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domingo, 24 de mayo de 2026

NATURALEZA, MISIÓN Y EFECTO DEL ESPÍRITU SANTO, SEGÚN SANTO TOMÁS DE AQUINO

Traducción del artículo publicado en RADIO SPADA.
   
  
Jesús dice: «El Paráclito, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, os enseñará todas las cosas y os explicará todo lo que os he dicho» (Jn. 14, 24) [1]. Aquí destaca tres aspectos del Espíritu Santo: primero, lo describe; segundo, describe su misión; tercero, su efecto.

1. La descripción del Espíritu Santo
Lo describe de diversas maneras: como Paráclito, como Espíritu y como Santo.
  • Paráclito: Él es así porque nos consuela, tanto ante la tristeza causada por las tribulaciones de este mundo: «Afuera hay batallas, adentro temores» (2.ª Cor. 7, 5), «Él que nos consuela en todas nuestras tribulaciones» (2.ª Cor. 1, 4). Y lo hace porque Él es Amor, haciéndonos amar a Dios y considerarlo el bien supremo: por esta razón soportamos con alegría los insultos, como se dice en Act. 8, 39: «Los apóstoles salieron de la presencia del Sanedrín gozosos, porque fueron considerados dignos de sufrir deshonra por el nombre de Jesús»; y en Mt. 5, 12: «Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa es grande en el cielo». Además, nos consuela ante la tristeza de los pecados pasados, de lo cual se dice en Mt. 5, 5: «Bienaventurados los que lloran». Y Él hace esto porque nos da la esperanza del perdón: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes perdonéis sus pecados, les serán perdonados» (Jn. 20, 23) y «Para consolar a los que lloran en Sion» (Isa. 61, 3).
  • Espíritu: Es porque mueve los corazones a la obediencia a Dios: «Cuando viene como un río caudaloso, impulsado por el Espíritu del Señor» (Isa. 59, 19); «Todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, esos son hijos de Dios» (Rom. 8, 14).
  • Santo: Es porque nos consagra a Dios; de hecho, todas las cosas consagradas se llaman santas: «¿No sabéis que vuestros cuerpos son templo del Espíritu Santo?» (1.ª Cor. 6, 19); «El torrente del río alegra la ciudad de Dios» (Sal 45, 5).
  
2. La misión del Espíritu Santo
Luego, cuando dice: «A quien el Padre enviará en mi nombre», habla de su misión. No debe entenderse que viene a nosotros a través de un movimiento local, sino que debe estar en ellos, donde antes no estaba, de una manera nueva: «Envía tu espíritu y serán creados» (Sal. 103, 30) se entiende en el sentido espiritual. Pero nótese que el Espíritu Santo es enviado por el Padre y el Hijo [2]: para demostrarlo, Jesús a veces dice que el Padre lo envía, como aquí; a veces que Él mismo lo envía, como más adelante en el capítulo 16, 7: «A quien yo os enviaré». Pero nunca dice que es enviado por el Padre sin recordarse a sí mismo; por eso dice: «A quien el Padre enviará en mi nombre». Tampoco dice que el Hijo sea enviado por sí mismo, sin recordar al Padre; por eso dice: «A quien yo os enviaré del Padre». Pero ¿qué significa «en mi nombre»? ¿Acaso el Espíritu Santo será llamado el Hijo? Podría decirse que esto se expresa porque el Espíritu Santo fue dado a los fieles al invocar el nombre de Cristo. Pero es mejor decir que, así como el Hijo vino en el nombre del Padre —«Yo he venido en el nombre de mi Padre» (Jn. 5, 43)—, así también el Espíritu Santo viene en el nombre del Hijo. El Hijo vino en el nombre del Padre no porque fuera el Padre, sino porque era el Hijo del Padre; de ​​la misma manera, el Espíritu Santo viene en el nombre del Hijo, no porque se le llame Hijo, sino porque es el Espíritu del Hijo: «Si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él» (Rom. 8, 9); «Dios ha enviado el Espíritu de su Hijo a vuestros corazones» (Gál. 4, 6). Esto ocurre debido a la consustancialidad del Hijo con el Padre y del Espíritu Santo con el Hijo. Además, así como el Hijo, viniendo en el nombre del Padre, sometió a sus fieles al Padre —«Nos has hecho un reino por medio de nuestro Dios» (Apoc. 5, 10)—, así también el Espíritu Santo nos ha configurado al Hijo, al adoptarnos como hijos de Dios: «Habéis recibido el Espíritu de adopción, por el cual clamamos: ¡Abba, Padre!» (Rom. 8, 15).

3. El efecto del Espíritu Santo
Finalmente, habla del efecto del Espíritu Santo, diciendo: «Él os enseñará todas las cosas». Porque así como el efecto de la misión del Hijo fue conducir al Padre, así también el efecto de la misión del Espíritu Santo es conducir a los fieles al Hijo. El Hijo, siendo la Sabiduría misma engendrada, es la Verdad misma: «Yo soy el camino, la verdad y la vida» (Jn. 14, 6). Y por lo tanto, el efecto de esta misión es hacer a los hombres partícipes de la sabiduría divina y conocedores de la verdad [3]. El Hijo, por lo tanto, nos transmite la doctrina, siendo el Verbo; pero el Espíritu Santo nos hace capaces de su doctrina. Por lo tanto, dice: «Él os enseñará todas las cosas», porque todo lo que un hombre enseña externamente, si el Espíritu Santo no da entendimiento internamente, trabaja en vano: si el Espíritu no está presente en el corazón del que escucha, las palabras del maestro serán en vano: «La inspiración del Todopoderoso da entendimiento» (Job 32, 8). hasta el punto de que incluso el Hijo, hablando a través del instrumento de la Humanidad [4], no tiene efecto a menos que Él mismo obre interiormente por medio del Espíritu Santo. Pero nótese que arriba dice: «Todo el que ha oído del Padre y ha aprendido, viene a mí» (Jn 6, 45). Aquí explica la razón: porque uno no aprende a menos que el Espíritu Santo enseñe; es decir: quien recibe el Espíritu Santo del Padre y del Hijo, conoce al Padre y al Hijo y viene a ellos. Él nos hace conocer todo interiormente inspirándonos, guiándonos y elevándonos a realidades espirituales. De hecho, así como quien tiene un gusto contaminado no tiene un verdadero conocimiento de los sabores, así también quien está contaminado por el amor al mundo no puede saborear las cosas divinas: «El hombre natural no recibe las cosas del Espíritu de Dios» (1.ª Cor. 2, 14). Pero puesto que «sugerir» es propio de los inferiores (como los funcionarios en asuntos divinos), ¿es el Espíritu Santo, que nos sugiere, acaso inferior a nosotros? Según San Gregorio, debemos responder que se dice que el Espíritu Santo «sugiere» no porque nos infunda conocimiento desde abajo, sino porque secretamente nos da la fuerza para conocer. O bien enseña porque nos permite participar de la sabiduría del Hijo, y sugiere porque nos impulsa porque Él es Amor. O bien «os sugerirá todo» en el sentido de que osnrecordará: «Todos los confines de la tierra se acordarán y se volverán al Señor» (Sal. 21, 28). Porque debéis saber que algunas de las cosas que Cristo dijo a sus discípulos no las entendieron, y otras las olvidaron por completo. Por eso el Señor dice: «Os enseñará todas las cosas» (que ahora no podéis comprender) «y os las sugerirá» (que no podéis memorizar). Pues, ¿cómo habría podido el evangelista Juan, después de cuarenta años, recordar todas las palabras de Cristo que escribió en el Evangelio, si el Espíritu Santo no se las hubiera sugerido? [5].
  
SANTO TOMÁS DE AQUINO. Comentario sobre el Evangelio de San Juan, cap. XIV, 6.

NOTAS (Del editor)
[1] Verso del Evangelio de la Misa de Pentecostés (Jn. XIV, 23-31).
[2] El Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo. Este es un dogma de fe, afirmado por los Padres griegos y latinos, defendido por Santo Tomás de Aquino, definido en los Concilios de Lyon y Florencia, y enseñado expresamente por Urbano VIII, Benedicto XIV, León XIII y San Pío X.
[3] Cf. Concilio Vaticano I, Constitución dogmática “Pastor Ætérnus”, al final.
[4] San Pedro Crisólogo, El misterio de la humanidad de Cristo (Divino Oficio, Lecciones 7.ª, 8.ª y 9.ª del Oficio de Maitines del 18.º Domingo después de Pentecostés).
[5] Según la tradición, el Evangelio de Juan fue escrito alrededor del año 70 d. C., es decir, cuarenta años después del discurso de Jesús. Las palabras de Santo Tomás se refieren a la inspiración e infalibilidad de las Sagradas Escrituras y a la Tradición como fuente primaria de la Revelación.

sábado, 25 de abril de 2026

DESDE SAN AGUSTÍN, LA IGLESIA CATÓLICA REFUTA A PRÉVOST SOBRE LA PENA CAPITAL


León XIV Riggitano-Prévost envió ayer 24 de Abril un vídeomensaje a los participantes del evento conmemorativo de la abolición de la pena de muerte en el estado de Illinois en la Universidad DePaul de Chicago:
«Queridos amigos,
   
Me complace saludar a todos ustedes que se han reunido en la Universidad DePaul para conmemorar el decimoquinto aniversario de la decisión de abolir la pena de muerte en el estado de Illinois.
   
La Iglesia Católica ha enseñado consistentemente que toda vida humana, desde el momento de la concepción hasta la muerte natural, es sagrada y merece ser protegida. De hecho, el derecho a la vida es el fundamento mismo de todos los demás derechos humanos. Por esta razón, solo cuando una sociedad salvaguarda la santidad de la vida humana podrá florecer y prosperar (cf. Discurso a los miembros del Cuerpo Diplomático Acreditados ante la Santa Sede, 9 de Enero de 2026).
   
En este sentido, afirmamos que la dignidad de la persona no se pierde ni siquiera tras la comisión de delitos muy graves. Además, se pueden desarrollar, y de hecho se han desarrollado, sistemas de detención eficaces que protegen a los ciudadanos sin privar por completo a los culpables de la posibilidad de redención (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 2267). Por ello, el Papa Francisco y mis predecesores recientes insistieron reiteradamente en que el bien común puede salvaguardarse y las exigencias de la justicia pueden cumplirse sin recurrir a la pena capital. En consecuencia, la Iglesia enseña que “la pena de muerte es inadmisible porque atenta contra la inviolabilidad y la dignidad de la persona” (ibíd.).
   
Por lo tanto, me uno a ustedes para celebrar la decisión tomada por el Gobernador de Illinois en 2011, y también ofrezco mi apoyo a quienes abogan por la abolición de la pena de muerte en los Estados Unidos de América y en todo el mundo. Ruego que sus esfuerzos conduzcan a un mayor reconocimiento de la dignidad de toda persona e inspiren a otros a trabajar por esta misma causa justa.
   
Con estos sentimientos, invoco cordialmente sobre todos ustedes las bendiciones divinas de sabiduría, alegría y paz.
  
Gracias».
El mensaje fue en respuesta a que el presidente estadounidense Donald Trump anunció ese mismo día anterior incluir el fusilamiento, la silla eléctrica y la cámara de gas a los métodos federales de aplicación de la pena capital ante la escasez de insumos para la inyección letal; y a que le cuestionaran el día anterior durante el viaje de regreso a Roma desde África sobre las ejecuciones de asesinos, traidores y espías por parte de Irán en el marco de la guerra que le libran los regímenes de Washington y Tel Aviv (extrañamente, la periodista estadounidense Anneliese Taggart de Newsmax TV no le preguntó por la nueva ley israelí que estableció la pena de muerte para los reos de “asesinato terrorista” –ley que, en la práctica, solo aplicarán a los palestinos y no a los judíos–).
   
El año pasado, cuando Roberto Francisco Riggitano-Prévost Martínez se convirtió en León XIV, emergió un mensaje de correo electrónico enviado al exgobernador demócrata Patrick Joseph “Pat” II Quinn Prindiville (gobernó entre 2009 y 2015) luego que abolió la pena de muerte en el estado de Illinois el 9 de Marzo de 2011, conmutando las condenas de los quince reos a prisión perpetua sin libertad condicional.
 

TRADUCCIÓN
«Estimado Gobernador Quinn, GRACIAS por su valiente decisión de promulgar la ley que elimina la pena de muerte. Sé que fue una decisión difícil, pero aplaudo su visión y su comprensión de este asunto tan complejo. ¡Cuenta con todo mi apoyo! Atentamente, Robert F. Prevost».
Quinn declaró en su momento que su decisión (elogiada entre otros por el Dalái Lama, el ex arzobispón anglicano sudafricano Desmond Mpilo Tutu, la religiosa Helen Prejean Bourg CSJ y el actor retirado Ramón Gerard Antonio Estévez Phelan “Martin Sheen”) fue inspirada en el cardenal Joseph Louis Bernardin Simione († 1996) y su postura de la “ética de la vida coherente”, con quién coincidía en el particular. Tan “coherente” era Quinn con su “catolicismo devoto” “católico devoto” que durante su mandato legalizó las “uniones homosexuales”, celebró el Ramadán e inauguró un Museo y Centro Educativo estadual del “Holocausto”.
  
Contrario a ello, la Iglesia Católica ha enseñado y sostenido coherentemente que la pena de muerte, al igual que la legítima defensa y la guerra justa, constituye una excepción a la prohibición «no matarás» del quinto mandamiento de la Ley de Dios:
  • El Papa San Inocencio I, consultado por Exuperio, obispo de Tolosa, escribió:
    «Es importante recordar que el poder fue otorgado por Dios, y que para vengar el crimen se permitió el uso de la espada; quien lleva a cabo esta venganza es ministro de Dios (Rom. XIII, 1-4). ¿Qué motivo tenemos para condenar una práctica que todos consideran permitida por Dios? Por lo tanto, mantenemos lo que se ha observado hasta ahora, para no alterar la disciplina y para no parecer que actuamos en contra de la autoridad divina» (En Migne, Patrología Latina 20, col. 495).
  • El Papa Inocencio III, en su Profesión de fe a Durán de Huesca y demás valdenses convertidos, dice:
    «Declaramos que el poder secular puede, sin pecado mortal, imponer una sentencia de sangre, siempre que el castigo se lleve a cabo no por odio, sino con buen juicio, no de manera irreflexiva, sino después de una madura deliberación» (Carta Ejus exémplo a Ramón de Rocabertí, arzobispo de Tarragona, 18 de Diciembre de 1208; y Carta Cum inæstimábile prǽtium, 14 de Junio de 1210. En Denzinger 425).
  • Santo Tomás de Aquino, en su Suma contra los gentiles, dice:
    «Los hombres que tienen autoridad sobre otros no hacen nada malo cuando recompensan el bien y castigan el mal.
       
    Para aquellos que se niegan a obedecer las leyes de Dios, es correcto que la sociedad los reprenda con sanciones civiles y penales. Nadie peca al trabajar por la justicia, dentro del marco de la ley. Para preservar la concordia entre los hombres es necesario que se castigue a los malvados. Por lo tanto, castigar a los malvados no es malo en sí mismo.
       
    Además, el bien común es superior al interés particular de una persona. Por lo tanto, el interés particular debe eliminarse para preservar el bien común. Sin embargo, la vida de ciertos individuos perjudiciales constituye un obstáculo para el bien común, que es la concordia de la sociedad humana. En consecuencia, ciertos individuos deben ser eliminados de la sociedad mediante la muerte.
       
    Además, así como un médico busca la salud como fin en su labor, y la salud consiste en la armonía de los humores, del mismo modo, el gobernante de un estado busca la paz en su labor, y la paz consiste en la armonía de los ciudadanos. Ahora bien, el médico, con toda razón y de forma beneficiosa, extirpa un órgano enfermo si este amenaza la salud del cuerpo. Por consiguiente, el gobernante de un estado ejecuta a los hombres que causan enfermedades, con justicia y sin culpa, para que la paz del estado no se vea perturbada.
       
    Se prohíbe la ejecución injusta de hombres… Se prohíbe matar por ira… Se prohíbe ejecutar a los malvados dondequiera que no pueda hacerse sin peligro para los buenos» (Suma contra los gentiles, libro tercero, cap. CXLVI, 2-5).
  • El Catecismo del Concilio de Trento, al explicar el quinto mandamiento de la Ley de Dios, enseña:
    «Hay otro tipo de asesinato que también está permitido, son los homicidios ordenados por los magistrados que tienen derecho a la vida y la muerte para castigar a los criminales que los tribunales condenan, y para proteger a los inocentes. Por lo tanto, cuando cumplen sus funciones con equidad, no solo no son culpables de asesinato, sino que, por el contrario, observan muy fielmente la Ley de Dios que lo prohíbe. El fin de esta ley es, en efecto, velar por la conservación de la vida de los hombres; por consiguiente, los castigos infligidos por los magistrados, que son los vengadores legítimos del crimen, no tienden más que a poner nuestra vida en seguridad, reprimiendo la audacia y la injusticia con los suplicios. Esto es lo que hizo que David dijera: “De madrugada traté de exterminar a todos los pecadores, de extirpar de la ciudad de Dios a los obradores de iniquidad” (Salmo 100, 8)» (Catecismo del Concilio de Trento, 3204).
  • San Pío X resume lo anterior de esta manera:
    «Es lícito matar cuando se lucha en una guerra justa; cuando se ejecuta, por orden de la Autoridad Suprema, una sentencia de muerte como castigo por un delito; y, finalmente, en casos de defensa necesaria y lícita de la propia vida contra un agresor injusto» (Catecismo de San Pío X).
  • Y más recientemente, Pío XII, en su discurso a los participantes del I Congreso Internacional de Histopatología del Sistema nervioso (14 de Septiembre de 1952), expuso claramente que
    «Aun en el caso de que se trate de la ejecución de un condenado a muerte, el Estado no dispone del derecho del individuo a la vida. Entonces está reservado al poder público privar al condenado del “bien” de la vida, en expiación de su falta, después de que, por su crimen, él se ha desposeído de su “derecho” a la vida» (Acta Apostólicæ Sedis XLIV, pág. 787).
Ítem lo anterior, San Agustín (cuyo bautismo tuvo lugar un día como hoy de quien Riggitano-Prévost dice ser hijo espiritual y seguidor de su regla), si bien objetaba que en su aplicación muriera una persona inocente o que al condenado se le negase la posibilidad de arrepentirse de sus pecados (es de advertir para cualquier conocedor de la historia y del derecho que la administración de justicia en el Imperio romano contemplaba la tortura como un método de rutina para obtener pruebas –y eso hasta que el interrogador estuviese satisfecho con lo obtenido–, y se empleaban métodos de ejecución sumamente brutales y aterradores –aparte que no se ofrecía asistencia espiritual a los condenados–, por lo que no es de asombro que los primeros cristianos se opusieran a la pena de muerte EN LA FORMA APLICADA EN SU ÉPOCA) y de hecho llegó a pedir clemencia incluso para los circunceliones, aquel brazo armado de los herejes donatistas, sin embargo aceptaba la pena de muerte como una excepción legítima a la prohibición de no matar.
  • «Hay algunas excepciones, sin embargo, a la prohibición de no matar, señaladas por la misma autoridad divina. En estas excepciones quedan comprendidas tanto una ley promulgada por Dios de dar muerte como la orden expresa dada temporalmente a una persona. Pero, en este caso, quien mata no es la persona que presta sus servicios a la autoridad; es como la espada, instrumento en manos de quien la maneja. De ahí que no quebrantaron, ni mucho menos, el precepto de no matarás los hombres que, movidos por Dios, han llevado a cabo guerras, o los que, investidos de pública autoridad, y ateniéndose a su ley, es decir, según el dominio de la razón más justa, han dado muerte a reos de crímenes» (La ciudad de Dios, libro primero, cap. XXI).
  • «Algunos hombres grandes y santos, que sabían muy bien que esta muerte que separa el alma del cuerpo no se debe temer; sin embargo, según el parecer de aquellos que la temen, castigaron con la pena de muerte algunos pecados, bien para infundir saludable temor a los vivientes, o porque no dañaría la muerte a los que con ella eran castigados, sino el pecado que podría agravarse si viviesen. No juzgaban desconsideradamente aquellos a quienes el mismo Dios había concedido un tal juicio. De esto depende que Elías mató a muchos, bien con la propia mano, o bien con el fuego, fruto de la impetración divina; lo cual hicieron también otros muchos excelentes y santos varones no inconsideradamente, sino con el mejor espíritu, para atender a las cosas humanas» (Sobre el Sermón de la Montaña, libro primero, cap. XX, 64).
Baste lo expuesto para refutar a Bergoglio, Riggitano-Prévost, Prejean y tantos otros.

Rvdo. P. JORGE RONDÓN SANTOS S. Ch. R.
25 de Abril de 2025 (Año Santo de Cristo Rey).
Fiesta de San Marcos Evangelista; de San Aniano de Alejandría, Obispo y Mártir de la Fe; de los Santos Filón y Agatópodes, Diáconos y Mártires de la Fe; y de San Rústico, Arzobispo de Lyon. Rogativas Mayores. Bautismo de San Agustín de Hipona por San Ambrosio de Milán. Nacimiento de San Luis Rey de Francia. Tránsito del Venerable Pedro de San José de Betancur TOSF, fundador de la Orden Betlemita. Apertura del XVI Concilio de Toledo; inauguración de la catedral de Monreale (Sicilia); otorgamiento del título de ciudad a Antequera de Oaxaca (Méjico); fundación de las villas de Santa Fe de Jauja (Perú) y San Marcos de Arica (Chile). 

lunes, 24 de noviembre de 2025

DE LA ABOMINACIÓN DE LA DESOLACIÓN, SEGÚN SANTO TOMÁS DE AQUINO


«Ya [Jesús] ha expuesto la destrucción; en esa parte afirma que llegará la consumación, y establece un preámbulo. Primero, presenta la profecía; segundo, la advertencia: “Que los que estén en Judea huyan a los montes”; tercero, el motivo de la advertencia: “Porque entonces habrá gran tribulación”. Así, dijo que llegará la consumación, cuando viereis la abominación de la desolación”, etc. ¿Qué es aquello a lo que se llama abominación? Se puede decir que es llamada abominación el ejército de los romanos, y son llamados abominaciones de la desolación, porque fueron los desoladores de la tierra. O por abominación se entienden los ídolos, y se puede hablar de un doble ídolo. Se lee que Pilato introdujo en el templo el águila, que era la insignia de los romanos, y que los judíos veían como una abominación. Por eso, cuando veáis el ídolo puesto en el lugar santo, podréis conocer el cumplimiento de la profecía de Daniel sobre la destrucción de Jerusalén. O se puede decir que Jerusalén fue destruida dos veces. Primero por Tito y Vespasiano, y luego el templo fue quemado, y aun así se dejó a algunos judíos. Luego otros se rebelaron enseguida, y entonces Adriano, que sucedió a Trajano, la destruyó completamente, y dio la ley que ningún judío habitase allí nunca más, y dio su nombre a la ciudad, y además puso un ídolo en el lugar sagrado. Por eso aquel ídolo, que puso Adriano, puede ser llamado abominación: por esto, cuando veáis estas cosas, etc. De este derribo basta Lamentaciones 2, 1. “El que lee, comprenda”. ¿Y por qué dice esto? Por que en aquella profecía de Daniel se dicen muchas cosas sobre la Pasión de Cristo. Estas palabras deben ser observadas, porque allí se lee: “Será muerto el Cristo y habrá en el templo la abominación de la desolación, y la desolación permanecerá hasta la consumación y hasta el fin”. Por esto quien vea, comprenda que tales cosas sucedieron.
  
“Entonces aquellos que están en Judea, huyan a los montes”. Da una advertencia útil. Y primero la da; segundo, señala los obstáculos para la huida. Porque algunos obstáculos son evitables, otros inevitables. Por eso dice: “Entonces aquellos que están en Judea, huyan a los montes”. Entonces, es decir, en el tiempo de Vespasiano. En aquel tiempo, un tal Agripa [Herodes Marco Julio Agripa II, N. del T.] gobernaba sobre los montes, y este obedecía a los romanos, no se rebeló contra ellos: por eso, mientras las otras naciones iban a la guerra, este y su gente estaban en paz. Por eso, por providencia de Dios fueron advertidos los fieles que estaban en Judea a retirarse e ir al reino de este Agripa, y así hicieron: por eso entonces, aquellos que están en Judea, esto es, los fieles, huyan a los montes; Zac. 2, 6: “Huid de la tierra del norte”, etc. Luego señala los obstáculos para la huida. Y como algunos obstáculos son evitables, otros no, por lo tanto, primero establece los peligros evitables; y en segundo lugar, los inevitables: “¡Ay de las que están encintas!”, etc. Lo evitable son los asuntos terrenales: algunos ocurren en la ciudad, otros fuera; por lo tanto, establece ambos. Según allí, “el que esté en el campo, que no regrese a tomar su abrigo”. Por lo tanto, dice: “y el que esté en la azotea, que no baje a tomar nada de su casa”; es decir, quien viva en la ciudad, aunque esté en la casa, que no regrese a tomarlo, etc. Asimismo, y el que esté en el campo , que no regrese a su casa a tomar su abrigo , es decir, lo necesario, porque todo lo que uno tiene lo dará por su vida. ¿Y por qué dice esto? Porque al acercarse la fiesta de la Pascua, muchos se reunieron en Jerusalén; sabiendo esto, Tito sitió la ciudad cuando estaban así reunidos. De ahí que quiera decir: tan pronto sucederá este mal que nadie podrá protegerse. Asimismo, pone obstáculos inevitables. Y porque había algunos inevitables por el poder de los hombres y simplemente, algunos, aunque inevitables, sin embargo evitables por el poder de Dios; por lo tanto, primero de los primeros; segundo de los segundos, orar, etc. Lo que, cuando ocurre, no se puede evitar de ninguna manera, es la carga de los niños. Porque aunque se le podría decir a alguien: “salva tu vida”, podría decir: “¿cómo puedo dejar a mi hijo?”. Por lo tanto, explica esto: “¡Ay de las que están embarazadas y amamantando!”, porque las tales no podrían huir, porque ni se les dijo que procuraran el aborto, ni a las que están amamantando que mataran a sus hijos; y así se cumple lo que se dice en Lc. 23, 29: “bienaventurados los pechos que no amamantaron”. Asimismo, hay otros impedimentos donde el hombre no puede encontrar un remedio excepto a través de Dios. Porque algunos tiempos son inadecuados ya sea por naturaleza o por ley: por naturaleza, como el invierno, porque entonces el hombre se ve impedido de huir debido a la dureza del tiempo. De igual manera debido a la ley, como si sucediera en sábado, porque Dios ordenó que no debían ir más de una milla. Y porque esto no está en nuestro poder, sino en el de Dios, por tanto “orad para que vuestra huida no sea en invierno, o en sábado”, porque en tales casos debemos recurrir solo a Dios. De ahí Oseas 6, 1: “Venid y volvamos al Señor, porque Él nos ha tomado y nos salvará”. “Orad para que no suceda en invierno”, porque naturalmente obstaculiza la huida por la dificultad del camino; “ni en sábado”, porque obstaculiza según la ley de Dios. También advertid que dice “en sábado”, en lo cual indica que fueron debidamente asesinados en un día festivo. ¿De dónde la necesidad de huir? De la grandeza de la tribulación. Por lo tanto, primero declara la tribulación y la grandeza de la tribulación; en segundo lugar, establece la causa, y “a menos que aquellos días fuesen acortados”, etc. Dice, por tanto, “porque habrá entonces gran tribulación, cual no la ha habido desde el principio del mundo”. Y esto puede ser suficientemente considerado por quien lea la historia de Josefo: muchos murieron de hambre. También hubo sediciones en la ciudad, de modo que se mataron unos a otros; por lo que cuando Tito, que era muy manso, quiso perdonarlos, no lo hicieron. También había ladrones entre ellos que mataron a muchos. Y cierta mujer se comió a su hijo. Por lo tanto, hubo una tribulación como nunca se había visto.
  
Y esto es lo que dice Lucas 21, 23 y siguientes: “Habrá tribulación y caerán a filo de espada”. Pero ¿será mayor en tiempos del Anticristo? Sí; pero no lo será entre los judíos. Crisóstomo pregunta por qué ocurrió el pecado, porque el castigo de Sodoma tampoco fue tan grande, por lo que el castigo no sería mayor a menos que el pecado fuera mayor. Y como podían decir que estas cosas les habían sucedido por los pecados de los cristianos, por lo tanto, dice que no; por lo que “a menos que esos días se hubieran acortado, nadie se habría salvado”. Agustín dice que algunos lo han explicado así, que los días entonces se acortaron, como se alargaron en tiempos de Josué. Pero, por el contrario, dice en el Salmo 118, 91: “Por tu ordenanza los días continúan”; por lo tanto, puede decirse de dos maneras. Primero, que los días de tribulación se acortan primero en número. Por lo tanto, si ese tiempo hubiera durado, todos habrían muerto, porque no habría quedado nadie. ¿Y por qué? Porque los romanos gobernaban el mundo entero, y los judíos ya estaban dispersos por todo el mundo; por lo tanto, si ese tiempo hubiera durado, habrían muerto en todas partes del mundo. O se dice que los días se acortan cuando los males se acortan. ¿Y por qué se acortan? “Por los elegidos”: no porque la palabra de Dios haya fallado. Porque muchos se convirtieron de aquel pueblo, y oraron por el pueblo para que quedara una descendencia; Is. 1, 9: “Si el Señor no hubiera dejado una descendencia, habríamos sido como Sodoma”, etc. Crisóstomo ofrece dos consideraciones: por qué se dice esto: porque había algunos discípulos allí, y además Juan aún vivía. Por lo tanto, dice que Juan no mencionó esto en su Evangelio, pues escribió después de este evento; por lo tanto, habría hablado del pasado; pero Mateo y Lucas, que escribieron antes, lo mencionaron, porque estaba por venir. Por lo tanto, dice que fue un milagro manifiesto cuando los romanos atacaron a los judíos, y como si toda la nación judía hubiera sufrido destrucción, que tan pocos judíos pudieran recorrer el mundo entero para convertirse, como si fuera el mundo entero, y este fue el maravilloso poder de Cristo. Hilario interpreta que estas palabras se refieren al fin del mundo. “Cuando viereis esta abominación”, él nombra al Anticristo. 2.ª Tes. 2, 2: “Y no os turbéis, ni por espíritu ni por palabra, como si el día del Señor estuviera cerca, para que nadie os engañe en ninguna manera”. “Y entonces, los que estén en Judea, huyan a los montes”; pues los judíos desfallecerán, y de allí huirán de la tierra de los judíos y se dirigirán a las montañas del cristianismo. “Y el que esté en la azotea, que no baje a sacar nada de su casa”. Quiere decir que los perfectos no se muevan de su perfección. Por lo tanto, toca la vida contemplativa, que se significa por el techo; por lo tanto, tales no deben apartarse de su contemplación. Del mismo modo, “aquellos en el campo” toca la vida activa. Tales no deben regresar a su vida anterior, sino permanecer en su propósito. ¿Y qué hay de las mujeres embarazadas? Hombres cargados de pecados. Los hombres que alimentan son hombres imperfectos. Por lo tanto, quiere decir que ¡ay de los hombres cargados de pecados y no confirmados en la gracia!. Según Agustín, las mujeres embarazadas son aquellas que conciben para actuar mal; los que nutren, que ya completan por el trabajo. ¿Y qué dice acerca del invierno y el sábado? Por invierno se significa tristeza, por sábado alegría. Por lo tanto, que no haya tristeza que absorba en invierno, ni alegría que eleve la mente en sábado. O por sábado el ocio del buen trabajo, por invierno el enfriamiento de la caridad. “Y a menos que esos días se hubieran acortado”; porque durará un poco, y si durara, toda carne, es decir, todo lo carnal, “no se salvaría”. Asimismo, pueden referirse a la venida de Cristo a través de la Iglesia; y así dice Orígenes que como la palabra del Evangelio se difundió en su venida, así la falsa doctrina se difundirá en la venida del Anticristo; y como Cristo tuvo a sus profetas, así también los tendrá el Anticristo. Entonces, “que los que estén en la ciudad huyan a los montes”, justicia perfecta. Preñados están los que todavía están corriendo la palabra de salvación; amamantando a los que ya han hecho algo. Orad, pues, para que no seáis obstaculizados por la pereza y el letargo. Habrá entonces gran tribulación”, porque habrá una perversión de la doctrina cristiana a través de la falsa doctrina. “Y a menos que los días se acortaran”, es decir, por el documento de la doctrina, por adiciones a la verdadera doctrina, “nadie se salvaría”, es decir, todos se convertirían a la falsa doctrina».

SANTO TOMÁS DE AQUINO, Comentario sobre el Evangelio de San Mateo, cap. XXIV, lección 2.ª

jueves, 6 de noviembre de 2025

LA INVASIÓN BÁRBARA, ¿DESGRACIA PARA LA VIRTUD CRISTIANA?

   
LA INVASIÓN BÁRBARA, ¿DESGRACIA PARA LA VIRTUD CRISTIANA?
«Durante más de quinientos años, la Iglesia salva lo que aún se puede salvar de la cultura humana. Ella va guiando a los bárbaros, o les conquista luego de la invasión».
  
Saqueo de Roma por Alarico (grabado anónimo).
  
Los pueblos han ido y venido a lo largo de los siglos. Esto ha sucedido de modos muy azarosos, desde las grandes migraciones prehistóricas, pasando por las del mundo antiguo, hasta fenómenos recientes como las migraciones de posguerra española o las masas de orientales que construyeron el ferrocarril en Estados Unidos. En esa sucesión de pueblos, las verdades perduran, la realidad se altera, pero en tantas direcciones que en ocasiones los relatos de la caída de Roma parecen análogos a los del antiguo Egipto o al caso estadounidense actual —con sus últimos coletazos de tiranía para salvaguardar el imperio, pero con unas masas anárquicas y unos señores oclócratas y rapaces del bien común—.

Pero, ¿es el hombre para la nación? No, es el hombre para Dios y así, la teología tradicional puede darnos respuestas a las inquietudes de los tiempos actuales:
Ad secúndum sic procéditur. Vidétur quod beatitúdo ætérna non sit objéctum próprium spei. Illud enim homo non sperat quod omnem ánimi sui motum excédit, cum spei actus sit quídam ánimi motus. Sed beatitúdo ætérna excédit omnem humáni ánimi motum, dicit enim Apóstolus (I ad Cor. II), quod in cor hóminis non ascéndit. Ergo beatitúdo non est próprium objéctum spei [En cuanto al segundo supuesto procedimiento, parece que la felicidad eterna no es el objeto propio de la esperanza. Pues el hombre no espera aquello que excede todo movimiento de su mente, ya que el acto de esperar es un cierto movimiento de la mente. Pero la felicidad eterna excede todo movimiento de la mente humana, pues el Apóstol dice (1.ª Cor. 2) que no asciende al corazón del hombre. Por lo tanto, la felicidad no es el objeto propio de la esperanza]» Santo Tomás (Suma Teológica, II-IIæ, cuestión 17, art. 2.º, respuesta a la objeción 2.ª).
La esperanza, así, no es instrumento egoísta, cuanto teocéntrico, y sólo ahí puede hallar su razón de ser y así sólo acerca al hombre a los trascendentales que su alma busca de forma natural. Pero, así mismo, por oposición, vemos los errores de los herejes… de antaño y de ahora: «El error de los jansenistas y quietistas al afirmar que el obrar por la esperanza es inmoral o imperfecto, estriba en imaginarse que con ello deseamos a Dios como un bien para nosotros, subordinando a Dios a nuestra propia felicidad» (Antonio Royo Marín OP, Teología de la Perfección Cristiana, lib. II, cap. 2: 251).

El pensar la realidad política del hombre —arte supremo de la caridad— como supeditada a una felicidad individual, terrena e inmediata, y por ello sometida toda virtud y don del Espíritu y el Creador al hombre, conduce ante todo a verdaderas monstruosidades. Es el caso aquí de ciertas elucubraciones étnicas que la Hispanidad sufre por doquier: desde los indigenismos —negrismo, rousseanismo, alienigenismo, celtiberismo, etc.—, los regionalismos —catalanismo, vasquismo, lombardismo, prusianismo, etc.—, las aculturaciones —el globalismo americano, la hispanidad como castización, europeización, etc.—, las invasiones heréticas incentivadas desde los alto gobiernos —Venezuela, Cuba, EE.UU., España, Italia etc.—

Y, hecho este pórtico, queremos ceder la palabra a un viejo canónigo, de esos que ya muertos sabemos que las almas las gana para Dios y no para ellos mismos y sus sectas. Hacemos notar, en general, que es una obra saludable para el interesado en la sana doctrina católica en tres tomos de ligerísima lectura en forma de quǽstio y respóndeo. 
Fuente: ESTEVE BLANES, Francisco (Canónigo). Objeciones contra la Religión, Tomo I. Mallorca, 1938. Pp.: 28-9: Nos amenaza la invasión de la raza amarilla. ¿No arrollaran sus sectas el catolicismo? ¿No lo devastarán las hordas comunistas?
R.— Supongamos que los invasores lograran apoderarse de todos los países más civilizados, y dominarlos; el furor vandálico pasaría; y entonces, amansados y sosegados con su presa y más reflexivos, ¿no serían paso a paso cautivados por la cultura superior de los vencidos, que les mostraría ideales más delicados, nobles y excelsos que el simplista y rastrero materialismo?
   
Cuando los pueblos germánicos se echaron sobre el imperio romano y lo ocuparon, la Iglesia fue la educadora de las nuevas razas, transformándolas e imponiéndoles sus ideales.
  
«Durante más de quinientos años, dice Taine (Les origines de la France contemporaine, L’ancien régime), la Iglesia salva lo que aún se puede salvar de la cultura humana. Ella va guiando a los bárbaros, o les conquista luego de la invasión».
   
¿No haría lo mismo la Iglesia con los nuevos bárbaros, inculcándoles pacientemente, guiada por la Providencia, lo que unos ignoran y otros olvidan: el respeto al hombre en cuanto hombre, la dignidad de la conciencia, el sentimiento del deber, la excelencia de la vida interior, la verdadera libertad frente a la tiranía de los gobiernos, la alteza de la mujer defendida por el matrimonio-sacramento, el respeto al derecho y a la justicia, el aprecio del trabajo, la moral pública, la suavidad de costumbres, la verdadera solidaridad de todos los hombres, el valor de la vida futura, y tantos otros bienes que forman la más alta civilización del mundo, que es la cristiana?
  
Artur Jaume Llinares Pacia, Círculo Tradicionalista de Barcelona Ramón Parés y Vilasau.

sábado, 13 de septiembre de 2025

DE RABINO A OBISPO POR SANTO TOMÁS: HISTORIA DE PABLO DE SANTA MARÍA

Traducción del artículo publicado en RADIO SPADA.
  
«Este fraile Tomás entiende la ley de Moisés mejor que yo y que nuestros doctores, y sin embargo no la ha abrazado, sino que ha profesado la ley evangélica» [1].
   
   
Entonces [a mediados del siglo XIV] floreció Pablo, obispo de Burgos. Era judío de origen y se llamaba Salomón ben Isaac ha-Leví. Después de leer los escritos de Santo Tomás, en particular las preguntas 93 y 106 de la primera parte de la segunda [2], decidió en el año 1390 abrazar el cristianismo junto con sus tres hijos, todos ellos encomiables por su mérito. El primero, Alfonso, se convirtió en obispo de Burgos, después de su padre: es autor de un compendio de la historia de España, que forma parte de la colección Hispania illustrata. El segundo, Gonzalo, fue obispo de Plascencia. El tercero, Álvaro, permaneció laico y publicó una erudita y hermosa historia de Juan II, rey de Castilla.
  
En comparación con su padre, Salomón ha-Leví, quien en el bautismo tomó el nombre de Pablo García de Santa María, abrazó el estado eclesiástico después de la muerte de su esposa. Su genio y gran erudición, así como su celo por la propagación de la verdadera religión, lo llevaron a ser promovido a importantes cargos. Fue tutor de Juan II, rey de Castilla, luego arcediano de Treviño, obispo de Cartagena y, finalmente, obispo de Burgos, tras haber sido archicanciller del rey y regente del reino. Convirtió a miles de judíos y musulmanes al cristianismo y murió en 1435 [30 de agosto] a la edad de ochenta y dos años, tras haber publicado numerosos escritos a favor de la religión.

En 1429 escribió a su hijo Alfonso, entonces decano de la catedral de Compostela:
«¿Qué quieres que te dé, querido hijo, mientras viva, o que te deje como herencia, sino lo que sea útil para el conocimiento de las Sagradas Escrituras y que confirme tus pasos en el más sólido fervor de la verdad católica? Porque esto es lo que llevo en mi corazón y profeso con mi boca, y de lo cual creo que está escrito con precisión: Y el padre dirá la verdad a sus hijos. Esta verdad no la recibí en mi infancia: nacido bajo la perfidia de la ceguera judía, no aprendí las santas letras de los santos doctores; pero, recibiendo significados erróneos de maestros del error, me apliqué, como los demás guías de esta perfidia, a oscurecer temerariamente la letra que se rige por sutilezas que no eran tales. Pero cuando a Él, cuya misericordia no tiene límites, le plació llamarme de vuelta de la oscuridad a la luz, la venda cayó de los ojos de mi alma y comencé a releer las Sagradas Escrituras con mayor dedicación y a buscar la verdad, ya no con pérfida, sino con humildad; y, desconfiando la fuerza de mi espíritu para pedirle al Señor con todo mi corazón que se dignara imprimir en él lo más saludable para mi alma; y día y noche esperé su ayuda. De esta manera, el deseo por la fe católica se fortaleció cada vez más en mi espíritu, hasta que profesé públicamente la fe que llevaba en mi corazón; y recibí el sacramento del Bautismo, con el nombre de Pablo, en las sagradas pilas de esta Iglesia, a la edad que ahora tienes».
P. RENÉ FRANÇOIS ROHRBACHER, Storia universale della chiesa cattolica dal principio del mondo sino ai di’nostri (Historia universal de la Iglesia Católica desde el principio del mundo hasta nuestros días), vol. XX, Milán, 1854, págs. 228-230.
   
NOTAS
[1] La declaración de Pablo, cuando aún era el rabino Salomón, se recoge en la Historia de la Vida y el Culto de San Vicente Ferrer de la Orden de Predicadores, compuesta por el Padre Antonio Teoli, dominico, y reeditada por Giovanni Battista Marini y dedicada a la misma Venerable Orden de Predicadores, Roma, 1826, pág. 402. De hecho, fue uno de los conversos de San Vicente Ferrer.
[2] En la pregunta 93 de la I-IIæ de la Suma Teológica, el Doctor Angélico analiza la superstición en el culto al Dios verdadero y, entre otras cosas, afirma que «en el tiempo de la Nueva Ley, cuando los misterios de Cristo ya se han cumplido, el uso de las ceremonias de la Antigua Ley, en las que los misterios de Cristo se significan como futuros, es condenable: así como sería condenable que alguien declarara con palabras que la Pasión de Cristo está aún por venir». En la pregunta 106, el santo Doctor analiza la gratitud hacia Dios y el prójimo.

viernes, 28 de marzo de 2025

ANTÍFONA “O sacrum convívium”

  
LATÍN
Antiphona: O sacrum convívium, * in quo Christus súmitur: recólitur memória passiónis ejus: mens implétur grátia: et futúræ glóriæ nobis pignus datur (T. P. Allelúja).

℣. Panem de cœlo præstitísti eis (T. P. Allelúja).
℟. Omne delectaméntum in se habéntem (T. P. Allelúja).
   
ORATIO
Deus, qui nobis sub Sacraménto mirábili passiónis tuæ memóriam reliquísti: tríbue, quǽsumus, ita nos Córporis, et Sánguinis tui sacra mystéria venerári; ut redemptiónis tuæ fructum in nobis júgiter sentiámus: Qui vivis et regnas cum Deo Patre, in unitáte Spíritus Sancti, Deus, per ómnia sǽcula sæculórum. ℟. Amen.

In tempore Paschali, dicitur hæc Oratio:
Spíritum nobis, Dómine, tuæ caritátis infúnde: ut, quos sacraméntis paschálibus satiásti, tua fácias pietáte concórdes. Per Dóminum nostrum Jesum Christum, Fílium tuum: qui tecum vivit et regnat in unitáte ejúsdem Spíritus Sancti Deus, per ómnia sǽcula sæculórum. ℟. Amen.

TRADUCCIÓN
Antífona: ¡Oh sagrado banquete, * en que Cristo es nuestra comida, se celebra el memorial de su pasión, el alma se llena de gracia y se nos da la prenda de la gloria futura! (T. P. Aleluya).

℣. Les diste el pan del cielo (T. P. Aleluya).
℟. Que contiene en sí todo deleite (T. P. Aleluya).
   
ORACIÓN
¡Oh Dios, que en este Sacramento admirable nos dejaste el memorial de tu Pasión!; te pedimos nos concedas venerar de tal modo los sagrados misterios de tu Cuerpo y de tu Sangre, que experimentemos constantemente en nosotros el fruto de tu redención. Tú que vives y reinas con el Padre en la unidad del Espíritu Santo y eres Dios, por todos los siglos de los siglos. ℟. Amén.

En tiempo pascual se dice la siguiente oración:
Infudenos, Señor, el Espíritu de tu caridad, para que hagas concordes en tu piedad a los alimentados con los misterios pascuales. Por nuestro Señor Jesucristo tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por todos los siglos de los siglos. ℟. Amén.

Antífona atribuida a Santo Tomás de Aquino. Por sendos decretos de la Sagrada Penitenciaría Apostólica del 4 de Junio de 1934, 12 de Julio de 1941 y 29 de Septiembre de 1949, se conceden por el rezo de esta antífona, verso y oración 7 años de Indulgencia cada vez, 10 años si se rezan delante del Santísimo Sacramento, y Plenaria una vez al mes, con las condiciones de rigor acostumbradas, si se reza diariamente.

miércoles, 12 de marzo de 2025

ORACIÓN DE SANTO TOMÁS DE AQUINO A SANTA MARÍA

  
LATÍN
O beatíssima et dulcíssima Virgo María, Mater Dei omni pietáte pleníssima, summi regis fília, dómina Angelórum, mater ómnium credéntium: in sinu pietátis tuas comméndo, hódie et ómnibus diébus vitæ meæ, corpus meum et ánimam meam omnésque actus meos: cogitatiónes, voluntátes, desidéria, locutiónes, operatiónes, omnémque vitam finémque meum: ut per tua suffrágia disponéntur in bonum, secundum voluntátem dilécti Fílii tui Dómini nostri Jesu Christi; ut sis mihi, o Dómina mea sanctíssima, adjútrix et consolátrix contra insídias et láqueos hostis antíqui et ómnium inimicórum meórum.
   
I
   
A dilécto Fílio tuo Dómino nostro Jesu Christo mihi impetráre dignéris grátiam, cum qua poténter resístere váleam tentatiónibus mundi, carnis et dǽmonis, ac semper habére firmum propósitum ultérius non peccándi, sed in tuo et dilécti Fílii tui servítio perseverándi. Déprecor te étiam, Dómina mea sanctíssima, ut ímpetres mihi veram obœdiéntiam et veram cordis humilitátem, ut veráciter me agnóscam míserum ac frágilem peccatórem et impoténtem non solum ad faciéndum quodcúmque opus bonum, sed étiam ad resisténdum contínuis impugnatiónibus sine grátia et adjutório Creatóris mei et sanctis précibus tuis. Ímpetra mihi étiam, o Dómina mea dulcíssima, perpétuam mentís et corporis castitátem: ut puro corde et casto córpore dilécto Fílio tuo et tibi in tuo Órdine váleam deserviré. Óbtine mihi ab eo voluntáriam paupertátem, cum patiéntia et mentis tranquillitáte, ut labóres ejúsdem Órdinis váleam sustinére, et pro salúte própria et proximórum váleam laboráre.
  
II
Ímpetra mihi étiam, o dulcíssima Dĺmina, caritátem veram, qua sanctíssimum Fílium tuum
Dóminum nostrum Jesum Christum toto corde díligam, et te post ipsum super ómnia et próximum in Deum et propter Deum: sícque de bono ejus gáudeam, de malo dóleam nullúmque contémnam, néque temerárie júdicem, néque in corde meo alícui me præpónam. Fac étiam, o Regína cœli, ut dulcíssimi Fílii tui timórem páriter et amórem semper in corde meo hábeam; et de tantis benefíciis mihi, non meis méritis, sed ipsíus benignitáte collátis, semper grátias agam; ac de peccátis meis puram et sincéram confessiónem et veram pœniténtiam fáciam, ut suam cónsequi mérear misericórdiam et grátiam.
  
III
Oro étiam, ut in fine vitæ meæ, cœli porta et peccatórum advocáta, me indígnum servum tuum a sancta fide Cathólica deviáre non permíttas, sed tua magna pietáte et misericórdia
mihi succúrras, et a malis spirítibus me deféndas: ac benedicta Fílii tui gloriosa passióne,
étiam in tua própria intercessióne spe accépta, véniam de peccátis meis ab eo mihi ímpetres, átque me, in tua et ejus dilectióne moriéntem, in viam salvatiónis et salútis dírigas. Amen.
   
TRADUCCIÓN
Oh santísima y dulcísima Virgen María Madre de Dios, llena de toda piedad, Hija del Rey de los cielos, de los ángeles señora, y de los creyentes madre. A tu bondad sin límites confío, hoy y todos los días de mi vida, mi cuerpo, mi alma y todos mis actos: pensamientos, afectos, deseos, obras y palabras, mi vida entera y mi muerte: de este modo se orientarán al bien por tu favor, y serán conformes a la voluntad de tu Hijo, nuestro Señor Jesucristo; y así serás para mí, oh mi Señora santísima, mi ayuda y mi consuelo contra los lazos e insidias del enemigo primero y contra todos mis enemigos.
   
I
De tu Hijo amado, nuestro Señor Jesucristo, dígnate pedir para mí la gracia con la que pueda con fuerza resistir las tentaciones del mundo, el demonio y la carne, y tener siempre un claro propósito de no pecar nunca más, y de perseverar en tu servicio y en el de tu amado Hijo. Te pido también, Señora mía santísima, que me consigas la verdadera obediencia y la verdadera humildad del corazón, para que de verdad me reconozca como miserable y frágil pecador, que me sepa impotente no sólo para hacer algo de bien, mas ni siquiera para resistir a los continuos asaltos, si no fuera por la gracia y ayuda de mi Creador y por tus santas oraciones. Pide para mí también, oh Señora mía dulcísima, la perenne castidad de cuerpo y alma, para que con corazón puro y con cuerpo casto pueda servir a tu Hijo amado y a ti dentro de esta Orden tuya. Obténme de Él una pobreza voluntaria, junto con paciencia y serenidad de alma, para que pueda sostener la misión de esta Orden y por la salvación mía y del prójimo pueda trabajar.
   
II
Pide también para mí, oh dulcísima Señora, la Caridad verdadera, con la que ame de todo corazón a tu santísimo Hijo, nuestro Señor Jesucristo, y después de Él a ti, más que a todas las cosas, y al prójimo en Dios y por Dios: de tal forma que goce de su bien, me duela de su mal, a ninguno desprecie, a nadie juzgue temerariamente y no me prefiera a mí mismo más que a otros. Haz también, oh Reina del cielo,
que albergue siempre en mi corazón a la vez temor y amor a tu dulcísimo Hijo, y sepa siempre darle gracias por tan grandes beneficios de su bondad recibidos y no por mis méritos propios; que haga también de mis pecados una sincera y auténtica confesión y verdadera penitencia para poder así conseguir su misericordia y su gracia.
   
III
Te pido también, que al final de mi vida, oh puerta del cielo y abogada de los pecadores, que yo, indigno siervo tuyo, de la santa fe católica, no permitas que me desvie, sino que con tu gran bondad y misericordia, me socorras, y me defiendas de los malos espíritus: y, por la bendita y gloriosa Pasión de tu Hijo, y confiando en tu propia intercesión, pide para mí de Él el perdón de mis pecados, y, muriendo en tu amor y el de Él, me conduzcas por el camino de la salud y de la salvación. Amén.
  
Oración tomada de las Obras Completas de Santo Tomás de Aquino, tomo XXIV (edición de Parma, imprenta de Pietro Fiaccadori, 1869), pág. 243.

viernes, 7 de febrero de 2025

RECONSTRUYEN EL ROSTRO DE SANTO TOMÁS DE AQUINO

Traducción del Comentario de los Padres de TRADITIO.
  
La reconstrucción científica del rostro del Doctor Universal de la Iglesia Santo Tomás de Aquino muestra un rostro «amable y humilde» (derecha) en oposición a la representación común, algo dura e intimidante (izquierda).
El santo, que expresó su obra en la más clara prosa latina, ha tenido un impacto incomparable y persistente no solo en la Iglesia Católica, sino en la civilización occidental en su conjunto.
  
Santo Tomás de Aquino (1225-1274) es el Doctor Universal de la Iglesia Católica, cuya obra es considerada como autorizada en materia de doctrina y moral, particularmente como se explica con detalle en su Suma Teológica, una obra estelar de casi 3.000 páginas en letra latina pequeña. El “Doctor Angélico” dominico era de naturaleza meditativa y no hacía alarde en clase de su mente brillante, que había memorizado toda la Biblia Vulgata latina, junto con muchas de las obras de los teólogos católicos.
  
Así, algunos de los condiscípulos del santo lo llamaban Bos Mutus, el “buey mudo” (“mudo” en el sentido de que no habla). Sin embargo, el maestro del santo, que también era santo, Alberto Magno, profetizó: «Lo llamáis buey mudo, pero en su enseñanza un día producirá tal mugido que se oirá en todo el mundo». Y así fue. En el Concilio dogmático de Trento, la Suma Teológica del santo ocupó un lugar de honor junto a la Biblia Vulgata latina, tan autorizada era su gran obra [Parte de la información para este Comentario proviene de National Catholic Register].
   
Ahora, después de 750 años, los científicos, utilizando imágenes en 3D del cráneo del santo tal como se conserva en Tolosa de Francia, han reconstruido el rostro del santo, que difiere de las representaciones habituales. Se lo ha descrito como «amable y humilde», en contraposición a la representación común, que es un tanto dura e intimidante. Los científicos también concluyeron que el santo no era el fraile corpulento que generalmente se describe, sino «atractivo y de aspecto noble».
 
Para los católicos tradicionales, lo más importante es la brillante y completa teología del Santo, basada en la razón y la lógica, con gran inspiración en el hombre igualmente brillante a quien él llamaba simplemente “Philósophus” (El Filósofo), el antiguo erudito griego Aristóteles. El Santo, que expresó su obra en la más clara prosa latina, ha tenido un impacto inigualable y persistente no sólo en la Iglesia Católica, sino en la civilización occidental en su conjunto.

miércoles, 5 de febrero de 2025

ORACIÓN “Ánima Christi”


“Ánima Christi” (en español “Alma de Cristo”) es una de las oraciones tradicionales de acción de gracias después de la Misa que aparecen en el Misal y Breviario tradicionales. A menudo se la ha atribuido a San Ignacio de Loyola (de hecho, hasta la edición de 1951 en el Misal Romano tradicional aparece como “Aspiraciones de San Ignacio al Santísimo Redentor”), pues era una de sus favoritas y aparece recomendada en sus Ejercicios Espirituales, pero en una veintena de manuscritos se halla una versión más antigua, como es el caso del Manuscrito Harley 2253, folleto IV, fol. 54verso col. B de la Biblioteca Británica (c. 1314-1320), en tiempos del Papa Juan XXII, quien le había otorgado 3.000 días de indulgencia. Otros la han atribuido al Beato Bernardino de Feltre, a Santo Tomás de Aquino [1] o incluso a San Patricio o a un anónimo irlandés del siglo VII (aunque no hay conocimiento hasta el momento de ninguna copia tan antigua).

Como fuere, San Ignacio, que había conocido esta oración en los devocionarios y libros de horas de la España de su tiempo [2], la recomendaba en varias meditaciones de sus Ejercicios espirituales, y desde la edición del Colegio Romano de 1576 (en tiempos de Everardo Mercuriano, 4.º Prepósito General de la Compañía) se incluyó el texto publicado en el devocionario Hórtulus Ánimæ (fines del siglo XV) tan difundido en Alemania, Francia y Polonia (no así en España), para facilitar su rezo por los ejercitantes, lo que contribuyó a su popularidad, y es la versión que hoy conocemos.

El Papa Pío IX, mediante decreto del 9 de Enero de 1854, concedió a esta oración Indulgencia de 7 años una vez al día si se reza después de la Misa; 300 días de indulgencia cada vez, y Plenaria una vez al mes si se reza diariamente, con las condiciones acostumbradas, añadiendo la visita a cualquier iglesia u oratorio. La traducción española es tomada del Breviario Romano traducido por Dom Alfonso María de Gubianas y Santandréu OSB.
  
LATÍN
Ánima Christi, sanctífica me.
Corpus Christi, salva me.
Sanguis Christi, inébria me.
Áqua láteris Christi, lava me.
Pássio Christi, confórta me. 
O bone Jesu, exáudi me.
Intra tua vúlnera abscónde me.
Ne permíttas me separári a te.
Ab hoste malígno defénde me.
In hora mortis meæ voca me.
Et jube me veníre ad te,
Ut cum Sanctis tuis láudem te
In sǽcula sæculórum. Amen.

ESPAÑOL
Alma de Cristo, santifícame. 
Cuerpo de Cristo, sálvame. 
Sangre de Cristo, embriágame.
Agua del costado de Cristo, límpiame.
Pasión de Cristo, confórtame. 
¡Oh buen Jesús!, óyeme.
Entre tus llagas escóndeme.
No permitas que de ti me aparte.
Del enemigo malo, defiéndeme. 
En la hora de mi muerte, llámame.
Y ayúdame para que yo vaya a ti,
Y te alabe con tus Santos,
Por los siglos de los siglos. Amén.
  
NOTAS
[1] La versión atribuida a Santo Tomás de Aquino, presente en el Misal de la Orden de Predicadores y en el Ordo Missæ secúndum usum Sanctæ Románæ Ecclésiæ compilado por Juan Burchardo, obispo de Civita Castellana y ceremoniero de los Papas Sixto IV, Inocencio VIII, Alejandro VI, Pío III y Julio II.
   
LATÍN
Ánima Christi sanctíssima, sanctífica me.
Corpus Christi sacratíssimum, salva me.
Sanguis Christi pretiotíssime, inébria me.
Áqua láteris Christi puríssima, munda me.
Sudor vultus Christi virtuosíssime, sana me.
Pássio Christi piíssima, confórta me. 
O bone Jesu, custódi me.
Intra tua vúlnera abscónde me.
Ne permíttas me separári a te.
Ab hoste malígno defénde me.
In hora mortis voca me.
Jube me veníre ad te, et pone me juxta te,
Ut cum Ángelis et Archángelis tuis láudem te,
Per infiníta sǽcula sæculórum. Amen.

ESPAÑOL
Alma santísima de Cristo, santifícame. 
Cuerpo sacratísimo de Cristo, sálvame. 
Sangre de Cristo, embriágame.
Agua del costado de Cristo, límpiame.
Sudor virtuosísimo de la Faz de Cristo, sáname.
Pasión de Cristo, confórtame. 
¡Oh buen Jesús!, guárdame.
Entre tus llagas escóndeme.
No permitas que de ti me aparte.
Del enemigo malo, defiéndeme. 
En la hora de la muerte, llámame.
Ayúdame para que yo vaya a ti, y ponme junto a ti,
Para que te alabe con tus Ángeles y Arcángeles,
Por los infinitos siglos de los siglos. Amén.

[2] En el friso superior de la Sala de la Galera del Alcázar de Segovia, encargado en 1412 por Catalina de Lancáster, madre y regente del rey Juan II de Castilla, siguiendo el del friso de la antigua capilla (hoy Salón del Techo de Carlos V) en el Real Alcázar de Sevilla comisionado poe el rey Pedro I de Castilla en 1364. Como curiosidad, presentamos el texto, recogido por la Crónica de la provincia de Segovia y presentado por Pedro de Leturia Mendía SJ, , “Libros de horas, Ánima Christi y Ejercicios Espirituales de S. Ignacio”, en Archívium Históricum Societátis Jesu, vol. 17 (1948), págs 3-50, speciáliter pág. 41 [el original, corregido por Earl Jeffrey Richard, “The prayer Anima Christi and Dominican popular devotion: late medieval examples of the interface between high ecclesiastical culture and popular piety”, en Poverty and Devotion in Mendicant Cultures 1200-1450 (Constant J. Mews y Anna Welch, eds.), Routledge, Taylor & Francis 2016, nota al pie 48) es de un latín muy hispanizado copiado por mudéjares (musulmanes que permanecían en reinos cristianos)]:
  
ORIGINAL
Anima Xpi santificame / Corpus Xpi salvame / Sanguis Xpi inebriame / [A] ca l [ater] is Xpi lavame / Pasio Xpi confortame / O bone Iesu exaudime / Et ne permitas me separari a te / Ab hoste maligno defende me / In hora mortis voca me / Et pone me iuxta te / Et cum angelis tuis laudem te / In secula seculorum. Amen

LATÍN
Ánima Christi, sanctífica me.
Corpus Christi, salva me.
Sanguis Christi, inébria me.
Áqua láteris Christi, lava me.
Pássio Christi, confórta me. 
O bone Jesu, exáudi me.
Et ne permíttas me separári a te.
Ab hoste malígno defénde me.
In hora mortis voca me.
Et pone me juxta te,
Ut cum Ángelis tuis láudem te
In sǽcula sæculórum. Amen.

ESPAÑOL
Alma de Cristo, santifícame. 
Cuerpo de Cristo, sálvame. 
Sangre de Cristo, embriágame.
Agua del costado de Cristo, límpiame.
Pasión de Cristo, confórtame. 
¡Oh buen Jesús!, óyeme.
No permitas que de ti me aparte.
Del enemigo malo, defiéndeme. 
En la hora de la muerte, llámame.
Y ponme junto a ti,
Para que te alabe con tus Ángeles,
Por los siglos de los siglos. Amén.
  
¿Esta pudo ser la versión que usaba San Ignacio?
Quizá, a juzgar por la visión trinitaria que tuvo en la capilla de La Storta, cerca de Roma, en Noviembre de 1537.

jueves, 3 de octubre de 2024

MES DE LOS SANTOS ÁNGELES – DÍA TERCERO

Dispuesto por el padre Alejo Romero, y publicado en Morelia en 1893, con licencia eclesiástica.
  
MES DE OCTUBRE, CONSAGRADO A LOS SANTOS ÁNGELES, EN QUE SE EXPONEN SUS EXCELENCIAS, PRERROGATIVAS Y OFICIOS, SEGÚN LAS ENSEÑANZAS DE LA SAGRADA ESCRITURA, LOS SANTOS PADRES Y DOCTORES DE LA IGLESIA.
 
ORACIÓN PREPARATORIA PARA TODOS LOS DÍAS
Soberano Señor del mundo, ante quien doblan reverentes la rodilla todas las criaturas del cielo, de la tierra y del infierno; miradnos aquí postrados en vuestra divina presencia para rendiros los homenajes de amor, adoración y respeto que son debidos a vuestra excelsa majestad y elevada grandeza. Venimos a contemplar durante este mes las excelencias, prerrogativas y oficios con que habéis enriquecido en beneficio nuestro a esos espíritus sublimes que, como lámparas ardientes, están eternamente alrededor de vuestro trono, haciendo brillar vuestras divinas perfecciones. Oh Sol hermoso de las inteligencias, que llenáis de inmensos resplandores todo el empíreo, arrojad sobre nuestras almas un destello de esos fulgores, a fin de que, conociendo la malicia profunda del pecado, lo aborrezcamos con todas nuestras fuerzas, y se encienda en nuestros corazones la viva llama del amor divino, para que podamos camina por los senderos de la virtud, hasta llegar a la celestial Jerusalén, donde unamos nuestras alabanzas a las de los angélicos espíritus y bienaventurados, para glorificarlos por toda la eternidad. Amén.
   
DÍA TERCERO – NATURALEZA DE LOS ÁNGELES
   
MEDITACIÓN
PUNTO 1º. Considera, alma mía, cuán difícil es comprender la naturaleza de los Ángeles y mucho más difícil todavía explicarla; sin embargo, por el conocimiento que tenemos de nuestra alma, podemos, por decirlo así, columbrar algo de la esencia de esos espíritus inefables. En efecto, los Ángeles son a la manera que Dios, espíritus puros sin mezcla de materia alguna y simples como nuestra alma, y mucho más, sin composición de partes corpóreas y aunque esta simplicidad supere a la de nuestra alma, sin embargo, nunca iguala ni igualará jamás a la de Dios; porque si su inteligencia posee las ideas infusas, si su voluntad está en acto desde el momento de su creación, no por esto se hallan exentos de otra composición más sutil y absolutamente inmaterial, pues que su sustancia no se identifica con su acción; su virtud operativa no se identifica con su esencia, ni su esencia es lo mismo que su existencia; mientras que en Dios, sustancia, esencia, virtud operativa y operación son una sola y una misma cosa, un solo y un mismo ser eterno y necesario. La muerte y el tiempo que destruyen nuestro cuerpo, no tienen parte en ellos; ningún poder criado puede atentar contra su ser ni romper su unidad perfecta; solo Dios por un acto soberano de su omnipotencia podría aniquilarlos si su decreto eterno no los hubiera hecho inmortales.
    
PUNTO 2º. Considera, en segundo lugar, que los Ángeles no son como nuestras almas, espíritus destinados por su misma esencia para informar y animar cuerpos orgánicos, con los cuales constituyan naturalezas o seres perfectos como los hombres; porque sus nobles facultades, el entendimiento y la voluntad, ejercen su acción sobre la verdad y el bien independientemente de todo auxilio corpóreo, y aunque no vean, oigan, huelan, toquen, sientan ni imaginen objetos corpóreos, no por esto dejan de ser perfectos en su ser, naturaleza y facultades, pues la carencia de estas virtudes sensitivas en ellos, no implica ni envuelve ninguna imperfección: a la manera que una piedra preciosa no se dice nunca imperfecta porque carezca del perfume de la flor, ni la flor se llama imperfecta porque no téngala facultad de sentir ni de imaginar. Siendo, pues, los Ángeles, simples, puros e incorpóreos, son por lo mismo invisibles; mas como las cualidades morales, y en particular las que más se alejan de la materia, residen en ellos de un modo más propio; he aquí por qué aplicamos aquellas expresiones a nuestros semejantes, cuando poseen las más hermosas virtudes, así decimos: una belleza de Ángel, una pureza de Ángel, un amor de Ángel; y porque en los niños brillan el candor, la gracia y la inocencia, que en los Ángeles se encuentran en el grado más alto, por eso decimos que los niños son ángeles. También por estas razones se les ve representados en cuadros con cuerpos parecidos al nuestro, y así bajo estas formas, han aparecido frecuentemente en la tierra. Los Ángeles, pues, con su naturaleza tan pura, tan simple y tan exenta de las pasiones groseras de la carne y de la sangre, nos convidan a que los imitemos, combatiendo con los auxilios de la gracia, las inclinaciones de la concupiscencia; espiritualizando en cierto modo todas nuestras palabras, obras y pensamientos, hagámoslo así y seremos tan santos y tan dichosos como ellos.
   
JACULATORIA
Espíritus bienaventurados, que estáis por vuestra esencia libres de toda inclinación a la impureza, hacednos puros y castos como vosotros.
    
PRÁCTICA
Rezar todos los días por la mañana tres Ave Marías a la Reina de los Ángeles para que nos alcance de su Santísimo Hijo el don de la castidad. Se rezan tres Padre Nuestros y tres Ate Marías con Gloria Patri y se ofrecen con la siguiente:
   
ORACIÓN
Oh gloriosísimos espíritus, purísimas sustancias, inteligencias elevadas, que por la excelencia de vuestro noble ser reflejáis mejor que las otras criaturas la naturaleza y perfecciones infinitas de la Divinidad, acercándoos más y más á la esencia purísima del Espíritu increado; interceded por nosotros que estamos aprisionados con los lazos de este cuerpo rebelde que nos inclina a cada paso a los deleites sensuales; y, vos oh Santo Ángel Rafael, cuyo nombre se interpreta Medicina de Dios, curad nuestra alma de una ceguera más peligrosa que la del Santo Tobías, porque las pasiones han cubierto nuestro espíritu de densas tinieblas que le impiden elevarse a lo puramente espiritual y divino; así lo esperamos de vuestros ruegos poderosos y de los de vuestros celestes compañeros. Amén.
   
EJEMPLOS
Los guerreros hermanos de Santo Tomás de Aquino, descontentos con él por su constante empeño en abrazar el estado religioso, atentaron contra su vocación y virtud de un modo tal, que el labio avergonzado apenas se atreve a referirlo, pero los Ángeles del cielo, que son todo santidad y pureza, le libraron del asalto más terrible contra su castidad. Estos hermanos indignos de llevar el nombre de su estirpe encarcelaron a Tomás en una torre del castillo de Roca-seca y a deshora introdujeron en su alcoba a una hermosa y desenvuelta cortesana, que tenía el negro encargo de rendir al virgen mancebo con sus halagos infernales. Asómbrase el casto mozo al verla a su lado y en vez de gritar, cosa de mujeres, o huir, propio de cobardes, invoca con fervor a Dios y a la Virgen purísima; "La Sangre del príncipe y del guerrero, como dice un panegirista del Santo, se despierta bajo el hábito del monje, y combatiendo al enemigo con el hierro y el fuego"; toma un tizón encendido y arremete con él a la meretriz que temerosa y corrida huyó precipitadamente. Cuando el Santo se vio libre y solo, trazó una cruz en la pared con el mismo tizón, y cayendo de rodillas, prorrumpió en lágrimas pudorosas de gratitud y confusión. Temblando y lloroso pedía Tomás a Dios la hermosa virtud de la castidad; cuando sueño inusitado cerró sus párpados, dos espíritus puros le felicitaron por su victoria y ciñeron a su cuerpo el cíngulo de la virginidad, apretándole con tal fuerza, que el dolor despertó e hizo lanzar un grito a nuestro héroe. Durante toda su vida usó Santo Tomás este cíngulo que hoy se venera en la iglesia de los Dominicos de Chieri, cerca de Turín.
     
ORACIÓN A LA REINA DE LOS ÁNGELES PARA TODOS LOS DÍAS
Oh, María, la más pura de las vírgenes, que por vuestra grande humildad y heroicas virtudes, merecisteis ser la Madre del Redentor del mundo, y por esto mismo ser constituida Reina del universo y colocada en un majestuoso trono, desde donde tierna y compasiva miráis las desgracias de la humanidad, para remediarlas con solicitud maternal; compadeceos, augusta Madre, de nuestras grandes desventuras. El mundo no ha dejado en nosotros más que tristes decepciones y amargos desengaños; en vano hemos corrido en pos de la felicidad mentida que promete a sus adoradores, pues no hemos probado otra cosa que la hiel amarga del remordimiento, y nuestros ojos han derramado abundantes lágrimas que no han podido enjugar nuestros hermanos. Por todas partes nos persiguen legiones infernales incitándonos al mal, y no tenemos otro abrigo que refugiarnos bajo los pliegues de vuestro manto virginal, como los polluelos perseguidos por el milano no tienen otro asilo que agruparse bajo las alas del ave que les dio el ser. Por esto, desde el fondo de nuestras amarguras clamamos a Vos para que enviéis hasta nosotros y para nuestra defensa a los espíritus angélicos, de quienes sois la Reina y Soberana, a fin de que nos libren de sus astutas asechanzas y nos guíen por el recto camino de la felicidad. Amén.

jueves, 9 de mayo de 2024

ENCÍCLICA “Divínum Illud munus”, SOBRE LA PRESENCIA Y ACCIÓN DEL ESPÍRITU SANTO

CARTA ENCÍCLICA “Divínum Illud munus” DEL SUMO PONTÍFICE LEÓN XIII, SOBRE LA PRESENCIA Y VIRTUD ADMIRABLE DEL ESPÍRITU SANTO
   


INTRODUCCIÓN
    
1. Aquella divina misión que, recibida del Padre en beneficio del género humano, tan santísimamente desempeñó Jesucristo, tiene como último fin hacer que los hombres lleguen a participar de una vida bienaventurada en la gloria eterna; y, como fin inmediato, que durante la vida mortal vivan la vida de la gracia divina, que al final se abre florida en la vida celestial.
    
Por ello, el Redentor mismo no cesa de invitar con suma dulzura a todos los hombres de toda nación y lengua para que vengan al seno de su Iglesia: Venid a mí todos; Yo soy la vida; Yo soy el buen pastor. Mas, según sus altísimos decretos, no quiso Él completar por sí sólo incesantemente en la tierra dicha misión, sino que, como Él mismo la había recibido del Padre, así la entregó al Espíritu Santo para que la llevara a perfecto término. Place, en efecto, recordar las consoladoras frases que Cristo, poco antes de abandonar el mundo, pronunció ante los apóstoles: «Os conviene que yo me vaya, porque si no me voy, no vendrá vuestro abogado; en cambio, si me voy, os lo enviaré» (Jn 16, 7).
   
Y al decir así, dio como razón principal de su separación y de su vuelta al Padre el provecho que sus discípulos habían de recibir de la venida del Espíritu Santo; al mismo tiempo que mostraba cómo éste era igualmente enviado por Él y, por lo tanto, que de Él procedía como del Padre; y que como abogado, como consolador y como maestro concluiría la obra por El comenzada durante su vida mortal. La perfección de su obra redentora estaba providentísimamente reservada a la múltiple virtud de este Espíritu, que en la creación adornó los cielos (Job 26, 13) y llenó la tierra (Sab 1, 7).
    
2. Y Nos, que constantemente hemos procurado, con auxilio de Cristo Salvador, príncipe de los pastores y obispo de nuestras almas, imitar sus ejemplos, hemos continuado religiosamente su misma misión, encomendada a los apóstoles, principalmente a Pedro, cuya dignidad también se transmite a un heredero menos digno[1]. Guiados por esa intención, en todos los actos de nuestro pontificado a dos cosas principalmente hemos atendido y sin cesar atendemos. Primero, a restaurar la vida cristiana así en la sociedad pública como en la familiar, tanto en los gobernantes como en los pueblos; porque sólo de Cristo puede derivarse la vida para todos. Segundo, a fomentar la reconciliación con la Iglesia de los que, o en la fe o por la obediencia, están separados de ella; pues la verdadera voluntad del mismo Cristo es que haya sólo un rebaño bajo un solo Pastor. Y ahora, cuando nos sentimos cerca ya del fin de nuestra mortal carrera, place consagrar toda nuestra obra, cualquiera que ella haya sido, al Espíritu Santo, que es vida y amor, para que la fecunde y la madure. Para cumplir mejor y más eficazmente nuestro deseo, en vísperas de la solemnidad de Pentecostés, queremos hablaros de la admirable presencia y poder del mismo Espíritu; es decir, sobre la acción que Él ejerce en la Iglesia y en las almas merced al don de sus gracias y celestiales carismas. Resulte de ello, como es nuestro deseo ardiente, que en las almas se reavive y se vigorice la fe en el augusto misterio de la Trinidad, y especialmente crezca la devoción al divino Espíritu, a quien de mucho son deudores todos cuantos siguen el camino de la verdad y de la justicia; pues, como señaló San Basilio, toda la economía divina en torno al hombre, si fue realizada por nuestro Salvador y Dios, Jesucristo, ha sido llevada a cumplimiento por la gracia del Espíritu Santo[2].
   
EL MISTERIO DE LA TRINIDAD
   
3. Antes de entrar en materia será conveniente y útil tratar algo sobre el misterio de la sacrosanta Trinidad.
    
Este misterio, el más grande de todos los misterios, pues de todos es principio y fin, se llama por los doctores sagrados sustancia del Nuevo Testamento; para conocerlo y contemplarlo han sido creados en el cielo los ángeles y en la tierra los hombres; para enseñar con más claridad lo prefigurado en el Antiguo Testamento, Dios mismo descendió de los ángeles a los hombres: «Nadie vio jamás a Dios; el Hijo unigénito que está en el seno del Padre, El nos lo ha revelado» (Jn 1,18).
    
Así pues, quien escriba o hable sobre la Trinidad siempre deberá tener ante la vista lo que prudentemente amonesta el Angélico: «Cuando se habla de la Trinidad, conviene hacerlo con prudencia y humildad, pues —como dice Agustín— en ninguna otra materia intelectual es mayor o el trabajo o el peligro de equivocarse o el fruto una vez logrado»[3]. Peligro que procede de confundir entre sí, en la fe o en la piedad, a las divinas personas o de multiplicar su única naturaleza; pues la fe católica nos enseña a venerar un solo Dios en la Trinidad y la Trinidad en un solo Dios.
    
4. Por ello, nuestro predecesor Inocencio XII no accedió a la petición de quienes solicitaban una fiesta especial en honor del Padre. Si hay ciertos días festivos para celebrar cada uno de los misterios del Verbo Encarnado, no hay una fiesta propia para celebrar al Verbo tan sólo según su divina naturaleza; y aun la misma solemnidad de Pentecostés, ya tan antigua, no se refiere simplemente al Espíritu Santo por sí, sino que recuerda su venida o externa misión. Todo ello fue prudentemente establecido para evitar que nadie multiplicara la divina esencia, al distinguir las Personas. Más aún: la Iglesia, a fin de mantener en sus hijos la pureza de la fe, quiso instituir la fiesta de la Santísima Trinidad, que luego Juan XXII mandó celebrar en todas partes; permitió que se dedicasen a este misterio templos y altares y, después de celestial visión, aprobó una Orden religiosa para la redención de cautivos, en honor de la Santísima Trinidad, cuyo nombre la distinguía.
    
Conviene añadir que el culto tributado a los Santos y Ángeles, a la Virgen Madre de Dios y a Cristo, redunda todo y se termina en la Trinidad. En las preces consagradas a una de las tres divinas personas, también se hace mención de las otras; en las letanías, luego de invocar a cada una de las Personas separadamente, se termina por su invocación común; todos los salmos e himnos tienen la misma doxología al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo; las bendiciones, los ritos, los sacramentos, o se hacen en nombre de la santa Trinidad, o les acompaña su intercesión. Todo lo cual ya lo había anunciado el Apóstol con aquella frase: «Porque de Dios, por Dios y en Dios son todas las cosas, a Dios sea la gloria eternamente» (Rm 11, 36); significando así la trinidad de las Personas y la unidad de naturaleza, pues por ser ésta una e idéntica en cada una de las Personas, procede que a cada una se tribute, como a uno y mismo Dios, igual gloria y coeterna majestad. Comentando aquellas palabras, dice San Agustín: «No se interprete confusamente lo que el Apóstol distingue, cuando dice “de Dios, por Dios, en Dios”; pues dice “de Dios”, por el Padre; “por Dios”, a causa del Hijo; “en Dios”, por relación al Espíritu Santo»[4].

Apropiaciones
5. Con gran propiedad, la Iglesia acostumbra atribuir al Padre las obras del poder; al Hijo, las de la sabiduría; al Espíritu Santo, las del amor. No porque todas las perfecciones y todas las obras ad extra no sean comunes a las tres divinas Personas, pues «indivisibles son las obras de la Trinidad, como indivisa es su esencia»[5], porque así como las tres Personas divinas son inseparables, así obran inseparablemente[6]; sino que por una cierta relación y como afinidad que existe entre las obras externas y el carácter «propio» de cada Persona, se atribuyen a una más bien que a las otras, o —como dicen— «se apropian». Así como de la semejanza del vestigio o imagen hallada en las criaturas nos servimos para manifestar las divinas Personas, así hacemos también con los atributos divinos; y la manifestación deducida de los atributos divinos se dice «apropiación»[7].
    
De esta manera, el Padre, que es principio de toda la Trinidad[8], es la causa eficiente de todas las cosas, de la Encarnación del Verbo y de la santificación de las almas: «de Dios son todas las cosas»; «de Dios», por relación al Padre; el Hijo, Verbo e Imagen de Dios, es la causa ejemplar por la que todas las cosas tienen forma y belleza, orden y armonía, él, que es camino, verdad, vida, ha reconciliado al hombre con Dios; «por Dios», por relación al Hijo; finalmente, el Espíritu Santo es la causa última de todas las cosas, puesto que, así como la voluntad y aun toda cosa descansa en su fin, así El, que es la bondad y el amor del Padre y del Hijo, da impulso fuerte y suave y como la última mano al misterioso trabajo de nuestra eterna salvación: «en Dios», por relación al Espíritu Santo.
    
El Espíritu Santo y Jesucristo
6. Precisados ya los actos de fe y de culto debidos a la augustísima Trinidad, todo lo cual nunca se inculcará bastante al pueblo cristiano, nuestro discurso se dirige ya a tratar del eficaz poder del Espíritu Santo. Ante todo, dirijamos una mirada a Cristo, fundador de la Iglesia y Redentor del género humano. Entre todas las obras de Dios ad extra, la más grande es, sin duda, el misterio de la Encarnación del Verbo; en él brilla de tal modo la luz de los divinos atributos, que ni es posible pensar nada superior ni puede haber nada más saludable para nosotros. Este gran prodigio, aun cuando se ha realizado por toda la Trinidad, sin embargo se atribuye como «propio» al Espíritu Santo, y así dice el Evangelio que la concepción de Jesús en el seno de la Virgen fue obra del Espíritu Santo (Mt 1, 18.20), y con razón, porque el Espíritu Santo es la caridad del Padre y del Hijo, y este gran misterio de la bondad divina (1 Tim 3, 16)), que es la Encarnación, fue debido al inmenso amor de Dios al hombre, como advierte San Juan: «Tanto amó Dios al mundo, que le dio su Hijo Unigénito» (Jn 3, 16). Añádase que por dicho acto la humana naturaleza fue levantada a la unión personal con el Verbo, no por mérito alguno, sino sólo por pura gracia, que es don propio del Espíritu Santo: El admirable modo, dice San Agustín, con que Cristo fue concebido por obra del Espíritu Santo, nos da a entender la bondad de Dios, puesto que la naturaleza humana, sin mérito alguno precedente, ya en el primer instante fue unida al Verbo de Dios en unidad tan perfecta de persona que uno mismo fuese a la vez Hijo de Dios e Hijo del hombre[9].
   
Por obra del Espíritu Divino tuvo lugar no solamente la concepción de Cristo, sino también la santificación de su alma, llamada unción en los Sagrados Libros (Hch 10, 38), y así es como toda acción suya se realizaba bajo el influjo del mismo Espíritu[10], que también cooperó de modo especial a su sacrificio, según la frase de San Pablo: «Cristo, por medio del Espíritu Santo, se ofreció como hostia inocente a Dios» (Heb 9,14). Después de todo esto, ya no extrañará que todos los carismas del Espíritu Santo inundasen el alma de Cristo. Puesto que en Él hubo una abundancia de gracia singularmente plena, en el modo más grande y con la mayor eficacia que tenerse puede; en él, todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia, las gracias gratis datas, las virtudes, y plenamente todos los dones, ya anunciados en las profecías de Isaías (4, 1; 11, 2.3), ya simbolizados en aquella misteriosa paloma aparecida en el Jordán, cuando Cristo con su bautismo consagraba sus aguas para el nuevo Testamento.
   
Con razón nota San Agustín que Cristo no recibió el Espíritu Santo siendo ya de treinta años, sino que cuando fue bautizado estaba sin pecado y ya tenía el Espíritu Santo; entonces, es decir, en el bautismo, no hizo sino prefigurar a su cuerpo místico, es decir, a la Iglesia en la cual los bautizados reciben de modo peculiar el Espíritu Santo[11]. Y así la aparición sensible del Espíritu sobre Cristo y su acción invisible en su alma representaban la doble misión del Espíritu Santo, visible en la Iglesia, e invisible en el alma de los justos.

EL ESPÍRITU SANTO Y LA IGLESIA

En los apóstoles, obispos y sacerdotes
7. La Iglesia, ya concebida y nacida del corazón mismo del segundo Adán en la Cruz, se manifestó a los hombres por vez primera de modo solemne en el celebérrimo día de Pentecostés con aquella admirable efusión, que había sido vaticinada por el profeta Joel (2, 28.29); y en aquel mismo día se iniciaba la acción del divino Paráclito en el místico cuerpo de Cristo, posándose sobre los apóstoles, como nuevas coronas espirituales, formadas con lenguas de fuego, sobre sus cabezas[12].
    
Y entonces los apóstoles descendieron del monte, como escribe el Crisóstomo, no ya llevando en sus manos como Moisés tablas de piedra, sino al Espíritu Santo en su alma, derramando el tesoro y fuente de verdades y de carismas[13]. Así, ciertamente se cumplía la última promesa de Cristo a sus apóstoles, la de enviarles el Espíritu Santo, para que con su inspiración completara y en cierto modo sellase el depósito de la revelación: «Aún tengo que deciros muchas cosas, mas no las entenderíais ahora; cuando viniere el Espíritu de verdad, os enseñará toda verdad» (Jn 16, 12.13). El Espíritu Santo, que es espíritu de verdad, pues procede del Padre, Verdad eterna, y del Hijo, Verdad sustancial, recibe de uno y otro, juntamente con la esencia, toda la verdad que luego comunica a la Iglesia, asistiéndola para que no yerre jamás, y fecundando los gérmenes de la revelación hasta que, en el momento oportuno, lleguen a madurez para la salud de los pueblos. Y como la Iglesia, que es medio de salvación, ha de durar hasta la consumación de los siglos, precisamente el Espíritu Santo la alimenta y acrecienta en su vida y en su virtud: «Yo rogaré al Padre y El os mandará el Espíritu de verdad, que se quedará siempre con vosotros» (Ibíd 14, 16.17). Pues por El son constituidos los obispos, que engendran no sólo hijos, sino también padres, esto es, sacerdotes, para guiarla y alimentarla con aquella misma sangre con que fue redimida por Cristo: «El Espíritu Santo ha puesto a los obispos para regir la Iglesia de Dios, que Cristo adquirió con su sangre» (Hch 20, 28); unos y otros, obispos y sacerdotes, por singular don del Espíritu tienen poder de perdonar los pecados, según Cristo dijo a sus apóstoles: «Recibid el Espíritu Santo: a los que perdonareis los pecados, les serán perdonados, y a los que se los retuviereis, les serán retenidos» (Jn 20, 22.23).
     
En las almas
8. Nada confirma tan claramente la divinidad de la Iglesia como el glorioso esplendor de carismas que por todas partes la circundan, corona magnífica que ella recibe del Espíritu Santo. Baste, por último, saber que si Cristo es la cabeza de la Iglesia, el Espíritu Santo es su alma: «Lo que el alma es en nuestro cuerpo, es el Espíritu Santo en el cuerpo de Cristo, que es la Iglesia»[14]. Si esto es así, no cabe imaginar ni esperar ya otra mayor y más abundante manifestación y aparición del Divino Espíritu, pues la Iglesia tiene ya la máxima, que ha de durarle hasta que, desde el estadio de la milicia terrenal, sea elevada triunfante al coro alegre de la sociedad celestial.
    
No menos admirable, aunque en verdad sea más difícil de entender, es la acción del Espíritu Santo en las almas, que se esconde a toda mirada sensible.
    
Y esta efusión del Espíritu es de abundancia tanta que el mismo Cristo, su donante, la asemejó a un río abundantísimo, como lo afirma San Juan: «Del seno de quien creyere en Mí, como dice la Escritura, brotarán fuentes de agua viva»; testimonio que glosó el mismo evangelista, diciendo: «Dijo esto del Espíritu Santo, que los que en El creyesen habían de recibir» (Jn 7, 38.39).
    
En el Antiguo Testamento y en el Nuevo Testamento
9. Cierto es que aun en los mismos justos del Antiguo Testamento ya inhabitó el Espíritu Santo, según lo sabemos de los profetas, de Zacarías, del Bautista, de Simeón y de Ana; pues no fue en Pentecostés cuando el Espíritu Santo comenzó a inhabitar en los Santos por vez primera: en aquel día aumentó sus dones, mostrándose más rico y más abundante en su largueza[15]. También aquéllos eran hijos de Dios, mas aún permanecían en la condición de siervos, porque tampoco el hijo se diferencia del siervo, mientras está bajo tutela (Gál 4, 1.2); a más de que la justicia en ellos no era sino por los previstos méritos de Cristo, y la comunicación del Espíritu Santo hecha después de Cristo es mucho más copiosa, como la cosa pactada vence en valor a la prenda, y como la realidad excede en mucho a su figura. Y por ello así lo afirmó Juan: «Aún no había sido dado el Espíritu Santo, porque Jesús no había sido glorificado» (Jn 7, 39). Inmediatamente que Cristo, ascendiendo a lo alto, hubo tomado posesión de su reino, conquistado con tanto trabajo, con divina munificencia abrió sus tesoros, repartiendo a los hombres los dones del Espíritu Santo (Ef 4, 8): «Y no es que antes no hubiese sido mandado el Espíritu Santo, sino que no había sido dado como lo fue después de la glorificación de Cristo»[16]. Y ello porque la naturaleza humana es esencialmente sierva de Dios: «La criatura es sierva, nosotros somos siervos de Dios según la naturaleza»[17]; más aún: por el primer pecado toda nuestra naturaleza cayó tan baja que se tornó enemiga de Dios: «Éramos por la naturaleza hijos de la ira» (Ef 2, 3). No había fuerza capaz de levantarnos de caída tan grande y rescatarnos de la eterna ruina. Pero Dios, que nos había creado, se movió a piedad; y por medio de su Unigénito restituyó al hombre a la noble altura de donde había caído, y aun le realzó con más abundante riqueza de dones. Ninguna lengua puede expresar esta labor de la divina gracia en las almas de los hombres, por la que son llamados, ya en las Sagradas Escrituras, ya en los escritos de los Padres de la Iglesia, regenerados, criaturas nuevas, participantes de la divina naturaleza, hijos de Dios, deificados, y así más aún. Ahora bien: beneficios tan grandes propiamente los debemos al Espíritu Santo.
  
El es el Espíritu de adopción de los hijos, en el cual clamamos: «Abba», «Padre»; inunda los corazones con la dulzura de su paternal amor: da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios (Rom 8, 15.16). Para declarar lo cual es muy oportuna aquella observación del Angélico, de que hay cierta semejanza entre las dos obras del Espíritu Santo; puesto que por la virtud del Espíritu Santo Cristo fue concebido en santidad para ser hijo natural de Dios, y los hombres son santificados para ser hijos adoptivos de Dios[18]. Y así, con mucha mayor nobleza aún que en el orden natural, la espiritual generación es fruto del Amor increado.
    
En los sacramentos
10. Esta regeneración y renovación comienza para cada uno en el bautismo, sacramento en el que, arrojado del alma el espíritu inmundo, desciende a ella por primera vez el Espíritu Santo, haciéndola semejante a sí: «Lo que nace del Espíritu es espíritu» (Jn 3, 7). Con más abundancia se nos da el mismo Espíritu en la confirmación, por la que se nos infunde fortaleza y constancia para vivir como cristianos: es el mismo Espíritu el que venció en los mártires y triunfó en las vírgenes sobre los halagos y peligros. Hemos dicho que «se nos da el mismo Espíritu»: «La caridad de Dios se difunde en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado» (Rom 5, 5). Y en verdad, no sólo nos llena con divinos dones, sino que es autor de los mismos, y aun El mismo es el don supremo porque, al proceder del mutuo amor del Padre y del Hijo, con razón es don del Dios altísimo. Para mejor entender la naturaleza y efectos de este don, conviene recordar cuanto, después de las Sagradas Escrituras, enseñaron los sagrados doctores, esto es, que Dios se halla presente a todas las cosas y que está en ellas: por potencia, en cuanto se hallan sujetas a su potestad; por presencia, en cuanto todas están abiertas y patentes a sus ojos; por esencia, porque en todas se halla como causa de su ser[19]. Mas en la criatura racional se encuentra Dios ya de otra manera; esto es, en cuanto es conocido y .amado, ya que según naturaleza es amar el bien, desearlo y buscarlo. Finalmente, Dios, por medio de su gracia, está en el alma del justo en forma más íntima e inefable, como en su templo; y de ello se sigue aquel mutuo amor por el que el alma está íntimamente presente a Dios, y está en él más de lo que pueda suceder entre los amigos más queridos, y goza de él con la más regalada dulzura.
    
En la inhabitación
11. Y esta admirable unión, que propiamente se llama inhabitación, y que sólo en la condición o estado, mas no en la esencia, se diferencia de la que constituye la felicidad en el cielo, aunque realmente se cumple por obra de toda la Trinidad, por la venida y morada de las tres divinas Personas en el alma amante de Dios, vendremos a él y haremos mansión junto a él (Jn 14, 23), se atribuye, sin embargo, como peculiar al Espíritu Santo. Y es cierto que hasta entre los impíos aparecen vestigios del poder y sabiduría divinos; mas de la caridad, que es como «nota» propia del Espíritu Santo, tan sólo el justo participa.
    
Añádase que a este Espíritu se le da el apelativo de Santo, también porque, siendo el primero y eterno Amor, nos mueve y excita a la santidad, que en resumen no es sino el amor a Dios. Y así, el Apóstol, cuando llama a los justos templos de Dios, nunca les llama expresamente templos «del Padre» o «del Hijo», sino «del Espíritu Santo»: «¿Ignoráis que vuestros miembros son templo del Espíritu Santo, que está en vosotros, pues le habéis recibido de Dios?» (1 Cor 6, 19). A la inhabitación del Espíritu Santo en las almas justas sigue la abundancia de los dones celestiales. Así enseña Santo Tomás: «El Espíritu Santo, al proceder como Amor, procede en razón de don primero; por esto dice Agustín que, por medio de este don que es el Espíritu Santo, muchos otros dones se distribuyen a los miembros de Cristo[20]. Entre estos dones se hallan aquellos ocultos avisos e invitaciones que se hacen sentir en la mente y en el corazón por la moción del Espíritu Santo; de ellos depende el principio del buen camino, el progreso en él y la salvación eterna. Y puesto que estas voces e inspiraciones nos llegan muy ocultamente, con toda razón en las Sagradas Escrituras alguna vez se dicen semejantes al susurro del viento; y el Angélico Doctor sabiamente las compara con los movimientos del corazón, cuya virtud toda se halla oculta: «El corazón tiene una cierta influencia oculta, y por ello al corazón se compara el Espíritu Santo que invisiblemente vivifica a la Iglesia y la une»[21].
    
En los siete dones y en los frutos
12. Y el hombre justo, que ya vive la vida de la divina gracia y opera por congruentes virtudes, como el alma por sus potencias, tiene necesidad de aquellos siete dones que se llaman propios del Espíritu Santo. Gracias a éstos el alma se dispone y se fortalece para seguir más fácil y prontamente las divinas inspiraciones: es tanta la eficacia de estos dones, que la conducen a la cumbre de la santidad; y tanta su excelencia, que perseveran intactos, aunque más perfectos, en el reino celestial. Merced a esos dones, el Espíritu Santo nos mueve y realza a desear y conseguir las evangélicas bienaventuranzas, que son como flores abiertas en la primavera, cual indicio y presagio de la eterna bienaventuranza. Y muy regalados son, finalmente, los frutos enumerados por el Apóstol (Gál 5, 22) que el Espíritu Santo produce y comunica a los hombres justos, aun durante la vida mortal, llenos de toda dulzura y gozo, pues son del Espíritu Santo que en la Trinidad es el amor del Padre y del Hijo y que llena de infinita dulzura a las criaturas todas[22].
    
Y así el Divino Espíritu, que procede del Padre y del Hijo en la eterna luz de santidad como amor y como don, luego de haberse manifestado a través de imágenes en el Antiguo Testamento, derrama la abundancia de sus dones en Cristo y en su cuerpo místico, la Iglesia; y con su gracia y saludable presencia alza a los hombres de los caminos del mal, cambiándoles de terrenales y pecadores en criaturas espirituales y casi celestiales. Pues tantosy tan señalados son los beneficios recibidos de la bondad del Espíritu Santo, la gratitud nos obliga a volvernos a Él, llenos de amor y devoción.
    
EXHORTACIONES
   
Foméntese el conocimiento y amor del Espíritu Santo
13. Seguramente harán esto muy bien y perfectamente los hombres cristianos si cada día se empeñaren más en conocerle, amarle y suplicarle; a ese fin tiende esta exhortación dirigida a los mismos, tal como surge espontánea de nuestro paternal ánimo.
   
Acaso no falten en nuestros días algunos que, de ser interrogados como en otro tiempo lo fueron algunos por San Pablo «si habían recibido el Espíritu Santo», contestarían a su vez: «Nosotros, ni siquiera hemos oído si existe el Espíritu Santo» (Hch 19, 2). Que si a tanto no llega la ignorancia, en una gran parte de ellos es muy escaso su conocimiento sobre Él; tal vez hasta con frecuencia tienen su nombre en los labios, mientras su fe está llena de crasas tinieblas. Recuerden, pues, los predicadores y párrocos que les pertenece enseñar con diligencia y claramente al pueblo la doctrina católica sobre el Espíritu Santo, mas evitando las cuestiones arduas y sutiles y huyendo de la necia curiosidad que presume indagar los secretos todos de Dios. Cuiden recordar y explicar claramente los muchos y grandes beneficios que del Divino Dador nos vienen constantemente, de forma que sobre cosas tan altas desaparezca el error y la ignorancia, impropios de los hijos de la luz. Insistimos en esto no sólo por tratarse de un misterio, que directamente nos prepara para la vida eterna y que, por ello, es necesario creer firme y expresamente, sino también porque, cuanto más clara y plenamente se conoce el bien, más intensamente se le quiere y se le ama. Esto es lo que ahora queremos recomendaros: Debemos amar al Espíritu Santo, porque es Dios: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu fortaleza (Deut 6, 5). Y ha de ser amado, porque es el Amor sustancial eterno y primero, y no hay cosa más amable que el amor; y luego tanto más le debemos amar cuanto que nos ha llenado de inmensos beneficios que, si atestiguan la benevolencia del donante, exigen la gratitud del alma que los recibe. Amor este que tiene una doble utilidad, ciertamente no pequeña. Primeramente nos obliga a tener en esta vida un conocimiento cada día más claro del Espíritu Santo: El que ama, dice Santo Tomás, no se contenta con un conocimiento superficial del amado, sino que se esfuerza por conocer cada una de las cosas que le pertenecen intrínsecamente, y así entra en su interior, como del Espíritu Santo, que es amor de Dios, se dice que examina hasta lo profundo de Dios[23]. En segundo lugar, que será mayor aún la abundancia de sus celestiales dones, pues como la frialdad hace cerrarse la mano del donante, el agradecimiento la hace ensancharse. Y cuídese bien de que dicho amor no se limite a áridas disquisiciones o a externos actos religiosos; porque debe ser operante, huyendo del pecado, que es especial ofensa contra el Espíritu Santo. Cuanto somos y tenemos, todo es don de la divina bondad que corresponde como propia al Espíritu Santo; luego el pecador le ofende al mismo tiempo que recibe sus beneficios, y abusa de sus dones para ofenderle, al mismo tiempo que, porque es bueno, se alza contra Él multiplicando incesantes sus culpas.

No le entristezcamos
14. Añádase, además, que, pues el «Espíritu Santo es espíritu de verdad, si alguno falta por debilidad o ignorancia, tal vez tenga alguna excusa ante el tribunal de Dios; mas el que por malicia se opone a la verdad o la rehúye, comete gravísimo pecado contra el Espíritu Santo. Pecado tan frecuente en nuestra época que parecen llegados los tristes tiempos descritos por San Pablo, en los cuales, obcecados los hombres por justo juicio de Dios, reputan como verdaderas las cosas falsas, y al príncipe de este mundo, que es mentiroso y padre de la mentira, le creen como a maestro de la verdad: Dios les enviará espíritu de error para que crean a la mentira (2 Tes 2, 10): en los últimos tiempos se separarán algunos de la fe, para creer en los espíritus del error y en las doctrinas de los demonios (1 Tim 4, 1): Y por cuanto el Espíritu Santo, según antes hemos dicho, habita en nosotros como en su templo, repitamos con el Apóstol: «No queráis contristar al Espíritu Santo de Dios, que os ha consagrado» (Ef 4, 30). Para ello no basta huir de todo lo que es inmundo, sino que el hombre cristiano debe resplandecer en toda virtud, especialmente en pureza y santidad, para no desagradar a huésped tan grande, puesto que la pureza y la santidad son las propias del templo. Por ello exclama el mismo Apóstol: «Pero ¿es que no sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros? Si alguno osare profanar el templo de Dios, será maldito de Dios, pues el templo debe ser santo y vosotros sois este templo» (1 Cor 3, 16.17); amenaza tremenda, pero justísima.
    
Pidamos el Espíritu Santo
15. Por último, conviene rogar y pedir al Espíritu Santo, cuyo auxilio y protección todos necesitamos en extremo. Somos pobres, débiles, atribulados, inclinados al mal: luego recurramos a Él, fuente inexhausta de luz, de consuelo y de gracia. Sobre todo, debemos pedirle perdón de los pecados, que tan necesario nos es, puesto que es el Espíritu Santo don del Padre y del Hijo, y los pecadores son perdonados por medio del Espíritu Santo como por don de Dios[24], lo cual se proclama expresamente en la liturgia cuando al Espíritu Santo le llama remisión de todos los pecados[25].
    
Cuál sea la manera conveniente para invocarle, aprendámoslo de la Iglesia, que suplicante se vuelve al mismo Espíritu Santo y lo llama con los nombres más dulces de padre de los pobres, dador de los dones, luz de los corazones, consolador benéfico, huésped del alma, aura de refrigerio; y le suplica encarecidamente que limpie, sane y riegue nuestras mentes y nuestros corazones, y que conceda a todos los que en Él confiamos el premio de la virtud, el feliz final de la vida presente, el perenne gozo en la futura. Ni cabe pensar que estas plegarias no sean escuchadas por aquel de quien leemos que ruega por nosotros con gemidos inefables (Rom 8, 26). En resumen, debemos suplicarle con confianza y constancia para que diariamente nos ilustre más y más con su luz y nos inflame con su caridad, disponiéndonos así por la fe y por el amor a que trabajemos con denuedo por adquirir los premios eternos, puesto que Él es la prenda de nuestra heredad (Ef 1, 14).
  
Novena del Espíritu Santo
16. Ved, venerables hermanos, los avisos y exhortaciones nuestras sobre la devoción al Espíritu Santo, y no dudamos que por virtud principalmente de vuestro trabajo y solicitud, se han de producir saludables frutos en el pueblo cristiano. Cierto que jamás faltará nuestra obra en cosa de tan gran importancia; más aún, tenemos la intención de fomentar ese tan hermoso sentimiento de piedad por aquellos modos que juzgaremos más convenientes a tal fin. Entre tanto, puesto que Nos, hace ahora dos años, por medio del breve Próvida Matris, recomendamos a los católicos para la solemnidad de Pentecostés algunas especiales oraciones a fin de suplicar por el cumplimiento de la unidad cristiana, nos place ahora añadir aquí algo más. Decretamos, por lo tanto, y mandamos que en todo el mundo católico en este año, y siempre en lo por venir, a la fiesta de Pentecostés preceda la novena en todas las iglesias parroquiales y también aun en los demás templos y oratorios, a juicio de los Ordinarios.
   
Concedemos la indulgencia de siete años y otras tantas cuarentenas por cada día a todos los que asistieren a la novena y oraren según nuestra intención, además de la indulgencia plenaria en un día de la novena, o en la fiesta de Pentecostés y aun dentro de la octava, siempre que confesados y comulgados oraren según nuestra intención. Queremos igualmente también que gocen de tales beneficios todos aquellos que, legítimamente impedidos, no puedan asistir a dichos cultos públicos, y ello aun en los lugares donde no pudieren celebrarse cómodamente —a juicio del Ordinario— en el templo, con tal que privadamente hagan la novena y cumplan las demás obras y condiciones prescritas. Y nos place añadir del tesoro de la Iglesia que puedan lucrar nuevamente una y otra indulgencia todos los que en privado o en público renueven según su propia devoción algunas oraciones al Espíritu Santo cada día de la octava de Pentecostés hasta la fiesta inclusive de la Santísima Trinidad, siempre que cumplan las demás condiciones arriba indicadas. Todas estas indulgencias son aplicables también aun a las benditas almas del Purgatorio.

El Espíritu Santo y la Virgen María
17. Y ahora nuestro pensamiento se vuelve adonde comenzó, a fin de lograr del divino Espíritu, con incesantes oraciones su cumplimiento. Unid, pues, venerables hermanos, a nuestras oraciones también las vuestras, así como las de todos los fieles, interponiendo la poderosa y eficaz mediación de la Santísima Virgen. Bien sabéis cuán íntimas e inefables relaciones existen entre ella y el Espíritu Santo, pues que es su Esposa inmaculada. La Virgen cooperó con su oración muchísimo así al misterio de la Encarnación como a la venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles. Que Ella continúe, pues, realzando con su patrocinio nuestras comunes oraciones, para que en medio de las afligidas naciones se renueven los divinos prodigios del Espíritu Santo, celebrados ya por el profeta David: «Manda tu Espíritu y serán creados, y renovarás la faz de la tierra» (Sal 103, 30).

Dado en Roma, junto a San Pedro, el día 9 de mayo del año 1897, vigésimo de nuestro pontificado. LEÓN PP. XIII.
   
NOTAS
[1] San León Magno, Sermón 2.º en el aniversario de su ascensión al Solio petrino.
[2] Sobre el Espíritu Santo 16,39.
[3] I q.31 a.2; Sobre la Santísima Trinidad 1,3.
[4] Sobre la Santísima Trinidad, 6,10; 1,6.
[5] San Agustín, Sobre la Santísima Trinidad, 1,4 y 5.
[6] San Agustín, ibíd.
[7] Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, parte I, cuestión 39, art. 7.
[8] San Agustín, Sobre la Santísima Trinidad 4,20.
[9] Enquiridión 30. Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, parte II, cuestión 32, art. 1.
[10] San Basilio, Sobre el Espíritu Santo 16.
[11] Sobre la Santísima Trinidad 15,26.
[12] San Cirilo de Jerusalén, Catequesis Mistagógica 17.
[13] Homilía 1.ª sobre San Mateo; 2.ª Cor. 3,3.
[14] San Agustín, Sermón 187 del temporal.
[15] San León Magno, Homilía 3.ª de Pentecostés.
[16] San Agustín, Sobre la Santísima Trinidad 1,4, cap. 20.
[17] San Cirilo de Alejandría, Tesauro contra los herejes 1,5, cap. 5.
[18] Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, parte III, cuestión 32, art. 1.
[19] Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, parte I, cuestión 8, art. 3.
[20] Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, parte I, cuestión 38, art. 2. San Agustín, Sobre la Santísima Trinidad 15,19.
[21] Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, parte II, cuestión 8, art. 1.
[22] San Agustín, Sobre la Santísima Trinidad 5,9.
[23] 1 Cor 2,10; Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, parte I-IIæ, cuestión 28, art. 2.
[24]. Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, parte III, cuestión 3, art. 8, respuesta a la objeción 3.ª.
[25] En el Misal Romano, Martes infraoctava de Pentecostés.