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jueves, 24 de septiembre de 2026

¿ES LA MISMA RELIGIÓN? NO

Traducción del artículo publicado en INTROIBO AD ALTARE DEI.
  
A mis lectores: Esta semana, mi colaborador invitado, TradWarrior , expone la secta del Concilio Vaticano II preguntando: «¿Es la misma religión?». ¿Es la religión que nuestro Señor y Salvador Jesucristo fundó en el año 33 d. C. y que enseñó las mismas verdades a través del último papa verdadero conocido, el Papa Pío XII, la misma que la religión de Ángelo Roncalli (Juan XXIII), Giovanni Montini (Pablo VI), Albino Luciani (JPI), Karol Wojtyła (JPII), Joseph Ratzinger (Benedicto XVI), Jorge Bergoglio (Francisco I) y ahora Roberto Riggitano-Prévost (León XIV)? La respuesta que da tras exponer los hechos es un rotundo «¡NO!».
  
Como siempre, no dudéis en comentar. Si alguien tiene alguna pregunta o comentario específico, le responderé como siempre, aunque esta semana me llevará un poco más de tiempo.

Dios os bendiga a todos, mis queridos lectores — Introibo

¿ES LA MISMA RELIGIÓN?
Por TradWarrior

El propósito de esta publicación es examinar las diferencias entre el fallecimiento del Papa Pío XII en 1958 y todo lo anterior. Las citas se extraerán de documentos de la Iglesia Católica, especialmente de los escritos de los papas. La fuente de estas citas son los propios documentos, recopilados de diversas fuentes en línea, incluyendo varios artículos previos de Introibo. Este artículo simplemente pretende demostrar que se trata de dos religiones muy diferentes. — TradWarrior

Durante 1925 años, la Iglesia Católica enseñó la misma verdad a toda la humanidad, siglo tras siglo, desde el año 33 hasta 1958 d. C. Al observar la Iglesia Católica entre ese período y después de 1958, se aprecia una marcada diferencia, sumamente notoria para cualquiera que compare honestamente las enseñanzas de la Iglesia antes y después de este lapso. La pregunta que surge es: "¿Qué sucedió?". Si bien existen diversas respuestas, una cosa es segura: nos encontramos ante dos religiones muy diferentes. Al comparar la religión después de 1958, especialmente a la luz de los documentos del Concilio Vaticano II, resulta evidente que algo cambió.

LIBERTAD RELIGIOSA

La libertad religiosa es uno de los principios que surgieron del Concilio Vaticano II. Había sido condenada en múltiples ocasiones antes de que el concilio se concretara.

Según la declaración del Concilio Vaticano II sobre la libertad religiosa:
«Este Concilio Vaticano declara que la persona humana tiene derecho a la libertad religiosa. Esta libertad consiste en que todos los hombres han de estar inmunes de coacción, tanto por parte de individuos como de grupos sociales y de cualquier potestad humana, y esto de tal manera que, en materia religiosa, ni se obligue a nadie a obrar contra su conciencia, ni se le impida que actúe conforme a ella en privado y en público, sólo o asociado con otros, dentro de los límites debidos. Declara, además, que el derecho a la libertad religiosa está realmente fundado en la dignidad misma de la persona humana, tal como se la conoce por la palabra revelada de Dios y por la misma razón natural. Este derecho de la persona humana a la libertad religiosa ha de ser reconocido en el ordenamiento jurídico de la sociedad, de tal manera que llegue a convertirse en un derecho civil.

Todos los hombres, conforme a su dignidad, por ser personas, es decir, dotados de razón y de voluntad libre, y enriquecidos por tanto con una responsabilidad personal, están impulsados por su misma naturaleza y están obligados además moralmente a buscar la verdad, sobre todo la que se refiere a la religión. Están obligados, asimismo, a aceptar la verdad conocida y a disponer toda su vida según sus exigencias. Pero los hombres no pueden satisfacer esta obligación de forma adecuada a su propia naturaleza, si no gozan de libertad psicológica al mismo tiempo que de inmunidad de coacción externa. Por consiguiente, el derecho a la libertad religiosa no se funda en la disposición subjetiva de la persona, sino en su misma naturaleza. Por lo cual, el derecho a esta inmunidad permanece también en aquellos que no cumplen la obligación de buscar la verdad y de adherirse a ella, y su ejercicio, con tal de que se guarde el justo orden público, no puede ser impedido» (Dignitátis Humánæ, párr. 2).
Roncalli (también conocido como Juan XXIII) afirmó en su encíclica “Pacem in Terris” lo siguiente: «Entre los derechos del hombre débese enumerar también el de poder venerar a Dios, según la recta norma de su conciencia, y profesar la religión en privado y en público» (párr. #14).

Esto debe compararse con lo que enseñaron los papas anteriores sobre este tema.
  • El Papa Gregorio XVI, escribiendo en 1832, dijo lo siguiente: 
    «De esa cenagosa fuente del indiferentismo mana aquella absurda y errónea sentencia o, mejor dicho, locura, que afirma y defiende a toda costa y para todos, la libertad de conciencia. Este pestilente error se abre paso, escudado en la inmoderada libertad de opiniones que, para ruina de la sociedad religiosa y de la civil, se extiende cada día más por todas partes, llegando la impudencia de algunos a asegurar que de ella se sigue gran provecho para la causa de la religión. “¡Y qué peor muerte para el alma que la libertad del error!”, decía San Agustín (Epístola 166). Y ciertamente que, roto el freno que contiene a los hombres en los caminos de la verdad, e inclinándose precipitadamente al mal por su naturaleza corrompida, consideramos ya abierto “aquel abismo” (Apocalipsis IX, 3) del que, según vio San Juan, subía un humo que oscurecía el sol y arrojaba langostas que devastaban la tierra. De aquí la inconstancia en los ánimos, la corrupción de la juventud, el desprecio –por parte del pueblo– de las cosas santas y de las leyes e instituciones más respetables; en una palabra, la mayor y más mortífera peste para la sociedad, porque, aun la más antigua experiencia enseña cómo los Estados que más florecieron por su riqueza, poder y gloria, sucumbieron por el solo mal de una inmoderada libertad de opiniones, libertad en la oratoria y ansia de novedades» (Encíclica Mirári vos, párr. #14).
       
  • El Papa Pío IX, en su encíclica Quánta cura, dijo: 
    «En efecto, os es perfectamente conocido, Venerables Hermanos, que hoy no faltan hombres que, aplicando a la sociedad civil el impío y absurdo principio llamado del naturalismo, se atreven a enseñar que “el mejor orden de la sociedad pública y el progreso civil demandan imperiosamente que la sociedad humana se constituya y se gobierne sin que tenga en cuenta la Religión, como si esta no existiera, o, por lo menos, sin hacer distinción alguna entre la verdadera Religión y las falsas”. Además, contradiciendo la doctrina de la Sagrada Escritura, de la Iglesia y de los Santos Padres, no dudan en afirmar que “el mejor gobierno es aquel en el que no se reconoce al poder civil la obligación de castigar, mediante determinadas penas, a los violadores de la religión católica, sino en cuanto la paz pública lo exija”; y como consecuencia de esta idea absolutamente falsa, no dudan en consagrar aquella opinión errónea, en extremo perniciosa a la Iglesia Católica y a la salvación de las almas, llamada por Gregorio XVI, Nuestro Predecesor, de feliz memoria, “locura” a saber: “que la libertad de conciencias y de cultos es un derecho propio de cada hombre, que todo Estado bien constituido debe proclamar y garantizar como ley fundamental, y que los ciudadanos tienen derecho a la plena libertad de manifestar sus ideas con la máxima publicidad, ya de palabra, ya por escrito, ya en otro modo cualquiera, sin que autoridad civil ni eclesiástica alguna puedan reprimirla en ninguna forma” (Mirári vos, 15 de Agosto de 1832).
          
    Ahora bien: al sostener afirmación tan temeraria no piensan ni consideran que proclaman la “libertad de la perdición” (San Agustín, Epístola 105 –ó 166–), y que, “si se permite siempre la plena manifestación de las opiniones humanas, nunca faltarán hombres, que se atrevan a resistir a la Verdad, y a poner su confianza en la verbosidad de la sabiduría humana; vanidad en extremo perjudicial, y que la fe y la sabiduría cristiana deben evitar cuidadosamente, con arreglo a la enseñanza de Nuestro Señor Jesucristo” (San León Magno, Epístola 164 –ó 133–, parte 2)». (Quánta Cura, párr. 3). 
    El Papa Pío IX condenó acertadamente este error en varias partes de su famoso Sýllabus Errórum (8 de diciembre de 1864). Estas incluyen:
    • 15.º «Todo hombre es libre para abrazar y profesar la religión que guiado de la luz de la razón juzgare por verdadera» (Proposición condenada en las Letras Apostólicas Multíplices inter, 10 de Junio de 1851; y en la Alocución Máxima quídem, 9 de Junio de 1862).
    • 55.º «Es bien que la Iglesia sea separada del Estado y el Estado de la Iglesia» (Proposición condenada en la Alocución Acerbíssimum, 27 de Septiembre de 1852).
    • 77.º «En esta nuestra edad no conviene ya que la Religión católica sea tenida como la única religión del Estado, con exclusión de otros cualesquiera cultos» (Proposición condenada en la Alocución Nemo vestrum, 26 de Julio de 1855).
    • 79.º «Es sin duda falso que la libertad civil de cualquiera culto, y lo mismo la amplia facultad concedida a todos de manifestar abiertamente y en público cualesquiera opiniones y pensamientos, conduzca a corromper más fácilmente las costumbres y los ánimos, y a propagar la peste del indiferentismo» (Proposición condenada en la Alocución Núnquam fore, 15 de Diciembre de 1856).
      
  • El Papa León XIII dijo en su encíclica de 1888 Libértas præstantíssimum lo siguiente:
    «La sociedad, por serlo, ha de reconocer como Padre y autor a Dios y reverenciar y adorar su poder y su dominio. Veda, pues, la justicia, y védalo también la razón, que el Estado sea ateo, o lo que viene a parar en el ateísmo, que se halle de igual modo con respecto a las varias que llaman religiones y conceda a todas promiscuamente iguales derechos» (párr. 21).
    El Papa León XIII, en su encíclica Immortále Dei de 1885, dijo lo siguiente:
    «Queda en silencio el dominio divino, como si Dios no existiese o no se preocupase del género humano, o como si los hombres, ya aislados, ya asociados, no debiesen nada a Dios, o como si fuera posible imaginar un poder político cuyo principio, fuerza y autoridad toda para gobernar no se apoyaran en Dios mismo. De este modo, como es evidente, el Estado no es otra cosa que la multitud dueña y gobernadora de sí misma. Y como se afirma que el pueblo es en sí mismo fuente de todo derecho y de toda seguridad, se sigue lógicamente que el Estado no se juzgará obligado ante Dios por ningún deber; no profesará públicamente religión alguna, ni deberá buscar entre tantas religiones la única verdadera, ni elegirá una de ellas ni la favorecerá principalmente, sino que concederá igualdad de derechos a todas las religiones, con tal que la disciplina del Estado no quede por ellas perjudicada» (párr. 25).
    La separación de la Iglesia y el Estado es la consecuencia inevitable de este gravísimo error.
       
  • El Papa San Pío X, en su encíclica Veheménter Nos, escribió lo siguiente en 1906:
    «Que sea necesario separar al Estado de la Iglesia es una tesis absolutamente falsa y sumamente nociva. Porque, en primer lugar, al apoyarse en el princípio fundamental de que el Estado no debe cuidar para nada de la religión, infiere una gran injuria a Dios, que es el único fundador y conservador tanto del hombre como de las sociedades humanas, ya que en materia de culto a Dios es necesario no solamente el culto privado, sino también el culto público. En segundo lugar, la tesis de que hablamos constituye una verdadera negación del orden sobrenatural, porque limita la acción del Estado a la prosperidad pública de esta vida mortal, que es, en efecto, la causa próxima de toda sociedad política, y se despreocupa completamente de la razón última del ciudadano, que es la eterna bienaventuranza propuesta al hombre para cuando haya terminado la brevedad de esta vida, como si fuera cosa ajena por completo al Estado. Tesis completamente falsa, porque, así como el orden de la vida presente está todo él ordenado a la consecución de aquel sumo y absoluto bien, así también es verdad evidente que el Estado no sólo no debe ser obstáculo para esta consecución, sino que, además, debe necesariamente favorecerla todo lo posible» (párr. #3).
Lo que ha ocurrido en las últimas décadas con Roncalli, Montini, Luciani, Wojtyła, Ratzinger, Bergoglio y Riggitano-Prévost es que han orado numerosas veces con miembros de religiones falsas. Esto se debe a su rechazo a lo que los papas preconciliares enseñaron claramente en materia de libertad religiosa. El Estado debe ser católico. Si no lo es, entonces el hombre tiene derecho a practicar la religión que desee y ninguna religión es más verdadera que otra. El catolicismo se encuentra entonces en igualdad de condiciones con la ortodoxia oriental, el protestantismo (independientemente de la secta), el judaísmo, el islam, el budismo, el hinduismo, el jainismo, el sijismo, el sintoísmo, el taoísmo, el vudú e incluso el satanismo. El ateísmo también tiene tanto derecho como el catolicismo, si no más, porque ninguna religión debe ser «impuesta a la sociedad» como la verdadera. ¡Este principio masónico ha permeado la sociedad, particularmente Occidente, con efectos desastrosos!

El reinado social de Cristo debe gobernar sobre toda la sociedad. El ser humano debe adorar a Dios según su voluntad, no según la nuestra. Si la humanidad actúa así y el Estado refleja la Iglesia Católica en sus leyes temporales, la sociedad podrá experimentar una paz en la Tierra que, si bien no será perfecta en este mundo caído, sin duda hará de este mundo un lugar mucho mejor y más pacífico.

Como dijo el Papa Pío XI en Quas Primas en 1925 sobre el Reinado Social de Cristo:
«Si los hombres en privado y en público reconocen la soberana potestad de Cristo, necesariamente vendrán al entero consorcio humano señalados beneficios de justa libertad, de tranquila disciplina y apacible concordia» (párr. #19). 
Comparemos esto con algunas citas de los “papas” del Concilio Vaticano II:
  • Pablo VI, Audiencia general, 9 de julio de 1969: «Así como la Iglesia siempre ha sostenido que “nadie puede ser obligado a abrazar la fe” (Declaración Dignitátis humánæ, n. 12); y también ha afirmado, a lo largo de su larga historia, a costa de la opresión y la persecución, la libertad de cada uno para profesar su religión: nadie, dice, debe ser impedido, nadie debe ser forzado, sobre la base de su propia conciencia religiosa (ibid., n. 2) […] el Concilio no descubrió ni inventó la libertad; reivindicó sus derechos inalienables para la conciencia personal […] exigiendo, como decíamos, una verdadera y pública libertad religiosa, respetando al mismo tiempo los derechos de los demás y el orden público (Dignitátis humánæ, n. 7 etc.)».
  • Pablo VI, Carta al cardenal Agostino Casaroli en ocasión de la Conferencia de Seguridad y Cooperación Europea de Helsinki, 25 de julio de 1975: «Entre estos derechos, la Santa Sede se complace de ver el énfasis específico que se puso en la libertad religiosa».
  • Juan Pablo II, Mensaje a los jefes de Estado firmantes del Acta de Helsinki (citado por L’Osservatore Romano), 1 de Septiembre de 1980: «La libertad de conciencia y de religión […] es, como se ha dicho, un derecho primario e inalienable de la persona».
  • Juan Pablo II, Path to Peace: A contribution. Documents of the Holy See to the international community (Camino a la Paz: Una contribución. Documentos de la Santa Sede a la Comunidad Internacional), Giovanni María Cheli Sacco, compilador, 1980: «Todos los hombres tienen una dignidad humana de igualdad de derechos».
  • Antes de convertirse en Benedicto XVI, Ratzinger denominó a “Gaudium et Spes” un “anti-Sýllabus”, en oposición al Sýllabus de Pío IX y al de San Pío X (Principios de Teología Católica, traducción inglesa de 1987, págs. 381-382). Como Benedicto XVI, rezaría con falsas religiones constantemente, al igual que sus predecesores posconciliares.
  • Bergoglio, como “Francisco I”, siguió los pasos de sus predecesores de la Segunda Guerra Mundial. ¡Amaba la libertad religiosa! Su constante ataque contra los católicos tradicionalistas y su defensa de la libertad religiosa dejaban muy claro que compartía plenamente este principio masónico. Sus famosas frases: «Creo en Dios, no en un Dios católico, no existe un Dios católico…» y «El proselitismo es una tontería, no tiene sentido», nos dicen todo lo que necesitamos saber sobre él.
Lo que hemos visto es a un papa tras otro, antes del Concilio Vaticano II, condenando la libertad religiosa, el mismo principio que todos los supuestos “papas” desde Roncalli en adelante han defendido una y otra vez. Claramente, estamos hablando de dos religiones diferentes.
  
ECUMENISMO
   
El ecumenismo es otra doctrina falsa que se promovió en el Concilio Vaticano II.

Una de las características definitorias de la Iglesia Católica es su unidad. Es indivisible. Desde el siglo XVI, por ejemplo, hemos visto decenas de miles de sectas protestantes que se han separado de la Iglesia Católica y, posteriormente, entre sí. Los “papas” posconciliares nos dicen que debemos orar por la unidad con estos “hermanos separados”. ¡No! La Iglesia Católica ya posee la unidad. No estará unida hasta que los hermanos separados “regresen al redil”, como si le faltara algo que debiera encontrar. La Iglesia Católica es una sociedad perfecta, como enseñó el Papa Pío XII. Los «papas» del Concilio Vaticano II rechazan la unidad de la Iglesia y la “buscan” orando constantemente con religiones falsas, como si fueran detectives en busca de la Verdad. La Iglesia Católica ya posee la Verdad y jamás la perderá. No hay ningún punto de convergencia futuro que deba buscarse, pues ya posee TODO LO QUE NECESITA (énfasis añadido). Los “papas” del Concilio Vaticano II desean un sincretismo universal de todas las religiones del mundo, hacia una futura Religión Mundial Única, precisamente aquello sobre lo que advirtió el Papa San Pío X en su encíclica Notre Charge Apostolique.

Considerad las siguientes citas:
  • El Papa Pío IX en 1868 dijo: «Ninguna de esas sociedades [disidentes], ni siquiera en conjunto, pueden ser consideradas en manera alguna como la única y verdadera Iglesia Católica que Cristo Señor edificó, constituyó y quiso que existiese, y nunca se podrá decir que son miembros o parte de la misma Iglesia, puesto que permanecen visiblemente separadas de la Unidad Católica» (Carta Apostólica “Jam Vos Omnes”, párr. 3).
  • El Papa León XIII en 1896 dijo: «Si examinamos los hechos, comprobaremos que Jesucristo no concibió ni instituyó una Iglesia formada de muchas comunidades que se asemejan por ciertos caracteres generales, pero distintas unas de otras y no unidas entre sí por aquellos vínculos que únicamente pueden dar a la Iglesia la individualidad y la unidad de que hacemos profesión en el símbolo de la fe: “Creo en la Iglesia una…”» (Encíclica Satis Cógnitum, párr. 4). 
  • El Papa Pío XI en 1928 dijo: «Porque siendo el cuerpo místico de Cristo, esto es, la Iglesia, uno (1.ª Cor. 12, 12), compacto y conexo (Eph. 4, 15), lo mismo que su cuerpo físico, necedad es decir que el cuerpo místico puede constar de miembros divididos y separados; quien, pues, no está unido con él no es miembro suyo, ni está unido con su cabeza, que es Cristo (Eph. 5, 30; 1, 22)» (Encíclica Mortálium Ánimos, párrafo 10).
  • Papa Pío XII: «[Los obispos] Desterrarán también la peligrosa ambigüedad en la expresión que daría lugar a opiniones erróneas y a esperanzas falaces que nunca podrán realizarse, diciendo, por ejemplo, que la enseñanza de los Soberanos Pontífices, en las encíclicas sobre la vuelta de los disidentes a la Iglesia y sobre el Cuerpo místico de Cristo, no debe ser tomada en gran consideración, puesto que no todo es dogma de fe, o bien, y lo que es aún peor, que en las materias dogmáticas, la iglesia católica no posee la plenitud de Cristo, y que puede hallar una mayor perfección en las demás iglesias» (Suprema y Sagrada Congregación del Santo Oficio, Instrucción “Ecclésia Cathólica” sobre el movimiento ecuménico, 20 de diciembre de 1949). 
Comparad estas citas con lo que los “papas” del Concilio Vaticano II dijeron sobre el (falso) ecumenismo:
  • Pablo VI, Audiencia General, 8 de noviembre de 1972: «[Por el Concilio] Se reavivó el ecumenismo, así como el respeto por las religiones no cristianas, por nuestros adversarios, por los valores de la actividad humana, etc. (Cf. Gáudium et Spes, 34)».
  • Pablo VI, Exhortación Apostólica “Evangélii nuntiándi”, 8 de diciembre de 1975: «La Iglesia respeta y estima estas religiones no cristianas, por ser la expresión viviente del alma de vastos grupos humanos».
  • Pablo VI, Discurso al Embajador Extraordinario y Plenipotenciario de la República Islámica de Pakistán, 9 de septiembre de 1972: «Queremos también manifestar ante Vd. que la Iglesia católica reconoce las riquezas de la fe islámica –una fe que nos conduce al Dios único–».
  • Pablo VI, Discurso al Embajador Extraordinario y Plenipotenciario de la República Islámica de Pakistán, 18 de septiembre de 1969: «Por otra parte, [la Iglesia] reconoce que en “el primer lugar” entre quienes adoran al Creador “se hallan los musulmanes, que afirmando mantenerse en la fe de Abrahán, adoran con nosotros al Dios único y misericordioso que juzgará a los hombres el último día” (cf. Lumen géntium, 16)».
  • Pablo VI, Discurso a una delegación del Patriarcado de Constantinopla, 14 de diciembre de 1976: «…queridísimos hermanos, enviados por la venerable Iglesia de Constantinopla… llevamos a cabo el solemne y sagrado acto eclesial de levantar los antiguos anatemas, acto con el que deseábamos borrar para siempre el recuerdo de estos acontecimientos de la memoria y del corazón de la Iglesia…».
  • Pablo VI, Discurso del Ángelus, 17 de enero de 1971: «De la oposición polémica entre las diversas denominaciones cristianas, hemos pasado al respeto mutuo, al diálogo y a cierta colaboración práctica; ¡pero aún no se puede alcanzar la unidad sincera!».
  • Juan Pablo II habló sobre la falta de unidad en la Iglesia Católica. Afirmó que necesitamos orar con las religiones no religiosas para lograr la unidad y que los santos provienen de todas las religiones (Encíclica “Ut unum sint”). Los párrafos 7 al 10 de este documento son especialmente reveladores, ya que cita “Unitátis redintegrátio”,  “Lumen géntium”  y “Dignitátis humánæ”, documentos del Concilio Vaticano II que profundizan en este error.
Se podrían mencionar muchos otros ejemplos, como la invitación de Roncalli a los ortodoxos en el Concilio Vaticano II, el hecho de que Montini permitiera que seis ministros protestantes tuvieran un papel fundamental en la creación del Novus Ordo Misæ, la oración de Bergoglio con personas de todas las religiones, como hicieron todos sus predecesores del Concilio Vaticano II, etc. La lista de ejemplos es interminable. 

Lo que hemos visto es a un papa tras otro, antes del Concilio Vaticano II, condenando el ecumenismo, el mismo principio que todos los pseudopapas, desde Roncalli en adelante, han defendido una y otra vez. Claramente, estamos hablando de dos religiones distintas.

COLEGIALIDAD
   
La Constitución Dogmática sobre la Iglesia del Concilio Vaticano II, titulada “Lumen géntium”, dice lo siguiente en el párrafo n.º 22:
«El Cuerpo episcopal, que sucede al Colegio de los Apóstoles en el magisterio y en el régimen pastoral, más aún, en el que perdura continuamente el Cuerpo apostólico, junto con su Cabeza, el Romano Pontífice, y nunca sin esta Cabeza, es también sujeto de la suprema y plena potestad sobre la Iglesia universal [Cf. Relación oficial de Mons. Federico María Zinelli, en el Concilio Vaticano I: Mansi, vol. 52, col. 1109C], si bien no puede ejercer dicha potestad sin el consentimiento del Romano Pontífice. El Señor estableció solamente a Simón como roca y portador de las llaves de la Iglesia (Mt. 16, 18-19) y le constituyó Pastor de toda su grey (cf. Jn. 21, 15 ss); pero el oficio de atar y desatar dado e Pedro (cf. Mt. 16, 19) consta que fue dado también al Colegio de los Apóstoles unido a su Cabeza (cf. Mt. 18, 18; 28, 16-20) [Cf. Concilio Vaticano I, esquema de la constitución dogmática II “De Ecclésia Christi”, cap. 4: Mansi, vol. 53, col. 310. Cf. Relación de Josef Kleutgen SJ de schemate reformato: Mansi, vol 53, cols. 321B-322B y la declaración de Mons. Federico María Zinelli: Mansi, vol. 52, col. 1110A. cfr. también San León Magno, Sermón 4, 3: Migne, Patrología Latina 54, col. 151A]».
El Código de Derecho Canónico de 1983 reitera esto en el canon 336:
«Collégium Episcopórum, cujus caput est Summus Póntifex cujúsque membra sunt Epíscopi vi sacramentális consecratiónis et hierárchica communióne cum Collégii cápite et membris, et in quo corpus apostólicum contínuo persevérat, una cum cápite suo, et númquam sine hoc cápite, subjéctum quóque suprémæ et plenæ potestátis in univérsam Ecclésiam exsístit [El Colegio Episcopal, cuya cabeza es el Sumo Pontífice y del cual son miembros los Obispos en virtud de la consagración sacramental y de la comunión jerárquica con la cabeza y miembros del Colegio, y en el que continuamente persevera el cuerpo apostólico, es también, en unión con su cabeza y nunca sin esa cabeza, sujeto de la potestad suprema y plena sobre toda la Iglesia]».
Esta “iglesia sinodal” que Pablo VI instauró para democratizar la Iglesia Católica continuó (y continúa) vigente hasta León XIV, con sus numerosos sínodos de “obispos” y “cardenales” que intentaban (mediante un diálogo interminable) determinar cuál era “el verdadero significado del Concilio Vaticano II” y cómo implementarlo. Más de 60 años después, con siete “pontífices” heréticos, ninguno de ellos pudo dilucidar el verdadero significado del Vaticano II. Ni los Padres de la Iglesia en Nicea I, ni en Florencia, ni en Trento, ni en ninguno de los otros concilios ecuménicos de la Iglesia tuvieron que “determinar el verdadero significado del concilio”. No, es el Vaticano II el que sigue siendo un misterio hasta el día de hoy. ¡Qué interesante!

Comparad la enseñanza posconciliar de la colegialidad con la verdadera enseñanza de la Iglesia:

El Papa es el único que posee la autoridad suprema en la Iglesia. Del Concilio Vaticano de 1870:
Constitución dogmática “Pastor Ætérnus”: «Canon 2.º Por lo tanto, si alguno dijere que no es por institución del mismo Cristo el Señor, es decir por derecho divino, que el bienaventurado Pedro tenga perpetuos sucesores en su primado sobre toda la Iglesia, o que el Romano Pontífice no es el sucesor del bienaventurado Pedro en este misma primado: sea anatema.

Canon 3.º Así, pues, si alguno dijere que el Romano Pontífice tiene tan sólo un oficio de supervisión o dirección, y no la plena y suprema potestad de jurisdicción sobre toda la Iglesia, y esto no sólo en materia de fe y costumbres, sino también en lo concerniente a la disciplina y gobierno de la Iglesia dispersa por todo el mundo; o que tiene sólo las principales partes, pero no toda la plenitud de esta suprema potestad; o que esta potestad suya no es ordinaria e inmediata tanto sobre todas y cada una de las Iglesias como sobre todos y cada uno de los pastores y fieles: sea anatema».
Todos los papas del V2 han enseñado la colegialidad como la verdadera postura católica. Esto formaba parte de la conspiración masónica para debilitar el papado, como se describe en la Alta Vendita.  Con el tiempo, la Iglesia se llenaría de herejes que aparentarían tener autoridad, cuando en realidad ya no serían clérigos. ¿Os suena familiar? Su plan era tener un papa propio en el trono papal. Pues bien, hasta ahora han tenido siete. Al promover la colegialidad, querían destruir el papado, y qué mejor manera de hacerlo que afirmando que el papa debe estar de acuerdo con todos los obispos del mundo. Esto le quita poder al papado.

Al igual que con la libertad religiosa y el ecumenismo, se podrían citar numerosas frases de los papas preconciliares y posconciliares sobre la colegialidad, pero, sinceramente, ¿qué sentido tiene? Ya es evidente que estamos ante una religión falsa.

CONCLUSIÓN
                                                          
¿Qué se puede hacer entonces? Esta es una pregunta difícil porque cualquier mención de que el Concilio Vaticano II fue herético y que los últimos 7 “papas” fueron inválidos provocará inmediatamente escepticismo y burlas (si no algo peor).
         
Debemos aprovechar el poder que el Cielo nos ha dado para ganar almas para Cristo. La oración, el ayuno y la limosna son muy poderosos. Necesitamos practicarlos. Quienes tenemos una iglesia tradicional cerca debemos usar los sacramentos con frecuencia. El rosario es una oración muy importante. La devoción al Sagrado Corazón de Jesús y al Inmaculado Corazón de María es muy útil. La devoción a San José es muy poderosa. Invocar a los ángeles y santos, especialmente a San Miguel Arcángel y a nuestro santo patrono, es muy útil, sin mencionar a nuestros propios ángeles guardianes. Los sacramentales como el escapulario marrón y la medalla de San Benito también son útiles.
            
Lo único que podemos hacer es cada uno de nosotros. La fe católica debe ser abrazada en su totalidad, lo que implica rechazar la falsa secta del Concilio Vaticano II, engendrada por las fuerzas del infierno. Como dijo el Papa Benedicto XV en “Ad Beatíssimi Apostolórum Príncipis cáthedram”: «La fe católica es de tal índole y naturaleza, que nada se le puede añadir ni quitar: o se profesa por entero o se rechaza por entero…» (párr. 24).
           
Los miembros de la secta del Concilio Vaticano II creen firmemente pertenecer a la Iglesia Católica. Debemos recordar lo que el Papa Pío XII afirmó sobre la pertenencia a la Iglesia: «Pero entre los miembros de la Iglesia sólo se han de contar de hecho los que recibieron las aguas regeneradoras del bautismo, y, profesando la verdadera fe, no se hayan separado, miserablemente, ellos mismos, de la contextura del Cuerpo, ni hayan sido apartados de él por la legítima autoridad a causa de gravísimas culpas» (“Mýstici Córporis Christi”, párr. 22). Los miembros de la secta del Vaticano II no profesan la verdadera fe (en la mayoría de los casos, sin culpa alguna por su parte). 
        
Aun así, debemos esforzarnos por mostrarles el error de sus caminos. Muchos no cambiarán, pero debemos intentar convertirlos a la Verdadera Fe mientras todavía hay tiempo. Tampoco debemos desanimarnos si no vemos los resultados que deseamos. Dios nos pide que seamos fieles y que hagamos nuestro mejor esfuerzo. Muchas veces, los resultados no serán los que esperábamos, pero mientras permanezcamos fieles a Él, perseveremos en la Única y Verdadera Fe y hagamos todo lo posible por llevar a otros a su Santa Iglesia Católica, habremos hecho todo lo que está en nuestras manos y dejaremos el resto en sus manos. «Para los hombres esto es imposible, pero no para Dios; para Dios todo es posible» (Marcos 10:27).

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+Jorge de la Compasión (Autor del blog)

Jorge Rondón Santos (Editor colaborador)