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viernes, 27 de marzo de 2026

SAN JUAN DAMASCENO, DOCTOR DE LA IGLESIA


San Juan Damasceno  (en griego: Ἰωάννης ὁ Δαμασκηνός; en latín: Johánnes Damascénus; en árabe: يُوحَنَّا الدِّمَشْقِي/Yūhannā ad-Dimašqī; en siríaco ܝܘܚܰܢܢ ܕܰܪܡܣܘܩܳܝܐ/Yohanan Darsuqaya), el último Padre de la Iglesia de Oriente, nació en Damasco (por eso se le llama "Damasceno"), hacia el 675, fue ordenado sacerdote antes del 726 en Jerusalén, predicador de la iglesia del Santo Sepulcro, murió en el 749. León XIII lo proclamó doctor de la Iglesia.
   
Su fama se debe principalmente a que él fue el primero que escribió defendiendo la veneración de las imágenes.
   
Nacido Mansur ibn Sarjun Al-Taglibi (en árabe مَنْصُور اِبْن سَرْجُون التَّغْلِبيّ), hijo de Sarjun ibn Mansur, un alto empleado del Califa de Damasco, y ejerció también un cargo en la corte de esa capital. Pero de pronto dejó todos sus bienes, los repartió entre los pobres y se fue de monje al monasterio de San Sabas, cerca de Jerusalén, y allí se dedicó por completo a leer y escribir.
   
Juan (que fue su nombre monástico) se dio cuenta de que Dios le había concedido una facilidad especial para escribir para el pueblo, y especialmente para resumir los escritos de otros autores y presentarlos de manera que la gente sencilla los pudiera entender.
   
Al principio sus compañeros del monasterio se escandalizaban de que Juan se dedicara a escurrir versos y libros, porque ese oficio no se había acostumbrado en aquella comunidad. Pero de pronto cambiaron de opinión y le dieron plena libertad de escribir (dice la tradición que este cambio se debió a que el superior del monasterio oyó en sueños que Nuestro Señor le mandaba dar plena libertad a Damasceno para que escribiera).
   
En aquel tiempo un emperador de Constantinopla, León III el Isaúrico, dispuso prohibir el culto a las imágenes, metiendose él en los asuntos de la Iglesia, cosa que no le pertenecía, y demostrando una gran ignorancia en religión, como se lo probó en carta famosa el Papa San Gregorio II. Y fue entonces cuando le salió al combate con sus escritos San Juan Damasceno. Como nuestro santo vivía en territorios que no pertenecían al emperador (Siria era de los Califas mahometanos), podía escribir libremente sin peligro de ser encarcelado. Y así fue que empezó a propagar pequeños escritos a favor de las imágenes, y estos corrían de mano en mano por todo el imperio.
   
El iconoclasta León el Isaúrico decía que los católicos adoran las imágenes, y que se las debía destruir (se llama iconoclasta al que destruye imágenes). San Juan Damasceno le respondió que nosotros no adoramos imágenes, sino que las veneramos, lo cual es totalmente distinto. Adorar es creer que una imagen en un Dios que puede hacernos milagros. Eso sí es pecado de idolatría. Pero venerar es rendirle culto a una imagen porque ella nos recuerda un personaje que amamos mucho, por ejemplo Jesucristo, la Santísima Virgen o un santo. Los católicos no adoramos imágenes (no creemos que ellas son dioses o que nos van a hacer milagros. Son sólo yeso o papel o madera, etc.), pero sí las veneramos, porque al verlas recordamos cuanto nos han amado Jesucristo o la Virgen o los santos. Lo que la S. Biblia prohíbe es hacer imágenes para adorarlas, pero no prohibe venerarlas (porque entonces en ningún país podían hacerse imágenes de sus héroes y nadie podría conservar el retrato de sus padres).
   
El icono de "La Virgen de tres manos" (en griego Παναγία Τριχερούσα/Panágia Trijerusa, y en serbio Богородица Тројеручица/Bogodorica Trojeručica) honra la memoria de este santo. Según la hagiografía, el emperador León III habría hecho llegar al califa Solimán una carta falsificada en la que el santo incitaba al emperador a conquistar Siria. Por orden del Califa al santo le fue amputada la mano derecha. Víctima del suplicio, éste corrió a rezar frente al ícono de la Virgen con el Niño.
   

Gracias a la intercesión de la Madre recuperó de forma milagrosa la mano amputada, y en señal de agradecimiento, San Juan hizo añadir una mano votiva en la parte interior del icono. Este icono sería el prototipo de todos los denominados «La Virgen de las tres manos». Basa en un recuerdo histórico, la tercera mano recibe una interpretación alegórica: la mano auxiliadora de la Madre de Dios que siempre ayuda a los fieles como se manifestó milagrosamente a este santo.
   
Subrayando el papel de los textos de las Escrituras, San Juan Damasceno revaloriza el papel de los sentidos del hombre en la vida espiritual. Decía en sus escritos: «lo que es un libro para los que saben leer, es una imagen para los que no leen. Lo que se enseña con palabras al oído, lo enseña una imagen a los ojos. Las imágenes son el catecismo de los que no leen».
   
En palabras de este santo, santificados el oído y la vista conducen hacia la gloria de la divinidad:
«los apóstoles han visto corporalmente a Cristo, Sus sufrimientos y Sus milagros y han oído Sus palabras; también nosotros queremos ver y oír para ser bienaventurados. Ellos Lo vieron cara a cara ya que estaban presentes corporalmente; también nosotros; puesto que no está presente visiblemente, escuchamos Sus palabras a través de los libros y por ellos somos santificados y beneficiados y Lo adoramos venerando los libros que nos han hecho oír Sus palabras. Lo mismo ocurre para el icono dibujado; nosotros contemplamos sus trazos y por cuanto Él está entre nosotros captamos el espíritu de la gloria de su Divinidad. Somos dobles, hechos de alma y cuerpo y nuestra alma nos es desnuda sino como envuelta por un manto; nos es difícil llegar a lo espiritual sin lo corpóreo. Habiendo palabras sensibles escuchamos con nuestros oídos corpóreos y recogemos las cosas espirituales; del mismo modo a través de la contemplación corpórea alcanzamos la contemplación espiritual».

Además de ser defensor de las imágenes, fue compilador de himnos litúrgicos al organizarlos en un sistema de ocho modos (en griego Ὀκτώηχος/Oktoíjos; en eslavo Осмогласие/Osmoglasie), y autor de tres homilías la Asunción de la Santísima Virgen. Incluso, fue el primer apologista cristiano en escribir sobre el islam (la Herejía ismaelita, como la llamó) y su fundador Mahoma (ΜΩΆΜΕϴ) calificándolo como herejía derivada del arrianismo; y al postular que la naturaleza como potencia no existe fuera de los individuos (hipóstasis) y que solo el pensamiento puede concebirla, preanunció la metafísica de la existencia (esse) de Santo Tomás de Aquino.
  
ORACIÓN
Omnipotente y sempiterno Dios, que para defender el culto a las sagradas imágenes, llenaste al bienaventurado San Juan de doctrina celestial y admirable espíritu de fortaleza: concédenos su intercesión y ejemplo, para que imitemos las virtudes y consigamos la protección de aquellos cuyas imágenes veneramos. Por J. C. N. S. Amén.

domingo, 27 de octubre de 2019

MES DE OCTUBRE AL SANTÍSIMO ROSARIO - DÍA VIGESIMOSÉPTIMO

Tomado de El Rosario: Meditaciones para los 31 días del mes de Octubre, de la autoría del licenciado Juan Luis Tercero. Publicada en Ciudad Victoria, México, en el año 1894 por la Imprenta Oficial de Víctor Pérez Ortíz. Imprimátur concedido el 12 de Marzo de 1894 por Mons. José Ignacio Eduardo Sánchez y Camacho, Obispo de Ciudad Victoria-Tamaulipas (actual Tampico).
         
CAPÍTULO XXXI. MISTERIO CUARTO: LA ASUNCIÓN DE MARÍA SANTÍSIMA A LOS CIELOS
«Regocijémonos todos en el Señor, celebrando el festivo día en que honramos a la dichosa María Virgen, con cuya asunción se gozan los ángeles y cantan alabanzas al Hijo de Dios».

Esta es la voz de la Iglesia al celebrar la asunción de nuestra Reina, el gran misterio de su exaltación a las alturas después de pasar por el sepulcro, a semejanza de la ascensión de su Hijo Cristo resucitado.

Este gran misterio, principio de los triunfos definitivos de gloria de la Dolorosa, que, antes en su camino como el Mesías, ha bebido del amargo torrente, en gran manera interesa la ciencia y la piedad de los hijos fieles de esa Reina de la Iglesia, y guarda espléndida proporción de sabiduría y de amor con los otros misterios de nuestra amabilísima y dichosa Madre.
  
Sí; todo es armonía y magnificencia en esta maravillosa obra maestra del Dios de piedad: el portento de la Encarnación del Verbo reclama con el portento de la Concepción Inmaculada de la Madre de Dios, y el de la Inmaculada, con el de la divina Maternidad. Este reclama, a la vez, con el de la incomparable humildad de la Esclava del Señor y sus otras incomparables virtudes; pero tantas grandezas reclaman prodigiosos méritos posteriores que harán a la humilde a Inmaculada Madre Virgen, aptísima para algo superior a esas anteriores grandezas, la Corredentora de sus hermanos, la Madre incomparable del dolor. Mas, de aquí vendrá poderosísima razón para que la magnánima Reina de los mártires sea no menos la Reina, digamos así, de los resucitados, la triunfadora que en la victoria sobre la muerte tendrá el lugar primero después de su Hijo. Y estas magnificencias aún tendrán su coronamiento cuando la Escogida, la Unica, vaya a sentarse en ese “solio estrellado” en donde reinará para siempre a la diestra de su Hijo sobre todas las criaturas.

Pero entretanto, gocemonos en contemplar ese tránsito de la amorosísima paloma, ese tránsito de este valle de gemidos, más allá de las riberas de las aguas, exhalando virginal fragancia de sus vestiduras y rodeada de flores de rosal y lirios de los valles, como si fuesen días de primavera.

La muerte no ha ejercido en Ella imperio sino servicio de sierva obsequiosa; Ella ha languidecido de amor y ha enviado a decir a su Amado, que no difiriese más la hora del santo abrazo de su ternura; y aquél que amó a los suyos tanto y a su Predilecta sobre to dos, señaladamente la amó en el día en que la llamaba a su Reino y en que a ese reclamo de su Inmaculada, respondía: «levántate y date prisa, amiga mía, paloma mía, hermosa mía y ven, que ya pasó el invierno». «“En tus manos, Señor, contestó Ella, encomiendo mi espíritu”; cerró los virginales ojos y espiró», según frase acertadísima que textual copiamos de nuestra venerable escritora María de Ágreda.
  
Los apóstoles congregados de todas las partes del mundo rodean el lecho santo de la Reina, y el cielo ha descendido a la tierra en ese Cenáculo en que la sabiduría, la omnipotencia y la ternura del Padre, del Hijo y del Consolador, han obrado tantos prodigios. «Los ángeles entonan cánticos, ya próxima a espirar la Reina; los cánticos de Salomón y otros nuevos. Una fragancia divina y la música celestial se dejan percibir hasta de los extraños a la santa casa, moradores próximos a ella. Un resplandor admirable se deja ver por todos, y el Señor ordena que para testigos de esta nueva maravilla concurra mucha gente de Jerusalén que ocupaba las calles». Esto escribe nuestra venerable Maria de Ágreda; creemos a ella y no podríamos creer lo contrario; como que, aparte de lo respetable de tal testimonio de la humilde monja española, es todo ello eminentemente verosímil, por más que no conste en libro bíblico. Si de gran número de santos, cuyas vidas han concluido con esos prodigios, constan con certeza maravillas de conciertos celestiales, esplendores y fragancias, sobre todo tratándose de aquellos santos más humildes y empeñados en obscurecerse, ¿qué no habremos de tener por verosímil en grado eminente, tratándose de la Reina de la humildad y de la abnegación?
 
Esa alma incomparable, esa alma que á un santo conocedor de nuestra Reina, San Dionisio Areopagita, y a otro santo, Tomás de Aquino, por su inteligencia y sabiduría llamado “Sol de las escuelas”, esa alma de María ha parecido algo como infinito, es llevada a los cielos a tomar posesión de inmensa gloria, mientras que la ciudad de Jerusalén se conmueve toda y admirados concurren muchos confesando el poder de Dios y la grandeza de sus obras.

El cuerpo santísimo de la Hermosa queda en el sepulcro; llega el tercero día; Tomás, el apóstol incrédulo de la resurrección de Cristo, compurga ahora su antigua tardanza en creer; ha llegado después que la Reina fue sepultada; quiere consolarse con ver los sacratísimos restos y van a mostrársele. Esto no era más que un ardid del cielo para que la resurrección y asunción de la Inmaculada se revelasen a los ojos. El sepulcro está vacío, la Madre de Dios ha resucitado; y esto es muy reciente, porque hace pocas horas han cesado los cantos angélicos que perseveraban durante más de dos días que asistían los apóstoles velando en el sepulcro.

«Se ha hecho, pues, la Asunción de María Santísima a los cielos, los ángeles se alegran, y entre alabanzas bendicen al Señor», canta la Iglesia. «María Virgen ha sido transportada al tálamo celeste en que el Rey de los Reye s tiene su trono sobre las estrellas»; «al olor suavísimo que de ti exhalas, oh Señora, te seguimos apresurados con el alma; ¡cuánto amor inspiras a las doncellitas!». «Sublimada has sido, Santa Madre de Dios, sobre todos los coros de los ángeles, a los reinos celestiales». Cánticos son todos con que la Santa Iglesia Católica, en la gran fiesta de la Asunción, no cesa de hacer justicia a la Madre de Dios y al Hijo de esa Madre, y que en esa justicia jamás agotará las alabanzas debidas a tan gran Madre de tan gran Hijo, pues no sería tal Madre ni sería Dios tal Hijo, si la alabanza de ellos conociese términos o límites.
  
«Comienza hoy el cántico de los cánticos», palabras de la lección primera del Breviario, que en otras circunstancias fueran vulgares y sin importancia alguna; pero admirables y profundas en esta sublime oportunidad, porque nada menos es como si dijésemos: el gozo de aquellas palabras hechas por el Espíritu Santo para enamorar a las almas sus amadas, comienza hoy a ser ya pleno, imperecedero. «Béseme el Señor con ese beso celestial (así comienza el santo libro bíblico del Cantar de los cantares), que hace feliz al alma para siempre… Hágame entrar el Rey misericordiosísimo y santísimo a ese santuario de su caridad perpetua».
  
¡Oh Santísima Virgen, digna eres como el Cordero, de todo gozo y de gozo para siempre!

«Hoy, pues, vuelve a decir la Iglesia por los labios del elocuentísimo y santo Doctor San Juan Damasceno, el Arca santa y animada del Dios vivo, que concibió en sus entrañas a su Criador, descansa en el templo del Señor no construido por mano alguna; David canta a su Hija y los ángeles conciertan con él sus coros; los arcángeles la celebran, las virtudes la glorifican, los principados saltan de júbilo, conmuévense las potestades, regocíjanse las dominaciones, los tronos están de fiesta, los querubines la alaban y los serafines preconizan su gloria. En este día, el edén del nuevo Adán recibe a este Paraíso animado, en quien fue abrogada la condenación, plantado el árbol de la vida y cubierta nuestra desnudez».

«Hoy, la Virgen inmaculada, a quien no desfloró ningún afecto terrenal, y que vivió siempre con el pensamiento puesto en las cosas celestiales, no ha vuelto a la tierra; sino que, como era un cielo animado, la recibieron los astros celestes. En efecto, ¿cómo pudiera morir aquella de quien vino a todos la verdadera vida?  Ella debió sin duda doblegarse bajo la ley que aquél mismo a quien engendró, sobrellevara, y como hija del viejo Adán sufrió la antigua sentencia (porque tampoco la esquivó su Hijo que es la vida misma); pero como Madre del Dios vivo, se elevó justamente a Él».

A esa Reina, por tanto, que va a ocupar el solio mayor que pudo ver el cielo para deificarla con sus favores y por medio de Ella favorecer al humano linaje, elevemos ya desde hoy cuantas peticiones reclamen nuestras necesidades; porque, como dice suavísimamente San Bernardo: «en María no puede faltar ni la facultad, ni la voluntad de hacer dádivas a los humanos. A la piedad de María no faltó nunca la fe, la gravedad a su palabra, la eficacia a su voto. No olvides encomendar a María cuanto te propongas ofrecer a Dios. María es la honra del Paraíso, el gozo del cielo. María es la Iglesia de la virginidad. La virginidad de María es mayor que la pureza de los ángeles. Pensando en María, no errarás; rogando a María, no desesperarás. Por María, el cielo ha quedado lleno, y el infierno vacío. En María puso Dios el sol y la luna, a Cristo y a la Iglesia. En María han encontrado los ángeles la alegría, los justos la gracia, los pecadores el perdón para siempre. En María, por María, de María, la benigna mano del Omnipotente, cuanto había criado lo ha vuelto a criar; sin María nada se ha rehecho, así como sin Dios nada se hizo; por manos de María pasa lo que Dios quiere darnos».
  
Entra a los cielos, ¡oh Reina! Adelántate, ¡oh bendita entre todas las criaturas, y comienza ya tu reinado! Ya te apiadarás de nosotros, que somos tus hermanos, y te pedimos humildemente que no nos dejes perecer.

martes, 14 de junio de 2016

ORACIÓN DE SAN JUAN DAMASCENO A NUESTRA SEÑORA

ACTO DE DESAGRAVIO POR LA BLASFEMIA QUE HAN COMETIDO EN VALENCIA DE ESPAÑA CONTRA LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA, EN SU ADVOCACIÓN DE NUESTRA SEÑORA DE LOS DESAMPARADOS (PATRONA DE DICHA CIUDAD Y REINO):
 
Yo te saludo, esperanza de los cristianos. Recibe la súplica de un pecador que te ama tiernamente, que te honra con culto especial, y que en ti deposita la esperanza de su salvación. Por ti tengo la vida. Tú me restableces en la gracia de tu Hijo; tú eres la prenda segura de mi salvación. Por eso te suplico me libres del peso de mis pecados, destruyas las tinieblas de mi mente, arranques de mi corazón los afectos terrenales, reprimas las tentaciones de mis enemigos, y ordenes del todo mi vida; que yo pueda alcanzar por tu medio, y guiado por ti, la felicidad eterna del Paraíso. Amén.