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domingo, 29 de septiembre de 2013

SERMÓN SOBRE SAN MIGUEL ARCÁNGEL, POR EL PADRE JUAN CARLOS CERIANI

Desde RADIO CRISTIANDAD

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial y Comandante de la Resistencia

San Miguel es uno de los siete Arcángeles, y figura, junto a San Gabriel y San Rafael, entre los tres cuyos nombres aparecen en la Sagrada Escritura.

La Santa Iglesia da a San Miguel el más alto lugar entre los Arcángeles y le llama Príncipe de la Milicia Celestial, por eso se lo representa con el traje de Guerrero.

En el Antiguo Testamento aparece como el gran defensor del pueblo de Dios, y su poderosa defensa continúa en el Nuevo Testamento.

La iconografía, como dijimos, lo representa como el Ángel guerrero, el vencedor de Lucifer, poniendo su talón sobre la cabeza del enemigo infernal, amenazándole con su espada, traspasándolo con su lanza, presto para encadenarlo para siempre en el abismo del infierno.

Ya la Iglesia primitiva veneraba a San Miguel como el Arcángel que derrotó a Satanás y a sus seguidores y los echó del cielo con su espada de fuego.

Es tradicionalmente reconocido como el guardián de los ejércitos cristianos contra los enemigos de la Iglesia y como protector de los cristianos contra los poderes diabólicos, especialmente a la hora de la muerte.

El mismo nombre de Miguel, nos invita a darle honor, ya que es un clamor de entusiasmo y fidelidad; en efecto, significa ¿Quién como Dios?

Satanás tiembla al escuchar su nombre, pues le recuerda el grito de noble protesta que este Arcángel profirió cuando se rebelaron los ángeles.

San Miguel manifestó su fortaleza y poder cuando peleó la gran batalla en el Cielo. Por su celo y fidelidad para con Dios gran parte de la corte celestial se mantuvo en fidelidad y obediencia.

Su fortaleza inspiró valentía en los demás Ángeles, quienes se unieron a su grito de nobleza ¿Quién como Dios?

Desde ese momento se le conoce como el Capitán de la Milicia de Dios, el primer príncipe de la ciudad santa a quien los demás Ángeles obedecen.

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En el Antiguo Testamento, San Miguel aparece como el guardián de la nación hebrea.

En el libro de Daniel, vemos que Dios le envía para asegurar al Profeta su protección.

Justamente se piensa que el mismo Arcángel San Miguel es el Ángel que el Señor había asignado a los israelitas en los días de Moisés, para guiarles a través del desierto.

Después de la muerte de Moisés, según la tradición, recogida por San Judas, San Miguel alterca con el diablo disputándose el cuerpo del Patriarca. En obediencia al mandato de Dios, San Miguel escondió la tumba de Moisés, ya que Satanás quería exponerla para llevar a los israelitas al pecado de idolatría.

San Miguel recibió de Dios el encargo de llevar a término sus designios de misericordia y de justicia para su pueblo escogido. Vemos como Judas Macabeo, antes de iniciar cualquier batalla en defensa de la Ley y del Templo, clamaba la ayuda de San Miguel y le confiaba su defensa.

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De igual modo, en el Nuevo Testamento, San Miguel ocupa un lugar prominente y continúa su poderosa defensa. Con sus Ángeles, libra la batalla victoriosa contra Satanás y los Ángeles rebeldes, los cuales son arrojados al infierno:
Entonces se entabló una batalla en el cielo: Miguel y sus Ángeles combatieron con el Dragón. También el Dragón y sus ángeles combatieron pero no prevalecieron y no hubo ya en cielo lugar para ellos. Y fue arrojado el gran Dragón, la serpiente antigua, el llamado Diablo y Satanás, el seductor del mundo entero.

Es por eso venerado como guardián de la Iglesia.

Como lo testimonian los Padres de la Iglesia, el honor y la veneración a San Miguel ha sido parte esencial de la vida de la Iglesia desde sus inicios. Se le han atribuido un sin número de beneficios espirituales y temporales.

El Emperador Constantino atribuyó a este Arcángel las victorias sobre sus enemigos, y por ello le construyó cerca de Constantinopla una magnifica iglesia en su honor. Esta se convirtió en lugar de peregrinación y muchos enfermos recibieron sanación gracias a la intercesión de San Miguel.

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No solo durante la vida terrenal San Miguel defiende y protege nuestras almas, Él nos asiste de manera especial a la hora de la muerte, ya que su oficio es recibir las almas de los elegidos al momento de separarse de su cuerpo. De este modo, San Miguel continúa su ministerio angélico en relación a los hombres hasta que nos lleva a la bienaventuranza eterna a través de las puertas celestiales.

En su Santa Liturgia, la Iglesia nos enseña que este Arcángel está puesto para custodiar el Paraíso y llevar a él a los elegidos.

A la hora de la muerte se libra una gran batalla, una agonía, ya que el demonio tiene muy poco tiempo para hacernos caer en tentación, o desesperación, o en falta de reconciliación con Dios.

Por esto es que en esos momentos se libra una gran batalla espiritual por nuestras almas. San Miguel está al lado del moribundo defendiéndole de las asechanzas del enemigo.

San Anselmo cuenta de un religioso piadoso que, a punto de morir, recibía grandes asaltos de demonio. El demonio se le apareció, acusándole de todos los pecados que había cometido antes de su tardío Bautismo. San Miguel se aparece y le responde que todos esos pecados quedaron borrados con el Bautismo. Entonces, Satanás le acusa de los pecados cometidos después del Bautismo. San Miguel le contesta que estos fueron perdonados en la confesión general que hizo antes de profesar. Satanás insiste, y le acusa de las ofensas y negligencias de su vida religiosa. San Miguel declara que esas han sido perdonadas por sus confesiones y por todos los buenos actos que hizo durante su vida religiosa, en especial la obediencia a su superior, y que lo que le quedaba por expiar lo había hecho a través del sufrimiento de su enfermedad vivido con resignación y paz.

San Alfonso María de Ligorio, por su parte, nos relata el caso de un hombre polaco, de la nobleza, que había vivido muchos años en pecado mortal y lejos de la vida de Dios. Se encontraba moribundo y estaba lleno de terror, torturado por los remordimientos, lleno de desesperación. Este hombre había sido devoto de San Miguel Arcángel, y Dios, en su misericordia, permitió que este Arcángel se le apareciera. San Miguel lo alentó al arrepentimiento, diciéndole que había orado por él y le había obtenido más tiempo de vida para que lograra la salvación. Al poco rato, llegan a la casa de este hombre dos sacerdotes dominicos, que dijeron se les había aparecido un extraño joven pidiéndoles que fueran a ver a este hombre moribundo. El hombre se confesó con lágrimas de arrepentimiento, recibió la Santa Comunión y en brazos de estos dos sacerdotes murió reconciliado con Dios.

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El 13 de octubre de 1884, el Papa León XIII experimentó una visión horrible. Después de rezar la Santa Misa estaba consultando sobre ciertos temas con sus cardenales en la capilla privada del Vaticano cuando, de pronto, se detuvo al pie del altar y quedó sumido en una realidad que sólo él veía.

Su rostro tenía expresión de horror y de impacto. Se fue palideciendo. Algo muy grave había visto. De repente, se incorporó, levantó su mano como saludando y se fue a su estudio privado.

Lo siguieron y le preguntaron: ¿Qué le sucede su Santidad? ¿Se siente mal?

El respondió: ¡Oh, qué imágenes tan terribles se me han permitido ver y escuchar!, y se encerró en su oficina.

¿Qué vio León XIII? Él mismo lo relató más tarde: Vi demonios y oí sus crujidos, sus blasfemias, sus burlas. Oí la espeluznante voz de Satanás desafiando a Dios, diciendo que él podía destruir la Iglesia y llevar todo el mundo al infierno, si se le daba suficiente tiempo y poder. Satanás pidió permiso a Dios de tener cien años para poder influenciar al mundo como nunca antes había podido hacerlo.

También León XIII pudo comprender que, si el demonio no lograba cumplir su propósito en el tiempo permitido, sufriría una derrota humillante. Vio a San Miguel Arcángel aparecer y lanzar a Satanás con sus legiones en el abismo del infierno.

Después de media hora, llamó al Secretario para la Congregación de Ritos. Le entregó una hoja de papel y le ordenó que la enviara a todos los Obispos del mundo, indicando que, bajo mandato, tenía que ser recitada después de cada Misa la oración que ahí él había escrito.

Es la famosa oración que todos conocemos y rezamos con fervor: San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla. Sé nuestro amparo contra la perversidad y asechanzas del demonio. Reprímale Dios, pedimos suplicantes. Y tú Príncipe de la Milicia Celestial, arroja al infierno con el divino poder a Satanás y a los otros espíritus malignos que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén.

¿Es necesario seguir rezando esta oración y las preces prescritas para después de la Santa Misa? Huelga la respuesta…, aunque no para todos, lamentablemente…

Necesitamos la ayuda de San Miguel Arcángel en estos tiempos apocalípticos.

Necesitamos su intercesión como remedio contra los espíritus infernales, que se han desencadenado en el mundo moderno.

En estos tiempos, cuando la misma base de la sociedad está tambaleándose como consecuencia de haber negado los derechos de Dios, debemos revivir la devoción a San Miguel y con Él gritar: ¿Quién como Dios?

Ya lo había dicho San Francisco de Sales: La veneración a San Miguel es el más grande remedio en contra de la rebeldía y la desobediencia a los mandamientos de Dios, en contra del ateísmo, escepticismo y de la infidelidad.

Precisamente, estos pecados están al orden del día en nuestros tiempos. Más que nunca necesitamos la ayuda de San Miguel para mantenernos fieles en la Fe.

El ateísmo, la apostasía, la infidelidad, la perfidia han infiltrado todos los sectores de la sociedad humana. Es nuestra misión, como fieles católicos, confesar nuestra fe con valentía y gozo, y demostrar con celo nuestro amor por Jesucristo.

Estamos en gran batalla espiritual. Es nuestro deber usar todas las armas espirituales para batallar con fortaleza y prudencia.

La gran malicia de demonio, su astucia, sus mentiras, sus sugerencias, sus insinuaciones se dirigen a la mente y al corazón humano. Él trata de destruir toda obra buena. Toda la malicia que su mente es capaz de poseer quiere inyectarla en las almas.

Contra estos ataques, Dios da su admirable protección. El hombre tan sólo debe cooperar y corresponder. He aquí la importancia de la devoción a San Miguel Arcángel.

Si en tiempo de tentación tenemos el coraje de reprender al maligno y de clamar la asistencia de San Miguel, el enemigo por seguro saldrá huyendo.

Pero, si deseamos obtener su protección, debemos imitar sus virtudes, especialmente su humildad y su celo por la gloria de Dios.

San Miguel se presenta, pues, como nuestro protector y como nuestro modelo.

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Dos cualidades se requieren para cumplir bien con la misión de protector: el poder y la bondad. San Miguel posee estas prerrogativas en muy alto grado.

¿Quién no admira el poder de San Miguel? Arroja del Cielo a Lucifer con todos los ángeles rebeldes; cuando el Faraón persigue al pueblo de Dios, sumerge en el Mar Rojo al príncipe infiel con todo su ejército; y cuando Satanás intenta atraer a la idolatría al pueblo de Israel, con el pretexto de honrar el cuerpo de Moisés, se lo impide escondiendo este cuerpo en un lugar desconocido.

En San Miguel, la bondad iguala al poder. Primer ministro de la Providencia, es el protector de todos los fieles; bajo sus órdenes todos los Ángeles, participando de su poder y de su bondad, trabajan por la salvación de los hombres y combaten juntos al enemigo del género humano.

¡Qué felicidad es la nuestra, en tener tantos protectores!

San Miguel es nuestro modelo. Modelo de recogimiento y de unión con Dios. Esta celeste inteligencia, en medio de las diversas misiones que se le han confiado, no pierde jamás de vista la presencia de Dios. Sin cesar le ama, le adora, le suplica, le da gracias; mantiene con Dios un comercio santo, nunca interrumpido.

Modelo de inocencia y de pureza, no tiene sino pensamientos y deseos santos.

Modelo de humildad, confiesa que Dios lo es todo, y que toda criatura debe pisar el orgullo, la ambición, la vanidad.

Modelo de celo, sólo aspira a hacer amar a Dios y a Jesucristo su Hijo.

Modelo de religión, se abate ante la grandeza de Dios y exclama: ¿Quién como Dios?, es decir, ¿quién es tan justo, tan bueno, tan excelente como nuestro Dios?

Modelo de mansedumbre, procede en todas sus acciones con perfecta calma y nos muestra claramente que la modestia, la dulzura y la paciencia son las mejores armas contra nuestros enemigos.

Así es como San Miguel nos ofrece el modelo de todas las virtudes.

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Honremos, pues a San Miguel como al primer Ángel del Paraíso y Príncipe de la Ciudad Santa, siempre fiel a Dios, cuyas grandezas proclama con esta palabra que ha llegado a ser su nombre: Miguel, ¿Quién como Dios?

Honremos al mismo tiempo a todos los Santos Ángeles que imitaron a San Miguel y que, como él, cumplen para con nosotros la doble misión que han recibido de ser nuestros protectores y nuestros modelos.

Demos gracias a Dios por haberles dado tal misión, y no olvidemos saludar a la Reina de los Ángeles.

domingo, 19 de junio de 2011

SERMÓN DEL DÍA DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD, POR EL PADRE JUAN CARLOS CERIANI

Desde Radio Cristiandad



Contemplados los Misterios de la Encarnación, de la Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo, de su Gloriosa Ascensión a los Cielos y del envío del Espíritu Santo, la Santa Liturgia nos invita hoy a considerar y meditar el Misterio de la Santísima Trinidad.

La Iglesia honra a la Santísima Trinidad todos los días del año, y principalmente los Domingos; pero le hace una Fiesta particular el Primer Domingo después de Pentecostés para darnos a entender que el fin de los Misterios de Jesucristo y de la venida del Espíritu Santo ha sido llevarnos al conocimiento de la Santísima Trinidad y a su adoración en espíritu y verdad.

Este misterio es el más grande de todos los misterios, pues de todos es principio y fin.

Los doctores sagrados lo llaman sustancia del Nuevo Testamento…

Para conocerlo y contemplarlo han sido creados en el Cielo los Ángeles y en la tierra los hombres…



Para revelar y enseñar con más claridad lo prefigurado en el Antiguo Testamento, Dios mismo descendió de los Ángeles a los hombres: Nadie vio jamás a Dios; el Hijo unigénito que está en el seno del Padre, Él nos lo ha revelado…



Así pues, quien escriba o hable sobre la Trinidad siempre deberá tener ante la vista lo que prudentemente monesta Santo Tomás: “Cuando se habla de la Trinidad, conviene hacerlo con prudencia y humildad, pues —como dice Agustín— en ninguna otra materia intelectual es mayor o el trabajo o el peligro de equivocarse, o el fruto una vez logrado.”


El peligro procede de confundir entre sí, en la fe o en la piedad, a las divinas Personas, o de multiplicar su única Naturaleza, al distinguir las Personas; pues la fe católica nos enseña a venerar un solo Dios en la Trinidad y la Trinidad en un solo Dios.

La verdad contenida en el Misterio de la Santísima Trinidad es, pues, la de Dios uno en tres Personas realmente distintas: Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Entrando en la consideración de este Misterio, decimos, en primer lugar, que la fe cristiana cree y confiesa un solo Dios: único en naturaleza, en sustancia y en esencia.

Y, elevándose todavía más, la fe de tal manera entiende esta Unidad, que venera la Unidad en la Trinidad y la Trinidad en la Unidad.

Porque tres son las Personas en Dios: el Padre, que es ingénito; el Hijo, que es engendrado por el Padre desde toda la eternidad, y el Espíritu Santo, que eternamente procede del Padre y del Hijo.

En una única esencia divina, es el Padre la Primera Persona; el cual, con su Unigénito Hijo y con el Espíritu Santo, es un solo Dios y un solo Señor; no en la singularidad de una única Persona, sino en la Trinidad de una sola Sustancia.

Las Tres divinas Personas se distinguen entre sí únicamente por sus propiedades.

Sería absurdo y herético suponer cualquier diferencia o desigualdad entre ellas.

Es propio del Padre el ser ingénito; del Hijo, el ser engendrado por el Padre; y del Espíritu Santo, el proceder del Padre y del Hijo.

De esta manera reconocemos tal identidad de esencia y sustancia en las Tres Personas divinas, que, al confesar al verdadero y eterno Dios, creemos debe ser adorada piadosa y santamente:


  1. La propiedad en las Personas,
  2. La unidad en la Esencia,
  3. Y la igualdad en la Trinidad.

Tratándose, por lo demás, del más difícil y sublime misterio de la Revelación, bástenos retener con religiosa exactitud los vocablos de Esencia y Persona, con los que está formulado el misterio, y creer que la unidad está en la Esencia, y la distinción en las Personas.

No puede pensarse ni siquiera imaginarse disparidad o diferencia alguna en las divinas Personas, siendo única e idéntica la esencia, voluntad y poder de las Tres.

Sin embargo, con gran propiedad, la Iglesia acostumbra atribuir al Padre las obras del poder; al Hijo, las de la sabiduría; al Espíritu Santo, las del amor.

No porque todas las perfecciones y todas las obras ad extra no sean comunes a las tres divinas Personas, pues indivisibles son las obras de la Trinidad, como indivisa es su esencia, porque así como las tres Personas divinas son inseparables, así obran inseparablemente; sino que, por una cierta relación y como afinidad que existe entre las obras externas y el carácter propio de cada Persona, se atribuyen a una más bien que a las otras, o —como dicen los teólogos— se apropian.

Después de haber considerado brevemente lo que nos enseña la teología, sigamos ahora a los autores espirituales y examinemos lo que exige este misterio a las tres virtudes teologales, fe, esperanza y caridad.

En primer lugar, creyendo en el misterio de la Santísima Trinidad, rendimos el más esplendido homenaje a la veracidad de Dios.

En efecto, cuando Dios se nos muestra como Creador y gobernando estos mundos innumerables, dirigiendo el sol y los cielos en su camino, no honramos sino medianamente, por la fe estas hermosas verdades, porque en esto nuestra razón y su palabra se encuentran unidas, y ello no nos cuesta sacrificio alguno.

En cambio, cuando nos revela y enseña el misterio de la Trinidad, Tres Personas distintas en una sola Naturaleza…, una Esencia indivisible en Tres Personas, las Tres eternas, todopoderosas, inmensas, infinitas y, sin embargo, un solo eterno, todopoderoso, inmenso, infinito…; Tres Personas, en fin, que no son una sola persona, sino un solo Dios, entonces damos a la palabra divina, aceptando lo que nos dice, el homenaje más espléndido que puede dársele.
Aquí, nuestra razón, después de haber agotado todos sus recursos, no pudiendo ya apoyarse en sus propias concepciones, cae abismada en el sentimiento de su impotencia para comprender lo que se le revela; al honrar a Dios por el anonadamiento de sí misma, se prosterna con respeto y amor ante la veracidad divina, y le dice con santo entusiasmo: ¡Oh Dios! Vos lo habéis dicho y esto me basta; ello es así, y lo creo en virtud de vuestra palabra. Demasiado feliz con ser ilustrado por Vos sobre lo que sois Vos mismo, creo en vuestra palabra sin vacilar. Si os comprendiera, mi fe sería menos honrosa para Vos, menos meritoria para mí, y me cautivaría menos. Precisamente, porque en esta materia nada comprendo, me complazco en confesar la Trinidad: al Padre eternamente fecundo y Padre desde el principio; al Hijo engendrado por el conocimiento que tiene Dios de sí mismo; al Espíritu Santo, que procede del amor sustancial que une al Padre y al Hijo…

Seguidamente, creyendo en el misterio de la Santísima Trinidad, rendimos el mas magnifico homenaje a la grandeza de Dios.

De tal modo es esto cierto, que cuanto más fuera de nuestro alcance está lo que la Revelación nos enseña respecto a Dios, tanto más lo engrandece en nuestro espíritu.

Si la Revelación sólo nos enseñara cosas perfectamente comprensibles, podríamos tal vez decir: nos engaña, empequeñece a Dios; porque el Ser infinito no puede caber en los estrechos límites de una inteligencia creada y, por consiguiente, esencialmente limitada.

Pero, cuando nos muestra el misterio de la Santísima Trinidad, entonces no podemos menos que exclamar: ¡Oh Dios! esto sí que es digno de Vos, precisamente porque nuestra inteligencia no puede alcanzar tanta elevación. Esta es la prueba de vuestra grandeza. Si os comprendiese, no seríais infinito, no seríais Dios.

A continuación, el misterio de la Santísima Trinidad es el encanto de nuestra esperanza.

Si nos consideráramos sólo en nosotros mismos, con nuestra impotencia para todo lo bueno, nuestra tendencia al mal y las faltas que hemos cometido, tendríamos por qué temer; pero, al contemplar las Tres divinas Personas, al instante renacen en nosotros la esperanza y la felicidad.

Vemos, en la Primera de las Tres divinas Personas, un Padre que nos ama hasta llamarnos y hacernos realmente sus hijos; en la Segunda, un Mediador que ofrece su Sangre en pago de nuestras deudas, un pontífice que ruega por nosotros; y, en la Tercera, un abogado y consolador consagrado a nuestra santificación.

Por estos dulces Nombres el Bautismo nos regeneró, la Confirmación nos hizo perfectos cristianos, la Penitencia perdona nuestras culpas, el Matrimonio une a los fieles y el Orden consagra a los sacerdotes.

Con estos dulces nombres, la Iglesia bendice a sus hijos y comienza y termina sus oraciones.

¡Sí! El misterio de la Trinidad es el apoyo, la fuerza y el encanto de la esperanza cristiana.

Finalmente, el misterio de la Trinidad es el embeleso de la caridad

Nada excita más amor en el corazón que el pensamiento del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

Nunca Dios se muestra más Dios que cuando, al penetrar en el secreto de la Trinidad, contemplamos sus inefables operaciones, las divinas grandezas plenamente conocidas por el Padre, alabadas como ellas lo merecen por el Verbo y amadas dignamente por el Espíritu Santo.

Jamás la caridad ha estimulado más nuestro corazón para que exclame: Sí; verdaderamente, Dios es caridad…

El Padre del Verbo eterno, quiere también serlo nuestro:

Padre de la creación, puesto que nos ha dado el ser y la vida;

Padre por la providencia, puesto que tiene tan gran cuidado de los hijos que ha puesto en el mundo;

Padre por la predestinación, puesto que, desde la eternidad, nos ha concebido como hijos adoptivos en el seno mismo en que engendró a su Verbo;

Padre por la predicación de su Evangelio;

Padre por la regeneración del Bautismo;

Padre por la gracia santificante que infunde en nuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que nos permite exclamar con confianza, diciéndole: ¡Padre mío! ¡Padre mío!;

Padre, en fin, por el amor que no tiene semejante en padre alguno; amor inconcebible, que llega hasta inmolar a su unigénito por salvarnos a nosotros de la muerte.

¿Qué hay, pues, más amable que las Tres Personas de la Santísima Trinidad?

Disponemos, pues de este hermoso día para festejar y homenajear a la Santísima Trinidad. Hagámoslo lo mejor posible, según las posibilidades de esta tierra…

Decía el Padre de Chivré: Cuando se ha dado la vuelta completa a través de las solemnidades humanas, comprendidas las de la Iglesia, a pesar del verdadero respeto que merecen por lo que representan, uno vuelve un poco vacío y triste…

¿Qué hemos de hacer, pues, para celebrar los más dignamente esta fiesta mientras aguardamos hacerlo por la eternidad en el Cielo?

Hemos de hacer cinco cosas:
  1. Adorar el misterio de Dios Uno y Trino; 
  2. Dar gracias a la Santísima Trinidad por todos los beneficios temporales y espirituales que de Ella recibimos;
  3. Consagrarnos totalmente a Dios y rendirnos del todo a su divina Providencia;
  4. Pensar que por el Bautismo entramos en la Iglesia y fuimos hechos miembros de Jesucristo por la invocación y virtud del nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo;
  5. Determinarnos a hacer siempre con devoción la señal de la Cruz, que expresa este misterio, y a rezar con viva fe e intención de glorificar a la Santísima Trinidad aquellas palabras que tan a menudo repite la Iglesia: Gloria sea al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo.

jueves, 2 de junio de 2011

SERMÓN DE LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR, POR EL PADRE JUAN CARLOS CERIANI

Desde Radio Cristiandad

 La Ascensión del Señor (Pietro Perugino)

La obra de la Encarnación es una gran empresa de reconquista; el Verbo viene del Cielo y se encarna para que nosotros podamos recobrar el Cielo perdido. Por ello se encarna el Hijo de Dios; para ello sostiene una lucha gigantesca con el demonio, vencedor del hombre, y le derrota a su vez.
  

Satanás, como rayo, cayó del Cielo; pero con su ímpetu se precipitó sobre nuestros primeros padres y los hizo sucumbir con él: toda la humanidad fue arrastrada en la ruina.
   
El Verbo viene al mundo para devolvernos el Cielo. Tomó nuestra mortalidad para hacernos inmortales. Vivió de lo nuestro para que participásemos de lo suyo. Se hizo consorte de nuestra desdicha para que lográramos con Él la eterna bienaventuranza.
   
Se ha realizado ya la primera etapa de nuestra glorificación. El Verbo que bajó del Cielo para encarnarse y conquistarnos el Cielo, ha recorrido ya el ciclo de su vida: hecho semejante a nosotros, ha vivido como nosotros, ha sufrido y muerto como todos los hombres; y ha ganado el Cielo para todos. Primero, para sí; este Verbo encarnado está ya en el Cielo, a la diestra del Padre. Venció en su carne a quien nos había cerrado el Cielo; justo es que con esta carne, triunfadora del pecado y del infierno, haya tomado posesión del lugar cuyo acceso el enemigo nos impedía. Dice San Gregorio Magno: Saltó del seno de Dios al de una Virgen; del seno de la Virgen a la Cruz; de la Cruz a la tumba y de la tumba ha saltado otra vez al Cielo. Y allí está nuestra Cabeza, aguardando que allá vaya el Cuerpo, cuyos miembros somos todos nosotros.
  
Allá está nuestro destino y allá deben estar fijos nuestros ojos y nuestra esperanza. El Verbo se ha hecho carne y ha habitado entre nosotros; por nosotros y por nuestra salvación se encarnó, Él ha hecho su obra; a nosotros toca llenar la nuestra.


Consideremos la responsabilidad enorme que importa para todos nosotros la grande obra de la Encarnación. No es facultativo salvarnos, por cuanto la salvación eterna es el fin de nuestra vida.Es libre salvamos o no, en cuanto tenemos la terrible libertad de repudiar la ley, la gracia para cumplirla y la gloria que es la corona de las vidas justas. Pero, ¿cómo evitaremos el castigo, si despreciamos tan gran salvación que nos trajo el Verbo de Dios por su Encarnación?


Los grandes hechos de Dios en favor de la humanidad tienen exigencias profundas: son obras admirables, pero son principios reguladores de nuestra vida. ¡Qué bello es el misterio y el hecho de la Encarnación! Es la maravillosa conjunción de Dios y el hombre, la síntesis de las armonías entre Dios y el mundo, la luz que ilumina toda la creación, la obra más bella que ha salido de las manos de Dios y que ha hecho bella a toda la humanidad…
  

Y ¡cuánta eficacia la de la Encarnación! Porque por ella se realizó nuestra salvación… Pero esta belleza y esta eficacia no serán nuestra salvación sin nuestro esfuerzo. Dios ha venido en nuestra ayuda; sin Él nada podemos hacer para salvarnos; pero sin nosotros Él no nos salvará. La Encarnación es la gracia máxima de Jesucristo y el origen de donde arranca toda gracia; pero la gracia de Dios sola, con tanto poder que ha unido los cielos y la tierra, no nos salvará a cada uno de nosotros sin nuestro concurso.
 

No descansemos en el pensamiento de que Dios lo ha hecho todo para salvarnos; ha hecho todo lo suyo, pero falta lo nuestro. Cuando oyes que Cristo vino a este mundo para salvar a los pecadores, dice San Agustín, no te duermas en el dulce lecho del pecado, sino oye la voz del Apóstol que dice: Levántate, tú que duermes, y te iluminará Cristo.


Y siguen sucediéndose los misterios del Verbo Encarnado. Después de la Resurrección, la Ascensión al Cielo. Vencida la muerte, Jesucristo, vivo y glorioso, debía dejar esta tierra de miseria para habitar en la región de la vida inmortal.


Hay entre ambos misterios relación profunda. Jesucristo resucita no sólo para revivir; ésta es la primera etapa de su triunfo; la segunda y definitiva es el regreso triunfal al lugar de donde vino.


¿Qué significa ha subido —dice el Apóstol hablando de la Ascensión de Jesucristo—, sino que antes había bajado a las partes inferiores de la tierra? El que bajó es el mismo que subió sobre todos los cielos.


Es decir; que el Hijo de Dios, por el hecho de su Ascensión al Cielo, completa el círculo a que le obligó la inmensa caridad de Dios: del seno del Padre al seno de la Virgen; de éste, lograda ya la victoria sobre el infierno, al seno de la tierra, el sepulcro, y al seno de Abraham, el limbo; de aquí, deshecho el imperio de la muerte por la reunión de Alma y Cuerpo, y rasgadas las entrañas de la tierra, otra vez al Cielo, a sentarse a la diestra del Padre, pero con su santísima Humanidad triunfante que, una vez tomada, no debió ya dejar más, y que constituye las primicias del rico botín logrado con su Redención.


El Verbo de Dios Encarnado completó su circuito: Itus et reditus; vino y volvió; bajó y subió otra vez.


Él, para terminar su obra, después de resucitar subió a sentarse a la diestra del Padre; allá debemos tener nuestro ideal y la meta definitiva de nuestra ruta: Si habéis resucitado con Jesucristo, buscad las cosas que son de arriba, donde Cristo está sentado a la diestra de Dios; saboread las cosas del cielo, no las de la tierra.


Un Hombre-Dios que sube a los Cielos… Un Hombre-Dios que se sienta a la diestra de Dios Omnipotente… Son profundos los misterios que en estos hechos se encierran.


Jesucristo debía subir al Cielo y sentarse a la diestra, porque el Padre debía coronarle con esta gloria, jamás concedida a hombre alguno, como premio a la victoria que había logrado sobre Satanás, asociando al triunfo de su Hijo a toda la Corte Celestial, testigo un día de la rebelión de Lucifer. Así el Padre cumplió su palabra: Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi diestra.


¡Magnífico triunfo el de Jesucristo, y forma maravillosa de lograrlo! La Iglesia, en las Letanías de los Santos, llama a la Ascensión admirable: Per admirabilem ascensionem tuam…


Jesucristo vivo, en cuerpo humano como el nuestro, contra las leyes de la gravedad, en forma tan sencilla como majestuosa, bendiciendo a sus discípulos, despegándose de la tierra, elevándose por los aires, entró en los Cielos.


Es éste el complemento de sus pasados triunfos, dice San Bernardo. Habiendo demostrado que era el Señor de cuanto hay en la tierra, en el mar y en los abismos, debía probar, con iguales argumentos o mayores, que era también el Señor de los cielos. Demostró su señorío sobre la tierra cuando la mandó que restituyese el cuerpo de Lázaro; sobre el mar, cuando le dio solidez y anduvo sobre él; sobre el infierno, cuando arrancó sus puertas y le arrebató su presa.


¿De dónde viene Jesucristo?
Nuestro Señor viene de la tierra, lugar de imperfección, de lucha, de miseria, de sufrimiento…; en el orden de la naturaleza insensible, como en el humano, individual y social, es la tierra un verdadero lugar inferior, en el sentido cualitativo de la palabra.

El Cielo, por el contrario, es lugar de luz y de paz perpetua, región de delicias, habitáculo de la gloria de Dios.
   
Jesucristo sube de la tierra al Cielo; ha vivido treinta y tres años en este pequeño mundo, sabiendo de dolores y lágrimas, de molestias físicas y morales… Hoy, en un monte vecino a Jerusalén, el de los Olivos, hacia el Oriente, como estaba profetizado, Jesucristo, el divino Oriente que nos visitó desde lo alto, vuelve a sus alturas.
   
David había previsto este día del triunfo de Jesucristo: Levántate, Señor, decía, levántate y entra en el lugar de tu reposo, tú y el arca de tu alianza.

Para Ti, que quisiste cargar con toda pena de los hijos de Adán, la tierra no tuvo más que espinas y abrojos. Cuando viniste a ella era señorío de Satanás, y los hombres eran sus viles siervos…
  
Has triunfado del infierno y has roto nuestras cadenas. Ahora, levántate, surge, porque la tierra no es lugar de gloria y Tú estás ya cargado con el inmenso peso de ella; levántate y entra en el lugar de tu descanso. Y contigo, lleva a los Cielos el arca de tu alianza que es tu Humanidad santísima: con ella pactaste y te desposaste para obrar la redención; fue ella tu maravilloso instrumento; sin ella no hubieses podido redimir el mundo en tu actual decreto; justo es que contigo suba a gozar de tu descanso y de tu gloria.


¿Cómo sube Jesucristo al Cielo?
Así como hemos visto los triunfos que logró al dejar la tierra, admiraremos ahora su triunfo en la forma de su Ascensión. Y ante todo, ¿quién subió al Cielo en Jesucristo? ¿Dios o el Hombre? Hay en Él dos naturalezas, la divina y la humana, ¿cuál de ellas subió al Cielo? ¿En virtud de cuál de ellas pudo realizarse la Ascensión? San Agustín responde a lo primero: ¿Quién es el que bajó? Dios-Hombre. ¿Quién es el que subió? El mismo Dios-Hombre. Pero no subió el Hombre-Dios en la misma forma que bajó. Ni el descenso y la subida se dicen igual de Dios y del hombre.


Dios es infinito en su ser, y es inmenso. Está, por lo mismo, en todas partes; y no se puede decir de Él que sube o que baja. Si subo al cielo, allí estás tú, le dice el Salmista; si bajo al abismo, allí te encuentro. Si al rayar el alba me pusiera alas y fuere a posarme al último extremo del mar, allá igualmente me conducirá tu mano, y me hallaré bajo el poder de tu diestra. 
   
Pero Dios bajó, dice Santo Tomás, no según el movimiento local, sino según su anonadamiento, en cuanto, teniendo la forma de Dios, tomó la de siervo; como decimos que se anonadó, no porque perdiera nada de su plenitud, sino porque tomó nuestra pequeñez. Así debe entenderse la palabra del Credo: Bajó de los cielos. Es una locución por la que concretamos el hecho estupendo de la Encarnación del Verbo.
   
Pero el Verbo se hizo carne, es decir, hombre. Este Hombre subió y bajó, como todo hombre, al moverse en distintos planos locales; subió, por ejemplo, de Jericó a Jerusalén, como bajó de Caná a Cafarnaúm. Con Él subió y bajó Dios, no porque Dios pasara de uno a otro plano, ocupándolos simultáneamente todos, en los Cielos y en la tierra, en virtud de su inmensidad; sino porque, hablando con San Agustín, era un Hombre-Dios el que subía y bajaba.
   
Y así subió Jesucristo al Cielo el día de su Ascensión; como Hombre-Dios. Dios subió en Jesucristo, como bajó el día de su Encarnación; bajó entonces para anonadarse, tomando la forma de siervo; hoy sube porque es glorificada en forma insuperable la naturaleza humana que tomó.
   
En cambio, la naturaleza humana de Jesucristo entra hoy por vez primera en el Cielo.
   
El día de la Encarnación no bajó del cielo el Hombre Jesús —esto enseñaron los herejes llamados Docetas— sino que empezó a existir en las entrañas purísimas de la Virgen Madre, uniéndose instantáneamente su naturaleza humana a la Persona del Verbo.
   
El día de la Ascensión subió Jesucristo, Hombre verdadero y Dios verdadero. Como Dios, no se había movido del seno del Padre; como Hombre, hace su primer ingreso en el Cielo. Así deben entenderse las palabras del Apóstol: El que bajó es el mismo que ha subido sobre todos los cielos, porque las acciones son de las personas. Es Dios quien baja, anonadándose; y Él es quien, Hombre-Dios, sube en la naturaleza humana que tomó. Podríamos decir que el Verbo se abajó para tomar naturaleza humana; subió con ella al remontarse ésta de la tierra al Cielo.
   
¡Qué dignación la de Dios! Se anonada hasta tomar en el seno de la Virgen una naturaleza humana; la une substancialmente a Él; con ella convive por espacio de más de treinta años; por ella enseña a los hombres; en ella muere y los redime; en ella revive el día de la Resurrección, para elevarse con ella en la Ascensión, ante los ojos atónitos de los hombres.
   
Y ¿con qué virtud subió Jesucristo a los Cielos? ¿Cuál fue la fuerza que le transportó de este lugar de pesantez a la región de los espíritus bienaventurados? La fuerza de un ser radica en su naturaleza. Cada naturaleza tiene su fuerza específica. Dios, infinito, tiene fuerza infinita; lo puede todo: los demás seres tienen la fuerza dosificada, según la participación que de su poder ha querido Dios comunicar a la naturaleza de cada uno de ellos.
   
¿Pudo Jesucristo subir al Cielo por la virtud propia de su naturaleza humana? No. El hombre no puede, por sus solas fuerzas, neutralizar el peso de su cuerpo y sustraerle a las leyes de la gravedad. Menos aún puede ir contra el sentido de la gravedad, como lo es el movimiento ascensional.


Jesucristo, igual en todo a nosotros, menos en el pecado, no pudo, en virtud de su propia naturaleza, lo que en la naturaleza humana no cabe.


¿Pudo Jesucristo subir al Cielo, en cuanto hombre, por la fuerza que Santo Tomás llama virtus gloriæ, es decir, por la potencia de su alma glorificada? Sí. La gloria de Dios, dice San Agustín, invade todo el ser del bienaventurado: el alma es gloriosa por la participación de Dios; el cuerpo lo es por la participación de la gloria del alma. Y como queda el alma sumergida en la contemplación y disfrute de Dios, así el cuerpo queda como absorbido y espiritualizado por la gloria del alma. Ello le hace partícipe de las dotes del espíritu, liberándose de la sujeción a las leyes de su naturaleza y obedeciendo en sus movimientos al querer del alma, en tal forma, dice San Agustín, que donde quiera el espíritu, allí se trasladará inmediatamente el cuerpo; ni querrá nada el espíritu que desdiga de sí mismo o del cuerpo.


El Alma de Jesucristo, bienaventurada sobre todo espíritu, pudo, por lo mismo, querer subir al, Cielo; era su lugar, y correspondía a su gloria.
  
El Cuerpo santísimo, dócil al querer del Alma, dejó la tierra, suave y majestuosamente, se remontó a los aires y penetró en los Cielos de los Cielos, por la propia virtud de su naturaleza humana glorificada.


Pero, sobre todo y principalmente, fue la propia virtud divina la que le llevó al altísimo Cielo. Jesucristo es Dios, dueño, como tal, de las naturalezas, de las fuerzas, de sus leyes; por esto, en virtud de su naturaleza divina, que tiene su fuerza propia e intransferible, levantó su propio Cuerpo, y lo introdujo en el Cielo.


Como en el mar de Tiberíades lo sustrajo a la ley de la gravedad, y en el Tabor le comunicó un resplandor glorioso, y en el sepulcro le hizo revivir, y entró en el Cenáculo cerradas las puertas, así, en su Ascensión, lo trasladó de la tierra al Cielo por un puro acto de su voluntad.


¿Adónde va Nuestro Señor?
Triunfador, por el lugar de donde sube y por la forma como asciende, Jesucristo triunfa por el lugar adonde va. Va a su gloria. Y su gloria, la de su Humanidad santísima, está sobre toda gloria.
 

Siéntate a mi derecha, le había dicho Dios Padre por el Profeta. Ni más arriba ni más abajo. No más arriba, porque la gloria del Padre trasciende sobre toda gloria; ni más abajo, porque Jesucristo, por la unión hipostática de su naturaleza humana con el Verbo, no puede tener igual entre las criaturas.
   
Contemplemos el inenarrable espectáculo de la entrada de Jesucristo en su gloria.
   
Los Ángeles habían tenido trato frecuente con Jesucristo en su vida mortal. El Arcángel San Gabriel viene a la tierra a tratar con María Santísima el negocio de la encarnación del Verbo. En su nacimiento, multitud de las celestiales milicias acuden a las inmediaciones de Belén para decir el Gloria a Dios en las alturas… En el desierto de la Cuarentena, después de su triunfo sobre Satanás, los Ángeles se le acercaron y le servían. En Getsemaní, un Ángel de Dios se le aparece y le conforta…
   
Jesucristo es, pues, el Señor de los Ángeles: inferior a ellos en naturaleza humana, les supera a todos por el solo hecho de la unión sustancial con el Verbo.
   
¡Espectáculo inefable el de la entrada triunfal de Jesucristo en los cielos! Predicadores y autores ascéticos han aguzado su ingenio para describirlo. Inútil esfuerzo; la máxima magnificencia de las solemnidades de la tierra es nada ante las fiestas del Cielo. Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni pasó a hombre por el pensamiento las cosas que tiene Dios preparadas para aquellos que le aman.
   
¿Qué no tendría preparado Dios Padre para su Hijo muy amado en quien tiene todas sus complacencias, precisamente el día en que regresaba de la tierra, victorioso, después de haber derrotado al enemigo? Al subir Jesucristo, dice San Lorenzo Justiniano, salieran los Ángeles y miraban con deleite la belleza de su humanidad, su faz radiante, su imperial hermosura y magnificencia. Y temblaban, dice la Liturgia, al ver trastornar las leyes de la humana mortalidad, y que la carne de pecado ha sido redimida por la carne, y que reina como Dios el Hombre-Dios. 
  
Y Jesucristo subía, dice San Juan Crisóstomo, no para quedarse con los Ángeles, sino para atravesar los Cielos, subir sobre los Querubines, elevarse sobre los Serafines, y no se detiene sino en el mismo asiento del Señor de los Cielos. Las puertas de la Gloria se le han abierto de par en par, y los Ángeles se han dicho: ¿Quién es este Rey de la gloria? El Señor del poder, Él mismo es el Rey de la gloria. En medio de la expectación de millones de espíritus, Jesucristo ofreció al Padre las primicias de nuestra naturaleza, y el Padre admiró el presente que con tanta majestad le ofrecía, y la pureza sin mancilla de lo que se le presentaba. Y lo recibió con sus propias manos y le hizo partícipe de su sede y, lo que es más, lo colocó a su derecha.
  
Este es el triple triunfo de Jesucristo en su Ascensión, por donde viene y adonde va y por la virtud con que realiza el tránsito maravilloso. Como su Resurrección es nuestra esperanza, dice San Agustín, su Ascensión es nuestra glorificación. Si queremos meditarla dignamente, subamos con Él y pongamos nuestros corazones en el Cielo, hasta que nos juntemos con Él.

miércoles, 11 de mayo de 2011

EL DEICIDIO COMETIDO Y PERPETUADO POR LOS JUDÍOS Y LA COMPLICIDAD DE LA IGLESIA CONCILIAR

«Al ver que no se llegaba a nada, sino que aumentaba el tumulto, Pilato hizo traer agua y se lavó las manos delante de la multitud, diciendo: “Yo soy inocente de esta sangre. Es asunto de vosotros”. Y todo el pueblo respondió: “Que su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos”». (San Mateo, XXVII: 24-25)

San Alfonso María de Ligorio escribió sobre este pasaje de la Pasión de Cristo:
«Cuando un inocente es condenado, no hay límites al castigo; sino que lo dejan en manos de sus enemigos, para que puedan hacerlo sufrir y morir como les plazca. ¡Pobres judíos! Vosotros atrajisteis una terrible maldición sobre vuestras cabezas al decir: “Su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos”, y esa maldición, raza miserable, la lleváis hasta el día de hoy, y al Final de los Tiempos recibiréis el castigo de esa sangre inocente. ¡Oh, Jesús mío! Ten misericordia de mí, que por mis pecados he sido también la causa de tu muerte. Yo no seré obstinado como los judíos; sino que lloraré el mal trato que Te he dado. ¡Yo te amaré, por siempre, por siempre, por siempre!» (La Pasión y Muerte de Jesucristo, Meditación octava, parte II).
 ADENDA: El Deicidio (Padre Juan Carlos Ceriani, RADIO CRISTIANDAD)

El Concilio, queriendo extender su idea ecuménica a todas las religiones, e incluso al judaísmo, ha rechazado toda la Tradición eclesiástica.

Pero para poder hacerlo, ha falsificado la Sagrada Escritura.
   
En lo referente a los judíos, la falsificación de la Revelación y el rechazo de la Tradición se refieren a tres puntos esenciales: la alianza, el deicidio y el llamado antisemitismo.

Para poder comprender bien lo que se ha hecho, conviene ante todo hacer una distinción respecto al pueblo judío.

“Israel” puede entenderse en dos sentidos:
  1. el Israel Espiritual, pueblo de Dios del Antiguo Testamento hasta el tiempo de Nuestro Señor Jesucristo. Su misión era preparar la venida del Mesías, en quien hallaría su perfeccionamiento.

    De éste Israel, es continuación la Iglesia de Jesucristo, única heredera legítima y exclusiva de su patrimonio y misión sagrados.
       
  2. el Israel Carnal, que materializó, carnalizó, la promesa de Dios y la noción misma del Mesías y que, por lo tanto, prevaricó, rechazándolo en su primera Venida.
       
    En éste Israel carnal podemos distinguir, a su vez, otras dos realidades:
    a – El pueblo judío a partir de Cristo, pueblo llamado a la conversión, al bautismo, como todos los demás pueblos, pero con más urgencia y con una dilección particular a causa de su patrimonio único, y con mayor cuidado a causa de su rebelión y patrimonio actual.
    b – El judaismo talmúdico: la religión actual de los judíos, aquella que no sólo ha rechazado al Mesías y cometido el deicidio, sino que persigue a su Cuerpo Místico, la Iglesia, como usurpadora de su patrimonio sagrado.
   
Los judíos talmúdicos siguen el Talmud: interpretación rabínica de la Ley Mosaica y código civil judío.
   
La Iglesia honra al Israel espiritual, puesto que le continúa y es su heredera.

La Iglesia ama al Israel carnal llamado a la conversión, busca a los hijos de ese pueblo como a sus hijos mayores, rebeldes pero aún amados.

La Iglesia defiende su propia razón de ser y sus derechos contra las pretensiones del judaismo talmúdico, contra su odio y sus persecuciones.

El Concilio quiere a todo precio, reconciliar a la Iglesia con el judaismo talmúdico. Para esto, camufló esta reconciliación asimilándola a la conversión del pueblo judío y fundamentándola sobre el reconocimiento de la herencia común con el Israel espiritual.
   
En otras palabras, el Concilio, sin hacer las debidas distinciones entre Israel espiritual e Israel carnal, y entre pueblo judío a convertir y judaismo farisaico y talmúdico, identifica estos dos últimos y les atribuye los beneficios espirituales del pueblo elegido (Israel espiritual), heredados por la Iglesia Católica.
   
De este modo, busca la unidad sobre una base religiosa común que supone aun existente, pero que de hecho, debido a la prevaricación de Israel, ya no existe.
    
Para ello, debe desmentir, silenciar o condenar todo aquello que niegue o se oponga a tal pretendida base religiosa común.
   
Juan Pablo II en su visita del 13 de abril a la sinagoga de Roma, reafirmó esta intención: los tres puntos que quiso destacar, del n.4 del documento Nostra Ætáte, señalan la falsificación de la Revelación y el abandono de la Tradición respecto a la Alianza, al deicidio y al antisemitismo.

Allí dijo:
«La religión judía no nos es extrínseca, sino que en cierto modo es intrínseca a nuestra religión. Por lo tanto, sois nuestros hermanos predilectos, y en cierto modo, se podría decir, nuestros hermanos mayores».
Más adelante:
«A los judíos, como pueblo, no se les puede imputar culpa alguna atávica o colectiva por lo que se hizo en la Pasión de Jesús…
   
Por lo tanto, resulta inconsistente toda pretendida justificación teológica de medidas discriminatorias o, peor todavía, persecutorias».
De donde se sigue como consecuencia:
«No es lícito decir que los judíos son reprobos o malditos…, sino que, más aun, hay que decir, citando a San Pablo, “que los judíos permanecen muy queridos por Dios, que los ha llamado a una vocación irrevocable”»
Lo que compromete todo este hermoso andamiaje del Concilio Vaticano II es la Cruz. Importuna, comprometedora Cruz de Cristo, escándalo para los judíos.
   
El Concilio ha trabajado mucho para evacuarla. En su prurito de amistad judaica, ha tratado de establecer la inocencia del judaismo en este negocio.

La redacción de 1964 del documento Nostra Ætáte prohibía decir que los judíos son culpables de deicidio.

Las palabras fueron retiradas de la redacción definitiva.

Ahora bien, en virtud de la unión hipostática, Aquel que ha sido crucificado en su naturaleza humana, es una Persona divina.

Hubo por lo tanto deicidio.

Entonces, hay que demostrar que no fueron los judíos.

El Concilio los lava de esta acusación en tres movimientos:
  • Primero, sólo algunos de entre ellos estuvieron en el Gólgota.
  • Segundo, no lo hicieron expresamente ni perfectamente conscientes.
  • Tercero, son nuestros pecados, los pecados de todos los hombres, los que han causado la muerte de Cristo, y no los judíos.
La falsificación del evento y de su misterio es increíble.

Leamos lo que dice el mismo Concilio:
«Aunque las autoridades de los judíos con sus seguidores reclamaron la muerte de Cristo, sin embargo, lo que en su Pasión se hizo no puede ser imputado, ni indistintamente a todos los judíos que entonces vivían, ni a los judíos de hoy. Y si bien la Iglesia es el nuevo pueblo de Dios, no se ha de señalar a los judíos como reprobos de Dios y malditos, como si esto se dedujera de las Sagradas Escrituras».
Juan Pablo II dijo:
«A los judíos como pueblo no se les puede imputar culpa alguna atávica o colectiva por lo que se hizo en la Pasión de Jesús… Ni indistintamente a los judíos de aquel tiempo, ni a los que han venido después, ni a los de ahora…».
«Ni indistintamente», es decir, no sin distinción.

Es claro que no se puede atribuir la muerte de Cristo indistintamente a todos los judíos.
   
Pero, ¿por qué el Concilio y el Papa no hacen las distinciones necesarias y señalan cuáles son los judíos culpables?

Por otra parte, el “indistintamente”, ¿recae también sobre los “judíos de hoy”?
   
Evidentemente que no. De haber querido decir eso el Concilio y Juan Pablo II tendrían que haberse expresado así: «… lo que en su pasión se hizo no puede ser indistintamente imputado ni a todos los judíos que entonces vivían ni a los judíos de hoy».

Entonces, para el Concilio y para Juan Pablo II los judíos de hoy no son para nada culpables del deicidio.

Ya veremos que no puede ser sostenida tal doctrina.
   
Una vez más, se rechaza toda la Escritura y la Tradición.

Juan Pablo II reafirmó esta mala doctrina en su discurso en la Sinagoga. Ellos lo quieren y así lo afirman; rechazan toda la enseñanza formal del Evangelio de San Juan y de las Actas de los Apóstoles.

La Sagrada Escritura atestigua bien el endurecimiento de todo este pueblo, que permanece solidario a sus autoridades que condenaron a Jesús y a la turba que aplaudía su muerte.
   
Lejos de arrepentirse, los judíos de ese tiempo, y todos los judíos de todos los tiempos, excepto los convertidos, han suscripto a este evento en la medida de su conocimiento.
   
He aquí la única distinción, ¡que el Concilio y Juan Pablo II no hacen!

Imputarles pues el deicidio, es confesar el hecho.

Veamos lo que nos dice el Evangelio de San Juan para que pueda servir como material de estudio en este tema: V, 15-18; VII, 1, 19, 25-26, 30, 44; VIII, 37, 39-40, 44, 59; X, 31-33, 39; XI, 49-50, 53; XII, 9-10; XVIII, 3, 12-14, 28, 31-32, 35; XIX, 6-7, 14-16.

Podemos ver también San Mateo XXVII, 20-26; San Lucas XXIII, 20-25; Act II, 22-23, 36; III, 13-15; IV, 8-12; V 28-32; VII, 51-53; XII, 26-29.

Leamos los textos más importantes:
  • Jn. XIX, 6-7: «Luego que los pontífices y sus ministros le vieron, alzaron el grito, diciendo: “Crucifícale, crucifícale”. Diceles Pilato: “Tomadle vosotros y crucificadle, pues yo no hallo en El crimen”. Respondiéronle los judíos: “Nosotros tenemos una ley, y según esta ley debe morir, porque se ha hecho Hijo de Dios”».
  • Mt. XXVII, 20-26: «Entre tanto, los principes de los sacerdotes y los ancianos persuadieron al pueblo a que pidiese la libertad de Barrabás y la muerte de Jesús. Volvió a preguntarles el presidente: “¿A quién de los dos queréis que suelte?”. Respondieron ellos: “A Barrabás”. Replicoles Pilato: “Pues, ¿qué mal ha hecho?”. Mas ellos comenzaron a gritar más, diciendo: Sea crucificado. Al ver Pilato que nada adelantaba, antes bien que cada vez crecía el tumulto, mandó traer agua agua y se lavó las manos a la vista del pueblo, diciendo: “Inocente soy yo de la sangre de éste justo; allá os lo veáis vosotros”. A lo cual respondiendo todo el pueblo, dijo: “Recaiga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos”. Entonces les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de haberle hecho azotar, le entregó en sus manos para que fuese crucificado».
  • Lc. XXII, 20-25: «Hablóles nuevamente Pilato, con deseo de libertar a Jesús. Pero ellos se pusieron a gritar, diciendo: “Crucifícale, crucifícale”. Él, no obstante, por tercera vez les dijo: “¿Pues qué mal ha hecho éste? Yo no hallo en Él delito ninguno de muerte; asi que, después de castigarle, le daré por libre”. Más ellos insistían con grandes clamores pidiendo que fuese crucificado; y se aumentaba la gritería. Al fin Piloto se resolvió a acceder a su demanda. En consecuencia dio libertad, como ellos pedían, al que por causa de homicidio y sedición había sido encarcelado, y a Jesús le abandonó al arbitrio de ellos».
  • Jn. XIX, 14-16: «Era entonces la Preparación de Pascua, cerca de la hora sexta, y dijo a los judíos: “Aquí tenéis a vuestro rey”. Ellos, empero, gritaban: “Quita, quítale de en medio, crucifícale”. Díceles Piloto: “¿A vuestro rey he de crucificar?”. Respondieron los pontífices: “No tenemos rey sino el César”. Entonces se los entregó para que le crucificasen. Apoderáronse, pues, de Jesús, y le sacaron fuera».
  • Act. II, 22-23, 36: «¡Oh hijos de Israel! Escuchadme ahora: A Jesús de Nazareth, hombre autorizado por Dios a vuestros ojos con los milagros, maravillas y prodigios que Dios por medio de Él ha hecho entre vosotros, como como todos sabéis, a este Jesús, dejado a vuestro arbitrio por una orden expresa de la voluntad de Dios y decreto de su presciencia, vosotros le habéis hecho morir, clavándole en la cruz por mano de los impíos… Persuádase, pues, certisimamente toda la casa de Israel, que Dios ha constituido Señor y Cristo a éste mismo Jesús al cual vosotros habéis crucificado».
 
La ignorancia no excusa a los judíos del deicidio. Santo Tomás de Aquino ya respondió a esta objeción hace más de 700 años (cfr. Suma Teológica, parte III, cuestión 47, art. 5, ad3)

Los judíos son deicidas, pero ¿qué judíos y en qué proporción?

En la exactitud y claridad con que sea resuelto este interrogante, se halla toda la verdad del tema que estamos analizando.

Justamente cuando se ha querido introducir el equívoco, es preciso iluminar el error con la verdad.
   
Para responder con precisión, hay que atender a la presencia y vinculación del pueblo de Israel con la causa condenatoria de Jesús.

En cuanto a la presencia, son responsables los jefes, los Pontífices, como instigadores morales, y el pueblo como nación, considerado no en cuanto a su totalidad numérica pero sí en su totalidad global y solidariamente comprometida en la iniquidad de sus jefes. (Jn XVIII, 35, XIX, 15; Mt XXVII, 25).
   
Esas mismas frases indican, además, una solidaridad nacional no sólo entre el pueblo de Israel presente y actor de los hechos, sino también con el ausente y posterior a ellos. Entre uno y otro hay una relación de continuidad moral voluntariamente aceptada, cuyo vínculo de unión es la ley de Moisés.

En virtud de la obediencia y sujeción a la Ley, todo aquel pueblo judío de entonces, representado jurídicamente por sus autoridades, estuvo moralmente unido e implicado en la responsabilidad del deicidio.

Del mismo modo, todo el pueblo judío actual que se considera unido y formando un todo con aquel en virtud de la Ley, queda comprometido en idéntica responsabilidad moral: “Nosotros tenemos una Ley y según esa Ley debe morir».

Para no caer bajo esa acusación y culpa, deben desligarse positivamente del vínculo de la Ley y repudiar lo que en virtud de ella hicieron sus mayores al condenar a muerte a Jesús.

Si el pueblo de Israel actual acata todavía esa ley (en virtud de la cual Cristo fue condenado a muerte como blasfemo), lógicamente tiene que admitir también su aplicación particular al caso de Nuestro Señor Jesucristo.

Con lo cual todos los que se consideran sujetos a la Ley son, en alguna manera, voluntariamente deicidas, aunque en muy diversa proporción (depende del conocimiento y del consentimiento).

Otra forma de ver esta vinculación nacional en el hecho del deicidio, es a través de la solidarización que se hace del pueblo judío en todo lo que puede contribuir a engrandecerle y magnificarle a los ojos del mundo. Si la revelación, la fe, la elección, la adopción, la gloria y las promesas se aplican y convienen al pueblo a quien Dios hizo la promesa, es preciso no olvidar que, por lo mismo que ha renegado de Cristo (objeto de la promesa), está sujeto a la maldición de la Ley (Gal III, 7-10) y a las maldiciones del mismo Jesús (Mt XI, 10-24; Mt XXIII, 1-36; Lc XI, 37-52).

Así como la bendición y la gloria corresponden al pueblo que se mantuvo fiel a la promesa, así la maldición y la condenación se aplican al que, todavía después de casi dos mil años, sigue aferrado a la perfidia de sus mayores.

De su error el Concilio concluye:
“Los judíos no deben ser presentados como reprobados por Dios y malditos, como si esto se siguiese de la Sagrada Escritura».
La Iglesia siempre ha recordado que ninguna persona es maldita o reprobada aquí abajo, sino que está llamada a convertirse y entrar en la Iglesia por el bautismo.
   
Pero aquello que el Concilio quiere sugerir y hacer creer como la justa interpretación de las Escrituras, es otra cosa: que el judaísmo oficial y colectivo, la nación judía, la Sinagoga, ha podido cometer el crimen de deicidio, ha podido condenar a muerte a su Mesías y Dios y, sin embargo, persistir a través de los siglos en ésta perfidia sin ser objeto de reprobación y maldición, sin ser culpable de deicidio.

Esto es confundir los términos y, en este caso, mentir.

Los judíos que, por la fe en la promesa, reconocen a Cristo como Mesías y Dios, siguen siendo herederos de Abraham y verdadero pueblo de Dios.

Pero los infieles y prevaricadores, los que positiva y obstinadamente lo rechazan, como sus padres lo rechazaron, esos no son ni serán “pueblo de Dios” mientras dure su infidelidad; y, mientras tanto, son réprobos y malditos, lo cual no implica que lo sean eternamente.

domingo, 22 de agosto de 2010

SERMÓN DEL INMACULADO CORAZÓN DE MARÍA, POR EL PADRE JUAN CARLOS CERIANI

Desde Radio Cristiandad


Solemnizamos hoy con gran gozo y confianza la Fiesta del Corazón Inmaculado de María Santísima.
No hay duda que el objeto de esta devoción del Corazón Purísimo
de la Santísima Virgen, puede considerarse de dos maneras: su objeto material y su objeto formal, de suerte que en esta hermosísima devoción debemos distinguir y reconocer bien, para luego unirlos y no separarlos nunca, los dos elementos que la forman.
De otro modo, no llegaremos jamás a penetrar en lo que es y vale esta devoción al Corazón Inmaculado de la Virgen Santísima.
Pues bien, de estos dos elementos, el primero es el material, que es el mismo Corazón físico, real, palpitante, de la Santísima Virgen. Un Corazón de carne, humano, en todo semejante al de los demás hombres, pero Inmaculado desde su misma Concepción.
Y el otro elemento, el formal, es invisible e inmaterial, y consiste en el Amor, en la Caridad de la Virgen Madre, encerrada y simbolizada en ese Purísimo Corazón.
Si llegásemos a separar estos dos elementos, destruiríamos esta devoción, o tendríamos una devoción parcial e incompleta del Corazón de María.
Por tanto, siempre que hablemos, pensemos, meditemos o tengamos alguna devoción a este Purísimo Corazón, entendamos que lo hacemos para honrar el amor de la Virgen Purísima, pero encerrado en su Corazón como en un vaso precioso.
Su Amor es la joya, su Corazón es el cofre que la encierra.
Consideremos primero el objeto material. Y pensemos: a tal joya, tal cofre; a tal perla, tal nácar.
¿Cuál y cómo es el Corazón de la Santísima Virgen? Sabemos que la hermosura física de María es sólo superada por la de su divino Hijo. Sabemos que Dios la hizo la más hermosa de todas sus criaturas pues iba a ser la Madre del “más hermoso de todos los hijos de los hombres”
¿No debió serlo aún más en su Corazón?
Imaginemos esa belleza y hermosura condensada en aquel Corazón Inmaculado. Si todo el Purísimo Cuerpo de la Virgen es digno de devoción, mucho más aún debe serlo su Corazón.
Los cuerpos de los Santos, sus reliquias; especialmente en algunos, como en Santa Teresa de Jesús, su corazón, ¡qué apreciados son de las almas devotas!
¿Qué comparación puede haber entre esas santas reliquias, entre la veneración que merece el corazón de los Santos y el de la Santísima Virgen? Tanto más, cuanto que todo acto de culto que se tributa a este Corazón de María, es un acto que redunda en toda la Persona de la Virgen; son todas sus virtudes, toda su pureza y santidad, las que se veneran y honran.
Así pasamos ya al objeto formal. Esas virtudes, esa santidad, ese amor sobre todo contenido en ese Corazón nobilísimo.
Tengamos en cuenta el Corazón de la Virgen Madre, y no olvidemos que es la Madre de Dios. ¿Qué Corazón habrá puesto en Ella? Si Él se lo dio, ¿cómo será? Y ¿cómo ama este Corazón? Si tiene que amar a Dios y a los hombres con un amor sólo inferior al de Dios, ¿cómo será el Corazón que encierra este amor?
Esta devoción, bien practicada nos debe hacer penetrar en su Corazón, estudiar sus movimientos, conocer sus latidos, descubrir su amor.
Sólo cuando entremos de lleno en Él, podremos comenzar a conocer a nuestra Madre. Pare conocer y entender a María hay que encontrar su Corazón.
Cuanto más estudiemos su caridad, más conoceremos a María. ¡Qué dulce es este pensamiento!… ¡Qué suave y dulcísima esta devoción!
El mismo Dios conoce también así a la Virgen María, así la aprecia y estima, por el amor de su Corazón; porque es Él el autor del uno y del otro.
Pidamos al Señor un poco de esta luz con la que Él penetra en el interior de ese Corazón Inmaculado. Y con esa luz divina tratemos de mirar el Corazón de nuestra Madre.
Penetremos más en particular en los motivos que deben movernos a tener esta devoción al Purísimo Corazón de la Santísima Virgen.
Y sea el primero lo excelente que es en sí misma esta devoción. En cuanto a su objeto material, ¡el Corazón mismo de la Virgen!, salta a la vista cuan digno es de Ella.
Es el instrumento del que se valió el Espíritu Santo para la obra de la Encarnación. De aquel Purísimo e Inmaculado Corazón brotó la Sangre preciosísima de la que se formó el Cuerpo sacrosanto y hasta el mismo Corazón Sacratísimo de Jesucristo. De allí tomó el Señor aquella Sangre que había de ofrecer en la Cruz por la salvación de la humanidad.
En cuanto a su objeto formal, era aquel Corazón el centro y el foco de la vida de la Santísima Virgen; todos sus latidos y pulsaciones, todos sus más mínimos movimientos participaron de los méritos incalculables que en cada instante de su vida mereció María.
Recorramos los pasos principales de esta vida y contemplemos a la vez el Corazón de la Virgen, acusando todas sus impresiones. ¡Cómo se estremecería en la Anunciación!… ¡Qué emoción en la Noche Buena, cuando contempló el rostro de Jesús por primera vez!… ¡Qué encogimientos y ahogos cuando el anciano Simeón le clavó aquella espada de dolor y en los sobresaltos de la huida a Egipto!… ¡Cómo hubieron de acrecentarse estos latidos en la pérdida del Niño… y, sobre todo, en la Pasión y muerte de su Hijo!…
¿No es más que suficiente todo esto para hacer amable y excelente esta devoción?
Y, sin embargo, sube de punto este razonamiento, si contemplamos el Corazón de la Virgen como el órgano sensible de su amor, como al instrumento que recibía todas las impresiones de su cuerpo y de su alma para convertirlas en amor, para encenderse y abrasarse más y más en el fuego del amor.
A esto debemos sumar que esta devoción es voluntad misma del Cielo.
El 13 de junio de 1917, durante la segunda aparición en Fátima, Nuestra Señora dijo a Lucía: “Tú quedas aquí por más tiempo. Jesús quiere servirse de ti para darme a conocer y amar. Él quiere establecer en el mundo la devoción a mi Corazón Inmaculado”.
El 13 de julio de 1917, luego de la visión del Infierno, Nuestra Señora les dijo: “Visteis el infierno, adonde van las almas de los pobres pecadores. Para salvarlas, Dios quiere establecer en el mundo la devoción a mi Corazón Inmaculado”.
El 10 de Diciembre 1925, en Pontevedra, tuvo lugar una aparición de la Santísima Virgen con el Niño Jesús, que le dijo a Sor Lucía: “Ten piedad del Corazón de tu Santa Madre circundado de espinas, que los hombres ingratos le clavan a cada momento”.
En mayo de 1943, en Tuy, Nuestro Señor dijo a Sor Lucía: “Deseo ardientemente que se propague en el mundo el culto y la devoción al Corazón Inmaculado de María, porque este Corazón es el imán que atrae todas las almas a Mí, y el fuego que irradia sobre la tierra el rayo de mi Luz y de mi Amor, es la fuente inagotable que hace brotar sobre la Tierra el agua viva de mi misericordia”.
Entrando en la consideración más particular de este Corazón Inmaculado, descubrimos que es un Corazón de Madre.
Y con eso está dicho todo lo que acerca del amor natural de María puede decirse. ¿Qué cosa más grande, más sublime que el corazón de una madre? ¿Dónde encontrar, en la tierra, un amor que merezca mejor este nombre? ¿Dónde habrá un amor que más se parezca al amor de Dios?
Podemos decir que todo lo que es amor en la tierra está resumido en el corazón de una madre; y que el corazón de madre es la obra maestra salida de las manos del Creador.
El mismo Dios, cuando quiere hablar de su amor a los hombres, se compara a una madre y nos dice “Pues qué, ¿puede quizás una madre olvidar a su hijo?”
¡Cuántas maravillas ha encerrado Dios en el corazón de una madre! Por lo tanto, ¿qué habrá hecho con el Corazón de María? ¿Quién más madre que la Virgen María?
Siendo Madre de Dios y Madre de todos los hombres, ¿qué será entonces ese Corazón? ¿Qué amor habrá en Él?
Corazón de Madre de Dios… María, ¡Madre de Dios! ¡Qué cosa más grande y más incomprensible! Tanto de parte de Dios, que haya querido tener a una mujer por Madre suya verdadera, como por parte de María, para llegar a ser ciertamente la Madre de Dios.
Este pensamiento encierra infinitas maravillas. Según él, María fue el principio de la vida terrena de Dios, pues eso es ser madre, dar vida a otro ser. Luego María tuvo que dar la vida humana al Hijo de Dios, que, por lo mismo, comenzó a ser verdadero hijo suyo.
San Agustín pensaba en esto y se extasiaba con esta idea; y trataba de comprender cómo podía ser esta dulcísima realidad de que “la carne de Cristo fuera la carne de María”, como él decía. Y, efectivamente su Carne, su Sangre, su Vida, su Corazón fueron en verdad, la Carne y la Sangre, la Vida y el Corazón de Dios.
¡Un solo Corazón para la Madre e Hijo!…, como solía decir San Juan Eudes…
¡Un solo Corazón dando la misma vida a Dios y a la Virgen!…
¿No es esto el colmo de las maravillas y de las grandezas, de María? El Hijo de Dios era exclusivamente Hijo suyo, sin intervención de ninguna otra paternidad más que la de Dios; por eso es más madre que ninguna otra madre.
De suerte que debemos comprender bien que si Cristo fue Hombre verdadero, si tuvo un Cuerpo pasible capaz de padecer y sufrir como el nuestro, si tuvo un Corazón humano semejante a nuestro corazón, capaz de enternecerse y sentir como propias nuestras penas y miserias, fue por María.
Y aún podemos añadir que todo esto fue por el Corazón Inmaculado de María, pues, como el mismo San Agustín dice, “María es Madre de Jesús, Madre de Dios, mucho más según el espíritu que según la carne”. María, por tanto, concibió a Jesús en su Corazón.
Corazón de Madre de los hombres. Con este mismo amor, verdaderamente divino, nos ama a nosotros la Virgen Santísima.
No puede ser de otra manera. ¡Somos sus hijos! ¡Ella es, en realidad, nuestra Madre!
¡Qué Madre tenemos! ¡Qué amor el de su Corazón maternal para con nosotros! Esta Madre tanto ama a sus hijos que no duda en sufrir y en sacrificarse por ellos.
Debemos tener un corazón filial para con esa Madre que Dios nos ha dado. Sería un contrasentido y el mayor absurdo el que exigiéramos a la Virgen que nos amara con Corazón de Madre, y nosotros no la amásemos con amor de hijos.
Pero nuestra obligación aumenta, si consideramos el principal atributo del Corazón Inmaculado de María: la Misericordia.
La misericordia, lo hemos considerado el Décimo Domingo después de Pentecostés, es el atributo más dulce de Dios, el que más arrastra nuestro corazón y le infunde aliento y confianza.
Dios es un Padre amantísimo, dulcísimo, con entrañas llenas de compasión y misericordia. Una de las mayores pruebas de que esto es así la tenemos en el Corazón Misericordiosísimo de la Santísima Virgen María.
Este Corazón es un efecto de la bondad y del amor de Dios a los hombres…
La misericordia… Tenemos tanta necesidad de ella. Difícilmente encontraremos nada que mejor entendamos y más apreciemos que esta cualidad de la misericordia…
Un corazón compasivo que siente como propias las necesidades y miserias ajenas, un corazón misericordioso que llora con los que lloran y sufre con los que sufren, ¿a quién no encanta y seduce?
Y, si además de sentir así las desgracias ajenas como si fueran propias, se esfuerza y trabaja por remediarlas, ¡mucho más aún!
Pues así, y en un grado de intensidad verdaderamente divina, es el Corazón de la Santísima Virgen. Su Corazón está adornado de todos los caracteres de la más perfecta y sublime misericordia. Su Corazón es el más compasivo de todos los corazones; y cualquier desgracia o tribulación que ve a su alrededor halla eco en él.
Lo hemos contemplado el domingo pasado.
¡En cuántos casos habrá intervenido la Santísima Virgen en favor nuestro!, consiguiéndonos de Jesús algo que nos hacía falta, algo que nos venía muy bien y que nosotros ni nos ocupábamos de pedirlo, sea por ignorar el peligro, sea por tibieza o por malicia de nuestro corazón…
Y es que la misericordia de María, como su Corazón de donde brota, es de una Madre.
El corazón de una madre sentirá palpitar sus entrañas con nuevo cariño, con nuevo y más encendido amor, cuando vea más y más desgracias y miserias en su hijo.
El corazón de una madre nunca desmaya, ni se cansa, siempre espera, siempre confía poder remediar la situación de su hijo.
Y ahora penetremos en el Corazón de la Virgen, más madre que ninguna otra madre, con una bondad y misericordia que resumen todo lo que Dios derramó sobre todas las demás madres de la tierra.
¿Cómo sería y cómo es actualmente su Corazón?
Por otra parte, no es ésta una compasión estéril, como tiene que ser muchas veces la de una madre que quiere, pero no sabe o no puede remediar a su hijo.
María posee la omnipotencia del mismo Dios; y toda ella la emplea generosamente para socorrer a sus hijos.
Y lo más maravilloso es que esta misericordia maternal de la Virgen no se terminó como termina naturalmente la de la madre de la tierra con su muerte.
Ahora que está en el Cielo, su Corazón es el mismo. A pesar de la elevación de su trono tan cercano al de Dios, Ella no se olvida de sus hijos miserables.
Y si hay algún cambio en el Corazón de la Virgen, es para ser aún, desde el Cielo, más compasiva, más clemente y más misericordiosa, y para aprovecharse mejor de su Corazón de emperatriz en bien de los desgraciados de aquí abajo.
En el Cielo, su misericordia es activísima, trabajando sin cesar por las almas, inclinándola unas veces a pedir e interceder por nosotros, derramando otras con sus manos piadosas torrentes de gracias sobre nuestros corazones.
¡Cuántas veces los Ángeles del Cielo habrán sido los mensajeros de paz, de consuelo, de esperanza que la Virgen envía a los que en la tierra la invocan!
Por lo tanto, debemos arrojarnos con una confianza ilimitada en su Corazón Maternal.
Vayamos a los pies de la Virgen. Ante su bondadosísimo Corazón Inmaculado no caben temores ni desconfianzas. ¡Si precisamente para eso le dio Dios ese Corazón!
Como dice el Introito de esta Misa: Lleguémonos confiadamente al trono de la Gracia, a fin de alcanzar Misericordia y hallar el auxilio de la gracia en el tiempo oportuno.
¡Qué nada ni nadie nos arranque esta dulcísima esperanza!
¡Oh Clementísima!… ¡Oh Piadosísima!… ¡Oh Dulcísima, Virgen María!
Corazón Inmaculado de María, ¡sed la salvación del alma mía!