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martes, 29 de julio de 2025

CARTA “Ex vestris moeróre” A LOS OBISPOS MARONITAS POR LA MASACRE DRUSA


El 29 de julio de 1860, Pío IX dirige a Su Beatitud Pablo Pedro Massaad (foto), Patriarca de Antioquía de los Maronitas, y a sus obispos sufragáneos la carta consolatoria “Ex vestris mœróre” con 40.000 liras adjuntas. La intervención pontificia siguió al arribo a Roma de las noticias relativas a la masacre de 10.000 maronitas por los drusos, apoyados por el Imperio Otomano e Inglaterra (que obtuvo para sus misioneros protestantes el acceso al Monte de Líbano y Siria):
A los Venerables Hermanos Pablo Pedro, Patriarca de Antioquía de los Maronitas, y a los otros siete Obispos del Patriarcado.
Venerables Hermanos, Salud y Bendición Apostólica.

Por vuestra angustiada carta, que nos llegó el veintiséis del mes en curso, no sin profundo dolor y angustia para Nuestra alma, nos enteramos de las atroces masacres de fieles, cometidas en estas regiones por los más feroces enemigos del nombre cristiano, cuya trágica noticia ya ha aparecido en los periódicos en estos últimos días.
   
De hecho, las otras amarguras que nos afligen se verían en cierto modo agravadas por la idea de los monasterios y templos destruidos por el fuego, de las aldeas enteras devastadas por la espada y la llama, de los objetos sagrados de todo tipo manipulados, y de las innumerables multitudes de toda edad, condición y sexo, algunas de las cuales han sido brutalmente masacradas y otras buscan escapar de la muerte inminente huyendo y escondiéndose; y el continuo peligro de muerte al que Vos y los demás prelados sagrados estáis expuestos, causado por el orgullo innato de estos infieles, que, especialmente en este momento, sin duda se ha visto exacerbado por la división del Imperio mahometano, tan a menudo proclamada en los periódicos, de la que ha estallado una furia tan repentina por la masacre del pueblo cristiano.
   
Pero lo más lamentable y doloroso de todo es que en nuestra época se conceda más favor y ayuda incluso a los más turbulentos autores de sediciones, que a los pueblos cristianos que gimen bajo el yugo de los turcos y otros bárbaros, por quienes en épocas anteriores se emprendieron guerras gravísimas para liberar a Europa de la más dura servidumbre. Y así, en el parlamento público de cierta nación [Inglaterra], muchos han rendido homenaje y aplaudido a ese hombre que, en todas partes, contra toda ley y razón, aboga por la destrucción de las cosas públicas y sagradas.
    
Es evidente que este camino perverso se utiliza cuando se rechaza y se reprueba la religión católica, la única que es líder y maestra de la verdad, y la única que puede sanar las heridas de una sociedad enferma, gobernarla y sostenerla, ya desmoronada y casi en ruinas. Es verdaderamente deseable que quienes se sienten afectados por esto comprendan finalmente que la Iglesia de Dios no trama ningún complot perjudicial contra la sociedad humana, sino que son los enemigos de la propia Iglesia quienes, si reciben ayuda del favor, la autoridad o la fuerza, suelen volver sus armas contra sus propios partidarios para anular por completo todo poder sagrado y civil.
    
Sin embargo, con la ayuda de Dios, Venerables Hermanos, esperamos condiciones mucho mejores para los cristianos de esas regiones. Pues la generosa nación de Francia y su gobierno están preparando una flota muy poderosa para enviarla a esas costas, al igual que otras naciones han enviado barcos armados para proteger a sus ciudadanos y rescatarlos, por así decirlo, de las fauces de esas bestias. Nos, con la solicitud paternal que nos impulsa, nos hemos esforzado por avivar este noble ardor con exhortaciones; y no dudamos en absoluto de que se inflame por la defensa común y la seguridad de vuestra salud. Además, tened la seguridad de que compartimos vuestro dolor por las terribles circunstancias que os han acontecido recientemente, y que, para aliviaros de tantas desgracias, nos apresuramos a enviaros alguna suma de dinero, según lo permita la angustia en la que nos encontramos, rogamos e imploramos al Padre de las misericordias que desde el exaltado trono de su gloria mire a esta porción del rebaño del Señor, y que la restaure con bondad y propicio, afligida como está por tal calamidad.
    
Que el Dios inmortal, en cuya mano están los corazones de los reyes, conceda que los más poderosos príncipes cristianos se movilicen para reprimir la audacia de los infieles, para que no sean desenfrenados e insolentes en la perdición y masacre del nombre cristiano. Que Dios conceda que estos mismos príncipes comprendan alguna vez cuán grave y casi extremo peligro se cierne sobre la sociedad universal a menos que unan sus fuerzas y esfuerzos para frenar la audacia de los canallas aquí y en Europa y para romper su ímpetu. Pues, inflamados por una nueva furia, conspiran y trabajan para extinguir en las almas todos los sentimientos religiosos, para derrocar todo derecho divino y humano, y, habiendo eliminado toda distinción entre justo e injusto, para convertir a la comunidad humana en una empalizada de bestias furiosas.
   
Pero en esta gran conmoción de los asuntos civiles, en este gran temor a nuevos torbellinos, el pensamiento nos sostiene, que los fieles de todo el mundo eleven fervientes y constantes oraciones al Trono de la Gracia, mediante el cual el Dios misericordioso, cuando le plazca, restaurará la anhelada tranquilidad; para que podamos entonces regocijarnos en el auspicioso y feliz resultado de nuestros deseos comunes, y dar las debidas gracias al Supremo Gobernante de todas las cosas, el Salvador y Vengador de su Iglesia, por tal beneficio.
  
Fortalecidos por esta esperanza, os impartimos la Bendición Apostólica a Vos y a vuestro rebaño, Venerables Hermanos, como prenda de mejor fortuna y de eterna bienaventuranza.

Dado en Roma, junto a San Pedro, el día 29 de julio del año 1860, XV. de Nuestro PontificadoPAPA PÍO IX.

lunes, 5 de mayo de 2025

CUATRO CITAS PAPALES CONTRA EL TRADICARISMATISMO


El “tradicarismatismo” es la tentación de apelar a las revelaciones privadas o al gurú carismático de turno para una “restauración” de la Iglesia. Esta tendencia es afín al modernismo, en cuanto a que se pretende hacer a un lado el elemento organizacional de la Iglesia y refleja la noción de que la Revelación pública continúa abierta. 

Contra ello, van señalados los siguientes puntos, con citas de Papas legítimos.
  1. EL PAPADO NO ES OPCIONAL: «Si alguno dijere que no es por institución del mismo Cristo el Señor, es decir por derecho divino, que el bienaventurado Pedro tenga perpetuos sucesores en su primado sobre toda la Iglesia, o que el Romano Pontífice no es el sucesor del bienaventurado Pedro en este misma primado: sea anatema.

    […]

    El Espíritu Santo fue prometido a los sucesores de Pedro, no de manera que ellos pudieran, por revelación suya, dar a conocer alguna nueva doctrina, sino que, por asistencia suya, ellos pudieran guardar santamente y exponer fielmente la revelación transmitida por los Apóstoles, es decir, el depósito de la fe» (Pío IX, Constitución dogmática Pastor Ætérnus).
  2. LA VISIBILIDAD DE LA IGLESIA NO ES OPCIONAL: «Por todas estas razones la Iglesia es con frecuencia llamada en las sagradas letras un cuerpo, y también el cuerpo de Cristo. “Sois el cuerpo de Cristo” (I Cor. 12, 37). Porque la Iglesia es un cuerpo, es visible a los ojos; porque es el cuerpo de Cristo, es un cuerpo vivo, activo, lleno de savia, sostenido y animado como está por Jesucristo, que lo penetra  con su virtud, como, aproximadamente, el tronco de la viña alimenta y hace fértiles a las ramas que le están unidas. En los seres animados, el principio vital es invisible y oculto en lo más profundo del ser, pero se denuncia y manifiesta por el movimiento y la acción de los miembros; así el principio de vida sobrenatural que anima a la Iglesia, se manifiesta a todos los ojos por los actos que produce.
      
    De aquí se sigue que están en un pernicioso error los que haciéndose una Iglesia a medida de sus deseos, se la imaginan como oculta y en manera alguna visible, y aquellos otros que la miran como una institución humana, provista de una organización, una disciplina y ritos exteriores, pero sin ninguna comunicación permanente de los dones de la gracia divina, sin nada que demuestre por una manifestación diaria y evidente la vida sobrenatural que recibe de Dios. 
      
    […]
       
    Así del mismo modo que la autoridad de Pedro es necesariamente permanente y perpetua en el Pontificado romano, también los Obispos, en su calidad de sucesores de los Apóstoles, son los herederos del poder ordinario de los Apóstoles, de tal suerte que el orden episcopal forma necesariamente parte de la constitución íntima de la Iglesia. y aunque la autoridad de los Obispos no sea ni plena, ni universal, ni soberana, no debe mirárselos como a simples Vicarios de los Pontífices romanos, pues poseen una autoridad que les es propia, y llevan con toda verdad el nombre de Prelados ordinarios de los pueblos que gobiernan» (León XIII, Encíclica Satis cógnitum).
  3. EL CIERRE DE LA REVELACIÓN PÚBLICA NO ES OPCIONAL: «[Se condena y proscribe la proposición] 21. “La revelación, que constituye el objeto de la fe católica, no quedó cerrada con los Apóstoles» (San Pío X, Decreto Lamentábili sane éxitu).
  4. LA AUTORIDAD JURÍDICA DE LA IGLESIA NO ES OPCIONAL: «La llamada misión jurídica de la Iglesia y la potestad de enseñar, gobernar y administrar los sacramentos deben el vigor y fuerza sobrenatural, que para la edificación del Cuerpo de Cristo poseen, al hecho de que Jesucristo, pendiente de la cruz, abrió a la Iglesia la fuente de sus dones divinos, con los cuales pudiera enseñar a los hombres una doctrina infalible y los pudiese gobernar por medio de pastores ilustrados por virtud divina y rociarlos con la lluvia de las gracias celestiales.
       
    […]
       
    Por lo cual lamentamos y reprobamos asimismo el funesto error de los que sueñan con una Iglesia ideal, a manera de sociedad alimentada y formada por la caridad, a la que ―no sin desdén― oponen otra que llaman jurídica. Pero se engañan al introducir semejante distinción, pues no entienden que el divino Redentor, por este mismo motivo, quiso que la comunidad por Él fundada fuera una sociedad perfecta en su género y dotada de todos los elementos jurídicos y sociales: para perpetuar en este mundo la obra divina de la redención [Concilio Vaticano de 1870, sesión 4ª: Constitución dogmática sobre la Iglesia, prólogo]. Y para lograr este mismo fin, procuró que estuviera enriquecida con celestiales dones y gracias por el Espíritu Paráclito. […] No puede haber, por consiguiente, ninguna verdadera oposición o pugna entre la misión invisible del Espíritu Santo y el oficio jurídico que los pastores y doctores han recibido de Cristo; pues estas dos realidades ―como en nosotros el cuerpo y el alma― se completan y perfeccionan mutuamente y proceden del mismo Salvador nuestro, quien no sólo dijo al infundir el soplo divino: “Recibid el Espíritu Santo” (Jn 20,22), sino también imperó con expresión clara: “Como me envió el Padre, así os envío yo” (ibíd., 20,21); y asimismo: “El que a vosotros oye, a mí me oye” (Lc 10,16). Y si en la Iglesia se descubre algo que arguye la debilidad de nuestra condición humana, ello no debe atribuirse a su constitución jurídica, sino más bien a la deplorable inclinación de los individuos al mal; inclinación, que su divino Fundador permite aun en los más altos miembros del Cuerpo místico, para que se pruebe la virtud de las ovejas y de los pastores y para que en todos aumenten los méritos de la fe cristiana» (Papa Pío XII, Encíclica Mýstici Córporis Christi).

lunes, 11 de marzo de 2024

DEL DOGMA DE LA INFALIBILIDAD

Sermones del Rev. P. Pío Vázquez SSM sobre la Infalibilidad Papal.

1.º EL DOGMA DE LA INFALIBILIDAD: GENERALIDADES (Domingo 18 de Febrero de 2024, I Domingo de Cuaresma).
   
   
Queridos fieles:
 
El día de hoy, dejando de lado la Epístola y Evangelio del día, deseamos hablar sobre un tema de suma importancia, especialmente para nosotros que estamos viviendo esta época tan tremenda y esta tan terrible Crisis en la Iglesia, nos referimos al importantísimo tema de la Infalibilidad.
   
(Cuerpo 1: Infalibilidad Papal)
Es realmente un tema muy importante y en el que, desgraciadamente, hay muchos errores y confusiones hoy en día, pues en ciertos grupos tradicionales, de “Misa en latín”, hay una tendencia a restringir la infalibilidad papal, reduciéndola en la práctica a la nada. Nos explicamos.
    
Como todos ya saben —o deberían saber—, es un dogma de la Santa Madre Iglesia Católica que el Papa es infalible cuando enseña sobre Fe y Costumbres —evidentemente, nos referimos a un verdadero y legítimo Papa; no a los impostores que hoy usurpan el Papado desde el Concilio Vaticano II—; este Dogma de Fe fue solemnemente definido en el Concilio Vaticano I, en la Constitución Pastor Ætérnus, Cap. IV, por el Papa Pío IX en el año 1870.
   
El error principal de los grupos a los cuales recién hacíamos referencia es que ellos restringen la infalibilidad papal a solas las definiciones solemnes del Papa o lo que se llama Magisterio extraordinario —cosa que no dice para nada Pastor Ætérnus—; dicho con otras palabras, enseñan que el Papa solamente es infalible cuando hace definiciones solemnes, pretendiendo que un Papa verdadero fuera de ese supuesto —que es muy raro y ocurre muy, pero muy pocas veces—, es tan falible como cualquier otro ser humano…
    
Y así reducen en la práctica a la nada la infalibilidad papal, pues la definiciones solemnes ocurren casi nunca, muy rara vez; la última fue en el año 1950, el Papa Pío XII, definiendo el Dogma de la Asunción de María a los Cielos; antes de ése hay que ir atrás como unos cien años a 1854, a la Inmaculada Concepción, definida por el Papa Pío IX. Como verán, las definiciones solemnes no son algo habitual, sino que muy pocas veces se da.
    
Por tanto, si pretendemos que la infalibilidad papal sólo aplica a lo solemne y que fuera de ello el Papa se puede equivocar como cualquiera, ¿a dónde queda la infalibilidad; para qué sirve? Entonces podríamos comenzar a poner en duda lo que nos enseñó el Papa Pío XII, o el Papa Pío XI o el mismo San Pío X; éstos últimos dos —que yo sepa— sólo enseñaron con Magisterio Ordinario. Y así, a mi modo de ver, queda prácticamente destruida la infalibilidad.
    
Ahora bien, un Papa verdadero es infalible, no solamente en su Magisterio solemne —como es evidente—, sino también en su Magisterio Ordinario (Encíclicas, Bulas, Constituciones, etc.); en éste también es especialmente asistido por el Espíritu Santo para que no haya error alguno en lo que concierne a la Fe y las costumbres o moral.
   
(Cuerpo 2: Pastor Ætérnus)
Veamos ahora algunos extractos de la mencionada Constitución Pastor Ætérnus, que nos ayudarán a discernir este tema y ver que un 
Papa verdadero nunca puede enseñar errores y herejías a la Iglesia universal.
 
Allí leemos lo siguiente:
“Los Padres del Concilio IV de Constantinopla… publicaron esta solemne profesión: ‘Primordial salud es guardar la regla de la recta Fe […]. Y como no puede pasarse por alto la sentencia de Nuestro Señor Jesucristo que dice: ‘Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia’, esto que ha sido dicho, se prueba por los efectos de las cosas, porque en la Sede Apostólica [que es equivalente a decir el Papa] se guardó SIEMPRE sin mácula la Religión Católica y fue celebrada la Santa Doctrina…’”.
¿Cómo habría sido ello posible si el Papa realmente pudiera caer en error como cualquiera? Notemos que el texto dice “siempre”; no dice “la mayoría de las veces” o “sólo en las definiciones ‘solemnes’”, sino que SIEMPRE, en todo momento, se guardó sin mácula, sin mancha, la Religión Católica en la Sede Apostólica, en el Papa. Preguntamos: siendo el hombre de suyo tan falible y propenso al error, ¿cómo se podría haber mantenido sin ninguna mácula SIEMPRE el Papado sin una asistencia especial de Dios? Dicha asistencia es, cabalmente, la infalibilidad.
“Los obispos de todo el orbe, ora individualmente, ora congregados en Concilios, siguiendo la larga costumbre de las Iglesias y en la forma de la antigua regla dieron cuenta particularmente a esta Sede Apostólica de aquellos peligros que surgían en cuestiones de Fe, a fin de que allí señaladamente se resarcieran los daños de la Fe, donde la Fe no puede sufrir mengua”.
“Roma locúta, causa finíta est”, “Roma ha hablado, la causa está definida, resuelta”. Siempre los católicos desde los primeros siglos se dirigían al Papa para que él dirimiera las cuestiones de Fe, cuando había dudas o disputas en algún tema teológico. ¿Por qué? Porque sabían, como dice el texto, que en Roma, en el Papa, es “donde la Fe no puede sufrir mengua”, y no hacían distinciones: “ah, pero tiene que ser con Magisterio solemne, porque si no, se puede equivocar…”. Volvemos a preguntar: ¿cómo sería posible lo que dice el texto si un Papa verdadero realmente pudiera caer en el error y enseñarlo a la Iglesia universal?
“Y, ciertamente, la apostólica doctrina de ellos [de los Papas], todos los venerables Padres la han abrazado y los santos doctores ortodoxos venerado y seguido, sabiendo plenísimamente que esta Sede de San Pedro permanece SIEMPRE intacta de todo error, según la promesa de Nuestro Divino Salvador hecha al príncipe de sus discípulos: ‘Yo he rogado por ti, a fin de que tu Fe no desfallezca y tú, una vez convertido, confirma a tus hermanos’”.
Veamos la fuerza del texto; repitámoslo: sabiendo plenísimamente que esta Sede de San Pedro permanece SIEMPRE intacta de todo error. Realmente, ¿cómo puede haber hoy en día obispos y sacerdotes tradicionales que leyendo esto, “permanece siempre intacta de todo error”, puedan decir que un Papa puede equivocarse al hablar a la Iglesia universal; cómo sería entonces verdad lo que dice el texto de que está siempre intacta de todo error? 
“Así, pues, este carisma de la verdad y de la FE NUNCA DEFICIENTE fue divinamente conferido a Pedro y a sus sucesores en esta cátedra, para que desempeñaran su excelso cargo para la Salvación de todos; para que toda la grey de Cristo, apartada por ellos del pasto venenoso del error, se alimentare con el de la doctrina celeste…”.
Como si hubieran tenido poca fuerza los anteriores textos, ahora el Concilio Vaticano I nos da uno mucho más fuerte y contundente: “Carisma de la FE NUNCA DEFICIENTE” (“fídei númquam deficiéntis”); ¿qué más queremos? ¿Es que la Iglesia podría ponerlo más claro? ¡Fe nunca deficiente significa cabalmente que nunca puede fallar! ¿Cómo compaginamos este texto con esa idea de un supuesto Papa enseñando errores y herejías a la Iglesia universal? ¡Absurdo!
 
Hasta allí los textos de Pastor Ætérnus. Como vemos, son supremamente claros. Por tanto, teniendo en cuenta el modernismo y la actualapostasía que vivimos, o una de dos: O Pastor aeternus está equivocado y tienen razón los que nos dicen que un Papa verdadero puede enseñar errores y herejías a la Iglesia universal; o —lo que es más lógico— Pastor ætérnus está en lo correcto y los que se equivocan son los que nos dicen la falsedad de que un Papa sí puede inducir al error a toda la Iglesia.
   
(Cuerpo 3: Papas Liberio, Honorio y Juan XXII)
Ahora veamos algunos puntos relacionados con este importantísimo tema de la infalibilidad.
 
(1) Los que atacan este Dogma tratando de minarlo, al restringirlo en la manera que hemos dicho, suelen hablar de supuestos Papas que habrían antes, en la historia de la Iglesia, caído en herejías o errores; suelen nombrar tres: a San Liberio, a Honorio y a Juan XXII. 
 
Del primero, de San Liberio, dicen falsamente que favoreció la herejía arriana y que condenó a San Atanasio (gran opositor de dicha herejía); es tan falso y calumnioso que el Papa Pío IX mismo en su Encíclica Quártus Supra lo niega, diciendo lo siguiente:
Los arrianos falsamente acusaron a Liberio, también Predecesor Nuestro, al Emperador Constantino, porque rehusó condenar a San Atanasio, obispo de Alejandría, y porque rehusó apoyar la herejía de ellos” (nn. 15-16).
El tema del Papa Honorio, asimismo, ha sido ya tratado por varios teólogos y doctores católicos, los cuales han demostrado que las acusaciones contra él son falsas, pues están basadas en adulteraciones y falsificaciones hechas por los griegos a las actas del Sexto Concilio Ecuménico, tratando de hacerlo pasar falsamente por monotelita.
    
Y, respecto al Papa Juan XXII, también el caso de él ha sido ya bastante estudiado por los teólogos católicos y demostrado que él nunca cayó en una herejía, pues el tema en cuestión —sobre la inmediata visión beatífica después de la muerte una vez pagada la pena temporal o su espera a la Segunda Venida de Cristo— era un tema en ese entonces todavía abierto —no había nada definido— y él lo único que hizo, además, fue recopilar lo que los diversos autores decían hacia uno y otro lado, buscando precisamente que se esclareciera y definiera el tema.
    
Es muy curioso y triste ver de dónde provienen estas acusaciones contra estos Papas; en efecto, cuando uno viene a ver los que decían estas cosas en contra de San Liberio, de Honorio y de Juan XXII eran ¡los herejes!: los galicanos (de la Iglesia de Francia —Iglesia Galicana—que siempre tendían a querer restringir el poder papal; herejía que fue condenada por la Iglesia), los protestantes (los cuales no creen en el Papado, ni en la infalibilidad), los antiinfabilistas durante el Concilio Vaticano I. ¿Y qué hacían los católicos; qué decían los teólogos y doctores? ¡Los refutaban!, y demostraban que todo era una sarta de mentiras y calumnias. Realmente qué triste que obispos y sacerdotes tradicionales, que incluso se creen baluartes de la Fe, se hagan eco de acusaciones que provienen de herejes que ya fueron refutados por los católicos anteriormente; en verdad, qué tristeza.
   
(Cuerpo 4: San Roberto Belarmino)
(2) Hay otro punto, relacionado sobre este tema, respecto al cual quisiéramos hacer una aclaración que nos parece importante. En toda esta cuestión de la infalibilidad se suele traer a colación a San Roberto Belarmino —y también a otros teólogos y Santos— que dicen que el Papa que cae en herejía pública y manifiesta, por ese mismo hecho, deja de ser Papa y cabeza de la Iglesia. Nosotros mismos en el pasado les hemos compartido y hablado de dichas citas; particularmente San Roberto Belarmino es el más nombrado al respecto.
 
¿Entonces qué pasó? ¿No estamos por tanto equivocados y un Papa verdadero entonces sí puede caer en herejías? La respuesta es, en realidad, muy sencilla. Cuando San Roberto y demás teólogos hablan sobre el supuesto de que un Papa dijera una herejía pública y manifiesta, siempre aclaran que se refieren en cuanto a doctor privado o persona particular. Esto es muy importante comprenderlo bien.
  
En efecto, una cosa es que el Papa hable en cuanto Papa, en cuanto Sumo Pontífice, en cuanto Pastor y maestro de todos los católicos, cumpliendo con su oficio público de Papa —como hace por ejemplo en las Encíclicas, Bulas, Constituciones y demás documentos oficiales de enseñanza—, y otra cosa es que hable en cuanto doctor privado o persona particular, por ejemplo en una conversación con alguien.
   
En éste último supuesto es que San Roberto y los demás teólogos se han expresado, pues ellos sabían y tenían bien claro que el Papa, cuando cumple su oficio público de Pastor y Maestro de todos los católicos, no puede enseñar ningún error sobre la Fe y las Costumbres porque precisamente eso está amparado por la infalibilidad.
    
Sin embargo, hagamos notar también que ha habido insignes teólogos que han sido de la opinión, tanto antes como después de la definición del Dogma, de que un Papa verdadero y legítimo ni siquiera en cuanto doctor privado puede caer en herejía. En realidad, el mismo San Roberto tan citado es de esa posición, pero como no estaba definido en ese entonces —ni lo está todavía— que el Papa no pueda caer en herejía ni en cuanto doctor privado, por eso San Roberto se plantea la cuestión hipotéticamente y da una solución.

(Cuerpo 5: Autores anteriores a la Definición)
(3) Otro punto a tener bien en cuenta también es que el Dogma de la infalibilidad, si bien siempre se ha hallado en la Doctrina de la Iglesia, no fue definido de manera expresa sino hasta el año 1870, como ya indicamos. ¿Por qué decimos esto? Porque hay ciertos sacerdotes que para decir que los Papas verdaderos sí podrían equivocarse en su oficio público de Papas traen a colación ciertas citas de algunos autores antiguos, anteriores a la definición solemne de Pío IX, en las cuales ellos se expresan en ese sentido.
    
Ahora bien, es evidente que los que escribían antes de la definición del Dogma no veían en muchos casos todo el alcance del mismo y sus consecuencias y podían por eso expresarse en la forma dicha; pero una vez que está el Dogma definido y dejando bien claro el texto de Pastor Ætérnus, como hemos comprobado en las citas que les dimos, que un Papa en cuanto Doctor público, en cuanto Papa, no puede enseñar el error y la herejía a la Iglesia universal en Fe y costumbresya no se puede admitir más discusión al respecto. Es parecido al Dogma de la Inmaculada Concepción. Éste fue definido solemnemente por el mismo Papa Pío IX en el año 1854. Antes de la definición había teólogos católicos —especialmente entre los dominicos— que impugnaban dicho Dogma y no lo aceptaban; pero una vez definido, ya no se puede discutir el mismo ni negarlo sin caer en herejía.
   
(Cuerpo 6: Pío IX contra Reconocer y Resistir [FSSPX])
(4) Ya vamos llegando a la conclusión de esta prédica, pero antes quisiéramos, relacionado con el tema que hemos tratado, compartirles un extracto de una Encíclica de Pío IX, llamada Quæ in Patriarchátu, que va contra los grupos tradicionales —FSSPX, la falsa Resistencia, etc.— que dicen reconocer a los falsos Papas como verdaderas autoridades y resistir, sin embargo, todas su directivas, negándoles la sujeción y obediencia debidas a la autoridad.
    
Dice Pío IX en dicho documento, que es de 1876: 
¿Qué tiene de bueno proclamar en alto el Dogma de la supremacía de San Pedro y sus sucesores? ¿De qué sirve repetir una y otra vez declaraciones de Fe en la Iglesia Católica y de obediencia a la Sede Apostólica cuando las acciones contradicen estas hermosas palabras? Es más, ¿no es acaso la rebelión mucho más inexcusable por el hecho de que la obediencia es reconocida como una obligación? ¿(…) es suficiente estar en Comunión de Fe con esta Sede sin añadir la sumisión de la obediencia —cosa que no puede ser mantenida sin dañar la Fe Católica—?”.
Realmente parecería que Pío IX escribió esta Encíclica teniendo en mente a la Fraternidad San Pío X y otros grupos semejantes: ¿de qué les sirve, como dice, vivir haciendo declaraciones de Fe y de obediencia cuando su obrar dice todo lo contrario; cuando, desobedeciendo a los que ellos mismos dicen que son la autoridad, hacen todo un apostolado paralelo, una iglesia paralela, en contra de la voluntad de la “autoridad” a la que supuestamente reconocen?
   
(Conclusión)
Queridos fieles, el tema de la infalibilidad es muy importante; tristemente en estos tiempos de Crisis hay, como decíamos al inicio, muchos errores y confusiones respecto a ella. Pero nosotros tengamos bien claro lo siguiente: un verdadero y legítimo Papa no puede nunca enseñar errores a la Iglesia universal en materia de Fe y costumbres; ello iría directamente contra el Dogma definido por Pío IX. 
    
También tengamos bien claro que esto se aplica no sólo al Magisterio Solemne o extraordinario del Papa, sino también a su Magisterio Ordinario o habitual, sean Encíclicas, Bulas, Constituciones, etc.
 
Dicho sea de paso, gracias a este Dogma es que podemos discernir claramente y sin temor a equivocarnos que los “Papas” (entre comillas) del Concilio Vaticano II han sido falsos Papas, usurpadores, porque públicamente y en documentos oficiales han enseñado y siguen enseñando errores contra la Fe y la moral Católicas; el escándalo más reciente en ese sentido siendo el documento de Francisco que salió hace algo más de un mes, en el que se permite a los sacerdotes ¡bendecir a parejas homosexuales! ¡Qué más queremos! Si Francisco fuera verdadero Papa, eso hubiera sido imposible, porque la infalibilidad no lo hubiera permitido.
    
Encomendémonos a la Santísima Virgen María y pidámosle a ella que nos ayude en estos tiempos a afianzarnos en esta verdad de la Fe Católica y a perseverar en ella, y que a todos los que están equivocados en este punto tan importante les dé luz para corregirse.
 
Ave María Purísima. Padre Pío Vázquez

2.º REFUTACIÓN AL PADRE BASILIO MÉRAMO (Domingo 4 de Marzo de 2024, III Domingo de Cuaresma).
  
   
Queridos fieles:
 
El día de hoy, Domingo Tercero de Cuaresma, dejaremos de lado la Epístola y Evangelio de hoy para poder hablar una vez más del tema de la Infalibilidad que tocamos hace 15 días.
 
Nos vemos obligados a ello porque el Padre Basilio Méramo, en su sermón del Domingo pasado, hizo acusaciones muy graves (y falsas) en contra nuestra, con su habitual modo, falto de Caridad, con un lenguaje que es indigno, no ya de un sacerdote, sino incluso de un simple fiel; y llegó a afirmar allí que es “herejía” que nosotros digamos que un Papa verdadero no se puede equivocar en su Magisterio Ordinario (Encíclicas, Bulas, etc.) cuando habla de Fe y moral (!).
    
¡Pueden imaginar algo así! Comprendan bien: El Padre Méramo expresa que si nosotros sostenemos que el Papa es infalible y asistido por el Espíritu Santo en su Magisterio Ordinario para no equivocarse ni errar, nosotros estamos diciendo una “herejía”. Es una barbaridad que él diga una cosa así. Entonces atención, porque éste es el punto: La Iglesia Católica sí enseña que el Papa es infalible no sólo en el Magisterio solemne sino también en su Magisterio Ordinario.
    
Realmente es una locura afirmar lo que el Padre dice. Y, además, lo afirma gratuitamente, pues es una invención personal de él, ya que no existe ningún documento de la Iglesia Católica ni de ningún teólogo reconocido que afirme semejante cosa descabellada de que un Papa en su Magisterio Ordinario pueda enseñar herejías a la Iglesia universal.
   
Con la ayuda de Dios —a quien pedimos su gracia y favor para esta prédica— y de María Santísima, mostraremos lo falso de esa afirmación que él hace.
   
(Cuerpo 1: Pastor Ætérnus)
Procederemos, primeramente, a responder a esa aseveración en extremo falsa recurriendo a la Constitución Pastor Ætérnus, Cap. IV, donde se halla definido el Dogma de la Infalibilidad Papal, según les dijimos hace 15 días.
   
Como recién decíamos y volvemos a afirmar, el Papa es infalible cuando enseña a la Iglesia universal sobre Fe y moral, tanto en su Magisterio solemne como en su Magisterio Ordinario. El Padre Méramo —junto con los demás que malinterpretan este Dogma— pretende basarse en la definición de Pastor Ætérnus para sostener que el Papa solamente es infalible en las declaraciones solemnes. Veamos el texto mismo de la definición y veamos si es verdad eso que dicen de que es solamente en lo solemne; pongan mucha atención y vean si escuchan la palabra “solemne” o “solamente en lo solemne” en alguna parte:
“El Romano Pontífice, cuando habla ex cáthedra —esto es, cuando cumpliendo su cargo de Pastor y Doctor de todos los cristianos, define por su suprema autoridad apostólica que una doctrina sobre la Fe y costumbres [moral] debe ser sostenida por la Iglesia universal—, por la asistencia divina que le fue prometida en la persona del bienaventurado Pedro, goza de aquella infalibilidad de que el Redentor divino quiso que estuviera provista su Iglesia en la definición de la doctrina sobre Fe y las costumbres [moral]; y, por tanto, que las definiciones del Romano Pontífice son irreformables por sí mismas y no por el consentimiento de la Iglesia”.
Como pudieron apreciar, en ninguna parte de la definición se hace alusión a que la infalibilidad sea solamente en las definiciones solemnes; tampoco se especifica ningún modo de enseñanza concreto. La famosa expresión “ex cáthedra”, que muchos erróneamente asocian a “solemne”, simplemente significa en sí misma, “desde su Sede”, “desde su Trono”, que es como si dijéramos “cuando habla como Papa”; de hecho, esto se aclara inmediatamente, pues dice el texto: “cuando habla ex cáthedra —esto es, cuando cumpliendo su cargo de Pastor y Doctor de todos los cristianos…”.
 
Ahora bien, el Padre Méramo invoca el Canon 1323, parágrafo 2, del Código de Derecho Canónico. Sin embargo, allí no dice el Canon que “ex cáthedra” sea lo mismo que solemne, sino que cuando el Papa da definiciones solemnes (como fue la Asunción de María Santísima, por ejemplo) entran dichas definiciones —como es evidente— en la categoría de lo que se llama “ex cáthedra”; pero esto no significa que el Magisterio Ordinario no sea también “ex cáthedra” ni que deje de ser también infalible, antes al contrario.
   
Efectivamente, ¿para qué suelen los Papas escribir Encíclicas, Bulas y demás documentos ordinarios de enseñanza? ¿Para hablar de fútbol, de cocina? No, sino que escriben para instruir al pueblo católico en las verdades de la Fe y en la recta norma moral a seguir. Y cuando lo hacen, ¿acaso ellos aclaran “esto lo digo como Juan Pérez”, “persona privada”, y no como autoridad de la Iglesia, como Pastor y Doctor de todos los cristianos (usando la expresión de la definición)? No, sino que siempre escriben y hablan como Papas y firman como tales: Pío IX, León XIII, San Pío X, etc.
   
Y cuando exponen la doctrina católica no está determinado por la definición dogmática que expresamente digan “definimos”, “declaramos”, para que debamos creer lo allí expuesto, sino que el simple exponer de la doctrina ya implica que debemos acatarla. Esto lo enseña expresamente el Papa Pío XII en la Encíclica Humáni Géneris; allí dice él:
“Ni hay que creer que las enseñanzas de las Encíclicas no exijan de suyo el asentimiento, por razón de que los Romanos Pontífices no ejercen en ellas la suprema potestad de su Magisterio. Pues son enseñanzas del Magisterio Ordinario, del cual valen también aquellas palabras: ‘El que a vosotros oye, a mí me oye’… Y si los Sumos Pontífices en sus Constituciones de propósito pronuncian una sentencia en materia disputada [no dice que deba ser solemne], es evidente que, según la intención y voluntad de los mismos Pontíficesesa cuestión no se puede tener ya como de libre discusión entre los teólogos”.
Queridos fieles, es realmente un absurdo pretender que la infalibilidad papal esté solamente circunscrita a las definiciones solemnes. Si realmente fuera así, entonces cualquier católico podría poner en duda cualquier enseñanza que viniera del Papa, con tal que no le parezca. Como decíamos hace 15 días, podríamos por tanto dudar de las enseñanzas de Gregorio XVI, de León XIII, del mismo San Pío X, Pío XI, etc., pues todos ellos enseñaron e ilustraron a la Iglesia únicamente con Magisterio Ordinario. Incluso el Papa Pío IX solamente hizo una sola definición solemne él solo: la Inmaculada Concepción; fuera de ésta, lo demás que enseñó fue Magisterio Ordinario: entonces, también podríamos dudar de sus demás enseñanzas; lo cual es absurdo decir.
   
Asimismo, sea dicho que los errores modernos (liberalismo, comunismo, las falsas libertades modernas, el modernismo mismo, etc.) fueron todos condenados y execrados por los Papas en sus documentos de enseñanza ordinaria, en el Magisterio Ordinario, y no de manera solemne. Según la falsa interpretación del Dogma del Padre Méramo y otros, entonces los liberales de aquella época (como los de ahora) que cuestionaban y cuestionan dichas enseñanzas del Magisterio, no pueden ser reprensibles, pues estarían en su (entre comillas) “derecho” de impugnar la doctrina pontificia que no gozaríasupuestamente de la infalibilidad (lo cual es falso, como sabemos).
    
Con todo lo dicho hasta ahora, queda manifiesto cómo es un error craso lo que el Padre Méramo expresa afirmando que es “herejía” decir que el Papa no puede errar en su Magisterio Ordinario; nosotros sí afirmamos esto porque es doctrina católica.
  
(Cuerpo 2: San Roberto Belarmino)
Para esclarecer aun más el tema y dejar más en evidencia el error del Padre, ahora recurriremos a San Roberto Belarmino.
    
Efectivamente, como hace 15 días les decíamos, San Roberto en realidad en el fondo sigue la opinión de que el Papa nunca puede caer en herejía, ni siquiera como persona particular o Doctor privado. Esto consta en su obra, De Romano Pontífice, en el libro IV, Cap. VI, titulado “Acerca del Pontífice [del Papa] según es cierta persona particular”; allí dice lo siguiente: 
“Cuarta Proposición. ‘Es probable y puede creerse piadosamente que el Sumo Pontífice no sólo como Pontífice no puede errar, sino que como persona particular tampoco puede ser hereje, creyendo pertinazmente algo falso contra la Fe’. Se prueba, primeramente, porque parece requerirlo la suave disposición de la Providencia de Dios, pues el Pontífice no solamente no debe ni puede predicar la herejía, sino que también debe enseñar SIEMPRE la Verdad y sin duda lo hará, puesto que el Señor le mandó confirmar a sus hermanos y por eso añadió: ‘He rogado por ti para que tu Fe no desfallezca’, esto es, para que al menos en tu trono no falte la predicación de la verdadera Fe; ¿pero cómo, pregunto, confirmará a sus hermanos en la Fe y predicará siempre la verdadera Fe un Pontífice herético?...
  
En segundo lugar, se prueba por los sucesos, pues hasta ahora ninguno fue hereje o ciertamente de ninguno se puede probar que haya sido hereje. Por consiguiente, es señal de que no puede ocurrir. Para más información, confronta a [Alberto] Pighius”.
Como podemos apreciar, San Roberto enseña que “es probable y se puede creer piadosamente” que el Papa ni siquiera en cuanto persona particular (o doctor privado) puede caer en herejía. Ahora bien, como es evidente, esto es mucho más que afirmar que el Papa no puede enseñar herejías a la Iglesia universal cuando cumple con su oficio público de Sumo Pontífice, en cuanto doctor público.
  
¿Cómo va a venir, entonces, el Padre Méramo a decirnos que sea una “herejía” (!) sostener que el Papa no puede equivocarse en Fe y moral, al enseñar a la Iglesia universal en su oficio público de Pastor —sea en su Magisterio Extraordinario, sea en su Magisterio Ordinario—? Si él tuviera razón, entonces ¡San Roberto habría enseñado aquí una herejía!, lo cual es absurdo, evidentemente.
  
Además, esta postura aquí expresada por San Roberto también ha sido sostenida por grandes teólogos, incluso después de la definición dogmática de Pastor Ætérnus. Entre ellos está Félix Cappello, un muy eminente teólogo, el cual en una obra llamada De Curia Romana [1], de 1912, esto es, antes de Vaticano II y después de la definición dogmática de Pastor Ætérnus, afirma sin más: “La opinión que es más probable, de hecho cierta, si podemos dar nuestra opinión, es la última, a saber, la que afirma que el Romano Pontífice no puede caer en herejía ni siquiera como doctor privado”. Cappello, asimismo, hace referencia a que el Cardenal Billot sigue la misma posición.
  
(“Doctor Privado”)
El Padre Méramo, asimismo, en su sermón me critica el que haya dicho que la famosa cita de San Roberto Belarmino de la pérdida del Papado ipso facto en el supuesto de herejía pública y manifiesta se debe entender en cuanto persona particular o doctor privado. Sin embargo, dicha expresión, persona particular, no es ajena a San Roberto, como de hecho podemos apreciar en la cita que recién dimos de él; mas no sólo allí usa esa expresión: por ejemplo, en el mismo lugar citado, en el Cap. II, llamado “Se propone la cuestión: ¿es verdadero el juicio del Papa?”, San Roberto dice:
“Para que, por consiguiente, podamos venir a la cuestión segunda, debe saberse desde el comienzo que el Pontífice [el Papa] puede ser considerado de cuatro maneras. Primero, según es cierta persona particular o Doctor particular…”.
Además, esta expresión de “Doctor privado” es recurrente en los diversos autores que tratan este tema del supuesto del “Papa herético”. Por ejemplo, San Alfonso María de Ligorio y San Francisco de Sales —a quienes el mismo Padre cita en un artículo que publicó el año pasado sobre este tema—, aclaran explícitamente que es en cuanto doctor privado; y en términos generales los teólogos hacen siempre la misma aclaración.
    
Nosotros citaremos tan sólo a uno, a modo de ejemplo, bastante conocido, a saber, Dominic Prümmer; él, en su Manual de Derecho Canónico, enseña lo siguiente:
“Los autores, en efecto, comúnmente enseñan que un papa pierde su poder a través de la herejía cierta y notoria, pero si este caso es realmente posible es con razón puesto en duda [Noten bien sus palabras: “puesto en duda”, piensa igual que San Roberto, Pighius, Cappello y otros]. Basados, sin embargo, en la suposición de que un Papa pudiera caer en la herejía en cuanto persona privada (pues en cuanto Papa no podría equivocarse en la Fe, ya que sería infalible)… [2]”.
Asimismo, hay que hacer una aclaración importante sobre San Roberto Belarmino. El Padre Méramo dice llanamente que San Roberto enseña que el Papa puede caer en herejía, cuando en realidad San Roberto no afirma eso, antes él tiene por más probable la opinión de Alberto Pighius que sostiene que el Papa no puede caer en herejía, como consta en la obra De Románo Pontífice, según ya hemos visto.
    
Lo que San Roberto se pregunta en el libro II, Cap. XXX “Sólvitur arguméntum últimum”, De Romano Pontífice, es en el caso hipotético de “si el Papa pudiera ser herético: Si Papa hæréticus esse possit”, qué pasaría; y, en su opinión, para ese caso hipotético da como respuesta que perdería el Papado ipso facto; pero no afirma para nada en dicho capítulo que “el Papa puede ser hereje”.
  
Veamos el texto directamente de San Roberto para que podamos comprobar esto que estamos diciendo:
“El argumento décimo [al cual va a responder y emitir su opinión, a saber:] El Pontífice en caso de herejía puede ser juzgado y depuesto por la Iglesia… [ésta es la interrogante; veamos qué dice:]
   
Respondo: Existen cinco opiniones sobre esta cuestión. La primera es de Alberto Pighius, lib. IV, Cap. 8, Hierarchia ecclesiastica, donde afirma que el Papa no puede ser hereje; y, por consiguiente, no puede ser depuesto en ningún caso, la cual sentencia es probable y puede ser defendida fácilmente, como después mostraremos en su lugar. Pero porque no está determinada [esto es, definida] y la opinión común va en sentido contrario, valdrá la pena ver qué deba responderse si el Papa pudiera ser herético (Si Papa hæréticus esse possit)” (…).
Entonces San Roberto no afirma lisa y llanamente que un Papa pueda ser hereje, sino que da su opinión en el caso hipotético de que lo fuera, debido a que era una cuestión teológica disputada en ese tiempo. Por el contrario, como vimos, hace referencia a Alberto Pighius y de hecho el texto al cual se refiere, “como después mostraremos en su lugar”, es el que ya les compartimos.
   
(Cuerpo 3: San Roberto Belarmino y Caso Honorio)
El Padre Méramo, asimismo, hacia el final de su sermón, cita a San Roberto Belarmino, hablando sobre el Papa Honorio:
“Sobre eso se debe observar, aunque sea probable que Honorio no haya sido hereje y que el Papa Adriano engañado por documentos falsificados del VI Concilio haya errado al juzgar a Honorio como hereje. No podemos, sin embargo, negar que Adriano juntamente con el sínodo romano e inclusive con todo el Concilio VIII general consideró que en caso de herejía el Pontífice Romano pueda ser juzgado”.
En teoría, según dice él en su sermón, saca esta cita de la obra ya mencionada de San Roberto, De Románo Pontífice.
   
Sin embargo, dicha cita, no figura en el capítulo que San Roberto dedica para vindicar a Honorio y demostrar que él no fue hereje. Efectivamente, en el Libro IV, Cap. XI, titulado De Honorio I, en De Románo Pontífice, San Roberto, con relación al Papa Adriano II y Honorio, dice lo siguiente:
“A lo cuarto respondo que Adriano junto con el Sínodo Romano NO dijeron abiertamente que Honorio hubiera sido hereje sino que solamente fue dicho [por ellos] que fue anatematizado por los orientales, porque había sido acusado de herejía. Donde se ve que Adriano, por esta razón, dijo que Honorio fue anatematizado “por los orientales”, porque sabía que no fue anatematizado por los occidentales, esto es, por el Concilio de San Martín [Papa]…
 
Replicarás: ‘pero ciertamente creyeron estos Concilios que el Papa podía equivocarse, puesto que creyeron que Honorio fue hereje’. Respondo que creyeron solamente aquellos Padres [del Concilio] que el Papa podía equivocarse como hombre privado, que es una opinión probable, aunque la contraria nos parezca a nosotros más probable [quámvis contrária videátur nobis probabílior]; pues de lo que se acusaba a Honorio es que con cartas privadas favoreció la herejía”.
Como podemos apreciar, una y otra cita son muy distintas —casi que opuestas— y dan un mensaje muy diferente. La del Padre Méramo dice que Adriano juzgó a Honorio como hereje; en la que nosotros dimos, San Roberto claramente nos está diciendo que el Papa Adriano II no condenó a Honorio por herejía sino que simplemente hizo referencia a que los orientales lo habían hecho, que es muy distinto a decir que Adriano lo condenó también… Además, en esta cita, una vez más vemos que San Roberto es partidario de que el Papa no puede caer en herejía ni siquiera como “doctor privado”: “aunque la contraria nos parezca a nosotros más probablequámvis contrária videátur nobis probabílior”, dice él.
 
De dónde haya sacado el Padre su cita, sinceramente no lo sé; me tomé la molestia de buscar en la obra De Románo Pontífice si acaso había otro lugar donde San Roberto hablara de Honorio y dijera eso que él cita, pero no encontré nada…
   
(Cuerpo 4: Inocencio III, Paulo IV y Decreto de Graciano)
El Padre Méramo en su sermón también cita a dos Papas, a Inocencio III y Paulo IV, y el Decreto de Graciano, en los cuales se da, al parecer, a entender que un Papa puede desviarse de la Fe. Respondemos, primeramente, a eso que, en todo caso, dichas citas deben interpretarse en cuanto “doctor privado” o “persona particular”, según ya hemos explicado.
   
En segundo lugar, traemos a colación lo que Cappello, en la misma obra antes mencionada, dice respecto a ello:
“… 2. Los cánones c.6, D.40, c.13 C.II, q.7, que hablan del Papa herético son apócrifos; 2.º Las palabras de Inocencio III o deben ser referidas en general a los pontífices, esto es, a los obispos; o no deben ser entendidas de la herejía propiamente dicha; o, finalmente, como no pocos autores sostienen, son apócrifas”.
Y, en tercer lugar, en el caso de Paulo IV, la Bula Cum ex apostolátus offício, hay que hacer notar que el Papa dice que si se llegare a ver que un Papa se ha “desviado de la Fe”, entonces se tendrá su elección como Papa por “NULA, legalmente inválida y anulada”, que es lo mismo a decir que ese tal nunca fue Papa porque su elección no fue válida.
   
(Conclusión)
Concluyendo ya, queridos fieles, pues esta prédica nos quedó bastante más larga de lo que hubiéramos deseado, simplemente queremos hacer notar también que las citas que el Padre Méramo suele aportar (por ejemplo, en su mencionado artículo del año pasado y este pasado Domingo) no prueban para nada lo que él pretende, a saber, que un Papa verdadero pueda equivocarse en su Magisterio Ordinario cuando habla a toda la Iglesia de Fe y moral.
   
Asimismo, hacemos notar que en el mencionado artículo el Padre Méramo dice que la expresión “Doctor privado” se refiere a todo lo que no es (entre comillas) “cáthedra pública infalible”, es decir, a su modo de ver, el Magisterio solemne o extraordinario; lo cual sin duda es una afirmación gratuita. Según él, entonces, cuando el Papa hace una Encíclica, que es un documento público, dirigido a la Iglesia universal para instruirla en Fe y moral, sería en cuanto doctor privado (!); sin comentarios…
  
Que nos quede claro, entonces, queridos fieles: un Papa verdadero también es infalible y está asistido en su Magisterio Ordinario, y que, por tanto, es un absurdo afirmar, como hace el Padre Méramo, que eso sea “herejía”.
    
Habíamos preparado varias citas del Magisterio Pontificio que apoyan lo que afirmamos, pero como nos hemos alargado sólo daremos una corta de Pío XII, en su Encíclica Mýstici Córporis: 
“Pues, la misión —que llaman— jurídica de la Iglesia y la potestad de enseñar, gobernar y administrar los Sacramentos… poseen, para edificar el Cuerpo de Cristo, la fuerza y vigor sobrenatural, porque Cristo Jesús pendiente de la Cruz abrió para su Iglesia la fuente de los divinos dones, por los cuales NUNCA podría enseñar a los hombres una doctrina falsa…”. 
¿Cómo sería ello posible si tan sólo fueran infalibles las definiciones solemnes y no también el Magisterio Ordinario?
    
Encomendémonos a la Santísima Virgen María.
 
Ave María Purísima. Padre Pío Vázquez
  
NOTAS
[1] https://novusordowatch.org/2022/04/felix-cappello-heretical-pope-impossible/
[2] Manuále Juris Canónici, Friburgo en Brisgovia, Herder, 1927, 95.

lunes, 11 de diciembre de 2023

CUANDO JUAN PABLO BLASFEMÓ DE CRISTO Y SAN JUAN BAUTISTA

Traducción del artículo publicado en NOVUS ORDO WATCH. Textos bíblicos tomados de la versión de Mons. Félix Torres Amat.
   
EL DÍA QUE JUAN PABLO II BLASFEMÓ DE JESUCRISTO Y SAN JUAN BAUTISTA
La herejía y la herejía no empezaron con Francisco…
  
No es un santo: el “Papa” Juan Pablo II en una foto de archivo fechada a 8 de Diciembre de 2004

En estos días oímos mucho de la blasfemia y herejía cometida por Jorge Bergoglio, el hombre mejor conocido por su nombre artístico de “Papa Francisco”. Por esto, muchas almas de buena voluntad pero desatinadas recuerdan a los predecesores inmediatos de Francisco Benedicto XVI (2005-2013) y Juan Pablo II (1978-2005). La verdad es, sin embargo, que cuando se trata de herejía y blasfemia, Francisco simplemente está continuando una tradición iniciada por sus predecesores modernistas.

El 16 de Diciembre de 2016, acusamos a Francisco por atrozmente afirmar por segunda vez que San Juan Bautista, mientras estuvo apresado por Herodes por denunciar su delito de adulterio, dudó que Jesús de Nazaret fuera realmente el Mesías (en Marzo de este año -2018-, el admirador de Francisco Mark Shea afirmó el mismo sinsentido). Resulta que este error no es nuevo. Como uno de nuestros lectores nos señaló, la misma afirmación se ha hecho por el “Papa” Juan Pablo II (Obp. Karol Wojtyła) hace más de 30 años mientras visitaba una iglesia luterana en Roma, pero esa no fue la única declaración escandalosa que hizo en esa ocasión.
   
Estamos hablando de un evento que tuvo lugar el domingo 11 de Diciembre de 1983. Juan Pablo II estaba visitando la iglesia luterana de Cristo en Roma para un pequeño encuentro ecuménico cuando dio una reflexión de Adviento en la cual insultó tanto a Nuestro Santísimo Señor, como a su precursor San Juan Bautista. El texto de esta reflexión está disponible en el sitio web del Vaticano en italianoalemán y portugués; una traducción inglesa fue impresa en la edición del 9 de Enero de 1984 del periódico vaticano L’Osservatore Romano (pág. 13).
   
    
El siguiente es el fragmento relevante de esta traducción inglesa del discurso que este “Papa canonizado” dio a su audiencia ecuménica:
«Durante este tiempo salvífico de Adviento, nuestros oídos y corazones están tensos; ellos y escuchan y perciben la buena nueva del que ha venido y regresará definitivamente. Frecuentemente experimentamos en nuestra vida diaria la angustiosa verdad de este período transitorio. ¿No recordamos continuamente la situación de Juan el Bautista? Como nos dice el Evangelio, él mismo se encontró en una situación decisiva. Tuvo que resolver la contradicción entre la imagen que había sido formada del Mesías y su situación personal, determinada por la prisión y la amenaza de la muerte. Por tanto, la pregunta de Juan era seria, y nació de una situación de emergencia: “¿Eres tú ‘El que ha de venir’ o debemos esperar por otro?” (Mt. 11, 3).
   
Jesús llega a entender la pregunta angustiada de su precursor y lleva su fe a certeza: ha llegado el tiempo de salvación, el reino de Dios. El Mesías está aquí. Sin duda los signos y maravillas no tienen una naturaleza compelente. Pero quien es capaz de entender los signos como una indicación del cumplimiento de las profecías del Antiguo Testamento en el momento actual puede regocijarse al ser un ciudadano del reino esjatológico de Dios» (Antipapa Juan Pablo II, Discurso durante el Encuentro ecuménico con la comunidad evangélica luterana en Roma, Vatican.va, 11 de Diciembre de 1983; traducción inglesa: Osservatore Romano).
En estos dos párrafos están contenidos por lo menos tres errores graves: (1) la afirmación que San Juan Bautista dudó que Jesús era verdaderamente el Mesías; (2) la afirmación implícita de que la Fe no es certeza; y (3) la afirmación de que los milagros realizados por Cristo no compelen en sí mismos.
   
Demos una mirada rápida a cada una de ellas con algo más de detalles.
   
(1) La afirmación que el Bautista dudó que Jesús era verdaderamente el Mesías
Precisamente cuán grave e indignante sea esta afirmación contra el Bautista puede no ser inmediatamente aparente a todos. Hemos explicado esta materia en detalle antes y no hay necesidad de repetir toda la argumentación y documentos aquí. Recomendamos una reseña de nuestro sustancioso artículo sobre este tema refutando a Mark Shea:
San Juan Bautista habría caído abismalmente en su misión profética, en su propia razón para ser elegido por Dios para ser el Bautista, si él mismo hubiera estado inseguro sobre lo que es estaba señalando a todos: «No era él la luz, sino enviado para dar testimonio de aquel que era la luz… “Yo le he visto; y por eso doy testimonio de que él es el Hijo de Dios”» (Jn 1:8,34; cf. Mt 5:13).
   
Lo que Wojtyła propuso a su audiencia luterano-“católica” es absurdo y totalmente sin fundamento.
    
(2) La afirmación de que la Fe no es certeza
Aquí también Juan Pablo II parece anteceder a Francisco, quien constantemente arremete contra aquellas “certezas rígidas” a las cuales algunos de los suyos aparentemente aún se inclinan. Él quiere que todos dejen “lugar a la duda”, como blasfemamente señaló en una entrevista con la revista jesuita América. Casi paradójicamente, Bergoglio insiste que la duda es una parte esencial de la Fe “genuina”.
    
La verdadera doctrina Católica es totalmente lo contrario, y esto no es difícil de entender: La duda es incompatible con la Fe divina, ambas se excluyen mutuamente. El que duda no cree firmemente como debería lo que Dios ha revelado, y quien cree firmemente no duda: «se ha de conservar la fe, apartando no solamente toda duda, sino aún todo deseo de demostrar sus misterios», enseña el Catecismo del Concilio de Trento en su artículo I.
   
Porque la Fe divina viene con la certeza infalible, el Papa León X fue capaz de declarar:
«Y como quiera que lo verdadero en modo alguno puede estar en contradicción con lo verdadero, definimos como absolutamente falsa toda aserción contraria a la verdad de la fe iluminada; y con todo rigor prohibimos que sea lícito dogmatizar en otro sentido; y decretamos que todos los que se adhieren a los asertos de tal error, ya que se dedican a sembrar por todas partes las más reprobadas herejías, como detestables y abominables herejes o infieles que tratan de arruinar la fe, deben ser evitados y castigados» (V Concilio de Letrán, Bula “Apostólici Regíminis”, 9 de Noviembre de 1513; Denz. 738)
Por la misma razón, el Papa Pío IX enseñó que la Fe «libra a la razón de todos los errores y maravillosamente la ilustra, confirma y perfecciona con el conocimiento de las cosas divinas» (Encíclica “Qui Plúribus”, n.º 6, 9 de Diciembre de 1846; Denz. 1635).
    
Está fuera de toda duda que San Juan Bautista, el último de los profetas del Antiguo Testamento, tuvo:
«De él da testimonio Juan, y clama, diciendo: He aquí aquel de quien yo os decía: “El que ha de venir después de mí, ha sido preferido a mí; por cuanto era antes que yo”. […] Al día siguiente vio Juan a Jesús que venía a encontrarle, y dijo: “He aquí el cordero de Dios, ved aquí el que quita los pecados del mundo. Este es aquel de quien yo dije: ‘En pos de mí viene un varón, el cual ha sido preferido a mí; por cuanto era ya antes que yo’”» (Jn 1:15; 1:29-30,36).
Así está claro que el Antipapa Juan Pablo II ha blasfemado del Bautista, acusándolo injustamente de un pecado mortal contra la Fe en el mismo Salvador cuya Misión era testificarlo.
   
(3) la afirmación de que los milagros de Cristo no prueban nada.
Durante su discurso en la iglesia luterana de Roma, Wojtyła sostuvo audazmente: «Sin duda los signos y maravillas [de Cristo] no tienen una naturaleza compelente». Aquí también el pretendiente papal polaco se revela ser una versión beta de su sucesor argentino, porque Francisco también ha sido grabado afirmando que los milagros de Cristo no prueban Su Divinidad sino que requieren la Fe. Esta es una tesis modernista que implica la herejía del Fideísmo, como lo hemos demostrado aquí:
Desde el comienzo, los modernistas y sus precursores han tenido un problema con los milagros de Cristo y específicamente con Su Resurrección, la última y mayor prueba de Su divinidad. El Magisterio de la Iglesia Católica ha condenado de plano tales afrentas a la Fe y la razón:
  • «La prueba tomada de los milagros de Jesucristo, sensible e impresionante para los testigos oculares, no ha perdido su fuerza y su fulgor para las generaciones siguientes. Esta prueba la hallamos con toda certeza en la autenticidad del Nuevo Testamento, en la tradición oral y escrita de todos los cristianos. Por esta, doble tradición debemos demostrar la revelación a aquellos que la rechazan o que, sin admitirla todavía, la buscan» (Papa Gregorio XVI, “Tesis contra Louis Eugene Bautain”, error 3.º; Denz. 1624).
  • «Pero, ¡cuántos, cuán maravillosos, cuán espléndidos argumentos tenemos a mano, por los cuales la razón humana se ve sobradamente obligada a reconocer que la religión de Cristo es divina “y que todo principio de nuestros dogmas tomó su raíz de arriba, del Señor de los cielos” [San Juan Crisóstomo, Interpretación en la Profecía de Isaías, cap. I. (Migne, Patrología Græca 56, col. 14)]; y que por lo mismo nada hay más cierto que nuestra fe, nada más seguro, nada más santo y que se apoye en más firmes principios. Como es sabido, esta fe, maestra de la vida, indicadora de la salvación, expulsadora de todos los vicios y madre fecunda y nutridora de las virtudes, confirmada por el nacimiento, vida, muerte, resurrección, sabiduría, prodigios, profecías de su divino autor y consumador Jesucristo, brillando por doquier por la luz de la celeste doctrina y enriquecida por los tesoros de los dones celestes, clara e insigne sobre todo por las predicciones de tantos profetas, por el esplendor de tantos milagros, por la constancia de tantos mártires, por la gloria de tantos santos, llevando delante las saludables leyes de Cristo, y adquiriendo fuerzas cada día mayores por las mismas persecuciones, invadió con solo el estandarte de Cristo el orbe universo por tierra y mar, desde oriente a occidente y, desbaratada la falacia de los ídolos, alejada la niebla de los errores y triunfando de los enemigos de toda especie, ilustró con la lumbre del conocimiento divino a todos los pueblos, gentes y naciones, por bárbaros que fueran en su inhumanidad, por divididos que estuvieran por su índole, costumbres, leyes e instituciones, y sometiólos al suavísimo yugo del mismo Cristo, anunciando a todos la paz, anunciando los bienes (Isa. 52,7). Todos estos hechos brillan ciertamente por doquiera con tan grande fulgor de la sabiduría y del poder divino que cualquier mente y pensamiento puede con facilidad entender que la fe cristiana es obra de Dios.
        
    Así, pues, conociendo clara y patentemente por estos argumentos, a par luminosísimos y firmísimos, que Dios es el autor de la misma fe, la razón humana no puede ir más allá, sino que rechazada y alejada totalmente toda dificultad y duda, es menester que preste a la misma fe toda obediencia, como quiera que tiene por cierto que ha sido por Dios enseñado cuanto la fe misma propone a los hombres para creer y hacer» (Papa Pío IX, Encíclica “Qui plúribus, nn. 8-9; Denz. 1638-1639)
La negación de Juan Pablo II de la naturaleza compelente de los milagros de Cristo no solo es blasfemia, sino también herejía:
«Sin embargo, para que el obsequio de nuestra fe sea de acuerdo a la razón [cf. Rom. 12:1], quiso Dios que a la asistencia interna del Espíritu Santo estén unidas indicaciones externas de su revelación, esto es, hechos divinos y, ante todo, milagros y profecías, que, mostrando claramente la omnipotencia y conocimiento infinito de Dios, son signos ciertísimos de la revelación y son adecuados al entendimiento de todos. Por eso Moisés y los profetas, y especialmente el mismo Cristo Nuestro Señor, obraron muchos milagros absolutamente claros y pronunciaron profecías; y de los apóstoles leemos: “Salieron a predicar por todas partes, colaborando el Señor con ellos y confirmando la Palabra con las señales que la acompañaban” [San Marcos 16:20]. Y nuevamente está escrito: “Tenemos una palabra profética más firme, a la cual hacéis bien en prestar atención, como a lámparas que iluminan en lugar oscuro” [2.ª Pedro 1:19].
   
   
[Canon 4.º] Si alguno dijere que las cosas finitas, corpóreas o espirituales, o por lo menos las espirituales, han emanado de la substancia divina; o que la esencia divina, por la manifestación y evolución de sí misma se transforma en todas las cosas; o, finalmente, que Dios es un ser universal e indefinido que, determinándose a sí mismo, establece la totalidad de las cosas, distinguidas en géneros, especies e individuos: sea anatema» (Concilio Vaticano I, Constitución dogmática “Dei Fílius”, Cap. 3; Denz. 1790, 1813)
En su Sýllabus contra los errores modernos, el Papa San Pío X condenó la siguiente proposición: «En el ejercicio de su ministerio, Jesús no hablaba con la finalidad de enseñar que Él era el Mesías, ni sus milagros iban encaminados a demostrarlo» (Decreto “Lamentábili sane éxitu, Error n.º 28; Denz. 2028). Si los milagros de Nuestro Señor, entonces, habían demostrado Su dignidad mesiánica como su propósito, entonces también objetivamente cumplieron ese propósito: «Así será de mi palabra una vez salida de Mi boca: no volverá a Mí vacía o sin fruto, sino que obrará todo aquello que yo quiero, y ejecutará felizmente aquellas cosas a que Yo la envié» (Is 55:11; cf. Jn 11:42).
     
Es precisamente porque los milagros de Cristo fueron de hecho compelentes y probaban que Él es verdaderamente el Hijo de Dios que los fariseos no tenían ninguna disculpa por rechazarlo. Nuestro Señor testificó el hecho de que Sus milagros prueban Su divinidad y por tanto demandan un acto de Fe en Él:
«Respondióles Jesús: Os lo estoy diciendo, y no lo creéis: las obras que yo hago en nombre de mi Padre, esas están dando testimonio de mí. Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis. Pero si las hago, cuando no queráis darme crédito a mí, dádselo a mis obras, a fin de que conozcáis y creáis que el Padre está en mí, y yo en el Padre» (Jn 10:25,37-38).
Por esta razón los judíos —no menos ahora que en el tiempo de Cristo— tienen la obligación de aceptar al Mesías verdadero, pero están cegados por un velo en sus corazones:
«Teniendo pues tal esperanza, nosotros os hablamos con toda libertad; y no hacemos como Moisés, que ponía un velo sobre su rostro, por cuanto no podían los hijos de Israel fijar la vista en el resplandor de su cara, aunque no debía durar, profetizando con esto que no podrían sufrir la luz del Evangelio, representada por esta luz pasajera; y así sus corazones han quedado endurecidos. Porque hasta el día de hoy este mismo velo permanece delante de sus ojos en la lectura del antiguo Testamento, sin ser alzado (porque no se quita sino por la fe en Cristo, a quien no quieren recibir), y así hasta el día de hoy cuando se lee a Moisés, cubre un velo su corazón, el cual les impide ver a Jesucristo en lo que leen. Pero en convirtiéndose este pueblo al Señor, se quitará el velo» (2.ª Corintios 3:12-16).
En 2000, el periodista Peter Seewald condujo una de sus muchas entrevistas con el “cardenal” Joseph Ratzinger (el futuro “Papa” Benedicto XVI), entonces jefe de la vaticana Congregación para la Destrucción de la Fe. Durante la conversación, Ratzinger defendió descaradamente la ceguera judía, afirmando que el Antiguo Testamento podía legítimamente ser interpretado de tal manera que no señalase a Jesús de Nazaret como el Mesías:
«Como es natural, también se puede leer el Antiguo Testamento al margen de Cristo, el dedo que lo dirige a Cristo no es tan claro. Y si los judíos no pueden verlo consumado en él, no es sólo por malignidad, sino también por la oscuridad de las palabras y la relación de tensión entre la figura de Jesús y dichas palabras. Jesús les imprime un nuevo significado, y gracias a él todas adquieren un contexto, una dirección y un sentido 
  
Existen, por tanto, buenos motivos para negar el Antiguo Testamento y decir: “No, no es esto lo que él dijo”. Y también buenas razones para reivindicarlo -tal es la disputa existente entre judíos y cristianos-» (Joseph Ratzinger, Dios y el mundo: Una conversación con Peter Seewald, trad. española por Rosa Pilar Blanco [Barcelona: Debolsillo, 2005], pág. 197).
¡Qué asombrosa blasfemia! El mismo Cristo había reprochado a los fariseos por su obstinada incredulidad, por su rechazo a aceptar el testimonio de la Escritura con relación a Él: «Ni tenéis impresa Su palabra dentro de vosotros, pues no creéis a quien Él ha enviado. Registrad las Escrituras, puesto que creéis hallar en ellas la vida eterna: ellas son las que están dando testimonio de mí; y con todo no queréis venir a mí para alcanzar la vida» (Jn. 5:38-40). Nuestro Señor también Sus propios discípulos por ser lentos para entender a los profetas: «Entonces les dijo Él: “¡Oh necios y tardos de corazón para creer todo lo que anunciaron ya los Profetas!”» (Luc. 24:25).
    
Y tanto en Ratzinger, como en Bergoglio, vemos una especie de fideísmo, una negación de que Cristo probó Su Divinidad y su Reinado Mesiánico con evidencia racional objetiva. Aparta eso y ¿qué queda sino la emoción y el capricho? Si hay «buenos motivos» para rechazar la afirmación de Jesús de Nazaret de que en Él se cumplen todas las profecías del Antiguo Testamento respecto al Mesías, entonces la evidencia no es objetivamente compelente y por tanto no pueden demandar la Fe. Y así vemos que el modernismo de Juan Pablo II, Benedicto XVI, Francisco, y todos los demás falsos pastores conduce en últimas al ateísmo, exactamente como lo predijo el Papa San Pío X, quien en su encíclica contra el modernismo señaló que «estos errores… franquean la puerta al ateísmo» (Pascéndi Domínici gregis, n.º 14).
   
En 1910, San Pío X promulgó el famoso Juramento Antimodernista, el cual se requirió fuese tomado «por todos los clérigos, párrocos, confesores, predicadores, superiores religiosos, y profesores de seminarios de filosofía y teología». Aquellos que lo toman juran, entre otras cosas:
«…admito y reconozco los argumentos externos de la Revelación, es decir los hechos divinos, entre los cuales en primer lugar, los milagros y las profecías, como signos muy ciertos del origen divino de la religión cristiana. Y estos mismos argumentos, los tengo por perfectamente proporcionados a la inteligencia de todos los tiempos y de todos los hombres, incluso en el tiempo presente» (Papa San Pío X, Motu Proprio “Sacrórum AntístitumDenz. 2145)
Ordenado sacerdote en 1946 y consagrado obispo en 1958, a Karol Wojtyła le fue requerido tomar este juramento.
    
Así concluimos que además de ser un hereje y blasfemo, el “magno” Juan Pablo II fue también un perjuro.

sábado, 30 de septiembre de 2023

ENCÍCLICA “Nostis et Nobíscum”

Tras los disturbios instigados por los carbonarios asesinato del ministro de Policía Pellegrino Rossi a manos de Luigi Brunetti/Bossi (hijo de Angelo Brunetti “El regordete”) y que ocasionaron la creación de la 2.ª República Romana, el Papa Pío IX se vio obligado a huir al exilio a Gaeta en las Dos Sicilias. Si bien la República Romana, gobernada por el triunvirato de Giuseppe Mazzini, Aurelio Saffi y Carlo Armellini, en su constitución le ofrecía amplias garantías como Pontífice, Pío IX pidió ayuda a las naciones extranjeras para recuperar el poder temporal. La 2. República Francesa, gobernada por Luis Napoleón Bonaparte (futuro emperador Napoleón III), respondió enviando un cuerpo expedicionario de 7.000 refuerzos que, si bien fue vencido inicialmente en la batalla de la Puerta Cavalleggeri el 30 de Abril, logró vencer la resistencia y abrió la brecha en el Janículo, conquistando Roma el 30 de Junio de 1849. Ante la noticia, el Papa Mastai programó su regreso, llegando a Portici el 7 de Septiembre, donde permaneció hasta el 4 de Abril del año siguiente, y luego partió para entrar triunfante el 12 del mismo mes y establecerse en el Vaticano, abandonando así el Palacio Quirinal.
   
Es durante este exilio que Pío IX redacta el 8 de Diciembre de 1849 su encíclica “Nostis et Nobíscum”, la cual autores la citan “Nóscitis et Nobíscum”. Con estas dos primeras palabras volvió a reproducirse el texto original (latín) en “Codicis Jur. Can. Fontes”, Card. Gasparri, Roma 1928, II, 837-894.

Siguiendo su encíclica programática  “Qui plúribus” y la Alocución consistorial “Quíbus quántisque” del 20 de Abril de 1849, Pío IX hace la distinción entre el socialismo y el comunismo, denunciando sus errores para la convivencia social, mencionando la naturaleza diabólica que tienen las iniciativas que tienden a negar el predominio social de la Fe Católica, instando así a que los Obispos busquen soluciones lo más pronto posible. Por otra parte, el Papa los apoya, conminándolos a defender sus iglesias de las intromisiones políticas. Deplora además el indiferentismo religioso y urge a los italianos a obedecer a las autoridades legítimas. Añade que la Cristiandad protege la verdadera libertad e igualdad, por lo que la revolución es un esfuerzo inútil.

ENCÍCLICA “Nostis et Nobíscum” DE PÍO IX A LOS OBISPOS DE ITALIA, SOBRE LA IGLESIA EN LOS ESTADOS PONTIFICIOS
    
Venerables Hermanos, salud y bendición apostólica
   
1. Motivos de esta Encíclica. Los desmanes de los enemigos de la Iglesia.
Lo mismo que Nos, sabéis y estáis viendo vosotros, Venerables Hermanos, con cuánta malignidad cobraron fuerza ciertos hombres depravados, enemigos de toda verdad, justicia y honestidad, los cuales ora valiéndose del fraude y de toda clase de intrigas, ora abiertamente lanzando como mar embravecida la espuma de sus confusiones, se esfuerzan por esparcir por doquiera entre los pueblos fieles de Italia la desenfrenada licencia de pensar, de hablar y de cometer audazmente toda suerte de impiedades y de echar por tierra la Religión Católica en Italia, y si posible fuere, destruirla de raíz. Todo el plan de sus designios diabólicos se descubrió en diversos lugares, pero, sobre todo, en Nuestra ciudad, Sede de Nuestro Supremo Pontificado, donde, luego que Nos vimos obligados a abandonarla, han podido entregarse, más libremente, si bien por pocos meses, a toda de desmanes; y a tal extremo llevaron su furia de mezclar, con nefasta audacia las cosas divinas y humanas, que entorpeciendo las funciones y despreciando la autoridad del Clero de Roma y de sus Prelados, que, por Nuestra orden, cuidaban intrépidos de las cosas sagradas, obligaban a los pobres enfermos que luchaban ya con las angustias de la muerte, privados de todo auxilio religioso, a exhalar su último suspiro entre los halagos de infames prostitutas.
   
Aunque después, tanto la ciudad de Roma como las otras provincias del dominio pontificio, hayan sido restituidas por la misericordia de Dios y mediante las armas de las naciones católicas a Nuestro gobierno temporal y haya cesado igualmente el tumulto de la guerra en otras regiones de Italia, sin embargo estos infames enemigos de Dios y de los hombres, no desistieron ni desisten de su nefanda empresa e impedidos de valerse de la violencia abierta, recurren a otros medios ciertamente fraudulentos, no siempre del todo ocultos. En medio de tan grandes dificultades de toda la grey del Señor sobre Nuestros débiles hombres y embargados del más vivo dolor, a causa de los graves peligros que amenazan a todas las iglesias de Italia, no pequeña consolación en medio de las pesadumbres Nos proporciona vuestra pastoral solicitud, de la cual, Venerables Hermanos, tantas pruebas nos habéis dado en medio de la pesada borrasca y que se manifiesta cada día de nuevo con mayor claridad. Entre tanto, la misma gravedad de las cosas nos apremia, a fin de que, en cumplimiento de las obligaciones de Nuestro cargo pastoral, os estimulemos más vivamente aún, con Nuestra palabra y Nuestras exhortaciones, Venerables Hermanos, llamados a la participación de Nuestra solicitud a pelear con constancia a Nuestro lado las batallas del Señor y a tomar de común acuerdo con Nosotros todas las disposiciones necesarias, a fin de que, con la bendición de Dios se remedien todos los males que Nuestra santa Religión ya ha sufrido en Italia, y se conjuren los inminentes peligros del porvenir.
   
Uno de los múltiples artificios de que los mencionados enemigos de la Iglesia se han acostumbrado a servir para alejar de la fe católica los ánimos de los italianos ha consistido en aseverar y propalar desvergonzadamente por todas partes, que la Religión católica es un obstáculo a la gloria, al esplendor y a la prosperidad de la Nación italiana, y que, por consiguiente, para hacer volver Italia a la grandeza de sus antiguos tiempos, es decir, de los tiempos paganos, es necesario sustituir la Religión católica por las enseñanzas de los protestantes y sus asambleas. No es, por cierto, fácil juzgar que hay de más detestable en esta invención, si la perfidia de su necia impiedad o la audacia de sus inicuas mentiras.
   
2. La Religión salvó a Italia de la ruina.
Pues, el bien espiritual de haber sido librados del poder de las tinieblas y trasladados a la luz de Dios, justificados por la gracia de Cristo y hechos herederos en la esperanza de la vida eterna, este bien de las almas, que mana de la santidad de la Religión católica, es ciertamente de tan alto valor que no hay gloria ni felicidad en este mundo que en su comparación pueda ser tenido en cuenta. Pues ¿qué aprovecha al hombre ganar todo el mundo si pierde su alma? o ¿con qué cambio podrá el hombre rescatarla? (Matth. 16, 26). Pero está tan lejos el que la profesión de la verdadera fe haya causado a Italia estos daños temporales que antes bien, hay que atribuir a la Religión católica el que, al caer el Imperio Romano, no hubiere ido a parar en la misma triste situación de los asirios, caldeos, medos, persas y macedonios, que dominando antes por muchos años, decayeron al cambiar la suerte de los tiempos.
     
En efecto, ninguna persona instruida ignora que la santa Religión de Cristo no sólo ha arrancado a Italia de las tinieblas de tantos y tan graves errores como la cubrían, sino que ella, entre las ruinas de aquel antiguo Imperio y las invasiones de los bárbaros que devastaban toda Europa, se vio también elevada sobre todas las naciones del mundo, a tanta gloria y grandeza que, por colocar Dios, como singular privilegio, la sagrada Cátedra de Pedro, posee por medio de la Religión divina un dominio más vasto y sólido que el que tuviera en otro tiempo por la dominación terrena. 
   
3. Otros beneficios reportados por la Religión.
De este singular privilegio de poseer la Sede Apostólica y de echar, en consecuencia, la Religión Católica en los pueblos de Italia sus más firmes raíces han surgido para Italia otros innumerables e insignes beneficios. En realidad, la santísima Religión de Cristo, maestra de la verdadera sabiduría, protectora de la humanidad, y madre fecunda de todas las virtudes, arrancó del alma de los italianos esa funesta sed de gloria y esplendor, que incitaba a sus mayores a llevar perpetuamente a la guerra a los otros pueblos, a oprimirlos, a reducir, según el derecho de guerra entonces vigente, a una inmensa muchedumbre de seres humanos a durísima servidumbre; y a la vez impulsó poderosamente a los italianos, iluminados con la claridad de la verdad católica, a la práctica de la justicia y de la misericordia, a las obras más preclaras de piedad para con Dios y de caridad para con los hombres. Por eso, os es dado admirar en las principales ciudades de Italia los sagrados templos, y otros monumentos de la era cristiana, los cuales no son por cierto obra de una multitud reducida a dolorosa servidumbre, sino únicamente del celo sincero animado por la vivificadora caridad;  y las piadosas instituciones de toda especie, consagradas ya a la práctica de los ejercicios religiosos, ya a la educación de la juventud, o al cultivo de las letras, las artes, las ciencias, ya, en fin al alivio de las enfermedades y la miseria de los desgraciados. ¿Es pues esta Religión divina, que por tantos títulos ha procurado la salud, la gloria y la felicidad de Italia, la que con tanto empeño pretenden que debe desarraigarse  de los pueblos de Italia?
   
No podemos contener las lágrimas, Venerables Hermanos, al ver ciertos italianos, tan malvados, y tan miserablemente engañados que aplaudiendo tan nefastas doctrinas, no temen contribuir con ellas a una desgracia tan grande de su patria.
   
4. Por último: empujar a los pueblos al socialismo.
Pero tampoco ignoráis, Venerables Hermanos, que los principales autores de esta tan abominable intriga, no se proponen otra cosa que impulsar a los pueblos, agitados ya con todo viento de perversas doctrinas, al trastorno de todo orden humano de las cosas, y a entregarlos a los nefandos sistemas del nuevo Socialismo y Comunismo. Se dan perfecta cuenta y lo han comprobado con la experiencia de largos años, que ninguna transigencia pueden esperar de la Iglesia Católica, que en la custodia del sagrado depósito de la divina Revelación, no permitirá que se le sustraiga un ápice de las verdades de fe propuestas, ni que se le añadan las invenciones de los hombres. Por lo mismo han formado ellos el designio de atraer a los pueblos de Italia a sus opiniones y conventículos protestantes en que, engañosamente les dicen una y otra vez para seducirlos que no deben ver en ello más que una forma diferente de la misma Religión cristiana verdadera, en que lo mismo que la Iglesia Católica se puede agradar a Dios. Entre tanto, en modo alguno ignoran que aquel principio básico del protestantismo, a saber, el libre examen e interpretación de la Sagrada Escritura, por el juicio particular de cada uno, en sumo grado aprovecharía su impía causa. De este modo confían en que se les tornará más fácil la tarea de hacer que, abusen primero de la interpretación arbitraria de las Sagradas Letras para difundir, en nombre de Dios, sus errores, y luego impulsen a la duda de los principios fundamentales de la justicia y de la honestidad a los hombres inflamados de la orgullosa presunción de juzgar libremente de las cosas divinas. 
    
Plegue a Dios, Venerables Hermanos, que Italia de donde, por el privilegio de poseer en Roma la Sede del magisterio apostólico, las otras naciones han sólido beber las aguas puras de su sana doctrina, no se vaya a convertir al fin para ellas en piedra de tropiezo y de escándalo; plegue a Dios que esta porción escogida de la viña del Señor no sea entregada a la depredación de todas las bestias del campo; ni permita, que los pueblos italianos después de haber sorbido la demencia de la copa emponzoñada de Babilonia, tomen sus armas parricidas contra su madre la Iglesia. En verdad, tanto Nosotros como vosotros, en estos tiempos llenos de tantos peligros que por oculto designio de Dios nos han sido deparados, debemos cuidarnos de temer los artificios y agresiones de los hombres que conspiran contra la fe de Italia como si con nuestras solas fuerzas hubiéramos de vencerlos, siendo que Cristo es nuestro Consejero y nuestra Fortaleza, sin el cual nada podemos, pero con el cual lo podemos todo[1].
    
5. Remedios más urgentes.
Trabajad, pues, Venerables Hermanos, vigilad con la mayor diligencia sobre la grey que os está confiada, y empeñaos en defenderla de las emboscadas y de los ataques de los lobos rapaces. Comunicaos recíprocamente vuestros planes, seguid como habéis ya comenzado, reuniéndoos en asambleas; a fin de que, después de haber estudiado en una común investigación el origen de los males y según la diversidad de lugares, las fuentes principales de los peligros, podrán más prontamente encontrar, bajo la autoridad y dirección de la Santa Sede, los remedios más oportunos; y de esta manera, plenamente de acuerdo con Nosotros, aplicar toda vuestra solicitud y trabajo con la ayuda de Dios, y con todo el ímpetu de vuestro celo pastoral, para anular todos los embates, artificios, intrigas y maquinaciones de los enemigos de la Iglesia.
    
Mas para que esto no sea infructuoso es de todo punto necesario trabajar, a fin de impedir que el pueblo poco instruido en la doctrina cristiana y en la ley de Dios, debilitado por otra parte, por la larga tiranía de los vicios, apenas pueda advertir la gravedad de las emboscadas que se le preparan y la maldad de los errores que se le proponen. Por eso, Venerables Hermanos, pedimos a vuestra pastoral solicitud, no dejéis jamás de aplicar todas vuestras fuerzas a esta obra, a fin de que los fieles, que os están encomendados, sean diligentemente instruidos, según la capacidad de cada uno, en los dogmas y preceptos santísimos de nuestra Religión, y al mismo tiempo se les exhorte excite por todos los medios posibles a conformar a ellos su vida y sus costumbres. Inflamad a este fin el celo de los eclesiásticos, sobre todo de aquellos tienen cura de almas; para que, meditando seriamente sobre la magnitud del ministerio que recibieron de Nuestro Señor, y teniendo ante los ojos prescripciones del Concilio Tridentino [2], se dediquen con mayor empeño, según lo piden las necesidades de los tiempos, a la instrucción del pueblo cristiano; procuren inculcar en los corazones las palabras sagradas y los avisos saludables, dándoles a conocer en sermones cortos y claros, los vicios que deben evitar, para librarse de la perdición eterna, y las virtudes que deben practicar para conseguir la gloria del cielo.
   
6. El don de la Fe Católica. La recepción de los sacramentos.
En particular hay que procurar que los mismos fieles tengan fijo en sus almas y profundamente grabado el dogma de nuestra santa Religión de que es necesaria la fe católica para obtener la eterna salvación [3]. A este propósito es de gran utilidad la práctica de hacer que los fieles laicos den una y otra vez especiales gracias a Dios junto con el clero, en públicas oraciones, por el inestimable beneficio de pertenecer a la Religión católica, beneficio recibido de su mano clementísima; supliquen humildemente al mismo Padre de las misericordias, que se digne proteger y conservar intacta en nuestras regiones la profesión de esa misma fe.
    
Entre tanto tendréis especial cuidado de administrar a todos los fieles, oportunamente, el Sacramento de la Confirmación, por el cual, por un sumo beneficio de Dios, se confiere la fuerza de una gracia especial para confesar con constancia la fe católica aun en los peligros más graves. No ignoréis cuánto contribuye a este fin, el que los fieles purificados de las manchas de sus pecados, por medio de la sincera detestación de ellos en el Sacramento de la Penitencia, se acerquen frecuentemente a recibir el Santísimo Sacramento de la Eucaristía; en el cual nos consta que se encuentra el alimento espiritual de nuestras almas y el antídoto eficaz para librarnos de las culpas cotidianas y para preservarnos de los pecados mortales, y que es por lo tanto, el símbolo de aquel cuerpo único cuya cabeza es Cristo, el cual quiso que nosotros estuviésemos unidos como miembros, con un lazo estrechísimo de fe, esperanza y caridad, para que todos hablásemos lo mismo, y no existiesen cismas entre nosotros.
    
La Santa Misión. Pecados públicos.
Ciertamente no dudamos que los Párrocos y sus tenientes, como los demás sacerdotes, que en ciertos tiempos, principalmente en los tiempos de ayunos, solían destinarse al ministerio de la predicación, os prestarán su diligente concurso en todas estas cosas. Sin embargo, conviene de tiempo en tiempo añadir a sus trabajos los recursos extraordinarios de los ejercicios espirituales y las santas misiones, que si se tiene cuidado de encomendarlas a operarios idóneos reportan, con la bendición de Dios, gran utilidad, ya para avivar la piedad de los buenos, ya para excitar a saludable penitencia a los pecadores y los depravados por el largo hábito de los vicios, y alcanzar con ello, que el pueblo fiel crezca en la ciencia de Dios, fructifique en toda suerte de buenas obras, y, robustecido con los más abundantes auxilios de la gracia celestial, aborrezca con más tesón las perversas doctrinas de los enemigos de la Iglesia.
    
Por lo demás, en todas estas cosas, vuestros cuidados y los de aquellos sacerdotes colaboradores vuestros deben encaminarse entre otras cosas a hacer concebir a los fieles el mayor horror a aquellos crímenes que se cometen con grave escándalo de los demás. Porque no ignoráis cuánto ha aumentado en diversos sitios, el número de los que osan blasfemar públicamente de los santos y aun del mismo nombre sacrosanto de Dios, o el de los que se sabe sirven en concubinato, añadiendo algunas veces el incesto; o de los que en los días festivos realizan trabajos serviles en los negocios abiertos, o menosprecian los preceptos de la Iglesia relativos al ayuno y a la abstinencia, en presencia de muchos o aun de los que no se avergüenzan en cometer otros crímenes similares. A la insinuación de vuestra voz recuerde el pueblo fiel, y seriamente considere la enorme gravedad de semejantes pecados, y las penas severísimas de que se hacen reos, ya por castigo de su propio pecado, ya también por el peligro espiritual que ello importa para las almas de sus hermanos a quienes indujeron a pecar con su ejemplo. Pues está escrito: «Ay del mundo por razón escándalos!… ¡Ay de aquel hombre  que causa el escándalo!» (Matth. 18, 7).
    
7. A las publicaciones impías hay contraponer los libros de sana doctrina.
Entre los diversos géneros de astucias de los cuales se valen los sagacísimos enemigos de la Iglesia y de la sociedad humana para seducir a los pueblos, uno de los principales es seguramente el que en sus depravados designios habían ya de largo tiempo preparado, el uso de la nueva arte editorial. 
   
Por eso, se han entregado de lleno a la tarea de no dejar pasar un día sin editar para el pueblo y multiplicar libelos impíos, revistas y hojas repletas de mentiras, calumnias y seducciones. Más aún, haciendo uso de la ayuda de las Sociedades Bíblicas, ya hace tiempo condenadas por la Santa Sede [4], no tienen reparo, sin tener en cuenta las normas de la Iglesia [5], en difundir la Sagrada Biblia en lengua vulgar, profundamente alterada y con audacia insólita tergiversada en su sentido, y en recomendar su lectura a los fieles, bajo el falso pretexto de religión.
   
Comprendéis pues, perfectamente con vuestra sabiduría, Venerables Hermanos, con cuánta vigilancia y solicitud debéis trabajar para apartar del todo a las ovejas fieles de estas lecturas emponzoñadas; y en particular en lo que atañe a las Sagradas Letras, recuerden que nadie debe arrogarse el derecho a presumir de interpretar torcidamente, apoyado en su propia prudencia, el sentido que sostuvo y sostiene nuestra santa Madre Iglesia; pues a ella sola le ha sido confiada por el mismo Cristo la custodia del depósito de la fe, y el juicio acerca del verdadero sentido e interpretación de la Palabra Divina [6].
   
Ahora bien, a fin de contener el contagio de los malos libros, es muy útil, Venerables Hermanos, que hombres insignes y de sana doctrina publiquen escritos también de reducido volumen, aprobados previamente por vosotros para edificación de la fe, y para instrucción saludable del pueblo. A vosotros incumbe el cuidado de difundir entre los fieles estos libros, lo mismo que otros de doctrina igualmente sana, y que sean de evidente y probada utilidad, compuestos conforme a las necesidades particulares de personas y lugares.
   
8. La devoción hacia la cátedra de Pedro.
Todos los que a vuestro lado cooperan a la defensa de la Fe, encaminarán especialmente sus esfuerzos a imprimir, conservar y grabar profundamente en las almas de sus fieles la devoción, veneración y respeto a esta suprema Sede de Pedro, en cuyos sentimientos en tanto grado sobresalís vosotros, Venerables Hermanos. Recuerden, pues, los pueblos fieles, que aquí es donde vive y preside en la persona le sus sucesores, Pedro el Príncipe de los Apóstoles [7], de cuya dignidad participa también su indigno heredero [8]. Recuerden que en esta inexpugnable cátedra de Pedro puso Cristo N. S. el fundamento de su Iglesia santa, dando a Pedro las llaves del reino (Matth. 16, 18) de los cielos (Matth. 5, 19), y por esa causa, en fin, oró a fin de que no desfalleciera su fe, y le mandó que en ella confirmase a sus hermanos (Luc. 22, 31-32); de este modo el Romano Pontífice sucesor de Pedro posee el primado universal en todo el mundo, es el Vicario de Cristo y la cabeza de toda la Iglesia, el Padre y Doctor de todos los cristianos [9].
   
En la conservación de esta unión y obediencia de los pueblos al Romano Pontífice se halla sin duda el camino más corto y directo, para mantenerlos en la profesión de la verdad católica. En efecto, no es posible rebelarse contra ninguna verdad católica, sin rechazar juntamente la autoridad de la Romana Iglesia, en la cual se encuentra la sede del irreformable magisterio de la fe, fundado por el Redentor divino, y en la cual, por lo mismo, se ha conservado siempre la tradición que nace en los Apóstoles. De aquí es que los antiguos herejes y los protestantes modernos cuyas opiniones, por otra parte, están muy discordes, trabajen tan a una en impugnar la autoridad de la Sede Apostólica, a la cual jamás, por ningún artificio ni maquinación, lograron inducir a tolerar uno sólo de sus errores. Tampoco los enemigos actuales de Dios y de la humana sociedad, no dejan nada por mover para apartar a los pueblos de Italia de Nuestro servicio y del de esta Santa Sede; en la seguridad de que sólo entonces les será posible contaminar a Italia con la impiedad de su doctrina y con la peste de sus nuevos sistemas.
   
9. Fines perversos del socialismo y comunismo.
En lo que a esta depravada doctrina y a estos sistemas toca, ya es a todos notorio que ellos persiguen principalmente, abusando de los términos de “libertad” e “igualdad”, la introducción en el pueblo de esas perniciosas invenciones del socialismo y comunismo. Es un hecho cierto, que estos maestros del socialismo y comunismo, aunque valiéndose de caminos y métodos diversos, abrigan el propósito común de mantener en constante agitación a los obreros y demás hombres de condición más humilde, engañándolos con discursos seductores y con falaces promesas de un porvenir más feliz y habituándolos poco a poco a los más graves crímenes: confían con esto poder utilizar sus fuerzas para atacar cualquier régimen de autoridad superior, para robar, dilapidar e invadir las propiedades, primero, de la Iglesia, después de todos los particulares, para violar en fin todos los derechos divinos y humanos, destruir el culto de Dios y abolir todo orden en la sociedad civil. En un peligro tan grande para Italia, es un deber vuestro, Venerables Hermanos, desplegar todo el fervor de vuestro celo pastoral, para hacer comprender al pueblo fiel, a qué desgracia temporal y eterna será arrastrado, si se deja engañar por estas opiniones y sistemas tan perniciosos.
   
10. Contra el Socialismo y Comunismo se ha de recomendar la obediencia a la autoridad legítima.
Advertid, pues a los fieles que están a vuestro cuidado que es esencial a la naturaleza de toda sociedad humana, la obediencia a la autoridad legítimamente constituida; que nada puede cambiarse en los preceptos del Señor, que anuncian las Sagradas Letras, pues está escrito: «Estad sumisos a toda humana criatura por respeto a Dios; ya sea al rey, como que está sobre todos; ya a los gobernadores como puestos por Él para castigo de los malhechores, y alabanza de los buenos. Pues esta es la voluntad de Dios, que obrando bien tapéis la boca a la ignorancia de los hombres necios: como libres, mas no cubriendo la malicia con capa de libertad, sino como siervos de Dios» (1.ª Pet. 2, 13 ss.). Más aún: «Toda persona esté sujeta a las potestades superiores; porque no hay potestad que no provenga de Dios, y Dios es el que ha establecido las que hay: por lo cual quien resiste a las potestades, a la ordenación de Dios resiste. De consiguiente los que resisten, ellos mismos se acarrean su condenación» (Rom. 13, 1 ss.).
   
11. La natural jerarquía de valores.
Sepan además, que es igualmente natural y por tanto, condición inmutable de las cosas humanas, que aun entre los que no gozan de la más alta autoridad descuellan unos sobre otros, debido ya a las diversas cualidades de espíritu y cuerpo, ya a las riquezas o a otros bienes materiales semejantes; y que jamás bajo ningún pretexto de libertad o de igualdad, será lícito invadir los bienes o derechos ajenos, ni violarlos de cualquier modo que sea. Los preceptos divinos a este respecto están claros y expresados a cada paso en las Sagradas Letras, que no sólo nos prohíben terminantemente apoderarnos de los bienes del prójimo, sino también desearlos (Éxod. 20, 15-17; Deut. 5, 19-21).
   
12.  Pero los pobres no deben olvidar cuánto deben a la Iglesia.
Pero acuérdense también los pobres y los necesitados todos, cuánto deben a la Religión Católica, que guarda viva e intacta y predica abiertamente la doctrina Cristo, quien declaró que los beneficios se hacen a los pobres tomaría como hecho a Él (Matth. 18, 16; 25, 40-45), y quiso proclamar delante de todos la especial cuenta que ha de pedir en el día del Juicio de estas obras de misericordia, para premiar con los goces de la gloria eterna a los que la hubiesen practicado, y condenar con la pena eterna a los que la hubiesen descuidado (Matth. 25, 34).
   
En esta advertencia de Cristo Nuestro Señor y en los otros avisos severísimos (Matth. 19, 23; Luc. 6, 4; 18, 22; Jac. 5, 1) acerca del uso de las riquezas conservados inviolablemente en la Iglesia Católica, resulta que la condición de los pobres y necesitados sea mucho más llevadera en las naciones católicas que en cualesquiera otras. Sin duda, que socorros mucho más copiosos recibirán en nuestras regiones estos indigentes, si no hubiesen sido robadas o extinguidas muchas instituciones, que habían sido fundadas por nuestros mayores para alivio de los pobres, y que a raíz de los repetidos disturbios públicos se han visto precisadas a desaparecer. Por lo demás, no olviden tampoco nuestros pobres, que según la enseñanza de Cristo, no debe serles causa de tristeza su condición: puesto que la pobreza es el mejor camino para alcanzar la salvación; con tal que sepan sobrellevar pacientemente su pobreza, y no solamente de hecho, sino también de corazón, sean pobres. Porque se dijo: «Bienaventurados los pobres, porque de ellos es el reino de los cielos» (Matth. 5, 3).
   
Sepa también todo el pueblo fiel, que los reyes antiguos de las naciones paganas, y los jefes de sus repúblicas, abusaron mucho más grave y frecuentemente de su poder; de ahí se podrá colegir que si los príncipes de los tiempos cristianos, amonestados por la voz de la religión llegan a temer el juicio riguroso que se les exigirá, y el suplicio eterno destinado para los pecadores, suplicio en el cual los poderosos serán poderosamente castigados (Sap. 6, 6-7) con mucha más justicia y mansedumbre regirán los pueblos a ellos sujetos.
   
Los fieles confiados a vuestros cuidados y a los Nuestros deben, en fin, considerar que la verdadera y perfecta libertad e igualdad está en la observancia de la ley cristiana; como quiera que Dios Omnipotente, que creó al pequeño y al poderoso, y que cuida por igual a todos (Sap. 6, 8) no liberará del juicio a nadie (Sap. 6, 8) ni temerá la grandeza de ninguno, y tiene establecido el día en que ha de juzgar el mundo en equidad (Act.17, 31), en su Hijo Unigénito Cristo Jesús, que ha de venir con sus ángeles en la gloria del Padre, y dará a cada uno la recompensa correspondiente a sus obras (Matth. 16, 27). Ahora bien, si los fieles, menospreciando los paternales avisos de sus pastores y los preceptos de la Ley Cristiana que acabamos de recordar, se dejasen engañar por los jefes de esas modernas maquinaciones, y quisiesen conspirar con ellos en sus perversos sistemas del Socialismo y Comunismo, sepan y ponderen seriamente, que están acumulando para sí ante el Divino Juez, tesoros de ira para el día de la venganza; que entre tanto no conseguirán con esa cooperación ninguna utilidad temporal para el pueblo, sino que más bien aumentarán su miseria y padecimientos. Pues no es a los hombres a quienes compete establecer nuevas sociedades y comunidades, opuestas a la condición de la naturaleza de las cosas humanas; y por eso, si semejantes conspiraciones, se extendieran por Italia, no conseguirían otra cosa, que convulsionado el presente y completamente destruido el estado de las cosas, por las mutuas luchas de ciudadanos contra ciudadanos, por las depredaciones y muertes, llegarían a enriquecerse y encumbrarse en el poder unos pocos a costa del despojo y la ruina total de la mayoría.
   
13. Valor del buen ejemplo del clero.
Pero, para apartar al pueblo de las asechanzas de los impíos, para mantenerlo en la profesión de la Religión católica, e inducirlo a practicar las verdaderas virtudes, es de gran valor, como sabéis, el ejemplo y la vida de aquellos que se han consagrado al sagrado ministerio. Mas, ¡oh dolor! se ven en Italia algunos eclesiásticos, pocos es verdad, que pasándose al campo de los enemigos de la Iglesia, les han servido de poderosa ayuda para engañar a los fieles. Pero para vosotros, Venerables Hermanos, la caída de éstos ha sido un estímulo para que, con renovado empeño, día a día, veléis por la disciplina del Clero. Y ahora, deseando prevenir el futuro, según es Nuestro deber, no podemos dejar de recomendaros nuevamente, lo que en Nuestra primera Carta Encíclica [10] a los Obispos de todo el orbe os inculcamos, a saber: que no impongáis jamás precipitadamente las manos a nadie (1.ª Tim. 5, 22), antes bien uséis de toda diligencia en la selección de la milicia eclesiástica. Es necesario practicar una larga y minuciosa investigación y prueba sobre todo en aquellos que deseen recibir las sagradas órdenes; si son de tal modo recomendables por su ciencia, por la gravedad de sus costumbres y por su celo del culto divino, que se pueda abrigar la esperanza cierta de que podrán ser como lámparas ardientes en la casa del Señor, por su buena conducta y por sus obras y han de reportar a vuestra grey edificación y utilidad espiritual.
   
14. Utilidad de las órdenes religiosas.
Como resulta para la Iglesia de Dios de los monasterios bien dirigidos una inmensa gloria y utilidad y como también el clero regular os presta una valiosa ayuda en el trabajo por la salvación de las almas, os damos el en cargo, Venerables Hermanos, hagáis saber a cada una de las Familias Religiosas en todas vuestras diócesis, que en medio de tantos dolores hemos experimentado especial aflicción por las calamidades que muchas de ellas han debido soportar en estos últimos tiempos, mientras Nos consuela íntimamente la paciencia de sus espíritus y su perseverancia en el celo de la virtud y religión  de que han dado ejemplo muchos religiosos a pesar de que no han faltado otros que, olvidados de su profesión con grande escándalo de los buenos, y con inmenso dolor Nuestro y de sus hermanos, han prevaricado cobardemente; en segundo lugar, exhortad donde fuere menester a los jefes de estas Familias Religiosas y a los superiores mayores, que en cumplimiento de su deber, no perdonen ningún medio ni industria alguna, a fin de hacer que de día en día florezca y se vigorice la disciplina regular en donde ya se observe, y que se restablezca a su antigua vida e integridad donde hubiese sufrido algún detrimento. Y, estos superiores amonesten sin cesar, corrijan, induzcan a sus alumnos religiosos, a que considerando con seriedad los votos con que se han ligado con Nuestro Señor, se apliquen diligentemente a su cumplimiento, guarden con exactitud las reglas de su instituto, y llevando a su cuerpo la mortificación de Cristo, se abstengan de todo acto que sea incompatible con su vocación, y se entreguen a las obras que ponen de manifiesto la caridad de Dios y del prójimo y el amor de la perfecta virtud. Cuiden principalmente los Superiores de estas Ordenes que no se admita a persona sin que preceda un examen profundo y escrupuloso de sus costumbres e inclinaciones; y que después de la profesión religiosa sólo admitan a aquellos que, en un Noviciado bien establecido hayan dado verdaderas señales de vocación de tal modo que se pueda presumir con justicia, que no los mueva ningún otro motivo al abrazar la vida religiosa, sino el deseo de vivir para Dios únicamente, y trabajar para procurar la salvación propia y la de los otros según las normas de su instituto. A este respecto, queremos y deseamos insistentemente que se observen con toda exactitud, los decretos y estatutos que para el bien de las familias religiosas promulgó Nuestra Congregación el 25 de enero del año próximo pasado, decretos que han sido corroborados con nuestra Autoridad Apostólica.
   
Volviendo después de esto a hablar de la selección en el Clero secular, debemos recomendaros ante todo, Venerables Hermanos, la educación en instrucción de nuestros clérigos menores; por cuanto difícilmente podremos tener después ministros idóneos de la Iglesia, si no los formamos desde la juventud y desde su primera edad en todo lo concerniente al sagrado ministerio. Continuad pues, Venerables Hermanos, en valeros de todos los recursos que estén a vuestro alcance, para conseguir, si es posible, ya desde los tiernos años, que se recojan en los seminarios estos soldados de la milicia sagrada, y allí alrededor del tabernáculo del Señor, crezcan y prosperen como plantaciones nuevas, formándose en la inocencia de la vida, piedad, modestia y espíritu eclesiástico, aprendiendo al mismo tiempo de maestros experimentados y escogidos, cuya doctrina esté completamente ajena a todo error, las letras, y las ciencias menores y mayores.
   
15. La enseñanza y educación de los jóvenes.
Pero, como no os resultará fácil completar la formación de todos los clérigos en los seminarios; y por lo demás, también los jóvenes laicos deben ser objeto de vuestra solicitud pastoral: velad igualmente, Venerables Hermanos, sobre las otras escuelas públicas y privadas, en cuanto esté de vuestra parte dedicando vuestros esfuerzos, empleando vuestra influencia para que toda su enseñanza se conforme con las normas de la doctrina católica, para que la juventud que allí se reúna reciba de maestros idóneos, por su probidad y religión, la formación en la verdadera virtud, y en las artes y ciencias, y sean convenientemente preparados para reconocer las redes que los impíos les tienen tendidas, eviten sus funestos errores, y así puedan servir de ornamento y utilidad a la sociedad cristiana y civil.
    
16. La escuela de los niños. El Catecismo.
Por esta causa, debéis reivindicar la principal autoridad, una autoridad plena y libre, sobre los profesores de las ciencias sagradas, y en todas las demás cosas que son de la Religión, o que tengan alguna relación con ella. Velad, pues, porque en todas las clases, pero en especial en las de Religión se usen libros exentos de toda sospecha de error.
   
Advertid a los que tienen cura de almas, que sean vuestros solícitos colaboradores, en lo que se refiere a las escuelas de niños y de jóvenes de la primera edad, que se destinen a ellos maestros y maestras de una honestidad muy bien probada, y que para la enseñanza de los rudimentos de la fe cristiana a los niños y niñas, no se empleen otros libros sino los aprobados por la Santa Sede.
   
A este respecto no nos cabe duda, de que los Párrocos serán los primeros en dar ejemplo, y que apremiados por vuestras exhortaciones se aplicarán constantemente a instruir a los niños en los fundamentos de la doctrina cristiana, recordando que esta instrucción es uno de los deberes más graves que le impone su ministerio [11]. Debéis además recomendarles, que en sus instrucciones a los niños como también al pueblo no pierdan de vista el Catecismo Romano, publicado por decreto del Concilio de Trento y de San Pío V Nuestro predecesor de inmortal memoria, y recomendado a todos los pastores por los Sumos Pontífices, y en particular últimamente por Clemente XIII de feliz recordación como «arma oportunísima para rechazar todos los artificios de opiniones perversas, y para propagar y consolidar la verdadera y sana doctrina» [12].
   
No os causará, ciertamente, admiración, anos, el que hayamos dejado correr la pluma largamente sobre este punto. Porque, no se oculta a vuestra prudencia, que en estos tiempos llenos de peligros, Nos y vosotros debemos hacer los mayores esfuerzos, emplear todos los medios, luchar con constancia inquebrantable y estar siempre alerta, en todo lo que atañe a la escuela, a la instrucción y a la educación de los niños y jóvenes de ambos sexos. Bien sabéis, que en nuestros tiempos, los enemigos de la Religión y de la sociedad humana, con un espíritu diabólico, ponen en juego todos sus artificios, para lograr la perversión de los entendimientos y corazones de los jóvenes desde su primera edad. A este intento, no escatiman ningún sacrificio a fin de sustraer por completo a la autoridad de la Iglesia y a la vigilancia de sus Pastores sagrados toda escuela y todo instituto destinado a la formación de la juventud.
   
Abrigamos la firme esperanza de que nuestros carísimos hijos en Cristo los Príncipes de toda Italia os ayudarán con su poderoso patrocinio a fin de que podáis cumplir fructuosamente con las obligaciones que os impone vuestro cargo; no nos cabe la menor duda, que ellos querrán defender y proteger le derechos tanto espirituales como temporales de la Iglesia; pues, nada hay más conforme a la Religión y a la pie dad heredada de sus antepasados de la cual han dado tan elocuentes ejemplos
   
17. La causa de todos los malos presentes está en los atropellos cometidos contra la Religión.
Ni puede escapar a su sabiduría que la causa primaria de todos los males, que ahora nos afligen ha de buscarse en los daños hechos a la Religión y a la Iglesia Católica en los tiempos pasados, principalmente desde que aparecieron los protestantes. Ellos ven cómo, por el desprecio creciente de la autoridad de los obispos, por las violaciones cada día más frecuentes y contumaces de los preceptos divinos eclesiásticos, se ha disminuido en la misma proporción el respeto del pueblo por la autoridad civil, y se ha abierto un camino más ancho a los enemigos actuales de la tranquilidad pública y a las sediciones contra la persona que representa la autoridad. Contemplan asimismo, cómo frecuentemente los bienes temporales de la Iglesia son ocupados, repartidos y públicamente vendidos, contra todo legítimo derecho de propiedad, lo cual contribuye a hacer disminuir en el pueblo la reverencia hacia las cosas y las propiedades consagradas al uso religioso, y en consecuencia muchos  prestarán más fácilmente oído a los nuevos principios de Socialismo y Comunismo, los cuales enseñan que se pueden ocupar las propiedades ajenas y repartirlas, o de cualquier otro modo convertirlas en cosa de uso público. Ven además, que poco a poco se están  empleando contra la autoridad civil las mismas trabas que antes se habían empleado con fraude para entorpecer la acción de los Pastores de la Iglesia, a fin de que no pudiesen ejercer libremente su autoridad. Ven, en fin, que en medio de las grandes calamidades que nos abruman, no hay otro remedio más eficaz ni de más pronto efecto, que el reflorecimiento en toda Italia del esplendor de la Religión y de la Iglesia Católica, en la cual, sin lugar a duda, es fácil encontrar los auxilios más oportunos para toda condición y necesidad de los hombres.
   
18. Sólo en la Iglesia se encuentra el remedio a todos los males.
En efecto, (citando las palabras de San Agustín): «La Iglesia Católica abraza en su amor y caridad, no solamente a Dios mismo, sino también al prójimo, de tal manera que en sus manos estén los remedios de todas las enfermedades que por sus pecados padecen las almas; ejercita y enseña a los niños al modo de los niños, a los jóvenes con vigor, a los viejos con gravedad, a cada uno, en una palabra, conforme a las exigencias de la edad de su cuerpo, y también de su alma. Somete la mujer a su esposo, por una casta y fiel obediencia, no para satisfacer sus apetitos, sino para propagar la especie humana y conservar la sociedad doméstica. Da autoridad al hombre sobre la mujer, no para que abuse del sexo débil, sino para que ambos obedezcan a las leyes del sincero amor. Someten los hijos a sus padres, con una especie de servidumbre libre, y la autoridad que da a los padres sobre ellos es una especie de suave dominio. Une a los hermanos de la Religión, más fuerte y más estrecho que el de la sangre; hace más sólidos los lazos de parentesco y de afinidad, por una caridad mutua que respeta la unión de la naturaleza y de la voluntad. Enseña a los siervos a obedecer a sus señores, no tanto a causa de la necesidad de su estado, cuanto por el gusto del cumplimiento del deber; y a los amos los hace suaves con sus siervos, considerando que todos somos siervos del mismo Señor, Dios, y más propensos a los que todos de persuasión que a los de coerción. Une a los ciudadanos con los ciudadanos, las naciones con las naciones, y a todos los hombres entre sí, no por el solo vínculo social, sino más bien por una especie de fraternidad, nacida del recuerdo de nuestros primeros padres. Enseña a los reyes a velar por sus pueblos, exhorta a los pueblos a someterse a sus reyes. Demuestra a todos, con una solicitud que nada omite, a quiénes se debe honor, a quiénes afecto, a quiénes reverencia, a quiénes temor, a quiénes consolación, a quiénes reprensión, a quiénes castigo, mostrando cómo no todas las cosas son debidas a todos, pero sí a todos la caridad y a nadie la injusticia» [13].
   
Este es Nuestro deber pues, y el vuestro, Venerables Hermanos, de no retroceder ante ningún trabajo, de afrontar todas las dificultades de emplear toda la fuerza de nuestro celo pastoral, a fin de proteger en los pueblos de Italia el culto de la Religión católica, y no sólo oponiéndonos enérgicamente a los esfuerzos de los impíos, que trabajan afanosamente por arrancar a Italia del seno de la Iglesia; sino también trabajando empeñosamente en hacer volver al verdadero camino a aquellos hijos degenerados de Italia, que ya han tenido la debilidad de dejarse seducir.
   
19. Con entera confianza debemos impetrar de lo alto el auxilio divino.
Ahora bien, como todo bien excelente y todo don perfecto ha de venir de arriba, acerquémonos con confianza al trono de la gracia, Venerables Hermanos, y no cesemos de suplicar, de implorar con oraciones públicas y privadas al Padre celestial de las luces y de las misericordias, para que por los méritos de su Hijo Unigénito Nuestro Señor Jesucristo, apartando sus ojos de nuestros delitos, ilumine en su clemencia las mentes y los corazones de todos por la virtud de su gracia, atrayendo hacia sí las voluntades rebeldes; dé mayor esplendor a su Iglesia con nuevas victorias y triunfos; de tal manera que en toda Italia, y en todo el mundo crezca en número y en mérito el pueblo fiel. Invoquemos también a la Santísima e Inmaculada Virgen María Madre de Dios, que por su poderosísimo valimiento ante Dios obtiene todo lo que pide, ni puede pedir en vano; juntamente imploremos al Apóstol San Pedro y a su co-apóstol Pablo, y a todos los santos del cielo, para que el clementísimo Dios, por su intercesión aleje de sus fieles los rigores de su ira y conceda a todos los que llevan el nombre de cristianos, por el poder de su gracia, rechazar todo lo que sea contrario a la santidad de este nombre, y practicar todo lo que con Él se conforme.
   
Por último, Venerables Hermanos, en testimonio de nuestro más vivo afecto hacia vosotros, recibid la Bendición Apostólica, que os impartimos de lo íntimo de Nuestro corazón, a vosotros, a vuestro clero, y a los fieles laicos que están confiados al cuidados de vuestro celo pastoral.
   
Dada en Nápoles en los suburbios de Portici, el 8 de Diciembre del año de 1849, año cuarto de nuestro PontificadoPÍO IX.
   
NOTAS
[1] San León Magno, Epístola 167 a Rústico, Obispo de Narbona (Migne, Patrología Latína. 54, col. 1201 B - 1202 A): cf. Joann. 15, .5; Filip. 4, 13.
[2] Concilio de Trento, ses. 5.ª, c. 2, De la Reforma (Mansi Coll. Conc. 33, col. 30-31; col. 153-C; col. 160-D).
[3] Esta doctrina, recibida de Cristo y enfatizada por los Padres y Concilios, también está contenida en las fórmulas de la profesión de fe usada por los católicos latinos, griegos y orientales.
[4] En la Encíclica “Inter præcípuas machinatiónes” de Gregorio XVI, l-V-1844 cuyas sanciones también renovamos en la Encíclica “Qui plúribus” del 9-XI-1846.
[5] Ver Regla 4.ª de las anotadas de los Padres del Concilio de Trento, y aprobadas por Pío IV en la Constitución “Domínici gregis” del 24-111-1564, (Cod. Jur. Can. Fontes, Gasparri 1926, I, 186; Mansi Coll. Conc. 33, col. 226-227); con lo que añadió la Sagrada Congregación del Índice, autorizado por Benedicto XIV, el 17-VI-1757 (Usualmente, esta adición se pone frente al Índice de Libros Prohibidos).
[6] Concilio de Trento, ses. 4.ª, en el Decreto de la Edición y uso de los Libros Sagrados (Mansi, Coll. Conc. 33, col. 22 E - 23). 
[7] Concilio de Éfeso, Acto III; (Mansi Coll Conc. 4, col. 1295-B); San Pedro Crisólogo, Epístola a Eutiques (Migne, PL. 54, col. 743-A)
[8] San León Magno, Sermón en el Aniversario de la Asunción al Trono pontificio.
[9] Concilio ecuménico de Florencia, en Definición o Decreto de la Unión (ver Mansi 31-A, col. 1034).
[10] Pío IX, Encíclica “Qui plúribus”, 9/11/1846
[11] Concilio de Trento, sesión 24 c. 4, De la Reforma (Mansi Coll. Conc. 33, col 159-C); Benedicto XIV Constitución “Etsi mínime”, 7/2/1742 (Cod. Jur. Can. Fontes, Gasparri, 1926, I, 713).
[12] Clemente XIII, Encíclica “In Domínico agro”, 14/6/1761.
[13] San Agustín, De las costumbres de la Iglesia Católica, lib. 1, c. 30 (Edic. BAC, t. 30, pág. 334-3355; Migne PL. 32, col. 1336).