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sábado, 12 de septiembre de 2026

EL MAGISTERIO EXTRAORDINARIO DEL VATICANO II (Refutación montiniana al “Reconocer y resistir”)

Presentamos un documento que ha pasado “de agache” en el radar del debate sobre el Vaticano II (en parte porque su única versión conocida es el original latino en Acta Apostólicæ Sedis vol. 57 (1965), n.º 13, págs. 867-871), y que por primera vez presentamos íntegramente en español:
EXHORTACIÓN APOSTÓLICA “Postréma Séssio”, DONDE SE HACEN PROVISIONES PARA EL RESULTADO INMEDIATO DEL CONCILIO ECUMÉNICO VATICANO II

A todos los Obispos que están en paz y comunión con la Sede Apostólica.

Venerables hermanos, saludos y bendición apostólica.

La sesión final del Concilio Ecuménico Vaticano II está llegando a su fin. Pronto se disolverá la asamblea más extensa de su tipo, que se reunió hace cuatro años en la tumba del apóstol Pedro para atender las expectativas, los deseos y las necesidades más graves y urgentes del pueblo cristiano. Y vosotros, Venerables Hermanos, regresaréis finalmente a vuestras sedes, después de una larga y fructífera labor, con justa alegría porque, gracias a vuestro trabajo, se han preparado instrumentos beneficiosos para la verdadera renovación de la Iglesia y la unidad de todos los cristianos, y para el establecimiento de la paz y el orden de los asuntos humanos de una manera más digna.

Mientras el Concilio Ecuménico, casi concluido, parece traer un nuevo y abundante derramamiento de vida espiritual a la Iglesia y al mundo, no podemos sino exhortar con espíritu paternal a los fieles cristianos a que eleven súplicas más frecuentes y urgentes a Dios. Deseamos, Venerables Hermanos, que esa ferviente devoción a la oración, a la que hemos exhortado repetidamente a los hijos de la Iglesia a lo largo del Concilio, no solo no cese, sino que arda con mayor intensidad en este tiempo, cuando la obra del Concilio está llegando a su fin; para que en estos días toda la Iglesia, reunida en todo el mundo, como lo estuvieron en su día los Apóstoles junto con María, la Madre de Jesús, y nosotros en el Cenáculo (Hch. 1, 14), se una en fervientes oraciones con los sucesores de Pedro y los Apóstoles, para obtener un nuevo Pentecostés, por el cual el rostro de la Esposa de Cristo y la sociedad de los hombres se renueven salvíficamente por la gracia del Espíritu Santo.

Y, ante todo, debemos agradecer a Dios Todopoderoso, quien, a lo largo de la celebración del Concilio, nunca dejó de estar presente en el Concilio Ecuménico con su divino auxilio y la abundancia de luces celestiales. En efecto, al considerar la inmensa labor que el Concilio ha realizado hasta ahora, Nos sentimos verdaderamente impresionados por los numerosos puntos doctrinales propuestos por el Magisterio extraordinario de la Iglesia, así como por las normas de disciplina sabiamente impartidas, las cuales, fielmente conservadas en la tradición eclesiástica, abren nuevos caminos para la acción de la Iglesia y sin duda contribuirán enormemente al bien de las almas.

Sin embargo, si nos fijamos en la opinión general con la que los profanos han seguido la celebración del Concilio, no nos alegra menos observar que el Concilio Ecuménico ha atraído tanto los intereses y pensamientos de los hombres hacia sí mismo, que en nuestros tiempos las cuestiones y preceptos de la Iglesia parecen ser de suma importancia para todos los hombres de noble voluntad que buscan sinceramente la verdad y se esfuerzan por contribuir a la verdadera prosperidad de la humanidad; lo cual, en efecto, ofrece a la Iglesia la oportunidad de entablar un diálogo fructífero con el mundo, es decir, con los pueblos y hombres de todas las religiones y civilizaciones, para que pueda aportar sus esfuerzos conjuntos a salvaguardar los verdaderos bienes de los hombres y a resolver las cuestiones humanas de manera más apropiada según la doctrina del Evangelio.

En efecto, la Iglesia Católica ha brillado con luz propia ante todas las naciones, como una ciudad sobre una colina (Cf. Mt. 5, 14), guardiana invencible de las verdades divinas y la dignidad humana. Tampoco es difícil prever el futuro desarrollo de la vida religiosa que se derivará de ello, cuando el pueblo de Dios se vea cada vez más imbuido de ese aliento sagrado de renovación espiritual que el Concilio ha despertado en la Iglesia.

Todas estas cosas, si bien reconfortan dulcísimo a todos aquellos por cuya obra la «diversa gracia de Dios» (1.ª Pe. 4, 10) ha fluido abundantemente en las almas de los fieles cristianos, al mismo tiempo nos exhortan a esforzarnos con todas nuestras fuerzas para que ningún obstáculo retrase ese río desbordante de gracias celestiales que hoy «alegra la ciudad de Dios» (Sal. 45, 5), ni disminuya en modo alguno el fervor con el que la Iglesia está hoy tan animada. Esto podría suceder si, tras el tiempo de debates y la aprobación de las leyes, el celo apostólico de los santos Pastores disminuyera progresivamente y no prestaran la debida atención a los deberes propios de ese tiempo, que seguirán a la celebración del Concilio. Pues el éxito del Concilio y sus frutos más beneficiosos para la vida de la Iglesia dependerán, más que de la multiplicidad de leyes, de la diligencia y el empeño con que estas se pongan en práctica en el futuro. Por supuesto, será necesario, sobre todo para los fieles cristianos, preparar prudentemente sus mentes para recibir las nuevas normas; despertar la inercia de aquellos que se niegan a adaptarse al nuevo rumbo de las cosas; frenar la intemperancia de otros que se entregan a innovaciones privadas más de lo debido, y que de este modo pueden perjudicar considerablemente la obra de renovación iniciada; contener el cambio de disciplina dentro de los límites prescritos por la autoridad legítima; y, finalmente, infundir en la mente de todos confianza en los sagrados Pastores e instar a la plena obediencia, que es testimonio del verdadero amor a la Iglesia y, al mismo tiempo, la garantía más segura de unidad y de un resultado feliz.

Basta con mencionar brevemente estos puntos, Venerables Hermanos, para que comprendáis la gravedad e importancia de las responsabilidades que os esperan. Se emprenderá una obra de inmensa envergadura que exige prudencia, perseverancia y sabiduría en vuestros consejos; pero también exige, con igual ahínco, el esfuerzo conjunto, entusiasta y magnánimo, de toda la comunidad que ha sido confiada a cada uno de vosotros. Pues el Concilio Ecuménico, al conferir a la vida espiritual y ritual de todos los hijos de la Iglesia, no puede prescindir del esfuerzo común de todos.

En este esfuerzo conjunto, no cabe duda de que los dilectísimos sacerdotes serán de mayor ayuda para sus pastores que otros, especialmente aquellos consagrados al cuidado de las almas. El Concilio Ecuménico, al haber emitido normas providenciales al respecto, les ha proporcionado un instrumento incomparable para ejercer las funciones del sacerdocio con mayor dignidad y eficacia; por lo tanto, que quienes deseen recibirlo y usarlo, se comprometan con resoluciones más firmes y animadas a alcanzar la santidad y a desempeñar el sagrado ministerio con espíritu hábil y generoso. Por nuestra experiencia pastoral, sabemos bien cuántos obreros de Cristo, verdaderamente dignos, han trabajado diligentemente en el cultivo de la tierra del Señor; tampoco ignoramos las dificultades y los sufrimientos a los que están sometidas las vidas de muchos, a menudo transcurridas en soledad, pobreza y entre las mentes hostiles de los hombres. Que estos amados hijos nuestros sepan que el Vicario de Cristo dirige sus pensamientos a ellos y ora constantemente a Dios por ellos. Sus penas, que a menudo están ocultas, pueden estarlo para los hombres, pero no para Dios, quien les prepara una digna recompensa por sus labores en el cielo.

También confiamos especialmente en la valiosa labor que todas las familias religiosas aportarán a este propósito. Pues de la floreciente vida religiosa la Iglesia recupera gran parte de su vigor, de su celo apostólico, de su ardor por la santidad. Como siempre, ahora más que nunca, la Iglesia necesita el testimonio público y social que imparte la vida religiosa, así como la ayuda que se debe brindar al clero diocesano en su apostolado. Que los ejemplos de quienes verdaderamente han renunciado al mundo brillen cada vez más, y demuestren con claridad que el reino de Dios no es de este mundo (Cf. Jn. 18, 30); ni que el celo apostólico que los inflama se limite a los confines de su propia comunidad, sino que se abra a todas las necesidades espirituales que aquejan a nuestra época.

Finalmente, depositamos nuestra gran esperanza en los fieles laicos consagrados al apostolado, a quienes acogemos con afecto paternal. El hecho de que el Concilio Ecuménico haya querido contar con ellos en la labor que les ha sido encomendada, y haya descrito extensamente su lugar y funciones en la Iglesia, demuestra claramente la importancia de los roles que ahora deben asignarse a los laicos. En verdad, la actividad pastoral de los ministros sagrados no puede alcanzar sus objetivos si no va acompañada por la actividad de los laicos, cuya tarea es ayudar a la Iglesia a llevar a cabo su ministerio sagrado, proveer sacerdotes según sus capacidades en aquellos lugares que sufren escasez de clero, y también encontrar nuevas vías y métodos para que la Iglesia pueda transmitir con mayor eficacia el mensaje de salvación a la gente de nuestro tiempo. Por lo tanto, exhortamos a estos hijos nuestros con espíritu paternal a que estén a la altura de esta gran hora del Concilio Ecuménico y a que cumplan con entusiasmo la esperanza y la expectativa que la Iglesia ha depositado en sí misma.

Venerables Hermanos, tenemos la firme esperanza de que vuestros hijos en Cristo, así como han compartido vuestras inquietudes sobre el resultado del Concilio hasta ahora, orando, temblando, esperando y alegrándose, así también, cuando regreséis a vuestros hogares, querrán colmaros de alegría con la generosidad de su valiosa ayuda. En efecto, esperamos fervientemente que a vuestro regreso a vuestra patria no falten testimonios públicos de honor y expresiones de gratitud, como sin duda lo exige la gran obra que habéis realizado junto a Nos con la mayor prudencia, sabiduría y habilidad, y como corresponde a quienes han abierto nuevas metas para la Iglesia y, al mismo tiempo, han mostrado a los hombres con tanta autoridad el camino correcto de la dignidad humana, el amor fraterno, la unidad y la paz. Por vosotros se ha suscitado una gran esperanza en la Iglesia y en el mundo; bienaventurados los que os presten ayuda para nutrirla, fortalecerla y perfeccionarla.

Pero en la ardua y sumamente seria tarea que les corresponde después del Concilio, sabéis, Venerables Hermanos, cuán desiguales son las facultades del hombre. Por lo tanto, la ejecución de las leyes del Concilio solo traerá los frutos deseados de la Iglesia de esta manera, es decir, si la ayuda del Divino Redentor viene en su auxilio, quien dijo: «Sin mí nada podéis hacer» (Jn. 15, 5), y si la acción del Espíritu Santo continúa influyendo profundamente, iluminando y fortaleciendo las almas de los sagrados Pastores también en el futuro. Por consiguiente, las oraciones, en las que consiste la comunión vital de la Iglesia, de manera especial, las oraciones dirigidas al Espíritu Santo, cuyo deber es dirigir los pasos de los seguidores de Cristo, declaran el deber que se les impone ante todo en este último tiempo del Concilio. De ahí que los fieles cristianos reciban fortaleza de lo alto para que puedan recorrer el camino que ahora se les presenta, llenos de esperanza; para que obedezcan con toda obediencia las exhortaciones de la Iglesia, que ahora desea especialmente que sus hijos sean dóciles en la obediencia, prontitud en la acción y magnánimos al soportar las dificultades que puedan surgir; para que finalmente obtengan de Dios una numerosa escuadra de santos, que, como Carlos Borromeo, sean ejemplo y estímulo del Pueblo cristiano en la fiel realización de los decretos conciliares, pues precisamente de esos hombres hay que esperar la verdadera renovación de la Iglesia, ardientemente deseada por el Concilio Ecuménico.

Por esta razón, Venerables Hermanos, hemos decretado que antes de la finalización del Concilio Ecuménico se proclamen solemnes súplicas durante tres días en todas las diócesis, parroquias y comunidades religiosas del mundo católico. Estas súplicas, que se celebrarán durante la próxima novena en honor de la Santísima Virgen María Inmaculada, no solo deberán tener como objetivo dar gracias a Dios y pedir nuevos dones celestiales, sino que también brindarán una oportunidad propicia para recordar a los fieles cristianos sus nuevos deberes y exhortarlos, uniendo sus esfuerzos a vuestras iniciativas, a poner en práctica con entusiasmo los salvíficos preceptos del Concilio Ecuménico en la vida cristiana, tanto privada como pública.

Finalmente, Venerables Hermanos, permitidnos también expresaros nuestro deseo de que vosotros, desde la Ciudad, transmitais a vuestros rebaños las advertencias y exhortaciones apropiadas sobre la celebración de tales súplicas; y, de hecho, para que cuando se celebre la solemne conclusión del Concilio Ecuménico en la Basílica del Vaticano, el mismo día y a la misma hora, toda la familia de católicos en todo el mundo se vea unida con una sola voz y una sola mente en ferviente oración con el Vicario de Cristo y con sus sagrados Pastores.

Sostenidos por esta esperanza, como testimonio de los dones divinos y de Nuestra benevolencia, os impartimos con el mayor amor en el Señor nuestra Bendición Apostólica a todos y cada uno de vosotros, Venerables Hermanos, y al clero y al pueblo confiados a vuestro cuidado.

Dado en Roma, en San Pedro, el 4 de noviembre, fiesta de San Carlos Borromeo, en el año 1965, tercero de Nuestro Pontificado. PABLO PP. VI.
   
Este documento adquiere gran importancia e interés porque, 33 días antes antes de concluir el Concilio Ladrón, Montini afirma que está grandemente admirado «por los numerosos puntos doctrinales propuestos por el Magisterio extraordinario de la Iglesia, así como por las normas de disciplina sabiamente impartidas», en claro contraste con lo que dirá en los 36 días posteriores a la clausura del mismo:
  • «[El Concilio] No pretendió resolver todos los problemas urgentes de la vida moderna; algunos de ellos se han reservado para un estudio posterior que la Iglesia tiene previsto realizar, muchos se presentaron en términos muy limitados y generales, y por ello están abiertos a una mayor investigación y a diversas aplicaciones.
       
    Pero hay que tener en cuenta un punto: la autoridad magisterial de la Iglesia, aun sin querer emitir pronunciamientos dogmáticos extraordinarios, ha dado a conocer su enseñanza autorizada sobre diversas cuestiones que hoy pesan sobre la conciencia y la actividad del hombre, entablando, por así decirlo, un diálogo con él, pero conservando siempre su propia autoridad y fuerza; ha hablado con la voz conciliadora y amigable de la caridad pastoral; su deseo ha sido ser escuchado y comprendido por todos; no se ha centrado únicamente en la comprensión intelectual, sino que también ha procurado expresarse con un estilo sencillo, actual y coloquial, derivado de la experiencia real y con un trato cordial que lo hace más vital, atractivo y persuasivo; ha hablado al hombre moderno tal como es» (Discurso de clausura del Concilio Vaticano II, 7 de Diciembre de 1965)
  • «Algunos se preguntan qué autoridad, qué cualificación teológica, quiso atribuir el Concilio a sus enseñanzas, sabiendo que evitó dar definiciones dogmáticas solemnes que comprometieran la infalibilidad del magisterio eclesiástico. Y la respuesta es conocida por quienes recuerdan la declaración conciliar del 6 de marzo de 1964, reiterada el 16 de noviembre de 1964: dado el carácter pastoral del Concilio, evitó pronunciar de manera extraordinaria dogmas investidos de infalibilidad; pero, no obstante, dotó a sus enseñanzas de la autoridad del magisterio ordinario supremo. Este magisterio ordinario, y por tanto manifiestamente auténtico, debe ser aceptado dócil y sinceramente por todos los fieles, de acuerdo con la intención del Concilio respecto a la naturaleza y los fines de cada documento» (Audiencia general, 12 de Enero de 1966).
Ahora, ¿qué es ese “Magisterio extraordinario” (u otras expresiones semejantes) del que hace referencia? El ejercicio solemne del oficio docente de la Iglesia, bien sea por declaraciones ex cáthedra por el Papa o las definiciones dogmáticas del Concilio general en comunión con él, que goza siempre de la infalibilidad en sí mismo (el Magisterio ordinario, en contraste, no siempre lo es, PERO no por eso deja de ser vinculante a los fieles).

Dejando a un lado la aparente contradicción de las declaraciones, debemos centrar nuestro análisis en que “Postréma Séssio” fue publicado en las Acta Apostólicæ Sedis, por lo que es un documento oficial con fuerza vinculante. Todo el que reconozca al Vaticano II y sus papas como legítimos, debe prestar su asentimiento a todo lo que digan que es verdadero, condenar lo que digan que es falso, permitir lo que este permita y abstenerse de lo que prohíbe.

Muchos de los “tradicionalistas”, en cambio, frente a las declaraciones del Concilio Vaticano II sobre la Iglesia, la liturgia sagrada, los efectos del bautismo, la legitimidad del ecumenismo y el cambio doctrinal que este implica, la relación de la Iglesia con otras religiones, la libertad religiosa y la dignidad humana, et álibi aliórum plurimórum, las consideran opcionales porque no han sido declaradas infaliblemente, tranquilizando así su conciencia. Tal proceder es falso no solamente porque los diez y seis documentos del Vaticano II fueron promulgados observando los tres requisitos para la infalibilidad establecidos en Pastor Ætérnus, sino también porque aun si no fuera el caso, no habría tampoco problema en aceptarlo, ni habrá posibilidad de decir que hay ruptura con la doctrina anterior o peligro al seguirlo.

En tal sentido, la pregunta debe reformularse: No es tanto «¿Se debe aceptar el Vaticano II?», sino «¿Es seguro aceptar el Vaticano II?», porque de la respuesta a esta viene la justificación para responder aquella. Si la respuesta es afirmativa, «apaga y vámonos». Pero si la respuesta es negativa (y en efecto, lo es), entonces EL VATICANO II NO ES LEGÍTIMO NI VIENE DE UN PAPA LEGÍTIMO:
  • «…Les recomiendo que se mantengan firmes en su determinación de ser hijos leales de la Iglesia de Jesucristo, en un tiempo en que tantos, quizás sin saberlo, se han mostrado desleales. Porque el primer y mayor criterio de la fe, la prueba definitiva e inexpugnable de la ortodoxia, es la obediencia al magisterio de la Iglesia, que es viva e infalible, ya que fue establecida por Cristo como columna et firmamentum veritatis, «columna y fundamento de la verdad» (1.ª Tim. 3, 15)» (San Pío X. Discurso Con vera soddisfazione a la 2.ª Convención de Universidades Católica, 10 de Mayo de 1909
  • «La cátedra es un asiento, algo elevado y solemne, desde el cual un maestro imparte enseñanza. Consideremos, pues, la cátedra desde la cual el primer Papa habló a los primeros cristianos, tal como Nos os hablamos ahora, exhortándoos a estar alerta contra el diablo, que anda como león rugiente buscando a quien devorar (1.ª Pe. 5, 8), y a ser firmes en la fe y no dejaros engañar por los falsos profetas (2.ª Pe. 2, 1). Esta enseñanza de Pedro perdura en sus sucesores y perdurará, inmutable, por siempre, pues esta es la misión que Cristo mismo encomendó a la cabeza de la Iglesia» (Pío XII, Audiencia general, 17 de Enero de 1940).
La realidad muestra que Montini dijo que el asentimiento al Vaticano II NO ERA OPCIONAL: Además de los documentos citados ut supra, también cuentan dos discursos dél:
  • «Continuamos meditando sobre las enseñanzas del Concilio porque estamos convencidos de que este evento constituye una “summa” para nuestro tiempo, un rico y autorizado compendio de doctrinas y normas para las necesidades de nuestro tiempo, y marca un momento característico y decisivo en el curso de la tradición católica por los tesoros de verdad que nos conserva del pasado y por aquellos que nos abre en el camino hacia el futuro (Audiencia general, 4 de Febrero de 1970).
  • «Por un lado, están quienes, bajo el pretexto de una mayor fidelidad a la Iglesia y al Magisterio, rechazan sistemáticamente las enseñanzas del Concilio, su aplicación y las reformas que de él se derivan, así como su gradual implementación por la Sede Apostólica y las Conferencias Episcopales, bajo nuestra autoridad, como lo quiso Cristo. La autoridad de la Iglesia se desacredita en nombre de una Tradición cuyo respeto solo se atestigua material y verbalmente; los fieles se alejan de los lazos de obediencia a la Sede de Pedro y a sus obispos legítimos; la autoridad de hoy se rechaza en nombre de la de ayer. Y el hecho es aún más grave, puesto que la oposición de la que hablamos no solo es alentada por algunos sacerdotes, sino que está liderada por un obispo, sin embargo siempre venerado por Nosotros, el arzobispo Marcel Lefebvre.
      
    Resulta muy doloroso constatarlo, pero ¿cómo no ver en tal actitud —cualesquiera que sean las intenciones de estas personas— que se colocan fuera de la obediencia y la comunión con el Sucesor de Pedro y, por lo tanto, con la Iglesia?
      
    Porque, lamentablemente, esta es la consecuencia lógica de afirmar que es preferible desobedecer con el pretexto de mantener intacta la fe, de trabajar a su manera para preservar la Iglesia Católica, negando al mismo tiempo su obediencia efectiva. ¡Y lo dicen abiertamente! Se atreven a afirmar que el Concilio Vaticano II no es vinculante; que la fe también está en peligro debido a las reformas y orientaciones posconciliares; que existe el deber de desobedecer para preservar ciertas tradiciones. ¿Qué tradiciones? ¡Es este grupo, y no el Papa, ni el Colegio Episcopal, ni el Concilio Ecuménico, el que establece cuál de las innumerables tradiciones debe considerarse la norma de fe! Como veis, venerables hermanos, esta actitud se erige como prueba de la voluntad divina que puso a Pedro y a sus legítimos sucesores a la cabeza de la Iglesia para confirmar a los hermanos en la fe y apacentar el rebaño universal (cf. Lc. 22, 32; Jn. 21, 15 ss.), lo que lo estableció como garante y custodio del depósito de la fe.
      
    Y esto es aún más grave, en particular, cuando se introduce la división, precisamente donde el amor de Cristo nos unió en uno, en la Liturgia y el Sacrificio Eucarístico, al negarse a cumplir con las normas definidas en el ámbito litúrgico. Es en nombre de la Tradición que pedimos a todos nuestros hijos, a todas las comunidades católicas, que celebren la Liturgia renovada con dignidad y fervor. La adopción del nuevo “Ordo Missæ” ciertamente no queda a discreción de los sacerdotes ni de los fieles: y la Instrucción del 14 de junio de 1971 preveía la celebración de la Misa en la forma antigua, con la autorización del ordinario, solo para sacerdotes ancianos o enfermos que ofrecieran el Sacrificio Divino sine populo. El nuevo Ordo fue promulgado para reemplazar al antiguo, después de una cuidadosa deliberación, siguiendo las peticiones del Concilio Vaticano II. De la misma manera, nuestro santo Predecesor Pío V había hecho obligatorio el Misal reformado bajo su autoridad, siguiendo el Concilio de Trento.
      
    Exigimos la misma disposición, con la misma autoridad suprema que nos proviene de Cristo Jesús, para aceptar todas las demás reformas litúrgicas, disciplinarias y pastorales que se han desarrollado en los últimos años en aplicación de los decretos conciliares. Cualquier iniciativa que pretenda obstaculizarlas no puede considerarse un servicio a la Iglesia; de hecho, le causa un grave daño.
       
    En varias ocasiones, directamente, a través de nuestros colaboradores y otros amigos, hemos llamado la atención de Monseñor Lefebvre sobre la gravedad de sus actitudes, la irregularidad de sus principales iniciativas actuales, la inconsistencia y a menudo la falsedad de las posiciones doctrinales en las que se basa, y el daño que estas causan a la Iglesia en su conjunto.
       
    Con profunda amargura, pero con esperanza paternal, nos dirigimos una vez más a este Hermano nuestro, a sus colaboradores y a quienes se han dejado influenciar por ellos. Ciertamente, creemos que muchos de estos fieles, al menos inicialmente, actuaron de buena fe; también comprendemos su apego sentimental a las formas habituales de culto o disciplina que durante mucho tiempo les habían servido de apoyo espiritual y en las que habían encontrado alimento espiritual. Pero confiamos en que podrán reflexionar con serenidad, sin prejuicios, y estarán dispuestos a admitir que hoy encontrarán el apoyo y el alimento que buscan en las formas renovadas que el Concilio Ecuménico Vaticano II y Nos mismos hemos decretado como necesarias para el bien de la Iglesia, su progreso en el mundo contemporáneo y su unidad. Por lo tanto, exhortamos una vez más a todos estos hermanos e hijos nuestros, les imploramos que tomen conciencia de las profundas heridas que de otro modo causan a la Iglesia, los invitamos nuevamente a reflexionar…
      
    Con profunda tristeza, pero con esperanza paternal, nos dirigimos una vez más a nuestro hermano Monseñor Marcel Lefebvre y a sus colaboradores; los invitamos a reflexionar sobre las serias advertencias de Cristo respecto a la unidad de la Iglesia (cf. Jn. 17, 21 ss.) y la obediencia debida al legítimo Pastor que Él ha puesto al frente del rebaño universal, como signo de la obediencia debida al Padre y al Hijo (cf. Lc. 10, 16). Los esperamos con el corazón abierto, con los brazos dispuestos a acogerlos: ¡que sepan redescubrir, con humildad y edificación, para alegría del Pueblo de Dios, el camino de la unidad y del amor!» (Alocución consistorial Ex quo die, 24 de Mayo de 1976).
Claro, no pretendemos (¡líbrenos Dios si quiera de pensarlo!) lograr que nadie siga a Pablo VI y acepte el concilio ni participe en la abominable liturgia del Novus Ordo. Simplemente pretendemos señalar la flagrante incongruencia en la postura de los lefebvristas y otros tradicionalistas (y neoconservadores) que defienden el reconocimiento y la resistencia. Intentan defender la fe tradicional, pero, al negarse a reconocer que los papas del Vaticano II debieron ser falsos papas, se ven obligados a negar esa fe distorsionando, o mejor dicho, denigrando, la verdadera doctrina sobre el papado. La única salida a este dilema es la conclusión teológica y canónica de la Sede Vacante.

Pasemos a otra parte de “Postréma Séssio”: La finalidad del documento es convocar a un triduo de oración «para obtener un nuevo Pentecostés, por el cual el rostro de la Esposa de Cristo y la sociedad de los hombres se renueven salvíficamente por la gracia del Espíritu Santo».

Montini repite la idea de un «nuevo Pentecostés», acuñada por su antecesor inmediato Juan XXIII bis Roncalli en su homilía de Pentecostés el 17 de Mayo de 1959. ¡Blasfemia! Pedir un «nuevo Pentecostés» es insinuar que no fue suficiente la acción del Espíritu Santo en la Iglesia desde el 15 de Mayo del año 33 (el Pentecostés original) y prolongada en los católicos individualmente considerados por medio de la Confirmación.

Sea esta, sin embargo, la oportunidad de reiterar una verdad: León XIII Pecci dijo en su encíclica “Divínum illud munus” que el Pentecostés no es el día en que nace la Iglesia Católica (nació cincuenta días antes en el Monte Calvario, el Viernes Santo 25 de Marzo del año 33, cuando el Costado de Nuestro Señor Jesucristo es traspasado con la lanza), sino el día en que esta se manifiesta por primera vez a todos los hombres de todas las naciones del mundo.

Entonces, si para la verdadera Iglesia Católica el día de Pentecostés es cuando se muestra por primera vez al mundo, la Pseudoiglesia nacida del Vaticano II tuvo su «nuevo Pentecostés» el día 21 de Noviembre de 1964, cuando en el número 8 del primer capítulo de la recién ratificada constitución dogmática “Lumen Géntium” sobre la Iglesia dice lo siguiente:
«Esta Iglesia, establecida y organizada en este mundo como una sociedad, subsiste en (subsístit in) la Iglesia católica, gobernada por el sucesor de Pedro y por los Obispos en comunión con él, si bien fuera de su estructura se encuentren muchos elementos de santidad y verdad que, como bienes propios de la Iglesia de Cristo, impelen hacia la unidad católica».

El “subsístit in” expresado en Lumen Géntium (que, si bien el padre Sebastiaan Peter Cornelis Tromp Lörper SJ, secretario general de la Comisión Doctrinal, lo hizo introducir en la sesión plenaria del 26 de Noviembre de 1963 a las 18:35h, procede en realidad del pastor luterano alemán Wilhelm Schmidt, quien la transmitió por escrito al cardenal Josef Frings por medio de su perito teológico Joseph Ratzinger) era una novedad extraña y contrapuesta a la identidad entre la Iglesia de Cristo y la Iglesia Católica sobre la cual Pío XII insistió en su encíclica “Humáni géneris in rebus” catorce años atrás. CA-TOR-CE AÑOS. Y esa novedad justifica un ecumenismo que no conduce a ABSOLUTAMENTE NADA, porque nunca se definió en qué consiste la unidad que ellos buscan, ni las partes implicadas están de acuerdo en el objeto y alcances de esa unidad.

Poco después de la clausura del Concilio Vaticano II, el propio Pablo VI habló de la “iglesia conciliar”, a cuya imagen los líderes católicos debían ahora “transformarse”. Y luego está la sorprendentemente sincera confesión de un cardenal polaco Karol Wojtyła que no se imaginaba que iba a ser el futuro Juan Pablo II (aunque algo debía barruntar), quien predicó en su sermón cuaresmal de 1976:
«La Iglesia del Dios viviente congrega a todos los hombres que, en cualquier forma, toman parte de esta maravillosa trascendencia del espíritu humano. Y todos ellos saben que nadie logrará colmar sus deseos más profundos. La manifestación de esta trascendencia de la persona humana la constituye la oración de fe, pero en ocasiones también el profundo silencio. Este silencio, que a veces parece separar al hombre de Dios, es no obstante un acto especial de la unión vital entre Dios y el espíritu humano. La Iglesia de nuestro tiempo se ha hecho particularmente consciente de esta verdad y, por ello, a su luz, ha logrado redefinir, en el Concilio Vaticano II, su propia naturaleza» [Signo de contradicción: Meditaciones (Trad. española de Vicente Manuel Fernández Hernández), 3.a edición. Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos 1979, pág. 24].
Y el reinante León XIV Riggitano-Prévost en su encíclica Magnífica Humánitas, también:
«El Concilio Vaticano II marcó un punto de inflexión en la forma en que la Iglesia se entiende a sí misma en el mundo contemporáneo. En la Constitución pastoral Gáudium et Spes nos presentó la imagen de una Iglesia cercana a la humanidad, comprometida con el mundo y dedicada a reflexionar no a partir de esquemas abstractos, sino de la realidad concreta de las situaciones históricas» (Magnífica Humánitas, n. 34).
En otra parte de la exhortación de “Postréma Séssio”, Montini expresa su esperanza de que su falso concilio «traiga un nuevo y abundante derramamiento de vida espiritual a la Iglesia y al mundo». Ahora, más de 60 años después, los resultados son innegables: la «Iglesia conciliar» de Montini ha causado una ruina doctrinal, moral, espiritual y litúrgica absoluta en millones de almas; sacramentos inválidos, inmoralidad en los ministros y la alineación con el sistema tan corrupto hasta el punto de la intrascendencia.

«Por sus frutos, los conoceréis».


Rvdo. P. JORGE RONDÓN SANTOS S. Ch. R.
12 de Septiembre de 2026 (Año Santo de Cristo Rey).
Fiesta del Santísimo Nombre de la Bienaventurada Virgen María; de San Guido de Anderlecht, peregrino; y de San Sacerdote, obispo de Lyon. Nacimiento del Ilmo. Sr. Don José de Cuero y Cayzedo, obispo de San Francisco de Quito y presidente del Estado de Quito. Tránsito de Miguel Juan Pellicer Blasco, beneficiario del Milagro de Calanda. Martirio del Beato Tomás de Zumárraga y Lazcano OP. Conquista de Mallorca por el rey Jaime I de Aragón; victoria de Castilla en el I Sitio de Gibraltar; coronación de Felipe II de España como rey de Portugal; victoria naval española sobre los corsarios neerlandeses en Pernambuco (Brasil); victoria de Juan III Sobieski de Polonia sobre los turcos otomanos en la batalla de Kahlenberg, y levantamiento del 2.º Sitio de Viena; victoria armenia y rescate por la Armada francesa en el asedio de la Colina de Moisés (Turquía). Fundación de la Hermandad del Señor del Santuario de Santa Catalina en Lima (Perú).

sábado, 24 de mayo de 2025

ALGUNOS ANTECEDENTES IMPORTANTES SOBRE LAS ELECCIONES COMO PAPAS DE PAULO VI Y JUAN PABLO II

A la verdad, el misterio de por qué ciertas cosas suceden en el Vaticano, sobre todo después del concilio deuterovaticano, es un tema que saca de quicio a más de uno. Pero los hechos descubren la verdad oculta. A continuación se explica cómo Montini y Wojtyła llegaron a ser Pablo VI y Juan Pablo II

Artículos tomados de VERDAD ÚNICA.
  
ALGUNOS ANTECEDENTES IMPORTANTES SOBRE LAS ELECCIONES COMO PAPAS DE PAULO VI Y JUAN PABLO II
Comentario a la obra “Su Santidad”, por Basilio Kostas, Editorial Véritas. Santa Fe de Bogotá, Colombia, pags. 161-168.
   
Montini y Wojtyła

Abundan las pruebas de que desde hace siglos existe un siniestro plan de infiltración de la Santa Iglesia por parte del Judaísmo y su medio principal, la Masonería, para alcanzar sus fines de abatir la Institución de Jesucristo. A tan alto grado ha llegado el poder judaico que, es más, ya no se tiene que esconder para trabajar dentro de la Iglesia. Así hubo embajadores como Jules Isaac ante la Santa Sede para dictar sus iniciativas de reforma de la liturgia, de la Biblia, de la catequesis a favor del judaísmo, lo que se realizó obedientemente a través de las reformas hechas por el Vaticano II. La infiltración es comprobable sobre todo desde hace dos siglos. Un hecho significativo es el beneplácito de la Masonería hacia los pseudopapas, cuando ante los anteriores Papas católicos se mostraron adversos hasta llevar a cabo acciones ignominiosas.

Por ejemplo: cuando murió S. S. Pío IX fue sepultado en la Basílica Vaticana (Pío IX, 1846- 1878), pero él había manifestado el deseo de que sus restos descansaran en la Iglesia de San Lorenzo Extramuros. Para cumplir los deseos del pontífice, se dispuso el traslado de sus restos, tres años después, a dicho templo. Pío IX había sido el autor de la Encíclica QUÁNTA CURA (que después ha sido contradicha por el Vaticano II) y del SÝLLABUS ERRÓRUM, o condenación de los errores modernos liberales nacidos de la masonería. Pues bien, cuando los restos eran trasladados, un populacho instigado por los anticlericales agredió a la procesión tratando de arrebatar los restos para arrojarlos al Tíber. Dura fue la lucha de la autoridad civil para impedir el atropello instigado por los masones; los restos de S. S. Pío IX llegaron a su destino tras una batalla campal con una muchedumbre enardecida que aborrecía (1) al Papa represor de los ideales masónicos. Por el contrario, –notémoslo bien– la Masonería internacional manifestó su duelo por la muerte de Juan XXIII a través de desplegados publicados en todos los idiomas en distintos países.
   
A la muerte de Juan XXIII, la Masonería mexicana publicó esta esquela (Diario El Informador, México, 4 de junio de 1963, página 9A).
  
TESTIMONIOS DE LOS AVANCES DE LA INFILTRACIÓN Y PREPARATIVOS PARA UN “PAPA” IDÓNEO

Los testimonios abundan, y los hechos están a la vista. Hace mucho tiempo, repetimos, que la Masonería ha estado invadiendo todos los ámbitos de la Iglesia. Pero acerca de interesantes sucesos durante el pontificado de S.S. Pio XII transcribiremos en parte el contenido de una carta en la que podemos confiar, más que nada por los resultados que están a la vista: la Sede romana usurpada por hombres anticatólicos; una curia formada por masones, herejes y comunistas, en gran parte, y el éxito de los planes elaborados hace siglos.

La carta es la respuesta a la solicitud hecha por un sacerdote al oficial J. Winckler, quien en calidad de intérprete del italiano para los Estados Mayores (de los Aliados en la II Guerra Mundial) vivió en Roma varios años en tiempos de S.S. Pío XII. Testigo de muchos acontecimientos, como católico no dudó en consignar sus experiencias. Dice, resumiendo:
  • Que en su calidad de intérprete fue invitado a la primera reunión de posguerra de las principales personalidades de la comunidad judía en Roma, y que en ella se hizo hincapié en los medios para poner fin al antisemitismo. 
  • Que esto se supo entre los católicos de origen judío que trabajaban en una Secretaría Especial del Vaticano que era una especie de departamento financiero, y que esas personas le buscaron, y le invitaron a pertenecer a una llamada “Asociación de Diplomados de la Universidad”, el capellán de la cual era Monseñor Juan B. Montini, en aquel entonces Substituto de la Secretaría de Estado de Pío XII. 
  • Que sus nuevos amigos le habían dicho significativamente refiriéndose a Montini: «Él es de los nuestros»…
  • Sigue relatando que, por ese entonces arribó a Roma como embajador ante la Santa Sede Jacques Maritain, de quien dice Winckler que «fue un regalo tonto y malvado de Georges Bidault» (Nosotros decimos: ¿intencionalmente malvado?). Maritain invadió inmediatamente el grupo de Montini, y ya no hubo nada más que el “Humanismo Integral”, –narra Winckler– y que ya todo aquel grupo manifestó abiertamente su modernismo. Winckler los abandonó.
Nosotros queremos hacer notar que por esos años precisamente arribó también a Roma a estudiar teología Karol Wojtyła.

Proseguimos citando la carta de Winckler. Durante su pertenencia a la Asociación, Winckler había actuado como acólito de Monseñor Montini durante la Misa. Muchos creían que él era un especial seguidor de las teorías montinianas. En este contexto se acercó a él Monseñor Sergio Pignedolli, miembro eminente de la Curia, quien creyendo que Winckler conocía los antecedentes de cierto plan, –y según da a entender Winckler, queriendo hacerle cómplice en algo– se explayó haciéndole singulares confidencias. Pero para entender lo que sigue hay que recordar quién era el personaje a quien Pignedolli se refería en su confidencia; es preciso traer a la memoria al famoso masón cardenal Rampolla.
 
Mariano Rampolla, primera pieza del plan masónico contra la Iglesia

El cardenal Mariano Rampolla fue el Secretario de Estado de S.S. León XIII (1878-1903). Habiendo muerto éste y convocándose el cónclave, resultó electo Rampolla, pero el Emperador de Austria Francisco José (quien estaba en alianza con otros príncipes católicos) vetó el voto. En aquel tiempo tenían derecho a veto en el cónclave los príncipes católicos. Después de un gran revuelo –aunque sin llegar a los excesos de anteriores cónclaves dudosos–, tomando en cuenta el veto del emperador, se declaró nula la elección de Rampolla y en la nueva votación resultó electo el cardenal José Sarto, después San Pio X. Esto sucedía en el año 1903. Diez años después moría Rampolla, descubriéndose en sus pertenencias su afiliación a la Masonería. El cónclave que había elegido a Rampolla había durado ¡sólo cinco días!, escaso tiempo para una deliberación tan importante. Los masones liberales franceses se dieron a la protesta de manera especial. Pues bien, continuando con la carta de Winckler, manifiesta éste que Monseñor Pignedolli le habló de una gran revancha que se preparaba. Le hizo la reseña de todo el suceso del veto de Austria, cuyo resultado, según Monseñor había sido el de volver a hundir a la Iglesia durante más de medio siglo en el oscurantismo y en el aislamiento de la Edad Media; insistió en la necesidad de una apertura y de una adaptación de la Iglesia; finalmente le hizo entrever que se aproximaba una era nueva, y esto para muy pronto, gracias al éxito ya seguro (notemos que esto lo decía Pignedolli en 1945) gracias a uno que tendría éxito ahí donde Rampolla había tenido la desgracia de fracasar… «¿Quién es él?», le había preguntado Winckler; Pignedolli había respondido: «Usted le sirve en la misa todos los días»… SE TRATABA DE JUAN BAUTISTA MONTINI.

Según Winckler, el grupo que había creído a principios de siglo dar en el blanco con el cardenal Rampolla o sea colocar a uno de los suyos en la cima de la Iglesia para remodelarla a su propia imagen, ese grupo de presión nunca se encontró desarmado… «¿Quién –dice Winckler– tuvo la posibilidad de preparar las elecciones de Roncalli y Montini con mucha anticipación, de modo que la primera hiciera posible la siguiente?»… ¿Y las siguientes? añadimos nosotros.

Por los resultados que están a la vista la entrevista Pignedolli-Winckler no puede ser tachada de ficticia. Sergio Pignedolli fue Presidente del Secretariado para las Religiones no Cristianas –hoy Pontificio Consejo para el Diálogo Interreligioso–, y quien hacía comunes las fiestas musulmanas del Ramadán para los católicos. Convencido de la igualdad de las “tres grandes religiones monoteístas”.
 
INFLUENCIA DE PABLO VI EN LA ELECCIÓN DE JUAN PABLO II

Imposible pensar que habiendo alcanzado el éxito enorme, primero, de poner en la cima de la Iglesia al iniciador de la revolución deseada, Roncalli, y logrando realizar un conciliábulo destructivo, no hubieran tenido preparados los autores del plan a otros sujetos aptos para continuar la exitosa tarea. De Juan XXIII se dice que fue “un papa de Transición”, y lo mismo se repite acerca de Juan Pablo I, cuyo “pontificado” de treinta y tres días estuvo rodeado de circunstancias extrañas, lo mismo que su muerte. El “deseado de las Naciones Unidas” para continuar la tarea después de Montini era según todas las evidencias, como la de la suma eficacia para consumar el plan, Monseñor Karol Wojtyła. Hay que hacer notar que si bien en los cónclaves de tiempos anteriores influyó la política laica, como en el veto de Austria, no es posible negar ahora la influencia de otras políticas que están a la vista.

Resumanos. Según narran los biógrafos en “Su Santidad” –datos conocidos sin necesidad de su relato–, Paulo VI distinguió de manera especial a Karol Wojtyła en particular durante el mismo Vaticano II. Habiendo sido consagrado obispo en 1958, Paulo VI lo elevó al arzobispado en 1963 –quizá encantado por las intervenciones del obispo polaco en las sesiones conciliares que lo señalaban como miembro del “clan”–. En 1967 apenas terminado el conciliábulo lo elevó al cardenalato. Pero transcribimos algunos párrafos significativos de “Su Santidad”. Dicen:
«En la historia de la Iglesia casi nunca es posible determinar por qué un cardenal en particular es elegido papa». 
Pongamos mucha atención a lo que sigue:
«Un observador minucioso puede develar las razones que llevaron al candidato –Karol Wojtyła– a estar en la mira de los papables».
El cardenal Andrzej Deskur, un profundo conocedor de la curia, cree que, de una manera misteriosa cada papa elige a su propio sucesor…
«El viejo Juan XXIII consideraba, sin lugar a dudas, que el cardenal de Milán, Juan Bautista Montini, era el hombre adecuado para terminar el trabajo que él había comenzado con el Vaticano II… A Karol Wojtyła le prestaba Paulo VI una atención especial, cosa evidente para las personas cercanas al Papa después del concilio… Karol Wojtyła fue elevado al cardenalato por Montini cuando tenía cuarenta y siete años, y de ahí en adelante la colaboración y el afecto entre Paulo VI se harían más fuertes. Wojtyła fue nombrado en cuatro Congregaciones del Vaticano: El Clero, la Educación Católica, la Liturgia, y las Iglesias Orientales… Paulo VI recibía al cardenal Wojtyła frecuentemente en audiencias privadas. Nada más entre 1973 y 1975, Karol Wojtyła asistió a audiencias privadas unas once veces en el estudio de Paulo VI. Luego, en 1976, el Papa honró a Wojtyła con una invitación extraordinaria: le pidió que dirigiese los ejercicios espirituales de Cuaresma en el Vaticano para los miembros de la Curia y el personal de la casa papal. Ese mismo año el periódico New York Times señaló al cardenal como uno de los candidatos más frecuentemente mencionados para suceder al Papa Paulo VI» (2).
Aquí caben dos pequeños comentarios. Los “ejercicios” espirituales dados por el cardenal Wojtyła a Paulo VI y su curia, no merecieron que se sepa, ninguna protesta por las herejías manifestadas. Por otra parte, dichos ejercicios han sido dados a conocer mundialmente en forma de libro, con el título de “Signo de Contradicción”. En cuanto al comentario de los biógrafos sobre el anuncio de Wojtyła como “papable” en el New York Times, ¿no constituiría, dadas las cosas, una “señal” para decir a ciertos interesados: «todo va bien»?

PREPARATIVOS DE PABLO VI PARA ASEGURAR LA ELECCIÓN DE WOJTYŁA

No había ninguna razón para que Pablo VI dictara una disposición donde los cardenales octogenarios quedaran excluidos de los cónclaves de elección papal. Máxime cuando los excluidos se encontraban en perfecta salud mental, y era una evidente arbitrariedad privarlos del derecho de ejercer aquello para lo que precisamente habían sido constituidos: elegir Papa. Pero entre los cardenales que entonces eran mayores de ochenta años, y los que pronto alcanzarían la edad, había muchos “conservadores” indeseables. El documento que los dejó fuera –como una ley para el futuro– fue la Constitución Apostólica “Románo Pontífice Eligéndo”, dada por Montini en Roma el 1 de octubre de 1975. De todos los Movimientos de Resistencia Católica surgió la protesta considerando «nula de pleno derecho» dicha ley, y muchos manifestaron que «arrojaban sombras» sobre los próximos cónclaves. Nosotros junto con otros muchos católicos, no pensamos que es esa ley la que «arroja sombras" con todo y ser arbitraria; nosotros creemos que la Sede Romana está vacante por herejía del que la ocupa y que los cónclaves de los modenistas han sido nulos de toda nulidad. Pero bien, Paulo VI desde su ascenso se había dedicado a crear cardenales que a la elección de Wojtyła eran 115, de los cuales Montini había creado 100. Cuando se emitió la disposición de exclusión de los octogenarios, quedaron fuera del derecho de elección los siguientes, en número de trece, que no pudieron asistir al cónclave que elegió a Wojtyla: Ottaviani, Antonelli, Barbieri, Confalonieri, Caggiano, Dejorio, Fuinga, Marella, McInter, Miranda, Motta de Vasconcelos, O’Boyle, Shera, Parente y Slypij. Pero cardenales modernistas, masones, de tendencias protestantes, liberales, que profesaban las mayores herejías postconciliares, judíos y comunistas, esos sí estaban con todo derecho en el colegio cardenalicio al tiempo de la elección de Wojtyła. Por ejemplo:
  • El cardenal Pironio, al que en su patria, Argentina, llamaban “el pirómano” por sus tendencias comunistas revolucionarias. 
  • El cardenal Willebrands que como embajador de Pablo VI se jactaba por toda la Iglesia de la reinvindicación de Lutero, siendo también firmante de la concesión de los sacramentos católicos a los cismáticos y “otras confesiones”. 
  • Y estuvo también el ya mencionado Pignedolli, el de «nuestras fiestas del Ramadán». Estos, entre otros.
El ilustre cardenal y teólogo renombrado Pietro Parente, encabezó la protesta de los cardenales octogenarios, pero es sabido que toda protesta venida de católicos verdaderos ante la iglesia postconciliar, choca con piedra. Nosotros estamos convencidos de que a los postconciliares no hay que rogarles nada, simplemente porque no tienen ningún derecho de conceder NADA, como no lo han tenido de abrogar nada. La Santa Iglesia Una, Católica Apostólica y Romana, sigue viviendo a Dios gracias, y lo que falta sólo a los católicos en resistencia es una gran tarea de UNIDAD, de unificación. Cristo está con nosotros, con Su Iglesia, hasta el fin de los siglos. Casi cincuenta años después del concilio y aún menos de la aplicación de las reformas ha sido poco tiempo, primero para salir de la sorpresa ante lo presentado «como desde Roma», reaccionar, y actuar en conciencia. La Resistencia Católica existe, gracias a Dios, el verdadero Santo Sacrificio se celebra, y se tienen los verdaderos sacramentos. No es aquí el lugar para dictar programas de acción. La Resistencia Católica se manifestó desde un principio, y sólo le falta la unificación para la consolidación de la tarea que hay que realizar.
 
NOTAS
(1) Historia de los Papas. Tomo II, Carlos Castiglione. Editorial Labor S. A. Barcelona, España, 1948, pags. 600-601.
(2) Su Santidad, pag. 127

martes, 1 de abril de 2025

¿RONCALLI Y MONTINI COLABORADORES DE LA CIA?

Un documento de la CIA desclasificado el pasado 19 de Marzo por el presidente estadounidense Donald Trump al levantar el secreto de los archivos sobre el asesinato de John F. Kennedy presenta, entre otros elementos, que John Alexander McCone, director central de Inteligencia durante el gobierno Kennedy, mantenía reuniones en el Vaticano con Juan XXIII bis Roncalli y Pablo VI Montini, que pudieron ser agentes o informantes habituales de la CIA.
  
El informe de siete páginas con el título “Joyas de la famila”, redactado por Walter Elder, asistente de la Oficina del Director de la Agencia Central de Inteligencia el 1 de Junio de 1973 a su superior William Egan Colby y con sellos de “SECRETO/SENSIBLE” y “SOLO PARA LOS OJOS” [= Solo para personal autorizado], menciona que, al recordar una conversación reciente con McCone, buscó en sus memorias y los archivos de este sobre “operaciones especiales” que «podían interpretarse como ejemplos de actividades que exceden las instrucciones de la CIA», como una interceptación en el consulado francés en Washington DC en 1962 o inocular un agente contaminante a un cargamento de azúcar cubano que iba rumbo a la Unión Soviética.

Interesantemente, en la página seis, Elder escribe:
«16. Finalmente, y esto reflejará mi educación protestante en el Medio Oeste, las relaciones de McCone con el Vaticano, incluidos el Papa Juan XXIII y el Papa Pablo VI, podrían causar sorpresa en ciertos círculos».
  
McCone, empresario y político republicano hijo del industrial Alexander John McCone y de Margaret J. Enright Duncan, había sido designado director de la CIA por John F. Kennedy a instancias de su hermano el Fiscal general Robert el 29 de Noviembre de 1961 luego de exigirle la renuncia a Allen Dulles tras el fracaso de la “Operación Mangosta”, la invasión por mercenarios cubanos exiliados a Bahía de Cochinos (McCone, director de la Comsión de Energía Atómica durante el gobierno del general Eisenhower, no era la primera opción para el cargo: Kennedy inicialmente propuso a su abogado personal Clark Clifford –quien declinó la oferta– y luego al abogado de Wall Street Fowler Hamilton –que después sería nombrado director de la USAID–).
   
John Alexander McCone durante una sesión del Subcomité Especial del Comité de Relaciones Exteriores del Senado en el marco de la investigación ITT-Chile (27 de Marzo de 1973).

El día anterior a su nombramiento (y tres días después del suicidio de su primera esposa Rosemary Cooper), John Alexander McCone había ido al Vaticano como representante oficial de los Estados Unidos para la misa solemne en ocasión de los 80 años de edad de Roncalli. Dos años después, a petición de Kennedy, regresó al Vaticano para solicitar una audiencia con él. Así relató el historiador alemán Hans-Jakob Stehle en su libro Eastern Politics of the Vatican, 1917–1979 (Política Oriental del Vaticano, 1917–1979) esa audiencia:
«Estamos, pues, después de Abril de 1963. Los estadounidenses están preocupados por la reciente gira de un enviado de la Secretaría de Estado de la Santa Sede, el arzobispo [Agostino] Casaroli, a Hungría y Checoslovaquia, la primera desde 1945. McCone también transmitió al Papa las reservas de la administración Kennedy respecto a su encíclica Pacem in Terris, que podría, se creía al otro lado del Atlántico, alentar a los sacerdotes sudamericanos a unirse a los movimientos comunistas.
  
Durante esta reunión, Juan XXIII le preguntó a McCone: “¿Tiene el gobierno de Estados Unidos simpatías comunistas?”.
  
“Por supuesto que no”, respondió este último.
  
“Sin embargo, Estados Unidos mantiene relaciones diplomáticas con la URSS” [repuso Juan XXIII].
  
“Eso es diferente. Hay razones prácticas, como el comercio” [dijo McCone].
  
“Bueno, el Papa también tiene su propio negocio. El comercio de almas”, respondió el Papa. “Debe pensar en el bienestar de los católicos de Europa del Este. Debe trabajar por la paz. Estas son sus razones para mantener una línea de comunicación abierta con el mundo comunista”».
Con todo, hay que abonarle a McCone que, durante su dirección de la CIA, él le sugirió a Kennedy imponerle sanciones económicas a Israel por su programa nuclear secreto (lo que fue ignorado por su sucesor Lyndon B. Johnson), y desaconsejó apoyar el golpe de Estado contra el primer presidente de Vietnam del Sur Jean Baptiste Ngô Đình Diệm (que al final Kennedy apoyó por consejo del Departamento de Estado, con las consecuencias que son de público conocimiento).

Juzgue el lector los alcances e implicaciones de este hallazgo, sabiendo que en los años de la Guerra Fría,  por una parte, Estados Unidos pudo ejercer alguna influencia en el cónclave de 1958; y por otra, la Ostpolitik casaroliana tan elogiada e imitada por el actual Secretario de Estado vaticano Pietro Parolin Miotti (que tuvo su origen en la Pacem in terris que cambió la perspectiva eclesiástica sobre el comunismo, haciendo que el Vaticano II no lo condenase) fue una capitulación que solo sirvió para reforzar la política anticatólica de los países tras el Telón de Acero como Hungría, Checoslovaquia, Polonia y la Unión Soviética (la Albania de Hoxha fue más allá, al constituirse el primer país oficialmente ateo al prohibir toda religión), en lo que representó, citando a Roncalli, un «comercio de almas» a cambio de relaciones diplomáticas. Ítem, que algún conocimiento debían tener los servicios de inteligencia sobre Roncalli y Montini para tal fin.
  
Para la redacción de este artículo, se empleó material de LA CROIX, y otras fuentes.
   
JORGE RONDÓN SANTOS
1 de Abril de 2025 (Año Santo de Cristo Rey).
Martes de la 4.ª Semana de Cuaresma. Fiesta de Santa María Egipcíaca, Penitente; de San Melitón de Sardis, Obispo y Padre de la Iglesia; de Santa Teodora de Roma, Mártir de la Fe; de San Hugo de Châteauneuf, Obispo de Grenoble; y de San Celso, Arzobispo de Armagh. Nacimiento de José de Maistre; de la sierva de Dios Margarita Occhiena Bossone, madre de San Juan Bosco; del bienaventurado Luis Pavoni, Sacerdote y confesor; del bienaventurado Luis Ceferino Moreau, Obispo de San Jacinto (Canadá) y fundador de las Hermanas de San José y las Hermanas de Santa Marta; y del bienaventurado Dom Columba Marmion OSB, abad de Maredsous. Tránsito del Beato Nuño de Santa María Álvares Pereira O. Carm.; y del bienaventurado Carlos I de Habsburgo-Lorena-Este, Emperador-Rey de Austria-Hungría. Martirio de los bienaventurados José Anacleto González Flores, Luis Padilla Gómez y los hermanos Jorge y Ramón Vargas González. Masacre de la calle Arnon en Belfast (Irlanda del Norte); aniversario de la victoria del Generalísimo Francisco Franco y fin de la Guerra Civil Española; inauguración del Monumento a los Caídos en el Valle de Cuelgamuros (San Lorenzo del Escorial, España); bombardeo estadounidense de la ciudad de Schaffhausen (Suiza); comienzo de la Guerra de los Cuatro días en Artsaj/Nagorno Karabaj. Hallazgo del Niño Jesús en el Templo de Jerusalén. Primera Misa en Puerto San Julián (prov. Santa Cruz, Argentina).

miércoles, 6 de noviembre de 2024

OBISPÓN EMÉRITO DE SAN MARINO BLASFEMA CONTRA SAN LUIS GONZAGA


Un prelado italiano ha confirmado una vez más que es difícil superar la irreverencia y la inmadurez intelectual de un obispón novusordita.

Andrea Turazzi, obispón emérito de San Marino-Montefeltro y hermano del fallecido sacerdote-presbítero javeriano Roberto Silvio Turazzi († 2022; ordenado sacerdote el 30 de Mayo de 1964 con el Rito Romano tradicional a diferencia de su hermano –“instalado” presbítero el 27 de Mayo de 1972 con el rito montini-bugniniano–) proporcionó más pruebas.

Invitado por el párroco de el párroco de San Apolinar Obispo y Mártir de Tresigallo, el “monseñor” Luca Piccoli, Turazzi celebró una conferencia en la iglesia del pueblo que se publicó en Internet.
  
A la hora y 10 minutos de la conferencia, Turazzi aseguró que
«Dios ama a todos sus hijos. Entonces ¿cuál es el criterio que da el Señor? No son nuestros criterios. Incluso en nuestras familias tenemos algún hijo o nieto que se ha separado o en la parroquia he tenido varios niños y niñas homosexuales. Y son amados por Dios. Pero ¿sabéis que San Luis Gonzaga, dicen los estudiosos, era homosexual? ¡Y él era el santo de la pureza! Por eso ante Dios no hay nadie que no sea amado con ternura y cada uno tiene su propio camino».

En declaraciones a La Nuova Bussola Quotidiana ayer 5 de Noviembre, el príncipe Mauricio Gonzaga, descendiente de la familia de San Luis Gonzaga, calificó la afirmación de Turazzi como una “inferencia”:
«Ya escuché este rumor en el pasado, pero no hay pruebas ni de documentos ni de cartas. Pero no se desprende nada de esto, sabemos que siendo niño hizo una promesa de castidad a la Virgen de la Anunciación en Florencia. Una promesa que reiteró en forma de voto de castidad cuando era adolescente y que mantuvo durante toda su vida. A pesar de su carácter bastante ardiente, típico de todos los Gonzaga».

La Nuova Bussola Quotidiana se puso en contacto con Turazzi, quien con renuencia les dijo que «me lo mencionó un padre jesuita, que es grafólogo. Según él era homosexual, pero obviamente no practicaba». Gracias a Dios.

Y cuestionado sobre si ese jesuita grafólogo había escrito alguna publicación sobre esa supuesta, Turazzi respondió (con una cuña de sátira contra los periodistas):
«No, no, es sólo su opinión, pero no quiero que nadie tenga un can-can sobre esto, vosotros los periodistas sois muy hábiles para crear casos sobre cosas que se dicen al paso y que no se pueden demostrar científicamente. Yo estaba en esa iglesia y estábamos entre ‘cuatro amigos’».
No, Turazzi, los que salieron con «cosas que se dicen al paso y que no se pueden demostrar científicamente» fueron esos ‘cuatro amigos’, entre esos el jesuita y tú, que propalaste esa “inferencia” en la iglesia de Tresigallo. Y Don Piccolo también, que no manifestó rechazo alguno a tus palabras. ¿Y no quieres «que nadie tenga un can-can sobre esto»? Al menos sé varón y aguanta presión.

Al final, Turazzi, viéndose sin opciones, intentó una suerte de amende honorable:
«Si me dices que los descendientes lo niegan, pues bueno… lo rectificaré todo».
   
San Luis Gonzaga fue tan preclaro en la caridad y la castidad que la Rota Romana declaró para su canonización en 1617 (30 años después de su muerte) que «nunca tuvo estímulo alguno a la carne ni pensamiento lascivo. Se puede decir de Luis, que tuvo una pureza angelical, que tuvo mérito angélico» («Númquam stímulum carnis in córpore passus est, nec cogitatiónem ullam in mente impúram hábuit. Mérito ígitur Alóysim Angélicus dici potest, qui angélicam puritátem hábuit»), y la Liturgia lo testifica también, tanto en la Misa Latina Tradicional:
«Cœléstium donórum distribútor, Deus, qui in angélico júvene Aloísio miram vitæ innocéntiam pari cum pœniténtia sociásti: ejus méritis et précibus concéde; ut, innocéntem non secúti, pœniténtem imitémur. Per Dóminum nostrum Jesum Christum [Oh Dios, dispensador de los dones celestiales, que habéis unido en el angélico Luis, una admirable inocencia de vida con un gran espíritu de mortificación, haced, por sus méritos y oraciones, que, si no hemos imitado su pureza, por lo menos imitemos su penitencia. Por Jesucristo Nuestro Señor]». Amén.
Y hasta el mismo Novus Ordo que simula Turazzi:
«Deus, cæléstium auctor donórum, qui in beáto Aloísio miram vitæ innocéntiam cum pæniténtia sociásti, ejus méritis et intercessióne concéde, ut, innocéntem non secúti, pæniténtem imitémur. Per Dóminum nostrum Jesum Christum [Dios, autor de los dones del cielo, que en San Luis Gonzaga has unido penitencia con admirable pureza de vida, concédenos, por sus méritos e intercesión, que, si no le hemos seguido en la castidad, lo imitemos como penitente. Por nuestro Señor Jesucristo]». Amén.
En cuanto al conflicto de San Luis Gonzaga con su padre Ferrante, marqués de Castellón, he aquí cómo lo explican los historiadores:
«El padre no quería que la casa cayera en manos de su hermano [Rodolfo], porque respetaba a Luis, que demostró grandes dotes diplomáticas y políticas y que se dedicó durante más de diez meses, incluso después de su intención de dejarlo todo, al negocio de su padre».
Y si quería Turazzi (que salió con un tibio y pro forma «Sea cual sea el resultado, nos comprometeremos con coherencia a ser testigos del Evangelio de la vida por una cultura y una política favorable a la familia» después del referendo que legalizó el aborto en San Marino). proponer un “santo homosexual”, el ejemplo lo tenía más cerca a su tiempo: Pablo VI Montini. Y no es una “inferencia”, sino un hecho sabido tanto en Milán (donde fue detenido una noche vestido de seglar y frecuentando un establecimiento de acompañantes masculinos) como en Roma (el presidente Giuseppe Saragat tenía informes del Servicio Secreto italiano sobre la homosexualidad de Montini, información presente en los papeles póstumos del antiguo general de carabineros Giorgio Manes), y el mismo Vaticano (el ex Guardia Noble Franco Bellegrandi relata que en muchas ocasiones los favoritos de Montini –a quienes nombró en disrintos puestos en el Vaticano– protagonizaban incidentes en el Palacio, y que este era amante del actor Paolo Carlini; y según contara el padre Luigi Villa, el mismo prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos, el cardenal Pietro Palazzini Conti, se lo hizo saber al postulador de la causa), y hasta por los servicios de inteligencia estadounidense, británico y soviético (que lo usaron para obligarlo a ser espía de los Aliados durante la Segunda Guerra Mundial –y en el caso del Departamento Central de Inteligencia soviético, para revelar, por medio de su secretario jesuita Alighiero Tondi, los nombres de los sacerdotes y obispos clandestinos–), y la masonería (que le arrancó su primer decreto pontificio –casualmente el de la cremación– a cambio de no revelar sus reuniones secretas con Carlini en un hotel de Suiza).

viernes, 4 de octubre de 2024

PABLO VI Y LAS NACIONES UNIDAS


    
LA OBSECUENCIA SERVIL A LOS PODERES MUNDANOS
«Los Pontífices Juan XXIII y Pablo VI miraban con confianza hacia esta importante Institución, como un signo elocuente y prometedor de nuestros tiempos. Y también el que ahora os habla, desde los primeros meses de pontificado ha manifestado varias veces la misma confianza y convicción que nutrían sus predecesores».
   
ANTIPAPA JUAN PABLO II, Discurso a la XXXIV Asamblea General de las Naciones Unidas, 2 de octubre de 1979.  

jueves, 26 de septiembre de 2024

PABLO VI MONTINI, SEGÚN MONS. THUC

Tomado de la REVISTA ENSICHT, año XII, N. 1, (Mayo de 1982), pág. 2. Reproducido en año XXXI, N. 8, (Enero de 2002), pág  225.
    
¿QUIÉN ERA PABLO VI DURANTE EL CONCILIO VATICANO II?
  
Por Mons. Pierre Martin Ngô Đình Thục
   
«Primero, ¿quién fue Pablo VI? Era el brazo derecho del Papa Pío XII, que había depositado en él toda su confianza. Pío XII, por ejemplo, le informó de los obispos y sacerdotes que enviaba clandestinamente a Rusia. Todos estos desgraciados enviados allí por Pío XII fueron capturados y asesinados por los bolcheviques rusos. Los rusos fueron informados por el brazo derecho de Pío XII, que era el futuro Pablo VI.
   
Este Pablo VI fue, por tanto, un monstruo, un hipócrita fenomenal, que logró hacer del “concilio” Vaticano II un concilio desastroso para la Santa Iglesia. Como criminal hipócrita, no asistió personalmente a ninguna reunión –pero, oculto a los ojos de los padres del “concilio”, escuchó todo– y de manera diabólica, cambió todas las decisiones del concilio según sus ideas sacrílegas: por ejemplo, sobre la libertad de creencias religiosas. Sin embargo, sólo existe una fe: la fe católica.
    
Cada decisión del “Concilio”, para ser oficial, debía contar con la mayoría de votos de los obispos. Las discusiones se llevaron a cabo en latín. Sin embargo, un gran número de padres del “concilio”, que no entendían latín, pasaban su tiempo en cafeterías, donde la gente fumaba y bebía café gratis. Cuando llegó el momento de votar, corrían a la basílica y preguntaban a los padres que asistían [a las discusiones] cómo votar. Y votaban ignorando el fondo de las discusiones. Entonces, prácticamente fue la decisión del “Papa” la que se convirtió en la decisión del Concilio. Vemos ahora cómo le va a la Iglesia bajo el reinado de los sucesores de Pablo VI como el llamado “Papa” Juan Pablo II quien se proclamó fiel continuador de sus principios. 
   
Pablo VI tenía odio contra mí y contra mi familia (los Ngô). Por lo tanto, exigió que yo dimitiera como arzobispo de Huế tan pronto como vio la oportunidad. Cuando se enteró del asesinato de mis dos hermanos, el presidente Ngô Đình Diệm y su hermano Ngô Đình Nhu, Pablo VI se quedó sordo y mudo, a diferencia de un protestante –el ex embajador estadounidense en Vietnam– que dimitió para mostrar su horror y dolor por el asesinato de mis hermanos. Este odio vergonzoso contra nuestra familia era lógico para alguien que conociera la mentalidad diabólica de Pablo VI. Quien traicionó a los clérigos soviéticos que Pío XII había enviado a Rusia, quedó encantado con el asesinato de católicos convencidos como mis hermanos Diệm y Nhu.
   
Pero la Iglesia católica, fundada sobre la sangre de Cristo, nunca flaqueará, a pesar de los ataques de Pablo VI y del hecho de que sus sucesores tomaron la Sede de Pedro: “Non prævalébunt…”. Por tanto, oremos con confianza por la Iglesia, porque la Iglesia está fundada “super petram”, y esta roca es el mismo Cristo. Amén».

miércoles, 6 de marzo de 2024

PABLO VI REO CONFESO, Y LOS ENEMIGOS DE LA IGLESIA CELEBRANDO EL VATICANO II

Traducción del artículo publicado en RADIO SPADA.
    

[…] Pablo VI reo confeso: el discurso de clausura del Vaticano II
Aunque no se trata de un documento conciliar en sentido estricto, es interesante informar algunos apartes verdaderamente significativos de la homilía tenida por Pablo VI en la clausura de su Concilio, el día 7 de diciembre de 1965.
    
Exultante por los resultados logrados, el Papa Montini se dejó de hecho llevar a las admisiones gravísimas que, resaltando entre otras cosas el espíritu no católico con el cual se llevaron adelante los trabajos conciliares, habrían hecho asombrar a muchos:
«El humanismo laico profano –exclamó Pablo VI– al fin ha aparecido en su terrible estatura y ha, en cierto sentido, derrotado al Concilio. La religión del Dios que se hizo hombre se ha encontrado con la religión (porque tal es) del hombre que se hace Dios.
    
¿Qué ha sucedido? ¿Un conflicto, una lucha, un anatema? Podía ser; pero no sucedió. […] Dadle mérito en esto al menos, vosotros los humanistas modernos, renunciatarios a la trascendencia de las cosas supremas, y reconoced nuestro nuevo humanismo: también nosotros, nosotros más que todos, somos cultores del hombre»[1].
Un discurso completamente a las antípodas del grito del Apóstol de los Gentiles, que había exclamado: «Si alguno no ama al Señor, ¡sea anatema!»[2], no dudando en poner en guardia a los fieles ante el “hijo de perdición”, el Anticristo, el cual entre la apostasía general se habría opuesto y levantado «sobre todo lo que es llamado Dios o es objeto de culto, hasta sentarse en el templo de Dios, haciéndose pasar por Dios»[3].
   
Pero he aquí salir a Pablo VI con su Vaticano II que, en vez de lanzar el anatema contra el humanismo moderno (o sea contra la «religión del hombre que se hace Dios» como el Anticristo), lo abraza fraternamente.
   
No más excomuniones, no más Sílabos –triste legado de los oscuros tiempos preconciliares– sino unión híbrida y sacrílega entre el Catolicismo y mundo anticristiano, entre la Iglesia y las ideas de la Revolución.
    
No era difícil en este punto prever lo que habría sucedido una vez abatidas las barreras entre la Iglesia y el Mundo, o sea las barreras entre la Verdad y el error, y por consecuencia también aquellas entre el bien y el mal, la grey se habría dispersado.
   
Al mismo tiempo, los Papas conciliares, ilusos de una falsa teología y engañados por las tramas de los enemigos jurados de la Iglesia, se habían gradualmente cambiado de Vicarios de Cristo en capellanes del masónico Nuevo Orden Mundial, nuevos Pontífices de una novísima súperiglesia ecuménica y liberal reducida a simple “pancarta”, lugar de encuentro de todas las religiones.
    
La paz sobrenatural prometida de Jesucristo a sus fieles se habría cambiado en una paz toda humana que habría, sí, unido a todas las gentes, pero en la única apostasía, de la cual el encuentro interreligioso de oración de Asís en 1986 sería solo una primera señal.
    
La “prueba del nueve”
No se puede pues honestamente negar, a menos que se quiera negar la evidencia, que el Concilio Vaticano II había recibido en sus principales documentos, más o menos mimetizada, gran parte de las instancias tanto de los primeros modernistas, como de sus epígonos de la nouvelle théologie.
    
Para reforzar este juicio, también, consideramos interesante reportar también algunas declaraciones significativas de mérito emitidas por parte tanto de los exponentes calificados de la nouvelle théologie hoy triunfante, como de las personalidades y fuentes del área masónica y comunista.
    
a) En el verano del 1976, por ejemplo, el Osservatore Romano (diario oficioso de la Santa Sede) dedicaba en su famosa “página tres” un artículo celebrativo al famoso modernista Tommaso Gallarati-Scotti, donde entre otras cosas reconocía:
«En los últimos años, le viene una gran consolación (a Gallarati-Scotti, N. del R.) por el Concilio Vaticano II, porque sintió que las amarguras probadas de joven (a causa de la condena del modernismo, N. de R.) no fueron sufridas en vano: la Iglesia avanzaba por un camino áspero y difícil, en el cual tantas cosas, entonces esperadas, devenían realidad viva»[4].
Pero, si el Vaticano II fue una consolación para el modernista impenitente Tommaso Gallarati-Scotti y si el Osservatore Romano podía hacer tranquilamente el elogio de este último en época postconciliar, debería ser claro como el sol –al menos para quien no quiera cegarse voluntariamente– qué juicio se deba dar a un Concilio que ha hecho devenir realidad viva las instancias modernistas: y debería ser evidente quién manda hoy en la Iglesia.
    
b) Por su parte, el dominico subversivo Yves Congar (luego, como hemos visto, creado cardenal, evidentemente por “méritos” adquiridos) exultaba afirmando que, con el Vaticano II, «la Iglesia hizo su pacífica revolución de octubre»[5].
   
Lo que –como solía decir irónicamente Guareschi– es bello e instructivo. O, mejor, más instructivo que bello.
    
c) Edward Schillebeeckx OP, finalmente, era, como de costumbre, aún más explícito:
«El Vaticano II fue una especie de confirmación de cuanto habían hecho los teólogos (neomodernistas, N. de R.) antes del Concilio: Rahner, Chenu, Congar y otros; […] no fue precisamente el punto de partida de una nueva teología, sino solo el sello de cuánto algunos teólogos habían hecho antes del Concilio; de teólogos que fueron condenados, alejados de la enseñanza y enviados al exilio, cuya teología truinfó en el Concilio.
    
[…] El Concilio fue un compromiso. Por una parte fue un Concilio liberal, que ha consagrado los nuevos valores modernos de la democracia, de la tolerancia y de la libertad. Todas las grandes ideas de la revolución estadounidense y francesa, combatidas por generaciones de Papas, todos los valores democráticos fueron adoptados por el Concilio. Por otra, el Concilio no ha podido dar una respuesta a los fermentos de revuelta, que ya se preanunciaban. […] Ha aceptado un poco nuestra teología, confirmándonos en nuestra investigación teológica. Nos hemos sentido libres como teólogos y liberados de sospechas, del espíritu de inquisición y condena.
   
Pesaba sobre nosotros el espíritu de la Humáni Géneris (1950), la encíclica de Pío XII que condenó Le Saulchoir y Fourvière: las escuelas de los dominicos y los jesuitas (de Congar, Chenu, de Lubac y compañía, N. de R.). Todos nosotros estábamos bajo sospecha antes del Concilio y el Concilio nos ha liberado»[6].
Cuando se habla claro…
    
d) Así escribía el número especial de “Propaganda” del Partido Comunista Italiano en ocasión de su Congreso de 1964:
«La extraordinaria apertura del Concilio, justamente comparada a los Estados Generales de 1789, ha mostrado a todo el mundo que la vieja Bastilla político-religiosa fue sacudida en sus cimientos. (…) Surgió una posibilidad hasta ahora imprevista, de acercarse, con maniobras adaptadas, a nuestra victoria final»[7].
   
e) También Yves Marsaudon, alto dignatario masónico de la Gran Logia de Francia, levantaba su peana por el triunfo de los “valores” masónicos ahora acogidos por el Vaticano II:
«Si existiesen aún algunos islotes no muy lejanos, en el pensamiento, de la época de la Inquisición, ellos serían con fuerza anegados en la marea alta del ecumenismo y del liberalismo, del cual una de las consecuencias más tangibles será el derribo de las barreras espirituales que todavía dividen el mundo. Con todo el corazón esperamoa el resultado de la Revolución de Juan XXIII»[8].
Y, para quien aún no estuviese satisfecho, he aquí el gran final:
«Los cristianos no deberán olvidar que todo camino (toda religión, N. de R.) conduce a Dios […] y mantenerse en esta valiente noción de la libertad de pensamiento, que –a este propósito se puede hablar verdaderamente de revolución, parida por nuestras logias masónicas– está extendida magníficamente sobre la cúpula de San Pedro»;
con el Vaticano II naturalmente, razón por la cual podía concluir exultante Marsaudon:
«todo masón digno de tal nombre […] no podrá hacer menos que alegrarse sin restricción alguna de los resultados irreversibles del Concilio»[9].
«Sin restricción alguna». ¿Queda claro?
    
Los sostenedores a ultranza del Vaticano II, de la nueva “Iglesia conciliar” y del “camino ecuménico irreversible”, están bien acompañados.
ANDREA MANCINELLA (Ermitaño de Albano), 1962, Rivoluzione nella Chiesa: cronaca dell’occupazione neomodernista della Chiesa Cattolica/1962, Revolución en la Iglesia: crónica de la ocupación neomodernista de la Iglesia Católica. Brescia, Ed. Civiltá 2010, págs. 125-130. En Golpe nella Chiesa. Documenti e cronache sulla sovversione: dalle prime macchinazioni al Papato di transizione, dal Gruppo del Reno fino al presente/Golpe en la Iglesia. Documentos y crónicas sobre la subversión: desde las primeras maquinaciones al Papado de transición, del Grupo del Rin hasta el presente (Prólogo del padre Curzio Nittoglia, epílogo de Aldo María Valli), Edizioni Radio Spada.
  
NOTAS
[1] Última sesión pública del Concilio Ecuménico Vaticano II, Discurso de Pablo VI, 7 de diciembre de 1965.
[2] 1 Cor. 16, 22.
[3] 2 Tes. 2, 3-4.
[4] L’Osservatore Romano, 7 de julio de 1976.
[5] Yves Congar, “Le Concile au jour le jour. Deuxième session”, París, 1964, pág. 215.
[6] Entrevista en la revista “Jesus”, mayo de 1993.
[7] Cit. en Mons. Rudolf Graber, “San Atanasio y la Iglesia de nuestro tiempo”, ed. Civiltà, Brescia, 1974, pág. 73.
[8] Yves Marsaudon, “L’œcumenisme vu par un franc-maçon de tradition”, ed. Vitiano, París, primer trimestre de 1964, pág. 42.
[9] Ibid, pág. 121.