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martes, 4 de agosto de 2026

EN NADA SE DISTINGUE LA CÁRITAS FRANCESA DE LA SOLIDARIDAD COMUNISTA


El diario francés Tribune Chrétienne señaló en un artículo que el Secours Catholique (Socorro Católico), la rama francesa de la Cáritas, es poco y nada distinguible de la caridad comunista Socorro Popular francés (no confundir con la organización afín a la guerrilla maoísta peruana Sendero Luminoso).
  
Fundado en 1946 por el capellán general del ejército francés Jean Charles François Rodhain Bour († 1977; ordenado sacerdote en 1924), el Secours Catholique nació como una obra de la Iglesia inspirada explícitamente en el Evangelio y en la caridad cristiana. Sin embargo, el artículo señala que con los años, la organización ha puesto el acento casi exclusivamente en la acción social y en la influencia política sobre cuestiones como la inmigración, la pobreza o la exclusión, relegando a un segundo plano la dimensión evangelizadora y espiritual que justificó su creación, por lo que en la práctica es indistinguible de la organización comunista heredera de la sección francesa del Socorro Rojo Internacional.

Ejemplo fehaciente de esto es que cada año, el Secours Catholique (cuyo lema por sus 80 años de existencia es “80 años de Revolución fraternal”) organiza campamentos de verano para familias de todas las religiones, siguiendo lo que ellos llaman «vivir la espiritualidad del encuentro», siendo el tema del campamento de este año es “La odisea de la ecología y la pobreza”.
  
Y no solo por lo que hacen y dicen es que estas dos organizaciones son prácticamente intercambiables, sino por lo que esta calla: el Secours Catholique no se pronunció cuando el rais (dictador) francés Emmanuel Macron Noguès “consagró” el aborto como derecho constitucional, y tampoco intervino cuando en el país se debatía sobre la legalización de la “muerte asistida” [= eutanasia].
  
Esta deriva política y doctrinal ha causado que, por primera vez desde su fundación, la Cáritas francesa anunció el pasado Noviembre un plan de reestructuración para eliminar 130 puestos de trabajo en la organización debido a la disminución de las aportaciones, al aumento de los gastos y a dificultades financieras. 
  
«Hay que hacerse una pregunta ineludible: si una organización católica deja poco a poco de anunciar a Cristo para adoptar el discurso de una ONG humanitaria y militante de izquierdas, ¿no termina por perder lo que justifica precisamente la colaboración de muchos donantes?», señala el artículo.

El proceso de secularización de la Cáritas no se circunscribe a Francia solamente. Ya de por sí es sintomático en España y otros países. Todo por consecuencia del Vaticano II y la “Teología de la Liberación”, que dejaron de lado a Dios y el establecimiento de Su reino para poner el centro en el hombre y su existencia terrenal. Y en ese sentido, el filósofo colombiano Nicolás Gómez Dávila dijo con toda verdad: «Si se trata meramente de organizar un paraíso terrenal, los curas sobran. El diablo basta» (Escolios a un texto implícito II, 197 d).

EL QUE SE APARTA DE SU DEBER, ES ABANDONADO A SU SUERTE


«Para el mundano, la vida no es más que un espacio, que hay que atravesar lo más lentamente que se pueda por el camino más llano; pero no la considera así el cristiano, porque sabe que todo hombre es vicario de Jesucristo para trabajar en la redención de la humanidad por el sacrificio de sí mismo, y que, en el plan de esta grande obra, cada cual tiene un puesto señalado de toda eternidad, que puede, a su arbitrio, aceptar o rehusar. Sabe que si voluntariamente deserta del puesto que le ofrecía la Providencia en la milicia de las criaturas útiles, otro será favorecido con ese puesto, y él, extra fuga, será abandonado a su propia dirección en la ancha y corta vía del egoísmo».
  
SANTO DOMINGO DE GUZMÁN.

lunes, 3 de agosto de 2026

INTELIGENCIA ARTIFICIAL Y LA REINTERPRETACIÓN MODERNISTA DE LA HISTORIA CATÓLICA

Traducción del artículo del padre Thomas John Ojeka.
   
Tras haber entrenado las mentes para aceptar la ambigüedad, los modernistas advierten ahora, a través de su comandante en jefe, que la ambigüedad es peligrosa. Lo que la IA hace o pretende hacer, los modernistas ya lo han hecho espiritualmente durante décadas, reivindicando el nombre católico y fingiendo enseñar con autoridad católica.

Prólogo: Un párrafo de especial interés
Muchos entusiastas del aggiornamento modernista han publicado artículos promocionales en alabanza de la primera supuesta encíclica del Imitador de León, Magnífica Humanitas.
  
En conjunto, demuestran cómo los puntos clave giran abrumadoramente en torno a la antropología, la ética natural y la civilización cotidiana, y menos en torno a lo sobrenatural del hombre y su fin último.
   
Cuando se habla de Cristo, se le presenta principalmente como el modelo de la auténtica humanidad y la comunión relacional. Si bien hay algo de verdad en esto, el énfasis es meramente existencial y personalista, más que profundamente redentor, sacrificial o dogmático. La Cruz se presenta más como una lección de autenticidad humana que como la satisfacción ofrecida por el pecado y el medio de redención sobrenatural.
   
Mientras tanto, los temas centrales del documento revelan una serie de profundas ironías:
  • Tras haber entrenado las mentes para aceptar la ambigüedad, los modernistas advierten ahora que la ambigüedad es peligrosa.
  • El documento también advierte que la IA podría convertirse en una herramienta para nuevas formas de esclavitud: dominación sutil mediante datos, control del pensamiento y manipulación del comportamiento humano. Esta preocupación está justificada.
  • Pero guarda un extraño silencio sobre una esclavitud más profunda que ya está en marcha: la esclavitud del indiferentismo modernista.
De hecho, lo que la IA hace o pretende hacer tecnológicamente [verdad fluida, realidad a medida, consenso fabricado], los modernistas ya lo han hecho espiritualmente durante décadas, mientras se aferraban al nombre católico y fingían enseñar con autoridad católica.
   
Ahora, en medio de sus prioridades mundanas características del aggiornamento modernista, un párrafo en particular del documento ha recibido una atención excepcional debido a su apelación a las sensibilidades panafricanas: el párrafo 176. A la luz de este infame párrafo, leemos frases como:
  • «El Papa León pide disculpas por el papel histórico de la Iglesia en la esclavitud».
  • «El Papa León XIV ofrece una disculpa histórica por el papel del Vaticano en la legitimación de la esclavitud».
  • «Tuvieron que transcurrir dieciocho siglos para que se reconociera explícitamente su total incompatibilidad con la esclavitud».
  • «El Papa León ha reforzado la credibilidad moral de la Iglesia con esta admisión y disculpa».
  • «Tras décadas de activismo, los negros recibieron una disculpa largamente esperada del Papa León XIV por el papel de la Iglesia Católica en el comercio transatlántico de esclavos».
Los titulares revelan la premisa subyacente al discurso: La verdad moral avanza históricamente.
  
De este modo:
  • La Iglesia medieval es moralmente inferior,
  • La era moderna es moralmente superior,
  • La conciencia ética actual juzga el pasado.
Esto es fundamentalmente incompatible con la comprensión católica tradicional de que:
  • La revelación está completa,
  • La verdad es perenne,
  • La doctrina se desarrolla orgánicamente pero no muta,
  • La Iglesia es maestra de las naciones, no alumna de la modernidad secular.
La precisión y la distinción son esenciales. La cuestión no radica en si existieron abusos en la historia, pues sin duda existieron; sino en si se puede presentar a la propia Iglesia como moralmente “tardía” en el descubrimiento de la verdad, como si la revelación divina requiriera siglos de evolución ética antes de volverse inteligible.

Esta implicación atenta directamente contra la doctrina católica relativa a la indefectibilidad y la asistencia divina concedida a la Iglesia. Por ello, es necesario analizar este párrafo en particular para brindar la claridad necesaria a las personas de buena voluntad.

EL PÁRRAFO QUE SUSCITA ESPECIAL PREOCUPACIÓN

El texto dice lo siguiente:
«La Iglesia, a medida que su doctrina fue madurando, fue tomando conciencia, progresivamente, de la gravedad de estas realidades. Es cierto que los acontecimientos del pasado no pueden juzgarse de forma ahistórica, como si todos los criterios que se han ido madurando con el tiempo hubieran estado siempre disponibles. Sin embargo, no podemos negar ni minimizar el retraso con el que la Iglesia y la sociedad condenaron el flagelo de la esclavitud. Si en la Antigüedad y en la Edad Media muchas personas e instituciones eclesiásticas tuvieron esclavos, ya en la Edad Moderna la Sede Apostólica romana, instada por las peticiones de los soberanos, intervino en varias ocasiones para regular y legitimar las modalidades de sometimiento y, en algunos casos, de reducción a la esclavitud de los “infieles”. Hubo que esperar hasta el siglo XIX para encontrar una condena formal, absoluta y universal de la esclavitud, en particular con León XIII. Esto constituye un claro ejemplo de los progresos de la Iglesia en la comprensión de las verdades perennes de la Revelación que ella custodia. Aunque no encontramos homogeneidad en la cuestión en sí —habiendo tolerado durante mucho tiempo la esclavitud y llegando sólo posteriormente a condenarla de manera absoluta—, existe una continuidad a lo largo de toda la historia en cuanto a la convicción acerca de la dignidad de todo ser humano, creado a imagen de Dios, aunque sin haber logrado, en dieciocho siglos, explicitar de manera oficial la total incompatibilidad de la esclavitud con dicha dignidad. Se trata de una herida en la memoria cristiana a la que no podemos considerarnos ajenos. Es inevitable sentir un profundo dolor al considerar el enorme sufrimiento y humillación que la esclavitud ha significado para tantas personas, en contraste con la dignidad sin límites de cada una de ellas, amadas infinitamente por el Señor. Por eso, en nombre de la Iglesia, pido sinceramente perdón» (Magnífica Humánitas, párrafo 176).

La tesis central del párrafo
El párrafo plantea esencialmente cinco afirmaciones principales:
  1. La Iglesia fue evolucionando gradualmente en su postura moral respecto a la esclavitud.
  2. Las épocas anteriores carecían de los criterios morales que adquirieron las generaciones posteriores.
  3. La Iglesia toleró o legitimó la esclavitud durante siglos.
  4. La condena universal surgió recién en el siglo XIX.
  5. Por lo tanto, la Iglesia debe pedir perdón por su fracaso histórico.
Cada uno de estos puntos debe distinguirse cuidadosamente.

Primera distinción: La esclavitud no es una única realidad.
El mundo moderno comete una falacia histórica constante: Considera que todas las formas de servidumbre históricas son moralmente idénticas a la esclavitud racial propia del comercio moderno de esclavos en el Atlántico.

Esto es falso.

Históricamente, la palabra “esclavitud” abarcaba condiciones radicalmente diferentes.

A. Servidumbre doméstica antigua
En la antigüedad muchos “esclavos”:
  • Poseían propiedades,
  • Recibían educación,
  • Ocupaban cargos administrativos,
  • Podían comprar su libertad,
  • A menudo vivían mejor que los campesinos libres.
Esto no convierte la esclavitud en algo ideal. Pero significa que la servidumbre antigua no puede equipararse simplemente con la deshumanización industrializada moderna.

B. Servidumbre penal o por deudas
Surgieron algunas formas de servidumbre:
  • de la guerra,
  • castigo penal,
  • deuda,
  • o dependencia contractual voluntaria.
Históricamente, la Iglesia toleró ciertas formas de estos acuerdos bajo estrictas limitaciones morales.

C. Esclavitud racial de bienes muebles
Lo que surgió posteriormente en algunas partes del mundo colonial, especialmente la esclavitud perpetua basada en la raza que reducía a los hombres a ganado comercial, fue algo mucho más brutal y moralmente desordenado.

Los católicos tradicionalistas deben distinguir estas realidades en lugar de reducir toda la historia a una sola categoría cargada de emotividad.

El modernismo se nutre de la desaparición de las distinciones.

La teología católica depende de hacerlas.

¿Descubrió la Iglesia la dignidad humana de forma gradual?
Aquí reside el problema teológico más grave.

En este párrafo, el imitador modernista de León sugiere con fuerza que la Iglesia solo despertó lentamente a la dignidad del hombre a través de la evolución histórica. Pero la doctrina católica tradicional enseña lo contrario.

La Iglesia no descubrió la dignidad humana en el siglo XIX. La enseñó desde sus inicios porque la recibió de la Revelación divina.

Desde la antigüedad la Iglesia proclamó que:
  • El hombre es creado a imagen y semejanza de Dios (Génesis 1:27),
  • Cada alma posee un destino inmortal,
  • Cristo murió por todos los hombres,
  • El bautismo trasciende la raza y la condición social,
  • Los amos están obligados por la justicia hacia los sirvientes,
  • La crueldad es pecado,
  • Ningún ser humano puede ser tratado como una simple cosa.
Así enseña el Apóstol San Pablo: «Ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre… porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús.» (Gálatas 3:28).

Y de nuevo: «Amos, traten a sus siervos con justicia e igualdad.» (Colosenses 4:1).

Estos principios fueron revolucionarios en el mundo pagano, donde a menudo se consideraba a los esclavos jurídicamente como instrumentos en lugar de personas con un destino sobrenatural igualitario.

El cristianismo no comenzó predicando la revolución social, sino transformando los fundamentos morales de la civilización misma.

Esa distinción es crucial.
  
Santo Tomás de Aquino sobre la esclavitud
Santo Tomás de Aquino trató la esclavitud con meticulosa precisión metafísica y jurídica.

En la Suma Teológica (parte I, cuestión 96, art. 4.º), Tomás de Aquino enseña que, según el orden original de la creación anterior al pecado, el hombre no fue creado para la servidumbre. El hombre, como criatura racional, está naturalmente orientado hacia la libertad, no hacia la dominación como un instrumento brutal.

Sin embargo, tras la Caída, podrían surgir formas de servidumbre dentro de la sociedad humana caída con fines de orden, castigo o utilidad social.

Asimismo, en la Suma Teológica (parte II-IIæ, cuestión 57, art. 3.º), explica que la esclavitud no pertenece al derecho natural primario, sino al jus géntium, el derecho de gentes; es decir, una institución jurídica humana tolerada dentro de las condiciones caídas de la historia.

Esta es una distinción crucial.

Santo Tomás de Aquino no enseña que algunos hombres son intrínsecamente infrahumanos. Al contrario, todos los hombres poseen por igual una naturaleza racional y llevan la imagen de Dios.
  
Siguiendo a San Agustín, el Aquinate entiende la esclavitud principalmente como una consecuencia del pecado y del desorden social, y no como parte del designio primordial de Dios para la humanidad.

Así, la teología católica tradicional siempre se distinguió entre:
  • la dignidad ontológica de la persona,
y
  • la condición civil o jurídica en la que pueda existir esa persona.
Al igual que en los debates modernos seculares, los modernistas eclesiásticos también suelen difuminar estas distinciones.

El verdadero significado del desarrollo doctrinal
Una comprensión genuinamente católica del desarrollo doctrinal significa:
  • Articulación más clara,
  • Aplicación más completa de los principios perennes, y
  • Una condena más precisa de los abusos.
No significa:
  • Que la Revelación esté en evolución,
  • La Iglesia despierta moralmente de siglos de oscuridad, o
  • Que el cristianismo aprenda la dignidad humana del liberalismo moderno.
Esa idea es evolucionismo modernista.

Cuando papas posteriores condenaron con mayor claridad las formas cada vez más brutales y racializadas de esclavitud, esto representó desarrollo en la aplicación, no el descubrimiento de una verdad moral previamente desconocida.

Los principios ya estaban incorporados en:
  • El Génesis,
  • El Evangelio,
  • La teología patrística,
  • La filosofía escolástica, y
  • La doctrina sacramental.
De hecho, la civilización moderna heredó su concepto de dignidad humana universal en gran medida de la metafísica cristiana.

La ironía es profunda: El liberalismo moderno condena con frecuencia al cristianismo utilizando categorías morales que el propio cristianismo legó al mundo.

El error de juzgar la Cristiandad con los criterios de la modernidad liberal.
El párrafo afirma, y ​​con razón, que «Los acontecimientos del pasado no pueden juzgarse de forma anacrónica».
  
Sin embargo, casi de inmediato procede a comparar la cristiandad con el vocabulario moral de la modernidad liberal.
   
Esta contradicción no es casual. Refleja un método de distracción claramente modernista: rechazar verbalmente el anacronismo mientras se somete, en la práctica, la historia católica a los estándares ideológicos modernos.

El hombre moderno juzga habitualmente la cristiandad medieval a través de lentes ajenas a la época misma:
  • El igualitarismo ilustrado,
  • El individualismo liberal,
  • Las nociones seculares de derechos autónomos, y
  • Un sentimiento humanitario poscristiano desvinculado del Evangelio.
En este marco, la Cristiandad no se considera una civilización orientada hacia el reinado de Cristo y la salvación de las almas, sino un intento fallido de democracia moderna. De este modo, se falsea todo el orden histórico.

El resultado es un tribunal moral profundamente selectivo:
  • Los imperios paganos son “productos de su tiempo”,
  • Las atrocidades revolucionarias se excusan como “necesidad histórica”,
  • El colonialismo secular se contextualiza,
  • Las masacres comunistas se relativizan,
  • Sin embargo, solo la cristiandad es convocada sin cesar ante el tribunal del sentimiento liberal moderno.
Así, se recuerdan las Cruzadas mientras se minimiza la expansión islámica. Se denuncia la Inquisición mientras se romantiza el terror revolucionario. Los castigos medievales se presentan como bárbaros, mientras que la matanza mecanizada moderna, el aborto y la tiranía ideológica se tratan como desafortunados excesos del progreso.

Esta indignación selectiva revela algo más profundo: la modernidad no se limita a criticar a la cristiandad por fallos particulares; le molesta el principio mismo de una sociedad públicamente sujeta a Jesucristo y a su Iglesia.

Por lo tanto, un católico debe rechazar este marco histórico distorsionado. Ciertamente, existieron pecados y abusos individuales dentro de las sociedades cristianas, pues la Iglesia siempre ha tenido pecadores. Pero la cristiandad debe ser juzgada según sus propios principios sobrenaturales, objetivos y circunstancias históricas; no según los dogmas de la modernidad liberal, que surgieron de una civilización que ya había abandonado a Cristo.

En efecto, una de las grandes ironías de la modernidad es esta: El mundo moderno toma prestados muchos de sus instintos morales del cristianismo, al tiempo que condena la misma civilización cristiana que los engendró.

¡Qué comedia tan triste!

La Sede Apostólica y la “legitimación” de la esclavitud
Otra distinción necesaria: Las intervenciones papales en materia de esclavitud fueron a menudo respuestas jurídicas o políticas a realidades geopolíticas complejas.

Esto no significa que la Iglesia enseñó la esclavitud como un ideal, o que aprobaba dogmáticamente la explotación racial.

Numerosos documentos papales condenaban los abusos contra los pueblos indígenas. De hecho, León XIII, en «In Plúrimis», ofrece un testimonio en el que invoca explícitamente a sus predecesores para demostrar que la Iglesia llevaba mucho tiempo conteniendo, condenando y combatiendo la esclavitud, tanto en principio como en la práctica.
  • Papa Eugenio IV (Sicut Dudum, 1435): Condena la esclavitud de los cristianos recién convertidos y ordena su liberación inmediata bajo pena de excomunión. No se trata de una mera desaprobación, sino de un juicio moral coercitivo.
  • Papa Pablo III (Sublimis Deus, 1537): Declara que los pueblos indígenas son plenamente humanos, capaces de tener fe e injustamente esclavizados. Una afirmación doctrinal de la dignidad humana frente a la esclavitud racializada.
  • Papa Urbano VIII (Commissum Nobis, 1639): Prohíbe la esclavitud de los pueblos indígenas y refuerza las censuras previas. Se trata de continuidad y aplicación, no de novedad.
  • Papa Benedicto XIV (Immensa Pastorum, 1741): Reprende la opresión y la esclavitud vinculadas a la explotación colonial. Su aplicación moral se está ampliando al abuso sistémico.
  • Papa Pío VII (Congreso de Viena, 1815): Insta a la abolición del comercio de esclavos mediante la diplomacia. El papado actúa en el ámbito internacional contra la esclavitud.
  • Papa Gregorio XVI (In Supremo Apostolatus, 1839): Condena explícitamente la trata de esclavos y prohíbe la participación católica. Una denuncia clara y universal de este comercio.
  • El Papa Pío IX mantiene y refuerza estas condenas.
La enseñanza se conserva, no se redescubre.

La realidad histórica en torno a las condenas papales de la esclavitud injusta, el secuestro y la crueldad es compleja y presenta aspectos diversos.

Las narrativas modernistas lo simplifican en: «La Iglesia apoyó la esclavitud hasta que la moral moderna la corrigió».

Es fácil ver que se trata de una propaganda secular deplorable y no de historia católica seria.

Mientras tanto, uno de los hechos más ignorados en las condenas modernas de la cristiandad es la inmensa labor realizada por las órdenes religiosas católicas para el rescate y la liberación de esclavos. Órdenes como los Mercedarios y los Trinitarios fueron fundadas con la aprobación papal precisamente para redimir a los cautivos, a menudo ofreciendo sus propias vidas a cambio de cristianos encarcelados y esclavizados.

Durante siglos de conflicto en el Mediterráneo y más allá, innumerables sacerdotes, monjes y frailes agotaron los recursos de la Iglesia para liberar a esclavos del cautiverio musulmán y otras formas de servidumbre. Sin embargo, los relatos modernos rara vez mencionan estas heroicas obras de misericordia. Los pecados de la Iglesia, aunque falsamente imputados, se repiten sin cesar; sus sacrificios, en cambio, se entierran silenciosamente. Esta memoria selectiva no ilumina la historia: la distorsiona.

El papa León XIII y el siglo XIX
El párrafo invoca al Papa León XIII como si el siglo XIX hubiera marcado el momento en que la Iglesia finalmente “alcanzó” la verdad moral respecto a la esclavitud. Pero este planteamiento es profundamente engañoso.

Como ya se ha demostrado, sin duda las condenas papales se volvieron más explícitas y universales en su tono durante ese período. Sin embargo, la explicitud no es lo mismo que la invención doctrinal.

El siglo XIX fue testigo de la expansión de formas de esclavitud caracterizadas por:
  • La explotación industrial a una escala sin precedentes,
  • Teorías racistas disfrazadas de ciencia,
  • El tráfico comercial colonial de poblaciones enteras, y
  • La deshumanización sistemática impulsada por la maquinaria económica moderna.
Lo que antes existía en formas jurídicas más localizadas se transformó en vastos sistemas ideológicos y comerciales de degradación humana. El mundo moderno mecanizó la crueldad.
   
Ante estos acontecimientos, la Iglesia habló con creciente precisión y urgencia. Pero esto no se debía a que la revelación divina hubiera madurado repentinamente tras dieciocho siglos de vacilación moral. Más bien, los principios perennes ya contenidos en el Apocalipsis se estaban aplicando de forma más explícita a las nuevas circunstancias históricas.

La distinción es crucial.

La Iglesia no «descubrió» la dignidad humana en el siglo XIX. Siempre había enseñado que el hombre fue creado a imagen de Dios, redimido por Cristo y destinado a la unión sobrenatural con Él. De estas verdades emanan los principios morales que condenan la degradación de la persona humana.

Así pues, cuando papas posteriores condenaron la esclavitud moderna con mayor claridad, no estaban corrigiendo el Evangelio ni superando la sabiduría moral de siglos anteriores. Simplemente estaban desarrollando las implicaciones de verdades que ya habían sido confiadas a la Iglesia desde sus inicios.

Esto es un auténtico desarrollo doctrinal: una aclaración orgánica sin mutación de principios.

Sin embargo, la narrativa modernista defendida por el Imitador de León propone sutilmente algo mucho más radical: que la propia Iglesia era moralmente deficiente hasta que fue iluminada por la conciencia humanitaria moderna.

Esa sugerencia trastoca por completo la comprensión católica de la Revelación y la Tradición. Transforma a la Iglesia, de maestra con ayuda divina, en una institución histórica gradualmente educada por la civilización secular.

Ante esta distorsión modernista, los católicos deben insistir en la distinción necesaria: El crecimiento en la aplicación explícita no es una evolución de la verdad misma. La bellota se convierte en roble; no se convierte en otra especie.

La peligrosa fórmula modernista: «La Iglesia aprendió de la historia». Este es el verdadero peligro teológico.

La teología modernista reemplaza sutilmente la Revelación divina con la conciencia histórica.

Trata la doctrina casi como si fuera una conciencia social en constante evolución.

Así pues, la Iglesia se presenta como:
  • Moralmente inmadura en la antigüedad,
  • Progresivamente iluminada a través de la experiencia histórica, y
  • Finalmente, se llegó a la ética humanitaria moderna.
Esto socava la confianza en:
  • La perfección de la Revelación,
  • La constancia de la doctrina católica, y
  • La dirección divina de la Iglesia.
La teología católica tradicional enseña, en cambio, que:
  • La Revelación concluyó con los Apóstoles,
  • La doctrina puede profundizarse en su expresión, pero la Verdad misma no evoluciona.
La Iglesia puede explicarlo. Ella no se reinventa moralmente.

«Una herida en la memoria cristiana»
Esta expresión proviene de un lenguaje penitencial característico del modernismo.

Ciertamente, los cristianos han pecado. Ciertamente, se han cometido injusticias.

Pero los modernistas hablan como si la propia Iglesia fuera moralmente culpable como institución defectuosa, en lugar de distinguir entre la doctrina divina y los miembros pecadores.
   
La teología católica hace esta distinción con mucho cuidado.

La Iglesia es santa porque:
  • Su Fundador es santo,
  • Su doctrina es santa,
  • Sus sacramentos son sagrados.
Sus miembros pueden ser pecadores.

La retórica modernista y secular desdibuja esta distinción y habla de “la Iglesia” casi como una criminal histórica colectiva que necesita una disculpa perpetua ante el mundo moderno.

Esto se hace para dañar el prestigio católico y debilitar la confianza en la constitución divina de la Iglesia.

La obsesión modernista con la culpa católica
Otra característica llamativa de la mentalidad modernista es su persistente fijación en la culpa católica. Ciertos temas históricos son continuamente puestos bajo un foco acusatorio:
  • las Cruzadas,
  • la Inquisición,
  • esclavitud,
  • expansión colonial,
  • actividad misionera,
  • estados confesionales.
Estos temas se repiten sin cesar como acusaciones morales contra la propia civilización católica.

Sin embargo, la selectividad resulta reveladora.

Las mismas voces que hablan incesantemente sobre los pecados de la cristiandad a menudo mantienen una curiosa moderación respecto a: 
  • La barbarie y crueldad ritual del paganismo,
  • Los sistemas masivos de esclavitud islámica que se extienden a lo largo de los siglos,
  • La violencia exterminadora del comunismo ateo,
  • Las masacres revolucionarias nacidas de la ideología secular,
  • El imperialismo y explotación económica liberal,
  • La matanza industrializada del aborto,
  • La industria mundial de la pornografía,
  • La destrucción del matrimonio y la vida familiar, y
  • Los regímenes modernos construidos explícitamente sobre la base del ateísmo.
El desequilibrio es demasiado sistemático como para ser accidental.

La cuestión no radica en si los católicos reconocen los abusos históricos. Los católicos comprometidos no niegan la pecaminosidad humana a lo largo de la historia. La Iglesia siempre ha reconocido que sus hijos pueden traicionar las verdades que enseña. Sin embargo, el modernismo aborda la historia con un enfoque completamente distinto: no la purificación a través de la verdad, sino la reconciliación con el espíritu de la época mediante la autoacusación perpetua.

Por lo tanto, la civilización católica histórica queda permanentemente en el banquillo de los acusados, mientras que la civilización secular moderna asume el papel de juez moral.

Esta inversión conlleva enormes consecuencias psicológicas.

Un pueblo al que se le enseña a considerar su propia civilización principalmente a través del prisma de la culpa perderá gradualmente el instinto de preservación. Así, los católicos se convierten en:
  • Avergonzados de la Cristiandad,
  • Avergonzados de la autoridad católica,
  • Avergonzados del celo misionero,
  • Avergonzados de la jerarquía,
  • Avergonzado de la certeza moral,
  • Avergonzados incluso de la sola idea de una civilización públicamente orientada hacia Cristo.
El resultado es una parálisis civilizatoria.

Una sociedad privada de confianza histórica no puede defender sus instituciones, transmitir su cultura ni resistir ideologías hostiles. Una vez que una civilización aprende a despreciar sus propios fundamentos, la rendición es solo cuestión de tiempo.

Por eso, el tratamiento modernista de la historia nunca es meramente académico. Tiene una función pedagógica. Adiestra a los católicos para que vean el orden secular moderno como moralmente ilustrado, y la época de la civilización católica como fundamentalmente opresiva e inferior.

En ese contexto, el arrepentimiento deja de significar la conversión a Cristo y se convierte, en cambio, en una sumisión ideológica a la modernidad.

Conclusión católica tradicional apropiada
Una postura católica tradicional equilibrada afirmaría:

Puntos verdaderos
  • En la historia se han producido graves abusos.
  • Los cristianos a veces fallaban moralmente.
  • Ciertas formas de esclavitud eran profundamente contrarias a la caridad y la justicia cristianas.
  • Las condenas explícitas se fueron desarrollando con el tiempo.
Pero también:
  • La Iglesia siempre enseñó la dignidad humana.
  • La doctrina no evolucionó del error a la verdad.
  • Las formas históricas de servidumbre no eran todas idénticas.
  • Las narrativas modernistas exageran la culpa eclesiástica.
  • La Iglesia jamás debe ser retratada como moralmente ilustrada por la modernidad secular.
  • La Iglesia civilizó a las naciones mucho antes de que existiera el liberalismo moderno.
  • De hecho, muchos de los instintos morales que ahora se utilizan como arma contra la historia católica nacieron precisamente de la civilización cristiana.
Ahí reside la gran ironía: la modernidad se apropia de la moral cristiana mientras repudia la cristiandad misma. Del mismo modo, los modernistas se apropian del nombre católico mientras socavan el catolicismo en cada detalle: doctrina, historia, disciplina, autoridad, culto, ¡en todo!

No al imitador modernista de la reinterpretación de la historia católica que hizo León XIII.

No al modernismo, la síntesis de todas las herejías.

No a los modernistas, los más perniciosos adversarios de la Iglesia.

Sin duda, la IA debe seguir siendo una herramienta subordinada al destino eterno del hombre, no una fuerza que remodele la verdad, la moral y la naturaleza humana según el poder tecnocrático.

Pero aquellos que pasaron décadas normalizando la ambigüedad teológica, el indiferentismo religioso y el relativismo doctrinal tienen poca credibilidad moral a la hora de advertir al mundo sobre los peligros de las realidades sintéticas y la verdad manipulada.

Una civilización no puede defender por mucho tiempo la realidad objetiva después de haber debilitado sistemáticamente el concepto mismo de verdad religiosa objetiva.

Por lo tanto, los católicos no deben dejarse llevar por la puesta en escena modernista: la crisis más profunda de nuestra época no comenzó con la inteligencia artificial, sino con el abandono de la claridad respecto a Dios, la verdad, la Iglesia y la salvación de las almas; un abandono del cual los modernistas son los principales propagadores.
  
¡Piénsalo!

domingo, 2 de agosto de 2026

LA “MARCHA VERDE 2.0” Y EL DOBLE RASERO INTERNACIONAL

Tomado de GUERRAS Y GEOPOLÍTICA.
  
CRISIS DE CEUTA – MIGRACIÓN, INTELIGENCIA Y LA AMENAZA DE UNA “MARCHA VERDE 2.0”
  
  
La crisis migratoria que estalló en la frontera de Ceuta durante la última semana ha dejado tras de sí un reguero de evidencias que apuntan a una operación orquestada por el Estado marroquí, y no a un movimiento espontáneo de migrantes. Se estima que entre 50.000 y 60.000 personas lograron cruzar o intentar cruzar hacia el enclave español, superando con creces la crisis de 2021, que rondó los 8.000 migrantes.

Existen numerosos vídeos verificados por medios como Newtral y geolocalizados en localidades como Ain Mulalzén (provincia de Tetuán) donde se observa a agentes de la Gendarmería Real marroquí abriendo puertas en la valla fronteriza, permaneciendo pasivos mientras camiones descargan a decenas de migrantes y señalándoles la dirección exacta hacia la frontera española. Además, fuentes del Mando General de la Guardia Civil, citadas por El Español, confirman que agentes de inteligencia marroquíes (Dirección general de Estudios y Documentación) se infiltraron entre la masa de migrantes y fueron detectados por las cámaras de vigilancia realizando labores de reconocimiento de las defensas del enclave: evaluando tiempos de respuesta, puntos ciegos de los sensores y vulnerabilidades de la valla.
  
La crisis actual no es un hecho aislado, sino la segunda fase de una estrategia documentada. En 2021, Marruecos relajó los controles fronterizos después de que España acogiera al líder del Frente Polisario, Brahim Ghali, para recibir tratamiento médico. En 2026, el detonante ha sido las conversaciones energéticas de España con Argelia y su postura sobre el Sáhara Occidental, contraria a los intereses marroquíes. En ambos casos, se ha documentado la infiltración de agentes de inteligencia, lo que confirma un patrón recurrente.

Uno de los aspectos más reveladores del conflicto es la disparidad de reacciones internacionales ante acciones idénticas. Bielorrusia fue objeto de amplias sanciones de la UE y de un aislamiento diplomático total por supuestamente utilizar la migración como arma contra Polonia y Lituania. Marruecos, sin embargo, no enfrenta tales consecuencias por orquestar una oleada migratoria de mucha mayor escala contra un Estado miembro de la UE. La diferencia radica en su estatus geopolítico: Marruecos es socio estratégico de Estados Unidos (que reconoce su soberanía sobre el Sáhara Occidental) y de Israel (tras los Acuerdos de Abraham), lo que le otorga un margen de impunidad del que Bielorrusia, aislada, carece.

Más allá de la presión inmediata, existen indicios sólidos de que esta crisis forma parte de una estrategia de mayor alcance cuyo objetivo final es reclamar la soberanía de Ceuta y Melilla. El precedente de la Marcha Verde de 1975, que forzó la retirada española del Sáhara Occidental mediante una presión civil masiva, ha sido invocado abiertamente por figuras influyentes como Michael Rubin, exasesor del Pentágono y analista del American Enterprise Institute, quien ha instado a Marruecos a organizar una “Marcha Verde 2.0” y ha pedido a EE.UU. que reconozca ambas ciudades como “territorio marroquí ocupado”. Estas declaraciones han ganado tracción en un contexto de tensiones entre España y la administración estadounidense por la postura crítica de Sánchez con Israel y su negativa a facilitar el uso de bases militares para la guerra contra Irán.

En este escenario, la crisis migratoria y la infiltración de agentes de inteligencia deben leerse como un “ensayo general”. Su misión era cartografiar las defensas de Ceuta: evaluar la capacidad de respuesta de la Guardia Civil, identificar puntos débiles en la valla y los sistemas de vigilancia, medir los tiempos de reacción de los refuerzos y recabar información sobre protocolos de interceptación. No solo sirvió como presión diplomática, sino también como operación de inteligencia táctica para preparar futuras acciones de mayor envergadura.

La reacción de España revela la fragilidad de su posición. La UE ha externalizado el control de sus fronteras a terceros países como Marruecos, pagándoles para que impidan las salidas, lo que crea una dependencia asimétrica: la seguridad de la frontera sur de Europa depende de la voluntad política de un actor externo. Las declaraciones oficiales españolas han evitado cualquier crítica directa a Rabat, optando por agradecer su “colaboración” en la repatriación, una postura criticada internamente como un sometimiento que valida la estrategia de presión marroquí. Si la UE no establece consecuencias claras, se sienta un precedente peligroso para otros actores como Turquía o Libia.

En definitiva, la crisis de Ceuta de 2026 no es un problema migratorio, sino un acto de geopolítica aplicada por parte de Marruecos que opera en tres capas: una presión migratoria visible para forzar a España a renegociar su postura sobre el Sáhara Occidental y su alianza con Argelia; una capa intermedia de pasividad de la Gendarmería que humilla a España al demostrar que Marruecos controla quién entra y quién no; y una capa oculta de infiltración de inteligencia para preparar futuras acciones de presión, incluida la eventualidad de una “Marcha Verde 2.0”. Marruecos, respaldado por EE.UU. e Israel, ha demostrado que puede utilizar la migración como arma de disuasión sin enfrentar consecuencias significativas. La pregunta no es si volverá a usar esta carta, sino cuándo y con qué intensidad.

sábado, 1 de agosto de 2026

PARA LO QUE QUEDÓ LA “CIVILIZACIÓN OCCIDENTAL”…

Mientras se daba la invasión marroquí (impulsada por el miramamolín Mohamed VI el-Alaui, respaldada por la Entidad Sionista y Estados Unidos, con la inacción del régimen de Sánchez y el Puigmoltejo –que ayer se fue de vacaciones–, y el colaboracionismo de los donopas de la diócesis de Cádiz y Ceuta no menos que la Conferencia Episcopal y su director del Departamento de Migración el presbítero Fernando Redondo Pavón) a Ceuta, se captó está escena: Una mujer de ideología progre filmando desde su móvil la entrada de los invasores y diciéndoles con la mano que sigan adelante.
  

SIN PALABRAS…

jueves, 23 de julio de 2026

CHESTERTON SOBRE LOS MANIÁTICOS (O refutación a De Mattei)

Traducción del artículo publicado en WM REVIEW.
  
«¿ESTÁS LOCO?». G. K. CHESTERTON SOBRE LOS LUNÁTICOS Y MANIÁTICOS
En su obra clásica “Ortodoxia”, G. K. Chesterton pinta un retrato del loco y le muestra cómo escapar de su destino.

Fotograma de la escena “Pepe Silvia” en el capítulo 10.º de la cuarta temporada de la serie “Siempre hay sol en Filadelfia”.

Notas del editor
Tras la extensa cita de G. K. Chesterton en mi artículo sobre el suicidio, aquí están las reflexiones del famoso converso inglés sobre los lunáticos y la locura.

Estos comentarios se refieren a teorías de la conspiración.

La historia está plagada de hombres que conspiran para lograr sus propios fines, a menudo a costa del bien común. Quienes lo niegan o creen que algo puede refutarse simplemente llamándolo «teoría de la conspiración» viven en la negación.

No es necesario probar de manera concluyente la existencia de una conspiración determinada para justificar actuar como si fuera o pudiera ser cierta (es decir, actuar tomando ciertas medidas prudentes para protegerse, proporcionales a la probabilidad establecida) [1].

Sin embargo, si bien no es necesario contar con pruebas documentales completas de una conspiración para tomar tales medidas, sí es necesario tener alguna evidencia antes de acusar a otros, y que esta evidencia vaya más allá de la intuición, la fantasía, la paranoia y la coherencia con los prejuicios propios. Cuanto más grave y específica sea la acusación, mayor sea la publicidad que reciba y mayor el daño que cause, más sólidas deberán ser las pruebas y los argumentos.

Todos estamos sujetos a las normas habituales de la ley moral, como el Octavo Mandamiento:
«No darás falso testimonio».
De igual modo, todos estamos obligados a no dañar la reputación de una persona sin justa causa y a evitar los pecados de difamación, calumnia y juicio precipitado. Creer tener una visión privilegiada de cómo funciona el mundo «en realidad» no exime de estas obligaciones.

La relevancia de esto para los comentarios de Chesterton quedará clara al leer estos últimos.

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“EL MANIÁTICO”
(G. K. CHESTERTON. Ortodoxia, Capítulo II, págs. 23-35. Lane, Nueva York, 1909. Traducción española, págs. 9-13. Porrúa, México 1998). Se han añadido títulos y algunos saltos de línea para facilitar la lectura en línea.

La locura, un hecho de la vida 
Los modernos maestros de la ciencia insisten, sobre la necesidad de basar toda investigación, en un hecho. Los antiguos maestros de religión, se mostraron igualmente entusiastas de esa teoría. Empezaron basándose en el hecho del pecado; un hecho tan evidente como las papas. Fuera posible o no fuera posible que el hombre se purificara con ciertas aguas milagrosas, no cabe duda de que necesitaba purificación. Pero algunos caudillos religiosos de Londres, relativamente materialistas, comenzaron en nuestros días a negar, no la discutible milagrosidad del agua, sino a negar la indiscutible existencia de la mancha. Ciertos teólogos modernos, discuten el pecado original, que es el único punto de la teología de la cristiandad que puede ser realmente probado. Algunos discípulos del Reverendo Reginald John Campbell [predicador y teólogo congregacionalista (posteriormente anglicano), principal exponente de la “Nueva Teología” y sostenedor del panenteísmo (Dios contiene todo el universo, pero lo trasciende al mismo tiempo), N. del T.] admiten la inocencia divina que no pueden vislumbrar ni en sueños, pero niegan, especialmente, la culpa humana que pueden ver hasta en la calle. Los santos más intransigentes y los más obcecados escépticos, por igual unos y otros, tomaron el positivo mal, como punto de partida de sus argumentaciones.
  
Si es cierto (como evidentemente lo es) que un hombre puede hallar exquisito placer desollando un gato, el filósofo religioso puede llegar a una de dos conclusiones. Debe, o negar la existencia de Dios, que es lo que hacen los ateos; o bien negar la inalterable unión entre Dios y el hombre, que es lo que hacen los cristianos. Parece que los nuevos teólogos piensan llegar a una solución altamente racionalista negando el gato. 
  
En esta situación especialísima, evidentemente ahora no es posible (con una esperanza remota de aceptación general) comenzar como comenzaron nuestros padres, basándose en el hecho del pecado. Este mismo hecho que fue para ellos (y es para mí) tan evidente como la luz, es precisamente el hecho que ha sido discutido o negado. Pero aunque los modernos nieguen la existencia del pecado, supongo que no han negado aun la existencia del manicomio. 
  
Todavía estamos de acuerdo, en que actualmente se produce un colapso intelectual, tan innegable e inconfundible como el derrumbe de una casa. Los hombres niegan el infierno; pero aun no niegan el manicomio. Para no perder de vista los fines de nuestro primer argumento, el uno, el infierno, podría muy bien reemplazar al otro, el manicomio. Quiero decir que, si una vez todos los pensamientos y las teorías fueron juzgadas según condujeran al hombre a perder su alma, así, por nuestro presente punto de vista, todas las teorías modernas pueden ser juzgadas, según conduzcan al hombre a perder sus cabales. 
   
Es cierto que algunos hablan de la locura, con soltura y simpatía, como si se tratara de algo amable y atrayente.
  
Pero un minuto de reflexión basta para demostrarnos que si hallamos belleza en la enfermedad, generalmente es en la enfermedad de otro. 
  
Un ciego puede ser pintoresco; pero se necesitan dos ojos para verlo pintoresco, Y similarmente, aun la más salvaje poesía de la locura, sólo puede percibirla el cuerdo. Para el insano su locura es perfectamente prosaica porque es perfectamente cierta. El hombre que se cree pollo, siente en sí, toda la insignificancia del pollo. Solamente porque vemos lo grotesco de su idea, podemos en contraria hasta divertida; y solamente porque él no ve lo grotesco de su idea, lo han llevado a “Hanwell” [Nombre de un sanatorio de enfermos mentales en Londres, que se menciona con frecuencia en el libro, N. del T.]. Abreviando, las rarezas sólo sorprenden a la gente normal. Las rarezas no sorprenden a la gente rara. Por esa razón, la gente normal se sabe divertir y la gente rara, siempre se lamenta del aburrimiento de la vida. Por esa razón, las novelas modernas fenecen; y por esa razón, los cuentos de hadas permanecen. Los viejos cuentos de hadas presentan al héroe como un joven humano normalmente normal; sus aventuras son las sorprendentes; y lo sorprenden porque es normal. Pero en la novela psicológica moderna, el héroe es un anormal; él, que es el centro, no es bien centrado. De ahí que las aventuras más extrañas no logren sorprenderlo adecuadamente y que el libro resulte monótono. Se puede escribir la historia de un héroe entre dragones; pero no la de un dragón entre dragones. El cuento de hadas relata lo que hará un hombre cuerdo en un mundo loco. La novela, sobriamente realista de hoy, relata lo que un hombre esencialmente loco, puede hacer en un mundo cuerdo. 

La locura es más prosaica de lo que se piensa.
Empecemos pues en el manicomio; desde este fatídico y fantástico albergue, iniciemos nuestro viaje intelectual. 
  
Ahora, si es que vamos a contemplar la filosofía de la cordura lo primero que hemos de hacer, es destruir un grande y difundido error. Por todas partes se ha difundido la idea de que la imaginación, especialmente la imaginación mística, es peligrosa para el equilibrio mental del hombre. En general se tiene a los poetas como inseguros, desde el punto de vista psicológico; y generalmente se hace asociación de ideas entre los laureles entrelazados y las pajas pinchadas en el pelo… Los hechos y la historia desmienten tal interpretación. Muchos de los poetas, de los verdaderamente grandes poetas, han sido no sólo perfectamente cuerdos sino extremadamente aptos para el comercio; y si Shakespeare alguna vez contuvo caballos, fue porque era el hombre más indicado para contenerlos.
  
La imaginación no provoca la locura. Para ser exacto, lo que fomenta la locura es la razón. Los poetas no enloquecen; los jugadores de ajedrez sí. Los matemáticos y los cajeros, se vuelven locos; pero rara vez enloquecen los artistas que crean. Como podrá verse, en ninguna forma ataco la lógica: digo solamente que el peligro de la locura reside en la lógica; no en la imaginación. La paternidad artística es tan saludable como la física. Sin embargo, vale la pena destacar que cuando un poeta fue realmente mórbido, comúnmente lo fue porque existía algún punto débil en su racionalismo. Edgar Allan Poe, por ejemplo, fue realmente morboso; no porque fue poético, sino porque fue esencialmente analítico. Aun el ajedrez era demasiado poético para él; le desagradaba porque había demasiados caballeros y castillos, como en un poema. Abiertamente manifestó su preferencia por las damas, que sobre el damero parecían el punteado de un diagrama. Quizás el ejemplo más contundente es este: que sólo un gran poeta inglés se volvió loco, William Cowper. Y decididamente, fue llevado a la locura por la lógica; por la extraña lógica de la predestinación [2]. La poesía no fue su enfermedad sino su remedio; la poesía, en parte conservó su salud. Por algunos momentos, pudo olvidar el rojo y sediento infierno al que lo empujaba su horrendo necesitarismo, entre las extendidas aguas y los lirios blancos del Ouse. Cowper fue condenado por Juan Calvino y casi fue salvado por Juan Gilpin.
  
En todas partes, vemos que el hombre no enloquece por soñar. Los críticos son mucho más locos que los poetas. Homero, es bastante tranquilo y completo; son sus críticos que lo destrozan en jirones de extravagancia. Shakespeare, fue perfectamente él mismo; sólo algunos de sus críticos descubren que Shakespeare fue otro. Y San Juan Evangelista, no obstante haber visto en su visión muchos monstruos extraños, no vio criatura alguna tan salvaje como uno de sus comentaristas. 

Un exceso de “razón”.
El hecho general es claro. La poesía es cuerda, porque flota sin esfuerzo en un mar infinito; la razón [3] pretende cruzar el mar infinito y hacerlo así finito. 
  
El resultado es la exterminación mental; como lo fue la extenuación física para el señor Holbein. 
  
Aceptarlo todo, es un ejercicio; entenderlo todo, es un esfuerzo. Lo único que desea el poeta, es exaltación y expansión, un mundo para explayarse. 
   
El poeta sólo pretende entrar su cabeza en el cielo. 
  
El lógico es el que pretende hacer entrar el cielo en su cabeza. Y es su cabeza la que revienta. 
   
Es un detalle, pero no insignificante, que este asombroso error se halla comúnmente apoyado en una citación tergiversada. 
  
Todos hemos oído citar la celebrada frase de Juan Dryden: «el gran genio es aliado de la locura». Pero Dryden no dijo que el gran genio fuera aliado de la locura. El mismo Dryden era un genio y sabía mejor. Sería difícil encontrar un hombre más romántico y más sensato. Lo que Dryden dijo, fue esto: «El gran sabio está frecuentemente próximo a la locura», y eso es cierto. Es exclusivamente la gran agilidad intelectual, lo que peligra desequilibrarse. También la gente podría recordar, a qué clase de hombre se refería Dryden. No se trataba de un visionario ajeno a este mundo como Vaughan o Jorge Herbert. 
   
Hablaba de un cínico hombre de mundo, un escéptico, un diplomático, un político práctico. Esos hombres, ciertamente están próximos al desequilibrio. Su incesante investigar en el cerebro propio y en el ajeno, es oficio peligroso. Siempre es peligroso para la mente penetrar la mente. Una persona espiritual preguntó por qué decíamos «loco como un sombrerero». Una persona más espiritual, podría haber respondido que el sombrerero es loco, porque debe tomar las medidas de la cabeza humana. 
   
Y si los grandes razonadores con frecuencia son maniáticos, es igualmente exacto que los maniáticos son grandes razonadores. 
   
Cuando me hallaba embarcado en una controversia con el “Clarion”, sobre el tema de la voluntad libre, el eficiente escritor señor R. B. Suthers [4] dijo, que la voluntad libre, era lunatismo, porque implicaba acciones inmotivadas, y las acciones del lunático son sin causa. No me ocupo aquí de un lapsus desastroso para la lógica determinista. Evidentemente, si una acción, aun la acción de un lunático, puede ser inmotivada, se acaba el determinismo. 
   
Porque si un loco puede interrumpir la cadena de causalidad, también puede interrumpirla un hombre aunque no sea loco. Pero mi objeto es destacar algo más práctico. Tal vez fuera natural que un moderno marxista ignorara todo lo referente a la voluntad libre. Pero sería ciertamente extraño que un marxista moderno ignorara todo lo que se refiere a los lunáticos.
  
«Todo está conectado, oculto a simple vista».
Lo último que se podría decir de un lunático, es que sus acciones son inmotivadas. Si algunos actos humanos pudieran ser irreflexivamente llamados «sin motivo», esos serían los insignificantes actos del hombre cuerdo, que silba al caminar; roza el césped con su bastón; golpea los talones y se frota las manos. Es el hombre contento el que hace las cosas inútiles; el hombre enfermo no es bastante fuerte para ser un ocioso. 
  
Esas acciones sin causa y descuidadas, son precisamente las que un loco no podría comprender nunca, porque el loco (como el determinista) tiene demasiado en cuenta las causas de todo. Esas actividades huecas, tienen para un loco significado de conspiración. Pensará que rozar el pasto, es atentar contra la propiedad privada. Pensará que golpear los talones, es una señal convenida con un cómplice. Si por un instante el loco se volviera descuidado, se volvería cuerdo. Todo el que haya tenido la desgracia de hablar con gente que se hallara en el corazón o al borde del desequilibrio mental, sabe que su característica más siniestra, es una horrible lucidez para captar el detalle; una facilidad de conectar entre sí dos cosas perdidas en su mapa confuso como un laberinto. Si ustedes discuten con un loco, es muy probable que lleven la peor parte en la discusión; porque en muchas formas, la mente del loco es más ágil y rápida, al no hallarse trabada por todas las cosas que lleva aparejadas el buen discernimiento. No lo detiene el sentido del humor o de la caridad o las ya enmudecidas certezas de la experiencia. El loco es más lógico, por carecer de ciertas afecciones de la cordura. La frase común que se aplica a la insania, desde este punto de vista es errónea. El loco no es el hombre que ha perdido la razón. Loco es el hombre que ha perdido todo, menos la razón.
   
Las explicaciones que un loco da sobre algo son completas y con frecuencia, en un sentido estrictamente racional, hasta son satisfactorias. 
   
O para hablar con más precisión, la explicación del insano si bien no es concluyente, es por lo menos irrefutable; y esto puede observarse en los dos o tres casos más comunes de locura. 
   
Si un hombre dice (por ejemplo) que los hombres conspiran contra él, no se le puede discutir más que diciendo que todos los hombres niegan ser conspiradores; que es exactamente lo que harían los conspiradores. Su exposición concuerda con los hechos tanto como la de ustedes. O si un hombre dice que es el legítimo Rey de Inglaterra, no es una respuesta adecuada decirle que las autoridades lo catalogan loco; porque si realmente fuera Rey legítimo de Inglaterra, eso posiblemente sería lo más sabio que atinaran a hacer las autoridades existentes. O si un hombre dice que es Jesucristo, no es una respuesta decirle que el mundo niega su divinidad; porque el mundo niega también la divinidad de Cristo. 

Por qué el lunático está equivocado.
Sin embargo, ese hombre está equivocado. Pero si intentamos exponer su error en términos exactos, veremos que no es tan fácil como pudimos suponerle. Tal vez lo más aproximado que podríamos hacer, es decir esto: que su mente actúa en un círculo perfecto pero estrecho. Un círculo pequeño es tan infinito como uno grande; pero a pesar de ser tan infinito, no es tan amplio. Del mismo modo, la explicación del insano es tan completa como la del sano, pero no tan vasta. Una bala es redonda como el mundo, pero no es el mundo. 
  
Hay algo así como una amplia universalidad; y algo así como una estrecha y restringida eternidad. Lo podemos ver en muchas religiones modernas. 
   
Ahora, hablando externa y empíricamente, podemos decir que la más consistente e inconfundible seña de locura, es esta combinación entre la integridad lógica y la contracción espiritual. La teoría del lunático, explica un vasto número de cosas, pero no explica esas cosas en forma vasta. Quiero decir que si ustedes, o yo, lidiáramos con una mente que se vuelve mórbida, lo indicado sería no tanto ofrecerle argumentos como darle aire para convencerla de que existe algo más limpio y fresco, fuera de la sofocación de un único argumento. Supongamos que fuera, por ejemplo, el primer caso típico que mencioné: el caso de un hombre que acusara a todo el mundo de conspirar contra él. Si pudiéramos expresar nuestros profundos sentimientos de protesta, apelando contra tal obsesión, supongo que le diríamos algo así:
«Oh; admito que usted tiene su caso y que lo siente de corazón, y que muchas cosas son como usted dice. Admito que su explicación explica muchas cosas, pero ¡cuántas cosas no explica! ¿No hay en el mundo más historia que la suya; y todos los hombres se ocupan de usted? Suponga que demos por sabido los detalles; tal vez cuando aquel hombre en la calle se hizo el que no lo veía, fue por astucia; tal vez si el agente le preguntó su nombre, lo hizo porque ya lo sabía. Pero ¡cuánto más contento estaría si le constara que esa gente no se ocupa en absoluto de usted! ¡Cuánto más grande sería su vida si usted se empequeñeciera en ella! ¡Si pudiera mirar a los otros hombres con curiosidad y gusto comunes, si pudiera verlos paseando como pasean su radiante egoísmo y su varonil indiferencia! Comenzarían a interesarlo porque vería que no se interesan en usted. Se evadiría de ese teatro vistoso y mezquino en el que siempre se representa su dramita personal, y se encontraría bajo un cielo más despejado, en una calle llena de espléndidos desconocidos». 
O supongamos que fuera el segundo caso de locura, el del hombre que reclama la corona; el impulso de ustedes sería contestarle:
«Está bien; tal vez usted sepa que es el Rey de Inglaterra pero, ¿por qué se preocupa? Haga un esfuerzo magnífico, sea un ser humano y mire de arriba a todos los reyes de la tierra».
O podría ser el tercer caso, del loco que se cree Cristo. Si dijéramos lo que sentimos, diríamos: 
«¡Así que usted es el Creador y el Redentor del mundo! ¡Pero qué mundo pequeño debe ser! Qué cielo más pequeño debe habitar con ángeles no tan grandes como mariposas. ¡Qué aburrido ser Dios! ¡Y un Dios inadecuado! Realmente, no hay vida más plena ni amor más maravilloso que el suyo; y en realidad ¿es en su mezquina y penosa compasión que toda carne debe depositar su fe? ¡Cuánto más feliz sería si la masa de un Dios más grande, pudiera deshacer su pequeño cosmos, desparramara las estrellas como si fueran pajas, y lo dejara en la inmensidad abierta, libre como otros hombres de mirar hacia arriba y hacia abajo!».
Expulsando un demonio.
Y hay que recordar que la ciencia más puramente práctica ataca desde este punto de vista al mal mental; no intenta discutirlo como una herejía sino simplemente quebrarlo como un encantamiento. Ni la ciencia moderna ni la religión antigua creen en la completa libertad del pensamiento. La teología reprime ciertos pensamientos que llama blasfemos. La ciencia reprime ciertos pensamientos que llama morbosos. Por ejemplo, algunas sociedades religiosas, más o menos exitosamente quieren alejar al hombre del pensamiento sexual. La nueva sociedad científica, intenta alejarlo del pensamiento de la muerte; que es un hecho, pero es considerado como un hecho morboso.
  
Y atendiendo a aquellos cuya morbosidad tiene un dejo de manía, la ciencia moderna se preocupa de la lógica, mucho menos que un derviche en pleno baile. En esos casos, no es suficiente que el hombre desgraciado desee la verdad; debe desear la salud. Nada puede salvarlo excepto una ciega ansiedad de normalidad. Ningún hombre debe creerse a salvo del desequilibrio mental; porque es el órgano que actúa el pensamiento el que se vuelve enfermo; ingobernable, como si fuera independiente. Sólo puede salvarlo la voluntad o la fe. Desde que empieza a actuar su razón, actúa en la antigua ruta circular; girará en torno de su círculo lógico, igual que un hombre en un coche de tercera clase de Inner Circle [circunvalación en torno de los Jardines de la Reina María en el Parque Regente de Londres, N. del T.], girará en torno de Inner Circle, hasta que realice el voluntario, vigoroso y místico acto, de bajarse en la calle Gower [calle donde queda el Colegio Universitario de Londres, cercana al Museo Británico, N. del T.]. Aquí, la decisión lo es todo; una puerta debe cerrarse para siempre. Cada remedio, es un remedio desesperado. 
  
Cada cura, es una cura milagrosa. Curar a un hombre no es discutir con un filósofo, es arrojar un demonio.
  
NOTAS
[1] En un artículo de noviembre de 2020, el profesor Roberto de Mattei afirmó que quienes se mostraban escépticos sobre las mascarillas y los confinamientos eran «francamente ridículos», dominados por la emoción y la imaginación, y que padecían enfermedades mentales. Escribió:
«Según ellos, el coronavirus no es más que una simple gripe, y las medidas recomendadas por gobiernos tanto progresistas como conservadores en todo el mundo, como el confinamiento, el uso de mascarillas y el distanciamiento social, son instrumentos y símbolos de esta conspiración para destruir la libertad individual y, en última instancia, exterminar a toda la humanidad».
Él tergiversa la información sobre aquellos que no cumplen con su estándar de evidencia como historiador, afirmando que no tienen nada que ver con la «tradición del pensamiento católico», que están gobernados por emociones e imaginación y que sufren una especie de enfermedad mental llamada “apofenia”:
«Debemos afirmar categóricamente que estas hipótesis no guardan relación alguna con la gran tradición del pensamiento católico, que, al abordar la existencia de una conspiración anticristiana, fundamenta cada afirmación con documentación precisa y, sobre todo, jamás sustituye la fe y la razón por la imaginación. La impresión que a veces se tiene es la de estar ante el fenómeno de la disonancia cognitiva, donde la realidad se deforma por un estado emocional de apofenia, un estado psíquico que busca establecer conexiones significativas entre acontecimientos desprovistos de cualquier relación causal».
En otro artículo, titulado “Conspiraciones verdaderas y falsas en la historia” y publicado en Corrisponenza Romana en enero de 2021, comparó ciertas conspiraciones que habían sido expuestas con amplia documentación, con aquellas que no lo habían sido:
«La existencia de esta tradición conspirativa está documentada y es indiscutible. Las pruebas existen. Entre los historiadores, católicos o anticatólicos, de derecha o de izquierda, puede haber divergencia en la interpretación de los hechos, pero no en su realidad.

Por el contrario, la característica de las falsas teorías de la conspiración es que no pueden ofrecer ninguna documentación ni certeza. Para compensar su falta de pruebas, utilizan la técnica de la narración, que apela más a las emociones que a la razón, y seduce a quienes, por un acto de fe, ya han decidido creer en lo descabellado, impulsados ​​por el miedo, la ira y el rencor. Estos sentimientos se fomentan en tiempos de crisis, como está ocurriendo en la pandemia del Coronavirus, que actualmente se está desarrollando […].

La existencia de una conspiración que busca la destrucción de la Iglesia y la civilización cristiana no necesita nuevas teorías, pues la historia ya la ha demostrado; tampoco necesita secretismo, puesto que la Revolución actúa ahora con audacia y abiertamente. Además, es fundamental un criterio. La única conspiración que merece la pena combatir es la de las fuerzas de la oscuridad contra la Iglesia católica. Todo lo demás es secundario».
Resulta difícil comprender cómo alguien puede plantear tales argumentos de buena fe. Si bien ha identificado correctamente un fenómeno —el «pensamiento narrativo» que subyace a ciertas teorías conspirativas—, es absurdo pensar que debamos negar la existencia de cualquier conspiración que aún no se haya probado de forma concluyente, o que debamos actuar con prudencia en tales casos. En muchos casos, dicha evidencia documental no está disponible desde el principio, cuando la desobediencia o incluso la resistencia pueden ser más necesarias. A veces, dicha evidencia no aparece hasta décadas después. Este criterio hace que la posibilidad de autodefensa contra los conspiradores dependa de su incapacidad para mantener sus planes en secreto. Pero esto es absurdo.

Si se aplicara a la vida cotidiana, este tipo de razonamiento podría prohibir cerrar con llave (o incluso clausurar) la puerta principal sin documentación que demuestre que la casa será asaltada esa noche. Cerrar la puerta con llave como medida de precaución, según el criterio de De Mattei, equivaldría a participar en una falsa teoría de la conspiración, basada en un razonamiento narrativo.

De igual modo, la idea de que «la única conspiración que merece la pena combatir es la de las fuerzas de la oscuridad contra la Iglesia Católica» es absurda. Implicaría que no vale la pena luchar contra un grupo de hombres que conspiran para destruir un negocio, robar objetos de un museo o cometer cualquier otro delito. Dice que «todo lo demás es secundario», pero que algo sea secundario no significa que no merezca la pena combatirlo.

[2] Chesterton escribió este texto siendo no católico. La doctrina católica implica la predestinación, aunque en un sentido distinto al de Juan Calvino, a quien critica aquí.

[3] O mejor aún, racionalismo.

[4] Robert Bentley Suthers fue un periodista socialista.

viernes, 17 de julio de 2026

¿HACIA UNA REVOLUCIÓN EN ESTADOS UNIDOS?

Noticia tomada de RUSSIA TODAY.

El periodista explicó que es un resultado lógico cuando la esperanza de vida disminuye, la gente muere más joven y la clase media desaparece.
  

Publicado: 17 jul 2026, 09:30 GMT
  
El periodista estadounidense Tucker Carlson cree que existe riesgo de revolución en Estados Unidos debido a la actitud desdeñosa de las autoridades hacia el pueblo, según afirmó en una nueva entrevista con Bloomberg.

«Tenemos líderes que nos desprecian, que nos dan por sentado, que nos usan, que nos mienten, a quienes realmente no les importamos en absoluto, y lo sabemos porque cuando la esperanza de vida disminuye, cuando la gente muere más joven, cuando la clase media desaparece como ocurrió hace once años y nadie dice nada al respecto, así que simplemente estoy buscando una alternativa a eso. No es difícil, deberíamos poder encontrarla», expresó.
  
«Es un panorama realmente sombrío el que usted pinta de Estados Unidos en este momento», dijo la entrevistadora, Mishal Husain.

«No es un panorama sombrío. Es un panorama humano normal», respondió Carlson. «No quiero una revolución, pero vamos a tener una revolución si esto continúa», añadió.

Sin embargo, hizo hincapié en que rechaza la violencia política. «Lo que digo es que si se les transmite a las personas que su voto no importa, que no hay una forma no violenta de hacerse oír, inevitablemente, con el tiempo, recurrirán a la violencia. No quiero eso», subrayó.

Además, Carlson criticó duramente al presidente estadounidense. «Donald Trump ha sido desleal a Estados Unidos, totalmente desleal a Estados Unidos, engañó a Estados Unidos con una potencia extranjera», denunció, criticando el hecho de que Israel arrastró a Washington a la guerra contra Irán. «¿Sabe usted qué hace a un buen padre o madre? Amar a tus hijos», manifestó.

«Es débil, no pretendo lo contrario, pero también es una afirmación fáctica y verificable que Israel nos empujó a esto y Trump les permitió hacerlo», concluyó el periodista.

martes, 7 de julio de 2026

LA REMIGRACIÓN DE LA QUE EUROPA (NI LEONCITO) HABLAN

Traducción del artículo publicado en LA NUOVA BUSSOLA QUOTIDIANA.
   
SUDÁFRICA, LA REMIGRACIÓN SIN TITULARES Y QUE VIENE DESDE LAS BASES SOCIALES
  

«¡Vete, regresa a tu país o volverás en un ataúd!». Durante semanas, Sudáfrica ha sido testigo de una revuelta contra los inmigrantes ilegales que han invadido el país desde otros estados africanos. Las manifestaciones, a veces violentas, han derivado en enfrentamientos con la policía y actos de vandalismo contra comercios. La movilización fue convocada por hasta veinte grupos, entre ellos “Marzo y Marcha”, “Operación Dudula” y “Fuerzas Progresistas”. Se trata de militantes de movimientos surgidos en las regiones zulúes, tribus tradicionalmente hostiles a los xhosa, el núcleo duro del Congreso Nacional Africano de Nelson Mandela y del movimiento antiapartheid.

Veinticinco mil personas han cruzado la frontera espontáneamente en los últimos días para abandonar el país. Este es el primer informe oficial de las autoridades locales sobre un éxodo que crece a cada hora. Comunidades enteras de ciudadanos originarios de Zimbabue, Malaui, Ghana y Nigeria han empacado todas sus pertenencias para marcharse. Mientras tanto, en los centros de acogida, decenas de miles de refugiados esperan ser repatriados, temiendo constantes brotes de violencia.

Sudáfrica se convierte así en la primera nación del mundo en implementar la repatriación con éxito y rapidez. Pero todo se hace por cuenta propia. Porque los levantamientos (y las repatriaciones) en el país son espontáneos, surgen de la base y ocurren ante las narices de un gobierno que simplemente no sabe cómo contener la ira.

Las protestas se originan en la tendencia a identificar a los inmigrantes como la principal causa de la crisis económica interna. Se les acusa de canibalizar el mercado laboral y de provocar el colapso de un sistema de salud pública ahora reducido a una cáscara vacía, incapaz de brindar siquiera servicios sociales básicos a los ciudadanos nativos.

Según las estimaciones, aproximadamente tres millones de extranjeros —el cinco por ciento de la población total— residen regularmente en Sudáfrica, procedentes principalmente de países vecinos en busca de oportunidades. A esto se suma un número incalculable de trabajadores indocumentados. Hasta ahora, el gobierno —liderado por una coalición del histórico partido de izquierda (que perdió su mayoría parlamentaria por primera vez en 30 años), el Congreso Nacional Africano, el partido de Nelson Mandela, y su principal rival de centroderecha, la Alianza Democrática— ha condenado sistemáticamente la violencia, rechazando la idea de expulsiones masivas forzadas. Sin embargo, en los últimos meses, la postura del gobierno se ha endurecido en un intento por alinearse con las posiciones de los movimientos antiinmigración.

A mediados de junio, miles de personas huyeron de sus hogares por miedo, durmiendo a la intemperie en aceras, campos y campamentos improvisados, con la esperanza de ser repatriadas a sus países de origen lo antes posible. Lo que parece ser un éxodo masivo se ha intensificado en los días previos al martes 30 de Junio, fecha de vencimiento del decreto impuesto por los movimientos antiinmigración en Sudáfrica. En las últimas semanas, grupos radicales han organizado manifestaciones violentas contra la presencia de extranjeros indocumentados. Sus demandas al gobierno son claras: exigen controles fronterizos estrictos y, sobre todo, protecciones legislativas que excluyan a los no sudafricanos del pequeño comercio minorista en los suburbios, para así devolver los empleos y el comercio a la población local. Las tensiones, que comenzaron a escalar en Marzo, han provocado hasta el momento cuatro muertes.

Para contener la crisis, el gobierno de Pretoria alertó al ejército. Los principales centros urbanos, incluidos Johannesburgo, Durban, Pietermaritzburg y Ciudad del Cabo, fueron patrullados por columnas policiales, mientras que el temor a represalias llevó a casi todos los comerciantes a mantener sus negocios cerrados. La tensión fue particularmente evidente en Johannesburgo: miles de manifestantes marcharon en barrios con una fuerte presencia extranjera, como Hillbrow y Yeoville. Entre los manifestantes se encontraban grupos de hombres con bastones de combate tradicionales zulúes (Izinduku) y escudos de piel de vaca (Isihlangu), así como muchas mujeres envueltas en la bandera nacional. Las pancartas exhibían lemas que exigían que Sudáfrica se retirara de la Convención de la ONU sobre los Refugiados. El Ministerio de Policía describió las manifestaciones como en su mayoría pacíficas, aunque hubo informes de ataques a tiendas y lanzamiento de piedras contra ventanas.

El mes pasado, en un intento por apaciguar el descontento sudafricano, el gobierno introdujo nuevas medidas restrictivas para combatir la inmigración irregular, lo que provocó de inmediato ocho mil deportaciones. Esta cifra forma parte de un fuerte aumento en las repatriaciones, ya evidente en los últimos años, pasando de cincuenta y ocho mil en el período 2024-2025 a casi ciento diez mil registradas en marzo de 2026. La gestión de los flujos migratorios se ha convertido en el eje de la campaña electoral para las próximas elecciones locales de Noviembre, recibiendo una amplia cobertura mediática, que ha dedicado un espacio considerable a las demandas de organizaciones como “Marzo y Marcha” y “Operación Dudula” principales instigadoras de la movilización. Expresiones que en dialectos locales significan literalmente “rechazar” y “devolver al remitente” ahora actúan como un poder paralelo: hacen piquetes frente a empresas que emplean mano de obra transfronteriza, impiden que los inmigrantes ilegales accedan a atención médica e improvisan controles de carretera para revisar la documentación de automovilistas y peatones.

Esta galaxia ha encontrado su megáfono ideal en líderes digitales como Nkosi-khona Ndabandaba, conocido por la prensa con el seudónimo de “Phakel’Umthakathi”. Con una audiencia de aproximadamente 2 millones de seguidores en Facebook, Ndabandaba es el gran organizador de mítines multitudinarios.

Sudáfrica, a pesar de poseer una inmensa riqueza mineral, sufre una tasa de desempleo cercana al 32%, que entre los jóvenes (la gran mayoría de la población) ha superado drásticamente el 60%. Lo que ha convertido estas estadísticas en un polvorín es la fragilidad de sus fronteras: durante quince años, la constante presión migratoria ha atraído a más de tres millones de personas al país procedentes de naciones como Mozambique, Malaui y Nigeria, en busca de una vida mejor. Desde hace varios días, esta misma oleada migratoria se ha visto obligada a revertir su curso por la voluntad de los nativos.

El fenómeno ha adquirido dimensiones continentales: Malaui ha registrado casi 9.000 solicitudes de evacuación inmediata, 900 en Uganda, mientras que en Lagos (Nigeria) ya ha aterrizado un primer vuelo con casi trescientas personas a bordo, los primeros elementos de un plan de repatriación masiva que continuará en los próximos días.

En Europa lo llamarían remigración.