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sábado, 12 de septiembre de 2026

EL MAGISTERIO EXTRAORDINARIO DEL VATICANO II (Refutación montiniana al “Reconocer y resistir”)

Presentamos un documento que ha pasado “de agache” en el radar del debate sobre el Vaticano II (en parte porque su única versión conocida es el original latino en Acta Apostólicæ Sedis vol. 57 (1965), n.º 13, págs. 867-871), y que por primera vez presentamos íntegramente en español:
EXHORTACIÓN APOSTÓLICA “Postréma Séssio”, DONDE SE HACEN PROVISIONES PARA EL RESULTADO INMEDIATO DEL CONCILIO ECUMÉNICO VATICANO II

A todos los Obispos que están en paz y comunión con la Sede Apostólica.

Venerables hermanos, saludos y bendición apostólica.

La sesión final del Concilio Ecuménico Vaticano II está llegando a su fin. Pronto se disolverá la asamblea más extensa de su tipo, que se reunió hace cuatro años en la tumba del apóstol Pedro para atender las expectativas, los deseos y las necesidades más graves y urgentes del pueblo cristiano. Y vosotros, Venerables Hermanos, regresaréis finalmente a vuestras sedes, después de una larga y fructífera labor, con justa alegría porque, gracias a vuestro trabajo, se han preparado instrumentos beneficiosos para la verdadera renovación de la Iglesia y la unidad de todos los cristianos, y para el establecimiento de la paz y el orden de los asuntos humanos de una manera más digna.

Mientras el Concilio Ecuménico, casi concluido, parece traer un nuevo y abundante derramamiento de vida espiritual a la Iglesia y al mundo, no podemos sino exhortar con espíritu paternal a los fieles cristianos a que eleven súplicas más frecuentes y urgentes a Dios. Deseamos, Venerables Hermanos, que esa ferviente devoción a la oración, a la que hemos exhortado repetidamente a los hijos de la Iglesia a lo largo del Concilio, no solo no cese, sino que arda con mayor intensidad en este tiempo, cuando la obra del Concilio está llegando a su fin; para que en estos días toda la Iglesia, reunida en todo el mundo, como lo estuvieron en su día los Apóstoles junto con María, la Madre de Jesús, y nosotros en el Cenáculo (Hch. 1, 14), se una en fervientes oraciones con los sucesores de Pedro y los Apóstoles, para obtener un nuevo Pentecostés, por el cual el rostro de la Esposa de Cristo y la sociedad de los hombres se renueven salvíficamente por la gracia del Espíritu Santo.

Y, ante todo, debemos agradecer a Dios Todopoderoso, quien, a lo largo de la celebración del Concilio, nunca dejó de estar presente en el Concilio Ecuménico con su divino auxilio y la abundancia de luces celestiales. En efecto, al considerar la inmensa labor que el Concilio ha realizado hasta ahora, Nos sentimos verdaderamente impresionados por los numerosos puntos doctrinales propuestos por el Magisterio extraordinario de la Iglesia, así como por las normas de disciplina sabiamente impartidas, las cuales, fielmente conservadas en la tradición eclesiástica, abren nuevos caminos para la acción de la Iglesia y sin duda contribuirán enormemente al bien de las almas.

Sin embargo, si nos fijamos en la opinión general con la que los profanos han seguido la celebración del Concilio, no nos alegra menos observar que el Concilio Ecuménico ha atraído tanto los intereses y pensamientos de los hombres hacia sí mismo, que en nuestros tiempos las cuestiones y preceptos de la Iglesia parecen ser de suma importancia para todos los hombres de noble voluntad que buscan sinceramente la verdad y se esfuerzan por contribuir a la verdadera prosperidad de la humanidad; lo cual, en efecto, ofrece a la Iglesia la oportunidad de entablar un diálogo fructífero con el mundo, es decir, con los pueblos y hombres de todas las religiones y civilizaciones, para que pueda aportar sus esfuerzos conjuntos a salvaguardar los verdaderos bienes de los hombres y a resolver las cuestiones humanas de manera más apropiada según la doctrina del Evangelio.

En efecto, la Iglesia Católica ha brillado con luz propia ante todas las naciones, como una ciudad sobre una colina (Cf. Mt. 5, 14), guardiana invencible de las verdades divinas y la dignidad humana. Tampoco es difícil prever el futuro desarrollo de la vida religiosa que se derivará de ello, cuando el pueblo de Dios se vea cada vez más imbuido de ese aliento sagrado de renovación espiritual que el Concilio ha despertado en la Iglesia.

Todas estas cosas, si bien reconfortan dulcísimo a todos aquellos por cuya obra la «diversa gracia de Dios» (1.ª Pe. 4, 10) ha fluido abundantemente en las almas de los fieles cristianos, al mismo tiempo nos exhortan a esforzarnos con todas nuestras fuerzas para que ningún obstáculo retrase ese río desbordante de gracias celestiales que hoy «alegra la ciudad de Dios» (Sal. 45, 5), ni disminuya en modo alguno el fervor con el que la Iglesia está hoy tan animada. Esto podría suceder si, tras el tiempo de debates y la aprobación de las leyes, el celo apostólico de los santos Pastores disminuyera progresivamente y no prestaran la debida atención a los deberes propios de ese tiempo, que seguirán a la celebración del Concilio. Pues el éxito del Concilio y sus frutos más beneficiosos para la vida de la Iglesia dependerán, más que de la multiplicidad de leyes, de la diligencia y el empeño con que estas se pongan en práctica en el futuro. Por supuesto, será necesario, sobre todo para los fieles cristianos, preparar prudentemente sus mentes para recibir las nuevas normas; despertar la inercia de aquellos que se niegan a adaptarse al nuevo rumbo de las cosas; frenar la intemperancia de otros que se entregan a innovaciones privadas más de lo debido, y que de este modo pueden perjudicar considerablemente la obra de renovación iniciada; contener el cambio de disciplina dentro de los límites prescritos por la autoridad legítima; y, finalmente, infundir en la mente de todos confianza en los sagrados Pastores e instar a la plena obediencia, que es testimonio del verdadero amor a la Iglesia y, al mismo tiempo, la garantía más segura de unidad y de un resultado feliz.

Basta con mencionar brevemente estos puntos, Venerables Hermanos, para que comprendáis la gravedad e importancia de las responsabilidades que os esperan. Se emprenderá una obra de inmensa envergadura que exige prudencia, perseverancia y sabiduría en vuestros consejos; pero también exige, con igual ahínco, el esfuerzo conjunto, entusiasta y magnánimo, de toda la comunidad que ha sido confiada a cada uno de vosotros. Pues el Concilio Ecuménico, al conferir a la vida espiritual y ritual de todos los hijos de la Iglesia, no puede prescindir del esfuerzo común de todos.

En este esfuerzo conjunto, no cabe duda de que los dilectísimos sacerdotes serán de mayor ayuda para sus pastores que otros, especialmente aquellos consagrados al cuidado de las almas. El Concilio Ecuménico, al haber emitido normas providenciales al respecto, les ha proporcionado un instrumento incomparable para ejercer las funciones del sacerdocio con mayor dignidad y eficacia; por lo tanto, que quienes deseen recibirlo y usarlo, se comprometan con resoluciones más firmes y animadas a alcanzar la santidad y a desempeñar el sagrado ministerio con espíritu hábil y generoso. Por nuestra experiencia pastoral, sabemos bien cuántos obreros de Cristo, verdaderamente dignos, han trabajado diligentemente en el cultivo de la tierra del Señor; tampoco ignoramos las dificultades y los sufrimientos a los que están sometidas las vidas de muchos, a menudo transcurridas en soledad, pobreza y entre las mentes hostiles de los hombres. Que estos amados hijos nuestros sepan que el Vicario de Cristo dirige sus pensamientos a ellos y ora constantemente a Dios por ellos. Sus penas, que a menudo están ocultas, pueden estarlo para los hombres, pero no para Dios, quien les prepara una digna recompensa por sus labores en el cielo.

También confiamos especialmente en la valiosa labor que todas las familias religiosas aportarán a este propósito. Pues de la floreciente vida religiosa la Iglesia recupera gran parte de su vigor, de su celo apostólico, de su ardor por la santidad. Como siempre, ahora más que nunca, la Iglesia necesita el testimonio público y social que imparte la vida religiosa, así como la ayuda que se debe brindar al clero diocesano en su apostolado. Que los ejemplos de quienes verdaderamente han renunciado al mundo brillen cada vez más, y demuestren con claridad que el reino de Dios no es de este mundo (Cf. Jn. 18, 30); ni que el celo apostólico que los inflama se limite a los confines de su propia comunidad, sino que se abra a todas las necesidades espirituales que aquejan a nuestra época.

Finalmente, depositamos nuestra gran esperanza en los fieles laicos consagrados al apostolado, a quienes acogemos con afecto paternal. El hecho de que el Concilio Ecuménico haya querido contar con ellos en la labor que les ha sido encomendada, y haya descrito extensamente su lugar y funciones en la Iglesia, demuestra claramente la importancia de los roles que ahora deben asignarse a los laicos. En verdad, la actividad pastoral de los ministros sagrados no puede alcanzar sus objetivos si no va acompañada por la actividad de los laicos, cuya tarea es ayudar a la Iglesia a llevar a cabo su ministerio sagrado, proveer sacerdotes según sus capacidades en aquellos lugares que sufren escasez de clero, y también encontrar nuevas vías y métodos para que la Iglesia pueda transmitir con mayor eficacia el mensaje de salvación a la gente de nuestro tiempo. Por lo tanto, exhortamos a estos hijos nuestros con espíritu paternal a que estén a la altura de esta gran hora del Concilio Ecuménico y a que cumplan con entusiasmo la esperanza y la expectativa que la Iglesia ha depositado en sí misma.

Venerables Hermanos, tenemos la firme esperanza de que vuestros hijos en Cristo, así como han compartido vuestras inquietudes sobre el resultado del Concilio hasta ahora, orando, temblando, esperando y alegrándose, así también, cuando regreséis a vuestros hogares, querrán colmaros de alegría con la generosidad de su valiosa ayuda. En efecto, esperamos fervientemente que a vuestro regreso a vuestra patria no falten testimonios públicos de honor y expresiones de gratitud, como sin duda lo exige la gran obra que habéis realizado junto a Nos con la mayor prudencia, sabiduría y habilidad, y como corresponde a quienes han abierto nuevas metas para la Iglesia y, al mismo tiempo, han mostrado a los hombres con tanta autoridad el camino correcto de la dignidad humana, el amor fraterno, la unidad y la paz. Por vosotros se ha suscitado una gran esperanza en la Iglesia y en el mundo; bienaventurados los que os presten ayuda para nutrirla, fortalecerla y perfeccionarla.

Pero en la ardua y sumamente seria tarea que les corresponde después del Concilio, sabéis, Venerables Hermanos, cuán desiguales son las facultades del hombre. Por lo tanto, la ejecución de las leyes del Concilio solo traerá los frutos deseados de la Iglesia de esta manera, es decir, si la ayuda del Divino Redentor viene en su auxilio, quien dijo: «Sin mí nada podéis hacer» (Jn. 15, 5), y si la acción del Espíritu Santo continúa influyendo profundamente, iluminando y fortaleciendo las almas de los sagrados Pastores también en el futuro. Por consiguiente, las oraciones, en las que consiste la comunión vital de la Iglesia, de manera especial, las oraciones dirigidas al Espíritu Santo, cuyo deber es dirigir los pasos de los seguidores de Cristo, declaran el deber que se les impone ante todo en este último tiempo del Concilio. De ahí que los fieles cristianos reciban fortaleza de lo alto para que puedan recorrer el camino que ahora se les presenta, llenos de esperanza; para que obedezcan con toda obediencia las exhortaciones de la Iglesia, que ahora desea especialmente que sus hijos sean dóciles en la obediencia, prontitud en la acción y magnánimos al soportar las dificultades que puedan surgir; para que finalmente obtengan de Dios una numerosa escuadra de santos, que, como Carlos Borromeo, sean ejemplo y estímulo del Pueblo cristiano en la fiel realización de los decretos conciliares, pues precisamente de esos hombres hay que esperar la verdadera renovación de la Iglesia, ardientemente deseada por el Concilio Ecuménico.

Por esta razón, Venerables Hermanos, hemos decretado que antes de la finalización del Concilio Ecuménico se proclamen solemnes súplicas durante tres días en todas las diócesis, parroquias y comunidades religiosas del mundo católico. Estas súplicas, que se celebrarán durante la próxima novena en honor de la Santísima Virgen María Inmaculada, no solo deberán tener como objetivo dar gracias a Dios y pedir nuevos dones celestiales, sino que también brindarán una oportunidad propicia para recordar a los fieles cristianos sus nuevos deberes y exhortarlos, uniendo sus esfuerzos a vuestras iniciativas, a poner en práctica con entusiasmo los salvíficos preceptos del Concilio Ecuménico en la vida cristiana, tanto privada como pública.

Finalmente, Venerables Hermanos, permitidnos también expresaros nuestro deseo de que vosotros, desde la Ciudad, transmitais a vuestros rebaños las advertencias y exhortaciones apropiadas sobre la celebración de tales súplicas; y, de hecho, para que cuando se celebre la solemne conclusión del Concilio Ecuménico en la Basílica del Vaticano, el mismo día y a la misma hora, toda la familia de católicos en todo el mundo se vea unida con una sola voz y una sola mente en ferviente oración con el Vicario de Cristo y con sus sagrados Pastores.

Sostenidos por esta esperanza, como testimonio de los dones divinos y de Nuestra benevolencia, os impartimos con el mayor amor en el Señor nuestra Bendición Apostólica a todos y cada uno de vosotros, Venerables Hermanos, y al clero y al pueblo confiados a vuestro cuidado.

Dado en Roma, en San Pedro, el 4 de noviembre, fiesta de San Carlos Borromeo, en el año 1965, tercero de Nuestro Pontificado. PABLO PP. VI.
   
Este documento adquiere gran importancia e interés porque, 33 días antes antes de concluir el Concilio Ladrón, Montini afirma que está grandemente admirado «por los numerosos puntos doctrinales propuestos por el Magisterio extraordinario de la Iglesia, así como por las normas de disciplina sabiamente impartidas», en claro contraste con lo que dirá en los 36 días posteriores a la clausura del mismo:
  • «[El Concilio] No pretendió resolver todos los problemas urgentes de la vida moderna; algunos de ellos se han reservado para un estudio posterior que la Iglesia tiene previsto realizar, muchos se presentaron en términos muy limitados y generales, y por ello están abiertos a una mayor investigación y a diversas aplicaciones.
       
    Pero hay que tener en cuenta un punto: la autoridad magisterial de la Iglesia, aun sin querer emitir pronunciamientos dogmáticos extraordinarios, ha dado a conocer su enseñanza autorizada sobre diversas cuestiones que hoy pesan sobre la conciencia y la actividad del hombre, entablando, por así decirlo, un diálogo con él, pero conservando siempre su propia autoridad y fuerza; ha hablado con la voz conciliadora y amigable de la caridad pastoral; su deseo ha sido ser escuchado y comprendido por todos; no se ha centrado únicamente en la comprensión intelectual, sino que también ha procurado expresarse con un estilo sencillo, actual y coloquial, derivado de la experiencia real y con un trato cordial que lo hace más vital, atractivo y persuasivo; ha hablado al hombre moderno tal como es» (Discurso de clausura del Concilio Vaticano II, 7 de Diciembre de 1965)
  • «Algunos se preguntan qué autoridad, qué cualificación teológica, quiso atribuir el Concilio a sus enseñanzas, sabiendo que evitó dar definiciones dogmáticas solemnes que comprometieran la infalibilidad del magisterio eclesiástico. Y la respuesta es conocida por quienes recuerdan la declaración conciliar del 6 de marzo de 1964, reiterada el 16 de noviembre de 1964: dado el carácter pastoral del Concilio, evitó pronunciar de manera extraordinaria dogmas investidos de infalibilidad; pero, no obstante, dotó a sus enseñanzas de la autoridad del magisterio ordinario supremo. Este magisterio ordinario, y por tanto manifiestamente auténtico, debe ser aceptado dócil y sinceramente por todos los fieles, de acuerdo con la intención del Concilio respecto a la naturaleza y los fines de cada documento» (Audiencia general, 12 de Enero de 1966).
Ahora, ¿qué es ese “Magisterio extraordinario” (u otras expresiones semejantes) del que hace referencia? El ejercicio solemne del oficio docente de la Iglesia, bien sea por declaraciones ex cáthedra por el Papa o las definiciones dogmáticas del Concilio general en comunión con él, que goza siempre de la infalibilidad en sí mismo (el Magisterio ordinario, en contraste, no siempre lo es, PERO no por eso deja de ser vinculante a los fieles).

Dejando a un lado la aparente contradicción de las declaraciones, debemos centrar nuestro análisis en que “Postréma Séssio” fue publicado en las Acta Apostólicæ Sedis, por lo que es un documento oficial con fuerza vinculante. Todo el que reconozca al Vaticano II y sus papas como legítimos, debe prestar su asentimiento a todo lo que digan que es verdadero, condenar lo que digan que es falso, permitir lo que este permita y abstenerse de lo que prohíbe.

Muchos de los “tradicionalistas”, en cambio, frente a las declaraciones del Concilio Vaticano II sobre la Iglesia, la liturgia sagrada, los efectos del bautismo, la legitimidad del ecumenismo y el cambio doctrinal que este implica, la relación de la Iglesia con otras religiones, la libertad religiosa y la dignidad humana, et álibi aliórum plurimórum, las consideran opcionales porque no han sido declaradas infaliblemente, tranquilizando así su conciencia. Tal proceder es falso no solamente porque los diez y seis documentos del Vaticano II fueron promulgados observando los tres requisitos para la infalibilidad establecidos en Pastor Ætérnus, sino también porque aun si no fuera el caso, no habría tampoco problema en aceptarlo, ni habrá posibilidad de decir que hay ruptura con la doctrina anterior o peligro al seguirlo.

En tal sentido, la pregunta debe reformularse: No es tanto «¿Se debe aceptar el Vaticano II?», sino «¿Es seguro aceptar el Vaticano II?», porque de la respuesta a esta viene la justificación para responder aquella. Si la respuesta es afirmativa, «apaga y vámonos». Pero si la respuesta es negativa (y en efecto, lo es), entonces EL VATICANO II NO ES LEGÍTIMO NI VIENE DE UN PAPA LEGÍTIMO:
  • «…Les recomiendo que se mantengan firmes en su determinación de ser hijos leales de la Iglesia de Jesucristo, en un tiempo en que tantos, quizás sin saberlo, se han mostrado desleales. Porque el primer y mayor criterio de la fe, la prueba definitiva e inexpugnable de la ortodoxia, es la obediencia al magisterio de la Iglesia, que es viva e infalible, ya que fue establecida por Cristo como columna et firmamentum veritatis, «columna y fundamento de la verdad» (1.ª Tim. 3, 15)» (San Pío X. Discurso Con vera soddisfazione a la 2.ª Convención de Universidades Católica, 10 de Mayo de 1909
  • «La cátedra es un asiento, algo elevado y solemne, desde el cual un maestro imparte enseñanza. Consideremos, pues, la cátedra desde la cual el primer Papa habló a los primeros cristianos, tal como Nos os hablamos ahora, exhortándoos a estar alerta contra el diablo, que anda como león rugiente buscando a quien devorar (1.ª Pe. 5, 8), y a ser firmes en la fe y no dejaros engañar por los falsos profetas (2.ª Pe. 2, 1). Esta enseñanza de Pedro perdura en sus sucesores y perdurará, inmutable, por siempre, pues esta es la misión que Cristo mismo encomendó a la cabeza de la Iglesia» (Pío XII, Audiencia general, 17 de Enero de 1940).
La realidad muestra que Montini dijo que el asentimiento al Vaticano II NO ERA OPCIONAL: Además de los documentos citados ut supra, también cuentan dos discursos dél:
  • «Continuamos meditando sobre las enseñanzas del Concilio porque estamos convencidos de que este evento constituye una “summa” para nuestro tiempo, un rico y autorizado compendio de doctrinas y normas para las necesidades de nuestro tiempo, y marca un momento característico y decisivo en el curso de la tradición católica por los tesoros de verdad que nos conserva del pasado y por aquellos que nos abre en el camino hacia el futuro (Audiencia general, 4 de Febrero de 1970).
  • «Por un lado, están quienes, bajo el pretexto de una mayor fidelidad a la Iglesia y al Magisterio, rechazan sistemáticamente las enseñanzas del Concilio, su aplicación y las reformas que de él se derivan, así como su gradual implementación por la Sede Apostólica y las Conferencias Episcopales, bajo nuestra autoridad, como lo quiso Cristo. La autoridad de la Iglesia se desacredita en nombre de una Tradición cuyo respeto solo se atestigua material y verbalmente; los fieles se alejan de los lazos de obediencia a la Sede de Pedro y a sus obispos legítimos; la autoridad de hoy se rechaza en nombre de la de ayer. Y el hecho es aún más grave, puesto que la oposición de la que hablamos no solo es alentada por algunos sacerdotes, sino que está liderada por un obispo, sin embargo siempre venerado por Nosotros, el arzobispo Marcel Lefebvre.
      
    Resulta muy doloroso constatarlo, pero ¿cómo no ver en tal actitud —cualesquiera que sean las intenciones de estas personas— que se colocan fuera de la obediencia y la comunión con el Sucesor de Pedro y, por lo tanto, con la Iglesia?
      
    Porque, lamentablemente, esta es la consecuencia lógica de afirmar que es preferible desobedecer con el pretexto de mantener intacta la fe, de trabajar a su manera para preservar la Iglesia Católica, negando al mismo tiempo su obediencia efectiva. ¡Y lo dicen abiertamente! Se atreven a afirmar que el Concilio Vaticano II no es vinculante; que la fe también está en peligro debido a las reformas y orientaciones posconciliares; que existe el deber de desobedecer para preservar ciertas tradiciones. ¿Qué tradiciones? ¡Es este grupo, y no el Papa, ni el Colegio Episcopal, ni el Concilio Ecuménico, el que establece cuál de las innumerables tradiciones debe considerarse la norma de fe! Como veis, venerables hermanos, esta actitud se erige como prueba de la voluntad divina que puso a Pedro y a sus legítimos sucesores a la cabeza de la Iglesia para confirmar a los hermanos en la fe y apacentar el rebaño universal (cf. Lc. 22, 32; Jn. 21, 15 ss.), lo que lo estableció como garante y custodio del depósito de la fe.
      
    Y esto es aún más grave, en particular, cuando se introduce la división, precisamente donde el amor de Cristo nos unió en uno, en la Liturgia y el Sacrificio Eucarístico, al negarse a cumplir con las normas definidas en el ámbito litúrgico. Es en nombre de la Tradición que pedimos a todos nuestros hijos, a todas las comunidades católicas, que celebren la Liturgia renovada con dignidad y fervor. La adopción del nuevo “Ordo Missæ” ciertamente no queda a discreción de los sacerdotes ni de los fieles: y la Instrucción del 14 de junio de 1971 preveía la celebración de la Misa en la forma antigua, con la autorización del ordinario, solo para sacerdotes ancianos o enfermos que ofrecieran el Sacrificio Divino sine populo. El nuevo Ordo fue promulgado para reemplazar al antiguo, después de una cuidadosa deliberación, siguiendo las peticiones del Concilio Vaticano II. De la misma manera, nuestro santo Predecesor Pío V había hecho obligatorio el Misal reformado bajo su autoridad, siguiendo el Concilio de Trento.
      
    Exigimos la misma disposición, con la misma autoridad suprema que nos proviene de Cristo Jesús, para aceptar todas las demás reformas litúrgicas, disciplinarias y pastorales que se han desarrollado en los últimos años en aplicación de los decretos conciliares. Cualquier iniciativa que pretenda obstaculizarlas no puede considerarse un servicio a la Iglesia; de hecho, le causa un grave daño.
       
    En varias ocasiones, directamente, a través de nuestros colaboradores y otros amigos, hemos llamado la atención de Monseñor Lefebvre sobre la gravedad de sus actitudes, la irregularidad de sus principales iniciativas actuales, la inconsistencia y a menudo la falsedad de las posiciones doctrinales en las que se basa, y el daño que estas causan a la Iglesia en su conjunto.
       
    Con profunda amargura, pero con esperanza paternal, nos dirigimos una vez más a este Hermano nuestro, a sus colaboradores y a quienes se han dejado influenciar por ellos. Ciertamente, creemos que muchos de estos fieles, al menos inicialmente, actuaron de buena fe; también comprendemos su apego sentimental a las formas habituales de culto o disciplina que durante mucho tiempo les habían servido de apoyo espiritual y en las que habían encontrado alimento espiritual. Pero confiamos en que podrán reflexionar con serenidad, sin prejuicios, y estarán dispuestos a admitir que hoy encontrarán el apoyo y el alimento que buscan en las formas renovadas que el Concilio Ecuménico Vaticano II y Nos mismos hemos decretado como necesarias para el bien de la Iglesia, su progreso en el mundo contemporáneo y su unidad. Por lo tanto, exhortamos una vez más a todos estos hermanos e hijos nuestros, les imploramos que tomen conciencia de las profundas heridas que de otro modo causan a la Iglesia, los invitamos nuevamente a reflexionar…
      
    Con profunda tristeza, pero con esperanza paternal, nos dirigimos una vez más a nuestro hermano Monseñor Marcel Lefebvre y a sus colaboradores; los invitamos a reflexionar sobre las serias advertencias de Cristo respecto a la unidad de la Iglesia (cf. Jn. 17, 21 ss.) y la obediencia debida al legítimo Pastor que Él ha puesto al frente del rebaño universal, como signo de la obediencia debida al Padre y al Hijo (cf. Lc. 10, 16). Los esperamos con el corazón abierto, con los brazos dispuestos a acogerlos: ¡que sepan redescubrir, con humildad y edificación, para alegría del Pueblo de Dios, el camino de la unidad y del amor!» (Alocución consistorial Ex quo die, 24 de Mayo de 1976).
Claro, no pretendemos (¡líbrenos Dios si quiera de pensarlo!) lograr que nadie siga a Pablo VI y acepte el concilio ni participe en la abominable liturgia del Novus Ordo. Simplemente pretendemos señalar la flagrante incongruencia en la postura de los lefebvristas y otros tradicionalistas (y neoconservadores) que defienden el reconocimiento y la resistencia. Intentan defender la fe tradicional, pero, al negarse a reconocer que los papas del Vaticano II debieron ser falsos papas, se ven obligados a negar esa fe distorsionando, o mejor dicho, denigrando, la verdadera doctrina sobre el papado. La única salida a este dilema es la conclusión teológica y canónica de la Sede Vacante.

Pasemos a otra parte de “Postréma Séssio”: La finalidad del documento es convocar a un triduo de oración «para obtener un nuevo Pentecostés, por el cual el rostro de la Esposa de Cristo y la sociedad de los hombres se renueven salvíficamente por la gracia del Espíritu Santo».

Montini repite la idea de un «nuevo Pentecostés», acuñada por su antecesor inmediato Juan XXIII bis Roncalli en su homilía de Pentecostés el 17 de Mayo de 1959. ¡Blasfemia! Pedir un «nuevo Pentecostés» es insinuar que no fue suficiente la acción del Espíritu Santo en la Iglesia desde el 15 de Mayo del año 33 (el Pentecostés original) y prolongada en los católicos individualmente considerados por medio de la Confirmación.

Sea esta, sin embargo, la oportunidad de reiterar una verdad: León XIII Pecci dijo en su encíclica “Divínum illud munus” que el Pentecostés no es el día en que nace la Iglesia Católica (nació cincuenta días antes en el Monte Calvario, el Viernes Santo 25 de Marzo del año 33, cuando el Costado de Nuestro Señor Jesucristo es traspasado con la lanza), sino el día en que esta se manifiesta por primera vez a todos los hombres de todas las naciones del mundo.

Entonces, si para la verdadera Iglesia Católica el día de Pentecostés es cuando se muestra por primera vez al mundo, la Pseudoiglesia nacida del Vaticano II tuvo su «nuevo Pentecostés» el día 21 de Noviembre de 1964, cuando en el número 8 del primer capítulo de la recién ratificada constitución dogmática “Lumen Géntium” sobre la Iglesia dice lo siguiente:
«Esta Iglesia, establecida y organizada en este mundo como una sociedad, subsiste en (subsístit in) la Iglesia católica, gobernada por el sucesor de Pedro y por los Obispos en comunión con él, si bien fuera de su estructura se encuentren muchos elementos de santidad y verdad que, como bienes propios de la Iglesia de Cristo, impelen hacia la unidad católica».

El “subsístit in” expresado en Lumen Géntium (que, si bien el padre Sebastiaan Peter Cornelis Tromp Lörper SJ, secretario general de la Comisión Doctrinal, lo hizo introducir en la sesión plenaria del 26 de Noviembre de 1963 a las 18:35h, procede en realidad del pastor luterano alemán Wilhelm Schmidt, quien la transmitió por escrito al cardenal Josef Frings por medio de su perito teológico Joseph Ratzinger) era una novedad extraña y contrapuesta a la identidad entre la Iglesia de Cristo y la Iglesia Católica sobre la cual Pío XII insistió en su encíclica “Humáni géneris in rebus” catorce años atrás. CA-TOR-CE AÑOS. Y esa novedad justifica un ecumenismo que no conduce a ABSOLUTAMENTE NADA, porque nunca se definió en qué consiste la unidad que ellos buscan, ni las partes implicadas están de acuerdo en el objeto y alcances de esa unidad.

Poco después de la clausura del Concilio Vaticano II, el propio Pablo VI habló de la “iglesia conciliar”, a cuya imagen los líderes católicos debían ahora “transformarse”. Y luego está la sorprendentemente sincera confesión de un cardenal polaco Karol Wojtyła que no se imaginaba que iba a ser el futuro Juan Pablo II (aunque algo debía barruntar), quien predicó en su sermón cuaresmal de 1976:
«La Iglesia del Dios viviente congrega a todos los hombres que, en cualquier forma, toman parte de esta maravillosa trascendencia del espíritu humano. Y todos ellos saben que nadie logrará colmar sus deseos más profundos. La manifestación de esta trascendencia de la persona humana la constituye la oración de fe, pero en ocasiones también el profundo silencio. Este silencio, que a veces parece separar al hombre de Dios, es no obstante un acto especial de la unión vital entre Dios y el espíritu humano. La Iglesia de nuestro tiempo se ha hecho particularmente consciente de esta verdad y, por ello, a su luz, ha logrado redefinir, en el Concilio Vaticano II, su propia naturaleza» [Signo de contradicción: Meditaciones (Trad. española de Vicente Manuel Fernández Hernández), 3.a edición. Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos 1979, pág. 24].
Y el reinante León XIV Riggitano-Prévost en su encíclica Magnífica Humánitas, también:
«El Concilio Vaticano II marcó un punto de inflexión en la forma en que la Iglesia se entiende a sí misma en el mundo contemporáneo. En la Constitución pastoral Gáudium et Spes nos presentó la imagen de una Iglesia cercana a la humanidad, comprometida con el mundo y dedicada a reflexionar no a partir de esquemas abstractos, sino de la realidad concreta de las situaciones históricas» (Magnífica Humánitas, n. 34).
En otra parte de la exhortación de “Postréma Séssio”, Montini expresa su esperanza de que su falso concilio «traiga un nuevo y abundante derramamiento de vida espiritual a la Iglesia y al mundo». Ahora, más de 60 años después, los resultados son innegables: la «Iglesia conciliar» de Montini ha causado una ruina doctrinal, moral, espiritual y litúrgica absoluta en millones de almas; sacramentos inválidos, inmoralidad en los ministros y la alineación con el sistema tan corrupto hasta el punto de la intrascendencia.

«Por sus frutos, los conoceréis».


Rvdo. P. JORGE RONDÓN SANTOS S. Ch. R.
12 de Septiembre de 2026 (Año Santo de Cristo Rey).
Fiesta del Santísimo Nombre de la Bienaventurada Virgen María; de San Guido de Anderlecht, peregrino; y de San Sacerdote, obispo de Lyon. Nacimiento del Ilmo. Sr. Don José de Cuero y Cayzedo, obispo de San Francisco de Quito y presidente del Estado de Quito. Tránsito de Miguel Juan Pellicer Blasco, beneficiario del Milagro de Calanda. Martirio del Beato Tomás de Zumárraga y Lazcano OP. Conquista de Mallorca por el rey Jaime I de Aragón; victoria de Castilla en el I Sitio de Gibraltar; coronación de Felipe II de España como rey de Portugal; victoria naval española sobre los corsarios neerlandeses en Pernambuco (Brasil); victoria de Juan III Sobieski de Polonia sobre los turcos otomanos en la batalla de Kahlenberg, y levantamiento del 2.º Sitio de Viena; victoria armenia y rescate por la Armada francesa en el asedio de la Colina de Moisés (Turquía). Fundación de la Hermandad del Señor del Santuario de Santa Catalina en Lima (Perú).

miércoles, 9 de septiembre de 2026

EL REGRESO DEL CRUCIFICADO DE SERVAES (Sobre el crucifijo ante el cual Prévost rezó de camino a Rímini)

El pasado 22 de Agosto, León XIV Riggitano-Prévost visitó la República de San Marino y la ciudad italiana de Rímini en ocasión del “Encuentro de la Amistad entre los Pueblos” organizado por el movimiento “Comunión y Liberación”.
  
Entre los dos destinos del viaje, la prensa vaticana señaló que Riggitano-Prévost haría «una visita estrictamente privada a la comunidad del Monasterio de San Antonio de Padua de las monjas agustinas de Pennabilli», en la localidad de Valmarecchia. Bueno, “privada” es un decir, porque hubo fotos y vídeo del «momento de música y oración» que tuvo allí en la sala “San Pedro”.
  
Una escena de ese «momento de música y oración» fue el verlo arrodillado ante un crucifijo cuando menos, extraño.
  

El crucifijo fue hecho por la religiosa Elena María Manganelli, una “artista” sienesa residente en el monasterio para quien lo retorcido y extraño es familiar a juzgar por su catálogo de obras (ADVERTENCIA: Muchas de sus obras son perturbadoras y ofensivas, y algunas hasta lascivas).

Manganelli no es desconocida en el ambiente conciliar: recordar (y/o saber) que ella hizo la iconografía empleada en el Viacrucis por Benedicto XVI Ratzinger en 2011, cuyas meditaciones fueron compuestas por su co-hermana Maria Rita Piccione, in illo témpore presidenta de la Federación de Monasterios Agustinos de Italia “Nuestra Señora del Buen Consejo”.
  
Por supuesto, que Riggitano-Prévost se arrodillase ante un crucifijo no tiene nada de malo en sí mismo (máxime recordando que su antecesor inmediato no lo hacía). El problema es ante CUÁL lo hace.
  
Resulta que el crucifijo de Manganelli tenía una lanza fija en el Costado, la cual fue removida o rota antes de la visita prevostiana.
  

Si fuera solamente eso… porque es muy similar a la crucifixión que hizo del artista expresionista belga Albertus Paulus Leo Servaes De Sutter, más conocido como Albert Servaes. Servaes en 1919 produjo dos juegos de obras: una serie de seis dibujos a carboncillo para la edición francesa del libro “La Pasión de Cristo” del padre Cyriel Charles Marie Joseph Verschaeve Delforche, y un viacrucis a encargo de su director espiritual fray Jerónimo (en el siglo Polydoor Emile) Meersschaut Van de Rostyne para una capilla del monasterio carmelita en el distrito de Luithagen (Amberes, Bélgica), para el cual fray Tito Brandsma O. Carm. redactó unas meditaciones.
  
Cristo de Albert Servaes
  
Dos años después, el Santo Oficio condenó la escuela expresionista en la que se inscribe la obra de Servaes y ordenó su remoción de las iglesias y otros lugares de culto donde se exhibía:
   
Decreto que CONDENA las imágenes sagradas de una ESCUELA PICTÓRICA
Los eminentísimos y reverendísimos señores cardenales reunidos con los inquisidores generales en materia de fe y moral, en sesión ordinaria celebrada el miércoles 23 de febrero de 1921 públicamente declararon censuradas las imágenes sagradas de la nueva escuela pictórica que se exhibe en el folleto con el título La Pasión de Nuestro Señor Jesucristo de Cyriel Vershaeve (imágenes compuestas por Albert Servaes. Bruselas y París. Librairie National d’art et d’histoire et G. van Oest & Cie. Editeurs, 1920), por la prescripción del canon 1399, n. 12, que las prohibe por la ley y por lo tanto deben ser retiradas inmediatamente de iglesias, oratorios, etc, y en todo lugar que fueren expuestas. El jueves siguiente, 24 del mismo mes y año, Su Santidad el Papa Benedicto XV, en la Audiencia privada con los Reverendísimos Padres señores asesores del Santo Oficio, el Santo Padre aprobó la resolución que se le había mostrado, y les ordenó que a partir de ésta, quedara establecido y confirmado.

Dado en Roma, en la sede del Santo Oficio, 30 de marzo de 1921.

Luis Castellano, Notario del Santo Oficio.
El decreto NO CONDENA a la persona de Servaes (quien probablemente era un buen católico), sino al expresionismo de su obra, que lo hizo representar de una forma repulsiva a Nuestro Señor (de hecho, el canónigo Raymond Albert Ghislain Lemaire, profesor de Historia del arte en la Universidad Católica de Lovaina, lo calificó como «Un chimpancé en una cruz»): el moralista Arthur Marie Théodore Vermeersch Landyit SJ (quien dicho sea de paso, redactó la encíclica Casti Connúbii a partir de una carta pastoral que elaboró el cardenal Mercier en ocasión de la baja natalidad en Bélgica) escribe comentando el decreto:
«El mismo pintor Servaes tiene y merece la reputación de ser un hombre sinceramente católico. Con todo, el estilo de la pintura es objeto de esta crítica, ya que provoca cierto horror por sus formas poco habituales y, en lugar de una devoción apacible, agita violentamente los sentidos» (Periodica de Re Canonica et Morali, vol. 10, n.º 153, 10 de noviembre de 1921. Brujas, Oficina de Karel Beyaert, pág. 288. Traducción propia).
Y su cofrade y compatriota Joseph Maréchal SJ, comentando el decreto, agrega: 
«…no olvidemos que la devoción católica tradicional asocia íntimamente la serena grandeza de la Víctima divina —con una respetuosa modestia— con los tormentos de la Pasión; y que el ejercicio de la compasión cristiana no exige en absoluto que agredamos con ferocidad nuestras sensibilidades más profundas. La Iglesia, si bien tolera las formas sinceras de devoción personal —especialmente la de los humildes—, es, no obstante, amiga de la sensata moderación y desconfía de lo inusual.
   
   
Para evitar la Caribdis de la “forma”, Servaes se desvía temerariamente hacia la Escila de la “deformación” deliberada y la desfiguración artificial. No solo no logra convertir sus figuras más majestuosas en arquetipos de belleza humana —lo cual, después de todo, es permisible—, sino que las transforma en arquetipos infrahumanos, una especie de degenerados, o incluso seres prehistóricos no evolucionados, cuyos esqueletos, a ojos de un anatomista, a veces exhiben más de un rasgo de animalidad inferior» [JOSEPH MARÉCHAL SJ, “Un décret récent du Saint-Office en matière d'iconographie religieuse” (Un decreto reciente del Santo Oficio en materia de iconografía religiosa), en Nouvelle Revue Théologique, vol. 48 (1921), págs. 341, 342; traducción propia].
Y hasta el mismo Jacques Maritain (cuando era católico, no lo que se volvió después), en una conferencia sobre Arte sacro, aborda también la condena al estilo expresionista del viacrucis de Servaes:
«El arte sacro depende absolutamente de la sabiduría teológica. En los signos que presenta a nuestros ojos se manifiesta algo infinitamente superior a todo nuestro arte humano: la Verdad divina misma, el tesoro de luz que nos fue adquirido con la sangre de Cristo. Es sobre todo por esta razón, porque en ello están en juego los intereses soberanos de la Fe, que la Iglesia ejerce su autoridad y magisterio sobre el arte sacro. Recordé hace un momento el decreto del Papa Urbano VIII del 15 de marzo de 1642 y la prescripción de la XXV sesión del Concilio de Trento. Existen otros ejemplos. El 11 de junio de 1623, la Congregación de Ritos prohibió los crucifijos que representaban a Cristo con los brazos extendidos. El 11 de septiembre de 1670, un decreto del Santo Oficio prohibió la fabricación de crucifijos “de una forma tan tosca y sin arte, en una actitud tan indecente, con rasgos tan distorsionados por el dolor que provocan repugnancia en lugar de piadosa atención”. Y sabéis que en marzo de 1921, el Santo Oficio prohibió la exhibición en iglesias de ciertas obras del pintor flamenco Servaes.
   
He aquí un punto que merece toda nuestra atención. Servaes es un pintor de gran talento, un cristiano de profunda fe, y solo se puede hablar de él con respeto y afecto; me complace dar testimonio de él aquí. El Vía Crucis, que causó tal revuelo en Bélgica, despertó profundas emociones religiosas en algunas personas, e incluso propició conversiones. Sin embargo, la Iglesia lo condenó, y nunca es difícil, aun cuando las apariencias y los procedimientos humanos nos desconciertan, comprender la sabiduría y la justicia de sus decisiones. Sin duda, a pesar de sí mismo, y no en su alma sino en su obra, el pintor, fascinado por el Ego sum vermis et non homo de Isaías y concibiendo sus Estaciones como un puro vértigo de dolor, resultó ser falso respecto a ciertas verdades teológicas de capital importancia, sobre todo la verdad de que los sufrimientos, así como la muerte de Nuestro Señor, fueron esencialmente voluntarios, y que fue una Persona divina quien sufrió el sufrimiento humano más espantoso: el dolor y la agonía de Su Humanidad fueron manejados por el Verbo como el instrumento con el que realizó Su gran obra. Al mismo tiempo, para aquellos que no pueden armonizar las pobres figuraciones que el arte pone ante sus ojos y la imagen pura que vive en nuestros corazones del más hermoso de los hijos de los hombres (en Él, como en su Madre, como nos recuerda Cayetano en su tratado De Spasmo beátæ Vírginis, los supremos tormentos del Calvario, aunque traspasaron la mente aún más cruelmente que el cuerpo, dejaron la razón intacta bajo la Cruz, en pleno ejercicio de su dominio sobre la parte sensible) —para estas, digo, ciertas deformaciones plásticas, cierto aspecto degenerado del contorno, adquieren el valor de una ofensa contra la Humanidad del Salvador y, por así decirlo, de una mala comprensión doctrinal de la soberana dignidad de su Alma y Cuerpo.
   
En un momento en que la verdad de la fe se ve amenazada por todos lados, ¿por qué sorprendernos de que la Iglesia esté más preocupada que nunca por las distorsiones doctrinales que pueden estar implícitas en ciertas obras de arte destinadas a los fieles, independientemente de su valor estético y de las emociones saludables que puedan suscitar en algunos casos, y de la piedad, la fe, la profundidad de la vida espiritual y la rectitud de intención del artista que las creó?» [JACQUES MARITAIN, Conferencia “Algunas reflexiones sobre el arte religioso” en las Jornadas de Arte Religioso, 23 de Febrero de 1924. En Art et Scolastique (Arte y escolástica), 3.ª edición revisada y corregida, Apéndice II. París, Louis Rouart & Fils 1935, pag. 176. Trad. inglesa de Joseph Williams Evans. Notre Dame, Indiana: Universidad de Notre Dame, 1974, págs. 74-75; cursiva del original; subrayado añadido).

El mismo Concilio de Trento, en su Decreto sobre la veneración a los Santos, las imágenes y reliquias, señala que uno de los fines de la veneración de las imágenes es «que se exciten los fieles a adorar, y amar a Dios, y practicar la piedad», por lo que manda «pongan los Obispos tanto cuidado y diligencia en este punto, que nada se vea desordenado, o puesto fuera de su lugar, y tumultuariamente, nada profano y nada deshonesto; pues es tan propia de la casa de Dios la santidad» (Sesión XXV, 4 de Diciembre de 1563).

Años después de Servaes, veremos que ese estilo retorcido como lagartija reaparece con la “férula Scorzelli” que usaron Montini, Luciani, Wojtyła, Ratzinger y Bergoglio, o el “Ascensifijo” que actualmente usa el gato Bob.

PD. ¿Y qué pasó después con el “Viacrucis de Luithagen”? Tito Brandsma lo retiró de la capilla el día Viernes Santo (25 de Marzo) de 1921, y fue comprado en Septiembre de 1923 por Herman August Leo van den Eerenbeemt de Hosson. Poco después de su muerte en 1951, la serie acabó en la abadía trapense de Nuestra Señora de Koningshoeven, en Berkel-Enschot, cerca de Tilburg, donde aún se conserva. Servaes tuvo que cambiar de estilo artístico y debido a la Guerra Mundial (en medio de la cual Brandsma murió en un campo de concentración) y a que sus obras fueron calificadas como “arte degenerado” por las autoridades nazis (aunque el concepto fue acuñado en 1797 por Friedrich Schegel para referirse a la antigüedad clásica tardía, pero su aplicación al arte moderno se debe –irónicamente– al judío Max Simon Nordau/Simcha Maximilian Südfeld, cofundador de la Organización Sionista Mundial), se exilió en Suiza, donde murió en 1965. Y su comitente, Fray Jerónimo, a causa de la férrea defensa que hizo del viacrucis, se le conminó a abandonar el monasterio.

sábado, 15 de agosto de 2026

PRESIDENTE DE LOS OBISPONES ESTADOUNIDENSES, ATRAPADO FUERA DE BASE SOBRE EL RITO RONCALLIANO


Los obispones estadounidenses están discutiendo la Misa en el rito roncalliano entre ellos e internamente y [supuestamente] quieren ser solícitos por las necesidades pastorales de esos católicos, dijo el arzobispón de Oklahoma City y presidente de la Conferencia de Obispos Católicos de Estados Unidos Paul Stagg Coakley en una entrevista a Raymond Arroyo Calato en el programa “World Over”de EWTN.
   
  
Coakley notó que «una de las diócesis en Texas ha relajado esta semana algunas restricciones para hacer que la Misa Latina Tradicional esté más disponible, al menos en esa diócesis» (en referencia al obispón Michael James Sis Murphy de San Ángelo, Tejas, al expandir a partir del 30 de Agosto el rito roncalliano a una celebración mensual en la iglesia de Santa Ana en Midland).

Arroyo preguntó qué deberían hacer los católicos cuando las misas diocesanas son cada vez más restringidas. Coakley respondió (minuto 6:38):
«Bueno, es un dilema que enfrentan muchas personas que están apegadas a la Misa Latina Tradicional. Bueno, hemos tomado, eh, la decisión  de tratar de, eh, alentar a la gente que está así apegada, ah, a visitar y participar en, eh, nuestra parroquia local de la Fraternidad Sacerdotal de San Pedro (FSSP)»
Justo a las afueras de Oklahoma City se encuentra la muy concurrida Capilla de San Miguel en Betania, servida por la Fraternidad Sacerdotal San Pío X (FSSPX). El arzobispón fingió saber poco al respecto (minuto 7:00 a 7:24):
«Todavía tenemos, esto, ah, una capilla aquí que no está en comunión con nosotros, una capilla independiente que celebra, todavía creo, la Misa Latina Tradicional. He alentado a la gente, esto…, a no asistir más a eso si han estado haciéndolo, ah…, y a visitar, eh, nuestra parroquia donde pueden ser alimentados espiritualmente».
El arzobispón Coakley también dio peso a la improbable posibilidad de que la declaración del cardenal Roche –que León XIV Riggitano-Prévost tiene la intención de retener la Traditionis Custodes– pueda ser inventada:
«Esto, no estoy seguro de que hayamos escuchado la última palabra de, ehm, este pontificado sobre la Traditionis Custodes. Pienso que nuestro Santo Padre, eh, esto… el cardenal Roche ha hablado. Ah, pero, esto… hasta que el Papa León haya hablado, no estoy seguro de que sepamos con certeza cuál será el camino a seguir».
Pero la realidad le da un sonoro out al arzobispón Coakley, hallado totalmente off base:
  • En una carta fechada a 29 de Junio al cardenal Arthur Roche en ocasión de la apertura ayer viernes del congreso internacional de formación litúrgica del Pueblo de Dios en la abadía benedictina de Monte Ángel en San Benito (Oregón, Estados Unidos), Riggitano-Prévost escribió:
    «Para promover la celebración digna de los sagrados misterios, debemos enfatizar la necesidad de fidelidad a los textos e instrucciones aprobados. En mis recientes catequesis sobre la Constitución de la Sagrada Liturgia, Sacrosanctum Concilium, he llamado la atención sobre el respeto que todos aquellos llamados a preparar la celebración de los divinos misterios, y los sacerdotes en particular, deben mostrar hacia los ritos promulgados por el papa san Pablo VI y el papa san Juan Pablo II. Es vital que este respeto “nazca de una actitud interior de apertura y confianza en Dios, manifestando humildad ante su grandeza y sincera fidelidad a la comunión eclesial” (Catequesis, 27 de Mayo de 2026)».
  • El 3 de Agosto, Marcus Nelles, jefe del Departamento de Derecho Canónico de la Archidiócesis de Múnich y Frisinga, respondió así en nombre del cardenal Reinhard Marx a una carta enviada nueve días antes por Daniel Hager, presidente de la asociación Certamen, sobre la posibilidad de que la archidiócesis podía retornar a la “generosidad” de Summórum Pontíficum:
    «Permítame recalcar desde el principio que la Misa romana tradicional ha moldeado indudablemente la vida de fe de innumerables creyentes y ha producido santos a lo largo de los siglos. De ninguna manera pongo en duda estos frutos espirituales. 

    Pero Traditionis custodes ha sustituido por completo a Summorum Pontificum. Por lo tanto, el derecho previamente concedido a un sacerdote de celebrar la Misa en la forma antigua, independientemente del permiso episcopal, ya no existe.
       
    Un “retorno” a la regulación más generosa en el sentido de Summorum Pontificum, como usted sugiere, no está, por lo tanto, dentro de la competencia del arzobispo.
       
    Por lo tanto, el rumbo actual no es un retorno a Summorum Pontificum, sino más bien su generosa aplicación dentro del marco establecido por Traditionis custodes».
  • Y una vez más, mirar las celebraciones pontificias, que constituyen el paradigma en toda la Iglesia Conciliar: El Canon Romano (que para ellos pasó a ser la “Plegaria Eucarística I”) brilla por su ausencia casi total (de vaina lo usan el Jueves Santo porque así lo ordena el Misal) mientras que la “Plegaria Eucarística III” era la constante. Muy a pesar que la misma Instrucción General del Misal Romano, en su número 365 define que el uso de la Plegaria Eucaristía I es «particularmente apropiado» en las fiestas con Communicántes y Hanc ígitur propios (Pascua, Pentecostés y Navidad), en las fiestas de los apóstoles y santos mencionados en él, y en los domingos.
Conclusión necesaria (e incómoda): Riggitano-Prévost habló. Lo hizo al respaldar a Roche. Y como ellos acostumbran a restregar cada rato (cuando les conviene y para lo que les conviene), «Roma locúta, cáusa finíta»… Ahora, por culpa suya, muchas de esas personas «que están apegadas a la Misa Latina Tradicional» no solo van a la FSSPX, sino incluso con los sedevacantistas, porque les cerraron el coto que era Summórum Pontíficum (para muestra, la Archidiócesis de Seattle ordenó que la parroquia local de la FSSP no puede dar catequesis de confirmación, por lo que deberá enviar los fieles a parroquias del Novus Ordo). Así que, míster Cloakley, DEJE DE HACER EL RIDÍCULO Y DE ALIMENTAR FALSAS ESPERANZAS.

jueves, 13 de agosto de 2026

ORACIONES EN TERREMOTO: HISTORIA Y ACTUALIDAD


En menos de dos meses, hemos visto que han ocurrido fuertes terremotos en Venezuela (24 de Junio) y Colombia (10 de Agosto), que han dejado en total miles de muertos, heridos y muchas edificaciones destruidas o severamente dañadas.
  
Si bien es imprudente establecer un nexo casual unívoco entre un terremoto específico y un pecado específico y una afrenta a la justicia asociar los pecados de unos con los castigos de otros, esto no significa que no haya relación entre los desastres naturales y la condición pecaminosa de la humanidad después de la caída de Adán y Eva, ni que Dios no intervenga en el mundo que Él creó (de otro modo, ¿para qué entonces la noción de la Providencia?, o ¿para qué rezar?).

Podríamos citar en este sentido a todos los Papas antiguos hasta Pío XII inclusive, y no pocos santos (cf. las palabras de San Aníbal María de Francia en la predicción del terremoto de Messina, o los Avisos de la Providencia de San Alfonso María de Ligorio). Pero vamos a centrarnos en las oraciones en prevención o en ocasión de terremoto, sin mayores comentarios en ellas, recordando que la ley de oración sigue la ley de la creencia: «obsecratiónum quóque sacerdotálium sacraménta respiciámus, quæ ab Apóstolis trádita, in toto mundo átque in omni cathólica Ecclésia unifórmiter celebrántur, ut legem credéndi lex státuat supplicándi [consideremos también las fórmulas sagradas de las oraciones sacerdotales, que, transmitidas por los Apóstoles, se recitan uniformemente en todo el mundo y en toda la Iglesia Católica, de modo que la norma de la oración establece la norma de la fe]» (San Próspero de Aquitania, De la gracia de Dios y el libre arbitrio contra el Colador. En Migne, Patrologia Latina, vol. 51, cols. 209–210).
  
Además de la invocación «A flagéllo terræmótus» en la Letanía de los Santos, en la liturgia constan varias oraciones donde se alude a los terremotos y se implora la protección divina, al tiempo que se reconoce que estos son signos de su indignación.
  
En la reconstrucción del Nocturno (Maitines) en el Oficio monacal hispánico por dom Jorge Pinell y Pons OSB (“Las horas vigiliares del Oficio monacal hispánico”. En Litúrgica, n.º 3. Abadía de Montserrat 1966, pág. 311), basándose en el Códice Regio de la Universidad de Salamanca, el Códice Compostelano y el Códice Londinense, el segundo responsorio para los sábados es el siguiente:
℟. Qui réspicis in terram, et facis eam trémere, * miserére nobis, Dómine [Tú que miras la tierra, y la haces temblar, * Ten piedad de nosotros, Señor].
℣. Ad te levámus óculos nostros, qui hábitas in cœlis [A Ti, que habitas en los Cielos, levantamos nuestros ojos] (Solo en el Códice Londinense).
℣. Peccávimus cum pátribus nostris, injúste égimus, iniquitátes fécimus. P. Miserére nobis, Dómine [Pecamos como nuestros padres, procedimos injustamente, cometimos iniquidad. Ten piedad de nosotros, Señor].
La primera antífona, inspirada en el salmo 103, 2, aparece en la letanía de San Martín en el Misal Stowe.

En el antifonario de la abadía de Nonantola, y como parte de la letanía en el día segundo de las Rogativas menores en el rito de Lyon (en Edmundo Martène OSB, De antiquis Ecclesiae Ritibus, tomo III. Venecia, imprenta de Juan Bautista Bonelli 1783, pág. 188) y en la letanía después de la hora tercia en el Breviario Ambrosiano, consta la siguiente antífona: «Propter peccáta nostra, Deus, commovísti terram et conturbásti eam. Sana, Dómine, contritiónes ejus, quóniam motus est» (Por nuestros pecados, oh Dios, conmoviste la tierra y la llenaste de turbación. Sana, Señor, sus heridas, porque se ha movido).

Luego de la secuencia sísmica que asoló los Apeninos entre el 14 de Enero y el 2 de Febrero de 1703, el Papa Clemente XI aprobó estas oraciones votivas para la Misa durante los tiempos de terremotos:
  • ORATIO
    Omnípotens sempitérne Deus, qui réspicis terram, et facis eam trémere: parce metuéntibus, propitiáre supplícibus; ut cujus iram terræ fundaménta concutiéntem expávimus, cleméntiam contritiónes ejus sanántem júgiter sentiámus. Per Dominum (Omnipotente y sempiterno Dios, que miras la tierra y la haces temblar, perdona a cuantos Te temen, atiende nuestra súplica y, después de haber temido tu enojo que sacude los cimientos de la tierra, podamos luego experimentar tu clemencia que repara las ruinas. Por Jesucristo nuestro Señor).
  • SECRETA
    Deus, qui fundásti terram super stabilitátem suam, súscipe oblatiónes et preces pópuli tui: ac treméntis terræ perículis pénitus amótis, divínæ tuæ iracúndiæ terróres, in humánæ salútis remédia convérte; ut, qui de terra sunt, et in terram reverténtur, gáudeant se fíeri sancta conversatióne cœléstes. Per Dóminum. (Oh Dios, que fundaste la tierra sobre sus cimientos, recibe las oblaciones y súplicas de tu pueblo, y una vez alejados todos los peligros de este temblor de tierra, convierte los terrores de tu divina ira en remedios de humana salvación, para que quienes fueron hechos de la tierra y a ella han de volver puedan regocijarse por tu preservación y se hagan ciudadanos del Cielo. Por Jesucristo nuestro Señor).
  • POSTCOMMUNIO
    Tuére nos, Dómine, quǽsumus, tua sancta suméntes: et terram, quam vídimus nostris iniquitátibus treméntem, supérno múnere firma: ut mortálium corda cognóscant, et te indignánte tália flagélla prodíre munéribus: et te miseránte cessáre. Per Dóminum. (Suplicámoste, ¡oh Señor!, que protejas a cuantos hemos recibido tus Sacramentos, y por tu celestial don afirma la tierra que hemos visto temblar por nuestras iniquidades, para que los corazones de los mortales sepan que tales azotes vienen cuando eres ofendido, y cesan por tu misericordia. Por Jesucristo nuestro Señor).
  
Y finalmente, mediante decreto de la Sagrada Congregación de Ritos de fecha 13 de Febrero de 1924, el Papa Pío XI aprobó la fórmula de bendición de equipo sismógrafo, y ordenó incluirla en el Apéndice del Ritual Romano:

Benedictio Seismograph
℣. Adjutórium nostrum in nómine Dómini.
℟. Qui fecit cœlum et terram.
℣. Dóminus vobíscum.
℟. Et cum spíritu tuo.
  
Orémus.
 
ORATIO
Omnípotens sempitérne Deus, qui réspicis terram et facis eam trémere, hoc seismógraphon tua bene ✠  dictióne perfúnde: et præsta, ut signa terræ treméntis in ipso congruénter adnoténtur, et ad utilitátem plebis tuæ átque ad majórem tui nóminis glóriam promovéndam recte intelligántur. Per Christum Dóminum nostrum [Omnipotente y sempiterno Dios, que miras la tierra y la haces temblar, derrama tu bendición sobre este sismógrafo, y concede que registre adecuadamente las señales de los temblores de tierra y promueva su recto entendimiento, para utilidad de tu pueblo y para la mayor gloria de tu Nombre. Por Jesucristo nuestro Señor]. Amen.
  
Virgo María Dolorosíssima, esto nobis propítia et intercéde pro nobis. Sancte Emígdi, ora pro nobis, et in nómine Jesu Christi Nazaréni defénde nos, et hoc seismógraphon ab ímpetu terræmótus [Oh María, Virgen Dolorosísima, sénos propicia e intercede por nosotros. San Emigdio, ruega por nosotros, y en el nombre de Jesucristo Nazareno, defiéndenos y a este sismógrafo del ímpetu de los terremotos].
  
Se asperja el sismógrafo con agua bendita.
  
Después del Vaticano II, con su enfoque en el “Hombre Moderno”™ y que se enfatizó en la misericordia dejando la justicia en un segundo (o último) plano, Bugnini hizo mover el hacha contra las oraciones en tiempo de terremoto, reemplazando la colecta por este texto: 
Deus, qui fundásti terram super stabilitátem suam, parce metuéntibus, propitiáre supplícibus, ut, treméntis terræ perículis pénitus amótis, cleméntiam tuam iúgiter sentiámus, et, tua protectióne secúri, tibi serviámus gratánter. Per Dóminum [Dios omnipotente, que afirmaste la tierra sobre sus cimientos, te pedimos que disipes nuestros temores y escuches nuestras súplicas, para que, apaciguados los temblores de la tierra, experimentemos constantemente tu misericordia y, seguros de tu protección, te sirvamos con acción de gracias. Por nuestro Señor Jesucristo…]
Y se suprimieron las otras dos oraciones.
   
Repetimos, no pretendemos en este artículo atribuir culpas específicas (aunque las hay) ni conectarlas a los terremotos. Se trata de presentar cómo la Iglesia, en su ley de oración y creencia, presenta que las culpas colectivas provocan la ira divina manifestada en los desastres naturales y las conmociones sociales, pero al mismo tiempo llama a la conversión para atraer la misericordia. Y a tal propósito, queremos concluir con este responsorio del oficio de Maitines del 5.º domingo post-Octava de la Epifanía en el Breviario Gótico:
℟. Dómine, omnis consciéntia nostra rea est ante te: * Sed tu, Deus, potens es, mundáre nos a peccátis nostris; quía delícta nostra a te non sunt abscóndita [Señor, toda nuestra conciencia es culpable ante Ti * Pero Tú, Dios, que eres poderoso, límpianos de nuestros pecados, porque nuestros delitos no están ocultos ante Ti].
℣. Peccávimus cum Pátribus nostris, injúste égimus, iniquitátes fécimus. P. Sed tu, Deus, potens es, mundáre nos a peccátis nostris; quía delícta nostra a te non sunt abscóndita [Pecamos como nuestros padres, procedimos injustamente, cometimos iniquidad. Pero Tú, Dios, que eres poderoso, límpianos de nuestros pecados, porque nuestros delitos no están ocultos ante Ti].
℣. Glória, et honor Patri, et Fílio, et Spirítui Sancto, in sǽcula sæculórum. Amen [Gloria y honor al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. Amén].
℟. Dómine, omnis consciéntia nostra rea est ante te: * Sed tu, Deus, potens es, mundáre nos a peccátis nostris; quía delícta nostra a te non sunt abscóndita [Señor, toda nuestra conciencia es culpable ante Ti * Pero Tú, Dios, que eres poderoso, límpianos de nuestros pecados, porque nuestros delitos no están ocultos ante Ti].

Rvdo. P. JORGE RONDÓN SANTOS S. Ch. R.
13 de Agosto de 2026 (Año Santo de Cristo Rey).
Fiesta de los Santos Mártires Hipólito y Casiano; de San Juan Berchmans y San Máximo el Confesor. Conquista de México-Tenochtitlán por Hernán Cortés. Fiesta de Nuestra Señora, Refugio de los Pecadores

lunes, 3 de agosto de 2026

TRASLACIÓN Y PRESERVACIÓN DE NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE

Altar mayor de la antigua basílica de Nuestra Señora de Guadalupe después del atentado del 14 de Noviembre de 1921 (fotografía de la época).

Habiendo sobrevivido a los embates del tiempo y al atentado dinamitero del 14 de Noviembre de 1921, al milagroso ayate donde se encuentra la imagen de Nuestra Señora de Guadalupe le esperaban tiempos difíciles.

Era el año 1926: Aun sin asentar la polvareda levantada por la Revolución que derrocó al general Porfirio Díaz, las guerras de caudillos que le sucedieron y la Expedición Punitiva estadounidense contra Pancho Villa, el presidente de turno, Francisco Plutarco Elías-Calles Campuzano, en su odio contra la Iglesia Católica y ante el fracaso de la chapucera “Iglesia Católica Apostólica Mexicana”, no menos que por los boicots y protestas organizadas por la Liga Nacional de Defensa de la Libertad Religiosa, promulga el 14 de Junio la Ley sobre delitos y faltas en materia de culto religioso y disciplina externa, la famosa e infame “Ley Calles”, que reforzó las ya duras restricciones que la Constitución del 5 de Febrero de 1917 imponía a la práctica de la religión católica: Se prohibió el uso de la sotana y los hábitos religiosos fuera de los edificios eclesiales y toda expresión de religiosidad colectiva fuera de los templos, a los religiosos organizarse en congregaciones, prohibió la educación católica en las escuelas.
 
Asimismo, se autorizó a cada estado adoptar las medidas que estimase pertinentes: En estados como Veracruz y Tabasco (cuyo gobernador Tomás Garrido Canabal era tan especialmente fanático contra la religión que en sus tarjetas de presentación ponía «Enemigo personal de Dios»), se establecieron requisitos particulares a los sacerdotes, entre ellos la obligación de estar casados y tener más de cuarenta años de edad para ejercer. En Chihuahua, se hizo uso de la facultad constitucional del artículo 130 para determinar el número máximo de ministros de culto permitidos en el estado, y en Tamaulipas se expulsó a los sacerdotes extranjeros.
  
La ley debía entrar en vigor el 1 de Agosto, y en respuesta, los obispos mexicanos emitieron una carta pastoral conjunta el 25 de Julio diciendo que el culto público quedaba suspendido por falta de garantías a partir del día 31. 
  
El recuerdo del atentado instigado por el gobierno de Álvaro Obregón hacía sospechar que el santuario de Guadalupe volvería a ser blanco de ataques en cualquier momento, y se temía por la seguridad e integridad del ayate. Luego del rechazo inicial a la propuesta, el abad de la basílica antigua, Feliciano “Chano” Cortés y Mora, y el arzobispo José Mora y del Río autorizaron la creación de una réplica, para lo cual se contrató al pintor poblano Rafael Aguirre Moctezuma, experto en representaciones guadalupanas (fue el autor de la réplica venerada en la basílica de Monterrey a devoción del padre Raimundo Jardón), quien trabajó a marchas forzadas y en aproximadamente catorce días entregó la pintura que fue conocida como la “Gemela”.

En la medianoche del 29 de Julio de 1926, bajo la dirección del propio abad Cortés y con la presencia de testigos, un grupo de obreros desprendió el cuadro de oro por la parte posterior del altar mayor de la basílica. Alfonso Marcué González, secretario privado del abad Cortés, describió el evento:
«Era la media noche, me encontraba entre un grupo de obreros que afanosamente trabajaban bajo la dirección del Señor Abad Cortés, en el presbiterio de la Basílica, a fin de desprender de su cuadro de oro la Imagen de la Virgen de Guadalupe.

En los rostros de los allí presentes se advertía la congoja y el natural nerviosismo a causa de lo difícil del trabajo de tan delicada misión. El Señor Abad, superándose a su estado de ánimo, no perdía, en cambio, ningún movimiento y dictaba órdenes a fin de terminar cuanto antes esas maniobras.
  
Logrado al fin retirar de su sitio el cuadro por la parte posterior del altar mayor, se procedió de inmediato en bajar el precioso tesoro con infinitas precauciones, entre rezos, discretas lágrimas de emoción y profundos suspiros de cuantos presenciamos esas labores.
  
Pasamos unos instantes de verdadera expectación donde el silencio era absoluto; sólo se apreciaba el fatigoso esfuerzo desarrollado por los trabajadores al deslizar el cuadro de la Virgen a través de dos escaleras y depositarlo en la mesa del altar posterior. [...]
  
Pues bien, el Sagrado Ayate de Juan Diego fue conducido a la Sala Abacial, procediéndose inmediatamente en colocar la Imagen, que estaba protegida por la gruesa lámina de plata, envuelta en telas de seda, sellada y lacrada, y para darle mayor protección, se envolvió con tela de jerga gruesa, se colocó en el doble fondo de un antiguo ropero chino que había en la Basílica. Al ropero se le desclavó la tabla de arriba y por allí se introdujo la Imagen de la Virgen. Las medidas del ropero son: de alto, 1.96 m, de ancho 1.27 m y de fondo 0.42 m a la vista y el doble fondo de 0,12 m, espacio suficiente para proteger el cuadro de la Virgen.
  
Mientras tanto, otro grupo de personas procedía en la tarea de colocar en el sitio la otra imagen de la Virgen de Guadalupe, pintada por Aguirre. El Ingeniero Luis Felipe Murguía sugirió ahumar el cristal para quitar el brillo del óleo recién pintado. Así se hizo, quemaron periódicos y quedó opacado el cristal y colocaron la nueva pintura de la Virgen. Cuando el Señor Abad la vio en el cuadro de oro, no daba crédito a lo que sus ojos le mostraban; no se notaba aparentemente el cambio, y de hecho nadie lo notó el que duró tres años; éste es un gran milagro» [GUADALUPE MURGUÍA DE GONZÁLEZ-BARRIOS. Conferencia “Viaje Secreto de la Guadalupana (1926-1929)”].
  
Semanas después de la traslación, el 15 de Agosto, el ejército callista ejecutó por fusilamiento al párroco Luis Batis Sáinz y los laicos Manuel Morales, Salvador Lara Puente y David Roldán Lara en Chalchihuites (Zacatecas), y el día 29, con la batalla de Huejuquilla el Alto (Jalisco), comenzará oficialmente la Guerra Cristera.

Como el frente de la Basílica fue sellado por el Delegado de Bienes Nacionales Ángel Vivanco Esteve, el ropero fue sacado a través de un boquete en el contiguo convento de las Capuchinas y trasladado en un camión de mudanzas cargado de camas y colchones viejos hasta la casa del ingeniero Luis Felipe Murguía Terroba, en el número 4 de la calle Meave, donde permaneció del 30 de Julio de 1926 al 15 de Julio de 1927. Más tarde, ante la designación de la zona como “roja” (y porque la casa tenía acceso posterior por el 17 de la calle El Salvador), se acordó trasladarla a un edificio de la antigua Librería Murguía, en el 54 del Portal del Águila de Oro (actual calle 16 de Septiembre).
   
Allí permaneció la imagen, custodiada con discreción absoluta. Una lámpara ardía permanentemente ante el ropero; cada sábado el abad Cortés oficiaba la Misa en la casa. La familia Murguía asumió la responsabilidad de proteger el tesoro más preciado de la devoción mexicana en el momento de mayor riesgo. Durante esos años, el arzobispo de México acudía a celebrar la misa todos los sábados en ese templo que se convirtió la casa de los Murguía.
  
A honor de la verdad, esta no había sido la primera traslación: el 26 de Septiembre de 1629, la Sagrada Imagen fue trasladada en canoa a una Ciudad de México afectada en su casi totalidad por la Gran Inundación de San Mateo, y permaneció en la sacristía de la catedral metropolitana hasta el 14 de Mayo de 1634, cuando regresó a la entonces Ermita (entre tanto, fue sacada en procesión ante las epidemias de cocoliztli –¿fiebre tifoidea?– y tos ferina en 1633).
  
Al finalizar los conflictos, el retorno se produjo también en secreto. A las 22:00h del 28 de junio de 1929, dos días antes de la reanudación del culto público tras los llamados “arreglos” entre el arzobispo Leopoldo Ruiz y Flores (delegado apostólico del Papa Pío XI) y el presidente Emilio Portes Gil a instancias del embajador estadounidense Dwight Whitney Morrow Johnson, el abad Cortés, los canónigos Nicolás Mercado y Sebastián Gómez Pérez, el ingeniero Murguía y otros testigos (el padre Agustín de la Cueva, el arquitecto Luis García Olvera, el doctor José María Soriano, y los señores Emilio Alvarado Aragón, Federico Escobar Arce y Ubaldo Moreno) abrieron el ropero ante el notario Julio Ruiz Godoy, quien recogió en acta los hechos:
«[...] fue desclavado, por la parte superior el ropero antiguo, de doble fondo, en el que había sido colocada la Bendita Imagen y que se encontraba en una pieza contigua a la Sacristía y extrayéndose ésta y encontrándose intacta, envuelta en el lienzo de seda con el que había sido cubierta al ser guardada en el expresado ropero y a continuación se le trasladó por algunos de los presentes, acompañándola los demás con velas encendidas al Coro, en donde permaneció recibiendo los homenajes de veneración que le fueron tributados por las personas presentes, entre tanto fue limpiado el cristal del marco; una vez terminada esta operación fue nuevamente colocada la Sagrada Imagen en su marco, terminando el acto a las veintitrés horas y treinta minutos [...]».
La Gemela, que había ocupado el altar mayor entre 1926 y 1929, fue obsequiada a la familia Murguía como agradecimiento, y estos la hicieron instalar en la iglesia del Sagrado Corazón de Jesús en predios de la Universidad del Fútbol del club Pachuca en la ciudad homónima recién en el año 2018 (pero este último, desconocido para el grueso de los historiadores, ha dado pie a la versión de que fue relegada al olvido en ignota capilla de la Catedral Metropolitana, cuando en realidad esta es una réplica de un tamaño mayor hecha para conmemorar el cuarto centenario de las apariciones).
  

Desde entonces han transcurrido 100 años: entre ellos ha pasado el cuarto centenario de las apariciones guadalupanas, la construcción del adefesio de la basílica nueva y la sustitución de la Sagrada Imagen en la basílica antigua (convertida en Templo expiatorio) por un cuadro de Cristo Rey de factura muy inferior, el establecimiento de las relaciones diplomáticas entre los Estados Unidos Mexicanos y la Santa Sede, las restricciones al ejercicio público de la religión se han morigerado un poco, y el corona que cerró la basílica y por el cual no hicieron procesión rogativa como la de 1633 mencionada arriba. Pero la historia de la persecución es silenciada por la Secretaría de Educación Pública de México que reconoce como verdad histórica la masacre de Tlatelolco de 1968, los asesinatos de mujeres en Ciudad Juárez, la desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa o las víctimas de las guerras de los cárteles de la droga actuantes en connivencia y amasiato con los gobiernos regionales y federales. Como dijo el escritor Raúl Tortolero Crespo, autor del libro “Pensamiento Cristero. Dios al Centro de la Vida: la Recristianización de Occidente”:
«Los gobiernos emanados de la Revolución Mexicana y sus versiones actuales son herederos de una misma tradición anticristiana, liberal y de izquierda. Expulsaron a Dios de la cultura y de la educación, para sustituirlo por una religión civil: el nacionalismo revolucionario.
  
Esa narrativa sigue ocultando deliberadamente a los cristeros y exaltando a quienes persiguieron la fe».

Y súmese a lo anterior el comunicado claudicante de una Conferencia del Episcopado Mexicano que, igual que Ruiz y Florez y su segundo Pascual Díaz Barreto hace cien años, busca atenuar la culpa del régimen casi que pidiendo perdón por la lucha a cambio de mantener el “modus vivéndi”.
  
Como católicos, no debemos olvidar el pasado, ni avergonzarnos de las luchas. Debemos recordarlas y mantenernos firmes, puestos los ojos en Jesús, el Autor de nuestra Fe, y su Madre Santísima, y prepararnos no solo para resistir en la Fe, sino con ganas de pelear otra guerra. Nuestros enemigos no cejan sus ataques buscando exterminarnos (si les fuese posible), no podemos ser menos para derrotarlos, con el divino auxilio, para que se establezca por siempre el reinado de Cristo Rey.

Para la redacción de este artículo se tomó material del artículo “Las salidas del Sagrado Original de la Virgen de Guadalupe de las inmediaciones del Tepeyac” de Daniel González Martín del Campo. Revista Metafísica y Persona. Filosofía, conocimiento y vida, año XVII, n.º 33, Enero-Junio de 2025, Universidad de Málaga (España) — Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (México), ISSN: 2007-9699, págs. 57-69.

Rvdo. P. JORGE RONDÓN SANTOS S. Ch. R.
3 de Agosto de 2026 (Año Santo de Cristo Rey).
Hallazgo de San Esteban Protomártir. Comienzo del sitio de Algeciras (España); partida de Cristóbal Colón en su primer viaje; fundación de la Ciudad del Rosario de Sinaloa (México), de San Felipe de Aconcagua y de la Villa de San Carlos de Chonchi (Chile), y de San José de las Culatas (actual Confines, Colombia); veto imperial de Francisco José I de Austria-Hungría contra el cardenal Mariano Rampolla. Aniversario de la preservación de la Basílica de Nuestra Señora del Pilar de Zaragoza. Sermón del Obispo Clemente Augusto von Gallen en la catedral de Münster (Alemania).

sábado, 1 de agosto de 2026

OTRAS PLUMAS: UNA RECONSTRUCCIÓN DE UN RITO ARCAICO DE LA SAGRADA COMUNIÓN

Traducción a partir del texto inglés por el Dr. Peter A. Kwasniewski (Parte 1, parte 2 y parte 3) del artículo publicado en húngaro por Zsolt Orbán en su blog Invocábo nomen Dómini.

UNA RECONSTRUCCIÓN DE UN RITO ARCAICO DE LA SAGRADA COMUNIÓN

Según la tradición popular, la misa en la antigüedad adoptaba la forma de un “banquete de amor”, un ágape, como se cree que se representa en las pinturas murales de las catacumbas, con todos sentados alrededor de una sola mesa. Por lo tanto, la misa no se celebraba con la congregación de cara al Señor y, lo más importante, todos recibían la comunión en la mano.
   
El problema de esta narración es que carece de fundamento en la realidad: ningún texto la corrobora, ni tampoco se encuentra ninguna evidencia que la respalde en los registros pictóricos que se conservan.
   
De hecho, ninguna de las pinturas murales que se conservan en las catacumbas representa una liturgia propiamente dicha. Estas imágenes solo pueden considerarse referencias simbólicas a la Santa Misa, a Cristo y a la Eucaristía, y únicamente en el caso de las representaciones de escenas evangélicas pueden considerarse representaciones artísticas de acontecimientos históricos. Entre los temas más comunes se encuentran las bodas de Caná, la multiplicación milagrosa de los panes y la Última Cena; como símbolos, los más frecuentes son el pez como símbolo de Cristo (el pez —ichthys— es un acrónimo cristiano: Jesucristo, Hijo de Dios, Salvador), el pan y las uvas, todos ellos aluden a las verdades de la fe asociadas a la Santa Misa. En ninguna de estas referencias simbólicas encontramos ninguna indicación sobre la Santa Misa ni sobre la manera de recibir la Comunión.

Las primeras representaciones del rito de la Eucaristía
  
Una importante innovación en la representación apareció en algún momento de los siglos IV ó V, quizás primero en los murales o mosaicos que rodeaban el altar de una basílica cristiana en Jerusalén. Según las hipótesis de los investigadores, el arquetipo de tales representaciones pudo haber sido un mural o mosaico en una iglesia de Jerusalén o Constantinopla; la mayoría sospecha que las antiguas pinturas de la destruida Iglesia de la Última Cena sirvieron de modelo. Siguiendo este ejemplo, el motivo de la Comunión de los Apóstoles aparece en objetos litúrgicos de metal y en libros, al menos según las obras que se conservan, generalmente datadas en el siglo VI, que sobrevivieron a la iconoclasia. Durante este período, el motivo de la Comunión de los Apóstoles aparece en varios de estos objetos litúrgicos y en los Evangelios.

Una característica distintiva de esta forma de representación es que muestra una recepción explícita y específica de la Sagrada Comunión. En las dos mitades de la imagen, Cristo mismo administra la comunión a los apóstoles, dándoles su parte por separado en las dos especies; esto es la la metádosis (μετάδοσης), la entrega del Santo Cuerpo, y la metalepsis (μετάληψις), que significa su participación en la Santa Sangre.

De las representaciones más antiguas, examinaré ahora las tres más tempranas y, por lo tanto, las más significativas desde nuestra perspectiva, ya que, a diferencia de las especulaciones sobre las primeras representaciones cristianas mencionadas anteriormente —que carecen de fundamento—, estas sí representan una práctica sacrificial interpretable, respaldada además por textos escritos. A partir de estos, es posible reconstruir una práctica de comunión muy probable que, según la evidencia de estos artefactos, pudo haber estado muy extendida en los siglos V y VI.

I. Códice Purpúreo de Rossano
Se trata de un manuscrito iluminado de los Evangelios que data de la segunda mitad del siglo VI. Fue descubierto en el tesoro de la catedral de Rossano (sur de Italia) y se hizo ampliamente conocido en el siglo XIX.

En este hermoso volumen de los Evangelios, con sus páginas color carmesí y delicadas miniaturas, dos ilustraciones representan claramente un rito sacramental: los apóstoles recibiendo la Eucaristía en la lengua. Esto, por supuesto, ha generado controversia entre los investigadores con sesgos ideológicos. Por ejemplo, Franz Xaver von Funk, tras afirmar que la ilustración muestra a Cristo administrando la Eucaristía a los apóstoles en la lengua, declaró —como ejemplo clásico de argumento circular— que, a pesar de las numerosas pruebas que lo corroboraban, la obra no podía datar del siglo VI, ya que la práctica de administrar la Eucaristía en la lengua no existía antes del siglo VIII.

La recepción del Santo Cuerpo
  

La escena se explica por la inscripción en la parte superior: «Tomó el pan, dio gracias, se lo dio y dijo: Este es mi cuerpo».

Cristo se sitúa en el lado izquierdo del cuadro; los apóstoles se acercan a él en fila, mientras que en el segmento inferior, los profetas del Antiguo Testamento señalan la escena, con sus mensajes representados en sus púlpitos con citas bíblicas (de izquierda a derecha):

«¡Gustad, y ved que Yahveh es dulce!» (Salmo 33, 9); «Este es el pan que Yahveh os ha dado para comer» (Éxodo 16, 15); «Y había hecho llover maná sobre ellos para que comieran, y les había dado el pan del cielo. Y el hombre comió el pan de los ángeles.» (Salmo 77, 24-25); «Y uno de los serafines voló hacia mí… y dijo: “Mira, esto ha tocado tus labios, y tus iniquidades serán quitadas, y tu pecado será limpiado.”» (Isaías 6, 6-7)

Lo que vemos en la escena de la “comunión”:
  1. Tres apóstoles se acercan para comulgar desde la derecha, de pie y con las manos abiertas a los lados del torso, inclinándose ligeramente.
  2. Inmediatamente antes de la comunión, un apóstol se coloca de pie con las manos extendidas, ocultas dentro de su vestidura, formando un “manto de altar” horizontal con su himatión (vestidura exterior griega).
  3. Un apóstol, inclinándose, coloca ambas manos bajo la mano derecha de Cristo y acerca su boca a la mano de Cristo. Cristo sostiene su mano izquierda horizontalmente, con los dedos doblados y la palma hacia arriba, como si sostuviera algo en ella (o, mejor dicho, como el celebrante sostiene su palma izquierda en el video que se muestra al final del texto).
  4. Un apóstol a su lado (en segundo plano debido a la composición de la imagen) levanta las manos al cielo en señal de agradecimiento.
Primer plano de la recepción del Cuerpo de Cristo.
  
La recepción de la Santa Sangre
  

Cristo aparece aquí a la derecha, sosteniendo un cáliz con ambas manos. La inscripción sobre él dice: «Entonces tomó el cáliz en sus manos, dio gracias y se lo dio, diciendo: “Esta es mi sangre”».

Debajo de la Eucaristía, aparecen cuatro profetas del Antiguo Testamento; de izquierda a derecha, los textos dicen: «Esta es la sangre del pacto que el Señor ha hecho contigo» (Éxodo 24, 8); «Tomo el cáliz de la salvación e invoco el nombre del Señor» (Salmo 115, 4); «Tu cáliz me embriaga como el mejor vino» (Salmo 22, 5); «Los que me beben volverán a tener sed» (Eclesiástico 24, 21).

Lo que vemos en la escena de la Eucaristía:
  1. Desde la izquierda, tres apóstoles se acercan para comulgar, con las manos juntas a la altura de la cintura, junto al torso, con las palmas abiertas e inclinándose ligeramente.
  2. Frente a ellos, un apóstol, justo antes de recibir la Comunión, mantiene las manos a la altura de la cintura, ocultas dentro de su vestimenta, formando un “manto de altar” horizontal con su himatión.
  3. Un apóstol se inclina, colocando sus manos debajo de las de Cristo que sostienen el cáliz, pero sin tocarlo.
  4. Un apóstol se encuentra a su lado (detrás de él en la imagen debido a la composición), con la mano izquierda visible.

Primer plano de la recepción del cáliz.
  
II. La patena de Riha
  
   
Se trata de un plato de comunión perteneciente a un tesoro de vasos litúrgicos desenterrado en Siria a principios del siglo XX. Basándonos en el sello imperial hallado en el fondo del recipiente, es posible que se haya fabricado en Constantinopla durante el reinado del emperador Justiniano II (565-578).
  
Cristo mismo ofrece la Eucaristía a los apóstoles; las dos escenas de la recepción de las dos especies se representan en una sola composición. Los investigadores creen que este tipo de representación se inspiró originalmente en una escena de las paredes que flanqueaban el altar de una iglesia en Jerusalén, de donde se copió y se integró en una sola composición en vasos sagrados e iconos.

La recepción de la Santa Sangre está representada en el lado izquierdo de la patena:
  1. Cuatro apóstoles al fondo; debido a la composición, sus manos no son visibles.
  2. Un apóstol ante la Eucaristía, con la mano extendida a la altura de la cintura y la palma abierta.
  3. Un apóstol, con las manos cubiertas por su himatión, las extiende a la altura de la cintura, ligeramente elevadas, mientras bebe del cáliz que sostiene Cristo. Sus manos no tocan el cáliz, ya que están cubiertas por el himatión.
Primer plano de la escena de la Comunión.
  
El cáliz utilizado para la comunión se puede ver a la derecha del altar. Debajo se muestra una fotografía de un cáliz similar del siglo VI.
  

La recepción del Santo Cuerpo en el lado derecho de la patena:
  1. Cuatro apóstoles al fondo; sus manos no son visibles debido a la composición.
  2. Un apóstol, justo antes de recibir la Comunión, extendió la mano hacia adelante a la altura de la cintura con la palma abierta.
  3. Un apóstol se inclina hacia la mano derecha de Cristo, sosteniendo sus propias manos (la derecha en la palma izquierda, con el pulgar apoyado en el dorso de la mano derecha) directamente debajo de la mano de Cristo; su himatión ya no cubre sus manos, sino que cuelga de su brazo izquierdo.

La escena de la “comunión” ampliada
  
III. La patena de Stuma
  

Esta patena data del mismo período que la patena de Riha y pertenece al mismo tesoro hallado en Caper Koraon (actualmente Kurin, Siria). A juzgar por el sello imperial visible, es probable que la patena se haya elaborado entre 577 y 578.
  

La recepción del Santo Cuerpo en el lado derecho de la patena :
  1. Tres apóstoles al fondo; debido a la composición, sus manos no son visibles.
  2. Un apóstol ante la Eucaristía, con la mano derecha levantada con la palma abierta y la izquierda oculta bajo el himatión.
  3. Un apóstol inclinado hacia la mano derecha de Cristo, con la boca en el dorso de la mano de Cristo, los codos a la altura de la cintura, las manos ligeramente levantadas y cubiertas por el himatión.
  4. Otro apóstol, inclinándose después de la Comunión, con las manos extendidas hacia adelante en acción de gracias, los dedos ligeramente separados, las palmas hacia arriba y abiertas, y su himatión colgando de su mano izquierda.
La recepción de la Santa Sangre en el lado izquierdo de la patena:
  1. Cuatro apóstoles al fondo; sus manos no son visibles debido a la composición.
  2. Un apóstol permanece de pie con las manos alzadas, veladas por un himatión, con la mirada fija en el cielo.
  3. Otro apóstol bebe del cáliz que Cristo le ofrece con ambas manos. Las manos del apóstol no son visibles, ya que están cubiertas por el himatión (el borde inferior del himatión se distingue claramente al colgar delante del mantel del altar).
Respecto a la representación en las patenas, los investigadores señalan que, contrariamente al orden litúrgico, el vino aparece a la izquierda y el pan a la derecha, aunque en el ochenta por ciento de los casos suele ser al revés. Cristo siempre da el pan con la mano derecha y sostiene el cáliz con ambas.

Características comunes de las escenas de comunión representadas.
  
Basándome en las imágenes presentadas, en mi opinión, a pesar de las diferencias en los detalles individuales visibles en ellas, se pueden identificar características comunes, a partir de las cuales se puede reconstruir un rito de comunión utilizando los siguientes principios interpretativos. Los principios son:

a. El mismo rito
Una característica común de los objetos presentados es que los investigadores generalmente los asocian con las regiones orientales de Siria: esto se aplica no solo a las dos patenas, sino también al Códice Rossano, que, según varios investigadores, pudo haber sido llevado a Italia para escapar de la ira de los iconoclastas. Y dado que sus fechas de origen también se sitúan en el mismo período, podemos suponer con razón que los elementos sacrificiales representados en ellos podrían ser representaciones del mismo rito sacrificial.

b. La representación simultánea de una secuencia de acciones que ocurren una tras otra
Otro punto importante concierne a la relación entre la realidad representada y el medio de representación: en estas imágenes, se narra una secuencia dinámica de eventos mediante elementos visuales estáticos. En consecuencia, estas composiciones son series de imágenes caricaturescas, tejidas a partir de varios fragmentos de escena determinados por las limitaciones de espacio y composición. Esto se puede observar en la procesión de los apóstoles que se acercan a la Eucaristía, en la que los preparativos previos a la Eucaristía, el momento de la Eucaristía en sí y las acciones que la preceden o la siguen en orden cronológico aparecen simultáneamente.

c. Carácter didáctico
El tercer aspecto se refiere a la función de las representaciones. Estas no eran originalmente meras decoraciones, narraciones o ilustraciones, sino representaciones de carácter didáctico. Esto es particularmente cierto si la teoría de los investigadores sobre el arquetipo de la representación es correcta y la Comunión de los Apóstoles apareció por primera vez en las pinturas murales de una iglesia. Por esta razón, estas representaciones no solo retratan un acontecimiento antiguo —para lo cual habría bastado con capturar el momento de la comunión—, sino que los fragmentos de la escena representada también transmiten una enseñanza. Al mismo tiempo, presentan una disposición cronológica de las partes del acontecimiento de acuerdo con la esencia de la enseñanza impartida, precisamente en el espíritu de la intención didáctica.

Reconstrucción de la práctica de la Comunión

Teniendo en cuenta las consideraciones anteriores, el rito específico de la comunión puede reconstruirse a partir de estas representaciones, a pesar de las variaciones visibles en los objetos individuales.

Para empezar, vale la pena prestar atención a los himationes.

En este sentido, podemos observar que en el Códice Rossano, en la parte de la escena más cercana al momento de la comunión, las manos del apóstol que comulga no están ocultas en el himatión; esto solo es visible cuando el apóstol se encuentra detrás del comulgante. En la patena de Riha, el himatión aparece en las manos únicamente al recibir la Santa Sangre, mientras que en la patena de Stuma, está presente al recibir ambas especies. Basándonos en el primer punto expuesto, estas diferencias no pueden atribuirse a un rito distinto; por lo tanto, debe existir otra razón para la variación en las representaciones.

Respecto al uso del himatión, más que un significado espiritual abstracto e inasible al sostenerlo horizontalmente como un paño, podemos suponer una razón más concreta, práctico-espiritual, derivada de la reverencia a la Sagrada Eucaristía: el esfuerzo por evitar que el Cuerpo y la Sangre caigan. Sin embargo, si esto es así, resulta incomprensible que, en el Códice Rossano, veamos las manos ocultas dentro del himatión solo cuando el apóstol se prepara para comulgar. ¿Por qué el Códice Rossano no muestra las manos cubiertas por el himatión cuando el apóstol está más cerca de Cristo? ¿Y por qué el himatión está ausente de la patena Riha durante la recepción del Cuerpo?

La razón de ello es que, debido al alcance limitado de la composición, solo se pudo incluir la escena que representa la enseñanza que se pretendía transmitir: el fotograma de la “caricatura” que contiene una enseñanza muy esencial.

Es probable que el uso del himatión en el momento de la comunión tuviera lugar en todos los casos tal como se representa en la patena de Stuma.

La secuencia reconstruida de la Eucaristía:
  1. Antes de que la persona que se prepara para la comunión llegue al celebrante, extiende su himatión sobre ambas manos. Dado que esto pudo haberse hecho por la razón mencionada anteriormente, no tendría sentido que lo hiciera si el himatión no estuviera ya en sus manos al momento de la comunión; por lo tanto, se puede suponer que siempre estuvo allí.
  2. En el momento de la comunión, el comulgante permanece inclinado, con las manos cubiertas por el himatión y extendidas bajo las manos del ministro, tanto al recibir el Cuerpo como la Sangre. Además, en el momento de la comunión, sus manos no tocan ni el cáliz ni el pan.
  3. El ministro coloca la Hostia en la boca del comulgante. Al hacerlo, no sostiene la patena en la mano, sino que toma la Hostia de la patena sobre el altar con la mano derecha, mientras sujeta la palma de la mano izquierda por debajo para que no caiga ni una sola miga. El himatión del comulgante, sostenido horizontalmente, actúa como un «manto protector» para evitar que las especies sagradas se caigan… (como se puede ver en el vídeo que aparece al final del texto).
  4. Inmediatamente después de la Comunión, las imágenes sugieren que el comulgante se inclina hacia la mano del ministro y besa el dorso de su mano derecha, pero solo al recibir el Cuerpo.
  5. Tras el beso de la mano, el comulgante se pone de pie (Códice Rossano, patena de Riha) o se inclina (patena de Stuma), alzando las palmas vacías hacia el cielo o extendiéndolas hacia adelante en señal de agradecimiento.
En lugar de la recepción del Santo Cuerpo, las tres representaciones muestran un beso en el dorso de la mano derecha de Cristo; pues si representaran la entrada del Cuerpo en la boca, el celebrante no se inclinaría hacia el dorso de la mano. Si, en efecto, se produjera un beso en la mano del ministro inmediatamente después de la Comunión, esto no habría sido posible durante la recepción de la Preciosa Sangre, ya que el ministro sostenía el cáliz con ambas manos y su contenido podría haberse derramado fácilmente si el comulgante se hubiera inclinado hacia la mano del ministro. Y dado que, debido a los marcos estrechos, solo se podía representar lo esencial en dicha composición pictórica, el momento de recibir el Cuerpo no es visible en ninguna de ellas.

La razón de esto bien podría encontrarse en el carácter didáctico de la escena de la iglesia, que puede considerarse el arquetipo para la representación de la Comunión de los Apóstoles: dado que existe una diferencia respecto a si se besa la mano durante la recepción de ambos elementos, era necesario enfatizar a la congregación, al representar la Comunión, que la enseñanza debía estar presente ante sus ojos: solo se puede besar la mano del ministro después de recibir el Cuerpo, pero no después de recibir la Preciosa Sangre. 

El testimonio de los registros escritos

Uno podría preguntarse, naturalmente: si la Comunión realmente se realizaba de la manera que describimos al final de nuestra primera parte, basándonos en el Códice Rossano, la patena de Riha y la patena de Stuma, ¿por qué no existe ninguna confirmación escrita de dicha práctica?
  
De hecho, es muy posible que exista tal confirmación. Ciertamente, carecemos de una fuente primaria directa e inequívoca que afirme explícitamente —junto con otros elementos del rito reconstruido— que «el sacerdote coloca el Santo Cuerpo sobre la lengua del creyente». En ningún lugar se describe este ritual con todo detalle; de ​​hecho, este mismo silencio justifica la reconstrucción que aquí se intenta.

A primera vista, los registros escritos disponibles parecen confirmar este rito solo indirectamente, ya que no excluyen, sino que permiten, la interpretación que he presentado. Sin embargo, tras un análisis más detenido, más allá de las traducciones populares que a menudo incorporan sus propias interpretaciones, encontramos confirmación de este rito en los lugares más inesperados.

En la siguiente sección, al enumerar los elementos del rito que perduran hasta nuestros días, demostraré que la mayoría de los componentes de este ritual reconstruido se han conservado en la liturgia copta. Dado que las tradiciones litúrgicas cristianas anteriores al Novus Ordo no surgieron de la nada, es probable que la tradición copta tampoco lo hiciera, sino que se caracterizara por una continuidad fiel a sus orígenes. Por consiguiente, es muy posible que algunos elementos de la práctica actual tengan raíces antiguas.

De ser así, los pocos testimonios textuales que quedan podrían validar la reconstrucción. Por lo tanto, como testimonios del rito reconstruido, cito un ejemplo alejandrino frecuentemente invocado de Eusebio y otro de San Cirilo de Jerusalén, junto con un texto siríaco mencionado a menudo como otro precedente antiguo de esta práctica.

En su Historia eclesiástica, Eusebio cita una carta del obispo Dionisio de Alejandría al papa (libro VII, capítulo 9) sobre un creyente que provenía de una secta herética. Al presenciar un verdadero bautismo por primera vez, el hombre se dio cuenta de que su propio bautismo no se parecía en nada al auténtico y comenzó a dudar de su validez. De esta carta, se cita a menudo el siguiente pasaje: «...y extendiendo sus manos para recibir el santo sustento, y recibiéndolo, y participando del Cuerpo y la Sangre de nuestro Señor» (“καὶ χεῖρας εἰς ὑποδοχὴν τῆς ἁγίας τροφῆς καὶ ταύτην καταδεξάμενον καὶ τοῦ σώματος καὶ τοῦ αἵματος τοῦ κυρίου ἡμῶν μετασχόντα”).
  

La interpretación popular sostiene que «manos extendidas para recibir» indica claramente la comunión en la mano. Sin embargo, en realidad, en casi todos los textos griegos citados como evidencia de esta práctica, la palabra utilizada para recibir la Comunión es la misma que se encuentra aquí, pero su significado no es el que muchos suponen. Entre los cristianos antiguos, el término griego hipodojé (ὑποδοχή) no significaba tomar algo en la palma de la mano. Originalmente, era un término bíblico para dar la bienvenida a un huésped (cf. Lucas 10, 38 ó 19, 6), y de ahí, se convirtió en un término técnico para la Comunión. Esta evolución es fácilmente comprensible para cualquiera que reconozca que en la Comunión, damos la bienvenida al Huésped más Precioso. Además, el texto describe estas manos como proteinanta (προτείναντα), que significa «extendidas hacia adelante». Así pues, el verdadero significado de la expresión completa utilizada para la Comunión es: manos extendidas hacia adelante para dar la bienvenida a la hostia. Esto se comprende correctamente solo si se observa a través del prisma del ritual práctico que muestran los objetos físicos analizados anteriormente.
   
El segundo texto procede de la homilía n.º 17 de Narsai de Edesa. Este texto también se presenta a menudo como prueba de comunión en la mano; de hecho, no se puede descartar que Alfonso Mingana, quien descubrió el texto y no era ajeno a las falsificaciones ocasionales, intentara asegurarse de que se leyera de esa manera. En la traducción de Dom Richard Hugh Connolly OSB, dice:
«Quien se acerca a recibir el Cuerpo extiende las manos, levantando la derecha y colocándola sobre la otra. El que lo recibe junta las manos en forma de cruz; y así recibe el Cuerpo de nuestro Señor sobre una cruz… Y el sacerdote que lo entrega le dice: “El Cuerpo de nuestro Señor”… Recibe en sus manos el adorable Cuerpo del Señor de todos; y lo abraza y lo besa con amor y afecto» (Homilías litúrgicas de Narsai en línea; véase pág. 108; en el original, pág. 28).
  

Pero en el texto siríaco “original” de Mingana, la expresión utilizada para recibir el sacrificio, como en Eusebio, tampoco significa recibirlo con las manos. Aquí también se puede detectar la expresión bíblica de hospitalidad/recepción, como en el griego. Esta expresión proviene de la raíz Qabel (ܩܳܒ݂ܶܠ), que en este texto significa la recepción interna/espiritual/fiel del sacrificio, como en la Biblia Peshitta, donde, por ejemplo, aparece en Jn. 1, 12: «los que lo recibieron» (ܕ݁ܩܰܒ݁ܠܽܘܗ݈ܝ/d-qabbelūhy). Y dado que a las manos se les da una preposición instrumental en el texto de Narsai, quizás lo que se quiere decir con esto no es el Cuerpo colocado en las manos, sino más bien esto: acercarse con las manos extendidas para recibir el Cuerpo.
  
Más allá de la interpretación espiritual, la parte de la expresión que se refiere a las manos permite dos lecturas gramaticales. La preposición b- (-ܒ݁, como en b-īdayhī/ܒ݁ܺܐܝܕ݂ܰܗ݈ܝ) puede ser locativa (“en”) o instrumental (“con/por medio de”). En este último caso, el texto de Narsai podría no implicar que el Cuerpo se coloque en las manos, sino más bien acercarse a la recepción del Cuerpo con las manos extendidas en un gesto de bienvenida. La expresión siríaca apoya claramente esta posibilidad precisamente por el significado primario mencionado del término para la comunión. Sin embargo, si se desea interpretar la preposición como locativa, se puede considerar como un “lugar” espiritual, similar a las manos del Padre en Lucas 23, 46, que presentan la misma preposición (ܒ݁ܺܐܝܕ݂ܰܝܟ݁/bīḏayk).

Si bien la lectura gramatical idealmente se determinaría por las partes subsiguientes del texto, la interpretación del pasaje completo depende en última instancia de lo que se considere una práctica concebible o plausible; por lo tanto, incluso la lectura gramatical se decide principalmente en función de presupuestos extratextuales. Por ejemplo, depende de si uno puede imaginar que el abrazo y el beso de la Eucaristía no fueran en sentido espiritual, sino una práctica física real. Dado que me resulta difícil imaginarlo, prefiero asumir que la preposición tiene un significado instrumental gramaticalmente, que implica una especie de instrumentalidad espiritual. Las manos extendidas son símbolos que representan y señalan la disposición para la recepción, que en la práctica solo servían para evitar que cayeran migas; por lo tanto, son principalmente instrumentos espirituales de una recepción claramente espiritual. Por consiguiente, en este texto, quizás el Cuerpo no se coloca en las manos, sino que el comulgante se acerca para recibirlo con las manos extendidas, inclinándose.
   
El último ejemplo es la Quinta Catequesis Mistagógica de San Cirilo de Jerusalén, considerada a menudo el “arma definitiva” para los defensores de la comunión en la mano. El pasaje en inglés dice:
«Por tanto, cuando os acerquéis, no extendáis las muñecas ni abráis los dedos; sino que, poniendo la mano izquierda como trono para la derecha, como para recibir al Rey, y ahuecando la palma, recibid el Cuerpo de Cristo, diciendo: “Amén”» [edición griega de Migne: “Προσιὼν οὖν, μὴ τεταμένoις ταῖς τῶν χειρῶν καρποῖς προσέρχου, μηδὲ διῃρημένοις τοῖς δακτύλοις· ἀλλὰ τὴν ἀριστερὰν θρόνον ποιήσας τῇ δεξιᾷ, ὡς μελλούσῃ Βασιλέα ὑποδέχεσθαι· καὶ κοίλανας τὴν παλάμην, δέχου τὸ σῶμα τοῦ Χριστοῦ, ἐπιλέγων τὸ, Ἀμήν”] (Patrología Græca vol. 33, cols. 1124-25, pdf págs. 562-3).
   

Aquí vemos de nuevo al autor usando el término técnico hypodechomai (ὑποδέχομαι) para el acto de recibir. Aún más interesante: si dejamos de lado momentáneamente la narración de la «comunión en la mano», descubrimos que la escena descrita es totalmente compatible con el rito reconstruido, sin que el Santo Cuerpo toque jamás la palma. Porque el texto no prohíbe acercarse con las manos extendidas; más bien, prohíbe acercarse con las muñecas separadas, con la palma derecha sin apoyarse en la izquierda, con la palma derecha sin mirar hacia arriba, o con los dedos extendidos y los brazos extendidos. El propósito de cerrar los dedos y ahuecar ligeramente las palmas es obvio: evitar que caigan fragmentos del Santo Cuerpo, una cuestión que el texto aborda explícitamente con su analogía del polvo de oro.

En esencia, el texto prohíbe el gesto de la mano previo a la comunión que las imágenes anteriores representan como la postura de acción de gracias. Si recordamos la intención didáctica mencionada anteriormente, el Apóstol en la patena de la estupa —de pie con los brazos extendidos y los dedos extendidos— muestra que la postura que San Cirilo prohibió antes de la comunión era, en realidad, la postura correcta después de la comunión, durante el momento de acción de gracias. Este punto era de tal importancia que requería la instrucción de los fieles; por lo tanto, su representación se buscó deliberadamente, incluso teniendo en cuenta las limitaciones inherentes a la composición pictórica.

También merece la pena examinar con más detenimiento el siguiente fragmento:
«Así pues, después de haber santificado cuidadosamente tus ojos con el toque del Santo Cuerpo, participa de él, teniendo cuidado de no perder ninguna porción; pues lo que pierdas, es evidentemente una pérdida para ti, como si fuera uno de tus propios miembros. Dime, pues, si alguien te diera granos de oro, ¿no los guardarías con sumo cuidado, estando alerta para no perder ninguno y sufrir ninguna pérdida? ¿No velarás entonces con mucho más cuidado para que ni una sola migaja caiga de ti de lo que es más precioso que el oro y las piedras preciosas?» (Μετ’ ἀσφαλείας οὖν ἁγιάσας τοὺς ὀφθαλμοὺς τῇ ἐπαφῇ τοῦ ἁγίου σώματος μεταλάμβανε, προσέχων μὴ παραπολέσῃς τι ἐκ τούτου: ὅπερ γὰρ ἐὰν ἀπολέσῃς, τοῦτο ὡς ἀπὸ οἰκείου ἐζημιώθης μέλους. Εἰπὲ γάρ μοι, εἴ τίς σοι ἔδωκε ψήγματα χρυσίου, οὐκ ἂν μετὰ πάσης ἀσφαλείας ἐκράτεις, φυλαττόμενος μή τι αὐτῶν παραπολέσῃς καὶ ζημίαν ὑποστῇς; Οὐ πολλῷ οὖν μᾶλλον ἀσφαλέστερον τοῦ χρυσίου καὶ λίθων τιμίων τιμιωτέρον διασκοπήσεις ὑπὲρ τοῦ μὴ ψῖχα ἐκπεσεῖν).
Quienes consideran la cita anterior como prueba irrefutable de la comunión en la mano generalmente no abordan qué se debía hacer exactamente después de recibir el Santísimo Cuerpo. Si este texto se interpretara literalmente, la Eucaristía habría tenido que tocarse con los ojos, del mismo modo que las gotas restantes de la Santa Sangre en los labios se habrían untado en los órganos sensoriales. Sin embargo, resulta sumamente contradictorio que el autor argumente en contra de dejar caer fragmentos eucarísticos usando la metáfora del polvo de oro, mientras que simultáneamente prescribe que se bese y se toque con los ojos, actos que obviamente aumentarían el riesgo de que cayeran migas.

Además, untar gotas de la Santa Sangre casi inevitablemente resultaría en goteo. Tal práctica es sumamente improbable porque —como suelen pasar por alto quienes defienden la comunión en la mano— quienes tienen un «miedo excesivo» a perder una sola partícula, comparándolo con la pérdida de sus propias extremidades, no suelen manipular el Santísimo Sacramento con las manos, y mucho menos tocarlo o untarlo en diversas partes de su cuerpo. Por lo tanto, una interpretación sobria sugiere que la cita se refiere a acciones en un sentido espiritual; así, los ojos se santifican al contemplar la Eucaristía, más que mediante el contacto físico.

Esto se ve respaldado además por el análisis gramatical, específicamente la presencia del dativo instrumental (datívus instruménti) en la frase τῇ ἐπαφῇ. Este término, que denota contacto o tacto, puede interpretarse aquí correctamente como una especie de datívus instruménti spirituális.

Así, este texto constituye un complemento esencial para el ritual reconstruido de la Comunión de los fieles. Con este detalle, se puede visualizar la acción inmediatamente anterior a la recepción del Santo Cuerpo: el comulgante, acercándose con las manos extendidas y cubiertas por el himation, elevaba la mirada hacia el Santo Cuerpo antes de recibirlo, diciendo «Amén», y luego lo recibía de la mano del sacerdote directamente en su boca.

Más allá de su significado espiritual, el acto de alzar la mirada pudo haber tenido una función práctica. La expresión «con cuidado» (Μετ’ ἀσφαλείας) enfatiza la atención con la que se elevan los ojos para contemplar el Santo Cuerpo. Esto sugiere una función práctica para el gesto: al alzar la mirada hacia la Hostia, el rostro y la boca del comulgante, que se acerca inclinándose con las manos extendidas y cubiertas, se colocan en la posición óptima para recibir la Comunión, asegurando así la seguridad de la metádosis (la entrega del Santo Cuerpo por parte del sacerdote). Este aspecto de seguridad es primordial, subrayado por la palabra griega para «gran cuidado», «ἀσφάλεια», un término técnico litúrgico constante en la tradición bizantina. Este mismo cuidado se prescribe tradicionalmente en las rúbricas bizantinas para los sacerdotes que administran la Eucaristía. Un ejemplo de esta coherencia se encuentra en el Gran Horologio (Horologion to Mega, p. 70), publicado en Venecia en 1856, donde la rúbrica para la comunión de los sacerdotes prescribe: «Y así toma lo que tiene en la mano con temor y gran cuidado» (Καὶ οὕτω μεταλαμβάνει τοῦ ἐν χερσὶ μετὰ φόβου, καὶ πάσης ἀσφαλείας).

En resumen, se puede afirmar con seguridad que los textos aquí presentados no excluyen la posibilidad de la reconstrucción del rito de la Comunión. Al contrario, si comprendemos el estado espiritual de los fieles —que se acercan inclinados, con las manos cubiertas y extendidas como humilde señal de disposición para recibir— descubrimos una postura idéntica al gesto tradicional de pedir una bendición, conservado en las tradiciones orientales hasta nuestros días, como veremos en la parte final de este ensayo.
  
Elementos que respaldan lo anterior y que perduran hasta nuestros días en diversas tradiciones litúrgicas.

1. La palma derecha sostenida en la mano izquierda
Naturalmente, en este punto no doy por sentado que la posición de la mano utilizada en la práctica eclesiástica actual de la comunión en la mano sea idéntica a la de la antigüedad, ya que la posición sacramental moderna de la mano —más precisamente, la recepción de la Eucaristía en la mano— difiere sustancialmente del sacrificio antiguo, a pesar de la similitud física de las posiciones de las manos.
  
La palma derecha, sostenida en la mano izquierda y orientada hacia arriba, es la postura tradicional de la mano que aún se encuentra en la tradición ortodoxa actual; sin embargo, naturalmente, esta postura no se utiliza durante la distribución de la comunión, sino durante las bendiciones: pues esta es la postura de la mano para solicitar una bendición, el gesto de la persona que la pide.

2. La patena sobre la mesa.
Entre las fuentes textuales, mencioné anteriormente la carta del obispo Dionisio de Alejandría, en la que se alude al rito sacrificial; creo que este rito puede reconstruirse en este trabajo a partir de la evidencia que proporcionan las imágenes. Para respaldar esto, cito como ejemplo la liturgia de los coptos, herederos modernos de la tradición litúrgica alejandrina, en la que se pueden identificar varios elementos que remiten a lo representado en los objetos materiales y que se remontan a la práctica descrita.
  
  
En el Códice de Rossano, en el momento posterior a la entrega del Santo Cuerpo, Cristo no sostiene la patena en su mano, sino que toma la partícula de la patena que reposa sobre el altar. Tal como lo hacen los coptos en el video anterior.
  
3. La palma de la mano izquierda del celebrante.
Cristo coloca el trozo que tomó con su mano derecha en la boca del apóstol, mientras que, como se ve en la escena del Códice Rossanensis, sostiene la palma de su mano izquierda protectoramente debajo. Después de la comunión, continúa sosteniendo la palma de su mano izquierda hacia arriba, con los dedos ligeramente flexionados, para que no se pierda ninguna miga. Tal como lo hacen los sacerdotes coptos: el video muestra la forma en que el sacerdote sostiene la palma de su mano izquierda. Esto recuerda mucho a Cristo, como se aprecia en la imagen ampliada del Códice Rossanensis que se muestra arriba.
  
4. El paño de comunión que alude al uso antiguo del himatión.
El pequeño paño que lleva el comulgante en el vídeo copto también parece evocar el himatión que se ve en las imágenes anteriores. Creo que los cambios en la vestimenta a lo largo de los últimos mil quinientos años podrían explicar la sustitución del himatión —es decir, la antigua prenda exterior— durante la Eucaristía: la necesidad de usar un paño, derivada de la reverencia a la Eucaristía, pudo haber sido más fuerte que la ausencia resultante de la desaparición del himatión debido a los cambios en la vestimenta. Sin embargo, el proceso natural de clasificar como sagrados los objetos asociados a la liturgia también pudo haber dado lugar a la aparición de un paño específicamente destinado a este propósito en el uso litúrgico.
  
En la liturgia bizantina también se utiliza un manto de comunión con una función similar, como se puede apreciar claramente en el último vídeo.
  
Entre los cristianos etíopes (Iglesia Ortodoxa Etíope Tewahedo), el himatión —que se ha convertido en un elemento puramente litúrgico— también se ha conservado bajo el nombre de netela (ነጠላ) tanto hombres como mujeres lo usan en la iglesia. Este breve video explica cómo se usa este chal y su significado espiritual:
  
  
5. El beso sagrado.
No he encontrado rastro alguno del beso de la mano del sacerdote después de la comunión en las diversas tradiciones litúrgicas, pero en la tradición ortodoxa existe otra forma de beso sagrado que sigue inmediatamente a la Comunión: después de recibir las especies sagradas, los fieles besan la base del cáliz. El beso sagrado que se da a la base del cáliz, que recuerda al himatión, junto con el uso de un paño idéntico a este en cuanto a su función litúrgica:
 
  
Aunque este beso difiere de la práctica descrita en este texto, en la que se besaba la mano derecha del sacerdote, esto puede explicarse por el cambio en la forma de comulgar bajo las dos especies en comparación con la práctica antigua. La distribución del Cuerpo, colocado en la Preciosa Sangre, mediante una cuchara —directamente en la boca del comulgante— eliminaba la posibilidad de besar la mano del sacerdote, ya que esto podría haber puesto en peligro el contenido del cáliz.
 
Pero la necesidad de expresar el significado espiritual que encierra el beso buscó y encontró su lugar.
  
Observaciones finales
  
La célebre cita de San Basilio (Carta 93) demuestra que la comunión en la lengua fue la forma normativa de recibir la Eucaristía en la Iglesia desde sus inicios. La práctica eclesiástica solo se apartó de esta norma en circunstancias extraordinarias, como durante épocas de persecución o escasez de sacerdotes, e incluso entonces, solo temporalmente (en la época en que se escribió la carta, alrededor del año 372 d. C., la práctica de que los fieles laicos llevaran la Eucaristía a casa solo era habitual en Alejandría). A pesar de ello, la narrativa de la “comunión en la mano” se impuso en la segunda mitad del siglo XX, inextricablemente ligada a la reforma litúrgica. Los artífices de esta última fueron fervientes defensores de esta narrativa (véase, por ejemplo, este artículo de Annibale Bugnini), lo que explica por qué hoy en día casi todos los manuales académicos y publicaciones de divulgación dan por sentado que la comunión en la lengua era desconocida hasta los siglos VIII ó IX. En consecuencia, toda fuente escrita se interpreta a través del prisma de esta narrativa. Sin embargo, esto distorsiona la comprensión precisa de la realidad histórica y, por extensión, dificulta el retorno a la práctica eclesiástica correcta.
   
Por lo tanto, es crucial que los investigadores reexaminen las fuentes antiguas que supuestamente prueban la exclusividad o primacía de la comunión en la mano. Deben emprender a fondo el trabajo que se ha descuidado durante sesenta años, investigando la práctica eclesiástica real y apoyándose en el análisis de otros restos históricos disponibles. Cualquiera que haya examinado en detalle las interpretaciones textuales y citas «justificantes» de Bugnini o del frecuentemente citado Dom Ambrois Verheul OSB (“La communion dans la main”, en: Les questions liturgiques et paroissiales 50 (1969), págs. 115-122) puede apreciar su carácter tendencioso; por lo tanto, se puede tener la certeza de que esta narrativa puede refutarse con éxito si se le dedica el tiempo necesario.
   
En las secciones anteriores, solo he abordado parcialmente los testimonios textuales; en cambio, he intentado reconstruir un probable rito antiguo de comunión basándome en las representaciones más antiguas que se conservan de escenas litúrgicas auténticas. Lejos de ser contradicha, esta reconstrucción se ve reforzada por las fuentes textuales más citadas del relato de la «comunión en la mano», mientras que elementos preservados en diversas tradiciones litúrgicas la respaldan en detalle. He realizado este trabajo con la esperanza de inspirar y aportar ideas a los investigadores, cuyos esfuerzos son esenciales para compilar una historia de las formas litúrgicas concretas de recibir la Sagrada Comunión de acuerdo con la realidad histórica.
  
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De este artículo se concluye que la “comunión en la mano” no solo era una práctica desconocida en el Oriente cristiano (y ni para qué decirlo en la Iglesia Latina) sino una reconstrucción fantasiosa de los proponentes de la “reforma litúrgica” que acabaron produciendo el Novus Ordo Missæ tanto en el Rito Romano como en los demás ritos occidentales y orientales.

Rvdo. P. JORGE RONDÓN SANTOS S. Ch. R.
1 de Agosto de 2026 (Año Santo de Cristo Rey).
Dedicación de la basílica de San Pedro ad víncula (“en cadenas”) en el Esquilino. Fiesta de los Santos Macabeos, Mártires; de San Exuperio, obispo de Bayeux; de San Veselsboldo, Obispo de Winchester; y de los beatos Domingo Nguyễn Văn Hạnh OP y Bernardo Võ Văn Duệ; Sacerdotes y Mártires de la Fe en Vietnam. Nacimiento del bienaventurado Carlos José Eugenio de Mazenod, obispo de Marsella y fundador de los Misioneros Oblatos de María Inmaculada. Tránsito de San Eugenio de Vercelli, Obispo; de Juan de Plano Carpini OFM, misionero en el Imperio mongol y arzobispo de Var (Montenegro); de Olavo Magno, último arzobispo católico de Upsala (Suecia); del beato Pedro Fabro SJ, Sacerdote y Confesor; de San Alfonso María de Ligorio, Obispo, Confesor, fundador de la Congregación del Santísimo Redentor y Doctor de la Iglesia; y del beato Pedro Julián Eymard, Sacerdote, Confesor y fundador de la Congregación del Santísimo Sacramento. Convocación del Concilio de Arlés (Francia) por Constantino el Grande; victoria de Ramiro II “El Grande” de León sobre Abderramán III en la batalla de Simancas; fundación de la Confederación Helvética; fundación de la Orden de caballería de San Miguel Arcángel por el rey Luis XI de Francia; promulgación del edicto de Granada expulsando a los judíos de España; visita de Cristóbal Colón a Venezuela; rendición de Famagusta y caída de Chipre bajo el dominio turco; victoria del Sacro Imperio Romano-germánico en la batalla de San Gotardo (Hungría); primera partición de Polonia entre Austria, Prusia y Rusia; creación del Virreinato del Río de la Plata; entrada en vigencia de la “Ley Calles” de proscripción del culto católico en México. Fundación de la Real y Militar Orden de Nuestra Señora de la Merced y Redención de Cautivos en Barcelona (España).