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viernes, 27 de julio de 2018

OTRAS PLUMAS: “EXPULSADO DEL CAMINO NEOCATECUMENAL POR DEFENDER LA FE”

Tomado de ADELANTE LA FE. El firmante de la carta identifica como la Iglesia Católica a la iglesia conciliar del Vaticano II porque reconoce a Wojtyla como Papa, la cremación, la nulidad matrimonial, la PNF y el propio Camino Neocatecumenal como instituciones válidas, pero igual es un testimonio que reseñar porque confirma las conclusiones a las que ha llegado el sacerdote italiano Enrico Zoffoli CSP al señalar que el Camino Neocatecumenal es una secta herética.
“EXPULSADO DEL CAMINO NEOCATECUMENAL POR DEFENDER LA FE”
Soy un padre de familia, de 59 años, que junto con mi esposa, hemos sido “expulsados” del camino neocatecumenal, después de unos 20 años en el mismo, por discutir al catequista los errores que estaba predicando a mazo y martillo, en contraposición a lo que se dice claramente en el catecismo católico.
  
Lo que me parece más lamentable aún, es que no se nos ha dado la oportunidad de abrir la boca, pues el estilo neocatecumenal es que el catequista habla (es la voz de Dios) y los demás, pobres pecadores incapaces de cambiar su triste condición, callan y obedecen. Pues bien sin mediar ni una visita, ni nada, ante mi postura de corregir lo que pensaba que era erróneo, se me expulsó, sin otra explicación. Pero no sólo eso, sino que desde entonces se han roto todos los lazos con la que era mi comunidad, en la que están padrinos de mis hijos por ejemplo, y no nos han llamado, ni siquiera cuando falleció una hermana de esta comunidad. Signos que denotan claramente el estilo del camino, que para nada se basa en los principios evngélicos sino en una obediencia ciega.
  
En primer lugar, quiero dejar bien claro que no estoy en contra de las personas que están en el camino, nosotros estuvimos unos 20 años firmemente convencidos, pensando hacer lo que agrada a Dios, obedeciendo en todo, según nos permitía la Gracia Divina y en ese tiempo hemos sido catequistas nosotros mismos, responsable y corresponsable y mi esposa lectora. Pero en cuanto hemos manifestado nuestra discrepancia con lo que pienso que son herejías dentro del camino, se nos expulsó. Por eso, quiero sobre todo con esta carta, advertir a las personas, que estén pensando entrar en el camino, o actualmente dentro de él y a los sacerdotes que piensen admitir el camino en su parroquia.
  
Continuando con mi experiencia, al principio me creía a pie juntillas lo que me decían mis catequistas, entre otras cosas por que se presentan como un grupo aprobado por la Iglesia y nuestra formación teológica era bastante escasa. Pero con el paso de los años, a medida que he ido profundizando en las enseñanzas de la Santa Iglesia Católica, se me hacía más evidente los errores que nuestros catequistas repetían sin cesar, y además me irritaba el hecho de que mis hermanos de comunidad vieran al resto de la iglesia con desprecio y un cierto aire de superioridad, todo lo que no sea camino, no vale.
  
De las primeras cosas que me chocaban era la consabida frase: hay que crucificar la razón. Esto me movió a estudiar las distintas encíclicas y enseñanzas de la iglesia, y efectivamente en la encíclica FIDES ET RATIO, lo que nos enseña el Santo Padre es que la razón y la fe son las dos alas que llevan al hombre a Dios. Por lo tanto pedía que los catequistas nos iluminaran y no que se limitaran a dar la perorata y exigir obediencia ciega, porque ellos dicen que el que obedece no se equivoca. ¿Acaso no obraron por obediencia los que crucificaron a Nuestro Señor Jesucristo? ¿O los que cometieron horribles crímenes en la segunda guerra mundial? Lo que más me maravillaba es que mis hermanos de comunidad no se planteaban ninguna duda, porque para ellos el catequista es el Profeta, y como él mismo dice, la voz de Dios. Siempre le he recordado a los catequistas que sólo el Papa, cuando habla ex cátedra, es infalible, y ellos no podían pretender ser la voz de Dios y ser infalibes, uno de los pilares en que se fundamenta el Camino.
  
A partir de ahí, fui poco a poco convenciéndome de que nos estaban adoctrinando paulativamente y convirtiéndonos en una secta. Sí, efectivamente una secta, pues se crea un sentido de identidad diferente dentro de la parroquia y de desprecio a las demás realidades, todos están equivocados menos nosotros, y todos están en contra nuestra.
  
Bajo la defensa de LA NUEVA ESTÉTICA se le da más importancia a los signos externos, que al sacramento en sí. Todos los cantos, la decoración de la asamblea (siempre repetida en todos los detalles, como si se tratara de una franquicia), de forma que nos hace sentirnos incómodos en otros sitios, con otra decoración. Y es que las iglesias son muy diferentes unas de otras, pero los salones celebrativos del camino, son todos una copia que parecen prefabricadas al estilo dictado por Kiko, según su nueva estética, pues de Kiko para abajo, nadie tiene capacidad para elegir unos cuadros o unas sillas distintas, todo tiene que ser como lo ha dicho Kiko, la corona mistérica de estilo ortodoxo, y las sillas de metacrilato a 70 € como nos obligaron a comprar, la alfombra azul como el cielo (se ve que Kiko ya ha estado en el cielo y ha vuelto), la cruz del camino, etc. Todo esto deja bien claro la reprogramación que se intenta con sus miembros y la nula libertad que tienen ni para elegir los adornos de sus iglesias. Evidentemente esto lleva a sentirse incómodo en otro sitio que no esté adornado como es norma en el camino, y a separarnos de todo lo demás de nuestra Parroquia.
  
Si no hay eucaristía según el rito neocatecumenal, pues entonces no se va a la de la parroquia, llamada misa en tono despectivo. Por tanto se suele decir: “esta semana no hay eucaristía sino sólo misa”. En este caso, lo normal es no ir a misa, pues nadie nos ha hablado de los mandamientos de la Santa Madre Iglesia, o todo lo más ir a otra parroquia donde haya Eucaristía del camino, con lo que se pone de manifiesto la nula comunión con el resto de la parroquia, pues se prefiere ir a otra parroquia, en la que sí haya Eucaristía neocatecumenal.
  
Por otra parte se va creando una dependencia de los catequistas, a los que se pide consejo antes de casarse, y por supuesto deben ser los dos del camino, o si no, el que esté fuera, que empiece el camino. A una hija mía le pusieron trabas para continuar el noviazgo, por que el chico católico practicante, no estaba en el camino.
  
En cambio la obediencia al sacerdote no tiene ninguna importancia, y si se busca consejo de alguno, insisten los catequistas que no vayamos a cualquier cura sino a un cura de fe, que quiere decir “un cura proclive al camino”.
  
Esta separación del resto de la parroquia también queda patente por ejemplo en la celebración del triduo pascual, que se hace en la comunidad y no en la parroquia, pues es del todo absurdo prentender el apaño que se le ha ocurrido a los iniciadores, de ir a la Parroquia y luego al de la Comunidad. Yo estuve caminando con dos comunidades, y por lo tanto tenía que ir (y además tonto de mí, obedecía), durante el triduo a tres celebraciones el mismo día, que era el de mi comunidad, el de la otra comunidad, de la que era el reponsable y por último al de la parroquia.
  
Igual podríamos decir de lo que es válido en la Iglesia, pero no es aceptado en el camino, por ejemplo, la incineración de los difuntos, la declaración de matrimonio nulo, la paternidad responsable, etc. En este último punto vemos cómo se mira con desprecio la enseñanza de la Humánæ vitæ, diciendo que la utilización de los tiempos fértiles para el distanciamiento del nacimiento de los hijos, cuando los padres lo ven necesario, por motivos graves, viene a ser el preservativo de la iglesia, y se les anima a mujeres que ya han tenido cuatro hijos por cesárea, a que se abran a la vida para tener más hijos, cuando el consejo médico ha sido todo lo contrario.
  
HEREJIAS DEL CAMINO NEOCATECUMENAL
Bueno, y dicho todo esto, voy a hablar de lo más grave, lo que creo que son HEREJÍAS que se enseñan en el Camino, por lo que más que Católicos, creo que se asemejan a los Protestantes:
  • La razón está irremisiblemente perdida. Se desprecia a la razón, puesto que la naturaleza humana, “totalmente destruida”, no puede encaminarse hacia lo bueno, sólo el Catequista con su discernimiento, es la voz de Dios, y nos dirá qué debemos hacer, aunque no lo entendamos. Nos dicen en tono de burla que somos los hermanos topitos, cuando decimos “que una cosa no la vemos así”, que somos topitos, que basta con que el catequista lo vea y tenemos que obedecer, porque el que obedece no se equivoca. 
  • Desprecio a las obras y a la ley. Nuevamente de estilo protestante es su manera de pensar, estamos predestinados para la salvación siempre que permanezcamos en la comunidad, porque es sólo la Gracia la que salva, sin necesidad de las obras, puesto que la naturaleza humana destruida (que no dañada), como dice el catecismo, no puede hacer lo bueno. 
  • Pierde importancia el pecado. El pecado es imposible de evitar. A lo largo del Camino, se enseña que la conversión es reconocer nuestros pecados, iluminados por la enseñanza de las Escrituras, pero no podemos cambiar hasta quince minutos después de muertos. Es decir, no tenemos que esforzarnos en la Santidad, no podemos ser buenos, somos pecadores, con ello se forja un sentido de baja autoestima, que pondera más el poder del catequista sobre los demás, como si no fuera él también un pecador. A mí personalmente, esto me ha horrorizado, pues el acumular pecados es estupendo pues significa que tu vida ha sido iluminada, y lo contrario significa que aún no te has convertido. 
  • No se anima a la confesión. En la eucaristía comulga todo el mundo, y se ve como una cosa normal, y solamente se organiza una Celebración Penitencial, dos o tres veces al año, en la que asiste toda la Comunidad, y debido a la escasez de sacerdotes, se insiste en que sea una cosita rápida y sin entretenerse. 
  • No es necesaria la expiación por los pecados. Los pecados ya han sido per-donados por Jesucristo, por lo que no hay un sentimiento de culpa, solamente reconocerlos y ya está. Muchas veces se ha dicho que el camino es necesario porque nuestra fe de primera comunión es como un traje que se nos ha quedado pequeño, y necesitamos aumentarla. Pues bien, a mí para la primera comunión se me enseñó mucho más que en los veinte años de camino. Nunca escuché decir que antes de confesar, había que hacer examen de conciencia, dolor de los pecados, propósito de enmienda, decir los pecados al confesor y cumplir la penitencia, por ejemplo, o cuales son las virtudes cardinales, o las obras de misericordia, o la diferencia entre pecado venial o pecado mortal, o los mandamientos de la Santa Madre Iglesia, y así se votan a los catequistas, porque “sienten a Dios”, pues lo importante es tener un conocimiento existencial de Dios, y se desprecia toda formación intelectual.
 
EXPULSION FULMINANTE DEL CAMINO, POR CUESTIONAR AL CATEQUISTA
El punto clave ha sido cuando el catequista, llegados al paso del Padre Nuestro, nos ha dicho a toda la comunidad en pleno que somos hijos del diablo, citando el versículo de Juan 8, 44. Porque continuó diciendo: “o somos hijos del diablo o somos intrínsecamente malos; si somos intrínsecamente malos, no tenemos solución, pero si somos hijos del diablo el Señor podrá salvarnos”. Esto nos la ha repetido por dos años, textualmente, hasta en tres veces. La primera vez, me quedé estupefacto, pero luego me puse a estudiar los Evangelios y el catecismo, y para nada veía que nos podía llamar “hijos del diablo”, pues esto estaba dirigido a los dirigentes judíos que lo buscaban para matarlo y nosotros como cristianos bautizados, somos hijos adoptivos de Dios, y por lo tanto no solo nos ofendía a nosotros sino a la Iglesia y al Espíritu Santo. Y para mi asombro, sin más respuesta, se me expulsó de forma fulminante, durante un año ¿o querría decir para siempre?
  
A esto le pregunté que por qué pecado me expulsaba, pues he sido testigo de adulterios mantenidos y públicamente sabidos, o incluso insultar al presbítero mientras oficiaba la misa, y en estos casos no hubo expulsión, pero por qué nos expulsó a nosotros, no quiso responderme.
   
El problema es que todo esto se va conociendo con el paso de los años, cuando se hacen los distintos pasos, pues todo lo que se dice en ellos es secreto. Son los MAMOTRETOS u orientaciones para las catequesis que sólo conocen los catequistas, y no enseñan ni siquiera a los párrocos.
   
CONSEJOS PARA LOS PÁRROCOS
A los presbíteros que de buena fe estén contemplando solicitar el camino para sus parroquias, le quiero hacer unas consideraciones a reflexionar.
  
1) “El Camino es un itinerario válido de iniciación Cristiana”. Esta frase es uno de los máximos logros conseguidos por los iniciadores del camino, para conseguir introducirse como un virus dentro de las parroquias, haciendo ver que gozan en todo del beneplácito del Papa.
  
Un virus engaña al sistema inmune para que no lo reconozca como extraño, y una vez dentro de la célula, utiliza parasitariamente todos los sistemas celulares para una única función, replicarse a sí mismo, hasta que acaba por matar a la célula infectada.
  
Una vez aclarado por qué pienso que es un virus dentro de la Iglesia, continuaré con lo de “itinerario de iniciación cristiana”.
  
¿De verdad se puede pensar que son necesarios más de 20-30 años, para llegar a ser cristianos? ¿Cuánto tiempo tarda un seminarista en ser ordenado sacerdote? ¿Es que acaso los sacerdotes aún no son cristianos?
  
Es evidente que no, ese tiempo es necesario para realizar la reprogramación de sus miembros, convertirlos en una secta, apartarlos de su vida anterior, sus hábitos anteriores, sus amistades, sus familias, su forma de pensar, etc. En ese tiempo no van a adquirir muchos conocimientos, ni van a realizar obras de misericordia, solo van a hacer actividades dentro de sus grupos neocatecumenales, para escuchar siempre las mismas frases, e ir teniendo poco a poco más dependencia psicológico-afectiva de la comunidad y del catequista. A la vez, que pasa a segundo plano los sacerdotes y el resto de la Iglesia.
  
Este itinerario no tiene como finalidad producir cristianos para integrarlos a la parroquia, sino producir neocatecúmenos que llamen a más neocatecúmenos, y permanecerán para siempre recluidos dentro de su comunidad, y obedeciendo a los iniciadores del camino, a través de sus catequistas. Mirarán con desprecio al resto de la iglesia, que son de religiosidad natural, y también a los que pertenecieron al camino y lo dejaron en algún momento, pues aunque estén en la parroquia, hablarán de ellos como que “están en el mundo”.
  
2) Cuando el camino entra en una parroquia, el control absoluto lo tiene el catequista itinerante, pues el párroco no conoce los DIRECTORIOS CATEQUÉTICOS que tiene el catequista (conocido como los MAMOTRETOS), que en los Estatutos del 2002, se ponía al párroco como garante de que se desarrollaría conforme a la Doctrina de la Iglesia, pero esto fue corregido en los Estatutos definitivos del 2008, en los que se pone en esa función al Obispo. Pero el Obispo, evidentemente no va a poder estar presente en los Pasos y demás momentos en los que el catequista enseña la Teología Kikiana, sin que nadie le pueda contradecir.
  
3) Mienten descaradamente cuando dicen en sus estatutos, que una vez terminado el camino, los catecúmenos quedarán a disposición del obispo y el catequista queda liberado, como lo son por ejemplo los catequistas de confirmación, pues podemos ver cómo una vez terminado el camino, los neocatecumenales siguen en su misma situación, encerrados dentro de su comunidad, realizando sus ritos, y a las órdenes del catequista itinerante y de Kiko.
  
CONSEJOS A LOS QUE ESTÁN EN EL CAMINO 
No está en mi intención ofender a las personas que están en el camino, pero les pediría que estudiasen el Catecismo, y se pregunten si:
  
1) El Catequista puede pretender ser la voz de Dios para mandarnos obedecer sin entender las cosas. El Catecismo dice que el Director Espiritual debe llevar al catecúmeno a que tenga un encuentro con Dios, en cambio el catequista nos hace creer que él es Dios.
  
2) El estar en el camino no garantiza la salvación, sino realizar obras de misericordia: Mt. 25, 33-46. No debemos confundir el camino, que es un medio para llegar a ser cristiano, con el fin, pensando que si estamos en el camino, ya tenemos garantizada la salvación. Cuando yo he salido del camino, pero dentro de la Iglesia Católica, los catequistas me han dicho que “estaba en el mundo” y que me iba a condenar.
  
3) El hombre no solo puede mejorar y ser cada vez más bueno, sino que con la ayuda del Espíritu Santo está llamado a la Santidad, y nuestra misión evangelizadora es para con todos y se hace tanto en el trabajo, como en la escuela, en el hospital, en casa, y no sólo cuando el catequista llama a empezar otra remesa de evangelización para hacer otra comunidad.
  
En fin, todo esto está en el catecismo, y también se pueden consultar las encíclicas, sobre todo no os dejéis engañar por la frase de que “el Señor os ha llamado a este camino, y no podéis desertar”, esa es otra de las mentiras que usan para no dejar irse a los que ven que todo esto es un engaño y una tortura psicológica. Ánimo, pues la Iglesia es mucho más que la visión miope que tiene el camino Catecumenal, y fuera de vuestra reducida comunidad, también hay vida.
 
José Manuel García Ortiz

miércoles, 15 de noviembre de 2017

“LOS TESTIGOS DE JEHOVÁ QUERÍAN ROBARME LA FE CON MENTIRAS”

Historia tomada de APOLOGÉTICA CATÓLICA.
   
Mi historia comienza en 1986. En ese tiempo tenía poco conocimiento bíblico. Al principio, me visitaban los publicadores y, como les preguntaba mucho, me enviaron al siervo ministerial, y por último al anciano. El anciano me agradó, pues pregunta que le hacía, respuesta que me daba; aunque en varias ocasiones no estuve de acuerdo. Además, tenía la costumbre de darme un texto bíblico al retirarse. El primero que me dio y me impresionó fue el de Números 6, 24 que es una bendición. Bueno, con este texto bíblico se ganó mi confianza. Pero me daba cuenta de mi ignorancia religiosa, ¿y cómo defender algo que desconozco? Por eso, me animé a investigar.
   
Fui con mi madrina de primera comunión que es catequista, me prestó un libro. Este libro hablaba de varias denominaciones religiosas, entre ellas, la secta de los testigos de Jehová. Pero el libro sólo tenía un resumen de su historia y de su doctrina. Fue allí donde me enteré que ellos no creen en la divinidad de Jesucristo, en la cruz, en el alma, etc. Con estos datos tomé la decisión de retirarlos. El domingo en la mañana era el día de la visita pues sólo ese día tenía yo libre. Cuando se presentaron le dije al anciano: “Ustedes no creen que Jesucristo sea Dios”. El anciano me respondió: “Nosotros creemos que Jesucristo es un dios”. Esto me confundió pues había leído lo contrario en el libro; lo que no había notado era la forma en que me lo dijo. ¡Claro que creen que Jesucristo es un ser divino! Pero no creen que sea el verdadero Dios. Con el tiempo entendí esto y pensé que el libro estaba equivocado.
  
Revisándolo de nuevo, dije al anciano el domingo siguiente: “ustedes no creen en el alma”. Me respondió: “Nosotros sí creemos en el alma” y hasta me dio un ejemplo: -“Si veo que tienes zapatos y te digo que no tienes zapatos te estoy mintiendo. ¡Claro que creemos en el alma!”. Nuevamente quedé confundido, todavía no había notado la intención del anciano. Quería mostrarme la doctrina de los testigos parecida a la de los católicos. ¡Claro que creen en el alma! Pues creen que la persona es un alma, mas no creen que el alma sea inmortal. Pero, ¿cómo descubrir la diferencia? Empecé a creer que los testigos y católicos tenían algunas creencias parecidas y eso me dio confianza para aceptar su insistente invitación al Salón del Reino.
  
Pero el siguiente domingo, cuando llegó el anciano le dije: “Para mí, Jesucristo es mi única esperanza”. Respondió: “¿Es tu única esperanza? Mira, nos estamos retirando pues nos espera otra persona pero quiero que leas 1 Corintios 15, 19. Al momento que se empiezan a retirar, encuentro el texto. La sorpresa fue muy grande, sentí que mi fe católica se empezaba a derrumbar, pues acababa de decirle al anciano que Jesucristo es mi única esperanza y la Palabra de Dios me decía lo contrario. Leí varias veces el versículo y no podía creerlo. Hasta que leí todo el capítulo 15 de Corintios me di cuenta del error, me había torcido el texto. Hay un dicho que dice: “texto sin contexto es puro pretexto”. Pablo habla de la resurrección de los muertos pues algunos corintos no lo creían (1 Co. 15, 12). San Pablo hace un juego de palabras: “Si Cristo no resucitó, como creen algunos, entonces: si solamente para esta vida tenemos puesta nuestra esperanza en Cristo, ¡somos los más dignos de compasión de todos los hombres!” (Biblia de Jerusalén). El verso 20 me dio más luz: “Pero no, Cristo resucitó de entre los muertos como primicias de los que durmieron” [BJ]. Ese “¡pero no!” me hizo leer todo el capítulo 15.
  
Así me di cuenta que los testigos no tienen la verdad pues la verdad no se defiende a base de mentiras. Con el tiempo leyendo la Biblia, me encontré con 1 Timoteo 1, 1: “Pablo, apóstol de Cristo Jesús, por mandato de Dios nuestro Salvador y de Cristo Jesús nuestra esperanza”(BJ). El mismo Pablo se incluye diciendo “nuestra” esperanza. La Biblia no se contradice. Después e esto, el anciano no volvió a mi casa. Aunque, después de varios años que lo volví a ver, le pregunté sobre el texto y me dijo que no se acordaba. Lo último que supe de él es que ya no era anciano. Bueno, a los dos que me visitaban, les dije que ya no quería seguir estudiando, pero que antes de retirarlos quería hacerles algunas preguntas, una de las cuales incluía que Jesucristo era mi única esperanza. Y me volvieron a dar el mismo texto. Decepcionado, les dije que se retiraran y que deseaba estudiar la Biblia por mí mismo sin influencia de ellos. Pero me empezaron a meter miedo diciéndome que el Armagedón estaba a la vuelta de la esquina y que en cualquier momento me sorprendería “investigando”. Les dije que aceptaba las consecuencias pero que ya no quería por el momento que me siguieran visitando.
   
Lo que viví no quiero que les pase a otras personas. Es horrible sentir que tu fe se derrumba pero molesta que te la quieran robar a base de mentiras.
 
Mario Vera Montalvo.

martes, 27 de octubre de 2015

DEJÓ LA SECTA MORMONA (Lástima que acabó siendo ateo)

POR QUÉ DEJÉ LA IGLESIA MORMONA
  
Por Richard Packham
  
Dejé la Iglesia Mormona en 1958, cuando tenía 25 años de edad. Eso fue hace mucho tiempo: David O. McKay era el profeta, vidente y revelador. Solamente había ocho templos y ninguno tenía proyector de película. Cada barrio tenía su propio lugar de reunión, la Escuela Dominical era a las 10:30 a. m., y la reunión sacramental era a las 7:00 p m. No había negros en la iglesia (al menos ninguno estaba visible). Los garments (trajes de investidura) eran de una sola pieza. La ceremonia de investidura del templo aun tenía los castigos de muerte, el ministro, los cinco puntos de la hermandad. Aun estaban perdidos los rollos de papiro del Libro de Abrahán. Los misioneros nuevos aprendían el idioma del país que eran asignados, llegando dos semanas antes.
   
¿Por qué, después de todos estos años, debo estar todavía preocupado por el mormonismo? ¿Por qué no he terminado con esa lejana parte de mi pasado, dejándola atrás?
  
Hay varias razones:
  
Primera, desciendo de una larga líneas de fieles mormones. Todos mis ancestros, en cada rama de mi familia, de cuatro, cinco y seis generaciones, fueron mormones. Los mormones y su historia son mi herencia. Es mi única herencia. Es de donde provengo. Ninguno de mis ancestros mormones fueron grandes o famosos, pero he leído sus historias y fueron gente buena. Fueron fieles, trabajadores, y merecen mi respeto. La historia de mi familia está inevitablemente entrelazada con la historia de los mormones, su migración a UTAH y el establecimiento en las montañas del oeste. No puedo ignorar al mormonismo ni a la Historia Mormona sin olvidar mi pasado.
  
Segunda, en mi familia aún son mormones fieles, casi todos, incluso mis padres, mis hermanos y hermanas, mis hijos mayores, mis nietos, mis sobrinas y sobrinos. Sus vidas están permeadas por sus creencia mormonas. Su existencia diaria está entrelazada con las actividades del quehacer de la iglesia, todos sus amigos son mormones, sus temores y esperanzas son temores y esperanzas mormonas. No puedo ignorar el mormonismo sin ignorar las vidas de quienes amo.
   
Tercera, la iglesia mormona se está volviendo más importante y más poderosa en nuestra sociedad. En mi estado (que, a diferencia de Utah, no se considera como un estado “mormón”) es ahora la segunda denominación religiosa más grande. Nuestro actual Senador es un mormón devoto. Los mormones ocupan influyentes posiciones en nuestros gobiernos estatal y nacional, más allá de la proporción a su población en los Estados Unidos. La iglesia se ha convertido en una empresa financiera súper rica, con negocios de billones de dólares y propiedades por todo el país –un hecho del que la mayoría de los no mormones no está consciente- con un amplio (usualmente invisible) margen de influencia sobre muchos aspectos de la vida norteamericana. Sus ingresos se estiman, de fuentes fidedignas, en millones de dólares por día, no solamente de sus miles de negocios sino también de sus miembros fieles, a quienes se requiere que donen, un mínimo del diez por ciento de todos sus ingresos, a la iglesia.
  
La iglesia mormona se jacta de su rápido crecimiento. Este crecimiento, además de su postura a favor de las familias grandes, se debe a que mantiene un gran cuerpo de misioneros voluntarios de tiempo completo, que son una fuerza de ventas bien entrenado y totalmente adoctrinado, cuyo único propósito es traer más gente a la iglesia. Su meta no es convertir, sino enrolar; no enriquecer las vidas, sino bautizar; no salvar las almas pecadoras, sino agrandar las listas de miembros. Esta fuerza misionera no está dirigida por cuidadosos clérigos, sino por exitosos hombres de negocios, porque el esfuerzo misionero mormón es un negocio, y uno muy exitoso, cuando se le juzga por las normas de negocios. Pero la meta última de la iglesia, declarada públicamente por los primeros líderes José Smith y Brigham Young (pero no tan públicamente mencionada por los líderes mormones más recientes), es establecer el Reino Mormón de Dios en América y gobernar al mundo como los representantes nombrados por Dios. La iglesia ya es influyente para hacer política, como se demostró no hace mucho cuando se derrotó la Enmienda de Igualdad de Derechos, con la ayuda decisiva de la iglesia mormona.
  
Para mí, la posibilidad de que la iglesia mormona pueda controlar a Estados Unidos es una perspectiva aterradora. Esas son algunas de las razones más importantes de por qué aun estoy vitalmente interesado en el Mormonismo y la iglesia SUD.
  
Los mormones le dirán que el mormonismo es un modo de vida maravilloso, que trae felicidad a su existencia mortal y, si nos lo ganamos por medio de la fe y la obediencia, el gozo final (y “el poder y dominio”) en la siguiente. Las promesas y esperanzas que da a sus creyentes son atrayentes e inspiradoras. Entonces, ¿por qué rechacé eso? Aquí está la narración de mi propio viaje a través (y, finalmente, fuera de) del mormonismo.
   
Mi infancia mormona fue muy feliz, con padres y familia amorosa y alimentadora. Éramos “especiales” porque teníamos “el evangelio,” es decir el mormonismo. En mi pequeño pueblo al sur de Idaho, los mormones éramos fácilmente el grupo social y políticamente dominante. Sentíamos pena por aquellos que no eran tan afortunados, por la razón que fuera, de ser bendecidos con el evangelio. Nuestras vidas se centraban en la iglesia. Teníamos registros perfectos de asistencia a todas nuestras reuniones. Estudiábamos nuestros manuales de lecciones. Era una vida maravillosa. Maravillosa porque teníamos el Evangelio, por el que agradecíamos a Dios varias veces al día, en cada oración y en cada bendición pronunciada sobre nuestros alimentos.
  
Los adolescentes mormones participábamos en actividades escolares, por supuesto, con no mormones, pero también teníamos nuestros propios eventos patrocinados por la iglesia, que eran tan buenos o mejores. En realidad, los buenos adolescentes mormones no tenían citas con no mormones, por el peligros de “involucrarse seriamente” con un no mormón, lo que conduciría a la tragedia de un “matrimonio mixto” que no podría ser solemnizado en el templo, y que finalmente significaría la pérdida eterna de la posibilidad de entrar al grado más alto de gloria en el cielo, el reino celestial. Ninguno de nosotros se atrevía a arriesgar eso.
 
Así mi novia de la secundaria era una chica buena y fiel mormona. Nos enamoramos profundamente y éramos devotos uno del otro sin arriesgarnos en alguna actividad física inmoral más allá de besos y abrazos. cuando ella se graduó de la secundaría y yo estaba en mi tercer año en la Universidad Brigham Young, vírgenes los dos nos casamos en una hermosa ceremonia en el Templo de Idaho Falls y tuvimos dos bebés. Éramos la joven pareja mormona ideal.
   
Disfruté mis cuatro años en BYU, rodeado de devotos compañeros estudiantes y enseñado por maestros devotos y educados. Un profesor de geología también era miembro de nuestro barrio. Yo aprendía sobre la edad de la tierra, como lo enseñan la mayoría de los geólogos. Un domingo le pregunté, en la iglesia, cómo reconciliaba las enseñanzas de su ciencia con las enseñanzas de la iglesia (que decía que la tierra fue creada hace como 6000 años). Contestó que tenía dos compartimientos en su cerebro: uno para la geología y uno para el evangelio. Estaban completamente separados y no permitía que uno influyera sobre el otro. Esto me molestó, pero no pensé más sobre ello.
   
Después de mi graduación en la Universidad Brigham Young se me ofreció una beca en la Universidad Northwestern para trabajar sobre una maestría. Así que mi joven esposa y yo, con dos (en ese entonces) bebés, nos cambiamos a Evanston, Illinois, y por primera vez en mi vida estuve rodeado de no mormones. Era el único mormón en mi programa universitario. Esto no me intimidó en lo más mínimo. Sentía que era suficientemente inteligente, suficientemente conocedor de la religión, y suficientemente entrenado en habilidades oratorias (había sido campeón de debates en la secundaria) para discutir, defender y promover mi religión con cualquiera. Pronto encontré interesados. Como no era secreto que me había graduado en BYU, muchos de mis compañeros estudiantes tenían preguntas sobre el mormonismo. Eran preguntas amistosas, pero desafiantes. Por primera vez en mi vida tuve la oportunidad de esparcir el evangelio. Era excitante. Tuve algunas discusiones maravillosas. Incluso mis profesores estaban dispuestos a escuchar, así eduqué a mi profesor de ligüística sobre el alfabeto Deseret y a mi profesor de literatura alemana sobre las semejanzas entre la visión del mundo de Goethe y José Smith. Algunos de mis compañeros estudiantes, sin embargo, tenían tratados y otra literatura sobre los mormones que habían obtenido de sus propias iglesias. Me hicieron preguntas que fui incapaz de contestar satisfactoriamente porque estaban basadas en hechos que desconocía. Nunca había escuchado de las pandillas de ejecutores Danitas, sobre la doctrina de la Expiación de Sangre o sobre la doctrina de Adán-Dios. ¿De dónde procedían estas horribles acusaciones?
  
Me di cuenta que, para poder defender al mormonismo, tendría que conocer lo que sus enemigos decían sobre él, así estaría preparado con los hechos apropiados. Nunca había sido un ávido estudiante de la historia de la iglesia, aunque había obtenido las más altas calificaciones en el curso de seminario de historia de la iglesia, en el tercer año de secundaria. Es decir, ¿qué era más importante conocer sobre la historia de la iglesia, además del relato de cómo José Smith tuvo sus visiones, obtuvo las planchas, las tradujo, y cómo Satanás había perseguido a los Santos hasta que llegaron a Utah? Estaba más interesado en la doctrina: la Verdad, como era enseñada por los profetas. La Verdad, eterna e inmutable.
    
Pero ahora comencé a leer la historia de la iglesia, tanto las historias auténticas publicadas por la iglesia, como las espantosas mentiras y distorsiones publicadas por sus enemigos. ¡Qué diferentes eran! Casi era como si los autores de cada campo escribieran sobre sucesos diferentes. Y la biblioteca de la universidad, donde pasé gran cantidad de tiempo, parecía tener más de las últimas que de las primeras.
    
Después de un año obtuve mi maestría en Alemán y acepté un empleo de maestro en Ogden, Utah. Regresamos a Sión y tuvimos nuestro tercer hijo.
   
En Ogden encontré por primera vez los escritos de los mormones fundamentalistas, que creen que José Smith y Brigham Young fueron profetas verdaderos, pero que la iglesia desde entonces –especialmente desde que abandona la práctica de la poligamia- está en apostasía. Entonces estudiaba extensamente las doctrinas y la historia de la iglesia y parecía que los fundamentalistas tenían mucha información histórica que no era accesible de ninguna otra manera. Por ejemplo, en gran medida se basaban en el Diario de Discursos, una obra de muchos volúmenes que contiene prácticamente todos los sermones predicados por los líderes de la iglesia en los primeros treinta o cuarenta años después de llegar a Utah. Supe que, hace muchos años, cada hogar mormón tenía una copia de esta obra. Pero luego los líderes de la iglesia decidieron que no era necesario que los miembros la tuvieran y ordenó que se entregaran todas las copias. Se volvió una rareza. ¿Por qué? Toda obra anti mormona que he leído se basa mucho sobre citas de los sermones del Diario de Discursos. Pero los actuales líderes de la iglesia casi nunca lo mencionan. ¿Por qué? Me molestaba, pero lo hice a un lado.
   
Cuando vivía en Ogden, un editor fundamentalista sacó una reimpresión facsimilar del Diario de Discursos completo, en pasta dura, por $250 dólares. Si no hubiera sido un pobre maestro de escuela, lo hubiera comprado, porque ansiaba poder leer las sabias palabras de los primeros líderes. Pero la pregunta de por qué esta obra fue suprimida por la iglesia aun me molestaba. Hice a un lado la idea.
   
Una de las acusaciones hechas por las obras anti mormonas que había leído era que Brigham Young enseñó que Dios le había revelado que Adán era, de hecho, Dios el Padre. Para sostener esto citaban los sermones de Brigham Young en el Diario de Discursos. ¡Si solamente pudiera verificar esto por mí mismo! Recordé un comentario extraño hecho un día después de clase por Sydney B. Sperry, el profesor de BYU y autoridad de los estudios sobre el Libro de Mormón y la Biblia. Había tomado con él una clase del Libro de Mormón y le admiraba grandemente. Un día dijo, misteriosamente, a un grupo pequeño de estudiantes que habían permanecido después de la clase: “¡Creo que, cuando lleguen al Reino Celestial, se sorprenderán grandemente al descubrir quién es Dios realmente!”
   
¡Vaya! Eso implicaba que el Dr. Sperry sabía un secreto que no muchos conocían; que los estudiantes no sabíamos realmente todo lo que debía saberse sobre esto; que los profetas no habían dicho todo. ¿Cuál podría ser ese secreto? Cuando investigué mas esto, y encontré una y otra vez las mismas palabras citadas de los sermones de Brigham Young en el Diario de Discursos, comenzaron a encajar: ¡Realmente Adán era Dios!
   
Después de dos años de enseñar en secundaria en Sión, me ofrecieron una beca para continuar mis estudios de posgrado en Baltimore. Aceptamos. De nuevo estuvimos rodeados por Gentiles, y de nuevo tuve una disponible una biblioteca de investigación.
    
Ciertos eventos en la historia de la iglesia comenzaron a molestarme. ¿Por qué había fracasado el Campamento Sión? ¿Por qué había fracasado el Banco de Kirtland? Ambas empresas fueron organizadas para beneficio de la iglesia por el profeta de Dios, quien prometió que tendrían éxito. Fue difícil evitar la conclusión que Dios no hacía mucho para dirigir los asuntos de su iglesia. Y, cuando lo pensaba, lo mismo podía decirse de los experimentos en la Orden Unida (teniendo toda la propiedad en común), el matrimonio plural, el alfabeto Deseret –todos los proyectos comenzaron con gran promesa, dirigidos por los líderes ungidos por Dios- y todos fracasaron y pronto fueron abandonados. Me molestaba, pero hice a un lado el pensamiento.
     
Lo que más comenzó a molestarme fue que la iglesia parecía no estar diciendo toda la verdad sobre muchos eventos en el pasado. La evidencia que leí parecía no dejar duda de que la iglesia había animado, si no es que organizado, a las pandillas ejecutoras llamadas Danitas o los Ángeles Vengadores. Demasiadas fuentes independientes y primarias testificaron de sus actividades. En esa época de mis investigaciones la verdadera historia de la masacre de Mountain Meadows se comenzaba a saber, una atrocidad que la historia oficial de la iglesia hizo pasar como obra de los indios, mientras que la culpa principal estaba sobre la iglesia. La misma masacre era bastante mala pero, para mí, el posterior encubrimiento de la iglesia fue peor, hasta donde concierne a la naturaleza divina de la iglesia. Me molestaba, pero hice a un lado el pensamiento.
    
Entre los papeles de mi abuelo, que sirvió en una misión en Inglaterra en 1910, encontré muchos folletos e impresos que había usado en su misión. Uno era la trascripción de un debate en 1850 entre John Taylor (entonces apóstol y en misión en Inglaterra) y un ministro metodista. Entre los temas discutidos en el debate estaba el rumor, común entonces, de que los mormones practicaban el matrimonio plural. Taylor negó vigorosamente los rumores como una mentira maligna y aseguró con firmeza, por su honor, que los mormones eran buenos monógamos. En ese mismo tiempo, Taylor mismo estaba casado con doce esposas vivas. En esa época todos los dignatarios de la iglesia tenían también esposas múltiples. ¿Cómo podía un profeta de Dios, mentir tan tranquilamente? Me molestaba, pero traté de hacerlo a un lado. El problema de Adán-Dios continuaba ocupando mi mente. Finalmente decidí tratar de resolver el asunto. Si la doctrina era verdadera, estaba dispuesto, como miembro fiel de la iglesia, aceptarla. Si no era verdadera, necesitaba una explicación sobre el hecho manifiesto de que Brigham Young (y otras autoridades de la iglesia en esa época) lo enseñaba firmemente. Así que redacté una carta para José Fielding Smith, a quien respetaba muchísimo y quien, en ese momento, era el Historiador de la Iglesia y Presidente del Quórum de los Doce Apóstoles. ¡Si solamente contestara mi carta! Le indiqué al Presidente Smith mi dilema: la evidencia parecía clara y incontrovertible de que Brigham Young había enseñado que Adán es Dios el Padre. Pero la iglesia actual no enseña esto. ¿Cuál es la verdad?
     
Secretamente pensaba (y quizá esperaba) que el Presidente Smith contestaría y diría algo como: “Querido Hermano, su diligencia y fe al investigar la verdad le ha llevado a un secreto precioso, no conocido por muchos; sí, puede tener la seguridad que el Presidente Young enseñó la verdad: Adán es nuestro Padre y nuestro Dios, y el único Dios con quien tenemos que tratar. La iglesia no proclame esta preciosa verdad porque no deseamos exponer los misterios de Dios a la mofa del mundo. Preserve esta verdad secreta como lo hace con los secretos de su investidura del templo.”
   
Recibí del Presidente Smith una respuesta corta y clara a mi carta. Era totalmente diferente de lo que hubiera esperado. Escribió que tal idea no era verdadera, no estaba en las escrituras y era completamente falsa. No se ocupó de la evidencia de que Brigham Young lo había enseñado. Ignoró todo el problema como si no existiera. Me molestó, pero traté de sacarlo de mi mente.
    
En esa época, en la universidad asistía a una clase de historia de la filosofía. Era fascinante. No tenía idea de que seres humanos ordinarios habían tenido tales pensamientos de algunas de estas cuestiones. Se me ocurrió que mi religión tenía abundancia de respuestas y explicaciones, pero proporcionaba esas respuestas incluso sin darse cuenta realmente cuáles eran las preguntas. Las respuestas que mi iglesia daba parecían más bien frívolas y superficiales, incluso sin tratar de los problemas realmente básicos. Fui introducido al estudio de la ética y me sorprendí de encontrar lo mismo: mi religión, que aseguraba ser la respuesta última, final y completa, no era ni una introducción a los grandes problemas éticos con los que los grandes pensadores habían lidiado durante cientos de años.
   
Sin embargo, permanecí como miembro fiel de la iglesia, cumpliendo con todas mis obligaciones en la iglesia, asistiendo a las reuniones, observando la Palabra de Sabiduría, usando mis garments del templo. Pero luchaba fuertemente para reconciliar las inconsistencias de la iglesia, las mentiras y el pasado dudoso, con mi fe en su divinidad. Fue en un momento singular, un día en la biblioteca de la universidad, cuando reflexionaba sobre este problema. Repentinamente me llenó el pensamiento: “Todos estos problemas desparecen tan pronto como te das cuenta de que la iglesia mormona es solo otra institución hecha por el hombre. Entonces todo de explica fácilmente.” Fue como una revelación. Súbitamente me dejó el peso y me llené de un sentimiento de gozo y alborozo. ¡Por supuesto! ¿Por qué no lo vi antes?
   
Corrí a casa para compartir con mi esposa el gran descubrimiento que había hecho. Le dije lo que había aprendido: ¡la iglesia no es verdadera!
    
Dio la espalda y subió las escaleras. Se negaba a aceptar cualquier cosa que dijera como crítica sobre la iglesia. Fue el principio del fin de nuestro matrimonio.
   
Traté de continuar con mis responsabilidades en la iglesia, principalmente como organista del barrio. Pero encontré más y más difícil sonar sincero al hablar en público, hacer oración en público o participar en las discusiones de la clase. En verano siguiente mi esposa llevó a Utah a los niños para una visita, y sentí que era tonto continuar usando los garments del templo. Y ¿por qué no beber una taza de café con los otros estudiantes, o un vaso de vino en una fiesta? Nunca en mi vida había probado café o alcohol, pero ahora no había razón, sentía, para privarme de esas cosas placenteras. El año siguiente fue una tregua armada en mi matrimonio.
   
Mi esposa me abandonó repentinamente, sin aviso, llevándose a los niños. Sus amigos en la iglesia le ayudaron en su huída, y regresó a Sión y se divorció de mí. Un último cartucho de intento de reconciliación fracasó cuando dijo que su regreso estaría condicionado en mi regreso a la fe. Me di cuenta que no podía hacerlo, sin importar cuanto quería conservar a mi familia. Por supuesto, obtuvo la custodia de los niños. Se casó de nuevo cuatro años después, su nuevo esposo un fiel poseedor del sacerdocio cuya esposa había abandonado la iglesia. (¡Qué irónico, que una iglesia que coloca un valor tan elevado a los lazos familiares, realmente destruye lo mismo que asegura promover!)
    
En los años desde que dejé la iglesia nunca he lamentado por un momento mi decisión (aparte del hecho que me ocasionó perder a mi esposa e hijos). El estudio posterior me ha dado cientos de veces más condenada información sobre la iglesia y su historia de lo que tenía en la ocasión de mi decisión original de dejarla. Muchos amigos mormones y miembros de la familia han tratado de convencerme de que cometí un error, pero cuando insisto que también escuchen lo que tengo que decir sobre mis razones para creer que la iglesia es falsa, pronto abandonan su intención, aunque les aseguro que mi mente está abierta a cualquier evidencia o razonamiento que pueda haber pasado por alto. Están convencidos que apostaté debido al pecado, falta de fe, obstinación, orgullo, sentimientos heridos, falta de conocimiento o comprensión, depravación, deseo de hacer el mal o vivir una vida de libertinaje. Ninguna de esas razones es correcta. La dejé por una razón solamente: la iglesia mormona no es guiada por Dios y nunca lo ha sido. Es una religión de origen 100% humano.
    
Mi esposa pensaba, creo, que ya que la iglesia me había enseñado a ser honesto, amoroso, fiel, trabajador y buen esposo, mi abandono de la iglesia significaría que pronto me convertiría en lo opuesto. Probablemente no estaba sola en creer que pronto yo sería perezoso, ateo, holgazán miserable, muerte por sífilis y alcoholismo en una edad temprana. Sin embargo, desde que dejé la iglesia mi vida ha sido rica y gratificante. He sido exitoso en mi profesión. Me casé con una chica amorosa, con creencias semejantes a las mías, y ahora tenemos dos hermosos hijos adultos a quienes, sin embargo, eduqué sin entrenamiento religioso y que son tan admirables seres humanos como cualquiera querría que fueran sus hijos. Hemos prosperado materialmente (probablemente más que la mayoría de mis buenos parientes mormones), y también nuestra vida ha sido rica de muchas otras maneras, rica en buenos amigos, en apreciación de la belleza que se encuentra en nuestro mundo. Hemos explorado todas las riquezas intelectuales y espirituales de nuestra herencia humana y nos beneficiamos de todo ello.
   
Y al envejecer también me doy cuenta que no temo a la muerte, aunque no tengo idea de qué esperar cuando venga. En ese aspecto, encuentro que diferente de muchos mormones que están desesperadamente preocupados de que no han sido suficientemente “valientes” en su devoción a la iglesia para calificar para el Reino Celestial. De nuevo, ¡qué irónico es que una iglesia que comienza por prometer a sus miembros tal gozo y felicidad, realmente les ocasiona tal pena y desesperanza!
    
Aun estoy orgulloso de mi herencia mormona. Todavía gozo haciendo mi trabajo de genealogía (tengo registros más completos que la mayoría de mis familiares mormones). Aun amo tocar y cantar esos viejos y conmovedores himnos mormones. Aun guardo un buen abastecimiento de alimento a la mano. Y todavía creo en el progreso eterno: las cosas se mantienen mejorando y mejorando.
    
Como posdata: El Apóstol Bruce R. McConkie admitió que Brigham Young enseñó que Adán era Dios, y que en verdad la iglesia había mentido sobre su propia historia. Dice que Brigham Young estaba equivocado, pero que ha ido al Reino Celestial; pero si usted cree lo que Brigham Young enseñó sobre eso, irá al infierno. El hecho de que la iglesia pueda poner un “giro positivo” sobre estos reconocimientos verdaderamente es un retroceso mental.
   
Traducido por: Max Ruiz M. Abril 2003

jueves, 14 de julio de 2011

MILAGROS DEL SANTO ESCAPULARIO CARMELITA

"Vuestro escapulario santo, escudo es tan verdadero que no hay plomo ni hay acero del que reciba quebranto; y puede, aunque es de lana, tanto, que vence al fuego y al hielo" 

Parte de los testimonios narrados en "Historias del Escapulario Carmelita" del Padre Howard Rafferty, O. Carm., publicadas por Aylesford, Darién, Illinois 60559 USA.

Conversión de un moribundo infiel

"Un sacerdote de Chicago fue llamado para ir a asistir a un moribundo que había estado lejos de su fe y de los sacramentos por muchos años. El moribundo no quiso recibirlo, ni hablar con el. Pero el sacerdote insistió y le enseñó el escapulario que llevaba. Le preguntó si le permitiría ponérselo. El hombre aceptó con tal que el sacerdote lo dejara en paz. Una hora mas tarde el moribundo mandó a llamar al sacerdote pues deseaba confesarse y morir en gracia y amistad con Dios"

El demonio odia el escapulario. 

 Un día al Venerable Francisco Yepes se le cayó el escapulario. Mientras se lo ponía, el demonio aulló: "¡Quítate el hábito que nos arrebata tantas almas!".

La Virgen lo salvó del fango

Un misionero Carmelita de Tierra Santa fue llamado a suministrar la unción de los enfermos en el año 1944. Notó que mientras caminaba, sus pies se hundían cada vez mas en el fango hasta que, tratando de encontrar tierra firme, se deslizó en un pozo de fango en el que se hundía hacia la muerte. Pensó en la Virgen y besó su hábito el cual era escapulario. Miró entonces hacía la Montaña del Carmelo gritando: "¡Santa Madre del Carmelo! ¡Ayúdame! ¡Sálvame!". Un momento mas tarde se encontró en terreno sólido. Atestiguó mas tarde: "Sé que fui salvado por la Santísima Virgen por medio de su Escapulario Carmelita. Mis zapatos desaparecieron en el lodo y yo estaba cubierto de él, pero caminé las dos millas que faltaban, alabando a María".

Salvados del Mar

En el verano de 1845 el barco inglés, "Rey del Océano" se hallaba en medio de un feroz huracán. las olas lo azotaban sin piedad y el fin parecía cercano. Un ministro protestante llamado Fisher en compañía de su esposa e hijos y otros pasajeros fueron a la cubierta para suplicar misericordia y perdón. Entre la tripulación se encontraba el irlandés John McAuliffe. Al mirar la gravedad de la situación, el joven abrió su camisa, se quitó el Escapulario y, haciendo con él la Señal de la Cruz sobre las furiosas olas, lo lanzó al océano. En ese preciso momento el viento se calmó. Solamente una ola más llegó a la cubierta, trayendo con ella el Escapulario que quedó depositado a los pies del muchacho.

Durante lo acontecido el ministro había estado observando cuidadosamente las acciones de McAuliffe y fue testigo del milagro. Al interrogar al joven se informaron acerca de la Santísima Virgen y su Escapulario. El Sr. Fisher y su familia resolvieron ingresar en la Iglesia Católica lo más pronto posible y así disfrutar la gran protección del Escapulario de Nuestra Señora.

Un Hogar Salvado del Fuego

En mayo de 1957, un sacerdote Carmelita en Alemania publicó una historia extraordinaria de cómo el Escapulario había librado un hogar del fuego. Una hilera completa de casas se habían incendiado en Westboden, Alemania. Los piadosos residentes de una casa de dos familias, al ver el fuego, inmediatamente colgaron un Escapulario a la puerta de la entrada principal. Centellas volaron sobre ella y alrededor de ella, pero la casa permaneció intacta. En 5 horas, 22 hogares habían sido reducidos a cenizas. La única construcción que permaneció intacta, en medio de la destrucción, fue aquella que tenía el Escapulario adherido a su puerta. Los cientos de personas que vinieron a ver el lugar que Nuestra Señora había salvado son testigos oculares del poder del Escapulario y de la intercesión de la Santísima Virgen María.

El Escapulario aviva el fervor de un militar

En Octubre de 1952, un oficial de la Fuerza Aérea en Texas escribió lo siguiente: "Seis meses después de comenzar a usar el Escapulario, experimenté un notable cambio en mi vida. Casi inmediatamente comencé a asistir a Misa todos los días. Durante la cuaresma viví fervorosamente como nunca lo había hecho. Fui iniciado en la práctica de la meditación y me encontré realizando débiles intentos en al camino de la perfección. He estado tratando de vivir con Dios y doy el crédito al Escapulario de María".

domingo, 3 de mayo de 2009

EXPASTOR: “EL DEMONIO ES PROTESTANTE” (Testimonio de mi conversión al Catolicismo)

Por Luis Miguel Boullón, tomado de APOLOGÉTICA CATÓLICA.
 
“El Demonio es protestante” , fue la primera frase que pronuncié, tras mi conversión, a quienes me escucharon por más de doce años como su pastor. El escándalo fue mayúsculo. Algunos ya habían notado que mis vacaciones fueron demasiado precipitadas y quizá hasta exageradamente prolongadas. Fueron unas vacaciones raras incluso para mi familia, que me veía reticente a las prácticas habituales en casa, como la lectura y explicación de la Biblia. Ya habíamos tenido demasiadas rencillas a causa de mis nuevos pensamientos.
  
“AL PRINCIPIO ERA EL VERBO”
Recuerdo vívidamente los primeros movimientos de rabia que tuve al leer un artículo en esta Revista que ahora aprecio tanto, como es la que me honra publicando este trabajo. Yo encontraba que la nota era demasiado radical en sus afirmaciones, demasiado rotunda para lo que yo estaba acostumbrado a leer. No me dejaba muchos ‘flancos’ descuidados por donde atacar. O refutaba el centro del asunto o no tenia sentido desmenuzar tres o cuatro aspectos como se me había enseñado a realizar de forma automática e inconsciente. Generalmente los católicos tienen como que una cierta vergüenza por mostrar todas las cartas sobre la mesa, y como no muestran todo con claridad, es muy fácil prender fuego a sus tiendas de campaña, porque dejan demasiados lados flojos.

En lo personal nunca recurrí a lo que ahora entiendo como “leyendas negras”, porque me parecía que era inconducente debatir basándome en miserias personales o grupales sin haber derribado la propia lógica de su existencia. Eso hice con algunas sectas o con temas como la evolución o algunos derechos humanos según se les entiende normalmente. Reconozco que muchos de los que en ese momento eran mis hermanos caen en ese error, tratando de derribar moralmente al “adversario” diciéndole cosas aberrantes sobre su fe. Pero basta un buen argumento, y bien plantado, para que uno se vea obligado a retirarse a las trincheras de la Biblia y no querer salir de allí hasta que el temporal que iniciamos se calme al menos un poco. Pero no nos funciona a todos el mismo esquema. Muchos no se rigen tanto por la razón como por el placer de vencer en cualquier contienda.

El artículo en cuestión me obligaba a pensar sólo con ideas, porque de eso trataba. Mi manual con citas bíblicas para cada ocasión me servía poco. Cualquier cosa que dijera sería respondida con otra. No era ese el camino.Creo haber estado meditando en el problema unas cinco o seis semanas. Hasta que resolví acudir a la parroquia católica que quedaba cerca de mi templo. El sacerdote del lugar se deshacía en atenciones cada vez que nos encontrábamos. La verdad es que él estuvo siempre mucho más ansioso de verme que yo de verle a él. En ocasiones nos veíamos forzados a encontrarnos en público por obligaciones propias del pueblo. Pero de ordinario no nos encontrábamos. Era lo que ahora se llama un “cura nuevo”, con una permanente guitarra en las manos y muchas ganas de acercarse a mí.
 
PRIMERA CONFESIÓN DE MALA FE
Yo aprovechaba –Dios me perdone– de sacarle afirmaciones que escandalizaban a mis feligreses. El pobre nunca entendió que el ecumenismo muchas veces sirve más para rebajar a los católicos que para acercar a los separados. Uno tiene la sensación de que si la Iglesia puede ceder en cosas tan graves y que por siglos nos separaron, entonces realmente no le importaba tanto como a nosotros, que jamás cambiaríamos una sola jota de la doctrina. Otra cosa que solía hacer –me avergüenzo al recordarla– era tirar a mis chicos a discutir con los de la parroquia. Los pobres parroquianos se veían en serios apuros en esas ocasiones. En el fondo yo me aprovechaba de que los chicos católicos estaban muy mal formados. Como comentábamos a sus espaldas: sólo van a la parroquia a divertirse, para repartir cosas a los pobres y para hacer ‘dinámicas de vida’, pero de doctrina y de Escrituras no saben nada.
  
Nos gustaba vencerlos con las cosas más tontas posibles. A veces surgían temas más sabrosos, pero con los argumentos normales bastaba para al menos hacerles callar. Esa tarde no estaba el sacerdote de siempre. Había sido removido de la parroquia por una miseria humana comprensible en alguien tan “cálido” en su manera de ser. Cayó en las redes del demonio bajo la tentadora forma de una parroquiana, con la que ni siquiera se casó.
  
A cambio del párroco de siempre salió a atenderme, con una cara menos complacida, un sacerdote viejo y de mirada penetrante. Lo habían ‘castigado’ relegándolo dándole el cuidado de la parroquia de nuestro pequeño pueblecito. En los últimos treinta años la población había pasado de mayoritariamente católica a una mayoría evangélica o no practicante. Yo generalmente acudía para refrescar mi memoria y cargarme de elementos que luego trabajaba como materia de mis prédicas, o para sondear la visión católica de alguna cosa.
  
El Padre M. no fue tan abierto. Me recibió con amabilidad, pero con distancia. Le planteé asuntos de interés común y me pidió tiempo para aclimatarse y enterarse del estado de la feligresía. Noté que habían sido arrancados varios de los afiches que nosotros les regalábamos cada cierto tiempo y que constituían verdaderos trofeos nuestros plantados en tierra enemiga. En verdad quedé un poco desarmado, pero logramos charlar casi de todo. Casi... porque en doctrina comenzó él a morderme. Yo comencé a responder como de costumbre, citando con exactitud una cita bíblica tras otra, para probarle su error o mi postura.
   
En un aprieto que me puso, le dije: “Padre M... comencemos desde el principio”. Y el varón de Dios, a quien supuse enojado conmigo, me dice: “De acuerdo: al principio era el Verbo y...”. Me largué a reír nerviosamente. Aparte de que me respondía con una frase utilizada en la Misa (al menos en la tradicional), ¡imitaba mi voz citando la Biblia! “Pastor Boullón”, me dijo luego, “no avanzaremos mucho discutiendo con la Biblia en mano. Ya sabe usted que el Demonio fue el primero en todo crimen... y por eso también fue el primer Evangélico”. Eso me cayó muy mal. ¡Me insultaba en la cara tratándome de demonio! Sin dejarme explicar lo que pensaba, se adelantó: “Sí... fue el primer evangélico. Recuerde que el Demonio intentó tentar a Cristo con ¡la Biblia en mano!”. “Pero Cristo les respondió con la Biblia...”. “Entonces usted me da la razón, Pastor... los dos argumentaron con la Biblia, sólo que Jesús la utilizó bien... y le tapó la boca”.
 
Tomó su Biblia y me leyó lo que ya sabía: que cuando el Señor ayunaba el demonio le llevó a Jerusalén, y poniéndole en lo alto del templo le repitió el Salmo XC, 11-12: “Porque escrito está que Dios mandó a sus ángeles que te guarden y lleven en sus manos para que no tropiece tu pie con alguna piedra”. Pero el Señor le respondió con Deuteronomio VI, 16: “Pero también está escrito: No tentarás al Señor tu Dios”. Y el demonio se alejó confundido. Yo también me alejé, como el demonio, confundido. Me sentía rabioso por haber sido llamado demonio, y por lo que es peor: ¡ser tratado como el demonio en el desierto! Creo que fue la plática más saludable de mi vida.
 
LA TÁCTICA DEL DEMONIO
Llegué a casa rabioso. Me sentía humillado y triste. No era posible que la misma Biblia pruebe dos cosas distintas. Eso es una blasfemia. Forzosamente uno debe tener la razón y el otro malinterpreta. Busqué ayuda en la biblioteca que venia enriqueciendo con el tiempo. Consulté a varios autores tan ‘evangélicos’ como yo, pero de otras congregaciones. No coincidíamos en las mismas cosas, pese a que todos utilizábamos la Biblia para apoyar lo que decíamos y demostrar que los otros se equivocaban. Me armé de fuerzas y a la primera oportunidad, caí sobre el despacho parroquial del Padre M. Me recibió tan amable como la vez pasada, sólo que esta vez su distancia la hacía menos tajante a causa de su mirada divertida y curiosa de la razón que me llevaba otra vez a su lado. Le largué un discurso de media hora sobre la salvación por la fe y no por las obras. Concluí –creo– brillantemente con la necesidad de abandonar a la Iglesia. Y cerré tomando la Biblia del cura y le leí Hechos XVI, 31: “¿Qué debo hacer para salvarme?, preguntó el carcelero. Cree en el Señor Jesús –respondió Pablo– y te salvarás tú y toda tu casa”.
 
Bebí un sorbo del té que me había ofrecido y le miré desafiante, esperando su respuesta. Pasaron eternos minutos de silencio. Cuando carraspeé, el sacerdote me dijo: “¿Continuará la lectura de San Pablo?”. “Ya terminé, Padre M.”. “¿Cómo que ha terminado? ¡Continúe! Vaya a Corintios, XIII, 32”. Leí en voz alta: “Aunque tanta fuera mi fe que llegare a trasladar montañas, si me falta la caridad nada soy”. “Entonces la fe...”. “La fe... la fe... la fe es lo que salva”. “¡Vaya novedad!”, me dice riendo. ¡No sé bien quien creó la estrategia protestante de argumentar con la Biblia, pero creo que bien pudieron ser los demonios que ahora encontraron un buen medio para salvarse”. “¿Salvarse?”. “Sí.. salvarse, amigo mío. ¿Acaso no es el apóstol Santiago quien nos dice que hasta los mismos demonios creen en Dios? Y si sólo la fe salva...”. “...”. “No se quede en silencio, Pastor... siéntese aquí que se aliviará un poco. Si quiere seguir como el Demonio, tentándome con la Biblia, le recuerdo que ahí mismo se nos dice que esa fe no salvará a los demonios, porque “como un cuerpo sin espíritu está muerto, la fe sin obras está muerta” (cap. II). Y aún así los católicos no decimos que sea sólo fe o sólo obras. Cuando al Señor se le pregunta sobre qué debemos hacer para salvarnos, Él dice “Si quieres salvarte, guarda los mandamientos”. Ahí tiene usted la respuesta completa”. Me acompañó hasta la puerta y me dijo: “Le dejo con dos recomendaciones. La primera es que se cuide de sus hermanos de congregación. Ya sospechan de usted por venir tan seguido. La segunda es que vuelva usted cuando me traiga alguna cita bíblica –sólo una me basta– en que se pruebe que solo debe enseñarse lo que está en la Biblia”. Caminé a casa más preocupado por los comentarios que por el desafío. Eso sería fácil.
 
“SÓLO LA BIBLIA
Mientras buscaba una cita que respondiera al sacerdote, caí en cuenta de que estaba parado en el meollo del asunto que por primera vez me llevó a esa parroquia con otros ojos. “Si es sólo la Biblia”, me dije, “entonces el problema del artículo queda resuelto: se debe probar por la Biblia o no se prueba”. Ya imaginarán ustedes el resultado. Efectivamente no encontré nada. En años de ministerio, jamás me percaté de que lo central, esto es, que sólo debe creerse y enseñarse la doctrina contenida en la Biblia, no está en la Biblia. Encontré numerosos pasajes bíblicos que le conceden la misma autoridad que a las enseñanzas escritas en la Biblia a las doctrinas transmitidas por vía oral, por tradición. Desde este punto en adelante muchos otros cuestionamientos fueron surgiendo de la charla con el Padre M. y de la lectura de esta revista y de mucha literatura escrita con fines apologéticos.
 
EL PAGO DEL MUNDO
Por un momento distraeré la atención de mis incursiones a la parroquia católica. Quizás sea porque un sacerdote es esencialmente distinto a un “Pastor” protestante, o quizás por la experiencia de distintos ordenes (confesión, dirección espiritual, etc.), el Padre M. acertó en su advertencia sobre las miradas que me dirigían mis feligreses a causa de esas visitas “no estrictamente ecuménicas”. Yo aún no me había percatado de esa desconfianza, pero observando con mayor atención notaba reticencias, censuras y reproches indirectos. Aún la guerra no se declaraba. Sólo desconfiaban. Me decepcioné mucho, pero no me dejé vencer por la tentación. El demonio –pensaba– me estaba tentando con Roma y para eso endurecía los corazones. Pasada una semana de angustias, me senté con mi esposa para charlar. Necesitaba desahogarme. Me encontraba en un punto tal que no quería volver a la parroquia católica pero tampoco me sentía en paz con eso.
  
Después de la cena, oramos con los chicos y se fueron a dormir. Me sentí y abrí mi corazón a mi esposa. Ella había sido una amante confidente y mi compañera de penurias y alegrías. Me escuchó con atención. Sus palabras fueron tan sencillas como su conclusión: debía alejarme inmediatamente del sacerdote católico y tratar de recuperar la confianza de mis feligreses. Eso era lo prioritario. Teníamos una obligación de fe y teníamos que mantener una familia. No se hablaría más. El caso estaba resuelto... para ella. Traté de cumplir con todo. Ella siempre fue la sensatez y me refrenaba en las locuras. Dejar de ir a la parroquia fue más fácil para el cuerpo que para mi alma. Algo me atraía de ese ambiente, y por lo demás deseaba la compañía de ese sacerdote provocador y bonachón.
  
Más difícil fue ganarme la confianza de los feligreses. Me exigían como prenda evidente que atacase más que nunca a la Iglesia para demostrar públicamente que no les guardaba ninguna simpatía. Esto me costó, pues tenía que predicar omitiendo aquellos puntos en los que difería ya de mi anterior pensamiento. Con el tiempo, mi familia y mis feligreses me dieron vuelta sus espaldas y fue la gran cruz que tuve que soportar por amar a Cristo en Su Iglesia.
  
MI QUERIDO AMIGO SE DESPIDE
No he querido exponer aquí todas las cosas que charlamos con el buen Padre M. durante semanas y semanas. Yo le visitaba furtivamente y el me acogía con amable paternalidad. Yo daba vueltas en torno al tema e intentaba responder a las sabias preguntas con las que me desafiaba. ¡Cómo detestaba tener que darle la razón! El tiempo me fue haciendo más perceptivo a sus sutilezas e ironías. De alguna forma misteriosa este sacerdote me tenía cautivado. Me acorralaba hasta la muerte, pero me daba siempre una salida honorable. Le gustaba desmoronar todos mis argumentos. Su estilo era único: destrozaba mis argumentos, acusaciones y refutaciones primero desde la lógica, dándome dos posibilidades... o quedar como un tonto o verificar por mi mismo esa estupidez. Luego, y sólo luego, me invitaba a revisar el punto que yo trataba –si tenía sentido– desde el punto de vista de las Sagradas Escrituras. Supongo que uno de sus mayores puntos fuertes era su sólida cultura y su gran vida de piedad. Recuerdo perfectamente una fría mañana cuando recibí un aviso telefónico de la parroquia. Me pedía que le visitara en un hospital de los alrededores. Sin meditar en las normas de cautela que tomaba para evitar que mis feligreses se irritaran aún más conmigo, abandoné todo y partí. Ahí me enteré del doloroso cáncer que padecía –jamás dio muestras de sufrir– y del poco tiempo que le quedaba. La cabeza me daba vueltas. Sentía dolor por la partida de quien ya consideraba un amigo. Tomé una decisión: haría pública nuestra amistad y le visitaría a diario. Pocos días después le trasladaron, a petición suya, a su residencia. Desde ese día le acompañé a diario. Dejé muchos compromisos de lado. La tensión comenzó a crecer hasta llegar a agresiones verbales abiertas y amenazas de quitarme el cargo y el sueldo. Mi familia estaba amenazada con la pobreza.
  
Fueron días de mucha angustia. Sabía que caminaba por los caminos correctos. Incluso pensaba en hacerme admitir en la Iglesia. Los temores y las dudas de antes de la internación del Padre M. se disiparon. No quería arrepentirme de mis errores ni recibir el perdón y el consuelo de nadie más. Pero la situación que me rodeaba era tan compleja que me paralizaba. Recé muchísimo y acudí a pedir el consejo del Padre M. Él me recibió con mucha amabilidad y escuchó con atención mis problemas. Él ya los conocía. Me habló de la fortaleza de esos mártires que no tuvieron en cuenta ni la carne ni la sangre ni las riquezas, sólo amaron la verdad y dieron público testimonio de su adhesión a la fe. “Más vale entrar al Cielo siendo pobres que irse al infierno por comodidades”, sentenció. Como adelanté al principio, reuní a mis feligreses y les hice una declaración de mi conversión. “¡El Demonio es protestante!”, les dije para abrir la charla. Luego fueron abucheos y no me dejaron terminar las explicaciones. Mas tarde reuní a mi familia y les platiqué de cada punto, y respondí a todas las objeciones de fe y de la situación. Mi esposa no discutió mucho: me expulsó de casa. Esa noche dormí acogido por el Padre M., quien me tranquilizó respecto al altercado. Desde entonces y después de pasados años de mi conversión nunca más fui admitido en casa como padre y esposo. Hoy les visito con tanta frecuencia como me permiten, pero sus corazones siguen muy endurecidos. El Padre M. tuvo muchas palabras para mí, pero las que más me llegaron fue su confesión de ofrecimiento de su vida por la salvación de mi alma... y que con gusto veía el buen negocio ya cerrado. Dios escuche las plegarias de mi buen amigo en el Cielo por mi esposa y mis seis hijos para que a su tiempo y forma vivan la vida de gracia de la santa fe
    

ROMA... MI DULCE HOGAR
Rogué al buen sacerdote me preparara para abjurar mis errores y ser admitido en la Iglesia. Dispuso de todo y una mañana de abril de 2001 fui recibido en el seno de la Esposa de Cristo. En junio de ese mismo año mi querido amigo entregó su alma al Señor, siendo muy llorado por todos cuantos le conocimos mejor. Le lloraron los enfermos y presos que visitaba, los niños y jóvenes de catequesis, los pobres y necesitados que consolaba, los fieles que acudían a él en busca de consejo y del perdón de Dios. En tributo a él escribo estas líneas. Mi querido sacerdote y Revista Cristiandad.org fueron mis dos grandes apoyos e impulsores tanto de mi conversión como de mi impulso apostólico al trabajar especialmente con los conversos y preparados para la conversión. Tras su partida la parroquia fue administrada por un sacerdote más cercano al estilo del predecesor del Padre M. Yo sentí mucho esto porque con su prédica y actuar desmentía muchos de esos grandes principios eternos que había conocido y amado. A veces me pregunto por la oportunidad de muchos cambios que se hacen más para contentar a los malos que para agradar a los buenos. Recuerdo que mi sacerdote amigo no era muy afecto a ceder ante nosotros, sino mas bien a mostrarnos todas las banderas, incluso las más radicales. Y éstas fueron, precisamente, las que más me indignaron pero a un mismo tiempo me atrajeron.
  
Pero persevero en el amor a la Iglesia de siempre, a esa doctrina de la que el Señor dijo que pasarían Cielo y Tierra pero que ni una sola jota sería cambiada. Bien sé por experiencia propia y por la de tantos que han compartido conmigo sus testimonios de conversión, que esos coqueteos con el error no producen conversiones. Y las pocas que se producen son de un género muy distinto –por superficiales y emocionales– de las verdaderas conversiones, esas que producen santos. La realidad es la que constataba a diario como Pastor protestante, cuando la poca preparación de los católicos y la confusión que produce el falso ecumenismo llenaban las bancas de nuestras iglesias y los bolsillos de nuestras congregaciones evangélicas. La ignorancia religiosa de los fieles es la cosa más agradecida por las sectas, porque al ser muchas veces hija de la pereza espiritual se acompaña por la pereza intelectual. Basta entonces cualquier cosa que les emocione, que les haga sentir queridos, y luego viene el sermón acostumbrado para hacerles dudar primero y luego darles respuestas rotundas. Eso los desestabiliza y luego les atrae nuestra seguridad. ¡Y luego salimos a la calle a gritar contra los dogmas!
   
Ahora, junto con ustedes, puedo acudir a los pies de María Santísima y pedir que por amor a la Divina Sangre de Su Hijo Amado obtenga la conversión de los paganos, de los herejes y cismáticos y que haciendo triunfar a la Iglesia sobre Sus enemigos instaure la Paz de Cristo en el Reino de Cristo.
Nota del editor: Muy pronto presentaré más testimonios de fe y conversión.