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jueves, 20 de abril de 2023

MENSAJE DE PÍO XII POR LA CORONACIÓN DE LA VIRGEN DOLOROSA DEL COLEGIO



La milagrosa imagen de Nuestra Señora de los Dolores en el Colegio San Gabriel de Quito fue coronada solemnemente el 22 de Abril de 1956 por el cardenal Carlos María Javier de la Torre y Nieto, Arzobispo de Quito, por mandato del Papa Pío XII, el cual envió el siguiente radiomensaje (publicado en Acta Apostólicæ Sedis 48 (1956), págs. 292-294). para tan magno evento:
RADIOMENSAJE DE SU SANTIDAD PÍO XII A LOS FIELES DE ECUADOR CON MOTIVO DE LA CORONACIÓN DE LA DOLOROSA DEL COLEGIO, EN QUITO
    
Amadísimos hijos —católicos ecuatorianos y, más en especial, católicos quiteños—, que con suma devoción y entusiasmo colocáis hoy una corona sobre las sienes de vuestra «Dolorosa del Colegio», al cumplirse los cincuenta años de las manifestaciones con que Ella os mostró su predilección:
   
¿Qué idea ha sido esta, hijos amadísimos, de celebrar con fiestas y con júbilo a Quien ante vosotros se muestra con los ojos llenos de lágrimas? ¿Quién os ha enseñado a coronar con una corona de oro a la que tiene en las manos una corona de espinas?
    
Lloró la Virgen y sus llantos y dolores fueron primero profetizados en las palabras del Santo anciano (Luc. 2, 35), y luego vigorosamente descritos con sublime concisión en aquella Señora, que estaba de pié junto al patíbulo de su Divino Hijo (Joann. 19, 25); y estas lágrimas nos obtuvieron salvación y gracia.
     
Según referencias de los testigos, mostró la Virgen —aun en medio de su eterna felicidad y como señal de su materna solicitud por la salvación de sus hijos— angustia y tristeza, hasta el punto de parecer que estaba para romper a llorar, al ver vuestra catolicísima nación asolada por la persecución, manchada de sangre, arrastrada a tales extremos por el odio sectario que podría decirse en peligro aquella vieja y santa herencia de fe, especialmente si se conseguía llevar a cabo el propósito de descristianizar la educación de vuestros hijos. Y ¿quién podrá dudar de que fueron aquellas angustias y aquellas tristezas las que impetraron del cielo las fuerzas necesarias para poner un dique a las potencias del mal y preparar esta primavera de las almas, cuyos frutos ahora vosotros tenéis el gozo de contemplar?
     
Son lágrimas, pero lágrimas preciosas, que bien merecen, hijos amadísimos, vuestra gratitud más sincera; son dolores, pero dolores cuyos frutos vosotros estáis gozando y en los que justamente habéis de ver una singular manifestación de amor maternal. Bien están, pues, las fiestas y el júbilo, bien la corona de oro, aunque todo os recuerde una vez más aquel contraste sublime, que hace de las alegrías de la maternidad una fuente de lágrimas, y que convierte a toda madre, consciente de su misión, en una heroína del deber.
    
Pero todos vuestros agasajos y solemnidades podrían quedar en simple ruido, que el viento se lleva, si vuestra piadosa consideración no se detuviese un momento a pensar: lloró la Virgen, pero ¿no llorará acaso también hoy, y quién sabe si por culpa nuestra?
    
Porque, efectivamente, amadísimos hijos, ¿con qué ojos podría Ella ver, por ejemplo, una vida de fe reducida acaso a una serie de manifestaciones exteriores y privada de aquel espíritu interior, que todo lo valoriza y sin el cual lo exterior no significa ni vale nada? ¿Qué efecto le habrá de producir un corazón orgulloso y altanero, que al pobre y al humilde les mira de arriba abajo y parece que no sabe sino ser superior a quienquiera que se atreva a comparecer en su presencia? ¿Encontrará Ella el amor que se debe a su Divino Hijo, la obediencia a la Iglesia, la observancia de los mandamientos y de los preceptos? Lloró la Virgen, hijos amadísimos, y no obraríamos con la sinceridad con que queremos obrar, si no os dijésemos que mucho tememos que llore todavía; sin poder dudar, claro está, del consuelo y de la alegría que le procuráis con vuestra piedad filial, especialmente en estos momentos.
   
Y ha sido Quito, la legendaria e histórica Quito, que recostada en la ladera del orgulloso Pichincha y coronada de cumbres volcánicas, se diría que duerme un sueño de gloria en la paz templada de su alta meseta; ha sido Quito, la de la encantadora «Azucena», que Nos mismo tuvimos la singular satisfacción de elevar al máximo honor de los altares, la que hoy ha preparado a su Madre Dolorosa este triunfo, pagando una vieja deuda de gratitud en la que más que el oro y que las piedras preciosas lo que cuenta, como en todo don filial, es el corazón con que se ofrece. Ciudad feliz, porque, como dice el Espíritu Santo, honrar a la propia Madre es lo mismo que juntar un gran tesoro (cf. Eccli. 3, 5); dichosa ciudad y dichoso país, si sabéis ser fieles a lo que en tan solemne ocasión habéis prometido, porque, como podríamos decir parafraseando las expresiones de un gran Doctor de la Iglesia [1], bien está que el primer pensamiento haya sido honrar a vuestra Madre, y luego haya venido el propósito de huir del pecado y vivir una vida mejor; pero si un día tales propósitos se olvidaran, ni se da gracias como se debe, ni valen nada las honras y alabanzas.
   
Recíbelas Tú benignamente, oh Dolorosa del Colegio, o, como más universalmente eres conocida, Dolorosa de Quito; recíbelas Tú, y que sean precisamente Tus dolores, que sean Tus lágrimas las que descendiendo sobre esa tierra fértil, hagan prosperar y madurar frutos de perfección cristiana y de santidad. Es un pueblo que te ama y que no quiere verte llorar más; es un pueblo dispuesto a llorar él sus pecados con tal de que Tú sonrías; es un pueblo de hijos tuyos, de devotísimos hijos tuyos que hoy te ofrece esa corona, como prenda tangible de reconciliación, como memoria perenne del amor que Te profesa, como señal de reconocimiento de Tu soberanía maternal. Es un pueblo predilecto que, aunque te haya costado lágrimas, puede asegurarte que no son lágrimas perdidas, sino que precisamente por ellas confía plenamente en Tu bondad y en Tu intercesión ante Tu preciosísimo Hijo, que con el Padre y el Espíritu Santo vive y reina por los siglos. Amén.
    
Para terminar, una Bendición especial a Nuestro amadísimo Hijo y Prelado vuestro, a cuyas manos hemos confiado la imposición de la corona, que bien hubiéramos querido imponer Nos mismo con las Nuestras; una Bendición a esa ciudad y a toda la nación ecuatoriana; una Bendición a toda la América de lengua española y, más en particular, a todos aquellos que en estos momentos, de un modo o de otro, oigan Nuestra voz.

[1] San Agustín, Comentario sobre el Salmo 75, n. 14; en Migne, Patrología Latina XXXVI, col. 965.

lunes, 17 de enero de 2022

SERMÓN DEL 2.º DOMINGO DESPUÉS DE EPIFANÍA, POR EL PADRE PÍO VÁZQUEZ

Con ocasión del 2.º Domingo después de la Epifanía, el Padre Pío Vázquez ofreció este sermón, exponiendo sobre la intercesión de María Santísima, que se manifestó por primera vez en las Bodas de Caná alcanzando que Nuestro Señor realizara su primer milagro público, y cómo esta intercesión es algo querido por Dios.

Dicho esto, el padre exhorta a que confiemos en Ella, como Medianera de todas las gracias que Dios nuestro Señor nos quiere conceder, y apelemos a su intercesión particularmente rezando el Santo Rosario.
  
   
Queridos fieles:
      
Nos hallamos hoy en el Segundo Domingo después de Epifanía y en el Evangelio de la Misa nos propone la Santa Madre Iglesia el milagro de las Bodas de Caná de Galilea, de la conversión del agua en vino. Dicho milagro fue el primero que obró Dios Nuestro Señor Jesucristo y lo hizo a instancias de su bendita Madre, la cual lo movió a realizarlo antes de tiempo, adelantando su hora.
   
Por lo cual, el día de hoy es una excelente oportunidad para hablar sobre la intercesión de la Santísima Virgen María.
    
Intercesión de María y de los Santos
En efecto, es de Fe y doctrina de la Santa Iglesia Católica que los santos pueden interceder por nosotros ante el Trono de la Majestad de Dios y que, por tanto, nosotros podemos —y debemos— invocarlos para pedir su ayuda y socorro, para suplicarles nos recomienden a la divina piedad. Esta verdad de Fe se remonta a los primeros siglos de la Iglesia y se halla en su práctica bimilenaria.
     
Los protestantes se rasgan las vestiduras ante lo anterior, pues ellos niegan la intercesión de los santos, ya que —afirman— Cristo es el único Mediador. Y sí, Cristo es el único Mediador, pero lo que ocurre es que la Santísima Virgen y los santos participan de esa única mediación de Cristo, porque así lo ha querido Dios.
     
Y que los santos, y en especial María Santísima, puedan interceder por nosotros, si lo pensamos bien, no sólo no tiene nada de malo, sino que es sumamente razonable. En efecto, si nosotros, acá en la tierra, podemos rogar los unos por los otros, ¿por qué no podrán hacerlo también los que ya están en el cielo? Si nosotros, acá, con todas nuestras imperfecciones y sin gozar de la visión de Dios, podemos encomendar en nuestras pobres oraciones a nuestros padres, hermanos, amigos, vecinos, etc., ¿por qué no podrán hacer lo mismo María Santísima y los santos, que están muchísimo más cerca de Dios, y que tienen caridad perfecta, primeramente hacia Dios, de quien gozan, y en segundo lugar, hacia nosotros, amándonos en Dios y por Dios y queriendo, por tanto, nuestro mayor bien, esto es, nuestra salvación? Como vemos, en el fondo, es irracional la oposición de los protestantes a la intercesión de los santos.
     
“¡Eso no está en la Biblia!”, nos dirán. Falso, nosotros les responderemos; sí está y lo hallamos en el Evangelio de hoy. Fue por intercesión de María Santísima que Nuestro Señor obró su primer milagro. Ella intercedió por los esposos al decirle: “no tienen vino”. Y si Dios ha querido que este episodio de la vida de Nuestro Señor ocurriera así y quedara consignado en el Evangelio, es porque ha querido que veamos el poder de intercesión de su Madre Santísima, la cual hizo que Él adelantara su hora de hacer milagros. En la Sagrada Escritura nada hay por casualidad. Por tanto, aquí tenemos una enseñanza clara: la intercesión de María.
    
Además, en el Evangelio, tenemos otro milagro, anterior al de hoy, que nos demuestra el poder de la Santísima Virgen. Nos referimos a la santificación de San Juan Bautista en el seno de su madre Santa Isabel, milagro que fue obrado por medio de María. Pues Nuestro Señor por medio de la voz de María santificó a su primo, San Juan Bautista. Éste fue el primer milagro de gracia obrado por Nuestro Señor; el de las Bodas de Caná, fue el primero de naturaleza. En uno y otro milagro quiso Nuestro Señor que interviniera su Madre Santísima, para dejarnos patente su poder de intercesión.
     
Toda gracia viene por María
Pero hay más aún en todo esto. Pues, como hemos visto, no solamente puede Dios darnos sus gracias por medio de María, sino que, de hecho, toda gracia que llega a nosotros la hace pasar antes por sus virginales manos. No hay gracia que nos llegue que no pase antes por medio de María, pues Dios la ha hecho la mediadora de todas las gracias.
   
¿Pero cómo?, ¿no es Cristo de donde proviene toda gracia? Sí, así es, pero —por usar una comparación— Cristo es la cabeza, María el cuello. Y así, toda gracia nos viene en última instancia de Cristo, la cabeza, gracias a los méritos infinitos de su Pasión y Muerte, pero pasan, antes de llegar a nosotros, por el cuello, María, la cual es el conducto o canal por donde desciende toda gracia que se otorga a los hombres.
  
Respecto a esto que decimos, dice San Alfonso María de Ligorio: “La intercesión de María es también necesaria para nuestra salvación… esta necesidad nace de la misma voluntad de Dios, el cual quiere que todas las gracias que nos dispensa pasen por mano de María, según la sentencia de San Bernardo…” [Las Glorias de María, San Alfonso María de Ligorio, EB, Bélgica, 1881, p. 149].
     
De aquí se sigue la gran importancia de la devoción a la Santísima Virgen en nuestras vidas, la cual no ha de ser una devoción más, sino la devoción por excelencia. Ya que todas las gracias las hemos de recibir de María. Por esto también la devoción verdadera a la Santísima Virgen es una señal de predestinación, mientras que lo opuesto, ser indiferente o hasta adverso a la Santísima Virgen, es señal de reprobación, según enseña San Luis María Grignion de Monfort [Obras de San Luis María G. de Montfort, BAC, 1954, Tratado de la Verdadera devoción, n. 40, p. 459].
   
Conclusión: El Santo Rosario
Por tanto, acudamos hoy y todos los días de nuestra vida a esta gran Señora, la Santísima Virgen María. Encomendémonos a ella en todas nuestras necesidades y busquemos tenerle una gran devoción. No olvidemos que ella es nuestra Madre y, como tal, nos ama y quiere nuestro bien.
     
Por lo cual, recemos el Santo Rosario todos los días, sin excepción, ya que ésta es la oración por excelencia que podemos dirigir a la Santísima Virgen y tiene promesa de salvación. Por tanto, recémosle el Santo Rosario en todas nuestras necesidades, confiando en su gran bondad, la cual nos mostró en este episodio de las Bodas de Caná de Galilea. En efecto, sin que nadie se lo pidiera, ella se adelantó a pedir a su hijo el remedio del mal. Por lo cual, confiemos, pues si ya está intercediendo por nosotros sin que nosotros le pidamos, ¿cuánto más no lo hará si se lo pedimos todos los días por medio del Rosario?
    
Quiera Dios Nuestro Señor Jesucristo darnos la gracia de ser verdaderos hijos y devotos de su Santísima Madre y quiera ella, asimismo, acogernos entre los que favorece y protege.
   
Ave María Purísima. Padre Pío Vázquez

miércoles, 11 de octubre de 2017

ENCÍCLICA “Ad Cœli Regínam”, SOBRE LA REALEZA DE SANTA MARÍA

«María impera en el cielo sobre los ángeles y bienaventurados. En recompensa a su profunda humildad, Dios le ha dado el poder y la misión de llenar de santos los tronos vacíos, de donde por orgullo cayeron los ángeles apóstatas. Tal es la voluntad del Altísimo, que exalta siempre a los humildes (Lc 1,52): que el cielo, la tierra y los abismos se sometan, de grado o por fuerza, a las órdenes de la humilde María, a quien constituyó soberana del cielo y de la tierra, capitana de sus ejércitos, tesorera de sus riquezas, dispensadora de sus gracias, realizadora de sus portentos, reparadora del género humano, mediadora de los hombres, exterminadora de los enemigos de Dios y fiel compañera de su grandeza y de sus triunfos» (San Luis María de Montfort, Tratado de la Verdadera Devoción a la Santísima Virgen María, 28).
 
Que Nuestra Señora es reina, es una verdad reconocida desde los tiempos de la Patrística, si consideramos este comentario de Orígenes Adamancio sobre las palabras de Santa Isabel en la Visitación: «Soy yo quien debería haber ido a ti, puesto que eres bendita por encima de todas las mujeres tú, la madre de mi Señor, tú mi Señora» (cf. Patrología Griega, tomo XIII, columna 1902 D), anticipando a muchos Padres y Doctores de la Iglesia. La liturgia en Oriente y Occidente reconoce el rol mayestático que Santa María ostenta en razón de ser la Madre del Rey de Reyes y Señor de Señores y por su excelsa humildad, y esta Realeza que la coloca a la diestra de su Hijo no tiene otra finalidad que la medianería entre Él y los hombres para obtenerles gracia y misericordia. Con esto en mente, Pío XII presentó la encíclica Ad Cœli Regínam reafirmando esta verdad de fe (María Reina de Cielos y Tierra, y Medianera de las Gracias), e instituyendo el 31 de Mayo como día de su festividad, con Misa propia.
 
ENCÍCLICA Ad Cœli Regínam, SOBRE LA REALEZA DE LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA Y LA INSTITUCIÓN DE SU FIESTA
 
PÍO, POR LA DIVINA PROVIDENCIA PAPA XII.
  
A los Venerables hermanos Patriarcas, Primados, Arzobispos, Obispos y demás Ordinarios locales en páz y comunión con la Sede Apostólica, Salud y Bendición Apostólica.
 
A la Reina del Cielo, ya desde los primeros siglos de la Iglesia católica, elevó el pueblo cristiano suplicantes oraciones e himnos de loa y piedad, así en sus tiempos de felicidad y alegría como en los de angustia y peligros; y nunca falló la esperanza en la Madre del Rey divino, Jesucristo, ni languideció aquella fe que nos enseña cómo la Virgen María, Madre de Dios, reina en todo el mundo con maternal corazón, al igual que está coronada con la gloria de la realeza en la bienaventuranza celestial.
 
Y ahora, después de las grandes ruinas que aun ante Nuestra vista han destruido florecientes ciudades, villas y aldeas; ante el doloroso espectáculo de tales y tantos males morales que amenazadores avanzan en cenagosas oleadas, a la par que vemos resquebrajarse las bases mismas de la justicia y triunfar la corrupción, en este incierto y pavoroso estado de cosas Nos vemos profundamente angustiados, pero recurrimos confiados a nuestra Reina María, poniendo a sus pies, junto con el Nuestro, los sentimientos de devoción de todos los fieles que se glorían del nombre de cristianos.
  
INTRODUCCIÓN
 
2. Place y es útil recordar que Nos mismo, en el primer día de noviembre del Año Santo, 1950, ante una gran multitud de Eminentísimos Cardenales, de venerables Obispos, de Sacerdotes y de cristianos, llegados de las partes todas del mundo, decretamos el dogma de la Asunción de la Beatísima Virgen María al Cielo[1], donde, presente en alma y en cuerpo, reina entre los coros de los Ángeles y de los Santos, a una con su unigénito Hijo. Además, al cumplirse el centenario de la definición dogmática —hecha por Nuestro Predecesor, Pío IX, de ilustre memoria— de la Concepción de la Madre de Dios sin mancha alguna de pecado original, promulgamos[2] el Año Mariano, durante el cual vemos con suma alegría que no sólo en esta alma Ciudad —singularmente en la Basílica Liberiana, donde innumerables muchedumbres acuden a manifestar públicamente su fe y su ardiente amor a la Madre celestial— sino también en toda las partes del mundo vuelve a florecer cada vez más la devoción hacia la Virgen Madre de Dios, mientras los principales Santuarios de María han acogido y acogen todavía imponentes peregrinaciones de fieles devotos.
 
Y todos saben cómo Nos, siempre que se Nos ha ofrecido la posibilidad, esto es, cuando hemos podido dirigir la palabra a Nuestros hijos, que han llegado a visitarnos, y cuando por medio de las ondas radiofónicas hemos dirigido mensajes aun a pueblos alejados, jamás hemos cesado de exhortar a todos aquellos, a quienes hemos podido dirigirnos, a amar a nuestra benignísima y poderosísima Madre con un amor tierno y vivo, cual cumple a los hijos.
  
Recordamos a este propósito particularmente el Radiomensaje que hemos dirigido al pueblo de Portugal, al ser coronada la milagrosa Virgen de Fátima[3], Radiomensaje que Nos mismo hemos llamado de la “Realeza” de María[4].

3. Por todo ello, y como para coronar estos testimonios todos de Nuestra piedad mariana, a los que con tanto entusiasmo ha respondido el pueblo cristiano, para concluir útil y felizmente el Año Mariano que ya está terminando, así como para acceder a las insistentes peticiones que de todas partes Nos han llegado, hemos determinado instituir la fiesta litúrgica de la “Bienaventurada María Virgen Reina”.
  
Cierto que no se trata de una nueva verdad propuesta al pueblo cristiano, porque el fundamento y las razones de la dignidad real de María, abundantemente expresadas en todo tiempo, se encuentran en los antiguos documentos de la Iglesia y en los libros de la sagrada liturgia.
  
Mas queremos recordarlos ahora en la presente Encíclica para renovar las alabanzas de nuestra celestial Madre y para hacer más viva la devoción en las almas, con ventajas espirituales.
 
I. TRADICIÓN
 
4. Con razón ha creído siempre el pueblo cristiano, aun en los siglos pasados, que Aquélla, de la que nació el Hijo del Altísimo, que «reinará eternamente en la casa de Jacob»[5] y [será] «Príncipe de la Paz»[6], «Rey de los reyes y Señor de los señores»[7], por encima de todas las demás criaturas recibió de Dios singularísimos privilegios de gracia. Y considerando luego las íntimas relaciones que unen a la madre con el hijo, reconoció fácilmente en la Madre de Dios una regia preeminencia sobre todos los seres.
  
Por ello se comprende fácilmente cómo ya los antiguos escritores de la Iglesia, fundados en las palabras del arcángel San Gabriel que predijo el reinado eterno del Hijo de María[8], y en las de Isabel que se inclinó reverente ante ella, llamándola «Madre de mi Señor»[9], al denominar a María «Madre del Rey» y «Madre del Señor», querían claramente significar que de la realeza del Hijo se había de derivar a su Madre una singular elevación y preeminencia.
  
5. Por esta razón San Efrén, con férvida inspiración poética, hace hablar así a María: «Manténgame el cielo con su abrazo, porque se me debe más honor que a él; pues el cielo fue tan sólo tu trono, pero no tu madre. ¡Cuánto más no habrá de honrarse y venerarse a la Madre del Rey que a su trono!»[10]. Y en otro lugar ora él así a María: «... virgen augusta y dueña, Reina, Señora, protégeme bajo tus alas, guárdame, para que no se gloríe contra mí Satanás, que siembra ruinas, ni triunfe contra mí el malvado enemigo»[11].
  
San Gregorio Nacianceno llama a María «Madre del Rey de todo el universo», «Madre Virgen, que dio a luz al Rey de todo el mundo»[12]. Prudencio, a su vez, afirma que la Madre se maravilló «de haber engendrado a Dios como hombre sí, pero también como Sumo Rey»[13].
  
Esta dignidad real de María se halla, además, claramente afirmada por quienes la llaman «Señora», «Dominadora» y «Reina».
  
Ya en una homilía atribuida a Orígenes, Isabel saluda a María «Madre de mi Señor», y aun la dice también: «Tú eres mi señora»[14].
  
Lo mismo se deduce de San Jerónimo, cuando expone su pensamiento sobre las varias “interpretaciones” del nombre de “María”: «Sépase que María en la lengua siriaca significa Señora»[15]. E igualmente se expresa, después de él, San Pedro Crisólogo: «El nombre hebreo María se traduce Dómina en latín; por lo tanto, el ángel la saluda Señora para que se vea libre del temor servil la Madre del Dominador, pues éste, como hijo, quiso que ella naciera y fuera llamada Señora»[16].
  
San Epifanio, obispo de Constantinopla, escribe al Sumo Pontífice Hormidas, que se ha de implorar la unidad de la Iglesia «por la gracia de la santa y consubstancial Trinidad y por la intercesión de nuestra santa Señora, gloriosa Virgen y Madre de Dios, María»[17].
  
Un autor del mismo tiempo saluda solemnemente con estas palabras a la Bienaventurada Virgen sentada a la diestra de Dios, para que pida por nosotros: «Señora de los mortales, santísima Madre de Dios»[18].
  
San Andrés de Creta atribuye frecuentemente la dignidad de reina a la Virgen, y así escribe: «(Jesucristo) lleva en este día como Reina del género humano, desde la morada terrenal (a los cielos) a su Madre siempre Virgen, en cuyo seno, aun permaneciendo Dios, tomó la carne humana»[19]. Y en otra parte: «Reina de todos los hombres, porque, fiel de hecho al significado de su nombre, se encuentra por encima de todos, si sólo a Dios se exceptúa»[20].
  
También San Germán se dirige así a la humilde Virgen: «Siéntate, Señora: eres Reina y más eminente que los reyes todos, y así te corresponde sentarte en el puesto más alto»[21]; y la llama «Señora de todos los que en la tierra habitan»[22].
  
San Juan Damasceno la proclama «Reina, Dueña, Señora»[23] y también «Señora de todas las criaturas»[24]; y un antiguo escritor de la Iglesia occidental la llama «Reina feliz», «Reina eterna, junto al Hijo Rey, cuya nívea cabeza está adornada con áurea corona»[25].
 
Finalmente, San Ildefonso de Toledo resume casi todos los títulos de honor en este saludo: «¡Oh Señora mía!, ¡oh Dominadora mía!: tú mandas en mí, Madre de mi Señor..., Señora entre las esclavas, Reina entre las hermanas»[26].
  
6. Los Teólogos de la Iglesia, extrayendo su doctrina de estos y otros muchos testimonios de la antigua tradición, han llamado a la Beatísima Madre Virgen Reina de todas las cosas creadas, Reina del mundo, Señora del universo.
 
7. Los Sumos Pastores de la Iglesia creyeron deber suyo el aprobar y excitar con exhortaciones y alabanzas la devoción del pueblo cristiano hacia la celestial Madre y Reina.
 
Dejando aparte documentos de los Papas recientes, recordaremos que ya en el siglo séptimo Nuestro Predecesor San Martín llamó a María «nuestra Señora gloriosa, siempre Virgen»[27]; San Agatón, en la carta sinodal, enviada a los Padres del Sexto Concilio Ecuménico, la llamó «Señora nuestra, verdadera y propiamente Madre de Dios»[28]; y en el siglo octavo, Gregorio II en una carta enviada al patriarca San Germán, leída entre aclamaciones de los Padres del Séptimo Concilio Ecuménico, proclamaba a María «Señora de todos y verdadera Madre de Dios y Señora de todos los cristianos»[29].
  
Recordaremos igualmente que Nuestro Predecesor, de ilustre memoria, Sixto IV, en la bula Cum præxcélsa[30], al referirse favorablemente a la doctrina de la Inmaculada Concepción de la Bienaventurada Virgen, comienza con estas palabras: «Reina, que siempre vigilante intercede junto al Rey que ha engendrado». E igualmente Benedicto XIV, en la bula Gloriósæ Dóminæ[31] llama a María «Reina del Cielo y de la tierra», afirmando que «el Sumo Rey le ha confiado a ella, en cierto modo, su propio imperio».
  
Por ello San Alfonso de Ligorio, resumiendo toda la tradición de los siglos anteriores, escribió con suma devoción: «Porque la Virgen María fue exaltada a ser la Madre del Rey de los reyes, con justa razón la Iglesia la honra con el título de Reina»[32].
  
II. LITURGIA
 
8. La sagrada Liturgia, fiel espejo de la enseñanza comunicada por los Padres y creída por el pueblo cristiano, ha cantado en el correr de los siglos y canta de continuo, así en Oriente como en Occidente, las glorias de la celestial Reina.
  
9. Férvidos resuenan los acentos en el Oriente: «Oh Madre de Dios, hoy eres trasladada al cielo sobre los carros de los querubines, y los serafines se honran con estar a tus órdenes, mientras los ejércitos de la celestial milicia se postran ante Ti»[33].
 
Y también: «Oh justo, beatísimo [José], por tu real origen has sido escogido entre todos como Esposo de la Reina Inmaculada, que de modo inefable dará a luz al Rey Jesús»[34]. Y además: «Himno cantaré a la Madre Reina, a la cual me vuelvo gozoso, para celebrar con alegría sus glorias... Oh Señora, nuestra lengua no te puede celebrar dignamente, porque Tú, que has dado a la luz a Cristo Rey, has sido exaltada por encima de los serafines. ... Salve, Reina del mundo, salve, María, Señora de todos nosotros»[35].
  
En el Misal Etiópico se lee: «Oh María, centro del mundo entero..., Tú eres más grande que los querubines plurividentes y que los serafines multialados. ... El cielo y la tierra están llenos de la santidad de tu gloria»[36].
 
10. Canta la Iglesia Latina la antigua y dulcisima plegaria “Salve Regínam”, las alegres antífonas “Ave, Regína cœlórum”, “Regína cœli, lætáre; allelúja” y otras recitadas en las varias fiestas de la Bienaventurada Virgen María: «Estuvo a tu diestra como Reina, vestida de brocado de oro»[37]; «La tierra y el cielo te cantan cual Reina poderosa»[38]; «Hoy la Virgen María asciende al cielo; alegraos, porque con Cristo reina para siempre»[39].
 
A tales cantos han de añadirse las Letanías Lauretanas que invitan al pueblo católico diariamente a invocar como Reina a María; y hace ya varios siglos que, en el quinto misterio glorioso del Santo Rosario, los fieles con piadosa meditación contemplan el reino de María que abarca cielo y tierra.
 
11. Finalmente, el arte, al inspirarse en los principios de la fe cristiana, y como fiel intérprete de la espontánea y auténtica devoción del pueblo, ya desde el Concilio de Éfeso, ha acostumbrado a representar a María como Reina y Emperatriz que, sentada en regio trono y adornada con enseñas reales, ceñida la cabeza con corona, y rodeada por los ejércitos de ángeles y de santos, manda no sólo en las fuerzas de la naturaleza, sino también sobre los malvados asaltos de Satanás. La iconografía, también en lo que se refiere a la regia dignidad de María, se ha enriquecido en todo tiempo con obras de valor artístico, llegando hasta representar al Divino Redentor en el acto de ceñir la cabeza de su Madre con fúlgida corona.
 
12. Los Romanos Pontífices, favoreciendo a esta devoción del pueblo cristiano, coronaron frecuentemente con la diadema, ya por sus propias manos, ya por medio de Legados pontificios, las imágenes de la Virgen Madre de Dios, insignes tradicionalmente en la pública devoción.
  
III. RAZONES TEOLÓGICAS
  
13. Como ya hemos señalado más arriba, Venerables Hermanos, el argumento principal, en que se funda la dignidad real de María, evidente ya en los textos de la tradición antigua y en la sagrada Liturgia, es indudablemente su divina maternidad. De hecho, en las Sagradas Escrituras se afirma del Hijo que la Virgen dará a luz: «Será llamado Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, y reinará en la casa de Jacob eternamente, y su reino no tendrá fin»[40]; y, además, María es proclamada «Madre del Señor»[41]. Síguese de ello lógicamente que Ella misma es Reina, pues ha dado vida a un Hijo que, ya en el instante mismo de su concepción, aun como hombre, era Rey y Señor de todas las cosas, por la unión hipostática de la naturaleza humana con el Verbo.
  
San Juan Damasceno escribe, por lo tanto, con todo derecho: «Verdaderamente se convirtió en Señora de toda la creación, desde que llegó a ser Madre del Creador»[42]; e igualmente puede afirmarse que fue el mismo arcángel Gabriel el primero que anunció con palabras celestiales la dignidad regia de María.
  
14. Mas la Beatísima Virgen ha de ser proclamada Reina no tan sólo por su divina maternidad, sino también en razón de la parte singular que por voluntad de Dios tuvo en la obra de nuestra eterna salvación.
 
«¿Qué cosa habrá para nosotros más dulce y suave —como escribía Nuestro Predecesor, de feliz memoria, Pío XI— que el pensamiento de que Cristo impera sobre nosotros, no sólo por derecho de naturaleza, sino también por derecho de conquista adquirido a costa de la Redención? Ojalá que todos los hombres, harto olvidadizos, recordasen cuánto le hemos costado a nuestro Salvador; “Fuisteis rescatados, no con oro o plata, ... sino con la preciosa sangre de Cristo, como de un Cordero inmaculado”[43]. No somos, pues, ya nuestros, puesto que Cristo “por precio grande”[44] nos ha comprado»[45].
  
Ahora bien, en el cumplimiento de la obra de la Redención, María Santísima estuvo, en verdad, estrechamente asociada a Cristo; y por ello justamente canta la Sagrada Liturgia: «Dolorida junto a la cruz de nuestro Señor Jesucristo estaba Santa María, Reina del cielo y de la tierra»[46].
  
Y la razón es que, como ya en la Edad Media escribió un piadosísimo discípulo de San Anselmo: «Así como... Dios, al crear todas las cosas con su poder, es Padre y Señor de todo, así María, al reparar con sus méritos las cosas todas, es Madre y Señor de todo: Dios es el Señor de todas las cosas, porque las ha constituido en su propia naturaleza con su mandato, y María es la Señora de todas las cosas, al devolverlas a su original dignidad mediante la gracia que Ella mereció»[47]. La razón es que, «así como Cristo por el título particular de la Redención es nuestro Señor y nuestro Rey, así también la Bienaventurada Virgen [es nuestra Señora y Reina] por su singular concurso prestado a nuestra redención, ya suministrando su sustancia, ya ofreciéndolo voluntariamente por nosotros, ya deseando, pidiendo y procurando para cada uno nuestra salvación»[48].
  
15. Dadas estas premisas, puede argumentarse así: Si María, en la obra de la salvación espiritual, por voluntad de Dios fue asociada a Cristo Jesús, principio de la misma salvación, y ello en manera semejante a la en que Eva fue asociada a Adán, principio de la misma muerte, por lo cual puede afirmarse que nuestra redención se cumplió según una cierta “recapitulación”[49], por la que el género humano, sometido a la muerte por causa de una virgen, se salva también por medio de una virgen; si, además, puede decirse que esta gloriosísima Señora fue escogida para Madre de Cristo precisamente «para estar asociada a El en la redención del género humano»[50] «y si realmente fue Ella, la que, libre de toda mancha personal y original, unida siempre estrechísimamente con su Hijo, lo ofreció como nueva Eva al Eterno Padre en el Gólgota, juntamente con el holocausto de sus derechos maternos y de su maternal amor, por todos los hijos de Adán manchados con su deplorable pecado»[51]; se podrá de todo ello legítimamente concluir que, así como Cristo, el nuevo Adán, es nuestro Rey no sólo por ser Hijo de Dios, sino también por ser nuestro Redentor, así, según una cierta analogía, puede igualmente afirmarse que la Beatísima Virgen es Reina, no sólo por ser Madre de Dios, sino también por haber sido asociada cual nueva Eva al nuevo Adán.
  
Y, aunque es cierto que en sentido estricto, propio y absoluto, tan sólo Jesucristo —Dios y hombre— es Rey, también María, ya como Madre de Cristo Dios, ya como asociada a la obra del Divino Redentor, así en la lucha con los enemigos como en el triunfo logrado sobre todos ellos, participa de la dignidad real de Aquél, siquiera en manera limitada y analógica. De hecho, de esta unión con Cristo Rey se deriva para Ella sublimidad tan espléndida que supera a la excelencia de todas las cosas creadas: de esta misma unión con Cristo nace aquel regio poder con que ella puede dispensar los tesoros del Reino del Divino Redentor; finalmente, en la misma unión con Cristo tiene su origen la inagotable eficacia de su maternal intercesión junto al Hijo y junto al Padre.
  
No hay, por lo tanto, duda alguna de que María Santísima supera en dignidad a todas las criaturas, y que, después de su Hijo, tiene la primacía sobre todas ellas. «Tú finalmente —canta San Sofronio— has superado en mucho a toda criatura... ¿Qué puede existir más sublime que tal alegría, oh Virgen Madre? ¿Qué puede existir más elevado que tal gracia, que Tú sola has recibido por voluntad divina?»[52]. Alabanza, en la que aun va más allá San Germán: «Tu honrosa dignidad te coloca por encima de toda la creación: Tu excelencia te hace superior aun a los mismos ángeles»[53]. Y San Juan Damasceno llega a escribir esta expresión: «Infinita es la diferencia entre los siervos de Dios y su Madre»[54].
  
16. Para ayudarnos a comprender la sublime dignidad que la Madre de Dios ha alcanzado por encima de las criaturas todas, hemos de pensar bien que la Santísima Virgen, ya desde el primer instante de su concepción, fue colmada por abundancia tal de gracias que superó a la gracia de todos los Santos.
  
Por ello —como escribió Nuestro Predecesor Pío IX, de feliz memoria, en su Bula— «Dios inefable ha enriquecido a María con tan gran munificencia con la abundancia de sus dones celestiales, sacados del tesoro de la divinidad, muy por encima de los Ángeles y de todos los Santos, que Ella, completamente inmune de toda mancha de pecado, en toda su belleza y perfección, tuvo tal plenitud de inocencia y de santidad que no se puede pensar otra más grande fuera de Dios y que nadie, sino sólo Dios, jamás llegará a comprender»[55].
  
17. Además, la Bienaventurada Virgen no tan sólo ha tenido, después de Cristo, el supremo grado de la excelencia y de la perfección, sino también una participación de aquel influjo por el que su Hijo y Redentor nuestro se dice justamente que reina en la mente y en la voluntad de los hombres. Si, de hecho, el Verbo opera milagros e infunde la gracia por medio de la humanidad que ha asumido, si se sirve de los sacramentos, y de sus Santos, como de instrumentos para salvar las almas, ¿cómo no servirse del oficio y de la obra de su santísima Madre para distribuirnos los frutos de la Redención?
  
«Con ánimo verdaderamente maternal —así dice el mismo Predecesor Nuestro, Pío IX, de ilustre memoria— al tener en sus manos el negocio de nuestra salvación, Ella se preocupa de todo el género humano, pues está constituida por el Señor Reina del cielo y de la tierra y está exaltada sobre los coros todos de los Ángeles y sobre los grados todos de los Santos en el cielo, estando a la diestra de su unigénito Hijo, Jesucristo, Señor nuestro, con sus maternales súplicas impetra eficacísimamente, obtiene cuanto pide, y no puede no ser escuchada»[56].
  
A este propósito, otro Predecesor Nuestro, de feliz memoria, León XIII, declaró que a la Bienaventurada Virgen María le ha sido concedido un poder «casi inmenso en la distribución de las gracias»[57]; y San Pío X añade que María cumple este oficio suyo «como por derecho materno»[58].
  
18. Gloríense, por lo tanto, todos los cristianos de estar sometidos al imperio de la Virgen Madre de Dios, la cual, a la par que goza de regio poder, arde en amor maternal.
  
Mas, en estas y en otras cuestiones tocantes a la Bienaventurada Virgen, tanto los Teólogos como los predicadores de la divina palabra tengan buen cuidado de evitar ciertas desviaciones, para no caer en un doble error; esto es, guárdense de las opiniones faltas de fundamento y que con expresiones exageradas sobrepasan los límites de la verdad; mas, de otra parte, eviten también cierta excesiva estrechez de mente al considerar esta singular, sublime y —más aún— casi divina dignidad de la Madre de Dios, que el Doctor Angélico nos enseña que se ha de ponderar «en razón del bien infinito, que es Dios»[59].
 
Por lo demás, en este como en otros puntos de la doctrina católica, la «norma próxima y universal de la verdad» es para todos el Magisterio, vivo, que Cristo ha constituido «también para declarar lo que en el depósito de la fe no se contiene sino oscura y como implícitamente»[60].
  
19. De los monumentos de la antigüedad cristiana, de las plegarias de la liturgia, de la innata devoción del pueblo cristiano, de las obras de arte, de todas partes hemos recogido expresiones y acentos, según los cuales la Virgen Madre de Dios sobresale por su dignidad real; y también hemos mostrado cómo las razones, que la Sagrada Teología ha deducido del tesoro de la fe divina, confirman plenamente esta verdad. De tantos testimonios reunidos se forma un concierto, cuyos ecos resuenan en la máxima amplitud, para celebrar la alta excelencia de la dignidad real de la Madre de Dios y de los hombres, que «ha sido exaltada a los reinos celestiales, por encima de los coros angélicos»[61].
   
IV. INSTITUCIÓN DE LA FIESTA
  
20. Y ante Nuestra convicción, luego de maduras y ponderadas reflexiones, de que seguirán grandes ventajas para la Iglesia si esta verdad sólidamente demostrada resplandece más evidente ante todos, como lucerna más brillante en lo alto de su candelabro, con Nuestra Autoridad Apostólica decretamos e instituimos la fiesta de María Reina, que deberá celebrarse cada año en todo el mundo el día 31 de mayo. Y mandamos que en dicho día se renueve la consagración del género humano al Inmaculado Corazón de la bienaventurada Virgen María. En ello, de hecho, está colocada la gran esperanza de que pueda surgir una nueva era tranquilizada por la paz cristiana y por el triunfo de la religión.
 
Procuren, pues, todos acercarse ahora con mayor confianza que antes, todos cuantos recurren al trono de la gracia y de la misericordia de nuestra Reina y Madre, para pedir socorro en la adversidad, luz en las tinieblas, consuelo en el dolor y en el llanto, y, lo que más interesa, procuren liberarse de la esclavitud del pecado, a fin de poder presentar un homenaje insustituible, saturado de encendida devoción filial, al cetro real de tan grande Madre. Sean frecuentados sus templos por las multitudes de los fieles, para en ellos celebrar sus fiestas; en las manos de todos esté la corona del Rosario para reunir juntos, en iglesias, en casas, en hospitales, en cárceles, tanto los grupos pequeños como las grandes asociaciones de fieles, a fin de celebrar sus glorias. En sumo honor sea el nombre de María más dulce que el néctar, más precioso que toda joya; nadie ose pronunciar impías blasfemias, señal de corrompido ánimo, contra este nombre, adornado con tanta majestad y venerable por la gracia maternal; ni siquiera se ose faltar en modo alguno de respeto al mismo. Se empeñen todos en imitar, con vigilante y diligente cuidado, en sus propias costumbres y en su propia alma, las grandes virtudes de la Reina del Cielo y nuestra Madre amantísima. Consecuencia de ello será que los cristianos, al venerar e imitar a tan gran Reina y Madre, se sientan finalmente hermanos, y, huyendo de los odios y de los desenfrenados deseos de riquezas, promuevan el amor social, respeten los derechos de los pobres y amen la paz. Que nadie, por lo tanto, se juzgue hijo de María, digno de ser acogido bajo su poderosísima tutela si no se mostrare, siguiendo el ejemplo de ella, dulce, casto y justo, contribuyendo con amor a la verdadera fraternidad, no dañando ni perjudicando, sino ayudando y consolando.
 
21. En muchos países de la tierra hay personas injustamente perseguidas a causa de su profesión cristiana y privadas de los derechos humanos y divinos de la libertad: para alejar estos males de nada sirven hasta ahora las justificadas peticiones ni las repetidas protestas. A estos hijos inocentes y afligidos vuelva sus ojos de misericordia, que con su luz llevan la serenidad, alejando tormentas y tempestades, la poderosa Señora de las cosas y de los tiempos, que sabe aplacar las violencias con su planta virginal; y que también les conceda el que pronto puedan gozar la debida libertad para la práctica de sus deberes religiosos, de tal suerte que, sirviendo a la causa del Evangelio con trabajo concorde, con egregias virtudes, que brillan ejemplares en medio de las asperezas, contribuyan también a la solidez y a la prosperidad de la patria terrenal.
  
22. Pensamos también que la fiesta instituida por esta Carta encíclica, para que todos más claramente reconozcan y con mayor cuidado honren el clemente y maternal imperio de la Madre de Dios, pueda muy bien contribuir a que se conserve, se consolide y se haga perenne la paz de los pueblos, amenazada casi cada día por acontecimientos llenos de ansiedad. ¿Acaso no es Ella el arco iris puesto por Dios sobre las nubes, cual signo de pacífica alianza?[62]. «Mira al arco, y bendice a quien lo ha hecho; es muy bello en su resplandor; abraza el cielo con su cerco radiante y las Manos del Excelso lo han extendido»[63]. Por lo tanto, todo el que honra a la Señora de los celestiales y de los mortales —y que nadie se crea libre de este tributo de reconocimiento y de amor— la invoque como Reina muy presente, mediadora de la paz; respete y defienda la paz, que no es la injusticia inmune ni la licencia desenfrenada, sino que, por lo contrario, es la concordia bien ordenada bajo el signo y el mandato de la voluntad de Dios: a fomentar y aumentar concordia tal impulsan las maternales exhortaciones y los mandatos de María Virgen.
  
Deseando muy de veras que la Reina y Madre del pueblo cristiano acoja estos Nuestros deseos y que con su paz alegre a los pueblos sacudidos por el odio, y que a todos nosotros nos muestre, después de este destierro, a Jesús que será para siempre nuestra paz y nuestra alegría, a Vosotros, Venerables Hermanos, y a vuestros fieles, impartimos de corazón la Bendición Apostólica, como auspicio de la ayuda de Dios omnipotente y en testimonio de Nuestro amor.
 
Dado en Roma, junto a San Pedro, en la fiesta de la Maternidad de la Virgen María, el día 11 de octubre de 1954, decimosexto de Nuestro Pontificado. PÍO PAPA XII.

NOTAS
[1] Cf. constitución apostólica Munificentíssimus Deus: Acta Apostólicæ Sedis 32 (1950), 753 y ss.
[2] Cf. encíclica Fulgens coróna: Acta Apostólicæ Sedis 35 (1953), 577 y ss.
[3] Cf. Acta Apostólicæ Sedis 38 (1946), 264 y ss.
[4] Cf. Osservatóre Románo, 19 de mayo de 1946.
[5] Luc. 1, 32.
[6] Is. 9, 6.
[7] Apoc. 19, 16.
[8] Cf. Luc. 1, 32-33.
[9] Luc. 1, 43.
[10] San Efrén, Hymni de Beáta María (Thomas Joseph Lamy, editor. Tomo II, Malinas, 1886) himno XIX, p. 624.
[11] Idem, Orátio ad Sanctíssimam Dei Matrem: Ópera ómnia (Giuseppe Simone Assemani, editor. Tomo III [en griego] Roma, 1747, p. 546).
[12] San Gregorio Nazianceno, Poemáta dogmática XVIII v. 58. Patrología Græca 37, 485.
[13] Prudencio, Dittochǽum XXVII. Patrología Latína 60, 102A.
[14] Homiíæ in Sancte Lucam, homilía VII (ed. Max Rauer Origines’ Werke, tomo. IX, 48 [de la “catena” de Macario Crisocéfalo]). Cf. Patrología Græca 13, 1902D.
[15] San Jerónimo, Liber de nomínibus hebrǽis. Patrología Latína 23, 886.
[16] San Pedro Crisólogo, Sermón 142 De Annuntiatióne Beátæ Maríæ Vírginis. Patrología Latína 52, 579C; cf. étiam 582B; 584A: “Regína tótius exstítit castitátis”.
[17] Relátio Epipháni epíscopus Constantinopolitánum. Patrología Latína 63, 498D.
[18] Encómium in Dormitiónem Sanctíssimæ Deíparæ [entre las obras de San Modesto]. Patrología Græca 86, 3306B.
[19] San Andrés de Creta, Homilía II In Dormitiónem Sanctíssimæ Deíparæ. Patrología Græca 97, 1079B.
[20] Id., Homilía III In Dormitiónem Sanctíssimæ Deíparæ. Patrología Græca 97, 1099A.
[21] San Germán de Constantinopla, In Præsentatiónem Sanctíssimæ Deíparæ 1. Patrología Græca 98, 303A.
[22] Id., ibid. 2; Patrología Græca 98, 315C.
[23] San Juan Damasceno, Homilía I In Dormitiónem Beátæ Maríæ Vírginis. Patrología Græca 96, 719A.
[24] Id. De fide orthodóxa 4, 14. Patrología Græca 44, 1158 B.
[25] De láudibus Maríæ (entre las obras de Venancio Fortunato). Patrología Latína 88, 282B-283A.
[26] San Ildefonso de Toledo, De virginitáte perpétua Beátæ Maríæ Vírginis 96, 58 A y D.
[27] San Martín I, Carta 14. Patrología Latína 87, 199-200A.
[28] San Agatón, en Patrología Latína 87, 1221 A.
[29] Jean Hardouin, Acta Conciliórum 4, 234-238. Patrología Latína 89, 508B.
[30] Sixto IV, bula Cum præexcélsa, 28 de febrero de 1476.
[31] Benedicto XIV, bula Gloriósæ Dóminæ, 27 de septiembre de 1748.
[32] San Alfonso María de Ligorio, Las glorias de María, parte I, cap. I, §1.
[33] De la Litúrgia Armenórum: en la Fiesta de la Asunción, himno de Maitines.
[34] Del Menǽo (bizantino): Domínica post Natividad, en el Canon, para Maitines.
[35] Himno del oficio Akathistós (en el rito bizantino).
[36] Missále Æthiópicum: Anáfora II de Nuestra Señora Santa María, Madre de Dios.
[37] Breviario Romano: Versículo del sexto Responsorio.
[38] Fiesta de la Asunción, himno de Laudes.
[39] Ibid., al Magníficat de las II Vísperas.
[40] Luc. 1, 32. 33.
[41] Ibid. 1, 43.
[42] San Juan Damasceno De fide orthodóxa 4, 14. Patrología Græca 94, 1158 B.
[43] 1 Pet. 1, 18. 19.
[44] 1 Cor. 6, 20.
[45] Pío XI, encíclica Quas primas: Acta Apostólicæ Sedis 17 (1925), 599.
[46] Fiesta de los Siete Dolores de la Bienaventurada Virgen María, tracto.
[47] Eadmero Cantuariense, De excelléntia Vírginis Maríæ, 11. Patrología Latína 159, 508 A y B.
[48] Francisco Suárez, De mystériis vitæ Christi disp. 22, sect. 2 (ed. Vives 19, 327).
[49] San Ireneo, Advérsus hæréticos 4, 9, 1. Patrología Græca 7, 1175 B.
[50] Pío XI, carta Auspicátus profécto: Acta Apostólicæ Sedis 25 (1933), 80.
[51] Pío XII, encíclica Mýstici Córporis: Acta Apostólicæ Sedis 35 (1943), 247.
[52] San Sofronio de Jerusalén, In Annuntiatiónem Beátæ Maríæ Vírginis. Patrología Græca 87, 3238 D. 3242 A.
[53] San Germán de Constantinopla, Homilía II In Dormitiónem Beátæ Maríæ Vírginis. Patrología Græca 98, 354 B.
[54] San Juan Damasceno, Homilía I In Dormitiónem Beátæ Maríæ Vírginis. Patrología Græca 96, 715 A.
[55] Pío IX, bula Ineffábilis Deus. En Acta Pii IX 1, 597-598.
[56] Ibid., 618.
[57] León XIII, encíclica Adjutrícem pópuli: En Acta Sanctæ Sedis 28 (1895-1896), 130.
[58] San Pío X, encíclica Ad diem illum: Acta Sanctæ Sedis 36 (1903-1904), 455.
[59] Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, Parte I, Cuestión 25, artículo 6, respuesta a la objeción 4.
[60] Pío XII, encíclica Humáni génerisActa Apostólicæ Sedis 42 (1950), 569.
[61] Breviario Romano: Fiesta de la Asunción de la Bienaventurada Virgen María.
[62] Cf. Gen. 9, 13.
[63] Eccli. 43, 12-13.

martes, 11 de agosto de 2015

PREPARACIÓN PARA LA CONSAGRACIÓN TOTAL A MARÍA SANTÍSIMA (Día 23°)

Propósito: Obtener el conocimiento de María Santísima
Los actos de amor, los afectos piadosos hacia la Santísima Virgen, la imitación de sus virtudes, especialmente su humildad profunda, su fe viva, su obediencia ciega, su continua oración mental, su mortificación en todas las cosas, su pureza incomparable, su caridad ardiente, su paciencia heroica, su dulzura angelical y su sabiduría divina: «son éstas», dice San Luis María de Montfort, «las diez virtudes principales de la Santísima Virgen».
   
Debemos unimos a Jesús por María -ésta es la característica de nuestra devoción-; por tanto, San Luis María de Montfort nos pide que nos empleemos a fondo para adquirir un conocimiento de la Santísima Virgen. María es nuestra soberana y nuestra medianera, nuestra Madre y nuestra Señora. Esforcémonos, pues, en conocer los efectos de esta realeza, de esta mediación, y de esta maternidad, así como las grandezas y prerrogativas que son los fundamentos o consecuencias de ello. Nuestra Santísima Madre también es perfecta -un molde en donde podemos ser moldeados para poder hacer nuestras sus intenciones y disposiciones-. Esto no lo conseguiremos sin estudiar la vida interior de María, o sea, sus virtudes, sus sentimientos, sus acciones, su participación en los misterios de Jesucristo y su unión con Él.
   
DÍA VIGÉSIMOTERCERO
Lección: Tratado de la Verdadera Devoción a la Santísima Virgen, nums.120-121 "CONTENIDO ESENCIAL DE LA CONSAGRACIÓN"
   
Toda vez que nuestra perfección consiste en estar conformes, unidos y consagrados a Jesucristo, la más perfecta de todas las devociones es, sin duda alguna, la que nos conforma, une y consagra más perfectamente a este acabado modelo de toda santidad; y pues que María es entre todas las criaturas la más conforme a Jesucristo, es consiguiente que entre todas las devociones, la que consagra y conforma más un alma a Nuestro Señor, es la devoción a la Santísima Virgen, su Santa Madre, y cuanto más se consagre un alma a María, más se unirá con Jesucristo, y, he aquí por qué la perfecta consagración a Jesucristo no es otra cosa que una perfecta y entera consagración de sí mismo a la Santísima Virgen, y ésta es la devoción que yo enseño; o con otras palabras, una perfecta renovación de los votos y promesas del Santo Bautismo.
 
Consiste, pues, esta devoción en entregarse enteramente a la Santísima Virgen para ser todo de Jesucristo por medio de María. Es menester entregarle: 
  1. Nuestro cuerpo con todos sus sentidos y sus miembros.
  2. Nuestra alma con todas sus potencias.
  3. Nuestros bienes exteriores, o sea nuestra fortuna presente y futura.
  4. Nuestros bienes interiores y espirituales, o sea nuestros méritos, nuestras virtudes y nuestras buenas obras pasadas, presentes y futuras.
En una palabra: todo lo que tenemos en el orden de la naturaleza y en el orden de la gracia, y todo lo que lleguemos a tener en lo porvenir en el orden de la naturaleza, de la gracia y de la gloria, y esto sin reserva ninguna, ni de un céntimo, ni de un cabello, ni de la menor buena obra, y además por toda la eternidad, y sin pretender ni esperar ninguna otra recompensa de nuestra ofrenda y de nuestros servicios, que la honra de pertenecer a Jesucristo por María y en María, aun cuando esta amable Señora no fuere, como lo es siempre, la más liberal y reconocida de las criaturas.
     
ORACIONES
    
LETANÍA DEL ESPÍRITU SANTO
Señor, ten piedad de nosotros.
Jesucristo, ten piedad de nosotros
Señor, ten piedad de nosotros
   
Cristo, óyenos
Cristo, escúchanos.
  
Dios Padre celestial, ten piedad de no­sotros.
Dios Hijo Redentor del mundo, ten pie­dad de nosotros.
Dios Espíritu Santo, ten piedad de nosotros.
Santísima Trinidad que eres un sólo Dios, ten piedad de nosotros.
  
Espíritu Santo, procedente del Padre y del Hijo, ten piedad de nosotros.
Espíritu de la Verdad, ten piedad de nosotros.
Espíritu Santo de la Sabiduría, ten piedad de nosotros.
Espíritu Santo del entendimiento, ten piedad de nosotros.
Espíritu Santo de la fortaleza, ten piedad de nosotros.
Espíritu Santo de la piedad, ten piedad de nosotros.
Espíritu Santo del buen consejo, ten piedad de nosotros.
Espíritu Santo de la verdadera ciencia, ten piedad de nosotros.
Espíritu Santo del santo temor de Dios, ten piedad de nosotros.
Espíritu de la caridad, ten piedad de nosotros.
Espíritu de la alegría, ten piedad de nosotros.
Espíritu de la paz, ten piedad de nosotros.
Espíritu de las virtudes, ten piedad de nosotros.
Espíritu de toda la gracia, ten piedad de nosotros.
Espíritu de la adopción de los hijos de Dios, ten piedad de nosotros.
Purificador de nuestras almas, ten piedad de nosotros.
Santificador y guía de la Iglesia Católica, ten piedad de nosotros.
Distribuidor de los dones celestiales, ten piedad de nosotros.
Conocedor de los pensamientos y de las intenciones del corazón, ten piedad de nosotros.
Dulzura de los que comienzan a servirte, ten piedad de nosotros.
Corona de los predestinados, ten piedad de nosotros.
Alegría de los ángeles, ten piedad de nosotros.
Luz de los Patriarcas, ten piedad de nosotros.
Inspiración de los Profetas, ten piedad de nosotros.
Palabra y sabiduría de los Apóstoles, ten piedad de nosotros.
Victoria de los Mártires, ten piedad de nosotros.
Ciencia de los Confesores, ten piedad de nosotros.
Pureza de las Vírgenes, ten piedad de nosotros.
Unción de todos los Santos, ten piedad de nosotros.
  
Sednos propicio. Perdónanos, Señor.
Sednos propicio. Escúchanos, Señor.
  
De todo pecado, líbranos Señor.
De todas las tentaciones y acechanzas del demonio, líbranos Señor.
De toda presunción y desesperación, líbranos Señor.
Del ataque a la verdad revelada, líbranos Señor.
De la envidia de la gracia fraterna, líbranos Señor.
De toda obstinación e impenitencia, líbranos Señor.
De toda negligencia y liviandad de espíritu, líbranos Señor.
De toda impureza de la mente y del cuerpo, líbranos Señor.
De todas las herejías y errores, líbranos Señor.
De todo mal espíritu, líbranos Señor.
De la muerte súbita y eterna, líbranos Señor.
Por tu eterna procedencia del Padre y del Hijo, líbranos Señor.
Por la milagrosa concepción del Hijo de Dios, líbranos Señor.
Por tu descendimiento sobre Jesús bautizado, líbranos Señor.
Por tu santa aparición en la transfiguración del Señor, líbranos Señor.
Por tu venida sobre los discípulos del Señor, líbranos Señor.
En el día del juicio, líbranos Señor.
  
Nosotros pecadores, te rogamos óyenos.
Para que nos perdones, te rogamos óyenos.
Para que te dignes vivificar y santificar a todos los miembros de la Iglesia, te rogamos óyenos.
Para que te dignes concedernos el don de la verdadera piedad, devoción y oración, te rogamos óyenos.
Para que te dignes inspirarnos sinceros afectos de misericordia y de caridad, te rogamos óyenos.
Para que te dignes crear en nosotros un espíritu nuevo y un corazón puro, te rogamos óyenos.
Para que te dignes concedernos verdadera paz y tranquilidad de corazón, te rogamos óyenos.
Para que nos hagas dignos y fuertes, para soportar las persecuciones por amor a la justicia, te rogamos óyenos.
Para que te dignes confirmarnos en tu gracia, te rogamos óyenos.
Para que nos recibas en el número de tus elegidos, te rogamos óyenos.
Para que te dignes atendernos, te rogamos óyenos.
Espíritu de Dios, te rogamos óyenos.
  
Cordero de Dios que quitas los pecados del mundo, envíanos el Espíritu Santo.
Cordero de Dios que quitas los pecados del mundo, mándanos el Espíritu prometido del Padre.
Cordero de Dios que quitas los pecados del mundo, danos el buen Espíritu.
  
Espíritu Santo, óyenos.
Espíritu Paráclito, Escúchanos
 
Antífona: Envía tu Espíritu y todo será creado, y renovarás la faz de la tierra.
  
Oremos: Oh Dios, que aleccionaste a los corazones de tus fieles con la ciencia del Espíritu Santo, haz que, guiados por este mismo Espíritu, saboreemos las dulzuras del bien, y gocemos siempre de sus divinos consuelos. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.
 
LETANÍA DE NUESTRA SEÑORA
Señor, ten piedad de nosotros.
Jesucristo, ten piedad de nosotros
Señor, ten piedad de nosotros
   
Cristo, óyenos
Cristo, escúchanos.
  
Dios Padre celestial, ten piedad de no­sotros.
Dios Hijo Redentor del mundo, ten pie­dad de nosotros.
Dios Espíritu Santo, ten piedad de nosotros.
Santísima Trinidad que eres un sólo Dios, ten piedad de nosotros.

Santa María, ruega por nosotros.
Santa Madre de Dios, ruega por nosotros.
Santa Virgen de vírgenes, ruega por nosotros.
Madre de Cristo, ruega por nosotros.
Madre de la Iglesia, ruega por nosotros.
Madre de la Divína gracia, ruega por nosotros.
Madre purísima, ruega por nosotros.
Madre castísima, ruega por nosotros.
Madre inviolada, ruega por nosotros.
Madre incorrupta, ruega por nosotros.
Madre amable, ruega por nosotros.
Madre admirable, ruega por nosotros.
Madre del Buen Consejo, ruega por nosotros.
Madre del Creador, ruega por nosotros.
Madre del Salvador, ruega por nosotros.
Virgen prudentísima, ruega por nosotros.
Virgen venerable, ruega por nosotros.
Virgen laudable, ruega por nosotros.
Virgen poderosa, ruega por nosotros.
Virgen clemente, ruega por nosotros.
Virgen fiel, ruega por nosotros.
Espejo de justicia, ruega por nosotros.
Trono de la Sabiduría, ruega por nosotros.
Causa de nuestra alegría, ruega por nosotros.
Vaso espiritual, ruega por nosotros.
Vaso honorable, ruega por nosotros.
Vaso de insígne devoción, ruega por nosotros.
Rosa mística, ruega por nosotros.
Torre de David, ruega por nosotros.
Torre de marfil, ruega por nosotros.
Casa de oro, ruega por nosotros.
Arca de la Alianza, ruega por nosotros.
Puerta del Cielo, ruega por nosotros.
Estrella de la mañana, ruega por nosotros.
Arca de salvación, ruega por nosotros.
Mística ciudad de Dios, ruega por nosotros.
Adoratriz perpetua de Jesús Sacramentado, ruega por nosotros.
Salud de los enfermos, ruega por nosotros.
Refugio de los pecadores arrepentidos, ruega por nosotros.
Consuelo de los afligidos, ruega por nosotros.
Auxilio de los Cristianos, ruega por nosotros.
Corredentora del género humano, ruega por nosotros.
Medianera de todas las gracias, ruega por nosotros.
Terror de los demonios, ruega por nosotros.
Exterminadora de todas las herejías, ruega por nosotros.
Reina Inmaculada, ruega por nosotros.
Reina de los Ángeles, ruega por nosotros.
Reina de los Patriarcas, ruega por nosotros.
Reina de los Profetas, ruega por nosotros.
Reina de los Apóstoles, ruega por nosotros.
Reina de los Mártires, ruega por nosotros.
Reina de los Confesores, ruega por nosotros.
Reina de las Vírgenes, ruega por nosotros.
Reina de todos los Santos, ruega por nosotros.
Reina concebida sin mancha de pecado, ruega por nosotros.
Reina asunta a los Cielos, ruega por nosotros.
Reina del Santísimo Rosario, ruega por nosotros.
Reina del clero, ruega por nosotros.
Reina de la Iglesia, ruega por nosotros.
Reina de la familia, ruega por nosotros.
Reina de la paz, ruega por nosotros.
  
Cordero de Dios que quitas los pecados del mundo, perdónanos Señor.
Cordero de Dios que quitas los pecados del mundo, escúchanos Señor.
Cordero de Dios que quitas los pecados del mundo, ten piedad de nosotros.
  
Ruega por nosotros, Santa Madre de Dios.
Para que seamos dignos de las promesas de Nuestro Señor Jesucristo.
     
Oremos: Te suplicamos, Señor Dios, nos concedas a nosotros tus siervos, gozar de perpetua salud de alma y cuerpo: y, por la intercesión de la gloriosa y Bienaventurada siempre Vírgen María santísima, vernos libres de las tristezas presentes, y obtener las alegrías eternas. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.
  
AVE MARIS STELLA
Salve, del mar Estrella,
Salve, Madre sagrada
De Dios y siempre Virgen,
Feliz puerta del Cielo.
  
Tomando de Gabriel
El Ave, Virgen alma,
Mudando el nombre de Eva,
Paces divinas trata.
  
La vista restituye,
Las cadenas desata,
Todos los males quita,
Todos los bienes causa.
  
Muéstrate Madre, y llegue
Por Ti nuestra esperanza
A quien, por darnos vida,
Nació de tus entrañas.
  
Entre todas piadosa,
Virgen, en nuestras almas,
Libres de culpa, infunde
Virtud humilde y casta.
  
Vida nos presta pura,
Camino firme allana;
Que quien a Jesús llega,
Eterno gozo alcanza.
   
Al Padre, al Hijo,
Al Santo Espíritu alabanzas;
Una a los tres le demos,
Y siempre eternas gracias. Amén.
   
ORACIÓN A NUESTRA SEÑORA, POR SAN LUIS MARÍA DE MONTFORT
¡Salve, María, amadísima Hija del Eterno Padre; salve María, Madre admirable del Hijo; salve, Madre, fidelísima Esposa del Espíritu Santo; salve, María, mi amada Madre, mi amable Maestra, mi poderosa Soberana; salve, gozo mío, gloria mía, mi corazón y mi alma! Sois toda mía por misericordia, y yo soy todo vuestro por justicia, pero todavía no lo soy bastante. De nuevo me entrego a Ti todo entero en calidad de eterno esclavo, sin reservar nada, ni para mí, ni para otros.
 
Si algo ves en mí que todavía no sea tuyo, tómalo enseguida, te lo suplico, y hazte dueña absoluta de todos mis haberes para destruir y desarraigar y aniquilar en mí todo lo que desagrada a Dios y plantar y levantar y producir todo lo que os guste.
 
La luz de tu fe disipe las tinieblas de mi espíritu; tu humildad profunda ocupe el lugar de mi orgullo; tu contemplación sublime detenga las distracciones de mi fantasía vagabunda; tu continua vista de Dios llene de su presencia mi memoria, el incendio de caridad de tu corazón abrase la tibieza y frialdad del mío; cedan el sitio a tus virtudes mis pecados; tus méritos sean delante de Dios mi adorno y suplemento. En fin, queridísima y amadísima Madre, haz, si es posible, que no tenga yo más espíritu que el tuyo para conocer a Jesucristo y entender sus divinas voluntades; que no tenga más alma que la tuya para alabar y glorificar al Señor; que no tenga más corazón que el tuyo para amar a Dios con amor puro y con amor ardiente como Tú.
 
No pido visiones, ni revelaciones, ni gustos, ni contentos, ni aun espirituales. Para Ti el ver claro, sin tinieblas; para Ti el gustar por entero sin amargura; para Ti el triunfar gloriosa a la diestra de tu Hijo, sin humillación; para Ti el mandar a los ángeles, hombres y demonios, con poder absoluto, sin resistencia, y el disponer en fin, sin reserva alguna de todos los bienes de Dios. Ésta es, divina María, la mejor parte que se te ha concedido, y que jamás se te quitará, que es para mi grandísimo gozo. Para mí y mientras viva no quiero otro sino el experimentar el que Tú tuviste: creer a secas, sin nada ver y gustar; sufrir con alegría, sin consuelo de las criaturas; morir a mí mismo, continuamente y sin descanso; trabajar mucho hasta la muerte por Ti, sin interés, como el más vil de los esclavos. La sola gracia, que por pura misericordia te pido, es que en todos los días y en todos los momentos de mi vida diga tres Amén (así sea): Amén a todo lo que hiciste en la tierra cuando vivías; Amén a todo lo que haces al presente en el Cielo; Amén a todo lo que obras en mi alma, para que en ella no haya nada más que Tú, para glorificar plenamente a Jesús en mí, ahora y en la eternidad. Amén.

ADVERTENCIA: Es importante que durante esta semana se rece con mayor atención y devoción el Santo Rosario de la Bienaventurada Virgen María.

viernes, 24 de julio de 2015

PREPARACIÓN PARA LA CONSAGRACIÓN TOTAL A MARÍA SANTÍSIMA (Día 5°)

Propósito: Vaciarte del espíritu del mundo
Examina tu conciencia, ora, practica la renuncia a tu propia voluntad; la mortificación, y la pureza del corazón. Esta pureza es la condición indispensable para contemplar a Dios en el Cielo, verle en la tierra y conocerl a la luz de la Fe. La primera parte de la preparación debería ser empleada en vaciarse del espíritu del mundo, que es contrario al de Jesucristo. El espíritu del mundo consiste esencialmente en la negación del supremo dominio de Dios; una negación que es manifestada en la práctica del pecado y la desobediencia; por tanto, es principalmente opuesto al espíritu de Cristo, que también es el de María.
  
Este espíritu se manifiesta por la concupiscencia de la carne, por la concupiscencia de los ojos y por la soberbia de la vida. Por la desobediencia a las leyes de Dios y el abuso de las cosas creadas. Sus obras son: el pecado en todas sus formas, en consecuencia, todo aquello por lo cual el demonio nos lleva al pecado; obras que conducen al error y la oscuridad de la mente, y la seducción y corrupción de la voluntad. Sus pompas son el esplendor y las artimañas empleadas por el diablo para hacer atractivo el pecado, ya sean personas, lugares y cosas.
  
DÍA QUINTO
Lección: Imitación de Cristo, Libro III, cap. 40
   
Por lo cual, si yo supiese bien desechar toda consolación humana, ya sea por alcanzar devoción o por la necesidad que tengo de buscarte, porque no hay hombre que me consuele, entonces con razón, podría yo esperar en tu gracia, y alegrarme con el don de la nueva consolación.
  
Gracias sean dadas a Ti, de quien viene todo, siempre que me sucede algún bien. Porque delante de Ti yo soy vanidad y nada, hombre mudable y flaco. ¿De dónde, pues, me puedo gloriar, o por qué deseo ser estimado? ¿Por ventura de la nada? Esto es vanísimo.
   
Verdaderamente, la gloria frívola es una verdadera peste y grandísima vanidad; porque nos aparta de la verdadera gloria y nos despoja de la gracia celestial. Porque contentándose un hombre a sí mismo, te descontenta a Ti; cuando desea las alabanzas humanas, es privado de las virtudes verdaderas.
   
La verdadera gloria y alegría santa consiste en gloriarse en Ti y no en sí; gozarse en tu nombre, y no en su propia virtud, ni deleitarse en criatura alguna, sino por Ti.
  
Sea alabado tu nombre, y no el mío; engrandecidas sean tus obras, y no las mías; bendito sea tu santo Nombre, y no me sea a mí atribuida parte alguna de las alabanzas de los hombres. Tú eres mi gloria. Tú eres la alegría de mi corazón. En Ti me gloriaré y ensalzaré todos los días; mas de mi parte no hay de qué, sino de mis flaquezas.   
  
ORACIONES
 
VENI CREÁTOR SPÍRITUS
Ven, creador Espíritu,
De los tuyos la mente a visitar;
A encender en tu amor los corazones
Que de la nada plugóte crear.
  
Tú que eres el Paráclito,
Llamado y don altísimo de Dios;
Fuente viva, amor y fuego ardiente,
Y espiritual unción.
   
Tú, septiforme en dádivas,
Tú, dedo de la diestra Paternal;
Tú, promesa manífica del Padre,
Que el torpe labio vienes a soltar.
   
Con tu luz ilumina los sentidos,
Los afectos inflama con tu amor;
Con tu fuerza invencible corrobora
La corpórea flaqueza y corrupción.
   
Lejos expulsa al pérfido enemigo,
Envíanos tu paz;
Siendo Tú nuestro guía,
Toda culpa logremos evitar.
  
Dénos tu influjo conocer al Padre,
Dénos también al Hijo conocer;
Y del uno y del otro, oh Santo Espíritu,
En Tí creamos con sincera fe.
  
A Dios Padre alabanza, honor y gloria,
Con el Hijo que un día resucitó
De entre los muertos; y al feliz Paráclito,
De siglos en la eterna sucesión. Amén.
 
AVE MARIS STELLA
Salve, del mar Estrella,
Salve, Madre sagrada
De Dios y siempre Virgen,
Feliz puerta del Cielo.
  
Tomando de Gabriel
El Ave, Virgen alma,
Mudando el nombre de Eva,
Paces divinas trata.
  
La vista restituye,
Las cadenas desata,
Todos los males quita,
Todos los bienes causa.
  
Muéstrate Madre, y llegue
Por Ti nuestra esperanza
A quien, por darnos vida,
Nació de tus entrañas.
  
Entre todas piadosa,
Virgen, en nuestras almas,
Libres de culpa, infunde
Virtud humilde y casta.
  
Vida nos presta pura,
Camino firme allana;
Que quien a Jesús llega,
Eterno gozo alcanza.
   
Al Padre, al Hijo,
Al Santo Espíritu alabanzas;
Una a los tres le demos,
Y siempre eternas gracias. Amén.
  
MAGNÍFICAT
Glorifica  mi alma al Señor, y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador. Porque ha puesto sus ojos en la humildad de su esclava; y he aquí que todas las generaciones me llamarán bienaventurada, porque el Omnipotente ha hecho en mí grandes cosas; y su Nombre es santo. Y su misericordia se propaga de generación en generación sobre los que le temen.
Desplegó el poder de su brazo: y disipó los designios del corazón de los soberbios. Derribó del trono a los poderosos y exaltó a los humildes. Colmó de bienes a los hambrientos; y a los ricos despidió sin cosa alguna.
Levantó a Israel su siervo, acordándose de su misericordia: según había prometido a nuestros padres, Abraham y su descendencia, por los siglos de los siglos. Amén.
  
Gloria al Padre, al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.