Vexílla Regis

Vexílla Regis
MIENTRAS EL MUNDO GIRA, LA CRUZ PERMANECE

LOS QUE APOYAN EL ABORTO PUDIERON NACER

LOS QUE APOYAN EL ABORTO PUDIERON NACER
NO AL ABORTO. ELLOS NO TIENEN LA CULPA DE QUE NO LUCHASTEIS CONTRA VUESTRA CONCUPISCENCIA

NO QUEREMOS QUE SE ACABE LA RELIGIÓN

NO QUEREMOS QUE SE ACABE LA RELIGIÓN
No hay forma de vivir sin Dios.

ORGULLOSAMENTE HISPANOHABLANTES

ORGULLOSAMENTE HISPANOHABLANTES

Mostrando entradas con la etiqueta Santa Catalina Labouret. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Santa Catalina Labouret. Mostrar todas las entradas

martes, 28 de noviembre de 2023

MISA DE SANTA CATALINA LABOURÉ

Misa aprobada por la Sagrada Congregación de Ritos el 28 de Marzo de 1933. La Misa Dilexísti es del Común de las Vírgenes, pero las oraciones son propias.
  
Die 28 Novémbris
S. CATHARÍNÆ LABOURÉ, VÍRGINIS
Duplex Majus
  
Introitus. Ps. 44, 8. Dilexísti justítiam, et odísti iniquitátem: proptérea unxit te Deus, Deus tuus, óleo lætítiæ præ consórtibus tuis. (T.P. Allelúja, allelúja.) Ps. ibid., 2. Eructávit cor meum verbum bonum: dico ego ópera mea Regi. ℣. Glória Patri.

ORATIO
Dómine Jesu Christe, qui beátam Catharínam Vírginem, mirábili Immaculátæ Genitrícis tuæ manifestatióne recreáre dignátus es: tríbue, quǽsumus, ut sanctíssimam Matrem tuam exémplis ejusdem Beátæ pia devotióne recoléntes, æternæ vitæ gáudia consequámur. Qui vivis.
  
Léctio Epístolæ beáti Pauli Apóstoli ad Corínthios.
2 Cor. 10, 17-18; 11, 1-2.
  
Fratres: Qui gloriátur, in Dómino gloriétur. Non enim qui seípsum comméndat, ille probátus est: sed quem Deus comméndat. Útinam sustinerétis módicum quid insipiéntiæ meæ, sed et supportáte me: ǽmulor enim vos Dei æmulatióne. Despóndi enim vos uni viro vírginem castam exhibére Christo.
    
Graduale. Ps. 44, 5. Spécie tua, et pulchritúdine tua inténde, próspere procéde, et regna.
℣. Propter veritátem, et mansuetúdinem, et justítiam: et dedúcet te mirabíliter déxtera tua.
  
Allelúja, allelúja. ℣. Ibid., 15 et 16. Adducéntur Regi vírgines post eam: próximae ejus afferéntur tibi in lætítia. Allelúja.
   
Post Septuagesimam, omissis Allelúja et Versu sequenti, dicitur:
Tractus. Ps. 44, 11 et 12. Audi, fília, et vide, et inclína aurem tuam: quia concupívit Rex spéciem tuam.
℣. Ibid., 13 et 10. Vultum tuum deprecabúntur omnes dívites plebis: fíliæ regum in honóre tuo.
℣. Ibid., 15-16. Adducéntur Regi vírgines post eam: próximæ ejus afferéntur tibi.
℣. Afferéntur in lætítia, et exsultatióne: adducéntur in templum Regis.
    
Tempore autem Paschali omittitur Graduale, et ejus loco dicitur:
Allelúja, allelúja.
℣. Ps. 44, 15 et 16. Adducéntur Regi vírgines post eam: próximæ ejus afferéntur tibi in lætítia. Allelúja.
℣. Ibid., 5. Spécie tua, et pulchritúdine tua inténde, próspere procéde, et regna. Allelúja.
   
✠ Sequéntia sancti Evangélii secúndum Matthǽum.
Matth. 25, 1-13.
  
In illo témpore: Dixit Jesus discípulis suis parábolam hanc: Símile erit regnum cœlórum decem virgínibus: quæ accipiéntes lámpadas suas, exiérunt óbviam sponso et sponsæ. Quinque autem ex eis erant fátuæ, et quinque prudéntes: sed quinque fátuæ, accéptis lampádibus, non sumpsérunt óleum secum: prudéntes vero accepérunt óleum in vasis suis cum lampádibus. Moram autem faciénte sponso, dormitavérunt omnes, et dormiérunt. Média autem nocte clamor factus est: Ecce sponsus venit, exíte óbviam ei. Tunc surrexérunt omnes vírgines illæ, et ornavérunt lámpades suas. Fátuæ autem sapiéntibus dixérunt: Date nobis de óleo vestro: quia lámpades nostræ exstinguúntur. Respondérunt prudéntes, dicéntes: Ne forte non suffíciat nobis, et vobis, ite pótius ad vendéntes, et émite vobis. Dum autem irent émere, venit sponsus: et quæ parátæ erant, intravérunt cum eo ad núptias, et clausa est jánua. Novíssime vero véniunt et réliquæ vírgines, dicéntes: Dómine, Dómine, áperi nobis. At ille respóndens, ait: Amen dico vobis, néscio vos. Vigiláte ítaque, quia nescítis diem, néque horam.
   
Offertorium. Ps. 44, 10. Fíliæ regum in honóre tuo, ástitit regína a dextris tuis in vestítu deauráto, circúmdata varietáte. (T.P. Allelúja).
  
SECRETA
Sacrifícium nostrum tibi, Dómine, quǽsumus, beátæ Catharínæ Virginis precátio sancta concíliet, ut, cujus honore solémniter exhibétur, ejus méritis efficiátur accéptum. Per Dóminum.
   
Communio. Matth. 25, 4 et 6. Quinque prudéntes vírgines accepérunt óleum in vasis suis cum lampádibus: média autem nocte clamor factus est: Ecce sponsus venit: exíte óbviam Christo Dómino. (T.P. Allelúja).
   
POSTCOMMUNIO
Propitiáre, Dómine, fámulis tuis: ut qui sanctis mystériis ineffabíliter recreámur, exémplo beátæ Catharínæ conversatiónem nostram in cœlis habére studeámus. Per Dóminum.

SANTA CATALINA LABOURET


La capilla de las apariciones de la Medalla Milagrosa se encuentra en la rue du Bac, de París, en la casa madre de las Hijas de la Caridad. Es fácil llegar por «Metro». Se baja en Sèvres–Babylone, y detrás de los grandes almacenes «Le Bon Marché» está el edificio. Una casona muy parisina, como tantas otras de aquel barrio tranquilo. Se cruza el portalón, se pasa un patio alargado y se llega a la capilla.
  
La capilla es enormemente vulgar, como cientos o miles de capillas de casas religiosas. Una pieza rectangular sin estilo definido. Aún ahora, a pesar de las decoraciones y arreglos, la capilla sigue siendo desangelada.
  
Uno comprende que la Virgen se apareciera en Lourdes, en el paisaje risueño de los Pirineos, a orillas de un río de alta montaña; que se apareciera inclusive en Fátima, en el adusto y grave escenario de la «Cova de Iría»; que se apareciera en tantos montículos, árboles, fuentes o arroyuelos, donde ahora ermitas y santuarios dan fe de que allí se apareció María a unos pastorcillos, a un solitario, a una campesina piadosa…
  
Pero la capilla de la rue du Bac es el sitio menos poético para una aparición. Y, sin embargo, es el sitio donde las cosas están prácticamente lo mismo que cuando la Virgen se manifestó aquella noche del 27 de noviembre de 1830.
  
Yo siempre que paso por París voy a decir misa a esta capilla, a orar ante aquel altar «desde el cual serán derramadas todas las gracias», a contemplar el sillón, un sillón de brazos y respaldo muy bajos, tapizado de velludillo rojo, gastado y algo sucio, donde lo fieles dejan cartas con peticiones, porque en él se sentó la Virgen.
  
Si la capilla debe toda su celebridad a las apariciones, lo mismo podemos decir de Santa Catalina Labouré, la privilegiada vidente de nuestra Señora. Sin esta atención singular, la buena religiosa hubiera sido una más entre tantas Hijas de la Caridad, llena de celo por cumplir su oficio, aunque sin alcanzar el mérito de la canonización. Pero la Virgen se apareció a sor Labouré en la capilla de la casa central, y así la devoción a la Medalla Milagrosa preparó el proceso que llevaría a sor Catalina a los altares y riadas de fieles al santuario parisino. Y tan vulgar como la calle de Bac fue la vida de la vidente, sin relieves exteriores, sin que trascendiera nada de lo que en su gran alma pasaba.
  
Catalina, o, mejor dicho, Zoe, como la llamaban en su casa, nació en Fain-les-Moutiers (Bretaña) el 2 de mayo de 1806, de una familia de agricultores acomodados, siendo la novena de once hermanos vivientes de entre diecisiete que tuvo el cristiano matrimonio.
  
La madre, Magdalena Luisa Gontard, murió en 1815, quedando huérfana Zoe a los nueve años. Ha de interrumpir sus estudios elementales, que su misma madre dirigiera, y con su hermana pequeña, María Antonieta (Tonina), la envían a casa de unos parientes, para llamarlas en 1818, cuando María Luisa, la hermana mayor, ingresa en las Hijas de la Caridad. «Ahora –dice Zoe a Tonina–, nos toca a nosotras hacer marchar la casa».
  
Doce años y diez años…, o sea, dos mujeres de gobierno. Parece milagroso, pero la hacienda campesina marcha, Había que ver a Zoe en el palomar entre los pichones zureantes que la envuelven en una aureola blanca. O atendiendo a la cocina para tener a punto la mesa, a la que se sientan muchas bocas con buen apetito. Otras veces hay que llevar al tajo la comida de los trabajadores.
  
Y al mismo tiempo que los deberes de casa, Zoe tiene que prepararse a la primera comunión. Acude cada día al catecismo a la parroquia de Moutiers-Saint-Jean, y su alma crece en deseos de recibir al Señor. Cuando llega al fin día tan deseado, Zoe se hace más piadosa, más reconcentrada. Además ayuna los viernes y los sábados, a pesar de las amenazas de Tonina, que quiere denunciarla a su padre. El señor Pedro Labouré es un campesino serio, casi adusto, de pocas palabras. Zoe no puede franquearse con él, ni tampoco con Tonina o Augusto, sus hermanos pequeños, incapaces de comprender sus cosas.
 
Y ora, ora mucho. Siempre que tiene un rato disponible vuela a la iglesia, y, sobre todo, en la capilla de la Virgen el tiempo se le pasa volando.
 
Un día ve en sueños a un venerable anciano que celebra la misa y la hace señas para que se acerque; mas ella huye despavorida. La visión vuelve a repetirse al visitar a un enfermo, y entonces la figura sonriente del anciano la dice: «Algún día te acercarás a mí, y serás feliz». De momento no entiende nada, no puede hablar con nadie de estas cosas, pero ella sigue trabajando, acudiendo gozosa al enorme palomar para que la envuelvan sus palomos, tomando en su corazón una decisión irrevocable que reveló a su hermana: «Yo, Tonina, no me casaré; cuando tú seas mayor le pediré permiso a padre y me iré de religiosa, como María Luisa».
  
Esto mismo se lo dice un día al señor Labouré, aunque sacando fuerzas de flaquezas, porque dudaba mucho del consentimiento paterno.
 
Efectivamente, el padre creyó haber dado bastante a Dios con una hija y no estaba dispuesto a perder a Zoe, la predilecta. La muchacha tal vez necesitaba cambiar de ambiente, ver mundo, como se dice en la aldea.
  
Y la mandó a París, a que ayudase a su hermano Carlos, que tenía montada una hostería frecuentada por obreros.
  
El cambio fue muy brusco. Zoe añora su casa de labor, las aves de su corral y, sobre todo, sus pichones y la tranquilidad de su campo. Aquí todo es falso y viciado. ¡Qué palabras se oyen, qué galanterías, qué atrevimientos!
  
Sólo por la noche, después de un día terrible de trabajo, la joven doncella encuentra soledad en su pobre habitación. Entonces ora más intensamente que nunca, pide a la Virgen que la saque de aquel ambiente tan peligroso.
  
Carlos comprende que su hermana sufre, y como tiene buen corazón quiere facilitarla la entrada en el convento. ¿Pero cómo solucionarlo estando el padre por medio?
  
Habla con Huberto, otro hermano mayor, que es un brillante oficial, que tiene abierto un pensionado para señoritas en Châtillon-sur-Seine. Aquella casa es más apropiada para Zoe.
  
El señor Labouré accede. Otra vez el choque violento para la joven campesina, porque el colegio es refinado y en él se educan jóvenes de la mejor sociedad, que la zahieren con sus burlas. Pero perfecciona su pronunciación y puede re-emprender sus estudios que dejara a los nueve años.
  
Un día, visitando el hospicio de la Caridad en Châtillon, quedó sorprendida viendo el retrato del anciano sacerdote que se le apareciera en su aldea. Era un cuadro de San Vicente de Paúl. Entonces comprendió cuál era su vocación, y como el Santo la predijera, se sintió feliz. Insistió ante su padre, y al fin éste se resignó a dar su consentimiento.
  
Zoe hizo su postulantado en la misma casa de Châtillon, y de allí marchó el día 21 de 1830 al «seminario» de la casa central de las Hijas de la Caridad en París.
  
A fines del noviciado, en enero de 1831, la directora del seminario dejó esta «ficha» de Zoe, que allí tomó el nombre de Catalina: «fuerte, de mediana talla; sabe leer y escribir para ella. El carácter parece bueno, el espíritu y el juicio no son sobresalientes. Es piadosa y trabaja en la virtud».
  
Pues bien: a esta novicia corriente, sin cualidades destacables, fue a quien se manifestó repetidas veces el año 1830 la Virgen Santísima.
  
He aquí cómo relata la propia sor Catalina su primera aparición:
«Vino después la fiesta de San Vicente, en la que nuestra buena madre Marta hizo, por la víspera, una instrucción referente a la devoción de los santos, en particular de la Santísima Virgen, lo que me produjo un deseo tal de ver a esta Señora, que me acosté con el pensamiento de que aquella misma noche vería a tan buena Madre. ¡Hacía tiempo que deseaba verla! Al fin me quedé dormida. Como se nos había distribuido un pedazo de lienzo de un roquete de San Vicente, yo había cortado el mío por la mitad y tragado una parte, quedándome así dormida con la idea de que San Vicente me obtendría la gracia de ver a la Santísima Virgen.
 
Por fin, a las once y media de la noche, oí que me llamaban por mi nombre: “Hermana, hermana, hermana. Despertándome, miré del lado que había oído la voz, que era hacia el pasillo. Corro la cortina y veo un niño vestido de blanco, de edad de cuatro a cinco años, que me dice: “Venid a la capilla; la Santísima Virgen os espera”. Inmediatamente me vino al pensamiento: “¡Pero se me va a oír!”. El niño me respondió: “Tranquilizaos, son las once y media; todo el mundo está profundamente dormido: venid, yo os aguardo”. Me apresuré a vestirme y me dirigí hacia el niño, que había permanecido de pie, sin alejarse de la cabecera de mi lecho. Puesto siempre a mi izquierda, me siguió, o más bien yo le seguí a él en todos sus pasos. Las luces de todos los lugares por donde pasábamos estaban encendidas, lo que me llenaba de admiración. Creció de punto el asombro cuando, al ir a entrar en la capilla, se abrió la puerta apenas la hubo tocado el niño con la punta del dedo; y fue todavía mucho mayor cuando vi todas las velas y candeleros encendidos, lo que me traía a la memoria la misa de Navidad. No veía, sin embargo, a la Santísima Virgen.
  
El niño me condujo al presbiterio, al lado del sillón del señor director. Aquí me puse de rodillas, y el niño permaneció de pie todo el tiempo. Como éste se me hiciera largo, miré no fuesen a pasar por la tribuna las hermanas a quienes tocaba vela. Al fin llegó la hora. El niño me lo previene y me dice: “He aquí a la Santísima Virgen; hela aquí”. Yo oí como un ruido, como el roce de un vestido de seda, procedente del lado de la tribuna, junto al cuadro de San José, que venía a colocarse en las gradas del altar, al lado del Evangelio, en un sillón parecido al de Santa Ana; sólo que el rostro de la Santísima Virgen no era como el de aquella Santa.
 
Dudaba yo si seria la Santísima Virgen, pero el ángel que estaba allí me dijo: “He ahí a la Santísima Virgen”. Me sería imposible decir lo que sentí en aquel momento, lo que pasó dentro de mí; parecíame que no la veía. Entonces el niño me habló, no como niño, sino como hombre, con la mayor energía y con palabras las más enérgicas también. Mirando entonces a la Santísima Virgen, me puse de un salto junto a Ella, de rodillas sobre las gradas del altar y las manos apoyadas sobre las rodillas de esta Señora… El momento que allí se pasó, fue el más dulce de mi vida; me seria imposible explicar todo lo que sentí. Díjome la Santísima Virgen cómo debía portarme con mi director y muchas otras cosas que no debo decir, la manera de conducirme en mis penas, viniendo (y me señaló el altar con la mano izquierda) a postrarme ante él y derramar mi corazón; que allí recibiría todos los consuelos de que tuviera necesidad… Entonces yo le pregunté el completo significado de cuantas cosas había visto, y Ella me lo explicó todo…
  
No sé el tiempo que allí permanecí; todo lo que sé es que, cuando la Virgen se retiró, yo no noté más que como algo que se desvanecía, y, en fin, como una sombra que se dirigía al lado de la tribuna por el mismo camino que había traído al venir. Me levanté de las gradas del altar, y vi al niño donde le había dejado. Díjome: “¡Ya se fue!”. Tornamos por el mismo camino, siempre del todo iluminado y el niño continuamente a mi izquierda. Creo que este niño era el ángel de mi guarda, que se había hecho visible para hacerme ver a la Santísima Virgen, pues yo le había pedido mucho que me obtuviese este favor. Estaba vestido de blanco y llevaba en sí una luz maravillosa, o sea, que estaba resplandeciente de luz. Su edad sería como de cuatro a cinco años. Vuelta a mi lecho, oí dar las dos de la mañana; ya no me dormí».
La anterior visión, que sor Catalina narra con todo candor, ocurrió en el mes de julio. fue como una preparación a las grandes visiones del mes de noviembre, que la Santa referiría a su confesor, el padre Juan María Aladèle, por quién se insertaron los relatos en el proceso canónico iniciado seis años más tarde:
«A las cinco de la tarde, estando las Hijas de la Caridad haciendo oraciones, la Virgen Santísima se mostró a una hermana en un retablo de forma oval. La Reina de los cielos estaba de pie sobre el globo terráqueo, con vestido blanco y manto azul. Tenia en sus benditas manos unos como diamantes, de los cuales salían, en forma de hacecillos, rayos muy resplandecientes, que caían sobre la tierra… También vio en la parte superior del retablo escritas en caracteres de oro estas palabras: “¡Oh María sin pecado concebida, rogad por nosotros que recurrimos a Vos!”. Las cuales palabras formaban un semicírculo que, pasando sobre la cabeza de la Virgen, terminaba a la altura de sus manos virginales. En esto volvióse el retablo, y en su reverso vióse la letra M, sobre la cual había una cruz descansando sobre una barra, y debajo los corazones de Jesús y de María… Luego oyó estas palabras: “Es preciso acuñar una medalla según este modelo; cuantos la llevaren puesta, teniendo aplicadas indulgencias, y devotamente rezaren esta súplica, alcanzarán especial protección de la Madre de Dios”. E inmediatamente desapareció la visión».
Esta escena se repitió algunas veces, ya durante la misa, ya durante la oración, siempre en la capilla de la casa central. La primera aparición de la Medalla Milagrosa ocurrió el 27 de noviembre de 1830, un sábado víspera del primer domingo de Adviento.
  
Pasado el seminario, sor Labouré fue enviada al hospicio de Enghien, en el arrabal de San Antonio, de París, lo que le dio facilidad de seguir comunicándose con su confesor, el padre Aladèle. La Virgen había dicho a sor Catalina en su última aparición: «Hija mía, de aquí en adelante ya no me verás más, pero oirás mi voz en tus oraciones». En efecto, aunque no se repitieron semejantes gracias sensibles, sí las intelectuales, que ellas distinguía muy bien de las imaginativas o de los afectos del fervor.
  
En el hospicio de Enghien, la joven religiosa fue destinada a la cocina, donde no faltaba trabajo; pero interiormente sentía apremios para que la medalla se grabara, y así se lo comunicó al señor Aladèle, como queja de la Virgen. El prudente religioso fue a visitar a monseñor Jacinto Luis de Quelen, arzobispo de París, y al fin, a mediados de 1832, consiguió permiso para grabar la medalla, pudiendo experimentar el propio prelado sus efectos milagrosos en monseñor Domingo Dufour de Pradt, ex obispo de Poitiers y Malinas, aplicándole una medalla y logrando su reconciliación con Roma, pues era uno de los obispos «constitucionales».
  
Sor Catalina recibió también una medalla, y, después de comprobar que estaba conforme al original, dijo: «Ahora es menester propagarla».
  
Esto fue fácil, pues la Hijas de la Caridad fueron las primeras propagandistas. Entre ellas había cundido la noticia de las apariciones, si bien se ignoraba qué hermana fuera la vidente, cosa que jamás pudo averiguarse hasta que la propia Sor Catalina en 1876, cuando ya presentía su muerte, se lo manifestó a su superiora para salvar del olvido algunos detalles que no constaban en el proceso canónico, en el que depuso solamente su confesor. Ni aun consintió en visitar al propio monseñor de Quelen, aunque deseaba vivamente conocerla o al menos hablar con ella. El padre pudo defender su anonimato alegando que sabía tales cosas por secreto de confesión.
  
La Medalla Milagrosa, nombre con que el pueblo comenzó a designarla por los milagros que a su contacto se obraban en todas partes, se hizo más popular con la ruidosa conversión del judío Alfonso de Ratisbona, ocurrida en Roma el 20 de enero de 1842. De paso por la Ciudad Eterna, el joven israelita recibió una medalla del barón de Bussieres, convertido hacía poco del protestantismo. Ratisbona la aceptó simplemente por urbanidad. Una tarde, esperándole en la pequeña iglesia de San Andrés delle Fratre, se sintió atraído hacia la capilla de la Virgen, donde se le apareció esta Señora tal como venía grabada en la medalla. Se arrodilló y cayo como en éxtasis. No habló nada, pero lo comprendió todo; pidió el bautismo, renunció a la boda que tenía concertada, y con su hermano Teodoro, también convertido, fundó la Congregación de los Religiosos de Nuestra Señora de Sion para la conversión de los judíos.
  
A partir de entonces la Medalla Milagrosa adquiere la popularidad de las grandes devociones marianas, como el rosario o el escapulario.
  
Y entre tanto sor Catalina Labouré se hunde más y más en la humildad y el silencio. Cuarenta y cinco años de silencio. La aldeanita de Fain-les-Moutiers, que sabia callar en casa del señor Labouré, calla también ahora en el hospicio de ancianos.
  
Después de haber insistido, suplicado, conjurado, siempre con admirable modosidad, inclina la cabeza y espera en silencio.
  
En Enghien pasa de la cocina a la ropería, al cuidado del gallinero, lo que le recuerda sus pichones de la granja de la infancia: a la asistencia a los ancianos de la enfermería, al cargo, ya para hermanas inútiles y sin fuerzas, de la portería.
 
En 1865 muere el padre Aladèle, y puede cualquiera pensar en la gran pena de la Santa. Sin embargo, durante las exequias alguien pudo observar el rostro radiante de sor Catalina, que presentía el premio que la Virgen otorgaba a su fiel servidor.
  
Otro sacerdote le sustituye en su cometido de confesor: la religiosa le informe sobre las apariciones, pero no consigue ser comprendida.
 
Sor Catalina habla de tales hechos extraordinarios exclusivamente con su confesor: ni siquiera en los apuntes íntimos de la semana de ejercicios hay referencias a sus visiones.
  
Ella vive en el silencio, y hasta tal punto es dueña de sí, que en los cuarenta y seis años de religiosa jamás hizo traición a su secreto, aun después que las novicias de 1830 iban desapareciendo, y se sabe que la testigo de las apariciones aún vive. La someten a preguntas imprevistas para cogerla de sorpresa, y todo en vano. Sor Catalina sigue impasible, desempeñando los vulgares oficios de comunidad con el aire más natural del mundo.
  
La virtud del silencio consiste no tanto en sustraerse a la atención de los demás cuanto en insistir ante su confesor con paciencia y sin desmayos, sin que estalle su dolor ante las dilaciones. Ha muerto el padre Aladèle y el altar de la capilla sigue sin levantarse, y la religiosa teme que la muerte la impida cumplir toda la misión que se le confiara.
  
El confesor que sustituyó al padre Aladèle es sustituido por otro. Estamos a principios de junio de 1876, año en que «sabe» la Santa que habrá de morir. Tiene delante pocos meses de vida. Ora con insistencia, y, después de haber pedido consejo a la Virgen, confía su secreto a la superiora de Enghien, la cual con voluntad y decisión consigue que se erija en el altar la estatua que perpetúe el recuerdo de las apariciones.
  
La misión ha sido cumplida del todo. Y sor Catalina muere ya rápidamente a los setenta años, el 31 de diciembre de 1876.
  
En noviembre de aquel año tuvo el consuelo de hacer los últimos ejercicios en la capilla de la rue de Bac, donde había sentido las confidencias de la Virgen.
  
Su muerte fue dulce, después de recibir los santos sacramentos, mientras le rezaban las letanías de la Inmaculada.
  
Cuando cincuenta y seis años más tarde el cardenal Juan Verdier abría su sepultura para hacer la recognición oficial de sus reliquias, se halló su cuerpo incorrupto, intactos los bellos ojos azules que habían visto a la Virgen.
  
Hoy sus reliquias reposan en la propia capilla de la rue du Bac, en el altar de la Virgen del Globo, por cuya erección tuvo que luchar la Santa hasta el último instante.
  
Beatificada por Pío XI en 1923, fue canonizada por Pío XII en 1947. Sus dos nombres fueron como el presagio de su existencia: Zoe significa «vida», y Catalina, «pura».
  
CASIMIRO SÁNCHEZ ALISEDA. Año Cristiano, Tomo IV. Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid, 1966.
 
ORACIÓN
Oh Señor Jesucristo, que te dignaste recrear a la bienaventurada Virgen Santa Catalina con la admirable manifestación de tu Madre Inmaculada, concédenos te suplicamos, que cuantos celebramos el ejemplo de su devoción a tu Santísima Madre, consigamos gozar de la vida eterna. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

domingo, 18 de noviembre de 2018

NOVENA A NUESTRA SEÑORA DE LA MEDALLA MILAGROSA

Novena aprobada el 4 de Julio de 1929 por Mons. Manuel José Caicedo Martínez, Arzobispo de Medellín (Colombia). Puede rezarse en cualquier momento del año, especialmente en preparación a su fiesta litúrgica (27 de Noviembre).
  
NOVENA A NUESTRA SEÑORA DE LA MEDALLA MILAGROSA

    
Por la señal ✠ de la santa Cruz; de nuestros ✠ enemigos líbranos, Señor ✠ Dios nuestro. En el nombre del Padre, y del Hijo ✠, y del Espíritu Santo. Amén.
 
ACTO DE CONTRICIÓN
Señor mío Jesucristo, Dios y hombre verdadero, Criador y Redentor mío, por ser Vos quien sois y porque os amo sobre todas las cosas, me pesa de todo corazón de haberos ofendido: propongo firmemente de nunca más pecar, y de apartarme de todas las ocasiones de ofenderos, y de confesarme y cumplir la penitencia que me fuere impuesta, y de restituir y satisfacer si algo debiere: ofrézcoos mi vida, obras y trabajos en satisfacción de todos mis pecados; y así como os lo suplico, así confío en vuestra bondad y misericordia infinita me los perdonaréis, por los merecimientos de vuestra preciosísima Sangre, Pasión y Muerte, y me daréis gracia para enmendarme y para perseverar en vuestro santo servicio hasta la muerte. Amén.
 
ORACIÓN INICIAL
Soberana Reina de los Cielos y de la tierra, que por amor a los hombres pecadores os dignásteis apareceros a vuestra humilde sierva, Sor Catalina Labouret, con las manos cargadas de gracias celestiales en favor de los que os invocan con fe y devoción; vednos postrados ante vuestra imagen suplicándote humildemente un rayo de luz que ilumine nuestra mente y abrase nuestro corazón en vuestro santo servicio, a fin de que conociendo vuestras misercordias encerradas en vuestra Santa Medalla, logremos participar de vuestros merecimientos y conseguir por ello la salvación de nuestra alma.
  
DÍA PRIMERO - 18 DE NOVIEMBRE
Reina de los Ángeles, celestial María, que os dignásteis enviar a uno de esos espíritus celestiales para que anunciase a Sor Catalina que Vos le esperábais en la capilla, llegando vuestra dignación a permitir que pusiese sus brazos en vuestras rodillas como una madre recibe a su pequeñuelo. Concededme, ¡oh Virgen Milagrosa!, una viva confianza en virtud de vuestra Medalla, que ella sea el escudo santo que nos defienda de nuestro inmortal enemigo, y en la hora de nuestra muerte merezcamos descansar en vuestros maternales brazos, a fin de que conducidos por nuestro Ángel Custodio, merezcamos ser introducidos en vuestro celestial palacio y gozar de vuestra compañía por toda la eternidad. Amén.
 
Pídase a la Virgen la gracia que se desea alcanzar por su intercesión poderosa. Para más obligarla, rezaremos tres Avemarías.
  
ORACIÓN FINAL PARA TODOS LOS DÍAS
Yo os saludo, dulcísima Virgen María, Madre de Dios, y os elijo por mi amantísima Madre. Suplícoos que me admitáis por hijo y siervo vuestro, pues yo no quiero tener otra Madre y Señora que a Vos. Ruégoos también, ¡oh piadosa y tierna Madre mía!, que me gobernéis y defendáis en todas las acciones de mi vida porque soy un pobre infeliz mendigo, que en todos los instantes necesito de vuestra ayuda y protección. Ea, Virgen Santísima, hacedme participante de todos vuestros bienes y de vuestras virtudes, principalmente de vuestra santa humildad, de vuestra excelsa pureza, de vuestra ardiente caridad; pero sobre todo alcanzadme la gracia (Aquí se expresa de nuevo la gracia que se desea obtener de la Virgen). No me digáis, ¡oh Madre benignísima!, que no podéis concedérmela, porque vuestro amantísimo Hijo os ha dado todo poder tanto en el Cielo como en la tierra. También estoy seguro que no me desecharéis, porque Vos sois la Madre común de todos los hijos de Adán, y singularmente lo sois mía. Ya pues, que sois mi Madre y al mismo tiempo sois poderosísima, ¿qué es lo que podrá moveros a negarme vuestra excelencia? Atended, Madre mía, mandad, que en calidad de tal estáis en cierta manera obligada a concederme lo que os pido y acceder a mis ruegos. Sed, pues, bendita y ensalzada en el Cielo y en la tierra; alcanzadme de Dios que haga participante de todos los bienes y de todas las gracias que sean del agrado de la Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, objeto de todo mi amor ahora y por todos los siglos. Amén.
   
GOZOS EN HONOR A LA SANTÍSIMA VIRGEN VENERADA EN LA MEDALLA MILAGROSA
  
Digamos con melodía
Esta devota canción:
Vuestra medalla, ¡oh María!,
Es prenda de protección.
   
La medalla prodigiosa
A vos, purísima Virgen,
Debe el principio y origen
En una visión dichosa.
Todos por eso a porfía
Desean su adquisición.
Vuestra medalla, ¡oh María!,
Es prenda de protección.
  
Este emblema celestial
Infunde pena, furor,
Desesperación y horror
A la serpiente infernal.
¿Qué extraño, si su malicia
Ve en ella su confusión?
Vuestra medalla, ¡oh María!,
Es prenda de protección.
   
Los brillantes resplandores
Que vuestras manos despiden,
Son las gracias que reciben
De Vos los hombres viadores.
¿Quién es el que no confía
Vista tal demostración?
Vuestra medalla, ¡oh María!,
Es prenda de protección.
   
¿Quién podrá contar, Señora,
Los prodigios que habéis hecho
Con el que llevara al pecho
La medalla y os implora?
Llevémosla noche y dia
Con tierna veneración.
Vuestra medalla, ¡oh María!,
Es prenda de protección.
  
El rayo, la tempestad,
El contagio inevitable,
De esta medalla admirable
Huyen con velocidad:
La virtud que los desvía
La da vuestra intercesión.
Vuestra medalla, ¡oh María!,
Es prenda de protección.
   
La tentación más violenta
Resiste, calma y abate,
El fiel que en todo combate
Este escudo fuerte ostenta,
Su constancia no varía,
Si os ruega de corazón.
Vuestra medalla, ¡oh María!,
Es prenda de protección.
   
Las olas del mar furioso
Que espantan al que navega,
Pierden la fuerza si ruega
Ante este signo glorioso,
Porque Vos sois norte, guía
Y puerto de salvación.
Vuestra medalla, ¡oh María!,
Es prenda de protección.
    
Los enfermos desahuciados
Buscan con solicitud
En la medalla salud,
Y no quedan defraudados:
Sanos, llenos de alegría
Dicen con dulce emoción.
Vuestra medalla, ¡oh María!,
Es prenda de protección.
   
Los hombres más obstinados
En la impiedad y en el vicio,
Del eterno precipicio
Con ella han sido librados:
Pues por Vos, dulce María,
Lograron su conversión.
Vuestra medalla, ¡oh María!,
Es prenda de protección.
   
Madre en gracia concebida,
Rogad, Señora, por nos
Que recurrimos a Vos
En tan miserable vida:
Muéstrate clemente y pía
Ahora y en toda ocasión.
Vuestra medalla, ¡oh María!,
Es prenda de protección.
   
Digamos con melodía
Esta devota canción:
Vuestra medalla, ¡oh María!,
Es prenda de protección.
℣. Ruega por nosotros, ¡oh Santa María!, Reina concebida sin pecado original.
℟. Para que seamos dignos de las promesas de Cristo.
 
ORACIÓN
Oh Señor Jesucristo, que quisiste esclarecer a la Santísima Virgen María, tu Madre, Inmaculada desde su origen, con innumerables milagros: concédenos que cuantos imploramos siempre su patrocinio, consigamos los gozos eternos. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.
 
En el nombre del Padre, y del Hijo ✠, y del Espíritu Santo. Amén.

DÍA SEGUNDO - 19 DE NOVIEMBRE
Por la señal...
Acto de Contrición y Oración Inicial.
 
Amantísima Madre mía, ¡qué placer siente mi alma al meditar los deseos que tenéis de otorgarnos vuestros favores! Así os dignásteis solicitarle a Sor Catalina cuando extrañada de ver algunos de los anillos que no despedían rayos de luz sobre la tierra mientras otros llegaban tan fuertes y tan brillantes se preguntó la causa del fenómeno: «Estos anillos y piedras preciosas que no despedían luz, significaban las gracias que no concedo a los hombres, porque no acuden a mí». ¡Oh, Madre mía amantísima! Que todos acudamos a Vos como remedio de nuestros males y que no queden defraudados vuestros deseos. Que las densas tinieblas de los impíos sean iluminadas por esos rayos de amor y ternura. Que todos nos dejemos guiar por las luces de la Fe Católica, faro divino que trajo del Cielo vuestro Divino Hijo y sin el cual nadie puede salvarse. Apartad de nosotros las falsas doctrinas del mundo, interponed vuestro poderoso valimiento ante Jesucristo para que nos perdone nuestros pecados y nos conduzca a la vida eterna. Amén.
 
Pídase a la Virgen la gracia que se desea alcanzar por su intercesión poderosa. Las tres Avemarías, la Oración final y los Gozos se rezarán todos los días.
 
DÍA TERCERO - 20 DE NOVIEMBRE
Por la señal...
Acto de Contrición y Oración Inicial.
 
Dignísima Madre de Dios y Madre nuestra: en Vos ponemos toda nuestra esperanza, sabiendo que vuestro Santísimo Hijo ha puesto en vuestras manos todos los tesoros del Cielo, para enriquecer con ellos a los que acuden a Vos en demanda de protección. Vos habéis querido aparecer en estos últimos tiempos con las manos cargadas de gracias, quejándoos amargamente a vuestra humilde sierva Sor Catalina Labouret del lamentable abandono de los hombres que se ven privados de muchas gracias porque no acuden a vuestro valimiento. Hénos aquí, cariñosa Madre, alegrándoos de vuestras excelencias y ofreciendo por ellas alabanzas y gracias a la Santísima Trinidad. En memoria de vuestros privilegios, os suplicamos que nos amparéis todos los días hasta poder vivir con Vos en el Cielo por toda la eternidad. Amén.
 
Pídase a la Virgen la gracia que se desea alcanzar por su intercesión poderosa. Las tres Avemarías, la Oración final y los Gozos se rezarán todos los días.
 
DÍA CUARTO - 21 DE NOVIEMBRE
Por la señal...
Acto de Contrición y Oración Inicial.
 
Virgen Santísima, que agradásteis al Señor y fuiste su Madre inmaculada en el cuerpo, en el alma y en el amor; enriquecida por Dios con todo género de bendiciones, haced que sigamos vuestros humildes ejemplos imitando sobre todo vuestra profunda humildad, vuestro amor al Señor y compasión hacia el prójimo. Tantas prerrogativas y grandezas sólo sirvieron para humillaros más y más y para favorecer a los míseros hijos de Adán, no cesando de aplicar vuestra intercesión en favor de los pecadores. Nos habéis entregado vuestra Medalla y empeñado solemnemente vuestra palabra de concedernos todo cuanto os pidamos con tal que elevemos con devoción y confesemos vuestra purísima Concepción y os invoquemos confiados. Haced, Señora nuestra, que oigamos vuestros avisos, y que en las luchas e infortunios de esta miserable vida exclamemos con la jaculatoria que Vos habéis enseñado y a la que habéis comunicado tanta eficacia: «Oh María sin pecado concebida, rogad por nosotros que recurrimos a Vos». Amén.
 
Pídase a la Virgen la gracia que se desea alcanzar por su intercesión poderosa. Las tres Avemarías, la Oración final y los Gozos se rezarán todos los días.
 
DÍA QUINTO - 22 DE NOVIEMBRE
Por la señal...
Acto de Contrición y Oración Inicial.
 
Madre purísima, delicia del Cielo y consuelo de los hijos de Adán. ¡Cuál será la alegría que experimentó la hija de San Vicente cuando tuvo la dicha de veros tan resplandeciente y hermosa, y cuál su sorpresa al oir decir que era tu voluntad se acuñase una medalla según el modelo que tenía a su vista, prometiendo muchas cosas a cuantos la llevasen con devoción! Os suplico, Madre amantísima, que sepamos aprovecharnos de los medios que ponéis en nuestras manos para nuestra santificación y la de nuestros prójimos. Que no nos contentemos con llevar sobre nuestro pecho vuestra Santa Medalla, sino que procuremos dar a conocer esta devoción, para que todos podamos conseguir las gracias que a manos llenas derramáis sobre vuestros devotos. Haced que experimente la dulzura de vuestro amor, y lo ventajoso que nos resulta llevar vuestra librea para participar de vuestros favores en vida, y en muerte merezcamos habitar con Vos en el Cielo por toda la eternidad. Así sea.

Pídase a la Virgen la gracia que se desea alcanzar por su intercesión poderosa. Las tres Avemarías, la Oración final y los Gozos se rezarán todos los días.
 
DÍA SEXTO - 23 DE NOVIEMBRE
Por la señal...
Acto de Contrición y Oración Inicial.
 
No es posible dudar, cariñosa Madre, de la ciencia sobrenatural que habéis concedido a vuestra Medalla. Decías a Sor Catalina: «Cuantos llevaren puesta esta Medalla y rezaren devotamente su oración, experimentarán mi protección». Así lo vemos confirmado con tantos estupendos prodigios y conversiones de obstinados pecadores, que al contacto de vuestra Medalla se vuelven a Dios en demanda de perdón, llorando su enmienda. ¡Ah! La Medalla Milagrosa es obra de María, que nos la ha traído del Cielo para enriquecer a los mortales con los tesoros celestiales. Felices aquellos que la portan con devoción porque después de ampararles en la vida, será en la hora de su muerte llave dorada que les abrirá las puertas de la gloria. Así sea.
 
Pídase a la Virgen la gracia que se desea alcanzar por su intercesión poderosa. Las tres Avemarías, la Oración final y los Gozos se rezarán todos los días.
 
DÍA SÉPTIMO - 24 DE NOVIEMBRE
Por la señal...
Acto de Contrición y Oración Inicial.
 
Virgen Inmaculada, que como tal os presentáis en vuestra Medalla, para que todos fijemos nuestros ojos en ese acabado modelo de pureza y santidad. Atraednos dulcemente hacia Vos con aroma de tan excelsas virtudes. Sed la estrella que guíen nuestros pasos con esos rayos divinos durante esta larga peregrinación. Oid nuestros ruegos sobre todo en el momento de la tentación, y no permitais que el vicio impuro, tan aborrecido de Vos, tenga jamás entrada en nuestro corazón, a fin de que imitándoos en esta virtud tan hermosa y agradable a los ojos de Dios, logremos ser admitidos en los eternos tabernáculos del Cordero celestial. Amén.
 
Pídase a la Virgen la gracia que se desea alcanzar por su intercesión poderosa. Las tres Avemarías, la Oración final y los Gozos se rezarán todos los días.
  
DÍA OCTAVO - 25 DE NOVIEMBRE
Por la señal...
Acto de Contrición y Oración Inicial.
 
Soberana Señora y Madre nuestra, no contenta con rogar constantemente a Jesús por nosotros en el Cielo, bajáis a la tierra para manifestarnos los deseos que tenéis de nuestro bien, y cuánto sentís nuestras desgracias. Concedednos la gracia de escuchar vuestros amorosos avisos y de volvernos a Dios, como lo decíais a Sor Catalina, a fin de evitar los castigos que nos amenazan. Que los padres de familia eduquen a sus hijos en el santo temor del Señor, que estos oigan los consejos de sus mayores, y todos fijemos nuestras miradas en la cruz redentora que Vos levantáis muy alto en la Santa Medalla, porque en ella está nuestra dicha y felicidad. De este modo, nuestra pena se convertirá en santa alegría y será principio de aquella otra perdurable, que Dios reserva a los que han hecho penitencia de sus pecados. Amén.
  
Pídase a la Virgen la gracia que se desea alcanzar por su intercesión poderosa. Las tres Avemarías, la Oración final y los Gozos se rezarán todos los días.

DÍA NOVENO - 26 DE NOVIEMBRE
Por la señal...
Acto de Contrición y Oración Inicial.
 
¡Qué dichosos seríamos, Madre dulcísima, si todos pusiésemos en Vos nuestra confianza! Sois Reina del Cielo y de la tierra, y como tal tenéis a vuestra disposición todos sus tesoros para favorecernos con ellos. Con cuánta razón os lamentáis de la indiferencia y descuido de los hombres que pierden tantas gracias porque no acuden a Vos, dispuesta a derramar a manos llenas vuestras bendiciones. A Vos hemos acudido durante nueve días en demanda de vuestra protección. Cumplid lo que nos habéis prometido por medio de Sor Catalina. Llevamos vuestra Medalla, os invocamos con amor..., escuchad pues benigna los ruegos de vuestros hijos, concedednos, sobre todo, que no caigamos en el pecado mortal, y que en la hora de nuestra muerte estrechemos sobre nuestro pecho vuestra Medalla, y muramos en los brazos de vuestra mirsericordia para vivir eternamente con Vos en el Cielo. Amén.
 
Pídase a la Virgen la gracia que se desea alcanzar por su intercesión poderosa. Las tres Avemarías, la Oración final y los Gozos se rezarán todos los días.