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viernes, 5 de julio de 2019

EL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS, REPARACIÓN CONTRA EL JUDAÍSMO, MASONERÍA Y LIBERALISMO

Traducción del artículo publicado en RADIO SPADA.
  
EL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS, REPARACIÓN CONTRA EL JUDAÍSMO, MASONERÍA Y LIBERALISMO
  

Los orígenes de esta fiesta son de hecho similares a la del Santísimo Sacramento. El simbolismo del costado de Jesús abierto por la lanza de Longinos, y del cual salieron sangre y agua, es ya conocido por los antiguos Padres de la Iglesia: San Agustín y San Juan Crisóstomo tienen en las espléndidas páginas sobre la Iglesia que, radiante de juventud, salió del costado del nuevo Adán adormecido sobre la Cruz, así también que los divinos Sacramentos brotados del Corazón amante del Redentor.
   
La tradición patrística fue conservada y desarrollada por obra de la escuela ascética benedictina; así que, cuando finalmente en el siglo XII el santo Abad de Claraval orienta la piedad mística de sus monjes hacia un culto tan especial a la humanidad del Salvador, la devoción al Sagrado Corazón en el sentido que ahora, se puede decir ya nada. De la simple meditación sobre las llagas de Jesús, la escuela benedictina pasó a la particular devoción por la del Costado, y a través del costado traspasado por la lanza de Longinos, penetraba en lo íntimo del Corazón, herido sin embargo por la lanza del amor. El Corazón de Jesús representa para San Bernardo aquel foro de la roca, en el cual el Divino Esposo invita a su paloma a buscar el refugio. El hierro del soldado ha llegado hasta el Corazón del Crucificado, para desvelarnos todos los secretos de amor. Él de hecho nos ha revelado el gran misterio de su misericordia, aquellas entrañas de piedad que lo han inducido a descender del cielo para visitarnos [1].
   
Los discípulos de San Bernardo estaban desarrollando maravillosamente la doctrina mística del Maestro, cuando intervinieron las grandes revelaciones del Sagrado Corazón de Jesús a Santa Lutgarda († 1246), a Santa Gertrudis y a Santa Matilde. A Santa Lutgarda el Señor intercambió un día el corazón de ella con el suyo; y una noche en la cual la Santa, no obstante la enfermedad, se hallaba despierta para el oficio vigiliar, Jesús por recompensa la invitó a acercar sus labios a la herida de su Corazón, donde Lutgarda bebió tan grande suavidad de espíritu, que en seguida encontró siempre una gran fuerza y facilidad en el servicio del Señor. Hacia el 1250 sigue la conocida revelación del Sagrado Corazón a la célebre Matilde de Magdeburgo, que más tarde hizo parte de la Comunidad de Helfta, en la cual ya vivían Santa Gertrudis y Santa Matilde. «En mis grandes sufrimientos, escribe ella, Jesús me mostró la llaga de su Corazón, y me dice: ¡Mira qué mal me han hecho!». Esta aparición la impresionó vivamente; tanto que después de este tiempo la pía religiosa no cesó de contemplar este Corazón apasionado y ultrajado, pero que al mismo tiempo se le aparecía simiñar  a una masa de oro encendido que estaba dentro de un inmenso horno. Jesùs acercó el corazón de Matilde al suyo, para que en adelante viviese una idéntica vida.
   
Cuando después la Providencia condujo a Helfta esta pia extática de Magdeburgo, lo hizo indudablemente para acercarla a otras dos hijas de San Benito, Gertrudis y Matilde, las cuales también estaban favorecidas con similares dones. El carácter especial de la devoción de Danta Gertrudis por el Verbo encarnado, explica especialmente en su tierna devoción al Sagrado Corazón, que para ella es el símbolo del amor del Crucificado, y una especie de místico sacramento, por el cual la Santa entra a parte tanto de los sentimientos de Jesús, como de sus méritos. Un día que Gertrudis fue invitada por San Juan a reposar con él sobre el Corazón sacratísimo del Señor, ella pregunta al Evangelista por qué no había revelado a la Iglesia las delicias y los misterios de amor gustados por él en la última cena, cuando apoyó la cabeza sobre el pecho del divino Maestro. Responde San Juan que su misión era simplemente revelar a los hombres la naturaleza divina del Verbo Encarnado; mientras que el lenguaje amoroso expresado por el palpitar del divino Corazón por él escuchados, debía representar la revelación de los últimos tiempos, cuando el mundo, envejecido y enfriado, habrá de tener necesidad de calentarse por medio de este misterio llameado de amor. Así Gertrudis comprende que el apostolado del Corazón Sacratísimo de Jesús le era confiado a ella; y por eso de palabra y en sus libros ella describe toda la teología, digámoslo así, de aquella sagrada herida divina, propagagando fervientemente la devoción. En esta misión evangelizatriz, ella tuvo la compañía también de la pia cantrix Mechtíldis, que igualmente fue invitada del Señor a anidar en la llaga de su Corazón.
  
Al igual que su compañera, también Santa Matilde puso por escrito sus revelaciones, en las cuales el Sagrado Corazón, ora se le parangonaba a una copa de oro donde se sacian los Santos, ora a una lámpara luminosa, ora a una lira que difunde para el cielo sus suaves armonías. Un día Jesús y Matilde se intercambiaron el corazón, de modo que la Santa desde entonces parecía respirar con el Corazón mismo de su Esposo divino.
    
Las revelaciones de las dos extáticas de Helfta encontraron un larguísimo favor, sobre todo en Alemania, en medio precisamente a un ambiente ya decididamente orientado hacia el Corazón de Jesús en gracia de la precedente influencia de la escuela benedictina. Los autores Dominicos y Minoritas siguieron también alacremente este movimiento y lo dilataron, sobre todo por medio de San Buenaventura, del Beato Enrique Susón, de Santa Catalina y San Bernardino de Siena.
  
Se llega así a los tiempos de Santa Francisca Romana, la cual en sus revelaciones sobre el Sagrado Corazón, en la cual ella se inmerge como en un océano encendido de amor, no hace sino acentuar la orientación ascética de la antigua escuela mística de los hijos de San Benito.
  
La acción de la Fundadora del monasterio Turris Speculórum en Roma, permanece, es verdad, circunscrita al ambiente romano; pero ella representa uno de los más preciosos anillos de toda una cadena de Santos y de escritores ascéticos que en Alemania, en la Bélgica y en Italia prepararon los ánimos a las grandes revelaciones de Paray-le-Monial. Cuando finalmente estas fueron comunicadas a los fieles, por obra especialmente del Beato Claudio La Colombière y del P. Jean Croiset de la Compañía de Jesús, el triunfo del Corazón de Jesús y del reino de su amor fue ahora asegurado a la devoción católica. Los Hijos de San Ignacio se dedicaron con celo especial a esta nueva forma de Apostolado del Corazón Sacratísimo de Jesús.
 
En 1765 el papa Clemente XIII aprobó un Oficio en honor del Sagrado Corazón de Jesús, que sin embargo fue concedido sólo a algunas diócesis. Pero en 1856 Pío IX, con el ánimo en el que había influído grandemente el gran restaurador de la Orden Benedictina en Francia, el abad dom Próspero Guéranger, hizo esta fiesta obligatoria para la Iglesia universal. En 1889 León XIII elevó el rito a doble de I clase.
  
Cuando en 1765 Clemente XIII autorizó el culto litúrgico del Sagrado Corazón de Jesús, se cumple una profecía hecha hacía treinta años atraz por la santa abadesa de San Pedro de Montefiascone, María Cecilia Bai. Un día, mostrándole el Señor su Corazón a esta Sierva de Dios, le había dicho: «Vendrá un día, cuando mi Corazón procederá en gran triunfo en la Iglesia militante, y esto será en gracia de la fiesta solemne que se celebrará, con el Oficio del Sagrado Corazón. Yo sin embargo no sé –agrega la piadosa benedictina– si esto sucederá en nuestros tiempos». Bai sin embargo fue tan feliz, para poder ver finalmente este día suspirado; y entonces ciertamente ella recordó aquellas otras palabras que había oído de su Divino Esposo algunos años antes: «Verrà un tempo in cui tu farai cosa gradita al mio Cuore, facendolo adorare e conoscere ad un gran numero di persone, per mezzo del culto e degli atti di devozione che gli sono dovuti».
   
En 1899 León XIII emanó una Encíclica [ver aquí, NDR], en la cual prescribía que todo el Orbe católico se consagrase al Corazón Sacratísimo de Jesús. El Pontífice estaba decidido en aquel acto luego de una orden formal que una piadosa Superiora del Buen Pastor de Oporto, sor María Droste zu Vischering, decía haber recibido del mismo divino Redentor, para que lo comunicase al Papa. La revelación privada presentaba pues todos los caracteres de autenticidad, y el espíritu de la hermana fue aprobado por el sabio abad de Seckau, el P. Ildefonso Schober. Fue así que el benedictino Hildebrando de Hemptinne, abad de San Anselmo sobre el Aventino, puso en obra el asunto y presentó la súplica de Droste a León XIII. El 9 de junio de 1899, cuando las campanas de todas las Iglesias del Orbe cristiano anunciaban la fiesta del Sagrado Corazón y el nuevo acto de consagración prescrito por el Papa, la Vidente de Oporto, en señal de que ahora su misión aquí era consumada, entregaba su purísima alma a Dios.
  
Últimamente, la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús conseguía por Pío XI nuevo incremento y decoro, ya que le era decretado el privilegio de Octava, al par de las mayores solemnidades del Señor. ¿Fue simple coincidencia o arcana disposición de Dios? La nueva liturgia romana para la octava de la fiesta del Sagrado Corazón, fue aprobada por el Pontífice contemporáneamente al famoso Concordato que pone finalmente término a la tan funesta Questione Romana. Al mismo tiempo, el perfecto amigo del Divino Corazón, el P. La Colombière, viene adscrito solemnemente en el albo de los Beatos, y Pío XI algunas semanas después salió finalmente del Vaticano, llevando en triunfo a Jesús Eucarístico en medio de un glorioso cortejo de sacros ministros que llegaba a las 7.000 personas.
   
[…] La herejía que caracteriza el espíritu de la hodierna sociedad, podría ser fácilmente llamada laicismo, en cuanto quiere nivelar lo divino y lo sobrenatural a la medida de las instituciones humanas, e intenta hacer reentrar la Iglesia en la órbita de las puras energías estatales. Frente al judaísmo y a la masonería que persisten todavía en el odio furibundo contra Jesús: tolle, tolle, crucifige, los católicos infectados de este laicismo y liberalismo buscan, como Pilato,un camino intermedio, y están prontos a declarar absuelto a Cristo, aunque antes se deje quitar la diadema soberana que le rodea la frente, y se contente en vivir sujeto al numen de César. Contra este doble insulto sacrílego, el Pontífice Supremo protesta mirando al Cielo y a la tierra que no hay otro Dios que el Señor, e instituyó la doble fiesta de Cristo Rey y lde la Octava del Sacratísimo Corazón de Jesús. La una es la solemnidad del poder, la otra es la del amor.
   
Debiéndose enrriquecer el Breviario Romano del oficio para la octava del Sagrado Corazón, el Sumo Pontífice ha querido que la liturgia de esta solemnidad fuese enteramente rehecha. Ya se sabe que el Oficio del Sagrado Corazón tenía antiguamente un cierto carácter fragmentario y esporádico, que bien reflejaba la incertidumbre de los censores teológicos encargados de su redacción. Era un poco un oficio Eucarístico, un poco de la Pasión, por no decir después de las lecciones del tercer nocturno, escogidas un poco aquí y allá en la Patrología. Ahora Pío XI –que en su mesa de trabajo contempla siempre una bella estatua del Sagrado Corazón, en el cual solía inspirarse al tratar los negocios de la Iglesia– ha querido un oficio perfectamente orgánico; en el cual sobresaliese su unidad y al mismo tiempo pusiese en plena luz el carácter especial de la solemnidad de la fiesta del Sagrado Corazón, que no quiere ser, ni un duplicado de la fiesta del Corpus Dómini, ni una repetición de los oficios cuaresmales de la Pasión. Él por tanto ha nombrado una comisión de teólogos para la redacción del nuevo oficio, pero en sus labores ha presidido él mismo; así que después de un semestre de estudios, en los primeros albores de su quincuagésimo año sacerdotal. Pío XI ha podido ofrecer al mundo católico la nueva Misa y el Oficio para la Octava del Sagrado Corazón. El concepto que domina la entera composición, es el expresado por Jesús mismo cuando, por medio de Santa Margarita Alacoque, pidió a la familia Católica la institución de esta fiesta: «Este es el Corazón que tanto ha aamado a los hombres, de los cuales todavía es amado tan poco». Trátase pues de una fiesta de reparación al Amor no amado; reparacióne incluso que hace enmienda honorable glorificando precisamente los pacíficos triunfos de este Eterno Amor.
 
Cardenal ALFREDO ILDEFONSO SCHUSTER OSB, Liber Sacramentorum. Note storiche e liturgiche sul Messale Romano. Vol. V. Le nozze eterne dell’Agnello (La Sacra Liturgia dalla Domenica della Trinità all’Avvento), Torino, Marietti, 1930, págs. 92-106

NOTA
[1] Sermón 61 sobre los Cánticos, n. 3-4. En Migne, Patrología Latina CLXXXIII, cols. 1071-1072.

jueves, 28 de diciembre de 2017

EL VALOR DE SAN ESTEBAN

  
«En estos tiempos de tanta flaqueza de energías, de tantos compromisos de consciencia, y de tantas consideraciones por motivos de conveniencia y de respeto humano, qué ejemplo de fortaleza cristiana nos ofrece el ejemplo de San Esteban, que de pie frente al sanedrín, sabe decir a los judíos las verdades más ardientes e, impertérrito prosigue hasta el fin una larga búsqueda, sellándola con su sangre». (Cardenal Alfredo Ildefonso Schuster OSB)

sábado, 21 de octubre de 2017

LA PROPAGACIÓN DE LA FE: APUNTE LITÚRGICO TRADICIONAL

 
La propagación del Evangelio, más que una necesidad, constituye una tremenda responsabilidad y un sagrado deber para la Iglesia. Todavía nos resuena en los oídos el eco de las palabras del Apóstol: Væ mihi si non evangelizávero! Y la razón es que la familia Católica, sobre todo por medio de su sagrada Jerarquía, debe continuar en la tierra la misión redentora de Jesucristo. He aquí el motivo por el cual, sobre todo en estos últimos años, el Papa Pío XI ha impreso un impulso más general y vigoroso a la obra misionera; y después de haber organizado en su Palacio Lateranense un museo etnográfico con particular referencia a la evangelización de los infieles, ha dispuesto que en medio de las jornadas para la Propagación de la Fe, de las sagradas funciones, de colectas y conferencias, toda la familia Cristiana se interese en el mantenimiento y el desarrollo de las distintas obras misioneras.
    
Entre las numerosas iniciativas, tiene el primer lugar la Fiesta de la Propagación de la Fe con la Misa especial que se recita en esta ocasión.
   
La antífona del introito deriva del salmo 66 (2-3), que es Mesiánico, y prelude a la universalidad de la Iglesia, la cual comunica a todos los pueblos la gracia de la redención:
«Dios tenga misericordia de nosotros y nos bendiga; haga resplandecer sobre nosotros la luz de su rostro, y nos mire compasivo. Para que conozcamos, ¡oh Señor!, en la tierra tu camino; y todas las naciones tu salvación. Alábente, Dios mío, los pueblos; publiquen todos los pueblos tus alabanzas».
   
Cuando después del pecado el mundo volvió las espaldas a Dios, el Señor se reservó la estirpe de  Abrahán para que fuese custodia de la promesa Mesiánica. Pero cuando en la plenitud de los tiempos el símbolo profético consiguió en Jesucristo la más espléndida realidad, con la función de pregonero del Mesías que vino, cesó también el motivo del privilegio concedido a Israel, y todos los hijos de Dios, sin distinción de naciones o de sociedad, fue admitida a participar en la heredad divina. Este es el magnífico concepto informador de la presente composición litúrgica:
ORACIÓN. «Oh Señor, que quieres que todos los hombres se salven y lleguen a la luz de la verdad; envía, te rogamos, obreros a tu mies, y haz que anuncien tu Palabra con toda confianza; para que tu Palabra corra y sea glorificada, a fin de que todas las naciones te reconozcan a Ti como el único Dios verdadero, y a quien tú enviaste, Jesucristo tu Hijo nuestro Señor, que vive y reina...».
  
La colecta, como veis, es tomada de varios pasajes escriturales y no acusa por tanto ningún pensamiento original. Queda por tanto resaltado el concepto de los Libros Sacros, de que la vocación misionera es una obra enteramente divina. Es divina en su origen, ya que Dios es el que destina los obreros a la mies; es divina en su causa final, ya que se propone como objetivo glorificar al Señor en la salvación de las almas; es divina en su ejecución, ya que los Sacerdotes regeneran las almas al Señor mediante la predicación de la Palabra divina, que es semilla y germen de la generación sobrenatural.
 
La primera lección (Eccli. XXXVI, 1-10, 17-19) coincide en gran parte con la cuarta del Sábado de las Témporas de Cuaresma, y contiene una espléndida oración por la salvación de Israel. Verdaderamente, el concepto de la hodierna solemnidad es otro. Aquí en cambio se quiere que el Señor levante su mano contra los pueblos perseguidores, a fin de que también ellos, bajo el brazo vengador de Dios reconozcan el poder del Señor de Abrahán: «Acelera los tiempos -se dice a Yahveh- y haz despuntar la hora; da testimonio a la primicia de tus obras, y cumple la profecía pronunciada en tu nombre». En la gracia del Nuevo Testamento, mejor que bajo el martillo de la divina justicia, nosotros rogamos que todos los pueblos encuentren y reconozcan que todos los pueblos encuentren y reconozcan al verdadero Dios por el camino del Amor.
 
El responsorio gradual contiene los versos 6-8 del mismo salmo del introito: «Alábente, ¡oh Dios mío!, los pueblos; publiquen todos los pueblos tus alabanzas; ha dado la tierra su fruto. Bendíganos Dios, el Dios nuestro, bendíganos Dios, y sea temido en todos los términos de la tierra». Dios da su bendición, y mientras la tierra fecunda las plantas y los árboles, el jardín de la Iglesia se embellece incesantemente con nuevas flores del paraíso celeste. Nosotros los sacerdotes y misioneros somos «Dei adjutóres», como había dicho el Apóstol de los Gentiles; porque el agricultor del terreno es único, por el cual está escrito: «et Pater meus agrícola est».
  
El verso aleluyático deriva del salmo 99-1, que en la alborada del día, mientras toda la naturaleza y el universo entero alaban al Criador, invita al fiel israelita a acercarse al  templo para adorar a Yahveh: 
«Aleluya. Moradores todos de la tierra, cantad con júbilo las alabanzas de Dios; servid al Señor con alegría. Venid llenos de alborozo a presentaros ante su acatamiento».
  
Durante el período de la Septuagésima, en lugar del verso aleluyático, el salmo Tracto anuncia la universalidad de la Redención mesiánica. Ahora nosotros, luego de casi veinte siglos de redención, estamos familiarizados con este concepto universalístico del reino de Dios; mas imaginemos un poco cuál no debía ser el estupor y la alegría que probaban las antiquísimas generaciones cristianas, cuando, frente a los hebreos que excluían de los privilegios de la posteridad de Abrahán a cuantos no habían sido circuncidados, en el Evangelio y en la Ley los primeros fieles escuchaban claramente anunciada la vocación de los Gentiles a la Fe: «Predicad entre las naciones su gloria, y sus maravillas en todos los pueblos. Porque grande es Yahveh, y digno de infinita alabanza; terrible sobre todos los dioses. Porque todos los dioses de las naciones son demonios; pero el Señor es el que crió los cielos».

Durante el ciclo pasquale, luego del primer verso aleluyático: «Aleluya. Moradores todos de la tierra, cantad con júbilo las alabanzas de Dios...», se sigue: «Aleluya. Tened entendido que el Señor es el único Dios. Él es el que nos hizo, y no nosotros a nosotros mismos». Si nosotros somos la obra de sus manos, la Providencia divina vela amorosa sobre nuestra suerte, ya que Dios no abandona, si no a quien primero se retira de Él. «Non enim díligis et déseris» (No le améis y abandonéis), como bien dice San Agustín.

La lección evangélica viene de San Mateo (IX, 35-38). El Divino Maestro recorre infatigable las campiñas y las villas de la Galilea, confirmando su doctrina con numerosos prodigios en favor de los enfermos. Su Divino Corazón sin embargo está oprimido de angustia, ya que ve perecer a tantas almas por fata de quien vaya a su encuentro y les indique los saludables pastos. Se vuelve enseguida a los Apóstoles, y observa que los segadores son muy pocos para la mucha mies, y les ordena luego pedir al Señor enviar al campo nuevos operarios. Trátase de un preciso mandamiento del Divino Maestro; y hoy sobre todo, ofreciendo el Eucarístico Sacrificio por la propaganda misionera, nosotros bien podemos decir: «Præcéptis salutáribus móniti et divína institutióne formáti, audémus dícere: mitte operários in messem tuam». Aquel que nos ha mandado orar por las vocaciones eclesiásticas, se dispone por esto mismo a acoger nuestros votos.
 
La antífona para el ofrecimiento de la Oblación es tomada del salmo 95 (7-9), el cual, como todo este grupo de cantos del IV libro del Salterio, anuncia joyosamente el reino universal mesiánico en el cual deberán entrar todas las naciones: «¡Oh vosotras familias de las naciones!, venid a ofrecer al Señor; venid a ofrecerle honra y gloria. Tributad al Señor la gloria debida a su nombre. Llevad ofrendas, y entrad en sus atrios; adorad al Señor en su santa morada. Conmuévase a su vista toda la tierra». En el antiguo templo jerosolimitano, tras el atrio de los Gentiles se encontraba el patio del pueblo Israelita, en cuyo fondo estaba el Santo, donde solo los Saerdotes podían acceder para ofrecer el incienso vespertino y los otros sacrificios. Para el pueblo, por tanto, el atrio tenía lugar de templo, como generalmente sucedía también entre los Griegos y los Romanos. En la cella estaba solamente el Númen; el ara para los sacrificios encontrábase fuera.
  
La oración secreta de hoy, representa literariamente un centón escritural que no tiene cuenta, ni del Cursus, ni del significado particular de la Secreta, que quiere ser una simple recomendación de la Oblata que se consagrará. No obstante estos defectos literarios, en la oración litúrgica permanece todavía su belleza y eficacia, sobre todo cuando se inspira en la divina Escritura:
SECRETA. «Mira, oh Dios, protector nuestro, y vuelve tu mirada a tu Cristo, el cual se entregó a Sí mismo en rescate por todos; y desde donde sale el sol hasta su ocaso sea glorificado tu Nombre entre los pueblos; para que en todo lugar se sacrifique y ofrezca a Ti una oblación pura. Por Jesucristo nuestro Señor».
También cuando nosotros subimos al altar para ofrecer los Divinos Misterios, le es grato a Dios porque ve en nosotros a su Hijo muy amado, el Pontífice de nuestra fe, en el cual Él encontró sus complacencias. No sólo porque Jesús puede agradar enteramente a Dios; sino también porque quien quiera impetrar gracias y ser grato al Señor debe contemplar el bello rostro de Cristo, esto es, debe esconder en Jesús sus oraciones y sacrificios, y hacer perorar a Él, nuestro abogado, la causa que nos  apremia.
   
Hoy, en el lugar de la antífona para la Comunión, se recita por entero el salmo 116, que es el más breve del Salterio: «Alabad al Señor, naciones todas; pueblos todos, cantad sus alabanzas. Porque su misericordia se ha confirmado sobre nosotros; y la verdad del Señor permanece eternamente».

Ottimamente! Cuando la amistad de los hombres viene a menos, Dios permanece fiel a las almas, que a menudo demasiado tarde aprende a desconfiar un poco más de las pobres creaturas, para confiar mayormente en el Creador, fuerte y saldo en la amistad y en el amor.
 
La oración postcomunión es derivada del Sábado in Albis, y se pide que por la eficacia del Sacramento de Redención, que es por excelencia el Mystérium Fídei, esta sublime virtud extienda cada día más sus rayos y se extienda por toda la tierra.
  
Hay una íntima conexión entre la Eucaristía y la Santa Fe. Cuando un alma acoge en su corazón al Dios que a ella se dona, ésta a su vez se confía a Él. Ahora, este abandono completo en Dios y creer tanto en su sabiduría como en su infinito amor significa el vivir en la Fe, las mismas palabras del profeta Habacuc al cual San Pablo daba tanta importancia: «El justo mío vivirá por la fe, pero si desertare, no será agradable a mi alma».
  
ALFREDO ILDEFONSO Card. SCHUSTER OSB, Liber Sacramentórum, tomo X. Turín, Casa editorial Marietti, 1930, págs. 34-38. -Traducción nuestra-