NOVENA AL DIVINO ESPÍRITU SANTO
Por
la señal ✠ de la santa Cruz; de nuestros ✠ enemigos líbranos, Señor ✠
Dios nuestro. En el nombre del Padre, y del Hijo ✠, y del Espíritu
Santo. Amén.
Antífona: Ven, oh Santo Espíritu: llena los corazones de tus fieles, y enciende en ellos el fuego de tu amor.
℣. Envía tu Espíritu, y las cosas serán creadas.
℟. Y renovarás la faz de la tierra.
ORACIÓN
Oh
Dios, que con la claridad del Espíritu Santo iluminaste los corazones
de los fieles; concédenos este mismo Espíritu para obrar con prudencia y
rectitud, y gozar siempre de sus consuelos inefables. Por Jesucristo
Nuestro Señor. Amén.
HIMNO Veni Creátor Spíritus
Ven, creador Espíritu,
De los tuyos la mente a visitar;
A encender en tu amor los corazones
Que de la nada plúgote crear.
Tú que eres el Paráclito,
Llamado y don altísimo de Dios;
Fuente viva, amor y fuego ardiente,
Y espiritual unción.
Tú, septiforme en dádivas,
Tú, dedo de la diestra Paternal;
Tú, promesa magnífica del Padre,
Que el torpe labio vienes a soltar.
Con tu luz ilumina los sentidos,
Los afectos inflama con tu amor;
Con tu fuerza invencible corrobora
La corpórea flaqueza y corrupción.
Lejos expulsa al pérfido enemigo,
Envíanos tu paz;
Siendo Tú nuestro guía,
Toda culpa logremos evitar.
Denos tu influjo conocer al Padre,
Denos también al Hijo conocer;
Y del uno y del otro, oh Santo Espíritu,
En Ti creamos con sincera fe.
A Dios Padre alabanza, honor y gloria,
Con el Hijo que un día resucitó
De entre los muertos; y al feliz Paráclito,
De siglos en la eterna sucesión. Amén.
ORACIÓN PARA TODOS LOS DÍAS
Oh
divino amor, oh lazo sagrado que unes al Padre y al Hijo, Espíritu
Todopoderoso, consolador de los afligidos, penetra en los profundos
abismos de mi corazón. Derrama tu refulgente luz sobre estos lugares
incultos y tenebrosos, y envía tu dulce rocío a esta tierra desierta
para reparar su larga aridez. Envía los rayos celestiales de tu amor
hasta el fondo más misterioso del hombre interior, a fin de que
penetrando en él, enciendan el vivísimo fuego que consume todas las
debilidades y toda languidez. Ven, pues, ven, dulce consolador de las
almas desoladas, refugio en los peligros y protector en las
tribulaciones. Ven, tú que lavas las almas de sus manchas y curas sus
heridas. Ven, fuerza del débil y apoyo del que cae. Ven, doctor de los
humildes y vencedor de los orgullosos. Ven, padre de los huérfanos,
esperanza del pobre y vida del que comenzaba a languidecer. Ven,
estrella de los navegantes y puerto de los náufragos. Ven, fuerza de los
vivos y última esperanza de los que van a morir. Ven, oh Espíritu
Santo, ven y ten misericordia de mí. Dispón de tal suerte mi alma y
condesciende con mi debilidad con tanta dulzura, que mi pequeñez
encuentre gracia delante de tu grandeza infinita; mi impotencia delante
de tu fuerza, y mis ofensas delante de la multitud de tus misericordias;
por Nuestro Señor Jesucristo, mi Salvador, que con el Padre vive y
reina en tu unidad por todos los siglos de los siglos. Amén. (San
Agustín, Meditaciones, cap. IX).
DÍA PRIMERO
MEDITACIÓN: “¿Qué debo hacer para hallarte, Dios mío?”
¿Qué
debo hacer para hallarte, oh Dios mío, a ti que eres mi verdadera vida?
Buscarte a ti, es buscar la vida bienaventurada. ¡Plegue a tu
misericordia inspirarme el deseo de buscarte siempre!, porque, así como
mi alma es la vida de mi cuerpo, del mismo modo tú, Señor, eres la vida
de mi alma.
Oh verdad, luz de mi corazón, sé tú la que
me conduzca, y no mi propio espíritu, que no es más que tinieblas. Me he
dejado arrastrar al torrente de las cosas que pasan, y pronto se halló
mi inteligencia cubierta de una profunda noche. Mas en este estado de
oscuridad no he dejado de amarte; en mi extravío me he acordado al fin
de ti. He oído a lo lejos tu voz que me llamaba. Apenas ¡ay! la he oído,
a causa del ruido que mis pecados hacían en mi corazón. Sin embargo, la
seguí al fin, y heme que vuelvo fatigado, sediento y jadeando a la
fuente vivificante que eres tú mismo, oh Dios mío. ¡Haz que nadie me
impida apagar la sed en esas aguas celestiales! ¡Que beba en ellas, para
recobrar la vida; porque cuando vivía mal, me di la muerte a mí mismo.
Yo no puedo vivir sino en ti solo, oh Dios mío! (San Agustín, Confesiones, Libro 10 cap. XVII y XX; Libro 12, cap. X).
SECUENCIA Veni, Sancte Spíritus
Ven, oh Santo Espíritu,
Y del alto empíreo
Un rayo de tu luz dígnate enviar;
Ven, dador de dádivas,
Padre de los míseros,
Ven, nuestros corazones a inflamar.
Huésped de las almas,
Dulce refrigerio,
Optimo y eficaz consolador;
Bálsamo en el llanto,
Tregua en la fatiga,
Plácida sombra en festival ardor.
¡Oh luz dichosísima!
Llena lo más íntimo
De las entrañas en tu pueblo fiel;
Pues nada en el hombre,
Sin tu excelso numen,
Inculpable ni justo puede haber.
Lava allí lo sórdido;
Riega lo que es árido;
Sana lo que sufrió golpe mortal;
Dobla ya lo rígido;
Arda al fin lo gélido;
Lo descarriado ven a gobernar.
Calma aquí a tus fieles,
Los que en Ti confían,
De tu sagrado septenario don;
Dales gracias y mérito;
Dales feliz éxito.
Y el celestial eterno galardón.
Amén.
MAGNÍFICAT
Glorifica ✝
mi alma al Señor, y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador. Porque
ha puesto sus ojos en la humildad de su esclava; y he aquí que todas
las generaciones me llamarán bienaventurada, porque el Omnipotente ha
hecho en mí grandes cosas; y su Nombre es santo. Y su misericordia se
propaga de generación en generación sobre los que le temen.
Desplegó
el poder de su brazo: y disipó los designios del corazón de los
soberbios. Derribó del trono a los poderosos y exaltó a los humildes.
Colmó de bienes a los hambrientos; y a los ricos despidió sin cosa
alguna.
Levantó a Israel su siervo, acordándose de su
misericordia: según había prometido a nuestros padres, Abrahán y su
descendencia, por los siglos de los siglos. Amén.
Gloria al Padre, al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.
MEMORÁRE
Acuérdate,
oh piadosísima Virgen María, que jamás se ha oído decir que ninguno de
los que han acudido a tu protección e implorado tu socorro, ha sido
abandonado. Animado de esta confianza, ¡oh Virgen de las vírgenes!,
vengo a ti. Gimiendo bajo el peso de mis pecados me prosterno a tus
plantas. ¡Oh Madre del Verbo!, no desprecies mis oraciones, sino
escúchalas favorablemente, y dígnate acogerlas. Amén.
Rezar siete Padrenuestros, con Avemarías y Gloria, para alcanzar los dones del Espíritu Santo.
En el nombre del Padre, y del Hijo ✠, y del Espíritu Santo. Amén.
DÍA SEGUNDO
Por la Señal...
Oraciones iniciales.
MEDITACIÓN: “Señor, abre mis ojos”
¡Oh
luz que veía Tobías, cuando con los ojos cerrados le enseñaba a su hijo
el camino de la vida inmortal; luz que veía Isaac en su corazón cuando,
oscurecidos los ojos del cuerpo, contaba a su hijo las cosas futuras;
luz que veía Jacob cuando, instruido interiormente, predecía a sus hijos
los secretos del porvenir; luz invisible para la que están descubiertos
los abismos del corazón! Yo sé que las tinieblas se esparcen por las
profundidades de mi inteligencia; pero tú eres luz; yo sé que espesa
oscuridad se levanta sobre las aguas de mi corazón, pero Tú eres verdad.
Oh
Verbo, por quien todo ha sido hecho y sin el cual nada recibe la vida;
Verbo, que eres ante todo y sin el cual todo estaba en la nada; Verbo,
que gobiernas todo y sin el cual todo vuelve a caer en la confusión;
Verbo, que dijiste al principio: «Hágase la luz, y la luz fue hecha»
(Génesis I, 3); dime a mí también «Hágase la luz», y la luz será hecha,
y veré la luz, y reconoceré mis tinieblas; porque sin ti tomamos la luz
por las tinieblas y las tinieblas por la luz. Sí, sin ti, no hay
verdad, sino error; sin ti no hay orden ni prudencia, sino confusión; no
hay ciencia sino ignorancia; no hay vista clara, sino ceguedad del
corazón; no hay camino recto, sino extravío y emboscadas; no hay vida,
sino muerte.
Oh luz venturosa, tú no puedes ser vista
sino de los corazones puros. «¡Bienaventurados los corazones puros,
porque verán a Dios!» (Mateo V, 8). Lávame, virtud purificante; cura mis
ojos a fin de que puedan contemplarte. Esplendor inaccesible, haz que
un rayo de tu luz eche abajo las escamas de mi antigua ceguedad. Te doy
gracias, oh Dios, porque ya veo: ¡dilata mi vista, Señor, dilátala en
ti! ¡Corre el velo a mis ojos para que considere las maravillas de tu
ley! Gracias te sean dadas, ¡oh luz mía!, porque ya veo, aunque todavía
como en un espejo y en enigma. ¿Cuándo te veré frente a frente? ¿Cuándo
vendrá ese día de alegría y de gloria en que entre en tu admirable
santuario, en que sea saciado mi deseo y vea al que siempre me ha visto?
(San Agustín, Soliloquios, cap. III y XXXIV).
Las demás oraciones se rezarán todos los días.
DÍA TERCERO
Por la Señal...
Oraciones iniciales.
MEDITACIÓN: “Quiero conocerte, oh Dios mío”
Quiero
conocerte, oh Dios mío, a ti que me conoces hasta el fondo de mi
corazón. Quiero conocerte, fuerza de mi alma. Muéstrate a mí, consolador
mío; ven, plenitud de mi espíritu; quiero verte, luz de mis ojos,
quiero hallarte, supremo objeto de mi deseo; ¡quiero poseerte, amor de
mi vida, eterna belleza! ¡Consérvete siempre en el fondo de mi corazón,
vida bienaventurada y soberana dulzura! Haz que te ame, Dios mío,
Criador y refugio mío, dulce esperanza mía en todos mis males. Goce yo
de ti, perfección divina, sin la cual nada hay perfecto. Abre las
profundidades de mi oído a tu palabra, «más penetrante que una espada
cortante» (Hebreos IV, 12), y haz que oiga tu voz. Alumbra mis ojos, luz
incomprensible, a fin de que deslumbrados con el brillo de tu gloria,
no puedan ver ya las vanidades.
Dame, Señor, un corazón
que piense en ti, un alma que te ame, un espíritu que se acuerde de tus
maravillas, una inteligencia que te comprenda, una razón que esté
siempre adherida fuertemente a ti. Oh vida, por quien todo respira; vida
que me das el ser; vida que eres mi vida, sin la cual yo muero, sin la
cual caigo en la aflicción; vida dulce, vida suave, vida siempre
presente a mi memoria, ¿dónde estás? ¿Dónde te hallaré, para que me deje
a mí mismo, y no viva más que en ti? (San Agustín, Soliloquios, cap. I).
Las demás oraciones se rezarán todos los días.
DÍA CUARTO
Por la Señal...
Oraciones iniciales.
MEDITACIÓN: “Te he amado demasiado tarde”
Te
he amado demasiado tarde, belleza siempre antigua y siempre nueva: ¡Te
he amado demasiado tarde! Tú estabas dentro y yo fuera, y aquí era donde
te buscaba. Tú estabas conmigo, y no estaba contigo, y tus obras, que
sin ti no habrían existido, me retenían lejos de ti. Daba vueltas
alrededor de ellas buscándote; pero deslumbrado por ellas, me olvidaba a
mí mismo. Pregunté
a la tierra si era mi Dios, y me respondió que no, y todos los seres
que están en ella me hicieron la misma confesión. Interrogué a todas las
criaturas y me respondieron: “nosotros no somos tu Dios; búscale sobre
nosotras”. Y yo volví a mí, entré dentro de mí mismo, y me dije: “¿y tú
quién eres?”. Yo me respondí: “soy un hombre racional y mortal”.
Y
comencé a discutir lo que esto significa. Profundicé desde más cerca la
naturaleza del hombre, y dije: “¿de dónde viene tal ser? Señor mi Dios,
¿de dónde viene, sino es de Ti? Tú eres quien me ha formado, y yo no me
he formado a mí mismo. ¿Quién eres tú, por quien todo vive? ¿Tú, por
quien yo vivo? ¿Quién eres tú, mi Señor y mi Dios, único poderoso, único
eterno, incomprensible, inmenso, que siempre vives, y en quien nada
muere? ¿Quién eres tú, y qué eres para mí? Dilo, oh misericordia mía,
dilo a tu pobre siervo. Dilo en nombre de tu bondad, ¿qué eres Tú para
mí? Di a mi alma: Yo soy tu salud. No me ocultes tu rostro, no sea que
muera. Déjame dirigirme a tu clemencia, a mí que no soy más que tierra y
ceniza. Déjame hablar a tu misericordia, pues ella ha sido grande sobre
mí. Dime, responde, oh misericordia mía, en nombre de tus bondades,
¿qué eres Tú para mí?”. Y he aquí que has hecho resonar hasta mí una gran
voz en el fondo de mi corazón y has roto mi sordera. Me has iluminado y
he visto tu luz, y he comprendido que eres mi Dios, he aquí por qué Te
he conocido.
Sí, Te he conocido, y he sabido que eres
mi Dios. He creído que eres el verdadero Dios, y que el que has enviado
es el Cristo. Mal haya el tiempo en que no te conocí, mal haya esa
ceguedad que me impedía verte; mal haya esa sordera en la que no te oía.
Te he amado demasiado tarde, belleza siempre antigua y siempre nueva.
¡Te he amado demasiado tarde! (San Agustín, Soliloquios, cap. XXXI y Confesiones, Libro 10 cap. VI).
Las demás oraciones se rezarán todos los días.
DÍA QUINTO
Por la Señal...
Oraciones iniciales.
MEDITACIÓN: “Mora con nosotros, Señor”
Sí,
«quédate con nosotros, Señor, porque el día baja y se hace ya tarde»
(Lucas XXIV, 29). Las olas de las tribulaciones han subido hasta
nosotros; las alegrías del fervor se han cambiado en suspiros, y el
soplo de las tentaciones ha removido nuestra alma hasta en sus íntimos
pliegues. «Quédate con nosotros», oh tú, paz, refugio y consuelo de los
corazones atribulados. Nuestros ojos te imploran, y nuestra alma
alterada suspira por ti. «Quédate con nosotros», no sea que nuestra
caridad se entibie y nuestra luz se extinga en la noche; porque «el día
baja y se hace ya tarde».
Ya ha llegado la tarde de mi
vida: ya mi cuerpo cede a la violencia de los dolores; la muerte me
cerca, mi conciencia se turba, tiemblo al pensamiento de tu juicio,
Señor. «Se hace tarde, el día declina; quédate con nosotros». «En tus
manos entrego mi espíritu» (Lucas XXIII, 46). En ti solo está mi salud;
hacia ti solo sé levantar mis miradas. «Quédate con nosotros», a fin de
que emancipándose el alma en la tarde de la vida por medio del fervor
del yugo de las tribulaciones, le preparen la oración y el amor una
dulce hospitalidad en el seno de Dios. (San Bernardo, en Tesoro de los Santos).
Las demás oraciones se rezarán todos los días.
DÍA SEXTO
Por la Señal...
Oraciones iniciales.
MEDITACIÓN: “Oh Dios mío, ten misericordia de los que no la tienen de sí mismos”
Oh
Señor y Dios mío, cuán grande es la petición que te hago cuando te pido
que ames a los que no te aman; que abras a los que no llaman a tu
divina puerta, y que sanes a los que no solamente tienen gusto en estar
enfermos, sino que trabajan por aumentar sus enfermedades. Tú has dicho,
Dios mío, que viniste al mundo a buscar a los pecadores: estos son,
Señor, los verdaderos pecadores. No consideres su ceguedad; considera
solamente la sangre que tu Hijo derramó por nuestra salvación. Ten
misericordia de los que no la tienen de sí mismos, y puesto que no
quieren ir a ti, ve tú mismo a ellos, oh Dios mío.
Oh
verdaderos cristianos, llorad con vuestro Dios; las lágrimas que derramó
no fueron solamente por Lázaro, sino también por todos aquellos de
quienes Él sabía que no querían resucitar cuando los llamase en voz alta
para que saliesen de sus sepulcros.
Oh Jesús, ¡cuán
presentes tenías entonces todos los pecados que he cometido contra ti!
Mas haz que cesen, Dios mío, haz que cesen, así como los de todo el
mundo. Salvador mío, sean tus gritos tan poderosos que den la vida a
estos desgraciados, aunque no te la pidan, y los hagan salir del abismo
tan profundo de sus funestas delicias. Lázaro no te pidió que lo
resucitaras; tú hiciste ese milagro en favor de una mujer pecadora. Aquí
tienes una, Señor, que lo es mucho más. Muestra, pues, la grandeza de
tu misericordia; yo te la pido, aunque miserable, para los que no
quieren pedírtela. Yo te la pido en su nombre con la seguridad de que
esos muertos resucitarán tan pronto como comiencen a volver en sí
mismos, a conocer su miseria y a volver a tu gracia. (Santa Teresa, Meditaciones 8, 9 y 10 después de la Comunión).
Las demás oraciones se rezarán todos los días.
DÍA SÉPTIMO
Por la Señal...
Oraciones iniciales.
MEDITACIÓN: “Yo no veo en mí más que imperfección”
Oh
Dios de mi alma, vos que tanta compasión y amor tenéis por ella, habéis
dicho: «Venid a mí, venid vosotros que estáis abrumados de trabajo y de
pena, y yo os aliviaré; venid todos los que tenéis sed, y yo os la
apagaré». Oh vida que dais la vida a todos, fuente celestial de la
gracia, no me neguéis esa agua tan dulce que prometéis a todos los que
la desean. Yo la deseo, Salvador mío, yo la pido, y acudo a vos para
recibirla de vos.
Pero, oh Señor y Dios mío, ¿cómo la que
tan mal os ha servido y no ha sabido conservar lo que le habéis dado,
puede tener el atrevimiento de pediros favores? ¿Quién puede fiarse de
una persona que tantas veces le ha vendido? ¿Qué puede pediros una
criatura tan miserable como yo?
¡Bendito sea eternamente
el que me da tanto y a quien doy tan poco! Porque, ¿qué os da, Señor,
una persona que no renuncia a todo por vuestro amor? ¿Y no estoy
infinitamente distante de haberlo hecho? Yo no veo en mí más que
imperfección, ni más que cobardía por tu servicio, y a veces quisiera
ver perdido el sentimiento para no saber hasta dónde llega el exceso de
mi miseria. Vos solo, Señor, sois capaz de remediarla; así os lo
suplico; no me neguéis esta gracia, oh Dios mío. (Santa Teresa, Meditaciones 2, 8 y 5 después de la Comunión).
Las demás oraciones se rezarán todos los días.
DÍA OCTAVO
Por la Señal...
Oraciones iniciales.
MEDITACIÓN: “Oh Dios, cuán pobre es mi alma”
Oh
Dios, ¡cuán pobre es mi alma! Es una verdadera nada de donde sacas poco
a poco el bien que quieres derramar en ella: no es más que un caos
antes de que tú comiences a poner en claro todos sus pensamientos. Tú
comienzas por la fe a introducir en ella la luz, la cual, sin embargo,
es imperfecta hasta que la has formado por la caridad, y hasta que Tú,
verdadero sol de justicia, tan ardiente como luminoso, la abrasas con tu
amor. Oh Dios, loado seas siempre por tus propias obras. No basta
haberme iluminado una vez: sin tu socorro vuelvo a caer en mis primeras
tinieblas; porque el sol mismo es siempre necesario al aire que ilumina,
a fin de que permanezca iluminado. ¿Cuánta mayor necesidad no tendré yo
de que no ceses de iluminare, y digas siempre «Hágase la luz»?
Luz
eterna, yo te adoro, yo abro a tus rayos mis ojos ciegos: los abro y
los cierro al mismo tiempo, no atreviéndome ni a apartar mis miradas de
ti, por temor de caer en el error ni en las tinieblas; ni tampoco a
fijarlos demasiado sobre ese brillo infinito, por temor de que
«escrutador» temerario de la majestad, no sea yo «deslumbrado por la
gloria» (Proverbios 25, 27). (Santiago Benigno Bossuet, Elevaciones del alma a Dios sobre todos los
Misterios de la Religión cristiana, Tercera Semana, Meditaciones 6 y 7).
Las demás oraciones se rezarán todos los días.
DÍA NOVENO
Por la Señal...
Oraciones iniciales.
MEDITACIÓN: “Oh Espíritu, Tú no puedes hallar nada más pobre ni más abandonado que mi corazón”
Señor,
¿dónde está tu Espíritu, que debe ser el alma de mi alma? No lo siento,
no lo encuentro. Yo no experimento en mis sentidos más que fragilidad,
ni en mi espíritu más que disipación y mentira, ni en mi voluntad más
que inconstancia, repartida entre tu amor y mil vanas diversiones.
¿Dónde, pues, está tu Espíritu? ¿Por qué no vienes a crear en mí un
corazón nuevo según el tuyo? Oh Dios mío, comprendo que tu Espíritu se
digne habitar en esta alma empobrecida, siempre que se abra a ti sin
tasa y sin medida. Ven, pues, ¡oh Espíritu!; Tú no puedes hallar nada
más pobre, más despojado, más desnudo, abandonado y débil que mi
corazón. ¡Oh Espíritu! ¡Oh amor! ¡Oh verdad, que eres mi Dios!, ámame,
glorifícate a ti mismo en mí. (Francisco Fénelon, Pláticas de afecto, plática 15).
Las demás oraciones se rezarán todos los días.