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NO QUEREMOS QUE SE ACABE LA RELIGIÓN

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ORGULLOSAMENTE HISPANOHABLANTES

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domingo, 25 de octubre de 2026

CONSAGRACIÓN PERSONAL A CRISTO REY

   
LATÍN
Dómine Jesu Christe, Te confíteor Regem universálem. Ómnia, quæ facta sunt, pro Te sunt creáta. Ómnia jura Tua exérce in me. Rénovo vota Baptísmi, abrenúntians sátanæ ejúsque pompis et opéribus, et promítto me victúrum ut bonum Christiánum ammodo. Ac potíssimum me óbligo operári, quántum in me est, ut triúmphent Dei jura Tuǽque Ecclésiæ. Divínum Cor Jesu, óffero Tibi actiónes meas ténues ad obtinéndum, ut ómnia corda agnóscant Tuam sacram Regalitátem, et Ita tuæ pacis regnum stabiliátur in toto terrárum orbem. Amen.

TRADUCCIÓN
Oh Cristo Jesús, os reconozco por Rey universal. Todo lo que ha sido hecho ha sido creado por Vos. Ejerced sobre mí vuestros derechos. Renuevo mis promesas del Bautismo, renunciando a Satanás, a sus pompas y a sus obras y prometo vivir como buen cristiano. Y muy en particular me comprometo a hacer triunfar, según mis medios, los derechos de Dios y de vuestra Iglesia. Divino Corazón de Jesús, os ofrezco mis pobres acciones para obtener que todos los cristianos reconozcan vuestra sagrada Realeza y que, así, el reinado de vuestra paz se establezca en el universo entero. Así sea.

Indulgencia plenaria una vez al día, con las condiciones de costumbre. Decreto de la Sagrada Penitenciaria Apostólica, 21 de Febrero de 1923.

lunes, 5 de junio de 2023

CONSAGRACIÓN DEL MUNDO AL INMACULADO CORAZÓN DE MARÍA

Coronación de María (atribuido a Mateo de Venecia, 1324).

Por mandato dado por el Papa Pío XII en su encíclica “Ad Cœli Regínam”, la Consagración que hizo del mundo al Inmaculado Corazón de María el 31 de Octubre de 1942 (Acta Apostólicæ Sedis XXXIV [1942], pág. 345) debe reiterarse en la fiesta de la Realeza de María.
   
ORACIÓN PARA LA CONSAGRACIÓN DE LA IGLESIA Y DEL GÉNERO HUMANO AL INMACULADO CORAZÓN DE MARÍA

¡Oh Reina del Santísimo Rosario, auxilio de los cristianos, refugio del género humano, vencedora de todas las batallas de Dios! Ante vuestro Trono nos postramos suplicantes, seguros de impetrar misericordia y de alcanzar gracia y oportuno auxilio y defensa en las presentes calamidades, no por nuestros méritos, de los que no presumimos, sino únicamente por la inmensa bondad de vuestro maternal Corazón.
   
[Nos, como Padre de la gran familia cristiana, Vicario de Aquel a quien ha sido dada toda potestad en los cielos y la tierra, de quien recibimos la responsabilidad de todas las almas redimidas por su preciosa Sangre, y por todos los pueblos del mundo,] En esta hora trágica de la historia humana, a Vos, a vuestro Inmaculado Corazón, nos entregamos y nos consagramos, no sólo en unión con la Santa Iglesia, cuerpo místico de vuestro Hijo Jesús, que sufre y sangra en tantas partes y de tantos modos atribulada, sino también con todo el Mundo dilacerado por atroces discordias, abrasado en un incendio de odio, víctima de sus propias iniquidades.

Que os conmuevan tantas ruinas materiales y morales, tantos dolores, tantas angustias de padres y madres, de esposos, de hermanos, de niños inocentes; tantas vidas cortadas en flor, tantos cuerpos despedazados en la horrenda carnicería, tantas almas torturadas y agonizantes, tantas en peligro de perderse eternamente.

Vos, oh Madre de misericordia, impetradnos de Dios la paz; y, ante todo, las gracias que pueden convertir en un momento los humanos corazones, las gracias que preparan, concilian y aseguran la paz. Reina de la paz, rogad por nosotros y dad al mundo en guerra la paz por que suspiran los pueblos, la paz en la verdad, en la justicia, en la caridad de Cristo. Dadle la paz de las armas y la paz de las almas, para que en la tranquilidad del orden se dilate el reino de Dios.

Conceded vuestra protección a los infieles y a cuantos yacen aún en las sombras de la muerte; concédeles la paz y haced que brille para ellos el sol de la verdad y puedan repetir con nosotros ante el único Salvador del mundo: Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad.

Dad la paz a los pueblos separados por el error o la discordia, especialmente a aquellos que os profesan singular devoción y en los cuales no había casa donde no se hallase honrada vuestra venerada imagen (hoy quizá oculta y retirada para mejores tiempos), y haced que retornen al único redil de Cristo bajo el único verdadero Pastor.

Obtened paz y libertad completa para la Iglesia Santa de Dios; contened el diluvio inundante del neopaganismo, fomentad en los fieles el amor a la pureza, la práctica de la vida cristiana y del celo apostólico, a fin de que aumente en méritos y en número el pueblo de los que sirven a Dios.

Finalmente, así como fueron consagrados al Corazón de vuestro Hijo Jesús la Iglesia y todo el género humano, para que, puestas en El todas las esperanzas, fuese para ellos señal y prenda de victoria y de salvación; de igual manera, oh Madre nuestra y Reina del Mundo, también nos consagramos para siempre a Vos, a vuestro Inmaculado Corazón, para que vuestro amor y patrocinio aceleren el triunfo del Reino de Dios, y todas las gentes, pacificadas entre sí y con Dios, os proclamen bienaventurada y entonen con Vos, de un extremo a Otro de la tierra, el eterno Magníficat de gloria, de amor, de reconocimiento al Corazón de Jesús, en sólo el cual pueden hallar la Verdad, la Vida y la Paz. Amén.
  
TRADUCCIÓN AL LATÍN
  
ORÁTIO PRO CONSECRATIÓNE ECCLÉSIÆ ET HUMÁNI GÉNERIS AD COR MARÍÆ IMMACULÁTUM
   
Regína Sanctíssimi Rosárii, Auxílium Christianórum, perfúgium géneris humáni, in ómnium prœliórum Dei victrix! Coram throno tuo nos prostérnimus, fidéles ad misericórdiam consequéndam, et grátiam inveniéndam, et opportúnum adjutórium in calamitátibus, non propter mérita nostra, quæ non præsúmimus, sed solum propter imménsam Cordis tui bonitátem.
   
Tibi et Immaculáto Corde tuo [Nos, Pater magnæ Christiánæ famíliæ, vicárius Illíus, cui data est omnis potéstas in cœlo et in terra, et a quo suscépimus curam tot animárum a suo pretióso Sánguine redémptis, et pro ómnibus gentes mundi], hunc trágicum evéntum in história humána hora confídmus, consecrámus et donámus te non solum Ecclésiam sanctam, corpus mýsticum Fílii tui Jesu, cruéntum et dolórem in multis membris et sic paupďrrimus, sed étiam totum mundum - víctima própriæ iniquitátis, letáli discórdia flagrans flamma ódii.
   
Móverit tot materiálibus et morálibus rúinis, tantus dolor, tantus horror patrum, matrum, viduárum, fratrum et sorórum et innocéntium infántium, tot in prima vita perúerunt, tot mutiláta córpora, tot excruciáti, tot ánimas oppréssas, ætérne intéritus periclitántibus. Tu Mater misericórdiæ, dona nobis pacem a Deo, eas præsertim grátias, quæ statim mala corda convértere possunt, grátias quæ veram pacem præpárant, áfferunt et stabíliunt. Regína pacis, ora pro nobis et da mundo in bello pacem pro qua hómines gemunt, pacem in veritáte, justítia et amóre Christi! Da ei pacem armórum et animárum, ut in tranquillitáte órdinis regnum Dei crescat.
   
Præténde fidem tuam infidélibus et illis qui adhuc in tenébris mortis jacent; dat eis pacem, et sol veritátis lúceat eis, et nobíscum, coram unico mundi Salvatóre, dicant: “Glória in altíssimis Deo, et in terra pax homínibus bonæ voluntátis”.
   
Da pacem pópulis, erróre vel discórdia separátis, qui te speciáliter colunt, ubi nulla est domus, ubi sancta tua imágine non pendet (hódie fórtasse abscónditam et in dies melióres reservátam). Reduc eos ad unum gregem Christi, ab uno vero pastóre ductum!
      
Ora pro pace et plena libertáte pro sancta Dei Ecclésia! Primórdia neo-paganísmi et materialísmi resíste, et in córdibus fidélium amórem puritátem, christiánæ vitæ ratiónem, zelum apostólicum íncitet, ita ut pópulus Deo serviéntium mérito et número crescat.
   
Dénique, sicut Ecclésia et omne genus humánus jam Sacratíssimo Cordi Jesu consecrátur, ut qui omnem spem in eo collócant, sit signum et pignus victóriæ et salútis, ab hodiérno mundo Immaculáto Cordi, Matri et Regínæ, æternáliter offerúntur, ut amor et pattocínio tuo ad triúmphum Regni Dei festínet, ut omnes humánas generatiónes, sibi et cum Deo pacem hábeant; ut gloriam tuam annúntiet et apud Te ab extrémo terræ úsque ad extrémum, áliud ad ætérnum “Magníficat”, láudet, amándum et grátias agat Cor Jesu, in quo solo veritátem, vitam et pacem possunt inveníre. Amen.

La Santidad del Papa Pío XII, mediante rescripto del 17 de Noviembre de 1942, se dignó benignamente conceder la Indulgencia parcial de 3 años a los fieles que devotamente rezaren esta oración, e Indulgencia plenaria, que puede lucrarse una vez al mes, con las condiciones acostumbradas, a quienes la rezaren cada día. También hay Indulgencia plenaria en la fiesta de la Realeza de María.

sábado, 18 de septiembre de 2021

CARTA ENCÍCLICA “Annum Sacrum”, DE LA CONSAGRACIÓN DEL GÉNERO HUMANO AL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS

Pretendiendo un “progreso”, la sociedad se ha separado totalmente de la Iglesia, aunque las consecuencias han saltado casi inmediatamente a la vista: corrupción moral, opresión al pobre, guerra de clases, proliferación de la increencia y las sectas, disolución de las familias, y un largo etcétera.
   
A todos estos males (que hoy son peores, en parte porque quienes se usurparon la “autoridad eclesiástica” han estado colaborando a la demolición desde 1958), solo hay un remedio: la sumisión voluntaria de todos los hombres a Nuestro Señor Jesucristo, Rey de reyes y Señor de señores, Fuente suprema de toda autoridad y potestad, mediante la Consagración a su Sagrado Corazón. Consagración que había sido pedida al Papa Pío IX en 1874, y que el Papa León XIII incluyó al final de esta Encíclica (redactadas una y otra tras solicitud hecha por Sor María del Sagrado Corazón de Jesús), para realizar luego de un triduo entre el 9 y el 11 de Junio (posteriormente, Pío XI fijó la Consagración para la fiesta de Cristo Rey el último domingo de Octubre).

CARTA ENCÍCLICA “Annum Sacrum” DEL SUMO PONTÍFICE LEÓN XIII, SOBRE LA CONSAGRACIÓN DEL GÉNERO HUMANO AL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS

A los Patriarcas, Primados, Arzobispos, Obispos y otros Ordinarios, en paz y comunión con la Sede Apostólica. 

Venerables Hermanos, Salud y Bendición Apostólica.

Hace poco, como sabéis, ordenamos por cartas apostólicas que próximamente celebraríamos un jubileo (Annum Sacrum), siguiendo la costumbre establecida por los antiguos, en esta ciudad santa. Hoy, en la espera, y con la intención de aumentar la piedad en que estará envuelta esta celebración religiosa, nos hemos proyectado y aconsejamos una manifestación fastuosa. Con la condición que todos los fieles Nos obedezcan de corazón y con una buena voluntad unánime y generosa, esperamos que este acto, y no sin razón, produzca resultados preciosos y durables, primero para la religión cristiana y también para el género humano todo entero.
    
Muchas veces Nos hemos esforzado en mantener y poner más a la luz del día esta forma excelente de piedad que consiste en honrar al Sacratísimo Corazón de Jesús. Seguimos en esto el ejemplo de Nuestros predecesores Inocencio XII, Benedicto XIV, Clemente XIII, Pío VI, Pío VII y Pío IX. Esta era la finalidad especial de Nuestro decreto publicado el 28 de junio del año 1889 y por el que elevamos a rito de primera clase la fiesta del Sagrado Corazón.
 
Pero ahora soñamos en una forma de veneración más imponente aún, que pueda ser en cierta manera la plenitud y la perfección de todos los homenajes que se acostumbran a rendir al Corazón Sacratísimo. Confiamos que esta manifestación de piedad sea muy agradable a Jesucristo Redentor.
    
Además, no es la primera vez que el proyecto que anunciamos, sea puesto sobre el tapete. En efecto, hace alrededor de 25 años, al acercarse la solemnidad del segundo Centenario del día en que la bienaventurada Margarita María de Alacoque había recibido de Dios la orden de propagar el culto al divino Corazón, hubo muchas cartas apremiantes, que procedían no solamente de particulares, sino también de obispos, que fueron enviadas en gran número, de todas partes y dirigidas a Pío IX. Ellas pretendían obtener que el soberano Pontífice quisiera consagrar al Sagrado Corazón de Jesús, todo el género humano. Se prefirió entonces diferirlo, a fin de ir madurando más seriamente la decisión. A la espera, ciertas ciudades recibieron la autorización de consagrarse por su cuenta, si así lo deseaban y se prescribió una fórmula de consagración. Habiendo sobrevenido ahora otros motivos, pensamos que ha llegado la hora de culminar este proyecto.
    
Este testimonio general y solemne de respeto y de piedad, se le debe a Jesucristo, ya que es el Príncipe y el Maestro supremo. De verdad, su imperio se extiende no solamente a las naciones que profesan la fe católica o a los hombres que, por haber recibido en su día el Bautismo, están unidos de derecho a la Iglesia, aunque se mantengan alejados por sus opiniones erróneas o por un disentimiento que les aparte de su ternura.
    
El reino de Cristo también abraza a todos los hombres privados de la fe cristiana, de suerte que la universalidad del género humano está realmente sumisa al poder de Jesús. Quien es el Hijo Único de Dios Padre, que tiene la misma substancia que Él y que es «el esplendor de su gloria y figura de su substancia» (Hebr. 1:3), necesariamente lo posee todo en común con el Padre; tiene pues poder soberano sobre todas las cosas. Por eso el Hijo de Dios dice de sí mismo por la boca del profeta: «Ya tengo yo consagrado a mi rey en Sión mi monte santo… Él me ha dicho: Tú eres mi Hijo, yo te he engendrado hoy. Pídeme y te daré en herencia las naciones, en propiedad los confines de la tierra» (Salmo 2: 6-8).
    
Por estas palabras, Jesucristo declara que ha recibido de Dios el poder, ya sobre la Iglesia, que viene figurada por la montaña de Sión, ya sobre el resto del mundo hasta los límites más alejados. Sobre qué base se apoya este soberano poder? Se desprende claramente de estas palabras: «Tú eres mi Hijo». Por esta razón Jesucristo es el hijo del Rey del mundo que hereda todo poder; de ahí estas palabras: «Yo te daré las naciones por herencia». A estas palabras cabe añadir aquellas otras análogas de San Pablo: «A quien constituyó heredero universal».
     
Pero hay que recordar sobre todo que Jesucristo confirmó lo relativo a su imperio, no sólo por los apóstoles o los profetas, sino por su propia boca. Al gobernador romano que le preguntaba: «¿Eres Rey tú?», el contestó sin vacilar: «Tú lo has dicho: ¡Yo soy rey!» (Juan 18:37). La grandeza de este poder y la inmensidad infinita de este reino, están confirmados plenamente por las palabras de Jesucristo a los Apóstoles: «Se me ha dado todo poder en el Cielo y en la tierra» (Mt. 28:18). Si todo poder ha sido dado a Cristo, se deduce necesariamente que su imperio debe ser soberano, absoluto, independiente de la voluntad de cualquier otro ser, de suerte que ningún poder no pueda equipararse al suyo. Y puesto que este imperio le ha sido dado en el cielo y sobre la tierra, se requiere que ambos le estén sometidos.
    
Efectivamente, Él ejerció este derecho extraordinario, que le pertenecía, cuando envió a sus apóstoles a propagar su doctrina, a reunir a todos los hombres en una sola Iglesia por el Bautismo de salvación, a fin de imponer leyes que nadie pudiera desconocer sin poner en peligro su eterna salvación. Pero esto no es todo. Jesucristo ordena no sólo en virtud de un derecho natural y como Hijo de Dios sino también en virtud de un derecho adquirido. Pues «nos arrancó del poder de las tinieblas» (Colos. 1:13) y también «se entregó a si mismo para la Redención de todos» (1 Tim 2:6).
    
No solamente los católicos y aquellos que han recibido regularmente el Bautismo cristiano, sino todos los hombres y cada uno de ellos, se han convertido para Él «en pueblo adquirido» (1 Pe. 2:9). También San Agustín tiene razón al decir sobre este punto: «¿Buscáis lo que Jesucristo ha comprado? Ved lo que Él dio y sabréis lo que compró: La sangre de Cristo es el precio de la compra. ¿Qué otro objeto podría tener tal valor? ¿Cuál si no es el mundo entero? ¿Cuál sino todas las naciones? ¡Por el universo entero Cristo pagó un precio semejante!» (Tract., XX in Joan.).
    
Santo Tomás nos expone largamente porque los mismos infieles están sometidos al poder de Jesucristo. Después de haberse preguntado si el poder judiciario de Jesucristo se extendía a todos los hombres y de haber afirmado que la autoridad judiciaria emana de la autoridad real, concluye netamente: «Todo está sumido a Cristo en cuanto a la potencia, aunque no lo está todavía sometido en cuanto al ejercicio mismo de esta potencia» (Santo Tomás, III Pars., q. 30, art. 4). Este poder de Cristo y este imperio sobre los hombres, se ejercen por la verdad, la justicia y sobre todo por la caridad.
    
Pero en esta doble base de su poder y de su dominación, Jesucristo nos permite, en su benevolencia, añadir, si de nuestra parte estamos conformes, la consagración voluntaria. Dios y Redentor a la vez, posee plenamente y de un modo perfecto, todo lo que existe. Nosotros, por el contrario, somos tan pobres y tan desprovistos de todo, que no tenemos nada que nos pertenezca y que podamos ofrecerle en obsequio. No obstante, por su bondad y caridad soberanas, no rehúsa nada que le ofrezcamos y que le consagremos lo que ya le pertenece, como si fuera posesión nuestra. No sólo no rehúsa esta ofrenda, sino que la desea y la pide: «¡Hijo mío, dame tu corazón!». Podemos pues serle enteramente agradables con nuestra buena voluntad y el afecto de nuestra s almas. Consagrándonos a Él, no solamente reconocemos y aceptamos abiertamente su imperio con alegría, sino que testimoniamos realmente que si lo que le ofrecemos nos perteneciera, se lo ofreceríamos de todo corazón; así pedimos a Dios quiera recibir de nosotros estos mismos objetos que ya le pertenecen de un modo absoluto. Esta es la eficacia del acto del que estamos hablando, y este es el sentido de sus palabras.
    
Puesto que el Sagrado Corazón es el símbolo y la imagen sensible de la caridad infinita de Jesucristo, caridad que nos impulsa a amarnos los unos a los otros, es natural que nos consagremos a este corazón tan santo. Obrar así, es darse y unirse a Jesucristo, pues los homenajes, señales de sumisión y de piedad que uno ofrece al divino Corazón, son referidos realmente y en propiedad a Cristo en persona.
     
Nos exhortamos y animamos a todos los fieles a que realicen con fervor este acto de piedad hacia el divino Corazón, al que ya conocen y aman de verdad. Deseamos vivamente que se entreguen a esta manifestación, el mismo día, a fin de que los sentimientos y los votos comunes de tantos millones de fieles sean presentados al mismo tiempo en el templo celestial.
   
Pero, podemos olvidar esa innumerable cantidad de hombres, sobre los que aún no ha aparecido la luz de la verdad cristiana? Nos representamos y ocupamos el lugar de Aquel que vino a salvar lo que estaba perdido y que vertió su sangre para la salvación del género humano todo entero. Nos soñamos con asiduidad traer a la vida verdadera a todos esos que yacen en las sombras de la muerte; para eso Nos hemos enviado por todas partes a los mensajeros de Cristo, para instruirles. Y ahora, deplorando su triste suerte, Nos los recomendamos con toda nuestra alma y los consagramos, en cuanto depende de Nos, al Corazón Sacratísimo de Jesús.
     
De esta manera, el acto de piedad que aconsejamos a todos, será útil a todos. Después de haberlo realizado, los que conocen y aman a Cristo Jesús, sentirán crecer su fe y su amor hacia Él. Los que conociéndole, son remisos a seguir su ley y sus preceptos, podrán obtener y avivar en su Sagrado Corazón la llama de la caridad. Finalmente, imploramos a todos, con un esfuerzo unánime, la ayuda celestial hacia los infortunados que están sumergidos en las tinieblas de la superstición. Pediremos que Jesucristo, a Quien están sometidos «en cuanto a la potencia», les someta un día «en cuanto al ejercicio de esta potencia». Y esto, no solamente «en el siglo futuro, cuando impondrá su voluntad sobre todos los seres recompensando a los unos y castigando a los otros» (Santo Tomás, id, ibidem.), sino aún en esta vida mortal, dándoles la fe y la santidad. Que puedan honrar a Dios en la práctica de la virtud, tal como conviene, y buscar y obtener la felicidad celeste y eterna.
    
Una consagración así, aporta también a los Estados la esperanza de una situación mejor, pues este acto de piedad puede establecer y fortalecer los lazos que unen naturalmente los asuntos públicos con Dios. En estos últimos tiempos, sobre todo, se ha erigido una especie de muro entre la Iglesia y la sociedad civil. En la constitución y administración de los Estados no se tiene en cuenta para nada la jurisdicción sagrada y divina, y se pretende obtener que la religión no tenga ningún papel en la vida pública. Esta actitud desemboca en la pretensión de suprimir en el pueblo la ley cristiana; si les fuera posible hasta expulsarían a Dios de la misma tierra.
    
Siendo los espíritus la presa de un orgullo tan insolente, es que puede sorprender que la mayor parte del género humano se debata en problemas tan profundos y esté atacada por una resaca que no deja a nadie al abrigo del miedo y el peligro? Fatalmente acontece que los fundamentos más sólidos del bien público, se desmoronan cuando se ha dejado de lado, a la religión. Dios, para que sus enemigos experimenten el castigo que habían provocado, les ha dejado a merced de sus malas inclinaciones, de suerte que abandonándose a sus pasiones se entreguen a una licencia excesiva.
    
De ahí esa abundancia de males que desde hace tiempo se ciernen sobre el mundo y que Nos obligan a pedir el socorro de Aquel que puede evitarlos. ¿Y quién es éste sino Jesucristo, Hijo Único de Dios, «pues ningún otro nombre le ha sido dado a los hombres, bajo el Cielo, por el que seamos salvados»? (Act. 4:12). Hay que recurrir, pues, al que es «el Camino, la Verdad y la Vida».
     
El hombre ha errado: que vuelva a la senda recta de la verdad; las tinieblas han invadido las almas, que esta oscuridad sea disipada por la luz de la verdad; la muerte se ha enseñoreado de nosotros, conquistemos la vida. Entonces nos será permitido sanar tantas heridas, veremos renacer con toda justicia la esperanza en la antigua autoridad, los esplendores de la fe reaparecerán; las espadas caerán, las armas se escaparán de nuestras manos cuando todos los hombres acepten el imperio de Cristo y sometan con alegría, y cuando «toda lengua profese que el Señor Jesucristo está en la gloria de Dios Padre» (Fil. 2:11).
      
En la época en que la Iglesia, aún próxima a sus orígenes, estaba oprimida bajo el yugo de los Césares, un joven emperador percibió en el Cielo una cruz que anunciaba y que preparaba una magnífica y próxima victoria. Hoy, tenemos aquí otro emblema bendito y divino que se ofrece a nuestros ojos: Es el Corazón Sacratísimo de Jesús, sobre él que se levanta la cruz, y que brilla con un magnífico resplandor rodeado de llamas. En él debemos poner todas nuestras esperanzas; tenemos que pedirle y esperar de él la salvación de los hombres.
    
Finalmente, no queremos pasar en silencio un motivo particular, es verdad, pero legítimo y serio, que nos presiona a llevar a cabo esta manifestación. Y es que Dios, autor de todos los bienes, Nos ha liberado de una enfermedad peligrosa. Nos queremos recordar este beneficio y testimoniar públicamente Nuestra gratitud para aumentar los homenajes rendidos al Sagrado Corazón.
     
Nos decidimos en consecuencia, que el 9, el 10 y el 11 del mes de junio próximo, en la iglesia de cada localidad y en la iglesia principal de cada ciudad, sean recitadas unas oraciones determinadas. Cada uno de esos días, las Letanías del Sagrado Corazón, aprobadas por nuestra autoridad, serán añadidas a las otras invocaciones. El último día se recitará la fórmula de consagración que Nos os hemos enviado, Venerables Hermanos, al mismo tiempo que estas cartas.
    
Como prenda de los favores divinos y en testimonio de Nuestra Benevolencia, Nos concedemos muy afectuosamente en el Señor la bendición Apostólica, a vosotros, a vuestro clero y al pueblo que os está confiado.
    
Dado en Roma, el 25 de mayo de 1899, vigésimosegundo de Nuestro Pontificado. LEÓN XIII
   
***
   
CONSAGRACIÓN DEL GÉNERO HUMANO AL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS
   
LATÍN
Jesu dulcíssime, Redémptor humáni géneris, réspice nos ad altáre tuum humíllime provolútos. Tui sumus, tui esse vólumus; quo áutem tibi conjúncti fírmius esse possímus, en hódie sacratíssimo Cordi tuo se quísque nostrum sponte dédicat. Te quídem multi novére nunquam; te, spretis mandátis tuis, multi repudiárunt. Miserére utrorúmque, benigníssime Jesu, atque ad sanctum Cor tuum rape univérsos. 
  
Rex esto, Dómine, nec fidélium tantum qui nullo témpore discessére a te, sed étiam prodigórum filiórum qui te reliquérunt: fac hos, ut domum patérnam cito répetant, ne miséria et fame péreant. 

Rex esto eórum, quos aut opiniónum error decéptos habet, aut discórdia separátos, eósque ad portum veritátis atque ad unitátem fídei révoca, ut brevi fiat unum ovíle et unus pastor. 
 
Rex esto, eórum ómnium, qui in ténebris idololatríæ aut islamísmi adhuc versántur, eósque in lumen regnúmque tuum vindicáre ne rénuas. 
  
Réspice dénique misericórdiæ óculis illíus gentis fílios, quæ támdiu pópulus eléctus fuit: et Sanguis, qui olim super eos invocátus est, nunc in illos quoque redemptiónis vitǽque lavácrum descéndat. 
  
Largíre, Dómine, Ecclésiæ tuæ secúram cum incolumitáte libertátem; largíre cunctis géntibus tranquillitátem órdinis; pérfice, ut ab utróque terræ vértice una résonet vox: “SIT LAUS DIVÍNO CORDI, PER QUOD NOBIS PARTA SALUS: IPSI GLÓRIA ET HONOR IN SǼCULA!”. Amen.
   
TRADUCCIÓN
Dulcísimo Jesús, Redentor del género humano, miradnos humildemente postrados delante de vuestro altar; vuestros somos y vuestros queremos ser y a fin de poder vivir más estrechamente unidos con Vos, todos y cada uno espontáneamente nos consagramos en este día a vuestro Sacratísimo Corazón.
   
Muchos, por desgracia, jamás os han conocido; muchos, despreciando vuestros mandamientos, os han desechado. Oh Jesús benignísimo, compadeceos de los unos y de los otros, y atraedlos a todos a vuestro Corazón Sacratísimo.
    
Oh Señor, sed Rey, no sólo de los hijos fieles que jamás se han alejado de Vos, sino también de los pródigos que os han abandonado; haced que vuelvan pronto a la casa paterna, para que no perezcan de hambre y de miseria.
    
Sed Rey de aquellos que, por seducción del error o por espíritu de discordia, viven separados de Vos: devolvedlos al puerto de la verdad y a la unidad de la fe, para que en breve, se forme un solo rebaño bajo un solo Pastor. Sed Rey de los que permanecen todavía envueltos en las tinieblas de la idolatría o del islamismo; dignaos atraerlos a todos a la luz de vuestro reino.
   
Mirad, finalmente, con ojos de misericordia a los hijos de aquel pueblo que en otro tiempo fue vuestro predilecto: descienda también sobre ellos como bautismo de redención y de vida, la sangre que un día contra sí reclamaron.
   
Conceded, oh Señor, incolumidad y libertad segura a vuestra Iglesia; otorgad a todos los pueblos la tranquilidad en el orden; haced que del uno al otro confín de la tierra no suene sino esta voz: “¡ALABADO SEA EL DIVINO CORAZÓN, POR QUIEN HEMOS ALCANZADO LA SALUD; A ÉL GLORIA Y HONOR, POR LOS SIGLOS DE LOS SIGLOS!”. Amén.

domingo, 25 de octubre de 2015

ACTO DE CONSAGRACIÓN DEL GÉNERO HUMANO AL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS, COMPLETO Y VERDADERO

Esta oración de consagración al Sagrado Corazón de Jesús fue escrita por el Papa León XIII en 1899, junto con la Encíclica "Annum Sacrum"; y el Papa Pío XI ordenó que esta consagración se rezase el último Domingo de Octubre (Día de Nuestro Señor Jesucristo Rey). Además, es la AUTÉNTICA Y COMPLETA oración consagratoria al Sagrado Corazón, porque no sólo traemos el original en Latín (como fuera publicada en las Actas de la Sede Apostólica en 1927), sino también porque muchos sitios publican la traducción de la oración mutilada por la secta deuterovaticana el 18 de Julio de 1959 (eliminando la súplica por la conversión de los paganos y musulmanes, y la conversión de los judíos) para hacerla "ecuménica" y "políticamente correcta". Y como Católicos Sedevacantistas, hemos de asumir la Verdad totalmente y difundirla, como efectivamente hemos resuelto hacer.
   
ACTUS CONSECRATIÓNIS HUMÁNI GÉNERIS AD SACRATÍSSIMI CORDIS JESU
 
Jesu dulcíssime, Redémptor humáni géneris, réspice nos ad altáre (Extra ecclesiam vel oratorium, dicitur: ante conspéctum) tuum humíllime provolútos. Tui sumus, tui esse vólumus; quo autem tibi conjúncti fírmius esse possímus, en hódie sacratíssimo Cordi tuo se quisque nostrum sponte dédicat. Te quidem multi novére nunquam; te, spretis mandátis tuis, multi repudiárunt. Miserére utrorúmque, benigníssime Jesu, atque ad sanctum Cor tuum rape univérsos. 
  
Rex esto, Dómine, nec fidélium tantum qui nullo témpore discessére a te, sed etiam prodigórum filiórum qui te reliquérunt: fac hos, ut domum patérnam cito répetant, ne miséria et fame péreant. 

Rex esto eórum, quos aut opiniónum error decéptos habet, aut discórdia separátos, eósque ad portum veritátis atque ad unitátem fídei révoca, ut brevi fiat unum ovíle et unus pastor. 
 
Rex esto, eórum ómnium, qui in ténebris idololatríæ aut islamísmi adhuc versántur, eósque in lumen regnúmque tuum vindicáre ne rénuas. 
  
Réspice dénique misericórdiæ óculis illíus gentis fílios, quæ támdiu pópulus eléctus fuit: et Sanguis, qui olim super eos invocátus est, nunc in illos quoque redemptiónis vitǽque lavácrum descéndat. 
  
Largíre, Dómine, Eccléssiæ tuæ secúram cum incolumitáte libertátem; largíre cunctis géntibus tranquillitátem órdinis; pérfice, ut ab utróque terræ vértice una résonet vox: “SIT LAUS DIVÍNO CORDI, PER QUOD NOBIS PARTA SALUS: IPSI GLÓRIA ET HONOR IN SǼCULA”. Amen.
  
ACTO DE CONSAGRACIÓN DEL GÉNERO HUMANO AL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS
    
Jesús, dulcísimo Redentor del género humano, míranos postrados humildemente delante de tu Altar (Fuera de la iglesia o el oratorio, decir: ante tu Presencia); tuyos somos y tuyos queremos ser, y a fin de estar más firmemente unidos a ti, he aquí que, hoy día, cada uno de nosotros se consagra espontáneamente a tu Sagrado Corazón.
  
Muchos, Señor, nunca te conocieron; muchos te desecharon al quebrantar tus Mandamientos; compadécete, Jesús, de los unos y de los otros, y atráelos a todos a tu Santo Corazón. Sé Rey, ¡Señor!, no sólo de los fieles que jamás se separaron de ti, sino también de los hijos pródigos que te abandonaron; haz que vuelvan pronto a la casa paterna, no sea que perezcan de miseria y de hambre.
  
Sé Rey de aquéllos a quienes engañaron opiniones erróneas y desunió la discordia; tráelos al puerto de la Verdad y a la unidad de la Fe, para que luego no quede más que un solo Rebaño y un solo Pastor.
  
Sé Rey de los que aún siguen envueltos en las tinieblas de la idolatría o del islamismo. A todos dígnate atraerlos a la luz de tu Reino.
  
Mira, finalmente, con ojos de misericordia, a los hijos de aquel pueblo, que en otro tiempo fue tu predilecto; que también descienda sobre ellos, como bautismo de redención y vida, la sangre que reclamó un día contra sí.
  
Concede, Señor, a tu Iglesia incolumidad y libertad segura, otorga a todos los pueblos la tranquilidad del orden; haz que del uno al otro polo de la tierra resuene esta sola aclamación: “ALABADO SEA EL DIVINO CORAZÓN, POR QUIEN HEMOS ALCANZADO LA SALUD; A ÉL GLORIA Y HONOR, POR LOS SIGLOS DE LOS SIGLOS”. Así sea.
 
El Papa Pío XI, en Audiencia concedida al Cardenal de la Sagrada Penitenciaría Apostólica el 16 de Julio de 1926, concedió 300 días de Indulgencia a cuantos rezaren devotamente esta oración. Indulgencia plenaria al mes, con las condiciones de rigor, cuando se rece durante un mes. También se obtiene la Indulgencia plenaria en el Día de Nuestro Señor Jesucristo Rey, el último Domingo de Octubre.

sábado, 3 de octubre de 2015

CONSAGRACIÓN A LA SANTA FAZ DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO, ESCRITA POR SANTA TERESITA DEL NIÑO JESÚS

"Del mismo modo que, en un reino, se consigue todo lo que uno desea con la efigie del príncipe, así con la pieza preciosa de mi santa humanidad, que es mi adorable Faz, obtendrás todo cuanto desees". (Nuestro Señor a Sor María de San Pedro, OCD)
 
Imagen de la Santa Faz pintada por sor Genoveva de la Santa Faz (hermana de Santa Teresita del Niño Jesús), según la Sábana Santa de Turín.
  
¡Oh Faz adorable de Jesús!, ya que habéis querido elegir nuestras almas de manera especial para entregaros a ellas, venimos a consagrarlas a Vos...
  
Nos parece, Jesús, oír que nos decís: "Abridme, hermanas mías, esposas mías queridísimas, que tengo la Faz cubierta de rocío y los cabellos del relente de la noche" (Cant., V, 2). Nuestras almas comprenden vuestro lenguaje de amor, nosotros queremos enjugar vuestra dulce Faz y consolaros del olvido de los malvados. A sus ojos, ¡Vos estáis todavía escondido, os consideran como objeto de desprecio! (Is., LIII, 3)...
  
¡Oh Faz más bella que los lirios y las rosas de primavera, Vos no estáis escondida a nuestros ojos!... Las lágrimas que velan vuestra mirada divina nos parecen diamantes preciosos que queremos recoger para con su valor infinito comprar las almas de nuestros hermanos.
   
De vuestra boca adorada hemos escuchado la amorosa queja. Y sabiendo que la sed que os consume es una sed de amor, ¡quisiéramos, para poder apagárosla, poseer un amor infinito!...
   
Esposo amadísimo de nuestras almas, si tuviésemos el amor de todos los corazones, todo ese amor sería para Vos... Pues bien, dadnos ese vuestro amor y venid a apagar vuestra sed en tus pobres esposas...
  
¡Almas, Señor, tenemos necesidad de almas!..., sobre todo de almas de apóstoles y de mártires, para que gracias a ellas podamos iluminar con vuestro Amor a la multitud de los pobres pecadores.
  
¡Oh Faz adorable, lograremos alcanzar de Vos esta gracia! Olvidándonos de que estamos desterradas junto a los canales de Babilonia, os cantaremos al oído las más dulces melodías, y como Vos sois la verdadera, la única Patria de nuestros corazones, esos nuestros cantos no serán cantados en tierra extranjera (Ps. CXXXVI, 4).
  
¡Oh Faz adorada de Jesús!, mientras esperamos el día eterno en que contemplaremos vuestra gloria infinita, nuestro único deseo es encantar vuestros divinos ojos escondiendo también nosotras nuestro rostro para nadie aquí en la tierra pueda reconocernos... Vuestra mirada velada: he ahí nuestro cielo, ¡oh Jesús!

viernes, 22 de agosto de 2014

CARTA APOSTÓLICA "Sacro Vergente Anno", CONSAGRANDO RUSIA AL INMACULADO CORAZÓN DE MARÍA

"El Santo Padre me consagrará Rusia, que se convertirá y será concedido al mundo un tiempo de paz". (Nuestra Señora de Fátima)

Pío XII, obedeciendo el llamado que Nuestra Señora hiciera en Fátima, consagró Rusia al Inmaculado Corazón de María; y aunque, 62 años después, Rusia aún no se ha convertido a la Fe Católica (lo cual sucederá en la Parusía), ha pasado de una dictadura del comunismo ateo a ser una nación defensora de la Cristiandad; o dicho de otra forma, Rusia fue convertida a la paz.
  
SACRO VERGENTE ANNO
    
Carta Apostólica a los pueblos de Rusia: su consagración al Corazón Inmaculado de María
   
Pío XII
   
Venerables Hermanos: Salud y bendición apostólica
  
1. Súplicas de realizar la consagración de Rusia al Corazón Inmaculado de María.
   
Cuando el Año Santo iba felizmente a terminar, después que por designios divinos, Nos fue dado el definir solemnemente el dogma de la Asunción en alma y cuerpo al Cielo de la gran Madre de Dios la Virgen María, fueron muchísimos los que, desde todas las partes del mundo Nos manifestaron su vivísima alegría; entre éstos no faltaron quienes al dirigirnos cartas de agradecimiento, suplicaran insistentemente que, en las tribulaciones del momento presente, consagráramos todo el pueblo de Rusia al Corazón Inmaculado de la misma Virgen María.
    
2. Agrado del Papa por ello y su benevolencia al pueblo ruso.
    
Tal súplica Nos fue sumamente grata, ya que si bien Nuestro afecto paternal abraza a todos los pueblos, se dirige en modo particular a los que, no obstante estar separados de esta Sede Apostólica en gran parte por vicisitudes históricas, conservan todavía el nombre cristiano, y se encuentran en condiciones tales que no sólo es dificilísimo el escuchar Nuestra voz y conocer las enseñanzas de la doctrina católica, sino que son inducidos con engañosas y perniciosas artes a rechazar hasta la fe y el nombre mismo de Dios.
   
Apenas fuimos elevados al Pontificado Supremo, Nuestro pensamiento voló hacia vosotros, que formáis un inmenso pueblo, insigne en la historia por sus gloriosas empresas, su amor patrio, su laboriosidad y sobriedad, su piedad, para con Dios y con la Virgen María.
     
3. Plegarias del Papa por Rusia.
     
No hemos cesado jamás de elevar Nuestras súplicas a Dios para que os asista siempre con su luz y con su ayuda divina y os conceda a todos poder alcanzar, junto con una justa prosperidad material, aquella libertad mediante la cual cada uno de vosotros pueda defender la propia dignidad humana, conocer las enseñanzas de la verdadera religión y dar a Dios el debido culto, no sólo en lo íntimo de la propia conciencia, sino incluso abiertamente, en las actividades de la vida pública y privada.
       
4. Benevolencia de los Predecesores.
   
Por lo demás, bien sabéis que Nuestros Predecesores, cada vez que les fue posible, no tuvieron más empeño que manifestaros su benevolencia y daros su ayuda. Sabéis que los Apóstoles de los eslavos occidentales, los santos Cirilo y Metodio, que junto con la religión cristiana llevaron a los antepasados de aquellos incluso la civilización, se dirigieron a esta ciudad para que la obra de su apostolado fuese avalada por la autoridad de los Romanos Pontífices. Y mientras ellos entran en Roma, Nuestro Predecesor Adriano II, de feliz memoria, sale a su encuentro tributándoles grandes honores, acompañado del clero y del pueblo[1]; y después de aprobada y alabada su labor, no sólo los eleva al Episcopado, sino que él mismo quiere consagrarlos Obispos con la solemne majestad de los ritos sagrados.
   
5. En el siglo X.
     
Por lo que toca a vuestros antepasados, los Romanos Pontífices buscaron, cada vez que las circunstancias lo permitieron, el modo de trabar y consolidar con ellos lazos de amistad. Así en el año 977 Nuestro Predecesor Benedicto VII, de feliz memoria, mandó sus legados al príncipe Jarpolk, hermano del célebre Wladimiro y Nuestros Predecesores Juan XV en el año 991 y Silvestre II en el 999 enviaron legaciones al mismo gran príncipe Wladimiro, bajo cuyos auspicios resplandecieron por vez primera entre vuestra gente el nombre y civilización cristiana; a lo que el mismo Wladimiro correspondió cortésmente mandando a su vez legados a dichos Romanos Pontífices. Es digno de notar que en el tiempo en que este príncipe llevó sus pueblos a la Religión de Jesucristo, la cristiandad oriental y occidental estaban unidas bajo la autoridad del Romano Pontífice, como Jefe supremo de toda la Iglesia.
   
6. En el siglo XI.
    
Más aún, no muchos años después, es decir en 1075, vuestro príncipe Isjaslav mandó al Sumo Pontífice Gregorio VII su propio hijo Jaropolk; y éste Predecesor Nuestro de inmortal memoria, escribió así a dicho príncipe y a su augusta consorte: Mientras, vuestro hijo visitaba los sagrados sepulcros de los Apóstoles, vino a vernos, y dado que quería obtener aquel reino de Nuestra mano como un don de San Pedro, habiendo hecho profesión de fidelidad a San Pedro, príncipe de los Apóstoles, lo pidió con devotas súplicas asegurando sin duda alguna que su petición sería ratificada y confirmada por vos en el caso que hubiera obtenido el favor y la protección de la autoridad apostólica. Como estos deseos y estas peticiones parecían legítimas, tanto por vuestro consentimiento como por la devoción del solicitante, Nos las hemos acogido finalmente, y le hemos entregado de parte de San Pedro el gobierno de vuestro reino, con esta intención y este vehemente deseo, que el bienaventurado Pedro, con su intercesión ante Dios guarde a vos, a vuestro reino y a todas vuestras cosas, y haga que poseáis dicho reino con toda paz e incluso con honor y gloria hasta el fin de vuestra vida[2].
   
7. En los siglos posteriores.
    
Del mismo modo se ha de notar y tener muy en cuenta que Isidoro, Metropolita de Kiev, en el Concilio Ecuménico de Florencia, firmó el decreto que sancionaba solemnemente la unión de la Iglesia Oriental y Occidental bajo la autoridad del Romano Pontífice; y esto valió para toda su Provincia Eclesiástica, es decir para el entero reino de Rusia; sanción de unidad a la que él, por su parte permaneció fiel hasta el fin de sus días.
   
Pero si entretanto y en lo sucesivo, por motivo de un conjunto de circunstancias adversas, se hicieron más difíciles las comunicaciones de una y otra parte, y por consiguiente más dificultosa también la unión de los espíritus —aunque hasta el 1448 no haya ningún documento público que declare a vuestra Iglesia como separada de la Sede Apostólica— ; sin embargo en líneas generales esto no se ha de atribuir al pueblo eslavo, ni ciertamente a Nuestros Predecesores, los cuales siempre trataron con paternal afecto a esos pueblos y, cuando les fue posible, se preocuparon de protegerlos y ayudarlos a toda costa.
        
8. La ayuda material en nuestros tiempos.
         
Dejando a un lado no pocos otros documentos históricos en los que aparece la benevolencia de Nuestros Predecesores hacia vuestra nación, no podemos menos de aludir brevemente a lo que hicieron los Sumos Pontífices Benedicto XV y Pío XI, cuando, después del conflicto europeo, ingentes multitudes de hombres, mujeres, inocentes niños y niñas, especialmente en las regiones meridionales de vuestra patria, se vieron azotados por una terrible carestía y sumidos en tremenda miseria. Ellos en efecto, movidos por afecto paterno hacia vuestros compatriotas, enviaron a esas poblaciones víveres, vestidos y gran cantidad de dinero recogido entre los católicos, para ir en ayuda de todos aquellos hambrientos e infelices y poder aliviar de algún modo sus calamidades.
       
9. Ayuda espiritual.
    
Pero Nuestros Predecesores, según sus posibilidades, no sólo remediaron las necesidades materiales, sino también las espirituales; en efecto, no contentándose con elevar oraciones al Padre de las misericordias y fuente de todo consuelo[3] por vuestra situación religiosa, tan agitada y perturbada, ya que los enemigos de Dios pretenden arrancar de las almas la fe y la noción misma de la Divinidad, quisieron además que se hiciesen oraciones públicas. Y así el Sumo Pontífice Pío XI, en el año 1930, mandó que en el día de san José Patrón de la Iglesia Universal fuesen elevadas a Dios oraciones públicas en la Basílica Vaticana por las desgraciadas condiciones de la Religión en Rusia[4] y él mismo quiso estar presente, rodeado por una numerosísima y piadosa multitud de pueblo. Además, en la solemne Alocución Consistorial exhortó a todos con estas palabras: Es necesario rogar a Cristo Redentor del género humano, para que se restituya la paz y la libertad de profesar la fe a los infelices hijos de Rusia: y queremos que por esta intención, es decir por Rusia, se recen las oraciones que Nuestro Predecesor León XIII, de feliz memoria, impuso a los sacerdotes para recitarlas con pueblo después de la Santa Misa: los obispos y el clero secular y regular pongan gran cuidado en inculcar esto a los fieles, o a los que asistan a la Misa y no dejen de recordárselo frecuentemente.[5]
      
10. La acción de Pío XII.
        
Nos de buen grado confirmamos y renovamos esta exhortación y esta orden, desde el momento que la situación religiosa actual entre vosotros no ha mejorado ciertamente, y porque Nos sentimos animados del mismo vivísimo afecto y de los mismos cuidados hacia esas gentes.
    
Cuando estalló el último tremendo y largo conflicto hicimos todo lo que estaba en Nuestras manos, con la palabra, con exhortaciones, con obras para que las discordias fuesen compuestas con una equitativa y justa paz, y para que todos los pueblos, sin diferencia de estirpes, se unieran amigable y fraternalmente, y colaborasen juntos por alcanzar una mayor prosperidad. Jamás, incluso en aquel tiempo, salió de Nuestra boca una palabra que pudiera parecer injusta o dura para ninguno de los beligerantes. Hemos reprobado ciertamente, como se debía hacer, cualquier injusticia o cualquier violación del derecho; pero esto lo hicimos de manera que evitásemos con toda diligencia cuanto podía convertirse, aunque injustamente, en motivo de aflicciones mayores para los pueblos oprimidos. Y cuando desde alguna parte se presionaba para que Nos de algún modo, o de palabra o por escrito, aprobásemos la guerra emprendida contra Rusia en el año 1941, jamás consentimos hacerlo, como claramente dijimos el 25 de febrero de 1946, en el discurso pronunciado delante del Sacro y de todas las misiones diplon acreditadas ante la Santa Sede.[6]
       
11. Respeto del Papa por todas las naciones
        
Cuando se trata de defender causa de la Religión, de la verdad, de la justicia y de la civilización cristiana, no podemos callar ciertamente; sin embargo Nuestros pensamientos y Nuestras intenciones están siempre dirigidos a este fin, a saber, que no con la violencia de las armas, sino con la majestad del derecho se gobierne a todos los pueblos, y que cada uno de ellos, poseyendo la libertad civil y religiosa dentro de los límites de la propia Patria, sea conducido hacia la concordia, la paz y la vida de trabajo, de la que cada uno de los ciudadanos pueda obtener cuando le es necesario para alimentación, la habitación, el sustentamiento y gobierno de la propia familia. Nuestras palabras y nuestras exhortaciones se refirieron y se refieren a todas las naciones, y por consiguiente también a vosotros, que siempre habéis estado presentes en Nuestro corazón y cuyas necesidades y calamidades deseamos aliviar según permitan Nuestras fuerzas.
    
12. Amor universal del Papa, pese a los ataques.
       
Los que no aman la mentira sino la verdad saben que durante todo el curso del reciente conflicto Nos hemos demostrado imparciales con todos los beligerantes, y de ello frecuentemente hemos dado pruebas con las palabras y con las obras, y hemos abarcado en Nuestra ferventísima caridad a todas las Naciones, aun a aquellas cuyos gobernantes se profesan enemigos de esta Sede Apostólica, y a aquellas también en las que los enemigos de Dios, combaten fieramente todo lo que tiene algo de cristiano y de divino, y buscan el borrarlo de las almas de los ciudadanos. En efecto, por mandato de Jesucristo, que encomendó la entera grey del pueblo cristiano a San Pedro, Príncipe de los Apóstoles[7], del cual somos indignos Sucesores, Nos amamos con intenso amor a todos los pueblos y deseamos buscar la prosperidad terrena y la salud eterna de cada uno. Todos, por lo tanto, bien estén en guerra con las armas, o en desacuerdo por graves disensiones, son considerados por Nos como hijos iguales queridísimos; y no deseamos otra cosa, no pedimos al Señor con la oración más que la mutua concordia, la justa y verdadera paz, y una prosperidad cada vez mayor.
      
Mas bien, si algunos, engañados por las mentiras y las calumnias, Nos profesan abierta hostilidad, Nos estamos animados hacia ellos de una mayor compasión y de un más ardiente afecto.
  
13. A pesar de las calumnias, ama a los que yerran y condena el error.
     
Hemos condenado sin duda y rechazado, como exige el deber de Nuestro oficio, los errores que los partidarios del comunismo ateo enseñan y se esfuerzan en propagar con sumo daño para los ciudadanos; pero a los errantes, en vez de rechazarlos, les deseamos que vuelvan a la verdad y sean conducidos de nuevo al camino recto. Hemos puesto de manifiesto y reprobado estas mentiras, que frecuentemente se presentaban bajo falsas apariencias de verdad, precisamente porque sentimos hacia vosotros afecto de padre y buscamos vuestro bien. Nos, en efecto, tenemos la firme certeza que de estos errores no pueden sobreveniros sino grandísimos daños, porque no sólo quitan de vuestras almas la luz sobrenatural y los supremos consuelos que provienen de la piedad y del culto a Dios, sino que incluso os despojan de la dignidad humana y de la libertad debida a los ciudadanos.
    
14. El pueblo ruso conserva la fe y su amor a María.
      
Sabemos que muchos de vosotros conservan la fe cristiana en el santuario íntimo de la propia conciencia, que en ninguna forma se dejan inducir a favorecer a los enemigos de la Religión, sino que antes bien desean ardientemente profesar las enseñanzas cristianas, únicos y seguros fundamentos de la sociedad civil, no solamente en privado, sino que, si fuera posible, incluso en público, como conviene a personas libres. Y sabemos aún, con suma esperanza Nuestra y grandísimo consuelo, que amáis y honráis a la Virgen María Madre de Dios con ferventísimo afecto y que veneráis sus sagradas imágenes. Sabemos que en el Kremlin mismo se construyó un templo, hoy desgraciadamente cerrado al culto divino, dedicado a la Asunción de María Santísima a los Cielos; lo que es una prueba clarísima del amor que vuestros antepasados y vosotros tenéis a la Gran Madre de Dios.
      
15. La salvación por María.
       
Ahora bien, Nos sabemos que no puede faltar la esperanza de salvación allí donde las almas se dirigen con sincera y ferviente piedad a la Santísima Madre de Dios. De hecho, por mucho que se esfuercen los hombres, por impíos y poderosos que sean, en extirpar de los corazones de los ciudadanos la santa Religión y la virtud cristiana, por más que Satanás mismo busque el fomentar con toda clase de medios esta lucha sacrílega, según la sentencia del Apóstol de las Gentes: ...no tenemos que combatir contra la carne y la sangre, sino contra los príncipes y las potestades, contra los dominadores de este mundo tenebroso, contra los espíritus malignos...[8]; sin embargo, si María interpone su poderoso patrocinio, las puertas del infierno no podrán prevalecer[9]. Ella, en efecto, es la afabilísima y poderosísima Madre de Dios y de todos nosotros, y jamás se ha oído en el mundo que alguien haya recurrido suplicante a Ella y no haya probado su poderosísima intercesión. Continuad, por tanto, como estáis acostumbrados, a venerarla con ferviente piedad, a amarla ardientemente y a invocarla con estas palabras, que os son familiares: A tí únicamente ha sido concedido, Santísima y Purísima Madre de Dios, de ser siempre escuchada[10].
      
16. Plegaria para que se restaure en Rusia la fe y el bienestar.
     
Nos también junto con vosotros elevamos a Ella Nuestras oraciones suplicantes para que la verdad cristiana, decoro y sostén de la convivencia humana se refuerce y vigorice entre los pueblos de Rusia, y todos los engaños de los enemigos de la Religión, todos sus errores y falaces artes sean rechazados y alejados de vosotros; para que las costumbres públicas y privadas vuelvan a estar conformes con las normas evangélicas; para que especialmente aquellos que de entre vosotros se profesan católicos, aunque privados de sus Pastores, resistan con intrépida fortaleza a los asaltos de la impiedad, si es necesario, hasta llegar a morir; para que la justa libertad que conviene a la persona humana, a los ciudadanos y a los cristianos les sea restituida a todos, como a ello tienen derecho, y en primer lugar les sea devuelta la Iglesia que tiene el mandato divino de instruir a los hombres en las verdades religiosas y en la virtud; y finalmente para que la verdadera paz resplandezca vuestra queridísima Nación y en toda la humanidad y que esta paz, fundada en la justicia y alimentada por la caridad, dirija a todas las gentes a aquella prosperidad común de individuos y pueblos que proviene de la concordia de los espíritus.
     
17. Por la intercesión de María.
      
Dígnese Nuestra amorosísima Madre mirar también con ojos benignos a aquellos que organizan las formaciones de ateos militantes y dan todo género de ayuda a sus iniciativas. Quiera Ella iluminar sus mentes con la luz que viene de lo alto y dirigir con la gracia divina sus corazones hacia la salvación.
   
18. Consagración de Rusia al Corazón Inmaculado de María.
     
Nos, por tanto, para que Nuestras oraciones y las vuestras sean escuchadas más fácilmente y para daros una prueba especial de Nuestra particular benevolencia, lo mismo que hace pocos años consagramos todo el mundo al Corazón Inmaculado de la Virgen Madre de Dios, así ahora, de manera especialísima, consagramos todos los pueblos de Rusia al mismo Corazón Inmaculado, en la firme confianza de que con el poderosísimo patrocinio de la Virgen María se realizarán cuanto antes los votos que Nos, vosotros, y todos los buenos formulan por una verdadera paz, por una concordia fraternal y por la debida libertad para todos y en primer lugar para la Iglesia; de forma que, mediante la oración que Nos elevamos junto con vosotros y con todos los cristianos, el Reino salvador de Cristo, que es el Reino de verdad y de vida, Reino de santidad y de gracia, Reino de justicia, de amor y de paz[11] triunfe y se consolide establemente en todas las partes de la tierra.
   
19. Plegaria a la Virgen.
      
Con oración suplicante rogamos a la misma clementísima Madre que asista a cada uno de vosotros en las presentes calamidades y obtenga de su Divino Hijo para vuestras mentes la luz del Cielo e impetre para vuestras almas la virtud y la fortaleza, mediante las cuales, sostenidos por la gracia divina, podáis triunfar victoriosamente de la impiedad y del error.
  
Dado en Roma, junto a San Pedro, el 7 de julio de 1952, fiesta de los Santos Cirilo y Metodio, año 14 de Nuestro Pontificado. Pío XII.
   
NOTAS
  
[1] Leon XIII, Encíclica "Grande Munus", 30-9-1880, Act. Leomis XIII, vol. II, p. 129; A. S. S.13, 145
[2] Registrum Gregorii VII 1, 2 n. 74. In. Monum. German Histor. Epistol. select. II, 1, pag.
[3] Véase II Corint. 1, 3
[4] Pío XI, Alocución Consistorial "Indictam ante catholico orbi'', 30-VI-1930, en la creación y publicación de los nuevos cardenales; A. A. S. 22 (1930) 300
[5] Pío XI, Alocución Consistorial véase nota (4); A. A. S. 22 (1930) 301.
[6] Pío XII, Alocución Respuesta al Embajador de Portugal, Antonio Carneiro-Pacheco en presencia del Sacro Colegio de Cardenales; "L'élévation des pensées" 25-11-1946; A. A. S. 38 (1946).
[7] Véase San Juan 21, 15-17.
[8] Efes. 6, 12.
[9] San Mateo 16, 18.
[10] Akathistos de la fiesta de Patrocinio de la Santísima Madre de Dios, Kontakion 3, "Akathistos" es un himno mariano alfabético de gran valor poético, en la Liturgia de la Iglesia griega del día sábado antes del 5º Domingo Cuaresmal. El autor es, probablemente, el patriarca Sergio, quien lo compuso en acción de gracias por la salvación de los bárbaros Avaros (año 636)
[11] Prefacio de la fiesta de Cristo Rey

jueves, 2 de enero de 2014

HORA SANTA AL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS, POR EL PADRE MATEO CRAWLEY-BOEVEY (del mes de Enero)

Desde MILES CHRISTI
  
HORA SANTA AL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS
  
  
II Enero
  
He aquí el Corazón que tanto ha amado a los hombres... Contempladlo, hijos míos, saciado de oprobios, en esta Hostia en que Él palpita, entre incendios de caridad, por vosotros... ¡sólo por vosotros! Y no pudiendo soportar por más tiempo los ardores que lo consumen, ha querido entregarlo al mismo mundo que lo tiene atravesado con el dardo de la ingratitud del dolor... Éste es el supremo y último recurso de mi redención...
  
Aquí tenéis mi Corazón: os lo doy, os lo entrego sin reservas, en cambio del vuestro pecador e ingrato... ¡Oh, tengo sed, inmensa sed de ser amado, en este Sacramento del Altar... En él he sido hasta ahora el Rey del silencio, el Monarca del olvido... Pero ha llegado la hora de mis triunfos... Vengo a reconquistar la tierra... Sí, he de subyugarla, mal que pese al infierno, y la salvaré por la omnipotencia de mi Corazón. Aceptádmelo, os lo ruego... tendedme las manos y el alma para recibir este supremo don de mi misericordia redentora... Fuego vengo a traer a la tierra, fuego de vida, de amor sin límites, fuego de santidad, fuego de sacrificio, y ¿qué he de querer sino que arda?...
  
Poned los ojos en mi pecho herido... ahí tenéis el Corazón que os ha amado hasta los abatimientos de Belén... y más; hasta las humillaciones y oscuridades de Nazaret... mucho más aún; hasta las agonías afrentosas del Calvario... Es éste el mismo Corazón que dejó de latir en el Gólgota, sí, el mismo, que sigue amando en la hoguera inextinguible del altar... de la santa Eucaristía.
  
¡Y vosotros no me amáis! Por esto estoy triste hasta la muerte...
  
Por esto, me apena hasta la agonía que la viña de mis amores haya producido las espinas que circundan mi divino Corazón... Arrancádmelas en esta Hora Santa y amorosa, en esta hora feliz para vosotros, y también para este Dios-Cautivo, que brinda amor, que espera amor, que pide amor en el Sagrario. Desfallezco de caridad... acercaos y sostenedme en esta agonía sacramental de veinte siglos... ¡Sed mis ángeles consoladores!...
  
¡Os amo tanto, tanto..., y no me amáis bastante vosotros mis amigos, vosotros mis favorecidos!... ¡Ay! Y el mundo desconoce todas mis finezas... rechaza mis ternuras... malgasta y profana mis misericordias...
  
¡Estoy triste hasta la muerte..., venid, éste es el Corazón que jamás dejó de amaros... venid, aceptadlo en prenda de resurrección! Hijos míos, venid y dadme en cambio del mío vuestros corazones, vuestras almas, vuestras vidas, vuestras penas y alegrías... ¡Oh, sed todo míos!... ¡Y todos!... Os perdono... ¡pero amadme!... ¡Decídmelo de una vez... decidme que soy vuestro Rey y que aceptáis reconocidos el don incomparable de mi Sagrado Corazón!...
  
(Pausa)
  
(Somos indignos de ese don; humillémonos, y puesto que tan grande es su misericordia, reclamémosle el obsequio celestial que nos ofrece para santificarnos y darle gloria).
  
LAS ALMAS: Señor Jesús, no aguardes que, cediendo a tu reclamo, te ofrezcamos nuestros corazones pobrecitos... no. Tómalos, pues, que son tuyos; ¡ah, pero en cambio, danos para siempre tu Divino Corazón!
(Todos en voz alta) Danos para siempre tu Divino Corazón.
  
Por amor a la Virgen María, dánoslo, Jesús, en las horas de fervor, cuando sintamos los deseos vehementes de amar y de sufrir como los santos.
(Todos en voz alta) Danos para siempre tu Divino Corazón.
  
Por amor a San Juan, dánoslo, Jesús, en las horas tan contadas de paz, y cuando disfrutemos de la dulce tranquilidad de una conciencia pura... o perdonada...
(Todos en voz alta) Danos para siempre tu Divino Corazón.
  
Por amor a tus tres amigos de Betania, dánoslo, Jesús, en las horas del pesar y la tristeza, cuando caigan sobre nuestras almas las tormentas del dolor...
(Todos en voz alta) Danos para siempre tu Divino Corazón.
  
Por amor a los Apóstoles predestinados del Tabor y de Getsemaní, dánoslo, Jesús, en las horas de la exaltación o de la prueba...
(Todos en voz alta) Danos para siempre tu Divino Corazón.
  
Por amor a la arrepentida Magdalena y a las hijas compasivas de Jerusalén, dánoslo, Jesús, en las horas de flaqueza humana o cuando nos solicita la gracia del remordimiento...
(Todos en voz alta) Danos para siempre tu Divino Corazón.
  
Por amor a la obra de tu Iglesia, dánoslo, Jesús, en las horas del combate, cuando ella nos reclame el tributo de nuestro celo y también de nuestro sacrificio...
(Todos en voz alta) Danos para siempre tu Divino Corazón.
  
Por amor a los santos Bernardo, Agustín y Francisco de Sales, Matilde y Gertrudis, precursores felices de esta admirable devoción, dánoslo, Jesús, en las horas de las resoluciones, cuando Tú te acercas en demanda de mayor fervor...
(Todos en voz alta) Danos para siempre tu Divino Corazón.
  
Por amor a tu Esposa y primera apóstol, Margarita María, dánoslo, Jesús, en todos los momentos de la vida, y sobre todo en el trance final de nuestra muerte...
(Todos en voz alta) Danos para siempre tu Divino Corazón.
  
¡Oh, sí!, entréganos tu Corazón como una vida, como un oasis, como un cielo... Y, aunque no lo merezcamos, confíanos, Jesús, con él todos sus tesoros de luz, de paz, de fortaleza, pues en este santuario divino queremos aprender a amarte... y a darte gloria... ¡Jesús, nos diste ya tu Cruz..., nos diste tu Madre... nos diste tu Sangre... danos ahora para siempre, Señor, danos, desde el destierro, el paraíso de tu Corazón! Con él, no ambicionamos ya nada más en el cielo ni en la tierra...
  
(Pausa)
  
(Pedidle gracia de fidelidad y gracia de generosidad para pagar al Señor el don incomparable de su Corazón... Rogadle que esta Hora Santa os traiga una nueva luz, una gran luz, para apreciar la amabilidad y largueza infinitas de un Dios, que os ofrece la fuente de su propia vida; para daros nueva vida... Humillémonos, confundámonos... y sobre todo, amemos a Aquel que nos ha amado tanto... Oigamos su voz...)
  
JESÚS: Me llamáis Señor y Maestro, y decís, verdad, porque efectivamente lo soy... ¡Pero aquí, en el Sagrario..., me siento feliz, hecho esclavo del hombre por amor del hombre ingrato!... Y al darme a vosotros, al llamaros ante mi altar... al solicitar vuestro cariño... al obsequiaros mi Sagrado Corazón... ¡ah! Yo que soy Señor del cielo y Maestro de la tierra, busco mi satisfacción y mi consuelo entre vosotros, flores del campo... arenas del desierto... Yo os amo... pero tanto... ¡tanto!... que me he creado una necesidad divina de vosotros... Sin vosotros, que me habéis ofendido... sin vosotros que me habéis olvidado... sin vosotros, que me habéis pospuesto a las vulgaridades de la tierra... sin vosotros, hijos pródigos de mi hogar, ¡Yo, Jesús, no podría vivir!... Mi cielo, sin vosotros, los redimidos de sangre, mi cielo... sería el destierro del Hijo del Hombre, si yo no tuviera por diadema de amor a esos mismos hombres. ¡Me costasteis tanto!
  
Reconocedlo así vosotros, los mejores del rebaño, confesádmelo en esta Hora Santa, porque el mundo no quiere persuadirse que lo amo en tanto grado... Decidme que aceptáis el tesoro de mi Corazón Divino, en obsequio mío, por mi triunfo, por mi gloria, porque Yo, Jesús, el Dios de los Tabernáculos, he creado el corazón humano para descansar en él, para convertirlo en el edén de todas mis delicias... Soy el Dios de la eternidad... y mi Corazón os necesita aquí en el tiempo... ¡Necesito convivir con vosotros mis hermanos!
  
Estoy fatigado... estoy herido y triste, no demoréis, venid con gran amor y brindadme, con fe viva, un hospedaje de ternura, de ardorosa fe, de caridad consoladora en vuestras almas... ¡Soy Jesús... tengo hambre de vosotros... habladme... abridme... amadme!... ¡oh! ¡Amadme sin medida!
  
(A esto cabalmente hemos venido; a hablarle, a abrirle el alma, o dársela encendida en gran amor... ¡Qué confesión la de Jesús; necesitarnos y... constituirse en mendigo de una caridad que le debemos en conciencia!... Respondámosle con una protesta de amor ardiente, apasionado... porque es más bien nuestro corazón quien lo necesita a Él).
  
LAS ALMAS: Al verte tan de cerca y tan benigno, lejos de exclamar como tu apóstol: “Apártate, Señor, aléjate, porque somos miserables pecadores...”, queremos, por el contrario, abalanzarnos a tu encuentro, acortar las distancias y estrechar la dichosa intimidad entre tu Corazón y los nuestros...
  
(Lento y cortado)
   
¡Ven, Jesús... ven a descansar en nuestro amor, cuando los soberbios gobernantes de la tierra maldigan de tu ley y de tu nombre... acuérdate que somos tuyos... que estamos consagrados a la gloria de tu Divino Corazón!...
  
¡Ven, Jesús... ven a descansar en nuestro amor, cuando las muchedumbres agrupadas por Luzbel y lo sectarios, sus secuaces, asalten tu santuario y reclamen tu sangre... acuérdate que somos tuyos... que estamos consagrados a la gloria de tu Divino Corazón!...
  
¡Ven, Jesús... ven a descansar en nuestro amor, cuando gimas por los vituperios y por las cadenas con que ultrajan a tu Iglesia santa los poderosos y aquellos mentidos sabios cuyo orgullo condenaste con dulcísima firmeza... acuérdate que somos tuyos... que estamos consagrados a la gloria de tu Divino Corazón!...
  
¡Ven, Jesús... ven a descansar en nuestro amor, cuando millares de cristianos hagan caso omiso de tu persona adorable... y te lastimen cruelmente con una tranquila prescindencia, que es un puñal de hielo, clavado en tu pecho sacrosanto... acuérdate que somos tuyos... que estamos consagrados a la gloria de tu Divino Corazón!...
  
¡Ven, Jesús... ven a descansar en nuestro amor, cuando tantos buenos y virtuosos te midan con avaricia su cariño, te den con mezquindad aborrecible su confianza... y te nieguen consuelo en sacrificio y santidad... acuérdate que somos tuyos... que estamos consagrados a la gloria de tu Divino Corazón!...
  
¡Ven, Jesús... ven a descansar en nuestro amor, cuando te oprima la deslealtad, cuando te amargue la tibieza de las almas predestinadas, que, por vocación, debieran ser enteramente tuyas siendo santas...; entonces, como nunca, en esa hora de sin par desolación, acuérdate que somos tuyos... torna aquí los ojos atristados, suplicantes... no olvides que estos hijos estamos consagrados para siempre a la gloria de tu Divino Corazón!...
  
Sobre el altar de nuestro sacrificio, por tu gloria, queremos que se cante esta palabra: ¡VIVA TU SAGRADO CORAZÓN... VENGA A NOS TU REINO!
  
(Si sentís remordimiento de alguna falta íntima... de alguna recaída en una culpa, en una falta de generosidad que sabéis le hiere mucho, aprovechad y pedid al Señor Jesús un perdón generoso... Él lo sabe todo... pero quiere nuestra protesta de amor y de arrepentimiento... –Pausa–. No os canséis, volved a oír la voz del dulcísimo Maestro):
  
JESÚS: Todo mi afán, hijitos míos, es veros saborear mi vida... Os la di con mi sangre..., y quiero que la viváis... Os la doy con mi Corazón... que él sea vuestra nueva vida... Lo quiero porque me necesitáis en vuestras debilidades de conciencia... en la flaqueza de vuestros propósitos... en la inconstancia de vuestra caridad... Venid vosotros, los predestinados de mi Eucaristía... ¡Yo soy la Fortaleza!
  
(Lento y cortado)
  
Saboread mi vida; os la doy en mi Corazón, para cuando sintáis el embate de las tentaciones... No desmayéis, no cedáis a las insinuaciones del enemigo de vuestro cielo... sed fuertes, sosteneos en mi gracia, no me abandonéis, para no quedar solos en la lucha por la paz...Venid vosotros los predestinados de mi Eucaristía... Yo soy la recompensa, sólo Yo soy la Victoria. Saboread mi vida: os la doy en mi Corazón, para cuando sintáis el asalto de las creaturas que me disputan vuestro corazón, que quieren apegaros a la tierra, que ambicionan distraeros del pensamiento y del amor de vuestro Dios... Desengañáos, no prestéis oído a este mundo seductor y mentiroso... Resistid con valentía y venid vosotros los predestinados de mi Eucaristía... Yo soy vuestro solo confidente, vuestro Amigo fidelísimo....
  
Saboread mi vida... os la doy en mi Corazón para cuando sintáis el aguijón del remordimiento, cuando os rindáis al peso de vuestros pecados, cuando vuestra gran miseria os acuse y os abrume con pesadumbre de montaña justiciera... Levantaos de esa postración, no lloréis sin esperanza en las caídas de la culpa... pobrecitos, enfermos, pecadores... Venid, sois siempre míos por mi gran misericordia... Venid, sois los predestinados de mi Eucaristía... Yo soy el Perdón de Dios... ¡soy el amor!
  
Saboread mi vida: os la doy en mi Corazón, para que cuando sintáis el nublado espeso de la tristeza y el torcedor de la amargura... ¡Qué triste! ¡Oh, qué sombría e incierta es la vida...! No la maldigáis ni perdáis el tesoro de vuestras lágrimas preciosas... No os acongojéis en demasía, ni gimáis en desamparo y solos... Venid... ¡Oh, venid..., sois los predestinados de mi Eucaristía... no tardéis... Yo soy néctar y bálsamo... Yo soy el Consuelo... me llamo Jesús!
  
(Pausa)
  
(Nos da su Corazón, no sólo para buscarse un consuelo... nos lo da para brindarnos Fortaleza, nueva vida y gran misericordia; nos lo da para nosotros, en beneficio nuestro... Agradeced ese don, reclamadle con fervor para vosotros... conjuradle que os lo guarde en prenda de amor en el tiempo, en la muerte... y en la eternidad).
  
(Pausa)
  
LAS ALMAS: Gracias, Señor Jesús, por la misericordiosa ternura con que, previniendo nuestros males, nos ofreces el remedio prodigioso de tu Corazón... Gracias por la preocupación incomprensible de nuestros intereses que debieras olvidar, en castigo de nuestros propios olvidos y de tantas ofensas... Gracias, Jesús benigno y manso del Sagrario... Mira, en retorno del más íntimo reconocimiento, en desagravio de las ingratitudes ajenas y propias, queremos en esta Hora Santa, nosotros los preferidos de tu grey pequeñita, pensar con ansias de amor en tus sacrosantos intereses... Son tantos los conjurados que traman el complot deicida de la blasfemia, de la negación pública y social de tu realeza... Son tantos los culpables comprometidos, Jesús, en guardar un silencio que te condena con la hipocresía de quien no se digna siquiera nombrarte, o, lo que es más hiriente, de quien aparenta ni siquiera conocerte... Y te azotan... y te despojan... y te escupen... y por razones que llaman de justicia y de paz social, ¡piden tu destierro y decretan tu muerte! ¡No, Soberano del Amor, mil veces no! Aquí congregados como en un cenáculo, vivificados por el fuego del Pentecostés de tu Divina Eucaristía, protestamos de ese deicidio legal de nuestra época; e inflamados por el celo de la gloria de tu causa, te aclamamos Vencedor y Rey, te exigimos el triunfo de tu caridad, prometido a las huestes que combaten al grito de “VIVA EL SAGRADO CORAZÓN”... ¡No queremos que otro reine, sino sólo Tú!...
  
Acércate, dulcísimo Maestro y aquí, en medio de los tuyos, estrechándote tus hijos, recibe de su mano la diadema, que quisieran arrebatarte los que, siendo polvo de la tierra, se llaman poderosos, porque, en los abatimientos de tu humildad, se imaginan injuriarte de más alto...
  
Adelántate triunfante en esta ferviente congregación de hermanos... no borres las heridas de los pies ni de tus manos... no abrillantes, no hermosees, deja ensangrentada tu cabeza... ¡Ah!, y no cierres, sobre todo, deja abierta la profunda y celestial herida de tu pecho... sí, Rey de sangre, así, cubierto con esa púrpura de amor y con la túnica de todos los oprobios... sin transfigurarte..., Jesús, tal como eres, el mismo Jesús de la noche espantosa del Jueves Santo, preséntate, desciende y recoge el hosanna de esta guardia de honor, que vela por la gloria del Corazón de Jesús, Su Rey.
(Todos en voz alta) ¡Viva tu Sagrado Corazón!
  
Los reyes y gobernantes podrán conculcar las tablas de tu ley, pero, al caer del sitial de mando, en la tumba del olvido, tus súbditos seguiremos exclamando:
(Todos en voz alta) ¡Viva tu Sagrado Corazón!
  
Los legisladores dirán que tu Evangelio es una ruina, y que es deber eliminarlo en beneficio del progreso..., pero, al caer despeñados en la tumba del olvido, tus adoradores seguiremos exclamando:
(Todos en voz alta) ¡Viva tu Sagrado Corazón!
  
Los malos ricos, los altivos, los mundanos, hallarán que tu moral es de otro tiempo, que tus intransigencias matan la libertad de la conciencia... pero, al confundirse con las sombras de la tumba y del olvido, tus hijos seguiremos exclamando:
(Todos en voz alta) ¡Viva tu Sagrado Corazón!
  
Los interesados en ganar alturas y dinero vendiendo falsa libertad y grandeza a las naciones... chocarán con la piedra del Calvario y de tu Iglesia... y al bajar aniquilados a la tumba del olvido, tus apóstoles seguiremos exclamando:
(Todos en voz alta) ¡Viva tu Sagrado Corazón!
  
Los heraldos de una civilización materialista, lejos de Dios y en oposición al Evangelio... morirán un día envenenados por sus maléficas doctrinas, y al caer a la tumba del olvido, maldecidos por sus propios hijos, tus consoladores seguiremos exclamando:
(Todos en voz alta) ¡Viva tu Sagrado Corazón!
  
Los fariseos, los soberbios y los impuros habrán envejecido estudiando la ruina, mil veces decretada, de tu Iglesia... y al perderse derrotados en la tumba de un eterno olvido... tus redimidos seguiremos exclamando:
(Todos en voz alta) ¡Viva tu Sagrado Corazón!
  
¡Oh, sí!, que viva y, al huir de los hogares, de las escuelas, de los pueblos Luzbel, el ángel de tinieblas, al hundirse eternamente encadenado a los abismos, tus amigos seguiremos exclamando por los siglos de los siglos:
(Todos en voz alta) ¡Viva tu Sagrado Corazón!
  
¡VIVA EN EL TRIUNFO DE TU EUCARISTÍA Y DE TU IGLESIA!... ¡VIVA PARA SIEMPRE TU SAGRADO CORAZÓN!
  
Señor, tenemos que despedirnos dejándote confiado, en ese altar, a la adoración de tus ángeles y a las alabanzas de la Virgen Madre... Nos vamos, Jesús, de tu lado, mas dejando nuestros corazones en la llaga sangrienta y celestial del tuyo... ¡Ah!, y al despedirnos en esta tarde, “más hermosa que alborada”, consiente, Salvador y Hermano, Señor y Amigo, consiente, ¡oh Dios aniquilado!, que te recordemos a muchos desgraciados que no están aquí, a tus plantas, ¡ay!, que te han dejado culpablemente...
  
(Lento y cortado)
  
Eres tan dulce, Jesús-Eucaristía, da una victoriosa luz a tantos ciegos que no quieren ver tus maravillas... ni reconocerte a ti como el Camino... hazlo por tu Madre y por tu Corazón...
  
Eres tan tierno, Jesús-Eucaristía, da paz a tantos que la buscan extraviados en la orgía seductora de un mundo que, cantando, vende lágrimas y muerte... Sé Tú su esperanza... hazlo por tu Madre y por tu Corazón...
  
Eres tan compasivo, Jesús-Eucaristía, sacia el hambre de amor, de amor inmenso que ha desviado a tantos pródigos... Son infelices y ¡cómo no serlo... lejos del manantial de tus altares!... Vuélvelos a tu Costado... que reconozcan que Tú, que sólo Tú eres la vida y el amor... Hazlo por tu Madre y por tu Corazón.
  
Eres tan amoroso, Jesús-Eucaristía, endulza los llantos desesperados de aquéllos que por sufrir las horribles decepciones de la vida, sin el apoyo de tu gracia se han envenenado con sus lágrimas... y se encuentran ¡infelices! en un abismo muy distante de los goces de la tierra, y más distantes aún de las delicias de un eterno paraíso... Baja hasta esos desgraciados... búscalos, sal a su encuentro con aquellas palabras que hacen estallar torrentes, mares, cielos, de júbilo indecible, en las regiones de la eternidad... hazlo, Jesús, por tu Madre, hazlo por tu Corazón...
  
(Pausa)
  
¿Qué tengo yo, ¡oh Divino prisionero!, que Tú no me hayas dado?
¿Qué sé yo que Tú no me hayas enseñado?
¿Qué valgo yo, si no estoy a tu lado?
¿Qué merezco yo, si a ti no estoy unido?
¡Perdóname los yerros que contra ti he cometido!
Pues me creaste sin que lo mereciera.
Y me redimiste sin que te lo pidiera.
Mucho hiciste en crearme,
Mucho en redimirme,
Y no serás menos poderoso en perdonarme...
Pues la mucha sangre que derramaste,
Y la acerba muerte que padeciste.
No fue por los ángeles que te alaban,
Sino por mí y demás pecadores que te ofenden...
Si te he negado, déjame reconocerte;
Si te he injuriado, déjame alabarte;
Si te he ofendido, déjame servirte;
Porque es más muerte que vida,
La que no está empleada en tu santo servicio...
  
(Nombradle aquí alguien cuya conversión os interese grandemente).
  
Y ahora, ocúltanos en él como una lágrima querida de tu Madre... No consientas que por nuestra flaqueza, te nos roben, de ese edén, las creaturas... Llámanos, mándanos venir a ti... y puesto que hemos conocido las bellezas del Corazón del Hermano, del Amigo, del Rey, de nuestro Dios, del benignísimo Jesús... queremos quedarnos ahí para siempre, pero, después que escribas en él nuestros nombres, ahora mismo, mientras te adoramos aquí en tu amado tabernáculo...
  
Señor, haz a tus hijos dulcísima violencia... esclavízanos en la prisión de caridad de tu Costado..., donde te adoremos y te amemos... donde vivamos de tu vida... donde te cantemos, Jesús, por los siglos de los siglos, glorificándote en las misericordias inefables de tu Sagrado Corazón: ¡VENGA A NOS TU REINO!...
  
(Padrenuestro y Avemaría por las intenciones particulares de los presentes. Padrenuestro y Avemaría por los agonizantes y pecadores. Padrenuestro y Avemaría pidiendo el reinado del Sagrado Corazón mediante la Comunión frecuente y diaria, la Hora Santa y la Cruzada de la Entronización del Rey Divino en hogares, sociedades y naciones).
  
(Cinco veces) ¡CORAZÓN DIVINO DE JESÚS, VENGA A NOS TU REINO!
  
(Lento y cortado)
  
Señor Jesús, hemos podido velar una hora contigo en Getsemaní y gustosos quedaríamos encadenados al Sagrario para siempre, si tu amor lo consintiera... Nos vamos llevando paz, mucha paz, consuelos divinos y nueva vida... ¡Ah!, pero, sobre todo, nos despedimos con la satisfacción de haberte dado a ti, amadísimo Maestro, alivio de caridad, desagravio de fe y reparación de amor que reclamaste, entre sollozos, a tu confidente Margarita María... Atiende, pues, los niños que comulgan... ¡sé su Amigo!... Señor Jesús, acoge manso y bueno, nuestra última oración:
  
¡Corazón Agonizante de Jesús, triunfa... y sé la perseverancia de fe y de inocencia de los niños que comulgan... sé su Amigo!
¡Corazón Agonizante de Jesús, triunfa... y sé el consuelo de los padres del hogar cristiano... sé su Vida!
¡Corazón Agonizante de Jesús, triunfa... y sé el amor de la multitud que sufre, y de los pobres que trabajan... sé su Rey!
¡Corazón Agonizante de Jesús, triunfa... y sé la dulcedumbre de los afligidos, de los tristes... sé su Hermano!
¡Corazón Agonizante de Jesús, triunfa... y sé la fortaleza de los tentados, de los débiles... sé su Victoria!
¡Corazón Agonizante de Jesús, triunfa... y sé el fervor y la constancia de los tibios... sé su Amor!
¡Corazón Agonizante de Jesús, triunfa... y sé el centro de la vida militante de la Iglesia... sé su Lázaro triunfante!
¡Corazón Agonizante de Jesús, triunfa... y sé el celo ardiente y victorioso de tus apóstoles... sé su Maestro!
¡Corazón Agonizante de Jesús, triunfa... y sé en la Eucaristía la santidad y el cielo de las almas... sé su paraíso de amor... sé su Todo!
Y mientras llega el día eterno y venturoso de cantar tus glorias, déjanos, dulcísimo Maestro, sufrir, amar y morir sobre la celestial herida del Costado, murmurando ahí, en la llaga de tu amante Corazón esta palabra triunfadora: “¡VENGA A NOS TU REINO!”.
  
(Cinco veces en honor de las cinco llagas) ¡Corazón Divino de Jesús!
(Todos) ¡Venga a nos tu reino! 
   
Acto de consagración al Sagrado Corazón de Jesús y al Purísimo Corazón de María
  
Doy y consagro al Sagrado Corazón de nuestro Señor Jesucristo mi cuerpo, mi alma, mi vida, mis acciones, penas y sufrimientos, a fin de que todo cuanto hay en mí sólo se emplee en honrarle, amarle y glorificarle. Tengo la firme resolución de entregarme a Él sin reserva y de emprenderlo todo por su amor, renunciando gustoso, a todo aquello que pueda desagradarle. De hoy en adelante seréis Vos, oh Corazón adorable, el objeto único de mi amor, el protector de mi vida, la esperanza de mi salvación, el remedio de mi flaqueza y de mi inconstancia, el reparador de todas mis faltas, y mi más seguro asilo en la hora de mi muerte. Reconciliadme, pues, oh, Corazón bondadoso, con Dios vuestro Padre, y apartad de mí los dardos de su cólera. Oh, Corazón amantísimo, en Vos pongo toda mi confianza, porque, si mi malicia y mi debilidad son para mí un justo motivo de temor, vuestra bondad me hace esperarlo todo de Vos. Que vuestro sagrado fuego consuma en mí todo lo que pueda desagradaros y estorbar la libre acción de vuestra gracia. Que vuestro purísimo amor abrase de tal modo mi corazón, que no pueda jamás olvidaros ni separarme de Vos. Dignaos grabar en Vos mi nombre, porque mi más ardiente anhelo es que toda mi felicidad y mi gloria consistan en vivir y morir como esclavo vuestro.
  
Y Vos, oh Corazón de María, estrecha e inseparablemente unido con el Corazón de Jesús, mi deseo es que, después de vuestro Hijo, ocupéis el primer lugar en mi corazón, que desde ahora os ofrezco y os consagro. Vos seréis siempre el objeto de mi veneración, de mi amor y de mi confianza. Procuraré conformar mis sentimientos y afectos con los vuestros, y el estudio continuo de mi vida será imitar vuestras virtudes. ¡Oh Madre bendita! dignaos abrirme vuestro Corazón y recibirme en él junto con vuestros verdaderos hijos y vuestros fieles siervos. Alcanzadme la gracia que necesito para imitar vuestro admirable Corazón, así como Él ha imitado el de Jesús; amparadme en los peligros, consoladme en las aflicciones; enseñadme a sacar el provecho debido de los bienes y de los males de esta vida; protegedme siempre y sobre todo en la hora de mi muerte.
  
¡Oh, divinos Corazones de Jesús y de María! a cuyo servicio me consagro, haced que ahora y siempre sea vuestro verdadero hijo. Amén.