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sábado, 18 de enero de 2020

MOTU PRÓPRIO “Bonum sane et salutáre”, SOBRE EL 50º ANIVERSARIO DEL PATROCINIO DE SAN JOSÉ SOBRE LA IGLESIA CATÓLICA

   
Al celebrarse los 50 años de que Pío IX, mediante el decreto “Quemadmódum Deus” de la Sagrada Congregación de Ritos erigiera a San José como Patrono de la Iglesia Católica y elevara su fiesta del 19 de Marzo a Rito Doble de I Clase (aunque sin octava, por razón de la Cuaresma), Benedicto XV en su carta de Motu “Bonum sane et salutáre” [Acta Apostólicæ Sedis, vol. XII (1920), n. 8, págs. 313-317], insiste en la propagación de su culto y devoción, particularmente como Patrono contra el contagio del comunismo, el socialismo, el naturalismo y la relajación moral.
  
En este Año Santo Josefino, levantemos nosotros también el estandarte de San José y enlistémonos en el Ejercito de Jesucristo para  luchar por defender nuestra Fe y Moral Católica tradicional frente a los ataques que dirigen actualmente el Mundo y la Pseudo-iglesia.

MOTU PRÓPRIO “Bonum sane et salutáre” DEL SUMO PONTÍFICE BENEDICTO XV, SOBRE LAS SOLEMNIDADES DEL 50º ANIVERSARIO DE LA DECLARACIÓN DE SAN JOSÉ COMO PATRONO DE LA IGLESIA CATÓLICA

1. Motivo: 50º aniversario del Patronato de San José y aumento de su culto.
Bueno y saludable para el nombre cristiano fue que Nuestro predecesor de inmortal memoria, Pío IX, declarara Patrono de la Iglesia Católica a José, castísimo esposo de la Madre de Dios  y padre nutricio del Verbo Encarnado; y, por cuanto en el próximo mes de Diciembre harán 50 años que auspiciosamente se efectuara esa proclamación,  creímos de mucha utilidad el que en todo el orbe se celebrase la solemne conmemoración de este acontecimiento.
  
Al tender la mirada retrospectiva sobre ese lapso del pasado, salta a la vista la aparición de una no interrumpida serie de Institutos que indican que el culto al santísimo Patriarca está sensiblemente creciendo entre los fieles cristianos hasta nuestros días. Mas al contemplar de cerca las acerbas penalidades que afligen hoy al género humano parece que debemos fomentar mucho más intensamente en el pueblo este culto y propagarlo más extensamente.
    
2. Mayor motivo de recurrir a San José: el naturalismo.
En Nuestra Encíclica “Sobre la restauración cristiana de la Paz” [1] en que considerábamos principalmente, las relaciones tanto entre los pueblos como entre los individuos, señalábamos cuánto aún falta para lograr restablecer la tranquilidad general del orden después de esa grave contienda de la guerra pasada. Pero ahora debemos atender a otra causa de perturbación mucho más grave por cuanto se infiltró en las mismas venas y entrañas sociedad humana; pues, se comprende que en ese tiempo en que la calamidad de la guerra absorbía la atención de los hombres, el naturalismo, esa peste perniciosísima del siglo, los corrompiera totalmente y que, donde se desarrollaba bien, debilitaba el deseo de los bienes celestiales, ahogaba las llamas de la caridad divina, sustraía al hombre de la gracia de Cristo que sana y eleva y, despojándolo finalmente de la luz de la fe y abandonándolo a las solas fuerzas enfermas y corrompidas de la naturaleza, permitía las desenfrenadas concupiscencias del corazón. Por cuanto demasiados hombres acariciaban ansias dirigidas exclusivamente a las cosas caducas, y que entre los proletarios y ricos reinaban celos y odios muy enconados, la duración y magnitud de la guerra aumentó las mutuas enemistades de clases y las hacía más agudas, especialmente porque por un lado, para las masas causó una intolerable carestía de víveres y por el otro, proporcionó a un grupo muy reducido una súbita abundancia de bienes de fortuna.
    
3. Relajación moral.
Sumóse a eso que por la guerra en muchísimos hombres había sufrido no poco detrimento la santidad de la fidelidad conyugal y el respeto a la patria potestad, por cuanto la larga separación de los cónyuges relajó los lazos de sus mutuas obligaciones y la ausencia del que las había de custodiar empujó, especialmente a los jóvenes a la temeridad de lanzarse a una conducta más licenciosa.
   
Por lo tanto, hemos de deplorar mucho más que antes que las costumbres sean más libres y depravadas y que, por la misma razón, se agrave cada día más la que llaman causa social, de modo que debemos temer males de gravedad extrema.
    
4. El comunismo extiende sus amenazas.
Pues, en los deseos y la expectativa de cualquier desvergonzado se presenta como inminente la aparición de cierta República Universal que como en principios fijos se basa en la perfecta igualdad de los hombres y la común posesión de bienes, y en la cual no habría diferencia alguna de nacionalidades ni se acataría la autoridad de los padres sobre los hijos, ni la del poder público sobre los ciudadanos, ni la de Dios sobre los hombres unidos en sociedad.
    
Si esto se llevara a cabo no podría menos de haber una secuela de horrores espantosos; hoy día ya existe esto en una no exigua parte de Europa que los experimenta y siente. Ya vemos que se pretende producir esa misma situación en los demás pueblos; y que, por eso, ya existen aquí y allá grandes turbas revolucionarias porque las excitan el furor y la audacia de unos pocos.
    
5. San José, remedio contra estos males.
Nos ante todo, preocupados, naturalmente, por el curso de los acontecimientos, no omitimos, ocasionalmente, recordar sus deberes a los hijos de la Iglesia, como en las recientes cartas al Obispo de Bérgamo y a los obispos de la región véneta. Por la misma razón, para retener en su deber a todos los hombres que se ganan el sustento por sus fuerzas y su trabajo donde quiera vivan, y conservarlos inmunes del contagio del socialismo que es el enemigo más acérrimo de la sabiduría cristiana, ante todo les proponemos fervorosamente a San José para que lo elijan como guía particular de su vida y lo veneren como patrono.
    
Pues, él pasó, sus años llevando un género de vida similar al de ellos; y por esta misma razón, Cristo-Dios, siendo como era el Unigénito del eterno Padre, quiso ser llamado Hijo del Carpintero. Pero con ¡cuántas y cuán eximias virtudes adornó la humildad del lugar y de la fortuna, especialmente con aquéllas que correspondían a aquel que era esposo de MARÍA Inmaculada y que se tenía por el padre de Jesús, Nuestro Señor!
     
6. Elevar la mirada a las cosas imperecederas.
Por esto, aprendan todos en la escuela de San José a mirar todas las cosas que pasan bajo la luz de las cosas futuras que permanecen y, consolándose, por las incomodidades de la humana condición, con la esperanza de los bienes celestiales, a encaminarse hacia ellos, obedeciendo a la voluntad de Dios, conviene a saber: viviendo sobria, recta y piadosamente (Tito II, 12).

7. Cita de León XIII sobre el respeto al orden establecido por Dios.
Por lo que respecta propiamente a los obreros, plácenos citar lo que Nuestro predecesor de feliz recordación, LEÓN XIII dijo en una ocasión similar [2]: «Los obreros y cuantos se ganan el sustento con el salario de sus manos, pensando en estas cosas, deben levantar los ánimos y sentir rectamente; que, aunque estén en su derecho (cuando no se opone la justicia) de salir de la pobreza y de lograr una mejor situación, la razón y la justicia no permiten trastrocar el orden establecido por la providencia de Dios. Insensato, empero, sería el propósito recurrir a la fuerza y emprender algo semejante, mediante la sedición y el desorden, lo cual en la mayoría de los casos causaría males mayores que aquellos que se tratan de aliviar. No se fíen pues, los pobres, si quieren ser prudentes, de las promesas de los hombres sediciosos sino que confíen en el ejemplo y el patrocinio de San José, y así mismo en la maternal caridad de la Iglesia la cual en verdad se preocupa de ellos cada día más solícitamente».
     
8. Frutos de la devoción a San José para la vida del hogar y de la sociedad.
Si crece la devoción a San José, el ambiente se hace al mismo tiempo más propicio a un incremento de la devoción a la Sagrada Familia, cuya augusta cabeza fuera: una devoción brotará espontáneamente de la otra. Pues, JOSÉ nos lleva derecho a María, y por María llegamos a la fuente de toda santidad, a JESÚS, quien por su obediencia a José y María consagró las virtudes del hogar.
Deseamos que las familias cristianas se renueven a fondo y se hagan conformes a tantos ejemplos de virtudes como ellos practicaron. Por cuanto la comunidad del género humano se ha fundado sobre la familia se inyectará, bajo la universal influencia de la virtud de Cristo, cierto nuevo vigor y una como nueva sangre en todos los miembros de la sociedad humana, cuando la sociedad doméstica, comunidad, pues, más religiosamente de castidad, concordia y fidelidad, goce de una mayor firmeza; y de allí no sólo seguirá la enmienda de la costumbres de los particulares sino también la de la vida común y del orden civil.

9. Exhortación papal a una mayor devoción a San José.
Nos, pues, totalmente confiados en el patrocinio de aquel a cuya vigilancia y previsión quiso Dios encomendar a su Unigénito encarnado y a la Virgen y Madre de Dios, propiciamos que todos los Obispos del orbe católico exhorten a todos los fieles a implorar el auxilio de San José, tanto más insistentemente cuanto es más adverso el tiempo a la causa cristiana.
  
Dado que esta Sede Apostólica ha aprobado varios modos de venerar al Santo Patriarca, ante todo, cada miércoles del año y por un mes entero determinado, deseamos que, bajo la insistente admonición del Obispo, se practiquen todos ellos de ser posible, en todas las Diócesis, en especial, empero, incumbe a Nuestros Venerables Hermanos apoyar y fomentar con todo el peso de su autoridad e interés las asociaciones piadosas, como la de la Buena Muerte, la del Tránsito de San José y la de los Agonizantes, las cuales fueron fundadas para implorar a San José por los agonizantes, porque con razón se considera a aquel como eficacísimo protector de los moribundos a cuya muerte asistieron el mismo Jesús y María.

10. Plegaria e indulgencia.
Para perpetua memoria, empero, del Decreto Pontificio que arriba mencionamos, ordenamos y mandamos que dentro del año que comienza a correr el 8 de Diciembre próximo, se hagan en todo el orbe católico solemnes súplicas, en el tiempo y modo que parezca mejor a cada Obispo, en honor de San José, Esposo de la Santísima Virgen y Patrono de la Iglesia Católica.
  
Todos cuantos asistan a ellas podrán ganar para sí una indulgencia de sus pecados, bajo las acostumbradas condiciones.
  
Dado en Roma, junto a San Pedro, el día 25 de julio, en la fiesta de Santiago Apóstol, en el año 1920, sexto de Nuestro pontificado. BENEDICTO PP. XV.
  
NOTAS
[1] Se refiere a la Encíclica Pacem, Dei munus pulchérrimum.
[2] Encíclica Quámquam plúries, de agosto de 1889.

martes, 10 de julio de 2018

LA EXCLUSIÓN DE LA SANTA SEDE DE LA CONFERENCIA DE VERSALLES POR ORDEN MASÓNICA

Artículo publicado por Javier Navascués Pérez en INFOCATÓLICA. Las notas al pie de cada imagen son propias.
 
Sesión de firma del Tratado en el Salón de los Espejos del Palacio de Versalles (28 de Junio de 1919)
  
En noviembre de 1918 terminó la Primera Guerra Mundial con la victoria aliada (Estados Unidos, Reino Unido, Francia, Rusia hasta 1917, Italia, Serbia, Rumanía entre muchos otros aliados menores) y la derrota del bando que fue conocido como «los Imperios Centrales» (Alemania, Austria, Hungría, Bulgaria y Turquía). Finalmente, la mucha mayor potencia humana, económica e industrial del bando aliado, sobre todo a partir de la entrada en guerra de Estados Unidos, acabó imponiéndose.
  
Se anunció que las potencias vencedoras iban a convocar una gran Conferencia diplomática en París para enero de 1919 en la que se llevaría a cabo la reorganización definitiva de Europa. Los dirigentes aliados anunciaron nada menos que la Conferencia «terminará para siempre con la guerra como amenaza para la humanidad». En teoría, la base política de la Conferencia iba a ser los «Catorce puntos de Wilson», promulgados por el presidente norteamericano Woodrow Wilson en enero de 1918 que preveían el castigo al gobierno imperial alemán, pero en teoría buscaban una paz sin grandes anexiones de territorio y en la que el bando perdedor encabezado por Alemania no fuera aplastado por las exigencias Aliadas.
   
Wilson era un masón de alto grado y por eso el citado documento incluía algunos «puntos» de neto origen masónico como, entre otros, la «consagración» de la democracia liberal como único sistema político posible y admisible y la formación de una Sociedad de Naciones como embrión de un gobierno mundial (la formación de un gobierno mundial que excluya a la Religión, algo que en parte consiguieron más tarde con la ONU, es una vieja aspiración masónica, por eso a los masones se les llama también «mundialistas»).
   
De izquierda a derecha, los culpables del Tratado de Versalles: Vittorio Emanuele Orlando Barabbino (Italia), David Lloyd George (Reino Unido), Georges Benjamin Clemenceau Gautreau (Francia), y Thomas Woodrow Wilson (Estados Unidos). Todos cuatro, FRANCMASONES.
   
Wilson logró el establecimiento de la Sociedad de Naciones, pero, en cambio, no consiguió su propósito de que la Conferencia fuera un tratado entre iguales y no una paz draconiana contra los vencidos ya que no conocía las promesas secretas que Londres y París habían ido haciendo al resto de sus aliados a cambio de su ayuda y que implicaban grandes pérdidas territoriales a costa de los países derrotados. Por eso los alemanes hablaron luego del «diktat» de Versalles, porque sus delegados allí no fueron invitados a negociar nada, sino simplemente a aceptar las condiciones impuestas por los Aliados.
 
Benedicto XV, el Papa de la Paz
Resultó trágico también y es un hecho poco conocido -lo cual es significativo- que la Santa Sede fuese deliberadamente excluida de la Conferencia de Versalles por los gobiernos Aliados, muy influidos por la masonería. El Papa era entonces Giacomo Della Chiesa, Benedicto XV, pidió participar en la Conferencia de Paz. Parece de sentido común que el Papa, que era la cabeza espiritual de la religión más extendida del mundo e incluía a millones de creyentes, también en los países vencedores, estuviera presente en una conferencia diplomática tan importante pero el sectarismo de las potencias aliadas lo impidió.
 
Y es que todo el mundo se daba cuenta de que la presencia del Papa habría ejercido un efecto moderador muy importante y hubiera impulsado un trato mucho más ecuánime hacia los países vencidos. Y eso es precisamente lo que trataban de evitar los gobiernos Aliados. Además, su presencia allí hubiera transmitido al mundo que los principales gobiernos occidentales reconocían la guía de la influencia espiritual del Papa como inspiradora moral de sus políticas. Y desde luego eso es algo que la masonería no estaba dispuesta a permitir.
  
Benedicto XV había sido elegido en el cónclave de agosto de 1914, tras la muerte del gran Papa San Pío X. Fue un cónclave celebrado bajo la terrible sombra de la Primera Guerra Mundial, que acababa de estallar y que amargó los últimos días de S Pío X. Probablemente la experiencia política y diplomática de Della Chiesa facilitó su elección.
  
Benedicto XV (Giacomo della Chiesa). San Malaquías de Armagh en su Profecía de los Papas le llamó «Relígio depopuláta» (la Religión devastada), tanto por la Gran Guerra que ocurrió durante su pontificado, como por las persecuciones religiosas que le tocó presenciar.
 
Entre otros destinos había sido secretario de la Nunciatura en España en la década de 1880, donde en Madrid se le había conocido como «el cura de las 2 pesetas» porque diariamente repartía esta cantidad, entonces importante (con la que se podía comer durante varios días), entre las familias más pobres del conocido como barrio de los Austrias de la capital española. Era doctor en Derecho y teólogo. Desde su elección su gran objetivo, que por desgracia no pudo lograr, fue mediar entre ambos bandos conseguir para conseguir que la Guerra terminara.
 
Guardó una exquisita neutralidad porque sabía que había muchos católicos en ambos bandos. Intentó que Alemania evacuara Bélgica y apoyó los intentos del emperador Carlos de Austria Hungría por negociar con Francia y lograr una paz equilibrada entre los países contendientes que a mediados de 1917 estuvieron a punto de fructificar pero que el masón primer ministro francés Ribot impidió casi en el último momento (lo que autores franceses han llamado «El sabotaje de la paz» y que sería motivo para otro artículo).
  
Por desgracia la guerra siguió un año más y aún morirían muchos cientos de miles de personas en ese año y medio. Sintió un gran disgusto cuando Italia se unió a la Guerra en el bando aliado en 1915, aunque tampoco lo condenó por prudencia política porque sabía que muchos católicos italianos apoyaban la guerra contra Austria en aquel momento por un mal entendido nacionalismo. Aunque con pena, permitió que todos los católicos de los países beligerantes cumplieran sus deberes militares con sus patrias respectivas.
 
Nombró Nuncio en Múnich al cardenal Pacelli futuro Pío XII. Cuando vio que los gobiernos beligerantes por su orgullo y egoísmo, con excepción de Austria (en favor de la cual intentó mediar en vano en las últimas semanas de la Guerra), no deseaban su mediación política, se volcó en la ayuda humanitaria en favor de los prisioneros, los heridos, las víctimas de la guerra y los desplazados, (en colaboración a veces con el rey de España Alfonso XIII). Pero el Papa y la Iglesia ganaron un gran prestigio universal en aquellos años porque todo el mundo fue testigo de sus nobles esfuerzos por la paz. El número de países que enviaron representaciones diplomáticas ante el Papa se dobló. La masonería internacional tampoco pudo olvidar más tarde, que en 1917 el Papa había aprobado el Código de Derecho Canónico que refundía la legislación de la Iglesia y en el que se condenaba de nuevo a la Masonería.
  
Finalmente, el Tratado de Versalles impondría durísimas indemnizaciones económicas a Alemania, además de grandes pérdidas territoriales y coloniales. Austria y Hungría fueron totalmente desmembradas. Naturalmente tanto sectarismo abonó un enorme resentimiento en Alemania que ayudaría mucho al posterior ascenso de Hitler al poder y en 1939 estallaría una guerra mucho peor aún. Y ello a pesar de que hubo personajes inteligentes en el propio bando Aliado que se daban cuenta del desastre posterior que traería aquel Tratado. El joven historiador británico Arnold Toynbee advirtió de lo peligroso que sería para el futuro humillar tanto a Alemania. Incluso el general Foch, comandante supremo del ejército francés, dijo con clarividencia: «Esto no es una paz, sino una tregua de 20 años hasta la próxima guerra». Fueron desoídos. Se impuso la «paz» de los gabinetes masónicos.
  
Protestas en Berlín contra el «diktat» de Versalles. Las odiosas condiciones impuestas por los Aliados a la Alemania derrotada facilitaron el ascenso de Adolf Hitler (quien se opuso al Tratado) al poder.
   
Todas esas terribles consecuencias se podrían haber evitado y la historia del siglo XX habría sido muy distinta si se hubiera buscado una paz mucho más justa, tal como quería Benedicto XV. La Santísima Virgen ya lo había advertido en Fátima cuando dijo que si la humanidad no se arrepentía de sus pecados dentro de 20 años llegaría una Guerra mucho peor aún que la Primera Guerra Mundial.