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martes, 6 de enero de 2026

ANUNCIO DE LAS FIESTAS MOVIBLES 2026

En el Rito Romano tradicional, el día de la Epifanía, el Diácono, luego del canto del Evangelio, hacía el anuncio de la Pascua y las fiestas movibles del año.
   
Para el año 2026, tenemos el siguiente (Imagen proporcionada por SCHOLA SAINTE CÉCILE): 
     
   
LATÍN
Novéritis, fratres caríssimi, quod annuénte Dei misericórdia, sicut de Nativitáte Dómini nostri Jesu Christi gavísi sumus, ita et de Resurrectióne ejúsdem Salvatóris nostri gáudium vobis annuntiámus:

Die prima Februárii erit Domínica in Septuagésima. 

Décima octáva ejúsdem dies Cínerum, et initium jejúnii sacratíssimæ Quadragésimæ. 

Die quínta Aprílis sanctum Pascha Dómini nostri Jesu Christi cum gáudio celebrábitis. 

Décima quárta Máji, erit Ascénsio Dómini nostri Jesu Christi. 

Trigésima prima ejúsdem Festum Pentecóstes. 

Die quárta Júnii Festum sacratíssimi Córporis Christi. 

Vigésima nona Novémbris Domínica prima Advéntus Dómini nostri Jesu Christi, cui est honor et glória, in sǽcula sæculórum. Amen.

TRADUCCIÓN
Sabed, carísimos hermanos, que como por la misericordia de Dios, hemos saboreado las alegrías del Nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo, así os anunciamos hoy el próximo gozo de la Resurrección de este mismo Dios y Salvador nuestro: 

El día uno (1) de Febrero será Domingo de Septuagésima. 

El diez y ocho (18) del mismo mes será el miércoles de Ceniza y el comienzo del ayuno de la santa Cuaresma. 

El día cinco (5) de Abril celebraremos con entusiasmo la santa Pascua de Nuestro Señor Jesucristo. 

El día catorce (14) de Mayo se celebrará la Ascensión de Nuestro Señor Jesucristo. 

El treinta y uno (31) del mismo mes, la fiesta de Pentecostés. 

El día cuatro (4) de Junio, la fiesta de Corpus Christi. 

El día veinte y nueve (29) de Noviembre será el primer Domingo del Adviento de Nuestro Señor Jesucristo, a quien sea dado honor y gloria por los siglos de los siglos. Amén.
  
***
  
LITURGIA HISPANICA [Sacramentario Toledano del Monasterio de Santo Domingo de Silos, siglo X. Museo Británico, manuscrito Adicional n.º 30 844, fol. 131 verso].
  
LATÍN
Ob hoc, Fratres caríssimi, post revelátum in córpore nascéntis Dómini nostri Jesu Christi mystérium, post tantórum ejus denuntiatiónem signórum, vestris Deo devótis méntibus étiam Paschæ sollémnia pronuntiámus.

Nunc ígitur, dilecttíssimi Fratres, qui adfuístis Ecclésiæ Dei, diem Apparitiónis Dómini nostri Jesu Christi agnóscere meruístis, diem quóque Passiónis ejus ipso jubánte cognóscite.

Erit ígitur anno præsénti, sub era Bimillésima sexagésimo quárta, inítium beátæ Quadragésimæ die décimo octávo, luna Februárii. Cœna vero Dómini nostri Jesu Christi die secúndo, luna Aprílis. Pássio quóque Dómini nostri Jesu Christi die tértio, luna ejúsdem.

Idcírco hortor vos, dilectíssimi Fratres, ut ita juste et pie, caste et sóbrie vívere studeámus, ut ad eándem sanctam sollemnitátem, ábsque ullo crímine et cum abundántia bonórum óperum pertíngere mereámur. A cunctis mortálium inlécebris voluptátum, tam corda, quam córpora nostra mundémus. Per confessiónem peccatórum, iram Dómini mutigémus, pretéritas iniquitátes non iterémus, in nobis subjéctis misericórdes simus sincéra mente concórdiam amplectámus: ut sacratíssimæ Passiónis mystéria dies sócios nos fáciant Domínicæ Resurrectionis. Non invéniat quémquam in nobis Christus regrédiens quem damnáre, sed repériat in cunctis quos clemens átque miséricors júbeat coronáre. Qui vivit cum Patre et regnat cum Spíritu Sancto, unus Deus, in sǽcula sæculórum. Amen.
   
TRADUCCIÓN
Queridos hermanos: después de revelado el misterio del nacimiento corporal de Nuestro Señor Jesucristo, y ante tantos signos de su presencia, os anunciamos la solemnidad de la Pascua.

Así, pues, amados hermanos que os habéis reunido en la iglesia de Dios para celebrar el día de la Aparición del Señor Nuestro, Jesucristo, tened presente también el día de su Muerte gloriosa.

En este año presente, bajo la Era 2064 [año 2026 de la Encarnación], la santa Cuaresma inicia el diez y ocho (18) del mes de Febrero. La Cena de Nuestro Señor Jesucristo es el día dos (2) de Abril, y la Gloriosa Pasión de Nuestro Señor Jesucristo es el día tres (3) del mismo mes.

Ante esto, os exhorto, queridos hermanos, a que os esforcéis en llevar una vida honrada y religiosa, casta y sobria, para que merezcamos llegar a esta santa solemnidad sin crimen alguno y abundando en buenas obras. Purifiquémonos de todos los malos deseos mortales del cuerpo y del espíritu. Por la confesión de los pecados alejemos el castigo del Señor, y evitando caer en las antiguas faltas, acojámonos a su misericordia abrazando con sincero corazón la concordia: para que los días de los misterios de la santísima Pasión nos hagan partícipes de la Resurrección del Señor. Que a su vuelta no encuentre Cristo en nosotros nada que condenar, sino que nos halle preparados para recibir la corona de gloria de Aquél, clemente y misericordioso que vive con el Padre y reina con el Padre con el Espíritu Santo, un sólo Dios por los siglos de los siglos. Amén.

miércoles, 13 de abril de 2022

DEL “ARRASTRE DE CAUDAS”

Una ceremonia que desde 1550 se realiza a las 12:00h del Miércoles Santo en la catedral de Quito es el denominado “Arrastre de caudas” en honor a la muerte de Nuestro Señor Jesucristo.
   
Algunos historiadores afirman que el arrastre de caudas tiene su origen remoto en la práctica funeraria de los generales romanos. Cuando un general moría en batalla, sus soldados conducían su cadáver hacia la ciudad importante más cercana, donde el capitán de la legión hacía ondear el estandarte de la legión sobre el cadáver del general para captar su espíritu y valentía, y luego sobre la tropa, con la creencia que esta recibiría las cualidades del muerto. Como origen próximo se tiene que la ceremonia era observada por la Iglesia oriental dentro de la veneración a la Santa Cruz el tercer domingo de la Gran Cuaresma, y San Leandro (que conoció esta práctica durante su exilio en Constantinopla del 579 al 582) la llevó a Sevilla, incorporándose en la Liturgia Hispánica que codificará su hermano y sucesor San Isidoro. Luego de la reconquista por San Fernando (y de la adopción de la Liturgia Romana), los registros de la Catedral hispalense refieren que el 18 de Julio de 1469 el cardenal Jean Jouffroy OSB Clun., obispo de Albi y legado pontificio, concedió 100 días de Indulgencia por la asistencia a esta ceremonia (que se documenta también en las catedrales de Córdoba y Pamplona), que se realizaba también en las primeras y segundas Vísperas del Domingo de Pasión y el Domingo de Ramos. El 29 de Septiembre de 1478, el administrador apostólico de la archidiócesis de Sevilla Pedro González de Mendoza, «el gran cardenal de España» concedió otros 100 días de Indulgencia.
  
Cervantes, en el capítulo XXXVIII de la segunda parte de Don Quijote de la Mancha, describe el aparato del cortejo de la Condesa Trifaldi, que hace reminiscencia del arrastre de caudas o de la Santa Compaña (procesión de ánimas):
«Detrás de los tristes músicos comenzaron a entrar por el jardín adelante hasta cantidad de doce dueñas, repartidas en dos hileras, todas vestidas de unos monjiles anchos, al parecer, de anascote batanado, con unas tocas blancas de delgado canequí, tan luengas que sólo el ribete del monjil descubrían. Tras ellas venía la Condesa Trifaldi, a quien traía de la mano el escudero Trifaldín de la Blanca Barba, vestida de finísima y negra bayeta por frisar, que a venir frisada, descubriera cada grano del grandor de un garbanzo de los buenos de Martos. La cola, o falda, o como llamarla quisieren, era de tres puntas, las cuales se sustentaban en las manos de tres pajes, asimesmo vestidos de luto, haciendo una vistosa y matemática figura con aquellos tres ángulos acutos que las tres puntas formaban; por lo cual cayeron todos los que la falda puntiaguda miraron que por ella se debía llamar la Condesa Trifaldi, como si dijésemos la condesa de las Tres Faldas; y así dice Benengeli que fue verdad, y que de su propio apellido se llamó la Condesa Lobuna, a causa que se criaban en su condado muchos lobos, y que si como eran lobos fueran zorras, la llamaran la Condesa Zorruna, por ser costumbre en aquellas partes tomar los señores la denominación de sus nombres de la cosa o cosas en que más sus estados abundan; empero esta condesa, por favorecer la novedad de su falda, dejó el Lobuna y tomó el Trifaldi.
   
Venían las doce dueñas y la señora a paso de procesión, cubiertos los rostros con unos velos negros, y no trasparentes como el de Trifaldín, sino tan apretados, que ninguna cosa se traslucían».

Durante la Conquista, todas las diócesis de América eran sufragáneas de la archidiócesis hispalense, hasta que en 1546 las sedes de Santo Domingo, México y Lima fueron elevadas a archidiócesis metropolitanas. Quito fue hecha diócesis sufragánea ese año, y el arrastre de caudas llegó allí con su primer obispo, García Díaz Arias, proveniente de Granada. 

La ceremonia desapareció en España a fines del siglo XIX (en Sevilla, por ejemplo, debió ser después de 1878, cuando se la menciona por última vez en el calendario de la Catedral), como también de muchas diócesis del Nuevo Mundo como México, Guayaquil, Cuenca, Lima, Trujillo, Córdoba y Buenos Aires (donde fue suprimida en la década de 1970 por el arzobispo Juan Carlos Aramburu Maturana).

Quito es una de las pocas ciudades en el mundo hispano donde se conserva el arrastre de caudas como una práctica de ámbito catedralicio (porque en el Cantón Saquisilí, en la provincia ecuatoriana de Cotopaxi, desde fines del siglo XIX es una celebración cultural que se realiza el Viernes Santo), junto con Caracas, Maracaibo y Mérida (Venezuela). 
   
El arrastre de caudas (u Ostensión de la Seña, como también se la conoce) comienza luego de rezadas las Vísperas en el Coro con una procesión acompañada por el incienso y las notas de una marcha fúnebre tocada en el órgano en la cual los canónigos están revestidos con roquete, capa magna (capa con una cola o cauda –de ahí el nombre de la ceremonia– de 16 pies de largo) y cogulla negras flanqueado cada uno por dos acólitos con cirios en la mano y un tercero que es llamado caudatario, seguidos por el arzobispo, que revestido con capa magna, cogulla y velo humeral morados lleva bajo palio en ostensión una cruz de oro y pedrería que en su centro contiene una reliquia de la Santa Cruz recorriendo siete veces las naves de la catedral hasta llegar al altar, cubierto con una bandera negra con una cruz roja bordada en esta (la “Santa Seña”), que había sido llevada por el chantre (canónigo encargado de dirigir el canto del Oficio en el cabildo catedralicio).
   
Canónigo con capa magna y portando la Santa Seña (Códice Martínez Compañón, . Madrid, Real Biblioteca).
  
Cabildo catedralicio cantando las Vísperas (Catedral de Caracas)
   
Canónigo chantre portando la Santa Seña, y otros dos canónigos (Catedral de Quito).
 
Canónigo flanqueado por dos acólitos (Catedral de Quito). La capa magna está extendida en su totalidad, como señal de duelo. 
 
Arzobispo de Quito portando bajo palio la reliquia de la Santa Cruz (Catedral de Quito).
      
Al canto del Vexílla Regis, los canónigos se postran ante el altar, y el arzobispo hace ondear la bandera sobre el altar (que representa a Nuestro Señor Jesucristo, generalísimo de la Iglesia) y luego siete veces sobre los canónigos que están postrados en el suelo, y luego sobre autoridades, fieles, turistas y curiosos que presencian la ceremonia (no nos llamemos a engaño, la Semana Santa ha quedado reducida a un atractivo turístico más del circuito de ferias y fiestas de nuestros países otrora católicos). Al final del himno, el arzobispo golpea el suelo tres veces con el asta de la bandera (en señal de la victoria que Cristo, con su muerte en la Cruz, obtuvo contra el pecado, la muerte y el diablo), luego los canónigos se levantan del suelo y finaliza con el prelado dando la bendición con la reliquia de la Santa Cruz, reanudando el rezo de las Vísperas.
   
Arzobispo ondeando la Santa Seña sobre el altar (Catedral de Lima, 1923).
   
Arzobispo ondeando la Santa Seña sobre los canónigos (Catedral de Quito).
   
Existe en Quito la creencia que si alguno es tocado por la bandera mientras esta es ondeada por el arzobispo, morirá dentro de un año. En esto, se asimila a la Santa Compaña, de la cual se cree que quien recibe su visita, morirá en el plazo de un año.
   
Arzobispo ondeando la Santa Seña sobre los canónigos (Catedral de Maracaibo).

Un derivado de la ceremonia de la Ostensión de la Seña era realizado en la parroquia de San Santiago el Mayor de Alcalá de Guadaíra (prov. de Sevilla) hasta 1821, y el 14 de Marzo de 2021 la Hermandad de Nuestro Padre Jesús Nazareno de Alcalá de Guadaíra la hizo por primera vez en 200 años, con la particularidad que después de las Vísperas, el capitán de los judíos hacían ondear tres veces su estandarte. Otras hermandades, según refiere Félix González de León en su Historia crítica y descriptiva de las cofradías de penitencia, sangre y luz fundadas en la Ciudad de Sevilla, Sevilla, Imprenta y librería de D. Antonio Álvarez, 1852, usaban el estandarte negro con la cruz roja: tras el paso de la Santa Cruz, en el Santo Entierro, la Compañía de Banderas iba arrastrando banderas de tafetán negro y cruz roja. En las Reglas de 1538 de la hermandad de la Vera Cruz se prevé que la procesión ha de abrirse por la seña negra con la cruz roja, portada por un mayordomo, distinta del estandarte que utilizaba en el resto de las procesiones. En las del Gran Poder de 1570 se coloca detrás de los veinticuatro Niños de la Doctrina con su Cruz de los Entierros.

viernes, 25 de marzo de 2022

DE LOS ORNAMENTOS SAGRADOS, Y SUS ORACIONES

   
Casulla, manípulo, estola y bolsa de corporales (Macao, mediados del siglo XIX).
  
Si en la sociedad civil se usan distintos hábitos de acuerdo con las diferentes funciones civiles que se van a realizar, y si la forma y el color de la ropa cambian entre las personas del mundo y varían según los días de solemnidad, júbilo o dolor, no deberá ciertamente ser asombroso que en la sociedad cristiana se utilicen adornos particulares en sus oficios divinos. Esto se ajusta maravillosamente a nuestra naturaleza que necesita que los sentidos sean sacudidos por el aparato externo de las cosas para elevarse a contemplar la sublimidad de los santos misterios. Por eso la Iglesia quiere muy sabiamente que sus sacerdotes al celebrar la Santa Misa se adornen con vestimentas especiales bendecidas por el obispo con este fin, que se denominan ornamentos sagrados. […] En un principio estas prendas en forma eran similares a las que usaban los laicos constituidos en dignidad: y solo se diferenciaban en la preciosidad del material y el trabajo porque parece que incluso en las catacumbas en la celebración de la Santa Misa, cuando era posible, se usaban prendas tejidas en oro y adornadas con gemas. Los primeros cristianos solían consagrar al servicio de Dios el oro y las piedras preciosas que habían usado para ofenderlo cuando aún eran gentiles.
    
Dado que esas formas de ropa entraron en desuso entre los laicos, la Iglesia conservó la forma antigua con algunas modificaciones. Estas ropas deben ser, como dijimos, bendecidas por el obispo, y el sacerdote cada vez que las usa recita oraciones por su misterioso significado. Estas túnicas son las siguientes:
1.º El amito o paño con una cruz en el medio, con la que el sacerdote se cubre la cabeza. Nos recuerda el velo con el que los judíos cubrieron el rostro del Salvador, abofeteándolo en su pasión. Colocado sobre la cabeza del sacerdote, presenta el casco militar, y le recuerda la fortaleza con la que debe librar las batallas del Señor y la modestia y el respeto con que debe abordar los santos misterios. Este adorno, dice el Papa Inocencio III (Del mist. De la Santa Misa), nos recuerda que Jesucristo para trabajar nuestra salud ha escondido su divinidad bajo el velo de la naturaleza humana.
2.º El alba, que en el Imperio Romano vestían personajes notables, y que la Iglesia ha conservado, porque con su blancura indica la pureza interior que debe tener el sacerdote para subir al altar y sacrificar el Cordero inmaculado. Nos recuerda la túnica blanca, que el malvado Herodes hizo que se vistiera al divino Salvador por burla, y nos enseña a soportar, por ejemplo, con paciencia las burlas de los hombres que con burla persiguen nuestra virtud.
3.º El cíngulo, que simboliza la cuerda con la que los judíos amarraron a nuestro divino Salvador en el huerto de los olivos. Recuerda la castidad y represión de todos los placeres carnales, en los que el ministro sagrado debe distinguirse.
4.º En la antigüedad el manípulo era un pequeño pañuelo que ocupaba el lugar de la estola, cuando ésta se había convertido en un simple adorno y se usaba, como la estola, para enjugar el sudor y las lágrimas. Después del siglo XII también se convirtió en un simple adorno en las vestiduras sacerdotales, que se coloca en el brazo izquierdo. Sin embargo, conservó su sentido original, es decir, el de los dolores, los sudores, las lágrimas, a los que está sujeta la vida cristiana. Atado al brazo del sacerdote significa los giros con los que el adorable Redentor fue atado a la columna.
5.º La estola, es un paño que los ricos usaban para limpiarse la cara. En el siglo VI cambió de uso y forma, pues comenzó a ser de tela de forma alargada y estrecha, como vemos hoy. Por lo tanto, llegó a ser una prenda de honor y autoridad, un símbolo del poder que se atribuye al carácter sacerdotal: y, por lo tanto, el sacerdote la usa en todas las funciones, que tienen como objeto inmediato el cuerpo de Jesucristo, y en la mayor parte de los otros misterios sagrados. Ella significa esa gloria e inmortalidad, que el abuso del primer Adán nos hizo perder, pero que el segundo Adán, Jesucristo, recuperó para nosotros. Esta prenda sacerdotal que ata el cuello y cruza el pecho del sacerdote, mientras se celebra la Santa Misa, también representa la cuerda con la que Jesucristo fue atado cuando subió al Calvario. La cruz, que forma sobre el pecho del ministro de Dios, le enseña que todo poder sacerdotal está en la cruz de Jesucristo.
6.º El planeta, llamado casulla en latín (caja), se llama así porque en su forma antigua era una capucha que tenía la forma de una choza y cubría toda la persona del sacerdote desde el cuello hacia abajo, con una sola abertura arriba para entrar en la cabeza. Los ministros que asistieron al sacerdote en el altar levantaron este pesado manto mientras él tenía que levantar las manos, ya sea incensándose con el incensario o levantando la hostia o el cáliz, costumbre que aún se conserva en la actualidad, aunque la necesidad es más. El planeta significa la prenda sin cortar, es decir, sin costura, de la cual Jesucristo fue despojado por los pícaros en su crucifixión. Superponiéndose a todas las demás prendas, es un signo de caridad, que debe extenderse sobre todas nuestras virtudes. También denota el suave yugo de la ley de Jesucristo, que los sacerdotes y los fieles deben llevar todos los días para conseguir la gracia y la gloria celestial.
 
En las misas solemnes, el diácono usa una túnica llamada Dalmática, llamada así porque su uso se introdujo por primera vez en Dalmacia: y el subdiácono se adorna con una túnica llamada tunicela o una pequeña sotana. Hoy en día no hay diferencia de forma entre la dalmática y la tunicella, pero en la antigüedad la primera era mucho más ancha, larga y ornamentada que la segunda. Enmiende estas vestiduras que tienen mangas grandes para indicar que los ministros sagrados deben ser generosos en obras de caridad y estar dispuestos al servicio del Señor. En ciertas funciones sagradas, el sacerdote viste la capa que en la antigüedad era una especie de manto, que solía usar en tiempo de lluvia, y para ello le había puesto una capucha para cubrir la cabeza. Un vestigio de ella queda ahora en esa pieza en forma de media luna que cuelga por detrás. La capa en sentido estricto no es un hábito sagrado, por lo tanto, no es bendecida y no es usada exclusivamente por el sacerdote como lo es el planeta, sino que también es usada por otros ministros inferiores a él.
   
Como el planeta, la capa también significa caridad evangélica, que debe, por así decirlo, abarcar todas las obras del ministro sagrado. Las túnicas sacerdotales con sus símbolos sirven para alimentar la piedad no solo del sacerdote que las viste, sino también de los fieles, que asisten al augusto sacrificio. Por eso el amito debe recordarnos y recomendar a toda modestia en la vestimenta, recogimiento y silencio en la casa del Señor. La túnica y el cíngulo pureza de mente y corazón; el manípulo, la vida trabajadora y las buenas obras, que debemos ofrecer junto con la víctima sacrosanta; la estola debe recordarnos a todos los cristianos la dignidad de nuestra vocación para que podamos ofrecer sacrificios en la tierra y reinar en el cielo; el planeta el yugo de la religión, a lo que debemos someternos en todas las circunstancias de la vida. Finalmente, todo el aparato externo de las funciones sagradas debe hablar a nuestros ojos de una manera que eleve nuestra alma a Dios para que podamos notar la excelencia y grandeza del Santo sacrificio de la Misa y de todos los misterios divinos.
   
SAN JUAN BOSCO. Il Cattolico proveduto per le pratiche di pietà con analoghe istruzioni secondo il bisogno dei tempi. Turín, Imprenta del oratorio de San Francisco de Sales, 1868, págs. 121-128. En Vademecum Cristiano. Manuale di guerra per essere fedeli a Cristo nella società dell’apostasia, Edizioni Radio Spada, 2021. Traducción propia.
   
***
   
El Pontifical Romano tradicional prescribe el siguiente rito para la bendición de los ornamentos sacerdotales:
  
BENEDICTIO SACERDOTALIUM INDUMENTORUM
  
℣. Adjutórium nostrum in nómine Dómini.
℟. Qui fecit cœlum et terram.
℣. Dóminus vobíscum.
℟. Et cum spíritu tuo.
   
Orémus.
   
ORATIO
Omnípotens sempitérne Deus, qui per Móysen fámulum tuum pontificália et sacerdotália seu levítica vestiménta, ad expléndum in conspéctu tuo ministérium eórum, ad honórem et decórem nóminis tui fíeri decrevísti: adésto propítius invocatiónibus nostris: ut hæc induménta sacerdotália, désuper irrigánte grátia tua, ingénti benedictióne per nostræ humilitátis servítium puri ✠ ficáre, bene ✠ dícere et conse ✠ cráre dignéris: ut divínis cúltibus et sacris mystériis apta et benedícta exsístant: his quóque sacris véstibus Pontífices, et Sacerdótes, seu Levítæ tui indúti, ab ómnibus impulsiónibus seu tentatiónibus malignórum spirítuum muníti et defénsi esse mereántur: tuísque mystériis apte et condígne servíre et inhærére, atque in his tibi plácite et devóte perseveráre tríbue. Per Christum Dóminum nostrum. Amen.
   
Orémus.
   
ORATIO
Deus, invíctæ virtútis triumphátor, et ómnium rerum creátor ac sanctificátor: inténde propítius preces nostras; et hæc induménta levíticæ, sacerdotális, et pontificális glóriæ, minístris tuis fruénda, tuo ore próprio bene ✠ dícere, sancti ✠ ficáre et conse ✠ cráre dignéris: omnésque eis uténtes, tuis mystériis aptos, et tibi in eis devóte ac laudabíliter serviéntes, gratos effícere dignéris. Per Christum Dóminum nostrum. Amen.
   
Orémus.
   
ORATIO
Dómine Deus omnípotens, qui vestiménta Pontifícibus, Sacerdótibus et Levítis, in usum tabernáculi fœ́deris necessária, Móysen fámulum tuum ágere jussísti, eúmque spíritu sapiéntiæ ad id peragéndum replevísti: hæc vestiménta in usum et cultum mystérii tui bene ✠ dícere, sancti ✠ ficáre et conse ✠ cráre dignéris: atque minístros altáris tui, qui ea indúerint, septifórmis Spíritus grátia dignánter repléri atque castitátis stola, beáta fácias cum bonórum fructu óperum ministérii congruéntis immortalitáte vestíri. Per Dóminum nostrum Jesum Christum Fílium tuum, qui tecum vivit et regnat in unitáte ejúsdem Spíritus Sancti, Deus, per ómnia sǽcula sæculórum. Amen.
   
Y asperjar con agua bendita.
   
***
  
ORATIÓNES DICÉNDÆ CUM ACHÓLYTIS INDUITUR PARAMÉNTIS, VEL CLÉRICIS IN MANE HÁBITUM INDÚITUR (ORACIONES QUE DICEN LOS ACÓLITOS AL VESTIRSE LOS ORNAMENTOS, O LOS CLÉRIGOS EN LA MAÑANA AL REVESTIRSE DEL HÁBITO)
   
Ad collárem, dum impónitur, dicat: Subjíce me, Dómine, dulci jugo tuo, dulcíque Matris tuæ Maríæ (Al ponerse el alzacuellos, diga: Sujétame, Señor, a tu dulce yugo, y al de tu dulce Madre María).

Ad sotánam, dicat: Dóminus, pars hæreditátis meæ et cálicis mei, tu es qui restítues hæreditátem meam (A la sotana: Señor, la porción de mi herencia y mi cáliz: Tú eres él que restaurará mi heredad).

Ad Cíngulum, dum se cingit: Præcínge me, Dómine, cíngulo puritátis, et exstíngue in lumbis meis humórem libídinis; ut máneat in me virtus continéntiæ et castitátis (Al fajín, cuando se ciñe: Cíñeme, Señor, con un cíngulo de pureza, y extingue en mi la llama de la pasión, para que permanezca en mí la virtud de la continencia y de la castidad).

Ad Superpellíceum, cum assúmitut: Índue me, Dómine, novum hóminem, qui secúndum Deum creátus est in justítia et sanctitáte veritátis (Al sobrepelliz, al revestirse: Revísteme, Señor, del hombre nuevo, que es creado por Dios en justicia y en la santidad de la verdad) Amen.

Los laicos que van a oficiar de acólitos solo dicen las oraciones de la sotana y la sobrepelliz.

ORATIÓNES DICÉNDÆ CUM SACÉRDOS INDÚITUR SACERDOTÁLIBUS PARAMÉNTIS (ORACIONES QUE DICE EL SACERDOTE AL VESTIRSE LOS ORNAMENTOS)
   
Cum lavat manus, dicat: Da, Dómine, virtútem mánibus meis ad abstergéndam omnem máculam; ut sine pollutióne mentis et córporis váleam tibi servíre (Cuando se lava las manos, diga: Da, Señor, virtud a mis manos para lavarlas de toda mancha, para que pueda servirte sin impureza de alma y cuerpo).
   
Ad Amíctum, dum pónitur super caput, dicat: Impóne, Dómine, cápiti meo gáleam salútis, ad expugnándos diabólicos incúrsus (Al Amito, luego de ponérselo sobre la cabeza: Pon, Señor, sobre mi cabeza el casco de salvación, para rechazar los asaltos diabólicos).
    
Ad Albam, cum ea indúitur: Deálba me, Dómine, et munda cor meum; ut, in Sánguine Agni dealbátus, gáudiis pérfruar sempitérnis (Al Alba, cuando se reviste con ella: Hazme puro Señor, y limpia mi corazón, para que, santificado por la Sangre del Cordero, logre el gozo sempiterno).
   
Ad Cíngulum, dum se cingit: Præcínge me, Dómine, cíngulo puritátis, et exstíngue in lumbis meis humórem libídinis; ut máneat in me virtus continéntiæ et castitátis (Al Cíngulo, cuando se ciñe: Cíñeme, Señor, con un cíngulo de pureza, y extingue en mi la llama de la pasión, para que permanezca en mí la virtud de la continencia y de la castidad).
    
Ad Manípulum, dum impónitur bráchio sinístro: Mérear, Dómine, portáre manípulum fletus et dolóris; ut cum exsultatióne recípiam mercédem labóris (Al manípulo, cuando se lo pone en el brazo izquierdo: Merezca, Señor, llevar el manipulo del llanto y del dolor, para poder recibir con alegría el premio de mis trabajos).
    
Ad Stolam, dum impónitur collo: Redde mihi, Dómine, stolam immortalitátis, quam pérdidi in prævaricatióne primi paréntis: et, quamvis indígnus accédo ad tuum sacrum mystérium, mérear tamen gáudium sempitérnum (A la Estola, cuando se la pone sobre el cuello: Devuélveme, Señor, la túnica de la inmortalidad, que perdí por el pecado de los primeros padres; y, aunque indigno me acerco a tus sagrados misterios, haz que merezca, no obstante, el gozo sempiterno).
    
Ad Casúlam, cum assúmitur: Dómine, qui dixísti: Jugum meum suáve est et onus meum leve: fac, ut istud portáre sic váleam, quod cónsequar tuam grátiam (A la Casulla, al ponérsela: Señor, que dijiste: ‘Mi yugo es suave y mi carga ligera’: haz que lo lleve de tal manera que alcance tu gracia) Amen.

ORATIÓNES DICÉNDÆ AB EPÍSCOPO QUÁNDO IN PONTIFICÁLIBUS CELÉBRAT (ORACIONES QUE DICE EL OBISPO CUANDO CELEBRA DE PONTIFICAL)
   
Ad Cáligas: Cálcea, Dómine, pedes meos in præparatiónem evangélii pacis, et prótege me in velaménto alárum tuárum. (A las Cáligas: Calza, Señor, mis pies en la preparación del Evangelio de la paz, y protégeme bajo el velo de tus alas).
   
Cum exúitur Cappa: Éxue me, Dómine, véterem hóminem cum móribus et áctibus suis: et índue me novum hóminem, qui secúndum Deum creátus est in justítia, et sanctitáte veritátis. (Al retirarse la capa: Despójame, Señor, del hombre viejo con sus costumbres y actos, y revísteme del hombre nuevo, que es creado por Dios en justicia y en la santidad de la verdad).
   
Cum lavat manus: Da, Dómine, virtútem mánibus meis ad abstergéndam omnem máculam immúndam: ut sine pollutióne mentis et córporis váleam tibi servíre. (Al lavarse las manos: Da, Señor, virtud a mis manos para lavarlas de toda mancha inmunda, para que pueda servirte sin impureza de alma y cuerpo).
   
Ad Amíctum: Impóne, Dómine, gáleam salútis in cápite meo ad expugnándas omnes diabólicas fraudes, inimicórum ómnium versútias superándo. (Al Amito: Pon, Señor, sobre mi cabeza el casco de salvación, para rechazar los asaltos diabólicos y superar todas las sutilezas de los enemigos).
   
Ad Albam: Deálba me, Dómine, et a delícto meo munda me: ut cum his, qui stolas suas dealbavérunt in Sánguine Agni, gáudiis pérfruar sempitérnis. (Al Alba: Hazme puro Señor, y límpiame de mi delito, para que con aquellos que lavaron sus estolas en la Sangre del Cordero, logre el gozo sempiterno).
   
Ad Cíngulum: Præcínge me, Dómine, cíngulo fídei et virtúte castitátis lumbos meos, et exstíngue in eis humórem libídinis; ut júgiter máneat in me vigor totíus castitátis. (Al Cíngulo: Ciñe, Señor, mis costados con el cíngulo de la fe y la virtud de la castidad, y extingue en mí la llama de la pasión, para que permanezca en mí todo el vigor de la castidad).
   
Cum accípit Crucem pectorálem: Muníre dignéris me, Dómine Jesu Christe, ab ómnibus insídiis inimicórum ómnium, signo sanctíssimæ Crucis tuæ: ac concédere dignéris mihi, indígno servo tuo, ut, sicut hanc Crucem, Sanctórum tuorum relíquiis refértam, ante pectus meum téneo, sic semper mente retíneam et memóriam passiónis et sanctórum victórias Mártyrum (Cuando recibe la Cruz pectoral: Dígnate, Señor Jesucristo, protegerme de todas las trampas de todos mis enemigos por el signo de tu Santísima Cruz: y dígnate concederme a mí, indigno siervo tuyo, que esta cruz que tengo sobre mi pecho con las reliquias de tus santos en su interior, me permita tener siempre en mi mente el recuerdo de tu pasión y las victorias de los santos mártires).
   
Ad Stolam: Redde mihi, Dómine, obsécro, stolam immortalitátis, quam pérdidi in prævaricatióne primi paréntis: et, quamvis indígnus accédere præsúmo ad tuum sacrum mystérium cum hoc ornaménto, præsta, ut in eódem in perpétuum mérear lætári. (A la Estola: Te suplico, Señor, me devuelvas la túnica de la inmortalidad, que perdí por el pecado de los primeros padres; y, aunque indigno presumo acceder a tus sagrados misterios con este ornamento, concédeme que con éste merezca el gozo sempiterno).
   
Ad Tunicéllam: Túnica jucunditátis et induménto lætítiæ índuat me Dóminus. (A la Tunicela: El Señor me vista con la túnica de la gloria y la prenda de la alegría).
    
Ad Dalmáticam: Índue me, Dómine, induménto salútis et vestiménto lætítiæ; et dalmática justítiæ circúmda me semper. (A la Dalmática: Vísteme, Señor, con la prenda de salvación y el vestido de la alegría; y rodéame siempre con la dalmática de justicia).
   
Ad Chirothécas: Circúmda, Dómine, manus meas mundítia novi hóminis, qui de cœlo descéndit: ut, quemádmodum Jacob diléctus tuus, pellículis hædórum opértis mánibus, patérnam benedictiónem, obláto patri cibo potúque gratíssimo, impetrávit; sic et obláta per manus nostras salutáris hóstia, grátiæ tuæ benedictiónem mérear. Per Dóminum nostrum Jesum Christum, Fílium tuum, qui in similitúdinem carnis peccáti pro nobis óbtulit semetípsum. (A las Quirotecas: Coloca en mis manos, Señor, la limpieza del hombre nuevo que descendió del cielo para que, como tu amado Jacob que cubriendo sus manos con pieles de cabras y ofreciendo a su padre el alimento y la bebida más agradable obtuvo su bendición, así yo también pueda ofrecerte con mis manos el sacrificio de salvación y obtener tu bendición. Por nuestro Señor Jesucristo, tu hijo, que haciéndose semejante en la carne se ofreció a si mismo por nosotros).
   
Ad Planetam: Dómine, qui dixísti: Jugum meum suáve est et onus meum leve: præsta, ut illud portáre sic váleam, quod possim conséqui tuam grátiam. (Al Planeta, o Casulla: Señor, que dijiste: ‘Mi yugo es suave y mi carga ligera’: haz que lo lleve de tal manera que pueda conseguir tu gracia).
    
Archiepíscopus Metropolitánus, ad Pálium, dicat: Ut semper unítus ad Petrum et suos successóres sim, Dómine, et exémplum frátribus meis Epíscopis. (El Arzobispo Metropolitano, al Palio, diga: Que siempre esté unido a Pedro y a sus sucesores, Señor, y sea ejemplo para mis hermanos obispos).
    
Ad Mitram: Mitram, Dómine, et salútis gáleam impóne cápiti meo; ut contra antíqui hostis omniúmque inimicórum meórum insídias inoffénsus evádam. (A la Mitra: Impón sobre mi cabeza, Señor, la mitra y el casco de la salvación; para que pueda evadir inofensivo las trampas del antiguo enemigo y de todos mis enemigos).
   
Papam, ad pónitur Tiaram, dicat: Deus omnípotens, fac ut bonus pastor, magíster et servus gregis universális sim. (El Papa, al ponerse la Tiara, diga: Dios omnipotente, haz que sea buen pastor, maestro y siervo de tu grey universal).
   
Ad Anúlum cordis: Cordis et córporis mei, Dómine, dígitos virtúte décora, et septifórmis Spíritus sanctificatióne circúmda. (Al Anillo en el dedo: Adorna con la virtud, Señor, los dedos de mi cuerpo y de mi corazón, y coloca sobre ellos la santificación de tu Espíritu septiforme).
   
Ad Manípulum: Mérear, precor, Dómine, manípulum portáre mente flébili; ut cum exsultatióne portiónem accípiam cum justis. (Al Manípulo: Te ruego, Señor, que merezca llevar el manipulo del llanto, para poder recibir con los justos parte en la exultación).
  
QUÁNDO PÓNTIFEX CELÉBRAT PRIVÁTE, DICAT SEQUÉNTES ORATIÓNES (CUANDO EL OBISPO CELEBRA EN PRIVADO, DIGA LAS SIGUIENTES ORACIONES)
  
Cum exúitur Cappa: Éxue me, Dómine, véterem hóminem cum móribus et áctibus suis: et índue me novum hóminem, qui secúndum Deum creátus est in justítia, et sanctitáte veritátis. (Al retirarse la capa: Despójame, Señor, del hombre viejo con sus costumbres y actos, y revísteme del hombre nuevo, que es creado por Dios en justicia y en la santidad de la verdad).
    
Cum lavat manus: Da, Dómine, virtútem mánibus meis ad abstergéndam omnem máculam immúndam: ut sine pollutióne mentis et córporis váleam tibi servíre. (Al lavarse las manos: Da, Señor, virtud a mis manos para lavarlas de toda mancha inmunda, para que pueda servirte sin impureza de alma y cuerpo).
   
Ad Amíctum: Impóne, Dómine, cápiti meo gáleam salútis, ad expugnándos diabólicos incúrsus (Al Amito: Pon, Señor, sobre mi cabeza el casco de salvación, para rechazar los asaltos diabólicos).
    
Ad Albam: Deálba me, Dómine, et munda cor meum; ut, in Sánguine Agni dealbátus, gáudiis pérfruar sempitérnis (Al Alba: Hazme puro Señor, y limpia mi corazón, para que, santificado por la Sangre del Cordero, logre el gozo sempiterno).
   
Ad Cíngulum: Præcínge me, Dómine, cíngulo puritátis, et exstíngue in lumbis meis humórem libídinis; ut máneat in me virtus continéntiæ et castitátis (Al Cíngulo: Cíñeme, Señor, con un cíngulo de pureza, y extingue en mi la llama de la pasión, para que permanezca en mí la virtud de la continencia y de la castidad).
    
Ad Crucem: Muníre dignéris me, Dómine Jesu Christe, ab ómnibus insídiis inimicórum ómnium, signo sanctíssimæ Crucis tuæ: ac concédere dignéris mihi, indígno servo tuo, ut, sicut hanc Crucem, Sanctórum tuorum relíquiis refértam, ante pectus meum téneo, sic semper mente retíneam et memóriam passiónis et sanctórum victórias Mártyrum (A la Cruz: Dígnate, Señor Jesucristo, protegerme de todas las trampas de todos mis enemigos por el signo de tu Santísima Cruz: y dígnate concederme a mí, indigno siervo tuyo, que esta cruz que tengo sobre mi pecho con las reliquias de tus santos en su interior, me permita tener siempre en mi mente el recuerdo de tu pasión y las victorias de los santos mártires).
   
Ad Stolam: Redde mihi, Dómine, stolam immortalitátis, quam pérdidi in prævaricatióne primi paréntis: et, quamvis indígnus accédo ad tuum sacrum mystérium, mérear tamen gáudium sempitérnum (A la Estola: Devuélveme, Señor, la túnica de la inmortalidad, que perdí por el pecado de los primeros padres; y, aunque indigno me acerco a tus sagrados misterios, haz que merezca, no obstante, el gozo sempiterno).
      
Ad Planetam: Dómine, qui dixísti: Jugum meum suáve est et onus meum leve: præsta, ut illud portáre sic váleam, quod possim conséqui tuam grátiam. (Al Planeta, o Casulla: Señor, que dijiste: ‘Mi yugo es suave y mi carga ligera’: haz que lo lleve de tal manera que pueda conseguir tu gracia).
    
Ad Manípulum: Mérear, precor, Dómine, manípulum portáre mente flébili; ut cum exsultatióne portiónem accípiam cum justis. (Al Manípulo: Te ruego, Señor, que merezca llevar el manipulo del llanto, para poder recibir con los justos parte en la exultación).
   
El Subdiácono y el Diácono dicen las mismas oraciones que el Sacerdote, pero sustituyendo la oración de la Casulla por la de sus respectivos ornamentos (la Tunicela para el Subdiácono, la Dalmática para el Diácono).
   
***
  
España ha contado con unas oraciones propias para los ornamentos sagrados, provenientes de la Liturgia de San Isidoro (rescatada por el cardenal Francisco Jiménez de Cisneros) y el Misal Toledano de 1551 (codificado por el cardenal Juan Martínez Silíceo), las cuales pueden ser rezadas en virtud del privilegio concedido por el Papa San Pío V con el Breve Ad hoc Nos Deus unxit del 16 de Diciembre de 1570. Las oraciones y rúbricas en este caso son las siguientes, publicadas en 1772 en un libro titulado Rúbricas Generales de la Misa Gótica-Mozárabe y el Ómnium Offeréntium, de la autoría de Francisco Jacobo Hernández de Viera, capellán mozárabe de Salamanca (La traducción de las oraciones proviene del Devocionario Mozárabe, publicado por Jorge Abad y Pérez, capellán Mozárabe en el Seminario San Ildefonso de Toledo, en 1896):
Cuando el Sacerdote quiera celebrar la Misa, dirigiéndose a la Sacristía, se lavará las manos diciendo:
Largíre sénsibus nostris, quǽsumus, Dómine omnípotens Pater: ut sicut extérius inquinamenta mánuum abluúntur, sic per te méntium sordes misericórditer emundéntur: et crescat in nobis augméntum sanctárum virtútum. Per Christum Dominum nostrum (Te suplicamos, Señor y Padre Todopoderoso, que concedas abundante gracia a nuestros sentidos, para que como se lavan exteriormente las manchas de las manos, de la misma manera queden limpias misericordiosamente por Ti las inmundicias de nuestras mentes y crezca en nuestras almas el aumento de las virtudes santas. Por Cristo Señor nuestro). Amen.
  
Luego se arrodilla ante los ornamentos, y dice cuatro veces el Ave María, encomendándose desde lo profundo de su corazón a la gloriosa Virgen María, para ofrecer el aceptable misterio a Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo; y para tenerla como Medianera y Auxiliadora en este sacrificio. Luego hará la señal de la Cruz sobre sí y sobre cada vestido diciendo:
     
In nómine Patris, ✠ et Fílii, et Spíritus Sancti (En el nombre del Padre, ✠ y del Hijo, y del Espíritu Santo). Amen.
  
Ad Amíctum: ORATIO. Pone, Dómine, gáleam salútis in cápite meo, ad expugnándas et superándas omnes diabólicas fráudes; omniúmque inimicórum meórum sævítiam superándam. Per Christum Dóminum nostrum (Pon, Señor, en mi cabeza el yelmo de la salud para rendir y triunfar de todos los engaños diabólicos, y para vencer la sevicia de todos mis enemigos. Por Cristo Señor nuestro). Amen.

Ad albam. ORATIO. Índue me, Dómine, vestiménto salútis ac túnica justítiæ et induménto lætítiæ circúmda semper. Per Christum Dóminum nostrum (Vísteme, Señor, con vestidura de salud y túnica de justicia, y rodéame siempre con manto de alegría. Por Cristo, Señor nuestro). Amen.
 
Ad cíngulum. ORATIO. Præcínge, Dómine, cíngulo fídei et virtúte castitátis lumbos mei corpóris, et extíngue in eis humórem libídinis, et júgiter máneat in me tenor tótius cástitatis. Per Christum Dóminum nostrum (Ciñe, Señor, los lomos de mi cuerpo con cíngulo de fe y con la virtud de la castidad, y apaga en ellos el fuego libidinoso, para que permanezca en mí continuamente el culto de toda castidad. Por Cristo Señor nuestro). Amen.

Ad manípulum. ORATIO. Mérear quǽso, Dómine, deportáre manípulum justítiæ et ferre cum patiéntia, et illud cum exultatióne deferéndo, cum tuis Sanctis portiónem accípiam. Per Christum Dóminum nostrum (Merezca yo, te suplico Señor, soportar el manípulo de la justicia y llevarle con paciencia, pues llevándolo con alegría, recibiré la herencia con tus Santos. Por Cristo Señor nuestro). Amen.

Ad stolam. ORATIO. Redde mihi, Dómine obsécro, stolam immortalitátis quam perdídi in prævaricatióne primi paréntis; et quia cum hoc ornaménto, quámvis indígnus accedére ad tuum sanctum præsúmo mystério, præsta ut cum éodem lætári mérear in perpétuum. Per Christum Dóminum nostrum (Suplico, Señor, me devuelvas la estola de la inmortalidad, que perdí en la prevaricación del primer padre; y porque con esta vestidura intento acercarme aunque indigno a tu santo Misterio, haz que merezca alegrarme con el mismo por toda la eternidad. Por Cristo Señor nuestro). Amen.

Ad casúlam. ORATIO. Jugum tuum, Dómine, suáve est et onus tuum leve: præsta ut sic illud deportáre váleam, ut conséqui possim tuam grátiam. Per Christum Dóminum nostrum (Tu yugo, Señor, es suave y tu carga ligera; haz que de tal manera pueda llevarlo, que pueda conseguir tu gracia. Por Cristo Señor nuestro). Amen.

Después que el sacerdote se ha vestido, diga:
℞. Pater, peccávi in cœlum et coram te, jam non sum dignus vocári fílius tuus. Fac me sicut unum de mercenáriis tuis. (Padre, pequé contra el cielo y delante de Ti, ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo. Hazme como a uno de tus jornaleros).
℣. Quánti mercenárii in domo patris mei abúndant pánibus, ego áutem hic fame péreo; surgam et ibo ad patrem meum et dicam ei (Cuántos jornaleros en la casa de mi padre tienen el pan de sobra, y yo me estoy aquí muriendo de hambre: Me levantaré, e iré a mi padre, y le diré).
℞. Fac me sicut unum de mercenáriis tuis. (Hazme como a uno de tus jornaleros).
  
Kýrie, eléison. Christe, eléison. Kýrie, eléison.
  
Pater noster, qui es in cœlis. Sanctificétur nomen tuum. Advéniat regnum tuum. Fiat volúntas tua: sicut in cœlo et in terra. Panem nostrum quotidiánum da nobis hódie. Et dimítte nobis débita nostra: sicut et nos dimittímus debitóribus nostris. Et ne nos indúcas in tentatiónem. Sed líbera nos a malo (Padre nuestro, que estás en los cielos. Santificado sea tu nombre. Venga a nos el tu reino. Hágase tu voluntad, así en la tierra como en el cielo. El pan nuestro de cada día, dánosle hoy. Y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores. Y no nos dejes caer en la tentación, más líbranos del mal).
  
℣. Ab occúltis meis munda me, Dómine (De mis delitos ocultos, límpiame, Señor).
℞. Et ab aliénis parce servo tuo (Y de los ajenos perdona a tu siervo).
℣. Dómine, exáudi oratiónem meam (Oye, Señor, mi oración).
℞. Et clamor meus ad te véniat (Y llegue a ti mi clamor).
  
Orémus.
   
ORATIO
Deus, qui de indígnis dignos, de peccatóribus justos et de immúndis facis mundos, munda cor meum et corpus meum ab omni sorde et cogitatióne peccáti, et fac me dignum atque strénuum sanctis altáribus tuis minístrum: et præsta, ut in hoc altári ad quod indígnus accedére præsúmo, acceptábiles tibi hóstias ófferam pro peccátis et offensiónibus et innúmeris quotidiánis meis excéssibus, et pro peccátis ómnium vivéntium et defunctórum fidélium et eórum, qui se meis commendavérunt oratiónibus, et per eum tibi meum sit acceptábile votum qui se tibi Deo Patri pro nobis obtúlit in sacrifícium, qui est ómnium ópifex, et solus sine peccáti mácula póntifex: Jesus Christus Fílius tuus Dóminus noster, qui tecum vivit et regnat in unitáte Spíritus Sancti, Deus, per ómnia sǽcula sæculórum (Oh Dios, que haces indignos dignos, de los pecadores justos, y de los inmundos limpios, purifica mi corazón y mi cuerpo de toda inmundicia y pensamiento de pecado, y hazme ministro digno y diligente para tus santos altares; haz también, que en este altar, al cual aunque indigno intento acercarme, te ofrezca hostias aceptables por mis innumerables pecados y ofensas y excesos de todos los días, y por los pecados de todos los fieles vivos y difuntos, y de aquellos que se encomendaron a mis oraciones, y sea mi voto aceptable por Aquel que se ofreció en sacrificio por nosotros a Ti, Dios Padre, que es el Hacedor de todas las cosas y solo sin mancha de pecado Pontífice, Jesucristo tu Hijo nuestro Señor, que contigo vive y reina en unidad del Espíritu Santo, Dios por los siglos de los siglos sin fin). Amen.

viernes, 30 de octubre de 2020

SAN MARCELO DE LEÓN, MÁRTIR

San Marcelo de León (Gregorio Hernández, iglesia de San Marcelo, León)
     
Entre los muchos ilustres mártires que ha habido en España, uno es San Marcelo, soldado y centurión, o capitán de cien soldados, así por haber él muerto gloriosamente por Cristo, como por haber por su ejemplo animado a doce hijos suyos, para que le siguiesen y diesen alegremente su vida por aquel Señor que por ellos había dado la suya en la cruz. Del padre y de los hijos hablaremos aquí, y referiremos lo que allamos en las historias eclesiásticas y en algunos breviarios y santorales antiguos de España.
   
El martirio de San Marcelo, escrito por los notarios de su mismo tiempo, referido por el padre fray Lorenzo Surio en su quinto tomo a los 30 de octubre, resumido en pocas palabras, fue de esta manera. Celebrando las legiones militares de la provincia de Galicia el nacimiento del emperador Diocleciano con coronas de flores y rosas en sus cabezas, y llegándose a ofrecer el incienso que llevaban en las manos, a una estatua del mismo emperador; Marcelo, centurión de la legión llamada Trajana, que se hallaba presente, abominando (como era razón) tan detestable sacrificio con desprecio, no quiso ofrecer el incienso. Causó esto admiración a los otros soldados, y comenzando a amonestarle que sacrificase y se conformase con los demás; y él encendido en el amor de Dios, y menospreciando las honras y bienes de la tierra, se quitó el cíngulo militar, y arrojóle con la espada, confesando claramente que era cristiano. Fue acusado delante de Fortunato, tribuno de aquella legión y presidente de aquella provincia; hablóle y respondióle Marcelo con gran libertad; y él le mandó llevar aprisionado a la ciudad de León, para oírle allí otra vez. Examinóle la segunda vez, y de la plática resultó que Fortunato le envió aprisionado a Agricolao, prefecto del pretorio, que a la sazón se hallaba en la ciudad de Tánger, metrópoli de la provincia Tingitana, en áfrica, que en aquel tiempo estaba sujeta a la jurisdicción del presidente de España. Llevólo a cargo un soldado, llamado Cecilio Arba: padeció San Marcelo grandes trabajos en aquel largo camino, por ir con prisiones y sin ningún regalo. Después que llegó, y fue preguntado por Agricolao sobre el caso, y Marcelo hubo respondido grave y constantemente a sus preguntas, y confesado claramente lo que había hecho y dicho, y que era cristiano, y que no se dejaría vencer de temor ni espantos, ni tormentos, para apartarse un punto de la confesión de Jesucristo; el prefecto pronunció sentencia en la forma siguiente contra él: Es mi voluntad y mando que sea degollado Marcelo; porque públicamente violó y quebrantó el juramento del cargo de centurión, en que servía en la guerra, renunciándolo y echándolo de sí, y en la audiencia del presidente dijo palabras de desatino y locura. Oyendo esta sentencia Marcelo, dijo: Dios te haga bien; y con esto fue degollado. Su cuerpo fue allí sepultado, y en tiempo de los Reyes Católicos don Fernando y doña Isabel, por buena diligencia de un clérigo, llamado Gómez Díaz de Isla, fue trasladado de Tánger a León al 29 de marzo de 1493, y puesto en una iglesia de su nombre San Marcelo, que es la más principal parroquia de esta ciudad. Está el santo cuerpo sobre el altar mayor en una arca dorada de muy lindo talle fabricada por Hernando de Argüello. En el breviario antiguo de aquella ciudad se dice que la mujer de San Marcelo se llamó Nona, que cuando supo de la muerte de su marido y de algunos de sus hijos, rogó a Dios que la llevase para sí, y que murió luego. Tiénenla por santa y en gran reverencia, y también un poso en que dicen que estuvo el cuerpo de Nona algún tiempo. El martirio de San Marcelo fue por los años del Señor de 298, imperando Diocleciano. El Martirologio romano y el de Beda, y los demás, hacen mención de él a los 30 de octubre, y el breviario toledano pone un himno de martirio y gloriosa corona.
   
El breviario de Évora y Juan Vaseo, en la Crónica de España, dicen que los doce hijos de San Marcelo se llamaron con estos nombres: Claudio, Lupercio, Victórico, Facundo, Primitivo, Genuterio, Celedonio, Fausto, Januario, Marcial, Servando y Germano, y que todos fueron mártires.
  
JOSÉ SAYOL Y ECHEVARRÍA (Revisor), La leyenda de oro para todos los días del año, tomo tercero. Madrid-Barcelona, Librería Española, 1853, pág. 290.
   
HIMNO A SAN MARCELO (del Breviárium Góthicum, ff. CCCXVI-CCCXVII, en JOSÉ GONZÁLEZ, Vida de San Marcelo, Imprenta tipográfica de Blass, S.A., Madrid 1943, págs. 144-146)
  
Mártyris festum rútilat, beáti
Ecce Marcélli; pópuli veníte,
cárminis Deo resonémus hymnum
Voce sub una.
   
Meres doces cives, pópulos secuáces,
Índui Christum, fúgere cadúca
Spíritus probra stúdia domáre
Témpore toto.
   
Ábnuit pompas, refúgit honóres;
Atque dum miles habéretur atrox
Quóminus cessit mánibus hábito
Régia jussa.
  
Árripit mentis gládium, dicáto múnere
Pollens Dómini Tonántis
Terra tronat céleri volátu
Ómnia víncens.
    
Celsas honóres et opus fugáces
Sternit, effúlgens ánimi nítore;
Vótaque Christo celébrans retúntat
Péctora grates.
   
Cœ́lica mente, religióne mallens
Fíeri civem; dicat hinc se totum
Ǽthera tonánti júgiter manánte
Omne par ævum.
    
Ecce qui jussus pátriam túeri,
Arma projécit; Dómini se servum
Gliscit ætérni resónans dicáta
Cármine Christo.
   
Exínde exclámat rábidus tyránnus;
Iste Marcellus, mea quæ præcépta ténuit,
Et arma putat abnegánda,
Morti ne detur?
  
Læta Marcelli fámuli beati
Inde vox cœpit resonáre Christum;
Et bene truci véniat ut ipsi
Præsídi possit.
   
Laus enim nos est, quæritúrque verbis,
Martyr resónat mérito cruóris
Sermo nihil pótuit, ánimum repéndat,
Múnera láudis.
  
Licet hic sensus manet acútus
Mentis et vigor habeátur omnis;
Quod tamen sanctis datur in futúro
Témpore munus!
   
Lóqui nec ullus valet únquam homo
Carne vestítus frágili, beándus
Cláustro cum cernis líquerit, resúrgens
Júdice Christo.
  
Vócibus ergo plácidis rogámus
Te, Deus, omnes, humílique mente
Dones defúnctis réquiem misértus
Gáudia vivis.
   
Ut sine culpa, fámuli, Beáti
Festa Marcélli celebrémus, una,
Téque laudémus páriter per ómnia
Dúlcibus hymnis.
  
Sit tua plebi véniam canénti
Proróga; ut nostra scélera dimíttas
Testis ut prece réserans Marcélli
Ábdita cœli.
   
Sit honor una, Pater alme semper
Et tibi Christe, paritérque dona
Cuncta qui cingis, Deus unus extans
Sǽcula sæculórum. Amen.
   
ORACIÓN
Haz te suplicamos, Dios omnipotente, que quienes honramos el nacimiento de tu bienaventurado mártir San Marcelo, por su intercesión seamos fortalecidos en el amor de tu nombre. Por nuestro Señor Jesucristo tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo, Dios, por todos los siglos de los siglos. Amén.

domingo, 12 de abril de 2020

¿50 DÍAS DE PASCUA?

Traducción de los artículos publicados en NEW LITURGICAL MOVEMENT (Parte 1 y Parte 2).
    
¿50 DÍAS DE PASCUA?
   
Recientemente tuve ocasión de citar un artículo del P. Hunwicke de hace cuatro años, en el cual explica la razón de muchos de los cambios hechos a los textos litúrgicos del Tiempo de Pascua. “Las reformas posconciliares hicieron que la Pascua sea de 50 días y un solo Gran Día de Fiesta… Me pregunto cuán seguramente fundada está esta nueva visión forjada del Tiempo Pascual tanto en la Biblia como en las tradiciones patrísticas, de Occidente y Oriente”. Aquí propongo dar al menos una respuesta parcial, pero una respuesta corta sería “No mucho”.
   
Entiéndase que “Pentecoste” es la forma femenina singular del adjetivo griego “quincuagésimo”, el sustantivo “hémera – día”; es uno de los varios términos que la Iglesia Occidental usó desde muy antiguo en su forma griega (como “diáconus”), sin traducirlo, y siempre habría sonado como una palabra extraña a los latinohablantes. Los Padres Latinos a menudo explican que la fiesta es llamada “Pentecostés” porque ocurre en el día quincuagésimo después de la Pascua.
   
Hay también dos costumbres en las que ellos sólidamente coinciden que no deberían ser observadas en todo el período desde la Pascua hasta Pentecostés, a saber, el ayuno y arrodillarse. Entre muchos posibles ejemplos, demos dos: en su libro “De la Oración” (capítulo XXIII), Tertuliano escribe que “Nosotros (los Cristianos)… tal como hemos recibido, solamente en el día de la Resurrección del Señor debemos guardarnos no solamente de arrodillarnos, sino toda postura y oficio de solicitud (o ‘ansiedad’)…; y así mismo, en el período de Pentecostés, al cual distinguimos por la misma solemnidad de exultación”. En una de sus cartas, San Jerónimo escribe: “No digo que pienso que uno debería ayunar en días de fiesta, o si remuevo los días de semana cubiertos por los cincuenta días (esto es, removerlos del número de los días sin ayuno) [Epístola 71 a Lucinio, cap. 6].
    
Sin embargo, inmediatamente después de esto, San Jerónimo escribe: “Cada provincia puede seguir sus propias inclinaciones, y las tradiciones que han sido dadas deberían ser consideradas como leyes apostólicas”; esto claramente implica una conciencia de otras costumbres. El pasaje de Tertuliano es específicamente sobre arrodillarse; es demasiado generalizar de él que los cincuenta días de Pascua eran celebrados de la misma forma en todos los demás aspectos. En todo caso, sabemos muy poco sobre la liturgia en la Era Patrística para especular sobre otras costumbres que pueden haber sido comunes a todo el Tiempo Pascual.
    
San Ambrosio da una breve pero más explícita declaración sobre esta idea. “Nuestros ancianos nos entregaron (tradidére) que todos los cincuenta días de Pentecostés son para ser celebrados como días de Pascua” (Exposición del Evangelio de San Lucas, 8.25). En esto es seguido por San Máximo de Turín, que escribe: “Vuestra santidad [1] debe saber, hermanos, en qué manera observamos (celebramos) este santo día de Pentecostés, y por qué es para nosotros una festividad perpetua y contiunada por el número de estos cincuenta días…” (Homilía 61, I sobre Pentecostés). La expresión de San Máximo “continuáta festívitas” parece ser popular para citarse en la literatura moderna.
  
Sin embargo, inmediatamente declaran ambos que la principal manifestación de esto es que la Iglesa no ayuna entre Pascua y Pentecostés. San Ambrosio concluye el párrafo diciendo: “Por tanto, por estos cincuenta días la Iglesia no conoce el ayuno, como en el Domingo cuando el Señor resucitó, y todos los días son como Domingo”, finalizándose con este punto el tema. San Máximo concluye la sentencia dada arriba como sigue: “Así que en todo este tiempo no proclamamos la observancia de cualquier ayuno, ni caemos de rodillas para orar al Señor…”.
  
Cualesquiera sean los pensamientos de los Padres de la Iglesia sobre la materia, históricamente la liturgia romana siempre articuló una clara diferencia entre la Pascua con su octava y el resto del tiempo pascual. Los más antiguos libros litúrgicos del Rito Romano coinciden en llamar al período después del Domingo de Cuasimodo “después de Pascua” o “después de la octava de Pascua”. Señala correctamente el padre Hunwicke que también usa el término “cláusum Paschæ – la clausura de la Pascua”, aunque inconsistentemente, y algunos de los Domingos de la temporada son señalados en el Sacramentario Gelasiano como “post cláusum Paschæ” en vez de “post octávas Paschæ”. Incluso aunque la noche de Pascua ve el retorno del Aleluya a la liturgia después de nueve semanas, las Misas de Pascua y su octavoa conservan el uso del Gradual después de la Epístola; solo en el Sábado después de la octava es remplazado por un Aleluya, que continúa durante el resto del tiempo pascual.
   
Las oraciones de ese día, y del siguiente, Domingo de Cuasimodo, que vienen al Misal de San Pío V de la tradición del Sacramentario Gregoriano, también remite claramente a la idea de que en cierto sentido la Pascua en sí ha pasado. La del Sábado dice: “Suplicámoste, oh Dios omnipotente, hagas que los que hemos celebrado (égimus) con veneración las fiestas pascuales, merezcamos alcanzar por ellas los gozas eternos”, y la del Domingo, “Suplicámoste, oh Dios omnipotente, hagas que, celebradas (o ‘pasadas – perégimus’) las fiestas pascuales, las conservemos, con tu gracia, en nuestra vida y costumbres”.
   
Es verdad que ninguna de estas colectas de estos días se encuentran en el antiguo Sacramentario Gelasiano. Con todo, las de los cinco Domingos siguientes, ninguna de las cuales hacen referencia a la Pascua, están atestiguadas en los Sacramentarios Gelasiano y Gregoriano en el mismo orden que las encontramos en el Misal de San Pío V. Como también señala el padre Hunwicke, a fin de crear una “fiesta continua” de cincuenta días en el nuevo rito, todas ellas debían ser cambiadas. La del Domingo de Cuasimodo fue trasladada al último día antes de Pentecostés, y las de los Domingos restantes son movidas al “tiempo ordinario”. La oración gregoriana para el Sábado in albis es remplazada por una versión expurgada de la gelasiana, que no hace referencia a una Pascua completa. Del mismo modo, los Domingos “después de Pascua” han sido renombrados como “de Pascua”, y como la misma Pascua, no pueden ser impedidos por cualquier fiesta.
    
Lo que hace tan extraña la imposición de este engreimiento en el Rito Romano no es meramente que tantos textos antiguos fueran desplazados a fin de hacer que la liturgia se conforme a él. Los mismos Padres y los mismos textos litúrgicos antiguos, y de hecho toda la tradición litúrgica de la Cristiandad histórica, coinciden mucho más firme y consistentemente que el mismo Pentecostés es una fiesta bautismal. En el curso de la investigación, encontré varios artículos en italiano que citan dos palabras de la obra Del Bautismo de Tertuliano (capítulo XIX), “lætíssimum spátium – un período gozosísimo”, apoyando la idea que concernían a todo el tiempo pascual como una gran fiesta [2]. Toda la oración, sin embargo, es esta: “Después de la (Pascua), Pentecostés es un período gozosísimo para conferir bautismos porque durante este tiempo se hizo conocer varias veces por los discípulos la resurrección del Señor, y fue dada por primera vez la gracia del Espíritu Santo, y se hizo evidente la esperanza por la venida del Señor: porque fue en ese tiempo, cuando Él fue recibido nuevamente en los Cielos, los Ángeles les dijeron a los Apóstoles que regresaría en la misma manera en que subió a los Cielos, a saber, en Pentecostés”.
   
Lo mismo es dicho explícitamente por el Papa San Siricio (384-399) en una carta al obispo Himerio de Tarragona (Ep. ad Himérium cap. 2: PL XIII, 1131B-1148A); Papa San León I (440-461) también afirma que esta era la práctica de la Iglesia en una carta a los obispos de Sicilia, exhortándolos a seguir el ejemplo de San Pedro Apóstol, que bautizó a tres mil personas el día de Pentecostés (Epist. XVI ad univérsos epíscopos per Sicíliam constitútos: PL LIV, 695B-704A). El denominado Sacramentario Leoniano, que precede incluso al Gelasiano, contiene una serie de oraciones “en Pentecostés, para los que ascienden de la fuente”. En el mismo Gelasiano, la vigilia de Pentecostés comienza con la rúbrica “En la vigilia de Pentecostés, celebrarás bautismo como en la santa noche de Pascua”, seguido por la imposición de manos y exorcismo de los catecúmenos, etc.
   
A pesar de la antigüedad y universalidad de esta costumbre, el carácter bautismal del Pentecostés, que tenía mejor abolengo que los “cincuenta días” de la Pascua, fue parcialmente eliminado por la reforma a la Semana Santa de Pío XII, y eliminado completamente en la reforma posconciliar.
    
La idea de la Pascua como una fiesta continua de cincuenta días, como he descrito, existe más sólidamente como una pretensión de los reformadores posconciliares que en los escritos de los Padres de la Iglesia en los que supuestamente se basa. Es un hecho común en varios ritos, no sólo el Romano, dividir el tiempo después de Pascua en varias partes distintas, cada una con sus propias características litúrgicas particulares, así como también está dividido el tiempo antes de la Pascua. A continuación, explicaré con mayor detalle algunas de estas costumbres:
  
- En cada Misa desde el Sábado Santo hasta el Domingo in Albis inclusive, el Evangelio habla directamente de la Resurrección. La mayoría de las oraciones variables de la Misa también contienen algunas referencias a ella, pero también contienen varias referencias a los ritos bautismales, que han sido parte de la celebración de la Pascua desde los primeros tiempos de la Iglesia. Asimismo, todos estos días tienen iglesias estacionales asignadas a ellos, que claramente expresan el carácter bautismal de este período, como he explicado en un artículo previo. Sin embargo, luego del Domingo in Albis, cuya Colecta declara “completadas las fiestas pascuales”, estos temas desaparecen; no hay referencias a la Resurrección o al Bautismo en ninguna de las oraciones de las semanas siguientes.
   
- Desde las Vísperas celebradas en la conclusión de la Vigilia Pascual hasta la Nona del Sábado in Albis, el Divino Oficio es tradicionalmente celebrado en una forma arcaica que no tiene himnos, capítulos o responsorios breves. Desde la mañana del Domingo de Pascua, la primera parte del Gradual de la Misa de Pascua, “Hæc dies” es cantado en cada hora después de la salmodia (en Completas, después del Nunc dimíttis). La Colecta del Sábado después de Pascua declara también que “hemos completado las fiestas pascuales”, en tal punto, el Gradual es remplazado por un Aleluya por el resto de la temporada; esa tarde, el Oficio vuelve a su forma normal en las Vísperas.
  
  
- Para los Padres de la Iglesia, la expresión principal de la Pascua como una fiesta continua de cincuenta días es la ausencka de ayuno, un punto en el cual coinciden sólidamente, y la ausencia de la genuflexión como gesto penitencial. Frecuentemente ellos declaran esto por vía de contraste con los cuarenta días de la Cuaresma, los cuales por supuesto estaban marcados por el ayuno estricto y las genuflexiones frecuentes.  Sin embargo, todas las iglesias occidentales adoptaron alguna clase de ayuno asociado con la fiesta de la Ascención, sea antes (como en el Rito Romano) o después (como en el Ambrosiano).
   
San Máximo de Turín, contemporánro de San Ambrosio, declara en su primer sermón sobre Pentecostés (PL 57, 371A-374B) que la Pascua era una “continuáta festívitas – una festividad continua” en el cual están prohibidos el ayuno, “pues ¿por qué debería el cuerpo abstenerse de comer, cuando el alma es alimentada por la presencia del Señor?”. Pero llega a decir “Por tanto, somos refrescados en el período de cincuenta días (quinquagésima), mientras el Señor permanece con nosotros; pero cuando, luego de esos días, cuando Él asciende al Cielo, ayunamos nuevamente, tal como el mismo Salvador dijo: ‘Vendrá el día en que les será quitado el Novio, y entonces sí ayunarán’ (Lucas 5, 35)”. Adviértase la curiosa idea que Cristo ascendió al Cielo en el quincuagésimo día en vez del cuadragésimo; San Máximo da el número correcto en uno de sus otros sermones de Pentecostés.
   
En el segundo leccionario más antiguo conocido del Rito Romano, el Comes de Murbach (aprox. 750 AD), son asignados Evangelios propios a cada Miércoles y Viernes del año (en otro lugar he descrito este sistema de leccionario ferial). Los tres primeros de la temporada Pascual (para la semana después del Domingo in Albis, y el Miércoles después del Domingo del Buem Pastor) son los relatos de la Resurrección no leídos en la semana pascual (Marcos 16, 9-13, Mateo 28, 8-15 y Lucas 24, 1-12). El primer Evangelio después de estos, el del Viernes después del Domimgo del Buen Pastor, es la versión según San Mateo (9, 14-17) del pasaje de San Lucas citado anteriormente por San Máximo. Este pasaje no consta en el leccionario de Wurzburgo, que es casi un siglo más antiguo; su presencia en Murbach, parece vislumbrar el desarrollo de las Letanías Mayores y Menores como días de ayuno. Casi un siglo más tarde, el primer comentador litúrgico, Amalario de Metz, describe esto (desaprobatoriamente) como una desviación de la tradición patrística, y dice que la nueva costumbre de ayunar en las Letanías “inolévit – fue implantada” (PL 105, 1066D).
  
- En el Rito Ambrosiano, la distinción entre las diversas fases del tiempo pascual es incluso más pronunciada en algunos aspectos. Es una antiquísima costumbre que los bautizados en la noche de la Pascua vistan ornamentos blancos después de su bautismo, y durante los siete días siguientes, removiéndoselos el Domingo in Albis. La iglesia de Milán imita esta costumbre usanfo el verde, en lugar del blanco, como color litúrgico del tiempo entre el Domingo in Albis hasta hasta el Viernes antes de la vigilia de Pentecostés: las únicas excepciones son la vigilia y la fiesta de la Ascención (que son celebradas de blanco) y las Rogativas (que son celebradas en negro).
   
Imposición de ceniza en el Lunes de Rogativas en Milán, 2015.
   
- Por las palabras del Señor: “Vendrá el día en que les será quitado el Novio, y entonces sí ayunarán”, el Rito Ambrosiano ubica las Rogativas en el Lunes, Martes y Miércoles después de la Ascención, celebrándolas con un carácter penitencial más notable. No sólo se usan ornamentos negros, sino que tradicionalmente esos días se guardaba un ayuno estricto, como en muchos lugares en la Edad Media, y se impone la ceniza como lo hace el Rito Romano el Miércoles de Ceniza. El Divino Oficio es celebrado en esos días como en las ferias per annum, sin ninguna de las antífonas o himnos del tiempo pascual.
   
- Con este mismo fundamento, la liturgia Mozárabe tiene un ayuno especial en los últimos cuatro días antes de Pentecostés. No tienen Misa propia, como las Rogativas Romana y Ambrosiana, pero el Oficio abandona la mayoría de sus Aleluyas, y está aumentado por varias lecciones sobre el tema del ayuno. En la edición de 1502 del Breviario, estas  these are introduced by the following rubric: “Comienza el Oficio de los ayunos. Son observados el Miércoles, Jueves, Viernes y Sábado antes del Santo Pentecostés, para suplicarle a Jesucristo Nuestro Señor por nuestros pecados, y para obtener paz, y para escuchar las santas lecciones, para que el Espíritu Santo venga y encuentre nuestros corazones como morada pura; frecuentemos la Iglesia de Dios”.
   
- El Rito Bizantino ha mantenido fuertemente la regla de la prohibición de ayunar o arrodillarse en los cincuenta días entre la Pascua y Pentecostés, y por eso no tiene equivalente a las Rogativas. Sin embargo, la graduación entre la Semana Luminosa [la Octava Pascual de Occidente, N. del T.], el Tiempo Pascual, y el período desde Ascensión a Pentecostés, todavía es muy marcada. El ejemplo más sencillo es este: en la Semana Luminosa, se canta al comienzo de la Divina Liturgia (y también en las Vísperas) se canta el tropario pascual “Cristo resucitó de entre los muertos, pisoteando la muerte con su muerte, y otorgando la vida a los que yacían en el sepulcro” varias veces, interspersed con versos de los Salmos, y la doxología. El celebrante, sosteniendo un candelabro especial con tres velas y una cruz en él, incensa el altar, caminando alrededor de él, luego al iconostasio, y después a los fieles, como se ve en este vídeo.
   
   
Sin embargo, en el Domingo Pequeño [Domingo de Tomás o Nuevo, N. del T.], y para el resto del tiempo pascual, esta ceremonia es reducida a solo tres repeticiones cantadas del tropario, sin los versos del Salmo y la doxología, y sin el incienso o candelabro. Esto se hace por última vez el día antes de la Ascensión, que es conocido como la Despedida de la Pascua; el tropario no se dice el día de la Ascensión, o en cualquiera de los días restantes hasta Pentecostés.
   
NOTAS
[1] En sus sermones, los Padres frecuentemente se dirigían a la congregación como “Vuestra Santidad”, “Vuestra caridad”, etc.
[2] El Latín de Tertuliano es generalmente difícil e idiosincrático, pero en cambio parece que la lectura correcta es “latíssimum spátium – un período amplísimo”.