«Todos deberían evitar la familiaridad o amistad con cualquier sospechoso de pertenecer a la Masonería o a los grupos afiliados a esta. Conocerlos por sus frutos y evitarlos. Debe evitarse toda familiaridad, no solo con aquellos impíos libertinos que promueven abiertamente el carácter de la secta, sino también con aquellos que se esconden bajo la máscara de la tolerancia universal, el respeto a todas las religiones, y el anhelo de reconciliar las máximas del Evangelio con las de la revolución. Esos hombres buscan reconciliar a Cristo y a Belial, la Iglesia de Dios y el estado sin Dios» (PAPA LEÓN XIII, Encíclica “Custodi di quella Fede”, n. 15. 8 de Diciembre de 1892).
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miércoles, 26 de noviembre de 2025
viernes, 12 de septiembre de 2025
EL CATÓLICO Y LAS ELECCIONES POLÍTICAS
Reflexión por Pedro J. Barreto II. Traducción propia.
BIEN, ¿QUÉ PASA CON ALGUNOS CATÓLICOS QUE ACTUALMENTE NO VOTAN? ¿QUÉ DICE EL PAPA PÍO XII?
Del libro “The Pope Speaks - The Teachings of Pope Pius XII” (El Papa habla: Enseñanzas del Papa Pío XII), Michael Chinigo, editor (Nueva York: Pantheon Books, 1957), pág. 301, imprimátur por el cardenal Francis Spelmann, arzobispo de Nueva York.
En este fragmento de “The Pope Speaks” (discurso a los delegados del Congreso Internacional sobre Migración en Nápoles, 17 de Octubre de 1951), el Santo Padre fue muy claro:
TRADUCCIÓN
«Es un derecho y un deber llamar la atención de los fieles sobre la importancia de las elecciones y la responsabilidad moral que recae sobre todos los que tienen el derecho al voto. Indudablemente, la Iglesia intenta mantenerse fuera y por encima de todos los partidos políticos, ¿pero cómo puede permaenecer indiferente a la composición de un Parlamento, cuando la Constitución le da la potestad de aprobar leyes que afectan directamente los más altos intereses religiosos o incluso las condiciones de vida de la misma Iglesia? Luego hay también otras cuestiones difíciles, por encima de todos los problemas y luchas económicas que tocan muy de cerca el bienestar del pueblo. En tanto que son de un orden temporal (aunque en realidad también afectan el orden moral), los eclesiásticos dejan a otros la tarea de ponderar y tratar técnicamente con ellos por el bienestar común de la nación. De todo esto se desprende que:Es un deber ineludible para todos los que tengan el derecho, hombres o mujeres, tomar parte en las elecciones. Quien se abstiene, especialmente por cobardía, comete un pecado grave, una falta mortal.Cada uno debe votar según le sea dictado por su propia conciencia. Ahora, es evidente que la voz de esta conciencia impone a todo católico sincero el deber de darle su voto a aquellos candidatos, o aquellas listas de candidatos, que realmente ofrezcan garantías suficientes para salvaguardar los derechos de Dios y las almas de los hombres, por el verdadero bien de los individuos, las familias, y la sociedad, de conformidad con la ley de Dios y la doctrina cristiana».
En resumen:
- Es un deber votar, porque los católicos no pueden ser indiferentes ante el bien común.
- Es pecado mortal abstenerse por cobardía o negligencia.
- Pero, y esto es crucial, el deber de votar no es ciego: los católicos deben votar solamente por candidatos o partidos que salvaguarden los derechos de Dios y las almas de los hombres.
Ahora bien, en cuanto a la pregunta: ¿En cuáles de los sistemas democráticos liberales de hoy —Canadá, Estados Unidos, Europa, India, Australia— se salvaguardan los derechos de Dios y las almas de los hombres?
La realidad actual
Las constituciones seglares de casi todos estos países excluyen a Dios de la vida pública. Ellos o consagran la “neutralidad religiosa” (que en la práctica significa ateísmo seglar) o elevan “derechos” que directamente contradicen la ley de Dios (v. g., aborto, anticoncepción, divorcio, “matrimonio” homosexual, ideología de género).
El derecho civil está separado de la Ley Divina. La doctrina social católica sostiene que el Estado debe reconocer la realexa de Cristo (Pío XI, Quas Primas). Los estados actuales rechazan explícitamente esto.
Los candidatos están atados por el sistema de partidos donde, aun si uno habla de “valores cristianos”, deben legislar dentro de constituciones seculares que rechazan la verdad católica.
Así, ningún partido mayoritario o sistema actual ofrece «garantías suficientes para salvaguardar los derechos de Dios y las almas de los hombres».
CONCLUSIÓN A LA LUZ DEL PAPA PÍO XII
Las palabras del Papa presuponen una situación donde existen candidatos o partidos que al menos respeten la ley de Dios y la ley natural. Si no existe ninguno, entonces la obligación cambia:
- Un católico no puede emitir un voto que apoye directamente al mal.
- Si todos los candidatos viables se comprometen con leyes gravemente injustas, entonces votar por ellos sería pecaminoso en sí mismo.
En tales casos, la abstención no es “cobardía” sino prudencia, porque no hay ninguna opción moral que apoyar.
Es por eso que muchos teólogos católicos (antes de 1960) aclararon que el deber de votar solo aplica si hay opciones moralmente aceptables. Donde no las haya, el católico puede o:
- Abstenerse de votar (sin pecado, porque no existen las condiciones del deber), o
- Emitir un voto de protesta (v. g., voto en blanco, voto nulo, o por un candidato menor que no promueva el mal intrínseco).
Así, estrictamente hablando, en los sistemas liberales modernos de Canadá, Estados Unidos, Europa, India o Australia no hay ninguna salvaguarda real para «los derechos de Dios y las almas de los hombres» en la vida política. Los sistemas están construidos sobre un esquema que rechaza la Realeza de Cristo, de lo cual el Papa Pío XI (Quas Primas, 1925) advirtió que llevará al mundo al caos que vemos hoy.
👉 En otras palabras: el principio de Pío XII condena en sí misma la democracia moderna como se practica actualmente, porque deja a los católicos sin ninguna salida justa.
LO QUE LOS ANTERIORES PAPAS ENSEÑARON SOBRE ESTO – LA CADENA DE ENSEÑANZAS PAPALES
- Papa León XIII (1878–1903):
- Encíclica “Immortale Dei” (1885), sobre el deber de las naciones de reconocer a Cristo como Rey:«Es un público delito actuar como si se pensara que no hubiera Dios… Así, también, es un pecado grave en un Estado la negligencia a los deberes de la religión o adoptar una política como si Dios no existiese».👉 Ya desde aquí, se establece el principio: un Estado que excluye a Dios de la política no puede ser justo. Por ende, los católicos no pueden tratar a tal sistema como neutral.
- Encíclica “Libértas præstantíssimum” (1888), sobre el liberalismo:«La irrestricta libertad de pensamiento y de abiertamente hacer conocido el propio pensamiento no es inherente a los derechos de los ciudadanos, y no debe ser tenida como digna de favor y apoyo».👉 Los “derechos liberales” modernos (libertad de religión, libertad de prensa, libertad de opinión en el sentido absoluto) fueron denunciados porque minan la verdad.
- Papa San Pío X (1903–1914):
- Encíclica “Notre Charge Apostolique” (1910), contra el movimiento “Le Sillon (un grupo “democrático” católico en Francia):«El sueño de remoldear la sociedad traerá el socialismo, no el Catolicismo. Vosotros estáis trabajando para realizar la quimera de reestablecer sobre la tierra, por encima de la Iglesia Católica, “el reino de la justicia y del amor”… Mas solo el catolicismo restaurará la verdadera civilización. La denominada ‘democracia cristiana’ será un desastre».👉 Aquí, San Pío X es explícito: la democracia separada de Cristo Rey no conduce al bien de las almas. Conduce a la apostasía.
- Papa Pío XI (1922–1939):
- Encíclica “Quas Primas” (1925), sobre la Realeza social de Cristo:«Si los hombres en privado y en público reconocen la soberana potestad de Cristo, necesariamente vendrán al entero consorcio humano señalados beneficios de justa libertad, de tranquila disciplina y apacible concordia. Porque solo a través de Jesucristo se pueden procurar estas bendiciones».👉 Esta es la clave. Ninguna democracia “neutral” asegurará la paz y el orden, solo los Estados que reconozcan la Realeza de Cristo.
- Encíclica “Quadragésimo Anno” (1931):«El ordenamiento de la vida económica y política no se puede dejar solo a la libre concurrencia. La autoridad debe ejercerse de acuerdo a la ley de Dios».
- Papa Pío XII (1939–1958):
- El texto compartido ut supra (The Pope Speaks, 1951):
- Votar es un deber si existen candidatos que salvaguarden la ley de Dios.
- Pero si no existen tales candidatos, la obligación no se puede cumplir, porque ningún católico puede votar por un candidatelo que viole la Ley Divina o la Ley Natural.
👉 Aquí es donde el sistema actual falla. Frecuentemente los católicos son forzados a elegir entre partidos que todos consagran males intrínsecos (aborto, “matrimonio” homosexual, anticoncepción, blasfema libertad religiosa, educación secular).
La tradición papal enseña:
- El deber de votar existe solamente cuando los candidatos respetan los derechos de Dios.
- En las democracias modernas, ningún partido o constitución hace esto.
- Por tanto, los católicos no pueden en conciencia afirmar que votar por partidos en Canadá, Estados Unidos, Europa, India, o Australia cumple con este deber de Pío XII.
- En cambio, estos sistemas demuestran la verdad de las advertencias tempranas de León XIII, San Pío X, y Pío XI: la “democracia liberal” destrona a Cristo y esclaviza al hombre.
sábado, 10 de mayo de 2025
EL PROGRAMA DE PRÉVOST: SEGUIR EL VATICANO II Y BERGOGLIO
Durante su discurso al Colegio Cardenalicio el sábado 10 de Mayo, el pseudopapa León XIV Prévost esbozó sus prioridades:
«Quisiera que renováramos juntos, hoy, nuestra plena adhesión a ese camino, a la vía que desde hace ya decenios la Iglesia universal está recorriendo tras las huellas del Concilio Vaticano II. El Papa Francisco ha recordado y actualizado magistralmente su contenido en la Exhortación apostólica Evangélii gáudium, de la que me gustaría destacar algunas notas fundamentales: el regreso al primado de Cristo en el anuncio (cf. n. 11); la conversión misionera de toda la comunidad cristiana (cf. n. 9); el crecimiento en la colegialidad y en sinodalidad (cf. n. 33); la atención al sensus fídei (cf. nn. 119-120), especialmente en sus formas más propias e inclusivas, como la piedad popular (cf. 123); el cuidado amoroso de los débiles y descartados (cf.n. 53); el diálogo valiente y confiado con el mundo contemporáneo en sus diferentes componentes y realidades (cf. n. 84, Concilio Vaticano II, Const. past. Gáudium et spes, 1-2)».
Evangélii gáudium contiene blasfemias, errores históricos y sesgos ideológicos. Para muestra:
«Una mirada muy especial se dirige al pueblo judío, cuya Alianza con Dios jamás ha sido revocada, porque “los dones y el llamado de Dios son irrevocables” (Rm 11,29). La Iglesia, que comparte con el Judaísmo una parte importante de las Sagradas Escrituras, considera al pueblo de la Alianza y su fe como una raíz sagrada de la propia identidad cristiana (cf. Rm 11,16-18). Los cristianos no podemos considerar al Judaísmo como una religión ajena, ni incluimos a los judíos entre aquellos llamados a dejar los ídolos para convertirse al verdadero Dios (cf. 1 Ts 1,9). Creemos junto con ellos en el único Dios que actúa en la historia, y acogemos con ellos la común Palabra revelada.El diálogo y la amistad con los hijos de Israel son parte de la vida de los discípulos de Jesús. El afecto que se ha desarrollado nos lleva a lamentar sincera y amargamente las terribles persecuciones de las que fueron y son objeto, particularmente aquellas que involucran o involucraron a cristianos [sic, non vicevérsa].Dios sigue obrando en el pueblo de la Antigua Alianza y provoca tesoros de sabiduría que brotan de su encuentro con la Palabra divina. Por eso, la Iglesia también se enriquece cuando recoge los valores del Judaísmo. Si bien algunas convicciones cristianas son inaceptables para el Judaísmo [sic, non vicevérsa], y la Iglesia no puede dejar de anunciar a Jesús como Señor y Mesías, existe una rica complementación que nos permite leer juntos los textos de la Biblia hebrea y ayudarnos mutuamente a desentrañar las riquezas de la Palabra, así como compartir muchas convicciones éticas y la común preocupación por la justicia y el desarrollo de los pueblos» (nn. 247-249).
La Alianza que había con los judíos fue revocada con la muerte en la Cruz de Jesucristo, el Verbo de Dios revelado a los hombres y en quien la Ley y los Profetas hallan cumplimiento, con la cual se estableció un Nuevo Testamento y Reino (Hebr. 8, 13), al cual (salvo las excepciones que confirman la regla) no quisieron entrar y perseguían a los que de entre ellos y las naciones querían entrar (cf. Matth. 23, 13; 1.ª Tes. 2, 14), manteniéndose voluntariamente en la oscuridad de la perfidia, «para ir colmando la medida de sus pecados a que los ha abandonado la justicia divina, por lo cual la ira de Dios ha caído sobre su cabeza, y durará hasta el fin» (1.ª Tes. 2, 16).
Por otro lado, como dijo San Pío X a Teodoro Herzl el 26 de Enero de 1904, «La fe judía ha sido el fundamento de la nuestra, pero ha sido superada por las enseñanzas de Cristo y no podemos admitir que hoy día tenga alguna validez. Los judíos, que debían haber sido los primeros en reconocer a Jesucristo, no lo han hecho hasta hoy».
Con todo, no se debe entender sin faltar a la honestidad e insultar a la inteligencia que la Iglesia Católica incurra o defienda el racismo o el “antisemitismo” (nociones ambas nacidas del protestantismo calvinista y que calaron en la Europa laicista de los siglos XIX y XX). Muy al contrario, ha mantenido la caridad al orar por la conversión de los judíos (siendo el mayor ejemplo la oración del Viernes Santo, la respuesta a las maldiciones judías en el Aleinu, la Birkat haMiním y el himno Maoz Tzur) y condenado las persecuciones que les movieron en la Guerra Mundial, labor reconocida en Pío XII por personalidades judías como Albert Einstein, Golda Meir e Israel Zolli (el cual se convirtió al catolicismo y se bautizó como Eugenio Pío, en honor de su benefactor).
Acto seguido, explicó por qué su elección del nombre León XIV (aunque podía quedarle mejor Francisco II ó Juan Pablo III):
«Hay varias razones, pero la principal es porque el Papa León XIII, con la histórica Encíclica Rerum novárum, afrontó la cuestión social en el contexto de la primera gran revolución industrial y hoy la Iglesia ofrece a todos, su patrimonio de doctrina social para responder a otra revolución industrial y a los desarrollos de la inteligencia artificial, que comportan nuevos desafíos en la defensa de la dignidad humana, de la justicia y el trabajo».
Con todo y el fracasado ralliement que que promovió en su pontificado (valgan verdades), León XIII Pecci condenó (igual que sus antecesores desde 1738) la francmasonería y el americanismo, el “pelagianismo contemporáneo” Yankee version y antesala del modernismo del Vaticano II que Prévost (cuyo parecido con él solo es en la cara) llamó a seguir párrafos arriba.
lunes, 5 de mayo de 2025
CUATRO CITAS PAPALES CONTRA EL TRADICARISMATISMO
El “tradicarismatismo” es la tentación de apelar a las revelaciones privadas o al gurú carismático de turno para una “restauración” de la Iglesia. Esta tendencia es afín al modernismo, en cuanto a que se pretende hacer a un lado el elemento organizacional de la Iglesia y refleja la noción de que la Revelación pública continúa abierta.
Contra ello, van señalados los siguientes puntos, con citas de Papas legítimos.
- EL PAPADO NO ES OPCIONAL: «Si alguno dijere que no es por institución del mismo Cristo el Señor, es decir por derecho divino, que el bienaventurado Pedro tenga perpetuos sucesores en su primado sobre toda la Iglesia, o que el Romano Pontífice no es el sucesor del bienaventurado Pedro en este misma primado: sea anatema.
[…]
El Espíritu Santo fue prometido a los sucesores de Pedro, no de manera que ellos pudieran, por revelación suya, dar a conocer alguna nueva doctrina, sino que, por asistencia suya, ellos pudieran guardar santamente y exponer fielmente la revelación transmitida por los Apóstoles, es decir, el depósito de la fe» (Pío IX, Constitución dogmática Pastor Ætérnus). - LA VISIBILIDAD DE LA IGLESIA NO ES OPCIONAL: «Por todas estas razones la Iglesia es con frecuencia llamada en las sagradas letras un cuerpo, y también el cuerpo de Cristo. “Sois el cuerpo de Cristo” (I Cor. 12, 37). Porque la Iglesia es un cuerpo, es visible a los ojos; porque es el cuerpo de Cristo, es un cuerpo vivo, activo, lleno de savia, sostenido y animado como está por Jesucristo, que lo penetra con su virtud, como, aproximadamente, el tronco de la viña alimenta y hace fértiles a las ramas que le están unidas. En los seres animados, el principio vital es invisible y oculto en lo más profundo del ser, pero se denuncia y manifiesta por el movimiento y la acción de los miembros; así el principio de vida sobrenatural que anima a la Iglesia, se manifiesta a todos los ojos por los actos que produce.De aquí se sigue que están en un pernicioso error los que haciéndose una Iglesia a medida de sus deseos, se la imaginan como oculta y en manera alguna visible, y aquellos otros que la miran como una institución humana, provista de una organización, una disciplina y ritos exteriores, pero sin ninguna comunicación permanente de los dones de la gracia divina, sin nada que demuestre por una manifestación diaria y evidente la vida sobrenatural que recibe de Dios.
[…]
Así del mismo modo que la autoridad de Pedro es necesariamente permanente y perpetua en el Pontificado romano, también los Obispos, en su calidad de sucesores de los Apóstoles, son los herederos del poder ordinario de los Apóstoles, de tal suerte que el orden episcopal forma necesariamente parte de la constitución íntima de la Iglesia. y aunque la autoridad de los Obispos no sea ni plena, ni universal, ni soberana, no debe mirárselos como a simples Vicarios de los Pontífices romanos, pues poseen una autoridad que les es propia, y llevan con toda verdad el nombre de Prelados ordinarios de los pueblos que gobiernan» (León XIII, Encíclica Satis cógnitum). - EL CIERRE DE LA REVELACIÓN PÚBLICA NO ES OPCIONAL: «[Se condena y proscribe la proposición] 21. “La revelación, que constituye el objeto de la fe católica, no quedó cerrada con los Apóstoles» (San Pío X, Decreto Lamentábili sane éxitu).
- LA AUTORIDAD JURÍDICA DE LA IGLESIA NO ES OPCIONAL: «La llamada misión jurídica de la Iglesia y la potestad de enseñar, gobernar y administrar los sacramentos deben el vigor y fuerza sobrenatural, que para la edificación del Cuerpo de Cristo poseen, al hecho de que Jesucristo, pendiente de la cruz, abrió a la Iglesia la fuente de sus dones divinos, con los cuales pudiera enseñar a los hombres una doctrina infalible y los pudiese gobernar por medio de pastores ilustrados por virtud divina y rociarlos con la lluvia de las gracias celestiales.
[…]
Por lo cual lamentamos y reprobamos asimismo el funesto error de los que sueñan con una Iglesia ideal, a manera de sociedad alimentada y formada por la caridad, a la que ―no sin desdén― oponen otra que llaman jurídica. Pero se engañan al introducir semejante distinción, pues no entienden que el divino Redentor, por este mismo motivo, quiso que la comunidad por Él fundada fuera una sociedad perfecta en su género y dotada de todos los elementos jurídicos y sociales: para perpetuar en este mundo la obra divina de la redención [Concilio Vaticano de 1870, sesión 4ª: Constitución dogmática sobre la Iglesia, prólogo]. Y para lograr este mismo fin, procuró que estuviera enriquecida con celestiales dones y gracias por el Espíritu Paráclito. […] No puede haber, por consiguiente, ninguna verdadera oposición o pugna entre la misión invisible del Espíritu Santo y el oficio jurídico que los pastores y doctores han recibido de Cristo; pues estas dos realidades ―como en nosotros el cuerpo y el alma― se completan y perfeccionan mutuamente y proceden del mismo Salvador nuestro, quien no sólo dijo al infundir el soplo divino: “Recibid el Espíritu Santo” (Jn 20,22), sino también imperó con expresión clara: “Como me envió el Padre, así os envío yo” (ibíd., 20,21); y asimismo: “El que a vosotros oye, a mí me oye” (Lc 10,16). Y si en la Iglesia se descubre algo que arguye la debilidad de nuestra condición humana, ello no debe atribuirse a su constitución jurídica, sino más bien a la deplorable inclinación de los individuos al mal; inclinación, que su divino Fundador permite aun en los más altos miembros del Cuerpo místico, para que se pruebe la virtud de las ovejas y de los pastores y para que en todos aumenten los méritos de la fe cristiana» (Papa Pío XII, Encíclica Mýstici Córporis Christi).
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viernes, 6 de diciembre de 2024
CARTA APOSTÓLICA “Sæpenúmero considerántes”, SOBRE EL ESTUDIO DE LA HISTORIA DE LA IGLESIA
A mediados del siglo XIX, la masonería y el liberalismo, no menos que con las armas buscaba no solo vencer a la Iglesia sino destruirla con discursos, libros y folletos difamatorios, como tres siglos antes atentaron los protestantes con los Centuriadores de Magdeburgo (Matías Flacio/Vlačić Ilírico, Juan Wigand, Mateo Juez/Richter y Basilio Faber/Schmidt), a los cuales refutó el cardenal oratoriano César Baronio con sus Anales Eclesiásticos. Para muestra, en la conmemoración de las “Vísperas Sicilianas” (un alzamiento popular apoyado por la Corona de Aragón el Lunes de Pascua 30 de Marzo de 1282 que dio muerte a 2000 franceses y significó el fin del dominio de Carlos de Anjou en Sicilia), Giuseppe Garibaldi atacó duramente al papado calificándolo como enemigo de Italia, y en 1883 se hizo un homenaje al hereje y sedicioso Arnaldo de Brescia, que en 1142 apoyó una rebelión contra el Papa.
Es de ahí que León XIII, sabiendo que habiendo perdido el poder temporal, era necesario ampliar el frente de guerra y responder, resolvió ampliar las facultades para que los historiadores católicos investiguen los Archivos Vaticanos y la Biblioteca Apostólica, mediante la “Sæpenúmero considerántes” (en Acta Leónis XIII, vol. III, Roma 1884, págs. 259-273; Acta Sanctæ Sedis 16 (1883-1884), págs. 49-57), donde hace un reconocimiento a historiadores eclesiásticos antiguos como Sócrates Eclesiástico, Sozomeno y contemporáneos como el mismo Baronio, que siguieron la filosofía y teología de la historia planteada por San Agustín en “La Ciudad de Dios”.
Hoy conviene recordar las palabras de esta carta ya que, en ocasión y consecuencia del Vaticano II, los ultramodernistas renovaron las viejas calumnias contra la Iglesia pre-conciliar, y ahora que Bergoglio llamó a un nuevo enfoque del estudio de la historia de la Iglesia, tomarán nueva ocasión.
CARTA APOSTÓLICA “Sæpenúmero considerántes” DE NUESTRO SANTÍSIMO SEÑOR LEÓN, POR LA DIVINA PROVIDENCIA PAPA XIII, SOBRE EL ESTUDIO DE LA HISTORIA DE LA IGLESIA, CON OCASIÓN DE LA APERTURA DE LOS ARCHIVOS SECRETOS VATICANOS
A nuestros dilectos hijos Cardenales de la Santa Iglesia Romana Antonino De Luca, Vicecanciller de la Santa Iglesia Romana; Giovanni Battista Pitra, Bibliotecario de la Santa Iglesia Romana; y Joseph Hergenröther, Prefecto de los Archivos Vaticanos.
Dilectos Hijos nuestros, salud y Bendición Apostólica
Hemos analizado a menudo cuáles son las técnicas que utilizan frecuentemente aquellos que quieren convertir a la Iglesia y al Pontificado romano en un objeto de sospecha y de envidia, y hemos encontrado que, frecuentemente, los intentos de aquéllos se han vuelto con gran violencia y astucia contra la historia de la Cristiandad y especialmente contra aquella parte que se refiere a las acciones de los Pontífices romanos, más estrictamente ligadas a los sucesos italianos. Diversos obispos que registraron Nuestras mismas intenciones se encuentran preocupados no solamente por el pensamiento de los males que de ellos se derivaban, sino también por el temor de lo que vendrá. De hecho, quienes dan espacio al odio contra el Pontificado romano, más que a la verdad de los hechos, atentan en modo injusto y contemporáneamente peligroso, contra la memoria de los tiempos pasados al pintarla de falsos colores y hacerla sierva del nuevo poder en Italia.
Puesto que a nosotros nos compete, no solamente alejar las ofensas contra los antiguos derechos de la Iglesia sino también defender su misma dignidad y decoro de la Sede Apostólica, queriendo que finalmente la verdad triunfe y que los italianos sepan dónde en el pasado han recibido los máximos beneficios y desde dónde deban esperarlos para el futuro, hemos deliberado el transmitiros, queridos Hijos Nuestros, nuestras decisiones en esta materia tan relevante, confiándolas a vuestra sabiduría a fin de que sean cumplidas.
Los recuerdos no tergiversados de los hechos, si se analizan con ánimo tranquilo y sin opiniones prejuiciosas, por sí mismos defienden espontánea y magníficamente, tanto a la Iglesia como al Pontificado. En efecto, en ellos donde pueden verse, hermanadamente, la grandeza y naturaleza de las instituciones cristianas; entre los arduos combates y las egregias victorias se observa la fuerza divina y la virtud de la Iglesia; a través del análisis cierto de los hechos, aparecen con evidencia los grandes beneficios realizados por los Pontífices máximos a todos los pueblos, especialmente en aquellas personas, en cuyo seno, la providencia de Dios colocó la Sede Apostólica.
Quienes con toda clase de razonamientos y esfuerzos, intentaron perseguir al mismo Pontificado, no quisieron evitar los testimonios históricos de los hechos importantes y, lanzados con perversidad y astucia, las mismas armas que podrían haber sido óptimamente utilizadas para rechazar las injurias, fueron usadas para provocarlas.
Este género de persecución fue practicado principalmente, hace tres siglos, por las Centurias de Magdeburgo quienes, no pudiendo como autores y promotores de nuevas tesis, expugnar las defensas de la doctrina católica, empujaron a la Iglesia hacia las disputas históricas, como a un nuevo combate. Casi todas las escuelas que se habían rebelado contra la antigua doctrina siguieron el ejemplo de las Centurias, entre ellos –lo que es aún más miserable– algunos católicos e italianos.
Con el objetivo de perseguir a la Iglesia, se analizaron hasta los últimos elementos del pasado, explorando, uno por uno, cuanto recoveco archivístico existiese; fueron publicadas historias sin fundamento; invenciones cien veces refutadas y cien veces repetidas. Los principales lineamientos de la historia fueron removidos o astutamente interpretados en modo reductivos; con reticencia, fácilmente fueron dejados de lado los acontecimientos gloriosos y justamente memorables de la Iglesia, al mismo tiempo que con aspereza, se subrayaba y exageraba cualquier acto imprudente o menos correcto, propios de la naturaleza humana de sus integrantes. Creían ellos con descarada agudeza, que resultaba incluso lícito analizar, los secretos ocultos de la vida familiar, para arrebatar y difundir los que parecían más fácilmente motivo de espectáculo y de burla para la multitud siempre ávida de escándalos.
Entre los Pontífices Máximos, aquellos cuya virtud brilló, fueron estigmatizados y condenados como intemperantes, soberbios y déspotas; a aquéllos a quienes no se pudo sustraer la gloria de las gestas, se los criticó en sus decisiones; mil veces fue repetida la estúpida tesis de que la Iglesia perjudicó el desarrollo humano e intelectual de las personas.
Una crudelísima red de maledicencias y de falsas acusaciones fue tejida específicamente contra el poder temporal de los romanos Pontífices, instituido por designio divino con el objeto de defender la libertad y el gobierno, y basado en óptimos fundamentos jurídicos e innumerables y memorables méritos. Estas maquinaciones también hoy han sido alentadas al punto que podríamos asegurar con fundamento que, la ciencia histórica parece ser una conjura de los hombres contra la verdad. De hecho, renovadas todas aquellas falsas acusaciones precedentes, vemos que la mentira se desarrolla audazmente en la actualidad, tanto entre ponderados volúmenes como en pequeños libros, entre las hojas volantes de los periódicos y las seductoras invenciones del teatro. Demasiados quieren que el recuerdo mismo de los sucesos pasados sea cómplice de sus ofensas.
Un ejemplo reciente viene desde Sicilia donde –aprovechando la ocasión de un cruento aniversario– fueron lanzadas contra el nombre de Nuestros predecesores, numerosas injurias y graves palabras, escritas incluso sobre monumentos memorables. Lo mismo sucedió poco después, cuando se rindieron públicos honores a un hombre de la ciudad de Brescia, cuya inteligencia sediciosa y su ánimo contra la Sede Apostólica, le hicieron famoso. Entonces se volvió a excitar la ira popular y a lanzar contra los Pontífices Máximos ardientes llamaradas de injurias. Si luego se trató de conmemorar eventos que devolviesen totalmente los honores a la Iglesia y en los cuales la luz de la verdad se manifestase, surgieron toda clase de espinosas calumnias, reduciéndolos y disimulándolos, a fin que los Pontífices no recibieran ni la menor alabanza ni el menor mérito posible.
Todavía más grave es que, este modo de hacer historia ha invadido incluso las escuelas: a menudo, en efecto, son presentados a los niños libros de texto llenos de falsedad que, una vez asimilados con la ayuda de la malicia o la superficialidad de los docentes, llenan de fastidio a las pequeñas almas ante el venerado pasado, engendrando además, un desprecio por cuanto de más sagrado hay allí: sus cosas y sus personas. Superados los primeros años de la escuela, estos peligros se hacen más y más grandes. Y resulta asombroso cómo a acusaciones de este género, alejadas completamente de la verdad, aunque se les oponga con fuerza numerosos testimonios, puedan haber sido tenidas en cuenta por muchos.
Es claro que la historia conserva, para eterna memoria, los últimos y grandísimos méritos que el Pontificado romano tiene respecto de Europa y, en particular, respecto de Italia, la cual recibió, antes que nadie –como era previsible– las más grandes ventajas y beneficios de la Sede Apostólica. Entre éstos beneficios se recuerda, antes que nada, que los italianos hayan podido mantenerse intactos en materia religiosa, a pesar de tantas divisiones: un bien grandísimo para los pueblos que gozan y se sirven de ella como solidísima custodia de la prosperidad familiar y pública.
Para dar un ejemplo puntual, ninguno ignora que, luego del debilitamiento de las tropas romanas, justamente los Pontífices se opusieron con mayor vigor que cualquiera a las tremendas incursiones de los bárbaros; gracias a su determinación y a su tenacidad, se logró –y no sólo una vez– que el suelo italiano se viera preservado del furor de los enemigos, preservando incluso a la misma Roma de innecesarios derramamientos de sangre, destrucciones e incendios. En el atormentado período en que los Emperadores de Oriente habían volcado sus preocupaciones hacia otra parte, entre tanta solicitud y miseria, Italia encontró siempre el cuidado de los Pontífices romanos, cuya demostrada caridad en aquellas calamidades contribuyó grandemente, junto a otros factores, a constituir el principado civil del cual –como es de público conocimiento– ha estado siempre atento a la máxima utilidad general.
En efecto, fue a raíz de que la Sede Apostólica quiso favorecer todo recto estudio de la sociedad, extender la eficacia de la propia virtud incluso en materia civil y abrazar estrechamente los temas de mayor relevancia en las comunidades, es que ha sido siempre agradecida por la potestad civil, obrando con libertad ante tantos sucesos. Cuando el sentido del poder movió a Nuestros Predecesores, a defenderse de los malos deseos de sus enemigos que buscaban dominarlos, ¿no es acaso verdad que, justo en este modo, repetidamente evitaron que gran parte de Italia fuese dominada por potencias extranjeras? Algo similar sucedió recientemente y se encuentra aún presente en la memoria, cuando la Sede Apostólica no se rindió ante las armas victoriosas del máximo emperador, solicitando a los reinos aliados que fuesen restituidos todos los derechos del principado. Ni fue menos ventajoso para los italianos el hecho que, a menudo, los Pontífices romanos se opusiesen abiertamente a las inicuas voluntades de los príncipes, y que, mantenida una alianza con las fuerzas asociadas de Europa, hicieran frente con gran vigor a los violentísimos y sangrientos ataques de los Turcos.
Dos batallas decisivas, una en el territorio milanés (Legnano) y otra cerca de las islas Curzolari (Lepanto), gracias a las cuales fueron vencidos los enemigos de Italia y de la Cristiandad, fueron combatidas con empeño bajo los auspicios de la Sede Apostólica. La fuerza y la gloria naval de los italianos derivaron de las expediciones palestinas (las Cruzadas), movilizadas por voluntad de los Pontífices; las repúblicas populares (las Comunas) trajeron leyes, vida y estabilidad gracias a la sabiduría de los Pontífices. La extraordinaria fama de Italia en los estudios liberales y en las artes debe agradecérsele también al mérito de la Sede Apostólica.
La literatura de los romanos y de los griegos, se hubiese perdido si los Pontífices y los hombres de Iglesia no hubiesen recogido, como luego de un naufragio, las reliquias de tan grandes obras. Lo que ha sido realizado en Roma habla con más fuerza que cualquier otra cosa: los antiguos monumentos conservados a costa de grandes gastos; los nuevos construidos y adornados con las obras de los mayores artistas; los museos y las bibliotecas creadas; las escuelas abiertas para la formación de los jóvenes; las ilustres universidades instituidas. Por estos motivos, Roma ha logrado tal fama, al punto de ser considerada por la opinión común, como la madre de las más grandes artes.
Mientras tanta luz se irradia de éstas y de muchas otras realizaciones, a ninguno se le escapa que definir como nocivo para Italia al Pontificado en sí, o el poder temporal de los Pontífices, significa inequívocamente querer mentir sobre una materia más que evidente. Pésimo propósito es engañar conscientemente y hacer de la historia un veneno homicida: tanto más reprobable en hombres católicos y más aún si son nacidos en Italia; la gratitud de sus ánimos, el respeto por la propia religión y el amor para con la Patria, deberían llevarlos más que a otros, no sólo a estudiar la verdad sino también a ser sus defensores. Mientras muchos entre los mismos protestantes, con agudeza de ingenio y equidad de juicio, han abandonado numerosas convicciones y, empujados por la fuerza de la verdad, no han dudado en alabar al Pontificado romano como portador de la civilización y de grandísimas ventajas para los Estados, es indigno que muchos entre los connacionales continúen afirmando lo contrario. Aquellos que en las disciplinas históricas aman sobre todo lo que viene del exterior, siguiendo y elogiando siempre a los más feroces escritores extranjeros contra las instituciones católicas, juzgan despreciable a quienes, entre los nuestros, han narrado la historia sin separar el amor a la Patria y el amor a la Sede Apostólica.
En tanto, apenas se percibe lo dañino que resulta para la historia la visión mundana de aquellos que, volcándose a los estudios pretéritos de un modo parcial (como quien estudia sólo las bajezas humanas) concluirán que la historia no será ya maestra de la vida ni luz de la verdad, como los antiguos –con buen tino– dijeron que debía ser, sino, todo lo contrario: una aduladora de los vicios y promotora de las corrupciones. Esto, sobre todo, ocasiona un daño entre los más jóvenes, cuyas mentes se verán llenas de locuras y de prejuicios desviando sus almas de la honestidad y de la modestia. La historia, en efecto, golpea con grandes seducciones sus apasionadas y vivaces mentes.
Son sobre todos los adolescentes quienes abrazan con ardor y mantienen impresa por muchísimo tiempo en el alma, las imágenes recibidas del pasado y los retratos de aquellos personajes que la narración les pone delante como si estuviesen vivos. Así, contaminados desde los primeros años por el veneno, será prácticamente inútil buscar luego un antídoto. No es, en efecto, una esperanza creíble que en el futuro, gracias a la edad, se volverán más sabios desechando aquello que, inicialmente, habían aprendido. La razón es sencilla: en primer lugar, porque pocos son los que se dedican a estudiar analíticamente la historia con profunda motivación; en segundo lugar, porque llegados a la adultez se darán quizás más ocasiones, en la vida cotidiana, para confirmar los errores, más que para corregirlos.
Por eso es importantísimo contrarrestar tan grande y actual peligro, dedicándose con empeño a fin de que las disciplinas históricas, tan nobles como son, no se transformen en una fuente de grandes males, públicos y privados. Los hombres de bien, documentados y competentes en estas materias, deben dedicarse con esmero a escribir textos de historia con el fin preciso de hacer aparecer aquello que es auténticamente verdadero y de refutar, con doctrina, las injurias criminales que ya hace demasiado tiempo vienen acumulándose. A la endeble narración se opongan la fatiga de la investigación y la reflexión; a la temeridad de las afirmaciones, la prudencia del juicio; a la ligereza de los prejuicios, la profunda clasificación de los hechos. Con todo esfuerzo deben ser repudiadas las mentiras e invenciones, ateniéndose a las fuentes; en la mente de quien escriba esté bien presente en cada momento, que «la primera ley de la historia es que no se ose decir nada falso, ni esconder nada de la verdad [1]; para que, al escribir, no existan sospechas de partidismo o aversiones».
Además, es necesaria la compilación de comentarios para el uso de las escuelas, que puedan describir y valorar la historia respetando la verdad y sin algún peligro para los adolescentes. Por este motivo, una vez realizadas las obras de mayor peso consideradas más confiables por la seguridad de la documentación, quedará por resumir los argumentos principales y transcribirlos con claridad y brevedad; un objetivo por cierto difícil, pero que dará grandes frutos, y por ende, será para mérito de los mejores ingenios.
Esto, por cierto, no es un campo de batalla inexplorado y nuevo; la senda ya ha sido marcada por diversos hombres excelentes a instancias de la Iglesia, quien cultivó con dedición los estudios históricos desde el inicio, recordando que, según los antiguos, eran más próximos a las materias sagradas que a las profanas.
A pesar de las sangrientas tormentas que se lanzaron desde el principio contra la Cristiandad, muchísimos documentos y testimonios fueron conservados intactos. Así, cuando despuntaron los tiempos más serenos, comenzó a desarrollarse en la Iglesia el estudio de la Historia. Oriente y Occidente vieron en esta materia los doctos trabajos de Eusebio Panfilio, Teodoreto, Sócrates, Sozomeno y otros.
Luego de la caída del Imperio Romano, con la Historia sucedió como con otras nobles disciplinas: no encontraron otro refugio que los monasterios y no tuvieron prácticamente otros cultores que los religiosos, tanto que, si los monjes de los conventos no se hubiesen preocupado por escribir regularmente los anales, por un gran lapso de tiempo no hubiésemos tenido casi ninguna noticia de aquello que sucedía en las ciudades. Entre lo más cercanos a nosotros, es suficiente recordar a dos estudiosos que ninguno ha superado: César Baronio y Luis Antonio Muratori. El primero sumó rectitud de ingenio y sutileza de juicio a una increíble erudición; el segundo, si bien en sus escritos «se encuentran también pasajes censurables» [2], sin embargo ilustró los sucesos de la historia italiana con tanta riqueza de documentos como ningún otro lo haya hecho antes. Además de éstos, se podrían recordar fácilmente a muchos otros estudiosos, notables y famosos, entre los cuales querría citar a Ángelo Mai, lustre y decoro de vuestro ilustrísimo Colegio.
San Agustín, gran doctor de la Iglesia y primero entre todos, delineó y elaboró la filosofía de la historia. Quienes han venido después de él, no sólo lo han tomado como maestro y guía sino que, formándose cuidadosamente en sus escritos y sus meditaciones, han obtenido resultados dignos de mención en este sector. El error en cambio, ha desviado una y otra vez de la verdad a aquellos que se han alejado de las huellas de tan gran hombre, porque al analizar los caminos y los acontecimientos de los Estados no comprendieron las auténticas causas que regulan los eventos humanos.
Aunque es sabido que siempre la Iglesia ha adquirido méritos en las disputas históricas, corresponde también ahora seguir conquistándolos, más aún, porque a estas lides nos impulsa la exigencia de los tiempos. En efecto, cuando los ataques de los enemigos continúan lanzándose sobre todo contra la historia, como hemos dicho, conviene que Ella los afronte con las armas adecuadas, preparándose con mayor empeño a reducirlos justamente allí donde son más violentos.
Con este espíritu, en otro momento hemos pensado que Nuestro Archivo ayudase lo más posible a la religión y al progreso de la ciencia. Hoy, de la misma manera, disponemos que de Nuestra Biblioteca Vaticana se traigan los instrumentos para enriquecer los escritos históricos de los cuales hemos hablado. No hay duda, queridos Hijos Nuestros, que la autoridad de vuestro rol y la estima de vuestros méritos, inducirán fácilmente a personajes doctos y expertos en el campo de la historiografía a unirse a vosotros; a cada uno de ellos, según sus competencias, podréis confiar correctamente un encargo, en base a criterios precisos deliberados por Nuestra Autoridad.
Ordenamos que todos aquellos que, junto con vosotros se empeñen en este trabajo, lo hagan con buenas y nobles intenciones, y confíen en Nuestra particular benevolencia. Esta resolución, por la cual esperamos óptimos frutos, es digna de Nuestro empeño y patrocinio. En efecto, es necesario que la tesis arbitraria ceda frente a la documentación sólidamente argumentada: los intentos largamente reiterados contra la verdad, serán superados y vueltos a la nada por la misma verdad, que por momentos podrá ser oscurecida, pero nunca suprimida.
Esperamos, por lo tanto, que la mayor cantidad de gente posible se vea estimulada por el deseo de la investigación de la verdad y, en consecuencia, recurran a válidos documentos. En efecto, puede decirse que toda la historia proclama que Dios es quien rige providencialmente los múltiples y perpetuos movimientos de los mortales, y que Él, incluso contra el querer de los hombres, la guía para el bien de Su Iglesia. El Pontificado Romano ha vencido siempre ante las luchas y persecuciones mientras que, sus oponentes, con la esperanza perdida, han logrado por sí solos, su propia ruina.
Con la misma claridad la historia testifica cuál ha sido desde el inicio, el designio divino respecto de la ciudad de Roma: proporcionar una sede perpetua y un domicilio a los sucesores del bienaventurado Pedro, para que, desde este centro, gobernase a toda la Cristiandad sin ser sometida a poder alguno. Ninguno ha osado oponerse a este designio de la divina providencia sin darse cuenta, antes o después, de haber emprendido un trabajo inútil.
Tales hechos son tan evidentes que brillan como si estuviesen colocados sobre un brillante monumento y confirmados por el testimonio de diecinueve siglos. Tampoco hay que creer que los acontecimientos futuros serán diferentes. Ahora, en efecto, prevalecen las sectas de los hombres enemigos de Dios y de su Iglesia, que mandan con hostilidad contra el Pontífice romano, trayendo la guerra incluso dentro de la misma casa, buscando debilitar sus fuerzas e intentando reducir el sagrado poder papal al punto tal que, si fuese posible, querrían destruir el mismo Pontificado. Lo que se ha cumplido luego de la expugnación de la Urbe y todo lo que todavía hoy se comete no dejan dudas sobre lo que se tenían entre manos aquellos que se presentaban como arquitectos y conductores de la nueva ciudad.
A éstos se unieron, quizás no con el mismo ánimo, quienes fueron atrapados por el increíble deseo de fundar y hacer grande la nación. Así creció el número de quienes estaban en lucha contra la Sede Apostólica y el Pontífice romano, reducido miserablemente a aquella condición que los católicos concordemente deploran19. Pero, en verdad, a quienes así obran, no les sucederá nada mejor que lo que ha sucedido antes a quienes tuvieron análogos objetivos y semejante audacia.
Para los italianos, este combate vehemente contra la Sede Apostólica, llevado delante de manera ofensiva y desconsiderada, es fuente de graves daños públicos y privados. Para perturbar los ánimos de la multitud, se ha dicho incluso que el Pontificado es hostil a los intereses italianos; pero es justamente lo que hemos dicho antes lo que refuta suficientemente esta inicua y estúpida acusación. Es públicamente conocido que el Papado, tanto en el pasado como en el futuro, ha sido y será una fuente de prosperidad y provecho para el pueblo italiano; porque esta es, justamente, su constante e inmutable naturaleza: hacer el bien y propagarlo en todas partes.
Por esto no es una buena decisión, de parte de aquellos que gobiernan, separar a Italia de esta grandísima fuente de beneficios; ni es digno de los italianos hacer causa común con aquellos que tienen como único objetivo la ruina de la Iglesia. Y no es ni útil ni prudente entrar en guerra contra un poder de cuya eternidad Dios es garante y la historia testigo; que es venerado por todo el mundo católico, el cual se preocupa por defenderlo con todos los medios; que inevitablemente los mismos gobernantes de los Estados reconocen y sostienen, sobre todo en estos tiempos difíciles, en los cuales parecen vacilar los fundamentos mismos sobre los cuales se basa la sociedad humana.
Si todos aquellos que estuviesen animados por el verdadero amor a la Patria se dieran cuenta de la verdad, deberían empeñarse al máximo por remover las causas de esta funesta trama y dar la debida razón a la Iglesia Católica, a quien le sobran fundadas respuestas y reivindica sus propios derechos.
Por lo demás, nada deseamos más que imprimir profundamente en el alma de los hombres todo lo que ya hemos recordado y que ha sido confiado a la memoria de los documentos. Será vuestra tarea, queridos Hijos Nuestros, dedicaros a este fin, con la mayor solercia y empeño que podáis, a fin que, vuestra fatiga y la de aquellos que os ayuden, produzca los mayores frutos.
Con sumo afecto en el Señor, impartimos a vosotros y a todos ellos, la bendición Apostólica, como prenda de protección celestial.
Dado en Roma, junto a San Pedro, el 18 de agosto de 1883, año sexto de Nuestro Pontificado. LEÓN PP. XIII
NOTAS
[1] “Primam esse históriæ legem, ne quid falsi dícere áudeat, deínde ne quid veri abscóndere áudeat” (Marco Tulio Cicerón, De oratóre, lib. 2, cap. 15).
[2] Benedicto XIV, Epístola “Dum prætérito” al Supremo Inquisidor de España, 31 de Julio de 1748.
martes, 3 de septiembre de 2024
ORDENAMIENTO DE LA ACCIÓN POPULAR CRISTIANA, O SÝLLABUS SOCIAL
Tomado del Motu Próprio Fin dalla prima Nostra Enciclica (lat. A primis Nostris Litteris Encyclicis) del Papa San Pío X, 18 de Diciembre de 1903.
ORDENAMIENTO DE LA ACCIÓN POPULAR CRISTIANA
I. - La humana sociedad, cual Dios la estableció, consta de elementos desiguales, como desiguales son los miembros del cuerpo humano; hacerlos todos iguales es imposible; seguiríase de allí la ruina de la misma sociedad (Encíclica Quod Apostólici Múneris, 28 de Diciembre de 1878).
II. - La igualdad de los varios miembros sociales consiste en esto sólo, a saber: que todos los hombres tienen su origen de Dios Creador; fueron redimidos por Jesucristo, y deben ser juzgados y premiados o castigados por Dios, según la exacta medida de sus méritos (Encíclica Quod Apostólici Múneris, 28 de Diciembre de 1878).
III. - Síguese de allí que en la humana sociedad es conforme al ordenamiento de Dios que haya príncipes y vasallos, patronos y obreros, ricos y pobres, sabios e ignorantes, nobles y de condición modesta; los cuales, todos unidos entre sí con vínculo de amor, se han de ayudar recíprocamente a conseguir su último fin en el cielo, y aquí en la tierra su bienestar material y moral (Encíclica Quod Apostólici Múneris, 28 de Diciembre de 1878).
IV. - El hombre tiene de los bienes de la tierra no sólo el mero uso, como el animal, sino también el derecho de propiedad estable; propiedad no sólo de las cosas que usadas se consumen, sino aun de aquellas que no se gastan con el uso (Encíclica Rerum Novárum, 15 de Mayo de 1891).
V. - Es imborrable de naturaleza el derecho de la propiedad privada, fruto del trabajo o de la industria, o bien de cesión o de donación ajena; de la propiedad puede cada cual razonablemente disponer a su arbitrio (Encíclica Rerum Novárum, 15 de Mayo de 1891).
VI. - Para componer desavenencias entre ricos y proletarios hay que distinguir la justicia de la caridad. No hay derecho a compensación sino cuando la justicia sufrió quebranto (Encíclica Rerum Novárum, 15 de Mayo de 1891).
VII - Las obligaciones de justicia cuanto al proletario y obrero son éstas: hacer entera y fielmente el trabajo que libremente y conforme a la equidad se pactó; no causar daño a la hacienda ni agravio a la persona del dueño; en la misma defensa de los propios derechos abstenerse de actos violentos, ni convertirla jamás en motines (Encíclica Rerum Novárum, 15 de Mayo de 1891).
VIII. - Las obligaciones de justicia tocante a los capitalistas y patronos éstas: pagar el justo jornal a los trabajadores; no perjudicar sus justos ahorros ni con violencias, ni con fraudes, ni con usuras manifiestas ni paliadas; darles libertad para cumplir con sus obligaciones religiosas; no exponerlos a seducción corruptora ni a riesgos de escándalo; no apartarlos del espíritu de familia ni de la afición de ahorro; no imponerles labores desproporcionadas a sus fuerzas, o mal avenidas con la edad o sexo (Encíclica Rerum Novárum, 15 de Mayo de 1891).
IX. - Obligación de caridad de los ricos y adinerados es el acudir con socorro a los pobres y menesterosos conforme al precepto evangélico, el cual obliga tan gravemente, que en el día del juicio se pedirá cuenta especial del cumplimiento de esa obligación, como lo elijo el propio Cristo [Matth. XXV, 21 ss] (Encíclica Rerum Novárum, 15 de Mayo de 1891).
X. - Los pobres no han de avergonzarse de su pobreza ni desdeñar la caridad de los ricos, en especial, teniendo en cuenta el ejemplo de Jesús Redentor, que, pudiendo nacer en la opulencia hízose pobre para honrar la pobreza y enriquecerla con méritos incomparables para el cielo (Encíclica Rerum Novárum, 15 de Mayo de 1891).
XI. - Los capitalistas y los mismos obreros con instituciones ordenadas a facilitar oportunos socorros a los necesitados, pueden ayudar mucho a resolver la cuestión obrera, y a juntar y unir las dos clases entre sí. Tales son: Las compañías de socorros mutuos, las de seguros privados, los patronatos para niños, y en particular las corporaciones de artes y oficios (Encíclica Rerum Novárum, 15 de Mayo de 1891).
XII. - A este fin va encaminada principalmente la Acción Popular Cristiana o la Democracia Cristiana, con sus muchas y diversas obras. Esta Democracia Cristiana, empero, ha de entenderse en el sentido ya autorizadamente declarado, el cual, como totalmente ajeno del que se da a la Democracia Social tiene por fundamento los principios de la fe y de la moral católica, entre los cuales sobresale el no hacer agravio alguno al inviolable derecho de la propiedad privada (Encíclica Graves de Commúni, 18 de Enero de 1901).
XIII. - Además, la Democracia Cristiana no ha de entrometerse en la política, ni ha de servir a partidos y fines políticos; no es éste su campo, sino que ha de ser acción benéfica en favor del pueblo, fundada en el derecho natural y en los principios del Evangelio (Encíclica Graves de Commúni, 18 de Enero de 1901; Instrucción Nessuno Ignora de la Sagrada Congregación de los Asuntos Eclesiásticos Extraordinarios, 27 de Enero de 1902).
Los demócratas cristianos de Italia deberán abstenerse en absoluto de tomar parte en cualquier acción política, que en las presentes circunstancias, por razones de orden altísimo, está prohibida a todos los católicos *.
XIV. - En el cumplimiento de su oficio, la Democracia Cristiana tiene la severísima obligación de depender de la autoridad eclesiástica, prestando a los obispos y a quien los representa total sujeción y obediencia. No es celo meritorio ni devoción sincera el emprender cosas gallardas y buenas en sí cuando no lleven la aprobación del propio Pastor (Encíclica Graves de Commúni, 18 de Enero de 1901).
XV. - Para que esta Acción Democrática Cristiana posea unidad de rumbo en Italia, deberá ser dirigida por la Obra de los Congresos y Juntas Católicas, obra que, en tantos años de loables esfuerzos, mereció bien de la Santa Iglesia; a ella Pío IX y León XIII de piadosa memoria, confiaron el oficio de dirigir el movimiento general católico, siempre bajo los auspicios y la guía de los Obispos (Encíclica Graves de Commúni, 18 de Enero de 1901).
XVI. - Los escritores católicos, en orden a lo que mira los intereses religiosos y la acción de la Iglesia en la sociedad, deben sujetarse completamente, con entendimiento y voluntad, como el resto de los fieles, a sus Obispos y al Romano Pontífice. Deben guardarse principalmente de anticiparse, acerca de cualquier grave asunto, a los juicios de la Sede Apostólica (Instrucción Nessuno Ignora de la Sagrada Congregación de los Asuntos Eclesiásticos Extraordinarios, 27 de Enero de 1902).
XVII. - Los escritores democrático -cristianos, como los demás escritores católicos, deben someter a la previa censura del Ordinario todos los escritos que miran a la Religión, a la moral cristiana y a la ética natural, en virtud de la Constitución Officiórum et Múnerum (artículo 41).
También los eclesiásticos, al tenor de la misma Constitución (artículo 42), aunque publiquen escritos de índole puramente técnica, deberán obtener primero licencia del Ordinario (Instrucción Nessuno Ignora de la Sagrada Congregación de los Asuntos Eclesiásticos Extraordinarios, 27 de Enero de 1902).
XVIII. - Han de hacer, además, toda clase de esfuerzos y sacrificios para ver triunfar la caridad y concordia entre todos, excusando cualquier injuria o baldón. Cuando asoman motivos de disgustos, en vez de divulgar cosa alguna en escritos públicos, acudan a la autoridad eclesiástica, la cual proveerá según justicia. Reprendidos por ella, obedezcan en el acto, sin tergiversaciones y sin lanzar quejas en público, salvo el recurso a la autoridad superior, en la debida forma y cuando el caso lo requiera (Instrucción Nessuno Ignora de la Sagrada Congregación de los Asuntos Eclesiásticos Extraordinarios, 27 de Enero de 1902).
XIX. - Finalmente, los escritores católicos, al patrocinar la causa de los obreros y pobres, guárdense de usar un lenguaje que introduzca en el pueblo la aversión a las clases superiores de la sociedad. No hablen de reivindicaciones ni de justicia cuando se trate de mera caridad, como arriba se dijo. Acuérdense de que Jesucristo quiso unir a todos los hombres con el vínculo del amor mutuo, que es la perfección de la justicia y trae consigo la obligación de emplearse en procurar el bien recíproco (Instrucción Nessuno Ignora de la Sagrada Congregación de los Asuntos Eclesiásticos Extraordinarios, 27 de Enero de 1902).
CUESTIÓN ÚNICA
* Esta prohibición se mitigó más tarde. La Encíclica Il Fermo Proposito ya trae otras disposiciones (en el número 17) donde en 1905 dice San Pío X que gravísimas razones lo disuaden de seguir la norma decretada por Pío IX y León XIII. Con el Tratado de Letrán de Pío XI desaparecieron por completo las razones de las restricciones para los católicos de Italia, de tomar parte en la vida política activa.
jueves, 8 de agosto de 2024
LEÓN XIII SENTENCIÓ CONTRA ELENA RAVASIO
Basándose en las supuestas revelaciones de Dios Padre a Eugenia Isabel Ravasio (1907-1990), algunos hacen propaganda de la denominada “fiesta de Dios Padre” y piden su aprobación por la jerarquía eclesiástica. Señálase dos cosas al respecto:
- A las revelaciones privadas, aun cuando estas sean aprobadas eclesiásticamente (y esta aprobación significa simple y llanamente que no están en contra de la Fe y las buenas costumbres, ni pretenden sustituir la Revelación pública), se les presta una fe meramente humana.
- La Iglesia ya había rechazado en varias oportunidades esta solicitud por gravísimas razones doctrinales.
En tal sentido y sobre este segundo ítem, citemos la encíclica “Diutúrnum illud munus” de León XIII, que antes de tratar sobre la presencia y virtud del Espíritu Santo, dice lo siguiente sobre la Santísima Trinidad:
«Este misterio, el más grande de todos los misterios, pues de todos es principio y fin, se llama por los doctores sagrados sustancia del Nuevo Testamento; para conocerlo y contemplarlo han sido creados en el cielo los ángeles y en la tierra los hombres; para enseñar con más claridad lo prefigurado en el Antiguo Testamento, Dios mismo descendió de los ángeles a los hombres: “Nadie vio jamás a Dios; el Hijo unigénito que está en el seno del Padre, El nos lo ha revelado” (Jn 1, 18).Así pues, quien escriba o hable sobre la Trinidad siempre deberá tener ante la vista lo que prudentemente amonesta el Angélico: “Cuando se habla de la Trinidad, conviene hacerlo con prudencia y humildad, pues —como dice Agustín— en ninguna otra materia intelectual es mayor o el trabajo o el peligro de equivocarse o el fruto una vez logrado” [Suma Teológica, cuestión 31, art. 2; Sobre la Santísima Trinidad 1, 3]. Peligro que procede de confundir entre sí, en la fe o en la piedad, a las divinas personas o de multiplicar su única naturaleza; pues “la fe católica nos enseña a venerar un solo Dios en la Trinidad y la Trinidad en un solo Dios” [Símbolo de San Atanasio].Por ello, nuestro predecesor Inocencio XII no accedió a la petición de quienes solicitaban una fiesta especial en honor del Padre. Si hay ciertos días festivos para celebrar cada uno de los misterios del Verbo Encarnado, no hay una fiesta propia para celebrar al Verbo tan sólo según su divina naturaleza; y aun la misma solemnidad de Pentecostés, ya tan antigua, no se refiere simplemente al Espíritu Santo por sí, sino que recuerda su venida o externa misión. Todo ello fue prudentemente establecido para evitar que nadie multiplicara la divina esencia, al distinguir las Personas. Más aún: la Iglesia, a fin de mantener en sus hijos la pureza de la fe, quiso instituir la fiesta de la Santísima Trinidad, que luego Juan XXII mandó celebrar en todas partes; permitió que se dedicasen a este misterio templos y altares y, después de celestial visión, aprobó una Orden religiosa para la redención de cautivos, en honor de la Santísima Trinidad, cuyo nombre la distinguía.Conviene añadir que el culto tributado a los Santos y Ángeles, a la Virgen Madre de Dios y a Cristo, redunda todo y se termina en la Trinidad. En las preces consagradas a una de las tres divinas personas, también se hace mención de las otras; en las letanías, luego de invocar a cada una de las Personas separadamente, se termina por su invocación común; todos los salmos e himnos tienen la misma doxología al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo; las bendiciones, los ritos, los sacramentos, o se hacen en nombre de la santa Trinidad, o les acompaña su intercesión. Todo lo cual ya lo había anunciado el Apóstol con aquella frase: “Porque de Dios, por Dios y en Dios son todas las cosas, a Dios sea la gloria eternamente” (Rm. 11, 36); significando así la trinidad de las Personas y la unidad de naturaleza, pues por ser ésta una e idéntica en cada una de las Personas, procede que a cada una se tribute, como a uno y mismo Dios, igual gloria y coeterna majestad. Comentando aquellas palabras, dice San Agustín: “No se interprete confusamente lo que el Apóstol distingue, cuando dice ‘de Dios, por Dios, en Dios’; pues dice ‘de Dios’, por el Padre; ‘por Dios’, a causa del Hijo; ‘en Dios’, por relación al Espíritu Santo” [Sobre la Santísima Trinidad, 6,10; 1,6]».
domingo, 21 de julio de 2024
SOBRE LA PASIÓN MÍSTICA DE LA IGLESIA
Traducción del artículo publicado en NOVUS ORDO WATCH. Textos bíblicos tomados de la versión de Mons. Félix Torres Amat.
LA PASIÓN MÍSTICA DE LA IGLESIA: UNA TERRIBLE REALIDAD FRENTE A UNA FALSIFICACIÓN ENGAÑOSA
«No juzguéis conforme a apariencias» (San Juan VII, 24)…
Antes de que nuestro Bendito Señor ascendiera al Cielo para sentarse a la Diestra del Padre hasta Su regreso en gloria, advirtió a Sus discípulos:
«Mirad que nadie os engañe: Porque muchos han de venir, en mi nombre, diciendo: “Yo soy el Cristo, o Mesías”, y seducirán a mucha gente.Y aparecerá un gran número de falsos profetas que pervertirán a mucha gente. Y por la inundacion de los vicios, se resfriará la caridad de muchos. Mas el que perseveráre hasta el fin, ese se salvará. Entre tanto se predicará este Evangelio del reino de Dios en todo el mundo, en testimonio para lodas las naciones: y entónces vendrá el fin. Segun esto, cuando veréis que está establecida en el lugar santo la abominación desoladora que predijo el Profeta Daniel (quien lea esto, nótelo bien): en aquel trance los que moran en Judea, huyan a los montes; y el que está en el terrado, no baje o entre a sacar cosa de su casa; y el que se halle en el campo, no vuelva a coger su túnica o ropa. ¡Pero ay de las que estén en cinta o criando, y no puedan huir aprisa en aquellos días! Rogad pues a Dios que Vuestra huida no sea en invierno o en sábado, en que se puede caminar poco: porque será tan terrible la tribulación entonces, que no la hubo semejante desde el principio del mundo hasta ahora, ni la habrá jamás, y a no acortarse aquellos dias, ninguno se salvaría; mas abreviarse han por amor de los escogidos.En tal tiempo, si alguno os dice: “El Cristo o Mesías está aquí o allí”; no le creáis. Porque aparecerán falsos cristos y falsos profetas, y harán alarde de grandes maravillas y prodigios; por manera que aun los escogidos (si posible fuera) caerían en error. Ya veis que yo os lo he predicho.Así aunque os digan: “He aquí al Mesías que está en el desierto”; no vayáis allá; o bien: “Mirad que está en la parte más interior de la casa”; no lo creáis. Porque como el relámpago sale del Oriente, y se deja ver en un instante hasta el Occidente, así será el advenimiento del Hijo del hombre. Y donde quiera que se halláre el cuerpo, allí se juntarán las águilas.Pero luego despues de la tribulacion de aquellos días, el sol se oscurecerá, la luna no alumbrará, y las estrellas caerán del cielo, y las virtudes o los ángeles de los cielos temblarán: Entónces aparecerá en el cielo la señal del Hijo del hombre, a cuya vista todos los pueblos de la tierra prorumpirán en llantos: y verán venir al Hijo del hombre sobre las nubes resplandecientes del cielo con gran poder y majestad» (San Mateo XXIV, 4-5, 11-30; cursivas propias, subrayado añadido).
Estos días se habla mucho de una “Pasión de la Iglesia”, no sólo por parte de los sedevacantistas sino también por los tradicionalistas que la reconocen y resisten e incluso por los conservadores Novusorditas, y con buena razón.
El concepto de Pasión del Cuerpo Místico de Cristo fue enseñado explícitamente por el Papa Pío XII en su carta encíclica sobre la Iglesia:
«Ante todo, debe advertirse que, así como el Redentor del género humano fue vejado, calumniado y atormentado por aquellos mismos cuya salvación había tomado a su cargo, así la sociedad por Él fundada se parece también en esto a su divino Fundador. Porque, aun cuando no negamos, antes bien lo confesamos con ánimo agradecido a Dios, que, incluso en esta nuestra turbulenta época, no pocos, aunque separados de la grey de Cristo, miran a la Iglesia como a único puerto de salvación; sin embargo, no ignoramos que la Iglesia de Dios no sólo es despreciada, y soberbia y hostilmente rechazada, por aquellos que, menospreciando la luz de la sabiduría cristiana, vuelven misérrimamente a las doctrinas, costumbres e instituciones de la antigüedad pagana, sino que muchas veces es ignorada, despreciada y aun mirada con cierto tedio y enojo, hasta por muchísimos cristianos, atraídos por la falsa apariencia de los errores, o halagados por los alicientes y corruptelas del siglo» (Papa Pío XII, Encíclica “Mýstici Córporis Christi”, n.º 2)
El Papa aquí hace una analogía clara y acertada entre la Iglesia Católica y el Señor Jesucristo. Así como el Hijo de Dios fue perseguido y tuvo que soportar los mayores sufrimientos, así debe ser para la Iglesia, su Cuerpo Místico, como lo indica San Pablo: «Yo que al presente me gozo de lo que padezco por vosotros, y estoy cumpliendo en mi carne lo que resta que padecer a Cristo en sus miembros, sufriendo trabajos en pro de su cuerpo místico, el cual es la Iglesia» (Colosenses I, 24). En otras palabras, como su Divino Señor, la Iglesia es víctima de la Pasión, no autora. Ella sufre la Pasión, no la inflige.
Sin embargo, ¿quién o qué es responsable de esta gran apostasía que actualmente aflige a las almas bajo la bandera del catolicismo? ¡Son los “Papas” posteriores a Pío XII (es decir, desde 1958) y la extraña nueva “Iglesia conciliar” que han establecido!
Si queremos buscar una etiqueta que la Revelación Divina le asigna al poder que perennemente persigue a la Iglesia, hay una que sobresale: es el poder y el espíritu del Anticristo. San Juan el Apóstol advirtió directamente a los fieles: «…viene el Anticristo, así ahora muchos se han hecho Anticristos: por donde echamos de ver, que ya es la última hora. De entre nosotros o de la Iglesia han salido, mas no eran de los nuestros, o del número de los verdaderos fieles…» (1.ª Juan II, 18-19).
Es interesante que San Juan afirme que «ellos salieron de entre nosotros», es decir, que alguna vez fueron parte de la Iglesia Verdadera, pero luego se desviaron hacia la herejía o la apostasía. Y San Pablo, escribiendo a los Tesalonicenses, señaló que este poder perseguidor es el «artificio del error» que Dios enviaría «con que crean a la mentira, para que sean condenados todos los que no creyeron a la verdad, sino que se complacieron en la maldad o injusticia» (2.ª Tesalonicenses II, 10-11).
¿Es demasiado difícil ver que el «artificio del error» es la falsa Iglesia del Vaticano II, que busca engañar, si fuera posible, incluso a los elegidos (cf. San Mateo XXIV, 24)? Ciertamente, el «artificio del error» nunca puede ser la verdadera Iglesia Católica misma, porque ella es asistida sobrenaturalmente por Dios y milagrosamente preservada por Él, para Su gloria y la salvación de las almas:
«Y de hecho, solo por un milagro del poder divino puede suceder que entre el torrente de corrupción y la frecuente deficiencia de sus miembros, la Iglesia, en cuanto es el cuerpo místico de Cristo, permanezca indefectible en la santidad de la doctrina, de las leyes, de su fin; de sus mismas causas se derivan efectos igualmente fructíferos; de la fe y la justicia de muchos de sus hijos cosecha abundantes frutos de salud. No menos claro aparece el sello de su vida divina en que entre tantas y tan malas complicidades de opiniones perversas, entre un número tan grande de rebeldes, entre tantas variaciones multiformes de errores, ella persevera inmutable y constante, como columna y soporte de la verdad, en la profesión de la misma doctrina, en la comunión de los mismos sacramentos, en su divina constitución, en el gobierno, en la moral» (Papa San Pío X, Encíclica “Edítæ sæpe Dei”, n.º 8; subrayado añadido).
Nuestro Señor ha dado a su Iglesia esta protección especialmente a través de un hombre —un cargo— al que dotó de una fe infalible: el Papa (cf. San Lucas XXII, 30-32; San Mateo XVI, 18). Él es el Vicario de Cristo, el sucesor de San Pedro, y su fe «no ha fallado hasta ahora ni fallará hasta el fin» (Papa San León IX, Carta Apostólica “In Terra Pax”; Denz. 351).
Así pues, es precisamente a través de sus verdaderos Papas que la Iglesia está protegida con seguridad del error y de la herejía hasta el fin de los tiempos:
«¿Se necesita más para conocer que son vanos los esfuerzos de los hombres, cuando estos se dirigen a destruir la Casa de Dios, es decir, la Iglesia edificada sobre Pedro, piedra no solamente de nombre, sino en realidad; Iglesia contra la cual no prevalecerán jamás las puertas del Infierno, por lo mismo que ella está fundada sobre la piedra?La Religión Cristiana no ha tenido jamás un solo enemigo que al mismo tiempo no haya hecho una guerra impía a la Cátedra de Pedro, porque mientras esta permanezca firme, aquella no puede caer, ni bambolear. En efecto, como lo declara solemnemente San Ireneo, “por la legítima ordenación, y sucesión de los Pontífices Romanos, es como en la Iglesia se transmite de los Apóstoles hasta nosotros la tradición y la predicación de la verdad, y esta misma sucesión es la que demuestra plenamente que la fe que vivifica hoy día la Iglesia, es real y verdaderamente la misma fe de los Apóstoles” [Advérsus hæréses, libro 3.º, cap. III]» (Papa Pío VII, Encíclica “Diu satis vidémur”, n.º 6; subrayado añadido).
El Papa León XII dejó claro que la debilidad humana no puede viciar las promesas de Cristo en un verdadero Papa, que «cuya dignidad jamás caduca en un heredero indigno» (Encíclica “Ubi Primum”; cf. San León Magno, Sermón 2.º de su natividad).
El Papa León XIII lo resumió sucintamente cuando enseñó que «el instrumento fuerte y eficaz de salvación no es otro que el Pontificado Romano» (Alocución con ocasión del 25.º aniversario de su elección, 20 de Febrero de 1903; extraído de Papal Teachings: The Church, n.º 653).
La enseñanza católica tradicional, entonces, es que el Papa es el garante de la ortodoxia y, por lo tanto, ¡nunca puede ser la ruina de la verdadera fe!
Si, por tanto, la Iglesia católica está sufriendo hoy su Pasión (y no cabe duda de que es así), entonces el autor de la persecución no es ciertamente un verdadero Papa, sino un impostor. El verdadero Papa será la víctima principal de la persecución, no su principal protagonista. El Papa es el Vicario de Jesucristo, no de Caifás o de Judas Iscariote.
Así como nuestro Señor murió como resultado de su Sagrada Pasión, para resucitar gloriosamente unos días después, así parecería razonable que en la Pasión del Cuerpo Místico, el Papa sea llevado por un corto tiempo con consecuencias espantosas: «Entonces díceles Jesús: “Todos vosotros padeceréis escándalo por ocasión de mí esta noche y me abandonaréis. Por cuanto está escrito: ‘Heriré al pastor, y se descarriarán las ovejas del rebaño’”» (San Mateo XXVI, 31; cf. Zacarías XIII, 7).
Que el mismo Papa sería «quitado de en medio» por un tiempo fue profetizado en 2.ª Tesalonicenses II, 3-7:
«No os dejéis seducir de nadie en ninguna manera, porque no vendrá este día sin que primero haya acontecido la apostasía casi general de los fieles, y aparecido el hombre del pecado, el hijo de la perdición, el cual se opondrá a Dios, y se alzará contra todo lo que se dice Dios, o se adora, hasta llegar a poner su asiento en el Templo de Dios, dando a entender que es Dios. ¿No os acordáis que cuando estaba todavía entre vosotros, os decía estas cosas? Ya sabéis vosotros la causa que ahora le detiene, hasta que sea manifestado o venga en su tiempo señalado. El hecho es que ya va obrando o formándose el misterio de iniquidad: entre tanto el que está firme ahora, manténgase, hasta que sea quitado el impedimento».
En 1861, el cardenal Henry Edward Manning explicó en detalle lo que dice la Tradición católica sobre el fin de los tiempos, sobre la persecución de la Iglesia, sobre la Gran Apostasía y sobre el papel del Papa por un lado y el del Anticristo por el otro. Se recomienda encarecidamente a los lectores que aún no lo hayan hecho que lean el artículo que hemos publicado con extractos destacados de las conferencias del cardenal Manning sobre este tema:
La Pasión de la Iglesia es un tema muy intrigante, pero es importante qué es y qué no es, para que no seamos engañados, siguiendo la advertencia de San Pablo: «No os dejéis seducir de nadie en ninguna manera…». (2.ª Tesalonicenses II, 3).
Para ayudar a ilustrar la diferencia esencial entre una visión ortodoxa y una no ortodoxa de la «Pasión Mística» de la Iglesia, presentamos las siguientes descripciones generales:
La auténtica Pasión de la Iglesia (compatible con la doctrina católica)
- El pastor principal es herido, las ovejas se dispersan.
- El Cuerpo Místico es perseguido por sus enemigos, por «falsos apóstoles… operarios engañosos, que se disfrazan de apóstoles de Cristo» (2.ª Corintios XI, 13), y «de los que se llaman judíos, y no lo son, antes bien son una sinagoga de Satanás» (Apocalipsis II, 9).
- Jesucristo es perseguido en su Vicario.
- Los fieles están sumidos en una gran confusión.
- Muchos abandonan la fe porque se escandalizan por lo que ha sucedido.
- Los católicos son objeto de burlas y mofas por aferrarse a la verdadera fe.
- Ha cesado la celebración canónicamente pública del Santo Sacrificio, y en el lugar santo se encuentra la Abominación de la Desolación (cf. Daniel VII, 11-12; IX, 27; San Mateo XXIV, 15).
- El resto fiel «huye a los montes» (San Mateo XXIV, 16) para conservar la fe y los sacramentos
- El Vicario de Cristo es de alguna manera «quitado del medio» (2.ª Tesalonicenses II, 7).
- Un «artificio del error» (2.ª Tesalonicenses II, 10) tiene el potencial de «seducir, si se pudiese, a los mismos elegidos» (San Marcos XIII, 22).
- Los falsos profetas de la operación del error intentan atraer a los católicos restantes con falsos milagros (cf. San Mateo XXIV, 23-24).
- El número total de verdaderos creyentes en el mundo es relativamente pequeño.
- El remanente fiel está perplejo: hay innumerables preguntas y nadie tiene todas las respuestas.
- Todo parece perdido y sin esperanza, pero no lo es.
La falsa Pasión de la Iglesia (contradice la doctrina católica)
- El Vicario de Cristo persigue a los fieles.
- El Papa ya no es la regla próxima de la Fe.
- La Iglesia ha abandonado su misión y ya no busca activamente hacer conversos.
- La Iglesia introduce ritos litúrgicos/sacramentales sacrílegos, leyes dañinas y enseñanzas falsas.
- La Iglesia se ha apartado de la fe y ya no es una guía fiable para la salvación.
- El Arca de Salvación se ha convertido en el Arca de Condenación.
- Jesucristo es perseguido por su Vicario.
- Hay una autoridad superior en la Iglesia que el Papa a la que los fieles pueden y deben recurrir cuando el Papa enseña errores venenosos.
- Los obispos individuales (generalmente retirados [Gerhard Ludwig Müller Straub o Joseph Edward Strickland Hart, N. del T.] o meros auxiliares [Atanasio Antonio Schneider Trautmann, N. del T.]) corrigen habitualmente al Papa y enseñan contrariamente a él, desempeñando así el papel de “Papa sustituto” al que los fieles deberían adherirse en lugar del Papa.
- Cada católico debe decidir a qué blogueros, youtubers, periodistas o abogados escuchará cuando corrija al Papa y pretenda guiar a los “verdaderos católicos” para que sepan qué pueden y qué no pueden aceptar de la Santa Sede.
- El Papa canoniza como santos a los pecadores públicos y a otros candidatos manifiestamente indignos, decretando que deben ser venerados por toda la Iglesia.
- El Vicario de Cristo es también el Vicario del Anticristo.
- Las enseñanzas y decretos papales no tienen fuerza si un vendedor canadiense de aceite para barba en YouTube no está de acuerdo.
- Las leyes litúrgicas están sujetas a la aprobación de un profesor de filosofía jubilado de Estados Unidos [Peter A. Kwasniewski, N. del T.].
- La enseñanza católica sobre el magisterio papal es una “dolorosa vergüenza histórica” que ya no se aplica.
- Muchas enseñanzas católicas atemporales de repente quedan sin efecto porque algunos han decidido en privado, en contra del acuerdo de la jerarquía, que ahora existe una “situación de emergencia”.
- La Iglesia es tratada como si fuera una mera institución humana y pudiera fracasar y corromperse como cualquier otra cosa que sea obra de manos humanas.
- Se propone como solución la resistencia/desobediencia católica individual a largo plazo a la jerarquía, a las enseñanzas y leyes de la Iglesia.
En otras palabras: la verdadera Pasión de la Iglesia consiste en los católicos incluyendo el Papa, siendo traicionados, perseguidos, humilados, escandalizados, azotados, calumniados, torturados, y/o asesinados por los enemigos de Cristo, de Su Iglesia, y de Su Vicario. La falsa Pasión de la Iglesia tendría a la Iglesia defeccionando y envenenando y persiguiendo a sus propios hijos, ¡y el “Papa” dirigiendo el ataque! La Iglesia así se habría descarriado de su divina misión, y las promesas de Cristo habrían sido anuladas. ¡Eso es blasfemia y muy ciertamente incompatible con la doctrina católica tradicional!
Para obtener más información sobre la posición católica tradicional sobre las señales que preceden al fin del mundo y la segunda venida de nuestro Señor, y para contenido relacionado con eso, los siguientes enlaces proporcionan recursos útiles:
- Monseñor Donald Sanborn sobre el fin del mundo y el Anticristo.
- Monseñor Mark Pivarunas sobre cómo Satanás intentará engañar incluso a los elegidos.
- El cardenal Henry Edward Manning sobre la Gran Apostasía, el Papa y el Anticristo (1871).
- San Agustín: “La Iglesia no aparecerá” durante la Gran Tribulación antes del regreso de Cristo.
- Teólogo pre-Vaticano II: La catolicidad de la Iglesia fue “muy restringida” durante la Gran Apostasía.
- Sobre el argumento de la “Pasión de la Iglesia” (en respuesta a John Salza y Robert Siscoe).
- El Papado y la Pasión de la Iglesia.
- La verdadera y la falsa pasión de la Iglesia.
- TRADCAST 009 (Podcast).
- Sedevacantismo y Calvario: una breve respuesta a Cor Maríæ.
- Sacerdote en 1955: El libro del Apocalipsis indica que el Falso Profeta será un Falso Papa mientras la Silla Papal está Vacante y la Iglesia parece Destruida.
- El padre Frederick Faber explica por qué el Anticristo es tan engañoso.
No cabe duda de que lo que la Iglesia Católica está viviendo en este momento no es otra cosa que su Pasión Mística. Sin embargo, esto no significa que podamos usar este concepto para violar el dogma o la doctrina católica tal como se creía y enseñaba antes del falso Concilio Vaticano II (1962-1965).
En otras palabras, no podemos apelar a una pasión eclesiástica para justificar contradicciones, para permitirnos sostener ideas no ortodoxas o para descartar el magisterio anterior al Vaticano II. Cualquiera que sea la verdadera naturaleza de la Pasión de la Iglesia, ciertamente no puede ser algo que contradiga la doctrina católica perenne.
Los católicos podemos aceptar el misterio, pero no podemos aceptar la contradicción.
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