Mensaje
Urbi et Orbi del Santo Padre Pío XII (Pascua de 1958) - Traducción y
observación final, del ing. Patricio Shaw. Tomado de CATÓLICOS ALERTA.
Movidos
por la sed ardiente de luz sobrehumana, amados hijos e hijas de Roma y
del mundo, habéis venido, con la presencia o en espíritu, a este lugar,
donde más vívido parece renovarse con la solemnidad de los ritos el
fulgor de la Resurrección, para alcanzar de Cristo, Fuente de verdad y
de vida, la onda restauradora de su luz y de su gracia. Cristo es Aquel
que, erradicadas las tinieblas de muerte, resplandece como astro sereno
sobre la entera humanidad:
«Ille,
qui regréssus ab ínferis, humáno géneri serénus illúxit» — «Él, que
regresado de los infiernos, brilla sereno para el linaje humano[1].
Dispensadora
perenne de luz es la Pascua cristiana, desde aquel alba afortunada,
vaticinada y esperada durante largos siglos, que vio la noche de la
pasión convertirse en día refulgente de alegría, cuando Cristo,
destruidos los vínculos de muerte, salió a relucir, cual Rey victorioso,
del sepulcro a nueva y gloriosa vida, liberando la humana progenie de
las tinieblas de los errores y de los cepos del pecado. Desde aquel día
de gloria de Cristo, de liberación para los hombres, nunca más cesó el
acudir de las almas y pueblos hacia Aquel que, resucitando, confirmó con
el divino sello la verdad de su palabra: «Yo soy la luz del mundo. El
que me sigue, no camina a oscuras, sino que tendrá la luz de la vida»
[2].
De cada región a Él convergen, sedientos y confiados, todos los que aman
y creen en la luz; aquellos que sienten pesar sobre sus espíritus la
angustia de la duda y de la incertidumbre; aquellos que están cansados
del eterno errar entre opuestas doctrinas, los extraviados en las vanas
sombras del siglo, los mortificados de las culpas propias y ajenas. En
todos aquellos que, como vosotros, han abierto la mente y el corazón a
la divina luz de Cristo, se ha renovado el prodigio de la resurrección a
nueva vida, en el gozo y en la íntima paz. El «aleluya», que hoy la
Iglesia canta por doquier en la tierra, y al que vosotros, exultantes,
os asociáis, es el vivo testimonio de que Cristo es todavía «Luz del
mundo», y tal será hasta la consumación de los siglos: luz de verdad, de
unidad, de vida para las humanas generaciones. Como al alba de la
creación la luz, brotada por primera vez de las manos del todopoderoso
Ordenador del cosmos, todavía informe, caótica y tenebrosa
[3],
fue puesta al umbral de todo ordenamiento y ornamentación, al origen de
todo desarrollo y de toda vida; así en la obra de restauración,
comparada por el Apóstol a una nueva creación
[4],
la luz de Cristo es el elemento primero, fecundo, indispensable del
nuevo orden restablecido por el Hijo de Dios. Esto significa que el
hombre sólo por Cristo y en Cristo, conseguirá su perfección personal;
por Él sus obras serán vitales, las relaciones con sus semejantes y con
las cosas estarán alineadas, sus dignas aspiraciones serán colmadas; en
una palabra, por Cristo y a partir de Cristo el hombre tendrá plenitud y
perfección de vida, aún antes de que surjan sobre los eternos
horizontes un nuevo cielo y una nueva tierra
[5].
El mismo Verbo de Dios, que presidió la creación de todas las cosas
visibles e invisibles, se encarnó para llevar a cabo la obra iniciada al
principio de los tiempos, de modo que, así como «sin Él no se ha hecho
cosa alguna de cuantas han sido hechas» y «En Él estaba la vida, y la
vida era la luz»
[6] ,
así no puede darse verdad, bondad, armonía ni vida, que no se inclinen a
Cristo, maestro, apoyo y ejemplo de los hombres. ¡Oh, si estos
reconocieran la realidad de la palabra de Cristo «Yo soy la luz del
mundo», y aceptaran toda su amplitud, que no comporta límites ni
recintos, exponiendo la mente y corazón a sus divinos rayos, cuánta
vida, cuánta serenidad y esperanza florecerían en este nuestro valle! Al
contrario, si internas tragedias dilaceran los espíritus, si el
escepticismo y el vacío resecan tantos corazones, si la mentira se
convierte en arma de lucha, si el odio estalla entre las clases y los
pueblos, si guerras y revueltas se suceden de un meridiano a otro, si se
perpetran crímenes, se oprime a débiles, se encadena a inocentes, si
las leyes no bastan, si las vías de la paz son inaccesibles, —si, en una
palabra, este nuestro valle está todavía surcado por ríos de lágrimas,
no obstante las maravillas ejecutadas por el hombre moderno, sabedor y
civil; es signo de que algo está sustraído a la luz de Dios que aclara y
fecunda. El fulgor de la Resurrección sea entonces una invitación a los
hombres a restituir a la luz vital de Cristo, a conformar a las
enseñanzas y designios de Él el mundo y todo lo que éste abraza; cuerpos
y almas, pueblos y civilizaciones, sus estructuras, sus leyes, sus
proyectos. No prevalezcan en retenerlos ni el insensato orgullo, ni el
vano temor de que el dejarse inspirar por Cristo menoscabe su libertad o
la autonomía de sus obras. Dios, que desde los orígenes mandó al hombre
someter la tierra y trabajar en ella
[7],
no retira su palabra, ni tiene intención de reemplazar al hombre, sino
de conducirlo y sostenerlo, para que se cumplan a la perfección sus
designios, ya que ni Dios ni el hombre estarían pagos con cualquier
existencia del mundo, sino sólo de una vida suya en constante progreso
hacia la plenitud de la verdad, la justicia, la paz.
¿Pero
dónde encontrarán los hombres concretamente y con certeza la luz de
Cristo? ¿Por qué visible medio ella se convierte en luz a los ojos
mortales, norma práctica de acción y fecundidad inmediata de obras?
Vosotros, dilectos hijos, lo sabéis: de la luz de Cristo es depositaria
la Iglesia por Él fundada y asistida, por lo tanto en sentido verdadero
«lumen de lumine» realidad visible y perenne, al mismo tiempo humana y
divina, temporal y eterna. A esta «ciudad edificada sobre un monte»
[8]
Cristo ha confiado «el testimonio más firme que el nuestro que es el de
los profetas, al cual hacéis bien en mirar atentamente, como a una
antorcha que luce en lugar oscuro»
[9].
Fijadas pues vuestras miradas en ella, con la sinceridad y el sabio
discernimiento de los hijos de la luz, no ya con la malsano complacencia
de los hijos de las tinieblas que prefieren, con daño propio, detenerse
en las inevitables sombras que acompañan toda realidad en parte también
humana. La sombra del hombre no apaga la luz de Dios, sino que la pone
de resalto más claro. Es luz de Dios encendida en el mundo la atenta
vigilancia de la Iglesia sobre las doctrinas, su asiduidad en difundir y
defender la verdad, su no apresurada prudencia para con las novedades y
cambios, la imparcialidad en las contiendas entre clases y naciones, la
inflexibilidad en proteger los derechos de cada individuo, la intrepidez
frente a los enemigos de Dios y de la sociedad. Pregúntese cada uno de
vosotros: ¿qué se haría del mundo en la actualidad si faltara tanta luz?
¿Acaso él podría gloriarse de ese complejo de conquistas materiales y
morales indicado con el nombre de «civilización»? ¿Estaría aún vivo en
las conciencias el sentido, tan ampliamente difundido, de justicia, de
verdadera libertad, de responsabilidad, que anima la mayoría de los
pueblos y los gobernantes? ¿Que decir, pues, de la conciencia de unidad
de la familia humana en consolador progreso en las mentes y en las
concretas realizaciones? ¿Quién, si no Cristo, puede recoger y fusionar
en un solo pálpito de fraternidad hombres tan distintos por estirpe,
lengua, costumbres, cuales sois todos vosotros que Nos escucháis
mientras os hablamos en su nombre y por su autoridad? Él es realmente
Aquel que, erradicadas las tinieblas de muerte, resplandece como astro
sereno sobre la entera humanidad. Empero, en un modo del todo
particular, Cristo resplandece sobre la inmensa familia de los
creyentes, sobre vosotros, que os gloriáis del nombre de Cristo hasta el
punto de haceros partícipes de su divina prerrogativa. A las multitudes
que lo rodeaban les dijo: «Vosotros sois la luz del mundo»
[10].
Esta identidad de misión, derivada de Cristo a sus seguidores, mientras
constituye en estos un título de excelso honor, impone graves
responsabilidades de acción. «Brille así vuestra luz ante los hombres
—añadió— de manera que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro
Padre que está en los cielos»
[11].
¿Pero qué «buena obra» más útil al mundo puede hacerse al presente por
la entera cristiandad, si no promover con todas las fuerzas el firme
restablecimiento de la justa paz? Individuos y pueblos, naciones y
Estados, institutos y grupos, están invitados por el Rey de la Paz a
insistir con confianza en esta difícil y urgente obra de gloria divina. A
ella se deberá dedicar toda la imponente reserva de inteligencia,
prudencia, y si fuera necesario de sólida firmeza, de que dispone el
mundo cristiano, coadyuvado por todos los demás que lealmente aman la
paz. La sinceridad en querer la paz, la prontitud en realizar todas las
razonables renuncias que ella exige, la honestidad en discutir sus
problemas, deben naturalmente disipar las sombras de la desconfianza;
pero, si —Dios no lo quiera— así no ocurriera, se sabría finalmente a
quien atribuir las responsabilidades de las presentes disarmonías. ¡Sed,
pues, luz de paz en este mundo entenebrecido, y Dios estará con
vosotros en cada suceso! He aquí, queridos hijos e hijas de Roma, de
Italia y del mundo, el mensaje que la presente Pascua os lleva: creed en
la luz de Cristo y de la Iglesia, amad y defended infatigablemente
estos sumos dones prodigados por Dios al mundo. Os repetimos tanto con
los acentos de los siglos lejanos, pero con la urgencia requerida por un
presente todavía incierto: «Hay, pues, una luz que ha hecho esta luz:
amémosla, ansiemos entenderla, sintamos sed de ésa, para que, bajo su
guía, alguna vez lleguemos a ella misma y vivamos en ella sin morir
absolutamente jamás. […] Porque en ti, Señor, está la fuente de la vida,
y en tu luz veremos el eterno esplendor»
[12]. ¡Así sea!
OBSERVACIÓN FINAL PERTINENTE A LOS TIEMPOS PRESENTES, DEL TRADUCTOR
En
este maravilloso mensaje que hecha intensos haces de luz sobre varias
realidades, llama la atención que el último Vicario de Cristo,
infalible, presenta como definición esencial y como propiedad inseparable
de la Santa Iglesia Católica el ser «luz de luz», de manera análoga a
lo que el Credo niceno-constantinopolitano predica de Dios Hijo respecto
de Dios Padre. La Iglesia Católica es luz fluida de manera homogénea y
en nada perturbada ni entrecortada, de Cristo, y además, de la misma luz
que ella en tiempos anteriores tomó de Cristo por medio de los Papas
Intérpretes del Depósito de la Fe, luz que ella no sólo tomó, sino que
además fue, es y será.