Traducción del artículo de William Kergroach en su
blog homónimo.
SUDÁFRICA: ¿EL ANC SOBREVIVIRÁ AL 2019?
El
Congreso Nacional Africano, el partido de Nelson Mandela, está en el
poder en la República de Sudáfrica desde 1994. Cuando el partido llegó
al poder, pasó la página de la discriminación racial del apartheid,
la comunidad internacional y nuestros grandes medios lo aplaudieron. El
futuro de Sudáfrica era radiante. Actualmente, el saldo es embarazoso:
la población es más pobre que en los días del apartheid, el
Estado está fracasando, los políticos son corruptos, el crimen se
expande explosivamente y el odio racial envenena la vida cotidiana. En
una palabra, Sudáfrica se ha convertido en un un país africano
cualquiera.
La historia de Sudáfrica es la de la
rivalidad entre tres grupos: la población africana, los habitantes de
origen británico y los franco-holandeses (los Bóeres). La población
africana originaria fue sometida por el ejército de Su majestad la reina
de Inglaterra. A pesar de la resistencia corajosa y la derrota
infligida al ejército británico por los guerreros zulúes en la batalla
de Isandhlwana (22 de Enero de 1879), las poblaciones africanas fueron
sometidas al poder de los blancos hasta finales del siglo XX. Enseguida,
los ingleses se opusieron a los colonos de origen franco-holandés: los
Bóeres.
En
1835, los Bóeres abandonaron la colonia del Cabo para migrar al
interior de Sudáfrica y escapar de la dominación británica. Esta fue el
«Gran Trek» (la Gran Marcha), que dio origen a dos repúblicas bóer
independientes: la república sudafricana de Transvaal (1852) y el Estado
libre de Orange (1854). Los Bóer descubrieron los yacimientos de
diamantes y de oro. Luego, los británicos iniciaron la «Segunda Guerra
Bóer» en 1902, para apoderarse de estas minas. Ellos resolvieron salir
de los bóer recalcitrantes al Imperio británico. Millares de bóeres
fueron exterminados en sus campos.
Ocho
años después, en 1910, los Bóeres toman el poder y declaran la
independencia del país. El general bóer Louis Botha fue el primer jefe
de gobierno sudafricano. Poco después, en 1912, el Congreso Nacional
Africano (ANC), un partido de la etnia bantú, fue fundado en
Bloemfontein, para recordar los derechos políticos y económicos de los
negros. El año siguiente, la Natives Land Act dividió el territorio
entre las reservas negras (13 por 100 del territorio) y las tierras de
los colonos blancos.
Es en los años de 1930 que se establecen los fundamentos intelectuales del apartheid.
El universitario Werner Max Eiselen, y otros investigadores de la
Universidad afrikáner de Stellenbosch, se dijeron que era mejor separar
geográfica, política y económicamente las diferentes etnias del país,
tanto para luchar contra la aculturación de los africanos, que
comenzaron a congregarse en los guetos de las grandes ciudades blancas
sudafricanas, como para preservar la seguridad y el modo de vida de los
blancos. La idea era probablemente también dividir las diferentes etnias
africanas para gobernar mejor sobre ellas. En 1948, el Partido Nacional
ganó las elecciones y el nuevo Primer ministro, Daniel François Malan,
implementó esta estrategia de apartheid.
En 1960,
la muerte de 69 manifestantes negros, aparentemente pacíficos pero
numerosos, en la localidad de Sharpeville fue el pretexto para la
comunidad internacional de inmiscuirse en los asuntos del país. El
gobierno sudafricano prohibió el ANC y los movimientos nacionalistas
africanos. El Umkhonto we Sizwe (La lanza de la Nación), brazo armado
del ANC en colaboración con el Partido Comunista, realizó diferentes
ataques en el territorio, con el apoyo de instructores soviéticos y
bases de repliegue y entrenamiento en Angola. En 1963, Nelson Mandela,
uno de los jefes de Umkhonto, fue condenado a prisión perpetua por
terrorismo. Los Estados Unidos y la Unión Soviética buscaron explotar la
tensión racial para socavar el poder político bóer y tomar el control
del país. Los sudafricanos de origen inglés militaron en su mayoría con
el ANC contra los bóeres. Las Naciones Unidas condenaron a Sudáfrica.
En
1976, los disturbios en la ciudad de Soweto contra la enseñanza
obligatoria en afrikáans, la lengua oficial, condujeron al gobierno a
declarar el estado de emergencia. En 1986, las sanciones económicas y
políticas internacionales aislaron al gobierno bóer. Israel, igualmente
criticado por la comunidad internacional por su política en torno al
pueblo palestino, mantuvo una cooperación discreta con el gobierno de
Pretoria.
En 1990, el nuevo presidente sudafricano
elegido, Frederik de Klerk, legalizó el ANC, el Partido Comunista
sudafricano y todos los movimientos negros. Nelson Mandela fue liberado
para ser elegido presidente cuatro años más tarde. Sudáfrica regresó a
la Mancomunidad Británica de Naciones y los blancos de origen inglés
esperarban ejercer el poder económico con Mandela. Los medios
internacionales aplaudieron, según la ONU el futuro de Sudáfrica
prometía ser radiante. Este no fue el caso. Las promesas políticas y
económicas no se cumplieron, pero la comunidad internacional no se
mostró más interesada en Sudáfrica.
Sudáfrica
es el país con el mayor número de negros, indios y blancos de África.
Pero la «nación arcoiris», como el arzobispo anglicano Desmond Tutu la
llama, está perdiendo un color. El 27 de Abril de 1994, el ANC ganó las
primeras elecciones multirraciales en el país. El carismático Nelson
Mandela se convirtió en el primer presidente negro del país, nueve
idiomas africanos (Zulú, Xhosa, Zwazi, Ndebele, Sesotho, Sepedi,
Setswana y Tshivenda) fueron añadidos a los dos idiomas oficiales, el
Afrikáans y el Inglés. De hecho, el poder del ANC parecía ser la gran
venganza política y económica de los negros de Sudáfrica. La comunidad
internacional tímidamente se hizo la ciega ante el racismo antiblanco,
la corrupción y los asesinatos organizados por políticos negros como
Winnie Mandela, la exesposa de Nelson («un bóer, una bala...»). Desde
1994, las autoridades sudafricanas han implementado una política de
segregación (supuestamente afirmativa) que, bajo el falso discurso de
dar más espacio a la mayoría negra de la población en la administración
pública, en los servicios públicos o en el sector privado, excluye a los
blancos. Los grandes grupos mineros y bancarios fueron forzados a
vender el 26 por 100 de su capital a negros que eran a menudo los
líderes, o cercanos a la nomenklatura del gobernante ANC. En 2011, el
abogado Patrice Motsepe, de una familia real Tswana y miembro del ANC,
educado en los Estados Unidos, se convirtió en el segundo negro más rico
del mundo con 3,3 millardos de dólares, según la revista Forbes. Esas
nuevas leyes también impusieron un mínimo de 40 por 100 de ejecutivos
negros en las compañías. Las corporaciones que más rápidamente
entregaron su capital, o pusieron la mayoría de fichas negras en cargos
de supervisión, sistemáticamente ganaron contratos públicos. De hecho,
los puestos administrativos en la nación sudafricana ahora están
reservados a los negros. Mientras esta política ha favorecido el
crecimiento de una pequeña minoría de black diamonds, una
burguesía negra con un diploma y contexto urbano, los blancos han sido a
menudo retirados o transferidos de las administraciones y sus hijos no
tienen esperanza de ser contratados. Por ello, estos blancos
especializados han migrado masivamente a Australia y Nueva Zelanda.
Sudáfrica carece ahora de expertos en manejo financiero, tecnologías de
la información y en administración judicial y de seguridad. El gobierno
buscaría que esos blancos volvieran al país y lucha por ofrecerles
condiciones atractivas. Pero queda un obstáculo mayor para su regreso:
la explosión de la violencia racial. 3037 granjeros blancos fueron
asesinados entre el fin del apartheid y Febrero de 2009. Este
año, en 2017, hubo más de 70 agresiones contra granjeros blancos y 25
asesinatos, según el sindicato agrícola Transvaal Agricultural Union, y
la asociación de defensa de los derechos civiles AfriForum. Las
estadísticas del gobierno sudafricano sobre esta materia son
inexistentes. La súbita oleada de cuatreros a principios de los noventa
llevó a los sudafricanos blancos a atrincherarse en sus casas. El más
rico instaló una cerca electrificada de 9000 voltios y barreras
infrarrojas. Los perpetradores entonces encañonaron con sus armas hacia
la cabeza para entrar a las casas. Los habitantes de bien se encuentran
atrincherados en comunidades guardadas, con vigilancia las 24 horas del
día. El promedio de violencia sexual en Sudáfrica es uno de los más
altos del mundo, uno de cada cuatro sudafricanos comete violación, un
niño es violado cada tres minutos, y el 40 por 100 de las mujeres
sudafricanas serán violadas alguna vez en su vida. Los agentes de
policía negros están pobremente motivados y mal pagados. Las estaciones
de policía son vigiladas por compañías privadas.
Hay una comunidad de la que poco se habla en la «nación arcoiris»: los indios y su papel importante en la economía africana. El Sunday Times
publicó una serie de correos electrónicos interceptados entre la
familia Gupta y el séquito presidencial. Emergió que la familia Gupta
controlaba el gobierno. La familia Gupta, de origen indio, es una
familia rica en Sudáfrica. Ellos han multiplicado SUS empresas,
periódicos y compañías de medios, una aerolínea y varias minas. El Sunday Times
descubrió que ellos estaban controlando el mundo político sudafricano y
el entorno cercano del incumbente presidente sudafricano Jacob Zuma en
particular. Ellos contrataron a la esposa, un hijo y una hija del
presidente para posiciones de liderazgo en su emporio comercial. Ellos
afirmaron por supuesto, como el presidente, que nunca se beneficiaron de
ello... Los Gupta han estado en la carrera política del señor Zuma
desde 2003. Ellos fueron los que lo escogieron para la presidencia del
ANC, lo que les abrió las puertas a la presidencia del país. El
exsecretario del Congreso Sindical Sudafricano, Zwelinzima Vavi, se
refiere a ellos como «un poder en la sombra». El partido de los
Luchadores de la Libertad Económica afirma que los Gupta colonizaron
Sudáfrica de facto. Zuma lo niega.
Los
Gupta hacen lo que quieren: aterrizan sus aviones privados en las
pistas de las bases militares sudafricanas, con la venia del jefe de
protocolo del presidente (escándalo del Guptagate en Waterkloof,
Junio de 2013), le dieron el Ministerio de Transporte a un miembro del
ANC en retribución por una medida favorable a su aerolínea (Vytjie
Mentor, en 2010), ofrecer un puesto en el ministerio de finanzas (caso
Mcebisi Jonas en Diciembre de 2015, casos Mosebenzi Zwane y David van
Rooyen en Diciembre de 2015) en recompenza por una intervención en una
transacción minera, visitas diarias a la casa presidencial. Los
escándalos se acumulan, pero Zuma lo niega.
A fines de Mayo de 2017, numerosos correos han sido revelados al público por el Sunday Times.
Esos correos mostraron, inequívocamente, que los Gupta habían nombrado
ministros y líderes de empresas públicas que les favorecieran. Las
empresas propiedad de los Gupta son favorecidas por el gobierno y, a
cambio, los medios propiedad de los Gupta siempre están a favor del
presidente Zuma. La evidencia se acumula, las manifestaciones de ira se
multiplican. El fin del apartheid significó muchas esperanzas
para el sudafricano de a pie; pero ver que los líderes del ANC corrompen
esta esperanza democrática con los nuevos amos financieros del país es
intolerable para ellos.
Ahmed
Kathrada y Derek Hanekom, líderes históricos del ANC, apelaron a su
partido para que investiguen seriamente las relaciones entre Zuma y la
familia Gupta. Por petición de la familia de Ahmed Kathrada, el
presidente Zuma no fue invitado al funeral de éste en Marzo de 2017. El
expresidente Kgalema Motlanthe leyó una carta abierta que Kathrada había
publicado un año antes de morir: le pidió a Zuma renunciar
inmediatamente. El presidente Jacob Zuma puede negarlo todo y acusar al
«monopolio blanco», un viejo reflejo de un militante del ANC, eso no le
funciona más. Los militantes del ANC demandan el fin del mandato del
clan Zuma sobre sobre su movimiento. Si ellos no tienen éxito, el ANC no
sobrevivirá al mandato presidencial.
Luego de la llegada
al poder del ANC, es todo el país el que está en declive. Por largo
tiempo la primera potencia económica del continente, Sudáfrica ha pasado
a estar, desde 2014, detrás de Nigeria (rico, ciertamente, en
yacimientos petrolíferos). Su red de transportes, su infraestructura,
sus compañías multinacionales, su central nuclear (la única del
continente africano todavía en funcionamiento) de Koeberg, son herencia
del pasado, de los tiempos en que los blancos dirigían el país hacia las
normas económicasde un país occidental. Es cierto que, bajo el plano
democrático, el régimen del apartheid dejaba mucho que desear.
Pero al día de hoy la situación no es brillante, bajo este plano, ya no
lo es más. Las manifestaciones se multiplican. En 2017, la población ha
protestado contra la degradación general de los servicios
administrativos y la corrupción política, con el presidente Zuma a la
cabeza de estos corruptos.
El país permanece rico. Posee
las mayores reservas de oro, platino y metales preciosos en el mundo.
Pero los observadores constatan el empobrecimiento general de la
población. El número de personas que viven bajo la línea de extrema
pobreza se ha duplicado en diez años. El paro, oficialmente en un 23,2
por 100, golpea a casi el 40 por 100 de la población. El total de los
más pobres es menos de la mitad del que se manejaba bajo el apartheid.
La
Sudáfrica del siglo XXI conoce todos los problemas contemporáneos de
sus vecinos africanos. En 2008, los cortes de electricidad paralizaron
el país y causaron el cierre temporal de las principales minas de oro,
platino y diamantes. 450.000 personas perdieron sus empleos en forma
temporal o definitiva. El gobierno ANC, compuesto de zelotas políticos
pero pobre en profesionales competentes, no tuvo éxito en admininistrar
el paìs. No ha podido modernizar, simplemente mantener correctamente o
construir nuevas centrales eléctricas después de las existentes. Se han
impuesto límites al consumo a hogares y negocios. El estado de las
carreteras es deplorable, como también el de los hospitales y las
escuelas públicas. Sudáfrica está conociendo hoy en día, por la
incompetencia de los gobernantes salidos del ANC, los problemas de
corrupción habituales en el continente.
El
ANC retiró el mandato al presidente Thabo Mbeki el 21 de Septiembre de
2008. Kgalema Motlanthe le sucedió brevemente hasta las elecciones
presidenciales de 2009, donde el 22 de Abril Jacob Zuma se convirtió en
el nuevo presidente de la República Sudafricana. Este último comenzó a
expandir su gobierno más allá del monopolio del ANC, aliándose con el
Partido Comunista y el Frente de la Libertad, la derecha Afrikáner. El
Jueves 16 de Agosto de 2012, 34 mineros fueron muertos y setenta y ocho
heridos en un choque entre huelguistas y policías en la mina de platino
Marikana, al norte de Johannesburgo. Los mineros vivían en chabolas
adyacentes a la mina, sin agua corriente. Ellos recibían salarios que no
les permitían vivir decentemente. A pesar de este escándalo Jacob Zuma
fue reelegido en 2014, debido a la lealtad completa de los votantes del
ANC (la Comisión de la Verdad y la Reconciliación, que probablemente
ayudó a evitar un baño de sangre en Sudáfrica exorcizando los crímenes
racistas del apartheid, ayudó a glorificar al ANC y sus líderes).
La incompetencia de los sucesivos gobiernos del ANC, y la corrupción
desvergonzada del gobierno de Zuma en particular, exaspera a la
población africana, especialmente a los más pobres. La reforma agraria
fue para imponer la redistribución de tierras a los negros. En 1994, el
87 por 100 de la tierra arable pertenecía a granjeros blancos. Las
promesas populistas de la reforma agraria eran para redistribuir el 30
por 100 de esas tierras a las poblaciones negras desde 2014. Pero el
Estado sudafricano no puede acogerse a pagar la tierra a los
propietarios blancos a precio de mercado. El gobierno de Pretoria ha
gesticulado, amenazando con expropiar a los granjeros blancos para
obtener apoyo de los votantes rurales. Pero el país debe absolutamente
evitar un colapso de su producción agrícola. Una escasez alimentaria
severa afectó al vecino Zimbabue, a comienzos del 2000, cuando su
dictador, Robert Gabriel Mugabe, intoxicado con su discurso vengativo
contra los blancos, permitió que los granjeros blancos fueran masacrados
y sus propiedades tomadas por ciudadanos negros. Los nuevos compradores
de tierras en Sudáfrica están enfrentando dificultades en el
mantenimiento de los campos agrícolas debido a la falta de personal
capacitado, medios de financiación y educación. De ahí que el 24 por 100
de las tierras restituidas acaban convirtiéndose en baldíos.
Los
negros esperaban que el ascenso al poder del ANC les permitiera una
probada del estilo de vida de los blancos. Ellos acabaron frustrados y
dirigen su resentimiento no sólo contra los blancos, no sólo contra los
negros acomodados y los políticos que les han engañado, sino contra
aquellos que están en una posición mucho peor que ellos: los inmigrantes
ilegales africanos de los países vecinos. Muchos africanos de los
países vecinos entran a Sudáfrica de manera ilegal, pensando que ganarán
más dinero que en sus países de origen. Pero es el SIDA (7 millones de
sudafricanos tienen el VIH, y 180.000 murieron en 2015 de esta
enfermedad) y la violencia urbana la que los recibe. En Mayo de 2008, y
más recientemente en Marzo de 2015, Johannesburgo y otras ciudades en el
país experimentaron violentas revueltas antiinmigrantes, matando a casi
50 personas. 25.000 personas quedaron sin hogar y miles de inmigrantes
ilegales tuvieron que huir.
La
«nación del arcoiris» está luchando para mantener su cohesión. La
acusación contra los blancos y los indios que controlan la economía
nacional es el último argumento, reiterado por los políticos negros para
conservar el favor electoral de los habitantes rurales. Julius Malema,
antiguo líder del ANC, repudiado y posteriormente expulsado del
movimiento, continúa apelando a la expropiación sin compensación y
amenaza con la violencia contra los blancos y el clan Gupta que
monopoliza la economía. Su partido, los Luchadores de la Libertad
Económica, convertido en la tercera fuerza política del país, navega
sobre la exasperación de los guetos.
El
poder del ANC está tambaleando. El presidente sudafricano Jacob Zuma no
fue capaz de dar su discurso en Mayo de 2017 en un encuentro del
Congreso de Sindicatos Sudafricanos (COSATU por sus siglas inglesas) en
Bloemfontein. Fue abucheado, y muchos pidieron su renuncia. Tuvo que
abandonar el recinto. El descontento popular es creciente. El sindicato
de COSATU, tradicionalmente un fuerte aliado del ANC, junto al Partido
Comunista Sudafricano, está sintiéndose frustrado por el gobierno del
ANC. Las 783 acusaciones de corrupción, fraude y extorsión contra el
presidente Zuma, incluyendo sus nexos con la familia Gupta que controló
el país y su escandalosa remodelación del gabinete, inevitablemente
empujarán al presidente hacia la salida. La secretaria del COSATU,
Zwelinzima Vavi, invitó a Zuma a renunciar. El presidente debería salir,
al menos, después de la conferencia electoral en Diciembre de 2017,
cuando el ANC elija su nuevo líder, que posiblemente sea el próximo
presidente sudafricano en 2019.
Zuma
quisiera que su exesposa, Nkosazana Dlamini-Zuma, varias veces
ministra, y expresidente de la Comisión de la Unión Africana, sea quien
le garantice su futura inmunidad política. El otrora esposo de la señora
Dlamini-Zuma ha comprado el voto de los delegados del Congreso del ANC,
según el principal contendor en la campaña electoral, Cyril Ramaphosa.
Sin embargo, el ANC ha perdido su encanto desde 1994, y particularmente
desde el último período presidencial del señor Zuma. Un presidente
electo que no pertenezca al ANC, es, por primera vez desde 1994, para
ser considerado.
A TODO LO ANTERIOR, LA COMUNIDAD INTERNACIONAL NO PONE SU VISTA A LA SITUACIÓN ACTUAL DE SUDÁFRICA.