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ORGULLOSAMENTE HISPANOHABLANTES

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domingo, 10 de marzo de 2024

LA ESPIRITUALIDAD Y LA ESCRITURA DEBEN IR JUNTAS

«Más de una persona que quiere ser piadosa, se dedica a una piedad sentimental, y está convencida de que no será oída por Dios, sino recitando tal fórmula determinada, y esto delante de tal imagen determinada y no de otra, y en tal día y no en otro, y cree esto con tanta firmeza como si lo hubiese leído en el Evangelio, mientras ignora casi por completo las palabras de vida que allí nos dejó nuestro divino Salvador.
   
A tal persona no le falta lo que se llama devoción –es tal vez la más piadosa de la parroquia– pero sí, la recta espiritualidad. No sabe distinguir entre lo esencial y lo secundario, y así se trastorna en ella el orden de los valores, de modo que los de poco valor le parecen más importantes que los de primera categoría. Es porque esa alma se deja llevar, sin darse cuenta, de un espíritu seudo religioso, que es precisamente la mejor arma del diablo para corromper las almas piadosas.
      
Peor es el caso de los que tienen una religiosidad enfermi­za, como aquélla que San Pablo estigmatiza en II Tim. 4, 3-4, diciendo que habrá hombres, que “no soportarán más la santa doctrina, antes bien con prurito de oír se amonto­narán maestros con arreglo a sus concupiscencias. Aparta­rán de la verdad el oído y se volverán a las fábulas”. El Papa Benedicto XV cita este pasaje en la Encíclica “Humáni Géneris”, donde exhorta a los predicadores a no ambi­cionar el aplauso de los oyentes, y agrega: “A éstos les llama San Pablo halagadores de oídos. De ahí esos gestos nada reposados y descensos de la voz unas veces, y otras esos trágicos esfuerzos; de ahí esa terminología propia únicamente de los periódicos: de ahí esa multitud de sen­tencias sacadas de los escritos de los impíos, y no de la Sagrada Escritura, ni de los Santos Padres”.
   
Agradecemos al Sumo Pontífice la franqueza con que azota aquí las faltas que algunos hacen en la predicación, con lo cual da a entender que las aberraciones espirituales de los fieles tienen su paralelo en las desviaciones de los predi­cadores.
    
La religiosidad de esta clase de cristianos es un problema. “Tendrán, como dice San Pablo, ciertamente apariencia de piedad, mas niegan su fuerza” (II Tim. 3, 5), o sea, su es­píritu. A la gran masa le gusta tal deformación de la reli­gión, porque exige poco: solamente algunas “apariencias” piadosas, las más baratas posibles: en lo demás, libertad para vivir la vida, pues esos hombres son “amadores de los placeres más que de Dios” (II Tim. 3, 4). ¡Con qué cla­ridad San Pablo ha visto nuestro tiempo! Y le dio tam­bién el nombre que le corresponde: tiempo de apostasía, apostasía práctica, por supuesto, ya que las “apariencias” de piedad impiden la apostasía formal. La apostasía disfra­zada es para el Apóstol de los Gentiles “el misterio de la iniquidad”, del cual habla en II Tes. 2, 7 ss., para abrirnos los ojos sobre los espíritus que nos engañan bajo forma de piedad y aparatosa religiosidad, incluso aparicio­nes».
    
Mons. JUAN STRAUBINGER BAUMANNEspiritualidad Bíblica, sección 1.ª, cap. IV “Examinad los espíritus”, II.

domingo, 8 de octubre de 2023

UN DISCURSO SIEMPRE ACTUAL DE UN PAPA CATÓLICO SOBRE LA SITUACIÓN PALESTINA

Segundo día de la guerra entre Israel y el grupo Hamás de Palestina. Esta vez no vamos a entrar en resúmenes noticiosos, sino a traer una pieza histórica: una alocución consistorial del Papa Benedicto XV Della Chiesa sobre el entonces Mandato Británico de Palestina, recién arrebatado por Albión a los Turcos Otomanos tras la Gran Guerra Europea. Bastaría solo cambiarle la fecha y sería una descripción del estado actual:
   
DISCURSO DEL SANTO PADRE BENEDICTO XV A LOS CARDENALES REUNIDOS EN UN CONSISTORIO SECRETO, SOBRE EL DESTINO DEL CATOLICISMO EN PALESTINA

Palacio Vaticano
Lunes 13 de junio de 1921
    
Venerables Hermanos.
     
Por segunda vez este año os hemos reunido hoy a nuestro alrededor con dos motivos: completar vuestro ilustre Colegio y disponer solemnemente el nombramiento de nuevos pastores para las Iglesias que se han visto privadas de ellos. Pero antes de proceder con lo planeado, deseamos, según la antigua costumbre, informaros de algunas cuestiones importantes relativas al gobierno de la Iglesia Católica.
    
Seguramente recordaréis que en este mismo lugar el 10 de marzo de 1919 [1], Nos mostramos muy preocupados por el rumbo que tomaban los acontecimientos en Palestina después de la guerra; en una tierra tan querida por Nosotros y por todo corazón cristiano, porque fue consagrada por el mismo Divino Redentor en su vida mortal. Sólo que, lejos de disminuir, nuestra aprensión lamentablemente empeora cada día.
  
En efecto, si entonces lamentábamos el trabajo desastroso realizado allí por las sectas acatólicas que todavía se jactan del nombre de cristianos, ahora también debemos lamentarnos al ver que ellos, provistos como están de abundantes medios, continúan su trabajo cada vez más activos, aprovechando hábilmente la inmensa pobreza en la que cayeron aquellos habitantes tras la inmensa guerra. Por nuestra parte, aunque no hemos dejado de ayudar a las exhaustas poblaciones palestinas, dando nuevo impulso o vida a diversas instituciones caritativas (lo que continuaremos haciendo mientras tengamos fuerzas suficientes), no podemos, sin embargo, proporcionar un socorro adecuado a las necesidades, especialmente porque con los medios puestos a nuestra disposición por la Divina Providencia debemos responder también a los gritos de dolor que surgen de todas partes para pedir ayuda a la Sede Apostólica. En consecuencia, nos vemos obligados a presenciar con gran dolor la progresiva ruina espiritual de almas tan queridas por Nosotros y por cuya salvación trabajaron tantos hombres de celo apostólico, en primer lugar los hijos del seráfico Patriarca de Asís.
    
Además, cuando los cristianos, a través de las tropas aliadas, volvieron a tomar posesión de los Lugares Santos, Nos unimos de todo corazón al júbilo general del bien; pero que Nuestra alegría no estaba separada del temor, expresado en el discurso consistorio antes mencionado, de que, después de tan magnífico y feliz acontecimiento, los judíos se encontrarían en Palestina en una posición de preponderancia y privilegio. La realidad actual documenta que ese temor estaba justificado. De hecho, en Tierra Santa la condición de los cristianos no sólo no ha mejorado, sino que incluso ha empeorado a consecuencia de las nuevas leyes y reglamentos allí establecidos, cuyo objetivo –no digamos por voluntad de los legisladores, pero sí de hecho– es expulsar al cristianismo de las posiciones que ha ocupado hasta ahora, para sustituir con los judíos. Ni podemos además no deplorar el trabajo intenso que muchos hacen para quitarle el carácter sacro a los Santos Lugares, trasformándolos en sitios de placer con todos los atractivos de la mundanidad: lo que, si de suyo es notoriamente reprobable, más lo es donde a cada paso se hallan los más augustos memoriales de la Religión.
   
Pero como la condición de Palestina aún no ha sido regulada definitivamente, alzamos ahora Nuestra voz para que, cuando llegue el momento de darle una estructura estable, la Iglesia Católica y todos los cristianos puedan tener asegurados sus derechos inalienables. Ciertamente no queremos que se socaven los derechos del mundo judío; Sin embargo, nuestra intención es que no se superpongan en modo alguno con los derechos sacrosantos de los cristianos. Y para ello instamos calurosamente a todos los Gobiernos de las Naciones cristianas, incluidos los no católicos, a que vigilen e insistan en la Sociedad de Naciones, que, como dicen, deberá examinar la regulación del mandato inglés en Palestina.
   
Que, si volvemos la mirada de Tierra Santa a Europa, también aquí se presenta a Nuestros ojos una inmensa cantidad de dolores. Los últimos acontecimientos, como bien sabéis, Venerables Hermanos, han demostrado desgraciadamente que las disensiones y competencias entre los pueblos no han cesado aún, y que, aunque el fuego de la guerra casi se ha extinguido, el espíritu bélico aún persiste. Por ello, renovando una vez más Nuestro más sincero llamamiento a todos los Jefes de Gobierno de buena voluntad, pedimos que, con sus consejos y aliento, los pueblos dejen de lado sus aversiones mutuas por el bien común y se propongan discutir con espíritu de justicia y caridad, las controversias que aún quedan pendientes entre ellos. Y de esta manera finalmente se asegurará la paz tan esperada para la atribulada Europa.
  
Sin embargo, incluso en medio de tantas preocupaciones, el Señor Jesús quiso con benevolencia reservar para su Esposa, la Iglesia y su Vicario en la tierra algún motivo de consuelo y consuelo. Lo habéis visto: tan pronto como terminó el inmenso conflicto, casi todas las Naciones civilizadas que no mantenían relaciones diplomáticas con Nosotros se apresuraron, por su propia voluntad, a explicarnos su deseo de tenerlas, bien convencidos de que lo harían obtener de ello múltiples ventajas. Por lo tanto, nosotros, fieles a las tradiciones de esta Sede Apostólica y conformes a la doctrina católica que propugna la armonía de los dos poderes para el bien común del Estado y de la Iglesia, acogimos de buena gana estos deseos, sin comprometer por ello ninguno de los principios que son para nosotros inviolables. La propia Francia, que se había separado oficialmente del abrazo de la Madre durante dieciséis años, quería recuperar del Vicario de Jesucristo ese lugar que ya había ocupado durante siglos; y su regreso nos trajo a Nosotros y a todos los buenos tanta satisfacción como su partida había causado amargura. Así, lo que, dada la perversidad de los tiempos, antes parecía muy difícil de realizar, ahora es, gracias a la Divina Providencia, un hecho consumado; es decir, si una triste situación no obstaculiza la necesaria libertad e independencia del Romano Pontífice, casi todos los Estados civilizados del mundo podrán tener relaciones diplomáticas con esta Sede Apostólica; y elevamos fervientes deseos a Dios para que esta cooperación mutua sea de hecho, como debe ser por derecho, fuente de la saludable paz para la Iglesia y los Estados individualmente considerados.

NOTA
[1] Ver Alocución “Ántequam órdinem”, 10 de Marzo de 1919: «Pero lo que nos concierne de manera absolutamente particular es el destino de los Lugares Santos de Palestina, y esto a causa de esa especial dignidad e importancia por la que son tan venerados por todo cristiano. ¡Y quién podría jamás contar todos los esfuerzos realizados por Nuestros Predecesores para redimirlos del dominio de los infieles, los trabajos y la sangre derramada por los cristianos de Occidente a lo largo de los siglos! Y ahora que, en medio del gran júbilo de todo el bien, estos lugares finalmente han vuelto a manos de los cristianos, nuestra ansiedad es muy grande por lo que pronto decidirá sobre ellos el Congreso de la Paz en París: ya que sería ciertamente una grave dolor para Nosotros y para todos los fieles cristianos, si los infieles se encontraran en Palestina en una posición de privilegio y preponderancia; mucho más, entonces, si esos santísimos santuarios de la religión cristiana fueran confiados a no cristianos. Sabemos también que extranjeros acatólicos, abundantemente dotados de medios, aprovechándose de la gran miseria y ruina causada por la guerra en Palestina, están difundiendo allí sus errores. Es verdaderamente angustioso pensar que allí mismo, donde Nuestro Señor Jesucristo les compró la vida eterna al precio de su Sangre, tantas almas, perdiendo la fe católica, corren hacia la condenación. Desprovistos de todo, ese pueblo desdichado nos tiende los brazos en señal de súplica, pidiendo no sólo comida y vestido, sino también la reconstrucción de sus iglesias, la reapertura de las escuelas, y el restablecimiento de las sagradas Misiones. Para ello, por nuestra parte, hemos asignado ya una cierta suma, y estaríamos dispuestos a dar mucho más si las limitaciones que afronta la Sede Apostólica no nos lo impidieran».

viernes, 28 de abril de 2023

UN PAPA CATÓLICO ADVIERTE SOBRE EL GOBIERNO MUNDIAL


«La llegada de un Estado mundial es anhelada, y esperada confiadamente, por todos los peores y más desordenados elementos. Este Estado, basado en los principios de la igualdad absoluta de los hombres y una comunidad de posesiones, desterrará todas las lealtades nacionales, en el cual no se reconocerá la autoridad de un padre sobre sus hijos, del poder público sobre los ciudadanos, o de Dios sobre la sociedad humana. Si estas ideas son puestas en práctica, inevitablemente se seguirá un inaudito reino del terror, como el que ahora asola una parte no pequeña de Europa. Y precisamente para crear una condición similar también entre otros pueblos, vemos que la plebe se excita con la furia y la insolencia de unos pocos, y aquí y allá se producen revueltas repetidamente» (PAPA BENEDICTO XV, Motu próprio “Bonum sane et salutáre”, 25 de Julio de 1920).

viernes, 3 de febrero de 2023

ENCÍCLICA “Ad Beatíssimi Apostolórum Príncipis cáthedram”, APELANDO POR LA PAZ

Cuando el cardenal Giacomo della Chiesa Migliorati fue elegido bajo el nombre Benedicto XV para suceder a San Pío X el 3 de Septiembre de 1914, la Gran Guerra Europea tenía ya dos meses de haber empezado a sembrar muerte, pobreza y devastación en los países que tomaron parte en ella (además de significar el comienzo del fin para el reinado de las dinastías Habsburgo en Austria-Hungría, Hohenzoller en Alemania, Románov en Rusia, y Osmanlí en Turquía), abonando así el terreno para el avance, en los años de posguerra, de la ideología socialista en sus formas socialdemócrata o marxista.
  
En ese estado de cosas, Benedicto XV promulgó el 1 de Noviembre de 1914 la Encíclica “Ad Beatíssimi Apostolórum Príncipis cáthedram” (publicada en Acta Apostólicæ Sedis VI, págs. 565-582), señalando que el origen de los males del mundo (entre ellos la guerra y las revoluciones sociales) es la concupiscencia y el olvido de los principios cristianos por la sociedad, por lo que llama a los obispos para que afiancen la fe en las verdades sobrenaturales y la esperanza de los bienes eternos. También llama a la concordia y unión de los católicos en torno a la autoridad pontificia, rechazando toda tendencia modernista y afán de novedades.
   
Para estos objetivos, el Papa Della Chiesa pide a los clérigos que fomenten las asociaciones católicas y trabajen siempre en unión y obediencia a los obispos, recordando la exhortación que hizo San Pío X en su exhortación apostólica “Hærent ánimo”, del 4 de Agosto de 1908. Finalmente, llama a orar para que termine pronto la guerra y la ocupación italiana en el Vaticano y Castelgandolfo.
  
Vale destacar especialmente que la encíclica recuerda que la autoridad de los gobernantes seglares y eclesiásticos procede de Dios, y es deber de los súbditos reconocerla y obedecer sus mandatos siempre que estos no vayan contra los mandatos de Dios. De ahí que esta encíclica condena también la postura “Reconocer y Resistir” y el “repensar el Papado” que han surgido en años recientes.
   
ENCÍCLICA “Ad Beatíssimi Apostolórum Príncipis cáthedram”, DE NUESTRO SANTÍSIMO SEÑOR BENEDICTO, POR LA DIVINA PROVIDENCIA PAPA XV, APELANDO POR LA PAZ
  

A nuestros Venerables Hermanos los Patriarcas, Primados, Arzobispos, Obispos y demás Ordinarios en paz y comunión con la Sede Apostólica.
   
Benedicto XV, Papa. Venerables Hermanos, salud y bendición apostólica.

1. Universalidad de la Iglesia
Apenas elevado, por inescrutables designios de la Providencia divina, sin mérito alguno Nuestro, a ocupar la Cátedra del príncipe de los Apóstoles, Nos, considerando como dichas a nuestra persona aquellas mismas palabras que Nuestro Señor Jesucristo dijera a Pedro: «Apacienta mis ovejas, apacienta mis corderos» (Joann. XXI, 15-17), dirigimos enseguida una mirada llena de la más encendida caridad al rebaño que se ha confiado a Nuestro cuidado: rebaño verdaderamente innumerable, como que, por una o por otra razón, abraza a todos los hombres. Porque todos, sin excepción, fueron librados de la esclavitud del pecado por Jesucristo, que derramó su sangre por la redención de los mismos, sin que haya uno siquiera que sea excluido de los beneficios de esta redención; por lo cual el Pastor divino que tiene ya venturosamente recogida en el redil de su Iglesia a una parte del género humano, asegura que Él atraerá amorosamente a la otra: «Aun otras ovejas tengo que no son de este redil, y es preciso que yo las traiga, y oirán mi voz» (Joann. X, 16).
    
2. Voz de padre
Confesamos, Venerables Hermanos, el primer afecto que embargó Nuestro ánimo, excitado sin duda por la divina Bondad, fue de vehemente deseo y amor por la salvación de todos los hombres; y al aceptar el Pontificado, Nos formulamos aquel mismo voto que Jesucristo expresara a punto de morir en la cruz: «Padre santo, guárdalo en tu nombre, a los que tu me diste» (Joann. XVII, 11).
   
Ahora bien: apenas Nos fue dado contemplar, de una sola mirada, desde la altura de la dignidad Apostólica, el curso de los humanos acontecimientos, al ofrecerse a Nuestros ojos la triste situación de la sociedad civil, Nos experimentamos un acerbo dolor. Y ¿cómo podría nuestro corazón de Padre común de todos los hombres dejar de conmoverse profundamente ante el espectáculo que presenta la Europa, y con ella el mundo entero, espectáculo el más atroz y luctuoso que quizá ha registrado la historia de todos los tiempos? Parece que, en realidad, han llegado aquellos días de los que Jesucristo profetizó: «Oiréis hablar de guerra y de rumores de guerra... Se levantará nación contra nación» (Matth. XXIV, 6-7). El tristísimo fantasma de la guerra domina por doquier, y apenas hay otro asunto que ocupe los pensamientos de los hombres. Poderosas y opulentas son las naciones que pelean; por lo cual ¿qué extraño es que, bien provistas de los horrorosos medios que en nuestros tiempos el arte militar ha inventado, se esfuercen en destruirse mutuamente con refinada crueldad? No tienen, por eso, límite ni las ruinas, ni la mortandad; cada día la tierra se empapa con nueva sangre y se llena de muertos y heridos. ¿Quién diría que los que así se combaten tienen un mismo origen, participan de una misma naturaleza, y pertenecen a la misma sociedad humana? ¿Quién les reconocería como hermanos, hijos de un mismo Padre que está en los cielos? Y mientras que de una y ora parte formidables ejércitos pelean furiosamente, las naciones, las familias, los individuos sufren los dolores y miserias que, como triste cortejo, siguen a la guerra. Aumenta sin medida, de día en día, el número de viudas y de huérfanos; se paraliza, por la interrupción de las comunicaciones, el comercio; están abandonados los campos y suspendidas las artes; se encuentran en la estrechez los ricos, en la miseria los pobres, en el luto todos.
    
3. Que reine la paz
Nos, conmovido por tan extrema situación, en el principio de Nuestro Supremo Pontificado creímos deber nuestro recoger las últimas palabra de Nuestro Predecesor, Pontífice de Ilustre y santísima memoria, y repitiéndolas, comenzar nuestro apostólico ministerio; y conjuramos con toda vehemencia a los Príncipes y a los gobernantes, a fin de que, considerando cuanta sangre y cuantas lágrimas habían sido derramadas se apresuraren a devolver a los pueblos los soberanos beneficios de la paz.
   
Y ojalá que por la misericordia de Dios, suceda que, al empezar nuestro oficio de Vicario suyo, resuene cuanto antes el feliz anuncio que los Ángeles cantaron en el Nacimiento  del divino Redentor de los hombres: «Paz en la tierra a los hombres de buena voluntad» (Luc. II, 14). Que nos escuchen, rogamos, aquellos en cuyas manos están los destinos de los pueblos. Otros medios existen, ciertamente, y otros procedimientos para vindicar los propios derechos si hubiesen sido violados. Acudan a ellos, depuestas en tanto las armas, con leal y sincera voluntad. Es la caridad hacia ellos, y hacia todos los pueblos, no Nuestro propio interés, la que Nos mueve a hablar así. No permitan, pues, se pierda en el vacío esta Nuestra voz de amigo y de Padre.
    
4.  El mal viene de lejos
Pero no es solamente la sangrienta guerra actual la que trae a los pueblos en la miseria y a Nos angustiado y solícito. Otro mal funesto ha penetrado hasta las mismas entrañas de la sociedad humana y tiene atemorizados a todos los hombres de sano criterio, ya que por los daños que ha causado y causará en lo futuro a las naciones, ya porque, con toda razón, es considerado como causa de la presente luctuosísima guerra. En efecto, desde que se han dejado de aplicar en el gobierno de los Estados la norma y las prácticas de la sabiduría cristiana, que garantizaban la estabilidad y la tranquilidad del orden, comenzaron,  como no podía menos de suceder, a vacilar sus cimientos las naciones y a producirse tal cambio en las ideas y en las costumbres, que si Dios no lo remedia pronto, parece ya inminente la destrucción de la sociedad humana. He aquí los desórdenes que estamos presenciando: la ausencia de amor mutuo en la comunicación entre los hombres: el desprecio de la autoridad de los que gobiernan; la injusta lucha entre las diversas clases sociales; el ansia ardiente con que son apetecidos los bienes pasajeros y caducos, como si no existiesen otros, y ciertamente mucho más excelentes, propuestos al hombre para que los alcance. En estos cuatro puntos se contienen, según Nuestro parecer, otras tantas causas de las gravísimas perturbaciones que padece la sociedad humana. Todos, por lo tanto, debemos esforzarnos en que por completo desaparezcan, restableciendo los principios del cristianismo, si de veras se intenta poner paz y orden en los intereses comunes.
    
5. Amaos los unos a los otros
Pero, en primer lugar, Jesucristo, habiendo descendido de los cielos para restaurar entre los hombres el reino de la paz, destruido por la envidia de Satanás, no quiso apoyarlo sobre otro fundamento que el de la caridad. Por eso repitió tantas veces: «Un precepto nuevo os doy: que os améis los unos a los otros» (Joann. XIII, 34); «Este es mi precepto: que os améis los unos a los otros» (Joann. XV, 12); «Esto os mando: que os améis unos a otros» (Joann. XV, 17); como si no tuviese otra misión que la de hacer que los hombres se amasen mutuamente y para conseguirlo, ¿qué género de argumentos dejó de emplear? A todos nos manda levantar los ojos al cielo: «Uno solo es vuestro Padre, el que está en los cielos» (Matth. XXIII, 9). A todos, sin distinción de naciones, de lenguas ni de intereses, nos enseña la misma forma de orar: «Padre nuestro, que estás en los cielos» (Matth. VI, 9); es más, afirma que el Padre celestial, al repartir los beneficios naturales, no hace distinción de los méritos de cada uno: «Que hace salir el sol sobre malos y buenos y llueve sobre justos e injustos» (Matth. V, 45). 
   
También nos dice, unas veces, que somos hermanos, y otras nos llama hermanos suyos: «Todos vosotros sois hermanos» (Matth. XXIII, 8); «Para que [su Hijo] sea primogénito entre muchos hermanos» (Rom. VIII, 20). y lo que más fuerza tiene para estimularnos en sumo grado a este amor fraternal aun hacia aquellos a quienes nuestra nativa soberbia menosprecia quiere que se reconozca en el más pequeño de los hombres la dignidad de su misma persona: «Cuantas veces hicisteis eso a uno de estos mis hermanos menores, a mí me lo hicisteis» (Matth. XXV, 40). ¿Qué más? En los últimos momentos de su vida rogó encarecidamente al Padre que todos cuantos en Él habían de creer fuesen una sola cosa por el vínculo de la caridad: «Como tú, Padre, estás en mí y yo en ti» (Joann., XVII, 21). Finalmente, suspendido de la cruz, derramó su sangre sobre todos nosotros, para que, unidos estrechamente, como formando un solo cuerpo, nos amásemos mutuamente con un amor semejante al que existe entre los miembros de un mismo cuerpo. Pero muy de otra manera sucede en nuestros tiempos. Nunca quizá se habló tanto como en nuestros días de la fraternidad humana; más aún, sin acordarse de las enseñanzas del Evangelio y posponiendo la obra de Cristo y de su Iglesia, no reparan en ponderar este anhelo de fraternidad como uno de los más preciados frutos que la moderna civilización ha producido.
   
6. La fraternidad ha muerto
Pero, en realidad, nunca se han tratado los hombres menos fraternalmente que ahora. En extremo crueles son los odios engendrados por la diferencia de razas; más que por las fronteras, los pueblos están divididos por mutuos rencores: en el seno de una misma nación y dentro de los muros de una misma ciudad, las distintas clases sociales son blanco de la recíproca malevolencia; y las relaciones privadas se regulan por el egoísmo, convertido en ley suprema. Ya veis, Venerables Hermanos, cuán necesario es procurar con todo empeño que la caridad de Jesucristo torne a reinar entre los hombres. Este será siempre nuestro ideal, y ésta la labor propia de nuestro pontificado. Y os exhortamos a que éste sea también vuestro anhelo. No cesaremos de inculcar en los ánimos de los hombres y de poner en práctica aquello del apóstol San Juan: «Amémonos mutuamente» (1.ª Joann. III, 23). Excelentes son, es cierto, y sobremanera recomendables, los institutos benéficos que tanto abundan en nuestros días; mas téngase en cuenta que entonces resultan de verdadera utilidad cuando prácticamente contribuyen de algún modo a fomentar en las almas la verdadera caridad hacia Dios y hacia los prójimos; pero, si nada de esto consiguen, son inútiles, porque el que no ama permanece en la muerte (1.ª Joann. III, 14).
    
7. El desprecio de la autoridad de los gobernantes
Dejamos dicho que otra causa del general desorden consiste en que ya no es respetada la autoridad de los que gobiernan. Porque, desde el momento que se quiso atribuir el origen de toda humana potestad, no a Dios, Creador y dueño de todas las cosas, sino a la libre voluntad de los hombres, los vínculos de mutua obligación que deben existir entre los superiores y los súbditos se han aflojado hasta el punto de que casi han llegado a desaparecer. Pues el inmoderado deseo de libertad, unido a la contumacia, poco a poco lo ha invadido todo, y no ha respetado siquiera la sociedad doméstica, cuya potestad es más clara que la luz meridiana que arranca de la misma naturaleza; y, lo que todavía es más doloroso, ha llegado a penetrar hasta en el recinto mismo del Santuario. De aquí proviene el desprecio de las leyes; de aquí las agitaciones populares, de aquí la petulancia en censurar todo lo que es mandado, de aquí los monstruosos crímenes de aquellos que, confesando que carecen de toda ley, no respetan ni los bienes ni las vidas de los demás.
     
La autoridad viene de Dios
Ante semejante desenfreno en el pensar y en el obrar, que destruye la constitución de la sociedad humana, Nos, a quien ha sido divinamente confiado el magisterio de la verdad, no podemos en modo alguno callar, y recordamos a los pueblos aquella doctrina que no puede ser cambiada por el capricho de los hombres: «No hay autoridad sino por Dios, y las que hay, por Dios han sido ordenadas» (Rom. XIII, 1). Por tanto, toda autoridad existente entre los hombres, ya sea soberana o subalterna, es divina en su origen. Por esto San Pablo enseña que a los que están investidos de autoridad se les ha de obedecer, no de cualquier modo, sino religiosamente, por obligación de conciencia, a no ser que manden algo que sea contrario a las divinas leyes: «Es preciso someterse no sólo por temor del castigo, sino también por conciencia» (Rom. XIII, 5). Concuerdan con estas palabras de San Pablo aquellas otras del mismo Príncipe de los Apóstoles: «Por amor del Señor estad sujetos a toda autoridad humana: ya al emperador, como soberano; ya a los gobernantes, como delegados suyos...» (1.ª Pet. II, 13-14). De donde colige el Apóstol de las Gentes que quien resiste con contumacia al legítimo gobernante, a Dios resiste, y se hace reo de las eternas penas: «De suerte que quien resiste a la autoridad resiste a la disposición de Dios, y los que la resisten se atraen sobre sí la condenación» (Rom. XIII, 2).

8. La Religión de Cristo apoya la autoridad civil
Recuerden esto los príncipes y los que gobiernan a los pueblos, y consideren si es prudente y saludable consejo, tanto para el poder público como para los ciudadanos, apartarse de la santa religión de Jesucristo, que tanta fuerza y consistencia presta a la humana autoridad. Mediten una y otra vez si es medida de sabia política querer prescindir de la doctrina del Evangelio y de la Iglesia en el mantenimiento del orden social y en la pública instrucción de la juventud. Harto nos demuestra la experiencia que la autoridad de los hombres perece allí donde la religión es desterrada. Suele de hecho acontecer a las naciones lo que acaeció a nuestro primer padre al punto que hubo pecado. Así como en éste, apenas la voluntad se hubo apartado de la de Dios, las pasiones desenfrenadas rechazaron el imperio de la voluntad, así también, cuando los que gobiernan los Estados desprecian la autoridad de Dios, suelen los pueblos burlarse de la de ellos. Les queda, es verdad, la fuerza, y de ella acostumbran usar, para sofocar las rebeliones; pero ¿con qué provecho? Por la violencia se sujetan los cuerpos, mas no los espíritus.
    
9. Los pobres contra los ricos
Suelto, pues, o aflojado aquel doble vínculo de cohesión de todo cuerpo social, a saber, la unión de los miembros entre sí, por la mutua caridad, y de los miembros con la cabeza, por el acatamiento de la autoridad ¿quién se maravillará con razón, Venerables Hermanos, de que la actual sociedad humana aparezca dividida en dos grandes bandos que luchan entre sí despiadadamente y sin descanso?
   
Frente a los que la suerte, o la propia actividad ha dotado de bienes de fortuna, están los proletarios y obreros, ardiendo de odio, porque participando de la misma naturaleza de ellos, no gozan sin embargo, de la misma condición. Naturalmente una vez infatuados como están por las falacias de los agitadores, a cuyo influjo por entero suelen someterse, ¿quién será capaz de persuadirlos que no porque los hombres sean iguales en naturaleza, han de ocupar el mismo puesto en la vida social; sino que cada cual tendrá aquél que adquirió con su conducta, si las circunstancias no le son adversas? Así, pues, los pobres que luchan contra los ricos como si éstos hubieran usurpado ajenos bienes, obran no solamente contra la justicia y la caridad, sino también contra la razón; sobre todo, pudiendo ellos, si quieren, con una honrada perseverancia en el trabajo, mejorar su propia fortuna. Cuáles y cuántos perjuicios acarree esta lucha de clases, tanto a los individuos en particular como a la sociedad en general, no hay necesidad de declararlo; todos estamos viendo y deplorando las frecuentes huelgas, en las cuales suele quedar repentinamente paralizado el curso de la vida pública y social, hasta en los oficios de más imprescindible necesidad; e  igualmente, esas amenazadoras revueltas y tumultos, en los que con frecuencia se llega al empleo de las armas y al derramamiento de sangre.
    
10. Utopías socialistas
No Nos parece necesario repetir ahora los argumentos que prueban hasta la evidencia lo absurdo del socialismo y de otros semejantes errores. Ya lo hizo sapientísimamente León XIII Nuestro Predecesor, en memorables Encíclicas; y vosotros, Venerables Hermanos, cuidaréis con vuestra diligencia de que tan importantes enseñanzas no caigan en el olvido, sino que sean sabiamente ilustradas e inculcadas, según la necesidad lo requiera, en las asambleas y reuniones de los católicos, en la predicación sagrada y en las publicaciones católicas. Pero de un modo especial, y no dudamos repetirlo, procuraremos con toda suerte de argumentos suministrados por el Evangelio, por la misma naturaleza del hombre, y los intereses públicos y privados, exhortar a todos a que, ajustándose a la ley divina de la caridad, se amen unos a otros como hermanos. La eficacia de este fraterno amor no consiste en hacer que desaparezca la diversidad de condiciones y de clases, cosa tn imposible como el que en un cuerpo animado todos y cada uno de los miembros tengan el mismo ejercicio y dignidad, sino en que los que estén más altos se abajen, en cierto modo, hasta los inferiores y se porten con ellos, no sólo con toda justicia, como es su obligación, sino también benigna, afable, pacientemente; los humildes a su vez se alegren de la prosperidad y confíen en el apoyo de los poderosos, no, de otra suerte que el hijo menor de una familia se pone bajo la protección y el amparo del de mayor edad.
    
11. La raíz del mal, la concupiscencia
Sin embargo, Venerable Hermanos, los males que hasta ahora venimos deplorando tienen una raíz más profunda y si para extirparla no se aúnan los esfuerzos de los buenos, en vano esperaremos lograr aquello que todos ciertamente anhelamos, es a saber, la tranquilidad estable y duradera de la vida social. Cual sea esta raíz lo declara el Apóstol: «La raíz de todos los males es la concupiscencia» (1.ª Tim. VI, 10). Porque, si bien se considera, los males que ahora sufre la sociedad humana nacen de esta raíz. Pues cuando en escuelas perversas se moldea como cera la edad infantil, y con la malicia de ciertos escritos, diaria o periódicamente se forma la mente de la multitud inexperta, y con otros semejantes medios es dirigida la opinión pública; cuando, decimos, se ha introducido en los ánimos el funestisimo error de que el hombre no ha de esperar un estado de eterna felicidad, sino que aquí abajo puede ser dichoso con el goce de las riquezas, de los honores, de los placeres de esta vida, nadie se maravillará de que estos hombres, naturalmente inclinados a la felicidad, con la misma violencia con que se lanzan a la conquista de tales bienes, rechacen todo aquello que retarda o impide su consecución. Mas, porque estos bienes no están distribuidos por igual entre todos, y a la autoridad pública toca impedir que la libertad individual traspase los límites y se apodere de lo ajeno, de aquí nace el odio contra la autoridad, y la envidia de los desheredados de la fortuna contra los ricos, y las luchas y contiendas mutuas entre las diversas clases de ciudadanos esforzándose los unos por obtener, a toda costa, aquello de que carecen, y los otros por conservar, y aún aumentar lo que ya poseen.
     
12. Las bienaventuranzas de Cristo
Previendo Jesucristo, Señor Nuestro, semejante estado de cosas, explicó en aquel sublime sermón de la montaña cuáles eran las verdaderas bienaventuranzas del hombre sobre la tierra, y puso, por decirlo así, los fundamentos de la filosofía. Tales enseñanzas, aun a los hombres más adversos a la fe pareció que contenían una sabiduría singular y perfectísima doctrina así moral como religiosa; y ciertamente todos convienen en reconocer que nadie, antes de Cristo, que es la misma Verdad, había enseñado jamás cosa parecida en esta materia, ni con tanta gravedad y autoridad, ni con tan elevados y amorosos sentimientos.
   
La índole secreta e íntima de esta filosofía consiste en que los llamados bienes de esta vida tienen la apariencia de bien, pero no la eficacia; y por lo mismo, no son tales que su goce pueda hacer feliz al hombre. Pues, según la palabra de Dios, tan lejos está que las riquezas, la gloria, los placeres, hagan feliz al hombre, que si quiere serlo de veras debe por amor de Dios, privarse de los mismos: «Bienaventurados los pobres... bienaventurados cuando los hombres os aborrezcan, y excomulgándoos os maldigan y proscriban vuestro nombre como malo» (Luc. VI, 20-22). Es decir, que por medio de los dolores, adversidades y miserias de esta vida, si las soportamos con paciencia, como debemos, nosotros mismos nos abrimos paso hacia aquellos bienes verdaderos y eternos, «lo que Dios ha preparado para los que le aman» (1.ª Cor. II, 9). Sin embargo, muchos descuidan tan importantes enseñanzas de la fe, y muchos las han olvidado por completo.    
   
13. Manos a la obra por el premio eterno
Es necesario pues, Venerables Hermanos, renovar según ellas todos los corazones. No de otra suerte lograrán la paz los hombres, ni la sociedad humana. Exhortamos, por tanto, a los que padecen cualquier adversidad, a que no fijen sus miradas en la tierra, en la cual no somos más que peregrinos, sino que la levanten al cielo a donde nos encaminamos: «no tenemos aquí morada permanente, sino que anhelamos la futura» (Hebr. XIII, 13). Y en medio de las adversidades con las que Dios prueba la constancia en su divino servicio, consideren con frecuencia que premio les está reservado para cuando salgan vencedores de esta lucha. «Pues por la momentánea y ligera tribulación nos prepara un peso eterno de gloria incalculable» (2.ª Cor. IV, 17). Finalmente, el dedicarse con todo empeño y esfuerzo a que reconozca en los hombres la fe en las verdades sobrenaturales, y asimismo, el aprecio, el deseo y la esperanza de los bienes, eternos, debe ser vuestro principal empeño, Venerables Hermanos, así como también el del Clero y el de todos los nuestros, que, unidos en varias asociaciones, procuran promover la gloria de Dios y el verdadero bien común. Porque a medida que esta fe crezca entre los hombres, decrecerá en ellos el afán inmoderado de alcanzar los fingidos bienes de la tierra, y renaciendo a la caridad, gradualmente cesarán las luchas y contiendas sociales.
    
14. Algo se ha hecho ya en el campo religioso
Ahora bien, si, dejando aparte la sociedad civil, volvemos Nuestro pensamiento a considerar las cosas eclesiásticas, tenemos, sin duda, motivos para que Nuestro ánimo, herido por la general calamidad de estos tiempos, al menos en parte, reciba algún alivio; pues además de las pruebas, que se presentan clarísimas, de la divina virtud y firmeza de que goza la Iglesia, no pequeño consuelo Nos ofrecen los preclaros frutos que de su activo Pontificado nos dejó Nuestro predecesor Pío X, después de haber ilustrado a la Sede Apostólica con los ejemplos de una vida santa. Vemos, en efecto, por obra suya, inflamado por doquier el espíritu religioso entre los eclesiásticos; despertada la piedad del pueblo cristiano; promovidas en las asociaciones de los católicos la acción y la disciplina; fundadas en unas partes, y multiplicadas en otras, las sedes episcopales; ajustada la educación de la juventud levítica conforme a la exigencia de los cánones, y, en cuanto es necesario, a la condición de estos tiempos; alejados de la enseñanza de las ciencias sagradas los peligros de temerarias innovaciones; el arte musical, obligado a servir dignamente a la majestad de las funciones sagradas; y aumentando el decoro de la Liturgia y propagando extensamente el nombre cristiano con nuevas misiones de predicadores evangélicos.
   
Son estos realmente, grandes méritos de Nuestro Antecesor para con la Iglesia, de los cuales conservará grata memoria la posteridad. Sin embargo, como quiera que el campo del Padre de familias, por permisión divina, está siempre expuesto a la malicia del hombre enemigo, jamás sucederá que no deba trabajarse en él para que la abundante cizaña no sofoque la buena mies. Por lo tanto, teniendo como dicho también a Nosotros, lo que Dios dijo al Profeta: «Sobre pueblos y reinos hoy te doy poder de arrancar y arruinar... de edificar, levantar y plantar» (Jerem., I, 10), por Nuestra parte, tendremos sumo cuidado en alejar cualquier mal y promover el bien hasta que plazca al Príncipe de los Pastores pedirnos cuenta de nuestro ministerio.
   
Y ahora, Venerables Hermanos, al dirigirnos por medio de esta primera Encíclica, creemos conveniente indicar algunos puntos principales, a los cuales hemos resuelto dedicar Nuestro especial cuidado; así, procurando vosotros secundar con vuestro celo Nuestros designios, se obtendrán más pronto los frutos deseados.
    
15. Unión y concordia
Y ante todo, como quiera que en toda sociedad de hombres, sea cualquiera el motivo por el que se han asociado, lo primero que se requiere para el éxito de la acción común, es la unión y concordia de los ánimos, Nos procuraremos resueltamente que cesen las disensiones y discordias que hay entre los católicos y que no nazcan en otros en lo sucesivo; de tal manera, que entre los católicos no haya más que un solo sentir y un solo obrar. Saben bien los enemigos de Dios y de la Iglesia que cualquiera disensión de los nuestros en la lucha es para ellos una victoria; por lo que, cuando ven a los católicos más unidos, entonces emplean la antigua táctica de sembrar astutamente la semilla de la discordia, esforzándose por deshacer la unión. ¡Ojalá que semejante táctica no les hubiese proporcionado tan frecuentemente el éxito apetecido, con tanto daño de la Religión! Así, pues, cuando la potestad legítima mandare algo, a nadie sea lícito quebrantar el precepto por la sola razón de que no lo aprueba, sino que todos sometan su parecer a la autoridad de aquel al cual están sujetos, y le obedezcan por deber de conciencia. Igualmente ninguna persona privada se tenga por maestra en la Iglesia, ya cuando publique libros o periódicos, ya cuando pronuncie discursos en público. Saben todos a quien ha confiado Dios el magisterio de la Iglesia; a sólo éste, pues, se deje el derecho de hablar como le parezca y cuando quiera. Los demás tienen el deber de escucharlo y obedecerlo devotamente. Mas en aquellas cosas sobre las cuales, salvo la fe y la disciplina, no habiendo emitido su juicio la Sede Apostólica, se puede disputar por ambas partes, a todos es lícito manifestar y defender lo que opinan. Pero en estas disputas húyase de toda intemperancia de lenguaje que pueda causar grave ofensa a la caridad; cada uno defienda su opinión con libertad, pero con moderación, y no crea serle lícito acusar a los contrarios, sólo por esta causa, de fe sospechosa o de falta de disciplina.
    
Motes indebidos que deben evitarse
Queremos también que los católicos se abstengan de usar aquellos apelativos que recientemente se han introducido para distinguir unos católicos de otros, y que los eviten, no sólo como innovaciones profanas de palabras, que no están conformes con la verdad ni con la equidad, sino también porque de ahí se sigue grande perturbación y confusión entre los mismos. La fe católica es de tal índole y naturaleza, que nada se le puede añadir ni quitar: o se profesa por entero o se rechaza por entero: «Esta es la fe católica; y quien no la creyere firme y fielmente no podrá salvarse» [1]. No hay, pues, necesidad de añadir calificativos para significar la profesión católica; bástale a cada uno esta profesión: «Cristiano es mi nombre, católico, mi apellido»; procure tan sólo ser en efecto aquello que dice.
    
16. Exhortación a los que disminuyan la fe o se engrían. Modernismo
Por lo demás, a los nuestros que se han consagrado a la utilidad común de la causa católica, pide hoy la Iglesia otra cosa muy distinta que insistir por más tiempo en cuestiones de las cuales ninguna utilidad se sigue; pide que con todo esfuerzo procuren conservar la fe íntegra y libre de toda sombra de error, siguiendo especialmente la huellas de Aquel a quien Cristo ha constituido guardián e intérprete de la verdad. También hay, y no pocos, quienes como dice el Apóstol: «No sufrirán la sana doctrina y deseosos de novedades... apartarán los oídos de la verdad para volverlos a las fábulas» (2.ª Tim. IV, 3-4). En efecto, orgullosos y engreídos por la gran estima que tienen del entendimiento humano, el cual ciertamente, por permisión divina, ha hecho increíbles progresos en el estudio d la naturaleza, algunos, anteponiendo su propio juicio a la autoridad de la Iglesia, llevaron a tal punto su temeridad que no dudaron en medir con su inteligencia aun los mismos secretos misterios de Dios, y cuanto ha revelado al hombre, y de acomodarlos a la manera de pensar de estos tiempos. Así se engendraron los monstruosos errores del Modernismo, que Nuestro Antecesor llamó justamente síntesis de todas las herejías, y condenó solemnemente. Nos, Venerables Hermanos, renovamos aquí esta condenación en toda su extensión; y dado que tan pestífero contagio no ha sido aún enteramente atajado, sino que todavía se manifiesta acá y allá, aunque solapadamente. Nos exhortamos a que con sumo cuidado se guarde cada uno del peligro de contraerlo. Pues de esta peste bien puede afirmarse lo que Job había dicho de otra cosa: «Fuego que devora hasta la destrucción y que consume toda mi hacienda» (Job XXXI, 12). Y no solamente deseamos que los católicos se guarden de los errores de los modernistas, sino también de sus tendencias, o del espíritu modernista, como suele decirse: el que queda inficionado de este espíritu rechaza con desdén todo lo que sabe a antigüedad, y busca, con avidez la novedad en todas las  cosas divinas, en la celebración del culto sagrado, en las instituciones católicas, y hasta en el ejercicio privado de la piedad. Queremos, por tanto, que sea respetada aquella ley de Nuestros mayores: «Nihil innovétur nisi quod tradítum est» (Nada se innove sino lo que se ha trasmitido); la cual, si por una parte ha de ser observada inviolablemente en las cosas de fe, por otra, sin embargo, debe servir de norma para todo aquello que pueda sufrir mutación, si bien, aun en esto vale generalmente la regla: «Non nova, sed nóviter» (No cosas nuevas sino de un modo nuevo).   

17. Estímulo a las asociaciones católicas
Ya que, Venerables Hermanos, para profesar abiertamente la fe católica y para vivir de manera conveniente a la misma fe, los hombres suelen ser estimulados principalmente con fraternales exhortaciones y con mutuos ejemplos, por eso, Nos complace sobremanera que sean tomadas de continuo nuevas asociaciones católicas. Y no sólo deseamos que dichas asociaciones crezcan, sino que también queremos que florezcan  por Nuestra protección y por Nuestro favor, y florecerán, sin duda, con tal que se acomoden constante, y fielmente a las prescripciones que esta Sede Apostólica ha dado ya, o diere en adelante. Así, pues, todos aquellos que, tomando parte en estas asociaciones, trabajan por Dios y por la Iglesia, nunca olviden lo que dice la Sabiduría: «El hombre obediente conquistará victorias» (Prov. XXI, 28) porque si no obedecieren a Dios por el obsequio hacia la Cabeza de la Iglesia, tampoco merecerán el auxilio divino, y trabajarán en vano.
   
18. Una mirada al clero y las vocaciones
Mas, para que todas estas cosas sean llevadas a cabo, con el feliz resultado que apetecemos, sabéis muy bien, Venerables Hermanos, que es necesaria la cooperación asidua y prudente de aquellos a quienes Cristo Señor Nuestro envió como operarios a su mies, esto es, del clero. Por lo cual entenderéis que vuestro primer cuidado debe ser fomentar la santidad conveniente a su estado en el clero que ya tenéis, y formar dignamente para un oficio tan santo, con la más esmerada educación, a los alumnos del Santuario. Y aunque vuestra diligencia no tiene necesidad de estímulo, os exhortamos y os conjuramos a que queráis cumplir este deber con el mayor interés posible; porque se trata de cosa tan importante, que no hay otra de mayor interés para el bien de la Iglesia; pero, como quiera que ya Nuestro Antecesores de santa memoria León XIII y Pío X hayan tratado esto de propósito, Nos no tenemos nada que añadir. Solamente ansiamos que los documentos de tan sabios Pontífices, y principalmente la Exhortatio ad clerum de Pío X [2], con el auxilio de vuestras exhortaciones, no caigan jamás en olvido, sino que sean escrupulosamente observadas.
    
19. Sumisión a nuestros superiores
Una cosa hay sin embargo, que no debe pasarse en silencio: y es que queremos recordar a todos cuantos sacerdotes hay en el mundo, como hijos Nuestros muy amados, que es absolutamente necesario, ya para su propia santificación, ya para el fruto del ministerio sagrado, que esté cada uno estrechamente unido y enteramente adicto a su propio Obispo. Por cierto que, como arriba deploramos, no todos los ministros del Santuario están libres de insubordinación y de independencia, tan corriente en estos tiempos; ni sucede rara vez a los Pastores de la Iglesia, encontrar dolor y contradicción allí donde con derecho hubiesen esperado consuelo y ayuda. Ahora bien, los que tan desgraciadamente abandonan su deber, reflexionen una y otra vez que es divina la autoridad de aquellos a los cuales: «El Espíritu Santo ha constituido a los Obispos para que gobiernen la Iglesia de Dios» (Act. XX, 28). Y que, si, como hemos visto, resisten a Dios los que resisten a cualquier potestad legítima, mucho más irreverente es la conducta d aquellos que rehúsan obedecer a los Obispos, a los cuales ha consagrado Dios con el sello de su potestad: «Cum cháritas (así escribía el santo mártir Ignacio), non sinnat me tacére de vobis, proptérea antevérti vos admónere, ut unánimi sitis in senténtia Dei. Étenim Jesus Christus, inseparábilis a nostra vita, senténtia Patris est, ut et Epíscopi per tractus terræ constitúti, in senténtia Patris sunt. Unde decet vos Episcípi senténtiam concúrrere» [3]. Y como habló aquel mártir ilustre, así hablaron en todos los tiempos, los Padres y Doctores de la Iglesia. Añádase que ya es demasiado pesada la carga que llevan los Obispos, aun por la misma dificultad que ofrecen estos tiempos, y que es más grave todavía la ansiedad en que viven por la salud del rebaño que les ha sido confiado: «Obedeced a vuestros pastores y estadles sujetos que ellos velan sobre vuestras almas» (Hebr. XIII, 17). ¿No han de llamarse crueles los que, negando el obsequio debido, aumentan esta carga y esta ansiedad? Esto no es conveniente, diría a los tales el Apóstol (Ibid., 17) porque, «Ecclésia est plebs sacerdóti adunáta, et pastóri suo grex adhǽrens» [4]; de lo cual se sigue que no está con la Iglesia aquel que no está con el Obispo.
   
20. Que termine la guerra y la Cuestión romana
Y ahora, Venerables Hermanos, al terminar esta carta, Nuestro corazón vuelve al mismo punto por donde empezásemos a escribir; y pedimos de nuevo, con fervientes e insistentes votos, el fin de esta desastrosísima guerra, tanto para el bien de la sociedad, como el de la Iglesia; de la sociedad, para que, obtenida la paz, progrese verdaderamente en todo género de cultura: de la Iglesia de Jesucristo, para que, libre ya de ulteriores impedimentos, siga llevando a los hombres el consuelo y la salvación hasta los últimos confines de la tierra. Desde hace mucho tiempo la Iglesia no goza de aquella independencia que necesita, esto es, desde que su cabeza, el Pontífice Romano, empezó a carecer de aquel auxilio que por disposición de la divina Providencia, en el transcurso de los siglos, había obtenidos para defensa de su libertad. Quitado este auxilio, sobrevino, como no podía menos, una grave perturbación entre los católicos; porque cuantos se profesan hijos del Romano Pontífice, todos, así los que están cerca como los que están lejos, exigen con pleno derecho, que no pueda ponerse duda que el Padre común de todos, en el ejercicio del ministerio apostólico, sea verdaderamente, ya así mismo aparezca, libre de todo poder humano.
   
21. La libertad de la Iglesia
Por lo tanto, mientras hacemos fervientes votos para que renazca la paz entre todas las naciones, deseamos, también que cese para la Cabeza de la Iglesia esta situación anormal que daña gravemente, por más de una razón, a la misma tranquilidad de los pueblos. Contra tal estado de cosas, Nos renovamos las protestas que Nuestros Predecesores hicieron repetidas veces, movidos, no por intereses humanos, sino por la santidad del deber; y las renovamos por las mismas causas, para defender los derechos y la dignidad de la Sede Apostólica.
   
Oración por la paz
Finalmente, Venerables Hermanos, ya que están en la mano de Dios los corazones de los príncipes y de todos aquellos que pueden dar fin a las atrocidades y a los daños de que hemos hecho mención, levantemos a Dios nuestra voz suplicante, y clamemos: «Da pacem, Domine, in diébus nostris» (Da paz, Señor en nuestros días). Aquel que dijo de Sí: «Soy yo, Yahvé, yo doy la paz» (Isa. XLV, 6-7), aplacado por nuestros ruegos, quiera sosegar cuanto antes las olas tempestuosas que agitan a la sociedad civil y a la religiosa. Séanos propicia la bienaventurada Virgen que engendró a Aquel que es Príncipe de la paz y acoja bajo su maternal protección Nuestra humilde Persona, Nuestro ministerio Pontifical, la Iglesia, y con ésta las almas de todos los hombres, redimidos con la sangre de su Hijo.
    
Bendición final
Como prenda de los dones celestiales y en testimonio de Nuestra benevolencia, Venerables Hermanos, os damos de todo corazón la bendición apostólica a vosotros, a vuestro clero y a vuestro pueblo.

Dado en Roma, junto a San Pedro, en la fiesta de Todos los Santos, día 1 de Noviembre del año 1914, primero de Nuestro Pontificado. BENEDICTO PAPA XV.
     
NOTAS
[1] Símbolo de San Atanasio.
[2] Exhortación Apostólica “Hærent ánimo”, 4 de Agosto de 1908.
[3] Epístola a los Efesios, III: «Por cuanto la caridad no me permite callar tratándose de vosotros, me propuse exhortaros a que caminéis unánimes en la voluntad de Dios. Pues, también Cristo, inseparable de nuestra vida es la voluntad del Padre, como también los obispos que están constituidos hasta los confines de la tierra están en la voluntad de Dios. Por eso, os corresponde caminar según la voluntad del Obispo».
[4] San Cipriano de Cartago, Epístola 66 (ó 69), a Florencio Pupiano: «La Iglesia es el pueblo unido al sacerdote y la grey que ama a su pastor». 

domingo, 23 de octubre de 2022

ORACIÓN DE BENEDICTO XV POR LAS MISIONES CATÓLICAS

Oh Jesús, no se apaga el eco de la palabra con la que comparasteis la escasez de trabajadores con la inmensidad de una mies: messis quídem multa, operárii áutem páuci. Han pasado ya tres siglos desde que la Sede Apostólica se ha ocupado de la evangelización de los infieles de manera ordenada y constante. El celo de los misioneros enviados por la Sagrada Congregación de Propaganda Fide ha dado muchos frutos: la sangre derramada por aquel atleta generoso fue semilla de cristianos [San Fidel de Sigmaringa] que, hace tres siglos, marcó las primicias de los mártires de la misma Sagrada Congregación. Pero, sin embargo, ¡cuántos pueblos están todavía envueltos en las tinieblas de la ignorancia! ¡Cuántas personas todavía se sientan en las sombras de la muerte! ¡Ah! ¡Qué doloroso es comparar el número de creyentes con el mayor número de infieles! Tal comparación, al tiempo que nos hace apreciar mejor la luz admirable de la fe que nos guía en la peregrinación terrena, reaviva en nuestro corazón el recuerdo de aquellas otras palabras divinas: «Rogad, pues, al Dueño de la mies, que envíe obreros a su mies»: Rogáte ergo dóminum messis ut mittat operários in messem suam. Vos, oh Señor, sois el dueño de la mies, en la cual está representada la multitud de los hombres. Os rogamos, pues, que multipliquéis el número de misioneros, que acrecentéis su celo y que bendigáis sus esfuerzos, para que la buena semilla de la palabra divina dé frutos abundantes, que se recojan en los graneros celestiales. Escuchad, Señor, esta oración que nos sugiere el deseo de ver extendido vuestro santo reino. Y, como la bella aspiración sale del corazón más que del labio todos los días: advéniat regnum tuum; dadnos firmeza y constancia en la resolución que os presentamos, para contribuir de la mejor manera posible, y según la medida de nuestras fuerzas, a favorecer la obra de Propagación de la Fe.

Concedemos a todos los fieles, por cada vez que recen esta oración, la indulgencia de 300 días, y a los que la han dicho todos los días, la Plenaria una vez al mes en las condiciones habituales.
Vaticano, 17 de Noviembre de 1921.
BENEDICTO P. XV

sábado, 18 de enero de 2020

MOTU PRÓPRIO “Bonum sane et salutáre”, SOBRE EL 50º ANIVERSARIO DEL PATROCINIO DE SAN JOSÉ SOBRE LA IGLESIA CATÓLICA

   
Al celebrarse los 50 años de que Pío IX, mediante el decreto “Quemadmódum Deus” de la Sagrada Congregación de Ritos erigiera a San José como Patrono de la Iglesia Católica y elevara su fiesta del 19 de Marzo a Rito Doble de I Clase (aunque sin octava, por razón de la Cuaresma), Benedicto XV en su carta de Motu “Bonum sane et salutáre” [Acta Apostólicæ Sedis, vol. XII (1920), n. 8, págs. 313-317], insiste en la propagación de su culto y devoción, particularmente como Patrono contra el contagio del comunismo, el socialismo, el naturalismo y la relajación moral.
  
En este Año Santo Josefino, levantemos nosotros también el estandarte de San José y enlistémonos en el Ejercito de Jesucristo para  luchar por defender nuestra Fe y Moral Católica tradicional frente a los ataques que dirigen actualmente el Mundo y la Pseudo-iglesia.

MOTU PRÓPRIO “Bonum sane et salutáre” DEL SUMO PONTÍFICE BENEDICTO XV, SOBRE LAS SOLEMNIDADES DEL 50º ANIVERSARIO DE LA DECLARACIÓN DE SAN JOSÉ COMO PATRONO DE LA IGLESIA CATÓLICA

1. Motivo: 50º aniversario del Patronato de San José y aumento de su culto.
Bueno y saludable para el nombre cristiano fue que Nuestro predecesor de inmortal memoria, Pío IX, declarara Patrono de la Iglesia Católica a José, castísimo esposo de la Madre de Dios  y padre nutricio del Verbo Encarnado; y, por cuanto en el próximo mes de Diciembre harán 50 años que auspiciosamente se efectuara esa proclamación,  creímos de mucha utilidad el que en todo el orbe se celebrase la solemne conmemoración de este acontecimiento.
  
Al tender la mirada retrospectiva sobre ese lapso del pasado, salta a la vista la aparición de una no interrumpida serie de Institutos que indican que el culto al santísimo Patriarca está sensiblemente creciendo entre los fieles cristianos hasta nuestros días. Mas al contemplar de cerca las acerbas penalidades que afligen hoy al género humano parece que debemos fomentar mucho más intensamente en el pueblo este culto y propagarlo más extensamente.
    
2. Mayor motivo de recurrir a San José: el naturalismo.
En Nuestra Encíclica “Sobre la restauración cristiana de la Paz” [1] en que considerábamos principalmente, las relaciones tanto entre los pueblos como entre los individuos, señalábamos cuánto aún falta para lograr restablecer la tranquilidad general del orden después de esa grave contienda de la guerra pasada. Pero ahora debemos atender a otra causa de perturbación mucho más grave por cuanto se infiltró en las mismas venas y entrañas sociedad humana; pues, se comprende que en ese tiempo en que la calamidad de la guerra absorbía la atención de los hombres, el naturalismo, esa peste perniciosísima del siglo, los corrompiera totalmente y que, donde se desarrollaba bien, debilitaba el deseo de los bienes celestiales, ahogaba las llamas de la caridad divina, sustraía al hombre de la gracia de Cristo que sana y eleva y, despojándolo finalmente de la luz de la fe y abandonándolo a las solas fuerzas enfermas y corrompidas de la naturaleza, permitía las desenfrenadas concupiscencias del corazón. Por cuanto demasiados hombres acariciaban ansias dirigidas exclusivamente a las cosas caducas, y que entre los proletarios y ricos reinaban celos y odios muy enconados, la duración y magnitud de la guerra aumentó las mutuas enemistades de clases y las hacía más agudas, especialmente porque por un lado, para las masas causó una intolerable carestía de víveres y por el otro, proporcionó a un grupo muy reducido una súbita abundancia de bienes de fortuna.
    
3. Relajación moral.
Sumóse a eso que por la guerra en muchísimos hombres había sufrido no poco detrimento la santidad de la fidelidad conyugal y el respeto a la patria potestad, por cuanto la larga separación de los cónyuges relajó los lazos de sus mutuas obligaciones y la ausencia del que las había de custodiar empujó, especialmente a los jóvenes a la temeridad de lanzarse a una conducta más licenciosa.
   
Por lo tanto, hemos de deplorar mucho más que antes que las costumbres sean más libres y depravadas y que, por la misma razón, se agrave cada día más la que llaman causa social, de modo que debemos temer males de gravedad extrema.
    
4. El comunismo extiende sus amenazas.
Pues, en los deseos y la expectativa de cualquier desvergonzado se presenta como inminente la aparición de cierta República Universal que como en principios fijos se basa en la perfecta igualdad de los hombres y la común posesión de bienes, y en la cual no habría diferencia alguna de nacionalidades ni se acataría la autoridad de los padres sobre los hijos, ni la del poder público sobre los ciudadanos, ni la de Dios sobre los hombres unidos en sociedad.
    
Si esto se llevara a cabo no podría menos de haber una secuela de horrores espantosos; hoy día ya existe esto en una no exigua parte de Europa que los experimenta y siente. Ya vemos que se pretende producir esa misma situación en los demás pueblos; y que, por eso, ya existen aquí y allá grandes turbas revolucionarias porque las excitan el furor y la audacia de unos pocos.
    
5. San José, remedio contra estos males.
Nos ante todo, preocupados, naturalmente, por el curso de los acontecimientos, no omitimos, ocasionalmente, recordar sus deberes a los hijos de la Iglesia, como en las recientes cartas al Obispo de Bérgamo y a los obispos de la región véneta. Por la misma razón, para retener en su deber a todos los hombres que se ganan el sustento por sus fuerzas y su trabajo donde quiera vivan, y conservarlos inmunes del contagio del socialismo que es el enemigo más acérrimo de la sabiduría cristiana, ante todo les proponemos fervorosamente a San José para que lo elijan como guía particular de su vida y lo veneren como patrono.
    
Pues, él pasó, sus años llevando un género de vida similar al de ellos; y por esta misma razón, Cristo-Dios, siendo como era el Unigénito del eterno Padre, quiso ser llamado Hijo del Carpintero. Pero con ¡cuántas y cuán eximias virtudes adornó la humildad del lugar y de la fortuna, especialmente con aquéllas que correspondían a aquel que era esposo de MARÍA Inmaculada y que se tenía por el padre de Jesús, Nuestro Señor!
     
6. Elevar la mirada a las cosas imperecederas.
Por esto, aprendan todos en la escuela de San José a mirar todas las cosas que pasan bajo la luz de las cosas futuras que permanecen y, consolándose, por las incomodidades de la humana condición, con la esperanza de los bienes celestiales, a encaminarse hacia ellos, obedeciendo a la voluntad de Dios, conviene a saber: viviendo sobria, recta y piadosamente (Tito II, 12).

7. Cita de León XIII sobre el respeto al orden establecido por Dios.
Por lo que respecta propiamente a los obreros, plácenos citar lo que Nuestro predecesor de feliz recordación, LEÓN XIII dijo en una ocasión similar [2]: «Los obreros y cuantos se ganan el sustento con el salario de sus manos, pensando en estas cosas, deben levantar los ánimos y sentir rectamente; que, aunque estén en su derecho (cuando no se opone la justicia) de salir de la pobreza y de lograr una mejor situación, la razón y la justicia no permiten trastrocar el orden establecido por la providencia de Dios. Insensato, empero, sería el propósito recurrir a la fuerza y emprender algo semejante, mediante la sedición y el desorden, lo cual en la mayoría de los casos causaría males mayores que aquellos que se tratan de aliviar. No se fíen pues, los pobres, si quieren ser prudentes, de las promesas de los hombres sediciosos sino que confíen en el ejemplo y el patrocinio de San José, y así mismo en la maternal caridad de la Iglesia la cual en verdad se preocupa de ellos cada día más solícitamente».
     
8. Frutos de la devoción a San José para la vida del hogar y de la sociedad.
Si crece la devoción a San José, el ambiente se hace al mismo tiempo más propicio a un incremento de la devoción a la Sagrada Familia, cuya augusta cabeza fuera: una devoción brotará espontáneamente de la otra. Pues, JOSÉ nos lleva derecho a María, y por María llegamos a la fuente de toda santidad, a JESÚS, quien por su obediencia a José y María consagró las virtudes del hogar.
Deseamos que las familias cristianas se renueven a fondo y se hagan conformes a tantos ejemplos de virtudes como ellos practicaron. Por cuanto la comunidad del género humano se ha fundado sobre la familia se inyectará, bajo la universal influencia de la virtud de Cristo, cierto nuevo vigor y una como nueva sangre en todos los miembros de la sociedad humana, cuando la sociedad doméstica, comunidad, pues, más religiosamente de castidad, concordia y fidelidad, goce de una mayor firmeza; y de allí no sólo seguirá la enmienda de la costumbres de los particulares sino también la de la vida común y del orden civil.

9. Exhortación papal a una mayor devoción a San José.
Nos, pues, totalmente confiados en el patrocinio de aquel a cuya vigilancia y previsión quiso Dios encomendar a su Unigénito encarnado y a la Virgen y Madre de Dios, propiciamos que todos los Obispos del orbe católico exhorten a todos los fieles a implorar el auxilio de San José, tanto más insistentemente cuanto es más adverso el tiempo a la causa cristiana.
  
Dado que esta Sede Apostólica ha aprobado varios modos de venerar al Santo Patriarca, ante todo, cada miércoles del año y por un mes entero determinado, deseamos que, bajo la insistente admonición del Obispo, se practiquen todos ellos de ser posible, en todas las Diócesis, en especial, empero, incumbe a Nuestros Venerables Hermanos apoyar y fomentar con todo el peso de su autoridad e interés las asociaciones piadosas, como la de la Buena Muerte, la del Tránsito de San José y la de los Agonizantes, las cuales fueron fundadas para implorar a San José por los agonizantes, porque con razón se considera a aquel como eficacísimo protector de los moribundos a cuya muerte asistieron el mismo Jesús y María.

10. Plegaria e indulgencia.
Para perpetua memoria, empero, del Decreto Pontificio que arriba mencionamos, ordenamos y mandamos que dentro del año que comienza a correr el 8 de Diciembre próximo, se hagan en todo el orbe católico solemnes súplicas, en el tiempo y modo que parezca mejor a cada Obispo, en honor de San José, Esposo de la Santísima Virgen y Patrono de la Iglesia Católica.
  
Todos cuantos asistan a ellas podrán ganar para sí una indulgencia de sus pecados, bajo las acostumbradas condiciones.
  
Dado en Roma, junto a San Pedro, el día 25 de julio, en la fiesta de Santiago Apóstol, en el año 1920, sexto de Nuestro pontificado. BENEDICTO PP. XV.
  
NOTAS
[1] Se refiere a la Encíclica Pacem, Dei munus pulchérrimum.
[2] Encíclica Quámquam plúries, de agosto de 1889.

martes, 10 de julio de 2018

LA EXCLUSIÓN DE LA SANTA SEDE DE LA CONFERENCIA DE VERSALLES POR ORDEN MASÓNICA

Artículo publicado por Javier Navascués Pérez en INFOCATÓLICA. Las notas al pie de cada imagen son propias.
 
Sesión de firma del Tratado en el Salón de los Espejos del Palacio de Versalles (28 de Junio de 1919)
  
En noviembre de 1918 terminó la Primera Guerra Mundial con la victoria aliada (Estados Unidos, Reino Unido, Francia, Rusia hasta 1917, Italia, Serbia, Rumanía entre muchos otros aliados menores) y la derrota del bando que fue conocido como «los Imperios Centrales» (Alemania, Austria, Hungría, Bulgaria y Turquía). Finalmente, la mucha mayor potencia humana, económica e industrial del bando aliado, sobre todo a partir de la entrada en guerra de Estados Unidos, acabó imponiéndose.
  
Se anunció que las potencias vencedoras iban a convocar una gran Conferencia diplomática en París para enero de 1919 en la que se llevaría a cabo la reorganización definitiva de Europa. Los dirigentes aliados anunciaron nada menos que la Conferencia «terminará para siempre con la guerra como amenaza para la humanidad». En teoría, la base política de la Conferencia iba a ser los «Catorce puntos de Wilson», promulgados por el presidente norteamericano Woodrow Wilson en enero de 1918 que preveían el castigo al gobierno imperial alemán, pero en teoría buscaban una paz sin grandes anexiones de territorio y en la que el bando perdedor encabezado por Alemania no fuera aplastado por las exigencias Aliadas.
   
Wilson era un masón de alto grado y por eso el citado documento incluía algunos «puntos» de neto origen masónico como, entre otros, la «consagración» de la democracia liberal como único sistema político posible y admisible y la formación de una Sociedad de Naciones como embrión de un gobierno mundial (la formación de un gobierno mundial que excluya a la Religión, algo que en parte consiguieron más tarde con la ONU, es una vieja aspiración masónica, por eso a los masones se les llama también «mundialistas»).
   
De izquierda a derecha, los culpables del Tratado de Versalles: Vittorio Emanuele Orlando Barabbino (Italia), David Lloyd George (Reino Unido), Georges Benjamin Clemenceau Gautreau (Francia), y Thomas Woodrow Wilson (Estados Unidos). Todos cuatro, FRANCMASONES.
   
Wilson logró el establecimiento de la Sociedad de Naciones, pero, en cambio, no consiguió su propósito de que la Conferencia fuera un tratado entre iguales y no una paz draconiana contra los vencidos ya que no conocía las promesas secretas que Londres y París habían ido haciendo al resto de sus aliados a cambio de su ayuda y que implicaban grandes pérdidas territoriales a costa de los países derrotados. Por eso los alemanes hablaron luego del «diktat» de Versalles, porque sus delegados allí no fueron invitados a negociar nada, sino simplemente a aceptar las condiciones impuestas por los Aliados.
 
Benedicto XV, el Papa de la Paz
Resultó trágico también y es un hecho poco conocido -lo cual es significativo- que la Santa Sede fuese deliberadamente excluida de la Conferencia de Versalles por los gobiernos Aliados, muy influidos por la masonería. El Papa era entonces Giacomo Della Chiesa, Benedicto XV, pidió participar en la Conferencia de Paz. Parece de sentido común que el Papa, que era la cabeza espiritual de la religión más extendida del mundo e incluía a millones de creyentes, también en los países vencedores, estuviera presente en una conferencia diplomática tan importante pero el sectarismo de las potencias aliadas lo impidió.
 
Y es que todo el mundo se daba cuenta de que la presencia del Papa habría ejercido un efecto moderador muy importante y hubiera impulsado un trato mucho más ecuánime hacia los países vencidos. Y eso es precisamente lo que trataban de evitar los gobiernos Aliados. Además, su presencia allí hubiera transmitido al mundo que los principales gobiernos occidentales reconocían la guía de la influencia espiritual del Papa como inspiradora moral de sus políticas. Y desde luego eso es algo que la masonería no estaba dispuesta a permitir.
  
Benedicto XV había sido elegido en el cónclave de agosto de 1914, tras la muerte del gran Papa San Pío X. Fue un cónclave celebrado bajo la terrible sombra de la Primera Guerra Mundial, que acababa de estallar y que amargó los últimos días de S Pío X. Probablemente la experiencia política y diplomática de Della Chiesa facilitó su elección.
  
Benedicto XV (Giacomo della Chiesa). San Malaquías de Armagh en su Profecía de los Papas le llamó «Relígio depopuláta» (la Religión devastada), tanto por la Gran Guerra que ocurrió durante su pontificado, como por las persecuciones religiosas que le tocó presenciar.
 
Entre otros destinos había sido secretario de la Nunciatura en España en la década de 1880, donde en Madrid se le había conocido como «el cura de las 2 pesetas» porque diariamente repartía esta cantidad, entonces importante (con la que se podía comer durante varios días), entre las familias más pobres del conocido como barrio de los Austrias de la capital española. Era doctor en Derecho y teólogo. Desde su elección su gran objetivo, que por desgracia no pudo lograr, fue mediar entre ambos bandos conseguir para conseguir que la Guerra terminara.
 
Guardó una exquisita neutralidad porque sabía que había muchos católicos en ambos bandos. Intentó que Alemania evacuara Bélgica y apoyó los intentos del emperador Carlos de Austria Hungría por negociar con Francia y lograr una paz equilibrada entre los países contendientes que a mediados de 1917 estuvieron a punto de fructificar pero que el masón primer ministro francés Ribot impidió casi en el último momento (lo que autores franceses han llamado «El sabotaje de la paz» y que sería motivo para otro artículo).
  
Por desgracia la guerra siguió un año más y aún morirían muchos cientos de miles de personas en ese año y medio. Sintió un gran disgusto cuando Italia se unió a la Guerra en el bando aliado en 1915, aunque tampoco lo condenó por prudencia política porque sabía que muchos católicos italianos apoyaban la guerra contra Austria en aquel momento por un mal entendido nacionalismo. Aunque con pena, permitió que todos los católicos de los países beligerantes cumplieran sus deberes militares con sus patrias respectivas.
 
Nombró Nuncio en Múnich al cardenal Pacelli futuro Pío XII. Cuando vio que los gobiernos beligerantes por su orgullo y egoísmo, con excepción de Austria (en favor de la cual intentó mediar en vano en las últimas semanas de la Guerra), no deseaban su mediación política, se volcó en la ayuda humanitaria en favor de los prisioneros, los heridos, las víctimas de la guerra y los desplazados, (en colaboración a veces con el rey de España Alfonso XIII). Pero el Papa y la Iglesia ganaron un gran prestigio universal en aquellos años porque todo el mundo fue testigo de sus nobles esfuerzos por la paz. El número de países que enviaron representaciones diplomáticas ante el Papa se dobló. La masonería internacional tampoco pudo olvidar más tarde, que en 1917 el Papa había aprobado el Código de Derecho Canónico que refundía la legislación de la Iglesia y en el que se condenaba de nuevo a la Masonería.
  
Finalmente, el Tratado de Versalles impondría durísimas indemnizaciones económicas a Alemania, además de grandes pérdidas territoriales y coloniales. Austria y Hungría fueron totalmente desmembradas. Naturalmente tanto sectarismo abonó un enorme resentimiento en Alemania que ayudaría mucho al posterior ascenso de Hitler al poder y en 1939 estallaría una guerra mucho peor aún. Y ello a pesar de que hubo personajes inteligentes en el propio bando Aliado que se daban cuenta del desastre posterior que traería aquel Tratado. El joven historiador británico Arnold Toynbee advirtió de lo peligroso que sería para el futuro humillar tanto a Alemania. Incluso el general Foch, comandante supremo del ejército francés, dijo con clarividencia: «Esto no es una paz, sino una tregua de 20 años hasta la próxima guerra». Fueron desoídos. Se impuso la «paz» de los gabinetes masónicos.
  
Protestas en Berlín contra el «diktat» de Versalles. Las odiosas condiciones impuestas por los Aliados a la Alemania derrotada facilitaron el ascenso de Adolf Hitler (quien se opuso al Tratado) al poder.
   
Todas esas terribles consecuencias se podrían haber evitado y la historia del siglo XX habría sido muy distinta si se hubiera buscado una paz mucho más justa, tal como quería Benedicto XV. La Santísima Virgen ya lo había advertido en Fátima cuando dijo que si la humanidad no se arrepentía de sus pecados dentro de 20 años llegaría una Guerra mucho peor aún que la Primera Guerra Mundial.