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domingo, 21 de enero de 2024

EL ÚLTIMO CONFESOR DE LUIS XVI

Poco antes de ser guillotinado, la principal preocupación del depuesto rey Luis XVI de Francia era la salvación de su alma. En su testamento, el monarca escribió el siguiente acto de contrición perfecta:
«Ruego a Dios que me perdone todos mis pecados. Intenté conocerlos escrupulosamente, detestarlos, humillarme en su presencia; y al no poder servirme del Ministerio de un Sacerdote Católico, ruego a Dios recibir la confesión que le he hecho y sobre todo el arrepentimiento profundo que tengo de haber puesto mi nombre (aunque haya sido en contra de mi voluntad) en leyes que pueden ser contrarias a la disciplina y a la creencia de la Iglesia Católica, a la que siempre permanecí sinceramente unido de corazón. Ruego a Dios recibir la firme resolución en la que me encuentro: si me otorga vida, servirme tan pronto como me sea posible del Ministerio de un Sacerdote Católico para acusarme de todos mis pecados, y recibir el sacramento de la Penitencia».
Su oración fue recibida por Dios nuestro Señor, quien le envió a un sacerdote que, en tales circunstancias, fue valiente: Henry Essex Edgeworth de Firmont. Sea este artículo la ocasión para rescatarlo del olvido.
   
Henry Essex Edgeworth de Firmont

Henry nació en 1745 en Edgeworthstown (condado de Longford, Irlanda), segundo de los ocho hijos de Robert Edgeworth, terrateniente y rector anglicano de Edgeworthstown y tío segundo de la novelista María Edgeworth, y de Marta Ussher (pariente lejana de James Ussher, el famoso arzobispo anglicano de Armagh). A los cuatro años, su padre se convirtió al catolicismo tras concluir, al estudiar la Biblia y los Padres de la Iglesia, que la Transubstanciación era real, y a causa de las anticatólicas Leyes Penales de la época, su familia migró a Tolosa de Francia. Henry fue educado por los jesuitas, y al morir su padre, en 1769 ingresó al seminario de los Treinta y Tres en París, bajo la influencia del obispo Moylan de Cork. Ordenado sacerdote, se dedicó a la misión entre sus correligionarios irlandeses e ingleses, declinando una mitra que le ofrecieron.

Por las relaciones de su padre y el arzobizpo de París (que lo nombró vicario general), el padre Henry conoció a la Familia Real Francesa, a quien acompañó durante los aciagos días de la Revolución: fue confesor de la princesa Isabel, y por su devoción y firmeza fue admirado incluso por los sans culottes que la tenían prisionera. Ella lo recomendó a su hermano el rey, y obtuvo del Consejo el permiso de oficiar la Santa Misa y asistirlo en el cadalso. 

En ese sentido, a un sacerdote en Londres de apellido Maffey, el padre Henry le escribió:
«Dios Todopoderoso ha frustrado mis medidas y me ata a esta tierra de horrores con cadenas de las que no tengo libertad para librarme. El caso es este: El desdichado señor [el rey] me encarga que no abandone este país, ya que soy el sacerdote que pretende prepararlo para la muerte. Y si la iniquidad de la nación cometiera este último acto de crueldad, debo también prepararme para la muerte, pues estoy convencido de que la rabia popular no me permitirá sobrevivir ni una hora después de la trágica escena; pero estoy resignado. Si mi vida pudiera salvarlo, la entregaría voluntariamente y no moriría en vano».
En la noche del 20 de Enero, el padre Henry es conducido a la celda del “ciudadano Luis Capeto” para darle los últimos sacramentos. Luis lo recibió y dijo:
«Ahora, señor, el gran asunto de mi salvación es el único que debería ocupar mis pensamientos. ¡El único negocio de verdadera importancia! ¿Qué son todos los demás temas comparados con este?».
Henry, tan comedido y con fortaleza de carácter, rompe en llanto al ver al rey, y este después le dice con lágrimas en los ojos:
«Perdóneme, señor… Durante mucho tiempo he vivido entre mis enemigos, y la costumbre me ha familiarizado en cierta medida con ellos; pero cuando contemplo a un súbdito fiel… un lenguaje diferente llega a mi corazón, y a pesar de mis mayores esfuerzos, me derrito».
   
La fría mañana del 21 de Enero de 1793, los guardias del Temple mantenían un cateo constante en la paranoia que Luis se suicidara, privándoles del morboso espectáculo de verlo decapitado, este dijo:
«Estas gentes ven dagas y venenos por doquiera; temen que yo me autodestruya… ¡cuán poco me conocen! Matarme sería en verdad un acto de debilidad».
Poco después de las 10 de la mañana, cuando los verdugos condujeron al otrora rey al cadalso en la Plaza de la Revolución (hoy Plaza de la Concordia), Luis les dijo:
«Hacedme lo que se os ha mandado, pero no me ataréis».
El padre Henry le recomendó que le dejara atar las manos, con las palabras:
«Señor, en este nuevo ultraje sólo veo el último rasgo de semejanza entre Su Majestad y el Dios que será su recompensa».
Al padre Henry se le atribuye la frase «Fils de St Louis, Montez au ciel! / Hijo de San Luis, asciende al Cielo» después de morir Luis XVI, pero hay debate si la pronunció en realidad. Temía que por eso fuese el siguiente en ceder el cuello a la guillotina, pero logró escabullirse en medio de la multitud.
   

Evadió los guardias que iban a capturarlo usando varios disfraces y pseudónimos, pero cuando murió su madre en 1795, Henri logró partir a Inglaterra donde fue recibido como héroe (aunque declinó la pensión que le quería dar el primer ministro William Pitt), y luego a Escocia, donde entregó al Conde de Artois (futuro Carlos X de Francia) el último mensaje de la princesa Isabel. Si bien su hermano Ussher trató de persuadirlo de regresar a Irlanda, el padre Henry partió a llevar unos mensajes al Conde de Provenza (futuro Luis XVIII de Francia) que se encontraba en Blankenburg cerca a Brunswick (Alemania), quien lo hizo su capellán. En 1800 viajó a Rusia para entregar al zar la insignia de la Orden del Espíritu Santo y recibió una pensión de 200 ducados.

En 1805 se vendió Firmont (la propiedad familiar de los Edgeworth) y se perdieron los ingresos, dejándolo sin dinero, por lo que se vio obligado a escribir a Pitt y aceptó tardíamente su oferta de pensión.

Durante la expedición napoleónica a Rusia, las tropas del zar hicieron muchos prisioneros, de los cuales 23 fueron conducidos a donde estaba el padre Henry. Si bien los que estaban con él los veían como condenados por su lealtad al Corso heredero de la Revolución, él los asistió espiritualmente, quien murió en 1807 en Mittau/Jeglava (actual Letonia), por una fiebre que contrajo mientras asistía a los prisioneros franceses.

Joseph Guinan en su biografía para la Enciclopedia Católica, escribió que 
«Al caer su fortuna, él estuvo con ellos [la Familia Real] a costa de su vida, siguió en el exilio a los sobrevivientes después de la Revolución, y murió en su servicio».
El padre Henry murió acompañado por la condesa María Teresa de Angulema (quien lo atendió aun a riesgo de enfermar también), y el propio Luis XVIII le dedicó un epitafio, elogiándolo como «sacerdote de la Santa Iglesia de Dios, quien, siguiendo los pasos de nuestro Redentor, fue ojo para los ciegos, bastón para los cojos, padre a los pobres y consolador de los afligidos».
   
La buena muerte es una gracia que debemos pedir con humildad y sin cesar. Por otra parte, es importante orar para que los sacerdotes reciban la fortaleza para realizar su ministerio aun en circunstancias extremas.

jueves, 15 de julio de 2021

LA BASTILLA ESTABA PARA DEMOLICIÓN ANTES DE SU “TOMA”

Por César Cervera para ABC (España).
  
LA GRAN MENTIRA DE LA REVOLUCIÓN FRANCESA: EL DECEPCIONANTE ASALTO A LA CÁRCEL BORBÓN MÁS CÉLEBRE
Luis XVI llegó a autorizar la demolición de la Bastilla unas pocas semanas antes de que se produjera el asalto, que se saldó con la liberación de una cantidad bastante baja de presos.
    
Toma de la Bastilla, cuadro de Jean-Pierre Louis Laurent Houel (1735-1813), donde se aprecia el arresto del alcaide.
   
No hay pruebas de que María Antonieta, esposa del Rey de Francia Luis XVI, afirmase aquello de pues «que coman pasteles» (otra versión dice croissant), cuando le informaron de que el pueblo estaba hambriento. La mayor parte de frases, anécdotas y horrores que se atribuyen a esa corte engullida por la Revolución francesa son fruto del odio provocado por las tripas rugiendo.
   
Pocos episodios en la historia cargan a su espalda con tantos mitos como la Revolución francesa, considerada por la intelectualidad un hito para Europa a pesar de que solo en el llamado periodo del Terror se ejecutaron a más de 10.000 personas en cuestión de un año, es decir, el doble que la malvada Inquisición española en tres siglos.
  
Probablemente la cumbre de los mitos sobre la Revolución que terminó con Luis y su esposa decapitados fue el heroico asalto a la Bastilla, que según la literatura revolucionaria era la más terrible cárcel diseñada por los Borbones.
   
UN POBRE BOTÍN
El 14 de julio de 1789, se produjo el asalto de la fortaleza por un pueblo furioso y conocedor de las historias que se contaban sobre el lugar, sobre prisioneron enterrados vivos y torturados hasta perder la cabeza. La muchedumbre acudió al lugar reclamando pólvora para armarse contra las tropas reales que trataban de recuperar el control de la ciudad, pero una vez dentro se conjuraron para demoler aquella jaula de buenos patriotas.
  
El alcaide terminó el día acuchillado y con la cabeza clavada en una pica, lo que dio inicio a una de las señas más sangrientas de la Revolución francesa. Poca gestos de heroicidad hubo ese día... Los libertadores quedaron bastante decepcionados al encontrarse en las celdas únicamente con siete prisioneros (dos dementes, cuatro falsificadores y un aristócrata). En ningún rincón aparecieron los hombres que habían sido enterrados con vida por delitos nunca cometidos, según la leyenda creada en la década previa, ni las centenares de personas que abarrotaban supuestamente sus celdas entre ratas y chinches.
   
Como cuenta Simon Schama en el libro clásico «Ciudadanos: una crónica de la Revolución francesa», editado recientemente en castellano por Debate, la Bastilla se trataba de una fortaleza formada por ocho torres redondas, cada una de un espesor de 1,5 metros y una altura, en el caso de la más alta, de solo veinticinco metros. Con ánimo de exagerar el mérito de su asalto, los dibujos posteriores la presentarían con una altura tétrica y unas barreras afiladas. Lo mismo ocurrió con lo que habían encontrado dentro, de manera que se pintó una estampa de torturas y vigilancia asfixiante que no correspondía con la realidad.
  
UNA CÁRCEL PARA LOS ENEMIGOS DEL REY
Construido a finales del siglo XIV como defensa contra los ingleses y convertida por Carlos VI de Valois en cárcel, la Bastilla se hizo célebre como lugar de confinamiento de los enemigos del Estado con el Cardenal Richelieu. La mayoría de sus presos eran personas detenidas por las lettres de cachet (un instrumento a cargo del Rey que le permitía encarcelar a la gente sin necesidad de juicio) y se trataba de individuos de alta cuna, conspiradores y ministros caídos, aparte de un gran número de protestantes. Otro tipo de preso habitual en esta fortaleza parisina eran los escritores cuyas obras habían sido declaradas sediciosas y los jóvenes delincuentes de la nobleza que habían abochornado a su familia, la cual solía reclamar el encierro y pagarlo de su propio bolsillo.
    
En tiempos de Luis XVI ya no se empleaban las celdas subterráneas, llamadas cachots, donde la humedad y la presencia de ratas era terrorífica, pero sí las calottes, justo debajo del techo. Las condiciones eran malas para los presos de bajo estrato social, pero nada en comparación con otras cárceles del periodo.
   
La Bastilla era a finales del siglo XVIII una cárcel confortable dentro del panorama europeo, con una alta asignación estatal para los presos ilustres y donde la mayoría de residentes ocupaban habitaciones octogonales de unos cinco metros de diámetro en los niveles intermedios. En cada celda había una cama, varias mesas y sillas, así como una cocina o chimenea. A muchos se les permitía llevar sus pertenencias y a sus perros o gatos, que les ayudaban a enfrentarse a las ratas.
    
La Bastilla y la Porte Saint-Antoine, vistas desde el este
  
El Marqués de Sade, que fue traslado de esta prisión a un manicomio justo una semana antes del asalto, pudo llevarse a su celda un escritorio, un guardarropa, un juego completo de camisas, calzones de seda, chaquetas de frac, batas, varios zapatos, cuadros familiares, tapices, almohadas, colchones, lámparas de aceite, perfumes, una colección de sombreros y 133 volúmenes de libros. Se le tenía permitido recibir visitas, incluida la de sus oculistas, y pasear por el patio amurallado.
    
Una de las razones por las que fue trasladado al centro mental con locos y epilépticos fue porque durante sus paseos se dedicó a gritar a los transeúntes una serie de discursos críticos contra el alcaide y contra las condiciones de vida a las que se veía sometido por culpa de su familia. Amén del catálogo de depravaciones que se le atribuía...
   
La prueba de que las medidas de seguridad no eran muy estrictas es que el patio exterior estaba siempre abierto al público y se podía hablar con el portero, sentado en una pequeña cabina, encargado de vigilar el acceso interior. A los prisioneros les estaba permitido dentro de sus muros el consumo de alcohol, tabaco y las partidas de cartas, además del billar para los caballeros que solicitaran una mesa.
    
UNA CREACIÓN LITERARIA
La alimentación en la Bastilla tenía especialmente buena fama. Los plebeyos recibían probablemente potajes y sopas con minúsculos trozos de tocino, jamón grasiento y alimentos básicos como pan, vino y queso, lo cual estaba muy por encima de lo que se podía conseguir en las calles de país con graves problemas de abastecimiento. Cuanto más poder adquisitivo mejor era la asignación del Estado y, con ello, la comida. Marmontel, un escritor que pasó por sus barrotes, recordaba con gran cariño «una sopa excelente, un suculento trozo de carne, el muslo de pollo hervido rezumando grasa; un plato de alcachofas o espinacas marinadas y fritas; peras cressane realmente buenas; uvas frescas, una botella de borgoña añejo y el mejor café moca».
  
Precisamente la gran cantidad de escritores, los que mayor asignación recibían, que pasaron por sus espesos muros fueron los que contribuyeron a crear el mito de la prisión gótica que causaba escalofríos. El más popular de los libros contrarios a la Bastilla lo escribió Simon-Nicolas-Henri Linguet, traductor de Lope de Vega y Calderón de la Barca, tras pasar una experiencia muy traumática en su interior: su celda estaba estaba conformada por «dos colchones comidos por los gusanos; una silla de caña en la cual el asiento tenía apenas unas pocas tiras que sostenían el armazón, una mesa plegable».
   
Como destaca Simon Schama en «Ciudadanos: una crónica de la Revolución francesa», no hay razones para dudar de que la experiencia en la Bastilla de Linguet fue peor que la de otros escritores contemporáneos como Sade o Morellet a nivel físico, si bien lo que a él más le atormentaba era la tortura mental y moral, el hecho de compartir prisión con otros individuos más abyectos y el ser tratado como un niño al que hay que educar. Su obra, no en vano, fue sobre todo una crítica a todo el sistema penitenciario de la época.
  
El relato de un preso común llamado Latude, que se fugó varias veces de la Bastilla y sufrió sus peores suplicios, hasta el punto de que se hizo amigo de una legión de ratas, también obtuvo un gran éxito de veces y azuzó la campaña mediática para demoler la fortaleza. Luis XVI lo llegó a autorizar unas pocas semanas antes de que se produjera el asalto como parte de su programa para la mejora urbanística y el aumento de jardines en la ciudad. En el amplio espacio que dejarían sus ruinas, el Monarca ordenó la construcción de una columna en bronce con una sencilla inscripción: «Luis XVI, restaurador de la Libertad Pública».
   
Luis XVI, por Callet
   
Los acontecimientos revolucionarios impidieron sus planes, como tantos otros, y convirtió el asalto en un hito de la lucha contra el tirano. Maquetas de la prisión que incluían un patíbulo, a pesar de que en este lugar nunca se celebraron ejecuciones, tinteros hechos con los grilletes, pisapapeles hechos con piedras de la fortaleza y otros souvenirs muy populares alimentaron entonces y ahora el mito de que la Bastilla como el lugar más oscuro de la Monarquía Borbónica. La realidad era algo más profana.

martes, 21 de enero de 2014

IN MEMORIAM

Desde MILES CHRISTI
  
Recordemos el 221 aniversario del martirio de Su Majestad Cristianísima, Luis XVI de Francia.
  
Su Majestad Cristianísima, Luis XVI de Francia, MÁRTIR DE LA FE
   
Luis XVI de Francia fue un monarca que, en medio de las frivolidades de la Corte y del odio de la francmasonería, hizo cuanto estuvo en su mano para que sus compatriotas no se vieran aplastados por la miseria en que se sumía el Estado a causa de las guerras extranjeras. Como católico, defendió a la Iglesia frente a la ira de una ilustración tenebrista, conservando la Fe tradicional hasta el instante de su muerte, la cual, siguiendo el ejemplo de Cristo, asumió valerosamente, perdonó a sus verdugos y pidió que su sangre no recayera sobre Francia. Quizá no haya Papa que lo canonice, pero nadie negará que es un MÁRTIR DE LA FE y DEFENSOR DE CRISTO REY.
 
¡REQUIESCAT IN PACE!
  
TESTAMENTO DEL REY LUIS XVI DE FRANCIA, ESCRITO 26 DÍAS ANTES DE SU MARTIRIO (Desde ECCE CHRISTIANUS)
  
En el nombre de la Santísima Trinidad, del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. En el día de hoy, vigésimo quinto día de diciembre de mil setecientos noventa y dos, yo, Luis XVI de nombre, Rey de Francia, estando desde hace más de cuatro meses encerrado con mi familia en la Torre del Temple de Paris, por aquellos que eran mis súbditos, y privado de cualquiera comunicación, incluso, desde el 11 del presente, con mi familia; y además implicado en un juicio cuyo desenlace resulta imposible anticipar debido a las pasiones de los hombres, y para el cual no encuéntrase ningún pretexto ni causa en ninguna ley existente, y no teniendo más que a Dios por testigo de mis pensamientos y a quien pueda dirigirme, aquí declaro en su presencia mi última voluntad y mis sentimientos.
 
Dejo mi alma a Dios, mi creador, y le ruego recibirla en su misericordia, no juzgarla por sus méritos, sino por los de nuestro Señor Jesucristo, quien se ofreció en sacrificio a Dios su padre por nosotros los hombres, por mas indignos que fuésemos y yo en primer lugar.
 
Muero en la unión de nuestra Santa Madre Iglesia Católica, Apostólica y Romana, que detenta sus poderes por una sucesión ininterrumpida de San Pedro a quien Jesucristo los había confiado. Creo firmemente y confieso todo lo que está contenido en el Símbolo y los mandamientos de Dios y de la Iglesia, los Sacramentos y los Misterios tal como la Iglesia Católica los enseña y siempre los ha enseñado.
  
No pretendí jamás hacerme juez en las diferentes maneras de explicar los dogmas que desgarran a la Iglesia de Jesucristo, pero me he confiado y siempre me confiaré si Dios me presta vida, a las decisiones que los superiores Eclesiásticos unidos a la Santa Iglesia Católica dan y dieron conforme a la disciplina de la Iglesia seguida desde Jesucristo. Compadezco de todo corazón a nuestros hermanos que pueden estar en el error, pero no pretendo juzgarlos, y a todos ellos en Jesucristo no los amo menos tal como la caridad cristiana nos lo enseña.
  
Ruego a Dios que me perdone todos mis pecados. Intente conocerlos escrupulosamente, detestarlos, humillarme en su presencia, y al no poder servirme del Ministerio de un Sacerdote Católico ruego a Dios recibir la confesión que le he hecho y sobre todo el arrepentimiento profundo que tengo de haber puesto mi nombre (aunque haya sido en contra de mi voluntad) en actas que pueden ser contrarias a la disciplina y a la creencia de la Iglesia Católica a la que siempre permanecí sinceramente unido de corazón, ruego a Dios recibir la firme resolución en la que me encuentro si me otorga vida, servirme tan pronto como me sea posible del Ministerio de un Sacerdote Católico para acusarme de todos mis pecados, y recibir el sacramento de la Penitencia.
  
Ruego a todos aquellos a los que podría haber ofendido por inadvertencia (porque no recuerdo haberle hecho a sabiendas ninguna ofensa a nadie) o a aquellos a quienes hubiese podido dar malos ejemplos o escándalos que me perdonen el mal que crean pude haberles hecho.
  
Ruego a todos aquellos que tienen Caridad unir sus oraciones a las mías, para obtener de Dios el perdón de mis pecados.
  
Perdono de todo corazón, a aquellos que se hicieron mis enemigos sin que les haya dado yo razón alguna y ruego a Dios que los perdone, igual que a aquellos que por un falso celo, o por un celo mal entendido, mucho daño me hicieron.
   
A Dios le encomiendo a mi mujer, a mis hijos, a mi hermana, a mis tías, a mis hermanos, y a todos aquellos con los que me unen los Lazos de Sangre o cualquiera otra manera que pudiera ser. Ruego a Dios particularmente que mire con ojos de misericordia a mi mujer, a mis hijos y a mi hermana, quienes desde hace mucho tiempo sufren conmigo, que los sostenga con su gracia si llegan a perderme, y mientras sigan en este mundo perecedero.
  
A mi mujer le encomiendo a mis hijos, jamás dude de su ternura maternal para con ellos, le encomiendo sobre todo que haga de ellos buenos Cristianos y hombres honestos, que los haga mirar las grandezas de este mundo terrenal (si acaso los condenan a vivirlas) tan solo como bienes peligrosos y perecederos y que vuelvan sus miradas hacia la gloria de la Eternidad, única solida y perdurable, a mi hermana le ruego que siga con su ternura hacia mis hijos, y que les haga las veces de madre, si tuviesen la desgracia de perder la suya.
   
A mi mujer le ruego que me perdone todos los males que por mí sufre, y las penas que podría haberle dado en el transcurso de nuestra unión, e igual puede estar segura de que nada guardo en su contra, si creyese tener algo de qué reprocharse.
   
A mis hijos muy encarecidamente les encomiendo, después de lo que se deben a Dios quien ha de transitar antes que todo lo demás, que permanezcan unidos entre ellos, sumisos y obedientes con su madre, y agradecidos por todos los cuidados y trabajos que tiene ella para con ellos, y en mi memoria les ruego que miren a mi hermana como a una segunda madre.
   
A mi hijo le encomiendo si tuviese la desdicha de volverse Rey, que piense que débese todo entero a la felicidad de sus conciudadanos, que ha de olvidar todo odio y todo resentimiento y en especial todo lo que tiene relación con las desdichas y los sufrimientos por los que estoy pasando, que no puede hacer la felicidad de los Pueblos más que reinando de acuerdo con las Leyes, pero al mismo tiempo que un Rey no puede hacerlas respetar, y hacer el bien que hay en su corazón, más que en la medida que tiene la autoridad necesaria, y que de otra manera al estar ligado en sus operaciones y al no inspirar respeto, resulta más perjudicial que útil.
   
A mi hijo le encomiendo que cuide a todas las personas que me tenían aprecio, tanto como las circunstancias en las que se encuentre lo faculten para ello, que piense en que es una deuda sagrada la que contraje con los niños o los padres de aquellos que por mi perecieron, y además de aquellos que son desdichados por mi causa, yo sé que hay varias personas de entre las que me tenían aprecio que no se condujeron hacia mi persona como debían, y que incluso mostraron ingratitud, pero lo perdono (a menudo en los momentos de confusiones y de efervescencia, no es uno el dueño de si) y ruego a mi hijo, si encuentra la ocasión para ello, que de ellos no tenga en mente más que su desdicha.
   
Quisiera poder aquí dar testimonio de mi reconocimiento a aquellos que me mostraron un verdadero y desinteresado aprecio, aunque por una parte solo me hubiese afectado la ingratitud y la deslealtad de la gente a quien nunca manifesté mas que bondades, a ellos, a sus padres o amigos, por la otra tuve consuelo en ver el aprecio y el interés gratuito que muchas personas me mostraron, les ruego recibir por ello todo mi agradecimiento, en la situación en la que vemos están las cosas, me daría temor comprometerlos si hablase mas explícitamente, pero a mi hijo le encomiendo especialmente que busque las ocasiones de poder identificarlos.
   
Sin embargo, creería estar calumniando los sentimientos de la Nación si a mi hijo no le encomendara abiertamente a los Señores De Chamilly y Hue, cuyo verdadero aprecio por mí los había llevado a encerrarse conmigo en esta triste morada, y quienes pensaron en ser sus desdichadas victimas, también le encomiendo a Clery, de cuyos cuidados tantas veces pude mostrarme satisfecho desde que está conmigo, y como es él quien ha permanecido conmigo hasta el fin, ruego a los Señores de la Comuna le entreguen mi ajuar, mis libros, mi reloj, mi monedero y los demás pequeños efectos que quedaron depositados en el Consejo de la Comuna.
   
A aquellos que me vigilaban también de muy buen talante les perdono los malos tratos y los tormentos que pensaron debían utilizar conmigo, encontré algunas almas sensibles y compasivas, que sean esas las que gocen en su corazón de la tranquilidad que debe darles su manera de pensar.
    
A los Señores de Malesherbes, Tronchet y de Seze les ruego recibir aquí todo mi agradecimiento y la expresión de mi sensibilidad, por todos los cuidados y las molestias que se tomaron en mi respecto.
   
Termino declarando ante Dios y dispuesto a comparecer ante Él, que no me reprocho ninguno de los crímenes que se me achacan.
   
Hecho en dos ejemplares en la torre del Temple el día veinticinco de diciembre de mil setecientos noventa y dos.