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jueves, 31 de octubre de 2019

MES DE OCTUBRE AL SANTÍSIMO ROSARIO - DÍA TRIGESIMOPRIMERO

Tomado de El Rosario: Meditaciones para los 31 días del mes de Octubre, de la autoría del licenciado Juan Luis Tercero. Publicada en Ciudad Victoria, México, en el año 1894 por la Imprenta Oficial de Víctor Pérez Ortíz. Imprimátur concedido el 12 de Marzo de 1894 por Mons. José Ignacio Eduardo Sánchez y Camacho, Obispo de Ciudad Victoria-Tamaulipas (actual Tampico).
         
CAPÍTULO XXXV. LA LETANÍA
La poderosa lógica del tiempo con que las obras de Dios florecen y se perfeccionan, ha venido a coronar el Rosario con la recapitulación o epílogo de la Letanía o Letanías lauretanas, maravillosa conclusión altamente digna de tan grandes principios.
  
No sabríamos decir qué tan reciente respecto de los orígenes del Rosario, sea la época de su adición y perfeccionamiento con la Letanía lauretana; lo que nos incumbe es hacer notar estas palabras de Nuestro Santísimo Padre León XIII en su bienhadada encíclica de este asunto: «Decretamos por lo mismo y ordenamos que en todo el Orbe católico se celebre solemnemente en el corriente año (1883) con esplendor y pompa la festividad del Rosario, y que… se recen en todas las iglesias curiales, y si los Ordinarios lo juzgaren oportuno, en otras iglesias y capillas dedicadas a la Santísima Virgen, al menos cinco dieces del Rosario, añadiendo las letanías lauretanas».
  
Parécenos, por eso, que insensiblemente ha venido a coronar la gran obra, ese como himno de penitencia y aclamación gloriosa a la Santísima Trinidad, al Verbo hecho carne, Cordero de Dios, y a la Virgen, gloriosa Reina, Madre del Cordero, que son los mismos personajes celestiales a quienes el Rosario se ha dirigido. Y este hecho, gran obra de los tiempos bajo la acción de sapientísima Providencia, tan adecuado a la intención, materia y estructura del Rosario, es el que nuestro gran Pontífice reconoce como derecho, en esas importantes palabras a que hemos llamado la atención. 
   
¿Qué es, pues, la letanía lauretana, que, recitada en sus principios a honra de esa santa casa de Loreto, cuya historia y glorias damos por sabidas, ha venido a ser una recitación universal a honra de María, como un complemento delicioso de su inspirado y mil veces bendito Rosario?
  
Mejor que nosotros, dará la respuesta el sabio polonés, Padre Justino Miechow, de la Orden de Predicadores:
«Es un homenaje piadoso y muy lógico a la Santísima Virgen. Ante todo, se invoca a Dios y a la Santísima Trinidad, como fuente, autor y dispensador de todas las gracias. Se invoca después a la Santísima Virgen bajo su nombre propio. Después se la invoca bajo diversos títulos propios o metafóricos… Cada uno de estos títulos contiene una doctrina cierta y sana, alabanzas y elogios verdaderos a la Virgen». (Discúrsus prædicábiles super litanías Lauretánas de Beatíssimæ Vírginis Maríæ*).
Y ese homenaje a la Reina del cielo, añadiremos nosotros, ciérrase con la invocación del Cordero divino mediador para con el Padre Celestial, de toda petición u homenaje.
   
Vemos, por eso, en epílogo tan excelente, abreviadísima la misma fórmula del “Padre nuestro” y del “Ave María”, y, además, otra vez el “Gloria Patri”, como cumple, no a los salvos o comprensores, sino a los viadores, en tono de súplica y de invocación para el combate.
  
Y así, cuanto se contiene en esas tres grandes fórmulas de oración, el “Padre nuestro”, “Ave María” y “Gloria Patri”, cuanto hemos meditado de los gozos de la Encarnación, Visitación, Nacimiento, Presentación y Hallazgo del Niño perdido, dolores del Huerto, Pretorio, Vía de la Cruz y del Calvario, y glorias de la Resurrección, Ascensión, Pentecostés y Asunción de la Santísima Virgen a los cielos, todo eso se compendia, aún más, se sintetiza, se sublima en exclamaciones finales, en llenos de armonía que dan fin solemnísimo a tan delicioso salterio: ¡Piedad, Padre celestial, piedad Verbo divino, piedad oh Jesucristo, piedad Señor Dios, piedad Trinidad Santa! ¡Piedad, oh María, oh Santa Madre de Dios!, pero piedad, vos Santa Virgen, como nuestra Intercesora para con el Hijo, no como Autora primera de Redención: «Ruega por nosotros».
  
Y esos epítetos tan justos como variados y abundantes, aluden a cuanto se contiene en las recitaciones y meditaciones del Rosario. Esos epítetos convienen a la Madre que concibe al Verbo divino, Santa Madre de Dios, Madre de la divina gracia, Madre purísima, Madre virgen, Madre admirable; convienen a la que visitando a Isabel es saludada, «dichosa tú que creíste», Virgen prudentísima, Virgen fiel; convienen a la que da a luz al Verbo divino en Belén, Madre del Salvador, Causa de nuestra alegría, Estrella de la mañana; convienen a la que presenta al divino Niño en el Templo, Arca de la alianza, Madre del Salvador; convienen a la que gozosa le recobra en el Templo tras la angustia de su pérdida, Virgen prudentísima, Virgen fiel. Los misterios de sus gozos responden, pues, admirablemente a esos epítetos de honor.
   
Así también los de sus dolores: la Virgen prudentísima, fiel, poderosa y misericordiosa, acompañará en su mente al Salvador divino en las angustias del Huerto, y de alguna manera mental o de presencia en los tormentos del Pretorio, de la Vía Sacra y del Calvario; al ver a su Hijo en la Cruz la Virgen poderosa y misericordiosa, se dolerá pero no se acobardará; Virgen prudentísima y fiel sabrá corresponder en la hora de la prueba a su gran destino de Madre de Dios, Madre de Cristo, Madre de la divina gracia, Madre admirable y Madre del Salvador, Vaso de verdadera devoción, Torre de David, Torre de marfil, Consoladora de los afligidos y Reina de los mártires.
  
Así, no menos, en los misterios gloriosos, aluden cumplidamente al asunto las alabanzas de las letanías: La Madre de Cristo, digna como es de serlo de Cristo en el pesebre, dignísima lo es de Cristo Crucificado y no menos de Cristo resucitado, de Cristo ascendido a los cielos, de Cristo dispensador de su Espíritu Santo; digna es la Santa Madre de Dios, la Madre de Cristo, la Madre del Salvador, la verdadera Arca de la alianza, la Reina de los ángeles y de los mártires, de los Patriarcas, Profetas, Apóstoles, Confesores, Vírgenes, y de todos los Santos; digna es de ser llevada a los cielos, y sentarse a la diestra del trono de su Hijo, y reinar para siempre con el Cordero Dominador. 
  
Bajo otros aspectos también luminosísimos y deliciosos, los títulos de grandeza de nuestra amabilísima Señora, son abismos que invocan abismos. El abismo de grandeza de Madre de Dios, ¿qué no invocará? ¡Santa María, Santa Madre de Dios! ¡Qué bien se corresponde con este otro título: Santa Virgen de las Vírgenes, Madre siempre Virgen, y al fin con este definitivo: Reina concebida sin pecado original!
  
¿Qué será más grande entre toda grandeza de criatura, la que por digna Madre de Dios es digna de ser siempre Virgen aun cuando Madre, o la que por digna Virgen de Vírgenes digna es de ser Madre de Dios? ¿La que por eso es digna de ser la Corredentora y la Dolorosa, o la que por esto digna es de ser la Madre del Salvador, como en la secuencia del Stabat Mater se arguye cariñosamente: «Virgo vírginum præclára / Mihi jam non sis amára: / Fac me tecum plángere»?
  
¿Qué será más grandiosa: la humildad prudentísima (Virgo prudens) que por eso retarda el aceptar la honra de Madre del Salvador, o la caridad y devoción (Vas insígne devotiónis) que sabe atraer con la suavidad de su olor los amores del Espíritu divino y conciliarse el ser la Madre de su Creador?
  
Todos estos abismos vienen a absorberse en otro anchurosísimo que los invoca, el abismo de este gran concepto que enajenaba en transportes de dulzura al dichoso San Alfonso María de Ligorio: ¡María, Madre amabilísima: (Mater amábilis), Madre amabilísima, la calificación quizá más bella de la Madre de Dios, quizá la más expresiva de su grandeza y de sus glorias. Por que, ¿no es también amabilísima como Virgen y como Reina? Sí, pero el de Madre (de Dios y de los hombres) que todo lo bueno lo supone, reclama por excelencia tal calificativo de amabilísima. Porque si es amabilísima como Madre verdadera de Dios, ¿no lo es en extremo como Madre adoptiva nuestra, con el parto místico dolorosísimo del Calvario, en que la causa de sus dolores fue semejante a la del “Varón de dolores”?
  
Hay, pues, en esos títulos de las letanías una síntesis de admirable ingenio de las glorias de la Madre de Dios.
  
Títulos de Madre con todos los esplendores de sus consecuencias: Madre de Dios, luego Madre de la Divina gracia, purísima, castísima y siempre Virgen; Madre de Dios, luego Madre del Criador y Madre del Salvador: Madre de Dios, luego amabilísima y admirable.
  
Títulos de Virgen con todos los esplendores de sus consecuencias: Virgen de Vírgenes, luego prudentísima y humildísima, digna de toda veneración y alabanza, fiel a su santo voto aun ante la proposición de ser Madre de Dios, poderosa y esforzada tanto como humilde, clemente y misericordiosa no menos que esforzada.
  
Títulos calificativos de las virtudes en que fructificó esa Madre Virgen: Tanta humildad y fe, caridad y prudencia, virginidad y misericordia, ¿no son el espejo de la justicia o santidad (Spéculum justítiæ)?
  
La que llevó al Verbo humanado en su seno, ¿no es el Trono de la Sabiduría eterna? ¿no es el Arca animada de la alianza?
  
La que con su fiat prudentísimo aceptó el ser madre del Redentor, ¿no es la causa de nuestra alegría? «¿Quién fue despedido de María enfermo o triste o ignorando los misterios celestiales?», dice un Santo (Beato Amadeo de Silva, citado por el P. Miechow).
  
¿No es por excelencia un vaso espiritual, un vaso de elección, digamos, un instrumento de los designios divinos, la que fue hecha digna ele concebir al Verbo humanado? San Pablo, en la Santa Escritura es llamado vaso de elección, como decirse vaso espiritual; ¿en qué sentido supremo no lo será la Reina de los escogidos, la Madre de Dios? 
  
San Pablo, a los predestinados, llama vasos de honor; ¡con cuánta excelencia no lo será la Reina de ellos, vaso el más precioso de la divina gracia!
  
Abismo de milagros de gracia que ha recibido, y de virtudes que con esta ha producido la mejor de las criaturas: tanto así vale decir vaso insigne de devoción.
  
Hay no menos admirables títulos tomados de metáforas bíblicas, símbolos y profecías también de la Escritura Santa, que cumplen magníficamente a nuestra excelsa Reina. Es uno el de Rosa mística o misteriosa. No hay belleza de flor que no simbolice a la bellísima y encantadora Virgen Madre de Dios; pero, de las flores, ninguna tan simbólica como la del Rosal; compite con la azucena en el reinar de esas lindas obras de nuestro buen Dios; de tallo que no carece de espinas, brota blanca o purpurina o amarilla flor de gratos olores, hija de la primavera, símbolo delicioso de aquella Flor celeste, blanca o gozosa, encarnada o dolorida, áurea o gloriosa Reina del Rosario: belleza excelente, caridad consumada, paciencia probada, que se premió con frutos de cumplido gozo.
  
Es otro título el de Torre de David y el de Torre de marfil, tan fuerte como bella, tan fuerte como suave; contraste cumplidísimo en la Madre insigne de Jesucristo, en la que se ve realizada la maravilla de una criatura la más excelsa, esforzada y magnánima, a la vez que humilde y de manso corazón, a la vez que hermosa y sapientísima que pudo idear la mente divina.
  
Otro título: Casa de Oro o sea el sagrado, espléndido y suntuoso Templo de Salomón, cubierto de láminas de oro, símbolo excelente de ese Templo animado, enriquecido del oro de la caridad, en que tomó asiento la majestad y gloria del divino Verbo.
  
Otro más: Arca de la alianza, tan sagrada como el Templo y aún más quizá, el Sancta Sanctórum de ese Templo; allí el maná milagroso del cielo, allí las Tablas santísimas de la ley. Ella albergó en su seno al Verdadero Maná y al mismo Santísimo Legislador y juez. Este símbolo del Arca es por eso uno de los más triunfadores y gloriosos del culto sapientísimo de María: «Beáta Mater, munere, cujus supérnus Ártifex, mundum pugíllo cóntinens, ventris sub arca clausus est!» (Dichosa Madre, en el arca de cuyo vientre Virginal, fue guardado el Artífice Supremo cuya palma de su mano tiene el mundo).
  
Otro, no menos apropiado, hermoso y dichosísimo: Puerta del cielo. La Iglesia le consigna en su gran himno Ave maris Stella… Félix cœli Porta. Dichosa Puerta del Cielo. ¡Gran epíteto que no cesa de encontrarse en boca de los Doctores y Santos! La Salvación por Jesucristo e intercesión de María. La apertura del cielo se hizo por María: la entrada sigue Ella facilitándola.
  
Mas, así como Ella es la Puerta y el Puerto de salvación, es también la estrella que anuncia al amanecer la salida del sol de justicia; símbolo puesto en la misma obra de la Creación, prefigurando ya la obra mayor de la Redención: «Invisibília ipsíus a creatúra mundi, per ea quæ facta sunt intellécta conspiciúuntur» (Romanos I, 20).
  
Vienen después los títulos de los grandes beneficios de esta Madre, Virgen y Reina, Madre de Dios, siempre Virgen aun cuando Madre y Reina de todo lo creado. Son sus beneficios, ser la Salud de los enfermos, del alma y del cuerpo; ser, después de Jesús Salvador, la Salvadora de lo perdido.
  
Son sus beneficios ser el Refugio de los pecadores; después del Cordero de Dios que quita los pecados, es Ella la Madre de la misericordia, principalmente con los pecadores, de los que se compadece no menos que de todos los que sufren males, hasta el punto de que es proverbio justificadísimo cada día más y más, lo que una vez ha observado un gran sabio y gran santo, San Agustín o San Bernardo: «jamás se ha oído decir que alguno que recurriese a Vos, ¡oh María!, haya sido desamparado». 
  
Son, pues, sus beneficios el consolar a cuantos afligidos acuden a Ella y el auxiliar a sus hijos predilectos, los cristianos que combaten por la santa causa del Cordero Dominador. Consoladora de los afligidos, Auxilio de los Cristianos. Millones y millones de ex-votos, miríadas de auténticas historias de convertidos por María, y los grandes triunfos de Lepanto, Belgrado y Viena, pregonan sin cesar esos títulos, aparte de proezas mucho mayores que la gran historia de la Iglesia irá esclareciendo y reconociendo.
   
A esta Madre, a esta Virgen, a esta celeste Reina, tipo de excelentísimas bellezas, Maestra de soberanas virtudes, Dispensadora de los mayores beneficios del Cordero de Dios, de la Trinidad Santísima, cantemos ese himno armonioso de la Letanía santa, porque esa es el epílogo providencial de las insignes oraciones vocales del inspirado Rosario y la peroración de las insignes meditaciones de los quince misterios gozosos, dolorosos y gloriosos, con que por María damos honra al Cordero de Dios y por él a la Augusta Trinidad, de la que esperamos el perdón, la salud y la eterna gloria por la abundancia de sus misericordias. Amén.
  
* Su obra sobre las Letanías, ignorada según nos parece desde que se inscribió en latín hace más de dos siglos, ha visto últimamente la luz pública en lengua española. Hasta después de concluidos los precedentes capítulos, vino a nuestro conocimiento libro tan recomendable, del cual nos hemos ayudado en parte para escribir este capítulo final.

miércoles, 30 de octubre de 2019

MES DE OCTUBRE AL SANTÍSIMO ROSARIO - DÍA TRIGÉSIMO

Tomado de El Rosario: Meditaciones para los 31 días del mes de Octubre, de la autoría del licenciado Juan Luis Tercero. Publicada en Ciudad Victoria, México, en el año 1894 por la Imprenta Oficial de Víctor Pérez Ortíz. Imprimátur concedido el 12 de Marzo de 1894 por Mons. José Ignacio Eduardo Sánchez y Camacho, Obispo de Ciudad Victoria-Tamaulipas (actual Tampico).
         
CAPÍTULO XXXIV. EL REINADO DE JESUCRISTO EN EL CIELO Y SOBRE TODO LO CREADO, POR MEDIO DE MARÍA
A semejanza de lo que hemos notado en todos los misterios, en cuanto a su objeto, lo notamos finalmente en este último, con más razón quizá que en todos los otros; contemplar y amar la coronación de María, el reinado de María en todos los siglos, es conocer y amar mejor la coronación de Jesucristo. Mas, por lo mismo, esforzándonos en conocer ese último misterio de María por medio del conocimiento de Jesucristo, y en amar ese mismo misterio por amor de Jesucristo, acabaremos por conocer y amar más a Jesucristo y con él y con el Espíritu Santo al Padre, que es el fin de toda la Religión y la consecución de toda dicha.
  
Todos los triunfos del Nazareno sobre el error y sobre el pecado, han sido por María. ¡Cuánto más lleno de sabiduría y caridad se nos ofrece así Jesús!
   
Nada se ha hecho sin María en el Antiguo Testamento, nada en esos tiempos figurativos y proféticos. Desde que los cielos han desplegado sus grandezas, estaba allí María y aun antes, ya en la preparación, ya en la previsión de todo lo creado, María estaba presente (quando præparábat cœlos áderam… cum ea eram cuncta compónens). Fue creado el cielo y en segundo lugar la tierra (in princípio creávit cœlum et terram). Fue creado el sol, fue creada la luna (lumináre majus, lumináre minus) Jesucristo y María; criado Adán, criada Eva (non est bonum esse hóminem solum); se hizo la salvación de Noé por un Salvador, pero la salvación fue en el Arca; hubo una voz que anunció a Noé saliese ya salvo a suelo enjuto, en donde ya el olivo le daría fruto y sombra, pero antes la paloma había hecho el anuncio y portado un ramo de olivo; Moisés no está sólo, cantando su triunfo sobre los egipcios también María su hermana encabeza el coro de las doncellas para celebrar el triunfo de su hermano; no sólo Gedeón y Sansón serán libertadores de Israel, también serán caudillos Débora y Jael, dos mujeres insignes; no está sólo Booz, abuelo del gran Rey, Noem le dará la esposa que asegure la sucesión del Mesías; Judit y Esther se asociarán a la acción del Señor para triunfar de un segundo satanás, de un segundo soberbio y homicida.
  
Todas esas figuras son de María la que ha de venir, asociada siempre a la acción y al triunfo de el que ha de venir, de su futuro Hijo Jesucristo. He ahí, pues, a María reinando ya, compartiendo ya el reinado con su Divino Hijo para que más resalte la gloria de Él.
  
Si es cuando el mundo tiene ya en su seno a esa Luz que es tan poco vista aunque está ya en el mundo, el Candelera de oro no cesa de prestarle su sostenimiento; en toda la carrera de ese sol, el día y la noche lo comparte con la luna, o más bien, ambos luminares brillan sin eclipsarse, y sí prestando la luna al sol la manera de más brillar; y sí en el segundo período de la vida de la Reina, en los veinticuatro años de su viudez para con su Hijo ya ascendido a los cielos, su Hijo desde los cielos cuenta con su Madre en todas las grandes proezas de su diestra. Esteban alcanzará la primera palma del mártir por la oración de la Reina; Pablo no menos deberá a María su conversión prodigiosa, y así todos sus triunfos los apóstoles; los Evangelistas recibirán por ella su inspiración; San Lucas recibirá de ella el testimonio regio de la Encarnación, y San Juan los sublimes conceptos de la eternidad del Verbo y de la caridad del Padre, no menos que los de las grandezas del Espíritu Santo. No hay duda que la estancia vuestra en el mundo, ¡oh viuda incomparable del Resucitado!, ha sido para desempeñar como sucesora suya su poderosísimo gobierno.
    
Mas, durante los siglos todos desde la asunción de nuestra Madre hasta el presente, ninguna de tantas diarias maravillas del poder de Jesucristo sobre la fe y sobre el error, sobre los corazones de buenos y de malos, sobre santos y sobre reyes, se ha hecho sin María. Los santos Padres, unánimes y a porfía, nos presentan a la gran Reina instruyendo, inspirando, consolando, fortaleciendo, cultivando la viña del amorosísimo Jesús, de suerte que cuando ha pasado el gran invierno de los tres siglos de mártires, el Nazareno es reconocido y amado como Dios de Dios, y su ley santa como el mayor tesoro de esta vida, con el que lucramos las dichas eternas.
   
Por su parte, el divino Jesús no consiente que sus triunfos sean diversos de los de la Madre admirable, y no sólo, sino que parece que todo el conato del infierno al combatir la verdad evangélica, se concentra en negar a la Madre la gloria singularísima de haber llevado a Dios en su vientre, es decir, de haber tenido el Verbo un cuerpo verdadero; con lo que la verdad de la Encarnación se desvanecería como el humo. Todas las herejías de los tres primeros siglos tuvieron a María por blanco de sus tiros de hipócrita astucia, y a la vez las apologías del gran mártir San Ignacio, de San Justino, de San Ireneo, San Arquelao y San Cipriano, se concentran todas en hacer el encomio de «La que es causa de la salvación del género humano» (San Ireneo), de «el que es carnal y espiritual nacido de María y de Dios» (San Ignacio mártir), de la que es llamada por San Clemente, por excelencia, Iglesia.
     
En los días del Concilio de Éfeso la gran verdad de que Jesucristo es Dios y hombre, pero una sola persona, es decir, el problema vital de nuestra religión santa, se transforma en este otro que arrebata el interés de los potentados de la sabiduría y de los humildes de las turbas: ¿es María madre de Dios? ¡Qué debate tan hermoso y tan glorioso! ¡Qué encumbrada se vio María en ese día, en esa noche memorable, del Concilio de Éfeso! (Quasi cedrus exsaltáta sum in Líbano et quasi cípressus in monte Sion). La gloria de ella no tanto, la gloria de su Hijo; esa era la cuestión; sabios y pequeños así lo entendían, pero quería el Hijo no ser glorificado sino por la Madre, sino por la Reina: «¡Te saludamos, María, Madre de Dios! —dicen llenos de fe los insignes Padres de ese dichoso Concilio al que seguirá el aplauso de todos los fieles— te saludamos, María, Madre de Dios, venerable tesoro del Universo entero, antorcha que no puede extinguirse, corona de la virginidad, cetro de la fe ortodoxa, templo incorruptible, morada de Aquél que no tiene morada, por la que se nos ha dado Aquél que se ha llamado bendito por excelencia y que ha venido en nombre del Señor. Por ti es glorificada la Trinidad, celebrada la Cruz y adorada por toda la tierra; por ti los cielos se estremecen de júbilo, se regocijan los ángeles, huyen los demonios, el demonio tentador cayó del cielo, y la criatura caída se puso en su lugar». Y concluyen con estas palabras: «Adoremos a la Santísima Trinidad, celebrando en nuestros himnos a María siempre Virgen y a su Hijo Jesucristo Nuestro Señor, a quien es debido todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos».
    
Nunca los sucesos han fallado; las cuestiones de Cristo se vuelven cuestiones de María; el dedo de Dios está aquí: el que no está por ella, no está por Jesucristo: el que no está contra ella, no está contra Jesucristo.
   
Este es el gran criterio de la sabiduría y del amor, del sabio y del sencillo. Este es el cumplimiento de la profecía del Paraíso: El Hijo es el Señor de toda gloria y el vencedor de Satanás, pero no querrá serlo sino en cabeza de la Reina; ella será quien quebrante la cabeza del Dragón: contra ella será el ataque formidable, contra su calcañar se revolverá el Padre de la mentira, el homicida antiguo; no habrá lucha en que ese estandarte no sea el emblema de la defensa y el objetivo del ataque enemigo y del triunfo. No hay hipérbole, es históricamente exacto: María es la vencedora de todas las herejías, y sólo ella, por dispensación del Rey su Hijo.
   
Vendrá después más grave y pavorosa tormenta, no sólo de nueva herejía sino de gran depravación de costumbres. Dos grandes caudillos al servicio del celeste Rey levantan el estandarte, dos grandes ejércitos de fieles alístanse: Domingo y los apostólicos hermanos predicadores; Francisco y los evangélicos hermanos menores; el error se ve confundido, la depravación corregida; son muertas las raposas, las verdades y las virtudes florecen por todas partes. ¡Es que la Reina ha enseñado a Domingo a derretir el bronce del cielo con el ruego de una invención sublime, es que María ha revelado a Domingo la incomparable institución del Rosario; y la peste desaparece, la peste horrible de la herejía albigense, ese anticristianismo hipócrita, retardado de entonces hasta su nueva aparición en estos días de nuevo diluvio, en que las verdades y las virtudes han disminuido tanto entre los hombres.
  
¿Pero fallaría aun después de esos tiempos la profecía insigne? ¿Dejaría el Dragón de atacar el calcañar de la mujer? El furor del Dragón es implacable y lo enconoso y ciego de sus ataques serán siempre contra la Reina. El carácter distintivo de la llamada Reforma protestante, es decir, de la deformidad del Protestantismo, como le llama también Bossuet, es la inconsecuencia más monstruosa entre aceptar a María como Madre (de Dios) y negarle todas las consecuencias de vocación y dignidad tan superior a todo favor divino posible. Los protestantes no niegan que María sea Madre de Dios, pero, no obstante, la odian a tal grado, que sólo así se explica hayan acabado por negar la dignidad del Hijo de esa Madre de Dios, de ese Jesucristo del que blasonaban ser tan depurados adoradores, y depurados nada menos que con abatir a María. ¡Así es como el Hijo ha vuelto por la gloria de la Madre! ¡Así es como se pone de manifiesto con escarmientos colosales, que María es la que ha de reportar como Reina, los triunfos con que el Rey quiere para sí la honra definitiva!
   
Hoy por hoy, ese estandarte al cual se hará contradicción, es siempre María, y los triunfos son esplendorosos, inauditos. María es hoy más que nunca el Caudillo, la Reina de la verdad, la vencedora, la sola vencedora de la herejía, de la pavorosa herejía racionalista, de ese diluvio de satánica mentira en que el mundo ha naufragado ya. Jesucristo es negado por soberanos y pueblos, que, en mucha parte, han entrado con ellos en la apostasía, en esa apostasía que tan claramente profetizó el Apóstol.
  
Entretanto, Jesucristo calla; pero la Reina habla. La Reina ha reportado triunfos como nunca. La Reina se ha aparecido, así como en otro tiempo junto a México en el Tepeyac, para confundir con la imagen portentosa a los iconoclastas calvinistas de allende los mares, así hoy en la Salette y Lourdes, para confundir a los volterianos, a los comunistas y a ciertos racionalistas peores que ellos.
  
María se ha aparecido en pleno siglo XIX, ha hecho brotar una fuente, tan célebre en diarias curaciones milagrosas, que ha venido a dejar confundidos a los modernos fariseos, a tal grado que no ha habido uno, uno siquiera, que aceptase la apuesta de diez mil francos depositados en París, para el que demostrase no ser verdadero el milagro que eligiese de entre los que narra la historia de Nuestra Señora de Lourdes, escrita por uno de los milagrosamente curados (Joseph-Henri Lasserre de Monziem).
   
María reina ahora más que nunca; el combate ha asumido ahora gigantescas proporciones; parece que los tiempos del gran desenlace se acercan, y Cristo vence más y más esplendorosamente. A un San Pío V vencedor del gran turco, por el Rosario, ha sucedido a poco más de dos siglos, un Pío VII vencedor de los volterianos por María “Auxilio de los Cristianos”; un Pío IX vencedor de los racionalistas por María Inmaculada, por María de la Salette, por María de Lourdes, por la pastorcita que, rezando su rosario, ha visto a la Francia y ha visto a Europa y América, Asia y África, preconizar “dichoso” a ese rosario, a esa pastorcita y otra vez como “dichosísima” a la Madre de Dios. María reina y su reinado aún va a brillar más: el sucesor de Pío IX no será eclipsado por su antecesor: hay algo nuevo, como sucede con cada triunfo sucesivo de la Iglesia, algo nuevo en León XIII, que reporta para la Reina la expectativa de una gran victoria; aún queda otra victoria de Lepanto contra enemigos más numerosos y enconados que los mahometanos, y la orden del día de parte del caudillo sucesor de Pedro, es digna de un Domingo de Guzmán y de un Pío V: ¡el Rosario es nuestra voz de combate y será nuestro himno de victoria! ¡Invoquemos a nuestra Reina con esas preces dichosísimas y el triunfo será nuestro!

martes, 29 de octubre de 2019

MES DE OCTUBRE AL SANTÍSIMO ROSARIO - DÍA VIGESIMONOVENO

Tomado de El Rosario: Meditaciones para los 31 días del mes de Octubre, de la autoría del licenciado Juan Luis Tercero. Publicada en Ciudad Victoria, México, en el año 1894 por la Imprenta Oficial de Víctor Pérez Ortíz. Imprimátur concedido el 12 de Marzo de 1894 por Mons. José Ignacio Eduardo Sánchez y Camacho, Obispo de Ciudad Victoria-Tamaulipas (actual Tampico).
         
CAPÍTULO XXXIII. MISTERIO QUINTO: LA CORONACIÓN DE MARÍA SANTÍSIMA COMO REINA DE TODO LO CREADO
Ha entrado ya a su reino la Esposa del Rey de los reyes. Ese reino es fundado desde la Eternidad para darlo a todos los escogidos y como Reina de ellos a la humilde María, para gloria del Cristo Hijo suyo, para gloria del Padre, Dios por todos los siglos con el Cristo y el Espíritu Santo.
  
La esclarecida Virgen y Madre ha sido llamada del Líbano para ser coronada. Ya se le aclama como «la gloria de Jerusalén, como la alegría de Israel, como la honra más preciosa de su pueblo». A semejanza de lo que en el día de su entrada en los cielos al Verbo humanado, le ha dicho el Padre: «ven, siéntate a mi diestra y yo pondré uno por uno a tus enemigos por escabel de tus pies». «El trono tuyo ¡oh Verbo! permanece por siglos; el cetro de tu reino, es cetro de rectitud»: así a la Inmaculada, a la humilde Madre suya dice el glorioso Nazareno, Verbo de Dios hecho hombre: «Madre mía, cúmplase hoy lo que de mi boca ha salido siglos ha en salmo de gloria, que en letra consignó y en cantar mi siervo David, que de entonces no ha cesado ni cesará nunca: “Asistirá la Reina a tu derecha, ricamente vestida de oro y de toda variedad de adornos”. ¡Oh Hija de Abrahán y de David, el Rey te ama como a ninguna, las grandes almas de tus hermanas, vírgenes escogidas entre millares, te son presentadas para tu séquito de honor; los pueblos cantarán tus alabanzas por siglos de siglos».
  
Entonces el Dios de las alturas hace pregonar las supremas prerrogativas de su excelsa Madre. Voces de ángeles, fulgores celestes vivísimos de claridad, de ciencia y de amoroso fuego, hacen entender y sentir todo lo que importa el reinado que va a darse, que está dándose, que se ha dado a María, y como todo lo que se hizo, por Ella se hizo, y todo lo que por bueno se hizo entrar al servicio de la gloria del Dios, infinito en toda bondad, por Ella fue bueno, previa la primera causa de las bondades, Jesucristo.
  
Esa incomparable Criatura, a quien se debe que la inocencia y la justicia hayan renacido en el mundo, que un Salvador se haya presentado en él, que el invierno haya pasado, que hayan vuelto a verse flores en la tierra y aves en los cielos, retirándose las aguas que todo lo cubrían, de un diluvio que todo lo ahogaba, esa incomparable criatura, que ya ha presidido y gobernado tantos sucesos convirtiendo cuantos corazones ha querido Cristo mover, una Magdalena, un Mateo, un Pedro, un Esteban, un Pablo, un Areopagita, no ha hecho sino comenzar un reinado asombroso de misericordia y de gracia, de salvación y de santidad, de triunfos de sabiduría y virtudes.
  
Por eso en tal día en que ya los ángeles y los humanos del Empíreo vislumbran y presienten prodigios tantos, la gloria de los cielos excede a la que pudieran concebir los bienaventurados, excepto sólo la gloria de la Divinidad y de la humanidad santa del Hijo de la humilde. Por eso el piadosísimo San Alfonso, reuniendo los dichos de los más notables santos panegiristas de la Incomparable Reina, nos consigna, que al subir la Madre de Dios al cielo, «aumentó el gozo de todos sus moradores», palabras de San Bernardino de Siena, por lo que San Pedro Damián y San Buenaventura dicen, que los bienaventurados no tienen mayor gloria en el cielo, después de Dios, que gozar de la vista de esta hermosísima Reina.

Esta coronación de María, Madre de Dios, es tan puesta en razón, como todo lo que de grandezas tiene que discurrirse tratándose de esta obra suprema, de esta creación aparte en que el poder divino pone el colmo y el coronamiento a cuanto de él es de concebirse, y en que el querer divino se excede a todo, por decirlo así.
   
Así, por tanto, como está dicho, «en el nombre de Jesús dóblese toda rodilla en cielos, tierra y abismos, y confiese toda lengua que el señor Jesús está en la gloria de su Padre»; dígase también que «en el nombre de María, y para honrar a ese su Jesús, se haga otro tanto, y que toda lengua confiese que Ella es la Reina, la dispensadora de cuantas gracias concederá su Hijo».
  
San Bernardo ofrecerá a la Iglesia, que lo consignará en eminente lugar de su admirable oficio del Breviario, ese resumen de los poderes magníficos y en extremo amables de la humilde esclava del Señor:
«Oh tú, cualquiera que seas, que cruzando por el mundo, conoces que más bien navegas por un mar tempestuoso de tormentas y borrascas, fluctuando en medio de sus embravecidas olas, que caminar por la tierra firme, en donde el que anda pueda fijar el pie y afirmarse en el camino, mira, no apartes la vista de María Sacratísima; si se levantaren contra ti los vientos de las tentaciones, si te vieres cercado de tribulaciones, no pierdas de vista la estrella del mar, invoca a María: si te hallas combatido de la murmuración y envidia, no pierdas de vista la estrella, invoca a María: si te perturba la ira, si te oprime la avaricia, si los deleites de la carne te persiguen, mira la estrella, invoca a María; si la gravedad de las culpas te hace desfallecer, si la conciencia te confunde y el juicio te causa pavor, no pierdas de vista la estrella, invoca a María; si la desesperación, la desconfianza, la pusilanimidad o la tristeza, tiran a precipitarte en los abismos, no pierdas de vista la estrella, invoca a María; no se aparte de tus labios, no falte de tu corazón María, y si quieres conseguir su intercesión, no te olvides de su vida y conversación; siguiendo a María, estás en el camino; rogando a María, no desesperas: siendo tu pensamiento y consideración en María, no yerras; teniendo a María, no caerás; gozando de su protección, no temerás; llevando por guía a María, no te fatigarás y con su patrocinio llegarás a puerto seguro».
  
Sentada la Reina en ese trono de la misericordia. Reina de la vida, de la dulzura y de la esperanza, para que los mortales obtengamos el santo temor, el dichosísimo arrepentimiento del pecado, de todo pecado, y el perdón definitivo, la perseverancia en el bien y las seguridades de no recaer, es Ella la delicia del Dios que la creó y a la vez de todo lo creado; allí está sentada en lo más alto como el mayor de todos los prodigios, en esplendores como un sol, en apacible claridad como luna en su plenitud después que se ha elevado tranquila y llena de encantos de sobre las olas tempestuosas de océano horroroso; sentada está allí muy más agraciada que Ester, quien a fuerza de modestia y de belleza ablanda el corazón del majestuoso Rey de los asirios; sentada está en el trono dando ese dichosísimo espectáculo que, vislumbrado apenas, hizo exclamar al vidente de Patmos: «Un gran prodigio ha aparecido en el cielo, una Mujer, la Mujer, vestida del sol, y la luna bajo sus plantas, en su cabeza una corona de doce estrellas»; madre del Rey eterno, madre del varón fortísimo, madre de todos los escogidos (que equivale a lo del Apocalipsis, cap. XII, v. 5: «y en esto dio a luz un hijo varón»). «Es Ella, dice Ausberto, y no hay que extrañarlo, el tipo de toda la Iglesia, porque habiendo concebido en su dichoso vientre al que es cabeza de la Iglesia, Cristo Jesús, en quien la Iglesia tiene su unidad, mereció que toda la Iglesia fuese como el parto suyo. Ella ha dado á luz un parto de virilidad, no de afeminamiento, no de torpe debilidad, sino de cuerpo esforzado, para combatir contra las potestades del abismo, cuerpo viril y robusto».
  
Oíd de nuevo a San Bernardo explicando este gloriosísimo pasaje del Apocalipsis y aplicándolo con razón a esa Reina coronada en los cielos y sentada en ese trono superior a todo lo criado: «La Virgen María ha sido hecha toda para todos; para todos está patente ese sagrado seno de misericordia, a fin de que todos reciban de su plenitud: el cautivo, la redención: el enfermo, la curación; el triste, su consuelo; su perdón, el delincuente; su gracia, el justo; su alegría, el ángel; y finalmente toda la Trinidad, la gloria, y, en la persona del Hijo, la susbtancia de la humana carne, para que no haya quien quede excluido de su calor… Con razón, por eso, María es preconizada como revestida del sol. siendo así que ha penetrado en el abismo profundísimo de la sabiduría divina, más allá de lo que se puede conceptuar. Con ese fuego suyo es con el que fueron purificados los labios de los Profetas; en ese fuego es en el que los serafines han sido inflamados. De muy diversa y superior manera ha merecido María no ya ser tocada de él en la superficie, sino cubrirse y rodearse de él por todas partes, penetrarse y como sumergirse en él».
  
Gran prodigio es ella, porque, como dice San Buenaventura, «es tan grande, que mayor no podía Dios hacerla; podría Dios hacer un mundo mayor y un cielo más grande; pero mayor Madre que la Madre de Dios no podría Dios hacer».

Esa Madre de Dios y por bondad de ambos Madre nuestra, es tan buena porque es tan grande, y no es tan grande sino porque es tan buena. Dichosa porque ha creído, dichosa porque ha confiado, dichosa porque ha amado. Si al comenzar, si en su primer instante de ser, la gracia ha sido el todo y toda para Ella, todos los otros instantes han sido de correspondencia, ha sido Ella toda para la gracia, toda para toda gloria. Este es el portento de María, el mayor de cuantos pueden idearse o discurrirse; gran verdad que por sí sola acredita de verdadera a sólo la religión Católica, porque es la mayor belleza, el esplendor más puro que surgir pudiera de la verdad, así como el esplendor del diamante acusa que es de diamante y no de falsificación de quebradiza piedra diáfana.
  
Por eso, todo triunfo para la verdad y todo triunfo para el bien, no se hace sino a las órdenes de María. Judit fue para vencer a Holofernes; Ester para vencer a Amán; nuestra Reina es necesaria en todo combate contra todo error y todo pecado, si se quiere triunfar; porque sin Ella, no quiere el Rey que se triunfe. Bien sabe la Iglesia Católica, y en esto no se engaña, como en nada se engaña, por qué a María la pregona y adjudica la palma de vencedora de todas las herejías, así como el título de Refugio de todos los pecadores y por lo mismo vencedora de todos los pecados.
  
No hay contraste más hermoso ni glorioso que el de nuestra Reina; ¡tan blanda, amable, misericordiosa, clemente, piadosa y dulce para todos los que quieren ser salvos! Tan aborrecida de los inicuos que por nada quieren dar gloria al Rey. No hay enemigos más enconados de Dios, que los enemigos de María. Creemos que el Infierno no aborrece tanto a Dios, sino por odio a María.
  
¡Qué dicha la de los que, si bien miserables, tenemos resuelto dar gloria a nuestra Reina, para ganar la voluntad y así congraciarnos con nuestro Rey! Ya sabemos, Señora, que rogarás por nosotros para que el gran Rey tu Hijo tenga piedad de nosotros.

lunes, 28 de octubre de 2019

MES DE OCTUBRE AL SANTÍSIMO ROSARIO - DÍA VIGESIMOCTAVO

Tomado de El Rosario: Meditaciones para los 31 días del mes de Octubre, de la autoría del licenciado Juan Luis Tercero. Publicada en Ciudad Victoria, México, en el año 1894 por la Imprenta Oficial de Víctor Pérez Ortíz. Imprimátur concedido el 12 de Marzo de 1894 por Mons. José Ignacio Eduardo Sánchez y Camacho, Obispo de Ciudad Victoria-Tamaulipas (actual Tampico).
         
CAPÍTULO XXXII. JESUCRISTO EN LA ASUNCIÓN DE SU AMADA MADRE.
Ahora es a la inversa; nuestras consideraciones vamos a ponerlas en los pensamientos y afectos de ese Hijo divino para con la asunción de su Santa Madre; así la entenderemos y amaremos mejor, y así de consiguiente entenderemos y amaremos mejor a nuestro Dios.

Comienza el Cántico de los cánticos, con que se celebran los galardones, los triunfos de la Madre de Dios. Todo lo que puede el amor decir de alabanza a la hermosura criada por ese amor; todo lo que puede Dios hacer, intentando lo supremo de los favores que Asuero quería hacer a su fiel subdito Mardoqueo, se hace en la asunción de la humilde María; todo lo que Salomón con la Madre suya, si Salomón hubiese sido Dios; todo lo que Asuero con la escogida Ester, si Asuero hubiese podido disponer de mejores dones, eso hace Jesucristo Dios, con la Madre de Dios, madre suya.
  
Tanto amó Dios al mundo, que le dió a su Hijo Unigénito; más que a ninguno del mundo, que a ninguno de los ángeles, amó Dios a la excelsa María; pues, ese Unigénito ciado al hombre y al ángel, se da principalmente a María.

«En mi Unigénito está todo mi amor», dice Dios Padre; pues, de una manera semejante dirá también: «todo mi amor está en esa humilde María, en esa Madre de mi Unigénito». El Espíritu Santo, amor del Padre y del Hijo, dice, pues, a Ella y por Ella a todas las almas sus escogidas: «Ven del Líbano, Esposa mía; ven, serás coronada». «Hija de Sión, toda eres hermosa y suave, como la luna hermosa, como el Sol escogida». «Como cedro en el monte Líbano te levantas, como ciprés en Sión, como mirra selecta has dado olor de suavidad, como cinamomo y bálsamo de perfume». «¡Qué hermosa eres, amiga mía y cuán bella eres; son tus ojos de inocencia y mansedumbre como de paloma!». «Miradla: ¿quién es ésta que se levanta como el sol, hermosa como Jerusalén? Las hijas de Sión la contemplan y la llaman dichosa, las reinas prorrumpen admiradas en su alabanza». «De rosas va circundada como en días de primavera, de lirios de los valles». «El Señor le ha prestado su ayuda, la ha llenado de gracia, con todo el favor de su semblante, jamás vacilará porque el Señor está con Ella». «María es llevada a los cielos; los ángeles se regocijan y todo es en alabanza del Señor».
   
¿Qué es todo esto sino la voz difusa de una gran palabra, la luz difusa de un gran luminar? «La llena de gracia», «la bendita entre todas las mujeres», «la que todas las generaciones llamarán dichosa»; esos tres encomios todo lo compendian.
  
El buen Dios, el Omnipotente, el Omniciente, amó a sus criaturas, amó al hombre; gran verdad, bendita verdad. Pero en las obras del Bueno, del Omnipotente, del Sabio, se reclaman lo sencillo y lo profundo, lo uno y lo vario. Es tan verdadero que Dios ama a los humanos, que nada menos una criatura humana puede entender dicho a sólo Ella, y a sólo Ella con singularísima aplicación, cuanto es aplicable a cualquier otro humano, a quien Dios dispense su amor y sus favores. Por eso los amorosos afectos y deliquios de Dios misericordioso, con verdad aplicables a todas las almas buenas y a cualquiera buena, lo son singularísima y únicamente en toda su plenitud a la única, a la escogida, a la predilecta María.

Con ésto, discurramos y admiremos, no sólo si en verdad ha habido asunción de María a los cielos, sino en ella el mayor triunfo que a humana criatura haya podido concederse. Ese Hijo de Dios, ese Verbo divino que tanto amor ha tenido a la Inmaculada y humilde, a la Dolorosa, a la magnánima, ¡con qué dádivas de amor y omnipotencia no la habrá colmado al resucitarla y hacerla subir en cuerpo y alma a los cielos! Cómo no la diría: «¡Madre perfectísima, Madre ameritadísima; yo todo lo puedo, yo todo os lo debo; pedid, que puedo daros, no ya como el hombre que es sólo hombre, que no puede donar, si es rey, sino la mitad de su reino y un reino en que todo cede a cuenta, peso y medida, sino mucho más; yo os doy todo mi reino, todo mi gozo; entrad a él, Madre mía. Ya no os diré sólo “mujer”, como en Caná y en el Calvario; ya no os argüiré como el día que me hallastéis en el Templo, ya de perdido; ya puedo deciros ahora: “Paloma mía, Inmaculada mía. Hermana mía, Esposa mía, y, sobre todo, Madre mía; que eso sólo si apenas lo insinué en mi Cántico de los cánticos, que hoy plenamente comienza en toda su gloria, oh humilde Madre de este verdadero Dios hombre”!».
 
Pensemos, amables lectores, si en equivalentes expresiones que en la otra vida sabremos en su exactitud deliciosa, ¿no sería este el lenguaje de los conceptos y afectos de Jesucristo glorificado para con la Santísima Virgen, el día luminosísimo de su asunción a los cielos? Y siendo esto así, ¡cuán hermoso aparece Dios en su amor al hombre y al género humano, a las almas buenas, y, por excelencia, a la Bendita entre todos los humanos, a la Reina de todos los buenos!

«Siendo la recepción de María en el cielo por su divino Hijo —dice el sabio apologista de Ella en este siglo— en razón de la que Ella le dispensó en la tierra, debía superar a la de todos los elegidos. Como María le ha recibido la primera, y de un modo inefable, en la Encarnación; también la primera, y de un modo inefable, ha debido ser recibida en su Asunción. No sólo le ha recibido Ella, sino le ha atraído, atraído por la humildad, la fe, la pureza, la caridad de su alma; y esta es la razón de por qué María debió ser atraída por un misterio especial de gracia y de gloria; y ha debido ser atraída, elevada en su cuerpo y en su alma, porque Ella le atrajo por su alma y su cuerpo. Ha debido llevar al cielo el sello sensible de su maternidad, que es el título de su belleza, el cuerpo en que concibió a Dios por el mayor de los prodigios. Ha debido llevar a la gloria el seno que ha llevado a Jesús en su humillación, que le ha alimentado en su infancia, a fin de ser honrado por los bienaventurados en su prerrogativa de Madre de Dios, como Jesús ha querido serlo en su título de Hijo del Hombre» (Juan Santiago Augsto Nicolás, La Virgen María y el plan divino, parte III).

Ese Hijo agradecido que, cuando la prueba, que cuando niño, que cuando pobre y cuando huésped, fue objeto de la más santa y meritoria recepción de su humilde Esclava, ¡cómo no será hoy el objeto de los agradecimientos del que agradece y paga toda buena obra, cuando esa buena obra de María es la más buena y excelente que darse pudiera en humana criatura y en criatura alguna! Hoy se ve lo que es Dios-hombre obligado, agradecido y dispuesto a pagar lo que debe: esta es la gloria de la Asunción.

«Ven, hácele exclamar a ese Dios un piadoso discípulo de San Bernardo, ven ¡oh, mi muy amada! Pues nadie en mi humildad ha dádome tanto como tú, a nadie como a ti quiero colmar de los bienes de mi gloria. Me comunicaste en mi Encarnación la naturaleza del hombre, y quiero comunicarte en tu Asunción la grandeza de Dios. Admitiste al Dios Niño en tu seno; recibirás al Dios inmenso en su gloria. Fuiste morada de Dios en su peregrinación; serás palacio de Dios en su reino. Fuiste la tienda de Dios mientras combatía; serás el carro de triunfo de Dios Vencedor. Fuiste lecho del Esposo encarnado: serás trono del Rey coronado».

¡Cuánto de virtudes y de dones no ha inspirado el Hijo en la Madre! Si hubiera de suprimirse el cielo como goce, y quedase y pudiese verse en sí mismo y no en sus efectos de gloria el mérito de la virtud y de sus buenas obras, ¿no fuera ya un mar inmenso, un cielo de belleza la de esos dones con que el Hijo ha enriquecido a la Madre Santísima? ¡Esa humildad, esa prudencia, esa discreción, esc callar, esa palabra oportuna, esa constancia, esa firmeza, esa dulzura, esa fortaleza, esa abnegación, esa magnanimidad, esa paz, esa paciencia, esa contrición, ese contento, esa alegría, esa fe, esa esperanza, esa caridad la más ordenada de todas, esa misericordia, de la que es constituida la Madre y la Reina!

Eso ha dado el Hijo a la Madre; a eso ha correspondido con el céntuplo la Incomparable… ¿En dónde estás, admirador de lo bello y arguyente de lo verdadero, que no proclames en la Asunción de la Reina de las virtudes a la Reina de todas las glorias?
  
Sí, Jesús Dios Nuestro, te saludamos, te felicitamos, te amamos, te glorificamos, te damos gracias por ese gozo de tu corazón con que das lleno a los deseos de tu agradecimiento a la Reina de todas las madres, en ese gran día en que asombras a los cielos por tu ternura y tu magnificencia de Hijo de la Virgen Santísima. Ahora vemos una vez más y la mejor de las veces, que no hay Dios como el Señor Dios Nuestro, el que habita en la altura y atiende a los humildes tanto como en la tierra así en el cielo.
  
Fe, esperanza, amor: eso es, oh Cristo, lo que te pedimos por la intercesión de aquella que tanta fe, esperanza y amor abrigó para ti. Danos esas tres dádivas para conocer y amar cada día más y más, por ti a tu dulce Madre y por ella otra vez a ti.

domingo, 27 de octubre de 2019

MES DE OCTUBRE AL SANTÍSIMO ROSARIO - DÍA VIGESIMOSÉPTIMO

Tomado de El Rosario: Meditaciones para los 31 días del mes de Octubre, de la autoría del licenciado Juan Luis Tercero. Publicada en Ciudad Victoria, México, en el año 1894 por la Imprenta Oficial de Víctor Pérez Ortíz. Imprimátur concedido el 12 de Marzo de 1894 por Mons. José Ignacio Eduardo Sánchez y Camacho, Obispo de Ciudad Victoria-Tamaulipas (actual Tampico).
         
CAPÍTULO XXXI. MISTERIO CUARTO: LA ASUNCIÓN DE MARÍA SANTÍSIMA A LOS CIELOS
«Regocijémonos todos en el Señor, celebrando el festivo día en que honramos a la dichosa María Virgen, con cuya asunción se gozan los ángeles y cantan alabanzas al Hijo de Dios».

Esta es la voz de la Iglesia al celebrar la asunción de nuestra Reina, el gran misterio de su exaltación a las alturas después de pasar por el sepulcro, a semejanza de la ascensión de su Hijo Cristo resucitado.

Este gran misterio, principio de los triunfos definitivos de gloria de la Dolorosa, que, antes en su camino como el Mesías, ha bebido del amargo torrente, en gran manera interesa la ciencia y la piedad de los hijos fieles de esa Reina de la Iglesia, y guarda espléndida proporción de sabiduría y de amor con los otros misterios de nuestra amabilísima y dichosa Madre.
  
Sí; todo es armonía y magnificencia en esta maravillosa obra maestra del Dios de piedad: el portento de la Encarnación del Verbo reclama con el portento de la Concepción Inmaculada de la Madre de Dios, y el de la Inmaculada, con el de la divina Maternidad. Este reclama, a la vez, con el de la incomparable humildad de la Esclava del Señor y sus otras incomparables virtudes; pero tantas grandezas reclaman prodigiosos méritos posteriores que harán a la humilde a Inmaculada Madre Virgen, aptísima para algo superior a esas anteriores grandezas, la Corredentora de sus hermanos, la Madre incomparable del dolor. Mas, de aquí vendrá poderosísima razón para que la magnánima Reina de los mártires sea no menos la Reina, digamos así, de los resucitados, la triunfadora que en la victoria sobre la muerte tendrá el lugar primero después de su Hijo. Y estas magnificencias aún tendrán su coronamiento cuando la Escogida, la Unica, vaya a sentarse en ese “solio estrellado” en donde reinará para siempre a la diestra de su Hijo sobre todas las criaturas.

Pero entretanto, gocemonos en contemplar ese tránsito de la amorosísima paloma, ese tránsito de este valle de gemidos, más allá de las riberas de las aguas, exhalando virginal fragancia de sus vestiduras y rodeada de flores de rosal y lirios de los valles, como si fuesen días de primavera.

La muerte no ha ejercido en Ella imperio sino servicio de sierva obsequiosa; Ella ha languidecido de amor y ha enviado a decir a su Amado, que no difiriese más la hora del santo abrazo de su ternura; y aquél que amó a los suyos tanto y a su Predilecta sobre to dos, señaladamente la amó en el día en que la llamaba a su Reino y en que a ese reclamo de su Inmaculada, respondía: «levántate y date prisa, amiga mía, paloma mía, hermosa mía y ven, que ya pasó el invierno». «“En tus manos, Señor, contestó Ella, encomiendo mi espíritu”; cerró los virginales ojos y espiró», según frase acertadísima que textual copiamos de nuestra venerable escritora María de Ágreda.
  
Los apóstoles congregados de todas las partes del mundo rodean el lecho santo de la Reina, y el cielo ha descendido a la tierra en ese Cenáculo en que la sabiduría, la omnipotencia y la ternura del Padre, del Hijo y del Consolador, han obrado tantos prodigios. «Los ángeles entonan cánticos, ya próxima a espirar la Reina; los cánticos de Salomón y otros nuevos. Una fragancia divina y la música celestial se dejan percibir hasta de los extraños a la santa casa, moradores próximos a ella. Un resplandor admirable se deja ver por todos, y el Señor ordena que para testigos de esta nueva maravilla concurra mucha gente de Jerusalén que ocupaba las calles». Esto escribe nuestra venerable Maria de Ágreda; creemos a ella y no podríamos creer lo contrario; como que, aparte de lo respetable de tal testimonio de la humilde monja española, es todo ello eminentemente verosímil, por más que no conste en libro bíblico. Si de gran número de santos, cuyas vidas han concluido con esos prodigios, constan con certeza maravillas de conciertos celestiales, esplendores y fragancias, sobre todo tratándose de aquellos santos más humildes y empeñados en obscurecerse, ¿qué no habremos de tener por verosímil en grado eminente, tratándose de la Reina de la humildad y de la abnegación?
 
Esa alma incomparable, esa alma que á un santo conocedor de nuestra Reina, San Dionisio Areopagita, y a otro santo, Tomás de Aquino, por su inteligencia y sabiduría llamado “Sol de las escuelas”, esa alma de María ha parecido algo como infinito, es llevada a los cielos a tomar posesión de inmensa gloria, mientras que la ciudad de Jerusalén se conmueve toda y admirados concurren muchos confesando el poder de Dios y la grandeza de sus obras.

El cuerpo santísimo de la Hermosa queda en el sepulcro; llega el tercero día; Tomás, el apóstol incrédulo de la resurrección de Cristo, compurga ahora su antigua tardanza en creer; ha llegado después que la Reina fue sepultada; quiere consolarse con ver los sacratísimos restos y van a mostrársele. Esto no era más que un ardid del cielo para que la resurrección y asunción de la Inmaculada se revelasen a los ojos. El sepulcro está vacío, la Madre de Dios ha resucitado; y esto es muy reciente, porque hace pocas horas han cesado los cantos angélicos que perseveraban durante más de dos días que asistían los apóstoles velando en el sepulcro.

«Se ha hecho, pues, la Asunción de María Santísima a los cielos, los ángeles se alegran, y entre alabanzas bendicen al Señor», canta la Iglesia. «María Virgen ha sido transportada al tálamo celeste en que el Rey de los Reye s tiene su trono sobre las estrellas»; «al olor suavísimo que de ti exhalas, oh Señora, te seguimos apresurados con el alma; ¡cuánto amor inspiras a las doncellitas!». «Sublimada has sido, Santa Madre de Dios, sobre todos los coros de los ángeles, a los reinos celestiales». Cánticos son todos con que la Santa Iglesia Católica, en la gran fiesta de la Asunción, no cesa de hacer justicia a la Madre de Dios y al Hijo de esa Madre, y que en esa justicia jamás agotará las alabanzas debidas a tan gran Madre de tan gran Hijo, pues no sería tal Madre ni sería Dios tal Hijo, si la alabanza de ellos conociese términos o límites.
  
«Comienza hoy el cántico de los cánticos», palabras de la lección primera del Breviario, que en otras circunstancias fueran vulgares y sin importancia alguna; pero admirables y profundas en esta sublime oportunidad, porque nada menos es como si dijésemos: el gozo de aquellas palabras hechas por el Espíritu Santo para enamorar a las almas sus amadas, comienza hoy a ser ya pleno, imperecedero. «Béseme el Señor con ese beso celestial (así comienza el santo libro bíblico del Cantar de los cantares), que hace feliz al alma para siempre… Hágame entrar el Rey misericordiosísimo y santísimo a ese santuario de su caridad perpetua».
  
¡Oh Santísima Virgen, digna eres como el Cordero, de todo gozo y de gozo para siempre!

«Hoy, pues, vuelve a decir la Iglesia por los labios del elocuentísimo y santo Doctor San Juan Damasceno, el Arca santa y animada del Dios vivo, que concibió en sus entrañas a su Criador, descansa en el templo del Señor no construido por mano alguna; David canta a su Hija y los ángeles conciertan con él sus coros; los arcángeles la celebran, las virtudes la glorifican, los principados saltan de júbilo, conmuévense las potestades, regocíjanse las dominaciones, los tronos están de fiesta, los querubines la alaban y los serafines preconizan su gloria. En este día, el edén del nuevo Adán recibe a este Paraíso animado, en quien fue abrogada la condenación, plantado el árbol de la vida y cubierta nuestra desnudez».

«Hoy, la Virgen inmaculada, a quien no desfloró ningún afecto terrenal, y que vivió siempre con el pensamiento puesto en las cosas celestiales, no ha vuelto a la tierra; sino que, como era un cielo animado, la recibieron los astros celestes. En efecto, ¿cómo pudiera morir aquella de quien vino a todos la verdadera vida?  Ella debió sin duda doblegarse bajo la ley que aquél mismo a quien engendró, sobrellevara, y como hija del viejo Adán sufrió la antigua sentencia (porque tampoco la esquivó su Hijo que es la vida misma); pero como Madre del Dios vivo, se elevó justamente a Él».

A esa Reina, por tanto, que va a ocupar el solio mayor que pudo ver el cielo para deificarla con sus favores y por medio de Ella favorecer al humano linaje, elevemos ya desde hoy cuantas peticiones reclamen nuestras necesidades; porque, como dice suavísimamente San Bernardo: «en María no puede faltar ni la facultad, ni la voluntad de hacer dádivas a los humanos. A la piedad de María no faltó nunca la fe, la gravedad a su palabra, la eficacia a su voto. No olvides encomendar a María cuanto te propongas ofrecer a Dios. María es la honra del Paraíso, el gozo del cielo. María es la Iglesia de la virginidad. La virginidad de María es mayor que la pureza de los ángeles. Pensando en María, no errarás; rogando a María, no desesperarás. Por María, el cielo ha quedado lleno, y el infierno vacío. En María puso Dios el sol y la luna, a Cristo y a la Iglesia. En María han encontrado los ángeles la alegría, los justos la gracia, los pecadores el perdón para siempre. En María, por María, de María, la benigna mano del Omnipotente, cuanto había criado lo ha vuelto a criar; sin María nada se ha rehecho, así como sin Dios nada se hizo; por manos de María pasa lo que Dios quiere darnos».
  
Entra a los cielos, ¡oh Reina! Adelántate, ¡oh bendita entre todas las criaturas, y comienza ya tu reinado! Ya te apiadarás de nosotros, que somos tus hermanos, y te pedimos humildemente que no nos dejes perecer.

sábado, 26 de octubre de 2019

MES DE OCTUBRE AL SANTÍSIMO ROSARIO - DÍA VIGESIMOSEXTO

Tomado de El Rosario: Meditaciones para los 31 días del mes de Octubre, de la autoría del licenciado Juan Luis Tercero. Publicada en Ciudad Victoria, México, en el año 1894 por la Imprenta Oficial de Víctor Pérez Ortíz. Imprimátur concedido el 12 de Marzo de 1894 por Mons. José Ignacio Eduardo Sánchez y Camacho, Obispo de Ciudad Victoria-Tamaulipas (actual Tampico).
      
CAPÍTULO XXX. LA MADRE DE DIOS EN LA VENIDA DEL ESPÍRITU SANTO SOBRE LOS APÓSTOLES
¡Reina del cielo, alégrate, hoy el prometido Espíritu del Señor llena toda la tierra.

Tu reinado, el reinado de tu Hijo por medio de ti, oh Santísima Virgen, ha comenzado ya. Lo que tu Hijo tendría de hacer, mas no podría hacerlo visiblemente al fundar su Iglesia, ya desde los días de Pentecostés, lo haces tú como una reina madre en la ausencia de su hijo, o como reina viuda, fiel a su real esposo. El Espíritu de Dios es enviado al mundo, pero no sin contar con tu cooperación; así como mediante ella fue enviado a encarnar en tu seno el Unigénito.
 
Al Evangelio basta una palabra para darnos a entender cuál era la importancia de ese ministerio, de ese reinado de la Virgen .Santa en esos momentos solemnes que siguieron a la Ascensión; elevado ya a los cielos el Nazareno, congregados los apóstoles, los demás discípulos y las santas mujeres en el Cenáculo, y próximo el Paráclito a descender sobre todos, la Inmaculada preside la dichosísima congregación; para caracterizar el valor sublime de esa gran Iglesia, al Evangelio, decimos, basta una palabra: «Todos perseveraban unánimes en la oración… con María, Madre de Jesús».

Esto quiere decir, a semejanza de lo que se afirmó del Verbo divino, «sin el cual nada se hizo», que sin María, nada se hizo. María preside a la Iglesia en el Cenáculo en su fundación, y esa presidencia todo lo explica. María en su humildad ocupa el lugar último en la narración de ese gran hecho, y ésto nada menos nos hace ver que ocupa el primero. San Bernardo lo observa desde luego con su dichosa elocuencia filial: «Humillándose María tanto más cuanto era mayor, no sólo entre todos sino en todo, con razón ha quedado colocada como primera, pues siéndolo tomaba para sí el lugar último».

Colocada así nuestra Reina, su verdadero ministerio es mayor de lo que parece, y como nota un gran sabio y piadoso cristiano de nuestro siglo: «María intervino y obró allá (en el Cenáculo) ejerciendo el mismo ministerio, la misma acción, que tendrá siempre en la Iglesia y que irá manifestándose más y más cada vez: en la obra de nuestra salvación, dice Guéranger, reconocemos tres intervenciones de María, tres circunstancias en que es llamada a unir su acción a la del mismo Dios. La primera en la encarnación del Verbo, que no viene á tomar carne en su casto seno, sino después que Ella ha dado su consentimiento con aquél solemne fiat que salva al mundo; la segunda, en el sacrificio realizado por Jesucristo en el Calvario, donde Ella asiste para participar de la ofrenda expiatoria; la tercera, en fin, el día de Pentecostés, en que recibe al Espíritu Santo, al mismo tiempo que los apóstoles, para poder emplearse eficazmente en el establecimiento de la Iglesia que se desarrolla bajo sus auspicios» (Juan Santiago Augsto Nicolás, La Virgen María y el plan divino, parte III).

Es necesario no dejarlo de ver, no desconocerlo, proclamarlo muy alto, porque es la verdad, verdad sólida, profunda, hermosísima, tan hermosa como un cielo, como un cielo único (non hujus creatiónis), grande como ninguno después del cielo de los cielos Jesucristo, y esta verdad es, que el silencio y el laconismo del Evangelio, después que se contenta con decir «con María, Madre de Jesús» tratándose de la gran inauguración, sea de los milagros de Jesucristo, sea de los milagros del Espíritu Santo, es silencio y laconismo de intención, divinamente pensado y calculado. El poco hablarse, el poquísimo hablarse de “la Madre de Jesús” en las bodas de Caná y en la Pentecostés, entraña todo un mundo de elocuencia, es todo un Evangelio, el Evangelio de María, de María Madre de Jesús, y por ende, Madre de Dios. Quien quiera deducir del número de palabras y no de su peso, a lo protestante, la importancia bíblica, evangélica, de una intención del Espíritu Santo, yerra diametralmente, yerra infinitamente. La importancia de la mención de María como Madre de Jesús, en Caná y en la Pentecostés, no es menor que la de un Evangelio, es tanta como la de ser Madre de Dios, en comparación de lo cual, después de Dios y de la humanidad de su Hijo, queda inferior todo cuanto puede haber de grande e importante.
 
Así, pues, el ministerio de María en el Cenáculo al descender el Espíritu Santo, a fundar y vivificar su Iglesia, es tan real y grande, como al descender a su vientre inmaculado el Verbo divino a encarnarse. Aquel fiat de Nazaret para la Encarnación, tiene intima correspondencia con otro fiat que ha hecho descender al Santificador: «La cooperación de Nuestra Virgen con el Espíritu Santo en la Encarnación del Hijo de Dios, dice el gran sabio que hemos citado, reclama igual cooperación en el Cenáculo de Jerusalén para la manifestación de tan elevado misterio. En Nazaret presta a Dios su casto seno, y en él obra el Espíritu Santo la Encarnación del Verbo: en Jerusalén proporciona a la Iglesia el testimonio de este misterio, y el Espíritu obra sobre la inteligencia de los apóstoles para que lo entiendan. En Nazaret el Espíritu Santo desciende sobre Ella, y por su testimonio conviértese en Madre de nuestra fe». «Tu voz, oh María, exclama un antiguo intérprete (esa misma voz que, en la Visitación, llenó a Isabel del Espíritu Santo y del conocimiento de la maternidad divina), ha sido la voz del Espíritu hablando a los apóstoles, de suerte que cuantos misterios necesitaban complemento, confirmación o testimonio, les han sido aclarados, desarrollados y confirmados por tu boca sacratísima como fiel intérprete de este Espíritu de Verdad».

Maestra nuestra, diremos a tan esclarecida Señora, ¿qué te falta para que seas la dichosísima, la más semejante a nuestro Jesús y a nuestro Paráclito? Esa tu advocación de Reina de los apóstoles, es la de nuestra Preceptora, Instructora, Maestra y Reveladora, y una vez más se ilustra que hay razón en saludarte como Destructora y Vencedora de todas las herejías.
 
Mas el Espíritu Santo, nuestro amadísimo Consolador ha traídonos no sólo la verdad sino la caridad, difundiendo esa en las mentes, ésta en los corazones, y ¿quién coopera tanto como tú en esa difusión de la Verdad y de la Caridad, oh Maestra de toda verdad y ejemplar de toda caridad?
 
Esa verdad santa, de la que se dijo (Sabid. cap. VII vers. 22) que es espíritu de inteligencia, único, múltiple, limpio, sin mancha, suave, penetrante, sutil, que todo lo ve, ¿en qué grado no la recibiría nuestra Reina para comunicarla después a sus hijos? Y esa caridad santa de la que se dijo (I Corintios, cap. XIII) que era sufrida, que era benigna, sin emulación; que no obra precipitada ni temerariamente, ni se ensoberbece; que no se irrita ni piensa mal, ni se goza en lo malo y se congratula de toda verdad; que cree todo lo bueno y todo lo espera y lo soporta, ¿en qué grado no se daría a la Inmaculada Madre del Nazareno por el celeste Esposo de Ella, dador de todos los dones, para hacer de ellos partícipes a sus apóstoles?
 
Ninguno, pues, como la Madre de la Verdad y del Amor hermoso, recibió para sí y para nosotros tantos dones en la Pentecostés; ninguno cooperó tanto como nuestra Madre; cuanto nosotros podríamos decir en aspiración de esos dones magníficos, para merecerlos y recibirlos, o en agradecimiento de ellos después de recibidos, lo elijo y de una manera que a toda criatura excede infinitamente: «Ven, Espíritu Criador, visita nuestras almas, llena con tu celeste gracia estos corazones que tu criaste. Haz brillar la luz a nuestros sentidos, infunde el amor en nuestros pechos y conforta nuestra flaqueza con la virtud de tu fortaleza. Vuélvenos la alegría de tu Salvador y confírmanos con tu Espíritu Santo».

Esas voces de alabanza y de buena nueva con que los dichosos moradores de Sión, hijos de María, se expresan en todos los idiomas y muestran y derraman en otros los dones recibidos de lo alto, son la efusión de esa plenitud, así como lo fue cuando la Santa Virgen prorrumpió en otro tiempo en su inmortal «Magníficat». Ahora ese “Magníficat” se renueva; ¡qué gozo el de nuestra Reina! ¡Qué agradecimiento! ¡Qué embeleso en semejantes triunfos del Padre Omnipotente, del dulcísimo Unigénito, del Consolador Espíritu eterno de Caridad! «Glorificad al Señor, porque es bueno, porque es eterna su misericordia», canta la Reina, arrasados en lágrimas los ojos, que vuelve con grande misericordia a todos esos convertidos, no menos que a sus conversores, a ese Pedro, a ese Juan, a esos dos Santiagos, a ese Felipe, a ese Bartolomé, a esos Persas, Medos y Elamitas, Asirios y Griegos, Egipcios, Libios y Romanos, tanto judíos como prosélitos, cretenses o árabes, primicias abundantes y variadas de la nueva grande Iglesia.
   
«Haced todo lo que os ordenare», dijo la Santa Madre de Dios en las bodas de Caná a los que no tenían vino, refiriéndose a su Hijo. «Hablad lo que os inspirare», dirá hoy la Inmaculada Reina a los apóstoles, refiriéndose al Espíritu Santo. Pedro levantará su voz, «voz del Señor sobre muchas aguas», después que el Señor ha tronado en lo alto, y el nombre de Jesús el Nazareno, el nombre de Jesucristo, es proclamado con valentía por aquel tímido apóstol que a la voz de otra mujer había negado cobardemente a su Dios y Señor; el atentado sacrilego de los matadores del Santo Hijo de la misericordiosa Madre, es reprochado por San Pedro con reconvención fraterna y tiernísima de perdón; y la salvación de tantos verdugos, se obra en esos dichosos momentos. La hora de los triunfos ha llegado, y el asombro de prodigios mayores que de muertos resucitados, de soles obscurecidos y de lunas enrojecidas como de sangre, el asombro de prodigios de arrogantes judíos, fariseos y publícanos derramando lágrimas, anuncia que al fin hay algo muy grande y del todo divino en esa Cruz desde la cual como en un trono se propuso reinar Cristo.

Pensad, hermanos nuestros, los que amáis con nosotros a la dulce Madre de Jesucristo, qué sentiría la Señora ante esas palabras del Jefe de la Iglesia. No podéis pensar sino que son dictadas al apóstol por la intercesión de esa Esposa del Espíritu divino. Así como en Caná, cuando sucede el prodigio del agua convertida en vino, la Señora a quien se debe, calla humildemente, así ahora la Reina se oculta de suerte que toda la gloria de tan insignes conversiones sea para Pedro, y sobre todo, para Dios: «non nobis Dómine, non nobis, sed nómini tuo da glóriam».
 
«Haced penitencia», responde el Príncipe de los. apóstoles a los nuevos conquistados del gran Rey, y la Reina inspirará en sus corazones ese dolor que una vez sentido cautiva de amor para siempre, arranca lágrimas de ternura y hace hoy saltar de regocijo los huesos antes quebrantados por el tedio de la incredulidad y del crimen. La Misericordiosa unirá a los recuerdos de David penitente, las emociones de actualidad, viendo una vez más en María, la pecadora María Magdalena, las lágrimas de otros días, lágrimas que fueron el encanto de la Inmaculada como lo fueron de su inmaculado Hijo.

Por fin, en ese gran día para siempre memorable de Pentecostés, se inauguraba ese registro numerosísimo, incontable de conversiones, de lágrimas, de rendimientos de corazones quebrantados, a la vez que por el dolor dichosísimo de la penitencia, por el amor ternísimo y agradecidísimo del que es perdonado.
 
La Reina de la Misericordia inauguraba allí su imperio; la Humilde, la Magnánima, la Clemente, podía recibir ya las deprecaciones de todos aquellos, como las iba a recibir sin interrupción de allí para lo sucesivo en todos los días, en todas las horas de un porvenir que aún dura y que no acabará sino con los siglos. Ea, Señora, abogada nuestra, ruega por nosotros para alcanzar el perdón de Jesús, de ese fruto bendito de tu vientre.
 
Allí en ese día y en ese Cenáculo, estábamos presentes a tus ojos, oh Santísima Virgen, todos los hijos de tu dolor. Haz que la meditación de tan dulces acontecimientos nos arranque, al fin, de todo trato con el espíritu del mal, de toda mala inclinación, de todo gusto depravado y nos afirme en el propósito de ser todos de María para Jesucristo, que con el Padre y el Espíritu Santo sean hoy y para siempre jamás, nuestro amor y nuestro gozo. Amén.

viernes, 25 de octubre de 2019

MES DE OCTUBRE AL SANTÍSIMO ROSARIO - DÍA VIGESIMOQUINTO

Tomado de El Rosario: Meditaciones para los 31 días del mes de Octubre, de la autoría del licenciado Juan Luis Tercero. Publicada en Ciudad Victoria, México, en el año 1894 por la Imprenta Oficial de Víctor Pérez Ortíz. Imprimátur concedido el 12 de Marzo de 1894 por Mons. José Ignacio Eduardo Sánchez y Camacho, Obispo de Ciudad Victoria-Tamaulipas (actual Tampico).
      
CAPÍTULO XXIX. MISTERIO TERCERO: LA VENIDA DEL ESPÍRITU SANTO SOBRE LOS APÓSTOLES
«¡Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo!» «El Espíritu del Señor ha llenado el mundo universo… Aleluya. Levántese Dios y sean disipados sus enemigos, y huyan de su presencia los que le aborrecen».
 
«Oh Dios, que has iluminado con la luz del Espíritu Santo los corazones de los fieles, concédenos el sentir rectamente en ese mismo Espíritu y el gozar siempre de sus consuelos. Por Jesucristo Nuestro Señor».

«¡Cuán bueno y suave es, oh Señor, tu Espíritu en nosotros!».
 
Este es canto y oración de la Santa Iglesia en la gran fiesta del Pentecostés o cuando invoca en especial misa al Espíritu Santo.
  
Este misterio, objeto de la fe y del amor para incipientes y para perfectos, es, como todos los del símbolo católico, admirable. La economía de su manifestación, de su preparación, revelación y dispensación, toda es sabiduría, bondad, misericordia y caridad eterna.
 
«Tanto amó Dios al mundo, que le dio a su Hijo Unigénito», dice el Evangelio. También podemos decir: «Tanto amó Dios al mundo, que le dio a su Espíritu Santo». «Tanto amaron al mundo el Padre y el Unigénito, que le dieron a su Espíritu Santo».

El Padre nos crió, el Hijo Verbo de Dios nos redime, el Espíritu Santo nos santifica y glorifica. Las tres altísimas personas verdaderas y distintas, son una sola y misma divinidad, una misma esencia divina. En Jesucristo, mediador de ellas, Verbo hecho hombre, la Divinidad se ha hecho en cierta manera visible por la operación teándrica de su humanidad en beneficio de los mortales, que no entramos todavía por la muerte en el gozo del cielo. Pero si en las tres divinas personas hay distinción, no hay separación; y, así mismo, si en las obras suyas hay distinción no hay tampoco separación.
   
A semejanza de esta distinción y unidad, Dios quiere la cooperación nuestra en la adquisición de la salvación y recompensa. «Quien te crió sin ti no te salvará sin ti, decía San Agustín. Cooperación no sólo de fe, sino de obras; no sólo de fe para con el Legislador y Juez, para con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, para con el bautismo, la remisión de los pecados y la vida eterna; no sólo de fe sino también de obras; porque, dice Jesucristo: “si me amáis guardad mis mandamientos, y yo rogaré al Padre y él os dará otro Consolador para que permanezca con vosotros por siempre” (San Juan XIV, 16)».
   
Y a la vez que quiere Dios de nosotros esa doble cooperación, quiere de parte de su alta Majestad, no menos, la gradual manifestación y dispensación de sus inmensos favores, gradación misteriosa y soberanamente razonable, porque resplandece en ella el prototipo del Ser divino, de las Relaciones divinas. El Padre es el principio, el Hijo el medio, el Espíritu Santo la consumación; el Padre obra por el Hijo con el Espíritu Santo; Dios o Dios Padre se difunde en el Hijo por el Espíritu Santo en su Iglesia, en sus escogidos. Y todo vuelve a la unidad de donde salió y en todo hay que exclamar con efusión de fe, de amor, de esperanza, de santo temor y de agradecimiento: «Digno es el Cordero, que ha sido sacrificado, de recibir alabanzas dignas de Dios… alabanzas de gloria y de bendición» (Apoc. V).
  
«Bendigamos al Padre y al Hijo con el Espíritu Santo; alabémosle y ensalcémosle por todos los siglos»; gracias a ti, oh Dios, gracias oh verdadera y una Trinidad, una y suma Deidad, Santa y una Unidad.
   
Estos son los esplendores, estos los afectos de ese gran día, de esa gran obra de la Pentecostés. «No os separéis de Jerusalén, ha dicho en el último convite á sus discípulos el que va a ascender en triunfo a sentarse a la diestra de su Padre; esperad ahí el cumplimiento de la promesa, el bautismo del Espíritu Santo, para no muchos días después de ahora». Y esto ha sucedido al cabo de diez días, de diez días santamente ocupados en guardar los mandamientos, los diez mandamientos del Señor, como observa algún intérprete (Hesiquio), ocupados en la oración, en la concordia y caridad de Dios y del prójimo, presididos, gobernados por el humildísimo ascendiente de la discreta y animosa Madre del Verbo y Esposa del Paráclito.

Venían los días de las primicias del nuevo trigo, se contaban ya después de la muerte de Jesús, cincuenta días para la publicación de la ley de amor y de gracia, como se contaron cincuenta después de la Pascua de Egipto hasta el día del Sinaí. Perseveraban en oración esos dichosísimos fieles, y el ya invisible Jesucristo, envía en forma visible al otro Consolador. Oímosle ya en voz como de trueno o viento impetuoso y vémosle en forma como de lenguas de fuego. Las profecías de Isaías y de Joel se cumplen con admirable originalidad. El don de hablar todas las lenguas y el aliento para confesar a Jesucristo resucitado y glorioso, transforma a la pequeña grey. Jesucristo cumple y confirma cuanto tiene anunciado y solemnemente repetido: «Amadme, guardad mis mandamientos. Yo rogaré al Padre y os dará otro Paráclito para que permanezca con vosotros para siempre, el Espíritu de Verdad que el mundo no puede recibir… No os dejaré huérfanos, vendré á vosotros… El que me ama será amado por mi Padre y yo le amaré y me le manifestaré».

La gran promesa del Dios de los siglos y del Hijo de Dios, hoy se cumple en los apóstoles y en los ciento veinte fieles del Cenáculo; y ya luego en los tres mil que San Pedro inflama en el mismo fuego del Espíritu Santo, y así como incendio que cunde a todas partes, en muchos fieles de la Judea y de Samaria y de todas las naciones hasta el fin de los siglos.

Con qué efusión alzaría el canto esa nueva Iglesia, alentada por la magnánima Virgen Madre: «Alabad al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia. Alabad al Señor todas las naciones, alabadle todos los pueblos».
  
El Dios de misericordia y paciencia, fuerte y suave en la dispensación de sus obras, con ese modo sapientísimo y reclamado por la naturaleza misma del hombre, todas las maravillas de la Pentecostés pudo haberlas hecho antes, en el mismo día de la muerte del Redentor, o en el de la Resurrección. Pero no es eso lo que la humana y tarda inteligencia nuestra entendería, contemplaría ni agradecería sin un milagro innecesario y discordante, con el orden general de sucesión de tiempo en el desarrollo de la Creación, de la Redención, Santificación y Glorificación.
  
Así, pues, como nuestro Jesús podía decir y dijo: «Las obras que hago no son mías, sino de mi Padre»; así también podía decirse del Espíritu Santo: la obra de la Pentecostés es hecha por Jesucristo en el Espíritu Santo. Por eso del Padre se pudo decir (usque modo operátur) que «no cesa de obrar», y del Espíritu Santo, que permanece en la Iglesia rigiéndola y vivificándola («Manébit apud vos». «Dóminum et vivificántem»); y del Verbo humanado se dijo por el contrario: que «pasó haciendo el bien».
  
Si Jesucristo por su santa humanidad se adapta tanto a hacernos más inteligible y por ende más amable la bondad infinita del Padre, no menos predisponemos para hacer más inteligible y amable al hermosísimo, amorosísimo y dichosísimo Espíritu Santo. Amar, pues, al Espíritu Santo, es amar á Jesucristo y al Padre. Y así como es debido y hermoso alegrarse y amar el santo día de la Resurrección, lo es entregarse á tan felices afectos con el gran día del Espíritu Santo, cual si fuese de otro Jesucristo y, mejor, del mismo Jesucristo en la persona de otro que con él es un solo y mismo Dios.
  
Con razón, pues, el Crisóstomo dice con su poderosa elocuencia, de ese gran día: «Hoy la tierra se nos ha hecho cielo, no porque de los cielos bajasen las estrellas a la tierra, sino por haber ascendido los apóstoles a los cielos; porque se ha derramado copiosa gracia del Espíritu Santo y a todo el Orbe lo ha hecho cielo, no mudando su naturaleza, sino enmendando su voluntad. Ha encontrado a un publicano y lo ha hecho evangelista; ha encontrado a un perseguidor y lo ha mudado en apóstol; ha encontradoaá un ladrón y lo ha introducido en el paraíso; encontró a una meretriz y la hizo igual a las vírgenes; encuentra magos y los cambia en evangelistas; ha puesto en fuga a la malicia, ha introducido la benignidad, ha exterminado la servidumbre, ha introducido la libertad, ha perdonado la deuda, ha derramado la gracia de Dios. Por eso la tierra se ha vuelto cielo y esto no dejaré de decirlo cuantas veces pudiere» (En Cornelio Alápide).

Obra del Padre es la misión de Jesucristo, obra del Hijo la infusión del Espíritu Santo, por la salvación de los hombres; y, todo, obra de Dios. Otro Jesucristo es, pues, el Espíritu Santo; oigámoslo de San Agustín: «Cuánta, dice, cuán inefable es la piedad del Redentor. Introdujo al hombre en el cielo y envió a Dios a la tierra. Cuán grande es el cuidado del Autor por la restauración de su hechura. Pues he aquí que de nuevo se nos envía de las alturas otra Medicina; he aquí que de nuevo la Majestad se digna visitar por sí misma a sus enfermos. He aquí que de nuevo las cosas divinas se nivelan con las humanas, esto es, el Vicario Sucesor del Redentor viene entre nosotros a consumar con la virtud peculiar de su Espíritu Santo, los beneficios comenzados por el Salvador; lo que uno redimió, el otro santificará; y lo que aquél adquirió, éste cuidará y conservará» (En Cornelio Alápide).

Es tan cierta esa hermosa verdad, que, como es de notarse en ese pasaje, San Agustín al Espíritu Santo le llama “Vicario”, esto es, Sucesor de Jesucristo; pues el Espíritu Santo quiso descender al mundo para imitar la venida del Verbo, esto es, de Jesucristo, y completar su empresa y sus hechos. Por lo que, la venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles, fué semejante al descenso de Jesucristo al mundo, esto es, a su Encarnación:
  • «Primero. En cuanto a la substancia, porque así como la susbtancia del Verbo desciende a la carnc, así el Espíritu Santo desciende substancialmente a los apóstoles;
  • Segundo. En cuanto al modo, porque así como el modo de la Encarnación fue la unión hipostática, así la hipóstasis del Espíritu Santo se unió a los apóstoles de un modo semejante; el Verbo encarnado fue como el fuego en el carbón, el Espíritu fue como fuego que se posaba en los apóstoles;
  • Tercero. En cuanto a la causa, que fue el amor inmenso y divino por el que el Espíritu Santo, lo mismo que Cristo, descendieron para beneficio de los hombres, y esto, substancial y personalmente;
  • Cuarto. En cuanto a las propiedades, porque así como por la Encarnación del Verbo, Dios se hizo hombre y en cierta manera el hombre se hizo Dios, de una manera semejante con el Espíritu Santo hay una comunicación de idiomas entre Él y los apóstoles, por la cual, así como de los apóstoles se dice que quedaron hechos espirituales, santos, divinos por el Espíritu divino y santo que recibieron, así el Espíritu Santo se dice apóstolico, profético, doctor, predicador;
  • Quinto. Y finalmente en cuanto los frutos y efectos: el Verbo encarnado nos limpió de los pecados, nos iluminó, nos dio toda gracia, nos perfeccionó, nos hizo dichosos y nos condujo a la gloria eterna; así en todo, el Espíritu Santo» (En Cornelio Alápide).
Razón tenemos, pues, para gloriarnos en el Espíritu Santo por su dichosa infusión en los apóstoles; de esta Santa Persona tenemos que decir lo mismo que del divino Verbo: ha habitado entre nosotros, hemos visto su gloria, gloria digna del Paráclito, amor del Padre y del Hijo, lleno de gracia y de Verdad.
  
Así como la gloria del Padre no deja de ser proclamada: «Señor, Señor Dios Nuestro, ¡cuán admirable es tu nombre en toda la redondez de la tierra!». La gloria del Hijo lo es también solemnísimamente: «¡Bendito el que viene en el nombre del Señor, hossana en las alturas!». Así igualmente la gloria del Paráclito: «el Espíritu del Señor ha llenado toda la tierra; hossana, alleluya»; Gloria al Padre, gloria al Verbo, gloria al Paráclito; «os alabamos, os bendecimos, os adoramos, os glorificamos; gracias os damos, Trinidad Santísima, por la dignación con que os habéis apiadado de nosotros y mostrádonos tanta gloria; Señor Dios Rey celestial, Dios Padre Omnipotente, Señor Jesucristo Hijo Unigénito; Señor Dios, Cordero ele Dios; Tú sólo eres altísimo, oh Jesucristo, con el Espíritu Santo, en la gloria del Padre».
   
Dichosa Creación de nuestro buen Padre celestial, dichosa Redención de nuestro buen Rey Jesucristo, dichosa venida, dichosa consolación, dichosa santificación de nuestro buen Espíritu de amor y de caridad eterna.
  
¡Oh Santísima Trinidad! y Tú, obra perfectísima suya, Hija del Padre, Madre del Hijo y Esposa del Paráclito, ruega por nosotros para que entendamos y amemos el gran dón del Espíritu Santo, que con el Hijo y el Padre es el amor y bien para el que hemos sido criados, redimidos y santificados.

jueves, 24 de octubre de 2019

MES DE OCTUBRE AL SANTÍSIMO ROSARIO - DÍA VIGESIMOCUARTO

Tomado de El Rosario: Meditaciones para los 31 días del mes de Octubre, de la autoría del licenciado Juan Luis Tercero. Publicada en Ciudad Victoria, México, en el año 1894 por la Imprenta Oficial de Víctor Pérez Ortíz. Imprimátur concedido el 12 de Marzo de 1894 por Mons. José Ignacio Eduardo Sánchez y Camacho, Obispo de Ciudad Victoria-Tamaulipas (actual Tampico).
      
CAPÍTULO XXVIII. MARÍA SANTÍSIMA EN LA ASCENSIÓN DE SU DIVINO HIJO
Para contemplar y aprovechar el misterio de la Ascensión gloriosa del Verbo humanado a los cielos, nada puede ayudarnos tanto como el entenderla, amarla y glorificarla en esa bienaventurada Madre de ese Rey que asciende a los cielos.

Una vez más lo diremos, y ahora con más especialidad que en los otros misterios: si queremos entender y glorificar mejor a Jesucristo, Verbo de Dios, resucitado y triunfante, volviendo al seno de su Padre, esforcémonos en contemplar a la insigne Madre suya, a la siempre bendita Madre de Dios; en contemplar sus pensamientos y sus afectos en este altísimo misterio, como el modelo perfectísimo al que asemejar nuestros pensamientos y afectos.
  
Esos cuarenta días que siguen a la Resurrección y que preceden al gran día de la Ascensión, este día solemnísimo, esos otros diez que terminan en la venida del Espíritu Santo, en los que la dichosa Madre no ha cesado de entonar himnos de agradecimiento y alabanza, preséntanse a nuestra consideración llenos de claridad, de esperanzas y de amor, siempre a la vista, bajo las influencias y los auspicios de nuestra Reina, consolada ya de los rigores del invierno y de la tempestad ya alejados de la pasión de su Hijo, iluminada ya con la luz del sol de primavera y con el aspecto de los campos floridos y el halago de la voz de ternura de las tórtolas.
 
¡Quién nos diera ver más allá de ese velo que cubre con la palabra santa del Evangelio la gran ciencia, la gran luz, los sobrenaturales afectos de esa época segunda de los cincuenta días que siguen a la resurrección del Verbo humanado! Para que la fe, la esperanza y la caridad perfecta de Dios viniesen a reinar en los corazones de los fieles del Nazareno, era menester que cesasen esas comunicaciones sensibles que en cierta manera lo impedían. Pero lo que en todos los fieles era de esa manera necesario, en la Immaculada no lo era sino de otra. En aquellos lo era para pasar de lo imperfecto a lo perfecto; en la Inmaculada no lo era sino para el tránsito de lo perfectísimo en un género a lo perfectísimo en otro género superior; de un orden de plenitud de gracia a otro orden superior de plenitud de gracia también, a semejanza de lo que de una manera suprema sucedió con los progresos, por decirlo así, en los méritos de la absoluta plenitud de gracia de Nuestro Señor Jesucristo.

La santa alegría, la efusión de ese consuelo con que se serenaron esos mares de amargura de la Reina de los dolores, y se le dio de gozo cuanto se le había dado de padecimiento, formaron como un anticipado edén para la Reina del cielo en esos días, ya la contemplemos en el Cenáculo, ya en Betania en la casa de Marta y de la Magdalena, ya en el Templo al cual los apóstoles no dejaban de asistir, como nos lo muestra la historia bíblica de sus hechos. Cristo encarnado, Cristo recien nacido, Cristo recobrado en otro tiempo en medio de los Doctores, y hoy Cristo depositado en un sepulcro nuevo, Cristo resucitado y como nuevamente nacido y recobrado después de una pérdida luctuosísima de tres días, eran un sapientísimo paralelo, digno sólo de la inventiva, digámoslo así, del eterno consejo de Dios, a cuya comtemplación la Reina de la sabiduría se entregaba gozosa, como sin duda tenemos razón en discurrirlo.
  
¡Qué gozo en aquellos otros días de los primeros favores de la soberana dignación del Padre celestial! Mas a aquel gozo no había precedido ni el dolor, ni el mérito tan grande como al gozo de ahora. En el gozo de aquellos días había una tristeza, una tempestad de luto en perspectiva; en el gozo de ahora no hay ya esos temores y sólo sí la perspectiva de días aun más felices, cuando la Reina sea llamada de este mundo a sentarse a la diestra de su Hijo en el trono de su gloria.
 
En estos grados, en estas ascensiones de los afectos del corazón nuestro y del de nuestra Reina, de lo santo a lo más santo, está el por qué de esas enseñanzas y exhortaciones de ternura del divino Maestro a sus apóstoles, en la noche de la última cena: «No se turbe vuestro corazón; aunque me fuere, voy a prepararos lugar y he de volver a vosotros. No os dejaré huérfanos; he de volver a vosotros mi paz os dejo, mi paz os doy… no se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo… si me amaseis os gozaríais de que vuelva a mi Padre». En tales enseñanzas, decimos, entendidas y aprovechadas perfectísimamente por nuestra Reina, aun cuando dictadas a imperfectos y aun pecadores como lo fueron los apóstoles y primeros discípulos del divino Maestro, y más lo somos nosotros, en esas enseñanzas, tomemos por maestro y modelo a la Madre de la misericordia.
  
Contemplemos a ese gran modelo de los que creen y de los que aman; contemplemos a la inmaculada Reina, meditando en su corazón las magnificencias de la santísima Eucaristía, vida oculta pero real y verdadera, vida silenciosa pero afectuosísima de Jesucristo en la tierra, vida perpetua hasta la consumación de los siglos, en que la santa casa de Dios en la tierra, la santa familia de Dios, su Santa Iglesia, guardan, alaban, adoran, agradecen y glorifican, se alientan y se vivifican con ese pan del cielo que da la vida al mundo. Nuestra excelsa Reina, compara los días aquellos de su casa de Nazaret, en que ese mismo pan de vida figuró en su hogar, con lo que después de su resurrección sería el reinado de Jesucristo en la santa Eucaristía. ¿Qué haríamos los hombres, mientras llega el día de la eternidad, si no tuviésemos acá en la tierra algo divino y a la vez adaptable a nuestros sentidos, que no pueden amar sin ver con los ojos carnales? ¿Qué haríamos sin esa invención divina de la Eucaristía, que tanto exaltaba el corazón agradecido de Isaías y de Zacarías? (Notas fácite in pópulis ad inventiónes ejus). «Divulgad esto por toda la tierra. Sacaréis agua con gozo de las fuentes del Salvador. Dad gracias al Señor e invocad su nombre: anunciad a las gentes sus designios» (Isaías). «Mas, ¿cuál será el bien venido de él, y lo hermoso que de él nos vendrá; sino el trigo de los escogidos, y el vino que engendra virgenes dando la castidad?» (Zacarías).
  
La gran Reina contemplaba todo esto, lo entendía su gran ciencia, lo agradecía su Corazón afectuosísimo y lo colmaba con sus himnos humildísimos y sublimes de alabanza: «se ocultará de nosotros, volverá a su Padre, pero con nosotros quedará; todo sabrá hacerlo maravillosamente, todo lo podrá eficacísimamente, el que es Misericordioso y Poderoso», diría la excelsa Señora, y entonaría de nuevo a la luz de más portentosa inteligencia, al calor de más profundo amor, anonadada en su nunca desmentida humildad y transportada y Sublimada en su siempre sostenida piedad: «Mi alma glorifica al Señor, y mi espíritu se llena de gozo al contemplar la bondad suya… no cesarán de llamarme bienaventurada todas las generaciones».
  
En estos sentimientos, en estas miras de nuestra amada Reina, entremos sus fieles hijos para ilustrar nuestra ignorancia y sanar de. nuestros pecados. Gocémonos como Ella en que el nombre de Dios sea santificado, en que Jesucristo haya resucitado glorioso y ascendido triunfante a los cielos, desapareciendo a nuestros sentidos, región inferior para el mérito y el amor, a fin de aparecer en las regiones invisibles, donde nace a la vida de la gracia el hombre espiritual por la fe y el amor que en él difunde el Espíritu Santo. Oigamos el himno de júbilo, el cántico nuevo de nuestra Reina con que celebra los triunfos de su divino Hijo en el día de su ascensión a los cielos: «Alaben a mi Dios e Hijo mío todas las naciones, alábenle todos los pueblos; porque en nosotros se ha confirmado su misericordia, y la verdad del Señor permanece para siempre». «Mi alma glorifica al Señor; en el Dios mi Hijo resucitado y que asciende a su trono de gloria, mi espíritu se regocija». «Él se ha dignado poner sus ojos en la bajeza de su Esclava», y «de lo excelso de los cielos ha descendido y a lo excelso de los cielos vuelve, después que por el Espíritu Santo ha hecho que le conciban mis entrañas, que el Verbo hecho carne haya habitado entre nosotros y padecido, haya sido muerto y sepultado, y que haya comenzado su gloria en el gran día en que venció a la muerte». «El Señor asciende en medio del júbilo, llevando cautiva a la cautividad misma, nos enviará a su Espíritu Santo y se unirá para siempre con sus escogidos, comenzando luego, muy luego, a fructificar los dones que el Espíritu Santo nos traerá». «Alábente, oh Dios, los pueblos; publiquen todos, todos los pueblos, tus alabanzas; hadado la tierra su fruto». «Bienaventurada llamarán a esta Esclava del Señor todas las generaciones».
  
Sí; Madre nuestra, Reina y Señora, ahora diremos al contrario de lo que a la Samaritana decían sus conciudadanos: «Si por ti hemos creído y amado a ese Nazareno, humanado Verbo de Dios, Hijo tuyo; si por tí le hemos saludado e interesádonos en su alabanza y gloria por su resurrección y ascensión, hoy, que a tu vista contemplamos lo que has de haber creído, amado, y dádole de gloria a ese tu Hijo, le alabamos más, le bendecimos más, le adoramos más y más le glorificamos por tanta gloria suya que también es tuya. Tú eres la Madre de nuestra dichosa fe, de nuestro hermoso amor, de nuestro santo temor y santa esperanza; por ti, amen todos a ese tu Hijo, que de tu palabra, que de tu fiat hizo nacer esa luz para la revelación de las naciones, para la santificación de los justos y la salud de todos. Tu Hijo va a sentarse a la diestra de su Padre; asistirás también a la diestra de tu Hijo para ser constituida nuestra Reina. Bajo tu amparo nos acogemos. Ruega por nosotros Santa Madre de Dios, ahora y en la hora de nuestra muerte».