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NO QUEREMOS QUE SE ACABE LA RELIGIÓN

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ORGULLOSAMENTE HISPANOHABLANTES

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miércoles, 18 de febrero de 2026

OPISPO PIERRE ROY A LA FSSPX: «CONTINUAD CON LAS CONSAGRACIONES, SIN MANDATO DE IMPÍOS».

El obispo canadiense Pierre Roch Roy escribió el pasado 12 de Febrero una carta abierta a la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, instándolos a seguir el camino que les diera su fundador Marcel Lefebvre y continuar adelante con las consagraciones episcopales del 1 de Julio (Texto procedente de MISIÓN NUESTRA SEÑORA DE LA ALEGRÍA; traducción española por ILUSTRACIÓN DIVINA):

CARTA ABIERTA A LA FSSPX

12 de febrero de 2026

Estimados miembros de la Fraternidad San Pío X:

«¡Soy yo, el acusado, quien tendría que juzgaros!».

Esta reflexión del arzobispo Lefebvre en 1975 resuena con fuerza más de cincuenta años después, cuando vuestra comunidad se prepara para enfrentarse una vez más a «la serpiente romana», en palabras del arzobispo Lefebvre, en una contienda en la que, una vez más, la Fraternidad San Pío X es tratada como sospechosa, acusada y culpable incluso antes de ser juzgada.

¿No es hora de poner en práctica la gran sabiduría que demostró el arzobispo Lefebvre al hacer esta declaración? «¡Soy yo, el acusado, quien tendría que juzgaros!». ¿Fueron estas palabras mera retórica por parte de vuestro fundador? ¿Cuánto tiempo más tendrá que aparecer vuestra Fraternidad como acusada, y cuándo asumirá finalmente su verdadero papel, que es más bien juzgar a los infieles que nos proponen una nueva religión, sustancialmente diferente de la Religión que fue divinamente revelada?

Hasta que no se reconozca que los infieles, aquellos que no profesan abiertamente la fe católica, no tienen autoridad en la Iglesia de Cristo, los fieles que han confiado sus almas a vuestro ministerio estarán sumidos en la mayor confusión, atormentados entre el temor de adherirse a los herejes o separarse de la comunión con el Romano Pontífice. «La fe está en la sencillez», dijo San Hilario de Poitiers. Los herejes no son las autoridades legítimas de la Iglesia. Por lo tanto, es necesario separarse claramente de ellos y dar pleno sentido a las palabras pronunciadas por los superiores de su comunidad en 1988: «Por otra parte, nunca hemos querido pertenecer a este sistema que se autodenomina Iglesia conciliar y se define por el Novus Ordo Missæ, el ecumenismo indiferentista y la secularización de toda la Sociedad. Sí, no tenemos parte, nullam partem habémus, en el panteón de religiones de Asís».

«Quitad al malvado de entre vosotros» (I Cor. 5:12). Durante demasiado tiempo se ha hecho creer a las almas que los fieles y los infieles pueden coexistir indefinidamente dentro de la Iglesia; que los que profesan la verdadera fe pueden tolerar a los promotores de la herejía dentro de la Iglesia. Esta situación debe terminar. Vuestra Fraternidad representa a la mayoría de los clérigos de la Tradición. Tenéis un papel que desempeñar en reunir a vuestros hermanos en una asamblea santa que finalmente rechace oficialmente a los promotores de la herejía dentro de la Iglesia. Su papel no es mantener discusiones con alguien que se presenta como el guardián de la doctrina de la fe, pero que en realidad es uno de sus muchos sepultureros, como ha demostrado recientemente al negar a la Virgen María, nuestra Madre en el Cielo, sus títulos de Mediadora y Corredentora. ¿Habría entablado el arzobispo Lefebvre un diálogo con un hombre que ha escrito y publicado libros que ofenden el sexto mandamiento del Decálogo? ¿No es legítimo plantearse esta pregunta?

Es el momento. La Iglesia debe unirse, y ustedes pueden desempeñar un papel importante para revertir esta crisis sin precedentes que la aflige. Es hora de dejar de desempeñar el papel de acusado y asumir el papel de juez, junto con todos sus hermanos en la fe reunidos en una asamblea sagrada. Es hora de condenar por herejía y anatematizar a los llamados detentadores de la autoridad que pronto habrán provocado la pérdida de la poca fe que queda en las almas. No dejen a la Santa Iglesia y a las almas de los fieles en esta situación espantosa en la que se les hace creer que la autoridad de Cristo puede ser cautiva de manos impías, como si la Iglesia no fuera una sociedad perfecta, dotada de todos los medios necesarios para cumplir su misión divina. ¿Y qué podría ser más necesario para la Iglesia que expulsar a los herejes de su seno?

Sí, consagren obispos. Háganlo sin el mandato de los impíos. Reconozcan públicamente su total falta de autoridad sobre la Iglesia, pues los fieles no están bajo el yugo de los infieles. Reúnan a sus hermanos dispersos y dejen que la Iglesia reunida pronuncie el juicio liberador que permitirá que la unidad católica florezca una vez más. Que los infieles sean convocados a comparecer y sean destituidos por el poder de Dios, que no puede fallar a su Iglesia. Que se le dé a la Iglesia una cabeza visible y segura, y que el eclipse de la verdadera Iglesia llegue finalmente a su fin.

Depende de ustedes hacer que estas palabras del arzobispo Lefebvre sean proféticas y no meras palabras retóricas. Depende de ustedes vengar su memoria, tan injustamente difamada. ¡Que sus hijos pongan en práctica su intuición inspirada por el Dios de los ejércitos!

«¡Soy yo, el acusado, quien tendría que juzgaros!».

Unam, Sanctam, Cathólicam et Apostólicam Ecclésiam.

Monseñor Pierre Roy. 
Obviamente, el problema de fondo está en que si la del Vaticano II NO ES LA IGLESIA CATÓLICA (y de hecho, NO LO ES), la FSSPX tampoco está en mejor posición

domingo, 2 de noviembre de 2025

LOS REDENTORISTAS TRANSALPINOS. RECHAZADOS POR LA FSSPX, APOYADOS POR VIGANÒ


Un sacerdote-presbítero de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X comentó bajo anonimato al inglés The Catholic Herald sobre los Hijos del Santísimo Redentor, más conocidos como Redentoristas Transalpinos: «Dudo mucho que ellos vayan a trabajar con nosotros. Pienso que se han hecho totalmente sedevacantistas. Eso eran ellos antes de su reconciliación en 2007».
  
El sacerdote-presbítero lefebvrista sugirió que, a juzgar por su Carta abierta del 16 de Octubre, ahora estén alineados, o al menos con simpatías tácitas hacia el arzobispo y exnuncio Carlo María Viganò, quien al día siguiente redactó la siguiente declaración (Fuente: EXSÚRGE DÓMINE):


“TOLLE MISSAM, TOLLE ECCLÉSIAM”
Declaración del Arzobispo Carlo María Viganò sobre la Congregación de los Hijos del Santísimo Redentor [1]

«Llegará el día, en el que ya no se tolerará la sana doctrina, pero, debido al prurito de escuchar algo nuevo, los hombres se rodearán de maestros acorde a sus propios deseos, negándose a escuchar la Verdad».
2.ª Tim. 4, 3
   
Hace unos días, después de diecisiete años de tensiones con el Vaticano y con el obispo de Christchurch en Nueva Zelanda, que culminaron con una orden de expulsión de la diócesis confirmada por un decreto de la Santa Sede, la Comunidad de los Redentoristas Transalpinos dio a conocer una Carta Abierta (aquí) en la que denuncia los principales errores de la Iglesia conciliar-sinodal, su abierta hostilidad hacia la Misa Apostólica y la malversación de la que han sido objeto los Hijos del Santísimo Redentor. En la Carta Abierta, los Padres Redentoristas afirman que »se ha roto la cadena de mando» dentro de la Jerarquía: «Cuando un superior se aparta de su obediencia a Cristo Rey, su mandato ya no es el brazo de Cristo, sino el gesto de un hombre» (II-IIæ, cuestión 104, art. 5.º).
   
Ahora es evidente la crisis de autoridad en la Iglesia Católica. En el plan de los subversivos, debe conducir a la disolución del cuerpo eclesial, para reemplazar la Iglesia Católica Apostólica Romana con un sustituto de origen humano y de inspiración masónica. El principal instrumento de esta subversión es la sinodalidad, es decir, la aplicación de los principios revolucionarios de la democracia y de la representatividad popular a una institución de origen divino que su Fundador, Nuestro Señor Jesucristo quiso que fuera monárquica y jerárquica. De esta manera, una vez que se rompe el vínculo de obediencia a Dios, la Autoridad se vuelve absoluta y tiránica, no teniendo que responder por sus decisiones ni ante Nuestro Señor Jesucristo ni ante el pueblo cristiano. Esta revolución permite manipular a los fieles para hacerles creer que las innovaciones y las herejías introducidas por la Jerarquía son exigidas por las bases, cuando en realidad son impuestas por un lobby de desviados en la Fe y en la Moral.
    
No puedo sino alabar la valentía de estos Redentoristas, cuya denuncia se suma a otras que muestran con mayor frecuencia el escándalo y el gran malestar del clero y del pueblo de Dios con respecto a una jerarquía rebelde y apóstata. Ya no estamos en el ecumenismo conciliar hacia las sectas no católicas (aunque condenadas por los Pontífices hasta Pío XII), sino en la aceptación y legitimación de todas las falsas religiones e idolatrías, y de los puntos programáticos de la Agenda globalista (pansexualismo LGBTQ+, inmigracionismo, ecologismo), con los que la “iglesia sinodal” está totalmente alineada.
   
Esta crisis es de naturaleza teológica y no canónica. Se refiere al desmantelamiento sistemático de la perenne Tradición de la Iglesia Católica Apostólica Romana y a la disolución del Depósitum Fídei: por lo tanto, es con argumentos teológicos que se la puede afrontar. Juzgar individualmente los casos particulares a la luz del Derecho Canónico, sin correlacionarlos entre sí en el contexto más amplio de una acción subversiva planificada durante décadas y llevada a cabo con la cooperación activa y consciente de una gran parte del Episcopado, no hace más que reconocer oficialmente a una Autoridad desviada y pervertida, a usurpadores que hacen uso del poder del cual se han apropiado contra la voluntad de Nuestro Señor Jesucristo, Cabeza del Cuerpo Místico, en perjuicio de los fieles, para fines opuestos a los que Nuestro Señor ha establecido para su Iglesia.
    
Exhorto a los hijos del Santísimo Redentor y a sus fieles con las palabras de San Pedro: «Resistid firmes en la fe, sabiendo que los mismos sufrimientos padecen vuestros hermanos diseminados por todo el mundo» (1.ª Pe. 5, 9). La  Fundación Exsúrge Dómine –con la que los Redentoristas Transalpinos ya tienen relaciones de amistad fraterna–, yo mismo como Arzobispo y Sucesor de los Apóstoles; junto con los Clérigos de la Fraternidad de Família Christi, que también son perseguidos y “cancelados” por la “Iglesia bergogliana”; junto con numerosos Sacerdotes y Religiosos esparcidos por todo el mundo a los que sigo permanentemente, os aseguramos nuestro pleno apoyo,  en medio del silencio fugitivo y cómplice de los pastores tímidos y cobardes. Porque está escrito: «Si éstos callan, las piedras gritarán» (Lc. 19, 40).
 
✠ Carlo Maria Viganò, Arzobispo.
17 de octubre de MMXXV
Sanctæ Margarítæ Maríæ Virg.

NOTA
[1] «Quitad la Misa, destruid la Iglesia». Es una cita de Martín Lutero extraída de su libelo De abrogánda missa priváta Martíni Luthéri senténtia, publicado en 1522.
Ante la carta de los Redentoristas Transalpinos repudiando a la Iglesia Sinodal, el obispón de Aberdeen (Escocia), en cuyo territorio está el monasterio Gólgota, emitió un breve comunicado el 24 de Octubre diciendo que remitió el caso al Vaticano:
EN RESPUESTA A LA RECIENTE CARTA ABIERTA DE LOS HIJOS DEL SANTÍSIMO REDENTOR
El 16 de octubre, la Congregación de los Hijos del Santísimo Redentor publicó en su blog una Carta Abierta «a los obispos, sacerdotes y fieles católicos». Esta Congregación es un instituto religioso con su casa madre en la Diócesis de Aberdeen, ubicada en las Islas Órcadas.
   
La Diócesis lamenta profundamente el tono, la orientación y los elementos clave de esta Carta. Resulta incompatible con el sentido católico de la unidad de la Iglesia. Si bien permanece abierta al diálogo con la Congregación, la Diócesis ha tomado medidas.
  
Se están tomando medidas alternativas para la celebración continua del rito antiguo de la Misa romana (usus antíquior) en la iglesia de San Juan Evangelista en Fetternear. Los dicasterios competentes de la Santa Sede también están estudiando la situación y ofrecerán orientación canónica y doctrinal.
  
Todo esto es una invitación a orar por la unidad de la Iglesia, tan cercana al Corazón de Cristo.
  
✠ Hugh Gilbert OSB, Obispo de Aberdeen, 24 de octubre de 2025

A lo cual ellos respondieron con el siguiente artículo, aludiendo tanto al discurso sinodalista de Riggitano-Prévost como al espectáculo por los 60 años de Nostra Ætáte, y a que el cardenal Matteo María Zuppi Fumagalli lo mismo presida unas Vísperas pontificales en el Rito antiguo que participe en una tenida ecuménica de la Comunidad de San Egidio (Traducción propia):
SIMPLEMENTE NO PUEDEN COEXISTIR EN UN MISMO CUERPO
   
«Tras años de pruebas y experiencia, hemos llegado a la lamentable conclusión de que la Fe Católica Tradicional, la Fe de todos los tiempos y de los santos, es incompatible con la nueva Iglesia moderna, fruto del Concilio Vaticano II. Simplemente no pueden coexistir en un mismo cuerpo».
A algunas personas les sorprende que podamos siquiera considerar la existencia de una Iglesia nueva y moderna, o que pensemos que la antigua fe no es compatible con ella. Algunos han dicho que nuestra carta «es incompatible con la concepción católica de la unidad de la Iglesia».

Pero no es que hayamos propuesto alguna opinión teológica extraña, nueva e indemostrable. He aquí algo de la Antigua Fe: «Yo soy el camino, la verdad y la vida —dice el Señor—. Nadie viene al Padre sino por mí» (Jn 14,6). «Conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres» (Jn 8,32). Lo dice en otro lugar.

El Concilio de Trento enseñó lo siguiente en su decreto sobre las Sagradas Escrituras canónicas (Sesión 4.ª, 8 de Abril de 1546):
«El sacrosanto, ecuménico y universal Concilio de Trento, legítimamente reunido en el Espíritu Santo, bajo la presidencia de los tres mismos Legados de la Sede Apostólica, poniéndose perpetuamente ante sus ojos que, quitados los errores, se conserve en la Iglesia la pureza misma del Evangelio que, prometido antes por obra de los profetas en las Escrituras Santas, promulgó primero por su propia boca Nuestro Señor Jesucristo, Hijo de Dios y mandó luego que fuera predicado por ministerio de sus Apóstoles a toda criatura [Mt. 28, 19 s; Mc. 16, 15] como fuente de toda saludable verdad y de toda disciplina de costumbres; y viendo perfectamente que esta verdad y disciplina se contiene en los libros escritos y las tradiciones no escritas que, transmitidas como de mano en mano, han llegado hasta nosotros desde los apóstoles, quienes las recibieron o bien de labios del mismo Cristo, o bien por inspiración del Espíritu Santo; siguiendo los ejemplos de los Padres ortodoxos, con igual afecto de piedad e igual reverencia recibe y venera todos los libros, así del Antiguo como del Nuevo Testamento, como quiera que un solo Dios es autor de ambos, y también las tradiciones mismas que pertenecen ora a la fe ora a las costumbres, como oralmente por Cristo o por el Espíritu Santo dictadas y por continua sucesión conservadas en la Iglesia Católica».
El Papa León XIII también enseñó lo siguiente en su encíclica Divínum illud munus escrita en 1897:
«Así, ciertamente se cumplía la última promesa de Cristo a sus apóstoles, la de enviarles el Espíritu Santo, para que con su inspiración completara y en cierto modo sellase el depósito de la revelación: “Aún tengo que deciros muchas cosas, mas no las entenderíais ahora; cuando viniere el Espíritu de verdad, os enseñará toda verdad” (Jn. 16, 12-13). El Espíritu Santo, que es Espíritu de verdad, pues procede del Padre, Verdad eterna, y del Hijo, Verdad sustancial, recibe de uno y otro, juntamente con la esencia, toda la verdad que luego comunica a la Iglesia, asistiéndola para que no yerre jamás, y fecundando los gérmenes de la revelación hasta que, en el momento oportuno, lleguen a madurez para la salud de los pueblos».
El Papa Gregorio XVI enseñó en su encíclica Mirári Vos de 1832:
«En efecto, constando, según el testimonio de los Padres de Trento [Sesión 13.ª, Decreto sobre la Sagrada Eucaristía, en el proemio], que “la Iglesia recibió su doctrina de Cristo Jesús y de sus Apóstoles, que es enseñada por el Espíritu Santo, que sin cesar la sugiere toda verdad”, es completamente absurdo e injurioso en alto grado el decir que sea necesaria cierta “restauración y regeneración” para volverla a su incolumidad primitiva, dándola nuevo vigor, como si pudiera ni pensarse siquiera que la Iglesia está sujeta a defecto, a ignorancia o a cualesquier otras imperfecciones. Con cuyo intento pretenden los novadores “echar los fundamentos de una institución humana moderna”, para así lograr aquello que tanto horrorizaba a San Cipriano, esto es, que la Iglesia, que es cosa divina, “se haga cosa humana” [Epístola 52 (edición de Balucio)]».
Dado este magisterio anterior de la Iglesia Católica, ¿cómo es posible que León XIV afirmara el domingo pasado (26 de octubre), durante su homilía con motivo del Jubileo de los Equipos Sinodales, que «ser Iglesia sinodal significa reconocer que la verdad no se posee, sino que se busca juntos, dejándonos guiar por un corazón inquieto enamorado del Amor», y que «nadie posee la verdad absoluta; todos debemos buscarla con humildad y buscarla juntos»? Y continuó:
«Queridos amigos, debemos soñar con una Iglesia más humilde y construirla; una Iglesia que no se yergue como el fariseo, triunfante y llena de orgullo, sino que se inclina para lavar los pies de la humanidad; una Iglesia que no juzga como el fariseo juzga al recaudador de impuestos, sino que se convierte en un lugar acogedor para todos; una Iglesia que no se encierra en sí misma, sino que permanece atenta a Dios para poder escuchar a todos. Comprometámonos a construir una Iglesia totalmente sinodal, ministerial y atraída por Cristo, y por lo tanto, comprometida a servir al mundo».
Las palabras del Papa Gregorio XVI resuenan en nuestros oídos: «…pretenden los novadores “echar los fundamentos de una institución humana moderna”, para así lograr aquello que tanto horrorizaba a San Cipriano, esto es, que la Iglesia, que es cosa divina, “se haga cosa humana”».

Pero hay más. La semana pasada se celebró el 60.º aniversario de Nostra Ætáte, la Declaración del Concilio Vaticano II sobre la relación de la Iglesia con las religiones no cristianas. En Roma se organizaron varios eventos en los que León XIV se unió a los líderes de numerosas religiones no católicas en una suerte de celebración de la “unidad” al margen de la Verdad, sobre la cual se funda toda unidad. Durante estos encuentros, el catolicismo fue equiparado a todas las demás religiones del mundo. Antes de una de las “actuaciones culturales” organizadas por el Vaticano en el Aula Pablo VI —una danza indonesia en la que tres religiones de ese país estaban representadas por grupos de bailarines—, el acto fue presentado con las siguientes palabras:
«Hagamos un viaje. Hagamos un viaje a Indonesia, porque desde las profundidades de la historia indonesia y sus muchas formas de espiritualidad y culto del único Dios Todopoderoso, en las comunidades religiosas han emergido varias expresiones artísticas y culturales para alabar al único Dios y promover la armonía entre los pueblos indonesios a pesar de sus bien conocidas diferencias. “Tres Apsarás”, los tres cuerpos danzantes celestiales. Así que hay tres coreografías de danzas tradicionales. “Rejang Dewa” de Bali que representa al hinduismo, “Bedhayan Satya Mataya” de Java que representa al catolicismo, y “Zapin Awal Bismillah” de Sumatra que representa al islam».
   
Lo siento; si eso no es una negación total del catolicismo como la única religión verdadera, el único medio por el cual se adora al Único Dios Verdadero, entonces no sé qué lo sea.

Al finalizar las representaciones, León XIV entró para dirigirse a los que se habían congregado en la sala para el evento. Durante su discurso, pronunció las siguientes asombrosas palabras:
«Este documento histórico [Nostra Ætáte] nos abrió los ojos a un principio sencillo pero profundo: el diálogo no es una táctica ni una herramienta , sino una forma de vida, un viaje del corazón que transforma a todos los involucrados, tanto a quien escucha como a quien habla. Es más, recorremos este camino no abandonando nuestra fe, sino manteniéndonos firmes en ella. Porque el diálogo auténtico no comienza con la concesión, sino con la convicción, en las profundas raíces de nuestra propia creencia que nos dan la fuerza para acercarnos a los demás con amor».
El diálogo de la Iglesia Católica con las religiones no cristianas no es una herramienta de conversión. Más bien, los miembros de religiones no católicas no deben abandonar su fe, sino mantenerse firmes en ella; de lo contrario, se estarían comprometiendo a sí mismos y a sus convicciones, necesarias para acercarse a los demás con amor . De esto podemos deducir que León XIV cree y enseña que la Iglesia Católica no es necesaria para la salvación. No desea convertir a quienes se dirige para que salven sus almas, sino que insiste en que permanezcan firmes en su religión.

Pero ¿qué enseña la inmutable fe católica de todos los tiempos? La bula Cantáte Domino del Concilio de Florencia de 1442 presentó la fe católica con las siguientes palabras:
«[La Iglesia] cree firmemente, profesa y predica que nadie que esté fuera de la Iglesia Católica, no solo los paganos, sino también los judíos, herejes y cismáticos, puede participar de la vida eterna, sino que irán al fuego eterno, preparado para el diablo y sus ángeles (Mt. 25, 41), a menos que antes del fin de sus vidas se hayan unido a él; y que la unidad del cuerpo eclesiástico es tan valiosa que los sacramentos eclesiásticos solo benefician para la salvación a quienes permanecen en él, y que los ayunos, las limosnas y las demás obras de piedad y los ejercicios de la milicia cristiana producen recompensas eternas; y que nadie —por muchas limosnas que haya dado, e incluso si hubiera derramado su sangre por el nombre de Cristo— puede salvarse, a menos que haya permanecido en el seno y la unidad de la Iglesia Católica [Cf. San Fulgencio de Ruspe, Tratado sobre la Fe, a Pedro, cap. XXXVII ss, LXXVIII ss (En Migne, Patrología Latína 65, col. 703 ss)]».
El papa Gregorio XVI enseñó en su encíclica Mirári Vos:
«Otra causa que ha producido muchos de los males que afligen a la Iglesia es el indiferentismo, o sea, aquella perversa teoría extendida por doquier, merced a los engaños de los impíos, y que enseña que puede conseguirse la vida eterna en cualquier religión, con tal que haya rectitud y honradez en las costumbres. Fácilmente en materia tan clara como evidente, podéis extirpar de vuestra grey error tan execrable».
Las siguientes afirmaciones erróneas fueron condenadas por el Papa Pío IX en su Sýllabus de Errores:
«15. Todo hombre es libre para abrazar y profesar la religión que guiado de la luz de la razón juzgare por verdadera.
16. En el culto de cualquiera religión pueden los hombres hallar el camino de la salud eterna y conseguir la eterna salvación.
17. Es bien por lo menos esperar la eterna salvación de todos aquellos que no están en la verdadera Iglesia de Cristo».

Es evidente que la enseñanza de León XIV en estas cuestiones de fe no concuerda con la tradición anterior. Igualmente claro resulta del silencio de los obispos, tanto ahora como durante los últimos 60 años, que comparten esta creencia. ¿Cómo, entonces, puede alguien cuestionar la afirmación de nuestra Carta Abierta de que « la fe católica tradicional, la fe de todos los tiempos y de los santos, es incompatible con la nueva Iglesia moderna, fruto del Concilio Vaticano II. Simplemente no pueden coexistir en un mismo cuerpo »?

No es ciencia espacial. Son mutuamente excluyentes. No se puede tener toda la Verdad encomendada a la Iglesia Católica y, al mismo tiempo, que nadie posea la Verdad completa. No se puede tener a Nuestro Señor encarnándose, sufriendo y muriendo en la Cruz para liberar al hombre de sus pecados e instituir la única Fe e Iglesia por la cual los hombres pueden salvarse, y al mismo tiempo tener a todas las religiones adorando al mismo Dios Todopoderoso y que el verdadero amor se imparta permaneciendo en religiones falsas y no católicas. Son incompatibles porque enseñan cosas opuestas. Es lógica básica.

Existe una gran necesidad de proclamar públicamente la verdadera fe y denunciar el error. La Misa de todos los tiempos no basta por sí sola; su compañera inseparable es la fe de todos los tiempos. Una sin la otra carece de sentido. Son dos órganos de un mismo cuerpo.

Esta verdad quedó bien ilustrada el pasado fin de semana. Como parte de la peregrinación anual Summórum Pontíficum en Roma, el cardenal Matteo Zuppi celebró las hermosas Vísperas Pontificales tradicionales en la Basílica de San Lorenzo en Lucina. Los fieles se postraron a sus pies para recibir su bendición a su paso.
     
Apenas unos días después, el mismo cardenal Zuppi se unió a otros no católicos para encender velas por la paz en un encuentro de oración interreligiosa, lo que parecía un preludio a una religión mundial única, cuya unidad no se basaría en el Dios de la Verdad, sino en la fraternidad humana. En tal religión, tal vez habría un lugar, aunque fuera en un rincón, para la Misa Tradicional en Latín de Todos los Tiempos. Pero no habrá lugar alguno para la Fe Católica Tradicional de Todos los Tiempos. La verdad del pasado y la verdad de hoy no pueden coexistir en un mismo cuerpo.
   
Finalicemos con un pasaje interesante de un opúsculo escrito por el P. William George Frean Hendricken C.Ss.R., llamado “Cómo conocer a la única Iglesia Verdadera” (texto aquí):
«En medio de esta confusión y aturdimiento, una Iglesia se alza con fuerza y ​​proclama con audacia: “Yo soy la única Iglesia verdadera”. Esta postura de la Iglesia Católica se atribuye a veces a un espíritu de intolerancia. Pero es, al menos en cierto modo, una prueba de su origen divino. Lo veríamos claro si alguna vez oyéramos a la Iglesia decir: “No sé si tengo razón o si la tienen los demás, pero podéis aceptar mi doctrina o rechazarla, porque no sé si es verdadera o no”. En tal caso, demostraría una cosa: que no es la Iglesia verdadera».

«¿Acaso me he convertido en enemigo vuestro por deciros la verdad?» (Gálatas 4, 6).

lunes, 7 de julio de 2025

CARTA DE Mons. RAFAEL CLOQUELL APARICIO

Mons. Rafael Cloquell Aparicio (ordenado sacerdote el 5 de julio de 1987 en Tolosa de Francia por Mons. Jean Laborie, y consagrado obispo el 24 de octubre de 1996 en Karlsruhe por Mons. Oliver Oravec) envió esta carta anunciando su ruptura con el Mons. Rodrigo da Silva por causa de la reciente re-consagración episcopal a Mons. Medardo Loya y Loya.
   
 
TRANSCRIPCIÓN
Carta abierta a los católicos
  
Me dirijo a ustedes con el fin de poner en claro ciertas cuestiones concernientes a algunas decisiones y acciones ejecutadas y/o por ejecutarse  por parte de S. E. R. Mons. Rodrigo Henrique Ribeiro da Silva, con quien durante unos pocos meses compartimos la asistencia sacramental de las Monjas Clarisas de Belorado, Burgos. Dichas decisiones y acciones son, a saber:
   
Primeramente me refiero a la reciente sacrílega consagración de Merardo Loya en Méjico, según las noticias de público conocimiento, realizada el 12 de junio de 2025, la cual rechazo absolutamente. Conferir por segunda vez una orden sagrada (que imprime carácter indeleble) en razón de reivindicar la mala fama de una línea episcopal de cuestionable validez constituye por sí mismo un sacrilegio en cuanto es un inadecuado modo de administrar un sacramento. Por otra parte, la administración “sub-condicione” de un sacramento que imprime carácter no corresponde, sino a petición del recipiente y no cuando el mismo manifiesta públicamente no tener dudas acerca de su primera “consagración”.
  
En segundo lugar, manifiesto mi total oposición a la eventual e inminente ordenación sacerdotal del Señorito José Luis Santos Casas, sujeto a todas luces inepto para las sagradas órdenes por su conocido accionar público calumniador, en complicidad con los autodenominados “sedevacantistas de España”, y por su carencia de formación eclesiástica requerida por los cánones del Concilio de Trento y del Código de Derecho Canónico Pío-Benedictino (1917).
   
A propósito de algunas de las calumnias proferidas por el Srto. y su grupúsculo sectario, manifiesto jamás haber sido miembro del cisma de los viejos católicos ni haber promovido algún tipo de conclavismo o asamblea de obispos para decidir qué se puede hacer o qué no ser hecho para remediar la crisis que atraviesa la Iglesia. No hay derecho ni deber alguno a arrogarse un poder de denominación que no nos corresponde cuando contamos sólo con la plenitud de poder del Orden Sagrado. Además no reconozco en mi Episcopado ni en el de otros Obispos posesión de jurisdicción ordinaria alguna.
  
Más allá de las mencionadas consideraciones, el actuar episcopal por parte de S. E. R. Mons. Rodrigo Henrique Ribeiro da Silva, al margen de los principios morales y pastorales más elementales y de las normas canónicas de la Iglesia, me obligan a hacer la presente declaración pública y abierta, condenando dicho proceder y manifestando mi completo alejamiento del nombrado Obispo y de aquellos eclesiásticos y religiosos que estén unidos a él en el presente y/o se unan a él en el futuro, mientras estas conductas que atentan contra la unidad de la Iglesia no sean subsanadas debidamente.
   
Concluyo mi carta rogando a la Santísima Virgen María, Madre y Abogada Nuestra, nos conceda de su Hijo la tan necesaria gracia de la unidad que sólo se puede dar en la verdad y en el bien común de la Iglesia. 
  
Los bendigo en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo.
  
✠ Mons. Rafael Cloquell Aparicio.
  
«Esta carta es publicada a pedido expreso de S. E. R. Rafael Cloquell Aparicio, en razón de no poseer él medios de difusión en redes sociales».

sábado, 26 de abril de 2025

PROFESOR SEIFERT INSTA A INVESTIGAR POR HEREJÍA A BERGOGLIO ANTES DEL CÓNCLAVE


El filósofo austriaco Josef Maria Seifert envió una carta abierta al decano del Colegio Cardenalicio ad nutum Bergóglii Giovanni Battista Re Andreoli pidiéndole investigar por herejía a Francisco Bergoglio antes de iniciarse el cónclave (traducción propia):
Prof. Dr. Ph. Hab.
José María Seifert
Calle de los Cartujos 16/6
3292 Gaming, Baja Austria
Austria

A Su Eminencia el Cardenal Decano Giovanni Battista Re

Gaming, 24 de abril de 2025

Sobre la necesidad de examinar antes del próximo cónclave la acusación formal de herejía lanzada por el arzobispo Viganò (y apoyada por muchos teólogos, juristas y filósofos distinguidos en todo el mundo) contra el Papa Francisco

Su Eminencia, querido cardenal decano Giovanni Battista Re,

Saludos muy cordiales en Cristo. Me dirijo a usted, querido y muy venerado cardenal decano Re, porque sólo usted tiene ahora la autoridad para permitir que una investigación de la acusación de herejía presentada contra el Papa Francisco, tenga lugar antes del próximo cónclave.

Usted tiene hasta la elección del próximo Papa la más alta autoridad en la Iglesia Católica, invitará, en unión con el camarlengo Kevin Joseph card. Farrell, los cardenales calificados de todo el mundo menores de 80 años para elegir al nuevo Papa y puede determinar la fecha del próximo cónclave.
   
Hago de mi carta una carta abierta debido al poco tiempo que queda para resolver cuestiones de extrema importancia y urgencia.
   
Descubrí a través del texto Yo acuso del arzobispo Viganò descubrí dos documentos pontificios, probablemente dogmáticos y sin duda de máxima autoridad, sobre el tema de los «obispos, cardenales y papas heréticos», escritos por el Papa Pablo IV y San Pío V [Referencia a la Bula “Cum ex Apostolátus Offício” y el Motu próprio “Inter multíplices” respectivamente, N. del T.]

Estos textos me parecen de suma importancia para la Iglesia en la actualidad.

Exigen solemnemente que la Iglesia proceda a examinar las acusaciones de herejía papal.

Simplemente haber excomulgado a un arzobispo por actuar tal como un Papa prominente y santo debía actuar solemnemente ante un Papa que se adhirió a herejías antes, durante y después de su elección al papado, es, en mi opinión, gravemente erróneo e injusto. Estas acusaciones debieron ser examinadas primero, y de ser ciertas, no corresponde ningún castigo por presentarlas.

Creo que la Iglesia tiene la obligación, hacia un arzobispo excomulgado y hacia al menos otras cuatro personas excomulgadas por la misma razón, hacia dos Papas y hacia los fieles, de responder a la firme insistencia del Papa Pablo IV de que un Papa que profesa herejía ya no es Papa y no puede exigir obediencia alguna, tal como dijo el arzobispo Viganò, con la importante advertencia de que la improcedencia de que cualquier autoridad juzgue a un Papa no se aplica a un Papa hereje que simplemente usurpa la Sede de Pedro, pero que, en virtud de su herejía, no es verdaderamente Papa y tiene menos autoridad en la Iglesia que cualquier cardenal u obispo ortodoxo. La importancia crucial de ordenar y completar esta investigación antes de convocar el próximo Cónclave, reside en esto:

El resultado de la próxima elección papal depende en gran medida del resultado de esta investigación, porque San Pío V y el Papa Pablo IV decretan que todas las nominaciones de cardenales hechas por un Papa herético son nulas. Así, si la acusación de herejía antes de la elección del Papa Francisco, durante y después de ella, resulta ser correcta, dos tercios del actual colegio cardenalicio serían excluidos de entrar en el Cónclave. Por lo tanto, la conclusión de esta cuestión debe alcanzarse antes del próximo Cónclave porque de lo contrario la próxima elección papal es a prióri inválida si no se determina antes si la mayor parte de los miembros del Colegio Cardenalicio son electores legítimos o no, y si el futuro Papa electo pertenece al Colegio Cardenalicio o no.
   
También dos preguntas estrictamente relacionadas deben aclararse antes del próximo Cónclave:
  1. Si los cambios que el Papa Francisco hizo a las reglas que rigen las elecciones papales decretadas por San Juan Pablo II son válidos o no (si no era un Papa válido), y
  2. Si alguno de los documentos papales del Papa Francisco debe permanecer en las Acta Apostólicæ Sedis o eliminarse de ellas (como decretaron los Papas San Pío V y Pablo IV para los documentos emitidos por un Papa herético).
Los Papas San Pío V y Pablo IV decretaron y fijaron a perpetuidad: que todas las decisiones, nominaciones y elevaciones de obispos y cardenales y que todos los escritos de un Papa herético deben declararse nulos.

Según estos documentos papales y de acuerdo con la ley natural, los cardenales que el Papa Francisco ha elegido, no pueden seguir siendo electores si la acusación de herejía o apostasía resulta ser cierta.

Me dirijo a usted, querido y reverenciado Cardenal Re, porque solo usted, en unión con el Camarlengo Kevin Joseph card. Farrell, tiene ahora la autoridad para permitir que esta investigación se lleve a cabo antes del próximo Cónclave.

Dado que usted, querido Cardenal, ejerce la suprema autoridad de la Iglesia hasta la elección de un nuevo Papa, podría actuar de inmediato y determinar los miembros del jurado, entre los cardenales nombrados por Papas anteriores al Papa Francisco, que emitirían un juicio sobre la cuestión de la herejía y la validez del Papa Francisco.
  
Por esta razón, le insto humildemente, querido Cardenal Decano, a ejercer su autoridad en un momento tan dramático en la historia de la Iglesia y a actuar con la autoridad de dos Papas que exigen tal acción.

Creo que actualmente solo usted podría ser comparable a San Atanasio, quien, siendo aún diácono, al enfrentarse a la crisis arriana y a un Papa indeciso, fue capaz (a pesar de sus dos excomuniones durante el proceso) de preparar el camino para algunos concilios que condenaron la herejía arriana, la cual, de ser aceptada, habría sido mortal para la fe cristiana. Pero la herejía de que Dios desea la pluralidad de religiones, incluidas las no cristianas, y otras atribuidas al Papa Francisco son aún más antitéticas a la verdadera fe cristiana que el arrianismo.

Por lo tanto, le sugiero y humildemente le imploro que, antes del inminente Cónclave, ordene un examen justo y equitativo de las numerosas acusaciones de herejía y (en vista de la declaración de Abu Dabi de que Dios quiso la pluralidad de religiones desde la Creación, y del culto a la Pachamama en el Vaticano) también de la posible apostasía del Papa Francisco.

Creo que con esta acción podría salvar a la Iglesia de una confusión históricamente única y de proporciones catastróficas.

Usted se apoyaría en el firme fundamento de los documentos de Pablo IV y San Pío V, los cuales enseñaron solemnemente que aun si TODOS LOS Cardenals hubieran ELEGIDO LIBREMENTE AL Papa, SU ELECCIÓN SERÍA ANULADA por las herejías que él defendió antes y después de su elección.
  
Esto no tiene nada que ver con que actúes contra la Iglesia o contra el Papa: al contrario, es un acto de supremo amor por la Iglesia y Francisco: pues SI la acusación de herejía, lanzada formal e informalmente por altas autoridades doctrinales y teológicas contra Francisco, se encuentra verdadera en un debido proceso eclesiástico, la Iglesia confrontará a los fieles con la verdad (y ya Sócrates dijo en el Gorgias) de que no se puede otorgar un don más precioso a una persona que liberarla de un error. La oportunidad de liberar a Francisco durante su vida de errores, ahora, dada su muerte, se ha perdido. Pero si el Papa Francisco, con suerte, revocó cualquier error antes de su muerte y ciertamente los reconoce ahora, condenarlos y liberar la doctrina de la Iglesia de ellos, seguiría siendo un acto de amor hacia el Papa Francisco y, sobre todo, hacia la esposa de Jesús, la Iglesia, liberándola del tremendo mal de las herejías.
   
Creo que, si la acusación de herejía es cierta, un veredicto oficial válido de que Francisco es un hereje y, por lo tanto, no fue un Papa válido, como se ha hecho con respecto a varios Papas antes, incluso póstumamente, sería de gran beneficio para el futuro de la Iglesia. Porque incluso si el Papa Francisco hubiera renunciado a su cargo, tal como lo hizo el Papa Benedicto XVI, esto no habría sido suficiente para sanar la terrible herida de un Papa herético, porque los elementos destructivos y los frutos venenosos de su Pontificado permanecerían:
  1. Las Acta Apostolica seguirían conteniendo herejías no condenadas.
  2. Las enseñanzas morales heréticas, como las expresadas en AL, aparentemente seguirían siendo la enseñanza oficial de la Iglesia y seducirían a los fieles a cometer pecados graves.
  3. Muchas otras observaciones heréticas del Papa que contradicen directamente las palabras solemnes de Cristo y los dogmas de la Iglesia no serían eliminadas del corpus de la enseñanza de la Iglesia, como:
    a. La “enseñanza” (privada pero repetida) de Francisco sobre un infierno vacío y la inexistencia del castigo eterno;
    b. La afirmación de una aniquilación en lugar del castigo eterno para los pecadores incurables, una enseñanza típica de los Testigos de Jehová incompatible con varios dogmas.
    c. La frase de la Declaración de Abu Dabi sobre la voluntad de Dios desde la creación, relativa a la pluralidad de religiones (incluidas las que niegan la divinidad de Cristo, la Santísima Trinidad, la redención solo por medio de Cristo, etc.), que es más apóstata que herética, no se eliminaría de las Acta Apostólicas, sino que seguiría estando prescrita a todos los obispos y rectores de seminarios del mundo para enseñar en los seminarios en la una, sancta, cathólica et apostólica Ecclesia como parte de la preparación de los seminaristas para las órdenes sagradas. Esta frase apóstata permanecería a los ojos de la fiel “enseñanza de la Iglesia” pero en realidad no solo es anticatólica o incluso anticatólica, sino también anticristiana, y causaría un daño inmenso a la fe y la moral si se mantuviera en las Acta Apostólicas.
  4. Además, solo si Francisco, después de que la Iglesia examinara y condenara sus herejías que son mucho, mucho peores que las de cualquier Papa anterior como Juan XXII, fuera declarado póstumamente como no haber sido el verdadero Papa, muchas acciones que el Papa tomó (alabanza papal y celebración del Día de la Reforma, estatua, sello y alabanza de Lutero; culto a Pachamama en San Pedro; bendiciones de parejas homosexuales y adúlteras, la falsa afirmación de que a través de su conciencia las parejas adúlteras y vueltas a casar pueden saber que Dios quiere que permanezcan en el pecado de adulterio, en lugar de seguir la enseñanza perpetua de la Iglesia sobre el matrimonio expresada en Familiaris Consortio 83, etc., etc.), ya no podrían considerarse acciones y enseñanzas católicas legítimas, ni sus documentos seguirían siendo aceptados como parte de la verdadera enseñanza católica.
En consecuencia, según Pablo IV y el Santo Papa Pío V, en mi estimación, la enseñanza papal infalible, al igual que Francisco, habiendo nominado al 80% de los cardenales electores (que, humanamente hablando, probablemente elegirán a un Papa que podría continuar enseñando las herejías de Francisco) se retractará y dejará de ser una amenaza horrible para el próximo cónclave y la elección de un nuevo Papa.

Por todas estas razones, querido Cardenal Gianbattista Re, le imploro en el nombre de Jesucristo, de su amada Madre, que aniquila todas las herejías, y en el nombre de San José, el terror dæmónum, que considere si no estaría llamado a ayudar a liberar a la Iglesia de los males mencionados.

Le pido de rodillas que examine si Dios no lo llama, en su nombre y en el de Jesucristo, a convertirse en un instrumento humano para salvar a la Iglesia del abismo hacia el que parece precipitarse.

Este paso me parece el único correcto, y a pesar de los resultados negativos que podría provocar, la división en la Iglesia entre la Iglesia de Bergoglio y la verdadera Iglesia sería un mal mucho menor que una iglesia tranquila y desordenada, sumida en el error; de hecho, sería una verdadera bendición, ya que conduciría a un renacimiento de la verdadera UNA, SANCTA, CATHÓLICA ET APOSTÓLICA ECCLÉSIA, fundada en la verdad. Estoy seguro de que innumerables católicos acogerían con agrado este paso.
   
Ruego para que usted, querido Cardenal, en este momento crucial de la Historia de la Iglesia, reciba la gracia plena del Espíritu Santo y tenga la fortaleza que le permitirá emprender cualquier misión peligrosa que Él desee de usted, ya sea la que yo creo o algo completamente distinto que aprenderá del Espíritu Santo directamente en la oración y la meditación.

Por lo tanto, querido Cardenal Gian Batista Re, imite, de forma más débil y humana, al glorioso San Miguel y represente una sombra humana de su lucha contra el diablo en el cielo, menor, pero en algunos aspectos de igual valor que su acción angelical.
  
Por último: sin un santo dignatario de la Iglesia que preserve la doctrina de la Iglesia de ser mancillada por la herejía papal, me temo que solo una intervención directa de Jesús o de su bendita madre podrá salvar la nave de la Santa Iglesia de hundirse en un abismo infernal de error, confusión y destrucción, que Dios juró no permitir jamás.

Pero creo que, como dijo San Ignacio, Dios quiere que creamos que todo depende de Dios, pero que actuemos como si todo dependiera de nosotros. Con la ayuda de su gracia, tomemos la armadura del Espíritu Santo y combatamos los poderes de las tinieblas, con San Miguel y su ejército celestial de santos ángeles, María, Reina de todos los santos, bajo la protección de San José, terror dæmónum.

En el amor de Jesús, que dio su vida por la Iglesia y derramó su santa sangre por todos nosotros, y a quien quiero servir con todo mi corazón y como humilde servidor a vuestro servicio mucho más perfecto a Él y a la Santa Iglesia,
  
In Christo Maríaque
Vuestro en Cristo,

Josef Seifert
   
Por extraño que parezca, ninguno de los múltiples llamamientos de diferentes grupos de teólogos y filósofos a la dimisión de Francisco, a excepción del Yo acuso, cita estos dos documentos pontificios de máxima autoridad sobre la cuestión de los «obispos, cardenales y papas heréticos».

Aunque pensaba a prióri que tales documentos debían existir y los estuve buscando durante algunos años, debo mi conocimiento de estos dos documentos probablemente dogmáticos y, en cualquier caso, cruciales para la Iglesia, exclusivamente al arzobispo Viganò.
    
Existe una completa (y en la situación actual, trágica) falta de aplicación concreta de la enseñanza de estos dos Papas en el DERECHO CANÓNICO. Pero ahora, tras su muerte, no hay ningún problema, sino un claro deber de la Iglesia de investigar si estas acusaciones de herejía y apostasía (en la afirmación de que Dios quiso desde la creación, basándose en la multiplicidad de religiones, incluyendo aquellas que niegan las verdades más centrales de la Revelación de Cristo) están justificadas o no.
   
Más adelante publicaré mi artículo sobre este tema.
Solo una pregunta, Dr. Seifer: ¿su amigo Juan Pablo II no enseñaba lo mismo que Bergoglio, y lo hizo cardenal el 21 de Febrero de 2001? Enseñanza que además era la misma del Vaticano II. Así, pues, ¿dónde estaba Vd. entonces?

sábado, 22 de febrero de 2025

DOS SACERDOTES ABANDONAN LA FSSPX


El sacerdote estadounidense Reid Thomas Hennick (izquierda, ordenado el 3 de Junio de 2016 por el obispo Alfonso de Galarreta Genua) anunció en una carta el pasado 12 de Febrero su salida de la FSSPX porque halló incompatible a largo plazo su adhesión al sedevacantismo y permanecer en la Fraternidad que reconoce pero resiste al Vaticano II y su “Jerarquía” con la cual busca unirse por lo menos desde el año 2006.
  
En su carta de despedida a los “Hermanos Sacerdotes, Religiosos y Fieles” de la FSSPX (cuya traducción presentamos a continuación), el P. Hennick se refiere a una reunión con el Superior General, el padre Davide Pagliarani, en la que se expusieron “serios desacuerdos” con la posición de la Frater respecto a los pseudopapas apóstatas. El P. Hennick ha llegado a la conclusión de que «la Santa Sede ha estado vacante desde el Concilio Vaticano II». En otras palabras, Juan XXIII bis Roncalli, Pablo VI Montini, Juan Pablo I Luciani, Juan Pablo II Wojtyła, Benedicto XVI Ratzinger y Francisco Bergoglio, como sus representantes locales han sido todos impostores, farsantes, mientras que la FSSPX acoge a estos apóstatas poniendo sus retratos en las sacristías y rectorías de sus iglesias y mencionando sus nombres en el Te ígitur de la Misa.
  

TRADUCCIÓN
12 de febrero de 2025
Fiesta de los Siete Santos Fundadores
   
Queridos Hermanos Sacerdotes, Religiosos y Fieles de la Fraternidad San Pío X:
    
Les escribo para comunicarles mi decisión de alejarme del ministerio en la FSSPX. En los últimos años, mi visión de la crisis en la Iglesia ha cambiado significativamente. A pesar de los esfuerzos sinceros por encontrar una manera de avanzar con la Sociedad, mi reciente y cordial audiencia con el Superior General me dio la claridad para saber que ya no puedo pretender representar sus intereses.
    
Soy consciente de que esta noticia puede resultar sorprendente. No queriendo perturbar la paz de nadie, he optado por el camino de la discreción en lugar de sembrar confusión o parecer que estoy perturbando la misión de la Sociedad de salvar almas. Mi intención ha sido abordar este delicado asunto de una manera que respete tanto a los fieles como a la integridad de la Sociedad.
    
Ahora me encuentro en la difícil situación de comunicar mi decisión de marcharme, sin dejar de mostrar el debido respeto a la FSSPX. Inevitablemente, esa decisión da lugar a serios desacuerdos. Sin embargo, no deseo negar ni disminuir el verdadero bien que la Sociedad realiza. Su provisión de los sacramentos y la valiosa formación católica a tantas personas, junto con todo lo que ha hecho por mí, son cosas por las que estoy profundamente agradecido.
    
Mi salida se debe a una convicción teológica y a las exigencias de conciencia que se derivan de ella. En concreto, he llegado a la conclusión de que la Santa Sede ha estado vacante desde el Concilio Vaticano II, conclusión que tiene profundas implicaciones para el apostolado. Aunque esta afirmación requiere más elaboración, el alcance limitado de esta carta no lo permite. Baste decir que cuando entré en el seminario, confiaba en que se habían resuelto ciertas cuestiones doctrinales. Sin embargo, con el tiempo mi confianza en esas resoluciones se fue erosionando. Sólo puedo esperar que quienes mejor me conocen entiendan la gravedad de la deliberación que hay detrás de mi conclusión, incluso si están en total desacuerdo.
    
Como he indicado antes, he hecho todos los esfuerzos posibles para adaptarme a la misión práctica de la FSSPX, con la esperanza de que me sea posible seguir sirviendo como sacerdote de la Fraternidad, manteniendo y actuando conforme a mis convicciones. Pero me ha resultado evidente que, en las circunstancias actuales, tal arreglo es insostenible a largo plazo.
    
Si este anuncio les causa confusión o incomodidad, tengan la seguridad de que mi principal preocupación es evitar socavar su paz espiritual. Comparto esta noticia solo para brindarles un contexto a una decisión que ya no podía posponer de manera realista. De todos modos, les imploro que permanezcan firmes en la práctica de la única fe verdadera y sigan cooperando con la gracia de Dios, como yo me esfuerzo por hacer y confío en que ustedes también lo hagan.
    
Aunque debo dejar la Sociedad, mi compromiso como sacerdote católico con la salvación de las almas sigue siendo inquebrantable. Con este fin, humildemente solicito sus oraciones mientras discierno cómo servir mejor a la Santa Madre Iglesia de acuerdo con mi vocación. Las amistades y los encuentros pastorales que he disfrutado en la FSSPX siguen siendo valiosos para mí, y no tengo intención de distanciarme de nadie que desee mantener el contacto. Que Nuestro Señor nos conceda la gracia de permanecer unidos en la caridad, incluso cuando nuestros caminos diverjan.
    
En los Sagrados Corazones de Jesús y María,
   
[Fdo.] Padre Reid Hennick
   
PD: No me opongo a que esta carta se comparta con fines informativos, pero pido que se respete el carácter amistoso de mi partida. Como el tema teológico al que se hace referencia aquí ya es muy malentendido, por favor, en su caridad, procurad que la carta no se convierta en un pretexto para avivar las hostilidades existentes entre el clero y los fieles tradicionalistas.
Así, el padre Hennick se une al sacerdote brasileño Fábio Calixto (derecha; ordenado el 18 de Diciembre de 2010 por Mons. Bernard Tíssier de Mallerais), quien salió de la Fraternidad el pasado Enero, uniéndose a la Resistencia dirigida en Brasil por Mons. Dom Tomás de Aquino (en el siglo Miguel Ferreira Costa) OSB.
   
En los últimos siete años, unos 100 sacerdotes de la FSSPX (casi el 20%), han abandonado la organización fellay-pagliaranista, que todavía quiere unirse a la apóstata Deuterovaticanidad. Unos se fueron a la Resistencia en torno al fallecido monseñor Richard Williamson, otros adhirieron al sedevacantismo, y muchos de ellos “se reconciliaron” [= capitularon] ante el Vaticano II (sea uniéndose a los variopintos grupos neocones “de Misa en latín”, o de plano incardinándose en las diócesis o congregaciones modernistas), confirmándose así las palabras del padre Anthony Cekada en el año 2012: «La mayoría de los sacerdotes que salen de la FSSPX van “a la izquierda”, esto es, en vez de hacerse sedevacantistas, acaban en la secta conciliar».
  
En este caso, el padre Hennick adhirió al bando correcto: el sedevacantismo. E invitamos a orar por él, para que Dios nuestro Señor lo bendiga y fortalezca en esta decisión, impopular pero importante (más aún, CRUCIAL) en estos tiempos peligrosos en que nos hallamos actualmente.

jueves, 23 de enero de 2025

CARTA HISTÓRICA: ¿POR QUIÉN NOS TOMAN NUESTROS OBISPOS?

«Sabemos que el Concilio, a su tiempo, y el Papa mismo han considerado el latín como la lengua oficial de la Iglesia. Sabemos que el Papa no deja de recomendar el uso del latín y del canto gregoriano. Sabemos que cuando San Pío V ha promulgado su misal en el siglo XVI, en su Constitución apostólica, ha promulgado al mismo tiempo un indulto perpetuo para todo sacerdote, autorizándole, sin restricción de tiempo, de espacio, a celebrar la misa según este rito, blindándolo de toda sanción.
   
Sabemos que dentro de la Iglesia católica lo que un Papa ha establecido solemnemente, tan solo otro Papa puede deshacerlo, empleando el mismo procedimiento y la misma solemnidad. Y que, en lo que atañe al misal de San Pio V no se ha hecho nada parecido ni está en perspectiva.
   
Y son los mismos obispos los que nos hablan de ecumenismo, de pluralismo, de tolerancia. Y es verdad que para todos los del exterior son pura miel. Pero para los de adentro, para nosotros solos, sus hermanos en la fe o el sacerdocio sacan las garras y se vuelven despiadados. Pero ¡ojo! ¡Que no se fíen!
   
Santo Tomás de Aquino nos afirma que la Eucaristía es el bien común de la Iglesia católica. Por eso cuando se destruye este bien común, la Iglesia entera se desintegra. Si no es tal desintegración, es lo que se desea, por eso que nos dejen en paz, que nos dejen practicar un rito milenario, donde se expresa perfectamente la fe de nuestros antepasados, la fe católica que no ha cambiado. Como escribe Henri Bergson: “No hay religión sin ritos ni ceremonias. Sin duda emanan de la creencia, pero repercuten inmediatamente sobre ella y la consolidan”. Trastornándolas, corre peligro de ser destruida».
  
R. P. RAYMOND LÉOPOLD BRUCKBERGER VAZELLE OPCarta desde Francia sobre la Misa, 1975

jueves, 9 de enero de 2025

MENSAJE DE Mons. RODRIGO DA SILVA POR EL ANIVERSARIO DE LAS CONSAGRACIONES EPISCOPALES DE PIERRE ROY Y FERNANDO ALTAMIRA

MENSAJE DEL OBISPO CONSAGRANTE: ANIVERSARIO DE LA CONSAGRACIÓN EPISCOPAL DE LOS OBISPOS PIERRE ROY Y FERNANDO ALTAMIRA
   

Carísimos Hermanos en el episcopado,

Es com inmensa alegría y gratitud a Dios que, en este día de particular significado para la Iglesia, me dirijo a vosotros para felicitaros por el aniversario de vuestras consagraciones episcopales. Este marco, que celebramos en la más profunda reverencia y en el espíritu de humildad delante del Señor, es un recuerdo solemne del compromisso que tomasteis delante de Dios y de Su Iglesia.

El estado de necesidad que atravesamos, con la Sede vacante y la Iglesia en un momento de crisis espiritual e institucional sin precedentes, exige de nosotros, obispos católicos, una fidelidad inquebrantable a la Tradición y a la Verdad. En tiempos tan desafiantes, somos llamados a ser vigías de la fe, no permitiendo que las herejías o las innovaciones ajenas a la verdadera doctrina de Cristo penetren en nuestro rebaño. La sede vacante, que a tantos causa grande angustia, no puede desviarnos de nuestro deber primordial: la defensa de la fe católica, que permanece intacta, no obstante las muchas dificultades que la Iglesia enfrenta.

Al recordar el momento solemne de vuestra consagración, no podemos dejar de alabar al Señor por Su gracia y misericordia. Vuestra ordenación sacerdotal fue una respuesta al llamado divino, y vuestra elevación al episcopado fue una confirmación del celo que tenéis por la pureza de la fe y por la salvación de las almas. No obstante la sede vacante de la Santa Iglesia, vuestra misión es más urgente que nunca, pues sois portadores de la verdadera doctrina, de los verdaderos sacramentos y defensores del rebaño del Señor.

Carísimos Obispos Pierre Roy y Fernando Altamira, el Señor os ha confiado la misión de ser pastores en un tiempo de tinieblas, mas, como está escrito, «donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia» (Romanos 5, 20). Que vuestra fidelidad a la Iglesia de todos los tiempos, a la Tradición inmutable y a la Santa Doctrina, continúe siendo un farol de luz para aquellos que buscan la verdad, un refugio seguro en tiempos de confusión y caos.
   
En este aniversario de vuestras consagraciones episcopales, pido al Señor que, por intercesión de la Bienaventurada Virgen María, Madre de la Iglesia, os fortalezca en vuestro ministerio y os conceda sabiduría, coraje y perseverancia. Que vuestra vida y vuestras obras sean siempre un reflejo de la fidelidad a Cristo, y que, con Él, seáis siempre los pastores de la fe verdadera, sin ceder al modernismo que contamina muchas almas.

En la oración continua y en el espíritu de sacrificio, nos unimos a vosotros en este día de gracia, confiantes de que, solamente mediante la gracia de Dios, la Iglesia será restaurada y la verdadera fe, en el debido tiempo, reinará nuevamente sobre todas las naciones.

Con la bendición apostólica y mis más sinceras felicitaciones,

✠ S. Exa. Revma. Dom Rodrigo H. R. da Silva

miércoles, 16 de octubre de 2024

MÉDICO LE PIDE AL FALSO PROFETA NO SER EL FALSO PROFETA (Y RESPUESTA)

El neumólogo italiano Angelo Di Marzo, ex profesor en el Policlínico Agostino Gemelli y miembro del Senado académico de la Universidad Católica del Sagrado Corazón le envió la siguiente carta a Francisco Bergoglio dos días después de su discurso apóstata de Singapur (fuente: MESSA IN LATINO):
Roma, 15 de Septiembre de 2024
   
Beatísimo Padre,
    
he leído sus palabras, dirigidas a los jóvenes del Catholic Junior College de Singapur, el 13 de Septiembre próximo pasado: son tan perturbadoras para la fe cristiana que quedarán para siempre dentro de mí, y de muchos otros.
  
Papa Francisco, yo leo frecuentemente los Evangelios –como Vd. también lo recomienda– casi desde mi juventud: nunca he encontrado en ellos las palabras que Vd. pronunció en aquel discurso: «Todas las religiones son un camino para llegar a Dios» y «nuestras religiones son lenguas que tratan de expresar caminos para llegar a Dios. Uno es sije, otro, musulmán, hindú, cristiano».
    
Al contrario, en la palabra de Dios resuenan con fuerza las afirmaciones de Jesús sobre la exclusividad de su misión: «Yo soy la Vía, el camino», y «Yo soy el buen pastor, los otros, que vinieron antes de mí, no fueron oídos por las ovejas». Y el evangelista Juan reafirma en el prólogo: «A Dios nadie lo ha visto jamás, solo el Hijo unigénito de Dios, que está en el seno del Padre, Él lo ha revelado».
    
Por eso todos los demás caminos –todas las religiones de la tierra– deben ser respetados, amando de corazón a quienes los siguen, pero no son tan eficaces para llegar a Dios, como lo es la religión católica, que logra la verdadera unión con el Dios Único, nuestro Padre, a quien Cristo nos dio a conocer.
    
Santo Padre, nosotros que, con la ayuda de Dios, intentamos practicar la fe –y somos muchos en toda la cristiandad– queremos que el Vicario de Cristo siga el camino de Jesús, y anime a muchos otros a no separarse de él; queremos que el Papa represente plenamente el espíritu del Señor, que aún vive en el mundo, y se confía, hic et nunc, al sucesor de Pedro –precisamente a Vd., el Santo Padre– para construir su Iglesia.
   
Le pido otra cosa, Santidad: en la próxima edición del anuario pontificio, ponga en primer lugar el título “Vicario de Cristo” y no lo relegue entre los títulos históricos, al olvido, como si ya no fuera el Vice-Cristo: recuerde, Santo Padre, que Vd. fue elegido por los cardenales, en el cónclave, única y exclusivamente para esta función: ser Cristo presente entre los cristianos, a la cabeza de la Iglesia católica.
   
Muchas gracias Santo Padre, cordialmente,
    
Angelo Di Marzo
  
Si bien no es quien esperaba que le respondiese, La prego, Dott. Di Marzo, ¿cree Vd. que el Falso Profeta (o cuando menos su precursor) cual es Bergoglio va a dejar de ser lo que es y hacer lo que hace (hacer que los habitantes de la tierra adoren al Anticristo) solo porque se lo pide en una carta que a buen seguro habrá tirado a la trituradora (o en un correo electrónico que habrá mandado a la sección de eliminados) sin siquiera leerlo?
  
Aparte, de nada sirve el título “Vicario de Cristo” si no se guarda y hace observar la Ley de Cristo, ni se sigue el Camino que Él mandó seguir, por lo que la decisión de Bergoglio de mandar ese título al apartado de títulos históricos es lo apenas lógico y consecuente con sus obras y palabras de apostasía.
   
Y sobre todo, cuanto Vd. le reprocha a Bergoglio, ya lo había hecho el mismo Karol Wojtyła que lo hizo obispón en 1996 y cardenal en 2001. ¿Dónde estaba Vd. entonces, y por qué no le reprochó?

Muchas gracias, y respetuosamente,
   
JORGE RONDÓN SANTOS
16 de Octubre de 2024 (Año Santo del Sagrado Corazón de Jesús)
Octava de San Luis Bertrán OP, Sacerdote, Confesor y Patrono del Nuevo Reino de Granada (actuales Colombia, Venezuela, Panamá y Ecuador); día segundo de la octava de Santa Teresa de Jesús de Ávila; fiesta de Santa Eduviges de Andechs, Gran Duquesa y Reina consorte de Polonia; de San Bertrán de Cominges, Obispo y Confesor, y de San Gerardo María de Mayela, Novicio y Confesor. Nacimiento del bienaventurado Enrique de Ossó y Cervelló, Sacerdote y Confesor; y de Santa María Goretti, Virgen y Mártir. Tránsito del Papa Gregorio XIV Sfondrati y del sacerdote y poeta Miguel Costa y Llobera; martirio de María Antonieta de Austria, Reina consorte de Francia. Inicio del Concilio de Viena del Delfinado (Vienne, Francia); recuperación de los condados de Rosellón y Cerdaña para la Corona de Aragón por la Paz de Pedralbes; elección papal de Alejandro VIII Ottoboni. Fiesta de la Pureza de la Bienaventurada Virgen María.

lunes, 30 de septiembre de 2024

DESCONOZCO A ESTE MONTINI Y SU MISA

Traducción del artículo publicado en UNAM, SANCTAM, CATHOLICAM.
   
Marcel De Corte Lauwens was a neo-Thomist who taught philosophy at the University of Liège, specializing in ancient philosophy and moral philosophy. Like many Catholic intellectuals, Marcel De Corte was deeply troubled by the reforms following Vatican II. In February 1970, he wrote a letter to his friend, the journalist Jean Madiran (1920-2013), who at that time was chief editor of the traditional Catholic journal Itineraries, which Madiran had founded in 1956 to combat the errors of progressivism. The following letter was published in Itineraries, wherein De Corte describes his disgust with the New Mass as he witnessed it's early implementation in Belgium in the fall of 1969 and his disillusionment with the pontificate of Pope Paul VI, whom he sees as a man of frustrating contradictions.
*   *   *   *   * 

I must confess, my dear Jean Madiran, that on more than one occasion I was tempted to leave the Catholic Church into which I was born. If I haven't done so, I'm grateful to God and to the peasant common sense with which he graced me. The Church—I'm whispering to myself at the moment—is like a sack of wheat full of weevils. As numerous as the parasites are—and from the looks of it, they're swarming!—they haven't sterilized all the kernels. A few, and their number doesn't matter, remain fertile. They will germinate. And the weevils will die once they've devoured all the others: Bon appétit, Messieurs: you're eating your own death.

In the meantime, we're suffering from famine, famine of the supernatural. The number of priests distributing the bread of the soul is dwindling appallingly. In the Hierarchy, it's even worse. And at the summit, where we might have expected some comfort, it's a catastrophe.

I confess I was fooled by Paul VI for a long time. I thought he was trying to save what was essential. I kept repeating to myself Louis XIV's words to the Dauphin: "I'm not afraid to tell you that the higher the place, the more objects it has that cannot be seen or known except by occupying it." Being neither Pope nor even a cleric, I said to myself: "He sees what I cannot see, by position. So I trust him, even though I don't like most of his gestures, attitudes and declarations, and his perpetual (apparently perpetual) game makes my head spin. Poor guy, he's to be pitied, especially as he's obviously no match for me... But then, with God's help... "

Only, and this is to the glory of the human species, there is no example in history of a deceiver who doesn't end up unmasking himself. By dint of wanting to appear other than what you are, you end up showing that you're not. Too much virtuosity is detrimental. Men will admit to a little deception, especially in the Italian style. But not beyond a certain measure, beyond a measure beyond which one is no longer a good actor, but the prisoner of one's character, entangled in one's feats of illusion.

That moment came with the Holy Mass affair. Previously, you could be fooled, cheated, fooled. That was the ransom of the honors due to the powers that be. Now, no more "playing with me", as my old schoolteacher used to say (we were in the country, where greenness is quite natural, and he was much more energetic: Fr. Cardonnel, stuffed with literature and disgorging it at every turn, ignores this delightful spontaneity of language, this proud, male affirmation of a man who can't stand to be mystified for a single moment).

I say it very calmly, very calmly, with all the assurance of a man of peasant stock, where one is Catholic from father to son, where the supernatural is itself carnal, who has passed from the cultivation of the fields practiced by his forefathers (of which he is quite unworthy) to the cultivation of the spirits, from whom God has taken a son devoted to the Church, and who feels, from the root to the crest, implanted in the Church, I say it resolutely, without the slightest hesitation: "NO. I've had enough. I will no longer be taken for a ride, nor will I take bladders for lanterns and Paul VI for a new Saint Pius V, having undergone a very strong mutation, for the better of course, as befits our progressive times."

How dare anyone proclaim that this is not a "new Mass", that "nothing has changed", that "everything is as it was before", when there is little or nothing left of the Mass in which so many saints have fallen out of love, when the "experts" who have been employed in this demolition project for the public good have said over and over again that this is a genuine liturgical "revolution"? while the simple conscience of the faithful is shaken by this upheaval, and an old lady, leaving church on the first Sunday of Advent, after having been lamed with the "new rite" (the adjective comes from Paul VI, who juggles with contradiction), exclaimed: "We don't recognize ourselves in Mass anymore!" It was so true that the officiant had absent-mindedly or hastily omitted the consecration of the wine! How important can this be in a Mass where the notion of Sacrifice is by definition absent?

I won't repeat the trial of this new liturgy here. Others, enlightened, competent and confident, have done so, and done it well. When enlightenment meets common sense, there's no need to add a grain of salt. Everything has been said by illustrious experts, by tried and tested theologians and canonists, by priests and religious of solid piety, by a good woman of the people representing the most lively and profound protest of the Christian peasantry against this "mutation": "We don't recognize ourselves in it anymore." It's all there: "We don't recognize ourselves anymore." The faithful instinctively feel it: "There's nothing Catholic about it anymore."

[Cardinal Ottaviani said] "This Mass departs impressively, both overall and in detail, from the Catholic theology of the Holy Mass, as formulated at the XXth Session of the Council of Trent, which, by definitively fixing the canons of the ritual, raised an impassable barrier against any heresy that might undermine the integrity of the Mystery." There's no one in good faith who doesn't take these harsh words of Cardinal Ottaviani to heart, after studying the Novus Ordo Missæ and weighing up its every word. There's no one in good faith who doesn't feel their terrible truth after hearing, as we have in Belgium since November 30, the "new Mass" prefabricated by the technocrats of the faith, every Sunday and on Christmas Day: squeezed between a pompous, theatrical liturgy of the Word and a self-service liturgy of the Meal, the HOLY SACRIFICE OF THE MASS, in other words the ESSENTIAL, is dispatched in the blink of an eye by a cleric who, nine times out of ten, in my experience, doesn't for a moment seem to believe in what he's doing.

I repeat: this has been shown and demonstrated, and in the face of these evidences and arguments, only serpentine rhetoric and jeremiads have been opposed. 

For my part, I carefully block my ears with wax; I hide at the back of the church behind a curtain whose thickness I increase by sitting on the lowest chair I can find; I read the Holy Mass in the Missal I received from my holy mother when the previous one she had already given me was in shreds; I read the Imitation of Christ in Latin during the spiel that today replaces the sermon; I participate wholeheartedly in the renewal of the Sacrifice of Calvary; I oblige the priest who takes communion from the hands of the "sheep" he has, by order, domesticated, to give me communion at the communion bench where I kneel, and, during the final din, I go outside to meditate, while praying to the Lord to make me more deaf than I am to the clatter of the world, both literally and figuratively.

I must say that it sometimes angers me to hear the cornichonnerie [lit: "pickle making," a French expression for something stupid] reach my ears, including this one, whose authenticity I guarantee: "Let us pray, my brothers, that between young men and young women brought together by a community of hair and garments (sic) there may henceforth be no difference of sex." But you can get used to anything, even the most bloated of vesanies [insanities]. "One must be sparing with one's contempt," Bloy rightly said, "because of the great number of the needy."
Let's not hide it. Our refusal implies a judgment on the actions and words, on the person of Paul VI, towards whom we are obliged, in spite of ourselves, to practice that virtue of "fraternal correction" which Saint Thomas Aquinas sees as annexed to the virtue of almsgiving and the virtue of charity, and which he even says should sometimes be practiced, in a public way, towards one's superiors, after having exhausted the secret means of doing so (STh, II-II, Q. 33). It is safe to assume that an inferior as respectful of pontifical authority as Cardinal Ottaviani did not make his memorable letter to Paul VI public without using all the temporizing prudence we know. "If the superior is virtuous," writes a commentator on the Summa, "he will accept with gratitude the warnings that come to enlighten him; he will be the first to recognize that it is well to warn him and that he is not intangible in everything." And he adds, after St. Thomas, that the warning must be public, "when, for example, a superior publicly pronounces manifest heresies or gives great scandal, thus endangering the faith and salvation of his subordinates".

Cardinal Ottaviani is certainly not alone in thinking that Paul VI, by his words and deeds, is "moving impressively away from the Catholic theology of the Holy Mass." Indeed, the Pope cannot be suspected of having scratched the surface of such a crucial text, and of having carelessly put his signature to it. The Ordo Missæ and the New Mass, which we repudiate with all our might, are desired and imposed by Paul VI on all Catholics.

How is such an attitude possible in a Pope at a dramatic moment in the history of the Church? I can't help asking myself this question. Nor can I withhold my answer. The cause at stake is too serious for the laity to leave priests of any rank to fight alone, without the help of a few faithful warned by them of the danger, against the "scandal" of the new Mass.

It's not a question of indignation—although one is tempted to do so—but of understanding.

Paul VI is a man full of contradictions. He is the man who glorifies the Holy Sacrifice of the Mass in grandiose, classical terms in his Credo for the Year of Faith, and then downplays it in the new Mass he is imposing on Catholic Christianity. This is the man who signs and promulgates the Council's official declarations on Latin, "liturgical language par excellence", and on Gregorian chant, a treasure to be zealously saved, and who repeatedly makes a public commitment to maintain them, and yet, on such an important matter as the mode of expression of worship to God, he reneges on his signature and his word by consulting only liturgical experts, some of whom are suspect, while others belong to dissident Christian communities. This is the man who disapproves the Dutch Catechism and tolerates the dissemination of the dogmatic errors it contains. This is the man who authorizes the French Catechism, whose errors, omissions and distortions of revealed truth are even more serious since it is intended for children, and who has the world investigate deviations from the faith. This is the man who proclaims Mary to be Mother of the Church, and yet allows the purity of her name to be profaned by countless clerics, high and low. This is the man who prays in St. Peter's and also in the Masonic-style Chamber of Reflection at the U.N. This is the man who receives in audience two actresses cleverly and publicly stripped down to miniskirts, and speaks out against the tide of eroticism in the world. This is the man who tells Pastor Boegner that Catholics are not yet mature enough to adopt birth control by "the pill," and who publishes Humanæ vitæ, while allowing the Encyclical to be contested by entire Episcopates.

This is the man who proclaims that the law of ecclesiastical celibacy will never be repealed, and allows it to be discussed ad infinitum, while making it easy for priests to marry. This is the man who forbids Communion in the hand and yet allows it, even authorizing certain Churches, by special indult, to have the Holy Hosts distributed by lay people. This is the man who laments the "self-demolition of the Church", and who, being the head of the Church, does nothing to prevent its self-demolition, which thus passes through his own consent. This is the man who had the Nota praevia published concerning his powers, and who admitted at the recent Synod of Rome that it was considered obsolete and discarded, and so on.

The list of the Pope's contradictions is endless. The man in him is permanent contradiction and versatility, a fundamental ambiguity.

So, one of two things.

A man who is incapable of overcoming his own inner contradictions, and who flaunts them for all to see and hear, is incapable of overcoming the outer contradictions he encounters in governing the Church. He is a weak, irresolute Pope, as there have been others in the history of the Church, who conceals his swaying in a flood of rhetoric of which the emperor Julian, known as the Apostate, said, of the Arian bishops of his time, who wielded it with skill, said that it was "the art of taking away all importance from what is important, of giving it to what is not, and of substituting the artifice of words for the reality of things." Sometimes, in the same sentence of a pontifical address, white and black are associated and reconciled by a syntactical machination.

Another hypothesis is no less likely: the Pope knows what he wants, and the contradictions he displays are simply those that a man of action, fascinated by the goal he wants to achieve, encounters along the way, and of which he is not the least bit concerned, carried away as he is by the momentum of his desire.

In this respect, we can presume, especially since the Novus Ordo Missæ and the new Mass, that Paul VI's intention is to unite clerics and laypeople of the various Christian confessions in the same liturgical action. Like all "politicians," the Pope knows that it is possible to unite in a common action men whose "philosophical and religious opinions," as we used to say at meetings in my youth, are fundamentally different. If this is so, we can expect to see further manifestations of pontifical ecumenical action in the near future, altered from political maneuvering.

It's true that the two interpretations of Paul VI's behavior can be combined. The weak man runs away from his weakness or, more precisely, runs away from himself and rushes into action, where contradictions are only different moments of the change essential to the action itself. Such temperaments are obviously focused on the world, on the metamorphoses that the world implies and that have an impact on the action to be taken on it. It's easy to accept, then, that there's a "new catechism," irreconcilable with the catechism of old, "because there's a new world," as the French bishops say, and because, in the language of the world, "a new world" has nothing in common with the previous world, any more than a new fashion has with a previous fashion. It is therefore no longer possible," they add, "at a time when the world is changing rapidly, to consider rites as definitively fixed." So we've been warned: the new Mass is like the Permanent Revolution that all teenagers, and adults who haven't yet resolved their puberty crisis, are in love with, because it masks the contradictions they can't get rid of, and for good reason: they're part and parcel of them.

It's in the epigones [imitations] that this character trait is best seen, through exaggeration. Marx described history as comically repeating the tragedy of Napoleon I under Napoleon III. Likewise, a certain Belgian bishop, who I see as a sort of Paul VI reduced in size, has just been asked to present the new Mass to the astonished public: "This one," he declared in hilarious terms, "puts the first period to the liturgical reform underway since Vatican II." There will be, we are promised, a second period, then a third, and so on ad infinitum. The man who runs away from change never catches up, despite his sometimes buffoonish efforts.

From this point of view, perhaps no two popes in history differ more radically than St. Pius X and Paul VI.

I was recently re-reading the Encyclical Pascendi. On almost every page, I notice that what the former rejects, the latter admits, tolerates and accredits.

Saint Pius X is the rock of doctrine, the man who never abandons his post or his people in the storm, and who never shirks any of his responsibilities, as Paul VI confessed in his extraordinary address of December 7, 1968: "Many expect dramatic gestures from the Pope, energetic and decisive interventions. The only line the Pope believes he must follow is that of trust in Jesus Christ, to whom his Church remains entrusted more than to anyone else: it is up to Him to calm the storm."

St. Pius X is not the man of the sole pastoral government of the Church claimed by Paul VI in his allocution of February 17, 1969, in which he said he was "open to intelligence and indulgence," but the Pope attentive to the example of his predecessors, who defended sound doctrine with extreme vigilance and unshakeable firmness, concerned to preserve it from all harm "remembering the Apostle's precept: "Keep the good deposit" (II Tim. I, 14, in Actes de S.S. Pie X, Paris, s. d., vol. III, p. 203).

For St. Pius X, "Jesus Christ taught that the first duty of Popes is to guard with jealous care the traditional deposit of the faith, against profane novelties of language" (p. 85), against "those contemptuous of all authority who, based on a distorted conscience, cause to be attributed to the pure zeal of truth that which is the work only of obstinacy and pride" (p. 89). It was not he who would have granted, as Paul VI repeatedly implied, that "truth is also to be found in the religious experiences" of other religions, and that the same God is common to Jews, Muslims and Christians (p. 103). He has never "paid homage to the coryphae of error" of the Chenu and Cie type, "thus lending the impression that what is meant to be honored by this is less the men themselves, not unworthy perhaps of consideration, than the errors by them openly professed and of which they have made themselves the champions" (p. 105).

Saint Pius X would never have claimed that "worship is born of a need, for necessity, need is, in the modernist system, the great and universal explanation". How many directly opposed texts by Paul VI could we not cite here, and in particular the sole reason he gives in his address of November 26, 1969, when he justifies the repudiation of Latin and Gregorian chant in the new Mass by invoking the need for the people to understand their prayer and participate in the Office "in their everyday language." It wasn't St. Pius X who approved of "the great concern of modernists to seek a way of reconciling the authority of the Church and the freedom of believers," as Paul VI constantly did. It was not he who professed "that pernicious doctrine which seeks to make the laity in the Church a factor of progress," nor who sought "compromises and transactions between the conservative force in the Church and the progressive force, so that the changes and progress required by our times may be realized" (p. 127). Nor does St. Pius X use the "purely subjective" process that leads modernists "to clothe themselves in the personality of Jesus Christ" and "not hesitate to attribute to him all that they themselves would have done in similar circumstances" (p. 133), as Paul VI does when, after having single-handedly decreed the use of the new Mass, he states that his will "is the Will of Christ, it is the breath of the Spirit calling the Church to this mutation," pathetically adding, to make it clear that his inspiration coincides with divine inspiration (although he makes it clear that this is not the case in his Creed) that "this prophetic moment which passes through the Mystical Body of Christ, which is precisely the Church, shakes her, awakens her and obliges her to renew the mysterious art of her prayer" (November 26, 1969). The most certain and assured thing," said St. John of the Cross, "is to shun prophecies and revelations, and if anything new were revealed to us concerning the faith—[the lex orandi is also lex credendi, and every manifest novelty in worship is novelty in the faith]—we should by no means consent to it" (Montée du Mont Carmel, 1. II, chap. XIX and XXVII).

Finally, in the background of Paul VI's interventions in the great theater of the world, is there not the conviction, which Saint Pius X rejects as pernicious, that "the Kingdom of God will develop slowly in the course of history, adapting itself successively to the various environments it passes through, borrowing from them, by vital assimilation, all the forms...that may suit it?" (p. 141).

There can be no doubt, as John H. Knox observes in a penetrating article in the National Review (October 21, 1969), that "there has never been, and probably never will be, a pope who has tried so hard to please the progressives and who shares so sincerely so many of their convictions." And yet, in a supreme contradiction, Paul VI calls this progressivism modernismus redivivus!

In any case, Paul VI clearly shares the major concern of modernists to make the Catholic Church acceptable to non-Catholic churches and even to all atheistic regimes, as his recent Christmas address (and many other earlier attempts) suggest: China and Russia are now entitled to Catholic deference and esteem! Let's not forget his applause for the Chinese youth launched by Mao in the "cultural revolution"!

It's a dream, a chimera, the vanity of which the Gospel itself tells us: no matter how aimable the Church makes herself, she will never be loved by the world. However cruel the diagnosis we must make of Paul VI, in the final analysis it must be said that, despite undoubted qualities of heart, the present Pope consistently sees things differently from how they are. He is a false spirit.

Like all false minds, he is unconsciously cruel. Whereas the contemplative is gentle, the man of action who, like Paul VI, places the end of action in a dreamlike perspective, has no pity for the poor men of soul, flesh, and bone whom it is impossible for him to see, or who, if seen, are obstacles for him. This explains the inflexible side of Paul VI's character, which at first glance is irreconcilable with his inability to govern the Church. The man of action is almost always inhuman, but when the man of action moves in a millenarian atmosphere and in a kind of spiritual triumphalism, then everything is to be feared... Paul VI will go ahead, without return, crushing all resistance...

Unless God opens his eyes... That would be a miracle.

All we have to do now is try to bring into our lives the obligation spoken of by Saint John of the Cross in one of his letters: "In order that we may have God in all things, we must have nothing in all things." The Church has entered the Night of the Senses and Spirit, the gateway to Dawn. Its state invites us to enter our own.

This eternal source is well hidden,

And yet I have found its home,

But it's by night!

Marcel De Corte, 
Professor at the University of Liège.