Una cosa no
quieren ahora los liberales que se diga: y es que la muerte del Conde de
Cavour fue un castigo de Dio y un aviso a sus cómplices. Que aquella
muerte fuera para la Italia liberal una grande desventura, esto lo
conceden fácilmente los liberales. Mas que esta desventura proceda de
Dios justamente airado por tantos delitos, esto no lo quieren conceder
absolutamente; y por cuanto pueden prohíben que se diga, y si pudiesen,
prohibirían también que se pensase tal. Que Dios proteja a la Italia
porque permite un momentáneo triunfo a sus devastadores, esto los
liberales permiten que se diga, y pretenden aún que se cante cuando
encuentran a quien lo quiera cantar; pero que Dios castigue a la Italia
liberal cuando fulmina de muerte repentina e inesperada a su héroe,
mientras precisamente tantas iglesias cristianas se hacen eco aun de las
preces sacrílegas, donde la hipocresía liberal las había profanado,
esto no quieren los liberales que se diga. Quisieran los liberales que
la ley de no intervención, si pudiesen, se aplicase también a la
Providencia.
Aunque se haya muerte que lleve
clarísimamente la impronta de una venganza celestial, esta es la muerte
del Conde de Cavour. Apenas seis meses ha que él interrogaba a la Cámara
sarda, diciendo: «¿Sabéis qué sucederá en Europa dentro de seis
meses?». Y el ministro intentaba prometer que dentro de seis meses
vendría a Roma. Pero en cambio dentro de aquel tiempo Dios quiso que
Cavour estuviese en el sepulcro. En la misma Cámara sarda y en los
diarios de su partido, él dejaba entrever no oscuramente la rea
esperanza de un pronto cambio de Pontificado. Pero en su lugar Dios
quiso que sucediese un cambio de gobierno en Turín. Robado el suyo al
Papa, se pretende que el clero engañase a los fieles, invitándoles a
agradecer impíamente a Dios en sus mismos templos por la sacrílega
rapiña. Y aquellos cánticos aún no habían acabado, que ya a los Te Deum sucedían, y Dios quería que no con igual hipocresía, los De profúndis. Tanto es verdad que extréma gáudii luctus occúpat!
Queriendo después el Gobierno sardo vengarse del clero católico, que,
en su inmensa mayoría, no quiso el dos de Junio prostituir su
ministerio, dirigió sus represalias contra el mismo Cristo Sacramentado;
casi entendiendo que Cristo era precisamente el enemigo con que tenía
que enfrentarse, y prohibió que las autoridades constituidas asistiesen a
la solemne procesión del Corpus Christi. Pero el mismo día del Corpus Christi
caía enfermo el Jefe del Ministerio sardo, y pocos días después,
aquellas autoridades constituidas procedían tristemente a la solemnidad
de sus funerales.
Cayó pues enfermo el Conde de Cavour el día del Corpus Christi;
y al comienzo parecía poca cosa su enfermedad. Recayó gravemente en la
aurora del día dos de Junio, cuando toda la Italia liberal se preparaba
para festejar oficialmente, como mejor podía, su informe unidad. Murió
la octava del Corpus Christi, día de aniversario en Turín del célebre milagro, por el cual Turín se llama la ciudad del Santísimo Sacramento [1].
Ahora,
he aquí lo que sobre esta muerte se nos escribe desde Turín en nuestra
acostumbrada correspondencia: «La muerte del Conde de Cavour es el hecho
capital de estos últimos días, y por esta comienzo mi correspondencia.
El 27 de Mayo el señor [Urbano] Rattazzi, presidente de la Cámera, abría
a expensas del pueblo las salas del Parlamento a reunión vespertina,
invitando a muchísimas personas. Y el Conde de Cavour tomaba gran parte
en la conversación, y era el alma y el ídolo de la sociedad.
Sobrepasados apenas los cincuenta años, y de robustísima salud, parecía
que debía tener una vida larga. La tarde del 29 de Mayo, después de
haber almorzado, estaba fumando un cigarro en el balcón de su casa,
cuando improvisamente cayó como muerto. Lo transportaron al lecho, le
hicieron muchas sangrías y parecía que se recuperaba. Pero el 2 de
Junio, fiesta de la Unidad nacional, se agravó en muerte, y la mañana
del 6 no era más. Él murió el día del milagro del Santísimo Sacramento
acaecido en Turín en 1453; milagro el cual, que sus amigos solían
ridiculizar, el Municipio turinés este año no festejar más interviniendo
en la Procesión. Tuvo Turín en aquel día que cerrar las bodegas para
deplorar la muerte del Conde de Cavour, mientras que no quiso cerrarlas
para agradecer y honrar a Jesucristo Sacramentado. El Municipio, que no
quiso intervenir en la Procesión del Corpus Christi, debió intervenir en
los funerales del Conde de Cavour. Diríase lo mismo de los magistrados.
Un miembro de la Magistratura decía alegre a un amigo mío: «Este año no
vamos a procesión». Empero que el Ministro había hecho una circular en
la cual liberaba a los magistrados de la obligación de tomar parte en la
procesión del Corpus Christi. Después de los funerales del Conde de
Cavour este mi amigo encontró al Magistrado y le dijo: «¡Sin embargo,
fuiste a procesión!». Y él enmudeció.
El
Párroco de la Virgen de los Ángeles, a cuya parroquia pertenecía el
Conde de Cavour, era el padre Ignacio de Montegrosso, hombre de mucha
piedad, de gran doctrina y de coraje heroico. Pero por esto viene
perseguido, expulsado de Turín y relegado en Cúneo. La Parroquia no tuvo
en adelante párroco propiamente dicho, sino un rector en la persona del
padre Santiago de Poirino. Este acostumbraba muy familiarmente la casa
Cavour, tanto que fue llamado al lecho del moribundo. ¿Se confesó este?
No se sabe. La tarde del 5 de Junio se llevó solemnemente el Sagrado
Viático al Conde de Cavour. ¿Lo recibió? No se sabe. Lo que se sabe,
está en el contenido de la carta que el marqués Gustavo de Cavour ha
dirigido al Nationalités, en respuesta a la Gazette de France. He aquí la carta traducida del texto francés:
«Turín, 20 de Junio. Señor Redactor. El artículo de la Gazette de France,
que Vd. me envió, contiene graves inexactitudes sobre las
circunstancias que han acompañado los actos religiosos con que mi amado
hermano quiso consagrar los últimos momentos de su carrera mortal. Es
absolutamente falso que él haya hecho, o le fuese impuesta antes de su
muerte, una retractación formal en presencia de dos testigos. Es falso
también que fuese pedida por telégrafo a Roma una última absolución al
Sumo Pontífice. Es falso que nuestro curato, que lo ha asistido
amablemente en su lecho de muerte, sea poco después llamado a Roma. Este
digno eclesiástico, al cual mi hermano concedía mucha estima y
simpatía, no ha dejado Turín desde el día fatal del 6 de Junio, y
celebrará mañana en su iglesia parroquial un servicio solemne en memoria
de su antiguo parroquiano. Agradezco, señor, la expresión de mis
sentimientos de perfecta consideración. G. de Cavour». [2]
Así
como la población fue altamente golpeada por la muerte del Conde de
Cavour, así los revolucionarios buscaron distraerla de este pensamiento
con la pompa de los funerales, que se celebraron solemnísimamente la
tarde del 7 de Junio. Pero salido de casa el cadáver, vino de agua el
diluvio, y el cielo no se serenó sino cuando las exequias fueron
acabadas. L’Opinione dijo que también el Cielo lloraba al ilustre
extinto. Si no lloviese, habría escrito que el bello sol de Italia
iluminaba por última vez aquellas reliquias. La Majestad del Rey ofreció
las tumbas reales de Superga para acoger los restos del Conde de
Cavour; pero la familia rehusó y, según sus deseos, fue sepultado en el
castillo de Santena perteneciente a la misma. En los dos días siguientes
a la muerte de Cavour, Turín fue dominada por un grave terror. Se
estableció hacer una demostración contra L’Armonia, suponiendo que iba a hablar mal del difunto. En cambio, L’Armonia
hizo elogios, porque siéndole llevado el Santísimo Sacramento, supuso
que se había retractado como era necesario. Y después las laudes de L’Armonia
consideraban algunos hechos particulares, que ella relataba, y no se
podían extender más allá de aquellos hechos. De todos modos, la
revolución estuvo muy contenta por aquellas loas, y mostró que ella
misma apreciaba los juicios del honesto y católico diario. Tales y
tantas fueron las ventas de aquel número de L’Armonia, que las copias se vendían hasta a dos liras».
Hasta
aquí nuestro corresponsal. Y aquí por mucho idas ahora escabullidas,
gracias a la carta del señor Marqués Gustavo, todas las esperanzas de
los buenos, los cuales creyeron por un instante que el Conde de Cavour
se hubiese retractado. En tales esperanzas, aunque fuesen tan tenues,
todos los católicos participaron, hasta que no las disipó la evidencia
en contrario. Y así como esta evidencia no se tenía cuando fue escrito y
publicado el folio precedente de este cuaderno, por eso en el artículo
aquí sobre impreso habrán visto nuestros lectores algunos indicios. Pero
ahora, después de la carta del Marqués Gustavo, es demasiado evidente
que Cavour murió sin querer, y tal vez sin poder, hacer nada de lo que
el Sumo Pontífice Pío IX ordenó que todos los confesores requiriesen de
sus penitentes puestos en las circunstancias de Cavour. La orden del
Santo Padre está en la
Bula de excomunión mayor,
lanzada el día 26 de Marzo del año pasado contra cuantos cooperaron
para invadir y usurpar el Estado Pontificio. Y no será mal copiar
nuevamente aquí algunas partes:
«Ítaque (dice el
Sumo Pontífice) ítaque, post Divíni Spíritus lumen privátis públicisque
précibus implorátum, post adhíbitum seléctæ VV. FF. NN. S. R. E.
Cardinálium Congregatiónis consílium, Auctoritáte Omnipoténtis Dei et
Ss. Apostolórum Petri et Páuli ac Nostra dénuo declarámus, eos omnes,
qui nefáriam in prædíctis Pontifíciæ Nostræ Ditiónis Provínciis
rebelliónem et eárum usurpatiónem et invasiónem et ália hujúsmodi, de
quíbus in memorátis Nostris Allocutiónibus die XX Júnii et XIVI
Septémbris superióris anni conquésti sumus, vel, eórum áliqua
perpetrárunt, ítemque ipsórum mandántes, fautóres, adjutóres,
consiliários, adhæréntes vel álios quoscúmque prædictárum rerum
executiónem quólibet prætéxtu et quóvis modo procurántes, vel per
seípsos exequéntes, Majórem Excommunicatiónem, áliasque censúras ac
pœnas ecclesiásticas a sacris Canónibus, Apostólicis Constitutiónibus,
et Generálium Conciliórum, Tridentíni præsértim (Sess. XXII, Cap. XI de
reform.) decrétis inflíctas incurrísse, et si opus est, de novo
Excommunicámus et Anathematizámus; item declarántes, ipsos ómnium, et
quorumcúmque privilegiórum, gratiárum, et indultórum sibi a Nobis, seu
Románis Pontifícibus Prædecessóribus Nostris quomódolibet concessórum
amissiónis pœnas eo ipso páriter incurrísse; nec a censúris hujúsmodi a
quóquam, nisi a Nobis, seu Románo Pontífice pro témpore existénte
(prǽterquam in mortis artículo, et tunc cum reincidéntia in eásdem
censúras eo ipso quo convalúerint) absólvi ac liberári posse; ac ínsuper
inhábiles, et incapáces esse, qui absolutiónis benefícium consequántur,
donec ómnia quomódolibet attentáta públice retractáverint,
revocáverint, cassáverint, et aboléverint, ac ómnia in prístinum statum
plenárie et cum efféctu redintegráverint, vel álias débitam, et
condígnam Ecclésiæ ac Nobis, et huic Sanctæ Sedi satisfactiónem in
præmíssis præstíterint: Ídcirco illos omnes étiam specialíssima mentióne
dignos, nec non illórum successóres in offíciis a retractatióne,
revocatióne, cassatióne et abolitióne ómnium, ut supra, attentatórum per
se ipsos faciénda, vel álias débita et condígna Ecclésiæ, ac Nobis, et
dictæ Sanctæ Sedi satisfactióne reáliter et cum efféctu in eísdem
præmíssis exhibenda, præséntium Litterárum, seu álio quocúmque prætéxtu,
mínime líberos et exémplos, sed semper ad hæc obligátos fore et esse,
ut absolutiónis benefícium obtínere váleant, eárundem tenóre præséntium
decérnimus et páriter declarámus» [Por estas causas, después de haber
invocado al Espíritu Santo por medio de rogativas públicas y
particulares, despues de haber consultado a una escogida Congregación
Cardenales, Nuestros Venerables Hermanos: por la Autoridad del Dios
Todopoderoso, por la de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo, y por la
Nuestra, declaramos, que todos los que se han hecho culpables de la
rebelión, de la invasión, de la usurpación y otros atentados, de que Nos
quejamos en Nuestras susodichas Alocuciones de 20 de Junio y 26 de
Septiembre; todos sus afiliados; fautores; consejeros o adherentes;
todos los que, en fin, han facilitado la ejecución de esas violencias, o
las han ejecutado por sí mismos, han incurrido en Excomunión Mayor y
otras censuras y penas eclesiásticas decretadas por los Santos Cánones y
Constituciones Apostólicas, por los Decretos de los Concilios
Generales, y particularmente del Santo Concilio de Trento, (Ses. XXII de
reforma), y en caso necesario los Excomulgamos y Anatematizamos de
nuevo, declarándolos desde luego, privados de todo privilegio e indulto
concedido, de cualquier manera que sea, tanto por Nos, como por Nuestros
Predecesores; queremos que no puedan ser desligados ni absueltos de
estas censuras por otra persona que Nos o Nuestro Sucesor (excepto sin
embargo en el artículo de la muerte, volviendo a caer en las censuras,
si convaleciesen); los declaramos incapaces e inhábiles para recibir la
absolución hasta que hayan públicamente retractado, revocado, borrado y
anulado todos sus atentados, hasta que hayan plena y efectivamente
restablecido todas las cosas en su primitivo estado, y hayan previamente
satisfecho a la Iglesia, a la Santa Sede, y a Nos por medio de una
penitencia proporcionada a sus crímenes. Por esto es, por lo que
establecemos y declaramos, por el tenor de las presentes, que no
solamente los culpables, de que se hace mención especial, sino que ni
sus sucesores a los puestos que ocupan, podrán jamás en virtud de las
presentes, bajo cualquier pretexto que sea, creerse exentos y
dispensados de retractar, revocar, borrar y anular lodos sus atentados,
ni de satisfacer real y efectivamente ante todo, y como conviene a la
Iglesia y a Nos; queremos al contrario, que por el presente y para el
porvenir conserve esta obligación su fuerza, si es que alguna vez
quieren obtener el beneficio de la absolución].
Estando
en las voces más ciertas que ahora corren, parece que Cavour, mientras
que tuvo el uso de la razón, no pensó ni en la muerte, ni en el
confesor, ni en los sacramentos, sino en los negocios. Perdido de hecho
el uso de la razón, y desesperado de los médicos y ya medio cadáver,
llegó el que hacía función de párroco, llamado por la familia, el cual
le llevó el Santísimo Sacramento. El cual fue enseguida llevado a la
cámara con nuevo rito, pero no se ha podido dar al enfermo. Y esto por
dos razones. Primero porque ninguna liturgia, ninguna moral, por más
relajada que sea, permiten que se dé el Santísimo Sacramento a quien
esté en delirio. Segundo, porque aun cuando el Conde hubiese sabido lo
que hacía, no habiéndose retractado, estaba notoriamente golpeado por la
excomunión mayor e incapaz de todo sacramento.
De
la muerte del Conde de Cavour una cosa sola es cierta: que él murió sin
retractarse. De resto, no se sabe nada. ¿De qué enfermedad murió él?
Quién dice de apoplejía, quién de tifo, quién de podagra, quién, como L’Opinione,
de enfermedad misteriosa. Los unos lo hacen morir de dolor, muerto por
una carta de Napoleón III que negaba reconocer el reino de Italia. Ha La Nazione
de Florencia, extrañamente a sus costumbres, inclinado más que todo a
creer que murió de consolación, muerto por una carta de Garibaldi. «De
persona dignísima de fe me viene comunicado (escribe a La Nazione
el día 13 de Junio un corresponsal suyo de Turín) que, pocos días antes
de la enfermedad del Conde de Cavour, el General Garibaldi le escribió
una carta absolutamente amigable, tanto que el Ministro no podía volver
en sí». Y de hecho nunca volvió en sí.
Pero
estas son noticias para poner juntos con todas aquellas otras de los
tantos discursos que Cavour pronunció en sus últimas horas: si
creyésemos a los diarios, Cavour nunca habría hablado tanto como en el
artículo de muerte. No hay cosa útil de saberse o decirse que él,
estando a los folios, no había dicho o por locura o en delirio.
Los
liberales, que tenían una gran ira por desfogar, no pudiéndola tomar
con Dios que está demasiado arriba, habían querido tomarla con sus
ministros en la tierra, si la Providencia no hubiese permitido que el
clero, primero en Turín y luego en otras partes, fuese engañado sobre la
cualidad de la muerte de Cavour. Nosotros no queremos aquí hacer juicio
sobre quién fue causa del engaño, y podremos aún decir, del escándalo.
Pero lo cierto es que los liberales habrían sufragado el alma de su jefe
con nuevos sacrilegios y con nuevos delitos, si hubiesen hallado en el
clero la menor oposición a rendir al cadáver de Cavour aquellos fúnebres
honores que la Iglesia niega a quien muere, al menos con todas las
apariencias exteriores, fuera de su seno.
El
efecto producido por esta muerte en la Italia liberal no se puede
expresar sino con decir lo que es verdadero en todos sentidos; esto es,
que los liberales han perdido la cabeza. No entretendremos a nuestros
lectores con el largo catálogo de los honores que se rindieron a la
memoria del difunto, o se están rindiendo, en toda ciudad y en toda
tierra del país sometido al Gobierno sardo, y a la influencia liberal
por toda Europa. El Rey de Cerdeña ofreció a Cavour la tumba en Superga,
junto a las de los Príncipes de su casa que no reposan en Altacomba
vendida por Cavour a la Francia. Muchos otros ilustres cementerios
italianos se ofrecieron a albergar los restos del ministro. Los
monumentos que a su memoria se quieren elevar hasta ahora son
muchísimos. Sobre ellos la adulación contemporánea pondrá muchos y
distintos epígrafes: mas la historia imparcial se contentará de
escribir: «deshizo el Piamonte, no hizo la Italia».