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jueves, 31 de octubre de 2024

MEL GIBSON PRODUCIRÁ SERIE SOBRE EL SITIO DE MALTA

Traducción del Comentario de los Padres de TRADITIO.
   
El Gran Sitio de Malta y su secuela, la Batalla de Lepanto, que los católicos ganaron con la ayuda del Papa San Pío V y las Cofradías del Rosario.
El productor católico tradicional Mel Gibson está trabajando en una nueva serie de televisión sobre las batallas que expulsaron a los mahometanos de Occidente.
   
El productor católico tradicional Mel Gibson está trabajando en una nueva miniserie de televisión sobre la victoria cristiana sobre los musulmanes en el Gran Sitio de Malta de 1565. Gibson dijo que para fines de Septiembre de 2024, ya se habrán escrito tres horas de la serie y se habrán explorado los lugares para el rodaje. Este asedio condujo a la famosa Batalla naval de Lepanto en 1571, cuando las fuerzas cristianas, bajo el liderazgo del Papa San Pío V y con los sufragios de las Cofradías del Santísimo Rosario, 700 caballeros católicos derrotaron decisivamente a 40.000 musulmanes infieles y sus barcos para frustrar durante siglos el plan iniciado por el sultán Soleimán I y continuado por su hijo Selim I de apoderarse de la Europa católica.
    
Cuando los musulmanes planearon destruir la civilización occidental, el Papa San Pío V hizo un llamamiento a las Cofradías del Santísimo Rosario de todo el mundo católico para que ofrecieran sus rosarios como protección contra la inminente invasión. Religiosos dominicos, franciscanos y jesuitas se embarcaron en cada uno de los barcos de la flota católica para celebrar misas diarias y para asegurarse de que los soldados y marineros cumplieran con sus deberes religiosos y se abstuvieran de jugar, jurar y blasfemar, por lo que había severas penas. El Santo Rosario se rezaba diariamente en cada barco.
    
Aunque la flota católica estaba en clara desventaja numérica, con 214 barcos y 80.000 marineros frente a los 275 barcos y 120.000 marineros de los musulmanes, hacia las 5 de la tarde del domingo 7 de Octubre de 1571, el almirante Don Juan de Austria, hijo del emperador Carlos V, que comandaba la flota católica, aunque sólo tenía 24 años, obtuvo una victoria milagrosa sobre el almirante turco musulmán, Alí Pachá. Alí Pachá murió en la batalla junto con 25.000 de sus marineros en el Golfo de Lepanto, o Golfo de Corinto, en el sur de Grecia. «El mar estaba lleno de hombres muertos [y] en su mayoría brillante por la roja sangre», escribió un testigo presencial. Los católicos liberaron a 15.000 hombres que fueron esclavizados por los musulmanes para remar en sus galeras.
    
De esta manera se frustraron los agresivos designios de los turcos mahometanos para invadir la civilización cristiana. El Papa San Pío V no dudó en atribuir la victoria enteramente a la intercesión de la Santísima Virgen María y su Santísimo Rosario. Dijo: «Ni el valor, ni las armas, ni los líderes, sino el Rosario de Nuestra Señora dieron la victoria». Por eso añadió el título de Auxílium Christianórum (Auxilio de los cristianos) a las Letanías de Nuestra Señora de Loreto, e instituyó la fiesta de Nuestra Señora de la Victoria, que más tarde se conocería como la Fiesta del Santísimo Rosario [Parte de la información para este Comentario proviene de Life Site News].
   
Católicos tradicionales, aunque Mel Gibson está produciendo la serie, así como la secuela de su película de gran éxito de taquilla de 2004 “La Pasión de Cristo”, titulada “La Pasión de Cristo: Resurrección”, por el momento no está seguro de si tendrá algún papel en la serie de televisión. Este católico tradicional es casi el único productor importante que queda que puede producir películas de gran estreno que retraten el coraje y la fe, incluyendo “Corazón valiente” de 1995, “El Patriota” de 2000 y “Apocalypto” de 2006.

jueves, 1 de diciembre de 2022

CÓMO Y POR QUÉ LAS CRUZADAS

De las Cruzadas mucho se ha escrito, pero siempre vale recordar las causas y medios para que esta gesta de la Cristiandad tuviese lugar, porque de este modo se contrarresta el meaculpabilismo endémico en los ambientes conciliares, reflejado incluso en la afirmación de que fueron «malos entendidos» como hizo Benedicto XVI Ratzinger en la mezquita de Amán (Jordania) en el año 2009.
  
El Papa Urbano II presidiendo el Concilio de Clermont (1095).

«Pero después en 1073, apoderándose del reino fatimí los turcos selyúcidas, dirigidos por Malik Shah, las persecuciones contra los cristianos arreciaron cada día más, y devineron aún más feroces cuando en el 1086 Jerusalén fue abandonada al furor de la horda salvaje conducida por el bárbaro Artuk Beg. Las iglesias cristianas saqueadas, los altares afrentados, y los sacerdotes y peregrinos maltratados, frecuentemente hasta la muerte. En 1095, algunos peregrinos que regresaban de Tierra Santa y con ellos los enviados del emperador griego Alejo Conmeno presentaron en el sínodo de Piacenza vivos lamentos de las tantas violencias que los sarracenos cometían contra los lugares santos y sus veneradores, y siempre más excitaron el pensamiento de ayudarlos contra los musulmanes y despojarles juntos el país donde el Señor había conversado en carne humana, de las manos de los infieles. La creciente sociedad y potencia del Occidente, y todavía más la fuerza de la fe y del triunfo siempre más manifiesto de la Iglesia en la lucha de las investiduras, hacían insufrible la afrenta infligida al nombre cristiano. La liberación de Jerusalén devenía la meta de los deseos y esfuerzos de los más nobles caballeros.
   
Se trataba de asegurar los bienes más nobles del género humano, liberar los lugares santos, esto es, los más sagrados para el cristiano, que fueron teatro de las obras y de los padecimientos de Cristo, y allá dar gracias al Salvador por las infinitas bendiciones que había logrado para el género humano. La lucha pues contra el islamismo, el cual amenazaba de continuo a la Europa cristiana, tuvo los más saludables efectos, y era del todo justificada por las vejaciones usadas por el mismo islamismo en daño tanto de los cristianos de Europa como de aquellos de Oriente condenados casi a ser destruidos. Lo que no podían los soberanos de Bizancio, antiguos señores de la Siria y de la Palestina amenazados por los sarracenos, era fácil a los príncipes y a los caballeros cristianos de Occidente, llenos del anelo de hacer cosas grandes no menos que del ardor de la fe. Así allá tanto pudo el sentimiento religioso que miles y miles de hombres abandonaron alegremente todo y entre mies afanes y privaciones llegaron a Palestina para vengar el deshonor de la cristiandad, para defenderla de sus enemigos naturales, para arrancar finalmente la tumba del Hombre Dios a la profanación de los infieles. Y como hacía un tiempo una fuerza misteriosa empujaba las hordas de los bárbaros hacia el Occidente y el Mediodía contra Roma, también ahora un espíritu superior guiaba los guerreros germanos y romanos ya civilizados hacia el Oriente sumido en la barbarie, hacia Jerusalén.
  
Pero una empresa semejante requería el acuerdo de muchos príncipes y pueblos: y esto solamente se podía obtener del Jefe de la cristiandad. Los papas fueron en efecto aquellos que primero volvieron el ánimo a una empresa tan grande; con la más firme constancia e incesantemetne la excitaron y promovieron; y también cuando otros ornados no hallaban más parte ni compromiso, persistieron siempre con admirable perspicacia y con fruto. Gregorio VII, solicitado por ayudas del emperador griego Miguel Ducas en el 1074, hacía ya planes de mover a la cabeza de un ejército cristiano en Oriente, pero fue impedido de realizar tan grandioso plan por las revoluciones seguidas en la corte de Bizancio no menos que en la de Alemania. Víctor III después movió a Génova y Pisa y sus aliados a una feliz expedición contra los musulmanes de África, los cuales asolaban y predaban las costas de Italia.
  
Pero a Urbano II era reservada la gloria de efectuar finalmente la expedición de Palestina; y para esto empleó tanto sus viajes por la Alta Italia y por la Francia, como los sínodos de Piacenza y de Clermont. Las palabras inspiradas por el pontífice operaron fuertemente en las almas de los presentes. Al grito “¡Dios lo quiere!”, miles y miles hacían el voto de ir a Palestina, y se ponían una cruz sobre la espalda derecha. Urbano declaró que a cuantos con recta intención, y no por codicia de honores y de dinero, se encontrasen en Palestina para liberar la Iglesia de Dios, tal expedición valdría en lugar de todas las penitencias canónicas; hechas prescripciones en cuanto a la parte que allí tenían que tomar los eclesiásticos y los laicos, y nombró como su legado para aquella expedición al excelente obispo del Puy, Ademar. Pedro de Amiens, que había visto con sus propios ojos los padecimientos de la Iglesia de Jerusalén, surgió para predicar con ardor la cruzada en Normandía. El entusiasmo en Francia se hizo universal: de allí se propagó en los países vecinos y trajo consigo muchos valientes guerreros. Es verdad que algunos eran llevados por el ansia de proezas, por la codicia del botín, o por otros motivos más innobles; pero sustancialmente, la obra era efecto de entusiasmo religioso, de fe y de amor al Salvador del mundo. En todas las grandes empresas se mezclan humanas debilidades y pasiones, pero no por esto ellas ni en sí, ni en la mayoría de los que allí tienen parte, pierden su mérito y su esplendor [1]».
   
Card. JOSÉ HERGENRÖTHER HORSCHHistoria universal de la Iglesia, vol. 5: “El ápice del poder eclesiástico-político de los Papas, las Cruzadas y la Escolástica”.
  
NOTA
[1] Gregorio VII, Regístri, libro II, época 31, 49; libro I, ep. 46. Mansi l. c. XX, 97, 100, 149, 153. Bernhard Gfrorer, Gregor VII., Vol. VII, pág. 362 ss. Urbano II, en Guillermo de Tiro, História Jerosolimitána, I, 14 (Jacques Bongars, Gesta Dei per Fráncos, I, 640). Roberto el monje y Balderico de Dol, História Hierúsalem, Guiberto de Nogent, Históriæ Hierosolymitánæ (ibid., pág. 31 s. 88, 479). Carl Joseph von Hefele, Conciliengeschichte, tomo V, pág. 215 ss.

viernes, 13 de agosto de 2021

MARCOS DE AVIANO, HÉROE DE LA SEGUNDA BATALLA DE VIENA

 
Marcos de Aviano (en el siglo Carlos Domingo Cristofori) nació el 17 de Noviembre de 1631 en Villotta, cerca a Aviano, de Marcos Pascual Cristofori (nieto de Jorge Cristofori de Cordenons, que fue embajador de Pordenone en 1509) y Rosa Zanoni (pariente del conde Francisco Ferro), pertenecientes a una familia originaria de Milán, pero arraigados hacía siglos en Pordenone. Fue bautizado al día siguiente. 
  
Su madre era una mujer piadosa, y le tuvo gran predilección (era el tercero entre 11 hijos), tanto por su bondad hacia los pobres como por un signo que presenció cuando él tenía tres años, y que fue declarado en acta notarial por su inexplicabilidad racionalmente: el niño estaba en la cuna, y su madre lo vio envuelto en una luz de origen sobrenatural.
     
Recibió las primeras letras de un maestro local, y luego de un tío patero párroco em San Leonardo de Campaña. Años más tarde, recordará su infancia en su carta al emperador Leopoldo I de Habsburgo citando estos versos:
«Ama Dio e non fallire
Fa pur bene e lascia dire
Lascia dire a chi vuole,
Ama Dio di buon cuore».
   
En 1647, en la época de la guerra entre Venecia y el Imperio otomano, Carlos abandonó el Colegio jesuita de Goricia (donde se inscribió en Septiembre de 1643, tres meses de su confirmación) para embarcarse e ir a Creta a morir como mártir de la Fe (sabía que en 1499, los turcos sitiaron Aviano y tomaron esclavos a sus habitantes). Pero impresionado por la austeridad y devoción que veía en el convento capuchino de Cabo de Istria que lo alojó y le condujo a regresar a casa, solicitó ingresar al convento en Septiembre de 1648. Hizo sus primeros votos el 21 de Noviembre de 1649 en el noviciado de Conegliano, tomando el nombre de Marcos de Aviano, y tras cumplir los estudios de filosofía y teología, es ordenado sacerdote en Chioggia el 18 de Septiembre de 1655 por el obispo Francisco Grassi, quien le otorga la patente de predicación entre 1660 y 1661.
  
El emperador Leopoldo I de Habsburgo le tomó por consejero y director espiritual, luego de quedar impresionado por una compilación de sus prédicas titulada La gravedad del Pecado. “No sé si habrá alguno que, después de haberlo leído, todavía ose pecar. Parece haber sido escrito para mí, pobre pecador”, escribió en una de las páginas. Fray Marcos le reprochaba su indecisión, y las injusticias de los jueces y funcionarios públicos.
   
En 1672 se le nombró superior del convento de Belluno, y dos años después dirigió la Fraternidad de Oderzo. Pero el 8 de Septiembre de 1676, en la misión en Padua, le presentaron en el convento benedictino de San Proscódimo a la monja Vicenta Francesconi, que tenía más de 13 años paralizada. Rezó con ella la Letanía Lauretana y le dio la bendición, luego de la cual ella se curó (eventos similares se repitieron en Venecia, Chioggia, Andria y Verona. En Schio, resucitó a un niño). El Papa Inocencio XI, que le concedió en 1681 el privilegio de impartir la Bendición Apostólica con Indulgencia plenaria aplicable a los difuntos (nunca antes se había concedido este privilegio a religioso alguno), le llamó “el taumaturgo del siglo XVII”.
  
Su popularidad por su estilo austero de vida y los milagros que hacía Dios por medio de él llega a Francia (en Lyon reunió a más de 100.000 personas), Bélgica (donde los jesuitas dijeron que nunca tuvieron tantos penitentes como durante el paso de fray Marcos), Holanda, Suiza, el Tirol, Baviera, Austria, los estados de Alemania (en Ratisbona, los protestantes se vieron obligados a admitir su triunfo; en Ausburgo le recibió tal cantidad de gente que el abad cartujo de Bruxeim le dijo al de Maguncia en una carta «No creo que el Emperador, reuniendo a otros soberanos, reúna tanta gente como el fraile»; en Múnich, el convento de los capuchinos recibió en exvotos 160 muletas de enfermos curados por fray Marcos), Bohemia y Eslovenia. Enormes multitudes se reúnen para escucharlo y recibir su bendición, que invariablemente son seguidas por acontecimientos excepcionales. La principal preocupación del Padre Marcos es exhortar y procurar el arrepentimiento de los pecados, y para ello hace rezar publicamente un Acto de contrición perfecta que él compuso:
Yo, débil e indigna criatura, postrado a tus pies confieso con intenso dolor y con el alma llena de confusión las innumerables negligencias y pecados que he cometido en mi vida. Te he ofendido, oh Dios mío, te he ofendido y me arrepiento desde lo profundo de mi corazón. En la viva esperanza de tu santo auxilio, tengo el firme propósito de morir antes que cometer un solo pecado mortal. Me lamento sin fin de mis pecados, especialmente por esto: porque te he ofendido, mi Dios infinitamente bueno y amoroso, de cuya alabanza, agradecimiento y glorificación ninguna criatura debería nunca cesar. Amén.
Contrariando las órdenes de sus jefes, los protestantes acudían a escucharlo, por su amabilidad en las predicaciones. En Ausburgo, dijo «Hermanos, sé que muchos de vosotros desean hacerse santos. Volved a la Iglesia Católica. Vosotros no tenéis culpa por la separación. Creed, pues, pero con una fe que sea operante en la caridad», y en Worms «Una sola fe puede ser la verdadera: profesad la fe católica por la cual murieron los mártires y vuestros padres erigieron iglesias y monasterios». A los católicos, por su parte, les exhortaba a no dar escándalo, y sí a mostrar una conducta temerosa de Dios, logrando muchas confesiones y retornos a la práctica de la religión.
    
En 1682, presidió la Misa de acción de gracias por el cese de la peste en Viena, pero pasando por la plaza Grabben, fray Marcos gritó: «Viena, Viena, conviértete, de otro modo vendrá sobre ti un castigo mayor». Y ese castigo era que el año siguiente, el sultán Mehmet IV Avcı “El Cazador” que había conquistado Creta en 1669, escribió una carta al Emperador diciéndole desafiante: «Yo estoy en ánimo de invadir vuestra región. Traeré conmigo 13 reyes… para asolar vuestro insignificante país. Sobre todo te mando, oh Emperador, atenderme en tu residencia, para que pueda cortarte la cabeza». En Julio de 1683 el Gran Visir Merzifonlu Kara Mustafá Pasha (que estaba a punto de caer en desgracia por su fracaso en sofocar la rebelión de los cosacos en 1681) conquistó Belgrado, masacrando las guarniciones cristianas. Los turcos llegaron a Hungría y el emperador huyó a Linz. Luego asedió Viena con el fin de hacerla capital de un segundo Imperio Turco, y sus habitantes, aparte del hambre, tuvieron que afrontar noche y día los gritos de «Alláhu akbar!» de los infieles mientras con minas subterráneas buscaban destruir las defensas (minas que fueron desactivadas por ser detectadas por unos panaderos, que en recompensa se les otorgó de fabricar los “cruasanes”).
    
A petición del emperador Leopoldo, el Papa Inocencio XI nombra a Fray Marcos como Legado pontificio, y le encarga la misión de reconstruir la Santa Liga, para proteger a Viena del expansionismo otomano. Aunque no logró atraer a todos los reyes cristianos (incluso, el “Cristianísimo” Luis XIV de Francia, aliado de la Sublime Puerta, deseaba la derrota de su enemiga Austria –lo que le valió el apelativo del “Rey Moro”–; e Inglaterra, en su aislamiento del continente, esperaba los acontecimientos ambicionando poder comerciar con los turcos), logró al menos que los reinos de España, Portugal y Polonia, y las repúblicas de Florencia, Génova y Venecia enviaran ayudas y tropas, y muchos voluntarios de Francia y Alemania (incluso tropas protestantes). Es de destacar que el ejército polaco fue el único comandado por su rey Juan III Sobieski (a quien fray Marcos tuvo que convencer con gran trabajo, porque él y el Sacro Emperador Leopoldo I de Habsburgo eran rivales, y se tenían antipatía personal, hasta el punto que Sobieski decía que si Leopoldo comandaba el ejército cristiano, él abandonaba la alianza).
   
El asedio de Viena comenzó el 14 de Julio, y las tropas estaban en orden de batalla el 8 de Septiembre en la llanura de Tulnn. Ese día, fray Marcos ofreció el Santo Sacrificio de la Misa, y dio un sermón del cual Juan Sobieski (que había servido de acólito) dijo en una carta:
«Pasamos el día entero en oración. El Padre Marcos de Aviano nos dio su bendición. Profirió un extraordinario sermón de exhortación.
  
Nos preguntó si teníamos confianza en Dios y, nuestra respuesta unánime nos hizo repetir muchas veces el grito “Jesús María, Jesús María”.
  
Él es verdaderamente un hombre de Dios, no es ni inculto ni santurrón».
   
Misa del padre Marcos de Aviano, acolitada por Juan III Sobieski (Grabado de Joseph von Führich, 1842. Biblioteca Nacional de Austria)
  
Al amanecer del 12 de Septiembre de 1683, el padre Marcos celebra la Misa en la colina de Kahlemberg (Monte Calvo). Acabada la Misa, en la que fue acolitado por el duque Carlos V de Lorena, fray Marcos bendijo a las tropas, que concluyó con la siguiente oración:
Oh gran Dios de los ejércitos, míranos postrados aquí a los pies de Tu Majestad, para impetrarte el perdón de nuestras culpas.
   
Bien sabemos haber merecido que los infieles empuñen las armas para oprimirnos, porque las iniquidades, que cada día cometemos contra tu bondad, han justamente provocado Tu ira.
   
Oh gran Dios, Te pedimos perdón desde lo más profundo de nuestros corazones; execramos el pecado, porque Tú lo aborreces; estamos afligidos porque frecuentemente hemos exitado a ira Tu suma Bondad.
    
Por amor de Ti mismo, preferimos mil veces morir antes que cometer la mínima acción que Te desagrade.
   
Socórrenos con Tu gracia, oh Señor, y no permitas que nosotros Tus siervos rompamos el pacto que solamente contigo hemos estipulado.
   
Ten pues piedad de nosotros, ten piedad de tu Iglesia, a la cual los infieles preparan ya el furor y la fuerza para oprimirla.
    
Si bien por nuestra culpa es que ellos han invadido estas bellas y cristianas regiones, y si bien todos estos males que nos suceden no son sino la consecuencia de nuestra malicia, sénos todavía propicio, oh buen Dios, y no desprecies la obra de Tus manos. Acuérdate que, para arrancarnos de la esclavitud de satanás, Tú has dado toda Tu preciosa Sangre.
   
¿Permitirás acaso que ella sea hollada por los pies de estos perros?
   
¿Permitirás por ventura que la fe, esta bella perla que buscaste con tanto celo y que rescataste con tanto dolor, sea arrojada a los pies de estos cerdos?
   
No olvides, oh Señor, que, si Tú permitieses que los infieles prevalezcan sobre nosotros, ellos blasfemarán Tu santo Nombre y harán irrisión de Tu poder, repitiendo mil veces: “¿Dónde está su Dios, aquel Dios que no ha podido librarlos de nuestras manos?”.
    
No permitas, oh Señor, que se Te eche en cara haber permitido la furia de los lobos, precisamente cuando Te invocábamos en nuestra miserable angustia.
  
Ven a socorrernos, ¡oh gran Dios de las batallas! Si Tú estás a nuestro favor, los ejércitos de los infieles no podrán dañarnos.
   
¡Dispersa a esta gente que ha querido la guerra! Por lo que a nosotros concierne, no amamos otra cosa que estar en paz contigo, con nosotros mismos y con nuestro prójimo.
    
Corrobora con tu gracia a tu siervo nuestro emperador Leopoldo; fortalece el ánimo del rey de Polonia, del duque de Lotaringia, de los duques de Baviera y de Sajonia, y también de este ejército cristiano, que está para combatir por el honor de Tu Nombre, por la defensa y la propagación de Tu santa Fe. Concede a los príncipes y a los capitanes del ejército la fiereza de Josué, la mira de David, la fortuna de Jefté, la constancia de Joab y el poder de Salomón a tus soldados, a fin que ellos, alentados por Tu favor, reforzados por Tu Espíritu y hechos invencibles por el poder de Tu brazo, destruyan y aniquilen a los enemigos comunes del nombre cristiano, manifestando a todo el mundo que han recibido de Ti aquelpoder que un tiempo mostraste en aquellos grandes caudillos.
   
Haz pues en tal manera, oh Señor, que todo conspire para Tu gloria y honor, y también para salvación de nuestras almas.
    
Te lo pido, oh Señor, en nombre de tus soldados. Considera su fe: ellos creen en Ti, esperan todo de Ti, Te aman sinceramente con todo su corazón.
    
Te lo pido también con aquella santa bendición que yo les conferiré de Tu parte, esperando, por los méritos de Tu preciosa sangre, en la cual he puesto toda mi confianza, que Tú escucharás mi oración.
    
Si mi muerte pudiese ser útil o saludable para obtener Tu favor para ello, Te la ofrezco desde ahora, oh Dios mío, en agradable oblacióm: si luego debo morir, estaré contento.
    
Libera pues al ejército cristiano de los males que lo incumben; retira el brazo de Tu ira suspendido sobre nosotros, y haz entender a nuestros enemigos que no hay otro Dios fuera de Ti, y que Tú solo tienes el poder de conceder o negar la victoria y el triunfo, cuando Te place.
   
Como Moisés, extiendo pues mis brazos para bendecir a Tus soldados: sosténlos y apóyalos con Tu Poder, para ruina de los enemigos Tuyos y nuestros, y para la gloria de Tu Nombre. Amén.
La batalla se desencadenó. Los Húsares Alados, tropa de élite de la Mancomunidad de Polonia-Lituania, descendió de la colina (desde donde Fray Marcos, cual otro Moisés, extendía el crucifijo que tenía en sus manos) al grito de Jesús, María!, hacia la tienda del Visir Kara Mustafá, que inmediatamente llamó a fuga. El historiador otomano Silahdar Fındıklılı Mehmed Ağa, que estuvo presente en la batalla, describió lo sucedido:
«Los infieles bajaron por las pendientes con sus divisiones como nubes de un temporal, recubiertos de un metal azul. Llegaban con un ala de frente a los valacos y moldavos, adosados a una orilla del Danubio y con la otra ala hasta la extremidad de las divisiones tártaras, cubrían el monte y la llanura formando un frente de combate similar a una hoz. Era como si se descargase un torrente de negra pez que sofoca y quema todo lo que tenga ante sí».
El padre Cosmo de Castelplano, compañero de misión de fray Marcos y uno de sus biógrafos, también cuenta:
«La Armada cesárea se apoderó de los pasajes más importantes hasta el Danubio con mayor celeridad de tiempo, juzgada más milagrosa que natural en preámbulo de mejores felicidades; continuaban los Generales acalorando la batalla persiguiendo ilustres victorias, […] el rey Sobieski montó a caballo con estímulo de piedad y partió, con la unión de los cesáreos, polacos, sajones y bávaros peleó tan irrefragable como insensato La turquesca, que no pudo resistirño, se precipitó en fuga de confusión, y dejó el campo con todo el bagaje en potestad plenaria de los católicos, porque en pocas horas fracasaron».
Murieron más de 15.000 soldados turcos, más por la confusión de la fuga (en la cual dejaron armas, pertrechos -entre ellos sacos de café; el comerciante polaco Jerzy Franciszek Kulczycki introdujo esta bebida en Europa- y todo el botín que habían robado) que bajo la espada cruzada. Las “campanas de los turcos” en Viena no volvió a sonar más.
   
A la noticia del triunfo enviada por el rey de Polonia con su famoso Venímus, vidímus, Deus vincit, las campanas de Roma resonaron jubilosas por tres días, y el Papa Inocencio XI instituyó la fiesta del Santísimo Nombre de María, como monumento a tan sonora como inesperada victoria. Mientras los reyes cantaban el Te Deum en la catedral de San Esteban, fray Marcos, en la capilla del convento capuchino, oraba por los muertos de ambos bandos, y desaconsejaba la expedición punitiva contra Francia diciendo: «Siendo la Francia una nación católica, debemos defendernos solamente en la medida de lo estrictamente necesario. Todas nuestras energías deben volverse contra el poderío turco, este es nuestro verdadero enemigo». Kara Mustafá, por su parte fue depuesto por el sultán y ejecutado por el comandante de los jenízaros en Belgrado (aún bajo dominio de la media luna) el 25 de Diciembre mediante garrote vil con una cuerda de seda (como era el uso con los reos de alto rango) y su cabeza fue enviada al sultán.
      
Al año siguiente, fray Marcos recibe el encargo de establecer la alianza para derrotar definitivamente a los otomanos. Neuhäusel (recuperada el 17 de Agosto de 1685, después de 22 años de ocupación turca y 17 días de asedio; el día anterior fue recuperada Estrigonia, sede primada de Hungría), Budapest (2 de Septiembre de 1686, después de un intento fallido en 1684), Mohács (12 de Agosto de 1687, con que se borró la afrenta de la primera batalla en 1527, y que conllevó a la ejecución del visir Sarı Süleyman Pasha y la deposición del sultán Mehmed IV), y Belgrado (6 de Septiembre de 1688. Fray Marcos logra salvar de la muerte a 800 prisioneros turcos, quienes después llevaron la buena fama del fraile entre los musulmanes), Slankamen (20 de Agosto de 1691, donde murió el gran visir turco Köprülüzade Fazıl Mustafá Pasha), y el 11 de Septiembre de 1697, las tropas del duque Eugenio de Saboya derrotan a los turcos en la batalla de Zenta (victoria que fue atribuida a la intercesión de la milagrosa imagen de la Virgen de Máriapócs, que había llegado a Viena desde Hungría el 4 de Julio, siendo entronizada en la catedral el 1 de Diciembre), lo que concluyó en el Tratado de Carlowitz el 26 de Enero de 1699. Otra hubiera sido la suerte de los Balcanes si los soldados imperiales hubiesen atendido el llamado de fray Marcos de recuperar para la Cruz a la Bosnia, Moldavia y Bulgaria, aprovechando una revuelta que hubo en el Imperio otomano.
   
Luego de recibir la Bendición Apostólica de manos del nuncio Andrea Santacroce en nombre del Papa Inocencio XII, fray Marcos muere el 13 de Agosto de 1699, sosteniendo en sus manos el crucifijo y asistido por el emperador y su esposa Leonor del Palatinado-Neoburgo, el cual dispuso que sus exequias tuviesen lugar el día 17 del mismo mes, las cuales se oficiaron con gran concurrencia del pueblo. Se le sepultó aparte de los demás frailes, y cuatro años después, sus restos fueron trasladados a la Cripta Imperial de la iglesia conventual de Santa María de los Ángeles de Viena, donde permanecen hasta el presente. La casulla, estola y manípulo usados por Fray Marco en las dos misas previas a la batalla de Viena se encuentran en la iglesia de Santa Ana en Rizzios de Calalzo, donde fueron llevadas por fray Antonio María de Rizzios (en el siglo Inocente Frescura).
   
San Pío X, cuando era Patriarca de Venecia, inició el proceso diocesano de beatificación el 23 de Junio de 1901, y una vez electo Papa, autorizó la instrucción de la causa en la Congregación de Ritos el 11 de Diciembre de 1912, luego de más de doscientas cartas de obispos de media Europa, la Casa Imperial Austro-Húngara, superiores de casas religiosas y varios capítulos catedralicios.

jueves, 28 de marzo de 2019

SAN JUAN DE CAPISTRANO, PATRONO DE LOS CAPELLANES CASTRENSES

«Unos confían en sus carros armados, otros en sus caballos: mas nosotros invocaremos el Nombre del Señor nuestro Dios» (Salmo 19, 9).
    
San Juan de Capistrano
  
Los cuarenta años de vida activa del fraile franciscano Juan de Capistrano transcurrieron casi exactamente en la primera mitad del siglo XV, puesto que ingresa en la Orden a los treinta años de su edad, en 1416, y muere a los setenta, en 1456. Si recordamos que en este medio siglo se dan en Europa sucesos tan importantes como el nacimiento de la casa de Austria, el concilio, luego declarado cismático, de Basilea y la batalla de Belgrado contra los turcos, y añadimos después que en todos estos acontecimientos Juan de Capistrano es, más que partícipe, protagonista, se estimará justo que le califiquemos como el santo de Europa.
  
Juan de Capistrano, ya en su persona, parecía predestinado a su misión europea, pues, más que de una sola nación, era representativo de toda Europa.
 
Es europeo el hombre: italiano de nación, porque la villa de Capistrano, donde nace, está situada en los Abruzzos, del Reino de Nápoles; francés, si no por familia, como algunos autores creen, a lo menos por adopción, pues su padre era gentilhombre del duque de Anjou, Luis I; por la estirpe procedía de Alemania, según las «Acta Sanctórum» de los Bolandos, que sigo fundamentalmente en este escrito; por ciudadanía, hablando lenguaje de hoy, podría decirse español, al menos durante un tiempo, como súbdito del rey de Nápoles, cuando lo era Alfonso V de Aragón; por sus estudios y vida seglar, ciudadano de Perusa, a la sazón ciudad pontificia; húngaro también, pues los magiares lo tienen por héroe nacional y le han alzado una estatua en Budapest, y por su muerte, en fin, balcánico, pues falleció en Illok, de la Eslovenia.
  
En cuanto al santo, esto es, el hombre que se santificó en el apostolado, era, si cabe, aún más europeo, ya que se pasó la vida recorriendo Europa de punta a punta. A pie o en cabalgadura hizo y deshizo caminos; por el norte, desde Flandes hasta Polonia; por el sur, desde España, aunque su paso por nuestra patria fuera fugaz, hasta Serbia.
  
La fama de su santidad fue también universal. Corría de una a otra nación y en todas partes se le conocía con el nombre de «padre devoto» y «varón santo». Fue popular en toda Italia, en Austria, en Alemania, en Hungría, en Bohemia, en Borgoña y en Flandes, visitando no una, sino varias veces todas las grandes ciudades europeas.
  
Fue también intensamente europea la época del Santo. El año culminante de su vida, aunque ya en avanzada senectud, es el mismo que abre la Edad Moderna de la historia de Europa: aquel 1453 en que los turcos toman Constantinopla, amenazando seriamente la existencia misma de la cristiandad.
  
Divide esta trágica fecha en dos períodos, aunque muy desiguales, la vida de nuestro andariego fraile; pero llena ambos períodos un mismo afán: la salvación de esa cristiandad en peligro. Peligro, en la primera fase, para la unidad católica de Europa, por la descristianización del pueblo, las discordias intestinas de los príncipes y los brotes crecientes de herejía y de cisma; peligro, en la segunda, por la embestida de los ejércitos del Islam. Por eso dedica el Santo su primer apostolado a reconciliar entre sí y con la Sede Apostólica a los príncipes, a restaurar el espíritu cristiano del pueblo, debelar herejías, cortar el paso al cisma y reformar la Orden franciscana, y consagra sus últimos años a predicar, con la palabra y con el ejemplo, la cruzada contra el turco; con el ejemplo, también, porque el buen fraile en persona toma parte decisiva en la famosa batalla de Belgrado, de julio del 56, en que es derrotado el ejército de Mohamed II, que ya remontaba el Danubio con la ambición de dominar el occidente europeo.
  
Dotó Dios a Juan de Capistrano de prendas singularmente adecuadas a su misión de universalidad. Para ganarse al pueblo, no importa en qué nación, poseía las cualidades que suele el pueblo cristiano pedir a sus santos. Ya fraile y anciano, según nos lo describen sus coetáneos, era de figura ascética: pequeño, magro, enjuto, consumido, apenas piel y huesos, y su gesto austero, pero a la vez dulce y caritativo. Vibraba su palabra en la predicación de las verdades eternas; pero hablaba, sobre todo, con el semblante luminoso y encendido; con los ojos centelleantes, magnéticos; con el ademán sobrio y a la vez cálido y acogedor. Esto explica que en sus correrías trasalpinas, predicando las más de las veces en latín, aun antes de que el intérprete hubiera traducido sus palabras, ya andaban sus oyentes pidiendo a gritos confesión y prometiendo cambiar de vida, y muchos rompían en llanto y hacían hogueras con los objetos de sus vanidades: dados, naipes, afeites y arreos de lujo, y otros le pedían ser admitidos a la vida religiosa: por un solo sermón, al decir de un cronista, 120 escolares, en Leipzig, y, por otro, 130, en Cracovia, tomaron hábitos.
   
Llegado a una villa predicaba por las plazas, porque en los templos no había cabida para la muchedumbre que le seguía. Hablaba durante dos o tres horas sin que la gente desfalleciera y siempre fustigando la corrupción de costumbres e incitando a penitencia; terminada la predicación visitaba sin descanso a los enfermos, haciendo innúmeras curaciones prodigiosas.
   
No sólo por su celo apostólico era hombre santo, sino también por su vida de oración y por su penitencia, que no en vano tuvo por maestro de espíritu y por su mejor amigo al gran San Bernardino de Siena. Dormía dos horas, comía apenas, y andaba con frecuencia enfermo, renqueaba siempre, padecía del estómago y estaba mal de la vista. Pero a todas sus flaquezas se sobreponía su espíritu gigante.
  
A tan extraordinarias dotes para el apostolado popular unía Capistrano otras nada corrientes cualidades que le hacían apto para la diplomacia, arte que ejerció con acierto a lo largo de toda su vida. Era sabio y prudente en juicio y en palabra; había sido en su mocedad un buen jurisconsulto y probado dotes de gobierno cuando ejerció autoridad de juez en Perusa. Era, además, hombre muy docto en las ciencias sagradas y escritor fecundo: sus manuscritos, coleccionados en el siglo XVIII por el P. Antonio Sessa, de Palermo, suman diecisiete grandes volúmenes. Siempre fue muy dócil a la Sede Apostólica y entre sus muchos escritos canónicos sobresalen los que dedica a la defensa de las prerrogativas pontificias.
  
Por gozar de tales prendas fue elevado en la Orden, por dos veces, al cargo de vicario general de la observancia, lo que le permitió emprender la reforma de muchos monasterios y extenderlos por toda Europa, y cuatro Papas –Martín V, Eugenio IV, Nicolás V y Calixto III– le confiaron misiones delicadas: la detracción de los Fraticelli, la lucha en Moravia contra la herejía husita, las negociaciones para la incorporación de los griegos a la Iglesia Romana, la vigilancia de los judíos, la contención del cisma de Basilea, etc. etc.
 
Su fama de virtud y de ciencia no libró al Santo de contradicción. Túvola Capistrano, y la que más puede afligir a un corazón magnánimo y sensible: la que proviene de parte de los afines. Algunos minoristas «conventuales», y el más sobresaliente de ellos, el sajón Matías Döring, descontentos de la reforma de los «observantes» que el Santo llevaba al interior de los conventos, se opusieron a sus innovaciones, acusando al vicario de inquieto y revoltoso, y otros, celosos acaso de su inmensa popularidad, le imputaban ambición de honra y vanagloria; injustísima acusación hecha a un hombre que por dos veces había declinado la mitra episcopal: la de Chieti, que le brindó el papa Martín V, ya en 1428, a quien contestó, por cierto, que no quería verse «encarcelado» en el episcopado, y la de Aquila, su diócesis natal, que le ofreció, más tarde, Eugenio IV.
  
Tampoco le faltaron críticas por parte de personas más autorizadas, tales como el cardenal español Juan de Carvajal y aun el propio Eneas Silvio Piccolomini, en razón de las cuales, sin duda, hubo más tarde dificultades para su canonización, que no culminó hasta 1690, siendo Pontífice Alejandro VIII.
  
Pero, huelga decirlo, el mayor número de sus detractores y los más violentos se encontraban en las filas de los enemigos del Pontificado, sea entre los políticos laicistas de la época, como aquel Jorge de Podiebrad, que pertinazmente le cerró las puertas de la Bohemia, sea entre los herejes, como el arzobispo de Praga Juan de Rokytzana, cabeza de los husitas, o bien entre los judíos, como aquellos de las comunidades italianas que llamaban al de Capistrano «el nuevo Amán» perseguidor del pueblo elegido.
  
Las grandes empresas apostólicas de San Juan de Capistrano al servicio de la Europa cristiana podrían resumirse en estas seis: restauración de la vida cristiana del pueblo mediante la predicación; reforma de la Orden franciscana implantando la observancia; impugnación de la herejía hussita, que resultó ser el primer brote de la gran apostasía luterana; represión de los abusos del judaísmo, que se hallaba enquistado en los pueblos cristianos; contención del cisma incubado en el concilio de Basilea, que minaba la autoridad del Papado, y cruzada contra el turco, que amagaba contra la cristiandad.
  
Dejando a un lado, como menos propias de una hagiografía, aquellas empresas del Santo que presentan un tinte político o diplomático, me detendré en las que ofrecen un carácter enteramente apostólico y misionero.
  
Por aquel tiempo, la Orden de los frailes menores, más o menos recluida hasta entonces en el interior de sus conventos, se echó a peregrinar por pueblos y ciudades, predicando en calles y plazas las verdades eternas y excitando a la reforma de las costumbres. Esta empresa no fue obra de un hombre solo, fue obra de un equipo de hombres excepcionales, a cuya cabeza figuraba el gran San Bernardino de Siena y en el que formaron en seguida otros dos santos: Juan de Capistrano y Santiago de la Marca; dos beatos: Alberto de Sarteano y Mateo de Girgento, y los egregios minoristas Miguel de Carcano y Roberto de Lecce, por no citar sino las figuras más descollantes. Fue la época clásica de los grandes predicadores peregrinos y el origen de las misiones populares.
  
Cada uno de estos grandes misioneros, acompañado de un grupo de seis u ocho frailes de su Orden, tomó por un camino y corrió por su cuenta su aventura apostólica. Pero la mayor parte de ellos se mantuvieron en los límites de la península italiana, en la que consiguieron una verdadera renovación de la vida moral y religiosa de su pueblo. Mérito singular de Capistrano es haber acometido por sí solo, más allá de los Alpes, lo que sus hermanos de Orden hicieron en el interior de Italia, consiguiendo él resultados pariguales en los principados alemanes, en Polonia, en Moravia y hasta en la Saboya, en la Borgoña y en Flandes.
  
Grandes fueron los frutos de este vasto e intenso movimiento religioso. El pueblo cambiaba de vida, corrigiendo innúmeros abusos: el juego, el lujo, la embriaguez, la usura, el concubinato, la profanación de las fiestas, y los príncipes, los consejeros de las ciudades y los jueces se veían compelidos a usar de su autoridad con equidad y clemencia.
  
Cierto que no todos estos frutos fueron durables, acaso por no guardar proporción con estas misiones populares extraordinarias la cura pastoral ordinaria llamada a mantener el fervor despertado por aquéllas; pero también puede tenerse por cierto lo que el mismo Capistrano habría de escribir después, refiriéndose a la predicación de sus hermanos de Orden en Italia: «Si no hubiera sobrevivido la predicación, la fe católica habría venido a menos y pocos la hubieran conservado».
  
Importante aportación del capistranense a la renovación religiosa y moral de su tiempo, en sus cuarenta años de actividad apostólica, fue su labor como cabeza del movimiento por la observancia en lucha contra el conventualismo, empresa que repercutió no sólo en favor de su Orden, sino también en la reforma misma de toda la Iglesia. San Juan sembró la Europa central de nuevos conventos franciscanos y, mediante la reforma de los antiguos, devolvió su primitivo celo a la Orden a la sazón más popular e importante de la Iglesia católica. Y no fue pequeño servicio a la cohesión europea haber tejido por toda la haz de la Europa de entonces esta apretada red de conventos que unían en santa familia a los frailes observantes de todas las naciones.
  
Pasemos ya a relatar la participación personal del Santo en la cruzada contra el turco, recordando primero lo más esencial de este histórico suceso.
  
Corría el año 1453, último del pontificado de Nicolás V, cuando Mohamed II conquista Constantinopla, somete la Tracia al señorío turco, afianza en el Asia Menor el imperio del Islam sobre las ruinas de la Iglesia oriental y amenaza a la suerte de la cristiandad en Occidente.
  
Grave momento para el mundo católico y aun para la propia Iglesia. Porque si bien desde un siglo antes pisaban los turcos tierra europea y tenían sojuzgada una parte de la península balcánica, mientras quedó a sus espaldas la fortaleza de Constantinopla, Europa no se sintió verdaderamente amenazada de dominación y por eso desoyó el llamamiento a cruzada del papa Eugenio IV, ya en 1444. Pero ahora, cuando cayó la capital del viejo Imperio bizantino, toda la cristiandad comprendió que había perdido mucho más que una plaza fortificada.
  
Consciente del peligro, el Papa Nicolás V, cuatro meses después de aquel nefasto día, publica una bula contra los turcos, que enciende en Occidente el antiguo entusiasmo de las cruzadas. En ella amonesta el Pontífice a hacer la paz entre sí, bajo pena de excomunión, a las potencias cristianas y singularmente a los Estados italianos, que, al decir de un cronista, «se despedazaban como canes»: Milán contra Venecia, Génova contra Nápoles... La paz en Italia se consiguió en parte, pero no la alianza para la cruzada.
 
San Juan toma la decisión de marchar a la amenazada Hungría ante el temor de que su gobierno pactara un acuerdo con los turcos, como lo hicieron, poco después, con escándalo de todos, los venecianos. Por el camino predicó la cruzada en Nuremberg, ciudad libre del Imperio y bien armada; en Viena, donde levantó unos cientos de universitarios que tomaron la cruz, y en Neusdtadt, corte del emperador.
 
Sobreviene entonces la muerte del papa Nicolás y en la elección del nuevo Pontífice la Providencia, valiéndose de un juego de factores dentro del conclave, al parecer ajenos a esta inquietud, suscita la elección del pontífice español Calixto III, que luego probó ser la figura indicada para hacer frente a una situación de tan tremendo riesgo.
  
Capistrano, que desde la Estiria había escrito al Papa incitándole a que confirmase la bula de cruzada, marcha a Györ a fin de asistir a la dieta imperial de Hungría, expresamente convocada para tratar de la guerra contra el turco. Aquí las cosas de la cruzada iban mejor, porque el país se sentía directamente amenazado por el sultán y ponían espanto las noticias que llegaban de Serbia sobre los atropellos de la soldadesca turca. Juan Húnyade, el caudillo húngaro, traza un plan que el de Capistrano comunica al Papa, pidiéndole su apoyo. San Juan se aplica durante los meses siguientes a deshacer enemistades entre los caudillos y se reúne en Budapest con Húnyade y con el cardenal español Juan de Carvajal, nombrado legado del Papa para la cruzada en Alemania y en Hungría, de cuyas manos recibe el Santo el breve pontificio que le concede toda clase de facultades para predicar la bula. Los tres Juanes: el legado, el caudillo y el fraile llevarán de ahora en adelante la preparación de la cruzada.
  
Estando reunida la dieta húngara en Budapest, corría el mes de febrero, se recibe la terrible noticia de que Mohamed II se acercaba ya con un poderoso ejército hacia las fronteras del sur de Hungría. Húnyade acude a Belgrado. A partir de este momento cifra el de Capistrano todas sus ilusiones en marchar con el ejército cristiano al encuentro de los infieles, sacrificando en la lucha, si es preciso, su propia vida. Parte para el sur y recorre en predicación todas las regiones meridionales de Hungría, llamando al pueblo a cruzada, hasta que recibe el mensaje apremiante de Juan Húnyade de que suspenda inmediatamente la predicación y reuniendo los cruzados que pueda los conduzca aprisa a Belgrado.
 
Es fascinante el relato que hace de la batalla de Neudorfehervar uno de los frailes compañeros del Santo, fray Juan de Tagliacozzo, testigo presencial del suceso. Él describe con expresivos pormenores la llegada del ejército turco, su bien abastecido y pertrechado campamento de tierra, con más de doscientos cañones, y camellos y búfalos, la fuerte flota turca sobre las aguas del Danubio, el asedio de la amurallada ciudad, la tremenda desproporción de las fuerzas en presencia –sólo los jenízaros eran cincuenta mil–, que hace vacilar al propio Juan Húnyade, el gran luchador de años contra el turco, hasta el punto de pensar en una retirada, y las provocaciones del sultán, que anunciaba a gritos que había de celebrar en Budapest el próximo Ramadán. Describe, asimismo, la batalla naval sobre el Danubio, que, contra toda previsión, ganan los cruzados, el asalto de la ciudadela por los jenízaros, que obliga a los caudillos militares a iniciar la evacuación de la ciudad, y, por último, la increíble y casi milagrosa victoria obtenida por los defensores, con la retirada final del ejército turco en derrota.
  
La intervención del Santo en la batalla fue decisiva y sin ella la ciudad de Belgrado hubiera caído sin remedio en manos de los turcos. Él aportó la legión popular de cruzados, que sostuvieron lo más duro de la lucha, y enardeció con su palabra y con su ejemplo no sólo a ese ejército popular, sino también a los naturales, poniendo en tensión su resistencia.
  
Juan de Capistrano salvó a Belgrado por tres veces: la primera, cuando indujo a Húnyade a lanzar su escuadra contra la flota turca; la segunda, durante el asedio de la ciudad, cuando se negó a la propuesta de evacuarla, y la tercera, en la hora del asalto turco, cuando, al dar por perdida la plaza, los caudillos militares Húnyade y Szilágyi intentaron abandonarla, juzgando la situación insostenible y él se aferró a la resistencia.
 
Dominado el Santo por una confianza sobrenatural en la victoria, condujo a la batalla a los cruzados con ardor y coraje sobrehumanos. Cuenta el cronista allí presente cómo, durante la acción naval, ganó el fraile capitán una altura visible a todos los combatientes y desplegando la bandera cruzada y agitando la cruz, vuelto el semblante al cielo, gritaba sin descanso el nombre de Jesús, que era el lema de sus cruzados. Y cómo, durante los días del asedio, vivía en el campamento con los suyos, sosteniendo su espíritu religioso como única moral de guerra. Y cómo, en fin, en el asalto de la ciudadela, corría de una a otra parte de la muralla, cuando la infantería turca escalaba ya el foso, gritando él a lo más granado de los defensores: «Valientes húngaros, ayudad a la cristiandad».
  
Jamás esgrimió armas el de Capistrano; las suyas eran espirituales. El campamento de los cruzados, más que un cuartel militar, parecía una concentración religiosa. Él mismo daba ejemplo. En diecisiete días durmió siete horas, no se mudó de ropa y comía sólo sopas de pan con vino. Él y sus frailes celebraban a diario la misa y predicaban, y los combatientes en gran número recibían los sacramentos. «Tenemos por capitán un santo y no podemos hacer cosa mal hecha», decían entre sí sus gentes. «Si pensamos en el botín y en la rapiña seremos vencidos». Y todos le obedecían «como novicios». El fraile tenía sobre sus cruzados, al decir de los testigos, mayor poder que hubiera tenido sobre ellos el propio rey de Hungría.
  
En la lucha secular de la Europa cristiana contra el islamismo, la victoria cruzada de Belgrado es un hecho importante, pero no debe exagerarse su trascendencia. Como tampoco la del heroico episodio de la intervención del Santo en ese hecho de armas, aunque el triunfo fuera mérito suyo incontestable. Pero en éste como en los anteriores sucesos de su vida, importa más que los hechos mismos y más que su trascendencia en el campo militar, en el político y aun en el religioso, el valor ejemplar de su propia conducta; su santidad y su heroísmo puestos al servicio de tan noble causa: la unidad cristiana de Europa. En este terreno presentamos a nuestro héroe a la admiración de nuestros contemporáneos y le proponemos como ejemplo.
  
La cristiandad había seguido angustiada la lucha y de entonces viene la tradición del rezo del Ángelus al toque de campana del mediodía; la «campana del turco», que mandó el Papa tañer en todas las iglesias de Europa para que el pueblo cristiano sostuviera con su oración a los cruzados.
  
Cuando, una semana después de la victoria, el cardenal legado, el español Carvajal, entró con un ejército verdadero en la ciudad liberada, era la gran ilusión del capistranense proseguir la guerra y anunciaba en público que para la fiesta de la Navidad celebraría misa en la iglesia del Santo Sepulcro. No eran estos, sin embargo, los planes de la cristiandad, ni hubiera podido tampoco emprenderlos nuestro Santo, pues la peste, terrible compañera de la guerra, pocos días después de la victoria, tomó posesión de su cuerpo y lo entregó en brazos de la muerte, aunque ese pobre cuerpo parecía entonces, al decir de un coetáneo, la muerte misma: un esqueleto sin carne y sin sangre, unos pocos huesos cubiertos de piel. Sólo el rostro, sereno y sonriente, expresaba la interior satisfacción de una misión histórica cumplida.
 
Con la vida de nuestro héroe debe terminar también este relato. Séame permitido, sin embargo, insistir en una conclusión piadosa: a Juan de Capistrano puede, en justicia, llamársele el Santo de Europa. (...) Sea, pues, Juan de Capistrano nuestro intercesor cuando pidamos a Dios por la unidad europea.
  
ALBERTO MARTÍN-ARTAJO (ex-Ministro de Asuntos Exteriores de España). Año Cristiano, tomo I, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid, 1959, págs. 695-705.
   
ORACIÓN
Oh Dios, que por el bienaventurado Juan hiciste triunfar a tus fieles en virtud del nombre de Jesús sobre los enemigos de la Cruz: te suplicamos nos concedas por su intercesión, que superadas las insidias de nuestros enemigos espirituales, merezcamos recibir de ti la corona de justicia. Por el mismo J. C. N. S. Amén.

lunes, 6 de agosto de 2018

EL SITIO DE BELGRADO, LA VICTORIA QUE ESTABLECIÓ LA SOLEMNIDAD DE LA TRANSFIGURACIÓN

Batalla de Belgrado (artista desconocido, siglo XIX)
 
La razón por la que la Transfiguración del Señor se celebra hoy 6 de Agosto, es en acción de gracias por la victoria del conde Juan Húnyadi y sus aliados sobre el sultán otomano Mehmet II en el Sitio de Belgrado (4 de Julio a 6 de Agosto de 1456), batalla que como dijera el Papa Calixto III, «decidió el destino de la Cristiandad». Esta es la historia:
 
Belgrado (“La Ciudad Blanca” -Београд en serbio, Nándorfehérvár en antiguo húngaro) era la capital del Despotado de Serbia, un principado heredero del Imperio Serbio y de la Serbia Morava, que sucumbieron tras la derrota en la batalla de Kosovo (15 de Junio de 1389), infligida por el sultán Murad I que, por ironías del destino, no vio el resultado de la batalla, pues murió apuñalado por el caballero serbio Miloš Obilić, considerado héroe nacional de Serbia. Belgrado era tenida como “la llave de Hungría”, y un objetivo militar estratégico, ya que significaba la entrada a Hungría, el reino cristiano más fuerte de Europa centro-oriental, luego de la caída de Constantinopla el 29 de Mayo de 1453 a manos de Mehmet II Fatih (الفاتح, “El Conquistador” en turco otomano).
 
Entrada de Mehmet II a Constantinopla (Fausto Zonaro, Museo del palacio Dolmabahçe, Estambul). Tras esta victoria, los turcos querían conquistar más territorios de Europa, e incluso Mehmet decía «Dentro de dos meses estaré comiendo tranquilamente en Buda».
 
Las tropas de Mehmed II eran numerosas (de treinta mil a cien mil soldados, dependiendo de los cronistas), por lo que el déspota (título bizantino y serbio equivalente a príncipe) Đurađ Branković, hijo de Vuk Branković (tenido en la tradición popular como traidor y culpable de la derrota de Kosovo), quien disponía de unos cinco mil soldados, pidió ayuda al rey Ladislao V “El póstumo” Jallegón (que huyó a Viena a causa de la impopularidad que tenía entre su pueblo), quien envió al voivoda (duque) de Transilvania Juan Húnyadi, el anterior regente de Hungría. Él logró reunir bajo su mando y a su costa (la nobleza húngara no gustaba de él) una tropa de quince mil hombres, a los que se sumaron alrededor de treinta y cinco mil campesinos y artesanos, mal armados, pero firmemente convencidos de la causa por la que luchaban. Estos campesinos fueron comandados por San Juan de Capistrano -patrono católico de Belgrado y de los capellanes castrenses-, quien por orden del legado pontificio Juan de Carvajal, predicó la Cruzada contra los turcos.
  
Juan Húnyadi
   
San Juan de Capistrano
   
Así, los cristianos podían oponer unos cincuenta mil hombres al ejército turco, cuyos jenízaros (soldados de élite al servicio personal del sultán) y unos 300 cañones les daban un aire de superioridad. Aparte, la salida de la ciudad a través de los ríos Sava y Danubio estaba cortada gracias a una flota de 200 barcos otomanos. Pero, para sorpresa de Mehmet, la flota turca fue destruida el 14 de Julio, y los muros resistieron los embates de artillería y los defensores abrían fuego y lanzaban flechas contra los turcos, impidiéndole acercarse a la plaza. El sultán, agotada ya su paciencia, ordenó un asalto definitivo el día 21, logrando entrar en la ciudad y se lanzaron sobre la fortaleza edificada en 1404 por Esteban Lazarević, donde los esperaba el conde Húnyadi. Bajo sus órdenes, los soldados defensores arrojaron madera embadurnada de alquitrán y posteriormente le prendieron fuego, quemando vivos a los asaltantes jenízaros. En otro sector de la ciudad, las tropas del conde Miguel Szilágyi, cuñado de Húnyadi, vencieron a otro contingente de la armada turca.
  
Ese mismo día, un soldado turco intentó izar la bandera de la media luna en una torreta, cuando el soldado Tito Dugović (se debate si era serbio o croata) arremetió contra él y lo precipitó consigo al suelo desde lo alto del muro, cayendo muertos los dos. En honor a este soldado, se dio su nombre a varias calles de Hungría y se le propuso como modelo de patriotismo y valor.
  
El autosacrificio de Tito Dugović (Alejandro von Wagner, Galería Nacional de Hungría)
  
Al día siguiente, fue la batalla definitiva. No se sabe bien qué ocurrió, pero, al parecer, los cruzados campesinos lanzaron un ataque audaz -casi suicida- contra las líneas otomanas que habían hostigado la noche anterior. Los acontecimientos de desbordaron en saqueos al campamento turco. San Juan de Capistrano, al principio llamó al orden, pero luego al grito de «¡El Dios que lo comenzó se encargará de terminarlo!» e invocando el nombre de Jesús, dirigió con 2.000 soldados una acometida contra los otomanos por la retaguardia a través del río Sava, siendo reforzado por las tropas que Húnyadi envió desde la fortaleza. Los defensores de la ciudad salieron al ataque, sembrando el pánico entre los soldados de la Sublime Puerta. Los 5.000 miembros de la guardia jenízara del sultán no pudieron hacer absolutamente nada para revertir la situación, y Mehmet, aunque logró dar muerte a un caballero en combate singular, cayó inconsciente víctima de un flechazo que le dieron en un costado. Cuando cayó la noche, los invasores se retiraron en silencio, llevando a los heridos en 140 carros. Habían sufrido una derrota humillante: perdieron 300 cañones, 100 naves de guerra y casi 50.000 soldados -entre muertos, heridos y prisioneros-. El sultán mismo, que sobrevivió a la flecha, intentó envenenarse en la ciudad de Sarona al enterarse de la derrota, lo que fue impedido a duras penas por sus cortesanos.
  
Durante el asedio, el Papa Calixto III ordenó que las campanas de las iglesias de toda Europa tocaran al medio día para invitar a los fieles a orar por la milicia cristiana, que se materializó el 6 de Agosto, cuando se tuvo por terminado el mismo. Pero en muchos lugares (Inglaterra, España y Portugal por ejemplo), la orden llegó después de conocerse la victoria, por lo que las campanas sonaron en celebración de tan inesperada victoria, permaneciendo la costumbre hasta el presente. Al año siguiente, el Papa decretó que en ese día se celebraría la Transfiguración del Señor por toda la Iglesia, dedicándose en honor a este misterio -y de la advocación de Jesús, Divino Salvador del Mundo- muchas iglesias (como dato curioso, la isla bahameña de Guanahani, donde Cristóbal Colón llegó en la madrugada del 12 de Octubre de 1492, fue llamada San Salvador).
 
Sin embargo, la otra cara de la victoria fue que, a causa de la cantidad de muertos, la plaga se desató en torno a la ciudad y la fortaleza de Belgrado. Juan Húnyadi moriría a causa de ella el 11 de Agosto, suceso que conmovió al mismo Mehmet; San Juan de Capistrano, de quien decían que tenía más autoridad sobre los soldados que el propio rey, resistió hasta el 23 de Octubre, cuando murió. Y, el 29 de Agosto de 1521, bajo Solimán I “El Magnífico” (o como le conocen en Turquía, Kanunî/قانونى  “El Legislador”), el imperio otomano tomó Belgrado tras 34 días de sitio y, el 29 de Agosto de 1526, el reino de Hungría fue destruido en la batalla de Mohács, y Solimán recuperó los cañones perdidos en la anterior batalla por su abuelo.
  
Hoy, a más de 460 años de tan gloriosa jornada, el panorama es el mismo y diferente a la vez. El mismo, porque el islam está invadiendo tierras de Europa por medio de los “inmigrantes” y “refugiados”, e imponiendo su ley sharia en donde llegan, invitados por la izquierda globalista seglar (Pedro Sánchez Pérez-Castejón) y eclesiástica (Jorge Mario Bergoglio) a órdenes del judío György Schwartz Szűcs/George Soros. Diferente, porque en muchos países el esfuerzo cristiano está disminuído y dividido. A esto, se refería Juan Húnyadi cuando dijo en su lecho de muerte a sus soldados:
«Defended, mis amigos, la cristiandad y Hungría de los enemigos... No os peleéis entre vosotros... Si perdéis vuestras energías en altercados, sellaréis vuestro propio destino, así como cavaréis la tumba de vuestro país».

domingo, 29 de julio de 2018

BEATO URBANO II, PAPA Y CONVOCADOR DE LA PRIMERA CRUZADA


El Beato Urbano II (1040-1099) es, indudablemente, uno de los papas más insignes de la Edad Media, cuyo mérito principal consiste, aparte de la santidad de su vida, en haber hecho progresar notablemente y llevado adelante la reforma eclesiástica, ampliamente emprendida por San Gregorio VII (1073-1085). El resultado brillante de sus esfuerzos aparece bien de manifiesto en los grandes sínodos de Piacenza y de Clermont, de 1095, y en la primera Cruzada, iniciada en este último concilio (1095-1099).
 
Nacido de una familia noble en la diócesis de Soissons, en 1040, llamábase Eudes u Otón; tuvo por maestro en Reims al fundador de los cartujos, San Bruno: fue allí mismo canónigo, y el año 1073 entró en el monasterio de Cluny, donde se apropió plenamente el espíritu de la reforma cluniacense, entonces en su apogeo. De esta manera se modeló su carácter suave y humilde, pero al mismo tiempo entusiasta y emprendedor. Por esto llegó fácilmente a la convicción de que el espíritu de la reforma cluniacense, que iba penetrando en todos los sectores de la Iglesia, era el destinado por Dios para realizar la transformación a que aspiraban los hombres de más elevado criterio eclesiástico. Por esto, ya desde el principio de la gran campaña reformadora emprendida por Gregorio VII, Otón fue uno de sus más decididos partidarios.
 
Estaba entonces al frente de la abadía de Cluny el gran reformador San Hugón, a cuya propuesta Gregorio VII elevó en 1078 al monje Otón al obispado de Ostia. Bien pronto pudo éste dar claras pruebas de sus extraordinarias cualidades de gobierno, pues, enviado por el Papa como legado a Alemania, supo allí defender victoriosamente los derechos de la Iglesia frente a las arbitrariedades del emperador Enrique IV. Al volver de esta legación acababa de morir Gregorio VII.
  
La situación de la Iglesia era en extremo delicada. Al desaparecer el gran Papa, personificación de la reforma eclesiástica, dejaba tras sí un ejército de hombres eminentes, discípulos o admiradores de sus ideas. Frente a ellos estaban sus adversarios, entre los cuales se hallaban el violento Enrique IV y el antipapa puesto por él, Clemente III. En estas circunstancias fue elegido el Papa Víctor III (1086-1087), antiguo abad de Montecasino, gran amigo de las letras, pero indeciso, reconciliador y poco partidario de las medidas violentas. Pero muerto inesperadamente al año de su pontificado, fue elegido entonces nuestro Otón de Ostia, quien tomó el nombre de Urbano II.
  
Era, indudablemente, el hombre más a propósito, el hombre providencial en aquellas circunstancias. Dotado de las más eximias virtudes cristianas, era un amante y entusiasta decidido de la reforma eclesiástica, de que ya había dado muestras suficientes. Precisamente por esto su elección fue considerada por todos como el mayor triunfo de las ideas gregorianas, y rápidamente recobraron todo su influjo los elementos partidarios de la reforma eclesiástica. Así lo entendieron también Enrique IV, el antipapa Clemente III y todos los adversarios de la reforma, los cuales se aprestaron a la lucha más encarnizada.
  
Ya desde el principio quiso el nuevo Papa dar muestras inequívocas de su verdadera posición. En diferentes cartas, dirigidas a los obispos alemanes y franceses, escritas en los primeros meses de su pontificado, expresó claramente su decisión de renovar en todos los frentes la campaña de reforma gregoriana. Así lo manifestó en el concilio Romano de la cuaresma de 1089, y, sobre todo, así lo proclamó en el concilio de Melfi, de septiembre del mismo año, en el que se renovaron las disposiciones contra la simonía, contra el concubinato y contra la investidura laica, y que constituye el programa que Urbano II se proponía realizar en su gobierno.
  
Mas, por otra parte, con su carácter más flexible y diplomático con su espíritu de longanimidad y mansedumbre, siguió un camino diverso del que se había seguido anteriormente, y con él obtuvo mejores resultados. Inflexible en los principios y genuino representante de la reforma gregoriana, sabía acomodarse a las circunstancias, procurando sacar de ellas el mayor partido posible. Símbolo de su modo de proceder son Felipe I de Francia, vicioso y afeminado, pero hombre en el fondo de buena voluntad, y Enrique IV de Alemania, bien conocido por sus veleidades y mala fe. Del primero procuró sacar lo que pudo con concesiones y paternales amonestaciones. Con el segundo ni siquiera lo intentó, manteniendo frente a él los principios de reforma y alentando siempre a los partidarios de la misma.
  
Con clara visión sobre la necesidad de intensificar el ambiente general de reforma fomentó e impulsó los trabajos de los apologistas. Movidos por este impulso pontificio, muchos y acreditados escritores lanzaron al público importantes obras, que contribuyeron eficazmente a que ganaran terreno y se afianzaran las ideas de reforma. Así Gebhardo de Salzburgo compuso una carta, dirigida a Hermann de Metz, típico representante de la oposición a la reforma, en la que defiende con valiente argumentación la justicia del Papa. Bernardo de Constanza dirigió a Enrique IV un tratado, en el que establece como base la expresión de San Mateo (18, 17): “El que rehusa escuchar a la Iglesia sea para ti como un pagano y un publicano”; y poco después publicó una verdadera apologética de la reforma. Otro escritor insigne, Anselmo de Lucca, redactó una obra contra Guiberto, es decir, el antipapa Clemente III. Indudablemente este movimiento literario, impulsado por Urbano II, fue un arma poderosa y eficaz para la realización de la reforma.
 
Así, pues, mientras con prudentes concesiones y convenios ventajosos para la Iglesia Urbano II logró robustecer su influjo en Francia, España, Inglaterra y otros territorios, en Alemania siguió la lucha abierta y decidida con Enrique IV. En Francia mantuvo con energía la santidad del matrimonio cristiano frente al divorcio realizado por el rey al separarse de la reina Berta, llegando en 1094 a excomulgarlo; mas, por otra parte, en la cuestión de la investidura laica, por la que los príncipes defendían su derecho de nombramiento de los obispos, llegó a un acuerdo, que fue luego la base de la solución final y definitiva: el rey renunciaba a la investidura con anillo y báculo, dejando a los eclesiásticos la elección canónica; pero se reservaba la aprobación de la elección, que iba acompañada de la investidura de las insignias temporales. También en Inglaterra tuvo que mantenerse enérgico Urbano II frente al rey Guillermo, quien, a la muerte de Lanfranco, no quería reconocer ni a Urbano II ni al antipapa Clemente III; pero al fin se llegó a una especie de reconciliación.
  
El resultado fue un robustecimiento extraordinario del prestigio pontificio y de la reforma eclesiástica por él defendida. El espíritu religioso aumentaba en todas partes. Los cluniacenses se hallaban en el apogeo de su influjo y por su medio la reforma penetraba en todos los medios sociales. El estado eclesiástico iba ganando extraordinariamente, por lo cual se formaban en muchas ciudades grupos de canónigos regulares, de los cuales el mejor exponente fueron los premonstratenses, fundados poco después.
  
Es cierto que, durante casi todo su pontificado, Urbano II se vio obligado a vivir fuera de Roma, pues Enrique IV mantenía allí al antipapa Clemente III. Pero, esto no obstante, desplegó una actividad extraordinaria y fue constantemente ganando terreno. En una serie de sínodos, celebrados en el sur de Italia, renovó las prescripciones reformadoras, proclamadas al principio de su gobierno. Pero donde apareció más claramente el éxito y la significación del pontificado de Urbano II fue en los dos grandes concilios de Piacenza y de Clermont, celebrados en 1095.
  
En el gran concilio de Piacenza, celebrado en el mes de marzo ante más de cuatro mil clérigos y treinta mil laicos reunidos, proclamó de nuevo los principios fundamentales de reforma. Pero en este concilio presentáronse los embajadores del emperador bizantino, en demanda de socorro frente a la opresión de los cristianos en Oriente. Así, pues, Urbano II trató de mover al mundo occidental a enviar al Oriente el auxilio necesario para defender los Santos Lugares. Fue el principio de las Cruzadas; mas, como se trataba de un asunto de tanta trascendencia, se determinó dar la respuesta definitiva en otro concilio, que se celebraría en Clermont.
  
Efectivamente, dedicáronse inmediatamente gran número de predicadores del temple de Pedro de Amiéns, llamado también Pedro el Ermitaño, a predicar la Cruzada en todo el centro de Europa. Urbano II, con su elocuencia extraordinaria y el fervor que le comunicaba su espíritu ardiente y entusiasta, contribuyó eficazmente a mover a gran número de príncipes y caballeros de la más elevada nobleza. El resultado fue el gran concilio de Clermont, de noviembre de 1095, en el que, en presencia de catorce arzobispos, doscientos cincuenta obispos, cuatrocientos abades y un número extraordinario de eclesiásticos, de príncipes y caballeros cristianos, se proclamaron de nuevo los principios de reforma y la Tregua de Dios. Después de esto, a las ardientes palabras que dirigió Urbano II, en las que describió con los más vivos colores la necesidad de prestar auxilio a los cristianos de Oriente y rescatar los Santos Lugares, respondieron todos con el grito de “Dios Lo quiere”, que fue en adelante el santo y seña de los cruzados. De este modo se organizó inmediatamente la primera Cruzada, cuyo principal impulsor fue, indudablemente, el papa Urbano II.
  
Después de tan gloriosos acontecimientos, mientras Godofredo de Bouillón, Balduino y los demás héroes de la primera Cruzada realizaban tan gloriosa empresa, Urbano II continuaba su intensa actividad reformadora. En las Navidades de 1096 pudo, finalmente, entrar en Roma, donde celebró una gran asamblea o sínodo en Letrán. En enero de 1097 celebró otro importante concilio en Roma; otro de gran trascendencia en Bari, en octubre de 1088; pero el de más significación de estos últimos años fue el de la Pascua, celebrado en Roma en 1099, donde, en presencia de ciento cincuenta obispos, proclamó de nuevo los principios de reforma y la prohibición de la investidura laica.
 
Poco después, en julio del mismo año 1099, moría el santo papa Urbano II, sin conocer todavía la noticia del gran triunfo final de la primera Cruzada, con la toma de Jerusalén, ocurrida quince días antes.
  
En realidad, el Beato Urbano II fue digno sucesor en la Sede Pontificia de San Gregorio VII y digno representante de los intereses de la Iglesia en la campaña iniciada de la más completa renovación eclesiástica. En ella tuvo más éxito que su predecesor, logrando transformar en franco triunfo y en resultados positivos la labor iniciada por sus predecesores. Esta impresión de avance y de triunfo aparece plenamente confirmada y enaltecida con el principio de una de las más sublimes epopeyas de la Iglesia y de la Edad Media cristiana, que son las Cruzadas, y con el éxito final de la primera, que es la conquista de Tierra Santa y la formación del reino de Jerusalén con que termina este glorioso pontificado. Por eso la memoria de Urbano II va inseparablemente unida a la primera Cruzada, la única plenamente victoriosa.
  
BERNARDINO LLORCA SJ. Año Cristiano, tomo III, Biblioteca de Autores Cristianos. Madrid, 1966.

ORACIÓN
Oh Señor Jesucristo, que honraste abundantemente al bienaventurado pontífice Urbano por su lucha a favor de la libertad de tu Iglesia, y le fortaleciste con la virtud de tu Cruz para redimir de la potestad de los infieles los monumentos de tu vida mortal y Pasión, concédenos por su intercesión, que luchando contra los enemigos de nuestras almas, merezcamos recibir la eterna gloria de los valientes. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

miércoles, 16 de agosto de 2017

UN EPISODIO DE LA PRIMERA CRUZADA

El 12 de Agosto de 1099 las milicias cruzadas guiadas por Gogofredo de Bouillon, “Advocátus Sancti Sepúlchri”, y por Arnulfo de Roeux, Patriarca latino de Jerusalén, desbarataron en Ascalón el ejército mahometano comandado del visir fatimida Al-Afdal Shahanshah. Dios, a pesar de la discordia de los príncipes cristianos reluctantes a obedecer al sabio Godofredo, llevó a buen término la obra de la Primera Cruzada, demostrando cual fuese el poder de la Cruz sobre la Medialuna. El mismo jefe mahometano, desconcertado por la derrota, exclamó: “Oh Mahoma! Será verdad que el poder del Crucificado es más grande que el tuyo, visto que los cristianos han dispersado a tus discípulos”. Al día siguiente, para agradecerle al Señor de los ejércitos por la victoria alcanzada, el estandarte del visir, capturado por los cristianos, fue depuesto en la Basílica del Santo Sepulcro.

sábado, 23 de mayo de 2015

APARICIÓN DE SAN SANTIAGO APÓSTOL

Aparición de San Santiago Apóstol en la batalla de Clavijo
 
Entre los innumerables y señalados beneficios que ha recibido España de su bienaventurado apóstol y defensor Santiago, es digno de eterna recordación y agradecimiento el que alcanzó en Clavijo. Porque dominando aún en España los sarracenos y oprimiendo a los pueblos cristianos con graves y deshonrosos tributos, el rey Ramiro, que había subido al trono de León, rechazó sus injuriosas demandas y procuró con toda sus fuerzas enflaquecer el poder de los moros y librar a nuestra patria de aquella tan dura servidumbre. Hizo pues un llamamiento general a las armas, y juntando un poderoso ejército se entró en las tierras de los enemigos. Abderramán lleno de coraje, llamó en su auxilio hasta las tropas africanas, para salir a su vez al encuentro de los cristianos. Encontráronse los ejércitos cerca de Avelda y en aquella comarca se dio la batalla de poder a poder, y pelearon con dudoso suceso, hasta que cerrando la noche, mandó don Ramiro retirar sus tropas cansadas y destrozadas al vecino collado llamado Clavijo, donde se fortificó lo mejor que pudo e hizo curar a los heridos. El rey, oprimido de tristeza y de cuidado, se quedó adormecido, y entre sueños se le apareció un varón celestial de gran majestad y grandeza, y preguntándole el rey quién era, respondió: “Soy Santiago Apóstol, a quien ha confiado Dios la protección de España. ¡Buen ánimo! Mañana te ayudaré y alcanzarás ilustre victoria de tus enemigos”. Despertó el rey con esta visión y dio cuentas de ella a los obispos que seguían su campo y a los capitanes del ejército; y al amanecer, dada la señal del combate, bajaron las huestes españolas del monte; y como bravos leones se arrojaron sobre los bárbaros, invocando el nombre de Santiago. Asombráronse los sarracenos al ver el ímpetu y valor con que los acometían unos enemigos a quienes contaban por vencidos, y creció más su confusión con los favores que nos vinieron del Cielo. Porque Santiago, cumpliendo la palabra que había dado al rey, se dejó ver en el aire, cercado de una luz resplandeciente, que a los cristianos infundía grande confianza y fortaleza, y a los moros terror y espanto. Venía el santo Apóstol montado en un blanco corcel, y en una mano traía un estandarte blanco en medio del cual campeaba una cruz roja, y con la otra mano blandía una espada fulminante que parecía un rayo. Capitaneando así nuestra gente se alcanzó la más ilustre victoria. Unos setenta mil sarracenos cayeron muertos en el campo, quedando humillada desde aquel día la soberbia de los moros, y España libre del ignominioso tributo.
  
REFLEXIÓN
Desde este tiempo comenzaron los soldados españoles a invocar en las guerras al glorioso apóstol como a su valeroso y singular defensor, lo cual hacen en todas las batallas, y la señal para acometer y cerrar con el enemigo, hecha oración y la señal de la cruz, es invocar al santo y decir: “¡Santiago, cierra España!”. Y por este singular patrocinio del santo Apóstol han tenido felicísimos sucesos y acabado cosas tan extrañas y heroicas que humanamente no parece que se podían hacer. Invoquemos también nosotros al santo para que nos defienda de nuestros enemigos visibles e invisibles y especialmente de los demonios y hombres diabólicos que causan la perdición temporal y eterna de los hombres.
   
Flos Sanctorum de la Familia Cristiana, P. Francisco de Paula Morell SJ, Ed. Difusión, S. A., Buenos Aires, 1943.
  
ORACIÓN 
Oh Dios, que constituiste al bienaventurado Santiago Apóstol como misericordioso defensor de  España, y por medio de él la libraste de inminente ruina: te suplicamos nos concedas que, por su protección, gocemos de paz eterna. Por J. C. N. S. Amén.

viernes, 12 de septiembre de 2014

EL SITIO DE VIENA, GRAN VICTORIA DE NUESTRA SEÑORA

Desde EX ORBE. Vía CATÓLICOS ALERTA.
  
En el "Misal" de Pablo VI (1969) desapareció la fiesta del Dulce Nombre de María, que se repuso en la edición del "Misal" Romano del año 2002, bajo Wojtyla Katz/Juan Pablo II, entre las 'memorias' (memoria libre) dedicadas a la Santísima Virgen. Aunque se celebraba en el siglo XV-XVI, se instituye como fiesta universal, para toda la Iglesia, por el Papa Beato Inocencio XI con motivo de la victoria de los ejercitos cristianos contra los turcos en la batalla de Kahlemberg, a las puertas de Viena.
  
Batalla de Kahlemberg, durante el segundo sitio de Viena (1683)
    
Desde mediados del mes de Julio, Viena sufrió un implacable asedio. La corte imperial y 80.000 vieneses abandonaron la ciudad, que quedó defendida por una fuerza militar de 11.000 soldados y los 5.000 irreductibles que se negaron a abandonar su capital. Mandaba las fuerzas el general conde von Starhemberg. A primeros de Septiembre, la resistencia parecía insostenible, imposible por momentos. El cerco de Viena suponía el primer paso para la penetración brutal de los mahometanos en el corazón de Europa, debilitada por la fragmentación de estados y confesiones que siguó a la crisis protestante y la Guerra de los Treinta Años. Si caía Viena, con la derrota del Austria de los Habsburgo se abrían al Imperio Otomano las puertas del Sacro Imperio y de toda la Europa Central.
    
Como cuando la crisis final de Bizancio, sólo la Santa Sede comprendía el riesgo e intentaba movilizar a las potencias católicas. En Francia, Luis XIV se negó en absoluto, incluso comenzó una serie de hostilidades contra ciertas plazas de los Habsburgo en la Alsacia, forzando al emperador Leopoldo I a distraer parte de los efectivos militares que eran necesarios para resistir en Viena. La España languideciente de Carlos II, ya en plena tensión por la controversia de la sucesión del rey, sólo ayudó a sus primos austriacos con recursos económicos, incapaz de movilizar ningún ejercito auxiliar.
     
Fueron los principados alemanes (Sajonia, Franconia, Baden, Baviera y Suabia) quienes se coaligaron con Leopoldo I. Destacaban brillantes personalidades como Carlos V de Lorena, Luis Guillermo de Baden-Baden, y el ya emergente Eugenio de Saboya. La coalición se hizo efectiva gracias a las instancias del Papa Inocencio XI, tan consciente de la gravedad de la acometida turca y de lo que suponía el sitio de Viena. A pesar del esfuerzo, la empresa parecía inútil, con los turcos bien asentados en torno a la capital austriaca, con tropas suficientes para poder tomarla y continuar luego su avance.
     
El 15 de Agosto, dia de la Asunción de la Virgen, el rey de Polonia, Juan III Sobieski salía de Cracovia con un animoso ejercito, que encomendó a Nuestra Señora al pasar por el santuario de Czestochowa. Llegados a Viena, los efectivos totales de la Liga Santa sumaban un total de entre 70.000 y 80.000 hombres; los turcos contaban con más de 130.000, con una formidable artillería, una sólida retaguardia y suministros asegurados.
  
Juan III Sobieski, rey de Polonia y héroe de Viena
   
Siguiendo un imprevisible y casi temerario plan de batalla, el ejercito sitiado, con el empuje heróico de Juan Sobieski, lanza un ataque en la madrugada del 12 de Septiembre, antes de las primeras luces, sobre las 4 de la mañana. Se batalló el día entero. A las cinco de la tarde, entraba el victorioso Juan Sobieski en la lujosa tienda del pashá Kara Mustafá. En una de esas frases destinadas al bronce de la historia, el gran Sobieski parafraseó en cristiano la sentencia del César: 'Venimus, vidimus, Deus vincit' (llegamos, vimos, pero fue Dios quien venció).
   
Quedaron en el campo los cuerpos de 15.000 turcos y unos 4.500 cristianos. El Imperio Otomano no se recuperó del golpe. La lucha, a instancias también de Inocencio XI, seguiria más tarde con la reconquista de Hungría, y Belgrado volvería a manos cristianas antes de acabar el siglo. La Liga Santa propiciada por Inocencio XI unió a reinos católicos, príncipes protestantes e incluso la Rusia de Pedro el Grande se unió a la coalición. El tratado de Paz de Karlowitz sería el punto final de este crucial episodio.
   
El Beato Inocencio XI entendió que todo fue una obra de la fe, un providencial triunfo por gracia de la intercesión de Nuestra Señora, por lo que solemnizó la fiesta del Nombre de María extendiéndola a todo el Orbe Católico. En Roma, se celebró especialmente la victoria del 12 de Septiembre de 1683.
   
El Beato Inocencio XI estableció la universalidad de la fiesta del Santísimo Nombre de la Bienaventurada Virgen Santa María en agradecimiento a que por su intercesión, la Europa cristiana se liberó del estandarte de la media luna.
   
He querido recordarla por su patente incorrección política: Una fiesta de exaltación de la Cristiandad unida frente a la violencia invasora del islam mahometano. Una efemérides católica que desafía a ese novedoso 'espíritu de Asís' que invade el mundo confundiendo y desvirtuando tantas cosas.
   
Una cosa fue el espíritu victorioso y creyente de aquel 12 de Septiembre, y otro el timorato y acomplejado espiritu que derivó del trágico 11-S que se ha recordado en estos días.
   
Como dije al empezar, la Misa del Nombre de María desapareció en el Misal reformado del Vaticano II y reapareció en la edición del 2002. Pero sin referencias, sin encuadre, sin verdadera 'memoria' de la efemérides de Viena. Incluso la oración propia quedó sub mínimis:
   
"Concéde, quæsumus, omnípotens Deus, ut cunctis gloriósum beátæ Maríæ Vírginis nomen celebrántibus misericórdiæ tuæ benefícia ipsa procúret. Per Dóminum".
  
En la auténtica y venerable Liturgia Romana, en el Breviario y el Misal se leen estos luminosos textos y oraciones:
 
"Venerábile Vírginis Maríæ nomen, quod interpretátum maris stella dícitur, Matri Vírgini valde conveniénter aptátur. Ipsa namque aptíssime síderi comparátur, quia, sicut sine sui corruptióne sidus suum emíttit rádium, sic absque sui læsióne Virgo parturívit Fílium. Nec síderi rádius suam mínuit claritátem, nec Vírgini Fílius suam integritátem. Ipsa est ígitur nóbilis illa stella ex Iacob orta, super hoc mare magnum et spatiósum necessário subleváta, micans méritis, illústrans exémplis. O quisquis te intélligis in huius sæculi proflúvio magis inter procéllas et tempestátes fluctuáre, quam per terram ambuláre, ne avértas óculos a fulgóre huius síderis. Maríam cógita, Maríam ínvoca, ut sic in temetípso experiáris, quam mérito dictum sit: ET NOMEN VÍRGINIS MARÍA. ~ Quod quidem dulcíssimum nomen, iamprídem in quibúsdam christiáni orbis pártibus speciáli ritu cultum, Innocéntius undécimus Románus Póntifex, ob insígnem victóriam de immaníssimo Turcárum tyránno, cervícibus pópuli christiáni insultánte, Viénnæ in Austria partam, et in perénne tanti benefícii monuméntum, in Ecclésia universáli síngulis annis celebrári præcépit". (El nombre venerable de la Virgen María, que se dice que significa Estrella del Mar, es el más adecuado para la Virgen Madre. Que bien puede ser comparado con una estrella, pues, como una estrella refleja adelante sus rayos sin ninguna disminución de su brillo propio, también la Virgen dio a luz al Hijo sin pérdida de su virginidad. Ni los rayos disminuyen el brillo de la estrella, ni el Hijo de María su virginidad intacta. Ella es la estrella que brilló antiguamente sobre Jacob y fue puesta por encima de este grande y anchuroso mar. Ella brilla con sus méritos, e ilumina con su ejemplo. Vosotros todos, los que bregais entre las tormentas y tempestades del mar proceloso, para que arribeis a la tierra firme, no aparteis los ojos de la brillante luz de esta estrella. Pensad en María, invocad a María, para que podáis probar el valor de aquello que está escrito: '...EL NOMBRE DE LA VIRGEN ERA MARÍA' ~ El Papa Inocencio XI ordenó que la fiesta de este Santísimo Nombre, que ya era honrada con un rito especial en algunas partes del mundo cristiano, se celebrara cada año en toda la Iglesia Universal como un monumento perpetuo por la gran bendición de la insigne victoria ganada en Viena, Austria, sobre el crudelísima tiranía de los turcos, opresores del pueblo cristiano. -Lección III de Maitines)
   
ORACIÓN
Concédenos te suplicamos, oh Dios omnipotente, a tus fieles que nos alegramos del Nombre y de la protección de la Santísima Virgen María, obtener de Ella su piadosa intercesión para ser liberados de todos los males terrenos, y merecer alcanzar el gozo eterno en los Cielos. Por J. C. N. S. Amén.