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miércoles, 5 de febrero de 2025

ORACIÓN “Ánima Christi”


“Ánima Christi” (en español “Alma de Cristo”) es una de las oraciones tradicionales de acción de gracias después de la Misa que aparecen en el Misal y Breviario tradicionales. A menudo se la ha atribuido a San Ignacio de Loyola (de hecho, hasta la edición de 1951 en el Misal Romano tradicional aparece como “Aspiraciones de San Ignacio al Santísimo Redentor”), pues era una de sus favoritas y aparece recomendada en sus Ejercicios Espirituales, pero en una veintena de manuscritos se halla una versión más antigua, como es el caso del Manuscrito Harley 2253, folleto IV, fol. 54verso col. B de la Biblioteca Británica (c. 1314-1320), en tiempos del Papa Juan XXII, quien le había otorgado 3.000 días de indulgencia. Otros la han atribuido al Beato Bernardino de Feltre, a Santo Tomás de Aquino [1] o incluso a San Patricio o a un anónimo irlandés del siglo VII (aunque no hay conocimiento hasta el momento de ninguna copia tan antigua).

Como fuere, San Ignacio, que había conocido esta oración en los devocionarios y libros de horas de la España de su tiempo [2], la recomendaba en varias meditaciones de sus Ejercicios espirituales, y desde la edición del Colegio Romano de 1576 (en tiempos de Everardo Mercuriano, 4.º Prepósito General de la Compañía) se incluyó el texto publicado en el devocionario Hórtulus Ánimæ (fines del siglo XV) tan difundido en Alemania, Francia y Polonia (no así en España), para facilitar su rezo por los ejercitantes, lo que contribuyó a su popularidad, y es la versión que hoy conocemos.

El Papa Pío IX, mediante decreto del 9 de Enero de 1854, concedió a esta oración Indulgencia de 7 años una vez al día si se reza después de la Misa; 300 días de indulgencia cada vez, y Plenaria una vez al mes si se reza diariamente, con las condiciones acostumbradas, añadiendo la visita a cualquier iglesia u oratorio. La traducción española es tomada del Breviario Romano traducido por Dom Alfonso María de Gubianas y Santandréu OSB.
  
LATÍN
Ánima Christi, sanctífica me.
Corpus Christi, salva me.
Sanguis Christi, inébria me.
Áqua láteris Christi, lava me.
Pássio Christi, confórta me. 
O bone Jesu, exáudi me.
Intra tua vúlnera abscónde me.
Ne permíttas me separári a te.
Ab hoste malígno defénde me.
In hora mortis meæ voca me.
Et jube me veníre ad te,
Ut cum Sanctis tuis láudem te
In sǽcula sæculórum. Amen.

ESPAÑOL
Alma de Cristo, santifícame. 
Cuerpo de Cristo, sálvame. 
Sangre de Cristo, embriágame.
Agua del costado de Cristo, límpiame.
Pasión de Cristo, confórtame. 
¡Oh buen Jesús!, óyeme.
Entre tus llagas escóndeme.
No permitas que de ti me aparte.
Del enemigo malo, defiéndeme. 
En la hora de mi muerte, llámame.
Y ayúdame para que yo vaya a ti,
Y te alabe con tus Santos,
Por los siglos de los siglos. Amén.
  
NOTAS
[1] La versión atribuida a Santo Tomás de Aquino, presente en el Misal de la Orden de Predicadores y en el Ordo Missæ secúndum usum Sanctæ Románæ Ecclésiæ compilado por Juan Burchardo, obispo de Civita Castellana y ceremoniero de los Papas Sixto IV, Inocencio VIII, Alejandro VI, Pío III y Julio II.
   
LATÍN
Ánima Christi sanctíssima, sanctífica me.
Corpus Christi sacratíssimum, salva me.
Sanguis Christi pretiotíssime, inébria me.
Áqua láteris Christi puríssima, munda me.
Sudor vultus Christi virtuosíssime, sana me.
Pássio Christi piíssima, confórta me. 
O bone Jesu, custódi me.
Intra tua vúlnera abscónde me.
Ne permíttas me separári a te.
Ab hoste malígno defénde me.
In hora mortis voca me.
Jube me veníre ad te, et pone me juxta te,
Ut cum Ángelis et Archángelis tuis láudem te,
Per infiníta sǽcula sæculórum. Amen.

ESPAÑOL
Alma santísima de Cristo, santifícame. 
Cuerpo sacratísimo de Cristo, sálvame. 
Sangre de Cristo, embriágame.
Agua del costado de Cristo, límpiame.
Sudor virtuosísimo de la Faz de Cristo, sáname.
Pasión de Cristo, confórtame. 
¡Oh buen Jesús!, guárdame.
Entre tus llagas escóndeme.
No permitas que de ti me aparte.
Del enemigo malo, defiéndeme. 
En la hora de la muerte, llámame.
Ayúdame para que yo vaya a ti, y ponme junto a ti,
Para que te alabe con tus Ángeles y Arcángeles,
Por los infinitos siglos de los siglos. Amén.

[2] En el friso superior de la Sala de la Galera del Alcázar de Segovia, encargado en 1412 por Catalina de Lancáster, madre y regente del rey Juan II de Castilla, siguiendo el del friso de la antigua capilla (hoy Salón del Techo de Carlos V) en el Real Alcázar de Sevilla comisionado poe el rey Pedro I de Castilla en 1364. Como curiosidad, presentamos el texto, recogido por la Crónica de la provincia de Segovia y presentado por Pedro de Leturia Mendía SJ, , “Libros de horas, Ánima Christi y Ejercicios Espirituales de S. Ignacio”, en Archívium Históricum Societátis Jesu, vol. 17 (1948), págs 3-50, speciáliter pág. 41 [el original, corregido por Earl Jeffrey Richard, “The prayer Anima Christi and Dominican popular devotion: late medieval examples of the interface between high ecclesiastical culture and popular piety”, en Poverty and Devotion in Mendicant Cultures 1200-1450 (Constant J. Mews y Anna Welch, eds.), Routledge, Taylor & Francis 2016, nota al pie 48) es de un latín muy hispanizado copiado por mudéjares (musulmanes que permanecían en reinos cristianos)]:
  
ORIGINAL
Anima Xpi santificame / Corpus Xpi salvame / Sanguis Xpi inebriame / [A] ca l [ater] is Xpi lavame / Pasio Xpi confortame / O bone Iesu exaudime / Et ne permitas me separari a te / Ab hoste maligno defende me / In hora mortis voca me / Et pone me iuxta te / Et cum angelis tuis laudem te / In secula seculorum. Amen

LATÍN
Ánima Christi, sanctífica me.
Corpus Christi, salva me.
Sanguis Christi, inébria me.
Áqua láteris Christi, lava me.
Pássio Christi, confórta me. 
O bone Jesu, exáudi me.
Et ne permíttas me separári a te.
Ab hoste malígno defénde me.
In hora mortis voca me.
Et pone me juxta te,
Ut cum Ángelis tuis láudem te
In sǽcula sæculórum. Amen.

ESPAÑOL
Alma de Cristo, santifícame. 
Cuerpo de Cristo, sálvame. 
Sangre de Cristo, embriágame.
Agua del costado de Cristo, límpiame.
Pasión de Cristo, confórtame. 
¡Oh buen Jesús!, óyeme.
No permitas que de ti me aparte.
Del enemigo malo, defiéndeme. 
En la hora de la muerte, llámame.
Y ponme junto a ti,
Para que te alabe con tus Ángeles,
Por los siglos de los siglos. Amén.
  
¿Esta pudo ser la versión que usaba San Ignacio?
Quizá, a juzgar por la visión trinitaria que tuvo en la capilla de La Storta, cerca de Roma, en Noviembre de 1537.

lunes, 3 de febrero de 2025

LA HUMILDAD: GRADOS (Prédica 5)

Sermón predicado por el Ilmo. Sr. Obispo Don Fernando Altamira, superior de la Sociedad de Santa María, durante la fiesta de la Purificación de Nuestra Señora (domingo 2 de Febreto de 2025, conmemoración del IV Domingo después de la Epifanía).
  
Para seguir el orden:
  1. LA HUMILDAD (Prédica 1): Domingo 27 de Diciembre de 2024, Domingo infraoctava de la Natividad.
  2. LA HUMILDAD: FUNDAMENTO Y EXCELENCIA (Prédica 2): Miércoles 1 de Enero de 2025, Circuncisión de Nuestro Señor Jesucristo y Octava de la Natividad.
  3. LA HUMILDAD: SU PRÁCTICA (Prédica 3): Domingo 5 de Enero de 2025, Fiesta del Santísimo Nombre de Jesús.
  4. LA HUMILDAD: CONSEJOS PRÁCTICOS (Prédica 4): Domingo 26 de Enero de 2025, III Domingo después de la Epifanía.

 
LA HUMILDAD (Prédica V)

TODO EN MARÍA y POR MARÍA. Y por las BENDITAS ALMAS del PURGATORIO

Queridos hijos:
 
Hoy es la Fiesta de la Candelaria, el último hito del Ciclo de Navidad, las fiestas por el nacimiento de Dios Nuestro Señor Jesucristo en esta tierra. 

El mismo día de la Navidad, sobre la Humildad, habíamos insistido en que nadie tan humilde como Dios Nuestro Señor, y por la importancia de dicha virtud para nuestra Salvación Eterna, habíamos querido dedicarle una serie de prédicas. En ésta, la número 5, queríamos seguir dando consejos prácticos para –valga la redundancia– practicar la Humildad, la cual nos gana el beneplácito de Dios (y así la Salvación), y ella hace que Él nos cobije. 
   
Nos basaremos principalmente en las enseñanzas de dos santos, San Benito y San Ignacio de Loyola; veamos entonces:
   
[1] En un primero punto, hemos tomado extractos de: “Los doce grados de Humildad de San Benito” († 547).
Ya el famoso Juan Cassiano († 435) había distinguido 10 grados de Humildad; San Benito agregó dos, quedando así 12 grados, 7 interiores y 5 exteriores. Escogeremos algunos.
   
Dentro de los 7 actos o grados interiores de Humildad, los cuatro primeros son alrededor de la OBEDIENCIA, pues el que es humilde obedece, obediencia a Dios, y obediencia a los superiores porque representan a Dios.
  • El 1er grado o acto interior de Humildad es: EL TEMOR DE DIOS. Para ser humildes, debemos comenzar por respetar a Dios, tener el máximo respeto hacia Él, y esto nos debe mover y mostrarse en el cumplimiento de los Mandamientos, “si yo respeto a Dios, si yo tengo el temor de Dios: cumplo los Mandamientos, sí, cumplo los Mandamientos, de lo contrario lo mío se convierte en una mentira”; el que es humilde: cumple la Ley de Dios, cumple los Mandamientos; y el que no los cumple es soberbio, “hace pecado”, el pecado es soberbia [1]. En la Sagrada Escritura hay expresiones y enseñanzas muy hermosas sobre el temor de Dios: “timor Dómini sanctus: el temor de Dios es santo” (Ps 18,10). “El temor del Señor es el principio de la sabiduría”, así en Proverbios 9:10: “Princípium sapiéntiæ timor Domini”, y en Provérbia 1:7: “Timor Dómini princípium sapiéntiæ: el temor del Señor es el principio de la sabiduría; sapiéntiam átque doctrínam stulti despíciunt: los estúpidos desprecian la sabiduría y la doctrina”; podemos agregar: los soberbios desprecian la sabiduría, y la única sabiduría verdadera es la de Dios y su Catolicismo.
  • El 2° grado o acto interior de Humildad es: LA OBEDIENCIA A DIOS. La obediencia a Dios es consecuencia y continuación de la anterior, pues si verdaderamente tuviésemos temor de Dios, haríamos en todo su voluntad, y: es Humildad manifestar obediencia, sumisión y dependencia de Dios.
  • El 3er grado o acto interior de Humildad es: LA OBEDIENCIA A LOS SUPERIORES POR MOTIVO DE DIOS. Obviamente que esto es clave, y nunca seremos humildes (y hasta tal vez nos condenaremos) si no obedecemos a nuestros Superiores (obedecer al papá y a la mamá en una familia; obedecer al Superior en una Comunidad Religiosa; al jefe en un trabajo, etc); todo lo que me mande un Superior, cualquier Superior, si no es algo malo, si no es un pecado, en realidad no es dicho del Superior, sino Dios usando dicho Superior, ¡hay que entender de una vez esto!; el límite es el pecado: si lo que me están mandando no tiene nada de malo, ¡hay que hacerlo, caramba!, porque no es el Superior sino Dios quien me lo ordena: “Monseñor, soy un orgulloso (u orgullosa) y no se me va la soberbia”, “por supuesto que no se le va, si usted es un (o una) desobediente”; el desobediente nunca será humilde y tiene riesgo de Condenación.
  • El 4° grado o acto de Humildad es otra vez la obediencia: LA OBEDIENCIA PACIENTE. La obediencia paciente es la que sufriendo injurias de parte del que manda, no se queja, y obedece la orden mandada, es la que acepta una humillación detrás de la obediencia, así la enseñanza de San Benito [2].
Los anteriores grados interiores se deben manifestar por actos o grados exteriores. Ya hemos enseñado que, aunque lo más importante es siempre lo interior, estos actos o grados exteriores, su ejercitación, ayudan sin duda para tener Humildad en lo interior, para influenciar lo interior, y de allí la importancia de tratar de realizar muchos de estos actos externos. San Benito, él enumera 5 grados o actos externos de Humildad; ellos son:
  • El 1er grado o acto exterior de Humildad es: EVITAR LA SINGULARIDAD, no querer singularizarse o llamar la atención, no querer hacer cosas extraordinarias, sino contentarse con lo que manda la Regla, cumplir la Regla o Reglamento con sencillez y ya. Lo anterior es para una Comunidad Religiosa, para las Hermanas o para los seminaristas, pero para un laico el equivalente sería cumplir sencillamente lo que me mandan mis padres, o en mi trabajo, o en mi institución, mis jefes o superiores al mando, y no querer llamar la atención.
       
    Atención: Lo anterior no significa que uno haga mal o en forma mediocre sus obligaciones; uno debe cumplir bien con su deber porque Dios exige eso, pero simplemente sin querer llamar la atención.
       
    [Contra el Naturalismo] Dicho sea de paso, en el cumplimiento del deber y en todas nuestras acciones, en cuanto al móvil de por qué hacerlas y hacerlas bien, dicho móvil no puede ser el Naturalismo (“el hombre”, el ser humano, la Humanidad, “la capacidad del ser humano”, la cabalidad y honestidad del ser humano). El móvil de toda acción humana, y de todo acto, el hacer bien y el ayudar al prójimo, etc, el hacerlo con virtud, en ello –decíamos– el móvil es y debe ser Dios Nuestro Señor Jesucristo, el fundamento de todas mis acciones deber ser Dios. Y si el fundamento de mis acciones no es Dios, sino el Humanismo o el Naturalismo, dichas acciones no sirven para la Salvación Eterna. Un masón, por Naturalismo y Humanismo, puede querer ser virtuoso, o querer dar ayuda a los pobres, pero eso será filantropía o altruismo, y no Caridad o acción basada en Dios, y el realizar por esos móviles nuestras acciones no sirve para la Vida Eterna.
  • El 2° grado o acto exterior de Humildad es: EL SILENCIO; sí, el silencio, así lo pone San Benito; pues en el silencio, en el ser silencioso o silenciosa hay humildad; y las personas ruidosas –peor si son almas consagradas– expresan lo contrario, expresan en algún grado soberbia y orgullo. Esto es importantísimo, más para el religioso o religiosa –como decíamos–:pero sirve en proporción para los laicos, no hay que ser un parlanchín, ni una persona que hace bullicio o ruido, ser ruidoso o ruidosa, sino personas “si-len-cio-sas”.
       
    Sobre el religioso, o la religiosa, la enseñanza de San Benito, para la Humildad, agrega que han de saber que tienen que ser personas silenciosas y no hablar (o no hablar mucho), han de saber callar cuando no fueran preguntados, o cuando no hay razón para hablar (pero sentido común: si el superior, o para un laico: el papá o la mamá en una familia, “deben” saber algo grave, yo debo hablar; puro sentido común).
      
    Otro consejo en esto del silencio: Dejar siempre que los demás hablen, no querer tomar la palabra (salvo necesidad o utilidad del prójimo).
  • El 3er grado o acto exterior de Humildad, enseña San Benito que es: EL RECATO EN EL REÍR. S. Benito no condena la risa en cuanto manifestación de gozo espiritual, pero sí la risa grosera, la risa burlona, el reír ruidosamente, lo cual implica poca presencia de Dios y por lo mismo poca Humildad.
  • El 4° grado o acto exterior de Humildad, en la enseñanza de San Benito, es: EL RECATO EN EL HABLAR. Cuando se ha de hablar, que ello sea poco, ser personas de pocas palabras, no ser –como decíamos recién– parlanchines (o “parlanchinas”), hablar mansa y humildemente, nunca a gritos, sino con la gravedad y sobriedad del sabio, sin grandes estridencias, sopesando las palabras.
  • El 5° grado o acto exterior de Humildad, dice San Benito que es: LA MODESTIA O RECATO EN EL PORTE EXTERIOR. Que nuestro porte exterior sea siempre humildes, al caminar, estar sentado, estar de pie, moverse, hacer todo eso siempre con modestia; los ojos, el mirar, hacerlo también con modestia, etc. Y al monje se le recomienda estar con la cabeza ligeramente baja.
  
[2] En un segundo punto, o ejemplos y prácticas de Humildad veamos: Los tres grados de Humildad de San Ignacio de Loyola († 1556).
   
San Ignacio los explica en sus “Ejercicios Espirituales”; y están hacia el fin de la Segunda Semana, antes de las reglas para la elección de estado.
  • Primer grado de Humildad abarca el cumplimiento de la Ley de Dios y MORIR ANTES DE HACER UN PECADO MORTAL: Dice San Ignacio que consiste en “que [yo] así me baje y así me humille, quanto en mí sea posible, para que en todo obedezca a la ley de Dios Nuestro Señor; de tal suerte, que aunque me hiciesen señor de todas las cosas criadas en este mundo, ni por la propia vida temporal, [yo] no sea en deliberar de quebrantar un mandamiento, quier divino, quier humano, que me obligue a pecado mortal”; grado esencial para la Salvación Eterna, y para evitar la Condenación al Infierno.
  • Segundo grado de Humildad abarca, entre otras cosas, MORIR ANTES DE HACER UN PECADO VENIAL (agregamos: venial deliberado): Dice San Ignacio que este segundo grado “es, a saber, si yo me hallo en tal punto que no quiero, ni me afecto, más a tener riqueza que pobreza; a querer honor que deshonor; a desear vida larga que corta, siendo igual servicio de Dios Nuestro Señor y salud de mi alma: y con esto, que por todo lo criado, ni porque la vida me quitasen, [yo] no sea en deliberar de hacer un pecado venial”; este grado es mucho más perfecto que el primero y pocas almas llegan a él.
       
    Aclaremos que se refiere a un pecado venial “deliberado”, ese pecado venial que se hace con plena consciencia de que estoy obrando mal y no me importa, sigo adelante; estos pecados son bien feos y tienen una malicia bien fea, suelen terminar llevando al pecado mortal.
  • Tercer grado de Humildad: “La tercera es humildad perfectísima; es a saber: quando, incluyendo la primera y segunda, siendo igual alabanza y gloria de la Divina Majestad, por imitar y parecer más actualmente a Christo Nuestro Señor, quiero y elijo más pobreza con Christo pobre, que riqueza; oprobios con Christo lleno dellos, que honores; y desear ser más estimado por vano y loco por Christo, que primero fue tenido por tal, que [ser estimado] por sabio ni prudente en este mundo”; es el grado de los santos, éste es el amor de la Cruz y el amor de los desprecios, en unión con Jesucristo y por amor suyo.
   
[3] Veamos un punto más, que nos ayude a ser humildes: MIS PECADOS, sí, mis pecados.
  
La realidad de mis pecados me tiene que ayudar a ser humilde; entender –¡caramba!– que somos pecadores, entender que “he pecado”. El hecho de los pecados que he cometido, ya que eso es la peor parte de los seres humanos, me tiene que ayudar a ser humilde y colocarme en mi lugar, sin soberbia, sin altanería, sin vanagloria, sin la auto-estima desordenada. Y mientras peores hayan sido, o sean, mis pecados propios, ¡con mayor razón eso me debería hacer humilde! Mientras más espantosos hayan sido, ¡más aun, más aun: ser humilde, ser humilde!
   
Pero no; el ser humano tiene la capacidad de hacer las peores barbaridades, y dos minutos después volvemos a ser “la octava maravilla del mundo”: es increíble como somos. Mientras más feos hayan sido, o sean, mis pecados, más humilde yo debería ser. ¡Caramba: los peores pecados que hayamos cometido, siempre nos tendrían que poner en la Humildad!
   
Decirse mil veces: “he pecado, he pecado, yo hice eso, y eso, y eso, ¿por qué mi soberbia; cómo puedo ser soberbio? Un pecado venial vale los peores castigos, por la majestad de Dios despreciada por mi mala acción; ¡uno venial! Ni hablemos si he cometido pecados mortales que valen la eternidad del Infierno, ¡cómo podemos ser soberbios!; con cuánta facilidad nos olvidados las cosas –tal vez espantosas– que hemos hecho, qué amor propio sin límites, sin límites. 
   
Y porque así somos de pecadores, debemos procurar el desprecio de nosotros mismos y que los demás nos desprecien, en vez de quejarnos de los problemas que tenemos, de las humillaciones que sufrimos, de los malos tratos, calumnias, difamaciones, insultos, murmuraciones; si al fin hemos merecido también el Infierno, y sólo por la bondad de Dios no estamos ya muertos y condenados.
   
“Cometí pecado mortal o pecados mortales”: merezco el Infierno, y si tuve la gracia de confesarme y hacer la paz con Dios, para expiar esos pecados debo estar dispuesto a aceptar y desear todas las humillaciones y daños contra mí, y los cuales siempre serán menos de lo que merece un pecado mortal al ofender la majestad de Dios, y habiéndole ofendido tantas veces (muchos pecados mortales), cuál no ha de ser mi conformidad con la Voluntad Divina cuando pueda o tenga que sufrir cosas y recibir oprobios, para pagar en algo la ofensa, y máxime considerando que en esta vida esos males siempre “duran poco”.
   
Todos mis pecados, sean veniales, sean mortales: Aunque pasemos todo el resto de nuestra vida en la práctica de la humildad, nunca podremos devolver a Dios (Él es infinito) la gloria que le hemos robado y negado haciendo pecados, un pecado venial, peor el venial deliberado, y mucho peor aun el pecado mortal. 
    
Si estos conceptos parecen demasiado, pensemos en las penitencias enormes que hicieron los santos que sólo cometieron pecados veniales, y que nunca creyeron hicieron bastante para purificar su alma y reparar ante Dios.
  
Y para ser humildes pensemos, finalmente, en los castigos, específicos, que Dios va dando, castigos progresivos, a los que son soberbios: recuerden las primeras prédicas sobre este tema.
Por eso, para ser humildes, más de una vez, casi una vez al mes, nos tendríamos que quedar tranquilos aquí en la Capilla, pensando en todos los pecados graves, mortales, que hemos hecho en nuestra vida; haciendo una especie de meditación o examen de los pecados más graves que hemos cometido en nuestras vidas, para tener más presente lo que somos, porque tan fácilmente olvidamos las cosas que ya hemos hecho; y esto, considerar los pecados quehemos cometido, nos ayudará más a saber lo que realmente somos, y a ser humildes.
   
Pequeño paréntesis: En cuanto a eso de recordar los pecados cometidos para ser humilde, si alguien ha cometido pecados de impureza o de lujuria, el consejo que dan los autores espirituales es recordarlos solamente en forma difusa y genérica: simplemente sabiendo que se hizo eso y ya; sin el recuerdo endetalle, porque en esos pecados el detalle se puede convertir en nueva tentación; cuidado.
    
[Un apartado final] A modo de conclusión, una última consideración, y una súplica a la Virgen: Reina de la Humildad.
  
La consideración última, para ayudarme en la Humildad, es ver que, ¡a todos: a-todos!, no nos salen las cosas, “sí, no nos salen las cosas”, y hemos de aceptar esto por Humildad y para la Humildad.
  
Tenemos mil proyectos, mil anhelos, mil deseos, mil planes, y la mayoría de las cosas no se pueden cumplir, y no se nos dan, “no nos salen las cosas”; cosas que no tenemos ni alcanzamos aunque las deseamos mucho, cosas que no alcanzamos: esperanzas, sueños, planes para nuestras vidas. Ése es el día a día de cualquier ser humano. Y aquí hay también un misterio de Dios para que podamos alcanzar la Salvación:
  • (a) Si nos salieran todas las cosas, si en todo tuviésemos éxito, creo que seríamos unos soberbios insoportables, con vanagloria, etc. 
  • (b) Además, si no nos salen las cosas, nuestros planes: en ello también puede entrar una cuota de castigo, por nuestra soberbia, y debemos saber aceptarlo. 
  • (c) “Pero yo quiero que me salgan mis cosas, cosas buenas, qué tiene de malo, aunque sea lo mínimo que necesito”. Por supuesto que, en sí, no tiene nada de malo; pero por motivos misteriosos, que no podemos saber y que sólo Dios conoce, no me salen las cosas, sea por mis pecados del pasado que ya he hecho y para pagar por ellos, sea porque tengo una actitud soberbia ante Dios (y eso es insoportable), sea para mi santificación por medio de la Cruz y tribulaciones: Debemos ser capaces de aceptar ello con Humildad, aunque no lo entendamos, no podemos pretender que Dios nos rinda cuentas: ¡por favor!
  • (d) “Si las cosas son así, entonces, yo me enojo, y le digo cosas a Dios, y me pongo a pelear con Dios, y me alejo de la Religión, y no practico más, y no voy más a Misa, y no me confieso, y no rezo más el Rosario, etc, etc, etc”: Pues eso es otra vez soberbia, y “terminará mal y peor”; recordemos los castigos progresivos que Dios va dando a los soberbios y que pueden terminar –si no cambio– en la condenación eterna. 
  • (e) Tengo que ser capaz de aceptar, con Humildad, todo lo que me pasa, todo lo que me ocurre, porque los seres humanos, en última instancia, merecemos todo: to-do; por mis pecados, por un solo pecado venial, ni hablemos si hemos cometido pecados mortales. Y por otro lado, si algo no recomendamos, es el estar peleando con Dios, con Dios no se juega, sino que se lo respeta con Humildad; y obviamente que si peleamos con Dios podemos salir “un poquito mal heridos”.
   
Respetemos a Dios, aceptemos las cosas que nos ocurren, y debemos desear mucho la Humildad. Así pedimos a la más santa de todas las creaturas, así pedimos a la más santa y sublime, a la Santísima Virgen María, Reina de la Humildad, Regina Humilitatis; quiera Ella darnos “algo”.
   
AVE MARÍA PURÍSIMA.
  
NOTAS
[1] El temor de Dios ha de ser primero: temor al castigo, después ha de ser temor reverencial (temer y respetar a Dios por la majestad de Él), y finalmente ha de acabar en la adoración y amor o temor filial (donde hay respeto, pero por amor a Él).
[2] Los otros grados interiores: 5) La declaración al Superior de las faltas secretas fuera de la Confesión Sacramental, incluso las de pensamiento, y esto es un freno muy poderoso al pecado; peroposteriormente la Iglesia, con el canon 530, limita esto, diciendo que los Superiores Religiosos no deben llevar a sus inferiores a que les manifiesten su conciencia, pero es bueno que los inferiores hablen con confianza con su superior. 6) Aceptar de corazón todas las privaciones y oficios viles. 7) Tenerse sinceramente por el último de todos los hombres; grado que difícilmente se alcanza; los santos llegan a él considerando que si otros hombres hubieran recibido tantas gracias como ellos, serían mejores.

sábado, 26 de octubre de 2024

MES DE LOS SANTOS ÁNGELES – DÍA VIGESIMOSEXTO

Dispuesto por el padre Alejo Romero, y publicado en Morelia por la Imprenta Católica en 1893, con licencia eclesiástica.
  
MES DE OCTUBRE, CONSAGRADO A LOS SANTOS ÁNGELES, EN QUE SE EXPONEN SUS EXCELENCIAS, PRERROGATIVAS Y OFICIOS, SEGÚN LAS ENSEÑANZAS DE LA SAGRADA ESCRITURA, LOS SANTOS PADRES Y DOCTORES DE LA IGLESIA.
 
ORACIÓN PREPARATORIA PARA TODOS LOS DÍAS
Soberano Señor del mundo, ante quien doblan reverentes la rodilla todas las criaturas del cielo, de la tierra y del infierno; miradnos aquí postrados en vuestra divina presencia para rendiros los homenajes de amor, adoración y respeto que son debidos a vuestra excelsa majestad y elevada grandeza. Venimos a contemplar durante este mes las excelencias, prerrogativas y oficios con que habéis enriquecido en beneficio nuestro a esos espíritus sublimes que, como lámparas ardientes, están eternamente alrededor de vuestro trono, haciendo brillar vuestras divinas perfecciones. Oh Sol hermoso de las inteligencias, que llenáis de inmensos resplandores todo el empíreo, arrojad sobre nuestras almas un destello de esos fulgores, a fin de que, conociendo la malicia profunda del pecado, lo aborrezcamos con todas nuestras fuerzas, y se encienda en nuestros corazones la viva llama del amor divino, para que podamos camina por los senderos de la virtud, hasta llegar a la celestial Jerusalén, donde unamos nuestras alabanzas a las de los angélicos espíritus y bienaventurados, para glorificarlos por toda la eternidad. Amén.
   
DÍA VIGÉSIMOSEXTO – ALEGRÍA DE LOS ÁNGELES POR LA CONVERSIÓN DE UN PECADOR
   
MEDITACIÓN
PUNTO 1º. Considera, alma mía, que la gloria de Dios brilla singularmente en las naturalezas intelectuales por su misericordia y su justicia; su providencia, su inmensidad, su omnipotencia, se manifiestan en las criaturas inanimadas; pero sólo los seres inteligentes pueden sentir los efectos de su misericordia y su justicia, estos dos atributos son los que establecen su gloria y su remado sobre las naturalezas racionales. Es por la misericordia y la justicia, por lo que los Ángeles y los hombres están sujetos a Dios; la misericordia reina sobre los buenos, la justicia sobre los malos: una por la comunicación de sus dones, la otra por la severidad de sus leyes; la una por la dulzura, y la otra por la fuerza; una se hace amar, y la otra se hace temer; una atrae, y la otra repele; una recompensa la fidelidad, y la otra castiga la rebelión. La misericordia y la justicia son como las dos manos de Dios, de las cuales la una da y la otra corrige; son como las dos columnas que sostienen la majestad de su reino: una eleva a los inocentes y la otra abate a los criminales. Si todos los caminos del Señor, como dice el Profeta, son misericordia y justicia, atributos que hacen brillar magníficamente su gloria y su reinado: he aquí por qué la conversión del pecador llena de inmensa alegría a los santos Ángeles, pues admiran la misericordia en el perdón de los pecados y la justicia en los gemidos y lágrimas del pecador, y aunque sean embriagados con el torrente de las eternas delicias; sin embargo, sienten aumentar su regocijo cuando nosotros somos renovados por la penitencia. El Evangelio claramente lo expresa cuando dice: «Los Ángeles se regocijan más con la conversión de un pecador que con la perseverancia de noventa y nueve justos que no tienen necesidad de penitencia».
    
JACULATORIAConsidera que los justos de que habla el Evangelio en el pasaje citado no son otros que los mismos Ángeles, pues solo de estos puede decirse con verdad que no necesitan de penitencia, porque habiendo pecado todos los hombres en Adán, sería una temeridad asegurar que no tienen necesidad del remedio de la penitencia, y con mayor razón cuando el Discípulo amado ha dicho refiriéndose a los hombres: «Si alguno dice que no peca, se engaña y no hay verdad en él». ¿En dónde encontraremos pues, esa inocencia tan pura, tan perfecta que no tiene necesidad de penitencia? Sin duda que solo puede hallarse entre los Ángeles que, detestando la rebelión y audacia de satanás, permanecieron firmes en el bien en que Dios los había establecido desde su origen; ellos se alegran, por consiguiente, más de la conversión del pecador que de la perseverancia aún de sí mismos, porque no pueden menos que reconocer la misericordia de Dios en toda su grandeza, en toda su plenitud, y celebrarla con los más vivos trasportes de júbilo, puesto que la justificación del pecador es una obra más grande aún que la creación de mil mundos; la acción divina al sacar los seres de la nada no encuentra ninguna oposición; pero al convertir al pecador ha tenido que vencer la oposición de la voluntad. Cuando Dios creó el cielo y la tierra, nada se opuso a su voluntad; cuando Dios convierte a los pecadores, es necesario que venza su resistencia, y que combata, por decirlo así, a su propia justicia arrancándole sus víctimas; esta bondad que resiste tantos obstáculos es sin duda más poderosa, más abundante que aquella que no encuentra impedimentos en las comunicaciones de su gracia y de su gloria en los Ángeles bienaventurados. Siendo, pues, la conversión del pecador la obra maestra de la misericordia divina, no puede menos que ser celebrada por los Ángeles con inmensa alegría. Si por desgracia no nos hemos convertido totalmente a Dios, procuremos hacerlo hoy de todo corazón, así aumentaremos siquiera sea accidentalmente, la dicha de esos espíritus felices que nos aman ardientemente y desean que reparemos las ruinas que satanás y sus cómplices dejaron en el Empíreo, ocupando nosotros las sillas que quedaron vacías por su soberbia y perfidia.
    
JACULATORIA
Ángeles dichosos, que celebráis la conversión de los pecadores, alcanzadme la gracia de que me convierta verdaderamente a Dios.
    
PRÁCTICA
Como la verdadera conversión es una confesión bien hecha, no dejéis de hacerla al menos una vez al mes, para que de este modo alegréis a los Ángeles del Cielo. Se rezan tres Padre Nuestros y tres Ave Marías con Gloria Patri, y se ofrecen con la siguiente:
   
ORACIÓN
Espíritus soberanos, que contempláis como un espectáculo digno de vuestra alegría la penitencia de los pecadores, porque admiráis en ella la misericordia de Dios y veis cumplidos los sentimientos de amor y de ternura que abrigáis hacia nosotros; os rogamos, con toda la efusión de nuestras almas, que nos alcancéis de la Clemencia infinita los divinos auxilios para convertirnos totalmente a nuestro amable Redentor, derramando abundantes lágrimas de contrición por nuestras culpas, hasta merecer el perdón y la gracia en esta vida y la eterna gloria en la otra. Amén.
 
EJEMPLO
En el tiempo en que San Ignacio de Loyola escribía las constituciones de la Compañía de Jesús, de esa sociedad que había de ser semillero fecundo de santos misioneros que, con sus ejemplos y palabras, habían de convertir innumerables infieles y pecadores, en ese tiempo, digo, recibió extraordinarios favores del Cielo, sin duda alguna, felices nuncios de los frutos que obtendrían sus ilustres hijos. «Muchas veces oía aún con los sentidos exteriores, músicas suavísimas de los Ángeles, y una armonía inexplicable, que le hacía deshacerse en lágrimas: principalmente en la Misa le regalaba Dios por medio de los espíritus celestiales, los cuales enviaban del Cielo para que le diesen a gustar del contento y alegría que hay en la gloria, y no se haya en esta vida; y así, puestos en coro encima del altar donde decía Misa, todo el tiempo que duraba, entonaban celestiales canciones y con suavísima armonía le daban música al bendito Padre; y esto no fue una sino muchas veces». ¿Qué otra cosa eran esa alegría, música y cantos de los Ángeles, si no demostraciones de júbilo por las conversiones que habían de obrar sus hijos los misioneros, y la recompensa debida a los deseos del santo que prefería la vida al martirio sólo por convertir almas? (Vida de San Ignacio por el P. Juan Eusebio de Nieremberg).
     
ORACIÓN A LA REINA DE LOS ÁNGELES PARA TODOS LOS DÍAS
Oh, María, la más pura de las vírgenes, que por vuestra grande humildad y heroicas virtudes, merecisteis ser la Madre del Redentor del mundo, y por esto mismo ser constituida Reina del universo y colocada en un majestuoso trono, desde donde tierna y compasiva miráis las desgracias de la humanidad, para remediarlas con solicitud maternal; compadeceos, augusta Madre, de nuestras grandes desventuras. El mundo no ha dejado en nosotros más que tristes decepciones y amargos desengaños; en vano hemos corrido en pos de la felicidad mentida que promete a sus adoradores, pues no hemos probado otra cosa que la hiel amarga del remordimiento, y nuestros ojos han derramado abundantes lágrimas que no han podido enjugar nuestros hermanos. Por todas partes nos persiguen legiones infernales incitándonos al mal, y no tenemos otro abrigo que refugiarnos bajo los pliegues de vuestro manto virginal, como los polluelos perseguidos por el milano no tienen otro asilo que agruparse bajo las alas del ave que les dio el ser. Por esto, desde el fondo de nuestras amarguras clamamos a Vos para que enviéis hasta nosotros y para nuestra defensa a los espíritus angélicos, de quienes sois la Reina y Soberana, a fin de que nos libren de sus astutas asechanzas y nos guíen por el recto camino de la felicidad. Amén.

viernes, 25 de octubre de 2024

MES DE LOS SANTOS ÁNGELES – DÍA VIGESIMOQUINTO

Dispuesto por el padre Alejo Romero, y publicado en Morelia por la Imprenta Católica en 1893, con licencia eclesiástica.
  
MES DE OCTUBRE, CONSAGRADO A LOS SANTOS ÁNGELES, EN QUE SE EXPONEN SUS EXCELENCIAS, PRERROGATIVAS Y OFICIOS, SEGÚN LAS ENSEÑANZAS DE LA SAGRADA ESCRITURA, LOS SANTOS PADRES Y DOCTORES DE LA IGLESIA.
 
ORACIÓN PREPARATORIA PARA TODOS LOS DÍAS
Soberano Señor del mundo, ante quien doblan reverentes la rodilla todas las criaturas del cielo, de la tierra y del infierno; miradnos aquí postrados en vuestra divina presencia para rendiros los homenajes de amor, adoración y respeto que son debidos a vuestra excelsa majestad y elevada grandeza. Venimos a contemplar durante este mes las excelencias, prerrogativas y oficios con que habéis enriquecido en beneficio nuestro a esos espíritus sublimes que, como lámparas ardientes, están eternamente alrededor de vuestro trono, haciendo brillar vuestras divinas perfecciones. Oh Sol hermoso de las inteligencias, que llenáis de inmensos resplandores todo el empíreo, arrojad sobre nuestras almas un destello de esos fulgores, a fin de que, conociendo la malicia profunda del pecado, lo aborrezcamos con todas nuestras fuerzas, y se encienda en nuestros corazones la viva llama del amor divino, para que podamos camina por los senderos de la virtud, hasta llegar a la celestial Jerusalén, donde unamos nuestras alabanzas a las de los angélicos espíritus y bienaventurados, para glorificarlos por toda la eternidad. Amén.
   
DÍA VIGÉSIMOQUINTO – ASISTENCIA DEL ÁNGEL CUSTODIO EN LA HORA DE NUESTRA MUERTE
   
MEDITACIÓN
PUNTO 1º. Considera, alma mía, que si en todo el tiempo de nuestra vida tenemos necesidad de los auxilios del Ángel de la guarda; sobre todo en la hora de nuestra muerte se hace más imperiosa esta necesidad, porque entonces crecen asombrosamente los peligros del alma. Desde nuestro nacimiento ha venido sosteniendo nuestro Ángel custodio una lucha encarnizada con el ángel malo; y el éxito de esta lucha tiene que decidirse en los últimos momentos de la vida. El demonio, agota todos los recursos que su rabia le inspira para llevar al lugar de los tormentos eternos a un alma que no pudo perder quizá durante la vida, porque sabe que pocos instantes le quedan; pero el Ángel del Cielo está allí a nuestro lado defendiéndonos de las iras de satanás y desbaratando todas sus astucias y artificios malignos. El furor del demonio en esa hora, no puede ser más poderoso que el celo de nuestro Ángel; y basta sólo la voluntad y buena disposición de nuestra parte como la docilidad a sus santas inspiraciones, para que el enviado de Dios salga en la lucha vencedor. Verdad es que el demonio nos combate por el lado más flaco, porque conoce nuestras debilidades; y así nos pone las tentaciones más horrendas del vicio a que sabe hemos si lo más inclinados; acrecienta a nuestros ojos la malicia del pecado, la ingratitud a los beneficios recibidos, la tibieza en el uso de los Sacramentos, el desprecio a las obras de piedad; nos pinta, en una palabra, con los más vivos colores, la vida pasada, hace aparecer sin límites la severidad de la justicia divina y oculta la misericordia para que se pierda la esperanza cayendo en desesperación, amortigua la fe y casi extingue la caridad. La influencia satánica se extiende hasta en la enfermedad misma, si Dios lo permite, ya privándonos del juicio o del uso de los sentidos para inutilizar los buenos actos y todo medio de conversión y penitencia; y halagando con vanas apariencias a los médicos, a los deudos, a los amigos, para dar tregua a la administración de los sacramentos, y, si es posible, privar del todo al pobre moribundo de los últimos consuelos de la religión. Todo esto no es tan raro como se cree, son frecuentes los casos, nadie se exime de luchar más o menos con el demonio en la hora terrible de la muerte, y San Agustín afirma que nadie sale de esta vida sin verse cara a cara con el demonio.
    
PUNTO 2º. Considera, que, si son tan terribles las acometidas de satanás en los momentos de la muerte, serian aún más horrorosas si el Ángel de nuestra guarda no desplegara allí todo su poder y todo su celo en favor nuestro, pues él ahuyenta a los demonios y los tiene como atados para que no puedan hacernos daño; nos da fuerza contra las tentaciones, comunicándonos auxilios divinos. Nos muestra la justicia divina, pero no como satanás para desesperarnos, sino para infundirnos un saludable temor; nos descubre los tesoros de la divina misericordia para aumentar nuestra confianza. No nos oculta la fealdad de los pecados, pero aviva nuestra fe, la cual nos asegura de que un solo acto de arrepentimiento basta para borrarlos todos. Por último, nos pone delante de los ojos en toda su hermosura los méritos de Jesucristo, la ternura maternal de María, las buenas obras que durante la vida hicimos en obsequio suyo, y nos hace sentir más vivamente su presencia; todo esto para endulzar y suavizar el más amargo de los trances de la vida humana. Mas no se limitan los cuidados de nuestro Ángel a esto únicamente, sino que inspira a las personas ausentes que nos visiten para que nos hablen del peligro que corre nuestra alma, o nos traigan un sacerdote a la cabecera para que nos imparta los últimos auxilios de la religión, y lo iluminen sugiriéndole los consejos que ha de darnos más aptos para convertirnos y consolarnos. San Felipe Neri refiere que Dios le hizo ver en cierta ocasión a los Ángeles sugiriendo al oído de dos hermanos suyos, las palabras que decían a dos moribundos que estaban asistiendo. No puede dudarse que esto mismo pase con todos los que auxilian a los agonizantes; pero no siempre ha de haber almas como la de San Felipe que claramente lo vean. Pidamos, pidamos, pues, a nuestro Ángel nos imparta sus auxilios en esa terrible hora y no cesemos de dirigirle desde hoy nuestras oraciones para aquel trance.
    
JACULATORIA
Santo Ángel de mi guarda, defendedme de las asechanzas de satanás en la hora de mi muerte.
    
PRÁCTICA
Practicad con frecuencia el ejercicio de la buena muerte, que se halla en muchos libros de devoción y tiene concedidas numerosas indulgencias y ofrecedlo al Sagrado Corazón de Jesús por manos de vuestro santo Ángel custodio. Se rezan tres Padre Nuestros y tres Ave Marías con Gloria Patri, y se ofrecen con la siguiente:
   
ORACIÓN
Amabilísimo Ángel de mi guarda, tierno protector mío, que habéis de acompañarme hasta la hora en que mi alma sea arrancada de mi cuerpo; vos conocéis mejor que nadie los peligros a que seré expuesto en ese terrible trance, por eso desde hoy os suplico me dispenséis en esa hora vuestros poderosos auxilios; sí, os ruego que deis entonces fuerza a mis trémulas y torpes manos para estrechar contra mi pecho el crucifijo y no en el lecho del dolor; que prestéis luz a mis apagados y amortecidos ojos para que fijen en él sus miradas lánguidas y moribundas; que a mis labios fríos y balbucientes, les deis poder de pronunciar el santo nombre de Jesús; que a mis oídos, próximos a cerrarse para siempre a las conversaciones humanas, les comuniquéis virtud de abrirse para oír de los divinos labios la sentencia irrevocable de mi eterna suerte, que alejéis de mí los espíritus infernales; y, finalmente, que recojáis las últimas lágrimas de penitencia que derrame, ofreciéndolas al Dios de las misericordias, como un sacrificio de expiación, para que mi alma sea recibida en su seno amo amoroso, donde sea feliz eternamente en vuestra compañía. Amén.
 
EJEMPLO
Estando San Ignacio de Loyola en el monte Casino, queriendo rogar a Dios por la salud del devoto P. Diego de Hazes, que conoció estaba enfermo, vio de repente el alma de dicho Padre, que fue el primero que murió de la Compañía, llena de resplandores de gloria, que la llevaban al Cielo muchos Ángeles: lo cual sucedió en el mismo lugar que a San Benito aconteció otra revelación semejante en la muerte de San Germán, Obispo de Capúa. Estando enfermo el P. Juan Coduri, uno de los compañeros de San Ignacio, fue a decir misa por él su santo Padre a la Iglesia de San Pedro de Monte Áureo; más en el camino levantando los ojos al Cielo, vio el alma ele dicho P. Coduri muy resplandeciente, entre coros de Ángeles que la subían al Cielo; y vuelto San Ignacio a su compañero, le dijo: «Tornemos a casa, que ya ha muerto el maestro Juan Coduri» (Vida de San Ignacio por el P. Juan Eusebio de Nieremberg).
     
ORACIÓN A LA REINA DE LOS ÁNGELES PARA TODOS LOS DÍAS
Oh, María, la más pura de las vírgenes, que por vuestra grande humildad y heroicas virtudes, merecisteis ser la Madre del Redentor del mundo, y por esto mismo ser constituida Reina del universo y colocada en un majestuoso trono, desde donde tierna y compasiva miráis las desgracias de la humanidad, para remediarlas con solicitud maternal; compadeceos, augusta Madre, de nuestras grandes desventuras. El mundo no ha dejado en nosotros más que tristes decepciones y amargos desengaños; en vano hemos corrido en pos de la felicidad mentida que promete a sus adoradores, pues no hemos probado otra cosa que la hiel amarga del remordimiento, y nuestros ojos han derramado abundantes lágrimas que no han podido enjugar nuestros hermanos. Por todas partes nos persiguen legiones infernales incitándonos al mal, y no tenemos otro abrigo que refugiarnos bajo los pliegues de vuestro manto virginal, como los polluelos perseguidos por el milano no tienen otro asilo que agruparse bajo las alas del ave que les dio el ser. Por esto, desde el fondo de nuestras amarguras clamamos a Vos para que enviéis hasta nosotros y para nuestra defensa a los espíritus angélicos, de quienes sois la Reina y Soberana, a fin de que nos libren de sus astutas asechanzas y nos guíen por el recto camino de la felicidad. Amén.

viernes, 23 de agosto de 2024

SAN IGNACIO DE LOYOLA, EL GRAN COMBATIENTE DE DIOS NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO

Sermón pronunciado por el Ilmo. Sr. Obispo D. Fernando Altamira, Superior de la Sociedad de Santa María, en la misión de Santiago de Cali (Colombia) el 31 de Julio de 2024.
   

viernes, 4 de agosto de 2023

SENTIR RECTAMENTE CON LA IGLESIA: REGLAS

   
Para el sentido verdadero que en la Iglesia militante debemos tener, se guardan las reglas siguientes:
  • La primera, depuesto todo juicio, debemos tener ánimo aparejado y pronto para obedecer en todo a la verdadera Esposa de Cristo Nuestro Señor, que es Nuestra santa Madre Iglesia jerárquica.
  • La segunda, alabar el confesar con Sacerdote, y el recibir del Santísimo Sacramento una vez en el año, y mucho más en cada mes, y mucho mejor de ocho en ocho días, con las condiciones requisitas y debidas.
  • La tercera, alabar el oír misa a menudo; asimismo cantos, salmos y largas oraciones en la Iglesia y fuera de ella. Asimismo horas ordenadas a tiempo destinado para todo Oficio divino, y para toda oración, y todas horas Canónicas.
  • La cuarta, alabar mucho religiones, virginidad y continencia, y no tanto el matrimonio como ninguna de estas.
  • La quinta, alabar votos de Religión, de obediencia, de pobreza, de castidad, y de otras perfecciones de supererogación; y es de advertir que como el voto sea acerca de las cosas que se allegan a la perfección Evangélica, en las cosas que se alejan de ella no se debe hacer voto, así como de ser mercader, o ser casado, etc.
  • La sexta, alabar reliquias de Santos haciendo veneración a ellas y oración a ellos; alabando estaciones, peregrinaciones, indulgencias, perdonanzas, cruzadas y candelas encendidas en las Iglesias.
  • La séptima, alabar Constituciones acerca de ayunos y abstinencias, así como de cuaresma, cuatro témporas, vigilias, viernes y sábado: asimismo penitencias, no solamente internas, mas aun externas.
  • La octava, alabar ornamentos y edificios de Iglesias, asimismo imágenes, y venerarlas según que representan.
  • La novenna, alabar finalmente todos los preceptos de la Iglesia, teniendo ánimo pronto para buscar razones en su defensa, y en ninguna manera en su ofensa.
  • La décima, debemos ser más prontos para abonar y alabar así Constituciones, comendaciones, como costumbres de nuestros mayores: porque, dado que algunas no sean o no fuesen tales, hablar contra ellas sea predicando en público, sea platicando delante del pueblo menudo, engendrarían más murmuración y escándalo que provecho; y así se indignaría el pueblo contra sus mayores, sea temporales, sea espirituales. De manera que, así como hace daño el hablar mal en ausencia de los mayores a la gente menuda; así puede hacer provecho hablar de las malas costumbres a las mismas personas que pueden remediarlas.
  • La undécima, alabar la doctrina positiva y escolástica; porque así como es más propio de los Doctores positivos, así como de San Jerónimo, San Agustín y de San Gregorio, etc., el mover los afectos para en todo amar y servir a Dios Nuestro Señor; así es más propio de los Escolásticos, así como de Santo Tomás, San Buenaventura, y del Maestro de las Sentencias (Pedro Lombardo), etc. el definir o declarar para nuestros tiempos de las cosas necesarias a la salud eterna: y para más impugnar y declarar todos errores y todas falacias, porque los Doctores Escolásticos como sean más modernos, no solamente se aprovechan de la verdadera inteligencia de la Sagrada Escritura y de los positivos y santos Doctores; mas aun siendo ellos iluminados y esclarecidos de la virtud Divina, se ayudan de los Concilios, Cánones y Constituciones de nuestra santa Madre Iglesia.
  • La duodécima, debemos guardar en hacer comparaciones de los que somos vivos a los bienaventurados pasados, que no poco se yerra en esto; es a saber: en decir «este sabe más que San Agustín»; «es otro o más que San Francisco»; «es otro San Pablo en bondad, santidad», etc.
  • La décimatercia, debemos siempre tener, para en todo acertar, que lo blanco que yo veo, creer que es negro si la Iglesia jerárquica así lo determina, creyendo que entre Cristo Nuestro Señor esposo, y la Iglesia su esposa, es el mismo Espíritu que nos gobierna y rige para la salud de nuestras ánimas; porque por el mismo Espíritu y Señor Nuestro que dio los diez mandamientos es regida y gobernada Nuestra santa Madre Iglesia.
  • La décimacuarta, dado que sea mucha verdad que ninguno se puede salvar sin ser predestinado y sin tener fe y gracia: es mucho de advertir en el modo de hablar y comunicar de todas ellas.
  • La décimaquinta, no debemos hablar mucho de la predestinación por via de costumbre: mas si en alguna manera, y algunas veces se hablare, así se hable que el pueblo menudo no venga en error alguno, como algunas veces suele, diciendo: «si tengo de ser salvo o condenado, ya está determinado; y por mí bien hacer o mal, no puede ser ya otra cosa»; y con esto entorpeciendo se descuidan en las obras que conducen a la salud y provecho espiritual de sus ánimas.
  • La décimasexta, de la misma forma es de advertir, que por mucho hablar de la fe y con mucha intención, sin alguna distinción y declaración, no se dé ocasión al pueblo para que en el obrar sea torpe y perezoso, sea antes de la fe formada en claridad, o después.
  • La decimaséptima, asimismo no debemos hablar tan largo instando tanto en la gracia, que se engendre veneno para quitar la libertad. De manera que de la fe y gracia se puedenhablar cuanto sea posible mediante el auxilio Divino para mayor alabanza de la Divina Majestad: mas no por tal suerte, ni por tales modos, mayormente en nuestros tiempos tan peligrosos, que las obras y libre arbitrio reciban detrimento alguno, o por nada se tengan.
  • La décimaoctava, dado que sobre todo se ha de estimar el mucho servir a Dios Nuestro Señor por puro amor; debemos mucho alabar el temor de su Divina Majestad; porque no solamente el temor filial es cosa pía y santísima, mas aun el temor servil, donde otra cosa mejor o más útil el hombre no alcance, ayuda mucho para salir del pecado mortal, y salido fácilmente viene al temor filial, que es todo acepto y grato a Dios Nuestro Señor, por estar en uno con el amor Divino. Fin.

SAN IGNACIO DE LOYOLAEjercicios Espirituales. Manresa, imprenta de Pablo Roca, 1867, págs. 146-151.

domingo, 31 de julio de 2022

EL AGUA DE SAN IGNACIO DE LOYOLA

El agua de San Ignacio de Loyola es un sacramental empleado principalmente para prevenir enfermedades en quienes la beben devotamente, como se ha presenciado en muchos casos.
  
Históricamente, han habido dos fórmulas, que fueron publicadas en un artículo por el padre Édouard Terwecoren SJ, y traducido al italiano por Raffaele Mencacci en 1864. La fórmula actual contenida en el Ritual Romano tradicional para bendecir el agua de San Ignacio se basa en la que fue transmitida por el padre Jan Philipp Roothaan ter Horst SJ, 21.º Prepósito General de la Compañía, y aprobada por Pío IX el 31 de Agosto de 1866.
 
℣. Adjutórium nostrum in nómine Dómini (Nuestro auxilio es el nombre del Señor).
℟. Qui fecit cœlum et terram (Que hizo el cielo y la tierra).
℣. Sit nomen Dómini benedíctum (Sea bendito el nombre del Señor).
℟. Ex hoc nunc et úsque in sǽculum (Desde ahora y por los siglos).
℣. Dómine, exáudi oratiónem meam (Señor, escucha mi oración).
℟. Et clamor meus ad te véniat (Y mi clamor llegue hasta Ti).
℣. Dóminus vobíscum (El Señor esté con vosotros).
℟. Et cum spíritu tuo (Y con tu espíritu).
    
ORATIO
Dómine Sancte, Pater omnípotens, ætérne Deus, qui benedictiónis tuæ grátiam ægris infundéndo corpóribus, factúram tuam multíplici pietáte custódis, ad invocatiónem nominis tui benígnus assiste; ut intercedénte beáto Ignátio confessóre tuo, fámulos tuos ab ægritúdine liberátos et sanitáte donátos, déxtera tua érigas, virtúte confírmes, potestáte tueáris, átque Ecclésiæ tuæ sanctæ cum omni prosperitáte restítuas. Per Dóminum nostrum Jesum Christum Fílium tuum, qui tecum vivit et regnat in unitáte Spíritus Sancti, Deus, per ómnia sǽcula sæculórum [Señor Santo, Padre omnipotente y eterno Dios, el cual, infundiendo las bendiciones de vuestra gracia sobre los cuerpos enfermos, custodiáis con múltiple piedad las obras de vuestras manos, dignaos escuchar benignamente la invocación de vuestro nombre, y por la intercesión del bienaventurado San Ignacio, vuestro Confesor, librad a vuestros siervos enfermos de sus enfermedades, y levantadlos curados con el poder de vuestra diestra, fortalecedlos, protegedlos y restituidlos llenos de toda prosperidad a vuestra santa Iglesia. Por nuestro Señor Jesucristo tu Hijo, que con Vos vive y reina en la unidad del Espíritu Santo, Dios, por todos los siglos de los siglos]. Amen.

Se sumerge en el agua la medalla, o reliquia, de San Ignacio, y se tiene sumergida hasta el fin de la siguiente oración:
Béne ✠ dic, Dómine, hanc áquam, ut sit remédium salutáre géneri humáno; et per intercessiónem beáti Ignátii, cujus numísma (vel relíquiæ) in eam immérgitur, præsta, ut quicúmque ex illa súmpserint, córporis sanitátem et ánimæ tutélam percípiant. Per Christum Dóminum nostrum [Bendecid, oh Señor, esta agua, a fin que sea un remedio salvífico para el género humano; y conceded, por la intercesión de San Ignacio, cuya medalla (o reliquia) fue sumergida en ella, que cuantos la beban reciban la salud del cuerpo y la protección del alma. Por Jesucristo nuestro Señor]. Amén.
  
Se saca del agua la medalla o reliquia.
  
ORATIO
Deus, qui ad majórem tui nóminis glóriam propagándam, novo per beátum Ignátium subsídio militántem Ecclésiam roborásti: concéde; ut ejus auxílio et imitatióne certántes in terris, coronári cum ipso mereámur in cœlis. Per Dóminum nostrum Jesum Christum Fílium tuum, qui tecum vivit et regnat in unitáte Spíritus Sancti, Deus, per ómnia sǽcula sæculórum [Oh Dios, que para la mayor gloria de vuestro Nombre, habéis dado por el bienaventurado Ignacio un nuevo socorro a vuestra Iglesia militante, haced que después de haber combatido en la tierra, siguiendo su ejemplo y bajo su protección, merezcamos ser coronados con él en el Cielo. Por nuestro Señor Jesucristo tu Hijo, que con Vos vive y reina en la unidad del Espíritu Santo, Dios, por todos los siglos de los siglos]. Amen.

sábado, 31 de julio de 2021

DÍA ÚLTIMO DEL MES, EN HONOR A SAN IGNACIO DE LOYOLA

Dispuesto por un sacerdote de la Compañía de Jesús a devoción de don Ignacio Vallarta, Regidor de la ciudad de Puebla, e impreso en México en la Imprenta del Real Colegio de San Ildefonso en 1755, con licencia eclesiástica.
    
PRÓLOGO (Del Autor)
No puede el mundo poner en disputa que debe mucho a San Ignacio, Fundador de la Compañía de Jesús, pues todo su anhelo fue procurar por sí y por sus hijos la salvación de las almas. Es virtud noble el agradecimiento, y este ejecuta a que lo amemos con verdadera devoción. Ni cesa desde el Cielo de provocarnos a su amor, siendo continuos los beneficios que experimentan así en el alma como en el cuerpo sus amartelado. Parece que como él escogía dejar en contingencias su bienaventuranza por quedarse entre los hombres para bien de sus almas, Dios, que quiso llevarlo al premio debido a su caridad, le ha concedido que desde el Cielo asista a sus amadas las almas, como quedándose de un modo bien sensible con ellas. O parece que quiere Dios darle a San Ignacio en honra para con las criaturas lo que en honra para con ellas le procuró Ignacio.
      
Hálo hecho Dios poderoso contra los demonios, que a su invocación huyen, confesando lo mucho que este Santo puede contra ellos. Es San Ignacio poderoso en el agua, donde lo han hallado propicio muchos que perdían ahogados la vida: poderoso en el fuego, apagándolo tal vez una Imagen suya, que aunque de papel quedó ilesa de las voraces llamas: poderoso en el aire, ya sosegando tempestades, ya amonestando con repetidos rayos al mayor esmero en su culto: poderoso en la tierra, pues apenas habrá especie alguna de enfermedad en que no haya mostrado su poder milagroso. Es jurado Patrón de los embarazos difíciles, y en cualquier dolencia parece que beben la salud los que con fe viva toman el agua que por su específica bendición se llama de San Ignacio.
    
Con que, o sea por amor al Santo según su mérito, o por amor propio nuestro, debemos ser fervorosos en su veneración.
     
Pretendemos ahora en esta pequeña obrita dar a los devotos de este Santísimo Patriarca un método de obsequio (siguiendo el que con otros se practica) que esperamos le será muy grato. Este es consagrar a sus particulares cultos el día postrero de cada mes en memoria del treinta y uno de Julio, que fue el de su dichosísimo tránsito, y tiene dedicado la Iglesia a su festividad.
     
En este día será bueno confesar y comulgar: la Misa se dirá u oirá, ofreciéndola, como también las obras todas del día, a Dios por manos de San Ignacio, a fin de vivir una vida buena y tener una buena muerte. Se dedicará media hora a leer con atención algún libro que trate de los Novísimos, o a meditar alguno de los puntos de los Ejercicios Espirituales del Santo. Y en alguna parte del día, se dirán las oraciones siguientes. 
     
DÍA ÚLTIMO DEL MES, CELEBRADO CON PARTICULAR DEVOCIÓN EN HONRA Y CULTO DEL GLORIOSO PADRE SAN IGNACIO DE LOYOLA
    
   
Por la señal ✠ de la Santa Cruz; de nuestros ✠ enemigos líbranos, Señor ✠ Dios nuestro. En el nombre del Padre, y del Hijo ✠, y del Espíritu Santo. Amén.
   
ACTO DE CONTRICIÓN
Jesús Crucificado, Dios y Señor mío, que quisiste clavado en la Cruz morir de puro dolor para bien de mi alma; yo, Redentor mío, yo he sido el que tantas veces con mis pecados he despreciado tu amor. Pero me pesa, Señor, de mi ingratitud: quisiera jamás haber pecado, por no haberte ofendido. Mal hice, y por eso en adelante quiero y propongo ser el que debo: quiero amarte y no pecar más, y espero de tu infinito amor me des tu gracia. Amén.
    
ORACIÓN A LA SANTÍSIMA TRINIDAD
Beatísima TRINIDAD, Dios y Señor mío, en quien creo, en quien espero, a quien amo y deseo amar por toda la eternidad, yo te doy gracias por lo que engrandeciste a tu gran Siervo San Ignacio de Loyola: él te reconoció digno de ser amado, y por eso él en sí te sirvió fervorosísimamente, y procuró por sí y por sus hijos ganar muchas almas de gentiles, herejes y cristianos, que reconociéndose criaturas tuyas te amaran y sirivieran. Por sus méritos, pues, te ruego me des a mí este celo: haz que yo salve mi alma amándote, haz que salve las de mis prójimos con mi buen ejemplo, con mis buenos consejos, con el buen gobierno de los que me tocan: no permitas que alguno se pierda por mi culpa. Sírvame el patrocinio de tu querido San Ignacio para vivir siempre en tu gracia. Amén.
   
Tres Credos a la Santísima Trinidad: luego la petición al Santo de lo que particularmente se desea; después esta Oración:
Gloriosísimo San Ignacio, amante y querido de la Virgen MARÍA, Madre de Dios y Señora nuestra, cuya Concepción en gracia y cuyos acerbísimos Dolores con especial devoción y ternura veneraste; yo te suplico que por su Concepción me consigas una pureza total de alma y cuerpo, y por sus Dolores un entrañable odio y horror al pecado mortal, que sienta y llore los que he cometido, y que por ningún modo vuelva a cometer otro. ¡Oh Santo mío! Yo te entrego mi alma, tú tómala a tu cargo, tú ponla al amparo de la Reina del Cielo; tú haz que yo sea devoto verdadero de la que es Madre de los pecadores. Como ella te dictó a ti los Ejercicios, con que tantos se han salvado, inspíreme a mí siempre buenos pensamientos y deseos santos, para que amándola y procurándole muchos que le sean devotos, entre yo en el número de los que por hijos de MARÍA y por favorecidos de San Ignacio logran el vivir bien, el morir en gracia, y el ser bienaventurados para siempre en la gloria. Amén.
    
ORACIÓN DE SAN FRANCISCO JAVIER (A partir de sus palabras en una Carta a San Ignacio):
¡Oh Padre de mi alma, y a quien yo debo sumamente venerar! Yo, puestas en el suelo las rodillas, como si presente te viera, humildemente te ruego que nunca ceses de suplicar por mí al Señor, a fin que me dé gracia de perfectamente conocer y de ejecutar tu santísima voluntad. Amén.
   
℣. Ruega por nosotros, Santo Padre Ignacio.
℞. Para que seamos dignos hijos tuyos.
    
ORACIÓN
Oh Dios, que para propagar la mayor gloria de tu Santo Nombre, fortaleciste a la Iglesia Militante por medio de San Ignacio con un nuevo subsidio, concédenos que por su auxilio e imitación, peleando en la tierra, merezcamos con él ser coronados en el Cielo. Por nuestro Señor Jesucristo tu Hijo, que contigo vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.
   
En el nombre del Padre, y del Hijo ✠, y del Espíritu Santo. Amén.

jueves, 28 de mayo de 2020

ONCE REGLAS PARA DISCERNIR CUESTIONES MÍSTICAS

Antonio Vivarini, San Pedro Mártir exorciza al demonio enmascarado por una imagen sagrada, c. 1450.
  
El Padre Ludovic Marie Barrielle (1897-1983), otrora predicador de los Cooperadores Parroquiales de Cristo Rey en Francia, y primer director espiritual del Seminario San Pío X de Ecône, donde predicaba los Ejercicios Espirituales de San Ignacio, presenta estas reglas para discernir si en materia espiritual hay actuar de Dios o del demonio.
  1. Cuando la persona que recibe las revelaciones prueba, tanto en el período de los favores como después, el desprecio de sí misma y el conocimiento de sus propias culpas; cuando se reconoce más débil y miserable que los demás, esto significa que la revelación procede de Dios.
       
    Este signo está siempre presente en los siervos del Señor, mientras que falta en los mistificadores engañados por el demonio. Por una parte humildad y amor, por la otra orgullo y turbamiento. Ver a la Virgen y Santa Isabel (la Anunciación y la Visitación).
  2. Si la persona, una vez recibida la revelación, es llevada al recogimiento y al desprendimiento de todo; si huye del mundo, no le habla ni le estima, tiende a olvidarlo y a despreciarlo, esto es un signo evidente de la proveniencia divina de la revelación. Si en cambio suscita el espíritu de rebelión, el deseo de ser vista y admirada, de mostrar que se reciben favores de Dios, allí no hay sino el engaño.
       
    El amor, el espíritu de Dios y la humidad huuen todo esto y buscan el desprecio del mundo. «Mi secreto es para mí», decía el profeta Isaías.
  3. Observar si la persona es dedicada o no a la oración; si, en las relaciones con el prójimo, se nota un amor de Dios no sólo aparente. Quien persevera en la oración no será nunca engañado por el demonio que, al contrario, empuja a abandonar esta práctica.
  4. Observar si la persona se preocupa de consultar a cualquier experto en la materia, y sobre todo si no esconde nada al confesor. Si sigue sus consejos, es cierto que no estamos frente a un engaño: Dios no abandona a quien está animado por rectas intenciones. Abrirse es un acto de humildad. Al contrario, si rechaza hablar con los competentes que no están dispuestos a aprobar todo, y no se preocupa mucho de buscar la verdad, es de creer que hay una ilusión del demonio.
  5. Atenerse a la opinión de quien conoce hechos milagrosos y de los confesores con quienes acostumbramos abrir la conciencia. Cuando falta la experiencia, y los confesores consultados no están de acuerdo, no basta la ayuda de la sola teología.
  6. Observar si la persona enfrenta oposiciones y contradicciones, sin haber hecho nada para atraerlas. Si después las oposiciones vienen de personas buenas y llenas de celo, y a pesar de ello se mantiene en la paciencia, es signo que Dios vive y habita en su corazón. El demonio no puede engañarla. Ver el caso de Job…
  7. Otra prueba, que solo los confesores o directores espirituales pueden acertar, es la pureza de alma y la altura de la virtud. Esta prueba es segura y eficaz, porque Dios concede sus favores solo a las almas puras y libres de pecado. ¡Beáti mundo corde, «Bienaventurados los de puro corazón»!
  8. Observar el provecho obtenido por aquellos que mantienen estrechas relaciones con esta persona: de hecho, las gracias «gratis datæ» son concedidas para el bien del prójimo. Ver si estos tienen el espíritu de Dios o, al contrario, se resulta la independencia, el orgullo, la búsqueda de ganancias; en este caso la visione no viene de Dios, sino del demonio transformado en «ángel de luz».
  9. Considerar lo que es dicho y revelado. Si tiende a esconder alguna cosa, a huir o despreciar a las personas competentes tratándolas de ignorantes, si relata cosas inútiles o de escasa edificación, es precisamente un engaño del maligno. Pero si se abre con sencillez a aquellos que pueden entender o juzgar, si no esconde nada y todo lo que dice es prudente y conforme a la enseñanza de la Iglesia, es signo que viene del Cielo.
  10. Cuando, observando atentamente, se halla irreprensible su compañía y rica de profunda virtud su conversación, es una razón evidente que esto es verdad. Cuando todos, y especialmente los hombres de doctrina, aprueban a una persona, significa que los hechos que la rodean vienen de Dios.
  11. Darse cuenta del comportamiento del demonio con esta persona. Si le aprueba y manifiesta satisfacción, es mala señal; si la persigue, es buen signo. El demonio se muestra feroz con los buenos; en cambio se muestra calmo con los amigos por él engañados.

miércoles, 31 de julio de 2019

CARTA ENCÍCLICA “Mens Nostra”, SOBRE LOS EJERCICIOS ESPIRITUALES

Desde su publicación en 1549, los Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola han contribuido a la santificación de muchos clérigos, religiosos y laicos. Con las miras para que esta práctica sea más conocida y justamente valorada por los fieles, el Papa Pío XI hizo publicar esta encíclica, en la cual hace una síntesis de su historia y recuerda que, en medio de un mundo inundado por el materialismo y la actividad exterior, debemos volver nuestra mente y nuestro corazón a Dios en silenciosa contemplación, para poder conocerle, amarle y servirle mejor.
CARTA ENCÍCLICA “Mens Nostra” DEL SUMO PONTÍFICE PÍO XI, PARA PROMOVER MÁS Y MÁS EL USO DE LOS EJERCICIOS ESPIRITUALES

PAPA PÍO XI
A los Patriarcas, Primados, Arzobispos, Obispos, y demás Ordinarios de lugares en paz y comunión con la Sede Apostólica. Venerables Hermanos, Salud y Bendición Apostólica.

INTRODUCCIÓN

1. A ninguno de vosotros, venerables hermanos, se le oculta cuál fue nuestra intención o nuestro ánimo cuando, al comenzar este año, anunciamos al orbe católico un jubileo extraordinario para celebrar el quincuagésimo aniversario de aquel día en que, recibida la ordenación sacerdotal, ofrecimos por vez primera el santo sacrificio del altar.

Porque, como solemnemente declaramos en la constitución apostólica Auspicántibus Nobis, promulgada el día 6 de enero de 1929[1], con dicha celebración no sólo queríamos que nuestros queridos hijos, la gran familia cristiana confiada a nuestro corazón por el benignísimo Corazón Divino, participasen en la alegría de su Padre común, y unidos con él diesen gracias al Supremo Dador de todo bien, sino que, además y sobre todo, abrigábamos la dulce esperanza de que, franqueados con paternal liberalidad los tesoros celestiales de que el Señor nos ha hecho dispensadores, tendrían los fieles dichosa oportunidad para fortalecerse en la fe, crecer en la piedad y perfección cristiana y ajustar fielmente a las normas del Evangelio las costumbres públicas y privadas; con lo cual, y como fruto hermosísimo de la total pacificación de cada uno consigo mismo y con Dios, se podría esperar la mutua pacificación de las almas y de los pueblos.

2. No fue vana nuestra esperanza. Porque aquel encendido ardor de devoción, con que fue acogida la promulgación del jubileo, lejos de menguar con el transcurso del tiempo, ha ido creciendo cada vez más, ayudando a ello el Señor con memorables acontecimientos que harán imperecedera la memoria de este año, verdaderamente de salud.

Con indecible consuelo hemos podido ver, en gran parte con nuestros propios ojos, este magnífico aumento de fe y de piedad, y entrañablemente nos hemos complacido en contemplar tan gran muchedumbre de hijos queridísimos, a los cuales pudimos recibir en nuestra casa y, por decirlo así, estrechar con paternal afecto contra nuestro corazón.

Hoy, mientras desde lo más íntimo del alma elevamos al Padre de la misericordia un ardiente himno de gratitud por tantos y tan señalados frutos como El se dignó producir, madurar y cosechar en su viña durante este Año Jubilar, nuestra pastoral solicitud nos mueve e impulsa a procurar que de tan prósperos comienzos resulten en lo sucesivo grandes y permanentes beneficios para la felicidad y salvación de los individuos, y, por tanto, de toda la sociedad.

3. Y meditando Nos cómo podría esto conseguirse, recordamos que nuestro predecesor, de f. m., León XIII, al promulgar en otra ocasión el santo jubileo, con palabras gravísimas, que hacíamos nuestras en la citada constitución Auspicántibus Nobis[2], exhortaba a todos los fieles a recogerse algún tiempo para poner en cosas mejores sus pensamientos apegados a la tierra[3], y recordamos también cómo nuestro predecesor, de santa memoria, Pío X, tan celoso promotor y ejemplo vivo de santidad sacerdotal, al promulgar en el año jubilar de su sacerdocio una piadosísima y memorable exhortación al clero católico[4], daba enseñanzas preciosas y escogidas para elevar a mucha altura el edificio de la vida espiritual.

4. Siguiendo, pues, las huellas de estos Pontífices, hemos juzgado oportuno hacer también Nos algo, aconsejando una práctica excelente, de la cual esperamos que el pueblo cristiano sacará muchísimo y extraordinario provecho. Nos referimos a la práctica de los Ejercicios espirituales, que deseamos ardientemente se promueva y difunda más y más cada día, no sólo en ambos cleros, sino también entre las agrupaciones de seglares católicos, y que nos complacemos en dejar a nuestros amados hijos como recuerdo de nuestro Año Jubilar.

Lo cual hacemos con tanto mayor gusto, al declinar ya el año del quincuagésimo aniversario de nuestra primera Misa, cuanto que nada nos puede ser más grato que recordar las celestiales gracias e inefables consolaciones que muchas veces hemos experimentado al hacer los Ejercicios espirituales, con cuya práctica asidua hemos marcado como con otros tantos jalones las distintas etapas de nuestra vida sacerdotal, y hemos sacado luz y alientos para conocer y cumplir el divino beneplácito. Nada nos es más grato, finalmente, que recordar cuanto en todo el transcurso de nuestro ministerio sacerdotal trabajamos por instruir al prójimo en las cosas del cielo por medio de los mismos Ejercicios, con tanto fruto y tan increíble provecho de las almas, que con razón juzgamos que los Ejercicios espirituales son y constituyen un especial medio para alcanzar la eterna salvación.

I. IMPORTANCIA, OPORTUNIDAD Y UTILIDAD DE LOS EJERCICIOS

Su valor en nuestro tiempo
5. Y en verdad, venerables hermanos, que al considerar, siquiera sea de paso, los tiempos que vivimos, se verá por más de una razón la importancia, utilidad y oportunidad de los santos retiros. La más grave enfermedad que aflige a nuestra época, siendo fuente fecunda de los males que toda persona sensata lamenta, es la ligereza e irreflexión que lleva extraviados a los hombres.

De ahí la disipación continua y vehemente en las cosas exteriores; de ahí la insaciable codicia de riquezas y placeres, que poco a poco debilita y extingue en las almas el deseo de bienes más elevados, y de tal manera las enreda en las cosas exteriores y transitorias, que no las deja elevarse a la consideración de las verdades eternas, ni de las leyes divinas, ni aun del mismo Dios, único principio y fin de todo el universo creado; el cual, no obstante, por su infinita bondad y misericordia, en nuestros mismos días y a pesar de la corrupción de costumbres que todo lo invade, no deja de atraer a los hombres hacia Sí con abundantísimas gracias.

Pues para curar esta enfermedad que tan reciamente aflige hoy a los hombres, ¿qué remedio y qué alivio mejor podríamos proponer que invitar al piadoso retiro de los Ejercicios espirituales a estas almas débiles y descuidadas de las cosas eternas? Y, ciertamente, aunque los Ejercicios espirituales no fuesen sino un corto retiro de algunos días, durante los cuales el hombre, apartado del trato ordinario de los demás y de la baraúnda de preocupaciones halla oportunidad, no para emplear dicho tiempo en una quietud ociosa, sino para meditar en los gravísimos problemas que siempre han preocupado profundamente al género humano, los problemas de su origen y de su fin, de dónde viene el hombre y adónde va; aunque sólo esto fuesen los Ejercicios espirituales, nadie dejaría de ver que de ellos pueden sacarse beneficios no pequeños.
 
Para formar hombres
6. Pero todavía sirven para mucho más. Porque al obligar al hombre al trabajo interior de examinar más atentamente sus pensamientos, palabras y acciones, considerándolo todo con mayor diligencia y penetración, es admirable cuánto ayudan a las humanas facultades; de suerte que en esta insigne palestra del espíritu, el entendimiento se acostumbra a pensar con madurez y a ponderar justamente las cosas, la voluntad se fortalece en extremo, las pasiones se sujetan al dominio de la razón, la actividad toda del hombre, unida a la reflexión, se ajusta a una norma y regla fija, y el alma, finalmente, se eleva a su nativa nobleza y excelencia, según lo declara con una hermosa comparación el papa San Gregorio en su libro Pastoral:
«El alma humana, a la manera del agua, sí va encerrada, sube hacia la alto, volviendo a la misma altura de donde baja; pero si se la deja libre, se pierde, porque se derrama inútilmente en lo más bajo»[5].

Además, al ejercitarse en las meditaciones espirituales, la mente, gozosa en su Señor, no sólo es avivada como por ciertos estímulos del silencio y fortalecida con inefables raptos, como advierte sabiamente San Euquerio, obispo de Lyón[6], sino que es invitada por la divina liberalidad a aquel alimento celestial, del que dice Lactancio: Ningún manjar es más sabroso para el alma que el conocimiento de la verdad[7], y es admitida a aquella escuela de celestial doctrina y palestra de artes divinas[8], como la llama un antiguo autor (que largo tiempo se creyó fuese San Basilio Magno), donde es Dios todo lo que se aprende, el camino por donde se va, todo aquello por donde se llega al conocimiento de la suprema verdad[9].

De donde se sigue claramente que los Ejercicios espirituales tienen un maravilloso poder, así para perfeccionar las facultades naturales del individuo como principalmente para formar al hombre sobrenatural o cristiano. Ciertamente que en estos tiempos, cuando el genuino sentido de Cristo, el espíritu sobrenatural, esencia de nuestra santa religión, vive cercado por tantos estorbos e impedimentos, cuando por todas partes domina el naturalismo, que debilita la firmeza de la fe y extingue las llamas de la caridad cristiana, importa sobre toda ponderación que el hombre se sustraiga a esa fascinación de la vanidad que obnubila lo bueno[10], y se esconda en aquella bienaventurada soledad, donde, alumbrado por celestial magisterio, aprenda a conocer el verdadero valor y precio de la vida humana para ponerla al servicio de sólo Dios; tenga horror a la fealdad del pecado; conciba el santo temor de Dios; vea claramente, como si se le rasgase un velo, la vanidad de las cosas terrenas, y, advertido por los avisos y ejemplos de Aquel que es el camino, la verdad y la vida[11], se despoje del hombre viejo[12], se niegue a sí mismo, y acompañado por la humildad, la obediencia y la voluntaria mortificación de sí mismo, se revista de Cristo y se esfuerce en llegar a ser varón perfecto, y se afane por conseguir la completa medida de la edad perfecta según Cristo, de la que habla el Apóstol[13]; y más aún, se empeñe con toda su alma en que también él pueda repetir con el mismo Apóstol: «Yo vivo, o más bien, no soy yo el que vivo, sino que Cristo vive en mí»[14]. Estos son los grados por los que sube el alma a la consumada perfección, y se une suavísimamente con Dios, mediante el auxilio de la gracia divina, lograda más copiosamente durante esos días de retiro, por más fervorosas oraciones y por la participación más frecuente de los sagrados misterios.

Cosas son éstas, venerables hermanos, verdaderamente singulares y excelentísimas, que exceden con mucho a la naturaleza. En su feliz consecución se hallan, y solamente en ella, el descanso, la felicidad, la verdadera paz, que con tanta sed apetece el alma humana, y que la sociedad actual, arrebatada por la fiebre de placeres, busca inútilmente en el ansia de los bienes inciertos y caducos, en el tumulto y agitación de la vida. En cambio, vemos muy bien por experiencia cómo en los Ejercicios espirituales hay una fuerza admirable para devolver la paz a los hombres y elevarlos a la santidad de la vida; lo cual también se prueba por la larga práctica de los siglos pasados, y quizá más claramente por la de nuestros días, cuando una multitud casi innumerable de almas, que bien se han ejercitado en el sagrado retiro de los Ejercicios, salen de ellos arraigadas en Cristo y edificadas sobre El como sobre fundamento[15], llenas de luz, saturadas de gozo e inundadas por aquella paz que supera a todo sentido[16].

Para formar apóstoles
7. Pero de esta plenitud de vida cristiana, que a todas luces producen los Ejercicios espirituales, además de la paz interior, brota como espontáneamente otro fruto muy exquisito, que redunda egregiamente en no escaso provecho social: el ansia de ganar almas para Cristo, o lo que llamamos espíritu apostólico. Porque natural efecto de la caridad es que el alma justa, donde Dios mora por la gracia, se encienda maravillosamente en deseos de comunicar a las demás almas aquel conocimiento y aquel amor del Bien infinito que ella misma ha alcanzado y posee.

Ahora bien: en estos tiempos en que la sociedad humana tiene tanta necesidad de auxilios espirituales, cuando las lejanas tierras de las Misiones blanquean ya para la siega[17] y reclaman cada vez más numerosos operarios, cuando nuestros mismos países exigen escogidísimas legiones de sacerdotes de ambos cleros que sean idóneos dispensadores de los misterios divinos y numerosos ejércitos de piadosos seglares que, unidos estrechamente con el apostolado jerárquico, le ayuden con celosa actividad, consagrándose a las múltiples obras y trabajos de la Acción Católica, Nos, venerables hermanos, enseñados por el magisterio de la historia, consideramos y celebramos los sagrados retiros de los Ejercicios como Cenáculos —alzados como por inspiración divina— donde los corazones generosos, fortalecidos por la gracia, ilustrados por las verdades eternas y alentados por los ejemplos de Cristo, no sólo conocerán claramente el valor de las almas y se encenderán en deseos de salvarlas en cualquier estado de vida en que, después de diligente examen, crean que deben servir a su Creador, sino que, además, aprenderán plenamente el celo, los medios, los trabajos y las arduas empresas del apostolado cristiano.

II. LOS EJERCICIOS EN LA HISTORIA DE LA IGLESIA
 
En el principio de la Iglesia
8. Por lo demás, éste fue el procedimiento y método que nuestro Señor empleó muchas veces para formar los pregoneros del Evangelio. Porque el mismo divino Maestro, no satisfecho con permanecer largos años en su retiro de Nazaret, antes de brillar a plena luz ante las gentes e instruirlas con su palabra para las cosas del cielo, quiso pasar cuarenta días enteros en la mayor soledad del desierto.

Y más aún, en medio de las fatigas de la predicación evangélica, acostumbraba asimismo a invitar a los apóstoles al amable silencio del retiro: Venid aparte a un lugar desierto y reposad un poco[18]; y, vuelto ya al cielo desde este mundo de trabajos, quiso que sus apóstoles y discípulos recibieran su última formación y perfección en el Cenáculo de Jerusalén, donde por espacio de diez días perseverando unánimes en la oración[19], se hicieron dignos de recibir al Espíritu Santo: memorable retiro, a la verdad, el primero que bosquejó los Ejercicios espirituales, del que la Iglesia salió dotada de perenne vigor y pujanza, y en el que, con la presencia y poderosísimo patrocinio de la Virgen María, Madre de Dios, se formaron —junto con los apóstoles— aquellos que justamente podríamos llamar los precursores de la Acción Católica.

Desde aquel día, la práctica de los Ejercicios espirituales, si no con el nombre y método que hoy se usa, por lo menos en cuanto a la cosa misma, se hizo familiar entre los antiguos cristianos[20], como enseña San Francisco de Sales y como lo dan a entender los indicios manifiestos que se encuentran en las obras de los Santos Padres.
 
Así, San Jerónimo exhortaba a la noble matrona Celancia: «Elígete un lugar conveniente y apartado del tráfago familiar, en el cual te refugies como en un puerto. Lee allí tanto la Sagrada Escritura, sea tu oración tan asidua, tan sólido y concentrado el pensamiento sobre todo el futuro, que con esa vacación fácilmente compenses todas las ocupaciones del tiempo restante. Y no decimos esto por apartarte de los tuyos; más bien lo hacemos así, para que allí aprendas y medites cómo habrás de portarte con los tuyos»[21]. Y el contemporáneo de San Jerónimo, San Pedro Crisólogo, obispo de Rávena, dirigía a sus fieles esta conocidísima invitación: «Hemos dado al cuerpo un año, concedamos al alma unos días... Vivamos un poco para Dios, ya que el resto del tiempo lo hemos dedicado al siglo... Resuene en nuestros oídos la voz divina, no ensordezca nuestro oído el tráfago familiar... Armados ya así, hermanos, ordenados así para el combate, declaremos la guerra a los pecados... contando segura nuestra victoria»[22].

En la Edad Media
9. En el decurso de los siglos, los hombres han experimentado siempre en su interior este deseo de la apacible soledad, en la cual, sin testigos, el alma se dedique a las cosas de Dios. Más todavía: es cosa averiguada que cuanto más borrascosos son los tiempos por que atraviesa la sociedad humana, con tanta mayor fuerza los hombres sedientos de justicia y verdad son impulsados por el Espíritu Santo al retiro, «para que, libres de los apetitos del cuerpo, puedan entregarse más a menudo a la divina sabiduría, en el aula de su corazón, y allí, enmudecido el estrépito de los cuidados terrenos, se alegren con meditaciones santas y delicias eternas»[23].

San Ignacio de Loyola
10. Y habiendo Dios suscitado providencialmente en su Iglesia muchos varones, dotados de abundantes dones sobrenaturales y conspicuos por el magisterio de la vida espiritual —los cuales dieron sabias normas y métodos de ascética aprobadísimos, sacados ora de la divina revelación, ora de la propia experiencia, ya también de la práctica de los siglos anteriores—, por disposición de la divina Providencia y por obra de su insigne siervo Ignacio de Loyola nacieron los Ejercicios espirituales, propiamente dichos: Tesoro —como los llamaba aquel venerable varón de la ínclita Orden de San Benito, Ludovico Blosio, citado por San Alfonso María de Ligorio en cierta bellísima carta «Sobre los Ejercicios en la soledad»—, «tesoro que Dios ha manifestado a su Iglesia en estos últimos tiempos, por razón del cual se le deben dar muy rendidas acciones de gracias»[24].

San Carlos Borromeo
11. De estos Ejercicios espirituales, cuya fama se extendió muy pronto por toda la Iglesia, sacó nuevos estímulos para correr más animosamente por el camino de la santidad, entre otros muchos, el venerable y por tantos títulos carísimo para Nos, San Carlos Borromeo, quien, como en otra ocasión recordamos, divulgó su uso entre el clero y el pueblo[25], no sólo con su continuo trabajo y autoridad, sino también con aptísimas normas y directorios, hasta el punto de fundar una casa con el fin exclusivo de que en ella se practicasen los Ejercicios ignacianos. Esta casa, que el mismo santo cardenal denominó Asceterium, viene a ser, en nuestra opinión, la primera de cuantas más tarde, como feliz copia, han florecido por doquier.

Casas de Ejercicios
12. Pues como de día en día creciera en la Iglesia la estima de los Ejercicios, vinieron también a multiplicarse por singular manera las casas a ellos reservadas, verdaderos oasis felizmente colocados en el árido desierto de esta vida, en los que con alimento espiritual se reaniman y confortan a su vez los fieles de uno y otro sexo. Realmente, después del enorme desastre de la guerra, que tan acerbamente perturbó a la gran familia humana; después de tantas heridas como han lastimado la prosperidad espiritual y civil de los pueblos, ¿quién será capaz de enumerar la ingente cifra de los que, viendo cómo se extenuaban y desvanecían las engañosas esperanzas que antes habían alimentado, entendieron claramente cómo habían de posponer las cosas terrenas a las celestiales y, empujados por secreta inspiración del Espíritu Santo, volaron a la conquista de la verdadera paz en el sagrado retiro? Prueba clarísima son todos aquellos que, enamorados de la belleza de una vida más perfecta y santa, o combatidos por las crudelísimas tempestades del siglo o conmovidos por las inquietudes de la vida, o envueltos en los fraudes y sofismas del mundo, o atacados por la terrible pestilencia del racionalismo, o seducidos por los placeres de los sentidos, enderezaron un día sus pasos hacia aquellas santas casas y gozaron del descanso de la soledad, tanto más dulcemente cuanto mayores fueron las pasadas tribulaciones; y con el recuerdo de las cosas del cielo dieron a su vida una orientación sobrenatural.

III. EJERCICIOS ESPIRITUALES PARA LAS DIVERSAS CLASES DE HOMBRES
 
13. Por nuestra parte, mientras de lo íntimo de nuestro corazón agradecido nos alegramos de esos comienzos de excelente piedad, en cuyo acrecentamiento tenemos por cierto que se halla un eficacísimo remedio y auxilio contra los males que amenazan, nos disponemos a secundar con todas nuestras fuerzas los suavísimos designios de la divina bondad, a fin de que esta secreta inspiración, suscitada por el Espíritu Santo en las mentes de los hombres, no quede privada de la deseada abundancia de los dones celestiales.

Para la Curia Pontificia
14. Y esto lo hacemos con tanto mayor gusto cuanto que ya lo vemos hecho por nuestros predecesores. Largo tiempo hace ya que esta Sede Apostólica, que muchas veces había recomendado los Ejercicios espirituales, enseñaba también a los fieles con su ejemplo y autoridad, convirtiendo los augustos palacios vaticanos, durante unos días, en Cenáculo de la oración y la meditación; costumbre que Nos mismo hemos adoptado espontáneamente con no pequeño gozo y consuelo de nuestra alma. Y para procurar este gozo y consuelo a Nos y a los que cerca de Nos viven, satisfaciendo sus comunes deseos, hemos ordenado ya que se dispongan todas las cosas para que cada año se practiquen los Ejercicios espirituales en nuestros palacios.

Para los obispos
15. Y bien manifiesta está la gran estima que vosotros, venerables hermanos, tenéis a los Ejercicios espirituales: los practicasteis antes de vuestra ordenación sacerdotal y os dedicasteis a ellos antes de recibir la plenitud del orden sacerdotal; más tarde, y no pocas veces, presidiendo vosotros mismos a vuestros sacerdotes, oportunamente convocados, acudís a los mismos para alimentar vuestro espíritu con la contemplación de las verdades eternas. Vuestra conducta a este respecto es tan preclara y meritoria, que Nos no podemos menos de citarla con público elogio. Y no juzgamos dignos de menor recomendación a aquellos obispos de la Iglesia, tanto oriental como occidental, que, junto con el Metropolitano o Patriarca, se han reunido a veces en piadoso retiro, acomodado a sus oficios y cargos. Ejemplo por cierto muy luminoso que esperamos sea imitado con celosa emulación cuando lo consienta la naturaleza de las cosas. Y no habrá, acaso, gran dificultad en esto si tales retiros se hacen con ocasión de aquellas reuniones que celebran por oficio todos los prelados de alguna provincia eclesiástica, ya para atender al bien común de las almas, ya para deliberar sobre lo que más reclame la condición de los tiempos. Esto es lo que Nos pensábamos hacer con todos los obispos de la región lombarda en aquel brevísimo tiempo en que gobernamos la Iglesia de Milán, y sin duda lo habríamos realizado en aquel primer año de pontificado si la Providencia no hubiese tenido otros secretos designios sobre nuestra humilde persona.

Para sacerdotes y religiosos
16. Con razón, pues, estamos convencidos de que los sacerdotes y religiosos que, anticipándose a la ley de la Iglesia, con laudable empeño practicaban con frecuencia los Ejercicios espirituales, en lo futuro emplearán con tanta mayor diligencia este medio de santificación cuanto más gravemente les obliga a ello la autoridad de los sagrados cánones.

Por lo cual exhortamos insistentemente a los sacerdotes del clero secular a que sean fieles en practicar los Ejercicios espirituales, al menos en aquella módica medida que el Código del Derecho Canónico les prescribe[26], de suerte que los emprendan y lleven adelante con ardiente deseo de su perfección, para que adquieran aquella abundancia de espíritu sobrenatural, que les es sumamente necesaria para procurar el provecho espiritual de la grey a ellos encomendada y para conquistar muchas almas para Cristo.

Ese es el camino que han seguido siempre todos los sacerdotes que, ardiendo en celo de las almas, más se han distinguido en dirigir al prójimo por la senda de la santidad y en formar al clero, como, por citar un ejemplo moderno, el beato José Cafasso, recientemente elevado por Nos al honor de los altares. Pues siempre fue cosa ordinaria en aquel varón santísimo el dedicarse asiduamente a los Ejercicios espirituales, con los cuales se santificara más eficazmente a sí propio y a los otros ministros de Cristo y conociera los celestiales designios; siendo al salir de uno de esos sagrados retiros cuando, enriquecido con luz divina, indicó claramente a un sacerdote joven, penitente suyo, que siguiera aquel camino que le condujo a él al sumo grado de la virtud: nos referimos al beato Juan Bosco, cuyo solo nombre es su mayor elogio.

Los religiosos, que están obligados a practicar cada año los santos Ejercicios[27], cualquiera que sea la regla en que militen, hallarán sin duda en estos sagrados retiros una rica e inagotable mina de bienes celestiales, que todos pueden alcanzar según la necesidad de cada uno, para progresar más y más en la perfección y andar con más aliento el camino de los consejos evangélicos. Porque los Ejercicios anuales son un místico Árbol de vida[28], con cuyos frutos tanto los individuos como las comunidades crecerán en aquella laudable santidad con que debe florecer toda familia religiosa.

Y no crean los sacerdotes de uno y otro clero que el tiempo dedicado a los Ejercicios espirituales cede en detrimento del ministerio apostólico. Conviene a este propósito oír a San Bernardo, quien no dudaba en escribir al Sumo Pontífice beato Eugenio III, de quien había sido maestro, estas palabras: «Si quieres ser todo para todos, a imitación de Aquel que se hizo todo para todos, alabo tu humanidad, con tal que sea completa. Mas ¿cómo será completa si te excluyes a ti mismo? También tú eres hombre; luego para que tu humanidad sea completa e íntegra, debe acoger en su seno a ti y a todos los demás; porque de otro modo, ¿de qué te sirve ganar todo el mundo si tú te pierdes? Por lo cual, cuando todos te posean, poséete tú también. Acuérdate, no digo siempre, no digo a menudo, sino a lo menos algunas veces, de volverte a ti mismo»[29].

Para los laicos de Acción Católica
17. Con no menor solicitud, venerables hermanos, aconsejamos que con los Ejercicios espirituales se formen convenientemente las múltiples legiones de la Acción Católica; la cual no desistimos ni desistiremos nunca de fomentar y recomendar con todas nuestras fuerzas, porque tenemos por utilísima (por no decir necesaria) la participación de los seglares en el apostolado jerárquico.

No tenemos ciertamente palabras bastantes con que poder expresar la singular alegría que nos ha inundado al saber que casi en todas partes se han organizado tandas especiales de santos Ejercicios en que se ejercitan estos pacíficos y valerosos soldados de Cristo, y principalmente los grupos de los jóvenes. Los cuales, al acudir frecuentemente a ellos a fin de estar cada vez más preparados y prontos para pelear las sagradas batallas del Señor, en ellos no sólo hallan medios para imprimir en sí más perfectamente el sello de la vida cristiana, sino que tampoco es raro que oigan en su corazón la secreta voz de Dios, que los llama a los sagrados ministerios y a promover la salud de las almas, y hasta los impulsa a ejercitar plenamente el apostolado. Espléndida es, en verdad, esta aurora de bienes celestiales, a la que seguirá y coronará en breve un día pleno con tal que la práctica de los Ejercicios espirituales se propague más extensamente y se difunda con inteligencia y prudencia entre las varias asociaciones de católicos, en especial de jóvenes[30].

Para todos
18. Y como en nuestros tiempos los bienes temporales y las comodidades a ellos consiguientes, juntamente con cierto grado de bienestar, han alcanzado, y no poco, a los obreros y demás personas que viven de un sueldo, alzándolos a un plano mejor de vida, se ha de atribuir a la bondad de Dios misericordioso y próvido el que también se reparta entre el común de los fieles este celestial tesoro de los Ejercicios espirituales, que, a manera de contrapeso, contenga a los hombres, no sea que, oprimidos por el peso de las cosas perecederas y hundiéndose en las comodidades y atractivos de esta vida, caigan miserablemente en las doctrinas y costumbres del materialismo. Por esto, con razón favorecemos con ardiente celo las Obras «en pro de los Ejercicios» que en algunas regiones van creciendo, y, sobre todo, los fructíferos y oportunos «Ejercicios de Obreros» con las anejas «Asociaciones de Perseverancia»; y todas estas cosas, venerables hermanos, deseamos recomendar a vuestra actividad y solicitud pastorales.

IV. MODO DE HACER LOS EJERCICIOS

19. Mas para que los frutos que hemos enumerado se sigan de los santos Ejercicios, es preciso hacerlos con la debida diligencia; porque, si sólo por rutina o perezosa y negligentemente se practican estos Ejercicios, poco o ningún provecho se obtendrá ciertamente de ellos.

Soledad y ausencia de cuidados
20. Por lo tanto, es preciso, ante todo, que en la soledad el alma se entregue a las sagradas meditaciones, alejando todos los cuidados y preocupaciones de la vida ordinaria; pues, como claramente enseña el áureo librito «De la Imitación de Cristo»: En el silencio y la soledad aprovecha el alma devota[31]. Así, pues, aunque pensamos que las santas meditaciones, con que públicamente se ejercitan las masas, son de alabar y se han de promover con toda pastoral solicitud, como enriquecidas por Dios con múltiples bendiciones, sin embargo, recomendamos principalmente los Ejercicios espirituales practicados en secreto, los que llaman «cerrados», en los que el hombre se aparta con más facilidad del trato con las criaturas y recoge las distraídas facultades de su alma para dedicarse sólo a sí mismo y a Dios, por medio de la contemplación de las verdades eternas.

Tiempo suficiente
21. Además, los Ejercicios espirituales genuinos requieren que se invierta en ellos cierto espacio de tiempo. Y aunque, según las circunstancias de las cosas y de las personas, pueden reducirse a pocos días o extenderse a todo un mes, no se han de abreviar demasiado, si se quieren obtener todos los beneficios que prometen los Ejercicios. Porque así como la salubridad de un lugar sólo favorece a la salud del cuerpo cuando se vive allí durante algún tiempo, así el saludable arte de las sagradas meditaciones no ayuda eficazmente al alma si no se ejercita durante cierto tiempo.

Método óptimo
22. Finalmente, interesa en sumo grado, para hacer bien los Ejercicios espirituales y sacar de ellos el debido fruto, que se practiquen con un método bueno y apropiado.

Y es cosa averiguada que, entre todos los métodos de Ejercicios espirituales que muy laudablemente se fundan en los principios de la sana ascética católica, uno principalmente ha obtenido siempre la primacía. El cual, adornado con plenas y reiteradas aprobaciones de la Santa Sede, y ensalzado con las alabanzas de varones preclaros en santidad y ciencia del espíritu, ha producido en el espacio de casi cuatro siglos grandes frutos de santidad. Nos referimos al método introducido por San Ignacio de Loyola, al que cumple llamar especial y principal Maestro de los Ejercicios espirituales, cuyo admirable libro de los Ejercicios[32], pequeño ciertamente en volumen, pero repleto de celestial sabiduría, desde que fue solemnemente aprobado, alabado y recomendado por nuestro predecesor, de feliz recordación, Paulo III[33], ya desde entonces, repetiremos las palabras empleadas en cierta ocasión por Nos, antes de que fuésemos elevado a la cátedra de Pedro, «sobresalió y resplandeció como código sapientísímo y completamente universal de normas para dirigir las almas por el camino de la salvación y de la perfección; como fuente inexhausta de piedad muy eximia a la vez que muy sólida, y como fortísimo estímulo y peritísimo maestro para procurar la reforma de las costumbres y alcanzar la cima de la vida espiritual»[34]. Y cuando, al comienzo de nuestro pontificado, «correspondiendo a los ardentísimos deseos y votos» de los Prelados de casi todo el orbe católico y de uno y otro rito» por la constitución apostólica Summorum Pontificum, fechada el día 25 de julio de 1922, «declaramos y constituimos a San Ignacio de Loyola celestial Patrono de todos los Ejercicios espirituales y, por consiguiente, de todos los institutos, asociaciones y congregaciones de cualquier clase que ayudan y atienden a los que practican Ejercicios espirituales»[35], casi no hicimos más que sancionar con nuestra suprema autoridad lo que estaba en el común sentir de los pastores y de los fieles: lo cual habían dicho implícitamente, junto con el citado Paulo III, nuestros insignes predecesores Alejandro VII[36], Benedicto XIV[37], al tributar repetidos elogios a los Ejercicios ignacianos; los cuales enaltecieron con grandes encomios y aun con el mismo ejemplo de las virtudes que en esta palestra habían adquirido o aumentado todos aquellos que —para decirlo como el mismo León XIII[38]— florecieron más en la doctrina ascética o en santidad de vida[39], en los cuatro últimos siglos.

Y, ciertamente, la excelencia de la doctrina espiritual, enteramente apartada de los peligros y errores del falso misticismo, la admirable facilidad de acomodar estos Ejercicios a cualquier clase y estado de personas, ya se dediquen a la contemplación en los claustros, ya lleven una vida activa en negocios seculares; la unidad orgánica de sus partes; el orden claro y admirable con que se suceden las verdades que se meditan; los documentos espirituales, finalmente, que, una vez sacudido el yugo de los pecados y desterradas las enfermedades que atacan a las costumbres, llevan al hombre por las sendas seguras de la abnegación y de la extirpación de los malos hábitos[40], a las más elevadas cumbres de la oración y del amor divino: sin duda alguna, tales son todas estas cosas que muestran suficiente y sobradamente la naturaleza y fuerza eficaz del método ignaciano y recomiendan elocuentemente sus Ejercicios.

Retiro mensual
23. Resta, venerables hermanos, que para conservar y defender el fruto de los Ejercicios espirituales, que con tantas alabanzas hemos encomiado, y renovar su saludable recuerdo, recomendemos encarecidamente una piadosa costumbre que bien puede llamarse breve repetición de los mismos Ejercicios, esto es, el retiro mensual o a lo menos trimestral. Esta costumbre, que —usando las mismas palabras de nuestro predecesor, de santa memoria, Pío X— vemos gustosos introducirse en muchos lugares[41] y que está en vigor principalmente entre las comunidades religiosas y los sacerdotes piadosos del clero secular, deseamos vehementemente que se introduzca entre los mismos seglares, pues realmente cede en no pequeña utilidad de los mismos; sobre todo entre los que, absorbidos por los cuidados de la familia o enredados en negocios, estén impedidos de hacer Ejercicios espirituales; porque con estos retiros podrán suplir, al menos en parte, los deseados provechos de los mismos Ejercicios.

CONCLUSIÓN

24. De este modo, venerables hermanos, si por todas partes y por todas las clases de la sociedad cristiana se difundieren y diligentemente se practicaren los Ejercicios espirituales, seguirá una regeneración espiritual; se fomentará la piedad, se robustecerán las energías religiosas, se extenderá el fructífero ministerio apostólico y, finalmente, reinará la paz en los individuos y en la sociedad.

Mientras, sereno el cielo y callada la tierra, la noche alcanzaba la mitad de su curso, en el retiro, lejos del concurso de hombres, el Verbo eterno del Padre, hecho carne, apareció a los mortales y en las regiones etéreas resonó el himno celestial: «Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad»[42]. Este pregón de la paz cristiana —la paz de Cristo en el reino de Cristo—, manifestación del deseo mayor de nuestro corazón apostólico, al que intensamente se dirigen nuestras intenciones y trabajos, herirá profundamente las almas de los cristianos que, apartados del tumulto y de las vanidades del siglo, repasaren en profunda y escondida soledad las verdades de la fe y los ejemplos de Aquel que trajo la paz al mundo y se la dejó como herencia: «Mi paz os doy»[43].

Esta verdadera paz, venerables hermanos, anhelamos de corazón para vosotros en este mismo día en que, por favor de Dios, se cumple el quincuagésimo año de nuestro sacerdocio; y la misma con fervorosas oraciones pedimos a Aquel que es saludado como Príncipe de la paz, al aproximarse la dulcísima fiesta del Nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo, que puede llamarse misterio de paz.

Dado en Roma, junto a San Pedro, el 20 de diciembre de 1929, octavo de nuestro pontificado. PÍO PP. XI

NOTAS
[1] Acta Apostólicæ Sedis, vol. XXI (1929), pág. 5.
[2] Ibíd., 6.
[3] Encíclica Quod auctoritáte (22 de Diciembre de 1885), en Acta Leónis XIII vol. II, pág. 175ss.
[4] Exhortación al clero católico Hærent ánimo (4 de Agosto de 1908); en Acta Sanctæ Sedis vol. XLI, págs. 555-577.
[5] San Gregorio Magno, Pastoral 1, cap. 3, Admonición 15; en Migne, Patrología Latina 77, col.73.
[6] San Euquerio de Lyon, De laude éremi 37; en Migne, Patrología Latina  50, col. 709.
[7] Lactancio, De falsa religióne, libro 1, cap. 1; en Migne, Patrología Latina  6, col. 118.
[8] San Basilio Magno, De laude solitáriæ vitæ, al inicio, en Ópera ómnia (Venecia 1751) tomo II, pág. 379.
[9] Ibíd.
[10] Sabiduría IV, 12.
[11] Juan XIV, 6.
[12] Romanos XIII, 14.
[13] Efesios IV, 13.
[14] Gálatas II, 20.
[15] Colosenses II, 7.
[16] Filipenses IV, 7.
[17] Juan IV, 35.
[18] Marcos VI, 31.
[19] Hechos I, 14.
[20] San Francisco de Sales, Traité de l’amour de Dieu, libro 12, cap. 8.
[21] San Jerónimo, Epístola 148 a Celantia, 24; en Migne, Patrología Latina  22, col. 1216.
[22] San Pedro Crisólogo, Sermón 12; en Migne, Patrología Latina  52, col. 186.
[23] San León Magno, Sermón 19; en Migne, Patrología Latina  54, col. 186.
[24] San Alfonso María de Ligorio, Lettera sull'utilità degli Esercizi in solitudine: Opere ascetiche (Marietti 1847) tomo III, pág. 616.
[25] Constitución Apostólica Summórum Pontíficum (20 de Julio de 1922); en AAS XIV, pág. 421.
[26] Código Pío-Benedictino de Derecho Canónico, canon 126.
[27] Ibíd., canon 595 § 1.
[28] Génesis II, 9.
[29] San Bernardo de Claraval, De consideratióne, libro 1, cap. 5; en Migne, Patrología Latina  182, col. 734.
[30] Cf. Orden del día de Mons. Giacomo Maria Radini-Tedeschi, en el Congreso Católico Italiano (1895).
[31] De la Imitación de Cristo, libro I, cap. 20, 6.
[32] Breviario Romano, en la fiesta de San Ignacio de Loyola (31 de Julio), lección 4.
[33] Letra Apostólica Pastorális offícii, 31 de Julio de 1548.
[34] «San Carlo e gli Esercizi spirituali di Sant’Ignazio», en San Carlo Borromeo nel 3º Centenario dalla Canonizzazione, n.23 (Septiembre de 1910), pág. 488.
[35] Constitución Apostólica Summórum Pontíficum (25 de Julio de 1922); en AAS vol. XIV, pág. 420.
[36] Letra Apostólica Cum sicut (12 de Octubre de 1647).
[37] Letra Apostólica Quántum secéssus (20 de Marzo de 1753); Letra Apostólica Dédimus sane (16 de Mayo de 1753).
[38] Epístola Ignatiánæ commentatiónes (8 de Febrero de 1900); en Acta Leónis XIII vol. VII, pág. 373.
[39] Ibíd.
[40] Epístola Apostólica de Pío XI, Nous avons appris (29 de Marzo de 1929) al Card. Louis-Ernest Dubois.
[41] Exhortación al clero católico Hærent ánimo (4 de Agosto de 1908); en ASS vol. XLI, pág. 575.
[42] Lucas II, 14.
[43] Juan XIV, 27.