«Santiago [al hablar de “la religión pura e inmaculada”] alude tanto a los judíos —de quienes él mismo fue obispo—, que basaban su religión y pureza en ceremonias y purificaciones legales, como a los gentiles, que se consideraban religiosos al venerar multitud de dioses con sacrificios y ritos nefastos. Por lo tanto, contrasta la religión pura de los cristianos con la religión vana e impura de los judíos, así como con la superstición impía de los paganos, sarracenos y herejes. Parece, de hecho, que Santiago había previsto en su espíritu, y por lo tanto condenado, las religiones y ritos impuros de los gnósticos y los carpocracianos, que en sus asambleas se contaminaban con incesto y uniones nefastas (como atestigua Eusebio, libro IV, cap. VII), y de los ofitas, que consagraban su Eucaristía mediante el contacto con una serpiente, creyendo que era Cristo (como atestigua San Agustín, herejía 6 y 17). De la misma manera, hoy la religión de Lutero y Calvino es impura, con la que condenan los ayunos, las leyes y los votos de la Iglesia, e incitan, incluso obligan, a los monjes a matrimonios sacrílegos. El significado es, por lo tanto, este: los judíos ponen la pureza de su religión en múltiples abluciones; los paganos en el sacrificio de muchas víctimas a muchos dioses; Los herejes en las impuras ficciones y depravaciones de su propio intelecto; los sarracenos adoraron una vez a Lucifer y más tarde a Mahoma, etc. Por el contrario, la religión y piedad pura e inmaculada de Cristo y de los cristianos es reconocida y consiste sobre todo en la misericordia y la caridad, es decir, en visitar a los huérfanos y a las viudas y en mantenerse inmaculado de la corrupción de este mundo». (PADRE CORNELIO ALÁPIDE SJ. Commentária in Sacram Scriptúram, Tomo X. Nápoles, 1859, pág. 364).
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sábado, 23 de mayo de 2026
domingo, 18 de enero de 2026
LAS SEIS TINAJAS
«Había allí seis tinajas de piedra para las purificaciones de los judíos, en cada una de las cuales cabían dos o tres metretas [cerca de 40 litros]» (San Juan 2, 6).
Comentario:
«“Había allí seis tinajas de piedra para las purificaciones de los judíos”. Cristo entonces utilizó estas tinajas para que quedase más claramente evidente que no tenían vino; y así, la conversión del agua en vino en esos recipientes sería aún más notoria (Joann. 2, 9).
Purificación: Mediante la cual los israelitas, según sus tradiciones, acostumbraban lavar las manos en las fiestas cuando tocaban algo impuro en la mesa (Cf. Marc. 7, 3-4).
Tropológicamente, San Bernardo explica así este versículo: Las seis tinajas son las seis virtudes purificadoras del alma (Ps. 50, 12).
La primera tinaja, y la primera purificación, es el arrepentimiento, del cual leemos: “En el momento en que el pecador hiciere penitencia, no me acordaré ya de sus iniquidades” (Ez 18,21-22).
La segunda es la confesión; pues todo se lava con la confesión. “Confesé mi pecado, no oculté mi iniquidad. Dije: ‘Confesaré a Yahvé mi pecado’, y Tú perdonaste la culpa de mi pecado” (Ps. 32, 5) (1.ª Joann. 1, 9).
La tercera tinaja es dar limosna; pues leemos en el Evangelio: “Dad limosna, y vereis que todo quedará limpio para vosotros” (Luc. 11, 41). “La limosna libra de la muerte y purifica de todo pecado. Los que practican la misericordia y la justicia serán colmados de vida” (Tob. 12, 9; Jac. 1, 27).
La cuarta tinaja es el perdón de las ofensas; pues decimos al orar: “Perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores” (Matth. 6,14-15).
La quinta tinaja es la mortificación; pues oramos para que, purificados por la abstinencia, podamos cantar gloria a Dios (Rom. 12, 1). “Yo corro, no como quien corre a la ventura; lucho, no como quien golpea al aire, sino que castigo mi cuerpo y lo reduzco a servidumbre, para que, habiendo sido predicador para otros, no venga yo a ser reprobado” (1.ª Cor. 9, 26-27).
La sexta tinaja es la obediencia a los mandamientos: así como los discípulos oyeron aquello que tal vez nosotros también merezcamos oír: “Vosotros estais limpios, por la palabra que os he hablado” (Joann. 15, 3).
Luego aplica lo restante de la siguiente manera: “Están llenas de agua para que se mantengan en el temor de Dios, pues el temor del Señor es la fuente de la vida” (Prov. 14, 27). Y agrega: “Mas, por la divina virtud, el agua se convierte en vino cuando la caridad perfecta expulsa el temor (1.ª Joann. 4, 18). Ahora, se dice que las tinajas son de piedra, no por su dureza, sino por su firmeza” (Ef. 2, 20-22)».
SAN BERNARDO DE CLARAVAL, Sermón del domingo después de la Octava de la Epifanía. En P. CORNELIO ALÁPIDE SJ, Comentario al Evangelio de San Juan, págs. 82-83.
jueves, 4 de abril de 2024
NO ES NECESARIO DEPONER A UN PAPA INCURSO EN HEREJÍA, PORQUE ÉL MISMO SE DEPONE DEL CARGO AL INCURRIR EN HEREJÍA
«El Papa es más grande en la Iglesia que un rey en su reino. Porque un rey recibe su poder del estado, pero el Papa recibe su poder no de la Iglesia, sino directamente de Cristo. Por ende, bajo ninguna circunstancia puede ser depuesto por la Iglesia, sino que solamente puede ser declarado que ha caído del Pontificado, si, por ejemplo, tuviera la oportunidad (no lo permita Dios) de caer en herejía pública, y por tanto, debería ipso facto dejar de ser Papa, sí, [él ipso facto debería dejar de ser] un creyente cristiano».
P. CORNELIO ALÁPIDE SJ. Comentario sobre San Mateo XVIII, 17.
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miércoles, 9 de agosto de 2023
NO CREER EN TODO LO QUE SE DICE EN LOS EXORCISMOS
«Dice San Eutimio: “Cristo nos enseñó a no creer nunca a los demonios, aun cuando lo que digan sea verdad. Porque como ellos aman la falsedad, y son hostilísimos hacia nosotros, nunca hablan la verdad sino para engañar. Ellos usan la verdad como si fuera un anzuelo”. Porque, como los mentirosos que son, ellos ocultan y disfrazan sus mentiras bajo color de verdad. Al comienzo dicen algunas cosas que son verdaderas, y después entretejen con ellas lo que es falso, para que aquellos que han creído a lo primero puedan creer también a lo último. Por esta razón San Pablo expulsó al espíritu pitónico que lo alababa (Hechos XVI, 18)» (PADRE CORNELIO ALÁPIDE SJ, Comentario sobre San Marcos I, 25).
viernes, 3 de diciembre de 2021
BERGOGLIO LLAMA “DEMONÍACO” AL EVANGELIO
Traducción de la noticia publicada en NOVUS ORDO WATCH.
Bergoglio causa confusión y desconcierto…
FRANCISCO BERGOGLIO LLAMA “DEMONÍACO” A UN PASAJE DEL EVANGELIO. ¿QUÉ QUISO DECIR?
Actualmente
en sus audiencias generales semanales, el pseudopapa argentino Jorge
Bergoglio (“Francisco”) predica una serie de catequesis sobre San José,
Padre nutricio de Cristo. Ayer 1 de Diciembre, él presentó esta tercera
entrega, bajo el título “San José: Hombre justo y Esposo de María”.
El
Vaticano ha hecho disponible el texto completo de la catequesis, tanto
en el original italiano como en distintas traducciones, de las cuales
solo vincularemos aquí la traducción al inglés [Acá la traducción al español, N. del T.]
- Audiencia General del 1 de Diciembre de 2021 (Italiano)
- Audiencia General del 1 de Diciembre de 2021 (Inglés)
La
mayor parte de lo que Francisco Bergoglio dice es solo una explicación y
comentario sobre San Mateo 1, 18-25, especialmente la crucial
revelación de que la Concepción de nuestro Santísimo Señor en el seno de
la Santísima Virgen María fue realizada milagrosamente por el Espíritu
Santo. Francisco Bergoglio luego empieza a hablar sobre la importancia
del amor maduro y lo contrasta con el mero enamoramiento. Así entonces,
ata a San José como un ejemplo de amor maduro.
Es
contra este contexto que súbitamente hace una desconcertante
consideración sobre un pasaje particular del Evangelio. A continuación
lo que dice, en su contexto:
«Queridos hermanos y hermanas, muy a menudo nuestra vida no es como la habíamos imaginado. Sobre todo, en las relaciones de amor, de afecto, nos cuesta pasar de la lógica del enamoramiento a la del amor maduro. Y se debe pasar del enamoramiento al amor maduro. Vosotros recién casados, pensad bien en esto. La primera fase siempre está marcada por un cierto encanto, que nos hace vivir inmersos en un imaginario que a menudo no corresponde con la realidad de los hechos. Pero precisamente cuando el enamoramiento con sus expectativas parece terminar, ahí puede comenzar el amor verdadero. Amar de hecho no es pretender que el otro o la vida corresponda con nuestra imaginación; significa más bien elegir en plena libertad tomar la responsabilidad de la vida, así como se nos ofrece. Es por esto por lo que José nos da una lección importante, elige a María “con los ojos abiertos”. Y podemos decir con todos los riesgos. Pensad, en el Evangelio de Juan, un reproche que hacen los doctores de la ley a Jesús es este: “Nosotros no somos hijos que provienen de allí”, en referencia a la prostitución. Pero porque estos sabían cómo se había quedado [devenido] embarazada María y querían ensuciar a la madre de Jesús. Para mí es el pasaje más sucio, más demoniaco del Evangelio. Y el riesgo de José nos da esta lección: toma la vida como viene. ¿Dios ha intervenido ahí? La tomo. Y José hace como le había ordenado el Ángel del Señor: de hecho, dice el Evangelio: “Despertándose José del sueño, hizo como el Ángel del Señor le había mandado, y tomó consigo a su mujer. Y no la conocía hasta que ella dio a luz un hijo, y le puso por nombre Jesús” (Mt 1,24-25). Los novios cristianos están llamados a testimoniar un amor así, que tenga la valentía de pasar de las lógicas del enamoramiento a las del amor maduro. Y esta es una elección exigente, que, en lugar de aprisionar la vida, puede fortificar el amor para que sea duradero frente a las pruebas del tiempo. El amor de una pareja va adelante en la vida y madura cada día. El amor del noviazgo es un poco —permitidme la palabra— un poco romántico. Vosotros lo habéis vivido todo, pero después empieza el amor maduro, de todos los días, el trabajo, los niños que llegan. Y a veces el romanticismo desaparece un poco. ¿Pero no hay amor? Sí, pero amor maduro. “Pero sabe, padre, nosotros a veces nos peleamos…”. Esto sucede desde el tiempo de Adán y Eva hasta hoy: que los esposos peleen es el pan nuestro de cada día. “¿Pero no se debe pelear?” Sí, se puede. “Y, padre, pero a veces levantamos la voz” – “Sucede”. “Y también a veces vuelan los platos” – “Sucede”. ¿Pero qué hacer para que no se dañe la vida del matrimonio? Escuchad bien: no terminar nunca el día sin hacer las paces. Hemos peleado, yo te he dicho palabrotas, Dios mío, te he dicho cosas feas. Pero ahora termina la jornada: tengo que hacer las paces. ¿Sabéis por qué? Porque la guerra fría al día siguiente es muy peligrosa. No dejéis que el día siguiente empiece con una guerra. Por eso hacer las paces antes de ir a la cama. Recordadlo siempre: nunca terminar el día sin hacer las paces. Y esto os ayudará en la vida matrimonial. Este recorrido del enamoramiento al amor maduro es una elección exigente, pero tenemos que ir sobre ese camino».
Las palabras subrayadas son las siguientes en el original italiano:
«Pensate, nel Vangelo di Giovanni, un rimprovero che fanno i dottori della legge a Gesù è questo: “Noi non siamo figli che provengono di là”, in riferimento alla prostituzione. Ma perché questi sapevano come Maria è rimasta incinta e volevano sporcare la mamma di Gesù. Per me è il passaggio più sporco, più demoniaco del Vangelo».
La frase “rimasta incinta” tiene que ser convertida en “había devenido embarazada” y no, como la traducción vaticana lo haría, “quedado embarazada”.
Últimamente,
las traducciones inglesas publicadas por el Vaticano han sido de
mediocre calidad, y con frecuencia son publicadas en forma prematura.
Con todo, esto no es de crucial relevancia aquí toda vez que sabemos lo que Bergoglio dijo en el original italiano, e incluso lo tenemos en vídeo (comienza en el minuto 18:12):
Ese es el vídeo para la versión italiana. Vatican Media
también publicó un vídeo con un audio en traducción simultánea al
inglés. Es suficientemente interesante que, justo antes de la
consideración controversial el traductor súbitamente se detiene (como si fuese incapaz de continuar, tal vez porque está estupefacto) y claramente lucha por retroceder:
En todo caso, las palabras de Bergoglio son problemáticas, perturbadoras y simplemente extrañas. ¿Por qué súbitamente introduce el concepto de prostitución y lo asocia con los escribas y fariseos en el Evangelio de San Juan?
El pasaje al que hace referencia es San Juan 8, 41. Demos un vistazo a este importante pasaje en contexto (el verso 41 está subrayado):
«Yo sé que sois hijos de Abraham; pero tambíen sé que tratais de matarme, porque mi palabra o doctrina no halla cabida en vosotros. Yo hablo lo que he visto en mi Padre: vosotros haceis lo que habeis visto en vuestro padre. Respondiéronle diciendo: Nuestro padre es Abrahán. Si sois hijos de Abrahán, les replicó Jesús, obrad como Abrahán. Mas ahora pretendeis quitarme la vida, siendo yo un hombre que os he dicho la verdad que oí de Dios: no hizo eso Abrahán. Vosotros haceis lo que hizo vuestro padre. Ellos le replicaron: Nosotros no somos de raza de fornicadores o idólatras: un solo padre tenemos, que es Dios. A lo cual les dijo Jesús: Si Dios fuera vuestro padre, ciertamente me amaríais a mí; pues yo nací de Dios, y he venido de parte de Dios: que no he venido de mí mismo, sino que él me ha enviado. ¿Por que pues no entendeis mi lenguaje? Es porque no podeis sufrir mi doctrina. Vosotros sois hijos del diablo, y así quereis satisfacer los deseos de vuestro padre: él fue homicida desde el principio, y criado justo, no permaneció en la verdad; y así no hay verdad en él: cuando dice mentira, habla como quien es, por ser de suyo mentiroso, y padre de la mentira» (San Juan 8, 37-44, Versión de Mons. Félix Torres Amat).
Al decir “Nosotros no somos de raza de fornicadores”, la afirmación de Bergoglio es que los judíos que discutían con Cristo Lo estaban acusando de ser hijo de fornicación. Pero no hay nada en el texto bíblico de San Juan 8 que sugiera esto. ¿Por qué Francisco Bergoglio llega a esto?
En este punto, uno solo puede especular. El Gran Comentario del padre Cornelio Alápide (1567-1637) califica de “lectura inflamatoria” el entendimiento bergogliano de este pasaje, aparentemente no compartido por la mayoría de los intérpretes:
«Orígenes, San Cirilo y Leoncio piensan que los judíos, enfurecidos con que Cristo dijera que ellos tenían otro padre distinto que Abrahán, para más señas un adúltero, implícita y tácitamente volvieron contra Él este reproche, como si dijeran: “Nosotros no somos hijos de un adúltero, pero Tú de hecho lo eres, porque Tu padre no es José, sino algún otro adúltero desconocido”. Por eso dice Orígenes: “Una respuesta atroz, sugiriendo oblicuamente que Cristo nació de adulterio”. Algunos fariseos, envidiando a Cristo, esparcieron el rumor entre el pueblo como una manera de minar el crédito y la autoridad de Nuestro Señor. Si esto es verdad, esta fue una atroz calumnia y blasfemia contra Cristo y la Santísima Virgen» [The Great Commentary of Cornelius à Lapide: The Holy Gospel according to Saint John (El gran comentario de Cornelio Alápide: El Santo Evangelio según San Juan), traducción por Thomas W. Mossman, revisión y complementación por Michael J. Miller (Fitzwilliam, Nueva Hampshire: Loreto Publications, 2008), págs. 345-346. Una edición alternativa con traducción diferente disponible aquí].
Sin embargo, si seguimos estrictamente lo que dice el texto, una interpretación mucho más natural sería que los judíos entendían que Nuestro Señor los acusaba a ellos de ser “raza de fornicadores” cuando dijo: «Vosotros haceis lo que hizo vuestro [verdadero] padre», esto es, no
de Abrahán, y luego ellos replican diciendo que no son “raza de fornicadores”. Aunque Nuestro Señor apuntaba a ello desde el comienzo, no es sino hasta el verso 44 que se hace explícito a qué Él estaba refiriéndose como su verdadero padre: «Vosotros sois hijos del diablo…».
Otra manera de entender el término “fornicación” que los judíos habrían encontrado correcta es la de idolatría,
que frecuentemente en el Antiguo Testamento designa como un tipo espiritual de adulterio o prostitución el ser infiel al Dios verdadero. Así se lamenta el profeta Jeremías: «Ya desde tiempo antiguo quebraste mi yugo, rompiste mis coyundas, y dijiste: No quiero servir al Señor. En efecto, en todo collado alto y debajo de todo árbol frondoso te has prostituido»
(Jeremías 2, 20). Y así los judíos pudieron enterer que Nuestro Señor los acusaba de idolatría, a lo cual replicaron que no lo eran, que en lugar de eso son hijos de Abrahán, el padre de los creyentes, y que adoran al Dios verdadero: «…un solo padre tenemos, que es Dios».
La pregunta que ahora se presentan es: ¿Por qué Bergoglio
lanza tan estrecha y específica interpretación de San Juan 8, 41 (el padre Alápide la llama “inflamatoria”; ver la pág. 346)? ¿Y por qué la menciona en el contexto de hablar sobre la castidad de San José y la virginidad de la Santísima Virgen? ¿Por qué quiere que la mente de sus oyentes incluso lleguen allí, a tan horrible blasfemia?
¿Tal vez Bergoglio ha leído demasiado el Talmud judío últimamente? Porque es un hecho que el judaísmo apóstata actual enseña de hecho que nuestro Santísimo Señor y Salvador Jesucristo fue concebido en circunstancias impías, por decirlo amablemente. El padre Justino Pranaitis
(1861-1917) expone la enseñanza blasfema del judaísmo actual en su libro de 1892 El Talmud desenmascarado.
Nos abstendremos de citar aquí esta bazofia infernal y simplemente remitiremos a las páginas 30-34 de dicho libro en el enlace anterior [páginas 31-35 en la traducción española, N. del T.]. Francisco Bergoglio es conocido por estar interesado en la literatura judía, así que la pregunta no es ilegítima.
Finalmente, no debe omitirse el aspecto más importante de todo el asunto: No solo Francisco Bergoglio arroja una interpretación peculiar de San Juan 8, 41 a sus oyentes no sin buena razón, él también usa la ocasión para luego decir que el pasaje evangélico es “demoníaco”. Tal manera de proceder es temeraria, por decir menos, si no por otra razón que suena impía y lleva a malos entendidos. ¿O quizá el “mal entendido” es lo que realmente intentó? Obviamente, uno nunca debería decir que un pasaje de la Escritura sea “demoníaco”. Por la lógica bergogliana, uno puede decir también que Génesis 3, 4 es “demoníaco” porque en él satanás intenta engañar a Eva diciéndola: «¡Oh! ciertamente que no moriréis». Pero eso no hace en sí mismo demoníaco al pasaje escritural. Por el contrario, el pasaje es la Palabra inspirada y santa de Dios describiendo o relatando un evento demoníaco.
¿Francisco Bergoglio simplemente busca desconcertar y confundir? Obviamente no sería la primera vez. Tenemos que recordar siempre que este pseudopapa es muy capaz de expresarse. Si él quiso decir
que lo que es demoníaco es la (alegada) acusación judía contra Cristo de ser “nacido de fornicación”, entonces él pudo haber dicho simplemente eso. Pero no lo hizo. En cambio, él dice que el demoníaco es el pasaje del Evangelio: «Para mí
es el pasaje más sucio, más demoniaco del Evangelio». Dados los antecedentes de Francisco Bergoglio, tenemos toda justificación para sospechar. Este hombre no titubea antes de insultar a Jesucristo, la Santísima Trinidad o a la Madre de Dios:
No olvidemos que Bergoglio denigró a la Virgen María en su primer año, cuando dijo:
«La Iglesia y la Virgen María son madres, ambas; lo que se dice de la Iglesia se puede decir también de la Virgen, y lo que se dice de la Virgen se puede decir también de la Iglesia. […] ¿Amamos a la Iglesia como se ama a la propia mamá, sabiendo incluso comprender sus defectos? Todas las madres tienen defectos, todos tenemos defectos, pero cuando se habla de los defectos de la mamá nosotros los tapamos, los queremos así. Y la Iglesia tiene también sus defectos: ¿la queremos así como a la mamá, le ayudamos a ser más bella, más auténtica, más parecida al Señor?» (Antipapa Francisco Bergoglio, Audiencia General, 11 de Septiembre de 2013).
¡Hablando sobre un pasaje demoníaco!
lunes, 28 de octubre de 2019
MES DE OCTUBRE AL SANTÍSIMO ROSARIO - DÍA VIGESIMOCTAVO
Tomado de El Rosario: Meditaciones para los 31 días del mes de Octubre,
de la autoría del licenciado Juan Luis Tercero. Publicada en Ciudad
Victoria, México, en el año 1894 por la Imprenta Oficial de Víctor Pérez
Ortíz. Imprimátur concedido el 12 de Marzo de 1894 por Mons. José
Ignacio Eduardo Sánchez y Camacho, Obispo de Ciudad Victoria-Tamaulipas
(actual Tampico).
Ahora es a la inversa; nuestras consideraciones vamos a ponerlas en los pensamientos y afectos de ese Hijo divino para con la asunción de su Santa Madre; así la entenderemos y amaremos mejor, y así de consiguiente entenderemos y amaremos mejor a nuestro Dios.
Comienza el Cántico de los cánticos, con que se celebran los galardones, los triunfos de la Madre de Dios. Todo lo que puede el amor decir de alabanza a la hermosura criada por ese amor; todo lo que puede Dios hacer, intentando lo supremo de los favores que Asuero quería hacer a su fiel subdito Mardoqueo, se hace en la asunción de la humilde María; todo lo que Salomón con la Madre suya, si Salomón hubiese sido Dios; todo lo que Asuero con la escogida Ester, si Asuero hubiese podido disponer de mejores dones, eso hace Jesucristo Dios, con la Madre de Dios, madre suya.
Tanto amó Dios al mundo, que le dió a su Hijo Unigénito; más que a ninguno del mundo, que a ninguno de los ángeles, amó Dios a la excelsa María; pues, ese Unigénito ciado al hombre y al ángel, se da principalmente a María.
«En mi Unigénito está todo mi amor», dice Dios Padre; pues, de una manera semejante dirá también: «todo mi amor está en esa humilde María, en esa Madre de mi Unigénito». El Espíritu Santo, amor del Padre y del Hijo, dice, pues, a Ella y por Ella a todas las almas sus escogidas: «Ven del Líbano, Esposa mía; ven, serás coronada». «Hija de Sión, toda eres hermosa y suave, como la luna hermosa, como el Sol escogida». «Como cedro en el monte Líbano te levantas, como ciprés en Sión, como mirra selecta has dado olor de suavidad, como cinamomo y bálsamo de perfume». «¡Qué hermosa eres, amiga mía y cuán bella eres; son tus ojos de inocencia y mansedumbre como de paloma!». «Miradla: ¿quién es ésta que se levanta como el sol, hermosa como Jerusalén? Las hijas de Sión la contemplan y la llaman dichosa, las reinas prorrumpen admiradas en su alabanza». «De rosas va circundada como en días de primavera, de lirios de los valles». «El Señor le ha prestado su ayuda, la ha llenado de gracia, con todo el favor de su semblante, jamás vacilará porque el Señor está con Ella». «María es llevada a los cielos; los ángeles se regocijan y todo es en alabanza del Señor».
¿Qué es todo esto sino la voz difusa de una gran palabra, la luz difusa de un gran luminar? «La llena de gracia», «la bendita entre todas las mujeres», «la que todas las generaciones llamarán dichosa»; esos tres encomios todo lo compendian.
El buen Dios, el Omnipotente, el Omniciente, amó a sus criaturas, amó al hombre; gran verdad, bendita verdad. Pero en las obras del Bueno, del Omnipotente, del Sabio, se reclaman lo sencillo y lo profundo, lo uno y lo vario. Es tan verdadero que Dios ama a los humanos, que nada menos una criatura humana puede entender dicho a sólo Ella, y a sólo Ella con singularísima aplicación, cuanto es aplicable a cualquier otro humano, a quien Dios dispense su amor y sus favores. Por eso los amorosos afectos y deliquios de Dios misericordioso, con verdad aplicables a todas las almas buenas y a cualquiera buena, lo son singularísima y únicamente en toda su plenitud a la única, a la escogida, a la predilecta María.
Con ésto, discurramos y admiremos, no sólo si en verdad ha habido asunción de María a los cielos, sino en ella el mayor triunfo que a humana criatura haya podido concederse. Ese Hijo de Dios, ese Verbo divino que tanto amor ha tenido a la Inmaculada y humilde, a la Dolorosa, a la magnánima, ¡con qué dádivas de amor y omnipotencia no la habrá colmado al resucitarla y hacerla subir en cuerpo y alma a los cielos! Cómo no la diría: «¡Madre perfectísima, Madre ameritadísima; yo todo lo puedo, yo todo os lo debo; pedid, que puedo daros, no ya como el hombre que es sólo hombre, que no puede donar, si es rey, sino la mitad de su reino y un reino en que todo cede a cuenta, peso y medida, sino mucho más; yo os doy todo mi reino, todo mi gozo; entrad a él, Madre mía. Ya no os diré sólo “mujer”, como en Caná y en el Calvario; ya no os argüiré como el día que me hallastéis en el Templo, ya de perdido; ya puedo deciros ahora: “Paloma mía, Inmaculada mía. Hermana mía, Esposa mía, y, sobre todo, Madre mía; que eso sólo si apenas lo insinué en mi Cántico de los cánticos, que hoy plenamente comienza en toda su gloria, oh humilde Madre de este verdadero Dios hombre”!».
Pensemos, amables lectores, si en equivalentes expresiones que en la otra vida sabremos en su exactitud deliciosa, ¿no sería este el lenguaje de los conceptos y afectos de Jesucristo glorificado para con la Santísima Virgen, el día luminosísimo de su asunción a los cielos? Y siendo esto así, ¡cuán hermoso aparece Dios en su amor al hombre y al género humano, a las almas buenas, y, por excelencia, a la Bendita entre todos los humanos, a la Reina de todos los buenos!
«Siendo la recepción de María en el cielo por su divino Hijo —dice el sabio apologista de Ella en este siglo— en razón de la que Ella le dispensó en la tierra, debía superar a la de todos los elegidos. Como María le ha recibido la primera, y de un modo inefable, en la Encarnación; también la primera, y de un modo inefable, ha debido ser recibida en su Asunción. No sólo le ha recibido Ella, sino le ha atraído, atraído por la humildad, la fe, la pureza, la caridad de su alma; y esta es la razón de por qué María debió ser atraída por un misterio especial de gracia y de gloria; y ha debido ser atraída, elevada en su cuerpo y en su alma, porque Ella le atrajo por su alma y su cuerpo. Ha debido llevar al cielo el sello sensible de su maternidad, que es el título de su belleza, el cuerpo en que concibió a Dios por el mayor de los prodigios. Ha debido llevar a la gloria el seno que ha llevado a Jesús en su humillación, que le ha alimentado en su infancia, a fin de ser honrado por los bienaventurados en su prerrogativa de Madre de Dios, como Jesús ha querido serlo en su título de Hijo del Hombre» (Juan Santiago Augsto Nicolás, La Virgen María y el plan divino, parte III).
Ese Hijo agradecido que, cuando la prueba, que cuando niño, que cuando pobre y cuando huésped, fue objeto de la más santa y meritoria recepción de su humilde Esclava, ¡cómo no será hoy el objeto de los agradecimientos del que agradece y paga toda buena obra, cuando esa buena obra de María es la más buena y excelente que darse pudiera en humana criatura y en criatura alguna! Hoy se ve lo que es Dios-hombre obligado, agradecido y dispuesto a pagar lo que debe: esta es la gloria de la Asunción.
«Ven, hácele exclamar a ese Dios un piadoso discípulo de San Bernardo, ven ¡oh, mi muy amada! Pues nadie en mi humildad ha dádome tanto como tú, a nadie como a ti quiero colmar de los bienes de mi gloria. Me comunicaste en mi Encarnación la naturaleza del hombre, y quiero comunicarte en tu Asunción la grandeza de Dios. Admitiste al Dios Niño en tu seno; recibirás al Dios inmenso en su gloria. Fuiste morada de Dios en su peregrinación; serás palacio de Dios en su reino. Fuiste la tienda de Dios mientras combatía; serás el carro de triunfo de Dios Vencedor. Fuiste lecho del Esposo encarnado: serás trono del Rey coronado».
¡Cuánto de virtudes y de dones no ha inspirado el Hijo en la Madre! Si hubiera de suprimirse el cielo como goce, y quedase y pudiese verse en sí mismo y no en sus efectos de gloria el mérito de la virtud y de sus buenas obras, ¿no fuera ya un mar inmenso, un cielo de belleza la de esos dones con que el Hijo ha enriquecido a la Madre Santísima? ¡Esa humildad, esa prudencia, esa discreción, esc callar, esa palabra oportuna, esa constancia, esa firmeza, esa dulzura, esa fortaleza, esa abnegación, esa magnanimidad, esa paz, esa paciencia, esa contrición, ese contento, esa alegría, esa fe, esa esperanza, esa caridad la más ordenada de todas, esa misericordia, de la que es constituida la Madre y la Reina!
Eso ha dado el Hijo a la Madre; a eso ha correspondido con el céntuplo la Incomparable… ¿En dónde estás, admirador de lo bello y arguyente de lo verdadero, que no proclames en la Asunción de la Reina de las virtudes a la Reina de todas las glorias?
Sí, Jesús Dios Nuestro, te saludamos, te felicitamos, te amamos, te glorificamos, te damos gracias por ese gozo de tu corazón con que das lleno a los deseos de tu agradecimiento a la Reina de todas las madres, en ese gran día en que asombras a los cielos por tu ternura y tu magnificencia de Hijo de la Virgen Santísima. Ahora vemos una vez más y la mejor de las veces, que no hay Dios como el Señor Dios Nuestro, el que habita en la altura y atiende a los humildes tanto como en la tierra así en el cielo.
Fe, esperanza, amor: eso es, oh Cristo, lo que te pedimos por la intercesión de aquella que tanta fe, esperanza y amor abrigó para ti. Danos esas tres dádivas para conocer y amar cada día más y más, por ti a tu dulce Madre y por ella otra vez a ti.
domingo, 27 de octubre de 2019
MES DE OCTUBRE AL SANTÍSIMO ROSARIO - DÍA VIGESIMOSÉPTIMO
Tomado de El Rosario: Meditaciones para los 31 días del mes de Octubre,
de la autoría del licenciado Juan Luis Tercero. Publicada en Ciudad
Victoria, México, en el año 1894 por la Imprenta Oficial de Víctor Pérez
Ortíz. Imprimátur concedido el 12 de Marzo de 1894 por Mons. José
Ignacio Eduardo Sánchez y Camacho, Obispo de Ciudad Victoria-Tamaulipas
(actual Tampico).
«Regocijémonos todos en el Señor, celebrando el festivo día en que honramos a la dichosa María Virgen, con cuya asunción se gozan los ángeles y cantan alabanzas al Hijo de Dios».
Esta es la voz de la Iglesia al celebrar la asunción de nuestra Reina, el gran misterio de su exaltación a las alturas después de pasar por el sepulcro, a semejanza de la ascensión de su Hijo Cristo resucitado.
Este gran misterio, principio de los triunfos definitivos de gloria de la Dolorosa, que, antes en su camino como el Mesías, ha bebido del amargo torrente, en gran manera interesa la ciencia y la piedad de los hijos fieles de esa Reina de la Iglesia, y guarda espléndida proporción de sabiduría y de amor con los otros misterios de nuestra amabilísima y dichosa Madre.
Sí; todo es armonía y magnificencia en esta maravillosa obra maestra del Dios de piedad: el portento de la Encarnación del Verbo reclama con el portento de la Concepción Inmaculada de la Madre de Dios, y el de la Inmaculada, con el de la divina Maternidad. Este reclama, a la vez, con el de la incomparable humildad de la Esclava del Señor y sus otras incomparables virtudes; pero tantas grandezas reclaman prodigiosos méritos posteriores que harán a la humilde a Inmaculada Madre Virgen, aptísima para algo superior a esas anteriores grandezas, la Corredentora de sus hermanos, la Madre incomparable del dolor. Mas, de aquí vendrá poderosísima razón para que la magnánima Reina de los mártires sea no menos la Reina, digamos así, de los resucitados, la triunfadora que en la victoria sobre la muerte tendrá el lugar primero después de su Hijo. Y estas magnificencias aún tendrán su coronamiento cuando la Escogida, la Unica, vaya a sentarse en ese “solio estrellado” en donde reinará para siempre a la diestra de su Hijo sobre todas las criaturas.
Pero entretanto, gocemonos en contemplar ese tránsito de la amorosísima paloma, ese tránsito de este valle de gemidos, más allá de las riberas de las aguas, exhalando virginal fragancia de sus vestiduras y rodeada de flores de rosal y lirios de los valles, como si fuesen días de primavera.
La muerte no ha ejercido en Ella imperio sino servicio de sierva obsequiosa; Ella ha languidecido de amor y ha enviado a decir a su Amado, que no difiriese más la hora del santo abrazo de su ternura; y aquél que amó a los suyos tanto y a su Predilecta sobre to dos, señaladamente la amó en el día en que la llamaba a su Reino y en que a ese reclamo de su Inmaculada, respondía: «levántate y date prisa, amiga mía, paloma mía, hermosa mía y ven, que ya pasó el invierno». «“En tus manos, Señor, contestó Ella, encomiendo mi espíritu”; cerró los virginales ojos y espiró», según frase acertadísima que textual copiamos de nuestra venerable escritora María de Ágreda.
Los apóstoles congregados de todas las partes del mundo rodean el lecho santo de la Reina, y el cielo ha descendido a la tierra en ese Cenáculo en que la sabiduría, la omnipotencia y la ternura del Padre, del Hijo y del Consolador, han obrado tantos prodigios. «Los ángeles entonan cánticos, ya próxima a espirar la Reina; los cánticos de Salomón y otros nuevos. Una fragancia divina y la música celestial se dejan percibir hasta de los extraños a la santa casa, moradores próximos a ella. Un resplandor admirable se deja ver por todos, y el Señor ordena que para testigos de esta nueva maravilla concurra mucha gente de Jerusalén que ocupaba las calles». Esto escribe nuestra venerable Maria de Ágreda; creemos a ella y no podríamos creer lo contrario; como que, aparte de lo respetable de tal testimonio de la humilde monja española, es todo ello eminentemente verosímil, por más que no conste en libro bíblico. Si de gran número de santos, cuyas vidas han concluido con esos prodigios, constan con certeza maravillas de conciertos celestiales, esplendores y fragancias, sobre todo tratándose de aquellos santos más humildes y empeñados en obscurecerse, ¿qué no habremos de tener por verosímil en grado eminente, tratándose de la Reina de la humildad y de la abnegación?
Esa alma incomparable, esa alma que á un santo conocedor de nuestra Reina, San Dionisio Areopagita, y a otro santo, Tomás de Aquino, por su inteligencia y sabiduría llamado “Sol de las escuelas”, esa alma de María ha parecido algo como infinito, es llevada a los cielos a tomar posesión de inmensa gloria, mientras que la ciudad de Jerusalén se conmueve toda y admirados concurren muchos confesando el poder de Dios y la grandeza de sus obras.
El cuerpo santísimo de la Hermosa queda en el sepulcro; llega el tercero día; Tomás, el apóstol incrédulo de la resurrección de Cristo, compurga ahora su antigua tardanza en creer; ha llegado después que la Reina fue sepultada; quiere consolarse con ver los sacratísimos restos y van a mostrársele. Esto no era más que un ardid del cielo para que la resurrección y asunción de la Inmaculada se revelasen a los ojos. El sepulcro está vacío, la Madre de Dios ha resucitado; y esto es muy reciente, porque hace pocas horas han cesado los cantos angélicos que perseveraban durante más de dos días que asistían los apóstoles velando en el sepulcro.
«Se ha hecho, pues, la Asunción de María Santísima a los cielos, los ángeles se alegran, y entre alabanzas bendicen al Señor», canta la Iglesia. «María Virgen ha sido transportada al tálamo celeste en que el Rey de los Reye s tiene su trono sobre las estrellas»; «al olor suavísimo que de ti exhalas, oh Señora, te seguimos apresurados con el alma; ¡cuánto amor inspiras a las doncellitas!». «Sublimada has sido, Santa Madre de Dios, sobre todos los coros de los ángeles, a los reinos celestiales». Cánticos son todos con que la Santa Iglesia Católica, en la gran fiesta de la Asunción, no cesa de hacer justicia a la Madre de Dios y al Hijo de esa Madre, y que en esa justicia jamás agotará las alabanzas debidas a tan gran Madre de tan gran Hijo, pues no sería tal Madre ni sería Dios tal Hijo, si la alabanza de ellos conociese términos o límites.
«Comienza hoy el cántico de los cánticos», palabras de la lección primera del Breviario, que en otras circunstancias fueran vulgares y sin importancia alguna; pero admirables y profundas en esta sublime oportunidad, porque nada menos es como si dijésemos: el gozo de aquellas palabras hechas por el Espíritu Santo para enamorar a las almas sus amadas, comienza hoy a ser ya pleno, imperecedero. «Béseme el Señor con ese beso celestial (así comienza el santo libro bíblico del Cantar de los cantares), que hace feliz al alma para siempre… Hágame entrar el Rey misericordiosísimo y santísimo a ese santuario de su caridad perpetua».
¡Oh Santísima Virgen, digna eres como el Cordero, de todo gozo y de gozo para siempre!
«Hoy, pues, vuelve a decir la Iglesia por los labios del elocuentísimo y santo Doctor San Juan Damasceno, el Arca santa y animada del Dios vivo, que concibió en sus entrañas a su Criador, descansa en el templo del Señor no construido por mano alguna; David canta a su Hija y los ángeles conciertan con él sus coros; los arcángeles la celebran, las virtudes la glorifican, los principados saltan de júbilo, conmuévense las potestades, regocíjanse las dominaciones, los tronos están de fiesta, los querubines la alaban y los serafines preconizan su gloria. En este día, el edén del nuevo Adán recibe a este Paraíso animado, en quien fue abrogada la condenación, plantado el árbol de la vida y cubierta nuestra desnudez».
«Hoy, la Virgen inmaculada, a quien no desfloró ningún afecto terrenal, y que vivió siempre con el pensamiento puesto en las cosas celestiales, no ha vuelto a la tierra; sino que, como era un cielo animado, la recibieron los astros celestes. En efecto, ¿cómo pudiera morir aquella de quien vino a todos la verdadera vida? Ella debió sin duda doblegarse bajo la ley que aquél mismo a quien engendró, sobrellevara, y como hija del viejo Adán sufrió la antigua sentencia (porque tampoco la esquivó su Hijo que es la vida misma); pero como Madre del Dios vivo, se elevó justamente a Él».
A esa Reina, por tanto, que va a ocupar el solio mayor que pudo ver el cielo para deificarla con sus favores y por medio de Ella favorecer al humano linaje, elevemos ya desde hoy cuantas peticiones reclamen nuestras necesidades; porque, como dice suavísimamente San Bernardo: «en María no puede faltar ni la facultad, ni la voluntad de hacer dádivas a los humanos. A la piedad de María no faltó nunca la fe, la gravedad a su palabra, la eficacia a su voto. No olvides encomendar a María cuanto te propongas ofrecer a Dios. María es la honra del Paraíso, el gozo del cielo. María es la Iglesia de la virginidad. La virginidad de María es mayor que la pureza de los ángeles. Pensando en María, no errarás; rogando a María, no desesperarás. Por María, el cielo ha quedado lleno, y el infierno vacío. En María puso Dios el sol y la luna, a Cristo y a la Iglesia. En María han encontrado los ángeles la alegría, los justos la gracia, los pecadores el perdón para siempre. En María, por María, de María, la benigna mano del Omnipotente, cuanto había criado lo ha vuelto a criar; sin María nada se ha rehecho, así como sin Dios nada se hizo; por manos de María pasa lo que Dios quiere darnos».
Entra a los cielos, ¡oh Reina! Adelántate, ¡oh bendita entre todas las criaturas, y comienza ya tu reinado! Ya te apiadarás de nosotros, que somos tus hermanos, y te pedimos humildemente que no nos dejes perecer.
sábado, 26 de octubre de 2019
MES DE OCTUBRE AL SANTÍSIMO ROSARIO - DÍA VIGESIMOSEXTO
Tomado de El Rosario: Meditaciones para los 31 días del mes de Octubre,
de la autoría del licenciado Juan Luis Tercero. Publicada en Ciudad
Victoria, México, en el año 1894 por la Imprenta Oficial de Víctor Pérez
Ortíz. Imprimátur concedido el 12 de Marzo de 1894 por Mons. José
Ignacio Eduardo Sánchez y Camacho, Obispo de Ciudad Victoria-Tamaulipas
(actual Tampico).
¡Reina del cielo, alégrate, hoy el prometido Espíritu del Señor llena toda la tierra.
Tu reinado, el reinado de tu Hijo por medio de ti, oh Santísima Virgen, ha comenzado ya. Lo que tu Hijo tendría de hacer, mas no podría hacerlo visiblemente al fundar su Iglesia, ya desde los días de Pentecostés, lo haces tú como una reina madre en la ausencia de su hijo, o como reina viuda, fiel a su real esposo. El Espíritu de Dios es enviado al mundo, pero no sin contar con tu cooperación; así como mediante ella fue enviado a encarnar en tu seno el Unigénito.
Al Evangelio basta una palabra para darnos a entender cuál era la importancia de ese ministerio, de ese reinado de la Virgen .Santa en esos momentos solemnes que siguieron a la Ascensión; elevado ya a los cielos el Nazareno, congregados los apóstoles, los demás discípulos y las santas mujeres en el Cenáculo, y próximo el Paráclito a descender sobre todos, la Inmaculada preside la dichosísima congregación; para caracterizar el valor sublime de esa gran Iglesia, al Evangelio, decimos, basta una palabra: «Todos perseveraban unánimes en la oración… con María, Madre de Jesús».
Esto quiere decir, a semejanza de lo que se afirmó del Verbo divino, «sin el cual nada se hizo», que sin María, nada se hizo. María preside a la Iglesia en el Cenáculo en su fundación, y esa presidencia todo lo explica. María en su humildad ocupa el lugar último en la narración de ese gran hecho, y ésto nada menos nos hace ver que ocupa el primero. San Bernardo lo observa desde luego con su dichosa elocuencia filial: «Humillándose María tanto más cuanto era mayor, no sólo entre todos sino en todo, con razón ha quedado colocada como primera, pues siéndolo tomaba para sí el lugar último».
Colocada así nuestra Reina, su verdadero ministerio es mayor de lo que parece, y como nota un gran sabio y piadoso cristiano de nuestro siglo: «María intervino y obró allá (en el Cenáculo) ejerciendo el mismo ministerio, la misma acción, que tendrá siempre en la Iglesia y que irá manifestándose más y más cada vez: en la obra de nuestra salvación, dice Guéranger, reconocemos tres intervenciones de María, tres circunstancias en que es llamada a unir su acción a la del mismo Dios. La primera en la encarnación del Verbo, que no viene á tomar carne en su casto seno, sino después que Ella ha dado su consentimiento con aquél solemne fiat que salva al mundo; la segunda, en el sacrificio realizado por Jesucristo en el Calvario, donde Ella asiste para participar de la ofrenda expiatoria; la tercera, en fin, el día de Pentecostés, en que recibe al Espíritu Santo, al mismo tiempo que los apóstoles, para poder emplearse eficazmente en el establecimiento de la Iglesia que se desarrolla bajo sus auspicios» (Juan Santiago Augsto Nicolás, La Virgen María y el plan divino, parte III).
Es necesario no dejarlo de ver, no desconocerlo, proclamarlo muy alto, porque es la verdad, verdad sólida, profunda, hermosísima, tan hermosa como un cielo, como un cielo único (non hujus creatiónis), grande como ninguno después del cielo de los cielos Jesucristo, y esta verdad es, que el silencio y el laconismo del Evangelio, después que se contenta con decir «con María, Madre de Jesús» tratándose de la gran inauguración, sea de los milagros de Jesucristo, sea de los milagros del Espíritu Santo, es silencio y laconismo de intención, divinamente pensado y calculado. El poco hablarse, el poquísimo hablarse de “la Madre de Jesús” en las bodas de Caná y en la Pentecostés, entraña todo un mundo de elocuencia, es todo un Evangelio, el Evangelio de María, de María Madre de Jesús, y por ende, Madre de Dios. Quien quiera deducir del número de palabras y no de su peso, a lo protestante, la importancia bíblica, evangélica, de una intención del Espíritu Santo, yerra diametralmente, yerra infinitamente. La importancia de la mención de María como Madre de Jesús, en Caná y en la Pentecostés, no es menor que la de un Evangelio, es tanta como la de ser Madre de Dios, en comparación de lo cual, después de Dios y de la humanidad de su Hijo, queda inferior todo cuanto puede haber de grande e importante.
Así, pues, el ministerio de María en el Cenáculo al descender el Espíritu Santo, a fundar y vivificar su Iglesia, es tan real y grande, como al descender a su vientre inmaculado el Verbo divino a encarnarse. Aquel fiat de Nazaret para la Encarnación, tiene intima correspondencia con otro fiat que ha hecho descender al Santificador: «La cooperación de Nuestra Virgen con el Espíritu Santo en la Encarnación del Hijo de Dios, dice el gran sabio que hemos citado, reclama igual cooperación en el Cenáculo de Jerusalén para la manifestación de tan elevado misterio. En Nazaret presta a Dios su casto seno, y en él obra el Espíritu Santo la Encarnación del Verbo: en Jerusalén proporciona a la Iglesia el testimonio de este misterio, y el Espíritu obra sobre la inteligencia de los apóstoles para que lo entiendan. En Nazaret el Espíritu Santo desciende sobre Ella, y por su testimonio conviértese en Madre de nuestra fe». «Tu voz, oh María, exclama un antiguo intérprete (esa misma voz que, en la Visitación, llenó a Isabel del Espíritu Santo y del conocimiento de la maternidad divina), ha sido la voz del Espíritu hablando a los apóstoles, de suerte que cuantos misterios necesitaban complemento, confirmación o testimonio, les han sido aclarados, desarrollados y confirmados por tu boca sacratísima como fiel intérprete de este Espíritu de Verdad».
Maestra nuestra, diremos a tan esclarecida Señora, ¿qué te falta para que seas la dichosísima, la más semejante a nuestro Jesús y a nuestro Paráclito? Esa tu advocación de Reina de los apóstoles, es la de nuestra Preceptora, Instructora, Maestra y Reveladora, y una vez más se ilustra que hay razón en saludarte como Destructora y Vencedora de todas las herejías.
Mas el Espíritu Santo, nuestro amadísimo Consolador ha traídonos no sólo la verdad sino la caridad, difundiendo esa en las mentes, ésta en los corazones, y ¿quién coopera tanto como tú en esa difusión de la Verdad y de la Caridad, oh Maestra de toda verdad y ejemplar de toda caridad?
Esa verdad santa, de la que se dijo (Sabid. cap. VII vers. 22) que es espíritu de inteligencia, único, múltiple, limpio, sin mancha, suave, penetrante, sutil, que todo lo ve, ¿en qué grado no la recibiría nuestra Reina para comunicarla después a sus hijos? Y esa caridad santa de la que se dijo (I Corintios, cap. XIII) que era sufrida, que era benigna, sin emulación; que no obra precipitada ni temerariamente, ni se ensoberbece; que no se irrita ni piensa mal, ni se goza en lo malo y se congratula de toda verdad; que cree todo lo bueno y todo lo espera y lo soporta, ¿en qué grado no se daría a la Inmaculada Madre del Nazareno por el celeste Esposo de Ella, dador de todos los dones, para hacer de ellos partícipes a sus apóstoles?
Ninguno, pues, como la Madre de la Verdad y del Amor hermoso, recibió para sí y para nosotros tantos dones en la Pentecostés; ninguno cooperó tanto como nuestra Madre; cuanto nosotros podríamos decir en aspiración de esos dones magníficos, para merecerlos y recibirlos, o en agradecimiento de ellos después de recibidos, lo elijo y de una manera que a toda criatura excede infinitamente: «Ven, Espíritu Criador, visita nuestras almas, llena con tu celeste gracia estos corazones que tu criaste. Haz brillar la luz a nuestros sentidos, infunde el amor en nuestros pechos y conforta nuestra flaqueza con la virtud de tu fortaleza. Vuélvenos la alegría de tu Salvador y confírmanos con tu Espíritu Santo».
Esas voces de alabanza y de buena nueva con que los dichosos moradores de Sión, hijos de María, se expresan en todos los idiomas y muestran y derraman en otros los dones recibidos de lo alto, son la efusión de esa plenitud, así como lo fue cuando la Santa Virgen prorrumpió en otro tiempo en su inmortal «Magníficat». Ahora ese “Magníficat” se renueva; ¡qué gozo el de nuestra Reina! ¡Qué agradecimiento! ¡Qué embeleso en semejantes triunfos del Padre Omnipotente, del dulcísimo Unigénito, del Consolador Espíritu eterno de Caridad! «Glorificad al Señor, porque es bueno, porque es eterna su misericordia», canta la Reina, arrasados en lágrimas los ojos, que vuelve con grande misericordia a todos esos convertidos, no menos que a sus conversores, a ese Pedro, a ese Juan, a esos dos Santiagos, a ese Felipe, a ese Bartolomé, a esos Persas, Medos y Elamitas, Asirios y Griegos, Egipcios, Libios y Romanos, tanto judíos como prosélitos, cretenses o árabes, primicias abundantes y variadas de la nueva grande Iglesia.
«Haced todo lo que os ordenare», dijo la Santa Madre de Dios en las bodas de Caná a los que no tenían vino, refiriéndose a su Hijo. «Hablad lo que os inspirare», dirá hoy la Inmaculada Reina a los apóstoles, refiriéndose al Espíritu Santo. Pedro levantará su voz, «voz del Señor sobre muchas aguas», después que el Señor ha tronado en lo alto, y el nombre de Jesús el Nazareno, el nombre de Jesucristo, es proclamado con valentía por aquel tímido apóstol que a la voz de otra mujer había negado cobardemente a su Dios y Señor; el atentado sacrilego de los matadores del Santo Hijo de la misericordiosa Madre, es reprochado por San Pedro con reconvención fraterna y tiernísima de perdón; y la salvación de tantos verdugos, se obra en esos dichosos momentos. La hora de los triunfos ha llegado, y el asombro de prodigios mayores que de muertos resucitados, de soles obscurecidos y de lunas enrojecidas como de sangre, el asombro de prodigios de arrogantes judíos, fariseos y publícanos derramando lágrimas, anuncia que al fin hay algo muy grande y del todo divino en esa Cruz desde la cual como en un trono se propuso reinar Cristo.
Pensad, hermanos nuestros, los que amáis con nosotros a la dulce Madre de Jesucristo, qué sentiría la Señora ante esas palabras del Jefe de la Iglesia. No podéis pensar sino que son dictadas al apóstol por la intercesión de esa Esposa del Espíritu divino. Así como en Caná, cuando sucede el prodigio del agua convertida en vino, la Señora a quien se debe, calla humildemente, así ahora la Reina se oculta de suerte que toda la gloria de tan insignes conversiones sea para Pedro, y sobre todo, para Dios: «non nobis Dómine, non nobis, sed nómini tuo da glóriam».
«Haced penitencia», responde el Príncipe de los. apóstoles a los nuevos conquistados del gran Rey, y la Reina inspirará en sus corazones ese dolor que una vez sentido cautiva de amor para siempre, arranca lágrimas de ternura y hace hoy saltar de regocijo los huesos antes quebrantados por el tedio de la incredulidad y del crimen. La Misericordiosa unirá a los recuerdos de David penitente, las emociones de actualidad, viendo una vez más en María, la pecadora María Magdalena, las lágrimas de otros días, lágrimas que fueron el encanto de la Inmaculada como lo fueron de su inmaculado Hijo.
Por fin, en ese gran día para siempre memorable de Pentecostés, se inauguraba ese registro numerosísimo, incontable de conversiones, de lágrimas, de rendimientos de corazones quebrantados, a la vez que por el dolor dichosísimo de la penitencia, por el amor ternísimo y agradecidísimo del que es perdonado.
La Reina de la Misericordia inauguraba allí su imperio; la Humilde, la Magnánima, la Clemente, podía recibir ya las deprecaciones de todos aquellos, como las iba a recibir sin interrupción de allí para lo sucesivo en todos los días, en todas las horas de un porvenir que aún dura y que no acabará sino con los siglos. Ea, Señora, abogada nuestra, ruega por nosotros para alcanzar el perdón de Jesús, de ese fruto bendito de tu vientre.
Allí en ese día y en ese Cenáculo, estábamos presentes a tus ojos, oh Santísima Virgen, todos los hijos de tu dolor. Haz que la meditación de tan dulces acontecimientos nos arranque, al fin, de todo trato con el espíritu del mal, de toda mala inclinación, de todo gusto depravado y nos afirme en el propósito de ser todos de María para Jesucristo, que con el Padre y el Espíritu Santo sean hoy y para siempre jamás, nuestro amor y nuestro gozo. Amén.
viernes, 25 de octubre de 2019
MES DE OCTUBRE AL SANTÍSIMO ROSARIO - DÍA VIGESIMOQUINTO
Tomado de El Rosario: Meditaciones para los 31 días del mes de Octubre,
de la autoría del licenciado Juan Luis Tercero. Publicada en Ciudad
Victoria, México, en el año 1894 por la Imprenta Oficial de Víctor Pérez
Ortíz. Imprimátur concedido el 12 de Marzo de 1894 por Mons. José
Ignacio Eduardo Sánchez y Camacho, Obispo de Ciudad Victoria-Tamaulipas
(actual Tampico).
«¡Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo!» «El Espíritu del Señor ha llenado el mundo universo… Aleluya. Levántese Dios y sean disipados sus enemigos, y huyan de su presencia los que le aborrecen».
«Oh Dios, que has iluminado con la luz del Espíritu Santo los corazones de los fieles, concédenos el sentir rectamente en ese mismo Espíritu y el gozar siempre de sus consuelos. Por Jesucristo Nuestro Señor».
«¡Cuán bueno y suave es, oh Señor, tu Espíritu en nosotros!».
Este es canto y oración de la Santa Iglesia en la gran fiesta del Pentecostés o cuando invoca en especial misa al Espíritu Santo.
Este misterio, objeto de la fe y del amor para incipientes y para perfectos, es, como todos los del símbolo católico, admirable. La economía de su manifestación, de su preparación, revelación y dispensación, toda es sabiduría, bondad, misericordia y caridad eterna.
«Tanto amó Dios al mundo, que le dio a su Hijo Unigénito», dice el Evangelio. También podemos decir: «Tanto amó Dios al mundo, que le dio a su Espíritu Santo». «Tanto amaron al mundo el Padre y el Unigénito, que le dieron a su Espíritu Santo».
El Padre nos crió, el Hijo Verbo de Dios nos redime, el Espíritu Santo nos santifica y glorifica. Las tres altísimas personas verdaderas y distintas, son una sola y misma divinidad, una misma esencia divina. En Jesucristo, mediador de ellas, Verbo hecho hombre, la Divinidad se ha hecho en cierta manera visible por la operación teándrica de su humanidad en beneficio de los mortales, que no entramos todavía por la muerte en el gozo del cielo. Pero si en las tres divinas personas hay distinción, no hay separación; y, así mismo, si en las obras suyas hay distinción no hay tampoco separación.
A semejanza de esta distinción y unidad, Dios quiere la cooperación nuestra en la adquisición de la salvación y recompensa. «Quien te crió sin ti no te salvará sin ti, decía San Agustín. Cooperación no sólo de fe, sino de obras; no sólo de fe para con el Legislador y Juez, para con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, para con el bautismo, la remisión de los pecados y la vida eterna; no sólo de fe sino también de obras; porque, dice Jesucristo: “si me amáis guardad mis mandamientos, y yo rogaré al Padre y él os dará otro Consolador para que permanezca con vosotros por siempre” (San Juan XIV, 16)».
Y a la vez que quiere Dios de nosotros esa doble cooperación, quiere de parte de su alta Majestad, no menos, la gradual manifestación y dispensación de sus inmensos favores, gradación misteriosa y soberanamente razonable, porque resplandece en ella el prototipo del Ser divino, de las Relaciones divinas. El Padre es el principio, el Hijo el medio, el Espíritu Santo la consumación; el Padre obra por el Hijo con el Espíritu Santo; Dios o Dios Padre se difunde en el Hijo por el Espíritu Santo en su Iglesia, en sus escogidos. Y todo vuelve a la unidad de donde salió y en todo hay que exclamar con efusión de fe, de amor, de esperanza, de santo temor y de agradecimiento: «Digno es el Cordero, que ha sido sacrificado, de recibir alabanzas dignas de Dios… alabanzas de gloria y de bendición» (Apoc. V).
«Bendigamos al Padre y al Hijo con el Espíritu Santo; alabémosle y ensalcémosle por todos los siglos»; gracias a ti, oh Dios, gracias oh verdadera y una Trinidad, una y suma Deidad, Santa y una Unidad.
Estos son los esplendores, estos los afectos de ese gran día, de esa gran obra de la Pentecostés. «No os separéis de Jerusalén, ha dicho en el último convite á sus discípulos el que va a ascender en triunfo a sentarse a la diestra de su Padre; esperad ahí el cumplimiento de la promesa, el bautismo del Espíritu Santo, para no muchos días después de ahora». Y esto ha sucedido al cabo de diez días, de diez días santamente ocupados en guardar los mandamientos, los diez mandamientos del Señor, como observa algún intérprete (Hesiquio), ocupados en la oración, en la concordia y caridad de Dios y del prójimo, presididos, gobernados por el humildísimo ascendiente de la discreta y animosa Madre del Verbo y Esposa del Paráclito.
Venían los días de las primicias del nuevo trigo, se contaban ya después de la muerte de Jesús, cincuenta días para la publicación de la ley de amor y de gracia, como se contaron cincuenta después de la Pascua de Egipto hasta el día del Sinaí. Perseveraban en oración esos dichosísimos fieles, y el ya invisible Jesucristo, envía en forma visible al otro Consolador. Oímosle ya en voz como de trueno o viento impetuoso y vémosle en forma como de lenguas de fuego. Las profecías de Isaías y de Joel se cumplen con admirable originalidad. El don de hablar todas las lenguas y el aliento para confesar a Jesucristo resucitado y glorioso, transforma a la pequeña grey. Jesucristo cumple y confirma cuanto tiene anunciado y solemnemente repetido: «Amadme, guardad mis mandamientos. Yo rogaré al Padre y os dará otro Paráclito para que permanezca con vosotros para siempre, el Espíritu de Verdad que el mundo no puede recibir… No os dejaré huérfanos, vendré á vosotros… El que me ama será amado por mi Padre y yo le amaré y me le manifestaré».
La gran promesa del Dios de los siglos y del Hijo de Dios, hoy se cumple en los apóstoles y en los ciento veinte fieles del Cenáculo; y ya luego en los tres mil que San Pedro inflama en el mismo fuego del Espíritu Santo, y así como incendio que cunde a todas partes, en muchos fieles de la Judea y de Samaria y de todas las naciones hasta el fin de los siglos.
Con qué efusión alzaría el canto esa nueva Iglesia, alentada por la magnánima Virgen Madre: «Alabad al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia. Alabad al Señor todas las naciones, alabadle todos los pueblos».
El Dios de misericordia y paciencia, fuerte y suave en la dispensación de sus obras, con ese modo sapientísimo y reclamado por la naturaleza misma del hombre, todas las maravillas de la Pentecostés pudo haberlas hecho antes, en el mismo día de la muerte del Redentor, o en el de la Resurrección. Pero no es eso lo que la humana y tarda inteligencia nuestra entendería, contemplaría ni agradecería sin un milagro innecesario y discordante, con el orden general de sucesión de tiempo en el desarrollo de la Creación, de la Redención, Santificación y Glorificación.
Así, pues, como nuestro Jesús podía decir y dijo: «Las obras que hago no son mías, sino de mi Padre»; así también podía decirse del Espíritu Santo: la obra de la Pentecostés es hecha por Jesucristo en el Espíritu Santo. Por eso del Padre se pudo decir (usque modo operátur) que «no cesa de obrar», y del Espíritu Santo, que permanece en la Iglesia rigiéndola y vivificándola («Manébit apud vos». «Dóminum et vivificántem»); y del Verbo humanado se dijo por el contrario: que «pasó haciendo el bien».
Si Jesucristo por su santa humanidad se adapta tanto a hacernos más inteligible y por ende más amable la bondad infinita del Padre, no menos predisponemos para hacer más inteligible y amable al hermosísimo, amorosísimo y dichosísimo Espíritu Santo. Amar, pues, al Espíritu Santo, es amar á Jesucristo y al Padre. Y así como es debido y hermoso alegrarse y amar el santo día de la Resurrección, lo es entregarse á tan felices afectos con el gran día del Espíritu Santo, cual si fuese de otro Jesucristo y, mejor, del mismo Jesucristo en la persona de otro que con él es un solo y mismo Dios.
Con razón, pues, el Crisóstomo dice con su poderosa elocuencia, de ese gran día: «Hoy la tierra se nos ha hecho cielo, no porque de los cielos bajasen las estrellas a la tierra, sino por haber ascendido los apóstoles a los cielos; porque se ha derramado copiosa gracia del Espíritu Santo y a todo el Orbe lo ha hecho cielo, no mudando su naturaleza, sino enmendando su voluntad. Ha encontrado a un publicano y lo ha hecho evangelista; ha encontrado a un perseguidor y lo ha mudado en apóstol; ha encontradoaá un ladrón y lo ha introducido en el paraíso; encontró a una meretriz y la hizo igual a las vírgenes; encuentra magos y los cambia en evangelistas; ha puesto en fuga a la malicia, ha introducido la benignidad, ha exterminado la servidumbre, ha introducido la libertad, ha perdonado la deuda, ha derramado la gracia de Dios. Por eso la tierra se ha vuelto cielo y esto no dejaré de decirlo cuantas veces pudiere» (En Cornelio Alápide).
Obra del Padre es la misión de Jesucristo, obra del Hijo la infusión del Espíritu Santo, por la salvación de los hombres; y, todo, obra de Dios. Otro Jesucristo es, pues, el Espíritu Santo; oigámoslo de San Agustín: «Cuánta, dice, cuán inefable es la piedad del Redentor. Introdujo al hombre en el cielo y envió a Dios a la tierra. Cuán grande es el cuidado del Autor por la restauración de su hechura. Pues he aquí que de nuevo se nos envía de las alturas otra Medicina; he aquí que de nuevo la Majestad se digna visitar por sí misma a sus enfermos. He aquí que de nuevo las cosas divinas se nivelan con las humanas, esto es, el Vicario Sucesor del Redentor viene entre nosotros a consumar con la virtud peculiar de su Espíritu Santo, los beneficios comenzados por el Salvador; lo que uno redimió, el otro santificará; y lo que aquél adquirió, éste cuidará y conservará» (En Cornelio Alápide).
Es tan cierta esa hermosa verdad, que, como es de notarse en ese pasaje, San Agustín al Espíritu Santo le llama “Vicario”, esto es, Sucesor de Jesucristo; pues el Espíritu Santo quiso descender al mundo para imitar la venida del Verbo, esto es, de Jesucristo, y completar su empresa y sus hechos. Por lo que, la venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles, fué semejante al descenso de Jesucristo al mundo, esto es, a su Encarnación:
- «Primero. En cuanto a la substancia, porque así como la susbtancia del Verbo desciende a la carnc, así el Espíritu Santo desciende substancialmente a los apóstoles;
- Segundo. En cuanto al modo, porque así como el modo de la Encarnación fue la unión hipostática, así la hipóstasis del Espíritu Santo se unió a los apóstoles de un modo semejante; el Verbo encarnado fue como el fuego en el carbón, el Espíritu fue como fuego que se posaba en los apóstoles;
- Tercero. En cuanto a la causa, que fue el amor inmenso y divino por el que el Espíritu Santo, lo mismo que Cristo, descendieron para beneficio de los hombres, y esto, substancial y personalmente;
- Cuarto. En cuanto a las propiedades, porque así como por la Encarnación del Verbo, Dios se hizo hombre y en cierta manera el hombre se hizo Dios, de una manera semejante con el Espíritu Santo hay una comunicación de idiomas entre Él y los apóstoles, por la cual, así como de los apóstoles se dice que quedaron hechos espirituales, santos, divinos por el Espíritu divino y santo que recibieron, así el Espíritu Santo se dice apóstolico, profético, doctor, predicador;
- Quinto. Y finalmente en cuanto los frutos y efectos: el Verbo encarnado nos limpió de los pecados, nos iluminó, nos dio toda gracia, nos perfeccionó, nos hizo dichosos y nos condujo a la gloria eterna; así en todo, el Espíritu Santo» (En Cornelio Alápide).
Así como la gloria del Padre no deja de ser proclamada: «Señor, Señor Dios Nuestro, ¡cuán admirable es tu nombre en toda la redondez de la tierra!». La gloria del Hijo lo es también solemnísimamente: «¡Bendito el que viene en el nombre del Señor, hossana en las alturas!». Así igualmente la gloria del Paráclito: «el Espíritu del Señor ha llenado toda la tierra; hossana, alleluya»; Gloria al Padre, gloria al Verbo, gloria al Paráclito; «os alabamos, os bendecimos, os adoramos, os glorificamos; gracias os damos, Trinidad Santísima, por la dignación con que os habéis apiadado de nosotros y mostrádonos tanta gloria; Señor Dios Rey celestial, Dios Padre Omnipotente, Señor Jesucristo Hijo Unigénito; Señor Dios, Cordero ele Dios; Tú sólo eres altísimo, oh Jesucristo, con el Espíritu Santo, en la gloria del Padre».
Dichosa Creación de nuestro buen Padre celestial, dichosa Redención de nuestro buen Rey Jesucristo, dichosa venida, dichosa consolación, dichosa santificación de nuestro buen Espíritu de amor y de caridad eterna.
¡Oh Santísima Trinidad! y Tú, obra perfectísima suya, Hija del Padre, Madre del Hijo y Esposa del Paráclito, ruega por nosotros para que entendamos y amemos el gran dón del Espíritu Santo, que con el Hijo y el Padre es el amor y bien para el que hemos sido criados, redimidos y santificados.
jueves, 24 de octubre de 2019
MES DE OCTUBRE AL SANTÍSIMO ROSARIO - DÍA VIGESIMOCUARTO
Tomado de El Rosario: Meditaciones para los 31 días del mes de Octubre,
de la autoría del licenciado Juan Luis Tercero. Publicada en Ciudad
Victoria, México, en el año 1894 por la Imprenta Oficial de Víctor Pérez
Ortíz. Imprimátur concedido el 12 de Marzo de 1894 por Mons. José
Ignacio Eduardo Sánchez y Camacho, Obispo de Ciudad Victoria-Tamaulipas
(actual Tampico).
Para contemplar y aprovechar el misterio de la Ascensión gloriosa del Verbo humanado a los cielos, nada puede ayudarnos tanto como el entenderla, amarla y glorificarla en esa bienaventurada Madre de ese Rey que asciende a los cielos.
Una vez más lo diremos, y ahora con más especialidad que en los otros misterios: si queremos entender y glorificar mejor a Jesucristo, Verbo de Dios, resucitado y triunfante, volviendo al seno de su Padre, esforcémonos en contemplar a la insigne Madre suya, a la siempre bendita Madre de Dios; en contemplar sus pensamientos y sus afectos en este altísimo misterio, como el modelo perfectísimo al que asemejar nuestros pensamientos y afectos.
Esos cuarenta días que siguen a la Resurrección y que preceden al gran día de la Ascensión, este día solemnísimo, esos otros diez que terminan en la venida del Espíritu Santo, en los que la dichosa Madre no ha cesado de entonar himnos de agradecimiento y alabanza, preséntanse a nuestra consideración llenos de claridad, de esperanzas y de amor, siempre a la vista, bajo las influencias y los auspicios de nuestra Reina, consolada ya de los rigores del invierno y de la tempestad ya alejados de la pasión de su Hijo, iluminada ya con la luz del sol de primavera y con el aspecto de los campos floridos y el halago de la voz de ternura de las tórtolas.
¡Quién nos diera ver más allá de ese velo que cubre con la palabra santa del Evangelio la gran ciencia, la gran luz, los sobrenaturales afectos de esa época segunda de los cincuenta días que siguen a la resurrección del Verbo humanado! Para que la fe, la esperanza y la caridad perfecta de Dios viniesen a reinar en los corazones de los fieles del Nazareno, era menester que cesasen esas comunicaciones sensibles que en cierta manera lo impedían. Pero lo que en todos los fieles era de esa manera necesario, en la Immaculada no lo era sino de otra. En aquellos lo era para pasar de lo imperfecto a lo perfecto; en la Inmaculada no lo era sino para el tránsito de lo perfectísimo en un género a lo perfectísimo en otro género superior; de un orden de plenitud de gracia a otro orden superior de plenitud de gracia también, a semejanza de lo que de una manera suprema sucedió con los progresos, por decirlo así, en los méritos de la absoluta plenitud de gracia de Nuestro Señor Jesucristo.
La santa alegría, la efusión de ese consuelo con que se serenaron esos mares de amargura de la Reina de los dolores, y se le dio de gozo cuanto se le había dado de padecimiento, formaron como un anticipado edén para la Reina del cielo en esos días, ya la contemplemos en el Cenáculo, ya en Betania en la casa de Marta y de la Magdalena, ya en el Templo al cual los apóstoles no dejaban de asistir, como nos lo muestra la historia bíblica de sus hechos. Cristo encarnado, Cristo recien nacido, Cristo recobrado en otro tiempo en medio de los Doctores, y hoy Cristo depositado en un sepulcro nuevo, Cristo resucitado y como nuevamente nacido y recobrado después de una pérdida luctuosísima de tres días, eran un sapientísimo paralelo, digno sólo de la inventiva, digámoslo así, del eterno consejo de Dios, a cuya comtemplación la Reina de la sabiduría se entregaba gozosa, como sin duda tenemos razón en discurrirlo.
¡Qué gozo en aquellos otros días de los primeros favores de la soberana dignación del Padre celestial! Mas a aquel gozo no había precedido ni el dolor, ni el mérito tan grande como al gozo de ahora. En el gozo de aquellos días había una tristeza, una tempestad de luto en perspectiva; en el gozo de ahora no hay ya esos temores y sólo sí la perspectiva de días aun más felices, cuando la Reina sea llamada de este mundo a sentarse a la diestra de su Hijo en el trono de su gloria.
En estos grados, en estas ascensiones de los afectos del corazón nuestro y del de nuestra Reina, de lo santo a lo más santo, está el por qué de esas enseñanzas y exhortaciones de ternura del divino Maestro a sus apóstoles, en la noche de la última cena: «No se turbe vuestro corazón; aunque me fuere, voy a prepararos lugar y he de volver a vosotros. No os dejaré huérfanos; he de volver a vosotros mi paz os dejo, mi paz os doy… no se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo… si me amaseis os gozaríais de que vuelva a mi Padre». En tales enseñanzas, decimos, entendidas y aprovechadas perfectísimamente por nuestra Reina, aun cuando dictadas a imperfectos y aun pecadores como lo fueron los apóstoles y primeros discípulos del divino Maestro, y más lo somos nosotros, en esas enseñanzas, tomemos por maestro y modelo a la Madre de la misericordia.
Contemplemos a ese gran modelo de los que creen y de los que aman; contemplemos a la inmaculada Reina, meditando en su corazón las magnificencias de la santísima Eucaristía, vida oculta pero real y verdadera, vida silenciosa pero afectuosísima de Jesucristo en la tierra, vida perpetua hasta la consumación de los siglos, en que la santa casa de Dios en la tierra, la santa familia de Dios, su Santa Iglesia, guardan, alaban, adoran, agradecen y glorifican, se alientan y se vivifican con ese pan del cielo que da la vida al mundo. Nuestra excelsa Reina, compara los días aquellos de su casa de Nazaret, en que ese mismo pan de vida figuró en su hogar, con lo que después de su resurrección sería el reinado de Jesucristo en la santa Eucaristía. ¿Qué haríamos los hombres, mientras llega el día de la eternidad, si no tuviésemos acá en la tierra algo divino y a la vez adaptable a nuestros sentidos, que no pueden amar sin ver con los ojos carnales? ¿Qué haríamos sin esa invención divina de la Eucaristía, que tanto exaltaba el corazón agradecido de Isaías y de Zacarías? (Notas fácite in pópulis ad inventiónes ejus). «Divulgad esto por toda la tierra. Sacaréis agua con gozo de las fuentes del Salvador. Dad gracias al Señor e invocad su nombre: anunciad a las gentes sus designios» (Isaías). «Mas, ¿cuál será el bien venido de él, y lo hermoso que de él nos vendrá; sino el trigo de los escogidos, y el vino que engendra virgenes dando la castidad?» (Zacarías).
La gran Reina contemplaba todo esto, lo entendía su gran ciencia, lo agradecía su Corazón afectuosísimo y lo colmaba con sus himnos humildísimos y sublimes de alabanza: «se ocultará de nosotros, volverá a su Padre, pero con nosotros quedará; todo sabrá hacerlo maravillosamente, todo lo podrá eficacísimamente, el que es Misericordioso y Poderoso», diría la excelsa Señora, y entonaría de nuevo a la luz de más portentosa inteligencia, al calor de más profundo amor, anonadada en su nunca desmentida humildad y transportada y Sublimada en su siempre sostenida piedad: «Mi alma glorifica al Señor, y mi espíritu se llena de gozo al contemplar la bondad suya… no cesarán de llamarme bienaventurada todas las generaciones».
En estos sentimientos, en estas miras de nuestra amada Reina, entremos sus fieles hijos para ilustrar nuestra ignorancia y sanar de. nuestros pecados. Gocémonos como Ella en que el nombre de Dios sea santificado, en que Jesucristo haya resucitado glorioso y ascendido triunfante a los cielos, desapareciendo a nuestros sentidos, región inferior para el mérito y el amor, a fin de aparecer en las regiones invisibles, donde nace a la vida de la gracia el hombre espiritual por la fe y el amor que en él difunde el Espíritu Santo. Oigamos el himno de júbilo, el cántico nuevo de nuestra Reina con que celebra los triunfos de su divino Hijo en el día de su ascensión a los cielos: «Alaben a mi Dios e Hijo mío todas las naciones, alábenle todos los pueblos; porque en nosotros se ha confirmado su misericordia, y la verdad del Señor permanece para siempre». «Mi alma glorifica al Señor; en el Dios mi Hijo resucitado y que asciende a su trono de gloria, mi espíritu se regocija». «Él se ha dignado poner sus ojos en la bajeza de su Esclava», y «de lo excelso de los cielos ha descendido y a lo excelso de los cielos vuelve, después que por el Espíritu Santo ha hecho que le conciban mis entrañas, que el Verbo hecho carne haya habitado entre nosotros y padecido, haya sido muerto y sepultado, y que haya comenzado su gloria en el gran día en que venció a la muerte». «El Señor asciende en medio del júbilo, llevando cautiva a la cautividad misma, nos enviará a su Espíritu Santo y se unirá para siempre con sus escogidos, comenzando luego, muy luego, a fructificar los dones que el Espíritu Santo nos traerá». «Alábente, oh Dios, los pueblos; publiquen todos, todos los pueblos, tus alabanzas; hadado la tierra su fruto». «Bienaventurada llamarán a esta Esclava del Señor todas las generaciones».
Sí; Madre nuestra, Reina y Señora, ahora diremos al contrario de lo que a la Samaritana decían sus conciudadanos: «Si por ti hemos creído y amado a ese Nazareno, humanado Verbo de Dios, Hijo tuyo; si por tí le hemos saludado e interesádonos en su alabanza y gloria por su resurrección y ascensión, hoy, que a tu vista contemplamos lo que has de haber creído, amado, y dádole de gloria a ese tu Hijo, le alabamos más, le bendecimos más, le adoramos más y más le glorificamos por tanta gloria suya que también es tuya. Tú eres la Madre de nuestra dichosa fe, de nuestro hermoso amor, de nuestro santo temor y santa esperanza; por ti, amen todos a ese tu Hijo, que de tu palabra, que de tu fiat hizo nacer esa luz para la revelación de las naciones, para la santificación de los justos y la salud de todos. Tu Hijo va a sentarse a la diestra de su Padre; asistirás también a la diestra de tu Hijo para ser constituida nuestra Reina. Bajo tu amparo nos acogemos. Ruega por nosotros Santa Madre de Dios, ahora y en la hora de nuestra muerte».
miércoles, 23 de octubre de 2019
MES DE OCTUBRE AL SANTÍSIMO ROSARIO - DÍA VIGESIMOTERCERO
Tomado de El Rosario: Meditaciones para los 31 días del mes de Octubre,
de la autoría del licenciado Juan Luis Tercero. Publicada en Ciudad
Victoria, México, en el año 1894 por la Imprenta Oficial de Víctor Pérez
Ortíz. Imprimátur concedido el 12 de Marzo de 1894 por Mons. José
Ignacio Eduardo Sánchez y Camacho, Obispo de Ciudad Victoria-Tamaulipas
(actual Tampico).
Este misterio de la Ascensión del Nazareno a los cielos, a los cuarenta días de su resurrección, a la vista de la ínclita Reina Madre suya, de los once apóstoles, de las santas mujeres, de los setenta y dos discípulos, y de un resto de testigos hasta completar ciento veinte, en ese gran Jueves cuarenta días después de la resurrección, en pleno día, anunciando el próximo envío de su Paráclito, de su Espíritu Santo, frente a frente del lugar de su suplicio, en el monte Olivete; este misterio, decimos, es sobremanera sorprendente; objeto por lo mismo de grandes profecías que sin cesar se recitaron desde mil años antes en esos prodigiosos salmos de David, en los que está consignado tan palpablemente de un extremo a otro la gloriosa carrera del Cristo: «A summo cœlo egréssio ejus, et occúrsus ejus usque ad summum ejus» (De lo alto del cielo es su salida, y a lo alto del cielo es su retorno).
Profecías insignes precedieron a ese gran día, señalando siglos antes el inaudito suceso; solemnes profecías le precedieron ya en las vísperas de la pasión de ese Rey de los cielos, cuando no se veía en él más que el escándalo de su humillación. Y a la vez grandes confirmaciones del portento estamos viendo desde la hora misma en que sus espectadores, de vuelta de ese monte de la Ascensión, llenos de alegría, que no de tristeza, muestran en su recogimiento, en su asombro, que aquel Crucificado de aciagos días, en verdad, en verdad, había resucitado; y aun algo más: que acababa de consumar su obra subiendo en majestad a los cielos; y aun todavía más: pronto descendería en su Espíritu Santo, no ya visible en su humanidad sino en obras mayores de las que hizo antes de padecer.
Ese admirable Rey de la resurrección y la vida, iba luego a mostrar su omnipotencia con obras de un género supremo, es a saber: la transformación del corazón de sus apóstoles y discípulos, de tímidos, en esforzados; de desertores, en mártires; de rudos razonadores, en grandilocuentes de todos los idiomas; de piadosos ignorantes, en teólogos de todos los misterios de sublimidad que supera a las concepciones de los mayores sabios; por fin, y sodre todo, de hombres de vulgar justicia, en santos consumados en caridad eminente que dá fruto de todas las virtudes.
«¡Todas las naciones aplaudid con vuestras manos, alzad voces de júbilo a nuestro Dios!»… «Asciende el Señor en medio del regocijo», cantaba David en su salmo 46. «Has ascendido a la altura llevando por trofeo cautiva a la misma cautividad», cantaba en su salmo 67. «Grande es el Señor en Sión, grande y excelso», cantaba en su salmo 98.
Y nuestro gran Rey, en la víspera misma de su pasión, como quien ve clarísimo y soberanamente más allá de la tumba una resurrección segura y gloriosa y más allá de esa resurreción el final triunfo de su Ascensión, decía: «Es tiempo de que vuelva a Aquél que me ha enviado», y también decía a sus discípulos esa noche de la última Cena: «No queráis entristeceros»; «si no me fuere no vendrá el Paráclito; mas cuando fuere levantado en alto, os le enviaré».
Por fin, es admirable la majestad con que en el Cenáculo, cuarenta días después de resucitado, a la hora del medio día, ya próximo a partir, comiendo con sus discípulos, con una multitud de fieles y con su santa Madre, les da sus últimas instrucciones con la firmeza de esa autoridad del Dios verdadero, Señor de todas las cosas, de todas las voluntades y de todos los tiempos: instrucciones relativas a la conquista de todo el Universo a partir desde Jerusalén, y al dominio de todos los siglos a contar desde esos momentos.
Los santos Padres, los Expositores sagrados y las almas santas favorecidas con la ciencia del Evangelio por divina revelación, concuerdan con notable acierto en la narración de este gran suceso. Es digno de recibir la preferencia, a lo menos sobre nuestros propios conceptos, lo que la autora de la “Mística Ciudad de Dios”, sobre este punto nos ha dejado escrito:
«Llegó la hora felicísima en que el Unigénito del Eterno Padre, que por la encarnación humana bajó del cielo, había de subir con admirable y propia ascensión para sentarse a la diestra que le tocaba como heredero de sus eternidades, engendrado de su substancia en igualdad y unidad de naturaleza y gloria infinita. Subió tanto, porque descendió primero hasta lo inferior de la tierra, como lo dice el Apóstol (Efesios IV, 9) dejando llenas todas las cosas que de su venida al mundo, de su vida, muerte y redención humana, estaban dichas y escritas, habiendo penetrado como Señor de todo hasta el centro de la tierra, y echado el sello a todos sus misterios con este de su Ascensión, en que dejó prometido el Espíritu Santo, que no viniera si primero no subiera a los cielos el mismo Señor (San Juan XVI, 7) que con el Padre le había de enviar a su nueva Iglesia. Para celebrar este día tan festivo y misterioso eligió Cristo nuestro bien por especiales testigos las ciento y veinte personas, a quien juntó y habló en el Cenáculo, que eran María Santísima, los once Apóstoles, los setenta y dos discípulos, María Magdalena, Marta y Lázaro, hermano de las dos, las otras Marías y algunos fieles, hombres y mujeres, hasta cumplir el número sobredicho de ciento y veinte.
Con esta pequeña grey salió del Cenáculo nuestro divino pastor Jesús, llevándolos a todos delante por las calles de Jerusalén y a su lado la beatísima Madre. Luego los Apóstoles y todos los demás por su orden caminaron hacia Betania, que distaba menos de media legua a la falda del monte Olivete. La compañía de los ángeles y santos que salieron del limbo y purgatorio seguían al Triunfador victorioso con nuevos cánticos de alabanza, aunque de su vista sólo gozaba María Santísima. Estaba ya divulgada por todo Jerusalén y Palestina la resurrección de Jesús Nazareno, aunque la pérfida malicia de los Príncipes de los Sacerdotes procuraba que se asentase el falso testimonio de que los discípulos le habían hurtado (San Mateo XXVIII, 13) pero muchos no lo admitieron ni dieron crédito. Y con todo eso dispuso la divina Providencia que ninguno de los moradores de la ciudad, o incrédulos o dudosos, reparasen en aquella santa procesión que salía del Cenáculo, ni los impidiesen en el camino; porque todos estuvieron justamente inadvertidos, como incapaces de conocer aquel misterio tan maravilloso, no obstante que el capitán y maestro Jesús iba invisible para todos los demás fuera de los ciento y veinte justos que eligió para que le viesen subir a los cielos.
Con esta seguridad que les previno el mismo Señor, caminaron todos hasta subir a lo más alto del monte Olivete; y llegando al lugar determinado se formaron tres coros, uno de los angeles, otro de los santos, y el tercero de los apóstoles y fieles, que se dividieron en dos alas, y Cristo Nuestro Salvador hacía cabeza. Luego la prudentísima Madre se postró a los pies de su Hijo, y le adoró por verdadero Dios y reparador del mundo, con admirable culto y humildad, y le pidió su última bendición. Todos los demás fieles que allí estaban a imitación de su gran Reina hicieron lo mismo. Y con grandes sollozos y suspiros preguntaron al Señor si en aquel tiempo había de restaurar el reino de Israel (Actos I, 6-8). Su Majestad les respondió que aquel secreto era de su Eterno Padre, y no les convenía saberlo, y que por entonces era necesario y conveniente que en recibiendo al Espíritu Santo predicasen en Jerusalén, en Samaría y en todo el mundo los misterios de la redención humana.
Despedido su divina Majestad de aquella santa y feliz congregación de fieles con semblante apacible y majestuoso, juntó las manos, y en su propia virtud se comenzó a levantar del suelo, dejando en él las señales o vestigios de sus sagradas plantas. Y con un suavísimo movimiento se fue encaminando por la región del aire, llevando tras de sí los ojos y el corazón de aquellos hijos primogénitos, que entre suspiros y lágrimas le seguían con el afecto» (Mística Ciudad de Dios, nros. 1509-1512).
Como hemos dicho, los sagrados Expositores concuerdan con esta revelación. Francisco Suárez, en su exposición bíblica se expresa así: «Es verosímil que Cristo, acabada la comida, habiendo antes convocado a sus apóstoles y a los otros discípulos (que computa en número de ciento veinte, San Lucas, v. 15 de los Actos), los sacó de Jerusalén por el medio de la ciudad encadenando con su fuerza divina a los judíos estupefactos y atónitos, y condujo a aquellos al monte Olivete, desviándose antes a la vecina Betania, como dice San Lucas en su Evangelio (cap. 24-50) para despedirse de la Magdalena, Marta y Lázaro, y llevarlos también consigo, a fin de hacerlos participantes de la visión y consuelo de su Ascensión, como amigos suyos muy adictos» (En Cornelio Alápide).
¡Qué magnificencia en el fondo y en las circunstancias todas de este gran suceso! ¡Qué dimensiones tan proporcionadas de las partes, digamos así, de la total obra del Verbo hecho carne: tres grandes partes: descender de los cielos, hacerse obediente hasta la muerte y muerte de cruz, y levantar glorioso la cabeza resucitando y elevándose luego a los cielos! ¿Quién es el que asciende sino el que descendió? ¿Quién asciende a lo sumo de los cielos sino el que de lo sumo de ellos descendió? Esto lo han cantado a mañana y tarde diariamente los salmos en la Sinagoga, mil años antes de que sucediese; esto lo canta la Iglesia a mañana y tarde sin cesar hace mil novecientos años después de sucedido. Estas maravillas de infinitas proporciones de inventiva inaudita, no son de hombre, son la obra de sólo Dios.
La víspera de la pasión es en un convite de santidad y caridad, donde Jesús descubre todos los caracteres de su persona divina, instituyendo la Santísima Euca ristía como un legado de todo un Dios hecho hombre: en esa hora, como convenía al que lo ve todo, lo sabe todo, atiende a todo y todo lo puede, habla ya de su resurrección y de su ascensión tanto como de su inminente muerte; es la tarde del gran Jueves de la Santa Semana.
Cuarenta días después, en otro gran Jueves, próximo el medio día, en ese mismo Cenáculo, a la faz de ciento veinte discípulos, con esos mismos apóstoles que en el convite del primer Jueves le acompañaron, se despedirá también con los mismos estupendos e inimitables caracteres de un verdadero Dios, pero no ya con la tristeza del que va a sufrir el suplicio, sino con la majestad y el júbilo del que ha triunfado de la muerte, del que la lleva encadenada y cautiva, del que va a presentarse en el cielo de los cielos para sentar la humanidad redimida, representada por su humanidad redentora, a la misma diestra del Padre, hasta no ver a uno por uno de sus enemigos humillados a sus plantas como tarima de su solio.
En estas glorias de Jesucristo Dios y hombre verdadero, es tanto el esplendor de la verdad, son tantas las correspondencias, las concordancias, las soberanas armonías, que en vano fuera buscar algo semejante en lo que no sea la Religión cristiana y ésta enseñada por Pedro. Quien esas maravillas contempla con el sabor de la verdad y el hambre de la buena voluntad, es imposible que deje de exclamar con el real Profeta: «Fiel es el testimonio del Señor, él da su sabiduría a los humildes o pequeñuelos»… «Los juicios del Señor son verdad; en sí mismos están justificados; son más codiciables que la abundancia de oro y piedras preciosas, más dulces que la miel y el panal».
Con esto el misterio de la Ascensión del Señor no puede menos, una vez meditado, y meditado en el Santo Rosario, bajo los auspicios de la Reina Madre del que es la sabiduría y la caridad, que producir en nosotros la fe y el amor a nuestro Dios, a nuestro Cristo. Si imaginamos, como dice nuestro comentador, cuales hayan sido los coloquios suavísimos y últimos de la Madre de Dios con su Hijo, los santos abrazos de despedida de él con ella y con sus discípulos, y todas las otras efusiones de ese santo cariño que por necesidad de ser breve calla el Evangelio, San Agustín representará con ventaja los pensamientos nuestros: «Señor, ¿por qué nos abandonas y asciendes ya, cuando nos has elegido en esta tierra donde ahora nos dejas? Señor, ¿cuándo volveremos a gustar de esas palabras tuyas más sabrosas que la miel y el panal? O síguenos favoreciendo desde allá a donde asciendes, o no nos dejes ahora que te vas».
Tristeza mucha parece debió ser la de los que así eran dejados de tan gran amigo, hermano y Padre; pero Dios ni despidiéndose así, puede ser causa de tristeza; porque el infinito que abarca todo de un extremo a otro, no puede despedirse sino para más aproximarse, ni puede abandonar así a los que ama, sino para usar con ellos de más íntima acogida. Esa despedida del Señor es sólo para los ojos de la carne, es sólo para los afectos terrenales; porque un momento más, y en el corazón de esos amados suyos, se realizará aquella gran palabra que les dirigía en el colmo y efusión de su afecto: «quien me ama será amado de mi Padre y yo le amaré y me le haré manifiesto. Si alguno me ama, mi Padre le amará y vendremos a él y haremos mansión en él» (San Juan, Cap. XIV, 21-23). Por eso el gran Papa San León, dice: «que los dichosos apóstoles y discípulos viendo al Señor ascender a los cielos, no sólo no han quedado afligidos de tristeza sino llenos de un gozo grande».
¡Hermosa Ascensión de Jesucristo, enséñanos a amar lo invisible, a gustar de lo que no es carnal y perecedero, persuadiéndonos a tener hambre y sed de justicia y a ser limpios de corazón. Válganos para conseguirlo la intercesión soberana de esa Madre incompable del que, si ascendió a los cielos glorioso, primero descendió para padecer y morir!
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