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martes, 14 de enero de 2020

REFUTACIÓN DE LA OBJECIÓN «PÍO XII PERMITIÓ QUE LOS CARDENALES EXCOMULGADOS PUEDEN SER ELEGIDOS PAPAS»

Tomado de VATICANO CATÓLICO.

10ª OBJECIÓN: EL PAPA PÍO XII DECLARÓ EN Vacántis Apostólicæ Sedis QUE UN CARDENAL, NO IMPORTANDO BAJO QUÉ EXCOMUNIÓN HAYA INCURRIDO, PUEDE SER ELEGIDO PAPA.
Papa Pío XII, Vacantis apostolicæ sedis, 8 de diciembre de 1945: “34. Ninguno de los cardenales puede en cualquier forma o por cualquier pretexto de excomunión, expulsión o prohibición alguna, o de cualquier otro impedimento eclesiástico, ser excluido de la elección activa y pasiva del Supremo Pontificado. Nos presentamos la suspensión de tales censuras únicamente por el propósito de dicha elección; en otras ocasiones deben permanecer en vigor (Acta Apostólicæ Sedis 38 [1946], p. 76)”.

RESPUESTA: Como ya hemos demostrado, es un dogma que 1) los herejes no son miembros de la Iglesia y, 2) que un papa es la cabeza de la Iglesia. Es un hecho dogmático, por lo tanto, que un hereje no puede ser la cabeza de la Iglesia, ya que no es miembro de ella.
  
¿Entonces, qué quiere autorizar el papa Pío XII en Vacantis apostolicæ sedis? En primer lugar, hay que entender que se puede incurrir en excomunión por muchas causas. Históricamente, las excomuniones se distinguían por los términos mayor y menor. Excomuniones mayores se incurrían por herejía y cisma (pecados contra la fe) y ciertos otros pecados mortales. Los que recibían la excomunión mayor por herejía no eran miembros de la Iglesia (como ya lo acabamos de demostrar en detalle). Sin embargo, la excomunión menor no separa de la Iglesia, sino que prohíbe la participación en la vida sacramental de la Iglesia. El papa Benedicto XIV señaló la distinción.
Papa Benedicto XIV, Ex quo primum, # 23, 1 de marzo de 1756: “Además, los herejes y cismáticos están sometidos a la censura de la excomunión mayor por la ley del Can. de Ligu. 23, cuest. 5, y del Can. Nulli, 5, dist. 19”[1].

La excomunión menor, por el contrario, se incurría por causas tales como violar un secreto del Santo Oficio, falsificar reliquias (c. 2326), violación de un claustro (c. 2342), etc. Todas estas son penas eclesiásticas o de la Iglesia. Estas acciones, si bien son gravemente pecaminosas, no separan a las personas de la Iglesia. Y por más que ya no se utilizan los términos de excomunión mayor y menor, aun así subsiste el hecho de que una persona puede incurrir en una excomunión (por algo que no sea herejía) que no la separa de la Iglesia; en cambio, si incurre en excomunión por herejía, entonces sí es separada de la Iglesia.
  
Por lo tanto, un cardenal que recibe una excomunión por herejía ya no es más un cardenal, porque los herejes están fuera de la Iglesia Católica (de fide, papa Eugenio IV). Pero un cardenal que recibe una excomunión por otra cosa, aún sigue siendo un cardenal, si bien en un estado de grave pecado.
  
Entonces, cuando el papa Pío XII dice que todos los cardenales, cualquier sea el impedimento eclesiástico que estén sometidos, pueden votar y ser elegidos en un cónclave papal, esto presupone que son cardenales que han recibido una excomunión por algo que no es herejía, ya que un cardenal que ha recibido excomunión por herejía ya no es en absoluto un cardenal. El punto clave que se debe entender es que la herejía no es meramente un impedimento eclesiástico ―por lo tanto, no es de esto lo que está hablando Pío XII― sino más bien es un impedimento por la ley divina.
  
El canonista Filippo Maroto CMF explica: “Los herejes y los cismáticos están privados del Pontificado supremo por la propia ley divina, porque, aunque por ley divina no se les considera incapacitados de participar en ciertos tipos de jurisdicción eclesiástica, no obstante deben considerarse excluidos de ocupar el trono de la Sede Apostólica…”[2].
  
Nótese que los herejes no están excluidos del papado meramente por impedimentos eclesiásticos (ley humana eclesiástica), sino por impedimentos que provienen de la ley divina. La legislación de Pío XII no se aplica a la herejía, porque él estaba hablando de los impedimentos eclesiásticos: “… o de cualquier otro impedimento eclesiástico…”. Por lo tanto, su legislación no indica que los herejes puedan ser elegidos y continuar siendo papas; por esa razón leemos que él no mencionó a los herejes. El papa Pío XII se refería a los cardenales católicos que podrían haber estado bajo excomunión o entredicho.
   
A fin de probar el punto, supongamos en aras del argumento que la legislación del papa Pío XII sí significase que un cardenal herético puede ser elegido papa. Nótese lo que dice Pío XII:
“Nos presentamos la suspensión de tales censuras únicamente a efectos de dicha elección; en otras ocasiones deben permanecer en vigor”.
Pío XII dice que la excomunión es suspendida solamente en el momento de la elección; en otras ocasiones deben permanecer en vigor. Esto significaría que la excomunión por herejía entraría nuevamente en vigor inmediatamente después de la elección y, entonces, el hereje que había sido elegido papa, ¡perdería su oficio! Por lo tanto, no importando de qué manera se mire, un hereje no puede ser elegido válidamente y a la vez permanecer como papa.
San Antonino (1459): “En el caso en que el papa se convirtiera en un hereje, se encontraría, por ese solo hecho y sin ninguna otra sentencia, separado de la Iglesia.  Una cabeza separada de un cuerpo no puede, siempre y cuando se mantenga separado, ser cabeza de la misma entidad de la que fue cortada.  Por lo tanto, un papa que se separara de la Iglesia por la herejía, por ese mismo hecho, dejaría de ser la cabeza de la Iglesia. No puede ser un hereje y seguir siendo papa, porque, puesto que él está fuera de la Iglesia, no puede poseer las llaves de la Iglesia” (Summa Theologica, citado en Actes de Vatican I. Victor Frond pub.).

Si un hereje (alguien que niega la fe) pudiera ser la cabeza en la Iglesia, entonces sería falso el dogma de que en la Iglesia hay unidad en la fe (es decir, una, santa, católica y apostólica). Con esto último se refuta la supuesta posibilidad de que un hereje pudiera ser elegido papa válidamente según lo dicho por el papa Pío XII.
  
NOTAS
[1] The Papal Encyclicals, vol. 1 (1740-1878), p. 84.
[2] Institutiones Iuris Canonici Ad Normam Novi Codicis, 1921.

miércoles, 3 de agosto de 2016

¿QUÉ ES LA IGLESIA CONCILIAR Y POR QUÉ NO ES CATÓLICA?

En este blog condenamos a la iglesia del Vaticano II y sus herejías, pero muchos de nuestros lectores quizá no están familiarizados con el tema. Por ello, tenemos a bien presentarles un resumen
  
Tomado de: "The Catholic Counter-Reformation in the XXth Century", Editor: R.P. Georges de Nantes, enero de 1984 - Vía CATÓLICOS ANTI MONTINIANOS
   
Concepto de Ecumenismo
El concepto que tiene el Vaticano II de la Iglesia como "Pueblo de Dios", es ecumenismo falso. Lleva a la creencia de que el Protestantismo no es más que una forma particular de la misma religión Cristiana.
   
El documento "Unitatis Redintegratio", del Concilio Vaticano II, heréticamente enseña que "...el Espíritu Santo no rehúsa utilizar a otras religiones como medio de salvación".
  
El documento "Catechesi Tradendae", de Juan Pablo II, repite la misma herejía.
   
El concepto que tiene el Vaticano II del Ecumenismo, condenado por las enseñanzas y leyes morales de la Iglesia, ha llegado hasta el punto de permitir que los sacramentos de penitencia, Eucaristía y Extremaunción sean recibidos por parte de "ministros no Católicos" (Vaticano II, Cánon 844 N.C), y favorece la "hospitalidad ecuménica" autorizando a los ministros Católicos a dar el sacramento de la Eucaristía a los no Católicos.
Cánon del Vaticano II, 844 "Está permitido a los fieles a quienes resulte física o moralmente imposible acudir a un ministro católico recibir los sacramentos de la penitencia, Eucaristía y unción de los enfermos de aquellos ministros no católicos en cuya Iglesia son válidos esos sacramentos. Los ministros católicos administran lícitamente los sacramentos de la penitencia, Eucaristía y unción de los enfermos a los miembros de Iglesias orientales que no están en comunión plena con la Iglesia católica, si los piden espontáneamente y están bien dispuestos. Si hay peligro de muerte o, a juicio del Obispo diocesano o de la Conferencia Episcopal, urge otra necesidad grave, los ministros católicos pueden administrar lícitamente esos mismos sacramentos también a los demás cristianos que no están en comunión plena con la Iglesia católica".
   
Concepto de Gobierno Democrático
Explícitamente adoptado en el Cánon 336, está el documento "Lumen Gentium", del Vaticano II, doctrina por la cual el colegio de Obispos juntamente con el "papa" disfrutan de la suprema potestad sobre la Iglesia, habitual y constantemente.
Cánon del Vaticano II, 336 "El Colegio Episcopal, en el que continuamente persevera el cuerpo apostólico, es también, en unión con su cabeza y nunca sin esa cabeza, sujeto de la potestad suprema y plena sobre toda la Iglesia."
   
Esta doctrina de una doble potestad, es contraria a la enseñanza y práctica de la Iglesia Católica, especialmente en el Primer Concilio Vaticano (Dz. 3055) y en la Encíclica "Satis Cognitum" de León XIII. Solamente el Papa tiene esta suprema potestad, que comunica cuanto juzgue oportuno y en circunstancias extraordinarias.
   
Concepto de los Derechos Naturales del Hombre
La declaración "Dignitatis Humanae", del Vaticano II, afirma un falso derecho natural humano "en materia de religión", que es contrario a enseñanzas previas de los papas, los cuales formalmente niegan tal blasfemia.
  
Pío IX en su Encíclica "Quanta Cura", León XIII en sus Encíclicas "Libertas Praestantissimum" e "Immortale Dei", Pío XII en su alocución "Le Riesce", dirigida a los juristas católicos italianos, niegan que tal derecho tenga base alguna en la razón o en la Revelación.
   
Estas doctrinas están basadas en un falso concepto de la dignidad humana, producto de pseudofilósofos gnósticos y materialistas de la Revolución Francesa, condenados por San Pío X en su carta pontificia "Nuestro Mandato Apostólico".
   
El documento "Gaudium et Spes", del Vaticano II, expresa un falso principio cuando considera la dignidad humana y Cristiana como la consequencia de la Encarnación, la cual restauró esta dignidad a todos los hombres. Este mismo error lo repite la Encíclica "Redemptor Hominis" de Juan Pablo II.
   
Concepto de la Misa
El nuevo concepto de la Iglesia, definido por Juan Pablo II, hace un llamado por un cambio profundo en el acto principal de la Iglesia, que es el Sacrificio de la Misa. La nueva definición del Vaticano II es que la Misa es "un servicio y una comunión colegial y ecuménica". No hay mejor definición para la nueva misa, la cual, como la nueva Iglesia del Vaticano II, es una desviación del Magisterio y la Tradición de la verdadera Iglesia.
  
Es un concepto que es más Protestante que Católico y explica todo lo que ha sido indebidamente exaltado y todo lo que ha sido aminorado.
   
Contrario a la enseñanza de la 22ª Sesión del Concilio de Trento, y contrario a la Encíclica "Mediator Dei" de Pío XII, la parte de los fieles en la Misa ha sido exagerada y la parte del sacerdote aminorada hasta el punto en que éste ya no es sino un presidente, a manera de los Protestantes.
  1. El lugar de la palabra en la liturgia ha sido exagerado a expensas del Sacrificio.
  2. La cena de la comunión ha sido exaltada y profanada a expensas del respeto (y fe) por la presencia real a través de la Transubstanciación.
  3. Los Papas San Pío V y Clemente VIII insistieron en la necesidad de evitar cambios y mutaciones adhiriéndose prepetuamente a este rito Romano consagrado por la Tradición.
   
Las Constantes Herejías del Vaticano II
  • El Vaticano II introduce la práctica Protestante de la libre interpretación, consecuencia de los muchos credos dentro de la Iglesia del V2.
  • Las universidades y seminarios mayores del Vaticano II ahoran enseñan las filosofías modernas en vez de la tradicional doctrina Católica.
  • El Vaticano II favorece al "Humanismo", haciendo eco del mundo moderno al hacer del hombre el fin último de todas las cosas.
  • El Vaticano II favorece al "Naturalismo" que exalta al hombre y los valores humanos, causando el olvido de los valores sobrenaturales de la gracia y la Redención.
  • El Vaticano II favorece a la "Evolución" que causa el rechazo de 20 siglos de enseñanza Católica.
  • El Vaticano II se rehúsa condenar los errores del "Socialismo y el Comunismo". La actitud de los falsos papas desde los años 60's lo confirma, en ambos lados de la Cortina de Hierro.
  • Los acuerdos con la "Masonería", el "Concilio Mundial de Iglesias" y "Moscú" han reducido a la secta del Vaticano II al status de prisionero de estas organizaciones.
   
Conclusión
En el Concilio Vaticano Segundo (1962-1965), los dos hombres que se hacían pasar como papas Católicos, Juan XXIII y Paulo VI, se llevaron a todo el cuerpo de Cardenales y Obispos fuera de la Iglesia Católica hasta su nueva secta Protestante. Los sacerdotes y los fieles, en su mayoría, los siguieron en esa gran apostasía para su eterna condenación. Puedan todos los verdaderos Católicos permancer siempre separados de este nuevo monstruo, y quedar unidos con Cristo en Su Iglesia que es Una, Santa, Católica y Apostólica.

sábado, 28 de diciembre de 2013

ORACIÓN PARA LA GLORIFICACIÓN DE FRAY JORGE DE NANTES

Fray Jorge de Nantes, campeón de la Contra-reforma Católica

Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, en estos tiempos de desorientación diabólica, no habéis abandonado a su Iglesia Santa a la herejía y al cisma, que han conducido tantas almas sobre el camino de la apostasía. Le habéis dado por defensor a vuestro sacerdote, Jorge de Nantes, fundador de los Hermanitos y Hermanitas del Sagrado Corazón, en religión fray Jorge de Jesús María.
 
Su fe ardiente en la Iglesia, su gran devoción hacia la Santa Eucaristía, su amor por los santos Corazones de Jesús y de María Inmaculada, su celo por las almas y por su Patria, han salvado la fe de un gran número de almas y preparado la resurrección de la Iglesia.
 
Ahora, vuestro servidor ha acabado su carrera y ya no tiene que sostener las luchas de la tierra. Cerca de vuestro trono, le queda que cumplir su vocación de “alabanza de Gloria”. Es por eso que confiamos a su intercesión…………. (tal intención). Él que tomaba tan a pecho las pruebas de sus hijos espirituales y de sus amigos, no se quedará sordo a nuestro llamado.
 
Dignaos escuchar las oraciones de vuestro servidor, os lo pedimos, a fin de glorificarlo, en testimonio de la verdad que tan valientemente defendió, y para que todo sirva al triunfo del Corazón Inmaculado de María y a la salvación de la Santa Iglesia. Amén.

jueves, 25 de febrero de 2010

ABBÉ DE NANTES, RIP

Desde Sursum Corda

Abbé George de Nantes (3-IV-1924/ 15-II-2010)

El Abbé George de Nantes murió el día 15 de febrero del corriente año. Nadie puede dudar que fue un verdadero héroe en el movimiento tradicional, un hombre que elevó su voz cuando otros buscaban soluciones de compromiso, quien acusó por vez primera a los Papas Conciliares de Herejía y esperó (como muchos) un "juicio" contra Pablo VI por parte de los Obispos... Se especula que en el Breve Examen Crítico vió el inicio del hipotético proceso y en consonancia estaba su "Libro de acusación" contra Pablo VI y luego Juan Pablo II.
 
Polémico, audáz, de fuerte caracter fue un gran apologista y creador de la Contra Reforma Católica en el Siglo XX-XXI.

Gran apostol de Fátima, poseedor de una espiritualidad increible, sus méritos y su lucha por la Verdadera Doctrina Católica contra la Iglesia Conciliar le dará un día... el día de la Victoria de la Tradición el lugar que le corresponda.

Roguemos a Dios y a la Santa Virgen María por el eterno descanso de este sacerdote que fue fiel a la Verdad, hasta el último aliento de su vida.

viernes, 25 de diciembre de 2009

JUAN PABLO II AUTOPROCLAMADO

Tomado de CATÓLICOS ALERTA
 
Parte I: COMENTARIO DE LA CARTA "ROSÁRIUM VÍRGINIS MARÍÆ", POR EL ABAD JORGE DE NANTES
  
Supuestamente, el Vaticano reconoce las apariciones de Lourdes y Fátima. Pero realmente, no aman a Nuestra Señora, porque no cumplen lo que Ella pidió (rezar el Rosario), y cuando lo “cumplen”, lo hacen mal.
 
En el Carmelo de Coimbra, el altar del Sagrado Corazón está dominado por una estatua que representa el Corazón eucarístico de Jesús. Sor Lucía escribía el 16 de septiembre de 1970 a la madre Martins, que había sido su compañera en Tuy en el noviciado de las hermanas Doroteas:
«La oración del Rosario o tercio es, después de la Santa Misa, la que une más a Dios por la riqueza de las oraciones que la componen, todas las cuales vienen del Cielo, dictadas por el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. El Gloria que recitamos en todos los misterios, lo dictó el Padre a los Ángeles cuando los envió a cantar junto a su Verbo que acababa de nacer, y es un himno a la Santísima Trinidad. El Padrenuestro nos fue dictado por el Hijo,y es una oración dirigida hacia el Padre. Toda el Avemaría está impregnada de sentido trinitario y eucarístico. […]. El tercio es la oración de los pobres y de los ricos, de los sabios y de los ignorantes: quitar esta devoción a las almas, es quitarles el pan espiritual de cada día».
 
Juan Pablo II señaló el vigésimocuarto aniversario de su subida al soberano pontificado el miércoles pasado, 16 de octubre de 2002, por una Carta apostólica sobre el Rosario, dirigida a los obispos, sacerdotes y fieles: Rosárium Vírginis Maríæ.

«Al Papa le gusta el Rosario», afirma a Yves Pitette, corresponsal de La Croix en Roma, donde está a la escucha permanente de todo lo que dice y hace el Papa. Para darnos una prueba de su amor por el Rosario, el Papa debe con todo remontarse a los primeros días de su reinado: «Hace veinticuatro años, el 29 de octubre de 1978, dos semanas después de la elección a la Sede de Pedro, como abriendo mi alma, me expresé así: “El Rosario es mi oración predilecta. ¡Plegaria maravillosa! Maravillosa en su sencillez y en su profundidad”». Después, parece que ya no haya hablado. En todo caso, considera hoy «la urgencia de afrontar una cierta crisis de esta oración que, en el actual contexto histórico y teológico, corre el riesgo de ser infravalorada injustamente y, por tanto, poco propuesta a las nuevas generaciones». ¡Vaya puntería! ¿Quién tiene la culpa, si el Papa la recomendó tan poco desde hace veinticuatro años?
  
Por ello, después de haber puesto «mi primer año de pontificado en el ritmo cotidiano del Rosario» escribe, llegado «al inicio de mi vigésimo quinto año de servicio como Sucesor de Pedro, quiero hacer lo mismo». Porque, después de haber sido «una oración apreciada por numerosos santos y fomentada por el Magisterio», el Rosario de la Virgen María «sigue siendo también en este tercer Milenio apenas iniciado, una oración de un gran significado, destinada a producir frutos de santidad».
 
¿Cómo es eso? «Mediante el Rosario, el creyente obtiene abundantes gracias, como recibiéndolas de las mismas manos de la Madre del Redentor». ¡Cuán revelador es este «como» de una denegación obstinada de la Mediación universal de Nuestra Señora!
 
¿Por qué «también en este tercer milenio apenas iniciado»? Se esperaría más bien: sobre todo, en la noche que se va haciendo espesa. El Papa revela aquí que persiste en su utopía milenarista, a pesar de todos los crueles mentises de la actualidad diaria.
  
Una segunda razón contribuye a volver a poner en valor el Rosario a los ojos del Papa: «La urgencia de implorar de Dios el don de la paz. El Rosario ha sido propuesto muchas veces por mis Predecesores y por mí mismo [y por la Virgen en Persona, en Fátima, en seis ocasiones… ¿el Papa no lo sabe?] como oración por la paz. Al inicio de un milenio que se ha abierto con las horrorosas escenas del atentado del 11 de septiembre de 2001 y que ve cada día en muchas partes del mundo nuevos episodios de sangre y violencia, promover el Rosario significa sumirse en la contemplación del misterio de Aquél que es nuestra paz, el que de los dos pueblos hizo uno, derribando el muro que los separaba, la enemistad (Ef. 2, 14). No se puede, pues, recitar el Rosario sin sentirse implicados en un compromiso concreto de servir a la paz, con una particular atención a la tierra de Jesús, aún ahora tan atormentada y tan querida por el corazón cristiano.
«Otro ámbito crucial de nuestro tiempo, que requiere una urgente atención y oración, es el de la familia, célula de la sociedad, amenazada cada vez más por fuerzas disgregadoras, tanto de índole ideológica como práctica, que hacen temer por el futuro de esta fundamental e irrenunciable institución y, con ella, por el destino de toda la sociedad. En el marco de una pastoral familiar más amplia, fomentar el Rosario en las familias cristianas es una ayuda eficaz para contrastar los efectos desoladores de esta crisis actual» (n° 6).
  
Pero el Papa desea destacar que esta «directiva pastoral» es de su sola iniciativa. ¡No vaya a creerse, sobre todo, en una voluntad de obedecer a las solicitudes reiteradas de Nuestra Señora de Fátima, de recitar el tercio todos los días, aunque haya descendido del Cielo para eso!
 
«Son conocidas las distintas circunstancias en las que la Madre de Cristo, entre el siglo XIX y XX —escribe el Papa—, ha hecho de algún modo notar su presencia y su voz para exhortar al Pueblo de Dios a recurrir a esta forma de oración contemplativa».
 
Por eso el Papa no habla de ellas.
«Deseo en particular recordar, por la incisiva influencia que conservan en el vida de los cristianos —sólo esto concede— y por el acreditado reconocimiento recibido de la Iglesia, las apariciones de Lourdes y Fátima, cuyos Santuarios son meta de numerosos peregrinos, en busca de consuelo y de esperanza».
 
¿Y de perdón? ¿Y de gracia? El Papa no habla de esas cosas.
 
En Lourdes, viniendo ella misma a la tierra a decir: «“Yo soy la Inmaculada Concepción”, se diría que Nuestra Señora vino a confirmar la palabra de nuestro Santo Padre», decía Bernardita. Con todo, Juan Pablo II no hace la menor alusión a la Inmaculada Concepción, ni a Pío IX que la definió en 1854.
 
En Fátima, en 1917, Nuestra Señora dijo el 13 de mayo: «Recitad el rosario todos los días con el fin de obtener la paz para el mundo y el final de la guerra». Repite el 13 de junio, el 13 de julio, el 19 de agosto, el 13 de octubre: «Quiero que recitéis el rosario todos los días»; y el 13 de septiembre: «Seguid recitando el rosario para obtener el final de la guerra».
  
Una nota explica por qué Juan Pablo II no se basa en la autoridad de la Madre de Dios: «las revelaciones privadas no son de la misma naturaleza que la revelación pública, normativa para toda la Iglesia».
  
Las únicas referencias de Juan Pablo II son pues León XIII, el «Papa del Rosario» el «beato (sic) Juan XXIII», y «sobre todo» Pablo VI» y… uno mismo,
«de acuerdo con las consideraciones hechas en la Carta apostólica Novo millénnio ineúnte, en la que, después de la experiencia jubilar, he invitado al Pueblo de Dios a caminar desde Cristo, he sentido la necesidad de desarrollar una reflexión sobre el Rosario, en cierto modo como coronación mariana de dicha Carta apostólica, para exhortar a la contemplación del rostro de Cristo en compañía y a ejemplo de su Santísima Madre».
 
Se trata, en efecto, para obtener la paz, de «desarrollar una reflexión sobre el Rosario». ¿Es decir que la paz depende del Corazón Inmaculado de María? No, ya que «El Rosario no es la oración que se cree», según el título de La Croix que expresa muy exactamente el pensamiento contenido en la Carta apostólica. El Rosario no es lo que sor Lucía cree, en su Carmelo, ni lo que Francisco y Jacinta creían. Se trata pues de «desarrollar una reflexión sobre el Rosario» en la escuela de León XIII, de Pablo VI, y del concilio Vaticano II. [«Se puede decir que el Rosario es, en cierto modo, un comentario-oración sobre el capítulo final de la Constitución Lumen Géntium», ¡lo que es realmente invertir los papeles!] y, sobre todo, de Juan Pablo II, «resaltando el carácter cristológico del Rosario», —entiéndase: sobre el mariológico—. Resumidamente: «Juan Pablo II quiere cambiar la imagen envejecida de este oración», subtitula La Croix. No podría expresarse mejor.
  
Yves Pitette advierte en efecto con satisfacción que
«la Carta apostólica no olvida nada de las objeciones, de los riesgos de “práctica árida y aburrida”, de un “método basado en la repetición” ni incluso del peligro de percepción del tercio “como un amuleto o un objeto mágico, haciendo una idea radical sobre su sentido y sobre su función”».
 
¿El remedio? Helo aquí: «Recitar el Rosario, en efecto, es en realidad contemplar con María el rostro de Cristo». Por sí sola, esta absurda afirmación revela toda la intención de Juan Pablo II, que es desviarnos de María, para «centrarnos de vuelta» sobre Cristo: no rogar a María, sino rogar con María. Es la clave de este increíble documento, impreso de una verdadera detestación de la Santísima Virgen: «Una cosa está clara: si la repetición del Ave Maria se dirige directamente a María, el acto de amor, con Ella y por Ella, se dirige a Jesús» (n° 26).
 
«Para dar mayor realce a esta invitación, con ocasión del próximo ciento veinte aniversario de la mencionada Encíclica de León XIII, deseo que a lo largo del año se proponga y valore de manera particular esta oración en las diversas comunidades cristianas. Proclamo, por tanto, el año que va de este octubre a octubre de 2003 Año del Rosario». Juan Pablo II espera frutos «para la contemplación personal, la formación del Pueblo de Dios y la nueva evangelización». ¿Y la salvación de las almas?
 
¿Por qué de octubre a octubre? La respuesta parecería obvia: porque el mes de octubre es el mes del Rosario. ¡Nada de eso!… Juan Pablo II ni siquiera nombra la fiesta de Nuestra Señora del Rosario, del 7 de octubre, sino solamente el aniversario de su elección (16 de octubre de 1978), así como el «recordando con gozo también otro aniversario: los 40 años del comienzo del Concilio Ecuménico Vaticano II (11 de octubre de 1962), el “gran don de gracia” dispensada por el espíritu de Dios a la Iglesia de nuestro tiempo».

Parte II: MARÍA HA SIDO EXCLUIDA, SIN PAPELES EN LA HISTORIA DE LA SALVACIÓN
En Fátima, Nuestra Señora anunció, el 13 de julio de 1917, que para impedir la guerra, el hambre y las persecuciones contra la Iglesia y el Papa, Ella vendría a pedir la consagración de Rusia a su Corazón Inmaculado y la Comunión reparadora de los primeros sábados. Después, el 13 de octubre, se nombró: «Soy Nuestra Señora del Rosario». Y se mostró a los tres videntes «junto al sol», con san José y el Niño Jesús.
 
Tuvo palabra. El 10 de diciembre de 1925, apareció a Lucía, en su celda de Pontevedra, en compañía del Niño Jesús, y le dijo: «A todos los que, durante cinco meses, el primer sábado, se confesaren, recibieren la santa Comunión, recitaren un tercio, y me hicieren compañía durante quince minutos meditando sobre los quince misterios del Rosario, en espíritu de reparación, yo les prometo asistirlos a la hora de la muerte con todas las gracias necesarias para la salvación de su alma».
 
Juan Pablo II no hace caso de esto, o más bien aumenta las apuestas. Escribe: «Con toda su obra y, en particular, a través de los “Quince Sábados”, Bartolomé Longo desarrolló el meollo cristológico y contemplativo del Rosario, que ha contado con un particular aliento y apoyo en León XIII, el “Papa del Rosario”». ¡Nuestra Señora de Fátima excluida!
 
Después de los misterios gozosos, he aquí pues cinco «misterios luminosos», consagrados a la vida pública de Cristo:
  1. Su bautismo en el Jordán.
  2. Su autorrevelación (sic) en las bodas de Caná.
  3. El anuncio del Reino de Dios con la invitación a la conversión.
  4. Su Transfiguración.
  5. La institución de la Eucaristía.
 
¿Por qué esta adición? No solamente para «convertirnos» de un culto «exagerado» a la Virgen a un culto «iluminado» a Cristo, iluminado a la luz de los «misterios luminosos»… sino también «para que pueda decirse que el Rosario es más plenamente ‘compendio del Evangelio’.»
 
En realidad, ya es, en su «contexto original», un compendio no solamente del Evangelio, sino de toda la Biblia. Como lo explicó el Padre de Nantes en su comentario exegético y místico de los Salmos, el Rosario, con sus 150 Avemarías, es «el salterio del pobre».
  
En cuanto al bautismo de Cristo en Jordán, no es más que la figura de su Pasión y su muerte. Por eso, al omitirlo, el Rosario no hace más que imitar a San Juan… ¡que tampoco lo incluye en su Evangelio! ¡Por otra parte, San Juan omite también la Transfiguración, así como a la institución de la Eucaristía! No es el lugar de explicar por qué, sino solamente de observar que «el contexto original» del Rosario imita bastante bien la trama del cuarto Evangelio…
 
De hecho, lo importante en el pensamiento de Juan Pablo II es el segundo «misterio luminoso» de Cristo: «su autorrevelación en las bodas de Cana». En Persona y Acto, Karol Wojtyla ya colocaba que la autodeterminación, o libertad en el acto, «revela la estructura de autoposesión y autodeterminación como esencial a la persona» (Ed. Le Centurion, p. 128; cf. CRC N° 195, diciembre de 1983, editorial). Aquí, la palabra autorrevelación significa que Cristo revela allí Él mismo su gloria, por su milagro, como dice San Juan:
«Manifestó su gloria y sus discípulos creyeron en él» (Jn 2, 11).
 
Mientras que en el bautismo del Jordán, como en la Transfiguración, es la voz del Padre que revela:
«Éste es mi querido Hijo, en quien tengo puesta toda mi complacencia. Escuchadle a Él».
 
En Caná es una «autorrevelación», según Juan Pablo II. Hoy en día, sería necesario más bien traducir por «autoproclamación». ¿Por qué le da tanta importancia? Porque se trata, para Juan Pablo II, de «profundizar en la implicación antropológica» y no solamente «cristológica» del Rosario. Más precisamente:
«Quien contempla a Cristo recorriendo las etapas de su vida —escribe—, descubre también en Él la verdad sobre el hombre. Ésta es la gran afirmación del Concilio Vaticano II, que tantas veces he hecho objeto de mi magisterio».
 
Se lee en una nota la inevitable referencia a Gáudium et spes, capítulo 22, de donde el papa cita una frase:
«En realidad, el misterio del hombre sólo se enciende realmente en el misterio del Verbo encarnado».
Luego conecta:
«Contemplando su nacimiento [el hombre] aprende el carácter sagrado de la vida, mirando la casa de Nazaret se percata de la verdad originaria de la familia según el designio de Dios».
 
Y de hecho, éste fue el estribillo de Juan Pablo II desde el principio de su pontificado; por ejemplo a la vuelta de un desplazamiento en Turín en 1980, se apresuraba a comunicar urbi et orbi, en el Regína Cœli del 20 de abril: «el fruto de esta peregrinación pascual y esta visita»:
«Es una nueva experiencia de la fe en Cristo que vuelve a dar constantemente al hombre la alegría de ser hombre. Sí, Cristo da al hombre esta alegría. Y ése es el mayor don. Es el fundamento de todo lo que los hombres desean y pueden realizar a través de cualquiera de sus programas o ideologías».
 
Hoy, veinte años después, Juan Pablo II persiste y firma:
«Se puede decir que cada misterio del Rosario, bien meditado, ilumina el misterio del hombre».
 
Henos aquí retornados del Cielo… ¡a la tierra!
«El primer ciclo, el de los “misterios gozosos”, se caracteriza efectivamente por el gozo que produce el acontecimiento de la encarnación.» La alegría del hombre de ser hombre. Esto es evidente desde la anunciación, cuando el saludo de Gabriel a la Virgen de Nazaret se une a la invitación a la alegría mesiánica: “Alégrate, María”. A este anuncio apunta toda la historia de la salvación, es más, en cierto modo, la historia misma del mundo. Es la historia de la humanidad toda entera que constituye una “historia santa”, y no solamente la historia del pueblo judío.
 
«En efecto, si el designio del Padre es de recapitular en Cristo todas las cosas (cf. Ef 1, 10), el don divino con el que el Padre se acerca a María para hacerla Madre de su Hijo alcanza a todo el universo. A su vez, toda la humanidad está como implicada en el fiat con el que Ella responde prontamente a la voluntad de Dios.» (n° 20) Por último, es toda la humanidad que está «llena de gracias».
 
De golpe, la Visitación no es más un «misterio», es una «escena», que baña en la alegría, así como «la escena de Belén»: «El regocijo se percibe en la escena del encuentro con Isabel, dónde la voz misma de María y la presencia de Cristo en su seno hacen “saltar de alegría” a Juan (cf. Lc 1, 44). Repleta de gozo es la escena de Belén, donde el nacimiento del divino Niño, el Salvador del mundo, es cantado por los ángeles y anunciado a los pastores como “una gran alegría” (Lc 2, 10)» (n° 20). La alegría, para el Niño divino, el Salvador del mundo, de ser hombre.
 
Incluso los misterios gloriosos, en vez de hacernos gustar las cosas de Arriba, nos traen de vuelta abajo:
«¿Cómo se podría, en fin, contemplar la gloria de Cristo resucitado y a María coronada como Reina, sin sentir el deseo de hacer este mundo más hermoso, más justo, más cercano al proyecto de Dios? En definitiva, mientras nos hace contemplar a Cristo, el Rosario nos hace también constructores de la paz en el mundo» (n° 40).
 
¡Es precisamente lo que Dios no quiere!
«En cuanto a la gracia de la paz —escribía sor Lucía el 12 de junio de 1967— cuando todo parezca perdido, entonces se verá el milagro. Antes, se lo atribuiría a la intervención de los hombres. Tal es mi confianza pero esta confianza exige oración y penitencia. Sobre todo la penitencia que nos impulsa a abandonar nuestra vida de pecado, es la que se comprende menos y es la más necesaria para obtener la gracia. Dios quiera hacer comprender esto a las almas».
 
¿Pero cómo podría, si el Papa pone un obstáculo? En otra carta del mismo mes de junio de 1967, sor Lucía escribe:
«No podemos tomar descansos, en tanto no consigamos arrancar esta gracia [de la paz] del Corazón de Dios por la mediación del Corazón Inmaculado de María».

Hace más. No se contenta con «quince misterios»: «De los muchos misterios de la vida de Cristo, el Rosario, tal como se ha consolidado en la práctica más común corroborada por la autoridad eclesial [y por la Virgen en Persona], sólo considera algunos. Dicha selección proviene del contexto original de esta oración, que se organizó teniendo en cuenta el número 150, que es el mismo de los Salmos».
«Para resaltar el carácter cristológico del Rosario, considero oportuna una incorporación que, si bien se deja a la libre consideración de los individuos y de la comunidad, les permita contemplar también los misterios de la vida pública de Cristo desde el Bautismo a la Pasión. En efecto, en estos misterios contemplamos aspectos importantes de la persona de Cristo como revelador definitivo de Dios. Él es quien, declarado Hijo predilecto del Padre en el Bautismo en el Jordán, anuncia la llegada del Reino, dando testimonio de él con sus obras y proclamando sus exigencias. Durante la vida pública es cuando el misterio de Cristo se manifiesta de manera especial como misterio de luz: “Mientras estoy en el mundo, soy luz del mundo”» (Jn 9, 5).

Parte III: ¡SATANÁS, EL LADRÓN DE LA INMACULADA!
Juan Pablo II entra pues en competencia con la Madre de Dios. De Ella, lo sabemos, depende la paz del mundo, mediante la comunión reparadora de los primeros sábados y la consagración de Rusia:
«Si este acto por el cual se nos concederá la paz, no se produce —avisa sor Lucía desde 1940—, la guerra cesará sólo cuando la sangre derramada por los mártires sea suficiente para apaciguar a la divina justicia».
 
Nadie puede negar que desde 1940 la guerra no cesó. Ahora bien, Juan Pablo II se substituye a la Virgen negándose a consagrar Rusia a su Corazón Inmaculado, y predicando el desarme:
«Comprometámonos solemnemente, aquí y ahora —lanzaba en Hiroshima el 25 de febrero de 1981— a nunca más permitir (y menos buscar) que la guerra sea un medio de solucionar los conflictos. Prometamos a nuestros hermanos en humanidad trabajar sin cansarnos en el desarme y en la condena de todas las armas atómicas. Sustituyamos la dominación y el odio por la confianza mutua y la solidaridad».
 
En 1940, sor Lucía escribía al obispo de Leiria:
«¡Ah! ¡si el mundo supiera el momento de gracia que le es concedido e hiciera penitencia!»
 
En vano se busca esta llamada a la penitencia en la Carta apostólica de Juan Pablo II. Por una buena razón: la «penitencia» que pide la Santísima Virgen es la abjuración de la «autoproclamación» que Wojtyla impone a la Iglesia desde hace veinticinco años, y que la Virgen del Rosario aplasta hoy bajo la señal de «Caná».
  
En efecto, en las bodas de Cana la Madre de Jesús habla como Dios Padre:
«Haced todo lo que Él os diga».
Es también lo que dice la voz del Padre que rasga la nube en el Bautismo del Jordán o sobre la montaña de la Transfiguración:
«Éste es mi querido Hijo en quien tengo puesta toda mi complacencia. ¡Escuchadle a Él!»
 
La Virgen dicho a los criados, de la misma manera, con autoridad soberana: «¡Haced todo lo que Él os diga» sabiendo que «Éste es su querido Hijo» que no le negará nada porque tiene todo su favor.
  
Por Sí mismo, en su… «autonomía», a María que le decía: «No tienen más vino», Jesús comenzó por responder que la «Hora» de su revelación —de mostrar su gloria— «aún no había venido».
 
Pero sobre la palabra de su Madre a los criados: «Haced todo lo que Él os diga», consiente en anticiparla. ¡Es pues todo lo contrario de una «autorrevelación»! Es ella la que manda a este Hijo que es uno con Ella, como es uno con su Padre. Y es Ella la que nos manda nosotros, como el Padre en el día del Bautismo o la Transfiguración.
 
«Haced todo lo que Él os diga»
Pasa pues primera, y Jesús la obedece, y sólo por su intervención obedecemos a Jesús… Ella es Reina… y es por eso que es la Criatura más odiada por las potencias infernales y también la más amada por el Corazón de Dios.
 
Jesús está donde está María. Y allí donde está María, allí está la Iglesia. Ella es la Madre del género humano redimido. En el Corazón Inmaculado de María está nuestro refugio. Desde que Ella dijo a Lucía:
«Mi Corazón Inmaculado será tu refugio», 
tenemos en efecto,
«un poderosísimo consuelo, los que consideramos nuestro refugio y ponemos la mira en alcanzar los bienes que nos propone la esperanza» (Hb 6, 19),
como un náufrago toma una pértiga que se le tiende:
«La cual sirve a nuestra alma como de una áncora segura y firme, y penetra el velo adentro: Donde entró Jesús por nosotros, nuestro precursor, pontífice por toda la eternidad según el orden de Melquisedec».
 
Fuera de allí no hay salvación. Es ella quien nos lleva, a nosotros sus hijos, a la fuente de la gracia y de la gloria en el seno del Padre en la única Sabiduría filial y el Amor espiritual, es decir… ¡al Cielo, meta de todos nuestros trabajos!

sábado, 21 de noviembre de 2009

HISTORIA DEL SEDEVACANTISMO: EL ABBÉ DE NANTES Y LA DEPOSICIÓN DEL PAPA

Desde Sursum Corda

Existe la creencia de que la postura sedevacantista es un desprendimiento, un movimiento que surgió entre algunos rebeldes de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X. De hecho esta es una teoría predominante entre los miembros de la Fraternidad y quienquiera que pueda hablar con un sacerdote o un seminarista sobre el tema (y esto es algo que hice largo y tendido) escuchará la misma idea: el sedevacantismo surge de miembros de la Fraternidad que se desviaron a posiciones no católicas y cismáticas, tal vez por el escándalo y no poder comprender la verdadera situación.



La verdad es muy diferente. Luego de leer un interesante artículo publicado en Sodalitium sobre el Sedevacantismo (refutación de las acusaciones que la FSSPX ha hecho a esta postura teológica), no me fue difícil aceptar, tras los impresionantes argumentos en que:


  • El Sedevacantismo fue anterior a la “Postura prudencial” de Monseñor Lefebvre.
  • El Sedevacantismo fue contemporáneo al “Vaticano II”, e incluso de carácter preventivo.
  • El Sedevacantismo era la tesis más importante y de hecho la dominante.
  • Los sedevacantistas eran los principales opositores al Concilio y la Nueva Misa, mientras Monseñor Lefebvre guardaba silencio.
  • Los Sedevacantistas aguardaban una declaración de Monseñor Lefebvre, y a pesar de que esta no se daba, ellos nunca dejaron de apoyarle.
  • Fue Monseñor Lefebvre quien provocó la ruptura en el seno del Tradicionalismo al iniciar algo que, hasta luego del Concilio nunca se había planteado: la posibilidad de que la “Tradición” conviviera con el Modernismo, de que la Fe Católica pudiera estar junto con la Fe Modernista y Conciliar... la posibilidad de una Capilla con Misa Latina, en una gran catedral del Novus Ordo... en una frase: “la interpretación del Concilio a la luz de la Tradición”
En aquel entonces, mientras el Conciliábulo se estaba desarrollando, no faltaron incluso quienes propusieron la deposición de Pablo VI. En efecto, el Abbé de Nantes fue, junto con el Padre Arriaga y el grupo Mexicano uno de los lideres mundiales de la Tradición Católica, uno de los que, desde el pulpito denunció a la herejía que el Concilio trataba de aprobar. En el año 1967, el Abbé realizó un extenso y atento estudio sobre la posibilidad de un papa hereje, sus conclusiones fueron, según consta en la Contra Reforma Católica y retoma el artículo de Sodalitium los siguientes:


Los fieles no podían contestar la validez de la elección de Pablo VI, a causa de la aceptación pacífica de la Iglesia universal (...). Asimilando la tesis del Cardenal Journet (el Papa herético no es depuesto ipso facto, sino que debe ser declarado como tal por la Iglesia), el abbé de Nantes constataba que Pablo VI, apóstata, hereje, escandaloso y cismático, debía ser declarado depuesto por el clero romano (los Cardenales). «Es su deber [de quien constata los errores de Pablo VI] presentar esta acusación ante la Iglesia. Primero, advirtiendo al propio Papa; luego, apelando (...) al magisterio infalible de este Papa o, a falta de éste, al Concilio. Formalmente, compete al clero de Roma y fundamentalmente a los cardenales y obispos, sufragáneos del Obispo de Roma, el cometido de conducir a término una misión tan peligrosa como urgente, para la salvación de la Iglesia». «Tal acción -escribía- (...) tiene preeminencia sobre cualquier otro desvelo y constituye la más alta caridad, puesto que el Pez -ICTUS- se pudre desde la Cabeza si no se le quita la función suprema al hombre ya muerto». En esta perspectiva, vio en la carta de aprobación de los Cardenales Ottaviani y Bacci al Breve Examen Crítico del Novus Ordo Missae (1969), la iniciación del proceso canónico contra Pablo VI. Con este objetivo, el 10 de abril de 1973 elevó a Pablo VI un Liber Accusationis en el que Giovanni Battista Montini es acusado de apostasía, herejía y cisma. En ese contexto, solicitó a los Obispos (y especialmente, si bien sin nombrarlo, a Mons. Lefebvre) que rompieran la comunión con Pablo VI. «Queda todavía el último remedio, heroico, el único que tema aquel que concientemente y con pertinacia ha invertido el sentido de su misión divina y apostólica. Hace falta que un Obispo, también él sucesor de los Apóstoles, miembro de la Iglesia docente, hermano del Obispo de Roma y como él ordenado al bien común de la Iglesia, rompa su comunión con él hasta que no haya dado pruebas de su fidelidad al oficio del Sumo Pontificado». «Es evidente que el abbé Georges de Nantes deseaba que Mons. Lefebvre declarase cuanto antes su sustracción de la obediencia a Pablo VI, rompiendo su comunión con él, según las antiguas fórmulas de un San Basilio [ya citada en 1965] o de un San Colombano».


La propuesta inquietó a Pablo VI. Ya en 1969 la Congregación para la Doctrina de la Fe había exigido al abbé de Nantes que «renegase de la acusación de herejía presentada contra Pablo VI y de la conclusión aberrante (...) sobre la oportunidad de su deposición por parte de los cardenales» (fórmula de retractación). Ante su negativa, se limitó a notificar que esto «descalifica asimismo el conjunto de sus escritos y actividades» (Notificación del 9 agosto de 1969).