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sábado, 5 de septiembre de 2026

ADVERTENCIAS DE SAN IRENEO CONTRA LOS HEREJES Y SUS INSIDIAS

Reflexión por João Christian Franco. Traducción propia.
   

Todavía en el siglo II de la Era Cristiana (años 100 d. C.), y faltaban más de cien años para el emperador Constantino, y San Ireneo de Lyon (c. 130-202 d. C), ya estaba acusando el modus operándi de los herejes de su tiempo (modus operándi idéntico al de la víbora protestante), consistente en el rechazo a la Sagrada Tradición y la distorsión de las Sagradas Escrituras.
  
Más, ¡ved si es posible coadunar las 20 advertencia de San Irineo de Lyon con las prácticas impías de la falsa y anti-Iglesia roncalli-prevostiana (la secta del Vaticano II), las tolerancias nefastas, las complacencias nefandas, el diálogo abyecto y anticristiano, la falsa fraternidad masónica y el falso ecumenismo noájida para con las sectas y falsas religiones, tan largamente difundidas, protegidas y promovidas, desde hace más de 60 años!
__________________________________________
  
20 ADVERTENCIAS CONTRA LOS HEREJES Y SUS INSIDIAS (1.ª Tim. 4, 1), EXTRAÍDAS A PARTIR DE LA OBRA DE SAN IRENEO
   
  1. Cuídate de los herejes: los lobos pueden esconderse disfrazados de ovejas (Matth. 7, 15).
    San Ireneo advierte que el erro se reviste de apariencia de verdad y que los falsos maestros se camuflan bajo «pieles de ovejas», siendo precisamente aquellos «de quien el Señor nos ordenó guardarnos» (Act. 20, 29-30).
    Referencia: Contra las Herejías, libro I, Prefacio, 2.
      
  2. No te dejes seducir por las apariencias de la verdad: el error sabe disfrazarse para engañar (2.ª Cor. 11, 13-15).
    «El error […] no se muestra tal como es», sino que se adorna «fraudulentamente de plausibilidad», llegando a parecer a los inexpertos «más verdadero que la misma verdad» (Eph. 4, 14).
    Referencia: Contra las Herejías, libro I, Prefacio, 2.
       
  3. Desenmascara el engaño: no permitas que la falsificación de la verdad pase como doctrina cristiana (1.ª Joann. 4, 1).
    San Ireneo compara a la herejía con una falsificación que precisa ser examinada por alguien capaz de «desenmascarar el fraude». La intención declarada de su obra es brindar a los fieles los medios para refutar lo que es «absurdo, inconsistente y opuesto a la verdad» (1.ª Tim. 6, 20-21).
    Referencia: Contra las Herejías, libro I, Prefacio, 2-3.
       
  4. Advierte al hereje: si permanece obstinado, evítalo (Tito 3, 10).
    San Ireneo recuerda expresamente la orden apostólica: «Pablo manda que los evitemos después de la primera y segunda advertencia» (Rom. 16, 17).
    Referencia: Contra las Herejías, libro I, cap. 16, 3.
       
  5. No mantengas familiaridad religiosa con quien corrompa deliberadamente la fe (2.ª Joann. 1, 10-11).
    San Ireneo agrega que San Juan o«amplía la condena», prohibiendo «hasta saludarlos», porque aquel que así procede «participa de sus obras inicuas» (1.ª Cor. 5, 11).
    Referencia: Contra las Herejías, libro I, cap. 16, 3.
      
  6. Rechaza y condena la herejía, y apártate de sus partidarios obstinados (2.ª Tim. 3, 5).
    La formulación de San Ireneo es inequívoca: «Rechazando y condenando convenientemente esta doctrina debemos huir a otra parte, lejos de ellos» (1.ª Tim. 6, 3-5).
    Referencia: Contra las Herejías, libro I, cap. 16, 3.
      
  7. Desconfía del lenguaje piadoso cuando este sirva como vehículo para el error (Col. 2, 8).
    San Ireneo denuncia a los que presentan «como cebo el nombre de Jesus» y, valiéndose de la «dulzura y honorabilidad del nome» ofrecen a los incautos «el veneno amargo y pernicioso de la serpiente» (2.ª Cor. 11, 3).
    Referencia: Contra las Herejías, libro I, cap. 27, 4.
      
  8. No te dejes conquistar por la semejanza de las palabras: el hereje puede hablar como cristiano para arrancarte de la Fe (2.ª Pe. 2, 1-3).
    De los valentinianos, San Ireneo dice que son «simuladores, seductores perversos e hipócritas», dado que ellos “engañan y atraen a los más sencillos, simulando nuestra manera de hablar», hasta conseguir llevarlos a abandonar la fe (Gál. 1, 6-7).
    Referencia: Contra las Herejías, libro III, cap. 15, 2.
       
  9. Refuta a los que aún pueden ser corregidos; a los feroces e intratables, apártalos lejos (2.ª Tim. 2, 24-26).
    Es una de las advertencias más severas de San Ireneo: «Podrás refutar a los más moderados y humanos de ellos», pero en cuanto a los demás, «apartarás lejos de ti a los más feroces e intratables, para que no tengas que soportar nunca más su palabrería» (Matth. 7, 6).
    Referencia: Contra las Herejías, libro II, cap. 31, 1.
      
  10. Cuanto más extraordinarios parezcan los falsos maestros, tanto mayor sea tu cautela (Matth. 24, 24).
    San Ireneo dice de los que seducían por medio de pretensos prodigios: «debemos evitarlos como evitamos a aquel dragón», y agrega: «cuanto más parecen obrar prodigios, tanto más nos debemos prevenir de ellos» (2.ª Thes. 2, 9-10).
    Referencia: Contra las Herejías, libro II, cap. 31, 3.
       
  11. No confundas prodigios con santidad: el engaño también sabe maravillar (Apoc. 13, 13-14).
    Contra ciertos falsos maestros, San Ireneo habla de “error”, “seducción”, “trucos mágicos”, “todos los fraudes”, “actividad diabólica” y “fantasias idolátricas”. La apariencia extraordinaria, por tanto, no dispensa el discernimiento, sino que lo hace más necesario (Act. 8, 9-11).
    Referencia: Contra las Herejías, libro II, cap. 31, 2-3.
       
  12. Sigue la prudencia de los Apóstoles: no trates al corruptor de la verdad como si su doctrina fuese indiferente (Gál. 1, 8-9).
    San Ireneo recuerda que San Juan, al encontrarse al hereje Cerinto en las termas de Éfeso, «apresuróse a la salida»; y que San Policarpo respondió a Marción: «Yo te conozco como el primogénito de satanás». En seguida explica: «tanta era la prudencia de los Apóstoles y sus discípulos, que rechazaban comunicar, así fuese solo de palabra, con alguien que contaminase la verdad» (Judas 1, 13). 
    Referencia: Contra las Herejías, III, cap. 3, 4.
      
  13. Los caminos que se alejan de la Tradición apostólica deben ser vistos con desconfianza (2.ª Thes. 2, 15).
    San Ireneo enseña que aquellos que se apartan de la sucesión eclesial «deben ser vistos con desconfianza, como herejes y de mala fe, como cismáticos llenos de orgullo y de suficiencia, o incluso, como hipócritas» (1.ª Tim. 3, 15).
    Referencia: Contra las Herejías, libro IV, cap. 26, 2.
       
  14. Huye de las opiniones que seducen a los sencillos y conducen a la apostasía (Hebr. 13, 9).
    San Ireneo afirma que los Apóstoles «nos rogaron que se huyese de tales opiniones», pues, previendo su aparición, sabían que ellas «seducirían a los más simples». Comparándolas a la serpiente que engañó a Eva, dice que conducen a la muerte a los que creen en ellas (Gén. 3, 4-5).
    Referencia: Contra las Herejías, libro IV, Prefacio, 3-4.
       
  15. No te limites a reconocer la herejía: aprende a refutarla (1.ª Pe. 3, 15).
    San Ireneo quiere que el cristiano esté preparado para «oponerse debidamente» a las falsas doctrinas y «refutar a todos los herejes», «rechazando como inmundicia sus doctrinas» (Tito 1, 9).
    Referencia: Contra las Herejías, libro V, Prefacio.
      
  16. Contra la mentira religiosa, no basta la tibieza: la firmeza es necesaria (Eph. 6, 11-13).
    Toda la obra de San Ireneo se presenta como «denuncia y refutación de la pseudognosis» [San Ireneo entendía como “gnosis” el conocimiento de la doctrina cristiana y la predicación del Evangelio, N. del T.]. Su propósito es poner la verdad en evidencia, desmontar las opiniones impías y proveer argumentos a los fieles para combatirlas (2.ª Cor. 10, 4-5).
    Referencia: Contra las Herejías, libro IV, cap. 41, 4; libro V, Prefacio.
      
  17. No busques alimento espiritual en el disenso de los herejes: refúgiate en la Iglesia (1.ª Tim. 3, 15).
    La advertencia es literal: «Es necesario, por tanto, evitar las doctrinas de ellos y prestar mucha atención para que no seamos perjudicados y, sobre todo, refugiarnos en la Iglesia» (Act. 2, 42).
    Referencia: Contra las Herejías, libro V, cap. 20, 2.
      
  18. No tengas contacto con el disenso herético; aliméntate de las Escrituras en la Iglesia (2.ª Tim. 3, 16-17).
    Después de recomendar que el fiel sea nutrido por las Escrituras, San Ireneo agrega sin duda: «no tengáis ningún contacto con el disenso de los herejes» (Rom. 16, 18).
    Referencia: Contra las Herejías, libro V, cap. 20, 2.
      
  19. Guárdate de los que mutilan las Escrituras o les pervierten el sentido para hacerlas servir a sus propias doctrinas (2.ª Pe. 3, 16).
    San Ireneo denuncia a los que «se pusieron a recortar las Escrituras, rechazando completamente algunas», y también a aquellos que, aunque admitan las Escrituras, «les pervierten el sentido». O sea: no basta citar la Biblia, porque es posible conservarla materialmente y aún así corromper su significado para acomodarla a una doctrina previamente inventada (Apoc. 22, 18-19).
    Referencia: Contra las Herejías, libro III, cap. 12, 12.
      
  20. Repudia públicamente a los que rechazan la Tradición apostólica, pues, al oponerse a ella, acaban contradiciendo también las Escrituras (2.ª Thes. 3, 6).
    San Ireneo es particularmente contundente: cuando los herejes son conducidos «a la Tradición que viene de los Apóstoles y que es conservada en las distintas iglesias [= diócesis], por la sucesión de los presbíteros», ellos «se oponen a la tradición», juzgándose más sabios que los presbíteros y hasta que los propios Apóstoles. Y concluye: «Acontece con esto que ya no concuerdan ni con las Escrituras ni con la tradición» (1.ª Cor. 11, 2).
    Referencia: Contra las Herejías, libro III, cap. 2, 2.

domingo, 24 de mayo de 2026

NATURALEZA, MISIÓN Y EFECTO DEL ESPÍRITU SANTO, SEGÚN SANTO TOMÁS DE AQUINO

Traducción del artículo publicado en RADIO SPADA.
   
  
Jesús dice: «El Paráclito, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, os enseñará todas las cosas y os explicará todo lo que os he dicho» (Jn. 14, 24) [1]. Aquí destaca tres aspectos del Espíritu Santo: primero, lo describe; segundo, describe su misión; tercero, su efecto.

1. La descripción del Espíritu Santo
Lo describe de diversas maneras: como Paráclito, como Espíritu y como Santo.
  • Paráclito: Él es así porque nos consuela, tanto ante la tristeza causada por las tribulaciones de este mundo: «Afuera hay batallas, adentro temores» (2.ª Cor. 7, 5), «Él que nos consuela en todas nuestras tribulaciones» (2.ª Cor. 1, 4). Y lo hace porque Él es Amor, haciéndonos amar a Dios y considerarlo el bien supremo: por esta razón soportamos con alegría los insultos, como se dice en Act. 8, 39: «Los apóstoles salieron de la presencia del Sanedrín gozosos, porque fueron considerados dignos de sufrir deshonra por el nombre de Jesús»; y en Mt. 5, 12: «Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa es grande en el cielo». Además, nos consuela ante la tristeza de los pecados pasados, de lo cual se dice en Mt. 5, 5: «Bienaventurados los que lloran». Y Él hace esto porque nos da la esperanza del perdón: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes perdonéis sus pecados, les serán perdonados» (Jn. 20, 23) y «Para consolar a los que lloran en Sion» (Isa. 61, 3).
  • Espíritu: Es porque mueve los corazones a la obediencia a Dios: «Cuando viene como un río caudaloso, impulsado por el Espíritu del Señor» (Isa. 59, 19); «Todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, esos son hijos de Dios» (Rom. 8, 14).
  • Santo: Es porque nos consagra a Dios; de hecho, todas las cosas consagradas se llaman santas: «¿No sabéis que vuestros cuerpos son templo del Espíritu Santo?» (1.ª Cor. 6, 19); «El torrente del río alegra la ciudad de Dios» (Sal 45, 5).
  
2. La misión del Espíritu Santo
Luego, cuando dice: «A quien el Padre enviará en mi nombre», habla de su misión. No debe entenderse que viene a nosotros a través de un movimiento local, sino que debe estar en ellos, donde antes no estaba, de una manera nueva: «Envía tu espíritu y serán creados» (Sal. 103, 30) se entiende en el sentido espiritual. Pero nótese que el Espíritu Santo es enviado por el Padre y el Hijo [2]: para demostrarlo, Jesús a veces dice que el Padre lo envía, como aquí; a veces que Él mismo lo envía, como más adelante en el capítulo 16, 7: «A quien yo os enviaré». Pero nunca dice que es enviado por el Padre sin recordarse a sí mismo; por eso dice: «A quien el Padre enviará en mi nombre». Tampoco dice que el Hijo sea enviado por sí mismo, sin recordar al Padre; por eso dice: «A quien yo os enviaré del Padre». Pero ¿qué significa «en mi nombre»? ¿Acaso el Espíritu Santo será llamado el Hijo? Podría decirse que esto se expresa porque el Espíritu Santo fue dado a los fieles al invocar el nombre de Cristo. Pero es mejor decir que, así como el Hijo vino en el nombre del Padre —«Yo he venido en el nombre de mi Padre» (Jn. 5, 43)—, así también el Espíritu Santo viene en el nombre del Hijo. El Hijo vino en el nombre del Padre no porque fuera el Padre, sino porque era el Hijo del Padre; de ​​la misma manera, el Espíritu Santo viene en el nombre del Hijo, no porque se le llame Hijo, sino porque es el Espíritu del Hijo: «Si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él» (Rom. 8, 9); «Dios ha enviado el Espíritu de su Hijo a vuestros corazones» (Gál. 4, 6). Esto ocurre debido a la consustancialidad del Hijo con el Padre y del Espíritu Santo con el Hijo. Además, así como el Hijo, viniendo en el nombre del Padre, sometió a sus fieles al Padre —«Nos has hecho un reino por medio de nuestro Dios» (Apoc. 5, 10)—, así también el Espíritu Santo nos ha configurado al Hijo, al adoptarnos como hijos de Dios: «Habéis recibido el Espíritu de adopción, por el cual clamamos: ¡Abba, Padre!» (Rom. 8, 15).

3. El efecto del Espíritu Santo
Finalmente, habla del efecto del Espíritu Santo, diciendo: «Él os enseñará todas las cosas». Porque así como el efecto de la misión del Hijo fue conducir al Padre, así también el efecto de la misión del Espíritu Santo es conducir a los fieles al Hijo. El Hijo, siendo la Sabiduría misma engendrada, es la Verdad misma: «Yo soy el camino, la verdad y la vida» (Jn. 14, 6). Y por lo tanto, el efecto de esta misión es hacer a los hombres partícipes de la sabiduría divina y conocedores de la verdad [3]. El Hijo, por lo tanto, nos transmite la doctrina, siendo el Verbo; pero el Espíritu Santo nos hace capaces de su doctrina. Por lo tanto, dice: «Él os enseñará todas las cosas», porque todo lo que un hombre enseña externamente, si el Espíritu Santo no da entendimiento internamente, trabaja en vano: si el Espíritu no está presente en el corazón del que escucha, las palabras del maestro serán en vano: «La inspiración del Todopoderoso da entendimiento» (Job 32, 8). hasta el punto de que incluso el Hijo, hablando a través del instrumento de la Humanidad [4], no tiene efecto a menos que Él mismo obre interiormente por medio del Espíritu Santo. Pero nótese que arriba dice: «Todo el que ha oído del Padre y ha aprendido, viene a mí» (Jn 6, 45). Aquí explica la razón: porque uno no aprende a menos que el Espíritu Santo enseñe; es decir: quien recibe el Espíritu Santo del Padre y del Hijo, conoce al Padre y al Hijo y viene a ellos. Él nos hace conocer todo interiormente inspirándonos, guiándonos y elevándonos a realidades espirituales. De hecho, así como quien tiene un gusto contaminado no tiene un verdadero conocimiento de los sabores, así también quien está contaminado por el amor al mundo no puede saborear las cosas divinas: «El hombre natural no recibe las cosas del Espíritu de Dios» (1.ª Cor. 2, 14). Pero puesto que «sugerir» es propio de los inferiores (como los funcionarios en asuntos divinos), ¿es el Espíritu Santo, que nos sugiere, acaso inferior a nosotros? Según San Gregorio, debemos responder que se dice que el Espíritu Santo «sugiere» no porque nos infunda conocimiento desde abajo, sino porque secretamente nos da la fuerza para conocer. O bien enseña porque nos permite participar de la sabiduría del Hijo, y sugiere porque nos impulsa porque Él es Amor. O bien «os sugerirá todo» en el sentido de que osnrecordará: «Todos los confines de la tierra se acordarán y se volverán al Señor» (Sal. 21, 28). Porque debéis saber que algunas de las cosas que Cristo dijo a sus discípulos no las entendieron, y otras las olvidaron por completo. Por eso el Señor dice: «Os enseñará todas las cosas» (que ahora no podéis comprender) «y os las sugerirá» (que no podéis memorizar). Pues, ¿cómo habría podido el evangelista Juan, después de cuarenta años, recordar todas las palabras de Cristo que escribió en el Evangelio, si el Espíritu Santo no se las hubiera sugerido? [5].
  
SANTO TOMÁS DE AQUINO. Comentario sobre el Evangelio de San Juan, cap. XIV, 6.

NOTAS (Del editor)
[1] Verso del Evangelio de la Misa de Pentecostés (Jn. XIV, 23-31).
[2] El Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo. Este es un dogma de fe, afirmado por los Padres griegos y latinos, defendido por Santo Tomás de Aquino, definido en los Concilios de Lyon y Florencia, y enseñado expresamente por Urbano VIII, Benedicto XIV, León XIII y San Pío X.
[3] Cf. Concilio Vaticano I, Constitución dogmática “Pastor Ætérnus”, al final.
[4] San Pedro Crisólogo, El misterio de la humanidad de Cristo (Divino Oficio, Lecciones 7.ª, 8.ª y 9.ª del Oficio de Maitines del 18.º Domingo después de Pentecostés).
[5] Según la tradición, el Evangelio de Juan fue escrito alrededor del año 70 d. C., es decir, cuarenta años después del discurso de Jesús. Las palabras de Santo Tomás se refieren a la inspiración e infalibilidad de las Sagradas Escrituras y a la Tradición como fuente primaria de la Revelación.

sábado, 9 de mayo de 2026

SAN GREGORIO NACIANCENO, OBISPO Y DOCTOR DE LA IGLESIA

«Ceñid vuestras cinturas y tened en vuestras manos las lámparas encendidas» (San Lucas XII, 35). 
   

San Gregorio Nacianceno, yendo a Atenas a estudiar filosofía, fue sorprendido en el mar por una tempestad tan violenta que prometió a Dios abandonar el mundo si escapaba del naufragio. Su voto fue escuchado y Gregorio, en compañía de San Basilio, compañero suyo de estudios en Atenas, retiróse a la soledad. Dormía en el desnudo suelo, llevaba cilicio, mortificaba su cuerpo con continuos ayunos y vigilias. Fue arrancado de su retiro, nombrándoselo patriarca de Constantinopla. Murió alrededor del año 390, a edad muy avanzada.  

MEDITACIÓN SOBRE EL BUEN EJEMPLO
I. Da buen ejemplo a los demás, lleva en tu mano la lámpara encendida, alumbra a tu prójimo y, con tus buenas acciones, abrasa su corazón con el amor de Dios. Es ésta una obligación que te impone la caridad; si faltas a ella, si te haces para el prójimo ocasión de escándalo, serás doblemente castigado. ¿Cómo te atreves a escandalizar a tu hermano, por quien dio su vida Jesucristo? San Francisco de Asís predicaba con su modestia; los apóstoles conquistaron más almas para Jesucristo con su paciencia que con sus predicaciones, y eso que sus palabras ardían en el fuego del Espíritu Santo.
   
II. Cuando veas las faltas de tu prójimo, vuélvete sobre ti mismo y examina si no incurres en iguales pecados. Si nada te reprocha tu conciencia, agradece a Dios, y considera la fealdad de aquellos peca dos para que les tengas aversión; reconocerás mejor su enormidad en otro que no en ti mismo. Huye de las ocasiones en que aquel desventurado naufragó, porque quien ama el peligro en él perecerá. «Dichoso aquel que no se detuvo en el camino de los pecadores» (Salmo).
   
III. Mira el ejemplo que te dan tantas almas santas. ¡Cuántas veces ves todos los días a personas que viven en la austeridad y en la humildad, que trabajan celosamente por la salvación de las almas! ¡Cuántos y cuántas jóvenes que tienden al cielo con esfuerzo continuo! Exclama con San Agustín: «¡Yérguense los ignorantes y se ganan el cielo, y nosotros, con toda nuestra ciencia, yacemos en la carne y en la sangre!».

Huir de las malas compañías. Orad por la conversión de los pecadores.

ORACIÓN
Oh Dios, que disteis al bienaventurado Gregorio a vuestro pueblo para que lo instruyera acerca de los caminos de la salvación eterna, haced, os lo suplicamos, que después de haberlo contado en la tierra como doctor y guía, merezcamos tenerlo como intercesor en el cielo. Por J. C. N. S. Amén.

miércoles, 18 de marzo de 2026

SAN CIRILO DE JERUSALÉN, OBISPO Y DOCTOR DE LA IGLESIA

«Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia» (San Mateo V, 7).
   

San Cirilo era obispo de Jerusalén cuando Juliano el Apóstata, por odio al cristianismo, quiso restablecer el templo de Jerusalén. Predíjole este santo que no quedaría piedra sobre piedra. En efecto, el rayo y los temblores derribaron lo que el apóstata había hecho edificar. Era San Cirilo tan caritativo que los arrianos, para arrebatarle su episcopado, lo acusaron en el 358 de haber vendido los ornamentos de la iglesia y distribuido su precio entre los pobres. Participó en el Concilio de Constantinopla, votando a favor del término ὁμοούσιος (homoúsios/consubstancial), que fue incorporado al Símbolo de la Fe. Murió en el año 387; y en 1883 fue declarado Doctor de la Iglesia.
  
MEDITACIÓN SOBRE LA MISERICORDIA
I. Debes compadecer los sufrimientos del prójimo, provengan de enfermedad o de pobreza. Esta compasión debe excitar en ti el deseo de aliviarlos, y este deseo debe ser efectivo. ¡Cuántas ocasiones pierdes de hacer el bien a los desgraciados! Nada hay que te haga más semejante a Dios como la caridad para con los pobres. Si no estás en condición como para socorrerlos, ruega a Dios que lo haga Él y agradécele el que te haya librado de las miserias que hacen gemir a tu prójimo. «Nunca se parece tanto el hombre a la Divinidad como cuando hace el bien a sus semejantes; sé providencia para los desventurados, imitando la misericordia de Dios» (San Gregorio).
   
II. Ten compasión de los pecadores; por ricos y felices que sean en apariencia, su suerte es mucho más digna de compasión que de envidia. Son tanto más dignos de lástima, cuanto que no conocen su mal estado y no quieren ponerle remedio. Adviérteles, si lo puedes, hazles conocer el lastimoso estado de su alma; ruega a Dios por ellos; apártalos de las ocasiones peligrosas; emplea para esto, tu solvencia, tus riquezas: bien que quiso dar su vida por ellos Jesucristo. «No envidies a los malos, antes bien compadécelos» (San Pedro Damián).
   
III. ¿Acaso tú mismo no eres digno de compasión, a causa de tus miserias o de tus pecados? Si es a causa de tus miserias, ten paciencia: Jesús vivió en el dolor, los santos pasaron su vida en las lágrimas. Si tus pecados te hacen digno de compasión, ten piedad de ti mismo; sal, lo más pronto posible, de ese funesto estado.
   
La caridad. Orad por los afligidos.
    
ORACIÓN
Suplicámoste nos concedas, oh Dios omnipotente, por la intercesión de tu bienaventurado Pontífice San Cirilo: conocerte a Ti, el único Dios verdadero, y a quien Tú enviaste, Jesucristo; para que merezcamos ser contados perpetuamente entre las ovejas que escuchan su voz. Por el mismo J. C. N. S. Amén.

lunes, 9 de febrero de 2026

SAN CIRILO DE ALEJANDRÍA, DOCTOR DE LA DIVINA MATERNIDAD DE MARÍA SANTÍSIMA

  
Su autoridad sirvió santamente los designios de Dios. San Cirilo es famoso por su defensa de la ortodoxia contra la herejía, particularmente contra el nestorianismo.
   
Arzobispo de Alejandría (Egipto). Defensor de la doctrina que proclama a María la Theotokos: Madre de Dios. Esta doctrina fue proclamada como dogma en el Concilio de Éfeso (431) que San Cirilo presidió bajo la autoridad del Papa San Celestino I. Su gran oponente era Nestorio, patriarca de Constantinopla.
   
Al ponerse en duda que María es madre de Dios se ponía en duda la identidad de Jesucristo quien es una persona divina. Por eso San Cirilo no solo aportó a la Mariología sino también a la Cristología.
   
El argumento de San Cirilo: María es la Theotokos, no porque ella existiese antes de Dios o hubiese creado a Dios. Dios es eterno y María Santísima es una criatura de Dios. Pero Dios quiso nacer de mujer. La persona que nace de María es divina por lo tanto ella es madre de Dios.
   
Su santa defensa de la verdad le ganó la cárcel y muchas luchas pero salió victorioso.
   
Testimonio de San Cirilo al final del Concilio de Éfeso:
«Te saludamos oh María, Madre de Dios, verdadero tesoro de todo el universo, antorcha que jamás se apagará, templo que nunca será destruido, sitio de refugio para todos los desamparados, por quien ha venido al mundo el que es bendito por los siglos. Por ti la Trinidad ha recibido más gloria en la tierra; por ti la cruz nos ha salvado; por ti los cielos se estremecen de alegría y los demonios son puestos en fuga; el enemigo del alma es lanzado al abismo y nosotros débiles criaturas somos elevados al puesto de honor».
Y sobre la realidad histórica que se vivía:
«No se puede imaginar la alegría de este pueblo fervoroso cuando supo que el Concilio había declarado que María sí es Madre de Dios y que los que no aceptaran esa verdad quedan fuera de la Iglesia. Toda la población permaneció desde el amanecer hasta la noche junto a la Iglesia de la Madre de Dios donde estábamos reunidos los 200 obispos del mundo. Y cuando supieron la declaración del Concilio empezaron a gritar y a cantar, y con antorchas encendidas nos acompañaron a nuestras casas y por el camino iban quemando incienso. Alabemos con nuestros himnos a María Madre de Dios y a su Hijo Jesucristo a quien sea todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos».

ORACIÓN
Oh Dios, que hiciste a San Cirilo tu Confesor y Pontífice, un invencible defensor de la divina maternidad de la santísima Virgen María: haz, por su intercesión, que cuantos la creemos verdaderamente Madre de Dios, nos salvemos por su maternal protección. Por J. C. N. S. Amén.

jueves, 27 de noviembre de 2025

EL SINGULAR HONOR DE SANTA MARÍA COMO MADRE DE DIOS Y REPARADORA DEL MUNDO

 
Hemos demostrado abundantemente por el discurso 106 cuánto recibió de Dios la Santísima Virgen por la maternidad todos los dones celestiales, toda pulcritud, toda belleza, toda gracia tanto de cuerpo como de alma.

Pero especialmente por esto que trajo al Salvador del mundo, es hecha nuestra corredentora, reparatriz del orbe, renovatriz del género humano, adjutriz de nuestra redención y cooperatriz de la salvación del género humano. ¡Oh inestimable honor!, ¡oh singular dignidad!
   
Así lo dicen gravísimos padres. San Agustín, en su Sermón de la Asunción, dice: «Esta es la que resolvió los daños de la primera madre, esta es la que trajo la redención al hombre perdido»; y en el Sermón de la Natividad de la Bienaventurada Virgen María: «La madre de nuestro género trajo la pena al mundo, y la Madre de nuestro Señor obtuvo la salvación al mundo. Eva es la causante de los pecados, María es la causante de los méritos: Eva perjudicó matando, María benefició vivificando: ella golpeó, y esta sanó». Nuevamente dice: «Creo en verdad y verdaderamente, que tú como criatura trajeses al Criador, y como sierva dieses a luz al Señor, para que por ti Dios redimiese al mundo, por ti iluminase, y por ti recondujese a la vida».

San Ireneo en Contra las herejías, libro 3, c. 33: «Así como Eva en su desobediencia se hiso causa de muerte para sí y para todo el género humano, así también María en su obediencia se hizo causa de salvación para sí y para todo el género humano».

San Juan Crisóstomo, en su homilía sobre la prohibición del árbol, dice: «Claramente fue restaurado por María lo que por Eva pereció». Y San Pedro Crisólogo, en su Sermón 140 dice esto sobre María: «Dio la paz a la tierra, la gloria al cielo, y la salvación a los perdidos».

De ahí que San Efrén, en su Oración a la Virgen la llama «Redención de los cautivos y salvación de todos». Sergio de Jerusalén, en su Sermón de la natividad de la Virgen la llama «Expulsadora de las tinieblas, reparadora de Adán, fuente de la inmortalidad, y destrucción de la corrupción». San Lorenzo Justiniano, en su Sermón de la natividad de la Virgen la llama «Reparadora del mundo, luz del mundo» y en otras partes «destructora del pecado». El Papa San León, en su sermón sobre la pasión del Señor, dirigiéndose a la Virgen, la llama «Virgen salvífica». De donde la misma Virgen Madre de Dios, en Prov. 8, 30, canta de sí misma así: «Con Él estaba yo disponiendo todas las cosas». Aunque el sentido común de los santos padres entiende estas palabras de la Sabiduría encarnada por lo que allí se dice: «Y eran todas mis delicias el estar con los hijos de los hombres», sin embargo, en un sentido místico la Iglesia Católica las asigna correctamente a la Santísima Virgen. Pues ella restauró todas las cosas con Cristo, sirviéndole y cooperando para la redención del género humano. Escuchemos a San Antonino, hombre resplandeciente en santidad, doctrina y dignidad arzobispal, exponiendo estas palabras en el libro 4 de la Suma Teológica, título 15, cap. 14, párrafo 3: «Con él compuse todas las cosas, es decir, recreando, lo que por el pecado había sido como destruido». A lo cual concuerda lo que dice San Bernardo en alguna parte: «Merecidamente, oh Señora, los ojos de todas las criaturas se vuelven hacia ti, en la cual, y desde la cual la benignísima mano de Dios, que las había creado, recreó».

Lanspergio, en su homilía 48 sobre la Pasión del Señor, meditó piadosa y eruditamente sobre este asunto. «Cristo, dice, quiso que su Madre estuviera presente en sus dolores, para que, por lo que veía con sus ojos externos, se sintiera herida interiormente, para que, así como participó de la Pasión de Cristo, también participara de nuestra redención».

Santa Brígida recibió esto de la misma Santísima Virgen en sus revelaciones, capítulo 35. «El dolor de Cristo, dice la Santísima Virgen, fue mi dolor, porque su corazón era el mío. Porque así como Adán y Eva vendieron el mundo por una manzana, así mi Hijo y yo redimimos el mundo, como si fuéramos un solo corazón». Y con razón; pues hay una sola carne de María y Cristo, un solo espíritu, una sola caridad, de lo cual hablaré con más claridad y expresividad más adelante, en el epíteto «La Causa de nuestra Alegría» , y ya he dicho algunas cosas anteriormente, discurso 125, párrafo 23.
   
Pero tal vez cualquiera curioso, o verdadero estudioso, objete: «Uno es Jesús el Hombre-Dios, quien murió por los hombres y redimió a los hombres. Expédit vobis, ut unus moriátur homo pro pópulo, os conviene que muera un solo hombre por el pueblo), dijo el Espíritu Santo por boca de Caifás (Joann. 11, 50). Y este Jesús, ya ascendido a la diestra del Padre, interpelado por su poder superior: Quáre rubrum est induméntum tuum, et vestiménta tua sicut calcántium in torculári?, ¿Por qué está rojo tu vestido, y tu ropa como si pisaras en el lagar? (Isaias 63, 2), responde: Tórcular calcávi solus, et de géntibus non est vir mecum, Yo solo pisé el lagar, y de las naciones no hubo ninguno conmigo, esto es, yo solo hollé la muerte, la destruí y la vencí, y no hubo hombre de las naciones, esto es, alguien que me ayudase, ni quien peleara conmigo contra los ejércitos y obrase la salud de los hombres, como exponen San Jerónimo y San Juan Crisóstomo en el salmo 44. Si Cristo solo ha vencido y satisfecho por los hombres, ¿cómo se llama a la Santísima Virgen redentora, reparadora del mundo, renovadara del género humano, auxiliadora de nuestra redención?».

Escuchemos el sermón de San Bernardo sobre la Asunción de la Santísima Virgen María, resolviendo esta cuestión: «Cristo hubiera podido bastar para la restauración del género humano, así como de Él viene toda nuestra suficiencia: pero no nos convenía ser solos hombres, nos convenía más que para nuestra restauración estuviesen presentes ambos sexos, ninguno de los cuales habría faltado en cuya corrupción». Además, tomad estas palabras con seriedad y comprended que la Santísima Virgen no es nuestra Redentora igual a Cristo, sino menos principal. Porque así como Eva no fue la causa propia y directa de la corrupción humana, porque en ella no pecamos, pero es llamada causa de nuestra corrupción, porque indujo a Adán a pecar: así la Santísima Virgen no fue per se causa de nuestra reparación, ni nos redimió, ni por vía de eficiencia, ni por vía de mérito obró algo de condigno para nuestra redención: pero es llamada Nuestra Redentora, la Reparadora del Mundo, etc., porque dio a luz a Cristo, el Redentor, el Reparador del Mundo, y de alguna manera, es decir, por conveniencia, lo mereció y lo obtuvo para nosotros. Ejemplos ilustrarán el asunto en el epíteto «Causa de nuestra alegría».

Tampoco debería extrañar a nadie que llamemos a la Santísima Virgen la ayudadora de Cristo, la redentora del mundo, la salvadora. Pues si el santo apóstol Pablo, en 1 Corintios 3, 9 se autodenomina claramente coadjutor de Dios: «adjutóres sumus». Si el profeta Abdías, en c. 1:21, llama a los apóstoles salvadores, dice que «los salvadores ascenderán al monte Sión», donde Nicolas de Lira dice: «Los salvadores, es decir, Pedro y Pablo, llamados salvadores participativamente, por ser los principales apóstoles, ascenderán al monte Sión, es decir, a la Iglesia, que se llama Monte Sión».

Antes de Lira, San Jerónimo, dice en el mismo sentido: «Él mismo, el Salvador quiso que sus apóstoles fueran salvadores del mundo, que ascendieran a la cueva del monte de la Iglesia». Y San Crisóstomo, en su Homilía 35 sobre San Mateo, llama a los apóstoles «salvadores y benefactores del mundo entero».

El apóstol confirma esta doctrina, quien, exhortando a su discípulo Timoteo a prestar atención a la doctrina, dice en 1 Timoteo 4:16: «Porque haciendo esto te salvarás a ti mismo y a los que te escuchan». Pablo añade a esto el apóstol San Judas: «Y a los que son juzgados, reprende; pero sálvalos, arrebatándolos del fuego». En el mismo versículo 22, ambos apóstoles hablan de salvación espiritual. Si, por lo tanto, los apóstoles son llamados ayudantes de Dios, salvadores de los hombres, ¿por qué no la Bienaventurada Virgen María?

El Abad Ruperto en el capítulo 1 de Oseas, de las palabras de Cristo (Juan 10, 35): «Si llamó dioses a aquellos a quienes llegó la palabra de Dios», deduce que los profetas no solo son llamados, sino también salvadores; especialmente porque la Escritura llama salvadores a Otoniel y a otros jueces que obraron la salvación temporal. Si, por lo tanto, son llamados salvadores aquellos por cuyo medio Dios liberó temporalmente a Israel, ¿cuánto más debería llamarse salvadora a la Bienaventurada Virgen María, quien no solo cooperó con Cristo para nuestra salvación, y esa salvación, no temporal, sino eterna, sino que también dio a luz al Salvador mismo?
  
San Juan Crisóstomo, al explicar las palabras de Hebreos 1, 14: «¿No son todos espíritus ministradores para el bien de los que heredarán la salvación?», observa el gran beneficio de Dios en esto: que la naturaleza ha designado a ángeles más nobles que nosotros como ministros de la salvación humana. Y así, a la objeción tácita de que, por lo tanto, los ángeles salvan a los hombres, lo cual es propio de Cristo, responde con estas palabras: «Cristo mismo salva como Señor, pero ellos como siervos». El teólogo lo explicaría convenientemente de la manera habitual en las escuelas: Cristo salva como causa principal, como autor de la salvación; los ángeles como ministros y colaboradores de la salvación humana. Lo cual puede decirse con mayor razón de la Santísima Virgen. Pues ella misma no solo administró, sino que también participó en la obra de la redención humana, y como si fuera corredentora, ya que de ella se tomó el oro incorruptible con el que fuimos comprados.

Y, en efecto, tenía estas cosas que proponer a quienes veneran a María respecto a su nombre, oficio, oficio, dones y virtudes, y respecto a su maternidad. El resto, que concierne a su virginidad, actos heroicos y su eminencia sobre todos los santos, lo trataré en otro volumen. Que esto sea para gloria del gran Dios, de nuestro Salvador Jesucristo, y de la Santísima Virgen María, a quienes ofrezco y dedico toda esta obra, tal como está.
   
FRAY JUSTINO ZAPARTOWICZ DE MIECHÓW OP (1590-1649), Discúrsus prædicábiles super Litanías Lauretánas, tomo I. Nápoles, Imprenta de Fribenio 1857, págs. 330 - 331. Traducción propia.

viernes, 21 de noviembre de 2025

POR COOPERAR A LA REDENCIÓN, LA SANTÍSIMA VIRGEN ES Y DEBE SER CORREDENTORA


Observo que la Redención del género humano pertenece principalmente a Cristo y debe ser atribuida solamente a Él como Redentor principal; y esto es también una verdad cierta de fe, pues está dicho expresamente: «Pisé solo el lagar, y ninguno de entre las naciones conmigo estuvo» (Isa. 63, 3); y «Él es el Mediador del Nuevo Testamento» (Hebr. 9, 15), lo que no se afirma de ningún otro. Por tanto, Cristo Señor es indudablemente el Mediador y Redentor principal. Y por este motivo, los títulos de la Bienaventurada Virgen como Corredentora y Coadjutora de Cristo en la reparación del género humano son, por algunos, abolidos y rechazados como inconvenientes.
   
Pregúntase, pues, si de facto la Bienaventurada Virgen cooperó en la Redención humana y si, por esto, merece el título de Corredentora, especialmente en la Pasión del Señor. A este respecto, afirmo que la Bienaventurada Virgen cooperó verdaderamente en la Redención humana, de modo a merecer, con pleno derecho, el título de Cooperadora de la Redención humana. Esta afirmación parece estar conforme al sentir común de los Padres y Doctores, pues, en primer lugar, Dios quiso que la obra de la Redención dependiese del consentimiento de la Virgen, no queriendo que la Encarnación se realizase sino precedida por el consentimiento de la Bienaventurada Virgen.

Así, Ella no concibió a Su Hijo simplemente como las otras madres conciben los hijos —las cuales deberían decir con la madre de los Macabeos: «No sé como aparecisteis en mi seno» (2.º Mac. 7, 22)—, sino que lo generó después de haber recibido el pedido por medio del Ángel y dado el previo consentimiento a la obra de la Redención. Y así Lo concibió como Redentor, pues fue dicho: «Y le pondrás por nombre Jesús» (Luc. 1, 31), que significa lo mismo que Salvador.
  
Por esto, San Bernardo se dirige a la Santísima Virgen en estos términos (Homilía 4.ª sobre Missus est): «El Ángel espera la respuesta; esperemos también nosotros, ¡oh Señora!, la palabra de misericordia, nosotros que miserablemente estamos oprimidos por la sentencia de condenación. He aquí que te es ofrecido el precio de la salvación: seremos inmediatamente libertos si consintieres». Si, pues, de la anuencia de la Bienaventurada Virgen dependía la obra de la Redención, Ella realmente cooperó con esta por su consentimiento, por la donación de su sangre, por el parto y por sus oficios maternos en la Redención humana.

Canónigo JEAN-JACQUES BOURASSÉ. Summa áurea de láudibus Beatíssimæ Vírginis Maríæ, tomo VII. París, 1862, col. 1275. Tradución propia.

domingo, 12 de octubre de 2025

EL MISTERIO DE LA HUMANIDAD DE JESUCRISTO

Rostro de Jesús (Ariel Agemian, 1935).

«Jesucristo, por sus actos humanos, obró misterios divinos, y valiéndose de recursos visibles realizó operaciones invisibles. “Subió a la barca, atravesó el lago y fue a su ciudad”. ¿No es el mismo que, separando las aguas, dejó al descubierto el fondo del mar, para que el pueblo de Israel pasase a pie enjuto, como por un desfiladero? ¿No es Él quien allanó debajo de los pies de Pedro las olas embravecidas, de suerte que el líquido elemento ofreciese un apoyo firme a sus plantas?
   
¿Qué razón tuvo para no usar en provecho propio de la obediencia del mar, y servirse de una barca para atravesar un lago tan reducido? “Subió a la barca y atravesó el lago”. ¿Qué hay en esto de extraño? Jesucristo vino a asumir nuestras debilidades y a comunicarnos su fuerza; a tomar lo que es humano y a cedernos lo que es divino: a recibir injurias y a conceder honores; a cargar sobre sí nuestros males y a traernos la salud; porque el médico que no conoce por experiencia propia la enfermedad, no sabe curar.
  
Si Jesucristo no hubiera descendido de la altura de sus perfecciones, nada habría tenido de común con los hombres; y si no se hubiera sujetado a la condición de nuestra vida corporal, en vano se habría revestido de nuestra carne. “Subió a la barca y atravesó el lago”. El Creador y Señor del universo empezó a tener una patria terrenal, hízose ciudadano judío, y comenzó a tener padres propios. Lo hizo para invitar por el amor, atraer por la caridad, ganar por el afecto y persuadir por la bondad, a los que habría retraído la autoridad, dispersado el temor y alejado el rigor del poder». 

SAN PEDRO CRISÓLOGO, Sermón 50. Lección VII-IX de las Maitines del XVIII Domingo después de Pentecostés.

lunes, 15 de septiembre de 2025

LA PASIÓN DEL CORAZÓN DE MARÍA, MUCHO MAYOR QUE TODOS LOS TORMENTOS DE LOS MÁRTIRES

Cristo, Varón de Dolores, en brazos de la Madre Dolorosa (Hans Memling, óleo y pan de oro sobre tabla, c. 1475-1479. Galería Nacional de Victoria, Australia).

«Mas consideremos las razones porque el martirio de María fue más cruel que el de todos los mártires. En primer lugar, reflexiónese que los mártires han padecido su martirio en los cuerpos por medio del fuego o del hierro: María padeció su martirio en el alma, como se lo profetizó Simeón: “Lo que será para ti misma una espada que traspasará tu alma” (“Et tuam ipsíus ánimam dolóris gládius pertransíbit”. Luc. II, 33). Como si le hubiera dicho el santo viejo: “¡Oh Virgen sacrosanta! Los demás mártires verán despedazados sus cuerpos con el hierro, pero Vos sereis traspasada y martirizada en el alma con la Pasión de vuestro mismo Hijo”. Ahora, así como el alma es mas noble que el cuerpo, así superó el dolor de Maria al de todos los mártires, como dijo Jesucristo a Santa Catalina de Siena: “No tiene comparacion el dolor del alma con el dolor del cuerpo” (“Inter dolórem ánimæ et córporis nulla est comparátio”). Por lo cual dijo el santo abad Arnoldo de Chartres que el que se hubiese hallado en el Calvario a ver el gran sacrificio del Cordero inmaculado cuando murió en la cruz, hubiera visto allí dos grandes altares, uno en el Cuerpo de Jesús, otro en el Corazón de María, donde al mismo tiempo que el Hijo sacrificaba su Cuerpo con la muerte, Maria sacrificaba el alma con la compasión (“Nímirum in tabernáculo illo duo víderes altária, áliud in péctore Matris, áliud in córpore Christi: Christus carnem, María immolábat ánimam”. Tract. de septem Verbis Dómini in Cruce, 3).
   
Además de esto, dice San Antonino, que “los demás mártires padecieron por el sacrificio de su vida propia; pero la Virgen santísima padeció sacrificando la vida del Hijo, a la cual amaba mucho más que a la suya propia” (Parte 1, título XIII, cap. XXIV). De manera que no solo padeció en el espíritu cuanto padeció el Hijo en el cuerpo, sino que a más de esto le causó más dolor a su Corazón la vista de las penas del Hijo, que si ella hubiera padecido todas aquellas penas en sí misma. Que María padeciese en su Corazóm todos los ultrajes con que vio atormentado a su amado Jesús, no puede dudarse. Todos saben que las penas de los hijos son también penas para las madres, cuando presencian sus sufrimientos. Considerando San Agustín el tormento que padecía la madre de los Macabeos en los suplicios que veía padecer a sus hijos, dice: “Padecía en todos viéndolos padecer; porque amándolos a todos sufría en los ojos lo que ellos padecian en su carne” (“Illa vidéndo in ómnibus passa est; qui amábat omnes, ferébat in óculis quod in carne omnes”. Sermón de los Santos Macabeos, cap. VI). Así también sucedió en María, todos aquellos tormentos, los azotes, las espinas, los clavos, la cruz que lastimaron las carnes inocentes de Jesús, escribió San Amadeo, entraron al mismo tiempo en el corazon de María para consumar su martirio (“Ille carne, illa corde passa est”. Homilía V). De modo, dice San Lorenzo Justiniano, que el Corazón de María fue como un espejo de los dolores del Hijo, en el cual se reflejaban las salivas, los golpes, las heridas y todo lo que padecía Jesús (“Claríssimum Passiónis Christi spéculum efféctum erat cor Vírginis; necnon et perfécta mortis ímago. In illo agnoscebántur sputa, convítia, vérbera, et Redemptóris vúlnera”. De triumphále Agonía Christi, сар. 11). Y reflexiona San Buenaventura que aquellas llagas que estaban esparcidas por todo el cuerpo de Jesús, estaban todas después reunidas en el Corazón de María (“Síngula vúlnera per ejus Corpus dispérsa in uno Corde sunt uníta”. De planctu Vírginis, en Stímulum Amóris, parte 1, cap. III).
  
De suerte que la Virgen por compasión del Hijo fue en su amante Corazón azotada, coronada de espinas, despreciada y clavada en la cruz. Y así contemplando el mismo Santo a María en el monte Calvario, cuando asistía al Hijo moribundo, empieza a preguntarle: “Señora, decidme, ¿dónde estábais vos entonces? ¿Estábais solamente cerca de la cruz? No, mejor diré que vos estábais en la misma cruz crucificada juntamente con vuestro Hijo” (“¡Dómina mea! ¿Ubi stabas? ¿Númquid tantum juxta crucem? Immo in cruce cum Fílio crucifíxa eras”. Ibid.). Y Ricardo de San Lorenzo, sobre las palabras que el Redentor dijo por Isaías: “El lagar pisé yo solo, de las naciones no hay hombre alguno conmigo” (“Tórcular calcávi solus, et de géntibus non est vir mecum”. Isa. LXIII, 5). “Señor”, añade, “tenéis razón de decir que en la obra de la humana redención sois solo para padecer, y no tenéis hombre alguno que se compadezca bastantemente de Vos; pero tenéis una mujer que es vuestra Madre, la cual padece en su Corazón cuanto Vos padecéis en el Cuerpo” (“Verum est, Dómine, quod non est vir tecum, sed mulier una est tecum, quæ omnia vulnera, quæ tu suscepisti in corpore, suscepit in corde”. De láudibus beátæ Maríæ Vírginis libri XII, lib. 1., cap. V)».
   
SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO, Las Glorias de María, segunda parte, Discurso IX “Los dolores de María”, punto 2.º.

miércoles, 28 de mayo de 2025

UNA HOMILÍA PARA LA CRISIS EN LA IGLESIA

La Navicella (Antoniazzo Romano, siguiendo a Giotto di Bondone. Madera transferida a lienzo. Museo del Pequeño Palacio Papal de Aviñón).

«El trabajo de los discípulos en el gobierno de la nave, y el viento que les era contrario, designan los diferentes trabajos de la Santa Iglesia, la cual se esfuerza por llegar al reposo de la patria celestial como a puerto seguro en medio de las olas contrarias del siglo y de las embestidas de los espíritus inmundos. Y muy bien se hace notar que la nave estaba en medio del mar, y que Jesús estaba solo en la tierra, ya que no pocas veces la Iglesia no sólo se halla afligida por las persecuciones de los Gentiles, sino que parecería, si fuere posible, abandonada temporalmente por su Redentor. He ahí aquella exclamación de la Iglesia cuando, acosada por las olas y las tempestades de sus pruebas, pide auxilio y protección, gimiendo y clamando: “¿Por qué, Señor, os mantenéis lejos de mí, desdeñándome en la necesidad y la tribulación?” (Ps. IXb, 1). Aprópiase también las palabras del enemigo que la persigue, añadiendo los siguientes versículos del mismo Salmo: “Porque él dice para sí: ‘Dios todo lo olvida, y vuelve su rostro para no ver nunca nada’” (Ps. Ibid., 11). Con todo, “Él no olvida la oración de los pobres” (Ibid., 12), ni aparta su rostro de los que esperan en Él, antes por el contrario, ayuda a los que pelean a fin de que puedan vencer, y corona a los vencedores. Por lo cual aquí se dice manifiestamente que vio a sus discípulos mientras se fatigaban remando: “Les vio el Señor trabajando en el mar”, aunque Él estaba en tierra. Porque si bien parece que de momento difiere el auxiliar a los atribulados, con todo no deja de fortalecerlos con su mirada para que no desfallezcan en las tribulaciones. Y aun algunas veces les socorre manifiestamente, como si Él anduviese sobre las aguas y calmase las olas tempestuosas».

SAN BEDA EL VENERABLE, Libro 2.º, cap. XXVIII, Comentario sobre el cap. VI del Evangelio de San Marcos, tomo IV. Divino Oficio, lecciones 7.ª, 8.ª y 9.ª de las Maitines del Sábado después de Ceniza. Traducción de Dom Alfonso María de Gubianas y Santandréu OSB, Breviario Romano, vol. I, págs. 487-488. Barcelona, Editorial Litúrgica Española S. A., 1936. Nihil Obstat de la orden por Dom Remigio Aixelá OSB S. Th. D., censor de la Orden, e Imprimátur por Dom Mauro Etcheverry OSB, Abad general de la Congregación Subiacense, el 27 de Noviembre de 1935. Nihil Obstat diocesano por Agustín Mas Folch CO, censor, e Imprimátur por el Ilmo. Sr. Dr. Don Manuel Irurita Almándoz, Obispo de Barcelona y Mártir de la Fe, el 3 de Diciembre de 1935.

domingo, 25 de mayo de 2025

PEDIR EN NOMBRE DE CRISTO LO QUE CONVIENE A LA SALVACIÓN


«Ahora hemos de tratar de estas palabras del Señor: “En verdad en verdad os digo, que cuanto pidiereis al Padre en mi nombre, os lo concederá”. Ya hemos dicho en las anteriores explicaciones, al tratar de las palabras del Señor (cf. Tratado 73), respecto de aquellos que piden algunas cosas al Padre en nombre de Cristo, y no las reciben, que no se pide en nombre del Salvador cuando se pide algo contra la salvación (San Juan XVI, 24), ya que no hemos de fijarnos tan sólo en el sonido de las letras y sílabas, sino en el significado del sonido. Y esto debemos tenerlo presente especialmente cuando dice: “En mi nombre”. Por lo mismo, el que piense de Cristo lo que no debe pensarse del único Hijo de Dios, no pide en su nombre, aunque pronuncie el nombre de Cristo, ya que pide en el nombre de aquel de quien piensa cuando pide. Mas aquel que siente de Cristo lo que se debe sentir, este tal pide en su nombre, y recibe lo que pide, si no es contra su eterna salud. Pero recibe cuando debe recibir. Algunas gracias no son rehusadas, mas se difieren para ser concedidas en su tiempo oportuno. Así debe entenderse lo que dice: “Os daré”; para designar con estas palabras aquellos beneficios que afectan particularmente a los que los piden. Ya que todos los Santos son oídos cuando piden en favor suyo, pero no lo son siempre cuando piden por los demás, tanto si son amigos como enemigos, u otros cualesquiera, ya que no se dijo de cualquier modo: “Dará”; sino: “Os dará”.
   
“Hasta ahora”, dice, “nada habéis pedido en mi nombre. Pedid, y recibiréis, para que vuestro gozo sea completo”. Esto que llama “gozo completo”, a la verdad no consiste en un gozo carnal sino espiritual, y cuando sea tan grande que al mismo nada se deba añadir, entonces verdaderamente será completo. Todo cuanto se pida relacionado con la consecución de este gozo, se ha de pedir en nombre de Cristo, y esto así lo pediremos si comprendemos bien la naturaleza de la gracia, si el objeto de nuestras peticiones lo constituye la vida verdaderamente bienaventurada. Pedir cualquier otra cosa es no pedir nada. No que sea nada absolutamente, sino que en comparación de bien tan grande como es la bienaventuranza, se reputa como nada».
     
SAN AGUSTÍN, Tratado 102 sobre el Evangelio de San Juan (cap. XVI, 23-28), 1-2. Divino Oficio, lecciones 7.ª, 8.ª y 9.ª de las Maitines de la Exaltación de la Santa Cruz. Traducción de Dom Alfonso María de Gubianas y Santandréu OSB, Breviario Romano, vol. I, págs. 668-669. Barcelona, Editorial Litúrgica Española S. A., 1936. Nihil Obstat de la orden por Dom Remigio Aixelá OSB S. Th. D., censor de la Orden, e Imprimátur por Dom Mauro Etcheverry OSB, Abad general de la Congregación Subiacense, el 27 de Noviembre de 1935. Nihil Obstat diocesano por Agustín Mas Folch CO, censor, e Imprimátur por el Ilmo. Sr. Dr. Don Manuel Irurita Almándoz, Obispo de Barcelona y Mártir de la Fe, el 3 de Diciembre de 1935.

lunes, 13 de enero de 2025

SI NUESTRO SEÑOR FUE BAUTIZADO, TODOS NECESITAN SER BAUTIZADOS


«Para que el purificador de todos fuera bautizado con todos, Él bajó y santificó el agua para nuestro bautismo [...] Pero si Él, el que todo lo limpia, fue bautizado, ¿qué hombre hay que no sea bautizado? Porque la gracia ha llegado al bautismo para lavar la suciedad de nuestra herida» (SAN EFRÉN DE SIRIA, Himno 10 para la Epifanía).

jueves, 22 de agosto de 2024

ACUDAMOS CON FE Y CONFIANZA A MARÍA SANTÍSIMA, EL TRONO DE LA GRACIA DE JESUCRISTO

Inmaculado Corazón de María (Santuario de Fátima, Portugal).

«
La carga y yugo que nuestro Señor impuso a San Juan, que cuidaba de su Virgen Madre, era en verdad un yugo dulce y una carga ligera. ¿Quién no consideraría una felicidad vivir bajo el mismo techo con ella, que durante nueve meses había llevado en su seno al Verbo encarnado y durante treinta años había disfrutado con Él de la más dulce y feliz comunicación de sentimientos? ¿Quién no envidia al discípulo escogido de nuestro Señor, que en ausencia del Hijo de Dios, le fue dada la presencia de la Madre de Dios? Sin embargo, si no me equivoco, podemos lograr con nuestras oraciones que nuestro bondadoso Señor, que se hizo hombre por nosotros y fue crucificado por amor a nosotros, nos diga: “He ahí a tu Madre”; y debería decir a su Madre por cada uno de nosotros: “He ahí a tu hijo”.
  
Nuestro buen Señor no es avaro de sus gracias, con tal que nos acerquemos al trono de la gracia con fe y confianza (cf. Hebr. IV, 16), con un corazón verdadero y sincero, pero no falso. El que desea tenernos coherederos en el reino de su Padre, ciertamente no desdeñará tenernos coherederos en el amor de su Madre. Ni la misma Virgen benignísima se dará por gravada teniendo un número incontable de hijos, pues tiene un corazón capaz de abrazarnos a todos, y desea ardientemente que no perezca ni una sola de aquellas almas que su divino Hijo redimió con su Sangre preciosa, y su muerte aún más preciosa. Por tanto, acerquémonos con confianza al trono de la gracia de Cristo, y con lágrimas supliquemos humildemente que diga a su Madre por cada uno de nosotros: “He ahí a tu hijo”; y a cada uno de nosotros acerca de su Madre: “He ahí a tu Madre”.
   
¿Qué bien nos vendrá bajo la protección de tan gran Madre? ¿Quién se atreverá a sacarnos de su seno? ¿Qué tentación podrá vencernos, confiando en el patrocinio de la Madre de Dios y nuestra? Ni seríamos los primeros en obtener tal beneficio. Muchos nos han precedido; Muchos, digo, acudieron al patrocinio especial y claramente maternal de tan gran Virgen, y ninguno quedó confundido ni triste, sino que todos estaban alegres y regocijados, confiando en el patrocinio de tan gran Madre, de quien está escrito: “Ella misma te aplastará la cabeza” (Gén. III, 15). En ella confiarán, también ellos caminarán confiadamente sobre el áspid y el basilisco, y hollarán al león y al dragón (Salmo XC, 12). Porque no se ve que pueda perecer aquel de quien Cristo dijo a la Virgen: “He ahí a tu hijo”, con tal que él mismo no oiga con oídos sordos lo que Cristo le dijo: “He ahí a tu Madre”».
   
SAN ROBERTO BELARMINO SJ, De las siete palabras de Cristo en la Cruz, cap. XII. Lecciones 7.ª, 8.ª y 9.ª de las Maitines de la fiesta del Inmaculado Corazón de María.

martes, 20 de agosto de 2024

PRINCIPIOS SOBRE EL MATRIMONIO CATÓLICO, POR Mons. FERNANDO ALTAMIRA

Sermón por el Ilmo. Sr. Obispo Fernando Altamira, Superior de la Sociedad de Santa María, durante la Misa de Matrimonio el sábado 17 de Agosto de 2024.
   

domingo, 11 de febrero de 2024

SAN ROBERTO BELARMINO CONTRA “RECONOCER Y RESISTIR”

Traducción del artículo publicado por el padre Anthony Cekada en el boletín de la iglesia Santa Gertrudis la Magna (Octubre de 2004).
   
LA CITA BELARMINIANA DE LA “RESISTENCIA”: OTRO MITO TRADICIONALISTA
Por el Rev. P. Anthony Cekada.
   
San Roberto Belarmino (anónimo)

Desde la década de 1970, incontables escritores tradicionalistas que han rechazado las enseñanzas del Vaticano II y la Nueva Misa pero que se oponen al sedevacantismo han justificado su propia postura reciclando irreflexivamente la siguiente cita de San Roberto Belarmino:
«Así como es lícito resistir a un Pontífice si ataca al cuerpo, así también es lícito resistirlo si asalta a las almas o turba el orden civil y más si intenta destruir la Iglesia. Es lícito resistirlo, afirmo, no haciendo lo que manda e impidiendo la ejecución de su voluntad. Con todo, no es lícito juzgarlo, castigarlo, o deponerlo, porque son actos propios de un superior» (De Románo Pontífice, título II, cap. 29).
Nos han dicho repetidamente que este pasaje respalda la noción que el movimiento tradicionalista puede “resistir” las falsas doctrinas, las leyes malas y el culto sacrílego que pronulgaron Pablo VI y sus sucesores, pero que todavía continúa “reconociéndolos” como verdaderos Vicarios de Cristo (esta idea errónea es atribuida también a otros teólogos como el cardenal Tomás de Vío Cayetano).
    
También nos han dicho que el mismo pasaje de Belarmino destruye el principio detrás del sedevacantismo (que un papa hereje pierde automáticamente su oficio) porque los sedevacantistas “juzgan” y “deponen” al papa.
     
Resulta que estas conclusiones son simplemente otro ejemplo de cómo los bajos estándares intelectuales en la polémica tradicionalista dan a luz mitos que rápidamente toman el aura de verdades casi reveladas.
   
Cualquiera que realmente consulte las fuentes originales y entienda unas pocas distinciones fundamentales en derecho canónico llegará  a un conjunto diferente de conclusiones sobre lo que el famoso pasaje de la “resistencia” realmente significa, a saber:
(1) Belarmino habla de un papa moralmente malo que da mandatos moralmente malos, no de quien, como los papas pos-Vaticano II, enseña error doctrinal error o impone leyes malas.
(2) El contexto de la cita es un debate sobre los errores del galicanismo, no el caso de un papa herético.
(3) Belarmino está justificando la “resistencia” pot reyes y prelados, no por los católicos individuales.
(4) Belarmino enseña en el capítulo siguiente de su obra (30) que un papa hereje pierde automáticamente su autoridad.
En una palabra, el pasaje no puede ni ser aplicado a la crisis presente, ni ser invocado contra el sedevacantismo.
  
Un breve comentario en orden sobre cada uno de estos puntos.
    
1. Mandatos malos, no leyes malas. En realidad, los tradicionalistas “resisten” las falsas doctrinas (v.g., sobre el ecumenismo) y las malas leyes (v.g. la Nueva Misa) promulgadas por los papas posconciliares.
    
Pero en la famosa cita, Belarmino aborda otro caso totalmente distinto: se le ha preguntado sobre un papa que ataca injustamente a alguien, perturba el orden público, o «trata de matar las almas con su mal ejemplo» (ánimas malo suo exémplo nitátur occídere). En su respuesta, dice: «Es lícito resistirlo, afirmo, no haciendo lo que manda» (…licet, ínquam, ei resístere, non faciéndo quod jubet).
   
Esta expresión describe a un papa que da mal ejemplo o da mandatos malos, en lugar de —como sería el caso de Pablo VI o sus sucesores— un papa que enseña error doctrinal o impone leyes malas. Esto es claro del capítulo 27 de De Comparatióne Auctoritátis Papæ et Concílii, del cardenal Cayetano, al cual Belarmino cita inmediatamente para sostener su postura.
  
Primero, en su título para el capítulo 27, Cayetano dice que va a abordar un tipo de falta papal «distinto a la herejía» (ex álio crímine quam hærésis). La herejía, dice, cambia totalmente el status del papa como cristiano (mutávit christianitátis statum). Es el “delito mayor” (majus crimen). Los otros son “delitos menores” (crimínibus minóribus) que “no se le igualan” (cœ́tera non sunt pária, [ed. Roma: Angelicum 1936], pág. 409). 
    
Por ende, ni Belarmino ni Cayetano se refieren a “resistir” los errores doctrinales de un papa mientras al mismo tiempo continúan considerándolo un verdadero papa.
   
Segundo, a lo largo de De Comparatióne, Cayetano provee ejemplos específicos de malas acciones papales que justifican la resistencia por parte de sus súbditos: «promover a los malvados, oprimir a los buenos, comportarse como tirano, alentar los vicios, blasfemias, avaricias, etc.» (356), «si él oprime a la Iglesia, mata a las almas [por el mal ejemplo]» (357), «disipar los bienes [de la Iglesia]» (359), «si actúa manifiestamente contra el bien común de la caridad para con la Iglesia Militante» (360), tiranía, opresión, agresión injusta (411), «destruir públicamente a la Iglesia», vender los beneficios eclesiásticos, y permutar los cargos (412).
  
Todos ellos involucran mandatos (præcépta) malos, pero los mandatos malos no son iguales a las leyes (leges) malas. Un mandato es particular y transitorio; la ley es general y es estable. (Para una explicación al respecto, ver el canónigo Raoul Naz, voz “Précepte”, en Dictionnaire de Droit Canonique, [París: Letouzey 1935-65], tomo VII, págs. 116–117).
    
El argumento de Belarmino y Cayetano justifican solamente resistir los mandatos malos de un papa (vender el pastorado de una parroquia al mejor postor, dice). No respalda la noción de que un papa, mientras aún retiene la autoridad de Jesucristo, puede (por ejemplo) imponer una Misa sacrílega y protestantizada a toda la Iglesia, cuyos miembros pueden entonces “resistirlo”, mientras continúan reconociéndolo como un verdadero papa.
    
2. Antigalicanismo. Los escritores tradicionalistas han distorsionado aún más el pasaje porque lo citan fuera de contexto. 
   
Este aparece en el abordaje que hace Belarmino de un tema completamente no relacionado con los tradicionalistas del presente: los argumentos protestantes y galicanos de que la Iglesia o el papa deben estar sujetos de un rey o un concilio general. El pasaje comprende solamente una oración en un capítulo que abarca dos páginas y media de cuartilla [157,5 × 215,0 mm; medio folio] a dos columnas de imprenta fina dedicadas a este particular (Ver De Controvérsiis [Nápoles: Giuliano 1854], tomo I, págs. 413-418).
    
Específicamente, el pasaje es tomado de la respuesta belarminiana al siguiente argumento: 
«Argumento 7.º Cualquier persona tiene permitido matar al papa si es injustamente atacado por él. Por tanto, con mayor razón se permite a los reyes o a un concilio deponer al papa si perturba al estado, o trata de matar a las almas por su mal ejemplo» (op. cit. 1:417)
Esta era la postura de los galicanos, que ponían la autoridad de un concilio general por encima de la del papa.
    
Es absurdo afirmar que una frase en la réplica de Belarmino a este argumento justifica de alguna forma general la “resistencia” a los errores posteriores al Vaticano II.
   
El absurdo se vuelve más evidente cuando adviertes que inmediatamente después de esta sentencia, Belarmino cita De Comparatióne de Cayetano, cuyas 184 páginas en octavilla [107,5 × 157,5 mm, media cuartilla] fueron escritas en su totalidad para refutar el galicanismo y el conciliarismo.
   
3. No es “resistencia” individual. Ítem, en contexto, la cita de Belarmino no justifica la “resistencia” a los papas por los individuos, como algunos tradicionalistas parecen pensar, sino la resistencia por los reyes o los concilios generales.
    
La postura galicana que Belarmino refutó sostenía que está permitido «a los reyes o el concilio» (licébit régibus vel concílio) deponer al papa. No hay nada de sacerdotes o laicos individualmente considerados.
   
Una vez más, este significado está claro en el capítulo 27 de Cayetano. «Los príncipes seculares y los prelados de la Iglesia [príncipes mundi et præláti Ecclésiæ]», dice, tienen disponibles muchas formas de organizar «resistencia o impedimento al abuso de su potestad [resisténtiam, impediméntumque abúsus potestátis]» (412).
   
De ahí que es imposible sostener que Belarmino y Cayetano estuviesen tratando el tema de un católico cualquiera resistiendo al papa.
    
4. Belarmino y el papa hereje. Y finalmente, en el capítulo siguiente al de la famosa frase (30), Belarmino trata explícitamente la cuestión de “Si un papa herético puede ser depuesto” (An papa hæréticus depóni possit.)
   
Belarmino refuta las respuestas dadas por distintos teólogos, incluyendo Cayetano, quien sostenía que un papa hereje necesitaba ser depuesto. Belarmino sustenta su respuesta en el siguiente principio:
«Los herejes ya antes de ser excomulgados están fuera de la Iglesia y privados de toda jurisdicción. Pues ya fueron condenados por su propia sentencia, como enseña el Apóstol (Tit. 3, 10-11)» (op.cit., tomo I, pág. 419). 
El santo concluye:
«Luego, la opinión verdadera es la quinta, de acuerdo con la cual el Papa hereje manifiesto deja por sí mismo (per se) de ser Papa y cabeza, del mismo modo que deja por sí mismo de ser cristiano y miembro del cuerpo de la Iglesia y por eso puede ser juzgado y punido por la Iglesia. Esta es la sentencia de todos los antiguos Padres, que enseñan que los herejes manifiestos pierden inmediatamente toda jurisdicción».
Entonces, los escritos de Belarmino respaldan en lugar de refutar el principio detrás de la postura sedevacantista: un papa hereje se depone a sí mismo.
   
* * * * *
  
En resumen: La noción que el famoso pasaje de Belarmino justifica la “resistencia” a un verdadero papa y simultáneamente “refuta el sedevacantismo” está basada en la ignorancia del significado tanto del texto como de su contexto. Es hora que los tradicionalistas dejen de promover esos mitos tontos.
   
Un verdadero papa no enseña error doctrinal durante décadas o promulga una Misa sacrílega, por tanto, no hay necesidad de resistirlo.

miércoles, 27 de diciembre de 2023

LA NECESIDAD DE LA PENA CAPITAL PARA LOS HEREJES

«La experiencia enseña que no hay otro remedio [sino condenar a muerte a los herejes], porque a medida que la Iglesia progresaba probó todos los remedios. Primero utilizó sólo la excomunión, luego añadió sanciones pecuniarias, luego utilizó el exilio y, finalmente, se vio obligada a implementar la pena de muerte, porque los herejes desprecian la excomunión, y dicen que es un rayo frío. Si se les amenaza con una sanción pecuniaria, no temen a Dios ni muestran reverencia hacia los hombres, sabiendo que no faltarán tontos que creerán en ellos y los apoyarán. Si se los encierra en prisión o se los envía al exilio, ellos corromperán con sus palabras a los que están cerca de ellos, y con sus libros a los que están lejos. Por tanto, el único remedio es enviarlos rápidamente al lugar donde pertenecen.
    
[…]
    
Los herejes son más dañinos para sus vecinos que cualquier pirata o ladrón, ya que destruyen las almas e incluso los fundamentos de todo lo bueno y llenan la comunidad de disturbios, actos que necesariamente siguen a las diferencias de religión.
    
Además, su castigo beneficiará a muchos que, sin tal castigo, nada harían, sino que serían impulsados por el castigo a concluir la gravedad de la herejía que están siguiendo, y a considerar que tal vez puedan acabar su vida presente en la miseria y no alcanzar la bienaventuranza futura. Por ende también el bienaventurado San Agustín atestigua, en la epístola 48 [93, a Vicente rogatista], que muchas personas se convirtieron después de que las leyes imperiales prohibieran a los herejes quedar impunes, y vemos que esto sucede todos los días en lugares donde la Inquisición florece.
   
Finalmente, es beneficioso para los herejes obstinados ser eliminados de esta vida, porque cuanto más tiempo viven, más errores cometen, más personas corrompen y más condenación adquieren para sí mismos». (SAN ROBERTO BELARMINO, Sobre los laicos o personas seglares, cap. XXI).

miércoles, 15 de noviembre de 2023

DEL SIGNIFICADO DE «APACIENTA MIS OVEJAS»

Por Recusant Catholic (Twitter/X).
   

«Apacienta mis ovejas» (San Juan XXI, 16).
   
A continuación, un breve resumen de la exposición de San Roberto Belarmino sobre este verso, y cómo prueba la jurisdicción universal del Papa.
   
En primer lugar, se muestra que solo a Simón Pedro le fue dicho «Apacienta mis ovejas». Porque Nuestro Señor pregunta directamente: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas?» inmediatamente antes de dar el divino mandato. En la Vulgata de San Jerónimo, es “Simon Joánnis”, en el caso dativo.
   
Además, los Padres de la Iglesia comentan que la tristeza de San Pedro al negar a Nuestro Señor (solo Pedro estaba triste) fue magnificada porque fue él quien prometió amar a Nuestro Señor.
   
Finalmente, San Máximo confirma que a San Pedro se le «confió apacentar los rebaños y corderos».
   
Al refutar a Calvino, San Belarmino también añade que San Pedro ordenó a los obispos gobernar su propia grey particular: «Apacentad la grey de Dios que está entre vosotros [páscite qui in vobis est gregem Dei]» (1.ª Pedro V, 2).
   
Ahora procedamos al significado de “apacentar”. Los pastores no solamente ofrecen alimento a las ovejas, sino que las gobiernan y las compelen con una vara.
    
De ahí la sabia elección de San Juan, que escribió Ποίμαινε, poimaine: «pastorear, arrear, dirigir, gobernar».
   
Esta es la misma palabra griega usada por San Mateo II, 6: «Porque de ti saldrá el capitán que ha de gobernar a mi pueblo Israel».
   
En otras palabras, San Juan claramente quería decir no solo una mera consejería espiritual, sino un verdadero poder de pastorear, dirigir y gobernar.
   
Hasta ahora hemos visto que (1) a San Pedro le fue conferido por Cristo (2) un poder de dirigir o gobernar. Ahora procedemos a considerar si “ovejas” significa la Iglesia universal.
   
San Belarmino explica que a San Pedro le fue confiado el cuidado de los judíos (agni), los gentiles (agni), y de los que DARÍAN A LUZ en Cristo a estos corderos, esto es, los Apóstoles (oves).
   
¡De qué misterio y esplendor están llenas las palabras del Santo Evangelio!
   
Notemos primero el pronombre “mis”. Cuando se añade sin ninguna restricción a la palabra “ovejas”, significa manifiestamente que todas estas ovejas fueron consignadas a Pedro, al cual se extiende el pronombre “mis”.
   
No hay cristianos que no se llamen ovejas de Cristo: por ende, todos los cristianos, sin excepción, están encomendados a San Pedro.
  
Cuando el Señor dice: «Mis ovejas oyen mi voz, y Yo las conozco» (San Juan X, 27), nadie negará que Él quería decir todas Sus ovejas.
   
¿Y qué es «apacienta mis ovejas» si no «cuida de mi grey»? ¿No hay un solo rebaño y un solo pastor? Por tanto, este único rebaño, todo el rebaño, fue encomendado a San Pedro.
   
San Epifanio confirma que la grey fue confiada a aquel que escuchó «apacienta mis ovejas».
    
San Juan Crisóstomo confirma que este verso muestra que «Jesús puso en sus manos la autoridad principal entre los hermanos» a aquel que es «el escogido entre los Apóstoles, la boca de los discípulos, y el líder del grupo» (Homilía 88 sobre San Juan).
   
Esto podría ir más lejos, pero basta decir que (1) solo a San Pedro (2) le fue confiado el cuidado de la grey universal, (3) cuyo cuidado se entiende como una verdadera autoridad de gobierno.
   
Tomado de San Roberto Belarmino, De Románo Pontífice, lib. I, caps. XIV - XVI.

martes, 7 de noviembre de 2023

MARÍA MEDIANERA DE TODAS LAS GRACIAS: LA CONSTITUCIÓN QUE NO PUDO SER

Traducción del artículo publicado en INTROIBO AD ALTARE DEI.
   
MARÍA MEDIANERA DE TODAS LAS GRACIAS
        

Durante los días del último papa verdadero, Su Santidad el Papa Pío XII, el pontífice había requerido a algunos teólogos para formar parte de una comisión con el fin de encuestar a los obispos del mundo respecto a su opinión sobre una definición dogmática de la Bienaventurada Virgen María como Medianera de todas las gracias. Anticipando un resultado positivo del sondeo, el Santo Padre también los instruyó para preparar el borrador de una Constitución Apostólica definiendo el dogma. El P. DePauw conoció al menos a dos teólogos nombrados para tal comisión, y él también, creía que el papel de María como Medianera podía (y debía) ser definido formalmente ex cáthedra como un dogma de Fe Divina y Católica.
    
Menos de un año después, el Papa Pío XII murió, y Roncalli (“Papa” Juan XXIII) desechó todo el proyecto por ser “ofensivo a los protestantes”. Entonces iba a haber todo un documento sobre la Madre de Dios en el Vaticano II. Los teólogos ortodoxos en la Comisión Preparatoria prepararon el esquema que se llamaría CONSTITUCIÓN DOGMÁTICA SOBRE LA BIENAVENTURADA VIRGEN MARÍA, MADRE DE DIOS, Y MADRE DE LOS HOMBRES. En él, María era definida como Medianera de todas las gracias. Este, también, fue relegado al cubo de basura por una leve mayoría de fornidos obispos modernistas. El voto final para retener la Constitución fracasó; 1.097 obispos votaron por mantener la Constitución sobre la Bienaventurada Virgen María, y 1.114 obispos votaron para eliminar completamente la Constitución.
   
Los modernistas en el Concilio Ladrón tenían un odio particular por la prerrogativa y el título mariano de Medianera de todas las gracias. En su Theological Highlights of Vatican II, Joseph Ratzinger (“Papa Benedicto XVI”) discutió la decisión del esquema separado, como también el contenido del texto sobre la Virgen (Ratzinger era un perito o “experto teológico” que ayudó y aconsejó al líder de los modernistas en el concilio, el cardenal Josef Frings):
«Indudablemente fue una decisión explícitamente ecuménica cuando el Concilio decidió en el otoño de 1964 incorporar el schema sobre María como un capítulo en el schema sobre la Iglesia… En el texto, que remplazó un borrador previo, la vieja mariología sistemática fue en una medida considerable (si bien no completamente) suplantada por una mariología positiva y escritural. La especulación fue remplazada por la investigación sobre los eventos de la historia de la salvación, y estos han sido interpretados a la luz de la fe. La idea de María como “corredentora” se fue, como también la idea de María como “medianera de todas las gracias”. El texto todavía conserva un vestigio de su último título cuando dice que se ha desarrollado en la Iglesia la costumbre de dirigirse a María como medianera como también por otros títulos, pero indudablemente esto es muy diferente a decir que ella es medianera de todas las gracias» (Énfasis mío).
Los modernistas querían ir más lejos en su búsqueda por reducir a María en la oscuridad, pero siendo tan sagaces como la Serpiente Antigua (su Padre Infernal), ellos sabían mejor, o pondrían en peligro todo lo que buscaban hacer. Como escribió otro perito, el archiherético P. Yves Congar:
«Vi un drama que he experimentado toda mi vida. La necesidad de luchar, en nombre del Evangelio y de la fe apostólica, contra un desarrollo, una proliferación mediterránea e irlandesa, de una mariología que no viene de la Revelación, sino que está respaldada por textos pontificios… Nos dijimos unos a otros que no debemos ser demasiado antagonistas, por temor de provocar algo peor que lo que estamos ansiosos de evitar» (Ver Mi diario del Concilio, entrada del 22 de Septiembre de 1961).
Notar bien, que el despreciable Congar piensa que los textos pontificios no son en ninguna manera un desarrollo y explicación del Depósito de la Revelación, sino algo ajeno e incluso opuesto a este.
       
EL TÍTULO Y LA PRERROGATIVA DE “CORREDENTORA”, NO TAN ODIADO POR LOS MODERNISTAS

Si bien el schema propuesto también incluía una definición de María como Corredentora, no fue tan combatida u odiada por los modernistas como sí lo fue Medianera de todas las gracias. La razón era porque los modernistas creían que los no instruidos podían mal entender la doctrina de la Corredención de María, y ser llevados a la herejía (Miguel y Pedro Dimond rechazan de plano el título Corredentora debido a su ignorancia culpable en todas las cuestiones teológicas). Si María es Corredentora, ¿entonces no se diría que ella ha «ofrecido a su Divino Hijo» y por ende sería considerada sacerdote? (esto abriría el camino a las “sacerdotisas” y sería radicalmente ecuménico).
   
Alrededor de 1870, la idea de vivir como víctima empezó a ganar popularidad entre varias almas generosas, especialmente en las religiosas, que se propusieron asistir a los sacerdotes con sus oraciones y sacrificios. Naturalmente, ellas pensaban en María orando y ofreciéndose por y con su Hijo, y amaban considerarla como su virgen sacerdotal o la virgen Sacerdote. Esta devoción suscitó gran entusiasmo, y a veces se expresaba en fórmulas apenas teológicas.
   
En 1873, el Papa Píos IX aprobó un libro escrito por Mons. Oswald van den Berghe titulado María y el Sacerdocio. En ella, el autor emplea el término “Virgen Sacerdote”. El Papa justificó su uso por el hecho del rol de María en el sacrificio de Jesús como divíni sacrifícii sócia (o «asociada al Divino Sacrificio»). En 1906, el Papa San Pío X concedió una indulgencia por una oración que contenía la invocación «Santa María, Virgen Sacerdote, rogad por nosotros». El Papa San Pío X explicó esta designación declarando, con San Antonino de Florencia, que, si bien María nunca recibió el sacramento del Orden, sin embargo posee tanta dignidad y gracia como se halla en el sacerdocio («quámvis sacraméntum Órdinis non accéperis, quídquid tamen dignitátis et grátiæ in ipso confértur, de hoc plena fuísti»).
   
Durante el reinado del Papa Benedicto XV, la Suprema y Sagrada Congregación del Santo Oficio publicó un decreto diciendo:
«Después de un maduro examen, los Eminentísimos y Reverendísimos Señores Cardenales inquisidores generales del Santo Oficio han decidido el 15 de Enero de 1913 que las imágenes de la Bienaventurada Virgen María vistiendo ornamentos sacerdotales deben ser rechazadas» (8 de Abril de 1916).
En realidad, la representación en cuestión era la de una orante (esto es, una figura femenina en la pose de oración en el arte griego antiguo) que algunas personas confundían con María vestida como sacerdote.
   
A este tipo de iconografía (frecuente en los ritos orientales, pero ajena al rito latino) se refería el Santo Oficio en su decreto de 1916.
   
En 1927, el Santo Oficio se opuso a la propagación de la devoción a la “Virgen Sacerdote”. Aun cuando solo se había prohibido la imagen y la propagación de esta devoción, el Santo Oficio no era favorable a este título, porque podía conducir a los católicos mal instruidos a creer que María había recibido el sacramento del Orden o ser considerada una “mujer sacerdote”. Aun así, estos decretos del Santo Oficio en manera alguna afectaban los pronunciamientos de los Papas Pío IX y San Pío X que María era «una asociada al Divino Sacrificio» y que ella estaba enriquecida con «tanta dignidad y gracia como se encuentran en el sacerdocio».
    
Se puede ver cómo, si no se define con precisión, esta doctrina de la Corredentora podría ser objeto de aversión por parte de quienes temen que María abra el camino hacia las sacerdotisas, o manipulada para hacer que otras personas sencillas crean que las mujeres pueden ser sacerdotisas. Al darse cuenta de este doble peligro, el Santo Oficio actuó. En el Concilio Ladrón, los modernistas sabían muy bien cómo podían vender una interpretación falsa de esta doctrina en detrimento de la Santísima Madre y de los fieles. 
   
(Ver el artículo Priestly Dimension of Mary - Dimensión sacerdotal de María, del historiador John M.  Samaha, Universidad de Dayton [2000], para la información histórica usada arriba).
   
MEDANERA DE TODAS LAS GRACIAS
   
En esta sección, la prerrogativa y título Medianera de todas las gracias, dado a la Inmaculada Virgen María, será explicado para que todos puedan entenderlo, apreciarlo, y darse cuenta por qué los modernistas lo odian mucho. He compilado y condensado las obras de mariología de los teólogos Réginald Garrigou-Lagrange OP, Joseph Pohle, Raphael V. O’Connell SJ, Émile Neubert SM, y Juniper B. Carol OFM. El crédito lo tomo solamente por condensar la información de estas fuentes. Además, he evitado, en la medida de lo posible, terminología técnica teológica que necesitaría elaboración. De esta forma, espero hacer las explicaciones tan fáciles de entender como sea posible para los tradicionalistas promedio que no tengan estudios avanzados en filosofía y teología. — Introibo.
   
1. El significado de la prerrogativa
María es la única por medio de quien todas las gracias son concedidas a la humanidad. Así como nadie va al Padre sino por Jesucristo, así nadie va a Jesús excepto por Su Madre Inmaculada. Por la expresión “todas las gracias” se entiende justo eso: toda la gracia santificante, la gracia actual, las virtudes infusas, los Dones del Espíritu Santo, y todos los favores en el orden natural (en la medida que estos puedan conducir a la vida eterna) vienen a nosotros por medio de María. ¿Por qué todas las gracias vienen por medio de María? Primeramente, porque Ella por medio de su seno virginal nos dio al autor de la gracia, el Dios-Hombre Jesucristo. En segundo orden, por su participación en la Pasión de su Divino Hijo como Corredentora, Ella cooperó subordinadamente a Cristo y en virtud de Su poder, cooperó en Su obra redentora, y por tanto Ella debía tener cierto derecho a cooperar con Él en la distribución de las gracias que Él ha merecido.
   
Los protestantes objetarán que la Biblia enseña que solo existe un Mediador entre Dios y la humanidad; y es Jesucristo (ver, p. ej., 1.ª Timoteo II, 5). Con todo, aunque esto es verdad, María, como Madre de Dios y Madre de los hombres, sirve como un lazo entre las personas y su Hijo. Su mediación, lejos de disminuir o remplazar la de Cristo, resulta de Su mediación y busca completarla: es realizada bajo Cristo y en unión con Cristo de Quien recibe toda su eficacia.
   
María, por su intercesión, permite que todas las gracias fluyan a la humanidad a través del espacio y del tiempo. Aquellos que recibieron la gracia antes de la Asunción de María, la recibieron en vista de los futuros méritos de la Santísima Virgen, y desde su Asunción, todos reciben la gracia por su intercesión, Esto no significa que debemos pedirle la gracia a Dios en nombre de María, sino en cambio, sea ella invocada o no, recibimos las gracias por su intercesión.
   
2. La Sagrada Escritura indica esta prerrogativa
En Génesis III, 15 leemos: «Yo pondré enemistades entre ti y la mujer, y entre tu raza y la descendencia suya: ella quebrantará tu cabeza, y andarás acechando a su calcañar». La Santísima Virgen es mostrada íntimamente unida con Cristo en todo el proceso de la redención. Como la actual dispensación de gracia no es sino un aspecto de todo ese proceso, se sigue que María debe ser parte de él. El poder intercesor de María es mostrado en el primer milagro que Cristo realizó en Caná de Galilea (San Juan II, 1-11), y en la santificación de San Juan Bautista mientras estaba en el vientre de Santa Isabel (San Lucas I, 41). 
   
3. La Sagrada Tradición indica esta prerrogativa
No hay una mención exacta explícita de María como la “Medianera” en los primeros siglos, pero la raíz de la enseñanza estaba definitivamente con los Padres de la Iglesia:
  • San Ambrosio de Milán (c. 339-397) escribió: «María estaba sola cuando el Espíritu Santo vino sobre Ella y la cubrió con su sombra. Ella estuvo sola cuando salvó al mundo –operáta est mundi salútem– y cuando fue concebida la redención de todos –concépit redemptiónem universórum–».
  • San Efrén de Siria (c. 306-373) llamó a María la “dispensadora de todos los bienes”.
  • San Cirilo de Alejandría († 444) escribió: «Dios te salve, María, Madre de Dios, por quien todas las almas fieles son salvadas».
María, como Medianera de todas las gracias, es revelada implícitamente en los distintos títulos que la Tradición le da a María (el de Madre de Dios, poderosísima en intercesión con su Hijo; el de la nueva Eva, íntimamente asociada con el Redentor, el de Madre de todos los hombres). Además, es una doctrina explícita y formalmente afirmada por el consenso moralmente unánime de los Padres y Doctores de la Iglesia, de la predicación en toda la Iglesia, y de la Liturgia. 
    
4. El Magisterio enseña positivamente la prerrogativa por medio de los pronunciamientos papales
  • «Creemos que nada puede conducir más eficazmente a este fin, que, con la práctica de la Religión y la piedad hacernos propicia a la excelsa Madre de Dios, la Virgen María, que es la que puede alcanzarnos la paz y dispensarnos la gracia…» (Papa León XIII, Suprémi Apostolátus offício; énfasis mío).
  • «… verdadera y propiamente se puede afirmar que de aquel grandísimo tesoro de todas gracias que trajo el Señor, puesto que la gracia y la verdad por Jesucristo fue hecha (Joann. I, 17), nada se absolutamente nada se nos concede, según la voluntad de Dios, sino por María; de suerte que a la manera que nadie puede llegar al Padre sino por el Hijo, casi del mismo modo nadie puede llegar a Cristo sino por la Madre» (Papa León XIII, Octóbri mense; énfasis mío).
  • «De ahí que nunca son separables el tenor de la vida y de los trabajos de la Madre y del Hijo… Cuando llegó la última hora del Hijo, estaba en pie junto a la Cruz de Jesús, su Madre, no limitándose a contemplar el cruel espectáculo, sino gozándose de que su Unigénito se inmolara para la salvación del género humano, y tanto se compadeció que, si hubiera sido posible, ella misma habría soportado gustosísima todos los tormentos que padeció su Hijo (San Buenaventura, Sentencia 1.ª, distinción 48, ad Litt. dub. 4). Y por esta comunión de voluntad y de dolores entre María y Cristo, ella mereció convertirse con toda dignidad en Reparadora del orbe perdido (Eadmerio, De Excelléntia Virg. Maríæ, c. 9), y por tanto en Dispensadora de todos los bienes que Jesús nos ganó con Su Muerte y con Su Sangre… A su vez María, como señala San Bernardo (Sermón de la Natividad de la Bienaventurada Virgen María, o “De Aquædúctu”, 4), es el acueducto; o también el cuello, a través del cual el cuerpo se une con la cabeza y la cabeza envía al cuerpo la fuerza y las ideas. Pues ella es el cuello de nuestra Cabeza, a través del cual se transmiten a su cuerpo místico todos los dones espirituales (San Bernardino, Cuaresmal del Evangelio eterno, Sermón X, art. 3, c. 3)» (Papa San Pío X, Ad diem illum lætíssimum; énfasis mío).
  • «Sabía, de hecho, [Santo Domingo], que María… tenía tanto poder sobre su divino Hijo que no le da las gracias a la humanidad sino es a través de su mediación y decisión» (Papa Benedicto XV, Fáusto appeténte die; énfasis mío).
  • «… es sabido que todo nos lo concede el Sumo y Omnipotente Dios por las manos de la Virgen» (Papa Pío XI, Ingravescéntibus malis; énfasis mío).
  • «… asociada como Madre y Ministra al Rey de los mártires en la obra inefable de la humana Redención, le está para siempre asociada, con un poder casi inmenso, en la distribución de las gracias que de la Redención derivan… Y su reino es vasto como el de su Hijo y Dios, pues que de su dominio nada se excluye» (Papa Pío XII, Radiomensaje en ocasión de la coronación de la Virgen de Fátima, 13 de Mayo de 1946; énfasis mío).

Objeción: Las gracias sacramentales son efectuadas ex ópere operáto («por la obra operada [hecha]»). Mientras el administrador apropiado usa la materia y forma correcta, con la intención de hacer lo que la Iglesia hace, el sacramento conferirá la gracia a cualquier receptor que no ponga un obstáculo (obex) en el camino. Por ende, María no es necesaria, y no dispensa las gracias sacramentales.
   
Réplica: María media la gracia sacramental en dos maneras. Remotamente, Ella nos dio a Cristo, quien como verdadero Dios y verdadero Hombre instituyó los sacramentos; y la gracia sacramental fue merecida por Ella como Corredentora junto con, y subordinadamente, a Jesucristo. En la manera próxima, tener el deseo de recibir los sacramentos, y las disposiciones apropiadas para recibirlo dignamente, son los efectos de las gracias actuales que vienen solamente por la intercesión de María Inmaculada.
    
CONCLUSIÓN
    
Es de la mayor importancia que entendamos, valoremos, y defendamos la dignidad de María, Madre de Dios. La secta del Vaticano II pone en segundo plano o niega sus prerrogativas. Ella destruyó su Santo Rosario añadiendo los “Misterios Luminosos (Illuminati)” que son antropocentristas y modernistas. Cómo puedes rezar el Rosario durante las bromas que ocurren en el servicio de pan y vino Novusordita que se burla de su Divino Hijo? Algunos “teólogos” de la secta del Vaticano II incluso se atreven a poner en duda su virginidad perpetua.
    
Un tradicionalista recitará miles de veces durante su vida la santificada frase: «Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén». Si quieres que María ruegue por ti en «la hora de tu muerte», puedo pensar que no hay mejor manera de asegurar eso que defendiendo sus prerrogativas y honra ahora.