Traducción del artículo publicado en WM REVIEW.
«¿ESTÁS LOCO?». G. K. CHESTERTON SOBRE LOS LUNÁTICOS Y MANIÁTICOS
En su obra clásica “Ortodoxia”, G. K. Chesterton pinta un retrato del loco y le muestra cómo escapar de su destino.
Fotograma de la escena “Pepe Silvia” en el capítulo 10.º de la cuarta temporada de la serie “Siempre hay sol en Filadelfia”.
Notas del editor
Tras la extensa cita de G. K. Chesterton en mi artículo sobre el suicidio, aquí están las reflexiones del famoso converso inglés sobre los lunáticos y la locura.
Estos comentarios se refieren a teorías de la conspiración.
La historia está plagada de hombres que conspiran para lograr sus propios fines, a menudo a costa del bien común. Quienes lo niegan o creen que algo puede refutarse simplemente llamándolo «teoría de la conspiración» viven en la negación.
No es necesario probar de manera concluyente la existencia de una conspiración determinada para justificar actuar como si fuera o pudiera ser cierta (es decir, actuar tomando ciertas medidas prudentes para protegerse, proporcionales a la probabilidad establecida) [1].
Sin embargo, si bien no es necesario contar con pruebas documentales completas de una conspiración para tomar tales medidas, sí es necesario tener alguna evidencia antes de acusar a otros, y que esta evidencia vaya más allá de la intuición, la fantasía, la paranoia y la coherencia con los prejuicios propios. Cuanto más grave y específica sea la acusación, mayor sea la publicidad que reciba y mayor el daño que cause, más sólidas deberán ser las pruebas y los argumentos.
Todos estamos sujetos a las normas habituales de la ley moral, como el Octavo Mandamiento:
«No darás falso testimonio».
De igual modo, todos estamos obligados a no dañar la reputación de una persona sin justa causa y a evitar los pecados de difamación, calumnia y juicio precipitado. Creer tener una visión privilegiada de cómo funciona el mundo «en realidad» no exime de estas obligaciones.
La relevancia de esto para los comentarios de Chesterton quedará clara al leer estos últimos.
***
“EL MANIÁTICO”
(G. K. CHESTERTON. Ortodoxia, Capítulo II, págs. 23-35. Lane, Nueva York, 1909. Traducción española, págs. 9-13. Porrúa, México 1998). Se han añadido títulos y algunos saltos de línea para facilitar la lectura en línea.
La locura, un hecho de la vida
Los modernos maestros de la ciencia insisten, sobre la necesidad de basar toda investigación, en un hecho. Los antiguos maestros de religión, se mostraron igualmente entusiastas de esa teoría. Empezaron basándose en el hecho del pecado; un hecho tan evidente como las papas. Fuera posible o no fuera posible que el hombre se purificara con ciertas aguas milagrosas, no cabe duda de que necesitaba purificación. Pero algunos caudillos religiosos de Londres, relativamente materialistas, comenzaron en nuestros días a negar, no la discutible milagrosidad del agua, sino a negar la indiscutible existencia de la mancha. Ciertos teólogos modernos, discuten el pecado original, que es el único punto de la teología de la cristiandad que puede ser realmente probado. Algunos discípulos del Reverendo Reginald John Campbell [predicador y teólogo congregacionalista (posteriormente anglicano), principal exponente de la “Nueva Teología” y sostenedor del panenteísmo (Dios contiene todo el universo, pero lo trasciende al mismo tiempo), N. del T.] admiten la inocencia divina que no pueden vislumbrar ni en sueños, pero niegan, especialmente, la culpa humana que pueden ver hasta en la calle. Los santos más intransigentes y los más obcecados escépticos, por igual unos y otros, tomaron el positivo mal, como punto de partida de sus argumentaciones.
Si es cierto (como evidentemente lo es) que un hombre puede hallar exquisito placer desollando un gato, el filósofo religioso puede llegar a una de dos conclusiones. Debe, o negar la existencia de Dios, que es lo que hacen los ateos; o bien negar la inalterable unión entre Dios y el hombre, que es lo que hacen los cristianos. Parece que los nuevos teólogos piensan llegar a una solución altamente racionalista negando el gato.
En esta situación especialísima, evidentemente ahora no es posible (con una esperanza remota de aceptación general) comenzar como comenzaron nuestros padres, basándose en el hecho del pecado. Este mismo hecho que fue para ellos (y es para mí) tan evidente como la luz, es precisamente el hecho que ha sido discutido o negado. Pero aunque los modernos nieguen la existencia del pecado, supongo que no han negado aun la existencia del manicomio.
Todavía estamos de acuerdo, en que actualmente se produce un colapso intelectual, tan innegable e inconfundible como el derrumbe de una casa. Los hombres niegan el infierno; pero aun no niegan el manicomio. Para no perder de vista los fines de nuestro primer argumento, el uno, el infierno, podría muy bien reemplazar al otro, el manicomio. Quiero decir que, si una vez todos los pensamientos y las teorías fueron juzgadas según condujeran al hombre a perder su alma, así, por nuestro presente punto de vista, todas las teorías modernas pueden ser juzgadas, según conduzcan al hombre a perder sus cabales.
Es cierto que algunos hablan de la locura, con soltura y simpatía, como si se tratara de algo amable y atrayente.
Pero un minuto de reflexión basta para demostrarnos que si hallamos belleza en la enfermedad, generalmente es en la enfermedad de otro.
Un ciego puede ser pintoresco; pero se necesitan dos ojos para verlo pintoresco, Y similarmente, aun la más salvaje poesía de la locura, sólo puede percibirla el cuerdo. Para el insano su locura es perfectamente prosaica porque es perfectamente cierta. El hombre que se cree pollo, siente en sí, toda la insignificancia del pollo. Solamente porque vemos lo grotesco de su idea, podemos en contraria hasta divertida; y solamente porque él no ve lo grotesco de su idea, lo han llevado a “Hanwell” [Nombre de un sanatorio de enfermos mentales en Londres, que se menciona con frecuencia en el libro, N. del T.]. Abreviando, las rarezas sólo sorprenden a la gente normal. Las rarezas no sorprenden a la gente rara. Por esa razón, la gente normal se sabe divertir y la gente rara, siempre se lamenta del aburrimiento de la vida. Por esa razón, las novelas modernas fenecen; y por esa razón, los cuentos de hadas permanecen. Los viejos cuentos de hadas presentan al héroe como un joven humano normalmente normal; sus aventuras son las sorprendentes; y lo sorprenden porque es normal. Pero en la novela psicológica moderna, el héroe es un anormal; él, que es el centro, no es bien centrado. De ahí que las aventuras más extrañas no logren sorprenderlo adecuadamente y que el libro resulte monótono. Se puede escribir la historia de un héroe entre dragones; pero no la de un dragón entre dragones. El cuento de hadas relata lo que hará un hombre cuerdo en un mundo loco. La novela, sobriamente realista de hoy, relata lo que un hombre esencialmente loco, puede hacer en un mundo cuerdo.
La locura es más prosaica de lo que se piensa.
Empecemos pues en el manicomio; desde este fatídico y fantástico albergue, iniciemos nuestro viaje intelectual.
Ahora, si es que vamos a contemplar la filosofía de la cordura lo primero que hemos de hacer, es destruir un grande y difundido error. Por todas partes se ha difundido la idea de que la imaginación, especialmente la imaginación mística, es peligrosa para el equilibrio mental del hombre. En general se tiene a los poetas como inseguros, desde el punto de vista psicológico; y generalmente se hace asociación de ideas entre los laureles entrelazados y las pajas pinchadas en el pelo… Los hechos y la historia desmienten tal interpretación. Muchos de los poetas, de los verdaderamente grandes poetas, han sido no sólo perfectamente cuerdos sino extremadamente aptos para el comercio; y si Shakespeare alguna vez contuvo caballos, fue porque era el hombre más indicado para contenerlos.
La imaginación no provoca la locura. Para ser exacto, lo que fomenta la locura es la razón. Los poetas no enloquecen; los jugadores de ajedrez sí. Los matemáticos y los cajeros, se vuelven locos; pero rara vez enloquecen los artistas que crean. Como podrá verse, en ninguna forma ataco la lógica: digo solamente que el peligro de la locura reside en la lógica; no en la imaginación. La paternidad artística es tan saludable como la física. Sin embargo, vale la pena destacar que cuando un poeta fue realmente mórbido, comúnmente lo fue porque existía algún punto débil en su racionalismo. Edgar Allan Poe, por ejemplo, fue realmente morboso; no porque fue poético, sino porque fue esencialmente analítico. Aun el ajedrez era demasiado poético para él; le desagradaba porque había demasiados caballeros y castillos, como en un poema. Abiertamente manifestó su preferencia por las damas, que sobre el damero parecían el punteado de un diagrama. Quizás el ejemplo más contundente es este: que sólo un gran poeta inglés se volvió loco, William Cowper. Y decididamente, fue llevado a la locura por la lógica; por la extraña lógica de la predestinación [2]. La poesía no fue su enfermedad sino su remedio; la poesía, en parte conservó su salud. Por algunos momentos, pudo olvidar el rojo y sediento infierno al que lo empujaba su horrendo necesitarismo, entre las extendidas aguas y los lirios blancos del Ouse. Cowper fue condenado por Juan Calvino y casi fue salvado por Juan Gilpin.
En todas partes, vemos que el hombre no enloquece por soñar. Los críticos son mucho más locos que los poetas. Homero, es bastante tranquilo y completo; son sus críticos que lo destrozan en jirones de extravagancia. Shakespeare, fue perfectamente él mismo; sólo algunos de sus críticos descubren que Shakespeare fue otro. Y San Juan Evangelista, no obstante haber visto en su visión muchos monstruos extraños, no vio criatura alguna tan salvaje como uno de sus comentaristas.
Un exceso de “razón”.
El hecho general es claro. La poesía es cuerda, porque flota sin esfuerzo en un mar infinito; la razón [3] pretende cruzar el mar infinito y hacerlo así finito.
El resultado es la exterminación mental; como lo fue la extenuación física para el señor Holbein.
Aceptarlo todo, es un ejercicio; entenderlo todo, es un esfuerzo. Lo único que desea el poeta, es exaltación y expansión, un mundo para explayarse.
El poeta sólo pretende entrar su cabeza en el cielo.
El lógico es el que pretende hacer entrar el cielo en su cabeza. Y es su cabeza la que revienta.
Es un detalle, pero no insignificante, que este asombroso error se halla comúnmente apoyado en una citación tergiversada.
Todos hemos oído citar la celebrada frase de Juan Dryden: «el gran genio es aliado de la locura». Pero Dryden no dijo que el gran genio fuera aliado de la locura. El mismo Dryden era un genio y sabía mejor. Sería difícil encontrar un hombre más romántico y más sensato. Lo que Dryden dijo, fue esto: «El gran sabio está frecuentemente próximo a la locura», y eso es cierto. Es exclusivamente la gran agilidad intelectual, lo que peligra desequilibrarse. También la gente podría recordar, a qué clase de hombre se refería Dryden. No se trataba de un visionario ajeno a este mundo como Vaughan o Jorge Herbert.
Hablaba de un cínico hombre de mundo, un escéptico, un diplomático, un político práctico. Esos hombres, ciertamente están próximos al desequilibrio. Su incesante investigar en el cerebro propio y en el ajeno, es oficio peligroso. Siempre es peligroso para la mente penetrar la mente. Una persona espiritual preguntó por qué decíamos «loco como un sombrerero». Una persona más espiritual, podría haber respondido que el sombrerero es loco, porque debe tomar las medidas de la cabeza humana.
Y si los grandes razonadores con frecuencia son maniáticos, es igualmente exacto que los maniáticos son grandes razonadores.
Cuando me hallaba embarcado en una controversia con el “Clarion”, sobre el tema de la voluntad libre, el eficiente escritor señor R. B. Suthers [4] dijo, que la voluntad libre, era lunatismo, porque implicaba acciones inmotivadas, y las acciones del lunático son sin causa. No me ocupo aquí de un lapsus desastroso para la lógica determinista. Evidentemente, si una acción, aun la acción de un lunático, puede ser inmotivada, se acaba el determinismo.
Porque si un loco puede interrumpir la cadena de causalidad, también puede interrumpirla un hombre aunque no sea loco. Pero mi objeto es destacar algo más práctico. Tal vez fuera natural que un moderno marxista ignorara todo lo referente a la voluntad libre. Pero sería ciertamente extraño que un marxista moderno ignorara todo lo que se refiere a los lunáticos.
«Todo está conectado, oculto a simple vista».
Lo último que se podría decir de un lunático, es que sus acciones son inmotivadas. Si algunos actos humanos pudieran ser irreflexivamente llamados «sin motivo», esos serían los insignificantes actos del hombre cuerdo, que silba al caminar; roza el césped con su bastón; golpea los talones y se frota las manos. Es el hombre contento el que hace las cosas inútiles; el hombre enfermo no es bastante fuerte para ser un ocioso.
Esas acciones sin causa y descuidadas, son precisamente las que un loco no podría comprender nunca, porque el loco (como el determinista) tiene demasiado en cuenta las causas de todo. Esas actividades huecas, tienen para un loco significado de conspiración. Pensará que rozar el pasto, es atentar contra la propiedad privada. Pensará que golpear los talones, es una señal convenida con un cómplice. Si por un instante el loco se volviera descuidado, se volvería cuerdo. Todo el que haya tenido la desgracia de hablar con gente que se hallara en el corazón o al borde del desequilibrio mental, sabe que su característica más siniestra, es una horrible lucidez para captar el detalle; una facilidad de conectar entre sí dos cosas perdidas en su mapa confuso como un laberinto. Si ustedes discuten con un loco, es muy probable que lleven la peor parte en la discusión; porque en muchas formas, la mente del loco es más ágil y rápida, al no hallarse trabada por todas las cosas que lleva aparejadas el buen discernimiento. No lo detiene el sentido del humor o de la caridad o las ya enmudecidas certezas de la experiencia. El loco es más lógico, por carecer de ciertas afecciones de la cordura. La frase común que se aplica a la insania, desde este punto de vista es errónea. El loco no es el hombre que ha perdido la razón. Loco es el hombre que ha perdido todo, menos la razón.
Las explicaciones que un loco da sobre algo son completas y con frecuencia, en un sentido estrictamente racional, hasta son satisfactorias.
O para hablar con más precisión, la explicación del insano si bien no es concluyente, es por lo menos irrefutable; y esto puede observarse en los dos o tres casos más comunes de locura.
Si un hombre dice (por ejemplo) que los hombres conspiran contra él, no se le puede discutir más que diciendo que todos los hombres niegan ser conspiradores; que es exactamente lo que harían los conspiradores. Su exposición concuerda con los hechos tanto como la de ustedes. O si un hombre dice que es el legítimo Rey de Inglaterra, no es una respuesta adecuada decirle que las autoridades lo catalogan loco; porque si realmente fuera Rey legítimo de Inglaterra, eso posiblemente sería lo más sabio que atinaran a hacer las autoridades existentes. O si un hombre dice que es Jesucristo, no es una respuesta decirle que el mundo niega su divinidad; porque el mundo niega también la divinidad de Cristo.
Por qué el lunático está equivocado.
Sin embargo, ese hombre está equivocado. Pero si intentamos exponer su error en términos exactos, veremos que no es tan fácil como pudimos suponerle. Tal vez lo más aproximado que podríamos hacer, es decir esto: que su mente actúa en un círculo perfecto pero estrecho. Un círculo pequeño es tan infinito como uno grande; pero a pesar de ser tan infinito, no es tan amplio. Del mismo modo, la explicación del insano es tan completa como la del sano, pero no tan vasta. Una bala es redonda como el mundo, pero no es el mundo.
Hay algo así como una amplia universalidad; y algo así como una estrecha y restringida eternidad. Lo podemos ver en muchas religiones modernas.
Ahora, hablando externa y empíricamente, podemos decir que la más consistente e inconfundible seña de locura, es esta combinación entre la integridad lógica y la contracción espiritual. La teoría del lunático, explica un vasto número de cosas, pero no explica esas cosas en forma vasta. Quiero decir que si ustedes, o yo, lidiáramos con una mente que se vuelve mórbida, lo indicado sería no tanto ofrecerle argumentos como darle aire para convencerla de que existe algo más limpio y fresco, fuera de la sofocación de un único argumento. Supongamos que fuera, por ejemplo, el primer caso típico que mencioné: el caso de un hombre que acusara a todo el mundo de conspirar contra él. Si pudiéramos expresar nuestros profundos sentimientos de protesta, apelando contra tal obsesión, supongo que le diríamos algo así:
«Oh; admito que usted tiene su caso y que lo siente de corazón, y que muchas cosas son como usted dice. Admito que su explicación explica muchas cosas, pero ¡cuántas cosas no explica! ¿No hay en el mundo más historia que la suya; y todos los hombres se ocupan de usted? Suponga que demos por sabido los detalles; tal vez cuando aquel hombre en la calle se hizo el que no lo veía, fue por astucia; tal vez si el agente le preguntó su nombre, lo hizo porque ya lo sabía. Pero ¡cuánto más contento estaría si le constara que esa gente no se ocupa en absoluto de usted! ¡Cuánto más grande sería su vida si usted se empequeñeciera en ella! ¡Si pudiera mirar a los otros hombres con curiosidad y gusto comunes, si pudiera verlos paseando como pasean su radiante egoísmo y su varonil indiferencia! Comenzarían a interesarlo porque vería que no se interesan en usted. Se evadiría de ese teatro vistoso y mezquino en el que siempre se representa su dramita personal, y se encontraría bajo un cielo más despejado, en una calle llena de espléndidos desconocidos».
O supongamos que fuera el segundo caso de locura, el del hombre que reclama la corona; el impulso de ustedes sería contestarle:
«Está bien; tal vez usted sepa que es el Rey de Inglaterra pero, ¿por qué se preocupa? Haga un esfuerzo magnífico, sea un ser humano y mire de arriba a todos los reyes de la tierra».
O podría ser el tercer caso, del loco que se cree Cristo. Si dijéramos lo que sentimos, diríamos:
«¡Así que usted es el Creador y el Redentor del mundo! ¡Pero qué mundo pequeño debe ser! Qué cielo más pequeño debe habitar con ángeles no tan grandes como mariposas. ¡Qué aburrido ser Dios! ¡Y un Dios inadecuado! Realmente, no hay vida más plena ni amor más maravilloso que el suyo; y en realidad ¿es en su mezquina y penosa compasión que toda carne debe depositar su fe? ¡Cuánto más feliz sería si la masa de un Dios más grande, pudiera deshacer su pequeño cosmos, desparramara las estrellas como si fueran pajas, y lo dejara en la inmensidad abierta, libre como otros hombres de mirar hacia arriba y hacia abajo!».
Expulsando un demonio.
Y hay que recordar que la ciencia más puramente práctica ataca desde este punto de vista al mal mental; no intenta discutirlo como una herejía sino simplemente quebrarlo como un encantamiento. Ni la ciencia moderna ni la religión antigua creen en la completa libertad del pensamiento. La teología reprime ciertos pensamientos que llama blasfemos. La ciencia reprime ciertos pensamientos que llama morbosos. Por ejemplo, algunas sociedades religiosas, más o menos exitosamente quieren alejar al hombre del pensamiento sexual. La nueva sociedad científica, intenta alejarlo del pensamiento de la muerte; que es un hecho, pero es considerado como un hecho morboso.
Y atendiendo a aquellos cuya morbosidad tiene un dejo de manía, la ciencia moderna se preocupa de la lógica, mucho menos que un derviche en pleno baile. En esos casos, no es suficiente que el hombre desgraciado desee la verdad; debe desear la salud. Nada puede salvarlo excepto una ciega ansiedad de normalidad. Ningún hombre debe creerse a salvo del desequilibrio mental; porque es el órgano que actúa el pensamiento el que se vuelve enfermo; ingobernable, como si fuera independiente. Sólo puede salvarlo la voluntad o la fe. Desde que empieza a actuar su razón, actúa en la antigua ruta circular; girará en torno de su círculo lógico, igual que un hombre en un coche de tercera clase de Inner Circle [circunvalación en torno de los Jardines de la Reina María en el Parque Regente de Londres, N. del T.], girará en torno de Inner Circle, hasta que realice el voluntario, vigoroso y místico acto, de bajarse en la calle Gower [calle donde queda el Colegio Universitario de Londres, cercana al Museo Británico, N. del T.]. Aquí, la decisión lo es todo; una puerta debe cerrarse para siempre. Cada remedio, es un remedio desesperado.
Cada cura, es una cura milagrosa. Curar a un hombre no es discutir con un filósofo, es arrojar un demonio.
NOTAS
[1] En un artículo de noviembre de 2020, el profesor Roberto de Mattei afirmó que quienes se mostraban escépticos sobre las mascarillas y los confinamientos eran «francamente ridículos», dominados por la emoción y la imaginación, y que padecían enfermedades mentales. Escribió:
«Según ellos, el coronavirus no es más que una simple gripe, y las medidas recomendadas por gobiernos tanto progresistas como conservadores en todo el mundo, como el confinamiento, el uso de mascarillas y el distanciamiento social, son instrumentos y símbolos de esta conspiración para destruir la libertad individual y, en última instancia, exterminar a toda la humanidad».
Él tergiversa la información sobre aquellos que no cumplen con su estándar de evidencia como historiador, afirmando que no tienen nada que ver con la «tradición del pensamiento católico», que están gobernados por emociones e imaginación y que sufren una especie de enfermedad mental llamada “apofenia”:
«Debemos afirmar categóricamente que estas hipótesis no guardan relación alguna con la gran tradición del pensamiento católico, que, al abordar la existencia de una conspiración anticristiana, fundamenta cada afirmación con documentación precisa y, sobre todo, jamás sustituye la fe y la razón por la imaginación. La impresión que a veces se tiene es la de estar ante el fenómeno de la disonancia cognitiva, donde la realidad se deforma por un estado emocional de apofenia, un estado psíquico que busca establecer conexiones significativas entre acontecimientos desprovistos de cualquier relación causal».
En otro artículo, titulado “Conspiraciones verdaderas y falsas en la historia” y publicado en Corrisponenza Romana en enero de 2021, comparó ciertas conspiraciones que habían sido expuestas con amplia documentación, con aquellas que no lo habían sido:
«La existencia de esta tradición conspirativa está documentada y es indiscutible. Las pruebas existen. Entre los historiadores, católicos o anticatólicos, de derecha o de izquierda, puede haber divergencia en la interpretación de los hechos, pero no en su realidad.Por el contrario, la característica de las falsas teorías de la conspiración es que no pueden ofrecer ninguna documentación ni certeza. Para compensar su falta de pruebas, utilizan la técnica de la narración, que apela más a las emociones que a la razón, y seduce a quienes, por un acto de fe, ya han decidido creer en lo descabellado, impulsados por el miedo, la ira y el rencor. Estos sentimientos se fomentan en tiempos de crisis, como está ocurriendo en la pandemia del Coronavirus, que actualmente se está desarrollando […].La existencia de una conspiración que busca la destrucción de la Iglesia y la civilización cristiana no necesita nuevas teorías, pues la historia ya la ha demostrado; tampoco necesita secretismo, puesto que la Revolución actúa ahora con audacia y abiertamente. Además, es fundamental un criterio. La única conspiración que merece la pena combatir es la de las fuerzas de la oscuridad contra la Iglesia católica. Todo lo demás es secundario».
Resulta difícil comprender cómo alguien puede plantear tales argumentos de buena fe. Si bien ha identificado correctamente un fenómeno —el «pensamiento narrativo» que subyace a ciertas teorías conspirativas—, es absurdo pensar que debamos negar la existencia de cualquier conspiración que aún no se haya probado de forma concluyente, o que debamos actuar con prudencia en tales casos. En muchos casos, dicha evidencia documental no está disponible desde el principio, cuando la desobediencia o incluso la resistencia pueden ser más necesarias. A veces, dicha evidencia no aparece hasta décadas después. Este criterio hace que la posibilidad de autodefensa contra los conspiradores dependa de su incapacidad para mantener sus planes en secreto. Pero esto es absurdo.
Si se aplicara a la vida cotidiana, este tipo de razonamiento podría prohibir cerrar con llave (o incluso clausurar) la puerta principal sin documentación que demuestre que la casa será asaltada esa noche. Cerrar la puerta con llave como medida de precaución, según el criterio de De Mattei, equivaldría a participar en una falsa teoría de la conspiración, basada en un razonamiento narrativo.
De igual modo, la idea de que «la única conspiración que merece la pena combatir es la de las fuerzas de la oscuridad contra la Iglesia Católica» es absurda. Implicaría que no vale la pena luchar contra un grupo de hombres que conspiran para destruir un negocio, robar objetos de un museo o cometer cualquier otro delito. Dice que «todo lo demás es secundario», pero que algo sea secundario no significa que no merezca la pena combatirlo.
[2] Chesterton escribió este texto siendo no católico. La doctrina católica implica la predestinación, aunque en un sentido distinto al de Juan Calvino, a quien critica aquí.
[3] O mejor aún, racionalismo.
[4] Robert Bentley Suthers fue un periodista socialista.














