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jueves, 26 de junio de 2025

MISA DE SAN PELAYO MÁRTIR

Misa propia de España. La Misa “In virtúte tua” es del Común de un Mártir no Pontífice, pero la Oración y el Evangelio son propios.

Die 26 Junii
In festo S. Pelágii, Martyr
Duplex
   
Introitus. Ps. 20, 2-3. In virtúte tua, Dómine, lætábitur justus: et super salutáre tuum exsultábit veheménter: desidérium ánimæ ejus tribuísti ei. Ps. ibid., 4. Quóniam prævenísti eum in benedictiónibus dulcédinis: posuísti in cápite ejus corónam de lápide pretióso. ℣. Glória Patri.
   
ORATIO
Omnípotens sempitérne Deus, qui infírma mundi éligis, ut fórtia quǽque confúndas: concéde propítius; ut qui te in beáto Pelágio Mártyre tuo mirábilem prædicámus, ejus preces apud te ad nostrum sentiámus proveníre subsídium. Per Dóminum nostrum.
  
Léctio libri Sapiéntiæ.
Sap. 10, 10-14.
   
Justum dedúxit Dóminus per vias rectas, et osténdit illi regnum Dei, et dedit illi sciéntiam sanctórum: honestávit illum in labóribus, et complévit labores illíus. In fráude circumveniéntium illum áffuit illi, et honéstum fecit illum. Custodívit illum ab inimícis, et a seductóribus tutávit illum, et certámen forte dedit illi, ut vínceret et sciret, quóniam ómnium poténtior est sapiéntia. Hæc vénditum jusíum non derelíquit, sed a peccatóribus liberávit eum: descendítque cum illo in fóveam, et in vínculis non derelíquit illum, donec afférret illi sceptrum regni, et poténtiam advérsus eos, qui eum deprimébant: et mendáces osténdit, qui maculavérunt illum, et dedit illi claritátem ætérnam, Dóminus, Deus noster.
    
Graduale. Ps. 111, 1-2. Beátus vir, qui timet Dóminum: in mandátis ejus cupit nimis.
℣. Potens in terra erit semen ejus: generátio rectórum benedicétur.
   
Allelúja, allelúja. ℣. Ps. 20, 4. Posuísti, Dómine, super caput ejus corónam de lápide pretióso. Allelúja.
   
Post Septuagesimam, omissis Allelúja et Versu sequenti, dicitur:
Tractus. Ps. 20, 3-4. Desidérium ánimæ ejus tribuísti ei: et voluntáte labiórum ejus non fraudásti eum.
℣. Quóniam prævenísti eum in benedictiónibus dulcédinis.
℣. Posuísti in cápite ejus corónam de lápide pretióso.
   
✠ Sequéntia sancti Evangélii secúndum Joánnem.
Joann. 12, 24-25.
   
In illo témpore: Dixit Jesus discípulis suis: Amen, amen, dico vobis, nisi granum fruménti cadens in terram, mórtuum fúerit, ipsum solum manet: si áutem mórtuum fúerit, multum fructum affért. Qui amat ánimam suam, perdet eam: et qui odit ánimam suam in hoc mundo, in vitam ætérnam custódit eam. Si quis mihi mínistrat, me sequátur: et ubi sum ego, illic et miníster meus erit. Si quis mihi ministráverit, honorificábit eum Pater meus.
  
Offertorium. Ps. 8, 6-7. Glória et honóre coronásti eum: et constituísti eum super ópera mánuum tuárum, Dómine.
   
SECRETA
Munéribus nostris, quǽsumus, Dómine, precibúsque suscéptis: et cœléstibus nos munda mystériis, et cleménter exáudi. Per Dóminum nostrum.
   
Communio. Matth. 16, 24. Qui vult veníre post me, ábneget semetípsum, et tollat crucem suam, et sequátur me.
   
POSTCOMMUNIO
Da, quǽsumus, Dómine, Deus noster: ut, sicut tuórum commemoratióne Sanctórum temporáli gratulámur offício; ita perpétuo lætámur aspéctu. Per Dóminum nostrum.

miércoles, 26 de junio de 2024

SAN PELAYO, MÁRTIR DE LA CASTIDAD


San Pelayo nació en Albéos (Galicia) en el año 911, y era sobrino del obispo Hermogio de Tuy, que fue hecho prisionero en la batalla de Val de Junquera entre los reyes cristianos y el emir de Córdoba Abderramán III en el año 920. Pelayo también acabó siendo prisionero del rey musulmán al cambiarse por su tío que quedó en libertad.
   
Durante tres años y medio, Pelayo permaneció como prisionero de Abderramán III. Sus compañeros de cautiverio cuentan que su comportamiento era “casto, sobrio, apacible, prudente, atento a orar, asiduo a su lectura”. Solía discutir también con los musulmanes sobre temas religiosos y pudo vivir en paz en prisión hasta que Abderramán III se encaprichó de él.
    
Durante un banquete, Abderramán III prometió concederle todos los honores si apostataba y se convertía en uno de sus mancebos:
«Niño, te elevaré a los honores de un alto cargo, si quieres negar a Cristo y afirmar que nuestro profeta es auténtico. ¿No ves cuántos reinos tengo? Además te daré una gran cantidad de oro y plata, los mejores vestidos y adornos que precises. Recibirás, si aceptas, el que tú eligieres entre estos jovencitos, a fin de que te sirva a tu gusto, según tus principios. Y encima te ofreceré pandillas para habitar con ellas, caballos para montar, placeres para disfrutar. Por otra parte, sacaré también de la cárcel a cuantos desees, e incluso otorgaré honores inconmensurables a tus padres si tú quieres que estén en este país».
Pelayo respondió decidido:
«Lo que prometes, emir, nada vale, y no negaré a Cristo; soy cristiano, lo he sido y lo seré, pues todo eso tiene fin y pasa a su tiempo; en cambio, Cristo, al que adoro, no puede tener fin, ya que tampoco tiene principio alguno, dado que Él personalmente es el que con el Padre y el Espíritu Santo permanece como único Dios, quien nos hizo de la nada y con su poder omnipotente nos conserva».
Abderramán III no obstante, más enardecido, pretendió cierto acercamiento físico, tocándole el borde de la túnica, a lo que Pelayo reaccionó airado: «Retírate, perro. ¿Es que piensas que soy como los tuyos, un afeminado?», y al punto desgarró las ropas que llevaba vestidas y se hizo fuerte en la palestra, prefiriendo morir honrosamente por Cristo a vivir de modo vergonzoso con el diablo y mancillarse con los vicios.

Abderramán III no perdió por ello las esperanzas de seducir al niño y ordenó a los jovencitos de su corte que lo adularan, a ver, si, apostatando se rendía a tantas grandezas prometidas. Pero él se mantuvo firme y permaneció sin temor proclamando que sólo existe Cristo y afirmando que por siempre obedecería sus mandatos.

Abderramán ordenó entonces que lo torturaran y, suspendido de las rejas para recibir el suplicio destinado a los esclavos y criminales, que consistía en ser descuartizado en vida; los miembros despedazados del niño santo fueron arrojados al Guadalquivir.

«¡Oh martirio verdaderamente digno de Dios, que comenzó a la hora séptima, y llegó a su cumplimiento al atardecer del mismo día! El santísimo Pelayo, a la edad aproximada de trece años y medio, sufrió el martirio según se ha dicho, en la ciudad de Córdoba, en el reinado de Abderramán, sin duda un domingo, a la hora décima, el 26 de junio en la era de 963 [925]».
  
Sus restos fueron rescatados por los fieles y enterrados en el cementerio de San Ginés y su cabeza en el de San Cipriano de Córdoba, hasta el año de 967, cuando bajo el rey Ramiro III se los trasladó al monasterio de San Pelayo en León; dieciocho años más tarde, para evitar profanaciones, fueron exhumados y llevados al monasterio benedictino de Oviedo para ser sepultados. La historia de Pelayo se propagó enseguida y ya en el 962 había despertado el entusiasmo de la famosa poetisa Hroswitha (Roswita), abadesa de Gandersheim, quien narró los incidentes del martirio en hexámetros latinos.
   
ORACIÓN
Omnipotente y eterno Dios, que eliges lo flaco del mundo para confundir lo fuerte; concédenos con benignidad que los que te confesamos admirable en tu mártir San Pelayo, por su intercesión experimentemos los efectos de tu poderoso socorro. Por J. C. N. S. Amén.