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miércoles, 27 de noviembre de 2019

EL SUPUESTO DERECHO A DESTRUIR LA CIVILIZACIÓN

Por Eugenio Trujillo Villegas, Director de la Sociedad Colombiana Tradición y Acción

El pasado 21 de noviembre puede llegar a ser un día histórico para Colombia. Pero no porque la oposición haya protestado violentamente contra el gobierno del Presidente Duque, sino porque a causa de esas protestas el Gobierno podría dirigir el rumbo de la nación hacia una catástrofe anunciada.

Es sólo observar el entorno latinoamericano para entender que hay un plan gigantesco, preparado milimétricamente, financiado por la extrema izquierda, y ejecutado con evidente articulación, cuyo objetivo primordial es derribar todos los gobiernos de la región que se oponen a las pretensiones del Foro de Sao Paulo.  

Pero no es solo eso. Es mucho más todavía. Lo que estamos presenciando es una embestida siniestra contra la cultura y la civilización occidentales, que vienen siendo dinamitadas desde hace décadas por un fenómeno que muchos no han querido ver ni apreciar en su verdadera magnitud. Se trata del avance implacable del marxismo cultural.

La descripción más elocuente de este fenómeno la hizo el profesor Plinio Correa de Oliveira en su libro Revolución y Contra Revolución: “Como una modalidad de guerra sicológica revolucionaria, a partir de la rebelión estudiantil de La Sorbona, en mayo de 1968, numerosos autores socialistas y marxistas en general pasaron a reconocer la necesidad de una forma de revolución previa a las transformaciones políticas y socio-económicas, que operase en la vida cotidiana, en las costumbres, en las mentalidades, en los modos de ser, de sentir y de vivir. Es la llamada revolución cultural” (Cfr. Revolución y Contra Revolución, Plinio Correa de Oliveira, edición Tradición y Acción, página 146)

En esa perspectiva, hemos venido entregando la educación de nuestros hijos a unos maestros inspirados en el marxismo, que integran los cuerpos docentes de muchos colegios y universidades de todos los estratos sociales, y ahora nos preguntamos por qué muchos jóvenes se han convertido en fervientes revolucionarios de izquierda.

Vemos también cómo nuestros gobiernos destruyen la familia cristiana, imponiendo la Ideología de Género, el aborto, la eutanasia, el libre consumo de drogas y muchas otras leyes perniciosas, que son el origen de la auto-demolición de la sociedad y del estado. Todo esto, impuesto por el Congreso y las Altas Cortes de justicia, en evidente contravía de lo que quiere la población. Y para completar este cuadro trágico, los mismos gobiernos aniquilan a los sectores productivos con impuestos exorbitantes que hacen imposible el desarrollo empresarial.  

Esto es lo que hacen los políticos y los magistrados que nos representan. A los primeros los elegimos porque nos prometen que van a hacer unas cosas, y en realidad terminan haciendo lo contrario. Los magistrados, son elegidos por los políticos, y entre ambos hacen lo que se les antoja para destruir el país. Nos dicen que bajarán los impuestos y al otro día de llegar al cargo los aumentan; nos prometen defender la familia y la destruyen; anuncian que gobernarán con honestidad y terminan robándose el presupuesto público; prometen enfrentar con vigor a los enemigos de la Patria pero terminan abrazados con ellos; garantizan la más absoluta impunidad a los peores delincuentes y a los más grandes corruptos, tal como ya estamos hartos de saberlo.

Las consecuencias de este pecado monumental de nuestra sociedad están a la vista. Una minoría radical, organizada, financiada y articulada por oscuras fuerzas marxistas que no aparecen ante el público, exige con desenfreno el desmonte y la destrucción anárquica de todos los factores que de alguna forma nos han proporcionado prosperidad y calidad de vida. Y ésto, para ser reemplazados por un sistema económico y político que todos sabemos que sólo produce miseria y opresión.

En Chile, las turbas enfurecidas destruyen el país desde hace un mes, generando una debacle económica y social que lo llevará hacia el caos y la miseria que ya vivieron en tiempos de Allende. Ante esto, el Presidente Sebastián Piñera, asustado e incapaz de tomar las decisiones adecuadas, se avergüenza de los éxitos alcanzados por la nación chilena durante 40 años de políticas públicas exitosas, y promete cambiar la Constitución que generó ese admirable progreso, ante las exigencias de los vándalos y los terroristas. Es la política de “ceder para no perder”, que la historia ha demostrado ser la más eficiente para conducir a una nación hacia el marxismo.

Y en Colombia, la respuesta del Presidente Duque es más o menos la misma que la de Piñera en Chile. “Los estamos escuchando”, dijo el presidente después de las marchas violentas del pasado 21 de noviembre.  “A partir de la próxima semana, daré inicio a una Conversación Nacional, que fortalezca la agenda vigente de política social; trabajando así, de manera unida, en una visión de mediano y largo plazo, que nos permita cerrar las brechas sociales, nos permita luchar contra la corrupción con más efectividad y nos permita construir, entre todos, una Paz con Legalidad.” (Alocución presidencial, Nov 22 de 2019). 

¿Con quién piensa hablar el Presidente?  ¿Cuál será el resultado de esas reuniones? Con absoluta seguridad, los interlocutores escogidos van a exigir el desmonte de todo aquello que nos ha brindado desarrollo y crecimiento económico, para reemplazarlo por medidas socialistas y populistas que  aumentarán la pobreza. Lo cual a su vez generará más  protestas y nuevas concesiones gubernamentales a la izquierda, de tal forma que iremos rumbo al paraíso socialista del cual quieren escapar todos los que allí viven.  

Sin embargo, algo muy importante se le está pasando por alto al Presidente Duque. ¿Acaso se le olvidó que fue elegido por más de 10 millones de personas que no están de acuerdo con las exigencias de los que marcharon en las protestas? ¿Y menos aún con lo que hicieron los vándalos y los terroristas? ¿Todavía no se enteró que la llamada “protesta legítima”, no es otra cosa que el pretexto para que unas minorías terroristas destruyan el País? Para el bien de Colombia, sería mejor que el Presidente escuche atentamente a sus electores y a todos los colombianos de bien, en vez de enredarse en diálogos tramposos con minorías extremistas que nos están destruyendo. Eso fue lo que hizo Santos y los resultados están a la vista para quien quiera verlos.    

Nos está pasando por segunda vez lo que aconteció en el Plebiscito del 2016. Cuando Colombia le dijo NO al proceso de paz de Santos, ese gobierno, con la ayuda de los líderes de la oposición, entre los cuales estaba el entonces senador Iván Duque, terminó desconociendo el resultado. Pues bien, ahora vemos con enorme preocupación que este gobierno que fue elegido con más de 10 millones de votos, ahora se doblega ante las exigencias de los perdedores, que quieren imponer la destrucción y el caos en Colombia.

Lo que el Presidente debería considerar muy seriamente es que las amenazas de la extrema izquierda no son simple retórica. Son un plan magistral que está siendo ejecutado simultáneamente en varias naciones, y que seguirá avanzando mientras los gobiernos y la Sociedad pierden tiempo dialogando con aquellos que nos están diciendo claramente que nos quieren destruir.

lunes, 21 de octubre de 2019

EL DR. PLINIO SOBRE MONS. LEFEBVRE

Artículo publicado en la revista CRISTIANITÀ n. 28-30 (año 1977), tomado de RADIO SPADA. Traducción propia.
  
UNA MIRADA DEL “CASO” LEFÈBVRE DESDE EL PUNTO DE VISTA CÍVICO-RELIGIOSO
    
   
Delimito con precisión mi argumento. No intento tratar del «caso» Lefèbvre, sino solamente de uno de los aspectos de este «caso». Y este aspecto tiene menos relación con el «caso» en sí mismo, o con la persona de mons. Lefèbvre, que con la psicología de ciertos adversarios, que han apenas hecho todo lo posible para obstaculizar la acción de este arzobispo en América Latina.
  
Me limito a este ámbito muy circunscrito del vasto «tema Lefèbvre» no porque esté paralizado de la complejidad y de la delicadeza que caracterizan los otros ámbitos; y ahora menos porque tenía que hacer alguna reserva sobre la persona del prelado francés, pero por una razón de otro orden.
  
El «caso» Lefèbvre es sustancialmente teológico. Hasta poco tiempo atrás todas las dificultades entre el arzobispo –que es también fundador y guía del seminario de Écône, y de toda una vasta obra espiritual que se va difundiendo en Europa y en América– y Pablo VI, eran de carácter exclusivamente teológico. Y el caso continúa siendo sustancial e invariablemente teológico, en el curso de las peripecias –ahora no más teológicas en absoluto– en la cual se va desarrollando.
  
Ahora bien, mis constantes tomas de posición sobre argumentos cívico-religiosos de todo tipo, nacionales e internacionales, hacen inoportuna mi intervención sobre temas teológicos, por otra parte más concernientes a un eclesiástico que a un laico.
  
Por esta consideración deriva mi silencio, en este artículo, propiamente sobre los argumentos de mayor relieve y más sustanciales que que el «caso» Lefèbvre pone en consideración.
  
Ciò posto, e dopo che è diminuito il chiasso pubblicitario sollevato dal passaggio di mons. Lefèbvre attraverso l’America del Sud, passo a trattare l’aspetto civico-religioso della questione Lefèbvre.
  
* * *
  
Comienzo afirmando que tributo a la persona de mons. Lefèbvre una simpatía de vieja data y un sincero respeto.
  
Lo he conocido durante el concilio Vaticano II. Entonces hacía parte, junto a mons. Antônio de Castro-Mayer, obispo de Campos, a mons. Geraldo de Proença Sigaud, arzobispo de Diamantina, a mons. Luigi Carli, obispo de Segni, y a tantos otros, del valoroso coetus antiprogresista y anticomunista, cuya acción constituye la gran página luminosa de la historia de aquel concilio. Después, esto es, en 1967 y en 1974, lo tuve como huésped en Brasil. Y he aprovechado estos contactos para informarme en forma particularizada sobre la obra de Écône, que estaba modelando admirablemente con sus manos.
   
De estos contactos conservo, con amoroso cuidado, diversos registros fotográficos; registros en los cuales aparece sereno y sonriente, todavía lejano de la borrasca que vendría solamente más tarde.
  
La personalidad de mons. Marcel Lefèbvre, profundamente eclesiástica en todo y por todo, pía, serena, distinta, es puesta discretamente en resalto por los encantos del espíritu y del trazo que confieren la educación y la cultura francesas. No creo sea necesario decir más, en estas mismas columnas, para ilustrar la impresión que suscita en mí el valiente prelado.
  
¿Agregaré otra cosa a este elogio, en el cual cada palabra fue pesada y meditada? Mons. Lefèbvre me parece un fautor de la política de las cartas descubiertas. Yo soy exactamente del mismo tipo; y así como siento afinidad ante él sobre este punto, estoy particularmente feliz de exprersar claramente, en esta sede, mi posición respecto a él.
  
Dicho todo esto, me queda la sensación que esta mirada global sobre mons. Lefèbvre no estaría completa, si no agregase un último dato. De algunos meses a esta parte, mons. Lefèbvre, sin abandonar las vetas teológicas sobre las que se pone, ha hecho declaraciones doctrinales también sobre las enseñanzas sociales de la Iglesia. No puedo garantizar haber venido a conocimiento de todas. Me han agradado sobre todo la toma de posición del prelado contra el comunismo, lúcida, valiente, frontal. No es necesario que agregue que, como él, también estoy en abierto desacuerdo con la Ostpolitik vaticana, sobre la cuale me he expresado tantas veces en diversas sedes.
  
Si todos los obispos mostrasen, contra el comunismo, el noble vigor de mons. Lefèbvre, la situación del mondo sería muy diferente.
  
Hechas estas consideraciones, vamos finalmente al tema que intento analizar en modo particular.
  
* * *
  
En México vige la separación entre la Iglesia y el Estado. Esta separación, por parte del Estado, es llena de rencor y minuciosa, al punto que la ley civil prohíbe a los eclesiásticos el uso del hábito talar. Tal separación debería implicar, en el rigor de la lógica, una escrupulosa distancia del poder temporal de los problemas religiosos. Y, de hecho, en genral, las cosas van así. En este modo, la autoridad pública asiste indiferente al pulular de toda suerte de herejías. En conformidad con este comportamiento, el gobierno mexicano habría debido abstenerse de cualquier interferencia en los asuntos internos de la Iglesia. Y ésta, de  su parte, habría debido tener tanto amor propio para no pedir, para tales asuntos, la colaboración de quien la rechaza tan desdeñosamente.
  
Todavía, luego del anuncio de la visita de mons. Marcel Lefèbvre en México, el gobierno de la gran y tan simpática nación de la América Central ha dado orden a todos sus consulados de negarle la visa de ingreso. ¿Por qué? ¿Qué tendrán en común el gobierno fríamente laico y notoriamente de izquierda del México y el episcopado de esta nación, obviamente alegres por el veto gubernativo a mons. Lefèbvre?
  
En Argentina sucedió algo análogo. El Estado, aunque allí está unido a la Iglesia, no ha vetado el ingreso de mons. Lefèbvre, pero ha dejado entender claramente que esta visita la recibía con desagrado. Incluso una vez, ¿por qué este inclinarse del gobierno al episcopado argentino, visiblemente satisfecho?
  
Hechos de esta naturalza difícilmente pueden ser reconducidos a una sola causa. Pero entre las diversas que han contribuido a esto, figura indudablemente la siguiente: entrambos gobiernos han actuado en forma tan insólita, deseables de hacer algo agradable a los respectivos episcopados y sabiendo bien que en este modo los contentaban.
   
Y en este punto cae la pregunta. ¿Estos episcopados que, influenciados por el Vaticano II, se muestran abiertos a una relación ecuménica y cordial con todas las herejías, y en cuyos hilos está incluso quien practica el ecumenismo con los rojos, por qué tiran por la borda este ecumenismo cuando se trata de mons. Lefèbvre? ¿Por qué llegan a mover contra este último el poder del Estado, como si estuviésiemos en aquel Medioevo, del que ciertamente estos mismos episcopados no tienen la más mínima nostalgia?
  
Estrechando aun más el cerco: si el ecumenismo de estos episcopados tiene un derecho y un revés, de modo que abre a los unos y no a los otros, ¿de qué se trata precisamente? ¿De ecumenismo auténtico, o de velada parcialidad en favor de los unos, esto es, de los herejes, de los cismáticos y de los comunistas – y de evidente parcialidad contra los otros, esto es, frente a aquellos que atacan el comunismo, que atacan las herejías y los cismas?
  
Lo mismo se debe decir del comportamiento del cardenal Raúl Silva Henríquez, arzobispo de Santiago de Chile. No vi ningún gesto amigable que no haya reservado al marxista Salvador Allende. Pero al solo aparecer mons. Lefèbvre en Santiago, el manso pastor, amigo de rabinos y de misioneros protestantes, no le ha escatimado escarnios. ¿El ecumenismo es solamente a favor del comunismo y de los anticatólicos de todo género? Pero entonces, ¿qué cosa es este ecumenismo, si no complicidad con los enemigos de la Iglesia?
   
Mutátis mutándis, pregunta análoga se podría dirigir al episcopado colombiano, porque, aunque menos airado del ya afable cardenal chileno, ha mostrado también a mons. Lefèbvre su rostro amenazador.
  
Y en este punto el problema es impostado. Y muestra uno de los aspectos más tristes y conturbadores del ecumenismo de esta iglesia postconciliar, de la cual Pablo VI ha afirmado, con tanta razón, ser presa de un misterioso proceso de autodemolición (alocución del 7 de diciembre de 1968) y penetrada por el humo de satanás (alocucióne del 29 de junio de 1972).
  
PLINIO CORRÊA DE OLIVEIRA

jueves, 14 de febrero de 2019

TRES CASOS PROFÉTICOS DEL DR. PLINIO

Artículo de Ignacio Alday para PERISCOPIO.
  
  
Una de las características de Plinio Corrêa de Oliveira era su profetismo. Resumidamente podría sintetizarse en un carisma para liderar a los hijos de la luz en la lucha contra los hijos de las tinieblas, lo que equivale a decir liderar la Contrarrevolución mundial. Para esto la Providencia le dotó de un discernimiento de los espíritus en las almas, en los pueblos, en las cosas, en la historia, etc. Eso pudieron comprobarlo las muchas personas que le conocieron. Entre la multitud de casos registramos tres de la década de los años 80.
  • Viajaban en una furgoneta por una autopista de los alrededores de Madrid media docena de colaboradores de la organización española TFP – Covadonga, inspirada por él, cuando siendo de noche y en una curva cambio de rasante chocaron de frente contra otro vehículo que circulaba en dirección contraria. A pesar de que el impacto fue tremendo y la furgoneta volcó no hubo heridos de mayor consideración en ella. A los pocos días llegó la grabación de una de las reuniones habituales que hacía él en Brasil ante numerosos cooperadores con fecha anterior a la del mencionado accidente. La sorpresa es que describía un hipotético accidente de las mismas características del que habían sufrido en España. El tema de la reunión era la compenetración con la causa, exactamente el problema de los viajeros accidentados, por lo que resultaba evidentísima la explicación por el cual la Providencia lo permitió.
  • Dos miembros de la Sociedad Española de Defensa de la Tradición, Familia y Propiedad de visita en Brasil se encontraron por las calles de São Paulo y uno de ellos, José Luis de Zayas, le contó al otro que había asistido a una pequeña reunión con el profesor Plinio en la cual había afirmado que a su muerte el grupo a nivel mundial se dividiría en dos, los “ferrabrás” y los otros. Ambos buenos, pero los primeros más radicales. Efectivamente, contra todo pronóstico, fue lo que pasó cuando en 1995 falleció.
  • Largos años llevaba Brézhnev al frente de la Unión Soviética cuando alguien allegado a Plinio le pidió si no podría lanzar una maldición sobre los dirigentes de ese imperio comunista. Tras una pequeña reflexión decidió hacerlo condicionada a los deseos de la Virgen. Al poco tiempo falleció Brézhnev, al que le sucedió Andrópov que duro apenas unos meses, le siguió Chernenko pasando a correr la misma suerte en cuestión de un año, luego llegó Gorbachov, que parecía cargar esa maldición en la frente, y el cual acabó disolviendo la URSS.

domingo, 20 de enero de 2019

ORACIÓN DEL DOCTOR PLINIO CORRÊA DE OLIVEIRA A LA VIRGEN DEL MILAGRO DE ROMA

   
“Oh Inmaculada Madre de Dios, Madonna del Miracolo, que quisisteis conquistar con un singular prodigio de vuestra misericordia al israelita Alfonso, acoged las súplicas que os presentamos con confianza, como un día acogisteis las súplicas de aquellos que a Vos recurrieron pidiendo la conversión del hijo judío. Obtenednos también una sincera y total conversión a la gracia y todos los bienes del alma y del cuerpo.
 
Vuestra clemencia triunfó sobre Ratisbona, persuadiéndolo para que reciba el bautismo y se empeñe con voluntad seria en la observancia de los Mandamientos. Por esta conquista de vuestro amor, obtenednos la perseverancia en el cumplimiento de las promesas del bautismo. Haced que ningún obstáculo se interponga a nuestra observancia de los preceptos de Dios y de la Iglesia.
  
Vuestras manos resplandecientes son el símbolo de las innumerables gracias que con maternal bondad dispensáis profusamente sobre la Tierra. Haced resplandecer también sobre nosotros un rayo de vuestra misericordia”.

domingo, 30 de septiembre de 2018

SAN JERÓNIMO, ESPADA VIVA DE DIOS

San Jerónimo (detalle del Políptico de Cervara, Gerardo David)
  
San Jerónimo representa en la Iglesia, por excelencia, el espíritu de la polémica. Sus escritos son de una energía incomparable. Él daba respuestas de fuego y admirables, dejando a todos temblando ante él.
  
Este es el celo de la Casa de Dios que devora al hombre. Es una de las formas más características, santas y legítimas del celo. Desde que esto sea hecho por amor a Dios, y no por resentimientos personales, es una cosa santísima: ser una espada viva de Dios.
  
No conozco elogio mayor que decir de alguien que él es la espada viva de Dios, por toda parte cortando.
     
San Jerónimo puede ser considerado el patrono del espíritu polémico.
 
Dr. PLINIO CORRÊA DE OLIVEIRA. Conferencia del 30 de Septiembre de 1964 (Fragmento).

lunes, 27 de enero de 2014

ORACIÓN A LA VENERABLE MADRE MARIANA DE JESÚS TORRES, POR EL Dr. PLINIO CORRÊA DE OLIVEIRA

Venerable Madre Mariana de Jesús Torres y Berriochoa, vidente de Nuestra Señora del Buen Suceso
  
¡Oh Venerable Sierva de Dios, Madre Mariana de Jesús Torres, gloria de la Orden de las Concepcionistas en Ecuador, modelo eximio de obediencia, pobreza y castidad, a quien se dignó aparecer la Santísima Virgen, particularmente bajo la advocación de Nuestra Señora de El Buen Suceso, en más de un coloquio místico de gran contenido e inefable dulzura, y a quien Ella dotó de luces proféticas extraordinarias sobre lo que sucedería en nuestras días a las poblaciones sudamericanas, entonces gobernadas por la corona española! Mirad con benignidad, os lo pedimos, a vuestros devotos que os imploran una eficaz intercesión.
  
Contemplad a estos países, y muy especialmente a nuestro querido Ecuador, expuestos hoy a la saña agresiva del comunismo, el cual va penetrando en todos ellos, ora por la fuerza, ora por la astucia. ¡Ved cuán pocos son los ecuatorianos, y de modo general los sudamericanos, compenetrados de la gravedad de ese peligro y de la urgencia de hacerle frente mediante la oración, los sacrificios, y una acción intrépida y eficaz! Y obtened del Divino Espíritu Santo, por los ruegos de María, que difunda por estos pueblos la abnegación y la valentía con que otrora se inmortalizaron los Macabeos, los Cruzados, y los héroes de la resistencia ibérica contra los moros.
  
Considerad, oh Venerable Madre Mariana, la inmoralidad de las costumbres que asola toda la tierra y ved que esos pecados llevaron a Nuestra Señora a pronosticar en Fátima que terribles castigos caerían sobre la humanidad infiel.
  
Atended a la sangre de García Moreno, derramada en nuestra tierra para que ésta se convierta en un verdadero Reino de los Corazones de Jesús y de María.
  
Escuchad, oh benignísima Abadesa del Monasterio de la Inmaculada Concepción de Quito, las oraciones que os hacen tantas almas angustiadas por sus necesidades de alma y de cuerpo, y a todas dad una acogida generosa y alentadora, continuando así, en lo alto del Cielo, en favor de nuestro país, la misión tan bienhechora que en él ejercisteis en vuestra vida terrena. Así Sea.

jueves, 12 de diciembre de 2013

DIÁLOGO DE NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE Y JUAN DIEGO, O LA VIRTUD COMO FUENTE DE LA NOBLEZA DE SENTIMIENTOS Y LA CORTESÍA

Resumen de una conferencia del Dr. Plinio Corrêa de Oliveira a los jóvenes cooperadores de TRADICIÓN, FAMILIA Y PROPIEDAD de Brasil, dictada el 12 de Diciembre de 1996. Recopilada por TRADICIÓN Y ACCIÓN POR UN PERÚ MAYOR - Vía MILES CHRISTI
 
Aparición de Nuestra Señora de Guadalupe a Juan Diego
 
Hoy es la fiesta de Nuestra Señora de Guadalupe. En el libro de Edesia Aducci, “María y sus títulos gloriosos”, puede leerse el siguiente diálogo entre Nuestra Señora y el vidente Juan Diego:
“En la primera aparición, Nuestra Señora, hablando en el idioma mexicano, se dirige a Juan Diego: “Hijo mío, a quien amo tiernamente, como a un hijo pequeñito y delicado, ¿a dónde vas?” Respuesta de él: “Voy, noble Señora mía, a la ciudad, al barrio de Tlaltelolco, a oír la Santa Misa que nos celebra el ministro de Dios y súbdito suyo”.
Ella: “Sabe, hijo muy querido, que yo soy la siempre Virgen María, Madre del verdadero Dios, y es mi deseo que me erijan un templo en este lugar, de donde, como Madre piadosa tuya y de tus semejantes, mostraré mi clemencia amorosa y la compasión que tengo de los naturales y de aquellos que me aman y procuran; oiré sus ruegos y súplicas, para darles consuelo y alivio; y, para que se realice mi voluntad, has de ir a la ciudad de México, dirigiéndote al palacio del Obispo que allí reside, al cual dirás que yo te envío y que es voluntad mía que me edifique un templo en este lugar; referirás cuanto viste y oíste; yo te agradeceré lo que por mí hicieres a este respecto, te daré prestigio y te exaltaré”.
Respuesta de él: “Ya voy, nobilísima Señora mía, a ejecutar tus órdenes, como humilde siervo tuyo”.
 
Segunda aparición: Juan Diego vuelve del palacio del obispo, el mismo día por la tarde. La Santísima Virgen lo esperaba. “Mi muy querida Reina y altísima Señora, hice lo que me mandaste, y aunque no pudiese entrar a hablar con el señor obispo sino después de mucho tiempo, le comuniqué tu mensaje, conforme me ordenaste; me oyó afablemente y con atención; pero, por su modo y por las preguntas que me hizo, entendí que no me había dado crédito; por tanto, te pido que encargues de eso a una persona (...) digna de respeto, y en quien se pueda acreditar, porque bien sabes, mi Señora, (...) que no es para mí este negocio al que me envías; perdona, mi Reina, mi atrevimiento, si me aparté del respeto debido a tu grandeza; que yo no haya merecido tu indignación, ni te haya desagradado mi respuesta”.

La Santísima Virgen insiste con Juan Diego. Este vuelve al obispo y el prelado exige una señal de la aparición. Vuelve el buen indio [al Tepeyac] y Nuestra Señora manda que regrese al día siguiente, al mismo lugar, que Ella satisfaría el deseo del obispo; pero Juan Diego, necesitando llamar un sacerdote para asistir a su tío, que enfermara gravemente, se desvía del camino combinado, seguro de que la Santísima Virgen no lo vería. Pero he aquí que Nuestra Señora le aparece en otro local. “¿Adónde vas, hijo mío, y por qué tomaste este camino?” Juan Diego: “Mi muy amada Señora, ¡Dios te guarde! ¿Cómo amaneciste? ¿Estás con salud?... No te fastidies con lo que te voy a decir: está enfermo un siervo tuyo, mi tío, y yo voy de prisa a la iglesia de Tlaltelolco, para traer un sacerdote para confesarlo y ungirlo, y después de hecha esta diligencia volveré a este lugar, para obedecer tu orden. Perdóname, te pido Señora mía, y ten un poco de paciencia, que mañana volveré sin falta”.

Respuesta de ella: “Oye mi hijo, lo que te voy a decir: no te aflija cosa alguna, ni temas enfermedad ni otro accidente penoso. ¿No estoy aquí yo, que soy tu Madre? ¿No estás debajo de mi protección y amparo? ¿No soy yo vida y salud? ¿No estás en mi regazo y no andas por mi cuenta? ¿Tienes necesidad de otra cosa?... No tengas cuidado alguno con la dolencia de tu tío, que no morirá de esta vez, y ten certeza de que ya está curado”. 
 
* * *
 
Acerca de este acontecimiento pueden hacerse varios comentarios. De ellos, creo que el más interesante es aquel en que se ha hecho menos insistencia, sobre la actitud de Juan Diego delante de Nuestra Señora, y el lenguaje que él tiene con Ella.

Digo esto porque los otros aspectos de la cuestión —a saber: que Nuestra Señora se complace en aparecer a los humildes, que Ella procura las personas simples para mandar recados a las grandes, que busca las almas castas para que sean Sus portavocesse han resaltado en tantas apariciones, que me parece que no hay una razón especial para que insistamos sobre eso en la noche de hoy. 
 
De la aparición de Nuestra Señora de Guadalupe se desprendoen dos hechos remarcables: Nuestra Señora escoge a los humildes de corazón, y las virtudes católicas son el origen de las buenas maneras.
 
Pero el lenguaje y la actitud del indio para con Nuestra Señora tiene un sabor extraordinario. Ella lo trata como a un hijo de una nación que está en decadencia, de un pueblo que está desapareciendo, pero es un alma pura, un alma simple. Ella lo trata, entonces, con un cariño extraordinario, casi como se hace con un niño. Vemos, de un lado, la predilección que Nuestra Señora tiene no sólo por las almas grandes, heroicas, que realizan hechos históricos sino, por otro lado, cómo Ella ama todas las formas de belleza, todas las formas de virtud, el amor que también tiene por las almas simples, pequeñas, que le son enteramente dedicadas y que ignoran su propia virtud, cómo Ella habla a esas almas con una ternura completamente particular.

Después, tenemos la actitud de Juan Diego para con Nuestra Señora: él le dirige la palabra como un verdadero cortesano, saluda a Nuestra Señora, le pregunta cómo Ella se encuentra, si está bien... y después de haber descrito el fracaso de la misión que tuvo, se porta como un verdadero diplomático y le explica la razón humana de su revés. Al mismo tiempo, manifiesta su deseo de no aparecer, de no brillar. Ustedes están viendo todas las cualidades de alma que entran en eso.

Resultado: La Virgen aprecia su actitud, sonríe para el consejo diplomático, pero no lo acepta. Al contrario, exige que él vuelva. Juan Diego, obediente, retorna, pues no tiene pereza, no le hace resistencia, es hijo de la obediencia. ¿Recibió orden? ¿La Virgen lo quiere? ¡Él vuelve de nuevo!...
     
Nuestra Señora reprodujo su imagen en el manto de Juan Diego, quien murió en olor de santidad.
 
Aquí ustedes tienen un principio que deseo resaltar: donde existe la verdadera virtud, aparecen la delicadeza, la cortesía, las maneras nobles. Por el contrario, donde la virtud muere, las maneras nobles, la delicadeza y la cortesía van desapareciendo...

Juan Diego, como tiene delicadeza de alma, sabe tener delicadeza de maneras, y sabe tratar a Nuestra Señora con respeto, con una verdadera hidalguía. Al contrario, si no tuviese delicadeza de alma, él podría ser un hidalgo, pero no trataría a Nuestra Señora con verdadera hidalguía.

Lo que, a su vez, prueba lo siguiente: si la civilización occidental desarrolló las buenas maneras, la hidalguía de trato, el señorío, el garbo, el tono aristocrático hasta un punto donde nunca ninguna civilización llegó, eso se debe a que hubo una Edad Media, donde esas cosas nacieron y continuaron a desarrollarse incluso después del fin de esa época. Hubo un momento de alta virtud, de alta piedad, donde las almas estuvieron ávidas de nobleza de trato, de delicadeza, de grandeza. Y como las costumbres nacen de la avidez de las almas buenas o malas, de ahí germinó, en el suelo sagrado de la Europa Cristiana, toda a cortesía occidental, hija precisamente de esa piedad y virtud.

Cuando estalla la Revolución, que quebró la vida espiritual de Europa, cuando entraron los principios igualitarios en el espíritu del europeo, comenzó inmediatamente la decadencia. ¿Por qué? Porque bajo este punto de vista, Revolución, igualitarismo, falta de delicadeza de sentimientos y falta de nobleza de maneras son cosas completamente relacionadas. Y no puede tener nobleza de maneras, ni delicadeza de sentimientos, quien es igualitario. Quien es igualitario tiene dentro de sí lo contrario: es egoísta, brutal, tiende para el régimen de masas, no quiere reconocer los méritos y las cualidades de los demás sino, al contrario, quiere sujetar toda la vida social y toda convivencia humana —y por lo tanto, todo el trato de las almas— a una dura, fría y ruda igualdad.

Entonces ustedes tienen la baja del tono aristocrático de Europa y la aparición de esa cosa monstruosa que es el estilo hollywoodiano, que es exactamente el igualitarismo y la falta de elevación de trato. Pero ustedes tienen, más allá de eso, como etapa posterior de la Revolución, el igualitarismo total soviético, la crueldad soviética, la brutalidad soviética que es el extremo opuesto de aquella delicadeza que germinaba en el alma virginal, sobrenatural y tan delicada de nuestro buen Juan Diego.

Así, ustedes comprenden bien hasta qué punto la cortesía y el tono aristocrático son hijos de la Iglesia Católica, Apostólica, Romana. Y, por el contrario, las maneras triviales, bajas, igualitarias, brutas son –precisamente– el fruto de la Revolución y del demonio. (...)

sábado, 5 de octubre de 2013

NUESTRA SEÑORA, LA MEDIANERA UNIVERSAL, POR EL Dr. PLINIO CORRÊA DE OLIVEIRA

Homenaje al Dr. Plinio Correa de Oliveira, que el 3 de Octubre de 1995, día de Santa Teresita del Niño Jesús, ascendió al Cielo, donde a buen seguro intercede por la Resistencia Católica.
 
LA MEDIANERA UNIVERSAL
 
 
Transcrito de "O Legionário" Nº 455, de 1 de Junio de 1941- Vía PLINIO CORRÊA DE OLIVEIRA

En el día 31 de mayo la Santa Iglesia celebra la fiesta de Nuestra Señora, Medianera Uni­versal de todas las gracias. En esta época de confusión, de aflicciones y de peligros nues­tras oraciones irremediablemente se tornan más apremiantes.

Y, con esto, se vuelve más importante tam­bién el que sepamos rezar bien. Y pocas verdades de la Fe concurren de un modo tan poderoso para valorizar nuestras ora­ciones, cuanto la Mediación Universal de María, si la estudiamos seriamente y hace­mos que cale a fondo en nuestra vida de piedad. ¿En qué consiste esa verdad?

La Teología enseña que todas las gracias que nos vienen de Dios pasan siempre por las manos de María, de tal manera que nada obtendremos de El, si María no se asocia a nuestra ora­ción, y todas las gracias que recibimos las debemos siempre a la intercesión de María. Así, la Madre de Dios es el canal de todas las oraciones que llegan hasta su Divino Hijo y el camino de todas las gracias que Este otorga a los hombres.

Evidentemente, esta verdad supone que en todas las oraciones que hagamos, pida­mos explicitamente a Nuestra Señora que nos apoye. Esta práctica sería sumamente loable. Pero, aunque no invoquemos decla­radamente la intercesión de Nuestra Señora podemos estar seguros de que seremos aten­didos porque Ella reza con nosotros, y por nosotros.

De ahí se saca una conclusión sumamente consoladora. Si tuviésemos que confiar só­lamente en nuestros méritos, ¿cómo podría­mos confiar en la eficacia de nuestra ora­ción? Se cuenta que cierta vez, Nuestro Señor se apareció a Santa Teresa trayendo en las manos unas uvas maravillosas. Pre­guntó la santa al Divino Maestro qué signi­ficaban las uvas, y El respondió que eran una imagen del alma de ella. Miró entonces la santa detenidamente a las frutas y en la medida en que las examinaba, su primera impresión, que fue magnífica, se deshacía, y daba lugar a una impresión cada vez más triste. Llenas de manchas y de defectos, las uvas acabaron por parecer repugnantes a la gran santa. Ella comprendió entonces el alto significado de la visión. Incluso las almas más perfectas tienen manchas, cuando son atentamente examinadas. Y ¿cuáles son las manchas que pueden pasar desapercibidas a la mirada penetrante de Dios? Por eso tenía mucha razón el Salmista cuanto exclamaba: «Señor si atendieses a nuestras iniquidades, ¿quién se sustentará en vuestra presencia?»

Y, si no hay nadie que no presente man­chas a los ojos de Dios, ¿quién puede esperar con plena seguridad ser atendido en sus ora­ciones?

Por otro lado, Dios quiere que nuestras oraciones sean confiantes. No desea que nos presentemos ante su trono como esclavos que se aproximan con miedo de un temible señor, sino como hijos que se acercan a un padre infinitamente generoso y bueno. Esa confianza es incluso una de las condiciones de la eficacia de nuestras oraciones. Pero, ¿cómo tendremos confianza, si, mirando en nuestro interior, sentimos que nos faltan las razones para confiar? Y si no tenemos con­fianza, ¿cómo esperamos ser atendidos?

De las tristezas de esta reflexión nos saca, triunfalmente, la doctrina de la Mediación Universal de María.

De hecho, nuestros méritos son mínimos, y nuestras culpas grandes. Pero, lo que por nosotros mismos no podemos alcanzarlo, te­nemos el derecho de esperar que las ora­ciones de Nuestra Señora lo alcance.

Y jamás debemos dudar de que Ella se asocia a nuestras oraciones cuando son con­venientes a la mayor gloria de Dios y a nues­tra santificación. De hecho, Nuestra Señora nos tiene un amor que sólo de modo imper­fecto puede ser comparado al amor que nos tienen nuestras madres terrenas. San Luis María Grignón de Monfort dice que Nuestra Señora tiene al más despreciable y miserable de los hombres un amor superior al que resultaría de la suma del amor de todas las madres del mundo a un hijo único. Nuestra Madre auténtica en el orden de la gracia nos engendró para la vida eterna. Y a Ella se aplica fielmente la frase que el Espíritu Santo esculpió en la Escritura: «Aunque tu padre y tu madre te abandonasen, Yo no me olvidaría de ti». Es más facil ser abandonados por nuestros padres según la naturaleza, que por Nuestra Madre según la gracia.

Así, por más miserables que seamos, po­demos presentar con confianza a Dios nues­tras peticiones: siempre que fueran apoya­das por Nuestra Señora, encontrarán un valor inestimable a los ojos de Dios, que ciertamente obtendrá para nosotros el favor pedido.

Nos conviene meditar incesantemente so­bre esta gran verdad. Católicos que somos, debemos enfrentar en esta vida las luchas comunes a todos los mortales y, además de esto, las que nos vienen por el hecho de estar al servicio de Dios. Pero, aunque los horizontes parezcan estar a punto de des­cargar sobre nosotros un nuevo diluvio, aun­que los caminos se nos cierren al paso, los precipicios se abran y la propia tierra se mueva bajo nuestros pies, no perdamos la confianza: Nuestra Señora superará todos los obstáculos que estén por encima de nues­tras fuerzas. Mientras esta confianza no des­erte de nuestro corazón, la victoria será nues­tra, y de nada valdrán las tramas de nuestros adversarios: caminaremos sobre las áspides y los basiliscos y aplastaremos con nuestros pies los leones y los dragones.

viernes, 11 de marzo de 2011

EL SANTO VÍA CRUCIS, SEGÚN EL Dr. PLINIO CORRÊA DE OLIVEIRA

Transcrito de "O Legionário" Nº 558, de 18 de Abril de 1943 y reeditado en "Catolicismo" Nº 231 - Marzo de 1970 - Vía Plinio Corrêa de Oliveira
 
     
I Estación: JESÚS ES CONDENADO A MUERTE
   
V. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
R. Porque con tu santa Cruz redimiste al mundo.
   
CONSPIRARON CONTRA VOS, Señor, vuestros enemigos. Sin gran esfuerzo, amotinaron al populacho ingrato, que ahora hierve de odio contra Vos. Odio. Es lo que por todas partes os circunda, os envuelve como una nube densa, se lanza contra Vos como un oscuro y frío vendaval. Odio gratuito, odio furioso, odio implacable: que no se sacia en humillaros, en saturaros de oprobios, en llenaros de amargura; vuestros enemigos os odian tanto, que ya no soportan vuestra presencia entre los vivos, y quieren vuestra muerte. Quieren que desaparezcáis para siempre, que enmudezca el lenguaje de vuestros ejemplos y la sabiduría de vuestras enseñanzas. Os quieren muerto, aniquilado, destruido. Sólo así habrán aplacado el torbellino de odio que en sus corazones se levanta.
  
Siglos incluso antes que nacierais, ya el Profeta preveía ese odio que suscitaría la luz de las verdades que anunciaríais, el brillo divino de las virtudes que tendríais: "¿Pueblo mío, qué te hice Yo, en qué por ventura te he contristado?" (Miq. 6, 3). E interpretando vuestros sentimientos, la Sagrada Liturgia exclama a los infieles de entonces y de hoy: "¿Qué más debía Yo haber hecho por ti, y no lo hice? Yo te planté como viña escogida y preciosa: y tú te convertiste en excesiva amargura para Mí; vinagre me diste a beber en mi sed, y traspasasteis con una lanza el costado de tu Salvador" (Improperios).
  
Tan fuerte fue el odio que contra Vos se levantó, que la propia autoridad de Roma, que juzgaba al mundo entero, se abatió acobardada, retrocedió y cedió ante el odio de los que sin causa alguna os querían matar. La altivez romana, victoriosa en el Rin, en el Danubio, en el Nilo y en el Mediterráneo, se ahogó en el lavabo de Pilatos.
  
"Christiánus alter Christus", el cristiano es otro Cristo. Si fuésemos realmente cristianos, esto es realmente católicos, seremos otros Cristos. E, inevitablemente, el torbellino del odio que contra Vos se levantó, también contra nosotros ha de soplar furiosamente.
  
¡Y sopla, Señor! Compadeceos, Dios mío, y dadle fuerzas al pobre niño de colegio, que sufre el odio de sus compañeros porque profesa vuestro Nombre y se rehúsa a profanar la inocencia de sus labios con palabras de impureza. Odio, sí. Tal vez no el odio bajo la forma de una invectiva desabrida y feroz, sino bajo la forma terrible del escarnio, del aislamiento, del desprecio. Dadle fuerzas, Dios mío, al estudiante que vacila en proclamar vuestro Nombre en plena aula, a la vista de un profesor impío y de un enjambre de colegas que se mofa. Dadle fuerzas, Dios mío, a la joven que debe proclamar vuestro Nombre, rehusándose a vestir los trajes que la moda impone, desde que por su extravagancia o inmoralidad desentonen de la dignidad de una verdadera católica. Dadle fuerzas, Dios mío, al intelectual que ve cerrarse delante de sí las puertas de la notoriedad y de la gloria, porque predica vuestra doctrina y profesa vuestro Nombre. Dadle fuerzas, Dios mío, al apóstol que sufre la embestida inclemente de los adversarios de vuestra Iglesia, y la hostilidad mil veces más penosa de muchos que son hijos de la luz, sólo porque no consiente en las diluciones, en las mutilaciones, en las unilateralidades con que los "prudentes" compran la tolerancia del mundo para su apostolado.
  
Ah, Dios mío, ¡cómo son sabios vuestros enemigos! Ellos sienten que en el lenguaje de esos "prudentes", lo que se dice en las entrelíneas es que Vos no odiáis el mal, ni el error, ni las tinieblas. Y entonces aplauden a los prudentes según la carne, como os aplaudirían en Jerusalén, en lugar de mataros, si hubieseis dirigido a los del Sanedrín el mismo lenguaje.
  
Señor, dadnos fuerzas: no queremos ni pactar, ni retroceder, ni transigir, ni diluir, ni permitir que empalidezca en nuestros labios la divina integridad de vuestra doctrina. Y si un diluvio de impopularidad se abate sobre nosotros, sea siempre nuestra oración la de la Sagrada Escritura: "Preferí ser abyecto en la casa de mi Dios, a vivir en la intimidad de los pecadores" (Salmo 83, 11).
  
Padre Nuestro. Ave María. Gloria.
  
V. Ten piedad de nosotros, Señor.
R. Señor, ten piedad de nosotros.
  
V. Que las almas de los fieles difuntos, por la misericordia de Dios, descansen en paz.
R. Amén.
  
II Estación: JESÚS ACEPTA LA CRUZ DE MANOS DE SUS VERDUGOS
  
V. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
R. Porque con tu santa Cruz redimiste al mundo.
  
PERO PARA ESTO, Señor, es necesario paciencia. Paciencia por la cual se deja, de brazos cruzados y de corazón conformado, caer el diluvio sobre la propia cabeza. Paciencia es la virtud por la cual se sufre para un bien mayor. Paciencia es, pues, la capacidad de sufrir para el bien. Necesita de paciencia el enfermo que, golpeado por un mal incurable, acepta resignado el dolor que él le impone. Necesita de paciencia aquel que se inclina sobre los dolores ajenos, para consolarlos como Vos consolasteis, Señor, a los que os buscaban. Necesita de paciencia quien se dedica al apostolado con invencible caridad, atrayendo amorosamente a Vos a las almas que vacilan en las sendas de la herejía o en el lodazal de la concupiscencia. Necesita también de paciencia el cruzado que toma la cruz y va a luchar contra los enemigos de la Santa Iglesia. Es un sufrimiento tomar la iniciativa de la lucha, formar y mantener en pie dentro de sí sentimientos de pugnacidad, de energía, de combatividad, vencer el indiferentismo, la mediocridad, la pereza, y lanzarse como un digno discípulo de Aquel que es el León de Judá, sobre el impío insolente que amenaza al redil de Nuestro Señor Jesucristo. ¡Oh sublime paciencia de los que luchan, combaten, toman la iniciativa, entran, hablan, proclaman, aconsejan, amonestan, y desafían por sí solos toda la soberbia, toda la pertinacia, toda la arrogancia del vicio insolente, del defecto elegante, del error simpático y popular!
  
Vos fuisteis, Señor, un modelo de paciencia. Vuestra paciencia no consistió, sin embargo, en morir abatido debajo de la Cruz cuando os la dieron. Cuenta una piadosa revelación que, cuando recibisteis de la mano de los verdugos vuestra Cruz, Vos la besasteis amorosamente y, tomándola sobre los hombros, con invencible energía la llevasteis hasta lo alto del Gólgota.
  
Dadnos Señor, esa capacidad de sufrir. De sufrir mucho. De sufrir todo. De sufrir heroicamente, no apenas soportando el sufrimiento, sino yendo al encuentro de él, buscándolo, y cargándolo hasta el día en que tengamos la corona de la victoria eterna.
  
Padre Nuestro. Ave María. Gloria.
  
V. Ten piedad de nosotros, Señor.
R. Señor, ten piedad de nosotros.
  
V. Que las almas de los fieles difuntos, por la misericordia de Dios, descansen en paz.
R. Amén.
   
III Estación: JESÚS CAE POR PRIMERA VEZ BAJO LA CRUZ
  
V. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
R. Porque con tu santa Cruz redimiste al mundo.
  
QUÉ FÁCIL es hablar del sufrimiento. Lo difícil es sufrir. Vos lo probasteis, Señor. Cómo vuestro divino heroísmo es diferente del heroísmo fatuo y artificial de tanto soldado de las tinieblas. Vos no sonreísteis frente al dolor. No erais, Señor, de los que enseñan que se pasa la vida sonriendo. Cuando vuestra hora llegó, temblasteis, os perturbasteis, sudasteis sangre delante de la perspectiva del sufrimiento. Y en este diluvio de aprehensiones, infelizmente por demás fundadas, está la consagración de vuestro heroísmo. Vencisteis los gritos más imperiosos, las solicitaciones más fuertes, los pánicos más atroces. Todo se doblegó ante vuestra voluntad humana y divina. Por encima de todo, se sobrepuso vuestra determinación inflexible de hacer aquello para lo que habíais sido enviado por vuestro Padre. Y, cuando llevasteis vuestra Cruz por la calle de la amargura, una vez más las fuerzas naturales flaquearon. Caísteis, porque no teníais fuerzas. Caísteis, pero no os dejasteis caer sino cuando del todo no era posible proseguir el camino. Caísteis, pero no retrocedisteis. Caísteis, pero no abandonasteis la Cruz. La conservasteis con Vos, como la expresión visible y tangible de vuestro propósito de llevarla hacia lo alto del Gólgota.
  
Oh Dios mío, dadnos las gracias para que, en la lucha contra el pecado, contra los infieles, podamos quizá caer debajo de la cruz, pero sin jamás abandonar ni el camino del deber ni la arena del apostolado. Sin vuestra gracia, Señor, nada, absolutamente nada podemos. Pero si correspondemos, todo lo podremos. Señor, nosotros queremos corresponder a vuestra gracia.
  
Padre Nuestro. Ave María. Gloria.
  
V. Ten piedad de nosotros, Señor.
R. Señor, ten piedad de nosotros.
  
V. Que las almas de los fieles difuntos, por la misericordia de Dios, descansen en paz.
R. Amén.
   
IV Estación: MARÍA SANTÍSIMA VIENE AL ENCUENTRO DE JESÚS
  
V. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
R. Porque con tu santa Cruz redimiste al mundo.
 
CARGAR LA CRUZ significa, muchas y muchas veces, renunciar. Renunciar antes que nada a lo ilícito, a lo pecaminoso. Pero renunciar también, y muchas veces, a lo que siendo lícito y hasta admirable en sí, se torna malo o menos perfecto en consecuencia de determinadas circunstancias.
  
En el camino de vuestra Pasión, Señor, disteis un ejemplo terrible, un luminoso y admirable ejemplo de renuncia a lo que es lícito. ¿Qué hay de más lícito, Señor, que las caricias, que el desvelo de vuestra Madre Santísima? Todo cuanto de Ella sabemos es que, por más que sepamos algo, jamás sabremos todo, tal es el océano inconmensurable de perfecciones y de gracias que contiene. Vuestra Madre, Señor, está en vuestro camino. Ella quiere consolaros. Ella quiere consolarse con Vos. Vedla. Cómo es legítimo que os detengáis a lo largo de la vía dolorosa, consolándoos y consolándola. Sin embargo, el momento de la separación después de este rápido coloquio llegó. ¡Oh dilaceración!, es preciso que os separéis el uno del otro. Ni Ella ni Vos, Señor, contemporizáis. El sacrificio sigue su curso. Y Ella queda a la vera del camino… Es mejor no decir cómo, viendo que os distanciáis lentamente vertiendo sangre, con paso incierto y vacilante, en demanda del último y supremo sacrificio, María tiene pena de Vos. Ella os sigue con la mirada, viéndoos solo, en manos de verdugos y de enemigos. ¿Quién os ha de consolar? ¡Oh! voluntad irresistible, arrebatadora, inmensa, de seguir vuestros pasos, de deciros palabras de dulzura que sólo Ella sabe deciros, de amparar vuestro Cuerpo divino, de interponerse entre los verdugos y Vos, y, postrada como quien implora una limosna inestimable, suplicar para Sí un poco de los golpes que os dan, con tal que con esto os hieran un poco menos, no os golpeen tanto la carne inocente. ¡Oh Corazón de Madre, cuánto sufristeis en este lance!
  
Madres de sacerdotes, madres de misioneros, madres de religiosas, cuando sintáis el pesar de tanta separación cruel, pensad en María Santísima que dejó a su Divino Hijo seguir solo, el camino que le trazara la voluntad de Dios. Y pedid que Ella consuele vuestro dichoso dolor.
  
Pero hay, mil y mil veces infelices, otras madres abandonadas. Madres de impíos, madres de libertinos, madres de pecadores, también vosotras a veces quedáis solas en el camino del dolor, mientras vuestros hijos corren por las vías de la perdición. Pedid a Nuestra Señora que os consuele, que os dé aliento y perseverancia, y que ofrezca parte del dolor que en este paso sufrió, para que vuestros hijos puedan volver algún día a vosotras. Pensad en Santa María, y jamás desesperaréis. Para vuestros hijos desviados Nuestra Señora será la Estrella del Mar, que tarde o temprano los reconduzca al puerto.
  
Padre Nuestro. Ave María. Gloria.
  
V. Ten piedad de nosotros, Señor.
R. Señor, ten piedad de nosotros.
  
V. Que las almas de los fieles difuntos, por la misericordia de Dios, descansen en paz.
R. Amén.
     
V Estación: EL CIRINEO AYUDA A JESÚS A LLEVAR LA CRUZ
  
V. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
R. Porque con tu santa Cruz redimiste al mundo.
  
SIMÓN CIRINEO venía de lejos. No sabía cuál era la algazara, el alarido, el vocerío que a veces el viento le traía. Una gran fiesta, probablemente, tantas eran las risas, los gritos, las voces, que en animada sucesión se hacían oír. Se aproximó. Fuerte, joven, lleno de vida, parecía en cierto sentido la antítesis del pobre ser de túnica blanca –la túnica de los locos–, coronado de espinas, todo ensangrentado, un leproso lleno de llagas, que paciente y lentamente arrastraba la Cruz. El contraste sirvió a los verdugos de inspiración. Lo tomaron para ayudar a Cristo, Señor nuestro, a cargar la Cruz. El Cirineo aceptó. Al principio, tal vez porque era obligado. Después, por piedad. Quedó en la Historia, y, más que esto, conquistó para sí el Reino de los Cielos.
  
¡Cómo es frecuente esta escena! En el camino de nuestra vida, vemos a la Iglesia que pasa, perseguida, azotada, calumniada, odiada, y, Dios mío, a veces hasta traicionada por muchos que se dicen hijos de la luz sólo para poder propagar mejor las tinieblas. Vemos esto. En la apariencia la Iglesia está débil, vacilante, agonizante tal vez. En realidad, Ella es divinamente fuerte, como Jesús. Pero nosotros sólo vemos la debilidad con los ojos de la carne. Y somos tan miopes con los ojos de la fe, que con mucho esfuerzo discernimos la invencible fuerza divina que la conservará siempre y siempre. "La Iglesia va a ser derrotada. Va a morir. ¿Poner al servicio de esa perseguida, de esa calumniada, de esa derrotada, la exuberancia de mis fuerzas, de mi juventud, de mi entusiasmo? ¡Nunca!" Nos distanciamos. No somos Cirineos. Cuidamos sólo y sólo de nuestros intereses. Seremos abogados prósperos, comerciantes ricos, ingenieros bien ubicados, médicos con buena clientela, periodistas ilustres o prestigiosos maestros. ¡Y es que sólo en el día del Juicio comprenderemos lo que perdimos cuando la Santa Iglesia pasó por nuestro camino, y no la ayudamos!
  
¡Apostolado, apostolado, apostolado! Apostolado saturado de oración, impregnado de sacrificio. Este es el medio por el cual debemos ser Cirineos de la Santa Iglesia.
  
Señor mío, haced que seamos tan fieles a esta gracia como el propio Cirineo. Oh bienaventurado Cirineo, rogad por nosotros.
  
Padre Nuestro. Ave María. Gloria.
  
V. Ten piedad de nosotros, Señor.
R. Señor, ten piedad de nosotros.
   
V. Que las almas de los fieles difuntos, por la misericordia de Dios, descansen en paz.
R. Amén.
  
VI Estación: LA VERÓNICA ENJUGA EL ROSTRO DE JESÚS
  
V. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos. 
R. Porque con tu santa Cruz redimiste al mundo.
  
TODOS SE REÍAN de Vos, Señor mío, todos os herían, os ultrajaban. Vuestro divino Rostro, otrora radiante de hermosura, está ahora enteramente desfigurado. Sólo expresa el dolor, en su forma más aguda, más lacerante.
  
A los ojos de esa turbamulta, ¿qué papel haría quien os consolase, quien tomase vuestro partido, quien se declarase vuestro? Atraería sobre sí mucho del odio, del desprecio, de la humillación que sobre Vos se lanzaba como impetuoso torrente, desde lo íntimo de aquellos corazones empedernidos, y, más aún, desde todas las calles, plazas y callejuelas de la ciudad deicida.
  
La Verónica vio esto. Pero ella no tuvo miedo. Se aproximó de Vos. Os consoló. Y, ¡oh divina recompensa!, vuestro Rostro divino quedó para siempre estampado en el lienzo con que ella quiso enjugarlo.
  
Dios mío, quiera mi corazón consolaros siempre. Y especialmente cuando todos se avergüenzan de Vos, dadme fuerzas para consolaros, proclamando en alto y con fuerza a mi Divino Rey.
  
Como recompensa, no quiero otra sino tener vuestro Rostro estampado en mi corazón.
  
Padre Nuestro. Ave María. Gloria.
   
V. Ten piedad de nosotros, Señor.
R. Señor, ten piedad de nosotros.
  
V. Que las almas de los fieles difuntos, por la misericordia de Dios, descansen en paz.
R. Amén.
    
VII Estación: JESÚS CAE POR SEGUNDA VEZ
 
V. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos. 
R. Porque con tu santa Cruz redimiste al mundo.
  
CAÍSTEIS UNA VEZ MÁS, Divino Señor. ¡Cómo es duro el camino de la Cruz! Fue durísimo para Vos. Será también durísimo para vuestros seguidores.
  
Hay momentos en que todos los caminos parecen cerrados para nosotros, el Cielo se oscurece, las esperanzas desaparecen, las aprensiones pueblan de negros fantasmas nuestra imaginación. Las fuerzas comienzan a flaquear. No aguantamos más. Aunque caigamos debajo de la cruz, Dios mío, una vez más os suplicamos, por vuestras entrañas misericordiosas, por vuestro Corazón Sagrado, por el amor que tenéis a vuestra Madre, por los dolores crudelísimos que en este paso sufristeis, no permitáis que salgamos del camino del sufrimiento y de la virtud, y que tiremos lejos de nosotros la cruz. Socorrednos entonces, Señor mío de misericordia. Porque lo que queremos es el entero cumplimiento de nuestro deber.
  
Pero oíd, Dios benigno, la súplica de nuestra debilidad. Por lo mucho que sufristeis, por la superabundancia de vuestros méritos infinitos, mitigad, si es posible, nuestro sufrimiento, tornad más leve nuestra cruz, sed Vos mismo nuestro misericordioso Cirineo, en toda la extensión en que lo permitan nuestra santificación y los supremos intereses de vuestra gloria. Os lo pedimos, Señor, por la omnipotente intercesión de vuestra Madre.
  
Padre Nuestro. Ave María. Gloria.
   
V. Ten piedad de nosotros, Señor.
R. Señor, ten piedad de nosotros.
  
V. Que las almas de los fieles difuntos, por la misericordia de Dios, descansen en paz.
R. Amén.
  
VIII Estación: JESÚS CONSUELA A LAS HIJAS DE JERUSALÉN
  
V. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
R. Porque con tu santa Cruz redimiste al mundo.
  
VOS TUVISTEIS a la Verónica, Señor, y al inapreciable, si bien que pesarosísimo, consuelo de vuestra Madre. Y, en este paso, otras mujeres se acercan a Vos. ¡Lloran, gimen, se apiadan de Vos!
  
¿Cómo se llamarían estas buenas mujeres? El Evangelio no lo dice. ¿Cómo las trataban los soldados y el populacho que os martirizaban? Tampoco lo dice el Evangelio. Si ellos hablasen el lenguaje de nuestros días, ciertamente habrían exclamado: "¡Oh beatas!..."
  
¡Beatas! Cuántas veces esta palabra se pronuncia con desprecio y dureza, para designar a las personas que sobresalen y se distinguen por su asiduidad a los pies de vuestros altares tantas veces abandonados, en la frecuencia a las ceremonias religiosas durante las cuales, a veces, sin ellas las iglesias habrían quedado casi vacías. Con lluvia o buen tiempo, se deslizan por las sombras de la madrugada o del crepúsculo, con paso apresurado. Van hacia la iglesia. Muchas van de prisa, porque tienen que trabajar, o en casa, o fuera. Rezan. Y su oración es a veces tan agradable que, sin aquello que peyorativa e injustamente se volvió convencional llamar beaterío, sería mucho más infeliz cualquier gran ciudad de pecadores de nuestros días.
  
Podrá a veces haber exceso, abuso, mala comprensión de muchas cosas. Pero ¿por qué generalizar la regla? ¿Por qué mirar apenas para las manchas, sin ver la luz de esa piedad perseverante e inextinguible? ¡Cuánto oro en esa escoria! Y cuando, después de haber contemplado así a esas almas entre las cuales muchas tienen tan gran mérito, se oyen ciertas declamaciones doctas contra el beaterío, se tiene el deseo de decir de los declamadores: "¡Señor, cuánta escoria en ese oro!"
  
Ese verdadero beaterío, ese beaterío genuino y sincero ya estuvo a los pies de la Cruz, llorando y gimiendo. ¡Y cuánta gente que gusta decir que Judas no está en el infierno, pero que allí van ciertamente las beatas, quedará pasmado el día del Juicio Final!
  
Señor, aceptad y bendecid esas oraciones que en el curso de vuestra Pasión os fueron dirigidas. Vos disteis a estas pías mujeres su vocación: "Llorad". La vocación de llorar por los castigos que justos e inocentes sufren a consecuencia de los pecados colectivos, esa es su gran vocación. Que ese llanto, Señor, que Vos mismo incitasteis, sirva para que vuestras iglesias queden atestadas de beatos verdaderos, esto es, de bienaventurados de todas las edades y condiciones sociales, nobles, ricos, poderosos, pobres, andrajosos, infelices. Señor, conquistad y atraed a Vos a todas las almas, por las oraciones, el ejemplo y las palabras de las almas fieles, indefectiblemente fieles.
  
Padre Nuestro. Ave María. Gloria.
   
V. Ten piedad de nosotros, Señor.
R. Señor, ten piedad de nosotros.
  
V. Que las almas de los fieles difuntos, por la misericordia de Dios, descansen en paz.
R. Amén.
  
IX Estación: JESÚS CAE POR TERCERA VEZ
  
V. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
R. Porque con tu santa Cruz redimiste al mundo.
  
HAY MISTERIOS que vuestro Santo Evangelio no narra. Y entre ellos me gustaría saber si me equivoco al suponer que ésta vuestra tercera caída fue hecha, Señor mío, para expiar y salvar a las almas de los prudentes.
  
La prudencia es la virtud por la cual escogemos los medios adecuados para obtener el fin que tenemos en vista. Así, los grandes actos de heroísmo pueden ser tan prudentes como los retrocesos estratégicos. Si el fin es vencer, en un noventa por ciento de los casos es más prudente avanzar que retroceder. No es otra la virtud evangélica de la prudencia.
  
Sin embargo… se entiende que la prudencia es apenas el arte de retroceder. Y, así, el retroceso sistemático y metódico pasó a ser la única actitud reconocida como prudente por muchos de vuestros amigos, Señor mío. 
  
Y por esto se retrocede mucho… ¿La realización de una gran obra para vuestra gloria se ha vuelto muy penosa? Se retrocede por prudencia. ¿La santificación está muy dura? ¿La escalada en la virtud multiplica las luchas en vez de aquietarlas? Se retrocede hacia los pantanos de la mediocridad, para evitar, por prudencia, grandes catástrofes. ¿La salud periclita? Se abandona, por prudencia, todo o casi todo apostolado, se "mediocriza" la vida interior, y se transforma el reposo en el supremo ideal de la vida, porque la vida fue hecha, ante todo, para ser larga. Vivir mucho pasa a ser el ideal, en vez de vivir bien. El elogio ya no sería como el de la Escritura: "En una corta vida recorrió una larga carrera" (Sabiduría 4, 13). Sería, por lo contrario, "tuvo larga vida, para la cual tuvo la sabiduría de renunciar a hacer una gran carrera en las vías del apostolado y de la virtud".
  
Vidas largas, obras pequeñas.
  
¿Y vuestra prudencia cómo fue, oh Modelo divino de todas las virtudes? ¿Cuántos amigos tenéis, que os aconsejarían a renunciar cuando caísteis por primera vez? En la segunda vez, serían legión. Y viéndoos caer por la tercera, ¡cuántos no os abandonarían escandalizados, pensando que erais temerario, falto de sentido común, que queríais violar los manifiestos designios de Dios! 
  
Que este paso de vuestra Pasión nos dé las gracias, Señor, para ser de una invencible constancia en el bien, conociendo perfectamente el camino del verdadero heroísmo, que puede llegar a sus límites más extremos y más sublimes sin jamás confundirse con una vil y presuntuosa temeridad.
  
Padre Nuestro. Ave María. Gloria.
  
V. Ten piedad de nosotros, Señor.
R. Señor, ten piedad de nosotros.
  
V. Que las almas de los fieles difuntos, por la misericordia de Dios, descansen en paz.
R. Amén.
   
X Estación: JESÚS ES DESPOJADO DE SUS VESTIDURAS
  
V. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
R. Porque con tu santa Cruz redimiste al mundo.
   
NO OS SERÍA EVITADA esta suprema afrenta, Dios mío. ¡Aquel Cuerpo divinamente casto que la Virgen Santísima protegió siempre con las vendas y túnicas que le hacía, aquel Cuerpo indeciblemente puro, habría de quedar expuesto a todas las miradas!
  
Dios mío, ¿cómo no suponer que Vos hayáis expiado particularmente en este paso los pecados contra la castidad? El martirio de la desnudez es inmenso para un alma pura. Tiempo hubo en que, en Cartago, las cristianas conducidas a la arena, habiendo vencido milagrosamente a las fieras, fueron sometidas a martirio aún mayor por los magistrados, que las expusieron desnudas delante del auditorio, alegando saber que ellas preferirían mil veces morir despedazadas por las fieras. Y tenían razón. Si así sufrían las mártires, ¿cómo sufristeis Vos, Dios mío? 
  
Y si tan grande es vuestro divino horror a la impureza y a la impudicia, ¿con qué odio no odiáis, Señor, a aquellos que abusan de su riqueza propagando modas indecentes, por medio de representaciones cinematográficas y teatrales, por medio de revistas y fotografías, por medio del ejemplo funesto que las clases altas dan a las más modestas? ¿Cómo no odiáis a aquellos que abusan de su autoridad, forzando a empleadas, a hijas y hasta a esposas, a vestirse de modo indecoroso para seguir las fantasías de la época? De ellos es de quien dijisteis en el Evangelio: "Más le valiera que le colgasen al cuello una de esas piedras de molino que mueve un asno, y así fuese sumergido en lo profundo del mar" (Mt. 18, 6).
  
Dad, a todos los que tienen por obligación combatir a la moda inmoral, coraje para tanto, Dios mío. A los padres, a las madres, a los profesores, a los patrones, y a los miembros de las asociaciones religiosas.
  
Padre Nuestro. Ave María. Gloria.
  
V. Ten piedad de nosotros, Señor.
R. Señor, ten piedad de nosotros.
  
V. Que las almas de los fieles difuntos, por la misericordia de Dios, descansen en paz.
R. Amén.
   
XI Estación: JESÚS ES CLAVADO EN LA CRUZ
  
V. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
R. Porque con tu santa Cruz redimiste al mundo.
  
CUANDO ABRAHAM, con una docilidad sublime a vuestra voluntad, Dios mío, iba a hacer caer sobre Isaac el cuchillo sacrificador, Vos detuvisteis, misericordiosamente, el curso del sacrificio. Con vuestro Hijo, sin embargo, no actuasteis así. Al contrario, Jesús mío, vuestro sacrificio llegó hasta el fin. Se hizo absolutamente entero. Cargasteis la Cruz hasta lo alto del monte. Y ahora, sois clavado en ella.
   
La Cruz está por tierra, Jesús mío, y Vos acostado en ella. Aumentan cruelmente vuestros dolores. Son tantos que, sin un auxilio sobrenatural, moriríais. Pero vuestra fuerza crece en la medida de vuestra divina misión. Tendréis todo cuanto sea necesario para llegar hasta la última inmolación. 
  
Los laxistas, Señor mío, retroceden. Inficionados de determinismo, no saben que Dios multiplica por la gracia las fuerzas naturales insignificantes de la voluntad humana. Por eso retroceden delante del deber evidente, admiten inhibiciones invencibles donde muchas veces la única realidad es que les falta espíritu de mortificación, y consideran perdidas con honores de guerra muchas batallas de la vida espiritual. En la vida espiritual no se pierde con honores de guerra. Las honras de guerra consisten únicamente en vencer. Y vencer consiste en no dejar la cruz, incluso cuando se cae debajo de ella; consiste en perseverar en medio de los aparentes fracasos de las obras externas, de la adversidad, del agotamiento de todas las fuerzas. Consiste en llevar la cruz hasta lo alto del Gólgota, y, allá, dejarse crucificar.
  
Vos yacéis sobre vuestra Cruz acostado, ¡oh Dios mío! ¡Qué fracaso aparente para el Salvador del mundo, echado en tierra como un gusano, desfigurado como un leproso, y crucificado como un criminal! ¡Dios mío, cuánta y qué espléndida victoria en la realización de vuestros designios, a despecho de todos estos obstáculos!
   
Una vez más, meditando vuestra Pasión, se yergue en nosotros el clamor tumultuoso de nuestra pequeñez. Si es posible, Dios mío, apartad de nosotros el cáliz, pero, si es indispensable, dadnos fuerzas para llegar hasta la crucifixión.
  
Padre Nuestro. Ave María. Gloria.
  
V. Ten piedad de nosotros, Señor.
R. Señor, ten piedad de nosotros.
  
V. Que las almas de los fieles difuntos, por la misericordia de Dios, descansen en paz.
R. Amén.
   
XII Estación: JESÚS MUERE EN LA CRUZ
  
V. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
R. Porque con tu santa Cruz redimiste al mundo.
  
YA NO ESTÁIS por tierra, Dios mío. La Cruz lentamente se levantó. No para elevaros, sino para proclamar bien en alto vuestra ignominia, vuestra derrota, vuestro exterminio. 
  
Sin embargo, era el momento de cumplirse lo que Vos mismo habíais enseñado: "Cuando fuese elevado, atraeré hacia Mí a todas las criaturas" (Jn. 12, 32). En vuestra Cruz, humillado, llagado, agonizante, comenzasteis a reinar sobre la Tierra. En una visión profética, visteis a todas las almas piadosas de todos los tiempos, que venían a Vos. Visteis el recato y el pudor de las Santas Mujeres, que ahí compartían vuestro dolor y con ese alimento espiritual se santificaban. Visteis las meditaciones de San Pedro y de los Apóstoles sobre vuestra Crucifixión, visteis las meditaciones de Lino, Cleto, Clemente, Sixto, Cornelio, Cipriano, Inés, Cecilia, Anastasia, todos aquellos santos que vuestra Providencia quiso que fuesen, diariamente y en el mundo entero, mencionados durante el Sacrificio de la Misa, porque la oblación de su santidad se hizo en unión con la oblación de vuestra Crucifixión. Visteis a los misioneros benedictinos que, conduciendo vuestra Cruz por los bosques de Europa, conquistaban más tierras que las legiones romanas. Visteis a San Francisco, que del Monte Alvernio os adoraba, y oísteis la prédica de Santo Domingo. Visteis a San Ignacio ardiendo de celo por el Crucifijo, reuniendo en torno de Vos a falanges de participantes de los Ejercicios Espirituales. Visteis a los misioneros que recorrían el Nuevo Mundo para predicar vuestro Crucifijo. Visteis a Santa Teresa llorando a vuestros pies. Visteis vuestra Cruz luciendo en la corona de los Reyes. Dios mío, en la Cruz comenzó vuestra gloria, y no en la Resurrección. Vuestra desnudez es un manto real. Vuestra corona de espinas es una diadema sin precio. Vuestras llagas son vuestra púrpura. ¡Oh! Cristo Rey, cómo es verdadero consideraros en la Cruz como un Rey. ¡Pero cómo es cierto que ningún símbolo expresa mejor la autenticidad de esa realeza como la realidad histórica de vuestra desnudez, de vuestra miseria, de vuestra aparente derrota!
  
Padre Nuestro. Ave María. Gloria.
  
V. Ten piedad de nosotros, Señor.
R. Señor, ten piedad de nosotros.
  
V. Que las almas de los fieles difuntos, por la misericordia de Dios, descansen en paz.
R. Amén.
  
XIII Estación: JESÚS YACE EN LOS BRAZOS DE SU MADRE
  
V. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
R. Porque con tu santa Cruz redimiste al mundo.
  
LA REDENCIÓN se consumó. Vuestro sacrificio se hizo por entero. La Cabeza sufrió cuanto tenía que sufrir. Restaba a los miembros del cuerpo sufrir también. Junto a la Cruz estaba María. ¿Para qué decir, aunque sea una palabra, sobre lo que Ella sufrió? Parece que el propio Espíritu Santo evitó describir lo lacerante del dolor que inundaba a la Madre como reflejo del dolor que superabundó en el Hijo. Él solo dijo: "Oh vosotros, que pasáis por el camino, parad y ved si hay dolor semejante a mi dolor" (Jer. 1, 12). Sólo una palabra lo puede describir: no tuvo igual en todas las puras criaturas de Dios.
   
¡Nuestra Señora de la Piedad! Así es que el pueblo fiel invoca a Nuestra Señora cuando la contempla sentada, con el cadáver divino del Hijo en sus brazos. Piedad, porque toda Ella no es sino compasión. Compasión del Hijo. Compasión de sus hijos, porque Ella no tiene sólo un hijo. Madre de Dios, se hizo Madre de todos los hombres. Y Ella no tiene apenas compasión del Hijo, también la tiene de sus hijos. Mira hacia nuestros dolores, nuestros sufrimientos, nuestras luchas. Nos sonríe en el peligro, llora con nosotros en el dolor, alivia nuestras tristezas y santifica nuestras alegrías. Lo propio del corazón de madre es una íntima participación en todo lo que hace vibrar el corazón de sus hijos. Nuestra Señora es nuestra Madre. Ama mucho más a cada uno de nosotros individualmente, aún al más miserable y pecador, de lo que podría hacerlo el amor sumado de todas las madres del mundo por un hijo único. Persuadámonos bien de esto. Es a cada uno de nosotros. Es a mí. Sí, a mí, con todas mis miserias, mis infidelidades tan ásperamente censurables, mis indisculpables defectos. Es a mí a quien así Ella ama. Y ama con intimidad. No como una reina que, no teniendo tiempo para tomar conocimiento de la vida de cada uno de sus súbditos, acompaña apenas en líneas generales lo que ellos hacen. Ella me acompaña a mí, en todos los detalles de mi vida. Conoce mis pequeños dolores, mis pequeñas alegrías, mis pequeños deseos. No es indiferente a nada. Si supiésemos pedir, si comprendiésemos la importunidad evangélica como una virtud admirable, ¡cómo sabríamos ser minuciosamente importunos con Nuestra Señora! Y Ella nos daría en el orden de la naturaleza, y principalmente en el orden de la gracia, muchísimo más de lo que jamás osaríamos suponer.
   
¡Nuestra Señora de la Piedad! Tanto valdría, o casi, decir Nuestra Señora de la Santa Osadía. Porque, ¿qué más puede estimular la santa osadía, osadía humilde, sumisa y conformada de un miserable, que la piedad maternal inimaginable de quien todo lo tiene?
  
Padre Nuestro. Ave María. Gloria.
  
V. Ten piedad de nosotros, Señor.
R. Señor, ten piedad de nosotros.
  
V. Que las almas de los fieles difuntos, por la misericordia de Dios, descansen en paz.
R. Amén.
  
XIV Estación: JESÚS ES COLOCADO EN EL SEPULCRO
  
V. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
R. Porque con tu santa Cruz redimiste al mundo.
  
AL MISMO TIEMPO que las pesadas lajas del sepulcro velan el Cuerpo del Salvador a las miradas de todos, la Fe vacila en los pocos que habían permanecido fieles a Nuestro Señor.
   
Pero hay una lámpara que no se apaga, ni parpadea, y que sola arde plenamente, en esta oscuridad universal. Es Nuestra Señora, en cuya alma la Fe brilla tan intensamente como siempre. Ella cree. Cree por entero, sin reservas ni restricciones. Todo parece haber fracasado. Pero Ella sabe que nada fracasó. En paz, aguarda la Resurrección. Nuestra Señora resumió y compendió en Sí a la Santa Iglesia, en esos días de tan extensa deserción.
  
Nuestra Señora, protectora de la Fe. Este es el tema de la presente meditación. De la Fe y del espíritu de fe, o sea del sentido católico. Hoy, a muchos ojos, las posibilidades de restauración plena de todas las cosas según la ley y la doctrina de Nuestro Señor Jesucristo parecen tan irremediablemente sepultadas cuanto a los Apóstoles parecía irremediablemente sepultado Nuestro Señor en su sepulcro. Los que tienen devoción a Nuestra Señora reciben de Ella, sin embargo, el inestimable don del sentido católico. Y, por eso, ellos saben que todo es posible, y que la aparente inviabilidad de los más osados y extremados sueños apostólicos no impedirá una verdadera resurrección, si Dios tuviere pena del mundo y el mundo corresponde a la gracia de Dios.
   
Nuestra Señora nos enseña la perseverancia en la fe, en el sentido católico y en la virtud del apostolado intrépido –"Fides intrépida"– incluso cuando todo parece perdido. La Resurrección vendrá pronto. Felices los que supieren perseverar como Ella, y con Ella. De ellos serán las alegrías, en cierta medida las glorias del día de la Resurrección.
  
Padre Nuestro. Ave María. Gloria.
  
V. Ten piedad de nosotros, Señor.
R. Señor, ten piedad de nosotros.
 
V. Que las almas de los fieles difuntos, por la misericordia de Dios, descansen en paz.
R. Amén.