A
continuación publicamos uno de los documentos (sino el único) que
representa la posición de los legítimos obispos de España en defensa de
la Cruzada Nacional contra la persecución organizada por la República
Atea entre 1931 y 1939. Se trata de la "Carta colectiva de los Obispos
españoles a los Obispos de todo el mundo con motivo de la guerra en
España, publicada en Pamplona el 1 de Julio de 1937. Una declaración que
expone a grandes trazos la persecución que los republicanos (esbirros
de la Judería internacional) movieron contra la Iglesia en España,
causando miles de muertes entre obispos, sacerdotes, religiosos y legos,
robos e incendios de iglesias y conventos, aunado a sacrilegios
inauditos; y denuncia el sesgo de la prensa "católica" internacional
frente a los hechos. Al mismo tiempo, se reconoce al Bando Nacional como
defensor de la Fe Católica, y se recuerda que el comunismo es
intrínsecamente perverso y siembra el odio contra Dios.
Conviene
recordar esta carta como un testimonio contra los republiquetos, y sus
defensores y nostálgicos que, habiendo perdido la guerra, pretenden a
punta de leyes, sentencias judiciales y escritos de toda calaña
amparados en una "Memoria Histórica" parcializada, proclamarse "víctimas
de la represión" cuando en realidad fueron los causantes de todos estos
males. Y acusa a los "Obispos" conciliares de España, que como hicieron
algunos de sus antecesores (Pedro Segura y Sáez, Javier Irastorza,
Mateo Múgica y Francisco Vidal y Barraquer), se han entregado a los
enemigos de la Iglesia y de la Patria, haciéndose cómplices de sus
crímenes.
CARTA COLECTIVA DE LOS OBISPOS ESPAÑOLES A LOS OBISPOS DE TODO EL MUNDO CON MOTIVO DE LA GUERRA EN ESPAÑA
Pamplona – Gráficas Descansa
1º de Julio de 1937
Venerables hermanos:
1º. Razón de este documento
Suelen
los pueblos católicos ayudarse mútuamente en días de tribulación, en
cumplimiento de la ley de caridad y fraternidad que une en un cuerpo
místico a cuantos comulgamos en el pensamiento y amor de Jesucristo.
Órgano natural de este intercambio espiritual son los Obispos, a quien
puso el Espíritu Santo para regir la Iglesia de Dios. España, que pasa
una de las más grandes tribulaciones de su historia, ha recibido
múltiples manifestaciones de afecto y condolencias del Episcopado
católico extranjero, ya en mensajes colectivos, ya de muchos Obispos en
particular. Y el Episcopado español, tan terriblemente probado en sus
miembros, en sus sacerdotes y en sus Iglesias, quiere hoy corresponder
con este Documento colectivo a la gran caridad que se nos ha manifestado
de todos los puntos de la tierra.
Nuestro país sufre un
trastorno profundo: no es sólo una guerra civil cruentísima la que nos
llena de tribulación; es una conmoción tremenda la que sacude los mismos
cimientos de la vida social y ha puesto en peligro hasta nuestra
existencia como nación. Vosotros los habéis comprendido, Venerables
Hermanos, y "vuestras palabras y vuestros corazones nos han abierto"
diremos con el Apóstol, dejándonos ver las extrañas de vuestra caridad
para con nuestra Patria querida. Que Dios os lo premie.
Pero
con nuestra gratitud, Venerables Hermanos, debemos manifestaros nuestro
dolor por el desconocimiento de la verdad de lo que en España ocurre.
Es un hecho, que nos consta por documentación copiosa, que el
pensamiento de un gran sector de opinión extranjera está disociado de la
realidad de los hechos ocurridos en nuestro país. Causas de este
extravío podría ser el espíritu anticristiano, que ha visto en la
contienda de España una partida decisiva en pro o contra de la religión
de Jesucristo y la Civilización cristiana; la corriente opuesta de
doctrinas políticas que aspiran a la hegemonía del mundo; la labor
tendenciosa de fuerzas internacionales ocultas; la antipatria, que se ha
valido de españoles ilusos que, amparándose en el nombre de
"católicos", han causado enorme daño a la verdadera España. Y lo que más
nos duele es que una buena parte de la prensa católica extranjera haya
contribuido a esta desviación mental, que podría ser funesta para los
sacratísimos intereses que se ventilan en nuestra Patria.
Casi
todos los Obispos que suscribimos esta Carta hemos procurado dar a su
tiempo la nota justa del sentido de la guerra. Agradecemos a la prensa
católica extrajera el haber hecho suya la verdad de nuestras
declaraciones, como lamentamos que algunos periódicos y revistas, que
debieron ser ejemplo de respeto y acatamiento a la voz de los Prelados
de la Iglesia, las hayan combatido o tergiversado.
Ello
obliga al Episcopado español a dirigirse colectivamente a los Hermanos
de todo el mundo, con el único propósito de que resplandezca la verdad,
oscurecida por ligereza o por malicia, y nos ayude a difundirla. Se
trata de un punto gravísimo en que se conjugan no los intereses
políticos de una nación, sino los mismos fundamentos providenciales de
la vida social: la Religión, la Justicia, la Autoridad y la Libertad de
los ciudadanos.
Cumplimos con ello, junto con nuestro
oficio pastoral -que importa ante todo el magisterio de la Verdad- con
un triple deber de Religión, de Patriotismo y de Humanidad. De Religión,
porque, testigos de las grandes prevaricaciones y heroísmo que han
tenido por escena nuestro país, podemos ofrecer al mundo lecciones y
ejemplos que caen dentro de nuestro ministerio episcopal y que habrán de
ser provechosos a todo el mundo; de Patriotismo, porque el Obispo es el
primer obligado a defender el buen nombre de su Patria "terra patrum",
por cuanto fueron nuestros venerables predecesores los que formaron la
nuestra, tan cristiana como es, "engendrando a sus hijos para Jesucristo
por la predicación del Evangelio"; de Humanidad, porque, ya que Dios ha
permitido que fuese nuestro país el lugar de experimentación de ideas y
procedimientos que aspiran a conquistar el mundo, quisiéramos que el
daño se redujese al ámbito de nuestra patria y se salvaran de la ruina
de las demás naciones.
2º. Naturaleza de esta carta
Este
Documento no será la demostración de una tesis, sino la simple
exposición, a grandes líneas, de los hechos que caracterizan nuestra
guerra y la dan su fisonomía histórica. La guerra de España es producto
de la pugna de ideologías irreconciliables; en sus mismos orígenes se
hallan envueltas gravísimas cuestiones de orden moral y jurídico,
religioso e histórico. No sería difícil el desarrollo de puntos
fundamentales de doctrina aplicada a nuestro momento actual. Se ha hecho
ya copiosamente, hasta por algunos de los Hermanos que suscriben esta
Carta. Pero estamos en tiempos de positivismo calculador y frío y,
especialmente cuando se trata de hechos de tal relieve histórico como se
han producido en esta guerra, lo que se quiere -se nos ha requerido
cien veces desde el extranjero en este sentido- son hechos vivos y
palpitantes que, por afirmación o contraposición, den la verdad simple y
justa.
Por esto tiene este Escrito un carácter
asertivo y categórico de orden empírico. Y ello en sus dos aspectos: el
de juicio que solidariamente formulamos sobre la estimación legítima de
los hechos; y el de afirmación "per oppósitum", con que deshacemos, con
toda caridad, las afirmaciones falsas o las interpretaciones torcidas
con que haya podido falsearse la historia de este año de vida de España.
3º. Nuestra posición ante la guerra
Conste
antes que todo, ya que la guerra pudo preverse desde que se atacó ruda e
inconsideradamente al espíritu nacional, que el Episcopado español ha
dado, desde el año 1931, altísimos ejemplos de prudencia apostólica y
ciudadana. Ajustándose a la tradición de la Iglesia y siguiendo las
normas de la Santa Sede, se puso resueltamente al lado de los poderes
constituidos, con quienes se esforzó en colaborar para el bien común. Y a
pesar de los repetidos agravios a personas, cosas y derechos de la
Iglesia, no rompió su propósito de no alterar el régimen de concordia de
tiempo atrás establecido. "Étiam dyscolis": A los vejámenes respondimos
siempre con el ejemplo de la sumisión leal en lo que podíamos; con la
protesta grave, razonada y apostólica cuando debíamos; con la
exhortación sincera que hicimos reiteradamente a nuestro pueblo católico
a la sumisión legitima, a la oración, a la paciencia y a la paz. Y el
pueblo católico nos secundó, siendo nuestra intervención valioso factor
de concordancia nacional en momentos de honda conmoción social y
política.
Al estallar la guerra hemos lamentado el
doloroso hecho, más que nadie, porque ella es siempre un mal gravísimo,
que muchas veces no compensan bienes problemáticos, porque nuestra
misión es de reconciliación y de paz: "Et in terra pax". Desde sus
comienzos hemos tenido las manos levantados al cielo para que cese. Y al
pueblo católico repetimos la palabra de Pío XI, cuando el recelo mutuo
de las grandes potencias iba a desencadenar otra guerra sobre Europa:
"Nos invocamos la paz, bendecimos la paz, rogamos por la paz". Dios nos
es testigo de los esfuerzos que hemos hecho para aminorar los estragos
que siempre son su cortejo.
Con nuestros votos de paz
juntamos nuestro perdón generoso para nuestros perseguidores y nuestros
sentimientos de caridad para todos. Y decimos sobre los campos de
batalla y a nuestros hijos de uno y otro bando la palabra del apóstol:
"El Señor sabe cuánto os amamos a todos en las entrañas de Jesucristo".
Pero
la paz es la "tranquilidad del orden divino, nacional, social e
individual, que asegura a cada cual su lugar y le da lo que le es
debido, colocando la gloria de Dios en la cumbre de todos los deberes y
haciendo derivar de su amor el servicio fraternal de todos". Y es tal la
condición humana y tal el orden de la Providencia -sin que hasta ahora
haya sido posible hallarle sustitutivo- que siendo la guerra uno de los
azotes más tremendos de la humanidad, es a veces el remedio heroico,
único, para centrar las cosas en el quicio de la justicia y volverlas al
reinado de la paz. Por esto la Iglesia, aún siendo hija del Príncipe de
la Paz, bendice los emblemas de la guerra, ha fundado las Ordenes
Militares y ha organizado Cruzadas contra los enemigos de la fe.
No
es este nuestro caso. La Iglesia no ha querido esta guerra ni la buscó,
y no creemos necesario vindicarla de la nota de "beligerante" con que
en periódicos extranjeros se ha censurado a la Iglesia en España. Cierto
que miles de hijos suyos, obedeciendo a los dictados de su conciencia y
de su patriotismo, y bajo su responsabilidad personal, alzaron en armas
para salvar los principios de religión y justicia cristiana que
secularmente habían informado la vida de la Nación; pero quien la acuse
de haber provocado esta guerra, o de haber conspirado para ella, y aún
de no haber hecho cuanto en su mano estuvo para evitarla, desconoce o
falsea la realidad.
Ésta es la posición del Episcopado
español, de la Iglesia española, frente al hecho de la guerra actual. Se
la vejó y persiguió antes de que estallara; ha sido víctima principal
de la furia de una de las partes contendientes; y no ha cesado de
trabajar, con su plegaria, con sus exhortaciones, con su influencia,
para aminorar sus daños y abreviar los días de prueba.
Y
si hoy, colectivamente, formulamos nuestro veredicto en la cuestión
complejísima de la guerra de España, es, primero, porque, aún cuando la
guerra fuese de carácter político o social, ha sido tan grave su
represión de orden religioso, y ha aparecido tan claro, desde sus
comienzos, que una de las partes beligerantes iba a la eliminación de la
religión Católica en España, que nosotros, Obispos católicos no
podíamos inhibirnos sin dejar abandonados los intereses de nuestro Señor
Jesucristo y sin incurrir el tremendo apelativo de "canes muti", con
que el Profeta censura a quienes, debiendo hablar, callan ante la
injusticia; y luego, porque la posición de la Iglesia española ante la
lucha, es decir, del Episcopado español, ha sido torcidamente
interpretada en el extranjero: mientras un político muy destacado, en
una revista católica extranjera la achaca poco menos que a "la
ofuscación mental de los Arzobispos españoles", a los que califica de
"ancianos que deben al régimen monárquico y que han arrastrado por
razones de disciplina y obediencia a los demás Obispos en un sentido
favorable al Movimiento Nacional", otros nos acusan de "temerarios al
exponer a las contingencias de un régimen absorbente y tiránico el orden
espiritual de la Iglesia", cuya libertad tenemos obligación de
defender.
No; esta libertad la reclamamos ante todo,
para el ejercicio de nuestro ministerio; de ella arrancan todas las
libertades que vindicamos para la Iglesia. Y; en virtud de ella, no nos
hemos atado con nadie -personas, poderes o instituciones- aún cuando
agradezcamos al amparo de quienes han podido librarnos del enemigo que
quiso perdernos, y estemos dispuestos a colaborar, como Obispos y
españoles, con quienes se esfuercen en reinstaurar en España un régimen
de paz y justicia. Ningún poder político podrá decir que nos hayamos
apartado de esta línea, en ningún tiempo.
4º. El quinquenio que precedió a la guerra
Afirmamos,
ante todo, que esta guerra la ha acarreado la temeridad, los errores,
tal vez la malicia o la cobardía de quienes hubiesen podido evitarla
gobernando la nación según justicia.
Dejando otras
causas de menor eficiencia, fueron los legisladores de 1931, y luego el
poder ejecutivo del Estado con sus prácticas de gobierno, lo que se
empeñaron en torcer bruscamente la ruta de nuestra historia en un
sentido totalmente contrario a la naturaleza y exigencias del espíritu
nacional, y especialmente opuesto al sentido religioso predominante en
el país. La Constitución y las leyes laicas que desarrollaron su
espíritu fueron un ataque violento y continuado a la conciencia
nacional. Anulando los derechos de Dios y vejada la Iglesia, quedaba
nuestra sociedad enervada, en el orden legal, en lo que tiene de más
sustantivo la vida social, que es la religión. El pueblo español que, en
su mayor parte, mantenía viva la fe de sus mayores, recibió con
paciencia invicta los reiterados agravios hechos a su conciencia por
leyes inicuas; pero la temeridad de sus gobernantes había puesto en el
alma nacional, junto con el agravio, un factor de repudio y de protesta
contra un poder social que había faltado a la justicia más fundamental,
que es la que se debe a Dios y a la conciencia de los ciudadanos.
Junto
con ello, la autoridad, en múltiples y graves ocasiones, resignaba en
la plebe sus poderes. Los incendios de los templos en Madrid y
provincias, en Mayo de 1931, las revueltas de Octubre de 1934,
especialmente en Cataluña y Asturias, donde reinó la anarquía durante
dos semanas; el período turbulento que corre en Febrero a Julio de 1936,
durante el cual fueron destruidas o profanadas 411 iglesias y se
cometieron cerca de 3000 atentados graves de carácter político y social,
presagiaban la ruina total de la autoridad pública, que se vio sucumbir
con frecuencia a la fuerza de poderes ocultos que mediatizaban sus
funciones.
Nuestro régimen político de libertad
democrática se desquició, por arbitrariedad del Estado y por coacción
gubernamental que trastocó la voluntad popular, constituyendo una
máquina política en pugna con la mayoría política de la nación, dándose
el caso, en las últimas elecciones parlamentarias, Febrero de 1936, de
que, con más de medio millón de votos de exceso sobre la izquierdas,
obtuviesen las derechas 118 diputados menos que el Frente Popular, por
haberse anulado caprichosamente las actas de provincias enteras,
viciándose así en su origen la legitimidad del Parlamento.
Y
a medida que se descomponía nuestro pueblo por la relajación de los
vínculos sociales y se desangraba nuestra economía y se alteraba sin
tino el ritmo del trabajo y se debilitaba maliciosamente la fuerza de
las instituciones de defensa social, otro pueblo poderoso, Rusia,
empalmando con los comunistas de acá, por medio del teatro y el cine,
con ritos y costumbres exóticas, por la fascinación intelectual y el
soborno material, preparaba el espíritu popular para el estallido de la
revolución, que se señalaba casi a plazo fijo.
El 27
de Febrero de 1936, a raíz del triunfo del Frente Popular, el KOMINTERN
ruso decretaba la revolución española y la financiaba con exorbitantes
cantidades. El 1º de Mayo siguiente centenares de jóvenes postulaban
públicamente en Madrid "para bombas y pistolas, pólvora y dinamita para
la próxima revolución". El 16 del mismo mes se reunía en la Casa del
Pueblo de Valencia representantes de la URSS con delegados españoles de
la III Internacional, resolviendo, en el 9º de sus acuerdos: "Encargar a
uno de los radios de Madrid, el designado con el número 25, integrado
por agentes de policía en activo, la eliminación de los personajes
políticos y militares destinados a jugar un papel de interés en la
contrarrevolución". Entre tanto, desde Madrid a las aldeas más remotas
aprendían las milicias revolucionarias la instrucción militar y se las
armaba copiosamente, hasta el punto de que, al estallar la guerra,
contaba con 150.000 soldados de asalto y 100.000 de resistencia.
Os
parecerá, Venerables Hermanos, impropia de un Documento episcopal la
enumeración de estos hechos. Hemos querido sustituirlo a las razones de
derecho político que pudiesen justificar un Movimiento Nacional de
resistencia. Sin Dios, que debe estar en el fundamento y a la cima de la
vida social; sin autoridad, a la que nada puede sustituir en sus
funciones creadoras del orden y mantenedora del derecho ciudadano; con
la fuerza material al servicio de los sin Dios ni conciencia, manejados
por agentes poderosos de orden internacional, España debía deslizarse
hacia la anarquía, que es lo contrario del bien común y de la justicia y
orden social. Aquí han venido a parar las regiones españolas en que la
revolución marxista ha seguido su curso inicial.
Estos
son los hechos. Cotéjense con la doctrina de Santo Tomás sobre el
derecho a la resistencia defensiva por la fuerza y falle cada cual en
justo juicio. Nadie podrá negar que, al tiempo de estallar el conflicto,
la misma existencia del bien común, -la Religión, la Justicia, la Paz-,
estaba gravemente comprometida; y que el conjunto de las autoridades
sociales y de los hombres prudentes que constituyen el pueblo en su
organización natural y en sus mejores elementos reconocían el público
peligro. Cuanto a la tercera condición que requiere el Angélico, de la
convicción de los hombres prudentes sobre la probabilidad del éxito, la
dejemos al juicio de la historia: los hechos, hasta ahora, no le son
contrarios.
Respondemos a un reparo, que una revista
extranjera concreta al hecho de los sacerdotes asesinados y que podría
extenderse a todos los que constituyen este inmenso transtorno social
que ha sufrido España. Se refiere a la posible de que, "de no haberse
producido el alzamiento, no se hubiese alterado la paz pública": "A
pesar de los desmanes de los rojos -leemos- queda en pie la verdad que
si Franco no se hubiese alzado, los centenares o millones de sacerdotes
que han sido asesinados hubiesen conservado la vida y hubiesen
continuado haciendo en las almas la obra de Dios". No podemos suscribir
esta afirmación, testigo como somos da la situación de España al
estallar el conflicto. La verdad es lo contrario; porque es cosa
documentalmente probada que en el minucioso proyecto de la revolución
marxista que se gestaba, y que habría estallado en todo el país, si en
gran parte de él no lo hubiese impedido el movimiento cívico-militar,
estaba ordenado el exterminio del clero católico, como el de los
derechistas calificados, como la sovietización de las industrias y la
implantación del comunismo. Era por Enero último cuando un dirigente
anarquista decía al mundo por radio: "Hay que decir las cosas tal y como
son, y la verdad no es otra que la de que los militares se nos
adelantaron para evitar que llegáramos a desencadenar la revolución".
Quede,
pues, asentado, como primera afirmación de este Escrito, que un
quinquenio de continuos atropellos de los súbditos españoles en el orden
religioso y social puso en gravísimo peligro la existencia misma del
bien público y produjo enorme tensión en el espíritu del pueblo español;
que estaba en la conciencia nacional que, agotados va los medios
legales, no había más recurso que el de la fuerza para sostener el orden
y la paz; que poderes extraños a la autoridad tenida por legítima
decidieron subvertir el orden constituido e implantar violentamente el
comunismo; y, por fin, que por lógica fatal de los hechos no le quedaba a
España mas que esta alternativa: o sucumbir en la embestida definitiva
del comunismo destructor, ya planeada y decretada, como ha ocurrido en
la regiones donde no triunfó el movimiento nacional, o intentar, es
esfuerzo titánico de resistencia, librarse del terrible enemigo y salvar
los principio fundamentales de su vida social y de sus características
nacionales.
5º. El alzamiento militar y la revolución comunista
El
18 de Julio del año pasado se realizó el alzamiento militar y estalló
la guerra que aún dura. Pero nótese, primero, que la sublevación militar
no se produjo, ya desde sus comienzos, sin colaboración con el pueblo
sano, que se incorporó en grandes masas al movimiento que, por ello,
debe calificarse de cívico-militar; y segundo, que este movimiento y la
revolución comunista son dos hechos que no pueden separarse, si se
quiere enjuiciar debidamente la naturaleza de la guerra. Coincidentes en
el mismo momento inicial del choque, marcan desde el principio la
división profunda de las dos Españas que se batirán en los campos de
batalla.
Aún hay más: el movimiento no se produjo sin
que los que lo iniciaron intimaran previamente a los poderes públicos a
oponerse por los recursos legales a la revolución marxista inminente. La
tentativa fue ineficaz y estalló el conflicto, chocando las fuerzas
cívico-militares, desde el primer instante, no tanto con las fuerzas
gubernamentales que intentaran reducirlo como con la furia desencadenada
de unas milicias populares que, al amparo, por lo menos, de la
pasividad gubernamental, encuadrándose en los mandos oficiales del
ejército y utilizando, a más del que ilegítimamente poseían, el
armamento de los parques del Estado, se arrojaron como avalancha
destructora contra todo lo que constituye un sostén en la sociedad.
Esta
es la característica se la reacción obrada en el campo gubernamental
contra el alzamiento cívico-militar. Es, ciertamente, un contraataque
por parte de las fuerzas fieles al Gobierno; pero es, ante todo, una
lucha en comandita con las fuerzas anárquicas que se sumaron a ellas y
que con ellas pelearán juntas hasta el fin de la guerra. Rusia, lo sabe
el mundo, se injertó en el ejército gubernamental tomando parte en sus
mandos, y fue a fondo, aunque conservándose la apariencia del Gobierno
del Frente Popular, a la implantación del régimen comunista por la
subversión del orden social establecido. Al juzgar de la legitimidad del
Movimiento Nacional, no podrá prescindirse de la intervención, por la
parte contraria, de estas "milicias anárquicas incontrolables" -es
palabra de un ministro del Gobierno de Madrid- cuyo poder hubiese
prevalecido sobre la nación.
Y porque Dios es el más
profundo cimiento de una sociedad bien ordenada -lo era de la nación
española-, la revolución comunista, aliada de los ejércitos del
Gobierno, fue, sobre todo, antidivina. Se cerraba así el ciclo de la
legislación laica de la Constitución de 1931 con la destrucción de
cuanto era cosa de Dios. Salvamos toda intervención personal de quienes
no han militado conscientemente bajo este signo; sólo trazamos la
trayectoria general de los hechos.
Por esto se produjo
en el alma una reacción de tipo religioso, correspondiente a la acción
nihilista y destructora de los sin-Dios. Y España quedó dividida en dos
grandes bandos militantes; cada uno de ellos fue como el aglutinante de
cada una de las dos tendencias profundamente populares; y a su
alrededor, y colaborando con ellos, polarizaron, en forme de milicias
voluntarias y de asistencia y servicios de retaguardia, las fuerzas
opuestas que tenían divida a la nación.
La guerra es,
pues, como un plebiscito armado. La lucha blanca de los comicios de
Febrero de 1936, en que la falta de conciencia política del gobierno
nacional dio arbitrariamente a las fuerzas revolucionarias un triunfo
que no había logrado en las urnas, se transformó, por la contienda
cívico-militar, en la lucha cruenta de un pueblo partido en dos
tendencias: la espiritual, del lado de los sublevados, que salió a la
defensa del orden, la paz social, la civilización tradicional y la
Patria, y muy ostensiblemente, en un gran sector, para la defensa de la
Religión; y de la otra parte, la materialista, llámese marxista,
comunista o anarquista, que quiso sustituir la vieja civilización de
España, con todos sus factores, por la novísima "civilización" de los
soviets rusos.
Las ulteriores complicaciones de la
guerra no han variado más que accidentalmente su carácter: el
Internacionalismo comunista ha corrido al territorio español en ayuda
del ejército y pueblo marxista; como, por la natural exigente de la
defensa y por consideraciones de carácter internacional, han venido en
ayuda de la España tradicional armas y hombres de otros países
extranjeros. Pero los núcleos nacionales siguen igual aunque la
contienda, siendo profundamente popular, haya llegado a revestir
caracteres de la lucha internacional.
Por esto,
observadores perspicaces han podido escribir estas palabras sobre
nuestra guerra: "Es una carrera de velocidad entre el bolchevismo y la
civilización cristiana". "Una etapa nueva y tal vez decisiva en la lucha
entablada entre la Revolución y el Orden". "Una lucha internacional en
un campo de batalla nacional; el comunismo libra en la Península una
formidable batalla, de la que depende la suerte de Europa".
No
hemos hecho más que un esbozo histórico, del que deriva esta
afirmación: El Alzamiento cívico-militar fue en su origen un movimiento
nacional de defensa de los principios fundamentales de toda sociedad
civilizada; en su desarrollo, lo ha sido contra la anarquía coaligada
con las fuerzas al servicio de un gobierno que no supo o no quiso
titular aquellos principios.
Consecuencia de esta afirmación son las conclusiones siguientes:
Primera:
Que
la Iglesia, a pesar de su espíritu de paz, y de no haber querido la
guerra ni haber colaborado en ella, no podía ser indiferente en la
lucha: se lo impedía su doctrina y su espíritu el sentido de
conservación y la experiencia de Rusia. De una parte se suprimía a Dios,
cuya obra ha de realizar la Iglesia en el mundo, y se causaba a la
misma un daño inmenso en personas, cosas y derechos, como tal vez no la
haya sufrido institución alguna en la historia; de la otra, cualesquiera
que fuesen los humanos defectos, estaba el esfuerzo por la conservación
del viejo espíritu, español y cristiano.
Segunda:
La
Iglesia, con ello, no ha podido hacerse solidaria de conductas,
tendencias o intenciones que, en el presente o en lo porvenir, pudiesen
desnaturalizar la noble fisonomía del Movimiento Nacional, en su origen,
manifestaciones y fines.
Tercera:
Afirmamos
que el levantamiento cívico-militar ha tenido en el fondo de la
conciencia popular de un doble arraigo: el del sentido patriótico, que
ha visto en él la única manera de levantar a España y evitar su ruina
definitiva; y el sentido religioso, que lo consideró como la fuerza que
debía reducir a la impotencia a los enemigos de Dios, y como la garantía
de la continuidad de su fe y de la práctica de su religión.
Cuarta:
Hoy,
por hoy, no hay en España más esperanza para reconquistar la justicia y
la paz y los bienes que de ellas deriva, que el triunfo del Movimiento
Nacional. Tal vez hoy menos que en los comienzos de la guerra, porque el
bando contrario, a pesar de todos los esfuerzos de sus hombres de
gobierno, no ofrece garantías de estabilidad política y social.
6º. Caracteres de la revolución comunista
Puesta
en marcha la revolución comunista, conviene puntualizar sus caracteres.
Nos ceñimos a las siguientes afirmaciones, que derivan del estudio de
hechos plenamente probados, muchos de los cuales constan en
informaciones de toda garantía, descriptivas y gráficas, que tenemos a
la vista. Notamos que apenas hay información debidamente autorizada más
que del territorio liberado del dominio comunista. Quedan todavía bajo
las armas del ejército rojo, en todo o parte, varias provincias; se
tiene aún escaso conocimiento de los desmanes cometidos en ellas, los
más copiosos y graves.
Enjuiciando globalmente los
excesos de la revolución comunista española afirmamos que en la historia
de los pueblos occidentales no se conoce un fenómeno igual de vesania
colectiva, ni un cúmulo semejante, producido en pocas semanas, de
atentados cometidos contra los derechos fundamentales de Dios, de la
sociedad y de la persona humana. Ni sería fácil, recogiendo los hechos
análogos y ajustando sus trazos característicos para la composición de
figuras de crimen, hallar en la historia una época o un pueblo que
pudieran ofrecernos tales y tantas aberraciones. Hacemos historia, sin
interpretaciones de carácter psicológico o social, que reclamarían
particular estudio. La revolución anárquica ha sido 'excepcional en la
historia'.
Añadimos que la hecatombe producida en
personas y cosas por la revolución comunista fue 'premeditada'. Poco
antes de la revuelta habían llegado de Rusia 79 agitadores
especializados. La Comisión Nacional de Unificación Marxista, por los
mismos días ordenaba la constitución de las milicias revolucionarias en
todos los pueblos. La destrucción de las iglesias, o a lo menos, de su
ajuar, fue sistemática y por series. En el breve espacio de un mes se
habían inutilizado todos los templos para el culto. Ya en 1931 la Liga
Atea tenía en su programa un articulo que decía: 'Plebiscito sobre el
destino que hay que dar a las iglesias y casas parroquiales'; y uno de
los Comités provinciales daba esta norma: 'El local o locales destinados
hasta ahora al culto destinarán a almacenes colectivos, mercados
públicos, bibliotecas populares, casas de baños o higiene pública, etc.;
según convenga a las necesidades de cada pueblo'. Para la eliminación
de personas destacadas que se consideraban enemigas de la revolución se
habían formado previamente las "listas negras" . En algunas, y en primer
lugar, figuraba el Obispo. De los sacerdotes decía un jefe comunista,
ante la actitud del pueblo que quería salvar a su párroco: "Tenemos
orden de quitar toda su semilla".
Prueba elocuentísima
de que de la destrucción de los templos y la matanza de los sacerdotes,
en forma totalitaria fue cosa premeditada, es su número espantoso.
Aunque son prematuras las cifras, contamos unas 20.000 iglesias y
capillas destruidas o totalmente saqueadas. Los sacerdotes asesinados,
contando un promedio del 40 por 100 en las diócesis desbastadas en
algunas llegan al 80 por 100 sumarán, sólo del clero secular, unos
6.000. Se les cazó con perros, se les persiguió a través de los montes;
fueron buscados con afán en todo escondrijo. Se les mató sin perjuicio
las más de las veces, sobre la marcha, sin más razón que su oficio
social.
Fue "cruelísima" la revolución. Las formas de
asesinato revistieron caracteres de barbarie horrenda. En su número: se
calculan en número superior de 300.000 los seglares que han sucumbido
asesinados, sólo por sus ideas políticas y especialmente religiosas: en
Madrid, y en los tres meses primeros, fueron asesinados más de 22.000.
Apenas hay pueblo en que no se haya eliminado a los más destacados
derechistas. Por la falta de forma: sin acusación, sin pruebas, las más
de las veces sin juicio. Por los vejámenes: a muchos se les han amputado
los miembros o se les ha mutilado espantosamente antes de matarlos; se
les han vaciados los ojos, cortado la lengua, abierto en canal, quemado o
enterrado vivos, matado a hachazos. La crueldad máxima se ha ejercido
en los ministros de Dios. Por respeto y caridad no queremos puntualizar
más.
La revolución fue "inhumana". No se ha respetado
el pudor de la mujer, ni aún la consagrada a Dios por sus votos. Se han
profanado las tumbas y cementerios. En el famoso monasterio románico de
Ripoll se han destruido los sepulcros, entre los que había el de Wifredo
el Velloso, conquistador de Cataluña, y el del Obispo Morgades,
restaurador del célebre cenobio. En Vich se ha profanado la tumba del
gran Balmes y leemos que se ha jugado al fútbol con el cráneo del gran
Obispo Torras y Bages. En Madrid y en el cementerio viejo de Huesca se
han abierto centenares de tumbas para despojar a los cadáveres del oro
de sus dientes o de sus sortijas. Algunas formas de martirio suponen la
subversión o supresión del sentido de humanidad.
La
revolución fue "bárbara", en cuanto destruyó la obra de civilización de
siglos. Destruyó millares de obras de arte, muchas de ellas de fama
universal. Saqueó o incendió los archivos imposibilitando la rebusca
histórica y la prueba instrumental de los hechos jurídico y social.
Quedan centenares de telas pictóricas acuchilladas, de esculturas
mutiladas, de maravillas arquitectónicas para siempre deshechas. Podemos
decir que el caudal de arte, sobre todo religioso, acumulado en siglos,
ha sido estúpidamente destrozado en unas semanas, en las regiones
dominadas por los comunistas. Hasta el Arco de Bará, en Tarragona, obra
romana que había visto veinte siglos, llevó la dinamita su acción
destructora. Las famosas colecciones de arte de la Catedral de Toledo,
del Palacio de Liria, del Museo del Prado, han sido torpemente
expoliadas. Numerosas bibliotecas han desaparecido. Ninguna guerra,
ninguna invasión bárbara, ninguna conmoción social, en ningún tiempo:
una organización sabia, puesta al servicio de un terrible propósito de
aniquilamiento, concentrado contra las cosas de Dios, y los modernos
medios de locomoción y destrucción al alcance de toda mano criminal.
Conculcó
la revolución lo más elementales principios del "derecho de gentes".
Recuérdense las cárceles de Bilbao, donde fueron asesinados por las
multitudes, en forma inhumana, centenares de presos, las represalias
cometidas en los rehenes custodiados en buques y prisiones, sin más
razón que un contratiempo de guerra; los asesinatos en masa, atados los
infelices prisioneros e irrigados con el chorro de balas de las
ametralladoras; el bombardeo de ciudades indefensas, sin objetivo
militar.
La revolución fue esencialmente
"antiespañola". La obra destructora se realizó a los giros de "¡Viva
Rusia!", a la sombra de la bandera internacional comunista. Las
inscripciones murales, la apología de personajes forasteros, los mandos
militares en manos de jefes rusos, el expolio de la nación a favor de
extranjeros, el himno internacional comunista, son prueba sobrada del
odio al espíritu nacional y al sentido de patria.
Pero,
sobre todo, la revolución fue "anticristiana". No creemos que en la
historia del Cristianismo y en el espacio de unas semanas se haya dado
explosión semejante, en todas las formas de pensamiento, de voluntad y
de pasión, del odio contra Jesucristo y su religión sagrada. Tal ha sido
el sacrilegio estrago que ha sufrido la Iglesia en España, que el
delegado de los rojos españoles enviado al Congreso de los "sin-Dios",
en Moscú, pudo decir: "España ha superado en mucho la obra de los
Soviets, por cuanto la Iglesia en España ha sido completamente
aniquilada".
Contamos los mártires por millares; su
testimonio es una esperanza para nuestra pobre patria; pero casi no
hallaríamos en el Martirologio romano una forma de martirio no usada por
el comunismo, sin exceptuar la crucifixión; y en cambio hay formas
nuevas de tormento que han consentido las sustancias y máquinas
modernas.
El odio a Jesucristo y a la Virgen ha llegado
al paroxismo, y en los centenares de Crucifijos acuchillados, en las
imágenes de la Virgen bestialmente profanadas, en los pasquines de
Bilbao en que se blasfemaba sacrílegamente de la Madre de Dios, en la
infame literatura de las trincheras rojas, en que se ridiculizan los
divinos misterios, en la reiterada profanación de las Sagradas Formas,
podemos adivinar el odio del infierno encarnado en nuestros infelices
comunistas. "Tenía jurado vengarme de ti", le decía uno de ellos al
Señor encerrado en el Sagrario; y encañonado la pistola disparó contra
él, diciendo: "Ríndete a los rojos; ríndete al marxismo".
Ha
sido espantosa la profanación de las sagradas reliquias: han sido
destrozados o quemados los cuerpos de San Narciso, San Pascual Bailón,
la Beata Beatriz de Silva, San Bernardo Calvó y otros. Las formas de
profanación son inverosímiles, y casi no se conciben sin subestación
diabólica. Las campanas han sido destrozadas y fundidas. El culto,
absolutamente suprimido en todo el territorio comunista, si se exceptúa
una pequeña porción del norte. Gran número de templos. Entre ellos
verdaderas joyas de arte, han sido totalmente arrasados: en esta obra
inicua se ha obligado a trabajar a pobres sacerdotes. Famosas imágenes
de veneración secular han desaparecido para siempre, destruidas o
quemadas. En muchas localidades la autoridad ha obligado a los
ciudadanos a entregar todos los objetos religiosos de su pertenencia
para destruirlos públicamente: pondérese lo que esto representa en el
orden del derecho natural, de los vínculos de familia y de la violencia
hecha a la conciencia cristiana.
Nos seguimos,
venerables Hermanos, en la crítica de la actuación comunista en nuestra
patria, y dejamos a la historia la fiel narración de los hechos en ella
acontecidos. Si se nos acusaran de haber señalado en forma tan cruda
estos estigmas de nuestra revolución, nos justificaríamos con el ejemplo
de San Pablo, que no duda en vindicar con palabras tremendas la memoria
de los profetas de Israel y que tiene durísimos calificativos para los
enemigos de Dios; o con el de nuestro Santísimo Padre que, en su
Encíclica sobre el Comunismo ateo habla de "una destrucción tan
espantosa, llevada a cabo, en España, con un odio, una barbarie y una
ferocidad que no se hubiese creído posible en nuestro siglo".
Reiteramos
nuestra palabra de perdón para todos y nuestro propósito de hacerles el
bien máximo que podamos. Y cerramos este párrafo con estas palabras del
"Informe Oficial" sobre las ocurrencias de la revolución en sus tres
primeros meses: "No se culpe al pueblo español de otra cosa más que de
haber servido el instrumento para la perpetración de estos delitos"...
Este odio a la religión y a las tradiciones patrias, de las que eran
exponente y demostración tantas cosas para siempre perdidas, 'llegó de
Rusia, exportando por orientales de espíritu perverso". En descargo de
tantas víctimas, alucinadas por "doctrinas de demonios", digamos que al
morir, sancionados por la ley, nuestros comunistas se han reconciliado
en su inmensa mayoría con el Dios de sus padres. En Mallorca han muerto
impenitentes sólo un dos por ciento; en las regiones del sur no más de
un veinte por ciento, y en las del norte no llegan tal vez al diez por
ciento. Es prueba del engaño de que ha sido víctima nuestro pueblo.
7º. El movimiento nacional: sus caracteres
Demos
ahora un esbozo del carácter del movimiento llamado "Nacional". Creemos
justa esta denominación. Primero, por su espíritu; porque la Nación
española estaba disociada, en su inmensa mayoría, de una situación
estatal que no supo encarnar sus profundas necesidades y aspiraciones; y
el movimiento fue aceptado como una esperanza en toda la nación; en las
regiones no liberadas sólo espera romper la coraza de las fuerzas
comunistas que le oprimen. Es también nacional por su objetivo, por
cuanto tiende a salvar y sostener para lo futuro las esencias de un
pueblo organizado en un Estado que sepa continuar dignamente su
historia. Expresamos una realidad y un anhelo general de los ciudadanos
españoles; no indicamos los medios para realizarlo.
El
movimiento ha fortalecido el sentido de Patria, contra el exotismo de
las fuerzas que le son contrarias. La patria implica una paternidad; es
el ambiente moral, como de una familia dilatada, en que logra el
ciudadano su desarrollo total; y el Movimiento Nacional ha determinado
una corriente de amor que se ha concentrado alrededor del nombre y de la
sustancia histórica de España, con aversión de los elementos forasteros
que nos acarrearon la ruina. Y como el amor patrio, cuando se ha
sobrenaturalizado por el amor de Jesucristo, nuestro Dios y Señor, toca
las cumbres de la caridad cristiana, hemos visto una explosión de
verdadera caridad que ha tenido su expresión máxima en la sangre de
millares de españoles que le han dado la grito de "¡Viva España!",
"¡Viva Cristo Rey!"
Dentro del Movimiento Nacional se
ha producido el fenómeno, maravilloso, del martirio -verdadero martirio,
como ha dicho el Papa- de millares de españoles, sacerdotes, religiosos
y seglares; y este testimonio de sangre deberá condicionar en lo
futuro, so pena de inmensa responsabilidad política, la actuación de
quienes, depuestas las armas, hayan de construir el nuevo estado en el
sosiego de la paz.
El movimiento ha garantizado el
orden en el territorio por él dominado. Contraponemos la situación de
las regiones en que ha prevalecido el Movimiento Nacional a las
denominadas aún por los comunistas. De estas puede decirse la palabra
del Sabio: "Ubi non est gubérnator, dissipábitur pópulus"; sin
sacerdotes, sin templos, sin culto, sin hambre y la miseria. En cambio,
en medio del esfuerzo y del dolor terrible de la guerra, las otras
regiones viven en la tranquilidad del orden interno, bajo la tutela de
una verdadera autoridad, que es el principio de la justicia, de la paz y
del progreso que prometen la fecundidad de la vida social. Mientras en
la España marxista se vive sin Dios, en las regiones indemnes o
reconquistadas se celebra profusamente el culto divino y pululan y
florecen nuevas manifestaciones de la vida cristiana.
Esta
situación permite esperar un régimen de justicia y paz para el futuro.
No queremos aventurar ningún presagio. Nuestros males son gravísimos. La
relajación de los vínculos sociales; las costumbres de una política
corrompida; el desconocimiento de los deberes ciudadanos; la escasa
formación de una conciencia íntegramente católica; la división
espiritual en orden a la solución de nuestros grandes problemas
nacionales; la eliminación, por asesinato cruel, de millares de hombres
selectos llamados por su estado y formación a la obra de la
reconstrucción nacional; los odios y la escasez que son secuelas de toda
guerra civil; la ideología extranjera sobre el Estado, que tiende a
descuajarle la idea y de las influencias cristianas; serán dificultad
enorme para hacer una España nueva injertada en el tronco de nuestra
vieja historia y vivificada por su savia. Pero tenemos la esperanza de
que, imponiéndose con toda su fuerza el enorme sacrificio realizado,
encontraremos otra vez nuestro verdadero espíritu nacional. Entramos en
él paulatinamente por una legislación en que predomina el sentido
cristiano en la cultura, en la moral, en la justicia social y en el
honor y culto que se debe a Dios.
Quiera Dios ser en España el primer bien servido, condición esencial para que la nación sea verdaderamente bien servida.
8º. Se responde a unos reparos
No
llenaríamos el fin de esta Carta, Venerables Hermanos, si no
respondiéramos a algunos reparos que se nos han hecho desde el
extranjero.
Se ha acusado a la Iglesia de "haberse
defendido contra un movimiento popular haciéndose fuerte en sus templos"
y siguiéndose de aquí la matanza de sacerdotes y la ruina de las
iglesias. Decimos que no. La irrupción contra los templos fue súbita,
casi simultánea en todas las regiones, y coincidió con la matanza de
sacerdotes. Los templos ardieron porque eran casas de Dios, y los
sacerdotes fueron sacrificados porque eran ministros de Dios. La prueba
es copiosísima. La Iglesia no ha sido agresora. Fue la primera
bienhechora del pueblo, inculcando la doctrina y fomentando las obras de
justicia social. Ha sucumbido -donde ha dominado el comunismo
anárquico- víctima inocente, pacífica, indefensa.
Nos
requieren del extranjero para que digamos si es cierto que "la iglesia
en España era propietaria del tercio del territorio nacional, y que el
pueblo se ha levantado para librarse de su opresión". Es acusación
ridícula. La Iglesia no poseía más que pocas e insignificantes parcelas,
casas sacerdotales y de educación, y hasta de esto se había útilmente
incautado el Estado. Todo lo que posee la Iglesia en España no llenaría
la cuarta parte de sus necesidades, y responde a sacratísimas
obligaciones.
Se le imputa a la Iglesia la nota de
"temeridad y partidismo" al "mezclarse en la contienda que tiene
dividida a la nación". La Iglesia se ha puesto siempre del lado de la
justicia y de la paz, y ha colaborado con los poderes del Estado, en
cualquier situación, al bien común. No se ha atado a nadie, fuesen
partidos, personas o tendencias. Situada por encima de todos y de todo,
ha cumplido sus deberes de adoctrinar y exhortar a la caridad, sintiendo
pena profunda por haber sido perseguida y repudiada por gran número de
sus hijos extraviados. Apelamos a los copiosos escritos y hechos que
abonan estas afirmaciones.
Se dice que "esta guerra es
de clases, y que la Iglesia se ha puesto del lado de los ricos". Quienes
conocen sus causas y naturaleza saben que no. Que aún reconociendo
algún descuido en el cumplimiento de los deberes de justicia y caridad,
que la Iglesia ha sido la primera en urgir, las clases trabajadoras
estaban fuertemente protegidas por la ley, y la nación había entrado por
el franco camino de una mejor distribución de la riqueza. La lucha de
clases es más virulenta en otros países que en España. Precisamente en
ella se ha librado de la guerra horrible gran parte de las regiones más
pobres, y se ha ensañado más donde ha sido mayor el coeficiente de la
riqueza y del bienestar del pueblo. Ni pueden echarse en el olvido
nuestra avanzada legislación social y nuestras prósperas instituciones
de beneficencia y asistencia pública y privada, de abolengo español, y
cristiano. El pueblo fue engañado con promesas irrealizables,
incompatibles no sólo con la vida económica del país, sino con cualquier
clase de vida económica organizada. Aquí está la bienandanza de las
regiones indemnes, y la miseria, que se adueñó ya de las que han caído
bajo el dominio comunista.
"La guerra de España, dice,
no es más que un episodio de la lucha universal entre la democracia y el
estatismo; el triunfo del movimiento nacional llevará a la nación a la
esclavitud del Estado. La Iglesia de España -leemos en una revista
extranjera- ante el dilema de la persecución por el Gobierno de Madrid o
la servidumbre a quienes representan tendencias políticas que nada
tiene de cristiano, ha optado por la servidumbre". No es éste el dilema
que se ha planteado a la Iglesia en nuestro país, sino éste: La Iglesia,
antes de perecer totalmente en manos del comunismo, como ha ocurrido en
las regiones por él dominadas, se siente amparada por un poder que
hasta ahora ha garantizado los principios fundamentales de toda
sociedad, sin miramiento ninguno a sus tendencias políticas.
Cuanto
a lo futuro, no podemos predecir lo que ocurrirá al final de la lucha.
Sí que afirmamos que la guerra no se ha emprendido para levantar un
Estado autócrata sobre una nación humillada, sino para que resurja el
espíritu nacional con la pujanza y la libertad cristiana de los tiempos
viejos. Confiamos en la prudencia de los hombres de gobierno, que no
querrán aceptar moldes extranjeros para la configuración del Estado
español futuro, sino que tendrán en cuenta las exigencias de la vida
íntima nacional y la trayectoria marcada por los siglos pasados. Toda
sociedad bien ordenada basa sobre principios profundos y de ellos vive,
no de aportaciones adjetivas y extrañas, discordes con el espíritu
nacional. La vida es más fuerte que los programas, y un gobernante
prudente no impondrá un programa que violente las fuerzas íntimas de la
nación. Seríamos los primeros en lamentar que la autocracia
irresponsable de un parlamento fuese sustituida por la más terrible de
una dictadura desarraigada de la nación. Abrigamos la esperanza legítima
de que no será así. Precisamente lo que ha salvado a España en el
gravísimo momento actual ha sido la persistencia de los principios
seculares que han informado nuestra vida y el hecho de que un gran
sector de la nación se alzara para defenderlos. Sería un error quebrar
la trayectoria espiritual del país, y no es de creer que se caiga en él.
Se
imputan a los dirigentes del Movimiento Nacional crímenes semejantes a
los cometidos por los del Frente Popular. "El ejército blanco, leemos en
acreditada revista católica extranjera, recurre a medios
injustificados, contra los que debemos protestar... El conjunto de
informaciones que tenemos indica que el terror blanco reina en la España
nacionalista con todo el horror que representan casi todos los terrores
revolucionarios... Los resultados obtenidos parecen despreciables al
lado del desarrollo de crueldad metódicamente organizada de que hacen
prueba las tropas". El respetable articulista está malísimamente
informado. Tiene toda guerra sus excesos; los habrá tenido, sin duda, el
movimiento nacional; nadie se defiende con total serenidad de las cosas
arremetidas de un enemigo sin entrañas. Reprobando en nombre de la
justicia y de la caridad cristianas todo exceso que se hubiese cometido,
por error o por gente subalterna y que metódicamente ha abultado la
información extranjera, decimos que el juicio que rectificamos no
responde a la verdad, y afirmamos que va una distancia enorme,
infranqueable, y entre los principios de justicia, de su administración y
de la forma de aplicarla entre una y otra parte. Más bien diríamos que
la justicia del Frente Popular ha sido una historia horrible de
atropellos a la justicia, contra Dios, la sociedad y los hombres. No
puede haber justicia cuando se elimina a Dios, principio de toda
justicia. Matar por matar, destruir por destruir; expoliar al adversario
no beligerante, como principio de actuación cívica y militar, he aquí
lo que se puede afirmar de los unos con razón y no se puede imputar a
los otros sin injusticia.
Dos palabras sobre el
problema de nacionalismo vasco, tan desconocido y falseado y del que se
ha hecho arma contra el Movimiento Nacional: Toda nuestra admiración por
las virtudes cívicas y religiosas de nuestros hermanos vascos. Toda
nuestra caridad por la gran desgracia que les aflige, que consideramos
nuestra, porque es de la Patria. Toda nuestra pena por la ofuscación que
han sufrido sus dirigentes en un momento grave de su historia. Pero
toda nuestra reprobación por haber desoído la voz de la Iglesia y tener
realidad en ellos las palabras del Papa en su Encíclica sobre el
comunismo:
- "Los agentes de destrucción, que no son tan numerosos,
aprovechándose de estas discordias (la de los católicos), las hacen más
estridentes, y acaban por lanzar a la lucha a los católicos los unos a
los otros".
- "Los que trabajando por aumentar las disensiones entre católicos
toman sobre sí una terrible responsabilidad, ante Dios y ante la
Iglesia".
- "El comunismo es intrínsecamente perverso, y no se puede admitir que
colaboren con él, en ningún terreno, los que quieren salvar la
civilización cristiana".
- "Cuanto las regiones, donde el comunismo consigue penetrar, más se
distingan por la antigüedad y grandeza de su civilización cristiana,
tanto más devastador se manifestará allí el odio de los 'sin - Dios'".
En una revista extranjera de gran circulación se
afirma que "el pueblo se ha separado en España del sacerdote porque éste
se recluta en la clase señoril; y que no quiere bautizar a sus hijos
por los crecidos derechos de administración del Sacramento". A lo
primero respondemos que las vocaciones en los distintos Seminarios de
España están reclutados en la siguiente forma:
Número total de seminaristas en 1935: 7401;
Nobles, 6;
Ricos, con un capital superior de 10.000 pesetas, 115;
Pobres, o casi pobres, 7280.
A
lo segundo, que antes del cambio de régimen no llegaban los hijos de
padres católicos no bautizados al uno por diez mil; el arancel es
modicísimo, y nulo para los pobres.
9º. Conclusión
Cerramos,
Venerables Hermanos, esta ya larga Carta rogándoos nos ayudéis a
lamentar la gran catástrofe nacional de España, en que se han perdido,
con la justicia y la paz, fundamento del bien común y de aquella vida
virtuosa de la Ciudad de que nos habla el Angélico, tantos valores de
civilización y de vida cristiana. El olvido de la Verdad y de la virtud,
en el orden político, económico y social, nos ha acarreado esta
desgracia colectiva. Hemos sido mal gobernados, porque, como dice Santo
Tomás, "Dios hace reinar el hombre hipócrita por causa de los pecados
del pueblo".
A vuestra piedad, añadid la caridad de
vuestras oraciones y las de vuestros fieles; para que aprendamos la
lección del castigo con que Dios nos ha probado: para que se reconstruya
pronto nuestra Patria y pueda llenar sus destinos futuros, de que son
presagio los que ha cumplido en siglos anteriores; para que se contenga,
con el esfuerzo y las oraciones de todos, esta inundación de comunismo
que tiende a anular al Espíritu de Dios y al espíritu del hombre, únicos
polos que han sostenido las civilizaciones que fueron.
Y
completad vuestra obra con la caridad de la verdad sobre las cosas de
España. "Non est addénda afflíctio afflíctis"; a la pena por lo que
sufrimos se ha añadido la de no haberse comprendido nuestros
sufrimientos. Más, la de aumentarlos con la mentira, con la insidia, con
la interpretación torcida de los hechos. No se nos ha hechos siquiera
el honor de considerarnos víctimas. La razón y la justicia se han pesado
en la misma balanza que la sinrazón o la injusticia, tal vez la mayor
que han visto los siglos. Se ha dado el mismo crédito al periódico
asalariado, al folleto procaz o al escrito del español prevaricador, que
ha arrastrado por el mundo con vilipendio el nombre de su Madre Patria,
que a la voz de los Prelados, al concienzudo estudio del moralista o a
la relación auténtica del cúmulo de hechos que son afrenta de la humana
historia. Ayudadnos a difundir la Verdad. Sus derechos son
imprescriptibles, sobre todo cuando se trata del honor de un pueblo, de
los prestigios de la Iglesia, de la salvación del mundo. Ayudadnos con
la divulgación del contenido de estas Letras, vigilando la prensa y la
propaganda católica, rectificando los errores de la indiferente o
adversa. El hombre enemigo ha sembrado copiosamente la cizaña: ayudadnos
a sembrar profusamente la buena semilla.
Consentidnos
una declaración última. Dios sabe que amamos en las entrañas de Cristo y
perdonamos de todo corazón a cuantos, sin saber lo que hacían, han
inferido daño gravísimo a la Iglesia y a la Patria. Son hijos nuestros.
Invocamos ante Dios y a favor de ellos los méritos de nuestros mártires,
de los diez Obispos y de los miles de sacerdotes y católicos que
murieron perdonándoles, así como el dolor, como de mar profundo, que
sufre nuestra España. Rogad para que en nuestra Patria se extingan los
odios, se acerquen las almas y volvamos a ser todos unos en los vínculos
de la caridad. Acordaos de nuestros Obispos asesinados, de tantos
millares de sacerdotes, religiosos y seglares selectos que sucumbieron
sólo porque las milicias escogida de Cristo; y pedid al Señor que dé
fecundidad a su sangre generosa. De ninguno de ellos se sabe que
claudicara en la hora del martirio; por millares dieron altísimos
ejemplos de heroísmo. Es gloria inmarcesible de nuestra España.
Ayudadnos a orar, y sobre nuestra tierra, regada hoy con sangre de
hermanos, brillará otra vez el iris de la paz cristiana y se
reconstruirán a la par nuestra Iglesia, tan gloriosa, y nuestra Patria,
tan fecunda.
Y que la paz del Señor sea con todos
nosotros, ya que nos ha llamado a todos a la gran obra de la paz
universal, que es el establecimiento del Reino de Dios en el mundo por
la edificación del Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia, de la que nos ha
constituido Obispos y Pastores.
Os
escribimos desde España, haciendo memoria de los Hermanos difuntos y
ausentes de la Patria, en la fiesta de la Preciosísima Sangre de Nuestro
Señor Jesucristo, 1º de Julio de 1937.
ISIDRO, Card. GOMÁ Y TOMÁS, Arzobispo de Toledo;
EUSTAQUIO, Card. ILUNDAÍN Y ESTEBAN, Arzobispo de Sevilla;
PRUDENDIO, Arzobispo de Valencia;
MANUEL, Arzobispo de Burgos;
RIGOBERTO, Arzobispo de Zaragoza;
TOMÁS, Arzobispo de Santiago;
AGUSTÍN, Arzobispo de Granada, Administrador Apostólico de Almería, Guadix y Jaén;
ADOLFO, Obispo de Córdoba, Administrador Apostólico del Obispado-Priorato de Ciudad Real;
JOSÉ, Arzobispo-Obispo de Mallorca;
LEOPOLDO, Obispo de Madrid-Alcalá;
MANUEL, Obispo de Palencia;
ENRIQUE, Obispo de Salamanca;
VALENTÍN, Obispo de Solsona;
JUSTINO, Obispo de Urgel;
MIGUEL DE LOS SANTOS, Obispo de Cartagena;
FIDEL, Obispo de Calahorra;
FLORENCIO, Obispo de Orense;
RAFAEL, Obispo de Lugo;
FÉLIX, Obispo de Tortosa;
FR. ALBINO, Obispo de Tenerife;
JUAN, Obispo de Jaca;
JUAN, Obispo de Vich;
NICANOR, Obispo de Tarazona, Administrador Apostólico de Tudela;
JOSÉ, Obispo de Santander;
FELICIANO, Obispo de Plasencia;
ANTONIO, Obispo de Quersoneso de Creta, Administrador Apostólico de Ibiza;
LUCIANO, Obispo de Segovia;
MANUEL, Obispo de Zamora;
MANUEL, Obispo de Curio, Administrador Apostólico de Ciudad Rodrigo;
LINO, Obispo de Huesca;
ANTONIO, Obispo de Tuy;
JOSÉ MARÍA, Obispo de Badajoz;
JOSÉ, Obispo de Gerona;
JUSTO, Obispo de Oviedo;
FR. FRANCISCO, Obispo de Coria;
BENAJAMÍN, Obispo de Mondoñedo;
TOMÁS, Obispo de Osma;
FR. ANSELMO, Obispo de Teruel-Albarracín;
SANTOS, Obispo de Avila;
BALBINO, Obispo de Málaga;
MARCELINO, Obispo de Pamplona;
ANTONIO, Obispo de Canarias;
HILARIO YABEN. Vicario Capitular de Sigüenza;
EUGENIO DOMAICA, Vicario Capitular de Cádiz;
EMILIO F. GARCÍA, Vicario Capitular de Ceuta;
FERNANDO ÁLVAREZ, Vicario Capitular de León;
JOSÉ ZURITA, Vicario Capitular de Valladolid.