Noticia tomada de ABC (España).
La destitución del jefe del Estado Mayor y el relevo de mandos clave acabaron con la resistencia interna ante la Casa Blanca, decidida a ir a la guerra contra Teherán.
David Alandete — Corresponsal en Washington DC.
13/03/2026. Actualizado a las 11:10h.
Los restos del sargento Benjamin N. Pennington, muerto en un ataque iraní a la base aérea Príncipe Sultán en Arabia Saudita, llegan a EE.UU. (Foto: REUTERS)
Desde el regreso de Donald Trump a la presidencia, en los pasillos del Pentágono se ha ido asentando una idea cada vez menos disimulada: ante la Casa Blanca ya no basta con tener galones, experiencia de combate o una carrera impecable. Hace falta además otra cosa, más política y más difícil de medir, es decir, la capacidad de no estorbar.
Trump y su secretario de Defensa, Pete Hegseth, han ido vaciando la cúpula de las Fuerzas Armadas por fases, con una cadena de destituciones, relevos y advertencias que ha dejado en Washington la sensación de una purga prolongada. La lectura más extendida en la capital es que la nueva Administración ha querido apartar a mandos que, en un momento crítico, podrían haber puesto objeciones, marcado límites o dificultado una acción militar como la ofensiva contra Irán.
Esa impresión se reforzó con la destitución, el 22 de febrero de 2025, del jefe del Estado Mayor Conjunto, Charles Q. Brown, junto con la almirante Lisa Franchetti y los principales asesores jurídicos del Ejército, la Armada y la Fuerza Aérea. Trump eligió además para sustituir a Brown al teniente general retirado Dan ‘Razin’ Caine, una decisión poco habitual que rompía con la tradición de recurrir a un general de cuatro estrellas en activo.
Sobre la preferencia por golpear a Irán había además un precedente claro en el primer mandato. Entonces, el general Mark Milley ocupaba la jefatura del Estado Mayor Conjunto, el cargo militar más alto de EE.UU. y la principal voz castrense ante el presidente. En los últimos meses de 2020 y los primeros días de 2021, Milley llegó a temer que Trump intentara golpear Irán para abrir una crisis exterior en pleno pulso por negar su derrota electoral.
Según la reconstrucción de Susan Glasser en ‘The New Yorker’, su advertencia fue muy directa: un ataque contra Teherán podía desencadenar una guerra regional de grandes proporciones, con consecuencias imprevisibles, sin una base suficiente que justificara una escalada de ese calibre. Glasser situó el momento decisivo el 3 de enero de 2021, cuando Milley, Mike Pompeo y Robert O’Brien lograron convencer a Trump en la Casa Blanca de que una acción militar podía desembocar en una guerra abierta.
Ese choque no se acabó al terminar el mandato. El 21 de julio de 2021, ya fuera de la Casa Blanca, Trump mantuvo una reunión en su club de Bedminster, en Nueva Jersey, con personas vinculadas al libro que preparaba su entonces jefe de gabinete, Mark Meadows.
Según la transcripción incorporada después a la acusación federal por el caso de los documentos clasificados, Trump evocó allí un plan de ataque contra Irán atribuido al Pentágono y a Milley, lo describió como material «altamente confidencial» y admitió que ya no podía desclasificarlo porque ya no era presidente. La escena fue importante porque mostró hasta qué punto Irán seguía siendo una vieja cuenta pendiente con los generales que, a su juicio, le habían frenado.
Trump intentó presentar aquel episodio de otra manera. Sostuvo que eran los militares quienes le empujaban a atacar Irán y no él. Pero el paso del tiempo ha dejado otra imagen: aquellos mandos acabaron saliendo, y Trump regresó a la Casa Blanca con más margen para imponer su criterio. De ahí que muchos en Washington interpreten la purga no solo como una batalla cultural dentro del Pentágono, sino como una forma de eliminar focos de resistencia interna frente a decisiones militares delicadas.
El 30 de septiembre de 2025, en Quantico, ante una reunión inusual de generales y almirantes convocada con poca antelación, el secretario de Defensa les lanzó un mensaje que sonó a ultimátum: si no compartían su agenda, debían hacer «lo honorable» y dimitir. En ese mismo acto cargó contra los generales, prometió endurecer las normas de apariencia y presentación personal, y anunció cambios en la forma de tramitar denuncias por discriminación y mala conducta.
Trump, a su lado, remachó la idea al dejar claro que, si no le gustaban los líderes militares, los echaría. La escena fue leída por muchos en Washington como una demostración de autoridad política sobre una institución que, por tradición, trata de mantenerse apartidista.
La purga alcanzó también a los mandos más sensibles en inteligencia y seguridad. El 22 de agosto de 2025, Hegseth destituyó al teniente general Jeffrey Kruse, jefe de la Agencia de Inteligencia de Defensa, la DIA, y ordenó asimismo la salida de otros dos altos mandos navales. Reuters informó de que no se ofrecieron razones concretas para esos ceses.
El contexto, sin embargo, era delicado, porque la salida de Kruse se produjo en medio del enfado de Trump con evaluaciones de inteligencia sobre Irán que no encajaban con la versión pública de la Casa Blanca sobre el efecto de los bombardeos estadounidenses sobre objetivos nucleares de junio. En Washington quedó así la impresión de que el problema ya no era solo de estrategia militar, sino también de relato: una Administración cada vez menos dispuesta a tolerar informes que contradijeran su mensaje político.
LA CAZA DE BRUJAS ALCANZÓ TAMBIÉN A LOS MANDOS MÁS SENSIBLES EN INTELIGENCIA Y SEGURIDAD
La relación de Trump con Irán, en realidad, arrastra una historia más larga. Tiene un punto de inflexión muy concreto en la muerte, el 3 de enero de 2020, de Qassem Soleimani, jefe de la Fuerza Quds de la Guardia Revolucionaria, en un ataque con dron ordenado por Trump en Bagdad. Desde entonces, Washington ha sostenido que Teherán siguió buscando venganza.
En 2024, el Departamento de Justicia anunció cargos en un complot frustrado para asesinar a Trump durante la campaña, y la semana pasada una nota oficial confirmó la condena de Asif Merchant, a quien EE.UU. describió como un operativo entrenado por la Guardia Revolucionaria iraní. Esa cadena de hechos ayuda a entender por qué Irán ha sido, a la vez, obsesión estratégica, símbolo político y argumento de seguridad personal para Trump.
En el primer mandato hubo generales, como Milley, que pusieron freno y advirtieron del riesgo de una guerra mayor. En el segundo, esos perfiles han desaparecido de la cima militar o han sido sustituidos por mandos percibidos como más dóciles. Por eso, la falta de resistencia interna frente a Trump ya no se explica solo por disciplina institucional, o eliminación de las últimas rémoras de independencia castrense.





















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