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jueves, 29 de mayo de 2025

LA ASCENSIÓN, CULMEN DE LA GLORIFICACIÓN DE CRISTO


La glorificación de nuestro Señor Jesucristo llegó a su término con su resurrección y ascensión. Su resurrección la celebramos el domingo de Pascua, su ascensión la celebramos hoy. Uno y otro son días de fiesta para nosotros, pues resucitó para dejarnos una prueba de la resurrección, y ascendió para protegernos desde lo alto. Tenemos, pues, como Señor y Salvador nuestro a Jesucristo que, primero, pendió del madero de la cruz y, ahora, está sentado en el cielo. Pendiendo de la cruz, pagó nuestro precio; sentado en el cielo, reúne lo que compró. Una vez que haya reunido a todos, obra que realiza en el curso del tiempo, vendrá al final de los tiempos, según está escrito: Dios vendrá manifiestamente (Ps. 48, 3). No vendrá encubierto, como la primera vez, sino al descubierto, según acaba de afirmarse. En efecto, convenía que viniese encubierto para ser juzgado, pero vendrá al descubierto para juzgar. Si hubiese venido al descubierto la primera vez, ¿quién hubiese osado juzgarle, mostrando a las claras quién era? Ya el mismo apóstol Pablo dice: Pues, si lo hubiesen conocido, nunca hubiesen crucificado al rey de la gloria (1.ª Cor. 2, 8). Y si a él no le hubiesen entregado a la muerte, no hubiese muerto la muerte. El diablo fue vencido en lo que era su trofeo. Él saltó de gozo cuando, sirviéndose de la seducción, arrojó al primer hombre a la muerte. Seduciéndolo, dio muerte al primer hombre; dando muerte al último, libró al primero de sus propios lazos.

La victoria de nuestro Señor Jesucristo se convirtió en plena con su resurrección y ascensión al cielo. Entonces se cumplió lo que habéis oído en la lectura del Apocalipsis: Venció el león de la tribu de Judá (Apoc. 5, 5). A él se le llama, a la vez, león y cordero: león por su fortaleza, cordero por su inocencia; león en cuanto invicto, cordero en cuanto manso. Este cordero degollado venció con su muerte al león que busca a quien devorar. También al diablo se le llama león por su fiereza, no por su valor. Dice el Apóstol Pedro: Conviene que estemos vigilantes contra las tentaciones, porque vuestro adversario el diablo ronda, buscando a quien devorar (1.ª Petr. 5, 8). Indicó también cómo hace la ronda: Cual león rugiente ronda buscando a quien devorar. ¿Quién no iría a parar a los dientes de este león si no hubiera vencido el león de la tribu de Judá? Un león frente a otro león y un cordero frente al lobo. El diablo saltó de gozo cuando murió Cristo, y en la misma muerte de Cristo fue vencido el diablo. Como en una ratonera, se comió el cebo. Gozaba con la muerte cual si fuera el jefe de la muerte. Se le tendió como trampa lo que constituía su gozo. La trampa del diablo fue la muerte del Señor; el cebo para capturarle, la muerte del Señor. Ved que resucitó nuestro Señor Jesucristo. ¿Dónde queda la muerte que pendió de la cruz? ¿Dónde quedan los insultos de los judíos? ¿Dónde la hinchazón y soberbia de los que ante la cruz agitaban su cabeza y decían: Si es el Hijo de Dios, que baje de la cruz? (Cf. Mt. 27, 40). Ved que hizo más de lo que le exigían ellos en chanza; en efecto, más es resucitar del sepulcro que descender de la cruz.

Y ahora, ¡qué gloria la suya al haber ascendido al cielo y estar sentado a la derecha del Padre! Por eso no lo vemos, como tampoco lo vimos colgar del madero, ni fuimos testigos de su resurrección del sepulcro. Todo esto lo creemos, lo vemos con los ojos del corazón. Se nos alabó por haber creído sin haber visto. A Cristo lo vieron también los judíos. Nada tiene de grande ver a Cristo con los ojos físicos; lo grandioso es creer en Cristo con los ojos del corazón. Si se nos presentase ahora Cristo, se parase ante nosotros, callado, ¿cómo sabríamos quién era? Y además, en caso de permanecer callado, ¿de qué nos aprovecharía? ¿No es mejor que, ausente, hable en el evangelio antes que, presente, esté callado? Y, sin embargo, no está ausente si se le aferra con el corazón. Cree en él y lo verás. No está ausente a tus ojos y posee tu corazón. Si estuviese ausente de nosotros, sería mentira lo que acabamos de oír: He aquí que yo estoy con vosotros hasta el fin de los tiempos (Matth. 28, 20).

SAN AGUSTÍNSermón 263 (21 en la edición de 1917 por Dom Germain –nacido Léopold Frédéric– Morin Baudry OSB del Códice de Wolfenbüttel, del siglo IX).

jueves, 9 de mayo de 2024

SECUENCIA “Christo cœlos ascendénte” DE LA ASCENSIÓN


Secuencia de autor desconocido, para la fiesta de la Ascensión del Señor. De acuerdo a los jesuitas Guido Maria Dreves y Clemente Blume en su obra de 1909 Ein Jahrtausend Lateinischer Hymnendichtung (Un milenio de himnodia latina), vol. 2, págs. 148-149, afirman haberla hallado en dos misales manuscritos del siglo XV, uno en Londres y el otro en Darmstadt.

LATÍN
Christo cœlos ascendénte
Cum triúmpho tam ingénte,
Tam præclára glória,
Cor non valet cogitáre,
Quántum inde jubiláre
Débeat Ecclésia.

Visu probat, quod credébat,
Spes præséntat quod spendébat,
Patéscunt mystéria;
Victor mortis redit sursum,
Cujus ruit in occúrsum
Læta cœli cúria.

Príncipi triumphatóri
Canunt spiritáles chori
Cœ́lica præcónia;
Vox in altum elevátur,
Et per vocem invitétur
Mens ad festa tália.

Áuctor nostræ láudis, Christe,
Nostræ láudi sic assíste,
Ut de tua grátia
Túaque cleméntia.
Nostri gestus et afféctus
Sint et motus et proféctus
Ad supérna gáudia
Semper finis néscia.
Allelúja.
  
TRADUCCIÓN
Cristo asciende al Cielo
Con tan gran triunfo
Y tan espléndida gloria
Que el corazón no logra pensar,
Cuánto debería la Iglesia
Alegrarse por ello.
   
Revelando los misterios
La vista prueba lo que creyó,
La esperanza presenta lo que gastó:
El vencedor de la muerte
Hacia las alturas regresa,
Corriendo a su encuentro
La alegre célica corte.

Coros espirituales cantan
Al príncipe triunfante
Con celestiales pregones;
La voz se eleva en lo alto,
Y por tales voces invita
A las almas a tal fiesta.

Cristo, Autor de nuestra alabanza,
Asiste así a nuestra alabanza,
Para que por tu gracia
Y tu clemencia
Nuestros gestos y afectos
Sean movimiento y progreso
A la suprema alegría
Que no conoce fin.
Aleluya.

martes, 12 de mayo de 2020

NOVENA EN HONOR DE LA ASCENSIÓN DE NUESTRO SEÑOR

Novena compuesta por el Padre Dr. Tadeo Galván, Catedrático de Vísperas y Vicerrector del Seminario de San Antonio Abad del Cuzco, e impreso en Lima en 1794 con aprobación del Obispado de Cuzco. Las meditaciones fueron tomadas del Arco Iris de Paz del Padre Fray Pedro de Santa María de Ulloa OP.

NOVENA A NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO EN EL MISTERIO DE SU ADMIRABLE ASCENCIÓN
 
   
Por la señal ✠ de la Santa Cruz, de nuestros ✠ enemigos, líbranos Señor ✠ Dios nuestro. En el nombre del Padre, y del Hijo ✠, y del Espíritu Santo. Amén.
  
ACTO DE CONTRICIÓN
Señor mío Jesucristo, mi Dios, mi Salvador, mi Redentor, y objeto de todo mi amor. ¡Qué glorioso os contempla el alma, cuando os considera subiendo por esa región celestial a recibir de mano de vuestro Eterno Padre el honor, la corona y la dominación correspondiente a vuestros méritos infinitos! Vuestro amor os hizo bajar de los Cielos y salir del seno de vuestro Padre, os hizo sufrir tantas tribulaciones, dolores, afrentas y muerte en una Cruz, para que por este medio se nos franquease la bienaventuranza, de la que habíamos sido desposeídos por el primer pecado; pero ya, mi Jesús, ha pasado el tropel de vuestras aflicciones: el amargo Cáliz de vuestra Pasión, que por nosotros bebisteis amoroso se os ha convertido ya en eternas dulzuras y glorias, y revestido de vuestra inmortalidad subís triunfante de la culpa y del Infierno, después de haber despojado de su imperio al príncipe de las tinieblas; llevaos también por despojo este mi corazón, que hasta hoy ha sido siervo del pecado, y pues no suben con Vos nuestros vicios, y ninguna cosa inmunda ha de entrar en vuestro Reino, limpiarlo de sus manchas con esa mano poderosa y llena de clemencia, que yo de mi parte quiero desde luego purificarlo por medio de mi dolor y arrepentimiento, y digo que me pesa de haberos ofendido, y de haber sido tan ingrato a vuestras finezas: muera desde ahora mi deslealtad, y reinad en mi alma solo Vos, para que así consiga subir con Vos a gozaros eternamente. Amén.
   
ORACIÓN AL PADRE ETERNO
Oh Padre Eterno, Padre de las misericordias y Dios de toda consolación: vuestra infinita bondad, y el amor indecible que nos tenéis os hizo que, compadecido de nuestras miserias, nos dieseis a vuestro Unigénito Hijo, a fin de que Él nos libertase del estado lamentable en que nos hallábamos por la culpa, a costa de tantos dolores y tormentos, porque fuésemos redimidos al precio infinito de su Sangre, del cautiverio en que tenía oprimida nuestra naturaleza. ¿Con qué dones y obsequios satisfaremos, Señor, tan grande amor? ¿Qué lengua, ni entendimiento, podrá acertar a daros las debidas gracias por un beneficio tan inmenso? No hay, ¡oh gran Dios!, caudal en nosotros para una digna retribución, aun cuando nos empleásemos eternamente en serviros y alabaros. Y pues no hay de parte nuestra cosa alguna con qué poder recompensaros dignamente, os ofrecemos los méritos de vuestro Divino Hijo, que son las prendas y tesoros que nos dejó para complaceros, os lo ofrecemos a Él mismo con todos sus dolores y penas, pues Él quiso ofrecerse a Vos en el ara de la Cruz por víctima para nuestra salud: os lo ofrecemos también triunfante y lleno de gloria, como lo veis subir a vuestro Divino Solio. Él va a ejercitar ante Vos el oficio de Abogado y protector nuestro, como nos lo tiene prometido, y esperamos que esos ruegos que escucháis con sumo agrado, por ser de vuestro Hijo dilectísimo, nos han de servir de defensa en las tentaciones, de aliento y vigor para poder levantarnos de las caídas en la culpa, de viático en nuestra peregrinación, y de escala para ascender a gozaros en la Gloria en donde vives y reinas con el mismo Hijo y el Espiritu Santo, Dios, por todos los siglos de los siglos. Amén.
  
DÍA PRIMERO
Considera con San Buenaventura (Meditación de la Vida de Cristo, cap. XCIX) y San Vicente Ferrer (Sermón único sobre la Ascensión) cómo en aquel último convite que refiere San Lucas en el capítulo primero de los Hechos Apostólicos en que se halló el Señor con sus Apóstoles, le declaró era ya llegado el tiempo en que volviese al que lo había enviado y dejase el mundo, el cual pasado no lo verían más con la vista corporal: que se esforzasen y avivasen la fe para verle con los ojos del alma, a cuya vista no faltaría, porque estaba siempre con ellos, aunque se iba. Habiendo oído los Apóstoles estas palabras, fue grande la turbación y susto de sus corazones, y prorrumpieron todos en un llanto muy triste, y derramando muchas lágrimas le dijeron: «Bien sabéis, Señor, que por Vos dejamos cuanto teníamos, y dimos de mano a parientes, amigos, y a cuanto podíamos esperar en esta vida, y todo esto lo hicimos con mucho gusto, porque teniéndoos a Vos, nos teníamos por dichosos y bienaventurados, pero ahora que os vais, y nos dejais huérfanos y destituidos de vuestra presencia, ¿qué ha de ser de nosotros? ¿A dónde hemos de ir, ni a quién nos hemos de juntar, y más cuando todos nos aborrecen y desean vernos fuera del mundo? Llevadnos con Vos, y no nos dejéis en medio de nuestros enemigos». A estas quejas amorosas les repetiría el Señor aquellas palabras llenas de consuelo, que ya les había dicho la noche de su sagrada Pasión: «No se turben vuestros  corazones, hijos míos, ni tengáis miedo, que no os dejo huérfanos ni desamparados, como pensáis. ¿Creéis en Dios? Creed en mí, que soy  verdadero Dios, y si me creéis Dios, también debéis creer que no os puedo faltar. Voy, y vengo a vosotros, porque como ya os dije, ha de venir mi Espíritu sobre vosotros, y viniendo él, vengo Yo y viene mi Padre, y estaremos con vosotros, haremos mansión en vosotros, y en aquel día conoceréis cómo Yo estoy en mi Padre, y mi Padre en Mí. Si vosotros me amárais, os habríais de alegrar, porque voy a mi Padre, y así alegraos por ello, y juntamente por vuestro bien. Os conviene que me vaya, lo uno, porque voy a disponer y prepararos las sillas y el lugar donde habéis de descansar eternamente en mi compañía, y lo otro, porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Espíritu Consolador, mas así que Yo me vaya, os lo enviaré para que os enseñe y dé a entender la verdad, y entonces se alegrarán vuestros corazones». Estas, y otras palabras de gran consuelo y ternura les diría a sus discípulos el Señor para confortarlos, según meditan San Buenaventura y San Vicente. Ve tú ponderando cada palabra de por sí, y conocerás el espíritu de amor, de ternura y compasión que reina en tu Dios y Señor para con los que le aman y le sirven, y enamórate de tanta bondad y ternura.
   
ORACIÓN PARA ESTE DÍA
¡Oh Señor! ¡Oh Rey de la Gloria! Ya llegó aquel dichoso día en que vuestro Eterno Padre os llama para daros el premio infinito que han merecido vuestras Santísimas obras para exaltar vuestra Humanidad Sacratísima sobre todos los Justos y sobre todos los Ángeles. Ya llegó el día en que entréis en vuestro Reino a tomar asiento a la diestra del Padre, que este solo es el lugar correspondiente a vuestra eterna habitación. Infinitos plácemes os doy por tanta gloria que gozáis. En esta vuestra partida tan gloriosa, y de tan grande regocijo para el Cielo y para la tierra, ¿qué festejos podré haceros, Amado mío? ¿Qué himnos os cantaré? ¿Con qué obsequios podré hacer se aumente la gloria de vuestra admirable Ascensión? Pero bien sé, dulcísimo Jesús, que la gloria que queréis recibir de mi mano es el cumplimiento de vuestra Divina voluntad, mas ya sabéis, pues Vos mismo lo habéis dicho, que nada bueno podemos obrar sin Vos: dejadnos pues vuestro Espíritu, dejadme ese Espíritu de caridad, ese Espíritu de Santidad y Celador de vuestro honor, para que sepa agradaros en esta vida, y después llegue a gozaros eternamente. Amén.
   
Tres Padrenuestros, y tres Avemarías con Gloria Patri, en reverencia de los treinta y tres años que habitó el Señor entre nosotros.
  
GOZOS
   
Como águila generosa
Remontas, mi Dios, el vuelo
Al Empíreo, pues el Cielo
Sólo es tu mansión dichosa;
Puesto que el alma ansiosa
Seguirte quiere, Señor:
Llévanos a donde vas,
Soberano Triunfador.
    
En alas de Querubines
Subes al Cielo glorioso,
Y ellos llenos de alborozo
Te hacen sagrados festines,
Gózome que así camines;
Y pues vas con tanto honor:
Llévanos a donde vas,
Soberano Triunfador.
   
¡Qué contentos y qué ufanos
Entre gozos excesivos,
Contigo van los cautivos
Que libertaron tus manos!
Despojos son soberanos
De tan gran Libertador:
Llévanos a donde vas,
Soberano Triunfador.
   
En coros muy concertados
Los Príncipes de la Gloria
Cantando ellos tu victoria
Descienden regocijados:
«Sean, dicen, alabados
Triunfos de tal vencedor»:
Llévanos a donde vas,
Soberano Triunfador.
   
Gime Luzbel abatido,
Porque su imperio tirano
Por tu brazo Soberano
Hoy se mira destruído;
Y pues nos has redimido
Del poder de este traidor:
Llévanos a donde vas,
Soberano Triunfador.
   
Dan voces con grande gozo
Los Ángeles, porque abiertas
Y apartadas sean las puertas
De ese Alcázar prodigioso,
Porque ha de entrar victorioso
Su Monarca y su Señor:
Llévanos a donde vas,
Soberano Triunfador.
   
ORACIÓN FINAL
¡Oh Amado Redentor de mi alma! ¡Oh León de Judá! ¡Oh Señor y Rey inmortal, vencedor de la muerte y del Infierno! Ruégoos, Señor mío, por aquel glorioso triunfo con que entrásteis victorioso en vuestro Reino, me deis fortaleza para vencer a los enemigos de mi alma, perdonéis la tibieza con que celebro este admirable Misterio, atendáis a mis humildes ruegos, y me deis vuestra Santa gracia, para serviros y agradaros hasta la muerte. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo ✠, y del Espíritu Santo. Amén.
   
DÍA SEGUNDO
Por la señal...
Acto de Contrición y Oración al Padre Eterno.
Considera, que como dice San Lucas, acabado el convite que fue en Jerusalén, los sacó de la ciudad, y los condujo al monte Olivete, y aunque Tomás de Vío Cayetano dice que el Señor les mandó se fuesen ellos, no obstante uno y otro se compadece según la contemplación de San Bernardo y San Vicente Ferrer, y es que el Señor les dijo que se fuesen al monte Olivete porque allí había de ser la despedida, mas ellos con el sentimiento que tenían, puedes considerar, le dirían estas palabras: «Señor, ya ves que es cerca de medio día, y saliendo todos juntos por medio de la ciudad, nos han de ver nuestros enemigos, y quizás nos estorbarán el  paso, y no os podremos ver, por lo cual os rogamos nos acompañéis, porque con Vos nada tenemos». Piensa que el Señor les concedió lo que pedían, y los ordenó su Majestad en forma de procesión, porque eran los que estaban juntos más de ciento, y así salieron del Cenáculo, yendo el Señor delante, y ellos en dos coros siguiéndole, y así pasaron por medio de Jerusalén a vista de todos sus enemigos, que como dice San Bernardino de Siena (Sermón I, art. I, cap. III), se quedaron pasmados así que vieron la Santa Compañía que pasaba por delante de ellos tan sin temor, y comenzaron a bramar de coraje y enojo contra ellos, pero el Señor les puso tan gran miedo y pavor, que se quedaron como atónitos mirándolos pasar sin atreverse a decir palabra. Pondera aquí cuán justamente temían los Apóstoles, y con cuánta razón suplicaron al Señor los acompañase. Toma tú ejemplo, Cristiano, y mira que andas entre muchos y más crueles enemigos, que son los demonios, el mundo y la carne, y teme mucho andar solo. Procura andar en gracia del Señor y traerle muy presente a cualquier parte donde vayas, que así se verificará en ti lo que dijo el Espíritu Santo, que «caerán mil a tu lado, y diez mil a tu diestra, mas ninguno se llegará a ti» (Salmo XC, 7), porque el Señor, que va contigo, los aterrará, y podrás decir justamente: El Señor está a mi diestra, para que no me asuste ni me perturbe: por esto se ensancha mi corazón, y la flaqueza de mi carne descansa en la esperanza de quien me ha de librar: Mas, ¡ay de ti si caminas solo!, porque si caes en manos de tus enemigos, ¿quién te librará? Sacó el Señor a sus discípulos de la ciudad y del peligro, y como dice San Buenaventura (Meditación de la vida de Cristo, al final), les dijo que prosiguiesen el camino del monte Olivete y le esperasen allí, y su Divina Majestad pasó por Betania y apareció a Lázaro y a otros amigos, y les mandó se fuesen al monte Olivete a juntarse con los demás. Pondera el amor del Señor, y cómo habiendo sacado del peligro a sus Apóstoles, mandó que prosiguiesen ellos por sí solos, para que veas  cómo Él siempre está con los suyos en las tribulaciones; por eso solo se debían amar los trabajos, y abrazar cualquier género de adversidad.
  
ORACIÓN PARA ESTE DÍA
¡Oh mi Jesús! ¡Oh sagrado dueño mío! Disponed ya la dichosa compañía de vuestros amigos, para que celebren vuestra gloriosa Ascensión: Preveníos, felicísimos Patriarcas y Profetas del Altísimo, para acompañar a vuestro libertador, que os ha sacado de la prisión en que gemíais por espacio de tantos siglos. ¡Oh, qué dicha tan incomparable la vuestra, pues salís de la cárcel a tomar juntamente con vuestro Señor la posesión de su Reino lleno de eternas delicias! Preparad los dulces himnos con que habéis de celebrar sus victorias. Preveníos también vosotros, discípulos amados, para conducir a vuestro Divino Maestro hasta el Sagrado Monte, que pues fuisteis testigos de sus tormentos, ahora quiere lo seáis de sus glorias y de su triunfo. Preveníos vos, ¡oh María!, para el inmenso gozo que tendréis al ver al Hijo de vuestras purísimas entrañas volar con grande gloria y majestad al seno de su Padre. Preveníos para ver toda la celestial comitiva y toda la pompa con que se ha de elevar a esa región sagrada del Empíreo, que a Vos como a Madre suya nada podrá ocultarse. ¿Y yo, Señor, no os acompañaré con vuestros Apóstoles? ¿No iré con Vos, Señor, a veros subir, y encomendaros mi espíritu? ¿Me quedaré con Judas, excluido de tan santa compañía? ¡Ay de mí, que así me lo asegura mi vida desordenada y perversa! ¿Qué cadenas, qué prisiones son esas, mi Dios, que me estorban el caminar con Vos? ¿Pero cuáles han de ser éstas, sino mis culpas? Vos, Señor, que tenéis tanto poder, que quebrantasteis las puertas del Infierno a pesar de satanás, ¿no habíais de romper las duras prisiones de mis delitos? Ea, amor mío: rompedlas, para que pueda seguiros con libertad; rompedlas conmigo, rompámoslas los dos, Vos con vuestro fuerte  brazo, y yo con mi dolor: vamos todos a ese monte sagrado, y veréis qué himnos os he de cantar, para que algún día logre yo también la felicidad de subir a gozaros en vuestro Reino. Amén.
 
Tres Padrenuestros, y tres Avemarías con Gloria Patri. Los Gozos y la Oración se rezarán todos los días.

DÍA TERCERO
Por la señal...
Acto de Contrición y Oración al Padre Eterno.
Considera el cuidado que tiene de los amigos, que si no hubiera pasado por Betania, se hubieran quedado Lázaro y los demás que estaban allí, y no le vieran en su triunfo: habíanle servido en sus trabajos, y así va el mismo Señor en persona a convidarlos para que le vean glorioso. Sírvele con la fidelidad que aquellos, que el Señor no te desamparará. Pondera el gozo que sintieron los Santos Padres al contemplar que ya era llegado el día en que habían de subir a la Gloria y tomar posesión de aquel bendito Reino eternamente. Aliéntate por esto al desprecio del mundo, y al amor de las cosas del Cielo, a las cuales te convida el Señor, si le sirves con fidelidad.
  
ORACIÓN PARA ESTE DÍA
¡Oh Divino Redentor! ¡Oh Señor, todo caridad y clemencia! ¡Qué liberal os mostráis en convidar vuestro Reino a los hijos de los hombres, para quienes vais a preparar las sillas y las eternas mansiones! Vuestra partida a los Cielos no sólo es para gloria vuestra, es también para que nosotros la gocemos. Esa vuestra Corte Celestial no sólo la conoceremos adelante como patria, sino también como herencia nuestra, porque Vos a costa de vuestra Pasión y Muerte habéis adquirido para nosotros el derecho que no teníamos a ella, y habéis abierto sus puertas con esas manos divinas, que fueron enclavadas en la Cruz por nuestro rescate. ¡Oh caridad incomprensible! Vos habéis puesto los méritos para que sea nuestro el premio; habéis trabajado para que percibamos el fruto; habéis peleado para que recibamos la corona. ¿Qué os obligó, mi bien, a tanto amor? De parte nuestra no hay merecimiento, porque en nosotros solo se hallan ofensas e ingratitudes. Pero bien se conoce que Vos obráis como quien sois, movido solo de vuestra bondad y misericordia. Ea, alma mía, aliéntate a corresponder esas finezas, amando a un benefactor tan grande. Seamos, Señor, amigos desde hoy, dadme esa mano soberana, y jamás me desamparéis, para que jamás os deje yo hasta aquel día dichoso, en que me llegue a habitar con Vos en vuestra Gloria eternamente. Amén.

Tres Padrenuestros, y tres Avemarías con Gloria Patri. Los Gozos y la Oración se rezarán todos los días.
     
DÍA CUARTO
Por la señal...
Acto de Contrición y Oración al Padre Eterno.
Considera cómo habiéndose congregado los Apóstoles, Discípulos y amigos del Señor, todos como ciento y veinte con Nuestra Señora en el Monte Olivete, postrados en tierra adoraron al Señor, y aunque la alegría de verle era grande, con todo eso la pena de ver que se les iba y los dejaba les hacía derramar muchas lágrimas. En donde puedes considerar que el Señor nuevamente les consoló con tiernísimas palabras y dulcísimas razones, asegurándoles el amor que su Padre les tenía, que le pidiesen en su Nombre lo que quisiesen y se les concedería, y que les dejaba a su Santísima Madre por su Protectora, en quien hallarían ellos todo consuelo y alivio. Y en esto puedes considerar que los llamó para sí, y con grande cariño y amor los fue abrazando, dándoles a besar sus sacratísimas manos y llagas, de las cuales era tanta la suavidad, olor y fragancia que salía, que les recreó inefablemente los corazones, y confortó las almas con incomparable deleite, con lo cual se templó la pena de los Discípulos, y ellos se confirmaron más en la fe, esperanza y amor de su Divina Majestad (Venerable Padre Luis de la Puente, Meditación de la Ascensión).
  
ORACIÓN PARA ESTE DÍA
¡Oh amorosísimo Jesús! ¡Oh Salvador amabilísimo! Caminad ya al seno de vuestro Eterno Padre, ofrecéos a Él por nosotros miserables, mostradle esas sacrosantas Llagas, cuyas señales lleváis más hermosas y  resplandecientes que que el Sol, en vuestras manos, pies y costado: a presencia de ellas se aplacará toda la ira del Señor, y no vendrán sobre nosotros los rayos de su Justicia; mas no sólo esperamos alcanzar auxilios eficaces para salir del pecado, y que nos lloverá por vuestra protección un abundante rocío celestial de gracias, porque ¿qué cosa podéis pedir compasivo de nuestra miseria a vuestro amoroso Padre, que Él os la niegue, en especial cuando le representéis que fuiste enviado por Él para remediar nuestros males? ¿Ni qué podremos pedirle por Vos, que no nos lo conceda? Así nos lo prometisteis, Señor, cuando asegurásteis que no no negará cosa alguna de las que le pidamos en vuestro Nombre. Vos os presentaréis en su solio como Sumo Sacerdote, ya no ofreciéndole la sangre de los animales, sino la vuestra misma. Cuando nos opriman las tentaciones, nos acercaremos llenos de confianza al trono de vuestra misericordia con el conocimiento de que Vos tolerasteis mayores angustias y congojas que nosotros. Estas consideraciones, mi Dios, nos sirven de consuelo y nos confortan en nuestro penoso destierro. Rogad a vuestro Padre especialmente por todos los que nos hemos congregado a celebrar el Misterio grande de vuestra admirable Ascensión, para que así logremos ser participantes de vuestra gloria.  Amén.

Tres Padrenuestros, y tres Avemarías con Gloria Patri. Los Gozos y la Oración se rezarán todos los días.
     
DÍA QUINTO
Por la señal...
Acto de Contrición y Oración al Padre Eterno.
Considera que después de todo lo referido, elevó nuestro Señor sus manos Santísimas, como dice el sagrado texto, y dio su bendición a los Apóstoles y demás Discípulos, se elevó de la tierra, y subió a los Cielos mirándolo todos, hasta que una nube lo ocultó (Lucas XXIV; Actos I, 9). Atiende lo primero a estas palabras, «que elevó las manos y les dio su bendición». Elevó ambas manos, porque como dice San Basilio, hizo primero oración por ellos (Libro del Espíritu Santo, cap. XXXVII). Ya puedes entender que repetiría el Señor aquella que hizo antes de la Cena: «Padre Santo, guarda estos Discípulos que me diste. Cuando Yo estaba con ellos Yo los guardaba, mas ahora los dejo y vuelvo a Ti, y así te ruego por ellos: Yo vengo a Ti, y ellos quedan en el mundo, ruégote, Padre piadoso, que me los libres del mal, y me los santifiques en la verdad; y no solo te ruego por ellos, sino también por aquellos que por su predicación creyeren en Mí». Hecha la oración les dio su santísima bendición, formando sobre todos una Cruz con la mano derecha, como dicen muchos Doctores (San Gregorio Niseno, Oración sobre los Inocentes; San Jerónimo, De la vida de Moisés, etc.), o poniendo los brazos en cruz en el aire sobre todos ellos, como quieren otros, y fue para darles a entender, lo primero, que habían de cargar la Cruz, a la cual vinculaba su bendición; lo segundo, para que pusieren los ojos en sus Llagas, y con eso se les quedasen estampadas en los corazones y memorias, que es la ayuda para llevar la Cruz; y lo tercero, que poniendo sus brazos en Cruz sobre ellos, los abrigaba con las alas, como el ave a sus polluelos, para que a su sombra esperasen y confiasen en su Providencia, que no les había de desamparar ni faltar.
     
ORACIÓN PARA ESTE DÍA
¡Oh Monarca soberano de la Gloria! Subid victorioso a ese trono de luz inmarcesible que os tiene preparado vuestro Padre, y pues os vais de nuestra presencia y os apartáis corporalmente de la tierra, ruégoos que lleveis con Vos nuestros gemidos y lamentos, nuestras súplicas y oracones, para que las presentéis ante Él, juntamente con vuestros merecimientos infinitos. Esos brazos Divinos, que mis culpas extendieron sobre el madero de la Cruz, los extiende ahora vuestro amor incomparable, olvidando mi ingratitud, para que yo conozca que jamás me ha de faltar vuestro paternal amparo, cuantas veces os busque reconocido. Gózome, amor mío, al veros el alma con tanto honor acompañado de Ángeles y Santos, Patriarcas, Profetas, Reyes, y todos los demás Justos. ¡Oh, si fuese yo tan dichoso que mereciese también acompañaros! ¡En sagrada compañía, ejércitos celestiales, contemplad reverentes a nuestro adorable Redentor, alabadlo, glorificadlo y dadle todo honor, pues es infinitamente digno de todo obsequio y veneración! ¡Oh Monte Olivete, en que mi Señor puso sus plantas Divinas, cómo pudiera poner mi corazón bajo de ellas en lugar tuyo, para que como en ti quedasen impresas para siempre sus sacrosantas huellas, que así no pudieran borrarlas ni los halagos del mundo, ni las tentaciones, ni la persecución, ni la prosperidad! ¡Oh monte dichoso! Monte enriquecido con el precioso licor de la Sangre que sudó mi Jesús en la oración: en otro tiempo fuiste el teatro de sus penas y agonía, y ahora lo sois de sus triunfos y glorias, sea mi corazón tu imitador: Imprimid, Señor, en él la memoria de vuestra Pasión Santísima, para que vean también en él los triunfos de vuestra gracia, y después merezca los eternos gozos. Amén.

Tres Padrenuestros, y tres Avemarías con Gloria Patri. Los Gozos y la Oración se rezarán todos los días.
  
DÍA SEXTO
Por la señal...
Acto de Contrición y Oración al Padre Eterno.
Considera y atiende a las otras palabras que nos dice el sagrado texto, «que se elevó por el aire, mirándole los Apóstoles», e iba subiendo poco a poco, dice San Bernardo (De los grados de humildad, cap. I), y era porque el amor que tenía a sus Discípulos y Amigos lo atraía de abajo, dice el Santo, y parece que lo dieron a entender los Evangelistas, porque siendo de Fe Católica que subió por su propia virtud, uno de ellos dice que era llevado (Marcos XVI), como si dijese que era asido por otro (Lucas XXIV), era el amor que tenía a los suyos vehementísimo, y este amor era como una gruesa cadena que lo detenía, y así cuando el Espíritu Santo nos da a conocer la venida del Salvador al Mundo, dice en una parte, que venía saltando de monte en monte, y de collado en collado (Cánticos II, 8); y en otra dice que corría con pasos de gigante (Salmo XVIII), esto era cuando venía a vivir entre los hombres, y ahora, que se va a vivir entre los Ángeles, va tan despacio, que aparece que lo llevaran como por fuerza (Lucas XXIV, cf. Apocalipsis XII). ¡Oh amor abrasado y encendido de nuestro Dios! ¡Oh tibieza y frialdad terrible de nuestros corazones! Cargáronlo de oprobios, afrentas y azotes, crucificándolo entre dos ladrones, y con todo no hay quien lo pueda separar de entre los hombres, y si esto pasa entre aquellos rebeldes y obstinados judíos, ¿qué pasará con las almas que le aman y le sirven? ¿Quién podrá ponderar el amor con que las asiste? Por esto dijo que sus deleites eran estar con los hijos de los hombres (Proverbios VIII). Esto pasa en aquel amoroso pecho, mas en los pechos humanos sucede muy al contrario: por nada lo dejamos, cualquier gustom aunque solo tenga la apariencia de gusto, nos aparta de Él.
  
ORACIÓN PARA ESTE DÍA
¡Oh dulcísimo Esposo del alma! ¡Oh Padre amantísimo! ¿Qué es lo que os detiene para remontaros con rápido vuelo a esa región celestial? Sin duda que es el peso del amor que nos tenéis. ¿Es posible, Señor, que ni nuestras ofensas tan repetidas, ni los ultrajes que experimentasteis en vuestra adorable persona, hayan acelerado vuestro vuelo? ¡Oh amor infinito! Nosotros a porfía os agraviamos y repetimos las ofensas, ¿y Vos continuáis en amarnos, y multiplicáis finezas? Nosotros nos retiramos de esta hermosura, ¿y Vos dificultáis en apartaros de nosotros? ¡Oh corazón humano!, ¿qué haces que no te abrasas de amor? ¿Tan insensatos somos, Dios mío, que no acertamos a corresponderos? Extendidos los brazos os vemos subir, como el águila que provoca a sus polluelos a volar, alumbradnos, Maestro soberano: enseñadnos a tomar el vuelo en vuestra compañía, y esas demostraciones de vuestro amor no sean para mayor confusión nuestra en el Día del Juicio, sino para que sepamos corresponderlas. Avecillas canoras, que pobláis el aire, congregaos todas conformes a bendecir y alabar a vuestro Criador: vosotras que saludais al Sol cuando amanece, saludad a coros con dulces trinos y gorgeos al Sol de Justicia, que pasa por vuestra región. Ea Señor, llevadnos tras de Vos, correremos al olor de vuestros ungüentos, para gustar eternamente de vuestras dulzuras. Amén.

Tres Padrenuestros, y tres Avemarías con Gloria Patri. Los Gozos y la Oración se rezarán todos los días.
DÍA SÉPTIMO
Por la señal...
Acto de Contrición y Oración al Padre Eterno.

Considera en las otras palabras: «Que una nube lo ocultó a los ojos de los Discípulos», y esta nube, dijo Simón de Casia (Libro XIV, al final), que se puso delante de los Apóstoles, no porque el Señor la necesitase para subir, sin que como el Cielo estuviese con grandísimas ansias de recibir en sí al Señor, envió aquella nube que lo ocultase del mundo que lo atraía, y con eso entrase aprisa, y así dijo Cornelio Alápide que mientras los Apóstoles lo miraban, subía muy poco a poco, mas así que la nube se puso de por medio, subió como en un rayo, usando del dote de la agilidad, y en un instante llegó al Cielo Empíreo (Comentario en el cap. I de los Actos Apostólicos). Saca de aquí una consideración muy útil para tu alma, y es que mientras tuvieres limpios los ojos del alma y mirares a Cristo, no se apartará el Señor de ti y le tendrás, como la piedra imán detiene al acero. Por eso, habiendo el Esposo ponderado la hermosura y pureza del Alma santa, dijo que quien con más fuerza le hacía volar a su corazón era la vista de sus ojos, esta era como un escuadrón armado que lo detenía, cautivaba y no lo dejaba ir (Cánticos VI, 4). Esto acontece en el Alma pura y limpia, pero en atravesándose de por medio la nube de la culpa, entonces vuela, y como rayo se retira. La nube que ocultó al Señor era de gloria, formada de resplandores del mismo Señor, como dice Cayetano, o como otros dicen, una nube milagrosa, pura y transparente, y si esta nube de tan nobles calidades esconde al Señor, y hace que con tanta velocidad se aparte de sus Amigos cuando se pone por medio, ¿qué no hará la nube del pecado y la putrefacción del amor terreno de las creaturas corruptibles? ¿Qué no harán la gloria vana del Mundo, y los lucimientos mundanos? Mira que no te dejen cegar: arroja esas cosas, que te esconderán al Señor, y por más que apliques la vista, no lo verás ni le hallarás, porque se ausentará en no viendo tu alma limpia y pura.
 
ORACIÓN PARA ESTE DÍA
¡Oh Soberano Maestro! ¡Oh Caudillo invencible! ¡Qué lágrimas no debíamos derramar al ocultársenos vuestra hermosura, y vernos privados de vuestra presencia corporal, pero el amor que nos tenéis no nos permite llorar vuestra ausencia, cuando por consolarnos compasivo nos aseguráis que no nos dejáis huérfanos, porque aunque os vais, también venís a nosotros con frecuencia. Caminad, Señor, a ilustrar esos Cielos: caminad, que os  desean ansiosos los Ángeles para el aumento de su gloria: caminad, que ya os aguarda vuestro Padre con los brazos abiertos para recibiros, para colocaros dignamente a su diestra y daros el imperio y la dominación sobre todo lo creado, y pues nos habéis prometido vuestra asistencia, y os habéis hecho cargo de ampararnos y de remediar nuestras miserias, no permitáis que se hallen en nosotros las nubes tenebrosas del pecado que nos aparten de Vos, y nos impidan el teneros a la vista; enviadnos vuestras luces, sagrado Sol de Justicia, que así sabremos seguiros, y no erraremos vuestros caminos. Astros resplandecientes, que sois habitadores del lugar por donde ha de transitar con sus celestiales cortesanos el Rey de la Gloria, avivad vuestras luces, y adornaos con nuevos brillantes resplandores, porque ha de pasar por entre vosotros aquel Divino artífice que os dio tanta hermosura. Vosotros cuando Él expiró en el Calvario, os vestisteis de triste luto, escondiendo vuestras luces: justo es que os vistais de gala cuando se celebran sus sagradas victorias. Detended vuestro curso, y congregados salid al camino por donde ha de pasar el Hombre Dios, llevando cautiva la  servidumbre, y adoralo postrados. ¡Oh Señor!, ¿y cómo pudiéramos nosotros disponer los mayores festejos y aclamaciones para celebrar dignamente vuestro triunfo? Y pues nos falta el poder para ello, recibid nuestros deseos, y llevadnos a vuestra Gloria, para que allí os festejemos eternamente. Amén.

Tres Padrenuestros, y tres Avemarías con Gloria Patri. Los Gozos y la Oración se rezarán todos los días.
  
DÍA OCTAVO
Por la señal...
Acto de Contrición y Oración al Padre Eterno.

Considera en aquel triunfal aparato y gloriosa grandeza con que sube el Señor, de que habando en profecía el Salmista, dice que subió en un carro o carroza asistido de millares de millares de Ángeles (Salmo LXVII). Este era el carro triunfal en que subió nuestro Emperador: el acompañamiento era de innumerable multitud de Ángeles, dijo San Jerónimo, y Cayetano dice que eran los despojos de la victoria, y los prisioneros que libertó de la cautividad del mundo, los cuales dispuestos y ordenados a coros, cantaban dulcísimas alabanzas al Señor con grande júbilo y alegría inefable de todos: iba delante de todos estos escuadrones el Señor, como lo dijo por boca del Profeta Miqueas (cap. II, 3), y así que se acercó a los orbes celestiales, y como lo dice San Buenaventura (Meditaciones de la vida de Cristo, cap. C), no quedó espíritu bienaventurado alguno en  la Gloria que no bajase a recibirlo. Venían todos por sus órdenes, y postrados ante el Señor con suma reverencia le adoraron, y luego juntos los que iban con los que venían, se ordenaron en dos coros, y empezó la música de voces e instrumentos, y fue prosiguiendo la más solemne, grande y gloriosa procesión que jamás vio la Corte militante ni triunfante. Ponte aquí a pensar, Cristiano, y trae a la memoria las fiestas, alegrías, regocijos, júbilos, danzas, clarines, trompetas, cajas, y cuanto pudieres alcanzar y entender de dulzura, suavidad y deleite, pompa, majestad, grandeza y aparato, tanto imagina en aquel gloriosísimo triunfo. Allí los Serafines y Querubines, los Tronos, Principados y Potestades de Cielo, todos hacen fiesta, todos cantan gloriosas alabanzas al Señor. ¡Oh, qué suavísimos ecos! ¡Oh, qué dulcísimas canciones suenan por todos esos orbes celestiales!

ORACIÓN PARA ESTE DÍA
¡Oh Gran Señor de los Cielos y de la tierra! ¡Oh Hijo del Altísimo! Con qué grandeza y majestad entrais en vuestra Corte celestial para reinar en ella eternamente. El alma queda toda absorta y ocupada de gozo al contemplaros en tanta gloria. Digno sois, Divino Rey y Señor supremo, de recibir el honor que se os tributa, y cuando todas las criaturas se hiciesen lenguas y entonasen vuestras alabanzas, todo sería inferior a vuestro merecimiento. Ea, celestiales espíritus, pues vuestro Señor os adornó liberal de tanta Sabiduría, empleadla con especialidad en este día en admirable composición de sagrados metros, y de la más suave y armoniosa música: avivad vuestros sonoros instrumentos, que este triunfo del Salvador debe ser celebrado con la mayor solemnidad y pompa. Avivemos también nosotros nuestros afectos y entonemos alabanzas, pues nuestro Libertador entra a tomar posesión de su Reino. ¡Oh, cómo quisiera, Señor, cada uno de nosotros tener la destreza y sabiduría de todos los Ángeles, para excederlos en obsequiaros! ¡Oh Príncipes Angélicos que habitáis felices en la Corte del Altísimo!, abrid esas puertas resplandecientes de la Gloria, para que entre en ella el Rey de los Reyes y el Señor de los Señores a dominar, y a reinar sin fin. Prevenid los arcos triunfales que anuncien en todo su Reino su entrada victoriosa: adornad las hermosas calles y plazas de esa Celestial Jerusalén, para su majestuoso y sagrado recibimieto. ¡Oh Caudillo Triunfante! Hoy que es el día de vuestra coronación, lo es también de hacer mercedes: no queremos, Señor, perder tan bella vocación: concedednos la merced de vuestra gracia. Cuando los Reyes se coronan,  hay indulto general para todos los reos: perdonadnos, piadoso Padre, nuestras iniquidades, para que limpios y purificados os agrademos en esta vida, y después os alabemos en vuestro Reino eternamente. Amén.

Tres Padrenuestros, y tres Avemarías con Gloria Patri. Los Gozos y la Oración se rezarán todos los días.
    
DÍA NOVENO
Por la señal...
Acto de Contrición y Oración al Padre Eterno.

Considera la entrada del Señor en la Corte Celestial, pero ¿qué entendimiento puede comprender, ni qué criatura puede ponderar cuán célebre, cuán gloriosa, cuán magnífica y soberana fuese? Llegó en fin nuestro glorioso Príncipe al trono de su Padre, y reconociéndose en cuanto hombre inferior, postrado a sus plantas adoró su Divinidad con suma reverencia, y puedes considerar que le dijo: «Padre Santísimo, Altísimo y amabilísimo, aquí teneis a vuestro hijo obediente a vuestro precepto. Bajé al mundo, manifesté a los hombres vuestro Santo y Divino Nombre, glorifiqué vuestra grandeza en la tierra, consumé la obra de la humana Redención que me habéis encargado, entré en batalla con el Príncipe del mundo, lo vencí, le quité el reino y lo arrojé fuera, lo dejé desarmado y en prisiones, y le quité el despojo de sus victorias, el cual pongo a vuestras Divinas plantas, a quien se debe toda reverencia, toda honra y alabanza. Vuestro es el Reino, que he conquistado; vuestro el Imperio, que he ganado; vuestra la potestad y el poder, con que yo vencí; vuestra es la gloria, vuestro el triunfo, y vuestra la victoria». Pondera y considera la alegría, el contento y amor con que el Padre recibiría a  su Hijo, y cómo le da la mano, y cómo lo abraza, ensalza y engrandece mandando que toda la Corte Celestial celebre las gloriosas victorias de su Hijo: siéntalo a su diestra en su mismo trono sublimado y engrandecido con infinitas ventajas a todas las criaturas, luego le da la corona imperial, el cetro y el gobierno universal sobre todo lo  criado: manda que todos los Cortesanos por sus órdenes y jerarquías, postrados a sus plantas le rindan la obediencia. Mira aquí, Cristiano, la humana naturaleza qué honrada es. Mira aquí la tierra sobre todos los Cielos, al hombre sobre todos los Serafines, y tu misma naturaleza sobre todos los Ángeles y soberanas jerarquías. Aprende aquí a despreciar todas estas bajezas, aprecia tu dignidad, reconócete miembro de aquella cabeza, y no quieras, degenerando de lo que eres, sujetarte a las vilezas. Mira, por último, y considera el gloriosísimo cuerpo de tu Redentor, encumbrado en aquel trono: mira aquella hermosura que alegra a todos los Ángeles, los cuales al verla tan resplandeciente y llena de luz, y absortos, y llevados del deleite y admiración, prorrumpieron sin cesar, diciendo: «Santo, Santo, Santo, Señor Dios de los Ejércitos, lleno está el mundo, llenos el Cielo y la tierra de la Majestad de tu Gloria: viva, viva nuestro Rey en la altura y grandeza inaccesible de su trono», y así sucesivamente le alababan y alabarán eternamente.
 
ORACIÓN PARA ESTE DÍA
¡Oh Rey inmortal de los siglos! ¡Oh Señor de incomprensible Majestad! Recibid la Corona, el Imperio y la Dominación sobre todas las criaturas visibles e invisibles, y el mundo todo se goce de tener un Señor justo, sabio, poderoso y benigno. ¡Qué justamente os ciñe vuestro Padre lleno de amor la Corona, y pone en vuestra Divina mano el cetro del gobierno del Cielo y de la tierra! ¡Qué premio tan bien merecido! ¡Qué corona tan bien ceñida! ¿Con qué razones os daremos el parabién de vuestra exaltación? ¡Oh dichosos hijos de Adán, alegraos en el Señor!, démonos todos recíprocamente los plácemes, pues nuestra naturaleza ha subido con Cristo a colocarse en el mismo Solio de Dios sobre todos los Ángeles. ¡Oh inefable honor del hombre! ¡Oh dicha imponderable! No la ha concedido el Señor aun a los más elevados Serafines. ¡Oh Eterno Padre, infinitas gracias os damos por tan excelsa prerrogativa, como es la que habéis otorgado a nuestro linaje! Vos, piadosísimo Dios, habéis levantado a tan sublime dignidad a nuestra naturaleza, y ya no nos queda otra cosa que emplearnos eternamente en alabaros y bendeciros por tan inmenso beneficio. Bendito y glorificado seáis, ¡oh gran Dios!, pues ya por vuestra bondad, es vuestro Hijo Unigénito nuestro hermano según la carne; y pues nos vemos tan honrados de Vos, ya desde hoy renunciamos todas nuestras inclinaciones a los bienes de este mundo, y todo nuestro anhelo lo pondremos solo en Vos, que sois todo nuestro bien y nuestras riquezas, para que así lleguemos a vivir y reinar con Vos eternamente. Amén.
  
ORACIÓN A LA SANTÍSIMA VIRGEN PARA ESTE DÍA
¡Oh Sacratísima María, Madre dignísima de Jesús! Infinitos parabienes os damos por el honor inmenso que goza vuestro Divino Hijo. Cuando las madres ven logrados a sus hijos, es muy crecido el gozo de su corazón, ¿cuánto sería, Señora, vuestro júbilo, al ver con tanta gloria y majestad al Hijo de vuestras entrañas? Por este gozo os suplicamos, Madre amorosa, no os olvidéis de nosotros: Haced que se dilate vuestra alegría, al ver también logrados por vuestro Patrocinio a estos vuestros hijos menores, que os claman en este valle de tantas miserias, interceder por nosotros, y encaminadnos a esa Patria celestial, donde gozáis de vuestro Hijo eternamente. Amén.

Tres Padrenuestros, y tres Avemarías con Gloria Patri. Los Gozos y la Oración se rezarán todos los días.

jueves, 9 de mayo de 2013

DE LA ASCENSIÓN DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO

Desde APOCALIPSIS EL BLOG PARA LOS ÚLTIMOS CRISTIANOS
 
 
ASCENCION DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO
TOMADO DE LA "CATENA AUREA" (Santo Tomás de Aquino)

San Lucas cap. 24, 50-53:

Y los sacó fuera hasta Betania, y alzando sus manos les bendijo; y aconteció, que mientras los bendecía, se apartó de ellos, y era llevado al cielo. Y ellos, después de haberle adorado, se volvieron a Jerusalén con grande gozo. Y estaban siempre en el templo, loando y bendiciendo a Dios. Amén. (vv. 50-53)



Beda
Omitiendo todo lo que el Señor había hecho con sus discípulos en el espacio de cuarenta días, el evangelista pasa del primer día de su resurrección al último día en que subió a los cielos, diciendo: "Los sacó fuera, hasta Betania". Ante todo, por lo que dice el nombre de la ciudad -que quiere decir casa de obediencia - entendemos que el que había bajado del cielo por la desobediencia de los malos, subió por la obediencia de los convertidos. Además, por el lugar que ocupaba la ciudad (que según se dice estaba a la falda del monte de los Olivos), porque la casa de la Iglesia obediente debía estar a la falda del monte mismo (esto es, de Cristo), en donde ha colocado los fundamentos de la fe, de la esperanza y de la caridad. Bendijo a quienes había mandado enseñar. Por ello sigue: "Y alzando las manos los bendijo".

Teófil 
Les infundió la fuerza que conserva hasta la venida del Espíritu Santo. Nos enseñó que cuantas veces nos separamos, encomendemos a nuestros súbditos a Dios por medio de las bendiciones.

Orígenes
El acto de levantar las manos y bendecirlos, significa que el que bendice debe estar adornado de buenas y heroicas obras, para bien de los demás; por esto levantó las manos al cielo.

Crisóstomo
Obsérvese que el Señor nos hace ver sus promesas. Había ofrecido que resucitarían los cuerpos; resucitó El de entre los muertos, y confirmó a sus discípulos en esta fe por espacio de cuarenta días. Ofreció también que seremos arrebatados al cielo, y probó esto también por medio de las obras. Prosigue: "Y aconteció, que mientras los bendecía", etc.

Teófil
Elías también parecía ser llevado al cielo, pero el Salvador mismo ascendió al cielo como precursor de todos para presentarse en su cuerpo sacratísimo como primicia ante el Padre. En este concepto, ya fue honrada nuestra naturaleza con todas las virtudes de los ángeles.

Crisóstomo
Pero dirás: ¿a mí en qué me interesa? Pues tú serás igualmente llevado a los cielos, porque tu cuerpo es de la misma naturaleza que el cuerpo de Jesucristo. Tu cuerpo, pues, será tan ágil, que podrá atravesar los espacios; porque así como la cabeza, es el cuerpo; como el principio, así el fin. Véase cómo fuimos honrados por este principio. El hombre era la clase más ínfima de las creaturas racionales, pero los pies se hicieron semejantes a la cabeza, fueron encumbrados en una torre real por virtud de Jesucristo, su cabeza.

Beda
Habiendo subido el Señor a los cielos y habiendo adorado sus discípulos el último lugar que pisaron sus pies, volvieron apresuradamente a Jerusalén, en donde se les había mandado esperar la promesa del Padre. Prosigue: "Y ellos, después de haberle adorado, se volvieron", etc. Estaban embargados de una grande alegría, porque después del triunfo de la resurrección, habían visto a su Dios y Señor penetrar en los cielos.

Griego
Y velaban, ayunaban y oraban, porque no descansando en sus propias casas, sino esperando constantemente la gracia de lo alto, estaban siempre en el templo, aprendiendo en él, entre otras virtudes, la piedad y la honestidad. Prosigue: "Y estaban siempre en el templo".

Teofilacto

Todavía no había venido el Espíritu Santo y ya hablaban espiritualmente. Al principio estaban encerrados, pero ahora ya no tenían inconveniente en presentarse delante de los príncipes de los sacerdotes, sin preocuparse de las cosas del mundo, antes bien, alababan todos a Dios, desestimando todo esto. Prosigue: "Loando y bendiciendo a Dios. Amén".

Beda

Obsérvese que San Lucas se distingue por el toro, entre los cuatro animales del cielo, porque el toro se ofrecía como víctima por los sacerdotes, y en atención a que se ocupó del sacerdocio más que los otros evangelistas. Además empezó su Evangelio por el ministerio sacerdotal de Zacarías en el templo, y lo concluyó con la reunión de los apóstoles en el templo, no ofreciendo sacrificios cruentos, sino como ministros del nuevo sacerdocio, alabando y bendiciendo a Dios, para prepararse así a recibir dignamente la venida del Espíritu Santo.

Teófil
Prosigamos imitándolos siempre en una vida santa, alabando y bendiciendo a Dios, de quien es la gloria, la dicha y el poder por los siglos. Amén.
 
NOTA: La "Catena Aurea" es una compilación de reflexiones hechas por los Padres y Doctores de la Iglesia sobre los Santos Evangelios.

jueves, 2 de junio de 2011

SERMÓN DE LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR, POR EL PADRE JUAN CARLOS CERIANI

Desde Radio Cristiandad

 La Ascensión del Señor (Pietro Perugino)

La obra de la Encarnación es una gran empresa de reconquista; el Verbo viene del Cielo y se encarna para que nosotros podamos recobrar el Cielo perdido. Por ello se encarna el Hijo de Dios; para ello sostiene una lucha gigantesca con el demonio, vencedor del hombre, y le derrota a su vez.
  

Satanás, como rayo, cayó del Cielo; pero con su ímpetu se precipitó sobre nuestros primeros padres y los hizo sucumbir con él: toda la humanidad fue arrastrada en la ruina.
   
El Verbo viene al mundo para devolvernos el Cielo. Tomó nuestra mortalidad para hacernos inmortales. Vivió de lo nuestro para que participásemos de lo suyo. Se hizo consorte de nuestra desdicha para que lográramos con Él la eterna bienaventuranza.
   
Se ha realizado ya la primera etapa de nuestra glorificación. El Verbo que bajó del Cielo para encarnarse y conquistarnos el Cielo, ha recorrido ya el ciclo de su vida: hecho semejante a nosotros, ha vivido como nosotros, ha sufrido y muerto como todos los hombres; y ha ganado el Cielo para todos. Primero, para sí; este Verbo encarnado está ya en el Cielo, a la diestra del Padre. Venció en su carne a quien nos había cerrado el Cielo; justo es que con esta carne, triunfadora del pecado y del infierno, haya tomado posesión del lugar cuyo acceso el enemigo nos impedía. Dice San Gregorio Magno: Saltó del seno de Dios al de una Virgen; del seno de la Virgen a la Cruz; de la Cruz a la tumba y de la tumba ha saltado otra vez al Cielo. Y allí está nuestra Cabeza, aguardando que allá vaya el Cuerpo, cuyos miembros somos todos nosotros.
  
Allá está nuestro destino y allá deben estar fijos nuestros ojos y nuestra esperanza. El Verbo se ha hecho carne y ha habitado entre nosotros; por nosotros y por nuestra salvación se encarnó, Él ha hecho su obra; a nosotros toca llenar la nuestra.


Consideremos la responsabilidad enorme que importa para todos nosotros la grande obra de la Encarnación. No es facultativo salvarnos, por cuanto la salvación eterna es el fin de nuestra vida.Es libre salvamos o no, en cuanto tenemos la terrible libertad de repudiar la ley, la gracia para cumplirla y la gloria que es la corona de las vidas justas. Pero, ¿cómo evitaremos el castigo, si despreciamos tan gran salvación que nos trajo el Verbo de Dios por su Encarnación?


Los grandes hechos de Dios en favor de la humanidad tienen exigencias profundas: son obras admirables, pero son principios reguladores de nuestra vida. ¡Qué bello es el misterio y el hecho de la Encarnación! Es la maravillosa conjunción de Dios y el hombre, la síntesis de las armonías entre Dios y el mundo, la luz que ilumina toda la creación, la obra más bella que ha salido de las manos de Dios y que ha hecho bella a toda la humanidad…
  

Y ¡cuánta eficacia la de la Encarnación! Porque por ella se realizó nuestra salvación… Pero esta belleza y esta eficacia no serán nuestra salvación sin nuestro esfuerzo. Dios ha venido en nuestra ayuda; sin Él nada podemos hacer para salvarnos; pero sin nosotros Él no nos salvará. La Encarnación es la gracia máxima de Jesucristo y el origen de donde arranca toda gracia; pero la gracia de Dios sola, con tanto poder que ha unido los cielos y la tierra, no nos salvará a cada uno de nosotros sin nuestro concurso.
 

No descansemos en el pensamiento de que Dios lo ha hecho todo para salvarnos; ha hecho todo lo suyo, pero falta lo nuestro. Cuando oyes que Cristo vino a este mundo para salvar a los pecadores, dice San Agustín, no te duermas en el dulce lecho del pecado, sino oye la voz del Apóstol que dice: Levántate, tú que duermes, y te iluminará Cristo.


Y siguen sucediéndose los misterios del Verbo Encarnado. Después de la Resurrección, la Ascensión al Cielo. Vencida la muerte, Jesucristo, vivo y glorioso, debía dejar esta tierra de miseria para habitar en la región de la vida inmortal.


Hay entre ambos misterios relación profunda. Jesucristo resucita no sólo para revivir; ésta es la primera etapa de su triunfo; la segunda y definitiva es el regreso triunfal al lugar de donde vino.


¿Qué significa ha subido —dice el Apóstol hablando de la Ascensión de Jesucristo—, sino que antes había bajado a las partes inferiores de la tierra? El que bajó es el mismo que subió sobre todos los cielos.


Es decir; que el Hijo de Dios, por el hecho de su Ascensión al Cielo, completa el círculo a que le obligó la inmensa caridad de Dios: del seno del Padre al seno de la Virgen; de éste, lograda ya la victoria sobre el infierno, al seno de la tierra, el sepulcro, y al seno de Abraham, el limbo; de aquí, deshecho el imperio de la muerte por la reunión de Alma y Cuerpo, y rasgadas las entrañas de la tierra, otra vez al Cielo, a sentarse a la diestra del Padre, pero con su santísima Humanidad triunfante que, una vez tomada, no debió ya dejar más, y que constituye las primicias del rico botín logrado con su Redención.


El Verbo de Dios Encarnado completó su circuito: Itus et reditus; vino y volvió; bajó y subió otra vez.


Él, para terminar su obra, después de resucitar subió a sentarse a la diestra del Padre; allá debemos tener nuestro ideal y la meta definitiva de nuestra ruta: Si habéis resucitado con Jesucristo, buscad las cosas que son de arriba, donde Cristo está sentado a la diestra de Dios; saboread las cosas del cielo, no las de la tierra.


Un Hombre-Dios que sube a los Cielos… Un Hombre-Dios que se sienta a la diestra de Dios Omnipotente… Son profundos los misterios que en estos hechos se encierran.


Jesucristo debía subir al Cielo y sentarse a la diestra, porque el Padre debía coronarle con esta gloria, jamás concedida a hombre alguno, como premio a la victoria que había logrado sobre Satanás, asociando al triunfo de su Hijo a toda la Corte Celestial, testigo un día de la rebelión de Lucifer. Así el Padre cumplió su palabra: Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi diestra.


¡Magnífico triunfo el de Jesucristo, y forma maravillosa de lograrlo! La Iglesia, en las Letanías de los Santos, llama a la Ascensión admirable: Per admirabilem ascensionem tuam


Jesucristo vivo, en cuerpo humano como el nuestro, contra las leyes de la gravedad, en forma tan sencilla como majestuosa, bendiciendo a sus discípulos, despegándose de la tierra, elevándose por los aires, entró en los Cielos.


Es éste el complemento de sus pasados triunfos, dice San Bernardo. Habiendo demostrado que era el Señor de cuanto hay en la tierra, en el mar y en los abismos, debía probar, con iguales argumentos o mayores, que era también el Señor de los cielos. Demostró su señorío sobre la tierra cuando la mandó que restituyese el cuerpo de Lázaro; sobre el mar, cuando le dio solidez y anduvo sobre él; sobre el infierno, cuando arrancó sus puertas y le arrebató su presa.


¿De dónde viene Jesucristo?
Nuestro Señor viene de la tierra, lugar de imperfección, de lucha, de miseria, de sufrimiento…; en el orden de la naturaleza insensible, como en el humano, individual y social, es la tierra un verdadero lugar inferior, en el sentido cualitativo de la palabra.

El Cielo, por el contrario, es lugar de luz y de paz perpetua, región de delicias, habitáculo de la gloria de Dios.
   
Jesucristo sube de la tierra al Cielo; ha vivido treinta y tres años en este pequeño mundo, sabiendo de dolores y lágrimas, de molestias físicas y morales… Hoy, en un monte vecino a Jerusalén, el de los Olivos, hacia el Oriente, como estaba profetizado, Jesucristo, el divino Oriente que nos visitó desde lo alto, vuelve a sus alturas.
   
David había previsto este día del triunfo de Jesucristo: Levántate, Señor, decía, levántate y entra en el lugar de tu reposo, tú y el arca de tu alianza.

Para Ti, que quisiste cargar con toda pena de los hijos de Adán, la tierra no tuvo más que espinas y abrojos. Cuando viniste a ella era señorío de Satanás, y los hombres eran sus viles siervos…
  
Has triunfado del infierno y has roto nuestras cadenas. Ahora, levántate, surge, porque la tierra no es lugar de gloria y Tú estás ya cargado con el inmenso peso de ella; levántate y entra en el lugar de tu descanso. Y contigo, lleva a los Cielos el arca de tu alianza que es tu Humanidad santísima: con ella pactaste y te desposaste para obrar la redención; fue ella tu maravilloso instrumento; sin ella no hubieses podido redimir el mundo en tu actual decreto; justo es que contigo suba a gozar de tu descanso y de tu gloria.


¿Cómo sube Jesucristo al Cielo?
Así como hemos visto los triunfos que logró al dejar la tierra, admiraremos ahora su triunfo en la forma de su Ascensión. Y ante todo, ¿quién subió al Cielo en Jesucristo? ¿Dios o el Hombre? Hay en Él dos naturalezas, la divina y la humana, ¿cuál de ellas subió al Cielo? ¿En virtud de cuál de ellas pudo realizarse la Ascensión? San Agustín responde a lo primero: ¿Quién es el que bajó? Dios-Hombre. ¿Quién es el que subió? El mismo Dios-Hombre. Pero no subió el Hombre-Dios en la misma forma que bajó. Ni el descenso y la subida se dicen igual de Dios y del hombre.


Dios es infinito en su ser, y es inmenso. Está, por lo mismo, en todas partes; y no se puede decir de Él que sube o que baja. Si subo al cielo, allí estás tú, le dice el Salmista; si bajo al abismo, allí te encuentro. Si al rayar el alba me pusiera alas y fuere a posarme al último extremo del mar, allá igualmente me conducirá tu mano, y me hallaré bajo el poder de tu diestra. 
   
Pero Dios bajó, dice Santo Tomás, no según el movimiento local, sino según su anonadamiento, en cuanto, teniendo la forma de Dios, tomó la de siervo; como decimos que se anonadó, no porque perdiera nada de su plenitud, sino porque tomó nuestra pequeñez. Así debe entenderse la palabra del Credo: Bajó de los cielos. Es una locución por la que concretamos el hecho estupendo de la Encarnación del Verbo.
   
Pero el Verbo se hizo carne, es decir, hombre. Este Hombre subió y bajó, como todo hombre, al moverse en distintos planos locales; subió, por ejemplo, de Jericó a Jerusalén, como bajó de Caná a Cafarnaúm. Con Él subió y bajó Dios, no porque Dios pasara de uno a otro plano, ocupándolos simultáneamente todos, en los Cielos y en la tierra, en virtud de su inmensidad; sino porque, hablando con San Agustín, era un Hombre-Dios el que subía y bajaba.
   
Y así subió Jesucristo al Cielo el día de su Ascensión; como Hombre-Dios. Dios subió en Jesucristo, como bajó el día de su Encarnación; bajó entonces para anonadarse, tomando la forma de siervo; hoy sube porque es glorificada en forma insuperable la naturaleza humana que tomó.
   
En cambio, la naturaleza humana de Jesucristo entra hoy por vez primera en el Cielo.
   
El día de la Encarnación no bajó del cielo el Hombre Jesús —esto enseñaron los herejes llamados Docetas— sino que empezó a existir en las entrañas purísimas de la Virgen Madre, uniéndose instantáneamente su naturaleza humana a la Persona del Verbo.
   
El día de la Ascensión subió Jesucristo, Hombre verdadero y Dios verdadero. Como Dios, no se había movido del seno del Padre; como Hombre, hace su primer ingreso en el Cielo. Así deben entenderse las palabras del Apóstol: El que bajó es el mismo que ha subido sobre todos los cielos, porque las acciones son de las personas. Es Dios quien baja, anonadándose; y Él es quien, Hombre-Dios, sube en la naturaleza humana que tomó. Podríamos decir que el Verbo se abajó para tomar naturaleza humana; subió con ella al remontarse ésta de la tierra al Cielo.
   
¡Qué dignación la de Dios! Se anonada hasta tomar en el seno de la Virgen una naturaleza humana; la une substancialmente a Él; con ella convive por espacio de más de treinta años; por ella enseña a los hombres; en ella muere y los redime; en ella revive el día de la Resurrección, para elevarse con ella en la Ascensión, ante los ojos atónitos de los hombres.
   
Y ¿con qué virtud subió Jesucristo a los Cielos? ¿Cuál fue la fuerza que le transportó de este lugar de pesantez a la región de los espíritus bienaventurados? La fuerza de un ser radica en su naturaleza. Cada naturaleza tiene su fuerza específica. Dios, infinito, tiene fuerza infinita; lo puede todo: los demás seres tienen la fuerza dosificada, según la participación que de su poder ha querido Dios comunicar a la naturaleza de cada uno de ellos.
   
¿Pudo Jesucristo subir al Cielo por la virtud propia de su naturaleza humana? No. El hombre no puede, por sus solas fuerzas, neutralizar el peso de su cuerpo y sustraerle a las leyes de la gravedad. Menos aún puede ir contra el sentido de la gravedad, como lo es el movimiento ascensional.


Jesucristo, igual en todo a nosotros, menos en el pecado, no pudo, en virtud de su propia naturaleza, lo que en la naturaleza humana no cabe.


¿Pudo Jesucristo subir al Cielo, en cuanto hombre, por la fuerza que Santo Tomás llama virtus gloriæ, es decir, por la potencia de su alma glorificada? Sí. La gloria de Dios, dice San Agustín, invade todo el ser del bienaventurado: el alma es gloriosa por la participación de Dios; el cuerpo lo es por la participación de la gloria del alma. Y como queda el alma sumergida en la contemplación y disfrute de Dios, así el cuerpo queda como absorbido y espiritualizado por la gloria del alma. Ello le hace partícipe de las dotes del espíritu, liberándose de la sujeción a las leyes de su naturaleza y obedeciendo en sus movimientos al querer del alma, en tal forma, dice San Agustín, que donde quiera el espíritu, allí se trasladará inmediatamente el cuerpo; ni querrá nada el espíritu que desdiga de sí mismo o del cuerpo.


El Alma de Jesucristo, bienaventurada sobre todo espíritu, pudo, por lo mismo, querer subir al, Cielo; era su lugar, y correspondía a su gloria.
  
El Cuerpo santísimo, dócil al querer del Alma, dejó la tierra, suave y majestuosamente, se remontó a los aires y penetró en los Cielos de los Cielos, por la propia virtud de su naturaleza humana glorificada.


Pero, sobre todo y principalmente, fue la propia virtud divina la que le llevó al altísimo Cielo. Jesucristo es Dios, dueño, como tal, de las naturalezas, de las fuerzas, de sus leyes; por esto, en virtud de su naturaleza divina, que tiene su fuerza propia e intransferible, levantó su propio Cuerpo, y lo introdujo en el Cielo.


Como en el mar de Tiberíades lo sustrajo a la ley de la gravedad, y en el Tabor le comunicó un resplandor glorioso, y en el sepulcro le hizo revivir, y entró en el Cenáculo cerradas las puertas, así, en su Ascensión, lo trasladó de la tierra al Cielo por un puro acto de su voluntad.


¿Adónde va Nuestro Señor?
Triunfador, por el lugar de donde sube y por la forma como asciende, Jesucristo triunfa por el lugar adonde va. Va a su gloria. Y su gloria, la de su Humanidad santísima, está sobre toda gloria.
 

Siéntate a mi derecha, le había dicho Dios Padre por el Profeta. Ni más arriba ni más abajo. No más arriba, porque la gloria del Padre trasciende sobre toda gloria; ni más abajo, porque Jesucristo, por la unión hipostática de su naturaleza humana con el Verbo, no puede tener igual entre las criaturas.
   
Contemplemos el inenarrable espectáculo de la entrada de Jesucristo en su gloria.
   
Los Ángeles habían tenido trato frecuente con Jesucristo en su vida mortal. El Arcángel San Gabriel viene a la tierra a tratar con María Santísima el negocio de la encarnación del Verbo. En su nacimiento, multitud de las celestiales milicias acuden a las inmediaciones de Belén para decir el Gloria a Dios en las alturas… En el desierto de la Cuarentena, después de su triunfo sobre Satanás, los Ángeles se le acercaron y le servían. En Getsemaní, un Ángel de Dios se le aparece y le conforta…
   
Jesucristo es, pues, el Señor de los Ángeles: inferior a ellos en naturaleza humana, les supera a todos por el solo hecho de la unión sustancial con el Verbo.
   
¡Espectáculo inefable el de la entrada triunfal de Jesucristo en los cielos! Predicadores y autores ascéticos han aguzado su ingenio para describirlo. Inútil esfuerzo; la máxima magnificencia de las solemnidades de la tierra es nada ante las fiestas del Cielo. Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni pasó a hombre por el pensamiento las cosas que tiene Dios preparadas para aquellos que le aman.
   
¿Qué no tendría preparado Dios Padre para su Hijo muy amado en quien tiene todas sus complacencias, precisamente el día en que regresaba de la tierra, victorioso, después de haber derrotado al enemigo? Al subir Jesucristo, dice San Lorenzo Justiniano, salieran los Ángeles y miraban con deleite la belleza de su humanidad, su faz radiante, su imperial hermosura y magnificencia. Y temblaban, dice la Liturgia, al ver trastornar las leyes de la humana mortalidad, y que la carne de pecado ha sido redimida por la carne, y que reina como Dios el Hombre-Dios. 
  
Y Jesucristo subía, dice San Juan Crisóstomo, no para quedarse con los Ángeles, sino para atravesar los Cielos, subir sobre los Querubines, elevarse sobre los Serafines, y no se detiene sino en el mismo asiento del Señor de los Cielos. Las puertas de la Gloria se le han abierto de par en par, y los Ángeles se han dicho: ¿Quién es este Rey de la gloria? El Señor del poder, Él mismo es el Rey de la gloria. En medio de la expectación de millones de espíritus, Jesucristo ofreció al Padre las primicias de nuestra naturaleza, y el Padre admiró el presente que con tanta majestad le ofrecía, y la pureza sin mancilla de lo que se le presentaba. Y lo recibió con sus propias manos y le hizo partícipe de su sede y, lo que es más, lo colocó a su derecha.
  
Este es el triple triunfo de Jesucristo en su Ascensión, por donde viene y adonde va y por la virtud con que realiza el tránsito maravilloso. Como su Resurrección es nuestra esperanza, dice San Agustín, su Ascensión es nuestra glorificación. Si queremos meditarla dignamente, subamos con Él y pongamos nuestros corazones en el Cielo, hasta que nos juntemos con Él.