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domingo, 24 de mayo de 2026

NATURALEZA, MISIÓN Y EFECTO DEL ESPÍRITU SANTO, SEGÚN SANTO TOMÁS DE AQUINO

Traducción del artículo publicado en RADIO SPADA.
   
  
Jesús dice: «El Paráclito, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, os enseñará todas las cosas y os explicará todo lo que os he dicho» (Jn. 14, 24) [1]. Aquí destaca tres aspectos del Espíritu Santo: primero, lo describe; segundo, describe su misión; tercero, su efecto.

1. La descripción del Espíritu Santo
Lo describe de diversas maneras: como Paráclito, como Espíritu y como Santo.
  • Paráclito: Él es así porque nos consuela, tanto ante la tristeza causada por las tribulaciones de este mundo: «Afuera hay batallas, adentro temores» (2.ª Cor. 7, 5), «Él que nos consuela en todas nuestras tribulaciones» (2.ª Cor. 1, 4). Y lo hace porque Él es Amor, haciéndonos amar a Dios y considerarlo el bien supremo: por esta razón soportamos con alegría los insultos, como se dice en Act. 8, 39: «Los apóstoles salieron de la presencia del Sanedrín gozosos, porque fueron considerados dignos de sufrir deshonra por el nombre de Jesús»; y en Mt. 5, 12: «Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa es grande en el cielo». Además, nos consuela ante la tristeza de los pecados pasados, de lo cual se dice en Mt. 5, 5: «Bienaventurados los que lloran». Y Él hace esto porque nos da la esperanza del perdón: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes perdonéis sus pecados, les serán perdonados» (Jn. 20, 23) y «Para consolar a los que lloran en Sion» (Isa. 61, 3).
  • Espíritu: Es porque mueve los corazones a la obediencia a Dios: «Cuando viene como un río caudaloso, impulsado por el Espíritu del Señor» (Isa. 59, 19); «Todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, esos son hijos de Dios» (Rom. 8, 14).
  • Santo: Es porque nos consagra a Dios; de hecho, todas las cosas consagradas se llaman santas: «¿No sabéis que vuestros cuerpos son templo del Espíritu Santo?» (1.ª Cor. 6, 19); «El torrente del río alegra la ciudad de Dios» (Sal 45, 5).
  
2. La misión del Espíritu Santo
Luego, cuando dice: «A quien el Padre enviará en mi nombre», habla de su misión. No debe entenderse que viene a nosotros a través de un movimiento local, sino que debe estar en ellos, donde antes no estaba, de una manera nueva: «Envía tu espíritu y serán creados» (Sal. 103, 30) se entiende en el sentido espiritual. Pero nótese que el Espíritu Santo es enviado por el Padre y el Hijo [2]: para demostrarlo, Jesús a veces dice que el Padre lo envía, como aquí; a veces que Él mismo lo envía, como más adelante en el capítulo 16, 7: «A quien yo os enviaré». Pero nunca dice que es enviado por el Padre sin recordarse a sí mismo; por eso dice: «A quien el Padre enviará en mi nombre». Tampoco dice que el Hijo sea enviado por sí mismo, sin recordar al Padre; por eso dice: «A quien yo os enviaré del Padre». Pero ¿qué significa «en mi nombre»? ¿Acaso el Espíritu Santo será llamado el Hijo? Podría decirse que esto se expresa porque el Espíritu Santo fue dado a los fieles al invocar el nombre de Cristo. Pero es mejor decir que, así como el Hijo vino en el nombre del Padre —«Yo he venido en el nombre de mi Padre» (Jn. 5, 43)—, así también el Espíritu Santo viene en el nombre del Hijo. El Hijo vino en el nombre del Padre no porque fuera el Padre, sino porque era el Hijo del Padre; de ​​la misma manera, el Espíritu Santo viene en el nombre del Hijo, no porque se le llame Hijo, sino porque es el Espíritu del Hijo: «Si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él» (Rom. 8, 9); «Dios ha enviado el Espíritu de su Hijo a vuestros corazones» (Gál. 4, 6). Esto ocurre debido a la consustancialidad del Hijo con el Padre y del Espíritu Santo con el Hijo. Además, así como el Hijo, viniendo en el nombre del Padre, sometió a sus fieles al Padre —«Nos has hecho un reino por medio de nuestro Dios» (Apoc. 5, 10)—, así también el Espíritu Santo nos ha configurado al Hijo, al adoptarnos como hijos de Dios: «Habéis recibido el Espíritu de adopción, por el cual clamamos: ¡Abba, Padre!» (Rom. 8, 15).

3. El efecto del Espíritu Santo
Finalmente, habla del efecto del Espíritu Santo, diciendo: «Él os enseñará todas las cosas». Porque así como el efecto de la misión del Hijo fue conducir al Padre, así también el efecto de la misión del Espíritu Santo es conducir a los fieles al Hijo. El Hijo, siendo la Sabiduría misma engendrada, es la Verdad misma: «Yo soy el camino, la verdad y la vida» (Jn. 14, 6). Y por lo tanto, el efecto de esta misión es hacer a los hombres partícipes de la sabiduría divina y conocedores de la verdad [3]. El Hijo, por lo tanto, nos transmite la doctrina, siendo el Verbo; pero el Espíritu Santo nos hace capaces de su doctrina. Por lo tanto, dice: «Él os enseñará todas las cosas», porque todo lo que un hombre enseña externamente, si el Espíritu Santo no da entendimiento internamente, trabaja en vano: si el Espíritu no está presente en el corazón del que escucha, las palabras del maestro serán en vano: «La inspiración del Todopoderoso da entendimiento» (Job 32, 8). hasta el punto de que incluso el Hijo, hablando a través del instrumento de la Humanidad [4], no tiene efecto a menos que Él mismo obre interiormente por medio del Espíritu Santo. Pero nótese que arriba dice: «Todo el que ha oído del Padre y ha aprendido, viene a mí» (Jn 6, 45). Aquí explica la razón: porque uno no aprende a menos que el Espíritu Santo enseñe; es decir: quien recibe el Espíritu Santo del Padre y del Hijo, conoce al Padre y al Hijo y viene a ellos. Él nos hace conocer todo interiormente inspirándonos, guiándonos y elevándonos a realidades espirituales. De hecho, así como quien tiene un gusto contaminado no tiene un verdadero conocimiento de los sabores, así también quien está contaminado por el amor al mundo no puede saborear las cosas divinas: «El hombre natural no recibe las cosas del Espíritu de Dios» (1.ª Cor. 2, 14). Pero puesto que «sugerir» es propio de los inferiores (como los funcionarios en asuntos divinos), ¿es el Espíritu Santo, que nos sugiere, acaso inferior a nosotros? Según San Gregorio, debemos responder que se dice que el Espíritu Santo «sugiere» no porque nos infunda conocimiento desde abajo, sino porque secretamente nos da la fuerza para conocer. O bien enseña porque nos permite participar de la sabiduría del Hijo, y sugiere porque nos impulsa porque Él es Amor. O bien «os sugerirá todo» en el sentido de que osnrecordará: «Todos los confines de la tierra se acordarán y se volverán al Señor» (Sal. 21, 28). Porque debéis saber que algunas de las cosas que Cristo dijo a sus discípulos no las entendieron, y otras las olvidaron por completo. Por eso el Señor dice: «Os enseñará todas las cosas» (que ahora no podéis comprender) «y os las sugerirá» (que no podéis memorizar). Pues, ¿cómo habría podido el evangelista Juan, después de cuarenta años, recordar todas las palabras de Cristo que escribió en el Evangelio, si el Espíritu Santo no se las hubiera sugerido? [5].
  
SANTO TOMÁS DE AQUINO. Comentario sobre el Evangelio de San Juan, cap. XIV, 6.

NOTAS (Del editor)
[1] Verso del Evangelio de la Misa de Pentecostés (Jn. XIV, 23-31).
[2] El Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo. Este es un dogma de fe, afirmado por los Padres griegos y latinos, defendido por Santo Tomás de Aquino, definido en los Concilios de Lyon y Florencia, y enseñado expresamente por Urbano VIII, Benedicto XIV, León XIII y San Pío X.
[3] Cf. Concilio Vaticano I, Constitución dogmática “Pastor Ætérnus”, al final.
[4] San Pedro Crisólogo, El misterio de la humanidad de Cristo (Divino Oficio, Lecciones 7.ª, 8.ª y 9.ª del Oficio de Maitines del 18.º Domingo después de Pentecostés).
[5] Según la tradición, el Evangelio de Juan fue escrito alrededor del año 70 d. C., es decir, cuarenta años después del discurso de Jesús. Las palabras de Santo Tomás se refieren a la inspiración e infalibilidad de las Sagradas Escrituras y a la Tradición como fuente primaria de la Revelación.

domingo, 8 de junio de 2025

SEPTENARIO AL ESPÍRITU SANTO PIDIENDO SUS DONES Y FRUTOS

Devoción dispuesta por el Padre Doctor D. Carlos de Molina y Villa, párroco de San Nicolás de Rionegro (Antioquia) y publicada en Santa Fe de Bogotá por la Imprenta de la Compañía de Jesús en 1740, con licencia del P. Simón Vinans SJ, Maestro de Escritura y Examinador sinodal, comisionado por el Ilmo. Sr. Doctor Nicolás Barrasola y Larrazábal, Arcediano de la Catedral, Juez, Provisor y Vicario General del Arzobispado de Santa Fe, el 3 de Agosto de 1740.
   
SEPTENARIO AL ESPÍRITU SANTO, PIDIÉNDOLE SUS DIVINOS DONES Y FRUTOS SOBERANOS
   

Por la señal ✠ de la santa Cruz; de nuestros ✠ enemigos líbranos, Señor ✠ Dios nuestro. En el nombre del Padre, y del Hijo ✠, y del Espíritu Santo. Amén.
   
ACTO DE CONTRICIÓN
Señor mío Jesucristo, Dios y Hombre verdadero, Criador, Padre y Redentor mío, por ser Vos quien sois, y porque os amo sobre todas las cosas, me pesa en el alma de haberos ofendido, y propongo firmemente de nunca más pecar, ayudado de vuestra divina gracia y de los méritos de vuestra santísima Pasión y Muerte, que sea bendita y alabada por todos los siglos de los siglos. Amén.
   
DÍA PRIMERO
Oh Espíritu Divino, Señor y Dios Eterno, Padre de los pobres y Dador de todos los dones foberanos: postrados con humilde rendimiento os suplicamos que, pues es vuestra Majestad Santísima quien enriquece y adorna a las Almas con el don soberano de la sabiduría verdadera, os dignéis de adornar y enriquecer las nuestras con este don tan precioso, para que sabiendo discernir entre lo verdadero y falso, entre lo que es eterno y lo que es temporal, de tal suerte despreciemos lo caduco y todo lo terreno, y apreciemos lo que es eterno y Divino, que no seamos del numero infinito de los necios, que miserablemente amando lo que debían aborrecer se condenan por ignorantes, mas seamos del dichoso número de los que, sabios a lo Divino y discretos a lo Santo, solo aprecian conocerse a sí mismos para ser humildes y conocer a vuestra Majestad para ser vueftros fervorosos amantes. Haced, Señor, que sepamos quiénes somos nosotros y quién sois Vos, para que con las luces de esta Sabiduria sepamos sentir nuestros yerros y llorar nuestras ignorancias. Y pues unos de vuestros frutos son la Caridad divina y Gozo espiritual, concédenos, Señor, que os amemos sobre todas las cosas, os estimemos y apreciemos sobre cuanto hay apreciable y estimable en la tierra y en el Cielo, de modo qud primero queramos perder la salud, la honra, la vida y todo cuanto hay en la tierra, que perder vuestra gracia: y de tal suerte amemos en vuestra Majestad a todos nuestros prójimos, que jamás hagamos contra ellos ni juzguemos ni hablemos de ellos lo que no quisiéramos que a nosotros se hiciese o de nosotros se juzgase o dijese, dándonos también el gozo de la satisfacción de la buena conciencia, para que viviendo siempre gozosos, os sirvamos con alegría siempre y nunca hagamos las cosas que son de vuestro servicio con tristeza, para que así en todo os demos gusto, y nos hagamos dignos de vuestra gracia. Amén.

Rezar siete Padre nuestros y un Ave María; y se dice lo siguiente:
Antífona: Ven, oh Santo Espíritu: llena los corazones de tus fieles, y enciende en ellos el fuego de tu amor.
℣. Envía tu Espíritu, y las cosas serán creadas.
℟. Y renovarás la faz de la tierra.
 
ORACIÓN
Oh Dios, que aleccionaste a los corazones de tus fieles con la ciencia del Espíritu Santo, haz que, guiados por este mismo Espíritu, saboreemos las dulzuras del bien, y gocemos siempre de sus divinos consuelos. Por nuestro Señor Jesucristo tu Hijo, que contigo vive y reina en la unidad del mismo Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén.
  
En el nombre del Padre, y del Hijo ✠, y del Espíritu Santo. Amén.
  
DÍA SEGUNDO
Por la Señal…
Acto de contrición.
  
Oh Divino Espíritu, Consolador óptimo, y del alma Huésped dulcísimo, Vos, Señor, que favorecéis a los vuestros con el admirable don de Entendimiento: Dádnoslo a nosotros, e instruidnos alumbrándonos en este peligroso camino por donde caminamos, y haced que instruidos nuestros entendimientos con las noticias de la Fe, que en ellos nos infundísteis en el Bautismo, de tal suerte le propogan a nuestras voluntades la verdadera bondad de las virtudes y la espantosa malicia de los pecados, que amemos solo lo que vuestra Majestad quiere que queramos, y aborrezcamos todo lo que quereis, Señor, que abominemos. Dadnos entendimiento para meditar y escudriñar vuestra Santa Ley, y guardarla en todos nuestros corazones.Y dadnos juntamente, oh Santo Espíritu, de vuestros frutos los de la Paz y Paciencia, para que de tal suerte vivamos pacíficos en verdadera unión con nuestros Hermanos, que no haya entre nosotros más que una alma y un corazón, y jamás se vea entre nosotros discordias, disensiones, ni el horror de los litigios, pleitos, alteraciones, ni enemistades, y de tal manera nos ejercitemos en la paciencia, que en ella poseamos nuestras almas, y mediante ella convirtamos los trabajos y tribulaciones de esta vida en gozos y delicias de la Eterna. Amén.
  
Rezar siete Padre nuestros y un Ave María, seguido de la Antífona y la Oración.
   
DÍA TERCERO
Por la Señal…
Acto de contrición.
  
Oh Dios Eterno, suavísimo, y dulce refrigerio, de cuyo don y gracia le vienen todos sus aciertos al hombre, con todo rendimiento os pedimos que, pues uno de vuestros dones es el de Consejo, nos concedáis este don; para que acertadamente gobernemos nuestras acciones todas, y sepamos dar siempre buenos consejos a nuestros prójimos. tomándolos primero nosotros para nosotros mismos. No permitáis, oh Caridad infinita, que por ningún mal consejo nuestro se cometa jamás contra vuestra Majestad algún pecado; y perdonadnos piadoso todas las culpas que hubiéremos cometido con los consejos malos que hubiéremos dado, moviendo o provocando a otras almas a cometer culpas. Y concédenos de vuestros soberanos frutos los de la Benignidad, para que nunca seamos ásperos ni rigurosos contra nuestros Hermanos ni los juzguemos ni demos qué sentir; antes bien nos deis gracia, para que en medio del pesado trato de las criaturas, de tal fuerte nos portemos con ellas que jamás faltemos a la Benignidad, ni por demasiadamente benignos, hagamos cosa que a vuestra santa Ley desdiga, con que os disgustemos. Amén.
  
Rezar siete Padre nuestros y un Ave María, seguido de la Antífona y la Oración.
   
DÍA CUARTO
Por la Señal…
Acto de contrición.
  
Oh Altísimo Señor y Soberano Espúritu, descanso en nuestros trabajos y verdadero alivio en las tribulaciones, suplicamos a vuestra Majestad Santísima, humillados, nos concedáis el don admirable de la Forraleza, para con ella emprender lo árduo de la Virtud, atropellar las dificultades que se ofrecieren para alcanzarla, y no temer con cobardía los trabajos, asperezas ni persecuciones que pudieren sucedernos por agradaros, para que no nos hagamos indignos de el Reino de los Cielos, que lo arrebatan los fuertes, que saben hacerse violencia. Haced, Señor, que con este don vuestro de la Fortaleza, de tal suerte peleemos, y tan legítimamente hagamos guerra a nuestras pasiones, inclinaciones malas y apetitos, que no perdamos la corona que en el Cielo está aparejada para solos aquelos que legítimamente hubieren en esta vida peleado y vencido. Y de vuestros frutos soberanos, concedednos los de la Longanimidad y Mansedumbre, para que mediante esta primera virtud se afirmen nuestros ánimos contra la molestia que padecemos cuando no conseguimos lo que deseamos, y así vivamos siempre quietos y gustosos aunque se nos dilate el alcanzar lo que queremos, y nunca nos robe la paz interior nuestro amor propio; y mediante la virtud de la Mansedumbre, se apacigüen las desleales inquietudes y desazones que la ira mueve en nuestras almas descomponiendo y afeando hasta los cuerpos, y apartándonos de la semejanza imitación de Nuestro Padre y Maestro Jesucristo, que es todo Humildad y Mansedumbre, y que solo nos mostremos enojados cuando convenga, como convenga, con quien convenga y por la causa que convenga, para que hasta con nuestros enemigos Te agrademos. Amén.
  
Rezar siete Padre nuestros y un Ave María, seguido de la Antífona y la Oración.
   
DÍA QUINTO
Por la Señal…
Acto de contrición.
  
Oh Espíritu Divino, fuente inefable de luces y lumbre de los corazones, sin esta ilustración todo es tinieblas e ignorancias, humildemente os suplicamos nos concedáis el don de la Ciencia, en aquel grado y de aquel modo que para nuestra salvación sabéis, Señor, que nos conviene, para que no sabiendo más de lo que nos importa saber, nos sepamos aprovechar de lo que supiéremos; no queremos, oh Señor, la ciencia de este mundo, que es ante vuestros ojos necedad, sino saberos y conoceros a Vos, y no blasonar de saber otra cosa que a Cristo y lo que en su Sacratísma Vida nos predicó, y lo que en la cátedra de la Cruz nos enseñó, para que obedeciendo sus palabras e imitando sus ejemplos seamos bienaventurados; y de vuestros preciosísimos frutos concedednos los de la Fe.y Modestia, para que obrando según lo que creemos, no sea nuestra Fe muerta sino viva. Libradnos, Dios Nuestro, no nos dejéis caer en las tentaciones contra esta virtud, en cuyo obsequio queremos tener siempre cautivos nuestros entendimientos, creyendo todo cuanto a vuestra Santa Iglesia habéis revelado con mucha más seguridad y certeza, que si lo viéramos. Concedednos también, por vuestra Misericordia, la hermosísima virtud de la Modestia, mediante la cual compongamos todos los movimientos de nuestros ánimos y acciones de nuestros cuerpos, y nos avergonzemos de todo lo que no fuere moderación, honestidad y virtud así en las palabras, como en las acciones, trajes y movimientos, para que en todo demos a nuestros prójimos aquellos ejemplos de virtud que Vos, Señor, queréis que les demos, para que ni ellos te disgusten, ni nosotros nos perdamos. Amén.
  
Rezar siete Padre nuestros y un Ave María, seguido de la Antífona y la Oración.
   
DÍA SEXTO
Por la Señal…
Acto de contrición.
  
Oh Espíritu, de Caridad inmensa e infinita, Vos Señor, que adornáis las almas con el preciosísimo adorno de las virtudes, dignaos de hermosear nuestros espíritus, para que sean agradables ante vuestros ojos con la excelente virtud de la Piedad, que es uno de vuestros dones, para que con ella les demos la honra debida a aquellos por cuyo beneficio, después de vuestra Majestad, tenemos ser, y reverenciemos, amemos y obedezcamos a nuestros Padres, a nuestros Superiores y Maestros, y los sirvamos y socorremos en sus necesidades del modo que pudiéremos y somos obligados, mirado en ellos a vuestra Majestad Santísima; y de vuestros Divinos frutos concedednos el de la Continencia, para que mediante esta virtud tan necesaria tengamos una esforzada y firme voluntad para mantenernos en el bien de la razón contra las fuertes baterías de la concupiscencia, y nos abstengamos de todos los deleites que nos veda vuestra Ley Divina; no permitáis, Señor, que por torpeza alguna perdamos la honra de tener parentesco con vuestra Majestad y nos hagamos semejantes a las bestias siguiendo apetitos brutales; mas favorecednos misericordioso de tal modo que, por continentes, habitéis en nosotros como en Templo vuestro, ¡oh Espíritu Santo! Amén.
  
Rezar siete Padre nuestros y un Ave María, seguido de la Antífona y la Oración.
   
DÍA SÉPTIMO
Por la Señal…
Acto de contrición.
  
Vuestra Majestad Divina, ¡oh Espíritu Soberano!, que por vuestra Caridad infinita y Misericordia incomprehensible no queréis otra cosa que el que los hombres eternamente seamos bienaventurados, y decís que es bienaventurada el alma del que teme al Señor, y es bienaventurado aquel que vive temeroso siempre, concédeme, Señor, de vuestros dones, para que mi alma no se pierda, mas goce de vuestra vista en la Gloria, el don del Temor Divino: dadme el que, atravesado con este temor Santo, tema como debo el quebrantar inobediente los preceptos de la Ley Divina y perder la gracia de mi Celestial Padre. Tema yo siempre, ¡oh Señor mío!, solo a Aquel que, habiéndome criado para el Cielo, puede por culpa mía arrojar mi cuerpo y alma en el Infierno. No permitáis que, por temer en lo que no debe tener lugar el temor, ni por respetos y temores del mundo, me vea desterrado para siempre del Cielo. Y concededme de los frutos muy preciosos vuestros, ¡oh Espíritu Purísimo!, el de la Castidad y Pureza de cuerpo y alma, para que amándoos y sirviéndoos con una vida casta, merezca después de la Resurrección Universal subir en alma y cuerpo a ser compañero de los Ángeles y seguir al Cordero Inmaculado, que acompañan los que no mancharon sus almas y cuerpos con el abominable y asqueroso vicio de la liviandad e impureza. Amén.
  
Rezar siete Padre nuestros y un Ave María, seguido de la Antífona y la Oración.

jueves, 17 de octubre de 2024

BERGOGLIO AFIRMA QUE LA IGLESIA DESCONOCÍA LA DIVINIDAD DEL ESPÍRITU SANTO

Traducción del artículo publicado en NOVUS ORDO WATCH.
   
FRANCISCO: «¡LA IGLESIA NO ESTABA SEGURA DE QUE EL ESPÍRITU SANTO FUERA DIOS HASTA QUE LA “EXPERIENCIA” LO CONFIRMÓ!
La última tontería teológica del “Papa”…
   

Es miércoles y, por tanto, hora de otra Audiencia General en la Ciudad del Vaticano.
   
En su papel de “Papa Francisco”, el apóstata argentino Jorge Mario Bergoglio no dejó de soltar más tonterías teológicas a sus devotos seguidores como parte de su “catequesis” en la audiencia. El tema de la reflexión de hoy fue el Espíritu Santo en la vida de la Iglesia, y el pseudopapa aprovechó la oportunidad para enseñar una idea blasfema a sus oyentes:
«En los tres primeros siglos, la Iglesia no sintió la necesidad de dar una formulación explícita de su fe en el Espíritu Santo. Por ejemplo, en el Credo más antiguo de la Iglesia, el llamado Credo de los Apóstoles, tras proclamar: “Creo en Dios Padre, creador del cielo y de la tierra, y en Jesucristo, que nació, murió, descendió a los infiernos, resucitó y subió a los cielos”, se añade: “[Creo] en el Espíritu Santo” y nada más, sin ninguna especificación.
    
Pero fue la herejía la que impulsó a la Iglesia a especificar esta fe. Cuando comenzó este proceso –con San Atanasio, en el siglo IV– fue la experiencia vivida por la Iglesia de la acción santificadora y divinizadora del Espíritu Santo la que la condujo a la certeza de su plena divinidad. Esto ocurrió en el Concilio Ecuménico de Constantinopla del año 381, que definió la divinidad del Espíritu Santo con estas conocidas palabras que aún hoy repetimos en el Credo: “Creo en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que procede del Padre [y del Hijo], que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria, y que habló por los profetas”» (Antipapa Francisco, Audiencia general, Vatican.va, 16 de octubre de 2024; subrayado añadido).
En este segundo párrafo, especialmente en la parte subrayada, encontramos al menos los siguientes errores graves:
  • que la Iglesia Católica no estuvo segura de que el Espíritu Santo fuera verdaderamente Dios, la Tercera Persona de la Santísima Trinidad, durante los primeros 300 años;
  • que la Iglesia recibió esta certeza sólo en el siglo IV;
  • que la Iglesia recibió esta certeza sólo por experiencia (a posterióri) y, por tanto, no del Depósito de la Fe transmitido por los Apóstoles
Respondamos a este último desastre bergogliano.
    
Decir que la Iglesia Católica no estaba segura durante los primeros cientos de años de si el Espíritu Santo es divino y la Tercera Persona de la Santísima Trinidad, significaría que los Apóstoles no enseñaron y transmitieron explícitamente uno de los dogmas más importantes de la Iglesia, un dogma tan fundamental y esencial que uno no podría ni puede salvarse sin un conocimiento explícito de él: «…el misionero está obligado a explicar al adulto, aun al moribundo, que no sea totalmente incapaz, los misterios de la fe, que son necesarios con necesidad de medio, como son principalmente los misterios de la Trinidad y de la Encarnación» (Papa Clemente XI, Respuesta del Santo Oficio al Obispo de Quebec, 25 de enero de 1703; Denz. 1349a; subrayado añadido).

«La trinidad de personas en la unidad de la esencia divina está establecida por la tradición perpetua y genuina de la Iglesia antes del Concilio de Nicea», confirma el P. José María Dalmau y Puig de la Bellacasa SJ, en su libro Sobre Dios Uno y Trino, que es el vol. IIA de la colección Sacræ Theologíæ Summa de los jesuitas españoles publicada a mediados de los años 1950 (Tesis 27, p. 279; cursiva añadida).
   
La supuesta “incertidumbre” de 300 años de la Iglesia con respecto al Espíritu Santo queda refutada además por el claro testimonio de la misma Sagrada Escritura, como explica el P. Dalmau:
«1. Lo que se dice en Juan 14, 16 sobre el Espíritu Santo lo coloca en la comunidad de vida con el Padre y el Hijo. La plenitud y la perfección de la obra de Cristo se le atribuyen de un modo claramente divino. El Espíritu Santo procede del Padre (15, 26) y del Hijo recibe el conocimiento por una procesión eterna (16, 13); será enviado por el Padre a petición del Hijo, y por el Hijo mismo cuando ya haya sido glorificado, y permanecerá eternamente con los Apóstoles (14, 16); es el Espíritu de la verdad que os enseñará todas las cosas (14, 17.26), incluso aquellas que los Apóstoles no pueden soportar ahora (16, 12).
   
2. La acción del Espíritu Santo en la vida espiritual es completamente divina. La vida divina del hombre es fruto del Espíritu (Rom. 8, 11); por el Espíritu de Dios que habita en nosotros (Gál. 5, 19-23); estamos en Cristo e hijos de Dios por el Espíritu Santo (Rom. 8, 14; Ef. 1, 13); todo lo que sucede en Cristo, sucede también en el Espíritu: la justificación, la santificación, el sellamiento (1.ª Cor. 6, 11; Rom. 15, 16; Ef. 1, 13; 4, 30), y en otros lugares passim [es decir, en muchos lugares]; distribuye carismas (1.ª Cor. 12, 4-6): este texto es entendido por algunos intérpretes como acerca del Espíritu Santo, que también es llamado Dios y Señor; pero si, lo que parece más probable, el texto es trinitario, entonces claramente el Espíritu Santo es colocado en el mismo orden divino que el Padre y el Hijo. De aquí se sigue que somos templos del Espíritu Santo (1.ª Cor 6, 19-20). ¿No sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, que está en vosotros y que habéis recibido de Dios?… Glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo; donde o bien el Espíritu Santo es llamado Dios, o (si el v. 20 se debe referir al Padre) al menos el Espíritu Santo tiene un templo, que es algo divino. Además, la acción del Espíritu Santo en el cuerpo de la Iglesia, como se describe en los Hechos de los Apóstoles, es completamente divina, libre e independiente» (P. José María Dalmau y Puig de la Bellacasa SJ, Sobre Dios Uno y Trino, vol. IIA de Sacræ Theologíæ Summa, trad. por el P. Kenneth Baker SJ [Saddle River, Nueva Jersey: Keep the Faith, 2016], n. 313, págs. 267-268; cursiva agregada).
El autor enumera evidencia bíblica adicional sobre la divinidad del Espíritu Santo, pero las porciones citadas serán suficientes para nuestros propósitos.

Además, el mismo San Atanasio (c. 296-373) al que alude Francisco refuta también esta absurda idea bergogliana de una Iglesia insegura de su Dios. En una de sus cartas al monje Serapión, el santo testifica que la doctrina de la Santísima Trinidad (y, por tanto, la divinidad del Espíritu Santo) fue predicada y creída por la Iglesia desde el mismo principio:
«Consideremos, pues, esta tradición desde el principio, la doctrina y la fe de la Iglesia católica, que el Señor transmitió, los Apóstoles predicaron y los Padres conservaron… Por tanto, la santa y perfecta Trinidad es lo que se reconoce en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo» (San Atanasio, Primera Epístola a Serapión, n. 28; traducción del P. Kenneth Baker SJ, tomada de Sacræ Theologíæ Summa, vol. IIA, n. 328, pág. 281.)
La atrevida tesis de Francisco recuerda al modernismo: «Historiadores del dogma de la escuela liberal, como [el luterano Adolf von] Harnack, sostienen que antes del Concilio de Nicea no había en la Iglesia una doctrina definida y fija sobre la Trinidad…», escribe el P. Dalmau (Sobre Dios uno y verdadero, n. 327, pág. 280).
   
Es cierto que Francisco no está diciendo que la divinidad del Espíritu Santo se inventó en el siglo IV; lo que afirma es que la Iglesia no estaba segura de si el Espíritu Santo era verdaderamente Dios hasta entonces. Pero esto implicaría precisamente lo que sostenía Harnack, es decir, que «no había una doctrina definida y fija en la Iglesia sobre la Trinidad…» en los primeros cientos de años.
   
Por último, decir que la Iglesia Católica no recibió certeza con respecto a la naturaleza del Espíritu Santo (y por lo tanto de la Trinidad) hasta el siglo IV, y decir que esta certeza vino de la “experiencia” de la acción del Espíritu Santo —como si la Iglesia primero tuviera que “esperar y ver qué sucede” durante unos pocos cientos de años antes de conocer la verdad sobre el Dios que la estableció— es implicar que no se basa en el Depósito de la Fe «una vez entregado a los santos» (Judas, cap. único, 3), sino que constituye más o menos una nueva revelación que la Iglesia recibió además de ese Depósito.
    
Sin embargo, el Primer Concilio Vaticano enseñó cuáles constituyen las únicas dos fuentes de la revelación divina, y la “experiencia de la Iglesia a lo largo del tiempo” no es una de ellas:
«Ahora bien, esta revelación sobrenatural, según la fe de la Iglesia universal declarada por el santo Concilio de Trento, “se contiene en los libros escritos. y en las tradiciones no escritas, que recibidas por los Apóstoles de boca de Cristo mismo, o por los mismos Apóstoles bajo la inspiración del Espíritu Santo transmitidas como de mano en mano, han llegado hasta nosotros” [Concilio de Trento, Sesión IV (8 de Abril de 1546):  Aceptación de los Libros Sagrados y las tradiciones de los Apóstoles]» (Concilio Vaticano I, Constitución dogmática Dei Fílius sobre la Fe Católica, cap. II; Denz. 1787; subrayado añadido).
Así, el Papa San Pío X (reinó entre 1903-1914) dejó en claro que es modernismo decir que la revelación divina —la pública que constituye el Depósito de la Fe dado por Cristo a los Apóstoles— continuó después de la muerte del último Apóstol (San Juan): «La revelación, constituyendo el objeto de la fe católica, no se completó con los Apóstoles» (Error n.º 21, condenado en el Decreto Lamentábili sane éxitu del Papa San Pío X).
   
Además, en el Juramento Antimodernista impuesto por el mismo Papa a todo el clero, párrocos, confesores, etc., el católico jura:
«En cuarto lugar, recibo sinceramente la doctrina de la fe que los Padres ortodoxos nos han transmitido de los Apóstoles, siempre con el mismo sentido y la misma interpretación. Por esto rechazo absolutamente la suposición herética de la evolución de los dogmas, según la cual estos dogmas cambiarían de sentido para recibir uno diferente del que les ha dado la Iglesia en un principio» (Juramento Antimodernista; en el Decreto Sacrórum Antístitum del Papa San Pío X; subrayado añadido).
Por lo tanto, es imposible que la Iglesia haya recibido revelación adicional después de que San Juan murió en la isla de Patmos alrededor del año 100 d.C.
   
Sin embargo, para el “Papa” Francisco, esta idea de que la Iglesia recibe revelación adicional a través de su “experiencia” de “caminar juntos” a través de la historia, es esencial para su actual revolución modernista.

BERGOGLIO RELATIVIZA LAS DIFERENCIAS CON LOS CISMÁTICOS Y LOS HEREJES

   
En la audiencia semanal de ayer miércoles 16 de Octubre, Francisco Bergoglio comentó en su catequesis sobre el Espíritu Santo y la vida de la Iglesia sobre la polémica sobre el “Filióque” («y el Hijo») en el Credo Nicenoconstantinopolitano («Creo en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que procede del Padre y del Hijo»):
«¿Qué nos dice a nosotros, los creyentes de hoy, el artículo de fe que proclamamos cada domingo en la Misa: “Creo en el Espíritu Santo”? En el pasado, nos ocupaba principalmente la afirmación de que el Espíritu Santo “procede del Padre”. La Iglesia latina pronto completó esta afirmación añadiendo, en el Credo de la Misa, que el Espíritu Santo procede “también del Hijo”. Dado que en latín la expresión “y del Hijo” se dice “Filióque”, esto dio lugar a la disputa conocida con este nombre, que fue el motivo (o el pretexto) de muchas disputas y divisiones entre la Iglesia de Oriente y la de Occidente. Ciertamente, no es el caso de tratar aquí esta cuestión, que, por otra parte, en el clima de diálogo establecido entre las dos Iglesias, ha perdido la dureza del pasado y permite hoy esperar una plena aceptación mutua, como una de las principales “diferencias reconciliadas”. Me gusta decir esto: “diferencias reconciliadas”. Entre los cristianos hay muchas diferencias: este es de esta escuela, este es de aquella otra; este es protestante, este otro… Lo importante es que estas diferencias sean reconciliadas, en el amor de caminar juntos».
A diferencia tuya, Bergoglio, nosotros «SÍ vamos a tratar esta cuestión» (aunque sea brevemente y no sin cierto temor no solo porque la teología no es nuestro estudio principal –y si algo, nos sometemos al juicio de la Santa Iglesia Católica Romana–, sino porque estamos ante un Misterio de la Fe que se comprende y acepta con la luz de la Gracia), máxime porque recientemente en aras de facilitar el camino ecuménico con los griegos, los luteranos acordaron renunciar al Filióque:
  
La polémica del “Filióque” se trata de las relaciones trinitarias internas [distinción de las Personas en la consubstancialidad divina]. Basándose en la palabra griega έκπορεύεσθαι presente en San Juan 15, 26, los cismáticos ortodoxos desde Focio (aunque Teodoro de Mopsuestia –maestro de Nestorio– y Teodoreto de Ciro lo arguyeron contra los Doce anatemas a Nestorio de San Cirilo de Alejandría, y los monotelitas contra San Martín Papa) rechazan la frase del Credo según la cual el Espíritu Santo procede del Padre “y del Hijo” (Filióque/καί τού Υιού/ܘܒ݂ܺܪܳܐ) y la tachan como herejía latina, aun cuando San Atanasio en el Quicúmque, San Dámaso en su Profesión de Fe recogida por San Jerónimo, el Concilio de Toledo del año 400 y la Iglesia caldea en el Concilio de Seleucia/Ctesifón del 410 afirman esta doctrina y en las Sagradas Escrituras se colige claramente que el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo porque (para esto seguimos al padre José María Dalmau SJ en su Sacræ Theologíæ Summa):
  • Indistintamente se habla del Espíritu del Padre (o el Espíritu que procede de Dios): Mt. 3, 16; 10,20, etc.: Rom. 8, 9; I Cor. 2, 12; y del Espíritu del Hijo (o del Señor, o de Jesús): Act. 5, 9; 16, 7; 2 Cor. 3, 17 ss;  Gál. 4, 6;  Filip. 1, 19; Rom. 8, 9‑11, indicando relación de cuasipertenencia en el origen [procedencia] respecto a Dios Padre (que no tiene origen) y el Hijo (nacido del Padre antes de todos los siglos).
  • En San Juan 16, 13-15 Nuestro Señor dice a los Apóstoles: «Él [el Espíritu Santo] me glorificará, porque tomará de lo mío y os lo dará a conocer. Todo cuanto tiene el Padre es mío; por esto os he dicho que tomará de lo mío y os lo dará a conocer», lo que significa que el Espíritu Santo es enviado también por el Hijo, ya que lo que es del Padre, también es del Hijo.
  • En el Apocalipsis (1, 4; 3, 1; 5, 6; 19, 10; 21, 6; 22, 1) se describe la relación entre el Hijo y el Espíritu Santo, del cual se dice en el capítulo 22, 1 que procede (έκπορευόμενον) del río que sale del trono de Dios y del Cordero.
Y sobre todo, el hecho que la Iglesia Romana lo ha sostenido durante siglos antes del cisma griego, confirma que la doble procedencia del Espíritu Santo es una verdad de fe definida desde antiguo, y ratificada por la bula Læténtur Cœli del Concilio de Florencia (6 de Julio de 1439):
«definimos que por todos los cristianos sea creída y recibida esta verdad de fe y así todos profesen que el Espíritu Santo procede eternamente del Padre y del Hijo, y del Padre juntamente y el Hijo tiene su esencia y su ser subsistente, y de uno y otro procede eternamente como de un solo principio, y por única espiración; a par que declaramos que lo que los santos Doctores y Padres dicen que el Espíritu Santo procede del Padre por el Hijo, tiende a esta inteligencia, para significar por ello que también el Hijo es, según los griegos, causa y, según los latinos; principio de la subsistencia del Espíritu Santo, como también el Padre. Y puesto que todo lo que es del Padre, el Padre mismo se lo dio a su Hijo unigénito al engendrarle, fuera de ser Padre, el mismo preceder el Hijo al Espíritu Santo, lo tiene el mismo Hijo eternamente también del mismo Padre, de quien es también eternamente engendrado. Definimos además que la adición de las palabras Filióque [= y del Hijo], fue lícita y razonablemente puesta en el Símbolo, en gracia de declarar la verdad y por necesidad entonces urgente».
Un dato adicional: Constantinopla cayó bajo la espada otomana el 29 de Mayo de 1453, que era domingo de Pentecostés. Justo castigo por negar obstinadamente esta verdad.
   
Sobre las “diferencias reconciliadas” «en el amor de caminar juntos», pocón pocón. En la vida real, incluso los protestantes fieles rechazan los medios esenciales de salvación de Cristo, por ejemplo los sacramentos de la Confirmación, el Orden, la Confesión/Penitencia, la Santa Misa y la Extremaunción. En cuanto al Bautismo, también hay diferencia entre unos y otros, porque mientras unos bautizan «en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo» siguiendo el mandato de Cristo en San Mateo 28, 20, otros lo hacen «en el nombre del Señor Jesucristo», fórmula esta última inválida en la Iglesia Católica (valga anotar que los mormones, si bien usan la fórmula «Habiendo recibido el mandato de Cristo, yo te bautizo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo», su bautismo es inválido en tanto su noción de la Trinidad es distinta a la de la Iglesia Católica toda vez que para ellos, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo –que son hermanos, al igual que satanás– son tres dioses distintos en una relación de propósito, por lo que se está frente a un triteísmo –hoy pomposamente llamado “trinitarismo social”–). Y ya que estamos, los testejehovistas rechazan que Jesucristo es Dios (de hecho, traducen San Juan 1, 1 diciendo «era la palabra un dios») y que el Espíritu Santo sea una Persona (lo escriben en minúscula y lo llaman fuerza activa de Dios), reviviendo así la herejía de los arrianos y los macedonianos o pneumatómacos [los que luchan contra el Espíritu Santo], condenada en el I Concilio de Constantinopla y el Concilio de Alejandría del 362. 
  
En conclusión, bien se puede citar a San Agustín: «EN EL CISMA NO ESTÁN CONMIGO, EN LA HEREJÍA TAMPOCO. EN MUCHAS COSAS SÍ ESTÁN CONMIGO, PERO SÓLO EN POCAS NO LO ESTÁN. Y POR ESTAS POCAS COSAS EN QUE NO ESTÁN CONMIGO, NO LES APROVECHAN LAS MUCHAS EN QUE SÍ ESTÁN» (SAN AGUSTÍN, Comentario sobre el Salmo LIV, 19).

JORGE RONDÓN SANTOS
17 de Octubre de 2024 (Año Santo del Sagrado Corazón de Jesús).
Día tercero de la octava de Santa Teresa de Jesús de Ávila. Fiesta de Santa Margarita María de Alacoque, Apóstol del Sagrado Corazón de Jesús; de San Herón, Obispo de Antioquía; de Santa Mamelta de Persia, Mártir de la Fe; de San Florentino, Obispo de Orange; y de San Víctor, Obispo de Capúa. Nacimiento de San Ivo de Kermartin, Patrono de los abogados; del Beato Alonso de Orozco OSA, Sacerdote y confesor; y de fray Luis –en el siglo Melchor– Jaume y Vallespir, Protomártir de la Alta California. Martirio del venerable Marcelo Francisco Mastrilli SJ, misionero en Japón; y asesinato del general José María Córdova Muñoz “El León de Ayacucho”. Emisión de la Real Cédula de construcción de caminos en la Nueva España; y Día de la lealtad.

lunes, 20 de mayo de 2024

PENTECOSTÉS ✠ CATÓLICOS HASTA LA MUERTE

Sermón pronunciado por el Ilmo. Sr. Don Fernando Altamira, Superior de la Sociedad de Santa María, durante la fiesta de Penteclstés (19 de Mayo de 2024) en la capilla San Pío X (Santa Fe de Bogotá, Colombia).
   

jueves, 9 de mayo de 2024

ENCÍCLICA “Divínum Illud munus”, SOBRE LA PRESENCIA Y ACCIÓN DEL ESPÍRITU SANTO

CARTA ENCÍCLICA “Divínum Illud munus” DEL SUMO PONTÍFICE LEÓN XIII, SOBRE LA PRESENCIA Y VIRTUD ADMIRABLE DEL ESPÍRITU SANTO
   


INTRODUCCIÓN
    
1. Aquella divina misión que, recibida del Padre en beneficio del género humano, tan santísimamente desempeñó Jesucristo, tiene como último fin hacer que los hombres lleguen a participar de una vida bienaventurada en la gloria eterna; y, como fin inmediato, que durante la vida mortal vivan la vida de la gracia divina, que al final se abre florida en la vida celestial.
    
Por ello, el Redentor mismo no cesa de invitar con suma dulzura a todos los hombres de toda nación y lengua para que vengan al seno de su Iglesia: Venid a mí todos; Yo soy la vida; Yo soy el buen pastor. Mas, según sus altísimos decretos, no quiso Él completar por sí sólo incesantemente en la tierra dicha misión, sino que, como Él mismo la había recibido del Padre, así la entregó al Espíritu Santo para que la llevara a perfecto término. Place, en efecto, recordar las consoladoras frases que Cristo, poco antes de abandonar el mundo, pronunció ante los apóstoles: «Os conviene que yo me vaya, porque si no me voy, no vendrá vuestro abogado; en cambio, si me voy, os lo enviaré» (Jn 16, 7).
   
Y al decir así, dio como razón principal de su separación y de su vuelta al Padre el provecho que sus discípulos habían de recibir de la venida del Espíritu Santo; al mismo tiempo que mostraba cómo éste era igualmente enviado por Él y, por lo tanto, que de Él procedía como del Padre; y que como abogado, como consolador y como maestro concluiría la obra por El comenzada durante su vida mortal. La perfección de su obra redentora estaba providentísimamente reservada a la múltiple virtud de este Espíritu, que en la creación adornó los cielos (Job 26, 13) y llenó la tierra (Sab 1, 7).
    
2. Y Nos, que constantemente hemos procurado, con auxilio de Cristo Salvador, príncipe de los pastores y obispo de nuestras almas, imitar sus ejemplos, hemos continuado religiosamente su misma misión, encomendada a los apóstoles, principalmente a Pedro, cuya dignidad también se transmite a un heredero menos digno[1]. Guiados por esa intención, en todos los actos de nuestro pontificado a dos cosas principalmente hemos atendido y sin cesar atendemos. Primero, a restaurar la vida cristiana así en la sociedad pública como en la familiar, tanto en los gobernantes como en los pueblos; porque sólo de Cristo puede derivarse la vida para todos. Segundo, a fomentar la reconciliación con la Iglesia de los que, o en la fe o por la obediencia, están separados de ella; pues la verdadera voluntad del mismo Cristo es que haya sólo un rebaño bajo un solo Pastor. Y ahora, cuando nos sentimos cerca ya del fin de nuestra mortal carrera, place consagrar toda nuestra obra, cualquiera que ella haya sido, al Espíritu Santo, que es vida y amor, para que la fecunde y la madure. Para cumplir mejor y más eficazmente nuestro deseo, en vísperas de la solemnidad de Pentecostés, queremos hablaros de la admirable presencia y poder del mismo Espíritu; es decir, sobre la acción que Él ejerce en la Iglesia y en las almas merced al don de sus gracias y celestiales carismas. Resulte de ello, como es nuestro deseo ardiente, que en las almas se reavive y se vigorice la fe en el augusto misterio de la Trinidad, y especialmente crezca la devoción al divino Espíritu, a quien de mucho son deudores todos cuantos siguen el camino de la verdad y de la justicia; pues, como señaló San Basilio, toda la economía divina en torno al hombre, si fue realizada por nuestro Salvador y Dios, Jesucristo, ha sido llevada a cumplimiento por la gracia del Espíritu Santo[2].
   
EL MISTERIO DE LA TRINIDAD
   
3. Antes de entrar en materia será conveniente y útil tratar algo sobre el misterio de la sacrosanta Trinidad.
    
Este misterio, el más grande de todos los misterios, pues de todos es principio y fin, se llama por los doctores sagrados sustancia del Nuevo Testamento; para conocerlo y contemplarlo han sido creados en el cielo los ángeles y en la tierra los hombres; para enseñar con más claridad lo prefigurado en el Antiguo Testamento, Dios mismo descendió de los ángeles a los hombres: «Nadie vio jamás a Dios; el Hijo unigénito que está en el seno del Padre, El nos lo ha revelado» (Jn 1,18).
    
Así pues, quien escriba o hable sobre la Trinidad siempre deberá tener ante la vista lo que prudentemente amonesta el Angélico: «Cuando se habla de la Trinidad, conviene hacerlo con prudencia y humildad, pues —como dice Agustín— en ninguna otra materia intelectual es mayor o el trabajo o el peligro de equivocarse o el fruto una vez logrado»[3]. Peligro que procede de confundir entre sí, en la fe o en la piedad, a las divinas personas o de multiplicar su única naturaleza; pues la fe católica nos enseña a venerar un solo Dios en la Trinidad y la Trinidad en un solo Dios.
    
4. Por ello, nuestro predecesor Inocencio XII no accedió a la petición de quienes solicitaban una fiesta especial en honor del Padre. Si hay ciertos días festivos para celebrar cada uno de los misterios del Verbo Encarnado, no hay una fiesta propia para celebrar al Verbo tan sólo según su divina naturaleza; y aun la misma solemnidad de Pentecostés, ya tan antigua, no se refiere simplemente al Espíritu Santo por sí, sino que recuerda su venida o externa misión. Todo ello fue prudentemente establecido para evitar que nadie multiplicara la divina esencia, al distinguir las Personas. Más aún: la Iglesia, a fin de mantener en sus hijos la pureza de la fe, quiso instituir la fiesta de la Santísima Trinidad, que luego Juan XXII mandó celebrar en todas partes; permitió que se dedicasen a este misterio templos y altares y, después de celestial visión, aprobó una Orden religiosa para la redención de cautivos, en honor de la Santísima Trinidad, cuyo nombre la distinguía.
    
Conviene añadir que el culto tributado a los Santos y Ángeles, a la Virgen Madre de Dios y a Cristo, redunda todo y se termina en la Trinidad. En las preces consagradas a una de las tres divinas personas, también se hace mención de las otras; en las letanías, luego de invocar a cada una de las Personas separadamente, se termina por su invocación común; todos los salmos e himnos tienen la misma doxología al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo; las bendiciones, los ritos, los sacramentos, o se hacen en nombre de la santa Trinidad, o les acompaña su intercesión. Todo lo cual ya lo había anunciado el Apóstol con aquella frase: «Porque de Dios, por Dios y en Dios son todas las cosas, a Dios sea la gloria eternamente» (Rm 11, 36); significando así la trinidad de las Personas y la unidad de naturaleza, pues por ser ésta una e idéntica en cada una de las Personas, procede que a cada una se tribute, como a uno y mismo Dios, igual gloria y coeterna majestad. Comentando aquellas palabras, dice San Agustín: «No se interprete confusamente lo que el Apóstol distingue, cuando dice “de Dios, por Dios, en Dios”; pues dice “de Dios”, por el Padre; “por Dios”, a causa del Hijo; “en Dios”, por relación al Espíritu Santo»[4].

Apropiaciones
5. Con gran propiedad, la Iglesia acostumbra atribuir al Padre las obras del poder; al Hijo, las de la sabiduría; al Espíritu Santo, las del amor. No porque todas las perfecciones y todas las obras ad extra no sean comunes a las tres divinas Personas, pues «indivisibles son las obras de la Trinidad, como indivisa es su esencia»[5], porque así como las tres Personas divinas son inseparables, así obran inseparablemente[6]; sino que por una cierta relación y como afinidad que existe entre las obras externas y el carácter «propio» de cada Persona, se atribuyen a una más bien que a las otras, o —como dicen— «se apropian». Así como de la semejanza del vestigio o imagen hallada en las criaturas nos servimos para manifestar las divinas Personas, así hacemos también con los atributos divinos; y la manifestación deducida de los atributos divinos se dice «apropiación»[7].
    
De esta manera, el Padre, que es principio de toda la Trinidad[8], es la causa eficiente de todas las cosas, de la Encarnación del Verbo y de la santificación de las almas: «de Dios son todas las cosas»; «de Dios», por relación al Padre; el Hijo, Verbo e Imagen de Dios, es la causa ejemplar por la que todas las cosas tienen forma y belleza, orden y armonía, él, que es camino, verdad, vida, ha reconciliado al hombre con Dios; «por Dios», por relación al Hijo; finalmente, el Espíritu Santo es la causa última de todas las cosas, puesto que, así como la voluntad y aun toda cosa descansa en su fin, así El, que es la bondad y el amor del Padre y del Hijo, da impulso fuerte y suave y como la última mano al misterioso trabajo de nuestra eterna salvación: «en Dios», por relación al Espíritu Santo.
    
El Espíritu Santo y Jesucristo
6. Precisados ya los actos de fe y de culto debidos a la augustísima Trinidad, todo lo cual nunca se inculcará bastante al pueblo cristiano, nuestro discurso se dirige ya a tratar del eficaz poder del Espíritu Santo. Ante todo, dirijamos una mirada a Cristo, fundador de la Iglesia y Redentor del género humano. Entre todas las obras de Dios ad extra, la más grande es, sin duda, el misterio de la Encarnación del Verbo; en él brilla de tal modo la luz de los divinos atributos, que ni es posible pensar nada superior ni puede haber nada más saludable para nosotros. Este gran prodigio, aun cuando se ha realizado por toda la Trinidad, sin embargo se atribuye como «propio» al Espíritu Santo, y así dice el Evangelio que la concepción de Jesús en el seno de la Virgen fue obra del Espíritu Santo (Mt 1, 18.20), y con razón, porque el Espíritu Santo es la caridad del Padre y del Hijo, y este gran misterio de la bondad divina (1 Tim 3, 16)), que es la Encarnación, fue debido al inmenso amor de Dios al hombre, como advierte San Juan: «Tanto amó Dios al mundo, que le dio su Hijo Unigénito» (Jn 3, 16). Añádase que por dicho acto la humana naturaleza fue levantada a la unión personal con el Verbo, no por mérito alguno, sino sólo por pura gracia, que es don propio del Espíritu Santo: El admirable modo, dice San Agustín, con que Cristo fue concebido por obra del Espíritu Santo, nos da a entender la bondad de Dios, puesto que la naturaleza humana, sin mérito alguno precedente, ya en el primer instante fue unida al Verbo de Dios en unidad tan perfecta de persona que uno mismo fuese a la vez Hijo de Dios e Hijo del hombre[9].
   
Por obra del Espíritu Divino tuvo lugar no solamente la concepción de Cristo, sino también la santificación de su alma, llamada unción en los Sagrados Libros (Hch 10, 38), y así es como toda acción suya se realizaba bajo el influjo del mismo Espíritu[10], que también cooperó de modo especial a su sacrificio, según la frase de San Pablo: «Cristo, por medio del Espíritu Santo, se ofreció como hostia inocente a Dios» (Heb 9,14). Después de todo esto, ya no extrañará que todos los carismas del Espíritu Santo inundasen el alma de Cristo. Puesto que en Él hubo una abundancia de gracia singularmente plena, en el modo más grande y con la mayor eficacia que tenerse puede; en él, todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia, las gracias gratis datas, las virtudes, y plenamente todos los dones, ya anunciados en las profecías de Isaías (4, 1; 11, 2.3), ya simbolizados en aquella misteriosa paloma aparecida en el Jordán, cuando Cristo con su bautismo consagraba sus aguas para el nuevo Testamento.
   
Con razón nota San Agustín que Cristo no recibió el Espíritu Santo siendo ya de treinta años, sino que cuando fue bautizado estaba sin pecado y ya tenía el Espíritu Santo; entonces, es decir, en el bautismo, no hizo sino prefigurar a su cuerpo místico, es decir, a la Iglesia en la cual los bautizados reciben de modo peculiar el Espíritu Santo[11]. Y así la aparición sensible del Espíritu sobre Cristo y su acción invisible en su alma representaban la doble misión del Espíritu Santo, visible en la Iglesia, e invisible en el alma de los justos.

EL ESPÍRITU SANTO Y LA IGLESIA

En los apóstoles, obispos y sacerdotes
7. La Iglesia, ya concebida y nacida del corazón mismo del segundo Adán en la Cruz, se manifestó a los hombres por vez primera de modo solemne en el celebérrimo día de Pentecostés con aquella admirable efusión, que había sido vaticinada por el profeta Joel (2, 28.29); y en aquel mismo día se iniciaba la acción del divino Paráclito en el místico cuerpo de Cristo, posándose sobre los apóstoles, como nuevas coronas espirituales, formadas con lenguas de fuego, sobre sus cabezas[12].
    
Y entonces los apóstoles descendieron del monte, como escribe el Crisóstomo, no ya llevando en sus manos como Moisés tablas de piedra, sino al Espíritu Santo en su alma, derramando el tesoro y fuente de verdades y de carismas[13]. Así, ciertamente se cumplía la última promesa de Cristo a sus apóstoles, la de enviarles el Espíritu Santo, para que con su inspiración completara y en cierto modo sellase el depósito de la revelación: «Aún tengo que deciros muchas cosas, mas no las entenderíais ahora; cuando viniere el Espíritu de verdad, os enseñará toda verdad» (Jn 16, 12.13). El Espíritu Santo, que es espíritu de verdad, pues procede del Padre, Verdad eterna, y del Hijo, Verdad sustancial, recibe de uno y otro, juntamente con la esencia, toda la verdad que luego comunica a la Iglesia, asistiéndola para que no yerre jamás, y fecundando los gérmenes de la revelación hasta que, en el momento oportuno, lleguen a madurez para la salud de los pueblos. Y como la Iglesia, que es medio de salvación, ha de durar hasta la consumación de los siglos, precisamente el Espíritu Santo la alimenta y acrecienta en su vida y en su virtud: «Yo rogaré al Padre y El os mandará el Espíritu de verdad, que se quedará siempre con vosotros» (Ibíd 14, 16.17). Pues por El son constituidos los obispos, que engendran no sólo hijos, sino también padres, esto es, sacerdotes, para guiarla y alimentarla con aquella misma sangre con que fue redimida por Cristo: «El Espíritu Santo ha puesto a los obispos para regir la Iglesia de Dios, que Cristo adquirió con su sangre» (Hch 20, 28); unos y otros, obispos y sacerdotes, por singular don del Espíritu tienen poder de perdonar los pecados, según Cristo dijo a sus apóstoles: «Recibid el Espíritu Santo: a los que perdonareis los pecados, les serán perdonados, y a los que se los retuviereis, les serán retenidos» (Jn 20, 22.23).
     
En las almas
8. Nada confirma tan claramente la divinidad de la Iglesia como el glorioso esplendor de carismas que por todas partes la circundan, corona magnífica que ella recibe del Espíritu Santo. Baste, por último, saber que si Cristo es la cabeza de la Iglesia, el Espíritu Santo es su alma: «Lo que el alma es en nuestro cuerpo, es el Espíritu Santo en el cuerpo de Cristo, que es la Iglesia»[14]. Si esto es así, no cabe imaginar ni esperar ya otra mayor y más abundante manifestación y aparición del Divino Espíritu, pues la Iglesia tiene ya la máxima, que ha de durarle hasta que, desde el estadio de la milicia terrenal, sea elevada triunfante al coro alegre de la sociedad celestial.
    
No menos admirable, aunque en verdad sea más difícil de entender, es la acción del Espíritu Santo en las almas, que se esconde a toda mirada sensible.
    
Y esta efusión del Espíritu es de abundancia tanta que el mismo Cristo, su donante, la asemejó a un río abundantísimo, como lo afirma San Juan: «Del seno de quien creyere en Mí, como dice la Escritura, brotarán fuentes de agua viva»; testimonio que glosó el mismo evangelista, diciendo: «Dijo esto del Espíritu Santo, que los que en El creyesen habían de recibir» (Jn 7, 38.39).
    
En el Antiguo Testamento y en el Nuevo Testamento
9. Cierto es que aun en los mismos justos del Antiguo Testamento ya inhabitó el Espíritu Santo, según lo sabemos de los profetas, de Zacarías, del Bautista, de Simeón y de Ana; pues no fue en Pentecostés cuando el Espíritu Santo comenzó a inhabitar en los Santos por vez primera: en aquel día aumentó sus dones, mostrándose más rico y más abundante en su largueza[15]. También aquéllos eran hijos de Dios, mas aún permanecían en la condición de siervos, porque tampoco el hijo se diferencia del siervo, mientras está bajo tutela (Gál 4, 1.2); a más de que la justicia en ellos no era sino por los previstos méritos de Cristo, y la comunicación del Espíritu Santo hecha después de Cristo es mucho más copiosa, como la cosa pactada vence en valor a la prenda, y como la realidad excede en mucho a su figura. Y por ello así lo afirmó Juan: «Aún no había sido dado el Espíritu Santo, porque Jesús no había sido glorificado» (Jn 7, 39). Inmediatamente que Cristo, ascendiendo a lo alto, hubo tomado posesión de su reino, conquistado con tanto trabajo, con divina munificencia abrió sus tesoros, repartiendo a los hombres los dones del Espíritu Santo (Ef 4, 8): «Y no es que antes no hubiese sido mandado el Espíritu Santo, sino que no había sido dado como lo fue después de la glorificación de Cristo»[16]. Y ello porque la naturaleza humana es esencialmente sierva de Dios: «La criatura es sierva, nosotros somos siervos de Dios según la naturaleza»[17]; más aún: por el primer pecado toda nuestra naturaleza cayó tan baja que se tornó enemiga de Dios: «Éramos por la naturaleza hijos de la ira» (Ef 2, 3). No había fuerza capaz de levantarnos de caída tan grande y rescatarnos de la eterna ruina. Pero Dios, que nos había creado, se movió a piedad; y por medio de su Unigénito restituyó al hombre a la noble altura de donde había caído, y aun le realzó con más abundante riqueza de dones. Ninguna lengua puede expresar esta labor de la divina gracia en las almas de los hombres, por la que son llamados, ya en las Sagradas Escrituras, ya en los escritos de los Padres de la Iglesia, regenerados, criaturas nuevas, participantes de la divina naturaleza, hijos de Dios, deificados, y así más aún. Ahora bien: beneficios tan grandes propiamente los debemos al Espíritu Santo.
  
El es el Espíritu de adopción de los hijos, en el cual clamamos: «Abba», «Padre»; inunda los corazones con la dulzura de su paternal amor: da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios (Rom 8, 15.16). Para declarar lo cual es muy oportuna aquella observación del Angélico, de que hay cierta semejanza entre las dos obras del Espíritu Santo; puesto que por la virtud del Espíritu Santo Cristo fue concebido en santidad para ser hijo natural de Dios, y los hombres son santificados para ser hijos adoptivos de Dios[18]. Y así, con mucha mayor nobleza aún que en el orden natural, la espiritual generación es fruto del Amor increado.
    
En los sacramentos
10. Esta regeneración y renovación comienza para cada uno en el bautismo, sacramento en el que, arrojado del alma el espíritu inmundo, desciende a ella por primera vez el Espíritu Santo, haciéndola semejante a sí: «Lo que nace del Espíritu es espíritu» (Jn 3, 7). Con más abundancia se nos da el mismo Espíritu en la confirmación, por la que se nos infunde fortaleza y constancia para vivir como cristianos: es el mismo Espíritu el que venció en los mártires y triunfó en las vírgenes sobre los halagos y peligros. Hemos dicho que «se nos da el mismo Espíritu»: «La caridad de Dios se difunde en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado» (Rom 5, 5). Y en verdad, no sólo nos llena con divinos dones, sino que es autor de los mismos, y aun El mismo es el don supremo porque, al proceder del mutuo amor del Padre y del Hijo, con razón es don del Dios altísimo. Para mejor entender la naturaleza y efectos de este don, conviene recordar cuanto, después de las Sagradas Escrituras, enseñaron los sagrados doctores, esto es, que Dios se halla presente a todas las cosas y que está en ellas: por potencia, en cuanto se hallan sujetas a su potestad; por presencia, en cuanto todas están abiertas y patentes a sus ojos; por esencia, porque en todas se halla como causa de su ser[19]. Mas en la criatura racional se encuentra Dios ya de otra manera; esto es, en cuanto es conocido y .amado, ya que según naturaleza es amar el bien, desearlo y buscarlo. Finalmente, Dios, por medio de su gracia, está en el alma del justo en forma más íntima e inefable, como en su templo; y de ello se sigue aquel mutuo amor por el que el alma está íntimamente presente a Dios, y está en él más de lo que pueda suceder entre los amigos más queridos, y goza de él con la más regalada dulzura.
    
En la inhabitación
11. Y esta admirable unión, que propiamente se llama inhabitación, y que sólo en la condición o estado, mas no en la esencia, se diferencia de la que constituye la felicidad en el cielo, aunque realmente se cumple por obra de toda la Trinidad, por la venida y morada de las tres divinas Personas en el alma amante de Dios, vendremos a él y haremos mansión junto a él (Jn 14, 23), se atribuye, sin embargo, como peculiar al Espíritu Santo. Y es cierto que hasta entre los impíos aparecen vestigios del poder y sabiduría divinos; mas de la caridad, que es como «nota» propia del Espíritu Santo, tan sólo el justo participa.
    
Añádase que a este Espíritu se le da el apelativo de Santo, también porque, siendo el primero y eterno Amor, nos mueve y excita a la santidad, que en resumen no es sino el amor a Dios. Y así, el Apóstol, cuando llama a los justos templos de Dios, nunca les llama expresamente templos «del Padre» o «del Hijo», sino «del Espíritu Santo»: «¿Ignoráis que vuestros miembros son templo del Espíritu Santo, que está en vosotros, pues le habéis recibido de Dios?» (1 Cor 6, 19). A la inhabitación del Espíritu Santo en las almas justas sigue la abundancia de los dones celestiales. Así enseña Santo Tomás: «El Espíritu Santo, al proceder como Amor, procede en razón de don primero; por esto dice Agustín que, por medio de este don que es el Espíritu Santo, muchos otros dones se distribuyen a los miembros de Cristo[20]. Entre estos dones se hallan aquellos ocultos avisos e invitaciones que se hacen sentir en la mente y en el corazón por la moción del Espíritu Santo; de ellos depende el principio del buen camino, el progreso en él y la salvación eterna. Y puesto que estas voces e inspiraciones nos llegan muy ocultamente, con toda razón en las Sagradas Escrituras alguna vez se dicen semejantes al susurro del viento; y el Angélico Doctor sabiamente las compara con los movimientos del corazón, cuya virtud toda se halla oculta: «El corazón tiene una cierta influencia oculta, y por ello al corazón se compara el Espíritu Santo que invisiblemente vivifica a la Iglesia y la une»[21].
    
En los siete dones y en los frutos
12. Y el hombre justo, que ya vive la vida de la divina gracia y opera por congruentes virtudes, como el alma por sus potencias, tiene necesidad de aquellos siete dones que se llaman propios del Espíritu Santo. Gracias a éstos el alma se dispone y se fortalece para seguir más fácil y prontamente las divinas inspiraciones: es tanta la eficacia de estos dones, que la conducen a la cumbre de la santidad; y tanta su excelencia, que perseveran intactos, aunque más perfectos, en el reino celestial. Merced a esos dones, el Espíritu Santo nos mueve y realza a desear y conseguir las evangélicas bienaventuranzas, que son como flores abiertas en la primavera, cual indicio y presagio de la eterna bienaventuranza. Y muy regalados son, finalmente, los frutos enumerados por el Apóstol (Gál 5, 22) que el Espíritu Santo produce y comunica a los hombres justos, aun durante la vida mortal, llenos de toda dulzura y gozo, pues son del Espíritu Santo que en la Trinidad es el amor del Padre y del Hijo y que llena de infinita dulzura a las criaturas todas[22].
    
Y así el Divino Espíritu, que procede del Padre y del Hijo en la eterna luz de santidad como amor y como don, luego de haberse manifestado a través de imágenes en el Antiguo Testamento, derrama la abundancia de sus dones en Cristo y en su cuerpo místico, la Iglesia; y con su gracia y saludable presencia alza a los hombres de los caminos del mal, cambiándoles de terrenales y pecadores en criaturas espirituales y casi celestiales. Pues tantosy tan señalados son los beneficios recibidos de la bondad del Espíritu Santo, la gratitud nos obliga a volvernos a Él, llenos de amor y devoción.
    
EXHORTACIONES
   
Foméntese el conocimiento y amor del Espíritu Santo
13. Seguramente harán esto muy bien y perfectamente los hombres cristianos si cada día se empeñaren más en conocerle, amarle y suplicarle; a ese fin tiende esta exhortación dirigida a los mismos, tal como surge espontánea de nuestro paternal ánimo.
   
Acaso no falten en nuestros días algunos que, de ser interrogados como en otro tiempo lo fueron algunos por San Pablo «si habían recibido el Espíritu Santo», contestarían a su vez: «Nosotros, ni siquiera hemos oído si existe el Espíritu Santo» (Hch 19, 2). Que si a tanto no llega la ignorancia, en una gran parte de ellos es muy escaso su conocimiento sobre Él; tal vez hasta con frecuencia tienen su nombre en los labios, mientras su fe está llena de crasas tinieblas. Recuerden, pues, los predicadores y párrocos que les pertenece enseñar con diligencia y claramente al pueblo la doctrina católica sobre el Espíritu Santo, mas evitando las cuestiones arduas y sutiles y huyendo de la necia curiosidad que presume indagar los secretos todos de Dios. Cuiden recordar y explicar claramente los muchos y grandes beneficios que del Divino Dador nos vienen constantemente, de forma que sobre cosas tan altas desaparezca el error y la ignorancia, impropios de los hijos de la luz. Insistimos en esto no sólo por tratarse de un misterio, que directamente nos prepara para la vida eterna y que, por ello, es necesario creer firme y expresamente, sino también porque, cuanto más clara y plenamente se conoce el bien, más intensamente se le quiere y se le ama. Esto es lo que ahora queremos recomendaros: Debemos amar al Espíritu Santo, porque es Dios: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu fortaleza (Deut 6, 5). Y ha de ser amado, porque es el Amor sustancial eterno y primero, y no hay cosa más amable que el amor; y luego tanto más le debemos amar cuanto que nos ha llenado de inmensos beneficios que, si atestiguan la benevolencia del donante, exigen la gratitud del alma que los recibe. Amor este que tiene una doble utilidad, ciertamente no pequeña. Primeramente nos obliga a tener en esta vida un conocimiento cada día más claro del Espíritu Santo: El que ama, dice Santo Tomás, no se contenta con un conocimiento superficial del amado, sino que se esfuerza por conocer cada una de las cosas que le pertenecen intrínsecamente, y así entra en su interior, como del Espíritu Santo, que es amor de Dios, se dice que examina hasta lo profundo de Dios[23]. En segundo lugar, que será mayor aún la abundancia de sus celestiales dones, pues como la frialdad hace cerrarse la mano del donante, el agradecimiento la hace ensancharse. Y cuídese bien de que dicho amor no se limite a áridas disquisiciones o a externos actos religiosos; porque debe ser operante, huyendo del pecado, que es especial ofensa contra el Espíritu Santo. Cuanto somos y tenemos, todo es don de la divina bondad que corresponde como propia al Espíritu Santo; luego el pecador le ofende al mismo tiempo que recibe sus beneficios, y abusa de sus dones para ofenderle, al mismo tiempo que, porque es bueno, se alza contra Él multiplicando incesantes sus culpas.

No le entristezcamos
14. Añádase, además, que, pues el «Espíritu Santo es espíritu de verdad, si alguno falta por debilidad o ignorancia, tal vez tenga alguna excusa ante el tribunal de Dios; mas el que por malicia se opone a la verdad o la rehúye, comete gravísimo pecado contra el Espíritu Santo. Pecado tan frecuente en nuestra época que parecen llegados los tristes tiempos descritos por San Pablo, en los cuales, obcecados los hombres por justo juicio de Dios, reputan como verdaderas las cosas falsas, y al príncipe de este mundo, que es mentiroso y padre de la mentira, le creen como a maestro de la verdad: Dios les enviará espíritu de error para que crean a la mentira (2 Tes 2, 10): en los últimos tiempos se separarán algunos de la fe, para creer en los espíritus del error y en las doctrinas de los demonios (1 Tim 4, 1): Y por cuanto el Espíritu Santo, según antes hemos dicho, habita en nosotros como en su templo, repitamos con el Apóstol: «No queráis contristar al Espíritu Santo de Dios, que os ha consagrado» (Ef 4, 30). Para ello no basta huir de todo lo que es inmundo, sino que el hombre cristiano debe resplandecer en toda virtud, especialmente en pureza y santidad, para no desagradar a huésped tan grande, puesto que la pureza y la santidad son las propias del templo. Por ello exclama el mismo Apóstol: «Pero ¿es que no sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros? Si alguno osare profanar el templo de Dios, será maldito de Dios, pues el templo debe ser santo y vosotros sois este templo» (1 Cor 3, 16.17); amenaza tremenda, pero justísima.
    
Pidamos el Espíritu Santo
15. Por último, conviene rogar y pedir al Espíritu Santo, cuyo auxilio y protección todos necesitamos en extremo. Somos pobres, débiles, atribulados, inclinados al mal: luego recurramos a Él, fuente inexhausta de luz, de consuelo y de gracia. Sobre todo, debemos pedirle perdón de los pecados, que tan necesario nos es, puesto que es el Espíritu Santo don del Padre y del Hijo, y los pecadores son perdonados por medio del Espíritu Santo como por don de Dios[24], lo cual se proclama expresamente en la liturgia cuando al Espíritu Santo le llama remisión de todos los pecados[25].
    
Cuál sea la manera conveniente para invocarle, aprendámoslo de la Iglesia, que suplicante se vuelve al mismo Espíritu Santo y lo llama con los nombres más dulces de padre de los pobres, dador de los dones, luz de los corazones, consolador benéfico, huésped del alma, aura de refrigerio; y le suplica encarecidamente que limpie, sane y riegue nuestras mentes y nuestros corazones, y que conceda a todos los que en Él confiamos el premio de la virtud, el feliz final de la vida presente, el perenne gozo en la futura. Ni cabe pensar que estas plegarias no sean escuchadas por aquel de quien leemos que ruega por nosotros con gemidos inefables (Rom 8, 26). En resumen, debemos suplicarle con confianza y constancia para que diariamente nos ilustre más y más con su luz y nos inflame con su caridad, disponiéndonos así por la fe y por el amor a que trabajemos con denuedo por adquirir los premios eternos, puesto que Él es la prenda de nuestra heredad (Ef 1, 14).
  
Novena del Espíritu Santo
16. Ved, venerables hermanos, los avisos y exhortaciones nuestras sobre la devoción al Espíritu Santo, y no dudamos que por virtud principalmente de vuestro trabajo y solicitud, se han de producir saludables frutos en el pueblo cristiano. Cierto que jamás faltará nuestra obra en cosa de tan gran importancia; más aún, tenemos la intención de fomentar ese tan hermoso sentimiento de piedad por aquellos modos que juzgaremos más convenientes a tal fin. Entre tanto, puesto que Nos, hace ahora dos años, por medio del breve Próvida Matris, recomendamos a los católicos para la solemnidad de Pentecostés algunas especiales oraciones a fin de suplicar por el cumplimiento de la unidad cristiana, nos place ahora añadir aquí algo más. Decretamos, por lo tanto, y mandamos que en todo el mundo católico en este año, y siempre en lo por venir, a la fiesta de Pentecostés preceda la novena en todas las iglesias parroquiales y también aun en los demás templos y oratorios, a juicio de los Ordinarios.
   
Concedemos la indulgencia de siete años y otras tantas cuarentenas por cada día a todos los que asistieren a la novena y oraren según nuestra intención, además de la indulgencia plenaria en un día de la novena, o en la fiesta de Pentecostés y aun dentro de la octava, siempre que confesados y comulgados oraren según nuestra intención. Queremos igualmente también que gocen de tales beneficios todos aquellos que, legítimamente impedidos, no puedan asistir a dichos cultos públicos, y ello aun en los lugares donde no pudieren celebrarse cómodamente —a juicio del Ordinario— en el templo, con tal que privadamente hagan la novena y cumplan las demás obras y condiciones prescritas. Y nos place añadir del tesoro de la Iglesia que puedan lucrar nuevamente una y otra indulgencia todos los que en privado o en público renueven según su propia devoción algunas oraciones al Espíritu Santo cada día de la octava de Pentecostés hasta la fiesta inclusive de la Santísima Trinidad, siempre que cumplan las demás condiciones arriba indicadas. Todas estas indulgencias son aplicables también aun a las benditas almas del Purgatorio.

El Espíritu Santo y la Virgen María
17. Y ahora nuestro pensamiento se vuelve adonde comenzó, a fin de lograr del divino Espíritu, con incesantes oraciones su cumplimiento. Unid, pues, venerables hermanos, a nuestras oraciones también las vuestras, así como las de todos los fieles, interponiendo la poderosa y eficaz mediación de la Santísima Virgen. Bien sabéis cuán íntimas e inefables relaciones existen entre ella y el Espíritu Santo, pues que es su Esposa inmaculada. La Virgen cooperó con su oración muchísimo así al misterio de la Encarnación como a la venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles. Que Ella continúe, pues, realzando con su patrocinio nuestras comunes oraciones, para que en medio de las afligidas naciones se renueven los divinos prodigios del Espíritu Santo, celebrados ya por el profeta David: «Manda tu Espíritu y serán creados, y renovarás la faz de la tierra» (Sal 103, 30).

Dado en Roma, junto a San Pedro, el día 9 de mayo del año 1897, vigésimo de nuestro pontificado. LEÓN PP. XIII.
   
NOTAS
[1] San León Magno, Sermón 2.º en el aniversario de su ascensión al Solio petrino.
[2] Sobre el Espíritu Santo 16,39.
[3] I q.31 a.2; Sobre la Santísima Trinidad 1,3.
[4] Sobre la Santísima Trinidad, 6,10; 1,6.
[5] San Agustín, Sobre la Santísima Trinidad, 1,4 y 5.
[6] San Agustín, ibíd.
[7] Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, parte I, cuestión 39, art. 7.
[8] San Agustín, Sobre la Santísima Trinidad 4,20.
[9] Enquiridión 30. Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, parte II, cuestión 32, art. 1.
[10] San Basilio, Sobre el Espíritu Santo 16.
[11] Sobre la Santísima Trinidad 15,26.
[12] San Cirilo de Jerusalén, Catequesis Mistagógica 17.
[13] Homilía 1.ª sobre San Mateo; 2.ª Cor. 3,3.
[14] San Agustín, Sermón 187 del temporal.
[15] San León Magno, Homilía 3.ª de Pentecostés.
[16] San Agustín, Sobre la Santísima Trinidad 1,4, cap. 20.
[17] San Cirilo de Alejandría, Tesauro contra los herejes 1,5, cap. 5.
[18] Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, parte III, cuestión 32, art. 1.
[19] Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, parte I, cuestión 8, art. 3.
[20] Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, parte I, cuestión 38, art. 2. San Agustín, Sobre la Santísima Trinidad 15,19.
[21] Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, parte II, cuestión 8, art. 1.
[22] San Agustín, Sobre la Santísima Trinidad 5,9.
[23] 1 Cor 2,10; Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, parte I-IIæ, cuestión 28, art. 2.
[24]. Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, parte III, cuestión 3, art. 8, respuesta a la objeción 3.ª.
[25] En el Misal Romano, Martes infraoctava de Pentecostés.

sábado, 3 de junio de 2023

EL ESPÍRITU SANTO SOSTIENE LA UNIDAD DE LA IGLESIA DURANTE LAS CRISIS

Martín V es elegido Papa y bendice al pueblo en el Concilio de Constanza (Ulrico de Richental, Crónica del Concilio de Constanza).
    
«El Espíritu Santo es la fuente de la unidad externa por la sumisión voluntaria a un centro de unidad. […] Un Decio puede tener éxito en causar una vacancia de cuatro años en la Sede de Roma; pueden surgir antipapas, apoyados por el favor popular, o sostenidos por la políticas de los emperadores; un largo cisma puede hacer difícil reconocer al verdadero Pontífice entre los varios reclamantes que afirman serlo: el Espíritu Santo permitirá que la prueba siga su curso, y, mientras dure, conservará la fe de sus hijos; y llegará el día en que Él declarará al legítimo Pastor de la grey, y toda la Iglesia lo reconocerá entusiasta como tal.
    
A fin de entender toda la maravilla de esta influencia sobrenatural, no basta conocer los resultados extrínsecos que nos contó la historia; deberíamos estudiarla en su propia realidad divina. La unidad de la Iglesia no es como la que fuerza un conquistador sobre un pueblo que ha hecho tributario suyo. Los miembros de la Iglesia están unidos en la unicidad de la fe y la sumisión, porque aman el yugo que ella impone a su libertad y su razón». (DOM PRÓSPERO GUERANGER OSB, El año litúrgico, El tiempo pascual, vol. III, Edición inglesa, pág. 385. Miércoles infraoctava de Pentecostés).

domingo, 5 de junio de 2022

DECRETO QUE PROHÍBE REPRESENTAR AL ESPÍRITU SANTO EN FORMA HUMANA

   
En algunas imágenes de la Santísima Trinidad se representaba a las tres Divinas Personas como tres varones iguales (aunque en algunas se diferenciaban por algún atributo o color). Y en tiempos modernos, la representación del Espíritu Santo en forma humana ha vuelto a hacer carrera, como fue el fresco pintado entre 1925 y 1927 por el pintor futurista italiano Gino Severini Antonini para la parroquia de San Nicolás de Semsales (diócesis de Friburgo, Suiza), imagen que encabeza este artículo. Pero este estilo, sobre el cual en su momento Benedicto XIV Lambertini habló en Sollicitúdini nostræ en 1745 prohibiendo la representación del Espíritu Santo en forma humana, fue rechazado por el Santo Oficio, en el decreto que leemos a continuación.
     
LATÍN
DÚBIUM DE DE REPRÆSENTATIÓNE SPÍRITUS SANCTI SUB FORMA HUMÁNA
   
Propósito Suprémæ huic Sacræ Congregatióni Sancti Offícii dúbio: «An repræsentári possit Spíritus Sanctus sub forma humána sive cum Patre et Fílio sive seórsim».
    
Feria IV., 14 Martii 1928.
    
Eminentíssimi ac Reverendíssimi Dómini Cardináles fídei et móribus tutándis præpósiti, præhabíto RR. DD. Consultórum voto, respondéndum decrevérunt: Negatíve.
   
Et insequénti feria V, die 15 ejúsdem mensis et anni, Sanctíssimus D. N. Pius divína Providéntia Papa XI, in sólita audiéntia R. P. D. Assessóri S. Offícii impertíta, relátam sibi Reverendíssimum Patrum resolutiónem approbávit, mandans ad quos spectat ut eam servent et serváre fáciant.
     
Datum Rómæ, ex ǽdibus S. Offícii, die 15 Mártii 1928.
     
Alóisius Castellano, Suprémæ S. C. S. Off. Notárius
TRADUCCIÓN
DUDA SOBRE LA REPRESENTACIÓN DEL ESPÍRITU SANTO EN FORMA HUMANA
  
Se propuso esta duda a la Suprema y Sagrada Congregación del Santo Oficio: «¿Se puede representar al Espíritu Santo en forma humana, tanto con el Padre y el Hijo, o separado?».
  
Miércoles 14 de Marzo de 1928
  
Los eminentísimos y reverendísimos señores cardenales encargados de proteger la Fe y las costumbres, previo el voto de los Reverendísimos Sres. consultores, respondieron decretando: Negativo.
   
El jueves siguiente, 15 del mismo mes y año, Nuestro  Santísimo Señor Pío, por la Divina Providencia Papa XI, en la acostumbrada Audiencia privada con los Reverendísimos Padres señores asesores del Santo Oficio, aprobó la resolución que los Reverendísimos Padres habían mostrado, mandando a quienes concierna que la guarden y la hagan guardar.
   
Dado en Roma, en la sede del Santo Oficio, 16 de marzo de 1928. 
  
Luis Castellano, Notario del Santo Oficio.