dios extrabendiga a los ingleses. Notas para una historia de la literatura católica británica entre los siglos XIX y XX”. Link para adquirirlo.
  
HENRY EDWARD MANNING: LA HISTORIA OLVIDADA DEL GRAN CARDENAL INGLÉS AMIGO DE SAN PÍO X
«Manning me parecía (y todavía me parece) por lejos el mejor inglés de su tiempo» (Hillaire Belloc, Cruise of the Nona, 1925).

La “leyenda negra”
Che i cattolici britannici ammirassero il carisma e le personalità di Henry Edward Manning lo dimostra la folla enorme che si riversò per le strade di Londra nel 1892 in occasione del suo funerale. Nonostante Manning fosse scomparso il 14 gennaio, lo stesso giorno del principe Alberto Vittorio, il dolore del popolo pareva tutto per il cardinale: decine di migliaia di persone, perlopiù irlandesi ma anche inglesi di ogni estrazione sociale e credo religioso, vollero portare l’estremo saluto alla sua salma, consapevoli di aver perso una delle più grandi personalità dell’epoca (persino Oscar Wilde, durante l’università, conservava nelle sue stanze una fotografia del porporato). Il fatto è ancora più sorprendente se si pensa che Manning, arcivescovo di Westminster e primate della Chiesa cattolica in Inghilterra, incarnava agli occhi dei protestanti la quintessenza di quel “papismo” e di quel “clericalismo” che tanto disprezzavano. Secondo Gladstone la sua morte fu un colpo molto più duro per i cattolici dell’Impero rispetto a quella di J. H. Newman, avvenuta solo un anno e mezzo prima. Se G. K. Chesterton ha lasciato una descrizione commossa di quando, da giovane, fu folgorato dalla visione di Manning, e il poeta Francis Thompson volle dedicargli un’ode funebre, Hilaire Belloc ne fu uno zelante figlio spirituale, e pure il controverso Baron Corvo nel suo Chronicles of the House of Borgia (1901) descrisse quella del cardinale come una «vita di santa abnegazione, di umiltà intensissima, di mortificazione ascetica, di lavoro incessante per il bene spirituale e temporale di tutti gli uomini, senza distinzione di Fede».

Nessuno pareva quindi in grado di minacciare una reputazione così solida. Anche se non tutti erano disposti a considerare Manning un santo, intorno alla sua figura si concentrava l’affetto della maggior parte dei fedeli britannici. Peccato, però, che nel 1895 il giornalista Edmund Sheridan Purcell diede alle stampe una biografia in due volumi, Life of Cardinal Manning, in cui il cardinale era ritratto come un ecclesiastico consumato dall’ambizione, privo di scrupoli, disposto a tutto per ottenere ciò che voleva. Purcell non aveva una grande simpatia per Manning e si sentiva più affine a Newman, tanto che all’«illustre oratoriano» assegnò il ruolo di vero eroe del cattolicesimo inglese, costantemente impegnato a mandare in fumo i loschi piani dell’arcivescovo di Westminster. Malgrado Life of Cardinal Manning fosse un lavoro raffazzonato, pieno di trascrizioni erronee e strutturalmente debole, risultava una lettura estremamente godibile e in poco tempo divenne un best seller (con malcelata soddisfazione di quell’establishment contro la cui ipocrisia e indifferenza Manning si era più volte scagliato).

A rincarare la dose ci pensò nel 1918 Lytton Strachey che nel suo Eminent Victorians incluse una breve vita di Manning, frutto di un taglia e cuci delle parti più interessanti del lavoro di Purcell, il tutto insaporito con l’acidità demitizzante e antireligiosa tipica del Bloomsbury Group. Tra indiscrezioni e supposizioni più o meno fantasiose, anche il libro di Strachey fu un successo, contribuendo a radicare definitivamente nell’immaginario collettivo lo stereotipo di un Manning quale ecclesiastico carrierista, spregiudicato e autoritario. Un simile individuo è protagonista pure del romanzo di Robert Player Let’s Talk of Graves, of Worms, and Epitaphs, del 1975, maliziosamente dedicato proprio alla memoria del cardinale inglese. Pure Arnold Lunn, prima di convertirsi al cattolicesimo, pubblicò nel 1924 un libro, Roman Converts, in cui non si faceva alcuno scrupolo a reiterare la “leggenda nera” su Manning.
   
El cardenal Henry Edward Manning

D’altronde la reazione da parte cattolica fu inizialmente timida e poco incisiva: al pari di Purcell quasi tutti gli intellettuali inglesi legati a Roma avevano scarsa simpatia per le posizioni intransigenti di Manning, preferendo piuttosto la moderazione di un Newman. Ecco perché oltre a Cardinal Manning: His Life and Labours (1921) di Shane Leslie e Cardinal Manning: A Biography (1985) di Robert Gray non sono molti i libri scritti allo scopo di ristabilire la verità a proposito della vita e delle opere di un cardinale che seguita purtroppo a essere vittima di un giudizio scandalosamente distorto.

La formación
Nato il 15 luglio 1808 a Copped Hall, una splendida magione di Totteridge, oggi nella cintura periferica di Londra, Henry Edward Manning era l’ultimo di otto figli. Il padre, William Manning, non solo era a capo di una fortunata impresa commerciale, ma sedeva anche tra i banchi del parlamento nel ruolo di deputato conservatore. Poco dopo la venuta al mondo dell’ultimogenito, frutto del secondo matrimonio con Mary Hunter, la sua carriera politica raggiunse l’apice quando, per un paio d’anni, tra il 1812 e il 1813, ricoprì il prestigioso incarico di governatore della Banca d’Inghilterra. Dal punto di vista religioso i Manning erano evangelici e William era uno degli uomini più in vista di quella upper class che spendeva denaro ed energie per sostenere la causa della cosiddetta “Low Church”.

Nel 1815 la famiglia si trasferì a Sundridge, nel Kent, e nel 1822 il giovane Henry venne iscritto ad Harrow, una delle scuole più prestigiose del Paese. Di indole schiva e solitaria, non ottenne risultati rimarchevoli, ma i suoi voti furono comunque abbastanza buoni per valergli, nel 1827, l’ammissione al Balliol College di Oxford.

Henry, poco incline all’ascetismo, alternava volentieri lo studio al divertimento e allo sport, trascorrendo ore in sella al cavallo, giocando a cricket o prendendo a pugni il sacco con i guantoni da boxe. Nonostante fosse un tipo solare, apprezzato sia dai compagni che dalle donne – pare venisse considerato uno degli studenti più belli di Oxford – l’unica vera amicizia che il ragazzo strinse negli anni dell’università fu quella con il futuro primo ministro William Gladstone, destinata, pur tra alti e bassi, a durare per tutta la vita.
   
El célebre ensayo “Eminent Victorian” de Lytton Strachey

Nel 1829, in virtù delle sue apprezzatissime qualità oratorie, Henry venne eletto presidente della Union Debating Society. Rifiutò la nomina, preferendo prepararsi al meglio per gli esami finali, che affrontò ottenendo il massimo dei voti. In quanto figlio minore di un noto esponente del laicato anglicano, il giovane Manning sapeva di essere quasi di certo destinato a una carriera in ambito ecclesiastico, eppure, almeno per qualche tempo, fu seriamente tentato dalla politica. Nel 1831, però, la bancarotta del padre troncò sul nascere ogni sua velleità: «Chissà», scrive Robert Gray, «come sarebbe stata diversa l’Età Vittoriana se Gladstone avesse perseverato nella sua iniziale ambizione di diventare sacerdote e Manning fosse stato eletto in parlamento».

A questo punto, con l’azienda familiare in liquidazione, Henry fu lasciato libero di scegliere la propria strada. La famiglia vantava ancora importanti legami nella City e venne pure presa in considerazione l’ipotesi di una laurea in legge. Infine, dopo lunga e sofferta meditazione, il giovane si risolse definitivamente a prendere gli ordini anglicani; al suo tutore confidò che maturò la decisione mentre si trovava in una libreria, intento a sfogliare una raccolta dei sermoni di John Wesley.

Archidiácono
Al Merton College Manning ricevette un’educazione teologica confusa ed eterogenea, costretto a leggere «chilometri di autori anglicani» che mostravano più che altro l’incertezza dottrinale che regnava nella Chiesa d’Inghilterra. A questo periodo, data la vicinanza tra il Merton e l’Oriel, risale anche l’inizio dell’amicizia con John Henry Newman.

Nel gennaio del 1833, dopo l’ordinazione al diaconato, Manning venne mandato ad Upwalden, in Sussex, ad assistere John Sargent, già rettore di Lavington e Graffham. In primavera si fidanzò con la figlia di quest’ultimo, Caroline, e quando il reverendo morì improvvisamente a maggio, la vedova fece di tutto affinché Henry potesse ereditarne l’incarico: fu così che il 9 giugno venne ordinato dal vescovo Maltby di Chichester, divenendo nuovo rettore di Lavington. Una manciata di mesi più tardi, precisamente il 7 novembre, poté infine sposare la ragazza che amava.
  
Retrato de Manning a los 12 años

Il loro felice matrimonio durò fino alla prematura scomparsa di Caroline, nel 1837, causata della tubercolosi. Manning, che da allora mantenne sempre il più stretto riserbo sulla moglie e sul periodo trascorso insieme a lei, volle dedicarle una vetrata della cattedrale di Chichester. Fortunatamente non ha più alcun seguito l’illazione di Strachey secondo il quale il futuro cardinale col tempo arrivò a salutare la morte della moglie come una provvidenziale liberazione da un fardello che gli avrebbe impedito l’accesso al sacerdozio cattolico.  

Il lavoro a Lavington mostrò immediatamente a Manning i limiti dell’impostazione evangelica, che dava eccessivo risalto all’individuo e alla sue emozioni. Questo fatto, in aggiunta alla pubblicazione del primo Tracts for the Times e alla nascita del Movimento di Oxford, lo spinse poco alla volta verso l’anglo-cattolicesimo di Newman e sodali. Manning condivideva il fervore con cui l’amico rivendicava per l’anglicanesimo un’autentica successione apostolica e il suo disprezzo per quelle idee liberali che si stavano diffondendo a macchia d’olio, permeando di relativismo e di caos morale la stessa Chiesa d’Inghilterra. Essendo lontano da Oxford, il rettore di Lavington non fu mai una figura centrale del Movimento, limitandosi a sbrigare dei lavori di traduzione per Newman; ciononostante, oltre ad approfondire il pensiero cristiano dei primi secoli e a riscoprire l’importanza della tradizione per una corretta interpretazione delle Sacre Scritture, fece di tutto per diffondere le idee anglo-cattoliche nella sua parrocchia e in quelle vicine.

Ricordato per la profonda spiritualità e le sue meravigliose prediche, Manning ristabilì a Lavington la celebrazione liturgica quotidiana, visitava di frequente le case dei parrocchiani e non era raro vederlo passeggiare per il paese vestito in abito talare, a sottolineare la dignità del sacerdote. Inoltre si impegnò parecchio anche in campo educativo, ribadendo più volte, pubblicamente, che solamente alla Chiesa anglicana spettava il diritto di gestire il sistema scolastico del Paese (secondo lui un’educazione senza religione era una contraddizione in termini).

Nel 1938 compì il primo dei suoi numerosi viaggi a Roma. Ebbe occasione di incontrare Nicholas Patrick Wiseman, allora rettore del Collegio Inglese, ma non fu particolarmente colpito né dalla città né dai fasti del cattolicesimo. Se ne tornò a casa solamente col desiderio di contribuire al Colonial Bishoprics Fund per creare nuove diocesi anglicane nel resto del mondo.
   
El nombre tallado de Manning en su banco de Harrow
 
Due anni più tardi Manning venne nominato arcidiacono di Chichester per aiutare il vescovo Shuttleworth nella gestione del clero diocesano e per supervisionare lo stato degli edifici ecclesiastici. Da allora prese l’abitudine di pubblicare annualmente una lettera aperta, denominata “Charge”, in cui metteva nero su bianco le sue riflessioni sullo stato della Chiesa inglese. I testi, brillanti e ben curati, iniziarono a circolare rapidamente facendogli guadagnare un numero crescente di estimatori in tutto il Paese.

Dal punto di vista teologico Manning fu debitore di Newman e del Movimento di Oxford, ma da nessuno, se non dal suo cuore, imparò la compassione per gli ultimi e gli emarginati: «La sua lotta contro il mondo», nota ancora Gray, «non fu condotta, come quella di Newman, a una distanza confortevole dalle sofferenze che il mondo stesso causava». Spirito troppo pratico ed empatico per ignorare il problema della povertà dilagante – lo ricorda anche Evelyn Waugh nella sua biografia di mons. Ronald Knox – il nuovo arcidiacono diede il via a varie opere di carità, facendo della questione sociale uno dei suoi campi di battaglia prediletti.

Non per questo ignorava le polemiche teologiche che all’epoca stavano attraversando il mondo anglicano sul problema del rapporto tra stato e Chiesa nazionale, le medesime polemiche che avrebbero portato, nel 1843, alla pubblicazione dell’ultimo Tract di Newman e all’allontanamento di quest’ultimo da Oxford. Sebbene non ne condividesse le scelte, Manning andò spesso a visitarlo nel suo ritiro a Littlemore, convinto che le divergenze d’opinione non dovessero mai ostacolare una sincera amicizia.

Conformemente al suo spirito pugnace, l’arcidiacono entrò comunque a gamba tesa nel dibattito con un grosso tomo dedicato a Gladstone, dal titolo The Unity of the Church (1842) . Il libro, un prodotto decisamente mediocre, rifletteva la confusione dottrinale dell’autore: se gli argomenti erano tutti contro l’anglicanesimo e, anzi, sembravano dare ragione alla Chiesa cattolica, le conclusioni erano invece misteriosamente a suo favore.

Una polémica faltante
Manning era in cerca di certezze dottrinali e, allo stesso tempo, iniziava ad accorgersi di come la Chiesa d’Inghilterra fosse impotente, ormai ridotta a mero strumento politico nella mani del governo. Per il momento, comunque, si rifiutava di accettare la conclusione di Newman secondo cui la lotta per dimostrare la cattolicità dell’anglicanesimo fosse una causa persa. Come confidò per lettera al suo nuovo mentore, il reverendo Robert Wilberforce – che sarebbe morto nel 1857 da cattolico, poco prima dell’ordinazione sacerdotale – «Mi pare che la nostra teologia sia nel caos, non abbiamo principi, nessuna forma, nessun ordine, o struttura, o scienza. Mi sembra inevitabile che ci debba essere una tradizione evangelica intellettualmente vera ed esatta, e che la teologia scolastica costituisca (più o meno) una simile tradizione. Noi l’abbiamo rigettata e non l’abbiamo sostituita con niente».
   
Manning como Archidiácono de Chichester

Qualcosa iniziò a mutare nel suo atteggiamento quando, poco dopo l’ingresso ufficiale nella Chiesa di Roma, nel 1845, Newman pubblicò An Essay on the Development of Christian Doctrine. L’obiettivo principale dell’autore era quello di dimostrare che il cattolicesimo era dalla parte della ragione nel predicare dottrine apparentemente senza alcun legame con le pratiche della Chiesa primitiva, e nel fare ciò colse pure l’occasione per attaccare apertamente la teologia anglicana.

Per Gladstone era assolutamente necessaria una risposta e non ci pensò due volte a contattare Manning che sapeva essere, nel mondo anglo-cattolico, lo spirito più pugnace. L’arcidiacono si mise subito al lavoro, ma i dubbi e le esitazioni lo fecero vacillare al punto che il manoscritto non vide mai la luce. Sebbene considerasse An Essay un lavoro di puro genio, la sua indole, istintivamente attratta dai principi immutabili, gli fece intuire prima di altri che Newman si stava avventurando su un terreno scivoloso («La sua mente è sottile fino all’eccesso»). Più che dalla teoria dell’evoluzione dei dogmi Manning fu dunque colpito dalle argomentazioni dell’amico che, tra storia e teologia, dimostrava chiaramente come la Chiesa di Roma fosse l’unica fondata sulla roccia della certezza dottrinale, garantita da un’autorità infallibile.

L’arcidiacono, roso da dubbi crescenti che Gladstone si ostinava a non comprendere, nel 1847 finì per ammalarsi gravemente e fu costretto a trascorrere tre mesi a letto. Durante quel periodo la paura di morire, reale o immaginaria, andò a sommarsi alle usuali preoccupazioni sulla stato della propria anima. Fu perciò molto sollevato quando, una volta guarito, poté accostarsi al confessionale, molto probabilmente per la prima volta in vita sua. Per la convalescenza gli fu consigliato di passare del tempo in Italia, a Roma, dove arrivò a fine novembre, non prima di aver assistito con commossa partecipazione a diverse celebrazioni liturgiche in Francia.

Cambio de ruta
A differenza di Newman, che mai apprezzò Roma e i romani, Manning imparò ad amare la Città Eterna nonché a parlare fluentemente l’italiano.

Giuntovi con la curiosità di essere aggiornato sulle ultime novità politiche, per un periodo frequentò Padre Gioacchino Ventura, discepolo di Lamennais, e quei cattolici liberali che gravitavano intorno al Circolo Romano, un’organizzazione di stampo radicale. Nonostante i lunghi colloqui con Ventura, che fu anche il primo a introdurlo alla questione irlandese, Manning era sempre più convinto dell’origine divina della Chiesa cattolica ed era solidale con il Papa che stava attraversando uno dei tanti periodi delicati di quello che si sarebbe rivelato un pontificato difficilissimo: «E’ impossibile non amare Pio IX. Il suo è il volto più inglese che abbia mai visto in Italia». In aprile, insieme ad altri turisti britannici venne presentato al Papa e il mese dopo gli fu concesso l’onore di un’udienza privata di circa mezz’ora. Per l’arcidiacono fu un momento particolarmente significativo poiché, parlando col Pontefice, si rese conto – e fu come un fulmine a ciel sereno – che la Chiesa anglicana, nel Continente, era poco conosciuta e stimata, trattata dai più alla stregua di una curiosa setta pagana.
  
John Henry Newman en 1845
 
Sulla via del ritorno a casa l’arcidiacono si fermò a Milano per visitare la tomba di San Carlo Borromeo: «Durante la preghiera volevo conferme che San Carlo, incarnazione del Concilio di Trento, avesse ragione e noi torto. Il diacono stava cantando il Vangelo, e le ultime parole, et erit unum ovile et unus pastor, mi colpirono come se non le avessi mai sentite prima».

Nel frattempo le prove a sfavore della Chiesa d’Inghilterra andavano accumulandosi, e nel 1850, con lo scoppio di quello che giornalisticamente venne chiamato “caso Gorham”, Manning capì che per lui era venuto il momento di un cambio di rotta esistenziale.

Vicario di Brampford Speke, il reverendo George Cornelius Gorham era stato destituito dal suo ordinario, il Vescovo di Exter, Henry Phillpotts, per aver negato la dottrina della rigenerazione battesimale. Gorham aveva fatto ricorso al Privy Council che finì per dettare sentenza a suo favore, annullando conseguentemente il provvedimento vescovile. Lo scandalo che ne venne fu notevole: non solo lo stato interveniva nell’ambito ecclesiastico – prassi del resto diffusa e che già vent’anni prima aveva causato la nascita del Movimento di Oxford – ma addirittura si arrogava il diritto di definire, seppur per via traversa, questioni di natura dottrinale.

Si trattò di un abuso senza precedenti e ciò convinse l’arcidiacono a rassegnare le proprie dimissioni nel marzo del 1851. Dopo un lungo travaglio interiore, trovò la forza per mettere da parte ogni scrupolo residuo nei confronti dei famigliari e degli amici, venendo infine accolto nella Chiesa cattolica il 6 aprile da Padre Brownbill presso la cappella dei gesuiti di Farm Street. Fino ad allora nessuno così in alto nella gerarchia anglicana aveva mai imboccato la strada per Roma.

Basterebbe solo questo fatto per smentire i tanti che hanno tentato di accusare Manning di essere un “carrierista” o un  “populista”, cioè di appoggiare furbescamente una causa con l’obiettivo esclusivo di trarne un qualche vantaggio personale (l’ha fatto pure Disraeli nel suo romanzo Lothair, del 1870, dove Manning compare nei panni del machiavellico cardinale Grandison). Non solo lasciando l’anglicanesimo egli rinunciò a un incarico episcopale quasi certamente garantito, ma, come sottolinea Robert Gray, «era diventato devoto di Pio IX quando il Papa veniva accusato da tutte le parti di essere un traditore» e «si fece cattolico in Inghilterra quando gli inglesi erano imbevuti di pregiudizio protestante».  Per di più la Chiesa cattolica britannica, la cui gerarchia era stata appena restaurata ufficialmente dal Papa con il breve Universalis Ecclesiae, era all’epoca una risibile minoranza costituita soprattutto da immigrati irlandesi. Inoltre il nuovo arcivescovo di Westminster, il cardinale Nicholas Patrick Wiseman, aveva un bel daffare a mantenere la concordia tra i vari vescovi, memori della mutua indipendenza dei vicari apostolici, e a tenere buoni i “vecchi cattolici”, ossia i discendenti di quelle famiglie che avevano resistito nell’antica Fede durante la Riforma e che ora guardavano con fastidio alle ingerenze di Roma nei loro affari. Infilandosi in un simile ginepraio, solo uno folle avrebbe potuto pensare di assicurarsi una facile carriera.

La ordenación
  
El archidiácono en 1844

Wiseman, la cui politica era quella di guadagnare convertiti illustri dall’anglicanesimo, salutò con grande gioia l’ingresso di Manning nella Chiesa cattolica. Quando poi seppe che l’ex arcidiacono aveva intenzione di diventare sacerdote, fece quanto in suo potere per accelerarne l’ordinazione. Si levò qualche voce di protesta, ma Pio IX, che apprezzava Manning e che gli aveva inviato in regalo un cameo col profilo di Cristo, appoggiò il piano, cosicché questi venne ordinato senza ulteriori indugi il 14 giugno 1851.

Manning fu quindi inviato a Roma per completare la sua formazione, dovendo giocoforza rinunciare alla proposta fattagli da Newman di diventare suo vice all’Università di Dublino, dove allora occupava l’incarico di rettore. Ovviamente non era molto contento alla prospettiva di tornare di nuovo a vestire i panni dello studente, tuttavia la scelta di Wiseman – intesta ad allargare gli orizzonti di quello che già presentiva avrebbe potuto essere un validissimo collaboratore – finì per segnare profondamente il nuovo convertito, consolidando in lui l’idea di Roma quale ultimo baluardo della Fede.

Si mise in viaggio con il fratello Charles e il poeta Aubrey de Vere che lui stesso accolse nella Chiesa ad Avignone. De Vere fu solo il primo di molti uomini illustri che si fecero cattolici per merito di Manning. Quest’ultimo iniziò proprio in quel periodo ad appuntare su uno speciale quadernetto i loro nomi, e quando nel 1865 erano diventati 343, l’ex arcidiacono veniva ormai soprannominato “L’apostolo dei nobili”. In loro compagnia, in direzione dell’Italia, vi era anche un sacerdote, George Talbot, destinato a giocare un ruolo di primo piano nella futura carriera di Manning.

Mons. Talbot, quinto figlio del Barone Talbot de Malahide, aveva otto anni meno di Manning ma godeva già di un discreto potere, svolgendo, nei fatti, il ruolo di agente di collegamento tra Pio IX e l’Inghilterra. Studente a Eton e a Oxford, aveva preso gli ordini anglicani prima di farsi cattolico e di essere ordinato sacerdote nel 1846. Wiseman lo aveva quindi mandato a Roma come suo rappresentate e Talbot, affabile quanto determinato, era diventato rapidamente ciambellano papale e intimo di Pio IX che lo chiamava «il mio buon Giorgio». Se l’amicizia tra lui e Manning maturò molto probabilmente più avanti, quel primo viaggio insieme fu comunque importante per mettere in contatto due uomini uniti da una grande ammirazione sia per l’arcivescovo di Westminster che per il Papa. 
   
George Cornelius Gorham

Per intercessione di Pio IX, di cui divenne amico personale, Manning venne fatto studiare presso l’Accademia Ecclesiastica, un’istituzione blasonata che curava la preparazione dei sacerdoti che avrebbero occupato un qualche incarico di servizio per la Santa Sede. L’ex arcidiacono, che trascorreva lunghe ore nella biblioteca dell’istituto, alle lezioni preferiva intrattenersi a colloquio con i gesuiti Giovanni Perrone e Carlo Passaglia, due famosi docenti del Collegio Romano, reazionario il primo, liberale il secondo.

Nel frattempo Wiseman premeva per un suo ritorno in patria: data la scarsa collaborazione degli ordini religiosi inglesi, aveva in animo di creare una fraternità sacerdotale, direttamente assoggettata a lui, con l’obiettivo di prendersi cura dei cattolici più poveri di Londra, in forte crescita a seguito della massiccia immigrazione irlandese. Manning gli sembrava l’uomo giusto per dare corpo al progetto, abile e dotato di senso pratico, un ottimo candidato pure per occupare il ruolo di vescovo ausiliario.

Del resto lo scoppio della Guerra di Crimea, nel 1854, diede ampia prova del talento gestionale del nuovo convertito: grazie ai suoi contatti governativi e alla collaborazione del vescovo Grant di Southwark, Manning riuscì a garantire ampie libertà ai cappellani cattolici dell’esercito nonché a organizzare un gruppo di suore infermiere in appoggio agli sforzi di Florence Nightingale.

Los Oblatos de San Carlos y el Capítulo de Westminster
Nel 1856 Manning terminò gli studi. Pio IX cercò di tenerlo con sé a Roma offrendogli la posizione di ciambellano papale, ma l’ex arcidiacono preferì tornarsene a Londra per dare corpo al progetto della fraternità sacerdotale tanto caro a Wiseman. Fu così che l’anno successivo vennero fondati gli Oblati di San Carlo, con sede a Bayswater. Manning, che ne divenne il primo superiore, si ispirò all’omonima congregazione voluta nel XVI secolo, a Milano, da San Carlo Borromeo, modificandone di poco la regola per adattarla meglio alla situazione inglese (l’approvazione definitiva dalla Santa Sede giunse nel 1877).
   
El cardenal Nicholas Patrick Wiseman

Questo è anche il periodo in cui la sua simpatia per Newman raggiunse lo zenit, tanto che l’amico volle omaggiarlo dedicandogli Sermons Preached on Various Occasions, un volume che tra l’altro contiene la famosa predica sulla “Seconda primavera” del cattolicesimo inglese.

Una manciata d’anni prima, nel 1855, Wiseman aveva scelto per il ruolo di suo coadiutore George Errington, a cui venne concesso il diritto di successione alla sede di Westminster. Errington, che per un lustro era stato vescovo di Plymouth, rappresentava i “vecchi cattolici” e, più in generale, i “cisalpini”, ovvero coloro che mal sopportavano le intrusioni di Roma nella politica ecclesiastica inglese (Manning e i loro oppositori, fedeli a Roma e al Papa, erano invece soprannominati “ultramontani”). La sua famiglia poteva vantare diversi martiri ed era collaboratore di Wiseman sin dai tempi del Collegio Inglese; ciononostante, a dispetto della confidenza maturata negli anni, il cardinale si era dimostrato sin da subito poco propenso a delegare totalmente la propria autorità senza diritto di appello. Di conseguenza il loro rapporto si era deteriorato rapidamente e già dopo sei mesi Errington aveva scritto alla Santa Sede chiedendo di essere rimosso dall’incarico. Per evitare lo scandalo, si decise di assegnare provvisoriamente a Errington la guida della diocesi di Clifton, giusto il tempo per fare calmare un po’ le acque. Ciò portò all’allontanamento di quest’ultimo da Londra dal 1855 al 1857, proprio gli anni in cui l’astro di Manning stava iniziando a brillare.

Fu comunque una sorpresa per molti quando il Papa, nel 1857, lo nominò prevosto del Capitolo di Westminster, un’assemblea in supporto al vescovo di cui facevano parte i sacerdoti più validi della diocesi. Manning stesso accolse la nomina con stupore, consapevole ora di trovarsi in una posizione delicatissima: in qualità di superiore degli oblati, infatti, stava portando avanti con entusiasmo le politiche “ultramontane” di Wiseman – e la cosa, inutile dirlo, non piaceva a tutti – mentre come prevosto si trovava ad avere a che fare con i “vecchi cattolici” più ostili al cardinale. A garantirlo nel suo nuovo ruolo, oltre a Pio IX, vi era comunque mons. Talbot, assiduo frequentatore dei palazzi romani anche per perorare la causa dell’amico inglese.

Da parte sua Wiseman colse al volo l’occasione per convincere il Papa ad allontanare definitivamente Errington dall’incarico di suo coadiutore, togliendogli pure il diritto di successione alla sede di Westminster. La querelle si protrasse ancora per qualche tempo, fino a quando la Santa Sede si risolse ad accogliere la richiesta del cardinale. Ciò avvenne nel 1860, lo stesso anno in cui Manning venne insignito del titolo onorifico di Protonotaro apostolico.

Adversarios por todas partes
   
La “familia papal” con mons. Gilbert Chetwynd Talbot de rodillas, a la derecha de Pío IX
 
A partire dal 1861, con il Risorgimento in corso, Manning si ritrovò insieme al convertito William George Ward e a pochi altri a rivestire in Inghilterra il ruolo di infaticabile sostenitore del Pontefice. Nelle sue prediche e negli scritti difese sempre con vigore il potere temporale della Chiesa, animato da toni polemici che piacevano poco ai “cisalpini” alla Newman e che, come prevedibile, diedero il la al progressivo raffreddamento dei rapporti tra i due. Manning, poco tollerante con chi, nel momento della controversia, non gli mostrava il più leale sostegno, polemizzò pure con Gladstone, chiedendo all’amico ragione del perché il governo inglese si spendesse così tanto per l’unità italiana mentre sembrava del tutto insensibile alle rivendicazioni nazionaliste dell’Irlanda.

Come se la situazione non fosse già abbastanza complicata, in senso alla gerarchia inglese seguitavano le solite polemiche sulle prerogative dei singoli vescovi e su quanto dovesse pesare, nelle scelte più importanti, l’autorità dell’arcivescovo di Westminster. A guidare la compagine di chi rivendicava una maggior autonomia vi era il vescovo di Birmingham, William Bernard Ullathorne, tra i pochi a possedere l’abilità sufficiente per poter seriamente minacciare la posizione di un Wiseman sempre più debole e stanco. Manning non fu abbastanza abile da evitare che il caso venisse sottoposto a Roma e, a peggiorare le cose, cominciò a circolare anche la voce che Errington – sostenuto dalla maggioranza dei vescovi – fosse intenzionato a reclamare i suoi vecchi diritti di successione.

Prima della morte di Wiseman, nel febbraio del 1865, Manning ottenne almeno una piccola vittoria con la conferma del divieto per i cattolici di poter frequentare l’università di Oxford e con la rinuncia da parte di Newman ad aprire un college cattolico in quell’università: «Manning», scrive Gray, «fu sempre il primo a riconoscere l’importanza di un’educazione di livello per i cattolici, ma voleva che fosse impartita da un’università cattolica autonoma, non da un college cattolico in un’università protestante».

Arzobispo de Westminster
Dopo la scomparsa di Wiseman, la questione di chi gli sarebbe succeduto in qualità di arcivescovo di Westminster rimase senza soluzione per dieci settimane. Manning, che non sperava nulla per sé e che temeva che quella “ultramontana” fosse una parentesi ormai conclusa, caldeggiava la nomina di Ullathorne. Nonostante le diverse opinioni, a suo dire il vescovo di Birmingham rimaneva l’unico in grado di guidare con mano ferma il piccolo gregge cattolico in una realtà che gli era ancora ostile. Da parte sua il Capitolo di Westminster propose a Roma tre nomi, ovvero quelli del vescovo Clifford di Clifton, del vescovo Grant di Southwark e di Errington, che nel frattempo aveva rifiutato la nomina ad arcivescovo di Port of Spain, sull’isola di Trindad. Dal momento che Clifford e Grant si chiamarono fuori quasi subito, Errington rimase l’unico in lizza; Pio IX, quando venne a conoscenza della cosa, andò su tutte le furie: «Questa è un offesa!».
   
El obispo William Bernard Ullathorne OSB

Se i “vecchi cattolici” inglesi e la gerarchia irlandese premevano per Errington, Propaganda Fide preferiva Ullathorne (anche se più tardi il cardinale Barnabò, intuendo le intenzioni del Papa, passò a sostenere Manning). Lord Palmerston, il primo ministro britannico, fece sapere che la scelta di Clifford o Grant sarebbe stata egualmente soddisfacente per il governo, e il cardinale Antonelli, Segretario di Stato del Papa, si risolse ad appoggiare la candidatura di Clifford.

Fu quindi una sorpresa per tutti, Manning compreso, quando in primavera Pio IX espresse la decisione di fare di lui il nuovo arcivescovo di Westminster, persuaso sia dalle qualità pratiche che della solidità dottrinale dell’ex arcidiacono.

Convinto che fosse vitale collaborare con gli altri vescovi ed evitare – quando possibile – inutili scontri, Manning volle dapprima dedicare tutte le energie al consolidamento della propria diocesi. Dopo la consacrazione episcopale, avvenuta l’8 giugno per mano di Ullathorne, approvò il progetto per la nuova cattedrale di Westminster, che sarebbe stata completata solo dopo la sua morte; favorì poi l’istituzione di un sistema di scuole primarie in grado di rispondere alle esigenze delle famiglie fedeli a Roma, e fece costruire anche orfanotrofi e riformatori, animato dal desiderio di strappare i fanciulli cattolici dalle grinfie della famigerate Workhouse protestanti.

Su scala nazionale promosse invece vaste campagne a favore dell’astensionismo dall’alcol, una piaga che allora affliggeva la classe operaia, e prese a interessarsi sempre di più alla questione irlandese. Oltre a stabilire contatti con l’arcivescovo Cullen di Dublino, utilizzò in più di una occasione le sue conoscenze politiche per indirizzare il governo britannico verso la concessione di una maggiore autonomia all’isola.

In realtà nei confronti dell’Irlanda il suo atteggiamento fu sempre piuttosto ambiguo: Manning aveva a cuore la tutela dei diritti del popolo irlandese – lo dimostra la Letter to Earl Gray (1868), il pamphlet più infuocato che scrisse – ma gli interessi della Chiesa e la stabilità dell’Impero britannico avevano comunque la priorità. Soprattutto temeva che in Irlanda il movimento nazionalista, al pari di quello italiano, potesse prendere una piega anticattolica, e nella sua testa “feniano” e “mazziniano” divennero presto sinonimi perfetti.
   
Los obispos ingleses en torno a Manning en una fotografía de 1873

L’arcivescovo era così coinvolto nella vita pubblica inglese che nel 1869 lo «Spectator» avanzò l’ipotesi di nominarlo pari del regno, un episodio che la dice lunga su come l’integrazione sociale dei cattolici stesse procedendo a grandi falcate.

Sul fronte dottrinale non passò molto tempo prima che Manning si trovasse coinvolto in nuove polemiche. Se già nel 1864 aveva invitato con successo il Sant’Uffizio a condannare il gruppo ecumenico noto come Association for the Promotion of the Unity of Christendom (APUC), nell’autunno del 1865 un nuovo libro di Pusey offrì a Newman il pretesto per attaccare gli “ultramontani”. Ward aveva pronta una risposta al fulmicotone e fu solo grazie all’intervento di Manning se non venne mai pubblicata. L’arcivescovo invitava alla moderazione anche perché nel frattempo era impegnato in prima persona a ostacolare l’ennesimo tentativo degli oratoriani di aprire una loro sede a Oxford. Manning invocò l’intervento di Propaganda Fide che nel 1867 dettò sentenza a suo favore. Questo e altri episodi simili contribuirono a incrementare ulteriormente la distanza tra lui e Newman, attorno al quale cominciarono a coalizzarsi i suoi oppositori.

El Concilio Vaticano y la acción social
Nonostante non fosse ancora stato nominato arcivescovo, nell’aprile del 1865 Manning fu uno dei pochi prelati a ricevere da Pio IX una lettera confidenziale in cui il Pontefice annunciava l’intenzione di convocare un Concilio. Cinque anni dopo, nell’aula conciliare l’ex anglicano fu tra i più strenui sostenitori del dogma dell’infallibilità pontificia di contro al vescovo Dupanlup di Orleans e agli altri che, come lui, ritenevano un simile pronunciamento inopportuno. Secondo Dupanlup era troppo alto il rischio di inasprire i rapporti tra la Santa Sede e i governi europei, allontano ancora di più dalla Vera Chiesa anche i protestanti e gli scismatici orientali. Newman, così come la maggioranza dei fedeli inglesi, la pensava allo stesso modo; malgrado ciò l’arcivescovo di Westminster non si fece intimidire e, appena giunto a Roma, con lo zelo di un San Carlo fece in modo che gli schemi sull’infallibilità fossero dibattuti il prima possibile (dai più maliziosi venne ribattezzato “il diavolo del Concilio”). Il 25 maggio il suo lungo discorso di quasi due ore fu accolto dall’entusiasmo generale: Manning sottolineò come lui fosse l’unico convertito presente al Concilio e che la dottrina dell’infallibilità non avrebbe allontanato i protestanti dalla Chiesa, anzi, li avrebbe attratti come una luce in mezzo all’oscurità e al caos della modernità.

Alla fine venne approvata una formula più restrittiva rispetto a quella auspicata dall’arcivescovo, ma questo non gli impedì di tornarsene a Londra da vincitore, seppure con qualche nemico in più. La sua amicizia con Gladstone, benché di lungo corso, non sopravvisse alle polemiche scatenate in Inghilterra dagli “anti-papisti”, mentre la Letter to the Duke of Norfolk di Newman, intesa a minimizzare l’entusiasmo “ultramontano” per il Concilio, non fece altro che gettare nuova benzina sul fuoco, restituendo all’opinione pubblica l’immagine di una Chiesa poco coesa al suo interno (altre contese sorsero con l’ex amico in occasione della sua elevazione al cardinalato, nel 1879, ma ormai tra lui e Manning non vi era più affetto né stima).

I toni più estremi l’arcivescovo preferì riservarli per condannare il Risorgimento italiano. Nel 1870, a seguito della presa di Roma, ciò non lo trattenne comunque dal criticare la politica d’inerzia dei cosiddetti “miracolisti”, invitando la Santa Sede a trovare una qualche forma d’accordo con Vittorio Emanuele II.
   
«Hay solamente dos opciones: Dios y nosotros mismos; nosotros debemos escoger entre uno o el otro».
   
 In Inghilterra si dedicò principalmente a scrivere sermoni e articoli in difesa del Papa e della Chiesa, provvedendo pure alla fondazione di nuovi seminari per garantire ai candidati al sacerdozio una preparazione adeguata, concorrenziale a quella offerta dai gesuiti, un ordine con cui da tempo non era più in buoni rapporti. Le sue idee sul sacerdozio, «il più alto stato di perfezione nel mondo», vennero successivamente raccolte nel libro The Eternal Priesthood (1883), un classico della spiritualità cattolica.

Intransigente per quanto riguardava i princìpi, negli affari del mondo Manning era più pragmatico, pronto a tradurre la parola in azione e a cogliere l’opportunità migliore per avvantaggiare la causa cattolica. Se mai fu machiavellico – accusa che Disraeli gli rinfacciò nuovamente in un altro romanzo, Endymion (1880), meno sferzante del precedente – lo fu non per un qualche vantaggio personale ma per la maggior gloria della Chiesa. Si spese per salvaguardare il diritto a esistere delle scuole religiose e tentò, per quanto inutilmente, di fondare un’università cattolica; combatté inoltre la prostituzione, si oppose alla vivisezione degli animali e continuò la sua lotta contro l’alcolismo fondando la League of the Cross, un movimento che nei suoi stilemi organizzativi para-militari anticipò l’Esercito della Salvezza di William Booth.

Sul fronte economico Manning aveva scarsa simpatia per i teorici del laissez-faire ed era fermamente convinto che il sistema capitalista dovesse essere riformato al più presto, altrimenti prima o poi sarebbe scoppiata una terribile rivoluzione. Per lui era la società che doveva servire l’uomo e non viceversa. Come ricorda Gray: «Il suo astio per i dogmi sociali era evidente tanto quanto il suo amore per quelli religiosi».

La causa per la tutela dei poveri e degli oppressi avvicinò Manning a John Ruskin, di cui fu ammiratore e amico, mentre il pio desiderio di convertire a Cristo gli intellettuali vittoriani lo portò a prendere parte agli incontri della Metaphysical Society. Al contrario l’intellighenzia cattolica non smise mai di considerarlo con sospetto per il suo forte attaccamento a Roma, giudicato eccessivo e sconveniente. Il poeta Coventry Patmore fu il più volgare quando osò definirlo «un’anima piccina». 

Nel 1875 Manning ricevette la berretta cardinalizia. La promozione giunse sorprendentemente in ritardo essendo attesa già all’indomani della sua nomina ad arcivescovo. Probabilmente la condotta troppo battagliera al Concilio costrinse il Papa a temporeggiare ancora per un po’, volendo evitare di dare ai detrattori l’impressione che il cardinalato a Manning fosse solo una ricompensa per il suo impegno a sostegno dell’infallibilità, nulla più che un quid pro quo.
   
La última recepción en que participó el cardenal, en 1891. Manning está hablando con el Duque de Norfolk, mientras a la derecha se erige la figura de Herbert Vaughan, su sucesor en la sede de Westminster

Ciò che è certo è che al conclave che seguì la morte di Pio IX, Manning non fu mai seriamente in lizza per diventarne il successore. Ottenne forse uno o due voti e ciononostante fu l’inglese più vicino al papato dai tempi di Nicholas Breakspear. D’altronde lui stesso era consapevole che in un simile frangente storico la scelta migliore sarebbe stata quella di un Pontefice italiano, cosa che puntualmente avvenne con l’elezione di Leone XIII.

Tiempo de cuentas
Si bien en sus últimos años de vida dejaba poco el palacio de Westminster, Manning continuó esforzándose por los católicos, interviniendo en el debate público a favor de la religión y contra los errores de la modernidad. Para el cardenal, que entre tanto había retomado correspondencia con Gladstone, las decisiones políticas y morales eran simplemente inseparables: esto es lo que tenía en mente cuando a un joven Belloc dijo que «todos los conflictos humanos, en último análisis, son teológicos».

Una de las pruebas más fuertes de la confianza que los fieles alimentaban en él ocurrió en ocasión de la huelga en el puerto de Londres, en 1889. Miles de obreros –entre ellos un gran número de católicos irlandeses– salieron a protestar por causa de los salarios demasiado bajos y decideron tener como interlocutor únicamente a Manning. Después de haber hablado a la multitud, fue nombrado representante de los obreros para dirigir las negociaciones con el gobierno. La situación fue resuelta tan brillantemente que en mayo del año siguiente, en ocasión del día del trabajo, el retraro del cardenal fue llevado en procesión por las calles de Londres junto al de Karl Marx (un “honor” que no debió gustarle mucho).
  
Si la obra de Manning, al contrario de lo que algunos sostienen, no fue la principal fuente de inspiración de la encíclica Rerum Novárum de León XIII, de fecha 1891, su ejemplo contribuyó por lo menos a evitar que roma asumiese una posición excesivamente “clausurista” sobre la cuestión social.
   
Exposición del cadáver de Manning en el palacio arzobispal

Junto a sus muchos méritos, Manning tuvo también grandes límites. Su espíritu inclinado a la acción lo llevaba a veces a seguir más la emoción que la razón, tanto como en los debates doctrinales internos en el catolicismo la sensación propagada es que se linitaba a considerar a los adversarios enemigos de la Verdad de Cristo y de la Iglesia solo por el hecho de tener opiniones diferentes a las suyas. Del mismo modo, el entregarse completamente a los demás le impidió, paradójicamente, tener amigos íntimos: fue un prelado fundamentalmente solitario, y ni siquiera los poquísimos que mejor lo conocieron llegaron jamás a penetrar la coraza de su proverbial reserva.
 
Al menos una cosa es generalmente incontestable: con su muerte el 14 de enero de 1892, se cierra uno de los paréntesis más brillantes para el catolicismo inglés de los últimos dos siglos.