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viernes, 30 de enero de 2026

SEDE-PRIVACIONISMO, ¿SI ES NECESARIO?

Traducción del artículo publicado por el Padre Thomas John Ojeka.
   

Prólogo: Cuando la necesidad llama al deber.
Adjunta a la respuesta en mi publicación en X se incluyó una solicitud requiriendo considerar al cardenal Manning, a los Padres y los límites de la analogía:
«¿Qué dices ante esto? El autor es un ex-seminarista del Seminario de la Santísima Trinidad. Parece coincidir con lo que escribió el cardenal Manning (basado en los Padres de la Iglesia) en “La presente crisis de la Santa Sede”, que así como Cristo pasó por su Pasión, muerte y resurrección, Su Iglesia debe pasarlo también».
A continuación, el texto en la captura de pantalla:
«Respuesta de gladius_veritatis, 27 de Enero de 2021, 09:44:21 AM:
Cita de: 2Vermont, 27 de Enero de 2021, 09:31:13 AM
¿Cuál es tu postura entonces?
No estoy tan seguro que la historia no demostrará que todos estamos equivocados, al menos en algún aspecto u otro. Si TENGO que alinearme con alguna postura u otra, la única que tiene más sentido para mí es el Sedeprivacionismo, o la Tesis de Cassiciacum de Guérard des Lauriers (quien, aparte del padre [Martin] Stepanić OFM, fue el único teólogo legítimo en Tradilandia).
   
El sedevacantismo puro tiene problemas insolubles, como también la [postura] Reconocer y Resistir.
   
Cuando Cristo estuvo en la tierra, una de las principales razones por las que Sus seguidores fueron impactados por Su muerte fue… “¿Quién hubiera pensado que Dios podría MORIR? Él lo hizo”.
   
Cristo dijo que Él estaría CON la Iglesia hasta el fin, pero ¿no es la vida de la Santa Iglesia análoga a la vida de Nuestro Santísimo Señor? Bueno, Él murió. Sí. Su Divinidad permaneció unida tanto a Su Cuerpo como a Su Alma, y así Él pudo reunirlas cuando quiso. Aun así, estaban verdaderamente separadas, lo que es la definición de la muerte.
   
¿Hay algo que diga que la Iglesia, como Su Señor, no puede morir, al menos en el sentido que Su cuerpo y Su alma se separen? ¿Tal escenario necesariamente invalidaría la promesa de estar con ella todos los días?
   
Hay mucho más para decir, pero estos son algunos pensamientos básicos».
Aquí veo un llamado al deber para intervenir en aras de la claridad y precisión que demanda nuestra Santa Fe. ¡Oh, que esto sea una edificación y no se tome como ejercicio voluntario para atizar la controversia!

La captura de pantalla en cuestión…

I. La pregunta planteada
   
El argumento para considerar propone que, así como Cristo pasó por Su Pasión, Muerte y Resurrección, así también la Iglesia, Su Cuerpo Místico, puede padecer una “muerte” comparable, en el entendido de una separación entre su “cuerpo” y su “alma”, sin que por ello se contradiga la promesa de Cristo de permanecer con ella hasta el fin de los tiempos.
   
Esta línea de razonamiento está siendo avanzada en defensa del sedeprivacionismo, particularmente bajo el llamado de la Tesis de Cassiciacum de Guérard des Lauriers y los escritos del cardenal Henry Edward Manning, especialmente La crisis presente de la Santa Sede.
   
Puesto que este llamado invoca a los Padres y a un cardenal de la Iglesia Romana, requiere precisión, no impresionismo. 
  
Es un hecho conocido que la analogía, si se estira demasiado, deja de iluminar y comienza a deformar la doctrina.

II. Indefectibilidad: El límite no negociable
   
Antes de admitir cualquier analogía, un principio debe gobernar toda la discusión: LA IGLESIA ES INDEFECTIBLE.
   
Según la doctrina constante del Magisterio pre-Vaticano II:
  • La Iglesia no puede caer
  • No puede perecer
  • No puede perder su constitución esencial
  • No puede cesar de existir como una sociedad visible, jurídica y apostólica
Los promotores del sedeprivacionismo lo sostienen con certeza. De hecho, en un intento de defender la indefectibilidad es que están convencidos que el sedeprivacionismo es la explicación más convincente para la presente crisis de la Iglesia de Cristo. 
  
Pero, en nuestra naturaleza caída, querer no siempre equivale a hacer. Querer defender la indefectibilidad es noble y altamente encomiable. Pero, la cuestión es si el sedeprivacionismo realmente defiende la indefectibilidad. 
  
La indefectibilidad no significa que la Iglesia siempre aparecerá gloriosa o dominante. Significa que ella siempre permanecerá como la Iglesia que Cristo fundó, poseyendo:
  • La Fe verdadera
  • Los verdaderos sacramentos
  • Una jerarquía real con autoridad en principio
La indefectibilidad no es solamente la supervivencia de una idea, sino la existencia ininterrumpida de la Iglesia como una sociedad visible y jurídica, investida con autoridad para actuar.
   
Toda teoría que concluya en una Iglesia sin autoridad como tal, sin visibilidad, o sin realidad jurídica, pasa de la teología a la contradicción.
  
III. La analogía a la Pasión: Su legitimidad, dentro de sus límites
   
Es innegablemente católico afirmar que:
  • Cristo sufrió
  • Cristo fue humillado
  • Cristo fue rechazado por los Suyos
  • Cristo aparecía derrotado
Asimismo es católico afirmar, basados en la autoridad de los Padres, que:
  • La Iglesia debe seguir a su Cabeza
  • Debe pasar por una Pasión
  • Afrontará traición, eclipse, y una aparente ruina.
Este es el fundamento compartido sobre el que edifica el cardenal Manning.
   
IV. Lo que realmente enseña el cardenal Manning (La presente crisis de la Santa Sede)

El cardenal Manning, tomando explícitamente de los Padres, enseña que:
  • La Iglesia afrontará una Pasión
  • Su autoridad será escarnecida
  • Sus defensores aparecerán impotentes
  • Sus enemigos clamarán victoria
  • La confusión reinará incluso dentro de sus estructuras visibles
Él compara esto con:
  • Cristo ante Pilatos
  • Cristo abandonado por los Apóstoles
  • Cristo clavado a la Cruz mientras el Sumo Sacerdote aún estaba en sede
Con todo, y esta distinción es decisiva, MANNING NO ENSEÑA QUE LA IGLESIA MUERA ONTOLÓGICAMENTE.
   
Él no enseña:
  • Una separación del cuerpo y el alma de la Iglesia
  • Una suspensión de la sucesión apostólica
  • Un colapso metafísico de la autoridad eclesial
  • Una Iglesia reducida a un remanente puramente espiritual.
La Pasión planteada por Manning es histórica y moral, no ontológica.
  • Es humillación, no disolución.
  • Crucifixión, no aniquilación.
   
V. La necesaria distinción: Pasión NO ES Muerte
   
Aquí debe hacerse la distinción crítica.
  
Lo que se puede decir (con los Padres y Manning).
Es legítimo decir:
  • La Iglesia puede ser crucificada por la persecución
  • Ella puede ser rodeada por falsos pastores
  • Su verdadera voz puede ser ahogada
  • Su autoridad puede ser reclamada por impostores
  • Ella puede aparecer abandonada; incluso “derrotada”.
Esto corresponde a Cristo:
  • Escarnecido como Rey
  • Desnudado y azotado
  • Declarado impotente por los que tenían el oficio
Lo que NO se puede decir (sin romper la Tradición)
No es legítimo decir:
  • El alma de la Iglesia separada de su cuerpo (los modernistas perpetuando el Cuerpo, y los católicos tradicionales el Alma…)
  • La Iglesia cesa de ser jurídicamente constituida
  • La Iglesia “muere” en el sentido teológico propio
  • La Iglesia debe posteriormente ser reconstituida
La muerte de Cristo involucró:
  • Una única unión hipostática
  • Una verdadera separación del cuerpo y el alma
  • El poder divino para reunirlos
La Iglesia no es una persona divina.
  
Ella es una sociedad constituida precisamente por la unidad visible.
  
Aplicar propiamente la muerte a la Iglesia es colapsar la analogía en la identidad. Algo que ni los Padres ni el cardenal Manning nunca harían.

VI. Examinando bajo esta luz al sedeprivacionismo

El sedeprivacionismo atenta preservar la indefectibilidad planteando:
  • Ocupación material del oficio sin autoridad formal
  • Una privación universal prolongada de la forma papal
Sin embargo:
  • Esta distinción es especulativa
  • Es desconocida a los Padres
  • Está ausente de la enseñanza magisterial pre-Vaticano II
  • Conlleva el riesgo de redefinir el Papado.
El cardenal Manning no describe una Iglesia con un “medio papa”, ni una jerarquía suspensa entre el ser y el no-ser. Su crisis no es metafísica; es moral, histórica y jurídica.
  
VII. ¿Por qué la postura Sedevacante absoluta (Totáliter) se ajusta más naturalmente a Manning?

Cuando el cardenal Manning habla de crisis, su énfasis consistentemente está en la usurpación, no en la suspensión.
  
Tomando de la Escritura y los Padres, él describe:
  • Los cargos tomados por aquellos que traicionan su propósito
  • La autoridad reclamada sin sanción divina
  • Una estructura visible reteniendo la forma mientras carece de legitimidad
Esto refleja:
  • A Caifás detentando el Sumo Sacerdocio mientras condenaba a Cristo
  • A Judas Iscariote entre los Apóstoles
  • A los pastores que desparraman en lugar de recoger.
La postura sedevacante absoluta, en su forma clásica y restringida, hace una afirmación sencilla: LA DEFECCIÓN PÚBLICA DE LA FE CATÓLICA ES INCOMPATIBLE CON DETENTAR CARGOS ECLESIÁSTICOS.
  
Esta posición:
  • No requiere metafísica especulativa
  • No divide la autoridad en mitades material y formal existiendo lado a lado
  • Preserva la naturaleza de la Iglesia sin redefinirla.
La Iglesia permanece viva.
  
La autoridad permanece en pricipio.
  
Lo que está ausente no es la Iglesia, sino sus ocupantes legítimos.
  
Y, la Iglesia hace una provisión en sus cánones para el principio aplicable y lo que debe hacerse cuando la autoridad constituida cesa de funcionar.
  
VIII. Vacancia no es muerte

Aquí debe hacerse la aclaración final:
  • Vacancia no es muerte
  • Usurpación no es caer de la infalibilidad
  • Eclipse no es aniquilación
La Iglesia en el Viernes Santo del cardenal Manning:
  • Aparece sin líder
  • Aparece abandonada
  • Aparece vencida
Pero ella no está muerta.
   
Ella está sufriendo.
  
La postura sedevacante absoluta, cuidadosamente declarada, ajusta con esta imagen mejor que el sedeprivacionismo, porque no requiere alterar la metafísica de la Iglesia a fin de explicar su Pasión.
  
IX. «Yo estoy con vosotros todos los días».

La promesa de Cristo de permanecer con Su Iglesia todos los días, aun hasta la consumación del mundo, garantiza lo que pertenece al ser de la Iglesia:
  • Continuidad de la misión: la Iglesia nunca cesa de enseñar, santificar y dar testimonio de la verdad.
  • Continuidad de la autoridad en principio: el poder que Cristo confió a Su Iglesia nunca se extingue, aun cuando su ejercicio esté oscurecido o impedido.
  • Continuidad de la verdadera Iglesia: la Iglesia fundada por Cristo nunca perece, nunca es remplazada, y nunca es transformada en otro cuerpo.
Esta promesa no garantiza lo que pertenece solamente a las apariencias:
  • Que todo reclamante a cargo eclesiástico es por tanto legítimo por defecto.
  • Que la usurpación o traición no puede ocurrir sin estructuras visibles.
  • Que la autoridad exterior siempre coincide con la fidelidad interior.
X. Conclusión: ¿Si es necesario?

Si se insiste en invocar al cardenal Manning y los Padres de la Iglesia, debe declararse con precisión y sin calificación:
  • Ellos no enseñan una “Iglesia muerta”.
  • Ellos no enseñan una separación del Cuerpo y el Alma de la Iglesia.
  • ELLOS NO ENSEÑAN una Iglesia que pueda ser traicionada, crucificada, y aparentemente derrotada, pero nunca privada de su ser esencial, nunca despojada de su divina constitución, y por tanto siempre indefectible.
Dentro de ese marco, si alguien se siente compelido a elegir entre explicaciones imperfectas para explicar la presente crisis, la distinción se hace clara:
  • El sedeprivacionismo exagera introduciendo distinciones metafísicas especulativas desconocidas a los Padres y sin respaldo del Magisterio pre-Vaticano II.
  • La postura sedevacante absoluta, cuando se sostiene sobriamente y sin reduccionismo, se conforma más naturalmente al paradigma patrístico y de Manning, en la medida que explica la crisis en términos de usurpación y traición, en lugar de redefinir la naturaleza de la autoridad eclesiástica misma.
La verdad gobernante, sin embargo, no admite compromiso alguno:
  • Cristo verdaderamente murió.
  • La Iglesia verdaderamente sufre, pero no muere.
Cualquier otra cosa traspasa los límites de la analogía legítima y deja atrás a los Padres.

Estoy persuadido que esta intervención ha cumplido su propósito: erigirse del lado de la claridad, la precisión, y la fidelidad a la Tradición.

Bendito sea Dios.

sábado, 14 de enero de 2023

DEL CARDENAL HENRY EDWARD MANNING

Traducción del artículo italiano publicado por Luca Fumagalli en RADIO SPADA.
  
PRÓLOGO (Del autor italiano)
  
Esperando hacer algo grato a nuestros lectores, hemos reunido en un único artículo las cuatro partes de la biografía de Manning ya publicados entre abril y mayo en las páginas de Radio Spada con el título común “Henry Edward Manning: las obras y los días de un gran cardenal victoriano”. El texto fue naturalmente corregido y hecho más armónico para la ocasión.
 
Antes de iniciar, para profundizar en la figura de Manning y la de muchos otros intelectuales del catolicismo británico, se anuncia la salida del ensayo “Dios extrabendiga a los ingleses. Notas para una historia de la literatura católica británica entre los siglos XIX y XX”. Link para adquirirlo.
  
HENRY EDWARD MANNING: LA HISTORIA OLVIDADA DEL GRAN CARDENAL INGLÉS AMIGO DE SAN PÍO X
«Manning me parecía (y todavía me parece) por lejos el mejor inglés de su tiempo» (Hillaire Belloc, Cruise of the Nona, 1925).

La “leyenda negra”
Che i cattolici britannici ammirassero il carisma e le personalità di Henry Edward Manning lo dimostra la folla enorme che si riversò per le strade di Londra nel 1892 in occasione del suo funerale. Nonostante Manning fosse scomparso il 14 gennaio, lo stesso giorno del principe Alberto Vittorio, il dolore del popolo pareva tutto per il cardinale: decine di migliaia di persone, perlopiù irlandesi ma anche inglesi di ogni estrazione sociale e credo religioso, vollero portare l’estremo saluto alla sua salma, consapevoli di aver perso una delle più grandi personalità dell’epoca (persino Oscar Wilde, durante l’università, conservava nelle sue stanze una fotografia del porporato). Il fatto è ancora più sorprendente se si pensa che Manning, arcivescovo di Westminster e primate della Chiesa cattolica in Inghilterra, incarnava agli occhi dei protestanti la quintessenza di quel “papismo” e di quel “clericalismo” che tanto disprezzavano. Secondo Gladstone la sua morte fu un colpo molto più duro per i cattolici dell’Impero rispetto a quella di J. H. Newman, avvenuta solo un anno e mezzo prima. Se G. K. Chesterton ha lasciato una descrizione commossa di quando, da giovane, fu folgorato dalla visione di Manning, e il poeta Francis Thompson volle dedicargli un’ode funebre, Hilaire Belloc ne fu uno zelante figlio spirituale, e pure il controverso Baron Corvo nel suo Chronicles of the House of Borgia (1901) descrisse quella del cardinale come una «vita di santa abnegazione, di umiltà intensissima, di mortificazione ascetica, di lavoro incessante per il bene spirituale e temporale di tutti gli uomini, senza distinzione di Fede».

Nessuno pareva quindi in grado di minacciare una reputazione così solida. Anche se non tutti erano disposti a considerare Manning un santo, intorno alla sua figura si concentrava l’affetto della maggior parte dei fedeli britannici. Peccato, però, che nel 1895 il giornalista Edmund Sheridan Purcell diede alle stampe una biografia in due volumi, Life of Cardinal Manning, in cui il cardinale era ritratto come un ecclesiastico consumato dall’ambizione, privo di scrupoli, disposto a tutto per ottenere ciò che voleva. Purcell non aveva una grande simpatia per Manning e si sentiva più affine a Newman, tanto che all’«illustre oratoriano» assegnò il ruolo di vero eroe del cattolicesimo inglese, costantemente impegnato a mandare in fumo i loschi piani dell’arcivescovo di Westminster. Malgrado Life of Cardinal Manning fosse un lavoro raffazzonato, pieno di trascrizioni erronee e strutturalmente debole, risultava una lettura estremamente godibile e in poco tempo divenne un best seller (con malcelata soddisfazione di quell’establishment contro la cui ipocrisia e indifferenza Manning si era più volte scagliato).

A rincarare la dose ci pensò nel 1918 Lytton Strachey che nel suo Eminent Victorians incluse una breve vita di Manning, frutto di un taglia e cuci delle parti più interessanti del lavoro di Purcell, il tutto insaporito con l’acidità demitizzante e antireligiosa tipica del Bloomsbury Group. Tra indiscrezioni e supposizioni più o meno fantasiose, anche il libro di Strachey fu un successo, contribuendo a radicare definitivamente nell’immaginario collettivo lo stereotipo di un Manning quale ecclesiastico carrierista, spregiudicato e autoritario. Un simile individuo è protagonista pure del romanzo di Robert Player Let’s Talk of Graves, of Worms, and Epitaphs, del 1975, maliziosamente dedicato proprio alla memoria del cardinale inglese. Pure Arnold Lunn, prima di convertirsi al cattolicesimo, pubblicò nel 1924 un libro, Roman Converts, in cui non si faceva alcuno scrupolo a reiterare la “leggenda nera” su Manning.
   
El cardenal Henry Edward Manning

D’altronde la reazione da parte cattolica fu inizialmente timida e poco incisiva: al pari di Purcell quasi tutti gli intellettuali inglesi legati a Roma avevano scarsa simpatia per le posizioni intransigenti di Manning, preferendo piuttosto la moderazione di un Newman. Ecco perché oltre a Cardinal Manning: His Life and Labours (1921) di Shane Leslie e Cardinal Manning: A Biography (1985) di Robert Gray non sono molti i libri scritti allo scopo di ristabilire la verità a proposito della vita e delle opere di un cardinale che seguita purtroppo a essere vittima di un giudizio scandalosamente distorto.

La formación
Nato il 15 luglio 1808 a Copped Hall, una splendida magione di Totteridge, oggi nella cintura periferica di Londra, Henry Edward Manning era l’ultimo di otto figli. Il padre, William Manning, non solo era a capo di una fortunata impresa commerciale, ma sedeva anche tra i banchi del parlamento nel ruolo di deputato conservatore. Poco dopo la venuta al mondo dell’ultimogenito, frutto del secondo matrimonio con Mary Hunter, la sua carriera politica raggiunse l’apice quando, per un paio d’anni, tra il 1812 e il 1813, ricoprì il prestigioso incarico di governatore della Banca d’Inghilterra. Dal punto di vista religioso i Manning erano evangelici e William era uno degli uomini più in vista di quella upper class che spendeva denaro ed energie per sostenere la causa della cosiddetta “Low Church”.

Nel 1815 la famiglia si trasferì a Sundridge, nel Kent, e nel 1822 il giovane Henry venne iscritto ad Harrow, una delle scuole più prestigiose del Paese. Di indole schiva e solitaria, non ottenne risultati rimarchevoli, ma i suoi voti furono comunque abbastanza buoni per valergli, nel 1827, l’ammissione al Balliol College di Oxford.

Henry, poco incline all’ascetismo, alternava volentieri lo studio al divertimento e allo sport, trascorrendo ore in sella al cavallo, giocando a cricket o prendendo a pugni il sacco con i guantoni da boxe. Nonostante fosse un tipo solare, apprezzato sia dai compagni che dalle donne – pare venisse considerato uno degli studenti più belli di Oxford – l’unica vera amicizia che il ragazzo strinse negli anni dell’università fu quella con il futuro primo ministro William Gladstone, destinata, pur tra alti e bassi, a durare per tutta la vita.
   
El célebre ensayo “Eminent Victorian” de Lytton Strachey

Nel 1829, in virtù delle sue apprezzatissime qualità oratorie, Henry venne eletto presidente della Union Debating Society. Rifiutò la nomina, preferendo prepararsi al meglio per gli esami finali, che affrontò ottenendo il massimo dei voti. In quanto figlio minore di un noto esponente del laicato anglicano, il giovane Manning sapeva di essere quasi di certo destinato a una carriera in ambito ecclesiastico, eppure, almeno per qualche tempo, fu seriamente tentato dalla politica. Nel 1831, però, la bancarotta del padre troncò sul nascere ogni sua velleità: «Chissà», scrive Robert Gray, «come sarebbe stata diversa l’Età Vittoriana se Gladstone avesse perseverato nella sua iniziale ambizione di diventare sacerdote e Manning fosse stato eletto in parlamento».

A questo punto, con l’azienda familiare in liquidazione, Henry fu lasciato libero di scegliere la propria strada. La famiglia vantava ancora importanti legami nella City e venne pure presa in considerazione l’ipotesi di una laurea in legge. Infine, dopo lunga e sofferta meditazione, il giovane si risolse definitivamente a prendere gli ordini anglicani; al suo tutore confidò che maturò la decisione mentre si trovava in una libreria, intento a sfogliare una raccolta dei sermoni di John Wesley.

Archidiácono
Al Merton College Manning ricevette un’educazione teologica confusa ed eterogenea, costretto a leggere «chilometri di autori anglicani» che mostravano più che altro l’incertezza dottrinale che regnava nella Chiesa d’Inghilterra. A questo periodo, data la vicinanza tra il Merton e l’Oriel, risale anche l’inizio dell’amicizia con John Henry Newman.

Nel gennaio del 1833, dopo l’ordinazione al diaconato, Manning venne mandato ad Upwalden, in Sussex, ad assistere John Sargent, già rettore di Lavington e Graffham. In primavera si fidanzò con la figlia di quest’ultimo, Caroline, e quando il reverendo morì improvvisamente a maggio, la vedova fece di tutto affinché Henry potesse ereditarne l’incarico: fu così che il 9 giugno venne ordinato dal vescovo Maltby di Chichester, divenendo nuovo rettore di Lavington. Una manciata di mesi più tardi, precisamente il 7 novembre, poté infine sposare la ragazza che amava.
  
Retrato de Manning a los 12 años

Il loro felice matrimonio durò fino alla prematura scomparsa di Caroline, nel 1837, causata della tubercolosi. Manning, che da allora mantenne sempre il più stretto riserbo sulla moglie e sul periodo trascorso insieme a lei, volle dedicarle una vetrata della cattedrale di Chichester. Fortunatamente non ha più alcun seguito l’illazione di Strachey secondo il quale il futuro cardinale col tempo arrivò a salutare la morte della moglie come una provvidenziale liberazione da un fardello che gli avrebbe impedito l’accesso al sacerdozio cattolico.  

Il lavoro a Lavington mostrò immediatamente a Manning i limiti dell’impostazione evangelica, che dava eccessivo risalto all’individuo e alla sue emozioni. Questo fatto, in aggiunta alla pubblicazione del primo Tracts for the Times e alla nascita del Movimento di Oxford, lo spinse poco alla volta verso l’anglo-cattolicesimo di Newman e sodali. Manning condivideva il fervore con cui l’amico rivendicava per l’anglicanesimo un’autentica successione apostolica e il suo disprezzo per quelle idee liberali che si stavano diffondendo a macchia d’olio, permeando di relativismo e di caos morale la stessa Chiesa d’Inghilterra. Essendo lontano da Oxford, il rettore di Lavington non fu mai una figura centrale del Movimento, limitandosi a sbrigare dei lavori di traduzione per Newman; ciononostante, oltre ad approfondire il pensiero cristiano dei primi secoli e a riscoprire l’importanza della tradizione per una corretta interpretazione delle Sacre Scritture, fece di tutto per diffondere le idee anglo-cattoliche nella sua parrocchia e in quelle vicine.

Ricordato per la profonda spiritualità e le sue meravigliose prediche, Manning ristabilì a Lavington la celebrazione liturgica quotidiana, visitava di frequente le case dei parrocchiani e non era raro vederlo passeggiare per il paese vestito in abito talare, a sottolineare la dignità del sacerdote. Inoltre si impegnò parecchio anche in campo educativo, ribadendo più volte, pubblicamente, che solamente alla Chiesa anglicana spettava il diritto di gestire il sistema scolastico del Paese (secondo lui un’educazione senza religione era una contraddizione in termini).

Nel 1938 compì il primo dei suoi numerosi viaggi a Roma. Ebbe occasione di incontrare Nicholas Patrick Wiseman, allora rettore del Collegio Inglese, ma non fu particolarmente colpito né dalla città né dai fasti del cattolicesimo. Se ne tornò a casa solamente col desiderio di contribuire al Colonial Bishoprics Fund per creare nuove diocesi anglicane nel resto del mondo.
   
El nombre tallado de Manning en su banco de Harrow
 
Due anni più tardi Manning venne nominato arcidiacono di Chichester per aiutare il vescovo Shuttleworth nella gestione del clero diocesano e per supervisionare lo stato degli edifici ecclesiastici. Da allora prese l’abitudine di pubblicare annualmente una lettera aperta, denominata “Charge”, in cui metteva nero su bianco le sue riflessioni sullo stato della Chiesa inglese. I testi, brillanti e ben curati, iniziarono a circolare rapidamente facendogli guadagnare un numero crescente di estimatori in tutto il Paese.

Dal punto di vista teologico Manning fu debitore di Newman e del Movimento di Oxford, ma da nessuno, se non dal suo cuore, imparò la compassione per gli ultimi e gli emarginati: «La sua lotta contro il mondo», nota ancora Gray, «non fu condotta, come quella di Newman, a una distanza confortevole dalle sofferenze che il mondo stesso causava». Spirito troppo pratico ed empatico per ignorare il problema della povertà dilagante – lo ricorda anche Evelyn Waugh nella sua biografia di mons. Ronald Knox – il nuovo arcidiacono diede il via a varie opere di carità, facendo della questione sociale uno dei suoi campi di battaglia prediletti.

Non per questo ignorava le polemiche teologiche che all’epoca stavano attraversando il mondo anglicano sul problema del rapporto tra stato e Chiesa nazionale, le medesime polemiche che avrebbero portato, nel 1843, alla pubblicazione dell’ultimo Tract di Newman e all’allontanamento di quest’ultimo da Oxford. Sebbene non ne condividesse le scelte, Manning andò spesso a visitarlo nel suo ritiro a Littlemore, convinto che le divergenze d’opinione non dovessero mai ostacolare una sincera amicizia.

Conformemente al suo spirito pugnace, l’arcidiacono entrò comunque a gamba tesa nel dibattito con un grosso tomo dedicato a Gladstone, dal titolo The Unity of the Church (1842) . Il libro, un prodotto decisamente mediocre, rifletteva la confusione dottrinale dell’autore: se gli argomenti erano tutti contro l’anglicanesimo e, anzi, sembravano dare ragione alla Chiesa cattolica, le conclusioni erano invece misteriosamente a suo favore.

Una polémica faltante
Manning era in cerca di certezze dottrinali e, allo stesso tempo, iniziava ad accorgersi di come la Chiesa d’Inghilterra fosse impotente, ormai ridotta a mero strumento politico nella mani del governo. Per il momento, comunque, si rifiutava di accettare la conclusione di Newman secondo cui la lotta per dimostrare la cattolicità dell’anglicanesimo fosse una causa persa. Come confidò per lettera al suo nuovo mentore, il reverendo Robert Wilberforce – che sarebbe morto nel 1857 da cattolico, poco prima dell’ordinazione sacerdotale – «Mi pare che la nostra teologia sia nel caos, non abbiamo principi, nessuna forma, nessun ordine, o struttura, o scienza. Mi sembra inevitabile che ci debba essere una tradizione evangelica intellettualmente vera ed esatta, e che la teologia scolastica costituisca (più o meno) una simile tradizione. Noi l’abbiamo rigettata e non l’abbiamo sostituita con niente».
   
Manning como Archidiácono de Chichester

Qualcosa iniziò a mutare nel suo atteggiamento quando, poco dopo l’ingresso ufficiale nella Chiesa di Roma, nel 1845, Newman pubblicò An Essay on the Development of Christian Doctrine. L’obiettivo principale dell’autore era quello di dimostrare che il cattolicesimo era dalla parte della ragione nel predicare dottrine apparentemente senza alcun legame con le pratiche della Chiesa primitiva, e nel fare ciò colse pure l’occasione per attaccare apertamente la teologia anglicana.

Per Gladstone era assolutamente necessaria una risposta e non ci pensò due volte a contattare Manning che sapeva essere, nel mondo anglo-cattolico, lo spirito più pugnace. L’arcidiacono si mise subito al lavoro, ma i dubbi e le esitazioni lo fecero vacillare al punto che il manoscritto non vide mai la luce. Sebbene considerasse An Essay un lavoro di puro genio, la sua indole, istintivamente attratta dai principi immutabili, gli fece intuire prima di altri che Newman si stava avventurando su un terreno scivoloso («La sua mente è sottile fino all’eccesso»). Più che dalla teoria dell’evoluzione dei dogmi Manning fu dunque colpito dalle argomentazioni dell’amico che, tra storia e teologia, dimostrava chiaramente come la Chiesa di Roma fosse l’unica fondata sulla roccia della certezza dottrinale, garantita da un’autorità infallibile.

L’arcidiacono, roso da dubbi crescenti che Gladstone si ostinava a non comprendere, nel 1847 finì per ammalarsi gravemente e fu costretto a trascorrere tre mesi a letto. Durante quel periodo la paura di morire, reale o immaginaria, andò a sommarsi alle usuali preoccupazioni sulla stato della propria anima. Fu perciò molto sollevato quando, una volta guarito, poté accostarsi al confessionale, molto probabilmente per la prima volta in vita sua. Per la convalescenza gli fu consigliato di passare del tempo in Italia, a Roma, dove arrivò a fine novembre, non prima di aver assistito con commossa partecipazione a diverse celebrazioni liturgiche in Francia.

Cambio de ruta
A differenza di Newman, che mai apprezzò Roma e i romani, Manning imparò ad amare la Città Eterna nonché a parlare fluentemente l’italiano.

Giuntovi con la curiosità di essere aggiornato sulle ultime novità politiche, per un periodo frequentò Padre Gioacchino Ventura, discepolo di Lamennais, e quei cattolici liberali che gravitavano intorno al Circolo Romano, un’organizzazione di stampo radicale. Nonostante i lunghi colloqui con Ventura, che fu anche il primo a introdurlo alla questione irlandese, Manning era sempre più convinto dell’origine divina della Chiesa cattolica ed era solidale con il Papa che stava attraversando uno dei tanti periodi delicati di quello che si sarebbe rivelato un pontificato difficilissimo: «E’ impossibile non amare Pio IX. Il suo è il volto più inglese che abbia mai visto in Italia». In aprile, insieme ad altri turisti britannici venne presentato al Papa e il mese dopo gli fu concesso l’onore di un’udienza privata di circa mezz’ora. Per l’arcidiacono fu un momento particolarmente significativo poiché, parlando col Pontefice, si rese conto – e fu come un fulmine a ciel sereno – che la Chiesa anglicana, nel Continente, era poco conosciuta e stimata, trattata dai più alla stregua di una curiosa setta pagana.
  
John Henry Newman en 1845
 
Sulla via del ritorno a casa l’arcidiacono si fermò a Milano per visitare la tomba di San Carlo Borromeo: «Durante la preghiera volevo conferme che San Carlo, incarnazione del Concilio di Trento, avesse ragione e noi torto. Il diacono stava cantando il Vangelo, e le ultime parole, et erit unum ovile et unus pastor, mi colpirono come se non le avessi mai sentite prima».

Nel frattempo le prove a sfavore della Chiesa d’Inghilterra andavano accumulandosi, e nel 1850, con lo scoppio di quello che giornalisticamente venne chiamato “caso Gorham”, Manning capì che per lui era venuto il momento di un cambio di rotta esistenziale.

Vicario di Brampford Speke, il reverendo George Cornelius Gorham era stato destituito dal suo ordinario, il Vescovo di Exter, Henry Phillpotts, per aver negato la dottrina della rigenerazione battesimale. Gorham aveva fatto ricorso al Privy Council che finì per dettare sentenza a suo favore, annullando conseguentemente il provvedimento vescovile. Lo scandalo che ne venne fu notevole: non solo lo stato interveniva nell’ambito ecclesiastico – prassi del resto diffusa e che già vent’anni prima aveva causato la nascita del Movimento di Oxford – ma addirittura si arrogava il diritto di definire, seppur per via traversa, questioni di natura dottrinale.

Si trattò di un abuso senza precedenti e ciò convinse l’arcidiacono a rassegnare le proprie dimissioni nel marzo del 1851. Dopo un lungo travaglio interiore, trovò la forza per mettere da parte ogni scrupolo residuo nei confronti dei famigliari e degli amici, venendo infine accolto nella Chiesa cattolica il 6 aprile da Padre Brownbill presso la cappella dei gesuiti di Farm Street. Fino ad allora nessuno così in alto nella gerarchia anglicana aveva mai imboccato la strada per Roma.

Basterebbe solo questo fatto per smentire i tanti che hanno tentato di accusare Manning di essere un “carrierista” o un  “populista”, cioè di appoggiare furbescamente una causa con l’obiettivo esclusivo di trarne un qualche vantaggio personale (l’ha fatto pure Disraeli nel suo romanzo Lothair, del 1870, dove Manning compare nei panni del machiavellico cardinale Grandison). Non solo lasciando l’anglicanesimo egli rinunciò a un incarico episcopale quasi certamente garantito, ma, come sottolinea Robert Gray, «era diventato devoto di Pio IX quando il Papa veniva accusato da tutte le parti di essere un traditore» e «si fece cattolico in Inghilterra quando gli inglesi erano imbevuti di pregiudizio protestante».  Per di più la Chiesa cattolica britannica, la cui gerarchia era stata appena restaurata ufficialmente dal Papa con il breve Universalis Ecclesiae, era all’epoca una risibile minoranza costituita soprattutto da immigrati irlandesi. Inoltre il nuovo arcivescovo di Westminster, il cardinale Nicholas Patrick Wiseman, aveva un bel daffare a mantenere la concordia tra i vari vescovi, memori della mutua indipendenza dei vicari apostolici, e a tenere buoni i “vecchi cattolici”, ossia i discendenti di quelle famiglie che avevano resistito nell’antica Fede durante la Riforma e che ora guardavano con fastidio alle ingerenze di Roma nei loro affari. Infilandosi in un simile ginepraio, solo uno folle avrebbe potuto pensare di assicurarsi una facile carriera.

La ordenación
  
El archidiácono en 1844

Wiseman, la cui politica era quella di guadagnare convertiti illustri dall’anglicanesimo, salutò con grande gioia l’ingresso di Manning nella Chiesa cattolica. Quando poi seppe che l’ex arcidiacono aveva intenzione di diventare sacerdote, fece quanto in suo potere per accelerarne l’ordinazione. Si levò qualche voce di protesta, ma Pio IX, che apprezzava Manning e che gli aveva inviato in regalo un cameo col profilo di Cristo, appoggiò il piano, cosicché questi venne ordinato senza ulteriori indugi il 14 giugno 1851.

Manning fu quindi inviato a Roma per completare la sua formazione, dovendo giocoforza rinunciare alla proposta fattagli da Newman di diventare suo vice all’Università di Dublino, dove allora occupava l’incarico di rettore. Ovviamente non era molto contento alla prospettiva di tornare di nuovo a vestire i panni dello studente, tuttavia la scelta di Wiseman – intesta ad allargare gli orizzonti di quello che già presentiva avrebbe potuto essere un validissimo collaboratore – finì per segnare profondamente il nuovo convertito, consolidando in lui l’idea di Roma quale ultimo baluardo della Fede.

Si mise in viaggio con il fratello Charles e il poeta Aubrey de Vere che lui stesso accolse nella Chiesa ad Avignone. De Vere fu solo il primo di molti uomini illustri che si fecero cattolici per merito di Manning. Quest’ultimo iniziò proprio in quel periodo ad appuntare su uno speciale quadernetto i loro nomi, e quando nel 1865 erano diventati 343, l’ex arcidiacono veniva ormai soprannominato “L’apostolo dei nobili”. In loro compagnia, in direzione dell’Italia, vi era anche un sacerdote, George Talbot, destinato a giocare un ruolo di primo piano nella futura carriera di Manning.

Mons. Talbot, quinto figlio del Barone Talbot de Malahide, aveva otto anni meno di Manning ma godeva già di un discreto potere, svolgendo, nei fatti, il ruolo di agente di collegamento tra Pio IX e l’Inghilterra. Studente a Eton e a Oxford, aveva preso gli ordini anglicani prima di farsi cattolico e di essere ordinato sacerdote nel 1846. Wiseman lo aveva quindi mandato a Roma come suo rappresentate e Talbot, affabile quanto determinato, era diventato rapidamente ciambellano papale e intimo di Pio IX che lo chiamava «il mio buon Giorgio». Se l’amicizia tra lui e Manning maturò molto probabilmente più avanti, quel primo viaggio insieme fu comunque importante per mettere in contatto due uomini uniti da una grande ammirazione sia per l’arcivescovo di Westminster che per il Papa. 
   
George Cornelius Gorham

Per intercessione di Pio IX, di cui divenne amico personale, Manning venne fatto studiare presso l’Accademia Ecclesiastica, un’istituzione blasonata che curava la preparazione dei sacerdoti che avrebbero occupato un qualche incarico di servizio per la Santa Sede. L’ex arcidiacono, che trascorreva lunghe ore nella biblioteca dell’istituto, alle lezioni preferiva intrattenersi a colloquio con i gesuiti Giovanni Perrone e Carlo Passaglia, due famosi docenti del Collegio Romano, reazionario il primo, liberale il secondo.

Nel frattempo Wiseman premeva per un suo ritorno in patria: data la scarsa collaborazione degli ordini religiosi inglesi, aveva in animo di creare una fraternità sacerdotale, direttamente assoggettata a lui, con l’obiettivo di prendersi cura dei cattolici più poveri di Londra, in forte crescita a seguito della massiccia immigrazione irlandese. Manning gli sembrava l’uomo giusto per dare corpo al progetto, abile e dotato di senso pratico, un ottimo candidato pure per occupare il ruolo di vescovo ausiliario.

Del resto lo scoppio della Guerra di Crimea, nel 1854, diede ampia prova del talento gestionale del nuovo convertito: grazie ai suoi contatti governativi e alla collaborazione del vescovo Grant di Southwark, Manning riuscì a garantire ampie libertà ai cappellani cattolici dell’esercito nonché a organizzare un gruppo di suore infermiere in appoggio agli sforzi di Florence Nightingale.

Los Oblatos de San Carlos y el Capítulo de Westminster
Nel 1856 Manning terminò gli studi. Pio IX cercò di tenerlo con sé a Roma offrendogli la posizione di ciambellano papale, ma l’ex arcidiacono preferì tornarsene a Londra per dare corpo al progetto della fraternità sacerdotale tanto caro a Wiseman. Fu così che l’anno successivo vennero fondati gli Oblati di San Carlo, con sede a Bayswater. Manning, che ne divenne il primo superiore, si ispirò all’omonima congregazione voluta nel XVI secolo, a Milano, da San Carlo Borromeo, modificandone di poco la regola per adattarla meglio alla situazione inglese (l’approvazione definitiva dalla Santa Sede giunse nel 1877).
   
El cardenal Nicholas Patrick Wiseman

Questo è anche il periodo in cui la sua simpatia per Newman raggiunse lo zenit, tanto che l’amico volle omaggiarlo dedicandogli Sermons Preached on Various Occasions, un volume che tra l’altro contiene la famosa predica sulla “Seconda primavera” del cattolicesimo inglese.

Una manciata d’anni prima, nel 1855, Wiseman aveva scelto per il ruolo di suo coadiutore George Errington, a cui venne concesso il diritto di successione alla sede di Westminster. Errington, che per un lustro era stato vescovo di Plymouth, rappresentava i “vecchi cattolici” e, più in generale, i “cisalpini”, ovvero coloro che mal sopportavano le intrusioni di Roma nella politica ecclesiastica inglese (Manning e i loro oppositori, fedeli a Roma e al Papa, erano invece soprannominati “ultramontani”). La sua famiglia poteva vantare diversi martiri ed era collaboratore di Wiseman sin dai tempi del Collegio Inglese; ciononostante, a dispetto della confidenza maturata negli anni, il cardinale si era dimostrato sin da subito poco propenso a delegare totalmente la propria autorità senza diritto di appello. Di conseguenza il loro rapporto si era deteriorato rapidamente e già dopo sei mesi Errington aveva scritto alla Santa Sede chiedendo di essere rimosso dall’incarico. Per evitare lo scandalo, si decise di assegnare provvisoriamente a Errington la guida della diocesi di Clifton, giusto il tempo per fare calmare un po’ le acque. Ciò portò all’allontanamento di quest’ultimo da Londra dal 1855 al 1857, proprio gli anni in cui l’astro di Manning stava iniziando a brillare.

Fu comunque una sorpresa per molti quando il Papa, nel 1857, lo nominò prevosto del Capitolo di Westminster, un’assemblea in supporto al vescovo di cui facevano parte i sacerdoti più validi della diocesi. Manning stesso accolse la nomina con stupore, consapevole ora di trovarsi in una posizione delicatissima: in qualità di superiore degli oblati, infatti, stava portando avanti con entusiasmo le politiche “ultramontane” di Wiseman – e la cosa, inutile dirlo, non piaceva a tutti – mentre come prevosto si trovava ad avere a che fare con i “vecchi cattolici” più ostili al cardinale. A garantirlo nel suo nuovo ruolo, oltre a Pio IX, vi era comunque mons. Talbot, assiduo frequentatore dei palazzi romani anche per perorare la causa dell’amico inglese.

Da parte sua Wiseman colse al volo l’occasione per convincere il Papa ad allontanare definitivamente Errington dall’incarico di suo coadiutore, togliendogli pure il diritto di successione alla sede di Westminster. La querelle si protrasse ancora per qualche tempo, fino a quando la Santa Sede si risolse ad accogliere la richiesta del cardinale. Ciò avvenne nel 1860, lo stesso anno in cui Manning venne insignito del titolo onorifico di Protonotaro apostolico.

Adversarios por todas partes
   
La “familia papal” con mons. Gilbert Chetwynd Talbot de rodillas, a la derecha de Pío IX
 
A partire dal 1861, con il Risorgimento in corso, Manning si ritrovò insieme al convertito William George Ward e a pochi altri a rivestire in Inghilterra il ruolo di infaticabile sostenitore del Pontefice. Nelle sue prediche e negli scritti difese sempre con vigore il potere temporale della Chiesa, animato da toni polemici che piacevano poco ai “cisalpini” alla Newman e che, come prevedibile, diedero il la al progressivo raffreddamento dei rapporti tra i due. Manning, poco tollerante con chi, nel momento della controversia, non gli mostrava il più leale sostegno, polemizzò pure con Gladstone, chiedendo all’amico ragione del perché il governo inglese si spendesse così tanto per l’unità italiana mentre sembrava del tutto insensibile alle rivendicazioni nazionaliste dell’Irlanda.

Come se la situazione non fosse già abbastanza complicata, in senso alla gerarchia inglese seguitavano le solite polemiche sulle prerogative dei singoli vescovi e su quanto dovesse pesare, nelle scelte più importanti, l’autorità dell’arcivescovo di Westminster. A guidare la compagine di chi rivendicava una maggior autonomia vi era il vescovo di Birmingham, William Bernard Ullathorne, tra i pochi a possedere l’abilità sufficiente per poter seriamente minacciare la posizione di un Wiseman sempre più debole e stanco. Manning non fu abbastanza abile da evitare che il caso venisse sottoposto a Roma e, a peggiorare le cose, cominciò a circolare anche la voce che Errington – sostenuto dalla maggioranza dei vescovi – fosse intenzionato a reclamare i suoi vecchi diritti di successione.

Prima della morte di Wiseman, nel febbraio del 1865, Manning ottenne almeno una piccola vittoria con la conferma del divieto per i cattolici di poter frequentare l’università di Oxford e con la rinuncia da parte di Newman ad aprire un college cattolico in quell’università: «Manning», scrive Gray, «fu sempre il primo a riconoscere l’importanza di un’educazione di livello per i cattolici, ma voleva che fosse impartita da un’università cattolica autonoma, non da un college cattolico in un’università protestante».

Arzobispo de Westminster
Dopo la scomparsa di Wiseman, la questione di chi gli sarebbe succeduto in qualità di arcivescovo di Westminster rimase senza soluzione per dieci settimane. Manning, che non sperava nulla per sé e che temeva che quella “ultramontana” fosse una parentesi ormai conclusa, caldeggiava la nomina di Ullathorne. Nonostante le diverse opinioni, a suo dire il vescovo di Birmingham rimaneva l’unico in grado di guidare con mano ferma il piccolo gregge cattolico in una realtà che gli era ancora ostile. Da parte sua il Capitolo di Westminster propose a Roma tre nomi, ovvero quelli del vescovo Clifford di Clifton, del vescovo Grant di Southwark e di Errington, che nel frattempo aveva rifiutato la nomina ad arcivescovo di Port of Spain, sull’isola di Trindad. Dal momento che Clifford e Grant si chiamarono fuori quasi subito, Errington rimase l’unico in lizza; Pio IX, quando venne a conoscenza della cosa, andò su tutte le furie: «Questa è un offesa!».
   
El obispo William Bernard Ullathorne OSB

Se i “vecchi cattolici” inglesi e la gerarchia irlandese premevano per Errington, Propaganda Fide preferiva Ullathorne (anche se più tardi il cardinale Barnabò, intuendo le intenzioni del Papa, passò a sostenere Manning). Lord Palmerston, il primo ministro britannico, fece sapere che la scelta di Clifford o Grant sarebbe stata egualmente soddisfacente per il governo, e il cardinale Antonelli, Segretario di Stato del Papa, si risolse ad appoggiare la candidatura di Clifford.

Fu quindi una sorpresa per tutti, Manning compreso, quando in primavera Pio IX espresse la decisione di fare di lui il nuovo arcivescovo di Westminster, persuaso sia dalle qualità pratiche che della solidità dottrinale dell’ex arcidiacono.

Convinto che fosse vitale collaborare con gli altri vescovi ed evitare – quando possibile – inutili scontri, Manning volle dapprima dedicare tutte le energie al consolidamento della propria diocesi. Dopo la consacrazione episcopale, avvenuta l’8 giugno per mano di Ullathorne, approvò il progetto per la nuova cattedrale di Westminster, che sarebbe stata completata solo dopo la sua morte; favorì poi l’istituzione di un sistema di scuole primarie in grado di rispondere alle esigenze delle famiglie fedeli a Roma, e fece costruire anche orfanotrofi e riformatori, animato dal desiderio di strappare i fanciulli cattolici dalle grinfie della famigerate Workhouse protestanti.

Su scala nazionale promosse invece vaste campagne a favore dell’astensionismo dall’alcol, una piaga che allora affliggeva la classe operaia, e prese a interessarsi sempre di più alla questione irlandese. Oltre a stabilire contatti con l’arcivescovo Cullen di Dublino, utilizzò in più di una occasione le sue conoscenze politiche per indirizzare il governo britannico verso la concessione di una maggiore autonomia all’isola.

In realtà nei confronti dell’Irlanda il suo atteggiamento fu sempre piuttosto ambiguo: Manning aveva a cuore la tutela dei diritti del popolo irlandese – lo dimostra la Letter to Earl Gray (1868), il pamphlet più infuocato che scrisse – ma gli interessi della Chiesa e la stabilità dell’Impero britannico avevano comunque la priorità. Soprattutto temeva che in Irlanda il movimento nazionalista, al pari di quello italiano, potesse prendere una piega anticattolica, e nella sua testa “feniano” e “mazziniano” divennero presto sinonimi perfetti.
   
Los obispos ingleses en torno a Manning en una fotografía de 1873

L’arcivescovo era così coinvolto nella vita pubblica inglese che nel 1869 lo «Spectator» avanzò l’ipotesi di nominarlo pari del regno, un episodio che la dice lunga su come l’integrazione sociale dei cattolici stesse procedendo a grandi falcate.

Sul fronte dottrinale non passò molto tempo prima che Manning si trovasse coinvolto in nuove polemiche. Se già nel 1864 aveva invitato con successo il Sant’Uffizio a condannare il gruppo ecumenico noto come Association for the Promotion of the Unity of Christendom (APUC), nell’autunno del 1865 un nuovo libro di Pusey offrì a Newman il pretesto per attaccare gli “ultramontani”. Ward aveva pronta una risposta al fulmicotone e fu solo grazie all’intervento di Manning se non venne mai pubblicata. L’arcivescovo invitava alla moderazione anche perché nel frattempo era impegnato in prima persona a ostacolare l’ennesimo tentativo degli oratoriani di aprire una loro sede a Oxford. Manning invocò l’intervento di Propaganda Fide che nel 1867 dettò sentenza a suo favore. Questo e altri episodi simili contribuirono a incrementare ulteriormente la distanza tra lui e Newman, attorno al quale cominciarono a coalizzarsi i suoi oppositori.

El Concilio Vaticano y la acción social
Nonostante non fosse ancora stato nominato arcivescovo, nell’aprile del 1865 Manning fu uno dei pochi prelati a ricevere da Pio IX una lettera confidenziale in cui il Pontefice annunciava l’intenzione di convocare un Concilio. Cinque anni dopo, nell’aula conciliare l’ex anglicano fu tra i più strenui sostenitori del dogma dell’infallibilità pontificia di contro al vescovo Dupanlup di Orleans e agli altri che, come lui, ritenevano un simile pronunciamento inopportuno. Secondo Dupanlup era troppo alto il rischio di inasprire i rapporti tra la Santa Sede e i governi europei, allontano ancora di più dalla Vera Chiesa anche i protestanti e gli scismatici orientali. Newman, così come la maggioranza dei fedeli inglesi, la pensava allo stesso modo; malgrado ciò l’arcivescovo di Westminster non si fece intimidire e, appena giunto a Roma, con lo zelo di un San Carlo fece in modo che gli schemi sull’infallibilità fossero dibattuti il prima possibile (dai più maliziosi venne ribattezzato “il diavolo del Concilio”). Il 25 maggio il suo lungo discorso di quasi due ore fu accolto dall’entusiasmo generale: Manning sottolineò come lui fosse l’unico convertito presente al Concilio e che la dottrina dell’infallibilità non avrebbe allontanato i protestanti dalla Chiesa, anzi, li avrebbe attratti come una luce in mezzo all’oscurità e al caos della modernità.

Alla fine venne approvata una formula più restrittiva rispetto a quella auspicata dall’arcivescovo, ma questo non gli impedì di tornarsene a Londra da vincitore, seppure con qualche nemico in più. La sua amicizia con Gladstone, benché di lungo corso, non sopravvisse alle polemiche scatenate in Inghilterra dagli “anti-papisti”, mentre la Letter to the Duke of Norfolk di Newman, intesa a minimizzare l’entusiasmo “ultramontano” per il Concilio, non fece altro che gettare nuova benzina sul fuoco, restituendo all’opinione pubblica l’immagine di una Chiesa poco coesa al suo interno (altre contese sorsero con l’ex amico in occasione della sua elevazione al cardinalato, nel 1879, ma ormai tra lui e Manning non vi era più affetto né stima).

I toni più estremi l’arcivescovo preferì riservarli per condannare il Risorgimento italiano. Nel 1870, a seguito della presa di Roma, ciò non lo trattenne comunque dal criticare la politica d’inerzia dei cosiddetti “miracolisti”, invitando la Santa Sede a trovare una qualche forma d’accordo con Vittorio Emanuele II.
   
«Hay solamente dos opciones: Dios y nosotros mismos; nosotros debemos escoger entre uno o el otro».
   
 In Inghilterra si dedicò principalmente a scrivere sermoni e articoli in difesa del Papa e della Chiesa, provvedendo pure alla fondazione di nuovi seminari per garantire ai candidati al sacerdozio una preparazione adeguata, concorrenziale a quella offerta dai gesuiti, un ordine con cui da tempo non era più in buoni rapporti. Le sue idee sul sacerdozio, «il più alto stato di perfezione nel mondo», vennero successivamente raccolte nel libro The Eternal Priesthood (1883), un classico della spiritualità cattolica.

Intransigente per quanto riguardava i princìpi, negli affari del mondo Manning era più pragmatico, pronto a tradurre la parola in azione e a cogliere l’opportunità migliore per avvantaggiare la causa cattolica. Se mai fu machiavellico – accusa che Disraeli gli rinfacciò nuovamente in un altro romanzo, Endymion (1880), meno sferzante del precedente – lo fu non per un qualche vantaggio personale ma per la maggior gloria della Chiesa. Si spese per salvaguardare il diritto a esistere delle scuole religiose e tentò, per quanto inutilmente, di fondare un’università cattolica; combatté inoltre la prostituzione, si oppose alla vivisezione degli animali e continuò la sua lotta contro l’alcolismo fondando la League of the Cross, un movimento che nei suoi stilemi organizzativi para-militari anticipò l’Esercito della Salvezza di William Booth.

Sul fronte economico Manning aveva scarsa simpatia per i teorici del laissez-faire ed era fermamente convinto che il sistema capitalista dovesse essere riformato al più presto, altrimenti prima o poi sarebbe scoppiata una terribile rivoluzione. Per lui era la società che doveva servire l’uomo e non viceversa. Come ricorda Gray: «Il suo astio per i dogmi sociali era evidente tanto quanto il suo amore per quelli religiosi».

La causa per la tutela dei poveri e degli oppressi avvicinò Manning a John Ruskin, di cui fu ammiratore e amico, mentre il pio desiderio di convertire a Cristo gli intellettuali vittoriani lo portò a prendere parte agli incontri della Metaphysical Society. Al contrario l’intellighenzia cattolica non smise mai di considerarlo con sospetto per il suo forte attaccamento a Roma, giudicato eccessivo e sconveniente. Il poeta Coventry Patmore fu il più volgare quando osò definirlo «un’anima piccina». 

Nel 1875 Manning ricevette la berretta cardinalizia. La promozione giunse sorprendentemente in ritardo essendo attesa già all’indomani della sua nomina ad arcivescovo. Probabilmente la condotta troppo battagliera al Concilio costrinse il Papa a temporeggiare ancora per un po’, volendo evitare di dare ai detrattori l’impressione che il cardinalato a Manning fosse solo una ricompensa per il suo impegno a sostegno dell’infallibilità, nulla più che un quid pro quo.
   
La última recepción en que participó el cardenal, en 1891. Manning está hablando con el Duque de Norfolk, mientras a la derecha se erige la figura de Herbert Vaughan, su sucesor en la sede de Westminster

Ciò che è certo è che al conclave che seguì la morte di Pio IX, Manning non fu mai seriamente in lizza per diventarne il successore. Ottenne forse uno o due voti e ciononostante fu l’inglese più vicino al papato dai tempi di Nicholas Breakspear. D’altronde lui stesso era consapevole che in un simile frangente storico la scelta migliore sarebbe stata quella di un Pontefice italiano, cosa che puntualmente avvenne con l’elezione di Leone XIII.

Tiempo de cuentas
Si bien en sus últimos años de vida dejaba poco el palacio de Westminster, Manning continuó esforzándose por los católicos, interviniendo en el debate público a favor de la religión y contra los errores de la modernidad. Para el cardenal, que entre tanto había retomado correspondencia con Gladstone, las decisiones políticas y morales eran simplemente inseparables: esto es lo que tenía en mente cuando a un joven Belloc dijo que «todos los conflictos humanos, en último análisis, son teológicos».

Una de las pruebas más fuertes de la confianza que los fieles alimentaban en él ocurrió en ocasión de la huelga en el puerto de Londres, en 1889. Miles de obreros –entre ellos un gran número de católicos irlandeses– salieron a protestar por causa de los salarios demasiado bajos y decideron tener como interlocutor únicamente a Manning. Después de haber hablado a la multitud, fue nombrado representante de los obreros para dirigir las negociaciones con el gobierno. La situación fue resuelta tan brillantemente que en mayo del año siguiente, en ocasión del día del trabajo, el retraro del cardenal fue llevado en procesión por las calles de Londres junto al de Karl Marx (un “honor” que no debió gustarle mucho).
  
Si la obra de Manning, al contrario de lo que algunos sostienen, no fue la principal fuente de inspiración de la encíclica Rerum Novárum de León XIII, de fecha 1891, su ejemplo contribuyó por lo menos a evitar que roma asumiese una posición excesivamente “clausurista” sobre la cuestión social.
   
Exposición del cadáver de Manning en el palacio arzobispal

Junto a sus muchos méritos, Manning tuvo también grandes límites. Su espíritu inclinado a la acción lo llevaba a veces a seguir más la emoción que la razón, tanto como en los debates doctrinales internos en el catolicismo la sensación propagada es que se linitaba a considerar a los adversarios enemigos de la Verdad de Cristo y de la Iglesia solo por el hecho de tener opiniones diferentes a las suyas. Del mismo modo, el entregarse completamente a los demás le impidió, paradójicamente, tener amigos íntimos: fue un prelado fundamentalmente solitario, y ni siquiera los poquísimos que mejor lo conocieron llegaron jamás a penetrar la coraza de su proverbial reserva.
 
Al menos una cosa es generalmente incontestable: con su muerte el 14 de enero de 1892, se cierra uno de los paréntesis más brillantes para el catolicismo inglés de los últimos dos siglos.

sábado, 19 de febrero de 2022

MANNING CONTRA LA OBJECIÓN: «SIEMPRE HABRÁ UNA IGLESIA VISIBLE»


TRADUCCIÓN
«Los Santos Padres que han escrito sobre el tema del Anticristo y de estas profecías de Daniel, sin ninguna excepción, hasta donde yo sé –y son los Padres tanto del Este como los del Oeste, de la Iglesia Griega y de la Iglesia Latina– todos ellos unánimemente, dicen que en el último final del mundo, durante el reinado del Anticristo, cesará el santo sacrificio del altar (Tomás Malvenda OP, Antichrísti libri XI, libro octavo, cap. IV, etc). En la obra sobre el fin del mundo, adscrita a San Hipólito, después de una larga descripción de las aflicciones de los últimos días, leemos lo siguiente: “Las Iglesias se lamentarán con gran lamentación, porque ya no se ofrecerá más la oblación, ni el incienso, ni culto aceptable a Dios. Los edificios sagrados de las iglesias serán como chozas, y el precioso Cuerpo y Sangre de Cristo no se manifestarán en estos días, la Liturgia estará extinta, cesará el canto de los salmos, y no se oirá más la lección de las Sagradas Escrituras. Pero solo habrá oscuridad sobre los hombres, y lamentación sobre lamentación, y dolor sobre dolor” (Atribuido a San Hipólito, De consummatióne mundi, § 34). Luego, la Iglesia será dispersada, conducida al desierto, y estará por un tiempo como lo estuvo al comienzo: invisible, escondida en las catacumbas, en madrigueras, en montañas, en lugares remotos; por un tiempo estará como si fuera barrida de la faz de la tierra. Tal es el testimonio universal de los Padres de los primeros siglos».

Cardenal HENRY EDWARD MANNINGThe Present Crisis of the Holy See - Tested by Prophecy (La presente crisis de la Santa Sede, probada por la Profecía), conferencia IV. Londres, Burns & Lambert 1861, pág. 79.

jueves, 6 de febrero de 2020

PROFECÍA DEL CARDENAL MANNING SOBRE LA PERSECUCIÓN A LA IGLESIA

  
«El primer signo o marca de esta persecución que viene es una indiferencia hacia la verdad. Así como hay calma chicha antes de una tempestad, y como las aguas antes de la tempestad están como el cristal, como antes de un estallido hay un momento de tranquilidad. El primer signo es la indiferencia. La señal que presagia más seguramente que cualquier otro signo una futura persecución es una especie de indiferencia desdeñosa a la verdad o falsedad. La antigua Roma en toda su fuerza y ​​su poder adoptaba toda religión falsa de todas las naciones conquistadas, y le dio a cada una de ellas un templo dentro de sus muros. Fue soberanamente y despectivamente indiferente a todas las supersticiones de la tierra. Se animó a cada nación a tener su propia superstición adecuada, porque la superstición apropiada era un modo de tranquilizarse, de gobernar, y de mantener en sujeción, a las personas que se entregaban a la construcción de un templo dentro de sus murallas. De la misma manera vemos a las naciones del mundo cristiano en este momento adoptando progresivamente todas las formas de contradicciones religiosas, y, como se dice, con una tolerancia perfecta; no reconociendo distinciones entre la verdad o la falsedad entre una u otra religión, sino dejando que todas las formas de religión funcionen a su manera…

Con un intenso odio hacia lo que se llama el dogmatismo, es decir, la verdad positiva, lo definitivo, lo final, todo lo que tiene límites precisos, cualquier forma de creencia que se expresa con definiciones particulares -todo esto es completamente de mal gusto a los hombres que en principio fomentan todas las formas de opinión religiosa…

El siguiente paso es, entonces, la persecución de la verdad… [En la antigua Roma] hubo todo tipo de cofradías y órdenes sagradas, y sociedades, y como uds. saben había una sociedad a la que no se le permitió existir, y fue la Iglesia del Dios vivo. En medio de esta tolerancia universal, hubo una excepción hecha con la exactitud más perentoria, para excluir la verdad y la Iglesia de Dios del mundo. Ahora bien, esto es lo que tiene inevitablemente que pasar, porque la Iglesia de Dios es inflexible en la misión comprometida con él. La Iglesia Católica nunca se comprometerá en la doctrina; nunca va a permitir que se enseñen dos doctrinas dentro de ella; nunca va a obedecer al gobernador civil que pronuncie sentencia en los asuntos espirituales. La Iglesia Católica está obligada por la ley divina a sufrir el martirio antes que comprometer una doctrina, u obedecer la ley del gobernador civil, que viola la conciencia; y además de esto, no sólo no puede ofrecer una desobediencia pasiva, lo cual puede hacerse en una esquina, y por lo tanto no se detecta, y porque no se detecta no es castigada; la Iglesia Católica, sin embargo, no puede permanecer en silencio; no puede mantener su paz; no puede dejar de predicar las doctrinas de la revelación, no sólo de la Trinidad y de la Encarnación, sino también de los siete sacramentos, y de la infalibilidad de la Iglesia de Dios, y de la necesidad de la unidad y de la soberanía de ambos, espiritual y temporal, de la Santa Sede; y porque no va a estar en silencio, y no se puede poner en peligro, y no obedecer en asuntos que son de su propia prerrogativa divina, es por lo que se encuentra sola en el mundo; pues no hay otra Iglesia, ni ninguna comunidad que profese ser una Iglesia, que no se someta, obedezca, o mantenga en su paz, ante los gobernadores civiles del mundo…
 
Los santos Padres han escrito sobre el tema del Anticristo, y de [la] profecías de Daniel, sin una sola excepción, por lo que yo sé, y ellos son los padres, tanto de Oriente como de Occidente, tanto los griegos como los de la Iglesia latina –todos ellos por unanimidad–, dicen que en el fin del mundo, durante el reinado del Anticristo, el santo sacrificio del altar cesará. En el trabajo sobre el fin del mundo, atribuido a San Hipólito, después de una larga descripción de las aflicciones de los últimos días, leemos lo siguiente: “Las Iglesias llorarán con un gran llanto, porque no se ofrece ya la oblación ni el incienso, ni el culto agradable a Dios. Los edificios sagrados de las iglesias serán tugurios; y el precioso cuerpo y sangre de Cristo no podrá ser expuesto en aquellos días; la Liturgia será extinguida; el canto de los salmos cesará; la lectura de la Sagrada Escritura no se oirá más. Habrá sobre los hombres oscuridad, y duelo sobre duelo y aflicción sobre aflicción. Entonces, la Iglesia se dispersará, será impulsada a ir al desierto, y será por un tiempo, como era en el principio, invisible, oculta en las catacumbas, las cuevas, las montañas, los escondrijos. Durante un tiempo será barrida, por así decirlo, de la faz de la tierra”. Tal es el testimonio universal de los Padres de los primeros siglos…

Las sociedades secretas hace mucho tiempo han socavado la sociedad cristiana de Europa, y se encuentran en este momento luchando contra Roma, el centro de todo orden cristiano en el mundo. El cumplimiento de las profecías está por venir; y lo que hemos visto en las alas, también lo veremos en el centro; y ese gran ejército de la Iglesia de Dios, por un tiempo, se dispersará. Parecerá, por un tiempo, estar derrotada, y el poder de los enemigos de la fe durante un tiempo prevalecerá. El sacrificio peremne será quitado, y el santuario será echado abajo... Si quieres entender esta profecía de la desolación, entra en una iglesia: la que antes fue católica, donde había señales de vida; ahora está vacía, deshabitada, sin altar, sin tabernáculo, sin la presencia de Jesús…

Y así llegamos a la tercera marca, el abatimiento de “El principio de la fuerza”; es decir, de la autoridad divina de la Iglesia, y especialmente de aquél cuya persona la encarna, el Vicario de Jesucristo… El destronamiento del Vicario de Cristo es el destronamiento de la jerarquía de la Iglesia universal, y el rechazo público de la Presencia y Reinado de Jesús…

La tendencia directa de todos los acontecimientos que vemos en este momento es ésta claramente, destruir el culto católico en todo el mundo. Ya vemos que todos los gobiernos de Europa están excluyendo la religión de sus actos públicos. Los poderes públicos se están haciendo laicos: el gobierno no tiene religión; y si el gobierno es sin religión, la educación debe ser sin religión. Lo vemos ya en Alemania y en Francia. Se ha intentado una y otra vez en Inglaterra. El resultado de esto no puede ser otra cosa que el restablecimiento de la mera sociedad natural; es decir, los gobiernos y los poderes del mundo, que durante un tiempo estuvieron sometidos a la Iglesia de Dios con la fe en el cristianismo, con la obediencia a las leyes de Dios, y con la unidad de la Iglesia, después de haberse rebelado se han profanado a sí mismos, han recaído a su estado natural…

[Muchos] fallarán en su fidelidad a Dios. ¿Y cómo sucederá esto? En primer lugar por el miedo, en parte por el engaño, en parte, por la cobardía, en parte porque no pueden defender la verdad impopular cara a la mentira popular; en parte porque el hacer caso omiso de la opinión pública, en un país como éste, y en Francia… asusta a los católicos, que no se atreven a confesar su principios, y, al fin, no se atreven a mantenerse en ellos…

La Palabra de Dios nos dice que hacia el final de los tiempos el poder de este mundo se hará tan irresistible y tan triunfante que la Iglesia de Dios se hundirá – que la Iglesia de Dios no recibirá ya ayuda de los emperadores o reyes o príncipes, o legislaturas, o naciones o pueblos, para hacer resistencia contra el poder y la fuerza de su antagonista. Será privada de protección. Se debilitará, se desconcertará, y quedará postrada, y se inclinará sangrando a los pies de los poderes de este mundo. ¿Parece increíble? ¿Cuál es, entonces, lo que vemos en este momento? Mira la Iglesia católica y romana en todo el mundo. ¿Cuándo fue alguna vez más parecida a su Cabeza divina en la hora en que fue atado de pies y manos por los que le traicionaron? Mira la Iglesia Católica, aún independiente, fiel a su confianza divina, y sin embargo, desechada por las naciones del mundo; mira al Santo Padre, el Vicario de nuestro Divino Señor, en este momento escarnecido, despreciado, traicionado, abandonado, despojado, e incluso por aquellos que antes lo defendían atacado. ¿Cuando, pregunto yo, estuvo la Iglesia de Dios alguna vez en una situación más débil, en un estado más precario a los ojos de los hombres, y en este orden natural, de lo que es ahora? Y a partir de ahí, me pregunto, ¿es la libertad lo que está por venir? ¿Hay en la tierra algún poder que quiera intervenir? ¿Hay algún rey, príncipe o potentado, que quiera interponer sea su voluntad o su espada para la protección de la Iglesia? Ni uno; y está predecido que deba ser así. No queremos ni lo deseamos, pero por la voluntad de Dios parece que no será de otra manera.

Pero hay un poder que va a destruir todos los enemigos. Hay una persona que va a descomponer y aventar el polvo del verano y que trillará a todos los enemigos de la Iglesia, porque él es el que ha de derrocar a sus enemigos “con el aliento de su boca”, y destruirlos “con el resplandor de su venida”. Parece como si el Hijo de Dios estuviera celoso de que nadie reivindique su autoridad. Ha querido dirigir la batalla Él mismo; Él ha tomado el arma que ha sido lanzada contra Él; y la profecía es clara y explícita de que habrá una última derrota del mal; que será lograda no por ningún hombre, sino por el Hijo de Dios; que todas las naciones del mundo sepan que Él, y sólo Él, es el rey, y que Él, y sólo Él, es Dios…
 
Los escritores de la Iglesia nos dicen que en los últimos días, la ciudad de Roma, probablemente llegará a ser apóstata de la Iglesia y del Vicario de Jesucristo; y que Roma otra vez será castigada, porque él se apartará de ella; y el juicio de Dios caerá sobre el lugar desde el que una vez reinó sobre las naciones del mundo… Roma apostatará de la fe y ahuyentará al Vicario de Cristo, y volverá a su antiguo paganismo…».
  
CARDENAL ENRIQUE MANNING. Opúsculo “El Papa y el Anticristo”, año 1861.

sábado, 5 de agosto de 2017

EL ATAQUE DE LA PRENSA MUNDIAL CONTRA LA IGLESIA CATÓLICA EN EL CONCILIO VATICANO I

Gracias al Cardenal Henry Manning es posible trazar una comparación de lo que puede sólo describirse como el impío paralelo entre el papel que desempeñó la prensa durante el Primero y el Segundo Concilio Vaticano. El paralelo resulta tan estrecho que sólo podemos concluir que la fuerza que animó ambas campañas fue la misma.
  
Cardenal Henry Edward Manning, Arzobispo Católico de Westminster (Inglaterra)
  
Según el Cardenal Manning,
también se había difundido la creencia de que el Concilio aclararía las doctrinas de Trento o les daría algún significado nuevo o más laxo, o reabriría algunos temas que se consideraban ya cerrados, o llegaría a un acuerdo o transacción con las otras religiones; o, por lo menos, que adaptaría la rigidez dogmática de sus tradiciones al pensamiento y la teología modernos. Resulta extraño que se haya olvidado que todos los Concilios generales, desde Nicea hasta Trento, que trataron sobre la fe, han hecho nuevas definiciones y que cada nueva definición es un nuevo dogma, y cierra lo que antes estaba abierto y ajusta con mayor estrictez las doctrinas de la fe. No obstante, aquella creencia despertó una excitación mezclada con esperanzas de que Roma, al tornarse comprensiva, fuera más asequible, o que volviéndose contradictoria perdiera poder sobre la razón y la voluntad de los hombres” [618].
   
¡No es necesario comentar hasta qué punto esas aspiraciones se cumplieron como resultado del Vaticano II! El objetivo principal de la campaña periodística era impedir la definición de la infalibilidad papal [619]. También era ése, por supuesto, el objetivo de todas las poderosas fuerzas anticatólicas del mundo, fuerzas que controlaban ampliamente la prensa, aun en países nominalmente católicos. La influencia masónica ha sido particularmente notable en lo que a prensa se refiere, y no debe sorprendernos, si se tienen en cuenta los objetivos de la masonería. Una vez que se supo que ciertos obispos se oponían a las definiciones propuestas, se desató una campaña periodística en su apoyo. La situación era entonces inversa a la del Vaticano II; durante el Vaticano I los de la minoría eran los “buenos” y los de la mayoría los “malos”. Cuando se supo la existencia de esa “oposición internacional” (cuyo alcance se exageró notablemente) entonces:
“En un momento, todo el mundo los respaldó. Gobiernos, políticos, periódicos, cismáticos, herejes, infieles, judíos, revolucionarios, como con un instinto infalible, se unieron para exaltar y proclamar la virtud, la erudición, la ciencia, la elocuencia, la nobleza y el heroísmo de esta “oposición internacional”. Con una reiteración verdaderamente homérica, ciertos epítetos eran siempre ligados a ciertos nombres. Todos los que estaban contra Roma eran ensalzados; todos los que estaban a favor de Roma eran vilipendiados” [620].
   
El Cardenal Manning explica que:
“Por una maravillosa disposición de las cosas, sin duda para bien de la raza humana, y por sobre todo de la Iglesia misma, el Concilio fue dividido en una mayoría y una minoría: y por una providencia aun más benéfica y admirable resultó que la teología, la filosofía, la ciencia, la cultura, el poder intelectual, la inteligencia lógica, la elocuencia, la sinceridad, la nobleza de pensamiento, la independencia de espíritu, el valor y la elevación de carácter del Concilio se encontraron todos en la minoría. La mayoría era naturalmente un Mar Muerto de superstición, estrechez, frivolidad, ignorancia y prejuicio; carente de teología, filosofía, ciencia o elocuencia; proveniente de “viejos países católicos”; fanáticos, tiránicos, sordos a la razón; con un rebaño de “clérigos italianos y curiales” y meros “Vicarios Apostólicos”.
  
Los cardenales presidentes eran hombres de carácter tiránico y autoritario que mediante violentos campanillazos e interrupciones intemperantes ahogaban la serena e inexorable lógica de la minoría.
Pero la conducta de la mayoría era todavía más despótica. Por medio de griteríos violentos, gestos amenazadores. y clamorosas manifestaciones en torno de la tribuna, ahogaban la emocionante elocuencia de la minoría, y obligaban a los incontrovertibles oradores a descender [621].
   
El Cardenal Manning se esforzó muchísimo por desmitificar la falsa imagen del Concilio inventada por la prensa. Todas sus afirmaciones, fueren generales o particulares, son analizadas minuciosamente y refutadas por completo pero, al igual que con el Vaticano II, el mito quedó como realidad en la imaginación popular. El Vaticano I hasta tuvo su equivalente de Xavier Rynne, el “hombre misterioso” del Vaticano II, cuyo seudónimo tal vez ocultara una identidad colectiva [622].
   
El Vaticano I tenía su “Janus”, cuyo esfuerzo por destruir la autoridad del Papa y del Concilio fue “un elaborado intento de muchas manos” [623]. Los artículos de “Janus” se recopilaron en un tomo que se tradujo a varios idiomas.
   
El Cardenal Manning consideró su deber particular durante los ocho meses en que fue “testigo cercano y constante de los actos y procedimientos del Concilio, el estar al día de todas las historias e invenciones urdidas por la prensa de Italia, Francia, Alemania, e Inglaterra”. Cuando desde Inglaterra se le preguntó qué había que creer con respecto al Concilio, contestó: “Leed cuidadosamente la correspondencia desde Roma que se publica en Inglaterra, creed lo contrario y no estaréis lejos de la verdad” [624], Manning señaló la forma en que la campaña periodística destinada a socavar al Concilio había sido abiertamente prefabricada y coordinada cuidadosamente [625]. “Una liga de periódicos, alimentados desde un centro común, difundían por todos los países la esperanza y la confianza de que la ciencia y la ilustración de la minoría salvarían a la Iglesia Católica de las desmesuradas pretensiones de Roma y de la ignorancia supersticiosa del episcopado universal” [626].
  
La distribución de circulares a los obispos durante el Vaticano II también tuvo su equivalente en el Vaticano I. “Los obispos recibieron un documento anónimo, que apareció simultáneamente en francés, inglés, alemán, italiano y castellano, con minuciosos argumentos en contra de la oportunidad de definir la infalibilidad del Romano Pontífice” [627].
   
El Cardenal Manning también subraya lo difícil que le resultaba al Concilio, ante esa campaña periodística, poder prestar su máxima atención al análisis de los importantes temas de su agenda, problema que también se les presentó, varias veces amplificado, a los Padres del Vaticano II.
Es obvio que se necesitaba total independencia y tranquilidad mental para tratar tantos temas como los que encaraba el Concilio; ello resultó imposible bajo los incesantes ataques de los gobiernos hostiles y de la omnipresente prensa, el perpetuo hostigamiento de amigos semi-informados y las incesantes tergiversaciones de los enemigos” [628].
  
El secreto del Concilio también fue violado, al igual que lo fue durante el Vaticano II. Los enemigos de la Iglesia
“estaban en íntima y constante comunicación con los miembros de la oposición dentro del Concilio. Muchos de ellos conseguían los esquemas apenas se les distribuían a los obispos. Debe recordarse que este hecho prueba la violación del secreto impuesto a todos los que estaban dentro del Concilio, y en el caso de los que habían jurado observarlo, constituía perjurio” [629].
  
Por cierto que la campaña en contra del Concilio fracasó. Fracasó porque el papa no desfalleció, enfrentó el error con la condenación y contestó las exigencias de modificar o adaptar la verdad católica al espíritu de la época, reafirmándola con la fuerza y la claridad de Trento, y a pesar de las profecías de sus enemigos de que la declaración de la infalibilidad papal sería el golpe mortal para la Iglesia, ella surgió más fuerte y más vigorosa que nunca. Esto, por cierto, provocó toda la furia de la Ciudad del Hombre. Se manifestó el odio del mundo a la Iglesia y al mismo tiempo se manifestó la naturaleza divina de la Iglesia Católica; porque el odio del mundo fue señalado por el mismo Cristo como uno de los signos de Su Cuerpo Místico, que no sólo debe predicar a Cristo crucificado, sino revivir también el misterio de su crucifixión y Su resurrección hasta que Él vuelva glorioso. Si Cristo se hubiera allanado a dialogar con Sus enemigos, si se hubiera prestado a adaptarse, a hacer concesiones, entonces hubiera podido evitar la Crucifixión, pero ¿qué valor habría tenido entonces la Encarnación? El Papa Pío IX siguió el ejemplo de Cristo, cuyo Vicario era, y
Así como la cumbre atrae a la tormenta, así la mayor violencia cayó sobre la cabeza del Vicario de Jesucristo. Sobre esto no diré nada. La posteridad conocerá a Pío IX; el mundo lo conoce ya demasiado para recordar, salvo con asco y disgusto, el idioma de sus enemigos. “Si han llamado Belcebú al dueño de casa, ¿qué no dirán de sus ocupantes?” Nadie tiene ese privilegio más que el Vicario del Maestro; y es un gran gozo y una clara fuente de vigor y confianza que todos los ocupantes de la casa compartan esa señal, que siempre distingue a los que están de Su lado contra el mundo [630].
  
MICHAEL TRENDHAL DAVIES, El Concilio del Papa Juan [Traducción de Ana María Zuleta]. Ed. ICTIÓN, Buenos Aires, 1981. Apéndice III: LA PRENSA Y EL CONCILIO VATICANO PRIMERO (Págs. 151-153).
  
NOTAS (en el original)
[618] Cardenal Henry Manning. Carta Pastoral Petri Privilégium III, pág. 15.
[619] Cardenal Henry Manning. Carta Pastoral Petri Privilégium III, pág. 16.
[620] Cardenal Henry Manning. Carta Pastoral Petri Privilégium III, Íbid.
[621] Cardenal Henry Manning. Carta Pastoral Petri Privilégium III, Págs. 10-11.
[622] Revista Newsweek, 12 de Agosto de 1963, Pág. 77.
[623] Cardenal Henry Manning. The True Story of the Vatican Council [La Verdadera Historia del Concilio Vaticano]. Londres, 1877, Pág. 67.
[624] Cardenal Henry Manning. Carta Pastoral Petri Privilégium III, Pág. 2.
[625] Cardenal Henry Manning. Carta Pastoral Petri Privilégium III, Pág. 15. Y The True Story of the Vatican Council. Págs. 68 y 151.
[626] Cardenal Henry Manning. Carta Pastoral Petri Privilégium III, Pág. 17.
[627] Cardenal Henry Manning. The True Story of the Vatican Council. Pág. 70.
[628] Cardenal Henry Manning. The True Story of the Vatican Council. Pág. 81.
[629] Cardenal Henry Manning. The True Story of the Vatican Council. Pág. 145.
[630] Cardenal Henry Manning. Carta Pastoral Petri Privilégium III, Pág. 10.