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domingo, 14 de junio de 2026

LA PROFANACIÓN DE LA HOSTIA POR LOS JUDÍOS DE BRESLAVIA

Reflexión por João Christian Franco. Traducción propia.
   

«Durante la Semana Santa de 1436, algunos judíos de Breslavia (Polonia) habían sobornado a un campesino polaco para invadir la iglesia de la aldea y robar un ciborio lleno de hostias consagradas. En cuanto el campesino se encontraba en un campo abierto a camino del encuentro con aquellos judíos, cayó una tempestad. Preso del pánico, tiró lejos el ciborio, mas no antes de retirar diez u once hostias, que fueron llevadas, por intermedio de la esposa de un soldado, a los judíos de Breslavia. Veinte judíos entonces se reunieron en su sinagoga y abusaron de las hostias con palabras y a agredirlas con chicotes y puñales. Cuando los judíos apuñalaron la hostia, la sangre brotó de ella hasta un metro de altura. Tanta sangre salió de las hostias profanadas sobre el autor y los espectadores que los instrumentos de tortura no pudieron ser limpiados y tuvieron que ser desechados en un riachuelo cercano…
   
En mayo, [San Juan] Capistrano retornó a Breslavia. El 14 de junio, el obispo, temiendo que pudiesen ser implicados judíos inocentes, pidió a Capistrano que investigara el caso…
  
Durante el juicio, una judía bautizada, esposa de un ciudadano de Breslavia, acusó a su padre de haber participado de un ritual semejante diez y seis años antes. Este judío había comprado hostias consagradas de una mujer y después las llevaba a un sótano en Löwenberg [Leópolis de Silesia], donde intentó quemarlas. Tres veces arrojó las hostias al fuego y tres veces salieron de el, hasta que una judía anciana que viera testificar la profanación exclamó que, habiendo presenciado ese milagro, ahora creía en el Dios de los cristianos. Los judíos se enfurecieron y la asesinaron en el lugar. Enseguida quemaron su cuerpo y lo enterraron en el mismo lugar. Después, los judíos tomaron la hostia, la colocaron sobre una pequeña mesa y la cortaron en cuatro partes, haciéndola sangrar tan abundantemente que ni la mesa ni el puñal pudieron ser lavados, y ambos tuvieron que ser tirados a una quebrada próxima. La misma mujer también testificó que un niño fue asesinado con fines rituales en el sótano.
   
Actuando en base a su testimonio, el tribunal envío una delegación a la casa donde supuestamente ocurrió la profanación diez y seis antes. Allí excavaron lo que parecían ser restos carbonizados de uma hoguera, así como los huesos de una mujer y de un niño. Se dice que Capistrano tocó estos huesos durante el juicio. [Heinrich] Graetz responsabiliza a Capistrano por el desenlace del proceso, que resultó, según él, en la muerte [pena capital aplicada] de 41 judíos. [Johannes] Hofer contesta el número, pero nadie niega que los judíos fueron ejecutados por blasfemia y asesinato. Además de esto, 300 judíos fueron deportados, y sus hijos le fueron quitados, bautizados y puestos en hogares cristianos. “Capistrano”, escribió Graetz, “los presidió en el banco, a medida que el tribunal avanzaba al veredicto”. Él concluyó su ataque a Capistrano llamándolo “matador de judíos” y “caníbal”. Johannes Hofer cuenta una historia diferente. Capistrano de hecho tomó los huesos del niño en sus manos durante el juicio, pero esa prueba y la manera de cómo fue encontrada convencieron a todos de que los judíos eran culpables».
  
EUGENE MICHAEL JONES SCHENZLE, The Jewish Revolutionary Spirit, And Its Impact on World History (El espíritu revolucionario judío, y su impacto en la historia del mundo).
  
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Eugene Michael Jones Schenzle, nacido en Filadelfia el 4 de mayo de 1948, es un escritor e intelectual estadounidense que se destacó por sus análisis de cultura, sociedad y religión. Obtuvo el título de doctor (Ph.D.) en Literatura Inglesa por la Temple University, una universidad de investigación en los Estados Unidos, y ejerció como profesor universitário, incluyendo un período como docente en el Saint Mary’s College, en la Universidad de Notre Dame, Indiana. Su formación académica sólida en estudios culturales y humanidades fundamentó su carrera como autor y editor. Jones también es el editor de la revista Culture Wars (anteriormente llamada Fidelity Magazine), una publicación dirigida para debates culturalws, religiosos y sociales.

viernes, 19 de marzo de 2021

NOVENA EN HONOR A SAN JUAN DE CAPISTRANO

Novena dispuesta por el padre Joaquín Rodríguez Calado SJ, profesor del Colegio de San Ildefonso en la Puebla de los Ángeles, y publicada en dicha ciudad a devoción de una religiosa de la orden de San Jerónimo por la viuda de don Miguel de Ortega en 1737, con aprobación eclesiástica. Los Gozos, impresos en Barcelona por Juan Canuda, son tradicionales, sin autor conocido.
   
ADVERTENCIA
Cada día de los de esta Novena será bien ejercitarse con particular esmero en algunos actos o afectos de aquella especial virtud de SAN JUAN DE CAPISTRANO que se menciona en la Oración propia del día; y ese ejercicio sea el obsequio particular que se ofrezca al Santo en aquel día. También se podrá comulgar el primero y último día de dicha Novena; y los demás que pareciere, con dirección del Confesor. Se podrá empezar el día diez y nueve de Marzo, en preparación a su fiesta el día veinte y ocho; o nueve días antes del veinte y tres de Octubre, que es el de su tránsito.
   
NOVENA DEL ÍNCLITO DEFENSOR DE LA FE SAN JUAN DE CAPISTRANO, DEL ORDEN DEL SERÁFICO SAN FRANCISCO
  
    
Por la señal ✠ de la Santa Cruz, de nuestros ✠ enemigos, líbranos Señor ✠ Dios nuestro. En el nombre del Padre, y del Hijo ✠, y del Espíritu Santo. Amén.
   
ACTO DE CONTRICIÓN   
Señor mío Jesucristo, Dios y hombre verdadero, Criador y Redentor mio, por ser Vos quien sois y porque os amo sobre todas las cosas, me pesa de todo corazón de haberos ofendido: propongo firmemente de nunca más pecar, y de apartarme de todas las ocasiones de ofenderos, y de confesarme y cumplir la penitencia que me fuere impuesta: ofrézcoos mi vida, obras y trabajos en satisfacción de todos mis pecados; y así como os lo suplico, así confío en vuestra bondad y misericordia infinita me los perdonaréis, por los merecimientos de vuestra preciosísima Sangre, Pasión y Muerte; y por los de vuestro siervo San Juan de Capistrano, y me daréis gracia para enmendarme y para perseverar en vuestro santo servicio hasta la muerte. Amén.
   
ORACIÓN QUE SE DIRÁ TODOS LOS DÍAS
Dios y Señor de los Ejércitos, que escogiste a tu ínclito Siervo San Juan de Capistrano por esforzado Caudillo que peleara contra los enemigos de tu Santa Fe y de las Glorias del Nombre santísimo de JESÚS, dando siempre victoria de ellos a su valor e invencible constancia: concédeme, Señor, por tu piedad y su poderosa intercesión eb la batalla de mi vida, que yo venza a mis pasiones y demás enemigos, para que ajustado a tus divinos preceptos, no desdiga de la misma Fe que profeso, y del nombre de Cristiano a que misericordiosamente me llamaste por el mismo Jesús mi Salvador, tu Unigénito, que contigo y el Espíritu Santo vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.
   
DÍA PRIMERO – 19 DE MARZO
ORACIÓN
Glorioso San Juan de Capistrano, a quien Dios adornó de una Fe semejante a la de los Profetas, y manifestó por su ínclito defensor obrando por tus manos en confirmación de ella innumerables prodigios: alcánzame de su Majestad que yo viva y muera confesando sus verdades, y conformando todas mis acciones a todo cuanto creo y confieso enseñado de la misma Fe; y asimismo impétrame el favor que pido y deseo en esta Novena, a mayor gloria divina y provecho de mi alma. Amén. Hacer la petición.
    
GOZOS
   
Pues del Turco eres terror,
Y dulce imán del Cristiano:
Lógranos, Gran Capistrano,
De Jesús un fino amor.
     
Cuando al honor de Privado
Del Rey Ladislao asciendes,
Al proyecto solo atiendes
De complacer a tu Amado,
Quien llamarte se ha dignado
Por un medio superior. 
Lógranos, Gran Capistrano,
De Jesús un fino amor.
    
Con cadenas te aprisiona
Un gobernador tirano,
Y en sueños un Franciscano
Tu constancia galardona,
Abriéndote la corona
De Religioso Menor.
Lógranos, Gran Capistrano,
De Jesús un fino amor.
    
Alistado en las banderas
De San Francisco, empiezas luego
A pasar a sangre y fuego
Las pasiones lisonjeras,
Pues ser ellas consideras
El enemigo mayor.
Lógranos, Gran Capistrano,
De Jesús un fino amor.
    
Con Santiago y Bernardino,
Celestial Triunvirado
De Jesús has exaltado
El Nombre dulce y Divino,
Vindicando en Roma fino
Su Augusta gloria y honor.
Lógranos, Gran Capistrano,
De Jesús un fino amor.
    
Por más ilustre Blasón
Del ceniciento sayal,
En vicario general
Te elige la Religión,
Que reduces con tesón
A su primero esplendor. 
Lógranos, Gran Capistrano,
De Jesús un fino amor.
    
Tus Disputas y Sermones
Causan asombro al abismo,
Pues se rinde el judaísmo
Al peso de tus razones,
Alzando iguales padrones
Del hereje y pecador.
Lógranos, Gran Capistrano,
De Jesús un fino amor.
    
Califica con portentos
Jesús tu insigne virtud,
Dando al enfermo salud
Y al muerto nuevos alientos:
Y aun los mismos elementos
Te obsequian a este tenor.
Lógranos, Gran Capistrano,
De Jesús un fino amor.
    
Muchas testas coronadas
De la Europa te desean;
Los Pontífices te emplean
En legacías sagradas,
Y en sus Bulas celebradas
Te nombran Inquisidor.
Lógranos, Gran Capistrano,
De Jesús un fino amor.
    
Después de haber discurrido
Por el Imperio oriental,
Al Concilio General
De Florencia has concurrido,
Donde al Armenio has rendido
Al yugo de su Pastor.
Lógranos, Gran Capistrano,
De Jesús un fino amor.
    
A ruegos de los monarcas
Te envía el Papa a Alemania,
Donde quemas la cizaña
De hebreos y heresiarcas,
Desempeños con que marcas
Tu Católico fervor.
Lógranos, Gran Capistrano,
De Jesús un fino amor.
    
Celebradas muchas Dietas
Y atajadas sus disputas,
Un ejército reclutas,
Que en la baja Hungría objetas
Contra las bárbaras tretas
Del Sultán y su furor. 
Lógranos, Gran Capistrano,
De Jesús un fino amor.
    
Cuando suelta el otomano
En Belgrado sus banderas,
Rompes brioso sus trincheras
Con el Estandarte en manos
De Jesús, con que al profano
Infundes mortal horror.
Lógranos, Gran Capistrano,
De Jesús un fino amor.
    
Con esa clava triunfante
Consternas, sagrado Alcides,
Ciento y veinte mil aspides,
Pisando su vil turbante,
Triunfo que tu pecho amante
Consagra al Divino Autor.
Lógranos, Gran Capistrano,
De Jesús un fino amor.
    
Son, Gran Capitán, tan bellos
Tus portentos y servicios,
Que hiciste guerra a los vicios
Echando al valor los sellos:
Pues Capistrano, y a ellos,
Es socorro y favor.
Lógranos, Gran Capistrano,
De Jesús un fino amor.
     
Pues del Turco eres terror,
Y dulce imán del Cristiano:
Lógranos, Gran Capistrano,
De Jesús un fino amor.
    
Antífona: Oh San Juan de Capistrano, fidelísimo de la Orden de los Menores, celador de la Fe, perseguidor de los herejes, luz de las virtudes, exterminador de los turcos, predicador egregio, Doctor de los pueblos, sé nuestro protector en el reino de los Bienaventurados.
℣. Ruega por nosotros, San Juan de Capistrano.
℞. Para que seamos dignos de las promesas de Cristo.
  
ORACIÓN
Omnipotente Dios, que para defender a tu Iglesia honraste los méritos y doctrina de tu Confesor San Juan de Capistrano con innumerables prodigios, y por la invocación del Santísimo Nombre de Jesús le hiciste triunfar de los Turcos, enemigos de él y de tu Santa Fe, concédenos te suplicamos, que por sus merecimientos e intercesión seamos libres de todas las adversidades, y que prevaleciendo de nuestros enemigos en la tierra, merezcamos ser premiados con él en el Cielo. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.
   
En el nombre del Padre, y del Hijo ✠, y del Espíritu Santo. Amén.
   
DÍA SEGUNDO – 20 DE MARZO
Por la señal…
Acto de contrición y Oración para todos los días
   
ORACIÓN
Glorioso San Juan de Capistrano, a quien Dios dotó de una alentada confianza, semejante a la de los patriarcas, para que emprendieras y llevaras hasta el cabo sin desmayar las más arduas y heroicas hazañas de su servicio, y de la exaltación y glorias del Nombre dulcísimo de Jesús: alcánzame de su Bondad la virtud de la Esperanza, con que alentado mi espíritu, no descaezca un punto en la entera guarda de sus Mandamientos; y asimismo impétrame el favor que pido y deseo en esta Novena, a mayor gloria divina y provecho de mi alma. Amén.
   
Hacer la petición. Los Gozos y la Oración se dirá todos los días.
    
DÍA TERCERO – 21 DE MARZO
Por la señal…
Acto de contrición y Oración para todos los días
   
ORACIÓN
Glorioso San Juan de Capistrano, en quien Dios encendió la llama de una abrasada Caridad y amor divino, que te hizo entregar en obsequio de tu Señor a las penitencias tu cuerpo, tu honra a los desprecios, tu vida en ardentísimos deseos al cuchillo de los tiranos, y toda tu voluntad en la de Dios: alcánzame de su piedad infinita que mi corazón se abrase en llamas de tan celestial virtud; y asimismo impétrame el favor que pido y deseo en esta Novena, a mayor gloria divina y provecho de mi alma. Amén.
    
Hacer la petición. Los Gozos y la Oración se dirá todos los días. 
   
DÍA CUARTO – 22 DE MARZO
Por la señal…
Acto de contrición y Oración para todos los días
   
ORACIÓN
Glorioso San Juan de Capistrano, en quien puso Dios un infatigable y Apostólico celo de las almas y amor del prójimo, tal que no bastó a saciarte la predicación de cuarenta años continuos, ni la conversión de innumerables a su Santo servicio; alcánzame de su clemencia semejante celo de mi salvación y la de mis prójimos; y asimismo impétrame el favor que pido y deseo en esta Novena, a mayor gloria divina y provecho de mi alma. Amén.
     
Hacer la petición. Los Gozos y la Oración se dirá todos los días. 
    
DÍA QUINTO – 23 DE MARZO
Por la señal…
Acto de contrición y Oración para todos los días
   
ORACIÓN
Glorioso San Juan de Capistrano, a quien Dios comunicó una humildad profundísima imitadora de tu Santísimo Padre Francisco, la cual parecía alma de todas tus operaciones, y te hacía huír de toda honra, aplauso y estimación, y buscar solícito los escarnios, humillación y afrentas; alcánzame de su liberalidad que yo sepa conocer mi nada, y desee ser tenido de todos en poco; y asimismo impétrame el favor que pido y deseo en esta Novena, a mayor gloria divina y provecho de mi alma. Amén.
        
Hacer la petición. Los Gozos y la Oración se dirá todos los días.
   
DÍA SEXTO – 24 DE MARZO
Por la señal…
Acto de contrición y Oración para todos los días
   
ORACIÓN
Glorioso San Juan de Capistrano, a quien hizo Dios en la obediencia imitador de su Unigénito Hijo mi Señor Jesucristo obediente hasta la muerte, y muerte de Cruz, siendo la tuya tan pronta y ciega que jamás tuvieron tus acciones otro móvil o dictamen que las rigiese que el de la Santa Obediencia; alcánzame del Señor una total sujeción de mi voluntad a la suya manifestada en sus soberanos preceptos y por medio de mis superiores; y asimismo impétrame el favor que pido y deseo en esta Novena, a mayor gloria divina y provecho de mi alma. Amén.
   
Hacer la petición. Los Gozos y la Oración se dirá todos los días.
    
DÍA SÉPTIMO – 25 DE MARZO
Por la señal…
Acto de contrición y Oración para todos los días
   
ORACIÓN
Glorioso San Juan de Capistrano, en quien sacó Dios una viva imagen del ejemplar más perfecto de la Pobreza y Padre de los pobres y tuyo San Francisco, cuya Regla mantuviste en su estrechez y rigor de la Pobreza contra los que varias veces intentaron variarla: alcánzame de su misma piedad aquella Pobreza de espíritu, que pone en posesión del Reino de los Cielos; y asimismo impétrame el favor que pido y deseo en esta Novena, a mayor gloria divina y provecho de mi alma. Amén.
   
Hacer la petición. Los Gozos y la Oración se dirá todos los días.
    
DÍA OCTAVO – 26 DE MARZO
Por la señal…
Acto de contrición y Oración para todos los días
   
ORACIÓN
Glorioso San Juan de Capistrano, a quien enriqueció Dios de una limpieza y castidad de cuerpo y mente tan del Cielo, que parecía de Ángel en carne: alcánzame de su largueza el don de la Castidad en mis pensamientos, palabra y obras, o aquella limpieza de corazón, a la cual se promete la clara vista del mismo Dios; y asimismo impétrame el favor que pido y deseo en esta Novena, a mayor gloria divina y provecho de mi alma. Amén.
        
Hacer la petición. Los Gozos y la Oración se dirá todos los días.
     
DÍA NOVENO – 27 DE MARZO
Por la señal…
Acto de contrición y Oración para todos los días
   
ORACIÓN
Glorioso San Juan de Capistrano, a quien Dios hizo segundo Job de la Ley evangélica, tan señalado en la virtud de la paciencia, que jamás pronunció tu corazón en afecto alguno de impaciencia ni en queja tus labios en medio de inmensos trabajos y tribulaciones, que toleraste recibiendo en todos ellos la Divina mano que los enviaba: alcánzame de ella verdadera resignación e invencible paciencia en los que su Majestad se sirve enviarme; y asimismo impétrame el favor que pido y deseo en esta Novena, a mayor gloria divina y provecho de mi alma. Amén.
       
Hacer la petición. Los Gozos y la Oración se dirá todos los días.

jueves, 28 de marzo de 2019

SAN JUAN DE CAPISTRANO, PATRONO DE LOS CAPELLANES CASTRENSES

«Unos confían en sus carros armados, otros en sus caballos: mas nosotros invocaremos el Nombre del Señor nuestro Dios» (Salmo 19, 9).
    
San Juan de Capistrano
  
Los cuarenta años de vida activa del fraile franciscano Juan de Capistrano transcurrieron casi exactamente en la primera mitad del siglo XV, puesto que ingresa en la Orden a los treinta años de su edad, en 1416, y muere a los setenta, en 1456. Si recordamos que en este medio siglo se dan en Europa sucesos tan importantes como el nacimiento de la casa de Austria, el concilio, luego declarado cismático, de Basilea y la batalla de Belgrado contra los turcos, y añadimos después que en todos estos acontecimientos Juan de Capistrano es, más que partícipe, protagonista, se estimará justo que le califiquemos como el santo de Europa.
  
Juan de Capistrano, ya en su persona, parecía predestinado a su misión europea, pues, más que de una sola nación, era representativo de toda Europa.
 
Es europeo el hombre: italiano de nación, porque la villa de Capistrano, donde nace, está situada en los Abruzzos, del Reino de Nápoles; francés, si no por familia, como algunos autores creen, a lo menos por adopción, pues su padre era gentilhombre del duque de Anjou, Luis I; por la estirpe procedía de Alemania, según las «Acta Sanctórum» de los Bolandos, que sigo fundamentalmente en este escrito; por ciudadanía, hablando lenguaje de hoy, podría decirse español, al menos durante un tiempo, como súbdito del rey de Nápoles, cuando lo era Alfonso V de Aragón; por sus estudios y vida seglar, ciudadano de Perusa, a la sazón ciudad pontificia; húngaro también, pues los magiares lo tienen por héroe nacional y le han alzado una estatua en Budapest, y por su muerte, en fin, balcánico, pues falleció en Illok, de la Eslovenia.
  
En cuanto al santo, esto es, el hombre que se santificó en el apostolado, era, si cabe, aún más europeo, ya que se pasó la vida recorriendo Europa de punta a punta. A pie o en cabalgadura hizo y deshizo caminos; por el norte, desde Flandes hasta Polonia; por el sur, desde España, aunque su paso por nuestra patria fuera fugaz, hasta Serbia.
  
La fama de su santidad fue también universal. Corría de una a otra nación y en todas partes se le conocía con el nombre de «padre devoto» y «varón santo». Fue popular en toda Italia, en Austria, en Alemania, en Hungría, en Bohemia, en Borgoña y en Flandes, visitando no una, sino varias veces todas las grandes ciudades europeas.
  
Fue también intensamente europea la época del Santo. El año culminante de su vida, aunque ya en avanzada senectud, es el mismo que abre la Edad Moderna de la historia de Europa: aquel 1453 en que los turcos toman Constantinopla, amenazando seriamente la existencia misma de la cristiandad.
  
Divide esta trágica fecha en dos períodos, aunque muy desiguales, la vida de nuestro andariego fraile; pero llena ambos períodos un mismo afán: la salvación de esa cristiandad en peligro. Peligro, en la primera fase, para la unidad católica de Europa, por la descristianización del pueblo, las discordias intestinas de los príncipes y los brotes crecientes de herejía y de cisma; peligro, en la segunda, por la embestida de los ejércitos del Islam. Por eso dedica el Santo su primer apostolado a reconciliar entre sí y con la Sede Apostólica a los príncipes, a restaurar el espíritu cristiano del pueblo, debelar herejías, cortar el paso al cisma y reformar la Orden franciscana, y consagra sus últimos años a predicar, con la palabra y con el ejemplo, la cruzada contra el turco; con el ejemplo, también, porque el buen fraile en persona toma parte decisiva en la famosa batalla de Belgrado, de julio del 56, en que es derrotado el ejército de Mohamed II, que ya remontaba el Danubio con la ambición de dominar el occidente europeo.
  
Dotó Dios a Juan de Capistrano de prendas singularmente adecuadas a su misión de universalidad. Para ganarse al pueblo, no importa en qué nación, poseía las cualidades que suele el pueblo cristiano pedir a sus santos. Ya fraile y anciano, según nos lo describen sus coetáneos, era de figura ascética: pequeño, magro, enjuto, consumido, apenas piel y huesos, y su gesto austero, pero a la vez dulce y caritativo. Vibraba su palabra en la predicación de las verdades eternas; pero hablaba, sobre todo, con el semblante luminoso y encendido; con los ojos centelleantes, magnéticos; con el ademán sobrio y a la vez cálido y acogedor. Esto explica que en sus correrías trasalpinas, predicando las más de las veces en latín, aun antes de que el intérprete hubiera traducido sus palabras, ya andaban sus oyentes pidiendo a gritos confesión y prometiendo cambiar de vida, y muchos rompían en llanto y hacían hogueras con los objetos de sus vanidades: dados, naipes, afeites y arreos de lujo, y otros le pedían ser admitidos a la vida religiosa: por un solo sermón, al decir de un cronista, 120 escolares, en Leipzig, y, por otro, 130, en Cracovia, tomaron hábitos.
   
Llegado a una villa predicaba por las plazas, porque en los templos no había cabida para la muchedumbre que le seguía. Hablaba durante dos o tres horas sin que la gente desfalleciera y siempre fustigando la corrupción de costumbres e incitando a penitencia; terminada la predicación visitaba sin descanso a los enfermos, haciendo innúmeras curaciones prodigiosas.
   
No sólo por su celo apostólico era hombre santo, sino también por su vida de oración y por su penitencia, que no en vano tuvo por maestro de espíritu y por su mejor amigo al gran San Bernardino de Siena. Dormía dos horas, comía apenas, y andaba con frecuencia enfermo, renqueaba siempre, padecía del estómago y estaba mal de la vista. Pero a todas sus flaquezas se sobreponía su espíritu gigante.
  
A tan extraordinarias dotes para el apostolado popular unía Capistrano otras nada corrientes cualidades que le hacían apto para la diplomacia, arte que ejerció con acierto a lo largo de toda su vida. Era sabio y prudente en juicio y en palabra; había sido en su mocedad un buen jurisconsulto y probado dotes de gobierno cuando ejerció autoridad de juez en Perusa. Era, además, hombre muy docto en las ciencias sagradas y escritor fecundo: sus manuscritos, coleccionados en el siglo XVIII por el P. Antonio Sessa, de Palermo, suman diecisiete grandes volúmenes. Siempre fue muy dócil a la Sede Apostólica y entre sus muchos escritos canónicos sobresalen los que dedica a la defensa de las prerrogativas pontificias.
  
Por gozar de tales prendas fue elevado en la Orden, por dos veces, al cargo de vicario general de la observancia, lo que le permitió emprender la reforma de muchos monasterios y extenderlos por toda Europa, y cuatro Papas –Martín V, Eugenio IV, Nicolás V y Calixto III– le confiaron misiones delicadas: la detracción de los Fraticelli, la lucha en Moravia contra la herejía husita, las negociaciones para la incorporación de los griegos a la Iglesia Romana, la vigilancia de los judíos, la contención del cisma de Basilea, etc. etc.
 
Su fama de virtud y de ciencia no libró al Santo de contradicción. Túvola Capistrano, y la que más puede afligir a un corazón magnánimo y sensible: la que proviene de parte de los afines. Algunos minoristas «conventuales», y el más sobresaliente de ellos, el sajón Matías Döring, descontentos de la reforma de los «observantes» que el Santo llevaba al interior de los conventos, se opusieron a sus innovaciones, acusando al vicario de inquieto y revoltoso, y otros, celosos acaso de su inmensa popularidad, le imputaban ambición de honra y vanagloria; injustísima acusación hecha a un hombre que por dos veces había declinado la mitra episcopal: la de Chieti, que le brindó el papa Martín V, ya en 1428, a quien contestó, por cierto, que no quería verse «encarcelado» en el episcopado, y la de Aquila, su diócesis natal, que le ofreció, más tarde, Eugenio IV.
  
Tampoco le faltaron críticas por parte de personas más autorizadas, tales como el cardenal español Juan de Carvajal y aun el propio Eneas Silvio Piccolomini, en razón de las cuales, sin duda, hubo más tarde dificultades para su canonización, que no culminó hasta 1690, siendo Pontífice Alejandro VIII.
  
Pero, huelga decirlo, el mayor número de sus detractores y los más violentos se encontraban en las filas de los enemigos del Pontificado, sea entre los políticos laicistas de la época, como aquel Jorge de Podiebrad, que pertinazmente le cerró las puertas de la Bohemia, sea entre los herejes, como el arzobispo de Praga Juan de Rokytzana, cabeza de los husitas, o bien entre los judíos, como aquellos de las comunidades italianas que llamaban al de Capistrano «el nuevo Amán» perseguidor del pueblo elegido.
  
Las grandes empresas apostólicas de San Juan de Capistrano al servicio de la Europa cristiana podrían resumirse en estas seis: restauración de la vida cristiana del pueblo mediante la predicación; reforma de la Orden franciscana implantando la observancia; impugnación de la herejía hussita, que resultó ser el primer brote de la gran apostasía luterana; represión de los abusos del judaísmo, que se hallaba enquistado en los pueblos cristianos; contención del cisma incubado en el concilio de Basilea, que minaba la autoridad del Papado, y cruzada contra el turco, que amagaba contra la cristiandad.
  
Dejando a un lado, como menos propias de una hagiografía, aquellas empresas del Santo que presentan un tinte político o diplomático, me detendré en las que ofrecen un carácter enteramente apostólico y misionero.
  
Por aquel tiempo, la Orden de los frailes menores, más o menos recluida hasta entonces en el interior de sus conventos, se echó a peregrinar por pueblos y ciudades, predicando en calles y plazas las verdades eternas y excitando a la reforma de las costumbres. Esta empresa no fue obra de un hombre solo, fue obra de un equipo de hombres excepcionales, a cuya cabeza figuraba el gran San Bernardino de Siena y en el que formaron en seguida otros dos santos: Juan de Capistrano y Santiago de la Marca; dos beatos: Alberto de Sarteano y Mateo de Girgento, y los egregios minoristas Miguel de Carcano y Roberto de Lecce, por no citar sino las figuras más descollantes. Fue la época clásica de los grandes predicadores peregrinos y el origen de las misiones populares.
  
Cada uno de estos grandes misioneros, acompañado de un grupo de seis u ocho frailes de su Orden, tomó por un camino y corrió por su cuenta su aventura apostólica. Pero la mayor parte de ellos se mantuvieron en los límites de la península italiana, en la que consiguieron una verdadera renovación de la vida moral y religiosa de su pueblo. Mérito singular de Capistrano es haber acometido por sí solo, más allá de los Alpes, lo que sus hermanos de Orden hicieron en el interior de Italia, consiguiendo él resultados pariguales en los principados alemanes, en Polonia, en Moravia y hasta en la Saboya, en la Borgoña y en Flandes.
  
Grandes fueron los frutos de este vasto e intenso movimiento religioso. El pueblo cambiaba de vida, corrigiendo innúmeros abusos: el juego, el lujo, la embriaguez, la usura, el concubinato, la profanación de las fiestas, y los príncipes, los consejeros de las ciudades y los jueces se veían compelidos a usar de su autoridad con equidad y clemencia.
  
Cierto que no todos estos frutos fueron durables, acaso por no guardar proporción con estas misiones populares extraordinarias la cura pastoral ordinaria llamada a mantener el fervor despertado por aquéllas; pero también puede tenerse por cierto lo que el mismo Capistrano habría de escribir después, refiriéndose a la predicación de sus hermanos de Orden en Italia: «Si no hubiera sobrevivido la predicación, la fe católica habría venido a menos y pocos la hubieran conservado».
  
Importante aportación del capistranense a la renovación religiosa y moral de su tiempo, en sus cuarenta años de actividad apostólica, fue su labor como cabeza del movimiento por la observancia en lucha contra el conventualismo, empresa que repercutió no sólo en favor de su Orden, sino también en la reforma misma de toda la Iglesia. San Juan sembró la Europa central de nuevos conventos franciscanos y, mediante la reforma de los antiguos, devolvió su primitivo celo a la Orden a la sazón más popular e importante de la Iglesia católica. Y no fue pequeño servicio a la cohesión europea haber tejido por toda la haz de la Europa de entonces esta apretada red de conventos que unían en santa familia a los frailes observantes de todas las naciones.
  
Pasemos ya a relatar la participación personal del Santo en la cruzada contra el turco, recordando primero lo más esencial de este histórico suceso.
  
Corría el año 1453, último del pontificado de Nicolás V, cuando Mohamed II conquista Constantinopla, somete la Tracia al señorío turco, afianza en el Asia Menor el imperio del Islam sobre las ruinas de la Iglesia oriental y amenaza a la suerte de la cristiandad en Occidente.
  
Grave momento para el mundo católico y aun para la propia Iglesia. Porque si bien desde un siglo antes pisaban los turcos tierra europea y tenían sojuzgada una parte de la península balcánica, mientras quedó a sus espaldas la fortaleza de Constantinopla, Europa no se sintió verdaderamente amenazada de dominación y por eso desoyó el llamamiento a cruzada del papa Eugenio IV, ya en 1444. Pero ahora, cuando cayó la capital del viejo Imperio bizantino, toda la cristiandad comprendió que había perdido mucho más que una plaza fortificada.
  
Consciente del peligro, el Papa Nicolás V, cuatro meses después de aquel nefasto día, publica una bula contra los turcos, que enciende en Occidente el antiguo entusiasmo de las cruzadas. En ella amonesta el Pontífice a hacer la paz entre sí, bajo pena de excomunión, a las potencias cristianas y singularmente a los Estados italianos, que, al decir de un cronista, «se despedazaban como canes»: Milán contra Venecia, Génova contra Nápoles... La paz en Italia se consiguió en parte, pero no la alianza para la cruzada.
 
San Juan toma la decisión de marchar a la amenazada Hungría ante el temor de que su gobierno pactara un acuerdo con los turcos, como lo hicieron, poco después, con escándalo de todos, los venecianos. Por el camino predicó la cruzada en Nuremberg, ciudad libre del Imperio y bien armada; en Viena, donde levantó unos cientos de universitarios que tomaron la cruz, y en Neusdtadt, corte del emperador.
 
Sobreviene entonces la muerte del papa Nicolás y en la elección del nuevo Pontífice la Providencia, valiéndose de un juego de factores dentro del conclave, al parecer ajenos a esta inquietud, suscita la elección del pontífice español Calixto III, que luego probó ser la figura indicada para hacer frente a una situación de tan tremendo riesgo.
  
Capistrano, que desde la Estiria había escrito al Papa incitándole a que confirmase la bula de cruzada, marcha a Györ a fin de asistir a la dieta imperial de Hungría, expresamente convocada para tratar de la guerra contra el turco. Aquí las cosas de la cruzada iban mejor, porque el país se sentía directamente amenazado por el sultán y ponían espanto las noticias que llegaban de Serbia sobre los atropellos de la soldadesca turca. Juan Húnyade, el caudillo húngaro, traza un plan que el de Capistrano comunica al Papa, pidiéndole su apoyo. San Juan se aplica durante los meses siguientes a deshacer enemistades entre los caudillos y se reúne en Budapest con Húnyade y con el cardenal español Juan de Carvajal, nombrado legado del Papa para la cruzada en Alemania y en Hungría, de cuyas manos recibe el Santo el breve pontificio que le concede toda clase de facultades para predicar la bula. Los tres Juanes: el legado, el caudillo y el fraile llevarán de ahora en adelante la preparación de la cruzada.
  
Estando reunida la dieta húngara en Budapest, corría el mes de febrero, se recibe la terrible noticia de que Mohamed II se acercaba ya con un poderoso ejército hacia las fronteras del sur de Hungría. Húnyade acude a Belgrado. A partir de este momento cifra el de Capistrano todas sus ilusiones en marchar con el ejército cristiano al encuentro de los infieles, sacrificando en la lucha, si es preciso, su propia vida. Parte para el sur y recorre en predicación todas las regiones meridionales de Hungría, llamando al pueblo a cruzada, hasta que recibe el mensaje apremiante de Juan Húnyade de que suspenda inmediatamente la predicación y reuniendo los cruzados que pueda los conduzca aprisa a Belgrado.
 
Es fascinante el relato que hace de la batalla de Neudorfehervar uno de los frailes compañeros del Santo, fray Juan de Tagliacozzo, testigo presencial del suceso. Él describe con expresivos pormenores la llegada del ejército turco, su bien abastecido y pertrechado campamento de tierra, con más de doscientos cañones, y camellos y búfalos, la fuerte flota turca sobre las aguas del Danubio, el asedio de la amurallada ciudad, la tremenda desproporción de las fuerzas en presencia –sólo los jenízaros eran cincuenta mil–, que hace vacilar al propio Juan Húnyade, el gran luchador de años contra el turco, hasta el punto de pensar en una retirada, y las provocaciones del sultán, que anunciaba a gritos que había de celebrar en Budapest el próximo Ramadán. Describe, asimismo, la batalla naval sobre el Danubio, que, contra toda previsión, ganan los cruzados, el asalto de la ciudadela por los jenízaros, que obliga a los caudillos militares a iniciar la evacuación de la ciudad, y, por último, la increíble y casi milagrosa victoria obtenida por los defensores, con la retirada final del ejército turco en derrota.
  
La intervención del Santo en la batalla fue decisiva y sin ella la ciudad de Belgrado hubiera caído sin remedio en manos de los turcos. Él aportó la legión popular de cruzados, que sostuvieron lo más duro de la lucha, y enardeció con su palabra y con su ejemplo no sólo a ese ejército popular, sino también a los naturales, poniendo en tensión su resistencia.
  
Juan de Capistrano salvó a Belgrado por tres veces: la primera, cuando indujo a Húnyade a lanzar su escuadra contra la flota turca; la segunda, durante el asedio de la ciudad, cuando se negó a la propuesta de evacuarla, y la tercera, en la hora del asalto turco, cuando, al dar por perdida la plaza, los caudillos militares Húnyade y Szilágyi intentaron abandonarla, juzgando la situación insostenible y él se aferró a la resistencia.
 
Dominado el Santo por una confianza sobrenatural en la victoria, condujo a la batalla a los cruzados con ardor y coraje sobrehumanos. Cuenta el cronista allí presente cómo, durante la acción naval, ganó el fraile capitán una altura visible a todos los combatientes y desplegando la bandera cruzada y agitando la cruz, vuelto el semblante al cielo, gritaba sin descanso el nombre de Jesús, que era el lema de sus cruzados. Y cómo, durante los días del asedio, vivía en el campamento con los suyos, sosteniendo su espíritu religioso como única moral de guerra. Y cómo, en fin, en el asalto de la ciudadela, corría de una a otra parte de la muralla, cuando la infantería turca escalaba ya el foso, gritando él a lo más granado de los defensores: «Valientes húngaros, ayudad a la cristiandad».
  
Jamás esgrimió armas el de Capistrano; las suyas eran espirituales. El campamento de los cruzados, más que un cuartel militar, parecía una concentración religiosa. Él mismo daba ejemplo. En diecisiete días durmió siete horas, no se mudó de ropa y comía sólo sopas de pan con vino. Él y sus frailes celebraban a diario la misa y predicaban, y los combatientes en gran número recibían los sacramentos. «Tenemos por capitán un santo y no podemos hacer cosa mal hecha», decían entre sí sus gentes. «Si pensamos en el botín y en la rapiña seremos vencidos». Y todos le obedecían «como novicios». El fraile tenía sobre sus cruzados, al decir de los testigos, mayor poder que hubiera tenido sobre ellos el propio rey de Hungría.
  
En la lucha secular de la Europa cristiana contra el islamismo, la victoria cruzada de Belgrado es un hecho importante, pero no debe exagerarse su trascendencia. Como tampoco la del heroico episodio de la intervención del Santo en ese hecho de armas, aunque el triunfo fuera mérito suyo incontestable. Pero en éste como en los anteriores sucesos de su vida, importa más que los hechos mismos y más que su trascendencia en el campo militar, en el político y aun en el religioso, el valor ejemplar de su propia conducta; su santidad y su heroísmo puestos al servicio de tan noble causa: la unidad cristiana de Europa. En este terreno presentamos a nuestro héroe a la admiración de nuestros contemporáneos y le proponemos como ejemplo.
  
La cristiandad había seguido angustiada la lucha y de entonces viene la tradición del rezo del Ángelus al toque de campana del mediodía; la «campana del turco», que mandó el Papa tañer en todas las iglesias de Europa para que el pueblo cristiano sostuviera con su oración a los cruzados.
  
Cuando, una semana después de la victoria, el cardenal legado, el español Carvajal, entró con un ejército verdadero en la ciudad liberada, era la gran ilusión del capistranense proseguir la guerra y anunciaba en público que para la fiesta de la Navidad celebraría misa en la iglesia del Santo Sepulcro. No eran estos, sin embargo, los planes de la cristiandad, ni hubiera podido tampoco emprenderlos nuestro Santo, pues la peste, terrible compañera de la guerra, pocos días después de la victoria, tomó posesión de su cuerpo y lo entregó en brazos de la muerte, aunque ese pobre cuerpo parecía entonces, al decir de un coetáneo, la muerte misma: un esqueleto sin carne y sin sangre, unos pocos huesos cubiertos de piel. Sólo el rostro, sereno y sonriente, expresaba la interior satisfacción de una misión histórica cumplida.
 
Con la vida de nuestro héroe debe terminar también este relato. Séame permitido, sin embargo, insistir en una conclusión piadosa: a Juan de Capistrano puede, en justicia, llamársele el Santo de Europa. (...) Sea, pues, Juan de Capistrano nuestro intercesor cuando pidamos a Dios por la unidad europea.
  
ALBERTO MARTÍN-ARTAJO (ex-Ministro de Asuntos Exteriores de España). Año Cristiano, tomo I, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid, 1959, págs. 695-705.
   
ORACIÓN
Oh Dios, que por el bienaventurado Juan hiciste triunfar a tus fieles en virtud del nombre de Jesús sobre los enemigos de la Cruz: te suplicamos nos concedas por su intercesión, que superadas las insidias de nuestros enemigos espirituales, merezcamos recibir de ti la corona de justicia. Por el mismo J. C. N. S. Amén.

lunes, 6 de agosto de 2018

EL SITIO DE BELGRADO, LA VICTORIA QUE ESTABLECIÓ LA SOLEMNIDAD DE LA TRANSFIGURACIÓN

Batalla de Belgrado (artista desconocido, siglo XIX)
 
La razón por la que la Transfiguración del Señor se celebra hoy 6 de Agosto, es en acción de gracias por la victoria del conde Juan Húnyadi y sus aliados sobre el sultán otomano Mehmet II en el Sitio de Belgrado (4 de Julio a 6 de Agosto de 1456), batalla que como dijera el Papa Calixto III, «decidió el destino de la Cristiandad». Esta es la historia:
 
Belgrado (“La Ciudad Blanca” -Београд en serbio, Nándorfehérvár en antiguo húngaro) era la capital del Despotado de Serbia, un principado heredero del Imperio Serbio y de la Serbia Morava, que sucumbieron tras la derrota en la batalla de Kosovo (15 de Junio de 1389), infligida por el sultán Murad I que, por ironías del destino, no vio el resultado de la batalla, pues murió apuñalado por el caballero serbio Miloš Obilić, considerado héroe nacional de Serbia. Belgrado era tenida como “la llave de Hungría”, y un objetivo militar estratégico, ya que significaba la entrada a Hungría, el reino cristiano más fuerte de Europa centro-oriental, luego de la caída de Constantinopla el 29 de Mayo de 1453 a manos de Mehmet II Fatih (الفاتح, “El Conquistador” en turco otomano).
 
Entrada de Mehmet II a Constantinopla (Fausto Zonaro, Museo del palacio Dolmabahçe, Estambul). Tras esta victoria, los turcos querían conquistar más territorios de Europa, e incluso Mehmet decía «Dentro de dos meses estaré comiendo tranquilamente en Buda».
 
Las tropas de Mehmed II eran numerosas (de treinta mil a cien mil soldados, dependiendo de los cronistas), por lo que el déspota (título bizantino y serbio equivalente a príncipe) Đurađ Branković, hijo de Vuk Branković (tenido en la tradición popular como traidor y culpable de la derrota de Kosovo), quien disponía de unos cinco mil soldados, pidió ayuda al rey Ladislao V “El póstumo” Jallegón (que huyó a Viena a causa de la impopularidad que tenía entre su pueblo), quien envió al voivoda (duque) de Transilvania Juan Húnyadi, el anterior regente de Hungría. Él logró reunir bajo su mando y a su costa (la nobleza húngara no gustaba de él) una tropa de quince mil hombres, a los que se sumaron alrededor de treinta y cinco mil campesinos y artesanos, mal armados, pero firmemente convencidos de la causa por la que luchaban. Estos campesinos fueron comandados por San Juan de Capistrano -patrono católico de Belgrado y de los capellanes castrenses-, quien por orden del legado pontificio Juan de Carvajal, predicó la Cruzada contra los turcos.
  
Juan Húnyadi
   
San Juan de Capistrano
   
Así, los cristianos podían oponer unos cincuenta mil hombres al ejército turco, cuyos jenízaros (soldados de élite al servicio personal del sultán) y unos 300 cañones les daban un aire de superioridad. Aparte, la salida de la ciudad a través de los ríos Sava y Danubio estaba cortada gracias a una flota de 200 barcos otomanos. Pero, para sorpresa de Mehmet, la flota turca fue destruida el 14 de Julio, y los muros resistieron los embates de artillería y los defensores abrían fuego y lanzaban flechas contra los turcos, impidiéndole acercarse a la plaza. El sultán, agotada ya su paciencia, ordenó un asalto definitivo el día 21, logrando entrar en la ciudad y se lanzaron sobre la fortaleza edificada en 1404 por Esteban Lazarević, donde los esperaba el conde Húnyadi. Bajo sus órdenes, los soldados defensores arrojaron madera embadurnada de alquitrán y posteriormente le prendieron fuego, quemando vivos a los asaltantes jenízaros. En otro sector de la ciudad, las tropas del conde Miguel Szilágyi, cuñado de Húnyadi, vencieron a otro contingente de la armada turca.
  
Ese mismo día, un soldado turco intentó izar la bandera de la media luna en una torreta, cuando el soldado Tito Dugović (se debate si era serbio o croata) arremetió contra él y lo precipitó consigo al suelo desde lo alto del muro, cayendo muertos los dos. En honor a este soldado, se dio su nombre a varias calles de Hungría y se le propuso como modelo de patriotismo y valor.
  
El autosacrificio de Tito Dugović (Alejandro von Wagner, Galería Nacional de Hungría)
  
Al día siguiente, fue la batalla definitiva. No se sabe bien qué ocurrió, pero, al parecer, los cruzados campesinos lanzaron un ataque audaz -casi suicida- contra las líneas otomanas que habían hostigado la noche anterior. Los acontecimientos de desbordaron en saqueos al campamento turco. San Juan de Capistrano, al principio llamó al orden, pero luego al grito de «¡El Dios que lo comenzó se encargará de terminarlo!» e invocando el nombre de Jesús, dirigió con 2.000 soldados una acometida contra los otomanos por la retaguardia a través del río Sava, siendo reforzado por las tropas que Húnyadi envió desde la fortaleza. Los defensores de la ciudad salieron al ataque, sembrando el pánico entre los soldados de la Sublime Puerta. Los 5.000 miembros de la guardia jenízara del sultán no pudieron hacer absolutamente nada para revertir la situación, y Mehmet, aunque logró dar muerte a un caballero en combate singular, cayó inconsciente víctima de un flechazo que le dieron en un costado. Cuando cayó la noche, los invasores se retiraron en silencio, llevando a los heridos en 140 carros. Habían sufrido una derrota humillante: perdieron 300 cañones, 100 naves de guerra y casi 50.000 soldados -entre muertos, heridos y prisioneros-. El sultán mismo, que sobrevivió a la flecha, intentó envenenarse en la ciudad de Sarona al enterarse de la derrota, lo que fue impedido a duras penas por sus cortesanos.
  
Durante el asedio, el Papa Calixto III ordenó que las campanas de las iglesias de toda Europa tocaran al medio día para invitar a los fieles a orar por la milicia cristiana, que se materializó el 6 de Agosto, cuando se tuvo por terminado el mismo. Pero en muchos lugares (Inglaterra, España y Portugal por ejemplo), la orden llegó después de conocerse la victoria, por lo que las campanas sonaron en celebración de tan inesperada victoria, permaneciendo la costumbre hasta el presente. Al año siguiente, el Papa decretó que en ese día se celebraría la Transfiguración del Señor por toda la Iglesia, dedicándose en honor a este misterio -y de la advocación de Jesús, Divino Salvador del Mundo- muchas iglesias (como dato curioso, la isla bahameña de Guanahani, donde Cristóbal Colón llegó en la madrugada del 12 de Octubre de 1492, fue llamada San Salvador).
 
Sin embargo, la otra cara de la victoria fue que, a causa de la cantidad de muertos, la plaga se desató en torno a la ciudad y la fortaleza de Belgrado. Juan Húnyadi moriría a causa de ella el 11 de Agosto, suceso que conmovió al mismo Mehmet; San Juan de Capistrano, de quien decían que tenía más autoridad sobre los soldados que el propio rey, resistió hasta el 23 de Octubre, cuando murió. Y, el 29 de Agosto de 1521, bajo Solimán I “El Magnífico” (o como le conocen en Turquía, Kanunî/قانونى  “El Legislador”), el imperio otomano tomó Belgrado tras 34 días de sitio y, el 29 de Agosto de 1526, el reino de Hungría fue destruido en la batalla de Mohács, y Solimán recuperó los cañones perdidos en la anterior batalla por su abuelo.
  
Hoy, a más de 460 años de tan gloriosa jornada, el panorama es el mismo y diferente a la vez. El mismo, porque el islam está invadiendo tierras de Europa por medio de los “inmigrantes” y “refugiados”, e imponiendo su ley sharia en donde llegan, invitados por la izquierda globalista seglar (Pedro Sánchez Pérez-Castejón) y eclesiástica (Jorge Mario Bergoglio) a órdenes del judío György Schwartz Szűcs/George Soros. Diferente, porque en muchos países el esfuerzo cristiano está disminuído y dividido. A esto, se refería Juan Húnyadi cuando dijo en su lecho de muerte a sus soldados:
«Defended, mis amigos, la cristiandad y Hungría de los enemigos... No os peleéis entre vosotros... Si perdéis vuestras energías en altercados, sellaréis vuestro propio destino, así como cavaréis la tumba de vuestro país».