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jueves, 6 de febrero de 2020

PROFECÍA DEL CARDENAL MANNING SOBRE LA PERSECUCIÓN A LA IGLESIA

  
«El primer signo o marca de esta persecución que viene es una indiferencia hacia la verdad. Así como hay calma chicha antes de una tempestad, y como las aguas antes de la tempestad están como el cristal, como antes de un estallido hay un momento de tranquilidad. El primer signo es la indiferencia. La señal que presagia más seguramente que cualquier otro signo una futura persecución es una especie de indiferencia desdeñosa a la verdad o falsedad. La antigua Roma en toda su fuerza y ​​su poder adoptaba toda religión falsa de todas las naciones conquistadas, y le dio a cada una de ellas un templo dentro de sus muros. Fue soberanamente y despectivamente indiferente a todas las supersticiones de la tierra. Se animó a cada nación a tener su propia superstición adecuada, porque la superstición apropiada era un modo de tranquilizarse, de gobernar, y de mantener en sujeción, a las personas que se entregaban a la construcción de un templo dentro de sus murallas. De la misma manera vemos a las naciones del mundo cristiano en este momento adoptando progresivamente todas las formas de contradicciones religiosas, y, como se dice, con una tolerancia perfecta; no reconociendo distinciones entre la verdad o la falsedad entre una u otra religión, sino dejando que todas las formas de religión funcionen a su manera…

Con un intenso odio hacia lo que se llama el dogmatismo, es decir, la verdad positiva, lo definitivo, lo final, todo lo que tiene límites precisos, cualquier forma de creencia que se expresa con definiciones particulares -todo esto es completamente de mal gusto a los hombres que en principio fomentan todas las formas de opinión religiosa…

El siguiente paso es, entonces, la persecución de la verdad… [En la antigua Roma] hubo todo tipo de cofradías y órdenes sagradas, y sociedades, y como uds. saben había una sociedad a la que no se le permitió existir, y fue la Iglesia del Dios vivo. En medio de esta tolerancia universal, hubo una excepción hecha con la exactitud más perentoria, para excluir la verdad y la Iglesia de Dios del mundo. Ahora bien, esto es lo que tiene inevitablemente que pasar, porque la Iglesia de Dios es inflexible en la misión comprometida con él. La Iglesia Católica nunca se comprometerá en la doctrina; nunca va a permitir que se enseñen dos doctrinas dentro de ella; nunca va a obedecer al gobernador civil que pronuncie sentencia en los asuntos espirituales. La Iglesia Católica está obligada por la ley divina a sufrir el martirio antes que comprometer una doctrina, u obedecer la ley del gobernador civil, que viola la conciencia; y además de esto, no sólo no puede ofrecer una desobediencia pasiva, lo cual puede hacerse en una esquina, y por lo tanto no se detecta, y porque no se detecta no es castigada; la Iglesia Católica, sin embargo, no puede permanecer en silencio; no puede mantener su paz; no puede dejar de predicar las doctrinas de la revelación, no sólo de la Trinidad y de la Encarnación, sino también de los siete sacramentos, y de la infalibilidad de la Iglesia de Dios, y de la necesidad de la unidad y de la soberanía de ambos, espiritual y temporal, de la Santa Sede; y porque no va a estar en silencio, y no se puede poner en peligro, y no obedecer en asuntos que son de su propia prerrogativa divina, es por lo que se encuentra sola en el mundo; pues no hay otra Iglesia, ni ninguna comunidad que profese ser una Iglesia, que no se someta, obedezca, o mantenga en su paz, ante los gobernadores civiles del mundo…
 
Los santos Padres han escrito sobre el tema del Anticristo, y de [la] profecías de Daniel, sin una sola excepción, por lo que yo sé, y ellos son los padres, tanto de Oriente como de Occidente, tanto los griegos como los de la Iglesia latina –todos ellos por unanimidad–, dicen que en el fin del mundo, durante el reinado del Anticristo, el santo sacrificio del altar cesará. En el trabajo sobre el fin del mundo, atribuido a San Hipólito, después de una larga descripción de las aflicciones de los últimos días, leemos lo siguiente: “Las Iglesias llorarán con un gran llanto, porque no se ofrece ya la oblación ni el incienso, ni el culto agradable a Dios. Los edificios sagrados de las iglesias serán tugurios; y el precioso cuerpo y sangre de Cristo no podrá ser expuesto en aquellos días; la Liturgia será extinguida; el canto de los salmos cesará; la lectura de la Sagrada Escritura no se oirá más. Habrá sobre los hombres oscuridad, y duelo sobre duelo y aflicción sobre aflicción. Entonces, la Iglesia se dispersará, será impulsada a ir al desierto, y será por un tiempo, como era en el principio, invisible, oculta en las catacumbas, las cuevas, las montañas, los escondrijos. Durante un tiempo será barrida, por así decirlo, de la faz de la tierra”. Tal es el testimonio universal de los Padres de los primeros siglos…

Las sociedades secretas hace mucho tiempo han socavado la sociedad cristiana de Europa, y se encuentran en este momento luchando contra Roma, el centro de todo orden cristiano en el mundo. El cumplimiento de las profecías está por venir; y lo que hemos visto en las alas, también lo veremos en el centro; y ese gran ejército de la Iglesia de Dios, por un tiempo, se dispersará. Parecerá, por un tiempo, estar derrotada, y el poder de los enemigos de la fe durante un tiempo prevalecerá. El sacrificio peremne será quitado, y el santuario será echado abajo... Si quieres entender esta profecía de la desolación, entra en una iglesia: la que antes fue católica, donde había señales de vida; ahora está vacía, deshabitada, sin altar, sin tabernáculo, sin la presencia de Jesús…

Y así llegamos a la tercera marca, el abatimiento de “El principio de la fuerza”; es decir, de la autoridad divina de la Iglesia, y especialmente de aquél cuya persona la encarna, el Vicario de Jesucristo… El destronamiento del Vicario de Cristo es el destronamiento de la jerarquía de la Iglesia universal, y el rechazo público de la Presencia y Reinado de Jesús…

La tendencia directa de todos los acontecimientos que vemos en este momento es ésta claramente, destruir el culto católico en todo el mundo. Ya vemos que todos los gobiernos de Europa están excluyendo la religión de sus actos públicos. Los poderes públicos se están haciendo laicos: el gobierno no tiene religión; y si el gobierno es sin religión, la educación debe ser sin religión. Lo vemos ya en Alemania y en Francia. Se ha intentado una y otra vez en Inglaterra. El resultado de esto no puede ser otra cosa que el restablecimiento de la mera sociedad natural; es decir, los gobiernos y los poderes del mundo, que durante un tiempo estuvieron sometidos a la Iglesia de Dios con la fe en el cristianismo, con la obediencia a las leyes de Dios, y con la unidad de la Iglesia, después de haberse rebelado se han profanado a sí mismos, han recaído a su estado natural…

[Muchos] fallarán en su fidelidad a Dios. ¿Y cómo sucederá esto? En primer lugar por el miedo, en parte por el engaño, en parte, por la cobardía, en parte porque no pueden defender la verdad impopular cara a la mentira popular; en parte porque el hacer caso omiso de la opinión pública, en un país como éste, y en Francia… asusta a los católicos, que no se atreven a confesar su principios, y, al fin, no se atreven a mantenerse en ellos…

La Palabra de Dios nos dice que hacia el final de los tiempos el poder de este mundo se hará tan irresistible y tan triunfante que la Iglesia de Dios se hundirá – que la Iglesia de Dios no recibirá ya ayuda de los emperadores o reyes o príncipes, o legislaturas, o naciones o pueblos, para hacer resistencia contra el poder y la fuerza de su antagonista. Será privada de protección. Se debilitará, se desconcertará, y quedará postrada, y se inclinará sangrando a los pies de los poderes de este mundo. ¿Parece increíble? ¿Cuál es, entonces, lo que vemos en este momento? Mira la Iglesia católica y romana en todo el mundo. ¿Cuándo fue alguna vez más parecida a su Cabeza divina en la hora en que fue atado de pies y manos por los que le traicionaron? Mira la Iglesia Católica, aún independiente, fiel a su confianza divina, y sin embargo, desechada por las naciones del mundo; mira al Santo Padre, el Vicario de nuestro Divino Señor, en este momento escarnecido, despreciado, traicionado, abandonado, despojado, e incluso por aquellos que antes lo defendían atacado. ¿Cuando, pregunto yo, estuvo la Iglesia de Dios alguna vez en una situación más débil, en un estado más precario a los ojos de los hombres, y en este orden natural, de lo que es ahora? Y a partir de ahí, me pregunto, ¿es la libertad lo que está por venir? ¿Hay en la tierra algún poder que quiera intervenir? ¿Hay algún rey, príncipe o potentado, que quiera interponer sea su voluntad o su espada para la protección de la Iglesia? Ni uno; y está predecido que deba ser así. No queremos ni lo deseamos, pero por la voluntad de Dios parece que no será de otra manera.

Pero hay un poder que va a destruir todos los enemigos. Hay una persona que va a descomponer y aventar el polvo del verano y que trillará a todos los enemigos de la Iglesia, porque él es el que ha de derrocar a sus enemigos “con el aliento de su boca”, y destruirlos “con el resplandor de su venida”. Parece como si el Hijo de Dios estuviera celoso de que nadie reivindique su autoridad. Ha querido dirigir la batalla Él mismo; Él ha tomado el arma que ha sido lanzada contra Él; y la profecía es clara y explícita de que habrá una última derrota del mal; que será lograda no por ningún hombre, sino por el Hijo de Dios; que todas las naciones del mundo sepan que Él, y sólo Él, es el rey, y que Él, y sólo Él, es Dios…
 
Los escritores de la Iglesia nos dicen que en los últimos días, la ciudad de Roma, probablemente llegará a ser apóstata de la Iglesia y del Vicario de Jesucristo; y que Roma otra vez será castigada, porque él se apartará de ella; y el juicio de Dios caerá sobre el lugar desde el que una vez reinó sobre las naciones del mundo… Roma apostatará de la fe y ahuyentará al Vicario de Cristo, y volverá a su antiguo paganismo…».
  
CARDENAL ENRIQUE MANNING. Opúsculo “El Papa y el Anticristo”, año 1861.

sábado, 5 de agosto de 2017

EL ATAQUE DE LA PRENSA MUNDIAL CONTRA LA IGLESIA CATÓLICA EN EL CONCILIO VATICANO I

Gracias al Cardenal Henry Manning es posible trazar una comparación de lo que puede sólo describirse como el impío paralelo entre el papel que desempeñó la prensa durante el Primero y el Segundo Concilio Vaticano. El paralelo resulta tan estrecho que sólo podemos concluir que la fuerza que animó ambas campañas fue la misma.
  
Cardenal Henry Edward Manning, Arzobispo Católico de Westminster (Inglaterra)
  
Según el Cardenal Manning,
también se había difundido la creencia de que el Concilio aclararía las doctrinas de Trento o les daría algún significado nuevo o más laxo, o reabriría algunos temas que se consideraban ya cerrados, o llegaría a un acuerdo o transacción con las otras religiones; o, por lo menos, que adaptaría la rigidez dogmática de sus tradiciones al pensamiento y la teología modernos. Resulta extraño que se haya olvidado que todos los Concilios generales, desde Nicea hasta Trento, que trataron sobre la fe, han hecho nuevas definiciones y que cada nueva definición es un nuevo dogma, y cierra lo que antes estaba abierto y ajusta con mayor estrictez las doctrinas de la fe. No obstante, aquella creencia despertó una excitación mezclada con esperanzas de que Roma, al tornarse comprensiva, fuera más asequible, o que volviéndose contradictoria perdiera poder sobre la razón y la voluntad de los hombres” [618].
   
¡No es necesario comentar hasta qué punto esas aspiraciones se cumplieron como resultado del Vaticano II! El objetivo principal de la campaña periodística era impedir la definición de la infalibilidad papal [619]. También era ése, por supuesto, el objetivo de todas las poderosas fuerzas anticatólicas del mundo, fuerzas que controlaban ampliamente la prensa, aun en países nominalmente católicos. La influencia masónica ha sido particularmente notable en lo que a prensa se refiere, y no debe sorprendernos, si se tienen en cuenta los objetivos de la masonería. Una vez que se supo que ciertos obispos se oponían a las definiciones propuestas, se desató una campaña periodística en su apoyo. La situación era entonces inversa a la del Vaticano II; durante el Vaticano I los de la minoría eran los “buenos” y los de la mayoría los “malos”. Cuando se supo la existencia de esa “oposición internacional” (cuyo alcance se exageró notablemente) entonces:
“En un momento, todo el mundo los respaldó. Gobiernos, políticos, periódicos, cismáticos, herejes, infieles, judíos, revolucionarios, como con un instinto infalible, se unieron para exaltar y proclamar la virtud, la erudición, la ciencia, la elocuencia, la nobleza y el heroísmo de esta “oposición internacional”. Con una reiteración verdaderamente homérica, ciertos epítetos eran siempre ligados a ciertos nombres. Todos los que estaban contra Roma eran ensalzados; todos los que estaban a favor de Roma eran vilipendiados” [620].
   
El Cardenal Manning explica que:
“Por una maravillosa disposición de las cosas, sin duda para bien de la raza humana, y por sobre todo de la Iglesia misma, el Concilio fue dividido en una mayoría y una minoría: y por una providencia aun más benéfica y admirable resultó que la teología, la filosofía, la ciencia, la cultura, el poder intelectual, la inteligencia lógica, la elocuencia, la sinceridad, la nobleza de pensamiento, la independencia de espíritu, el valor y la elevación de carácter del Concilio se encontraron todos en la minoría. La mayoría era naturalmente un Mar Muerto de superstición, estrechez, frivolidad, ignorancia y prejuicio; carente de teología, filosofía, ciencia o elocuencia; proveniente de “viejos países católicos”; fanáticos, tiránicos, sordos a la razón; con un rebaño de “clérigos italianos y curiales” y meros “Vicarios Apostólicos”.
  
Los cardenales presidentes eran hombres de carácter tiránico y autoritario que mediante violentos campanillazos e interrupciones intemperantes ahogaban la serena e inexorable lógica de la minoría.
Pero la conducta de la mayoría era todavía más despótica. Por medio de griteríos violentos, gestos amenazadores. y clamorosas manifestaciones en torno de la tribuna, ahogaban la emocionante elocuencia de la minoría, y obligaban a los incontrovertibles oradores a descender [621].
   
El Cardenal Manning se esforzó muchísimo por desmitificar la falsa imagen del Concilio inventada por la prensa. Todas sus afirmaciones, fueren generales o particulares, son analizadas minuciosamente y refutadas por completo pero, al igual que con el Vaticano II, el mito quedó como realidad en la imaginación popular. El Vaticano I hasta tuvo su equivalente de Xavier Rynne, el “hombre misterioso” del Vaticano II, cuyo seudónimo tal vez ocultara una identidad colectiva [622].
   
El Vaticano I tenía su “Janus”, cuyo esfuerzo por destruir la autoridad del Papa y del Concilio fue “un elaborado intento de muchas manos” [623]. Los artículos de “Janus” se recopilaron en un tomo que se tradujo a varios idiomas.
   
El Cardenal Manning consideró su deber particular durante los ocho meses en que fue “testigo cercano y constante de los actos y procedimientos del Concilio, el estar al día de todas las historias e invenciones urdidas por la prensa de Italia, Francia, Alemania, e Inglaterra”. Cuando desde Inglaterra se le preguntó qué había que creer con respecto al Concilio, contestó: “Leed cuidadosamente la correspondencia desde Roma que se publica en Inglaterra, creed lo contrario y no estaréis lejos de la verdad” [624], Manning señaló la forma en que la campaña periodística destinada a socavar al Concilio había sido abiertamente prefabricada y coordinada cuidadosamente [625]. “Una liga de periódicos, alimentados desde un centro común, difundían por todos los países la esperanza y la confianza de que la ciencia y la ilustración de la minoría salvarían a la Iglesia Católica de las desmesuradas pretensiones de Roma y de la ignorancia supersticiosa del episcopado universal” [626].
  
La distribución de circulares a los obispos durante el Vaticano II también tuvo su equivalente en el Vaticano I. “Los obispos recibieron un documento anónimo, que apareció simultáneamente en francés, inglés, alemán, italiano y castellano, con minuciosos argumentos en contra de la oportunidad de definir la infalibilidad del Romano Pontífice” [627].
   
El Cardenal Manning también subraya lo difícil que le resultaba al Concilio, ante esa campaña periodística, poder prestar su máxima atención al análisis de los importantes temas de su agenda, problema que también se les presentó, varias veces amplificado, a los Padres del Vaticano II.
Es obvio que se necesitaba total independencia y tranquilidad mental para tratar tantos temas como los que encaraba el Concilio; ello resultó imposible bajo los incesantes ataques de los gobiernos hostiles y de la omnipresente prensa, el perpetuo hostigamiento de amigos semi-informados y las incesantes tergiversaciones de los enemigos” [628].
  
El secreto del Concilio también fue violado, al igual que lo fue durante el Vaticano II. Los enemigos de la Iglesia
“estaban en íntima y constante comunicación con los miembros de la oposición dentro del Concilio. Muchos de ellos conseguían los esquemas apenas se les distribuían a los obispos. Debe recordarse que este hecho prueba la violación del secreto impuesto a todos los que estaban dentro del Concilio, y en el caso de los que habían jurado observarlo, constituía perjurio” [629].
  
Por cierto que la campaña en contra del Concilio fracasó. Fracasó porque el papa no desfalleció, enfrentó el error con la condenación y contestó las exigencias de modificar o adaptar la verdad católica al espíritu de la época, reafirmándola con la fuerza y la claridad de Trento, y a pesar de las profecías de sus enemigos de que la declaración de la infalibilidad papal sería el golpe mortal para la Iglesia, ella surgió más fuerte y más vigorosa que nunca. Esto, por cierto, provocó toda la furia de la Ciudad del Hombre. Se manifestó el odio del mundo a la Iglesia y al mismo tiempo se manifestó la naturaleza divina de la Iglesia Católica; porque el odio del mundo fue señalado por el mismo Cristo como uno de los signos de Su Cuerpo Místico, que no sólo debe predicar a Cristo crucificado, sino revivir también el misterio de su crucifixión y Su resurrección hasta que Él vuelva glorioso. Si Cristo se hubiera allanado a dialogar con Sus enemigos, si se hubiera prestado a adaptarse, a hacer concesiones, entonces hubiera podido evitar la Crucifixión, pero ¿qué valor habría tenido entonces la Encarnación? El Papa Pío IX siguió el ejemplo de Cristo, cuyo Vicario era, y
Así como la cumbre atrae a la tormenta, así la mayor violencia cayó sobre la cabeza del Vicario de Jesucristo. Sobre esto no diré nada. La posteridad conocerá a Pío IX; el mundo lo conoce ya demasiado para recordar, salvo con asco y disgusto, el idioma de sus enemigos. “Si han llamado Belcebú al dueño de casa, ¿qué no dirán de sus ocupantes?” Nadie tiene ese privilegio más que el Vicario del Maestro; y es un gran gozo y una clara fuente de vigor y confianza que todos los ocupantes de la casa compartan esa señal, que siempre distingue a los que están de Su lado contra el mundo [630].
  
MICHAEL TRENDHAL DAVIES, El Concilio del Papa Juan [Traducción de Ana María Zuleta]. Ed. ICTIÓN, Buenos Aires, 1981. Apéndice III: LA PRENSA Y EL CONCILIO VATICANO PRIMERO (Págs. 151-153).
  
NOTAS (en el original)
[618] Cardenal Henry Manning. Carta Pastoral Petri Privilégium III, pág. 15.
[619] Cardenal Henry Manning. Carta Pastoral Petri Privilégium III, pág. 16.
[620] Cardenal Henry Manning. Carta Pastoral Petri Privilégium III, Íbid.
[621] Cardenal Henry Manning. Carta Pastoral Petri Privilégium III, Págs. 10-11.
[622] Revista Newsweek, 12 de Agosto de 1963, Pág. 77.
[623] Cardenal Henry Manning. The True Story of the Vatican Council [La Verdadera Historia del Concilio Vaticano]. Londres, 1877, Pág. 67.
[624] Cardenal Henry Manning. Carta Pastoral Petri Privilégium III, Pág. 2.
[625] Cardenal Henry Manning. Carta Pastoral Petri Privilégium III, Pág. 15. Y The True Story of the Vatican Council. Págs. 68 y 151.
[626] Cardenal Henry Manning. Carta Pastoral Petri Privilégium III, Pág. 17.
[627] Cardenal Henry Manning. The True Story of the Vatican Council. Pág. 70.
[628] Cardenal Henry Manning. The True Story of the Vatican Council. Pág. 81.
[629] Cardenal Henry Manning. The True Story of the Vatican Council. Pág. 145.
[630] Cardenal Henry Manning. Carta Pastoral Petri Privilégium III, Pág. 10.

sábado, 31 de julio de 2010

SAN IGNACIO DE LOYOLA

“Haced todo a gloria de Dios”. (1 Corintios 10, 31)
  
San Ignacio de Loyola
   
SAN IGNACIO nació probablemente, en 1491, en el castillo de Loyola en Azpeitia, población de Guipúzcoa, cerca de los Pirineos. Su padre, don Bertrán, era señor de Ofiaz y de Loyola, jefe de una de las familias más antiguas y nobles de la región. Y no era menos ilustre el linaje de su madre, Marina Sáenz de Licona y Balda. Iñigo (pues ése fue el nombre que recibió el santo en el bautismo) era el más joven de los ocho hijos y tres hijas de la noble pareja. Iñigo luchó contra los franceses en el norte de Castilla. Pero su breve carrera militar terminó abruptamente el 20 de mayo de 1521, cuando una bala de cañón le rompió la pierna durante la lucha en defensa del castillo de Pamplona. Después de que Iñigo fue herido, la guarnición española capituló.
   
Los franceses no abusaron de la victoria y enviaron al herido en una litera al castillo de Loyola (su hogar). Como los huesos de la pierna soldaron mal, los médicos consideraron necesario quebrarlos nuevamente. Iñigo se decidió a favor de la operación y la soportó estoicamente ya que anhelaba regresar a sus anteriores andanzas a todo costo.
   
Pero, como consecuencia, tuvo un fuerte ataque de fiebre con tales complicaciones que los médicos pensaron que el enfermo moriría antes del amanecer de la fiesta de San Pedro y San Pablo. Sin embargo empezó a mejorar, aunque la convalecencia duró varios meses. No obstante la operación de la rodilla rota presentaba todavía una deformidad. Iñigo insistió en que los cirujanos cortasen la protuberancia y, pese a éstos le advirtieron que la operación sería muy dolorosa, no quiso que le atasen ni le sostuviesen y soportó la despiadada carnicería sin una queja. Para evitar que la pierna derecha se acortase demasiado, Iñigo permaneció varios días con ella estirada mediante unas pesas. Con tales métodos, nada tiene de extraño que haya quedado cojo para el resto de su vida.
   
Con el objeto de distraerse durante la convalecencia, Iñigo pidió algunos libros de caballería (aventuras de caballeros en la guerra), a los que siempre había sido muy afecto. Pero lo único que se encontró en el castillo de Loyola fue una historia de Cristo y un volumen de vidas de santos. Iñigo los comenzó a leer para pasar el tiempo, pero poco a poco empezó a interesarse tanto que pasaba días enteros dedicado a la lectura. Y se decía:
Si esos hombres estaban hechos del mismo barro que yo, bien yo puedo hacer lo que ellos hicieron.
     
Inflamado por el fervor, se proponía ir en peregrinación a un santuario de Nuestra Señora y entrar como hermano lego a un convento de cartujos. Pero tales ideas eran intermitentes, pues su ansiedad de gloria y su amor por una dama, ocupaban todavía sus pensamientos. Sin embargo, cuando volvía a abrir el libro de la vida de los santos, comprendía la futilidad de la gloria mundana y presentía que sólo Dios podía satisfacer su corazón. Las fluctuaciones duraron algún tiempo. Ello permitió a Iñigo observar una diferencia: en tanto que los pensamientos que procedían de Dios le dejaban lleno de consuelo, paz y tranquilidad, los pensamientos vanos le procuraban cierto deleite, pero no le dejaban sino amargura y vacío. Finalmente, Iñigo resolvió imitar a los santos y empezó por hacer toda penitencia corporal posible y llorar sus pecados.
   
Aparición de Nuestra Señora a San Ignacio (Sebastián Ricci)
  
Una noche, se le apareció la Madre de Dios, rodeada de luz y llevando en los brazos a Su Hijo. La visión consoló profundamente a Ignacio. Al terminar la convalecencia, hizo una peregrinación al santuario de Nuestra Señora de Montserrat, donde determinó llevar vida de penitente. Su propósito era llegar a Tierra Santa y para ello debía embarcarse en Barcelona que está muy cerca de Montserrat. La ciudad se encontraba cerrada por miedo a la peste que azotaba la región. Así tuvo que esperar en el pueblecito de Manresa, no lejos de Barcelona y a tres leguas de Montserrat. El Señor tenía otros designios más urgentes para Ignacio en ese momento de su vida. Lo quería llevar a la profundidad de la entrega en oración y total pobreza. Se hospedó ahí, unas veces en el convento de los dominicos y otras en un hospicio de pobres. Para orar y hacer penitencia, se retiraba a una cueva de los alrededores. Así vivió durante casi un año.
 
Cueva de Manresa, donde San Ignacio hizo penitencia durante un año (allí nacieron los Ejercicios Espirituales)
     
A fin de imitar a Cristo nuestro Señor y asemejarme a El, de verdad, cada vez más; quiero y escojo la pobreza con Cristo, pobre más que la riqueza; las humillaciones con Cristo humillado, más que los honores, y prefiero ser tenido por idiota y loco por Cristo, el primero que ha pasado por tal, antes que como sabio y prudente en este mundo. Se decidió a escoger el Camino de Dios, en vez del camino del mundo... hasta lograr alcanzar su santidad.
   
A las consolaciones de los primeros tiempos sucedió un período de aridez espiritual; ni la oración, ni la penitencia conseguían ahuyentar la sensación de vacío que encontraba en los sacramentos y la tristeza que le abrumaba. A ello se añadía una violenta tempestad de escrúpulos que le hacían creer que todo era pecado y le llevaron al borde de la desesperación. En esa época, Ignacio empezó a anotar algunas experiencias que iban a servirle para el libro de los Ejercicios Espirituales. Finalmente, el santo salió de aquella noche oscura y el más profundo gozo espiritual sucedió a la tristeza. Aquella experiencia dio a Ignacio una habilidad singular para ayudar a los escrupulosos y un gran discernimiento en materia de dirección espiritual. Más tarde, confesó al P. Diego Laínez que, en una hora de oración en Manresa, había aprendido más de lo que pudiesen haberle enseñado todos los maestros en las universidades. Sin embargo, al principio de su conversión, Ignacio estaba tan sugestionado por la mentalidad del mundo que, al oír a un moro blasfemar de la Santísima Virgen, se preguntó si su deber de caballero cristiano no consistía en dar muerte al blasfemo, y sólo la intervención de la Providencia le libró de cometer ese crimen.
   
En febrero de 1523, Ignacio por fin partió en peregrinación a Tierra Santa. Pidió limosna en el camino, se embarcó en Barcelona, pasó la Pascua en Roma, tomó otra nave en Venecia con rumbo a Chipre y de ahí se trasladó a Jaffa. Del puerto, a lomo de mula, se dirigió a Jerusalén, donde tenía el firme propósito de establecerse. Pero, al fin de su peregrinación por los Santos Lugares, el franciscano encargado de guardarlos le ordenó que abandonase Palestina, temeroso de que los mahometanos, enfurecidos por el proselitismo de Ignacio, le raptasen y pidiesen rescate por él. Por lo tanto, el joven renunció a su proyecto y obedeció, aunque no tenía la menor idea de lo que iba a hacer al regresar a Europa. Otra vez, la Divina Providencia tenía designios para esta alma tan generosa.
     
En 1524, llegó de nuevo a España, donde se dedicó a estudiar, pues pensaba que eso le serviría para ayudar a las almas. Una piadosa dama de Barcelona, llamada Isabel Roser, le asistió mientras estudiaba la gramática latina en la escuela. Ignacio tenía entonces treinta y tres años, y no es difícil imaginar lo penoso que debe ser estudiar la gramática a esa edad. Al principio, Ignacio estaba tan absorto en Dios, que olvidaba todo lo demás; así, la conjugación del verbo latino amáre se convertía en un simple pretexto para pensar: Amo a Dios. Dios me ama. Sin embargo, el santo hizo ciertos progresos en el estudio, aunque seguía practicando las austeridades y dedicándose a la contemplación y soportaba con paciencia y buen humor las burlas de sus compañeros de escuela, que eran mucho más jóvenes que él.
    
Al cabo de dos años de estudios en Barcelona, pasó a la Universidad de Alcalá a estudiar lógica, física y teología; pero la multiplicidad de materias no hizo más que confundirle, a pesar de que estudiaba noche y día. Se alojaba en un hospicio, vivía de limosna y vestía un áspero hábito gris. Además de estudiar, instruía a los niños, organizaba reuniones de personas espirituales en el hospicio y convertía a numerosos pecadores con sus reprensiones llenas de mansedumbre.
    
Había en España muchas desviaciones de la devoción. Como Ignacio carecía de los estudios y la autoridad para enseñar, fue acusado ante el vicario general del obispo, quien le tuvo prisionero durante cuarenta y dos días, hasta que, finalmente, absolvió de toda culpa a Ignacio y sus compañeros, pero les prohibió llevar un hábito particular y enseñar durante los tres años siguientes. Ignacio se trasladó entonces con sus compañeros a Salamanca. Pero pronto fue nuevamente acusado de introducir doctrinas peligrosas. Después de tres semanas de prisión, los inquisidores le declararon inocente. Ignacio consideraba la prisión, los sufrimientos y la ignominia como pruebas que Dios le mandaba para purificarle y santificarle. Cuando recuperó la libertad, resolvió abandonar España. En pleno invierno, hizo el viaje a París, a donde llegó en febrero de 1528.
    
Los dos primeros años los dedicó a perfeccionarse en el latín, por su cuenta. Durante el verano iba a Flandes y aun a Inglaterra a pedir limosna a los comerciantes españoles establecidos en esas regiones. Con esa ayuda y la de sus amigos de Barcelona, podía estudiar durante el año. Pasó tres años y medio en el Colegio de Santa Bárbara, dedicado a la filosofía. Ahí indujo a muchos de sus compañeros a consagrar los domingos y días de fiesta a la oración y a practicar con mayor fervor la vida cristiana. Pero el maestro Peña juzgó que con aquellas prédicas impedía a sus compañeros estudiar y predispuso contra Ignacio al doctor Guvea, rector del colegio, quien condenó a Ignacio a ser azotado para desprestigiarle entre sus compañeros. Ignacio no temía al sufrimiento ni a la humillación, pero, con la idea de que el ignominioso castigo podía apartar del camino del bien a aquéllos a quienes había ganado, fue a ver al rector y le expuso modestamente las razones de su conducta. Guvea no respondió, pero tomó a Ignacio por la mano, le condujo al salón en que se hallaban reunidos todos los alumnos y le pidió públicamente perdón por haber prestado oídos, con ligereza, a los falsos rumores. En 1534, a los cuarenta y tres años de edad, Ignacio obtuvo el título de maestro en artes de la Universidad de París.
    
Las palabras fervorosas de Ignacio, llenas del Espíritu Santo, abrió los corazones de algunos compañeros. Por aquella época, se unieron a Ignacio otros seis estudiantes de teología: Pedro Fabro, que era sacerdote de Saboya; Francisco Javier, un navarro; Diego Laínez y Alfonso Salmerón, que brillaban mucho en los estudios; Simón Rodríguez, originario de Portugal y Nicolás Bobadilla. Movidos por las exhortaciones de Ignacio, aquellos fervorosos estudiantes hicieron voto de pobreza, de castidad y de ir a predicar el Evangelio en Palestina, o, si esto último resultaba imposible, de ofrecerse al Papa para que los emplease en el servicio de Dios como mejor lo juzgase. La ceremonia tuvo lugar en una capilla de Montmartre, donde todos recibieron la comunión de manos de Pedro Fabro, quien acababa de ordenarse sacerdote. Era el día de la Asunción de la Virgen de 1534.
 
Profesión de votos de San Ignacio y los siete primeros jesuitas
   
Ignacio mantuvo entre sus compañeros el fervor, mediante frecuentes conversaciones espirituales y la adopción de una sencilla regla de vida. Poco después, hubo de interrumpir sus estudios de teología, pues el médico le ordenó que fuese a tomar un poco los aires natales, ya que su salud dejaba mucho que desear. Ignacio partió de París, en la primavera de 1535. Su familia le recibió con gran gozo, pero el santo se negó a habitar en el castillo de Loyola y se hospedó en una pobre casa de Azpeitia.
  
Dos años más tarde, se reunió con sus compañeros en Venecia. Pero la guerra entre venecianos y turcos les impidió embarcarse hacia Palestina. Los compañeros de Ignacio, que eran ya diez, se trasladaron a Roma; Pablo III los recibió muy bien y concedió a los que todavía no eran sacerdotes el privilegio de recibir las órdenes sagradas de manos de cualquier obispo. Después de la ordenación, se retiraron a una casa de las cercanías de Venecia a fin de prepararse para los ministerios apostólicos. Los nuevos sacerdotes celebraron la primera misa entre septiembre y octubre, excepto Ignacio, quien la difirió más de un año con el objeto de prepararse mejor para ella. Como no había ninguna probabilidad de que pudiesen trasladarse a Tierra Santa, quedó decidido finalmente que Ignacio, Fabro y Laínez irían a Roma a ofrecer sus servicios al Papa. También resolvieron que, si alguien les preguntaba el nombre de su asociación, responderían que pertenecían a la Compañía de Jesús (San Ignacio no empleó nunca el nombre de “jesuita. Este nombre comenzó como un apodo), porque estaban decididos a luchar contra el vicio y el error bajo el estandarte de Cristo. Durante el viaje a Roma, mientras oraba en la capilla de “La Storta, el Señor se apareció a Ignacio, rodeado por un halo de luz inefable, pero cargado con una pesada cruz. Cristo le dijo: Ego vobis Romæ propítius ero (Os seré propicio en Roma).
 
Aparición en La Storta     
Pablo III nombró al padre Fabro profesor en la Universidad de la Sapienza y confió a Laínez el cargo de explicar la Sagrada Escritura. Por su parte, Ignacio se dedicó a predicar los Ejercicios y a catequizar al pueblo. El resto de sus compañeros trabajaba en forma semejante, a pesar de que ninguno de ellos dominaba todavía el italiano. 
    
Aprobación de Pablo III a los estatutos de la Compañía de Jesús
   
Ignacio y sus compañeros decidieron formar una congregación religiosa para perpetuar su obra. A los votos de pobreza y castidad debía añadirse el de obediencia para imitar más de cerca al Hijo de Dios, que se hizo obediente hasta la muerte. Además, había que nombrar a un superior general a quien todos obedecerían, el cual ejercería el cargo de por vida y con autoridad absoluta, sujeto en todo a la Santa Sede. A los tres votos arriba mencionados, se agregaría el de ir a trabajar por el bien de las almas adondequiera que el Papa lo ordenase. La obligación de cantar en común el oficio divino no existiría en la nueva orden, “para que eso no distraiga de las obras de caridad a la que nos hemos consagrado. No por eso descuidaban la oración que debía tomar al menos una hora diaria.
  
La primera de las obras de caridad consistiría en enseñar a los niños y a todos los hombres los mandamientos de Dios. La comisión de cardenales que el Papa nombró para estudiar el asunto se mostró adversa al principio, con la idea de que ya había en la Iglesia bastantes órdenes religiosas, pero un año más tarde, cambió de opinión, y Pablo III aprobó la Compañía de Jesús por una bula emitida el 27 de septiembre de 1540. Ignacio fue elegido primer general de la nueva orden y su confesor le impuso, por obediencia, que aceptase el cargo. Empezó a ejercerlo el día de Pascua de 1541 y, algunos días más tarde, todos los miembros hicieron los votos en la basílica de San Pablo Extramuros.
    
Ignacio pasó el resto de su vida en Roma, consagrado a la colosal tarea de dirigir la orden que había fundado. Entre otras cosas, fundó una casa para alojar a los neófitos judíos durante el período de la catequesis y otra casa para mujeres arrepentidas. En cierta ocasión, alguien le hizo notar que la conversión de tales pecadoras rara vez es sincera, a lo que Ignacio respondió: Estaría yo dispuesto a sufrir cualquier cosa por el gozo de evitar un solo pecado. Rodríguez y Francisco Javier habían partido a Portugal en 1540. Con la ayuda del rey Juan III, Javier se trasladó a la India, donde empezó a ganar un nuevo mundo para Cristo. Los padres Luis Gonçalves y Juan Nuñez Barreto fueron enviados a Marruecos a instruir y asistir a los esclavos cristianos. Otros cuatro misioneros partieron al Congo; algunos más fueron a Etiopía y a las colonias portuguesas de América del Sur.
  
El Papa Pablo III nombró como teólogos suyos, en el Concilio de Trento, a los padres Laínez y Salmerón. Antes de su partida, San Ignacio les ordenó que visitasen a los enfermos y a los pobres y que, en las disputas se mostrasen modestos y humildes y se abstuviesen de desplegar presuntuosamente su ciencia y de discutir demasiado. Pero, sin duda que entre los primeros discípulos de Ignacio el que llegó a ser más famoso en Europa, por su saber y virtud, fue San Pedro Canisio, a quien la Iglesia venera actualmente como Doctor. En 1550, San Francisco de Borja regaló una suma considerable para la construcción del Colegio Romano. San Ignacio hizo de aquel colegio el modelo de todos los otros de su orden y se preocupó por darle los mejores maestros y facilitar lo más posible el progreso de la ciencia. El santo dirigió también la fundación del Colegio Germánico de Roma, en el que se preparaban los sacerdotes que iban a trabajar en los países invadidos por el protestantismo. En vida del santo se fundaron universidades, seminarios y colegios en diversas naciones. Puede decirse que San Ignacio echó los fundamentos de la obra educativa que había de distinguir a la Compañía de Jesús y que tanto iba a desarrollarse con el tiempo.
     
En 1542, desembarcaron en Irlanda los dos primeros misioneros jesuitas, pero el intento fracasó. Ignacio ordenó que se hiciesen oraciones por la conversión de Inglaterra, y entre los mártires de Gran Bretaña se cuentan veintinueve jesuitas. La actividad de la Compañía de Jesús en Inglaterra es un buen ejemplo del importantísimo papel que desempeñó en la contrarreforma. Ese movimiento tenía el doble fin de dar nuevo vigor a la vida de la Iglesia y de oponerse al protestantismo. La Compañía de Jesús era exactamente lo que se necesitaba en el siglo XVI para contrarrestar la Reforma. La revolución y el desorden eran las características de la Reforma. La Compañía de Jesús tenía por características la obediencia y la más sólida cohesión. Se puede afirmar, sin pecar contra la verdad histórica, que los jesuitas atacaron, rechazaron y derrotaron la revolución de Lutero y, con su predicación y dirección espiritual, reconquistaron a las almas, porque predicaban sólo a Cristo y a Cristo crucificado. Tal era el mensaje de la Compañía de Jesús, y con él, mereció y obtuvo la confianza y la obediencia de las almas (cardenal Enrique Manning). A este propósito citaremos las, instrucciones que San Ignacio dio a los padres que iban a fundar un colegio en Ingolstadt (Alemania), acerca de sus relaciones con los protestantes: Tened gran cuidado en predicar la verdad de tal modo que, si acaso hay entre los oyentes un hereje, le sirva de ejemplo de caridad y moderación cristianas. No uséis de palabras duras ni mostréis desprecio por sus errores. El santo escribió en el mismo tono a los padres Pascasio Broët y Salmerón cuando se aprestaban a partir para Irlanda.
    
Una de las obras más famosas y fecundas de Ignacio fue el libro de los Los Ejercicios Espirituales. Es la obra maestra de la ciencia del discernimiento. Empezó a escribirlo en Manresa y lo publicó por primera vez en Roma, en 1548, con la aprobación del Papa. Los Ejercicios cuadran perfectamente con la tradición de santidad de la Iglesia. Desde los primeros tiempos, hubo cristianos que se retiraron del mundo para servir a Dios, y la práctica de la meditación es tan antigua como la Iglesia. Lo nuevo en el libro de San Ignacio es el orden y el sistema de las meditaciones. Si bien las principales reglas y consejos que da el santo se hallan diseminados en las obras de los Padres de la Iglesia, San Ignacio tuvo el mérito de ordenarlos metódicamente y de formularlos con perfecta claridad.
Portada de la primera edición de los Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola (Año 1548)
   
La prudencia y caridad del gobierno de San Ignacio le ganó el corazón de sus súbditos. Era con ellos afectuoso como un padre, especialmente con los enfermos, a los que se encargaba de asistir personalmente procurándoles el mayor bienestar material y espiritual posible. Aunque San Ignacio era superior, sabía escuchar con mansedumbre a sus subordinados, sin perder por ello nada de su autoridad. En las cosas en que no veía claro se atenía humildemente al juicio de otros. Era gran enemigo del empleo de los superlativos y de las afirmaciones demasiado categóricas en la conversación. Sabía sobrellevar con alegría las críticas, pero también sabía reprender a sus súbditos cuando veía que lo necesitaban. En particular, reprendía a aquéllos a quienes el estudio volvía orgullosos o tibios en el servicio de Dios, pero fomentaba, por otra parte, el estudio y deseaba que los profesores, predicadores y misioneros, fuesen hombres de gran ciencia. La corona de las virtudes de San Ignacio era su gran amor a Dios. Con frecuencia repetía estas palabras, que son el lema de su orden: A la Mayor Gloria de Dios. A ese fin refería el santo todas sus acciones y toda la actividad de la Compañía de Jesús. También decía frecuentemente: Señor, ¿qué puedo desear fuera de Ti?”. Quien ama verdaderamente no está nunca ocioso. San Ignacio ponía su felicidad en trabajar por Dios y sufrir por su causa. Tal vez se ha exagerado algunas veces el “espíritu militar de Ignacio y de la Compañía de Jesús y se ha olvidado la simpatía y el don de amistad del santo por admirar su energía y espíritu de empresa.
  
Durante los quince años que duró el gobierno de San Ignacio, la orden aumentó de diez a mil miembros y se extendió en nueve países europeos, en la India y el Brasil. Como en esos quince años el santo había estado enfermo quince veces, nadie se alarmó cuando enfermó una vez más. Murió súbitamente el 31 de julio de 1556, sin haber tenido siquiera tiempo de recibir los últimos sacramentos.
   
Fue canonizado en 1622, y Pío XI le proclamó patrono de los ejercicios espirituales y retiros.
   
Adaptado del trabajo de Alban Butler et al, edición en español de R.P. Wilfredo Guinea. La Vida de los Santos de Butler, vol. 3. (Chicago USA: Rand McNally, 1965) págs. 222-228.


MEDITACIÓN SOBRE LA VIDA DE SAN IGNACIO
I. San Ignacio, en la soledad de Manresa, había trazado el plano del edificio espiritual que debía edificar durante toda su vida. Su libro de los Ejercicios espirituales es un resumen de lo que debe hacerse y de lo que él mismo hizo para llegar a la perfección. Comenzó por llorar sus pecados y expiarlos mediante ruda penitencia. Es el primer paso: lavar nuestros pecados con lágrimas. Así procedieron todos los santos; ¿los imitamos nosotros? Aunque no hubiésemos cometido sino un solo pecado mortal, seria suficiente para llorar hasta la muerte.
   
II. El segundo paso hacia la perfección, dice San Ignacio, es la imitación de Jesús que obra y sufre para la gloria de Dios y la salvación de los hombres. San Ignacio ha seguido paso a paso a este Modelo de los predestinados: después de su conversión llevó primero una vida escondida como Él; después se consagró por entero a la salvación del prójimo, sufriendo a causa de esto injurias, calumnias y prisión. ¿Cómo imitamos nosotros la vida oculta de Jesús, sus trabajos y sus sufrimientos? Sigamos la divisa de San Ignacio: Todo para la mayor gloria de Dios.
  
III. El tercer paso hacia la perfección, que tan alto elevó la santidad de San Ignacio, es la unión perfecta con Dios. Para llegar a ella, hay que desasirse del temor de todo lo que no sea Dios, y darse enteramente a Él. Tenemos amor para las cosas de este mundo, y no lo tenemos para Dios. ¡Todo amamos, todo buscamos, sólo Dios nada vale ante nuestros ojos! (Salviano).
   
El celo por la gloria de Dios. Orad por las órdenes religiosas.
   
ORACIÓN
Oh Dios, que, para la mayor gloria de vuestro Nombre, habéis dado por el bienaventurado Ignacio un nuevo socorro a vuestra Iglesia militante, haced, que después de haber combatido en la tierra, siguiendo su ejemplo y bajo su protecci6n, merezcamos ser coronados con él en el cielo. Por J. C. N. S. Amén.