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martes, 4 de noviembre de 2025

SAN CARLOS BORROMEO, EL POLÍTICO

Tomado de MESSA IN LATINO. Traducción propia.
  

El título en sí resulta provocador en una época en la que frases como «aquí no nos metemos en política» se ensalzaban como eslóganes virtuosos. Schuster bien podría afirmar en las primeras líneas de su conferencia que ocurre todo lo contrario: una lectura más atenta revela que Carlos Borromeo fue una figura política precisamente porque era «noblemente y exclusivamente obispo».

Schuster relata brevemente los acontecimientos biográficos de su predecesor: su familia de origen, sus estudios en Pavía, sus destinos en Roma con su tío, el papa Pío IV. Pero la verdadera labor pastoral de Borromeo comienza con la toma de posesión de la diócesis de Milán. Tras describir sus méritos, se enumeran varios episodios significativos de su vida. En primer lugar, vemos a San Carlos permanecer en Milán para afrontar la peste mientras las autoridades civiles se refugiaban en lugares más seguros. Después, lo vemos vender su fortuna para ayudar a los pobres, privándose de toda comodidad. Finalmente, vemos su firme oposición a las autoridades españolas, que pretendían extender el poder de la Inquisición al Ducado de Milán con fines que distaban mucho de ser nobles y espirituales.

Esta es probablemente la clave para comprender el episcopado de Schuster, eminentemente pastoral y declaradamente apolítico, pero precisamente porque estaba atento a sus deberes inalienables para con la Iglesia y el pueblo de Dios, no podía reducirse a la simple sumisión y no estaba dispuesto a permanecer en silencio si surgía la necesidad, lo cual ocurriría poco después.
  
***

LA FIGURA POLÍTICA DE SAN CARLOS
Conferencia del Card. Alfredo Ildefonso Schuster OSB en Marzo de 1938, y publicada en Rivista Diocesana Milanese, n. 28 (1938), págs. 286-298. En “Al dilettissimo popolo” (Al dilectísimo pueblo), Ed. San Pablo, Milán 1996, págs. 203-216. 
   
Comencemos con una aclaración preliminar. A pesar de lo que afirmaran los historiadores y panegiristas del siglo XVII, San Carlos no fue estrictamente una figura política, sino más bien un obispo noble y exclusivamente. Fuera del ámbito espiritual de la reforma tridentina, su influencia sobre gobiernos y gobernantes fue más bien indirecta, emanando principalmente de su ejemplo y de la vasta autoridad que le conferían el esplendor de su sede, la nobleza de su linaje y, finalmente, la santidad de su vida.
   
La particular circunstancia de que fuera arzobispo de Milán bajo dominio español podría, a primera vista, despertar nuestra curiosidad: ¿qué actitud adoptó Borromeo hacia el gobierno extranjero en Lombardía?

Aquel gobierno, tan pomposo y ostentoso, había denegado, sin embargo, su aprobación al arzobispo Archinti, su último predecesor; y cuando finalmente llegó la aprobación, en 1508, Archinti llevaba varios años muerto. Pero esta exigencia también representa un anacronismo. Las ideas de 1548 surgirían dos siglos después. En tiempos de San Carlos, aunque todos aquí resentían el dominio español y se burlaban de él a sus espaldas, la gran mayoría del pueblo jamás soñó con una posible revuelta, ni siquiera con barricadas o la Revuelta de los Cinco Días.

El título de esta conferencia, «La figura política de San Carlos», más que afirmar algo, simplemente plantea una pregunta que, en mi humilde opinión, debería responderse negativamente. San Carlos no fue una figura política propiamente dicha; su grandeza radica principalmente en su inmensa labor pastoral, gracias a la cual aún hoy gobierna la vasta archidiócesis de Milán.

Como si estuviera todo planeado, el fundador del poder de la Casa de Borromeo –me refiero al Cardenal Gian Angelo Medici, quien más tarde se convirtió en Pontífice Romano con el nombre de Pío IV– entra por primera vez en la historia milanesa como cómplice de la conspiración urdida por Girolamo Morone para liberar Lombardía del dominio español.

La conspiración fue descubierta y Morone fue encarcelado para expiar su culpa, mientras que los Medici se vieron obligados al exilio. Posteriormente, el Tratado de Madrid representó una suerte de armisticio, lo cual no impidió que el heredero aparente de los Medici, convertido en capitán mercenario y hostigando a los españoles en Lombardía con sus incursiones en el Lago Maggiore, llevara a cabo, junto a su hermano Gian Angelo, una intensa campaña diplomática contra los españoles en Roma. Por el momento, la corona española se impuso como la más poderosa; pero los verdaderos vencedores de la contienda fueron los Medici, quienes, de simples aventureros en el Lago Mayor, habían extendido tanto su poder que podían enfrentarse a la propia España, que les concedió el reconocimiento deseado y los admitió a su servicio.

Cuando San Carlos nació en el Castillo de Arona la noche del 2 de octubre de 1538, sus tíos aún estaban presos, prisioneros de Carlos V, y fue una fortuna que Gian Angelo, que se encontraba en Niza junto a Pablo III, quien lo había acogido para protegerlo, intercediera con tanta eficacia ante Carlos V que este logró su liberación.

La infancia de San Carlos transcurrió apaciblemente en su castillo natal, como la de cualquier otro vástago de un linaje generoso. Una profunda piedad y un orgullo guerrero distinguían a la familia Borromeo; no cabe duda de que estas dos virtudes, casi innatas en su Arona natal, contribuyeron en gran medida a forjar en Carlos un carácter autoritario, acostumbrado al mando, y al mismo tiempo un santo que poseía un sentido de piedad evangélica casi instintivo e innato.

Según la costumbre de la época, la familia Borromeo debió de contar entre sus descendientes con algunos abades, a quienes podían registrar las pocas propiedades eclesiásticas sobre las que reclamaban derechos ancestrales. Entre ellas se encontraba la abadía aronesa de los Santos Gratiniano y Felino, de la que el tío paterno de Carlos, Julio César, era el abad comendatario.

Pero para que, a su muerte, la Santa Sede no pudiera disponer libremente de ese beneficio en favor de un extraño, sino que permaneciera en la familia, el anciano comendador renunció a la abadía en favor del pequeño Carlos, que entonces tenía solo doce años. ¡No estaba mal, a esa edad, traer a casa una renta anual de trece mil liras! ¡Un buen beneficio para los Borromeos! Sin embargo, los historiadores dicen que San Carlos, desde niño, anticipándose a los acontecimientos con sabiduría y virtud, advirtió a su padre que no considerara ese dinero de la Iglesia como propiedad familiar, sino que lo usara para fines religiosos y de piedad.

En noviembre de 1552, a los 14 años, Carlos se matriculó en la Facultad de Derecho Civil y Canónico de Pavía. El ambiente enérgico de la época propiciaba una mejor maduración del carácter de los jóvenes que la actual; de modo que Borromeo, desde entonces, nos da la impresión de ser un estudiante ejemplar, muy consciente de su propia dignidad y la de su familia, y ya capaz de gobernarse a sí mismo y a la pequeña corte que lo acompañaba.

Mucho orgullo, pero poco dinero, caracterizaron aquellos años de juventud de Carlos como estudiante en Pavía.

«Espero actuar de tal manera que nunca le dé a Su Excelencia motivo alguno –escribe al marqués de Marignano– para repudiarme como a un hombre sin valor».

Y en otra ocasión, dirigiéndose a su padre: «¡Es una vergüenza, para una persona de mi posición, llevar un abrigo debajo de un abrigo de piel!».

Pero su padre le escatima dinero; probablemente porque no tiene. Así que Carlo se queda en Pavía con cuatro camas y tres mantas raídas. «¡Tres mantas para los cuatro, y estamos en pleno invierno!».

Pero, como dice el refrán, las desgracias nunca vienen solas. El 1 de agosto de 1558, Gilberto, padre de San Carlos, falleció y fue enterrado en el cementerio de Gracias en Milán, mientras que el gobernador español se apresuraba a tomar posesión de la Roca de Arona, un feudo vacante que había caído libremente bajo el dominio de la Corona.

Las negociaciones entre los dos hijos huérfanos, Federico y Carlos, para obtener la herencia de su padre fueron muy largas y no siempre exitosas. Todas estas circunstancias no pudieron haber propiciado que Carlos simpatizara demasiado con el gobierno español.
   
***
  
Pero después de una adolescencia plagada de dificultades financieras y políticas, finalmente llega un feliz acontecimiento que cambia las condiciones de los Borromeos y modifica las disposiciones de la Corona de España con respecto a ellos.

En la víspera de Navidad de 1559, tras un laborioso cónclave que duró cuatro meses, Gian Angelo Medici fue elegido Papa, adoptando el nombre de Pío IV. En ese primer momento, quiso rodearse de parientes y, entre otros, llamó inmediatamente a Roma a los dos hijos de Gilberto Borromeo para delegar en ellos parte del trabajo y las responsabilidades del gobierno de la Iglesia.

Se han dicho todo lo malo posible sobre el nepotismo de los Papas, con la única excepción de San Carlos. Sin embargo, se ha olvidado señalar que, en aquellos tiempos turbulentos de conspiraciones, venenos y traiciones, todo nuevo Pontífice que, tal vez sin estar preparado, se veía obligado a gobernar los Estados Pontificios, si quería encontrar personas de confianza a quienes confiar los cargos más importantes, tenía que buscarlas entre los miembros de su propia familia.

Aquí está Carlos Borromeo, quien a principios del año 1560 deja Milán y con un exquisito sentido de la fe va a ponerse al servicio del Romano Pontífice.

«Parto hacia Roma», escribió al conde Gianni Dal Verme en Bobbio, «con el propósito de besar los pies de Su Santidad y ponerme a su servicio».

Y le fue muy bien, pues a partir de entonces le llovieron honores y dinero. No había transcurrido ni un mes cuando ya era Protonotario Apostólico y Administrador General de los Estados PontificiosEl 31 de enero fue creado Cardenalel 8 de febrero, Administrador Perpetuo del Arzobispado de Milán; luego, Protector de Portugal, de los Cantones Suizos Católicos, de la Baja Austria, etc.; Legado de Bolonia, de Rávena; Gobernador de Espoleto; Abad de Nonantola, de Mozzo, de Follina, etc., ¡con una renta anual de al menos 48.000 escudos!
   
***

La obra que más honores le valió a Pío IV fue haber culminado con éxito el Concilio de Trento y haber iniciado desde el Vaticano y Roma la tan ansiada reforma de la Iglesia, tanto en su cabeza como en sus miembros. Los panegiristas de San Carlos atribuyeron con facilidad la mayor parte de estos méritos al cardenal Nepote, quien, según ellos, fue el genio benéfico que inspiró infaliblemente al tío Papa.

Para quienes consideran las características tanto de Pío IV como del joven Carlos, no sería difícil, por el contrario, negar incluso al joven Secretario de Estado una influencia tan preponderante en la política papal. Quizás la verdad se encuentre en un punto intermedio.

Antes de su pontificado supremo, Gian Angelo Medici nunca había tenido especial predilección por los Borromeos, prefiriendo en cambio a los nietos de la rama Hohenems. Sin embargo, una vez convertido en Papa, pronto se sintió molesto con estos últimos, quienes no eran en absoluto groseros ni egoístas, y prefirió a los dos hijos de Gilberto Borromeo. Pero no nos engañemos demasiado. Esto es lo que Girolamo Soranzo, embajador de la República de Venecia, escribió acertadamente a su Senado en 1563, dos años después de la promoción de San Carlos:
«El Papa no quiere utilizar a nadie más que al Cardenal Borromeo y al secretario Tolomeo (Gallio), quienes, al ser jóvenes con poca o ninguna experiencia y obedientes a todas las órdenes de Su Santidad, pueden ser llamados simples ejecutores más que asesores».

En efecto, la extensa correspondencia de Borromeo con los legados papales en el Concilio de Trento nos muestra que no era otra cosa que el fiel portavoz de Pío IV; además, el joven Secretario de Estado habría carecido de la experiencia y la competencia necesarias para resolver las numerosas cuestiones que surgían a diario en esas asambleas universales del episcopado católico.

Por otro lado, Pío IV tampoco habría tolerado que nadie le arrebatara, como se suele decir, el poder del gobierno eclesiástico. Todos sabían que, si bien era afable, era tan consciente de su propio valor como canonista experto y consumado conocedor del gobierno eclesiástico que no podía tolerar que nadie lo contradijera.

En cambio, donde San Carlos realmente ejerció una influencia beneficiosa y real sobre su tío y sobre la Corte de Roma fue en la ejecución de los decretos de reforma promulgados en Trento.

A pesar de la buena voluntad de Pío IV, así como no se proclamó abiertamente teólogo, tampoco se esmeró en ocultar su formación eclesiástica previa, adquirida en los tiempos de León X y Clemente VII. Sin embargo, Pío IV, con lucidez y conciencia, comprendió los nuevos tiempos y se dejó influir por la virtud de sus antepasados, pues, tan pronto como concluyó el Concilio de Trento, se dedicó a implementar sus decretos de reforma. Con este fin, nombró comisiones cardenalicias para erigir el Seminario Romano, supervisar el celibato eclesiástico y obligar a los obispos a residir en sus diócesis. La purga comenzó en el Vaticano, donde el Papa ¡llegó a destituir a 400 parásitos que vivían ociosos a costa del pobre Pedro Pescador!

El 10 de diciembre de 1565, Pío IV murió en brazos de San Carlos y este último finalmente quedó libre para dedicarse por completo a las necesidades espirituales de la diócesis de Milán, que hasta entonces había atendido a través de excelentes vicarios y procuradores.

La labor pastoral de San Carlos está totalmente limitada e incluida en el cumplimiento de ese plan de reforma sancionado por el Concilio de Trento.
   
***
  
Si bien a los protestantes les hubiera gustado reformar la Iglesia mediante la imposición de príncipes y laicos, hasta el punto de que ellos mismos se autodenominaron Reforma, Dios dispuso en cambio que la Iglesia, por iniciativa intrínseca y verdaderamente vital, se reformara a sí misma, santificando al clero y a los pontífices, para que ellos a su vez santificaran a los laicos.

No describiré aquí, pues es algo conocido por todos, la obra de San Carlos, que dio un plan orgánico a la reforma tridentina; sus numerosos sínodos del clero milanés; sus seis concilios provinciales con los obispos que entonces dependían del metropolitano de Milán; sus incansables visitas pastorales, en las que llegó a las aldeas más remotas en lo espeso de los bosques y en las rocas de los Alpes; sus numerosas instituciones, especialmente aquí en Milán, para la formación del joven clero ambrosiano, para la educación de los eclesiásticos de las diócesis suizas, para los huérfanos, para las mujeres descarriadas reducidas a penitencia, para apoyar los estudios de Pavía de los hijos de familias más distinguidas, pero carentes de recursos económicos.

Durante la peste de 1576-77, la obra de San Carlos fue tan universal que la gente inmediatamente distinguió esa epidemia con el significativo título de Peste de San Carlos.

Las autoridades españolas en Milán, al primer indicio del contagio, abandonaron sus puestos para refugiarse en Vigevano; por lo que en la ciudad la dirección del socorro y la asistencia a las víctimas de la peste recayó necesariamente en el Arzobispo . En poco tiempo, Milán y gran parte de la diócesis se convirtieron, en algunos lugares, en un lazareto, en otros, en un cementerio. San Carlos, tras organizar la ayuda a su costa, despreciando cualquier peligro, se dedicó personalmente a asistir a las víctimas de la peste, recorriendo cada día aquellas chozas inmundas y aquellas montañas de cadáveres para administrar, a algunos, la Santa Confirmación; a otros, el Santo Viático; a otros, el consuelo de una bendición.

Se cuenta que una vez, en una choza de gente azotada por la peste, encontró a una pobre inválida que se retorcía de dolores de parto. Tras consolarla, San Carlos salió para que la otra mujer, sola, pudiera dar a luz. Cuando la madre por fin tuvo a su hijo en brazos, San Carlos entró y, envolviendo al inocente niño en su hábito episcopal, se apresuró a buscar una nodriza que lo amamantara a su costa. Pero la peste también hacía que escasearan las nodrizas para cuidar a los numerosos huérfanos cuyos padres habían perecido a causa del contagio; así que el Santo Arzobispo compró cabras para proveer de leche a los bebés.

Una gran multitud de pobres, sin recursos ni hogar, acudieron a Milán procedentes de todas partes, agravando la pobreza de la capital. ¿Qué hizo entonces San Carlos para evitar la explotación de la caridad y, al mismo tiempo, eliminar los peligros y las incomodidades de la mendicidad en las calles de Milán? Reunió a todos estos indigentes vagabundos y los trasladó a un edificio de su propiedad a unos ochenta kilómetros de la ciudad, donde los mantuvo a su costa.

Para tantas obras realizadas, no con mezquindad, sino con el generoso gesto del mecenas que fundó instituciones benéficas, construyó sedes, las dotó, alimentó y vistió a miles de pobres cada día, se habría necesitado no solo todo el patrimonio de la familia Borromeo, sino el mismísimo Tesoro de Milán bajo Felipe II.

Sin embargo, San Carlos, apoyado únicamente por unos pocos señores, proveyó para el sustento de todas estas personas durante la peste y la hambruna, llegando incluso a privarse de un pedazo de pan y de una cama, vendiendo los candelabros de plata de su capilla y despojando a su habitación de sus cortinas y tapices para obtener ropa y mantas para los pobres.

Comprendiendo plenamente que las desgracias que habían azotado Lombardía representaban el castigo divino por la inmoralidad propagada por el renacimiento paganizante, el Santo Arzobispo se convirtió voluntariamente en víctima de los pecados de su pueblo. Las pinturas y grabados de la época aún lo retratan tal como los artistas lo contemplaron en procesión por las calles de la ciudad: pálido, delgado y descalzo, con una soga al cuello, portando una gran cruz que contenía la reliquia del Santo Clavo.
  
***

Pero, ¿quién lo creería? Si bien la lealtad y la corrección de Pío IV y del cardenal Nepote hacia el gobierno español llevaron a la creencia común de que la familia Borromeo se encontraba entre los principales partidarios de la Corona española, los distintos gobernadores españoles de Milán que se sucedieron durante el pontificado de San Carlos nunca cesaron de librar la más encarnizada guerra contra ellos, no siempre por la vía diplomática.

Es extraño, pero es cierto.

A pesar de todo el sufrimiento que España había infligido a la familia Borromeo durante el pontificado de Pablo IV, el cardenal Angelo Medici tuvo que vivir lejos de Roma, porque a ojos de la Corte se le consideraba demasiado amistoso con los odiados españoles.

Incluso después de la muerte de Pío IV, San Carlos mantuvo las relaciones más cordiales con los Soberanos de España; las cartas de felicitación, los Te Deum y los funerales solemnes para todos los acontecimientos felices y tristes de la Casa Reinante eran propios de la época, y el Cardenal Borromeo estaba acostumbrado a hacer las cosas con gran empeño y con la mayor piedad.

Pero los representantes del gobierno español en Milán no pudieron perdonar a San Carlos el inmenso prestigio que su santidad le había granjeado entre el pueblo milanés, hasta tal punto que el verdadero Soberano espiritual era considerado entonces comúnmente como el Santo Arzobispo.

Al gobierno español le resultaba demasiado conveniente entretener, con torneos, máscaras y la ostentación de títulos, el vacío de un régimen que en Lombardía no tenía otro propósito que el de distribuir dinero italiano para las necesidades de Su Majestad Católica. Cualquiera que criticara este mal gobierno se enfrentaba a la indignación, con las habituales amenazas de ahorcamiento y otros castigos a discreción de Su Excelencia. O quizá incluso la Santa Inquisición estaba dispuesta a intervenir, confundiendo religión con asuntos de Estado.

San Carlos, quien, a pesar de la oposición del gobernador, había armado a seis o siete policías para usarlos en casos relacionados con el tribunal eclesiástico –y a los españoles les parecía que esa media docena de hombres contratados por el arzobispo comprometían la seguridad del vasto reino donde nunca se ponía el sol–. San Carlos, repito, no toleró la maniobra española de mantener a los lombardos sometidos, y cuando incluso la corte papal terminó cediendo a la presión de Madrid para la institución de la Inquisición española en Milán, reveló la intriga al Papa «apértis verbis» tal como era.
«Y para que Nuestro Señor conozca de una vez por todas la raíz y el fundamento… debe tomar esto como una máxima muy cierta: que entre estas personas existe la sospecha generalizada de que se está intentando establecer una Inquisición en este Estado, como la de España, no tanto por celo religioso, sino por intereses estatales y por la codicia de algún ministro o consejero, que de este modo planea enriquecerse con la riqueza de estos caballeros y ciudadanos».
Los turbios planes fueron frustrados, pero el Cardenal pagó las consecuencias. ¿Cuántas veces los gobernadores de Milán, para fastidiarlo, organizaron justas y torneos en la plaza de la catedral el primer domingo de Cuaresma, confiscaron la imprenta fundada por el Santo, enviaron apelación tras apelación a Roma, presentándolo como universalmente impopular entre los ciudadanos, y conspiraron para que fuera llamado de vuelta a Roma, retenido allí en alguna otra misión, sin permitirle regresar a su Ciudad Episcopal?

San Carlos lo soportó todo con heroica paciencia, aunque en ocasiones logró eludir las maquinaciones de sus adversarios con astutas estratagemas. Entre ellas, destaca la que empleó en 1580 cuando, tras haber acudido a Roma para defenderse, una embajada milanesa se presentó ante él para rendirle homenaje. En realidad, tenían una misión secreta del gobernador español: intrigar en Roma para evitar que San Carlos fuera enviado de vuelta a Milán.

Borromeo presentía una situación traicionera, y puesto que no se descartaba que España intentara acorralar al Papa, como se suele decir, para deshacerse del cardenal Borromeo, este último, de acuerdo con Gregorio XIII, fingió no comprender la situación; de hecho, entre sonrisas y reverencias, presentó él mismo a los enviados del gobernador de Milán ante el Papa en audiencia. Es más, añadió el arzobispo, para darles mayor libertad de acción ante la Curia Pontificia en cualquier asunto que desearan, se retiraba inmediatamente de Roma. Que se queden. Tras despedirse cortésmente de ellos, abandonó Roma y regresó a Milán, donde llegó casi inesperadamente.

El gobernador de Ayamonte, intentando disimular una situación desfavorable, acudió de inmediato a presentar sus respetos al arzobispo, sin dejar de dar sus últimas órdenes para que, al día siguiente, y en su afán por fastidiarlo, se celebrara ruidosamente un torneo y justas en la plaza de la catedral, el primer domingo de Cuaresma. Declaró que lo hacía ¡para que no se perdieran los derechos de los milaneses!

Resulta interesante escuchar el relato del propio San Carlos sobre el trato que le brindó el gobernador de Ayamont durante la primera visita de cortesía que el santo le hizo a su llegada a Milán. A pesar del carácter siempre serio de Carlos, la carta está impregnada de un sutil matiz de ironía que casi podríamos calificar de manzoniano, pero que en realidad es auténticamente borromeo.
«Me pareció apropiado ir a presentar mis respetos al nuevo gobernador… Me recibió en su antesala, donde conversamos delante de todos los presentes. No sé si este comportamiento se debe al orgullo o si la etiqueta española así lo estipula para una primera visita.
Pero España, sabiendo que en Milán el Santo Arzobispo era resistente a todas las persecuciones y que el pueblo estaba con él, actuó diplomáticamente en Roma para expulsar a Borromeo de Milán.

San Carlos escribe: «Gregorio XIII no es el primer Papa al que se le ha pedido algo similar; ya habían cansado a Pío V con varias peticiones. Pero él nunca quiso acceder… precisamente porque se lo pedían». Así le escribió San Carlos al senador Cesare Mezzabarba.

En otra ocasión le escribió a su agente en Roma, Speciano: «No tomo mis decisiones en función de las órdenes de España».
   
***
   
Esta situación no cambió mucho tras el envío secreto de un mensajero desde San Carlos, Carlo María Bascapè, al propio Felipe II. Muchos halagos, promesas vagas y acertadas, pero al final de la carta el Rey no dudó en darle a Borromeo una reprimenda formal para instarlo a ser más prudente y moderado. «Actuando de otro modo», añadió el Monarca, «surgirán complicaciones que podrían perturbar a la gente; para obtener el bien de los hombres, es importante emplear los medios adecuados a su naturaleza, los remedios apropiados, y no tomar medidas contrarias al objetivo propuesto».

En la tarde del 3 de noviembre de 1584, San Carlos, agotado por la penitencia y el constante trabajo de la vida pastoral, murió con tan solo 46 años de edad, dejando tras de sí un gran legado de afecto, enmarcado, sin embargo, dentro de un oscuro entramado de odio y mala voluntad de todas aquellas personas a las que el Santo Cardenal había perturbado en vida para que cumplieran con su deber.

Casi veinte años tuvieron que transcurrir antes de que el Vicario General de Milán, «superando innumerables dificultades», pudiera iniciar la primera investigación canónica y proceder a la canonización de San Carlos. Mientras aún se debatía a favor y en contra, Dios intervino por San Carlos con numerosos milagros obrados por su intercesión.

La voz de Dios prevaleció y San Carlos fue canonizado por Pablo V el 1 de noviembre de 1610.

La Corona de España ya se había reconciliado con él mediante espléndidas donaciones para su tumba.

Termino con un recuerdo triste.

Hace dos años [1936, N. del T.]en la festividad de San Carlos, el rey [sic] Alfonso XIII, junto con el duque [sic] de Asturias, asistió a la solemne misa pontifical en la catedral, «quántum mutátus ab illo». Mientras un halo de luz sobrenatural irradiaba de la cabeza de San Carlos, el heredero de los antiguos soberanos de España apareció descoronado y reducido a una simple condición privada.

Después de la Santa Misa, rendí homenaje reverente al desafortunado monarca, como lo habría hecho San Carlos, siempre religiosamente devoto a las Autoridades y al Gobierno, pero en mi corazón recordaba aquella profecía del Magníficat: Depósuit poténtes de sede, et exaltávit húmiles (Depuso a los poderosos de sus tronos, y exaltó a los humildes).

lunes, 15 de agosto de 2022

RECUERDOS DE UN PASADO GLORIOSO: LA CAPILLA PAPAL DE LA ASUNCIÓN

Por Giuliano Zoroddu para RADIO SPADA. Traducción propia.
   
Proclamación del dogma de la Asunción de Santa María (1 de Noviembre de 1950).
  
La  fiesta de la Asunción de María Santísima fue desde antiguo solemnísima en Roma. La introdujo Sergio I (687-701) y León IV (847-855) la dotó de octava. El Pontífice celebraba la misa en Santa María la Mayor, después de haber tomado parte en la fastuosísima procesión de la noche precedente.
   
Los rituales tenían inicio la mañana del 14 de Agosto, cuando el Papa se dirigía al oratorio de San Lorenzo en el Patriarcado Lateranense, donde hacía siete genuflexiones ante la imagen aquerópita (no hecha por mano de hombre) del Salvador, le besaba los pies y descubría el rostro al canto del Te Deum.
   
Llevada por los Cardenales Diáconos y escoltada por doce ostiarios con los cirios encendidos, seguidos por el subdiácono regionario con la cruz estacional, por el clero de palacio, por el primicerio con la schola cantórum, por el Præféctus Urbi con doce romanos (seis con la barba y seis sin ella) en representación del Senado, y por el pueblo todo, el icono atravesaba la Vía Sacra hasta la iglesia de Santa María la Nueva, bajo cuyo pórtico en acto de adoración los pies del Salvador eran lavados con aromas, y de aquí a San Adriano, donde recibía un lavado adicional. La etapa final era la Basílica Liberiana para la celebración de la misa estacional por parte del Pontífice.
   
Estas ceremonias, sentidísimas por el pueblo romano, tuvieron en el curso del Medioevo, varios enriquecimientos por un lado, pero no faltaron los abusos, sobre todo con motivo de las turbulencias que padeció Roma particularmente durante la permanencia de la Santa Sede en Aviñón. Así, San Pío V pensó bien en abolir la procesión.
    
Quedó solamente la misa solemne en Santa María la Mayor, después ratificada por Sixto V en sus constituciones sobre la reforma de las estaciones.
   
La celebración de la misa correspondía al Cardenal Archipreste. El Sumo Pontífice asistía al trono en manto blanco, rodeado por el Sacro Colegio Cardenalicio.
   
Hasta 1828, la predicación era realizada por el Procurador de la Orden de Santa María de la Merced, como fue establecido por Clemente XI en 1718. Sin embargo, León XII transfirió este honor a un convictor del Colegio de los Nobles (instituido por los padres jesuitas bajo su pontificado), el cual daba el sermón con birreta y capa con forro de seda carmesí.
   
Al final de la misa, que no preveía particularidades, el Pontífice y los Cardenales daban respectivamente cincuenta y un escudos de oro a la Confraternidad del Gonfalón para el rescate de los esclavos.
   
Por voluntad de Benedicto XIV, esta Capilla Papal era seguida por la bendición del pueblo en la logia de la Basílica, que fue hecha construir por el mismo Pontífice en 1741.
    
Los diarios de los ceremonieros nos transmiten algunos datos: Julio II tuvo Capilla papal en la Basílica Liberiana el 15 de Agosto de 1509; también Pablo III en 1538 y Gregorio XIII en 1572 y en 1573. Benedicto XIII en 1724 celebró misa él mismo en la Capilla Borghese. Clemente XII, en 1732, ordenó que allí se cantase el Te Deum con motivo de la toma de Orán en Argelia realizada por Felipe V de España. León XII estableció que la ceremonia debía realizarse nuevamente en el altar papal. El último Pontífice que tuvo la Capilla Papal de la Asunción en Santa María la Mayor fue Pío IX en 1869.
  
El ingreso de las tropas italianas en Roma el 20 de Septiembre del año siguiente, marcaron el fin del centenario rito, cuyo desarrollo se trasladó a la Capilla Palatina.
   
Referencias bibliográficas: Caballero GAETANO MORONI, Las capillas pontificias, cardenalicias y prelaticias, Venecia, 1841; Cardenal ALFREDO ILDEFONSO SCHUSTER OSB, Liber Sacramentórum. Notas históricas y litúrgicas sobre el Misal Romano. Vol. VIII. “Los Santos en el Misterio de la Redención (Las Fiestas de los Santos desde la Octava de los Príncipes de los Apóstoles hasta la Dedicación de San Miguel)”, Turín-Roma, 1932.

jueves, 24 de junio de 2021

LOS SANTOS PROTOMÁRTIRES DE ROMA

Traducción del artículo publicado en RADIO SPADA.
   
Las antorchas de Nerón (Henryk Siemiradzki. Cracovia, Museo Nacional de Polonia)
  
En la corrección del Martirologio Romano emprendida bajo Gregorio XIII, fue introducida en el 24 de junio la conmemoración de aquella multitúdo ingens que, al decir de Tácito, fue masacrada por Nerón en odio al nombre Cristiano. Como la matanza de los Inocentes precedió a Jesús, así también se quiso que este cándido coro de toda edad, sexo y condición precediese en cierto modo la fiesta de los dos Príncipes de los Apóstoles, Pedro y Pablo. El historiador pagano, al describir los horrendos suplicios soportados por esta turba en el circo Vaticano, lo hace en forma de dirigir sobre Nerón mismo la culpa del delito por el cual eran acusados los Cristianos, reos: «non tam urbis incéndio quam ódio géneris humáni convícti sunt» [1].
   
Aquellas teas humanas que iluminaron las nocturnas orgías vaticanas del hijo de Agripina, impresionaron además al Apóstol Pedro, el cual, tratando de la persecución, en su primera Carta (IV, 12) la llama precisamente τῇ ἐν ὑμῖν πυρώσει πρὸς πειρασμὸν, la prueba del fuego. También San Clemente en su epístola a los Corintios (VI, 1) describe con horror los obscenos tormentos de las víctimas, especialmente las mujeres: «propter zelum persecutiónis passæ muliéres Danáidæ et Dircæ… grávia et nefánda supplícia sustinuérunt» [2].
    
La memoria de aquellos primeros mártires de la Iglesia Romana –la persecución verdaderamente se extiende a todo el imperio, ya que Tácito nos habla de una multitúdo ingens– se conservó siempre viva en el corazón y en la fe de los citadinos, especialmente en el Vaticano donde precisamente se desarrolló el horrible suplicio. En el medioevo, casi toda el área del circo fue ocupada en parte por el flanco izquierdo de la basílica de San Pedro, en parte por una serie de oratorios, de los cuales algunos, como San Andrés en la spina del circo, permanecieron en pie hasta los tiempos de Sixto V.
   
San Pío V, precisamente por respeto a un suelo consagrado por la sangre de tantos Mártires, prohibió que se tuviesen juegos en el Vaticano; y habiéndole pedido un diplomático cualquier sagrada Reliquia, le entregó sin más un poco de tierra recogida poco antes de la Basílica Vaticana. Creyóse burlado el otro y se lamentó, mas el Santo Pontífice se la mostró entonces milagrosamente tinta en fresca sangre (ver aquí).
   
San Pío V bendice en la Plaza de San Pedro una reliquia del suelo de Roma antes de ser enviada al rey de Polonia. (Benedetto Luti, c. 1710. Roma, Palacio Barberini, Galería Nacional de Arte)
   
Cuando en 1626 bajo Urbano VIII se excavaron los cimientos del baldaquín de bronce que ahora recubre el altar de la confesión en San Pedro, se encontraron una cantidad de sepulcros, muchos de los cuales contenían huesos quemados, mezclados con cenizas y carbones. Vino súbitamente el pensamiento de aquellos Mártires cremados por Nerón en el circo Vaticano; y por eso el Papa hizo dejar aquellas Reliquias en el mismo lugar donde fueron encontradas; más, muchos huesos que fueron extraídos de la tierra fueron recogidos en una urna especial, que fue enterrada en cercanía del sepulcro de San Pedro
   
No lejos de la espina del circo de Nerón, Carlomagno en el siglo VIII fundó un hospicio –Schola– para los peregrinos francos; el cual, luego de muchas transformaciones y peripecias, todavía existe bajo el nombre de «Santa María de la Piedad en el Campo Santo». La tierra del cementerio en la cual los difuntos duermen el sueño de la paz [3], es aquella misma en que fueron plantadas las cruces y las estacas a las cuales Nerón hizo atar sus teas humanas.
   
Para consagrar así el recuerdo de aquella primera masacre de Cristianos, la Santa Sede que ya había concedido al clero local la celebración de una fiesta litúrgica especial en honor de los Protomártires Romanos, extendió no hace mucho la solemnidad con el grado de Doble de II Clase a toda la iglesia de la Ciudad Eterna. Con todo, la fiesta del 24 de Junio fue trasladada al día precedente a la vigilia de los Príncipes de los Apóstoles, casi para reunir los eventos y acercar la masacre de los discípulos al martirio de los Maestros. Cada año Roma celebra con rito magnífico la memoria gloriosa de sus Protomártires. Luego del ocaso, la sagrada campaña de prelados, eclesiásticos y fieles portando cirios encendidos, sale de la Schola Saxónum y salmodiando desfila toda el área del antiguo circo de Nerón. La hora vespertina, las antorchas encendidas, la sugestión del lugar y de la estación hacen maravillosamente viva a la mente la memoria de aquellas primeras víctimas de la persecución cristiana. Entre tanto la gran campana de San Pedro dobla triunfal, y la luz rojiza de las antorchas encendidas por el clero salmodiante se refleja sobre el obelisco de Calígula que surgía entonces sobre la espina del circo, y hace leer la inscripción tallada por Sixto V en la base del monolito: Christus vincit, Christus regnat, Christus ímperat.
   
Los textos para los cantos de la misa, separándose de las reglas clásicas del Antifonario Gregoriano, acusan criterios de hecho arbitrarios.
   
Así, la antífona del Introito deriva de la Epístola de San Pablo a los Romanos, que a su vez se inspira en el salmo 43. Sigue el salmo 45:
Rom., VIII, 36, 37: «Por ti, oh Señor, somos cada día llevados a la muerte, como ovejas al matadero; pero somos superiores a todas estas pruebas, en razón de aquel que nos ha amado». Salm. 45: «Dios es nuestro refugio y fortaleza contra las graves tribulaciones que nos han asaltado».
La colecta es la siguiente: «Oh Señor, que has querido consagrar las primicias de la Fe Romana con la sangre de una inmensa multitud de Mártires; haz que la fortaleza mostrada por ellos durante tan fiero combate refuerce nuestro valor, para que merezcamos poder congratularnos de su triunfo».
   
La lección es como el 20 de Enero (Hebreos XI, 33 y ss.); solo que se agregan los versos 39-40, con delicada alusión al próximo martirio de los Santos Apóstoles, celebrado en dos días: «Todos estos fueron aceptados por la confesión de su fe; pero ellos aún no han conseguido el premio prometido, porque Dios ha querido proveer mejor también a nosotros, de modo que ellos no sean coronados sin nosotros».
    
No, oh Pablo; los Protomártires Romanos que tú y Pedro regenerasteis en Cristo, no serán coronados sin vosotros. Ellos os precederán y os esperarán en los solios del cielo, para acompañaros después mañana, el día de vuestro triunfo. Ahora, mientras sus despojos mortales dormirán el sueño de la muerte junto a los vuestros, sus almas gloriosas formarán en el cielo la más brillante corona vuestra.
   
El responsorio (Salmo XXXIII, 18-19), el verso aleluyático y la lección evangélica (Matth. XXIV, 3-13), son como el 15 de febrero.
    
Para la antífona ofertorial, en cambio, el redactor moderno tomó la de la Comunión del 12 de Junio para la misa de los mártires Basílides y compañeros. Hubiese sido mejor respetar la tradición gregoriana, y si se quería tomar la antífona también para la fiesta actual, convenía conservar en la pieza musical su primera destinación. La melodía gregoriana de una Commúnio no puede nunca devenir en ofertorio.
  
«Pósside fílios morte punitórum». Dios posee a los hijos de los Mártires, cuando el reino de su caridad es pleno y entero sobre ellos; de modo que, lo que el fuego ha hecho a los Padres cuando allí han consumado en holocausto el Señor, hace encender en sus sobrinos y descendientes la llama del amor.
  
La oración sobre la oblación es antigua: «Acoge, oh Señor, la oblación sacra que hoy te ofrecemos en memoria de los suplicios tolerados por tus Mártires. Y como esta les confirió la fortaleza en el incendio de la persecución, infunda también en nosotros constancia frente a las adversidades de la vida».
   
El fármaco es idéntico contra una idéntica y congénita enfermedad. La divina Eucaristía que ha hecho a los Mártires en los primeros siglos de la Iglesia, hará Cristianos fuertes y dignos de este nombre también en el siglo XX.
   
La antífona para la Comunión es tomada del Evangelio de hoy (Matt. XXIV, 9, 13): «Os someterán a tribulación, y os matarán, dice el Señor. Seréis odiados de todos por ocasión de mi nombre, mas el que persevere hasta el fin, será salvo».
   
¿Por qué Jesús preanuncia a sus seguidores estas tribulaciones? Más que para prepararnos el ánimo para mejor sostenerle, ya que cimiento esperado es medio superado, Jesús lo hace para indicarnos que todos los medios y odios de los perseguidores, como no pueden sustraerse al ámbito de su ciencia divina, así no pueden escapar de su Providencia. Los impíos no tienen sobre los buenos sino aquel poder que el mismo Dios les permite, para reafinar la virtud de los Santos, como se hace con el oro en el crisol.
   
He aquí la oración de agradecimiento: «A cuantos se han nutrido del Pan celestial concede, oh Señor, el espíritu de intrépida fortaleza, en virtud del cual tus gloriosos Mártires, molidos por las fauces de las fieras, devinieron casi un pan blanco ofrecido en sacrificio a Cristo». El pensamiento es del mártir Ignacio de Antioquía, el cual precisamente se parangonaba al trigo del Señor, que debía ser molido por los dientes de los leones.
  
En honor de los Protomártires del circo Neroniano, referimos el bello epígrafe damasiano de los grandes labores de desecamiento realizados por aquel pontífice en el Cementerio Vaticano:
  
LATÍN
CINGÉBANT – LÁTICES – MONTES – TENÉROQUE – MEÁTU – CÓRPORA – MULTÓRUM – CÍNERES – ATQUE – OSSA – RIGÁBANT – NON – TULIT – HOC – DÁMASUS – COMMÚNI – LEGE – SEPÚLTOS – POST – RÉQUIEM – TRISTES – ÍTERVM – PERSÓLVERE – PŒNAS – PROTÍNVS – AGGRÉSSUS – MAGNUM – SUPERÁRE – LABÓREM – ÁGGERIS – IMMÉNSI – DEJÉCIT – CÚLMINA – MONTIS – ÍNTIMA – SOLLÍCITE – SCRUTÁTUS – VÍSCERA – TERRÆ – SICCÁVIT – TOTUM – QUÍDQUID – MADEFÉCERAT – HUMOR – INVÉNIT – FONTEM – PRÆBET – QUI – DONA – SALÚTIS – HÆC – CURÁVIT – MERCÚRIUS – LEVÍTA – FIDÉLIS.
   
TRADUCCIÓN
Las aguas corrían a lo largo de la colina y las infiltraciones bañaban los cuerpos, las cenizas y los huesos de los difuntos. Sin embargo Dámaso no quiso permitir más que aquellos los cuales, bajo la ley común, yacían en el sepulcro, en su mismo lugar de muerte fuesen nuevamente expuestos a sufrir ultrajes. Encendióse por tanto una difícil empresa, cual era la de explanar la alta colina. Con este trabajo, se lograron dos intentos: escrutando las íntimas entrañas del monte, libró toda aquella zona de la alta humedad, y encontró una fuente de agua que (conducida al bautisterio) nos concede las gracias de la salvación eterna. El fiel levita (diácono) Mercurio se encargó de estas mejoras.
Cardenal ALFREDO ILDEFONSO SCHUSTER O.S.B.Liber Sacramentórum. Notas históricas y litúrgicas sobre el Misal RomanoVol. VII. Los Santos en el Misterio de la Redención (Las fiestas de los Santos desde la Cuaresma hasta la Octava de los Príncipes de los Apóstoles), Turín-Roma, 1930, págs. 285-289.
  
NOTAS
[1] “Y así Nerón, para divertir esta voz y descargarse [del reato del incendio], dio por culpados de él, y comenzó a castigar con exquisitos géneros de tormentos, a unos hombres aborrecidos del vulgo por sus excesos, llamados comúnmente cristianos. El autor de este nombre fue Cristo, el cual, imperando Tiberio, había sido justiciado por orden de Poncio Pilato, procurador, de la Judea; y aunque por entonces se reprimió algún tanto aquella perniciosa superstición tornaba otra vez a reverdecer, no solamente en Judea, origen de este mal, pero también en Roma, donde llegan y se celebran todas las cosas atroces y vergonzosas que hay en las demás partes. Fueron, pues, castigados al principio los que profesaban públicamente esta religión, y después, por indicios de aquéllos, una multitud infinita, no tanto por el delito del incendio que se les imputaba, como por haberles convencido de general aborrecimiento al género humano. Añadióse a la justicia que se hizo de éstos, la burla y escarnio con que se les daba la muerte. A unos vestían de pellejos de fieras, para que de esta manera los despedazasen los perros; a otros ponían en cruces; a otros echaban sobre grandes rimeros de leña, a los que, en faltando el día, pegaban fuego, para que ardiendo con ellos sirviesen de alumbrar en las tinieblas de la noche. Había Nerón diputado para este espectáculo sus huertos, y él celebraba las fiestas circenses; y allí, en hábito de cochero, se mezclaba unas veces con el vulgo a mirar el regocijo, otras se ponía a guiar su coche, como acostumbraba. Y así, aunque culpables éstos y merecedores del último suplicio, movían con todo eso a compasión y lástima grande, como personas a quien se quitaba tan miserablemente la vida, no por provecho público, sino para satisfacer a la crueldad de uno solo.” (Tacito, Anales, XV, 44).
[2] “Por la envidia fueron perseguidas, como las Danaides y como Dirce, aquellas mujeres… y padecieron atroces y nefandos suplicios”. Ver también Giuliano Zoroddu, Sulle orme della Guarducci alla scoperta della data del martirio di san Pietro (Sobre las huellas de Guarducci en el descubrimiento de la fecha del martirio de San Pedro). Radio Spada, 13 de octubre de 2018.
[3] El Autor reevoca con placer estas sacras memorias del circo Neroniano, porque dentro de aquel santo Cementerio esperan la última resurrección los huesos de sus amados padres.

miércoles, 17 de febrero de 2021

MIÉRCOLES DE CENIZA EN LA LITURGIA PAPAL

Traducción del artículo publicado por Giuliano Zoroddu para RADIO SPADA.
   
     
El miércoles de Quincuagésima, actualmente llamado “de Ceniza”, señala desde los tiempos de San Gregorio Magno el inicio de la santa Cuaresma, y por eso era llamado in cápite jejúnii. En este día se expulsaba a los penitentes que, después de haber transcurrido los cuarenta días en un monasterio revestidos de áspero cilicio, eran readmitidos y absueltos en la mañana del Jueves Santo.
   
Hacia el siglo XI comenzaron los sacerdotes, antes extraños a estas prácticas tan humillantes para la sublimidad del estado sacerdotal, a tomar parte en las ceremonias de penitencia pública, como también el Papa y su corte.
   
Así el Sumo Pontífice, descalzo, con la cabeza esparcida con ceniza y en hábito de penitencia, en cabeza del clero y del pueblo reunido en Santa Anastasia, tomaba la cuesta del Aventino para dirigirse a la basílica de Santa Sabina para ofrecer el Santo Sacrificio.
   
Antes de entrar en la antigua iglesia romana, sucedía una particular ceremonia que aún se encuentra en el Misal Romano:
«En los Órdini Románi del medioevo tardío está prescrito, que después de la imposición general de las cenizas en la cabeza del clero y de los fieles, se salga en procesión a pie descalzo en la colina Aventina hasta la basílica de Santa Sabina, en cuyo atrio había un pequeño cementerio. Aquellas tumbas en aquel lugar reavivaban el pensamiento de la muerte, y por eso la schola cantaba el responsorio fúnebre: Immutémur hábitu… ne súbito preoccupáti die mortis… aún hoy conservado en el Misal. Luego el cortejo hacía una breve pausa, tanto para dar tiempo al Papa de recitar una colecta de absolución sobre estos sepulcros; luego hacía su ingreso en la vasta basílica aventinesa, cantando el responsorio Petre, amas me? con el verso: Simon Joánnis… en honor del príncipe de los Apóstoles. Es extraño cómo entramos en este momento de la ceremonia la memoria de San Pedro; pero, a menos que esto sea un uso papal derivado de la basílica vaticana cada vez que atravesando el pórtico donde estaban los sepulcros, se entraba en procesión, puede ser que esto sea sugerido por la circunstancia que en el siglo XIII en Santa Sabina estaba la residencia Pontificia, y por esto la basílica era considerada como la sede habitual del sucesor de San Pedro». [Cardenal ALFREDO ILDEFONSO SCHUSTER OSBLiber Sacramentórum. Notas histórico-litúrgicas sobre el Misal Romano, Vol. III “El Testamento Nuevo en la Sangre del Redentor” (La Sagrada Liturgia desde la Septuagésima a la Pascua), Roma-Turín, 1933, pág. 41].
En tiempos más recientes, si bien algunos Papas como Benedicto XIV  Clemente XIII, se dirigían a Santa Sabina para recordar la antigua státio, la Capilla Papal se tenía en la Sixtina en el Vaticano.
   
El caballero Gaetano Moroni, erudito y ayudante de cámara de los papas Gregorio XVI y Pío IX, nos explica lo que sucedía:
«Los Cardenales partían con ornamentos y capas, y todo lo demás en morado. Reunidos en la Sala Regia, se ponen las capas y pasan a la capilla donde, por cuadro del altar se expone un lienzo que representa al Salvador que predica a las multitudes. El antipendio era morado. El manto del trono y el tapiz de la sede estaban hechos con hoja de oro y de color morado. El Papa entraba en la capilla con capa pluvial roja, estola púrpura y mitra de hoja de plata y subido al trono, recibe la obediencia de los Cardenales, luego de la cual los mismos Cardenales se revisten con los sagrados ornamentos morados […] haciendo similar los otros. Luego el último auditor de la Rota con la casulla morada plegada como subdiácono apostólico tomaba del altar el plato de plata dorada con las cenizas obtenidas, según el antiguo rito, de los olivos bendecidos el último domingo de ramos y lo lleva al Papa para que lo bendiga, lo que hace con las oraciones del ritual que lee, y el coro no responde. Después de la bendición, el mismo auditor se arrodilla a la derecha del Papa y el Cardenal penitenciario al que le toca siempre en este día a cantar la misa, sin el anillo pontifical y sin mitra, saliendo sobre el escabel de la sede pontificia, hecha una profunda reverencia al Papa, en pie, sin proferir el Meménto homo, impone las cenizas en forma de cruz sobre la cabeza del sedente en el solio. Luego, recubriéndose el Papa con la mitra y en el gremial de lino con las cruces de encaje recamadas de oro, que le pone un clérigo de cámara (el cual mientras dura la función va a la izquierda del decano de la Rota), da las cenizas al mismo Cardenal penitenciario celebrante y haciendo un signo de cruz sobre la trazada sobre él, dice la fórmula Meménto homo quia pulvis es et in púlverem revertéris. Los cantores comenzaban la antífona Immutémur hábitu y entre tanto prosigue la distribución de las cenizas, esto por el Cardenal decano o el obispo suburbicario más anciano hasta los forasteros […] Los Cardenales la reciben de pie y besan al Papa la rodilla izquierda; los patriarcas, arzobispos y obispos la reciben de rodillas y besando la rodilla del Papa; el comendador del Espíritu Santo y los abades mitrados la reciben de rodillas, besando el pie, lo que hacen los otros; ubicándose ante el altar los oficiales de la guardia noble y al lado derecho del trono los cursores pontificios y maceros, luego de lo cual se dirigen los forasteros para recibir las cenizas. Después de los forasteros la recibe por último el auditor de la Rota que ha sostenido el plato del cual el Papa las tomaba. Terminada la distribución, el Pontífice se lava las manos […] Luego de dicho lavado, el Papa desciende del trono para la misa y en el lugar acostumbrado ante el altar se comienza el Introito por el Pontífice con el celebrante […] el procurador general de los teatinos pronuncia el sermón, publicando luego la indulgencia de quince años» [Caballero GAETANO MORONILas capillas pontificias, cardenalicias y prelaticias. Venecia, 1841, págs. 188-190].
Como se ha visto, la imposición de las cenizas sobre la cabeza del Pontífice no era acompañada de la fórmula ritual Meménto, homo, quia pulvis est in púlverem revertéris. Este particular se remite a la norma de excluir de la penitencia pública al clero, tanto más la cabeza suprema del mismo, o sea el Papa. La aspersión de las cenizas, evolución de la imposición de la penitencia a los pecadores públicos, es en cierto modo un juicio eclesiástico y a este juicio no puede sujetarse aquel que, como expresaba el tercero de los Inocencios, «juzga a todos, pero no es juzgado por nadie, solo por Dios». Por esto dl Cardenal Penitenciario imponía las cenizas al Sumo Pontífice en silencio y sin el anillo, símbolo de potestad y jurisdicción. No obstante, la Cabeza visible de la Iglesia se sometía igualmente al rito que le recordaba la condición mortal para inculcar a los fieles cómo, aunque sublimado en la más alta de las dignidades, era siempre un hombre frágil y pecable, necesitado dd gracia y de perdón.

jueves, 17 de diciembre de 2020

LA SANGRE DE SAN GENARO NO SE LICUÓ EN SU OSTENSIÓN


La sangre de San Genaro, Obispo y Mártir, se hace líquida en tres ocasiones al año:
  • 19 de Septiembre (Martirio del Santo).
  • Sábado antes del I domingo de Mayo (Traslación de reliquias desde el Campo Marciano a las Catacumbas de Nápoles).
  • 16 de Diciembre (Patrocinio sobre la ciudad de Nápoles).
Esta última fiesta surge por el milagro de haber salvado a la ciudad de una erupción del Vesubio:
«La noche del 15 de Diciembre de 1631, a las 7 horas, el Vesubio se sacudió y abrió su amplia boca sobre la cima. La tierra tembló, el aire se oscureció, el cielo se envolvió en ferales sombras… La religión fue luego invocada, madre benéfica que para preservar a sus hijos de cualquier peligro en este valle de lágrimas obra con amor incesante. Por mandato del cardenal arzobispo se expuso en la catedral y en todas las iglesia a Cristo Sacramentado; expuesta la sangre y la estatua del precipuo protector de la ciudad San Genaro, con las reliquias de todos los Santos a cuya tutela es confiada… Ahora aquella sangre fue hallada hirviendo; signo infausto, que postró a los ánimos. Las admirables ampollas y la estatua son llevadas en procesión hasta la puerta del Carmen: intervinieron el cardenal arzobispo y el virrey, y una multitud de pueblo de alrededor de ciento cincuenta mil almas. Y se vio que ante aquella sangre y aquella efigie, la ardiente llama que en esta ocasión corría, retrocedió, casi dio vuelta atrás por fuerza arcana y como presa de consternación. Ni el pueblo daba tregua a las voces suplicantes y a la penitencia; todos descalzos y con sogas al cuello para implorar misericordia. Los más endurecidos pecadores convirtiéronse a Dios: procesiones continuas de imágenes milagrosas. Ni San Genaro dilató el proclamado socorro. En una mañana comienza a desfilar la procesión a pesar de la fuerte lluvia con viento lebeche (suroeste). Al poner pie fuera de la puerta mayor de la catedral y al aparecer el baldaquín bajo el cual se portaban las ampollas y la estatua, un espacio de cielo se despojó a un paso del manto de toda nube, y apareció claro por rayos de sol que emitía de su esfera. “¡Milagro, milagro!”, gritó el pueblo. Hubo quien aseveró haber visto al Santo elevado sobre el aire en pontifical hábito sonreír y con las manos extendidas bendiciendo a sus conciudadanos. Así fue remunerada la fe de los napolitanos: así fue preservada nuestra patria» [Giacomo Bugni, Compendio di storia patria, ovvero Fatti principali della storia del regno di Napoli dalla primitiva origine fino ai tempi nostri (Compendio de historia patria, o Hechos principales de la historia del reino de Nápoles desde su primigenio origen hasta nuestros tiempos), Nápoles, 1854, págs. 355-357].
  
El cardenal Alfredo Ildefonso Schuster OSB explica así la triple licuefacción de la sangre de San Genaro:
«Dios quiere mostrar a su pueblo de Nápoles, que la sangre de su gran Patrono –“ætérno flori” como lo llaman allá en la antigua inscripción sepulcral– está siempre rubicunda y viva a presencia del Señor porque en la eternidad y en Dios no existe pasado, sino que todo es presente y vivo ante Sí. El martirio del glorioso Obispo protege continuamente la bella y cara ciudad de Parténope, tan rica en genio de sus hijos, como las flores magníficas de santidad» [Liber Sacramentórum, vol. VIII, Torino-Roma, 1932, p. 262]

Este año, cuando acaeció la fiesta del patrocinio de San Genaro sobre Nápoles, no tuvo lugar la licuefacción (en honor a la verdad, desde el Vaticano II es raro que ocurra el milagro en esta fiesta):

«Cuando tomamos la teca de la caja fuerte –explicó el abad de la Capilla del Tesoro San Genaro de la Catedral de Nápoles [capilla gestionada por el Ayuntamiento de la ciudad, N. del T.], monseñor Vincenzo De Gregorio–, la sangre estaba absolutamente sólida, y permanece absolutamente sólida. Dirigimos nuestra oración a Dios para que dé fuerza y valor a nuestro pueblo para afrontar los momentos de esta pandemia que está obligando a todos a repensar su vida y que está causando muchos problemas sobre todo a los más débiles y a los más frágiles, y a los muertos en soledad que son el drama más grande».
Esto a las 9:00h, repitiéndose idéntica situación a las 16:30h y las 18:30h, en servicio novusordiano presidido por el cardenal Crescenzio Sepe (que renunció el día 12 a la sede partenopea por sobrepasar el límite de edad, y fue remplazado ese mismo día por el “cura obrero” Domenico “Mimmo” Battaglia, que fue obispo de Cerreto Sannita-Telese-Sant’Agata de ‘Goti y es considerado como “El Bergoglio de Italia meridional”).
  
Si bien se ha asociado la no realización del milagro (que es más frecuente el 16 de Diciembre que en las otras dos fechas) a algunos acontecimientos trágicos de la historia reciente:
  • Septiembre de 1939: Partición de Polonia entre la Alemania nazi y la Unión Soviética (comienzo de la II Guerra Mundial).
  • Septiembre de 1940: Italia entra a la II Guerra Mundial.
  • Septiembre de 1943: Invasión alemana a Nápoles luego del Armisticio del 8 de Septiembre.
  • Septiembre de 1973: Último caso de cólera en Nápoles (la epidemia comenzó el 20 de Agosto).
  • Septiembre de 1980: Terremoto de Irpinia (23 de Noviembre) de magnitud 6,90 ± 0,04 Richter, que dejó 280.000 desplazados, 8.848 heridos y 2.914 muertos.
  • Diciembre de 2016: Nápoles incluida en las ciudades en riesgo por una erupción del Vesubio; e incendio forestal en el Vesubio y terremoto en Casamicciola Terme de Ischia (5-21 de Julio y 21 de Agosto de 2017 respectivamente).
Y desde que se tiene noticia de la licuefacción de la sangre de San Genaro (17 de Agosto de 1389, cuando se sacó esta reliquia en procesión por una carestía que hubo), han acaecido las siguientes calamidades (según el libro Il miracolo di S. Gennaro, publicado en 1924 por Mons. Giovanni Battista Alfano y Antonio Amitrano):
  • 22 epidemias,
  • 11 revoluciones,
  • 3 sequías,
  • 1 invasión de los turcos (13 de Junio de 1558),
  • 14 arzobispos muertos dentro de treinta días
  • 7 reyes muertos dentro de sesenta días,
  • 1 virrey muerto tres meses después,
  • 9 papas muertos luego de pocas semanas (como dato curioso, Pío IX –que llegó a la ciudad luego de huir de Roma en la revolución de 1848– fue el único Papa ante el cual ocurrió el milagro),
  • 4 guerras,
  • 7 aluviones,
  • 3 carestías,
  • 11 erupciones del Vesubio,
  • 19 terremotos,
  • 3 persecuciones religiosas,
no por ello se debe colegir que sea otra cosa sino una advertencia de Dios (que así como concede sus beneficios –por intercesión de los Santos– particulares, así también los interrumpe o los concede impórtune). Al mismo tiempo, más que buscar intervenciones extraordinarias, hay que agradecer los favores y gracias que nos concede diariamente, comenzando porque ha puesto a sus Santos (principalmente la Virgen Santísima) como intercesores nuestros ante su Majestad. Y bueno, que por la intercesión de San Genaro, se abran los ojos de quienes aún están engañados por la secta conciliar.
  
Para la redacción de esta nota se utilizaron entre otras fuentes, RADIO SPADALA REPUBBLICA y NOVUS ORDO WATCH.
   
JORGE RONDÓN SANTOS
17 de Diciembre de 2020 (Año Santo Josefino).
Jueves de la III Semana de Adviento Romano (V del Adviento Ambrosiano e Hispano). Día 1º de las “Antífonas de la O”. Fiesta de San Lázaro de Betania, Obispo y Mártir; de San Judicael, Rey de Bretaña; de San Modesto, Patriarca de Jerusalén; y de San Sturmio de Fulda, Abad. Tránsito de San Juan de Mata, Confesor y Fundador. Coronación de los Papas San Cayo y San Siricio. Aprobación de la Orden de la Santísima Trinidad y Redención de Cautivos por Inocencio III.

viernes, 5 de julio de 2019

EL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS, REPARACIÓN CONTRA EL JUDAÍSMO, MASONERÍA Y LIBERALISMO

Traducción del artículo publicado en RADIO SPADA.
  
EL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS, REPARACIÓN CONTRA EL JUDAÍSMO, MASONERÍA Y LIBERALISMO
  

Los orígenes de esta fiesta son de hecho similares a la del Santísimo Sacramento. El simbolismo del costado de Jesús abierto por la lanza de Longinos, y del cual salieron sangre y agua, es ya conocido por los antiguos Padres de la Iglesia: San Agustín y San Juan Crisóstomo tienen en las espléndidas páginas sobre la Iglesia que, radiante de juventud, salió del costado del nuevo Adán adormecido sobre la Cruz, así también que los divinos Sacramentos brotados del Corazón amante del Redentor.
   
La tradición patrística fue conservada y desarrollada por obra de la escuela ascética benedictina; así que, cuando finalmente en el siglo XII el santo Abad de Claraval orienta la piedad mística de sus monjes hacia un culto tan especial a la humanidad del Salvador, la devoción al Sagrado Corazón en el sentido que ahora, se puede decir ya nada. De la simple meditación sobre las llagas de Jesús, la escuela benedictina pasó a la particular devoción por la del Costado, y a través del costado traspasado por la lanza de Longinos, penetraba en lo íntimo del Corazón, herido sin embargo por la lanza del amor. El Corazón de Jesús representa para San Bernardo aquel foro de la roca, en el cual el Divino Esposo invita a su paloma a buscar el refugio. El hierro del soldado ha llegado hasta el Corazón del Crucificado, para desvelarnos todos los secretos de amor. Él de hecho nos ha revelado el gran misterio de su misericordia, aquellas entrañas de piedad que lo han inducido a descender del cielo para visitarnos [1].
   
Los discípulos de San Bernardo estaban desarrollando maravillosamente la doctrina mística del Maestro, cuando intervinieron las grandes revelaciones del Sagrado Corazón de Jesús a Santa Lutgarda († 1246), a Santa Gertrudis y a Santa Matilde. A Santa Lutgarda el Señor intercambió un día el corazón de ella con el suyo; y una noche en la cual la Santa, no obstante la enfermedad, se hallaba despierta para el oficio vigiliar, Jesús por recompensa la invitó a acercar sus labios a la herida de su Corazón, donde Lutgarda bebió tan grande suavidad de espíritu, que en seguida encontró siempre una gran fuerza y facilidad en el servicio del Señor. Hacia el 1250 sigue la conocida revelación del Sagrado Corazón a la célebre Matilde de Magdeburgo, que más tarde hizo parte de la Comunidad de Helfta, en la cual ya vivían Santa Gertrudis y Santa Matilde. «En mis grandes sufrimientos, escribe ella, Jesús me mostró la llaga de su Corazón, y me dice: ¡Mira qué mal me han hecho!». Esta aparición la impresionó vivamente; tanto que después de este tiempo la pía religiosa no cesó de contemplar este Corazón apasionado y ultrajado, pero que al mismo tiempo se le aparecía simiñar  a una masa de oro encendido que estaba dentro de un inmenso horno. Jesùs acercó el corazón de Matilde al suyo, para que en adelante viviese una idéntica vida.
   
Cuando después la Providencia condujo a Helfta esta pia extática de Magdeburgo, lo hizo indudablemente para acercarla a otras dos hijas de San Benito, Gertrudis y Matilde, las cuales también estaban favorecidas con similares dones. El carácter especial de la devoción de Danta Gertrudis por el Verbo encarnado, explica especialmente en su tierna devoción al Sagrado Corazón, que para ella es el símbolo del amor del Crucificado, y una especie de místico sacramento, por el cual la Santa entra a parte tanto de los sentimientos de Jesús, como de sus méritos. Un día que Gertrudis fue invitada por San Juan a reposar con él sobre el Corazón sacratísimo del Señor, ella pregunta al Evangelista por qué no había revelado a la Iglesia las delicias y los misterios de amor gustados por él en la última cena, cuando apoyó la cabeza sobre el pecho del divino Maestro. Responde San Juan que su misión era simplemente revelar a los hombres la naturaleza divina del Verbo Encarnado; mientras que el lenguaje amoroso expresado por el palpitar del divino Corazón por él escuchados, debía representar la revelación de los últimos tiempos, cuando el mundo, envejecido y enfriado, habrá de tener necesidad de calentarse por medio de este misterio llameado de amor. Así Gertrudis comprende que el apostolado del Corazón Sacratísimo de Jesús le era confiado a ella; y por eso de palabra y en sus libros ella describe toda la teología, digámoslo así, de aquella sagrada herida divina, propagagando fervientemente la devoción. En esta misión evangelizatriz, ella tuvo la compañía también de la pia cantrix Mechtíldis, que igualmente fue invitada del Señor a anidar en la llaga de su Corazón.
  
Al igual que su compañera, también Santa Matilde puso por escrito sus revelaciones, en las cuales el Sagrado Corazón, ora se le parangonaba a una copa de oro donde se sacian los Santos, ora a una lámpara luminosa, ora a una lira que difunde para el cielo sus suaves armonías. Un día Jesús y Matilde se intercambiaron el corazón, de modo que la Santa desde entonces parecía respirar con el Corazón mismo de su Esposo divino.
    
Las revelaciones de las dos extáticas de Helfta encontraron un larguísimo favor, sobre todo en Alemania, en medio precisamente a un ambiente ya decididamente orientado hacia el Corazón de Jesús en gracia de la precedente influencia de la escuela benedictina. Los autores Dominicos y Minoritas siguieron también alacremente este movimiento y lo dilataron, sobre todo por medio de San Buenaventura, del Beato Enrique Susón, de Santa Catalina y San Bernardino de Siena.
  
Se llega así a los tiempos de Santa Francisca Romana, la cual en sus revelaciones sobre el Sagrado Corazón, en la cual ella se inmerge como en un océano encendido de amor, no hace sino acentuar la orientación ascética de la antigua escuela mística de los hijos de San Benito.
  
La acción de la Fundadora del monasterio Turris Speculórum en Roma, permanece, es verdad, circunscrita al ambiente romano; pero ella representa uno de los más preciosos anillos de toda una cadena de Santos y de escritores ascéticos que en Alemania, en la Bélgica y en Italia prepararon los ánimos a las grandes revelaciones de Paray-le-Monial. Cuando finalmente estas fueron comunicadas a los fieles, por obra especialmente del Beato Claudio La Colombière y del P. Jean Croiset de la Compañía de Jesús, el triunfo del Corazón de Jesús y del reino de su amor fue ahora asegurado a la devoción católica. Los Hijos de San Ignacio se dedicaron con celo especial a esta nueva forma de Apostolado del Corazón Sacratísimo de Jesús.
 
En 1765 el papa Clemente XIII aprobó un Oficio en honor del Sagrado Corazón de Jesús, que sin embargo fue concedido sólo a algunas diócesis. Pero en 1856 Pío IX, con el ánimo en el que había influído grandemente el gran restaurador de la Orden Benedictina en Francia, el abad dom Próspero Guéranger, hizo esta fiesta obligatoria para la Iglesia universal. En 1889 León XIII elevó el rito a doble de I clase.
  
Cuando en 1765 Clemente XIII autorizó el culto litúrgico del Sagrado Corazón de Jesús, se cumple una profecía hecha hacía treinta años atraz por la santa abadesa de San Pedro de Montefiascone, María Cecilia Bai. Un día, mostrándole el Señor su Corazón a esta Sierva de Dios, le había dicho: «Vendrá un día, cuando mi Corazón procederá en gran triunfo en la Iglesia militante, y esto será en gracia de la fiesta solemne que se celebrará, con el Oficio del Sagrado Corazón. Yo sin embargo no sé –agrega la piadosa benedictina– si esto sucederá en nuestros tiempos». Bai sin embargo fue tan feliz, para poder ver finalmente este día suspirado; y entonces ciertamente ella recordó aquellas otras palabras que había oído de su Divino Esposo algunos años antes: «Verrà un tempo in cui tu farai cosa gradita al mio Cuore, facendolo adorare e conoscere ad un gran numero di persone, per mezzo del culto e degli atti di devozione che gli sono dovuti».
   
En 1899 León XIII emanó una Encíclica [ver aquí, NDR], en la cual prescribía que todo el Orbe católico se consagrase al Corazón Sacratísimo de Jesús. El Pontífice estaba decidido en aquel acto luego de una orden formal que una piadosa Superiora del Buen Pastor de Oporto, sor María Droste zu Vischering, decía haber recibido del mismo divino Redentor, para que lo comunicase al Papa. La revelación privada presentaba pues todos los caracteres de autenticidad, y el espíritu de la hermana fue aprobado por el sabio abad de Seckau, el P. Ildefonso Schober. Fue así que el benedictino Hildebrando de Hemptinne, abad de San Anselmo sobre el Aventino, puso en obra el asunto y presentó la súplica de Droste a León XIII. El 9 de junio de 1899, cuando las campanas de todas las Iglesias del Orbe cristiano anunciaban la fiesta del Sagrado Corazón y el nuevo acto de consagración prescrito por el Papa, la Vidente de Oporto, en señal de que ahora su misión aquí era consumada, entregaba su purísima alma a Dios.
  
Últimamente, la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús conseguía por Pío XI nuevo incremento y decoro, ya que le era decretado el privilegio de Octava, al par de las mayores solemnidades del Señor. ¿Fue simple coincidencia o arcana disposición de Dios? La nueva liturgia romana para la octava de la fiesta del Sagrado Corazón, fue aprobada por el Pontífice contemporáneamente al famoso Concordato que pone finalmente término a la tan funesta Questione Romana. Al mismo tiempo, el perfecto amigo del Divino Corazón, el P. La Colombière, viene adscrito solemnemente en el albo de los Beatos, y Pío XI algunas semanas después salió finalmente del Vaticano, llevando en triunfo a Jesús Eucarístico en medio de un glorioso cortejo de sacros ministros que llegaba a las 7.000 personas.
   
[…] La herejía que caracteriza el espíritu de la hodierna sociedad, podría ser fácilmente llamada laicismo, en cuanto quiere nivelar lo divino y lo sobrenatural a la medida de las instituciones humanas, e intenta hacer reentrar la Iglesia en la órbita de las puras energías estatales. Frente al judaísmo y a la masonería que persisten todavía en el odio furibundo contra Jesús: tolle, tolle, crucifige, los católicos infectados de este laicismo y liberalismo buscan, como Pilato,un camino intermedio, y están prontos a declarar absuelto a Cristo, aunque antes se deje quitar la diadema soberana que le rodea la frente, y se contente en vivir sujeto al numen de César. Contra este doble insulto sacrílego, el Pontífice Supremo protesta mirando al Cielo y a la tierra que no hay otro Dios que el Señor, e instituyó la doble fiesta de Cristo Rey y lde la Octava del Sacratísimo Corazón de Jesús. La una es la solemnidad del poder, la otra es la del amor.
   
Debiéndose enrriquecer el Breviario Romano del oficio para la octava del Sagrado Corazón, el Sumo Pontífice ha querido que la liturgia de esta solemnidad fuese enteramente rehecha. Ya se sabe que el Oficio del Sagrado Corazón tenía antiguamente un cierto carácter fragmentario y esporádico, que bien reflejaba la incertidumbre de los censores teológicos encargados de su redacción. Era un poco un oficio Eucarístico, un poco de la Pasión, por no decir después de las lecciones del tercer nocturno, escogidas un poco aquí y allá en la Patrología. Ahora Pío XI –que en su mesa de trabajo contempla siempre una bella estatua del Sagrado Corazón, en el cual solía inspirarse al tratar los negocios de la Iglesia– ha querido un oficio perfectamente orgánico; en el cual sobresaliese su unidad y al mismo tiempo pusiese en plena luz el carácter especial de la solemnidad de la fiesta del Sagrado Corazón, que no quiere ser, ni un duplicado de la fiesta del Corpus Dómini, ni una repetición de los oficios cuaresmales de la Pasión. Él por tanto ha nombrado una comisión de teólogos para la redacción del nuevo oficio, pero en sus labores ha presidido él mismo; así que después de un semestre de estudios, en los primeros albores de su quincuagésimo año sacerdotal. Pío XI ha podido ofrecer al mundo católico la nueva Misa y el Oficio para la Octava del Sagrado Corazón. El concepto que domina la entera composición, es el expresado por Jesús mismo cuando, por medio de Santa Margarita Alacoque, pidió a la familia Católica la institución de esta fiesta: «Este es el Corazón que tanto ha aamado a los hombres, de los cuales todavía es amado tan poco». Trátase pues de una fiesta de reparación al Amor no amado; reparacióne incluso que hace enmienda honorable glorificando precisamente los pacíficos triunfos de este Eterno Amor.
 
Cardenal ALFREDO ILDEFONSO SCHUSTER OSB, Liber Sacramentorum. Note storiche e liturgiche sul Messale Romano. Vol. V. Le nozze eterne dell’Agnello (La Sacra Liturgia dalla Domenica della Trinità all’Avvento), Torino, Marietti, 1930, págs. 92-106

NOTA
[1] Sermón 61 sobre los Cánticos, n. 3-4. En Migne, Patrología Latina CLXXXIII, cols. 1071-1072.

jueves, 28 de diciembre de 2017

EL VALOR DE SAN ESTEBAN

  
«En estos tiempos de tanta flaqueza de energías, de tantos compromisos de consciencia, y de tantas consideraciones por motivos de conveniencia y de respeto humano, qué ejemplo de fortaleza cristiana nos ofrece el ejemplo de San Esteban, que de pie frente al sanedrín, sabe decir a los judíos las verdades más ardientes e, impertérrito prosigue hasta el fin una larga búsqueda, sellándola con su sangre». (Cardenal Alfredo Ildefonso Schuster OSB)

sábado, 21 de octubre de 2017

LA PROPAGACIÓN DE LA FE: APUNTE LITÚRGICO TRADICIONAL

 
La propagación del Evangelio, más que una necesidad, constituye una tremenda responsabilidad y un sagrado deber para la Iglesia. Todavía nos resuena en los oídos el eco de las palabras del Apóstol: Væ mihi si non evangelizávero! Y la razón es que la familia Católica, sobre todo por medio de su sagrada Jerarquía, debe continuar en la tierra la misión redentora de Jesucristo. He aquí el motivo por el cual, sobre todo en estos últimos años, el Papa Pío XI ha impreso un impulso más general y vigoroso a la obra misionera; y después de haber organizado en su Palacio Lateranense un museo etnográfico con particular referencia a la evangelización de los infieles, ha dispuesto que en medio de las jornadas para la Propagación de la Fe, de las sagradas funciones, de colectas y conferencias, toda la familia Cristiana se interese en el mantenimiento y el desarrollo de las distintas obras misioneras.
    
Entre las numerosas iniciativas, tiene el primer lugar la Fiesta de la Propagación de la Fe con la Misa especial que se recita en esta ocasión.
   
La antífona del introito deriva del salmo 66 (2-3), que es Mesiánico, y prelude a la universalidad de la Iglesia, la cual comunica a todos los pueblos la gracia de la redención:
«Dios tenga misericordia de nosotros y nos bendiga; haga resplandecer sobre nosotros la luz de su rostro, y nos mire compasivo. Para que conozcamos, ¡oh Señor!, en la tierra tu camino; y todas las naciones tu salvación. Alábente, Dios mío, los pueblos; publiquen todos los pueblos tus alabanzas».
   
Cuando después del pecado el mundo volvió las espaldas a Dios, el Señor se reservó la estirpe de  Abrahán para que fuese custodia de la promesa Mesiánica. Pero cuando en la plenitud de los tiempos el símbolo profético consiguió en Jesucristo la más espléndida realidad, con la función de pregonero del Mesías que vino, cesó también el motivo del privilegio concedido a Israel, y todos los hijos de Dios, sin distinción de naciones o de sociedad, fue admitida a participar en la heredad divina. Este es el magnífico concepto informador de la presente composición litúrgica:
ORACIÓN. «Oh Señor, que quieres que todos los hombres se salven y lleguen a la luz de la verdad; envía, te rogamos, obreros a tu mies, y haz que anuncien tu Palabra con toda confianza; para que tu Palabra corra y sea glorificada, a fin de que todas las naciones te reconozcan a Ti como el único Dios verdadero, y a quien tú enviaste, Jesucristo tu Hijo nuestro Señor, que vive y reina...».
  
La colecta, como veis, es tomada de varios pasajes escriturales y no acusa por tanto ningún pensamiento original. Queda por tanto resaltado el concepto de los Libros Sacros, de que la vocación misionera es una obra enteramente divina. Es divina en su origen, ya que Dios es el que destina los obreros a la mies; es divina en su causa final, ya que se propone como objetivo glorificar al Señor en la salvación de las almas; es divina en su ejecución, ya que los Sacerdotes regeneran las almas al Señor mediante la predicación de la Palabra divina, que es semilla y germen de la generación sobrenatural.
 
La primera lección (Eccli. XXXVI, 1-10, 17-19) coincide en gran parte con la cuarta del Sábado de las Témporas de Cuaresma, y contiene una espléndida oración por la salvación de Israel. Verdaderamente, el concepto de la hodierna solemnidad es otro. Aquí en cambio se quiere que el Señor levante su mano contra los pueblos perseguidores, a fin de que también ellos, bajo el brazo vengador de Dios reconozcan el poder del Señor de Abrahán: «Acelera los tiempos -se dice a Yahveh- y haz despuntar la hora; da testimonio a la primicia de tus obras, y cumple la profecía pronunciada en tu nombre». En la gracia del Nuevo Testamento, mejor que bajo el martillo de la divina justicia, nosotros rogamos que todos los pueblos encuentren y reconozcan que todos los pueblos encuentren y reconozcan al verdadero Dios por el camino del Amor.
 
El responsorio gradual contiene los versos 6-8 del mismo salmo del introito: «Alábente, ¡oh Dios mío!, los pueblos; publiquen todos los pueblos tus alabanzas; ha dado la tierra su fruto. Bendíganos Dios, el Dios nuestro, bendíganos Dios, y sea temido en todos los términos de la tierra». Dios da su bendición, y mientras la tierra fecunda las plantas y los árboles, el jardín de la Iglesia se embellece incesantemente con nuevas flores del paraíso celeste. Nosotros los sacerdotes y misioneros somos «Dei adjutóres», como había dicho el Apóstol de los Gentiles; porque el agricultor del terreno es único, por el cual está escrito: «et Pater meus agrícola est».
  
El verso aleluyático deriva del salmo 99-1, que en la alborada del día, mientras toda la naturaleza y el universo entero alaban al Criador, invita al fiel israelita a acercarse al  templo para adorar a Yahveh: 
«Aleluya. Moradores todos de la tierra, cantad con júbilo las alabanzas de Dios; servid al Señor con alegría. Venid llenos de alborozo a presentaros ante su acatamiento».
  
Durante el período de la Septuagésima, en lugar del verso aleluyático, el salmo Tracto anuncia la universalidad de la Redención mesiánica. Ahora nosotros, luego de casi veinte siglos de redención, estamos familiarizados con este concepto universalístico del reino de Dios; mas imaginemos un poco cuál no debía ser el estupor y la alegría que probaban las antiquísimas generaciones cristianas, cuando, frente a los hebreos que excluían de los privilegios de la posteridad de Abrahán a cuantos no habían sido circuncidados, en el Evangelio y en la Ley los primeros fieles escuchaban claramente anunciada la vocación de los Gentiles a la Fe: «Predicad entre las naciones su gloria, y sus maravillas en todos los pueblos. Porque grande es Yahveh, y digno de infinita alabanza; terrible sobre todos los dioses. Porque todos los dioses de las naciones son demonios; pero el Señor es el que crió los cielos».

Durante el ciclo pasquale, luego del primer verso aleluyático: «Aleluya. Moradores todos de la tierra, cantad con júbilo las alabanzas de Dios...», se sigue: «Aleluya. Tened entendido que el Señor es el único Dios. Él es el que nos hizo, y no nosotros a nosotros mismos». Si nosotros somos la obra de sus manos, la Providencia divina vela amorosa sobre nuestra suerte, ya que Dios no abandona, si no a quien primero se retira de Él. «Non enim díligis et déseris» (No le améis y abandonéis), como bien dice San Agustín.

La lección evangélica viene de San Mateo (IX, 35-38). El Divino Maestro recorre infatigable las campiñas y las villas de la Galilea, confirmando su doctrina con numerosos prodigios en favor de los enfermos. Su Divino Corazón sin embargo está oprimido de angustia, ya que ve perecer a tantas almas por fata de quien vaya a su encuentro y les indique los saludables pastos. Se vuelve enseguida a los Apóstoles, y observa que los segadores son muy pocos para la mucha mies, y les ordena luego pedir al Señor enviar al campo nuevos operarios. Trátase de un preciso mandamiento del Divino Maestro; y hoy sobre todo, ofreciendo el Eucarístico Sacrificio por la propaganda misionera, nosotros bien podemos decir: «Præcéptis salutáribus móniti et divína institutióne formáti, audémus dícere: mitte operários in messem tuam». Aquel que nos ha mandado orar por las vocaciones eclesiásticas, se dispone por esto mismo a acoger nuestros votos.
 
La antífona para el ofrecimiento de la Oblación es tomada del salmo 95 (7-9), el cual, como todo este grupo de cantos del IV libro del Salterio, anuncia joyosamente el reino universal mesiánico en el cual deberán entrar todas las naciones: «¡Oh vosotras familias de las naciones!, venid a ofrecer al Señor; venid a ofrecerle honra y gloria. Tributad al Señor la gloria debida a su nombre. Llevad ofrendas, y entrad en sus atrios; adorad al Señor en su santa morada. Conmuévase a su vista toda la tierra». En el antiguo templo jerosolimitano, tras el atrio de los Gentiles se encontraba el patio del pueblo Israelita, en cuyo fondo estaba el Santo, donde solo los Saerdotes podían acceder para ofrecer el incienso vespertino y los otros sacrificios. Para el pueblo, por tanto, el atrio tenía lugar de templo, como generalmente sucedía también entre los Griegos y los Romanos. En la cella estaba solamente el Númen; el ara para los sacrificios encontrábase fuera.
  
La oración secreta de hoy, representa literariamente un centón escritural que no tiene cuenta, ni del Cursus, ni del significado particular de la Secreta, que quiere ser una simple recomendación de la Oblata que se consagrará. No obstante estos defectos literarios, en la oración litúrgica permanece todavía su belleza y eficacia, sobre todo cuando se inspira en la divina Escritura:
SECRETA. «Mira, oh Dios, protector nuestro, y vuelve tu mirada a tu Cristo, el cual se entregó a Sí mismo en rescate por todos; y desde donde sale el sol hasta su ocaso sea glorificado tu Nombre entre los pueblos; para que en todo lugar se sacrifique y ofrezca a Ti una oblación pura. Por Jesucristo nuestro Señor».
También cuando nosotros subimos al altar para ofrecer los Divinos Misterios, le es grato a Dios porque ve en nosotros a su Hijo muy amado, el Pontífice de nuestra fe, en el cual Él encontró sus complacencias. No sólo porque Jesús puede agradar enteramente a Dios; sino también porque quien quiera impetrar gracias y ser grato al Señor debe contemplar el bello rostro de Cristo, esto es, debe esconder en Jesús sus oraciones y sacrificios, y hacer perorar a Él, nuestro abogado, la causa que nos  apremia.
   
Hoy, en el lugar de la antífona para la Comunión, se recita por entero el salmo 116, que es el más breve del Salterio: «Alabad al Señor, naciones todas; pueblos todos, cantad sus alabanzas. Porque su misericordia se ha confirmado sobre nosotros; y la verdad del Señor permanece eternamente».

Ottimamente! Cuando la amistad de los hombres viene a menos, Dios permanece fiel a las almas, que a menudo demasiado tarde aprende a desconfiar un poco más de las pobres creaturas, para confiar mayormente en el Creador, fuerte y saldo en la amistad y en el amor.
 
La oración postcomunión es derivada del Sábado in Albis, y se pide que por la eficacia del Sacramento de Redención, que es por excelencia el Mystérium Fídei, esta sublime virtud extienda cada día más sus rayos y se extienda por toda la tierra.
  
Hay una íntima conexión entre la Eucaristía y la Santa Fe. Cuando un alma acoge en su corazón al Dios que a ella se dona, ésta a su vez se confía a Él. Ahora, este abandono completo en Dios y creer tanto en su sabiduría como en su infinito amor significa el vivir en la Fe, las mismas palabras del profeta Habacuc al cual San Pablo daba tanta importancia: «El justo mío vivirá por la fe, pero si desertare, no será agradable a mi alma».
  
ALFREDO ILDEFONSO Card. SCHUSTER OSB, Liber Sacramentórum, tomo X. Turín, Casa editorial Marietti, 1930, págs. 34-38. -Traducción nuestra-