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LOS QUE APOYAN EL ABORTO PUDIERON NACER

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NO QUEREMOS QUE SE ACABE LA RELIGIÓN

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ORGULLOSAMENTE HISPANOHABLANTES

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viernes, 25 de septiembre de 2026

SENTENCIADOS LOS RESPONSABLES DEL ATENTADO DE PASCUA


Luego de cinco años, el Tribunal Superior permanente de Colombo (Sri Lanka) dictó sentencia contra 15 de los 25 acusados de los atentados terroristas del Domingo de Pascua 21 de Abril de 2019 en las iglesias católicas de San Antonio de Padua en Kochchikade y San Sebastián en Katuwapitiya, la iglesia protestante de Sión en Batticaloa (porque la catedral de Santa María estaba cerrada al haber concluido el servicio dominical), los hoteles Shangri-La, Cinnamon Grand y Kingsbury en Colombo, y el condominio New Tropical Inn en Dehiwala (porque el atacante había fallado en el hotel Taj Samudra), que dejaron 269 muertos (sin contar a los nueve atacantes suicidas y a Thilina Harshani, que murió en 2024 por las secuelas del atentado) y 526 heridos.

Según informaron medios locales, en la audiencia realizada el pasado 22 de Septiembre en el Complejo judicial de Hulftsdorp con fuertes medidas de seguridad, quince de ellos fueron condenados a penas de más de 200 años de prisión y confiscación de bienes por más de 23.270 cargos de conspiración, porte ilegal de armas y explosivos, tentativa de asesinato y complicidad bajo la Ley de prevención del terrorismo.

Los acusados, señalados como miembros de la “Organización Nacional del Monoteísmo” (en árabe جَمَاعَة التَّوْحِيد الْوَطَنِيَّة / Jamā‘at at-Tawḥīd al-Waṭanīya), un grupo terrorista islámico cercano al ISIS/Dáesh, fueron los siguientes:
  1. Mohamed Ibrahim Mohamed Naufar, alias Naufar Mawlavi (condenado a 220 años de prisión). Fue señalado como mentor e ideólogo de los atacantes suicidas.
  2. Mohamed Saribu Adham Lebbe, alias Abu Hadeeq o Gafoor Mama (condenado a 240 años de prisión).
  3. Hayathu Mohamed Ahmed Milhan, alias Abu Sila (condenado a 240 años de prisión).
  4. Mohamed Ibrahim Sadiq Abdullah, alias Abu Umar (condenado a 240 años de prisión).
  5. Mohamed Ibrahim Hafiz Abdul Haq, alias Abu Fala (condenado a 240 años de prisión).
  6. Mohamed Anwar Mohamed Rizkan, alias Abu Tariq (condenado a 200 años de prisión).
  7. Mohamed Mansoor Mohamed Samsudeen/Sanasdeen, alias Abu Mizan (condenado a 200 años de prisión).
  8. Abdul Manaf Mohamed Firdous (condenado a 260 años de prisión).
  9. Mohamed Rameez Mohamed Sajid, alias Sajid Moulavi o Abu Naja (condenado a 220 años de prisión).
  10. Abdul Latheef Mohamed Safi, alias Safi Moulavi o Abu Furqan (condenado a 220 años de prisión).
  11. Mohamed Zawheer Mohamed Hassan, alias Abu Dawood (absuelto).
  12. Mohamed Iftikhar Mohamed Insaf alias Abu Mohamed (absuelto).
  13. Rashid Mohamed Ibrahim (absuelto).
  14. Husainul Rizvi Khalid Sameer (condenado a 200 años de prisión).
  15. Mohamed Hanifa Zainul Abdeen, alias Abu Hina (condenado a 200 años de prisión).
  16. Mohamed Mustafa Mohamed Haris, alias Abu Naan Siyar (condenado a 220 años de prisión).
  17. Razik Raza Hussain (condenado a 220 años de prisión).
  18. Kachchi Mohamed Mohamed Jemsith (condenado a 200 años de prisión).
  19. Zainul Abdeen Mohamed Jaseen (absuelto).
  20. Mohamed Mustafa Mohamed Rizwan (absuelto).
  21. Meera Sahib Mohamed Nafli, alias Abu Sana (absuelto).
  22. Mohamed Amir Mohamed Ayatullah (absuelto).
  23. Yasin Bawa Abdul Rauf (murió en prisión en el año 2023).
  24. Mohamed Ansardeen Mohamed Ilmi (absuelto).
  25. Mohamed Akram Ahakkam (absuelto).
El representante del fiscal anunció que no apelará las absoluciones.
  
La Archidiócesis de Colombo recibió favorablemente la decisión del tribunal, conformado por los jueces Navaratne Marasinghe, Ramanathan Kannan y Sujeewa Nissanka. El presbítero Jude Krishantha Fernando, director de comunicaciones sociales de la Archidiócesis de Colombo, lo describió como un momento largamente esperado por las víctimas y sus familias: «Por fin tenemos justicia. Ha llevado mucho tiempo llegar a este punto», declaró a la agencia AFP,

No obstante, advirtió que los condenados solo representan una parte del caso, y pidió investigar si los responsables de inteligencia y seguridad disponían de información suficiente para evitar los atentados.

En ese sentido, el exjefe de inteligencia Suresh Sallay, detenido en Febrero de 2026, está acusado de ser el «cerebro» que orquestó los ataques, algo que niega. El ministro de Seguridad Pública, Ananda Wijepala, declaró en Junio ante el Parlamento que los investigadores creen que Sallay colaboró con extremistas islamistas extranjeros antes de la masacre.

Según documentos judiciales citados por la AFP, los investigadores sostienen que esa red se habría cultivado para crear una amenaza a la seguridad que reforzara el apoyo político a la familia Rajapaksa, que había detentado el poder durante más de una década. El objetivo, siempre según esa tesis, era sembrar el caos y presentar a Nandasena Gotabaya Rajapaksa Dissanayake (* 1949), antiguo ministro de Defensa de su hermano mayor Percy Mahendra “Mahinda” (* 1945; gobernó entre 2005 y 2015), como el dirigente mejor situado para restablecer el orden, dado que derrotó al grupo terrorista de los Tigres de Liberación de Sri Lanka Tamil (o “Tigres Tamiles”) en 2009, poniendo fin a 26 años de guerra civil. Gotabaya regresó al poder meses después de los atentados al ser elegido presidente, y Mahinda fue nombrado primer ministro. Los hermanos Rajapaksa y sus partidarios rechazan cualquier implicación.

Antes de ellos, en Julio de 2026, el ex-inspector general de la Policía Pujith Senadhi Bandara Jayasundara (en cingalés පූජිත් සේනාධි බණ්ඩාර ජයසුන්දර), que había sido puesto en licencia luego de los ataques y renunció al cargo en 2020, y el exsecretario permanente del Ministerio de Defensa Hemasiri Fernando (හේමසිරි ප්‍රනාන්දු) fueron condenados a muerte por negligencia criminal e incumplimiento del deber oficial por no actuar pese a las advertencias previas de los servicios de inteligencia. Cabe anotar (para tranquilidad del arzobispón de Colombo Albert Malcolm Ranjith Patabendige Don) que desde 1976 no se realiza ninguna ejecución en Sri Lanka, y las condenas a muerte se conmutan a prisión perpetua.

jueves, 24 de septiembre de 2026

UCRANIANO ATACA EN CONVENTO BENEDICTINO EN POLONIA


Un hombre de 31 años de nacionalidad ucraniana irrumpió en la mañana de hoy 24 de Septiembre en el convento de las hermanas benedictinas de Jarosław (Subcarpacia, Polonia), atacando a cinco personas.

El agresor atacó primero a varias personas en la cafetería del Centro para la Formación de la Cultura Cristiana en la Iglesia de San Nicolás y San Estanislao (anexa al convento), entre ellos el presbítero Marek Pieńkowski, que estaba desayunando, y luego se dirigió hacia la iglesia. Al parecer el presbítero Stanisław Zbojnowicz, capellán del convento y rector del centro de retiros, salió del confesionario tratando de detenerlo, pero falleció producto de una perforación de pulmón.
  
También se informó por la catedral de Rzeszów que Pieńkowski, había muerto, pero luego se aclaró que estaba en un hospital siendo intervenido quirúrgicamente, con pronóstico reservado.

Posteriormente, la policía detuvo al atacante, que portaba un cuchillo de cocina tomado de la abadía con el que cometió los crímenes, y un pasaporte ucraniano.

Cuatro años atrás, la abadía acogió a refugiados ucranianos que huían de la guerra ocasionada por la Unión Europea en que tanto confiaban y que hoy les da la espalda.

El episodio evidenció además la hipocresía del régimen pro-ucronazi de Donald Tusk, pues su secretaria de Estado en la Cancillería del Primer Ministro, Katarzyna Agata Kotula (diputada de la Nueva Izquierda), que dos meses atrás criticó una agresión VERBAL de un polaco a un autobús lleno de ucranianos, denunció el ataque en el convento y expresó sus condolencias a la familia del presbítero Zbojnowicz sin mencionar la nacionalidad del agresor (que fue confirmada incluso por el dictador Zelenski), siendo fuertemente criticada en redes.

TOMÁS CRANMER, UN OPORTUNISTA VÍCTIMA DE SU PROPIO INVENTO ANGLICANO

Traducción de la reseña de Luca Fumagalli para RADIO SPADA.
  
“Cranmer” DE BELLOC: LAS FECHORÍAS DEL HOMBRE QUE INVENTÓ EL ANGLICANISMO
  

Publicado originalmente en 1931 y reeditado recientemente por Mysterium Press, Cranmer es uno de los mejores ensayos históricos de Hilaire Belloc sobre el período de la Reforma. Aunque fue poeta, escritor, periodista y miembro del Parlamento, hoy se le recuerda principalmente como historiador y apologista católico. También fue amigo íntimo de G. K. Chesterton, con quien compartió numerosas batallas en defensa de la Iglesia y en ayuda de los pobres.

Como el propio Belloc escribe en las primeras páginas de su libro, Cranmer no es una simple biografía; más bien, es un análisis de la psicología del famoso arzobispo de Canterbury, cuya carrera fue impulsada por Enrique VIII, y de las razones que lo llevaron a actuar como lo hizo. También se destaca su genio literario y el papel fundamental que desempeñó al sentar las bases para el nacimiento de la Iglesia de Inglaterra como una institución distinta de Roma, una transformación que incluyó cambios doctrinales.

Tomás Cranmer nació en 1489. Inglaterra era entonces completamente católica. La corrupción eclesiástica, que avanzaba rápidamente, era menos pronunciada allí. Sin embargo, la población se mostraba bastante apática en materia religiosa; de naturaleza conservadora, no toleraba cambios rápidos ni drásticos, pero sí aceptaba sin mucha dificultad nuevas políticas a medio y largo plazo, siempre que, al menos, no entraran en conflicto con sus costumbres arraigadas. Del mismo modo, el clero en su conjunto era de carácter oficial, pero en las universidades estaba abierto a nuevas experiencias espirituales.

Se sabe poco sobre la educación temprana de Cranmer, pero lo cierto es que atribuía la timidez y la indecisión que lo caracterizaron a lo largo de su vida a los métodos severos de su maestro. A los catorce años, su familia lo encaminó hacia el sacerdocio, no por vocación, sino simplemente para ganarse la vida. Estudió en Cambridge, en el Jesus College, y fue influenciado por Erasmo de Róterdam, quien se encontraba en Inglaterra en busca de la estabilidad económica que no encontraba en el continente. Cranmer no destacaba por su carisma ni por su agudeza intelectual, pero era un verdadero prodigio de la escritura: «no era más que un poeta», escribe Belloc, «pero el impacto de un poeta es perdurable». También se casó con una tal Juana, la sobrina de la dueña de una taberna que solía frecuentar, aunque ella falleció al cabo de un año al intentar dar a luz a un niño que también murió.

Con el estallido de la Reforma luterana, nuevas ideas procedentes de Alemania comenzaron a llegar gradualmente a Inglaterra, hasta el punto de que se formó un pequeño grupo de rebeldes antirromanos en Cambridge. Cranmer, tan reticente como siempre, no deseaba tomar una postura pública, pero en el fondo, a punto de ser ordenado sacerdote, un creciente resentimiento hacia la Iglesia empezaba a arraigarse. Parece ser que fue él quien, en aquel momento, sugirió indirectamente a Enrique VIII que consultara a las universidades europeas sobre su matrimonio con Catalina de Aragón, que el rey ansiaba anular para casarse con su amante, Ana Bolena. Cranmer entró al servicio de la familia de Ana Bolena, convirtiéndose en su capellán [fue él quien bautizó a su hija Isabel, N. del T.], y, naturalmente, apoyó el derecho de Enrique al divorcio, haciendo todo lo posible por contrarrestar los argumentos del cardenal Reinaldo Pole, que se oponía a él.
  
Mientras tanto, Cranmer se había vuelto a casar en secreto [con la sobrina de Catalina Preu, esposa del predicador luterano de Núremberg Andrés Osiander, N. del T.] y, una vez nombrado arzobispo de Canterbury por el soberano en 1533, declaró nulo el matrimonio de este último. Esto provocó una ruptura entre la Iglesia de Inglaterra —ahora sometida a la autoridad de Enrique VIII— y la Iglesia de Roma, aunque el rey siguió siendo católico en teoría. Aquellos que, como Cranmer, albergaban convicciones protestantes, debían actuar con cautela y guardar silencio sobre sus creencias. El nuevo arzobispo llegó incluso a condenar a la hoguera a los predicadores que compartían sus ideas [como Juan Frith, que fue quemado en 1533 por negar la Presencia Real y el Purgatorio (en los cuales Cranmer tampoco creía), N. del T.], sin embargo, habría sido imprudente oponerse a la voluntad de Enrique VIII.

Su hipocresía incluso le salvó de la posterior caída en desgracia ante los Bolena y el poderoso primer ministro Tomás Cromwell [fingió amistad y compasión con Ana Bolena para extraerle más información (método que usó en 1533 con Isabel Barton, “La monja de Kent”); y le escribió a Enrique VIII protestándole que le era leal solo a él, N. del T.], para quien había sido una herramienta dócil en sus políticas anticatólicas [inter alia, Cranmer conspiró junto a Cromwell para introducir en Inglaterra la traducción del Nuevo Testamento de Guillermo Tyndale (no llegó a traducir completamente la Biblia), aun contra las objeciones de Enrique, N. del T.].

Con la ascensión al trono del joven Eduardo VI, manipulado por un grupo de nobles protestantes, Cranmer pudo dar rienda suelta a su odio hacia la Misa. Siendo la institución central de la vida inglesa y arraigada en siglos de costumbre, no se podía eliminar de golpe; era necesario insinuar el cambio, proceder paso a paso y sustituir gradualmente lo antiguo por lo completamente nuevo. A esta tarea se dedicó especialmente el Arzobispo, y así surgió el Libro de Oración Común, en el que la Misa fue sustituida por un Servicio de Comunión que no tenía nada que ver con ella. De hecho, se omitió todo aquello que enfatizaba la Presencia Real y el carácter sacrificial de la Misa. También redactó los Cuarenta y dos Artículos, la primera declaración doctrinal oficial de la Iglesia de Inglaterra, que se convirtió en ley en 1553.

Sin embargo, el reinado de Eduardo fue efímero, y cuando la católica María Tudor ascendió al trono, la situación cambió por completo y los protestantes fueron perseguidos. Cranmer intentó una vez más salvarse ofreciendo sus servicios a la reina, pero sus súplicas cayeron en saco roto. De hecho, fue condenado a muerte en 1556 [La condena no fue por herejía (Cranmer se retractó públicamente y por escrito de sus errores luego que los obispos Nicolás Ridley y Hugo Latimer fueron condenados a muerte el 16 de Octubre de 1555 –lo que lo habría salvado según las leyes de la época–), sino por alta traición (apoyó a Juana Grey como sucesora de su primo el rey Eduardo VI), por lo que luego se desdijo de las retractaciones), N. del T.].
  
Al final, Belloc no nos deja con un villano estereotipado, sino con un trágico artífice de la historia atrapado en las llamas de su propia creación. Cranmer es un testimonio del don singular del autor: la capacidad de transformar la polémica histórica en literatura apasionante. Es una obra maestra imperfecta que exige ser leída, debatida y, en última instancia, admirada por su pura fuerza narrativa.

¿ES LA MISMA RELIGIÓN? NO

Traducción del artículo publicado en INTROIBO AD ALTARE DEI.
  
A mis lectores: Esta semana, mi colaborador invitado, TradWarrior , expone la secta del Concilio Vaticano II preguntando: «¿Es la misma religión?». ¿Es la religión que nuestro Señor y Salvador Jesucristo fundó en el año 33 d. C. y que enseñó las mismas verdades a través del último papa verdadero conocido, el Papa Pío XII, la misma que la religión de Ángelo Roncalli (Juan XXIII), Giovanni Montini (Pablo VI), Albino Luciani (JPI), Karol Wojtyła (JPII), Joseph Ratzinger (Benedicto XVI), Jorge Bergoglio (Francisco I) y ahora Roberto Riggitano-Prévost (León XIV)? La respuesta que da tras exponer los hechos es un rotundo «¡NO!».
  
Como siempre, no dudéis en comentar. Si alguien tiene alguna pregunta o comentario específico, le responderé como siempre, aunque esta semana me llevará un poco más de tiempo.

Dios os bendiga a todos, mis queridos lectores — Introibo

¿ES LA MISMA RELIGIÓN?
Por TradWarrior

El propósito de esta publicación es examinar las diferencias entre el fallecimiento del Papa Pío XII en 1958 y todo lo anterior. Las citas se extraerán de documentos de la Iglesia Católica, especialmente de los escritos de los papas. La fuente de estas citas son los propios documentos, recopilados de diversas fuentes en línea, incluyendo varios artículos previos de Introibo. Este artículo simplemente pretende demostrar que se trata de dos religiones muy diferentes. — TradWarrior

Durante 1925 años, la Iglesia Católica enseñó la misma verdad a toda la humanidad, siglo tras siglo, desde el año 33 hasta 1958 d. C. Al observar la Iglesia Católica entre ese período y después de 1958, se aprecia una marcada diferencia, sumamente notoria para cualquiera que compare honestamente las enseñanzas de la Iglesia antes y después de este lapso. La pregunta que surge es: "¿Qué sucedió?". Si bien existen diversas respuestas, una cosa es segura: nos encontramos ante dos religiones muy diferentes. Al comparar la religión después de 1958, especialmente a la luz de los documentos del Concilio Vaticano II, resulta evidente que algo cambió.

LIBERTAD RELIGIOSA

La libertad religiosa es uno de los principios que surgieron del Concilio Vaticano II. Había sido condenada en múltiples ocasiones antes de que el concilio se concretara.

Según la declaración del Concilio Vaticano II sobre la libertad religiosa:
«Este Concilio Vaticano declara que la persona humana tiene derecho a la libertad religiosa. Esta libertad consiste en que todos los hombres han de estar inmunes de coacción, tanto por parte de individuos como de grupos sociales y de cualquier potestad humana, y esto de tal manera que, en materia religiosa, ni se obligue a nadie a obrar contra su conciencia, ni se le impida que actúe conforme a ella en privado y en público, sólo o asociado con otros, dentro de los límites debidos. Declara, además, que el derecho a la libertad religiosa está realmente fundado en la dignidad misma de la persona humana, tal como se la conoce por la palabra revelada de Dios y por la misma razón natural. Este derecho de la persona humana a la libertad religiosa ha de ser reconocido en el ordenamiento jurídico de la sociedad, de tal manera que llegue a convertirse en un derecho civil.

Todos los hombres, conforme a su dignidad, por ser personas, es decir, dotados de razón y de voluntad libre, y enriquecidos por tanto con una responsabilidad personal, están impulsados por su misma naturaleza y están obligados además moralmente a buscar la verdad, sobre todo la que se refiere a la religión. Están obligados, asimismo, a aceptar la verdad conocida y a disponer toda su vida según sus exigencias. Pero los hombres no pueden satisfacer esta obligación de forma adecuada a su propia naturaleza, si no gozan de libertad psicológica al mismo tiempo que de inmunidad de coacción externa. Por consiguiente, el derecho a la libertad religiosa no se funda en la disposición subjetiva de la persona, sino en su misma naturaleza. Por lo cual, el derecho a esta inmunidad permanece también en aquellos que no cumplen la obligación de buscar la verdad y de adherirse a ella, y su ejercicio, con tal de que se guarde el justo orden público, no puede ser impedido» (Dignitátis Humánæ, párr. 2).
Roncalli (también conocido como Juan XXIII) afirmó en su encíclica “Pacem in Terris” lo siguiente: «Entre los derechos del hombre débese enumerar también el de poder venerar a Dios, según la recta norma de su conciencia, y profesar la religión en privado y en público» (párr. #14).

Esto debe compararse con lo que enseñaron los papas anteriores sobre este tema.
  • El Papa Gregorio XVI, escribiendo en 1832, dijo lo siguiente: 
    «De esa cenagosa fuente del indiferentismo mana aquella absurda y errónea sentencia o, mejor dicho, locura, que afirma y defiende a toda costa y para todos, la libertad de conciencia. Este pestilente error se abre paso, escudado en la inmoderada libertad de opiniones que, para ruina de la sociedad religiosa y de la civil, se extiende cada día más por todas partes, llegando la impudencia de algunos a asegurar que de ella se sigue gran provecho para la causa de la religión. “¡Y qué peor muerte para el alma que la libertad del error!”, decía San Agustín (Epístola 166). Y ciertamente que, roto el freno que contiene a los hombres en los caminos de la verdad, e inclinándose precipitadamente al mal por su naturaleza corrompida, consideramos ya abierto “aquel abismo” (Apocalipsis IX, 3) del que, según vio San Juan, subía un humo que oscurecía el sol y arrojaba langostas que devastaban la tierra. De aquí la inconstancia en los ánimos, la corrupción de la juventud, el desprecio –por parte del pueblo– de las cosas santas y de las leyes e instituciones más respetables; en una palabra, la mayor y más mortífera peste para la sociedad, porque, aun la más antigua experiencia enseña cómo los Estados que más florecieron por su riqueza, poder y gloria, sucumbieron por el solo mal de una inmoderada libertad de opiniones, libertad en la oratoria y ansia de novedades» (Encíclica Mirári vos, párr. #14).
       
  • El Papa Pío IX, en su encíclica Quánta cura, dijo: 
    «En efecto, os es perfectamente conocido, Venerables Hermanos, que hoy no faltan hombres que, aplicando a la sociedad civil el impío y absurdo principio llamado del naturalismo, se atreven a enseñar que “el mejor orden de la sociedad pública y el progreso civil demandan imperiosamente que la sociedad humana se constituya y se gobierne sin que tenga en cuenta la Religión, como si esta no existiera, o, por lo menos, sin hacer distinción alguna entre la verdadera Religión y las falsas”. Además, contradiciendo la doctrina de la Sagrada Escritura, de la Iglesia y de los Santos Padres, no dudan en afirmar que “el mejor gobierno es aquel en el que no se reconoce al poder civil la obligación de castigar, mediante determinadas penas, a los violadores de la religión católica, sino en cuanto la paz pública lo exija”; y como consecuencia de esta idea absolutamente falsa, no dudan en consagrar aquella opinión errónea, en extremo perniciosa a la Iglesia Católica y a la salvación de las almas, llamada por Gregorio XVI, Nuestro Predecesor, de feliz memoria, “locura” a saber: “que la libertad de conciencias y de cultos es un derecho propio de cada hombre, que todo Estado bien constituido debe proclamar y garantizar como ley fundamental, y que los ciudadanos tienen derecho a la plena libertad de manifestar sus ideas con la máxima publicidad, ya de palabra, ya por escrito, ya en otro modo cualquiera, sin que autoridad civil ni eclesiástica alguna puedan reprimirla en ninguna forma” (Mirári vos, 15 de Agosto de 1832).
          
    Ahora bien: al sostener afirmación tan temeraria no piensan ni consideran que proclaman la “libertad de la perdición” (San Agustín, Epístola 105 –ó 166–), y que, “si se permite siempre la plena manifestación de las opiniones humanas, nunca faltarán hombres, que se atrevan a resistir a la Verdad, y a poner su confianza en la verbosidad de la sabiduría humana; vanidad en extremo perjudicial, y que la fe y la sabiduría cristiana deben evitar cuidadosamente, con arreglo a la enseñanza de Nuestro Señor Jesucristo” (San León Magno, Epístola 164 –ó 133–, parte 2)». (Quánta Cura, párr. 3). 
    El Papa Pío IX condenó acertadamente este error en varias partes de su famoso Sýllabus Errórum (8 de diciembre de 1864). Estas incluyen:
    • 15.º «Todo hombre es libre para abrazar y profesar la religión que guiado de la luz de la razón juzgare por verdadera» (Proposición condenada en las Letras Apostólicas Multíplices inter, 10 de Junio de 1851; y en la Alocución Máxima quídem, 9 de Junio de 1862).
    • 55.º «Es bien que la Iglesia sea separada del Estado y el Estado de la Iglesia» (Proposición condenada en la Alocución Acerbíssimum, 27 de Septiembre de 1852).
    • 77.º «En esta nuestra edad no conviene ya que la Religión católica sea tenida como la única religión del Estado, con exclusión de otros cualesquiera cultos» (Proposición condenada en la Alocución Nemo vestrum, 26 de Julio de 1855).
    • 79.º «Es sin duda falso que la libertad civil de cualquiera culto, y lo mismo la amplia facultad concedida a todos de manifestar abiertamente y en público cualesquiera opiniones y pensamientos, conduzca a corromper más fácilmente las costumbres y los ánimos, y a propagar la peste del indiferentismo» (Proposición condenada en la Alocución Núnquam fore, 15 de Diciembre de 1856).
      
  • El Papa León XIII dijo en su encíclica de 1888 Libértas præstantíssimum lo siguiente:
    «La sociedad, por serlo, ha de reconocer como Padre y autor a Dios y reverenciar y adorar su poder y su dominio. Veda, pues, la justicia, y védalo también la razón, que el Estado sea ateo, o lo que viene a parar en el ateísmo, que se halle de igual modo con respecto a las varias que llaman religiones y conceda a todas promiscuamente iguales derechos» (párr. 21).
    El Papa León XIII, en su encíclica Immortále Dei de 1885, dijo lo siguiente:
    «Queda en silencio el dominio divino, como si Dios no existiese o no se preocupase del género humano, o como si los hombres, ya aislados, ya asociados, no debiesen nada a Dios, o como si fuera posible imaginar un poder político cuyo principio, fuerza y autoridad toda para gobernar no se apoyaran en Dios mismo. De este modo, como es evidente, el Estado no es otra cosa que la multitud dueña y gobernadora de sí misma. Y como se afirma que el pueblo es en sí mismo fuente de todo derecho y de toda seguridad, se sigue lógicamente que el Estado no se juzgará obligado ante Dios por ningún deber; no profesará públicamente religión alguna, ni deberá buscar entre tantas religiones la única verdadera, ni elegirá una de ellas ni la favorecerá principalmente, sino que concederá igualdad de derechos a todas las religiones, con tal que la disciplina del Estado no quede por ellas perjudicada» (párr. 25).
    La separación de la Iglesia y el Estado es la consecuencia inevitable de este gravísimo error.
       
  • El Papa San Pío X, en su encíclica Veheménter Nos, escribió lo siguiente en 1906:
    «Que sea necesario separar al Estado de la Iglesia es una tesis absolutamente falsa y sumamente nociva. Porque, en primer lugar, al apoyarse en el princípio fundamental de que el Estado no debe cuidar para nada de la religión, infiere una gran injuria a Dios, que es el único fundador y conservador tanto del hombre como de las sociedades humanas, ya que en materia de culto a Dios es necesario no solamente el culto privado, sino también el culto público. En segundo lugar, la tesis de que hablamos constituye una verdadera negación del orden sobrenatural, porque limita la acción del Estado a la prosperidad pública de esta vida mortal, que es, en efecto, la causa próxima de toda sociedad política, y se despreocupa completamente de la razón última del ciudadano, que es la eterna bienaventuranza propuesta al hombre para cuando haya terminado la brevedad de esta vida, como si fuera cosa ajena por completo al Estado. Tesis completamente falsa, porque, así como el orden de la vida presente está todo él ordenado a la consecución de aquel sumo y absoluto bien, así también es verdad evidente que el Estado no sólo no debe ser obstáculo para esta consecución, sino que, además, debe necesariamente favorecerla todo lo posible» (párr. #3).
Lo que ha ocurrido en las últimas décadas con Roncalli, Montini, Luciani, Wojtyła, Ratzinger, Bergoglio y Riggitano-Prévost es que han orado numerosas veces con miembros de religiones falsas. Esto se debe a su rechazo a lo que los papas preconciliares enseñaron claramente en materia de libertad religiosa. El Estado debe ser católico. Si no lo es, entonces el hombre tiene derecho a practicar la religión que desee y ninguna religión es más verdadera que otra. El catolicismo se encuentra entonces en igualdad de condiciones con la ortodoxia oriental, el protestantismo (independientemente de la secta), el judaísmo, el islam, el budismo, el hinduismo, el jainismo, el sijismo, el sintoísmo, el taoísmo, el vudú e incluso el satanismo. El ateísmo también tiene tanto derecho como el catolicismo, si no más, porque ninguna religión debe ser «impuesta a la sociedad» como la verdadera. ¡Este principio masónico ha permeado la sociedad, particularmente Occidente, con efectos desastrosos!

El reinado social de Cristo debe gobernar sobre toda la sociedad. El ser humano debe adorar a Dios según su voluntad, no según la nuestra. Si la humanidad actúa así y el Estado refleja la Iglesia Católica en sus leyes temporales, la sociedad podrá experimentar una paz en la Tierra que, si bien no será perfecta en este mundo caído, sin duda hará de este mundo un lugar mucho mejor y más pacífico.

Como dijo el Papa Pío XI en Quas Primas en 1925 sobre el Reinado Social de Cristo:
«Si los hombres en privado y en público reconocen la soberana potestad de Cristo, necesariamente vendrán al entero consorcio humano señalados beneficios de justa libertad, de tranquila disciplina y apacible concordia» (párr. #19). 
Comparemos esto con algunas citas de los “papas” del Concilio Vaticano II:
  • Pablo VI, Audiencia general, 9 de julio de 1969: «Así como la Iglesia siempre ha sostenido que “nadie puede ser obligado a abrazar la fe” (Declaración Dignitátis humánæ, n. 12); y también ha afirmado, a lo largo de su larga historia, a costa de la opresión y la persecución, la libertad de cada uno para profesar su religión: nadie, dice, debe ser impedido, nadie debe ser forzado, sobre la base de su propia conciencia religiosa (ibid., n. 2) […] el Concilio no descubrió ni inventó la libertad; reivindicó sus derechos inalienables para la conciencia personal […] exigiendo, como decíamos, una verdadera y pública libertad religiosa, respetando al mismo tiempo los derechos de los demás y el orden público (Dignitátis humánæ, n. 7 etc.)».
  • Pablo VI, Carta al cardenal Agostino Casaroli en ocasión de la Conferencia de Seguridad y Cooperación Europea de Helsinki, 25 de julio de 1975: «Entre estos derechos, la Santa Sede se complace de ver el énfasis específico que se puso en la libertad religiosa».
  • Juan Pablo II, Mensaje a los jefes de Estado firmantes del Acta de Helsinki (citado por L’Osservatore Romano), 1 de Septiembre de 1980: «La libertad de conciencia y de religión […] es, como se ha dicho, un derecho primario e inalienable de la persona».
  • Juan Pablo II, Path to Peace: A contribution. Documents of the Holy See to the international community (Camino a la Paz: Una contribución. Documentos de la Santa Sede a la Comunidad Internacional), Giovanni María Cheli Sacco, compilador, 1980: «Todos los hombres tienen una dignidad humana de igualdad de derechos».
  • Antes de convertirse en Benedicto XVI, Ratzinger denominó a “Gaudium et Spes” un “anti-Sýllabus”, en oposición al Sýllabus de Pío IX y al de San Pío X (Principios de Teología Católica, traducción inglesa de 1987, págs. 381-382). Como Benedicto XVI, rezaría con falsas religiones constantemente, al igual que sus predecesores posconciliares.
  • Bergoglio, como “Francisco I”, siguió los pasos de sus predecesores de la Segunda Guerra Mundial. ¡Amaba la libertad religiosa! Su constante ataque contra los católicos tradicionalistas y su defensa de la libertad religiosa dejaban muy claro que compartía plenamente este principio masónico. Sus famosas frases: «Creo en Dios, no en un Dios católico, no existe un Dios católico…» y «El proselitismo es una tontería, no tiene sentido», nos dicen todo lo que necesitamos saber sobre él.
Lo que hemos visto es a un papa tras otro, antes del Concilio Vaticano II, condenando la libertad religiosa, el mismo principio que todos los supuestos “papas” desde Roncalli en adelante han defendido una y otra vez. Claramente, estamos hablando de dos religiones diferentes.
  
ECUMENISMO
   
El ecumenismo es otra doctrina falsa que se promovió en el Concilio Vaticano II.

Una de las características definitorias de la Iglesia Católica es su unidad. Es indivisible. Desde el siglo XVI, por ejemplo, hemos visto decenas de miles de sectas protestantes que se han separado de la Iglesia Católica y, posteriormente, entre sí. Los “papas” posconciliares nos dicen que debemos orar por la unidad con estos “hermanos separados”. ¡No! La Iglesia Católica ya posee la unidad. No estará unida hasta que los hermanos separados “regresen al redil”, como si le faltara algo que debiera encontrar. La Iglesia Católica es una sociedad perfecta, como enseñó el Papa Pío XII. Los «papas» del Concilio Vaticano II rechazan la unidad de la Iglesia y la “buscan” orando constantemente con religiones falsas, como si fueran detectives en busca de la Verdad. La Iglesia Católica ya posee la Verdad y jamás la perderá. No hay ningún punto de convergencia futuro que deba buscarse, pues ya posee TODO LO QUE NECESITA (énfasis añadido). Los “papas” del Concilio Vaticano II desean un sincretismo universal de todas las religiones del mundo, hacia una futura Religión Mundial Única, precisamente aquello sobre lo que advirtió el Papa San Pío X en su encíclica Notre Charge Apostolique.

Considerad las siguientes citas:
  • El Papa Pío IX en 1868 dijo: «Ninguna de esas sociedades [disidentes], ni siquiera en conjunto, pueden ser consideradas en manera alguna como la única y verdadera Iglesia Católica que Cristo Señor edificó, constituyó y quiso que existiese, y nunca se podrá decir que son miembros o parte de la misma Iglesia, puesto que permanecen visiblemente separadas de la Unidad Católica» (Carta Apostólica “Jam Vos Omnes”, párr. 3).
  • El Papa León XIII en 1896 dijo: «Si examinamos los hechos, comprobaremos que Jesucristo no concibió ni instituyó una Iglesia formada de muchas comunidades que se asemejan por ciertos caracteres generales, pero distintas unas de otras y no unidas entre sí por aquellos vínculos que únicamente pueden dar a la Iglesia la individualidad y la unidad de que hacemos profesión en el símbolo de la fe: “Creo en la Iglesia una…”» (Encíclica Satis Cógnitum, párr. 4). 
  • El Papa Pío XI en 1928 dijo: «Porque siendo el cuerpo místico de Cristo, esto es, la Iglesia, uno (1.ª Cor. 12, 12), compacto y conexo (Eph. 4, 15), lo mismo que su cuerpo físico, necedad es decir que el cuerpo místico puede constar de miembros divididos y separados; quien, pues, no está unido con él no es miembro suyo, ni está unido con su cabeza, que es Cristo (Eph. 5, 30; 1, 22)» (Encíclica Mortálium Ánimos, párrafo 10).
  • Papa Pío XII: «[Los obispos] Desterrarán también la peligrosa ambigüedad en la expresión que daría lugar a opiniones erróneas y a esperanzas falaces que nunca podrán realizarse, diciendo, por ejemplo, que la enseñanza de los Soberanos Pontífices, en las encíclicas sobre la vuelta de los disidentes a la Iglesia y sobre el Cuerpo místico de Cristo, no debe ser tomada en gran consideración, puesto que no todo es dogma de fe, o bien, y lo que es aún peor, que en las materias dogmáticas, la iglesia católica no posee la plenitud de Cristo, y que puede hallar una mayor perfección en las demás iglesias» (Suprema y Sagrada Congregación del Santo Oficio, Instrucción “Ecclésia Cathólica” sobre el movimiento ecuménico, 20 de diciembre de 1949). 
Comparad estas citas con lo que los “papas” del Concilio Vaticano II dijeron sobre el (falso) ecumenismo:
  • Pablo VI, Audiencia General, 8 de noviembre de 1972: «[Por el Concilio] Se reavivó el ecumenismo, así como el respeto por las religiones no cristianas, por nuestros adversarios, por los valores de la actividad humana, etc. (Cf. Gáudium et Spes, 34)».
  • Pablo VI, Exhortación Apostólica “Evangélii nuntiándi”, 8 de diciembre de 1975: «La Iglesia respeta y estima estas religiones no cristianas, por ser la expresión viviente del alma de vastos grupos humanos».
  • Pablo VI, Discurso al Embajador Extraordinario y Plenipotenciario de la República Islámica de Pakistán, 9 de septiembre de 1972: «Queremos también manifestar ante Vd. que la Iglesia católica reconoce las riquezas de la fe islámica –una fe que nos conduce al Dios único–».
  • Pablo VI, Discurso al Embajador Extraordinario y Plenipotenciario de la República Islámica de Pakistán, 18 de septiembre de 1969: «Por otra parte, [la Iglesia] reconoce que en “el primer lugar” entre quienes adoran al Creador “se hallan los musulmanes, que afirmando mantenerse en la fe de Abrahán, adoran con nosotros al Dios único y misericordioso que juzgará a los hombres el último día” (cf. Lumen géntium, 16)».
  • Pablo VI, Discurso a una delegación del Patriarcado de Constantinopla, 14 de diciembre de 1976: «…queridísimos hermanos, enviados por la venerable Iglesia de Constantinopla… llevamos a cabo el solemne y sagrado acto eclesial de levantar los antiguos anatemas, acto con el que deseábamos borrar para siempre el recuerdo de estos acontecimientos de la memoria y del corazón de la Iglesia…».
  • Pablo VI, Discurso del Ángelus, 17 de enero de 1971: «De la oposición polémica entre las diversas denominaciones cristianas, hemos pasado al respeto mutuo, al diálogo y a cierta colaboración práctica; ¡pero aún no se puede alcanzar la unidad sincera!».
  • Juan Pablo II habló sobre la falta de unidad en la Iglesia Católica. Afirmó que necesitamos orar con las religiones no religiosas para lograr la unidad y que los santos provienen de todas las religiones (Encíclica “Ut unum sint”). Los párrafos 7 al 10 de este documento son especialmente reveladores, ya que cita “Unitátis redintegrátio”,  “Lumen géntium”  y “Dignitátis humánæ”, documentos del Concilio Vaticano II que profundizan en este error.
Se podrían mencionar muchos otros ejemplos, como la invitación de Roncalli a los ortodoxos en el Concilio Vaticano II, el hecho de que Montini permitiera que seis ministros protestantes tuvieran un papel fundamental en la creación del Novus Ordo Misæ, la oración de Bergoglio con personas de todas las religiones, como hicieron todos sus predecesores del Concilio Vaticano II, etc. La lista de ejemplos es interminable. 

Lo que hemos visto es a un papa tras otro, antes del Concilio Vaticano II, condenando el ecumenismo, el mismo principio que todos los pseudopapas, desde Roncalli en adelante, han defendido una y otra vez. Claramente, estamos hablando de dos religiones distintas.

COLEGIALIDAD
   
La Constitución Dogmática sobre la Iglesia del Concilio Vaticano II, titulada “Lumen géntium”, dice lo siguiente en el párrafo n.º 22:
«El Cuerpo episcopal, que sucede al Colegio de los Apóstoles en el magisterio y en el régimen pastoral, más aún, en el que perdura continuamente el Cuerpo apostólico, junto con su Cabeza, el Romano Pontífice, y nunca sin esta Cabeza, es también sujeto de la suprema y plena potestad sobre la Iglesia universal [Cf. Relación oficial de Mons. Federico María Zinelli, en el Concilio Vaticano I: Mansi, vol. 52, col. 1109C], si bien no puede ejercer dicha potestad sin el consentimiento del Romano Pontífice. El Señor estableció solamente a Simón como roca y portador de las llaves de la Iglesia (Mt. 16, 18-19) y le constituyó Pastor de toda su grey (cf. Jn. 21, 15 ss); pero el oficio de atar y desatar dado e Pedro (cf. Mt. 16, 19) consta que fue dado también al Colegio de los Apóstoles unido a su Cabeza (cf. Mt. 18, 18; 28, 16-20) [Cf. Concilio Vaticano I, esquema de la constitución dogmática II “De Ecclésia Christi”, cap. 4: Mansi, vol. 53, col. 310. Cf. Relación de Josef Kleutgen SJ de schemate reformato: Mansi, vol 53, cols. 321B-322B y la declaración de Mons. Federico María Zinelli: Mansi, vol. 52, col. 1110A. cfr. también San León Magno, Sermón 4, 3: Migne, Patrología Latina 54, col. 151A]».
El Código de Derecho Canónico de 1983 reitera esto en el canon 336:
«Collégium Episcopórum, cujus caput est Summus Póntifex cujúsque membra sunt Epíscopi vi sacramentális consecratiónis et hierárchica communióne cum Collégii cápite et membris, et in quo corpus apostólicum contínuo persevérat, una cum cápite suo, et númquam sine hoc cápite, subjéctum quóque suprémæ et plenæ potestátis in univérsam Ecclésiam exsístit [El Colegio Episcopal, cuya cabeza es el Sumo Pontífice y del cual son miembros los Obispos en virtud de la consagración sacramental y de la comunión jerárquica con la cabeza y miembros del Colegio, y en el que continuamente persevera el cuerpo apostólico, es también, en unión con su cabeza y nunca sin esa cabeza, sujeto de la potestad suprema y plena sobre toda la Iglesia]».
Esta “iglesia sinodal” que Pablo VI instauró para democratizar la Iglesia Católica continuó (y continúa) vigente hasta León XIV, con sus numerosos sínodos de “obispos” y “cardenales” que intentaban (mediante un diálogo interminable) determinar cuál era “el verdadero significado del Concilio Vaticano II” y cómo implementarlo. Más de 60 años después, con siete “pontífices” heréticos, ninguno de ellos pudo dilucidar el verdadero significado del Vaticano II. Ni los Padres de la Iglesia en Nicea I, ni en Florencia, ni en Trento, ni en ninguno de los otros concilios ecuménicos de la Iglesia tuvieron que “determinar el verdadero significado del concilio”. No, es el Vaticano II el que sigue siendo un misterio hasta el día de hoy. ¡Qué interesante!

Comparad la enseñanza posconciliar de la colegialidad con la verdadera enseñanza de la Iglesia:

El Papa es el único que posee la autoridad suprema en la Iglesia. Del Concilio Vaticano de 1870:
Constitución dogmática “Pastor Ætérnus”: «Canon 2.º Por lo tanto, si alguno dijere que no es por institución del mismo Cristo el Señor, es decir por derecho divino, que el bienaventurado Pedro tenga perpetuos sucesores en su primado sobre toda la Iglesia, o que el Romano Pontífice no es el sucesor del bienaventurado Pedro en este misma primado: sea anatema.

Canon 3.º Así, pues, si alguno dijere que el Romano Pontífice tiene tan sólo un oficio de supervisión o dirección, y no la plena y suprema potestad de jurisdicción sobre toda la Iglesia, y esto no sólo en materia de fe y costumbres, sino también en lo concerniente a la disciplina y gobierno de la Iglesia dispersa por todo el mundo; o que tiene sólo las principales partes, pero no toda la plenitud de esta suprema potestad; o que esta potestad suya no es ordinaria e inmediata tanto sobre todas y cada una de las Iglesias como sobre todos y cada uno de los pastores y fieles: sea anatema».
Todos los papas del V2 han enseñado la colegialidad como la verdadera postura católica. Esto formaba parte de la conspiración masónica para debilitar el papado, como se describe en la Alta Vendita.  Con el tiempo, la Iglesia se llenaría de herejes que aparentarían tener autoridad, cuando en realidad ya no serían clérigos. ¿Os suena familiar? Su plan era tener un papa propio en el trono papal. Pues bien, hasta ahora han tenido siete. Al promover la colegialidad, querían destruir el papado, y qué mejor manera de hacerlo que afirmando que el papa debe estar de acuerdo con todos los obispos del mundo. Esto le quita poder al papado.

Al igual que con la libertad religiosa y el ecumenismo, se podrían citar numerosas frases de los papas preconciliares y posconciliares sobre la colegialidad, pero, sinceramente, ¿qué sentido tiene? Ya es evidente que estamos ante una religión falsa.

CONCLUSIÓN
                                                          
¿Qué se puede hacer entonces? Esta es una pregunta difícil porque cualquier mención de que el Concilio Vaticano II fue herético y que los últimos 7 “papas” fueron inválidos provocará inmediatamente escepticismo y burlas (si no algo peor).
         
Debemos aprovechar el poder que el Cielo nos ha dado para ganar almas para Cristo. La oración, el ayuno y la limosna son muy poderosos. Necesitamos practicarlos. Quienes tenemos una iglesia tradicional cerca debemos usar los sacramentos con frecuencia. El rosario es una oración muy importante. La devoción al Sagrado Corazón de Jesús y al Inmaculado Corazón de María es muy útil. La devoción a San José es muy poderosa. Invocar a los ángeles y santos, especialmente a San Miguel Arcángel y a nuestro santo patrono, es muy útil, sin mencionar a nuestros propios ángeles guardianes. Los sacramentales como el escapulario marrón y la medalla de San Benito también son útiles.
            
Lo único que podemos hacer es cada uno de nosotros. La fe católica debe ser abrazada en su totalidad, lo que implica rechazar la falsa secta del Concilio Vaticano II, engendrada por las fuerzas del infierno. Como dijo el Papa Benedicto XV en “Ad Beatíssimi Apostolórum Príncipis cáthedram”: «La fe católica es de tal índole y naturaleza, que nada se le puede añadir ni quitar: o se profesa por entero o se rechaza por entero…» (párr. 24).
           
Los miembros de la secta del Concilio Vaticano II creen firmemente pertenecer a la Iglesia Católica. Debemos recordar lo que el Papa Pío XII afirmó sobre la pertenencia a la Iglesia: «Pero entre los miembros de la Iglesia sólo se han de contar de hecho los que recibieron las aguas regeneradoras del bautismo, y, profesando la verdadera fe, no se hayan separado, miserablemente, ellos mismos, de la contextura del Cuerpo, ni hayan sido apartados de él por la legítima autoridad a causa de gravísimas culpas» (“Mýstici Córporis Christi”, párr. 22). Los miembros de la secta del Vaticano II no profesan la verdadera fe (en la mayoría de los casos, sin culpa alguna por su parte). 
        
Aun así, debemos esforzarnos por mostrarles el error de sus caminos. Muchos no cambiarán, pero debemos intentar convertirlos a la Verdadera Fe mientras todavía hay tiempo. Tampoco debemos desanimarnos si no vemos los resultados que deseamos. Dios nos pide que seamos fieles y que hagamos nuestro mejor esfuerzo. Muchas veces, los resultados no serán los que esperábamos, pero mientras permanezcamos fieles a Él, perseveremos en la Única y Verdadera Fe y hagamos todo lo posible por llevar a otros a su Santa Iglesia Católica, habremos hecho todo lo que está en nuestras manos y dejaremos el resto en sus manos. «Para los hombres esto es imposible, pero no para Dios; para Dios todo es posible» (Marcos 10:27).

miércoles, 23 de septiembre de 2026

AL CHARAA A TRUMP: «¿POR QUÉ NO LE ENTREGAS NUEVA JERSEY A LOS ISRAELÍES? DESPUÉS DE TODO, NO VOTAN POR TI»

Noticia tomada de RUSSIA TODAY.
  

El presidente de Siria, Ahmed Huseín al-Charaa, reveló este martes una anécdota que tuvo lugar durante un encuentro con el presidente estadounidense Donald Trump, a quien habría sugerido en broma que entregara el estado de Nueva Jersey a Israel, cuestionando de esa forma la soberanía israelí de los Altos del Golán, territorio sirio ocupado y controlado por el país hebreo.

Al-Charaa reconoció que Trump «se puso del lado de Siria, apoyó a Siria, y emitió una resolución o decisión histórica para levantar las sanciones contra Siria y tener una relación muy única con ella». Sin embargo, en su declaración pública el mandatario recordó un episodio durante una visita a la Casa Blanca: «Hice una broma, y cuando [Trump] dijo de los Altos del Golán que tienen la soberanía de Israel, le dije: “¿Por qué no le das Nueva Jersey a los israelíes?”».

En este contexto, Al-Charaa argumentó que Trump no posee los Altos del Golán para entregarlos, pero sí es dueño de Nueva Jersey. «Y creo que Nueva Jersey está lleno de demócratas, y no están votando por Trump, así que sería bueno dárselo a los israelíes. Así que al menos esto es algo que posees, pero el presidente Trump no posee los Altos del Golán», recalcó.

Más allá de la broma, el mandatario sirio dejó clara su posición sobre el territorio disputado: «Los Altos del Golán son propiedad de su propia gente, así que ni el presidente sirio ni el presidente estadounidense ni ninguna otra persona puede abandonarlos o entregarlos a otros».

El territorio en disputa entre Tel Aviv y Damasco es una región montañosa de 1.800 kilómetros cuadrados situada en el sur de Siria y norte de Israel. Su mayor parte se encuentra a la altura de más de 1.000 metros sobre el nivel del mar y es una zona estratégica que cuenta con un yacimiento de petróleo con un potencial volumen de más de un billón de barriles y, sobre todo, representa una importante fuente de agua para Israel.

El primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, ha expresado en retiradas ocasiones sus reivindicaciones sobre los Altos de Golán. «Los Altos del Golán serán para siempre una parte inseparable de Israel», afirmó en 2024.

Una creciente tensión enfrenta a Israel con Siria tras la caída del Gobierno de Bashar al-Ásad en diciembre de 2024. Desde entonces, Israel ha ampliado su presencia militar en el sur de Siria y ha llevado a cabo ataques contra objetivos sirios, justificando sus acciones por razones de seguridad y por la necesidad de proteger a la población drusa. Damasco, por su parte, exige la retirada de las fuerzas israelíes y el respeto a la soberanía siria.

Sin embargo, la ONU y la mayoría de la comunidad internacional siguen considerando a los Altos del Golán como un territorio en disputa entre Tel Aviv y Damasco desde 1967, como territorio sirio ocupado, sin reconocer la soberanía israelí. Rusia, la Unión Europea y Siria mantienen esta posición. Estados Unidos reconoció la soberanía israelí en 2019, y en agosto de 2026, Colombia se convirtió en el segundo país en hacerlo.

ENCÍCLICA “Pacem, Dei munus pulchérrimum”, SOBRE LA RESTAURACIÓN CRISTIANA DE LA PAZ

Cuando el cardenal Giacomo della Chiesa fue elegido el 3 de septiembre de 1914 como el papa Benedicto XV, la Gran Guerra tenía poco más de dos meses de iniciada. Y desde entonces, realizó muchos intentos para conseguir el cese de las hostilidades como enunció en su primera encíclica, Ad beatissimi apostolorum, fechada en la fiesta de Todos los Santos de 1914, y a ellas siguieron continuas gestiones realizadas a través de diplomáticos vaticanos, apoyándose en los políticos más favorables hacia la paz.

Desde el primer momento el papa declaró la neutralidad que seguiría la Iglesia, sin que eso le impidiera la defensa de los oprimidos y su condena de las deportaciones de civiles. Intentó siempre eludir la extensión del conflicto, y por ello trató de evitar la entrada de Italia en la guerra; pero a estos deseos del papa, el gobierno italiano respondió haciendo incluir a Italia en el tratado de Londres (26 de abril de 1915), por el que se unían a Francia y Gran Bretaña, con la obligación de rechazar cualquier intervención pacificadora del papa.[1]

Con la entrada de Estados Unidos en la guerra (5 de abril de 1917) y la deposición de los zares por la revolución rusa el conflicto bélico parecía haber entrado en un impasse, y el papa aprovechó ese momento para formular una propuesta de paz, expuesta en una Nota fechada el 1 de agosto de 1917, en ella se contemplaba:
  1. Desarme y arbitraje obligatorio para resolver las disputas entre las naciones; sanciones para quienes no lo aceptase.
  2. Libertad garantizada de los mares.
  3. Condonación recíproca de los daños y gastos de la guerra.
  4. Restitución de los territorios ocupados
  5. Regulación de las cuestiones territoriales en armonía con las aspiraciones de los pueblos..
  6. Examen particular de las cuestiones territoriales de Polonia, los Balcanes y Armenia.
Gonzalo Redondo 1979, p. 158.
El plan fue rechazado por los aliados, que incluso acusaron al papa de tratar de salvar a los Imperios Centrales; en enero de 1918, el presidente de los Estados Unidos, W. Wilson, hacía público su plan de paz, que con sus 14 puntos, era en realidad una imposición de los vencedores, como se verificó mediante el tratado de Versalles firmado el 28 de junio de 1919 e impuesto en la Alemania de Weimar; y al cual siguieron otros acuerdos con las restantes naciones derrotadas: Austria (19 de septiembre de 1919), Bulgaria (27 de noviembre de 1919), Hungría (2 de junio de 1920) y Turquía (10 de agosto de 1920).

Es en este contexto en el que Benedicto XV publica la encíclica Pacem, Dei munus pulchérrimum, donde instó a que la paz no se basara únicamente en pactos políticos o la fuerza, sino en los principios cristianos del amor al prójimo, el perdón mutuo y la caridad evangélica, y abogó por la reintegración de todas las naciones a una familia humana unida, pidiendo el fin de las enemistades de la guerra.

Los acontecimientos posteriores, y la situación actual han hecho recordar cuánta razón tenía el Papa Della Chiesa al señalar que una paz basada solamente en intereses económicos o de geopolítica estará condenada a fracasar, en castigo justo por hacer planes sin contar con el consejo de Dios y los preceptos de la Iglesia.

CARTA ENCÍCLICA Pacem, Dei munus pulchérrimum, DEL SUMO PONTÍFICE BENEDICTO XV, SOBRE LA RESTAURACIÓN CRISTIANA DE LA PAZ Y LA RECONCILIACIÓN

A los Patriarcas, Primados, Arzobispos, Obispos y Ordinarios en paz y comunión con la Santa Sede.

Venerables Hermanos, Salud y Bendición Apostólica.

1. La paz, este hermoso don de Dios, que, como dice San Agustín, «es el más consolador, el más deseable y el más excelente de todos» [1], esa paz que ha sido durante más de cuatro años el deseo de los buenos y el objeto de la oración de los fieles y de las lágrimas de las madres, ha empezado a brillar al fin sobre los pueblos. Nos somos los primeros en alegrarnos de ello. Pero esta paterna alegría se ve turbada por muchos motivos muy dolorosos. Porque, si bien la guerra ha cesado de alguna manera en casi todos los pueblos y se han firmado algunos tratados de paz, subsisten, sin embargo, todavía las semillas del antiguo odio. Y, como sabéis muy bien, venerables hermanos, no hay paz estable, no hay tratados firmes, por muy laboriosas y prolongadas que hayan sido las negociaciones y por muy solemne que haya sido la promulgación de esa paz y de esos tratados, si al mismo tiempo no cesan el odio y la enemistad mediante una reconciliación basada en la mutua caridad. De este asunto, que es de extraordinaria importancia para el bien común, queremos hablaros, venerables hermanos, advirtiendo al mismo tiempo a los pueblos que están confiados a vuestros cuidados.

2. Desde que por secreto designio de Dios fuimos elevados a la dignidad de esta Cátedra, nunca hemos dejado, durante la conflagración bélica, de procurar, en la medida de nuestras posibilidades, que todos los pueblos de la tierra recuperasen los fraternos lazos de unas cordiales relaciones. Hemos rogado insistentemente, hemos repetido nuestras exhortaciones, hemos propuesto los medios para lograr una amistosa reconciliación, hemos hecho, finalmente, con el favor de Dios, todo lo posible para facilitar a la humanidad el acceso a una paz justa, honrosa y duradera. Al mismo tiempo hemos procurado, con afecto de padre, llevar a todos los pueblos un poco de alivio en medio de los dolores y de las desgracias de toda clase que se han seguido como consecuencia de esta descomunal lucha. Pues bien: el mismo amor de Jesucristo, que desde el comienzo de nuestro difícil pontificado nos impulsó a trabajar por el retorno de la paz o a mitigar los horrores de la guerra, es el que hoy, conseguida ya en cierto modo una paz precaria, nos mueve a exhortar a todos los hijos de la Iglesia, y también a todos los hombres del mundo, para que abandonen el odio inveterado y recobren el amor mutuo y la concordia.

EVANGELIO DE PAZ - CARIDAD
3. No hacen falta muchos argumentos para demostrar los gravísimos daños que sobrevendrían a la humanidad si, firmada la paz, persistiesen latentes el odio y la enemistad en las relaciones internacionales. Prescindimos de los daños que se seguirían en todos los campos del progreso y de la civilización, como, por ejemplo, el comercio, la industria, el arte y las letras, cuyo florecimiento exige como condición previa la libre y tranquila convivencia de todas las naciones. Lo peor de todo sería la gravísima herida que recibiría la esencia y la vida del cristianismo, cuya fuerza reside por completo en la caridad, como lo indica hecho de que la predicación de la ley cristiana recibe el nombre de «Evangelio de la paz» (Ef 6 15).

EL MANDAMIENTO NUEVO
4. Porque, como bien sabéis y Nos os hemos recordado muchas veces, la enseñanza más repetida y más insistente de Jesucristo a sus discípulos fue la del precepto de la caridad fraterna, porque esta caridad es el resumen de todos los demás preceptos; el mismo Jesucristo lo llamaba nuevo y suyo, y quiso que fuese como el carácter distintivo de los cristianos, que los distinguiese fácilmente de todos los demás hombres. Fue este precepto el que, al morir, otorgó a sus discípulos como testamento, y les pidió que se amaran mutuamente y con este amor procuraran imitar aquella inefable unidad que existe entre las divinas personas en el seno de la Trinidad: «Que todos sean uno, como nosotros somos uno..., para que también ellos sean consumados en la unidad» (Jn 17 21-23).

5. Por esta razón, los apóstoles, siguiendo las huellas de su divino Maestro y formados personalmente en su escuela, fueron extraordinariamente fieles en urgir la exhortación de este precepto a los fieles: «Ante todo, tened los unos para !os otros ferviente caridad» (1.ª Pe 4,8). «Por encima de todas estas cosas, vestíos de la caridad, que es vínculo de perfección (Col 3,14). Carísimos, amémonos unos a otros, porque la caridad procede de Dios» (1.ª Jn 4,7). Nuestros hermanos de los primeros tiempos fueron exactos seguidores este mandato de Cristo y de los apóstoles, pues, a pesar de las diversas y aun contrarias nacionalidades a que pertenecían, vivían en una perfecta concordia, borrando con un olvido voluntario todo motivo de discusión. Esta unanimidad de inteligencias y de corazones ofrecía un admirable contraste con los odios mortales que ardían en el seno de sociedad humana de aquella época.

6. Ahora bien: todo lo que hemos dicho para urgir el precepto del amor mutuo vale también para urgir el perdón de las injurias, perdón que ha urgido personalmente el Señor. «Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos; haced el bien a los que os odian, y orad por los que os persiguen y os calumnian, para que seáis hijos de vuestro Padre, que está en los cielos, que hace salir el sol sobre malos y buenos» (Mt 5,44-45). De aquí procede el grave aviso del apóstol San Juan: «Todo el que aborrece a su hermano es homicida, y ya sabéis que todo homicida no tiene en sí la vida eterna» (1.ª Jn 3,15). Finalmente, ha sido el mismo Jesucristo quien nos ha enseñado a orar, de tal manera que la medida del perdón de nuestros pecados quede dada por el perdón que concedamos al prójimo. «Perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores» (Mt 6,12). Y si a veces resulta muy trabajoso y muy difícil el cumplimiento de esta ley, tenemos como remedio para vencer esta dificultad no sólo el eficaz auxilio de la gracia ganada por el Señor, sino también el ejemplo del mismo Salvador, quien, estando pendiente en la cruz, excusaba a los mismos que injusta e indignamente le atormentaban, diciendo así a su Padre: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Lc 23,24). Nos, por tanto, que debemos ser los primeros en imitar la misericordia y la benignidad de Jesucristo, cuya representación, sin mérito alguno, tenemos, perdonamos de todo corazón, siguiendo el ejemplo del Redentor, a todos y a cada uno de nuestros enemigos que, de una manera consciente o inconsciente, han ofendido u ofenden nuestra persona o nuestra acción con toda clase de injurias: a todos ellos los abrazamos con suma benevolencia y amor, sin dejar ocasión alguna para hacerles el bien que esté a nuestro alcance. Es necesario que los cristianos dignos de este nombre observen la misma norma de conducta con todos aquellos que durante la guerra les ofendieron de cualquier manera.

7. Porque la caridad cristiana no se limita a apagar el odio hacia los enemigos y tratarlos como hermanos; quiere, además, hacerles positivamente el bien, siguiendo las huellas de nuestro Redentor, el cual «pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el demonio» (Hech. 10, 38) y coronó el curso de su vida mortal, gastada toda ella en proporcionar los mayores beneficios a los hombres, derramando por ellos su sangre. Por lo cual dice San Juan: «En esto hemos conocido la caridad de Dios, en que El dio su vida por nosotros, y nosotros debemos dar nuestra vida por nuestros hermanos. El que tuviere bienes de este mundo y viendo a su hermano pasar necesidad le cierra sus entrañas, ¿cómo mora en él la caridad de Dios? Hijitos, no amemos de palabra ni de lengua, sino de obra y de verdad» (1.ª Jn 3, 16-18). No ha habido época de la historia en que sea más necesario «dilatar los senos de la caridad» como en estos días de universal angustia y dolor; ni tal vez ha sido nunca tan necesaria como hoy día al género humano una beneficencia abierta a todos, nacida de un sincero amor al prójimo y llena toda ella de un espíritu de sacrificio y abnegación. Porque, si contemplamos los lugares recorridos por el azote furioso de la guerra, vemos por todas partes inmensos territorios cubiertos de ruinas, desolación y abandono; pueblos enteros que carecen de comida, de vestido y de casa; viudas y huérfanos innumerables, necesitados de todo auxilio, y una increíble muchedumbre de débiles, especialmente pequeñuelos y niños, que con sus cuerpos maltrechos dan testimonio de la atrocidad de esta guerra.

8. El que contempla las ingentes miserias que pesan hoy día sobre la humanidad, recuerda espontáneamente a aquel viajero evangélico (Cf. Lc 10, 30ss) que, bajando de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de los ladrones y, robado y malherido por éstos, quedó tendido medio muerto en el camino. La semejanza entre ambos cuadros es muy notable, y así como el samaritano, movido a compasión, se acercó al herido, curó y vendó sus heridas, lo llevó a la posada y pagó los gastos de su curación, así también es necesario ahora que Jesucristo, de quien era figura e imagen el piadoso samaritano, sane las heridas de la humanidad.

LA CARIDAD DE LA IGLESIA
9. La Iglesia reivindica para sí, como misión propia, esta labor de curar las heridas de la humanidad, porque es la heredera del espíritu de Jesucristo; la Iglesia, decimos, cuya vida toda está entretejida con una admirable variedad de obras de beneficencia, porque «como verdadera madre de los cristianos, alberga una ternura tan amorosa por el prójimo, que para las más diversas enfermedades espirituales de las almas tiene presta en todo momento la eficaz medicina»; y así «educa y enseña a la infancia con dulzura, a la juventud con fortaleza, a la ancianidad con placentera calma, ajustando el remedio a las necesidades corporales y espirituales de cada uno» [2]. Estas obras de la beneficencia cristiana suavizan los espíritus y poseen por esto mismo una extraordinaria eficacia para devolver a los pueblos la tranquilidad pública.

10. Por lo cual, venerables hermanos, os suplicamos y os conjuramos en las entrañas de caridad de Jesucristo a que consagréis vuestros más solícitos cuidados a la labor de exhortar a los fieles que os están confiados, para que no sólo olviden los odios y perdonen las injurias, sino además para que practiquen con la mayor eficacia posible todas las obras de la beneficencia cristiana que sirvan de ayuda a los necesitados, de consuelo a los afligidos, de protección a los débiles, y que lleven, finalmente, a todos los que han sufrido las gravísimas consecuencias de la guerra, un socorro adecuado y lo más variado que sea posible. Es deseo nuestro muy principal que exhortéis a vuestros sacerdotes, como ministros que son de la paz cristiana, para que prediquen con insistencia el precepto que contiene la esencia de la vida cristiana, es decir, la predicación del amor al prójimo y a los mismos enemigos, y para que, «haciéndose todo a todos» (1.ª Cor 9,22), precedan a los demás con su ejemplo y declaren por todas partes una guerra implacable a la enemistad y al odio. Al obrar así, los sacerdotes agradarán al corazón amantísimo de Jesús y a aquel que, aunque indigno, hace las veces de Cristo en la tierra. En esta materia debéis también advertir y exhortar con insistencia a los escritores, publicistas y periodistas católicos, «para que, como escogidos de Dios, santos y amados, procuren revestirse de entrañas de misericordia y benignidad» (Col 3,12) y procuren reflejar esta benignidad en sus escritos. Por lo cual deben abstenerse no sólo de toda falsa acusación, sino también de toda intemperancia e injuria en las palabras, porque esta intemperancia no sólo es contraria a la ley de Cristo, sino que además puede abrir cicatrices mal cerradas, sobre todo cuando los espíritus, exacerbados por heridas aún recientes, tienen una gran sensibilidad para las más leves injurias.

LA CARIDAD ENTRE LAS NACIONES
11. Las advertencias que en esta carta hemos hecho a los particulares sobre el deber de practicar la caridad, queremos dirigirlas también a los pueblos que han sufrido la prueba de esta guerra prolongada, para que, suprimidas, dentro de lo posible, las causas de la discordia —y salvos, por supuesto, los principios de la justicia—, reanuden entre sí los lazos de unas amistosas relaciones. Porque el Evangelio no presenta una ley de la caridad para las personas particulares y otra ley distinta para los Estados y las naciones, que en definitiva están compuestas por hombres particulares. Terminada ya la guerra, no sólo la caridad, sino también una cierta necesidad parece inclinar a los pueblos hacia el establecimiento de una determinada conciliación universal entre todos ellos. Porque hoy más que nunca están los pueblos unidos por el doble vínculo natural de una común indigencia y una común benevolencia, dados el gran progreso de la civilización y el maravilloso incremento de las comunicaciones.

12. Este olvido de las ofensas y esta fraterna reconciliación de los pueblos, prescritos por la ley de Jesucristo y exigidos por la misma convivencia social, han sido recordados sin descanso, como hemos dicho, por esta Santa Sede Apostólica durante todo el curso de la guerra. Esta Santa Sede no ha permitido que este precepto quede olvidado por los odios o las enemistades, y ahora, después de firmados los tratados de paz, promueve y predica con mayor insistencia este doble deber, como lo prueban las cartas dirigidas hace poco tiempo al episcopado de Alemania [3] y al cardenal arzobispo de París [4]. Y como hoy día la unión entre las naciones civilizadas se ve garantizada y acrecentada por la frecuente costumbre de celebrar reuniones y conferencias entre los jefes de los gobiernos para tratar de los asuntos de mayor importancia, Nos, después de considerar atentamente y en su conjunto el cambio de las circunstancias y las grandes tendencias de los tiempos actuales, para contribuir a esta unión de los pueblos y no mostrarnos ajenos a esta tendencia, hemos decidido suavizar hasta cierto punto las rigurosas condiciones que, por la usurpación del poder temporal de la Sede Apostólica, fueron justamente establecidas por nuestros predecesores, prohibiendo las visitas solemnes de los jefes de Estado católicos a Roma. Pero declaramos abiertamente que esta indulgencia nuestra, aconsejada y casi exigida por las gravísimas circunstancias que atraviesa la humanidad, no debe ser interpretada en modo alguno como una tácita abdicación de los sagrados derechos de la Sede Apostólica, como si en el anormal estado actual de cosas la Sede Apostólica renunciase definitivamente a ellos. Por el contrario, aprovechando esta ocasión, «Nos renovamos las protestas que nuestros predecesores formularon repetidas veces, movidos no por humanos intereses, sino por la santidad del deber; y las renovamos por las mismas causas, para defender los derechos y la dignidad de la Sede Apostólica», y de nuevo pedimos con la mayor insistencia que, pues ha sido firmada la paz entre las naciones, «cese para la cabeza de la Iglesia esta situación anormal, que daña gravemente, por más de una razón, a la misma tranquilidad de los pueblos» [5].

13. Restablecida así la situación, reconocido de nuevo el orden de la justicia y de la caridad y reconciliados los pueblos entre sí, es de desear, venerables hermanos, que todos los Estados olviden sus mutuos recelos y constituyan una sola sociedad o, mejor, una familia de pueblos, para garantizar la independencia de cada uno y conservar el orden en la sociedad humana. Son motivos para crear esta sociedad de pueblos, entre otros muchos que omitimos, la misma necesidad, universalmente reconocida, de suprimir o reducir al menos los enormes presupuestos militares, que resultan ya insoportables para los Estados, y acabar de esta manera para siempre con las desastrosas guerras modernas, o por lo menos alejar lo más remotamente posible el peligro de la guerra, y asegurar a todos los pueblos, dentro de sus justos límites, la independencia y la integridad de sus propios territorios.

14. Unidas de este modo las naciones según los principios de la ley cristiana, todas las empresas que acometan en pro de la justicia y de la caridad tendrán la adhesión y la colaboración activa de la Iglesia, la cual es ejemplar perfectísimo de sociedad universal y posee, por su misma naturaleza y sus instituciones, una eficacia extraordinaria para unir a los hombres, no sólo en lo concerniente a la eterna salvación de éstos, sino también en todo lo relativo a su felicidad temporal, pues la Iglesia sabe llevar a los hombres a través de los bienes temporales de tal manera que no pierdan los bienes eternos. La historia demuestra que los pueblos bárbaros de la antigua Europa, desde que empezaron a recibir el penetrante influjo del espíritu de la Iglesia, fueron apagando poco a poco las múltiples y profundas diferencias y discordias que los dividían, y, constituyendo, finalmente, una única sociedad; dieron origen a la Europa cristiana, la cual, bajo la guía segura de la Iglesia, respetó y conservó las características propias de cada nación y logró establecer, sin embargo, una unidad creadora de una gloriosa prosperidad. Con toda razón dice San Agustín: «Esta ciudad celestial, mientras camina por este mundo, llama a su seno a ciudadanos de todos los pueblos, y con todas las lenguas reúne una sociedad peregrinante, sin preocuparse por las diversidades de las leyes, costumbres e instituciones que sirven para lograr y conservar la paz terrena, y sin anular o destruir, antes bien, respetando y conservando todas las diferencias nacionales que están ordenadas al mismo fin de la paz terrena, con tal que no constituyan un impedimento para el ejercicio de la religión que ordena adorar a Dios como a supremo y verdadero Señor» [6]. El mismo santo Doctor apostrofa a la Iglesia con estas palabra: «Tú unes a los ciudadanos, a los pueblos y a los hombres con el recuerdo de unos primeros padres comunes, no sólo con el vínculo de la unión social, sino también con el lazo del parentesco fraterno» [7].

EXHORTACIÓN FINAL Y BENDICIÓN APOSTÓLICA
15. Por lo cual, volviendo al punto de partida de esta nuestra carta, exhortamos en primer lugar, con afecto de Padre, a todos nuestros hijos y les conjuramos, en el nombre de Nuestro Señor Jesucristo, para que se decidan a olvidar voluntariamente toda rivalidad y toda injuria recíproca y a unirse con el estrecho vínculo de la caridad cristiana, para la cual no hay nadie extranjero. En segundo lugar exhortamos encarecidamente a todas las naciones para que, bajo el influjo de la benevolencia cristiana, establezcan entre sí una paz verdadera, constituyendo una alianza que, bajo los auspicios de la justicia, sea duradera. Por último, hacemos un llamamiento a todos los hombres y a todas las naciones para que de alma y corazón se unan a la Iglesia católica, y por medio de ésta a Cristo, Redentor del género humano; de esta manera, con toda verdad podremos dirigirles las palabras de San Pablo a los Efesios: «Ahora, por Cristo Jesús, los que en un tiempo estabais lejos, habéis sido acercados por la sangre de Cristo; pues El es nuestra paz, que hizo de los dos pueblos uno, derribando el muro de la separación... dando muerte en sí mismo a la enemistad. Y viniendo nos anunció la paz a los de lejos y la paz a los de cerca» (Ef 2,13ss). Igualmente oportunas son las palabras que el mismo Apóstol dirige a los Colosenses: «No os engañéis unos a otros; despojaos del hombre viejo con todas sus obras y vestíos del nuevo, que sin cesar se renueva para lograr el perfecto conocimiento según la imagen de su Creador, en quien no hay griego ni judío, circuncisión ni incircuncisión, bárbaro o escita, siervo o libre, porque Cristo lo es todo en todos» (Col 3,9-11).

16. Entre tanto, confiados en el patrocinio de la Inmaculada Virgen María, que hace poco hemos ordenado fuese invocada universalmente como Reina de la Paz, y en el de los tres nuevos santos [8] que hemos canonizado recientemente, suplicamos con humildad al Espíritu consolador que «conceda propicio a la Iglesia el don de la unidad y de la paz» [9] y renueve la faz de la tierra con una nueva efusión de su amor para la común salvación de todos.

Como auspicio de este don celestial, y como prenda de nuestra paterna benevolencia, con todo el corazón damos a vosotros, venerables hermanos, al clero y a vuestro pueblo la bendición apostólica.

Dado en Roma, junto a San Pedro, el 23 de mayo, fiesta de Pentecostés de 1920, año sexto de nuestro pontificado. BENEDICTO  PP. XV.
  
NOTAS
[1] San Agustín, La ciudad de Dios, libro XIX, cap. 11.
[2] San Agustín, De las costumbres de la Iglesia Católica I, cap. 30.
[3] Carta apostólica Diúturni Luctuosíssimique, 15 de julio de 1919 (AAS 11 [1919], págs. 305-306).
[4] Epístola Amor ille singuláris, 7 de octubre de 1919 (AAS 11 [1919], págs. 412-414).
[5] Encíclica Ad beatíssimi Apostolórum Príncipis cáthedram, 1 de noviembre de 1914 (AAS 6 [1914], pág. 580).
[6] San Agustín, La ciudad de Dios, libro XIX, cap. 17.
[7] San Agusín, De las costumbres de la Iglesia Católica I, cap. 30.
[8] San Gabriel de la Dolorosa, Santa Margarita María Alacoque y Santa Juana de Arco. 
[9] Secreta de la misa de la fiesta del Corpus Christi.

MISA PARA PEDIR LA LLUVIA

En el Rito Romano no existe un formulario de Misa para pedir lluvia, sino que bajo el título Oratiónes divérsas en la sección de Misas Votivas están registradas la Colecta, Secreta y Poscomunión Ad peténdam plúviam (procedentes del Sacramentario Gelasiano), que se dicen al final de las correspondientes al día siempre que lo permitan las rúbricas, o si se ordena Misa solemne por alguna necesidad, se adicionan bajo única conclusión a las correspondientes en la Misa pro quacúmque necessitáte, como determinó la Sagrada Congregación de Ritos en el Decreto del 25 de Febrero de 1884, respónsa ad dúbia IV. En el Misal Bracarense, hay una Misa ad poscéndam plúviam con lecciones propias, que traemos a continuación.

Missa ad poscéndam plúviam
  
Introitus. Ps. 73, 20, 19, 22 et 23. Réspice, Dómine, in testaméntum tuum, et ánimas páuperum tuórum ne derelínquas in finem: exsúrge, Dómine, et júdica causam tuam: et ne obliviscáris voces quæréntium te. Ps. ibid., 1. Ut quid, Deus. repulísti nos in finem: irátus est furor tuus super oves páscuæ tuæ? ℣. Glória Patri.

ORATIO
Deus, in quo vívimus, movémur et sumus: plúviam nobis tríbue congruéntem; ut, præséntibus subsídiis sufficiénter adjúti, sempitérna fiduciálius appetámus. Per Dóminum.

Léctio libri Levítici. 
Lev. 26, 3-12.
  
In diébus illis: Dixit Dóminus ad Móysen: Lóquere fíliis Ísraël: Si in præcéptis meis ambulavéritis, et mandáta mea custodiéritis, et fecéritis ea, dabo vobis plúvias tempóribus suis, et terra gignet germen suum, et pomis árbores replebúntur. Apprehéndet méssium tritúra vindémiam, et vindémia occupábit seméntem: et comedétis panem vestrum in saturitáte, et ábsque pavóre habitábitis in terra vestra. Dabo pacem in fínibus vestris: dormiétis, et non erit qui extérreat. Áuferam malas béstias: et gládius non transíbit términos vestros. Persequémini inimícos vestros, et córruent coram vobis: persequéntur quínque de vestris centum aliénos, et centum ex vobis decem míllia: cadent inimíci vestri gládio in conspéctu vestro. Respíciam vos, et créscere fáciam: multiplicabímini, et firmábo pactum meum vobíscum. Comedétis vetustíssima véterum, et vétera novis superveniéntibus projiciétis. Ponam tabernáculum meum in médio vestri: et non abjíciet vos ánima mea. Ambulábo inter vos, et ero Deus vester, vosque éritis pópulus meus, dicit Dóminus omnípotens.
  
Graduale. Ps. 89, 13 et 1. Convértere, Dómine, aliquántulum, et deprecáre super servos tuos.
℣. Dómine, refúgium factus es nobis a generatióne et progénie.
  
Allelúja, allelúja. ℣. Ps. 129, 1. De profúndis clamávi ad te, Dómine: Dómine, exáudi vocem meam. Allelúja.

Post Septuagesimam, omissis Allelúja et Versu sequenti, dicitur:
Tractus. Jac. 5, 17-18. Elías homo erat similis nobis passibilis: et oratióne orávit ut plúeret super terram.
℣. Et cœlum dedit plúviam, et terra dedit fructum suum.

Tempore Paschali omittitur Graduale, et, ejus loco, dicitur:
Allelúja, allelúja.
℣. Matth. 28, 2. Ángelus Dómini descéndit de cœlo: et accédens revólvit lápidem, et sedébat super eum. Allelúja.
℣. Ps. 129, 1. De profúndis clamávi ad te, Dómine: Dómine, exáudi vocem meam. Allelúja.

✠ Sequéntia sancti Evangélii secúndum Marcum.
Marc. 8, 1-9.
  
In illo témpore: Cum turba multa esset cum Jesu, nec habérent quod manducárent, convocátis discípulis, ait illis: Miséreor super turbam: quía ecce jam triduo sustinent me, nec habent quod mandúcent: et, si dimísero eos jejúnos in domum suam, defícient in via: quídam enim ex eis de longe venérunt. Et respondérunt ei discípuli sui: Unde illos quis póterit hic saturáre pánibus in solitúdine? Et interrogávit eos: Quot panes habétis? Qui dixérunt: Septem. Et præcépit turbæ discúmbere super terram. Et accípiens septem panes, grátias agens fregit, et dabat discípulis suis, ut appónerent, et apposuérunt turbæ. Et habébant piscículos páucos: et ipsos benedíxit, et jussit appóni. Et manducavérunt, et saturáti sunt, et sustulérunt quod superáverat de fragméntis, septem sportas. Erant áutem qui manducáverant, quási quátuor míllia: et dimísit eos.
 
Offertorium. Sicut in holocáustum aríetum et taurórum et sicut in míllibus agnórum pínguium, sic fiat sacrifícium nostrum in conspéctu tuo hódie, ut pláceat tibi: quia non est confúsio confidéntibus in te, Dómine.

SECRETA
Oblátis, quǽsumus, Dómine, placáre munéribus: et opportúnum nobis tríbue plúviæ sufficiéntis auxílium. Per Dóminum.
  
Communio. Luc. 11, 9-10. Pétite, et accipiétis: quǽrite, et inveniétis: pulsáte, et aperiétur vobis: omnis enim qui petit, áccipit: et quǽrit, ínvenit: et pulsánti aperiétur.

POSTCOMMUNIO
Da nobis, quǽsumus, Dómine, plúviam salutárem: et áridam terræ fáciem fluéntis cœléstibus dignánter infúnde. Per Dóminum.

martes, 22 de septiembre de 2026

CUARESMA DE SAN MIGUEL ARCÁNGEL – DÍA ÚLTIMO

Compuesta por el Rev. P. Dr. D. Pedro Ramírez del Castillo, Cura propio del Sagrario Metropolitano y de la Iglesia Parroquial del San Miguel Arcángel en Pachuca, publicada por los Herederos de la Viuda de Francisco Rodríguez Lupercio, en 1717; reimpresa en Puebla de los Ángeles por la Imprenta de la Viuda de Miguel de Ortega y Bonilla en 1754.
   
ADVERTENCIAS
Esta Cuaresma del Santo Arcángel empieza el 14 de agosto, que es la víspera de la Asunción de Nuestra Señora, y se termina en la víspera de la Fiesta de San Miguel, inclusivamente hay cuarenta y seis días, para esto, se evitará hacer la penitencia o ayuno seis domingos, para que den 40 días de ayuno y oración.
   
CUARESMA EN HONRA DEL PRÍNCIPE SANTÍSIMO Y PODEROSÍSIMO SAN MIGUEL ARCÁNGEL, PATRONO DE LA UNIVERSAL IGLESIA, DEFENSOR AMATÍSIMO DE LAS ALMAS Y ABOGADO ESPECIALÍSIMO PARA ALCANZAR LA SALVACIÓN
  
Por la señal ✠ de la Santa Cruz, de nuestros ✠ enemigos, líbranos Señor ✠ Dios nuestro. En el nombre del Padre, y del Hijo ✠, y del Espíritu Santo. Amén.

ORACIÓN PREPARATORIA
Gloriosísimo Miguel, príncipe de los ejércitos celestiales, refugio de las almas, destructor de los espíritus malignos, ciudadano de Dios, capitán admirable después de Cristo, de gran excelencia y virtud; líbranos a todos los que a ti clamamos de toda adversidad y haz con tu precioso oficio y dignísima intercesión, que aprovechemos en el servicio del Señor. Amén.
   
DÍA CUADRAGÉSIMO
ALABANZAS
Príncipe gloriosísimo San Miguel Arcángel,
Tú humildemente suplicas al Trono de la Santísima Trinidad por la conversión de los pecadores,
Tú dulcemente ruegas a la Santísima Virgen en las aflicciones de los cristianos,
Tú eres ante quien, después de la última hora de esta vida, hemos de comparecer primeramente para que no se nos haga notorio el decreto y sentencia divina.
   
Ahora se dice lo siguiente, que es para todos los días:
℣. Ruega por nosotros a la Divina Majestad, ¡oh Santísimo Miguel!, Príncipe de la Iglesia.
℟. Para que seamos dignos de las promesas de Cristo.

ORACIÓN
Omnipotente y sempiterno Dios, que por tu suma clemencia destinaste para la salud de los hombres al gloriosísimo príncipe de tu Iglesia San Miguel Arcángel, concédenos, que, por su intercesión y eficaz auxilio, merezcamos ahora ser defendidos de todos nuestros enemigos, y en la hora de nuestra muerte, seamos libres y presentados benignamente ante el trono de su majestad excelsa. Amén.

ORACIÓN PARA TODOS LOS DÍAS
¡Oh Soberano Arcángel! ¡Oh Excelentísimo Príncipe de la Corte Celestial! ¿Quién no os será muy devoto? ¿Quién no os servirá con gran cuidado, si de esta manera pagáis los servicios que se os hacen? Mas, para que yo os ame, basta saber el amor que nos tenéis, a que no puedo corresponder con igual amor; para que os sirva no es necesario prometerme nuevos favores, con los pasados me tenéis más obligado de lo que jamás podré pagar ni reconocer, pero ya que no puedo con obras responder a tantas mercedes, recibid palabra y afectos. Gracias os doy, ¡oh excelso y sublime espíritu!, porque defendisteis la honra y gloria de mi Señor Jesucristo y por todos los servicios, que en toda la vida le hicisteis a Él y a su Santísima Madre. Gracias os doy por el Ángel que habéis destinado para mi guarda y por los otros beneficios generales y particulares que Vos mismo, o por medio de vuestros Ángeles me habéis hecho, los cuales no conozco bastante en esta vida, ni los puedo debidamente agradecer, y por eso pido y suplico al Ángel de mi guarda, que en mi nombre os los agradezca, y juntamente los que habéis hecho a toda la naturaleza humana y principalmente a la Santa Iglesia de que soy miembro. Gózome de todos los privilegios, gracias y prerrogativas, dignidades y dones naturales y sobrenaturales con que el Señor os ha honrado y enriquecido, y doy al Señor eternas gracias por ellos, porque así quiso exaltaros y haceros su privado y favorecido entre todos los Ángeles; defendedme, ¡oh valerosísimo capitán de los celestiales ejércitos!, enviad en mi socorro a vuestros soldados, para que me defiendan de Satanás y sus Ángeles y no me rinda a sus embates y tentaciones. Mandad a vuestros Ángeles que me guíen para que no ande errado, que me alumbre para que no camine ciego y que pongan sus manos para que no tropiecen mis pies en el camino peligroso de esta vida; asistid con vuestros Ángeles a mi muerte y alcanzadme del Señor, contrición verdadera de mis culpas, para que, presentada mi alma en vuestro tribunal, merezca ser llevada en vuestras manos ante el trono de la Santísima Trinidad y entrar en la posesión de la gloria donde alabe al Señor para siempre y os dé perpetuas gracias, por haber conseguido, con vuestra intervención, la eterna bienaventuranza. Amén.

GOZOS EN HONOR A SAN MIGUEL ARCÁNGEL
  
Pues lleváis la voz de Dios
Como el ministro más fiel,
Tu voz seguimos, Miguel,
Diciendo «¿Quién como Dios?».
  
Sois el Príncipe Miguel,
Que cual valiente adalid
Venciste en gloriosa lid
Al arrogante Luzbel:
Y pues triunfaste de él
Con sólo el nombre de Dios:
Tu voz seguimos, Miguel,
Diciendo «¿Quién como Dios?».
 
Sois el ministro más fiel,
Protector del Cristianismo,
Que os encargó el Altísimo
Que cuidáseis siempre de él:
Y del mundo y de Luzbel
Le defendéis con tu voz:
Tu voz seguimos, Miguel,
Diciendo «¿Quién como Dios?».
 
Sois celoso defensor,
De la Iglesia fiel custodio,
Defendiéndola del odio
Del demonio engañador,
Y pues todo ese valor
Debéis al nombre de Dios.
Tu voz seguimos, Miguel,
Diciendo «¿Quién como Dios?».
  
Sois especial enemigo
De todo error y herejía,
Pues ni de noche ni de día
Jamás podrá hallar abrigo,
Y pues Dios le vence contigo
Y vos con la voz de Dios.
Tu voz seguimos, Miguel,
Diciendo «¿Quién como Dios?».
 
Sois de la fe el oráculo,
La que nunca podrá caer,
Por más que haga Lucifer
Desde su último habitáculo;
Y pues es débil obstáculo
Para no seguir tu voz.
Tu voz seguimos, Miguel,
Diciendo «¿Quién como Dios?».
 
Sois abogado piadoso
De todas las almas fieles,
Proveyéndolas de bienes
Ante el Juez justo y celoso,
Y pues que sois tan poderoso
Como lo es también tu voz.
Tu voz seguimos, Miguel,
Diciendo «¿Quién como Dios?».
 
Sois el Ángel enviado
A Juan Evangelista, siervo de Dios,
Para darle vos, la Voz
De profeta que ha anunciado:
«Y pues bienaventurado
El que oye la voz de Dios».
Tu voz seguimos, Miguel,
Diciendo «¿Quién como Dios?».
 
Sois el Príncipe armado
Con las armas de la Cruz,
Armas de Cristo Jesús,
Con las que nos han signado,
Y con ellas siempre has triunfado
A honor y gloria de Dios.
Tu voz seguimos, Miguel,
Diciendo «¿Quién como Dios?».
 
Al fin que sois compañero
De las otras seis lumbreras
Que arden en sus esferas,
Y sois de ellas el primero,
Que del Dios verdadero
Es el trono que nos dais vos.
Tu voz seguimos, Miguel,
Diciendo «¿Quién como Dios?».
 
Pues lleváis la voz de Dios
Como el ministro más fiel,
Tu voz seguimos, Miguel,
Diciendo «¿Quién como Dios?».
    
Antífona: Príncipe gloriosísimo San Miguel Arcángel, acuérdate de nosotros, y aquí y en cualquier parte ruega por nosotros al Hijo de Dios.
℣. En presencia de los Ángeles te alabaré, Dios mío.
℟. Te adoraré en tu santo Templo, y confesaré tu santo Nombre.
    
ORACIÓN
Oh Dios, que con admirable orden dispones los ministerios de los Ángeles y de los hombres, concédenos benigno que nos amparen en la tierra mientras vivimos aquellos que nunca cesan de servirte oficiosos en el Cielo. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.